IV Congreso de la Internacional Comunista, Petrogrado (sesión inaugural, 5 de noviembre de 1922) y Moscú (9 de noviembre a 5 de diciembre de 1922). Traducido del protocolo alemán publicado por la propia Internacional, Protokoll des Vierten Kongresses der Kommunistischen Internationale. Petrograd-Moskau vom 5. November bis 5. Dezember 1922 (Bibliothek der Kommunistischen Internationale), Hamburgo, Verlag der Kommunistischen Internationale, 1923, pp. 1-1060, según el ejemplar digitalizado en Internet Archive; el texto alemán se ha establecido sobre el OCR de ese ejemplar y puede conservar alguna errata; los pasajes dañados del escaneo se señalan con [ilegible] o […]. Las intervenciones en ruso, francés, inglés u otras lenguas se dan en la versión alemana del protocolo. Se omiten los índices finales. Los documentos aprobados no se repiten: una línea en cursiva remite a la página del congreso; lo mismo los anexos del protocolo que los reproducen. Completamos con el día de la semana los títulos de las sesiones. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Primera sesión (sesión inaugural, Petrogrado), domingo 5 de noviembre de 1922

Casa del Pueblo de Petrogrado

Apertura. Elección del Presidium. Discursos de saludo. Telegramas de saludo. Llamamiento a los presos políticos. Llamamiento a los obreros y campesinos de Italia. Llamamiento a los trabajadores de Rusia. Llamamiento al Ejército Rojo y a la Flota Roja. Llamamiento a los obreros y soldados rojos de Petrogrado.

Oradores: Clara Zetkin, Zinóviev, Feliks Kon, Béron, Azzario, Katayama, Kolárov.

Apertura: 9 de la noche.

Clara Zetkin: ¡Camaradas! Por encargo del Ejecutivo de la Internacional Comunista declaro abierto este IV Congreso Mundial. Nos reunimos el día en que se cumple por quinta vez el aniversario del mayor acontecimiento histórico mundial de estos tiempos: que la revolución proletaria mundial, en la figura de la revolución rusa, se alzara con audacia, con resolución y victoriosamente, e infligiera a la burguesía mundial su primera derrota decisiva. Queda abierto el IV Congreso de la Internacional Comunista. (Aplausos.)

¡Camaradas! Por encargo del Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista propongo como presidente de este congreso a nuestro camarada Zinóviev. (Aplausos.) Ruego al camarada Zinóviev que asuma la presidencia. (Aplausos tempestuosos.)

Zinóviev: El congreso procede a elegir su Presidium. Por acuerdo del Pleno Ampliado del Ejecutivo y en virtud de un convenio especial de todas las delegaciones del Congreso Mundial, proponemos la siguiente lista de miembros del Presidium:

Béron y Henriet (Francia), Carr (Estados Unidos de América), Katayama (Japón), Kolárov (Bulgaria), Leckie (Gran Bretaña), Lenin y Trotski (Rusia), Marabini (Italia), Neurath (Checoslovaquia), Schefflo (Escandinavia), Warski (Polonia), Zetkin (Alemania).

Votamos la propuesta. Quien esté en contra, que levante la mano. — El Presidium queda elegido por unanimidad. Ruego a todos los miembros presentes que ocupen sus puestos.

Camaradas, me ha cabido el honroso encargo de pronunciar ante ustedes el discurso de apertura. Hoy se nos han agolpado tantos acontecimientos y recuerdos que, a decir verdad, no sabe uno de qué hablar primero. En efecto, queremos rendirnos cuentas de lo que ocurre en el suelo que ha conquistado la clase obrera rusa, de lo que ocurre en la República Soviética, que existe desde hace cinco años bajo el fuego cruzado del enemigo. Se abre el IV Congreso Mundial de los proletarios avanzados de 52 países. Creo, camaradas, que puede decirse con razón que rara vez tenemos ocasión de vivir acontecimientos tan grandes y de tanta trascendencia histórica. Es evidente que nuestras primeras palabras han de dedicarse a quienes, en el curso de estos cinco años, han caído en la lucha para que la bandera del Partido Comunista no fuera arrancada de las manos de la vanguardia de los distintos países, que en muchísimos Estados no es todavía más que una minoría heroica. El número de nuestros camaradas caídos es incontable. Aunque solo tengamos en cuenta nuestro país, las víctimas se cuentan sin duda por muchos miles. Hoy me ha venido a las manos por casualidad un pequeño almanaque dedicado a uno de los destacamentos que cayeron en la defensa de una sola ciudad soviética, en la defensa de nuestro Petrogrado. Este almanaque está dedicado a la memoria del destacamento de los obreros de Shlisselburg1, que en 1919 defendió, junto con otros destacamentos, nuestro hermoso Petrogrado. ¿Qué significa Shlisselburg frente a toda la Rusia soviética, por no hablar del territorio del mundo entero donde viven y luchan nuestros camaradas? No es más que un pequeño rincón, una pequeña ciudad fabril, una sola gran fábrica. Y al destacamento de esa gran fábrica, que en 1919 estuvo ante los muros de Petrogrado, se le ha dedicado un almanaque especial, que enumera decenas y decenas de obreros de Shlisselburg caídos con el fusil en la mano en la defensa de una ciudad de la Rusia soviética. Camaradas, imagínense lo grandes e incontables que son las víctimas de la lucha proletaria si tomamos el Shlisselburg general, el «Shlisselburg colectivo», si contamos a los obreros de toda Rusia, a los comunistas del mundo entero.

Estos días he visto otro libro. Uno de nuestros camaradas de Moscú ha intentado sentar las bases de una colección de biografías de nuestros camaradas destacados que han muerto en el curso de estos años. Solo la enumeración de los nombres llenaría, en letra menuda, un libro entero de al menos 20 pliegos. Y eso que solo se han reunido los nombres de los camaradas que eran más conocidos para nuestro partido y para el gobierno soviético. Y sabemos bien que muchos miles de héroes anónimos, cuyos nombres la historia aún no conoce, han perecido en la lucha por la bandera soviética.

Durante estos años no ha habido en Alemania una sola ciudad, ni siquiera una gran plaza en las grandes ciudades, que no haya quedado cubierta con la sangre de los obreros que luchaban por la bandera del comunismo. En los primeros intentos de insurrección obrera en Hungría perecieron incontables miles de nuestros hermanos, y muchos de ellos languidecen aún hoy en la cárcel. Hace solo dos semanas fueron detenidos 170 comunistas en Budapest. En Finlandia, tan próxima a nosotros, donde los obreros hicieron el primer intento de insurrección obrera, murieron muchos miles de obreros, y todavía hoy hay miles en las cárceles. En los Balcanes, en Rumanía, todo nuestro partido pasó directamente del congreso al presidio2, y muchos fueron fusilados por el camino. En Grecia, la revolución burguesa metió en las cárceles a un gran grupo de luchadores comunistas, y solo una parte de ellos ha sido liberada por los soldados sublevados3; por esos mismos soldados que, dicho sea aquí de paso, desarmaron a sus propios oficiales burgueses con el grito de «¡Viva Lenin!» en los labios. En América, en estos años, muchos cientos de nuestros mejores obreros han ido a parar a los presidios. Y aún hoy la burguesía norteamericana puede imponer al menos 20 años de presidio por pertenecer a la Internacional Comunista. En Italia nuestros camaradas libran desde hace ya varios años, con suerte cambiante, la guerra civil. Y bien saben ustedes que en este momento, en que abrimos el IV Congreso Mundial, la clase obrera italiana está, en el sentido literal de la palabra, entregada a la arbitrariedad de las bandas fascistas, cuyos jefes, por lo demás —hay que señalarlo aquí—, proceden de las filas de los antiguos socialistas. Como hemos visto siempre en el curso de esta revolución, estos renegados del socialismo son verdugos de la clase obrera particularmente encarnizados, particularmente despiadados, que por encargo de la burguesía ajustan cuentas del modo más atroz con el proletariado de su país.

Camaradas, si ahora volvemos con el pensamiento al comienzo de nuestra revolución y hacemos el balance de los cinco primeros años de la grande y grandiosa lucha de la clase obrera mundial por la victoria de la revolución proletaria, recordamos ante todo a nuestros mejores camaradas, a nuestros mejores dirigentes y hermanos, que ya no están entre nosotros, que han caído por la causa del comunismo en la Rusia soviética y en el mundo entero. Memoria eterna a los primeros luchadores de la revolución proletaria mundial. (Todos se ponen en pie. La orquesta toca la marcha fúnebre.)

Camaradas, han pasado cinco años desde el día en que los obreros de la ciudad en la que se acaba de abrir el IV Congreso Mundial derribaron a la burguesía y tomaron el gobierno en sus manos. En el curso de estos cinco años, cada día ha sido una lección para el proletariado de nuestro país y para el proletariado del mundo entero. El último año ha sido decisivo para la Internacional Comunista en muchos aspectos. Entre el III y el IV Congreso median 15 meses. Precisamente en el curso de estos 15 meses se ha decidido, en cierto sentido, el destino inmediato de la Internacional Comunista. Es evidente que, en el sentido histórico de la palabra, la victoria de la Internacional Comunista está asegurada. Aunque nuestra organización de combate desapareciera de la faz de la tierra por el fuego de la reacción, como ocurrió con los comuneros de París y con la Primera Internacional, la Internacional Comunista renacería y acabaría por llevar al proletariado a la victoria. Pero de lo que se trata es de saber si la Internacional Comunista tal como existe hoy, si nuestra generación de combatientes, logrará cumplir la misión histórica que la Internacional Comunista ha asumido.

Esta cuestión se decidió precisamente en el tiempo transcurrido entre el III y el IV Congreso. El III Congreso concluyó sus trabajos en el momento en que la ofensiva del capital y de la reacción del mundo entero empezaba a desplegar una fuerza consciente de sus fines nunca vista. En el III Congreso vimos claro que una serie de compañeros de viaje poco fiables empezaba a abandonarnos. Cuando se clausuró el III Congreso, los adversarios de la Internacional Comunista le profetizaron, si no la muerte, sí el debilitamiento y la decadencia. Precisamente bajo el fuego cruzado que el capital, en su ofensiva, abrió contra nosotros en los últimos 15 meses, se decidió si nuestro joven partido comunista internacional, en parte todavía débil, se mantendría firme en su puesto.

A la Internacional Comunista pertenecen más de 56 partidos. Entre ellos hay partidos que superan en número al Partido Comunista de Rusia tal como era hace cinco años, antes del comienzo de la revolución. Pero hay también una serie de partidos que aún no se han fortalecido, que aún no han adquirido su forma definitiva y no han superado todavía los primeros tiempos difíciles.

Las fuerzas del capitalismo internacional y del menchevismo unidas en la II Internacional han asaltado durante 15 meses a los distintos partidos de la Internacional Comunista. Todos los esfuerzos del mundo burgués y de sus cómplices, la II Internacional y la Internacional Dos y Media, se han dirigido durante este tiempo a infiltrarse en nuestros partidos, arrancar de nuestras filas destacamentos sueltos y destruir la Internacional Comunista. Han sido meses críticos para la Internacional Comunista.

Ni siquiera en los momentos más terribles hemos tenido la costumbre de engañarnos a nosotros mismos y sobrestimar nuestras fuerzas. La gran fuerza del comunismo está en que puede decir la verdad en todo momento, incluso cuando esa verdad es amarga. Si la situación de la Internacional Comunista fuera hoy la que esperan nuestros adversarios, sería indigno de nosotros querer ocultar nuestra debilidad en el IV Congreso. Tenemos que decir lo que hay. Y así lo hacemos, y cuando volvemos la vista al camino recorrido, cuando sumamos las fuerzas con que ha de contar el IV Congreso, podemos decir con pleno derecho, sin exageración alguna, que la Internacional Comunista ha superado los tiempos más difíciles y se ha fortalecido tanto que hoy no tiene por qué temer ningún ataque de la reacción mundial. Precisamente este año difícil, el año de la ofensiva planificada de los capitalistas internacionales del mundo entero, el año de la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, el año del hambre en la Rusia soviética, el año de privaciones sin fin, en que la clase obrera ha sufrido casi siempre derrotas, ha demostrado que la Internacional Comunista ha puesto unos cimientos sólidos, que vive y vivirá para espanto de sus enemigos. (Aplausos.)

En el curso de este año se han producido también otros acontecimientos decisivos. La orientación del programa y de la táctica de la Internacional Comunista, en la forma que le han dado nuestros congresos más importantes, nuestros órganos legislativos supremos del proletariado internacional, ha superado igualmente la prueba de fuego y ha resultado acertada.

Recuerdan ustedes los recientes acontecimientos de Alemania. Hace todavía relativamente poco tiempo que se apagaron los discursos del famoso congreso del partido en Halle4. En nombre de la Internacional Comunista dijimos, tras la famosa votación decisiva de Halle, que a los independientes de derecha, una vez rechazados los 21 puntos, no les quedaba más que un camino: el de la socialdemocracia y de Noske5. Cuando hicimos esta afirmación, se produjo entre los independientes de derecha una agitación inaudita. Tomaron nuestra declaración por una invención malintencionada. Ahora tenemos un hecho consumado. La profecía de la Internacional Comunista se ha cumplido: los independientes de derecha están en las filas de Noske, en las filas de los verdugos de la clase obrera6.

Una experiencia semejante, extraordinariamente interesante, hizo la Internacional Comunista al poner a prueba la táctica en Italia, un país que hoy se encuentra en cierto modo en el foco de los acontecimientos internacionales. Cuando se produjo la escisión de Livorno7, dijimos a quienes querían seguir a la Internacional Comunista: «Tenéis dos caminos abiertos: o vais con los reformistas y con la II Internacional y estáis en el campo de la burguesía, o reconocéis vuestro error y volvéis a las filas de la Internacional Comunista». No sé qué piensan los distintos dirigentes del Partido Socialista Italiano de la lección de los acontecimientos italianos. Pero conozco muy bien la posición de la inmensa mayoría de los obreros socialistas de Italia. La enorme mayoría de los obreros socialistas de Italia reconoció en su último congreso, en Roma8, su error y la justeza de las concepciones de la Internacional Comunista. Vuelven a nuestras filas. Naturalmente, los acogemos como hermanos. (Aplausos.)

Camaradas, estos dos ejemplos del movimiento obrero internacional dan a todos los proletarios honrados y con consciencia de clase del mundo la prueba clara de que las 21 condiciones establecidas por el II Congreso no son ninguna invención, ninguna triquiñuela, ningún dogma, sino que responden a la comprensión de conjunto del proletariado que lucha por liberarse de las cadenas del capitalismo. La táctica de la Internacional Comunista es acertada y la vida la ha puesto a prueba. Tenemos un camino determinado y claro; sabemos adónde vamos y adónde llevamos al proletariado internacional. Y así, con mayores o menores sacrificios —eso no depende del todo de nosotros—, en un plazo más largo o más corto, llevaremos al proletariado internacional (de ello respondemos) a la victoria definitiva sobre la burguesía. (Aplausos.)

Uno de los acontecimientos más importantes de los últimos tiempos es la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media. La profecía de la Internacional Comunista se ha cumplido. La lucha revolucionaria de los obreros no hace sino ganar con esta fusión. La II Internacional y la Internacional Dos y Media se parecen como un huevo a otro. Ambas organizaciones son contrarrevolucionarias. Para el proletariado revolucionario no puede sino ser una ventaja que haya menos biombos y ficciones. Solo salimos ganando si toda nuestra lucha se desarrolla en un marco sencillo y nítido.

Dos campos, dos terrenos. De un lado está la II Internacional, la Internacional de Noske, la Internacional de los socialtraidores, la Internacional de los criminales contra la causa de la clase obrera; del otro lado está nuestra unión fraternal del mundo entero, nuestra asociación de los obreros de todos los países, que se llama Internacional Comunista.

Hay que decir en voz alta que la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media significa, entre otras cosas, una preparación del terror blanco contra los obreros que luchan por su liberación. Quizá estas palabras nuestras provoquen en la socialdemocracia la misma exasperación que nuestra declaración en Halle o con motivo de Livorno. Ante los obreros del mundo entero asumimos la responsabilidad de nuestra declaración: la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media no es más que la preparación artillera de un nuevo ataque, de una desesperación inaudita, de la burguesía internacional contra los obreros revolucionarios. La fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media prepara el terreno a nuevos Galliffet9, Noske, Mussolini y otros nuevos verdugos de la clase obrera. Los dirigentes de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media cumplen en este sentido, objetivamente, la nueva tarea de la burguesía mundial.

La cuestión de nuestra actitud ante la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media no es solo una cuestión de política interna y de táctica interna de los partidos, sino una cuestión de política mundial.

Todas las condiciones objetivas para la victoria de la revolución proletaria están madurando en todos los países decisivos. Todas las condiciones económicas se hacen visibles. Lo único que le falta a la clase obrera del mundo entero es el llamado factor subjetivo: la suficiente organización de clase, la suficiente consciencia de clase. En este sentido, el papel de la socialdemocracia en la época actual es muy grande.

Sin exageración alguna puede decirse que la tarea más urgente de nuestros días (quizá de toda nuestra época) consiste en vencer a la socialdemocracia, ese factor internacional principal de la contrarrevolución internacional, ese freno en la marcha victoriosa de la clase obrera internacional. Eso es lo que nuestros partidos comunistas, que acaban de entrar en escena, deben tener presente más que ninguna otra cosa. Nuestra lucha contra el menchevismo internacional, contra la II Internacional y la Internacional Dos y Media unificadas, no es una lucha de fracciones dentro del socialismo, como creen algunos, no es un choque entre diversas corrientes del movimiento socialista. No, no; en realidad es la lucha final y decisiva de la clase obrera internacional que se libera del yugo burgués, una lucha que se dirige contra el último exponente, el último agente del capital internacional: contra el menchevismo. (Aplausos.)

Creo que precisamente en el aniversario de los cinco años de la revolución en Rusia debemos decir esto con insistencia a la clase obrera del mundo entero.

Permítanme dos palabras a título personal.

Me parece que precisamente en el quinto aniversario de la revolución tengo que decir esto muy especialmente. Saben ustedes, camaradas, que hace cinco años, junto con algunos otros camaradas, cometí un gran error, el mayor error de mi vida10. No había logrado entonces reconocer plenamente toda la orientación contrarrevolucionaria de los mencheviques. A eso se reducía en lo esencial nuestro error antes de octubre de 1917. Después de haber luchado más de diez años codo con codo con los mencheviques, no pude entonces —como muchos de nuestros camaradas— comprender en el minuto decisivo que los mencheviques y los socialrevolucionarios no eran una parte de la clase obrera, aunque fuera su fracción derecha, su flanco derecho, sino que en realidad formaban y forman el flanco «izquierdo», sumamente hábil y ágil, y por eso mismo también peligroso, de la burguesía internacional. Y por eso, me parece, tenemos que decir a nuestros camaradas, que en parte empiezan solo ahora su lucha decidida contra el menchevismo internacional y se encuentran actualmente bajo el fuego cruzado de esa lucha; tenemos el deber de hacerles comprender las enseñanzas de la presente revolución y decirles: guardaos sobre todo de equivocaros en esta cuestión, de no reconocer el gran peligro que nos amenaza desde el campo del menchevismo y que tiene su foco en el campo de la II Internacional: la perfidia y la doblez de este enemigo y el mal que viene de la política de sus dirigentes. Guardaos de ver en el menchevismo el ala derecha del propio movimiento. Tenéis que ver en él al peor enemigo, al cómplice de la burguesía internacional, de cuya ayuda depende la salvación de la burguesía. Porque de eso se trata. El capitalismo debe su existencia únicamente a la misericordia de los socialtraidores de la II Internacional. La clase trabajadora es hoy tan numerosa que podría derribar de un golpe al capital internacional si los socialdemócratas no le sujetaran el brazo. En el aniversario de la Revolución de Octubre tenemos que decir al proletariado internacional: los mencheviques afirmaban que la Revolución de Octubre había sido un error nuestro, que apenas duraríamos unos meses. Declararon primero que la Entente nos aplastaría en unos meses, que la mano armada de Kolchak y Yudénich11 nos derribaría. Después profetizaron que el hambre acabaría con nosotros, que nuestra táctica era falsa de punta a cabo. Ahora los acontecimientos han demostrado que el error consistió, a lo sumo, en que hicimos la revolución en un mes que se distingue por el mal tiempo, la lluvia y cosas parecidas. (Aplausos.) Pero me parece que, con la poderosa manifestación de los obreros de Petrogrado pese a la lluvia «menchevique», también este argumento del menchevismo ha quedado reducido a nada por la manifestación de hoy en Petrogrado. *(Aplausos.)**)

*) El día de la apertura del IV Congreso llovió mucho en Petrogrado, lo que no impidió, sin embargo, que muchos miles de trabajadores participaran en la manifestación en honor del quinto aniversario y del IV Congreso.

Unas palabras sobre la importancia internacional de la «NEP» (nueva política económica).

Camaradas, el año pasado, en el III Congreso, cuando la «NEP» acababa de introducirse, solo pudimos darles una idea teórica bastante vaga del papel que la «NEP» desempeñaría en la vida de la primera república obrera. Ahora tenemos una idea de ello y nos sentimos obligados a decirles a ustedes, camaradas de todos los países, lo siguiente: a muchos de ustedes les extrañó al principio el renacimiento del capitalismo en la Rusia soviética, y nos decían con la mejor intención: «Sí, comprendemos que os veis obligados a introducir la nueva política económica, porque nosotros, los obreros de los demás países, somos todavía demasiado débiles para acudir en vuestra ayuda». Eso es naturalmente cierto; pero este argumento no basta. Hemos llegado a la convicción, camaradas, de que la nueva política económica no es solo una consecuencia de que los comunistas sean todavía demasiado débiles en una serie de países capitalistas. No, hay otra causa más. Nos sentimos obligados a decirles —un discurso de apertura no es lugar para fundamentarlo— que la «NEP» es un período por el que probablemente pasarán muchos países, incluso los de industria más fuerte, donde el proletariado industrial forma la inmensa mayoría de la población. Solo excepcionalmente podrán algunos países saltarse esta etapa. La delegación rusa desarrollará este razonamiento en el congreso. Tenemos que decirlo abiertamente, porque sobre la base de estos razonamientos se construirá, según esperamos, toda la estrategia del IV Congreso, y también nuestro plan de guerra para los años venideros. Creemos que la «NEP» no es solo una expresión de la debilidad del comunismo en algunos países capitalistas, sino que nos muestra que el proletariado tiene que medir sus fuerzas con las de los campesinos y establecer con claridad, en todos los países, la relación entre el proletariado industrial y una gran parte de la población rural. No lo tuvimos en cuenta desde el principio porque aún no teníamos un ojo exacto para la medida. Eso no tiene nada de extraño. Nuestra revolución es grande precisamente porque abordó esta cuestión en la práctica. La «NEP» no es un episodio, no es una expresión de la debilidad de nuestros partidos hermanos en los países capitalistas. No, es una prudencia táctica que la primera gran revolución proletaria en un país campesino ha pagado dolorosamente. Es el resultado de la lucha de la clase obrera de la primera república victoriosa, de esa clase obrera que al principio intentó avanzar a un ritmo rápido, pero que tiene que comprender que, para no perder el contacto con la gran masa de la población campesina, que en un medio determinado es decisiva para el desenlace de la revolución, había que recurrir a las medidas que más tarde recibieron el nombre de nueva política económica. Y ahora, camaradas, cuando en nuestro congreso hablemos de la cuestión agraria y establezcamos un programa para los países agrarios, cuando deliberemos sobre el programa de nuestra Internacional Comunista y hablemos de muchas otras cuestiones de actualidad, nos detendremos también en la idea que acabo de expresar. A esta idea le falta todavía una fundamentación más amplia, y en el curso de nuestros trabajos en el congreso seguiremos esta cuestión con mayor amplitud y profundidad.

Les decimos que, en la medida en que se puede prever algo, también la Europa central, los Balcanes y una serie de otros países tendrán que pasar por una nueva «política económica». Para neutralizar al campesinado, o al menos a algunos de sus sectores, tendrán ustedes que pasar por la política de la «NEP», naturalmente con unos u otros cambios, que dependerán de la situación de cada caso. La Rusia soviética se enorgullece de poder acudir en ayuda del proletariado internacional. Han pasado cinco años desde nuestra revolución. Y podemos presentarles los resultados de estos cinco años de poder. Una cosa podemos decir: cinco años de la más dura lucha, incontables víctimas, un sinnúmero de dificultades, el hambre, un bloqueo inaudito, intervenciones, etc., no han quebrantado la fuerza de la clase obrera de Rusia. En el quinto aniversario de la revolución las masas, por cansadas que estén, no abandonan nuestro partido. Esto se lo decimos con plena consciencia de que ante el congreso internacional de los comunistas no tenemos derecho a embellecer en modo alguno nuestra situación; lo decimos porque es un hecho. Las masas obreras no solo no se han alejado del PCR, sino que, al contrario, sentimos cómo esas masas afluyen cada vez más a nuestro partido, con la misma intensidad que en los mejores días del levantamiento revolucionario de hace cinco años. Lo que hoy hemos visto en Petrogrado pueden verlo ustedes en cualquier ciudad de la República Soviética, en cualquier lugar, en cualquier fábrica, en cualquier mina, en todas partes donde haya obreros, donde haya masas trabajadoras que en estos cinco años de lucha espantosa bien podían agotarse y tendrían pleno derecho a un respiro, pero que hoy, pese a todo, están a nuestro lado con más firmeza que nunca. Estas masas obreras creen hoy más firmemente que nunca en la victoria de la República Soviética. Eso lo siente cada uno de nosotros, los que tenemos la gran dicha de estar en medio de las filas apretadas de las masas trabajadoras de Rusia, en medio de los obreros de ciudades tan maravillosas como el Petrogrado Rojo.

Si antes había entre los obreros grupos que dudaban en su interior, que vacilaban, que seguían creyendo que quizá al final seríamos vencidos, precisamente ahora esos sectores obreros han recobrado su fe en nosotros, ya no vacilan. Nunca ha sentido nuestro partido como ahora que está en el buen camino, que las masas trabajadoras confían plenamente en él y marchan con él. El Partido Comunista de Rusia entrega al IV Congreso, en el quinto aniversario de la gran Revolución de Octubre, una clase trabajadora afianzada, viva, sana y confiada en su fuerza. (Aplausos.)

Por eso podemos, en el quinto aniversario de la Revolución de Octubre, reírnos en la cara de la sombra del pasado, de los socialrevolucionarios, de los mencheviques, de los patriotas rusos de la II Internacional. Estamos en el buen camino. Hubo durante estos cinco años momentos en que el Partido Comunista, plenamente convencido de la justicia de su causa, estaba en minoría entre las masas obreras. Hubo tiempos en que, bajo la presión de sacrificios inauditos, vacilaban las filas de los obreros. Pero en eso precisamente consiste el gran mérito del magnífico Partido Comunista de Rusia, que pone su orgullo en ser una tropa de asalto de la Internacional Comunista y en no haber arriado su bandera en esos momentos de vacilación.

Porque sabíamos que nos abriríamos paso a través de los sacrificios y las dificultades inauditas y llevaríamos a la clase obrera a la victoria. En el quinto aniversario de la Revolución de Octubre decimos: lo más difícil lo tenemos ya detrás. Hemos llevado a la clase obrera de nuestro país a un camino despejado. Nuestro partido, que desde la Revolución de Octubre ha recorrido un camino inauditamente duro, pero glorioso y grande; nuestro partido, que no es más que un destacamento de la Internacional Comunista, ha sabido impregnar de sus ideas a la clase obrera del país más grande, tender un puente hasta la aldea más apartada y llevar tras de sí a toda la Rusia soviética. Estamos orgullosos, camaradas, de que detrás de nosotros haya un partido que, aunque vengan tiempos difíciles, no dejará caer la bandera. Nuestro mayor orgullo es que en los momentos más difíciles de la revolución sabíamos que estábamos abriendo el camino a los obreros del mundo entero y a sus organizaciones.

Sabemos bien que dentro de pocos años muchos países más avanzados en la industria, tras haber llevado a cabo su revolución proletaria, nos adelantarán y ocuparán el primer lugar en la Internacional Comunista; nosotros, en cambio, como ha dicho el camarada Lenin, pasaremos a ser un país soviético atrasado en medio de los demás países soviéticos más avanzados. Lo sabemos, y esperamos ese momento como la mayor victoria de quienes comenzaron la revolución. Sabemos tan bien como ustedes qué dificultades les aguardan en su camino; tendrán que enfrentarse a una burguesía más organizada y más voraz. Tendrán que cruzar las espadas con los traidores aún no vencidos de la II Internacional.

Los obreros de Petrogrado, con quienes ustedes se encontraron ayer en las fábricas y talleres de Petrogrado, no ven el momento de contemplar las hogueras de júbilo de la revolución mundial victoriosa. Pero también ellos conocen las dificultades que les aguardan a ustedes en su camino. La Internacional Comunista está en contra de toda acción prematura, de las insurrecciones no preparadas que serían ahogadas en la sangre de los obreros y que podrían aplastar el bien precioso del proletariado: el partido comunista internacional organizado. Seguimos las huellas de la Comuna de París, pero queremos una Comuna victoriosa. La Internacional Comunista no permitirá a la burguesía aplastar nuestras fuerzas en choques aislados y ahogar el movimiento en la sangre de los obreros.

En Oriente el movimiento se ha extendido este año, y no solo ha progresado, sino que hoy apenas hay un país oriental donde no tengamos el núcleo de un partido comunista, aunque ese núcleo no sea todavía grande. Sí, nuestros partidos de Oriente aún no son numerosos, pero nuestro grupo «Emancipación del Trabajo»12 tampoco era grande en Rusia en 1883. Y sin embargo su nacimiento significó que en Rusia había comenzado una nueva era, que en Rusia había comenzado la revolución. La formación de partidos comunistas en países que representan una reserva inagotable de la revolución proletaria socialista, la formación de tales partidos, es un acontecimiento histórico. Significa que también allí se acumulan las fuerzas de los obreros avanzados que llevarán a las naciones oprimidas a la victoria de la revolución internacional. Durante este año los movimientos nacionales de los pueblos oprimidos han ganado enormemente en amplitud, esos movimientos nacionales que, en sentido objetivo, significan un golpe al capital internacional. Las insurrecciones crecientes en la India, China y Egipto socavan la existencia del régimen burgués. Si a algunos de nosotros, camaradas, de los presentes en esta sala, nos es dado vivir otros cinco años —por ahora no queremos desear más— y celebramos el décimo aniversario de la Revolución de Octubre, veremos que lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido más que un juego de niños. Veremos cómo el mundo temblará bajo innumerables insurrecciones, cómo muchos cientos de millones de seres oprimidos se alzarán contra el imperialismo. Veremos cómo la bandera roja del comunismo no la llevarán ya las manos de una minoría pequeña, aunque heroica, sino cómo cientos y cientos de millones de seres oprimidos y de trabajadores tomarán posesión del mundo.

¡Viva la revolución internacional!

¡Viva el proletariado ruso, que ha puesto los cimientos de esta revolución, que ha sufrido y combatido bajo el implacable fuego cruzado del enemigo, sabiendo bien que no luchaba solo por su propio país, sino por la causa del proletariado internacional!

Los obreros rusos son internacionalistas en el mejor sentido de la palabra. Los obreros de Rusia, en particular los obreros de Petrogrado, apenas se atrevieron durante estos cinco años a esperar otra recompensa mejor que la que hoy reciben.

¡Cuántos de vosotros, camaradas de Petrogrado, que sois los primeros puestos avanzados de nuestras tropas, los primeros combatientes del gobierno soviético; cuántos de vosotros, cuando hace cinco años empuñasteis el fusil y formasteis los primeros y débiles destacamentos de la Guardia Roja; cuántos de vosotros, cuando os lanzasteis a la lucha inauditamente heroica, esperabais llegar a vivir el quinto aniversario! ¿Llegar a ver que albergaríais entre los muros de vuestro sóviet el IV Congreso de la Internacional Comunista? Ahora lo hemos vivido, y no podíamos esperar recompensa más hermosa. El congreso infundirá nuevas fuerzas a los obreros de Petrogrado y de toda Rusia. Emprenderemos la construcción económica de nuestra gran república. Daremos un ejemplo de heroísmo no solo en el frente de la guerra civil, sino también en el frente de la verdadera restauración de la economía socialista. Ayudaremos a nuestros hermanos a organizarse y les daremos la posibilidad de resistir hasta que sean capaces de agarrar a la burguesía y ponerle la rodilla en el pecho. (Aplausos.)

¡Abajo la burguesía internacional! (Aplausos.)

¡Abajo sus agentes, la II Internacional!

¡Vivan los comunistas del mundo entero!

¡Vivan los obreros que se alzan a nuevas luchas y emprenden el camino del comunismo!

¡Viva la Internacional Comunista! (Se canta «La Internacional».)

¡Camaradas! Tengo que comunicarles el siguiente telegrama del camarada Lenin. Va dirigido al IV Congreso Mundial de la Komintern y al Sóviet de diputados obreros y campesinos de Petrogrado. Puedo atestiguar, camaradas, que Vladímir Ilich quería a toda costa estar hoy en Petrogrado. Pero tenemos que conformarnos con que no lo haya hecho ahora y lo haga más adelante. Y no pasará mucho tiempo antes de que podamos saludar a Vladímir Ilich entre nosotros (Aplausos). Por ahora tenemos que contentarnos con escuchar el siguiente telegrama:

El camarada Lenin al Congreso de la Komintern y al Sóviet de Petrogrado.

A: 1. Camarada Zinóviev, Petrogrado, para el IV Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

  1. Al Sóviet de diputados obreros y soldados rojos de Petrogrado.

Lamento extraordinariamente no poder asistir a la primera sesión del congreso y verme obligado a limitarme a saludaros por escrito. A pesar de las enormes dificultades que se oponen a los partidos comunistas, la Internacional Comunista crece y se hace cada vez más fuerte. La tarea principal sigue consistiendo en conquistar a la mayoría de los obreros. Y esta tarea la cumpliremos, a despecho de todos los obstáculos.

La fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media ha sido útil al movimiento revolucionario del proletariado. Significa menos ficciones y menos posibilidades de engaño, y eso siempre es útil para la clase obrera.

Mis mejores deseos y mis más cordiales saludos a los obreros de Petrogrado y a su sóviet recién elegido, a los obreros que reciben ahora en su ciudad el IV Congreso de la Internacional Comunista. Los obreros de Petrogrado deben estar también entre los primeros en el frente económico.

Me he enterado con alegría de las noticias sobre el comienzo del renacimiento económico de Petrogrado. Espero poder atender muy pronto, con una visita, a vuestra invitación de ir a Petrogrado.

El poder soviético celebra en Rusia su quinto aniversario. Hoy está más firme que nunca. La guerra civil ha terminado. Ya se ven los primeros éxitos económicos. La Rusia soviética pone su orgullo en ayudar a los obreros del mundo entero en su dura lucha por derribar el capitalismo; la victoria será nuestra.

¡Viva la Internacional Comunista!

4 de noviembre de 1922.

Vladímir Uliánov (Lenin).

Zinóviev (continuando): Creo, camaradas, que podemos responder en nombre de todos los presentes y de todos los obreros de Petrogrado. Vladímir Ilich nos escribe: «¡Viva la Internacional Comunista!». Queremos responder: ¡Viva el más sabio y el mejor de todos los dirigentes de la Komintern, el camarada Vladímir Ilich Lenin! (Aplausos tempestuosos.)

Voces en la sala: ¡Viva el camarada Lenin!

Zinóviev: Camaradas, tengo que leer además un telegrama del camarada Trotski dirigido al Sóviet de Petrogrado. (Aplausos.) (Lee):

¡Estimados camaradas!

Lamento dolorosamente que unos trabajos inaplazables, relacionados sobre todo con el Congreso Internacional, no me permitan celebrar estos días de fiesta, como hace cinco años, en medio del proletariado de Petrogrado. Saludo de todo corazón al Petrogrado Rojo y al primer sóviet de la dictadura proletaria.

Vuestro Trotski.

Gritos: ¡Viva el jefe del Ejército Rojo! (Aplausos, hurras.)

Zinóviev: Camaradas, el congreso desea dirigir palabras de admiración y saludos fraternales a nuestros numerosos camaradas comunistas y, en general, a los obreros revolucionarios que languidecen en innumerables cárceles de Europa y América. La camarada Zetkin nos dirá algo más al respecto. Tiene la palabra la camarada Zetkin.

Clara Zetkin: Cuando la vanguardia revolucionaria del proletariado, cuando la Internacional Comunista se reúne para mirar atrás y mirar adelante, recuerda siempre a las víctimas que han quedado en el campo de batalla de la lucha. Ya hemos honrado con duelo y con orgullo a nuestros queridos e inolvidables muertos. No menos deber de honor es nuestro recordar a los incontables miles que languidecen en cárceles y presidios porque se atrevieron a sacudir las cadenas del proletariado.

En Rumanía, en Yugoslavia, en Grecia las cárceles están repletas; a los proletarios, a los comunistas se les acosa, se les persigue, se les martiriza.

Lo mismo ocurre en Hungría, donde el terror blanco de Horthy13 sigue siendo la ley. ¿Y en Polonia? El camarada Dąbal14, elegido de los pequeños campesinos en el Sejm, fue condenado, pese a su inmunidad de diputado, a muchos años de trabajos forzados, y eso en virtud de disposiciones del aplastado zarismo ruso que están en contradicción con las leyes hoy vigentes. Durante la campaña electoral más de 500 comunistas han sido arrojados a las mazmorras. En todas las regiones fronterizas polacas se oprime desvergonzadamente al proletariado, y a los acusados de delitos políticos los juzgan tribunales militares según el derecho de guerra. ¡Polonia se llama a sí misma una democracia!

Vayamos a los Estados situados a orillas del mar Báltico. En las cárceles de Finlandia languidecen todavía hombres y mujeres valientes de los tiempos de la revolución que Mannerheim, aliado con el jefe de lansquenetes alemán Von der Goltz15, aplastó a sangre y fuego.

En Estonia, nuestro inolvidable camarada Kingissepp16, víctima de la burguesía vengativa, exhaló su último suspiro, y las cárceles están repletas de acusados políticos martirizados.

En Letonia se pronunció la sentencia de muerte contra el camarada Klava-Klavin, y muchos camaradas aguardan en las cárceles a que los juzguen los tribunales blancos.

Miremos a Alemania, a cuya cabeza está un presidente que se sigue llamando socialdemócrata17, aunque apenas hay un solo principio del viejo programa socialdemócrata que no haya traicionado y pisoteado. A Alemania, donde todavía hoy están en las fortalezas y cárceles bávaras comunistas, luchadores revolucionarios de los tiempos de la República de los Consejos de Múnich, que quedó atrás hace ya más de tres años. El grito de socorro de estos atormentados por el terror blanco atraviesa una y otra vez los muros de la cárcel sin que se muevan la compasión y la agitación de los dirigentes de la II Internacional y de la Dos y Media, que tan ruidosamente se manifestaron con motivo del proceso de los socialrevolucionarios18, esos puestos avanzados de la contrarrevolución en la Rusia soviética. Ni de lejos han salido aún de sus mazmorras todas las víctimas de las luchas de marzo del año pasado19; al valiente luchador revolucionario Max Hölz20 se le mantiene tras los muros, mientras las más amplias masas proletarias exigen el fin de su martirio. Y todo ello pese a que el gobierno de coalición burgués-socialdemócrata ha decretado una amnistía que, claro está, se revela cada día más como una burla insolente del proletariado revolucionario. Hace muy poco, una vez más, la sangre proletaria ha teñido las calles de Berlín. La sangre de proletarios que ni siquiera lucharon por su propio objetivo final, sino que querían proteger la república burguesa contra la reacción militar y monárquica. Todos los actos de violencia, todas las infamias de esta contrarrevolución quedan sin castigo y sin expiación. El proceso de Leipzig contra los asesinos de Rathenau21 ha sido un premio al asesinato político. ¡Alemania tiene un ministro de Justicia socialdemócrata!22

En Francia siguen todavía hoy tras los muros de la cárcel los heroicos marineros de la flota del mar Negro que se negaron a combatir contra la Rusia soviética, la república de los obreros y campesinos revolucionarios23. Durante la gran huelga de Le Havre24, emprendida con valor y llevada adelante con espíritu de sacrificio, corrió la sangre obrera y muchos obreros revolucionarios fueron a parar a la cárcel.

En Italia no le basta a la contrarrevolución que los fascistas destruyan las casas sindicales y las casas de las cooperativas, que asesinen a obreros revolucionarios, que sean un azote para todos los que piensan con libertad. La justicia de clase burguesa, la infame justicia burguesa, remata lo que el fascismo empieza.

Desde Inglaterra, la patria madre y modelo de la democracia, el terror judicial avanza por Irlanda y por los territorios de ultramar y las colonias. En Sudáfrica languidecen en las cárceles cientos de obreros que en las grandes huelgas de este año defendieron frente a los explotadores su derecho a la vida25. En la India, en Egipto, la justicia de la burguesía inglesa dominante ejerce cruelmente su oficio contra los revolucionarios nacionales que defienden la libertad y la independencia de su patria frente a la rapacidad imperialista británica, contra los luchadores revolucionarios proletarios que aspiran a liberar a los explotados de toda servidumbre, también de la de la burguesía de su propia nación.

En los Estados Unidos a los proletarios revolucionarios, y sobre todo a los comunistas, se les persigue, se les maltrata, se les priva de todos los derechos y se les entrega a las peores violencias y perfidias con una barbarie y un refinamiento sin igual.

La persecución y el encarcelamiento de los luchadores proletarios, el terror judicial de los Estados burgueses, se ha convertido en un fenómeno internacional de masas. ¿Qué nos anuncia? No solo nos anuncia que los proletarios se cansan cada vez más de dejarse explotar y sojuzgar, que exigen cada vez más su derecho humano y luchan por él; anuncia también el miedo mortal de la clase dominante y la sed de venganza nacida de ese miedo mortal. Es cierto que la burguesía parece fuerte y, pese a todo, siente cómo el suelo de su dominación de clase oscila y se tambalea bajo los embates y el empuje de fuerzas históricas revolucionarias irresistibles. Así trata de mantener su dominación con todos los medios de la astucia y de la violencia, con el engaño de la democracia como con los escorpiones de su justicia de clase. ¡Y sin embargo! A pesar de todo y de todo, esta burguesía sería incapaz, en la hora histórica presente, de mantener su poder con sus propias fuerzas. Demasiado alto habla la decadencia de la economía capitalista, habla la disolución del orden burgués, del fin cercano de un mundo en que la burguesía domina y explota. La burguesía como clase dominante estaría acabada si no encontrara un aliado en los dirigentes obreros reformistas de todos los países. Son ellos quienes levantan un baluarte para la dominación de clase de la burguesía, y son ellos quienes cargan con toda la responsabilidad de que miles y miles de los mejores hijos e hijas del proletariado sean presidiarios, presos, en lugar de poder emplear sus fuerzas en la lucha por la superación del capitalismo.

¡Camaradas! Es nuestro deber de honor enviar nuestros más cordiales saludos fraternales a todos aquellos —sean quienes sean, se llamen como se llamen, sufran en la llamada patria que sufran (Aplausos)— que fueron lo bastante rectos y fuertes para luchar y que no tienen, en verdad, la culpa de no haber podido vencer. Les enviamos nuestros más ardientes deseos con la convicción de que ellos, que tuvieron el valor de emprender la lucha contra un mundo de enemigos, tendrán también la fuerza de resistir sin doblegarse, con la cabeza alta, pese a la sed de venganza de sus enemigos. Los saludamos con la firme convicción de que su liberación no será obra de la humanidad, de la justicia y de otras cosas bonitas que la burguesía profesa de boquilla, sino única y exclusivamente la acción de las masas proletarias revolucionarias, que empujan hacia delante con una fuerza irresistible y a cuya presión ninguna puerta de cárcel puede resistir a la larga. Expresamos nuestra convicción de que esa lucha por la liberación de los luchadores revolucionarios no será solo un acto de solidaridad, sino que significará el pago de una deuda que el proletariado tiene con sus adelantados, porque los dejó solos en la pelea con el enemigo. Saludamos a nuestros hermanos y hermanas presos con la convicción de que resistirán inquebrantables en su pensamiento y en su voluntad, aunque el día de su liberación no haya de brillar hasta el día en que la bandera victoriosa de la revolución proletaria, con la estrella soviética, ondee sobre cada uno de los países y sobre el mundo entero.

Zinóviev: Camaradas, vamos a leer ahora el proyecto del llamamiento a los camaradas presos, redactado en ruso. El Presidium ha encargado la lectura del documento a un camarada que tuvo en su día ocasión sobrada de conocer muchas mazmorras y cárceles zaristas. Tiene la palabra el camarada Feliks Kon26.

Feliks Kon (lee): Sigue el «Llamamiento a los presos políticos», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Zinóviev: Camaradas, el congreso se reúne en un momento en que el proletariado italiano vive días duros y críticos, que sin duda acabarán, no obstante, acelerando el desarrollo revolucionario en el país. Actualmente los proletarios italianos se encuentran en una situación difícil. Por eso el Presidium cree que el congreso debe hacer, al comienzo de sus trabajos, una declaración adecuada sobre la cuestión italiana. Sobre esta cuestión tiene la palabra el camarada Béron, representante de la delegación francesa.

Béron (lee):

Sigue el «Llamamiento a los obreros y campesinos de Italia», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Zinóviev: A propuesta de una serie de delegaciones, el congreso decide dirigir, con motivo del quinto aniversario, un llamamiento de la Internacional Comunista a las repúblicas soviéticas. Pide la palabra para ello un representante de la delegación italiana; tendremos ocasión de expresar en su persona nuestra relación con el proletariado italiano. Doy la palabra a nuestro viejo luchador, el ferroviario camarada Azzario.

Azzario: Camaradas, vosotros necesitáis en vuestra lucha nuestra ayuda y nuestro apoyo, pero a nosotros, en nuestra lucha contra el capital, nos será todavía más necesaria en el momento decisivo la ayuda del primer Estado proletario del mundo. Proteged nuestras conquistas comunes, vuestro y nuestro poder soviético. Mantened firmemente en vuestras manos ese sector del frente proletario en el que hace cinco años rompisteis las trincheras capitalistas y conquistasteis el territorio sobre el que se asentarán en el futuro los cimientos de nuestra patria proletaria. Esta patria abarcará, en virtud de nuestra victoria común, el mundo entero.

¡Viva la gran Revolución de Octubre y sus héroes!

¡Viva la clase obrera rusa!

¡Viva el Petrogrado Rojo, cuna del poder soviético!

¡Muerte al capital mundial y a su principal sostén, los socialdemócratas y reformistas traidores!

¡Viva la revolución proletaria mundial!

¡Viva la Federación de las Repúblicas Soviéticas del mundo! (Aplausos.)

Sigue el «Llamamiento a los trabajadores de Rusia», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Zinóviev: El Presidium ha decidido, a petición de una serie de organizaciones, dirigirse con un llamamiento especial al Ejército Rojo. No deja de tener cierta significación histórica que el Presidium haya designado como orador sobre esta cuestión al más antiguo dirigente de los obreros japoneses, el camarada Katayama27, a quien doy la palabra.

Sen Katayama: ¡Camaradas! Me siento orgulloso y agradecido de poder hablar a esta asamblea y transmitir mis saludos al Ejército Rojo y a la Flota Roja de la Rusia soviética. Nos alegramos del éxito de la revolución rusa. Sabemos lo que la Rusia soviética ha pasado, tanto en los frentes como en el interior del país. Sabemos cómo el capitalismo mundial intentó quebrar la revolución rusa. Pero sabemos también que el Ejército Rojo y la Flota Roja la han defendido y han obtenido la victoria. Nos alegramos de poder felicitar por su éxito a la revolución rusa, la revolución que se ha defendido contra el imperialismo y el capitalismo del mundo.

Nosotros, que estamos aquí reunidos en el quinto aniversario de la revolución rusa, damos las gracias a los soldados y marineros rusos no solo por haber llevado victoriosamente a término su propia revolución, sino también por la esperanza que han infundido al proletariado de otros países. El Ejército Rojo de la Rusia soviética es la esperanza del proletariado mundial.

¡Camaradas! Es un gran acontecimiento en la historia del mundo que nos reunamos aquí por cuarta vez para establecer las directrices de la revolución socialista internacional. Estamos contentos y llenos de esperanza, porque sabemos que aquí, en la república obrera, estamos seguros, que nos protegen el mismo Ejército Rojo y la misma Flota Roja que conquistaron la victoria para el pueblo de Rusia.

Pero esperamos también que la flota rusa y el ejército ruso miren al futuro. Vosotros, que habéis defendido y ganado la revolución rusa, vosotros, que habéis luchado por vosotros mismos y por vuestros camaradas: cosas aún mayores os aguardan ahora. Esperamos de vosotros que trabajéis por la revolución en los demás países. El futuro tiene que ver la victoria de la revolución no solo en Rusia, sino en todos los países del mundo.

¡Camaradas! Esperamos, no, exigimos del Ejército Rojo y de la Flota Roja de la Rusia soviética que se preparen para la lucha de la revolución mundial. Así como en el pasado habéis organizado y defendido la Internacional Comunista, así debéis hacerlo también en el futuro. Confesamos que hasta ahora hemos trabajado en cada país de forma demasiado individual. En el futuro el Ejército Rojo de la Rusia soviética será internacional. No solo tenéis que luchar por la República Soviética, sino también por la revolución mundial. Nosotros, en la Internacional Comunista, organizamos la lucha por la revolución mundial a escala internacional. Pedimos vuestra colaboración para hacer realidad este carácter internacional.

Voy a leer ahora la resolución aprobada por la Internacional Comunista:

Sigue el «Llamamiento al Ejército Rojo y a la Flota Roja de la RSFSR», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Zinóviev: Camaradas, el congreso hace un gran honor a los obreros de Petrogrado al proponerse dirigir a nuestro Petrogrado unas palabras de saludo en nombre de la Internacional Comunista. Tiene la palabra uno de los dirigentes de la Internacional Comunista, viejo luchador de la Federación Comunista Balcánica, el camarada Kolárov.

Kolárov (lee):

Sigue el «Llamamiento a los obreros, obreras y soldados rojos del Petrogrado Rojo», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Kolárov (continuando, en ruso): ¡Obreros y obreras! Vosotros, que fuisteis los primeros en alzar la bandera de la revolución, mantenedla firme en vuestras manos: se acerca la hora en que esta bandera se desplegará sobre el mundo entero. (Aplausos.)

Zinóviev: Queda clausurada la primera sesión del IV Congreso Mundial de la Internacional Comunista. Propongo cantar «La Internacional» del proletariado. (Se canta «La Internacional».)

Segunda sesión, jueves 9 de noviembre de 1922

Apertura. Elección de las comisiones. Informe del Comité Ejecutivo de la IC.

Oradores: Kolárov, Humbert-Droz, Zinóviev.

Apertura: 7 de la tarde, en la sala del congreso del Kremlin de Moscú.

Preside: Kolárov.

Presidente: El primer punto que hay que tratar en esta sesión consiste en confirmar el orden del día establecido por el Comité Ejecutivo. Se ha publicado en la Inprekorr28, así como en toda la prensa comunista. Por consiguiente, no hace falta volver a leerlo. Se supone que todos los camaradas lo conocen.

¿Propone alguien cambios en este orden del día? Lo someto a votación. (Aprobado.)

En segundo lugar se trata de someter a votación el reglamento de nuestro congreso, establecido por la sesión del Ejecutivo Ampliado. ¿Ninguna objeción? (Aprobado.) En tercer lugar se trata de formar algunas comisiones en las que se examinarán a fondo cuestiones particulares. Doy para ello la palabra al camarada Humbert-Droz.

Humbert-Droz: El Presidium ha propuesto a las distintas delegaciones una serie de comisiones. Las delegaciones han deliberado entre sí y han introducido algunos cambios en las propuestas del Presidium.

Se han tenido en cuenta todos los deseos de las delegaciones. Las distintas comisiones nombradas por el presidente son las siguientes:

Comisión española.

España: Nin.

Suiza: Humbert-Droz.

Italia: Graziadei.

Alemania: Schreiner.

Francia: Paqueraux; Juventud: Doriot.

Convocante: Humbert-Droz.

Comisión de la cuestión negra.

América: Billings, Sascha, Johnstone.

Rusia: Safárov.

Japón: Katayama.

Francia: Tahar Boudengha.

Holanda: Jansen.

Inglaterra: Joss.

Indias Holandesas: Malaka.

Sudáfrica: Bunting.

Convocantes: los miembros norteamericanos.

Comisión francesa. Rusia: Lenin, Trotski, Zinóviev. Alemania: Zetkin, Thalheimer, Becker. Bulgaria: Kolárov.

Checoslovaquia: Neurath.

Italia: Bordiga.

Noruega: Grepp.

Polonia: Walecki, Kostrzewa.

América: Carr.

Suiza: Welti.

Japón: Katayama.

Inglaterra: Minni Birch.

Hungría: Béla Kun.

Bélgica: Van Overstraeten. Austria: Stern.

España: Gonzales.

Juventud: Schüller.

Profintern: Lozovski.

Manuilski y Humbert-Droz, delegados del Ejecutivo en Francia.

Presidente: Trotski; secretario: Humbert-Droz. Comisión italiana. Rusia: Trotski, Zinóviev, Rádek. Alemania: Zetkin, Schumann, Ruth Fischer. Francia: Souvarine, Faure. Inglaterra: Murphy.

Checoslovaquia: Seiden.

Bulgaria: Kabakchiev.

Noruega: Meyer.

Polonia: Michalkowski.

Austria: Stern.

América: Sullivan.

Yugoslavia: Radovanović. Hungría: Rákosi.

Suiza: Humbert-Droz.

Juventud: Vujović.

Profintern: Nin.

Rákosi, secretario de la comisión. Comisión restringida para deliberar con los representantes del PSI.

Kabakchiev, Rádek, Zinóviev, Trotski, Zetkin. Cuestión noruega.

Rusia: Bujarin, Rádek, Kobetski.

Finlandia: Kuusinen.

Alemania: Urbahns.

Suecia: Samuelson.

Checoslovaquia: Šmeral.

Internacional de la Juventud: Shatskin. Secretario: Kobetski.

Cuestión checa. Alemania: Ruth Fischer, Heckert, Ulbricht. Francia: Rosmer, Duret.

Austria: Friedländer.

Italia: Tresso.

Rusia: Rádek, Zinóviev.

Polonia: Keller.

Bulgaria: Isakov.

Juventud: Vujović.

Profintern: Melnichanski.

Secretario: Heckert.

Comisión americana. Rusia: Bujarin, Lozovski, Rádek.

Alemania: Eberlein.

Balcanes: Kobler.

Japón: Katayama.

Italia: Azzario.

Finlandia: Kuusinen.

Inglaterra: Leckie; Juventud: Kurella.

Checoslovaquia: Schiffeld.

Polonia: Domski, Walecki.

Holanda: Ravesteyn.

Convocante: Kuusinen.

Comisión yugoslava. Italia: Bombacci.

Bulgaria: Kolárov.

Rumanía: Pauker.

Hungría: Béla Kun.

Juventud: Lickow.

Austria: Friedländer.

Checoslovaquia: Koren.

Alemania: Heckert.

Polonia: Próchniak.

Francia: Leiciague.

Convocante: Koren.

Presidente: Los delegados a estas comisiones han sido nombrados por las distintas delegaciones nacionales. Si hay que hacer cambios, se ruega a las delegaciones que los indiquen. ¿No se propone ninguna modificación? Someto, pues, a votación la composición de las comisiones tal como la ha leído el secretario. (Aprobado.)

Si es necesario, se formarán otras comisiones. Se ruega a las delegaciones que aún no hayan designado a sus miembros para las comisiones ya mencionadas —es el caso, por ejemplo, de la delegación austriaca— que lo hagan enseguida.

El Presidium ha decidido nombrar un secretario general del congreso y propone para ese cargo al camarada Humbert-Droz. ¿Ninguna objeción? El camarada Humbert-Droz queda, pues, confirmado.

El partido polaco había nombrado como miembro del Presidium del congreso a un camarada que después ha sido sustituido por el camarada Marchlewski. Someto a votación esta pequeña modificación. (Aprobado.)

Pasamos al punto 1 del orden del día:

Informe del Comité Ejecutivo

Zinóviev: Camaradas, tengo la tarea de rendirles en primer lugar informe sobre la actividad de nuestro Ejecutivo durante el período que va del III al IV Congreso. Además, tengo que hablar de la práctica futura de la Internacional Comunista. Mi informe se divide, pues, en dos partes.

Los meros hechos y cifras sobre la actividad del Ejecutivo durante estos 15 meses los he expuesto en un artículo que se ha publicado en todas las lenguas. No voy a volver, pues, sobre ellos.

Tenemos que examinar dos cosas: primero, si nuestro Ejecutivo ha ejecutado correctamente las resoluciones del III Congreso, y segundo, si esas resoluciones mismas eran acertadas. Porque ahora, al cabo de 15 meses, tenemos muchísimo material que antes no existía.

¿Cuál era, al terminar el III Congreso, la situación que determinó toda nuestra política? Inmediatamente después del III Congreso quedó claro que el capital mundial empezaba una ofensiva en toda regla, bien organizada y sistemática, contra los obreros en casi todo el mundo. La clase obrera se encontraba en cierto modo en retirada. Los 15 meses de nuestra actividad han estado llenos de toda una serie de huelgas muy importantes y grandes en el mundo entero. Pero si examinamos un poco más de cerca el resultado de esas huelgas, tenemos que constatar que la inmensa mayoría de ellas terminó con la derrota de los obreros. Las organizaciones económicas de la clase obrera se han hecho menos numerosas. Los sindicatos contaban, por ejemplo, en 1920 unos 25 millones de afiliados, pero en 1922 solo 18 millones, y no sé si esta última cifra no es todavía algo exagerada. Ya por este hecho vemos en qué difícil situación se han encontrado los obreros durante el período del informe.

Tampoco hay que subestimar la situación de la Rusia soviética precisamente durante este tiempo. Recordarán ustedes que inmediatamente después del III Congreso quedó claro que en Rusia empezaba una gran hambruna. Esto no estaba claro aún durante el III Congreso, pero inmediatamente después de terminar el congreso tuvimos que dirigirnos, en nombre del Ejecutivo de la Internacional Comunista, a los obreros del mundo entero pidiéndoles que apoyaran al proletariado ruso en este año de hambre.

Este hecho tuvo consecuencias políticas muy grandes. Saben ustedes que a menudo se nos acusa de que la Internacional no es más que un instrumento de la República Soviética rusa. Hay también algunos «amigos» que hacen tales afirmaciones. Pues bien, está claro que entre la primera república proletaria y la Internacional Comunista, que lucha contra la burguesía, existe y tiene que existir una interacción considerable y muy estrecha. Desde nuestro punto de vista comunista está claro que la Internacional Comunista es muy importante para la Rusia soviética, y a la inversa. Sería ridículo preguntar quién es aquí el sujeto y quién el objeto. Son los cimientos y el tejado de un mismo edificio. Lo uno pertenece a lo otro.

La situación en que nos encontramos este año la aprovecharon nuestros adversarios con largueza para combatir la idea misma de la dictadura proletaria. Toda la II Internacional intentó hacer del hambre en Rusia el punto de partida de una campaña contra la Internacional Comunista. Y con este hecho a mano intentó emprender otra campaña especialmente ruidosa: que la Internacional Comunista no es más que un instrumento de la República Soviética. La República Soviética rusa es un hecho político importante, de modo que, naturalmente, nadie puede pasarla por alto. La cuestión es solo de qué lado de la barricada se toma posición.

Tomen ustedes simplemente un ejemplo de los últimos tiempos: la carta del dirigente del Partido Laborista inglés, el señor Clynes29. Creo que la mayoría de ustedes ha leído esa carta. El señor Clynes, uno de los «dirigentes obreros» más conocidos de los últimos años, dirigió a la República Soviética una carta que acaba de publicarse. En ella Clynes propone que la República Soviética confirme lo antes posible el conocido contrato con el señor Urquhart30, para que aumenten las posibilidades del Partido Laborista en las elecciones que se están celebrando ahora. El señor Clynes observa a este respecto que no habla en su propio nombre, sino en el de todos sus colegas. Inglaterra atraviesa una etapa interesante de su desarrollo imperialista. Las elecciones guardan estrecha relación con la situación de la Rusia soviética. El Partido Laborista, uno de los partidos más importantes, o el más importante, de la II Internacional, no puede pasarlo por alto: toma posición. Pero ¿de qué lado de la barricada? Del lado del señor Urquhart, del lado de la burguesía. Por eso creemos poder responder, cuando la II Internacional se dirige con acusaciones a la III y dice: «Vosotros vais siempre de la mano de la República Soviética de Rusia, no sois más que un instrumento de esa república»: tampoco vosotros pasáis por alto la Rusia soviética, también vosotros tenéis que tomar posición ante ella, pero lo hacéis en la forma de intentar aprovechar la primera república soviética proletaria en beneficio de la burguesía y no en beneficio de los proletarios.

Como he dicho, el hambre en la Rusia soviética fue para la II Internacional y la Internacional Dos y Media el punto de partida de una campaña muy enérgica. Tenemos que reconocer abiertamente que tuvo cierto éxito. Para el obrero sencillo, que ahora tenía que experimentar de modo palpable el hecho de que en la primera república soviética reina efectivamente el hambre, de que la vida de los obreros y campesinos es muy dura; para el obrero sin partido, que todavía no tiene formación política, eso supuso cierto desengaño de la revolución en general. Es triste, pero comprensible. Dada la situación en que se encontraban las masas obreras después de la guerra, era absolutamente inevitable. Sin duda fue una falta de escrúpulos por parte de nuestros adversarios aprovecharlo: tenían que saber de dónde procedía esa hambre. Tenían que saber que los principales culpables eran los traidores de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media y toda la táctica del imperialismo con su bloqueo. Pero está completamente claro que la II Internacional, en la lucha que libra contra nosotros, tenía que aprovecharlo, y así lo hizo.

Así pues, este año la situación de la Internacional Comunista, igual que la de la primera república soviética, fue bastante difícil, y de tal índole que nuestros adversarios sin escrúpulos, la II Internacional y la Internacional Dos y Media, intentaron aprovecharla y la aprovecharon con éxito.

Las huelgas fueron, como he dicho, de carácter defensivo por parte de los obreros. No quiero abrumarles con demasiadas tablas (eso puede hacerse en un folleto); solo quiero destacar un país que es especialmente importante para nosotros en la cuestión de la táctica del frente único: Francia. Los camaradas de Francia eran los adversarios más resueltos de la táctica del frente único. Ahora las cosas han tomado otro rumbo. Pero creo que si nuestros amigos franceses, en su dura crítica a la Internacional Comunista, hubieran tenido presentes solamente las cifras que voy a aducir, sin duda habrían adoptado una actitud muy distinta ante la táctica del frente único. Las huelgas ofensivas de los obreros en Francia, es decir, aquellas en que los obreros luchaban por elevar su nivel de vida, por el aumento de sus salarios, etc., fueron las siguientes: en 1915, es decir, durante la guerra, solo 8.000 obreros hicieron huelgas ofensivas en Francia; en 1916, también todavía durante la guerra, 37.000; en 1918, 131.000; en 1919, 1.053.000; en 1920, y solo en la primera mitad del año, 628.000. Pero entonces comienza enseguida una línea descendente. En la segunda mitad de 1920 fueron solo 57.000 obreros, y en 1921, el año que nos interesa, solo 9.000 obreros hicieron huelgas ofensivas. En cambio, en 1921, durante los ocho primeros meses, 160.000 obreros franceses estuvieron en huelga defensiva. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que en 1921-1922 la ofensiva del capital fue de lo más aguda, de modo que la clase obrera francesa tuvo que limitarse a huelgas defensivas; para huelgas ofensivas no tenía fuerzas, porque la burguesía estaba a la ofensiva en toda la línea.

Este hecho fue decisivo, creo, en Francia, como también en otros países, para la táctica del frente único. Si nuestros amigos franceses hubieran tenido presentes estas cifras y hubieran seguido mejor el desarrollo de las huelgas en su propio país, creo que habrían abandonado en gran parte desde el principio su oposición al frente único.

Tal era la situación general ya al comienzo de nuestra actividad en este año del informe. Además, el III Congreso trazó por primera vez un límite tajante frente a los llamados «elementos de izquierda», como el KAP31 y los grupos semianarquistas, y una raya tajante frente al grupo de la derecha. Recuerdo el grupo de Levi32, que en el III Congreso era todavía objeto de nuestros debates. Recuerdo el Partido Socialista Italiano, del que también hablamos mucho en el III Congreso. En el III Congreso vimos que la formación de partidos verdaderamente comunistas no había hecho más que empezar. El III Congreso nos dejó como legado la famosa consigna: «¡A las masas!». En la resolución táctica formuló nuestra tarea así: ganar a la mayoría de la clase obrera y llevar a la lucha a las capas socialmente decisivas del proletariado y hacerlas capaces de luchar.

De esta situación general surgió la consigna del frente único, que nuestro Ejecutivo formuló por primera vez en diciembre de 1921. Creo, camaradas, que ahora, después de haberse celebrado dos sesiones del Ejecutivo Ampliado —que en realidad fueron pequeños congresos mundiales—, la evolución ha llegado tan lejos que incluso en Francia los comunistas, igual que los sindicalistas, han abandonado su oposición a la táctica del frente único, de modo que en este congreso no tendremos que hablar tanto de esta táctica. Está claro que nuestro Ejecutivo obró bien cuando proclamó en diciembre de 1921 que la consigna «¡A las masas!» tenía que llevar a la táctica del frente único. En realidad, toda nuestra táctica no fue otra cosa que una aplicación práctica de la táctica del frente único a las condiciones concretas de cada país. Y, para decirlo de una vez, creo que el año próximo, quizá también en los próximos años, esta seguirá siendo nuestra tarea.

