Publicado con la firma «N. Rjasanoff» en los Ergänzungshefte zur Neuen Zeit (suplementos de Die Neue Zeit), n.º 5, Stuttgart, 5 de marzo de 1909; traducido del ejemplar de la Universidad de Columbia digitalizado en archive.org. Traducción al español de la Escuela de marxismo (2026). El estudio examina la obra de Marx que publicamos como Historia diplomática secreta del siglo XVIII: cuando Riazánov la cita, damos el pasaje en nuestra traducción de esa obra. Las notas numeradas son de Riazánov; las marcadas «N. del T.», nuestras.

Investigaciones críticas de N. Riazánov.

1. El papel contrarrevolucionario de Rusia y de Inglaterra en 1848

La revolución de 1848, que barrió la Europa occidental como un huracán y puso en pie no solo a Viena, sino también a Berlín, se detuvo en las fronteras de Rusia. La inquietud que de pronto se sintió en Petersburgo desapareció en el acto, en cuanto llegaron de la tristemente célebre «Tercera Sección» de la policía política informes según los cuales «todo estaba en perfecto orden». Como una fiera que se agazapa para lanzarse sobre su presa en el momento propicio, Rusia seguía los pormenores de la lucha revolucionaria en Alemania y concentraba al mismo tiempo sus tropas en la frontera occidental.

«El zar está a las puertas de Thorn», escribía la Neue Rheinische Zeitung.1 Este hecho determinó toda la política exterior de la democracia alemana y de su ala de extrema izquierda, agrupada en torno a la Neue Rheinische Zeitung. Sus redactores declaraban abiertamente: «Solo la guerra contra Rusia es una guerra de la Alemania revolucionaria, una guerra en la que puede lavar los pecados del pasado, en la que puede cobrar ánimo, en la que puede vencer a sus propios autócratas, en la que, como corresponde a un pueblo que sacude las cadenas de una larga y perezosa esclavitud, compra la propaganda de la civilización con el sacrificio de sus hijos y se hace libre por dentro al liberarse hacia fuera». Pero, por otra parte, Nicolás y Nesselrode, que por entonces ya habían entrado en negociaciones secretas con el «príncipe de la metralla», no hacían sino seguir las tradiciones de la política rusa cuando, en la nota circular del 6 de julio, se quejaban amargamente de que Rusia era, desde la revolución de marzo, víctima en Alemania de sospechas injustas. «La guerra contra Rusia —escribía Nesselrode— se proclamaba una de las tareas más importantes del momento». El absolutismo ruso recordaba el respeto debido a los tratados de 1815, cuyo cometido era perpetuar el desmembramiento de Alemania, y protestaba del modo más enérgico contra la unidad alemana, que «tarde o temprano arrastraría inevitablemente a Alemania a una guerra con sus vecinos».

La pesada zarpa del oso ruso se hizo sentir ya en la energía con que se aplastó el intento de insurrección en la Polonia prusiana. En la cuestión de Schleswig-Holstein, el absolutismo ruso salió luego a la luz con toda franqueza, al obligar a Prusia a hacer una guerra de mera apariencia para firmar en seguida un armisticio. Entre las tres potencias más contrarrevolucionarias de Europa, que se pusieron del lado de Dinamarca, la Neue Rheinische Zeitung cuenta, junto a Rusia y Prusia, a Inglaterra.

«Prusia, Inglaterra y Rusia son las tres potencias que más tienen que temer de la revolución alemana y de su primera consecuencia, la unidad alemana: Prusia, porque con ella deja de existir; Inglaterra, porque con ella el mercado alemán se sustrae a su explotación; Rusia, porque con ella la democracia tiene que avanzar no solo hasta el Vístula, sino incluso hasta el Dviná y el Dniéper».

Ya en las correspondencias de Londres de la Neue Rheinische Zeitung puede comprobarse este cambio de actitud hacia Inglaterra y hacia el que dirigía entonces la política exterior inglesa, Palmerston. No solo a los miembros de la Santa Alianza, sino también a los liberales, Palmerston les pareció, tras los acontecimientos de Italia y de Suiza de 1847, el paladín del constitucionalismo y de la unidad nacional. Pero este enemigo encarnizado del movimiento obrero inglés y fiel servidor del capital inglés, que apoyaba a la Bélgica constitucional como baluarte contra Francia, que acudía en ayuda de los liberales suizos con dinero y con su autoridad «moral» y que defendía contra Austria los intereses del comercio inglés en la península apenina, estaba no menos «escandalizado» que Nicolás I por la revolución de 1848. Comprendía demasiado bien que cada nuevo éxito del movimiento revolucionario en el continente reforzaba el cartismo en Inglaterra, y por eso empleó todos los medios para encauzar la revolución por determinadas vías. De ahí nació su obstinada resistencia a la unidad alemana, en la medida en que esta hubiera de conquistarse por la vía de la victoria del pueblo sobre la corona. Cada derrota de la revolución en Francia y en Alemania significaba al mismo tiempo una derrota del cartismo inglés y un refuerzo del papel contrarrevolucionario de Inglaterra.

En su número de año nuevo de 1849, la Neue Rheinische Zeitung escribía, en una mirada retrospectiva sobre el movimiento revolucionario de 1848:

«Pero el país que convierte naciones enteras en sus proletarios, que abarca el mundo entero con sus brazos gigantescos, que ya una vez costeó con su dinero los gastos de la restauración europea, en cuyo propio seno los antagonismos de clase se han desarrollado hasta su forma más acusada y clásica —Inglaterra— parece la roca contra la que se estrellan las olas de la revolución, la que mata de hambre a la nueva sociedad ya en el seno materno. Una conmoción de las relaciones económicas en cada país del continente europeo, en todo el continente europeo sin Inglaterra, es una tempestad en un vaso de agua. Las relaciones de la industria y del comercio dentro de cada nación están dominadas por su tráfico con otras naciones, están condicionadas por su relación con el mercado mundial. Pero Inglaterra domina el mercado mundial, y la burguesía domina Inglaterra. ... La vieja Inglaterra solo será derribada por una guerra mundial, la única que puede ofrecer al partido cartista, al partido obrero inglés organizado, las condiciones para un levantamiento victorioso contra sus gigantescos opresores. Los cartistas a la cabeza del gobierno inglés: solo en ese instante pasa la revolución social del reino de la utopía al reino de la realidad. Pero toda guerra europea en que se vea envuelta Inglaterra es una guerra mundial. Se hace en el Canadá como en Italia, en las Indias Orientales como en Prusia, en África como en el Danubio. Y la guerra europea es la primera consecuencia de la revolución obrera victoriosa en Francia. Inglaterra estará, como en tiempos de Napoleón, a la cabeza de los ejércitos contrarrevolucionarios, pero la guerra misma la lanzará a la cabeza del movimiento revolucionario, y saldará su deuda con la revolución del siglo XVIII.

»Levantamiento revolucionario de la clase obrera francesa, guerra mundial: ese es el índice del año 1849».

Si todavía el 2 de julio de 1848 la Neue Rheinische Zeitung desplegaba una larga lista de todos los pecados que los alemanes habían cometido contra la libertad entre los pueblos más diversos para proteger el poder absoluto de los soberanos; si entonces señalaba que los propios alemanes eran «en lo más hondo de Rusia los principales puntales del Uno y de los pequeños autócratas» y que la reacción en Inglaterra se armaba con tropas hannoverianas, el 15 de febrero escribía ya en un tono algo más suave:

«Hasta ahora siempre se ha dicho que los alemanes fueron los lansquenetes del despotismo en toda Europa. Lejos de nosotros negar la vergonzosa participación de los alemanes en las vergonzosas guerras contra la Revolución francesa de 1792 a 1815, en la opresión de Italia desde 1815 y de Polonia desde 1772; pero ¿quién estaba detrás de los alemanes, quién los usó como mercenarios o como vanguardia? Inglaterra y Rusia».

En el prólogo a los artículos sobre Trabajo asalariado y capital, donde Marx explica por qué la Neue Rheinische Zeitung no había expuesto las relaciones económicas que forman la base material de las actuales luchas de clases y luchas nacionales, señala que la redacción consideró su tarea principal seguir ante todo la lucha de clases en la historia del día. Enumera después las etapas principales de la revolución de febrero y de la de marzo y muestra «cómo, por último, Europa, con la derrota de los obreros revolucionarios, recayó en su vieja doble esclavitud, la esclavitud anglorrusa». Marx prometía entonces entrar con más detenimiento en las relaciones económicas y, además de investigar las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital y demostrar la ruina inevitable de la burguesía media bajo el sistema actual, quería describir «el sojuzgamiento y la explotación comerciales de las clases burguesas de las diversas naciones europeas por el déspota del mercado mundial: Inglaterra».

Pero no logró cumplir su promesa. El 19 de mayo apareció el último número, el número «rojo», de la Neue Rheinische Zeitung, en el que Marx repetía las frases finales del editorial del número de año nuevo:

«Levantamiento revolucionario de la clase obrera francesa, guerra mundial: ese es el índice del año 1849.

»Y ya se alza en el Este un ejército revolucionario formado por combatientes de todas las nacionalidades frente a la vieja Europa, representada y coaligada en el ejército ruso; ya amenaza desde París la república roja».

Marx y Engels se habían equivocado. Hungría fue aplastada por el ejército ruso, y las esperanzas puestas en la revolución social en Inglaterra, en la victoria del cartismo, no se realizaron, como tampoco las esperanzas de que el proletariado francés se levantara después de la matanza de junio y diera un nuevo impulso al movimiento revolucionario.

La reacción que se había desatado empujó a Marx de un lugar a otro. La derrota de la democracia pequeñoburguesa del 13 de junio de 1849 le obligó a abandonar París y a marchar a Londres, donde al poco tiempo emprendió la publicación de la Revista de la Neue Rheinische Zeitung.

Si Prusia y Austria navegaban a remolque de Rusia, la política de la burguesía francesa navegaba por completo en las aguas de Inglaterra, cuya política exterior seguía dirigiendo Palmerston.

«El papel de mediador que Cavaignac y la Asamblea Nacional desempeñaron en la Italia del Norte para traicionarla, junto con Inglaterra, en favor de Austria: este único día de poder aniquiló dieciocho años de oposición del National. Ningún gobierno menos nacional que el del National, ninguno más dependiente de Inglaterra ... ninguno más servil con la Santa Alianza. ...».

¿Quién fue, además, el que procuró a Rusia el dinero que le permitió cumplir su misión contrarrevolucionaria? Inglaterra. A comienzos de 1850 Nesselrode escribía, muy satisfecho, al príncipe Vorontsov:

«Hemos recibido hace poco una nueva y brillante prueba de las simpatías que hoy se profesan en Inglaterra a Rusia. Esa prueba es la acogida que ha tenido nuestro empréstito, pese a Cobden Peace & Co., como llama con gracia el Morning Chronicle al jefe de los librecambistas. Figúrese usted: la suscripción alcanzó los 16 millones de libras esterlinas. Que digan ahora que en Inglaterra ya no se quiere a Rusia».2

También es difícil decir quién apoyó con más celo a los jefes de las Centurias Negras en Francia en el restablecimiento del «orden y la tranquilidad», si Rusia o Inglaterra. «En su número del 29 de diciembre de 1851, el Economist declara en su propio nombre: “En todas las bolsas de Europa se reconoce ahora al presidente como el centinela del orden”». Y Nesselrode escribía que Rusia, en todas sus manifestaciones al presidente, había destacado siempre los «indudables méritos que había adquirido con la doma del espíritu revolucionario», que aprobaba todo lo que hacía «en interés del orden» y le recomendaba «seguir en adelante el mismo camino sin vacilar».3

El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 significó la victoria definitiva de la contrarrevolución. En Austria se modificó la Constitución, y en Alemania, después del proceso de los comunistas de Colonia y de la destrucción de los últimos restos de las asociaciones obreras, imperaba la reacción más descarada y desvergonzada. A la humillación de Varsovia siguió la vergüenza de Olmütz. En el Protocolo de Londres del 8 de mayo de 1852 se entregó Schleswig-Holstein a la dominación extranjera danesa. Pero ¿quiénes fueron los principales autores del Protocolo de Londres? Inglaterra y Rusia.

La vieja «esclavitud anglorrusa» reinaba ahora en toda Europa. Prusia se superaba a sí misma en servilismo hacia Rusia. Alejandro II, el adorado sobrino de su aún más adorado tío Guillermo, el futuro emperador alemán, se expresaba así sobre Prusia: «Cuanto más se ofende a Prusia, más se apega a nosotros». Las relaciones entre Rusia e Inglaterra eran de lo más amistosas, hasta el punto de que Nicolás I hacía ya preparativos para recoger, de acuerdo con Inglaterra, la herencia del «hombre enfermo», pues se sentía completamente seguro del asentimiento de Prusia y de Austria. Tan mal conocía el primer esclavista de Rusia la psicología de los esclavos.

Para Marx, esta marcha triunfal de la reacción no fue inesperada. Ya en el otoño de 1850 había llegado a la conclusión de que por el momento no podía hablarse de una verdadera revolución. Había llegado a esa conclusión tras un estudio detenido de las condiciones económicas de entonces y tras el examen de los acontecimientos de 1849 y 1850. Mostró «cómo la prosperidad del comercio y de la industria, que había vuelto en el curso de 1848 y se había acrecentado aún más en 1849, paralizó el impulso revolucionario e hizo posibles las victorias simultáneas de la reacción». La dependencia económica del continente respecto de Inglaterra se manifestó con igual crudeza durante el periodo de auge que durante la crisis. El continente seguía servilmente el ejemplo de Inglaterra. «Así como el periodo de la crisis llega al continente más tarde que a Inglaterra, así también la prosperidad. En Inglaterra tiene lugar siempre el proceso originario; es el demiurgo del cosmos burgués».

La esclavitud política en que se hallaba la Europa continental respecto de Rusia se completaba con su dependencia económica respecto de Inglaterra. La revolución de 1848 se estrelló contra la resistencia de Rusia, ese déspota político de Europa, no menos que contra la resistencia de Inglaterra, ese déspota del mercado mundial. Si de Londres partían todos los hilos económicos que enredaban el mercado mundial y afianzaban la dependencia de la Europa continental respecto de la Bolsa de Londres, en Petersburgo se forjaban sin descanso las cadenas en que se desangraba la revolución vencida, y las maquinaciones e intrigas de la reacción con que todas las cortes europeas, de Berlín a Madrid y Lisboa, enredaban a sus pueblos.4

Esa era la atmósfera política cuando Marx reanudó sus estudios económicos, interrumpidos por la revolución. En primer plano estaba para él el estudio del «demiurgo del cosmos burgués», el empeño en resolver el enigma de la sociedad burguesa. «El enorme material para la historia de la economía política acumulado en el Museo Británico, el punto de vista favorable que ofrece Londres para la observación de la sociedad burguesa y, por último, la nueva fase de desarrollo en que esta parecía entrar con el descubrimiento del oro de California y de Australia»: todo esto decidió a Marx a empezar de nuevo sus estudios desde el principio y a abrirse paso críticamente a través del nuevo material. El primer fruto de este trabajo fue el escrito Contribución a la crítica de la economía política, en el que Marx empezó a cumplir la promesa que diez años antes había hecho a los lectores de la Neue Rheinische Zeitung.

Pero en los años cincuenta Marx no se ocupó solo del estudio del «cosmos burgués». Con no menos empeño estudió los «misterios de la política internacional». Londres no era solo el lugar más favorable para el estudio de las relaciones económicas del mercado mundial; era también, como La Haya en el siglo XVIII, el lugar donde en los boletines de la Bolsa —como en un barómetro las más pequeñas oscilaciones de la presión atmosférica— se manifestaba, más deprisa que en ningún otro sitio, todo cambio, aun el más pequeño, en el terreno de las relaciones políticas internacionales. Solo en Inglaterra era posible por entonces un fenómeno como la formación en todo el país de toda una serie de sociedades (Foreign Affairs Committees) dedicadas exclusivamente al estudio de la política exterior, que seguían con atención la actividad del Ministerio de Asuntos Exteriores y sometían a la crítica más severa cada paso de su política.

No fueron solo las inclinaciones personales de Marx las que le llevaron a «escudriñar los misterios de la política internacional, vigilar las jugadas diplomáticas de los gobiernos». La imperiosa necesidad de ganarse la vida le obligó a aceptar el puesto de redactor para Europa del New York Tribune, el primer periódico angloamericano de aquel tiempo. Como solo excepcionalmente se ocupaba de corresponsalías periodísticas propiamente dichas, ello trajo consigo una extraordinaria dispersión de sus estudios. Y aquí, en estas disciplinas aparentemente muy alejadas, en las que tuvo que detenerse más o menos tiempo y que lo apartaban de sus estudios económicos principales, el estudio de la historia de las relaciones diplomáticas internacionales ocupó el primer lugar.

Ya vimos bajo qué influencia había llegado Marx, aun antes de trasladarse a Londres, a la convicción de que Inglaterra y Rusia eran de facto aliadas en la lucha contra la revolución. La estancia en Londres reforzó todavía más su convicción del carácter contrarrevolucionario de la política de Palmerston, a quien la camarilla prusiana de la época tenía por un agente de la revolución, y los liberales prusianos por un paladín del constitucionalismo y un protector de la idea nacional de la misma especie que el tercer Napoleón. Es, pues, del todo comprensible que tuvieran que interesarle los escritos de David Urquhart, quien durante veinte años desenmascaró sin descanso las intrigas de la diplomacia rusa, acusó a Palmerston de servilismo hacia Rusia y alabó con el mismo celo las excelencias de la dominación turca en la península balcánica. Este odio a Rusia y esta oposición constante a Palmerston fueron también lo que acercó a Urquhart no solo a la emigración revolucionaria polaca y húngara, sino también a Marx.

No hay que suponer, sin embargo, que Marx estuviera bajo la influencia exclusiva de Urquhart. Eso era imposible ya por el hecho de que ambos partían de puntos de vista de principio completamente distintos y de que sus fines divergían por completo. Marx no compartía las tendencias turcófilas de Urquhart; se burlaba abiertamente de él, como se ve en la siguiente semblanza humorística de aquel testarudo original, que no estaba menos encantado con la libertad turca que con los baños turcos:

«Este caballero, de ascendencia escocesa, lleno de recuerdos medievales y patriarcales de su tierra y con una educación moderna, inglesa, civilizada, después de luchar tres años en Grecia contra los turcos, llegó al país de estos y se convirtió en el acto en su ardiente admirador. El romántico montañés de las Highlands se sintió como en su casa en las gargantas montañosas del Pindo y de los Balcanes. Sus obras sobre Turquía, que por lo demás contienen muchas informaciones valiosas, pueden resumirse en tres paradojas que dicen casi literalmente así: primera, si el señor Urquhart no fuera súbdito inglés, querría sin duda ser turco; segunda, si no fuera calvinista presbiteriano, no querría pertenecer a otra religión que el islam, y tercera, Inglaterra y Turquía son los dos únicos países del mundo que gozan de autogobierno y de libertad civil y religiosa».5

En su escrito El señor Vogt, Marx cuenta lo siguiente sobre sus relaciones con D. Urquhart y su partido:

«Los escritos de Urquhart sobre Rusia y contra Palmerston me habían estimulado, pero no convencido. Para formarme una opinión firme sometí a un laborioso análisis los Parliamentary Debates de Hansard y los libros azules diplomáticos de 1807 a 1850. El primer fruto de estos estudios fue una serie de editoriales en el New York Tribune (finales de 1853), en los que demostraba, por sus transacciones con Polonia, Turquía, Circasia, etc., la conexión de Palmerston con el gabinete de Petersburgo. Poco después hice reimprimir estos trabajos en el órgano cartista The People's Paper, dirigido por Ernest Jones, y añadí nuevas secciones sobre la actividad de Palmerston. Entretanto, también el Glasgow Sentinel había reimpreso uno de estos artículos (Palmerston and Poland), que atrajo la atención del señor D. Urquhart. A raíz de una entrevista que tuve con él, este movió al señor Tucker, de Londres, a publicar una parte de aquellos artículos en forma de folleto. Estos folletos sobre Palmerston se difundieron después en diversas ediciones de 15.000 a 20.000 ejemplares».6

Estos folletos de Marx tuvieron, en efecto, un éxito enorme y contribuyeron no poco a destruir la leyenda que se había formado en torno al nombre de Palmerston, no solo en la Europa continental, sino también en Inglaterra. Marx sacó a la luz sin piedad todas las contradicciones de la política de Palmerston y demostró que era de facto un agente de la contrarrevolución lo mismo que los diplomáticos de Petersburgo:

«Combate de palabra la influencia extranjera y se somete a ella de hecho. De Canning heredó la misión de Inglaterra de propagar el constitucionalismo en el continente, y nunca le falta un asunto con que excitar los prejuicios nacionales, contrarrestar la revolución en el extranjero y mantener al mismo tiempo despiertos los recelos de las potencias extranjeras. Después de convertirse por este cómodo procedimiento en el coco de las cortes del continente, pasa en su país por modelo del auténtico ministro inglés. ... Un partido le acusa de estar vendido a Rusia; el otro lo tiene por un carbonario. ... Cuando polacos, italianos, húngaros o alemanes fueron aplastados, él estaba al timón; pero sus déspotas siempre sospecharon que conspiraba en secreto con las víctimas, a cuyo aplastamiento había asistido impasible. Hasta ahora, en todos los casos, tenerlo por adversario ha resultado presagio de éxito, y tenerlo por amigo, presagio seguro de ruina».7

Marx aún habría podido añadir que los héroes del orden eran una excepción: estos siempre pudieron contar con la fiel amistad de Palmerston. Lo acertado que era el juicio de Marx sobre este papel contrarrevolucionario de Palmerston, sobre su alianza de hecho y su colaboración con los demás héroes de la contrarrevolución europea, se ve por la actividad política posterior del honorable lord. Había que tener toda la perspicacia política de los liberales alemanes de los años cincuenta para ver en Palmerston, aun después de la revolución de 1848, al defensor de los principios del constitucionalismo a toda costa y al protector de las naciones oprimidas. Es característico que Vogt explicara los ataques de la «camarilla» de Marx contra lord Palmerston por la enemistad de Marx con Vogt y sus amigos. ¡Incluso Lassalle estaba bajo la hipnosis de la leyenda continental y se inclinaba a justificar por su política antirrusa muchos pasos de Palmerston, entre ellos algunos que dio bajo la presión del gabinete de Petersburgo o con la más completa aprobación de la diplomacia rusa esotérica! Cuánta razón tenían Marx y Engels al calificar de mera guerra de apariencia la guerra de Crimea, en cuanto acto de la Inglaterra oficial, aunque se tragó millones de vidas humanas y miles de millones de francos, lo muestra toda la literatura posterior sobre la campaña de Sebastopol.

Con los artículos de Marx sobre Palmerston están estrechamente ligados sus numerosos artículos sobre la cuestión de Oriente y la guerra de Crimea en el New York Tribune, de 1853 a 1856, que Eleanor Aveling reunió y publicó con el título The Eastern Question.8

Palmerston dirigió la política exterior de Inglaterra, con breves interrupciones, de 1830 a 1851, y luego de nuevo, con pequeñas interrupciones, de 1852 hasta su muerte, en 1865. Es del todo comprensible que en Marx se afianzara cada vez más la idea de que tras la colaboración de hecho de Inglaterra y Rusia en la lucha contra la revolución se escondía también una colaboración personal y una solidaridad de ideas entre los gabinetes de Saint James y de San Petersburgo. Por antinatural que pareciera semejante alianza entre la Inglaterra constitucional y la Rusia despótica, toda una serie de hechos —no solo después de 1850, sino también antes— apuntaban a la existencia de esa colaboración secreta, que tampoco desapareció en los años en que en Inglaterra el dominio de los whigs fue sustituido por el de los tories.

«Cuando lord Dudley Stuart presentó en marzo de 1849 en la Cámara de los Comunes una moción que condenaba la ocupación rusa de los principados danubianos, lord Palmerston defendió del modo más enérgico los actos del gobierno imperial y su derecho a mantener el orden en los principados. ¡Pero el defensor más elocuente de la política rusa en Oriente fue Disraeli, el futuro lord Beaconsfield! Cuando el embajador ruso Brunnow transmitió a Palmerston la noticia de la entrada de las tropas rusas en Hungría, el noble lord escuchó esta declaración con manifiesta indiferencia y se limitó a observar: “¡Acaben ustedes más deprisa!”. El tory empedernido, el duque de Wellington, recomendó en la misma ocasión el siguiente plan: “Procuren operar con masas, con fuerzas suficientes para aplastar la revuelta de un solo golpe. Hagan una gran guerra con grandes medios. Ustedes los tienen”».9

Solo después de la guerra de Crimea cristalizaron más o menos las tendencias antirrusas de los conservadores ingleses. Pero hasta los años sesenta, ya estuviera en el poder un ministerio tory o uno whig, la gran burguesía inglesa, cuando se trataba de restablecer el «orden», pisoteaba todos los principios del liberalismo en alianza con el absolutismo ruso con la misma prontitud con que hoy el ministerio «radical» de Asquith y Grey ayuda, en alianza con el coronel ruso Liájov, al sha de Persia a bombardear el Majlis y a aplastar a los revolucionarios persas. Y los ingenuos liberales europeos de los años cincuenta no resultaron, en sus esperanzas en la Inglaterra constitucional, menos ingenuos que los kadetes rusos que apoyan la actual alianza anglorrusa y todavía «se niegan» a ver detrás de Liájov al señor von Hartwig, y todavía «no pueden creer» que detrás de Hartwig se esconde Grey.

