Congreso celebrado en Lausana, en el Casino, del 2 al 8 de septiembre de 1867. Traducción de Procès-verbaux du Congrès de l'Association internationale des travailleurs réuni à Lausanne du 2 au 8 septembre 1867 (La Chaux-de-Fonds, Imprimerie de la Voix de l'Avenir, 1867), seguidos de Rapports lus au Congrès ouvrier réuni du 2 au 8 septembre 1867 à Lausanne (La Chaux-de-Fonds, Imprimerie de la Voix de l'Avenir, 1867), ejemplar digitalizado por Google Books; el texto francés se ha establecido a partir del reconocimiento óptico, corregido sobre las imágenes de las páginas. Texto original en francés. Las resoluciones aprobadas no se repiten aquí: están en la página del congreso, 1867 Congreso de Lausana (I Internacional), y una línea en cursiva remite a cada una donde el acta la reproduce. La crónica de J. Ph. Becker en Der Vorbote está en Actas del Congreso de Lausana (I Internacional). Los títulos de las sesiones son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como del original.

Primera sesión (lunes 2 de septiembre de 1867, por la mañana)

A las 8 de la mañana se reúnen los delegados en la gran sala del Casino.

Aviolat, de Lausana, presidente del Comité de Organización, da la bienvenida a los delegados e invoca sobre los trabajos del congreso la bendición de la Providencia. Estas últimas palabras levantan vivas protestas en todos los bancos. El incidente no tiene consecuencias.

Una mesa provisional, compuesta por Murat, de París, Dupont, de Londres, Vasseur, de Marsella, Eccarius, de Londres, Becker, de Ginebra, y Bürkli, de Zúrich,1 procede a la verificación de las credenciales de los delegados. Se suscita una discusión acerca de algunos delegados enviados por la Sociedad Industrial y Comercial de Lausana: como esta sociedad no forma parte de la Asociación Internacional, se reconoce a esos delegados el derecho de participar en las discusiones, pero no el de votar sobre cuestiones que interesen a la Asociación.

Terminada la verificación, se distribuyen tarjetas a los delegados, cuyo número asciende en ese momento a 50. Son los ciudadanos:

Carter, James, perfumista, miembro del Consejo General, Londres.

Eccarius, George,2 sastre, miembro del Consejo General; Tothill Street, S. W., Londres.

Walton, Alfred A.,3 arquitecto, presidente de la National Reform League, en Brecon, País de Gales del Sur, Inglaterra.

Lessner, Frédéric,4 sastre, miembro del Consejo General, delegado de la Arbeiter Bildungs Verein;5 Francis Street, 4, Gower Street, Londres.

Swann, Daniel, cintero, Coventry.

Dupont, Eugène,6 obrero de instrumentos musicales, miembro del Consejo General, delegado de la rama francesa; Litchfield Street, Soho Square, Londres.

Marly, Jean, delegado de los estampadores de telas, rue de la Côte, 5, Courbevoie (Sena).

Garbe, delegado de la Sociedad de los Hojalateros, rue Lévis, 65, Batignolles, París.

Pioley, delegado de la Sociedad de los Mecánicos, rue des Ecluses St-Martin, 45, París.

Reymond, delegado de la Sociedad de Resistencia de los Impresores Litógrafos, rue Pernetty, 9, París.

Chemalé,7 medidor y delineante, rue de l'Ouest, 64, París.

Murat,8 mecánico, rue St-Maur, 200, París.

Longuet, Charles,9 periodista, delegado de las secciones de Caen y de Condé-sur-Noireau, en casa del señor Talbot, dentista, rue de l'Odéon, Caen (Calvados).

Schettel, mecánico, rue de l'Hospice des Vieillards, Lyon.

Rubaud, Louis, estampador de telas, Neuville-sur-Saône (Ródano).

Chassin, comerciante de vinos, rue Sainte-Anne, 8, Villefranche (Ródano).

Ailloud, sastre, rue de l'Archevêché, 1, Vienne (Isère).

Vézinaud, botero, rue des Menutz, 29, Burdeos.

Vasseur, hojalatero, delegado de las secciones de Marsella y de Fuveau,10 rue des Petits-Pères, 24, Marsella.

De Paepe, César,11 tipógrafo, delegado de las secciones belgas, rue des Alexiens, 13, Bruselas.

Tanari, Sebastiano, delegado de las sociedades de Bolonia y de Bazzano.

Kugelmann,12 doctor en medicina, Hannover.

Büchner, Louis,13 doctor en medicina, Darmstadt.

Klein, Charles, hotelero, delegado de las secciones de Colonia y de Solingen; hotel zu den drei Eidgenossen, Solingen (Prusia renana).

Treboux, Samuel, yesero, delegado de la Sociedad de los Obreros de la Construcción, rue de Rive, 21, Ginebra.

Quinet, Ferdinand, cantero, delegado de la Sociedad de los Obreros de la Construcción, route de Carouge, Ginebra.

Monchal, Jules, grabador, quai du Seujet, 15, Ginebra.

Perron, Charles,14 pintor de esmaltes, rue Chantepoulet, 5, Ginebra.

Dupleix, encuadernador, Pélisserie, 4, Ginebra.

Blanc, profesor, rue Ancienne, 395, Carouge (Ginebra).

Gret, Isaac, curtidor y zurrador, Cité-Derrière, 8, Lausana.

Favrat, Philippe, agente de negocios, Lausana.

Aviolat, Marc, tipógrafo, rue du Pré, 11, Lausana.

Kästner, tipógrafo, delegado de la Union typographique, Lausana.

Cuendet-Kunz, fabricante de cajas de música, Sainte-Croix (Vaud).

Guillaume, James,15 profesor en la Escuela Industrial, delegado de la sección de Le Locle.

Vanza, Félix, contable, delegado de la sección de Saint-Imier (Berna).

Bürkli, Charles, curtidor, Zúrich.

Krebser, Auguste, sastre, Zúrich.

Liwenthal, J., sastre, place St-Laurent, 1, Lausana.

Kircher, dueño de café, delegado de la Sociedad del Grütli16 y de la Sociedad de los Carpinteros, Mercerie, 16, Lausana.

Schlaifer, Franz, sastre, delegado de la Arbeiter Bildungs Verein, Lausana.

Förderer, Bernard, cuchillero, Yverdon (Vaud).

Gries, sastre, delegado de la Arbeiter Bildungs Verein, Vevey (Vaud).

Neubrand, Christophe, delegado de la sección alemana de La Chaux-de-Fonds (Neuchâtel).

Hafner, periodista, delegado de la sección de Morat (Friburgo).

Frey, tejedor, delegado de la sección de Basilea.

Roth, Wilhelm, mecánico, en el Pasquart, Bienne (Berna).

Becker, J.-Ph.,17 periodista, Pré l'Evêque, 33, Ginebra.

Müller, Louis, zapatero, rue Neuve, 21, Ginebra.

Además de estos delegados, son admitidos a tomar asiento en el congreso seis delegados de la Sociedad Industrial y Comercial de Lausana, a saber, los ciudadanos:

Hoffmann-Rittener, comerciante.

Juat-Sessler, comerciante.

Bory-Mollard, banquero.

Kaiser, mecánico.

Charton-Rochat, comerciante.

Ruchonnet,18 abogado.

Se pasa a la elección del presidente del congreso en votación secreta. Se presentan los ciudadanos Dupont, de Londres, y Murat, de París. Dupont obtiene 29 votos de 44 votantes.

Son nombrados por aclamación: vicepresidentes, Eccarius, de Londres, y Becker, de Ginebra; y secretarios, Louis Büchner, de Darmstadt, Vasseur, de Marsella, Bürkli, de Zúrich, y Guillaume, de Le Locle.

La asamblea decide volver a reunirse a las tres de la tarde para discutir las propuestas que le presentará la mesa sobre la fijación del orden del día del congreso.

Se levanta la sesión a mediodía.

Segunda sesión (lunes 2 de septiembre de 1867, por la tarde)

Delegado llegado el lunes por la tarde: Coullery, Pierre,19 doctor en medicina, La Chaux-de-Fonds (Neuchâtel).

Presidencia de Dupont, de Londres.

A las 3 y cuarto abre la sesión el presidente Dupont, de Londres, que declara preferir los hechos a los discursos y por ese motivo se abstiene de pronunciar uno.

Guillaume, de Le Locle, secretario, lee el acta francesa de la sesión de la mañana; se traduce al alemán y al inglés y se aprueba tras una ligera rectificación que pide Chemalé, de París.

A continuación, Chemalé, de París, propone, antes de entrar en el orden del día, suprimir la diferencia que existe en el precio de entrada a la sala para el público, dividido en dos clases, una que paga 50 céntimos y la otra 30. Dupleix, de Ginebra, propone que los delegados paguen a escote, en todo o en parte, el alquiler de la sala, y que la entrada sea gratuita para todos. Hoffmann-Rittener, uno de los delegados de la Sociedad Industrial y Comercial de Lausana, pide, junto con sus colegas, participar en esos gastos. — La asamblea decide que la entrada a la sala sea gratuita para todo el mundo y cubrir el alquiler con una contribución impuesta a cada delegado. A propuesta de Coullery, de La Chaux-de-Fonds, se decide también reservar, en la parte de la sala destinada al público, algunos bancos especialmente para los miembros de la Asociación Internacional.

El secretario Guillaume, de Le Locle, da lectura de las siguientes propuestas formuladas por la mesa:

1.º Los delegados firmarán la hoja de asistencia de cada sesión;

2.º Todo miembro, al pedir la palabra, deberá dar su nombre;

3.º Cada delegado dispondrá de diez minutos para exponer sus ideas y de cinco minutos para la réplica;

4.º Toda propuesta deberá entregarse por escrito a la mesa, firmada por su autor.

Algunos delegados no quieren el art. 3 y reclaman la libertad absoluta de palabra. Tras una breve discusión, la mesa, a propuesta de Büchner, de Darmstadt, secretario, modifica así ese artículo:

«Un miembro solo podrá hablar una vez sobre una cuestión y solo tendrá la palabra durante diez minutos. La asamblea podrá hacer excepciones.»

Los cuatro artículos se someten entonces a votación y se aprueban.

Los secretarios dan lectura, en las distintas lenguas, del proyecto de orden del día del congreso tal como lo ha preparado la mesa.

Se entabla sobre ello una larga discusión, primero acerca de las cuestiones propuestas por una asamblea popular celebrada en Ginebra el 24 de agosto de 1867. Son estas:

«¿No es la privación de las libertades políticas un obstáculo para la emancipación social del trabajador y una de las causas principales de las perturbaciones sociales?

»¿Cuáles son los medios de acelerar ese restablecimiento de las libertades políticas? ¿No sería la reivindicación, por todos los trabajadores, del derecho ilimitado de reunión y de la libertad ilimitada de prensa?»

Perron, de Ginebra, pide que estas dos cuestiones se pongan a la cabeza del orden del día. Tolain,20 de París, Murat, de París, y Chemalé, de París, combaten este parecer; querrían incluso que las cuestiones de Ginebra no figurasen en absoluto en el orden del día del congreso, y proponen aclamar simplemente esta declaración: que la posesión de las libertades políticas es indispensable para la reivindicación de las libertades sociales.

Longuet, de Caen, entrega a la mesa sobre este punto una propuesta concebida así:

«El ciudadano Longuet propone que la cuestión presentada por los delegados de Ginebra se vote pura y simplemente por aclamación. No admite discusión en una asamblea de hombres que reconocen como regla única la Verdad, la Moral y la Justicia. Un pueblo que acepta voluntariamente la privación de la libertad se pone, consciente o inconscientemente, fuera de la Verdad, de la Moral y de la Justicia.»

Büchner, de Darmstadt, y Lessner, de Londres, piensan que no es misión del congreso indicar a las distintas naciones los medios de conquistar las libertades políticas que no posean, y que una discusión sobre este asunto sería ociosa.

Becker, de Ginebra, y Dupleix, de Ginebra, apoyan las propuestas de la asamblea popular.

Tras una discusión en la que varios oradores abordan la cuestión de si la Asociación Internacional debe ocuparse de política, y se pronuncian unos por la afirmativa y otros por la negativa, se somete a votación la propuesta siguiente:

«¿Se pondrán a la cabeza del orden del día del congreso las cuestiones propuestas por la Asamblea Popular de Ginebra?»

21 votos responden sí y 30 responden no.

Las cuestiones de Ginebra conservarán, por consiguiente, el número de orden que les asigna el proyecto de la mesa.

Antes de que el congreso aborde la discusión del proyecto de orden del día, Chemalé, de París, entrega a la mesa la propuesta siguiente:

«Se constituirán tantas comisiones especiales como cuestiones particulares haya de tratar el congreso. — Las sesiones de estas comisiones no serán públicas. Todo delegado podrá presentar y defender sus propuestas en el seno de la comisión especial.»

Varios delegados piensan que la creación de esas comisiones haría perder tiempo al congreso y que los informes presentados por algunas secciones podrán ocupar el lugar de los que las comisiones habrían de presentar. Otros delegados apoyan la propuesta de Chemalé, que se aprueba.

Como la hora está avanzada y la discusión del proyecto de orden del día presentado por la mesa amenaza con ser muy larga, el congreso decide remitir el proyecto a una comisión, compuesta por los ciudadanos Becker, de Ginebra, Chemalé, de París, Coullery, de La Chaux-de-Fonds, Perron, de Ginebra, Schettel, de Lyon, Dupleix, de Ginebra, y Guillaume, de Le Locle. Esta comisión habrá de revisar el proyecto de la mesa y presentar un informe al día siguiente.

Orden del día para el martes 3 de septiembre:

A las 8 de la mañana, informe de la comisión sobre el orden del día.

A las 2 de la tarde, lectura del informe del Consejo General y de los informes particulares de los comités centrales y de las secciones.

Se levanta la sesión a las 7.

Tercera sesión (martes 3 de septiembre de 1867, por la mañana)

Delegados llegados el martes por la mañana: Tolain, cincelador, rue Le Sage, 24, Belleville, París; — Aubry,21 impresor litógrafo, rue de l'Amitié, 12, Ruan; — De Beaumont, cincelador de bronce, delegado del Crédito Mutuo de los Obreros del Bronce, rue de Paris-Belleville, 133, París; — Kunkel, sastre, delegado de la sección alemana de Neuchâtel; — Gaspard Stampa, delegado del Comité Central de las Asociaciones Obreras Italianas, Milán.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 8 y media de la mañana con una llamada de los delegados.

El acta de la sesión del lunes por la tarde la lee en francés el secretario Guillaume, de Le Locle, y en alemán el vicepresidente Eccarius, de Londres. Como los delegados ingleses presentes entienden el alemán, no se lee acta inglesa. Se aprueban las actas.

Chemalé, de París, ponente de la comisión nombrada la víspera, da a conocer el proyecto de orden del día que esta ha elaborado. Becker lo traduce al alemán y Eccarius al inglés. El proyecto se aprueba por unanimidad menos un voto.

El congreso procede luego a nombrar las comisiones que habrán de examinar cada cuestión e informar al congreso. Estas comisiones quedan designadas como sigue:

Primera cuestión. ¿Cuáles son los medios prácticos de hacer de la Asociación Internacional un centro común de acción para la clase obrera en la lucha que sostiene contra el capital?

Comisión de tres miembros: Eccarius, de Londres, Becker, de Ginebra, Tolain, de París.

Segunda cuestión. ¿Cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que dan a la burguesía y a los gobiernos? — Crédito y bancos populares. — Moneda y papel moneda. — Seguros mutuos. — Sociedades obreras.

Comisión de nueve miembros: Walton, de Brecon, Longuet, de Caen, Monchal, de Ginebra, Aubry, de Ruan, Ailloud, de Vienne, Kugelmann, de Hannover, Bürkli, de Zúrich, Schlaifer, de Lausana, Stampa, de Milán.

Tercera cuestión. Los esfuerzos que hacen hoy las asociaciones por la emancipación del cuarto estado (clase obrera), ¿no pueden tener por resultado la creación de un quinto estado cuya situación sería mucho más miserable aún? — La neutralidad22 o reciprocidad considerada como base de las relaciones sociales. Equivalencia de las funciones. Solidaridad. — Sociedades obreras.

Comisión de cinco miembros: Büchner, de Darmstadt, De Paepe, de Bruselas, Murat, de París, Müller, de Ginebra, Garbe, de París.

Cuarta cuestión. Trabajo y capital. — Paro. — Las máquinas y sus efectos. — Reducción de las horas de trabajo. — División del trabajo. — Transformación y extinción del salariado. — Reparto de los productos.

Comisión de cinco miembros: Dupleix, de Ginebra, Quinet, de Ginebra, Marly, de París, Schettel, de Lyon, De Beaumont, de París.

Quinta cuestión. Funciones sociales. Papel del hombre y de la mujer en la sociedad. — Educación de los niños. — Enseñanza integral. — Libertad de enseñanza. — Fonografía.23

Comisión de cinco miembros: Cuendet-Kunz, de Sainte-Croix, Guillaume, de Le Locle, Coullery, de La Chaux-de-Fonds, Blanc, de Carouge, Vanza, de Saint-Imier.

Sexta cuestión. Definición y papel del Estado. — Servicios públicos, transporte y circulación. — Intereses colectivos e individuales. — El Estado considerado como juez y garante de los contratos. Derecho de castigar.

Comisión de seis miembros: Krebser, de Zúrich, Chassin, de Villefranche (Ródano), Vasseur, de Marsella, Neubrand, de La Chaux-de-Fonds, Favrat, de Lausana, Liwenthal, de Lausana.

Séptima cuestión. ¿No es la privación de las libertades políticas un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores y una de las principales causas de las perturbaciones sociales (paro)? — ¿Cuáles son los medios de acelerar ese restablecimiento de las libertades políticas? ¿No sería la reivindicación, por todos los trabajadores, del derecho ilimitado de reunión y de la libertad ilimitada de prensa?

Comisión de cinco miembros: Perron, de Ginebra, Pioley, de París, Reymond, de París, Vézinaud, de Burdeos, Treboux, de Ginebra.

Octava cuestión. Mensaje colectivo al Congreso de la Paz de Ginebra, en nombre de los trabajadores reunidos en congreso en Lausana.

Comisión de cinco miembros: Dupont, de Londres, Klein, de Colonia y Solingen, Bürkli, de Zúrich, Hafner, de Morat, Rubaud, de Neuville-sur-Saône.

Novena cuestión. Discusión sobre la sede del Consejo General y sobre el lugar del próximo congreso.

La comisión se nombrará más adelante.

Se levanta la sesión a las 10 y media, para que las comisiones puedan ponerse inmediatamente a la obra.

Cuarta sesión (martes 3 de septiembre de 1867, por la tarde)

Delegado llegado el martes por la tarde: Raoux, Edouard, profesor, delegado de la Sociedad Fonográfica de Lausana.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 2. Los secretarios leen las actas en francés y en alemán. Se aprueban.

Chassin, de Villefranche, y Favrat, de Lausana, entregan a la mesa una comunicación en la que declaran que no pueden aceptar formar parte de la comisión encargada de estudiar la sexta cuestión, porque esta se plantea en términos que no comprenden. — Tras una observación del presidente, que invita a estos dos delegados a pedir una explicación a sus colegas, el congreso pasa al orden del día.

Un secretario da lectura de una carta de la sección de Moutier-Grandval (Berna), que pide que se la tenga al corriente día a día de las deliberaciones del congreso y que se le envíen las fotografías de los delegados. La mesa responderá.

El vicepresidente Becker, de Ginebra, da lectura de dos cartas: una de los sastres de Berlín, que dirigen su saludo fraternal al congreso y lamentan no haber podido enviar delegado, y otra de la Asociación Obrera de Dresde, que manifiesta el mismo pesar.

Murat, de París, entrega a la mesa la invitación siguiente:

«El congreso invita a los corresponsales de periódicos a que hagan entregar dos ejemplares de los números que contengan su reseña de las sesiones, para los archivos y para la reseña general.»

Esta propuesta no se discute.

El secretario Guillaume, de Le Locle, da lectura del informe del Consejo General de Londres sobre su gestión durante el año y sobre la situación de las distintas secciones de la Asociación. El vicepresidente Eccarius, de Londres, lee el mismo informe en alemán. (Véanse los Informes.)

El presidente de la Sociedad Tipográfica de Lausana es admitido a hacer una comunicación al congreso en nombre de esta sociedad; informa a los delegados de que esta asociación acaba de ser condenada por los tribunales de Lausana como culpable de haber inducido a obreros tipógrafos a abandonar el trabajo. El presidente de la Sociedad Tipográfica afirma que no se ejerció ninguna presión sobre los obreros que dejaron sus talleres.

Perron, de Ginebra, y Guillaume, de Le Locle, entregan a la mesa la propuesta siguiente:

«Algunos tribunales ingleses (Courts of law) han decidido que el robo de los fondos de las asociaciones obreras (Trade's Unions) no es punible por la ley.24 El congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, reunido en Lausana, declara con un voto solemne que esta decisión judicial es una infamia.»

El presidente Dupont dice que el congreso, si quisiera estigmatizar actos aislados, tendría que condenar muchos otros abusos de poder; por limitarse a Inglaterra, cita el hecho siguiente: John Knight, jornalero del campo, de Teaford (Sussex), fue condenado el 2 de marzo de 1867 a seis semanas de cárcel por haber pedido un aumento. El presidente piensa que el congreso debe limitarse a combatir de modo general el sistema de injusticia que pesa sobre las clases trabajadoras.

El ciudadano Tolain, de París, propone, para zanjar este incidente, una moción motivada de paso al orden del día concebida así:

«El congreso, considerando que los hechos citados son resultado de una organización social que la Asociación Internacional tiene por fin cambiar, poniendo en práctica la justicia, pasa al orden del día.»

Esta moción se aprueba por gran mayoría.

El congreso escucha luego la lectura de informes sobre la actividad de las distintas secciones, presentados por los delegados De Paepe, de Bruselas, Murat, de París, Rubaud, de Neuville-sur-Saône, Hafner, de Morat, Vanza, de Saint-Imier, Guillaume, de Le Locle, Vasseur, de Marsella, Aubry, de Ruan, Longuet, de Caen y de Condé-sur-Noireau, Vézinaud, de Burdeos, y Ailloud, de Vienne (Isère). (Véanse los Informes.)

Se levanta la sesión a las 7.

Quinta sesión (miércoles 4 de septiembre de 1867, por la mañana)

Delegado llegado el miércoles por la mañana: Palix, Louis, sastre, Lyon.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 8 y media de la mañana con la llamada nominal.

El orden del día prevé la continuación de los informes de las secciones. El congreso escucha los informes de los delegados Tanari, de Bolonia, Stampa, de Milán, Coullery, de La Chaux-de-Fonds, Chassin, de Villefranche, Klein, de Solingen y Colonia, Monchal, de Ginebra, Kunkel, de Neuchâtel, Schlaifer, de Lausana, Becker, de Ginebra, Gries, de Vevey, Roth, de Bienne, Frey, de Basilea, y Kästner, de Lausana. (Véanse los Informes.)

Murat, de París, comunica al congreso una reseña de la primera sesión publicada en el número 208 de la Gazette de Lausanne;25 esa reseña recoge el discurso del ciudadano Aviolat, de Lausana, sin mencionar los murmullos con que fue acogido. Murat pide que la mesa envíe una rectificación a la Gazette de Lausanne.

Esta propuesta se aprueba por unanimidad.

El secretario Guillaume dice que, como el congreso no había dado en un principio ninguna importancia al incidente Aviolat, el acta de la primera sesión no mencionaba ni el discurso ni las protestas. Ahora que el asunto es objeto de comentario en la prensa, pide autorización para intercalar en el acta de la primera sesión las líneas siguientes, que harán constar lo ocurrido e impedirán que se falseen los hechos:

«Aviolat, de Lausana, presidente del Comité de Organización, da la bienvenida a los delegados e invoca sobre los trabajos del congreso la bendición de la Providencia. Estas últimas palabras levantan vivas protestas en todos los bancos. El incidente no tiene consecuencias.»

La intercalación de estas líneas en el acta de la primera sesión se aprueba por unanimidad.

Eccarius, de Londres, delegado del Consejo General, anuncia que las cuentas del Consejo están depositadas en la mesa, donde cada delegado podrá examinarlas. La discusión sobre este asunto se fija para el viernes.

Se levanta la sesión a mediodía.

Sexta sesión (miércoles 4 de septiembre de 1867, por la tarde)

Delegado llegado el miércoles por la tarde: Lombard-Martin, profesor, delegado de la Sociedad del Grütli de Delémont.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 2 y cuarto. Algunos bancos están todavía vacíos, y el presidente protesta contra la costumbre que ha tomado cierto número de delegados de no encontrarse en su sitio a la hora precisa de abrir las sesiones. Se hace luego una llamada nominal.

Se da lectura de las actas de las sesiones cuarta y quinta. Se aprueban.

Chemalé, de París, entrega a la mesa la propuesta siguiente:

«Propongo que, 5 minutos después de la hora indicada para la apertura de la sesión, se proceda a la llamada nominal. Se hará constar la asistencia y se insertará en el acta. Pasados los 5 minutos, se depositará en la mesa de entrada una segunda lista de asistencia destinada a hacer constar los que hayan llegado después de la hora, pero que, no obstante, hayan asistido a la sesión.»

Esta propuesta se acepta.

A propuesta de un secretario, se encarga a la mesa que examine cuáles serían los medios de hacer autografiar o imprimir lo antes posible las actas de las sesiones del congreso.

Se da lectura de una carta del ciudadano Hugentobler, de Cortaillod, cerca de Neuchâtel, que ofrece como obsequio al congreso veinte ejemplares de sus obras sobre la extinción del pauperismo.

El vicepresidente Becker comunica un saludo telegráfico de la sección internacional alemana de Ginebra.

Stampa, de Milán, propone que el congreso dirija una invitación a Garibaldi, que ha de llegar uno de estos días a Ginebra para el Congreso de la Paz.26 El presidente Dupont cree expresar la opinión de los delegados al decir que recibiremos con alegría al general Garibaldi entre nosotros si quiere venir, pero que no nos corresponde a nosotros ir a buscarlo. Carter, de Londres, observa que Garibaldi no es solo un político, sino que es presidente de 300 asociaciones obreras de Italia, y que por ese título el congreso podría, sin faltar en nada a su dignidad, invitarlo a unirse a nosotros. Stampa retira su propuesta.

El orden del día prevé el informe de la comisión nombrada para estudiar la primera cuestión del programa.

Tolain, de París, da lectura de un informe elaborado por la comisión. Como este trabajo no va seguido de conclusiones que puedan servir de base a la discusión, el congreso invita a la comisión a presentar resoluciones positivas en la sesión del día siguiente.

Los informes de las comisiones de la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta cuestión no están todavía listos.

Vasseur, de Marsella, lee el informe de la comisión de la sexta cuestión; el informe se devuelve igualmente a la comisión, con la invitación de formular conclusiones.

Perron, de Ginebra, lee el informe de la comisión de la séptima cuestión:

«¿No es la privación de las libertades políticas un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores y una de las causas principales de las perturbaciones sociales (paro)? — ¿Cuáles son los medios de acelerar ese restablecimiento de las libertades políticas? ¿No sería la reivindicación, por todos los trabajadores, del derecho ilimitado de reunión y de la libertad ilimitada de prensa?»

(Véanse los Informes.)

Estas son las conclusiones del informe.

Siguen las conclusiones; véase Declaración sobre la séptima cuestión (las libertades políticas).

Mientras se traduce al alemán el informe sobre la séptima cuestión, la comisión de la quinta cuestión anuncia que tiene listo un informe sobre uno de los asuntos que debía estudiar, la fonografía. Lee el informe Guillaume, de Le Locle; consiste en una exposición de los defectos de la escritura en general y de la ortografía francesa en particular, y de las ventajas que daría a la clase obrera una reforma que hiciese la lectura y la escritura accesibles a todos. El informe concluye con esta propuesta:

«El congreso, considerando que una simplificación de la escritura, que hiciese la lectura y la escritura fácilmente accesibles a todos, es una cuestión del más alto interés para las clases trabajadoras, invita a las secciones a dar su apoyo material y moral a los esfuerzos que se hagan con este fin.»

(Véanse los Informes.)

Lessner, de Londres, protesta contra el modo en que se llevan las cosas con las comisiones. El congreso pierde un tiempo precioso. Pide que su protesta conste en acta.

La discusión de las conclusiones del informe presentado por Guillaume se aplaza a una próxima sesión, y se vuelve al informe sobre la séptima cuestión, cuya traducción lee en alemán Hafner, de Morat.

Las conclusiones del informe sobre la séptima cuestión (libertades políticas) se aprueban sin discusión por unanimidad menos dos votos.27

Hafner, de Morat, presenta, en alemán y en francés, el informe de la comisión sobre la octava cuestión:

«Mensaje colectivo al Congreso de la Paz de Ginebra en nombre de los trabajadores reunidos en el congreso de Lausana.»

(Véanse los Informes.)

Este informe termina con un mensaje concebido así:

Sigue el mensaje; véase Resolución sobre el Congreso de la Paz, primera parte.

Se abre la discusión sobre este proyecto de mensaje.

Chemalé, de París. Aun adhiriéndonos sin reservas a las conclusiones del informe, no podríamos dejar en la sombra un punto propio de la nación francesa: la redención del servicio militar, la compra de la libertad y de la dignidad humana.28 Los pueblos no son enemigos entre sí; pero mientras una clase de la nación pueda comprar a otra y hacerla servir a la satisfacción de sus intereses, la guerra no cesará. Si se nos permite evocar un recuerdo de nuestra historia, la invasión de 1814, se verá que el día en que Napoleón tuvo que tomar su ejército de todas las clases, cuando la burguesía tuvo que pagar con su pellejo, la guerra se hizo imposible: la burguesía se negó a continuarla. Insistimos en este punto y pedimos que se mencione en el mensaje al Congreso de la Paz.

De Paepe, de Bruselas. No tomo la palabra para combatir el proyecto en su conjunto, sino para combatir la frase que dice que queremos la paz para llegar más pronto a la reorganización social. Me parece que esta frase enuncia una idea falsa, consagra un círculo vicioso, porque la paz misma no puede ser sino el resultado de la reorganización social. Si tuviera que expresar mis sentimientos al Congreso de Ginebra, le diría: queremos la paz como vosotros, pero sabemos que mientras exista lo que se llama el principio de las nacionalidades o el patriotismo, habrá guerra; mientras haya clases distintas, habrá guerra. La guerra no es solo fruto de la ambición de un monarca; así, en la expedición de México, la verdadera causa de la guerra eran los intereses de algunos capitalistas: la guerra es el resultado de la falta de equilibrio en el mundo económico y de la falta de equilibrio en el mundo político. Si el Congreso de Ginebra cree poder obtener la paz en el estado social actual, es ilógico: quien quiere el fin quiere los medios. (Aprobación.)

Eccarius, de Londres, no cree que la abolición de los sustitutos en el servicio militar haya de tener por resultado la paz: prueba de ello es lo que ocurre en Prusia. Habla en el mismo sentido que De Paepe. El Consejo General de Londres ha dado instrucciones a sus delegados de no adherirse todavía al Congreso de Ginebra, porque no cree que ese congreso tenga intención de combatir las verdaderas causas de la guerra.

Tolain, de París, piensa que, antes de adherirse al Congreso de la Paz, habría que hacerle algunas preguntas muy claras sobre las reformas sociales. Si la respuesta satisface a la Asociación Internacional, esta se adherirá.

Eccarius explica lo que acaba de decir: el Consejo General desea que no se envíen delegados a Ginebra, pero no tiene objeción contra un mensaje.

Murat, de París, combate la idea de Tolain. En lugar de dirigir preguntas al Congreso de Ginebra, más valdría llevarle nosotros mismos nuestras resoluciones; ya veremos si las acepta.

Perron, de Ginebra, que forma parte del Comité de Organización del Congreso de la Paz, dice que ese congreso comparte enteramente las ideas de la Asociación Internacional, como lo prueba su programa, y que la puerta queda enteramente abierta a nuestros principios.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds. No comprendo que todos los delegados no estén inmediatamente de acuerdo sobre una cuestión como esta. Acaba de ocurrir algo verdaderamente nuevo: el emperador de los franceses y el futuro emperador de Alemania han tratado de excitar a los pueblos, de empujarlos a la guerra; el pueblo no ha querido; es un movimiento que todavía no se había producido.29 Me dije entonces: creo que los tronos se hunden y que pronto se acabará. Unámonos al Congreso de la Paz, que quiere la abolición de los ejércitos permanentes; son los ejércitos permanentes los que perpetúan los odios nacionales; son esos lisiados de conciencia y de brazos y piernas, con cruces de honor en el pecho, los que excitan el odio de los pueblos unos contra otros. Son ellos los que mantienen la tiranía; están armados para los déspotas. Hay que desarmar los ejércitos y armar al pueblo soberano organizando las milicias. Se nos propone un mensaje de adhesión al Congreso de la Paz: enviadlo, ese mensaje, sea por correo o por un delegado; yo mismo iría, si hiciera falta, a pie, aunque hubiera que hacer 150 leguas, caminando día y noche, para llevar a tiempo al Congreso de la Paz la adhesión del congreso de los trabajadores. (Aprobación.)

Müller, de Ginebra, propone la resolución siguiente:

«La Asociación Internacional de los Trabajadores mantendrá su independencia respecto del Congreso de la Paz; no obstante, los miembros de la Asociación pueden tomar parte personalmente en ese congreso. Se mantendrá el fin de la Asociación Internacional de ayudarse a sí misma; toda ayuda ajena sería un lazo más de esclavitud, y se nos obligaría a aceptar condiciones a pesar nuestro.»

Schlaifer, de Lausana, dice que es la burguesía la que debe hacer concesiones y venir a nosotros, y no nosotros los que hemos de ir a ella.

Carter, de Londres. Tendremos guerra mientras haya ignorancia, nacionalidades, religión y clero. Combatamos sin descanso la ignorancia; combatamos también el funesto principio de las nacionalidades; yo no tengo patria: todos los hombres son mis hermanos. Combatamos a los curas y sustituyamos la religión del clero por la religión del buen Dios y de la ciencia; los curas nos hacen levantar los ojos al cielo para meternos entretanto las manos en los bolsillos. (Risas de aprobación.)

Büchner, de Darmstadt. El programa del Congreso de la Paz es claro: persigue un fin particular que entra en nuestro fin general. Decir al congreso que estamos de acuerdo con él y que vamos todavía más lejos que él no sería faltar a nuestra dignidad. El congreso que va a reunirse en Ginebra será un congreso de la democracia europea; representa un gran movimiento: los pueblos, que eran realmente enemigos hace cincuenta años, en la época de las guerras de Napoleón, se tienden ahora la mano. Es deber nuestro sumarnos a ese movimiento.

Dupleix, de Ginebra. El Congreso de Ginebra ha retrasado una semana la apertura de sus sesiones para que los delegados del congreso obrero pudieran asistir. Si el comité de Ginebra es un comité burgués, si es nuestro adversario, ¡entonces Monchal, Perron, Becker y yo, que formamos parte de ese comité, somos unos burgueses! Me asombra que en un congreso obrero no se esté de acuerdo sobre la abolición de los ejércitos permanentes.

De Paepe, de Bruselas, presenta en forma de enmienda al proyecto de mensaje la opinión que ha expuesto en la discusión.

Lombard-Martin, de Delémont, sostiene la necesidad de aprobar el proyecto presentado por la comisión. Dice que las ideas de la enmienda de De Paepe están contenidas en el tercer considerando. El acuerdo sobre la cuestión de la paz, dice, no implica ninguna abdicación de nuestras opiniones avanzadas; hay cuestiones de interés general sobre las que se puede estar de acuerdo sin compartir los matices de las ideas de otras personas. Es un hecho significativo que el congreso de los trabajadores se pronuncie con claridad; el acuerdo es completo, salvo en un detalle; en nombre del interés de la humanidad, de los pueblos y en particular de las clases obreras, no hagamos escisión en un caso semejante; no hay en ello conciliación alguna con ese aburguesamiento del que se ha hablado, y nadie se opondría más que yo a tal cosa. No nos hagamos ilusiones: es preciso, importa, en este momento más que nunca, que se alce una protesta unánime contra ese anacronismo que se llama la guerra. La importancia de semejante voto la pone de manifiesto lo que ocurre en este momento en Suiza. Mientras el pueblo trabajador se cita aquí para luchar contra las dificultades de la economía social o para ahorrar el dinero y la sangre de los pueblos, ¿qué hacen los reyes? También ellos vienen a Suiza, por medio de sus delegados; en número de 23 monarquías, están reunidos en Zúrich en un congreso de veterinarios, es decir, para preservar no la vida de los pueblos, ¡sino la de los caballos y los bueyes! Protestaréis, ciudadanos, contra esta injuria lanzada a la humanidad; protestaréis votando, sin oposición de detalle, los considerandos que se os presentan. Este voto será la piedra de toque del congreso de los trabajadores.

Tolain, de París, presenta la siguiente enmienda en forma de adición al proyecto de mensaje:

Sigue la adición; véase Resolución sobre el Congreso de la Paz, segunda parte.

De Paepe se adhiere a la enmienda de Tolain.

La adición propuesta por Tolain se aprueba por 32 votos contra 14.

El mensaje mismo se aprueba por unanimidad.30

Se levanta la sesión a las 6 y media.

Séptima sesión (jueves 5 de septiembre de 1867, por la tarde)

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 2 y cinco con la llamada nominal.

Se leen y aprueban las actas francesas y alemanas.

El vicepresidente Becker, de Ginebra, da lectura de un saludo telegráfico de la Arbeiter Bildungs Verein de Leipzig.

El presidente Dupont anuncia que el ciudadano Émile Acollas31 ofrece como obsequio al congreso un ejemplar de su obra titulada De la Révision des Codes (De la revisión de los códigos), y el ciudadano Raoux, profesor, tres ejemplares de su obra titulada Orthographe rationnelle ou écriture phonétique (Ortografía racional o escritura fonética). Se anuncia también que los delegados podrán adquirir la obra del ciudadano Raoux a mitad de precio en casa de su editor, la librería George Bridel.

El secretario Guillaume dice que, según los informes que la mesa ha recogido sobre la impresión de las actas, sería imposible terminarla antes de la partida de los delegados. Invita a los delegados a indicar después de la sesión el número de ejemplares que deseen suscribir; en cuanto al precio, es imposible fijarlo de antemano con precisión.

Schettel, de Lyon, dice que ayer se olvidó una cosa en la discusión sobre el Congreso de la Paz: que la iniciativa de ese gran movimiento corresponde a los obreros franceses y alemanes, que protestaron contra la guerra mediante mensajes; pide que se haga mención de ello en el acta.

Como la comisión de la primera cuestión no está todavía en condiciones de presentar un informe en las tres lenguas, el congreso decide aplazar a mañana la discusión de esta cuestión y, a propuesta de Lessner, de Londres, agrega a la comisión dos nuevos miembros, Longuet, de Caen, y Coullery, de La Chaux-de-Fonds. En el curso de la sesión, como Longuet se ve impedido, lo sustituye Bürkli, de Zúrich.

Tolain, de París, llama la atención del congreso sobre una reseña aparecida en el n.º 209 de la Suisse radicale.32 En esa reseña, un discurso pronunciado por el ciudadano Stanislas Charnal en una velada familiar en el jardín del Casino, completamente al margen de las sesiones del congreso, se imprime bajo el epígrafe Congreso obrero, de manera que podría creerse que el congreso asume la responsabilidad de las palabras del ciudadano Charnal. Unas líneas más abajo se encuentra este pasaje, en el que los hechos se refieren de modo malévolo e inexacto:

«La sesión del martes por la tarde se dedica principalmente a la lectura de la memoria de la Asociación Internacional de Londres. Esa memoria señala las infamias a que están expuestos los trabajadores por parte de la legislación belga e inglesa y por parte del gobierno francés. — La asamblea, indignada, se hace eco de las enérgicas palabras pronunciadas sobre este asunto por los ciudadanos Coullery, Blanc, Guillaume, Vanza y Dupleix.

»Pero la intervención del ciudadano Tolain y del presidente Dupont consigue conjurar la tormenta.»

Tolain pide que se encargue a la mesa enviar una rectificación a la Suisse radicale.

Se aprueba por unanimidad.

Longuet, de Caen, pide que en adelante las cuestiones del tipo de las que acaban de plantearse, que son de interés puramente administrativo, se discutan en aquellas de nuestras sesiones que no sean públicas.

El informe de la comisión de la segunda cuestión no está todavía terminado.

De Paepe, de Bruselas, da lectura del informe de la comisión de la tercera cuestión:

«Los esfuerzos que hacen hoy las asociaciones por la emancipación del cuarto estado (clase obrera), ¿no pueden tener por resultado la creación de un quinto estado cuya situación sería mucho más miserable aún? — La mutualidad o reciprocidad considerada como base de las relaciones sociales. Equivalencia de las funciones. Solidaridad. — Sociedades obreras.»

(Véanse los Informes.)

El informe concluye con las resoluciones siguientes:

«1.º El congreso piensa que los esfuerzos que hacen hoy las asociaciones obreras (si estas se generalizan conservando su forma actual) tienden a constituir un cuarto estado que tenga por debajo de sí un quinto estado más miserable aún.

»2.º Para evitar este peligro, el congreso piensa que es necesario que el proletariado se convenza bien de esta idea: que la transformación social no podrá realizarse de modo radical y definitivo sino por medios que actúen sobre el conjunto de la sociedad y conformes a la reciprocidad y a la justicia.

»3.º No obstante, el congreso piensa que deben alentarse todos los esfuerzos de las asociaciones obreras, a condición de hacer desaparecer en lo posible del seno de esas asociaciones la detracción que el capital hace sobre el trabajo, es decir, de hacer penetrar en ellas la idea de mutualidad.»

De Beaumont, de París, hablando sobre la primera resolución, dice que teme que con ella se desaliente a los que están manos a la obra. Las asociaciones progresan; acabarán por convencer a los menos convencidos; no hay que desalentarlas haciéndoles ver cosas que no se realizarán, sino dejarlas avanzar sin infundirles continuamente temores ni entorpecer su acción con el miedo a hacerlo mal.

Murat, de París, responde a De Beaumont que advertir a las asociaciones de un peligro no será desalentarlas, sino prevenirlas para que sean prudentes.

Eccarius, de Londres, presenta como adición a la primera resolución una enmienda concebida así:

«El supuesto peligro de un quinto estado, provocado por los esfuerzos actuales de las asociaciones obreras, se desvanecerá a medida que el desarrollo de la industria moderna haga imposible la producción en pequeña escala. La producción moderna en gran escala funde los esfuerzos individuales y hace del trabajo cooperativo una necesidad para todos.»

Eccarius desarrolla su enmienda exponiendo cómo en Inglaterra los propietarios de fábricas se ven cada vez más obligados, por las necesidades de la gran industria, a hacer partícipes de los beneficios a sus obreros e incluso a permitirles convertirse en copropietarios junto al fabricante. Como los obreros se hacen así propietarios de modo colectivo, no hay ningún peligro de ver a algunos de ellos permanecer en la condición del proletariado y constituir un quinto estado; ese peligro solo sería de temer si la propiedad, en lugar de ser colectiva, estuviese parcelada.

