Contra la Corriente, n.º 15-16, mayo-junio de 1944 (págs. 10-18). PDF del número completo

Las capitulaciones del anarquismo durante la guerra civil han dejado profunda huella en toda su militancia, tanto en la llamada específica o faista, como en la sindicalista, o de la C.N.T. Las huellas dejadas son de diverso orden y en todas gradaciones imaginables. En todos los casos, la ideología anarquista tal como la conocimos antes de la guerra civil ha quedado muy seriamente afectada. El amor propio, el grado de conciencia o subconciencia o los prejuicios apolíticos y antimarxistas que no faltan en cada grupo anarquista o militante aislado, les restringe la comprensión de ese hecho y por lo tanto la posibilidad de utilizarlo conscientemente.

Antes de pasar al análisis concreto de las tendencias manifestadas actualmente en el anarquismo español, notemos un rasgo que comparte con toda su tendencia internacional. Su actuación durante la guerra civil contradijo con violencia brutal, a mas de las previsiones ideológicas y los principios del anarquismo, la simple fidelidad a los intereses del proletariado como clase, y a la revolución socialista. Por primera vez se produjo el contrasentido tragicómico de que existieran ministros anarquistas. Un hecho de tan enorme importancia no ha producido aun ningún estudio o crítica seria del mismo, ningún intento de interpretación. En esta cuestión concreta, si pobre se ha manifestado el anarquismo ibérico, no menos pobre aparece el internacional. La crítica que algunos representantes de la A.I.T. hicieron a su filial española en los dias de la guerra civil estaba muy lejos de abordar seriamente el problema; ni siquiera se proponía resolverlo fuera condenando la conducta de los anarquistas españoles, fuera elevando su experiencia en nuevos principios. Así ha sido siempre y así continuará siendo mientras se mantengan el apoliticismo y el antiestatalismo anarquistas. De ambos nacen los continuos errores, los descalabros de esa tendencia; ellos mismos la incapacitan para asimilar su propia experiencia y aprovecharla racionalmente. Desde que existe el anarquismo, ha repetido continuamente dos experiencias. Por una parte, el ultraizquierdismo y la aventura insurreccional; por otra el oportunismo político de tipo reformista liberal-burgués. Desde la intervención anarquista en la insurrección lyonesa hasta las del Alto Llobregat, Villa Nueva de la Serena y Casas Viejas en España, pasando por la insurrección cantonal, los fracasos por culpa de la concepción anarquista de la insurrección, la política y el estado, no han sido parte a corregirla. Igualmente periódicos han sido los movimientos de desviación manifiestamente reformista. Ya la Commune de Paris cometió algunos errores de ese género, impulsada por influencias anarquistas. Durante la revolución rusa, Mahkno y otros anti-estatales, pese a la bolchevización que sus colegas occidentales les acusaron, fueron frecuentemente presas de las tendencias burguesas antiproletarias. En España, hemos presenciado un constante formalismo apolítico, y un seguidismo paralelo respecto de los republicanos burgueses y de los socialistas. Alternando con abstenciones electorales, huelgas desorbitadas, negativas a la unidad de acción con otras organizaciones obreras e insurrecciones minúsculas, la donación de todos los votos anarcosindicalistas a coaliciones políticas gubernamentales y los acuerdos tácitos con las mismas. Como consecuencia de ese estira y afloja entre la declamación apolítica y el oportunismo, de tiempo en tiempo grupos anarquistas se confiesen publicamente políticos y se orientan a la constitución de partidos reformistas. Recordemos únicamente como precedente el caso de los 30 encabezados por Pestaña. La rectificación del apoliticismo no la hacían en beneficio del proletariado, sino de la burguesía. Tanto la esterilidad política como las conversiones confesas al reformismo, proceden de las concepciones ácratas sobre la política y sobre el estado. Mientras no sean modificadas las dos con arreglo a las concepciones de clase que constituyen la base del marxismo, el anarquismo se verá continuamente empujado a fracasos aventureros y a deserciones colectivas o de grupos hacia la miserable política pequeño-burguesa. García Oliver no será el último. La conmoción sufrida durante la guerra civil permite creer que el anarquismo quedará reducido a la insignificancia. Los hechos vividos son demasiado fuertes para pasar inapercibidos. Desgraciadamente, su percepción por la militancia confederal se encuentra aun en una etapa empírica y nebulosa. Con todo, es sólo una insignificante minoría la que continúa creyendo en la validez e idoneidad de las ideas anarquistas respecto a la política y el estado. Hoy, el peligro no estriba tanto en el viejo aventurerismo como en un oportunismo generalizado que amenaza convertir definitivamente a la C.N.T. en una rueda perfectamente engrasada del autómata capitalista. No se salva de este peligro ninguna de las dos tendencias existentes en la emigración. La que dirigen García Oliver y Aurelio Fernández tiene preconcebidamente ese objetivo. La renuncia al apoliticismo es tan clara como la filiación a una política de izquierda burguesa. Desde que en Francia García Oliver hizo la primera intentona de constituir un partido, hasta hoy, la evolución del grupo mas o menos identificado con él, se delinea mas claramente cada vez. El colaboracionismo al que se entregó la C.N.T. durante la guerra civil, encuentra en esa tendencia su expresión mas consciente y decidida. Se propone intervenir sistemática y abiertamente en política, pero no a la manera de un partido de clase, sino a la manera de los partidos reformistas cuya actuación política ha constituido siempre un gozne auxiliar del mecanismo estatal capitalista. A pesar de los esfuerzos y la oposición de ciertos militantes, el grupo García Oliver sigue en conjunto una política de auxilio al stalinismo. Ello expresa la degradación de sus principales inspiradores y la confusión o la debilidad ideológica de la mayoría de los militantes. Sin embargo, así es, y en conjunto ese grupo no puede ser considerado sino como pro-stalinista. Ahora bien, el stalinismo constituye un poderoso enemigo del proletariado y la revolución mundial, un enemigo enclavado en su propio seno y capaz de movilizar los inmensos recursos de uno de los países mas fuertes del mundo. Particularmente despues de la experiencia española, la infeudación al stalinismo no puede ser signo sino de total degradación moral, de deserción al campo enemigo. Esa infeudación se ha traducido recientemente en la actitud adoptada por el grupo en cuestión respecto a las Juntas constituidas, en México por Prieto-Barrio, y en el papel por el stalinismo. Al constituirse la Junta de Liberación, el llamado Comité Nacional de la C.N.T., en el periódico "C.N.T.", la condenó. Las razones dadas --no habérsele consultado y haber excluido a los stalinistas-- mostraban ya que los autores del repudio estaban muy lejos de juzgar a la Junta de Prieto desde un punto de vista proletario. Llegó enseguida, o se nos hizo llegar, la noticia de la constitución de la pretendida Junta Suprema de Unidad Nacional. Inmediatamente "C.N.T." la acogió como palabra divina y casi se adhirió a ella. Criticada la posición por algunos militantes disconformes con la marcha hacia Stalin, el grupo ha manifestado no estar "ni con unos ni con otros". Pero a continuación se lamenta miserablemente refiriéndose a la Junta de Unidad Nacional: "¡Ah, si fuera verdad!" Los supiros son siempre muy elocuentes. Los hay que denotan amor, melancolía, aburrimiento, pero también sirven, como el transcrito, para exhalar el ansia de rampar, junto con el stalinismo, a los pies de militares y católicos.