La táctica del frente único fue en realidad la primera campaña internacional de gran envergadura que el Ejecutivo intentó llevar a cabo. Saben ustedes que hemos hablado muchísimo de que la Internacional Comunista tiene que ser una Internacional de los hechos, una Internacional de la acción, un partido comunista mundial internacional centralizado, y otras cosas por el estilo. En principio eso es absolutamente cierto, y tenemos que insistir en ello. Pero para llevarlo realmente a cabo necesitamos años y años. Es bastante fácil aprobar una resolución y decir en ella que tenemos que llevar a cabo acciones internacionales. El intento que emprendimos inmediatamente después del III Congreso Mundial —en realidad, pues, una empresa que en principio no se distingue de las empresas de la II Internacional—, ese intento fracasó, porque nuestros partidos son todavía muy heterogéneos, porque nuestros partidos a veces no son aún comunistas y tienen todavía mucho de socialdemócrata, porque nuestras organizaciones son todavía muy deficientes, porque organizar una acción internacional entraña grandes dificultades.

El último año intentamos llevar a cabo algunas campañas internacionales, como la campaña de ayuda contra el hambre para Rusia o la campaña relacionada con el proceso de los socialrevolucionarios. Pero la campaña para aplicar la táctica del frente único tiene una importancia especial. Y aquí tengo que reconocer abiertamente que no se desarrolló sin graves perturbaciones. Hablaremos de ello con detalle en los puntos particulares del orden del día.

Ha resultado que algunos grupos de nuestra Internacional Comunista querrían trasladar demasiadas costumbres de la II Internacional a la III. Creo, camaradas, que no podemos aceptar sin protesta lo que ha ocurrido en Francia. En el momento en que la Internacional Comunista ha de ser una organización mundial centralizada del proletariado, en que ha emprendido con la táctica del frente único una campaña de gran envergadura contra la II Internacional, en ese momento tiene que reinar en nuestras filas, si no una disciplina de hierro, al menos una sencilla disciplina proletaria, y no fue así. Tengo que decir que lo que hicieron el partido francés y en parte también el partido italiano fue una perturbación de la acción internacional iniciada por nuestra organización. Debemos verlo con claridad y tomar las medidas necesarias. Porque esta campaña era políticamente muy importante, pero todavía no era una campaña capaz de poner en pie a millones de camaradas. Y si ya en tales campañas se han producido tales perturbaciones, tenemos fundado motivo para temer que en tiempos más difíciles, cuando tengamos que luchar directamente con el puño armado, volvamos a encontrarnos ante perturbaciones semejantes.

Creo, camaradas, que lo mejor será que en el informe sobre la actividad del Ejecutivo examine país por país. A este respecto tengo que expresar la observación general de que cuanto mayores son las partes del viejo movimiento socialdemócrata que hemos acogido, tanto mayores son los restos de centrismo y de socialdemocratismo que tenemos en nuestro partido. Por mi breve repaso lo verán ustedes con claridad.

Empiezo por Alemania.

Alemania estuvo en el III Congreso Mundial en el centro de casi todas nuestras discusiones. La situación del partido alemán durante el III Congreso Mundial era, como todos ustedes saben, bastante difícil. Nuestros enemigos hablaban de descomposición completa; más de uno de nuestros amigos estaba demasiado hipnotizado por la dificultad momentánea de la situación del partido hermano alemán. El Ejecutivo se enorgullece de haber logrado prestar a nuestro partido hermano alemán cierta ayuda en la solución de esa grave crisis. Creo que podemos decir con pleno derecho y sin exageración que nuestro partido hermano alemán se presenta en el IV Congreso Mundial como uno de los partidos más consolidados y mejor organizados (hablando relativamente, por supuesto) y políticamente más claros. Y esto debe servirnos hoy de consuelo, cuando sabemos que algunos de nuestros partidos más grandes se encuentran igualmente en una situación difícil. El partido francés, por ejemplo, es ahora para muchos participantes de este congreso objeto del mayor pesimismo. Creo que, siguiendo el ejemplo del partido alemán, podemos tranquilizar al congreso y decir que, si el congreso obra acertadamente, se logrará ayudar al partido francés y ponerlo rápidamente en pie. La situación política en Alemania es en general revolucionaria y favorable para el único partido verdaderamente revolucionario que existe en Alemania, es decir, para nuestro Partido Comunista.

La fusión del USPD y el SPD, que predijimos en Halle, es ya un hecho. Recuerdo exactamente que en Halle, tras la conocida votación histórica, cuando dijimos en nuestro resumen final que la derecha no tenía otro camino que el de la socialdemocracia, estalló una gran indignación: se decía que aquello era una demagogia desvergonzada, etc. Realmente no hacía falta ser profeta para predecirlo. Estaba completamente claro que quien no quisiera ir al comunismo tenía que ir a parar, en esta época de guerra civil, a la socialdemocracia. Ahora es un hecho.

Creo que para el movimiento revolucionario este es un hecho positivo. El camarada Lenin tenía razón en su telegrama de saludo al congreso cuando dijo que la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media era un paso adelante para el movimiento revolucionario. Menos ficciones, menos engaño y menos ilusiones son mejores para la clase obrera. Creo que en Alemania podremos notar en muy poco tiempo que esta fusión es realmente un paso adelante para nosotros. Cuando vemos en Alemania revolucionarios tan anticuados como el viejo Ledebour33, sabemos con toda seguridad que para él solo habrá dos caminos: o con los comunistas o con los socialdemócratas. El proletariado alemán podrá verlo dentro de unos meses.

Si me pregunto qué partidos han aplicado mejor en la práctica la táctica del frente único, son el alemán y el checo; aunque también esto, sin duda, hablando solo en términos relativos. A veces hemos tenido que constatar que nuestro partido hermano alemán no siempre ha destacado suficientemente la independencia de nuestra propia línea, pues para nosotros lo principal en toda esta táctica es conservar las manos libres en la agitación comunista. No siempre se logró, pero en general el partido hermano alemán ha aplicado esta táctica muy acertadamente. Huelgas como la huelga ferroviaria en Alemania34 fueron un ejemplo clásico de la aplicación correcta de la táctica del frente único, del mismo modo que esa huelga fue un ejemplo de que toda huelga económica puede convertirse en una huelga política. He leído en un artículo de la Internationale alemana que el IV Congreso debería decir claramente: ¿qué viene ahora en Alemania? ¿Viene una época de luchas económicas agudizadas o viene una época de luchas políticas agudizadas? Semejante planteamiento es absolutamente erróneo. Porque viene una época de luchas económicas agudizadas y, al mismo tiempo, una agudización de las luchas políticas. Así está planteada la cuestión. La huelga ferroviaria mostró con toda claridad y nitidez que, en la situación dada, casi todo conflicto económico se convierte en un conflicto político.

Conocen ustedes el movimiento de los consejos de fábrica, que se ha puesto en marcha ahora y al que sin duda pertenece un gran futuro. Los socialdemócratas acusan, es verdad, a nuestro partido de querer convocar un congreso de consejos de fábrica y poner luego a Alemania ante un hecho consumado, como hicieron los bolcheviques en 1917 con la convocatoria del II Congreso de los Soviets (pero cuando ya habían derribado la dominación de la burguesía). Este reproche, o mejor dicho este cumplido, el partido alemán, por desgracia, no lo merece todavía. El Partido Comunista de Alemania todavía no es, por desgracia, lo bastante fuerte para poder llevar a cabo lo que los bolcheviques llevaron a cabo en octubre de 1917. Pero esta campaña tendrá la mayor importancia: creará un punto de cristalización de un movimiento de masas verdaderamente revolucionario en torno al Partido Comunista.

Nuestro partido en Alemania no ha crecido mucho numéricamente. Lo característico de este año es, en general, que los partidos que han reforzado su influencia política entre las masas no han crecido numéricamente en la misma medida. Hay para ello diversas causas, como el paro, la pobreza de los proletarios, que ni siquiera pueden pagar la mísera cuota del partido. Hay también al mismo tiempo causas políticas. Donde mejor se ve es en Alemania. Nadie negará que nuestro partido hermano alemán ha reforzado muy considerablemente su influencia política. Y sin embargo su número de afiliados no ha crecido mucho. En una reunión del PCR dije una vez que Alemania debía lanzar la consigna de llegar a un millón de afiliados. Pero no será fácil. No quiero decir que la revolución proletaria tenga que aplazarse hasta que hayamos alcanzado ese millón. Recuerdo que, por ejemplo, el partido ruso contaba a lo sumo 250.000 afiliados al estallar la revolución proletaria: relativamente, pues, el partido alemán es ya mayor que el ruso en 1917. Pero podemos estar seguros de que la descomposición de la socialdemocracia alemana se producirá a ritmo rápido. Tenemos la sensación de que en Alemania pueden producirse acontecimientos decisivos mucho antes de lo que algunos de nosotros esperan. Es cierto que nuestro partido alemán tiene todavía divergencias, que allí queda aún mucho por dirimir. Por ejemplo, en la cuestión del programa vimos que la última sesión del Comité Central no estuvo del todo unida. Pero si se compara el movimiento con el de hace catorce meses, tenemos que constatar, no obstante, que el partido alemán ha dado un paso enorme adelante. Si no engañan todos los indicios, el camino de la revolución proletaria va de Rusia a través de Alemania. Y por eso el saneamiento de nuestro partido alemán tiene una importancia política de primer orden. En Alemania solo tenemos dos partidos. Al grupo de Ledebour le profetizamos que dentro de pocos meses o acabará con los comunistas o se convertirá en un cero redondo. Esperaremos con calma el desarrollo de las cosas. Está claro que en Alemania solo tenemos dos partidos importantes: el futuro será de nuestro partido.

La conexión del Ejecutivo con el partido alemán fue, en lo organizativo, la mejor, lo que no quiere decir que fuera ideal. Muchas cosas no funcionaron, en parte por culpa del Ejecutivo, en parte por culpa del partido alemán. Con todo, los vínculos fueron bastante buenos y firmes; ningún acontecimiento político ha pasado sin interacción entre el Ejecutivo y el partido hermano alemán.

Paso a Francia. Tendremos que hablar de ello todavía en especial. Pero no puedo dejar de hablar también de ello en el informe general. Hace algunos meses escribí un artículo: «El nacimiento de un partido comunista». Decía allí que el nacimiento de un partido comunista es una cosa bastante difícil. Pues bien, camaradas, si se miran las cosas tal como están después del congreso de París35, hay que decir que el nacimiento de un partido comunista en Francia es mucho más difícil todavía de lo que podía preverse. Ahí tienen ustedes una concreción de la fórmula que he establecido: cuantos más elementos socialdemócratas hemos tomado del viejo partido, tanto mayores son las dificultades que tenemos que superar. Lo verán ustedes todavía en Noruega, como quizá también en otros países. En Francia pasamos de golpe a tener de nuestro lado a la mayoría del viejo partido, y ahora necesitamos bastante tiempo hasta que hayamos superado todas las enfermedades que brotan de este hecho. La observación política más importante del Ejecutivo y de sus representantes, algunos de los cuales, como por ejemplo Humbert-Droz, estuvieron casi medio año en Francia, consiste —hay que decirlo abiertamente— en que tenemos que buscar en las filas de los sindicalistas, de los sindicalistas comunistas, toda una serie de elementos para un partido comunista. Quizá sea extraño, pero es así.

La tradición del movimiento francés hace que ahora, en 1922, cuando tenemos allí desde hace ya dos años un partido comunista, tengamos sin embargo que constatar que un gran número de comunistas, que serán los mejores elementos de nuestro futuro Partido Comunista, están por ahora todavía fuera del Partido Comunista, en las filas de los sindicatos. Y creo que una de las tareas más importantes de nuestro congreso y de la comisión francesa tiene que consistir en traer hacia nosotros esos elementos verdaderamente proletarios, verdaderamente revolucionarios y realmente comunistas. La tradición en Francia es tal que se considera al partido como un partido de «politiciens», y —por desgracia hay que decirlo— ¡no del todo sin razón! (¡Oíd, oíd!)

En el III Congreso ejercimos demasiado poca crítica sobre el partido francés. Era demasiado joven, y en aquel congreso teníamos otras cosas que hacer. Quizá fue también un error del Ejecutivo —se puede admitir—, pero es un hecho: durante el III Congreso ejercimos demasiado poca crítica sobre el partido francés, y eso fue en perjuicio de nuestro partido hermano francés.

Hace todavía tres o cuatro meses, la dirección del partido francés se presentaba ante el Ejecutivo como crítico «desde la izquierda». Criticaba la táctica del frente único desde el punto de vista de que el Ejecutivo había sido demasiado oportunista. No sé si habrá habido muchos miembros de la Internacional Comunista tan ingenuos como para creer que el partido francés nos criticaba de verdad «desde la izquierda». No creo que hubiera muchos miembros de la Internacional Comunista que lo creyeran. Pero es bueno que ese periodo haya pasado ya.

El partido francés no supo aplicar la táctica de la Internacional Comunista en un país donde los acontecimientos la dictaban de un modo especialmente imperioso.

Ya he dado algunas cifras sobre las huelgas en Francia. Esas cifras muestran que, si el partido hubiera comprendido el verdadero movimiento de masas, habría comprendido también el frente único y habría hecho enseguida de esta táctica el punto de partida de su acercamiento a las masas. La burguesía francesa libra una lucha sistemática contra la jornada de ocho horas, y debo confesar abiertamente que el Ejecutivo no consiguió que nuestro partido emprendiera una contracampaña sistemática. Nuestro intento de iniciar en Francia una campaña en el sentido del frente único por la defensa de la jornada de ocho horas fracasó.

Recuerdo la última «huelga general» que hemos visto en Francia. También de esto hay que hablar con total franqueza. En los años 1908 a 1910 nos habíamos acostumbrado en Francia a que los sindicalistas oficiales proclamaran la huelga general poco menos que a diario. Pero nadie notaba nada. Esos fueron los peores días de los sindicalistas, y creo que una de las tareas más importantes de nuestro partido debería ser extirpar esa tradición. Por desgracia, nuestro partido se las ha arreglado para prolongar hasta hoy esa mala tradición. La huelga general a la que se llamó a los obreros franceses hace unas semanas (Le Havre) la impuso en realidad la presión de una camarilla muy pequeña de anarquistas. Nuestro periódico, L'Humanité, el mayor diario obrero de Francia, se utilizó para llamar a la clase obrera a la huelga en un momento en que nuestro partido no estaba en absoluto preparado. De esta huelga, que ya ha terminado, debemos sacar las consecuencias, y debemos conseguir que en Francia tales hechos no puedan repetirse nunca más. La clase obrera se encuentra en una situación trágica. Es verdaderamente inadmisible que nuestro partido, que es una sección de la Internacional Comunista, consienta tales huelgas y que cargue con ello una responsabilidad tan grande sobre sí mismo y también sobre nosotros.

El partido francés, en su congreso, ha vuelto a ratificar por unanimidad las 21 condiciones36. Yo había olvidado un poco esas 21 condiciones y hoy las he releído. En esas 21 condiciones, la primera dice que la prensa ha de ser verdaderamente comunista. Debo confesar abiertamente que en Francia este primer punto de las 21 condiciones no se ha cumplido todavía. El periódico L'Humanité quiere ser un periódico comunista, pero todavía no lo es. Tiene una difusión muy grande y en algunos terrenos ha hecho un trabajo brillante —hay que reconocerlo—, pero todavía no es un periódico comunista. Y el IV Congreso tiene que empezar por hacer que se cumpla de verdad, al menos, este primer punto de las 21 condiciones. Espero que efectivamente lo consigamos.

Tenemos ahora en el partido francés, como ustedes saben, tres tendencias principales y dos secundarias. No voy a caracterizar estas tendencias una por una. Dicho en general, son las siguientes: la tendencia del centro; de ella decíamos antes: centro, pero no centristas. Así lo escribimos y lo dijimos. Quizá fue demasiado optimista respecto a los camaradas franceses. No son centristas consumados, pero sí se aprecia allí una buena dosis de centrismo. Hay, pues, las dos cosas: centro y centrismo. Ahora debemos intentar conservar el centro y poner al centrismo de patitas en la calle. Son en su mayoría los dirigentes que han venido a nosotros desde el viejo partido, que tienen ciertamente grandes méritos ante la Internacional Comunista, pero que todavía no se han despojado del viejo Adán socialdemócrata. Cuando se leen los últimos editoriales del camarada Marcel Cachin37 sobre los sindicatos, hay que decir que no son mucho mejores que los artículos de Verfeuil38, a quien expulsamos en el congreso del partido de París. La segunda tendencia es una línea intermedia, el grupo Renoult39. De este grupo debemos decir que en él hay muy buenos proletarios, algunos de los cuales han criticado sinceramente la táctica del frente único desde la izquierda, pero que acabarán convenciéndose de que nuestra táctica es justa y vendrán con nosotros.

La tercera tendencia es la que es verdaderamente comunista.

No estamos obligados a aceptar todo lo que han hecho los camaradas de esta tendencia. En el congreso de París cometieron grandes errores. Personalmente, considero la dimisión de nuestros camaradas responsables de la izquierda un error grave, pero hay que decir que el apoyo moral de la Internacional Comunista corresponde a este grupo. Este grupo empezó la lucha por la táctica del frente único; quizá cometió en ello más de un error, pero fue el único que defendió realmente en Francia la táctica marxista del frente único y la llevó a la victoria.

Debo decirles, camaradas, que, a raíz de las primeras conversaciones que hemos tenido con todos los camaradas franceses, estamos convencidos de que se puede evitar una escisión, y por supuesto la Internacional Comunista hará todo lo posible por evitarla realmente. Pero en este ejemplo vemos claramente lo difícil que es el nacimiento de un partido comunista. Piensen, camaradas, que el partido francés no ha llevado a cabo todavía ni una sola acción de masas; piensen lo que veremos cuando llegue una. Recuerdo que la verdadera diferenciación en el Partido Comunista alemán solo se produjo después de que se llegara a la acción. (Interrupción entre los alemanes: ¡Muy cierto!) Si fue una acción mala o buena, dejémoslo de lado, pero la verdadera diferenciación comenzó con la acción. En este sentido, la acción fue el bálsamo curativo del partido, lo salvó y lo curó, pero fue también el punto de partida de una nueva diferenciación. No hay que hacer profecías, pero si en el partido francés se llega a una acción de verdad, a una acción de masas en la que uno se juegue el pellejo, entonces sí que veremos una diferenciación en ese partido, entonces sí que veremos quién pertenece de verdad al Partido Comunista y quién no.

La tarea del IV Congreso no consiste en absoluto, a mi juicio, en pasar de puntillas sobre todo esto, como hizo el III Congreso, sino en aclarar la situación y en dar apoyo moral a aquellos camaradas que son de verdad camaradas. Esto no quiere decir que queramos expulsar de la Internacional a los otros camaradas, pero debemos decirles claramente dónde están sus fallos y explicarles cómo se llega a ser de verdad comunista.

Paso ahora a Italia. El ejemplo italiano podría aspirar a convertirse en un ejemplo de manual para la táctica de los partidos comunistas y de la Internacional Comunista. Si alguna vez llegara a elaborarse un ABC de la táctica de los partidos comunistas, creo que el capítulo más importante, el ejemplo más importante, sería Italia. Italia no es un país clásico del movimiento comunista y, sin embargo, vemos que allí muchas cosas ocurren con una claridad tan clásica como en ningún otro país.

En el otoño de 1920 Italia constituía una cumbre del movimiento comunista. Nuestra discrepancia con Italia no consistía entonces en que dijéramos a los camaradas italianos: tenéis que hacer inmediatamente la revolución, cueste lo que cueste. La Internacional Comunista nunca dijo eso al partido italiano. Teóricamente hablando, es cierto que si en el otoño de 1920 nuestro partido hubiera tomado el poder en Italia, quizá se habría repetido allí el ejemplo húngaro. No digo que sea seguro. No sé si necesariamente habría seguido un bloqueo, lo dudo, pero no está excluido. Es posible que, si hubiéramos tomado el poder en Italia en 1920, hubiéramos seguido allí el mismo camino que los húngaros. Nunca exigimos a los camaradas italianos: tenéis que hacer la revolución, cueste lo que cueste. Podía ser justo no tomar el poder en aquel momento. Si la mayoría adoptaba ese punto de vista, habría sido injustificado provocar por ello una ruptura con el Partido Socialista Italiano.

La ruptura no vino porque no quisieran tomar el poder. Nuestro punto de vista entonces era: la situación es revolucionaria, hay que estar preparados para cualquier eventualidad; lo primero es eliminar a los reformistas para formar un partido verdaderamente revolucionario. Por esa razón exigimos la expulsión de quienes saboteaban la revolución; pero la Internacional Comunista no exigió en absoluto que se hiciera una insurrección en 1920 y se tomara el poder. Semejante afirmación es históricamente falsa. Ustedes saben que D'Aragona40 ha reconocido ahora abiertamente que los reformistas se quedaban en el partido para impedir la revolución. Por eso había que expulsarlos. Se trataba solo de preparar al partido para la posibilidad de la revolución, no de hacer inmediatamente la revolución.

Como ustedes saben, la mayoría del partido italiano no cumplió nuestras exigencias de expulsar a los reformistas. No quería preparar un partido revolucionario y no quería romper con esos agentes de la burguesía. Esta expresión de «agentes de la burguesía» levantó mucha polvareda; cuando, en un telegrama, llamamos a los reformistas «agentes de la burguesía», nuestros amigos de Francia lloraron lágrimas de sangre por la falta de tacto de que yo hubiera llamado así a los reformistas. Pero, después de lo que el propio D'Aragona ha reconocido, creo que llamar a los reformistas agentes de la burguesía es todavía el nombre más delicado que se puede dar a esos señores. No sé cómo se los podría llamar con más delicadeza. Los reformistas, esos agentes de la burguesía, se quedaron, pues, en el partido italiano y han hecho todo lo posible por desbaratar la revolución y entregar la clase obrera a la contrarrevolución.

Los camaradas italianos discuten sobre qué es lo que ha sucedido ahora realmente en Italia: un golpe de Estado o una comedia. Puede ser las dos cosas. Considerado históricamente, es una comedia. Dentro de unos meses o de unos años se resolverá a favor de la clase obrera de Italia, pero en este momento es un vuelco muy serio, un acto contrarrevolucionario muy serio. La culpa de nuestros camaradas de Italia no consiste, pues, en que en 1920, en tal o cual momento, no «hicieran» la revolución, sino que su culpa, y en cierto modo su crimen, consiste en que dejaron dentro del partido a los cómplices de la burguesía y les dieron la posibilidad de cometer la traición clásica y de poner a la clase obrera en manos de los fascistas.

Ustedes conocen la táctica que el Ejecutivo ha aplicado en la cuestión italiana. Saben que en el III Congreso se discutió mucho si se había obrado bien en Livorno41. Creo que ahora está claro que en Livorno obramos bien, y está claro también que obramos bien el año pasado. Nuestro Partido Comunista de Italia actuó en muchas cosas de la cuestión italiana en contra de la táctica del Ejecutivo. Pero creo, camaradas, que teníamos que obrar como obramos; teníamos que romper con férrea determinación con el Partido Socialista Italiano en el momento en que era necesario; si no lo hubiéramos hecho, toda la Internacional Comunista habría estado perdida. Pero al mismo tiempo teníamos que hacer todo lo posible por facilitarle la vuelta a la Internacional Comunista. Está muy claro: pase lo que pase, en los próximos meses la mayor parte de los obreros que todavía están con los maximalistas pertenecerá a la Internacional Comunista. Y precisamente porque nos pertenecerá, debemos hacer todo lo posible por facilitarle fraternalmente la vuelta con nosotros. Para eso somos la Internacional Comunista, para eso estamos: para allanar el camino a un destacamento de la clase obrera en el momento en que ha reconocido su error y quiere volver con nosotros. Desde luego, debemos exigir garantías, y lo haremos. Cosas como las que han sucedido en Italia no deben repetirse. La Internacional Comunista debe tener garantías serias de que allí no se repetirá nada semejante. Pero, a pesar de todo, debemos hacer todo lo posible por volver a unirnos con esos camaradas.

He oído que en Francia algunos camaradas del Partido Comunista pensaban: bueno, quizá no sea tan peligroso romper con la Internacional Comunista; nos insultarán un poco, pero para el V o el VI Congreso nos invitarán de todos modos y se unirán con nosotros. Y tenían a la vista el ejemplo italiano. Pues bien, camaradas, ¿qué significa esto? Quienes hablan así han pasado por alto la menudencia de que entretanto el partido italiano casi se ha perdido y la clase obrera italiana ha sido entregada a los peores fascistas. Consideran todo el asunto solo desde el punto de vista personal: hoy me insultarán, pero dentro de un año puedo volver y me recibirán. Que entretanto el partido y la clase obrera se hundan es para ellos una cuestión secundaria. Creo que semejante concepción solo es posible en algunas personas sueltas; en la mayoría del partido francés es sin duda imposible...

La lección del partido italiano no consiste en que tal o cual dirigente haya estado dos años discutiendo con nosotros y ahora haya venido a Moscú: esa es una cuestión secundaria. La cuestión personal no tiene importancia. No es esa la lección del partido italiano. La lección es mucho más profunda y consiste en esto: quien ha tendido un dedo al reformismo acabará dándole la mano entera. Y quien comete tales errores lleva a su partido a la ruina y causa el mayor daño a la clase obrera de su país.

Tendremos discusiones no solo con los maximalistas, sino también con los comunistas de Italia.

En algunas cuestiones no somos de la misma opinión. Han adoptado un programa que no es marxista. Lo hemos criticado y rechazado. Y estas concepciones están profundamente arraigadas en el partido italiano. Al Partido Comunista de Italia le ha quedado el barniz del «abstencionismo»42. Nuestro amigo Bordiga tiene muy grandes méritos ante el movimiento italiano. Los camaradas han luchado con valentía. Han hecho todo lo posible por izar la bandera de la Internacional Comunista en la situación más difícil. Debemos reconocer estos méritos del partido italiano, y no en último lugar del camarada Bordiga. Pero al mismo tiempo debemos decir que tenemos serias discrepancias con el Partido Comunista de Italia. El barniz del abstencionismo se ha quedado. Bordiga no defiende ahora el antiparlamentarismo, se ha plegado, pero el espíritu se ha quedado. Lo hemos visto en el programa y en la táctica del frente único.

Respecto a la táctica del frente único, la dirección del partido italiano sigue sosteniendo que esta táctica es admisible en el terreno económico, pero no en el político. A nuestro juicio, eso es un disparate. Las dos cosas van juntas. En Italia no se ha sabido aplicar correctamente la táctica del frente único. Con la consigna del gobierno obrero se llegó tarde en Italia. Yo personalmente cometí el error de ceder ante el camarada Bordiga y renunciar a una discusión abierta sobre la cuestión italiana en la última sesión del Ejecutivo Ampliado. Fue un error. Habría que haber tenido una discusión abierta.

A pesar de todo, en el Partido Comunista de Italia tenemos uno de los destacamentos más valientes de la Internacional Comunista, uno de los mejores partidos. Precisamente en este momento difícil se verá de verdad lo que este partido es capaz de hacer. Hoy he leído un llamamiento clandestino del Partido Comunista de Italia y he recibido el primer número clandestino del órgano central de nuestro partido. Esto demuestra que, en la situación más difícil, el partido italiano no ha soltado la bandera. (Vivos aplausos.) Hemos elegido una comisión italiana. Tendrá que examinar dos cosas: 1) la unificación del partido y 2) cómo debemos reorganizar nuestras fuerzas en esta época del fascismo. No sabemos cuánto durará esta época, pero debemos prepararnos para lo peor.

Pasemos a Checoslovaquia. En Checoslovaquia, el Ejecutivo —por supuesto, con la diligente colaboración del propio partido checoslovaco— ha llevado a cabo con éxito la unificación. Durante el III Congreso teníamos dos partidos y algunos grupos. No estaba claro todavía si en este país, donde el problema nacional desempeña un gran papel, sería posible organizar un partido unificado. Lo hemos conseguido. En la cuestión sindical se descuidaron algunas cosas. Pero, aun así, nuestro partido ha conseguido en general poner bajo la bandera roja a la mayoría de los obreros organizados en los sindicatos. La táctica del frente único la ha aplicado el partido checoslovaco, puede decirse, de manera ejemplar. Si se sigue la prensa burguesa de Checoslovaquia, si se leen los informes sobre la marcha de las cosas en los órganos adversarios, hay que reconocer que nuestro partido ha maniobrado bien, que ha conseguido ganar para nosotros a grandes sectores de los obreros que pertenecían a organizaciones adversarias. Y esperamos que la aplicación práctica de la táctica del frente único en este país siga desarrollándose brillantemente.

Como ustedes saben, hay un punto en el que tenemos cierta discrepancia con el partido checoslovaco (quizá también internacionalmente; ya se verá). Se trata de la expulsión de la llamada oposición. Hemos nombrado una comisión que tratará esta cuestión. Pero no puedo dejar de justificar nuestro punto de vista sobre ella. El partido hermano checoslovaco expulsó en su conferencia de partido, por una ruptura de la disciplina, a siete miembros del Comité Central, entre ellos al antiguo presidente Šturc43. Esto pilló totalmente por sorpresa al Ejecutivo, al que no se había consultado. El Ejecutivo consideró su deber anular de inmediato esa decisión, lo que no quiere decir que haya que dar la razón a la oposición. El Comité Ejecutivo comparte el punto de vista de la mayoría del partido. No queremos calificar a esta oposición de oposición de izquierda ni queremos apoyarla políticamente, pero creemos que la expulsión fue precipitada y que no se habían agotado todavía todos los medios. En el calor de la pelea se ha intentado comparar la culpa de este grupo con la culpa del señor Levi. La culpa de este grupo consiste en que, a pesar de la prohibición del Comité Central, publicó un llamamiento. Es sin duda un paso que no puede aprobarse desde el punto de vista de la disciplina comunista de partido. Pero es un error comparar esta ruptura de la disciplina con la de Paul Levi. Levi traicionó a la clase obrera en un momento en que fusilaban a nuestros hermanos. En ese momento Paul Levi escribió un folleto para el fiscal alemán. Aquello fue una traición a la clase obrera, y para eso solo hay una respuesta: la expulsión. En cambio, lo que han hecho los camaradas de Checoslovaquia ha sido, ciertamente, una grave ruptura de la disciplina, pero en modo alguno una traición. Ahora debemos intentar todo lo posible por mantener a este grupo en las filas del partido, desde luego con la condición de que no se produzcan más rupturas de la disciplina y de que las decisiones que se tomen se cumplan. Debemos tener un partido disciplinado, pero no podemos expulsar tan a la ligera ni siquiera a un grupo muy pequeño de obreros si no está demostrado que se han recorrido todos los caminos para llegar a un arreglo. Y en este caso no está demostrado. Esperamos que los camaradas a los que hemos invitado tengan claro que el Ejecutivo no los ha invitado para gritarles «¡bravo!», para decirles: «Podéis pisotear la disciplina»; de ningún modo. Hemos invitado a los camaradas para intentar devolverlos al partido y decirles que la disciplina en el partido es lo más sagrado. Si resultara que estos camaradas no son capaces de mantener una disciplina proletaria, entonces no habrá nada que hacer. Lo que decida el congreso será también ley para este grupo de camaradas.

La situación se agrava todavía porque en Checoslovaquia tenemos ya 600.000 parados. La miseria de la clase obrera es terrible y el descontento de los obreros, grande. Las masas están exasperadas. Formar ahora un grupo sindicalista, o un grupo como el KAP o un «KATsch»44, es perfectamente posible. Y el grupo debe tenerlo claro. Puede formar un grupo así, y ese grupo quizá pueda vegetar durante medio año, puede causar daño a la clase obrera, se pondrá en ridículo políticamente, pero debemos ver la situación tal como es. En un país como Checoslovaquia, con un número de parados tan espantosamente alto, debemos hacer todo lo posible por impedir que se forme un grupo «KATsch» separado. La Internacional Comunista debe hacer todo lo posible por evitarlo. Y espero que lo consiga.

Paso ahora a la cuestión noruega. Ya he dicho antes que, cuantos más elementos hemos recibido del viejo movimiento, más difícil se hace el nacimiento de un verdadero partido comunista. En Noruega hemos recibido casi todo el viejo partido, y allí tenemos ahora grandes dificultades que no quiero ocultar. La cuestión es la misma que en Francia. Desde luego hay una gran diferencia, pero la causa es la misma. En Francia hemos heredado muchísimas tradiciones del viejo partido. En Noruega siguen vivas fuertes tradiciones federalistas; el principio de organización es muy peculiar. El partido estaba construido hasta ahora sobre la organización de los sindicatos. Ya en Halle45 tuvimos una conversación con el camarada Kyrre Grepp46, el dirigente del partido noruego, y con otros camaradas, que ya entonces nos prometieron reorganizar el partido. Hasta ahora no se ha hecho. Ni siquiera se ha cambiado aún el nombre del órgano central. El periódico de Noruega sigue llamándose hoy Socialdemokraten (Exclamación: ¡Oíd, oíd!). Y también en provincias once periódicos se llaman Socialdemokraten. (Nuevas exclamaciones de «¡Oíd, oíd!».) Como ven ustedes, ya es hora de intervenir también en este país y de imponer lo que exige la Internacional Comunista. Somos un partido comunista. Y, sin embargo, tenemos partidos que todavía no se han despojado del todo del socialdemocratismo. Está claro: hemos nacido en el seno de la II Internacional y hemos heredado algunas de sus tradiciones, que no pueden extirparse de la noche a la mañana. Pero si esa noche dura un par de años, debemos exigir que este proceso vaya más deprisa. En nuestros periódicos de Noruega pueden ustedes leer artículos en los que, por ejemplo, se apoya a los Scheidemann contra los comunistas alemanes. También allí tenemos restos sindicalistas, en el mal sentido de la palabra. El camarada Tranmæl47 perteneció antes a los IWW, y le ha quedado todavía un poco de la tradición sindicalista. No es capaz de entender la disciplina. En un artículo escribe: «Disciplina, disciplina: no soporto esa palabra. Es algo degradante para la dignidad de los hombres libres». Y esto lo dice uno de nuestros camaradas, que no es precisamente un intelectual de mala ralea. Es un luchador honrado y sincero, que pertenece a la clase obrera; pero aun así las tradiciones son más fuertes que el hombre. La tradición es tan fuerte que ha podido hacer tales estragos en uno de nuestros mejores camaradas de Noruega. Hay allí un grupo de universitarios, parecido a «Clarté»48, que publica una revista, Mot Dag, y que defiende los mismos principios que el grupo Levi. Y nuestro partido tolera a ese grupo y no interviene. Este año debemos actuar con decisión. Tenemos aquí una representación de la minoría del partido noruego, y estamos firmemente convencidos de que conseguiremos, por unanimidad o al menos por mayoría, lo que es necesario conseguir. Camaradas noruegos, debéis tener claro que la Internacional Comunista no puede seguir consintiendo situaciones como las que hemos tenido hasta ahora. Sabemos apreciar los lados buenos del movimiento noruego. El movimiento noruego está unido orgánicamente con la masa obrera. Tiene camaradas absolutamente entregados a la revolución proletaria. Pero tiene que sacudirse de una vez por todas el polvo socialdemócrata. Tiene que comprender de una vez que no llegará a ser un verdadero partido comunista si no acaba con todas estas cosas.

Paso a Polonia. En Polonia tenemos un partido de masas clandestino. El problema de la coordinación del trabajo legal y el clandestino es un problema muy importante, y la experiencia del último año ha demostrado, a mi juicio, que esa coordinación no es tan sencilla como nos la habíamos imaginado. Los comunistas rusos tenían la experiencia de 1905-1906. Opinábamos: donde no es posible un movimiento legal, hay que llevar a cabo una coordinación de lo legal y lo clandestino, y la dirección debe corresponder a lo clandestino. Pero la experiencia de diversos países demuestra ahora que esta coordinación no es tan sencilla. En Polonia era posible, y en Polonia ha funcionado. Tenemos allí un partido clandestino que es al mismo tiempo un partido de masas. Tenemos allí pequeños puntos de apoyo legales que están subordinados al partido. En Polonia es posible porque el partido polaco ya ha pasado por una revolución, porque en 1905 estuvo a la cabeza de la clase obrera, porque la dirección, que era clandestina, ya combatió una vez ante el frente de toda la clase obrera. Goza del reconocimiento general de los obreros comunistas. Se lo ganó con su valía durante la revolución. En Polonia funciona; en otros países, por ejemplo en América, es mucho más difícil, porque allí el partido clandestino no ha actuado todavía como dirigente ante el foro de toda la clase obrera, porque allí la dirección no está tan acreditada. Allí la relación, la coordinación entre lo legal y lo clandestino, es completamente distinta.

En Polonia tenemos, como he dicho, un partido de masas clandestino, un partido viejo que tiene un pasado glorioso. Aun así, hay también puntos en los que el Ejecutivo tiene ciertas discrepancias con el partido polaco, y en cuestiones muy fundamentales: en la cuestión agraria, en la cuestión de las nacionalidades y en parte en la cuestión del frente único. La cuestión agraria la trataremos especialmente con nuestros camaradas polacos. Entre nuestros camaradas polacos predominó durante mucho tiempo esa concepción de la cuestión agraria que, a mi juicio, puede llamarse anticuada, casi socialdemócrata. Recuerdo a los camaradas la posición que adoptó el II Congreso en esta cuestión. Propusimos entonces, para ganar al campesinado, abordar también el problema del reparto de la tierra de los grandes terratenientes. Con esta propuesta chocamos en parte también con la oposición de los socialistas italianos. Los fascistas han demostrado ahora que saben muy bien levantar un programa así en su provecho y con fines demagógicos. Este error puede costarnos caro también en Polonia y en otros países. Afortunadamente, se ha producido un giro en el partido polaco, y esperamos ponernos de acuerdo con él sobre la cuestión agraria, de modo que tengamos un programa de acción que ejerza atracción también sobre el campesinado. El Partido Comunista es un partido obrero. Pero eso no quiere decir que plantee solo reivindicaciones obreras, sino que es un partido que, siendo un partido de la clase obrera, sabe llevar consigo a todas las capas oprimidas en la lucha contra la burguesía.

Discrepancias parecidas tuvimos con los camaradas polacos en la cuestión de las nacionalidades. Esperamos que también estas discrepancias estén superadas.

En la cuestión del frente único resultó que una minoría, si no me equivoco una pequeña minoría, del partido polaco estaba en contra del frente único. Aun así, es muy significativo que también en uno de los partidos más antiguos haya surgido una oposición así. Estamos convencidos de que el propio partido polaco superará estas discrepancias, y probablemente ya las ha superado. Pero estas discrepancias existieron y mostraron lo difícil que es aplicar en la práctica la táctica del frente único.

De los Balcanes no diré mucho. Debo señalar que nuestra Federación Balcánica49 funciona mal. Como federación balcánica, nuestra organización casi no existe. Las reuniones no son regulares; creo que debemos insistir en que la Federación Balcánica se fortalezca y en que el partido búlgaro preste algo más de atención a esta cuestión.

Unas palabras sobre Rumanía. Es de justicia hacia nuestros camaradas rumanos decir al congreso que son la delegación que aquí contrajo compromisos, y que los camaradas rumanos han cumplido fielmente sus compromisos, pese a todas las persecuciones. Ustedes saben que todo el congreso del partido de los camaradas rumanos —unos cientos de camaradas— fue a parar a la cárcel, directamente de la sala del congreso a la cárcel50. A algunos los mataron a tiros; otros siguen todavía en la cárcel. La socialdemocracia ha concluido una alianza desvergonzada con la burguesía contra estos elementos comunistas. Tanto mayor es el mérito de nuestros amigos rumanos, que en condiciones tan difíciles se han mantenido fieles a la bandera de la Internacional Comunista y han cumplido fielmente con su deber.

En Yugoslavia el partido atraviesa una crisis. También allí se ha planteado el problema de lo legal y lo clandestino. El problema no está resuelto todavía allí. Tenemos grandes dificultades. Pero vemos que en Yugoslavia se vuelve a avanzar. En los sindicatos ha comenzado un nuevo movimiento, y esperamos que nuestro partido recupere su antigua fuerza. Sobre las discrepancias de Yugoslavia tendrá que deliberar todavía una comisión.

En Inglaterra, un país de gran importancia, el desarrollo de nuestro partido es muy, muy lento. Quizá en ningún otro país se desarrolla el movimiento comunista tan lentamente como en Inglaterra. El problema de la pertenencia de nuestro partido al Labour Party se ha resuelto ahora en sentido positivo. Nuestro partido ha decidido adherirse al Labour Party. Una tarea especial del futuro Ejecutivo consiste, a mi juicio, en dedicar a Inglaterra mucha más atención de la que se le ha dedicado hasta ahora. Tenemos que empezar por estudiar Inglaterra. No conocemos todavía las causas de su lento desarrollo. Inglaterra no es en absoluto un país de grandes organizaciones políticas de masas. Ustedes saben que allí ni un partido socialdemócrata ni un partido comunista tienen un gran número de afiliados. No tenemos allí nada parecido a lo de Alemania. Reinan allí tradiciones peculiares. Pese al gran paro y a la gran miseria del proletariado en Inglaterra, el desarrollo del comunismo es asombrosamente lento. Es un estancamiento, y tenemos todos los motivos para dedicar al movimiento de Inglaterra mucha más atención de la que le hemos dedicado hasta ahora.

Hemos conseguido también enviar a América un delegado, que ha permanecido allí bastante tiempo; debemos estudiar las experiencias de todo el movimiento. La mayor dificultad del movimiento en América está en el problema de la unión de lo legal y lo clandestino. La situación allí es muy distinta de la de Polonia, Yugoslavia, Finlandia y Letonia, donde hemos tenido una revolución y los dirigentes de la clase obrera ya han comparecido una vez ante su foro y han obtenido su reconocimiento. En América tenemos otra situación: un movimiento sindical de izquierda bastante fuerte y un partido comunista con violentas luchas de fracciones. Y por eso tenemos en América un problema muy difícil que todavía hay que estudiar.

En Austria, nuestro partido ha hecho, pese a todas las dificultades, progresos muy considerables.

En Hungría la situación es muy lamentable. Veo aquí a algunos camaradas que han participado muy enérgicamente en las luchas de fracciones, empeorando la situación. Me permitirán que diseccione un poco su actuación ante el foro de la Internacional Comunista. Muchos de los camaradas que estuvieron a la cabeza de la revolución y tienen méritos en su haber han hecho ahora todo lo posible, y también lo imposible, por estropear la situación y perjudicar a su partido. El Ejecutivo ha hecho ahora un intento enérgico de superar todas estas disputas. No quiero hablar mal de la emigración en general. Sabemos por la historia que la emigración puede ser muy útil a la causa. Quizá también el partido italiano deba tener ahora por un tiempo una emigración. Pero hay emigraciones y emigraciones. Hay emigraciones que, tras una revolución aplastada, tienen que superar muchas cosas difíciles, pero nuestros camaradas húngaros han hecho tanto en este terreno que ha sido demasiado. Creo que el IV Congreso dirá con la seriedad y la energía suficientes que de ningún modo queremos ver repetirse lo que hemos visto y que no volveremos a consentir nada semejante ni de lejos. Hace pocas semanas, en un solo día, fueron detenidos en Hungría 170 comunistas. Aunque allí el movimiento revolucionario de la clase obrera va en ascenso, la situación de nuestro partido es la peor posible. Nuestro deber consiste ahora, en el momento en que el movimiento obrero está en ascenso y la burguesía empieza de nuevo a detener a cientos de nuestros camaradas, en superar las fracciones de la emigración y formar un partido clandestino.

Dicho sea de paso, en Hungría la unión de lo legal y lo clandestino será más fácil, porque los comunistas tienen allí, a pesar de todo, una tradición seria. En Japón existe un pequeño partido que, con la colaboración del Ejecutivo, se ha unido con los mejores elementos sindicalistas. Tenemos un partido joven, pero con un núcleo importante, y el partido japonés debe darse ahora un programa. El Congreso de los partidos y pueblos del Lejano Oriente que se reunió aquí, en Moscú51, tiene gran importancia, sobre todo para Japón, porque por primera vez se produjo aquí un encuentro con personalidades importantes del movimiento japonés.

En la India hemos obtenido éxitos considerables. Puedo comunicar que el trabajo de nuestros camaradas en los últimos meses se ha visto coronado por el éxito. Nuestros camaradas han conseguido allanar el camino hacia la India, pues han logrado acceso a los periódicos, han penetrado en los sindicatos y están reuniendo a los elementos comunistas de la India. Creo que es un gran paso adelante.

Además, durante este año hemos fundado núcleos del partido, más o menos fuertes, en Turquía, en China y en Egipto. Desde luego no hay que hacerse ilusiones: son todavía núcleos muy pequeños, pero es un paso adelante, y debemos ayudar a los camaradas de allí a realizar un doble trabajo: primero, extender el núcleo del movimiento proletario y, segundo, marchar a la cabeza como vanguardia de todo el movimiento de liberación contra la burguesía.

También en Australia y en otros países se han dado pasos importantes.

Quiero hablar ahora de la Profintern. Como ustedes saben, camaradas, la Profintern tuvo que ver en 1921 cómo incluso en uno de los mejores partidos, en el partido alemán, se advertía una corriente liquidadora contra ella. En el partido alemán se discutió muy en serio si la Profintern no era un parto prematuro, si no había que liquidarla, etc. Ocurrió, desde luego, bajo la influencia de la tendencia de Levi, pero no eran solo los levitas los que estaban un poco contagiados. Ese era el punto peligroso para la Profintern. El Ejecutivo consideró, naturalmente, su deber combatir la corriente liquidadora. Opinábamos que la Profintern no era en modo alguno un parto prematuro.

Ahora esta corriente está completamente superada en Alemania, y espero que también en los demás países, y la Profintern va por el mejor camino hacia el éxito. Puede preverse que en los próximos años, si no ya en los próximos meses, la Profintern vivirá un gran auge y marchará hacia éxitos muy grandes. Los de Ámsterdam quieren ahora, como ustedes saben, acelerar la escisión. La han consumado en Francia y la han llevado a cabo en Checoslovaquia. En Alemania estamos ante la escisión de los sindicatos. Nuestra tarea y la tarea de la Profintern consiste, a nuestro entender, en combatir esta escisión. Nosotros necesitamos la unidad del movimiento obrero; los de Ámsterdam necesitan la escisión del movimiento obrero. Cuanta más influencia ganemos, más querrá esa gente escindir los sindicatos, y más tendremos que combatirlo. Debemos organizarnos a este respecto e intentar tomar contramedidas. Cuáles, de eso tendremos que hablar aparte. Pero si nos obligan a organizarnos por separado, como nos han obligado en Francia y en Checoslovaquia, y nos obligan en Alemania y en otros países, debemos hacer propaganda de que aquellos de nuestros sindicatos que nazcan como resultado de esta escisión nazcan con el grito de unidad en los labios. El primer grito de nuestra organización sindical recién nacida, nacida como resultado de la expulsión, debe ser: ¡unidad del sindicato!

Los camaradas checos, alemanes y demás, si se ven obligados a formar un sindicato independiente, en general o solo en una rama, deben lanzar como primera consigna: ¡unidad, lucha por la unidad del movimiento sindical! En la segunda parte de mi informe hablaré todavía de ello con detalle.

Nuestro movimiento ha hecho progresos considerables en la cuestión de las cooperativas y en la cuestión de la juventud. Quisiera decir todavía algo en particular sobre la Internacional de la Juventud. El traslado de la Internacional de la Juventud a Moscú ha dado buen resultado. Los temores eran infundados. La Internacional de la Juventud ha trabajado bien. Es cierto que debemos constatar que en algunos países se ha registrado un decaimiento, y son señales inquietantes. También la juventud de Alemania ha atravesado tiempos difíciles, como la juventud de otros países. Es una señal de las dificultades generales de la situación de la clase obrera. Pero, a pesar de todo, la Internacional de la Juventud y el movimiento juvenil siguen siendo una avanzadilla de la Internacional Comunista. Después de nuestro congreso celebraremos un congreso de la juventud, al que debemos prestar la mayor atención. Debemos tener presente que, para que la lucha de nuestras organizaciones juveniles tenga éxito, hacen falta métodos nuevos. Pero tenemos que conseguir ser una mayoría aplastante entre la juventud. La unión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media causará a los socialdemócratas un daño especialmente grande en el terreno del movimiento juvenil. Hacen falta métodos nuevos para penetrar en las masas de la juventud, que se han vuelto un poco indiferentes. Tendremos la posibilidad de hacerlo.

Este es el panorama de nuestra actividad durante estos 15 meses. Sin duda hemos cometido muchísimos errores, y deben ustedes criticarnos por ellos. Pero ¿queremos mantener las 21 condiciones o no? Nuestros camaradas de Francia, por ejemplo, han criticado el punto 9, en virtud del cual se expulsó a Fabre52. No sé si habrá algún camarada que pueda decir que aquí no obramos bien. Esa expulsión era absolutamente necesaria. Pero una parte de los camaradas franceses ha objetado esa expulsión. Han dicho que no teníamos derecho a hacerlo, que habíamos interpretado el punto 9 con demasiada libertad. El congreso debe decir si teníamos derecho a aplicar el punto 9 como lo aplicamos.

Otra cuestión más. El Ejecutivo decidió que los congresos nacionales de los partidos comunistas se celebren, por regla general, después del Congreso Mundial. Se admiten excepciones. No quiero empeñarme en examinar si era absolutamente necesario. Pero ¿qué sentido tenía esta decisión? El sentido era este: queremos ser un partido mundial centralizado, queremos ser un partido que se dirija de forma centralizada. Queremos que el Congreso Mundial sea de verdad la instancia decisiva para todos los partidos. No queremos que la Internacional Comunista sea simplemente un batiburrillo de todos los partidos. Esto se criticó duramente en Francia.

Pues bien, ¿qué ha mostrado el ejemplo de Francia? Si el congreso del partido se hubiera reunido después de nuestro congreso, quién sabe si no habría sido mejor. Como he dicho, no me opondré especialmente si ustedes quieren modificar esta decisión; estoy dispuesto a ello. Pero el sentido de la decisión es que debemos seguir siendo una organización mundial centralizada. Hemos aplicado las 21 condiciones con demasiada negligencia. Si quieren ustedes darnos algún palo por ello, tendrán toda la razón. Las 21 condiciones deben aplicarse ahora con mucho más rigor. No quiero decir en absoluto que hasta ahora no hayamos hecho nada. La Internacional Comunista existe desde hace solo tres años y medio. Camaradas, es un plazo demasiado corto para organizar a escala mundial nuestros partidos comunistas. La mayor desgracia no ha sido que fuéramos demasiado negligentes; la mayor desgracia habría sido que hubiéramos mirado las 21 condiciones como un papel mojado. Pero creo que el congreso dirá que el Ejecutivo está para aplicar las 21 condiciones. Debemos conseguir llegar a ser un verdadero partido mundial internacional. En principio, hasta ahora estábamos a favor; es necesario que se convierta en hechos.

Este es el informe sobre la actividad del Ejecutivo durante los últimos 15 meses. De la táctica futura de la IC hablaré todavía.

Presidente: Con el acuerdo de todos los delegados, se levanta la sesión por esta noche. La próxima sesión se abrirá mañana por la mañana a las 11.

Se levanta la sesión a las 10.35 de la noche.

Tercera sesión, viernes 10 de noviembre de 1922

Final del informe del Comité Ejecutivo de la IC. Debate sobre el informe del Comité Ejecutivo de la IC.

Oradores: Kolárov, Zinóviev, Bordiga, Rádek, Vajtauer, Ernst Meyer, Varga, Ruth Fischer, Neurath.

Apertura: 11.30 de la mañana.

Presiden: Kolárov, Zinóviev.

Zinóviev: Camaradas, espero que las tesis que he redactado sobre esta cuestión ya se hayan repartido o se repartan todavía. Me limitaré a hacer solo un comentario a estas tesis.

Debemos tratar primero las siguientes cuestiones: la situación económica internacional, la situación política internacional y la situación dentro del movimiento obrero.

En cuanto a la primera cuestión, creo que no es necesario hacer en el IV Congreso una revisión a fondo de lo que decidimos en el III Congreso. En mis tesis propongo que el IV Congreso ratifique simplemente las tesis de los camaradas Trotski y Varga53 del III Congreso sobre la situación económica mundial. Podemos y debemos constatar que la evolución de los últimos 15 meses ha confirmado realmente, en el fondo y en general, estas tesis; el curso de las cosas ha sido efectivamente el que en general habíamos previsto en ellas. Es cierto que hemos visto un auge pasajero en América, Inglaterra, Japón y Francia, quizá también en algunos otros países, pero está muy claro que ese auge es solo un fenómeno pasajero y que el camarada Varga tiene razón cuando, en su último folleto, caracteriza el estado de cosas como un periodo de decadencia del capitalismo. Lo que estamos viviendo todavía no es una de las crisis periódicas del capitalismo, sino la crisis del capitalismo; es el ocaso, la descomposición del capitalismo. La situación económica mundial sigue siendo, pues, la misma, pese a cierta mejoría en muchos países. El capitalismo no puede salvarse de esta situación. La única salvación de la humanidad, la única salvación de las fuerzas productivas, está en la revolución socialista. En este sentido, el diagnóstico sigue siendo exactamente el mismo, y podemos decir tranquilamente lo mismo que dijo el III Congreso: la situación objetiva sigue siendo revolucionaria. El capitalismo no puede encontrar en su propio seno fuerzas para salvarse de la crisis decisiva de todo el mundo capitalista.

Luego, la situación política internacional. También ella es tal que podemos constatar: los antagonismos se agudizan cada día y la situación internacional sigue siendo objetivamente revolucionaria. Durante los últimos 15 meses, la descomposición de la Entente ha avanzado a pasos agigantados. Lo que hemos visto ha sido una liquidación efectiva de la paz de Versalles en diversas formas, y esa descomposición de la paz de Versalles continúa. El «pacifismo» burgués, que tenía en la persona de Lloyd George a su dirigente más destacado, ha quebrado por completo. Las conferencias de Génova y de La Haya54 han sellado la quiebra de este pacifismo burgués. La campaña electoral que tiene lugar ahora en Inglaterra da fe de una falta de ideas inaudita en los partidos burgueses. Esta lucha entre los viejos partidos burgueses clásicos en el país más antiguo del capitalismo demuestra que en ella ya no queda ni rastro de principios. Es una completa decadencia intelectual de la burguesía. Es una lucha de camarillas, que subraya lo que ya estaba claro: que el pacifismo burgués ha quebrado por completo y que los partidos burgueses ya no son capaces de grandes luchas de principio.

Los países coloniales y semicoloniales, que son uno de los factores más importantes de ese proceso que caracterizamos como el proceso de la revolución mundial, han elevado en este tiempo su lucha a un nivel muy alto. Vemos que durante este tiempo, en toda una serie de países oprimidos, el movimiento de liberación sigue avanzando más y más pese a todas las medidas de los gobiernos imperialistas, y creo que hoy no habrá entre nosotros duda alguna de que esta lucha, aunque no sea socialista ni comunista, es y sigue siendo objetivamente una lucha contra el régimen capitalista. Los grandes movimientos que hemos observado en este tiempo en la India y en otras colonias y países semicoloniales no son en modo alguno comunistas, pero, considerados objetivamente, tienen la importancia de un factor de primer orden contra el régimen capitalista.

La democracia burguesa, cuyo ocaso venimos siguiendo desde hace ya algunos años, se descompone cada mes más y más.

¿Qué significan los acontecimientos de Italia? ¿No es un golpe inaudito contra la democracia burguesa? ¿No era Italia uno de los países de la bendita democracia burguesa? Desde luego, Italia era un país así. La agresión fascista es un golpe no solo contra la idea monárquica, sino también contra la idea de la democracia burguesa. No solo el monarca italiano ha sufrido en su prestigio por el hecho de que una banda lo haya apartado de hecho políticamente, sino también todo el régimen de la democracia burguesa. Debemos tener claro que lo que ha sucedido en Italia no es un fenómeno local. Ocurrirá necesariamente que veremos los mismos fenómenos en otros países, quizá bajo otra forma. Si los fascistas se mantienen en Italia —y es probable que así sea en el próximo periodo—, entonces es incluso absolutamente seguro que aparecerán fenómenos parecidos, probablemente también en Alemania, quizá en toda la Europa central. Una victoria del gobierno de Stinnes55 en Alemania quizá no sea del todo semejante en la forma a lo que vemos en Italia, pero por su contenido puede convertirse en un fenómeno que se parezca sangrientamente a lo que vemos en Italia.

Lo que estamos viviendo ahora en Austria es igualmente un cuadro muy próximo al vuelco italiano. Y es también un golpe contra la democracia burguesa, que en Austria han defendido hasta ahora no solo los partidos burgueses y la II Internacional, sino también la Internacional Dos y Media.

En Checoslovaquia están en marcha los preparativos de un vuelco contrarrevolucionario semejante, por no hablar de Hungría. Los fascistas intentaron crear escuela en Hungría.

En los países balcánicos, especialmente en Yugoslavia, vemos ya fenómenos como los que vivimos en Italia. Debemos ver la situación tal como es. Es necesario para un periodo que no durará mucho, pero que será un periodo de prueba para nuestros partidos comunistas. Quizá sea inevitable que tengamos un periodo así de vuelcos más o menos fascistas en todo el centro de Europa, y con ello llegará inevitablemente toda una etapa de clandestinidad para nuestro partido. Ya hace algunos meses, el Ejecutivo advirtió a toda una serie de nuestros partidos más importantes, por medio de camaradas enviados especialmente, de que debemos prepararnos para un periodo clandestino como el que vemos ahora en Italia. La situación política que encontramos en el momento del IV Congreso Mundial confirma por desgracia esa previsión. Debemos ver claramente este peligro, pero eso no quiere decir que vaya a ser un estancamiento de la revolución mundial. Al contrario, es un proceso de revolucionarización. Este proceso no es una línea recta. No: pueden venir diversos episodios. Lo que vemos en Italia es un acto de la contrarrevolución. Pero, visto en perspectiva, es un episodio de la agudización de la situación, de la maduración de la revolución proletaria en ese país. Lo mismo puede decirse del movimiento proletario de toda una serie de otros países importantes.

Así pues, hablando en general, la situación política internacional se ha agudizado en conjunto durante este tiempo. El III Congreso Mundial tenía toda la razón cuando dijo que no teníamos un equilibrio seguro en la Europa capitalista y cuando señaló que acontecimientos de gran importancia, incluso conflictos parlamentarios, grandes huelgas, etc., pueden conducir muy fácilmente a luchas revolucionarias. El cuadro que les hemos mostrado de un modo muy superficial demuestra que este diagnóstico era absolutamente justo. La situación política mundial se agrava, y lo que hemos visto en los Balcanes ha sido muy notable. Los acontecimientos relacionados con la guerra greco-turca56 significan que el espectro de una nueva guerra fue por un momento muy palpable. El espectro de una nueva guerra fue todo lo palpable que se puede. Fue en realidad un pequeño preludio de una nueva guerra mundial futura. También en este momento en que les hablo tenemos una agudización de este problema, que puede llevar fácilmente a complicaciones mayores. Hasta donde se puede abarcar la situación, por ahora no se llegará a una guerra. Pero lo que hemos vivido en relación con los Balcanes ha sido, a pequeña escala, un indicio de aquellos acontecimientos que vendrán y tienen que venir si antes no llega la revolución social y quita de las manos del Estado burgués la posibilidad de organizar una nueva guerra.

La situación sigue siendo, pues, tan insegura como antes. También en el terreno de la política pura se registra una descomposición del régimen capitalista. Al mismo tiempo, vemos un fortalecimiento sin precedentes de la posición política de Rusia, el único Estado revolucionario, que se ha mantenido ya cinco años.

Tendremos que hablar todavía con más detalle de la nueva política económica al tratar la cuestión rusa. Por eso no quiero adelantarme; solo quiero subrayar lo que ya dije al comienzo de los trabajos del congreso. Hemos llegado a la convicción de que la nueva política económica de la Rusia soviética no es una casualidad, nacida de la debilidad de algunos de nuestros partidos comunistas, sino algo mucho mayor. Tienen ustedes razón cuando dicen, como dicen los mejores amigos de la Rusia soviética: si Rusia tuvo que recurrir a la nueva política económica, fue porque los obreros alemanes, franceses e ingleses son demasiado débiles para derribar a su burguesía. Es cierto, pero eso solo no explica la situación. Hemos llegado a la convicción de que no solo nuestro país, con una población predominantemente campesina, sino quizá todos o casi todos los países con una gran población proletaria tendrán que atravesar, bajo una u otra forma, una fase política así. El nuevo curso económico no es solo un resultado de nuestra debilidad o de la debilidad del proletariado mundial: tiene su fundamento en la relación de fuerzas con los campesinos y los pequeños burgueses.

Desde luego, el campesinado de un país como Rusia es distinto del de Alemania. Pero aun así, también en Alemania y en otros países capitalistas desarrollados con un gran proletariado industrial, la clase obrera tendrá que tomar en el momento decisivo todo un sistema de medidas para neutralizar a la parte decisiva del campesinado. Tendrá que recurrir, pues, a toda una serie de medidas a las que también nosotros tuvimos que recurrir en Rusia. Como he dicho, tendremos que hablar de estas cosas al tratar la cuestión rusa.

Si consideramos la situación política mundial, no podemos dejar de tener presente el factor de primer orden que representa el gobierno soviético. En un momento en que, en un polo, la Entente se derrumba con estrépito, los pueblos coloniales y semicoloniales entran en luchas más agudas, en los Balcanes ronda el espectro de la guerra y el equilibrio del mundo burgués se tambalea, en ese momento la Rusia soviética se consolida dándose una nueva forma económica. Con ello la Rusia soviética se ha convertido en un factor gigantesco de la política mundial. La estrella de la primera república proletaria sube cada vez más alto. Con ello surge una situación que es objetivamente revolucionaria.

La ofensiva del capital es un fenómeno internacional y uno de los factores revolucionarios. La clase obrera no ha podido detenerla todavía. Muchos signos indican —en Francia como en otros países— que en el próximo periodo se producirá un cambio en este terreno. Los obreros se defienden cada vez más; rechazarán esta ofensiva. Paso ahora a la situación dentro del movimiento obrero. En este terreno, el fenómeno más importante es la unión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, que será un hecho dentro de muy poco tiempo. En Alemania ya se ha consumado; ayer recibimos la noticia de una unión semejante también en Suecia. Branting57 ha acogido en su partido a los «socialdemócratas de izquierda». Lo que ha sucedido en Suecia y en Alemania ocurrirá también en otros partidos. Es cierto que la unión aún no se ha llevado a cabo orgánicamente, pero políticamente ya está ahí. Y es un hecho de gran importancia histórica. La II Internacional es el enemigo de la clase obrera. Que la Internacional Dos y Media se disuelva en la II, y que el proceso no ocurra a la inversa, no necesito demostrarlo aquí. Si a pesar de todo es necesario, citaré solo un pasaje del señor Mártov58; es uno de los dirigentes intelectuales de la Internacional Dos y Media, y es intelectualmente superior a muchos de sus semejantes. Mártov escribe en el último número de su revista, Sotsialistícheski Véstnik [El Mensajero Socialista], sobre el problema de la II Internacional:

«¡Nada de ilusiones! La unión mecánica de las dos Internacionales significa, en las condiciones dadas, la vuelta a la II Internacional reformista de aquellos partidos que salieron de la II Internacional con la esperanza de crear una Internacional completamente distinta. Es una derrota de estos partidos».

Mártov expresa aquí, pues, su opinión con toda claridad. Naturalmente, al final Mártov encuentra un consuelo para la Internacional Dos y Media. Dice: «Dentro de la II Internacional defenderemos el marxismo». Pero esto no son más que palabras. En realidad no es otra cosa que una vuelta a la II Internacional, nada más que una derrota en toda regla de la Internacional Dos y Media.

Tendremos, pues, una unión de los partidos reformistas. Esta unión de las Internacionales reformistas acelerará ahora la escisión de la clase obrera en un grado inaudito. También nosotros debemos decir: ¡nada de ilusiones! La unión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media significa ahora dos cosas: significa, primero, la preparación del terror blanco contra los comunistas. Con la situación política mundial están relacionados los vuelcos fascistas, los vuelcos con gobiernos a lo Stinnes a la cabeza. La unión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media es la preparación de una escisión de la clase obrera como no se ha visto nunca, para debilitarla. En cuanto a lo primero, no necesitaremos mucho tiempo para convencernos de que esta unión prepara realmente todo un periodo de terror blanco contra los comunistas. No es casualidad que a la cabeza del movimiento contrarrevolucionario de Italia esté ahora un Mussolini, un renegado de la II Internacional, un antiguo socialdemócrata; tampoco es casualidad que en Alemania estén a la cabeza del gobierno un Ebert y un Noske, que en Polonia esté a la cabeza del gobierno un Piłsudski. No es casualidad que en algunos países, como Inglaterra y Alemania, el papel de la II Internacional sea decisivo. Porque en un país como Alemania bastaría con que los sindicatos se pasaran al lado de los obreros para cambiar radicalmente la relación de fuerzas. Así que ¡nada de ilusiones! Esta unión no significa otra cosa que una preparación artillera del terror blanco contra los partidos comunistas.

Además, esta unión significa la escisión de la clase obrera. Nosotros defendemos ahora la unidad de los sindicatos. Y no en vano. Los reformistas ven claramente que pierden el suelo bajo los pies. Históricamente hablando, es inevitable.