Becker, de Ginebra, apoya la enmienda de Eccarius y cita a este respecto el reglamento establecido por el Comité Central alemán de Ginebra para las asociaciones de producción que forman parte de la Asociación Internacional: esas asociaciones no pueden emplear ningún auxiliar asalariado y deben componerse de trabajadores asociados todos en pie de igualdad; solo una parte de los beneficios obtenidos se reparte entre los asociados; el resto se aparta y constituye un fondo común.

La adición propuesta por Eccarius se somete a votación y se aprueba por 21 votantes contra 15.

La primera resolución presentada por el ponente De Paepe se aprueba a continuación por 28 votos contra 4.

Como los bancos se han ido vaciando insensiblemente, el presidente Dupont hace proceder a una llamada nominal para hacer constar las ausencias. Diez delegados no responden a la llamada.

Se pasa a la discusión de la segunda resolución. De Paepe vuelve a leer, como desarrollo de las palabras «medios que actúen sobre el conjunto de la sociedad y conformes a la reciprocidad y a la justicia», el siguiente pasaje de su informe:

«No podemos zanjar aquí la cuestión de cuáles son esas medidas de conjunto, que, sin embargo, nos parecen tan necesarias; pero creemos poder indicar, como dignos de que los estudiemos, ciertos medios de reforma general propuestos por diversos socialistas: la transformación del banco nacional (Banco de Francia, Banco de Bélgica, Banco de Inglaterra, etc.) en banco de crédito gratuito; el paso del suelo a la propiedad colectiva de la sociedad; la abolición de la herencia ab intestato en ciertos grados de parentesco; el impuesto sobre las sucesiones en línea indirecta, etc., etc.»

Chemalé, de París, dice que uno de los medios que el informe propone estudiar, la transformación de los actuales bancos del Estado en verdaderos bancos nacionales, le parece aceptable; pero el paso del suelo a la propiedad colectiva le parece algo injusto e inaplicable.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, propone como adición a la segunda resolución la enmienda siguiente:

«Para llegar a este fin, no vemos por el momento más que una sola clase de medio práctico al servicio de los trabajadores: la creación y el desarrollo, y después la federación, de las sociedades cooperativas en sus diversas formas posibles, a fin de llegar al intercambio de los productos a precio de coste, lo que liberará de la especulación y de la usura el trabajo y los objetos de consumo, y transformará un día la sociedad entera en una sola clase, la clase de los productores-consumidores.»

Tras una observación de Chemalé, de París, Coullery declara que reserva su enmienda para la tercera resolución.

Tolain, de París, hablando sobre las palabras del informe «paso del suelo a la propiedad colectiva», dice que hay propiedades que pueden hacerse colectivas y otras que, por su naturaleza, deben seguir siendo individuales. La cuestión merecería tratarse a fondo; le parece que el informe se expresa sobre este punto de un modo demasiado vago, que podría dar lugar a falsas interpretaciones, y propone o bien suprimir del informe la frase citada, o bien explicarla desarrollándola.

De Paepe, de Bruselas, dice que el paso del suelo a la propiedad social solo se ha indicado en el informe como uno de los diversos medios de conjunto propuestos por ciertos socialistas y dignos de ser estudiados, y en modo alguno como un medio preconizado por el congreso. No comprende que, admitiéndose que pueda quedar en el informe, como asunto digno de estudio, la transformación del banco nacional en banco de crédito gratuito, aunque esta idea no la admita toda la asamblea, se pida la supresión de la simple mención de otro medio de conjunto que tiene tanto derecho a ser mencionado como el primero. Sin embargo, dice, ya que se ha entrado a discutir esta cuestión de la propiedad de la tierra, creo deber exponer aquí mi manera de ver en esta materia: pertenezco, como los ciudadanos Tolain y Chemalé, al socialismo mutualista, que quiere realizar en todas las transacciones de los hombres el principio de reciprocidad; pero no considero que la idea del paso del suelo a la propiedad social no pueda conciliarse con el mutualismo; al contrario. En efecto, ¿qué quiere el mutualismo? Quiere que el producto del trabajo pertenezca íntegramente al productor y que ese producto no se intercambie en la sociedad sino por un producto equivalente, es decir, que haya costado la misma suma de trabajo y de gastos; pero el suelo no es producto del trabajo de nadie: la reciprocidad del intercambio no le es aplicable. Para que el productor agrícola sea tratado en pie de igualdad con el trabajador industrial, es preciso que solo sea propietario de sus productos, de los productos que saca del suelo. Pero, se dirá, el trabajo del cultivador no consiste solo en sacar del suelo trigo y otros frutos: también mejora el suelo. Es cierto, pero para esta segunda parte del trabajo del cultivador basta con que este disfrute de la plusvalía que ha dado al suelo, y no es justo que por ello tenga la propiedad del fondo, que no ha creado. La propiedad es el derecho de usar y de abusar de la cosa propia, de destruirla si se quiere; este derecho, que se comprende cuando lo ejerce un productor sobre su producto, es absurdo cuando se quiere extender a lo que no es producto del trabajo de nadie y es, sin embargo, indispensable para la sociedad entera. Hay más: el suelo es la materia prima de todos los productos, el origen de todas las riquezas, pues todos los capitales proceden de las modificaciones sucesivas que el trabajo hace sufrir al suelo; conceder a algunos hombres la propiedad del suelo es, pues, hacer a la humanidad entera tributaria de esos pocos hombres. Si esos hombres no cultivan ellos mismos la tierra, ¿por qué habrían de tener derecho sobre el trabajo ajeno? Si la cultivan ellos mismos, evidentemente sería menos inicuo, pero no hay garantía para los demás hombres, porque a esos hombres les bastaría con coligarse para hacer pasar hambre al resto de la humanidad y volver a traer todos los males engendrados por la propiedad actual. Precisamente porque soy mutualista quiero, por una parte, para el cultivador garantías que le aseguren frente a la sociedad el producto íntegro de su trabajo y, por otra, garantías para la sociedad frente al cultivador; y por eso el suelo no puede ser propiedad más que de la colectividad social, y el cultivador no puede tener de él más que la simple posesión, el derecho de usar sin abusar. El mutualismo no es solo la reciprocidad del intercambio: es también la reciprocidad de las garantías. La propiedad social del suelo es comunismo, se dirá. Concedido: la palabra comunismo no me da miedo. Del mismo modo que no puede haber una sociedad absolutamente comunista, puesto que incluso en Icaria33 se es por lo menos propietario individual de los objetos que se consumen, tampoco hay sociedad sin ninguna propiedad colectiva, aunque no sea más que la propiedad de los parques y de los edificios públicos. El comunismo es, pues, un elemento de toda sociedad, y encontrará su lugar en el porvenir. Todo está en ver a qué debe aplicarse; ahora bien, el ciudadano Tolain dice que quiere que los canales, las carreteras y las minas sean propiedad colectiva de la sociedad: yo no hago sino extender su idea a toda la propiedad de la tierra.

En cuanto a las asociaciones agrícolas o a los cultivadores individuales, su situación sería exactamente la misma que la de las compañías obreras que explotasen los ferrocarriles, los canales o las minas.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds. Cada uno es libre de expresar aquí todas sus opiniones, pero no creo, sin embargo, que sea el momento de discutir la teoría de la propiedad. Los más grandes pensadores no han podido todavía ponerse de acuerdo sobre este asunto. Ocupémonos de cosas más prácticas, de los medios de difundir los principios de asociación y de cooperación.

Murat, de París, declara que está de acuerdo con De Paepe; piensa que la frase en discusión puede mantenerse en el informe modificándola solo así: «el paso o no del suelo a la propiedad colectiva». De este modo todos comprenderán que no afirmamos un principio, que nos limitamos a recomendar el estudio de una cuestión.

Tolain, de París, propone suprimir del informe la frase objeto de la discusión.

Esta propuesta se aprueba por 27 votos contra 11.

De Paepe dice que, como consecuencia de este voto, se abstendrá de presentar al congreso una propuesta que le habían encargado las secciones belgas.

La segunda resolución se somete luego a votación y se aprueba por unanimidad.

Discusión sobre la tercera resolución.

Tolain cree que podría conciliarse la enmienda de Coullery con el texto presentado por la comisión, ya que ambos le parecen significar poco más o menos lo mismo. Bastaría con añadir al final de la resolución las palabras «y de federación».

Coullery mantiene su enmienda.

El presidente Dupont somete a votación la tercera resolución enmendada por Tolain. Se aprueba en esta forma sin oposición.34 La enmienda de Coullery queda así descartada.

Coullery dice que, según la regla de todas las asambleas deliberantes, se debería haber votado su enmienda antes de votar la propuesta principal.

El congreso decide celebrar una sesión pública el viernes, a las 8 de la mañana, para escuchar el informe de la comisión de la primera cuestión.

Se levanta la sesión a las 6 y media.

Octava sesión (viernes 6 de septiembre de 1867, por la mañana)

Delegados llegados el viernes por la mañana: Lange, delegado de Duisburgo (Prusia renana); Specht, guarnicionero, Yverdon.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 8 de la mañana con una llamada nominal.

Se leen y aprueban las actas.

El presidente Dupont da lectura de una carta del ciudadano Ernest Lebloys, de Saint-Léonard (Alto Vienne), que envía al congreso 150 ejemplares de una moción titulada La paix désarmée dans les deux mondes (La paz desarmada en los dos mundos).

El vicepresidente Becker da lectura de una carta de simpatía enviada al congreso por varios obreros de Copenhague.

El orden del día prevé el informe de la comisión de la cuarta cuestión:

«Trabajo y capital. — Paro. — Las máquinas y sus efectos. — Reducción de las horas de trabajo. — División del trabajo. — Transformación y extinción del salariado. — Reparto de los productos.»

(Véanse los Informes.)

Presenta el informe Quinet, de Ginebra.

Murat, de París. Este informe no contiene ninguna conclusión. En cuanto a la huelga, no cree que tenga por resultado un reparto más justo de los productos.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds. La huelga es de una legitimidad absoluta desde el punto de vista de la libertad individual; si se me imponen condiciones que considero injustas, tengo ciertamente el derecho de cruzarme de brazos y no trabajar; en este sentido, la huelga es justa y santa. Pero hay que hacer comprender a los trabajadores que la huelga no está en sus verdaderos intereses y que son ellos los primeros en sufrirla. El dinero que se emplea en sostener huelgas estaría mejor empleado en crear asociaciones de producción.

Tolain, de París. Es ir demasiado lejos llamar a la huelga cosa justa y santa; la huelga es una guerra, necesaria a veces, pero nunca justa.

Chemalé, de París, habla en el mismo sentido. Añade que las máquinas, a la hora presente, son perjudiciales para la clase obrera, porque las poseen los capitalistas; es preciso que el obrero se haga propietario de la máquina.

De Beaumont, de París, defiende la huelga como cosa necesaria; es además útil para dar a los obreros unión y el sentimiento de su fuerza. Dice a Coullery que los broncistas de París, a quienes este ha aludido, no eligieron la huelga: se vieron obligados a ella.35

Dupleix, de Ginebra, aprueba la reducción de las horas de trabajo; con el sistema actual, el obrero de las manufacturas atado a la máquina acaba por convertirse en un bruto. La huelga es hasta hoy el único medio de resistencia, pero es un medio que no hay que emplear sino condenándolo.

Chemalé propone que, sobre la cuarta cuestión, se remita el congreso a la decisión tomada el año pasado en el Congreso de Ginebra.

El presidente Dupont le da lectura:

Sigue la declaración; véase Declaración sobre la cuarta cuestión (trabajo y capital).36

Perron, de Ginebra, entrega la propuesta siguiente:

«Como conclusión práctica aplicable a la parte de la cuestión que pide la reducción de las horas de trabajo, propongo la resolución siguiente: “Acuerdo de todas las sociedades obreras para reclamar en todas partes a la vez, en el curso del año 1868, la reducción de una hora de trabajo por día.”»

Eccarius, de Londres, hablando sobre la propuesta de Perron, piensa que hay que proceder en esto como en la reivindicación de las libertades políticas, dejando que cada nación actúe por su cuenta.

Perron piensa, por el contrario, que es indispensable un acuerdo internacional.

Tolain, de París, dice que, para que la Asociación Internacional pudiera actuar con eficacia en este sentido, haría falta que se hubiese extendido más; combate la idea de Perron.

Perron dice que, considerando que la Asociación Internacional no es todavía bastante fuerte para organizar el movimiento general que desea, retira su propuesta.

El congreso decide por unanimidad, como conclusión del informe sobre la cuarta cuestión, atenerse a las decisiones votadas el año pasado en Ginebra.

El vicepresidente Becker, de Ginebra, propone que, después de la discusión sobre la primera cuestión, el congreso ponga en el orden del día la elección de la ciudad donde se celebrará el próximo congreso y la elección del Consejo General. Se aprueba.

Eccarius, de Londres, presenta el informe de la comisión de la primera cuestión:

«¿Cuáles son los medios prácticos de hacer de la Asociación Internacional un centro común de acción para la clase obrera en la lucha que sostiene para liberarse del capital?»

(Véanse los Informes.)

El informe concluye proponiendo la modificación del art. 3 de los estatutos centrales y la introducción de un nuevo artículo en estos estatutos, así como la modificación de los artículos 4 y 12 de los reglamentos centrales.

Tolain, de París, miembro de la comisión, presenta un informe de minoría, que concluye proponiendo otras modificaciones.

El congreso, tras una larga discusión, decide, a propuesta de Coullery, de La Chaux-de-Fonds, no introducir ninguna modificación en los estatutos ni en los reglamentos, para evitar los gastos de reimpresión.

Aprueba luego, en forma de resoluciones, las disposiciones reglamentarias siguientes, que resumen las propuestas de la mayoría de la comisión:

Sigue la resolución 1.ª; véase Resoluciones sobre la primera cuestión (la Asociación, centro común de acción).37

Sobre esta propuesta, Murat, de París, dice: «Cada sección que pueda constituir un fondo de reserva y no tenga empleo inmediato para él debería hacerlo saber al Consejo General, que lo pondría en conocimiento de las secciones. Esto puede prestar un gran servicio a otras secciones, y mutuamente a las que hubiesen prestado primero, sin que ello suponga grandes gastos.»

Siguen las resoluciones 2.ª a 4.ª; véase Resoluciones sobre la primera cuestión (la Asociación, centro común de acción).

Se levanta la sesión a mediodía.

Novena sesión (viernes 6 de septiembre de 1867, por la tarde)

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 2 y cinco con la llamada nominal.

El vicepresidente Eccarius, de Londres, presenta las cuentas del Consejo General. A propuesta de Longuet, de Caen, el congreso aprueba por unanimidad las cuentas y da por buena la gestión del Consejo General. Eccarius agradece al congreso el voto de aprobación que acaba de producirse: es el único salario al que pueden aspirar quienes dedican su tiempo a la administración de las sociedades obreras, y aún pueden darse por contentos si, como ocurre con demasiada frecuencia, no se les paga con ingratitud.

Pioley, de París, da a conocer al congreso una carta del taquígrafo de la Gazette de Lausanne, impresa en el n.º 211 de ese periódico; esta carta desmiente la rectificación enviada dos días antes por la mesa a la Gazette de Lausanne y afirma que el discurso de Aviolat, al invocar la bendición de la Providencia sobre los trabajos del congreso, no levantó ningún murmullo entre los delegados.

Bürkli, de Zúrich, expresa los sentimientos unánimes de los delegados al decir: «La carta que acaba de leerse es una mentira; pero la deslealtad de los periódicos que nos combaten no debe ya asombrarnos, acostumbrados como estamos a la mala fe de nuestros adversarios. La dignidad del congreso exige que pasemos simplemente al orden del día; sería dar importancia a la Gazette de Lausanne ocuparse de rectificarla otra vez.»

Esta declaración es acogida con una explosión de aplausos.

El orden del día prevé la elección de la ciudad donde residirá el próximo Consejo General. Bürkli, de Zúrich, De Paepe, de Bruselas, y Becker, de Ginebra, proponen Londres como la ciudad que mejor reúne las condiciones requeridas, que son en particular la facilidad de las comunicaciones y la presencia de un grupo de hombres pertenecientes a las diversas nacionalidades europeas. Murat dice que, ante estas consideraciones, renuncia a pedir que este año el Consejo General cambie de ciudad.

Londres se aprueba por unanimidad.

Se pasa a la elección del Consejo General. Chemalé, de París, propone que se deje a la sección de Londres elegir ella misma a sus miembros, ya que conoce mejor que nosotros los nombres más convenientes. Eccarius, de Londres, insiste, por el contrario, en que el congreso nombre él mismo el Consejo General, porque esta elección dará más autoridad al Consejo.

El congreso decide nombrar él mismo el Consejo General. Se designan para formar parte de este Consejo los antiguos miembros que han asistido regularmente a sus sesiones, a saber: Besson, Bobczynski, Buckley, Carter, Dell, Dupont, Eccarius, Fox, Harriet Law, Howell, Hales, Jung, Lucraft, Lessner, Lassassie, Lafargue, Lawrence, Marx, Morgan, Maurice, Odger, Shaw, Stainsby, Williams, Weston, Yarrow, Zabicki. — El congreso añade a esta lista al ciudadano Walton, de Brecon, País de Gales del Sur.38

El Consejo General queda autorizado para agregarse otros miembros si lo considera necesario.

El orden del día prevé la fijación del lugar donde se reunirá el próximo congreso.

De Paepe propone Bruselas. Longuet, de Caen, apoya esta propuesta: Bruselas había sido designada hace dos años como lugar de reunión del primer congreso; se renunció a ello a causa de una ley sobre la expulsión de los extranjeros, que acababa de promulgar el gobierno belga y que iba dirigida contra algunos periodistas;39 pero el año próximo esa ley ya no estará en vigor. Bruselas está cerca de Francia y de Inglaterra, y la presencia del congreso en Bélgica estimulará poderosamente el movimiento social en ese país. Eccarius, de Londres, se pronuncia también por Bruselas: se puede llegar a ella en un día desde los principales países donde existe la Asociación Internacional, salvo desde Italia; los delegados ingleses acudirán en mayor número, y cree importante que los socialistas del continente entren en un contacto más completo con los jefes del gran movimiento social de Inglaterra.

Se da lectura de una propuesta firmada por Büchner, Kugelmann, Hafner, Becker y Neubrand, que pide que se elija Zúrich como lugar de reunión del congreso. Becker justifica esta propuesta diciendo que conviene que el congreso cambie por una vez de lengua y se traslade a un país alemán; Zúrich es también un punto central, y existe allí una sociedad de consumo que ofrecerá a los delegados hospitalidad a buen precio.

Kunkel, de Neuchâtel, y Schlaifer, de Lausana, hablan en favor de Zúrich. Chemalé, de París, y Tolain, de París, aceptan Bruselas, a falta de París, donde razones de fuerza mayor impedirían reunirse al congreso. Bürkli, de Zúrich, declara que no ha recibido el encargo de pedir el congreso para esta ciudad; cree, por el contrario, que el congreso estará mejor situado en Bruselas, en el centro del movimiento social.

La asamblea, por unanimidad menos dos votos, se pronuncia en favor de Bruselas.

Se pasa a la lectura de los informes de las comisiones.

Longuet, de Caen, presenta el informe de la comisión de la segunda cuestión.

«¿Cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que dan a la burguesía y a los gobiernos? Crédito y bancos populares. — Moneda y papel moneda. — Seguros mutuos. — Sociedades obreras.»

El informe no presenta resoluciones formales. Afirma el principio de la organización mutualista del crédito como servicio público. Recomienda la institución de bancos nacionales que proporcionen crédito gratuito, a precio de coste, a todos los productores que presenten una prenda real. Recomienda también la organización de sociedades de seguros mutuos basadas en los principios de la división de los riesgos, de la responsabilidad personal y de la proporcionalidad según los riesgos.

(Véanse los Informes.)

Como los bancos se han vaciado, el presidente hace pasar lista, y se comprueba la ausencia de quince delegados.

A petición de algunos delegados, se suspende la sesión durante un cuarto de hora.

Al reanudarse la sesión se pasa lista; luego De Paepe lee, como complemento del informe sobre la segunda cuestión, un trabajo que ha hecho sobre esta cuestión la sección de Bruselas.

(Véanse los Informes.)

Schlaifer, de Lausana, recomienda la fundación de asociaciones de oficio, más fáciles de crear porque los obreros de una misma profesión pueden conocerse mejor; de ellas saldrán asociaciones de producción, que quitarán al capitalista los capitales que le reporta el trabajo asalariado. Las asociaciones que no quieran todavía producir deberían prestar los fondos de que puedan disponer a otras asociaciones productivas. Para llegar al establecimiento del crédito, será preciso que los obreros suscriban acciones que no devenguen interés; el capital formado por esas acciones servirá para crear bancos del pueblo.

Chemalé, de París. La cuestión del crédito mutuo, recíproco o gratuito, me parece tan importante que el congreso no debe lamentar el tiempo que dedica a esta discusión. Esa es la base de nuestra emancipación. Para constituir el crédito no hacen falta ni billetes ni papel moneda; basta con que estén aseguradas la producción y la venta de los productos, así como el reembolso de esos mismos productos. Todo pedido, al estimular la producción, trae, por una serie de hechos, las mismas consecuencias que el crédito personal. Los trabajadores, unidos por un contrato recíproco, son a la vez productores y consumidores unos para otros; son solidarios y están directamente interesados en el éxito común. Si los productos se intercambian por productos, todo pedido determina otro, y así se establecerá la circulación. En Francia, desde hace mucho tiempo, todos los esfuerzos de la clase obrera tienden a constituir mediante el ahorro el capital que le falta. Pues bien, la mutualidad o reciprocidad del préstamo tiene por fin favorecer ese movimiento. La cuestión es demasiado grave para que nos detengamos en la teoría; el año próximo vendremos con hechos, y será con la exposición de la contabilidad de la federación del trabajo como demostraremos la posibilidad del crédito mutuo, recíproco y gratuito. En cuanto a la centralización del crédito, tenemos que objetar que el crédito no es una cosa palpable que pueda almacenarse; crédito significa confianza, ya se ha dicho; ahora bien, la confianza no se centraliza, y el Estado no tiene en ello otra cosa que hacer que asegurar el cumplimiento de los contratos. Las sociedades obreras francesas están en vías de establecer la federación del crédito; con la contabilidad y los documentos en la mano probaremos que nuestras ideas son practicables. La teoría en materia de crédito ha hecho su tiempo: paso a la realización.

Walton, de Brecon. La cuestión de las vías y medios que deben emplearse para poner el crédito al servicio de las clases obreras, igual que al de las clases medias, es de la mayor importancia para el porvenir de los trabajadores. — Las clases obreras pueden ya ayudarse a sí mismas estableciendo un sistema de crédito mutuo; pero al mismo tiempo debería admitirse como principio fundamental que es deber de todos los gobiernos, por parte del Estado, proporcionar al pueblo un sistema de crédito sólido y seguro.

Las clases obreras pueden contribuir por sí mismas a crear el crédito que necesitan utilizando los fondos de sus diversas asociaciones de oficio, de socorro y de cooperación para formar bancos cooperativos e intercambiar los productos de las distintas sociedades cooperativas en condiciones equitativas de crédito mutuo.

Esto es lo que pueden hacer las clases obreras para ayudarse a sí mismas; pero, como he dicho, habría que proclamar en todas partes que es deber de los distintos gobiernos ayudar a las operaciones industriales del pueblo poniendo a su disposición los medios de crédito que necesita. — Para que se comprenda lo que entiendo por crédito del Estado, supongamos un individuo que posea 1000 francos o una sociedad cooperativa que posea una propiedad cualquiera por valor de 10 000 francos. Ese individuo o esa sociedad tendría derecho, dando en garantía el capital que posee, a un crédito igual a esa garantía, lo que ayudaría considerablemente al desarrollo de las operaciones industriales de la nación; la acción cooperativa adquiriría así las proporciones de una acción nacional.

Sin duda no cabe esperar que ninguno de los gobiernos europeos instituya en este momento semejante sistema de crédito para las clases obreras; pero sería tarea de la Asociación Internacional crear, en la medida de lo posible, una opinión pública favorable a este proyecto, a fin de actuar sobre las asambleas legislativas para obtener la sanción legal de un sistema de crédito tan provechoso y saludable. Entretanto, mientras tratamos de llevar a los distintos gobiernos a lo que deseamos, hagamos todos los esfuerzos para utilizar del mejor modo posible el dinero de que disponen las clases obreras en sus asociaciones de oficio y de cooperación.

Eccarius, de Londres, añade a lo dicho por Walton que los gobiernos no instituirán un crédito nacional hasta que el proletariado se haya hecho dueño. Hablando sobre las conclusiones del informe, dice que las cuestiones de la gratuidad o no gratuidad del crédito, del crédito por el Estado o sin el Estado, son por el momento cuestiones de pura teoría; pero hay una cosa que nos toca más de cerca y que conviene más bien discutir: utilizar inmediatamente, en provecho de las clases obreras, los capitales que estas ya poseen y que hasta ahora han prestado a la burguesía y a los gobiernos. Los obreros ingleses han depositado en las cajas de la burguesía la enorme suma de 25 millones de libras esterlinas, es decir, 25 veces 25 millones de francos; la burguesía paga a los depositantes un interés mínimo y especula con sus capitales. Retirémosle ese dinero de las manos; de un golpe daremos un arma a los obreros y se la quitaremos a la burguesía. — Las conclusiones del informe de la comisión no dicen nada práctico; parece que estemos en una asamblea de profesores alemanes que se pierden en las nubes de la abstracción. No se trata aquí de teorías: se trata de los 25 millones de libras del proletariado inglés. En consecuencia, en lugar de las resoluciones de la comisión, a las que reprocha ser demasiado teóricas, Eccarius presenta otras. Lo que os propongo, dice, no son principios abstractos: es algo tan sencillo y tan práctico como cortar una salchicha en rodajas.

Estas son esas resoluciones:

Siguen las resoluciones; véase Resolución sobre la segunda cuestión (el crédito).

Eccarius explica las palabras «independiente de los valores metálicos» diciendo que, a la hora presente, la garantía del crédito es el metal; querría que la tierra, las máquinas y, en general, las riquezas no metálicas sirviesen igualmente de garantías aptas para procurar el crédito.

Longuet, ponente, no se opone a las resoluciones de Eccarius; piensa que pueden añadirse como conclusiones prácticas a continuación de las conclusiones teóricas del informe. Eccarius acepta este parecer.

Aubry, de Ruan, había querido en un principio combatir la teoría de la intervención del Estado en materia de crédito expuesta por Walton; pero, como se desprende del discurso de Eccarius que el Estado de que se trata es el Estado transformado por el proletariado, no tiene nada que objetar.

Lessner, de Londres, apoya lo dicho por Walton y Eccarius y añade que una caja de ahorros en manos del gobierno, como existe en Inglaterra, es una institución de las más peligrosas: vuelve conservador al obrero, le hace temer que el gobierno sea derribado, porque sus ahorros están en sus manos. El señor Gladstone, que tan alto se proclama liberal, sabía bien lo que hacía al instituir una caja de ahorros gubernamental: sabía que encadenaba a los obreros a la rueda del carro del gobierno.40

Carter, de Londres, dice que los bancos nacionales no son indispensables; como los trabajadores poseen ya capitales suficientes, basta con que quieran y sepan servirse de ellos; es preciso que creen instituciones nuevas. Hagamos algo nuevo: no hay que construir casas nuevas sobre las viejas; hay que construirlo todo de nuevo.

De Paepe, de Bruselas, defiende las sociedades de crédito mutuo criticadas en el informe de Longuet, por lo menos las que no admiten miembros honorarios; le parecen verdaderos seguros basados en el principio de la mutualidad; no tienen otro defecto que llamar socorro a lo que debería llamarse seguro.

Chemalé, de París, dice que no critica el principio de las sociedades de socorros mutuos; les reprocha que inmovilicen capitales; no deberían tener fondos en caja, y solo deberían pedir dinero a los asociados en caso de necesidad.

Murat, de París, apoya a Chemalé. Las sociedades de socorros mutuos pueden tener un pequeño fondo de reserva para no verse expuestas a pedir a los socios, en ciertos casos, cuotas demasiado elevadas; pero en general no deberían acumular capitales.

Las conclusiones contenidas en el informe de la comisión de la segunda cuestión, a las que se unen las resoluciones de Eccarius, se aprueban por unanimidad.41

El orden del día prevé la discusión del informe que se leyó sobre la fonografía (quinta cuestión).

Guillaume, de Le Locle, presenta como conclusión de ese informe la resolución siguiente:

«El congreso, considerando que una simplificación de la escritura, que hiciese la lectura y la escritura fácilmente accesibles a todos, es una cuestión del más alto interés para las clases trabajadoras, invita a las secciones a dar su apoyo material y moral a los esfuerzos que se hagan con este fin.»

Bürkli, de Zúrich. Para los alemanes, lo mismo que para los italianos y los españoles, la fonografía no tiene tanta importancia, porque en esos pueblos la lengua escrita se acerca bastante a la pronunciación; pero la ortografía francesa y la inglesa no tienen relación alguna con la lengua hablada; en ellas, lo que se llama el derecho histórico reina todavía en la escritura como reina en la mayoría de nuestras instituciones políticas y sociales. Los fonógrafos piden que no se sacrifique al pasado la generación de hoy y que se haga con el francés y el inglés lo que ya se ha hecho con el alemán, el italiano y el español. Como es de gran importancia para la instrucción popular librarse de los estudios ortográficos, que absorben un tiempo precioso, espero que el congreso dé su adhesión a los intentos de la fonografía francesa y declare que merece atraer la atención seria de los hombres de progreso.

Longuet, de Caen, dice que a su juicio la fonografía no debería someterse a las deliberaciones del congreso: no es una cuestión económica, y el congreso no es un congreso de gramáticos. Por otra parte, es evidente que la mayoría de los delegados no tiene suficientes elementos de discusión. Aun en el caso de que fuéramos un congreso de gramáticos, no podríamos resolver la cuestión sobre la marcha. — Por su parte, Longuet no cree en el porvenir de la fonografía, por la misma razón por la que no cree en la creación de una lengua universal. Las lenguas se crean por sí mismas en la humanidad, poco a poco, lentamente, y son en suma la expresión de las costumbres, del temperamento, de las ideas y también de los orígenes de cada pueblo. No son los gramáticos quienes hacen las lenguas: son los pueblos, y luego los escritores que las perfeccionan y las fijan, al menos por un tiempo. Los gramáticos no llegan nunca sino cuando una lengua está en su grado más alto, en su apogeo. Si los gramáticos hicieran las lenguas, serían detestables; ya es bastante con que intenten momificarlas y embrutecerlas con sus necias reglas. — Desde este punto de vista, Longuet es de la opinión de los fonógrafos. Pero no cree en su reforma, que declara quimérica, imposible y que no simplifica absolutamente nada. — Por lo demás, puede equivocarse: François Arago negó los ferrocarriles y el señor Pouillet el telégrafo eléctrico. Verdad es que eran académicos. — Concluye declarando que el congreso no puede ser competente y debe pasar al orden del día.

Chemalé, de París. La modificación propuesta de la ortografía actual lleva consigo la supresión de las etimologías, sin las cuales se hacen imposibles las investigaciones históricas sobre las diversas transformaciones de las lenguas. El pasado no podría encadenarnos; pero es útil y muy a menudo necesario buscar en él las causas de los hechos consumados y las diversas fases por las que han pasado los pueblos hasta nuestros días. Sin atarnos al pasado, creo que no se rompe así la cadena de los tiempos. Las lenguas no se forman arbitrariamente, y toda transformación requiere el concurso de las costumbres y del tiempo. Voto por el orden del día.

Vanza, de Saint-Imier, se pronuncia en favor de la fonografía.

Tolain, de París, dice que no es en un congreso internacional donde debe discutirse la reforma de la ortografía francesa. No es partidario de la fonografía; le han enseñado muestras de la escritura reformada, y cree que con ese sistema los padres ya no entenderán lo que escriban sus hijos.

Guillaume, de Le Locle, dice a Tolain que la fonografía es un paso hacia la creación de una lengua internacional, cuya necesidad han hecho sentir bien las deliberaciones del congreso en tres lenguas. Afirma también que la fonografía no produciría la confusión de que ha hablado Tolain: en la Suiza francófona, la escritura reformada se ha convertido ya en algo práctico; varias secciones de la Asociación Internacional la usan para sus actas y su correspondencia; se han hecho ensayos en la escuela, con pleno éxito. Los niños llegan antes a la fonografía que los adultos, porque todavía no tienen la facultad lógica falseada por la rutina de la ortografía; los adultos harían bien en dejarse enseñar en esto por los niños. Dejar de lado el estudio de la ortografía revolucionará la educación; se ganará con ello un tiempo precioso que podrá emplearse en el estudio de las ciencias positivas. Si no se quiere tal o cual sistema fonográfico, que al menos se descarte la ortografía oficial, que se deje a cada cual la libertad de escribir como pueda, al azar del alfabeto, y que se acabe con el absurdo prejuicio según el cual un hombre comete una falta de ortografía cuando escribe una palabra conforme a la pronunciación, es decir, que escribe mal cuando escribe bien.

Eccarius, de Londres, explica a los delegados ingleses el objeto de la discusión. Piensa que una simplificación de la escritura, en cualquier lengua que se haga, es útil para el movimiento social, y propone que el congreso exprese con un voto su simpatía por esta reforma.

De Paepe, de Bruselas, dice que esta cuestión no debería tratarse en un congreso internacional, ya que solo concierne al francés y a algunas otras lenguas. Soy flamenco, neerlandés, dice; pues bien, en flamenco se pronuncian todas las letras que se escriben: vuestra fonografía no me concierne. Además, esta cuestión no debería discutirse en un congreso obrero, que tiene cosas más importantes que hacer. — Se nos dice que la supresión de la ortografía (porque de eso se trata) permitiría dedicar en las escuelas más tiempo a las ciencias naturales: también yo proclamo la gran importancia de las ciencias naturales, tanto más cuanto que, a mis ojos, las ciencias naturales constituyen, con la matemática y la ciencia social (historia y economía), toda la ciencia. Se dice también que la ortografía atiborra de prejuicios los cerebros jóvenes. Pues bien, si queréis ganar tiempo en la enseñanza y destruir los prejuicios, suprimid ante todo la enseñanza del culto, de todos los cultos religiosos, porque eso es lo que más falsea el entendimiento. (Aprobación unánime.)

Lombard-Martin, de Delémont. La cuestión que se discute es importante, y el congreso hace bien en debatirla con insistencia para que no quede ninguna ambigüedad. La reforma presentada con el nombre de fonografía ha quedado aclarada con el informe de Guillaume y con los diversos discursos pronunciados. Puede afirmarse sin riesgo de contradicción seria que es una cuestión internacional y una cuestión social, que interesa a toda la humanidad y en particular a la clase de los trabajadores. A estos les faltan el tiempo y el dinero para dar a sus hijos la instrucción primaria y, con mayor razón, la secundaria. La fonografía les permite vencer esta dificultad. Nadie lo negará si se quiere aprovechar la luz hecha y tener en cuenta que, con la reforma propuesta, en lugar de pasar seis años aprendiendo a leer y a escribir muy mal, el niño hará fácilmente y muy bien el mismo trabajo en un año.

Afirmar este hecho es resolver la cuestión. Los adversarios de la fonografía se limitarán a negar el hecho mismo; con la menor reflexión pueden tocarlo con el dedo. No tenemos que entrar aquí de nuevo en la exposición de los detalles de la reforma ni entregarnos a una discusión pedagógica.

Todo lo que es progreso es de la competencia del congreso; todo lo que interesa a las clases obreras deben favorecerlo los delegados de las secciones. ¿No es un progreso inmenso facilitar la instrucción popular? ¿Acaso podremos sin esa instrucción asegurar la marcha de la Asociación Internacional, la revolución, la reorganización social? Evidentemente nadie lo pondría en duda. La comisión ha hecho bien, pues, en proponer al congreso un voto favorable a la introducción de la fonografía.

Hay que observar a este respecto que no se trata de una reforma útil solo para los pueblos que hablan la lengua francesa. La reforma es aplicable a todas las lenguas, incluso a las que pasan por más racionales, y en todas partes produce evidentemente los mismos resultados.

La economía de tiempo lograda en la enseñanza de la lengua materna permitirá abordar alguna otra lengua viva, o las ciencias exactas, morales y sociales, indispensables para las reformas políticas, religiosas y económicas, para la revolución. Teniendo esto en cuenta, se llega a proclamar que la reforma gráfica es la base de todas las demás; todas las demás no son sino parciales sin ella; podrán admitirlas los ciudadanos favorecidos con conocimientos profundos, sea por el azar, sea por ser hijos de sus obras; pero no se difundirán.

Hacer fácil la instrucción, como lo hace la fonografía, es, pues, facilitar la educación moral, política o, mejor dicho, social; es uno de los instrumentos más poderosos, uno de los medios más seguros para llegar a la emancipación de las masas, hacer apreciar sin excepción los beneficios de la asociación y ganar las simpatías públicas para el programa del congreso, para las cuestiones vitales que se debaten entre nosotros; es, en fin, dar satisfacción a la necesidad tan enérgicamente señalada por De Paepe, hacer reconocer la necedad de las historias que contienen los llamados libros santos, liberar al pueblo de la influencia veinte veces secular, y sin embargo todavía viva, de la superstición y del clero que la favorece.

Por todas estas consideraciones, y por muchas otras que el tiempo concedido a los oradores no me permite exponer, termino apoyando, en nombre del progreso, en nombre de la humanidad y del interés particular del trabajador, el proyecto de una manifestación de simpatía por la reforma gráfica.

Walton, de Brecon, piensa que el congreso no debe discutir cuestiones científicas; pero, ateniéndose solo al principio en que se basa la fonografía, considera que el congreso hará bien en votar una resolución de simpatía.

Perron, de Ginebra, dice que quienes combaten la fonografía son precisamente los que dicen no conocerla, mientras que los delegados de la Suiza francófona, que han estudiado la cuestión, se muestran todos partidarios de la reforma propuesta. Espera que el congreso se pronuncie en favor de una idea que solo combaten quienes no la conocen.

Murat, de París, recogiendo lo que acaba de decir Perron, le responde que sería, por parte de los delegados franceses, cubrirse del más profundo ridículo alentar una idea que, según se declara, no conocen. Pide el orden del día.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds:

Me asombra encontrar en esta asamblea tanta oposición a la fonografía. Probablemente se debe a que la cuestión está mal planteada o mal comprendida. ¿No estaríamos de acuerdo si se nos preguntara si no sería de desear que nuestra lengua escrita fuese más sencilla, más fácil de escribir? Con nuestra ortografía es casi imposible difundir la instrucción en el pueblo. Se cree que todo hombre es ignorante si comete una falta al escribir. Se quiere, pues, enseñar a los niños lo que nadie sabe ni puede aprender. Yo he estudiado latín y griego, he estudiado filosofía y medicina, y no sé ortografía, y la Academia tampoco. Por más sacrificios que hagan los Estados y los ciudadanos por la instrucción pública, el pueblo seguirá siendo ignorante mientras el programa de estudios se componga de cosas que no se pueden aprender.

Se dice que esta cuestión no corresponde al congreso de los obreros. Creo que debemos ocuparnos de todo lo que pueda contribuir a emancipar al proletariado. Además, se nos ha sometido una cuestión de instrucción, y teníamos que ocuparnos de todo lo que pueda facilitarla.

La historia, las etimologías, todo eso son cosas que no tienen toda la importancia que se les quiere dar. Demóstenes sabía su lengua, y Homero también. ¿Dónde habían estudiado las etimologías de su lengua madre? Se puede conocer la etimología de las palabras y no comprender su sentido, y viceversa. ¿Por qué no escribir las palabras en latín o en griego según su procedencia y pronunciarlas en francés? Sería más fácil estudiar las etimologías, y nuestra ortografía sería tan racional como la que tenemos. Creo que debemos pronunciarnos por una reforma de la ortografía, para que el pueblo no pierda más el tiempo aprendiendo lo que no es aprendible, y para que al extranjero le resulte más fácil aprender una lengua que desea saber.

Walton, de Londres, presenta la resolución siguiente, a la que Guillaume declara adherirse:

Sigue la resolución; véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza), resolución 4.

Esta resolución se aprueba por 27 síes contra 11 noes.42

Murat, de París, pide que conste en acta que ha votado no.

De Paepe, de Bruselas, entrega a la mesa dos ejemplares de un folleto titulado Examen de quelques questions sociales (Examen de algunas cuestiones sociales), entregados por los trabajadores miembros del Círculo de Emulación de Bruselas, así como informes y estatutos de parte de la Sociedad de los Solidarios de Bruselas.43

A petición del secretario Guillaume, el congreso decide que los informes de las comisiones se impriman como las actas.

Se levanta la sesión a las 6.

Décima sesión (sábado 7 de septiembre de 1867, por la mañana)

Delegados llegados el sábado por la mañana: Stumpf, Paul,44 mecánico, delegado de las secciones de Wiesbaden y de Maguncia; Ladendorf, Auguste, profesor, de Berlín, delegado de la sección de Magdeburgo; Allemann, tipógrafo, delegado de la Arbeiter Verein de Berna.

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las 8 y cuarto de la mañana con la llamada nominal.

Se leen y aprueban las actas francesas de las sesiones octava y novena. Se lee y aprueba también el acta alemana de la novena sesión.

El orden del día prevé el informe de la comisión de la quinta cuestión:

«Funciones sociales. Papel del hombre y de la mujer en la sociedad. — Educación de los niños. — Enseñanza integral. — Libertad de enseñanza.»

Una cuestión especial, la fonografía, que debía estudiar esta misma comisión, se discutió la víspera.

Estas son las conclusiones del informe, que presenta Cuendet-Kunz, de Sainte-Croix.

«1.º Enseñanza científica, profesional y productiva.

»2.º Organización de la escuela-taller.

»3.º Libertad de enseñanza, aunque aprobando la enseñanza obligatoria y gratuita por el Estado.

»4.º Organización de escuelas primarias, secundarias y normales cooperativas.»

(Véanse los Informes.)

Klein, de Colonia y Solingen, lee la traducción alemana del informe.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, añade algunas consideraciones sobre los puntos tratados en el informe.

Tomo la palabra, dice, como miembro de la comisión. No quiero hacer un informe de minoría, porque el informe en su conjunto me ha parecido bien pensado y muy bien hecho. Sin embargo, si lo hubiera escrito yo, algunas expresiones no estarían en él y las conclusiones estarían algo modificadas. No habría tratado del todo de la misma manera el papel de la mujer. No es en la historia donde hay que tratar de descubrir las aptitudes de la mujer. La historia nos la muestra víctima, mártir, esclava. Y el esclavo, de cualquier sexo, no revela lo que es.

Cuvier, con una partícula de hueso, con un diente, reconstruía un animal entero; le devolvía su forma y revelaba sus instintos, sus gustos y sus costumbres. Es, pues, por la anatomía por donde debemos tratar de conocer la máquina humana. Con este estudio llegaremos a ser capaces de asignar a la mujer su verdadero papel en la sociedad.

No entraré en ningún detalle. He querido indicar el camino que hay que seguir para juzgar a la mujer de un modo científico, cierto. Estudiando la construcción de la máquina es como se puede descubrir para qué se ha hecho y qué efecto debe producir.

El orador llega a las conclusiones del informe. Examina los diferentes sistemas de instrucción adoptados por los Estados para detenerse en el que está en vigor en el cantón de Neuchâtel, que querría ver adoptado en todas partes con algunas modificaciones, lo que daría el sistema siguiente: nada de instrucción religiosa en la escuela, porque admite ante todo la separación de la Iglesia y el Estado; instrucción gratuita, obligatoria y libre.