Si fuera verdad que existe ya y tiene alguna influencia, cualquier organismo de unidad nacional, habría que combatirlo con mayor energía que siendo mero camelo stalinista. La unidad política, no ya con requetés, católicos, monárquicos, curas y ex-falangistas, cual propone el stalinismo, sino con los republicanos burgueses simplemente, es un abandono de los intereses de clase en favor de los intereses del capitalismo. Es maniatar al proletariado. De unidades de ese género se han compuesto todas las derrotas revolucionarias en el mundo. A una de ellas, la constituida en torno al frente popular, debió Franco su principal elemento de triunfo. Ahora, los mismos señores del frente popular tratan de montar sobre las costillas de los obreros españoles a toda clase de reaccionarios; el intento debe ser combatido a sangre y fuego, si tiene éxito mas decididamente que si no lo tiene. Por la misma razón debe ser combatida la juntita de los señores Prieto-Barrio. Evidentemente está a la izquierda de la juntita stalinista y corresponde mas exactamente a la composición que tuvo el frente popular. Tan deletérea como la de éste, sería la acción de aquella en el futuro. Como regla puede decirse que toda organización obrera que contraiga un compromiso gubernamental con organizaciones burguesas, o simplemente un compromiso que coarte la libertad de las masas, las sujeta a intereses extraños, trabaja, reconózcalo o no, en favor del capitalismo. La fracción capitaneada por García Oliver y Aurelio Fernández, deja a la izquierda a cuantos grupos han salido hasta ahora del anarquismo, para incorporarse al reformismo político. Así lo testimonia su marcada tendencia filo-stalinista.