Es inevitable que estos sindicatos —si tenemos por delante un proceso normal de desarrollo— pasen, como organizaciones enteras, a manos de los comunistas. Esa gente lo nota. No tienen mal olfato. Lo notan y comprenden bien que es inevitable. Ven que crece la influencia de los comunistas y, en general, de los movimientos revolucionarios en la clase obrera. Lo notan instintivamente e intentan defenderse. Actúan como si tuvieran un encargo directo de la burguesía de hacer añicos los sindicatos. Los destrozan antes de tener que marcharse. No digo que sea un encargo directo; ustedes saben que en política las cosas no son tan sencillas, que, por ejemplo, Stinnes no da a los dirigentes sindicales un encargo directo por escrito. Pero políticamente el encargo de la burguesía es este: antes de retirarse, los dirigentes socialistas deben destrozar los sindicatos. Deben cerrar tras de sí las puertas de los sindicatos de un portazo tan fuerte que se rompan todos los cristales de las organizaciones sindicales. De eso se trata.

Como he dicho, no se sabe cuándo se completará este proceso, cuántos años o meses durará, pero históricamente es absolutamente inevitable, y nuestros «dioses» de la II Internacional lo sienten. Por eso vemos en todas partes el mismo fenómeno: una preparación en toda regla de la escisión en el momento en que sienten que grandes sectores se pasan a nosotros. Quieren debilitar y hacer añicos a la clase obrera, a los sindicatos, para que, cuando lleguemos al poder en los sindicatos, no encontremos más que añicos. Es, como he dicho, precisamente lo que la burguesía necesita ahora. Es una traición como no se ha visto nunca. Incluso la traición de 1914 fue mucho menor en comparación con lo que se prepara hoy. Se está preparando ahora una traición completamente sistemática. Quieren despedazar y escindir el movimiento obrero para que, en el momento en que deba estar dispuesto a enfrentarse a la burguesía, se encuentre sin fuerza organizativa, debilitado, dividido y escindido. Esa es la política de la unión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media.

En la escisión de hoy no se trata de un pequeño episodio, no se trata de una menudencia, sino de un problema muy grande. La clase obrera, a pesar de todos sus errores, a pesar de la traición de los dirigentes, a pesar de todas las derrotas, ha conquistado con su lucha una gran organización en la forma de estos sindicatos, que agrupan a millones de obreros. En el momento dado, esta organización tiene que ser decisiva para nuestra lucha, y ahora, cuando ese momento —históricamente hablando— se acerca, en este momento, la Internacional Dos y Media, junto con los de Ámsterdam, va a cometer la mayor traición contra la clase obrera. Intentará hacer añicos esta última organización, este último refugio de la clase obrera, para que, cuando relevemos a los socialdemócratas, no recibamos nada, para que nos quedemos entonces sin una verdadera organización de masas. Es el hecho más importante con el que debemos contar. Por eso los socialdemócratas y los de Ámsterdam están condenados a convertirse en escisionistas profesionales de la clase obrera, no solo a traicionarla, no solo a perjudicar la política de la clase obrera, sino directamente a hacer pedazos su arma, su organización. Esta tarea llenará toda la política de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, ahora unidas, en el próximo periodo, y es un hecho completamente nuevo con el que tenemos que contar.

Por eso, camaradas, nuestra táctica del frente único no viene dada solo como una estrategia contra nuestros enemigos. Desde luego, tenemos todo el derecho y el deber de elaborar planes estratégicos contra nuestros enemigos; pero el frente único viene dado por toda la situación histórica, por toda la situación del capitalismo, por su situación económica y política mundial y por la situación dentro del movimiento obrero. Si es cierto lo que les he dicho de la política de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, si es cierto que preparan para el futuro una táctica de escisión consciente y sistemática de los sindicatos y de la clase obrera, de ello se sigue ineludiblemente nuestra táctica del frente único. Se sigue que, precisamente por estas causas y por muchas otras, debemos emprender sistemáticamente un contratrabajo contra este plan de la II Internacional.

Y esa es precisamente la táctica del frente único.

En el III Congreso nos planteamos la tarea de ganar a la mayoría de la clase obrera. ¿Se ha cumplido esta tarea? No, todavía no se ha cumplido. Debemos decirlo claramente. La influencia de nuestro partido ha crecido enormemente en algunos países, pero aun así todavía no podemos decir en nuestro IV Congreso (y quizá tampoco podamos decirlo todavía en el V Congreso) que hemos ganado a la mayoría de la clase obrera. Todavía nos espera un trabajo penoso para ganar a la mayoría de la clase obrera. La táctica del frente único es, en esta situación, como he dicho, el medio más importante para ganar a esa mayoría de la clase obrera. Hay que decirlo claramente: la táctica del frente único no significa un episodio de nuestra lucha. Es una táctica que llenará un periodo, quizá toda una época.

Quizá tengamos que modificar esta táctica en distintas circunstancias; pero, en conjunto, precisamente porque la II Internacional es el enemigo principal, el que constituye el principal apoyo de la burguesía, tendremos que mantenernos firmes en esta táctica.

El capitalismo, económicamente hablando, está maduro para el socialismo. La situación política mundial es tal que se la puede caracterizar como revolucionaria. La II Internacional es el principal apoyo de la burguesía. Sin la ayuda de la II Internacional y de la Internacional de Ámsterdam, la burguesía no puede sostenerse. Por eso nuestra relación con la II Internacional no es solo una cuestión de táctica de partido, sino precisamente la cuestión, el problema de la revolución mundial, toda la táctica de nuestra clase. Y porque, como he señalado, la II Internacional unificada trabajará durante años directamente por la escisión, precisamente por eso ganaremos a la mayoría de la clase obrera trabajando sistemáticamente contra esa labor en la forma de la táctica del frente único.

Ya hemos sacado provecho de esta táctica; ya hemos ganado bastante con ella. La táctica del frente único ha reportado durante este año grandes ventajas a la Internacional Comunista; no debemos pasarlo por alto. No en el sentido de que hayamos ganado ya a la mayoría. Si hubiéramos llegado tan lejos, lo tendríamos ya casi todo. Pero ya hemos conseguido mucho; hemos conseguido ya que ante la clase obrera no aparezcan como escisionistas los partidos comunistas, sino nuestros adversarios. Antes, entre los obreros había otra opinión. Y había también cierta razón para ello. Hubo un tiempo en que, para defender los intereses de los obreros en su conjunto, tuvimos que escindir el viejo partido socialdemócrata. Habríamos sido traidores a la clase obrera si no hubiéramos llevado a cabo esa escisión. Hubo una etapa en que, para tener la posibilidad de decir la verdad a la clase obrera y de ganarla, tuvimos que escindir el viejo partido socialdemócrata. Dentro del viejo partido socialdemócrata no teníamos esa posibilidad. Por eso tuvimos que escindir el viejo partido socialdemócrata, tuvimos que crear un punto de reunión para un movimiento verdadero y liberador de nuestra clase, y eso fue la creación de los partidos comunistas. Fue, pues, una etapa en que tuvimos que cargar con que nos llamaran escisionistas. Sí, tuvimos que escindir el viejo partido socialdemócrata. No había otro modo; de otro modo no podíamos conseguir un punto de reunión, de otro modo no podíamos crear un instrumento de la liberación de la clase obrera.

Pero ahora ha comenzado una nueva etapa de la historia. Esa tarea la hemos cumplido. Tenemos ahora partidos comunistas; es cierto que con restos de socialdemocracia, con enfermedades, con enfermedades infantiles y de crecimiento, en una palabra, con diversas enfermedades de las que ahora tenemos que curarlos; pero ahora se trata mucho más de ganar a la mayoría de los obreros, de salvar y ganar los sindicatos, el arma más importante en manos del proletariado mundial. De ahí la táctica del frente único. Creo, camaradas, que en este congreso no tendremos grandes batallas a este respecto. En Francia, los últimos mohicanos de la lucha contra el frente único han depuesto las armas, y lo más importante, pues, es que no solo los comunistas de Francia, sino también la mayor parte de los sindicalistas, recurren ahora a esta táctica. Ayer tuvimos una conversación muy breve con nuestros amigos de la CGTU. Cuando les preguntamos: «¿Seguís oponiéndoos al frente único?», respondieron muy brevemente: «Si ya estamos haciendo el frente único». Y quien sigue la situación en Francia sabe bien que allí se empieza ahora a aplicar, en general y también por parte de los sindicalistas de la CGTU, de manera consciente y sistemática, la táctica del frente único, porque no hay otro modo. Las necesidades de la lucha cotidiana del proletariado han llevado a que todos los que quieren defender los intereses de la clase obrera se vean obligados a aplicar la táctica del frente único en el terreno económico y en el político. Haber ganado a los opositores al frente único en Francia es un éxito muy grande, y este éxito muestra que hemos cerrado ahora nuestras filas y que aplicaremos nuestra táctica de manera completamente sistemática y consciente.

¿Qué debe ser el frente único y qué no? De ningún modo debe ser lo que los franceses llaman una «combinación electoral». Hemos hecho una encuesta sobre la aplicación de la táctica del frente único; esta encuesta nos ha salido bien hasta cierto punto. Hemos recibido 300-400 respuestas, no solo de órganos centrales de nuestro partido, sino también de camaradas que están en medio de la clase obrera, que trabajan en medio de las masas. Esta encuesta se está elaborando ahora, y probablemente tendremos que publicar un libro sobre ella, porque valdrá la pena. Esta encuesta ha mostrado que todavía hay mucha confusión en la cabeza de nuestros camaradas sobre lo que debe significar en realidad la táctica del frente único. No debe significar, como he dicho, una combinación electoral ni, naturalmente, una unión orgánica con la socialdemocracia. Las respuestas de los órganos del partido italiano y del francés me han demostrado que algunos camaradas, cosa curiosa, la entienden en el sentido de que debemos estar dispuestos a entrar en una unión orgánica con la socialdemocracia. Sería el mayor crimen que podríamos cometer. Cada uno de nosotros preferiría dejarse cortar la mano antes que firmar una unión con los mayores traidores de la clase obrera, que son ahora los enemigos, el último apoyo de la burguesía. Eso no es en absoluto el frente único. El frente único es la lucha común de las masas obreras por sus reivindicaciones cotidianas frente al capitalismo. El frente único debe significar que estamos dispuestos a luchar junto con todos los obreros, sean anarquistas, sindicalistas, cristiano-sociales, socialdemócratas o como se llamen, contra el capitalismo y los capitalistas en la lucha diaria por un pedazo de pan, en la lucha diaria contra la reducción de los salarios y contra la supresión de la jornada de ocho horas. A cambio, aceptamos que a veces tengamos que sentarnos a una mesa con los dirigentes traidores. Eso es precisamente lo que significa el frente único, y nada más. Creo que el problema está resuelto para la Internacional Comunista, e incluso para el partido en el que reina la mayor confusión: el francés.

Lucharemos también por cada reivindicación parcial de la clase obrera. Hoy me han enseñado un artículo de nuestro antiguo camarada Gorter59. Gorter escribe allí: «Debemos oponernos a toda huelga. Preguntaréis: ¿por qué contra toda huelga? Porque debemos reservar nuestras fuerzas para la propaganda, para la revolución. Hemos quedado muy pocos; nuestras fuerzas, las fuerzas del KAPD, son tan escasas que no debemos concentrarnos en las huelgas, sino en la revolución».

Es una confusión tal que uno se queda realmente desarmado ante la ingenuidad de semejante político. No tiene tiempo de ayudar a los obreros en la lucha diaria contra la burguesía porque quiere ayudar a la revolución entera. Todo el que tenga sensibilidad por la clase obrera, todo el que no solo le esté subjetivamente entregado, sino que entienda algo de su vida, que haya trabajado en ella y con ella, rechazará semejante chiquillada. Precisamente porque queremos luchar por la revolución del proletariado, debemos participar en toda huelga, marchar a la cabeza de la clase obrera y luchar por cada reivindicación parcial. Somos revolucionarios. Eso no quiere decir que no comprendamos que es necesario mejorar la situación de la clase obrera, aunque solo sea en una gota de leche para sus hijos. Estamos contra el reformismo, pero no contra la mejora de la situación de la clase obrera. Sabemos bien que, en las condiciones dadas del capitalismo, las posibilidades de ello son muy limitadas; sabemos que solo la revolución traerá una verdadera elevación del bienestar de la clase obrera; pero sabemos al mismo tiempo que solo podemos organizar a la clase obrera si luchamos por sus reivindicaciones parciales. En este sentido, pues, consideramos el frente único como una táctica que no es flor de un día, que no es solo un episodio, sino que llenará todo un periodo en las condiciones reinantes del capitalismo.

La consigna del gobierno obrero no está suficientemente aclarada. La táctica del frente único es de aplicación casi universal. Difícilmente se puede nombrar un país donde exista una clase obrera importante y donde la táctica del frente único no sea ahora oportuna. Esta táctica tiene su lugar tanto en América como en Bulgaria, Italia y Alemania. En la situación general dada, esta táctica es casi general. Pero eso no puede decirse, ni de lejos, de la consigna del gobierno obrero. La consigna del gobierno obrero no debe entenderse en absoluto de modo tan general. Tiene más bien un alcance limitado. Solo puede adoptarse en aquellos países donde la relación de fuerzas es realmente tal que el problema del poder, el problema del gobierno, ocupa el primer plano tanto en el terreno parlamentario como en el extraparlamentario. Desde luego, también hoy se puede hacer en América un buen trabajo de propaganda con la consigna del «gobierno obrero», explicando a los obreros: si queréis liberaros, tenéis que tomar el poder en vuestras manos. Pero no se puede decir que, con la relación de fuerzas dada en América, la consigna del gobierno obrero pueda despertar un eco como el que tuvo en Checoslovaquia, como puede tener en Alemania y como tuvo y puede tener en Italia.

La consigna del gobierno obrero no es una consigna tan general como la táctica del frente único. La consigna del gobierno obrero es la aplicación determinada y concreta de la táctica del frente único en condiciones determinadas. En este terreno es fácil cometer algunos errores. Creo, camaradas, que debemos oponernos a que a veces se intente entender esta consigna como un remedio universal, como si tuviéramos que pasar necesariamente por un gobierno obrero. Creo que, hasta donde se puede profetizar en este terreno, puede decirse más bien que el gobierno obrero solo llegará a ser un hecho de modo excepcional, solo en condiciones muy especiales y concretas de tal o cual país. Además, esto no quiere decir en absoluto que vayamos a atravesar un periodo de carácter semipacífico y que el gobierno obrero nos vaya a quitar el peso de la lucha. Un gobierno obrero que se basara solo en posiciones parlamentarias no valdría nada. Sería solo un pequeño episodio de la lucha y no detendría la guerra civil. Esto no quiere decir que la consigna del gobierno obrero no deba aplicarse en las condiciones dadas. La clase obrera debe tener claro que el gobierno obrero solo puede ser una etapa de transición, que el gobierno obrero no eliminará en modo alguno las luchas, la guerra civil. Hay que decirlo claramente. Solo si vemos los peligros de esta consigna podremos hacer uso tranquilamente de esta arma.

También la táctica del frente único tiene sus peligros; el Ejecutivo los señaló en sus tesis de diciembre60. Encierra peligros especialmente grandes en la forma del gobierno obrero. En países con tradiciones parlamentarias, como por ejemplo Francia, se entiende como si se tratara para nosotros de otra cosa que de la dictadura del proletariado. Nosotros no entendemos por esta consigna otra cosa que la aplicación de la dictadura del proletariado. Aunque llegara un gobierno obrero, no podríamos evitar la guerra civil. En ciertas circunstancias, incluso la agudizaría todavía más.

No puedo dejar de decir todavía unas palabras sobre el movimiento de los consejos de fábrica. En mis tesis hay un párrafo especial sobre ello. Planteo la siguiente tesis: un partido que no tenga en las fábricas organizaciones comunistas, células comunistas, no es de tomar en serio; no es un partido comunista de masas serio. Digo además: un movimiento obrero que todavía no ha sabido apoyar y organizar un movimiento de masas en el terreno de los consejos de fábrica no es todavía un movimiento revolucionario de masas serio. Estas tesis pueden aplicarse a casi todos los movimientos obreros de cierta importancia de nuestro tiempo. Es un signo de nuestro tiempo que en Alemania, que se acerca con bastante rapidez a batallas importantes y decisivas, toda la vanguardia del movimiento esté imbuida del movimiento de los consejos de fábrica. Cuando pasamos a otros países, debemos aconsejar a nuestros camaradas que funden, primero, células comunistas en las fábricas y, segundo, que apoyen el movimiento de los consejos de fábrica. Solo entonces llegaremos a ser un movimiento de masas. Muchos de nuestros partidos no han seguido este serio consejo. En el III Congreso Mundial aprobamos una resolución espléndida, redactada por el camarada Kuusinen61, que indicaba cómo debe trabajar cada partido comunista, cómo debe ser la mecánica de todo el trabajo, cómo deben fundarse las células, etc. Pero hay que decir que en vano aprobamos tan buenas resoluciones si no las cumplimos. Se trata de cumplir efectivamente esta resolución, se trata de fundar esas células. Así es como el movimiento avanza más y más.

Debo decir todavía unas palabras sobre la disciplina internacional. En las tesis sobre la táctica del frente único que propuso el grupo Renoult en el congreso del partido de París hay todo un apartado sobre la disciplina internacional. Ahí están escritas palabras de oro. Este grupo ha demostrado brillantemente que sin disciplina no se consigue nada, que la Internacional está perdida si no hace cumplir esta disciplina. ¡Palabras de oro! Pero este grupo, que escribió en sus tesis sobre la disciplina internacional, ha demostrado que también entre nosotros los hechos están a veces muy lejos de las palabras. Este grupo habría podido hacer algo mejor. La disciplina internacional solo se acredita con los hechos. Nuestra táctica del frente único es ahora una táctica muy complicada. Hay una «Internacional» anclada en la burguesía, que aplica contra nosotros una táctica consecuente. Para combatirla, debemos estar rigurosamente organizados, debemos tener una verdadera Internacional con una disciplina rigurosa. La tarea del IV Congreso será decirlo e imponerlo.

En los próximos tiempos iremos al encuentro de luchas decisivas. He oído algunas objeciones por parte de estimados camaradas. Dicen: ahora hay un estancamiento de la revolución mundial. Solo habrá un avance cuando la situación material de los obreros rusos haya mejorado tanto que sea mejor que la situación media de los obreros europeos y americanos. Entonces el ejemplo de la situación económica de los obreros rusos tendrá un efecto revolucionario y se producirá un nuevo ascenso de la ola revolucionaria. Este es, camaradas, un punto de vista que, en mi opinión, es objetivamente oportunista, que representa un oportunismo refinado, aunque lo defiendan algunos amigos nuestros que subjetivamente son revolucionarios y fieles soldados de la Internacional. No quiero detenerme mucho en ello; solo dos palabras. La situación del obrero ruso mejora ahora, es un hecho. El nivel de vida del obrero europeo medio está bajando, mientras que el del obrero ruso está subiendo. Eso está claro. Es, ciertamente, una subida lenta, pero hay que registrar un ascenso. Y llegará un tiempo en que la situación del obrero ruso será también económicamente mejor que la del obrero europeo. Sería verdadero oportunismo decir que, mientras la situación en Rusia sea tan difícil, es imposible llevar a cabo una lucha revolucionaria de los obreros de los países capitalistas. Eso sería oportunismo puro y simple.

La verdadera revolución no la hace la clase obrera de los distintos países para dar ejemplo a otros países, ni porque los obreros de esos países deseen a los demás obreros que tengan más pan y más carne para comer. ¡No! La revolución se hace porque la clase obrera de esos países no encuentra otra salida que derribar a la burguesía. Y por eso no debemos permitir en nuestra agitación una nota así, que solo significa estancamiento. El obrero ruso tuvo que superar tantos obstáculos que ninguna otra clase obrera tendrá ya. La clase obrera de cada país tendrá el apoyo de los obreros rusos. Y la clase obrera rusa fue la primera que se alzó a la revolución y tuvo en contra a todo el mundo burgués. Difícilmente tendrá otra clase obrera dificultades semejantes. Y debemos presentar a la clase obrera del mundo la situación del proletariado ruso tal como fue, con su bloqueo, su hambre, sus epidemias, sus enfermedades, pero también con toda su grandeza. Debemos comprender ahora que la clase obrera rusa, a pesar de todos sus tormentos, ya ha superado lo más difícil y que ahora, de hora en hora, de día en día y de mes en mes, irá hacia mejoras. Así debe ser nuestra concepción de la revolución rusa, que constituye uno de los fundamentos de toda nuestra táctica. (Aplausos.)

Presidente: Tiene la palabra el camarada Bordiga62, que quiere fundamentar su moción sobre el procedimiento de votación.

Bordiga: Camaradas, en nombre de la delegación italiana propongo: 1. Proceder primero a la discusión y luego a la votación del informe de Zinóviev sobre la actividad y la táctica del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista hasta el IV Congreso, y 2. pasar después a la discusión y votación de la cuestión de la táctica de la Internacional tras el IV Congreso.

Naturalmente, no quiero motivar esta moción con prolijidad. Creo que es perfectamente lógica. Las dos cuestiones son de naturaleza muy distinta, tanto más cuanto que disponemos ya de dos textos sometidos a la aprobación del congreso: por un lado, un proyecto de resolución del IV Congreso sobre el informe del Comité Ejecutivo de la Komintern y, por otro, el primer proyecto de tesis sobre la táctica de la Komintern, redactado por el camarada Zinóviev.

Creo que todo el mundo estará de acuerdo en que procedamos primero a la discusión sobre la actividad pasada del Comité Ejecutivo en la política general de la Internacional y que luego —quizá con ayuda de una comisión especial, sobre cuya necesidad decidirá el propio congreso— nos ocupemos del examen del proyecto de tesis sobre la táctica de la Komintern, es decir, de la fijación de las directrices de la táctica que la Komintern habrá de seguir en el futuro.

Rádek: Me permito alegar lo siguiente contra esta moción.

Todo el orden del día de este congreso forma en realidad un conjunto: rendición de cuentas del pasado y trabajo futuro. Entre ambos no se puede trazar en el informe de Zinóviev una raya tajante. Se plantea, pues, la cuestión de si se puede hablar del pasado sin abrir la perspectiva del futuro. Entre el IV Congreso y nuestro trabajo futuro no media ningún acontecimiento nuevo que pudiera hacer saltar y cambiar nuestra táctica. Por esta razón, la decisión sobre el pasado es una decisión previa sobre la táctica futura. Si aquí, en el congreso, declaramos que estamos de acuerdo con la táctica del frente único y con los métodos de trabajo en los distintos países que el Ejecutivo ha apoyado, con ello queda decidido lo demás, y nuestra tarea en el trabajo posterior del congreso consistirá solo en concretar los detalles. Políticamente, tras las decisiones aquí tomadas, no podremos decir nada nuevo. Solo podremos elaborar la estrategia en detalle y aplicarla a los distintos países. Por esta razón creo que en la discusión sobre el informe debemos pronunciarnos de manera general: ¿fue justa la táctica y debe proseguirse?

Presidente: No hay más oradores inscritos; por lo tanto, someteré a votación la moción del camarada Bordiga.

(Se rechaza la moción.)

Queda abierta la discusión. Doy la palabra al primer orador inscrito, el camarada checoslovaco.

Vajtauer63: Por ahora solo quiero hacer algunas observaciones sobre el discurso de ayer del camarada Zinóviev acerca del asunto checoslovaco. El camarada Zinóviev dictó ayer sentencia sobre la cuestión checoslovaca. Nos ha sorprendido mucho que, como presidente de la Internacional, no considerase siquiera necesario informarse por ambas partes. Solo conoce el camino que lleva al camarada Šmeral64, y así son también sus informaciones. Pero ¿qué dirán nuestros obreros cuando lean el discurso del camarada Zinóviev, en el que hay puntos que contradicen por completo la verdad? El camarada Zinóviev dijo que el frente único se había llevado a cabo en Checoslovaquia de manera ejemplar. ¿De veras ejemplar, camaradas? En el momento en que la situación económica se había agudizado en pocos días hasta el punto de que los obreros miraban a su alrededor buscando quién les diría algo y los dirigiría, el Partido Comunista no tenía absolutamente nada que decir a los obreros. Solo cuando los demás partidos habían expresado su posición y redactado sus propias resoluciones, el Partido Comunista se presentó con reivindicaciones. Y esas reivindicaciones eran las reivindicaciones del camarada Lenin, que él formuló en junio de 1917. Pero la situación era entonces completamente distinta de la que hoy tenemos en Checoslovaquia. En las circunstancias de entonces, aquello fue un puñetazo en la cara. El frente único se hizo de tal modo que nuestra dirección invitaba a nuestros camaradas a las asambleas de los socialistas nacionales65. Pero allí se aprobaban resoluciones contrarrevolucionarias. Los oradores comunistas ni siquiera se opusieron a las resoluciones contrarrevolucionarias aprobadas, y los obreros comunistas tuvieron que votar esas resoluciones tal como los socialistas nacionales las habían presentado. El resultado fue disgusto y confusión entre los miembros de nuestro partido. La iniciativa pasó por completo a los socialistas nacionales. Solo surgieron dos comités en dos pequeñas localidades, dos pequeños comités de frente único. Eso ya era «ejemplar».

Pero aún más ejemplar fue la ampliación de la influencia del frente único. El gobierno se encontraba entonces en crisis. Se hacían diversas combinaciones de gobierno. Masaryk66 dijo en una entrevista a un corresponsal extranjero: quizá podamos trabajar muy bien con el Partido Comunista, pero antes debe excluir del partido a los elementos de izquierda; solo entonces se podrá hablar en serio con el partido checoslovaco. Luego, camaradas, aparecieron editoriales y exigencias semejantes en todos los periódicos burgueses y socialpatriotas. Por eso Šmeral empezó la campaña contra la izquierda. Logró echarla del partido mediante una provocación. Y dos días antes de la expulsión de los camaradas de izquierda, el Venkov agrario escribió sobre esa expulsión como sobre un asunto completamente decidido, aunque la expulsión no se produjo hasta dos días después. La ampliación del frente único no se limitó a los socialistas nacionales; se extendió también a la derecha de los burgueses, hasta Masaryk. Si los obreros no se hubieran puesto en masa detrás de los expulsados cuando advirtieron el peligro, si no hubieran mostrado que estaban en contra de las combinaciones de gobierno obrero sobre una base completamente parlamentaria como las que tienen en mente Šmeral, Votava y otros, entonces habríamos podido ver de verdad un frente único realmente ejemplar. Habría sido un frente único del Partido Comunista con todos los socialdemócratas, pasando por los agrarios, hasta el Castillo y Masaryk. ¡Quien recomienda semejante campaña de unidad tiene que ser, de verdad, un buen amigo del Partido Comunista!

La consecuencia es que el partido se ha escindido por completo en dos partes, que ahora son incapaces de luchar. (Interrupción: ¡Oh, oh!) Zinóviev dice además que la línea política de la mayoría de los expulsados del Partido Comunista de Checoslovaquia es errónea. No podemos apoyar a la izquierda. ¡Bien! Pero el obrero se dirá: ¿así que la Internacional Comunista aprueba todo lo que hace entre nosotros el Ejecutivo del partido? ¿Aprueba la completa inactividad del partido en todas las luchas económicas? Aprueba incluso que los metalúrgicos comunistas de Kladno, arrastrados por sus dirigentes comunistas oportunistas, hicieran de esquiroles y que el Ejecutivo del Partido Comunista de Checoslovaquia no dijera nada. Aprueba también que hace poco el secretario de los mineros de Kladno traicionara la huelga de los mineros de Ostrava aprobando sin resistencia alguna la rebaja salarial del 20 por ciento, aunque los obreros de Ostrava estaban en huelga precisamente por eso. El Ejecutivo aprueba también toda la confusión en el movimiento sindical, cuya corona es el congreso sindical general que acaba de celebrarse y que, gracias a los incapaces oportunistas, se ha deshecho literalmente. El obrero se dirá: tiene que ser de verdad una Internacional muy particular la que comparta la responsabilidad de todo esto. ¿Y lo que quiere la oposición es, por lo tanto, anarquismo? (Interrupción.) ¿Que todas las organizaciones locales y federaciones sindicales expulsadas organicen una gran federación industrial es anarquismo? ¿Dedicarse más al trabajo sindical para proteger a los sindicatos de los oportunistas y hacer el trabajo menudo es anarcosindicalismo? ¿Proclamar la huelga general es kapismo67? ¿Querer hacer del partido un partido capaz de luchar y de actuar es anarquismo? ¿Tiene entonces razón Šmeral cuando dice que organizar a los parados y llevarlos a la lucha no pueden quererlo los comunistas, sino solo los anarquistas, porque los parados son elementos golpistas? ¿Crear los comités de frente único mediante la acción y un programa de lucha, e impedir que Šmeral haga del frente único un frente de unidad nacional desde los clericales hasta Masaryk y el gobierno, eso es anarquismo? ¿Oponerse a un engañoso gobierno obrero sobre fundamento parlamentario, con comités de frente único que deberían crearse y legalizarse por ley, también eso es anarquismo? Si todo esto significa para la Internacional Comunista anarquismo y kapismo, entonces todo obrero dirá con nosotros: entonces soy de verdad un anarquista, y anarquista me quedo, ¡porque nunca traicionaré mi deber proletario!

El camarada Zinóviev ha reconocido amablemente que nuestro caso no se parece al caso de Levi. Pero no se le ha ocurrido pensar qué motivos han llevado a Šmeral a expulsar del partido a los que, según su propia caracterización, son los mejores. Al camarada Zinóviev solo le decimos esto: no solo no era el caso de Levi, sino que no hubo en absoluto ruptura de la disciplina. Es un deber sagrado advertir a los obreros del peligro que amenaza al partido. Era un deber sagrado evitar a tiempo la estafa política. Lo hemos hecho, y declaramos al camarada Zinóviev que cometeremos semejante ruptura de la disciplina tantas veces como desde cualquier lado se prepare un atentado contra el partido.

Presidente: Ruego al camarada que, en vista de lo particular de sus opiniones, declare si ha hablado en su propio nombre o en nombre de la delegación checoslovaca.

Interrupción de la oposición checa: En nombre de toda la oposición y de los camaradas expulsados.

Interrupción de Trotski: ¿También la conclusión era en nombre de toda la oposición?

Respuesta: Sí.

Ernst Meyer68 (Alemania): Camaradas, la delegación alemana está completamente de acuerdo, en todos los puntos esenciales, con la actitud del Ejecutivo desde el III Congreso Mundial y con lo expuesto ayer y hoy por el camarada Zinóviev. Solo proponemos que la resolución presentada se someta a votación después de que se hayan tratado también las cuestiones de los distintos países.

Camaradas, la situación tal como la ha descrito el camarada Zinóviev sigue siendo hoy, en sus rasgos esenciales, la que ya se analizó en el III Congreso Mundial. Tenemos que constatar que el reconocimiento de esta situación no se ha impuesto fácilmente en todos los países. Más bien, en diversos países se han producido, por un lado, exageraciones en la descripción de esta situación, exageraciones en el análisis y en las conclusiones que de él había que sacar, y, por otro lado, diversos grupos, en parte también en Alemania, se han negado a reconocer siquiera la exactitud de este análisis.

Junto a los errores de tipo oportunista que se han cometido, algunos camaradas han sacado de la situación la conclusión de que había que encerrarse en sí mismos, y la táctica que algunos camaradas han recomendado en diversos países venía a hacer de la Internacional Comunista una secta. El partido alemán —creo que lo prueba su práctica desde el último Congreso Mundial— ha mostrado que se ha esforzado por llevar a cabo también lo que se estableció a escala internacional sobre la base de una discusión entre camaradas.

La cuestión del frente único, que ahora nos ocupa ante todo y que, según lo expuesto por el camarada Zinóviev, no debe considerarse un episodio, sino un periodo de la táctica comunista, se ha discutido muchísimo precisamente en Alemania. En lo expuesto por el camarada Zinóviev solo eché de menos la indicación de que la discusión y la aplicación de esta táctica las favoreció esencialmente la Conferencia de Berlín69. Podemos constatar que esta conferencia no solo trajo una clarificación esencial dentro de nuestro partido, sino que esta conferencia y su aprovechamiento por el partido y por la Internacional Comunista contribuyeron también a convencer a los obreros no comunistas de que los comunistas quieren luchar en común y de que los comunistas no son lo que sus adversarios decían de ellos al calumniarlos.

Está claro que al aplicar esta táctica han incurrido en una serie de malentendidos incluso amigos nuestros. El camarada Zinóviev ya ha señalado algunos. Algunos camaradas de fuera de Alemania consideran la táctica del frente único como un acuerdo común con los partidos socialdemócratas o incluso burgueses para las elecciones, la consideran una preparación para una fusión orgánica, y no se puede negar que aquí y allá han surgido tales malentendidos entre los obreros y también entre los de nuestro propio partido.

Ha surgido además el temor de que las negociaciones con las cúpulas, en lugar de una acción común de los obreros, hayan perjudicado a nuestra causa. Se pasaba por alto que las negociaciones de las cúpulas no debían tener otro fin que propiciar la acción común de los obreros. Sobre la base de las experiencias de la campaña Rathenau70 podemos constatar sin más que en muchos lugares y en algunos distritos solo se llegó a una colaboración común, a una lucha común, porque las cúpulas se reunieron para negociar y deliberar. Algunos camaradas afirman que el frente único solo puede levantarse sobre una base económica, pero no en el terreno político. También eso es falso. La experiencia, que también hemos hecho nosotros, enseña que en la situación actual tal separación es del todo imposible. El camarada Zinóviev tenía toda la razón cuando se volvió contra ciertas voces, que también se han dejado oír en el partido alemán, que establecen una separación esquemática semejante entre los tipos de lucha que los comunistas han de librar.

Aparte de los malentendidos que pueden surgir, se han cometido también verdaderos errores, también por parte de nuestro partido. En las sesiones de los organismos de nuestro partido estos errores se han expuesto con toda franqueza en la discusión y en resoluciones, y no es necesario repetir aquí estas cosas, puesto que se han tratado suficientemente en las asambleas, en el Comité Central y en la prensa. Solo quisiéramos llamar la atención sobre una cosa: por mucho que sea necesario discutir los errores para evitarlos en el futuro, la crítica no debe llevar a que, de tantos errores, ya no se vea lo justo y lo necesario. Lo que, por ejemplo, ha dicho el camarada checo sobre las deficiencias en la aplicación de la táctica del frente único venía a ser un rechazo de esta táctica en general. Si los camaradas checos de la oposición no tienen nada más ni nada distinto que decirnos, no solo sobre la cuestión de la ruptura de la disciplina, sino también sobre las cuestiones tácticas y prácticas, entonces creo que los camaradas en cuyo nombre ha hablado el orador anterior se habrán sentado por última vez a una mesa con comunistas.

La táctica del frente único no debe, naturalmente, aplicarse de manera esquemática. Atraviesa distintas fases, y sería un error considerar siempre la táctica del frente único solo como negociaciones de las cúpulas y como negociaciones de partido a partido. Esta táctica del frente único debe variar según la situación, y si algunos camaradas han contrapuesto ocasionalmente la conducta del partido alemán durante la campaña Rathenau y durante la huelga ferroviaria71 al movimiento de los consejos de fábrica, eso no es más que un malentendido.

La consolidación y el desarrollo del movimiento de los consejos de fábrica no son otra cosa que una consecuencia de la actitud que el partido alemán ha adoptado desde el III Congreso Mundial. No habríamos tenido un movimiento de consejos de fábrica de esta amplitud si, aplicando consecuentemente la táctica del frente único, no nos hubiéramos acercado cada vez más a las masas (aprobación entre los alemanes) y no hubiéramos penetrado en las fábricas y en los sindicatos, en general en las masas obreras.

También la fusión del USPD y el SPD es una consecuencia de la mejor táctica del partido. Al despejar malentendidos nacidos de la situación anterior, distinta, y al dificultar todavía más a las organizaciones obreras adversarias los ataques contra nosotros, forzamos la unión del SPD y el USPD, que para nosotros significa un progreso en la medida en que elimina la ficción de que aún hubiera un término medio entre el partido reformista y el comunista dentro de un mismo país.

La cuestión más difícil que hemos tenido que resolver al aplicar la táctica del frente único, y que quizá aún no hemos superado, es la cuestión del gobierno obrero. Tenemos que distinguir entre gobiernos socialdemócratas y gobiernos obreros. Gobiernos socialdemócratas los tenemos dentro de Alemania en Sajonia y Turingia —antes también en Gotha—, gobiernos que tenemos que apoyar, pero gobiernos que no tienen nada que ver con lo que entendemos por gobierno obrero. Si deseamos que la Internacional se pronuncie a favor de la consigna del gobierno obrero, si deseamos en particular que los partidos hermanos que trabajan en condiciones más o menos iguales hagan suya también esta consigna, no es en el sentido de exigirles que se pronuncien a favor de gobiernos socialdemócratas o participen en ellos, sino de que luchen por gobiernos obreros y nos faciliten así la lucha. El gobierno obrero se distingue esencialmente de un gobierno socialdemócrata, a saber, en que no solo lleva la etiqueta de una política socialista, sino que en su práctica aplica realmente una política socialista-comunista. En ese sentido, la base de un gobierno obrero no será parlamentaria, o solo lo será en aspectos secundarios, sino que tendrán que sostenerla las grandes masas, y su política se distinguirá por principio de la política de los gobiernos regionales socialdemócratas que tenemos actualmente en algunos estados de Alemania.

Surge ahora la cuestión que también ha tocado el camarada Zinóviev: ¿es el gobierno obrero un estadio necesario del movimiento obrero en los distintos países? Respondemos: no, no es un producto necesario, pero sí una posibilidad histórica.

Es posible que surjan tales gobiernos obreros y que se mantengan también durante un tiempo. Con ello queda respondida también la segunda pregunta: ¿es posible que un gobierno obrero se mantenga mucho tiempo, o tendrá solo una duración del todo pasajera? Para poder responder a esta pregunta hay que tener claro qué es en general un gobierno obrero y si hay diferencias entre el gobierno obrero y la dictadura del proletariado. El camarada Zinóviev ha establecido hoy esta diferencia entre gobierno obrero y dictadura proletaria. En las discusiones sobre esta cuestión no siempre se ha hecho con suficiente claridad. En el informe sobre una sesión del Ejecutivo Ampliado se recoge en la página 123 la siguiente afirmación del camarada Zinóviev:

«El gobierno obrero es lo mismo que la dictadura del proletariado. Es un seudónimo del gobierno soviético. (Interrupción: ¡Oíd, oíd!, entre los alemanes.) Es más cómodo para los obreros sencillos, y por eso queremos usar esta fórmula.»

A nuestro entender, eso no es exacto. El gobierno obrero no es la dictadura del proletariado (¡Muy bien!, entre los alemanes), sino que es, en primer lugar, una consigna que lanzamos para ganarnos a los obreros y convencerlos de que la clase proletaria debe organizarse en la lucha común contra la clase burguesa. Si esta consigna fuera seguida o aceptada por la mayoría de los obreros y estos emprendieran realmente la lucha por esta consigna, muy pronto se pondría de manifiesto que el intento de realizar este gobierno obrero, al menos en la mayoría de los países con una población fuertemente proletaria, conducirá o bien directamente a la dictadura del proletariado, o bien a fases más largas de luchas de clases muy agudizadas, es decir, a la guerra civil declarada en todas sus formas.

En este sentido consideramos el gobierno obrero una consigna necesaria y útil para ganarse a las masas, cuya realización conducirá a una fase de luchas de clases agudizadas de las que, en última instancia, surgirá la dictadura proletaria.

Para terminar, quisiera señalar que el trabajo del partido alemán en los últimos tiempos, por fructífero que haya sido, se ha visto perturbado porque diversos partidos hermanos no tenían comprensión de nuestras cuestiones ni conocimiento de ellas. En nuestras discusiones sobre el gobierno obrero y la táctica del frente único, nuestra agitación se ha visto perturbada por declaraciones hechas en la prensa del partido y en otros lugares del partido francés. Eso nos da ocasión de señalar que hoy no hay ninguna cuestión que pueda resolverse en el plano nacional. Todas las cuestiones repercuten directamente en la propaganda de los partidos hermanos. Esta consciencia de la repercusión internacional de la actitud de cada partido en cada país debe subrayarse en nuestra actividad más que hasta ahora. Solo eso es verdadera disciplina internacional: no solo estar unidos por una cúpula y ejecutar las decisiones tomadas en los congresos internacionales, sino que nuestra disciplina internacional y nuestra solidaridad internacional consisten en que cada partido hermano conozca a los demás y en que, en sus propios pasos, tenga en cuenta las repercusiones y consecuencias en los demás partidos hermanos. En los últimos tiempos hemos intentado llegar a un entendimiento con los camaradas franceses mediante discusiones, en particular en la cuestión del Tratado de Paz de Versalles. A este fin sirvió sobre todo la Conferencia de Colonia. Podemos constatar que estos esfuerzos se vieron coronados por el éxito. Tenemos la impresión de que nuestros camaradas franceses nos han ayudado en esta cuestión. Pero también tenemos que constatar que la crisis del partido francés ha obstaculizado considerablemente la aplicación de los acuerdos de Colonia. Y si insistimos en que la cuestión francesa se aclare y se resuelva aquí por completo, no es solo en interés del partido hermano francés, sino también en nuestro propio interés. Nos parece que el III Congreso descuidó algo en este punto, que la Internacional no se ocupó de esta cuestión con suficiente antelación. Pero, cometido ese error, sería equivocado no limitarse ahora a un mínimo de medidas organizativas, con toda la firmeza de la decisión de principio.

Para terminar, la delegación alemana quisiera señalar que nos parece conveniente que, en general, los congresos de los partidos se celebren antes del Congreso Mundial. Produce, por ejemplo, una impresión algo extraña que el partido francés haya podido resolver sus cuestiones en su congreso antes del Congreso Mundial, mientras que el partido alemán, que no mostraba síntomas de crisis, no estuvo en condiciones de aprovechar mejor la situación creada por la fusión del USPD y el SPD. Admitimos que en muchos casos será conveniente celebrar el congreso nacional del partido después del Congreso Mundial. Pero eso no puede hacerse de manera general, sino que debe regularse en cada caso particular mediante una discusión con el Ejecutivo.

Varga (Hungría): Estimados camaradas, solo quiero volver sobre un único punto del informe del camarada Zinóviev, sobre el último de todos, en el que él, personalmente y de manera muy amable, ha acusado a un camarada de mentalidad oportunista. Ese camarada acusado de oportunismo —quiero levantar el anonimato— soy yo. El asunto se basa en un malentendido. No se me ha ocurrido en absoluto decir que los obreros de Europa debieran aminorar su lucha hasta que la situación de los obreros rusos hubiera mejorado. Solo he señalado en qué medida la campaña del hambre y el hecho de que en las cabezas de los obreros europeos se haya asentado la convicción errónea de que los obreros rusos siguen viviendo muy mal ejercen una influencia perjudicial sobre las perspectivas de un éxito definitivo, es decir, de la instauración de nuevas dictaduras proletarias, sobre las perspectivas de nuestro trabajo. Pues bien, camaradas, ustedes dirán: es un asunto privado y no vale la pena ocupar con ello al congreso. Pero precisamente el hecho de que el camarada Zinóviev haya considerado necesario mencionarlo aquí expresamente indica que no lo considera un asunto personal mío, sino que concede cierta importancia a esta línea de pensamiento. De otro modo, seguramente no lo habría mencionado. Por eso creo que es necesario ocuparse del asunto.

El camarada Zinóviev decía que la clase obrera de cada país es empujada a la revolución por no encontrar ninguna salida de la situación dada, de la miseria dada de la clase obrera. ¿Cuál es la realidad? Los obreros de todos los países del capitalismo sufren actualmente muchísimo en este periodo de decadencia del capitalismo.

Los obreros buscan el camino para salir de esta situación. Hay un núcleo conscientemente revolucionario; es el Partido Comunista, y él señala el camino. Dice que el camino pasa por la dictadura del proletariado hacia la construcción del socialismo. Nosotros decimos: este camino significa privaciones, significa lucha, significa hambre. No necesitamos ocultarlo. Quizá me permitan ustedes, puesto que se me acusa de oportunismo, señalar que yo, sin conocer las condiciones rusas, basándome únicamente en las experiencias de la dictadura húngara y en la reflexión teórica sobre los cambios económicos que son inevitables en el periodo de transición del capitalismo al socialismo, expuse en mi librito Los problemas de política económica de la dictadura proletaria que en el periodo de la dictadura el nivel de vida precisamente de la capa que es la vanguardia de la lucha, el proletariado industrial, tiene que bajar inevitablemente.

Sí, camaradas, pero la gran masa de los obreros, que aún no ha llegado a una concepción conscientemente revolucionaria, pregunta: ¿cuánto durará este periodo de privaciones, de hambre? A esta pregunta responden los mencheviques: ¡dura tanto como exista una dictadura! Camaradas, diversas circunstancias —en parte circunstancias inevitablemente ligadas a la dictadura, otras ligadas al hecho de la dictadura aislada en Rusia y, por último, circunstancias de carácter fortuito, como el mal tiempo, la gran sequía de los años 1920 y 1921— han hecho que en Rusia estallara una hambruna, de modo que el proletariado ruso se ha dirigido al proletariado de los países capitalistas en demanda de ayuda. Esta campaña ha tenido sin duda sus lados buenos. Pero, camaradas, todo el que trabaja en un país fuera de Rusia tendrá que admitir que en las amplias masas obreras esta campaña del hambre ha despertado cierto miedo a la revolución, a la dictadura del proletariado. Es completamente seguro, camaradas, que los mencheviques repiten cien y mil veces: «Decís que debemos salvarnos de nuestra situación mediante una revolución; ahí tenéis el ejemplo ruso, donde la dictadura proletaria existe desde hace cuatro y cinco años, y ahora tienen que pedirnos ayuda. Haced vosotros, obreros alemanes, italianos y franceses, vuestra revolución: al cabo de diez años tendréis que pedir ayuda a los obreros de los países que sigan siendo capitalistas o, como ellos dicen, mendigarla». Camaradas, yo digo lo siguiente: tenemos que acabar de una vez con esta idea, llevada a las amplias masas por los mencheviques y por la ayuda contra el hambre, de que al obrero ruso le va muy mal. Tenemos que acabar con ella porque no es verdad. Camaradas, aquí, en el desfile, he observado muy atentamente a cientos de miles de obreros, de cerca, en las calles, y debo decir que están mejor alimentados que los obreros de Berlín. Quizá estén peor vestidos, pero tienen un aspecto mucho más sano. Camaradas, si habéis observado el estado de ánimo de las masas, que no son todas comunistas, que en un 90 por ciento son sin partido, os quiero preguntar: ¿habéis visto alguna vez en Europa, por las calles, obreros que estuvieran de tan buen humor y tan contentos? No quiero decir que todos los obreros rusos estén de tan buen humor; he estado mucho tiempo fuera de Rusia. Pero hay que dejar sentado este hecho: que los obreros de Moscú están bien alimentados y de buen humor.

Otro hecho es que la situación de los obreros rusos muestra desde hace nueve meses una línea ascendente, mientras que la situación de los obreros de toda la Europa continental muestra una línea descendente; en algunos países, como Alemania, una línea en fuerte caída. Camaradas, eso tenemos que decírselo a las masas sin partido de Alemania en cientos de artículos. Tenemos que decirles: quizá todavía no hoy, pero dentro de tres o seis meses el obrero ruso vivirá realmente mejor que el obrero austriaco. Tenemos que decirlo. Tenemos que salir al paso de esa idea de que la dictadura significa la perpetuación del hambre. Lo considero muy importante porque está estrechísimamente ligado a mi concepción general de la marcha del movimiento revolucionario a escala mundial. Camaradas, ayer, en la delegación alemana, empleé una palabra quizá no acertada, una palabra demasiado fuerte. Dije que la burguesía ya no se dejará tomar por sorpresa en ningún país, como ocurrió en parte en Rusia y casi por completo en Hungría. ¿Qué quiero decir con ello? Quiero decir que la burguesía rusa no opuso la resistencia que habría podido oponer porque estaba convencida de que el régimen de los bolcheviques, la dictadura proletaria, se hundiría en pocas semanas. Por lo que respecta a Hungría, camaradas, debo decir que la burguesía no sabía en absoluto lo que significa la dictadura proletaria y, por así decir, se deslizó en ella casi sin resistencia. Eso no se repetirá. Ahora que la burguesía ve que en Rusia un régimen del proletariado se mantiene ya desde hace cinco años, ahora que ninguna persona medianamente sensata en Europa cree que la dictadura proletaria rusa pueda hundirse en un plazo previsible, la burguesía, la clase dominante, se mantendrá en todos los países siempre preparada, armada hasta los dientes. Su atención se dirige ahora plenamente a cada movimiento del Partido Comunista. El momento de la sorpresa está, a mi juicio, completamente descartado. ¿Qué significa eso? Significa que tenemos que inculcar a nuestras tropas, a nuestras huestes, que no pueden pensar en derribar la fortaleza de la burguesía con un partido comunista relativamente pequeño y decidido, con un círculo relativamente pequeño de camaradas revolucionarios.

Tenemos que atraer a las masas. Precisamente por eso he dicho que no podemos atraer a ciertas masas de los obreros vacilantes si no acabamos con esta leyenda del hambre y de la muerte por hambre de los obreros rusos. No sé si eso es oportunismo. Creo que no. Es una observación clara del hecho de cómo piensan los obreros de Europa occidental, los no comunistas.

Camaradas, esta cuestión está también estrechamente ligada tanto a la cuestión del frente único como a la cuestión, que se ha de debatir en este congreso, del programa de acción agrario, que a mi juicio no es en esencia otra cosa que la idea del frente único trasladada a la población rural. Igual que en el frente único tenemos que partir de las necesidades cotidianas de las masas proletarias, en el movimiento agrario tenemos que partir, a mi juicio, de las necesidades diarias de todas aquellas capas que tienen algo que ganar con un vuelco revolucionario. Eso significa que, para el éxito de una revolución en los países fuera de Rusia, considero imprescindible una mayor extensión de aquellas masas en las que podemos apoyarnos en un ataque a la burguesía o a las que, al menos, debemos impedir que se pasen al campo de la burguesía y luchen contra nosotros.

Así pues, si he dicho eso, creo que no es oportunismo, sino un reconocimiento de los hechos reales en los países de Europa occidental. Mientras sigamos topando una y otra vez con que desde las masas no comunistas nos devuelven el eco «dictadura es hambre, hambre y más hambre», no podremos arrastrar a esas masas. Por eso, una de las tareas más importantes del próximo año a escala internacional es acabar con la leyenda del hambre y de la muerte por hambre de los obreros rusos.

Ruth Fischer72 (Alemania): ¡Camaradas! El informe del camarada Zinóviev da abundante materia para la discusión, pero solo quiero entrar en dos cuestiones alemanas de las que cabe suponer que interesan al Congreso Mundial. En primer lugar, la cuestión de cómo influyó el III Congreso Mundial en la evolución del partido alemán. Hay que decir que partes nada desdeñables del partido alemán no ven el arreglo de las cuestiones del partido alemán con una luz tan rosa como el informe del camarada Zinóviev. El III Congreso Mundial no tomó posición clara frente a las concepciones políticas del grupo Levi y no pudo corregir la acción de marzo73 sin dar la impresión de que Paul Levi había sido expulsado únicamente por motivos de disciplina. Una gran parte del partido alemán cree que la difícil evolución precisamente de esta cuestión del partido alemán, que la desdichada configuración del congreso del partido en Jena, que, por último, la evolución del grupo Friesland74 estuvieron influidas en gran parte precisamente por esta postura poco clara del III Congreso. Con ello perdimos meses preciosos para el trabajo, y si lo digo aquí no es para hurgar en viejas heridas, sino para decir que la cuestión de la KAG75 no puede identificarse con la cuestión de la indisciplina. Este error debe servirnos de lección para el tratamiento de otras muchas cuestiones. Toda cuestión de disciplina es una cuestión política. Paso ahora a la segunda cuestión, a la aplicación de la táctica del frente único en Alemania y a las experiencias que hemos hecho en la práctica con esta consigna. Ante todo, es necesario decir una y otra vez qué se entiende por táctica del frente único, porque hay demasiadas interpretaciones. La evolución de la táctica del frente único tiene también en Alemania una historia muy complicada. Esta evolución comenzó con la Carta Abierta76 y llega hasta el movimiento de los consejos de fábrica. Hay que tener claro que nuestro trabajo debe orientarse a reunir las luchas por la mejora de las condiciones de vida de los obreros. Pero, camaradas, el planteamiento de aquellas reivindicaciones parciales simbolizadas en el conocido «pedacito de pan» de Rádek sería una definición insuficiente. Hay que decir además que no basta con hacer agitación por estas reivindicaciones, sino que hay que crear, más allá de eso, una base, crear fundamentos organizativos en la masa misma, fundamentos organizativos que den la posibilidad de emprender la lucha por estas reivindicaciones.

Camaradas, la tan discutida cuestión de las negociaciones con las cúpulas es en esto una pura cuestión de conveniencia y de proceder táctico. El error empieza cuando se pone todo el peso en el santuario de las negociaciones con las cúpulas. ¿Qué hay detrás de este énfasis exagerado, de esta adoración de las negociaciones, de la marcha en común con las cúpulas? Detrás hay una ilusión muy peligrosa, una ilusión que en sus consecuencias lleva a la revisión del comunismo y de la revolución, y del modo siguiente: entre los obreros alemanes, las enormes derrotas, los golpes terribles, las sangrientas experiencias que hemos sufrido han creado en una parte de los proletarios alemanes un estado de ánimo como si solo la escisión y la debilidad organizativa tuvieran la culpa de su retroceso ante la contrarrevolución, como si la fuerza organizativa —y esta es una ilusión típicamente alemana— pudiera ser el medio principal para vencer a la contrarrevolución. Con esta ilusión ha atrapado el SPD al USPD; con esta concepción del frente único se ha llevado a los obreros del USPD al SPD en todos los congresos de distrito del SPD. Se ha proclamado abiertamente que ese era el frente único del proletariado.

Entre nuestra concepción y la concepción de los mencheviques hay un matiz que no lo dice claramente, pero que está convencido de que una verdadera lucha contra la contrarrevolución solo puede librarse si se tiene consigo a los grandes partidos socialdemócratas y a la ADGB77; es decir, ya no las negociaciones con las cúpulas, ya no la marcha en común con las cúpulas, sino la idea de que el Partido Comunista sería para siempre demasiado débil para avanzar sin una coalición firme con los socialdemócratas. Es una idea muy peligrosa (interrupción). Enseguida hablaré de ello. Naturalmente, excluyo de ello por completo a la delegación alemana aquí presente (risas). Esta idea de que la coalición con la ADGB y con los socialdemócratas es la única condición para una acción pura queda refutada de nuevo por lo expuesto por el camarada Zinóviev, de que nuestro enemigo más encarnizado es actualmente la II Internacional y los partidos adheridos a ella. Queda refutada por el hecho de que en todas partes estos partidos pasan ahora a la ofensiva más encarnizada contra nosotros.

Pero ustedes preguntan: ¿dónde está esa idea? Se lo digo con toda franqueza, sin miel ni azúcar: está en la cabeza de algunos obreros comunistas alemanes a los que han apaleado en la lucha contra el capitalismo y la burguesía. Quien quiera engañarse a sí mismo y hacerse ilusiones, que lo haga tranquilamente, pero la práctica del trabajo en las fábricas, la práctica del trabajo en los sindicatos prueba que esta apreciación es correcta y que, como partido de masas, no estamos libres de las ilusiones de la masa en cuyo seno vivimos, que repercuten en nosotros y encuentran su reflejo determinado en el partido.

Pese a lo escaso del tiempo, debería decir todavía que esta idea de la posibilidad de una coalición con los socialdemócratas queda rotundamente refutada por toda la experiencia de los últimos años de la revolución. Esta idea conduce a aquella otra de la fusión orgánica con el partido socialdemócrata, tal como nuestro partido hermano noruego la ha discutido con tan grata franqueza. Esta concepción no es solo una concepción falsa del frente único, sino que detrás se esconden más bien tendencias ocultas de revisión de la revolución, de peinar la revolución «a la manera occidental», de crear etapas democráticas de transición entre lo que tenemos ahora y lo que queremos. El intento de engañarse sobre las dificultades de la guerra civil, el intento de derribar el capitalismo de manera bien organizada y sin grandes dificultades en alianza con los socialdemócratas.

Precisamente porque también el camarada Zinóviev ha subrayado que la situación es difícil, y difícil también en Alemania; precisamente porque ninguno de nosotros cuenta aquí con una victoria pasado mañana en Europa; precisamente porque tenemos enfrente a un adversario muy hábil y peligroso —no hay que engañarse sobre la debilidad de la socialdemocracia alemana—, precisamente por eso el partido alemán y la Internacional Comunista deben oponerse con la máxima energía a estos peligros del revisionismo en la práctica del trabajo diario. Si uno lo dice, es un «olfateador de mencheviques» descontento; se tergiversa la concepción de los críticos. Lo digo con toda claridad: el peligro todavía no es grande en el partido alemán, el peligro puede conjurarse fácilmente. Pero también en la crisis de la KAG fuimos los desdichados agoreros, hasta que los acontecimientos nos dieron la razón.

Compañeros de partido, para terminar quiero dar todavía una visión de conjunto de la táctica del frente único en su aplicación práctica. Quiero señalar en primer lugar que la huelga ferroviaria fue un movimiento de una profundidad que quizá no se ha apreciado del todo correctamente en el extranjero. Esta huelga ferroviaria dio lugar a una aplicación completamente correcta de la táctica del partido alemán. Dijimos entonces a las masas: la jornada de ocho horas está en peligro, el derecho de coalición está en peligro. Nos lanzamos al movimiento de masas, pero no presentamos ningún programa que estuviera en contradicción con nuestras concepciones.

Otra cosa fue en la campaña Rathenau. Hay que decir claramente que en la campaña Rathenau se puso de manifiesto el lado negativo de la táctica del frente único. En la campaña Rathenau, cuando las masas estaban agitadas, cuando se nos reclamaba, primero mantuvimos negociaciones secretas, negociaciones de semanas, de carácter diplomático, con la ADGB y el SPD, que jugaron conscientemente con nosotros. Quisieron negociar tanto tiempo para poder atarnos. En las negociaciones nos limitamos a tener miramientos, en vez de plantear reivindicaciones de manera ofensiva. En la prensa y también en las asambleas no nos atrevimos a mostrar nuestra cara.

Teníamos que tener miramientos, y no hay mayor error que presentarse como diplomáticos ante masas que están agitadas y a las que se puede ganar, en vez de hablar de manera revolucionaria y decir lo que hay. Este error de la campaña Rathenau el partido alemán no puede borrarlo, aunque se intentara. Y este error causó una profunda impresión en los miembros de nuestro partido alemán, que son muy desconfiados, mucho más desconfiados de lo que aquí se supone, y eso sobre la base de las experiencias de la crisis de la KAG.

Y, camaradas, el movimiento de los consejos de fábrica, sobre el que para terminar quiero decir todavía algunas cosas, representa el lado positivo de estos errores. Pero quisiera decir con la misma franqueza que las virtudes del movimiento de los consejos de fábrica no hay que apuntarlas en nuestra cuenta, sino que la culpa la tienen los socialdemócratas, que nos echaron a puntapiés y nos hicieron imposible toda continuación de la táctica de la campaña Rathenau. Y os garantizo, camaradas, que, si el movimiento se agudiza en Alemania, los socialdemócratas repetirán el mismo juego que en el asunto Rathenau, porque han visto que es un buen medio para paralizar las fuerzas del Partido Comunista en los momentos peligrosos.

No hay que sobrestimar en modo alguno el movimiento de los consejos de fábrica. Creo que su verdadera importancia aún no puede medirse aquí. Tiene, creo, tres virtudes principales que debemos poner claramente de relieve. En primer lugar, ha destruido todo el alboroto de la unificación de socialdemócratas e independientes, toda su gritería sobre el gran Partido Socialdemócrata como única fuente de salvación: en lugar de hacer propaganda por su gran Partido Socialdemócrata, los socialdemócratas han tenido que luchar contra nuestro partido. Han tenido que luchar y escribir artículos contra nuestra consigna, estaban a la defensiva y no pudieron celebrar sus congresos con el efecto que habían esperado. En segundo lugar, por primera vez en dos años se ha vuelto a poner en el orden del día la cuestión de la iniciativa de los consejos de fábrica, de los comités de fábrica. Quien tenga una idea de lo empantanados que están estos consejos de fábrica en Alemania tiene que saber apreciar la importancia de este éxito. En tercer lugar —y esto es lo más significativo—, aunque todavía de manera torpe, débil y desmañada, se vuelve a debatir entre los obreros la cuestión del control de la producción. Se debate en las fábricas, se debate no solo entre los comunistas, que también lo necesitan mucho porque en estos dos años han olvidado mucho, sino que se debate también entre los obreros socialdemócratas y la debate el Vorwärts, que tiene que rechazarla.

Si el partido alemán y la Internacional Comunista siguen prestando a este movimiento la atención necesaria y ven en él la formación del frente único capaz de luchar, si ven en él la aplicación correcta de la táctica del frente único, el movimiento nos traerá grandes éxitos. En este movimiento nos hemos dirigido muy a menudo a las federaciones centrales, como método táctico para ganarnos a los consejos de fábrica, y hemos escrito a la ADGB que estábamos dispuestos a formar con ella un bloque en las cuestiones obreras prácticas, para convencer a los obreros de que la ADGB no quiere ni un congreso ni una lucha.

El movimiento de los consejos de fábrica prueba también a los partidos hermanos que en la táctica del frente único, si se entiende correctamente, no hay peligro alguno y que solo se trata de definir con claridad y de saber lo que se quiere. Y al mismo tiempo la Internacional Comunista y el IV Congreso deben tener claro que la cuestión de la táctica del frente único plantea en cierto sentido también la cuestión del revisionismo, que tenemos bajo distintas formas en los distintos partidos, y lo digo aquí tal como es mi mandato de la organización de Berlín: deseamos que el IV Congreso vele por que la Internacional Comunista se libre de todo oportunismo (aplausos entre los alemanes).

Neurath78 (Checoslovaquia): ¡Camaradas! En primer lugar, advierto que sobre el informe del camarada Zinóviev daremos a conocer una declaración de toda nuestra delegación. No me ocupo de ello, puesto que voy a responder con algunos hechos a lo expuesto por el camarada Vajtauer.

¡Camaradas! Podría haber delegados que, tras las declaraciones del camarada Vajtauer, opinen que en el partido checoslovaco se trata de una oposición de izquierda, que estaría representada precisamente por el camarada Vajtauer. Eso, camaradas, es falso. La oposición de izquierda del partido checo libró una lucha contra aquel oportunismo que el camarada Šmeral había representado hasta el congreso de unificación79. Pero después de ese congreso el camarada Šmeral se situó en el terreno de las resoluciones del III Congreso Mundial, de modo que se dio el presupuesto material para una colaboración de la oposición con el camarada Šmeral. La llamada nueva oposición, que existe más o menos desde diciembre del año pasado, no formuló durante ocho meses principios que se distinguieran de los principios que rigen nuestra táctica. La oposición formuló hace apenas unas semanas algo así como un programa, y les daré a conocer algunas de sus frases. Pero antes debo advertir que en Checoslovaquia, después del congreso de unificación, tuvimos que librar enseguida toda una serie de luchas extraordinariamente duras, que el Ejecutivo del Partido Comunista de Checoslovaquia supo ponerse muy bien a la cabeza de todas las luchas, que supo ejercer la mayor influencia posible sobre las capas más amplias de las masas obreras. Recuerdo, por ejemplo, la lucha de los empleados del Estado, de los empleados privados, de los metalúrgicos, de los mineros y de los obreros del vidrio. Durante todas estas luchas la mayoría, a la que llaman los smeralistas, formuló los principios que valían para los hombres de confianza comunistas. Y estos principios fueron reconocidos, dieron éxitos, tampoco los atacaron ni los discutieron nunca los miembros de la oposición, ni formularon nunca, frente a nuestros principios, otros principios. Así pues, cuando habíamos llevado a cabo estas luchas, y cuando, sobre todo durante la lucha de los mineros, formulamos las consignas que mayor impresión causaron en las masas obreras, tuvimos que constatar que algunos hombres de confianza comunistas habían hecho tonterías. Está claro que un hombre de confianza comunista también puede hacer alguna vez tonterías. Pero cuando durante la huelga de los mineros los representantes hicieron en las negociaciones con los patronos algunas declaraciones con las que no podíamos estar de acuerdo, llamamos enseguida a esos hombres de confianza, los reprendimos con toda energía, les explicamos en qué consistían sus errores y les dijimos lo que tenían que hacer para corregirlos. Entonces la oposición no tomó posición alguna sobre estas cosas, no descubrió estos errores; en cambio, nosotros los reconocimos enseguida.