Marx no se limitó al estudio de los libros azules diplomáticos de 1807 a 1850. Las simpatías casi invariables de los whigs por Rusia le obligaron a hacer una incursión en el terreno de la historia del siglo XVIII, en el que la oligarquía whig gobernó Inglaterra casi sin interrupción. Su suposición de que la vieja esclavitud anglorrusa, en la que Europa volvió a caer después de la revolución de febrero, era resultado de la alianza entre Inglaterra y Rusia, de que la colaboración de hecho de Inglaterra y Rusia, sobre la que Marx no tenía duda alguna, era resultado de acuerdos determinados entre diplomáticos ingleses y rusos, esta suposición se convirtió en firme convicción cuando, «al revisar los manuscritos diplomáticos del Museo Británico, descubrió una serie de documentos ingleses que se extendían desde la época de Pedro el Grande hasta finales del siglo XVIII, que revelan la constante colaboración secreta entre los gabinetes de Petersburgo y de Londres y que hacen aparecer la época de Pedro el Grande como cuna de esa conexión». Pero no solo la correspondencia diplomática descubierta le dio entonces un material del todo nuevo, que, según le parecía, nadie había utilizado todavía; también sacó a la luz un material completamente nuevo de la literatura de folletos del siglo XVIII, en cuyo conocimiento no tenía igual. Con la pasión que le era propia, emprendió la elaboración científica de este material. Pero de un trabajo extenso sobre este tema, como cuenta en su escrito El señor Vogt, por desgracia solo hizo imprimir la introducción, con el título Revelations of the Diplomatic History of the 18th Century. Este trabajo apareció primero en la Free Press de Sheffield y después en la de Londres, ambos órganos de Urquhart. Es el mismo trabajo cuya nueva edición preparó también Eleanor Marx después de la muerte de Engels, pero que, lo mismo que The Story of the Life of Lord Palmerston, no apareció hasta después de su trágica muerte, con el título Secret Diplomatic History of the Eighteenth Century.10

En la Neue Rheinische Zeitung, Marx dio un modelo insuperable de una actividad periodística que supo sacar «de esa masa confusa de hechos aparentemente fortuitos, inconexos e incompatibles entre sí de la historia viva del día» aquellos que aparecen como fundamentales y ponerlos en primer plano, para descubrir en el pasado las raíces del presente y encontrar en él los gérmenes del futuro. En El dieciocho brumario de Luis Bonaparte trazó, aún sobre huellas calientes, inmediatamente después de los hechos consumados, con mano de genio, los rasgos fundamentales de la historia de la revolución francesa de 1848 y mostró magistralmente que el golpe de Estado de Napoleón III era su resultado necesario. En Revolución y contrarrevolución en Alemania se despliega ante nosotros un cuadro y a la vez una caracterización de los momentos principales de la revolución en Alemania y en Austria. Pero, por la manera en que nacieron, estos trabajos, como también La guerra civil en Francia, no eran tratados históricos, sino escritos periodísticos. Y si se convirtieron para nosotros en obras maestras de la historia de los acontecimientos correspondientes, si sus conclusiones más importantes fueron confirmadas y completadas por toda la literatura histórica posterior, ello prueba una vez más cuán profundamente histórico era el periodista Marx y cuán objetiva era su exposición, pese a todo su subjetivismo.

En las Revelations, en cambio, vemos el único intento de Marx en el terreno del estudio de la historia política de Inglaterra y, en particular, de Rusia. En el pasado remoto busca la solución del enigma del colosal poderío de Rusia y, al mismo tiempo, la de aquella vieja esclavitud anglorrusa bajo cuyo yugo gemía toda Europa.

Queremos ahora, en primer lugar, dar a conocer a los lectores el contenido de este escrito. Tenemos que hacerlo con tanto más detalle cuanto que dicho trabajo ha permanecido completamente desconocido para la inmensa mayoría de los lectores.

2. Los escritos de Marx sobre las relaciones anglorrusas

Marx empieza sus Revelations reimprimiendo tres cartas de residentes y embajadores ingleses en la corte de Petersburgo. Una de ellas la dirige Rondeau a Walpole y es del año 1736, cuando Rusia estaba en guerra con Turquía. La segunda la escribió George Macartney y la dirigió en 1765 al conde de Sandwich, cuando Inglaterra se esforzaba por concluir un tratado de comercio con Rusia. El autor de la tercera carta es James Harris (más tarde conde de Malmesbury), que en 1782, en una carta a Grantham, habla de ceder a Rusia la isla de Menorca para ganarse la buena disposición de Rusia hacia Inglaterra.

Cuando Marx sostenía que estas cartas eran completamente desconocidas en su tiempo, solo se equivocaba respecto de la tercera. Esta la había publicado ya en 1844 el conde de Malmesbury, nieto de James Harris.11 La correspondencia diplomática de los embajadores ingleses del siglo XVIII la había utilizado también el historiador prusiano Raumer,12 el mismo de quien Marx dice en una carta sobre Proudhon que estaba «compuesto de un “por una parte” y un “por otra parte”». Interesado sobre todo por la historia de Prusia, tomó de esos despachos solo el material que iluminaba las relaciones entre Prusia e Inglaterra y que comunicaba detalles picantes sobre la vida y los manejos de la corte del zar en el siglo XVIII. Desde el mismo punto de vista se utilizaron también los despachos ingleses en el conocido libro La cour de la Russie il y a cent ans, publicado en Berlín en 1858, cuando ya había aparecido el trabajo de Marx. La correspondencia de los diplomáticos ingleses con el gabinete de Saint James la publicó por primera vez la Sociedad Histórica Rusa, que desde 1872 la fue imprimiendo en sus colecciones, aunque no completa ni para todo el siglo XVIII.13 Observemos de momento que en ellas faltan todas las cartas de Harris; enseguida veremos por qué.

En general, pues, Marx tenía entre manos materiales completamente inexplorados, que le permitían asomarse a lo que ocurría en la diplomacia internacional del siglo XVIII. El estudio de esta correspondencia muestra, en su opinión, que la diplomacia inglesa era embaucada sistemáticamente por la rusa, que los embajadores ingleses desempeñaban el papel de instrumentos dóciles en manos de la corte de Petersburgo. La siguiente caracterización sarcástica que Marx da de toda esta correspondencia muestra mejor que nada cómo llegó a su conclusión:

«Al examinar estos documentos, hay algo que nos sorprende aún más que su contenido, a saber, su forma. Todas estas cartas son “confidenciales”, “privadas”, “secretas”, “muy secretas”; pero, pese al secreto, la privacidad y la confidencia, los estadistas ingleses conversan entre sí sobre Rusia y sus gobernantes en un tono de reserva reverencial, abyecto servilismo y cínica sumisión que nos llamaría la atención incluso en los despachos públicos de los estadistas rusos. Los diplomáticos rusos recurren al secreto para ocultar intrigas contra naciones extranjeras. Los diplomáticos ingleses adoptan el mismo método para expresar libremente su devoción a una corte extranjera. Los despachos secretos de los diplomáticos rusos están sahumados con cierto perfume equívoco. Es en parte el humo de falsedad (fumée de fausseté), como dice el duque de Saint-Simon, y en parte esa coqueta ostentación de la propia superioridad y astucia que imprime a los informes de la policía secreta francesa su carácter indeleble. Incluso los despachos magistrales de Pozzo di Borgo están manchados con este borrón común de la literatura de lupanar (littérature de mauvais lieu). En este punto los despachos secretos ingleses resultan muy superiores. No afectan superioridad, sino necedad. Por ejemplo, ¿puede haber algo más necio que el señor Rondeau informando a Horace Walpole de que ha revelado deslealmente al ministro ruso las cartas dirigidas por el gran visir turco al rey de Inglaterra, pero que había dicho “al mismo tiempo a esos caballeros que, como había en ellas varias reflexiones duras sobre la corte rusa, no se las habría comunicado si no hubieran tenido tanto deseo de verlas”, y que luego pidió a sus excelencias que no dijeran a la Puerta que las habían visto?

»A primera vista, la infamia del acto se ahoga en la necedad del hombre. O tomemos a Sir George Macartney. ¿Puede haber algo más necio que su felicidad porque Rusia pareciera lo bastante “razonable” como para no esperar que Inglaterra “pagara todos los gastos” por “preferir” Rusia “llevar la voz cantante en Estocolmo”; o su “preciarse” de haber “persuadido a la corte rusa” de que no fuera tan “poco razonable” como para pedir a Inglaterra, en tiempo de paz, subsidios para un tiempo de guerra contra Turquía (entonces aliada de Inglaterra); o su advertencia al conde de Sandwich de “no mencionar” al embajador ruso en Londres los secretos que el canciller ruso le había comunicado a él en San Petersburgo? ¿O puede haber algo más necio que Sir James Harris susurrando confidencialmente al oído de lord Grantham que Catalina II carecía de “juicio, precisión de ideas, reflexión y espíritu de combinación”? O, siguiendo esta afectación de necedad hasta tiempos más recientes, ¿hay en la historia diplomática algo que pueda igualar la propuesta de lord Palmerston al mariscal Soult (en 1839) de forzar los Dardanelos para dar al sultán el apoyo de la flota anglofrancesa contra Rusia?

»Por otra parte, véase la fría desvergüenza con que Sir George Macartney informa a su ministro de que, como los suecos estaban extremadamente celosos de su dependencia de Rusia y mortificados por ella, la corte de San Petersburgo encargaba a Inglaterra que hiciera el trabajo de Rusia en Estocolmo ¡bajo los colores británicos de la libertad y la independencia! O a Sir James Harris aconsejando a Inglaterra que entregara a Rusia Menorca y el derecho de visita (de los buques neutrales en busca de contrabando de guerra, derecho que Inglaterra ejercía entonces ampliamente en la guerra marítima; nota del traductor alemán), y el monopolio de la mediación en los asuntos del mundo, no para obtener ventaja material alguna, ni siquiera un compromiso formal por parte de Rusia, sino solo “un vivo ardor de amistad” de la emperatriz y la transferencia a Francia de su “mal humor”.

»Los despachos secretos rusos siguen la línea muy simple de que Rusia se sabe sin interés común alguno con las demás naciones, pero de que hay que persuadir a cada nación por separado de que tiene intereses comunes con Rusia con exclusión de todas las demás. Los despachos ingleses, por el contrario, nunca se atreven siquiera a insinuar que Rusia tenga intereses comunes con Inglaterra, sino que solo se esfuerzan por convencer a Inglaterra de que tiene intereses rusos. Los propios diplomáticos ingleses nos dicen que este fue el único argumento que alegaron cuando se vieron cara a cara con los potentados rusos».

Marx cierra su caracterización con estas duras palabras:

«Si los despachos ingleses que hemos puesto ante el público estuvieran dirigidos a amigos particulares, solo marcarían con la infamia a los embajadores que los escribieron. Dirigidos secretamente, como lo están, al propio gobierno británico, lo clavan para siempre en la picota de la historia; y esto parecen haberlo sentido instintivamente incluso los escritores whigs, porque ninguno se ha atrevido a publicarlos» (Secret Diplomatic History, pág. 22 y ss.).

Ya vimos que Marx se equivocaba en este último punto. La tercera carta, que le indignaba especialmente, se había publicado doce años antes y no había provocado indignación alguna. Es interesante, sin embargo, que Urquhart, en una nota de la redacción en que llama la atención especial de los lectores sobre los artículos de Marx, se declare completamente de acuerdo con su caracterización y aduzca incluso hechos de la historia de la diplomacia anglorrusa de la primera mitad del siglo XIX para mostrar que los diplomáticos ingleses de entonces no eran mejores ni más listos que sus predecesores del siglo XVIII.

Después de dar por demostrada su afirmación —la estrechez de miras y la dependencia servil de la diplomacia inglesa del siglo XVIII respecto de la corte de Petersburgo—, Marx plantea la pregunta de en qué época tiene su origen este carácter «ruso» de la diplomacia inglesa, que en el siglo XVIII se hizo típico de ella.

Marx busca ese momento en la época de Pedro el Grande, a quien sitúa ahora en el centro de su investigación.14 Como introducción, reimprime algunos folletos ingleses aparecidos en tiempos de Pedro el Grande que o bien habían escapado a la atención de los historiadores de entonces, o bien no les habían parecido merecedores de ella. Escoge con este fin tres folletos dirigidos contra Rusia y que tomaban la defensa de Suecia. El primero —La crisis del Norte (1716)— revela la política general de Rusia y señala los peligros que la rusificación de Suecia acarreaba a Inglaterra y a su comercio.15 El segundo folleto —El tratado defensivo (1717)— juzga la política de Inglaterra a la luz del tratado concluido en 1700 entre Inglaterra y Suecia.16 El tercero, por último —La verdad no es más que la verdad, según su momento (1719)—, demuestra que los nuevos planes políticos que convertían a Rusia en potencia dominante en el mar Báltico estaban en contradicción con la política tradicional que Inglaterra había seguido durante todo el siglo XVII.17

Estos tres folletos bastaban de sobra, en opinión de Marx, para refutar «el prejuicio, común a los escritores continentales e ingleses, de que los designios de Rusia no se comprendieron ni se sospecharon en Inglaterra hasta una época posterior, y demasiado tardía; de que las relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Rusia» —citamos aquí literalmente, tan increíble suena esta tesis en boca de Marx— «no fueron sino el fruto natural de los intereses materiales mutuos de los dos países, y de que, por tanto, al acusar de rusismo a los estadistas británicos del siglo XVIII cometeríamos un imperdonable hysteron-proteron».

Marx aún habría estado dispuesto a perdonar a esos estadistas si se hubieran limitado a compartir las opiniones de su tiempo. Y ello por la razón siguiente:

«Para comprender una época histórica limitada, hay que salir de sus límites y compararla con otras épocas históricas. Para juzgar a los gobiernos y sus actos, hay que medirlos por su propio tiempo y por la conciencia de sus contemporáneos. Nadie condenará a un estadista británico del siglo XVII por obrar según la creencia en la brujería si ve al mismo Bacon incluir la demonología en el catálogo de las ciencias. En cambio, si los Stanhope, los Walpole, los Townshend, etc., fueron sospechosos para sus propios contemporáneos y combatidos y denunciados por ellos en su propio país como instrumentos o cómplices de Rusia, ya no vale escudar su política tras la cómoda pantalla de los prejuicios y la ignorancia comunes a su tiempo» (Secret Diplomatic History, pág. 49).

Los folletos citados prueban irrefutablemente, en opinión de Marx, que los estadistas ingleses del siglo XVIII estaban completamente ciegos, que no veían el peligro contra el que con tanta elocuencia les prevenía el autor de La crisis del Norte;18 que —como demuestran los autores de los otros dos folletos— sacrificaron a Suecia del modo más pérfido en favor de Rusia y que, después de asegurar a esta la hegemonía en el Báltico, criaron ellos mismos a su futuro enemigo. Más aún: descuidaron los intereses comerciales de su patria, un crimen que en Inglaterra nunca se perdona.

Marx acude por su parte en ayuda de los autores de los folletos y demuestra, apoyándose en datos estadísticos, que los historiadores modernos «nada han exagerado más que las dimensiones del comercio que abrió a Gran Bretaña el enorme mercado de la Rusia de Pedro el Grande y de sus sucesores inmediatos». Después de examinar las cifras de importación y exportación de Suecia y de Rusia de 1697 a 1700, llega a la conclusión siguiente:

«Durante los sesenta primeros años del siglo XVIII, el comercio anglorruso total formaba solo una fracción muy pequeña del comercio general de Inglaterra, digamos menos de 1/45. Su súbito aumento durante los primeros años del dominio de Pedro sobre el Báltico no afectó en absoluto a la balanza general del comercio británico, porque fue un simple traspaso de la cuenta sueca a la cuenta rusa. En los últimos tiempos de Pedro I, lo mismo que bajo sus sucesores inmediatos, Catalina I y Ana, el comercio anglorruso estaba en franco retroceso; durante toda la época que arranca del asentamiento definitivo de Rusia en las provincias bálticas, la exportación de manufacturas británicas a Rusia no dejó de decaer. ... Ni los contemporáneos de Pedro I ni la generación británica siguiente sacaron provecho alguno del avance de Rusia hasta el Báltico. En general, el comercio báltico de Gran Bretaña era entonces insignificante por el capital que movía, pero importante por su naturaleza: proporcionaba a Inglaterra las materias primas de sus pertrechos navales. Que, desde este último punto de vista, el Báltico estaba más seguro en manos de Suecia que en las de Rusia no solo lo demostraban los folletos que reimprimimos, sino que lo comprendían perfectamente los propios ministros británicos» (Secret Diplomatic History, págs. 53 y 54).

Pero ¿cómo se explica un fenómeno tan extraño como el apoyo obstinado a Rusia, si Inglaterra tenía interés en impedir que los rusos se asentaran en el Báltico?

Resulta que en Inglaterra había, a pesar de todo, un puñado de comerciantes ingleses cuyos intereses coincidían con los de Rusia: la Compañía de Rusia (Russian trade company). Era ella la que azuzaba contra Suecia y asediaba al Parlamento con sus peticiones; era ella la que en los años 1714, 1715 y 1716, cada vez antes de la apertura del Parlamento, celebraba reuniones para presentar las quejas de los comerciantes británicos contra Suecia.

Pero ¿cómo podía ejercer tal influencia sobre el gobierno que este prestara oído constantemente a sus insinuaciones? Lo que ocurría era que la oligarquía que después de la «Revolución Gloriosa» se había apoderado del poder y de la riqueza a costa de la masa del pueblo británico tenía que buscar aliados no solo fuera, sino también dentro del país. Estos los encontró en los elementos sociales que los franceses habrían llamado la haute bourgeoisie, representados por el Banco de Inglaterra, los capitalistas del dinero, los acreedores del Estado y los grandes industriales. Con cuánta atención y cariño cuidaba los intereses materiales de esta clase se ve en las leyes que promulgó.

Se comprende que esa oligarquía se viera obligada también en el terreno de la política exterior a darle, al menos en apariencia, el carácter de una política guiada por los intereses comerciales. Y esto era tanto más fácil cuanto que siempre era posible poner de acuerdo los intereses exclusivos de tal o cual pequeño grupo de la clase comercial con tal o cual medida del ministerio. El grupo interesado emprendía entonces una viva agitación en «defensa de los intereses del comercio y de la navegación», y la nación lo secundaba estúpidamente.

De este modo, la política exterior de esta oligarquía solo se mantenía fiel a sí misma en un aspecto: aspiraba a complacer a Rusia a toda costa. Se escondía tan solo detrás de los intereses del comercio y de la industria, que el gabinete no constataba sino post festum. Durante la guerra del Norte (1700-1721), los ministros ingleses encontraron el necesario pretexto mercantil para disimular su actitud hostil hacia Suecia en las pérdidas que los corsarios suecos habían causado a los comerciantes ingleses, aunque los suecos obraban en perfecta conformidad con el derecho internacional de la época.

Podría parecer que Inglaterra seguía entonces el ejemplo de Holanda, que declaró simple piratería la confiscación de sus barcos por los suecos. En un aspecto, Holanda estaba frente a Suecia en la misma situación que Inglaterra. Ambas estaban ligadas por la alianza defensiva que Inglaterra había concluido con Suecia en 1700, y no tenían derecho a dar paso hostil alguno contra Suecia.

Pero en otro aspecto la situación de Holanda se diferenciaba decididamente de la de Inglaterra. Tras perder su supremacía en el mar y en el comercio, Holanda había entrado ya en el periodo de su decadencia. Al igual que Génova y Venecia cuando el cambio de las rutas comerciales las privó de su vieja hegemonía mercantil, Holanda se veía ahora obligada a prestar a otras naciones los capitales para los que no encontraba colocación en su propio país. Rusia resultó un mercado enorme, menos para el comercio que para la exportación de capitales y de habitantes de Holanda. Todavía en la primera mitad del siglo XIX, Holanda era el principal banquero de Rusia. Y en tiempos de Pedro el Grande abastecía a Rusia de barcos, oficiales, armas y dinero. La flota rusa podía llamarse entonces más bien holandesa. Los holandeses se jactaban de haber sido los primeros en enviar un barco europeo a la recién fundada Petersburgo, y pagaban los privilegios comerciales que recibían de Pedro, o que aún esperaban recibir, con aquella rastrera sumisión que caracterizaba sus relaciones con el Japón.

Si los estadistas de Holanda eran rusófilos, tenían, pues, según Marx, un motivo muy distinto y más sólido que Inglaterra. Y sin embargo Marx atribuye la protesta de los holandeses contra los corsarios suecos, pese al «sólido motivo» que acabamos de mencionar, solo a la presión de los ingleses, aunque sabe que Pedro se servía de los holandeses para presionar a los diplomáticos ingleses en favor de Rusia.

Toda la política de Inglaterra, y asimismo la de Holanda, que estaba bajo su influencia, favoreció, pues, el fortalecimiento de Rusia.

Pero Marx tiene otras pruebas de que la fuente principal del poderío de Rusia fueron los celosos servicios de Inglaterra como cómplice y encubridora. Toda la historia rusa hasta la época de Pedro el Grande muestra que la Rusia actual habría sido impensable sin la conquista del Báltico. Para demostrar esta tesis, Marx traza un brillante esbozo de la historia del Imperio ruso hasta Pedro el Grande.

«La influencia abrumadora de Rusia ha cogido a Europa por sorpresa en diferentes épocas, ha sobresaltado a los pueblos de Occidente y se ha soportado como una fatalidad, o solo se le ha opuesto resistencia a sacudidas. Pero junto a la fascinación que ejerce Rusia corre un escepticismo que renace sin cesar, que la sigue como una sombra, que crece con su crecimiento, que mezcla notas agudas de ironía con los gritos de los pueblos agonizantes y se burla de su misma grandeza como de una actitud teatral adoptada para deslumbrar y engañar. Otros imperios tropezaron con dudas semejantes en su infancia; Rusia se ha convertido en un coloso sin sobrevivirlas. Es el único ejemplo en la historia de un imperio inmenso cuyo poder, aun después de hazañas de alcance mundial, nunca ha dejado de tratarse en su existencia misma como una cuestión de fe antes que como una cuestión de hecho. Desde comienzos del siglo XVIII hasta nuestros días, ningún autor, quisiera ensalzar a Rusia o contenerla, creyó posible prescindir de demostrar primero su existencia.

»Pero ya seamos espiritualistas o materialistas respecto de Rusia, ya consideremos su poder como un hecho palpable o como la mera visión de las conciencias culpables de los pueblos europeos, la cuestión sigue siendo la misma: “¿Cómo logró este poder, o este fantasma de poder, cobrar dimensiones tales que despierte por un lado la afirmación apasionada y por otro la negación airada de que amenaza al mundo con un nuevo ensayo de la monarquía universal?”» (Secret Diplomatic History, pág. 74).

3. La exposición de Marx sobre el desarrollo de Rusia

Algunos historiadores sostienen que el espectro del Norte que asusta a la Europa del siglo XIX nació ya en el siglo IX, que la política de los Románov es una continuación natural de la política de Rúrik y sus sucesores, aquellos normandos venidos de Suecia que irrumpieron en Rusia en el siglo IX y fundaron allí Estados.

«Sin embargo, pese al paralelismo plausible que sugieren estas reminiscencias, la política de los primeros Ruríkidas difiere de raíz de la de la Rusia moderna. No fue ni más ni menos que la política de los bárbaros germánicos que inundaron Europa, y la historia de las naciones modernas no empieza hasta que ha pasado el diluvio. El periodo gótico de Rusia, en particular, no es más que un capítulo de las conquistas normandas. Así como el imperio de Carlomagno precede a la fundación de la Francia, la Alemania y la Italia modernas, así el imperio de los Ruríkidas precede a la fundación de Polonia, Lituania, los asentamientos bálticos, Turquía y la propia Moscovia. El rápido movimiento de engrandecimiento no fue resultado de planes trazados de antemano, sino el fruto natural de la organización primitiva de la conquista normanda —vasallaje sin feudos, o feudos que consistían solo en tributos—, y la necesidad de nuevas conquistas se mantenía viva por la afluencia ininterrumpida de nuevos aventureros varegos ávidos de gloria y de botín. Los jefes, cuando empezaban a desear el reposo, se veían obligados por la Banda Fiel a seguir adelante, y en la Normandía rusa, como en la francesa, llegó el momento en que los jefes despachaban a nuevas correrías de saqueo a sus incontrolables e insaciables compañeros de armas con el único fin de librarse de ellos. La manera de guerrear y de organizar la conquista de los primeros Ruríkidas no difiere en nada de la de los normandos en el resto de Europa. Si las tribus eslavas fueron sometidas no solo por la espada, sino también por convenio mutuo, esta singularidad se debe a la posición excepcional de esas tribus, situadas entre una invasión del norte y otra del este, y que abrazaron la primera como protección contra la segunda. El mismo hechizo que atrajo a otros bárbaros del Norte hacia la Roma de Occidente atrajo a los varegos hacia la Roma de Oriente. La migración misma de la capital rusa —Rúrik la fija en Nóvgorod, Oleg la traslada a Kiev y Sviatoslav intenta establecerla en Bulgaria— prueba sin lugar a dudas que el invasor no hacía más que tantear el terreno y consideraba Rusia un mero alto en el camino desde el que seguir vagando en busca de un imperio en el Sur. Si la Rusia moderna codicia la posesión de Constantinopla para establecer su dominio sobre el mundo, los Ruríkidas, al contrario, se vieron obligados por la resistencia de Bizancio, bajo Tzimisces (Juan I, emperador de Bizancio, 969-976), a establecer definitivamente su dominio en Rusia».

