Contra la Corriente, n.º 19-20, septiembre-octubre de 1944 (págs. 3-5). PDF del número completo
Con motivo de la recuperación de París por su propia población, celebráronse en México actos de homenaje a Francia, organizados por el sector republicano-socialista que acaudilla Prieto y con asistencia de representantes gaullistas. La significación de esos actos no era otra que subrayar la voluntaria dependencia en que se colocan sus organizadores respecto de la burguesía francesa, como se colocaron antes de la guerra. La única diferencia es que ahora tratan de explotar la aportación que los refugiados españoles en Francia han dado a las fuerzas revolucionarias de este país, para llevar las aguas a su molino.
Véase este párrafo de cinismo sorprendente de uno de los discursos de Prieto: "...queremos que en nuestra voz recojáis también el eco de aquellos españoles que también encontraron en la espesura más o menos metafórica del "maquis" el impulso general de defender nuestra independencia y nuestra libertad; somos los representantes de quienes se incorporaron valientemente a vuestro ejército en Africa y colaboraron a vuestra gloria". El señor Prieto debe considerarse un hombre de larga visión; mejor, de larga previsión. Fue, sin duda, previendo el paso de Darlan al campo aliado que abandonó a los refugiados residentes en Africa y, previendo el cometido que podrían desempeñar los residentes en Francia que los dejó también abandonados a su suerte, sin preocuparse de hacer venir más que a sus amigos, y a escasos elementos de diferentes tendencias, para poder hablar de imparcialidad. La mayoría de los hombres que se incorporaron al ejército francés en Africa, al inglés o al americano, fueron impulsados a ello por la desesperación de los trabajos forzados a que les condenaban las autoridades petainistas y el abandono de los hombres que como el señor Prieto, Negrín y los stalinistas, se habían apoderado de los medios económicos que les hubieran permitido salir de aquel infierno. Además, ningún revolucionario puede enorgullecerse sin prevaricar indignamente de que refugiados españoles se hayan incorporado a un ejército burgués. No más que eso es el ejército de de Gaulle. La mayoría de los que lo han hecho han sido obligados por la desesperación. Y si entre ellos hay quienes lo han hecho voluntariamente, el deber de un verdadero socialista no es enorgullecerse de ello sino convencerles de que el puesto de quienes luchan por un mundo mejor no está en los ejércitos burgueses sino en la lucha de clases. Claro está que, de socialista y de revolucionario, Prieto tiene menos que de hombre esbelto y sobrio.
En cuanto a los hombres que han tomado las armas en Francia y participado en la lucha de París y de otras ciudades, Prieto tiene aun menos derecho de usurpar su representación. Como el proletariado y en general las clases pobres de Francia, esos hombres no han tomado las armas en favor del imperialismo aliado ni en el de la restitución de la degenerada democracia burguesa. Esos hombres luchan por aquello que Prieto traiciona en cada uno de sus actos y en cada una de sus palabras; luchan por la revolución proletaria. Si el señor Prieto cayera en sus manos, de seguro que no sería tratado como representante. ¿Acaso no recuerdan que Prieto fue uno de los principales enemigos de la revolución durante la guerra civil y toda su vida? Prieto, con su corte de republicanos caducos, trata simplemente de reforzar la posición de de Gaulle, con el objeto de que de Gaulle le ayude a hacer un de Gaulle español. Pero, la tarea de de Gaulle no es otra que la de remendar el decadente capitalismo francés. Por el contrario, la meta de la resistencia y de la lucha que tan rápidamente ha dominado a los nazis, es la revolución socialista: basta ver el contenido de los periódicos ilegales para disipar toda duda. Para que la contradicción irreductible entre de Gaulle y la inmensa mayoría de la población francesa se hiciera visible a todo el mundo, sólo se necesitaba que de Gaulle estuviera en Francia. Apenas ha llegado, ya no se puede hablar de esa contradicción como de algo futuro o posible, sino que constituye una realidad viva que irá agudizándose hasta adquirir los caracteres de guerra civil. En muchos lugares de Francia —entre ellos París mismo—, el proletariado se ha apoderado de las fábricas, de los bancos, y ha constituido comités (órganos de poder obrero), mientras sus hombres armados fusilan o ponen a buen recaudo a la burguesía que estuvo en bloque al costado de Hitler. De Gaulle, por el contrario, está desarmando a esos hombres, destruyendo sus comités, y devolviendo fábricas y bancos a los burgueses. Y en ese movimiento revolucionario del proletariado francés, han colaborado muy activamente los refugiados españoles. ¿Colaboran con ellos, siquiera sea de palabra, el señor Prieto y los suyos? No; colaboran con de Gaulle. Lejos de estar junto al pueblo francés, como pretenden, están contra él; de la misma manera, en lugar de estar con los refugiados españoles están contra ellos. El señor Prieto no representa a los luchadores españoles; representa a las fuerzas reaccionarias que en el seno mismo del movimiento obrero trabajan contra los intereses del proletariado y de la evolución histórica.
Y déjesenos asentar de pasada que el aparente furibundo antistalinismo del señor Prieto, se convierte, al tratar de los problemas franceses (como de los italianos, por otra parte), en parcialidad hacia el stalinismo y colaboración con él. Los stalinistas, en comunión con los representantes burgueses, son los más decididos partidarios de que se desarme a los obreros o se les encuadre en formaciones de tipo burgués; e igualmente trabajan por la destrucción de los comités y por la devolución de la propiedad a sus "legítimos propietarios", puntos todos en los que coincide el señor Prieto, como coinciden sus semejantes franceses e italianos. La ausencia de divergencias políticas único metro por el que debe guiarse el proletariado, producirá también en España, llegado el caso, coincidencias entre Prieto y el stalinismo.
El señor Prieto, que ha descubierto uno de los símbolos de Francia en su portera parisina (en gran mayoría las porteras francesas eran confidentes de la policía), extiende el símbolo hasta sus amigotes social-burgueses y les pide que le abran las puertas de Francia. Estos, que no pueden recibir del señor Prieto sino ayuda para reducir a los españoles que actúan revolucionariamente junto con el proletariado francés, se apresurarán a satisfacer la demanda... salvo impedimento por parte de sus aliados —amos de Wall Street y la City. ¡Que vayan en buena hora Prieto y los suyos en socorro de la destartalada burguesía francesa! No les imitaremos nosotros —como no deben imitarles los revolucionarios—, y no ciertamente porque desistamos de ir a Francia e integrarnos con los demás españoles a la lucha proletaria de aquel país. Pero en lugar de ir en cómplices de la coalición gaullista que trata de birlar a las masas la revolución, iremos en aliados de las masas. Nuestro llamamiento para que se nos abran las puertas de Francia, en consecuencia, no puede ir dirigido sino a esas masas francesas que han soportado los sufrimientos de la ocupación y desplegado la principal energía contra ella. No gritaremos, como Prieto, los stalinistas y otros: "¡somos republicanos burgueses, dejadnos entrar!"; gritaremos: "¡Somos revolucionarios, vamos en ayuda de vuestra revolución y de la revolución española; tenemos el derecho y el deber de entrar; si la coalición gobernante y los imperialistas yanky-británicos quieren impedírnoslo, obligadles a quitarse de nuestro paso!". Pero cada uno, en correspondencia con su posición política, encontrará como aliado a la burguesía o al proletariado; Prieto y los stalinistas encontrarán a la burguesía; nosotros al proletariado.