Eso fue durante estas grandes luchas. Llevamos a cabo acciones en interés del frente único, una agitación a gran escala con asambleas. La oposición estaba de acuerdo. Al menos nunca nos había revelado una opinión divergente de la nuestra; calló. Cuando el nuevo secretario del partido, el camarada Zápotocký80, tomó posesión de su cargo, declaró lo siguiente: la oposición no nos revela, desde luego, sus principios, pero nos combate, no está de acuerdo con nosotros. Y el tenor de lo que exponía la oposición era que Šmeral era un oportunista, de lo que no aportaron ni la sombra de una prueba; que, en segundo lugar, quería a toda costa llegar a ministro; que, en tercer lugar, mantenía negociaciones con la contrarrevolución a espaldas del partido, de lo que tampoco aportaron prueba alguna; y que los demás, los que intentaban trabajar con Šmeral, se habían vuelto smeralistas, que habían cambiado de bando. Ese era todo el contenido positivo del programa que defendía la oposición. En la conferencia de Pascua dijimos a la oposición: ahora el juego tiene que acabar. Decidnos lo que queréis, nos vais a revelar por fin el contenido de vuestro programa. Vais a formular vuestros principios; pero si no tenéis principios, si no sabéis en qué os distinguís de nosotros, hay que dejarlo sentado. En esa conferencia formulamos los principios del frente único. Formulamos las tesis del trabajo del partido. Tomamos resoluciones tan serias como pueda tomarlas una conferencia comunista. Y la oposición no abrió la boca. Ni con una palabra nos dijeron los camaradas de la oposición que no estuvieran de acuerdo con algo, ni con una palabra declararon que no estuvieran de acuerdo con los principios que habíamos formulado sobre el frente único y sobre las demás tareas del partido. Por eso éramos de la opinión de que la oposición, puesto que no pidió la palabra aunque la habíamos invitado a hablar si era de otra opinión, estaba por fin de acuerdo con los principios que habíamos formulado. Después de la conferencia el juego continuó. Siento tener que decirlo, porque no es precisamente edificante. El viejo juego continuó. Ningún principio, ningún programa, ninguna idea seria, salvo el necio argumento de que el camarada Šmeral quería trepar a un sillón de ministro a costa del viejo Šturc. Luego, camaradas, el camarada Jílek81 fue a Moscú. Lo enviaron de un lado a otro como representante del partido checoslovaco. En Moscú se reunieron los camaradas más experimentados y estudiaron el material. Le preguntaron a Jílek: ¿qué programa tenéis? Habló él aquí, habló Šmeral. ¿Y el resultado? El Ejecutivo constata: en el partido checoslovaco no hay diferencias políticas de principio, solo hay deficiencias organizativas. No nos excusamos con que no pudiéramos corregir estas deficiencias porque durante meses tuvimos que ocuparnos en todas las sesiones del comité ejecutivo de los cómicos ataques de la oposición. No nos excusamos con eso, sino que declaramos: el Ejecutivo tiene razón. Nos esforzaremos por eliminar estas deficiencias. El camarada Jílek aprobó en Moscú esta resolución. Declaró, pues, que entre nosotros, en Checoslovaquia, no hay diferencias políticas. Y vuelve a Checoslovaquia y solo entonces organiza la oposición, le da una forma organizativa y prosigue la oposición con mucha más dureza que antes.

Pues bien, camaradas, ¿qué hacer entonces? El camarada Rádek publica un artículo, el Ejecutivo publica su resolución. Ambos declaran que Checoslovaquia tiene deficiencias organizativas. Las hemos discutido y se eliminarán. Diferencias políticas no las hay. El partido puede empezar ya a afrontar sus grandes tareas decisivas. Pero no fue así. Por desgracia, solo pudimos dedicar poco tiempo a las grandes tareas del partido checoslovaco; apenas pudimos ocuparnos de los grandes problemas del movimiento, porque teníamos que ocuparnos una y otra vez de las mismas cosas. Teníamos que ocuparnos una y otra vez durante siete horas, en las sesiones, de estas cosas, para hacerle entender al camarada Šturc que Šmeral no quiere ser ministro.

Luego tuvimos una sesión en la que participaron representantes de la Internacional. Allí se constató que la oposición no había presentado nada que permitiera concluir que hubiera diferencias teóricas. Camaradas, no voy a contárselo con todo detalle; solo lo apuntaré. Poco antes de la sesión mencionada apareció en el Communista un artículo de muy mal contenido, firmado por un miembro de la oposición. En el artículo, que tenía 220 líneas, 180 líneas estaban copiadas del libro del camarada Trotski La nueva etapa. De ahí estaban tomados los principios de la oposición. (Bujarin: ¿Entre comillas?) No, camaradas, no entre comillas. ¿Qué pasó luego? La oposición prosiguió su lucha. No quedó otro remedio que convocar una vez más una conferencia, la conferencia nacional. Todos los camaradas estaban agotados. Ya no podíamos aguantarlo. Las serias resoluciones sobre la lucha de los mineros y de los metalúrgicos las discutimos en el viaje entre Reichenberg y Praga, porque en las sesiones no podíamos ocuparnos de ellas. El camarada Zápotocký y todos los demás camaradas declararon: así no se puede seguir; una conferencia nacional más, y si esta oposición no puede liquidarse, ya no podremos trabajar con sus representantes. Llegó la conferencia nacional. En esa conferencia participaron dos representantes de la Internacional. Por fin, en esa conferencia nacional se nos formularon algunos principios programáticos. No vacilaré en darles a conocer algunos principios de este programa. En el programa de la oposición se toma posición sobre la crisis económica y sobre cómo debe comportarse el Partido Comunista. En el capítulo en que se habla del objetivo dice (lee):

«El obrero es explotado de dos maneras: una vez por los patronos, la segunda por los comerciantes. La carestía provocada por el comercio intermediario pesa sobre él mucho más todavía que la explotación capitalista.

Entre los pequeños y grandes comerciantes se encuentran, si no los mayores, sí los más celosos enemigos de clase del obrero. Precisamente la clase de los comerciantes es la defensora más celosa del sistema capitalista y, llegado el caso, también la combatiente más celosa por él…

»Los dos medios más importantes de que la clase obrera debe y puede servirse son:

  1. el boicot de los productos capitalistas; 2. la difusión y centralización de todas las cooperativas de producción y de consumo.»

Sobre la aplicación del boicot, el camarada Vajtauer se expresa literalmente así:

«Boicot. Por lo que respecta a la aplicación del boicot, la situación es actualmente la más favorable. La burguesía nunca vacila en aprovechar la dependencia de la clase obrera respecto de ella; por eso tampoco los obreros deben vacilar en aprovechar la dependencia de la burguesía respecto de los obreros. La burguesía arroja a la calle a miles de obreros para conseguir con este medio brutal salarios bajos. Los obreros pueden actualmente, con su boicot, arruinar a cualquier empresa que produzca demasiado caros los artículos de primera necesidad o que proceda sin piedad contra la clase obrera. Y los obreros no deben renunciar a este medio, porque al no emplear esta arma terrible solo aceleran la concentración del gran capital y ellos mismos se quedan atrás. Deben ponerse en el índice de las que hay que boicotear todas las empresas que exigen precios desproporcionadamente altos en relación con los costes de producción y, en segundo lugar, las que se muestran hostiles a los obreros. Es verdad que con esta presión sobre los precios muchas pequeñas existencias se verán injustamente oprimidas, pues no están en condiciones de comprar más baratas las materias primas. Pero esta acción no debe fracasar ante este obstáculo. Los peligros de la ruina obligarán a estos pequeños industriales a unirse con otros en una comunidad de producción y a entrar en la comunidad de las cooperativas obreras de producción, donde, con una compra en masa más barata, podrán satisfacer las exigencias de los obreros.»

Con esto quedan agotadas las declaraciones programáticas de la oposición hasta la conferencia nacional, oposición que el Comité Ejecutivo calificó de oposición de izquierda.

Camaradas, creo que ya bastaría de este cruel juego. No puedo dejar de decirles ahora qué opinión tiene la oposición sobre el importante problema del gobierno obrero, pues ustedes han oído que la oposición opina que la concepción del Ejecutivo de que habíamos cumplido nuestro deber es falsa y que lo cierto es lo contrario, a saber, que habíamos faltado a nuestro deber.

Preguntamos a los camaradas en qué consiste nuestra falta al deber y, en segundo lugar, pedimos que se nos diga qué entiende la oposición por el problema del gobierno obrero. Camaradas, la primera pregunta, en qué hemos faltado a nuestro deber, no ha tenido respuesta hasta ahora. En cambio, la oposición sí nos ha dicho qué entiende por el problema del gobierno obrero. Tampoco eso puedo ahorrárselo. A saber:

«El gobierno obrero tiene la tarea de:

Crear un periodo de culminación que concentre la producción y la distribución en el sentido del capitalismo colectivo.

(Risas.)

Camaradas, nunca he entendido esta frase y creo que nunca podré entenderla.

»2. Transformación del militarismo en un sistema de milicias.

  1. Creación de un vínculo organizativo con la Rusia soviética.

El problema del gobierno obrero debe resolverlo el Partido Comunista de Checoslovaquia, a ser posible al mismo tiempo que las demás secciones de la Internacional Comunista en todos los países capitalistas libres, en conexión absolutamente estrecha con la Internacional Comunista. Nos negamos rotundamente a discutir sobre la naturaleza del gobierno obrero y advertimos contra el peligro de que se hable de ello de manera meramente abstracta.»

Eso quiere decir, pues, que esto no está dicho en abstracto. Esto es concreto. (Risas.)

Probablemente se me ha acabado el tiempo; me daré prisa, termino enseguida. Tengo que decirles todavía lo siguiente: por fin, por una vez, esto es material concreto. Solo en la conferencia nacional pudimos conocer estos principios o una parte de ellos. En la conferencia nacional los representantes de la Internacional Comunista se levantaron y declararon: «Vosotros, representantes y miembros de la oposición, tenéis que comprender que no tenéis motivo alguno para alzaros políticamente de ninguna manera contra la mayoría. Tenéis que trabajar con ella». Antes de la conferencia nacional, gracias a nuestro modo de agitación y de propaganda del principio del gobierno obrero y del frente único, habíamos podido ejercer una influencia francamente inesperada sobre todas aquellas masas que todavía hoy corren detrás de los nacionalistas checos. Digo «los nacionalistas checos» porque la camarada Ruth Fischer (Berlín) ha confundido a los nacionalistas checos con los nacionalistas alemanes. Detrás de los nacionalistas checos hay grandes masas, y sobre estas grandes masas habíamos ganado una influencia tan grande que sus dirigentes se vieron obligados a venir a vernos a la oficina, a hablar con nosotros y a invitarnos a participar en una conferencia para influir junto con ellos, como decía el camarada Vajtauer, sobre el gobierno. Pero ¿no sabe el camarada Vajtauer lo que respondimos a los socialistas nacionales? Dijimos a los socialistas nacionales: ¿Frente único? Sí, pero ¿con quién? ¿Con vosotros? Con vosotros no lo necesitamos. Un frente único con vosotros lo rechazamos. Pero sí un frente único con los obreros que están detrás de vosotros. ¿Queréis mejores salarios para los obreros? ¿Queréis una ofensiva contra la burguesía? Muy bien, estamos dispuestos a luchar con vosotros, pero la condición es que se reconozcan nuestros principios, que son los que rigen para esta lucha. De ahí saca el camarada Vajtauer los principios que hoy ha expuesto aquí. En esta seria situación, que nunca ha sido más favorable en ningún país que ahora entre nosotros, llega la oposición y declara: si la Central no nos satisface una serie de reivindicaciones, si no pone a nuestra disposición todo un periódico, enviaremos inmediatamente a las organizaciones una octavilla con la enumeración de los crímenes de que la Central se ha hecho culpable. Eso fue 48 horas antes de la conferencia nacional. Entonces no estábamos en condiciones de impedirlo. La octavilla salió, y en ella se nos hacen de hecho reproches tales que, si estuvieran realmente justificados, no permitirían que estuviéramos todavía aquí. No tendríamos entonces sitio en la Internacional Comunista. Eran los reproches más graves y peores que se pueden hacer. Fuimos a la conferencia nacional y dijimos: ahora mostrad qué hay de verdad en esos reproches. Y los camaradas no fueron capaces de decir ni una palabra más que desconfiaban del camarada Šmeral. En esa conferencia nacional se tomó entonces la decisión: se expulsa a la oposición. Esta decisión la acogió la abrumadora mayoría de los miembros del Partido Comunista de Checoslovaquia, después de que durante ocho y diez meses hubiéramos tenido que pelearnos con una oposición que nunca expresó una idea, que nunca estuvo decidida a colaborar y que nunca quiso mostrar que sabía hacerlo mejor que nosotros. Después de habernos peleado durante diez meses y de haber tenido que descuidar todos los problemas importantes, tuvimos que decidirnos, en interés del partido y de su desarrollo, a hacer valer y reconocer por fin los principios de la disciplina y a preguntar a la oposición si quería retirar su octavilla y lo que en ella se decía. La oposición respondió: no. Y cuando los representantes de la Internacional Comunista se lo rogaron casi suplicando, la oposición volvió a negarse.

Y ahora, para terminar: tomemos nota de que no es verdad aquella afirmación que viene a hacer creer a los camaradas no informados el cuento de que en el Partido Comunista de Checoslovaquia hay una parte apreciable de los miembros que se sitúa en el terreno de esta oposición. Las pruebas decisivas las daremos en la deliberación de la comisión. Les digo que solo un único distrito, y ni siquiera este por completo, se ha situado en el terreno de la oposición. Es el distrito de Prostějov; es decir, uno de 24 distritos.

La decisión del Ejecutivo de la Internacional Comunista ha anulado la autoridad de la Central, la ha destruido, la ha quebrantado. A pesar de ello, no solo hemos tomado nota de la decisión, sino que la hemos publicado. Nos hemos atenido a ella. Nos hemos atenido a ella, camaradas, porque estamos convencidos de que la mayoría de este congreso estará decidida a tomar las resoluciones que nos permitan trabajar y luchar en Checoslovaquia; porque estamos convencidos de que este congreso tomará en su mayoría resoluciones que nunca más permitan que tengan vigencia principios que pueden valer no para una organización proletaria, sino más bien para una asociación de veteranos.

Ya no toleraremos este tipo de oposición. Ya no permitiremos que de manera tan frívola se obstaculice en su trabajo, se obstaculice en el cumplimiento de sus deberes, al partido que tiene que cumplir las tareas más decisivas. (Aplausos.)

Presidente: La delegación belga pide estar representada en la comisión de la cuestión negra y ha designado para ello al camarada Van Overstraeten. ¿Hay alguna objeción?… (Aprobado.)

La delegación sudamericana pide, por su parte, estar representada en la comisión francesa por el camarada Penelón82, de Argentina; en la comisión española, por el camarada Pintos, y en la delegación americana, por el camarada Stirner83, de México. ¿Hay alguna objeción? (Aprobado.)

El Presidium propone enviar al camarada Rakovski como miembro de la comisión francesa. ¿Hay alguna objeción? (Aprobado.)

Se levanta la sesión a las 4.30 de la tarde.

Cuarta sesión, sábado 11 de noviembre de 1922

Continuación del debate sobre el informe del Comité Ejecutivo de la IC.

Oradores: Becker, Rádek, Duret, Bordiga, Graziadei.

Apertura: 11.15.

Preside: Kolárov.

Becker (Alemania): En el informe del Ejecutivo se ha elogiado mucho al partido alemán. Pero nosotros, camaradas, no nos sentimos del todo a gusto con ello. Pensamos que, si ahora se nos cuenta entre los hijos buenos de la gran familia de la Internacional Comunista, a la próxima tontería se nos zurrará con tanta más fuerza; por eso nos importa subrayar aquí especialmente nuestras deficiencias.

En la aplicación de la táctica del frente único en Alemania también tenemos que contar con dos tendencias que nos frenan en la aplicación de esa táctica. Entre nosotros esas tendencias no son, como en Italia y en Francia, dos corrientes abiertas que han hecho de su postura una teoría y que se han situado por principio contra la táctica del frente único. Entre nosotros —como he dicho— son solo tendencias. Pero creo, camaradas, que precisamente para los países que ahora emprenden la aplicación práctica del frente único será interesante conocer también la naturaleza de estas tendencias, porque también tendrán que contar con ellas.

Camaradas, las raíces de esta tendencia, que no solo tiene un papel en las alturas, están en que una serie —y no una serie pequeña— de miembros del partido, en lugar de comprender sus tareas como comunistas incluso en las situaciones difíciles en que el proletariado está desanimado e indiferente; en lugar de ser el factor activo, de mantener en alto precisamente en esas situaciones la bandera de la lucha de clases y trabajar con todas sus fibras por la movilización de las masas, tienen una actitud pesimista. Una parte de esas masas está contagiada de ese desánimo, no tiene iniciativa propia, no espera nada del intento de enlazar con las penurias cotidianas del proletariado.

Camaradas, el ánimo de una parte de nuestros afiliados ha decaído mucho en los últimos meses; podemos decirlo. Y ese ánimo es, a fin de cuentas, la base de las tendencias que se manifiestan en las alturas de los partidos. Al valorar la situación política, las dos tendencias hacen, ciertamente, observaciones acertadas, pero en un tono que acaba fomentando el pesimismo pasivo. Y esto, camaradas, se observa tanto en la tendencia a la que se llama de izquierda como en la de derecha. Además, camaradas, en los camaradas dirigentes intervienen otros factores; factores como el de que algunos camaradas —sobre todo de tendencia izquierdista— todavía no han comprendido del todo las distintas posibilidades de aplicar la táctica del frente único y por eso tienen temores exagerados respecto de los peligros oportunistas. Y en muchos casos sus dolores de estómago les producen tales inhibiciones internas en la aplicación de la táctica del frente único que se sienten movidos a frenarla. La tendencia de derecha tiene su papel en una serie de camaradas dirigentes que, por unas u otras razones, ya eran naturalezas pasivas y que tampoco despliegan, en la aplicación de la táctica del frente único, la actividad necesaria. En Alemania hemos visto que, cuando emprendemos la aplicación de la táctica del frente único, los socialdemócratas hacen también, por su parte, frente único. Hemos vivido casos críticos: el hecho de que no siempre fuimos los primeros en exigir una acción cerrada y unitaria, sino que los socialdemócratas se nos adelantaron. Y la pasividad de algunos camaradas dirigentes tuvo no poca culpa de que los socialdemócratas se nos adelantaran, de que los otros nos quitaran de las manos la dirección de la política del frente único.

Camaradas, en la acción de frente único que tuvimos en Alemania durante la crisis de Rathenau, las dos tendencias mostraron inseguridad, temor. Los camaradas de la tendencia de derecha se mostraron muy temerosos en las negociaciones con las organizaciones de cúpula; temían que se rompiera demasiado pronto con ellas. Ese temor llegó tan lejos que, en cierta medida, el partido no mostró de hecho su propio rostro con contornos bastante nítidos. En cuanto a la tendencia de izquierda, también ella mostró inseguridad. Solo quiero recordar el asunto de Berlín. La camarada Fischer, que habló ayer, sabe también que, durante la acción de la crisis de Rathenau, la organización de Berlín hizo una «manifestación muda», una manifestación sin oradores. Podéis excusaros como queráis, pero no deja de ser un signo de inseguridad que algo así pueda ocurrir entre los elementos de izquierda del partido. Cuando hacemos manifestaciones conjuntas, debemos poner el peso principal en nuestro propio rostro. Si la camarada Fischer dijo ayer que en el partido alemán se notaba una sobrevaloración de las negociaciones con las organizaciones de cúpula, tengo que hacer constar que yo no he notado en el partido semejante tendencia. Al contrario: he hablado de la tendencia pasiva de derecha, y esta no solo actuó pasivamente en las negociaciones, sino que también al entablarlas muestra una reserva temerosa. No hemos notado una adoración de esas negociaciones; al contrario, deberíamos haber negociado más a menudo, y habría sido una aplicación aún mejor de la táctica del frente único: habríamos podido hacer que las masas desautorizaran todavía más a los jefes socialdemócratas.

La camarada Fischer dijo además que, en la crisis de Rathenau, el partido dejó pasar una ocasión favorable para romper las negociaciones. Ese fue, de nuevo, un momento de inseguridad de los llamados elementos de izquierda. Entonces no teníamos ninguna razón para romper las negociaciones. Teníamos, más bien, todo el interés en obligar una y otra vez a los socialdemócratas a romperlas ellos mismos si no querían llevar a cabo las reivindicaciones planteadas.

La camarada Fischer dijo que en el partido hay concepciones del frente único que desembocan en una fusión orgánica con los socialdemócratas. No niego que en la cabeza de algunos de nuestros camaradas haya tales tendencias. Pero lo que importa es si el partido como tal alimenta esas tendencias. Y ahí tengo que decir que el partido no solo no las alimenta, sino que incluso las combate. También en el movimiento de los consejos de fábrica, como ocurrió en todas las acciones anteriores y como ocurrirá también más adelante, hemos visto elementos flojos, miembros de los consejos de fábrica, funcionarios sindicales que, por miedo a que nuestra táctica pudiera llevar a la escisión de los sindicatos por obra de los de Ámsterdam, sabotearon la política del partido. Los hemos echado del partido sin más. Con tales elementos, que muestran inclinaciones oportunistas en la aplicación de la táctica del frente único, no se puede demostrar que el partido como tal apoye semejantes tendencias.

Hay además otro fenómeno que veréis en todos los países: la concepción mecánica de la aplicación de la táctica del frente único. Después de una acción, después de cualquier gran traición de los jefes socialdemócratas en alguna acción de frente único, aparecen enseguida tendencias, entre camaradas por lo demás muy buenos, que dicen que esa acción conjunta, que esas negociaciones con los jefes socialdemócratas tienen que haber sido las últimas. Ahora haremos el frente único solo desde abajo. A esas concepciones mecánicas hemos respondido siempre en Alemania diciendo: sí, si desplegáis tanta actividad que dentro de dos meses podamos decir que ya no necesitamos negociar con los jefes socialdemócratas porque ya no tienen masas detrás, no volveremos a negociar con ellos nunca más. Pero mientras los jefes tengan todavía detrás a las masas organizadas, tenemos que seguir negociando. En el movimiento de los consejos de fábrica hemos aplicado este método con éxito y, al mismo tiempo, hemos organizado el frente entre las propias masas.

Camaradas, otra cuestión que también es importante para los camaradas no alemanes es la cuestión del gobierno obrero. Especialmente importante es en ella la cuestión que, por ejemplo, ha suscitado concepciones erróneas entre los camaradas franceses: la cuestión del apoyo a los gobiernos socialistas de los Länder y la cuestión del gobierno obrero en los distintos Länder de Alemania.

Camaradas, en primer lugar, nunca hemos considerado la cuestión del gobierno obrero —trátese de un gobierno de Land o del gobierno del Reich— ante todo como un resultado de constelaciones parlamentarias, sino como resultado del éxito de nuestro trabajo por movilizar a las masas en torno a reivindicaciones inmediatas. No lo hemos propagado precipitadamente, y en absoluto como cosa de actualidad, porque todavía no se daba la situación para ello.

Lo que distingue el gobierno socialista de un Land de un gobierno obrero de Land es esto: un gobierno obrero en un Land tendría que ser la avanzadilla extrema en las luchas de toda la clase obrera alemana por un gobierno obrero del Reich. Es decir, tendría que entablar la lucha contra un gobierno del Reich y contra la burguesía. Pero los actuales gobiernos socialistas de los Länder han seguido todos la teoría de Kautsky de que hay que hacer un gobierno de coalición con la burguesía o, si se hace un gobierno socialista, tener en cuenta los intereses de la burguesía junto a los de los trabajadores. Nuestro apoyo a esos gobiernos es solamente una cuestión táctica. Depende de hasta qué punto hayamos conseguido ya, o no, convencer a las masas obreras de las partes de Alemania donde existen esos gobiernos de lo errónea y peligrosa que es esa política de los gobiernos socialistas de los Länder.

No nos hacemos ilusiones sobre la cuestión del gobierno obrero, y en este terreno no existen los peligros que suponen los camaradas que ven las cosas desde fuera.

Rádek (recibido con aplausos): Camaradas, cuando el Ejecutivo presenta su informe, todos temblamos ante las tormentas que se acercan entonces, por la derecha y por la izquierda, contra la posición del Ejecutivo. El sector de la derecha, en la medida en que existe, todavía no ha hablado. El camarada Varga ha intentado demostrar, con su manera amable, que no pertenece a la derecha, cosa que le creemos a pie juntillas. Así que me veo obligado a ocuparme en primer lugar de los ataques que aquí se presentan como «de izquierda» y a polemizar con ellos, aunque soy de la opinión de que, en la situación en que se encuentra ahora el proletariado a escala internacional, el peligro no nos amenaza por la izquierda, sino por la derecha. (¡Muy bien!) El peligro de la derecha consiste ante todo en que es muy difícil hacer política comunista en un periodo en que las masas no se lanzan al asalto. En un periodo de asalto, todo obrero siente instintivamente la necesidad de la acción revolucionaria, y el partido es entonces más el regulador que la fuerza motriz. En un periodo orgánico de preparación entre dos oleadas de la revolución, como aquel en que ahora nos encontramos, comunismo significa ante todo un duro trabajo de preparación intelectual del partido, y dada la juventud de nuestros partidos comunistas, por un lado, y su pasado socialdemócrata, por otro, no solo no es fácil, sino que es muy difícil unir dos cosas: el carácter de masas del partido y su carácter comunista. Y si tomamos la situación del Partido Comunista Francés y del partido noruego, los dos partidos más típicos del ala derecha en la Internacional Comunista, en los debates sobre la situación de esos partidos tendremos que hacer la parte más difícil del trabajo del congreso. Así pues, si ahora me ocupo solo de los dos camaradas de izquierda que han hablado aquí, no es porque considere mayor ese peligro de las desviaciones hacia la izquierda, sino porque hasta ahora nadie de la derecha ha hablado. Empiezo por el camarada Vajtauer, representante de la oposición checoslovaca. Quiero decir por delante que el discurso del camarada Vajtauer contrasta mucho con el de la camarada Fischer.

El discurso de la camarada Fischer fue un discurso sobre los errores del partido. La camarada Fischer podrá haber analizado esos errores bien o mal, pero nadie que oyera el discurso tuvo la impresión de que hablaba una camarada que no pertenece al partido. Todo el mundo sabía que se las veía con una parte orgánica, y no la peor, del Partido Comunista de Alemania. Una impresión completamente distinta tenía que producir el discurso del camarada Vajtauer. Camaradas de partido, sabemos más o menos lo que es la izquierda checoslovaca o la oposición checoslovaca, aunque es muy difícil captarla teóricamente. Cuando el camarada Neurath lo intentó, mi amigo el camarada Bujarin, que de ningún modo pertenece a la derecha, se puso de tal humor que quisimos cogerlo del brazo y sacarlo desmayado de la sala. (Risas.)

Con todo, sería políticamente un completo error tomarse este fenómeno a la ligera y presentarlo como una ridiculez. La izquierda checoslovaca merece que se la trate con más seriedad, no solo porque en ella se encuentran elementos proletarios del partido tan excelentes y veteranos como el camarada Šturc, sino porque señala un peligro. En Checoslovaquia tenemos 600.000 parados, y cuando en semejante situación aparece en el partido una corriente que presenta tesis diciendo: ¡estamos directamente ante la lucha por el poder!; cuando aparece una corriente así, no hay que atenerse solo a si formula sus ideas con más o menos claridad, sino que eso muestra que, en la situación crítica en que se encuentra el partido checoslovaco, una parte del partido está descontenta con su actitud. Cree que el partido lucha demasiado poco, y aunque esa parte sea hoy pequeña, con 600.000 parados siempre hay material de sobra para que de semejante núcleo de oposición surja una táctica capaz de lanzar al partido a luchas prematuras. Por eso, digo, queremos tratar estas cosas con seriedad. Pero tengo que decir que la oposición no nos lo ha puesto fácil. Cuando en nombre de la oposición proletaria, como se llama en el partido checoslovaco, en nombre de una oposición que expresa la desconfianza del Aqueronte proletario, se presenta el camarada Vajtauer, a quien en el movimiento comunista, y en el movimiento obrero en general, tenemos el honor de conocer desde hace solo dos años; cuando el camarada Vajtauer, después de esa gloriosa actividad revolucionaria suya, viene aquí y afirma más o menos lo siguiente: Šmeral y la mayoría de la dirección del partido están conspirando con la burguesía y con Masaryk, y la burguesía checoslovaca le pide al Partido Comunista Checoslovaco: «¡dadme la cabeza de Vajtauer y entonces haremos una coalición!»; cuando el camarada Vajtauer viene luego y cuenta cómo en Kladno, donde actúa un luchador de clase tan probado como nuestro camarada Muna84, que cumplió con su deber de revolucionario cuando era algo más difícil que en los tiempos en que el camarada Vajtauer obsequiaba al partido comunista internacional con su actividad; cuando Vajtauer viene en nombre de su oposición y dice que en Kladno, bajo la dirección del partido de Muna, se practicó el esquirolaje; cuando lanza tales cosas a diestro y siniestro y luego viene y dice: elegid entre mí y esos traidores; y cuando luego dice: si lo que hago aquí es anarquismo, pues bien, sigamos siendo anarquistas, entonces le decimos: ¡un poco más de modestia, camarada Vajtauer! Entonces le decimos: cuando usted se presenta aquí y dice: «sí, disciplina, si me elegís a mí»… Entonces sí hablaremos con la oposición, pero lo primero que le diremos a esa oposición será: por favor, si queréis representar aquí a la oposición proletaria, haceos representar por gente que, aunque no sea proletaria —no todo el mundo tiene la suerte de nacer proletario—, tenga al menos algún sentido de responsabilidad ante la historia de un partido proletario.

¡Camaradas, vamos ahora al fondo del asunto! ¿Qué ha dicho aquí el camarada Vajtauer? Ha interpretado los sueños de Šmeral. Ha dicho que Šmeral quiere, por así decirlo, ser ministro. No lo ha dicho sin rodeos. Ese es el método que corresponde al pasado anarquista de Vajtauer. No ha dicho: tal día Šmeral dijo tal cosa, por la que afirmo que quiere ser ministro. Ha interpretado los sueños de Šmeral. Esto tiene su causa. Vajtauer, en su pasado, se ocupó científicamente de la interpretación de los sueños, y traslada ese método a la Internacional Comunista. (Risas.) Nosotros preguntamos entonces: ¿qué ha de hacer el Ejecutivo de la Komintern con esas interpretaciones de sueños? Solo puede meterlas en un libro de los sueños.

El Ejecutivo de la Komintern tiene los hechos siguientes. Hasta marzo de este año, la corriente de la oposición tenía la mayoría en el Ejecutivo. Ese es el primer hecho. El segundo hecho: en julio de este año se celebró la sesión del Ejecutivo Ampliado, en la que nos ocupamos a fondo de los asuntos checos. Tras un largo trabajo, el camarada Jílek firmó con nosotros la resolución: no hay contradicciones de principio en el partido checoslovaco. Eso fue en julio, y en septiembre el partido estaba en peligro de que Šmeral se vendiera en el sueño del camarada Vajtauer, y los camaradas que rodean a Zinóviev son gente frívola porque no creen en su sueño. (Interrupción: ¡Y la Internacional muy especialmente!)

Camaradas de partido, si Vajtauer nos amenaza terriblemente con declarar que esta Internacional es una Internacional aparte, eso ya lo hemos vivido. En el III Congreso hablaron los representantes del KAP, y ahora quisiera recomendaros que leáis el último artículo del camarada Gorter. Después de la escisión del KAP, Gorter declaró que toda huelga era un acto contrarrevolucionario y afirmó que todo marchaba hacia la derecha y que la tarea de los comunistas consistía en estar ahí plantados diciendo: nada puede ayudar salvo la revolución. Si a la voz de Gorter se une además la del camarada Vajtauer y entre los dos nos declaran una Internacional aparte, sabremos soportar ese destino con el valor que nos caracteriza como comunistas, aun a riesgo de que tal vez se una todavía un tercero a los camaradas Vajtauer y Gorter.

Si no se quiere tomar con humor el discurso del camarada Vajtauer, habría que hablarle de tal modo que no se atreva una segunda vez a dirigirse así a un congreso de 52 partidos comunistas. No podemos tratar aquí definitivamente la cuestión checoslovaca en esta fase del debate. Se tratará con todo cuidado en la comisión, y lo que haya de acertado en las advertencias de estos camaradas sobre el estado del partido lo tendrá en cuenta el congreso con el mayor cuidado; porque lo decimos abiertamente: cuando unos cuantos proletarios honrados alzan su voz de advertencia, en el actual periodo de gran peligro por la derecha no se tiene derecho a pasar al orden del día en silencio o con chistes. Dicho provisionalmente: el Ejecutivo tendría que atenerse a lo que ha resultado de su trabajo hasta ahora con Checoslovaquia, y ese resultado fue, a grandes rasgos, que la política del partido checoslovaco es correcta; por eso dijimos a los camaradas de la oposición que alzaron la bandera de la rebelión: habéis obrado mal, pero, como nos importa no tirar por la borda a la ligera a proletarios, aunque critiquen de la manera más incomprensible, quisimos intentar una vez más hacer entrar en razón a esos camaradas, discutir con ellos. Por eso anulamos la decisión del partido checoslovaco. Cuando el camarada Neurath dice: habéis destruido y quebrantado la autoridad de la Central, yo digo: si la hemos destruido, no podemos haberla quebrantado. Si la hemos quebrantado, no la hemos destruido. Entonces hay esperanza de que esa autoridad salga fortalecida de esta sala, si tras el trabajo de la comisión se ve que la Central hace todo lo posible por convertir al Partido Comunista de Checoslovaquia en un partido bueno y capaz de combatir. Que ya lo es, nadie puede afirmarlo. Y si el camarada Vajtauer cree que el camarada Zinóviev dijo: «¡Mirad al muchacho Šmeral, es un modelo! ¡Con este signo venceréis!», no sé cuándo lo dijo. Yo aprecio al camarada Šmeral mucho más que muchos camaradas de izquierda. Estoy convencido de su buena voluntad de aplicar las decisiones de nuestros congresos, y no tengo ni rastro de desconfianza hacia Šmeral —cosa que muchos camaradas se toman como tarea—, aunque me he enfrentado a Šmeral con mucha dureza. Pero sé una cosa: un partido comunista modélico todavía no existe, en ningún país, y por la sencilla razón de que a semejante niño modelo hay que zurrarle durante años (risas), y no solo en el congreso a partir de las sabidurías que ya hemos adquirido en la revolución rusa, sino a partir de las experiencias de la propia revolución en Occidente. No hay ningún partido comunista modélico, porque solo se crea mediante revoluciones. Tiene que forjarse en el fuego de la guerra civil, y Checoslovaquia todavía no tiene esas experiencias tras de sí.

Paso ahora al discurso de la camarada Fischer. La camarada Fischer ha señalado en su discurso un buen número de deficiencias de la acción de Rathenau que nosotros, aquí en Moscú, en el Ejecutivo, también percibimos enseguida como tales cuando recibimos las noticias detalladas sobre el curso de los acontecimientos. Si en el partido se alzan voces que dicen: en una acción que ha de ser una acción de masas, ¡ningún secreto ante las masas! ¡No dejarse imponer en ningún caso por los socialdemócratas que, cuando negociamos con ellos, nuestros camaradas no sean informados públicamente de esas negociaciones con todo detalle!; si se alzan voces en el partido que dicen: la prensa comunista tiene que adoptar ante cada acontecimiento el punto de vista comunista y no correr detrás del cadáver de Rathenau gritando «¡república, república!»; si se dice eso, solo podemos responder que deseamos que esa no sea la voz de la oposición, sino la consciencia del partido entero. (¡Muy bien!)

Que el partido alemán cometió errores al comienzo de la acción de Rathenau solo puede negarlo quien quiera ser, por así decirlo, abogado juramentado de toda dirección del partido. Cuando vimos aquí la Rote Fahne, el camarada Zinóviev dijo varias veces: ¡que se los lleve el diablo! ¿Qué tienen con esa república, qué tienen con ese Rathenau? ¡Ni una sola palabra crítica sobre estas cosas! Y ese era nuestro sentir general. El partido, por miedo al aislamiento, se aferró demasiado a los socialdemócratas.

Si la crítica de la camarada Fischer consistiera solo en eso, tendría toda la razón, pero en esa crítica hay además otros elementos. La camarada Fischer dijo, entre otras cosas, que no estaba por principio en contra de las negociaciones con las cúpulas, que tampoco estaba por principio a favor, pero que esas cosas había que tomarlas con precaución. Pues muy bien, pero su táctica, su crítica del partido después de la acción, en la Central, en el Comité Central, no se limitó a esas generalidades evidentes. Su oposición no tenía ni un rasgo de «estáis demasiado preocupados por vuestra virtud». (Muy bien.)

La camarada Fischer dijo: tuvimos la huelga ferroviaria, una acción brillante sin cúpulas. Fuimos a las masas y otra vez a las masas, y dijimos lo mismo que decían y declamaban las masas: ¡masa, masa!, y no había ninguna cúpula. En la segunda acción estaban las cúpulas, y aunque ella no está por principio en contra, se produjo la desgracia. (Interrupción: ¿Congreso ruso de consejos de fábrica?) Enseguida llego a eso.

Camaradas, ¿cómo fue la cosa? Cuando nos vemos en la maldita situación de negociar con las cúpulas, la oposición, con la camarada Ruth Fischer a la cabeza, se pone extraordinariamente nerviosa. Viví el asunto durante la conferencia de los tres Ejecutivos85. Cada día que pasaba sin que hubiéramos roto con los otros les parecía a la camarada Fischer y a la oposición un día perdido, y cuando en la crisis de Rathenau empezaron las negociaciones, la oposición presentaba cada día a la Central la moción: o un ultimátum o la ruptura. ¿Por qué? Precisamente es lo puramente mecánico de toda la concepción de los camaradas de la izquierda. Nuestra táctica del frente único no sigue un esquema. Ahora sabemos una cosa en general: somos los más débiles. Se nos ponen los mayores obstáculos en el camino hacia las masas; la socialdemocracia intenta aislar de nosotros a sus obreros. Si la presión de las masas crece, tiene que negociar con nosotros. Si negocia con nosotros, solo nos interesa romper en el momento en que la hemos obligado a poner ya en movimiento masas lo más grandes posible, o cuando ya está claro para todos que no quiere ninguna acción. Romper antes, o tener siquiera el afán de no sentarse con esa gente ni una hora, ni media hora, es una prueba de que nos creemos más débiles de lo que somos. Si el partido hubiera tomado desde el primer día una posición clara en la prensa, si desde el primer día hubiera dicho a las masas en la prensa: sí, negociamos con los socialdemócratas, pero si no os movéis la socialdemocracia os traicionará, podríamos seguir negociando tranquilamente hasta el momento en que esa traición se hubiera puesto completamente de manifiesto. Pero en lugar de insistir en que el partido despliegue ante las masas una actitud clara, tiráis siempre del partido por la mano y no lo dejáis negociar. Es una sobreexcitación nerviosa que no le sirve al partido.

En términos generales, la situación es esta: vamos a las negociaciones sabiendo que esta vez, y también la próxima, nos engañarán todavía en la práctica. Para no quedar como unos ingenuos, tenemos que decírselo de antemano a las masas. Pero la política de ruptura solo debemos iniciarla cuando seamos capaces de hacer solos lo que ellos no quieren hacer con nosotros.

Cuando aquí, en el Ejecutivo, hablábamos entre nosotros, de manera no oficial, de la crisis de Rathenau, yo preguntaba siempre —y eso es lo fundamental—: ¿puede el partido arriesgarse a luchar solo contra los monárquicos? Si el partido hubiera entrado solo en acción, afirmo que ese error habría sido mayor que todos los que se cometieron. (¡Muy bien!) Porque después del golpe de Kapp tuvimos la experiencia de que la socialdemocracia solo esperaba la ocasión de lanzarse sobre nosotros junto con los monárquicos, y que el partido lo haya evitado no es un error, sino un mérito.

Al mismo tiempo, decimos al partido: ¡en tales situaciones no dejéis que se petrifique en vuestras cabezas la imagen de que siempre seremos débiles! (¡Muy bien!) Dentro de una acción así podemos hacernos muy fuertes gracias al estado de ánimo de las masas, de modo que podamos pasar enseguida a la ofensiva por cuenta propia, y el arte de la táctica en una situación semejante consiste en avanzar con precaución y no romper demasiado pronto, pero estar preparados para esa ruptura y preparar a las masas para ella mediante la línea política de nuestra agitación y de nuestro tratamiento de todo el asunto.

En términos generales, sin embargo, hay que decir —y ya lo dijo el camarada Zinóviev el año pasado en sus tesis sobre el frente único— que la táctica del frente único está ligada a los mayores peligros. Esos peligros consisten en lo siguiente: vivimos en un periodo de transición hacia una nueva oleada revolucionaria. En este periodo de transición, en las grandes masas está presente el sentimiento de que «¿qué se puede hacer, aparte de lo que hacen los demás?». No está presente el sentimiento de que sea posible una acción revolucionaria, y en el partido surge muy fácilmente un estado de ánimo crepuscular: no quiero mostrarme solo; los comunistas solo podemos pasear por Unter den Linden del brazo de Scheidemann86. En ese estado de ánimo están la dirección y la prensa del partido; se deslizan con demasiada facilidad hacia la política socialdemócrata. Ese peligro existe, y cuando se inicia una acción hay que ser consciente no solo del peligro de recibir palos si se sale solo a la calle, sino también del peligro de que el Partido Comunista desaparezca entre las masas, de que forme una sola papilla con los socialdemócratas.

En cuanto a la cuestión del gobierno obrero, quiero subrayar una expresión muy afortunada del discurso de la camarada Fischer. Dijo que existe el peligro de maquillar el comunismo a la occidental. Sobre ese peligro quisiera decir unas palabras. Cuando el camarada Zinóviev dijo en el Ejecutivo Ampliado que el gobierno obrero era para nosotros un seudónimo de la dictadura del proletariado —el camarada Meyer lo ha citado así aquí; no sé si lo dijo literalmente—, esa definición, que a mi juicio no es correcta, nació de una preocupación, precisamente de la preocupación que la camarada Fischer ha designado aquí con su expresión «maquillaje a la occidental». Para muchos camaradas, la idea del gobierno obrero es una especie de suave almohada para dormir. Dicen: la dictadura, el diablo sabe cuándo llegará; en todo caso es muy difícil hacer agitación bajo la consigna de la dictadura; prefiero decir gobierno obrero, que suena muy suave e inocente. Nadie sabe lo que es. A lo mejor será algo. En todo caso no parece tan peligroso.

Ese peligro hay que eliminarlo con el carácter de nuestra agitación. El gobierno obrero no es la dictadura del proletariado, eso está claro. Es uno de los posibles puntos de transición hacia la dictadura del proletariado. Ese posible punto de transición consiste en que las masas obreras de Occidente no eran políticamente amorfas como en Oriente, no estaban desarticuladas. Están articuladas en partidos y apegadas a los partidos. En Oriente, en Rusia, cuando empezó la tormenta revolucionaria fue más fácil llevarlas directamente al campo del comunismo. Entre vosotros eso es mucho más difícil. Los obreros alemanes, noruegos, checoslovacos se pronunciarán con mucha más facilidad por esto: nada de coalición con la burguesía; mejor una coalición de los partidos obreros que nos asegure la jornada de ocho horas, que nos dé un pedazo más de pan, etcétera, etcétera. Entonces surgirá un gobierno obrero así, sea en luchas preliminares, sea a partir de una combinación parlamentaria, y es un disparate rechazar la posibilidad de semejante situación; es un disparate rechazarla doctrinariamente.

La cuestión será entonces esta: ¿nos tumbamos en esa almohada y descansamos, o intentamos llevar a esas mismas masas, sobre la base de sus ilusiones, a la lucha por la realización del programa del gobierno obrero? Si concebimos el gobierno obrero como una almohada, no solo quebrará el gobierno obrero, sino que seremos derrotados políticamente; quedaremos, junto con los socialdemócratas, como una nueva clase de estafadores. Si mantenemos en las masas la consciencia de que el gobierno obrero es una porquería si detrás no hay obreros que tomen las armas, que formen consejos de fábrica, que empujen a ese gobierno y no le permitan hacer compromisos hacia la derecha, entonces el gobierno obrero será un punto de partida de la lucha por la dictadura del proletariado, dejará paso a un posterior gobierno soviético y no será una almohada, sino que abrirá el periodo de la lucha por el poder con medios revolucionarios.

Creo que uno de los camaradas dijo: el gobierno obrero no es una necesidad histórica, sino una posibilidad histórica. A mi juicio es una fórmula correcta. Sería completamente erróneo presentarlo como si la evolución del hombre, desde el mono hasta el comisario del pueblo, tuviera que pasar obligatoriamente por la fase del gobierno obrero (risas). Pero esa variante es posible en la historia, y es posible sobre todo en una serie de países donde junto a fuertes movimientos proletarios hay movimientos campesinos, o donde la clase obrera es tan grande como en Inglaterra, donde la burguesía no tiene grandes medios de poder directos contra la clase obrera. En Inglaterra es posible una victoria parlamentaria del Partido Laborista. No llegará ahora, en estas elecciones, pero es posible, y entonces surgirá la cuestión: ¿qué es ese gobierno obrero? ¿Una nueva edición del gobierno liberal burgués y nada más, o podemos obligarlo a ser algo más? Creo que Austen Chamberlain tiene razón cuando dice: si el gobierno laborista llega al poder en Inglaterra, empezará con el poder de Clynes87 y terminará con el poder de la izquierda, porque tiene que resolver la cuestión del paro.

Así pues, camaradas, creo que en esta cuestión el Ejecutivo tiene en general razón en el planteamiento del problema, al advertir por un lado contra una intransigencia completa que dice: o gobierno soviético o nada, y por otro contra la ilusión que quisiera hacer del gobierno obrero un paracaídas.

Camaradas de partido, las cuestiones que decidiremos en los demás puntos del orden del día consistirán solo, como dije brevemente sobre el orden de los debates, en detallar nuestros planes de batalla. El plan de batalla estará dado en el momento en que digáis: sí, el frente único, tal como lo decidió el Ejecutivo Ampliado, es el camino inmediato que hemos de seguir. Creo que las experiencias que hemos hecho este año tienen que convencer hasta a un ciego de que no nos queda otro camino. O este camino, o el camino de Gorter, que vaga solitario bajo las estrellas gritando la palabra revolución. El camino del frente único es mucho más difícil que lo que decíamos tácticamente en 1919: ¡a romperlo todo! Es mucho más fácil y agradable romperlo todo. Pero si no se tiene fuerza para ello y este camino es necesario, hay que recorrerlo, con la consciencia de que los peligros que amenazan en él amenazan por la derecha, y a la vez con la firme confianza en que este camino no nos perjudica a nosotros, sino a la socialdemocracia. De lo contrario, la II Internacional no intentaría de manera tan histérica y convulsa romper los puentes con nosotros. Nosotros no lo hacemos, y no por voluntad de fusionarnos con los Scheidemann, sino por el convencimiento de que los ahogaríamos en nuestro abrazo. (Vivos aplausos.)

Presidente: El próximo orador es el camarada Duret, representante de la tendencia del Partido Comunista Francés contraria a la táctica del frente único. Este camarada nos pide que le concedamos más tiempo para hablar, a fin de que pueda exponer su punto de vista. El Presidium no tiene nada en contra. ¿No hay objeciones? Aprobado, pues. El Presidium concede al orador tres cuartos de hora.

Duret (Francia): Camaradas, hablo aquí en nombre de la tendencia a la que se llama la oposición francesa contra la táctica del frente único. He pedido más tiempo para hablar porque soy de la opinión de que en la Internacional, en general, no se tiene bastante claro lo que en realidad somos.

Es un hecho indiscutible que, en el momento en que la táctica del frente único se puso en el orden del día, la inmensa mayoría del Partido Comunista Francés se volvió contra esa táctica, y para mí es indudable que esa protesta, ese rechazo, representaba un movimiento sano del proletariado francés.

En efecto, no hay que olvidar que Francia es sobre todo el país de los socialtraidores, el país de los Briand, de los Millerand88, el país del cretinismo electoral. Por eso aquel movimiento, aquel rechazo, aquella rebelión de los obreros franceses, que no conocían todavía toda la táctica del frente único y no veían en ella otra cosa que un acuerdo con los reformistas a los que acabábamos de dejar, era un fenómeno favorable, que atestiguaba el deseo de acción revolucionaria del proletariado francés.

Sin embargo, las distintas ideologías que se injertaron en este movimiento sano del proletariado francés no siempre tuvieron ese carácter. Ustedes saben bien que el centro, que ahora se ha adherido a la táctica del frente único y es la fracción más grande dentro del partido, estaba entonces en su conjunto contra el frente único, pero que la manera en que libró la lucha y las razones que adujo no eran de naturaleza revolucionaria, sino puramente oportunista. Estaba —se decía— contra la táctica del frente único porque el partido había obrado bien y por tanto era superfluo cambiar sus métodos para modificar la situación existente.

La posición del grupo al que pertenezco, que entonces era muy débil, era otra.

También él estaba contra la táctica del frente único, pero por razones diametralmente opuestas a las del centro. Mientras el centro declaraba: estamos contra el frente único porque somos un buen partido comunista, nosotros decíamos: estamos contra el frente único porque en Francia no hay un partido comunista en el sentido propio de la palabra. Nuestro partido es comunista en apariencia, pero en el fondo es reformista.

¿A qué razones se debe nuestra actitud? Si el centro estaba contra el frente único, era porque al mismo tiempo estaba contra el principio de la lucha cotidiana por las reivindicaciones inmediatas de la clase obrera. En el artículo de Soutif titulado «Argumentos sin valor», aparecido en febrero en L'Internationale, en el que hablaba de los argumentos del Ejecutivo a este respecto, se decía: «¿Por qué hemos de luchar por reivindicaciones inmediatas, por reformas? Sabemos que la burguesía no nos concederá nada por pura bondad de alma, que solo nos dará lo que le arranquemos. Pero si somos lo bastante fuertes para obtener reformas de la burguesía, también somos lo bastante fuertes para conquistar el poder e instaurar la dictadura del proletariado».

Estas palabras son de un miembro muy representativo del centro y de la mayoría del partido. Nosotros nos opusimos a esa actitud. Lo hicimos con unas tesis publicadas en el Bulletin Communiste y con un artículo que escribí en respuesta al del camarada Soutif.

Somos de la opinión de que la tarea del partido francés consiste en ganar a la mayoría de la clase obrera para las ideas comunistas, y de que la lucha cotidiana por las reivindicaciones inmediatas es una necesidad para el Partido Comunista Francés.

En nuestras tesis declarábamos que, al tiempo que combatíamos la táctica del frente único, queríamos desenmascarar a quienes, con el pretexto de combatir esa táctica, solo seguían la política del menor esfuerzo; a quienes querían rehacerse una virginidad revolucionaria a fuerza de palabrería revolucionaria.

Para exponer nuestra actitud ante la cuestión del frente único y la manera en que consideramos esta cuestión en Francia, tengo que analizar la propia táctica del frente único y recordar aquí el discurso que Zinóviev pronunció en la primera sesión del Ejecutivo Ampliado.

¿Qué argumentos principales movieron a la Internacional Comunista a lanzar la consigna del frente único?

Zinóviev dijo: por toda Europa ha pasado un cierto periodo de depresión revolucionaria. Después de la guerra, las masas cayeron en un estado de cansancio. Solo siguieron la bandera comunista cuando el partido lanzó la consigna de la toma del poder. Solo se preocupaban de asegurarse el pan de cada día. Así es como cayeron también entonces bajo la influencia de las organizaciones reformistas. De ahí que las condiciones favorezcan objetivamente el desarrollo de las ideas reformistas. Sin embargo, ante la ofensiva capitalista, las grandes masas salen a la arena con la consigna de la lucha por las reivindicaciones cotidianas y de la unidad en esa lucha. Esa consigna puede adoptar dos formas distintas: una forma reaccionaria, peligrosa para el Partido Comunista, y una forma revolucionaria, que puede resultar provechosa para el movimiento comunista. La forma peligrosa de que habla Zinóviev es el intento de formar con todos los partidos ya existentes un único gran partido proletario. La forma revolucionaria es la unión de todos los elementos de todas las organizaciones del proletariado en una acción. Este intento revolucionario, que consiste en oponer la gran mayoría de la clase obrera a las fuerzas del capitalismo, tienen que reclamarlo los comunistas. Los comunistas deben dejar claro que no son responsables de la escisión y que toda la responsabilidad recae en los reformistas. Además, dice Zinóviev, la masa teme aventuras peligrosas a las que podría arrastrarla el Partido Comunista, y de ahí que la masa, cuando el partido lanza esa consigna, vacile en seguirla. Si ahora queremos formar el frente único y ponernos a la cabeza del movimiento, tenemos que demostrar a la masa que el Partido Comunista no es un partido de aventureros, y con ayuda de esa prueba tenemos que llevarla a la lucha.

Creo haber reproducido con más o menos fidelidad las tesis de Zinóviev.

Quisiera examinar ahora de qué manera particular se aplica a Francia este análisis de la situación, y quisiera, para mayor claridad, describirles la situación francesa contraponiéndola a la de Alemania, a la que, según creo, el camarada Zinóviev se ha remitido repetidas veces.

¿Cuáles son, pues, las diferencias esenciales entre la situación de esos dos países?

Mientras que en Alemania la gran mayoría del proletariado está organizada, política o económicamente, en Francia la gran mayoría del proletariado está desorganizada.

Por eso puede decirse que, si en Alemania las masas están bajo la influencia de organizaciones reformistas o pertenecen a ellas, en Francia las masas no están bajo ninguna influencia y abrigan una profunda desconfianza hacia todas las organizaciones políticas, sin distinción de marca.

Por eso somos de la opinión de que el problema del frente único se plantea en Francia de manera muy distinta que en Alemania.

En Francia no hay un verdadero partido de masas. Más aún: en el desarrollo histórico del movimiento francés no encontramos en ninguna parte grandes partidos políticos de masas, sino solo grupos de ideas; eran simplemente grupos de luchadores que se agrupaban en torno a una idea, en torno a una bandera.

También en Francia vemos un impulso hacia la unidad, y Zinóviev tenía razón cuando dijo que el despliegue de la ofensiva capitalista traería consigo un impulso hacia la unidad. Pero en Francia ese deseo de unidad se hace valer en el terreno sindical, no en el terreno político, porque la masa no considera al partido político como representación de algunas de sus partes, sino como una especie de gran organización electoral, creada solo con fines electorales. Por eso no se encuentra en la masa francesa ninguna tendencia que aspire a unificar las organizaciones políticas.

Con nuestros amigos llegamos a la opinión de que, si en Francia hay un impulso hacia la unidad, un intento de formar un bloque de la clase obrera contra la burguesía, ese bloque no será un bloque de organizaciones políticas, que no representan más que una minoría ínfima de la clase obrera. Si el frente único llega a ser una realidad en Francia, será en forma de consejos de fábrica o consejos obreros u organizaciones semejantes, que agruparán a la gran mayoría del proletariado y en las que se realizará la concentración de las fuerzas de los trabajadores contra el capital.

Si en Francia la masa abriga una desconfianza justificada hacia el Partido Comunista, eso se explica porque el Partido Comunista nunca ha hecho nada en interés de la acción de masas y nunca ha demostrado que es la vanguardia del proletariado.

Como señaló Zinóviev, la situación era tal que existían posibilidades de acción. Quienes en Francia defendieron la táctica del frente único cometieron un error al afirmar que allí no había habido posibilidades de acción revolucionaria.

Cuando en un país se manifiesta la ofensiva de los patronos contra todas las reivindicaciones obreras, al Partido Comunista le corresponde el importante papel de organizar las fuerzas proletarias contra el poder de la burguesía, y puede transformar con facilidad todas las acciones espontáneas y aisladas unas de otras en un único gran movimiento metódico.

La táctica del frente único se puede concebir de dos maneras:

  1. de tal modo que se envía a una organización reformista una especie de invitación: queremos iniciar tal o cual acción y para ello recomendamos determinados medios de lucha, acciones de masas, huelgas, etcétera. ¿Quieren ustedes sumarse a nosotros? Esa es la táctica que se aplicaba mucho antes de que se creara la consigna del frente único. Es la táctica de las cartas abiertas, tal como se aplicó a menudo en Alemania; 2. de tal modo que uno se dirige a las organizaciones reformistas, pero sin permanecer intransigente en cuanto a las consignas y las formas de acción. Se propone emplear consignas cuidadosamente sopesadas. Se propone aplicar métodos de acción que un partido comunista no suele aplicar en realidad. Pero en el curso de la acción se intenta demostrar que esa consigna no es lo bastante revolucionaria y se procura así rebasar el marco de la acción emprendida. Se busca transformar la acción reformista y pacifista en una acción revolucionaria.

Tengo que decir que este último medio pueden aplicarlo partidos comunistas fuertes, conscientes y organizados, pero no partidos que solo son comunistas de nombre.

Por eso hemos combatido esta segunda interpretación de la táctica del frente único.

Ocurrió que, incluso en Alemania, se produjeron extravíos desagradables. Pregunto a la delegación francesa qué habría pasado si se hubiera intentado aplicar la misma táctica con un partido como el nuestro, que es incapaz de dirigir una acción revolucionaria y que va a remolque de organizaciones que no son capaces de lanzar una consigna ni de iniciar una acción.

Si queremos realizar un trabajo cotidiano entre la masa obrera, si queremos librar una lucha cotidiana por sus reivindicaciones que nos una estrechamente a esa masa, no debemos ponernos de acuerdo con las organizaciones disidentes89, con las organizaciones socialistas. Tengo que hacer aquí un paréntesis. Hay que darse cuenta exactamente de la importancia que puede adquirir para las grandes masas desorganizadas la acción de un partido político del proletariado organizado. En países como Alemania, donde la mayoría de los trabajadores está organizada, el partido político, cuando lanza una consigna, puede arrastrar consigo a grandes masas del proletariado. Sobre ese hecho se construyó el año pasado la teoría de la ofensiva del Partido Comunista de Alemania. En la situación actual, una consigna lanzada por una organización cualquiera no encuentra eco en la masa si no corresponde a una tensión revolucionaria. El movimiento de las masas en Francia tiene que adoptar el carácter de un movimiento elemental, pero ese movimiento elemental no se producirá con más facilidad porque exista un acuerdo entre el Partido Socialista y el Partido Comunista, pues la lucha tendrá que emprenderla de todos modos el Partido Comunista solo.

La táctica del frente único tiene todavía otro aspecto que, pese a mis grandes esfuerzos, hasta hoy no consigo entender del todo. Hablo del gobierno obrero.

El camarada Thalheimer90 tuvo en su día la amabilidad de explicarme en cinco o seis páginas en qué consistía el gobierno obrero. Pero tengo la cabeza dura, no lo he comprendido. El camarada Rádek me dio una explicación todavía más detallada, que tampoco he entendido. Ya se ve que soy duro de mollera. Pero hago esfuerzos enormes por comprender, y pregunto qué es en realidad el gobierno obrero. Se nos dice que no es la dictadura del proletariado, que es algo intermedio entre la dictadura del proletariado y la situación actual.

Al mismo tiempo se nos dice que el gobierno obrero no se apoya en el Parlamento. Pues bien, yo pregunto: ¿en qué se apoya? Probablemente me dirán ustedes que se apoya en las masas. Pero «las masas» es una expresión imprecisa, y habría que saber qué hay detrás. Si por ello se entiende la organización de las masas, si se trata de los consejos obreros, y si se dice que el gobierno obrero tiene que apoyarse en los consejos obreros y en los consejos de fábrica, estamos completamente de acuerdo. Pero en ese caso la consigna del gobierno obrero significa: todo el poder a los soviets, todo el poder a los consejos obreros. En ese caso no veo ninguna diferencia esencial entre el gobierno obrero y la dictadura del proletariado. Si, en cambio, ese gobierno obrero tiene que apoyarse en una mayoría parlamentaria, eso ya es algo muy distinto. En ese caso la consigna del gobierno obrero adquiere un carácter político completamente distinto.

El camarada Zinóviev nos dice: la consigna «gobierno obrero» no es una consigna general. No vale para todos los países. Es una posibilidad histórica. Creo que también dijo que el gobierno obrero va unido a la existencia de consejos obreros.

¿Cómo hemos de explicarnos la consigna, lanzada en Francia, de un gobierno obrero Blum-Frossard91? Todo el mundo sabe que en Francia todavía no hay consejos obreros y que la mayor parte de nuestros militantes, por no hablar de la masa desorganizada, ni siquiera sabe todavía lo que significan los consejos obreros.

(Interrupción de Rádek: ¡Gracias al partido!) Desde luego; pero tienen que hacernos la justicia de reconocer que nuestro grupo fue el primero en luchar en ese sentido. (Interrupción de Lauridan: ¿Y la CGT Unitaria?) La consigna de un gobierno obrero Blum-Frossard la discutió un camarada de la izquierda, nuestro camarada Planchon, de la Federación del Sena, que propuso una enmienda a la moción Frossard-Souvarine. En dicha moción se dice que la consigna capaz de mover en el futuro a las masas a la insurrección es la de un gobierno obrero Blum-Frossard, y que, como en Francia no hay consejos obreros, el gobierno Blum-Frossard tendría que apoyarse entretanto en una mayoría parlamentaria.

Creo que esta concepción del gobierno obrero, considerada desde el punto de vista comunista y revolucionario, es una aberración.

Se nos dice que la consigna del gobierno obrero Blum-Frossard no debe ser una consigna concreta, que haya de realizarse de inmediato, sino que tiene que estar hecha de tal manera que sirva para llevar a las masas obreras francesas a una acción poderosa. Esto debe de ser algo parecido a los viejos mitos sociales que predicaba Sorel92. Recuerda un poco al mito de la «huelga general» que él proclamaba. El valor que una consigna tiene para el movimiento político, para el movimiento de masas de un país dado, hay que estimarlo por la influencia que ejerce sobre la política y la táctica de las masas obreras.

¿De qué manera? De manera concreta. Si en Francia se lanzara la consigna de un gobierno obrero Blum-Frossard en la interpretación de Planchon, eso llevaría sencillamente a dar al parlamentarismo un nuevo apoyo, a reanimarlo con nuevas fuerzas. En Francia no hay consejos obreros. Un gobierno obrero tiene que apoyarse en una mayoría. Habría que trabajar con todas las fuerzas para que el Parlamento tuviera una mayoría socialista, no comunista, sino, en general, una mayoría de representantes del pueblo.

Ya vemos adónde nos lleva esto. Nos lleva al cretinismo electoral y a la resurrección del parlamentarismo. Por eso decimos que lanzar la consigna de un gobierno obrero Blum-Frossard sería peligroso en la situación actual del partido francés y llevaría a redorar el blasón de los reformistas que todavía se encuentran en nuestro partido. Esta es una de las razones que nos llevan a oponernos a la táctica del frente único.

El frente único tiene que ser una consigna de acción. Hay que tener claro lo que en el Partido Comunista Francés se llama una acción. Acción significa en el Partido Comunista Francés: ¡escribir artículos! (Varias voces: ¡Muy bien!) Pronunciamos discursos en el Parlamento, pero mantenemos sin cambios los métodos del Partido Socialista Unificado.

El pasado que pesa sobre buena parte de los partidos comunistas de Europa occidental pesa doblemente sobre el Partido Comunista Francés. Naturalmente, no queremos rechazar la participación en las elecciones. No queremos rechazar los métodos de la lucha pacífica. Pero todos esos métodos de lucha solo pueden tener valor, ejercer influencia y ser vigorosos si están destinados a desencadenar acciones de masas. Todas las formas de lucha del proletariado queremos considerarlas desde el punto de vista de la acción de masas. El objetivo de nuestra acción tiene que ser la acción de las masas obreras, la acción de las capas profundas del proletariado.

Quienes en el partido francés proclaman la acción de las masas todavía están en minoría, y sabemos que, si se proclama la táctica del frente único en la interpretación que se le ha dado en Francia, donde se la considera una táctica electoral, eso se volvería sobre todo contra los mejores elementos revolucionarios del partido francés.

Se nos objetará: queréis la acción de las masas; queréis con esa consigna mover a las masas proletarias a salir a la calle, pero sabéis que los reformistas no quieren participar. Quieren intentar, sí, una acción conjunta con nosotros, pero solo una acción pacífica, una acción parlamentaria, mítines comunes con peticiones comunes. En cuanto se trata de acciones de masas, no participan.

Así pues, si quisiéramos predicar la acción de masas al partido francés, que todavía no es un partido auténticamente comunista, la responsabilidad del fracaso de la acción recaería sobre el partido. Si proclamáramos la táctica del frente único sin garantías, eso significaría dar nueva fuerza a los elementos reformistas y oportunistas del partido.

Por desgracia, hay que constatar que los elementos reformistas y oportunistas son cada vez más numerosos en el partido y en la Internacional. La descomposición de la Internacional Dos y Media tiene lados buenos, pero también tendrá lados malos. Uno de esos lados malos es que un gran número de afiliados de la Internacional Dos y Media, al ver el fiasco de esta, se pasarán con armas y bagajes al Partido Comunista.

Vemos que nuestro querido camarada Serrati93 ya se encuentra en esta sala, por ahora todavía como invitado, pero probablemente pronto pertenecerá también a nuestra gran familia. Y después de Serrati vendrán otros. Vendrán al movimiento comunista y traerán a ese movimiento sus viejos prejuicios, sus viejos métodos de lucha, sus métodos socialdemócratas. Por eso tenemos que comprender bien que el mal no está a la izquierda, sino a la derecha. El camarada Rádek ya lo ha hecho constar.

Pero la izquierda siempre habla demasiado. El centro nunca dice nada, y la derecha tampoco; pero en la práctica siguen con su pequeño juego, con su trabajo oportunista.

Precisamente porque en el Congreso de París94 se criticó a la izquierda, el papel principal de este congreso consistirá en prevenir los extravíos que vienen de la derecha. El camarada Rádek lo ha señalado con mucho acierto.

Cuando la situación era todavía tal que se podía contar con sacudidas revolucionarias, lo que se llamaba el inoportunismo de la izquierda era una tendencia que había que eliminar.

Pero el inoportunismo de la izquierda, mientras no recuerde a la escuela holandesa y no se aleje por completo de las masas, no es ningún peligro.

Lo contrario vale para el oportunismo de derecha, que ha descompuesto al Partido Socialdemócrata alemán. Si en un congreso no se previene el oportunismo de derecha, se acrecienta con ello el poder de los elementos reformistas que todavía se encuentran en nuestra Internacional Comunista.

Hay que dejar claramente sentado lo que nosotros, por nuestra parte, tenemos que emprender por las reivindicaciones cotidianas de la clase obrera.