Si puede hablarse de alguna influencia eslava en esta época, es solo de la influencia de la república urbana de Nóvgorod, cuya política y todas cuyas tradiciones eran diametralmente opuestas a las tradiciones de la Rusia actual.

«Bajo Yaroslav se quiebra la supremacía de los varegos (normandos), pero con ella desaparece al mismo tiempo la tendencia conquistadora del primer periodo, y empieza la decadencia de la Rusia gótica. La historia de esa decadencia, más aún que la de la conquista y la formación, prueba el carácter exclusivamente gótico del imperio de los Ruríkidas».

Este imperio compartió la suerte de todas las monarquías medievales.

«El imperio incongruente, desmañado y precoz que amontonaron los Ruríkidas, como los demás imperios de crecimiento parecido, se desmembra en apanajes, se divide y subdivide entre los descendientes de los conquistadores, lo desgarran las guerras feudales y lo despedaza la intervención de pueblos extranjeros. La autoridad suprema del gran príncipe se desvanece ante las pretensiones rivales de setenta príncipes de sangre. ... Así desaparece por completo de la escena la Rusia de los normandos, y las pocas y débiles reminiscencias en que aún se sobrevivía se disuelven ante la terrible aparición de Gengis Kan. El fango sangriento de la esclavitud mongola, y no la ruda gloria de la época normanda, es la cuna de Moscovia, y la Rusia moderna no es más que una metamorfosis de Moscovia. ...».

El yugo tártaro aniquiló todas las tradiciones del periodo normando (kievita) de la historia rusa y ejerció además una profunda influencia en la psicología del pueblo ruso.

«El yugo tártaro duró de 1237 a 1462, más de dos siglos; un yugo que no solo aplastaba, sino que deshonraba y marchitaba el alma misma del pueblo que caía en su poder. Los tártaros mongoles establecieron un régimen de terror sistemático cuyas instituciones eran la devastación y la matanza en masa. Como su número era escaso en proporción a sus enormes conquistas, querían agrandarlo con una aureola de espanto y diezmar con matanzas en masa a las poblaciones que pudieran sublevarse a sus espaldas. En su creación de desiertos los guiaba, además, el mismo principio económico que ha despoblado las Highlands de Escocia y la Campaña romana: la conversión de los hombres en ovejas y de las tierras fértiles y los lugares poblados en pastizales».

Los conquistadores no destruyeron los principados que encontraron, sino que se limitaron a hacerlos dependientes y tributarios. El yugo tártaro duraba ya unos cien años cuando Moscú empezó a destacar entre los principados que, ante la Horda de Oro, el Estado tártaro, se combatían unos a otros con los medios más miserables del soborno y la calumnia mutua para obtener el favor de sus amos tártaros.

«En esta lucha infame fue la rama de Moscú la que por fin ganó la carrera. En 1328, la corona del gran principado, arrancada a la rama de Tver a fuerza de denuncias y asesinatos, la recogió Yuri, hermano mayor de Iván Kalitá, a los pies del kan Uzbek. Iván I Kalitá e Iván III, llamado el Grande, personifican a Moscovia elevándose por medio del yugo tártaro y a Moscovia convirtiéndose en una potencia independiente por la desaparición del dominio tártaro. Toda la política de Moscovia, desde su primera entrada en la escena histórica, se resume en la historia de estos dos individuos».

Marx da a continuación una aguda caracterización de la política de Iván Kalitá, que fundó el poderío de Moscú (hacia 1328).

«Es característico —prosigue— que su pueblo lo llame Kalitá, es decir, la bolsa, porque se abrió camino con la bolsa y no con la espada. ... Todo su sistema puede expresarse en pocas palabras: el maquiavelismo del esclavo usurpador. Su propia debilidad, su esclavitud, la convirtió en el resorte principal de su fuerza».

Pero Iván Kalitá no hizo más que poner los cimientos del grandioso edificio de la supremacía de Moscú. Su verdadero creador fue Iván III.

«Al comienzo de su reinado (1462-1505), Iván III era todavía tributario de los tártaros; su autoridad seguía disputada por los príncipes de los apanajes; Nóvgorod, cabeza de las repúblicas rusas, reinaba sobre el norte de Rusia; Polonia-Lituania pugnaba por conquistar Moscovia; por último, los caballeros livonios no estaban aún desarmados. Al final de su reinado vemos a Iván III sentado en un trono independiente, a su lado la hija del último emperador de Bizancio, a sus pies Kazán, y los restos de la Horda de Oro acudiendo en tropel a su corte; Nóvgorod y las demás repúblicas rusas, esclavizadas; Lituania, menguada, y su rey, un instrumento en manos de Iván; los caballeros livonios, vencidos. La Europa atónita, que al comienzo del reinado de Iván apenas sabía de la existencia de Moscovia, encajonada entre el tártaro y el lituano, quedó deslumbrada por la súbita aparición de un imperio inmenso en sus confines orientales, y el propio sultán Bayaceto, ante quien temblaba Europa, oyó por primera vez el lenguaje altanero del moscovita».

Para mostrar de qué modo Iván III, a quien todos los historiadores rusos tienen personalmente por un cobarde, llevó a cabo todas estas hazañas, Marx da un resumen de los acontecimientos más importantes de su reinado: la lucha con los tártaros, la destrucción de la república de Nóvgorod, la lucha con los demás principados de apanaje y, por último, la lucha con Lituania-Polonia.

«Iván rescató a Moscovia del yugo tártaro no de un golpe audaz, sino con el paciente trabajo de unos veinte años. No rompió el yugo, sino que se desprendió de él a hurtadillas. Su caída tiene, por ello, más aspecto de obra de la naturaleza que de hazaña del hombre. Cuando el monstruo tártaro expiró por fin, Iván se presentó junto a su lecho de muerte como un médico que pronosticaba la muerte y especulaba con ella, y no como un guerrero que la hubiera infligido».

En relación con esta descripción, en general acertada —tampoco el historiador ruso Soloviov habla de que se sacudiera el yugo tártaro, sino de su derrumbe—, Marx hace la siguiente observación:

«El carácter de todo pueblo se engrandece al liberarse de un yugo extranjero; el de Moscovia, en manos de Iván, parece empequeñecerse. Compárese solo la España de las luchas contra los árabes con la Moscovia de las luchas contra los tártaros. ...

»Pero si era demasiado prudente para darse aires de conquistador ante los testigos de su deshonra, este impostor comprendía muy bien cómo la caída del imperio tártaro tenía que deslumbrar a distancia, con qué aureola de gloria lo rodearía y cómo le facilitaría una entrada magnífica entre las potencias europeas. Por eso adoptó en el exterior la actitud teatral del conquistador y logró, en efecto, ocultar bajo una máscara de orgullosa susceptibilidad y altivez irritable la importunidad del siervo mongol que aún recordaba haber besado el estribo del más ínfimo enviado del kan. Imitó en tono más apagado la voz de sus antiguos amos, que aterraba su alma». ...

Marx se inclina a ver la influencia de este tartarismo también en la fraseología de la diplomacia rusa actual.

«Algunas frases hechas de la diplomacia rusa moderna, como la magnanimidad o la dignidad herida del amo, están tomadas de las instrucciones diplomáticas de Iván III».

Si la liberación del yugo tártaro era a los ojos de Iván III la primera condición de la supremacía de Moscú, la segunda consistía en el aniquilamiento de la libertad rusa. Una tras otra fueron conquistadas las viejas repúblicas rusas: las ciudades de Viatka y de Nóvgorod, mientras que Pskov solo conservó una sombra de su antigua independencia.

«Todavía hoy es notable cuánto empeño ponía Moscovia —igual que la Rusia moderna— cuando se trataba de arremeter contra repúblicas. Nóvgorod y sus colonias abren la marcha; sigue la república cosaca, y Polonia la cierra. Quien quiera comprender el aplastamiento de Polonia por Rusia, que estudie el sometimiento de Nóvgorod, que duró de 1478 a 1528».19

Tras el aniquilamiento de las repúblicas, Iván emprendió la conquista de los últimos principados de apanaje.

«Iván parece haber arrancado a los mongoles las cadenas con que tenían sujeta a Moscovia solo para encadenar con ellas a las repúblicas rusas. Parece haber sometido a las repúblicas solo para republicanizar a los turcos».

Con la misma habilidad llevó Iván III la lucha contra Lituania, contra la que azuzó tanto al emperador Maximiliano y a Matías Corvino como a Esteban, hospodar de Moldavia, y al mismo kan Mengli Giray, que en la lucha con Lituania resultó un arma tan poderosa como en la lucha con la Horda de Oro.

La fe griega ortodoxa le prestó servicios inestimables en la consolidación de su poder.

«Pero ¿a quién en el mundo eligió Iván para recoger la herencia de Bizancio, para ocultar el estigma del esclavo mongol bajo el manto de los porfirogénetas,20 para unir el trono del advenedizo de Moscú con el glorioso imperio de san Vladímir y dar en su persona un nuevo jefe secular a la Iglesia griega? Como aquel que había de procurarle todo esto escogió al papa de Roma. En la corte del papa vivía la última princesa de Bizancio»...

Esta princesa era Sofía Paleóloga, que tras la caída de Constantinopla vivía en Roma, donde los papas hacían con ella las veces de padre. Se convirtió en la esposa de Iván (1472).

En la política de Iván III, Marx ve ya todos los elementos fundamentales de la política de la Rusia actual.

«Basta sustituir una serie de nombres y fechas por otros para ver claramente que entre la política de Iván III y la de la Rusia actual no hay solo semejanza, sino identidad. Iván III, a su vez, no hizo más que perfeccionar la política moscovita tradicional que le había legado Iván I Kalitá. Iván Kalitá, el esclavo mongol, alcanzó su grandeza volviendo la fuerza de su mayor enemigo, el tártaro, contra sus enemigos menores, los príncipes rusos. Solo con falsos pretextos podía dirigir esa fuerza. Se veía obligado a ocultar a su amo la fuerza que realmente había adquirido, y tenía que deslumbrar a sus compañeros de esclavitud con un poder que no poseía. Para resolver esta tarea tenía que reducir a sistema formal las astucias del esclavo más ruin y llevarlo a cabo con la tenaz paciencia del esclavo. Hasta la violencia abierta se convertía en intriga. En semejante sistema de intriga, corrupción y usurpación solapada, tenía que haber envenenado a su víctima antes de derribarla abiertamente. La sencillez del fin se convertía en él en duplicidad de la acción. Sacar ventaja de una potencia enemiga explotándola con engaño, debilitarla precisamente con esa explotación y, por último, hacerla perecer precisamente por haberse dejado usar como instrumento: esta política se la dictó a Iván Kalitá el carácter peculiar tanto de la raza dominante como de la dominada. Su política siguió siendo también la de Iván III. Y es la política de Pedro el Grande y de la Rusia actual, por mucho que hayan cambiado el nombre, el país y el carácter de la potencia enemiga que explotaban. Pedro el Grande es, en efecto, el inventor de la política rusa moderna, pero solo llegó a serlo quitando al viejo método moscovita de la intrusión y la apropiación imperceptibles su carácter puramente local y despojándolo de sus adherencias accidentales; vertiéndolo en una fórmula abstracta, generalizando sus fines y elevando su objetivo, de modo que su aspiración a suprimir determinados límites dados de poder se elevó a la aspiración a un poder ilimitado. Llevó a cabo la transformación de Moscovia generalizando su sistema, y no por la mera adición de unas cuantas provincias.

»En suma: Moscovia se crió y creció en la escuela horrible y abyecta de la esclavitud mongola. Solo adquirió su fuerza convirtiéndose en virtuosa en las artes de la servidumbre. Aun después de su emancipación, Moscovia siguió representando su papel tradicional de esclavo convertido en amo. Fue Pedro el Grande, por último, quien unió la destreza política del esclavo mongol con la orgullosa aspiración del amo mongol, a quien Gengis Kan había legado en su testamento la conquista de la tierra».21

Pero si el Estado moscovita había elaborado todos los elementos fundamentales de la política de Pedro el Grande, si ya antes de Pedro la incesante expansión del territorio del imperio era el hilo conductor de toda la actividad de los soberanos moscovitas, esta política no adquirió una base segura hasta los tiempos de Pedro, y solo Pedro puso los cimientos de la expansión de Rusia hacia el Oeste.

Lo que ocurría era que, hasta los tiempos de Pedro, una de las cualidades más características de la raza eslava, que asombra a todo investigador, consistía en que se asentaba casi en todas partes en el interior del continente y dejaba las costas a otros pueblos, no eslavos. Allí donde los eslavos se habían acercado a la costa, en todas partes se sometieron a un dominio extranjero. El pueblo ruso compartió esta suerte con todos los eslavos. Pueblo ante todo continental, hasta la época de Pedro el Grande no fue capaz de ganarse una salida al mar, con excepción del mar Blanco, que está cubierto de hielo nueve meses enteros al año. El lugar donde hoy se alza Petersburgo fue durante mil años objeto de disputas entre fineses, suecos y rusos. Las demás costas del Báltico que hoy pertenecen a Rusia, la costa del mar Negro: todo esto lo conquistó Rusia después de la muerte de Pedro. Y no es eso todo. Como si se tratara de subrayar la peculiaridad antimarítima de la raza eslava, ninguna parte de la costa báltica se ha vuelto realmente eslava hasta hoy. Como tampoco la costa circasiana y mingreliana del mar Negro.

Desde el principio, Pedro rompió con todas las tradiciones de la raza eslava. «Lo que Rusia necesita es agua»: estas palabras se convirtieron en la consigna de toda su vida. La conquista del mar de Azov fue el objetivo de su primera guerra con Turquía; la conquista del Báltico, el de la guerra con Suecia; la conquista del mar Negro, el de la segunda guerra con Turquía, y la conquista del mar Caspio, el de su irrupción guerrera en Persia.

«Para un sistema de usurpación local bastaba la tierra; para un sistema de agresión universal, el agua se había vuelto indispensable. Solo convirtiendo a Moscovia de un país enteramente de tierra en un imperio ribereño del mar podían superarse los límites tradicionales de la política moscovita y fundirse en esa síntesis audaz que, combinando el método usurpador del esclavo mongol con las tendencias de conquista mundial del amo mongol, constituye el resorte vital de la diplomacia rusa moderna».

Cuando, para explicar la política de Pedro el Grande, se dice que ninguna gran nación puede existir sin mar, que Rusia no podía dejar en manos extranjeras las desembocaduras del Nevá, del Don, del Dniéper y del Bug, que Pedro no hizo más que tomar posesión de lo que era absolutamente necesario para el desarrollo de su país, se olvida un hecho importante: el tour de force de trasladar la capital del imperio del interior del continente a la orilla del mar, la asombrosa audacia con que Pedro fundó la nueva residencia en la primera franja de costa báltica conquistada, casi a tiro de cañón de la frontera, creando así para sus dominios un centro excéntrico.

En la literatura rusa sigue librándose hoy una lucha encarnizada sobre el valor de la época de Pedro el Grande, en la que las corrientes principales —la eslavófila y la occidentalista (západniki) en sus modificaciones más recientes— se distinguen por su odio o por su reconocimiento hacia Pedro el Grande. Según los eslavófilos, Pedro sacrificó Rusia al Occidente podrido; según los occidentalistas, en cambio, la acercó a la civilización europea. En toda esta literatura polémica sobre el significado de la obra principal de Pedro, la que abre el periodo petersburgués de la historia rusa, difícilmente se hallará una caracterización más plástica que las siguientes líneas de Marx:

«Trasladar el trono de los zares de Moscú a Petersburgo era colocarlo en una posición en la que no podía estar seguro, ni siquiera de un insulto, mientras no se sometiera toda la costa desde Libau hasta Tornio, obra que no se completó hasta 1809, con la conquista de Finlandia. “San Petersburgo es la ventana desde la que Rusia puede contemplar Europa”, dijo Algarotti. Fue desde el principio un desafío a los europeos y, para los rusos, un acicate a nuevas conquistas. ... Petersburgo, el centro excéntrico del imperio, apuntaba ya a una periferia que aún estaba por trazar. No es, pues, la mera conquista de las provincias bálticas lo que separa la política de Pedro el Grande de la de sus antepasados; es el traslado de la capital lo que revela el verdadero sentido de sus conquistas bálticas. Petersburgo no era, como Moscovia, el centro de una raza, sino la sede de un gobierno; no la obra lenta de un pueblo, sino la creación instantánea de un hombre; no el medio desde el que irradian las peculiaridades de un pueblo de tierra adentro, sino el extremo marítimo donde se pierden; no el núcleo tradicional de un desarrollo nacional, sino la morada deliberadamente escogida de una intriga cosmopolita. Con el traslado de la capital, Pedro cortó los ligamentos naturales que unían el sistema usurpador de los antiguos zares moscovitas con las aptitudes y aspiraciones naturales de la gran raza rusa. Al plantar su capital a orillas de un mar, desafió abiertamente los instintos antimarítimos de esa raza y la degradó a mero peso de su mecanismo político. ... Con el traslado de la capital, Pedro proclamó que él se proponía actuar sobre el este y sobre los países inmediatamente vecinos por medio del oeste. Si la acción por medio del este estaba estrechamente circunscrita por el carácter estacionario y las relaciones limitadas de los pueblos asiáticos, la acción por medio del oeste se volvía de golpe ilimitada y universal por el carácter móvil y las relaciones en todos los sentidos de Europa occidental. El traslado de la capital indicaba este cambio proyectado de medio de acción, que la conquista de las provincias bálticas permitía realizar, pues aseguraba de golpe a Rusia la supremacía entre los Estados vecinos del Norte, la ponía en contacto inmediato y constante con todos los puntos de Europa y sentaba la base de un vínculo material con las potencias marítimas, que por esta conquista pasaban a depender de Rusia para sus pertrechos navales; una dependencia que no existía mientras Moscovia, el país que producía el grueso de los pertrechos navales, no tenía salidas propias, y mientras Suecia, la potencia que tenía esas salidas, no tenía el país situado tras ellas.

»Si los zares moscovitas, que llevaban a cabo sus usurpaciones sobre todo por medio de los kanes tártaros, se vieron obligados a tartarizar Moscovia, Pedro el Grande, que decidió actuar por medio del Oeste, se vio obligado a civilizar Rusia. Al apoderarse de las provincias bálticas, se hizo de golpe con los instrumentos necesarios para este proceso. No solo le proporcionaron los diplomáticos y los generales, los cerebros con que ejecutar en el Oeste su sistema de acción política y militar, sino que le dieron al mismo tiempo una cosecha de burócratas, maestros de escuela y sargentos instructores que habían de adiestrar a los rusos en ese barniz de civilización que los adapta a los recursos técnicos de los pueblos occidentales sin imbuirlos de sus ideas.

»Ni el mar de Azov, ni el mar Negro, ni el mar Caspio podían abrir a Pedro este paso directo a Europa. ... De las cuatro guerras que llenan la vida militar de Pedro el Grande, la primera, la guerra contra Turquía, cuyos frutos se perdieron en una segunda guerra turca, continuaba en un sentido la lucha tradicional con los tártaros. En otro sentido, no era más que el preludio de la guerra contra Suecia, de la que la segunda guerra turca constituye un episodio y la guerra persa un epílogo. Así, la guerra contra Suecia, que duró veintiún años, absorbe casi por completo la vida militar de Pedro el Grande. Ya consideremos su propósito, sus resultados o su duración, podemos llamarla con razón la guerra de Pedro el Grande. Toda su creación gira en torno a la conquista de la costa báltica».

Marx creía haber encontrado por fin la solución del problema y haber resuelto el enigma de la esfinge que parecía ser la existencia del coloso ruso. Y al mismo tiempo había establecido también dónde tenía su origen la esclavitud anglorrusa bajo cuyo yugo sufría la Europa de su tiempo.

«El mero hecho de que la conversión de Moscovia en Rusia se produjera por su transformación de un país interior semiasiático en la potencia marítima dominante del Báltico, ¿no nos obligaría a concluir que Inglaterra, la mayor potencia marítima de aquella época —una potencia marítima situada, además, a las puertas mismas del Báltico, donde desde mediados del siglo XVII había mantenido la actitud de árbitro supremo—, que Inglaterra, decimos, tuvo que intervenir en este gran cambio; que tuvo que ser el principal apoyo o el principal obstáculo de los planes de Pedro el Grande; que durante la larga y encarnizada lucha entre Suecia y Rusia tuvo que inclinar la balanza; que si no la encontramos haciendo todos los esfuerzos posibles por salvar al sueco, podemos estar seguros de que empleó todos los medios a su alcance para favorecer al moscovita? Y sin embargo, en lo que suele llamarse historia, Inglaterra apenas aparece en la escena de este gran drama, y se la presenta como espectadora más que como actora. La historia real mostrará que los kanes de la Horda de Oro no contribuyeron más a realizar los planes de Iván III y de sus predecesores que los gobernantes de Inglaterra a realizar los planes de Pedro I y de sus sucesores».

Veamos ahora qué dice la «historia real».

4. El yugo tártaro y el absolutismo en Rusia

La «influencia abrumadora» de Rusia, que desde el siglo XVIII asombraba a todas las personas que pensaban y que en la primera mitad del siglo XIX estaba fuera de toda duda, era un enigma no menor para la intelectualidad rusa, que sentía con bastante claridad sobre sus propias espaldas la presión política del coloso ruso, que para la de Europa occidental. El desarrollo y la consolidación ininterrumpidos del «Estado», unidos a la completa pasividad de la «sociedad», convertían a todo el pueblo ruso en una masa compacta que el absolutismo ruso, con una resolución que no retrocedía ante ningún sacrificio, arrojaba en los platillos de la balanza de la política exterior. Cuanto más abiertamente se manifestaba en Europa occidental el antagonismo entre el «Estado» y la «sociedad», tanto más fuerte se hacía el contraste entre Europa occidental y Rusia. Y si los soberanos de Europa miraban de reojo, con envidia no disimulada, al absolutismo ruso, que ningún parlamento limitaba, y si los elementos democráticos lo odiaban ardientemente, ni para unos ni para otros cabía duda alguna de que el poder político exterior de Rusia se fundaba en el dominio indiscutido del absolutismo. Y, a la inversa, el hecho de que la política exterior y sus éxitos fueran el lado más fuerte del zarismo ruso reforzaba aún más su posición dentro del país y le ayudaba a reprimir sin piedad todo intento de oposición. Todavía hoy los representantes más prestigiosos de la ciencia histórica rusa trazan una frontera estricta entre la Europa occidental y Rusia. Allí, en Occidente, era la sociedad burguesa la que engendró el Estado y la que ofrecía la clave para comprender el proceso del desarrollo histórico. En Rusia, en cambio, es el Estado el que creó la «sociedad burguesa» rusa, el que fue la fuerza motriz de la historia rusa. Oigamos, por ejemplo, a Miliukov:

«Las cosas son así: entre nosotros el Estado ejerció una influencia enorme sobre la organización social, mientras que en Occidente la organización social condicionó la forma del Estado. El Estado europeo se construyó, por así decirlo, orgánicamente desde dentro, empezando por los pisos de abajo hasta los de arriba. ... Entre nosotros (en Rusia), el desarrollo histórico siguió la dirección opuesta: de arriba abajo... El Estado ruso no solo no tuvo que luchar con los derechos y privilegios de particulares y de grupos sociales, sino que él mismo tuvo que dar vida primero a estos grupos sociales e incitarlos a la actividad, para aprovechar esa actividad para sus propios fines».22

Esta idea tradicional la compartían también los revolucionarios rusos. Tampoco para ellos cabía duda alguna de que las «formas sociales» rusas «debían su existencia al Estado», de que este creaba a su arbitrio las clases sociales y marcaba la dirección de todo el desarrollo social, de que era la fuente principal de la opresión y la explotación de las clases trabajadoras. Unida a la idealización de los órdenes aldeanos de la Rusia premoscovita, esta tesis la reconocían por igual Bakunin y Tkachov, y estaba en la base de la táctica y de la actividad política del partido Naródnaya Volia. El absolutismo ruso se convertía en una triste herencia de tiempos remotos, que no tenía raíz alguna en el presente y que no hacía más que estorbar el desarrollo social de este.

Si los primeros historiadores rusos se habían esforzado más bien en demostrar que la autocracia había sido útil y que Rusia debía estar agradecida a sus autócratas, la nueva escuela demostraba lo necesaria y adecuada que había sido la autocracia en las condiciones históricas exteriores en que se desenvolvió la historia rusa. Estas opiniones no se impusieron hasta los años sesenta y chocaron en seguida con la oposición de las corrientes democráticas, que señalaban la importancia del «pueblo» y de la «sociedad» en la antigua historia rusa y que, allí donde los historiadores mencionados veían un proceso orgánico de desarrollo, descubrían una lucha tenaz entre el «Estado» y el «pueblo». En la invasión tártara veían precisamente el factor que ayudó a los príncipes de Moscú a romper definitivamente con las tradiciones de la Rusia de Kiev.

