Contra la Corriente, n.º 17, julio de 1944 (págs. 5-7). PDF del número completo

Las noticias que al respecto ha publicado la prensa cotidiana, tienen, sin duda, un sólido fundamento. Hitler se muestra de nuevo pacifista, como antaño cuando se preparaba a invadir Austria, Checoslovaquia y Polonia. Sus arrechuchos pacifistas coinciden invariablemente con una imposibilidad para realizar dos trabajos a la vez. Los avances aliados en Italia, la apertura del nuevo frente en Francia y los progresos del Ejército Rojo, cada día mas próximo a la frontera alemana, han convertido en quimera la victoria que tan segura aparecía hace dos años al imperialismo hitlerano. Por otra parte, el gran movimiento revolucionario surgido de las calamidades de la guerra, abarca ya toda Europa, contagia a los soldados alemanes en paises ocupados y penetra hasta el corazón mismo del imperio hitlerista. Sintiéndose ya exhausto de fuerzas y amenazado por la venganza revolucionaria, Hitler pide auxilio, en forma de paz, a sus actuales enemigos.

Empleando una vez mas de alcahuete a la prensa y las autoridades franquistas, ha hecho Hitler nuevas proposiciones de paz a Inglaterra y los Estados Unidos. Lo dicho públicamente en España y retransmitido por las agencias informativas, no es mas que adorno de las proposiciones concretas, que indudablemente existen y sólo son conocidas de los gobiernos interesados más del transmisor. Indudablemente, Hitler, y aún el Estado Mayor sin Hitler, se darían por satisfechos con que les aceptaran una paz que no destruyera la unidad política y la integridad militar y económica de Alemania. Sin duda, la propuesta de paz debería prometer evacuación de todos los territorios ocupados, la vuelta de Alemania a una situación semejante a la de 1938 y quizás el retiro de Hitler. Cuando ya parecía fracasado el intento, el discurso de Goebels a principios de mes, expresó bastante claramente que para la burguesía alemana ya no se trata de la victoria militar, ni siquiera de conservar a Hitler; se trata de obtener condiciones de paz que le permitan recuperarse y volver al ataque dentro de tres, cinco o diez lustros. Con tal propósito debe prometerlo todo y aliarse con quién sea.

Parece que la prensa de Madrid ha tratado de reblandecer a los imperialistas y yanki-británicos sacando el fantasma bolchevique de entre el lodo en que lo ha sumergido el stalinismo, é invitándolos nuevamente a unirse a la guerra hitlerista contra la U.R.S.S. Sin embargo, puede estarse seguro de que Hitler no pierde ocasión de ofrecer la paz también a Stalin, con el objeto de revolver todas sus fuerzas contra el Occidente. Resulta de ahí una situación y un cambalacheo diplomático internacional que sería altamente cómico si no envolviera para los pueblos la mas espantosa tragedia de su historia. Mientras, dirigiéndose a Churchill y Roosevelt, Hitler presenta a Stalin como un temible bolchevique, dirigiéndose a Stalin hace resaltar las similitudes de sus dos regímenes, el peligro que para la U.R.S.S. representa la enorme potencia yanki-británica y el perfecto ensamble que para detener las ambiciones de ésta, harían la Alemania industrial y la Rusia agrícola y sedienta de máquinas. Por su parte, el dictador del Kremlin, cuyas simpatías personales van mas de par con Hitler que con los gobernantes pseudodemócratas, se ve obligado a rechazar las proposiciones de Hitler. Teme a la reacción que otro pacto con él produciría en las masas soviéticas y comprende, además, que la derrota alemana sería postpuesta, no evitada. El imperialismo yanki-británico haría pagar caro a Stalin un segundo pacto. Por el contrario, la burocracia pro-capitalista puede contar seguramente con que los millonarios del Wall Street y la City favorecerán cuanto puedan su condensación en burguesía y le prestarán toda la ayuda posible contra las masas soviéticas, que tratan de reanudar el camino emprendido en Octubre de 1917.

En Londres y Washington saben perfectamente que el bolchevismo, es decir, la revolución socialista, encuentra en los hombres del Kremlin uno de sus principales enemigos. Las gesticulaciones de Hitler contra un Stalin bolchevique resultan tan disparatadas como si pidiera declararle la guerra al Papa, por ateo. Lo que queda en la U.R.S.S., de la revolución socialista es la propiedad nacionalizada y planificada, quebrantada ya, pero no totalmente vencida, por la burocracia stalinista. Para acabar con ella, el imperialismo yanki-británico no necesita para nada la ayuda de Hitler; le basta y le sobra con la colaboración de la burocrácia rusa. Así pues, una paz separada aparece difícil, tanto del lado yanki-británico como del lado stalinista. Cualquiera de las partes que la hiciese cometería un error respecto de sus propios intereses.

El stalinismo ha puesto el grito en el cielo por el intento de Hitler; es su derecho al cretinismo y su deber de mercenario. Si fuera realmente una organización obrera, prevendría a las masas españolas y mundiales contra toda paz capitalista. Sin la revolución proletaria, la paz será una fuente de nuevas guerras, representará la opresión para todos los pueblos, principalmente los vencidos y los coloniales, y dará curso a la realización totalitaria del capitalismo triunfador. El peligro real para el mundo de los explotados está en que los capitalistas de uno y otro bando, con Hitler ó sin él, se proponen concluir una paz dirigida en primer término contra la naciente revolución socialista europea. Este peligro se aproxima a pasos agigantados y emergerá de un momento a otro. A cuantos secundaron a Hitler en Alemania, verásele entonces, cual ya se ve a quienes secundaron a Mussolini en Italia, correr a ponerse bajo la protección del imperialismo yanki-británico, continuador del orden capitalista impuesto por Hitler y heredero de su bandera antisocialista. Y el Kremlin contribuirá a la obra de esa paz dirigida contra las masas, con sus mercenarios políticos, su prensa mendaz y sus asesinos de la G.P.U. El peligro que la burguesía llama bolchevique, el de la revolución proletaria, no viene de los gobernantes stalinistas; se alza potente de la entraña de las masas europeas, es su necesidad urgente, es la salud del mundo. Contra él, se lanzarán todas las fuerzas reaccionarias, desde Washington a Moscú, pasando por Madrid y Berlin. La paz que preparan es una paz contra los pueblos; pero sólo los pueblos, luchando contra sus respectivas burguesías, contra todos los imperialismos y por los Estados Unidos Socialistas de Europa, podrán vencer los designios reaccionarios de las potencias victoriosas, que actuarán en perfecto acuerdo y colaboración con los fascistas de las potencias derrotadas. En la revolución europea está la verdadera paz; en los Estados Unidos Socialistas de Europa, la abundancia, la libertad y el comienzo de la emancipación para todo el mundo. La paz que preparan imperialistas y stalinistas será una paz de rapiña y opresión.