¿De qué manera tenemos que luchar por esas reivindicaciones? Creo que la Internacional debería declarar con claridad que los comunistas, cuando emprenden la lucha por las reivindicaciones cotidianas, no tienen derecho a dejar ni por un solo instante de criticar el valor objetivo de esas reformas. Por mucho que los comunistas luchen por una reforma, tienen que dejar claro que esa reforma no puede en modo alguno procurar alivio a la clase obrera. Tienen que dejar claro que el juego del sistema capitalista puede anular la reforma si no se sacude en sus cimientos el propio orden capitalista. Tampoco debe el movimiento comunista anclarse en una lucha por unas cuantas reformas dadas, sino que, en cuanto empieza la lucha por la reforma, tiene que intentar arrastrar a la lucha a todas las capas de los trabajadores.

El partido tiene que esforzarse por tomar la dirección de la lucha y transformarla en una lucha contra la base de la sociedad actual.

Por eso hemos llegado a la opinión de que las teorías proclamadas en Francia por Treint95, según las cuales arrancar hoy una reforma a la burguesía equivaldría a la revolución, significaría tanto como hacer saltar por los aires todo el edificio de la sociedad burguesa, son peligrosas para el movimiento obrero, tanto desde el punto de vista práctico como desde el teórico.

El camarada Zinóviev dijo que yo, que emprendí una campaña por la convocatoria de los congresos nacionales antes de los congresos internacionales, debería estar curado de ello por el triste espectáculo que hoy ofrece el Partido Comunista Francés. No soy de esa opinión, porque el Partido Comunista se les ha mostrado a ustedes precisamente ahora a su verdadera luz. Ahora es cuando van a conocerlo: ahora que saben cómo transcurrió el Congreso del partido en París, podrán ver con claridad qué pueden esperar de este partido.

La situación es clara. Ahora saben ustedes de qué manera hay que dirigirse al partido francés.

A mi juicio, el Congreso de París no ha causado ningún daño al comunismo francés ni a la Internacional.

Como ustedes bien saben, nuestra corriente ha combatido ciertas formas de la táctica del frente único. No obstante, declaro aquí en nombre de todos mis amigos que estamos dispuestos a respetar y aplicar todas las decisiones del IV Congreso de la Internacional. Si el IV Congreso de la Internacional nos da la orden de aplicar en la práctica la táctica del frente único, si el IV Congreso Mundial nos indica en qué forma hemos de aplicar esa táctica, lo haremos según nuestro mejor saber.

Pero sabemos que en el Partido Comunista Francés sigue habiendo elementos que han aceptado la táctica del frente único única y exclusivamente porque esa táctica significa para ellos el primer paso hacia el restablecimiento de la unidad. Nos opondremos siempre a esos elementos. Entre esos elementos y nosotros habrá una lucha a vida o muerte. Si el partido francés acepta la táctica del frente único, tiene que depurarse a sí mismo, tiene que expulsar de sus filas a todos los elementos reformistas y confusionistas.

Solo con esta condición llegará a ser un auténtico partido comunista, digno de la Internacional Comunista. (Aplausos.)

Bordiga (Italia): El camarada Zinóviev ha recordado, para reafirmarlos, ciertos principios que estableció el III Congreso y que el partido italiano aprueba.

El primero se refiere a la interpretación de la situación del capitalismo. Existe una crisis que no es pasajera, que significa la decadencia del capitalismo mismo, una crisis que puede calificarse de crisis definitiva.

El segundo punto establece que, para hacer posible la victoria revolucionaria en esta situación, es necesario que el Partido Comunista extienda su influencia sobre las grandes masas. Esto puede lograrse participando en las luchas por todos los intereses concretos de la clase obrera.

Los comunistas italianos no han apoyado, ni en la teoría ni en la práctica, un método putschista, ni se han hecho la ilusión de poder conquistar el poder con un pequeño partido revolucionario. Simplemente no aceptan esa fórmula de la «mayoría» de la clase obrera, que es indeterminada y arbitraria. Es indeterminada porque no nos dice si se trata exclusivamente del proletariado o también de las capas semiproletarias, de todos los organismos políticos o sindicales. Esta fórmula nos parece también arbitraria en el sentido de que la relación de fuerzas puede muy bien hacer imposible el ataque revolucionario incluso en una situación en la que tengamos la mayoría; del mismo modo que, por otra parte, no está excluido que el ataque sea posible antes de que hayamos conquistado esa mayoría.

Nuestra opinión sobre las tareas de la Internacional y sobre el informe presentado por el camarada Zinóviev es que la Internacional no ha resuelto hasta ahora de la manera más afortunada el gran problema táctico. Habitualmente se reconoce a la tendencia de izquierda por la confianza que alberga en un próximo estallido de la revolución. Pues bien, yo soy en este aspecto algo más pesimista que el camarada Zinóviev.

Si la existencia de una gran crisis capitalista es un presupuesto objetivo absolutamente necesario para la revolución, hay que constatar, sin embargo, que las condiciones subjetivas para la existencia de una Internacional Comunista fuerte y para su influencia sobre las masas se ven en cierto sentido amenazadas por la influencia directa de la crisis sobre las organizaciones económicas obreras, sobre los sindicatos y organizaciones semejantes, que podemos llamar las organizaciones «originarias», naturales, de la clase obrera, y sobre las cuales repercute inmediatamente la evolución de la situación objetiva. La manera más inmediata de ganar a las masas consiste en un intenso trabajo sindical. La crisis económica y el paro hacen más difícil esta tarea. La solución que los oportunistas dan a este problema es que habría que esperar un nuevo florecimiento capitalista antes de emprender la emancipación del proletariado.

En efecto, si uno quisiera atenerse a una solución clásica, habría que conquistar para el partido revolucionario, durante el periodo de prosperidad del capitalismo, la mayor influencia posible, a fin de poder arrastrar a las organizaciones económicas al terreno de la acción revolucionaria en el momento en que estalle la crisis. Eso es lo que han impedido los oportunistas. Pese a ello, la Internacional Comunista no deja de proponerse como tarea la movilización revolucionaria del proletariado mundial.

Este problema se plantea actualmente en condiciones difíciles, pero que no deben considerarse insuperables. A mi juicio, pese a la excepción que constituyen momentáneamente ciertos países, la situación económica empeorará en general y traerá consigo el paro y el retroceso de los sindicatos.

El descontento crecerá, a causa del peligro de nuevas guerras, no solo en el proletariado, sino también en las clases semiproletarias. Dar a este descontento caótico una forma apta para la lucha revolucionaria: ese es el gran problema. La Internacional busca la solución de este problema en la explicación de las condiciones mismas creadas por la ofensiva del capital: de ahí nació la táctica del frente único.

En líneas generales, aceptamos el espíritu de esta táctica. Las reservas que hacemos, y que afectan también al trabajo general de dirección de la Internacional, se desprenderán de algunas consideraciones que vamos a exponer ahora.

Si la conquista de las masas es para nosotros el objetivo principal, eso no quiere decir que haya que realizarla forzosamente en un desarrollo mecánico constante, ni tampoco que en un momento dado haya que encontrar forzosamente una salida para avanzar a grandes etapas hacia esa conquista. Es posible que durante cierto tiempo uno se encuentre en la situación de no ver crecer al partido, pero que, pese a ello, realice entretanto un trabajo tal que nos dé la seguridad de que seremos capaces de adueñarnos de las masas en un momento posterior. Zinóviev ha dicho que ciertas secciones de la Internacional han visto crecer su influencia a pesar de una disminución de sus efectivos.

La conquista de las masas no debe interpretarse exclusivamente en el sentido de las oscilaciones estadísticas. Es un proceso dialéctico. Este proceso está determinado ante todo por la evolución de las condiciones sociales objetivas, y nuestra iniciativa táctica solo puede acelerarlo dentro de ciertos límites o, para ser más claro, en ciertas condiciones que consideramos presupuestas. Nuestra iniciativa táctica, es decir, la habilidad del partido en la acción, solo repercute en los fenómenos que se desarrollan en la psicología del proletariado, y empleo la expresión «psicología» en el sentido más amplio, referida a la consciencia, al estado de ánimo, a la voluntad de lucha de la masa obrera. Debemos recordar aquí que, como muestra toda nuestra experiencia revolucionaria, hay dos factores que desempeñan un papel de primer orden: una completa claridad ideológica en el partido y una perseverancia estricta y hábil en la construcción y en la organización. Pues bien, decimos que, en el camino hacia la verdadera conquista de las masas, que se expresa en la agrupación de nuevas capas del proletariado en torno a un partido capaz de la acción revolucionaria, es un mal negocio permitir que esas condiciones se vean comprometidas para conseguir una mejora aparente en el partido. La capacidad para la acción revolucionaria exige una preparación que nunca puede improvisarse y que consiste en los factores ya mencionados, es decir, en la claridad de la doctrina y en la firmeza de la organización.

Sentado esto, decimos que seguimos plenamente la línea de la Internacional cuando se propone, como se ha hecho entre el III y el IV Congreso (como lo hizo nuestro partido el primero, incluso antes del regreso de su delegación del III Congreso), sacar todo el provecho del fenómeno general de la ofensiva capitalista para arrastrar con el Partido Comunista a las masas de la clase obrera que aún van a la zaga de la socialdemocracia o están dispersas. No repetimos aquí el análisis de las causas y del carácter de la ofensiva burguesa, a la que la clase dominante se ha visto obligada precisamente por el hecho de que la crisis es inevitable. Un punto especial del orden del día trata esta cuestión, y al examinar el fascismo italiano podremos indicar de qué manera la burguesía lleva a cabo la aplicación simultánea de todos sus métodos de defensa contrarrevolucionaria.

La ofensiva patronal hace surgir reivindicaciones políticas y económicas que interesan directamente al conjunto de los trabajadores y que ofrecen al Partido Comunista una ocasión favorable para apoyar la acción unitaria de la clase obrera y para demostrar con hechos que los demás partidos proletarios son incapaces de defender siquiera los intereses inmediatos del proletariado. Todo ello tiene el doble efecto revolucionario de poner obstáculos al plan de reconstrucción del capitalismo amenazado y de aumentar la influencia del Partido Comunista sobre la masa. Hemos dicho que en la aplicación de esta táctica tenemos presentes unos límites, límites ligados a la necesidad de no comprometer los demás factores de la influencia del partido sobre la masa y la disposición revolucionaria interna de sus miembros. Nunca debemos olvidar que nuestro partido no es un mecanismo rígido que manejamos sin más, sino un ser vivo sobre el que actúan factores externos y que puede transformarse según la dirección que demos a nuestra táctica. Por eso decimos que la formación de un órgano dirigente permanente compuesto por representantes de los distintos partidos proletarios está en contradicción con el principio de la táctica del frente único.

Por supuesto, hay que prepararse tanto para un rechazo como para una aceptación de una acción común por parte de los oportunistas. Pero la responsabilidad de la acción debe recaer en un órgano que surja de la masa obrera por mediación de sus organizaciones económicas y que, en principio, pueda ser conquistado por cualquier partido. De este modo, el Partido Comunista podrá someter a sí ese órgano y dar ejemplo poniéndose a la cabeza de la acción proletaria unitaria, pero no cargando ante las masas con la responsabilidad de las malas consecuencias de los métodos de acción dictados por una mayoría no comunista de las organizaciones proletarias; porque en el terreno de la conquista de una influencia sobre la masa y su psicología hay que contar con la responsabilidad y con las tradiciones del pasado de los partidos, de los grupos políticos y de los hombres a los que siguen las masas.

No se trata, pues, en modo alguno de excluir las cuestiones políticas del número de las reivindicaciones del frente único y de admitir solo las económicas; tampoco se trata de rechazar por principio, o por no sé qué sentimiento de «remilgo», negociaciones pasajeras incluso con los peores jefes de los oportunistas. Se trata únicamente de no poner en juego la preparación de la capa más amplia posible del proletariado para la situación revolucionaria, en la que la acción se desarrollará exclusivamente en el terreno de los métodos del Partido Comunista, a riesgo de llevar a todo el proletariado a una derrota; se trata de conservar para nuestro partido la plena posibilidad de seguir trabajando, durante el desarrollo del frente único, en todos los terrenos, en el encuadramiento de las fuerzas proletarias en su propio sentido. La táctica del frente único no tendría sentido si no se realizara el trabajo de organización de las masas durante los movimientos que el partido crea dentro de los sindicatos, de la fábrica, etc.

Afirmamos que existe el peligro de ver degenerar el frente único en un revisionismo comunista, y para evitarlo hay que mantenerse dentro de estos límites.

Pasemos al gobierno obrero. Si se nos confirma de nuevo, como ya se hizo en el Ejecutivo Ampliado de junio, que es «la movilización revolucionaria de la clase obrera para derribar la dominación de la burguesía», entonces somos de la opinión de que, en determinadas circunstancias, se puede aceptar presentar esta consigna como sustituto terminológico de la dictadura del proletariado. En todo caso no nos oponemos a ello, a no ser que esa necesidad de ocultar nuestro verdadero programa pudiera calificarse de demasiado oportunista. Pero si la consigna de «gobierno obrero» ha de suscitar en las masas obreras la impresión de que no 1) simplemente una situación política pasajera, o 2) la relación momentánea de las fuerzas sociales, sino el problema más importante de las relaciones entre la clase obrera y el Estado (ese problema sobre el que hemos fundado el programa y la organización de la Internacional) puede resolverse de otro modo que mediante la lucha armada por el poder y su ejercicio en forma de dictadura proletaria, entonces rechazamos este medio táctico, porque, a cambio del dudoso resultado de una popularidad inmediata, pone en peligro una condición fundamental de la preparación del proletariado y del partido para las tareas revolucionarias.

Se dirá quizá que el gobierno obrero no es lo que nosotros tememos; pero he de observar que he oído innumerables veces declaraciones sobre lo que el gobierno obrero no es, pero que todavía tengo que oír de boca del camarada Zinóviev o de otro lo que el gobierno obrero representa en realidad.

Si se trata de prever objetivamente la realización de un régimen de transición que precederá a la dictadura proletaria, entonces opino que, si la victoria proletaria no adopta una forma del todo decisiva, es más bien de esperar que el proceso conduzca, a través de los golpes de la reacción, a gobiernos burgueses de coalición, en los que probablemente participará directamente la derecha de los oportunistas, mientras que los centristas habrán desaparecido de la escena política después de haber representado su papel de cómplices y socialdemócratas.

En Alemania vemos, por ejemplo, que en vísperas de una crisis industrial general surgió en el movimiento de los consejos de fábrica el problema del control de la producción. Vemos aquí cierta semejanza con la situación italiana de septiembre de 192096, que precedió a una gran derrota proletaria. Si se produce un hecho revolucionario semejante, el Partido Comunista alemán debe prepararse para reconocer claramente, sin excepción, todas las tendencias oportunistas y para negar incluso el más modesto apoyo a esa consigna del control. O bien el Partido Comunista podrá desempeñar desde ese momento un papel independiente, o bien existe la posibilidad de que se desarrolle una situación contrarrevolucionaria que prepare un gobierno en el que el fascismo alemán tenga a su lado como colaboradores a los traidores de la socialdemocracia de derecha.

De todo ello se desprende que no podemos hacer completamente nuestros ni el proyecto de tesis del camarada Zinóviev ni las directivas de la actividad de la Internacional Comunista. Esto no se refiere solo a la táctica, sino también al trabajo de construcción de nuestra organización internacional.

Hemos oído cómo el camarada Zinóviev se queja de la falta de centralismo y de disciplina en nuestra acción internacional. Nosotros nos pronunciamos por un máximo de centralismo y de poder de los órganos centrales supremos.

Pero lo que puede asegurar la obediencia de toda la red de la organización a la iniciativa del centro dirigente no es solo un juramento solemne de disciplina; no son compromisos, aunque sean los más sinceros.

Tampoco lo es una aplicación formal y escrupulosa de la democracia interna y del control por parte de la masa de los afiliados: eso lleva casi siempre a la confusión. La garantía de la disciplina hay que buscarla en otra parte, y debemos recordar, con ayuda de la dialéctica marxista, de qué tipo es nuestra organización, que no es ni un mecanismo ni un ejército, sino un verdadero complejo unitario, cuyo desarrollo es, en primer lugar, un resultado y, en segundo lugar, un factor del desarrollo de la situación histórica.

La garantía de la disciplina solo puede residir en la delimitación precisa de los límites dentro de los cuales deben aplicarse nuestros métodos de acción, en la claridad de los programas, de las principales resoluciones tácticas y de las medidas de organización. La Revolución rusa ha proporcionado al movimiento revolucionario internacional las bases para la reconstrucción de su ideología y de sus organizaciones de lucha. Es una conquista inestimable, que más adelante producirá nuevos efectos en la medida en que se mantenga firme el lazo entre la Revolución rusa y el movimiento proletario internacional. Criticamos la tendencia a conceder demasiada libertad en las medidas de organización y en los medios tácticos, cuya elección debe quedar en manos del centro dirigente, precisamente porque nos aleja de estos objetivos. Esa elección debe quedar, lo repetimos, en manos del centro y no de las organizaciones nacionales, que pretenden juzgar mejor las condiciones particulares de su medio. Pero si ese derecho se concibe de manera demasiado amplia y el centro es a veces poco previsor, entonces se multiplicarán fatalmente los casos de indisciplina, que socavarán la construcción y el prestigio de la organización revolucionaria mundial. Somos de la opinión de que la organización de la Internacional debe ser todavía menos federativa en sus órganos centrales; estos no deben basarse en la representación de las secciones nacionales, sino surgir del congreso internacional.

Es completamente evidente que solo la Revolución rusa puede darnos la sede y el estado mayor de la Internacional Comunista, pero ese estado mayor debe, para dirigir con seguridad los movimientos de las fuerzas mundiales, determinar de acuerdo con ellas los planes de la estrategia revolucionaria proletaria, frente a los cuales no puede permitirse un solo caso de desobediencia.

Por desgracia, no faltan ejemplos de las malas consecuencias de una elasticidad excesiva y de un eclecticismo en la elección de los medios de lucha. La mala situación del partido francés es el ejemplo más elocuente. Y hay que mencionar el hecho muy llamativo de que todos los partidos que tienen de su lado una mayoría absoluta de los obreros políticamente organizados y que tienen su origen directo en los partidos socialdemócratas tradicionales atraviesan una crisis. Nos lo demuestran Francia, Checoslovaquia y Noruega. No podemos dejar de decir que, en cierto sentido, se comete un error voluntario, que consiste en considerar la Internacional de los partidos obreros como demasiado semejante, en su construcción, a las organizaciones estatales y militares.

Al querer encontrar a toda costa medios decisivos para obtener grandes éxitos revolucionarios, quizá se haya emprendido un camino que, a través de crisis que estallan sin que ninguna de las fuerzas de que disponemos pueda impedirlas, nos aleja demasiado de resultados seguros y firmes; es posible también que nos sorprendan virajes decisivos y nos pongan ante cuestiones difíciles. No afirmo que esta experiencia no haya sido necesaria en cierto sentido; me permito solo aportar aquí una contribución que no es fruto de reflexiones abstractas, sino que procede de la experiencia de un partido que mantiene su puesto en la lucha en el frente común.

Nuestra Internacional se considera con demasiada frecuencia como algo que se encuentra fuera de los partidos que pertenecen a ella: a veces esos partidos, o fracciones de esos partidos, se permiten con ella una discusión polémica que a menudo es pública e injuriosa. La Internacional se ve obligada a crear dentro de los partidos fracciones que se plieguen a sus instrucciones, lo cual me parece absurdo y peligroso.

Nos vemos obligados a resolver demasiadas cuestiones de organización y de disciplina en el momento mismo en que constatamos que el adversario desencadena una reacción tal que las negociaciones y todo el procedimiento necesarios en tales casos se vuelven prácticamente imposibles.

Concluyo con la consigna que el propio Zinóviev ha lanzado: ¡Seamos un verdadero partido comunista internacional, firmemente centralizado, impregnado del espíritu de la lucha revolucionaria!

Observo además que en un partido así no se introducirían cambios en la estructura y en la organización para esta o aquella región, que nunca se verían en sus congresos nacionales delegados de un distrito que no estuvieran de acuerdo con las reglas generales de la organización.

En el partido comunista internacional centralizado poseeremos efectivamente esa unidad indispensable de pensamiento y de acción frente a la cual toda negativa a la disciplina será castigada como una traición.

Graziadei97 (Italia): Hablo en nombre de la minoría del Partido Comunista de Italia. No queremos ocuparnos ya tanto de la cuestión italiana. Para eso hay una comisión. Nos ponemos de muy buen grado a disposición de esa comisión, que sin duda estudiará todas las peculiaridades de nuestra situación política. Si, una vez terminado el trabajo de esa comisión, tuviéramos algo que añadir, pediremos naturalmente la palabra al congreso.

Por el momento nos atenemos a las tesis y al orden del día propuesto al congreso.

El informe del camarada Zinóviev consta de dos partes.

Sobre la primera ya se han presentado al congreso propuestas de resolución. Debo declarar en nombre de la minoría que desde este momento estamos dispuestos a aprobar esas resoluciones.

En lo que respecta a la cuestión italiana, declaramos que, en nuestra opinión, la Internacional Comunista ha procedido en general correctamente respecto de la situación de nuestro país y de nuestro partido. Naturalmente, nos reservamos negociar sobre las condiciones y garantías con arreglo a las cuales habrán de llevarse las relaciones futuras entre el Partido Comunista y el Partido Socialista Italiano.

La segunda parte del informe del camarada Zinóviev es para nosotros la más interesante, porque toca los problemas fundamentales de la táctica de la Internacional Comunista.

Debo recordar que, en el terreno de la táctica, el Partido Comunista de Italia presentó unas tesis en su congreso de Roma98. El Ejecutivo Ampliado del pasado mayo declaró que esas tesis no eran correctas y que debían someterse a revisión. Esa opinión ya había encontrado apoyo en la minoría del congreso de Roma.

La revisión exigida no se ha producido en realidad.

Al contrario, los camaradas de la mayoría opinan —y están en su perfecto derecho— que esas tesis son tan buenas que ahora las han presentado por segunda vez al congreso por boca del camarada Bordiga.

Sobre el problema del frente único, creo que sería ridículo abrir todavía un largo debate teórico un año después de lanzada esta consigna. El frente único constituye un medio para llegar a las capas más amplias de la clase obrera.

Desde este punto de vista me resultan incomprensibles los recelos del camarada Bordiga, que en nombre de la aritmética pregunta qué es la mayoría. La cuestión de la mayoría no es una mera cuestión retórica. Es una cuestión que debe considerarse desde puntos de vista diversos y que se complementan entre sí. Y depende exclusivamente de la habilidad de los dirigentes políticos de cada país establecer si el partido es ya un partido de masas y si tiene o no la fuerza para emprender determinadas acciones.

En general, el frente único es un instrumento con el que se pueden ganar las capas más amplias de la clase obrera, y además en el plazo más breve.

Muchos camaradas no conceden suficiente importancia al problema del tiempo. Y esa es la razón por la que el tiempo se vuelve ahora contra nosotros.

¿Cuáles son las formas del frente único? Con permiso del congreso, afirmo que hay dos formas del frente único. Una es aquella mediante la cual un partido comunista se esfuerza por fusionar con su propia organización a grupos obreros que pertenecían antes a partidos socialistas y que ahora se acercan, o creen acercarse, al ideal comunista. Admito que esta primera forma es especialmente peligrosa, y que a veces, con la intención de crearse una situación aparentemente mejor, se corre el peligro de provocar un estado de la organización que con el tiempo no hace más que empeorar en lugar de mejorar.

Sin embargo, no se puede desechar una táctica solo porque encierre peligros. Toda la vida está hecha de peligros. Pero el Partido Comunista es un partido de combate y no debe renunciar a los métodos de lucha con el pretexto de que esos métodos entrañan dificultades.

En las tesis del Partido Comunista de Italia se declara que el Partido Comunista solo debe admitir, en todos los países del mundo, adhesiones individuales. Casi lo mismo ha dicho el camarada Bordiga. Este es uno de los puntos formales de las tesis que la minoría combatió ya en el congreso de marzo del partido italiano. Si esta tesis hubiera de aceptarse realmente en sentido absoluto, en todos los países y para todos los tiempos, daríamos la impresión de que los partidos comunistas son incapaces de alcanzar su objetivo, es decir, de conquistar la mayoría de la clase obrera.

Si hay partidos socialistas en los que hay obreros, debemos tener la esperanza de ganarlos para nosotros. Y si los ganamos para nosotros, debemos admitirlos en grupos y en modo alguno individualmente, precisamente porque han sido organizados por otro partido y traen consigo un capital moral, y a menudo también financiero. Ya por razones de su consciencia política es imposible exigirles que se adhieran como individuos aislados.

En Italia, como ocurrió hace año y medio en Alemania, se planteó la cuestión de admitir algunas fracciones de los antiguos partidos socialistas, y esa cuestión sigue planteada. Me pregunto si fue una desgracia o una suerte para el Partido Comunista de Alemania que se admitiera a la izquierda de los independientes99. Creo que ahora puede decirse en general que esa manera de proceder ha sido muy provechosa para el Partido Comunista alemán, aunque en ciertos momentos habría habido que prevenir y combatir los peligros de esa operación.

En Italia se produce una situación en cierto modo análoga. El Partido Comunista de Italia, con una concepción demasiado servil y absoluta, declaró que el Partido Socialista Italiano no se escindiría jamás. Lo creyó hasta el último momento. Pese a ello, el Partido Socialista Italiano se ha escindido100. Eso es indiscutible.

En un país donde faltan los caracteres firmes, no puede afirmarse con seguridad que los maximalistas se hayan hecho ya comunistas. Me guardo muy bien de sostener semejante disparate. Digo solo que la escisión entre los maximalistas y los reformistas es un hecho significativo, que contradice las previsiones de la mayoría del partido, así como sus deseos, y que este hecho nos pone ante uno de los problemas más difíciles del frente único.

Pasemos a la segunda forma del frente único, aquella en la que no se trata de llevar al Partido Comunista nuevos elementos obreros que antes pertenecían a partidos socialistas, sino en la que el Partido Comunista, aun conservando celosamente su independencia de organización, se esfuerza sin embargo por entablar negociaciones con los demás partidos obreros y con las cooperativas y por aliarse temporalmente con ellos para moverlos a acciones comunes, procurando siempre el Partido Comunista mantener intactas su libertad y la peculiaridad de su organización.

Incluso en esta forma de la táctica del frente único la mayoría de nuestro partido, a mi juicio, ha cometido errores. Sin duda, el Partido Comunista de Italia estaba de buena fe convencido de haber aceptado el espíritu de la táctica del frente único en esta segunda forma. Señalo además que el Partido Comunista de Italia fue uno de los primeros que lanzaron la consigna del frente único, en un sentido muy incompleto, pero antes aún de que se convirtiera en la consigna de la Internacional Comunista.

¿En qué consiste, pues, a nuestro juicio, el error que ha cometido la mayoría del Partido Comunista de Italia en esas tesis sobre el frente único y en la aplicación del frente único en su segunda forma?

No hay dificultades solo en la primera forma del frente único, sino también en la segunda. La vida misma nos pone siempre dificultades en el camino. ¿Acaso el matrimonio no está también lleno de dificultades? (Risas.) Y, sin embargo, se contrae. Pues bien, igual que en el matrimonio, también en esta táctica hay dificultades. Bordiga cree poder eliminarlas por una vía mecánica y artificial. Hace distinciones. No queremos el frente único con los partidos, pero lo deseamos con los sindicatos, porque los sindicatos son el producto más natural de la clase obrera y porque en los sindicatos podemos movernos con más libertad y comprometernos menos. Olvida que con los sindicatos van unidas tantas dificultades como con los partidos. Allí hay tantos socialdemócratas como en los partidos. (Aplausos.)

Las distinciones del camarada Bordiga no resisten, pues, la prueba de la realidad. En los sindicatos surgen las mismas dificultades que se creía evitar en los partidos.

Es verdad que hay una diferencia natural entre los sindicatos y los partidos. Pero el problema del frente único es un problema tanto económico como político, e incluso un problema político del tipo más difícil. También por esta razón es del todo imposible distinguir entre los sindicatos y el partido en lo que respecta a la táctica del frente único.

El camarada Bordiga ha dicho: estamos en contra de la formación de un órgano permanente compuesto por socialdemócratas y comunistas. Pero el frente único no significa en modo alguno la formación de un órgano permanente de ese tipo. Muy al contrario, el frente único significa toda una serie de rupturas de negociaciones y de nuevos intentos de acercamiento.

No se puede, por tanto, considerar el frente único como una unión permanente que deba durar hasta la última lucha de los socialdemócratas con los comunistas. Una unión de ese tipo equivaldría al suicidio para la táctica comunista del frente único.

Pero la táctica del frente único limitada a los sindicatos en los que hay comunistas sería en todo caso insuficiente, incluso desde el punto de vista sindical. Hay sindicatos en los que no tenemos un solo camarada, por ejemplo los sindicatos cristianos o católicos, que en algunos países, y también en Italia, son muy numerosos.

Para estar en contacto con los sindicatos —lo que en ciertos casos es necesario para la realización del frente único— hay que negociar con sus dirigentes políticos.

La táctica del frente único se ha proclamado en Italia de una forma tan abstracta y doctrinaria que todavía no ha adquirido formas concretas para la vida cotidiana.

Consideremos la concepción del gobierno obrero. Después de asistir a las sesiones del Comité Ejecutivo Ampliado del mes de mayo, el camarada Bordiga y yo regresamos a Italia. Hice todo lo que estaba en mi mano para explicar a los camaradas lo que era el gobierno obrero. Seguramente la culpa fue exclusivamente mía, pero estoy firmemente convencido de que los camaradas no entendieron nada de todas mis explicaciones (Risas).

Pues bien, si el concepto de frente único tiene ya una claridad que hace ilusorio cualquier intento de seguir discutiéndolo teóricamente, creo que también la idea del gobierno obrero ha encontrado ahora su expresión acabada.

Nunca he compartido la opinión del camarada Zinóviev, que al principio parecía creer que el gobierno obrero era un sinónimo de la dictadura del proletariado. Observo con satisfacción que esta concepción ha sido corregida por él mismo y por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. En nuestra opinión, el problema se plantea así: en los países donde existe para la clase obrera la posibilidad de conquistar el poder, el gobierno obrero es el resultado del frente único.

En efecto, una parte de la clase obrera que se encuentra todavía bajo la influencia de la socialdemocracia no cree todavía, por el momento, en la dictadura del proletariado. Para llevarla a tomar el poder hay que contentarse con la fórmula del gobierno obrero.

Se puede admitir la posibilidad histórica de que el gobierno obrero sea una etapa real entre el gobierno burgués y la dictadura del proletariado. En ese caso es muy posible que el gobierno obrero tenga todavía formas parlamentarias.

Esta posibilidad es una de las causas que tanto dificultan a muchos camaradas la comprensión del gobierno obrero. En Italia, donde la antigua fracción antiparlamentaria del Partido Socialista desempeña un papel tan enorme en la formación y en la organización de nuestro Partido Comunista, esa dificultad es típica. Muchos de nuestros mejores camaradas se asustan tanto de la idea del gobierno obrero precisamente porque temen la forma parlamentaria.

Pero en eso hay un gran error; se lo he dicho siempre a la mayoría de mi partido.

En un país donde una gran parte de la clase obrera está todavía influida por las ideas democrático-burguesas o semiburguesas, bien puede ocurrir que el gobierno obrero se apoye durante cierto tiempo, por una parte, en una organización sindical, a la que hay que esforzarse por dar una importancia política cada vez mayor, y, por otra, en formas todavía parlamentarias. No podemos rechazar el gobierno obrero solo porque durante algún tiempo pueda tener formas parlamentarias. Sería un gran error. En Rusia, después de la revolución de marzo, los comunistas hicieron todo lo posible para aumentar constantemente el poder político de los soviets, en los que aún eran minoría, y, sin embargo, no abandonaron el parlamento, donde el gobierno era simplemente socialdemócrata. En Alemania, tras la caída del Imperio, hubo a la vez un parlamento y soviets.

Por supuesto, los comunistas deben mantener siempre ante los obreros la afirmación de que un verdadero gobierno obrero solo puede formarse y consolidarse mediante la lucha armada contra la burguesía y bajo el control creciente de las organizaciones de clase. Además, deben subrayar siempre que, si no se llega cuanto antes a la dictadura del proletariado, el gobierno obrero no podrá resistir los ataques de la burguesía.

Quisiera terminar mi discurso con unas palabras sobre la última parte del discurso del camarada Bordiga.

Nuestro camarada Bordiga ha pedido a la Internacional Comunista una disciplina cada vez más estricta. Suscribimos plenamente esta parte del discurso del camarada Bordiga. Pero pedimos encarecidamente a nuestros camaradas de la mayoría del partido italiano que no consideren la disciplina solo como una cuestión formal, sino que hagan de toda la práctica de la Internacional Comunista una realidad viva en la vida cotidiana del partido (Aplausos).

Presidente: Antes de traducir el discurso del camarada Graziadei, quisiera señalar que la lista de oradores es todavía larga. Tendremos que trabajar más intensamente para llegar al final. Por eso el Presidium propone celebrar una sesión de noche a las 7 y dejar el día de mañana a disposición de las distintas comisiones. ¿No hay objeciones? (Aprobado.)

Se levanta la sesión a las 4 de la tarde.

Quinta sesión, sábado 11 de noviembre de 1922

Continuación del debate sobre el informe del CE de la IC.

Oradores: Humbert-Droz, Michalkowski, Murphy, Haakon Meyer, Bujarin, Carr, Faure.

Apertura: 7.30 de la tarde.

Preside: Kolárov.

Presidente: Doy la palabra al camarada Humbert-Droz, que leerá algunos mensajes de saludo que el Presidium considera lo bastante importantes como para comunicarlos al congreso.

Humbert-Droz:101 El Presidium del congreso ha recibido de todas partes de Rusia y del mundo entero cerca de mil mensajes de saludo. No podemos leer aquí todos los mensajes. Hay, sin embargo, dos entre ellos que al Presidium le han parecido especialmente importantes: 1) la felicitación del Soviet de diputados obreros, campesinos y soldados rojos de Vladivostok a los proletarios del mundo entero (Aplausos). (Lee:)

¡Camaradas! Iluminados por la estrella roja de los soviets, os enviamos desde la costa del océano Pacífico nuestro saludo proletario. Tras cuatro años infinitamente duros de intervención japonesa y del espantoso desenfreno de los guardias blancos, hoy se ha reunido en Vladivostok liberada el Soviet de diputados obreros, campesinos y soldados rojos102. Los innumerables sacrificios de los trabajadores de Rusia no han sido en vano. Tras una larga y sangrienta lucha, el Ejército Rojo se ha adueñado del último palmo de tierra rusa que hasta ahora estaba en poder de los mercenarios del militarismo japonés. El proletariado del Territorio del Litoral ha saludado con entusiasmo su liberación y ha marcado con su maldición a las Centurias Negras103, que han huido cobardemente.

Por primera vez el poderoso ejército obrero y campesino ha desfilado con sus banderas victoriosas por las calles de la ciudad libre. En su marcha triunfal se expresaba el poder de la clase obrera de la Rusia soviética y del mundo entero, que es unida e invencible, y la aparición de sus filas compactas y férreas en la ciudad que los intervencionistas habían abandonado apenas unas horas antes despertó en los corazones de los trabajadores la convicción inquebrantable de que el duro tiempo del terror había pasado. Ahora que los intervencionistas se han marchado y que el ejército campesino ha tomado posesión de Vladivostok, los trabajadores ya no necesitan el Estado tapón de la República del Extremo Oriente, que hubo de formarse necesariamente en 1920 para evitar un choque entre la Rusia soviética, todavía no consolidada, y el imperialismo belicoso. Sabéis, camaradas, cómo ha crecido la Rusia soviética en fuerza y en firmeza en los dos últimos años, qué éxitos ha alcanzado en el terreno internacional. Habéis visto cómo los delegados de la Rusia soviética defendieron los intereses de su Estado en Génova y en La Haya. Sabéis que los planes de anexión de Japón fueron frustrados en la conferencia de Dairen y de Changchun104. La Rusia soviética se ha fortalecido gracias a un entusiasmo sin igual en toda la historia de la humanidad y a una tensión creadora de todas las fuerzas de los proletarios y de los campesinos. Las intrigas de sus innumerables enemigos han sido desbaratadas, la desgracia elemental de la ruina ha sido vencida, la política japonesa de anexión se ha estrellado contra la resistencia del pueblo ruso, contra los disturbios en el propio Japón y contra la presión de las grandes potencias vecinas, que no tienen interés alguno en el crecimiento de la influencia japonesa. La liberación del Territorio del Litoral se ha producido bajo el signo de la reunificación definitiva de todos los territorios separados de la Rusia soviética, y el proletariado de Vladivostok ha comprendido en toda su grandeza la tarea que se le plantea y ha manifestado su voluntad inflexible de unir a la madre patria el Territorio del Litoral, desgarrado por la intervención y por los bandidos blancos. Gracias a la iniciativa revolucionaria de los trabajadores de Vladivostok, el 5 de noviembre de este año se celebraron en todos los sindicatos de Vladivostok las elecciones al Soviet de diputados obreros. El campesinado de las provincias y el Ejército Rojo se han sumado a esta gran iniciativa y han enviado también sus delegados. Ha llegado el gran día en que el sueño más alto de todos los oprimidos, de los miserables y de los explotados se convierte en realidad. Es una victoria no solo de los obreros y campesinos del Territorio del Litoral, no solo de todos los trabajadores de Rusia: es una victoria de todo el proletariado mundial, es vuestra victoria, camaradas, porque desde ahora el Territorio del Litoral forma parte inseparable de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, que es la base y el foco de la revolución social mundial. Desde ahora las consignas del Octubre Rojo brillarán sobre las ciudades y los tejados del Territorio del Litoral, que durante largos años fueron envenenados por el vaho hediondo de los negros oscurantistas. Camaradas, recibid nuestro saludo en el momento de la dura lucha que libráis contra vuestra propia burguesía. Todas las simpatías del proletariado de Vladivostok están de vuestra parte. Liberados nosotros mismos hace poco, ansiamos veros libres de las cadenas de la explotación capitalista sin escrúpulos. La liberación está cerca. Lo garantiza el Congreso Mundial de la Internacional Comunista, que se celebra ahora en la primera ciudad de la revolución, en Moscú. Camaradas, la clase obrera del Territorio del Litoral ha vencido. Pero no tiene ninguna garantía de plena tranquilidad, de poder emprender una vida pacífica y un desarrollo próspero del país, mientras sigan en el puerto de Vladivostok los buques de guerra extranjeros. La continuación de la intervención en las aguas rusas da alas a las esperanzas de los guardias blancos privados del poder y los incita a intentar asestar un nuevo golpe a los jóvenes soviets proletarios del Territorio del Litoral. Esperamos vuestra palabra. Estamos convencidos de que brotará de vuestros corazones como un volcán poderoso, con la protesta y la exigencia a vuestros gobiernos: ¡Fuera las manos de la Rusia soviética!

Secretario responsable: Pajanitsyn.

Gerente: Asánov.

Un telegrama llegado de Alejandría:

«Gran asamblea con ocasión del 7 de noviembre vota cálida adhesión a la Internacional. Desea al congreso pleno éxito para la victoria de la causa del proletariado mundial. Comité Central del Partido Socialista de Egipto105». (Aplausos.)

Michalkowski (Polonia): El camarada Zinóviev ha dedicado bastantes elogios al Partido Comunista polaco, pero tampoco ha escatimado las críticas. Nos ha elogiado como viejos revolucionarios que saben, entre otras cosas, combinar la actividad legal con la ilegal. La última campaña electoral en Polonia es un ejemplo elocuente de cómo, en un país donde los comunistas son perseguidos de todas las maneras, el comunismo sabe abrirse camino hacia el trabajo político público. En efecto, cuando los camaradas de provincias supieron por los periódicos que en Varsovia se había formado un comité electoral central de la Unión del Proletariado de la Ciudad y del Campo106, surgieron casi automáticamente en provincias, en pocos días, comités electorales locales en 45 distritos o más. Y además, para constituirse, los comités electorales tenían que presentarse con firmas, y más aún: para presentar las listas electorales había que reunir firmas. Todavía no tenemos los resultados definitivos de las elecciones, aún no tenemos noticias de varios distritos; en todo caso, el número de electores que han votado a los comunistas en tres distritos, Varsovia, Dąbrowa y Łódź, asciende a unos 100.000. Esta aparición en la arena electoral fue algo sorprendente tanto para la burguesía como para el gobierno, y por eso la Unión del Proletariado pudo presentarse con un llamamiento electoral redactado en términos legales. Pero al poco tiempo todo fue prohibido y confiscado. Hasta se confiscaron papeletas que solo contenían el número de nuestra lista, el n.º 5. La utilización de las posibilidades legales, aunque sea en la medida más ínfima, ha surgido, pues, casi automáticamente; está en la tradición, en el instinto, en la sangre de los camaradas.

Pero el camarada Zinóviev ha sometido también a su crítica algunas cosas de nuestro partido. Primero, unas palabras sobre la táctica del frente único en Polonia. Es cierto que al principio esta consigna desconcertó un poco a nuestros camaradas, y en la conferencia del partido, que se celebró poco después de la sesión del Ejecutivo Ampliado, hubo en esta cuestión tres tendencias. La primera tendencia estaba completamente de acuerdo con el Ejecutivo en lo que respecta a la táctica del frente único, y esta tendencia obtuvo finalmente en la conferencia la gran mayoría. La segunda tendencia, también de acuerdo con la táctica del frente único, estaba sin embargo en un principio en contra del acuerdo con las direcciones. Por lo demás, se unió a la primera tendencia. Pues bien, antes del 1.º de Mayo nuestro partido dirigió una carta abierta al PPS107 invitándolo a organizar el 1.º de Mayo manifestaciones con reivindicaciones parciales actuales. Precisamente esta propuesta, que naturalmente rechazó el Ejecutivo del PPS, hizo que la táctica del frente único suscitara un gran movimiento, en el mejor sentido de la palabra, tanto entre los comunistas como entre los obreros del PPS y, sobre todo, en las amplias masas no organizadas. Porque fue precisamente el llamamiento abierto a los dirigentes responsables lo que hizo que la táctica del frente único se asentara sobre una base pública más amplia. Y de este modo las masas conocen más deprisa que de otro modo la posición de los partidos y se convencen de que nosotros estamos por la unidad y los demás contra la unidad.

Además, en nuestra conferencia del partido tuvimos todavía una tercera tendencia, que no rechazaba solo tal o cual manera de aplicar la táctica del frente único, sino en general todo el planteamiento de la táctica del frente único.

Pero esta oposición estaba ligada a opiniones tácticas sobre otras cuestiones que hacían de ella una tendencia claramente KAP108. El camarada Zinóviev la ha valorado correctamente al decir que nuestro partido polaco puede acabar por sí mismo con esta corriente, y además, también en mi opinión, muy fácilmente. Es una tendencia que, respecto del carácter y el papel del Partido Comunista, de la cuestión de la utilización del parlamentarismo, de la cuestión de la táctica del frente único y, por último, de la cuestión de la política del gobierno soviético y del papel del Partido Comunista Ruso como partido de Estado y a la vez partido dirigente en la Internacional Comunista, defiende concepciones opuestas a las del partido. En todas estas cuestiones tan importantes esta tendencia se presenta como abiertamente kapista, pero es bastante débil, sobre todo en cuanto a su contenido de ideas, de modo que acabamos con ella muy fácilmente. Ideológicamente es aún más ingenua y más pobre que los grupos afines de Alemania y de otras partes. (Interrupción: ¡Si es que eso es posible!) Desde luego, si es que es posible; y en Polonia todo es posible, porque la Polonia pequeñoburguesa es espiritualmente mucho más pobre todavía que los demás países.

Pero como el dirigente de esta tercera tendencia kapista se encuentra en Moscú, nuestra delegación ha decidido invitarlo con voto consultivo y concederle pleno derecho a intervenir aquí públicamente y exponer su tendencia y sus razonamientos. Espero que el camarada Schreiber exponga aquí sus ideas con el mismo valor y la misma franqueza con que lo hizo en nuestra conferencia del partido.

Después salió a relucir en el informe del camarada Zinóviev la cuestión agraria en Polonia. Ha calificado de algo anticuada la posición de nuestro partido en esta cuestión. La expresión es, con todo, un poco fuerte. Tendremos todavía ocasión de hablar de ello. No soy amigo de lo anticuado. La cuestión se discute ahora vivamente en el partido polaco. Publicamos un libro para discutirla y, además, se publican artículos de discusión en nuestra prensa. Pero una cosa puedo decir ya: en nuestra última conferencia del partido resultó que casi todo el partido era unánime en la opinión de que la clase obrera, para hacer la revolución, debe ir de la mano de la población pobre en tierra, de los pequeños campesinos. Y eso es, a mi juicio, lo más importante para países como Polonia, donde la población de pequeños campesinos constituye la inmensa mayoría de las masas trabajadoras. Si nuestro partido tiene ya esta orientación, según la cual hay que encontrar práctica, política y económicamente una expresión que funda a los obreros y a los pequeños campesinos en un poder revolucionario, entonces, en mi opinión, lo principal está ya prácticamente hecho; lo programático será más fácil de alcanzar.

Quisiera decir todavía unas palabras sobre la consigna del gobierno obrero. Quisiera señalar de antemano que no hemos discutido esta cuestión ni en nuestra conferencia del partido ni en nuestra literatura de partido, y que el partido como tal no ha tomado tampoco resoluciones sobre ella, porque esta cuestión no es actual en Polonia en este momento y, según todas las previsiones, tampoco lo será en un futuro próximo. En mi opinión, sobre esta cuestión se ha especulado demasiado, y además se ha especulado demasiado en el vacío (¡Muy cierto!, en los bancos alemanes).

La crítica en esta cuestión se dirige a tres puntos. Primero: o es un gobierno Scheidemann o un gobierno de coalición de los comunistas con los socialtraidores. Segundo: o es un gobierno que se apoya en el parlamentarismo o en los consejos obreros. Tercero: o es a la vez la expresión de la dictadura del proletariado o no lo es. Pues bien, camaradas, creo que en este aspecto no tenemos ninguna necesidad de dar palos de ciego en la niebla, porque tenemos una experiencia histórica realmente práctica. Les pregunto: ¿qué hacían los bolcheviques en 1917, antes de la conquista del poder? Exigían que se realizara la consigna: ¡Todo el poder a los soviets! Eso significaba entonces: poner el poder de gobierno en manos de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios, que tenían la mayoría en los soviets. Significaba, pues, entonces un gobierno obrero en el que se sentarían los socialtraidores, que estaban contra la dictadura. Social y políticamente hablando, era también la consigna del gobierno obrero, y precisamente en la forma de soviets. Otra cuestión es cuándo y cómo puede realizarse esa consigna. Pero en el fondo el gobierno obrero fue una consigna que prestó a los bolcheviques magníficos servicios de agitación.

En Alemania tuvimos la misma situación después de las jornadas de noviembre. Los espartaquistas exigieron: todo el poder a los consejos de obreros y soldados, es decir, a los Scheidemann y a los independientes, que entonces tenían la mayoría en los soviets y eran adversarios de la dictadura. ¡O sea, otra vez ningún gobierno comunista!

Así fue también en Polonia y en todas partes donde se formaron consejos obreros. Ahí está, me parece, el meollo de la cuestión. Fue una etapa de nuestra agitación en la que las circunstancias del momento dieron la forma históricamente muy importante —los consejos—, pero el meollo era el gobierno obrero. Cuando vuelva una ola revolucionaria, cuando las masas obreras inunden de nuevo las calles, cuando se formen de nuevo consejos obreros, nos presentaremos, según toda probabilidad y sobre la base de nuestras experiencias históricas, de nuevo con esta consigna y exigiremos: ¡El poder del gobierno en manos de los consejos obreros! Exigiremos entonces la dictadura del proletariado, y entonces, igual que en 1917 y 1918, volverán camaradas a criticarnos y a decir: ¿Cómo es eso? Exigís la dictadura del proletariado, exigís todo el poder para los soviets, ¡en los que todavía no tenemos la mayoría! Muy bien puede suceder que volvamos a tener un gran movimiento revolucionario en un momento en que todavía no hayamos conquistado la mayoría de la clase obrera. La revolución llega —eso es lo más probable— en un momento en que, gracias a la efervescencia revolucionaria, gracias a la revolución misma, conquistaremos la mayoría mucho más deprisa que ahora. Así pues, si según toda probabilidad volvemos a presentarnos con la misma consigna, en el fondo será la misma consigna que el Ejecutivo ha intentado ya formular de un modo u otro. En el fondo será el mismo gobierno, pero apoyado en el movimiento de masas. Y si el Ejecutivo no ha podido encontrar todavía en esta cuestión la forma justa de la consigna, se debe, en mi opinión, a que confundimos dos cosas distintas: a que queremos lanzar una consigna y a la vez intentamos darle una forma que no podemos darle en absoluto, porque la forma dependerá de las circunstancias revolucionarias, en las que podría encontrar una base más amplia que la que tiene ahora. Y creo que es bueno recordar un poco en este aspecto lo que hicimos durante el periodo revolucionario. Entonces notaremos enseguida que lo que ahora a algunos camaradas de izquierda les parece blanco de la crítica no era objeto de crítica entonces para esos mismos camaradas, cuando su actitud era todavía más revolucionaria que ahora.

Murphy109 (Inglaterra): Camaradas, nuestro partido está completamente de acuerdo con la línea principal del informe del Ejecutivo. Consideramos también correcto el diagnóstico sobre la situación del capitalismo en el mundo entero. Somos conscientes del hecho de que la actual ofensiva capitalista contra la clase obrera no es la ofensiva de una clase consciente de su poder, sino que representa únicamente una ofensiva con fines de defensa. Quizá no haya en el mundo entero ningún país en el que esta ofensiva se haya llevado con más habilidad que en Gran Bretaña. Pero, a pesar de estos intentos y de esta habilidad de los capitalistas, se han mostrado completamente incapaces de resolver sus propios problemas fundamentales. Acabamos de presenciar la caída de Lloyd George110. La caída de Lloyd George es el comienzo de una nueva fase en el proceso de descomposición del capitalismo inglés, aunque las elecciones actuales se utilicen para consolidar a los partidos imperialistas. También en esto se han mostrado extraordinariamente hábiles, y aunque el Labour Party de Gran Bretaña pone grandes esperanzas en estas elecciones generales, creo que esas esperanzas no se cumplirán en la medida deseada. Esto es en sí un acontecimiento muy importante, porque es la señal de un nuevo periodo de mayor actividad que la que hemos tenido hasta ahora en Inglaterra.

El camarada Zinóviev ha dicho en su discurso que el movimiento fascista se limita a Italia. Es un hecho, sin embargo, que cuando los fascistas de Italia llevaban a cabo sus ataques contra los comunistas, contra los sindicatos, las cooperativas, etc., los periódicos burgueses de Londres informaban de la agrupación del Special Police Corps, anunciando que esos serían los futuros fascistas de Inglaterra.

Como en general reina en todas partes la misma situación, es de la máxima importancia que analicemos estos acontecimientos y fijemos nuestra política futura. Hemos oído hablar mucho del frente único. No cabe duda de que la oposición al frente único desaparece lentamente de las filas de la Internacional Comunista.

Su introducción en Inglaterra produjo, sin embargo, algunos resultados bastante notables. Golpeó al partido inglés como una descarga eléctrica. El partido era joven y no tenía grandes experiencias. Así ocurrió que en algunos distritos la reivindicación del frente único trajo consigo al principio una pérdida considerable de afiliados. La reivindicación del frente único alcanzó al partido después de una disputa interna, cuando prácticamente estaba todavía en proceso de formación.

En el II Congreso no había todavía partido comunista. Había solo cierto número de partidos, pequeños partidos con todos los matices del color socialista, desde el rosa hasta el rojo más vivo. El II Congreso les encargó reunirse, unificarse y solicitar de inmediato su afiliación al Labour Party. Pero una cosa es unificar partidos socialistas y llamarlos Partido Comunista, y otra hacer de esas fuerzas un verdadero partido comunista. Los meses siguientes han estado llenos de una lucha constante en el propio partido para librarse de las diversas dificultades en sus propias filas. La cuestión del Labour Party, la cuestión de la afiliación al Labour Party, había dividido ya a los partidos antes incluso de que se unieran, y ahora que se habían unido, esa cuestión concreta solo se había decidido en la primera conferencia por una pequeña mayoría.

Tuvo que pasar todavía un año entero antes de que esa cuestión concreta pudiera incorporarse al caudal de experiencia práctica del partido para su trabajo. En esto el Labour Party nos prestó involuntariamente ayuda al aplazar en la Brighton Conference el examen de la cuestión; y pasaron 12 meses antes de que la cuestión de las relaciones con el Labour Party se hiciera actual para el partido. Hasta entonces había sido más objeto de discusiones teóricas en el partido que asunto de luchas prácticas con el Labour Party. Esta lucha alcanzó su punto culminante en la conferencia de este año del Labour Party en Edimburgo111.

Para hacer plenamente comprensibles las dificultades con que tuvimos que luchar en este aspecto, quisiera recordar al congreso que no solo tuvimos que luchar con dificultades relativas a la cuestión de la afiliación al Labour Party, sino que el partido no eligió su Comité Central hasta octubre de este año, en su conferencia nacional, un hecho que permite deducir el carácter de algunos elementos del partido.

En vista de estas diferencias en el propio partido, y en vista además de la necesidad de resolver el problema mayor de la unidad en la acción, se comprenderá sin duda que la tarea que emprendimos no era cosa fácil. Pero, una vez que el partido aprendió a andar, tanto él como todo el movimiento obrero aprendieron muchas cosas valiosas.

El Labour Party, al que los partidos capitalistas apartaron con hábiles maniobras durante las elecciones generales y antes de ellas, se ha enajenado el apoyo de la clase obrera con sus intentos de ganarse la benevolencia de la clase media. La táctica que empleó para ganar los votos de la clase media consistió en excluir a los comunistas de sus filas. La resolución adoptada en Edimburgo llevó al extremo la lucha entre los comunistas y el Labour Party. Las dos resoluciones propuestas allí prohíben la admisión de cualquier partido —que presente candidatos parlamentarios— que esté en oposición al Labour Party.

Nos encontrábamos, pues, ante la situación siguiente: las condiciones del Labour Party hacían imposible nuestra entrada en él. La situación se agravó aún más por el hecho de que el Labour Party obligó a las organizaciones obreras afiliadas a él a expulsar a todos los miembros de un partido que llevara a cabo una campaña parlamentaria contra él (el Labour Party). En consecuencia, respondimos con un contragolpe. El partido retiró inmediatamente los candidatos parlamentarios que se oponían al Labour Party y aceptó la constitución del Labour Party. De este modo los comunistas han conseguido una victoria importante en el seno del movimiento obrero. Aunque al principio perdimos afiliados, la influencia del Partido Comunista ha aumentado considerablemente en diversos sectores de la clase obrera.

En Glasgow, Sheffield, Manchester y Birmingham el Labour Party fue absolutamente incapaz de aplicar sus propias resoluciones. En otras zonas, además, los comunistas de los Labour Parties de Barrow, Battersea y otras localidades se han hecho con la dirección de esas organizaciones.

Además, nos encontramos ante el hecho de que este intento de excluir a los comunistas del Labour Party no hizo sino crear a este nuevas dificultades que no pudo superar. El hecho, por ejemplo, de que el Labour Party esté formado por organizaciones tradeunionistas federadas le llevó a imponer la exclusión de los comunistas de las conferencias del Labour Party. Pero aquí tiene enfrente a las grandes organizaciones obreras, y estas no seguirán todas su dirección. Una organización obrera, y por cierto importante, se ha negado ya a aplicar las resoluciones del Labour Party, y enseguida el Labour Party tuvo que contar con la defección de una Labour Union, de una organización de masas. Por este camino no se atreven a seguir adelante.

De ahí vemos que la política del frente único no es una política que pueda debilitar al Partido Comunista, sino que contribuye a fortalecer al Partido Comunista.

De igual importancia fue el progreso en el movimiento sindical, y aquí puedo decir que en este movimiento se han hecho progresos igualmente importantes. En el congreso de las Trade Unions, por ejemplo, tuvimos la posibilidad, al presentar un programa para la consolidación del movimiento sindical, de hacer desfilar ante las masas a todos los dirigentes sindicales con todos sus defectos.

En cuanto a las luchas actuales en las fábricas o en el movimiento sindical, hemos ganado una influencia importante. En el cierre patronal de los mecánicos112 los comunistas y los partidarios de la Internacional Sindical Roja dirigieron la lucha; en todas las luchas fueron la fuerza impulsora.

Aquí he de oponerme a un punto del informe de Zinóviev, a saber, a su afirmación sobre el movimiento de los consejos de fábrica. Dijo: ningún partido comunista puede considerarse un verdadero partido de masas mientras no tenga una influencia firme en las fábricas y talleres, en las minas y en los ferrocarriles, etc. En las circunstancias actuales, ningún movimiento puede considerarse un movimiento proletario de masas bien organizado mientras la clase obrera y sus organizaciones no consigan fundar comités de fábrica y de taller.

Contra esto protestamos. Nos parece que, al hacer esta afirmación, el orador tenía demasiado presente a Alemania. En Inglaterra teníamos un poderoso movimiento de los shop stewards113. Pero solo podía y puede existir en determinadas condiciones objetivas. Esas condiciones necesarias no existen en Inglaterra en este momento. ¿Cómo se pueden construir organizaciones de fábrica mientras 1.750.000 obreros andan por la calle? No se pueden levantar organizaciones de fábrica en talleres vacíos y abandonados mientras se tiene una gran reserva de parados.

En estas condiciones el movimiento adopta otras formas. Adopta la forma de un movimiento minoritario en los sindicatos y da impulso a un gran movimiento de comités de parados. En el cierre patronal de los mecánicos fueron precisamente estas organizaciones las que dirigieron la lucha, y rara vez los obreros que habían sido efectivamente dejados fuera de las fábricas.

De ello se sigue que el Partido Comunista debe adaptarse a las diversas formas de lucha que dan las circunstancias históricas. En un país las circunstancias permiten entrar en las fábricas y crear comités de fábrica; en otro están a la orden del día los movimientos minoritarios en los sindicatos y los comités de parados. El Partido Comunista que ha echado raíces profundas en las luchas de las masas y es capaz de adaptarse a las diversas formas de organización de masas que corresponden a las circunstancias es un verdadero partido comunista, tanto si la forma de la organización de masas consiste en comités de fábrica como si adopta otras formas.

Consideremos ahora las relaciones internacionales que trae consigo la política del frente único reclamado. ¿Qué hemos visto desde las conferencias de la II y de la Internacional Dos y Media? Hemos visto cómo en este y aquel país se libraba una serie de luchas. En la época del cierre patronal de los mecánicos hubo en algunos países luchas salariales de los metalúrgicos; ninguno de los partidos comunistas de esos países sabía lo que hacía el otro, no estaban en contacto vivo entre sí, no lanzaron las mismas consignas y ni siquiera se tomaron medidas para crear un frente único entre los propios partidos comunistas. En este aspecto la Internacional Comunista tiene mucho que recuperar para mejorar la situación.

Además, hemos oído hablar mucho del despertar de los pueblos de Oriente y de los pueblos coloniales. Oímos hablar del nacimiento de un movimiento en la India, en Egipto, en Mesopotamia, y en Irlanda tenemos un movimiento revolucionario en pleno desarrollo. Pero se ha hecho poco por acercar entre sí a los partidos de aquellos países que dominan y dirigen a esos pueblos, por familiarizarlos con los problemas de las masas en lucha. ¡Corregid los errores cometidos en este aspecto y haremos posible una aplicación más amplia del frente único, desarrollando a la vez la Internacional Comunista!

Haakon Meyer (Noruega): ¡Estimados camaradas! No quiero hablar mucho de la cuestión noruega; esta cuestión se tratará en la comisión noruega y volverá después al congreso. Tengo que decir unas palabras sobre las observaciones de pasada que hizo el camarada Zinóviev en su informe sobre la actividad del Ejecutivo. También en opinión de la mayoría de los delegados noruegos, que en esta cuestión no están del todo de acuerdo con la Internacional, se trata ante todo, como dice el camarada Zinóviev, de una cuestión del nacimiento de un Partido Comunista en Noruega. Es ante todo una cuestión de organización, pero también, en primer lugar, una cuestión táctica del partido. Esas son las dos cuestiones principales que hay que resolver en la cuestión noruega. Pero la cuestión principal no es, desde luego, cómo se llaman los periódicos del partido noruego. El camarada Zinóviev ya habló antes de esos nombres en nuestras discusiones y también aquí en el congreso, y también el Ejecutivo, en su última carta al partido noruego, ha vuelto sobre el nombre de los periódicos del partido. El camarada Zinóviev dice: en Noruega todos los periódicos siguen llamándose Socialdemokraten. El partido noruego es un partido relativamente muy fuerte. Es un partido que no ha salido de otro gran partido, sino que es por sí mismo un gran partido, que ha conquistado casi todos los periódicos. El nombre Socialdemokraten nunca se ha considerado en nuestra lengua un insulto agresivo. (Risas.) Sí, camaradas, suena ridículo, pero así es. Pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que el camarada Zinóviev sabe muy bien que la dirección nacional de nuestro partido ha propuesto por unanimidad que los periódicos que todavía tienen nombres socialdemócratas los cambien. En nuestro partido tenemos unos 40 a 50 periódicos. En un país tan pequeño como Noruega, más de 40 periódicos que desde hace cinco años defienden la Revolución rusa, la idea revolucionaria: esa es una fuerza que los nombres de los periódicos no pueden menoscabar. Como sabe el camarada Zinóviev, hay sobre este punto una moción de la dirección nacional de nuestro partido. Esa moción tendría que haberse tratado ya en el congreso del partido de septiembre, si la propia Internacional no hubiera exigido que el congreso del partido se aplazara hasta enero. En enero se cambiarán esos nombres, y el Ejecutivo lo sabe muy bien.

Quiero decir algo sobre el grupo Mot Dag114. El camarada Zinóviev ha llamado a este grupo del partido noruego un grupo Levi. Yo pertenezco a ese grupo. Está formado principalmente por jóvenes universitarios. Es cierto que este grupo, que está adherido al partido como grupo organizado, ha entrado en un conflicto muy agudo con algunos camaradas del partido. Pero ninguno de los camaradas nos había llamado todavía grupo Levi. Por grupo Levi se entiende en general un grupo que se vuelve traidoramente contra su partido en el curso de una acción. Eso nunca ha ocurrido con este grupo. Este grupo nunca se ha vuelto traidoramente, de ninguna manera, contra su partido. No hay ningún motivo para encontrar de pronto un grupo Levi en el partido noruego.

En la discusión del congreso la cuestión del gobierno obrero ha pasado bastante a primer plano. Esta cuestión se ha discutido todavía muy poco en el partido noruego; en realidad ni siquiera se ha planteado aún en la discusión del partido. Pero para nosotros está claro que en el partido existe una tendencia que sigue una política que aspira de forma deliberada a formar un gobierno obrero apoyado en el frente único, pero en un frente único no solo de partidos obreros, sino también de grupos burgueses. Si nos oponemos a ello no es solo porque no creamos que sea una política acertada, sino sobre todo porque quienes quieren seguir abiertamente ese camino son aquellos camaradas del grupo parlamentario del partido que han llevado a cabo una política completamente oportunista en el parlamento. Durante el debate sobre la cuestión del partido y del gobierno, el vicepresidente del grupo parlamentario de nuestro partido dijo: «Mis opiniones en materia de gobierno las expresé hace ya mucho tiempo al decir que no me opondría en todas las circunstancias a un gobierno burgués. Yo era de la opinión, con la que mi partido no estaba de acuerdo, de que en determinadas circunstancias debíamos aceptar el despreciable llamado socialismo ministerial. Cuando lo dije hace muchos años, me puse en contradicción con mi partido, y esperaba que por ello, precisamente por tener esa opinión, no se me aceptaría más tarde en las elecciones al parlamento. Pero todo depende de la situación. Quizá se dé algún día el caso, y quizá estemos ya en esa situación, de que no podamos decir sin más: “Combatimos en todas las circunstancias a cualquier gobierno burgués”».

Pero, como he dicho, el partido no era de esa opinión, sino que pensaba que debía combatir a cualquier gobierno liberal burgués. No es una casualidad, sino, al contrario, un síntoma de toda la política del grupo parlamentario de nuestro partido. Si camaradas de ese grupo han vuelto varias veces a esa política, sobre todo en la cuestión del arbitraje obligatorio, que los parlamentarios del partido defendieron, de modo que el partido tuvo que aceptar esa ley; si han practicado repetidamente una política oportunista de ese tipo, se comprende que no creamos que de esa manera podamos llevar una política que conduzca a un gobierno obrero sin que este grupo corrompa por completo al partido en el terreno parlamentario. Se podría citar toda una serie de casos que muestran hasta qué punto este grupo ha sido oportunista en toda su política. Por ejemplo, ha discutido si se debe sostener con fondos del Estado a una entidad bancaria burguesa cuando está ante una crisis, y se ha pronunciado por que, al menos en algunos casos, hay que sostener a una entidad bancaria burguesa de ese tipo. Tenemos una serie de casos más que muestran lo mismo, sobre todo, como he dicho, el caso del arbitraje obligatorio.