La mayor autoridad científica en que se apoyaban los partidarios de estas ideas era el íntimo amigo de N. Chernyshevski, el conocido historiador ruso N. Kostomárov. Expuso sus opiniones de manera completa y sistemática en la monografía El origen de la autocracia en la antigua Rusia, que apareció quince años después de la publicación de los artículos de Marx mencionados. La semejanza de algunas ideas fundamentales de este trabajo con las opiniones de Marx sobre la importancia del yugo tártaro llegaba en algunos puntos tan lejos que coincidían literalmente, como muestra, por ejemplo, la cita siguiente:

«En el periodo anterior a los tártaros no se habían formado en Rusia fundamentos de ninguna clase para la futura autocracia, y menos aún existía una aspiración consciente a ella. ... Con la conquista tártara se produjo un vuelco rápido y repentino. ... Hasta entonces Rusia no había tenido un soberano supremo; ahora aparecía por primera vez en la figura del terrible conquistador, el kan. Conquistada por la fuerza de sus armas, Rusia se convirtió en su botín de guerra, en su propiedad; todos los rusos, desde el príncipe hasta el último siervo, se convirtieron sin excepción en sus esclavos. Y en esta esclavitud encontró Rusia su unidad, en la que no había pensado en el periodo de la libertad. Los kanes elevaron el rango del príncipe más antiguo, le dieron poder y fuerza... Ese rango se obtenía con la sumisión y el servilismo ante el soberano supremo. ... El arrastrarse ante el conquistador servía de única garantía de la tranquilidad del país».23

Marx no escatima los colores más sombríos para describir todas las atrocidades de los príncipes moscovitas. Lo mismo hacen Kostomárov y sus partidarios. Pero mientras estos últimos se esfuerzan por separar a los príncipes del pueblo y, tras destruir sin piedad las leyendas sobre el heroísmo personal de los Ivanes, Dmitris y Basilios de Moscú, señalan la tenaz resistencia y la lucha heroica del pueblo contra los tártaros, Marx echa de menos en el pueblo ruso las cualidades que reconoce a los españoles. Arrastrado por su idea fundamental, olvida que también los españoles necesitaron más de un siglo para sacudirse el dominio de los árabes. Incluso Kostomárov, que con su crítica implacable destruyó la leyenda del heroísmo personal del príncipe Dmitri Donskói, bajo el cual se infligió a los tártaros la primera derrota seria, caracteriza la batalla del campo de Kulikovo (1380) con palabras que suelen usarse para caracterizar la batalla de las Navas de Tolosa.

Marx tiene toda la razón cuando señala la profunda diferencia entre la Rusia normanda (de Kiev) y la moscovita. Así como el imperio de los Otones no puede llamarse la cuna de Brandeburgo, tampoco la Rusia de Kiev puede pasar por la cuna de Moscovia. Pero de ello no se sigue en absoluto que entre estos dos periodos de la historia rusa existiera una oposición insalvable. Tampoco hay que olvidar que la invasión tártara no encontró la Rusia de Kiev, ni mucho menos, en el estado en que se hallaba en su época de esplendor, de los siglos X al XII. Aunque ya en esa época de esplendor estaba situada en el gran camino de los pueblos por el que desde las profundidades de Asia se derramaban sobre la Europa occidental torrentes de nómadas, y aunque en esa época tuvo que luchar con jázaros, pechenegos y polovtsianos, logró rechazar estos ataques. Kiev era entonces una floreciente ciudad comercial situada en la ruta comercial entre los países escandinavos y Constantinopla. Pero en la época en que Alemania, que hasta entonces había estado largo tiempo apartada de las grandes rutas del comercio mundial y solo había entrado un poco en contacto con ellas por el Rin, abandona el sistema de la economía natural desde el comienzo de las cruzadas y el paso del centro de gravedad del comercio mundial de Constantinopla a Italia, Kiev deja de desempeñar su anterior papel de intermediaria entre los países escandinavos y Constantinopla. Los productos de la caza y de la pesca del interior de Rusia, que hasta entonces iban a Kiev, se transportan ahora por Pskov y Nóvgorod al Báltico, donde precisamente en los siglos XII y XIII el comercio cambia rápidamente de carácter y las ciudades de Lübeck y Visby empiezan a desarrollarse con rapidez. En la época de la invasión tártara, Kiev había perdido hacía mucho su importancia comercial, y el centro de gravedad de la vida política y económica se había desplazado del suroeste al noreste.

El peligro tártaro desempeñó en la historia de la formación del Estado en Rusia el mismo papel que el peligro turco en Austria-Hungría y el peligro sarraceno en España. Al obligar al país a poner en tensión todas sus fuerzas militares, decidió la disputa en favor de aquella parte de él que podía aportar la fuerza militar más considerable; pero esta cuestión no la decidieron las cualidades personales de los Habsburgo, de los Hohenzollern o de los Ruríkidas, sino los medios económicos y financieros del territorio a cuya cabeza estaban.

La mejor prueba de ello es la historia de la autocracia rusa, que, según la opinión general, quedó definitivamente asentada en Rusia bajo el reinado de Iván III. Durante todo el periodo de las «relaciones precapitalistas», hasta la época de las grandes reformas de los años sesenta del siglo XIX, no aparece en modo alguno como la única fuerza motriz del desarrollo social. Su carácter, y aun su forma exterior, estaban en cambio constante e ininterrumpido. Igual que la Europa occidental, también Rusia pasó por el proceso de desarrollo de la monarquía estamental. Y si este proceso, lo mismo que el proceso de disolución de la monarquía estamental, se alargó en Rusia, si el dominio de la monarquía absoluta ha durado más que en algunos países de Europa occidental, esta circunstancia puede y debe explicarse del mismo modo que el desarrollo análogo de la monarquía absoluta en Prusia y en Austria. Los elementos de los que nació el absolutismo en Rusia no aparecían como su producto, del mismo modo que tampoco los elementos de los que nació el absolutismo en Prusia pueden pasar por producto de este.

Marx no tuvo en cuenta estas condiciones internas del desarrollo del absolutismo en Rusia. Por eso desaparecen en su exposición dos siglos de historia rusa, de Iván III a Pedro I, que se distinguen por un desplazamiento fundamental de las clases sociales. Basta señalar que al comienzo de este periodo encontramos todavía un campesinado libre, que bajo Pedro I queda definitivamente reducido a la servidumbre. Como en Alemania, también aquí el periodo capitalista se anunció en el campo como periodo de la gran explotación agrícola sobre la base del trabajo servil de los siervos. La victoria de la monarquía absoluta sobre la vieja nobleza hereditaria se compró a costa del campesinado libre, que fue víctima de la nueva nobleza. Y precisamente en la época en que el absolutismo ruso sale a la escena europea en el pleno esplendor de su poder, se convierte definitivamente en un arma en manos de la nobleza. El siglo XVIII es la época del dominio indiviso de la nobleza, que alcanza su apogeo durante el reinado de Catalina II, esa devota «amiga» de los enciclopedistas europeos.

Al dejar de lado toda la historia interior de Rusia de Iván III a Pedro I, Marx se cerró también el camino para comprender la política exterior de Rusia. Lo poco que ayudó a Rusia el poder que, según las palabras de Marx, había obtenido con malas artes de la Horda de Oro lo muestra la historia de Rusia en los siglos XVI y XVII, cuando se vio obligada a sostener una lucha tenaz: al norte, con Suecia; al oeste, con Livonia y Polonia; al sur, con los tártaros de Crimea y luego con los turcos; al este, también con los tártaros. Como si repitieran la historia de Prusia, los historiadores rusos describen el proceso de transformación de Rusia en una monarquía militar bajo la influencia de estas guerras ininterrumpidas, que devastaron muchas regiones de la Rusia moscovita de manera incomparablemente más fuerte y sistemática que el yugo tártaro. El kan de Crimea se comportaba con los sucesores de Gengis Kan de la manera más irrespetuosa y exigía su tributo con la misma insistencia que los kanes de la Horda de Oro. Si los venecianos, el papa y el emperador Maximiliano intentan todavía a finales del siglo XV atraer a Moscovia a participar en la lucha contra el «peligro turco», pasan casi doscientos años antes de que Rusia aparezca, en el siglo XVIII, lo bastante consolidada para dejar de ser una quantité négligeable en la política europea.

Una de las causas que retardaron el ritmo del desarrollo de Rusia fue la misma con que Marx explicaba el estancamiento del desarrollo de Alemania desde el siglo XVI: un nuevo cambio de las rutas comerciales. Es característico que la lucha más encarnizada entre Polonia y Livonia, por una parte, y Moscovia, por otra, por el dominio del Báltico tuviera lugar precisamente en la época en que el centro de gravedad del comercio mundial se desplazaba del meridiano báltico a las costas del océano Atlántico. La decadencia de las ciudades hanseáticas fue para el comercio de Nóvgorod un golpe más duro que su dependencia de Moscú. La competencia de las ciudades livonias y de los comerciantes suecos asestó el último golpe a la Hansa en decadencia. Su importancia política se hundió junto con su poder económico. El dominio del Báltico pasa de los polacos a los suecos, que cierran definitivamente a los rusos la salida al Báltico. Narva, que los rusos habían conquistado en 1558, tuvieron que devolverla a los suecos en 1581. De este modo Rusia, cuyo comercio recibió un poderoso impulso con la adquisición de Kazán y de Astracán, perdió la posibilidad de un comercio independiente por el Báltico, y ello precisamente en la época en que Siberia se anexionaba al Imperio ruso y el Volga se hacía ruso en todo su curso.

Rusia se veía así amenazada por un completo estancamiento económico. Pero el comercio con la Europa occidental, que hasta entonces había pasado principalmente por el Báltico, encontró una nueva salida. Los ingleses se abrieron un nuevo camino por el mar Blanco. Para comprender cómo se configuraron estas relaciones entre Inglaterra y Rusia en el siglo XVIII, tenemos que conocer el papel que desempeñó Inglaterra en la «europeización» de Rusia.

5. La europeización de Rusia por el comercio inglés

El papel enorme que desempeñó el sistema colonial como uno de los momentos más importantes de la acumulación originaria del capital hace olvidar a menudo que el país clásico del capitalismo, Inglaterra, no poseía casi colonias hasta el siglo XVII y que solo desde la segunda mitad de ese mismo siglo puede hablarse de Inglaterra como potencia colonial.

En la época en que portugueses y españoles se apoderaban poco a poco del Nuevo Mundo y del comercio de los productos asiáticos, los ingleses estaban ocupados en liberarse de la dependencia de las ciudades hanseáticas, en cuyas manos estaba todo su comercio exterior. En 1553 se equipó una expedición que debía dirigirse a la India por el noreste. La expedición acabó en un fiasco. Su jefe, Willoughby, pereció con dos barcos, pero el capitán del tercero, el Buena Empresa, Richard Chancellor, fue arrastrado a la costa del mar Blanco, a la desembocadura del Dviná del Norte. Desde allí llegó a Moscú, donde Iván el Terrible lo recibió de manera muy amistosa.24 Cuando Chancellor volvió a Londres, su compañía obtuvo una carta (privilegio) con el monopolio del comercio con Rusia y con todos los países que descubriera. Era la compañía «Merchant Adventurers for the Discovery of Lands, Countries, Isles, not before known or frequented by any English», más conocida con el nombre de Muscovy o Russian Company, con el que figura también en Marx. Después de los «Merchant Adventurers of England», que recibieron su carta en 1505, era la compañía comercial regulada más importante del siglo XVI.

A la Russian Company se le concedió el derecho de comerciar libre de aduanas con toda clase de mercancías en toda Rusia.

Pero tras las huellas de los ingleses fueron los holandeses. Como llegaron más tarde que los ingleses, recibieron menos privilegios y a menudo tuvieron que recurrir a la mediación de los ingleses. Las relaciones entre los competidores se agriaron pronto, y los holandeses recurrieron a todos los medios para desalojar a los ingleses de su posición de monopolio. Señalaban que Inglaterra comerciaba con mercancías ajenas y cobraba por ellas precios inauditos.

A cambio de los privilegios que había concedido a los ingleses, Iván el Terrible esperaba obtener de Inglaterra ayuda en la lucha contra Polonia y Suecia. Pero Isabel se negó obstinadamente a entrar en alianza con Rusia, y no porque temiera el fortalecimiento de Rusia, sino porque semejante alianza solo podía ser útil a Rusia y carecía por completo de valor para Inglaterra.

«A medida que Inglaterra pasaba a primer plano como Estado comercial, sus intereses se hacían más hostiles a los de España, la gran potencia comercial del siglo XVI, que dominaba la cuenca occidental del Mediterráneo y aspiraba al dominio exclusivo del océano. Casi en todas partes donde el comercio inglés intentaba desarrollarse, encontraba el camino cerrado, o al menos limitado, por España. ... El español se convirtió en el siglo XVI en el “enemigo hereditario” de Inglaterra, en el compendio de todas las atrocidades para un británico».25

Este antagonismo determinó toda la política exterior de Inglaterra bajo Isabel. Crearse nuevos enemigos inmediatamente antes de la Armada habría sido muy imprudente, tanto más cuanto que las relaciones comerciales anglorrusas por el mar Blanco habían despertado un fuerte descontento en los Estados del Báltico.

La obstinación de Inglaterra acabó por exasperar al zar, y tras una carta muy agria a Isabel suprimió en 1570 todos los privilegios de los ingleses y el derecho de comerciar con Persia. La Russian Company dio la alarma en el acto y se dirigió a Isabel rogándole que salvara de la ruina el comercio inglés. Solo en 1580 trocó Iván su cólera en gracia, cuando se vio obligado a dirigirse a Inglaterra para pedirle que le suministrara material de guerra para la guerra con Suecia y Polonia. Isabel se apresuró a satisfacer su petición, y en la primavera de 1584 se enviaron a Rusia trece barcos cargados de toda clase de material de guerra. Una nueva propuesta de Iván de concluir una alianza contra Esteban Báthory fue rechazada. Pese a las maquinaciones de los holandeses, Iván tuvo que confirmar de nuevo los privilegios de los ingleses, porque en esa época perdía definitivamente todas sus conquistas en el Báltico. Cuando poco después (1584) murió Iván el Terrible, uno de los enemigos más encarnizados de los ingleses y protector del comercio alemán, el diak (secretario de Estado) Shchelkálov (a quien los ingleses acusaban de estar sobornado por los holandeses), dijo al embajador inglés: «¡Ha muerto el zar inglés!».26

Vemos que Inglaterra apreciaba en grado sumo las relaciones comerciales con Rusia, pero rechazaba obstinadamente toda alianza política con este imperio y se comportaba con Rusia como con una colonia. La cuestión de a quién pertenecería el dominio del Báltico tenía entonces para Inglaterra muy poco interés. No estaba más inclinada a apoyar a Suecia que a Rusia. En primer plano estaban para ella sus intereses comerciales y el deseo de mantener el monopolio del comercio con Rusia por el mar Blanco, donde tenía menos que temer la competencia de holandeses y suecos. En 1584 se fundó en la desembocadura del Dviná una nueva ciudad, que recibió el nombre de Nóvye Jolmogory, cambiado en 1637 por el de Arcángel. Hasta la fundación de Petersburgo fue el principal puerto comercial de Rusia, por el que pasaba todo el comercio ruso. Los principales artículos de exportación a Inglaterra eran: pieles, cueros, lino, cáñamo, cuerdas, madera para mástiles, sebo, pez y alquitrán; los ingleses, en cambio, llevaban a Rusia sobre todo tejidos de lana y de seda, paños, artículos de lujo, azúcar, papel y metales.

El llamado «Periodo Tumultuoso», tras la extinción de la casa de Rúrik, se hizo sentir con fuerza en las transacciones comerciales inglesas.

En 1617 se concluyó la paz en Stolbovo, y el embajador inglés se quejó de las intrigas de los embajadores holandeses, que figuraban también como mediadores. Los ingleses empezaban a sentir la competencia de los holandeses, que tenían entonces una posición dominante en el comercio báltico. A esto se añadía que la oposición de los comerciantes de Moscú, con los que la nueva dinastía de los Románov tenía que contar seriamente, se hacía cada vez más fuerte.

Los comerciantes de Moscú consiguieron por fin que se quitara a los ingleses el derecho de comerciar con Persia libres de aduanas. Fue solo el primer paso. La revolución inglesa ofreció el anhelado pretexto para despojar a los ingleses de los privilegios de que habían gozado casi un siglo entero. Los que más se indignaron contra los ingleses rebeldes y más celosamente azuzaron contra ellos al gobierno ruso, junto con los comerciantes de Moscú, fueron los holandeses protestantes y republicanos.

En 1646 los comerciantes de Moscú presentaron al zar Alexéi una queja contra los comerciantes extranjeros y le pidieron que los protegiera de la ruina.

«Todos los ramos del comercio que desde siempre teníamos en nuestras manos nos los han arrebatado los alemanes ingleses, y por eso hemos quedado rezagados en nuestros antiquísimos oficios y ya no viajamos a Arcángel». Los ingleses «han causado hambre en todo el Estado de Moscú: compran en las ciudades carne, pan y otros víveres y los sacan a su país». A estas quejas añaden un argumento que tenía que resultar especialmente convincente para el gobierno: los ingleses «roban las aduanas del zar». Acusan además a los comerciantes ingleses de no poder ampararse en su carta, porque «los mercaderes ingleses se han apartado de su rey Carlos y llevan cuatro años luchando contra él».

Solo el 1 de junio de 1649, después de la ejecución de Carlos I, se expulsó por un ucase del zar a todos los comerciantes ingleses de Moscú y de las demás ciudades: «Ha llegado a conocimiento de nuestro gran soberano que los ingleses han cometido todos juntos un gran crimen: han dado muerte a su rey Carlos, y por semejante crimen no hay ya para vosotros lugar en el Estado de Moscú».

Pero la indignación no era tan fuerte como para renunciar por completo al comercio inglés. Los ingleses conservaron el derecho de ir a Arcángel, pero se les quitó el derecho de comerciar libres de aduanas. Para la Russian Company fue, en todo caso, un golpe sensible.

El moro había cumplido su cometido, pero no por eso se fue. Los ingleses solo se vieron obligados a renunciar al comercio libre de aduanas. Los holandeses habían conseguido que, en la competencia, se les equiparara a los ingleses.

Rusia, sin embargo, estaba ya entonces ligada a Europa por fuertes lazos de comercio exterior. Precisamente en el siglo XVII empezó, bajo la influencia de ingleses y holandeses, el llamado proceso de «europeización» de Rusia.

La economía monetaria, cuyo desarrollo se había frenado en el siglo XVI hasta que concluyó el proceso de desplazamiento de las rutas comerciales, empezó a desplegarse rápidamente justo después del Periodo Tumultuoso (comienzos del siglo XVII). En las principales vías que llevaban a Moscú y de allí a Arcángel surgió toda una serie de nuevos centros comerciales. De Moscú partían seis rutas comerciales: «Moscú era el centro de la actividad comercial de todo el Estado. Favorecía su importancia el que el propio gobierno se ocupara de operaciones comerciales y el que el propio zar fuera, como dijo un inglés, el primer comerciante de Rusia».27 De Moscú las mercancías se transportaban por Yaroslavl, Rostov y Pereslavl a Vólogda, donde los ingleses compraban el lino que se llevaba allí y tenían un depósito para sus mercancías, y de allí se llevaban a Arcángel. Junto a Moscú florecía en el centro de Rusia Nizhni Nóvgorod, que en el siglo XVII se convirtió en depósito de todas las mercancías que llegaban de todas direcciones: de Astracán venían mercancías asiáticas; de Arcángel, de Europa occidental; de Kazán, siberianas, y de Moscú, los productos de allí destinados al Oriente. Nizhni Nóvgorod se convirtió también en un centro importante del comercio de cereales, donde se compraba el grano y se llevaba a las provincias del norte. Mediante una verdadera red de pequeños agentes, los grandes comerciantes abarcaban todo el país y acaparaban todo el comercio interior.

En el siglo XVII empezó, con ayuda de holandeses, ingleses y hamburgueses, la introducción de la industria en Rusia.

En la segunda mitad del siglo XVII, Moscú se convierte en el centro adonde acuden en masa artesanos, técnicos, aventureros y saltimbanquis. Según el testimonio de Olearius, hacia mediados del siglo XVII se contaban solo en Moscú unas mil familias protestantes, sobre todo ingleses, escoceses y holandeses. El «arrabal alemán» (Nemétskaya slobodá) solo era alemán de nombre. Los más numerosos eran allí los ingleses y los escoceses. La misma revolución que dio al gobierno de Moscú el pretexto para despojar a los ingleses de sus privilegios había empujado a Moscú a los Drummond, Hamilton, Dalziel, Crawford, Graham, Leslie y Gordon descontentos con Cromwell. En esta atmósfera Pedro no solo hizo suya la cultura europea, sino también la simpatía por la dinastía inglesa de los Estuardo.

El proceso de centralización política de Rusia no empieza en tiempos de Pedro, sino ya antes. Antes de él se emprenden ya una serie de reformas en el terreno del ejército y de la organización de las finanzas. El desarrollo de la economía monetaria permitió sustituir muchas prestaciones e impuestos en especie por prestaciones e impuestos en dinero. Las asambleas de los estamentos (zemskie sobory), que habían desempeñado un gran papel en los siglos XVI y XVII, se suprimen. Se inicia una reforma de la administración provincial y urbana. Pero la peculiaridad de las formas exteriores que adopta en Rusia este proceso de formación de la monarquía absoluta no oculta en lo más mínimo la identidad de sus rasgos principales con el proceso correspondiente en Europa occidental, tal como lo describe Karl Kautsky en su Tomás Moro.

«Era natural que el nuevo poder político central cristalizara en torno a la persona del señor del país, que él formara la cúspide de la administración y del ejército centralizados. Sus intereses y los intereses del comercio eran los mismos. ... El comercio necesitaba del ejército para defender sus intereses tanto hacia fuera como hacia dentro. ... Pero el nuevo Estado no necesitaba al príncipe solo como jefe supremo del ejército. Lo necesitaba también como señor de la administración del Estado. El aparato administrativo feudal y particularista se estaba derrumbando, pero el nuevo mecanismo administrativo centralizado, la burocracia, estaba apenas en sus comienzos. El centralismo político, que para la producción de mercancías con un comercio desarrollado, en el umbral del modo de producción capitalista, era una necesidad económica para favorecer la centralización económica, del mismo modo que, a la inversa, esta lo condicionaba y lo favorecía, este centralismo necesitaba en sus comienzos una cúspide personal lo bastante fuerte para mantener la unidad de la administración frente a los elementos que tendían a dispersarse, sobre todo los de la nobleza. Esa fuerza solo la tenía el señor del ejército. La reunión de todos los medios de poder del aparato militar y administrativo en una sola mano, en otras palabras, el absolutismo principesco, era una necesidad económica para la época de la Reforma y aun mucho después».28

Y era esa misma necesidad económica también para Rusia. En Pedro el Grande encontró una cúspide personal que por su energía y su entrega a la idea del Estado está a la misma altura que los representantes clásicos de este tipo. Y solo porque Marx no advirtió que Pedro era el producto propiamente dicho del capitalismo europeo en ascenso pudo ver en él a un tártaro modernizado: la cuestión de si Rusia pertenecía a Asia o a Europa estaba ya decidida definitivamente a finales del siglo XVII. Los verdaderos padrinos de Rusia, sus educadores, fueron los dos países comerciales e industriales más importantes de la época: Inglaterra y Holanda.

6. La importancia del comercio ruso para Inglaterra

Pero las relaciones comerciales entre Inglaterra y Rusia tenían también para Inglaterra una gran importancia. En la segunda mitad del siglo XVI, este comercio fue, junto con la piratería y la trata de esclavos, una de las fuentes más importantes de la acumulación originaria del capital. Cuando se quebró el monopolio de la Hansa en el Báltico, la supremacía en el comercio báltico pasó a Holanda, que la conservó hasta el siglo XVIII. El intento de Inglaterra de apoderarse de la herencia de la Hansa acabó al principio en un fracaso, y la Eastland Company, que había recibido su carta en 1579, no pudo vencer en todo un siglo la competencia de los holandeses. Según las palabras de Child, todavía a finales del siglo XVII el comercio holandés superaba diez veces al inglés.

Pero la Russian Company desempeñaba además un papel importante en otro aspecto. Organizaba la pesca de la ballena en las cercanías de Spitsbergen.

El antagonismo entre holandeses e ingleses, que bajo Cromwell llevó a la ruptura abierta, se alimentó en la primera mitad del siglo XVII tanto de la competencia en el terreno del comercio colonial como de la lucha por el dominio del mercado septentrional y ruso. El comercio con Rusia no era menos lucrativo que el comercio colonial.

Así se crearon en Rusia los «intereses británicos» que necesitaban protección diplomática. Así como en los Países Bajos, en los países escandinavos y en Alemania actuaban como representantes diplomáticos de Inglaterra sobre todo miembros de la compañía de los Merchant Adventurers of England, así también los representantes diplomáticos en Rusia eran miembros de la Russian Company. En la conclusión de la paz de Stolbovo actuó como representante de Inglaterra el miembro del consejo de administración de esa compañía Merrick.

«El sistema colonial hizo madurar como en un invernadero el comercio y la navegación. Las sociedades Monopolia (Lutero) eran poderosas palancas de la concentración de capitales. A las manufacturas que brotaban, la colonia les aseguraba un mercado y una acumulación potenciada por el monopolio del mercado» (Marx).

De 1550 a 1650 las compañías de monopolio desempeñaron en Inglaterra el papel principal. Europa siguió siendo el campo principal de su actividad. Detrás de ellas estaba la floreciente industria lanera. Si Inglaterra pudo asegurarse ya a comienzos del siglo XVIII la supremacía comercial, lo debía ya entonces a su predominio industrial. La Compañía de las Indias Orientales desempeñó todavía hasta finales del siglo XVII un papel insignificante comparado con el de los Merchant Adventurers of England, que daban salida por Amberes y Hamburgo a la industria lanera inglesa, y comparado con el de la Russian Company, que organizaba la venta en Rusia.

