Contra la Corriente, n.º 15-16, mayo-junio de 1944 (págs. 5-8). PDF del número completo

Existe una imagen universal del náufrago. Se representa desesperadamente cogido a un pedazo de madera que la furia de las olas traen y llevan a capricho, sin que el pobre náufrago pueda hacer otra cosa que agarrarse mas desesperadamente cuanto menos esperanzas tiene de salvarse. Lo mismo les ocurre, y no en un sentido figurado, a todos nuestros aliadófilos, stalinianos, socialistas, buena parte de anarquistas y hasta la mayoría de los dirigentes poumistas. Apenas estalló la guerra actual, se colaron en la barcaza del imperialismo yanki-británico esperando desembarcar en España con la constitución de 1931 en la mano. Los mas radicales juraban y perjuraban que, al menos, Estados Unidos e Inglaterra "se verían obligados" a hacer algo contra Franco y Falanje. Dirigente del P.O.U.M. hubo que preguntaba asombrada y públicamente, hace un par de años, como los aliados no habían desembarcado en España.

Insistiendo casi monótonamente, nosotros hemos repetido desde antes que comenzase la guerra hasta ahora: tanto monta Adolfo como Winston, Benito o Francisco, como Franklin y José. El enemigo a quien los trabajadores de cada país tienen que preocuparse en combatir es el que detenta la propiedad y el gobierno. En cada nación deben aprovecharse las dificultades de la burguesía para facilitar la toma del poder político por el proletariado. La salida positiva para los pueblos no puede estar en la victoria de ninguno de los bandos en lucha; está en la fraternización de las masas empobrecidas, saqueadas y desangradas por la guerra imperialista, contra la guerra y el capitalismo. Y siendo imposible, en lo general y en lo particular, ninguna acción revolucionaria que no esté inmediatamente dirigida contra la propia burguesía, la primera manifestación de la fraternización de los oprimidos y del internacionalismo proletario, es el despliegue decidido de la lucha interna en cada país, contra la guerra en todos, la práctica del derrotismo revolucionario, en una palabra. Cuantos lo han rechazado --y lo han hecho incluso la C.N.T. y el P.O.U.M.--, han roto con el internacionalismo proletario y practicado una política de parcialidad hacia el imperialismo de Londres y Washington.

El discurso de Churchill representa en este dominio una gran confirmación de las ideas revolucionarias y una importante ayuda para el futuro desarrollo de las mismas. Lenin dedicó a Lloyd Georges "El estado y la revolución" porque en uno de sus discursos mostró tan palmariamente los designios contrarrevolucionarios de su gobierno, que indicaba claramente a los revolucionarios británicos lo que debían hacer para contrarrestar las intenciones del dirigente inglés de la primera guerra imperialista. Con mucha mayor razón podríamos nosotros dedicar este número de Contra la Corriente al rapaz Winston Churchill, retrato y magnavoz de la burguesía inglesa. Los servicios que con su discurso ha prestado al movimiento revolucionario sobrepasan muy largamente las costas de las islas británicas o sus dominios. La propaganda revolucionaria está aun muy lejos de alcanzar el vastísimo radio de acción que el monopolio da a la propaganda imperialista. Confesando de plano el designio contrarrevolucionario que acusamos los revolucionarios a la burguesía angloparlante, en competencia con la germano-nipona, Churchill ha revelado la verdad a millones de hombres, mucho mas eficientemente de lo que puede hacerlo la propaganda revolucionaria en muchos meses de trabajo. Las consecuencias, que no podía apuntar el jefe imperialista inglés, se caen de su peso: lucha sin cuartel contra el imperialismo y contra sus amigos "obreristas".

Para los que no hemos sentido nunca necesidad de encontrar un justificativo "democrático" a la capitulación ante la guerra imperialista, siempre fué patente que Londres y Washington buscaban únicamente asegurar las riquezas y el despotismo de sus respectivas burguesías, ni mas ni menos que Hitler e Hiroito. Los pactos con Darlan, Badoglio, y otros hechos, confirmaron la apreciación. En el futuro inmediato, la burguesía anglosajona sobrepasará todas las previsiones en cuanto a actuación reaccionaria. Por lo dicho en la Cámara de los Comunes sobre España puede juzgarse cual será el comportamiento del imperialismo vencedor en Europa en general, en la India, China, Indochina, Africa, América Latina. En todos los confines del globo los revolucionarios no tienen mas que reproducir el discurso de Churchill para poder decir convincentemente a las masas: ved; del triunfo yanki-británico, como hubiese ocurrido con el triunfo del Eje, no puede salir sino mayor esclavitud para vosotros. Movilicémonos contra todos los imperialismos, contra la guerra, por la expropiación de los capitalistas y el poder del proletariado, por los Estados Unidos Socialistas del Mundo; abajo el capitalismo y su guerra; por una paz y una sociedad sin propietarios.