No obstante debe reconocerse que la politización de García Oliver ha tenido cierto éxito y ganado a valiosos y enérgicos militantes cenetistas, cuya buena intención merece mejor aprovechamiento. La causa radica en el empirismo anarquista ya señalado, proveniente de su carencia de una noción clasista del estado. Ya Marx y Engels, respondiendo al apoliticismo de Bakunin, arguían que no se puede ser apolítico aunque se quiera, como nadie puede privarse de la respiración. Mientras en la sociedad haya clases y las luchas consecuentes, nadie puede quedar al margen de la política. Lo que se ha llamado práctica apolítica constituye la peor y mas contraproducente de las políticas. Ciertamente, un hombre abofeteado puede ofrecer cristianamente la otra mejilla y considerar que no interviene en las bofetadas. Sin embargo, sus mejillas son parte indispensable, y haría mejor interviniendo activamente que ofreciéndolas pasivamente. La cosa ha resultado tan evidente para nuestros anarquistas, durante la guerra civil, que no pueden ya negar la necesidad de intervención activa en política. Al expresar abiertamente ese imperativo, Oliver no podía dejar de ganar total o parcialmente a todos aquellos a quienes la misma necesidad se había hecho mas consciente. Hasta ahí, considerando en abstracto la virada política, toda la razón está de parte de sus patrocinadores.

Pero hay dos maneras de intervenir en política, burguesa la una, proletaria y revolucionaria la otra. No por ser burguesa se limita la primera a los partidos pertenecientes a la misma clase. Todo lo contrario. Hasta hoy, la inmensa mayoría de los partidos obreros y organizaciones sindicales que agrupan fuertes contingentes han practicado una política burguesa. Su "obrerismo", se ha limitado a mejorar la situación del proletariado dentro de la sociedad capitalista. La revolución social no ha sido para ellos mas que una especie de mito con el que alimentar las esperanzas de las masas. Una política revolucionaria, por el contrario, no debe considerar las mejores económicas del proletariado dentro del capitalismo, la intervención en las elecciones, parlamentos, municipios y demás instituciones burguesas, sino como un elemento secundario, como palanca para facilitar la marcha de las masas hacia la revolución mundial. Su objetivo es la destrucción de la sociedad capitalista y su estado, la creación de un estado basado en el proletariado y los campesinos pobres y la puesta en marcha general de la sociedad hacia igualdad comunista y la desaparición del estado. En la época actual, la necesidad de destruir el capitalismo es urgentísima. Millones de vidas humanas, mayormente de las clases pobres, están siendo sacrificadas por haber fallado el proletariado en esa tarea; las fuerzas productivas que puestas al servicio del proletariado darían libertad y abundancia a la humanidad, están siendo empleadas para esclavizar a los hombres, destruir millones de ellos y fabulosas riquezas. Ha sido abierto en Europa un nuevo período de lucha durante el cual se ofrecerá nuevamente al proletariado la oportunidad de tomar el poder político y destruir el capitalismo. Si falla otra vez, sobrevendrá una nueva etapa de reacción fascista, de guerra y destrucción general. Intervenir en política y triunfar del estado burgués con el propio, es cuestión de vida o muerte para las masas pobres.

