La Voz Leninista, n.º 1, 5 de abril de 1937 (pág. 5). PDF del número completo

Lo que distingue esta revolución de las demás revoluciones y hace tan problemática su salida positiva es la estabilidad de la correlación de las fuerzas políticas, desde su comienzo hasta hoy: todos los sectores han ganado en influencia, pero su fuerza relativa no ha cambiado en modo sensible. Las dos masas principales siguen detentándolas el reformismo y el anarquismo. Hoy, como en el pasado, el movimiento obrero gravita alrededor de ellas. Los leninistas saben que el reformismo y el anarquismo se determinan mútuamente. El reformismo vive políticamente del ultra-izquierdismo, del sectarismo y de la incompetencia de los anarquistas, como a su vez el anarquismo vive de la traición reformista al marxismo revolucionario, lo que permite a los doctrinarios anarquistas ensordecer al proletariado con su cretinismo apolítico y antimarxista. Anarquismo y reformismo son en verdad «hermanos gemelos». No tiene gran importancia el que el reformismo haya acentuado, durante el curso de la actual revolución, su componente stalinista en modo muy notable; tampoco importa gran cosa que el anarquismo se encuentre, hoy más que nunca, acorralado por el componente sindicalista. El carácter reformista de ambos movimientos resulta de este modo reforzado: el stalinismo ha suprimido las veleidades revolucionarias del ala izquierda del P. S., del mismo modo que el sindicalismo ha contribuído a quitarle al anarquismo su carácter anti-estatal. La stalinización del reformismo ha conducido a la sumisión de la República española a la burocracia rusa e, igualmente, la participación de los sindicatos anarquistas en el poder ha conducido a la sumisión del anarquismo al Frente Popular. En los dos casos, la «evolución» de las doctrinas, o mejor, de los doctrinarios, ha terminado con su sumisión al imperialismo.

Ahora bien, este estado de cosas, esta estabilidad organizacional e ideológica (y la creciente discrepancia entre las ideologías y las tácticas), con la consiguiente sumisión del movimiento obrero a la burguesía imperialista, se debe, en primer lugar, a la falta de un partido revolucionario. Puede hacérsenos la objeción, que el rápido viraje de la correlación de fuerzas durante la revolución rusa de 1917, no hubiera sido posible si el partido de Lenin no hubiese podido actuar a través de organismos democráticos, como los soviets y su congreso central; que la falta de organismos semejantes y no la falta de un partido revolucionario se encuentran en la base del encharcamiento, del círculo vicioso de la revolución española. Sabemos perfectamente, como Lenin, que en occidente la revolución es mucho más difícil que en Rusia, precisamente a causa del enorme lastre representado por los sindicatos, con sus doctrinas atrasadas, corporativistas, anti-revolucionarias. Pero lo que hace esta lucha tan difícil es, precisamente, el hecho de que la lucha contra los prejuicios sindicales, no es en el fondo otra cosa que la lucha contra la aristocracia obrera, representada por los jefes sindicales. Mas en España, país capitalista poco desarrollado, la aristocracia obrera casi no existe: la fuerza del anarco-sindicalismo no tiene otra explicación. La lucha por la conquista de los sindicatos cenetistas es infinitamente más fácil que la lucha por los sindicatos que se encuentran bajo la férula de un Jouhaux o de un Frachon. Pero para llevar esta lucha con éxito, evidentemente, es preciso dirigir la mirada hacia las masas de estos sindicatos, explicar a estas masas, influenciadas por su dirección antimarxista, las necesidades de la lucha revolucionaria que aquellas aceptan, en principio y por instinto, mantenerse apartado de toda colaboración con el estado burgués o semi burgués, aplastar todo burocratismo en sus propias filas, crear soviets (comités) dondequiera que la posibilidad de hacerlo se presente. El P.O.U.M., lejos de esto, concentró su trabajo sindical en la U.G.T., que antes de ser la encrucijada de la contrarrevolución «legal», era en Catatuña, una pequeña minoría frente a la C.N.T. El P.O.U.M. ingresó en el gobierno reaccionario de septiembre, renunció a hacer propaganda política en las milicias no-poumistas, para terminar olvidando la propaganda entre sus propias milicias, poco o nada educadas políticamente. Substituía el Leninismo por el Maurinismo, la dialéctica por la retórica, y la agitación política por la demostración pública. Bajo capa de seguir «las particularidades de la revolución española» los jefes del P.O.U.M. hicieron todo lo posible por ahogarla. Considerando los soviets como un producto ruso, no susceptible de ser exportado, el P.O.U.M., con su entrada en el gobierno, posibilitó la disolución de los comités locales de milicias. A los bolcheviques-leninistas el P.O.U.M. reprochaba sub estimar el factor sindical en España: en realidad, como consecuencia de su «justa apreciación» renunció al trabajo en la C.N.T. A esta última reprochaba sus compromisos con la pequeña burguesía, con el fin de crearse una coartada para seguir la misma política. Consideró la consigna de los soviets como una consigna de segundo plano, que agita un poco hacia delante en los períodos en que se encuentra obligado a estar en «oposición leal» al gobierno del Frente Popular de turno. Se niega a reconocer la elección de comités en sus propias milicias; la vida interior del partido carece de toda democracia verdadera. Acepta, con reservas sin importancia, la unificación de las dos centrales sindicales, por sus burocracias respectivas. Preconiza un ejercito «controlado por las organizaciones obreras» (cuya inmensa mayoría está en el gobierno). Prefiere el torpor de las organizaciones actualmente existentes al ritmo movido de la democracia obrera. Lejos de trabajar por los soviets, el P.O.U.M. no es sinó un factor más contra su formación, habiendo participado en su destrucción (comités locales). Un partido bolchevique, podrá abrir el camino a las organizaciones de democracia obrera, y hacer de élla, los instrumentos de la toma del poder por el proletariado.

PROLES