En la penúltima carta del Ejecutivo a nuestro partido se decía que la posición que el grupo parlamentario había adoptado en esta cuestión era una posición influida por el oportunismo parlamentario. Pero en la última carta se ha dicho que era una cuestión táctica muy difícil. Si este grupo, en una situación así, eligió el camino de que se aceptara la ley de arbitraje obligatorio para todos los obreros, no lo hizo solo porque tuviera que tener en cuenta a las organizaciones sindicales. Es, pues, igualmente una expresión de la política oportunista de este grupo, tal como se había manifestado ya mucho antes. Lo hizo también porque quería sostener indirectamente al gobierno liberal o, como se ha dicho, el socialismo ministerial, para no volver a tener un gobierno más conservador. Cuando se ve de vez en cuando que este grupo sigue una política absolutamente oportunista, se mira a este grupo con cierta desconfianza cuando sigue una política que debe conducir al gobierno obrero, y cuando ese gobierno obrero debe ser de tal modo que abarque no solo a los obreros, sino también a grupos de los partidos burgueses.

Por último tengo que decir unas palabras sobre la resolución que se ha propuesto aquí. Probablemente el congreso sabe que la mayoría de la dirección del partido noruego no está de acuerdo con la última carta del Ejecutivo al partido, y que en general no hemos estado de acuerdo con el Ejecutivo en diversos casos. Si hemos de aprobar esta resolución, tendremos que aprobar también lo que la mayoría de la dirección del partido, a la que representamos, no quiere aceptar. Por eso solo podemos aprobar esta resolución si se modifica de modo que exprese únicamente la conformidad general con la labor del Ejecutivo, pero no en los casos concretos; es decir, que se excluyan esos casos concretos, puesto que se tratarán en las comisiones. Pero no votaremos contra la resolución, porque podría interpretarse en el sentido de que estamos en general contra la Internacional. No es así. Por eso, si la resolución no se modifica, no participaremos en la votación, y eso vale solo para los representantes de la mayoría de la dirección del partido, para tres miembros de la delegación. (Aplausos de los delegados noruegos.)

Bujarin (recibido con aplausos):

Estimados camaradas de partido: Ante todo quiero señalar lo siguiente: es extraño que aquí, en este Congreso Mundial comunista internacional, ni un solo orador haya hablado de la situación internacional, de la situación de todos los partidos. Casi todos los oradores, sin excepción, han hablado exclusivamente de la situación de su propio partido; incluso nuestra fogosa camarada de la organización de Berlín, la camarada Ruth Fischer, se ocupó casi exclusivamente de los asuntos de la organización de Berlín o, en el mejor de los casos, de los asuntos del partido alemán, cuando ahora tenemos la discusión sobre el informe del camarada Zinóviev, en el que se analizaba la situación de toda la Internacional. Tras ese análisis podíamos esperar de nuestros amigos, de los representantes de los distintos partidos hermanos, precisamente una discusión sobre esa situación de conjunto. Pues, como todos ustedes saben, tenemos todavía varias cuestiones separadas que se ocupan de la situación de los distintos partidos, y en las que podremos hablar más detenidamente de cada cuestión. Esto significa que todavía somos demasiado socialdemócratas, que todavía no estamos acostumbrados a analizar la situación en el marco de todo el ámbito internacional, y yo quisiera intentar aquí analizar la táctica del Ejecutivo en el marco de toda la Internacional, según las distintas agrupaciones, según las distintas tendencias dentro de la Internacional.

Tenemos que responder a la pregunta de si el Ejecutivo de la Internacional Comunista ha actuado correctamente. Esta pregunta sobre lo acertado de la actuación del Ejecutivo de la Internacional se divide en dos cuestiones principales: 1) si la Internacional ha juzgado correctamente las distintas tendencias dentro de la Internacional, si ha seguido bien y correctamente esa táctica de política interna, y 2) si ha determinado bien o mal las líneas tácticas generales. Esas son las dos cuestiones principales a las que debemos obtener respuesta. Dentro de la Internacional distingo diversas corrientes y tendencias tácticas. Quisiera enumerarlas primero: primero, las tendencias centristas; segundo, las tendencias semirreformistas, que sin embargo llevan una máscara «izquierdista» y se presentan, en sus frases, como de izquierda; tercero, las distintas formas de transición, que son en parte sindicalistas, en parte reformistas, o encarnan al mismo tiempo ambas corrientes, y cuarto, los izquierdistas propiamente dichos. Por izquierdistas entiendo aquellas agrupaciones que cometen los llamados errores de izquierda. Luego tenemos el núcleo propiamente dicho de la Internacional, que, según esperamos, sigue la política acertada.

Las tendencias centristas son, en toda la actividad de la Internacional, las más crasas de todas, y también aquí, en este congreso, han estado representadas por los representantes de dos partidos: por una parte, por una parte del partido francés y, por otra, por una parte del partido noruego, cuyo representante (de la mayoría) ha hablado aquí.

Las tendencias centristas francesas son el residuo de la antigua ideología socialdemócrata; también llevan una máscara blanca. Su máscara consiste en que aceptan todo lo que se les presenta. Se les pueden poner 21 condiciones: las 21 condiciones se aceptan. Se les pueden proponer muy buenas resoluciones sobre la actividad del partido: esas buenas resoluciones se aprueban enseguida por unanimidad. (Risas.) Siempre es así. Se concede todo lo que quiere el llamado diktat de Moscú. Más tarde, naturalmente, se despotrica contra el diktat de Moscú con toda la energía comunista, pero se firma todo lo que se pide. Hacia fuera esto es, de entrada, completamente leal, pero el gran peligro está en que todo eso se queda en el papel. Después de aprobar esas buenas resoluciones no se hace absolutamente nada. Las divergencias, las divergencias tácticas que existen materialmente, nunca se han formulado. Nunca se ha hecho un intento de formular con claridad el punto de vista divergente.

Uno de los camaradas franceses tenía toda la razón —quizá fuera uno de los pocos puntos acertados de su discurso— cuando dijo: nosotros, los de izquierda, discutimos siempre las cosas, pero los centristas tienen siempre, una y otra vez, una reserva, y por eso no se puede entender qué quiere realmente esa gente. Y eso es lo más peligroso; porque si observamos a los centristas franceses, definiremos su táctica como una lucha por la conquista del poder, pero siempre solo dentro del marco de su partido. (Risas.) Pero, en cuanto al rostro del partido vuelto hacia las masas, tenemos que decir que no se da ningún paso que apoye realmente al movimiento obrero en Francia. La lucha de los sindicatos, lo más importante, lo que de hecho constituye la sustancia de la vida social obrera en Francia, transcurre con independencia del partido. El partido no se ocupa de ello. Se puede notar en el trabajo de todas las secciones: en la dirección del partido francés y en su órgano central. El órgano central no es todavía un órgano comunista; eso tenemos que decírselo a nuestros hermanos franceses. L'Humanité no es hasta ahora un periódico comunista, aunque L'Humanité tiene muy grandes posibilidades de influir en los obreros en sentido comunista. Si los camaradas franceses se ocuparan más de la vida de los trabajadores, podríamos hacer valer nuestra influencia entre los obreros franceses de forma bastante más fuerte de lo que ha sido posible hasta ahora. Tenemos también, dentro de esta tendencia del partido francés, una corriente pacifista muy marcada, con un fuerte tinte humanitario, y que tiene como única virtud la de prolongar las tradiciones burguesas de Francia.

Y luego otro punto más. Dentro de esta tendencia tenemos también una tendencia anticomunista, es decir, una tendencia que va dirigida directamente contra la disciplina internacional de la Internacional Comunista. Es uno de los mayores peligros dentro de la Internacional Comunista, y contra ese peligro de derecha debemos luchar.

En cuanto al partido noruego, acaban ustedes de oír aquí a un camarada del ala derecha. ¿Qué nos ha dicho? Que el nombre del periódico en Noruega, Socialdemokraten, como cualquier rótulo, no es más que unas cuantas letras puestas una tras otra. (Risas.) Pero ¿por qué no nos llamamos socialdemócratas? ¿Acaso por nuestro amor a determinadas letras? Así piensa el camarada noruego. Nosotros, en cambio, pensamos que el nombre es un símbolo que define de antemano nuestra línea. Durante dos años hemos tolerado los periódicos socialdemócratas, ¿y no creen ustedes que el nombre no deja de influir en el contenido de esos periódicos? Podemos demostrar aquí, y lo haremos, que también por su contenido estos periódicos son en parte medio socialdemócratas, y en esos periódicos pueden leerse a veces artículos escritos con odio directo contra la Internacional Comunista.

Es la pura verdad. Y si el camarada dice aquí: todo eso es una minucia, en enero —al cabo de dos años y medio— lo arreglaremos con los periódicos, también yo puedo decirles a ustedes que eso ya se nos ha prometido muchas veces, pero no se ha cumplido. ¿Y dónde queda la disciplina internacional? El camarada la olvida por completo. A menudo hemos dicho directamente que la decisión de la Internacional, la decisión del Ejecutivo, las decisiones anteriores de nuestros congresos no toleran una situación así, y a pesar de todo se viene a decir que es una minucia. No, camaradas, no es ninguna minucia. Ustedes no pueden creer, después de las decisiones internacionales, que eso sea una minucia. Así es la disciplina. Y aquí tenemos otra vez una máscara; pero de esta cuestión hablaré enseguida en otro contexto.

Algunos de los elementos centristas y semicentristas forman una categoría especial, que es específica porque siempre se presenta con la máscara de izquierda.

Hemos tenido dos críticos de programa, a saber, en la cuestión agraria y en la cuestión de las nacionalidades. En la cuestión agraria nuestro amigo Serrati nos criticó muy duramente desde la izquierda. Dijo: ¿qué clase de marxismo es ese, si dan ustedes una parte de la tierra a los campesinos, a la pequeña burguesía? Es una concesión a la pequeña burguesía. Nosotros somos de verdad marxistas ortodoxos revolucionarios, hacemos la guerra a la canalla pequeñoburguesa. Sonaba muy bien. Pero la experiencia ha mostrado que no era más que una tapadera. Y tampoco el camarada Serrati lo negará, espero. El núcleo estaba algo podrido.

Lo mismo en la cuestión de las nacionalidades. En la cuestión de las nacionalidades tuvimos también un adversario de principio: el señor Levi. Decía: pues sí, la cuestión de las nacionalidades… ¿qué concesiones de todo tipo hacéis ahí? ¿Qué queda, por cierto, de vuestra ortodoxia? Nada. Y luego hemos asistido a la evolución tan espléndida del camarada Levi. Se ha demostrado ad oculos qué núcleo se escondía en esta historia. No era más que la máscara que llevaban las tendencias ortodoxas para ocultar el núcleo oportunista. Nuestros mencheviques y socialrevolucionarios gritan por todas las calles que están contra la nueva política económica y que representan los verdaderos intereses obreros. Es una estratagema, y debemos desenmascarar esa estratagema.

Paso ahora a diversas cosas concretas. Tomemos a los camaradas franceses. Su rasgo táctico principal es una pura pasividad, puesto que no apoyan ninguna huelga, etc. Pero tienen una tapadera: los peligros del frente único. Dicen: ¿por qué vamos a negociar con semejante chusma, que no tiene nada de socialista? Aquí han tenido también una ilustración por parte de camaradas más de izquierda, el camarada Duret. El camarada Duret hablaba hace pocos días contra la expulsión de Verfeuil y compañía. Era y sigue siendo hasta ahora partidario de la autonomía de los sindicatos, y luego viene a nosotros y nos acusa de oportunismo. Hace unos días todavía estaba contra la expulsión de Verfeuil. Verfeuil es un canalla puramente burgués. Y luego viene el camarada Duret y dice: ¿qué Internacional oportunista es esta que tenemos, que nos exige el frente único, que quiere admitir a Serrati, etc.? ¿Qué significa eso? Significa, camarada Duret, que en la Internacional tenemos todavía, también en la persona de usted, los residuos del reformismo, y que usted quiere engañarnos con sus frases. (Aplausos.)

Pero también leemos los documentos franceses. Nos alegramos mucho de que vayan por el camino de la enmienda (risas), pero en política los síntomas de enmienda no lo son todo todavía, y hay que controlar un poco la cosa (risas), para ver qué aspecto tendrá en adelante. La prueba práctica, las diversas pruebas prácticas, tenemos que tenerlas antes de creerles del todo. Sabemos cómo vacila la gente de un lado a otro, y cuando viene un camarada y habla de la Internacional de una manera tan áspera, casi con desprecio, le decimos lo mismo que ya dijo el camarada Rádek a un camarada: debería usted ser un poco más modesto, y antes tiene que darnos todavía las pruebas de su propia actividad realmente revolucionaria.

En cuanto a los argumentos de fondo del camarada Duret, la cosa es como sigue. El primer argumento era —he destilado los argumentos más importantes—: no se puede maniobrar con nuestro partido, porque nuestro partido es incapaz de maniobrar. Ese era el primer argumento contra el frente único, y ese argumento lo ha recogido nuestro amigo Bordiga. Pero yo digo: es una concepción completamente equivocada la de formar primero un partido hasta el último hombre y empezar después a maniobrar. Las cosas no se hacen así. Entre nosotros los partidos empiezan a maniobrar aunque sean imperfectos, y solo en el curso de las maniobras se pueden formar verdaderos partidos. Pero si ustedes esperan hasta tener ese partido, y en esa posición de espera están siempre con la esperanza de llegar a tener algún día ese partido, eso significa precisamente la táctica de la pasividad que ustedes critican siempre en el partido francés. Señalan con el dedo a sus camaradas centristas y dicen: esa es gente pasiva que no quiere hacer nada, y sin embargo cometen ustedes mismos el mismo error al querer esperar hasta tener el partido. No, el partido se crea en el curso de las luchas, y así hay que hacerlo también en Francia.

Luego el camarada Duret aduce como argumento adicional: «Los oportunistas socialistas no estarían de acuerdo en marchar junto con nosotros». ¡Un argumento verdaderamente contundente! Así que ustedes renuncian enseguida a su inocencia comunista si los oportunistas socialistas no están de acuerdo en marchar con ustedes. ¡Qué clase de argumento es ese! Si no están de acuerdo, entonces tienen ustedes que desenmascararlos, escribir contra ellos, dirigir contra ellos su agitación, etc. ¡Ese es su deber! Tienen que aprovecharlo: ese es el material para aprovechar los pecados socialpatriotas. Aquí está, pues, otra vez la misma maldita pasividad. Son ustedes demasiado perezosos; eso es lo único que quería decirles. (Aplausos.)

El tercer argumento, muy cómico, era este: para Alemania la táctica del frente único es, naturalmente, muy buena. Así hablan siempre los oportunistas. Así se decía en Alemania durante la guerra: la revolución en Rusia, ¡faltaría más!, la apoyamos, pero en Alemania es algo muy distinto. Lo mismo argumentan ustedes aquí. En Alemania las masas están organizadas, aquí están desorganizadas; por eso en Alemania podemos ganar a las masas con la táctica del frente único y aquí no. ¿Por qué? ¿Dónde está la prueba, o siquiera la sombra de una prueba, de que eso sea realmente un argumento? En primer lugar, no tenemos solo camaradas organizados, y aquí hay una analogía completa con Alemania. También los no organizados deben venir a ustedes. Y si tienen ustedes algunos otros camaradas organizados más y ese núcleo de acumulación crece, ganarán también mucho más deprisa a las capas no organizadas. ¿Cuál es, pues, su argumento? En Alemania a eso lo llaman ser un listillo de mierda. (Risas.) (Interrupción de Zinóviev: ¡Pero esa no es una expresión parlamentaria!) El camarada Zinóviev dice que no es una expresión parlamentaria. Reconozco que es un lenguaje algo frívolo. (Risas.) Pero es que yo no soy parlamentario.

Permítanme entonces, camaradas, pasar a otra categoría de todo nuestro reino, a saber, a la categoría que representa, por así decirlo, una fase de transición hacia los izquierdistas por un lado y hacia los reformistas por otro, y cuyo representante típico es el camarada Vajtauer. Dijo: yo soy de izquierda. Existe una oposición de izquierda; yo distingo entre diversos elementos dentro de la oposición de izquierda checa, y ahora elijo al camarada Vajtauer como aquel que, por así decirlo, se esfuerza con todas sus fuerzas por hacer de esa oposición de izquierda una ideología. Yo afirmo: no hay que criticar desde la derecha, sino desde la izquierda. Lo que nos expone el camarada Vajtauer, en primer lugar, no tiene nada en común con el comunismo, sino mucho en común con el proudhonismo pequeñoburgués, de la A a la Z. Hay tipos raros así en el movimiento obrero; en Alemania, por ejemplo, un tal doctor Bernstein115, que en la lucha contra el capitalismo proclamó la huelga de nacimientos: ninguna mujer debía producir hijos, porque sin hijos el militarismo no puede existir. (Vivas risas.) Ahora viene el camarada Vajtauer y nos propone medios fijados en un programa para romperle el espinazo al capitalismo, y en concreto como único medio: que nadie compre a aquellos capitalistas que tratan sin piedad a la clase obrera.

Eso es espléndido. No sé qué lucha llevará el camarada Vajtauer contra el capitalista que no sea tan despiadado con los obreros. Es una terminología completamente filantrópica, como si el camarada Vajtauer fuera del sexo femenino (risas) y además de origen aristocrático. (Risas.) Pero, camaradas, la cosa es realmente seria. Eso no es marxismo. Eso es teóricamente falso de la A a la Z. Esa tesis teórica de que el obrero es explotado más por el capital comercial que por el capital productivo es escandalosa, de modo que aconsejo al camarada Vajtauer que entre en la primera clase de una escuela preparatoria marxista. (Risas.) Con ello no quiero decir en absoluto que esa teoría sea de primera clase. (Nuevas risas.) La cosa es esta: la base teórica es completamente falsa. La táctica es ridícula, y no solo ridícula, sino oportunista, absolutamente oportunista. En lugar de propagar el levantamiento de las masas, las huelgas, etc., se da leche dulce para el mundo burgués, y de ningún modo para el proletariado revolucionario. Y luego se viene a decir: qué Internacional tan extraña esta, con la que el partido ruso hizo la Revolución de Octubre. Camaradas, eso no hay que tomarlo en serio. Pero sí hay que tomar en serio que semejantes ideas estúpidas tengan cierto eco; incluso nuestro amigo Bordiga aplaudió todo ese discurso de Vajtauer. ¿Qué significa eso? Significa que esa gente ha actuado de forma completamente equivocada en esta táctica de maniobras de política interna. Naturalmente, no afirmo que los camaradas lo hagan de forma consciente, pero es absolutamente secundario que ocurra consciente o inconscientemente. El efecto objetivo es el factor decisivo.

En lo que se refiere al camarada Vajtauer, puedo generalizar.

Según he oído, Vajtauer es filósofo. Pero esa filosofía no es una encarnación de la razón pura, sino la negación dialéctica de esa razón. (Risas.) La cuestión aquí es: ¿ha actuado bien el Ejecutivo en esto o no? Comprendió enseguida que aquí había algunos elementos obreros honrados. En la cuestión francesa el Ejecutivo libró una lucha enérgica contra la derecha y exigió que se la expulsara. Pero, en cuanto al centro, exhortó a la paciencia, hasta cierto punto, naturalmente. ¿Fue eso acertado o no? Fue acertado. En la cuestión checa sabíamos que detrás de las ideas estúpidas del camarada Vajtauer había también algunos obreros. ¿Qué hicimos?

Tuvimos paciencia. El partido checo debía intentar mantener en el partido a los obreros que están detrás de esas ideas estúpidas. Eso debía intentar, y ahora deben ustedes decidir aquí si fue acertado.

Quisiera decir luego también unas palabras sobre los llamados errores de izquierda, y hablo en primer lugar del discurso de la camarada Ruth Fischer. Su error principal consistió en exagerar algunos peligros. En algunos casos la crítica era acertada, y el camarada Rádek, que no pertenece en absoluto a la izquierda, dijo, si no oficialmente, sí oficiosamente: esta crítica está justificada. Pero el error empieza cuando la camarada Ruth Fischer dice: esto es ya reformismo y revisionismo en plena floración. Eso es una exageración. Es un juicio completamente antidialéctico de situaciones y actos muy concretos. En eso consiste su error, y lo queremos decir abiertamente. Un segundo error importante que he observado en el discurso de la camarada Ruth Fischer fue la frase siguiente, que he anotado aquí: «La fuerza organizativa es un residuo del espíritu socialdemócrata».

No es en absoluto un residuo del espíritu socialdemócrata. No debemos construir la orientación política de modo que la organización no sea casi nada para nosotros, mientras toda la burguesía encuentra incluso nuevas formas para su organización. El fascismo no es una simple forma de organización que la burguesía tuviera ya antes: es una forma de nueva invención, adaptada al nuevo movimiento, con el arrastre de las masas. Entre otras cosas: la burguesía comprende que también para ella es necesario un partido de masas, cosa que por desgracia ni siquiera Bordiga comprende. Aquí hay una forma de organización completamente distinta, y nosotros, naturalmente, no vamos a atrevernos en absoluto a propagar que la forma de organización no sea nada. No, justo al contrario. Lo decisivo es, naturalmente, la masa; ella actuará de forma decisiva, pero el núcleo tiene que tener la forma de organización, y ese no es solo el problema de un partido socialdemócrata, sino de todo partido que lucha. (Una voz: ¡Muy cierto!)

Luego el tercer punto. La camarada Fischer dice que se luchó mucho contra el partido alemán por la táctica golpista y que por eso existe ahora cierto abatimiento. ¡Es posible! Pero en la vida, como se sabe, no se puede determinar y esbozar de antemano cada punto. Y para el partido habría sido mucho peor que antes no hubiéramos librado una lucha enérgica contra el golpismo.

Ahora al camarada Bordiga. El camarada Bordiga nos dijo en sus palabras introductorias que aceptaba el espíritu de la táctica del frente único. Eso está dicho de forma muy noble, expresado de forma muy idealista, espiritualista. Pero su espíritu, camarada Bordiga, es algo demasiado flaco. (Risas.) No necesitamos un espíritu tan flaco, sino algo mucho más real. El error principal del camarada Bordiga consiste en que no quiere la dialéctica viva, sino una fijación estatutaria de lo desconocido. Así pues, primero hay que calcular todas las eventualidades, dice el camarada Bordiga, y luego elaboraremos diversas medidas de precaución para no caer de ningún modo en pecado. (Risas.) Pero como la vida es complicada y no se puede calcular nada a priori, el camarada Bordiga se ha metido en un gran chanclo (risas), como solemos decir en Rusia (es decir, en un gran apuro).

El camarada Bordiga dice además: ¡elasticidad y eclecticismo! El camarada Bordiga usa estos conceptos como sinónimos. ¿Qué significa eso? Lo que el partido ruso ha considerado su mayor conquista es para el camarada Bordiga sinónimo de falta de principios, de cinismo pequeñoburgués. Eso es, naturalmente, un gran error. Con eso no se puede de ningún modo atravesar la dura vida. Luego el camarada Bordiga nos dice otra vez, en su exposición contra la táctica del frente único: primero el partido y luego la acción del partido. Es el mismo error del que ya he hablado.

También la disciplina internacional la interpreta el camarada Bordiga, con sus facultades intelectuales, de forma muy extraña. Nos dice: sí, yo soy centralista, incluso estoy contra la central federativa formada por los representantes de los partidos. Estoy por un Ejecutivo absolutamente centralizado. Pero luego viene con el pero: no somos soldados, y la Internacional no es un cuartel, no se pueden trasladar mecánicamente las leyes del ejército a la Internacional; y en realidad exige una mayor autonomía nacional de los partidos. El camarada Bordiga ha hablado mucho de contradicciones dialécticas. Lo que tenemos aquí delante no son contradicciones, sino un contrasentido. Aquí hay también una pequeña capa, naturalmente de naturaleza mucho más noble. La disciplina internacional no se puede interpretar así: la Internacional tiene plenos poderes, pero nosotros somos autónomos y actuaremos como queramos.

Luego algunas observaciones más: fíjense ahora en la situación de Italia. Todo clama por la unificación de las fuerzas proletarias. En Italia el problema más importante es el problema de la unificación orgánica con el Partido Socialista. Y el camarada Bordiga viene y no dice una palabra sobre este importante problema. Todo su discurso es un intento de la filosofía de la acción más abstracta, con tinte bergsoniano116, que no es ninguna acción. Pero sobre los problemas concretos, ni una palabra. Es otra vez la consecuencia de ese espíritu flaco, que en realidad no es un instrumento sano de la lucha proletaria. Son, pues, los residuos de concepciones puramente dogmáticas y sectarias. El partido italiano, que ha hecho cosas muy buenas, también ha cometido errores en la cuestión agraria, en la cuestión de los Arditi del popolo117, etc. Todos los errores que ha cometido el partido italiano son la consecuencia y la continuación lógica de esos errores que se expresan también en el discurso del camarada Bordiga.

Camaradas, sea cual sea la actitud que el Ejecutivo, nuestra organización internacional, haya adoptado ante estas cuestiones, hemos corregido esos errores de izquierda, y los hemos corregido no desde el punto de vista de la «derecha» o de la «izquierda», sino desde el punto de vista de la táctica proletaria acertada. La táctica proletaria acertada no necesita ser de izquierda ni de derecha; solo necesita estar adaptada a las situaciones concretas en que se encuentra el proletariado de tal o cual país. Por eso les invito a adoptar la táctica del Ejecutivo como suya propia y a seguir apoyándola, hasta que tengamos el poder real, a todo el proletariado de nuestro lado. (Aplausos.)

Carr118 (Estados Unidos de América): Camaradas, aunque el camarada Bujarin considera un error que los delegados de los distintos partidos se hayan ocupado en este punto solo de los asuntos de sus propios partidos, voy a cometer el mismo error. Quizá sea lo mejor, o al menos lo más modesto, para un partido tan pequeño como el nuestro, que tiene tan poca experiencia revolucionaria, como ha dicho aquí el camarada Zinóviev, y como es también la verdad.

Quiero adelantar que lo que digo esta noche lo digo por encargo de la delegación del partido. En nombre del Partido Comunista de América digo que estamos completamente de acuerdo con la táctica del Ejecutivo en este último año. No solo en general, sino también en las decisiones concretas que el Ejecutivo ha tomado respecto a América.

Voy primero a las cuestiones generales. Del III Congreso habíamos recibido la consigna: ¡A las masas! Es cierto que durante mucho tiempo no reinó en América la concepción acertada sobre las tareas de un partido comunista. Pero ahora hay en América muy pocos camaradas —tan buena ha sido la propaganda bajo esta consigna— que, como diría el camarada Rádek, consideren una virtud caminar solos y aislados bajo las estrellas hasta la bella mañana en que el sol rojo de la revolución les brille en el rostro. Ahora casi todo miembro del partido comprende que la tarea del partido es actuar entre las masas y que no debe limitar toda su actividad a sus compañeros de partido, sino extenderla a las diversas organizaciones de los trabajadores. Contra esta consigna ya nadie habla en el partido americano.

La segunda consigna, la del frente único, fue también una buena consigna para América. Pero allí la situación era algo distinta que en los países europeos. Es muy natural, porque en América no hay ningún partido obrero, ningún partido socialista que tenga a las masas detrás. El amarillo partido socialista obrero anda por el país como una vieja bruja, pero ya nadie se ocupa de él y las masas no le pertenecen. Cuando esta consigna del frente único llegó a América, era natural que hubiera en el partido algunos malentendidos al respecto. Había camaradas que la interpretaron enseguida como una orden de llegar a un pequeño acuerdo con los politicastros y dirigentes del Partido Socialista y de otras organizaciones, y la cosa llegó tan lejos que una vez se propuso incluso que, si presentábamos un candidato a las elecciones, lo retiráramos en favor del amarillo Meyer London119, al que luego deberíamos apoyar en las elecciones. Pero esa opinión ya no reina en el partido, y todo el mundo comprende ahora que no se trata de cosas así, sino de provocar acciones en las que podamos hacer causa común con todos los obreros y organizaciones contra la burguesía.

Paso luego a las cuestiones concretas. Como sabéis, en América tenemos un partido comunista ilegal, cuyos grupos están organizados en secreto. Antes había dos partidos; en mayo de 1921 se unificaron en un solo partido. Tras esa unificación pasó a primer plano la cuestión de cómo debía actuar ahora ese partido entre las masas. ¿Cómo debíamos llevar a la práctica la consigna que habíamos recibido de la Internacional y cuya necesidad todo el mundo comprende?

Muchos vieron entonces que era necesario organizar un partido legal para penetrar mejor en las masas y actuar entre ellas. En esta cuestión de si había que organizar un partido legal, y cómo, el partido se dividió. La cuestión se discutió aquí en Moscú. Se redactaron tesis sobre ella, y en esas tesis se recomendaba organizar un partido legal. Se formularon consignas. Se dijo también de forma terminante que no había que ceder al peligro de la liquidación, sino que había que mantener activo y fortalecer el partido clandestino y, además, construir el partido legal120 como instrumento del Partido Comunista para actuar mejor entre las masas. Estas tesis se enviaron a América. La gran mayoría de los afiliados las acogió con alegría. Pero también se alzaron voces en contra, y desde los dos extremos. La oposición de izquierda, que estaba fuera del partido, se declaró en contra de ellas, pues eran una condena de su propaganda. Pero tampoco dentro del partido todos acogieron las tesis con alegría. Había camaradas que las consideraban equivocadas por principio, que decían que las tesis se basaban en informaciones falsas, que el Ejecutivo no tenía una información correcta sobre la situación en América. Por eso nos habría enviado tales tesis. Pero, a pesar de todo, las tesis se aprobaron oficialmente, y el debate sobre las cuestiones planteadas en ellas duró meses. Quizá esa sea la causa de la observación del camarada Zinóviev de que en América hay grandes luchas de fracciones. Esas luchas han terminado ya. Las cuestiones que agitaron al partido el verano pasado las ha zanjado el congreso del partido, con la muy grande ayuda del representante de la Internacional Comunista que asistió a él. Aquí quizá se oiga todavía algo de ello. Es como si se oyeran todavía los truenos y relámpagos de una tormenta que ya ha pasado, que se está alejando. La verdadera tormenta sobre estas cuestiones ha pasado, y las tesis que nos envió la Internacional sobre las próximas tareas del Partido Comunista de América, las tesis que trataban de la cuestión del partido legal y del ilegal, las ha aceptado ahora la inmensa mayoría, me atrevería a afirmar que al menos […]/10 de los miembros del partido, como tesis acertadas, que corresponden a las circunstancias de América y que dan una línea acertada para el trabajo en América.

El Ejecutivo de la Internacional ordenó al partido el invierno pasado que volviera a unificarse. Los camaradas de la oposición de izquierda que estuvieron aquí para conseguir que se los reconociera como Partido Comunista de América recibieron la instrucción de volver a ingresar en el partido, y el propio partido recibió la instrucción de readmitirlos. El Ejecutivo ordenó la unidad del partido en América. También en este asunto el Ejecutivo ha actuado correctamente. Esa es hoy la opinión de la inmensa mayoría del partido.

Pero también contra esta directiva se alzaron ciertas voces de las dos oposiciones. Los izquierdistas, que habían escindido el partido, no querían volver, y muchos de los dirigentes «de derecha» del partido no querían que volvieran. Oficialmente, estos dijeron: sí, los readmitiremos. Pero en realidad a los que volvían no se los recibió con el entusiasmo que cabía esperar. También sobre esta cuestión estalló una gran disputa entre quienes querían de verdad la unidad de todo el movimiento comunista en América, quienes querían que todos los que tienen derecho a llamarse comunistas estuvieran en un solo partido, y quienes creían que podían servir mejor al partido si todos esos elementos de izquierda estaban fuera del partido.

Tras meses de disputa, la orden del Ejecutivo se ha impuesto por fin: el mes pasado las dos fracciones se volvieron a unificar, y además sin condiciones y con la colaboración del representante de la Internacional Comunista que estaba entonces en América. También en este asunto el partido americano dice hoy que el Ejecutivo de la Internacional ha actuado correctamente.

Ahora tengo que señalar todavía uno o dos puntos que figuran en el informe del camarada Zinóviev.

El camarada Zinóviev dice que tenemos un partido muy pequeño. Es verdad. Dice también que en América hay un gran movimiento de izquierda entre los obreros, y parece como si no estuviera del todo seguro de que en América vayamos por el buen camino. El movimiento obrero de izquierda es hoy en gran parte obra de nuestro partido. Nuestros camaradas actúan en las células de los sindicatos, y algunos grandes dirigentes sindicales que han estado aquí en Moscú han sido empujados hasta aquí por el trabajo de las células comunistas en los sindicatos. No es, pues, del todo correcto querer separar así estas cosas y decir: aquí está el partido, que es pequeño, y allí hay un gran movimiento sindical de izquierda. Eso no es correcto. El partido todavía no actúa en los sindicatos con la habilidad que quisiéramos, pero aprendemos día a día a influir mejor en ellos, a organizar todo el movimiento obrero de izquierda contra la gente de derecha de Gompers121 y a revolucionar poco a poco el movimiento obrero.

Pues bien, camaradas, hoy tenemos en América por primera vez, en gran parte gracias a las líneas acertadas que el Ejecutivo de la Internacional recomendó este año, un partido verdaderamente unificado, en el que la gran mayoría de todos los miembros está de acuerdo sobre las cuestiones que tiene planteadas el partido. Decimos que este partido aprueba el trabajo del Ejecutivo de la Internacional y que el partido espera y cree que el trabajo del próximo año continuará en la misma línea.

Faure (Francia): Camaradas, en el sentido de la muy acertada decisión del Ejecutivo, según la cual las cuestiones que afectan a los conflictos dentro de las secciones nacionales deben tratarse en las comisiones destinadas a ello, tengo que declarar que ahora no tomo la palabra tanto como orador de una tendencia, sino que aprovecho sobre todo la ocasión para intervenir en la discusión sobre el informe de nuestro camarada Zinóviev como portavoz del Partido Comunista Francés. Sobre el informe de nuestro camarada Zinóviev hay un acuerdo completo en las grandes líneas. Es un hecho que en todos los países más importantes del mundo la situación de la clase obrera, tras haber atravesado un periodo de grandes trastornos y crisis violentas, parece ahora algo mejor, y puede decirse que esto vale también para nuestro país.

¿Cuál es la situación de nuestro país? Sé muy bien que el camarada Bujarin acaba de decir que la mayoría de los oradores que han hablado aquí solo han informado sobre su país. Pero del conjunto de todas esas exposiciones que los sucesivos oradores han hecho sobre sus países se puede hacer una síntesis y formarse una opinión fundada y acertada sobre la situación internacional. No veo cómo podría yo personalmente dar información sobre las secciones vecinas, cuando quienes pertenecen a esas secciones me parecen más cualificados para ello.

Intentaré, en la medida de lo posible, comunicaros algunas cosas sobre la situación de mi país. Se trata, naturalmente, de la situación de la clase obrera.

He dicho que esa situación parece haber mejorado algo. Digo «parece» porque la mejora, en realidad, en la medida en que se ha manifestado, solo ha consistido en que el paro ha desaparecido, por así decirlo. Es cierto que en Francia sigue habiendo parados. Pero después de la terrible crisis que atravesamos hace unos dos años, podemos decir ahora que esa crisis ha pasado. Actualmente podemos afirmar que en nuestro país solo hay un número insignificante de parados. Esa crisis afectó a cientos de miles de obreros. En esa ocasión pudimos darnos cuenta de que la actividad comunista en el terreno de la propaganda, de la acción y de la organización había sido útil, al menos para Francia.

Este es, en efecto, el país donde antaño los obreros que estaban en paro lanzaron la consigna, célebre para siempre: Vivir trabajando o morir combatiendo122.

Con ocasión de esa crisis de paro pudimos reconocer también que la burguesía había percibido muy bien que podía surgir un peligro para sus privilegios si el paro no solo persistía, sino que se agravaba todavía más.

Personalmente, en el centro obrero donde trabajo para nuestro partido, desarrollé una propaganda activa para abrir los ojos a los obreros sobre las verdaderas causas de las que había surgido ese paro.

¿Cuál es la propaganda que tendríamos que desplegar si estallara una nueva crisis de paro? Diremos a los obreros de Francia: «Vuestros amos os dijeron durante toda la guerra que erais el país de la victoria. ¿No os decían: tenéis que conseguir a toda costa esa victoria, porque si vuestro país sufre una derrota, eso significará para los obreros la miseria en la posguerra? Añadían: si, por el contrario, sale vencedor, si resistís, habrá un periodo de prosperidad y del trabajo más intenso. Francia se convertiría en un verdadero país de Jauja. Pero he aquí la realidad:

Habéis conseguido la victoria, habéis resistido. ¿El resultado? 1.500.000 muertos, 800.000 mutilados, y para vosotros miseria y paro».

Veis, pues, camaradas, de qué manera podemos desplegar nuestra propaganda. A consecuencia de la guerra no había demanda de obreros. Había ciertamente 1.500.000 muertos, y sin embargo no había trabajo para los supervivientes. Era una prueba clara del desorden del régimen capitalista. Era una prueba que se imponía a todos los obreros, en cuyo espíritu nuestra propaganda penetra con tanta dificultad cuando no tenemos a mano hechos concretos como este.

Hemos destacado en particular esta cuestión, y puedo decir que nuestra propaganda ha dado frutos.

También ahora nos encontramos en una crisis de carestía y de salarios; puede afirmarse que en nuestro país los salarios se han rebajado muy fuertemente. Así, en el sindicato de los mineros se han rebajado los salarios en unos 3 francos diarios, y se piensa en hacer nuevas reducciones. El coeficiente del coste de la vida se da, por así decirlo oficialmente, en un 350 % del coste de la vida de antes de la guerra, cuando el salario era de unos 6 francos diarios; por consiguiente, para obtener hoy un salario normal habría que ganar de 18 a 20 francos diarios.

En general puede decirse que el salario medio del obrero, al menos en la región en que yo actúo, es de unos 12 francos diarios.

De ello no resulta, ciertamente, un estado de miseria comparable al de los obreros de Alemania, de Austria o de Italia, pero sí un estado que se acerca al de la miseria. Si la ofensiva del capitalismo continúa y si una nueva rebaja de salarios es su consecuencia, la vida se hará cada vez más difícil para los obreros y, por consiguiente, el terreno será bastante más favorable para nuestra propaganda.

Esta rebaja de salarios se agrava todavía por la carestía de la vida. La impunidad que se garantiza a los especuladores y usureros y, por otra parte, la reducción de salarios en todo el país hacen cada vez más difícil la situación económica de los obreros, y nuestra propaganda da, por consiguiente, mejores resultados.

También la falta de vivienda pesa duramente sobre las masas obreras. Los alquileres suben cada vez más, pero no se construye. Mientras que en Alemania, por ejemplo, se han construido 170.000 casas, mientras que Inglaterra destina unos 10.000 millones a la construcción de viviendas baratas, la Francia victoriosa solo ha gastado 300 millones con este fin. Pero estamos en una república, y nos basta con tener la palabra sin obtener la cosa misma; el Estado no interviene para proteger a la clase obrera.

Todas estas consideraciones nos obligan a decir que podemos predecir para el próximo futuro de la clase obrera francesa el destino desgraciado y miserable de toda la clase obrera de Europa y del mundo.

Esta situación se agrava todavía por una crisis financiera, a la que también aludió el camarada Zinóviev en su informe, una crisis que nos llevará —como lo expresó muy bien el camarada Cachin en un artículo claro en L'Humanité, al exponer la opinión del señor Bokanowski123, meritorio financiero de la Cámara francesa— a tener en 1929 una deuda de 430.000 millones, y a que todo el presupuesto actual del Estado, aunque Alemania pagara, no sería capaz de atender a todas las exigencias de la administración, de la deuda pública y de los intereses.

Veis, pues, hacia dónde vamos, aun cuando Alemania pague. Ahora bien, puede decirse que en Francia nadie cree en ese milagro, nadie puede creer que se haga sangrar a las piedras; nos acordamos del refrán: donde no hay, el rey lo pierde.

Cuando hace poco se pronunció en la Cámara francesa la frase: «¡Alemania pagará!», todos los diputados estallaron en carcajadas; ya nadie quiere pronunciar esas palabras, tan claro está para todo el mundo que Alemania nunca podrá pagar.

Nadie quiere pagar. La burguesía francesa tan poco como las demás. La burguesía cuenta con el proletariado francés, y así se explica también la ofensiva del capital, y lo mismo ocurre en todos los países del mundo. Ofensiva directa contra los salarios, contra la jornada de trabajo, impuestos sobre los salarios, sobre la cifra de negocios, cargas pesadas que oprimen cada vez más a las masas trabajadoras.

Podemos afirmar, por consiguiente, sin temor a equivocarnos, que la situación de nuestro país puede considerarse una situación revolucionaria, que se irá haciendo cada vez más revolucionaria. Los puntos de la Internacional que se refieren a la unidad del frente revolucionario y al frente único llegan, pues, en el momento oportuno para nuestro país; tenemos que tomar en consideración todas las posibilidades que puedan presentarse en el futuro. Se ha dicho mucho malo de la actitud del partido francés. No por eso estoy enfadado, ni siquiera con quienes han hecho la crítica más dura. Eso demuestra, a mi juicio, que, si se nos critica tan duramente, es que también se cuenta mucho con nosotros, y se hace bien en contar con nosotros.

Con todo, no hay que olvidar que, si en Francia tenemos la dudosa suerte de estar gobernados por el Bloque Nacional124 y por la camarilla del señor Poincaré125, que se apoyan en un ejército fuerte; si Francia se ha convertido, como se dice, en el perro rabioso de la reacción, que amenaza toda posibilidad de revolución en el mundo y, ante todo, en Alemania; si es verdad que Francia fue la autora de aquel plan que Poincaré llamó la alambrada en torno a Rusia, no es culpa nuestra. No hay que creer que nuestro ejército se contente con amenazar a Alemania: también pesa sobre nosotros, y os ruego que no lo olvidéis. Eso no quiere decir que no vayamos a reunir el valor necesario para cumplir nuestros deberes. Pero, si consideramos la situación que puede presentarse mañana, si tomamos en consideración el esfuerzo de la burguesía, consciente de los peligros que amenazan sus intereses, tenemos derecho a pedir a la Internacional que tenga confianza en nosotros y que valore como es debido las grandes dificultades. Pedimos asimismo que reconozca los esfuerzos que hemos hecho para aplicar en la mayor medida posible las resoluciones adoptadas y para seguir por ese camino, a fin de llegar a ser en el próximo futuro uno de los mejores partidos de la Internacional Comunista. Por lo demás, eso no es para nosotros solo un deber de obediencia, sino también un instinto de conservación. Supongamos que no hubiera habido ninguna Revolución rusa, ninguna Internacional Comunista, sino solo esta guerra imperialista de cuya liquidación se trata hoy. ¿Creéis que no habríamos sentido nosotros mismos la necesidad de reflexionar sobre la acción que había que emprender? Para ello habría bastado con observar la actividad de nuestra burguesía contra nosotros. Se ha hablado del fascismo, de organizaciones semejantes que existen en Alemania, pero tampoco nosotros, en nuestro país, nos libramos de ello. En la Francia del Bloque Nacional la burguesía se organiza. Ha creado la llamada «guardia cívica de los voluntarios del orden». La organización de esos voluntarios está bajo la protección de los prefectos. Todos esos voluntarios, que desempeñaron un papel por primera vez en las huelgas de 1920, cuando sustituyeron a los maquinistas en las locomotoras y a los conductores en los automóviles, empezando así su miserable misión capitalista con un trabajo de esquiroles, están, según se desprende de documentos oficiales, equipados del modo más moderno y, para que no les quepa duda sobre su tarea, han recibido cada uno 8 paquetes de cartuchos.

Eso es lo que nos espera mañana. Actualmente se está creando también toda una organización de gendarmería ligera. Solo para la región de Saint-Étienne están previstos 200 gendarmes, y se sabe lo que eso quiere decir en un centro obrero así. La burguesía no solo ha tomado estas diversas medidas, sino que acaricia ahora también el proyecto de nacionalizar la policía municipal.

No puede haber, pues, ninguna duda de que la burguesía sabe lo que le espera mañana. Al tomar todas las medidas de precaución posibles, cree que la clase obrera, al ver estos preparativos de la burguesía, no recurrirá al medio que le dictará el instinto de conservación.

En Francia los capitalistas defienden con fuerzas unidas sus cajas fuertes.

Esta simple ojeada a la situación demuestra que la clase obrera de nuestro país piensa por sí misma en crear el frente único de todos los elementos revolucionarios. Creemos que es necesario lograr cuanto antes esa unión entre todos los luchadores proletarios, las organizaciones sindicales y las políticas, para poder resistir a la contrarrevolución de la burguesía.

La primera tarea que tenemos que cumplir es la unidad del frente revolucionario. Si no lo conseguimos, seremos incapaces de defendernos, porque cuando la casa ya arda será demasiado tarde para unirse. ¿Por qué iba a haber aquí la menor vacilación?

¿Se puede seguir pronunciando grandes discursos sobre el valor más o menos revolucionario de tal o cual organización?

En Francia no se encontró tiempo, por ejemplo, para acostumbrarse a la idea de la unión orgánica. Pero en Le Havre se ha creado esa unión orgánica. Comunistas y sindicalistas han conocido en las cárceles de la República francesa las delicias de la unión orgánica. Más vale realizarla para la defensa que sufrir los rigores de nuestro gobierno. Este argumento, por lo demás, nos lo han proporcionado ya hechos anteriores de la historia.

Basta con pensar en la sangrienta experiencia de la Comuna para no hacernos ninguna ilusión sobre la actitud de la burguesía; sus gendarmes, su guardia cívica, el ejército nos muestran que tenemos que prepararnos.

Por eso creemos que en nuestro partido francés reinará pronto una unanimidad completa sobre la necesidad de crear el frente único de todos los elementos revolucionarios.

Cuando hayamos creado el frente único, podremos naturalmente ir mejor a las masas y explicarles que los obreros se unen para defender sus intereses. Eso nos será ventajoso, porque tendremos la posibilidad de adoptar una posición clara y de obligar a los dirigentes reformistas a mostrar lo que piensan.

Esa es, trazada a grandes rasgos, nuestra actitud. Es la actitud de la Internacional, tanto en lo que se refiere a la relación del partido con los sindicatos como en lo que se refiere al frente único de todos los obreros.

Era necesario hacer esta declaración. Repito que he preferido no ceder a los ruegos de quienes querían inducirme a rechazar los ataques dirigidos contra el partido francés desde esta tribuna. Pero tengo que decir que los lamento. Me parecía que en las decisiones que se nos habían comunicado se había reservado la cuestión de los conflictos a las comisiones competentes. No se pudo impedir que se hablara de esta cuestión desde la tribuna, pero pedimos en todo caso que, sin perjuicio de la solución general que salga de la comisión francesa, se haga justicia a todos nuestros esfuerzos. Esperamos que se tenga en cuenta esta declaración formal que hacemos. Queremos seguir siendo soldados fieles de la Internacional Comunista. Veo sonreír a nuestro camarada Souvarine126 y no sé si es esta declaración lo que le da motivo para ello. (Interrupción de Rieux: No, es solo tu discurso.) ¿Es el discurso? Pues entonces permitidme deciros que adoptáis una actitud cómica.

Hay camaradas que se entregan por completo a una idea y que afirman que nuestro partido está todavía demasiado impregnado del espíritu socialdemócrata. Hay otros que hacen esfuerzos desesperados para traer a nosotros a todos aquellos elementos que son capaces de venir a nosotros. Y cuando camaradas que han comprendido hace tiempo la verdad —y aunque no la hayan comprendido hace tiempo, tanto más meritorio es por su parte que acaben por hacerlo— suben a la tribuna de un congreso para expresar su convicción profunda, antigua o nueva, entonces se sonríe. El camarada dice: «¡Tu discurso me hace reír!». (Interrupción de Rieux (Francia): Es un discurso para un mitin, pero no para un congreso de la Internacional.) Esa es quizá tu opinión, porque habrías preferido que se trajeran aquí los chismorreos del congreso de París. Yo he preferido informar a la Internacional sobre lo que ocurre en mi país. No demostráis que tengáis sinceramente el deseo de atraeros nuevos elementos cuando adoptáis semejante actitud.

Afirmáis que poseéis el apoyo moral de la Internacional. Permitidme deciros que se podría pensar que defendéis una marca de fábrica. Quería abstenerme de semejantes palabras, pero vuestra actitud lo ha hecho imposible. Pero nuestra resolución no cambia por ello en lo más mínimo.

Yo soy de aquellos —y quizá volváis a reíros— que desde su primera juventud, desde los 25 años, están en su puesto. Nunca he abandonado mi organización, nunca he cambiado de partido, he venido a la Internacional Comunista y me quedaré en ella. Si he venido a ella, ha sido para seguir siendo lo que siempre había sido en el pasado. Estad convencidos de que, a pesar de las mezquinas calumnias que difundís aquí sobre nuestro espíritu socialdemócrata, todavía nos quedan juventud y voluntad suficientes para continuar nuestra acción en el sentido de los resultados de este congreso.

En Francia os hacéis pasar por los representantes de la Revolución rusa, y eso os da la aureola de un heroísmo que os sienta bien. Pero yo respeto las luchas de la Revolución rusa, y con razón afirmo que la piel del león os sienta muy mal. No tenéis derecho a considerar el escenario de nuestro trabajo como territorio conquistado. Nosotros lo consideramos un lugar de peligro y de lucha.

En Francia sabemos muy bien hasta qué punto se nos puede empujar, conocemos el juego que vamos a jugar, y vosotros lo sabéis tan bien como nosotros. Cuando unos camaradas os hablan con plena convicción y cuando, por toda su acción y su actividad, deberían inspiraros al menos el respeto que los camaradas se deben unos a otros, no deberíais reír. Reír no significa nada, y sería más correcto presentar aquí resoluciones y razones sensatas. Para poner fin a este incidente —lamento mucho haberlo prolongado—, subrayo una vez más nuestra firme voluntad de seguir siendo fieles a la Internacional Comunista.

Nuestro congreso nacional lo ha demostrado con toda nuestra actividad en el pasado, y también nuestra actividad futura lo demostrará todavía. Ya veremos quién podrá afirmar con razón que es una célula pura. No pedimos premios. Nos basta con haber cumplido plenamente nuestro deber. (Aplausos del centro francés.)

Se levanta la sesión a las 11.45 de la noche.

Sexta sesión, domingo 12 de noviembre de 1922

Continuación de la discusión sobre el informe del Comité Ejecutivo de la IC.

Oradores: Rosmer, Rádek, Peluso, Ravesteyn, Landler, Acevedo, Domski, Kolárov, Seiden, Bujarin, Katayama, Rákosi. Apertura: 12.30 del mediodía.

Preside: Kolárov, después Marchlewski.

Presidente: En la lista de oradores figuran todavía unos 20 camaradas. Creo que es suficiente; habría que cerrar la lista. ¿Ninguna objeción? Queda cerrada la lista. El Presidium propone que se constituya una comisión encargada de redactar una resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo. Las distintas delegaciones han enviado a esta comisión a los siguientes camaradas: Bordiga, Ruth Fischer, Renaud Jean, Roy, Welti, Grepp, Stern, Penelón, Acevedo, Ravesteyn, Michalkowski.

Bordiga: ¿Se ocupará esta comisión de las dos partes del discurso de Zinóviev?

Presidente: No, se trata solo del informe.

Schüller: Como representante de la juventud proponemos al camarada Vujović.

Presidente: ¿Nadie en contra? Aprobado.

Se ruega a la comisión que se reúna inmediatamente, para que pueda tener lista la resolución antes del final del debate.

Rosmer127 (Francia): No es en absoluto mi intención polemizar, con ocasión del informe del Comité Ejecutivo, con un camarada de la delegación francesa. Tendremos para ello ocasiones de sobra en la discusión sobre la cuestión francesa, de modo que no hace falta empezar ya ahora.

Sin embargo, el camarada Faure, al final de su discurso de ayer por la tarde, hizo una declaración que considero tan importante y tan grave que me permito examinarla ahora mismo.

Al final de su discurso, el camarada Faure expresó su vivo pesar por los ataques que distintos oradores han dirigido contra el partido francés. Es una declaración muy grave, porque no expresa solo la opinión del camarada Faure.

Sabemos muy bien que esta opinión está bastante extendida en Francia, incluso entre los camaradas responsables de la dirección del partido, y que todas las intervenciones de miembros de partidos comunistas o de representantes de la Internacional Comunista se consideran constantemente injerencias inadmisibles e insoportables en la vida del partido francés.

Esta concepción de la Internacional Comunista, completamente errónea y peligrosa, es la fuente de todas las dificultades que tan a menudo han surgido en el curso de los últimos 15 meses entre la Internacional Comunista y su sección francesa.

Aquí estamos entre comunistas; discutimos y examinamos la situación internacional. Los problemas particulares que se les han planteado a los camaradas franceses no interesan solo a los camaradas franceses, sino también a los camaradas de los demás países, tanto más cuanto que Francia ocupa desde la guerra imperialista una posición de suma importancia. El ejército francés ha sido en todas partes el instrumento de la contrarrevolución, y nuestros camaradas de los demás partidos tienen todo el derecho de hacer aquí de la acción del partido francés la crítica que consideren necesaria.

El camarada Meyer, por ejemplo, tiene razón cuando dice que la conducta del Partido Comunista de Francia ha estorbado mucho la acción del Partido Comunista de Alemania. Sabemos que es verdad. Podemos discutir la opinión de nuestro camarada alemán, pero sabemos que tiene razón. Sabemos que el Partido Comunista de Francia no ha cumplido con su deber en la acción que era necesaria para apoyar a nuestros camaradas alemanes en su lucha cotidiana.

Nuestro camarada Meyer añade: hace poco se celebró en Colonia una conferencia en la que se reunieron los representantes del Partido Comunista de Francia y del Partido Comunista de Alemania. Esa conferencia tomó acuerdos, pero esos acuerdos no pudieron llevarse a la práctica a causa de las disensiones internas surgidas en el Partido Comunista de Francia.

Y como conclusión dice: insistimos en que la cuestión francesa quede aquí liquidada definitivamente.

Por mi parte, considero que es una exigencia completamente justificada.

Si todavía hiciera falta citar otros ejemplos en que los camaradas extranjeros tendrían derecho a criticar la acción de los revolucionarios franceses, aún mencionaría un hecho especialmente grave: la huelga general acordada por los representantes de las organizaciones francesas, italianas e inglesas para el 21 de julio de 1920.128 (Renaud Jean: ¡El Partido Comunista no existía todavía entonces!) Ya sabéis lo que ocurrió entonces. La CGT francesa había contraído un compromiso; había prometido lanzar la consigna de la huelga general y, sin embargo, en el último momento se tomó un nuevo acuerdo en el que se decía que, dadas las difíciles circunstancias en que se encontraba la CGT francesa y ante las amenazas del gobierno, no estaba en condiciones de cumplir los compromisos contraídos ni de participar en el movimiento huelguístico anunciado.

Las consecuencias las vimos enseguida.

Inmediatamente después del fracaso de esta manifestación, la burguesía francesa se sintió lo bastante segura para emprender del modo más brutal la lucha contra la república soviética húngara, hacer marchar contra ella los ejércitos franceses y aplastar el sistema soviético en Hungría.

El camarada Renaud Jean dice que el Partido Comunista no existía todavía entonces. Es cierto. El Partido Comunista de Francia tiene ya bastante en su pasivo como para añadirle más. Pero yo no me sitúo en el estrecho punto de vista del Partido Comunista de Francia. Considero el movimiento obrero francés en su conjunto.

Subrayo que los camaradas extranjeros están completamente en su derecho cuando, en un congreso como este, nos piden explicaciones y nos preguntan: ¿hacéis todo lo posible para prepararos? ¿Fortalecéis vuestra organización para crear un partido comunista capaz de llevar a cabo la tarea que le corresponde en las circunstancias actuales? (Dormoy: ¡Es exactamente nuestra opinión!) Las palabras que pronunció ayer por la tarde el camarada Ferdinand Faure no eran precisamente las más adecuadas para hacer creer a nuestros camaradas extranjeros que esa fuera la opinión unánime de la delegación francesa. Si vuelvo sobre esta declaración del camarada Faure acerca de este punto concreto, es también porque opino que en el Partido Comunista reina un espíritu nacionalista completamente inadmisible y que tenemos que extirparlo. El camarada Dormoy sabe que hay camaradas franceses, entre ellos miembros influyentes del partido, que consideran inadmisible que un camarada extranjero juzgue y critique la política del partido francés. Cuando viene a nosotros un camarada de Italia, de Alemania o de Rusia, para nosotros no es un extranjero, sino un comunista. Pero el camarada Dormoy sabe que, para los miembros del partido francés, un camarada así no es ante todo un comunista, sino un extranjero que viene a inmiscuirse en asuntos que no le importan en absoluto. Quisiera pasar ahora a los puntos que se refieren al informe del camarada Zinóviev y examinar a toda prisa la cuestión del frente único y del artículo 9 de los estatutos, así como la crisis del partido francés y la conducta del Comité Ejecutivo ante esa crisis.

El camarada Duret declaró ayer que, en cuanto se habló en Francia de esta táctica del frente único, estalló enseguida una indignación, por así decirlo, general de todos los obreros franceses, y añade que, en fin de cuentas, fue una reacción sana frente a una táctica sumamente peligrosa.

Creo que lo dicho por el camarada Duret sobre este punto necesita un complemento.

¿Por qué se produjo una indignación, por así decirlo, unánime de los obreros franceses?

La explicación es muy sencilla. Basta recordar de qué manera se presentó el frente único a los obreros franceses. Se les presentó como una táctica de negación del comunismo, como un retorno al reformismo, como una renuncia a los principios que hasta entonces habían servido de fundamento a la Internacional Comunista. Se habló de un desarme de la revolución y de otras cosas de la misma importancia. No era nada sorprendente que los obreros franceses estuvieran inquietos y preocupados y que se dijeran: nos negamos rotundamente a embarcarnos en una táctica que tiene que llevarnos a la reconciliación con los disidentes y al abandono del comunismo.

¿Por qué pudo abrirse paso con tanta facilidad en Francia una interpretación tan fantástica del frente único?

Porque allí se ignoraban todas las cuestiones que interesan al movimiento obrero mundial. Esta cuestión del frente único no era en absoluto una cuestión nueva. Se podía estar ya familiarizado con ella. Su primera aplicación se dio en Alemania; en Francia, sin embargo, era algo nuevo, y parecía como si la táctica propuesta significara de hecho una ruptura con toda la táctica seguida hasta entonces.

Los camaradas que desplegaron esta peligrosa fantasía en el asunto del frente único eran sin duda sinceros; se debe a su desconocimiento del movimiento internacional que pudieran quedar tan sinceramente consternados ante las nuevas propuestas hechas por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

Si se quisiera resumir ahora todo lo que se dijo en Francia sobre el frente único en aquel primer período, podría hacerse bajo este título: «Todo lo que no tiene nada que ver con el frente único».

Los comunistas que desfiguraron tan terriblemente esta táctica encontraron apoyo en los camaradas sindicalistas, que en este asunto no eran más perspicaces que ellos ni entendían de esta táctica más que ellos. Es verdad que precisamente en el momento en que el Ejecutivo hizo esta propuesta en Francia se estaba produciendo la escisión de la organización sindical. En el momento en que se consumaba la disgregación, cuando el movimiento obrero había quedado escindido por culpa de los dirigentes reformistas, era naturalmente difícil aplicar enseguida la táctica del frente único. Pero la oposición contra el frente único no se refería a puntos concretos ni al modo de llevarlo a la práctica. Toda la táctica del frente único fue rechazada como una propuesta peligrosa venida de la Internacional Comunista.

Así pues, se predispuso a la gran mayoría de los obreros franceses contra la táctica del frente único y, una vez predispuestos contra ella, se sirvieron de ellos para declarar a la Internacional Comunista que era imposible aplicar esa táctica en Francia. Se decía: tendremos a todos los obreros en contra, los obreros no quieren saber nada de la táctica del frente único. El partido francés envió una delegación a la sesión de febrero del Ejecutivo Ampliado, y quizá convenga recordar que esa delegación, con excepción de la izquierda, comprendía miembros de todas las tendencias. El camarada Cachin representaba al centro, el camarada Daniel Renoult representaba a su corriente y otro camarada representaba la tendencia de la extrema izquierda. Todos estos camaradas estaban completamente de acuerdo sobre la táctica del frente único. No encontraron entonces la explicación que dio ayer a posteriori el camarada Duret: que el Partido Comunista de Francia era un partido demasiado joven, que no tenía tras de sí un pasado revolucionario, que no podía permitirse el riesgo de embarcarse en una acción de masas. Estos camaradas no nos dijeron nada de eso. Nos dijeron: ¿formar un frente único? ¿Con quién? ¿Con los disidentes? Ya no existen. Es una fracción completamente insignificante. No merece la pena decir una palabra sobre ellos. ¿La CGT de la rue Lafayette?129 Está en plena descomposición. Sus sindicatos están vacíos, y sería absurdo buscar allí un aumento de fuerzas.

En esto fundaban estos camaradas su oposición al frente único. Lo repito: eran camaradas de todos los matices, con excepción de la izquierda. Eran unánimes, formaban un bloque intocable y estaban decididos a no dejar que nadie se les acercara.

Los camaradas franceses —al menos los que estaban allí— demostraron una energía que nos gustaría verles en otras circunstancias, cuando se trata de actuar como verdaderos comunistas. En esta cuestión del frente único demostraron una energía digna de reconocimiento. Hubo una discusión. Vieron que ni una sola sección de la Internacional compartía su concepción. Encontraron, sin embargo, apoyo en los camaradas italianos, que no tenían una concepción propia, sobre todo acerca de lo que debe ser un partido comunista. Los italianos firmaron entonces declaraciones conjuntas con la delegación francesa y le prestaron así un cierto apoyo. Esto llevó a la delegación francesa a mantener su hostilidad y a persistir en su postura frente al frente único.

Tras el regreso de la delegación se reunió en Francia el Consejo Nacional, que volvió a examinar la cuestión del frente único, y la discusión llevó a la votación de una resolución que es verdaderamente lo más extravagante que pueda imaginarse. El Partido Comunista de Francia no solo demostró que no entendía nada de la táctica del frente único, sino que declaró además que la Internacional Comunista y los partidos comunistas que aplicaban el frente único ya no eran revolucionarios y se inclinaban hacia el reformismo, hacia la socialdemocracia.

Era el Partido Comunista de Francia el que hablaba así.

El camarada Ferdinand Faure se queja de que un camarada alemán critique al partido francés, pero olvida con demasiada facilidad lo que el partido francés hizo entonces. No es cosa fácil hacerse el comunista de izquierda. Hay partidos y grupos que están legitimados para adoptar esa posición. Pero el partido francés es el último que puede permitirse jugar al comunismo de izquierda. Ahora que la cuestión francesa se ha discutido tantas veces en la Internacional Comunista y que todos los camaradas conocen esta cuestión hasta en sus menores detalles, reina la opinión unánime de que el partido francés no solo no está demasiado a la izquierda, sino que está demasiado a la derecha para poder ser un verdadero partido comunista. Después, esta hostilidad absoluta frente al frente único se ha calmado. El partido francés, a pesar de todo, se inclinaba a mantener esa hostilidad, mientras que el frente único ya se había realizado más o menos en todas partes, incluso en Francia. Al mismo tiempo que en Francia se declaraba completamente imposible esta táctica, ya podían verse ejemplos de ella, y sobre todo en el movimiento sindical. La CGT de la rue Lafayette se consideraba una fuerza que ya no existía, con la que no había que contar. Pero nosotros no teníamos ningún interés en engañarnos sobre las fuerzas reales de que disponíamos. Cuando los camaradas de la primera delegación llegaron aquí, nosotros acabábamos de salir de París.

En el curso de unos pocos días no había ocurrido nada que pudiera cambiar la situación. No hay que exagerar. La rue Lafayette sigue siendo una fuerza. Se lo dijimos a los camaradas, que nos respondieron: «No, no, allí no queda absolutamente nada, allí no hay más que escisión, disolución y descomposición».

En Francia se siguió con la misma táctica. Sobre los efectivos de la CGTU y de la CGT se difundieron afirmaciones falsas y absurdas. Naturalmente, era difícil dar cifras exactas, pero se sabía, sin necesidad de indicar un porcentaje exacto, que en la rue Lafayette habían quedado, procedentes de ciertas corporaciones, fuerzas grandes y nada desdeñables. Ciertos oficios, ciertas industrias de gran importancia económica, como los mineros, disponen todavía de grandes fuerzas. Y es imposible emprender una acción de la clase obrera sin ellas.

La resistencia contra el frente único se ha debilitado algo, aunque no muy deprisa. Pero se ha podido comprobar el hecho extraordinario de que, en el momento de la realización del frente único propuesto por las organizaciones que habían reconocido la necesidad de la unidad en la situación dada, los camaradas franceses dijeron: «No, eso no es importante, ya veremos dentro de 6 meses». Primero habían dicho que el frente único era irrealizable y, cuando el frente único se realizó, dijeron:

«Ya veremos más adelante».

¿Cuál fue el resultado de esta táctica? El partido francés no solo ha quedado sumido en el estado de pasividad del que habló el camarada Bujarin, sino que ha agravado aún más esa pasividad.

El camarada Duret anda siempre en busca de acciones de masas y tiene toda la razón en querer llevar al partido a acciones de masas. Quiere sacar al partido del estado de estancamiento en que se encuentra desde hace tiempo, pero en cuanto se le presenta una ocasión para ello la rechaza. Nos dijo que el frente único era imposible, pero que, si se pudieran crear consejos de fábrica, sería posible, porque uno podría apoyarse en ellos. Así que primero hay que crear los consejos de fábrica, después vendrían el frente único y la acción de masas.

Terminada la segunda sesión del Ejecutivo Ampliado, el camarada Frossard volvió a Francia. No puedo decir que estuviera convencido de la oportunidad de la táctica del frente único ni que estuviera decidido a aceptarla. Pero declaró que no había que hacerse ilusiones sobre la opinión de la Internacional a este respecto. El partido francés estaba completamente aislado, era imposible seguir en ese aislamiento e imposible también esperar la decisión del IV Congreso Mundial. En efecto, se había dicho que el Ejecutivo no tenía ni las atribuciones ni los poderes para imponer la disciplina en una cuestión de este orden, y que solo el IV Congreso podía decidir sobre ello.