¿Se apresta el grupo de García Oliver a intervenir en política en esa forma? Todo lo contrario; se apresta a servir de izquierda parlamentaria al régimen capitalista cuando hace falta servirle de nudo corredizo. Se convierte al politicismo en un sentido reaccionario. Todas las consecuencias que saca de la experiencia española resultan así negativas. Un anarquista apolítico del viejo tipo es, aunque incompleto, un revolucionario. Un político del género socialista o stalinista, prototipos de García Oliver, no es mas que un señuelo obrerista en manos del capitalismo. Los trabajadores que le crean no pueden recibir de él sinó desengaños y derrotas. Los militantes que se encuentran en el grupo García Oliver con la intención de desplegar una actividad política revolucionaria, no con la de convertirse en politicastros parlamentarios, no podrán hacerlo sin romper radicalmente con la política que ya sustenta el grupo como tal. Para contrarrestar efectivamente las ya muy desarrolladas tendencias conservadoras, tendrán que hacerlo inmediata y organizadamente; de lo contrario, cuando vengan a ser palpables las consecuencias del rumbo tomado por García Oliver, no les quedará otro recurso que la escapada individual o en pequeños grupos. La politización reaccionaria ya en curso habrá producido todos sus efectos. Los militantes sanos tienen el deber de impedirlo. Indudablemente los elementos más conscientemente derechistas del grupo tratarían de parar un ataque de los elementos revolucionarios acusándolos de marxistas, divisionistas o trotskistas, calificativo este último que García Oliver ha tomado ya en algunas ocasiones de boca de sus amigotes stalinistas. Ya es hora de que los militantes cenetistas no se dejen paralizar en sus mejores movimientos ante el prejuicio o temor a una palabra. En cuanto a la unidad, si se trata de la sindical, ningún revolucionario debe romperla. La más enérgica defensa de un punto de vista no debe impedirle continuar en minoría dentro de la central sindical a que pertenece. Es, por el contrario, la tendencia García Oliver la que ha practicado de hecho una escisión en la CNT basada en problemas de índole completamente política, tratando así a una central sindical como si se tratara de un partido. Por el contrario, la unidad política con elementos conservadores u oportunistas es absolutamente impermisible. El deber de los revolucionarios es separarse de ellos e ir de frente a la escisión. Pero la CNT es una central sindical; la interferencia que, desde la guerra civil acá, se ha hecho en ella entre lo político y lo sindical, entraña graves peligros para la libertad de tendencias que debe reinar en una central sindical. Los revolucionarios deben exigir libertad de tendencias políticas, combatir toda división sindical, y delimitarse enérgicamente de las manifestaciones oportunistas.

Si al decir unidad se trata de la que nos pregonan los stalinistas y García Oliver "con todos los españoles", Prieto y sus técnicos con unos cuantos menos españoles, la acusación de divisionismo debe ser aceptada por los revolucionarios como un honor. La unidad política con la burguesía es una traición. La táctica de lucha del proletariado es el frente único de acción, sin ninguna clase de compromisos políticos con partidos de la clase enemiga. Ningún otro método puede ser mas efectivo que ese en la lucha contra Franco. Defenderlo es practicar la unidad entre los principios, los métodos y los intereses históricos del proletariado. La pretensa unidad de las juntas stalinista y prietista, es comparable a la unidad entre una naranja y el exprimidor que la [ilegible]. El exprimidor es el capitalismo, la naranja el proletariado, y el brazo que aprieta la palanca: la unidad nacional a lo Stalin o a lo Prieto. Basta ser un revolucionario temperamental para sublevarse contra esa unidad y aconsejar a las masas a pleno pulmón: ¡Rompámosla!

Respecto a la guerra, el llamado "Comité Nacional de la CNT" mantiene una actitud de completa sujeción al imperialismo yanki-británico. Desde que la ponencia de García Oliver que inició la discusión en el seno de la central sindical, calificó la guerra actual de continuación de nuestra guerra civil, la tendencia pro-imperialista háse acentuado hasta sobrepasar, siguiendo la huella stalinista, el filo-imperialismo de la II Internacional durante la pasada guerra y la actual.