Es del todo comprensible que la Russian Company ejerciera una gran influencia y pudiera «dar la alarma». Que se hacía mucho caso de su alarma lo hemos observado a lo largo de toda la historia de las relaciones entre Inglaterra y Rusia. Hay que tener en cuenta además que entre los miembros de la compañía de Rusia, lo mismo que entre los de la de Hamburgo, había muchos representantes de las filas de los gentlemen. Si en la lista de miembros de la compañía de Hamburgo encontramos nombres como Sidney, conde de Leicester, conde de Carlisle,29 lord Churchill, lord Ashley, etc., entre los fundadores de la Russian Company encontramos al marqués de Winchester y a los condes de Arundel, Bedford y Pembroke.

Sin embargo, en la primera mitad del siglo XVII su «alarma» no era lo bastante fuerte para ahogar la alarma de los representantes de otros «intereses británicos». Si las relaciones entre la compañía de Rusia y la de Hamburgo siguieron siendo amistosas, ya a finales del siglo XVI surgieron compañías cuyos intereses estaban muy lejos de coincidir con los de la Russian Company. Recordemos que la prosperidad de esta, a diferencia de la compañía de Hamburgo, no dependía solo de la venta de las manufacturas inglesas en Rusia, sino también de la buena marcha de la pesca de la ballena en el océano Glacial Ártico y del comercio de tránsito de la seda persa a través de Rusia. Era del todo natural que sus intereses entraran en conflicto con los de la Eastland Company, que, fundada en 1579 para el comercio en el Báltico, no se tomaba, como es lógico, muy en serio la prohibición de comerciar con Rusia por Narva, y asimismo con los de la Turkey Company, que, fundada en 1581, emprendió en seguida la organización de la compra de seda cruda en Persia. Si la competencia de la primera resultó inofensiva, la de la segunda creció sin cesar a lo largo de todo el siglo XVII, entre otras cosas porque la ejecución de Carlos I no causó la menor impresión a los sultanes turcos.30 Pero esta competencia se extendía solo a un terreno, el comercio de la seda cruda, en el que tanto la Russian Company como la Turkey Company tropezaron pronto con un adversario incomparablemente más peligroso, la East India Company. Aunque la Russian Company no renunció todavía en el siglo XVIII a la esperanza de apoderarse del comercio de la seda persa, ya a finales del siglo XVII tuvo que concentrar su atención en el comercio de los productos rusos, tanto más cuanto que la pesca de la ballena, cada vez menos lucrativa por la disminución del número de ballenas, dejó de tener importancia para ella después de la fundación de la Hudson's Bay Company en Norteamérica en 1670. Por ese mismo lado la amenazaba ahora una competencia en el terreno del comercio de diversos pertrechos navales (naval stores).

Tal era la situación de la Russian Company a comienzos del siglo XVIII. En 1699 se puso fin a las eternas disputas con los llamados interlopers, es decir, los ingleses atraídos por las altas ganancias del comercio ruso que comerciaban sin autorización de la compañía y no querían pagar la elevada cuota de miembro: ese año se rebajó la cuota a 5 libras esterlinas, y el comercio dejó de facto de ser un monopolio. La Russian Company siguió siendo, sin embargo, la representante de los intereses comerciales con Rusia y continuó defendiéndolos en la City y en el Parlamento. Pero, como hemos visto, no era la única compañía comercial. Junto a su «alarma» sonaba la «alarma» de otras compañías interesadas o de grupos de comerciantes e industriales. No cabe duda de que estos grupos se esforzaban por influir en el gobierno en su propio interés y por someter su política a su dirección. Pero cuanto más complicados se volvían los intereses industriales y comerciales, cuanto más amplias y numerosas se hacían las relaciones exteriores y cuanto más complicadas las relaciones con otros países, tanto más tenaz y encarnizada tenía que ser la lucha entre estos grupos heterogéneos. Antes que todos vencía aquel cuyo interés particular coincidía en el momento dado con la orientación general de la política exterior, determinada en última instancia por los intereses comunes del comercio «nacional» en su conjunto.

Bajo Isabel, la política exterior inglesa está determinada por el antagonismo entre Inglaterra y España. De ahí la alianza permanente con los Países Bajos. Las relaciones con Francia tienen también en general un carácter amistoso, en la medida en que Francia continúa su vieja lucha contra los Habsburgo españoles.

En la primera mitad del siglo XVII se desarrolló y se ahondó el antagonismo entre Inglaterra y Holanda, que bajo Cromwell llevó a una larga guerra. Desde el último cuarto del siglo XVII, Francia se convierte en enemiga hereditaria de Inglaterra tanto como lo había sido en tiempos de la guerra de los Cien Años. Holanda, en cambio, se convierte, según la frase de Federico II, en «una chalupa» del navío inglés. Los aliados de Francia se convierten en enemigos de Inglaterra, y a la inversa. El llamado sistema del equilibrio político está determinado por el antagonismo entre Francia y los Estados que la siguen, por una parte, e Inglaterra, Austria y Holanda, por otra.

Rusia no encuentra sitio en ninguna de estas combinaciones. Si a finales del siglo XV el peligro turco había movido al papa, a Venecia y al emperador Maximiliano a hacer el intento fallido de atraer a Rusia a los asuntos europeos, Rusia se veía ahora, al contrario, obligada a buscar una alianza con Estados europeos, y con tanta más insistencia cuanto más se acercaba el final del siglo XVII.31

Los enemigos inmediatos de Rusia eran ahora Polonia, Suecia y Turquía. Pero en todos estos países predominaba la influencia de Francia, que los utilizaba contra los Habsburgo. Mientras la política exterior de Inglaterra no estuviera determinada por el antagonismo con Francia, una alianza anglorrusa era una imposibilidad política. Así lo comprendieron por fin también los diplomáticos de Moscú, que dejaron de importunar a Inglaterra con sus propuestas. Poco versados en las relaciones políticas de Europa occidental, ofrecen en 1687 una alianza a Luis XIV, pero este declara categóricamente que «entre Francia y el emperador reina una enemistad eterna, y en cambio entre el sultán y el rey una paz eterna y una firme amistad».

Rusia participa en la Liga Santa contra los turcos, pero se la trata como a un Estado de tercera fila. Hasta la guerra del Norte, Rusia no se tiene nunca en cuenta en las combinaciones políticas de Europa occidental.

A comienzos del siglo XVIII, cuando la guerra de Sucesión española coincide con la guerra del Norte, la situación cambia. Se crea entonces la posibilidad de una alianza entre Inglaterra y Rusia. Pero ¿se convirtió esta posibilidad —como cree Marx— en realidad? ¿Apoyó realmente la oligarquía que después de 1689 se había apoderado del poder en Inglaterra, junto con la Russian Company, a Rusia de manera sistemática, y la apoyó para aniquilar a Suecia? La historia real nos ha mostrado ya que no fueron los kanes tártaros los que crearon el absolutismo de Pedro, que Moscovia fue «europeizada» por el capital angloholandés, que Inglaterra tiene tan poca «culpa» del ascenso de Moscovia como del ascenso del Japón. Veamos ahora si es verdad que la historia real desenmascara a los estadistas ingleses del siglo XVIII como cómplices constantes de Pedro I.

7. La guerra del Norte

Marx tiene toda la razón cuando atribuye a la guerra del Norte una importancia tan enorme en el ascenso del poderío ruso. A consecuencia de esta guerra, en efecto, Suecia perdió su supremacía en el Norte. La hegemonía política sobre el Báltico pasa a Rusia, que la conserva hasta el último cuarto del siglo XIX.

«En los tres años de 1700, 1800 y 1900, las extensiones de las costas de los países del Báltico, si se toma cada vez como 1 la de las costas danesas del Báltico, guardaban entre sí aproximadamente la proporción siguiente:

170018001900
Dinamarca111
Alemania32½5
Suecia1077
Rusia03½10

»De aquí se desprende sobre todo el crecimiento de la extensión de las costas rusas».32

Marx tiene razón también cuando dice que la guerra del Norte es un punto de inflexión en el sentido de que solo después de ella se convirtió Rusia en un Estado europeo. Solo después de encontrar un punto de apoyo seguro en el Oeste pudo extenderse hacia el Sur y hacia el Este, para retomar más tarde con nueva fuerza su empuje hacia el Oeste y desempeñar, desde el reinado de Catalina II, un papel decisivo en los destinos de Europa.

Así caracteriza también la importancia de esta guerra el historiador ruso Soloviov:

«El periodo oriental, el periodo de la estepa de la historia rusa, había terminado; empezaba el periodo occidental, el del mar. Por primera vez, después de su tradicional retroceso ante las tribus alemanas hacia el Este, hacia las estepas, los eslavos se habían vuelto hacia el Oeste y habían obligado a los alemanes a cederles una parte de las costas del mar interior del Norte, que ya habían empezado a hacerse alemanas».33

Marx describe todavía mejor las consecuencias del traslado de la residencia de Moscú a Petersburgo. Si atribuye el éxito de este paso a la iniciativa personal de Pedro, ello se explica porque se le escapó por completo todo el proceso interno que tuvo lugar en Rusia en el siglo XVII y que creó las condiciones necesarias para la fundación de Petersburgo. Petersburgo ocupó al principio el lugar de Arcángel. Es característico que, inmediatamente después de la orden de Pedro de transportar a Petersburgo todos los artículos de exportación, la exportación por Arcángel disminuyera casi tanto (2.049.000 rublos) como aumentó la exportación por Petersburgo (2.135.000 rublos). La suma total de la exportación por estas ciudades siguió al principio sin cambios. Pedro no había hecho más que cambiar la dirección por la que se transportaban las mercancías rusas hacia el Oeste. También esta vez la economía resultó más fuerte que la política. El intento de trasladar la residencia a Moscú después de la muerte de Pedro acabó en un fracaso. La ventana a Europa estaba definitivamente abierta.

Mientras los historiadores rusos están convencidos de que Inglaterra estorbó sistemáticamente la lucha de Pedro con Suecia, Marx afirma, al contrario, que Pedro solo pudo vencer a Carlos XII con ayuda de Inglaterra. A los historiadores rusos, que explican la política de Inglaterra por sus intereses comerciales, no les estorba lo más mínimo que Inglaterra pusiera en juego importantes intereses comerciales en Rusia: «temía», dice Martens, «el fortalecimiento de la influencia rusa en el Bósforo». Marx, en cambio, acusa a Inglaterra de haber criado ella misma un enemigo poderoso en el Bósforo por los intereses comerciales, en su opinión insignificantes, de un puñado de comerciantes que con sus quejas encubrían la actitud criminal de los ministros ingleses. Tanto los historiadores rusos como Marx contemplan por igual los acontecimientos de comienzos del siglo XVIII a través del prisma de las simpatías y antipatías de la segunda mitad del siglo XIX.

En 1900, es decir, casi al mismo tiempo que la nueva edición del trabajo de Marx, se publicó en las Transactions of the Royal Historical Society, vol. XIV, un artículo sobre el mismo tema que reproduce una comunicación leída en la Real Sociedad Histórica y que lleva por título «Notas sobre la correspondencia diplomática entre Inglaterra y Rusia en la primera mitad del siglo XVIII».

La autora de este artículo, Mrs. D'Arcy Collyer, cree necesario señalar ante todo que tenía entre manos un material completamente inexplorado: «Hasta donde puedo juzgar, la política del gobierno inglés durante este periodo de las relaciones diplomáticas con Inglaterra solo puede estudiarse en todos sus detalles sobre la base de los manuscritos del Record Office del Museo Británico». Basándose en estos documentos llega a conclusiones que a veces parecen repeticiones literales de las conclusiones de Marx.

Pero para conocer la «historia real» de las relaciones anglorrusas no hay que perder de vista que la guerra del Norte coincide cronológicamente con la guerra de Sucesión española. Al mismo tiempo que en el Norte se planeaba una coalición contra Carlos XII, en el Sur se preparaba una nueva coalición contra Luis XIV. Una y otra guerra se hicieron en territorio europeo. Pero mientras la guerra de Sucesión española decidía, además de la cuestión del dominio del Mediterráneo, la del dominio del océano Atlántico y, con ella, la del comercio mundial del siglo XVIII, la cuestión de a quién pertenecerían la supremacía comercial y el dominio del Nuevo Mundo, en la guerra del Norte se decidía la cuestión del dominio del Báltico, que en medida todavía mayor que el Mediterráneo se había convertido en un mar interior, en una simple vía de abastecimiento. Hacía mucho que había pasado la época en que el Báltico, por un lado, y el Mediterráneo, por otro, eran los depósitos más importantes del comercio europeo. Lo que para los Estados del Báltico era una cuestión vital —la cuestión de a quién pertenecería el predominio en el Báltico— tenía desde el punto de vista de Inglaterra y de los grandes Estados europeos un interés puramente local. Holanda, que había aprovechado la decadencia de la Hansa para hacerse con la supremacía comercial en el Báltico, e Inglaterra, que la había seguido hasta allí, solo aspiraban ahora a que el paso del Sund siguiera abierto, y por eso apoyaban unas veces a Dinamarca y otras a Suecia. Los Estados del Báltico, lo mismo que Rusia, no eran para ellas más que objetos de explotación económica. Políticamente, Suecia y Polonia navegaban en las aguas de Francia, que de vez en cuando las azuzaba, igual que a Turquía, contra los Habsburgo a cambio de dinero contante. Para los teóricos del equilibrio político europeo, Suecia era un país no europeo en la misma medida que Rusia.

Cuando la guerra de Sucesión española estaba todavía en pleno curso, un publicista escribía lo siguiente:

«No hace falta decir al lector que Europa ha de entenderse aquí en el sentido más estricto, como las naciones de Europa que participan en la presente guerra contra Francia de uno u otro lado, sin que queramos ocuparnos de los asuntos de los suecos o de los moscovitas, de los húngaros o de los turcos. Estos se hallan, ciertamente, en Europa; pero como la Europa occidental y central es la parte gobernante de Europa, el tiempo y la costumbre han legitimado que se aplique a ella sola la palabra Europa».34

Los hechos cambian muy pronto esta idea. Resultó que los intereses de Inglaterra, de Francia y de Austria se veían afectados en exceso por la guerra del Norte y que no se podía separar del Norte ni la Europa occidental ni la oriental. Lo que hacía mucho que se había consumado en el terreno económico tenía ahora que reconocerse en el terreno político. Por mucho que los Estados europeos desearan que volviera el tiempo en que Rusia se contaba en Asia, sus deseos quedaron tan impotentes como las apasionadas aspiraciones de la oposición que se había formado en Rusia contra Pedro y cuyo objetivo era separar a Rusia de Europa.

«Es característico de la tenacidad de las ideas políticas que el nuevo despliegue de poder de Rusia no ejerciera por sí mismo influencia alguna sobre la idea del equilibrio europeo, sino que se saliera del paso con un expediente. Así como se había vinculado la situación interior de las potencias alemanas con la europea general suponiendo un equilibrio alemán y haciendo depender de su conservación la del equilibrio europeo, así surgió ahora la idea de un equilibrio nórdico vinculado de modo semejante a los intereses generales».

Pero hasta el final de la guerra de Sucesión española, Inglaterra estuvo completamente absorbida por la lucha con Francia, y la cuestión de las relaciones con Suecia solo se decidía en conexión con esta cuestión. Había que impedir una alianza entre Suecia y Francia y había que impedir al mismo tiempo que Turquía entrara en guerra con Austria. Todos los esfuerzos de la diplomacia inglesa y holandesa se concentran ahora en esta tarea.

El 9 de julio de 1698 Francia concluyó una alianza defensiva con Suecia, esta vez frente a la fuerte oposición del partido antifrancés en Suecia. Pero en 1700 Guillermo III logró concluir, en nombre de Holanda y de Inglaterra, una alianza semejante con Suecia, la misma alianza que Marx invoca tan a menudo. Las relaciones entre Suecia y Rusia eran entonces amistosas. Carlos XI no solo permitió a Pedro encargar 600 cañones en Suecia, sino que le prometió incluso regalarle 300, cosa que se cumplió después de su muerte. Esto ocurría durante la guerra con Turquía. No había motivo para temer el estallido de una guerra entre Suecia y Rusia. Nadie ponía en duda la superioridad de Suecia.

Pero ¿no habrá obrado Inglaterra, a pesar de todo, de manera diametralmente opuesta: no habrá dejado de cumplir sus obligaciones con Suecia y apoyado a Rusia? A ello responde de nuevo la historia real.

Ya vimos que hasta los diplomáticos de Moscú llegaron por fin a comprender que, pese a todas las ventajas que el comercio con Rusia le reportaba, no obtendrían de Inglaterra el consentimiento para una alianza política. Vimos también en qué fiasco acabó el intento de concluir una alianza con Francia. La participación en la coalición contra los turcos mostró que incluso Austria solo necesitaba la ayuda de Rusia en la medida en que podía usarla contra Turquía.

Pero hacían falta aliados. Tras el intento fallido de la embajada de Carlisle en 1664, cuando los holandeses intrigaban con tanto celo contra los privilegios de la Russian Company, los ingleses decidieron aprovechar el primer momento favorable para recuperar su antigua posición de monopolio en Rusia. Ese momento fue el viaje de Pedro a Holanda y a Inglaterra. En octubre de 1697 los enviados de Inglaterra, con lord Pembroke a la cabeza —del venerable linaje de aquellos Pembroke que habían sido fundadores de la Russian Company—, se dirigieron al gobierno ruso con un escrito colectivo. En él alegaban que «los ingleses, antes que todos los pueblos que habitan Europa», habían tenido comercio y amistad con Rusia «para gran provecho y ventaja de ambos pueblos», y solicitaban por ello que «los ingleses que comercian recobraran la factoría que durante tantos años habían usado y gozaran de las libertades acostumbradas sin derechos». Al mismo tiempo pedían que se les concediera el monopolio de la importación de tabaco.

Pedro I, pese a su inclinación por los ingleses, no pudo restablecer los privilegios suprimidos en 1649; pero les concedió el monopolio de la importación de la «hierba nicociana, llamada tabaco». En 1702 los ingleses obtuvieron, pese a la fuerte protesta de los comerciantes rusos, el monopolio del comercio y de la exportación del lino de Rusia. Como contrapartida por su complacencia, Pedro solo recibió de los ingleses palabras amables y de Guillermo III una vieja fragata como regalo. Inglaterra se hizo la sorda a todas sus propuestas. En 1704 se envió a Rusia como embajador extraordinario a Whitworth. Debía convencer a Pedro de que Inglaterra, en caso de que se firmara la paz entre Rusia y Suecia, no descuidaría los intereses de Pedro. El verdadero objeto de su visita era obtener nuevos privilegios para los ingleses. Al monopolio del lino y del tabaco quería añadir otros. Debía insistir sobre todo en que se concediera a los ingleses el derecho de comprar y exportar de Rusia pez, alquitrán y otros artículos necesarios para el florecimiento de la construcción naval «en nuestro reino».

Whitworth fue recibido con una pompa extraordinaria. Pedro quería subrayar con esta recepción cuánto apreciaba las buenas relaciones con Inglaterra. Whitworth, en cambio, se comportó en Rusia con arrogancia y desdén.

Y, sin embargo, Pedro I lo soportó. Whitworth explica esta indulgencia de Pedro por su deseo de que Inglaterra asumiera el papel de mediadora entre Rusia y Suecia y favoreciera la conclusión de una paz honrosa para Rusia.

Veamos ahora cómo se trataba al embajador ruso en Londres. A finales de 1706 Pedro envió allí a su embajador en La Haya, A. Matvéyev. Este «debía explicar a los ingleses cuán ventajoso sería para ellos que Rusia obtuviera puertos favorables en el Báltico: las mercancías rusas se transportarían a Inglaterra sin peligro, deprisa, varias veces al año, y no como ahora desde Arcángel; las mercancías rusas se abaratarían, porque los puertos bálticos estaban cerca de Moscú y de las demás ciudades más importantes y llevaban a ellos cómodas vías fluviales».35 Más aún. Como Pedro sabía ya que con el gobierno inglés había que aducir otros argumentos, le ofreció por medio de Matvéyev adherirse a la Grande Alliance contra Luis XIV. Pedro estaba dispuesto, en el caso extremo, a ceder todas sus conquistas en el Báltico, incluso Narva; solo no quería devolver Petersburgo. «Es indigno siquiera pensar en devolverlo».

Pero los ministros ingleses tomaron el pelo a Matvéyev y lo entretuvieron con «palabras pulidas, pero estériles». Pasaron algunos meses. Tras la llegada de Marlborough la situación no cambió. Pedro estaba ya dispuesto a cederle un principado ruso, Kiev, Vladímir o Siberia, a su elección, y a asegurarle una renta vitalicia de 50.000 táleros de Joachimsthal. Acorralados, los ministros ingleses declararon por fin a Matvéyev que no podían ofrecer su mediación. El profesor Martens, a quien son bien conocidas las intenciones de la «pérfida Albión», explica esta actitud diciendo que el «gobierno inglés no quería que surgiera la idea de que Rusia se convirtiera en un Estado del Báltico». Pero, según las palabras de Matvéyev, Marlborough y Godolphin le declararon lo siguiente: «¿Puede uno, solo por las ventajas comerciales en Moscovia, irritar al rey de Suecia, con el poder que tiene ahora y mientras estamos en guerra con Francia?».36

Estas negociaciones tenían lugar precisamente en la época en que Carlos XII estaba en la cumbre de su poder, cuando había concluido la paz de Altranstädt, se había convertido en el «árbitro de Europa» y, como un nuevo Gustavo Adolfo, se preparaba, con el pretexto de proteger a los protestantes, a atacar el imperio de los Habsburgo, cuando Francia, por un lado, y la Grande Alliance, por otro, ponían en tensión todas sus fuerzas para atraerse a Carlos XII. Marlborough acababa de volver a Londres de su viaje al campamento de Carlos XII, donde a él y al emperador les había costado mucho trabajo apaciguar al rey sueco. Para quitarle todo pretexto de inmiscuirse en los asuntos del Imperio, se habían comprometido ante él a dar satisfacción a los protestantes de Silesia.

Matvéyev estaba especialmente indignado con la Russian Company. «Me tomé mucho trabajo negociando con esos patanes, los comerciantes ingleses, pero ninguno de ellos, salvo Stales, me prestó la menor ayuda ni me dio siquiera la menor respuesta». Pero su indignación llegó al colmo cuando el 21 de julio de 1708 fue detenido por orden del sheriff por una deuda de 50 libras esterlinas, y cuando los alguaciles, después de golpearlo del modo más despiadado, lo metieron en la cárcel por deudas, de donde solo salió gracias a la fianza del comerciante Stales.

¿Es extraño que nuestro pobre asiático, después de un ejemplo tan ilustrativo de los finos modales europeos, estuviera encantado cuando el 30 de julio de 1708 pudo por fin abandonar Londres y se vio libre de la necesidad de seguir tratando con este «pueblo enemigo de Cristo, lleno de infame impiedad»?37

Pese a su desdén por Rusia, hasta el gobierno inglés se alarmó. Pero se tranquilizó muy pronto cuando Whitworth escribió desde Petersburgo que «aquí no se andan con muchos miramientos en cuestiones de honor», que «los moscovitas solo son peligrosos porque se les teme, y que el mejor medio de hacerlos entrar en razón consiste en no ceder ante ellos».

El 27 de septiembre de 1708 Löwenhaupt fue derrotado en Lesnaya, y el 27 de junio (8 de julio) de 1709 Carlos XII fue derrotado en Poltava. En el parte sobre la batalla de Poltava que Pedro dirigió a los suyos añadió en una posdata que «con ello quedaba puesta la primera piedra de Petersburgo». Era la primera piedra de todo el edificio de un Estado y de su política. «Desde entonces —añade Ranke— Rusia empezó a dar leyes al Norte».38

La situación cambió ahora de golpe. Pedro entró triunfante en Moscú y Whitworth lo felicitó con las palabras más lisonjeras. Atendiendo a las tradiciones inglesas del siglo XVI, saludó a Pedro con el título de «emperador» y le dio con ello tal alegría que, pese a todo lo que se había permitido en Rusia, recibió como regalo un retrato de Pedro guarnecido de brillantes. De un Saulo cuyo comportamiento habría satisfecho incluso a un David Urquhart, se convirtió de pronto en un Pablo.

El 5 de febrero de 1710 Whitworth presentó en nombre de la reina excusas por la ofensa inferida a Matvéyev y, al entregar al zar un ejemplar de la nueva ley del Parlamento, publicada poco antes, sobre los privilegios de los miembros del cuerpo diplomático acreditados ante la corte de Saint James, le declaró que no había en absoluto posibilidad de ejecutar a todos los que habían ofendido a Matvéyev. Una vez convencido de que la reina inglesa, a causa de la «decadencia de los antiguos derechos reales», estaba privada de la posibilidad de proceder con sus súbditos como él con los soldados sublevados de su guardia, Pedro se contentó con esta excusa. El profesor Martens, que todavía hoy, al cabo de doscientos años, está lleno de ardiente indignación contra la «pérfida Albión», explica esta indulgencia diciendo que el «gran reformador no podía decidirse a sacrificar los superiores intereses políticos de Rusia al justo sentimiento de indignación que había provocado el asunto londinense de Matvéyev». Pedro seguía sin perder la esperanza de obtener la mediación de Inglaterra para la paz con Suecia. El 9 (20) de agosto se firmó entre Inglaterra y Rusia un tratado en virtud del cual «su Majestad Czárica, para facilitar el comercio marítimo, ha tenido a bien y por conveniente equiparar en su reino los derechos de boyas, de faro y de anclaje de la nación de la Gran Bretaña».39

¿Ejerció la victoria de Poltava sobre los ministros ingleses el mismo efecto que sobre Whitworth? ¿Había llegado ya a su conciencia el hecho nuevo de la superioridad militar de Rusia sobre Suecia? ¡No! Y en ello los confirmó el propio Pedro, que con su insistente exigencia de expulsar de Turquía a Carlos XII provocó una nueva guerra y solo en 1711 salió del apuro bélico, tras sacrificar Azov y Taganrog y abandonar a la venganza de los turcos a los eslavos del Sur, que se habían levantado contando con su apoyo.