Muy otras son las conclusiones sacadas por las ratas introducidas en la barcaza del imperialismo aliado. El discurso de Churchill las ha lanzado súbitamente al agua. ¡Fuera polisones!, --ha dicho Churchill--; mis viajeros no son Pasionaria, Uribe, Prieto o Barrio; es Franco. Si las ratas no fueran ratas, sino hombres revolucionarios equivocados en cuanto a la finalidad de Inglaterra y Estados Unidos, tendrían forzosamente que sacar esta conclusión: las Naciones Unidas no tienen por mira asegurar una mayor libertad a la humanidad sino asegurar un mayor dominio a sus respectivos capitales. Su tri- unfo redundará pues en la esclavitud de los pueblos. Si les apoyamos, facilitaremos el traspaso del yugo germano-nipón al yugo yanki-británico; las masas, la libertad y la revolución, solo pueden progresar luchando por ellas en contra de los dos imperialismos que las amenazan.

Pero no se trata de revolucionarios equivocados, sino de ratas cuya única posibilidad de vida está en su introducción en la barcaza del imperialismo. Todo oportunismo es subsidiario de la burguesía en un grado u otro. Aunque ésta le vapulea frecuentemente, su único recurso consiste en demostrarle que hace mal en vapulearle porque es su mejor amigo. Conocemos ya las reacciones de todos nuestros náufragos oportunistas. Son particularmente serviles las de los partidos stalinista y "socialista". Lejos de orientarse a la lucha contra el imperialismo, procuran convencerle de que son mejores defensores de él que el propio Churchill. (Consúltese nuestra sección de información). Y puesto que en discurso no pueden encontrar nada, absolutamente nada, que directa o indirectamente justifique el apoyo de las masas españolas al imperialismo yanki-británico, van a buscar su tabla de salvación en cualquier parte. Su miserable entrega a los lobos de las finanzas mundiales no nace de un error, sino de su incompatibilidad ideológica y material con la revolución socialista.

Las ratas naufragadas creen haber encontrado ya su tabla de salvación. En las palabras de la mujer de Roosevelt y otras declaraciones por el estilo de políticos yankis, empiezan a ver grandes promesas de libertad para el pueblo español. ¡Miserables lacayos! La libertad solo puede ser conquistada combatiendo contra las clases propietarias. Siendo los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra representantes de la burguesía mas rica del mundo, la libertad de las masas españolas, como de cualquier otra parte del mundo, encontrará en aquellos el principal enemigo despues de la propia burguesía. Cuantos repanden o no combaten enérgicamente las cantinelas de la lucha por la democracia, máxima añagaza imperialista, colaboran en asegurar la esclavitud de los pueblos.

El acuerdo con Franco se ha hecho evidentemente en beneficio inmediato del imperialismo británico. El yanki, que ha ido a la guerra con la buena intención de echarle la mano encima al imperio británico, amenazado de ser absorbido por Alemania, ve con desagrado que los burgueses ingleses se resistan a cedérselo todo. La lucha interna entre ambos imperialismos se ha manifestado públicamente en los últimos meses. La propia conferencia de primeros ministros de los dominios británicos, clausurada en Londres dias antes del discurso de Churchill, estaba destinada a defender el imperio británico contra la poderosa zarpa de Wall Street. Bien manifiesto está en el discurso. Lo único que Roosevelt y su clase tienen que reprochar a Franco es que en el acuerdo económico no se haya dado mas parte a la burguesía estadunidense. Durante nuestra guerra civil, Roosevelt se mostró aun mas cínicamente partidario de Franco que el gobierno inglés. ¿Por qué habría de combatirlo ahora? No; el gobierno y el ejército yanki serán tan enemigos de las masas españolas como el gobierno y el ejército inglés. Tienen por tarea continuar en su beneficio la obra de Hitler, en manera alguna asegurar la libre determinación de los pueblos. Pero las ratas hechas naufragar por Churchill tienen que encontrar cualquier brizna a la que agarrarse. Son pro-imperialistas aunque los imperialistas no quieran. La lógica de la situación debiera empujarles a la acción revolucionaria e internacionalista; pero siendo incompatibles con ésta, por una larga práctica oportunista que ha creado intereses antirevolucionarios, su única esperanza es seguir la estela de la barcaza imperialista aguardando a que los vaivenes de la lucha de clases exijan un día del imperialismo admitirlas nuevamente como polisones. El proletariado español debe alejarse de todos los filo-imperialistas como de la peste. Con ellos como dirigentes todos los esfuerzos de las masas terminarán en triunfos de la burguesía.