La guerra imperialista, lejos de ser la prolongación de nuestra guerra civil es su anverso y su negación. Para que los bandidos capitalistas se batan entre sí por la posesión de los esclavos del mundo, es preciso que éstos obedezcan ciegamente la orden de matarse para asegurar la riqueza de sus amos y su propia esclavitud. Mientras las masas vivían un intenso periodo revolucionario, la guerra imperialista no podía estallar. Estados Unidos e Inglaterra, Stalin en otra forma, ayudaron poderosamente a Hitler a derrotar la revolución alemana. Sobrevinieron después la crisis revolucionaria francesa y la culminación de la española en la guerra civil. Tenían que ser derrotados los dos proletariados mas radicales y amenazadores por entonces, antes que la burguesía estuviese suficientemente segura de poder con- ducir sus obreros a la matanza sin que volviesen inmediatamente los fusiles contra ella. Pretender que una guerra reaccionaria e imperialista es la continuación de una guerra civil y revolucionaria, no es solo una inconmensurable majadería sino un sesgo completamente burgués de considerar los problemas. La única garantía contra la guerra imperialista es la guerra civil, la revolución social. Antes de que la primera prive la segunda debe ser extrangulada. ¿Es necesario añadir que ninguno de nuestros actuales aliadófilos es ajeno a la extrangulación de la revolución española?

Por su parte, la Delegación General de la CNT en México no parece estar en mucho mejor camino que el grupo García Oliver. Sobre ella recae una importante responsabilidad por el éxito relativo del politicismo burgués parido por aquel. Sin duda, una parte de los que le han seguido tienen, como él, la intención, quizá un tanto nebulosa por pudor inconsciente, de alternar con todos los mercachifles "democráticos" españoles; la mayoría se le han sumado en favor de una intervención política en abstracto, de tendencia subjetivamente revolucionaria. Como punto de partida, era ésta una importante y positiva adquisición de la militancia cenetista. Oliver y su grupo tienen la posibilidad de desviarla en un sentido negativo precisamente porque no ha aparecido la tendencia que ofreciera la posibilidad de rectificar el apoliticismo revolucionariamente. Los militantes, puestos ante la rectificación política en abstracto, siguieron las insporaciones de García Oliver, atribuyéndoles cada uno individualmente, en su intimidad, una intención sana que la propuesta no contenía en realidad. Pero si le hubiese hecho frente una rectificación política revolucionaria, anunciando de antemano las funestas consecuencias implícitas en la de García Oliver, los militantes habrían podido ver claro y escoger entre reformismo pro-capitalista y una política proletaria.

La Delegación General fué incapaz de oponer a García Oliver otra cosa que el tradicional apoliticismo y evasiones, alegando la incapacidad de los refugiados para decidir nada de por sí. Este último pretexto, arguido frecuentemente por elementos de otras organizaciones, es una ridícula fuga. La emigración ha de servir precisamente para mantener una actividad ideológica, difícil de practicar en España, si no imposible. Ha de ser una ayuda para los que están allí, no un peso muerto o seguidista. Ni los emigrados pueden imponer su criterio a los de España, ni éstos el suyo a los emigrados. Pero es indudable que las actividades de los que estamos fuera del país pueden representar una poderosa ayuda teórica y práctica para los que permanecen dentro. Lejos de aplazarse hasta el regreso todas las discusiones, deben activarse. Aun suponiendo que tuviesen que repetirse en España, la clarificación de cada una de las posiciones habría progresado mucho. Solo pueden pretender lo contrario, gente ingenua o quines tienen por mira principal regalarse con "el amargo pan de la emigración".

Responder a la virada de García Oliver con el tradicional apoliticismo equivalía a conceder al primero considerable ventaja. En realidad no se trataba, por parte de la Delegación General, más que de un expediente considerado de fácil éxito, si no por su peso propio, por el éxito que antaño tuvo en la CNT. La Delegación General consideró que los antiguos prejuicios apolíticos tendrían aun suficiente fuerza para otorgarle el triunfo. En efecto, la tuvieron, aunque a duras penas y de manera exclusivamente formal. En la mente de la Delega- ción General y en la de los militantes que agrupa -salvando reducidas excepciones- no cabe ya el apoliticismo. Ha opuesto a García Oliver una bandera que, en su fuero interno y en su práctica cotidiana, ella misma ha dejado caer.