La instrucción debe hacerse profesional desde la edad de 10 a 12 años, y productiva. Es preciso que a esa edad el estudio y el aprendizaje se combinen de modo que el niño, al instruirse, aprenda un oficio y gane algo.

Y en todo esto quiero que el Estado, la colectividad, intervenga sin que esa intervención destruya la libertad individual ni la libertad de conciencia. Por eso quiero que el Estado exija y dé al niño cierta dosis de instrucción que lo ponga en condiciones de cumplir más tarde los deberes que la sociedad le exija; pero quiero también que cada uno sea libre de dar o de hacer dar a sus hijos la cantidad de instrucción que exige el Estado. Y para eso basta un programa oficial y unos exámenes que hagan constar la instrucción de los niños a una edad fijada. El Estado interviene entonces en virtud de la ley y por la fuerza frente a quienes descuiden la instrucción de sus hijos. Y por eso pedimos que la instrucción sea profesional, para que el hijo del pobre aprenda un oficio mientras estudia. Repito que vuestra comisión misma quiere que se respete la libertad de conciencia del padre y que, en consecuencia, el Estado no dé instrucción religiosa.

Las conclusiones del informe no contienen nada sobre los certificados ni sobre los títulos, y sin embargo la comisión había aprobado mi manera de ver sobre este asunto.

Los certificados y los títulos son un resto de la Edad Media, un signo de esclavitud, de desigualdad, de monopolio y de privilegio, no solo en materia de instrucción, sino en cualquier cosa. No se sabe por qué la revolución, al destruir los gremios y las maestrías, respetó los títulos. ¿Se hacen mejor los zapatos allí donde existen los gremios y las maestrías que en Francia, que en París? ¿Se enseña mejor en Europa que en América?

Hay sabios que no pueden enseñar nada. El arte de la enseñanza tiene su fuente en las disposiciones naturales.

El título, el certificado, la patente son contrarios a la libertad, a la igualdad. Entorpecen las aspiraciones de quien no ha podido procurárselos y no dan ninguna garantía a la sociedad. Cuando un obrero me enseña sus certificados de buena conducta y de saber hacer, le ruego que los guarde: no quiero leerlos. ¿Para qué? Si es honrado, ya lo veré; si sabe trabajar, lo veré inmediatamente; si no sabe nada y es inmoral, ladrón, lo veré a pesar de sus certificados. Así pues, los certificados y los títulos solo sirven para echar polvo a los ojos de la gente, y hacen esclavos a quienes los llevan. Más de uno se ha visto obligado a cometer bajezas para obtenerlos. En América, las muchachas ricas se hacen maestras durante algunos años; es honroso; y allí esas señoritas se preparan para la más noble profesión, la de madre. Si hiciera falta un título, retrocederían ante las dificultades y las molestias.

Los títulos de medicina, farmacia, etc., tienen los mismos inconvenientes.

Hay que tener medios para procurárselos; el pobre no puede conseguirlo: hace falta demasiado tiempo y dinero. ¿Y qué garantías ofrecen al público? Se puede tener un hermoso título y hacerlo todo al revés. Repito que hay sabios que no saben hacer nada. Se ha visto a sabios profesores de medicina tratar muy mal a sus enfermos, estropearlo todo, mientras que algunos curanderos curaban bien. En nuestros países de títulos, la confianza es ciega. Un cirujano puede componer una pierna torcida sin que a nadie se le ocurra que lo ha hecho mal, que es responsable: tiene un título. Uno de nuestros farmacéuticos puede equivocarse y dar belladona por trébol de agua. ¿Qué hacer? Tiene un título. ¿Dónde está la seguridad? El farmacéutico titulado puede irse a pasear y hacer preparar las recetas por un pommeau45 que no sabe ni física, ni química, ni farmacia.

Los títulos no hacen más que crear monopolios y privilegios; debemos combatir todos los privilegios. Y, por lo demás, hay un principio que nosotros, los europeos, no comprendemos todavía: el principio de la libertad individual. Soy libre de hacer instruir a mis hijos por quien quiera. Soy libre, estando enfermo, de quedarme sin remedio y sin médico; soy libre de morir con el auxilio de un sacerdote y de un médico, o de despachar esta última tarea sin todo eso. Soy libre también de llamar en mi auxilio a una vieja, de beber agua de La Salette, de hacerme curar con palabras cabalísticas, con amuletos: todo eso no concierne al Estado, no concierne a la policía.

Así entienden la libertad los americanos; pero esa libertad está limitada por la responsabilidad personal, que da una suma de garantía muy distinta de la de todos los certificados y títulos del mundo. ¡Ah, si quien tiene una tienda de drogas pudiera, cuando se equivoca, ser condenado a 15 o a 30 mil francos de daños y perjuicios; si el médico que compone mal un miembro pudiera arruinarse, eso daría al público más garantía que el título! Que cada uno haga lo que quiera, a su cuenta y riesgo; pero que el riesgo sea grande, y entonces cada uno será serio; pero cada uno debe poder seguir sus inspiraciones y cumplir la misión a la que se siente llamado. Con estas libertades, limitadas por la responsabilidad personal, es como se revelan las disposiciones personales, como surgen las vocaciones, como se despliegan todas las facultades intelectuales.

Por eso el pueblo americano nos parece extraordinario; por eso crece cada día; por eso nos asombra, y por eso, frente a él, los pueblos de Europa no son ya sino niños o, mejor dicho, viejos decrépitos.

El orador termina proponiendo a las conclusiones de la comisión una enmienda según la cual todo el mundo tendría derecho a enseñar sin título.

De Paepe, de Bruselas, da lectura de dos informes (de mayoría y de minoría) elaborados por una comisión de las secciones belgas sobre la posición social de las mujeres.

(Véanse los Informes.)

Chemalé, de París, presenta, a propósito del trabajo de las mujeres, un extracto de un informe que se encuentra en los boletines de la Academia de Medicina de París (sesión del 9 de mayo de 1866) sobre la influencia de las máquinas de coser en la salud y la moralidad de las obreras. Añade a estos datos médicos algunas consideraciones sobre el empleo de las máquinas desde el punto de vista del socialismo.

(Véanse los Informes.)

Perron, de Ginebra, está de acuerdo con Chemalé y De Paepe en que la emancipación de la mujer será fruto de la emancipación del hombre; está de acuerdo también con Coullery en la cuestión de los títulos. Pero tiene que hacer objeciones a dos frases del informe. Cuendet ha leído esto: «El nombre de rey ha sufrido mucho, los pueblos han jurado odio a la realeza; el nombre adorable de Dios mismo ha importunado e importuna todavía a toda una generación de filósofos sin filosofía, de falsos sabios y de patriotas cosmopolitas que parecen haber nacido todos solo para impedir que la humanidad avance hacia el cumplimiento de su destino. El nombre de padre ha sufrido mucho menos, etc.» Cada cual, dice Perron, tiene derecho a pensar en filosofía lo que quiera; pero no corresponde a un ponente calificar a los ateos de filósofos sin filosofía, como no correspondería a un ateo decir otro tanto de los deístas o de los cristianos. La otra frase es esta: «Esta cuestión es grave y solemne. La historia, la psicología y el Evangelio encierran todos los elementos de una solución práctica.» Perron desea que se supriman las palabras y el Evangelio. El Evangelio encierra algunas verdades morales, pero encierra también errores, principios inmorales, como este: «Someteos a las potestades establecidas, porque las potestades establecidas vienen de Dios.» No hay, pues, que citar el Evangelio, como parece hacerlo el informe, como fuente de la moral.

Perron entrega luego a la mesa una resolución que pide la redacción de un Código de Moral destinado a sustituir los libros que sirven hoy de base a la enseñanza de esta ciencia.

Las objeciones de Perron las apoyan Longuet, de Caen, Guillaume, de Le Locle, Murat, de París, Tolain, de París, y Chemalé, de París.

Estos delegados piensan que el informe, por su carácter oficial, no debe contener juicios filosóficos que no son sino la expresión de las opiniones personales del ponente.

Cuendet, ponente, declara que, ante las observaciones que se le han presentado, está dispuesto a suprimir del informe las dos frases en discusión.

Se pasa a la votación de las conclusiones del informe.

Longuet, de Caen, pide que se añadan a la primera conclusión estas palabras:

«Y el estudio de un programa de enseñanza integral.»

La primera conclusión, con la adición de Longuet, se aprueba por unanimidad.

La segunda conclusión se aprueba también por unanimidad.46

Como se presentan varias enmiendas a la tercera conclusión y sus autores parecen no estar muy lejos de entenderse, esta conclusión se devuelve a la comisión para que la redacte de nuevo.

Se levanta la sesión a las 11 y media, y el congreso decide volver a reunirse a la una y media.

Undécima sesión (sábado 7 de septiembre de 1867, por la tarde)

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a la una y media con la llamada nominal. Se lee y aprueba el acta de la décima sesión.

Vasseur, de Marsella, tiene la palabra para una comunicación. Como el departamento francés de Bocas del Ródano, dice, es el más expuesto a la competencia piamontesa, pido al congreso que busque un medio de poner fin a los abusos que allí se cometen. He aquí un ejemplo que mostrará la urgencia de una intervención: los accionistas de las minas de hulla de Bocas del Ródano han hecho construir unos cuarteles en los que se obliga a los piamonteses a vivir con sus familias, igual que a los empleados franceses; ¡ay del empleado o del obrero que se niegue a someterse a esta exigencia arbitraria!: se le echa sin piedad. Vasseur concluye presentando las resoluciones siguientes:

«Considerando que la clase obrera del departamento de Bocas del Ródano en general, y de Marsella y Fuveau en particular, está aplastada por la competencia piamontesa e italiana;

»Que los intereses de los mineros, principalmente, se ven gravemente comprometidos, sin que por ello se dé una justa satisfacción a los obreros piamonteses que les hacen esa competencia desastrosa;

»El congreso invita a los obreros piamonteses residentes en Francia o en otras partes a adherirse a los principios de la Asociación Internacional de los Trabajadores; porque, antes que piamonteses o italianos, son productores, y no deben, más que otros, soportar la miseria.»

Apoyan esta resolución Chemalé, de París, y Becker, de Ginebra. A pregunta de Schettel, de Lyon, se anuncia que los dos delegados italianos, Tanari y Stampa, ausentes en ese momento, han sido consultados y están de acuerdo con Vasseur.

La resolución de Vasseur se aprueba por unanimidad.

Se da lectura de una carta de simpatía dirigida al congreso por el ciudadano Nègre, de Castelnaudary, y de una segunda carta del ciudadano Ernest Lebloys, que ofrece como obsequio al congreso su obra titulada Quel gouvernement remplacera l'empire? (¿Qué gobierno sustituirá al Imperio?) y pide que se tome en consideración y se discuta su moción sobre la paz desarmada. Como el mensaje al Congreso de la Paz ya está votado, no hay que volver sobre esta cuestión, y el congreso pasa al orden del día.

Continúa la discusión de las conclusiones del informe sobre la quinta cuestión.

El ponente Cuendet-Kunz, de Sainte-Croix, dice que mantiene el texto de la tercera conclusión, con una adición propuesta por Coullery, de La Chaux-de-Fonds; no ha encontrado ninguna redacción que exprese mejor su pensamiento. Este es el tenor de la conclusión con la enmienda de Coullery:

«Libertad de enseñanza, aunque aprobando la enseñanza obligatoria y gratuita por el Estado, sin título, sin patente, sin enseñanza religiosa.»

Chemalé, de París, no quiere la instrucción por el Estado. O bien el Estado es la colectividad de los ciudadanos, somos todos nosotros, y entonces la cosa no tiene sentido; o bien el Estado no somos nosotros, y entonces no hay que pedirle nada. Formula la propuesta siguiente, en oposición a la redacción que mantiene Cuendet-Kunz:

«El congreso afirma la libertad de enseñanza, reconociendo a la vez para cada padre de familia la obligación de dar a sus hijos la instrucción indispensable, sin prejuzgar en nada los medios que hayan de emplearse.»

Longuet, de Caen, dice que la pretendida gratuidad de la instrucción dada por el Estado no existe; es una verdadera hipocresía hablar de ella: si los ciudadanos no pagan directamente los gastos de escuela, el Estado no deja por ello de pedirles un impuesto, parte del cual se destina a cubrir los gastos de la enseñanza pública. Longuet temería además que, en ciertos países, la instrucción en manos del Estado se convirtiera en un instrumento político y que el programa impuesto por el Estado a sus escuelas fuera un programa antirrevolucionario.

Tolain, de París, habla sobre la gratuidad de la enseñanza por el Estado en el mismo sentido que Longuet. Propone una tercera redacción para la tercera conclusión:

Sigue la redacción; véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza), resolución 3.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, dice que la gratuidad no es quimérica, como afirman Longuet y Tolain. Es el Estado el que paga los gastos de las escuelas; pero entre nosotros el Estado es la colectividad de todos los ciudadanos, de suerte que, al hacer soportar los gastos de la enseñanza a todos los ciudadanos, se procede conforme a los principios de solidaridad y de mutualidad. Sin duda, en definitiva, el padre de familia paga, pero no paga solo. Un padre de familia que paga 150 francos de impuesto anual al Estado, como ocurre a menudo entre nosotros, no podría con esa suma hacer instruir a sus hijos; el Estado, es decir, la colectividad, pone el resto, de suerte que hay, si no gratuidad completa, al menos un alivio de parte de los gastos para el padre pobre. Mientras no esté constituida la democracia social, sirvámonos de las viejas formas de gobierno cuando podamos.

Carter, de Londres. Estoy enteramente de acuerdo con el informe, que pide la instrucción obligatoria. Igual que el hombre, en virtud de la ley humana y en virtud de la ley de la naturaleza, que es más alta aún, no tiene derecho a matar a su hijo, tampoco tiene derecho a matar la inteligencia de su hijo con una falsa educación o con la ignorancia: por eso proponemos una ley obligatoria para la educación del niño.

Unas palabras de explicación particular entre los autores de las enmiendas los ponen de acuerdo, tras lo cual se aprueba por unanimidad la redacción de Tolain.47

Discusión sobre la cuarta cuestión del informe:

«Organización de escuelas primarias, secundarias y normales cooperativas.»

Tolain, de París. En el congreso del año próximo tendremos que discutir la cuestión de la enseñanza integral, y esa discusión traerá probablemente la supresión de estas distinciones entre escuelas primarias y secundarias. Propone aplazar la discusión y poner esta cuestión en estudio para el año próximo.

El aplazamiento se aprueba por unanimidad.

El vicepresidente Becker da lectura de los saludos fraternales enviados al congreso por asambleas obreras reunidas en cinco ciudades de Sajonia, Zwickau, Merrane, Werden, Crimmitschau y Leipzig, y de un saludo telegráfico de la sección de la Asociación Internacional de Tilsit (Prusia).

El congreso pasa a la discusión de la resolución que Perron, de Ginebra, entregó a la mesa en la sesión de la mañana, y cuyo tenor es el siguiente:

«Considerando que los libros que sirven todavía hoy de base a la enseñanza de la moral contienen numerosos errores de toda clase y máximas peligrosas y contrarias a la Moral, a la Verdad y a la Justicia;

»Que, por consiguiente, la educación religiosa y política dada hasta ahora al pueblo consagra la inmoralidad, la mentira y la injusticia;

»Que una sociedad que tiende a regenerarse debe poseer una fórmula precisa de los derechos y de los deberes de todos y de cada uno, que sea la base del nuevo orden de cosas;

»Considerando que esa fórmula no existe;

»El congreso decide:

»Que un Código de Moral común a todos los pueblos es de una necesidad incontestable. Recomienda este trabajo a todos sus miembros, así como a todos aquellos que, aceptando los principios de la Revolución francesa, han roto con todas las creencias religiosas.»

Chemalé, de París. Acabamos de votar una resolución que excluye de la escuela toda enseñanza religiosa; me parece que basta con eso. En cuanto a la enseñanza de la moral, es asunto de la familia, y no tenemos por qué preocuparnos de las fuentes en que los padres pueden beber los preceptos morales.

Tolain, de París, habla en el mismo sentido que Chemalé. Piensa que basta con impedir que el niño reciba ideas contrarias a la Justicia y a la Moral.

De Paepe, de Bruselas, combate la propuesta de Perron, no porque no quiera la enseñanza de la moral, sino porque piensa que, en el estado actual de los espíritus, la redacción del código pedido es imposible. Cada una de las diferentes filosofías propone al hombre motivos de acción diferentes: el deísta, que cree en una vida futura, que pone sus buenas acciones a interés, no tiene la misma moral que el ateo y el positivista. Aun suponiendo que la redacción de ese código fuera posible, la codificación de la moral sería peligrosa; porque, como la moral varía y se perfecciona a medida que progresan las sociedades humanas, haríamos hoy lo que hizo el Evangelio hace dieciocho siglos, y nuestra obra tendría en el porvenir la suerte que sufre en este momento la del cristianismo.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, piensa, por el contrario, que es posible redactar un Código de Moral, porque los principios morales son eternos. Ese código no existe; hasta ahora las religiones han editado su doctrina en tres volúmenes —Dogma, Moral, Culto—, y el encuadernador ha mezclado tan bien las hojas de esos volúmenes que todo está confundido. Se trata de encontrar en ese revoltijo las hojas de la moral, extraerlas y editarlas aparte. Coullery propone que el congreso abra un concurso para la redacción de un Código de Moral y que se conceda un premio a la obra que parezca más digna.

Cuendet-Kunz, de Sainte-Croix, habla en favor de la propuesta de Perron y pide, como Coullery, un concurso con premio.

Eccarius, de Londres, resume la discusión en alemán y en inglés y apoya, por su parte, la propuesta de Perron.

Tolain, de París, querría que, en todo caso, se especificara mejor sobre qué bases se pretende asentar la moral que se desea erigir en código. La redacción de la propuesta es demasiado vaga en este punto: dejaría margen para buscar las bases de la moral en una concepción a priori completamente ajena a la humanidad; ahora bien, la moral no debe tomarse sino de la razón humana.

Lombard-Martin, de Delémont, apoya la propuesta de Perron. Los libros de moral que existen hoy no pueden sino falsear el entendimiento, porque todos suponen, como fundamento de la moral, la existencia de una causa primera, Theos, Deus o Dios. Se ha dicho que el libro que nos falta es imposible de hacer, por falta de acuerdo entre los espíritus; pero creo que hay puntos en los que todos estamos de acuerdo, por ejemplo: «El bien por el bien, sin esperanza de recompensa.» Ese libro sustituirá con ventaja a toda una literatura que hoy nos inunda. Nuestros adversarios aprovechan la libertad que deben a nuestros principios para difundir a millares librillos en los que nos hacen la guerra; están en su derecho; pero hagamos como ellos y procuremos divulgar por nuestra parte las doctrinas del progreso moderno.

Longuet, de Caen, habla en el mismo sentido que Tolain y propone una enmienda concebida así:

«El criterio de la justicia que sirva de base a este Código de Moral se tomará de la humanidad y no fuera de ella.»

Perron, de Ginebra. La obra cuya redacción pido colmará una laguna vivamente sentida hoy en muchas familias. Los libros que se nos dan como morales no los queremos; por tanto, tenemos que hacer uno para nuestro uso. No tendríamos la pretensión de imponer un manual que fuera el único que se considerase portador de la verdadera moral; querría solamente que el congreso, al votar la resolución que le presento, provocase un movimiento entre los pensadores demócratas; se pondrían manos a la obra y sin duda surgirían varios libros; cada padre de familia elegiría entonces el que mejor respondiera a las necesidades de su conciencia. — Perron acepta, como complemento de su idea, la enmienda de Longuet.

Murat, de París. El periódico la Morale indépendante48 ha puesto precisamente a concurso la redacción de una obra semejante a la que pide Perron; ese concurso está abierto hasta el 1 de diciembre de 1867, y quienes tuvieran intención de hacer un trabajo sobre este asunto podrían enviar sus manuscritos a ese periódico. En cuanto a nosotros, como ha dicho De Paepe, creo que redactando un Código de Moral crearíamos una secta.

Kircher, de Lausana, rechaza la propuesta de Perron por dos motivos: en primer lugar, la redacción de un Código de Moral es imposible, porque los hombres más ilustrados no están todavía de acuerdo en muchos puntos; en segundo lugar, al proclamar doctrinas antirreligiosas podríamos enajenarnos las simpatías de mucha gente que, sin eso, estaría dispuesta a unirse a nosotros.

Walton, de Brecon, dice que él es librepensador, pero que no querría que la Asociación Internacional se pronunciase de este modo en materia religiosa; sería dar a las clases oficiales, en las que domina la hipocresía eclesiástica, un arma peligrosa contra nosotros.

Se pide el paso al orden del día sobre la propuesta de Perron, enmendada por Longuet. El paso al orden del día se somete a votación y se aprueba por 30 votantes contra 12.

Vasseur, de Marsella, presenta el informe de la comisión de la sexta cuestión:

«Definición y papel del Estado. — Servicios públicos, transporte y circulación. — Intereses colectivos e individuales. — El Estado considerado como juez y garante de los contratos. — Derecho de castigar.»

(Véanse los Informes.)

Estas son las conclusiones del informe:

Siguen las conclusiones; véase Resoluciones sobre la sexta cuestión (el Estado).

Longuet, de Caen, está de acuerdo con estas conclusiones, a condición de que quede bien entendido que definimos el Estado como «la colectividad de los ciudadanos». A propósito de la organización por el Estado de los ferrocarriles, canales, minas y servicios públicos, queda bien entendido también que esos servicios no serán administrados por funcionarios del Estado, y Longuet insiste tanto más en este punto cuanto que esta observación se aplica igualmente al Banco Nacional de que habló ayer en su informe sobre la cuestión del crédito. Entiende que los ferrocarriles, canales, minas, etc., deben ser construidos, explotados o administrados por compañías obreras, encargadas de prestar sus servicios a precio de coste, sin poder obtener beneficios, es decir, sometidas al principio general de mutualidad.

De Paepe, de Bruselas, aprovecha lo que acaba de decir Longuet para volver a su tesis del paso del suelo a la propiedad colectiva. Dice que la única diferencia entre la teoría de Longuet y la suya es que Longuet acepta la colectividad para el subsuelo, los ferrocarriles y los canales, mientras que él quiere extenderla al suelo entero.

Longuet. La propiedad colectiva de los ferrocarriles, minas, etc., es necesaria, mientras que la del suelo no lo es.

De Paepe. Entonces la diferencia que nos separa consiste en que yo creo una de las medidas tan necesaria como la otra.

Chemalé, de París, vuelve sobre la definición del Estado. El Estado, dice, si se me permite una figura familiar, es un maniquí destinado a mantener a raya a las partes que se han comprometido por contrato o, mejor dicho, el Estado es el contrato mismo. En cuanto al derecho de castigar, Chemalé está de acuerdo con el informe: el Estado actual no representa en general la colectividad de los ciudadanos, y no se le debe reconocer el derecho de castigar, y sobre todo de castigar con la muerte. Solo hay derecho de castigar allí donde no se cumple un contrato libremente consentido: el criterio de la culpabilidad es el contrato. — Respondiendo a De Paepe, Chemalé combate la propiedad colectiva del suelo y su explotación unitaria.

De Paepe, de Bruselas. Chemalé se equivoca si cree que, al hablar del paso del suelo a la propiedad colectiva, he querido hablar de su explotación unitaria: nada más lejos de mi pensamiento. Lo que entiendo es esto: si la sociedad debe, como dice el informe, tomar garantías contra quienes detentan los medios de circulación y las minas, con mayor razón debe tomarlas contra quienes explotan el suelo, porque en rigor uno puede pasarse sin minas y sin ferrocarriles, mientras que pasarse sin el suelo es imposible. — En cuanto al derecho de castigar, pienso como Chemalé. La justicia que nos juzga desde arriba, sin conocernos, sin que haya habido un contrato previamente consentido, es mala. Ya hoy se encuentran tendencias hacia una justicia nueva en la institución del arbitraje y de los consejos de prud'hommes,49 porque allí al justiciable lo juzgan sus iguales; pero la desigualdad actual de las condiciones hace que, aun así, no exista garantía suficiente de justicia.

Longuet, de Caen. Puesto que la cuestión de la propiedad colectiva del suelo vuelve incidentalmente, declaro que soy, en esto como en lo demás, partidario de la propiedad individual: en primer lugar por razones políticas, porque temería, si el suelo fuera propiedad nacional, una influencia nefasta del Estado; y además porque creo la propiedad individual más favorable al desarrollo de la personalidad. Pero por propiedad individual no entiendo la propiedad tal como se define actualmente, el derecho de usar y de abusar; acepto que se pongan restricciones a la propiedad del suelo; admito, por ejemplo, que el propietario no tiene derecho a dejar su tierra sin cultivar. — Se hace una distinción entre los diversos instrumentos de trabajo diciendo: la máquina la produce el obrero, luego le pertenece; pero el suelo no lo produce el cultivador, luego no le pertenece. Reconozco que, en efecto, solo las modificaciones, las mejoras del suelo pertenecen realmente al cultivador, porque son resultado de su trabajo, y que el suelo mismo no le pertenece, sino que se lo da la sociedad. Pero ese don que la sociedad hace al agricultor, la propiedad de la tierra que cultiva, este se lo pagará a la sociedad en forma de impuesto sobre la tierra.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds. Soy partidario de la libertad más absoluta y, por consiguiente, de la propiedad individual. Pienso, por lo demás, que discusiones teóricas como la que se entabla en este momento no harán avanzar mucho las cosas y que las cuestiones se resolverán por sí mismas con el desarrollo de las instituciones mutuas. — El suelo es un instrumento de trabajo; debe pertenecer al trabajador por el mismo título que cualquier otra herramienta. Si se quiere hacer del suelo una propiedad colectiva, ¿por qué no extender la teoría a todos los instrumentos de trabajo? Sería lógico, pero sería absurdo. El individuo debe ser propietario del instrumento de trabajo, sea cual sea; solo hay ciertos medios de circulación, las minas, etc., cuya propiedad deba ser colectiva. Quien pide el paso del suelo a la propiedad colectiva pide el estado de cosas que existe en Turquía, que no por eso está mejor. En cuanto a la colectividad extendida a toda clase de propiedad, sería el raquitismo del individuo, y espero estar muerto antes de que se llegue a eso.

Tolain, de París. La restricción de la propiedad de la tierra de que ha hablado Longuet existe ya: en efecto, se hace pagar el impuesto a los terrenos sin cultivar igual que a los que producen, lo que establece una distinción entre el suelo mismo, don del Estado al cultivador, a cambio del cual reclama una renta, y las modificaciones introducidas en ese suelo, que son producto del trabajo del cultivador y, por consiguiente, su propiedad. De Paepe dice que la sociedad debe tomar garantías contra quienes explotan el suelo; pero, con el mantenimiento de la propiedad individual, las garantías pedidas existirán igualmente: una garantía para la colectividad, mediante un contrato consentido entre ella y el propietario del suelo, que asegurará el intercambio mutuo de los productos, el intercambio a precio de coste; y, para el individuo, la garantía de que el instrumento de trabajo, aunque quisiera producir fuera de la gran asociación, estará siempre a su disposición. La fórmula de mi teoría es: la tierra para el agricultor y el crédito para el obrero.

De Paepe, de Bruselas. Respondo en primer lugar a Coullery, que es tan gran amigo de la libertad individual que la idea de toda propiedad común le horroriza, que lo que ha dicho no va dirigido solo a mí, sino también a Tolain, a Chemalé y a Longuet, que piden la propiedad social de los grandes instrumentos de trabajo: carreteras, canales, ferrocarriles, minas, bancos, etc. Pero diré a Coullery que también yo soy amigo de la libertad individual, y como no hay libertad sin la emancipación del estómago, no hay libertad sin pan, pido una salvaguardia de mi libertad individual contra quienes detentaran las fuentes del pan. Coullery dice que la propiedad colectiva del suelo existe ya en Turquía. No es así: en Turquía el suelo pertenece al sultán. Entended bien que yo no querría que el suelo fuera propiedad social hoy, por ejemplo en Francia o en cualquier país, con su constitución política actual; preferiría todavía la propiedad individual, incluso en su forma presente: no, solo puedo admitir la propiedad colectiva del suelo en una sociedad mutualista. Coullery ha dicho también: si se quiere hacer del suelo, instrumento de trabajo del cultivador, una propiedad colectiva, ¿por qué no se exige lo mismo para todos los instrumentos de trabajo? — ¿Por qué? Porque antes que la sociedad está el derecho del individuo, como muy bien habéis dicho; ahora bien, la mayoría de las herramientas e instrumentos de trabajo son productos del trabajo, y vosotros, la sociedad, no tenéis derecho a poner la mano sobre lo que es mi producto (o el producto de otro trabajador por el que he cambiado el mío), porque mi producto es mi trabajo, y mi trabajo soy yo mismo. Pero no ocurre lo mismo con el suelo, que no es un producto. — A Longuet le respondo esto: pedís la propiedad individual de la tierra como garantía de la libertad del individuo contra la opresión de la colectividad; pero entonces tiene que ser la propiedad completa, la propiedad romana con su derecho de usar y de abusar; sin eso, la garantía es ilusoria. Además, para que esa garantía de la libertad política no sea un privilegio, es preciso que todos los ciudadanos la posean, que todos tengan su parte de propiedad de la tierra; pero entonces, o bien seremos todos cultivadores (lo que es absurdo), o habrá partes de tierra cultivable que no se cultivarán (lo que es un robo a la humanidad), o habrá tierras cultivadas por quienes no son sus propietarios (lo que es la propiedad actual con el arrendamiento). — Por último, a Tolain y a quienes dicen: «Los instrumentos de trabajo deben ser propiedad individual, salvo las minas, los canales, los ferrocarriles, etc.», respondo añadiendo simplemente «y el suelo»: no hago sino ensanchar la excepción. Tolain ha dado esta fórmula de su teoría: «la tierra al campesino y el crédito al obrero»; yo digo: «crédito al campesino y crédito al obrero».

Longuet, de Caen. Puede objetarse a mi teoría que habrá desigualdad entre el obrero y el agricultor, puesto que este se encuentra propietario de su instrumento de trabajo sin haberlo producido. Pero no es así; digo, por el contrario, que habrá mutualidad entre el obrero y el poseedor del suelo, puesto que el don gratuito del suelo lo recuperará el impuesto sobre la tierra. El sistema que defiendo asegurará la libertad política, creando una clase numerosa de agricultores propietarios del suelo.

Chemalé, de París. La garantía de la sociedad frente al cultivador que pide De Paepe es el contrato, es la mutualidad de los intercambios. El agricultor no será tan idiota como para dejar su tierra sin cultivar, porque tiene que cambiar sus productos por productos, y también él tiene las necesidades del estómago. Por lo demás, en esta cuestión la práctica mostrará cuál será el mejor sistema.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds. El caso del suelo dejado voluntariamente sin cultivar por sus propietarios no se presentará nunca. Pero, aunque llegara a ocurrir, nadie tiene derecho a ordenar a un hombre que cultive su terreno si no tiene ganas, como nadie tiene derecho a prohibir a un hombre consumir más allá de cierto límite. A toda teoría semejante la llamo tiranía colectiva.

Continúa la discusión. Eccarius, de Londres, Lessner, de Londres, Stampa, de Milán, Stumpf, de Wiesbaden y Maguncia, Ladendorf, de Berlín, y Becker, de Ginebra, se pronuncian en favor del paso del suelo a la propiedad colectiva. Los oradores alemanes e ingleses insisten en particular en la ley histórica que empuja en todas partes a la formación de la gran propiedad. Se discute también la cuestión de los límites que la asociación pone a la libertad individual.

Como la hora avanzada no permite llegar a conclusiones sobre estos diferentes puntos, se decide por unanimidad que la cuestión de la propiedad se ponga en estudio para el próximo congreso.

Las conclusiones del informe sobre la sexta cuestión se aprueban luego por unanimidad.50

Discutidas todas las cuestiones que formaban el programa del congreso, queda por fijar el programa del próximo.

Chemalé, de París, presenta para ese programa las cuestiones siguientes:

1.º Organización del crédito. Oficinas de intercambio. Papel moneda. (Para tratar desde el punto de vista práctico, formulando estatutos.)

2.º Las máquinas y sus efectos.

3.º Enseñanza profesional integral. — Programa de educación racional.

4.º Estadística obrera.

5.º La igualdad civil, política y social.

6.º Libretas obreras.51

De Paepe, de Bruselas, presenta por su parte las cuestiones siguientes:

1.º El suelo, los canales, las carreteras, los ferrocarriles, etc., ¿deben ser propiedad social o propiedad individual? — ¿Y cómo deberían explotarse para la mayor ventaja del individuo y de la colectividad?

2.º De las huelgas, de la federación de las sociedades de resistencia (o Trade's Unions) en el seno de la Asociación Internacional, y de la constitución de un consejo de arbitraje para las huelgas.

Estas cuestiones se recomiendan al Consejo General, al que se deja el cuidado de fijar el programa definitivo del próximo congreso.

Chemalé, de París, presenta además las propuestas siguientes:

1.º Toda sección que quiera presentar a la discusión del próximo congreso una cuestión distinta de las que acaban de proponerse para el programa deberá comunicarlo al Consejo General antes del 31 de marzo próximo.

2.º Todas las memorias o documentos relativos a las cuestiones puestas en el orden del día deberán enviarse a la sección especialmente encargada de organizar el congreso, a más tardar el 25 de agosto.

Estas propuestas se aprueban.

El congreso decide reunirse una vez más a las ocho de la noche.

Se levanta la sesión a las seis y media.

Duodécima sesión (sábado 7 de septiembre de 1867, por la noche)

Presidencia de Dupont, de Londres.

Se abre la sesión a las ocho de la noche con la llamada nominal.

Palix, de Lyon, Schettel, de Lyon, Chassin, de Villefranche, Rubaud, de Neuville-sur-Saône, y Ailloud, de Valence,52 entregan a la mesa una protesta contra un acto arbitrario de la policía de Tournon. He aquí esa protesta:

«La sección de Lyon tiene que quejarse de un abuso de poder por parte de un comisario de policía de Tournon (Ardèche).

»Este señor, al enterarse de que se estaba formando una sección en esa localidad por mediación de la sección de Lyon y de las secciones vecinas, se permitió hacer detener al ciudadano Richard,53 delegado lyonés. Pero, tras diversas explicaciones dadas por este, el comisario tuvo con todo la cortesía de soltarlo. Unos días después hacía comparecer ante sí a los adheridos de Tournon y les hacía entregar sus tarjetas. Luego, abuso de poder.

»Por este motivo, el delegado Palix y los demás firmantes reclaman del congreso una protesta enérgica contra un empleado de la administración que, extralimitándose en su mandato, ha paralizado la iniciativa individual y los intereses morales y materiales de un número importante de ciudadanos.»

El congreso declara por unanimidad que se suma a la protesta formulada en este documento.

Conforme a lo decidido al abrirse el congreso, los delegados pagan cada uno la suma de 2 francos para cubrir el alquiler de la sala de sesiones. El total de los pagos asciende a 124 francos.

Tolain, de París, pregunta si hay todavía otros gastos.

Favrat, de Lausana, responde que hay todavía por lo menos unos sesenta francos de gastos diversos.

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, dice que estos últimos gastos no conciernen al congreso y que los soportarán las secciones de la Suiza francófona.

Se distribuyen luego entre los delegados las diversas obras que se han entregado a la mesa durante el congreso.

De Paepe, de Bruselas, pide explicaciones sobre el modo de poner en práctica el crédito internacional para los obreros que se desplazan.

Rubaud, de Neuville-sur-Saône, pide explicaciones análogas.

Chemalé, de París, dice que en París la cosa se practica de este modo: no se entrega dinero al asociado, sino que se pone en su cartilla un visado que le da derecho, ante una sección extranjera, a un crédito de...

Coullery, de La Chaux-de-Fonds, da las mismas informaciones. Dice que, por lo demás, el reglamento general es bastante explícito sobre esta cuestión.

Chemalé, de París, propone que se vote un agradecimiento a la sección de Lausana en nombre del congreso internacional.

Esta propuesta se aprueba por unanimidad.

Se vota también un agradecimiento a los ciudadanos Guillaume, secretario francés del congreso, y Dupont, presidente del congreso, que han desempeñado con tanto celo su dura tarea.

De Paepe, de Bruselas, que ha desempeñado esta vez las funciones de secretario, lee el acta en el acto; se aprueba.

Se levanta la sesión a las 9.

Certificado conforme con los originales firmados por la mesa. Uno de los secretarios: James Guillaume.

La jornada del domingo 8 de septiembre

El domingo 8 de septiembre, a las 9 de la mañana, los delegados, con banderas y música a la cabeza y acompañados por las sociedades obreras de Lausana, se embarcaron en Ouchy en un barco de vapor para hacer la excursión al castillo de Chillon anunciada en el programa.

A la vuelta de esta interesante excursión, un banquete reunió a las 4 a los delegados y a los miembros de la sección de Lausana en la gran sala del Casino. En ese momento llegaron los ciudadanos Odger y Cremer,54 de Londres, miembros del Consejo General de la Asociación Internacional y delegados de la Reform League55 inglesa en el Congreso de la Paz; habían venido hasta Lausana para poder estrechar una vez más la mano de sus amigos reunidos. Terminado el banquete, discursos y canciones prolongaron la fiesta hasta las once de la noche.

Una parte de los delegados había dejado Lausana esa misma noche para ir a Ginebra, al Congreso de la Paz, que se abría el lunes 8 de septiembre.56 La mayoría de los que se habían quedado se reunieron con ellos en Ginebra a la mañana siguiente. El mensaje votado al Congreso de la Paz por el congreso de los trabajadores lo presentó una delegación compuesta por los ciudadanos Tolain, de París, De Paepe, de Bruselas, y Guillaume, de Le Locle.

Tabla de asistencia de los delegados

Las cifras que siguen a los nombres indican el número de llamadas a las que faltaron los delegados durante el tiempo en que tuvieron asiento en el congreso. Se hicieron en total 15 llamadas reglamentarias.

DelegadoLlamadas a las que faltóDelegadoLlamadas a las que faltó
Dupont—Blanc4
Lessner5De Paepe3
Kugelmann10Gret3
Büchner10Favrat3
Bürkli5Aviolat6
Liwenthal3Rubaud2
Schlaifer5Vézinaud—
Neubrand2Kästner—
Förderer—Vanza1
Gries4Dupleix1
Kircher5Chemalé—
Hafner—Murat2
Frey—Ailloud2
Krebser4Chassin1
Müller3Schettel2
Becker5Tanari1
Eccarius3Vasseur2
Carter10Klein5
Walton5Coullery—
Swann1Tolain2
Treboux2Aubry2
Quinet—Kunkel1
Monchal—De Beaumont1
Perron—Stampa—
Marly—Raoux12
Garbe—Palix2
Pioley—Lombard-Martin3
Reymond1Lange4
Longuet7Specht1
Guillaume—Stumpf1
Cuendet-Kunz1Ladendorf1
Roth3Allemann—

Informes leídos en el congreso

Segunda parte del volumen, con su propia portada: Rapports lus au Congrès ouvrier réuni du 2 au 8 septembre 1867 à Lausanne, La Chaux-de-Fonds, Imprimerie de la Voix de l'Avenir, 1867.

Informe del Consejo General

I. Deberes impuestos por el congreso de Ginebra (septiembre de 1866)

Los deberes que el congreso de Ginebra impuso al Consejo General son los siguientes:

1.º El congreso adoptó una resolución que autorizaba a los delegados ingleses a hacer las gestiones necesarias ante los directores de correos de Suiza, Francia e Inglaterra para obtener una rebaja en el transporte de cartas e impresos.

El ministro suizo se mostró de acuerdo con la delegación en todos los puntos que esta le propuso, pero hizo notar que el gobierno francés entorpecía toda reforma en ese sentido.

En Francia, los delegados no consiguieron audiencia del director de correos.

En Inglaterra, el gobierno solo consintió en recibir una memoria en la que se expusieran los hechos. Este trabajo lo redactó el Consejo General, que espera respuesta.

2.º La publicación de los trabajos del congreso, con las cartas y memorias, en varias lenguas;

3.º La publicación de un boletín periódico en las distintas lenguas, que contuviera todo lo que pudiera interesar a la Asociación Internacional; proporcionar toda clase de información sobre el trabajo en los distintos países, e informes sobre las sociedades cooperativas y sobre la situación social de los trabajadores;

4.º Se requirió también al Consejo General que hiciera una encuesta estadística sobre el trabajo, con informes detallados y especiales sobre cada rama de la industria y de la agricultura, y que abarcara todos los países civilizados.

Para poner al Consejo en condiciones de cumplir estos deberes, el congreso votó una cuota anual de 30 céntimos por miembro, así como una remuneración de 2 libras semanales para el secretario general, cuya elección se dejó al Consejo General.

Cuando, después del regreso de los delegados, el Consejo empezó sus trabajos, recibió la noticia de que varios documentos importantes habían sido incautados por los agentes de policía en la frontera francesa, a Jules Gottraux, que los llevaba consigo.

Se encargó al secretario general que escribiera al ministro del Interior de Francia para obtener la devolución de dichos documentos. Como esta carta quedó sin respuesta, se dirigió una petición al ministro de Asuntos Exteriores inglés; lord Stanley envió las instrucciones necesarias a lord Cowley, embajador inglés en París, para obtener la devolución de los documentos.57

Al cabo de unos días se nos devolvieron esos documentos junto con un paquete de periódicos, La Tribune du Peuple,58 paquete que evidentemente había sido incautado a otra persona.

Este incidente supuso para el Consejo un retraso de varios meses en la publicación de los trabajos del congreso.

Los documentos se entregaron al subcomité para que preparase el informe oficial.

Como el Consejo General no tenía dinero para pagar al secretario general, el trabajo recayó en los miembros lo bastante abnegados para hacerlo fuera de sus ocupaciones ordinarias, lo cual exigió más tiempo.

Una vez hecho este trabajo, el precio más bajo que se pidió por imprimirlo fue de 1000 francos por 1000 ejemplares en una sola lengua.

Para que el Consejo General ejecutase la resolución del congreso, hacía falta un gasto inmediato de 3000 francos; el dinero en caja ascendía en aquel momento a 22,90 francos.

El Consejo General hizo un llamamiento a las sociedades inglesas adheridas para que pagaran las cuotas.

Solo respondieron los Cigarreros de Londres y los Cinteros de Coventry y del Warwickshire.

El consejo ejecutivo de estos últimos, con un celo en cumplir sus obligaciones que debemos destacar, sin dinero en caja y con la mayoría de sus miembros sin trabajo, hizo una colecta extraordinaria entre los que trabajaban.

El Consejo General, agotados todos los medios para publicar el informe del congreso, tanto en Francia como en el extranjero, aceptó la oferta del ciudadano Collet,59 redactor del Courrier International y del Workingman, de publicarlo en estos dos semanarios, en francés y en inglés; se comprometió además a hacer estereotipar las planchas para poder publicar ese informe en folletos y a repartir con el Consejo General todos los beneficios, aunque aceptaba de antemano para sí todas las pérdidas.

En cuanto estos periódicos anunciaron la publicación de las actas del congreso de Ginebra, el gobierno inglés, que desde hacía varios años los dejaba aparecer sin obstáculos, encontró el pretexto para interrumpir su publicación exigiendo al ciudadano Collet que depositara dos fianzas de varios miles de francos. Este trámite retrasó la publicación hasta el 9 de marzo. Después, el ciudadano Collet ha sabido de fuente segura que este incidente se produjo a instigación del gobierno francés.