A su regreso a Francia, Frossard dijo que no se podía seguir dudando en adherirse a la táctica del frente único. Consiguió atraerse a un gran número de camaradas y en el congreso se aprobó la táctica del frente único por gran mayoría.

Vemos, pues, que hubo discusiones interminables para llegar a la más pequeña acción, mientras el frente único se imponía de hecho por sí mismo. Se impuso contra el Partido Comunista, puesto que el Partido Comunista había estado constantemente en contra.

Es decir, una acción que se ha realizado. El partido no solo no ha hecho nada para ello, sino que da la impresión de ser su adversario y de no tener nada distinto que proponer. Los adversarios del frente único habrían tenido la mejor posición si hubieran propuesto algo mejor. Pero no propusieron nada.

¿Cuál habría sido la posición del partido francés si hubiera comprendido desde el principio el papel que tenía que desempeñar como sección de la Internacional Comunista? Si el Partido Comunista Francés hubiera entendido correctamente la táctica del frente único, no se le habría impuesto de la noche a la mañana. Se le habría concedido un período más o menos largo, durante el cual el frente único que ahora se realiza se habría impuesto probablemente más deprisa, y el Partido Comunista habría sacado de ello todo el provecho. Así se habría ganado la confianza de las masas y habría reforzado los lazos, todavía insuficientes y débiles, con la clase obrera.

Vamos ahora a los peligros del frente único.

Naturalmente, la táctica del frente único, como todas las demás tácticas, encierra numerosos peligros de los que hay que protegerse. En Francia existen tradiciones democráticas que entrañan para el partido el peligro de unirlo con los disidentes y restablecer la unidad. Pero, aunque no propusiéramos la táctica del frente único, ¿evitaríamos por eso esos peligros? Se presentan con tanta frecuencia que deberíamos conocerlos.

La camarada Ruth Fischer, que intentó reivindicar para sí la oposición francesa al frente único, nos ha mostrado que su actitud no tenía nada en común con la de aquella. Ha señalado algunos peligros de esta táctica en ciertas explicaciones. Eso es muy útil. Tenemos que criticar constantemente nuestra acción, mostrar en qué nos hemos equivocado, en qué sentido hemos tomado un camino erróneo, para sacar provecho de la experiencia adquirida en el futuro. Pero eso es todo. No está permitido en modo alguno rechazar toda la táctica.

La Internacional Comunista salvó ya en 1920 al movimiento obrero internacional cuando prohibió a los revolucionarios abandonar los sindicatos reformistas. Con la táctica del frente único ha vuelto a salvar el movimiento obrero, en un momento en que las circunstancias habían cambiado por completo y las fuerzas estaban dispersas.

También en 1920 había numerosos camaradas, y buenos revolucionarios, que opinaban que el período de la organización sindical había pasado. Creían que ya no había que emprender nada en los sindicatos reformistas para ganarlos para nosotros. Pero mientras no se los haya ganado, no se habrá demostrado que se es capaz de hacer la revolución. Es la primera tarea, y no la menor, que tienen ante sí los revolucionarios.

Con la táctica del frente único, la Internacional Comunista ha prestado a la clase obrera el mismo servicio.

La escisión se había consumado, y había que encontrar el camino para unir a los elementos de las distintas organizaciones en una lucha común.

Para la propia acción obrera era de gran provecho tomar posición al respecto. Esta acción común era absolutamente necesaria para atenuar las consecuencias de la escisión, que ya causaba grandes daños, y para agrupar a los obreros contra el capitalismo.

Pasemos ahora al § 9. Es sorprendente que haya sido precisamente el partido francés el que ha planteado esta cuestión y el que muestra tal interés por los estatutos de la Internacional Comunista. Los textos de la Internacional Comunista, por lo general, en Francia ni se leen ni se conocen. Se descubrió el § 9 porque hubo un asunto Fabre, y como era difícil emprender la lucha en torno al asunto Fabre, se emprendió en torno al § 9. El texto no parecía del todo claro. En ese texto se dice que la Internacional Comunista puede expulsar a una sección. Evidentemente, si puede expulsar a una sección, puede expulsar también a un miembro de esa sección. Pero los camaradas franceses decían: «No, la Internacional Comunista no puede hacer eso; además, el § 9 da al Ejecutivo poderes demasiado grandes, que hay que revisar».

Los mismos camaradas que habían planteado esta cuestión del § 9 se opusieron también a la propuesta de convocar en adelante los congresos nacionales después de los congresos internacionales. Decían: la Internacional Comunista quiere que en los congresos se discutan los asuntos de las secciones nacionales; pero entonces estas ya no tendrían nada que decir. Si se reunieran después del congreso internacional, no les quedaría otra cosa que hacer que ejecutar los acuerdos tomados. Se dijo que eso no era admisible, que la Internacional Comunista era propiedad de la masa y debía ser dirigida por las propias masas.

Esto se decía en Francia. El Partido Comunista Francés está compuesto de partes de distinto origen, que reflejan opiniones diversas, débilmente soldadas entre sí. Solo el vínculo con la Internacional Comunista puede mantener con vida al Partido Comunista Francés. Pero precisamente este vínculo ha sido sacudido, rebajado, disminuido, presentado como algo inadmisible, que condena a las secciones nacionales a un papel pasivo en la Internacional, ya sea en el establecimiento de los principios, ya sea en la ejecución de las líneas tácticas.

Los camaradas que han defendido esta opinión en Francia reconocen hoy, sin duda, que han tomado un camino peligroso para el comunismo francés. El camarada Duret ha cambiado mucho desde que salió de París. No lo reconocemos. Pero el camarada Bujarin, que no lo había visto nunca, lo ha reconocido muy bien y nos ha caracterizado su posición de tal manera que, a mi juicio, ya no es necesario volver a hablar de ello. (Duret: ¿Por qué?) Porque el presidente me ha advertido de que mi tiempo se ha agotado.

Solo quisiera decir unas palabras sobre el punto que no está claro en el informe del camarada Zinóviev: los consejos de fábrica.

En la traducción francesa de este texto se decía que un partido comunista, mientras no haya creado consejos de fábrica, no puede ser tomado en serio. El camarada Murphy ha subrayado con razón este punto al decir que la voluntad de un partido comunista no basta para crear consejos de fábrica y que para ello hace falta un conjunto de condiciones. Soy exactamente de la misma opinión. Nos ha mostrado cómo se planteaba la cuestión en Inglaterra. La misma cuestión se planteaba en Francia, y está claro que la dificultad de crear ahora consejos de fábrica es tan grande en Francia como en Inglaterra, aunque por razones distintas. Los intentos hechos en esa dirección han quedado aislados, y no se puede decir que esta cuestión esté en Francia en vías de realización. Es imposible prever la formación de consejos de fábrica con la claridad suficiente para poder hablar de un fenómeno que interese a todo el partido. (Varias voces: Se formarán.) Naturalmente, pero era necesario subrayar este punto. El proyecto de resolución presentado dice: «El IV Congreso de la Internacional Comunista aprueba la decisión tomada por el Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre la crisis interna del Partido Comunista Francés».

Ya no tengo tiempo de abordar ahora, ni siquiera brevemente, la cuestión de la crisis del partido francés. Esta cuestión se discutirá más adelante. Entonces mostraremos por qué los acuerdos tomados por el Ejecutivo de la Internacional Comunista no fueron capaces de resolverla y cuáles son las razones de la importancia de esta crisis, que se manifestó tan agudamente en el último congreso del Partido Comunista Francés. (Aplausos.)

Presidente: La delegación holandesa ha presentado una propuesta en la que pide que el tiempo de palabra de cada orador inscrito se limite a 5 minutos. Quedan inscritos todavía 20 oradores, entre ellos representantes de partidos que aún no han hecho uso de la palabra, mientras que otros ya han hablado, pero representan a grupos de oposición. Hay que votar sobre esta propuesta o sobre otra para abreviar la discusión, porque de lo contrario necesitaremos todavía tres días para terminar, y no disponemos del tiempo suficiente. Así que hay que hacer algo.

Rádek (sobre el orden de la sesión): Yo propondría que se borre eventualmente a los oradores de los partidos que ya han hablado, salvo que se trate de representantes de la minoría de los partidos en cuestión, y que se conceda entonces a los oradores restantes 10 minutos de tiempo de palabra. En 5 minutos no se puede decir absolutamente nada; en ese caso, más vale cerrar por completo el debate.

Presidente: ¿Hay alguna otra propuesta?

Peluso130 (Italia): ¿Se hará una excepción para las declaraciones que haya que hacer?

Presidente: Una declaración escrita puede leerse en cualquier momento.

Ravesteyn131 (Holanda): Camaradas, la delegación holandesa propone que se limite a 5 minutos el tiempo de palabra de los oradores todavía inscritos. Opinamos que es imposible seguir sesionando de este modo, porque el camarada Kolárov ha dicho que en ese caso necesitaríamos todavía al menos dos días. Pero, camaradas, hemos propuesto al mismo tiempo que se conceda un tiempo de palabra más largo a los representantes de los pueblos orientales, que aquí casi no han tomado la palabra. Proponemos que se dé a los representantes de los pueblos orientales y coloniales —hemos elegido esta expresión a falta quizá de otra mejor, pero el congreso entenderá lo que queremos decir— el tiempo de palabra habitual. Camaradas, si seguimos sesionando así durante un tiempo, quizá sea posible —no conozco, naturalmente, el orden en que están inscritos los distintos camaradas— que los representantes de los pueblos orientales tomen también la palabra del mismo modo que hasta ahora los representantes de las delegaciones de Europa occidental. Esta es la propuesta holandesa, y quisiera pedir que se vote sobre ella primero en su conjunto y luego por partes.

Landler132 (Hungría): Camaradas, el camarada Zinóviev ha hablado también de la cuestión húngara y en su discurso ha atacado también muy enérgicamente a la emigración húngara. En Hungría acaban de detener a más de 200 camaradas, y quizá algunos de ellos sean condenados a muerte hoy o mañana. El camarada Zinóviev ha dicho muy poco sobre el movimiento húngaro y, sin embargo, ha pedido al congreso que adopte una posición muy enérgica sobre esta cuestión. Creo que de este asunto no se puede hablar en 5 minutos; el congreso no será capaz de formarse un juicio después de un informe de 5 minutos. Pido a los camaradas que me concedan para esta cuestión media hora de tiempo de palabra, tal como la han recibido los camaradas de los otros partidos.

Presidente: El Presidium propone limitar el tiempo de palabra a 10 minutos. ¿Nadie en contra? Aprobado.

Acevedo133 (España, traducido por el camarada Stirner): al comienzo de su discurso expresa su pesar por no dominar otra lengua que la española. Espera, no obstante, que se queden en la sala suficientes delegados para escuchar su discurso.

Continúa después: La delegación española está completamente de acuerdo con lo expuesto por el camarada Zinóviev, salvo en lo que se refiere al gobierno obrero. Le ha alegrado especialmente que el Ejecutivo haya ejercido una crítica absolutamente buena y severa en la cuestión de los partidos francés, italiano, noruego y checoslovaco. Solo así, dice, puede la Internacional Comunista mantener su táctica: si ejerce constante y permanentemente esa crítica.

Dice además: aunque antes estábamos en contra de la táctica del frente único, nuestro representante en el CE de la Internacional Comunista firmó, junto con el partido italiano y el francés, una resolución en la que estos partidos se comprometían a aplicar la táctica del frente único en todos los países. Sin embargo, en Francia se ha saboteado sistemáticamente la táctica del frente único, mientras que el partido español —aunque en España había dificultades mucho mayores, sobre todo frente a los sindicalistas— ha hecho todo lo posible por cumplir fielmente la táctica del frente único.

Cuando el camarada Humbert-Droz estuvo en España, el Partido Comunista de España dirigió una carta abierta a los socialistas, a los sindicalistas reformistas, a los sindicalistas y a los anarquistas, con el fin de lograr una acción común con motivo de una huelga de los mineros. Los mineros estaban amenazados con una reducción salarial del veinte por ciento. El secretario del sindicato minero propuso entonces a la patronal prolongar la jornada en una hora en lugar de reducir los salarios, lo cual habría llevado a abandonar la conquista más sagrada de los trabajadores, la jornada de ocho horas. Entonces el Partido Comunista Español emprendió la lucha en el sentido de la táctica del frente único, y se llevó a cabo una huelga de tres meses. El resultado de esta huelga fue que los obreros volvieron al trabajo aceptando una reducción salarial del cinco por ciento. Esto nos demuestra clara y nítidamente que la táctica del frente único puede dar resultados. En primer lugar, resultados para detener la ofensiva del capitalismo y, en segundo lugar, resultados para hacer frente también a la reacción, que se ha extendido en España durante el último año.

Dice después: por desgracia no puedo explicar con más detalle de qué modo se puede hacer frente en España a la reacción con la táctica del frente único, porque me falta el tiempo para ello.

Se refiere después muy brevemente a la cuestión del gobierno obrero y dice: consideramos la cuestión del gobierno obrero una ilusión reformista. Por desgracia no tengo tiempo de explicarlo con más detalle, porque la campanilla del presidente me advierte que concluya. Intentaré hacerlo en relación con otra cuestión más adelante, pero creemos que la cuestión del gobierno obrero llevará a muchos partidos de la Internacional Comunista al camino reformista.

Sean como sean las resoluciones y los acuerdos del congreso, el partido español permanecerá en todo caso y en todos los aspectos fiel a la Internacional Comunista y mantendrá la disciplina internacional. (Zinóviev: ¿Qué ha dicho sobre lo expuesto por Lenin acerca de las enfermedades infantiles del partido?) Sobre eso ha dicho: lo expuesto por Lenin sobre las enfermedades infantiles del Partido Comunista debe considerarse junto con la cuestión del gobierno obrero. Pero luego no se ha pronunciado más en detalle, sino que ha dicho que le faltaba el tiempo para entrar en ello con más precisión.

Domski134 (Polonia): ¡Estimados camaradas! Ante todo quería decir unas palabras sobre las declaraciones de mi muy estimado camarada Michalkowski. Ha dicho que en el Partido Comunista polaco existe una fracción de kapistas,135 una fracción que en la última conferencia del partido representó una cuarta parte de los miembros de la conferencia. Estoy convencido de que el camarada Michalkowski no tenía la menor intención de calumniar a nuestro partido. Y, sin embargo, es una calumnia contra el partido —que, según las palabras del camarada Zinóviev, es uno de los partidos de Europa con mejor formación revolucionaria— afirmar que este partido tolera supuestamente desde hace años que haya kapistas en sus filas y que el dirigente de esos kapistas, el camarada Schreiber, aquí presente, sea elegido regularmente desde hace seis años para la central del partido. ¡Sería una vergüenza para nuestro partido que fueran realmente kapistas y que no hubiéramos acabado con ellos hace mucho tiempo! No es así. Estos camaradas no son kapistas. Estos camaradas son una izquierda comunista. Y también el camarada Schreiber, con quien no estoy de acuerdo por su posición antiparlamentaria, está, en sus opiniones sobre la táctica putschista, el trabajo sindical, el centralismo organizativo, etc., en completa oposición al KAP, y ha demostrado mil veces en la práctica que no es un kapista, sino un comunista. (Interrupción de Rádek: «Kapista» es un insulto.)

No hablo por encargo directo de esta oposición, porque nuestras condiciones de ilegalidad dificultan que las distintas corrientes del partido den tales encargos. (Zinóviev: ¡El único lado bueno de la ilegalidad!) Sí, ese lado bueno ha traído consigo que yo hable aquí formalmente solo en mi propio nombre.

Sobre los problemas que se han tocado aquí en el discurso del camarada Zinóviev, quisiera observar lo siguiente: la historia del frente único es una cosa que ya se ha puesto muy a prueba durante el último semestre. Hemos reunido ya grandes experiencias, y creo que esas experiencias no son precisamente alentadoras para los partidarios de esta táctica del frente único tal como se ha aplicado últimamente. Naturalmente, si uno se pronuncia de algún modo contra la táctica del frente único, recibe esta respuesta: sí, tú no entiendes que hay que tener detrás a la mayoría del proletariado. Y en Moscú se dice a veces con más dureza todavía: solo un asno puede no entender, etc. Naturalmente, es un argumento contundente. Con él se puede derribar a un elefante (risas). Pero este argumento no da en el blanco. Hay que ganar a la mayoría del proletariado, pero hay que ganarla para un partido comunista y no para una papilla que se forma precisamente sobre la base de consignas confusas y difusas. Estas experiencias con el frente único las hemos reunido en todas partes, sobre todo en Alemania, pero también en nuestro país, en Polonia. La camarada Ruth Fischer ha dicho aquí varias cosas sobre el frente único en Alemania y ha caracterizado muy acertadamente los errores que se cometieron al aplicar esta táctica.

Quisiera añadir algo a ello. Cuando los camaradas de la Central alemana defienden esta táctica, dicen: ¡Dios mío, qué victorias hemos conseguido con ella! Sobre todo el fortalecimiento de nuestro partido es lo que hemos ganado con ello en Alemania. Camaradas, cuando se tiene una situación como la de Alemania —compromiso fiscal, miseria monetaria, carestía, etc.—, hay que tener cuidado al decir: todos los éxitos del partido se han conseguido únicamente gracias a nuestra táctica. No, fueron condiciones objetivas muy distintas las que provocaron el grato crecimiento del Partido Comunista alemán. Y si aplicamos esta táctica del frente único en la forma en que se hace ahora, ya veremos si contribuyó a los éxitos en Alemania o los redujo.

El camarada Rádek mencionó otro «éxito» de esta táctica. Dijo: con nuestra astuta táctica durante la acción Rathenau136 impedimos que la socialdemocracia se lanzara sobre nosotros, etc. No pudieron lanzarse sobre nosotros junto con toda la reacción, como ocurrió durante el putsch de Kapp.137 Nuestra táctica se lo impidió. Al menos así lo he entendido yo. Pero creo que la táctica durante el putsch de Kapp fue todavía mucho más inofensiva que nuestra táctica durante la acción Rathenau, y, sin embargo, no impidió a los socialdemócratas aliarse abiertamente con la reacción. ¿Por qué? Porque nuestra táctica durante la acción Rathenau no fue precisamente revolucionaria y la situación era mucho menos revolucionaria que durante el putsch de Kapp.

Cuando volvamos a encontrarnos en una situación revolucionaria y actuemos de manera revolucionaria, ninguna táctica, por astuta que sea, impedirá a la socialdemocracia aliarse con los reaccionarios y lanzarse sobre nosotros. (Interrupción de Rádek: ¿Qué es la reacción?) Bueno, si tú no lo sabes… (Risas.)

Otra «victoria» ha mencionado Meyer: el USPD se ha unificado con el SPD. Sí, una gran victoria, pero no nuestra. Fue una victoria de los socialdemócratas, y no deberíamos disputarles esa victoria. Tuvieron además otra victoria. Los obreros del USP no protestaron en absoluto contra esta unificación. La gran mayoría de los obreros del USP pasó tranquilamente al SPD, y precisamente porque nuestra táctica del frente único había preparado tan bien el terreno que los obreros del USPD se deslizaron sin que se notara al SPD y Ledebour se quedó aislado. (Interrupción.) Si esa es vuestra victoria, entonces os deseo menos victorias como esa. ¡Podríais morir de tanto vencer!

Afortunadamente, el Partido Comunista, con la ayuda del Ejecutivo, ha reconocido este error. Ahora la táctica del frente único se aplica de manera muy distinta. Tal como se practica ahora —pienso en el movimiento de los consejos de fábrica en Alemania—, cualquier comunista puede estar de acuerdo con ella. Esa es la táctica correcta.

También nosotros, en Polonia, hemos tenido algunas experiencias con la táctica del frente único. El camarada Michalkowski ya ha hablado de ello. Nos dirigimos a los socialpatriotas para una manifestación común. ¿Cuáles fueron las consecuencias? En Varsovia renunciamos a una manifestación propia; en Cracovia, 15 de nuestros camaradas fueron maltratados hasta sangrar por el PPS.138 Fue en verdad un éxito muy grato. Menos mal que nuestra central del partido no estaba presente (risas). Esta táctica mostró también sus efectos en el terreno teórico. Durante el cambio de gobierno en Polonia, cuando llegó a la cabeza el hombre de paja de Piłsudski, Śliwiński,139 los comunistas de Varsovia vieron que eso significaba el peligro de una guerra con la Rusia soviética; pero en la teoría esto encontró una expresión muy distinta. Tengo que citar aquí literalmente, porque de lo contrario podría decirse que leo entre líneas. Uno de los dirigentes de nuestro partido escribió: «Cabría pensar que el primer deber del Partido Socialdemócrata es la exigencia de la amnistía política inmediata y de la libertad para la parte revolucionaria de la clase obrera… En este punto debe empezar la agitación comunista frente al gobierno de Śliwiński».

Así pues, cuando llega el nuevo gobierno de Piłsudski, que en el fondo era un gobierno de guerra, empezamos con la exigencia de la amnistía política. (Interrupción de Rádek: Pero si no era un gobierno de guerra.) Solo antes de las elecciones no era un gobierno de guerra. Sigo citando: «Un gobierno democrático, muy bien. Pero en el Sejm y en los métodos seguidos hasta ahora este gobierno no tiene ninguna base para actos democráticos, ni puede tenerla. Esa base solo podría darla la lucha de las amplias masas por la democracia, y si el señor Śliwiński tuviera el valor de apoyarse en las masas y hubiera inaugurado con ese fin su gobierno con la amnistía y la proclamación de la libertad política para la clase obrera, el Partido Comunista habría ganado mucho con ello. Pero no es menos cierto que también ganaría otro tanto el gobierno democrático, que al menos durante cierto tiempo arrastraría consigo a las masas y encontraría en ellas un apoyo amplio y firme». (Interrupción: Esta es, desde luego, una constatación que se parece mucho a una oferta de nuestro partido de apoyar a ese gobierno.) (Interrupción: ¡Además es un intérprete de sueños!) Estas son las experiencias que hemos hecho en Polonia; por fortuna, son bastante pocas (campanilla del presidente: el tiempo de palabra se ha agotado. Interrupciones: ¡Que se prolongue el tiempo!), porque en Polonia no teníamos terreno para esta táctica del frente único. En Alemania teníamos ese terreno; en Francia, la exigencia de la táctica del frente único no ha hecho más que agravar la crisis del partido y no le ha traído ningún provecho, al menos hasta ahora. (Interrupciones.)

Presidente: El tiempo de palabra se ha agotado. (Nuevas interrupciones: ¡Que se prolongue!)

Heckert (Alemania): Propongo que se prolongue el tiempo de palabra en 5 minutos.

Presidente: ¿Quién está en contra? Aprobado.

Domski: Tengo que abreviar mi exposición y pasar directamente a la cuestión de las reivindicaciones parciales y del gobierno obrero, que nos ha ocupado aquí. Respecto al gobierno obrero, estaba en la misma situación que mi amigo Duret: no podía entender lo que significa el gobierno obrero en nuestra táctica. Ahora por fin he oído aquí la definición clara de este gobierno. Se trata de un gobierno que puede apoyarse tanto en una mayoría parlamentaria como… El camarada Rádek me ha consolado en privado diciéndome que este gobierno no entra en consideración para Polonia (Rádek: No he dicho eso). Así que también Polonia será castigada con este gobierno. Es, por lo visto, un problema internacional.

El camarada Rádek dice que el gobierno obrero no es una necesidad, sino una posibilidad, y que sería absurdo rechazar esa posibilidad. Ahora bien, la cuestión es si escribimos todas las posibilidades en nuestra bandera y si con ello aceleramos su realización. Creo que es posible que en el último momento llegue un llamado gobierno obrero que todavía no signifique la dictadura proletaria. Pero creo que, si llega ese gobierno, será el resultado de distintas corrientes: de nuestra lucha por la dictadura proletaria, de la lucha de los socialdemócratas contra ella, etc. ¿Es correcto orientarse hacia esos resultados? Creo que no; creo que tenemos que seguir orientándonos hacia la lucha por la dictadura proletaria. Y si el gobierno obrero llega, llegará también aunque hagamos agitación y luchemos por nuestro programa completo.

Hay, en efecto, distintos resultados en nuestra lucha. Puede ocurrir que las masas obreras, como en nuestra Alta Silesia, abandonen el Partido Obrero Nacional y afluyan a la socialdemocracia polaca. Eso es, a pesar de todo, un progreso. Pero no es deber nuestro hacer agitación por ese progreso. Tenemos que seguir haciendo propaganda por nuestro Partido Comunista, y precisamente así es como mejor fomentamos ese progreso.

Pero algunos camaradas dan otra interpretación a la consigna del gobierno obrero. Nuestra lucha es por la dictadura proletaria, solo que no podemos decirlo. Las masas obreras tienen miedo de la dictadura comunista, y aunque digamos que la dictadura proletaria no es una dictadura comunista, no nos creen.

Ahora bien, yo creo lo siguiente. Si en la lucha por la dictadura comunista uno tropieza con adversarios que pintan esta dictadura «de los comisarios» con los colores más espantosos, no se les sale al paso lanzando consignas que son un seudónimo, como dijo acertadamente el camarada Zinóviev. Con seudónimos no conseguiremos nada en la lucha; solo crearemos ilusiones. Tenemos que plantear nuestras consignas revolucionarias con toda claridad. Por supuesto que tenemos que plantear también reivindicaciones parciales, y las hemos planteado en cada lucha, en la medida en que era necesario en la lucha de las masas proletarias por la mejora de su situación y el aflojamiento de sus cadenas. Esas consignas tenemos que plantearlas, formularlas y apoyarlas. Pero no debemos plantear consignas en las que nosotros mismos no creemos, ni consignas de desenmascaramiento, ni consignas de maniobra. Tenemos que dar consignas parciales y consignas finales en las que nosotros mismos creamos, por las que queramos luchar.

Llego, pues, a la conclusión y solo quisiera decir lo siguiente. La clase obrera no es tan tonta ni tan cobarde como piensan algunos. La clase obrera quiere luchar por la revolución. A quien le hable durante un tiempo más o menos largo en su lengua, la clase obrera lo entenderá. Considerar a la clase obrera como un ejército al que hoy se puede mandar a la derecha y mañana a la izquierda sin que lo entienda es desconocer la lucha proletaria. Esta lucha solo puede llevarse a la victoria si cada soldado nos entiende, si cada soldado tiene completamente claras nuestras consignas y nuestra ideología. Así pues, nada de consignas de desenmascaramiento ni de maniobra que confundan a los obreros, sino reivindicaciones reales que los ilustren sobre nuestros verdaderos objetivos. Solo entonces puede la clase obrera llevar, y llevará, su lucha de manera consecuente.

Kolárov140 (Bulgaria): Tomo la palabra en nombre de la Federación Comunista Balcánica.

El camarada Zinóviev observó que nuestra federación apenas había funcionado durante el año pasado. Por desgracia, esto se corresponde demasiado con la verdad. Nuestros esfuerzos por hacer de la federación un centro político de los partidos balcánicos solo se han visto coronados en parte por el éxito. El trabajo se encuentra todavía en su fase inicial, y serán necesarios los esfuerzos continuados de todos los partidos balcánicos y la colaboración activa del Ejecutivo de la Internacional para llevarlo a buen término. Ahora que el partido rumano vuelve a estar en pie y que el partido yugoslavo está reorganizándose y adaptándose a las condiciones de ilegalidad en que se encuentra, podemos esperar con razón que la Federación Comunista Balcánica se convierta en muy poco tiempo en un factor importante del movimiento revolucionario de los Balcanes.

Debo declarar que los partidos balcánicos aprueban plenamente la línea política general que ha seguido el Comité Ejecutivo desde el III Congreso. Consideran que ha interpretado correctamente los acuerdos de los congresos internacionales y que ha actuado conforme a su espíritu. En cuanto a la táctica del frente único, los partidos balcánicos la aceptaron desde el primer momento. El Partido Comunista de Bulgaria examinó y estableció, en su primer congreso, en una detallada resolución, las condiciones de aplicación de esta táctica en Bulgaria. Las conferencias celebradas recientemente por los partidos de Yugoslavia y Rumanía han hecho lo mismo. También el Partido Comunista de Turquía (Constantinopla) ha aceptado esta táctica. Pero, además de la adhesión teórica a la táctica del frente único, los partidos balcánicos han intentado también aplicarla en la práctica. El Partido Comunista de Bulgaria ha tenido repetidas ocasiones de servirse de ella y ha obtenido con ello buenos resultados. Gracias a esta táctica consiguió poner en movimiento a la parte burocrática del proletariado, la parte más inerte del proletariado del país, y llevarla a la lucha bajo la dirección efectiva de los comunistas. Los partidos burgueses y pequeñoburgueses, que siempre han tenido bajo su tutela a estos elementos proletarios, ven ahora cómo se esfuma toda su influencia sobre ellos. En Yugoslavia y en Rumanía, los socialdemócratas se han negado categóricamente a formar el frente único con los comunistas, lo cual, sin embargo, no impide a los partidos comunistas llamar sin descanso a las masas de esos países a la unidad en la lucha. Las experiencias hechas en los países balcánicos demuestran que la táctica del frente único, si se interpreta y se aplica correctamente, es apta, incluso en los países industrialmente atrasados, para revolucionar y unir a las masas.

El problema del gobierno obrero no entra en consideración en los países agrarios de los Balcanes, de modo que no me detendré en él.

Dada la gran importancia de ciertas medidas del Ejecutivo, en particular de su intervención en los asuntos internos de los partidos comunistas francés, italiano, checoslovaco, noruego, etc., no puedo dejar de declarar que los partidos comunistas de los Balcanes aprueban en general el punto de vista que el Comité Ejecutivo ha adoptado en sus intervenciones.

Tales intervenciones, por dolorosas que sean, serán siempre necesarias y saludables mientras haya dentro de la Internacional Comunista partidos que en muchos aspectos dejen mucho que desear.

Es una verdad fundamental que la disciplina más estricta es de una necesidad vital tanto para la Internacional como para sus secciones. Todos los partidos comunistas reconocen esta verdad y la proclaman también. La única garantía real de que se observe la disciplina internacional es la concepción común de todas las grandes cuestiones del programa, de la organización y de la táctica del partido comunista. Las opiniones divergentes llevan involuntariamente a la indisciplina, como lo demuestran los ejemplos del partido francés, del italiano y de otros. Una de las tareas principales de la Internacional Comunista es crear y sostener esta unanimidad de concepción.

Seiden (Checoslovaquia): ¡Camaradas! En nombre de la delegación checoslovaca, con excepción del camarada Vajtauer, declaro que aprobamos la actividad del Ejecutivo desde el III Congreso.

En diversas ocasiones graves, el Ejecutivo ha intervenido de manera fructífera y afortunada en el desarrollo del movimiento comunista en Checoslovaquia. Este país está habitado por proletarios de lengua checa, eslovaca, alemana, polaca, húngara y ucraniana.

Es un gran éxito del año transcurrido que hayamos logrado crear en nuestro país un partido unitario, internacional, realmente centralizado en la estructura de sus organizaciones. Había entre nosotros algunos que temían que no fuera posible superar tan deprisa, entre trabajadores de distintas nacionalidades, en el terreno clásico de los antagonismos nacionales, la diversidad de las tradiciones, los prejuicios nacionales, las predisposiciones, las ilusiones, así como las dificultades técnicas ligadas a la diversidad de lenguas. Hoy estamos en condiciones de constatar que las cuestiones litigiosas están resueltas en el Partido Comunista de Checoslovaquia. A que se haya conseguido ha contribuido esencialmente el Ejecutivo con sus acuerdos y sus consejos. En nuestro país han resultado muy útiles los acuerdos que el Ejecutivo ha tomado en las cuestiones de las deficiencias organizativas del partido, del frente único y en la cuestión de la táctica sindical.

La comisión de este congreso se ocupará de un caso concreto de ruptura de la disciplina que se ha producido en nuestro partido. En estos asuntos concretos, el Ejecutivo ha adoptado una posición distinta de la de la Conferencia Nacional y de la dirección del Partido Comunista de Checoslovaquia. En la comisión tendremos ocasión de exponer con detalle las razones por las que la dirección del Partido Comunista de Checoslovaquia considera correcto su punto de vista, del mismo modo que nosotros lo consideramos correcto. Pero reconocemos que la disciplina en la Internacional Comunista es una cosa tan importante que hemos ejecutado inmediatamente en nuestro país la decisión del Ejecutivo. Esperamos que la comisión del congreso examine concienzudamente nuestras razones. La disciplina comunista es para nosotros obligatoria, por supuesto. Declaramos, por tanto, que reconoceremos la decisión del congreso. Solo advierto al congreso que, con la decisión del Ejecutivo, la autoridad de la dirección del partido en el Partido Comunista de Checoslovaquia ha quedado extraordinariamente socavada, y que, dada la complicada situación del movimiento obrero en Checoslovaquia, puede tener consecuencias de largo alcance que la Central del partido no tenga la autoridad suficiente ni la posibilidad de imponer la disciplina.

En cuanto al trabajo del Ejecutivo en el futuro, consideramos posible que se perfeccione su servicio de enlace y de información.

Presidente: Camaradas, tiene ahora la palabra el camarada Landler, que ha intervenido aquí sobre el orden de la sesión y ha pedido que se le conceda media hora de tiempo de palabra. Quisiera preguntar al congreso si esta propuesta del camarada Landler encuentra apoyo (interrupción: No). El camarada Landler pide 20 minutos de tiempo de palabra. (Nuevas interrupciones.) Según nuestro reglamento, el tiempo de palabra es de 10 minutos. Voy a consultar, pues, al congreso. Ruego a quien quiera conceder 20 minutos al camarada Landler que levante la mano. Los camaradas participan tan poco en la votación que el Presidium tiene dudas. Haré repetir la votación.

Bujarin (sobre el orden de la sesión): Camaradas, tengo que observar lo siguiente: en el partido húngaro hay una lucha entre distintas corrientes. El camarada Landler es representante de una de ellas. Si le concedemos 20 minutos de tiempo de palabra, tendremos que dar el mismo tiempo también a los otros representantes húngaros. Por eso propongo que no nos salgamos del marco del reglamento.

Presidente: Paso a la votación. Ruego a quienes estén a favor de que se concedan 20 minutos al camarada Landler que levanten la mano. La mayoría está en contra. Quedan, pues, los 10 minutos.

Landler (Hungría): Camaradas. El camarada Zinóviev ha hablado de manera muy breve y muy diplomática de la cuestión húngara, es decir, del movimiento húngaro, y de manera sorprendentemente enérgica contra la emigración. Afirma que en Hungría está despertando un movimiento comunista. Afirmó que una prueba de ello era que se había detenido a 170 comunistas en un solo día; y afirma además, en relación con esta cuestión, que la emigración húngara es algo nunca visto y que supone un daño muy grande para el movimiento húngaro y también para la Internacional. Finalmente pide al congreso que adopte una posición enérgica contra la emigración. Creo que esto es demasiado diplomático. Puedo afirmar con toda seguridad que nadie en la sala ha entendido nada de este asunto. Después de este informe, todo el mundo se preguntará: ¿este movimiento comunista de Hungría lo ha suscitado el Espíritu Santo, o es que quizá la Internacional lo ha creado directamente contra la mala voluntad de los emigrados? ¿O es que quizá los emigrados han trabajado para impedir que surgiera un movimiento en Hungría?

Cada cual puede entender este informe como quiera, y eso es precisamente lo diplomático, porque en este asunto solo de este modo se puede tomar un acuerdo enérgico contra la emigración. La cosa es tanto más sorprendente cuanto que el camarada Zinóviev no suele hablar con tanta energía contra ninguna corriente. Su virtud es la de ser un consejero áulico del apaciguamiento. El camarada Zinóviev, por ejemplo, ha hablado de los errores del partido francés y de los camaradas del partido noruego en un tono paternal, y solo contra la emigración húngara se pone a tronar. Eso no está entre sus costumbres. Si busco la razón de esta conducta, me parece que está en que el camarada Zinóviev ha aplicado un método muy acreditado, porque sabía que el Ejecutivo sería atacado en la cuestión del movimiento húngaro. Y entonces ha tomado la ofensiva para empujarnos a la defensiva.

Pero no puedo hacerle al camarada Zinóviev, a quien aprecio mucho como persona y como presidente de la Internacional, el favor de dejarme empujar a la defensiva, porque he recibido de las organizaciones húngaras el encargo de decirlo todo sin tapujos. No digo una palabra sobre fracciones, porque no hay fracciones, pero en nombre de la emigración húngara tengo que comunicar abiertamente a los camaradas el verdadero estado de cosas. Aun queriendo ser leal, solo puedo serlo si digo sinceramente al congreso todo lo que hay que decir sobre las organizaciones húngaras y no me expreso de manera tan breve y tan diplomática como lo hace el camarada Zinóviev.

Los hechos son los siguientes: un grupo dirigente del Partido Comunista que trabaja actualmente en Hungría será, con toda probabilidad, según informes auténticos, llevado estos días ante un tribunal especial húngaro y condenado a muerte. La mayor parte de este grupo dirigente está formada por emigrados y pertenece exclusivamente a la fracción a la que yo tuve el honor de pertenecer. Estos emigrados fueron a Hungría hace un año y hace 7 meses. Entonces, cuando la lucha de fracciones estaba en su apogeo y nuestro grupo fraccional se separó, este grupo trabajó, sin preocuparse lo más mínimo por la lucha de fracciones, únicamente contra la socialdemocracia y el régimen de Horthy. Trabajaron con un sacrificio heroico, con entrega y con buen éxito. Publicaban semanalmente en Budapest un periódico ilegal que apareció sin interrupción en 29 números consecutivos. No podía celebrarse ninguna asamblea popular socialdemócrata de cierta importancia en la que no se hicieran durante minutos manifestaciones a favor de la Internacional Comunista. En cuanto a la influencia política, me remito al hecho de que el órgano del partido socialdemócrata protestaba semanalmente, y a menudo también a diario, contra la labor de agitación comunista. A pesar de las persecuciones y de las denuncias socialdemócratas, no huyeron, sino que todos los dirigentes emigrados trabajaron hasta el último minuto. Lo subrayo una vez más: ni en el periódico, ni en la agitación, ni en todo el trabajo se dijo una palabra de la lucha de fracciones, aunque esta hacía estragos en la emigración. Enviaban regularmente informes al Ejecutivo a través de un enlace que pertenece también al antiguo grupo anti-Kun. Pero el Ejecutivo no respondió a un solo informe. (¡Oíd, oíd!)

(Campanilla del presidente.) Camaradas, pido otros 10 minutos de tiempo de palabra. (Friedländer propone prolongar el tiempo de palabra en 10 minutos. La propuesta se aprueba por gran mayoría.)

En estas circunstancias, tengo que rechazar con razón y de la manera más enérgica el modo en que el camarada Zinóviev ha tratado aquí a los emigrados. Plantear ahora aquí la cuestión de los emigrados, en un momento en que desde la sesión del Ejecutivo Ampliado, es decir, desde hace 9 meses, no ha habido lucha de fracciones, es olvidar que los emigrados húngaros se han sacrificado desde el primer día de la caída de la república de los consejos. No ha pasado un mes, ni una semana, sin que hayan ido camaradas a Hungría y se hayan sacrificado por la causa. Por eso no entiendo cómo llega el camarada Zinóviev a pronunciar semejante condena infamante. Hablo solo en mi nombre y en el de esos camaradas que ahora están detenidos, pero tengo que decir que semejante conducta frente a toda la emigración es injusta y perjudicial para la causa. No entiendo cómo se pueden hacer aquí, en el Congreso Mundial, tales afirmaciones contra comunistas sin una sola palabra de prueba. El camarada Zinóviev invocará dos supuestas infracciones de la disciplina. Puede decir que el Ejecutivo designó un Comité Central y que ese Comité Central no fue a Hungría. Pero puede demostrarse que un dirigente de la organización húngara vino a Berlín y dijo que no necesitábamos para el trabajo camaradas que no pudieran entrar en las fábricas. Dijo que el trabajo ilegal es mucho más peligroso si, por ejemplo, un camarada que fue jefe de policía en tiempos de la república de los consejos va allá a hacer trabajo conspirativo. Enviaron el informe correspondiente, pero tampoco recibieron respuesta a ese informe.

Estuve aquí en Moscú hasta agosto. Se trataba la cuestión húngara sencillamente como si se quisiera aplicar a la cuestión húngara la teoría de la extinción del Estado. El camarada Brandler,141 que actuaba en Moscú como comisario para la cuestión húngara, se jactaba, por ejemplo, de archivar sin tramitarlas todas las peticiones de los húngaros. Cuando el camarada Brandler se marchó, se designó un comisario para la cuestión húngara que solo hablaba búlgaro y ruso, y como nosotros no dominábamos esas lenguas, ninguno de nosotros podía hablar con él. Cuando nos quejamos de ello, se encogieron de hombros. ¿Qué era eso por parte del Ejecutivo? ¿Acaso un tratamiento objetivo del asunto húngaro? Además, el camarada Zinóviev puede decir todavía que hace un mes, contra el acuerdo del Ejecutivo, publicamos un periódico en Berlín.

Pero comunicamos al Ejecutivo que la organización de Hungría pedía un periódico. Pedía un semanario de 4 u 8 páginas con cuya ayuda pudiera orientarse sobre la Rusia soviética y la situación internacional. En ese periódico no había una palabra sobre la lucha de fracciones. Si esta infracción formal de la disciplina se ha convertido en una cosa tan grande que hay que marcar con el estigma a la emigración por ella, y si eso puede hacerse con un informe tan breve como el que ha hecho el camarada Zinóviev, entonces lo considero un diplomático nato. Pero creo, camaradas, que el Congreso Mundial no se prestará a ello.

En estas circunstancias, tengo que pedir al congreso que apruebe la siguiente resolución:

El congreso acuerda:

  1. Admitir, además de la delegación del Partido Comunista de Hungría nombrada por el Presidium, a la delegación de la organización ilegal húngara.

Las organizaciones húngaras, en efecto, han delegado ahora solo a un representante de Hungría, pero además a 2 representantes de la emigración. Pero no se ha permitido que los dos representantes que se encuentran en la emigración vengan al congreso, porque pertenecían a nuestra antigua fracción. Pido a los camaradas que acuerden admitirlos en el congreso.

  1. Poner en el orden del día del congreso la cuestión húngara, la cuestión de las organizaciones que existen en Hungría, y constituir para preparar la cuestión una comisión con la misma composición que las demás comisiones.

  2. El congreso protesta contra las criminales atrocidades con que se lleva la instrucción contra los comunistas detenidos recientemente, y contra el hecho de que se les haga comparecer ante un tribunal del Estado para condenarlos a muerte. El congreso admira la valentía y el coraje con que actúan por la revolución a despecho de los martirios del terror blanco.

Camaradas, os pido que aprobéis esta resolución. No se trata de una lucha de fracciones, sino de que por fin la cuestión húngara se apacigüe. La cuestión no puede despacharse diplomáticamente. No hay ningún peligro en examinar lo que ocurre en la cuestión húngara y en Hungría. Solo si se toma como punto de partida este movimiento que existe en Hungría, y no se inventan de nuevo formas artificialmente rebuscadas, se puede hablar en serio de la solución definitiva de la cuestión húngara. La cuestión no es ahora quién fue comisario del pueblo en Hungría, quién tiene un nombre histórico —como dice el camarada Zinóviev—, quién ha tenido grandes méritos: ahora se trata de quién adquiere ahora grandes méritos en el pequeño trabajo comunista húngaro, y eso solo lo hacen los camaradas que trabajan en el país. Una solución de esta cuestión solo puede darse en silencio, no por la vía diplomática; el congreso puede hacerlo él mismo mediante preparativos. Entonces también la cuestión húngara encontrará su solución. (Aplausos.)

Katayama (Japón): Camaradas, la delegación japonesa está de acuerdo con el informe del camarada Zinóviev. Solo quiero hablar aquí del frente único en lo que se refiere al Japón. El Partido Comunista Japonés es ilegal y todavía joven. Nos hemos dado a conocer públicamente a través de los sindicatos y por otras vías. Nuestros sindicatos son sindicatos de lucha y no cargan con ninguna tradición. No tenemos ningún Henderson ni ningún Gompers142, de modo que nuestro partido, en cuanto estuvo organizado, pudo penetrar en los sindicatos y ponerlos bajo su influencia. Camaradas, en el pasado hemos aplicado el frente único en varios casos. Cuando empezamos nuestra propaganda contra la Conferencia de Washington143, todos los sindicatos acudieron en nuestro apoyo y nos ayudaron a desenmascarar la conferencia burguesa, capitalista e imperialista de Washington. Cuando el Gobierno presentó un proyecto de ley contra todos los movimientos radicales del Japón, los sindicatos de todos los matices políticos, anarquistas, sindicalistas, comunistas y moderados, se unieron y emprendieron una campaña de propaganda tan eficaz que el Gobierno tuvo que desistir de su plan.

Tenemos además un movimiento con el nombre de «Manos fuera de la Rusia soviética», semejante al de Inglaterra. Todos los sindicatos y todas las asociaciones radicales trabajan ahora juntos contra las intervenciones en la Rusia soviética y por su reconocimiento. Al principio no pudimos hacer nada por los hambrientos de Rusia. Pero tras el cambio de gobierno también nos ocupamos de ello, y no solo los sindicatos y las asociaciones radicales, sino también la pequeña burguesía nos ayudan a combatir el hambre en Rusia. Esto se hace bajo el control del Partido Comunista, aunque vive en la más profunda ilegalidad.

Ahora quisiera hablar de mis impresiones de los últimos días. En el Partido Comunista tenemos dificultades con el frente único. El frente único no está todavía establecido en el país, ni siquiera en el partido. Pero, camaradas, tenemos un enemigo peligroso, el mayor de todos, al que debemos combatir cueste lo que cueste. Vosotros, camaradas de Francia, de Italia y de otros países, os olvidáis del enemigo y olvidáis que es de la mayor importancia combatirlo. Al contrario, lucháis contra vosotros mismos, cuando deberíais luchar por el frente único, contra el imperialismo y el capitalismo. Y tengo que deciros otra vez que aquí todavía no hemos oído nada de un frente único internacional. ¿Qué hacéis para unir a los demás países y levantar el frente único contra el imperialismo y el capitalismo? Nada habéis hecho hasta ahora. Hasta ahora no he oído nada internacional sobre el frente único. Queremos un frente único con los partidos comunistas fuertes del mundo. Los países coloniales necesitan el frente único para abatir el capitalismo. Quisiera haceros conscientes de que el IV Congreso debe inculcar a todos los camaradas que se marchen de aquí la importancia del frente único. No solo en sus propios países, sino en todos los países, para que podamos alcanzar nuestro objetivo. Alguien ha dicho que el frente único es un compromiso. Es verdad, es un compromiso, pero un compromiso para alcanzar nuestro objetivo. No debilitará nuestro movimiento, sino que lo fortalecerá. No es un compromiso con la pequeña burguesía. No, es un compromiso con dirigentes obreros para llegar a los obreros que todavía siguen a esos dirigentes. Fortalecerá el movimiento comunista y nos permitirá alcanzar nuestro objetivo.

Rákosi144 (Hungría): Camaradas, tengo que confesar sinceramente que no abordo con gusto aquí la cuestión húngara. La cuestión húngara, como el partido húngaro, es en este momento un asunto muy delicado y, como han visto por las palabras del camarada Landler, cada paso que no se medita lo suficiente, y también cada palabra que no se dice como es debido sobre esta cuestión, cuesta la vida a cientos de buenos proletarios. No puedo permitirme el lujo, como el camarada Landler, de tratar aquí asuntos ilegales que, en el pasado como en el futuro, pueden costar la vida a nuestros mejores combatientes. Quisiera, no obstante, arrojar otra luz sobre la situación de la emigración húngara y del partido húngaro.

Camaradas, ¿qué es la emigración húngara? Es la parte del Partido Comunista, del movimiento obrero húngaro, que huyó al extranjero. ¿Qué era el Partido Comunista Húngaro? Tuvo un periodo de florecimiento enérgico y rápido, que sin embargo solo duró 4 meses. En cuatro meses conquistó el poder y lo mantuvo durante 4½ meses. Estos 8½ meses no podían bastar, naturalmente, para dirimir todas las diferencias de opinión, las cuestiones de principio y de táctica que surgen al formarse y cristalizar un partido comunista. El Partido Comunista Húngaro pasó a la emigración, donde no pudo resolver mediante la práctica, mediante las luchas cotidianas, un sinfín de diferencias de opinión prácticas y de principio. Estas diferencias no podían liquidarse en la emigración mediante la actividad, mediante acciones de masas, mediante el trabajo diario entre las masas. Pero seguían vivas y su efecto se manifestaba sobre todo en roces personales e insultos. El Ejecutivo se ocupó de esta cuestión durante 10 meses y se esforzó por desentrañar lo antes posible las diferencias de principio. Como estas diferencias de principio eran de naturaleza microscópica, no se podían emprender los pasos correspondientes. Pero junto a eso estaba el hecho de que la emigración desató un escándalo de diez meses, escribió folletos que fueron un bocado sabroso para los socialdemócratas y que durante semanas fueron tema del día en el Vorwärts, de modo que nuestra revolución, nuestra dictadura de los consejos, nuestra Internacional Comunista quedaron manchadas de lodo. El Ejecutivo tuvo que tomar posición ante este hecho.

De este hecho se ocupó la primera sesión ampliada del Ejecutivo. En semejante situación, no es solo el derecho, sino el deber del Ejecutivo abrir estos abscesos con un bisturí afilado. A tal tronco, tal hacha. Después de semejante escándalo, el Ejecutivo no podía hacer otra cosa que abrir este absceso con todas sus energías. Esa es la línea general de las luchas de fracción. Quisiera decir algo más sobre el Partido Comunista Húngaro. El camarada Landler ha intentado aquí adornar a su fracción con las heridas y las pérdidas del Partido Comunista Húngaro. Contra eso tengo que protestar enérgicamente. El movimiento comunista húngaro no es el resultado de una u otra fracción, es el resultado del proletariado húngaro, del proletariado que tuvo el poder en sus manos durante cuatro meses y medio y que cada día ve más claro lo que perdió con la joven dictadura de los consejos.

Tanto el Partido Comunista Húngaro como los que ahora están encarcelados no pertenecen solo a los antiguos luchadores de fracción de ambos bandos, sino a los mejores elementos de los comunistas de Budapest y de Hungría. Pero apuntar este hecho en la cuenta de una sola fracción es algo que tengo que rechazar del modo más categórico.

¡Y algo más! No sería ventajoso para el proletariado húngaro ni para el futuro del Partido Comunista de Hungría que el Congreso Mundial se separase bajo la impresión de una disputa de fracciones en torno al partido húngaro. La fuerza del Partido Comunista Húngaro no se puede juzgar por las luchas de fracción. Basta echar una mirada a la actividad de la burguesía húngara, dictada todavía hasta en un 60 % por el miedo al Partido Comunista y a su regreso. La contrarrevolución húngara, que querría ahogar en germen a sangre y fuego todo movimiento comunista, se ve obligada a armarse para el futuro y a organizarse en grupos ilegales de diez, que deben emprender la lucha ilegal contra el movimiento comunista, que brota rápidamente en Hungría. Y espero que el Partido Comunista de Hungría, y con él el proletariado húngaro, que ya en 1919 demostró que está dispuesto a luchar por su liberación y que ahora prosigue la lucha de liberación en medio de dificultades inauditas, pese a la opresión del terror blanco, encuentre también en el futuro el camino que le asignan la historia, la posición central del país y su pasado revolucionario.

Camaradas, quisiera repetir una vez más que, si el Ejecutivo ha metido enérgicamente la mano en este nido de basura y ha puesto orden en él, eso fue sin duda desagradable. A cada camarada húngaro le dolió ver al partido sobre la mesa de disección del Ejecutivo, y sentimos realmente un profundo dolor al ver que nuestro trabajo y nuestras luchas daban al final semejantes frutos. Estoy plenamente de acuerdo con la última parte de la propuesta del camarada Landler, en la que propone que el Congreso Mundial exprese su simpatía por los martirizados y proteste contra sus torturas. Quisiera decir al mismo tiempo que la Internacional Comunista, allí donde tuvo la posibilidad, no ha dejado pasar ninguna ocasión de echar una mano al proletariado húngaro. Los camaradas saben bien que hemos conseguido sacar a cuatrocientos camaradas húngaros de las cárceles de Horthy, y puedo decir que el Ejecutivo dio enseguida los pasos necesarios para liberar a este grupo de detenidos de las fauces de la justicia blanca y de las manos de Horthy. No tenemos nada contra una investigación del asunto húngaro, pero quisiera protestar enérgicamente contra que el asunto del partido húngaro vuelva a presentarse ante el Ejecutivo o ante el Congreso Mundial en forma de fracciones, aunque sea solo de forma encubierta, como aquí lo propuso el camarada Landler. El partido húngaro y la emigración húngara ya han proporcionado bastante material a la II y a la Internacional Dos y Media, y lo que el camarada Landler ha expuesto aquí no es otra cosa que remover la basura ya enterrada una vez. Me opongo a que se apruebe esta propuesta suya con su coloración fraccional. (Aplausos.)

Presidente: Camaradas, vamos a hacer ahora una pausa para comer. Pero antes quisiera comunicarles algunas cosas.

La sesión de la tarde empieza a las 7.

Hay que despachar lo siguiente: la delegación de Canadá pide que se le permita designar un representante para la cuestión francesa, a saber, el camarada Spector, y para la cuestión americana, el camarada MacDonald145.

¿Hay objeciones? — No es así.

Algunos delegados de Francia proponen delegar también en la comisión francesa al camarada Scoccimarro146, que fue delegado en el congreso de París. ¿Hay alguna objeción? — No es así.

Queda, pues, aprobada la propuesta.

(Se levanta la sesión a las 4.15 de la tarde.)

Séptima sesión, domingo 12 de noviembre de 1922

Conclusión del debate sobre el informe del CE de la IC. Resolución sobre el informe del CE.

Oradores: Marshall, Sullivan, Friedländer, Vujović, Malaka, Zinóviev, Scoccimarro, Graziadei, Duret, Souvarine, Dormoy, Peluso, Meyer, Peric, Domski.

Apertura: 8 de la tarde.

Preside: Marchlewski.

Presidente: Camaradas, las comisiones, a las que pertenecen todos los miembros del Presidium, necesitarán todavía unos 20 minutos o media hora, de modo que tendremos que aplazar un poco el debate. Pero si desean que empecemos de todos modos el debate, podemos continuar ahora. (Voces: «¡Continuar!») Tiene entonces la palabra el camarada Grün (Austria). (Interrupción de Grün: «¡Renuncio!») (Aplausos.)

Marshall147 (América): ¡Camaradas! Como representante de una de esas tendencias del partido americano de las que el camarada Carr afirmó que no habían actuado de acuerdo con las directrices del Ejecutivo de la Internacional Comunista, quisiera declarar aquí que esta tendencia está de acuerdo en todos los sentidos, y en todas las cuestiones en lo esencial, con las directrices del Ejecutivo en el año que abarca el informe.

Tengo que ocuparme un poco de lo expuesto por el camarada Carr y señalar ante todo que el camarada Carr ha caído en un error que ya criticó el camarada Bujarin, al limitarse a hablar solo de las cuestiones internas del Partido Comunista de los Estados Unidos. Y luego esperaba que los delegados del congreso, sin conocer la situación ni las condiciones concretas existentes en los Estados Unidos, diesen crédito a sus palabras. Opina que, dada la pequeñez del partido de los Estados Unidos, la modestia estaría en su lugar; e inmodesto lo ha sido realmente, aunque solo en sentido intelectual. Me parece, sin embargo, que la pequeñez del partido de los Estados Unidos no debe engañarnos sobre el hecho de que los problemas de ese país figuran entre los mayores problemas de la revolución mundial. En el país donde la burguesía está en la cumbre de su poder y donde el movimiento obrero está todavía más atrasado, ahí aguardan sin duda las tareas más difíciles a un partido revolucionario. El camarada Carr declara que la vida interna del partido de los Estados Unidos se ha desarrollado simplemente a partir de las tesis que el Ejecutivo aprobó en Moscú y que luego se llevaron a América; allí se discutió sobre ellas. Al cabo de un tiempo se aprueban otras tesis y se nos ordena dejar de pelearnos, y entonces sencillamente lo dejamos. Un proceso muy sencillo. Pero las cosas no ocurren de una manera tan sencilla. Al fin y al cabo, Moscú no es un suboficial prusiano de la vieja escuela, ni nosotros somos reclutas del campo que solo esperan la orden y obedecen; tanto menos cuanto que el partido no tiene motivo alguno para esperar la orden de Moscú.

¿Qué antagonismos se desarrollaron en el partido americano en el periodo transcurrido? La Internacional decide aplicar la táctica del frente único. Para el partido de América se trataba entonces de evaluar la situación y de aplicar la táctica en su conjunto. Contra esta evaluación de la entonces mayoría del Comité Central se alzó oposición. El Comité Central declaró que en los Estados Unidos la aplicación de la táctica del frente único en el terreno político no significaba la unión de distintos grupos y partidos más o menos revolucionarios, porque no tenemos tales grupos y partidos. En los Estados Unidos la aplicación de la táctica del frente único significa despertar primero en las masas obreras la consciencia política y llevarlas luego a la lucha. En la solución de este problema nos ayudan, por cierto, los capitalistas. En toda la línea ponen en juego todos los medios de poder de que disponen contra la clase obrera. Los obreros que hoy van a la huelga contra la patronal se ven mañana frente a la policía, la milicia, los órganos del Estado, el ejército federal. Todos ustedes habrán leído cómo, en una huelga de los obreros de los talleres ferroviarios, un juez de Chicago liquidó la huelga sencillamente prohibiéndola148. Esta entrada en liza del medio de poder político del capital en América es lo que despierta en las masas obreras la consciencia de que también ellas tienen intereses propios. Hasta hoy esa consciencia no existía en la masa. En el terreno político la clase obrera estaba completamente absorbida por los partidos burgueses, el republicano y el demócrata. Pero ahora las masas obreras despiertan: grandes organizaciones obreras aprueban resoluciones, por ejemplo la Hermandad de los Ferroviarios, que abarca cerca de medio millón de afiliados, los mineros, que en el sindicato minero tenían organizados cerca de medio millón de afiliados, la organización de los maquinistas, con más de 200.000 afiliados. En estas resoluciones y en sus congresos los obreros de los Estados Unidos exigen que se cree una organización con la que puedan entrar en la lucha política de forma independiente, solos, como clase. Estas resoluciones muestran dos cosas: primero, por su origen, muestran la consciencia de clase política que despierta en los obreros; segundo, por la diversidad con que aparecen en público, muestran el intento de los dirigentes de llevar este espíritu que despierta a algún pantano.

¿Qué debemos hacer nosotros, los comunistas, en este caso? Parece que tenemos tres caminos abiertos. Primero, oponernos a estas tendencias —que en último término desembocan en la creación de un Labour Party— y con ello a las tendencias a la actuación política independiente de la clase obrera; o bien permanecer pasivos ante estas tendencias; o asumir la dirección de este movimiento. La entonces mayoría del Comité Central se decidió por el último camino, es decir, por intentar apoderarse de este movimiento, no solo intervenir, sino intentar tomar la dirección, la iniciativa, para el avance de estas masas que despiertan. Ahí estaba el conflicto fundamental que la táctica del frente único planteó al partido americano. El camarada Carr declaró que eso significaba traicionar la tarea del propio partido, en lugar de hacer propaganda por el propio partido. La construcción del partido no es, al fin y al cabo, un proceso. En la actividad del partido de masas de los obreros, nuestro partido podrá atraer a todos los elementos que acudan a él por su programa de partido. Pero al mismo tiempo creará un movimiento político de masas de los elementos de los obreros americanos todavía no revolucionados ni maduros para nuestro partido, y con ello nos hará avanzar un paso gigantesco hacia la revolución proletaria. Con este trabajo, ya en el proceso de formación de ese partido, nos procuraríamos un lugar dominante en semejante movimiento. Llegaríamos a ser parte integrante de este movimiento, no en el minuto en que los obreros intentan decidirse por nosotros, sino como una parte de la fuerza que creó el movimiento de masas; seríamos realmente un elemento impulsor. Y con ello podríamos prestar un gran servicio al movimiento en América. Esta concepción y esta evaluación no contravienen ninguna de las tesis ni de las resoluciones, ningún dictado de la Internacional. Pero si en esto nos equivocamos, corresponde al IV Congreso decirnos que es un error.

Para terminar, una palabra más sobre la cuestión del apoyo a la candidatura de Meyer London. El camarada Carr declaró que le parecía honroso presentarlo como si en el partido existiera una tendencia que, por amistad con Meyer London, retirase al candidato del Partido Comunista para que Meyer saliera elegido. ¿Cómo fueron las cosas? Meyer es el único candidato del SP. Pero ha sido presentado como candidato. Precisamente hemos empezado a asentarnos firmemente entre las masas obreras judías. Pero todavía no somos lo bastante fuertes para disputarle su puesto al Partido Socialista, que tiene allí su posición más fuerte. Si allí hubiéramos mantenido a un candidato hasta la elección, habríamos puesto en contra nuestra a las masas de aquellos obreros que siguen creyendo que el candidato del Partido Socialista es su candidato, que todavía no saben, como nosotros, que a los obreros les da completamente igual votar a Meyer London o a un candidato del partido demócrata, y con ello habríamos dado al Partido Socialista un pretexto para acusarnos de haber contribuido a arrebatar la victoria a un candidato de los obreros y a hacer posible a cambio la victoria de un candidato burgués. No podíamos poner semejante argumento en manos del Partido Socialista. ¿Y qué hicimos entonces? Presentamos un candidato, hicimos como comunistas una campaña electoral contra el Partido Socialista, pero en el último momento de la elección retiramos a nuestro candidato y explicamos a los obreros del distrito que no lo retirábamos porque consideráramos a Meyer London un buen representante de los obreros, sino porque todavía no hemos convencido a los obreros de que no es un buen representante, y queríamos darle la posibilidad de demostrarlo y probarlo ad oculos a nuestros electores. Creo que esta táctica es la única que se había propuesto en el partido americano y que era también la única posible que se habría podido llevar a cabo. El camarada Carr y sus amigos estuvieron, desde luego, en contra de esta táctica, pero hasta ahora, en su modestia, se han abstenido de proponer cualquier otra. Creo que la modestia no está en su lugar en este momento; se trata aquí de un problema que hay que resolver. O resolvemos este problema, o tenemos que abdicar como marxistas y como comunistas.

Sullivan (América): ¡Camaradas! Habéis oído a dos representantes de América. Ayer habló el representante del centro, el camarada Carr. Él tiene al menos buenas intenciones. No estoy de acuerdo con él. Alberga diversas ilusiones amables, por ejemplo la de que en el partido americano el ala derecha y el centro pueden trabajar juntos por el comunismo. Tengo esa ilusión por perjudicial. Pese a todo, él al menos es honrado. Acabáis de oír a otro representante del partido americano, el camarada Marshall, del ala derecha. Es el representante de los mencheviques; no es honrado. Lleva una máscara delante de la cara. Viene aquí ante vosotros, os enseña un trocito de su verdadera cara y dice que tenemos que elegir para el Congreso a Meyer London, el socialpatriota. De lo contrario, el movimiento comunista en América dejaría de existir.

Represento a los elementos de izquierda del partido, de los que 4.000 fueron expulsados y 1.000 abandonaron el partido por propia iniciativa el pasado enero. Fue la fracción de Marshall, que gobernó el partido hasta septiembre de este año, la que nos expulsó.

Tengo algo que criticar en el trabajo del Ejecutivo de la Komintern, a saber, que el Ejecutivo ha apoyado demasiado al ala derecha del Partido Comunista americano. El resultado lo vemos hoy ante nosotros en América: el partido se está hundiendo. Si ahora logramos la unidad, no será más que una unidad parcial y artificial, que no durará mucho, porque el ala derecha, el ala izquierda y el centro no pueden trabajar juntos ni pueden permanecer mucho tiempo en una misma organización. Tengo que criticar al Ejecutivo porque se olvidó de aplicar también a América los 21 puntos149. Si lo hubiera hecho, hoy no habríamos oído aquí al representante del ala derecha. Para demostraros el tipo de propaganda que hace el ala izquierda, voy a dar algunas citas, y precisamente citas de los órganos oficiales de los partidos, de los órganos oficiales y legales del partido bajo el dominio de Marshall y de su Comité Central. La primera cita trata de la Conferencia de Génova150. El órgano oficial del partido, que hace propaganda comunista, escribe lo siguiente:

«Con todo, la Conferencia de Génova es el primer intento honrado de los amos de Europa de reparar los daños causados por la guerra».

En nombre del comunismo, Marshall elogia aquí la Conferencia de Génova de los bandidos imperialistas.

Marshall: ¿Lo escribí yo?

Sullivan: Usted estaba en el Comité Central y era responsable de ello. El órgano estaba absolutamente bajo su control. Usted no lo retiró. Era un editorial oficial del partido: «¡el primer intento honrado de los amos de Europa!». Esa es la clase de propaganda comunista que usted sirve en nombre de la Internacional Comunista. Pero aún hay algo mejor. Pregunto al Presidium si no sería posible clavar, entre los cuadros en que la Kaplán151 dispara contra el camarada Lenin o entre los cuadros de los socialistas revolucionarios, un número del órgano oficial del partido americano, un número del órgano que edita Marshall, porque él es responsable de su política. Dice:

«Prescindiendo por completo de la situación política, sería además en este momento más que estúpido querer castigar con demasiada severidad actos cometidos en el primer periodo de la revolución». ¿Es esto política comunista?

Marshall: ¡Que se presenten esos periódicos!