En este episodio de la guerra del Norte tropezamos por primera vez con los rasgos característicos de la política de conquista moderna de Rusia o —como se quejan siempre los patriotas rusos— con su «error», que consiste en que nunca sabe concentrarse en una sola tarea e intenta resolver una cuestión planteando otra. Dicho de manera menos eufemística, este «error» reside en la ilimitada voracidad de Rusia. A lo largo de todo el siglo XVIII y el XIX, la cuestión de Oriente se enreda con la cuestión sueca y la polaca y frena, para gran pesar de los políticos realistas rusos, el empuje de Rusia hacia el Oeste, obligándola cada vez a hacer concesiones ya a la Prusia «astuta y junkeriana», ya a la Austria siempre «ingrata».

Pero en este episodio tropezamos con otro fenómeno no menos interesante. Si la Russian Company, tan odiada por Marx, no logró, pese a su rusofilia, favorecer la conclusión de una alianza de Inglaterra con Rusia, la Turkey Company, aunque su atención principal se dirigía a la lucha con la influencia francesa en Constantinopla, dio la alarma contra Rusia muy pronto, mucho antes que los autores de los folletos descubiertos por Marx.

Si en el siglo XVII las relaciones diplomáticas entre Rusia e Inglaterra las llevaban en la mayoría de los casos miembros de la Russian Company, este fenómeno desaparece ya en el siglo XVIII, aunque las frecuentes quejas de los embajadores ingleses por la falta de pago de su sueldo indican en qué dependencia material se hallaban de los comerciantes ingleses en Rusia, es decir, de la misma Russian Company. En Turquía la cosa era aún más sencilla. ¡Hasta 1803 el cuerpo diplomático inglés recibía allí su sueldo de la Turkey Company! Y si hasta el siglo XVIII los principales competidores en el comercio levantino habían sido los franceses, con el comienzo del siglo XVIII la Turkey Company inició su política antirrusa. Su influencia se hizo sentir ya en el congreso de Karlowitz.

Los pormenores de esto pertenecen a la historia de la cuestión de Oriente; pero aquí hemos de hacer constar que la clave para explicar la política de la «pérfida Albión» en el siglo XVIII puede encontrarse precisamente en el Oriente Próximo y en la posición independiente de los embajadores ingleses en Constantinopla. Los embajadores ingleses en Constantinopla ponían muy a menudo al gabinete de Saint James ante hechos consumados, y aunque no siempre —como tampoco la Russian Company— fueran capaces de llevar adelante su política, ora antirrusa, ora antifrancesa, constituyeron siempre un factor importante de la política exterior de Inglaterra y contribuyeron no poco a agudizar las contradicciones dentro de esta política a medida que se complicaban los intereses comerciales de Inglaterra.

Después de salir a duras penas de la guerra turca, Pedro se lanzó hacia el Oeste con el mismo ciego afán con que había marchado al Prut. La guerra de Sucesión española no había terminado todavía. Para protegerse de nuevas complicaciones en el Norte, Inglaterra, Holanda y el Imperio alemán habían publicado ya el 10 de marzo de 1710 una declaración dirigida contra Pedro en la que se proclamaba el mantenimiento de la neutralidad en todos los territorios de Alemania y, por tanto, también en Pomerania. Con el pretexto de que tenía que hacer una diversión contra los suecos, Pedro entró en Pomerania.

El 17 de abril de 1711 murió el emperador José I y subió al trono Carlos, el pretendiente al trono real de España. Los tories, que habían obtenido una victoria sobre los whigs, aprovecharon la ocasión para firmar la paz con Francia el 8 de octubre de 1711. A comienzos de 1714 la guerra de Sucesión española había terminado. Ahora Inglaterra tenía las manos libres.

Si Marx se equivocaba sin duda en su juicio sobre la política inglesa hasta 1714, ¿tendría quizá razón en su juicio sobre el periodo posterior a 1714? Es cierto que Pedro se había asentado firmemente en el Báltico, había ocupado Finlandia y se había instalado ya en Alemania. Es cierto que Carlos XII seguía metido en Turquía con una obstinación incomprensible para sus contemporáneos; pero aun así, si Inglaterra hubiera prestado oído a las voces que la advertían de un nuevo peligro ruso y hubiera asistido a Suecia, como exigía la alianza defensiva de 1700, Rusia habría sido rechazada de nuevo a las profundidades de Asia. ¡Pero qué vemos! Precisamente en esta época (1715) Inglaterra concluye una alianza con Rusia y abre la guerra contra Suecia.

Marx dice al respecto:

«Durante el año 1715 se había concluido entre Rusia, Dinamarca, Polonia, Prusia y Hannover una alianza del Norte para el reparto, no de Suecia propiamente dicha, sino de lo que podemos llamar el Imperio sueco. Ese reparto constituye el primer gran acto de la diplomacia moderna, la premisa lógica del reparto de Polonia. Los tratados de reparto relativos a España han acaparado el interés de la posteridad porque fueron los precursores de la guerra de Sucesión, y el reparto de Polonia atrajo un público aún mayor porque su último acto se representó en un escenario contemporáneo. Sin embargo, no puede negarse que fue el reparto del Imperio sueco el que inauguró la era moderna de la política internacional. El tratado de reparto ni siquiera pretendió tener un pretexto, salvo la desgracia de su víctima designada. Por primera vez en Europa la violación de todos los tratados no solo se cometió, sino que se proclamó base común de un nuevo tratado. La propia Polonia, a remolque de Rusia y personificada por ese lugar común de la inmoralidad, Augusto II, elector de Sajonia y rey de Polonia, fue empujada al primer plano de la conspiración, firmando así su propia sentencia de muerte, y sin gozar siquiera del privilegio que Polifemo reservó a Odiseo: ser devorada la última. ... La participación en este tratado de reparto lanzó a Inglaterra dentro de la órbita de Rusia, hacia la que había gravitado cada vez más desde los días de la “Revolución Gloriosa”. Jorge I, como rey de Inglaterra, estaba obligado a una alianza defensiva con Suecia por el tratado de 1700. ... Sin embargo, como elector de Hannover declaró la guerra a Suecia, guerra que hizo como rey de Inglaterra» (Secret Diplomatic History, pág. 25).

No queremos entrar en todos los errores que aquí se contienen, ni en el juicio indudablemente falso de estos acontecimientos ni en las contradicciones con los artículos de la Neue Rheinische Zeitung de 1848 sobre la cuestión de Schleswig-Holstein. El error fundamental de estas consideraciones era el mismo que el de Pedro, que se indignaba contra Inglaterra porque, pese a su alianza con Jorge I, se negaba a apoyarle en su lucha con Suecia. Después de concluir con Jorge I, en su calidad de elector de Brunswick-Luneburgo (en qualité d'Électeur de Brunswick-Lunebourg), una alianza contra Suecia que en realidad no hacía más que renovar la alianza concluida con Hannover en 1710, Pedro estaba convencido de haber conseguido por fin la ansiada alianza con Inglaterra.

Estamos aquí ante un fenómeno singular de la historia universal. Toda una serie de monarcas absolutos concluyó una serie de alianzas con el soberano de un pequeño principado alemán en el pleno convencimiento de que podía disponer de Gran Bretaña lo mismo que del brezal de Luneburgo. Este príncipe, Jorge I, a quien en su vejez le había caído un bocado tan suculento como el trono británico, tenía sin embargo muy pocas esperanzas de mantenerse mucho tiempo en ese trono, y por eso, junto con sus fieles hannoverianos, se esforzaba con todas sus fuerzas por sacar provecho de esta situación cuanto antes y asegurarse algunas nuevas adquisiciones en Alemania, en particular Bremen y Verden. Ese es el único fin que persigue con la tenacidad de un campesino acomodado que quiere adquirir una nueva parcela.

Los ministros ingleses, que sentían a sus espaldas la oposición de los tories y estaban a la vez convencidos de la necesidad de conservar la dinastía hannoveriana, es decir, todo lo que había dado la «Glorious Revolution», vacilaban entre Jorge, al que tenían que hacer algunas concesiones, y el Parlamento, para el que tenían que buscar razones decorosas con que cubrir con un velo constitucional su condescendencia con los ministros hannoverianos.

Durante toda la guerra del Norte, Inglaterra no declaró la guerra ni una sola vez ni a Suecia ni a Rusia. Al contrario: oficialmente observaba la neutralidad. Pero tanto si Jorge estaba en guerra con Suecia, como fue el caso hasta 1719, como si actuaba en alianza con ella contra Rusia, en todo caso provocaba la furia de sus aliados, porque nunca podía cumplir sus compromisos. Es difícil decir cuándo hizo más daño a Suecia, si cuando era su enemigo o cuando era su aliado.

Pedro comprendió pronto que Jorge, como rey de Gran Bretaña, no tenía para él valor alguno, y cuando alargó la zarpa hacia Mecklemburgo se asombró incluso de que Jorge, que hasta entonces había contemplado tranquilamente cómo hacía estragos en otras regiones alemanas, protestara de pronto. Los amigos de la víspera chocaron con tanta dureza que Jorge llegó a pensar en hacer prender a Pedro. La expedición que Pedro emprendió con los daneses contra la provincia sueca de Escania, situada justo frente a Copenhague, fracasó cuando aún se estaba preparando. Los aliados no se fiaban unos de otros.

En esa época Carlos XII, o más exactamente sus consejeros Görtz40 y Gyllenborg, el embajador en Londres, decidieron librarse de la inoportuna intromisión de Jorge de Hannover en su calidad de rey de Gran Bretaña. El baluarte del protestantismo en Alemania, Carlos XII, entra por medio de sus consejeros en negociaciones con los jacobitas, los partidarios del pretendiente inglés, que estaba del lado católico, y con el ministro español Alberoni, para derribar del trono a Jorge I. Y no es eso todo. Después de decidir aprovechar el encono de Pedro contra Jorge, los suecos entraron en negociaciones con él, al mismo tiempo que el embajador ruso en La Haya, Kurakin, entablaba negociaciones con Alberoni. Este juego complicado saltó por los aires cuando a comienzos de 1717 fueron detenidos en Londres el embajador sueco Gyllenborg y, al mismo tiempo, algunos tories. El gobierno inglés se apresuró a publicar la correspondencia de Gyllenborg, en la que se encontraron, entre otras, las cartas del médico de cámara de Pedro, Areskine.

La correspondencia de Gyllenborg reveló también otros secretos. El que más tarde sería jefe del partido sueco de los «Sombreros» poseía, además de su talento diplomático, una excelente pluma. En algunos folletos que aparecieron al mismo tiempo en francés y en inglés, este plumífero diplomático, que con una mano abogaba por la restauración de los Estuardo en Inglaterra, demostraba elocuentemente a los ingleses con la otra que, en interés del protestantismo, tenían que apoyar a Carlos XII y, por sus intereses comerciales, poner fin al avance agresivo de los rusos y ayudar a los suecos a recuperar los territorios perdidos.

Estos folletos empezaron a aparecer en 1715, desde que Carlos XII había vuelto de Turquía y Görtz había iniciado su actividad. Además de los dos primeros folletos publicados por Marx, existen otros que proceden sin duda de Gyllenborg. La argumentación de estos últimos se parece tanto a la de los folletos La crisis del Norte y El tratado defensivo que difícilmente puede rechazarse la conjetura de que también estos salieron de la pluma de Gyllenborg o de sus ayudantes. Todos estos folletos tratan una sola y misma cuestión. Los comerciantes ingleses y holandeses se habían apresurado a entablar relaciones comerciales con Petersburgo y Narva. Para estorbar estas relaciones, Carlos XII decretó el bloqueo de estos puertos y empezó a apresar en ruta los barcos ingleses y holandeses. La situación se agravó todavía más cuando Pedro dictó el ucase según el cual las mercancías que hasta entonces iban a Arcángel tenían que exportarse en adelante por Petersburgo.

Se comprende que ni los comerciantes ingleses ni los holandeses pudieran tener deseos de esperar a que Carlos XII reconquistara sus antiguos territorios. Los citados folletos intentan demostrar que no tenían derecho a obrar así, que los intereses del protestantismo estaban por encima de los intereses de unos cuantos comerciantes, que en esta cuestión no podía haber diferencia alguna entre tories honrados y whigs honrados, y todos estos argumentos van acompañados del estribillo de que el poder de Rusia crecía sin cesar.41

Pero ¿quiénes eran los comerciantes ingleses que armaban este alboroto? Marx tenía una respuesta preparada: la Russian Company. Pero antes de que Pedro cerrara Arcángel, quien sufría especialmente por los corsarios suecos era la Eastland Company, a la que a menudo se confunde con la Russian Company. Esta última, por el contrario, salió ganando en los primeros tiempos y ganaba el doble. Gozaba del monopolio de exportar de Rusia aquellas mercancías que Inglaterra más necesitaba entonces. Algunas de ellas las exportaba también Suecia, pero desde el desarrollo de la flota sueca la exportación desde allí de estos materiales, necesarios para la construcción naval, tropezaba con grandes dificultades. En Suecia se formó una compañía que adquirió el monopolio de la venta del alquitrán (Tar Company of Sweden) y de otros materiales de construcción naval. Ya en 1708 el Parlamento inglés tuvo que fijar una prima para la exportación de estos materiales desde las colonias americanas, pero de momento sirvió de poco. En un folleto se advierte a los ingleses del extraordinario poder de Pedro en estos términos: «El zar es sin duda el dueño absoluto de las tres cuartas partes de todo el alquitrán del mundo entero, de todo el lino, de los mejores mástiles y de todas las mercancías que se traen habitualmente del Norte».42

Que la Russian Company no podía estar muy contenta de las conquistas de Pedro en el Báltico, al menos en los primeros tiempos, se ve por el siguiente argumento: «Vosotros mismos reconocéis que, si el zar logra conservar aunque sea un solo puerto en el mar Báltico, el comercio de Arcángel se arruinará por sí solo, en perjuicio de miles de conciudadanos nuestros».43 Así se explica también la fría acogida que Matvéyev encontró entre los miembros de la Russian Company.

Pero desde 1715 las dos compañías competidoras se unieron y defendieron, junto con los holandeses, la «libertad de comercio» con Petersburgo y Narva. Y cuando el autor o los autores de los folletos declaraban a los holandeses: «Vosotros mismos estaríais dispuestos a pisotear esta libertad de comercio, como pisoteasteis la cruz en el Japón»,44 estos les respondían fríamente que «les era del todo indiferente a quién pertenecieran los territorios orientales del mar Báltico, al zar o a Suecia».45

El propio Marx reconoce que el comercio báltico había adquirido en esta época una importancia especial, no por sus dimensiones, sino por su naturaleza. Era la época en que se producía en la construcción naval una revolución análoga a la que caracterizó la primera mitad del siglo XIX. La navegación a remo agonizaba. Las galeras se convertían en anacronismos como hoy los veleros. Los astilleros ingleses, holandeses y franceses competían entre sí en la construcción de grandes veleros. Para fabricar velas y jarcias hacían falta enormes cantidades de lino y de cáñamo. Para un barco corriente hacían falta hasta 10.000 yardas de lona de 24 pulgadas de ancho. Irlanda fue convertida por la fuerza en un país productor de lona (sailcloth). Por Hamburgo se exportaban también de Alemania grandes cantidades de lienzo. En cantidades igualmente enormes se consumían potasa (para cocer las velas), alquitrán y pez; además, se importaba en Inglaterra madera para mástiles, etc. En una palabra, para la industria y el comercio de Inglaterra estos pertrechos navales (naval stores) tenían la misma importancia que en el siglo XIX el sebo, el algodón y el hierro. La falta de suministro de estos pertrechos paralizaba el trabajo en los astilleros.46

El «asiático» Pedro, cuyo talento para la construcción naval había descrito con tanto entusiasmo el autor del folleto La crisis del Norte, comprendía esta situación tan bien como el hecho de que la mejor manera de influir en el Parlamento inglés era soliviantar a la opinión pública contra el rey hannoveriano. Había aprendido bien las lecciones de Görtz y Gyllenborg. E incluso un diplomático tan genuinamente moscovita como Kurakin llegó a conocer esta relación.

Cuando Carlos XII fue asesinado en 1718, no se sabe si por la bala de un danés o por la mano de un sicario de la oligarquía sueca, y desapareció todo peligro de invasión por parte de Suecia, cuando Jorge I se apresuró a concluir una alianza con Suecia, Kurakin escribía desde Londres:

«Que los ataques hostiles empiecen por su parte, para que pueda mostrarse al Parlamento y al pueblo la justicia de Rusia y la injusticia del rey y de los ministros. Tenemos que acercarnos a los jefes del partido tory y con su ayuda oponernos en el Parlamento a la aprobación de las propuestas de la corte; tenemos que mover a los comerciantes ingleses interesados en el comercio ruso a que hagan imprimir en Inglaterra, anónimamente, sus peticiones en forma de cartas dirigidas por un amigo a otro, para que el pueblo vea qué fines lejanos tiene en mira el ministerio al restringir la libertad inglesa, qué daño resultará para el comercio báltico, etc.».

¡Pedro I y sus ministros en el papel de protectores de la libertad inglesa! Sin embargo, los «asiáticos», aunque imitaban servilmente los artificios de sus maestros suecos, los superaban en astucia práctica. El 28 de junio de 1719 Pedro publicó una declaración dirigida a todas las cortes, pero destinada sobre todo a Inglaterra y Holanda, en la que garantizaba la «libertad de comercio», y al mismo tiempo otra destinada especialmente a los comerciantes ingleses que comerciaban dentro del Imperio ruso.

Entretanto, las relaciones entre Inglaterra y Rusia se agriaban de día en día. En 1719 no solo Hannover, sino también Inglaterra se puso del lado de Suecia. Al embajador ruso se le invitó el 23 de noviembre de 1720 a abandonar Londres, pero aun así no se declaró la guerra. En abierta enemistad con Pedro no estaba Jorge de Gran Bretaña, sino Jorge de Hannover.

Pero Jorge de Hannover en su calidad de rey de Gran Bretaña y Jorge de Gran Bretaña en su calidad de elector de Hannover no solo engañó a Marx, ni solo al autor del tercer folleto reimpreso por él, que es evidentemente de origen hannoveriano: sigue todavía hoy induciendo a error a los historiadores de aquella época. Donde Marx veía rusofilia, la oposición antihannoveriana en Inglaterra veía servilismo hacia Hannover. Los historiadores actuales hacen esfuerzos enormes por desenredar esta madeja: unos ven en estos acontecimientos la dependencia de los intereses de Hannover; otros intentan explicarlos por las profundas consideraciones maquiavélicas de los ministros ingleses, que aspiraban a establecer el equilibrio político en el Norte; otros, por último —en particular el historiador inglés Chance—, intentan demostrar que Inglaterra solo era solidaria con Hannover cuando lo exigían sus intereses comerciales. Pero a todos les resulta igualmente difícil separar a Inglaterra de Hannover, y a menudo olvidan que Jorge era en Inglaterra el cocinero y en Hannover el cochero, y que Inglaterra no hizo la guerra ni a Suecia ni a Rusia en toda la guerra del Norte.

Pero hemos olvidado, como también lo olvidó Marx, a otro personaje que desempeñó en este embrollo un papel, si no elevado, sí muy provechoso para él. Era el Iván Kalitá alemán —como lo llama un historiador ruso—, Federico Guillermo I. «Altas razones de Estado» tenían naturalmente que obligarle a tomar parte en el reparto de Suecia. «Al rey le convenía estar ligado al príncipe más poderoso, más inteligente y más enérgico del Norte».47 Al garantizar a Pedro sus conquistas, obtuvo él mismo la garantía de Stettin. El gran patriota alemán, que había jurado no descansar hasta que el último sueco hubiera abandonado el suelo alemán, se mostraba completamente indiferente ante la manera en que Pedro hacía estragos en Mecklemburgo. «Federico Guillermo fue en ello mucho menos resuelto que Dinamarca y Hannover» (Ranke). La competencia de Hannover le resultaba más temible que las requisas de los rusos. La amistad de Pedro era más provechosa. Pero cayó en una situación trágica cuando Jorge se enemistó con Pedro. Detrás de Jorge de Hannover estaba Jorge de Gran Bretaña. La guerra entre Inglaterra y Rusia parecía inevitable. «Apretado entre la potencia occidental y la oriental, a punto por un lado de hacerse definitivamente con una gran adquisición y reacio por otro a apartarse de su vínculo con Rusia, Federico Guillermo cayó en una agitación interior en la que dio rienda suelta a los arrebatos más extremos, que lo postraron en el lecho de enfermo».48 Pero el miedo a la alianza entre Suecia y Jorge I, rey de Gran Bretaña, en su calidad de elector de Hannover, venció al miedo a Pedro. El 17 de agosto de 1719 concluyó una alianza con Hannover e Inglaterra. En la letra de cambio que había recibido sobre Stettin figuraba ahora, además de la firma de Pedro, la de Inglaterra.

En 1720 incluso Suecia vio claro que Jorge solo podía poner a su disposición sus tropas hannoverianas, es decir, un cero. Después de intentar satisfacer las pretensiones de Dinamarca y de Prusia para aislar a Pedro, y después de satisfacer también a Jorge, Suecia se quedó completamente agotada frente a Rusia, sin esperanza alguna en la mediación de Inglaterra, absorbida entonces por el crac de la Compañía del Mar del Sur, y tuvo que hacer la paz con Pedro en condiciones más duras que las que habría obtenido antes.

Pedro se enemistó tanto con los estadistas ingleses que las relaciones diplomáticas no se reanudaron hasta mucho después de su muerte. La misma Inglaterra que ya en el escrito a Chancellor había llamado antaño al zar «emperador de toda Rusia», que por boca de Whitworth lo había saludado como «emperador» inmediatamente después de Poltava, no reconoció hasta 1742 el derecho de Rusia a llevar el título imperial.

Pero, pese a su encono contra los estadistas ingleses, Pedro dejó intacto el comercio inglés. Habría perjudicado a la exportación y, por tanto, al fisco. Decidió, en cambio, asestar un golpe a la importación británica, es decir, a la industria pañera.

Curado de su fiebre y libre del miedo a perder Stettin, Federico Guillermo se reconcilió de nuevo con Pedro. Y «en 1724 Prusia obtuvo todos los suministros de paño para el ejército ruso. E Inglaterra, por su rivalidad política con el zar, se cerró el mercado ruso hasta 1730, y luego intentó en vano recuperar deprisa lo perdido».

Prusia sacó provecho de la amistad con Rusia. Cuando Dinamarca, Rusia, Suecia y Alemania sufrían todavía de las heridas que les había infligido la larga guerra, «solo Prusia se hacía con cada nuevo año de paz más firme en sí misma y más segura».49

Pero la guerra del Norte dejó además como herencia a Alemania la cuestión de Schleswig-Holstein, que dio a Rusia la primera ocasión de desempeñar el papel de árbitro en Alemania. Si ha de creerse al embajador prusiano en Londres, Bunsen, el «pesado yugo bajo el que Rusia tuvo a Austria y a Prusia hasta 1848» empezó ya en 1717.

La «historia real» muestra que los estadistas ingleses tienen tan poca «culpa» de la elevación de Rusia como los kanes tártaros. El verdadero culpable fue el capitalismo europeo, que hizo de los Románov sus conquistadores, lo mismo que convirtió a los Hohenzollern en sus viajantes de comercio.

8. La alianza anglorrusa en el siglo XVIII

En la parte que llegó a publicarse, el trabajo de Marx analiza con mayor o menor detalle las relaciones entre Inglaterra y Rusia solo en la época de la guerra del Norte. En cuanto a los tres cuartos de siglo siguientes del siglo XVIII, se limita en la parte impresa del trabajo a publicar tres cartas de embajadores ingleses y algunos extractos de un manuscrito. Le parecía, sin embargo, que estos documentos demostraban su tesis principal.

Ya vimos cómo Marx, absorbido por su idea, se extravió en el laberinto de los «secretos» y de las intrigas de la diplomacia internacional de comienzos del siglo XVIII. En lugar de dar un análisis de la situación histórica internacional de entonces, que habría mostrado claramente la importancia subordinada de la guerra del Norte en comparación con la lucha por el dominio del océano Atlántico, hace obrar a Inglaterra a comienzos del siglo XVIII como si todos sus pensamientos hubieran tenido que dirigirse a la lucha con Rusia. La «historia real» muestra que Marx se equivocaba también al atribuir a los whigs toda la culpa de la política rusófila de Inglaterra. Pues si puede hablarse de determinadas simpatías rusas de algún partido inglés a comienzos del siglo XVIII, era —como ya hemos visto— el partido tory.

La política exterior de los whigs estaba determinada constantemente por el antagonismo con Francia, con la que Inglaterra chocaba en el Levante, en América y en Asia. Pero Inglaterra solo podía imponerse a Francia si lograba encontrar algún aliado contra ella en el continente. Entonces podía dañarla en todas las partes del mundo aprovechando su supremacía en el mar. Por ello, sus relaciones con otros Estados se determinaban constantemente, ante todo, por las relaciones en que Francia se hallaba con esos Estados. Si en algún momento, como ocurrió después de la guerra de Sucesión española, cuando Francia renunció a toda política agresiva, se encontraba en «relaciones amistosas» con ella, solo por eso entraba ya en relaciones hostiles o tensas con los adversarios permanentes de Francia. Un adversario así era ante todo Austria.