Esto, unido a la incautación de la memoria de los delegados parisinos, muestra claramente la actitud que ha adoptado el gobierno francés respecto de la Asociación Internacional.

Los números del Courrier international que contenían este informe se enviaron gratis a todos los corresponsales de la Asociación. La traducción al alemán hubo de dejarse forzosamente de lado, porque el Consejo General no tenía ningún medio de hacerla.

Aunque todo está estereotipado, la falta de fondos ha impedido hasta hoy la publicación en folletos, que sin embargo reclaman con insistencia todos nuestros corresponsales.

Para salvar estas dificultades, uno de los miembros del Consejo adelantó 100 francos para imprimir 1000 ejemplares de las cartillas que contienen el Pacto Constitutivo y los Reglamentos: se enviaron 800 de ellas, pero la policía francesa las incautó; esta pérdida vino a agravar aún más la situación del Consejo General, tanto más precaria cuanto que lo acosaban por todas partes por la deuda de más de mil francos contraída en 1865 y 1866; pues, aunque el congreso de Ginebra había reconocido esa deuda como solidaria, no había indicado ningún medio eficaz para extinguirla.

En estas circunstancias, al Consejo le era de todo punto imposible publicar ningún informe ni boletín periódico, como había votado el congreso; la consecuencia fue el abandono forzoso de la encuesta estadística para el año 1867, porque, para ser eficaz, esa encuesta no puede limitarse a las sociedades adheridas: debe abarcar todas las ramas de la producción en todas las localidades. Este trabajo, que exige muchísimo tiempo y gastos muy elevados, no podía hacerlo el Consejo General en la situación económica en que se encontraba.

II. Papel de la Asociación Internacional de los Trabajadores en la lucha entre el capital y el trabajo

Los numerosos servicios que ha prestado la Asociación en las diferentes luchas entre el capital y el trabajo, en los distintos países en que se han producido, demuestran sobradamente la necesidad de semejante asociación. Cuando los obreros se negaban a aceptar las condiciones arbitrarias de los capitalistas ingleses, estos los amenazaban con sustituirlos por brazos traídos del continente. La posibilidad de semejante importación bastó varias veces para hacer ceder a los obreros. La acción del Consejo ha impedido que esas amenazas se hicieran públicamente como antes. Cuando se presentan hechos de este tipo, basta la más ligera indicación para desbaratar los planes de los capitalistas. Si estalla una huelga o un lock-out 60 entre las sociedades adheridas a la Asociación, los obreros de todos los países quedan inmediatamente informados del estado de cosas y, por consiguiente, prevenidos contra las ofertas de los agentes de los capitalistas. Con todo, esta acción no se limita a las sociedades adheridas, porque el concurso de la Asociación está asegurado a todas las que lo solicitan.

A veces los capitalistas consiguen atraer a algunos ignorantes, que los abandonan en cuanto se instruyen de sus derechos y de sus deberes.

El capital no considera al obrero más que como una máquina de producir, nada más; el último lock-out de los cesteros de Londres ofrece un ejemplo palmario. He aquí los hechos. Los patronos cesteros de Londres declararon a sus obreros que tenían que disolver su sociedad y aceptar una rebaja en un plazo de tres días, y les anunciaron que, si no lo hacían, al expirar ese plazo se les cerrarían los talleres. Ante un hecho tan brutal, los obreros se sublevaron y declararon que no aceptaban esas condiciones; los patronos habían previsto el caso, pues habían salido agentes hacia Bélgica y volvían con obreros... Estos obreros fueron encerrados bajo los arcos del ferrocarril, en uno de los barrios de Londres (Bermondsey). Allí debían trabajar, comer y dormir, sin salir, para evitar todo contacto con los demás obreros. Pero el Consejo General logró franquear el cordón sanitario establecido por los patronos y, mediante una estratagema, llegó hasta los obreros belgas; al día siguiente, estos obreros, que habían comprendido su deber, regresaban a Bélgica, indemnizados del tiempo perdido por la sociedad de los cesteros de Londres. Cuando se marchaban, llegaba precisamente otro barco cargado de otros obreros; pero esta vez los recibimos nosotros, y volvieron a marcharse en el barco siguiente. Después de esto les fue imposible a los patronos procurarse otros obreros: el resultado fue que se vieron obligados a dejar las cosas como estaban antes.

A consecuencia del llamamiento que el Consejo hizo a las sociedades inglesas, los broncistas de París recibieron un apoyo moral y material en su huelga; por otro lado, los sastres de Londres recibieron un apoyo parecido de los obreros del continente.61

El Consejo intervino con igual éxito en la huelga de los terraplenadores, enrejadores, peluqueros, hojalateros del cinc y grabadores en madera.

III. Sección inglesa

A. Propaganda

En Inglaterra, si la propaganda no ha sido tan activa como el año pasado, las razones se deducen fácilmente de lo que sigue: nunca se da un paso por la vía liberal por iniciativa del gobierno; solo cuando largas agitaciones han apasionado a las masas cede este por fin a la presión popular: testigo de ello, la cuestión de la reforma electoral y del derecho de reunión en los parques.62

Los trabajadores ingleses conceden, con razón, una gran importancia a la cuestión electoral; sacrifican su tiempo y su energía en organizar imponentes manifestaciones, cuya fuerza moral se impone al gobierno y lo obliga a dar satisfacción al deseo popular.

Mientras reclamaban enérgicamente sus derechos de ciudadanos, al Consejo General le era imposible llamar la atención de los obreros sobre las cuestiones sociales, cuya solución no entreveían sino en un porvenir lejano.

Los miembros ingleses del Consejo General, que más debían ayudarnos en nuestra obra de propaganda, no podían mantenerse al margen de ese movimiento que nosotros habíamos creado y que ellos debían dirigir. El éxito ha respondido a sus esfuerzos, y el año 1867 será para siempre célebre en los anales de la clase obrera inglesa.

Sin embargo, aunque la propaganda no haya sido tan activa como habría debido serlo, por las razones que hemos dado más arriba, no se detuvo ni un solo instante. Los trámites que hay que cumplir para obtener la adhesión de las sociedades obreras exigen mucho tiempo; la constitución democrática de los sindicatos (trade unions) no permite al comité ejecutivo tomar una decisión sobre una cuestión importante sin que todas las ramas la hayan discutido previamente.

He aquí el procedimiento que hay que seguir para obtener la adhesión de una sociedad. Se escribe al comité exponiendo el objeto de la petición. El comité fija un día para recibir a una diputación. Si la cuestión se toma en consideración, el comité la somete a sus ramas; entonces hay que esperar uno, dos y a menudo tres meses antes de conocer el resultado. No hay que concluir de lo que acabamos de decir que el comité de una sociedad pueda por sí solo proponer o rechazar una propuesta, pues muy a menudo hay ramas que se han adherido a la Asociación Internacional sin la participación del comité.

Desde el congreso de Ginebra, más de veinte de las grandes sociedades obreras han acogido favorablemente las diputaciones del Consejo General, que espera el resultado de un día para otro. Otras sociedades han aplazado su adhesión para un momento más oportuno; una sola ha rehusado adherirse, basándose en que la Asociación Internacional se ocupaba de cuestiones políticas.

B. Cuotas

Esta cuestión ha ocupado durante mucho tiempo al Consejo General. Mientras estaba en litigio, el comité ejecutivo de los albañiles se unía a la Asociación y votaba una cuota anual de 1 libra.

En marzo de 1865, el Consejo General envió una diputación a la Conferencia de los zapateros ingleses, en la que se votó por unanimidad la siguiente resolución, propuesta por los delegados de Birmingham y de Hull: «La Conferencia acepta los principios de la Asociación Internacional, declara unirse a ella y exhorta a todos los miembros presentes a hacer cuanto puedan por propagarlos». Se planteó la cuestión de la cuota, pero no se resolvió. Algún tiempo después, el Consejo General decidía que se entregaría un diploma de adhesión a toda sociedad que se uniera a la Asociación; la sociedad debía pagar un derecho de entrada de 5 chelines,63 y el Consejo General dejaba a la liberalidad de las sociedades decidir en qué proporción podrían ayudarnos.

El dinero que daban las sociedades era un donativo para sufragar los gastos de la delegación del Consejo General al congreso de Ginebra.

El comité de los zapateros dio 5 libras con ese fin.

Para regularizar esta situación, el Consejo General propuso una cuota uniforme por cada miembro.

El congreso de Ginebra decidió fijar la cuota anual en 30 céntimos.

Después del congreso, las delegaciones enviadas por el Consejo a las sociedades inglesas tropezaron con un obstáculo insuperable en lo elevado de esa cuota.

En esta situación, el Consejo decidió, en su sesión del 9 de octubre, rebajar la cuota anual a 5 céntimos. La sociedad de los zapateros (Amalgamated Cordwainers Association) nos comunicó que la resolución tomada en la Conferencia de 1865 había sido retirada por la Conferencia de 1867; esa resolución consistía en suscribir una suma anual de 5 libras.

El comité ejecutivo de los albañiles nos dio 1 libra para el año 1867, como ya había hecho para el año 1866; pero todavía no nos ha comunicado si toda la sociedad se ha adherido o no.

La sociedad de los zapateros contaba el año pasado 5000 miembros; la de los albañiles, de 3000 a 4000.

El Consejo ha hecho dos llamamientos a todas las sociedades adheridas para el pago de las cuotas del año 1867. Algunas han pagado, otras todavía no lo han hecho; pero ninguna, salvo la de los zapateros, ha declinado sus obligaciones.

La sociedad de los carpinteros y ensambladores reunidos64 ha tomado hace muy poco la resolución de contribuir con 2 libras anuales a los fondos del Consejo General. En este momento se discute en las ramas si toda la sociedad formará parte de la Asociación Internacional. Esta sociedad, que cuenta más de 9000 miembros, tiene ramas en toda Inglaterra, el País de Gales, Escocia e Irlanda.

He aquí la lista de las sociedades inglesas adheridas y de las sumas que han entregado en el curso del año transcurrido desde el último congreso.

Fondos entregados por la sección británica.

1866 Libras1866 Chelines1866 Peniques1867 Libras1867 Chelines1867 Peniques
Arbeiter Bildungs Verein2
Rama francesa de Londres49
Sección central de los exiliados polacos410
Ejecutiva de los obreros albañiles1
Primera Logia de los obreros albañiles8
Los ebanistas (Alliance)101134
Los ebanistas (West End)517
Los encuadernadores83176
Los toneleros66
Comité ejecutivo de los zapateros5
Sección de los zapateros (Darlington)5
Sección de los zapateros (Nottingham)521
Los cigarreros519
Los cinteros de Coventry519
Los fabricantes de cofres154
Los zapateros de Kendal518
Los zapateros de señora (West End)610
Los obreros sastres de Londres3
Los sastres de Darlington518

Sociedades afiliadas desde el congreso.

Entradas (chelines)Cuotas LibrasCuotas ChelinesCuotas Peniques
Los cesteros de Londres5
Los estampadores de tejidos de Lancashire5218
Los carroceros de Londres5
Los tapiceros de carruajes (Globe)5110 ½
Íd. íd. (Crown)55
Los tejedores (tejidos elásticos)55
Los terraplenadores unidos5
Los barnizadores de muebles5
Constructores de órganos521
Dibujantes y grabadores en madera5
Comité ejecutivo de los carpinteros2
Curtidores unidos
Hojalateros

Fondos votados para la delegación.

LibrasChelinesPeniques
Zapateros de señora (West End)410
Cigarreros de Londres11
Los tejedores (tejidos elásticos)1

La diferencia que hay entre los dos años en cuanto a los fondos puede explicarse por esta razón: en 1866, las sumas se votaron para enviar delegados a Ginebra, mientras que este año los fondos se destinan solo a los gastos de administración.

El año pasado, como ya hemos dicho, nos había dejado deudas; el Consejo General las ha amortizado todo lo que le ha sido posible.

La razón por la que las sociedades adheridas no han pagado todavía sus cuotas, y por la que otras no han votado todavía fondos para el congreso, se explica por el estancamiento del trabajo, las numerosas huelgas, los lock-out y sobre todo por el movimiento electoral, y en último lugar por la huelga de los sastres de Londres, que absorbe en este momento los recursos de los sindicatos.

El Consejo General ha recibido numerosas cartas de sociedades que confirman este estado de cosas y lamentan no poder ayudarnos económicamente.

IV. Secciones continentales y americanas

Francia

La misión del Consejo General es mantener correspondencia con las ramas individuales en los países donde leyes restrictivas impiden formar con seguridad un centro de acción: tal es, por ejemplo, la situación de Francia.

Ya se ha visto más arriba que todas las tentativas hechas por el Consejo General para introducir en Francia las cartillas que contienen los Estatutos y Reglamentos de la Asociación Internacional habían fracasado por obra de la autoridad francesa, que se apoderó de nuestra propiedad sin que ningún motivo justifique esa violación del derecho. Pero las trabas puestas por la administración francesa no se detuvieron ahí. En vano pidieron nuestros corresponsales autorización para hacer imprimir nuestros Estatutos y Reglamentos: la negativa más obstinada fue siempre la única respuesta que obtuvieron.

El comité de Lyon, que en 1866 había podido tener reuniones de más de 500 miembros, no pudo obtener, después del congreso de Ginebra, permiso para ninguna reunión general.

La valerosa perseverancia de los miembros de Lyon ante los agentes de la administración ha tenido por resultado demostrar a los más ciegos hasta qué punto quería el gobierno francés la emancipación del trabajador.

Cosa notable: estas trabas, estas mezquinas vejaciones, no han detenido ni un instante el progreso de nuestra asociación.

Vienne (Isère), que apenas llegaba a la cifra de 80 miembros, cuenta hoy más de 500.

En Neuville-sur-Saône, una de nuestras ramas ha fundado una sociedad cooperativa de consumo y, con ello, ha llamado a los obreros del campo a la práctica de la vida social, a la que hasta entonces se los consideraba reacios.

Nuestro corresponsal de Caen nos anuncia que en esa ciudad la unión de los trabajadores se afirma cada día más. Gracias a este entendimiento, los guarnicioneros, los mecánicos, los curtidores, los talabarteros y los herreros, etc., han podido obtener la reducción de una hora de trabajo diaria sin rebaja de salario.

En Fuveau (Bocas del Ródano), la Asociación Internacional cuenta con numerosos adherentes entre los mineros, cuya reciente huelga tanto ha dado que hablar.

El 5 de agosto pasado, el Consejo General recibía la noticia de que se había formado un comité en el mismo Fuveau. Este resultado se debe a la valerosa propaganda del ciudadano Vasseur, miembro del comité de Marsella, que nos escribía el 21 de julio pasado: «Se ha entablado una lucha entre el capital y el trabajo, lucha a la vez triste y cómica: de un lado, una banda de administradores y empleados que hacen propaganda en coche para apartar a los obreros de la Asociación Internacional, y del otro, un puñado de hombres enérgicos y abnegados que luchan sin cesar contra los ataques de nuestros adversarios y hacen circular ideas de independencia y de justicia en las filas de los trabajadores». Y añade para terminar: «Ningún poder humano podría arrancar las ideas de emancipación que hemos sembrado en el país, porque nuestros adversarios tienen que combatir dos cosas muy difíciles de vencer: el derecho y la voluntad».

En resumen, el trabajador comprende que querer es poder y que no debe contar más que consigo mismo para su completa emancipación política y social.

He aquí la lista de las ramas que existían en el último congreso y el importe de las sumas que han entregado en 1866 y 1867.

Sumas entregadasLibrasChelinesPeniques
París4
Caen1
Lyon1112
Burdeos39
Ruan45
La Guadalupe
Vienne576
Neuville-sur-Saône153
Pantin
Saint-Denis
Puteaux
Neufchâteau
Lisieux
Condé-sur-Noireau
Harcourt-Thierry
Granville
Argentan
Nuevas ramas formadas desde el congreso
Los encuadernadores de París144
Castelnaudary
Auch
Orleans
Nantes
Villefranche
Marsella
Fuveau
El Havre
Argel

Suiza

En Suiza solo hemos recibido la correspondencia del Comité Central. Allí, como en Inglaterra, el trabajo de la Asociación Internacional consiste en conseguir la adhesión de las sociedades obreras y obtener el mayor número posible de adhesiones individuales; solo haremos notar que en Suiza cada sociedad obrera tiene menos miembros que en Inglaterra.

He aquí los nombres de las ciudades donde se han formado ramas:

Ginebra, Carouge, Lausana, Vevey, Montreux, Neuchâtel, La Chaux-de-Fonds, Le Locle, Sainte-Croix, Saint-Imier, Sonvillier, Bienne, Moutier, Beaucourt, Zúrich, Wetzikon, Basilea, Berna, Tramelan, Les Breuleux y Les Bois.

Dinero recibido de estas ramas en 1866 y 1867.

Sumas entregadasLibrasChelinesPeniques
Ginebra (sección romanda)4
Ginebra (sección alemana)179
La Chaux-de-Fonds24
Le Locle1710

Bélgica

Informe del secretario corresponsal para Bélgica al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Ciudadanos:

Mi correspondencia con Bélgica data de la huelga de los cesteros. Con este motivo escribí una carta al ciudadano Vandenhouten,65 que se publicó ocho días después en la Tribune du Peuple; le avisaba, en nombre del Consejo General, de que había salido de Londres un agente de los patronos cesteros para contratar cesteros belgas; le decía que la fuerza de nuestra organización debía desbaratar los planes de ese agente y que la solidaridad obligaba a los obreros belgas a rechazar toda contratación, para asegurar la victoria a sus hermanos ingleses.

Informé después al ciudadano Vandenhouten del reembarque de los pocos cesteros belgas que habían venido a Londres fiados en promesas que los patronos hicieron pero no cumplieron, y de los sentimientos fraternales de los cesteros ingleses; en esa carta hacía resaltar cuánto había contribuido la acción del Consejo General al triunfo de los obreros sobre los patronos.

Mantuve con el ciudadano Brismée66 una correspondencia sobre la impresión de las actas del congreso de Ginebra. Esta correspondencia no pudo llegar a nada, en el sentido de que, por indicación del Consejo General, le pedí un crédito que no podía conceder. Mi última carta sobre el asunto quedó sin respuesta; sin duda le costaba demasiado al ciudadano Brismée, cuya abnegación es bien conocida, verse obligado a negárnoslo formalmente; así interpreto su silencio.

He enviado al ciudadano Vandenhouten una carta del Consejo General sobre los cigarreros belgas, rogándole que diera a esa carta toda la publicidad posible; hice lo mismo con las resoluciones del Consejo General sobre la visita del zar a París.67 He informado a la oficina de Bruselas de la decisión del Consejo General sobre la huelga de los sastres de Londres, recomendando a los sastres belgas que no vinieran a Londres a trabajar en los talleres en huelga, y a todos los obreros belgas que hicieran acto de solidaridad ayudando materialmente a los sastres de Londres.

He enviado a Lieja, al ciudadano Dewitte, faubourg Saint-Gilles, n.º 6, y a Bruselas, al ciudadano Vandenhouten, la circular del Consejo General sobre el congreso de Lausana, rogándoles que le prestaran la mayor atención y le dieran la mayor publicidad.

En fin, he hecho todo lo que el Consejo me ha dicho que hiciera, y me atrevo a decir que nunca he recibido ningún reproche de Bélgica. Adjunto a este breve informe las pocas cartas que he recibido. En cuanto a los gastos de correspondencia, he creído que podía perfectamente hacer este pequeño sacrificio por la Asociación.

¡Salud y fraternidad!

BESSON.

Alemania e Italia

Alemania se encuentra todavía en un estado anormal, poco favorable al desarrollo de nuestra Asociación. Sin embargo, el ciudadano J. Ph. Becker, presidente de la sección alemana de Ginebra, ha conseguido fundar allí varias ramas, de las que por ahora no tenemos ningún detalle concreto.

En Italia hay sociedades obreras regularmente constituidas en Nápoles, Milán y Génova; mantenemos correspondencia con ellas, pero todavía no nos ha llegado ninguna cuota.

América

En América se han adherido a la Asociación Internacional dos nuevas ramas; mantenemos correspondencia con el Labour National Union's Committee (Sociedad Nacional del Trabajo), así como con el presidente de la International Ironmoulders' Union (Unión Internacional de los Fundidores de Hierro).

Informe anual del secretario para América adjunto al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. (Septiembre de 1866 a 27 de agosto de 1867.)

El primer acontecimiento que corresponde a mi competencia, después de que entrara en el cargo de secretario para América, fue la llegada a Inglaterra del número de septiembre de 1866 del Ironmoulder's International Journal (periódico internacional de los moldeadores de hierro), publicado en Filadelfia por W. H. Sylvis, que es al mismo tiempo presidente de la Unión Internacional de los Moldeadores de Hierro.68

Ese número contenía un informe extenso del primer Congreso Nacional de los Trabajadores de los Estados Unidos, que acababa de celebrarse en Baltimore en el curso del mes anterior. Un resumen de las actas de ese congreso y las resoluciones adoptadas se reprodujeron en el Commonwealth (República) de Londres en octubre de 1866. De ello se desprendía que el congreso de Baltimore había tenido noticia de la próxima reunión de un congreso análogo de los trabajadores del viejo mundo en Ginebra, y que había votado por unanimidad que la comisión ejecutiva de la Unión Nacional de los Trabajadores,69 organizada por dicho congreso, quedaba autorizada a enviar un delegado al congreso europeo de los trabajadores de 1867, es decir, al de Lausana.

Por el mismo periódico supe que el secretario para el extranjero de la Unión Nacional de los Trabajadores era un ciudadano llamado William Gibson, cuya dirección sería New Haven, en Connecticut. Solo desde principios de agosto de este año he descubierto que se había cometido un error en la dirección del ciudadano Gibson, que es Norwich (Connecticut) y no New Haven. Este error por parte de los compiladores del informe del congreso ha sido casi fatal para las operaciones de mi departamento.

Por lo demás, no intenté entrar enseguida en correspondencia con el secretario Gibson, porque pensaba que esa correspondencia debía empezar con el envío de las actas oficiales de las deliberaciones del congreso de Ginebra. Las causas del retraso en la publicación de ese informe ya se han contado en el informe general del Consejo General.

Hacia diciembre de 1866, el ciudadano Orsini70 se dirigió al Consejo General y nos comunicó los nombres de cinco socialistas europeos residentes en Nueva York, con los que nos rogó que abriéramos correspondencia. Nos rogó además que les enviáramos plenos poderes para actuar en interés de la Asociación en los Estados Unidos.

Se expidieron cinco cartas, acompañadas de plenos poderes en el sentido indicado, a los cinco ciudadanos nombrados por Orsini, pero ni yo ni el Consejo General hemos recibido nunca respuesta a ninguna de ellas.

Así fracasó mi primer intento. Por lo demás, Orsini hizo saber al Consejo General que en Nueva York se empezaba a tomar mucho interés por nuestra Asociación y que Wendell Phillips, el gran orador abolicionista de Massachusetts,71 se había ofrecido a dar conferencias a beneficio de la caja de nuestra Asociación, en cuanto se le mostrara que los fines y los dirigentes de la Asociación eran dignos de esa entrega.

Orsini añadió que James Stephens, el demócrata y patriota irlandés,72 se había inscrito en Nueva York como miembro de nuestra Asociación.

En marzo de 1867, las actas de las deliberaciones del congreso de Ginebra, en inglés, empezaron a publicarse en el International Courier de Londres. En cuanto aparecieron cuatro números de esta serie, es decir, en abril, envié esos cuatro números del International Courier a cuatro personas, a saber: una serie al secretario Gibson, a su supuesta dirección; otra a W. H. Sylvis; una tercera al redactor de la Voice, diario publicado en Boston (Massachusetts) y dedicado a los intereses de los obreros, y una cuarta al redactor del Workingman's Advocate de Chicago (Illinois), el principal órgano de los obreros de los Estados occidentales de la Unión americana. Acompañé los periódicos enviados al secretario Gibson de una carta que expresaba la gran importancia que el Consejo General concedía a mantener con la comisión ejecutiva de la Unión Nacional de los Trabajadores relaciones estrechas y comunicaciones frecuentes.

Esta carta quedó sin respuesta y no recibí ningún acuse de recibo de los periódicos. La explicación muy sencilla de este fracaso es que la carta y los periódicos se habían dirigido a New Haven en lugar de a Norwich.

El envío de estos documentos solo produjo un buen resultado. El redactor del International Courier, de Londres, empezó hacia el mes de mayo a recibir ejemplares del Workingman's Advocate de Chicago, y se estableció un intercambio entre los dos periódicos. Desde entonces, el redactor del International Courier, Joseph Collet, ha dado todas las semanas a sus lectores extractos de las columnas del Workingman's Advocate de Chicago.

La publicación de las actas de las deliberaciones del congreso de Ginebra terminó el 1 de mayo; envié su continuación a las cuatro direcciones arriba mencionadas.

Se reprodujeron extractos de esas actas en el Workingman's Advocate de Chicago. No tengo ningún medio de saber si alguno de los otros dos periódicos publicó extractos o hizo observaciones sobre ellas.

En el curso de la primavera, el Consejo General, a petición de la oficina de correspondencia de Lyon, se ocupó de la cuestión de la emigración a los Estados Unidos de un gran número de tejedores de seda de esa ciudad. La oficina de Lyon nos había comunicado que muchos tejedores de seda, descontentos de su suerte en su país, deseaban emigrar a los Estados Unidos para implantar allí su industria. Pero querían saber si algunos capitalistas norteamericanos estarían dispuestos a adelantar los gastos del viaje y del primer establecimiento. Con este motivo, el Consejo General me encargó que escribiera sobre el asunto a varios periódicos de América y a varios hombres de Estado. Obedecí esas órdenes; llevó las cartas a América un polaco llamado Koszek, que partía para Nueva York. ¡Una vez más, ninguna respuesta! Nunca he vuelto a tener noticias de Koszek desde su partida.

En junio, el Consejo General me encargó que escribiera a W. H. Sylvis para pedirle ayuda para los sastres de Londres, que se habían declarado en huelga. Escribí el 11 de junio. Aproveché la ocasión para expresar a Sylvis mi pesar por no haber recibido ni una palabra de respuesta del secretario Gibson. Le rogué que me diera el nombre y la dirección de otro miembro del comité de la Unión Nacional de los Trabajadores.

Su respuesta, fechada el 25 de junio, me comunicaba las razones por las que los oficios del hierro norteamericanos no estaban en condiciones de socorrer a los sastres huelguistas de Londres. Me comunicaba también el nombre y la dirección de William J. Jessup, de Nueva York, celoso promotor de la Unión Nacional de los Trabajadores.

En cuanto comuniqué esta carta al Consejo General, el Consejo me encargó que escribiera sin demora a William Jessup para comunicarle la fecha del congreso de Lausana y decirle el placer que el Consejo General tendría en ver en Lausana a un delegado norteamericano. En consecuencia, escribí el 19 de julio. En mi carta conté las circunstancias relativas a mis infructuosos esfuerzos con el secretario Gibson y al mismo tiempo envié a Jessup las actas oficiales del congreso de Ginebra.

A esta carta he recibido una respuesta fechada el 9 de agosto. En ella Jessup manifiesta su satisfacción por el proyecto de comunicarse con los trabajadores del continente y de Gran Bretaña. Lamenta los retrasos que se han producido a consecuencia de la confusión en la dirección del secretario Gibson. Lamenta también que la fecha de la reunión del congreso de Chicago (el 19 de agosto) esté tan próxima a la del congreso de Lausana que será demasiado tarde para que sea posible enviar un delegado a Europa. Sin embargo, he leído hace poco un artículo del Workingman's Advocate de Chicago que declara que la cuestión de enviar un delegado a Lausana será una de las primeras que ocuparán la atención del congreso de Chicago.

Me promete comunicar mi carta del 19 de julio al congreso de Chicago, «por su importancia», y enviar al Consejo General los periódicos que contengan la mejor reseña de las actas del congreso de Chicago. Dice que quiere continuar su correspondencia con el Consejo General aunque no sea reelegido para el puesto de vicepresidente de la Unión Nacional, porque es además secretario de correspondencia de la Unión de los Trabajadores de Nueva York. Acoge mi propuesta de intercambiar con él los periódicos que son órganos de las clases obreras. Tal es un resumen imperfecto de su interesante y calurosa carta.

A comienzos de este mes, el ciudadano Marx me entregó una carta de F. A. Sorge73 que anunciaba la formación de una rama de nuestra asociación en Hoboken (Nueva Jersey).

Por las mismas fechas, el redactor del International Courier de Londres me mostró el llamamiento (en folleto) de la comisión ejecutiva de la Unión Nacional de los Trabajadores a los obreros de los Estados Unidos, con el fin de convocar a sus representantes al congreso de Chicago. En la cubierta de ese folleto encontré, manuscritos, el nombre y la dirección del secretario William Gibson, y solo entonces comprendí que me habían inducido a error respecto de su dirección. Deploro la pérdida de un tiempo precioso que ha producido ese error. Para consolarme, repito el proverbio: «¡Más vale tarde que nunca!».

Este es el relato de mis tentativas, que hasta ahora apenas se han visto coronadas por el éxito. Con todo, dejo las cosas en una situación llena de promesas para el porvenir.

Debo tocar ahora otros dos asuntos.

Los esfuerzos de los obreros norteamericanos por conquistar más tiempo libre, esfuerzos que se conocen con el nombre de «movimiento de las ocho horas», atrajeron la atención del congreso de Ginebra. Por eso no creo fuera de lugar recapitular muy sucintamente lo que sé sobre los progresos que se han hecho en este terreno durante los últimos doce meses. La agitación ha madurado con gran rapidez y ha encontrado un eco inmediato en el cuerpo legislativo de Washington y en las asambleas legislativas de los distintos estados. En la Cámara de Representantes federal, un proyecto de ley de las ocho horas para los trabajos que emprende el gobierno federal solo se aplazó por empate de votos.

Varias legislaturas de los estados han dispuesto que, a falta de contrato especial, la jornada de trabajo no consta más que de ocho horas. En el estado de Nueva York se ha votado esta ley, pero los obreros de Nueva York no se han atrevido todavía a pedir que se cumpla. Los obreros de este estado se han reunido muy recientemente en un congreso especial para deliberar sobre la conducta que deben seguir en estas circunstancias. Por fin se ha resuelto que el próximo 1 de noviembre se hará una petición universal y simultánea de que se cumpla la ley, sin rebaja de salario si es posible, pero aceptando una rebaja si es necesario. La mayoría de los delegados, a juzgar por las discusiones, se muestran conformes con una rebaja de salario.

En el estado de California todavía no se ha votado una ley de las ocho horas. Sin embargo, durante los 19 meses anteriores al pasado julio, el sistema de las ocho horas ha prevalecido allí de hecho. Las últimas noticias de ese estado dicen que los patronos se han declarado en huelga contra el nuevo orden de cosas y que a esas tentativas reaccionarias ha seguido una gran paralización del trabajo.

Me complace anunciar al Consejo que, a partir del próximo 1 de enero, el franqueo de una carta ordinaria se reducirá a la mitad, es decir, de un chelín a seis peniques. Hablo exclusivamente de las cartas intercambiadas entre el Reino Unido y los Estados Unidos. Los dos gobiernos acaban de concluir un tratado a tal efecto.

PETER FOX,74

Secretario para América adjunto al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

V. Observaciones generales

El año transcurrido desde el último congreso se ha señalado por un combate incesante entre el capital y el trabajo: en América, en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, las huelgas, los lock-out y la persecución contra los trabajadores han estado a la orden del día.

El capital persigue al trabajador con tenacidad y violencia, porque siente instintivamente que se acerca el día en que el trabajo ocupará el lugar que legítimamente le corresponde.

Una sociedad de los Estados Unidos ha gastado 70.000 dólares en defender el derecho a la vida contra las usurpaciones del capital.

En Inglaterra, los Courts of Law (tribunales de justicia) han decidido que el robo de los fondos de los sindicatos (uniones obreras) no era punible. Se ha instituido una comisión oficial de investigación sobre los sindicatos con vistas a destruirlos o, por lo menos, a ponerles trabas.75

El último proceso entablado por los patronos sastres de Londres contra los obreros,76 la condena de los obreros sastres de París y la matanza de los obreros mineros de Marchienne (Bélgica)77 son hechos que demuestran claramente que la sociedad no se compone más que de dos clases hostiles entre sí, los opresores y los oprimidos, y que solo la solidaridad entre todos los trabajadores del mundo puede darnos la emancipación integral, que es el fin que persigue la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Terminamos con estas palabras: «¡Trabajadores de todos los países, unámonos!».

En nombre del Consejo General:

ODGER, presidente.

ECCARIUS, secretario general.

W. DELL, tesorero.

SHAW, secretario tesorero.

Secretarios corresponsales:

E. DUPONT, para Francia.

K. MARX, para Alemania.

ZABICKI, para Polonia.

A. JUNG, para Suiza.

P. FOX, para América.

BESSON, para Bélgica.

CARTER, para Italia.

P. LAFARGUE, para España.

HANSEN, para Dinamarca.

Informes de las secciones

Muy pocas secciones han presentado informes al congreso, y aquí solo imprimimos los que los delegados nos han entregado por escrito.

Sección belga

El informe del Consejo General, en lo que se refiere a la sección belga, puede completarse en pocas palabras. Esta sección, poco numerosa a comienzos del año 1867, se encuentra hoy en una situación ya brillante y que promete más aún para el porvenir. A raíz de unas huelgas, buen número de asociaciones obreras se han afiliado a la sección de Bruselas; en Gante, una federación de 23 sociedades obreras está en tratos con la sección de Bruselas, y todo hace esperar que la afiliación de este grupo de obreros de Gante a la Internacional no tardará en hacerse; el mismo movimiento se produce en Amberes, principalmente con la Asociación de los carpinteros; en Lieja, hasta ahora solo tenemos adhesiones individuales, pero también allí, por mediación de la Asociación de los marmolistas de Bruselas (que está en relación con la Asociación de los marmolistas de Lieja), no tardaremos en formar una subsección. Además, en Bruselas, aparte de las asociaciones de resistencia ya federadas, miembros de la Internacional están constituyendo en este momento en sus respectivas profesiones, por ejemplo entre los mecánicos, los cerrajeros, los fundidores, etc., y entre los ebanistas, asociaciones que no dejarán de afiliarse. Por último, una sociedad de consumo establecida en Saint-Gilles está también representada en nuestra sección.

Creyendo que las dos cuestiones del Consejo General de Londres componían por sí solas el orden del día del congreso, la sección belga ha estudiado esas cuestiones y ha encargado a su delegado De Paepe que dé lectura de las memorias redactadas sobre ellas. El delegado termina pidiendo al congreso que le permita darle a conocer diversas partes de esas memorias cuando se pongan en discusión las distintas cuestiones de que tratan.

El delegado, CÉSAR DE PAEPE.

(Más adelante se encontrarán las partes de las memorias belgas que se leyeron en el congreso.)

Sección de París

Esta sección cuenta 600 miembros desde el 1 de diciembre de 1866. Como la cuota está fijada en 10 céntimos semanales, cada miembro debía, del 1 de diciembre de 1866 al 31 de agosto de 1867, una suma de 4 francos: en total, 2400 francos. De esta suma total se han pagado 1261,05 francos. Esperamos que los socios que aún no han pagado sus cuotas lo harán pronto, lo que nos permitirá liquidar nuestras cuentas. Entretanto, he aquí el balance de nuestra sección:

Ingresos1261,05 fr.
Gastos corrientes1217,10 fr.
Gastos de impresos y préstamo510,—1727,10
Diferencia, que constituye un déficit de466,05 fr.

Este déficit se cubrirá con la suma de 1139,95 francos que queda por cobrar.78

Uno de los delegados, MURAT.

Encuadernadores de París

Ciudadanos:

Como el año pasado, habríamos querido hacernos representar en el congreso para discutir con nuestros colegas de todos los países los intereses generales de los trabajadores, es decir, nuestros intereses generales; pero las circunstancias en que nos encontramos no lo permiten. Lo lamentamos.

A falta de delegado, os enviamos en esta carta algunas observaciones que tenemos que presentar sobre la marcha de la Asociación.

Y en primer lugar, ¿por qué no ha publicado el Consejo General las actas oficiales del congreso de Ginebra?

¿Por qué tampoco ha publicado el boletín prometido por los estatutos (art. 5, § 2) y el reglamento (art. 2)?

Sin embargo, el art. 1 del reglamento dice: «El Consejo General está obligado a ejecutar las resoluciones del congreso». Si está obligado a ejecutar las resoluciones del congreso, mucho más obligado debe estar todavía a ejecutar los estatutos y el reglamento, que son obra del congreso y obligatorios para todos.

Nos parece adivinar la respuesta del Consejo General: «La falta de dinero». Pero entonces, ¿no se han pagado los 30 céntimos que cada miembro de la Asociación Internacional debía entregar? Según los cálculos del último congreso, esos 30 céntimos debían bastar holgadamente para cubrir todos los gastos y permitir incluso amortizar la deuda del Consejo General.

Sea como fuere, y cualquiera que haya sido la situación financiera en que se ha visto el Consejo General, lamentamos que no haya publicado por lo menos un número del boletín; los estatutos no dicen que el boletín deba tener 20 o 30 páginas: se podía, pues, publicar una sola hoja; habría sido un gasto pequeño y de buen efecto; es muy posible que este comienzo de resultado hubiera traído al Consejo General muchas cuotas.

Esta publicación era tanto más necesaria cuanto que la correspondencia escrita ha sido muy insuficiente, si juzgamos por nuestro caso; ni siquiera hemos recibido el programa del congreso que el Consejo General debe preparar y enviar a todas las oficinas corresponsales.

No queremos exagerar nuestras críticas; comprendemos que la tarea debía de ser dura para el secretario corresponsal para Francia; como el sistema político bajo el que vivimos no permite crear una oficina central, ya era mucho tener que mantener correspondencia con unas cincuenta secciones, y comprendemos que haya podido hacer las cosas de manera aproximada, sobre todo con nosotros, sabiendo que algunos de los nuestros podían informarse en la oficina de París; pero aun así era muy irregular. Por eso, para facilitar la tarea a nuestro secretario corresponsal del Consejo General, nos permitiremos darle un consejo: en la mayoría de los casos, cuando las comunicaciones que hay que hacer no son propias de una oficina, sino que, por el contrario, interesan a todas, podría autografiar su carta, es decir, escribirla él mismo en papel autográfico con tinta autográfica y hacerla tirar después por un litógrafo en 30 o 50 ejemplares, los que hicieran falta; costaría poco y reduciría considerablemente el trabajo: solo le quedaría añadir a mano lo que fuera propio de cada sección.

No se imagina uno bastante las ventajas que habría en mantener una correspondencia seria y seguida; nada perjudica tanto a la propaganda y a la acción de los pocos hombres que emprenden la difusión de la idea como no tener en sus manos piezas de convicción, pruebas de un comienzo de resultado. Después de haberlos acogido bien al principio, como no se ve surgir nada, se acaba por dudar.

Muchas otras secciones, sin duda, han sufrido los inconvenientes que señalamos; por eso esperamos que los delegados tomarán medidas serias para que en adelante esto no se repita.

Tenemos aún que plantear una pregunta al Consejo General: ¿por qué no ha enviado antes a las secciones el programa del congreso? Nos parece que, para estudiar las graves cuestiones sociales que plantea nuestra emancipación, un mes es más que insuficiente. A nuestro juicio, en cuanto termina un congreso, el Consejo General debería informarse en las secciones de las cuestiones que conviene poner en estudio para el congreso siguiente y procurar formular el programa por lo menos con seis meses de antelación.

Como no podemos ir al congreso, habríamos querido por lo menos enviar, en forma de memoria, nuestra opinión, es decir, el resultado de nuestros estudios sobre las cuestiones del orden del día; pero no conocemos su texto; nos sería, pues, difícil discutirlas, suponiendo que el tiempo nos hubiera permitido hacerlo. Preferimos confiarnos a la sabiduría de los delegados presentes en el congreso; pero insistimos en que en adelante las secciones tengan conocimiento exacto del orden del día del congreso con mucha antelación, para que puedan, de un modo u otro, dar a conocer sus ideas, en beneficio de todos.

Recibid nuestro saludo fraternal.

Por la Sociedad de las obreras y obreros encuadernadores: La Comisión administrativa, VARLIN, presidente.79

Sección de Ruan

Ciudadanos y queridos colegas:

La influencia desastrosa que ejercen la administración política de Francia y la centralización financiera sobre la moral de las clases obreras en las ciudades de provincias se hace sentir todavía mucho más en las poblaciones encorvadas bajo el yugo embrutecedor del monopolio industrial. Ruan, en particular, sufre este terrible despotismo; todos los esfuerzos que hemos hecho hasta ahora para difundir entre las clases obreras de nuestra región las ideas de mutualidad y de justicia han sido casi vanos: todavía no se ha podido fundar ninguna sociedad cooperativa, y todo intento de ese tipo se estrella contra el aislamiento en que se encuentra el obrero de Ruan. En nuestra ciudad no hay más que sociedades de socorros mutuos, organizadas por la administración y dirigidas por el clero y la burguesía; el temor al poder y al paro es tan fuerte que impide cualquier tentativa personal. Sin embargo, tenemos la esperanza de llegar a vencer una parte de todos estos obstáculos, gracias al concurso que nos aporta la benéfica influencia de la Internacional.

El llamamiento que acabamos de hacer a los obreros de nuestro distrito, que habría debido hacerse hace mucho tiempo, pero que circunstancias ajenas a nuestra voluntad impidieron, ha encontrado en todas partes una acogida favorable.

Esperamos, con el concurso de todos vosotros, ciudadanos, llegar por fin a hacer comprender que no hay salvación para los trabajadores fuera de la solidaridad.

Rogamos a nuestro delegado que transmita nuestro agradecimiento al Consejo General de la Internacional y a la Comisión parisina por la abnegación con que han contribuido a extender los principios que propagamos desde hace quince años.

Nos adherimos plenamente al programa económico de nuestros amigos de París y rogamos a nuestros colegas que les ayuden a llevarlo a la práctica, en la medida en que nos lo permita la organización política de las naciones.

Convencidos de que la lucha entre el trabajo y el capital solo podrá cesar con la condición de hacer desaparecer la prelibación80 de este último, y sabiendo que los medios que hay que emplear son poco fáciles de llevar a la práctica, sobre todo en Francia, y de naturaleza muy compleja, nos asociamos a todas las tentativas que se hagan para triunfar económicamente de las trabas que nos opone el monopolio político y financiero.

Pensamos que solo podremos triunfar a condición de desarrollar la mutualidad mediante las sociedades de crédito y la formación de sociedades cooperativas, y de hacer lo que en París las sociedades obreras intentan fundar con la organización de la federación del trabajo. Hasta ahora nos habíamos ocupado mucho más de dar a conocer nuestras aspiraciones desde el punto de vista teórico que desde el práctico; creemos que es hora de intentar esto último. No nos ocultaremos todas las dificultades que van a surgir ni las imposibilidades con que en muchas circunstancias tropezaremos; pero importa ante todo afirmarnos, y, para ello, hay que probar todos los medios a nuestro alcance para hacer desaparecer el salariado que los esclaviza.