Un análisis riguroso ve necesariamente en la conducta de la Delegación General una intervención deliberada en política, con un matiz más izquierdista que el del Comité Nacional. En los dos problemas fundamentales que hoy afronton la emigración y el proletariado español, ningún observador serio podrá encontrar una diferencia radical entre los dos grupos. Si el de CNT lamenta quejumbroso que el abrazo con requetés, curas y monárquicos propuesto por los stalinistas no sea una realidad, Solidaridad Obrera no ha sabido oponer al intento de Prieto una actividad clasista pro unidad de acción. Entre ambas actitudes los militantes no pueden ver una diferencia radical.

Así como el Comité Nacional de Oliver vive directamente o indirectamente infeudado al stalinismo, la Delegación General ha vivido hasta ahora infeudada al reformismo socialista, por más que de tiempo en tiempo nos asegure que le "sobra personalidad" y otros ripios por el estilo. Su pacto con la UGT de Belarmino Tomás se ha revelado útil únicamente a los designios de Prieto, cual nuestro grupo anunció al verificarse aquel. Tanto como el Comité Nacional la Delegación General ha ignorado la diferencia existente entre la palabrería malsana sobre la unidad (con la burguesía) y el frente único de acción, que tiene todas las ventajas que a la otra le faltan para la lucha de masas y no comporta ninguna de sus capitulaciones ni de sus desastrosas consecuencias. Ocasiones ha tenido y tiene aún la Delegación General de constituir un organismo de frente único revolucionario y poner tanto a la UGT como al grupo CNT, al propio Partido socialista y otros, ante esta alternativa: o en el frente único de acción con el proletariado, o en el frente de la burguesía titulado Junta Suprema o Junta de Liberación.

Nuestro grupo propuso ya hace tiempo el organismo a que me refiero. La Delegación General ni siquiera se dignó contestar. En cambio, no tiene empacho en mantener una alianza ya probadamente oportunista con Belarmino Tomás, sombra escuálida y tartajosa de Prieto, y componente de la Junta de Liberación. Sobre la base de lo pactado con Belarmino Tomás no se va a ninguna parte, excepto al pantano reformista. ¿Por qué la Delegación General no va inmediatamente a la constitución de un organismo de unidad de acción revolucionaria? Unicamente así probaría que no aspira a integrarse en coaliciones colaboracionistas. Si la UGT se niega a formar parte de él, el organismo debe ser igualmente constituido, dirigiéndose a los militantes de la base en la UGT y el P.S. para proponerles la ruptura con la Junta de Liberación y la adhesión al frente único obrero.

En lo tocante a la guerra la posición de la Delegación General no es servilmente pro-imperialista como la de CNT. Sinembargo está lejos del internacionalismo proletario. Este no es simplemente un sentimiento de fraternidad universal como gustan considerarlo los hombres de formación anarquista, sino mucho más: es una conducta de acción buena para el proletariado de todos los países, que comporta la necesidad de luchar ante todo y sobre todo, contra la propia burgue- sía. No son internacionalistas quienes pretenden que el proletariado de los imperialismos democráticos debe hacer dejación, momentanea o parcial siquiera, de sus intereses, en favor de la victoria militar de su burguesía, mientras prescriben al proletariado alemán y al de los países ocupados imperativos de lucha urgente. La lucha debe ser aconsejada por igual en las dos retaguardias. Quien pretenda luchar contra el fascismo atacando principalmente a la burguesía de un bando, se da un calificativo vistoso para cubrir una acción antiproletaria. La política de la Delegación General es evidentemente favorable a las Naciones Unidas. Se trata de un social-patriotismo de izquierda, mas púdico que el García Oliver; no más. El que de tiempo en tiempo aparezca en "Soli" un artículo de tono revolucionario e internacionalista no invalida lo que [ilegible] de decir. Es quizá la presión de los militantes que escriben estos artículos y de otros que sin escribir hablan, lo que pone límites a la aliadófilia de la Delegación General.