Cuando Karl Vogt sostuvo en sus Estudios sobre la situación actual de Europa que «Inglaterra nunca ha podido entenderse mucho tiempo con Austria», Marx le replicó:

«¡En efecto! La lucha común de Inglaterra y Austria contra Luis XIV dura, con breves interrupciones, de 1689 a 1713, es decir, casi un cuarto de siglo. En la guerra de Sucesión austriaca, Inglaterra lucha durante unos seis años con Austria contra Prusia y Francia. Solo en la guerra de los Siete Años se alía Inglaterra con Prusia contra Austria y Francia, pero ya en 1760 lord Bute abandona a Federico el Grande para hacer proposiciones de reparto de Prusia, alternativamente, al ministro ruso Golitsyn y al ministro austriaco Kaunitz. ... La Inglaterra protestante tiene antipatías contra la Austria católica; la Inglaterra liberal, antipatías contra la Austria conservadora; la Inglaterra librecambista, antipatías contra la Austria proteccionista; la Inglaterra solvente, antipatías contra la Austria en bancarrota. Pero el elemento patético siempre fue ajeno a la historia inglesa».50

Pero los mismos intereses materiales que unían a Inglaterra con Austria la unían también con Rusia. Es verdad que aquí existía cierta diferencia, que se mantuvo todavía a lo largo de todo el siglo XVIII. Un antagonismo directo entre Rusia e Inglaterra solo existía en Turquía, y solo desde finales del siglo XVIII se añadió el antagonismo directo en Asia a causa de las Indias Orientales. En todos los demás países, Inglaterra y Rusia solo chocaban en la medida en que Rusia tomaba partido a favor o en contra de Francia, a favor o en contra de Austria. Según eso, sus intereses coincidían o chocaban en Suecia, en Polonia e incluso en Turquía, donde el antagonismo directo con Rusia quedó en segundo plano, hasta el último cuarto del siglo XVIII, detrás del antagonismo con Francia.

Vimos también que desde 1714 penetró en la política exterior de Inglaterra un elemento nuevo, la casa de Hannover, que introdujo en ella la confusión al obligar a los whigs, en los primeros tiempos, a tener en cuenta los intereses de los Jorges de Hannover, que no siempre coincidían con los intereses de los Jorges de Gran Bretaña. A este precio aseguraron los whigs a Inglaterra los frutos de la «Glorious Revolution», la emancipación de la hegemonía de Francia. En torno a la dinastía hannoveriana se agrupaban los defensores de los privilegios del Banco de Inglaterra, los acreedores del Estado, que a la palabra «Estuardo» se llevaban con miedo la mano al bolsillo, los influyentes accionistas de la Compañía de las Indias Orientales, etc. Con el corazón encogido hacían concesiones a los hannoverianos, provocando cada vez los ataques de la oposición antihannoveriana, es decir, de los tories, que no se cansaban de demostrar que la política hannoveriana de los whigs perjudicaba al comercio con Rusia. Y pese al deseo de los whigs de inmiscuirse lo menos posible en los asuntos continentales, tenían que tener en cuenta —en cierta medida— los intereses de Hannover.

Si la causa principal de la ruptura entre Pedro y Jorge había sido la ocupación de Mecklemburgo, la garantía que Dinamarca recibió de Inglaterra para la posesión de Schleswig-Holstein tenía que convertirse en una nueva manzana de la discordia mientras existiera el peligro de que Rusia atacara a Dinamarca en interés del duque de Holstein, el yerno de Pedro el Grande. Con la extinción de sus pretensiones hereditarias bajo la zarina Ana Ivánovna (1730-1740) desaparece desde 1731 uno de los motivos de enemistad entre Inglaterra y Rusia. Ese mismo año se produce también la reconciliación entre Austria e Inglaterra: Austria cede ante Inglaterra en la cuestión de la Compañía de Ostende, cuya competencia exasperaba por igual a la Compañía holandesa y a la Compañía inglesa de las Indias Orientales, e Inglaterra reconoce la Pragmática Sanción. De este modo se crea un nuevo factor de acercamiento entre Inglaterra y Rusia, que estaba entonces en estrechas relaciones con Austria. En 1731 Inglaterra da el primer paso para reanudar las relaciones diplomáticas con Rusia enviando allí a Rondeau como su residente. Por fin se había escuchado el «clamor» de la Russian Company. Según escribe el propio Rondeau, su tarea principal consistía en «servir de instrumento para reanimar un ramo de la industria tan valioso para nosotros como nuestras manufacturas de lana, que desde hace algunos años se hallan en una situación de abatimiento».51 Por su mediación se hizo llegar a la Russian Company un interesante memorándum (del 7 de octubre de 1732) sobre la situación del comercio con Rusia.

«Los ingleses exportan: dos tercios de todo el cáñamo, más de la mitad de todas las pieles, otro tanto de lino, más de tres cuartos de todo el lienzo, otro tanto de hierro, toda la potasa, una gran parte del ruibarbo, de la cola de pescado, de las cerdas y de la cera. En cambio, la importación de Inglaterra ha disminuido a la mitad. Hasta 1724 el paño para los soldados se compraba solo a los ingleses; después de 1724, en Prusia. Si se consiguiera quitar a los prusianos su monopolio, ello frenaría el desarrollo de la industria pañera prusiana y la exportación de paño de Prusia disminuiría».52

Inglaterra y Rusia estuvieron de 1719 a 1731 en las relaciones más hostiles; pero ni Inglaterra podía prescindir de la exportación de Rusia, ni esta de la importación de sus productos en Inglaterra.

Para Rusia, esta importación no era solo una necesidad económica, sino también financiera, pues su cese habría equivalido a la pérdida de los ingresos aduaneros, formados principalmente por los derechos de exportación. De la ruptura de las relaciones anglorrusas solo sufría la industria manufacturera inglesa, mientras que la prusiana sacaba provecho de ella. Si se añade que el arancel estrictamente proteccionista que Pedro fijó en 1724 fue sustituido en 1731 por un arancel liberal, comprenderemos qué alboroto tenían que armar en Inglaterra los adversarios de la política hannoveriana. Esta política amenazaba con la pérdida completa del mercado ruso en favor de los competidores.

En 1734 se concluyó entre Rusia e Inglaterra un tratado de comercio que concedía a Inglaterra el trato de nación más favorecida, que Prusia había obtenido ya por el tratado de 1726. Y muy pronto pudo Rondeau comunicar triunfalmente a los ministros ingleses que había conseguido que el gobierno ruso encargara a comerciantes ingleses 4.000 yardas de paño para los soldados, «lo que ha afligido mucho a los prusianos».

Pero el acercamiento comercial no significaba ni de lejos un acercamiento político. En el aspecto político Rusia seguía siendo un pobre diablo que no podía dar gran cosa. Después de la muerte de Pedro estaba completamente absorbida por la lucha entre los partidarios de las reformas de Pedro y sus adversarios. Y si desempeñaba algún papel en la política exterior, era solo como aliada de Austria. Esta situación no cambió hasta después de la guerra de Sucesión polaca (1733-1735) y de la nueva guerra de Austria y Rusia con Turquía (1736-1739), estrechamente ligada a ella. Los éxitos inesperados de las tropas rusas al mando de Münnich y de Lacy causaron una impresión tanto mayor cuanto que a su lado las tropas austriacas sufrían una derrota tras otra.53 Aunque Austria concluyó finalmente una paz por separado con Turquía, sin informar de ello a su aliada, y Rusia tuvo que renunciar a la mayor parte de sus conquistas, su prestigio militar se elevó en grado muy considerable. Solo en esta época, a comienzos de los años cuarenta, se convierte Rusia en miembro de pleno derecho del concierto europeo.

Empezó la guerra de Sucesión austriaca (1741). Austria, que había salido debilitada y humillada de la última guerra turca, tenía ahora en la propia Alemania un peligroso rival: Prusia. En Suecia, en Polonia, en Alemania occidental y en Turquía predominaba la influencia de Francia. En estas circunstancias, una alianza con Rusia adquiría una gran importancia.

«Y es comprensible que Petersburgo o Moscú, según dónde se encontrara la corte del zar, se convirtiera ahora en el centro de la actividad diplomática europea, en la arena donde los ministros de diversas cortes europeas luchaban entre sí para obligar, para convencer al gobierno ruso a ayudar a María Teresa y a mantener con ello el equilibrio europeo».54

Por primera vez en dos siglos ocurría que no era Rusia la que proponía a Inglaterra concluir una alianza, sino, al contrario, Inglaterra a Rusia. Y solo desde ahora empiezan a sonar cada vez con más frecuencia en las instrucciones de los embajadores ingleses en Petersburgo frases sobre que Rusia e Inglaterra eran aliadas naturales.

En 1742 se concluyó la primera alianza defensiva entre Inglaterra y Rusia; pero si Inglaterra se negaba en ella a reconocer como casus foederis una guerra entre Rusia y Turquía, Rusia por su parte solo reconocía tal caso para una guerra dentro de las fronteras de Europa. Precisamente contra este punto se dirigían los ataques principales de la oposición en Inglaterra, que señalaba que el tratado de alianza solo tenía valor para Jorge de Hannover. En 1747 se concluyó entre Inglaterra y Rusia otra convención, en virtud de la cual Rusia tenía que enviar al Rin un cuerpo de 30.000 hombres. Fueron los primeros soldados rusos que aparecieron en el corazón de Alemania.

Ni siquiera la guerra de los Siete Años fue capaz de romper esta alianza, aunque el tratado de Westminster (del 16 de enero de 1756) con Inglaterra obligaba a esta a expulsar por la fuerza a toda potencia armada no alemana que pisara suelo alemán. Inglaterra se limitó a pagar subsidios a Federico II y dejó en paz a Rusia. El embajador inglés Keith permaneció en Petersburgo durante todo ese tiempo y empleó todos sus esfuerzos en enemistar a Francia con Austria y con Rusia. Las tropas rusas devastaban sin piedad la Prusia oriental, Pomerania y la Marca, pero Inglaterra no movió un dedo para cumplir sus compromisos.

Y de nuevo tropezamos con un fenómeno característico. La exportación de Rusia a Inglaterra no solo no disminuyó, sino que incluso aumentó, mientras que la importación inglesa en Rusia era en 1760 más baja que incluso en 1730. Marx saca siempre de estas cifras la misma conclusión: que la amistad con Rusia perjudicaba a los intereses comerciales de Inglaterra, puesto que la exportación inglesa a Rusia disminuyó constantemente hasta 1760. Pero es un error igual que su conclusión anterior. Con cada enfriamiento de las relaciones entre Rusia e Inglaterra disminuía en el acto la exportación de la segunda, mientras que la de la primera crecía ininterrumpidamente.55

Es cierto que, junto a esta causa principal, desempeñó también un papel otra causa material, que señala igualmente Mehring: «Ningún ministro inglés podía tocar el comercio del Báltico. Cuando Pitt tomó el timón exclusivamente en sus manos, no ocultó tampoco en absoluto al rey de Prusia que Federico no debía contar nunca con ver cumplida aquella disposición del tratado de Westminster».56 Por eso Inglaterra aprovechó la primera ocasión para abandonar a Federico II a su suerte.

Solo ahora hemos llegado al momento en que Rusia empezó a desempeñar en la política europea el papel que durante mucho tiempo hizo de ella la rectora de los destinos de Europa. «Nunca fue la situación mundial más favorable a los planes de conquista zaristas que en 1762, cuando la gran ramera Catalina II subió al trono tras el asesinato de su marido. Toda Europa estaba dividida en dos campos por la guerra de los Siete Años».57

Inglaterra había quebrado, es cierto, el poder colonial de Francia en América y en la India, pero en la propia Europa se encontraba en un splendid isolation. Tras enemistarse con sus antiguos aliados y tratar a Federico II como a un limón exprimido, ansiaba tanto más a su «aliada natural», Rusia; pero Catalina II se mostraba tanto más fría ante sus requiebros cuanto más se agudizaba la lucha de los partidos en la propia Inglaterra y más tensas se hacían las relaciones entre Inglaterra y las colonias norteamericanas.

Precisamente esta circunstancia imprime su sello particular a la correspondencia diplomática de los embajadores ingleses. Obligados a hacer concesiones a Rusia, se esforzaban por reducir su alcance con la más baja adulación a la Semíramis del Norte. Y lo hacían con tanto más celo —una circunstancia que escapó a la atención de Marx— cuanto que sabían muy bien que toda su correspondencia oficial la examinaba la policía rusa, que incluso las cartas cifradas a menudo solo llegaban a su destino después de que una copia quedara en manos del gobierno ruso. Cuanto más difícil se volvía la situación de Inglaterra, tanto más fría se mostraba Rusia. Catalina estaba dispuesta a entrar en una alianza defensiva; de una alianza ofensiva no quería ni oír hablar, porque «la expresión “ofensiva” le repugnaba».58 Pero incluso la alianza defensiva solo la quería en caso de que Inglaterra consintiera en considerar casus foederis la guerra con Turquía y diera dinero para apoyar la política rusa en Suecia y en Polonia. Precisamente a esta época se refieren las cartas de Macartney y de Harris citadas por Marx: una se escribió al comienzo de este periodo y la otra al final. Ambos diplomáticos figuraban entre los miembros más capaces y menos escrupulosos del mundo diplomático inglés; ambos, siguiendo instrucciones insistentes de Londres, colmaban de cumplidos a la corte de Petersburgo, y ambos, en sus informes secretos, no escatimaban colores para describir la bajeza y la barbarie de que estaba llena la atmósfera de la corte de Petersburgo. No solo no eran partidarios ciegos en manos de Catalina, sino que dieron —sobre todo Harris— la descripción más maliciosa y cruda de la Petersburgo de entonces.59

Pese a la «alarma» de la Turkey Company o, lo que era lo mismo, de los embajadores ingleses en Constantinopla, pese a la alarma cada vez más fuerte de la East India Company, Inglaterra no solo dejó pasar sin protesta la primera guerra turca de Catalina II, que empezó en 1768, sino que hizo como si no viera que la flota rusa enviada al Mediterráneo estaba de facto bajo el mando de oficiales ingleses y tripulada, por mediación del Almirantazgo inglés, con marineros ingleses; no solo apoyó a la flota rusa durante toda la guerra, sino que protestó enérgicamente cuando supo que Francia se proponía acudir en ayuda de Turquía y destruir la flota rusa. Cuando llegó a Petersburgo la noticia de la conclusión de la paz de Kuchuk-Kainarji (1774), Catalina expresó en el baile de la corte el deseo de no ver más que caras alegres en su mesa de juego e invitó, junto con el embajador danés, al inglés.

Cuando Federico II, lleno de ardiente «amistad» por Catalina, le aconsejó apaciguar a Austria a costa de Polonia y llevó a cabo con ella, en alianza con la llorosa María Teresa, el primer reparto de Polonia (1772), Inglaterra solo se inquietó por sus intereses comerciales en Danzig, y cuando Federico II, en el edicto del 11 de mayo de 1774, garantizó a los ingleses sus prerrogativas allí, dio su sí y amén al reparto de Polonia.60

Pero a la camarilla que sostenía el «régimen personal» de Jorge III de nada le sirvió esto en Rusia.

Deseando de todo corazón nuevas dificultades a los ingleses, Catalina recibía sus concesiones como algo debido y en agradecimiento solo les causaba nuevas dificultades. En 1774 las colonias norteamericanas, los futuros Estados Unidos, se separaron de Inglaterra. Cada derrota del rey inglés en su lucha con los súbditos rebeldes llenaba a Catalina de cordial alegría; rehusó la petición de Jorge de enviar a América un cuerpo auxiliar de 20.000 hombres y dejó este noble negocio a los príncipes alemanes. En 1779 aconseja a Simolin, en Londres, que se atenga «únicamente a generalidades indeterminables», y prepara la «Neutralidad Armada» del año 1780,61 que protege el comercio marítimo de los neutrales con las potencias en guerra con Inglaterra y que va dirigida exclusivamente contra Inglaterra. Las protestas de Harris las rechaza preguntando con bonachón asombro qué daño podía causar a Inglaterra esa «nulidad armada».

Jorge III y sus ministros, que no querían ni oír hablar de que una potencia extranjera mediara «entre ellos y sus súbditos rebeldes», ofrecieron en 1781 a Catalina II la isla de Menorca, y cuando el ministerio North fue sustituido por el ministerio Fox, estaban incluso dispuestos a reconocer como casus foederis la guerra con Turquía; pero Catalina persistió en su negativa. Era la época en que los diplomáticos más avezados del ancien régime, incluso en Austria, Francia y Prusia, estaban convencidos de la necesidad de la ruina del poderío inglés.

Inglaterra respondió a la negativa de Catalina concluyendo una alianza con Prusia en 1784. Era una rebelión formal de dos «esclavos» contra su amo. Pero el primer intento de Pitt de declarar la guerra a Rusia en 1791 para proteger a Turquía mostró cuán fuertes son los intereses materiales que unen a Inglaterra y a Rusia.

Como jefe de los adversarios de la guerra con Rusia se destacó Fox, que pronunció en la Cámara de los Comunes un vigoroso discurso contra Pitt:

«Fox habló como un ángel —escribía el embajador ruso en Londres, S. R. Vorontsov—. Demostró que la maldita neutralidad armada, por la que tanto se indignan contra Rusia, fue obra de la corte de Berlín, que también Suecia tuvo en ella una gran parte. ... Demostró cuán justa era la posición de la emperatriz en esta guerra, señaló la importancia de los lazos que unen a nuestro país con Inglaterra y convenció por fin a algunos amigos de Pitt, que hablaron también en su sentido».

En la misma carta añade: «Dentro de unos días la Compañía de Rusia presentará en el ministerio un memorándum sobre los peligros para el comercio».62

A la cabeza de la campaña en favor de Rusia estaban, pues, ahora los whigs. ¿Y qué clamor sonaba junto con los trinos de ruiseñor de Fox? También ahora el clamor de la Russian Company.63

Pero cometeríamos el mismo error que Marx si olvidáramos qué poderosos intereses materiales estaban detrás de estos «cómplices» de Rusia, cuyos intereses determinaban las directrices de esta política.

La amistad de Inglaterra por Rusia seguía siendo la misma, pero su base material había cambiado, no solo respecto del siglo XVI o de comienzos del XVIII, sino incluso respecto del año 1760. Nos hallamos al comienzo de la revolución industrial. A la cabeza de la agitación rusófila estaban por eso, además de una parte de la City de Londres, además de Norwich y Wakefield, también las nuevas ciudades industriales de Leeds y Manchester. Rusia, que hasta 1760 solo había tenido importancia como país de importación inglesa para la industria pañera, se convierte ahora en un mercado para los productos de la industria algodonera. En cuanto a la exportación, Rusia siguió siendo el principal proveedor de materiales de construcción naval, pero al mismo tiempo se convirtió en proveedor de materias primas para la gran industria inglesa. Y si Vorontsov y otros colaboradores de Catalina todavía a finales del siglo XVIII estaban convencidos de que la suspensión de las relaciones comerciales entre Rusia e Inglaterra perjudicaría más a esta que a aquella, el bloqueo continental, con el que Napoleón quería cerrar toda Europa a la importación inglesa, les mostró que eso era una ilusión muy perjudicial para los intereses comerciales de Rusia.

Desde 1815, año de las nuevas leyes de cereales y de la cesión a Rusia de Varsovia, el principal proveedor de cereales del mercado inglés, la alianza con Rusia, esa aliada «vieja» y «natural» de Inglaterra que nunca dejaría a su amiga sin pan, se cantó en todos los tonos en la literatura librecambista.

Así cambió a lo largo de los siglos la base material de la amistad entre Rusia e Inglaterra. ¡Quien bien te quiere te hará llorar! Y la Compañía de Rusia, que hacía mucho que había perdido toda importancia como «compañía comercial regulada», siguió ensalzando sin cesar en el siglo XIX las ventajas de la alianza con Rusia. Poco antes de la abolición de las leyes de cereales (1847), que se esperaba en Rusia con especial impaciencia, Robert Peel, en el banquete anual de la Russian Company, expresó en un brillante discurso el deseo de que el zar ruso, el gendarme de Europa, visitara Inglaterra. Terminó su discurso con un brindis por la «eterna amistad entre Gran Bretaña y Rusia». Y cuando por fin, contra la voluntad de casi todos los estadistas ingleses, estalló la guerra de Crimea (1854), resultó, y no podía resultar otra cosa, una guerra de apariencia.

Incluso los tories, que desde los tiempos de Pitt el Joven consideraban su tarea especial la defensa de los intereses de Turquía frente a Rusia y seguían con celos los éxitos de Rusia en Asia Central, también ellos tuvieron que contar con este hecho. El periodo «heroico» de las guerras antijacobinas en la época de la Revolución francesa les había mostrado que incluso un enemigo de Rusia como Pitt no vacilaba en concluir una alianza con Rusia cuando se trataba de defender los bienes supremos de la sociedad capitalista.

9. La política exterior de Rusia y la revolución

El hecho de que Marx, todavía en su polémica con Vogt, cite su trabajo sobre las relaciones diplomáticas entre Rusia e Inglaterra en el siglo XVIII y aduzca sus conclusiones más importantes prueba que a comienzos de los años sesenta seguía aún en su opinión anterior. El desarrollo interno de Rusia de Pedro I a Alejandro II quedó fuera de su campo visual. No advirtió el desarrollo que el absolutismo ruso experimentó durante este periodo, y pasó por alto el desarrollo económico de Rusia y su estrecha relación con el desarrollo económico de Inglaterra. Pasó por alto el hecho de que Rusia fue en los siglos XVI y XVII una de las colonias más importantes de la Inglaterra capitalista, de que en el siglo XVIII el auge de la industria de construcción naval en Inglaterra y, por tanto, también su hegemonía comercial durante todo el periodo manufacturero descansaban en la exportación rusa, de que todavía en los años sesenta del siglo XIX Rusia era el país que abastecía de materias primas a la gran industria de Inglaterra y de pan a sus ilotas. En una palabra, pasó por alto que el sojuzgamiento y la explotación comerciales de las clases burguesas de las diversas naciones europeas por el déspota del mercado mundial —Inglaterra— solo eran posibles, entre otras cosas, con ayuda de los déspotas de Rusia.64

El absolutismo ruso seguía siendo para él algo inmutable. En su El señor Vogt escribía todavía (1860): «La emancipación de los siervos tiene simplemente por objeto completar la autocracia derribando las barreras que el gran autócrata encontraba hasta ahora en los numerosos pequeños autócratas de la nobleza rusa, apoyados en la servidumbre, así como en las comunidades campesinas que se administran a sí mismas, cuya base material, la propiedad común, ha de destruirse con la llamada emancipación». El absolutismo ruso continuaría, pues, su política agresiva. Y no es eso todo. «La emancipación de los siervos en el sentido del gobierno ruso multiplicaría por lo demás por cien la fuerza agresiva de Rusia».

Engels sostenía ya entonces otra opinión, y en las palabras de Marx veo una polémica encubierta contra él. Engels escribía en su folleto Saboya, Niza y el Rin (1860):

«Entretanto hemos ganado un aliado en los siervos rusos. La lucha que ha estallado ahora en Rusia entre la clase dominante y la clase dominada de la población rural socava ya todo el sistema de la política exterior rusa. Ese sistema solo era posible mientras Rusia no tuviera desarrollo político interno. Pero ese tiempo ha pasado. El desarrollo industrial y agrícola, fomentado de todas las maneras por el gobierno y la nobleza, ha alcanzado un grado en que ya no soporta las condiciones sociales existentes. Su supresión es, por un lado, una necesidad y, por otro, una imposibilidad sin un cambio violento. Con la Rusia que existió desde Pedro el Grande hasta Nicolás cae también la política exterior de esa Rusia».

Y Engels tuvo razón. Ya entonces mostró con todo acierto que la causa principal de la hegemonía europea de Rusia residía en la máxima fundamental de toda la política exterior de Catalina II: que Rusia dejara a las demás potencias europeas despedazarse y debilitarse entre sí en lo posible. Y fue él también quien señaló la fuerza motriz que había de socavar la fuente de ese poder —la inmutabilidad y la estabilidad de la política exterior de Rusia—: el desarrollo político interno de Rusia.

Ya la insurrección de los decembristas apareció como un presagio funesto. Y el crecimiento constante del movimiento revolucionario en Rusia revelaba cada vez más que Rusia perdía aquella peculiaridad que todavía en 1848 le permitía mirar con soberano desprecio al «Occidente podrido».

«¡Cómo hallaba, ante el pecado ajeno,
palabras sin fin para mi lengua!
¡Qué negro lo veía, y aún más lo ennegrecía,
y nunca negro bastante me parecía!
Y me santiguaba, y me daba tantos aires,
¡y ahora soy yo misma presa del pecado!».65

Precisamente la conciencia de que Rusia «da de comer a dos cuando come y bebe» —al absolutismo y a la revolución— envenenó a lo largo de todo su reinado la vida de Nicolás I; precisamente esa conciencia fue la que le empujó a desempeñar el papel de verdugo en su propio país y el de gendarme en toda Europa, y le obligó a frenar el impulso de su política exterior.