Rogamos a nuestros colegas que eviten todo intento que pudiera apartarse de los medios adecuados para constituir relativamente el valor, que consideramos el punto culminante de la economía social. Con miras a esta verdad económica combatimos desde hace tanto tiempo, porque estamos convencidos de que no habrá emancipación completa hasta el día en que conozcamos el valor de los productos; entonces habrá desaparecido el robo en los intercambios y la responsabilidad será verdaderamente una realidad para cada uno, porque todos tendrán derechos que compensen sus deberes.

La huelga y las sociedades de crédito, como hemos dicho más arriba, llegarán a crear la corporación y a dar a conocer la media de los salarios, conocimiento al que concedemos un gran valor, porque solo él puede darnos el valor del producto, y porque nuestros intercambios solo pueden ser verdaderamente justos con esa condición. Apresurémonos a añadir, para no contradecirnos, que solo aceptamos la huelga como instrumento de guerra; por lo demás, la condenamos en principio, porque no resuelve el problema de la venta de los productos a precio de coste, problema que todos tratamos de resolver porque todos sabemos que el parasitismo solo desaparecerá el día en que cada cual entregue los productos de su trabajo según la cantidad de horas que haya invertido en su confección; y precisamente para llegar a la media de esas horas de trabajo aceptamos la huelga, porque ayuda a constituir la corporación, que, una vez formada y constituida sobre las bases de la economía social, no tendrá ninguno de los inconvenientes que tenía antes de 1789 y que nuestros adversarios se empeñan en atribuirle hoy cada vez que la llamamos en nuestro auxilio.

Os rogamos también, queridos colegas, que, en la formación de las sociedades cooperativas de producción y de consumo, recomendéis a los interesados que hagan todo lo posible por introducir en su organización el principio de que los productos se intercambian por productos y de que es una contradicción entre trabajadores hacer este intercambio con prelibación, a menos que, dada la situación precaria del proletariado, se estipule que el beneficio obtenido se destinará a acrecentar las fuerzas de la sociedad, aumentando su capital, herramientas o mercancías; de lo contrario no seríamos sino tenderos de una especie nueva y no aportaríamos ninguna idea capaz de hacer que nos tomaran en serio los obreros deseosos de ocuparse de su emancipación.

Por eso han desaparecido las sociedades de este género que intentaron fundarse en Ruan; casi todas recurrían al capitalista para que las ayudara a formarse, y todas, al sufrir la influencia de la prelibación, no tardaron en aprender que toda organización nueva debe traer consigo un principio nuevo.

Este es, queridos colegas, el pensamiento que domina en la mayoría de quienes se honran en ser miembros de la Internacional, porque están seguros de que de esta sociedad saldrá la emancipación positiva de los obreros de todos los países y de que por fin la humanidad se pertenecerá a sí misma.

Sin espíritu de partido, de secta ni de iglesia, vuestros hermanos de Ruan han creído siempre que la extinción segura del proletariado no estaba en otra parte que en las ideas que acaban de someteros; sin embargo, si se equivocaran, verían con gusto la exposición de ideas y de medios más adecuados para mejorar la suerte de nuestra clase, y se apresurarían a aceptarlos y a darlos a conocer a todos los interesados.

Con esta disposición de ánimo, queridos colegas, tenemos el honor de expresaros nuestra sincera gratitud y hacemos votos por el éxito de nuestra causa.

Vuestros muy devotos colegas, miembros del grupo de Ruan.

Ruan, 30 de agosto de 1867.

El delegado, E. AUBRY.

Sección de Villefranche (Ródano)

Para llegar por el medio más seguro a la extinción de la explotación y de la miseria, el trabajador ha procurado constituirse en sociedad, ya internacional, ya por la vía de la cooperación, en sociedad de alimentación, de panadería y de producción.

La sección internacional de Villefranche se compone en este momento de 50 miembros. La mesa está formada, y pensamos mantener correspondencia con nuestros hermanos de todos los países.

Varios de nuestros miembros pertenecen a cooperativas de producción, que más adelante se unirán a nosotros para formar una sola familia. Solo esta solidaridad salvará a la humanidad.

El delegado, CHASSIN.

Sección de Neuville-sur-Saône

Habitantes del campo, venimos a exponer nuestros sentimientos en lo que toca a la renovación social que encierra la fuerza iniciadora de nuestra Asociación Internacional de los Trabajadores, a la que estamos contentos y orgullosos de pertenecer.

Habiendo comprendido que los esfuerzos violentos no podían conducir a nada útil y que nuestra época estaba esencialmente consagrada a los problemas pacíficos e inteligentes, formulamos con sinceridad y convicción los votos siguientes:

Primer voto. — La Asociación Internacional de los Trabajadores, netamente definida en sus aspiraciones por los trabajos del congreso que celebró en Ginebra del 3 al 9 de septiembre de 1866, no puede ni debe ser sino el lazo que ha de reunir a todos los trabajadores sin distinción, que solo tengan en mira su emancipación por los medios prácticos.

Deseamos, pues, en consecuencia, que, fiel a su programa, no sea sino la expresión de ese movimiento, extendiendo por todos los medios pacíficos y conformes a las leyes de los distintos países su círculo de actividad, seguros como estamos de su éxito.

Este lazo solo puede establecerse de manera seria y provechosa para todos de un modo: constituyendo un capital obrero capaz de oponerse al capital privilegiado, que consideramos nuestro solo y único enemigo.

Segundo voto. — Que este capital obrero lo formen todos los miembros adheridos a la Asociación Internacional, mediante esfuerzos individuales e iguales para todos sus miembros. Estos esfuerzos se traducirían en una cuota fija, mensual y uniforme, que solo podría elevar o rebajar un congreso reunido por iniciativa del Consejo Central de nuestra Asociación.

Tercer voto. — Que el presente congreso tenga a bien ocuparse de fijar esa cuota, así como de reglamentar y emplear ese capital obrero internacional, que consideramos absolutamente necesario.

Cuarto voto. — Que, dependiendo el porvenir de la Asociación Internacional de la comprensión de sus sublimes principios, procure hacer la luz entre todos los trabajadores por todos los medios útiles, mediante la instrucción, y ello creando un órgano que se llamaría el Moniteur de la Asociación Internacional.

Que, por otra parte, invite a todos aquellos de sus miembros que, con la ayuda de las circunstancias, hayan adquirido algunos conocimientos a comunicarlos a sus camaradas que carecen de ellos, y ello de manera gratuita y del todo familiar. En una palabra, que organice, por la vía de la fraternidad bien entendida, la instrucción mutua de todos sus miembros.

Insistimos principalmente en esta condición de porvenir nosotros, hombres del campo, por lo general ignorantes. Pues, como hemos oído decir muy a menudo, la instrucción ennoblece el corazón al elevar el espíritu.

Quinto voto. — Como la Asociación Internacional (oficina de París) plantea en su programa diversas cuestiones que se propone estudiar en su congreso, tales como la cuestión de la mutualidad y de sus relaciones, del trabajo de las mujeres y de los niños, de la formación de sociedades de socorros, de los derechos de las viudas y de los huérfanos, reservamos nuestras ideas sobre estos diversos asuntos, pues nuestro alejamiento de los trabajos intelectuales de este siglo no nos permite por ahora responder con discernimiento.

Pero, con nuestro simple buen sentido, creemos que, si hemos de aspirar a una mejora social cualquiera, solo puede ser mediante el conjunto de todas las voluntades, que tiendan todas al mismo fin, y que no podemos afirmar mejor la excelencia de nuestro problema de renovación obrera que no pidiendo nada a las clases privilegiadas, como tampoco a los gobiernos.

Que no debemos aceptar entre nosotros más que a trabajadores, es decir, a obreros manuales, pues solo podemos contar con el éxito de nuestra empresa social por el conjunto de los intereses comunes a todos. Por lo demás, estamos seguros de que es imposible conciliar los intereses del explotador con los del explotado, los de quien produce con los del inútil.

Y la cosa es tan imposible que creemos, con nuestro modesto buen sentido, que por no haber pensado en ello un solo instante se ha producido el fracaso que ha marcado hasta hoy todos los movimientos intentados por la clase obrera para su emancipación.

Así, pues, para nosotros, ¡nada de término medio!, y sobre todo un capital obrero internacional.

El delegado, LOUIS RUBAUD.

Sección de Vienne (Isère)

Esta sección se fundó en 1866 con un núcleo de 52 miembros. Demasiado débil para enviar en aquella época un delegado al congreso de Ginebra, no por eso ha dejado de progresar, aunque no ha podido recibir las cartillas por las razones que el Consejo Central ha dado al respecto en su informe, lo que ha hecho que cierto número de miembros se retirara. Ha llegado, sin embargo, a la cifra de 500 adherentes, que pagan 30 céntimos de cuota mensual, más una aportación de 1,25 francos como cuota de entrada. Ha enviado al Consejo General de Londres la suma de 75 francos a cuenta de la cuota central; debe aún 75 francos, que pagará. Con sus ahorros tiene la intención de fundar una sociedad de crédito mutuo.

El delegado, ALPHONSE AILLOUD.

Secciones de Marsella y Fuveau

La más antigua de estas dos secciones data solo de finales de julio pasado. Sus miembros han necesitado, pues, toda la abnegación de que son capaces para enviar un delegado entre vosotros, cuando apenas acaban de constituirse. No hacen promesas: sus deberes los conocen y los cumplirán; sus intereses los comprenden y trabajan por ellos. Os ayudarán por su parte a terminar el edificio que tan valerosamente habéis comenzado.

El delegado, J. VASSEUR.

Sección de Burdeos

Esta sección es débil en relación con la población de la ciudad que representa: no cuenta más que 57 miembros. Cada uno de ellos paga una cuota mensual de 50 céntimos, destinada a cubrir los gastos de impresión para la propaganda. La sección ha entregado al Consejo General de Londres todo lo que le debía; además, ha hecho entrar en la Internacional una asociación cooperativa de producción de obreros veleros y una asociación de sastres de Burdeos.

El delegado, VÉZINAUD.

Comité central italiano

Los datos que puedo daros sobre las sociedades italianas serán incompletos, por falta de los medios que habrá que adoptar si queremos desplegar nuestras grandiosas fuerzas frente a nuestros enemigos. Deposito en la mesa de la presidencia mi proyecto a este respecto.

En Italia, antes de 1859, solo había sociedades obreras en el Piamonte. Desde entonces se han extendido por toda Italia, y contamos por lo menos seiscientas, formadas por más de un millón de asociados; pero, como ocurre en todos los países monárquicos (poco importa que sean constitucionales, pues también Francia tiene una constitución), los privilegiados han impedido siempre que las sociedades obreras se ocuparan de otra cosa que de socorros mutuos. Muchas sociedades de nuestro país están dirigidas por protectores que las colman de beneficios materiales a condición de que no se ocupen de política, que se reservan exclusivamente para sí.

Hombres de corazón consiguieron, en el IX Congreso de las Sociedades Obreras de Italia, celebrado en Florencia, que se decretara lo contrario, es decir, que los obreros son ciudadanos que quieren y deben ocuparse de la cosa pública. Después, en el último congreso, celebrado en Nápoles, intentamos agrupar las sociedades en una federación que deje a cada una su autonomía y que pida a cada asociado una cuota anual de 10 céntimos.81 Un consejo de cinco miembros debía representar a todas las asociaciones italianas en los asuntos de interés general. Pero la muerte de algunos de sus miembros y otros contratiempos no han permitido al consejo, al que pertenezco, cumplir todo su deber. La reunión de las fuerzas obreras en una Asociación Internacional la combaten vivamente quienes temen ver al proletariado convertirse en una potencia, y nuestro consejo ha encontrado por ese lado una oposición casi insuperable. Sin embargo, cuando se constituyó la Asociación Internacional de los Trabajadores, consideré mi deber, en mi calidad de miembro del consejo, adherirme a ella, y desde entonces me he ocupado de obtener la adhesión de las diversas y numerosas sociedades obreras italianas; espero tener tanto más éxito cuanto que las deliberaciones del congreso de Ginebra han tenido un eco favorable en Italia y que los obreros, cuya situación es de día en día más penosa, han llegado a no esperar ya nada del gobierno tal como es hoy.

Lo que necesitamos, lo que será útil para la emancipación de las clases obreras, es tener estadísticas a las que habrá que dar toda la publicidad posible. Los enemigos de los obreros sabrán cuáles son nuestras fuerzas, a las que pretenden combatir. Nosotros mismos cobraremos confianza, porque nos sentiremos unidos a millones de individuos que piden, como nosotros, la justicia y su derecho.

Estas estadísticas nos harán saber también de cuántas maneras se puede utilizar la cooperación.

En Italia hay varios bancos populares, así como asociaciones cooperativas de producción y de consumo. Pero, por falta de enlace y de entendimiento, el papel moneda que se hace en Milán, por ejemplo, no se acepta en una ciudad vecina, que lo emite por su cuenta.

En Milán, el banco popular hace operaciones por valor de un millón y medio. Hay 38 sociedades obreras, que suman 30.000 miembros. La sociedad general tiene un capital de 120.000 francos. — En varias sociedades hay escuelas, se aprende música, se dan premios. — Tenemos un consulado que dirige 28 sociedades. Hay cinco almacenes de consumo abiertos.

En Génova, las sociedades obreras gozan de toda su independencia; hay sociedades de cooperación, de producción, pero no banco popular ni almacén de consumo. Estas sociedades tienen como dirección común un consulado que, según creo, se ha adherido directamente a la Asociación Internacional.

El delegado del Consejo Central de las asociaciones obreras de Italia, GASPARD STAMPA.

Secciones de Bolonia y Bazzano

La Sociedad Obrera de Bolonia cuenta unos 600 miembros. Tiene aproximadamente los mismos estatutos que las demás sociedades obreras de Italia. Publica un periódico popular titulado l'Ouvrier (El Obrero). Ha creado también una escuela. Concede a sus miembros un franco diario en caso de enfermedad; los gastos de médico y de farmacia corren a cargo de la sociedad. Tiene en funcionamiento una panadería y vende las harinas a los cofrades.

La Sociedad de Bazzano cuenta 120 miembros y, sin estar afiliada a la de Bolonia, tiene aproximadamente los mismos reglamentos. En este momento se trabaja en federar entre sí todas las sociedades obreras italianas.

Nuestras dos sociedades hacen votos, como vosotros, por que sea posible realizar la fraternidad y la solidaridad de las asociaciones obreras del mundo entero. Os traigo de su parte el saludo de la más sincera fraternidad.

El delegado, SEBASTIANO TANARI.

Comité central alemán

Este grupo comprende las asociaciones siguientes:

Ginebra. Sección. Sociedades de encuadernadores y de carpinteros. Asociación cooperativa de producción de los cepilleros.

Vevey. Arbeiter Verein (Asociación Obrera).

Yverdon. Sección y Arbeiter Verein.

Neuchâtel. Sección y Sociedad de sastres.

La Chaux-de-Fonds. Sección y Sociedad de sastres.

Morat. Sección.

Münster. Sección.

Zúrich. Sección. Sociedad de sastres y de canteros.

Basilea. Sección.

Eptingen. Sección.

Göppingen. Arbeiter Verein y Asociación cooperativa de producción de los tejedores.

Maguncia. Sección.

Solingen. Sección y Asociación cooperativa de producción de los obreros del acero.

Colonia. Sección y Sociedad de sastres.

Duisburgo. Sección.

Magdeburgo. Sección.

Berlín. Sección y Sociedad de sastres.

Brunswick. Sección.

Wolfenbüttel. Sección.

Darmstadt. Arbeiter Verein.

Leipzig. Sede del Comité Central de la Sociedad de los cigarreros alemanes. Esta sociedad, que cuenta 10.000 miembros, se adhirió a la Asociación Internacional por una decisión del congreso que celebró en Eisenach el 14 de agosto de 1867.82

Dresde. Sección.

Nueva York. Sección alemana.

Estas diversas secciones y asociaciones representan un total de unos 30.000 miembros.

En varias ciudades de Alemania hay secciones en vías de formación, y sociedades existentes están en este momento en tratos con el Comité Central para adherirse a la Asociación Internacional.

La sección alemana de Ginebra, que es la sede del Comité Central y cuenta 200 miembros, posee en común con la sección francesa un local de reunión que sirve de restaurante y que suministra también vino al por mayor a los miembros de las secciones. Los beneficios de este establecimiento, donde se celebran las sesiones del comité y las asambleas generales, no se reparten; se emplean en sostener las creaciones de la Asociación Internacional, en la propaganda y en la instrucción de la juventud.

Las dos secciones de Ginebra han fundado también en común una asociación cooperativa de producción de los obreros cepilleros, que marcha muy bien. Poseen además una caja de socorro para los enfermos, que funciona desde hace 18 meses y que ha hecho ya mucho bien.

Todos los domingos, de las 8 a las 12 del mediodía, se celebra en el local de las secciones un mercado abierto a todos los productos de los socios, así como a los de las asociaciones cooperativas. La sección expone por su cuenta toda clase de artículos domésticos. El beneficio de este mercado se emplea también en fines de utilidad común.

El grupo de las secciones de lengua alemana ha creado desde el 1 de enero de 1866 un órgano central, el Vorbote,83 que tiene 1300 suscriptores y cuya existencia material está asegurada.

Este grupo de secciones está organizado de manera sólida y seria, como puede verse por sus estatutos particulares. Esos estatutos mostrarán que el grupo está constituido sobre los principios de solidaridad y de mutualidad; cada sección es al mismo tiempo una agencia, y el Comité Central una agencia general, que procuran facilitar la venta y el intercambio de los diversos productos que puedan fabricarse en el seno de la Asociación y organizar un crédito recíproco. Todos los establecimientos creados por las secciones deben ser de su exclusiva propiedad, y sus beneficios se emplearán en formar asociaciones cooperativas de producción. Las asociaciones de producción solo podrán emplear auxiliares asalariados en casos excepcionales, y una parte de sus beneficios se reservará para ayudar a formar otras asociaciones. Se ha intentado así pasar de la teoría a la práctica, y varias de las cuestiones que el congreso de este año va a discutir han recibido ya en nuestro grupo una solución práctica.

El presidente del Comité Central, JOH. PH. BECKER.

Sección de Basilea

La sección de Basilea ha tenido que sostener, desde su fundación, una lucha de las más vivas contra los jefes de industria; aun así sigue existiendo, pero sin haber podido desarrollarse mucho. Ha conseguido fundar en Eptingen (Basilea-Campiña) una sección que posee ya un almacén de consumo. Como la falta de trabajo y la timidez de los obreros los han mantenido alejados de nosotros, nuestro número no es todavía más que de 34, y como la falta de trabajo ha impedido a varios de nosotros cumplir sus obligaciones, tenemos una deuda de 27 francos, procedente sobre todo de gastos de inserción en los periódicos.

El delegado, FREY.

Sección de Morat

Esta sección, formada hace seis meses, cuenta 28 miembros, todos de lengua alemana. Se formará un grupo francés. Varias sociedades debaten la cuestión de su adhesión a la sección.

El delegado, HAFNER.

Sección alemana de Neuchâtel

Esta sección había quedado reducida a un número muy pequeño de miembros por la marcha de varios de sus fundadores. Se propuso entonces constituir a los obreros de las distintas profesiones en sociedades particulares, con la esperanza de hacer con más éxito, en el seno de esas sociedades, propaganda en favor de la Asociación Internacional.

A raíz de esta decisión se formaron dos sociedades de oficio, entre los sastres y entre los zapateros. La Sociedad de los sastres se adhirió rápidamente a la Internacional. La Sociedad de los zapateros debate en este momento la cuestión de la adhesión.

El delegado, KUNKEL.

Arbeiter Bildungs Verein de Lausana

Esta sociedad84 se compone de las ramas siguientes: una sociedad de consumo, que cuenta actualmente 60 asociados; una asociación de socorro en caso de enfermedad; una sección de gimnasia; una sección de canto; una caja de ahorros; una caja de socorro para los asociados que viajan. — La sociedad cuenta 80 miembros; posee una biblioteca de 400 volúmenes y mobiliario. — También se ha fundado en Lausana una Sociedad de sastres, que cuenta de 80 a 100 miembros, así como una Sociedad de zapateros y una Sociedad de carpinteros.

Gracias a nuestros esfuerzos se han fundado otras siete asociaciones en diversas localidades.

El delegado, SCHLAIFER.

Sección de Vevey

Nuestra sección sigue progresando de manera satisfactoria, y esperamos despertar cada vez más entre los obreros el interés por el fin de la Internacional.

El delegado, GRIES.

Sección de Colonia y Solingen

(Este informe ha tenido que abreviarse para la impresión.)

Estas dos secciones son todavía débiles numéricamente, por varios motivos, uno de los cuales es la traba que las leyes prusianas han puesto a la constitución de sociedades afiliadas a la Asociación Internacional. Sin embargo, como primer fruto de nuestra actividad, podemos señalar la fundación de una asociación cooperativa de producción, establecida entre obreros del hierro y del acero en Solingen... Continuemos nuestros esfuerzos pacíficos para liberarnos del yugo que pesa sobre las clases obreras; pero, si el capital y los gobiernos persisten en su ciega oposición, si se niegan a dejarnos asociarnos libremente, entonces recurriremos a la fuerza y mostraremos al mundo que, en los obreros, el sentimiento nacional ha dejado paso al sentimiento internacional.

El delegado, KLEIN.

(El informe de la sección de La Chaux-de-Fonds lo presentó de palabra el delegado, el doctor Coullery. Este había prometido redactarlo, pero no ha podido hacerlo porque se encontraba en prisión por delito de imprenta en el momento en que se tiraba este pliego.)

Sección de Le Locle

Esta sección, que se constituyó en diciembre de 1866, cuenta unos 70 miembros y va por buen camino. Los socios pagan una cuota mensual de 50 céntimos, que sirve en parte para pagar el periódico la Voix de l'Avenir,85 cuya suscripción se ha hecho obligatoria. En el seno de la sección se ha fundado una Asociación de Crédito Mutuo, cuyo capital se forma con cuotas semanales de 50 céntimos. La sección va a ocuparse de crear una escuela mutua nocturna, destinada a los aprendices y a los adultos; estudia la cuestión de agrupar a los obreros de las distintas ramas de la relojería.

El delegado, JAMES GUILLAUME.

Sección de Saint-Imier

La sección de Saint-Imier, organizada por el doctor Coullery (1865), fue presidida al principio por el ciudadano Jolissaint, más tarde miembro del Consejo Ejecutivo de Berna. Nuestra sección se componía en su origen de 200 miembros o más. Parecía que todo el mundo quería formar parte de ella; pero como la mayoría de los miembros no tardaron en darse cuenta de que los personajes principales eran más que indiferentes, o quizá ajenos, a las cuestiones que se referían únicamente a la organización del trabajo, y de que esos mismos hombres mostraban en cambio un ardor extremo por todas las cuestiones políticas del día, se retiraron poco a poco y sin ruido, pues no querían servir de instrumento y de pedestal a hombres cuyos designios no se conocían.

La sociedad decayó así y quedó reducida a unos 20 miembros, de los cuales a lo sumo la mitad pagaban sus cuotas y asistían con asiduidad a las asambleas de la sección. Algunos hablaban incluso de disolver la sociedad cuando, inesperadamente, se presentaron dos o tres buenos reclutas, que fueron admitidos en la sociedad con gran satisfacción.

Se reorganizó la sección sobre nuevas bases, se renovó por completo el comité y, entretanto, las secciones de Sonvillier y de La Chaux-de-Fonds invitaron a la sociedad a asistir a una reunión en las Franches-Montagnes, donde la sección de Saint-Imier tuvo ocasión de mostrarse de manera ventajosa. Desde entonces nuestra sociedad ganó el favor del público y el número de miembros aumentó en progresión rápida. Hoy cuenta 112 miembros. Las sesiones están regularmente concurridas y ocupadas por discusiones interesantes sobre las diversas cuestiones de economía social que atañen de cerca a la clase obrera, que se refieren a su bienestar material y moral y a su porvenir, como por ejemplo: «De las necesidades del hombre. Cómo nace el capital. ¿En qué consiste realmente? ¿Qué es la cooperación? ¿Cómo podría aplicarse a la industria relojera y organizarse para esta industria? Historia de los seguros de vida. Diferencia entre los seguros mutuos y las compañías de seguros. En qué podrían ser útiles los seguros mutuos a los trabajadores».

Y muy recientemente: «¿Cuáles serían los medios de remediar la baja de los salarios y la crisis actual, y de impedir los fraudes comerciales? De los pagos al contado, sin descuento y en metálico. ¿Cómo puede introducirse actualmente este modo de pago en la industria relojera sin perjudicar a los fabricantes, a los propios obreros y a la libertad comercial? Creación de tribunales de prud'hommes».

Para popularizar estas diversas cuestiones, difundirlas entre el público y hacer que todo el mundo las discuta, la sección de Saint-Imier, junto con la de Sonvillier, tomó la iniciativa de una gran asamblea popular que se celebró el 21 de julio en la plaza Nueva de Saint-Imier.

Allí se discutieron al aire libre estas diversas cuestiones y se leyeron interesantes informes sobre la situación. La asamblea nombró un comité general para llevar a buen término las resoluciones adoptadas.

Este comité, compuesto por personas de todas las clases y de todas las confesiones, debe llevar a efecto las decisiones siguientes: pagos al contado, sin descuento y en metálico; revisión de la ley sobre las ejecuciones por deudas y las quiebras; creación de consejos de prud'hommes; vigilancia de los abusos y fraudes comerciales e industriales, y búsqueda de medios adecuados para impedirlos sin perjudicar a la libertad individual y a la del comercio.

Este comité sigue trabajando a estas horas, y hay motivos para esperar que llevará a buen término su tarea.

El delegado, FÉLIX VANZA.

Sección de Bienne

La sección de Bienne es una sección de lengua francesa. Se reconstituyó hace tres meses con 80 miembros. Se ha ocupado principalmente de una cuestión que afecta a la industria relojera: el pago al contado y sin descuento.

La sección mantiene relaciones con las demás secciones del Jura bernés y del cantón de Neuchâtel, y marcha muy bien.

El delegado, GUILLAUME ROTH.

Unión tipográfica de Lausana

Esta sociedad, afiliada a la Asociación Internacional, forma una sección de la Unión Tipográfica Suiza, que tiene por objeto principal el mantenimiento de las tarifas, el socorro en caso de paro y de huelga y, sobre todo, la asistencia a los obreros tipógrafos que han quedado inválidos por la edad o por enfermedad, así como a las viudas de los socios. La sociedad cuenta 65 miembros.

En general, nuestra sociedad quiere mejorar la situación social de los tipógrafos mediante el desarrollo material y moral de cada individuo. Últimamente nos hemos ocupado de la cuestión de los aprendices, cuyo abuso nos ha obligado a hacer un reglamento y a tomar medidas enérgicas al respecto. Nos hemos puesto de acuerdo con todos los patronos de Lausana, salvo una sola casa, la del señor Georges Birdel,86 donde nos hemos visto obligados a declarar la huelga, que dura todavía hoy, desde hace seis meses. En este tiempo hemos podido reconocer que, si los obreros quieren obtener buenos resultados, no basta con ser fuertes materialmente, sino que hace falta sobre todo ser fuertes moralmente. Por eso hemos tropezado con muchos contratiempos en varios asuntos judiciales, en los que hemos sido condenados en varias instancias. A pesar de ello, la Sociedad tipográfica no ha perdido el ánimo y, apoyada por sus hermanas del país y del extranjero, perseverará en su tarea penosa, pero justa y legítima.

El delegado, KÆSTNER.

Primera cuestión

Informes de las comisiones del congreso sobre las cuestiones del programa.

¿Cuáles son los medios prácticos de hacer de la Asociación Internacional un centro común de acción para la clase obrera en la lucha que sostiene contra el capital?

La comisión para esta cuestión se componía de tres miembros: Eccarius, de Londres, Becker, de Ginebra, y Tolain, de París, a los que se agregaron más tarde Coullery, de La Chaux-de-Fonds, y Bürkli, de Zúrich.

Como el informe de esta comisión, hecho en la octava sesión del congreso, lo presentó de palabra Eccarius, solo nos es posible dar las conclusiones votadas por el congreso al término de la discusión.

El congreso decidió adoptar, en forma de resoluciones, las siguientes disposiciones reglamentarias:

Siguen las resoluciones; véase Resoluciones sobre la primera cuestión (la Asociación, centro común de acción).87

Segunda cuestión

¿Cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que conceden a la burguesía y a los gobiernos? Crédito y bancos populares. — Moneda y papel moneda. — Seguros mutuos. — Sociedades obreras.

La comisión para esta cuestión se componía de nueve miembros: Walton, de Brecon; Longuet, de Caen; Monchal, de Ginebra; Aubry, de Ruan; Ailloud, de Vienne (Isère); Kugelmann, de Hannover; Bürkli, de Zúrich; Schlaifer, de Lausana, y Stampa, de Milán. Presentó su informe en la novena sesión del congreso.

Informe de la comisión

Ciudadanos:

La cuestión sometida al estudio de vuestra comisión era la de saber cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que conceden a la burguesía y al gobierno.

A una cuestión así planteada era fácil dar una respuesta directa: el medio de que las clases obreras utilicen el crédito que conceden a la burguesía y al gobierno es dejar de concedérselo y concedérselo a sí mismas.

Pero no solo teníamos que dar una respuesta; teníamos también que indicar vías y medios: este ha sido el objeto de nuestros trabajos.

Si suponemos un estado en que el productor lo fuera todo, en que todo estuviera organizado con vistas al trabajo y a la producción, está claro que allí, al ser cada ciudadano a la vez acreedor y acreditado, el medio más sencillo de que los trabajadores tuvieran el crédito sería organizarlo como servicio público prestado por el Estado, expresión de la colectividad, como debe serlo todo servicio público, a precio de coste y, por consiguiente, sin interés ni beneficio, puesto que una colectividad no puede obtener beneficios a costa de sí misma.

Pero, se nos dirá quizá, ¿cómo podrá el Banco nacional dar crédito sin interés, si tendrá que incluir en sus gastos generales el interés del capital que haya de servir para sus operaciones?

A esto responderemos que el Banco no necesitará capital para operar, y la prueba la encontramos ya desde ahora en la manera en que funciona el Banco de Francia.

El Banco de Francia se creó bajo Napoleón con un capital de 90 millones. ¿Se cree acaso que son esos 90 millones aportados por sus accionistas los que han permitido al Banco operar desde su fundación, y se imagina alguien que el interés que exige el Banco es el interés de ese capital de 90 millones? No: no es con ayuda de su capital, ni con ayuda de su encaje metálico, como el Banco puede dar crédito, sino con ayuda de su cartera, que asciende a menudo a cuatrocientos, quinientos o seiscientos millones, y aun más. Y esto es tan cierto que cuanto más débil es el encaje metálico del Banco, más fuerte es su cartera y más activos son sus negocios; en una palabra, más próspera es la situación general. Cuando, por el contrario, el encaje metálico es enorme, la cartera está desguarnecida. Entonces la situación de los negocios es mala.

Ahora bien, ¿qué es la cartera del Banco?

La cartera del Banco se compone de los efectos de todos sus clientes puestos en circulación y aceptados, que representan una prenda real. Son, pues, los clientes del Banco los que se dan crédito a sí mismos.

¿Para qué sirven entonces los accionistas, la compañía monopolista? Para nada, como no sea para hacerse pagar muy caro por el público un servicio que no le prestan.

Este servicio que el Banco actual nos cobra a alto precio, el Banco nacional podrá prestarlo a precio de coste a todos los productores que intercambian, asociados o aislados, que presenten garantías suficientes, es decir, una prenda real.

Mediante una serie de reformas económicas, de las que indicaremos algunas, como la reducción de los impuestos en un 50 por ciento por lo menos; la organización de los ferrocarriles, canales y minas como servicios públicos a precio de coste, y, como consecuencia, la baratura de los transportes y de las materias primas; la creación de bancos de crédito territorial y agrícola destinados sobre todo a hacer pasar la tierra a manos de quien la cultiva mediante un sistema de anualidades fácil de establecer desde el momento en que la supresión del interés se hubiera convertido en ley del Estado; mediante esta serie de reformas económicas, decimos, el número de productores capaces de aportar una prenda real aumentará cada día y pronto abarcará a toda la nación.

Esta sería, como hemos dicho, la mejor organización del crédito en un Estado en que todo se hiciera con vistas al trabajo, a la producción.

Pero ese Estado en el que el trabajo se convierte en la base misma del contrato social, ¿no es aquel cuyo advenimiento tiene por fin preparar y apresurar esta Asociación?

Hemos pensado, pues, que debíamos ante todo, antes de cualquier otro examen de la cuestión, afirmar el gran principio teórico de la organización mutualista del crédito como servicio público.

Nos quedaba después examinar cómo se podía mejor no solo propagar el principio teórico, sino entrar desde ahora, en la medida de lo posible, en su aplicación.

Sobre este punto, un proyecto ha atraído sobre todo la atención de la comisión: el de la oficina de París, que ha propuesto agrupar en una sociedad general de crédito gratuito y recíproco a todas las sociedades obreras creadas o por crear.

Nos ha parecido que esta sociedad general de crédito, si se ajustara siempre estrictamente a esos principios de gratuidad y de reciprocidad, sería como el tipo reducido y, por así decir, el embrión de la gran institución definitiva que, con el nombre de Banco nacional, habrá de asegurar más tarde el crédito a toda la colectividad.

Uno de los rasgos más destacados de esta federación del trabajo, como la llaman también los autores del proyecto, es que respetaría por completo la autonomía de todas sus ramas. También en esto sería digna de servir de modelo al Banco nacional, que también él, a nuestro juicio, deberá dejar a sus sucursales cierto margen, sin que puedan nunca, sin embargo, apartarse de sus principios constitutivos: reciprocidad y gratuidad.

Seguros mutuos

Teníamos que ocuparnos también de los seguros mutuos. Hemos pensado, ciudadanos, que era ahí donde la mutualidad encontraba una de sus aplicaciones más fáciles, más felices y más fecundas. En efecto, no hace falta capital alguno, salvo un pequeño adelanto destinado a cubrir los primeros gastos.

No era cometido nuestro entrar en todos los detalles técnicos del seguro mutuo. Hemos tenido que limitarnos a recomendar para su organización los principios de división de los riesgos, de responsabilidad personal y de proporcionalidad según los riesgos, haciendo notar, sin embargo, que estos últimos principios no deben ser absolutos en el estado actual, sino que hay que templarlos con el principio, menos preciso, de la solidaridad general.

Así, ciertos hombres corren, por la función misma que desempeñan en la sociedad, y que a menudo es de las peor retribuidas, numerosos riesgos de muerte; sería, a nuestro juicio, malo e incluso injusto quitarles en forma de prima una parte demasiado grande de su retribución, que ya es a menudo insuficiente.

Lo que queremos decir particularmente sobre el seguro mutuo es que de su generalización depende sobre todo la regeneración de nuestras conciencias. Es sobre todo el seguro mutuo, aplicado a todos los riesgos, lo que nos sacará definitivamente de la insolidaridad actual. Gracias a él sabremos que el riesgo de uno es el riesgo del otro, el peligro de uno solo el peligro de todos, y solo él nos llevará a la verdadera noción de la Fraternidad.

La mutualidad aplicada a todas nuestras relaciones sociales: ese es, a nuestro juicio, el principio salvador que hay que oponer a la insolidaridad actual. Hoy la guerra está en todas partes: en nuestros cerebros, en nuestras conciencias y también en nuestros negocios. La máxima de la barbarie, homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), penetra cada día más en la práctica económica. Hay hombres que prefieren correr el riesgo de arruinarse, de deshonrarse incluso, y conservar también la posibilidad, muy débil, de llegar a la ociosidad, a la opulencia.

Esta tendencia a la insolidaridad, que se ha acentuado cada vez más desde el día en que la Revolución, al proclamar la libertad del trabajo y de la industria, destruyó el sistema de las corporaciones, es la tendencia que hay que combatir, sin encerrarnos de nuevo, sin embargo, en los estrechos moldes que rompieron nuestros padres, oponiéndole en todas partes el principio de la mutualidad, que nos preservará para siempre de los peligros de la insolidaridad y del egoísmo sin exponernos a las incertidumbres de la Fraternidad ni a las indivisiones del comunismo; ese principio, en fin, que ya no es un puro sentimiento, sino la expresión exacta y rigurosa de la justicia.

Mientras este principio no sea la regla de nuestras relaciones económicas, no habrá que contar con la emancipación de los miserables. Podrían formarse numerosas asociaciones de productores, podrían llegar a ser poderosas, quizá incluso salir victoriosas de la lucha contra el privilegio capitalista. Pero, aun en ese caso, apenas consumada su victoria, apenas aplastado su enemigo común, tendrían que recomenzar la lucha entre sí si tuvieran por fin obtener beneficios en lugar de buscar, como la asociación mutualista, el justo precio, la simple remuneración del trabajo.

La asociación no es por sí misma más que una fuerza neutra, un medio de lucha; sería impotente para emancipar a la humanidad si no estuviera sometida a un principio superior de alta moral y de derecho, que es el único que puede hacerla eficaz y triunfante.

Charles LONGUET, ponente.

A continuación del informe de la comisión, De Paepe, de Bruselas, dio lectura de un trabajo sobre la misma cuestión, debido a la sección belga.

Informe de la sección belga

¿Cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que conceden a la burguesía y a los gobiernos?

Al leer esta cuestión, los economistas de la escuela de Malthus, partidarios de la libre competencia, del laissez-faire y del laissez-passer, pusieron el grito en el cielo y rectificaron, ingenua o falazmente, de la manera siguiente el error que suponían en el planteamiento del problema. Citamos L'Économiste belge, periódico del señor de Molinari88 (10 de agosto de 1867, n.º 16):

«¿Cómo pueden las clases obreras utilizar para su emancipación el crédito que DEBEN a la burguesía y a los gobiernos?».

Las clases obreras no deben nada a la burguesía ni a los gobiernos, de los que nada reciben. Son ellas, por el contrario, las que les dan crédito, puesto que solo el trabajo paga íntegramente el impuesto y solo el trabajo crea la materia y la prenda del crédito.

No intentaremos hacer de nuevo esta prueba para convencer a L'Économiste belge, a la bancocracia y al gobierno; no tenemos por qué ocuparnos de ese debate en el seno de la Asociación Internacional, compuesta de trabajadores; preguntaremos solamente al obrero:

¿Quién os da crédito a vosotros, que sois asalariados?

¿Quién os da crédito a vosotros, que no tenéis ni instrumentos de trabajo ni materia que labrar?

¿Quién os da crédito a vosotros, que sois los eternos explotados de la burguesía y de los gobiernos?

Y la respuesta no se hará esperar mucho:

Somos nosotros quienes os damos crédito a vosotros, burgueses ociosos y gobernantes, que sin nosotros, sin nuestro trabajo cotidiano, mañana dejaríais de existir. Somos nosotros quienes lo creamos todo; sois vosotros quienes vivís de lo que creamos.

Os damos crédito en todas las formas:

Al no recibir nuestro dinero más que al final de la semana, de la quincena y, las más de las veces, del mes, mientras que nuestro magro salario de cada día lo colocan en cuenta corriente en los bancos los patronos, que se benefician del interés de sumas que nos pertenecen. En los grandes establecimientos industriales que ocupan a tres o cuatro mil obreros se llega a contabilizar como ingreso ese interés sacado del salario.

Al dejar que se descuenten de nuestros salarios retenciones destinadas a constituir cajas de socorro, de previsión, de seguros, de pensiones, etc., etc. Estas cajas solo sirven para formar nuevos capitales, creados mediante reducciones de salario hábilmente calculadas. El interés que producen se destina a cualquier otra cosa o a un destino desconocido, pues la burguesía y los gobiernos han tenido buen cuidado de reservarse su administración.

A menudo estos capitales, en los momentos de crisis o cuando el tipo de descuento es muy elevado, hacen el oficio de los banqueros. Ya no tenemos que hacer su crítica: ¿no leíamos aún en el informe de la cámara de comercio de Charleroi que, a pesar del elevado nivel de los salarios, la clase obrera de esa región se encontraba en un estado vecino de la miseria? Y se nos asegura que el capital de las cajas de previsión, de socorro, de pensiones, etc., etc., de esa cuenca industrial asciende a 9 millones. Los servicios que prestan son, pues, nulos. Ese informe aparecía cuatro meses después de las matanzas de Marchienne.

Las clases obreras dan también crédito a la burguesía y a los gobiernos al depositar en las diferentes cajas de ahorros el poco dinero que han economizado para hacer frente a los accidentes, enfermedades, etc., etc.

Al pagar primas a las sociedades de seguros constituidas según el sistema actual, que es el de la anarquía económica.

Al comprar títulos de la deuda del Estado u obligaciones de empréstitos municipales que dan la esperanza de ganancias ilícitas. Los gobiernos exhiben con impudicia esos vergonzosos escándalos que se llaman loterías. La ley, hecha por ellos, prohíbe a los ciudadanos esta especulación por contraria a las buenas costumbres, y ellos mismos preconizan ese sistema para procurarse a bajo precio y en pequeñas sumas el dinero que les negarían al por mayor y a ese tipo los capitalistas y los banqueros, que saben a qué atenerse sobre el valor real de esos empréstitos, o más bien de esas explotaciones.

Hay que llamar la atención de los economistas serios sobre esta nueva manera de pedir prestado, en pequeñas sumas y pequeños pagos. Son verdaderas suscripciones nacionales con las que los gobiernos ya no piden crédito, sino limosna; y este nuevo sistema de pequeñas suscripciones es tanto más favorable a la consagración de los privilegios tiránicos del capital y del Estado cuanto que interesa a más gente en el mantenimiento del orden actual. Así se crea el maquiavelismo gubernamental apoyos en el seno mismo de las clases que por su naturaleza estarían más interesadas en un cambio de sistema.

La burguesía, a su vez, va más allá del ejemplo que se le da. Se ha puesto a especular con estas especulaciones. Funda lo que llama bancos de ahorro, que aceptan pagos mensuales que bajan hasta fracciones de cinco francos, con un interés del 4 y el 5 %; estas fracciones mínimas, verdaderos cupones de obligaciones ya bien mínimas de por sí, puesto que solo se emiten a 100, 80, 40 y hasta 25 francos en Bélgica, participan en los distintos sorteos y en los premios, que llegan hasta 100.000 francos. ¡En Suiza se han emitido incluso obligaciones de empréstitos-lotería a doce francos!

La burguesía, con la complicidad de los gobiernos, que conceden a las sociedades instituidas con este fin el anonimato y el beneficio de una reducción de impuestos, hace construir casas obreras que se venden a los trabajadores mediante retenciones semanales sobre sus salarios. Es una manera hábil de restablecer una gleba nueva y de crear nuevos siervos del feudalismo industrial.

Otros especuladores, más hábiles aún, atraen hacia sí los pequeños ahorros facilitando la compra de propiedades rústicas, las más de las veces incultas, al precio de un pago mensual de veinte francos. Poco a poco se forman así aglomeraciones de población que, en un momento dado, provocan un aumento del valor de esos terrenos tal que su precio se centuplica: así es como la filantropía se ha convertido ella misma en una excelente especulación.

Es preciso que las clases obreras comprendan por fin que cada céntimo puesto en la caja de ahorros, cada moneda confiada a tal o cual banquero o colocada en cualquier operación financiera, todo interés que perciban de esas diferentes colocaciones, y todas esas instituciones —montes de piedad, asilos, guarderías, calentaderos, obradores de caridad, ciudades obreras, hospitales, hospicios, refugios, workhouses, escuelas gratuitas, socorros a domicilio, consultas gratuitas, maternidades, quinze-vingts,89 tontinas, cantinas, sociedades de patronato, inclusas, sopas de cinco céntimos, farmacias para los pobres, conventos, etc., etc.—, todo eso no sirve sino para remachar con más solidez cada eslabón de la cadena que las tiene esclavizadas. Todas estas pomposas creaciones tienen por corolario las cárceles y los cuarteles.