Estando en elaboración este artículo, el discurso de Churchill ante la Cámara de los Comunes, anunciando su decisión de salvar a Franco, viene a confirmar ruidosa e irrefutablemente nuestro punto de vista. ¿Qué pueden decir ahora todos los que juzgaban buena, necesaria o un "mal menor" la victoria del imperialismo sajón? La continuación de la guerra civil de que han hablado, a mas de G. Oliver, socialistas y stalinistas, implícita en la aliadofilia de la Delgación General, va a prolongarse aun mas, tratando de convertir a España, es decir, a Franco, en "una influencia poderosa para la paz del Mediterraneo". Sin embargo, aseguramos que las actitudes caninas no cesaran, por mas patadas que reciban. No se trata de un error, se trata de una consecuencia de las necesidades oportunistas de quienes la sustentan. Seguirán pues ladrando al amo y esforzándose en hacerle comprender cuanto mejor que Franco podrían servirle. Pero el discurso de Churchill servirá para que los militantes honrados en particular, y las masas en general, comprendan y rompan con todos aquellos que les aconsejan depositar sus esperanzas en la victoria del imperialismo anglo-yanki.

Si la Delegación General ha logrado sobre García Oliver una pequeña mayoría, debelo a la explotación del prejuicio apolítico ya en período de desaparición. La diferencia de pensamiento entre los dos grupos concierne, en realidad, a problemas tácticos. Podría decirse con justeza que quien reproduce más exactamente la posición [ilegible] que antaño condujo a la formación del partido sindicalista -pura copia reformista- es la Delegación General. García Oliver, si priva en su grupo éste y se desarrolla independientemente, dará lugar a la formación de un partido semiliberal y semicorporativo. Pero de parte y otra los antagonismos parecen dulcificarse. Pueden, sobre una base colaboracionista, encontrar la posibilidad de unificarse. Ya se habla frecuentemente de reconstitución de la unidad. Cada uno de los grupos mantiene respecto del otro un silencio tolerante. La reunificación se haría sobre una base reformista, dejando a la lucha interna la decisión entre el reformismo derechista de Oliver y el izquierdista de la Delegación. Sería un paso atrás para el proletariado español.

Prodúzcase o no la reconciliación, domine en la CNT la tendencia Oliver o la actualmente sustentada por la Delegación General, la central sindical que fué la mas revolucionaria de Europa se encamina por su conducto a la conversión en una central colaboracionista, cual lo han sido la U.G.T. en España, la C.G.T. en Francia, etc., etc. El problema de salvar de la degeneración a la C.N.T. no puede ser confiado a ninguno de los dos grupos existentes en la emigración. Sería necesaria la formación de un nuevo núcleo de militantes revolucionarios que, sin romper la unidad sindical, practicase una paciente y energica oposición a aquellos dos. Sin duda, un grupo de ese género encontraría en España un poderoso eco; al restablecerse las posibilidades legales de trabajo, su éxito entre la militancia confederal sería completo. Pero no puede ser tampoco la panacea apolítica la que dé el triunfo sobre las tendencias políticas existentes. La oposición revolucionaria en el seno de la C.N.T. debe combinar la mas amplia democracia sindical (libertad de tendencias políticas en el interior de los sindicatos) con la prédica y la práctica de una política intransigente y proletaria. Su norte debe ser la toma del poder político por el proletariado. Unicamente así pueden ser vencidas con éxito revolucionario ulterior las desviaciones reformistas. Por este conducto, la crisis ideológica del anarquismo hallará una solución positiva. De ella debe salir una organización mas revolucionaria, no una organización oportunista.

Cualesquiera que sean los grados de evolución en que se encuentren los militantes revolucionarios de la C.N.T., o los prejuicios o semi-prejuicios que conservan contra el marxismo, estamos seguros de que un núcleo revolucionario decidido a combatir a los reformistas de una y otra fraccion llegaría experimentalmente a la conclusión de que su práctica militante y sus necesidades de orintación política revolucionaria se funden con nuestro programa político, el de la IV Internacional. La salud y la salvación de la C.N.T. como central revolucionaria depende en primer término de la constitución de un grupo revolucionario opuesto a los dos existentes ahora, y en segundo término, de su fusión con el programa de la IV Internacional. La militancia revolucionaria de la C.N.T. encontrará en él, la condensación ideológica de sus sentimientos y el instrumento de la revolución. El apoliticismo, por muy revolucionario que superficialmente parezca, deparará nuevos fracasos.