En los años sesenta del siglo XIX, precisamente cuando, con ayuda de Alemania y con la benévola neutralidad de Francia y de Austria, quedó definitivamente aplastada la Polonia revolucionaria, que tanto en 1795-1796 como en 1831 y en 185966 había desempeñado el papel de bola de hierro atada al pie del coloso ruso, nació en Rusia el movimiento revolucionario, ese hijo «ilegítimo» de la Rusia «asiática» y del capitalismo europeo. Desde entonces la política exterior del absolutismo ruso perdió definitivamente su fatal inmutabilidad. Y aunque las nuevas escisiones y discordias en Europa occidental —y en especial la escisión posterior a la guerra franco-alemana, que enemistó a las potencias de Europa occidental todavía más que la escisión posterior a la guerra de los Siete Años— aportaran nuevas fuerzas vitales al absolutismo ruso, la necesidad de contar siempre con el movimiento revolucionario en el país obligó a ese mismo absolutismo a detenerse cada vez a mitad de camino. Más aún. Lo que antes era fin principal se convirtió ahora a su vez en un medio para un fin. La continuación de la tradicional política exterior agresiva se convirtió en el único medio de aplazar la revolución en el interior.

Las guerras de conquista no se emprendían ahora cuando la Europa occidental estaba debilitada por revoluciones o discordias, sino cuando el «desarrollo político interno» daba el impulso a tales guerras. Pero estas no hacían más que poner aún más al descubierto la insuficiencia del «orden» interior. Resultó que las guerras solo podían tener éxito si se satisfacían las reivindicaciones mínimas del movimiento revolucionario. La política exterior del zarismo, que con su inmutabilidad había perdido una de sus ventajas principales, llevaba así a cada paso a la bancarrota a causa de esta contradicción interna. La voracidad del absolutismo ruso seguía siendo la misma, pero la fuerza para saciarla ya no existía.

El primero, no solo en la literatura europea sino también en la rusa, que puso al descubierto todas estas contradicciones fue Engels. Ya en su brillante crítica de los prejuicios de los «populistas» —en su réplica a Tkachov67— había señalado el carácter de clase del absolutismo ruso y su dependencia de determinadas relaciones socioeconómicas. Y cuando el desarrollo económico interno puso en primer plano al proletariado urbano, cuando nació la socialdemocracia rusa, ofreció, en un artículo escrito especialmente para la primera revista socialdemócrata rusa, su genial esbozo La política exterior del zarismo ruso.68

Mostró allí que, por mucho que Rusia se hubiera desarrollado desde Pedro el Grande y por mucho que hubiera crecido su influencia en Europa, solo bajo Catalina II empezó a desempeñar el papel de árbitro en Europa. Mostró además que los indudables éxitos de la política exterior del zarismo ruso se apoyaban menos en las cualidades personales de los diplomáticos rusos que en las condiciones generales, favorables para ellos, de la situación política europea, que supieron aprovechar y que habrían aprovechado todavía más si no hubiera estado allí Polonia, esa «espina clavada en la carne de Rusia». Desarrolló la misma idea que ya había expresado en 1859 y mostró que el desarrollo interno de Rusia acercaba cada vez más el día en que el pueblo ruso tendría voz en la determinación de la política de Rusia, y en que el arreglo de sus propios asuntos interiores quitaría al zarismo ruso las ganas de ocuparse de chiquilladas como la conquista de Constantinopla, de la India y del dominio del mundo.

Engels profetizó bien. Dio de lleno en el punto central de la cuestión. Pero al mismo tiempo iba perdiendo cada vez más su sentido el viejo esquema de la política exterior de la democracia europea, que Marx y Engels habían hecho suyo en sus rasgos principales: aquí la Europa occidental, allí la Rusia asiática; aquí la revolución, allí el baluarte de la reacción europea, el absolutismo. Las ideas tradicionales, sin embargo, habían arraigado firmemente, y la socialdemocracia internacional solo cambió con esfuerzo sus opiniones sobre toda una serie de «cuestiones» planteadas por la sociedad burguesa. Igual que la democracia burguesa, operaba en el terreno de la política exterior con los conceptos heredados de razas y Estados revolucionarios y reaccionarios, sin analizar el proceso histórico que modificaba el carácter social del gobierno dado y la composición de clase del pueblo que se «merecía» ese gobierno.

Sin embargo, sea lo que fuere lo que pueda decirse contra las invectivas que Marx lanzaba contra la esclavitud anglorrusa en la que Europa volvió a caer después de 1848, de ellas habla ya la conciencia de que en Europa había otro baluarte de la reacción además del despotismo ruso: la burguesía de toda Europa, que traicionaba su misión histórica, el capitalismo europeo, que alimenta con sus capitales al absolutismo ruso.

Nunca se ha manifestado este hecho con tanta crudeza como en el año revolucionario de 1905. La historia de 1848 quedó entonces puesta del revés. La revolución, que en 1848 avanzó de oeste a este y se detuvo en la frontera polaca, llamaba ahora a las puertas de Europa occidental. El zar, que en 1848 amenazaba a la democracia de Occidente, era ahora el prisionero del proletariado ruso.

Engels resultó una vez más un buen profeta:

«Por eso, el día en que la fortaleza principal misma pase a manos de la revolución, se acabará la última chispa de confianza en sí mismos y de seguridad de los gobiernos reaccionarios de Europa; quedarán entonces reducidos a sus propias fuerzas y pronto sabrán qué diferencia supone eso. Quizá fueran capaces de hacer entrar sus ejércitos para restablecer la autoridad del zar: ¡qué ironía de la historia universal!».

Y esta ironía se ha realizado. En Petersburgo circulaban por aquel entonces rumores insistentes —y la prensa reaccionaria rusa no solo no los desmentía, sino que los repetía triunfalmente— de que el emperador alemán concentraba sus tropas en la frontera polaca.

Así como Marx y Engels —y con ellos el proletariado alemán avanzado— dirigían en 1848 sus miradas con apasionado anhelo hacia Occidente y esperaban el alba de la revolución social en Inglaterra, así en 1905 el proletariado ruso, en su lucha heroica con el absolutismo, puso sus esperanzas en la revolución social en Europa occidental. Pero no llegó ayuda alguna, y después de agotar la energía revolucionaria que había acumulado hasta entonces, sucumbió en la lucha desigual.

Vae victis! Pero si sobre los cadáveres de los combatientes caídos, ante las horcas del zar que se levantan cada día, filisteos derrengados y politicastros calculadores, con la pasión de pedantes resecos, cuentan con los dedos al proletariado ruso sus errores y graznan como cuervos: «La revolución ha muerto», entonces hay que decir: «Habrá pecado el proletariado ruso, habrá cometido error tras error, pero su mayor “error” fue que su revolución siguió siendo nacional, mientras que detrás del absolutismo estaba el capital internacional».

Si la revolución de 1848 terminó en una derrota porque el absolutismo ruso y la ausencia de la revolución en Inglaterra le cortaron las fuentes de vida, la revolución rusa estaba condenada a la derrota en medida aún mayor, porque la revolución siguió siendo nacional y la revolución en el resto de Europa no se movió. Si no se hace internacional, entonces «es y sigue siendo, si ha de ser definitiva, un piadoso deseo vacío».

Como en 1848, el proletariado del Estado burgués más desarrollado de Europa es todavía hoy demasiado débil para impedir a la burguesía de su país su política exterior reaccionaria. Como entonces, el zar ruso hace todavía hoy alarde de su «estrecha» amistad con Inglaterra. Y si entonces la burguesía inglesa dejó al zar ruso hacer estragos sin estorbo en Hungría, ahora, de la mano de Liájov, asesina, en interés del absolutismo ruso en Rusia y del absolutismo inglés en la India, la libertad de Persia.

  1. La siguiente cita del informe del conde Nesselrode del 20 de noviembre de 1850, en el que, con motivo del vigésimo quinto aniversario de la subida al trono de Nicolás I, ofrecía un panorama de su política exterior, puede servir de excelente comentario a estas palabras de la Neue Rheinische Zeitung.

    «Los acontecimientos del año 1848 —escribe el conde Nesselrode— han dado una importancia aún mayor al papel de guardián y protector del orden que la Providencia os ha impuesto desde 1830. Se ha logrado gracias a la calma con que Vuestra Majestad dejó pasar las primeras consecuencias de la tormenta que había barrido Europa, sin mostrar prisa superflua, ni vacilación ni miedo, y esperó el momento que en vuestra sabiduría juzgasteis más oportuno para salir a escena. Como único que había permanecido inquebrantable sobre las ruinas de los viejos Estados de la Europa continental, reunisteis en silencio fuerzas para defender —si fuera necesario— la inviolabilidad de vuestro territorio y para emplear al mismo tiempo esas fuerzas en la defensa de otros» (Colección de la Sociedad Histórica Rusa, San Petersburgo, 1896, tomo 98, pág. 294). ↩

  2. De la carta de Nesselrode al príncipe Vorontsov del 7/19 de febrero de 1850; véase el Archivo del príncipe Vorontsov, tomo 40, pág. 361. ↩

  3. De la carta de Nesselrode al príncipe Vorontsov del 7/19 de marzo de 1852, loc. cit., pág. 421. ↩

  4. «El principio fundamental de nuestra política —escribía Nesselrode en enero de 1833 al príncipe Lieven, en Londres— nos obliga a emplear todos nuestros esfuerzos en mantener el poder del Estado allí donde existe, en apoyarlo allí donde está debilitado y, por último, en salvarlo de la ruina allí donde está expuesto a ataques abiertos». Este despacho «iba destinado a Palmerston, que se mostraba menos complaciente en el asunto belga que en el polaco. “Gran Bretaña, nuestra vieja amiga y aliada, ha compartido demasiado tiempo las mismas opiniones con nosotros para no estar profundamente familiarizada con ellas”». (F. Martens, Recueil des Traités et Conventions conclus par la Russie avec les puissances étrangères, tomo XII, San Petersburgo, 1898, págs. 24-25.) ↩

  5. Karl Marx, The Eastern Question, Londres, 1897, págs. 24-25. ↩

  6. Karl Marx, Herr Vogt, Londres, 1860, págs. 58-59. Los artículos sobre Palmerston están reunidos en el librito The Story of the Life of Lord Palmerston, cuya edición preparó Eleanor Marx, pero que no apareció hasta después de su trágica muerte. Como folletos, a los que alude Marx, aparecieron el capítulo 3, con el título Palmerston and Poland, y el capítulo 6, con el título Palmerston, What Has He Done? Ambos folletos, sobre todo el segundo, se completaron considerablemente en la edición separada. Se publicaron en la serie de Tucker Political Fly-Sheets, tomo 1, núms. 1 y 2. ↩

  7. Karl Marx, The Story of the Life of Lord Palmerston, Londres, 1899, págs. 8-9. ↩

  8. Tendremos que ocuparnos con más detalle en otro lugar de estos artículos, cuya edición alemana está en preparación. Trataremos entonces también con más detenimiento las opiniones de Marx sobre la política de Palmerston, en relación con la cuestión de Oriente y con la política de Inglaterra en tiempos de la guerra de Crimea. ↩

  9. El oficioso ruso, el tristemente célebre profesor Martens, añade a estas palabras: «Las palabras del duque de Wellington llamaron especialmente la atención del zar, que las subrayó en los informes del barón Brunnow del 29 de abril (11 de mayo) de 1849». Martens, loc. cit., págs. 253-255. ↩

  10. Probablemente haya que atribuir a esta circunstancia el descuido con que se imprimió el libro. No se indican en él ni el lugar ni la fecha de la primera edición. Prescindiendo de las erratas, un capítulo está completamente desfigurado por una enorme laguna debida al descuido del editor. Los artículos se publicaron originalmente en la Free Press de Londres del 16 de agosto, 23 de agosto, 13 de septiembre, 20 de septiembre, 4 de octubre, 8 de noviembre, 29 de noviembre, 6 de diciembre y 20 de diciembre de 1856, y del 4 de febrero, 18 de febrero, 25 de febrero y 1 de abril de 1857. ↩

  11. Diaries and Correspondence of James Harris, First Earl of Malmesbury. ... Edited by his Grandson, Londres, 1844, vol. 4. La carta citada por Marx está reproducida allí en forma más completa en el tomo 1, págs. 528-535. ↩

  12. Beiträge zur neueren Geschichte aus dem Britischen Museum, Leipzig, 1836-1839. ↩

  13. Colección de la Sociedad Histórica Imperial Rusa, San Petersburgo, 1872-1901, 14 tomos [sic]. En los tomos 39, 50 y 61 se encuentra la correspondencia de la época de Pedro I (de 1704 a 1719); en los 66, 76 y 80, la de 1728 a 1739; en el 85, la de 1740 al 3 de marzo de 1741; en los 91, 99, 102, 103 y 110, la de 1741 a 1750; en los tomos 12 y 19, la correspondencia de 1762 a 1776. Como estos extractos los hicieron funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores, se excluyó cuidadosamente todo lo delicado y ofensivo para la corte rusa. La traducción rusa es en algunos pasajes muy mala y defectuosa, y a veces deliberadamente falsa. Pero aun en esta forma, estos tomos ofrecen un material importantísimo para el estudio de la historia de las relaciones anglorrusas en el siglo XVIII. Como los despachos ingleses se reproducen en su lengua original, la edición rusa la utilizan ahora también los historiadores ingleses. En Inglaterra no se ha emprendido sino hace poco la publicación de esta correspondencia. Así, la Real Sociedad Histórica (Royal Historical Society) publicó en 1900-1902 la correspondencia del embajador inglés conde de Buckinghamshire, de 1762 a 1765, bajo la dirección de A. D'Arcy Collyer. Basta comparar esta edición con el tomo correspondiente de la edición rusa para ver cuán tendenciosamente se compuso esta última y cuán primitiva es desde el punto de vista científico. ↩

  14. Como no podemos esperar que todos nuestros lectores tengan presentes los asuntos internacionales de aquella época en su encadenamiento cronológico, damos el siguiente resumen de los hechos más importantes que desempeñan un papel en la exposición que sigue:

    Pedro el Grande subió al trono en Rusia en 1682. Reinó hasta 1725. Su gran adversario, Carlos XII de Suecia, empezó a reinar en 1697, siendo un joven de quince años. Suecia poseía entonces Finlandia, Livonia, Estonia e Ingria, con lo que cerraba a Rusia el acceso al Báltico. Inmediatamente después de la subida al trono de Carlos, Pedro se puso a abrirse camino hacia el Báltico. Esto llevó a la guerra del Norte, que duró de 1700 a 1721, costó a Suecia la mayor parte de sus posesiones en el Báltico fuera de su territorio originario y fundó la posición europea de Rusia.

    Al mismo tiempo hacía estragos la guerra de Sucesión española, de 1701 a 1714, en la que las «potencias marítimas», Inglaterra y Holanda, unidas a Austria en la «Gran Alianza», lucharon contra Francia.

    Estos asuntos se complicaban aún más con las consecuencias de la «Revolución Gloriosa» de 1688, que derribó del trono inglés al Estuardo Jacobo II y puso en su lugar a su yerno Guillermo III de Orange. Francia, bajo Luis XIV, se puso del lado de Jacobo y, más tarde, de su hijo, el pretendiente Jacobo Eduardo, cuyos partidarios en Inglaterra, los «jacobitas», eran por un lado los tories, originariamente el partido de los hidalgos rurales, y por otro los católicos. La parte de la nobleza inglesa ligada a los comerciantes y que hacía negocios capitalistas formaba los whigs, que de 1688 a 1760 dominaron casi siempre el Parlamento y proporcionaron los ministerios. Cuando, después de Guillermo, murió también sin herederos Ana (1702-1714), hija de Jacobo, los whigs, para mantener a los Estuardo apartados de la sucesión al trono, llamaron a Inglaterra a Jorge de Hannover, que fundó la unión personal entre Hannover y Gran Bretaña, que duró hasta 1837. La Redacción. ↩

  15. The Northern Crisis, or Impartial Reflections on the Policies of the Czar, Londres, 1716. Droysen atribuye una gran importancia a este folleto y lo cita repetidas veces en su Geschichte der preußischen Politik, IV, 2, pág. 193. ↩

  16. The Defensive Treaty concluded in the year 1700, between his late Majesty, King William, of our glorious memory, and his present Swedish Majesty, King Charles XII. ↩

  17. Truth is but Truth as it is Timed, Londres, 1719. ↩

  18. «Entonces se convertirá con toda certeza en nuestro rival, y en tan peligroso para nosotros como ahora es desatendido. Entonces quizá recordemos, aunque demasiado tarde, lo que nuestros propios ministros y comerciantes nos han dicho de sus designios de hacer él solo todo el comercio del Norte y de traer a sus manos todo el de Turquía y Persia por los ríos que está uniendo y haciendo navegables desde el Caspio, o el mar Negro, hasta su Petersburgo. Entonces nos asombraremos de nuestra ceguera por no haber sospechado sus designios cuando oíamos hablar de las prodigiosas obras que ha hecho en Petersburgo. ... Así como desea que los designios con que se afana no resulten abortivos, tampoco les asigna un día cierto de nacimiento, sino que los deja a las producciones naturales de los tiempos y las ocasiones oportunos, como esos curiosos artistas de la China que templan hoy el barro con el que se hará una vasija dentro de cien años» (Secret Diplomatic History, pág. 38). ↩

  19. Este pasaje y los cuatro siguientes de Marx citados en este apartado (hasta el que termina con «la conquista de la tierra») faltan en la edición de Londres de 1899, la que sigue nuestra traducción de la Historia diplomática secreta, cuyo capítulo V queda allí interrumpido (véase la nota 20 de Riazánov); los traducimos de la versión alemana de Riazánov. (N. del T.) ↩

  20. Porfirogénetas, sobrenombre de los emperadores bizantinos. ↩

  21. Este importante párrafo falta en la edición londinense de la Secret Diplomatic History. ↩

  22. P. Miliukov, Ensayos sobre la historia de la cultura rusa, San Petersburgo, 1898, págs. 115-117. ↩

  23. N. Kostomárov, El origen de la autocracia en la antigua Rusia, Obras completas, tomo 5, págs. 5-95, San Petersburgo, 1905. ↩

  24. Livonia, Polonia y Suecia no querían dejar pasar a Rusia ni armas ni técnicos. Poco antes había fracasado un intento de llevar a Rusia unas cuantas docenas de artesanos, tipógrafos y médicos. El emperador Rodolfo III [sic: Rodolfo II] no obró mejor. ↩

  25. Karl Kautsky, Thomas More und seine Utopie, Stuttgart, 1907, págs. 237 y 238. ↩

  26. N. Kostomárov, Descripción del comercio del Estado de Moscú en los siglos XVI y XVII (Obras completas, tomo 8, pág. 284, San Petersburgo, 1906). ↩

  27. N. Kostomárov, op. cit., pág. 284. ↩

  28. Karl Kautsky, Thomas More und seine Utopie, Stuttgart, 1907, págs. 17-18. ↩

  29. El mismo que en 1664 hizo el intento fallido de renovar los privilegios de los ingleses en Rusia. ↩

  30. Un año antes de la ejecución de Carlos, el 18 de agosto de 1648, Ibrahim I fue depuesto y asesinado por vía «legal». Fue el primer sultán al que alcanzó esta suerte. ↩

  31. El original dice «a finales del siglo XVII»; corregimos «XV», como en el apartado 4: Maximiliano I reinó de 1493 a 1519. (N. del T.) ↩

  32. Kirchhof, Seemacht in der Ostsee, Kiel, 1907, pág. 9. ↩

  33. Soloviov, Historia de Rusia, tomo 17, pág. 387. ↩

  34. The Balance of Europe, Londres, 1711. Citado por E. Kaeber, Die Idee des europäischen Gleichgewichts in der publizistischen Literatur vom 16. bis zur Mitte des 18. Jahrhunderts, Berlín, 1907, pág. 78. ↩

  35. Soloviov, Historia de Rusia, tomo 15, pág. 195. ↩

  36. Soloviov, op. cit., pág. 195. ↩

  37. Este incidente lo describe con detalle Soloviov, Historia de Rusia, tomo 15, págs. 318-319. ↩

  38. Ranke, Die großen Mächte, Sämtliche Werke, tomo 24, pág. 18. ↩

  39. Martens reproduce este tratado en la traducción alemana de la época. Martens, tomo 9, págs. 20-23. ↩

  40. «Hertz» en el original: el barón Georg Heinrich von Görtz (1668-1719), consejero y ministro de Carlos XII. (N. del T.) ↩

  41. Estos folletos están reproducidos en la colección de De Lamberty, Mémoires pour servir à l'histoire du XVIIIe siècle, etc., tomo 9, Ámsterdam, 1735. Así, Lettre d'une personne de distinction de Rotterdam à un ami à Amsterdam, Lettre d'un ami à Dantzick, etc. ↩

  42. Lamberty, Mémoire d'une personne intéressée et sensible au commerce de la mer Baltique, tomo 9, pág. 663. ↩

  43. Ibid., pág. 225. ↩

  44. Ibid., pág. 232. ↩

  45. Ibid., pág. 242. ↩

  46. «Si faltan los barcos del Báltico —escribía Townshend en 1715—, tendrá que producirse tal escasez de pertrechos navales que Su Majestad no estaría en condiciones de armar una flota la próxima primavera». Citado por J. F. Chance, «England and Sweden in the Time of William III and Anne», English Historical Review, octubre de 1901, pág. 684. ↩

  47. L. Ranke, Zwölf Bücher preußischer Geschichte, tomos 3 y 4, pág. 12, Leipzig, 1874. ↩

  48. Ibid., pág. 27. ↩

  49. Droysen, Geschichte der preußischen Politik, tomo 4, pág. 193, Leipzig, 1869. Resulta francamente asombroso cómo este erudito alemán se escurre como una anguila por situaciones imposibles a las que le arrastra la política prusiana, nada menos que sublime, y no menos asombrosa su constante disposición a encontrar un sentido profundo en todas sus brusquedades y en todas sus piruetas. ↩

  50. K. Marx, Herr Vogt, Londres, 1860, pág. 71. ↩

  51. Colección de la Sociedad Histórica Rusa, tomo 66, págs. 176-177. ↩

  52. Ibid., pág. 518. ↩

  53. A ellas se refiere precisamente la carta de Rondeau reproducida por Marx. Hoy se encuentra en la Colección de la Sociedad Histórica Rusa, tomo 80, págs. 13-19. ↩

  54. Soloviov, Historia de Rusia, tomo 21, pág. 201. ↩

  55. 1730: 258.802 libras esterlinas; 1760: 576.265 libras esterlinas. Tomo a propósito los datos de Marx. ↩

  56. F. Mehring, Die Lessing-Legende, pág. 169. ↩

  57. F. Engels, «Die auswärtige Politik des russischen Zarentums», Die Neue Zeit, 1890, pág. 150. ↩

  58. Diaries and Correspondence of James Harris, tomo 1, pág. 169. ↩

  59. La carta de Macartney reproducida por Marx no se incluyó en la correspondencia que publicó la Real Sociedad Histórica, aunque en esa correspondencia hay referencias a ella. Las cartas se expurgaron cuidadosamente antes de publicarse; aun así, se encuentran en ellas muchas caracterizaciones mordaces y certeras. En cuanto a la carta de Harris, ya observamos que se había publicado en 1844. Marx no advirtió que el autor daba en esta carta un breve resumen de sus cinco años de actividad en la corte de Petersburgo para demostrar la inutilidad de seguir allí. Es característico que su correspondencia —en extractos— no haya debido aparecer hasta este año. Para el autor del libro La cour de Russie il y a cent ans, las cartas de Harris son la fuente principal para la descripción de la corte de Petersburgo, una descripción que puede llamarse cualquier cosa menos rusófila. ↩

  60. W. Michael, Englands Stellung zur ersten Teilung Polens, Hamburgo, 1890. ↩

  61. El original dice «1788»; la Liga de Neutralidad Armada se proclamó en 1780. (N. del T.) ↩

  62. Archivo del príncipe Vorontsov, tomo 9, pág. 190. Catalina encargó a Vorontsov que le comprara un busto de mármol del «gran orador» y lo hizo colocar entre los bustos de Demóstenes y de Cicerón en Tsárskoye Seló. ↩

  63. Lo poco que se conoce la historia de esta compañía se ve en que los autores de una obra especial sobre las «compañías comerciales reguladas», Cawston y Keane (The Early Chartered Companies, págs. 32-59, Londres, 1896), están convencidos de que la Compañía de Rusia «pereció de agotamiento hacia finales del siglo XVIII». Y, sin embargo, McCulloch habla todavía en 1852 de esta compañía como de una compañía existente (Dictionary of Commerce). Schmoller la confunde con la Eastland Company. ↩

  64. Y eso que él mismo había señalado ya en su escrito Contribución a la crítica, etc., que «los rusos han comprendido desde siempre que el dinero es una mercancía, como lo prueba no solo la importación inglesa de cereales de 1838 a 1842, sino toda su historia comercial». Y sus maestros en esto fueron los ingleses. (K. Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie, pág. 188.) ↩

  65. Goethe, Fausto, primera parte, escena «Junto al pozo»: palabras de Margarita. En la misma escena se dice de la muchacha seducida que «da de comer a dos cuando come y bebe», frase que Riazánov aplica a continuación a Rusia. (N. del T.) ↩

  66. Así en el original. Las grandes insurrecciones polacas fueron las de 1794, 1830-1831 y 1863. (N. del T.) ↩

  67. Soziales aus Rußland, 1875, reproducido en el cuaderno Internationales aus dem Volksstaat. ↩

  68. En alemán, este artículo apareció en Die Neue Zeit, 1890. ↩