¿Qué hacer para romper esta cadena de miseria que se extiende de día en día?

Es preciso que, en lugar de dar crédito a la burguesía y a los gobiernos, las clases obreras se den crédito a sí mismas; es preciso que sustituyan la comandita del capital por la comandita del trabajo por el trabajo.

¿Cómo realizar esta revolución?

Creemos que el crédito debería ser un servicio público, que el banco nacional debería transformarse en banco de crédito gratuito, pero creemos que esta medida es poco práctica por el momento. Entretanto, proponemos crear una asociación general obrera de crédito mutuo, basada en la reciprocidad, la gratuidad y la justicia.

«En 1848», dice Proudhon,90 «probé en numerosas publicaciones que, siendo el principio de la justicia la reciprocidad del respeto, el principio de la organización del trabajo en una sociedad bien constituida, la reciprocidad del servicio; el principio del comercio, la reciprocidad del intercambio; el principio de la banca, la reciprocidad del descuento, el principio del préstamo debería ser la reciprocidad de la prestación, tanto más cuanto que el préstamo no es en el fondo sino una forma del descuento, como el descuento es una forma del intercambio, y el intercambio una forma de la división del trabajo.

»Organicemos, decía yo, según este principio, el crédito territorial, el crédito mobiliario y toda clase de crédito. Desde entonces, se acabó la usura, se acabó el interés, ni legal ni ilegal: una simple tasa, de las más módicas, por gastos de comprobación y de registro, como en el descuento. La abolición de la usura, tan larga y tan vanamente perseguida por la Iglesia, se cumple por sí sola. El préstamo recíproco o crédito gratuito no es más difícil de realizar que el descuento recíproco, el intercambio recíproco, el servicio recíproco, el respeto recíproco, la JUSTICIA».

En efecto, si el crédito gratuito o préstamo recíproco no es difícil de realizar en una sociedad basada en los principios del mutualismo, no ocurre lo mismo mientras la clase obrera, que es la única clase renovadora, no esté en general penetrada de la idea de justicia o, por lo menos, no la ponga todavía en práctica.

Veamos, pues, qué es el crédito mutuo.

La palabra crédito significa confianza. Por lo general se tiene una idea falsa de lo que se llama crédito, porque esta palabra se entiende de dos maneras diferentes. Está en primer lugar el crédito personal: es un préstamo hecho a una persona en cuya probidad confía el prestamista, a la que adelanta fondos porque está seguro de su lealtad, porque tiene confianza en ella, en ese amigo, podría decirse, puesto que en este caso es el prestamista quien se ha constituido él mismo en fiador. Pero en los negocios no se entiende así el crédito: no se concede confianza al hombre, solo se tiene confianza en la prenda. Es una segunda especie de crédito, que se llama crédito real. El crédito real no descansa solo en la palabra del acreditado, sino también en la mercancía, la prenda, la hipoteca, la pignoración. El crédito real resulta de una operación comercial seria, que tiene lugar a consecuencia de un intercambio de valores, mientras que el crédito personal no es hoy en realidad sino el resultado de un acto caritativo, un socorro. Hay que captar bien la diferencia que existe entre estos dos créditos para comprender toda la diferencia que hay entre una sociedad de socorros mutuos, como tantas se encuentran entre las clases obreras, y una sociedad de crédito mutuo. La organización del crédito mutuo y gratuito realiza este sueño de los economistas: la unión del crédito personal y del crédito real. En el sistema de la reciprocidad, el crédito personal ya no es una limosna: es un intercambio, es el derecho.

¿Qué es, pues, el crédito mutuo?

Cuando los comerciantes, negociantes, prestatarios, cuando los banqueros, capitalistas, prestamistas, practican el crédito real, convienen en una detracción, en una remuneración, que toma los nombres de interés, comisiones, quebranto de plaza, etc., etc. Son verdaderas primas que, en los descuentos del comercio, llegan hasta el 15 % en los banqueros reputados de honrados. Son estas detracciones las que se trata de suprimir por medio de la mutualidad, tanto para los descuentos del comercio como para los préstamos sobre hipoteca, prenda y pignoración hechos a la agricultura y a la industria.

El crédito mutuo es, pues, el crédito concedido sin detracción de interés, el crédito gratuito, que no ocasiona al prestatario otros gastos que los de administración, evaluados en 1/2 o 1/4 por ciento, pero que lo compromete a practicar el mismo sistema de crédito con sus prestamistas. Con el crédito mutuo desaparece toda superioridad económica, el intercambio sustituye a la limosna y la igualdad política queda asegurada.

Para llegar a realizar la idea de esa sociedad general de crédito mutuo, el medio inmediato y práctico es empezar por crear un banco de crédito mutuo.

Ya hemos hablado de esta institución en la respuesta a la primera cuestión; vamos a tratar de dar sus detalles, de indicar su funcionamiento. No tenemos la pretensión de aplicar un remedio soberano al instituir este banco de crédito mutuo; no perseguimos más que un fin, el mismo que el fundador del Banco del Pueblo en 1849,91 el de trabajar con ejemplos de detalle en la instrucción económica de las clases obreras; pero no es menos cierto que la creación de un banco de este género es el punto de partida y la condición sine qua non de todas las demás reformas.

La creación de un banco del pueblo, de un banco de intercambio o de un banco de crédito mutuo —sea cual sea el nombre que le demos, con tal que la idea de reciprocidad, de gratuidad y de justicia haya presidido su constitución— es una de las instituciones más difíciles de realizar mientras vivamos bajo el imperio de las leyes actuales o de las leyes que preconizan los economistas partidarios del sistema de la libre competencia, del laissez-faire y del laissez-passer. Lo que podemos obtener en Bélgica, si las clases obreras están bien penetradas de la idea de mutualidad, es un banco que funcione en condiciones excepcionales y que no puede ser sino un medio de transición para la organización de la sociedad futura. No por ello creemos menos útil decir lo que debería ser el banco de crédito mutuo si pudiera constituirse sin tener en cuenta las leyes restrictivas sobre el monopolio y sobre el timbre, que hoy nos obligan a introducir en los verdaderos principios del crédito ciertas atenuaciones de las que hablaremos más adelante.

El banco de crédito mutuo sería una institución destinada a realizar el intercambio y la circulación de los valores a la par, sin detracción alguna en favor del capital.

El banco haría el descuento de los efectos comerciales y adelantos tanto a los trabajadores aislados como a las asociaciones obreras; favorecería la organización de estas, así como la formación de las grandes empresas, tales como la creación de docks, bazares, etc., etc.

El servicio del banco se hace con el papel del banco. La moneda metálica se suprime, salvo como moneda fraccionaria.

Todos los asociados se obligan mediante su firma a recibir el papel del banco.

El banco matriz favorece el establecimiento de instituciones del mismo género en las provincias y en el campo; trabaja por la descentralización de sus servicios mediante la creación de bancos de crédito territorial, de crédito agrícola, etc., basados en los mismos principios de reciprocidad y de gratuidad.

El banco reduce el tipo de su descuento y de su interés a lo absolutamente indispensable para cubrir sus gastos de administración y los riesgos, de manera que ese tipo disminuya cada vez más con la extensión de sus negocios.

Tales son los principios fundamentales del banco de crédito mutuo y gratuito. Sus consecuencias benéficas serían innumerables; limitémonos a decir que el resultado final sería: aniquilación de la miseria, reconciliación del hombre con el hombre, fin de la guerra.

Desgraciadamente, las revoluciones no se hacen de un salto: el banco de crédito tal como lo concebimos no es realizable con el ideal de perfección que quisiéramos darle.

Hay obstáculos legales, que son:

1.º El privilegio de ciertos bancos de emitir billetes.

2.º La ley del timbre (ley belga del 20 de julio de 1848), que exige absolutamente el empleo de cierto capital metálico para pagar este vejatorio impuesto sobre la circulación.

He aquí, pues, las modificaciones transitorias que habría que admitir hasta que una propaganda infatigable haya obligado al gobierno a quitar los obstáculos que se oponen a la libre extensión del crédito popular.

Con el dinero que entregaran los miembros de la Asociación de crédito mutuo a cambio de bonos del banco, hasta la cantidad necesaria, crearíamos el capital social de este banco, del que cada asociación, cada suscriptor, se convertiría en accionista y tendría así derecho a un crédito recíproco.

Este capital social serviría primero para hacer el descuento de los efectos a un tipo máximo del 2 %, mientras se espera poder reducirlo al simple coste de los gastos de administración.

Este capital social serviría después para organizar docks, establecer almacenes y depósitos donde los productos se expondrían, se pondrían en venta o se intercambiarían por otros productos. El banco emitiría warrants de garantía que representaran el valor de los depósitos, y esos warrants se cambiarían a su vez por cheques creados por el banco, de los que hablaremos más abajo y que están destinados a convertirse en nuestro papel moneda.

El banco organizaría un sindicato encargado de regular las condiciones en que se haría el intercambio de las materias primas entre los productores. Este sindicato lo nombrarían los propios depositantes. Así, estos depósitos suprimirían muchos intermediarios costosos e inútiles.

El capital social serviría además para comprar a los trabajadores sus instrumentos de trabajo, para dar crédito a las asociaciones de producción y, en fin, para hacer todos los adelantos necesarios a la industria y a la agricultura.

Tenemos que indicar aquí nuestro medio de cambio, nuestro papel moneda, en una palabra, nuestro billete de banco.

El cheque sería nuestro billete de circulación. Lo pondrían en circulación los mismos suscriptores del banco, que se servirían de él como billete de banco, y los productores que recurrieran a nuestra institución. Por lo demás, no tenemos especial empeño en ese nombre de cheque, porque el papel que la ley llama así es en realidad un billete de banco, pero un billete de banco que produce interés. Por eso se va camino de suprimir el billete de banco ordinario e incluso la moneda metálica, sobre todo en Inglaterra, donde el cheque es de uso común.

Por lo general se tiene una idea falsa de lo que representa el billete de banco. Se cree comúnmente que su valor principal está en la representación de la moneda metálica depositada en los sótanos del banco nacional. Es un error, y un error profundo. El metal depositado no representa más que la tercera parte de los billetes emitidos; las otras dos terceras partes tienen por garantía únicamente la confianza que el público concede a este papel moneda. Por eso, a la crisis más ligera, la depreciación llega inmediatamente y la gente corre al banco a hacerse reembolsar en moneda contante y sonante. El banco paga entonces muy despacio, muy despacio, a su gusto, en piezas de oro de cinco y de diez francos, de manera que solo reembolsa por valor de cien a ciento cincuenta mil francos diarios. Pero para él el día empieza a las 10 de la mañana y termina a las 2 de la tarde. Fuera de esas cuatro horas sacramentales, la caja está cerrada. Hemos visto practicar este sistema en Bélgica durante la crisis de 1866. Hacían falta recomendaciones especiales para conseguir que le pagaran a uno en piezas de veinte francos.

Por lo demás, la moneda metálica tiende a no considerarse ya en las transacciones comerciales más que como moneda fraccionaria. Ya lo hemos dicho más arriba. Una estadística reciente prueba que, de un millón de francos de pagos efectuados por una casa de banca inglesa, el metálico y los giros postales solo contribuyeron a esos pagos por la suma de 20.709 francos; los novecientos setenta y tantos mil francos restantes se pagaron con letras de cambio por 422.000 francos, cheques a la vista por 510.000 francos y billetes de banco por solo 45.000 francos.

El intercambio de productos por productos tiende, pues, a realizarse. Y es que, en efecto, la libre circulación de los productos según su valor real depende de la eliminación de la moneda metálica. La moneda metálica, por su valor intrínseco, causa ya por sí sola una desigualdad en el intercambio.

«El cheque es un bono a la vista arrancado de un libro talonario y entregado, contra el banquero que ha abierto una cuenta, por el deudor o pagador al acreedor o a la persona que debe cobrar. Los cheques se han convertido en Inglaterra en una moneda corriente, en una verdadera moneda fiduciaria. El cheque es esencialmente a la vista y al portador» (extracto del diccionario de Littré). El cheque actual produce interés en virtud de la cuenta corriente del portador. (Véase, sobre el cheque, la ley belga de 1865.)

Nuestro cheque, al contrario que el cheque en uso, no produciría interés, puesto que proclamamos la gratuidad del crédito. No tenemos por qué volver sobre esta cuestión y probar que el billete del Banco Nacional en Bélgica, como el del Banco de Francia en Francia, es un medio de hacer pagar dos veces el interés de sus encajes a sus clientes, con cuyo dinero hacen esos bancos el descuento; diremos solamente que nuestros cheques tendrán una garantía más seria que la de los billetes de banco actuales, que no descansan más que en el monopolio que les concede el Estado, porque nuestros cheques representarán, además del capital social, mercancía, producto elaborado, labrado o manufacturado, sobre todo si, mediante el establecimiento de docks, almacenes o depósitos, conseguimos suprimir ese intermediario parásito que se llama comercio y que roba a la producción el 125 % del consumo.

Pero, se nos objetará, vuestro cheque tiende a establecer la libertad de los bancos, puesto que atacáis el monopolio de la fabricación de los billetes.

A esto responderemos: nadie es más partidario que nosotros de la centralización del crédito. No queremos la libertad de los bancos más que la libertad del interés; pero, como ni los gobiernos ni la burguesía quieren constituir sus bancos nacionales sobre el principio de justicia, es preciso que las clases obreras constituyan, junto a esos bancos privilegiados que las explotan, un banco del trabajo que sea su antagonista y su enemigo encarnizado en todos los terrenos. Es preciso, pues, en nuestra concepción, que el cheque mate al billete de banco. El estado de competencia y de anarquía económica en que vivimos autoriza esta guerra. Precisamente porque tenemos fe en la victoria del trabajo sobre el capital pedimos armas para comenzar la batalla en el terreno de los bancos, como la hemos comenzado en el terreno del salario sirviéndonos de las huelgas y formando asociaciones de mantenimiento de las tarifas, y como juramos continuarla, esta guerra, dondequiera que podamos intervenir con la menor probabilidad de éxito. Esta declaración nos valdrá una vez más las injurias de nuestros adversarios y de la prensa gubernamental y burguesa; no tenemos más que responderles con este proverbio, que pertenece al sistema de la reciprocidad: ojo por ojo, diente por diente. Puesto que están en el poder, que empiecen ellos mismos las reformas. No es que esperemos algo de ellos: hace demasiado tiempo que esperamos para eso; no es que les pidamos a ellos algo, puesto que hemos tomado la firme resolución de no deber nuestra salvación más que a nosotros mismos y a nuestra iniciativa espontánea; es para evitar que las heridas que van a resultar de estos combates tarden demasiado en curar, es para evitar que la guerra dure demasiado tiempo. Los collares, las cadenas y los bozales vuelven rabiosos a los perros.

Resumimos, pues, así nuestra respuesta a la segunda cuestión.

Si las asociaciones obreras y los trabajadores individualmente quieren asestar un golpe mortal al capital, es preciso que se hagan accionistas —esa es la palabra— de un banco de crédito mutuo que les ofrezca, además de la garantía personal de su constitución, basada en los principios de mutualidad, de reciprocidad y de crédito al trabajador, la facilidad de obtener gratuitamente productos o materias primas, aunque los distintos productores e intercambiadores no se conozcan entre sí. ¿Y qué pide este banco? Que sus accionistas, asociados o clientes hagan circular sus cheques, se sirvan de ellos en todas sus operaciones y rechacen, si es necesario, cualquier otra clase de papel moneda.

Llegados al término de nuestra tarea, íbamos a redactar los estatutos provisionales de este banco de crédito mutuo cuando nos sorprendió gratamente encontrar, al leer los periódicos franceses, un proyecto de sociedad general de crédito mutuo. Es la realización completa de nuestro proyecto. Tales son la justicia y la fuerza de la idea mutualista que, sin ponerse de acuerdo con los obreros belgas, los obreros parisinos trabajaban en el mismo sentido que ellos en la constitución de la misma sociedad.

Este proyecto, redactado por los obreros franceses con el nombre de Federación de las sociedades obreras, no se detiene en la constitución de un banco de crédito mutuo. Abarca toda la cuestión del crédito en general.

Ante esta manifestación no tenemos más que esperar, y muy poco tiempo además, puesto que todo esto va a realizarse inmediatamente. Nuestro deber es dar a conocer esta federación del trabajo.

(Siguen los estatutos proyectados de la Federación del trabajo.)

Tal es, compañeros, el informe sobre la segunda cuestión que la sección belga tiene el honor de someteros.

Los ponentes: CÉSAR DE PAEPE, L. FONTAINE,92 ALPHONSE VANDENHOUTEN.

El congreso aprobó, como conclusiones del informe de la comisión y de la discusión que siguió a su lectura, las resoluciones siguientes, presentadas por Eccarius, de Londres:

Sigue la resolución; véase Resolución sobre la segunda cuestión (el crédito).

Tercera cuestión

Los esfuerzos que se hacen hoy por la emancipación del cuarto estado (clase obrera), ¿no pueden tener como resultado la creación de un quinto estado cuya situación sería mucho más miserable todavía? — La mutualidad o reciprocidad considerada como base de las relaciones sociales. — Equivalencia de las funciones. — Solidaridad. — Sociedades obreras.

La comisión de esta cuestión la formaban cinco miembros: Büchner, de Darmstadt; De Paepe, de Bruselas; Murat, de París; Müller, de Ginebra, y Garbe, de París. Presentó su informe en la séptima sesión del congreso.

Informe de la comisión

Los esfuerzos que hacen hoy las asociaciones por la emancipación de la clase obrera pueden resumirse en lo que se ha llamado el movimiento cooperativo. Ahora bien, el movimiento cooperativo, en su fase actual y en las diferentes formas en que se ha manifestado —sociedad supuestamente de crédito mutuo, sociedad de consumo, sociedad de producción—, reconoce todavía el viejo principio de la productividad del capital, es decir, del derecho de prelibación del capital sobre el trabajo, y lo pone ampliamente en práctica.

Así, en las sociedades de crédito, como las cajas de anticipos del señor Schulze-Delitzsch93, en Alemania, o el Crédit au travail del señor Beluze94, en París, los fondos producen primero un interés y luego unos dividendos proporcionales a la aportación de cada socio. Y como esa aportación es desigual, resulta necesariamente que aquellos cuya aportación es más considerable no tardarán en enriquecerse (siempre que no recurran ellos mismos demasiado a la caja, porque entonces el interés que pagan a la caja bien podría llegar a anular el interés y el dividendo que reciben), y que todos juntos acabarán por mejorar un poco su situación a costa de la masa de los proletarios, sobre quienes recae en última instancia el pago de esos intereses y dividendos.

En las sociedades de consumo, o bien los socios compran los productos para revenderlos con beneficio propio al público consumidor, o bien se reparten solo entre ellos los productos comprados. En el primer caso, es lisa y llanamente un intermediario colectivo que sustituye al comerciante; en el segundo, pueden darse dos situaciones: o esas sociedades se limitan a unos pocos hombres, y entonces no tendrán ninguna influencia en la situación de la masa y solo mejorarán la condición de unos cuantos; o se extienden a la masa, y entonces su efecto final será nulo, porque no tardarán en provocar una baja del salario proporcional a la disminución del precio de los objetos de consumo, ya que la competencia entre los trabajadores, la oferta de brazos, siempre mayor que la demanda en la sociedad actual, hace que el salario tienda siempre, para la mayoría de los obreros, a reducirse al mínimo que procura lo estrictamente necesario.

En las asociaciones de producción hay por lo general, en el reparto de los beneficios, la parte del capital y la parte del trabajo, y a veces incluso, como en el falansterio95 y en la célebre Sociedad de los Pioneros de Rochdale96, la parte del talento. No hablemos de la parte del talento, porque las asociaciones que hacen entrar ese elemento en la cuenta del reparto son una excepción; hablemos de la parte del capital: esta se compone primero de un interés fijado de antemano y luego de un dividendo proporcional a los negocios realizados y a la aportación de capital de cada uno. Y como esa aportación varía en general de un socio a otro, junto a un socio cuya parte debida al trabajo está representada, por ejemplo, por 10 y la debida al capital por 1 (o incluso por 0), hay otro cuya parte del trabajo es 1 y la parte del capital 20, por ejemplo 5 en concepto de interés y 15 en concepto de dividendo; resulta así que los socios cuya parte del capital se hace cada vez mayor se ven pronto en condiciones de vivir de sus rentas, y eso es lo que ha sucedido, en efecto, en más de una asociación.

Otras veces no hay parte del trabajo en el reparto y, una vez pagados los salarios y los intereses, los beneficios se reparten en proporción al número de acciones o, de manera más general, en proporción a la cuota de capital de cada uno en la empresa: el mismo resultado que en el caso anterior. Además, la mayoría de las asociaciones de producción emplean, con el nombre de auxiliares, a verdaderos obreros asalariados, con la diferencia de que aquí el patrono, en lugar de ser un individuo, es una colectividad. Por otra parte, la mayoría de las asociaciones de producción actuales se constituyen entre unos cuantos obreros privilegiados que se apartan sistemáticamente de sus compañeros, y no quieren extenderse hasta abarcar oficios enteros: ya hay en ello una división del proletariado.

Por último, para terminar esta crítica, añadiremos que, dejando aparte las desigualdades que acabamos de señalar en la constitución interna de estas tres clases de asociaciones, el vicio fundamental de estas sociedades está en su manera de actuar respecto al resto de la sociedad, y ese vicio consiste en esto: en lugar de intercambiar los servicios y los productos a precio de coste, todas ellas se proponen obtener beneficios, aumentar su capital social, redondear su caja; y cuanto más aumenta así una asociación su capital y sus beneficios, más la alientan los economistas burgueses y más se extasían las gentes de miras estrechas. Pero esos beneficios no llueven del cielo como el maná del Señor: es preciso que se detraigan de alguien, y ese alguien es el público; ahora bien, la parte de ese público que vive a su vez de ganancias, de intereses, de arrendamientos, de alquileres, se cuida mucho de resarcirse a costa del trabajo, de modo que, en definitiva, los beneficios que realizan las asociaciones se detraen de la masa de los proletarios que queda fuera de ellas. Así es como esos beneficios constituyen una nueva explotación del trabajo que viene a sumarse a la antigua explotación burguesa. Si estas asociaciones se generalizan, debe seguirse efectivamente de ello, por una parte, la creación de una nueva clase compuesta de los socios que se reparten esos beneficios; por otra, la creación de otra clase compuesta de aquellos de quienes se detraen esos beneficios, y que sería evidentemente más miserable que nunca, puesto que estaría más explotada. Hay, pues, en ello una tendencia real a la constitución de un nuevo estado privilegiado junto al tercer estado o burguesía, a la constitución de un cuarto estado.

Pero aquí se presenta una curiosa muestra de las numerosas contradicciones de la economía política, contradicciones que no existen solo en las palabras, sino en los hechos. Junto a esta tendencia a crear una nueva clase intermedia entre la burguesía y el proletariado, se manifiesta otra tendencia no menos positiva, y sin embargo opuesta: la tendencia a la constitución de dos clases únicas, separadas por un abismo, una riquísima y otra pobrísima. Esta tendencia se debe a dos grandes fenómenos económicos que son correlativos, que marchan en paralelo, que son alternativa y recíprocamente causa y efecto el uno del otro, y cuya existencia se hace cada día más patente:

Es, por una parte, el desarrollo de la fuerza colectiva, la invasión de la pequeña industria por la gran industria, la sustitución de los pequeños talleres por las grandes fábricas, de los pequeños tenderetes por los grandes almacenes, resultado necesario del desarrollo de la división del trabajo y de la introducción incesante de las máquinas. Es, en una palabra, la constitución del feudalismo industrial.

Es, por otra parte, la centralización de los capitales en unas pocas manos, el anonimato practicado en una escala cada vez más vasta, el aplastamiento del pequeño capital por el gran capital, de las monedas de cinco francos por los millones; mientras que los mil francos del pequeño burgués se convierten en dos mil al cabo de catorce años al 5 %, con los intereses de los intereses, el millón de los Rothschild se convierte al cabo de catorce años en dos millones, sin contar los dividendos, que son mucho más enormes y que, capitalizados de nuevo, producen una suma fabulosa. Es, en una palabra, la constitución del feudalismo financiero.

Ahora bien, con la sustitución de los pequeños talleres, donde un hombre trabajaba solo con algunos ayudantes o aprendices, por los grandes talleres, donde trabajan legiones de asalariados, es evidente que una multitud de pequeños burgueses, de pequeños industriales y de obreros que trabajaban por cuenta propia recaen en el salariado; y con la centralización de los capitales es evidente también que, como la competencia entre los capitalistas ya no es tan grande y el monopolio sustituye a la competencia, los pequeños capitales ya no pueden luchar, y el pequeño burgués, tras toda una serie de descalabros, de ruinas y de quiebras, tiende a recaer poco a poco en el proletariado.

Así pues: tendencia a la constitución de una nueva clase media y tendencia a la supresión de la clase media actual; tal es el doble y singular espectáculo que nos ofrece en este momento el mundo económico. Queda por saber ahora cuál de esas dos tendencias es la más fuerte; queda por saber sobre todo si la nueva clase media, una vez constituida, no correría la suerte de la antigua, es decir, si no se vería obligada a su vez o a subir a la clase plenamente plutocrática, si puede, o, si no, a volver a bajar al proletariado, y si, por consiguiente, la existencia de esa clase media no sería puramente temporal.

Pero, sea como fuere, temporal o no, hay en ello un peligro contra el que debemos buscar los medios de precavernos. ¿Cuáles son esos medios?

Observemos ante todo que la cuestión, tal como nos la ha planteado el congreso, es doble.

1.° La cuestión habla de un cuarto estado que sería intermedio entre el tercer estado o burguesía y el proletariado, convertido entonces en quinto estado;

2.° Pregunta si ese quinto estado no sería más miserable aún que antes.

Para evitar que se realice aquello de que habla la segunda parte de la cuestión, basta con que las asociaciones de crédito, de consumo y de producción, en lugar de obtener beneficios detraídos siempre de la masa de los proletarios, no obtengan beneficios y, por consiguiente, no empobrezcan al proletariado; y para eso es preciso que esas asociaciones se basen en el principio de mutualidad, es preciso que sus miembros practiquen entre sí la reciprocidad del préstamo, del descuento, de los seguros, de las garantías, de los servicios y de los productos, intercambiando todos los productos y servicios, sean cuales fueren, por lo que valen, es decir, por lo que han costado en trabajo y en gastos o, más claramente, en gastos de consumo del productor y en gastos de herramientas y de materias primas.

En cuanto a la primera parte de la cuestión, hemos de reconocer que, aun cuando las asociaciones existentes se basaran todas en el principio de la reciprocidad, los miembros de esas asociaciones, al encontrar en la aplicación de su principio una mejora de su suerte, no dejarían de constituir, no una nueva clase explotadora (puesto que no detraerían tributo alguno del trabajo de nadie), pero sí una nueva clase intermedia entre la burguesía capitalista y la inmensa plebe que quedara fuera de esas asociaciones; en una palabra, un cuarto estado que tendría por debajo un quinto estado. Para impedir la formación de ese cuarto y ese quinto estado, creemos, pues, que no basta con poner en práctica incluso los más puros principios de justicia de manera aislada, en una escala siempre más o menos restringida, en algunos grupos particulares, en algunos rincones de la sociedad, sino que es absolutamente preciso emplear medidas generales, de esas medidas que se aplican de entrada al conjunto de la sociedad y que hacen sentir inmediatamente su acción en toda la colectividad social.

No podemos zanjar aquí la cuestión de cuáles son esas medidas de conjunto, que sin embargo nos parecen tan necesarias; pero creemos poder señalar, como dignos de que los estudiemos, ciertos medios de reforma general propuestos por diversos socialistas: la transformación del banco nacional (Banco de Francia, Banco de Bélgica, Banco de Inglaterra, etc.) en banco de crédito gratuito, la abolición de las herencias ab intestato a partir de ciertos grados de parentesco, el impuesto sobre las sucesiones en línea colateral, etc., etc.

Sin embargo, no habría que concluir de las consideraciones a que acabamos de entregarnos que tenemos el movimiento cooperativo en su forma actual, no diremos por nocivo, sino por inútil. Siempre es bueno ver a los trabajadores agruparse, verlos buscar en la práctica y por sí mismos una mejora de su suerte, aunque se equivoquen en sus ensayos; desde este punto de vista, el movimiento cooperativo es a nuestros ojos la gran escuela en la que el trabajador se inicia en las cuestiones económicas, la palanca más poderosa del progreso social. — Por lo demás, en medio de una sociedad burguesa y anárquica, donde reina el cada uno para sí y donde la acumulación de los beneficios más ilícitos se llama entender de negocios, era imposible que las asociaciones obreras no empezaran por imitar el vicio general. Era a la vez una necesidad lógica y una necesidad económica: una necesidad lógica, porque el espíritu humano nunca procede sino por evolución gradual, enlazando por algunos puntos sus concepciones nuevas con sus concepciones antiguas; una necesidad económica, porque las primeras asociaciones, que tenían que constituirse un capital para luchar contra las empresas de los burgueses, no podían, y a menudo todavía no pueden, a causa de su aislamiento, llegar a obtener ese capital más que sacando beneficio del préstamo, de la producción o de la venta de los productos.

César DE PAEPE, ponente.

Tras el informe de la comisión, Chemalé, de París, leyó un trabajo sobre la Equivalencia de las funciones. Helo aquí:

De la equivalencia de las funciones

Hablar hoy de la equivalencia de las funciones es casi caer en el absurdo. Después de haber dividido el trabajo en interés de la producción, se ha llegado a especializar cada operación y a hacer de ella, en cierto modo, un verdadero oficio. Así, en la mecánica encontramos fundidores, herreros, torneros, ajustadores, montadores; después, bajando la escala, vienen los fogoneros, los golpeadores, los roscadores, los taladradores, los remachadores. Entre los cerrajeros quizá no se encontraría uno de cada cien capaz de hacer una cerradura de arriba abajo; unos forjan, otros liman, herran: otras tantas especialidades distintas que, al limitar el ejercicio de la inteligencia, acaban limitando las facultades y embruteciendo al obrero. Entre los constructores, la misma división: los canteros, los asentadores, acarreadores, palanqueros, rejuntadores, limousins97, albañiles, etc. ¡Cuántas veces un obrero, invitado a hacer un trabajo de su profesión, responde: «No es mi especialidad»! Y, sin embargo, ha dado por nada tres años de su tiempo a un empresario que, al cabo de ese tiempo, le ha entregado una libreta que debería ser en cierto modo un diploma, el signo de su capacidad y de su libertad, y que no es más que el signo de su servidumbre.

Se comprende que en medio de semejante caos sea necesario establecer capataces, directores, maestros; que haya que remunerarlos en proporción a la necesidad que de ellos tiene el empresario; pero tal estado de cosas no puede durar más. El exceso de la división nos obliga a volver sobre nosotros mismos y a buscar los medios de detener la mecanización del obrero. Es hora, ya es hora de volver a los principios. El hombre, según su constitución física e intelectual, es más apto para desempeñar unas funciones que otras; esto es indiscutible. La educación que reciba tiene por objeto revelarle esas aptitudes.

Lo que se ha llamado la politecnia del aprendizaje, la enseñanza integral o profesional, no es forzosamente la práctica de todos los oficios, sino el conocimiento de los principios científicos e industriales necesarios para el ejercicio de una profesión. Ciertamente, nadie posee la enciclopedia de los conocimientos humanos, ni siquiera los bachilleres en ciencias, por sabios que se los suponga; pero todo hombre puede y debe conocer los principios generales de la ciencia y sus principales aplicaciones a las diversas ramas de la industria; debe conocer también el empleo de las herramientas y medios comunes a un gran número de profesiones; sin eso no podrá elegir con acierto la especialidad que le conviene, y resultará de ello un considerable desperdicio de fuerzas, con gran perjuicio del propio individuo y de la colectividad.

El trabajo, considerado como una pena, ha sido en todo tiempo un signo de inferioridad. El peón es inferior al artesano; el artesano, al comerciante o al ingeniero; el ingeniero es menos considerado que el artista, quien a su vez es subalterno del millonario. Todo se tasa en dinero, incluso la dignidad humana. He ahí la fotografía sin retoque de la sociedad actual.

Ahora bien, si dejamos aparte al rico ocioso, al que podemos colocar en la categoría de los seres inútiles, y las más de las veces nocivos, ¿qué vemos? La humanidad, compuesta de una serie de seres que todos, en mayor o menor parte, concurren a la creación de los servicios materiales o intelectuales necesarios para la vida o para el perfeccionamiento del hombre, para la exaltación de su dignidad.

Estos servicios pueden dividirse en un número más o menos considerable de categorías. Unos son necesarios; otros, útiles.

Tomemos primero como punto de partida las funciones industriales. En la cumbre encontramos al ingeniero, al arquitecto, al gran director de industria. El ingeniero, aplicando las leyes de la estática, del equilibrio, las de la resistencia de los metales y de la potencia del vapor y de la electricidad, combina esas diferentes fuerzas y crea una máquina. Este hombre ha desempeñado una función útil; tiene derecho a una remuneración proporcionada al servicio prestado. Pero ese motor se quedaría eternamente en proyecto sin el concurso de los prácticos: herreros, fundidores, torneros, obreros que trabajan la madera, el hierro, el cobre, el acero. El ingeniero recurre a estos trabajadores de otro orden, que ejecutan y a menudo rectifican la idea primera. Estas dos grandes categorías, la de inventor o iniciador y la de prácticos u obreros manuales, se dividen a su vez en un número infinito de funciones u oficios necesarios los unos a los otros.

Primero, el sabio ha buscado o comprobado las grandes leyes naturales que presiden la evolución de las fuerzas. Sus aptitudes especiales lo han ligado a esa función; pero el leñador ha cortado leña para él; todos los servicios que ha necesitado los han creado otros: albañiles, carpinteros, techadores, mecánicos, pintores han construido y embellecido su vivienda; labradores, viñadores, hortelanos han producido para él servicios a cambio de los que él ha creado y ofrecido.

El ingeniero, a su vez, aplica las leyes descubiertas por el sabio. Experimenta matemáticamente, y se convierte, respecto al sabio, en un práctico, en un obrero.

El obrero manual llega por fin y ejecuta definitivamente la idea de los dos primeros.

¿A cuál de ellos corresponde, por favor, el mérito de la producción real de la máquina? ¿Al sabio? No, sin duda: ha aportado su parte a la obra, eso es todo. El inventor no puede reclamar la palma más que el obrero que ha ejecutado. Todos han cooperado en la empresa. Todas estas funciones engranan unas con otras y se completan unas con otras. — ¿Cuál es, sin embargo, el más necesario: el sabio, el inventor o el ejecutor? «Sin ciencia, no hay máquinas», se dirá. Es verdad; pero también «sin artesanos, no hay máquinas», se responderá; — y concluimos que todos esos elementos son indispensables para la realización del progreso, que todas esas funciones son, no decimos iguales, sino equivalentes, y que corresponde a esos trabajadores de orden diferente buscar entre ellos, de buena fe, tomando por bases la justicia y la solidaridad, en una palabra la mutualidad de los servicios, la ley de reparto que debe presidir el intercambio de sus valores recíprocos.

Uno descubre la fuerza elástica del vapor; su descubrimiento es inútil sin otro que lo aplique; pero llega un tercero y da cuerpo y potencia a la idea. ¡Esa es la verdad!

El primero se guardará para sí su descubrimiento, y el segundo su invención, si el tercero, perjudicado en el reparto de los productos, se niega a la ejecución.

Ahora bien, solo la equivalencia de las funciones, creemos, al reunir a esos hombres para la creación de un servicio, puede permitir a la colectividad, como a cada uno de ellos, aprovechar los resultados obtenidos.

Observemos que no se trata aquí de igualar las partes, sino de proporcionarlas a los servicios prestados. Supongamos por un instante la máquina ya construida y valorada, tras debate contradictorio y con el consentimiento de vendedores y compradores, en 100; contada en 50 la parte de la mano de obra y de las materias primas, quedan 50 para repartir entre los dos iniciadores: uno recibirá, por ejemplo, 30, y el otro 20. — Pero no se descubre todos los días una propiedad nueva de la materia, ni se inventa a cada instante una combinación de las fuerzas; de donde sacamos la consecuencia de que, aun en la hipótesis de ese reparto, no hay que temer que la distancia entre las condiciones sea tan grande que se pueda recelar una desigualdad real. — (Enseñanza integral.)

Pero, se dirá, todo el mundo querrá ser ingeniero, director de obras o gran empresario; cada uno elegirá las funciones agradables. — ¡Oh!, eso no hay que temerlo, y he aquí por qué. No basta con tomar un título para vivir: — eso puede ocurrir en nuestra sociedad monopolizada, pero contamos con que no siempre será así. Llegará un día en que, para poder consumir algo, habrá que haber producido un valor igual al que se pide. Ahora bien, un sabio que no descubriera nada, lo mismo que un peón que no trabajara, correría gran riesgo de morirse de hambre. Del mismo modo, quien se obstinara en producir servicios que nadie aceptara en el intercambio se vería expuesto a consumir sus propios productos o a cambiar de profesión, a menos que se decidiera a perecer de inanición.

Tal es la ley de la mutualidad. El producto se cambia por un producto de igual valor; si no, hay engaño, estafa, robo.

No tenemos por qué preocuparnos de las capacidades; solo podemos valorar los productos. Quien es o puede ser capaz de producir 100 podrá muy legítimamente no producir más que 10; es perfectamente libre: pero no recibirá sino en razón de lo que ofrezca. Los talentos no nos incumben; solo nos corresponde valorar los productos, y ese es nuestro derecho.

Para que el servicio sea recíproco, es preciso que el empresario entregue al obrero tanto como el obrero le ofrece.

Así pues, ¿qué reclama el obrero? Lo ha dicho cien veces: vivir trabajando98. Quiere el salario igual al producto.

Puesto que el obrero no puede prescindir de capitales, ni el capitalista de trabajadores.

Todos reconocemos la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano como base de la sociedad.

Y esta afirma la igualdad de las personas (art. 2, declaración del 27 de julio y el 31 de agosto de 1789): «La naturaleza ha hecho a los hombres libres e iguales en derechos»99.

De donde deducimos: la igualdad de las personas y de los derechos implica la igualdad civil. La igualdad civil, a su vez, tiene por consecuencia la igualdad ante el intercambio. Lo cual quiere decir que, cuando dos o más hombres han empleado sus fuerzas en la creación de servicios, los intercambian entre sí sin hacer entrar en el precio nada más que lo que todos, de común acuerdo, consideran justo.

E. CHEMALÉ.

El congreso aprobó, como conclusiones del informe de la comisión y de la discusión que siguió a su lectura, las resoluciones siguientes:

Siguen las resoluciones; véase Resoluciones sobre la tercera cuestión (las asociaciones obreras y el «quinto estado»).

(El segundo párrafo de esta resolución lo propuso Eccarius, de Londres.)

(Las últimas palabras de esta resolución, «y de federación», se añadieron a propuesta de Tolain, de París.)

Cuarta cuestión

Trabajo y capital. — Paro. — Las máquinas y sus efectos. — Reducción de las horas de trabajo. — División del trabajo. — Transformación y extinción del salariado. — Reparto de los productos.

La comisión de esta cuestión la formaban cinco miembros: Dupleix, de Ginebra; Quinet, de Ginebra; Marly, de París; Schettel, de Lyon, y De Beaumont, de París. Presentó su informe en la octava sesión del congreso.

La comisión reconoce que las máquinas son, de todos los medios empleados hasta hoy, los más poderosos para llegar al resultado que tratamos de obtener, es decir, la mejora material de la clase obrera; pero que, para llegar a él, es de toda urgencia que, con ayuda de los bancos de crédito mutuo y por la asociación, el trabajo se apodere de esos medios de producción para ponerlos al servicio del beneficio de todos, y que no sigan en manos del capitalista, que hasta hoy solo se sirve de ellos para sus propios intereses, en detrimento de la clase obrera, tanto en lo moral como en lo material, por el empleo de un gran número de mujeres y de niños en las fábricas.

Las máquinas, que suprimen un gran número de brazos, deben equilibrarse con el número de trabajadores mediante una disminución de las horas de trabajo, para que todos puedan estar ocupados y puedan por ello consumir; eso es lo que no ha ocurrido hasta hoy, y lo que ha provocado una perturbación tan grande con el uso de máquinas que suministraban productos en cantidad superior al consumo.

A consecuencia de la invención de las máquinas se ha llegado forzosamente a la división del trabajo, para poder entregar productos iguales, tanto en la confección como en el precio de venta, a los que producen las máquinas. Desgraciadamente, por este medio se ha matado toda emulación en el hombre y se ha anulado por completo su libertad, al hacerlo pasar a él mismo al estado de máquina, que resulta ser propiedad de quien la emplea y la tiene completamente bajo su dependencia.

El capitalista se cuida mucho de sustentar la máquina; pero hace lo contrario con el trabajador, a quien no da siquiera con qué bastarse; para él la máquina lo es todo, y el hombre no es más que un accesorio. ¿Qué le importan las privaciones de toda clase que sufre el obrero por lo módico de su salario? Su objetivo es dar poco y sacar mucho; de ahí, gran miseria para la masa y gran riqueza para unos pocos.

Solo la asociación es capaz de remediar este estado de cosas, haciendo un reparto igual del trabajo y del beneficio, y suprimirá el salariado haciendo que todos estén interesados.

Concluimos, por las razones expuestas, que el trabajo, por todos los medios posibles, debe ocupar el lugar del capital. Uno de los medios empleados hasta hoy es la huelga. Reconocemos que es un medio brutal, que hay que evitar en lo posible; pero la situación en que se encuentra el trabajo obliga a menudo a recurrir a él.

El que posee no abandonará jamás su privilegio si no se ve obligado por la fuerza; por eso se emplea este medio violento.

Con este sistema organizado podemos llegar a suprimir el efecto desastroso de las máquinas y a paralizar el paro; pero todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a la creación de instituciones de crédito mutuo.

Ferdinand QUINET, ponente.

El congreso aprobó, como conclusión de este informe y de la discusión que siguió a su lectura, la resolución siguiente, que ya había votado el Congreso de Ginebra el año anterior:

Sigue la declaración; véase Declaración sobre la cuarta cuestión (trabajo y capital).

Quinta cuestión

Funciones sociales. Papel del hombre y de la mujer en la sociedad. — Educación de los niños. — Enseñanza integral. — Libertad de enseñanza. — Fonografía.

La comisión de esta cuestión la formaban cinco miembros: Cuendet-Kunz, de Sainte-Croix; Guillaume, de Le Locle; Coullery, de La Chaux-de-Fonds; Blanc, de Carouge, y Vanza, de Saint-Imier.

La comisión presentó dos informes: uno trataba del conjunto de las cuestiones planteadas; el otro, de una sola cuestión particular, la fonografía.

El informe de conjunto se leyó en la décima sesión del congreso.

Ciudadanos:

De todas las numerosas cuestiones sometidas a las deliberaciones del congreso, la quinta es una de las más importantes y de las más difíciles de resolver, porque el hombre es más pobre en recursos morales que en recursos materiales. Agradecemos sinceramente a la Oficina de París100 que la haya formulado.

Un informe completo sobre esta cuestión exigiría mucho tiempo, del que no disponemos. Vuestra comisión ha tenido que limitarse a tratar de poner de relieve los principios susceptibles de aplicación inmediata. Pedimos indulgencia a los delegados, y en particular a nuestros queridos amigos de París, que quizá no siempre queden satisfechos con los términos empleados.

Como la renovación social se basa en el principio de la mutualidad y en la equivalencia de las funciones, para hacerse posible y práctica debe tener por base la fraternidad, que solo se encuentra en los corazones honrados y generosos. Los egoístas se excluyen a sí mismos de los beneficios de la fraternidad. Si todos los hombres estuvieran animados de esa fraternidad, la renovación social sería fácil y rápida, o, mejor dicho, no habría que hacerla. Hay que encontrar, pues, la fuente de donde brote a raudales esa fraternidad.

En vano se harán oír las predicaciones más elocuentes si no penetran en el seno de la familia, que es la base principal del edificio social.

En vano existirá también la familia si la mujer, que es su alma, no es tratada con respeto, benevolencia y justicia. — Los errores y los prejuicios sobre la mujer y sobre sus facultades morales e intelectuales se encuentran en todos los países y en todas las clases de la sociedad. Esos errores y esos prejuicios han pasado a las leyes, formuladas ¿por quién? Por el hombre, ese soberbio protector de la compañera de su vida, sin la cual la existencia no solo no tendría ningún encanto, sino que sería imposible. — Las cuestiones relacionadas con la condición social de las mujeres han preocupado a los legistas y a los filósofos, pero, ¡ay!, sin resultados serios, porque legistas y filósofos han basado su razonamiento en este error capital: la inferioridad de la mujer.

Un gran capitán de los tiempos modernos ha dicho: «El porvenir de los pueblos depende de las madres de familia». Si dijo verdad (y no puede dudarse), la condición social de la mujer debe considerarse como elemento primordial de orden, de progreso y de felicidad para la humanidad. Esta cuestión es grave y solemne. La historia, la psicología101 encierran todos los elementos de una solución práctica: así pues, ¡manos a la obra, corazones comprensivos y generosos! — Escuchemos la voz elocuente del autor102 de la Histoire morale des femmes: «¿Hablaremos del pasado? Siempre, en todas partes, en el mediodía como en el norte, entre los judíos como entre los romanos, bajo Brahma como bajo Mahoma, generaciones enteras e ininterrumpidas de mujeres han ido cayendo bajo los mismos golpes y muriendo del mismo dolor, heridas no solo en su cuerpo, sino en su alma, en su inteligencia, en su dignidad; desheredadas durante una larga serie de siglos del derecho de obrar y de vivir, se han visto condenadas a desempeñar como subalternas los papeles sagrados de hijas, de esposas y de madres; ¿y condenadas por quién? Por sus protectores naturales. Eran sus padres quienes las desheredaban, sus maridos quienes las oprimían, sus hermanos quienes las despojaban y sus hijos quienes las gobernaban».

La mujer llama naturalmente a la familia. ¡Pues bien!, en medio de tantas instituciones que perecen, entre tantas autoridades que sucumben, queda todavía una cosa imperecedera y una autoridad que está más alta que todas las demás. El nombre más grande sobre la tierra es el nombre de padre; la cosa más grande, la autoridad paterna: tales son los elementos creadores y conservadores de la familia. El nombre de rey ha sufrido mucho, los pueblos han jurado odio a la realeza103; el nombre de padre ha sufrido mucho menos: por fortuna, es todavía un nombre de autoridad y de respeto.

Las miradas, cansadas de las escenas dolorosas y escandalosas de la vida presente, gustan de volverse hacia el dulce y conmovedor espectáculo de la intimidad de la familia, donde el padre y la madre educan de consuno a sus hijos en la virtud. ¿Qué hay más grande y más hermoso en la sociedad humana? La familia es la piedra angular de todo el edificio social. En la familia aparece el reflejo más magnífico y conmovedor del poder divino que crea, de la sabiduría que gobierna y del amor que sostiene y consuela. ¡La familia! Es el santuario augusto de la autoridad que crea y de la educación que eleva; es el hogar vivo e inextinguible de dos de los sentimientos más nobles que hay en el corazón, la gratitud y el respeto. ¡La familia!, objeto inmortal, primer y último fin de la solicitud del Creador y de las leyes divinas, como debería serlo del hombre y de las leyes sociales. ¡La familia! Son los nombres más dulces que pueden resonar en el oído del hombre; son los afectos más puros; son los primeros afectos de la vida, las alegrías más puras; son las primeras amistades de la vida, las alegrías más confiadas y más ingenuas, las virtudes más amables. En el seno del hogar doméstico deben nacer todas las virtudes, para desarrollarse más tarde en la vida práctica, social.

Sin la familia no hay para el hombre desarrollo completo, armónico. Es también el refugio consolador de los corazones tristes, de las almas angustiadas y desesperadas. Es, en fin, la humanidad en miniatura, y su modesto teatro podría bastar para ocupar la más vasta ambición: en su seno se encuentran actividad y trabajo, sufrimientos y consuelos, paz y felicidad. Es la fuente de la fraternidad.

La mujer, por su naturaleza física y moral, está naturalmente llamada a las funciones apacibles y minuciosas del hogar doméstico: ese es su departamento. No creemos que sea útil a la sociedad darle además otro ministerio. Si la mujer del proletario pudiera llegar a diputada en la Cámara, a la sopa del trabajador bien podría faltarle sal. Como madre, la mujer es la primera educadora del niño, pero con la condición expresa de que el padre actúe como fuerza directora. Las primeras impresiones ejercen un efecto poderoso, tanto en lo físico como en lo moral, y preparan el porvenir del hombre; por eso la educación debe empezar en la cuna y debe, mediante un sistema racional bien entendido, acompañar al hombre durante todo el curso de la vida práctica. La educación debe tender al desarrollo completo y armónico de las facultades morales, físicas e intelectuales del hombre. Una buena educación debe producir una voluntad viril, enérgica y libre, una inteligencia ilustrada y despojada de prejuicios, un corazón inclinado a todos los sentimientos de benevolencia, de justicia y de fraternidad. La educación doméstica debe ser objeto de los más tiernos cuidados por parte de los padres.

Ninguna reforma material es posible antes de las reformas morales por medio de la familia, la educación y la instrucción.

La educación de la primera infancia debe confiarse más particularmente a la mujer, cuya dulzura y ternura están en consonancia con esa edad. En América, donde la educación se tiene en gran honor, se dice que en algunos Estados las hijas de los burgueses se consagran por honra a la enseñanza: es su candidatura a las funciones matrimoniales. Conviene confiar la educación al hombre desde la segunda infancia, o la edad de 7 años. Como padre, como ciudadano, como maestro, educador, el hombre debe combatir siempre por la libertad y por la fraternidad.

El programa de enseñanza debe comprender desde el principio el estudio de los objetos que caen bajo los sentidos, para formar desde la infancia al ser inteligente en la reflexión y la observación, e imprimir ante todo rectitud al espíritu. Todo el sistema de educación debe tender a formar hombres libres y generosos. No es este el lugar de presentar un plan de estudios. Nos limitamos a indicar su principio. Permitidnos señalar un vicio capital de los programas adoptados actualmente. Todos, recargados o no, tienen el defecto de que, como resultado práctico, vuelven perezosas las facultades activas, entumecen el sentido moral, hacen inepta la inteligencia, indecisa la voluntad, falso el juicio; en una palabra, hacen esclavos, — precisamente porque las materias de enseñanza son de un carácter demasiado abstracto y no guardan ninguna relación con la naturaleza y la intensidad de las facultades del niño.

Las salas de estudio deben ser amplias y estar bien iluminadas y bien aireadas. La enseñanza debe ser científica, profesional, y tender a ser productiva; debe empezar ya desde la segunda infancia. La escuela no debe ser solo una gran sala de estudio, sino un gran taller, para desarrollar en ella todas las facultades intelectuales y manuales del niño. Está claro que la enseñanza profesional debe aplicarse con oportunidad y no practicarse a una edad demasiado tierna, demasiado débil. La experiencia ha demostrado en Suiza (pero en pequeño) que con una buena organización se podría poner a los alumnos de ambos sexos en condiciones de realizar un trabajo productivo antes de los dieciséis años, sin ningún peligro para sus fuerzas físicas y sin que sufra el desarrollo intelectual y moral.

Si se adoptara el sistema de la escuela-taller, tendría la inmensa ventaja de favorecer el vuelo de las aptitudes y de perfilar las vocaciones, además de la ventaja material, no menos grande, en cuanto a producción. Conocemos casos, aislados, es verdad, en que el muchacho o la muchacha, sin haber descuidado un estudio bastante general, podían ganar ya dos francos al día al cumplir los 15 o 16 años. Lo que se ha obtenido en pequeño podría obtenerse en grande: basta con quererlo.

No obstante, convendría no hacer empezar el trabajo manual antes de los doce años, para preparar insensiblemente al alumno para el trabajo profesional.

Así pues, la enseñanza debe ser científica, profesional y productiva. Pero ¿a quién pedir esa enseñanza?

Como a la sociedad entera le importa que cada uno de sus miembros reciba un mínimo de instrucción, creemos que la instrucción debe ser obligatoria y gratuita y darla el Estado; pero como, por otra parte, el Estado no será lo bastante complaciente y abnegado, sobre todo en ciertos países, para crear una escuela, por ejemplo una escuela-taller, junto a la enseñanza obligatoria del Estado debe haber lugar libre para todos los que deseen crear una escuela a sus expensas. Entonces, con la libertad, formaremos escuelas-taller cooperativas. Porque la enseñanza científica, profesional y productiva nunca la organizarán sino los amigos de la libertad, de la fraternidad. Casi todos los gobiernos simpatizan con los errores tradicionales, con la ignorancia y las tinieblas intelectuales. Jamás el Estado, con sus ejércitos de funcionarios, hará brillar el sol de la justicia y de la libertad sobre las masas difundiendo la instrucción. Así pues, nada puede esperarse de él actualmente: por lo demás, ya ha dado sus pruebas, en lamentable detrimento de un gran número de generaciones; leed la historia y juzgad.

¡Pues bien!, ya que hacemos cooperación para la producción, para el crédito, para el consumo, hagamos una vez más cooperación para la instrucción, esa poderosa palanca de la emancipación del trabajador: hagamos cooperación para formar maestros capaces de guiar a las nuevas generaciones por el camino de la libertad, fin último de las aspiraciones del hombre. Vuestra comisión hace ardientes votos por que cada cual ponga manos a la obra en favor de la instrucción, para que en el próximo congreso podamos decir con honra: «Nosotros, proletarios, también tenemos nuestras escuelas-taller».

La fonografía u ortografía racional está llamada en un próximo porvenir, creemos, a cooperar poderosamente a la renovación social que es objeto de nuestras deliberaciones. Se os presentará un informe especial sobre esta importante cuestión.

CUENDET-KUNZ, ponente.

Tras el informe de la comisión, el congreso escuchó la lectura de dos informes (de mayoría y de minoría) elaborados por una comisión de la sección belga. Los presentó De Paepe, de Bruselas.

Informe de mayoría

Aparte de la intervención de la ley para limitar las horas de trabajo de las mujeres empleadas en la industria, intervención que no existe en Bélgica y que nos vemos obligados a admitir, puesto que el trabajo prolongado de las mujeres es equiparable al homicidio que la ley prohíbe y castiga; aparte de esta medida, que es más de la incumbencia de la jurisprudencia que de la economía social, no tenemos ningún medio actual e inmediatamente aplicable que presentar para mejorar la triste situación de las mujeres entregadas a los trabajos industriales. Creemos que el lugar de la mujer en la actualidad no está en el taller ni en la fábrica, sino en el hogar, en la intimidad de la familia. Ahora bien, para llegar a colocar a la mujer en ese medio de la familia, que es el suyo, no podemos sino esforzarnos por mejorar la situación del obrero varón. Cualquier otra medida económica que quisiera actuar directamente sobre la situación del salariado femenino sería sin duda una obra generosa, quizá lograría mejorar un poco la condición de algunas obreras, pero tendría también, a nuestros ojos, el grave defecto de consagrar una posición anormal y de prolongar una situación contra natura dándole un barniz de equidad y de racionalidad.

Lo declaramos sin vacilar: a nuestros ojos la mujer no es productor en la acepción económica de la palabra, es decir, creador de valores destinados a la circulación, de objetos destinados a salir del grupo familiar para servir al consumo público, de productos intercambiables en la sociedad por otros productos. Si la mujer se lanza hoy a la producción, a la industria, es porque nuestra organización social le impide obedecer a sus disposiciones naturales; pero nosotros, que vemos las consecuencias de este estado de cosas, debemos protestar contra el trabajo industrial de la mujer, y no podemos admitirlo ni en la sociedad actual ni, sobre todo, en la sociedad reorganizada. Y he aquí por qué:

1.° En la sociedad actual no somos partidarios del trabajo de la mujer en la industria porque contribuye a hacer bajar el salario del hombre. Cuando la mujer, empujada por la miseria, se lanza a los trabajos industriales y viene a hacer competencia al hombre, realiza los trabajos por un salario menor, sea porque, siendo menores sus necesidades más perentorias, puede en rigor contentarse con menos que el hombre, sea porque, como la mayoría de los trabajos manuales exigen una fuerza física bastante rara en la mujer, solo se le da trabajo a condición de que esté peor retribuido que el del hombre. A consecuencia de esta competencia, el hombre se ve obligado a consentir una reducción de salario, y el resultado final de esta lucha entre el hombre y la mujer es para ambos un aumento de la miseria. Es una esperanza engañosa la que empuja a la mujer a buscar una mejora de la situación de su familia lanzándose a la industria, haciendo competencia al hombre. Mientras que el salario de las mujeres tiende, por una parte, a elevar el presupuesto de la familia, por otra disminuye pronto ese mismo presupuesto al hacer bajar el salario del padre, del marido, del hijo o del hermano. De suerte que puede decirse con el señor de Girardin104 que la mujer que trabaja en el taller, la fábrica o la manufactura, lejos de añadir a los recursos del hogar, los agota, porque hace bajar el salario.

Pero aquí se nos dirá quizá que es justo oponerse a que la mujer venga a hacer competencia al hombre en profesiones propias de este, y que hay que retirarla de esas industrias para dedicarla únicamente a las industrias que le convienen; a lo que responderemos que el número de oficios que la mujer es apta para ejercer es tan restringido que, si la oferta de brazos de todas las obreras se dirigiera exclusivamente hacia esos oficios, pronto los salarios bajarían tanto en ellos que las mujeres se morirían de hambre. Echad una ojeada al estado de los salarios de las costureras, y sobre todo de las encajeras y las hilanderas, a consecuencia de la competencia, y preguntaos qué sería de esos salarios si esa competencia fuera mayor todavía105.

2.° En la sociedad actual no somos partidarios del trabajo de la mujer en la industria, no solo porque el salario de la mujer queda compensado por la baja del salario del hombre, sino también porque ocasiona otra pérdida real para la familia, ya que la mujer que trabaja en el taller tiene que dejar su casa sin gobierno y no puede mantener convenientemente su hogar.

3.° En la sociedad actual no somos partidarios del trabajo de la mujer en la industria porque tiende a perpetuar la ignorancia. Sabemos que las obreras son a menudo completamente ignorantes; pero, aun cuando sepan leer y escribir y tengan nociones de gramática y de aritmética, las obreras no tienen tiempo de enseñar a sus hijos lo poco que saben. ¿Es posible que una mujer que trabaja 12 horas al día y que, además, puede tener que recorrer una larga distancia para ir a su taller o volver a casa, pueda dar lecciones a sus hijos? Así es, sin embargo, como se perpetúa la ignorancia: familias enteras son iletradas porque la madre no ha tenido tiempo de instruirlas.

4.° En la sociedad actual no somos partidarios del empleo de las mujeres en la industria porque el trabajo industrial de las mujeres, sobre todo en las minas y las manufacturas, es una causa de degeneración para la raza, sea porque impide a la madre criar a sus hijos con su propia leche, sea porque agota las fuerzas de la mujer. ¿Quién no conoce los hechos revelados en estos últimos tiempos por las estadísticas médicas acerca de las enfermedades y la mortalidad de los niños puestos en manos de nodrizas? ¿Quién no sabe también que la buena constitución de la madre es la primera condición de vitalidad para el niño, y que la mayoría de nuestras industrias arruinan singularmente la salud y la belleza de la mujer? «¿Qué viajero —dice el economista Blanqui106— no se ha quedado impresionado por la superioridad física de las mujeres de los obreros de Marsella y de Burdeos sobre las de Ruán y de Lille? Se diría que esas mujeres pertenecen a dos razas diferentes, tanto aventajan las primeras a las otras en belleza natural». Sufren menos, o han sufrido menos, porque no las arrancan, como a las primeras107, de su hogar para entregarlas desde la infancia a los trabajos de la industria. Tal es, según Blanqui, la razón de esa superioridad relativa108.

Hace unos días, la Academia de Medicina de Bélgica envió a todos los médicos de nuestros distritos industriales una serie de preguntas sobre los resultados del empleo de las mujeres en ciertas industrias, y la manera en que están formuladas esas preguntas prueba bastante cuán inminente es el peligro; se pregunta en ellas, entre otras cosas, cuál es la parte del trabajo de las mujeres en la degeneración física de ciertas poblaciones obreras, es decir, en los progresos de la debilitación, de la consunción, de la tisis y del raquitismo, y en la disminución de la talla media, disminución tan claramente señalada por los registros de los consejos de milicia109 de nuestros cantones manufactureros.

5.° Por último (y este es el punto esencial), en la sociedad reorganizada, en una sociedad normal, no podemos concebir el trabajo de la mujer en la industria, porque nos parece incompatible con los destinos de la mujer, con el papel que está llamada a desempeñar. «Las atracciones —decía Fourier110— son proporcionales a los destinos». Veamos cuáles son las atracciones físicas e intelectuales de la mujer; en otras palabras, cuál es el estado particular de su organismo y el giro particular de su espíritu.

Desde el punto de vista del organismo, no diremos exactamente, como Michelet111, que la mujer es una enferma perpetua; pero no por ello es menos cierto que en ciertos hechos debidos a las particularidades del organismo femenino (la eclosión brusca de la pubertad, la crisis periódica de la menstruación y el malestar general que la acompaña de ordinario, el embarazo, el parto, el puerperio, la lactancia, el destete y, más tarde, la menopausia) es difícil fijar el límite entre el estado fisiológico y el estado patológico, y que esas funciones orgánicas impiden a la mujer entregarse a todo trabajo tenaz o continuado, como los de la industria. Pero esas funciones que hacen a la mujer impropia para el trabajo industrial son precisamente las únicas que la hacen apta para la maternidad.

Desde el punto de vista de las facultades afectivas, ¿quién no sabe que la mujer se distingue por la delicadeza de sus sentimientos, por su ternura, su sensibilidad, su amor a los niños? Y, desde el punto de vista de las facultades mentales, ¿no están de acuerdo la ciencia y la práctica diaria en decirnos que la mujer es en general inferior al hombre en fuerza cerebral y que su entendimiento se acerca más al del niño? Ahora bien, esos caracteres particulares que colocan a la mujer en un rango secundario en cuanto a capacidad industrial la hacen, por el contrario, superior al hombre como educadora de la primera infancia.

Conforme a las leyes de la naturaleza, hay que considerar, pues, a toda mujer como destinada a ser esposa y, por consiguiente, ama de casa; luego madre y, por consiguiente, encargada de la educación y de la instrucción inicial de sus hijos; y si no todas llegan hoy a ese destino, hay que culpar de ello a los prejuicios sociales que dan lugar a tantas uniones mal avenidas, a la miseria, madre de la prostitución, y al progreso de las costumbres maltusianas; en una palabra, hay que culpar de ello al orden social actual.

Ahora bien, si la mujer está destinada a ser esposa y ama de casa, a la vez que a dar a la infancia los primeros cuidados físicos y las primeras ideas, ¿no es verdad que debe poseer una instrucción completa: instrucción teórica, por una parte, para que la esposa esté a la altura de las ideas del esposo y la joven familia no se vea dividida entre dos influencias antagónicas, y también para que la madre pueda dirigir con inteligencia y rectitud el desarrollo del niño; instrucción práctica, por otra, para que la mujer esté al corriente de todos los trabajos que conciernen al mantenimiento del hogar y de la familia?

Pues bien, sin querer dar aquí cifras precisas e invariables, puede considerarse que esa instrucción completa puede llegar hasta los 18 o 20 años, consagrando los seis últimos (es decir, a partir de los 12 años de edad) al estudio de las seis grandes ciencias fundamentales: matemáticas, astronomía, física, química, biología y sociología112, y a la adquisición de ideas generales sobre las diferentes ciencias concretas que con ellas se relacionan, todo ello a la par que el aprendizaje del gobierno de la casa y de las artes que con él tienen relación: arte culinario, modas, costura, etc. Y ya tenemos a la mujer llegada a la edad núbil, al menos en nuestros climas. Sigámosla ahora en la nueva situación que la espera.

Según los datos de los estadísticos, 4 hijos es el número medio por familia, y un intervalo de unos 3 años entre los distintos partos nos parece una condición fisiológica para la plena vitalidad del ser (9 meses de embarazo, 1 año de lactancia o algo más, 1 año de descanso para la madre), lo que lleva a la mujer a los 30 años; añadid luego de 18 a 20 años dedicados a la educación de sus hijas, es decir, hasta la época en que estas son llamadas a su vez a ser esposas y madres, y llegaréis hacia la cincuentena, es decir, a una edad crítica para la mujer, a una edad, por lo demás, en que la mujer, si fuera productor, empezaría a tener derecho al retiro en un sistema de seguros mutuos.

Pero ¿y la viuda?, se dirá. — Decimos, con la memoria de los delegados franceses al Congreso de Ginebra113, que la viudez es un accidente que ha de cubrir la mutualidad de los seguros, y que, por lo demás, no quita a la mujer ni el deseo ni el deber de criar a sus hijos y le impide, por tanto, ir a la fábrica o al taller.

Sí, pero ¿y la viuda joven y sin hijos? — Esa entra en la categoría de las muchachas solteras.

¿Y las mujeres casadas que no tienen hijos? — Eso no las dispensa de llevar su casa y de cuidar de su marido.

¿Y la muchacha que se consagra al celibato? ¡Oh!, a esa no la comprendemos, al menos en una sociedad bien organizada; solo podríamos explicarla como una monstruosidad, y Geoffroy Saint-Hilaire114 ha demostrado que los monstruos no hacen más que confirmar la ley natural; ya antes que él el refrán había dicho que la excepción confirma la regla.

Y, después de todo, para aquellas a quienes no absorbieran las ocupaciones del hogar o de la maternidad, como para las que, pese a la edad núbil, no tomaran esposo inmediatamente, ¿no hay además funciones sociales que convienen a la mujer mejor que los trabajos de la industria? ¿Ya no habrá que criar a los huérfanos ni asistir a los inválidos?... Cuando la actividad humana se dirige a la guerra y la sociedad está organizada militarmente, la mujer no es militar; aparte de algunas viragos, como una Judit o una Juana de Arco, solo aparece entonces en los campos de batalla como hermana de la caridad; pues bien, cuando la actividad humana se dirija enteramente a la producción y la sociedad esté organizada industrialmente, todo nos hace presumir que la mujer no será más industrial de lo que era militar; pero entonces también habrá heridos, enfermos e inválidos, y creemos que una educación que haya desarrollado íntegramente las facultades de la mujer le hará hacer por abnegación hacia la humanidad, en medio de los ejércitos industriales, lo que hoy hace por misticismo en medio de los ejércitos de la destrucción.

Tales son los motivos económicos, fisiológicos y morales que nos hacen condenar la intromisión de la mujer en la industria. Pero quede bien entendido que es de la libertad sola, y no de la coacción ni de la autoridad, de donde esperamos la realización de estos principios. Estudiar el fenómeno económico del trabajo industrial de las mujeres para deducir sus resultados en la sociedad normal: eso es únicamente lo que hemos querido hacer. En ello hemos sido fieles a este precepto de la filosofía positiva: estudiar los fenómenos para descubrir su ley y, por el conocimiento de la ley, llegar a la previsión de los acontecimientos; en otros términos: observar para saber, y saber para prever.

Y que no se nos venga a decir que queremos reducir a la mujer a un papel inferior, a funciones subalternas poco nobles, que queremos hacer de ella, como se ha dicho, una máquina de hacer hijos. En primer lugar, no somos nosotros quienes queremos nada en esta cuestión: es la naturaleza misma de las cosas, son las necesidades orgánicas y sociales. Si fuera verdad que la mujer vale menos que el hombre y que su papel natural es menos noble que el del hombre, ¿qué podríamos hacer nosotros? Pero no decimos que la mujer valga menos que el hombre; decimos que, si la mujer es inferior al hombre en fuerza física y en facultades mentales, le es superior en gracia corporal y en facultades afectivas: luego estos dos seres se valen, se equilibran, se completan mutuamente. Porque la mujer es superior al hombre en gracia y en sentimiento, le es superior como primera maestra y como guardiana de los niños; porque el hombre es superior a la mujer en músculos y en cerebro, le es superior como productor; de donde concluimos que la función por excelencia del hombre es la producción, y la función de la mujer, la maternidad con las consecuencias que entraña. Sí, ¡máquina de hacer hijos antes que máquina industrial! Pero ¿por qué emplear términos despectivos para designar cosas respetables? Si consideramos con razón el trabajo industrial como una función noble, ¿qué decir de la maternidad? Si es hermoso crear productos, ¿es menos hermoso crear productores? ¡La maternidad! Por ella la mujer se eleva y se impone al respeto de todos; por ella tiene en su mano el porvenir de la humanidad, enlaza las generaciones que se van con las que se levantan, establece a través de los siglos la unidad del género humano; más aún: la evolución que se cumple en su seno es la evolución misma del mundo orgánico en la producción lenta y progresiva de los diversos tipos de cada especie; se ha dicho que el hombre era un microcosmos, un pequeño universo; pero es sobre todo de la mujer de quien puede decirse que es para nosotros el símbolo de la inmensa Naturaleza. ¿Qué misión más santa que concebir un hijo, llevarlo en su seno, darle la vida con riesgo de perder la propia, darle la vida por segunda vez alimentándolo con la leche materna, ayudarle a dar sus primeros pasos y a balbucir sus primeras palabras, encender en su corazón el primer amor y en su cerebro la primera idea, formar su carácter, iniciarlo de una manera sencilla (como solo la mujer sabe hacerlo) en las sublimes verdades de la ciencia, hacer de él, en fin, un hombre? ¿Nos encontráis una misión más grande y más hermosa? En la Antigüedad, la matrona romana inspiraba a todos respeto y veneración; en la Edad Media, el catolicismo puso en los altares a una madre con su hijo en brazos; nosotros, los nietos del siglo XVIII y los hombres del XIX, ¿tendríamos acaso menos que la Antigüedad, menos que la Edad Media, el sentimiento de la dignidad de la madre? No podemos creerlo.

Diremos, pues, para terminar, que no esperamos la liberación de la obrera sino de la liberación del obrero, y que para nosotros esa liberación consiste en esto: arrancar a la mujer de la industria para hacer de ella un ama de casa, arrancarla de la prostitución para hacer de ella una esposa y una madre, arrancarla de la ignorancia y de la superstición para hacer de ella la educadora de la infancia. Cualquier otra emancipación de la mujer, tal como la han entendido ciertas escuelas socialistas, repugna a la dignidad del trabajador.

Los ponentes: A. VANDENHOUTEN. L. FONTAINE. C. DE PAEPE.

Informe de minoría

Las antiguas religiones consideraron el trabajo como un castigo: hoy el hombre ve en él su verdadero destino. Desde ese momento el trabajo se convierte en un derecho sagrado que no puede negarse a nadie, y que la mujer puede reivindicar con el mismo título que el hombre, porque solo en él encontrará la independencia y la dignidad.

Se han suscitado muchas objeciones para apartar a la mujer de este derecho común y proclamar así su degradación. Vamos a examinar las más especiosas:

1.° El empleo de las mujeres en la industria hace bajar el salario de los hombres. Esto no es más que un resultado de la organización actual del trabajo. Lo mismo podría decirse que el empleo de un número demasiado grande de hombres pone los salarios a precio vil, y concluir de ello que hay que limitar el número de los trabajadores y restablecer los antiguos gremios. Un medio muy sencillo de obviar el inconveniente señalado es incluir a las mujeres en el sistema futuro de la organización del trabajo.

2.° La inmoralidad de los talleres actuales. Proviene de diversas causas ajenas al trabajo en sí mismo; por ejemplo, de la presión que ejercen patronos y capataces libertinos; de la insuficiencia del salario, que empuja a la mujer al desenfreno; de la ignorancia, que no le deja en suerte más que los placeres de los sentidos.

3.° La debilidad de la mujer. Si al hombre le ha tocado en suerte la fuerza, a la mujer, en cambio, la destreza: el campo que le queda a esta es, pues, muy vasto, y las máquinas, que disminuyen cada día la parte de la fuerza, aumentarán todavía el número de los oficios que podrá ejercer.

4.° La maternidad. La mujer, destinada al matrimonio, se dice, no tendrá tiempo de trabajar. A esto se responderá que puede no casarse, ser viuda sin hijos o haber criado ya a los suyos. Además, hay que quitar de la tarea de la mujer casada todo lo que podrá hacerse mejor, por la división del trabajo, en establecimientos especiales, como la preparación de los alimentos, el lavado, el planchado, la confección de la ropa, la educación de los niños en edad de ir a la escuela de párvulos. La incapacidad para el trabajo no subsistirá, pues, para la mujer más que durante los últimos meses del embarazo y los tres primeros años del niño. Durante ese tiempo, la mujer será mantenida, bien por su marido, si el matrimonio ha de subsistir, bien por una caja especial destinada a ese fin.

Si admitimos la media de cuatro hijos por mujer y descontamos holgadamente cuatro años por cada hijo, eso no hará nunca más que dieciséis años quitados al trabajo, y aun no del todo. Quedará, pues, en la vida de la mujer una parte suficiente que dedicar al trabajo.

Libre es luego un hombre, si desea tener una mujer que se ocupe exclusivamente de su casa, de mantenerla con su solo trabajo; pero que al menos ella no esté atada a él forzosamente por la necesidad y que, si quiere separarse, pueda encontrar en el ejercicio de su profesión una existencia independiente.

Conclusión. La Asociación Internacional de los Trabajadores debe esforzarse por desarrollar entre las mujeres las asociaciones que hoy solo existen para los hombres, y animarlas a federarse con estas últimas, a fin de luchar de común acuerdo por la emancipación del trabajo, que es lo único que podrá asegurarles una independencia común.

Los ponentes: P. ESLENS. HINS115. P. ROBIN116.

Chemalé, de París, comunicó también al congreso un trabajo sobre el mismo tema, con motivo de la influencia que ejercen las máquinas de coser en las obreras. Helo aquí:

Extracto de los Boletines de la Academia de Medicina de París. — Sesión del 9 de mayo de 1866.117

Hace algo más de tres años, una mujer a quien yo había conocido hasta entonces dotada de todos los atributos de una salud floreciente se presentaba en mi consultorio con un adelgazamiento y una alteración de los rasgos que revelaban un daño profundo del organismo. ¿Cuál era la causa de ese funesto cambio sobrevenido en su salud?

Desde hacía 7 u 8 meses trabajaba de la mañana a la noche con una máquina de coser.

No obstante, este caso interesante, por grave que fuera en sí mismo, como era único, no me autorizaba suficientemente a remontarme de los efectos a la causa que los había producido y a sacar conclusiones... Así pues, me contenté con mantenerme alerta por ese lado y seguir buscando... Ahora bien, en el curso del año pasado encontré en el hospital Saint-Louis tres casos semejantes a ese. Este año, desde el 1 de enero, en el mismo hospital, he encontrado otros cinco...

Hace unos tres meses, dos mujeres que no se conocían en absoluto y que trabajaban en talleres diferentes se presentaron el mismo día a mi consulta del sábado.

La primera, rubia, linfática, de mejillas hundidas, lívidas, descoloridas, el cuerpo enflaquecido, la espalda encorvada, se quejó de violentos dolores epigástricos, de digestiones penosas, de flujos blancos continuos y de un estado general de malestar, debilitación y agotamiento. Nos dijo, por sí misma, que atribuía todos esos trastornos a la máquina de coser: antes de entrar en el taller donde movía la máquina era vigorosa, gruesa, lozana, sana, sin el menor rastro de leucorrea, y, desde hacía 7 u 8 meses que se dedicaba a ese tipo de trabajo, había visto debilitarse su salud, perderse sus carnes, irse sus fuerzas, aparecer los flujos blancos y hacerse de día en día más abundantes.

«Por lo demás —nos dijo—, no soy la única que sufre así: varias obreras de mi taller están enfermas como yo y por la misma causa: el movimiento continuo de los miembros inferiores, la sacudida, el balanceo de todo el cuerpo las agotan y les dan, como a mí, dolores de espalda, de estómago y, sobre todo, flujos blancos... Muchas de ellas experimentan con frecuencia una excitación genital lo bastante viva como para verse en la necesidad de interrumpir momentáneamente todo trabajo... y de recurrir a lociones de agua fría».

La segunda enferma que se presentó en aquella misma consulta era una mujer robusta, morena, de tez colorada, de temperamento sanguíneo. Trabajaba en la máquina de coser en casa de uno de nuestros mayores industriales; su salud siempre había sido buena, salvo desde su entrada en el taller, donde había estado un año aproximadamente. En cuanto a los fenómenos de excitación genital, sus respuestas fueron afirmativas:

«De 500 mujeres que trabajan en mi taller —me dijo—, hay por lo menos 200 que, que yo sepa, experimentan los mismos efectos que yo. Por eso la población de ese taller se renueva sin cesar: las mismas obreras no pueden quedarse allí mucho tiempo; es un ir y venir continuo de mujeres que entran sanas y de mujeres que salen enflaquecidas y debilitadas».

El sábado siguiente, también en mi consulta pública, el mismo caso, con algunas diferencias en cuanto a los estragos producidos.

Por último, en mi consulta de ayer (5 de mayo) se presentó otra mujer joven en la que el desastroso contragolpe de la máquina de coser había repercutido principalmente en el pecho. ¿Hay que extrañarse de que haya perdido el apetito, de que se haya vuelto gastrálgica, de que haya adelgazado rápidamente y de que, finalmente, la haya atacado una tos seca, incoercible y de pronóstico quizá funesto?

Quería, señores, llamar vuestra atención del modo más serio sobre los inconvenientes de una máquina que tiene el triste privilegio de ser doblemente peligrosa, pues, al mismo tiempo que exige una actividad muscular superior a las fuerzas de la mujer y, por consiguiente, contraria al equilibrio y a la armonía de sus funciones fisiológicas, fomenta en ciertos casos los hábitos más perniciosos para la salud.

Hay en ello, señores, una cuestión del orden más elevado, puesto que toca a la vez a la moral y a la salud pública. Cuando están en juego intereses tan graves, corresponde sobre todo al médico señalar el peligro, porque nadie sabe mejor que él cuán importante es cuidar las fuerzas humanas y cuán desastrosas son las consecuencias del vicio.

El doctor Vernois118 y el doctor Thibault refirieron hechos análogos.

Tras estos informes se trató de prohibir o suprimir las máquinas de coser. Es el único remedio que una filantropía impotente ha encontrado para evitar que se repitan tales trastornos.

¡Suprimir esta máquina! Pero ¿quién tiene derecho a poner límites a la inteligencia y a la actividad humanas? Si esa idea hubiera podido germinar alguna vez en el cerebro de un trabajador, los gobiernos y los grandes industriales, asistidos por todos los sabios titulados, por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, por los profesores oficiales y por todos los satisfechos, habrían clamado contra el vandalismo, y la represión más enérgica se habría sumado pronto al anatema. Hay en ello un gran mal, y, por no querer remontar la cadena de los hechos, se pretende atajar ese mal rompiendo uno de los eslabones.

El socialismo no procede así: afirma que las grandes leyes a las que la humanidad debe su existencia y su conservación han sido violadas, y que hay que reconstituir la economía social sobre su verdadera base: a cada uno sus funciones según las aptitudes y las fuerzas que le ha repartido la naturaleza. — ¿No veis —os grita— que la mortalidad de los niños de pecho, la decrepitud del género humano, la despoblación del campo, la inmoralidad creciente, el estancamiento del crecimiento de la población y todos los demás fenómenos de degeneración señalados por la ciencia tienen una sola y misma causa, o más bien que esos síntomas son a la vez y alternativamente causas y efectos? La impotencia de vuestra reglamentación está demostrada desde hace mucho. Por una parte, no podéis vivir sin libertades política, comercial, agrícola e industrial; por otra, esas libertades arrastran consigo una multitud de males que llevan a la sociedad a su perdición. No es la codicia de los industriales lo que hay que acusar aquí. Arrastrados por el torbellino de los negocios, sometidos, por el hecho mismo de la libertad, a una competencia desenfrenada, obligados a modificar día tras día sus instrumentos de trabajo y sus motores, no pueden detenerse sin perderse y, por tanto, sin entregar a la miseria más espantosa a todos los que vivían y vegetaban a la sombra de su monopolio.

La gran ley de la solidaridad ha sido violada, el reparto de los frutos del trabajo se ha entregado al agio y a la arbitrariedad; el laissez faire, laissez passer ha echado sus raíces en las profundidades del mundo industrial, nos ha cubierto con sus innumerables ramas, a cuya sombra se debaten trabajadores de toda edad y de todo sexo, extenuados de fatiga y muriéndose de miseria.

Las máquinas, elementos de la potencia y de la riqueza públicas, no han hecho más que volver más precaria todavía la vida del obrero. ¿Hay que destruir por eso esos instrumentos de progreso y maldecir a sus poseedores? ¡No, no, mil veces no! Cambiad las bases del reparto, y esos poderosos ingenios de producción y de bienestar van, por así decir, a transformarse.

De opresores que eran, van a convertirse en libertadores. El trabajador, liberado del trabajo grueso, va a ejercitar su inteligencia y a elevarse hasta los primeros peldaños de la escala en la que hoy ocupa el último travesaño.

E. CHEMALÉ.

El congreso aprobó, como conclusiones del informe de la comisión y de la discusión que siguió a su lectura, las resoluciones siguientes:

Siguen las resoluciones; véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza).

(Las palabras «puesta a estudio de un programa de enseñanza integral» se aprobaron a propuesta de Longuet, de Caen).

(El texto de esta tercera resolución lo redactó Tolain, de París).

El informe sobre la fonografía se leyó en la sexta sesión del congreso.

Informe

Hace un año, el Congreso de Ginebra expresó con un voto su simpatía por las personas que trabajan en la reforma y la simplificación de la escritura francesa. Hoy la cuestión vuelve a plantearse, de manera más formal, ante el Congreso Internacional de los Trabajadores, y las secciones del Jura, que han hecho poner este asunto en el orden del día de esta sesión, desean obtener del congreso no ya un simple voto de simpatía, sino, si es posible, un voto de adhesión completa, así como medidas encaminadas a generalizar la propaganda de la reforma ortográfica.

No dudamos, señores, de que muchos de vosotros estáis ya familiarizados con las objeciones que buen número de escritores y de filósofos han hecho a la ortografía francesa, y con los intentos de reforma que ya se han producido en distintas ocasiones. Creemos útil, no obstante, como la discusión que va a abrirse podrá tener alguna resonancia, hacerla preceder de una exposición de los vicios que la lógica reprocha a la ortografía francesa y de los principios que deben presidir la creación de un buen sistema de escritura.

Se comprenderán los motivos que nos hacen limitar este informe a la ortografía francesa. La ortografía inglesa también necesitaría mucho una simplificación, lo sabemos, y ya se han hecho loables esfuerzos con ese fin. Las ortografías alemana, italiana y española, sin ser perfectas, son sin embargo menos viciosas que la nuestra. Cuando hombres de progreso tomen en esas diversas lenguas la iniciativa de una reforma, esperamos que la Asociación Internacional les preste el mismo apoyo que reclamamos para nosotros. Pero por el momento fijamos nuestra atención solo en la ortografía francesa; y el sistema de escritura que tendremos el honor de presentaros, y que nos parece apropiado a las necesidades de la lengua francesa, no tiene la pretensión de satisfacer las necesidades de las demás lenguas ni de poder aplicarse sin modificación a cualquier lengua. Para decir de entrada todo nuestro pensamiento: no creemos en la realización práctica de un sistema de escritura universal; pensamos que cada lengua, según su naturaleza particular, debe hacerse su propio alfabeto, y no vemos otro medio de llegar a la escritura universal que la creación de una lengua universal.

I

¿Qué es la escritura?

Es la representación de la palabra por medio de signos.

La gran costumbre que tenemos de servirnos de la escritura hace que ya no sintamos cuán maravilloso es este procedimiento que permite fijar para la eternidad la voz fugitiva; familiarizados desde la infancia con este arte admirable, ya no pensamos en el esfuerzo de genio que exigió la creación de esa cosa tan sencilla, el alfabeto. Esa misma costumbre nos impide darnos cuenta exacta de la verdadera naturaleza de la escritura, de sus verdaderos principios.

Para llegar a una noción justa de lo que debe ser la escritura, tenemos que trasladarnos con la imaginación a los pueblos todavía niños, al origen de las lenguas.

La primera idea que se presentó al espíritu de quienes quisieron figurar las cosas por medio de signos fue sin duda dibujarlas. Había que representar un barco, un rastrillo: se dibujaba toscamente su imagen. Esa escritura no lo es todavía: representa la cosa y no la palabra. Ante esos dibujos, un latino, un alemán, un francés leerán cada uno en su lengua: bateau, Schiff, navis; pecten, Rechen, râteau119.

Se pensó luego en representar el sonido mismo de las palabras, y, al buscar los medios de conseguirlo, se advirtió que las palabras estaban formadas de fragmentos, que hoy llamamos sílabas, y que las mismas sílabas volvían con bastante frecuencia en palabras diferentes. Se ideó entonces designar cada una de esas sílabas, cada uno de esos elementos de las palabras, con un signo particular. En este sistema, la palabra ba-teau se habría escrito con dos signos; la palabra râ-teau se habría formado también con dos signos, y el signo de la segunda sílaba de râteau habría sido el mismo que el de la segunda sílaba de bateau. El número de signos necesarios para representar todas las sílabas de una lengua asciende a quinientos o seiscientos.

Por último, se advirtió que las sílabas mismas podían descomponerse en elementos más simples, las vocales y las consonantes. Se distinguió en la sílaba ba la consonante b y la vocal a; en la sílaba teau, la consonante t y la vocal o, etc. Esos elementos de las sílabas eran mucho menos numerosos que las sílabas mismas: fue posible representarlos todos con treinta o cuarenta caracteres. Así nació el alfabeto.

Quienes inventaron el primer alfabeto siguieron naturalmente este principio lógico: «Para cada sonido, un signo; para los mismos sonidos, los mismos signos».

Este principio se impone; no se demuestra. Se puede rehusar admitirlo y hacer así imposible toda discusión. Se puede también rehusar admitir que dos por dos son cuatro, y hacer de ese modo imposible todo cálculo aritmético. Hay tanto sentido común en una de esas negaciones como en la otra.

En nombre de este principio condenaremos la ortografía francesa.

(Para abreviar, suprimimos aquí la parte del informe que contiene la crítica de la ortografía francesa. Esta supresión puede hacerse sin inconveniente, ya que nadie discute los defectos de esa ortografía.)

II

Pero ¿qué hacer?, se dirá. Sería muy difícil corregirla; y además, ¿para qué? Es un mal, es verdad, que nuestra escritura sea viciosa; pero ¿es un mal tan grande?

¡Un mal tan grande! — Examinad con nosotros, os lo rogamos, cuál es la influencia de nuestro sistema de escritura en la educación de la juventud, y veréis si este mal no merece atraer toda la atención de los hombres serios.

Se manda a un niño a la escuela. Llega con una inteligencia recta, dispuesta naturalmente a hacer razonamientos justos, a sacar consecuencias lógicas. La tarea de la escuela debería ser, parece, desarrollar esa joven inteligencia, afianzar esa joven razón. Veamos cómo lo hace.

El niño aprende el alfabeto. Cuando se ha metido en la cabeza el valor de las vocales y de las consonantes, empieza a deletrear. Se ha tomado en serio, el pobrecillo, las reglas que le han enseñado, y va a aplicarlas con una confianza ingenua.

El maestro escribe en la pizarra beau120; y el niño, perfectamente seguro de que tiene razón, deletrea b-e-a-u, béaü.

— ¡Cómo que béaü! —exclama el maestro—. B-e-a-u hacen bô, y no béaü.

— Pero —dice el niño—, cuando se juntan e, a, u, eso tiene que dar éaü, y no ô.

— No —dice el maestro—. Estas tres letras separadas se llaman, es verdad, e, a, u; pero juntas hacen ô.

— ¿Y por qué es así? —pregunta el niño.

¿Qué queréis que responda el otro? No tiene ninguna razón sensata que dar; es el niño quien está en el buen sentido y en la lógica. No podrá, pues, invocar más que el argumento de los que no tienen ninguno, y dirá gravemente:

— ¡Es el uso!

— Pero —dirá todavía el niño—, he aprendido en el alfabeto a escribir el sonido o así: o. ¿Por qué no se escribe, pues, bo en lugar de beau?

— ¡Es el uso! —dice el maestro.

Se escribe además en la pizarra la palabra pot. El niño deletrea: p-o-t, pott.

— ¡Cómo que pott! —exclama el maestro—. Hay que decir po.

— Pero —dice el niño—, puesto que pongo una t, habrá que pronunciarla y decir pott.

— No —dice el otro—, no se pronuncia: se dice po.

— Entonces —dice el niño—, no hay que escribirla.

— Sí —dice el maestro—, hay que escribirla y no pronunciarla.

¡Cómo debe desarrollar esa enseñanza las facultades lógicas del pobre niño!

Se escriben en la pizarra las palabras file y fille, y se le dice que la primera, como se escribe con una sola l, debe pronunciarse file, mientras que la segunda se pronuncia con l mojada porque lleva dos l. El niño encuentra luego la palabra ville; aplica la regla que acaban de darle y la lee mojando las l.

— No —dice el maestro—, te equivocas: aquella se pronuncia fille (con l mojada), pero esta se pronuncia vile.

— ¿Y por qué? —dice el niño.

— ¡Es el uso!

Todo esto da risa. Pero ¿os parece que solo da risa? ¿Pensáis en lo que debe de pasar por la mente del niño, que ve así derribadas todas las reglas del buen sentido en nombre del uso, que, según le asegura su maestro, es más fuerte que la razón? Nosotros vemos en esta bonita lección de ortografía el primer peldaño de un sistema que acaba por quitar, no solo al niño, sino al hombre, toda confianza en su razón. El niño que se ha acostumbrado a doblegar su razón ante el uso en una cuestión de ortografía llegará después, en cuestiones más importantes, a poner en duda la autoridad de esa misma razón si se encuentra en contradicción con la autoridad arbitraria del uso. Cuando le digan: «Josué detuvo el sol», hará callar a su razón, porque el maestro se lo ha enseñado, y creerá en el milagro, porque el uso lo manda. Y cuando un déspota le diga: «Soy tu amo por derecho divino», su razón le susurrará muy bajito: «Todos los hombres son iguales»; pero él no la escuchará; mirará a su alrededor, se informará, preguntará en qué argumentos apoya el déspota sus pretensiones. Le responderán también: «Es un viejo uso», e inclinará la cabeza.

No exageramos nada. Todo está relacionado en el mundo y en la sociedad. Quien ha visto desde su infancia violadas las leyes de la razón en el alfabeto está muy dispuesto a consentir que se violen en todos los terrenos. Sí, la cuestión de la escritura, nos atrevemos a afirmarlo, toca a todas las cuestiones religiosas, políticas y sociales.

¿Hará falta hablar del tiempo enorme que exige este estudio de la ortografía? Los cinco o seis años que el niño pasa entre nosotros en la escuela primaria se emplean casi exclusivamente en aprender a leer y a escribir: se hacen dictados, copias, ejercicios sobre el singular y el plural, sobre el subjuntivo y el participio, sobre las reglas y sobre las excepciones; se aprenden de memoria largas columnas de palabras y largos capítulos de gramática, o más bien de grimorio: las dos palabras eran sinónimas en el francés antiguo121, y lo siguen siendo hoy. — Pero al menos, cuando termina ese largo aprendizaje, ¿la sabe el niño, esa terrible ortografía? ¿Cuántos escolares hacen bene122 en sus dictados de examen? Cinco o seis de cada cincuenta. Y esos cinco o seis, que han escrito sin faltas el dictado de hoy, quizá cometan faltas en el de mañana, porque aparecerán en él palabras que todavía no conocen, y todas las reglas con que se les ha cargado penosamente la memoria no los ponen, sin embargo, en condiciones de escribir correctamente una palabra nueva que solo conocen por su pronunciación.

Y, sin embargo, la moda, una moda absurda, pero que ha adquirido tanto imperio sobre nosotros que todavía tiraniza a los espíritus más ilustrados, la moda ha decidido que debía juzgarse el valor de un hombre por su ortografía. Sí, la ortografía, es decir, el arte de escribir en contra del buen sentido, he ahí, a los ojos de multitud de personas, la ciencia sagrada, la ciencia indispensable, el fin supremo de la educación. Un necio que haya vegetado diez años en los bancos del colegio y que, a fuerza de dictados y de castigos, haya aprendido por fin que philosophie se escribe con ph y théologie con th, pasará por un hombre instruido; y el hombre realmente superior, el hombre de ideas amplias, que haya hecho sus estudios en las duras pruebas de la vida práctica y que no conozca todas las trampas de la ortografía, que escriba orthographe con t-o, to, ese hombre será el hazmerreír de todos los necios que han aprendido a poner las h en su sitio.

¿Qué os parece, señores? ¿Os parece que todo esto está bien, y que nuestra educación y nuestros prejuicios son la mejor de las educaciones y los mejores de los prejuicios posibles? Sabemos que el pedante nos responderá con su argumento sin réplica: «Es el uso; ¿qué se puede hacer contra el uso?». Pero le responderemos con las palabras de un partidario de la fonografía123 a quien sin duda conocéis, el ingenioso Alexandre Erdan: «No es ese un uso sagrado; es un uso insoportable, un uso funesto, que solo se puede soportar por necedad, y porque las gentes que tienen la misión de hacer progresar la lengua, los escritores, son unos rutinarios sin energía y sin valor... ¿Quién nos librará de esos enredadores de cosas sencillas, de esos partidarios de las brumas y de los nubarrones? ¿Quién hará resplandecer el sol del buen sentido?».

Suponed por un momento que, en lugar de nuestra escritura embrollada, sin reglas fijas, y cuyo estudio a fondo exige una vida entera, se encontrara una escritura tan sencilla que un niño de siete años pudiera aprender a leer y a escribir sin faltas todas las palabras de la lengua en el espacio de una semana. ¿No sería prestar un inmenso servicio a la juventud librarla del caos de nuestra ortografía y darle a cambio una escritura tan cómoda y tan fácil? ¿Y la introducción de ese sistema de escritura en las escuelas no permitiría hacer en la educación una reforma que debe desear toda persona que haya reflexionado? El tiempo precioso que hoy se emplea en enseñar al niño formas convencionales, signos inútiles, reglas de palabras, podría emplearse en enseñarle cosas; el estudio de las ciencias naturales, el más importante de todos, el estudio de los órganos del cuerpo humano, de los animales, de los vegetales, de los minerales, el estudio de las leyes de la naturaleza, la física, la química, la astronomía, la geografía ocuparían el lugar del estudio de las sutilezas ortográficas; y la pequeña erudición superficial de nuestros escolares, su ciencia de palabras y de participios, quedaría ventajosamente sustituida por la ciencia útil y seria, la ciencia de las cosas.

Que un padre de familia, un obrero, pregunte hoy a su hijo, que sale de la escuela primaria:

— Veamos, muchacho, ya que has ido a la escuela durante seis años, ¿podrías decirme para qué sirve el aire que entra en nuestros pulmones al respirar?

— No lo sé —responderá el niño—; eso no se aprende en la escuela.

— Pues bien, dime un poco cómo está hecho el interior del ojo de un hombre, o de su oído.

— No lo sé.

— ¿Sabes de qué piedra están formadas nuestras montañas?

— No.

— ¿Sabrías explicarme la causa de las fases de la luna?

— No.

— ¿Sabes qué son los principios de 1789? ¿Sabes el nombre del inventor del ferrocarril? ¿Sabes cuál fue el motivo de la última guerra de América?

— No, no, no.

— ¿Sabes qué es la sal de cocina?

— No.

— ¿Sabes al menos distinguir el abeto rojo del abeto blanco, o el trigo de la cebada?

— No.

— Entonces, ¿qué es lo que sabes?

— Sé que se pone una x en el plural de las palabras bijou, caillou, chou, genou, hibou, joujou, pou; sé la regla de tout, de quelque y de même; sé concordar el participio pasado con el complemento o con el sujeto; sé...

— Ta, ta, ta, si no sabes más que eso, muchacho, no sabes nada —le dirá el padre; y tendrá razón.

La fonografía es el medio de acabar con este estado de cosas, de poner la lectura y la escritura al alcance de todos, de suprimir las necedades gramaticales y ortográficas que matan la inteligencia de los niños, y de abrir la puerta a las ciencias positivas, a las ciencias verdaderas y útiles que deben ser el fundamento de la educación en un pueblo libre.

III

Esperamos haber convencido a todos los espíritus sin prejuicios de la utilidad y de la legitimidad de una reforma de la escritura. Sería perder el tiempo y abusar de vuestra paciencia detenernos todavía a discutir todas las objeciones que hacen a la fonografía los escépticos frívolos o los adversarios ignorantes. Queremos, sin embargo, para que no se nos pueda acusar de pasarlas en silencio por no saber responderlas, refutar las dos principales, los dos caballos de batalla de la rutina ortográfica.

Se dice en primer lugar: si las palabras hubieran de escribirse como se pronuncian, ¿cómo se distinguirían los homónimos, es decir, las palabras que tienen un sentido diferente y se pronuncian igual? Así, ¿cómo se distinguiría el singular il parle del plural ils parlent, el adjetivo haut del sustantivo eau, una mère tierna de un maire de municipio, un père de familia de una paire de botas, etc.?124 Preguntaremos a nuestra vez cómo se las arregla uno para distinguir esos homónimos entre sí en la conversación, donde se pronuncian exactamente igual. — Es —se responde— el sentido general de la frase el que indica el sentido particular de la palabra dudosa. — Pues bien, si eso basta para hacer comprender los homónimos hablados, bastará también para hacer comprender los homónimos escritos; incluso se comprenderán mejor, puesto que se tendrá más tiempo para reflexionar. Por lo demás, a estas horas varios homónimos tienen ya la misma ortografía, como las dos palabras page, las tres palabras son, las dos palabras nue, las dos palabras fin, las dos palabras or, sin que eso nos impida comprender su diferencia.

La otra gran objeción es la de las etimologías. Se dice: si dejáis de escribir las palabras philosophie, chronique, style, rhythme, etc., con su ortografía actual para escribirlas como se pronuncian, ya no se verá que esas palabras proceden del griego, y el recuerdo de su etimología, de su origen, acabará por perderse. A eso respondemos: 1.° Los que saben griego no necesitan la ayuda de la ortografía francesa para encontrar la etimología de las palabras citadas, y los que no saben griego son incapaces de encontrar la etimología de esas palabras, incluso con la ayuda de la ortografía francesa; pueden, pues, suprimirse sin inconveniente las letras llamadas etimológicas. 2.° Esa supresión ya se ha hecho en un gran número de palabras francesas sin que nadie haya protestado: así, las palabras trône, sainte, semaine, neveu, écrit, devoir se escribían antes throsne, saincte, sepmaine, nepveu, escript, debvoir. 3.° Los italianos y los españoles han suprimido de su ortografía todas las letras etimológicas, y no les va peor por ello; ¿por qué no habría de permitirse la lengua francesa parecerse a sus hermanas meridionales?

Las letras etimológicas son como las viejas construcciones de la Edad Media: de buen grado se han dejado subsistir en nuestras ciudades esos monumentos del pasado allí donde no eran un obstáculo para la salubridad, para la circulación, para alguna necesidad moderna; pero se han derribado sin piedad cuando la salud pública lo ha exigido: el pasado no tiene derecho a envenenar el presente. Del mismo modo, conservaríamos de buen grado las th, las ph, las rh, si fueran inocentes; pero no vacilaremos en sacrificar esos vestigios de etimología, en derribar el edificio agrietado, por venerable que pueda ser, cuando se trata del porvenir de las generaciones.

Estas objeciones, y todas las que no mencionamos, se encuentran refutadas con más extensión en la excelente obra del profesor Raoux, de Lausana125, titulada Orthographe rationnelle ou Ecriture phonétique. La recomendamos a todos los que quieran estudiar a fondo la cuestión.

Pero, por lo demás, ¿de qué sirve detenerse en las quejas de los gramáticos, que ven con espanto el fin próximo de su reinado? ¿Acaso consideraciones de esa índole, aunque fueran fundadas, podrían hacer rechazar una reforma de un alcance tan inmenso como lo será la fonografía? Situémonos, para juzgar la cuestión, en un punto de vista más elevado que el de nuestros adversarios. Concederemos, si queréis, que todas las objeciones de detalle que puedan hacer los gramáticos y los pedantes de latín y de griego son justas; concederemos que los argumentos que sacan de la etimología y de los homónimos son excelentes: no nos sentimos asustados por ello. Pondremos todas las objeciones conocidas, y todas las que todavía os plazca imaginar, en uno de los platillos de la balanza, y del otro lado ponemos: una revolución saludable en la educación; hábitos lógicos colocados en la base de los primeros estudios; la lectura y la escritura, gracias a su facilidad, hechas accesibles a todos; un gran ahorro de tiempo, y al mismo tiempo un ahorro de un tercio por lo menos hecho posible en el precio de los periódicos y de los libros; por consiguiente, la instrucción popular acrecentada y desarrollada, y, por consiguiente también, los hombres hechos mejores, y el advenimiento de la democracia adelantado quizá en varios siglos.

¿De qué lado creéis que debe inclinarse la balanza?

Que los espíritus tímidos, que se asustan de las dificultades que la rutina y la indiferencia amontonan en el camino de la fonografía, mediten esta frase de Voltaire, que era, sin embargo, el espíritu práctico por excelencia: «No se quiere lo bastante. Las pequeñas consideraciones son la tumba de las grandes cosas».

JAMES GUILLAUME, ponente.

El congreso aprobó, como conclusión de este informe y de la discusión que siguió a su lectura, la resolución siguiente, presentada por Walton, de Brecon:

Sigue la resolución; véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza), resolución 4.

Sexta cuestión

Informe

Definición y papel del Estado. — Servicios públicos, transporte y circulación. — Intereses colectivos e individuales. — El Estado considerado como juez y guardián de los contratos. — Derecho de castigar.

La comisión de esta cuestión la formaron seis miembros: Krebser, de Zúrich; Chassin, de Villefranche (Ródano); Vasseur, de Marsella; Neubrand, de La Chaux-de-Fonds; Favrat, de Lausana, y Liwenthal, de Lausana. Presentó su informe en la undécima sesión del congreso.

Toda colectividad compuesta de ciudadanos unidos por la comunidad de las costumbres, la identidad de las aptitudes y la semejanza de los intereses constituye un conjunto al que se da el nombre de Estado.

El Estado es, pues, la colectividad de los ciudadanos considerada como un todo homogéneo. Por extensión, se da también el nombre de Estado a la representación de esa misma colectividad. Considerado así, el Estado es la potencia social concentrada en un cuerpo.

No estableceremos aquí ninguna comparación entre las diversas formas de gobierno o de Estado, pero insistimos en que un ciudadano no puede en ningún caso delegar su voluntad, su libertad, su potencia, sin abdicar una parte del libre albedrío de su ser, y concluimos que el Estado, que representa los intereses colectivos y es emanación directa y libre de los ciudadanos, no tiene ni puede tener derechos superiores o anteriores a los de los mandantes de quienes recibe ese poder.

Para dar a nuestro pensamiento una forma más precisa, diremos: el Estado es la gerencia social. No tiene intereses distintos de los de la sociedad, puesto que no tiene vida ni existencia propias, y no es, respecto a la nación, más que un signo, una abstracción.

Papel del Estado. — Si nuestra definición del Estado es exacta, su papel debe limitarse a recibir el impulso de sus mandantes, a ejecutar su voluntad, a representar sus intereses, a seguir siendo el guardián del pacto social, a registrar los convenios particulares, sin que en ningún caso pueda, por su propia iniciativa o por su voluntad privada, poner trabas al ejercicio de los derechos que tiene la misión de hacer respetar.

El Estado, repitámoslo, no es un poder, una potencia, sino el representante del poder y de la potencia social.

Colocado bajo el control inmediato y permanente de sus mandantes, es el ejecutor de sus voluntades: esa es su razón de ser, su papel.

La constitución normal de las sociedades descansa en el contrato recíproco, tácito o real, y libremente consentido por todos los ciudadanos.

Hasta nuestros días, el pacto social ha comprometido casi siempre a la mayoría de los ciudadanos con un hombre o una casta, sin reciprocidad y sin garantía para la nación; de ahí las crisis del antagonismo entre el poder y los súbditos que reivindican su derecho imprescriptible a la soberanía.

Como todos nuestros esfuerzos deben tender a realizar, en la medida en que dependa de nosotros, la fórmula de la justicia, afirmamos que todo contrato debe ser mutuo, obligar sinalagmáticamente a los contratantes, estar netamente determinado, limitado en cuanto a su objeto y a su duración, y ser ejecutorio para todas las partes. Alcanza su más alto grado de perfección cuando reúne el sufragio de la unanimidad de las personas; en ese caso se convierte en el pacto general obligatorio para todos. Tiene a su favor la sanción social; el Estado es su guardián y vela por su ejecución.

Sin embargo, fuera de los derechos y de los intereses generales afirmados por ese pacto, los ciudadanos tienen que afirmar y garantizar derechos e intereses particulares que la constitución actual vuelve antagónicos y opuestos, y que el fin de la humanidad es armonizar cada vez más.

Aun siendo distintos, esos intereses y esos derechos no podrían oponerse al interés general en una sociedad basada en la justicia.

Del mismo modo, pues, que los intereses colectivos se rigen y garantizan por el pacto social, los intereses particulares se rigen y garantizan, o deben regirse y garantizarse, por convenios particulares; esos actos, afirmación de la libertad individual, deben ser públicos y conformes al contrato social. Si cumplen esas condiciones, tienen por garantes la buena fe pública y la potencia social, y el Estado, representación directa de esa potencia, vela por su ejecución.

Derecho de castigar. — El hombre debe al hombre el respeto de su persona y de sus intereses; ahora bien, el contrato libre tiene por objeto definir los derechos de cada uno.

Así pues, mientras no exista entre los hombres ningún compromiso auténtico y recíproco, mientras la justicia no haya recibido una fórmula que se acerque sin cesar a su fin, el ciudadano no depende más que de su conciencia, y todo acto que emane bien de la colectividad, bien de los particulares, es una violación de la libertad humana, la negación del libre albedrío.

VASSEUR, ponente.

El congreso aprobó, como conclusiones de este informe y de la discusión que siguió a su lectura, las resoluciones siguientes:

Siguen las resoluciones; véase Resoluciones sobre la sexta cuestión (el Estado).

Séptima cuestión

La privación de las libertades políticas, ¿no es un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores y una de las principales causas de las perturbaciones sociales (paro)? — ¿Cuáles son los medios de acelerar ese restablecimiento de las libertades políticas? ¿No sería la reivindicación por todos los trabajadores del derecho ilimitado de reunión y de la libertad ilimitada de prensa?

La comisión de esta cuestión la formaban cinco miembros: Perron, de Ginebra; Pioley, de París; Reymond, de París; Vézinaud, de Burdeos, y Treboux, de Ginebra. Presentó su informe en la sexta sesión del congreso.

Informe

La primera cuestión sometida a vuestra comisión está formulada así: «La privación de las libertades políticas, ¿no es un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores y una de las causas principales de las perturbaciones sociales (paro)?».

Respondemos: sí, la privación de las libertades políticas es un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores; sí, la privación de esas libertades es una de las principales causas de las perturbaciones sociales y del paro que sufren tan cruelmente los obreros.

Los distintos informes que se han leído en el congreso han demostrado de manera evidente que los trabajadores que consienten en vivir privados de sus libertades políticas se condenan a dar vueltas en un círculo vicioso, funesto para sus verdaderos intereses, del que les importa salir.

Como han probado también esos mismos informes, en los pueblos privados de sus facultades de ciudadanos libres, dondequiera que se ponen restricciones a los derechos imprescriptibles de reunirse, de hablar y de escribir, la acción de la Asociación Internacional no puede ser sino muy lenta, y sus resultados muy débiles; mientras que precisamente en los países donde se goza de la mayor suma de libertad es donde más se han acentuado los progresos de la Asociación.

Así pues, sin la posesión de las libertades políticas asegurada a los trabajadores, le es casi imposible a la Asociación Internacional realizar sus gloriosos destinos, extenderse, cubrir Europa y llegar a ser lo que debe ser: la confederación obrera poderosa y fuerte llamada a regenerar el estado social del mundo.

Así pues, para poner fin a un statu quo funesto, que de otro modo duraría indefinidamente, importa que se reivindique la emancipación política ante todo y con la misma energía que ponemos en reivindicar la emancipación social.

En consecuencia, la comisión propone al congreso que la asamblea haga la declaración siguiente:

Sigue la declaración; véase Declaración sobre la séptima cuestión (las libertades políticas).

En cuanto al segundo punto de que ha tenido que ocuparse la comisión, esta piensa que la reivindicación por todos los obreros, en la medida de las fuerzas individuales, del derecho ilimitado de prensa y de reunión sería un medio de acelerar el establecimiento de las libertades políticas. La comisión reconoce, sin embargo, que, según los acontecimientos que puedan surgir en Europa, habría algunas medidas más prácticas que aplicar para acelerar la realización de los deseos de los trabajadores; pero, por el momento, teniendo en cuenta la situación de ciertos países despóticos, la comisión no puede sino formular los medios siguientes:

Dar a conocer a todos los obreros de Europa la declaración hecha por el congreso acerca de la primera parte de la cuestión.

Renovar cada año solemnemente esa misma declaración.

La comisión reconoce además que la propaganda de las ideas de emancipación política y social es una necesidad para la regeneración de los trabajadores y que, por ello, el congreso debe recomendarla.

En consecuencia, propone a la asamblea que tome la resolución siguiente:

Comunicar oficialmente las resoluciones precedentes a todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, así como a los del Congreso de la Paz, pidiéndoles su enérgico concurso para investir por fin a todos los pueblos de los derechos imprescriptibles de 1789.126

Ch. PERRON, ponente.

El congreso aprobó sin discusión las resoluciones contenidas en este informe.

Octava cuestión

Mensaje colectivo al Congreso de la Paz en Ginebra, por parte de los trabajadores reunidos en congreso en Lausana.

La comisión de esta cuestión la formaban cinco miembros: Dupont, de Londres; Klein, de Colonia y Solingen; Bürkli, de Zúrich; Hafner, de Morat, y Rubaud, de Neuville-sur-Saône. Presentó su informe en la sexta sesión del congreso, por boca de Hafner. Como el ponente se limitó a desarrollar la cuestión de viva voz y no hizo trabajo escrito, solo nos es posible dar el proyecto de mensaje al Congreso de la Paz elaborado por la comisión.

Sigue el proyecto de mensaje, que el congreso aprobó; véase Resolución sobre el Congreso de la Paz, primera parte.

Este proyecto de mensaje se aprobó con el añadido siguiente, propuesto por Tolain, de París:

Sigue el añadido; véase Resolución sobre el Congreso de la Paz, segunda parte.

Novena y última cuestión

Discusión sobre la sede del Consejo General y sobre el lugar del próximo congreso.

No se nombró comisión para esta cuestión ni se presentó informe. En su novena sesión, el congreso volvió a designar Londres como sede del Consejo General y confirmó en sus funciones a los miembros salientes del Consejo; y tras una breve discusión se decidió que el próximo congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores se celebraría en Bruselas127.

  1. Karl Bürkli (1823-1901), socialista de Zúrich, discípulo de Fourier y promotor de las cooperativas de consumo. El impreso escribe «Bürkly»; damos la grafía correcta. ↩

  2. Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán establecido en Londres, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, secretario general del Consejo General. ↩

  3. Alfred A. Walton, arquitecto de Brecon (País de Gales). La National Reform League la había fundado en 1849 el cartista James Bronterre O'Brien. ↩

  4. Friedrich Lessner (1825-1910), sastre alemán, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, condenado en el proceso de los comunistas de Colonia (1852); miembro del Consejo General. ↩

  5. Asociación de Formación Obrera (Arbeiterbildungsverein): las había de obreros alemanes en Londres —la de Lessner, fundada en 1840— y en varias ciudades suizas. ↩

  6. Eugène Dupont (1831-1881), fabricante de instrumentos musicales francés establecido en Londres, miembro del Consejo General y su secretario corresponsal para Francia. Presidió el congreso de Lausana. ↩

  7. Félix Chemalé, miembro de la sección parisina de la Internacional. ↩

  8. André Murat, mecánico, miembro de la sección parisina de la Internacional. ↩

  9. Charles Longuet (1839-1903), periodista proudhoniano francés; más tarde miembro de la Comuna de París y yerno de Marx. ↩

  10. Población minera (lignito) de Bocas del Ródano, cerca de Marsella. ↩

  11. César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y después médico, la principal figura de la Internacional en Bélgica. ↩

  12. Ludwig Kugelmann (1828-1902), médico de Hannover, amigo y corresponsal de Marx. ↩

  13. Ludwig Büchner (1824-1899), médico y divulgador del materialismo científico, autor de Kraft und Stoff (Fuerza y materia, 1855). ↩

  14. Charles Perron, pintor de esmaltes ginebrino; más tarde, partidario de Bakunin. ↩

  15. James Guillaume (1844-1916), profesor en Le Locle, que dirigió la impresión de estas actas; más tarde, dirigente bakuninista de la Federación del Jura. ↩

  16. El Grütliverein, asociación patriótica suiza de artesanos y obreros, fundada en Ginebra en 1838. ↩

  17. Johann Philipp Becker (1809-1886), veterano de las revoluciones de 1848-1849, organizador de las secciones de lengua alemana de la Internacional y director de Der Vorbote (Ginebra). ↩

  18. Louis Ruchonnet (1834-1893), abogado y político radical del cantón de Vaud, más tarde consejero federal. ↩

  19. Pierre Coullery (1819-1903), médico de La Chaux-de-Fonds, fundador de las primeras secciones de la Internacional en el Jura suizo. ↩

  20. Henri Tolain (1828-1897), cincelador parisino, proudhoniano, uno de los fundadores de la Internacional en Francia. ↩

  21. Émile Aubry, impresor litógrafo, organizador de la Internacional en Ruan. ↩

  22. Así en el impreso; en el informe de la comisión (séptima sesión), «la mutualidad». ↩

  23. Es decir, la escritura fonética: una ortografía ajustada a la pronunciación. ↩

  24. Alusión a la sentencia Hornby contra Close (enero de 1867), en la que el Tribunal del Queen's Bench resolvió que los sindicatos (trade unions), por ser asociaciones que restringían el comercio, no podían acogerse a la ley de sociedades de socorros mutuos para perseguir a un tesorero que se había apropiado de sus fondos. ↩

  25. La Gazette de Lausanne, diario de Lausana fundado en 1798. ↩

  26. Giuseppe Garibaldi asistió, en efecto, al congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad, que se abrió en Ginebra el 9 de septiembre de 1867. ↩

  27. Es la declaración publicada en la página del congreso: véase Declaración sobre la séptima cuestión (las libertades políticas). ↩

  28. En Francia, la ley permitía a los llamados a filas por sorteo pagar a un sustituto o, desde 1855, redimirse del servicio mediante una suma entregada al Estado (exonération). ↩

  29. Alusión a la crisis de Luxemburgo (primavera de 1867), en la que Francia y Prusia estuvieron a punto de ir a la guerra; obreros franceses y alemanes intercambiaron entonces mensajes de paz. ↩

  30. Mensaje y adición forman la resolución publicada en la página del congreso: véase Resolución sobre el Congreso de la Paz. Allí la adhesión se subordina a que «el Congreso de la Paz» acepte la declaración; en las actas, Tolain escribe «el congreso». ↩

  31. Émile Acollas (1826-1891), jurista francés, iniciador de la Liga de la Paz y de la Libertad. ↩

  32. La Suisse radicale, diario radical de Ginebra. ↩

  33. La comunidad imaginada por Étienne Cabet en su Voyage en Icarie (1840), que sus discípulos, los icarianos, intentaron fundar en los Estados Unidos. ↩

  34. Las tres resoluciones, con la adición de Eccarius a la primera y la de Tolain a la tercera, son las publicadas en la página del congreso: véase Resoluciones sobre la tercera cuestión (las asociaciones obreras y el «quinto estado»). ↩

  35. Los broncistas de París, en conflicto con sus patronos en febrero y marzo de 1867, recibieron el apoyo de la Internacional, que recaudó fondos para ellos, sobre todo entre los sindicatos ingleses. ↩

  36. Es el texto que el congreso de Lausana hizo suyo, publicado en la página del congreso. Las actas leen «para la defensa del salario» donde el texto publicado dice «de los salarios». ↩

  37. El texto de las actas apenas difiere del publicado: la resolución 1.ª dice «a toda idea de progreso y de perfeccionamiento en la vida pública»; la 2.ª remite entre paréntesis al «art. 2 del Reglamento» y habla de «los periódicos de las secciones». ↩

  38. Es la decisión publicada en la página del congreso: véase Decisiones sobre el Consejo General y el próximo congreso, que dice «los que han asistido más regularmente». Damos la grafía correcta de algunos nombres que el impreso deforma: Bobcynski (Bobczynski), Buckly (Buckley), Hariette Law (Harriet Law), Lassasie (Lassassie). Walton era de Brecon, en el País de Gales del Sur. ↩

  39. La ley belga de extranjeros, renovada en 1865, que permitía expulsar por vía administrativa a los extranjeros residentes; el primer congreso se celebró finalmente en Ginebra, en septiembre de 1866. ↩

  40. William Ewart Gladstone, ministro de Hacienda, creó en 1861 las cajas postales de ahorro (Post Office Savings Banks), garantizadas por el Estado. ↩

  41. Las resoluciones de Eccarius son las publicadas en la página del congreso: véase Resolución sobre la segunda cuestión (el crédito). ↩

  42. Es la resolución 4 sobre la quinta cuestión publicada en la página del congreso: véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza). ↩

  43. Les Solidaires, sociedad librepensadora de Bruselas a la que pertenecía De Paepe. ↩

  44. Paul Stumpf (1826-1912), mecánico de Maguncia, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. ↩

  45. Así, en cursiva, en el impreso; por el contexto, un mancebo de botica sin formación. ↩

  46. Las conclusiones primera (con la adición de Longuet) y segunda son las resoluciones 1 y 2 sobre la quinta cuestión publicadas en la página del congreso: véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza). ↩

  47. Es la resolución 3 sobre la quinta cuestión publicada en la página del congreso: véase Resoluciones sobre la quinta cuestión (la enseñanza). ↩

  48. La Morale indépendante, semanario librepensador publicado en París desde 1865. ↩

  49. Tribunales paritarios de patronos y obreros que resolvían en Francia y en Bélgica los conflictos del trabajo. ↩

  50. Son las resoluciones publicadas en la página del congreso: véase Resoluciones sobre la sexta cuestión (el Estado). El texto de las actas apenas difiere: dice «la clase obrera» por «las clases obreras» y «apartar al hombre de sus deberes» por «apartarlo de sus deberes». ↩

  51. La libreta (livret d'ouvrier) que en Francia debía llevar todo obrero, con las anotaciones de sus patronos, y que servía de instrumento de control policial. ↩

  52. Así en el impreso; en la lista de delegados, Ailloud es de Vienne (Isère). ↩

  53. Albert Richard (1846-1925), joven dirigente de la Internacional en Lyon; más tarde, partidario de Bakunin. ↩

  54. George Odger (1813-1877), zapatero, secretario del Consejo de Sindicatos de Londres y presidente del Consejo General hasta 1867; William Randal Cremer (1828-1908), carpintero, miembro del Consejo General. El impreso escribe «Odgers». ↩

  55. La Reform League, fundada en 1865 para reclamar el sufragio universal masculino, en la que militaban varios miembros del Consejo General. ↩

  56. Así en el impreso: el lunes era el 9 de septiembre, fecha de apertura del Congreso de la Paz. ↩

  57. Edward Henry Stanley, lord Stanley, ministro de Asuntos Exteriores británico de 1866 a 1868; Henry Wellesley, lord Cowley, embajador británico en París de 1852 a 1867. ↩

  58. La Tribune du Peuple, periódico de Bruselas, órgano de la sociedad Le Peuple, a la que pertenecía De Paepe. ↩

  59. Joseph Collet, director del semanario bilingüe The International Courier / Le Courrier international, de Londres, que publicó en 1867 las actas del congreso de Ginebra en inglés y en francés. ↩

  60. (Nota del original.) Los ingleses llaman así al cierre de los talleres por los patronos. ↩

  61. La huelga de los sastres de Londres de la primavera de 1867; el Consejo General procuró impedir que los patronos trajeran obreros del continente. ↩

  62. La agitación de la Reform League por el sufragio, con los mítines de Hyde Park de julio de 1866 y mayo de 1867, desembocó en la segunda ley de reforma electoral (agosto de 1867). ↩

  63. (Nota del original.) Un chelín vale 1,25 francos; la libra esterlina vale 25 francos; el penique («sou» inglés) vale 10 céntimos. ↩

  64. La Amalgamated Society of Carpenters and Joiners, fundada en 1860. ↩

  65. Alphonse Vandenhouten, pintor decorador, secretario de la sección de Bruselas. ↩

  66. Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas, uno de los fundadores de la Internacional en Bélgica. ↩

  67. El zar Alejandro II visitó París con motivo de la Exposición Universal en junio de 1867; el 6 de junio el emigrado polaco Antoni Berezowski atentó contra él. ↩

  68. William H. Sylvis (1828-1869), fundidor, presidente del sindicato de los moldeadores de hierro (Iron Molders' International Union) y, desde 1868, de la National Labor Union. ↩

  69. La National Labor Union, fundada en el congreso de Baltimore de agosto de 1866. ↩

  70. Cesare Orsini, hermano de Felice Orsini, miembro del Consejo General. ↩

  71. Wendell Phillips (1811-1884), orador abolicionista, defensor también del movimiento obrero y de la jornada de ocho horas. ↩

  72. James Stephens (1824-1901), fundador de la Hermandad Republicana Irlandesa (los fenianos). ↩

  73. Friedrich Adolph Sorge (1828-1906), veterano de la revolución de 1848 emigrado a los Estados Unidos; más tarde, secretario general del Consejo General en Nueva York (1872-1874). ↩

  74. Peter Fox (Peter Fox André), periodista inglés, miembro del Consejo General. ↩

  75. La Comisión Real de investigación sobre los sindicatos, nombrada en febrero de 1867, tras los atentados de Sheffield. ↩

  76. El proceso por coacciones contra los dirigentes de la huelga de los sastres de Londres (Regina contra Druitt, agosto de 1867). ↩

  77. En febrero de 1867, la tropa disparó contra los obreros en huelga de Marchienne-au-Pont, cerca de Charleroi, y causó varios muertos. El impreso escribe «Marchiennes». ↩

  78. Así en el impreso; la cuenta (2400 − 1261,05) da 1138,95. ↩

  79. Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, uno de los dirigentes de la Internacional en París; miembro de la Comuna, fue fusilado en mayo de 1871. ↩

  80. Prélibation: término de Proudhon para la detracción previa que el capital (renta, interés, beneficio) hace sobre el producto del trabajo. El «valor constituido» del párrafo siguiente es también noción proudhoniana: el valor fijado por el trabajo y reconocido en el intercambio. ↩

  81. Los congresos de las sociedades obreras italianas, de inspiración mazziniana: el IX se celebró en Florencia en 1861; el de Nápoles, en octubre de 1864, aprobó el Patto di fratellanza. ↩

  82. La Asociación General de los Cigarreros Alemanes (Allgemeiner Deutscher Zigarrenarbeiter-Verein), fundada en 1865 en Leipzig por Friedrich Wilhelm Fritzsche. ↩

  83. Der Vorbote, mensual de Ginebra (1866-1871), órgano del Grupo de secciones de lengua alemana, dirigido por Becker. ↩

  84. Asociación de Formación Obrera de los alemanes de Lausana. ↩

  85. La Voix de l'Avenir, semanario de La Chaux-de-Fonds dirigido por Coullery, en cuya imprenta se publicó este volumen. ↩

  86. Así en el impreso; se trata sin duda del impresor y editor lausanés Georges Bridel. ↩

  87. El texto del volumen coincide con el publicado, salvo dos detalles: precisa, en el punto 2.º, «(art. 2 del Reglamento)» y dice «los periódicos de las secciones» en lugar de «de la sección». ↩

  88. Gustave de Molinari (1819-1912), economista librecambista belga, director de L'Économiste belge. ↩

  89. Los Quinze-Vingts, hospicio de ciegos de París fundado por san Luis. ↩

  90. (Nota del original.) De la justice dans la Révolution et dans l'Église, 3.er estudio. ↩

  91. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), que fundó en 1849 el Banco del Pueblo, basado en el crédito gratuito; su mutualismo inspiraba a la mayoría de los delegados franceses y belgas. ↩

  92. Léon Fontaine, periodista belga, miembro de la sección de Bruselas. ↩

  93. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), político liberal alemán, promotor de las cooperativas de crédito (Vorschussvereine, cajas de anticipos) y de consumo. ↩

  94. Jean-Pierre Beluze, discípulo de Cabet, fundó en París en 1863 la sociedad del Crédit au travail, banco cooperativo para las asociaciones obreras. ↩

  95. La comunidad de producción y consumo ideada por Charles Fourier (1772-1837), en la que el producto se repartía entre el trabajo, el capital y el talento. ↩

  96. La Rochdale Society of Equitable Pioneers, cooperativa de consumo fundada en 1844 en Rochdale (Lancashire), modelo del movimiento cooperativo. ↩

  97. Nombre que se daba en París a los albañiles de mampostería, muchos de los cuales procedían del Lemosín (Limousin). ↩

  98. Alusión a la divisa de los tejedores de seda (canuts) sublevados en Lyon en 1831: «Vivre en travaillant ou mourir en combattant» («Vivir trabajando o morir combatiendo»). ↩

  99. La frase no figura así en la Declaración de 1789, cuyo artículo 1 dice: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». ↩

  100. La oficina (bureau) de correspondencia de la Internacional en París, formada por Tolain, Fribourg y Limousin. ↩

  101. (Nota del original.) Aquí figuraban unas palabras que el congreso suprimió con el consentimiento del ponente; se encontrarán en las actas. ↩

  102. Ernest Legouvé (1807-1903), autor de la Histoire morale des femmes (1849). ↩

  103. (Nota del original.) Aquí figuraban unas palabras que el congreso suprimió con el consentimiento del ponente; se encontrarán en las actas. ↩

  104. Émile de Girardin (1802-1881), periodista francés, fundador de La Presse. ↩

  105. (Nota del original.) «El salario de las hilanderas se calcula por término medio, en Renaix, en 10 céntimos diarios; en Meire, una hilandera, trabajando bien, no puede ganar más de 27 céntimos; en Wetteren, las mejores ganan 6 liards al día». (El señor de Mérode, en la Cámara de Representantes, sesión del 16 de mayo de 1851.) ↩

  106. Adolphe Blanqui (1798-1854), economista liberal, hermano mayor del revolucionario Auguste Blanqui. ↩

  107. Así en el impreso; el sentido pide «como a las segundas». ↩

  108. (Nota del original.) Des classes ouvrières en France pendant l'année 1848, por Ad. Blanqui. ↩

  109. En Bélgica, los consejos de milicia decidían el reclutamiento y registraban la talla de los mozos. ↩

  110. Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés; véase la nota sobre el falansterio. ↩

  111. Jules Michelet (1798-1874), historiador francés, que en L'Amour (1858) y La Femme (1860) presentó a la mujer como una enferma. ↩

  112. Es la clasificación de las ciencias fundamentales de Auguste Comte (1798-1857), fundador de la filosofía positiva, cuya máxima «saber para prever» cita más abajo el informe. ↩

  113. La memoria que los delegados franceses presentaron en el congreso de Ginebra de 1866, de inspiración proudhoniana, que reservaba a la mujer el hogar. ↩

  114. Étienne Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844) y su hijo Isidore (1805-1861), naturalistas franceses, fundaron la teratología, el estudio científico de las monstruosidades. ↩

  115. Eugène Hins (1839-1923), profesor belga, uno de los dirigentes de la Internacional en Bélgica. ↩

  116. Paul Robin (1837-1912), pedagogo francés, entonces profesor en Bélgica; luego teórico de la educación integral. ↩

  117. El impreso no da el nombre del médico autor de esta comunicación. ↩

  118. Maxime Vernois (1809-1877), médico higienista francés. ↩

  119. «Barco» en francés, alemán y latín; «rastrillo» en latín, alemán y francés. Los ejemplos de este informe se dejan en francés, porque tratan de la ortografía de esa lengua. ↩

  120. Beau («hermoso») se pronuncia [bo]; pot («olla»), [po]; file («fila») y ville («ciudad») con l simple, y fille («hija») con l mojada. ↩

  121. Grimoire, libro de magia y, por extensión, texto ininteligible, procede de grammaire («gramática»). ↩

  122. En latín, «bien»: la nota que el maestro ponía al ejercicio sin faltas. ↩

  123. Alexandre Erdan, seudónimo de Alexandre-André Jacob (1826-1878), periodista francés. ↩

  124. Pares que en francés se pronuncian igual: «él habla» y «ellos hablan», «alto» y «agua», «madre» y «alcalde», «padre» y «par». ↩

  125. Édouard Raoux, profesor en Lausana, partidario de la ortografía fonética. ↩

  126. El texto publicado de la declaración (véase el enlace anterior) resume estos medios en dos decisiones: renovar cada año solemnemente la declaración y comunicarla oficialmente a los miembros de la Internacional y del Congreso de la Paz. ↩

  127. Véase Decisiones sobre el Consejo General y el próximo congreso. ↩