Sullivan: Los presentaré a la comisión americana. Quizá usted no cree que los tenga, pero sabe que existen.

Presidente: Ruego que no se interrumpa al orador; el tiempo de palabra es limitado.

Sullivan: Si irrito aquí a ciertas personas, no es culpa mía; incluso me alegro de ello. Hay otro editorial sobre la conferencia de las tres Internacionales en Berlín152. ¿Qué se nos sirvió sobre ella en el mismo periódico en nombre de la propaganda comunista? Lo escribió uno de los dirigentes combatientes, el señor X.X., y nunca se ha rectificado en la prensa oficial del partido. X.X. no ha olvidado todavía el beso que le dio el seudocamarada Vandervelde153, el más fiel servidor de su rey, en el invierno de 1914-1915. Siente nostalgia de un beso así:

«El llamamiento al frente único (conferencia de las tres Internacionales en Berlín) tiene algo de fascinante. Nos hipnotiza y despierta suaves esperanzas de que volverá el tiempo en que solo habrá un partido socialista y una Internacional».

Así nos «hipnotiza» y despierta suaves esperanzas de que volverá el tiempo en que solo habrá un partido socialista (no comunista) y una Internacional. Esa es la clase de propaganda que hace el ala derecha en América. Y la hacen los mencheviques americanos con el apoyo —inconsciente— de la Internacional Comunista. En esto se basa mi crítica al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

Así que no pueden extrañarse de que los elementos revolucionarios abandonen el partido. Podría dar muchos más ejemplos de actividad menchevique. El partido ha sido entregado en manos de los mencheviques, que atacaron los 21 puntos de la Internacional Comunista, defendieron a Paul Levi y a Serrati y se opusieron al control de la Internacional Comunista sobre la organización legal del partido. Sobre la base del frente único propagan la unidad orgánica con los mencheviques y la elección del socialpatriota Meyer London para el Congreso.

Marshall no ha considerado necesario decir que él y el ala derecha del partido insisten en que hay que disolver el partido ilegal. Ha empezado una campaña para disolver el partido comunista ilegal y conservar solo una organización legal con un programa dentro de los límites de la legalidad burguesa. Exactamente como hacían los viejos liquidadores rusos de 1906 y después154. Querían ese mismo gran partido de masas. Prometieron un gran partido de masas en América con 100.000 afiliados, y ahora, según sus propios datos, se ha reducido a 14.000 afiliados: un partido centrista, menchevique, es decir, una pequeña secta.

No puedo decir todo lo que tengo que decir; no tengo tiempo para ello. Pero mientras la Internacional Comunista no insista en que se expulse del partido al ala derecha menchevique, no tendrán ustedes un movimiento comunista sano en América. Comprobarán más bien que los elementos realmente revolucionarios, los elementos obreros, abandonan el partido y que el partido se convertirá en un movimiento pequeñoburgués que tendrá por su mayor deber enviar al Congreso al socialpatriota Meyer London, tal como se ha recomendado aquí hace unos minutos.

Presidente: Camaradas, las delegaciones suiza, austriaca y holandesa han presentado una moción para cerrar el debate. Según la moción, solo deben hacer uso de la palabra todavía la organización juvenil y un representante de los pueblos de Oriente. Por la organización juvenil está inscrito el camarada Vujović, y por los pueblos de Oriente el camarada Malaka, de Java. La moción de cierre del debate la defenderá el camarada Friedländer.

Friedländer (Austria): ¡Camaradas! El debate ha sido ya del todo exhaustivo. Han tomado la palabra todas las tendencias. Sin duda se nota también ya cierto cansancio. Además, el camarada Zinóviev tiene que pronunciar todavía un resumen final bastante largo para volver sobre los distintos oradores. Por eso es completamente inadecuado continuar la discusión en estas circunstancias. Solo sería adecuado que pudieran hablar todavía un representante de los partidos que aún no han hablado y un representante de la juventud. Creo que todos los camaradas estarán de acuerdo con esta moción, que cae por su peso tras casi cuatro días de debate.

Presidente: ¿Alguien quiere hablar en contra de la moción? No es así. Pasamos a la votación. (Aprobada.)

Vujović:155 ¡Camaradas! La Internacional Comunista de la Juventud ha aprobado la línea política seguida por el Ejecutivo de la Internacional Comunista y sigue estando de acuerdo con ella. En su opinión, el Ejecutivo ha llevado a cabo en estos últimos 15 meses, de palabra y de hecho, las resoluciones del III Congreso.

La Internacional Comunista de la Juventud no solo expresa su solidaridad teórica con la directriz política del Ejecutivo, sino que hace por su parte todos los esfuerzos para aplicar esta táctica en las organizaciones juveniles.

Podemos constatar que la aplicación del frente único en todas las organizaciones juveniles y en todos los países en que la empleamos se vio coronada por el éxito. Las organizaciones juveniles de Alemania, de Francia, de Checoslovaquia y de otros países han aplicado el frente único apoyándose en la línea dada por el Ejecutivo de la IC. Esta experiencia práctica ha demostrado lo acertado de esa línea.

En los casos particulares de Francia, Italia, Noruega, Checoslovaquia y otros países, en los que el Ejecutivo ha tenido que intervenir durante el periodo que abarca el informe, la Internacional Comunista de la Juventud declara su plena conformidad con la actitud del CE de la IC. La Internacional Comunista de la Juventud considera que la voluntad mostrada por el Ejecutivo en todos los países de actuar por la aplicación práctica de las resoluciones del III Congreso no solo ha sido comprendida por el Ejecutivo, sino que se ha llevado a la práctica en todos los países, en particular en Checoslovaquia y en Italia. Esa voluntad consistía en conquistar en todos los países a la mayoría de la clase obrera.

La Internacional Comunista de la Juventud, en cuyo nombre hablo aquí, quiere destacar en particular un punto que le parece fundamental en el discurso del camarada Zinóviev. Se refiere a la formación de células comunistas en todas las fábricas y empresas. La IC cree que ha llegado el momento de abordar la aplicación práctica y concreta de las tesis aprobadas por el III Congreso sobre este punto.

La KJI, por su parte, ha intentado llevar a efecto esas tesis mediante su propia actividad. Podríamos dar ejemplos concretos, entre otros el que se dio en Francia, en la región de Lyon. Las organizaciones de fábrica fundadas allí se vieron coronadas por el éxito y la creación de células comunistas en fábricas y empresas se ha hecho allí realidad. La Internacional Comunista de la Juventud cree que en el futuro próximo todos los partidos comunistas tienen que desplegar en este sentido una actividad real.

Hay otro punto que nos parece muy importante. Pensamos en la necesaria centralización de la Internacional Comunista y en la disciplina dentro de la Internacional Comunista.

La Internacional Comunista ha demostrado, con la actividad de sus organizaciones particulares en los distintos países, que es partidaria de la disciplina y la centralización comunistas no solo de palabra, sino también en la práctica.

En Francia y en otros países, donde el Ejecutivo tuvo que contar con cierta resistencia de los partidos comunistas, las organizaciones juveniles fueron siempre las primeras en prestar su apoyo al Ejecutivo. Siempre hemos defendido la actitud del Ejecutivo dentro de los partidos comunistas.

Los distintos casos de quebrantamiento de la disciplina en el transcurso del periodo que abarca el informe fueron condenados por la juventud con la mayor dureza. Suponemos que en el futuro no volverán a darse tales casos. Los partidos comunistas demostrarán, esperamos, que las tesis y resoluciones aprobadas en varias resoluciones, en diversas ocasiones, en varios congresos, y que constituyen la base de la Internacional Comunista, no solo se aprueban de palabra, sino que cada sección mostrará realmente en las luchas futuras que la disciplina comunista es una disciplina viva. Y esperamos que entonces el Ejecutivo de la IC podrá contar con más seguridad que hasta ahora con que todas las resoluciones se lleven a cabo. Expresamos el deseo de que en adelante las consignas de la Internacional Comunista —como la del frente único— se acepten y se apliquen sin reservas. La KJI cree que el CE de la IC ha dejado atrás el primer periodo, en el que tuvo que ocuparse sobre todo de dar a todos los partidos comunistas una línea política general. Ya es hora de que en el periodo que viene el Ejecutivo pueda ocuparse de las cuestiones de organización y fomentar mucho más que hasta ahora la organización de los partidos comunistas como verdaderos partidos de masas. Esperemos que las secciones de la IC ya no puedan influir, con una resistencia abierta o encubierta, en el trabajo del Ejecutivo en lo que se refiere a la dirección política. Así podrá dedicarse más en todos los países a la reorganización de los partidos comunistas sobre la base de los consejos de fábrica, que echarán sus raíces en las masas obreras.

Así podrán la Internacional Comunista y su Ejecutivo dirigir con más energía y más éxito todas las luchas revolucionarias futuras que les imponga la situación de cada momento. (Aplausos.)

Malaka156 (Indias Neerlandesas): ¡Camaradas! Con ocasión de los discursos de los camaradas Zinóviev y Rádek y de otros camaradas europeos, creo que, teniendo en cuenta la importancia de la cuestión del frente único también para nosotros en Oriente, debo hablar por los miles de millones de los pueblos oprimidos de Oriente en nombre del Partido Comunista de Java.

Tengo que dirigir algunas preguntas a los camaradas Zinóviev y Rádek. Quizá el camarada Zinóviev no ha pensado en un frente único en Java; quizá nuestro frente único es otro. Pero la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista significa en la práctica que tenemos que hacer un frente único también con el nacionalismo revolucionario. Tenemos que reconocer que el frente único es necesario también en nuestro país. Nuestro frente único no es, por tanto, un frente único con los socialdemócratas, sino con los nacionalistas revolucionarios. Pero muy a menudo tenemos distintas formas de táctica de los nacionalistas contra el imperialismo, como el boicot y la guerra de liberación de los musulmanes, el panislamismo. Tengo en vista en particular estas dos formas, y por eso planteo las siguientes preguntas. Primero: ¿debemos apoyar el movimiento nacional de boicot o no? Segundo: ¿debemos apoyar el panislamismo, sí o no? Si es que sí, ¿hasta dónde debemos llegar?

Tengo que admitir que el boicot no es ciertamente un método comunista, pero es un método que, bajo el sojuzgamiento político-militar en Oriente, es una de las armas más afiladas, y en estos dos últimos años hemos podido ver también que en 1919 el boicot de los pueblos egipcios contra el imperialismo británico, lo mismo que el gran boicot chino de finales de 1919 y principios de 1920, se vieron coronados por el éxito. El último movimiento de boicot lo hemos tenido en la India británica. Podemos suponer que este año o en los siguientes se aplicará en Oriente otro tipo de boicot. Sabemos, claro está, que el boicot no es nuestro método; podrá ser el método de los pequeñoburgueses o de la burguesía nacionalista. Podemos decir más aún, podemos decir que el boicot es el apoyo al capitalismo autóctono; pero hemos visto también que, a consecuencia del movimiento de boicot en la India británica, 18.000 dirigentes languidecen todavía hoy en las cárceles, y que el boicot ha provocado un estado de ánimo muy revolucionario; más aún, que por el movimiento de boicot en la India británica el Gobierno inglés se vio incluso obligado a pedir la ayuda militar japonesa para el caso de que el movimiento de boicot se convirtiera en una insurrección armada abierta. Sabemos también de los dirigentes musulmanes de la India, del doctor Kitchlew, de Hasrat Mohani y de los hermanos Ali157, que en realidad son nacionalistas; no hemos tenido que registrar ninguna insurrección cuando detuvieron a Gandhi. Pero en la India se sabe muy bien, lo sabe hasta el revolucionario más sencillo, que una insurrección local tiene que acabar en derrota, porque allí no disponemos de armas ni de otro material de guerra. La cuestión del movimiento de boicot pasa, pues, para nosotros, los comunistas, al primer plano, ahora o en el futuro. Sabíamos en la India y en Java que muchos comunistas están inclinados a proclamar el movimiento de boicot en Java, quizá porque el estado de ánimo comunista procedente de Rusia llevaba tanto tiempo olvidado, quizá también porque en la India británica se habían desencadenado estados de ánimo comunistas que podían hacer la competencia a todo el movimiento. En cualquier caso, estamos ante la pregunta: ¿debemos apoyar esta táctica, sí o no? ¿Y hasta dónde podemos llegar?

El panislamismo es una larga historia. Primero quiero hablar de nuestras experiencias en las Indias, donde trabajamos junto con los islamitas. En Java tenemos una asociación muy grande con muchos campesinos muy pobres, el «Sarekat Islam» («Liga Islámica»)158. Esta asociación tuvo entre 1912 y 1916 quizá un millón de afiliados; también pueden haber sido tres o cuatro millones. Era una asociación popular muy grande, que surgió espontáneamente y era muy revolucionaria. Hasta 1921 trabajamos junto con ella. Nuestro partido, compuesto de 13.000 afiliados, entró en la asociación popular e hizo allí propaganda. En 1921 conseguimos que el Sarekat Islam adoptara nuestro programa. La Liga Islámica hacía propaganda también en las aldeas por el control de las fábricas y por la consigna: ¡todo el poder a los campesinos pobres, todo el poder a los proletarios! Así, pues, el Sarekat Islam hacía la misma propaganda que nuestro Partido Comunista, solo que a veces con otro nombre. Pero en 1921 se produjo una escisión a consecuencia de una crítica torpe contra los dirigentes del Sarekat Islam. El Gobierno, por medio de sus agentes en el Sarekat Islam, aprovechó la escisión y aprovechó también la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista: ¡luchad contra el panislamismo! ¿Qué dijo a los campesinos sencillos? Les dijo: mirad, los comunistas no solo quieren dividir, los comunistas quieren también destruir vuestra religión. Aquello era demasiado para un sencillo campesino musulmán; el campesino pensó: lo he perdido todo en este mundo, ¿voy a perder también mi cielo? ¡Eso no puede ser! Así pensaron los sencillos musulmanes. Y los propagandistas, los agentes del Gobierno, lo aprovecharon muy bien. Así que tenemos una escisión. (Presidente: Su tiempo de palabra ha terminado.) Vengo de las Indias, he viajado 40 días. (Aplausos.) Los del Sarekat Islam creen en nuestra propaganda y se quedan con nosotros con el estómago, por decirlo de manera popular, pero con el corazón se quedan con el Sarekat Islam, con su cielo. Porque el cielo no podemos dárselo nosotros. Por eso boicotearon nuestras asambleas y ya no pudimos hacer propaganda.

A principios del año pasado trabajamos por restablecer la relación con el Sarekat Islam. En nuestro congreso de diciembre del año pasado dijimos que los musulmanes del Cáucaso y de otros países, que colaboran con los soviets y luchan contra el capitalismo internacional, entienden mucho mejor su religión, y dijimos también que, si quieren hacer propaganda por su religión, pueden hacerla, pero que no deben hacerla en las asambleas, sino en los templos (mesigid).

En las asambleas públicas se nos preguntaba: ¿son ustedes musulmanes, sí o no? ¿Creen ustedes en Dios, sí o no? ¿Y qué respondimos? Sí, dije yo, cuando estoy ante Dios soy musulmán, pero cuando estoy ante los hombres no soy musulmán (vivos aplausos), ¡porque Dios ha dicho que entre los hombres hay muchos satanes! (Vivos aplausos.) Y así, con el Corán en la mano, infligimos una derrota a sus dirigentes, y en nuestro congreso del año pasado obligamos, por medio de sus afiliados, a los dirigentes del Sarekat Islam a trabajar con nosotros. En marzo del año pasado estalló entonces una huelga general y los obreros musulmanes nos necesitaban, porque teníamos a los ferroviarios bajo nuestra dirección. Los dirigentes del Sarekat Islam dijeron: queréis trabajar con nosotros, entonces también tenéis que ayudarnos. Acudimos, naturalmente, y les dijimos: sí, vuestro Dios es poderoso, ¡pero vuestro Dios ha dicho que en este mundo los ferroviarios son más poderosos! (Vivos aplausos.) Los ferroviarios son el Comité Ejecutivo de Dios en este mundo. (Risas.) Pero con eso la cuestión todavía no está resuelta: si volvemos a tener una escisión, podemos estar seguros de que los agentes del Gobierno volverán a venir con su panislamismo. Por eso la cuestión del panislamismo es muy actual.

Pero primero hay que entender qué significa propiamente la palabra panislamismo. Tuvo en su tiempo un significado histórico y quiere decir que el islam debe conquistar el mundo entero con la espada en la mano, y que eso debe hacerse mediante la guerra santa bajo la dirección del califa, y el califa debe ser de estirpe árabe. Unos 40 años después de la muerte de Mahoma, los mahometanos se dividieron en 3 grandes imperios, y con ello la guerra santa perdió su significado para todo el mundo mahometano. Perdió así el significado de conquistar el mundo entero en nombre de Dios para los califas y para la religión mahometana, porque el califa occidental de España decía: yo soy el verdadero califa, yo debo llevar el estandarte; y el califa de Egipto decía lo mismo, y el califa de Bagdad decía: yo soy el verdadero jefe, porque soy de la tribu árabe de los Quraish. Así, el panislamismo ya no tiene su significado original, sino que ahora tiene en la práctica un significado completamente distinto. El panislamismo significa ahora la lucha nacionalista por la libertad, porque el islam lo es todo para los musulmanes: no solo la religión, sino también el Estado, la economía, la comida y todo; y así el panislamismo significa la fraternización de todos los pueblos mahometanos, la lucha por la libertad, no solo de los árabes, sino también de los indostanos, de los javaneses y de todos los pueblos mahometanos sojuzgados. Esta fraternización significa ahora en la práctica la lucha por la libertad no solo contra el capitalismo holandés, sino también contra el inglés, el francés y el italiano, es decir, contra el capitalismo del mundo entero. Eso significa ahora el panislamismo en la India entre los pueblos coloniales sojuzgados; así lo han propagado en secreto, es decir, como la lucha contra las distintas potencias imperialistas del mundo. Esa es para nosotros una tarea nueva. Igual que queremos apoyar la guerra nacional, queremos apoyar también la guerra de liberación de los 250 millones de mahometanos, muy combativos, muy activos, sometidos a las potencias imperialistas. Por eso pregunto una vez más: ¿debemos apoyar el panislamismo en este sentido? Con esto llego al final de mi discurso. (Vivos aplausos.)

Zinóviev:

Resumen final sobre el informe del Ejecutivo

Camaradas, permítanme que trate primero con algo más de detalle el capítulo del gobierno obrero. No me resulta del todo claro si existen realmente entre nosotros serias diferencias de opinión sobre esta cuestión, o si quizá esta cuestión no se ha explicado del todo bien y si no se trata en parte solo de terminología. Eso se verá en el curso del congreso y al redactar la resolución sobre las cuestiones tácticas, que trataremos después de las cuestiones de la revolución rusa. Para mí no se trata en absoluto de la palabra «seudónimo», que se ha citado aquí. Estoy dispuesto a ceder con gusto en esta disputa sobre la palabra. Pero se trata de la concepción. Creo, camaradas, que la cuestión quedará más clara si empiezo diciendo lo siguiente. Todo gobierno burgués es al mismo tiempo un gobierno de la burguesía, un gobierno capitalista. Difícilmente puede uno imaginarse un gobierno burgués, un gobierno de la clase burguesa, que no sea al mismo tiempo un gobierno capitalista. Pero, por desgracia, no puede decirse lo contrario. No todo gobierno obrero es un gobierno socialista. Esta antítesis es de naturaleza muy profunda. Es una manera de expresar el hecho de que la burguesía tiene sus puestos avanzados dentro de nuestra clase, y no al revés. Nos es imposible tener nuestros puestos avanzados en el campo de la burguesía.

Todo gobierno burgués es, pues, un gobierno de la burguesía, e incluso algunos gobiernos obreros pueden ser, por su contenido social, gobiernos de la burguesía. Pero no puede decirse lo contrario. A mi juicio, ese es el punto decisivo: hay gobiernos obreros y gobiernos obreros. Creo que pueden imaginarse cuatro tipos de gobierno obrero (lo cual está muy lejos de agotar la lista de posibilidades). Puede haber un gobierno obrero que por su contenido sea un gobierno obrero liberal, como por ejemplo el gobierno obrero australiano. Hubo un gobierno obrero australiano, y algunos de nuestros camaradas australianos dicen que la consigna del gobierno obrero es incorrecta, y precisamente porque en Australia ya ha habido gobiernos obreros de ese tipo y eran burgueses. Allí hubo realmente gobiernos obreros, pero de naturaleza liberal por su contenido; eran gobiernos obreros burgueses, si se les puede llamar así. Ahora hay elecciones en Inglaterra159. Probablemente en estas elecciones todavía no se llegue a ello, pero teóricamente uno puede imaginarse muy bien una situación en la que llegue un gobierno obrero semejante al gobierno obrero australiano y que por su contenido sea un gobierno obrero liberal. Este gobierno obrero liberal puede ser también en Inglaterra, en la situación actual, un punto de partida para la revolucionarización del país. Puede ser. Pero en sí mismo no es más que un gobierno obrero liberal. Nosotros, los comunistas, votamos ahora en Inglaterra por el Labour Party. Es lo mismo que si votáramos por un gobierno obrero liberal. Los comunistas de Inglaterra se ven obligados, en la situación actual, a votar por un gobierno obrero liberal. Es una táctica absolutamente correcta. ¿Por qué? Porque objetivamente será un paso adelante, porque un gobierno liberal en Inglaterra es lo que mejor preparará la bancarrota del capitalismo. Ya vimos en Rusia, en la época de Kérenski, que la posición del capitalismo quedó quebrantada, aunque los liberales eran agentes del capitalismo. Plejánov160 llamaba a los mencheviques, en el periodo de febrero a octubre de 1917, medio bolcheviques. Nosotros pensábamos que eso era falso, que no eran bolcheviques, ni siquiera en una cuarta parte. Lo decíamos porque estábamos en lucha encarnizada con ellos y porque veíamos su traición al proletariado. Pero objetivamente Plejánov tenía razón. Objetivamente, el gobierno menchevique era el más adecuado para estropearle el juego al capitalismo, para hacerle imposible la situación. Nuestros camaradas de partido, que estaban en lucha contra los mencheviques, no podían ver todavía entonces este aspecto.

Se está en plena lucha unos contra otros. Solo se ve que son traidores a la clase obrera. No son adversarios de la burguesía, pero cuando se les pone por un tiempo en la mano el arma de la burguesía, pueden dar algunos pasos que objetivamente van dirigidos contra el Estado burgués. Así pues, en Inglaterra apoyamos el gobierno obrero liberal y también el Labour Party. La burguesía inglesa tiene también razón cuando dice: el gobierno obrero empieza con Clynes y puede acabar con el ala izquierda.

Ese es el primer tipo de un posible gobierno obrero.

El segundo tipo es el de un gobierno socialdemócrata. En Alemania puede uno imaginarse que el SPD forme un gobierno puramente «socialista». También será un gobierno obrero (entre comillas, naturalmente). Puede uno imaginarse una situación en la que concedamos a este gobierno un crédito condicional, en la que le prestemos un apoyo condicional. Puede uno imaginarse que, en determinadas circunstancias, un gobierno «socialista» sea una etapa de la revolucionarización de la situación.

Esa es la segunda posibilidad.

Un tercer tipo es el llamado gobierno de coalición, es decir, un gobierno en el que pueden sentarse socialdemócratas, dirigentes sindicales, gente sin partido y quizá también comunistas. Puede uno imaginarse esta posibilidad. Un gobierno así no es todavía la dictadura del proletariado. Es quizá un punto de partida hacia la dictadura del proletariado. Si todo va bien, iremos echando de semejante gobierno a un socialdemócrata tras otro, hasta que el poder quede en manos de los comunistas. Es, pues, una eventualidad histórica.

En cuarto lugar, tengo en vista un gobierno obrero que sea realmente un gobierno obrero, es decir, un gobierno obrero comunista, porque otro no es un verdadero gobierno obrero. De esta cuarta posibilidad creo que es un seudónimo de la dictadura del proletariado, realmente: un gobierno obrero en el pleno sentido de la palabra.

Con esto la cuestión está lejos de agotarse. Puede darse un quinto o un sexto tipo, y todos ellos pueden muy bien ser un punto de partida para una ulterior revolucionarización de la situación.

Me temo que, a la caza de una definición estrictamente científica, perdamos de vista lo político. Para mí no se trata de sutilezas de definición científica, sino de no descuidar lo revolucionario. A menudo se tiene la impresión de que algunos camaradas se imaginan la cosa de modo que basta con que vayamos de la mano con los socialdemócratas para tener ya un gobierno obrero. Con ello se olvida una cosa: que primero hay que derribar a la burguesía. La burguesía no cederá su puesto voluntariamente; luchará por su poder.

No hay que olvidar que, además de los partidos obreros, existe también una burguesía, que ha estado en el poder durante decenios y que lo hace todo por luchar por ese poder.

Así pues, para formar un gobierno obrero en el sentido revolucionario, primero hay que derribar a la burguesía: eso es lo más importante. No olvidemos que tenemos que distinguir dos cosas: 1. Nuestro método de agitación, cómo hablar mejor al obrero sencillo, cómo hacerle comprender mejor su situación. Para ello, creo, la consigna del gobierno obrero es sin duda adecuada. Y hay una segunda cuestión, la de cómo se desarrollarán históricamente los acontecimientos, cómo se producirá concretamente la revolución.

Levantemos aquí un poco el telón del futuro.

¿Cómo marchará la revolución? Hagamos conjeturas: a través de todas las fases del gobierno obrero, del gobierno de coalición y luego de la guerra civil. A todos nos gusta vaticinar el curso ulterior de la revolución, pero lo único que puede predecirse es que ninguna de nuestras profecías se cumplirá. La revolución llegará muy probablemente de otro modo de como nos lo imaginamos, por una puerta completamente distinta. Eso lo vimos también en nuestra revolución rusa. Hace cinco años se pensaba que se nos haría hincar las rodillas con el bloqueo, con el hambre, etc. Se pensó en distintas eventualidades; solo la eventualidad de la nueva política económica y el camino actual de la revolución no los previó nadie.

La situación es distinta en todos los países. Probablemente la revolución llegará de manera completamente distinta en Alemania y en Inglaterra. Eso no quiere decir que nosotros, como revolucionarios conscientes, no debamos levantar el telón del futuro. Somos hombres que piensan; queremos ir por delante de la clase obrera. Tenemos que intentar aclarar las cosas por todos sus lados. Pero es realmente difícil predecir aquí algo. Si consideramos la consigna del gobierno obrero desde este punto de vista, como cuestión concreta del camino hacia la revolución proletaria, se puede dudar mucho de que la revolución mundial vaya a entrar necesariamente por la puerta del gobierno obrero. Ayer nuestro amigo Rádek dijo que el gobierno obrero es una posibilidad de transición a la dictadura del proletariado. Yo quisiera decir que es solo una posibilidad o, si he de expresarme con toda exactitud, que es una posibilidad muy excepcional. Eso no quiere decir que la consigna del gobierno obrero no sea correcta. Es correcta. Allí donde las relaciones de fuerza se presten a ello, nos traerá grandes éxitos en la agitación. Pero si examinamos la cuestión del camino, la cuestión de si la revolución seguirá necesariamente ese camino, digo: esa no es una cuestión que haya que resolver aquí. Es un camino que probablemente es el más insólito. En los países con una burguesía desarrollada no conquistaremos el poder de otro modo que en la guerra civil, y cuando hayamos eliminado a la burguesía en la guerra civil, difícilmente habrá una pausa intermedia durante un periodo de tiempo largo. Puede ser, pero no vale la pena discutir sobre ello; solo se pueden hacer conjeturas. Lo único que necesitamos es ver con claridad todas las eventualidades fundamentales del camino de la revolución. Puede haber un gobierno obrero que no sea otra cosa que un gobierno obrero liberal, como fue posible en Inglaterra, en Australia, etc. Este gobierno obrero puede ser objetivamente de utilidad para la clase obrera. La agitación por el gobierno obrero es correcta; en la agitación podemos hacer mucho con ella. Pero lo que no debemos olvidar con ello es la perspectiva revolucionaria.

Tengo aquí un bonito pasaje de un periódico del ministro checoslovaco Beneš161. Se lo voy a leer. El Čas, órgano del ministro Beneš, escribe el 13 de septiembre:

«Bajo la consigna de la lucha contra el paro, va ampliando el Partido Comunista el frente único de los obreros. No se puede negar a los comunistas el ingenio. Saben presentar a los obreros la misma cosa bajo formas distintas. Así, por ejemplo, los comunistas empezaron en su día una agitación por la formación de soviets; cuando esta agitación no condujo a ningún resultado, los comunistas abandonaron la agitación por la formación de soviets, para reanudarla al cabo de año y medio bajo la máscara de comités de frente único. Ciertamente, el frente único proletario podría convertirse en una fuerza enorme si su base la formasen ideas progresistas, etc.».

Creo que este burgués tiene razón. Sería de desear que mereciéramos más a menudo semejante elogio. Sí, nosotros, los comunistas, que tenemos que vérnoslas con una clase obrera a la que la burguesía ha sojuzgado también espiritualmente durante decenios, durante siglos, tenemos que intentar ilustrar a nuestra clase por todos los medios. He dicho que puede haber un gobierno obrero que en realidad sea un gobierno burgués, pero que puede haber también un gobierno obrero que actúe de manera realmente revolucionaria. Tenemos que intentar ilustrar de distintas maneras a las capas atrasadas de la clase obrera, también, si resulta más fácil, por la vía del frente único. Pero el contenido de nuestro trabajo de ilustración tiene que seguir siendo siempre el mismo.

Una cosa más, camaradas: gobierno de los soviets no significa siempre dictadura del proletariado. De ningún modo. En Rusia existió durante ocho meses un gobierno paralelo de los soviets junto al gobierno de Kérenski, y no era una dictadura del proletariado. Pese a ello, estábamos por la consigna del gobierno de los soviets.

Por eso creo, camaradas, que debemos seguir con toda tranquilidad la consigna del gobierno obrero, pero con la única condición de que tengamos claro de qué se trata. ¡Ay de nosotros si en la agitación dejáramos surgir, aunque solo fuera un minuto, la opinión de que vendrá necesariamente un gobierno obrero, de que podría llegar también por vía pacífica, de que habría un periodo orgánico estable que podría sustituir a la guerra civil, etc.! Si existen entre nosotros tales concepciones —y quizá existan en alguna parte—, hay que combatirlas resueltamente y educar a la clase obrera en el sentido de decirle: sí, queridos amigos, para establecer un gobierno obrero, ¡primero hay que derribar y vencer a la burguesía!

Eso es lo esencial de esta consigna. ¿Quieres tener un gobierno obrero? Bien, entonces estamos de acuerdo incluso con los socialdemócratas; aunque decimos que te traicionarán, estamos con todo por un gobierno obrero así, pero solo con la condición de que esté dispuesto a combatir a la burguesía hombro con hombro con nosotros. Si tú quieres, emprenderemos la lucha contra la burguesía, y si de esta lucha sale un gobierno obrero, se asentará sobre una base firme y será realmente un preludio, un comienzo de la dictadura del proletariado. En sí no se trata de la palabra «seudónimo» —se la regalo con gusto al camarada Meyer—, sino de que tengamos una línea clara en esta cuestión. De ningún modo es esto una estratagema con la que podamos sonsacar a la burguesía que renuncie a la guerra civil. La Internacional debe hacer una buena estrategia, pero no hay estrategia con la que se pueda evitar la guerra civil y llegar limpiamente, como sobre un parqué, a un gobierno obrero. Eso no existe en la naturaleza. Lo decisivo es la lucha, el sometimiento de la burguesía; cuando la hayamos sometido, entonces podrán darse distintas formas de gobierno obrero.

Un gobierno obrero puede tener en Inglaterra, en la situación actual, un efecto objetivamente revolucionario, y apoyaremos incluso un limitado gobierno obrero menchevique-liberal. Pero eso no significa en modo alguno evitar la lucha de clases; es solo otra forma de la lucha de clases. La existencia de un gobierno obrero así no significa que podamos evitar la forma más eficaz, la de la guerra civil; de ningún modo. Sabemos que en ciertas condiciones un gobierno obrero menchevique-liberal así puede volverse contra nosotros con una sed de sangre mucho mayor que un gobierno de la burguesía: lo ha demostrado Noske y lo han demostrado también nuestros mencheviques. Eso no puede significar, pues, en modo alguno la posibilidad de prevenir la guerra civil. Por eso creo, camaradas, que esta consigna es absolutamente correcta como consigna de agitación, si sabemos de verdad exponerla de manera revolucionaria. Tomemos por ejemplo en Francia la consigna del gobierno Blum-Frossard. El Ejecutivo es responsable de ella. Se la habíamos propuesto a los camaradas en el curso de la discusión. Pero en Francia era prematura. ¿Por qué? Porque allí, por las tradiciones del partido, esta consigna se entendió como una combinación parlamentaria. Teóricamente, el Ejecutivo tenía toda la razón cuando dijo que no podíamos renunciar a la consigna del gobierno obrero. Era una eventualidad, una posibilidad, una perspectiva revolucionaria, pero en las relaciones y condiciones concretas era prematura. Si allí hubiéramos empezado la táctica del frente único con la jornada de ocho horas, quizá habría sido mejor. Así, enseguida se empezó a husmear; se decía: quizá ya se han empezado negociaciones para unificar los partidos, etc. Hay que tomar la cosa en la práctica tal como es. Algunos amigos de entre los izquierdistas quizá han exagerado también un poco. Si no me equivoco, fue nuestro amigo, el camarada Souvarine, quien escribió: «En Rusia hubo también un periodo en que se hizo un gobierno Mártov-Lenin». No es cierto. En Rusia no hubo una época así. Además, hay que entender que entre nosotros la caída del zarismo fue a medias la caída de la burguesía. La revolución de febrero fue al principio una revolución burguesa, pero no de naturaleza enteramente burguesa; fue desde el principio una gran revolución popular y llevaba en su seno la revolución de octubre. Ya el primer día tuvo consejos de soldados, pero no de esos que, como hizo Noske, se mandan a casa al cabo de un par de meses, sino de esos que desde el principio agarraron a Kérenski por el cuello.

En una situación así, en la que los mencheviques representaban realmente un gobierno paralelo, era correcto decir: queremos formar un gobierno obrero de coalición. Como saben, eso tampoco condujo objetivamente a nada. Se llegó a la guerra civil. Solo con las armas en la mano alcanzamos nuestro objetivo. Al principio tuvimos una alianza, no con Mártov, sino con los socialistas revolucionarios de izquierda, que representaban a la parte revolucionaria del campesinado. En esa formulación la consigna era correcta. Pero venir ahora en Francia con esta arma y decir: esto es lo mismo que un gobierno con Mártov y Lenin, supone una perspectiva incorrecta.

Incluso nuestros mejores amigos han cometido aquí pequeños errores. Creo que nuestra discusión en este congreso, y más aún después del trabajo de las comisiones, no nos llevará a abandonar la consigna del gobierno obrero. La consigna sigue siendo correcta como medio de acceso a las masas. Sobre eso no se puede discutir. La consigna sigue siendo correcta. Solo tenemos que saber usarla bien. Encierra los mismos peligros que la táctica del frente único. Cuando se empieza a hablar de gobiernos, es natural que se piense en combinaciones parlamentarias con reparto de carteras, etc. Ahí hay dificultades todavía mayores que con la táctica del frente único. Pero no por eso podemos decir que tengamos que renunciar a esta consigna porque es difícil, como han alegado nuestros camaradas franceses. Decían: sí, nuestro partido no vale nada, no podemos hacer nada, ¡somos tan débiles! Si sois demasiado débiles, tenéis que haceros más fuertes. Si no sabéis nadar, echaos al agua y aprended a nadar, y así aprenderéis a nadar. Tenemos, pues, que subrayar los peligros para poder hacerles frente. En este periodo de calma, que en parte todavía viviremos, existe sin duda el peligro del bacilo oportunista. El camarada Rádek tiene en este sentido toda la razón cuando dice que el peligro está ahora a la derecha. De ello han tenido que convencernos también las seis sesiones que hemos tenido hasta ahora.

En esta cuestión tenemos que seguir una línea firme. Hay que decir a los camaradas: sí, el gobierno obrero está muy bien, pero para formar un gobierno obrero primero hay que derribar a la burguesía, la burguesía que ahora existe, y para eso primero hay que tener armas, primero hay que organizarse, y para eso hay que tener claro que se llegará a duras luchas y que de otro modo no podremos obtener la victoria. Creo, camaradas, que con esto puedo terminar esta parte de mi resumen final.

Paso ahora a los partidos más importantes. Los trataré en el mismo orden que en mi primer discurso.

Así pues, primero Alemania. La camarada Ruth Fischer, que ha demostrado que no tiene un aspecto tan terrible como quizá algunos se la imaginaban (risas), nos reprochó que el III Congreso no influyó del todo bien en el partido alemán. Este reproche debería hacérselo en primer lugar al III Congreso, y no al IV. Pero bueno, somos los sucesores del III Congreso y podemos responder a ello. Creo que el reproche no es acertado. No hace falta exagerar y decir: hemos salvado al partido alemán. No lo hemos salvado nosotros: el proletariado alemán ha puesto en pie él mismo a su partido. Pero en lo que toca al III Congreso, creo que el III Congreso actuó con acierto. (Una voz: «¡Muy cierto!») Se dice: el grupo de Levi no fue tratado correctamente, se metió todo en el mismo saco. Perdonen, eso no es cierto. No olviden que durante el III Congreso los mejores combatientes revolucionarios tenían dudas sobre esta cuestión. Incluso en nuestra delegación rusa había diferencias de opinión sobre ello, y precisamente entre los mejores de nosotros. Se pensaba: sí, Levi es una cabeza inteligente, quizá lo haga mejor que algunos de sus adversarios. Se ha visto que no era así. La tarea y el deber del III Congreso consistían en dejar que el señor Levi se fuera solo con el señor Noske, o al menos en la compañía más reducida posible. Los Geyer162 y toda esa gente no significan mucho. Esos podemos dejárselos tranquilamente. Puede llevarse tranquilamente unos cuantos Geyer más. Pero que pudiera llevarse una parte de nuestro partido: ese peligro sí existía.

Y en este asunto el III Congreso ayudó un poco, con todo, a nuestro partido alemán a adoptar la posición correcta y a salvar para la revolución a los mejores elementos. Así que en este sentido la camarada Ruth Fischer no tiene del todo razón.

En lo que toca al asunto Rathenau, ya ha subrayado el camarada Rádek que estamos de acuerdo con esta crítica. En el momento en que se produjo el asesinato de Rathenau, en el momento mismo de la acción, enviamos al partido alemán una carta confidencial. Nos dirigimos a nuestra Central en Alemania y le expresamos nuestra opinión sobre las cosas.

Me permitirán que cite algunos pasajes de la carta. La carta está fechada el 18 de junio; está escrita, pues, todavía en el ardor del combate:

«Ahora, la actitud del partido. Hemos seguido en lo posible todo lo que ocurre en Alemania. Hemos leído sus informes con mucha atención y agradeciendo su minuciosidad. La táctica de los primeros días, tal como se expresó en la Rote Fahne, nos parece a todos débil. No se debía gritar “¡República! ¡República!” en una situación como la que existía. Más bien se debía mostrar ad oculos a las masas desde el primer minuto que la Alemania actual es una república sin republicanos. Se debía mostrar a las amplias masas obreras, que no se preocupan tanto por la república como por sus intereses económicos, en este momento de agitación, que la república burguesa no solo no es ninguna garantía para los intereses de clase del proletariado, sino que, al contrario, en la situación dada es la mejor forma de opresión de las masas obreras. No se debía tocar la misma trompeta junto con los socialdemócratas y el USP; el frente único no debe excluir nunca, nunca, nunca la independencia de nuestra agitación. Eso es para él una conditio sine qua non.

Estamos dispuestos a negociar con la gente del SPD y del USP, pero no como parientes pobres, sino como una fuerza independiente, que conserva siempre su propia fisonomía y expresa de la A a la Z ante las masas la opinión del partido».

Creo que esta cita basta para demostrar que en el momento dado llamamos la atención de nuestro partido alemán sobre este lado débil de la campaña Rathenau. Fuimos más lejos: preguntamos si no era posible una actuación más enérgica del partido alemán. Desde luego, no podíamos ser ligeros y decir: debéis entrar inmediatamente en acción, proclamar una huelga, etc. Eso debe decidirlo el propio partido. Pero sí planteamos la cuestión de si no era posible una actuación independiente, inmediata y enérgica de nuestro partido. Y mi convicción, hasta donde puedo abarcar la situación, es esta: no era posible; habría podido llevar a un baño de sangre. Ese error capital no lo cometió la Central; pese a otros errores parciales que cometió, aprovechó la situación. En la cita anterior se dice que nunca, nunca, nunca se debe renunciar a la independencia de la agitación. Y no podíamos decirlo de otro modo; habría sido sencillamente el suicidio del Partido Comunista. (Una voz: «¡Muy cierto!») Queríamos, por ejemplo, que también los comunistas ingleses se adhirieran al Labour Party, pero pusimos como condición la independencia de la agitación. El Labour Party no lo aceptó, y nosotros dijimos: bien, aquí estamos, no podemos hacer otra cosa. La formación del Partido Comunista tiene por objeto, ante todo, la independencia de la agitación. Las tareas de lucha ya vendrán, pero la independencia es la primera tarea. Tenemos que conservar siempre nuestra propia fisonomía. No puede haber un solo momento en que olvidemos que esta piojosa república burguesa no es otra cosa que una soga al cuello de la clase obrera. ¡Cómo pudo la Rote Fahne salir con el concepto de república! Precisamente ahora deberíamos decir a los obreros: esta perra república quiere estrangularos; se trata de vuestros intereses proletarios. Llegado el caso, lucharemos contra los nacionalistas también junto con los socialdemócratas. Pero no debéis olvidar nunca lo que significa la «república».

Precisamente en ese momento era ese el mayor deber. Nos pareció, desde lejos, que nuestro partido se había puesto un poco demasiado en manos de las direcciones de las organizaciones. Nosotros, en Alemania, no somos parientes pobres; somos un partido independiente y la victoria pertenece al partido. Y como ellos querían tenernos a toda costa, precisamente en ese momento teníamos menos motivo que nunca para presentarnos como parientes pobres. Está claro que la estrategia de la gente de Scheidemann al comienzo de la campaña Rathenau consistía en aislarnos un poco. Teníamos que comprenderlo y no debíamos renunciar a mantener una entrevista con ellos. Pero en ese mismo momento deberíamos haber escrito en todos los periódicos y haber echado todas las campanas al vuelo sobre lo que son los noskistas. Y creo que este ejemplo tiene importancia también para todos los partidos.

Unas palabras más sobre la organización de Berlín. En mi primer informe olvidé comunicar que durante el periodo que abarca el informe tuvimos un pequeño conflicto con la organización de Berlín, que en parte se reflejó también en la prensa. Pues bien, camaradas, creo hablar en nombre del Ejecutivo si digo: este conflicto fue penoso en todos los sentidos y estamos plenamente dispuestos a hacerlo todo para evitar incluso la sombra de un antagonismo. Las debilidades de algunas de nuestras organizaciones locales son conocidas por el Ejecutivo. La organización de Berlín, lo mismo que la de París, e incluso las de Petersburgo, Moscú y otras diversas organizaciones, tienen sus lados débiles. No puede decirse que la campaña del Circo Busch muestre un lado brillante de nuestra organización de Berlín. Pero sabemos que es una organización proletaria y no queremos que se interprete como si hubiera una diferencia de opinión constante. Por lo que alcanzamos a ver, hay matices que no se pueden evitar en la organización. Invitamos entonces a los camaradas de Berlín a venir personalmente a vernos para resolver este conflicto lo antes posible. No se consiguió. No puedo dejar de subrayarlo en el congreso, para dar por zanjado en todo caso este conflicto. Estamos convencidos de que nuestra organización de Berlín seguirá prestando en general los mayores servicios al partido.

Quiero hacer todavía algunas observaciones sobre el discurso de la camarada Fischer. Su discurso, si me lo permite, camarada Fischer, se distinguió por contener, junto a muchas cosas acertadas, muchas cosas desacertadas. No es tan grave; eso pasa, por así decirlo, en las mejores familias. Usted dice, por ejemplo: con la ilusión del frente único el SPD ha capturado al USP. No es cierto. Con eso halaga usted al USP. No fue capturado, sino que quiso ser capturado. Y eso es precisamente lo que debemos decir a los obreros alemanes. Es un hecho político que el USP quería ser capturado. En realidad se echó al cuello del SPD. Y es un hecho muy importante para recuperar ahora a los obreros del USP. También en cosas pequeñas exagera usted cuando dice que se negoció durante semanas con las direcciones de las organizaciones. Las negociaciones se alargaron algo, pero no duraron semanas. Creo que no fue ni siquiera una semana entera. Pero, como digo, en esas minucias uno puede equivocarse, mientras no pase nada peor.

Los camaradas alemanes decían, sobre todo en conversaciones privadas: usted ha pintado la situación del partido alemán demasiado de color de rosa; entre nosotros no todo es tan bonito y tan bueno. Pues bien, camaradas, como muchísimos otros delegados me han hecho el reproche contrario, creo que no es tan grave que haya pintado la situación de un partido algo demasiado buena y demasiado bonita. Pero es un hecho que sobre problemas que en el partido alemán se superan en una semana, en otros partidos se discute durante meses. Después de las luchas de marzo, después de la campaña Rathenau, después de la discusión que tuvimos en el partido alemán, puede decirse sin exagerar que el partido hermano alemán ha superado las mayores dificultades y está en camino de llegar a ser un verdadero y serio partido comunista que sabrá ya maniobrar. Tenemos aquí un sujeto de la maniobra, un verdadero partido comunista que, según espero (no lo digo para hacerle un cumplido, sino porque estoy convencido de ello), llegará pronto en Alemania a acontecimientos decisivos, quizá antes de lo que piensan algunos de nosotros y algunos de los propios camaradas alemanes.

Paso luego a los camaradas franceses. Lamento que en el debate no hayan tomado suficientemente la palabra todos los matices de la Internacional Comunista. Algunos han callado, y eso no es loable. El camarada Duret tenía toda la razón cuando dijo: cuando los muchachos de la izquierda tienen algo en el corazón, vienen enseguida y lo sueltan abiertamente, y a veces incluso con una franqueza superflua. Ese es un lado bueno de los izquierdistas. Pero aquellos camaradas que se sientan algo más a la derecha guardan silencio. Eso es algo grave. Si se atiende solo a lo que se ha dicho en esta sala, a nadie se le ocurriría pensar que en las filas de la Internacional Comunista existe un estado de ánimo centrista, medio socialdemócrata.

Pero no queremos hablar solo de lo que aquí se ha dicho abiertamente, sino también de lo que se ha callado. Porque solo así se obtendrá una imagen verdadera. Por desgracia, no tengo, pues, la posibilidad de tomar un discurso vivo de un camarada francés del centro y discutirlo. Esperemos, sin embargo, que eso sea posible todavía en el curso del congreso.

En cuanto al discurso del camarada Duret, creo que el camarada Bujarin lo ha juzgado con algo de excesiva severidad. Ciertamente, el camarada Duret y su grupo han cometido grandes errores en esta campaña. Pero si consideramos que este grupo tuvo 800 mandatos en el congreso del partido de París y que entre ellos hay más de un buen obrero, y si consideramos que algunos camaradas (y entre ellos está también el camarada Duret) reconocen con toda sinceridad sus errores y quieren enmendarse, entonces no se debe despachar todo con un chiste y pensar: mañana hará lo mismo. Si mañana hace lo mismo, entonces, que me perdone, toda la Internacional tendrá que luchar contra él. Pero si dice: reconocemos nuestros errores, entonces no tenemos motivo para desconfiar de él. Al contrario, estoy convencido de que una gran parte de la antigua fracción Renoult es realmente fiel a la Internacional y quiere reparar, y reparará, los errores que cometió esta fracción.

Pero su argumentación hay que examinarla algo más de cerca. Algunos de sus argumentos ya han sido refutados. Dijo que en Alemania hay masas organizadas, pero en Francia masas sueltas; que por eso en Alemania el frente único está en su lugar, pero en Francia no. Creo que hay que decirle al camarada Duret que no sabe en absoluto lo que significa ganar a la mayoría de los obreros. Informe y sin ilustrar como está, esa mayoría es como la arena del mar, una masa suelta. Esa es nuestra maldición. Tenemos que formar, que dar forma a esta masa informe, y eso es mucho más fácil en Francia, precisamente porque Francia no tiene tradición. El obrero en Alemania, para cambiar de carné, tiene que pasar por una gran lucha interior. En Francia no ocurre eso. Ya al comienzo de la Internacional Comunista dijimos: la socialdemocracia es el mayor obstáculo de la revolución, y se puede sentar la tesis: cuanto más fuerte la socialdemocracia, más difícil el camino de la revolución. Vosotros, en Francia, tenéis la suerte de que la socialdemocracia nunca fue tan fuerte.

Tanto más fácilmente ganaréis a las masas si hacéis una política verdaderamente revolucionaria, si construís un partido verdaderamente comunista. Se ha dicho además: entre nosotros, en Francia, se entendió enseguida el frente único como una combinación electoral en el terreno político. ¡Bien, quizá! Pero ¿por qué no empezaron ustedes en el terreno sindical, por qué no en el terreno económico? Una oposición de principio solo la construye el camarada Bordiga. Eso es falso. Os pregunto: ¿por qué no se abordó la jornada de ocho horas? Ahora venís y decís: nuestro partido es todavía demasiado débil, etc. ¿Por qué sois demasiado débiles? Porque no habéis abordado bien esta cuestión.

De paso quisiera decir todavía dos palabras sobre el camarada Rosmer, para terminar con la cuestión francesa. Esta mañana ha citado mis palabras según las cuales el partido que no cuenta en las empresas, que no ha creado un movimiento de consejos de fábrica, no puede tomarse en serio. Rosmer dijo que la primera premisa es correcta, pero la segunda no. Opinaba que hay que contar con las dificultades objetivas y que estas dificultades objetivas no se podrían superar. Pero tengo que insistir en ello, porque es una cuestión muy importante: el movimiento de los consejos de fábrica es ahora el movimiento de nuestro tiempo. Ciertamente, hay dificultades objetivas que no hay que subestimar. El movimiento de los shop stewards, por ejemplo, se ha adormecido plácidamente en Inglaterra en muchos lugares. Eso demuestra que en ese país todavía no existe un movimiento revolucionario de masas. Pero tenemos que decir con claridad: allí donde tengamos realmente una fuerza revolucionaria de masas seria, provocará en poco tiempo un movimiento así. Estoy firmemente convencido de que, si nuestro partido hermano de Francia sana de verdad, podrá iniciar en medio año un movimiento serio de consejos de fábrica. Porque hay huelgas, como la huelga de Le Havre163, huelgas que duran de tres a cuatro meses. En Le Havre las masas casi no estaban organizadas. El partido no hizo nada al principio. Con huelgas tan brillantes es posible que un partido como el nuestro, que tiene un órgano central con 200.000 lectores, inicie en poco tiempo un movimiento de consejos de fábrica. Creo, pues, que no está bien introducir tales elementos quietistas y decir: ¡es difícil, hay obstáculos! Ciertamente, los obstáculos existen, pero mucho depende de nosotros mismos. Por eso creo que debo insistir en esta frase.

Quisiera decir algo más sobre el discurso del camarada Duret. Dijo que, después de que el centro se escindiera, existía el peligro de que una parte viniera a nosotros y nos contaminara. En eso tiene razón. Por eso rechazamos a los centristas cuando quisieron venir con nosotros, y entonces se unieron todos y declararon: formamos una Internacional propia. Esa fue la Internacional Dos y Media. Luego vino la escisión. Luego vino la unificación de la mayoría de estos elementos con la II Internacional, pero una parte de esa gente volverá a llamar a nuestra puerta, y entonces tendremos que ser prudentes, cerrar la puerta sin falta una vez más y volver a restregarles por las narices las 21 condiciones. Sí, no tendremos más remedio que decir: ¡para esta gente no bastan esas 21 condiciones! Habrá que presentarles 42 condiciones (aprobación entre risas). De lo contrario, esa gente se lo tragará todo y mañana volveremos a tener la misma lucha interna.

Paso ahora a Italia.

Es una de las cuestiones más importantes de nuestro congreso. Se tiene la convicción de que el partido a cuya cabeza está el camarada Bordiga es, en el fondo, un partido obrero sano, un partido obrero revolucionario que ha hecho muchas cosas buenas, y, sin embargo, a menudo uno se ve obligado a combatirlo teórica y políticamente. Ese es el lado penoso; pero no se puede evitar, lo exige el deber de partido. El camarada Bordiga empezó combatiendo nuestras tesis sobre la conquista de la mayoría de la clase obrera. Dijo: es una fórmula vaga. No se entendía qué queríamos decir con ella, y exigió que se suprimiera en toda la resolución que queríamos tener la mayoría.

Ese fue el primer combate entre el camarada Lenin y el camarada Terracini164. Debo confesar que entonces sentimos un poco de lástima por Terracini; pensamos que el camarada Lenin lo había tratado con demasiada dureza. Entretanto, los fascistas han vencido, el Partido Socialista Italiano se ha escindido y se ha producido otro sinfín de acontecimientos mundiales; y entonces entra en escena el camarada Bordiga, abre la boca y dice: «¡La mayoría es una fórmula vaga!». Ahora debo reconocer que Lenin tenía razón. Estos camaradas, por lo visto, temen la mayoría. Bordiga viene y pregunta con toda seriedad: ¿cómo se va a calcular la mayoría? En nuestra resolución se dice que queremos conquistar para los comunistas la influencia sobre la mayoría de la clase obrera. ¿Cómo podemos comprobar que tenemos la mayoría? No podemos ir al notario. Desde luego, no le pediremos al camarada Bordiga que nos traiga de un notario italiano o de Mussolini un certificado de que el comunismo tiene la mayoría en Italia. Creo que como primera medida hay que tomar los sindicatos; ya se encontrarán otras medidas que nos hagan saber cuándo tenemos la mayoría. Eso no quiere decir que solo vayamos a empezar a luchar cuando hayamos organizado a la mayoría de los obreros. Pero Bordiga dice que eso es una especie de mentalidad de tendero. Su concepción es esta: hoy el Ejecutivo está a la derecha y mañana a la izquierda. Yo digo: aquí hay un error tal que hay que extirparlo. Y si no se hace, el partido está sencillamente perdido.

En efecto, ¿qué se puede esperar de un partido que ni siquiera comprende que el objetivo principal es la conquista de las masas? Y eso no es ninguna fórmula vaga. Bordiga me reprocha haber dicho que algunos partidos han reforzado su influencia aunque hayan retrocedido en número. Es, desde luego, un hecho. De esa influencia se trata precisamente. Organizar a la mayoría de los obreros es imposible: solo será posible después de la toma del poder por el proletariado. También en Rusia solo ahora, en el quinto año de la revolución, empezamos a abarcar organizativamente a la mayoría.

En los demás países eso todavía no se puede hacer ahora. Pero la influencia del Partido Comunista sí se puede conquistar ya. Sí, hay partidos que han retrocedido en número y que, sin embargo, han mantenido su influencia. Y de esa influencia se trata. Les pondré un ejemplo de un país lejano, Nueva Gales del Sur. Tenemos allí un partido que contaba con 500 miembros. Después de admitirlo en la Internacional Comunista, la cifra ha subido a unos 900 o 1.000. Pero ese pequeño partido ha llevado por completo a la Profintern a los sindicatos de allí —un cuarto de millón de obreros—, con gran disciplina y gran entusiasmo. Es un buen ejemplo. No diremos: por favor, organizad a la mayoría. Sabemos apreciar perfectamente la iniciativa de la minoría. Es sin duda un grupo magnífico de 900 obreros, que influye en 230.000 obreros. Se trata precisamente de mantener de verdad esa influencia de los comunistas. Eso no es ningún batiburrillo. Bordiga dijo: ¿conquistar influencia para qué? Para el programa comunista, sí; pero ¿para un batiburrillo? No, eso no. (Interrupción: ¡Pero tampoco está por una cerveza!)165

Sí, también nosotros estamos por que se los gane para la revolución. Pero si el camarada Domski166 cree que los 230.000 obreros de Gales del Sur han leído todos el programa de Bujarin y leerán todos los proyectos de programa de los camaradas Thalheimer y Kabakchiev, se equivoca. Los obreros saben muy bien lo que quieren: quieren doblegar a la burguesía, y eso, por el momento, nos basta por completo.

Unas palabras más sobre los sindicatos en Italia. Hace poco leí un artículo, probablemente del camarada Terracini. Escribe allí sobre los sindicatos fascistas. Los fascistas forman en Italia sus propios sindicatos fascistas, un fenómeno realmente nuevo e importante. Quieren convertirse en una organización de masas. ¿Y qué hacen los obreros? Puedo ponerles un ejemplo. En una gran fábrica, el propietario echó a todos los obreros y declaró que en adelante solo contrataría a obreros que tuvieran carné fascista. Los obreros se lo pensaron un poco, luego fueron todos a sacarse el carné fascista y así los contrataron en la fábrica. Al poco tiempo hubo elecciones al comité de fábrica. Los fascistas obtuvieron un uno por ciento de los votos; la inmensa mayoría de los elegidos eran comunistas. Es un «gesto» genial de las masas obreras. Estas masas comprendieron de qué se trataba. Se dijeron: presentamos el carné, pero seguimos siendo revolucionarios, burlaremos la brutalidad. En el momento en que los fascistas conquistan sindicatos o fundan otros nuevos, ¿cuál es nuestra tarea? Evidentemente, tenemos que entrar en los sindicatos fascistas y conquistarlos. Pero ¿qué hacen nuestros amigos? Escriben un artículo en el que exponen qué es el fascismo, qué es el sindicalismo y qué es la dictadura del proletariado. El artículo contiene diversas definiciones muy «sólidas»; solo falta una cosa: el alma viva, la masa viva, lo único que tenemos que decir: que tenemos que entrar en los sindicatos para agarrar a la burguesía por el cuello. Falta ese único dogma, y por eso la consigna está muerta. Creo que este artículo se publicó en la Inprekorr. Lean ustedes ese artículo. ¿Encuentran en él una consigna viva de la que un simple obrero aprenda a penetrar en la fortaleza del enemigo? No, y ese es el lastre que lleva en los pies nuestro Partido Comunista de Italia, por lo demás tan magnífico, bueno y valiente. Unas palabras más sobre España. El discurso del camarada Acevedo fue, en mi opinión, muy interesante. Lo importante de lo que dijo fue que España ha obtenido grandes éxitos en el terreno de la táctica del frente único. Los camaradas españoles estaban en contra de la táctica del frente único. Uno de los camaradas españoles votó con Renoult en la sesión del Ejecutivo Ampliado contra la táctica del frente único. Ahora la práctica ha demostrado que nuestros camaradas de España han obtenido un gran éxito también frente a los sindicalistas y los anarquistas. Eso debería servirnos de modelo. Por eso aconsejo a nuestros amigos del Partido Comunista Francés que tomen ejemplo de ello. Paso ahora a Checoslovaquia. No voy a ensañarme otra vez con el camarada Vajtauer, porque eso ya se ha hecho de sobra. Solo quiero señalar que, para nosotros, la cuestión no queda agotada con que el camarada Neurath haya demostrado que el programa de la oposición no vale nada. Sí, están desamparados; uno puede imaginarse muy bien esa situación. Se les puede demostrar incluso muy científicamente que son proudhonianos, aunque no se puede garantizar que algunos de ellos hayan leído alguna vez a Proudhon, o quizá siquiera hayan oído alguna vez el nombre de Proudhon. Con eso, pues, la cuestión no está todavía resuelta, sino que tenemos que plantearla de forma muy concreta y viva, tal como es. Nuestros camaradas de la Central del partido checoslovaco nos reprochan, como ustedes saben, haber cometido un error al revocar la expulsión de la oposición; algunos camaradas alemanes los apoyaron. Dicen que con ello socavamos la autoridad de la Central checoslovaca. No lo creo. Espero que la autoridad de la Central checoslovaca y del partido checoslovaco sea tan considerable que, aun cometiendo un error así, no quede socavada por ello. Creo que el discurso del camarada Vajtauer contribuirá a elevar allí la autoridad y a mostrar a los obreros de qué se trata. Los camaradas no deben venir con una serie de artículos, como hizo el camarada Kreibich167, que declaró que nosotros éramos los capaces y ellos los inferiores. Así no se puede esclarecer a los obreros. No sé cuál será el desenlace de nuestro debate. No quiero anticiparme a las decisiones de la comisión; puede ocurrir también algo inesperado, pues, ciertamente, si hay camaradas que no se someten a las decisiones del Ejecutivo, no queda más remedio que romper con ellos. Puede haber, pues, un desenlace muy indeseado. Pero, aun así, la Internacional ha obrado bien al invitar a estos camaradas y llevar el asunto ante el congreso internacional. Si se les expulsa, lo hará la Internacional y no la dirección del partido. Entonces no se podrá decir en Alemania y en otras partes: ahí lo tenéis, se expulsa a obreros de izquierda sin escucharlos. No; todos, los italianos, los alemanes, en una palabra, todos los camaradas deben ver si es posible conservar a gente así. Cuando expulsamos a Verfeuil, Fabre168 y otros de la derecha, lo tuvimos muy fácil, porque para eso teníamos el artículo 9. Pero a los obreros, aunque rindan culto a Proudhon sin saberlo, no hay que expulsarlos enseguida; hay que tener paciencia durante un tiempo, esperar e intentar convencer a los camaradas. Y en eso deben opinar todos los camaradas de todos los países. No olviden ustedes que aquello llegó —apenas un mes antes del Congreso Mundial— como un disparo de pistola. ¿Por qué había que darse prisa? Era nuestro deber y obligación someterlo a la Internacional. Teníamos la sensación de que quizá tuvieran cosas mucho peores que el proudhonismo. Y espero que obreros de veras internacionalistas, una vez que la Internacional haya hablado, se lo piensen veinte veces antes de romper con el partido.

Algunos camaradas alemanes opinan que nuestro Ejecutivo empieza a oler un poco a KAPD169 en la cuestión checa. Pero yo creo que en la cuestión del KAPD teníamos toda la razón. Lo expulsamos cuando ya era un grupo completamente desamparado, después de haberlo intentado todo. Solo cuando sus mejores elementos se habían pasado a nuestro Partido Comunista Unificado habló la Internacional. Ahora no son más que un grupo de gente inofensiva, que ya solo tiene interés para la historia, no para la política. Pero ¿qué hizo el difunto Levi? Lo hizo de otra manera. Él tenía prisa: cuando algunos obreros decían que no les gustaba esto o aquello, rompía con ellos. Fue un error de la Liga Espartaco seguir a Levi en esta cuestión. Ahí se reveló el aristócrata burgués Levi, para quien el obrero no era más que un objeto, que nunca tuvo una palabra de camaradería para los obreros con la que esclarecerles sus errores. Ese mismo error quería cometer también nuestra Central checa con el KAP.

Era un error del mismo tipo, y por eso le detuvimos un poco la mano y dijimos: esperad, camaradas, que viene el IV Congreso. Esperamos que los mejores elementos vuelvan. Si no vuelven, habrá ruptura y basta. El asunto se ha vuelto algo más complicado de lo que imaginábamos. No se trata de la autoridad, sino de algo mucho más importante: se trata de los intereses del partido en su conjunto, de los intereses de la Internacional en su conjunto. No es un asunto solamente checo. He oído que en Berlín algunos camaradas han atizado un poco el fuego en esta cuestión de forma muy consciente. Dejo eso en suspenso, pero es seguro que existe cierta inquietud. No es solo una cuestión checa, sino una cuestión internacional, la cuestión de nuestra actitud ante grupos obreros de este tipo, y creo que todos nosotros debemos esforzarnos en este congreso por resolver la cuestión de manera que estos obreros, pese a todos sus errores, se queden con nosotros. Con quienes no conceden tanto valor a la Internacional —según la filosofía de un Vajtauer— no hay nada que hacer. Pero espero que para la mayoría la cuestión se plantee de otro modo. En el punto decisivo recordarán que nosotros no somos una Internacional como la que ha descrito Vajtauer, sino que solo hay una única Internacional proletaria y que tiene esa importancia para cada obrero. Creo que precisamente estos obreros piensan así y volverán con nosotros.

Paso ahora a Polonia y al discurso de nuestro camarada Domski. Ante todo, no puedo dispensar a nuestro camarada Domski de una cosa: que todavía antes del III Congreso cometió un error político muy grande. Domski fue, durante la guerra ruso-polaca, quien publicó un artículo en el que se decía: sí, llevar el socialismo a Polonia con el Ejército Rojo, con las bayonetas del gobierno soviético, no es una política comunista (Interrupción del camarada Domski: ¡Yo no escribí eso!). Camarada Domski, le conozco a usted desde hace ya una década y sé que le cuesta mantener la calma cuando se le critica. Pero aun así le ruego que conserve la calma. Primero en una carta y después en la Rote Fahne adoptó usted esa posición, que entonces caracterizamos como el tipo más refinado de nacionalismo. Todo proletario con sentido común dirá: si la burguesía de un país tiene sometidos a los proletarios con las bayonetas, nos alegraremos de que un Ejército Rojo, sea húngaro, ruso o italiano, o incluso francés, pueda ayudar a los proletarios del país vecino. Esa es la concepción sana de todo obrero (Aplausos). El camarada Domski no es, por supuesto, ningún nacionalista. Era solo un pequeño resto de la ideología del PPS170. La intelectualidad polaca en su conjunto está contaminada de nacionalismo. Incluso en algunos camaradas muy buenos queda una buena dosis de nacionalismo. Este error lo cometió el camarada Domski hace 15 meses. No se lo digo para cortarle la cabeza, por así decirlo. Si todavía hoy quieren darnos lecciones, nos dejamos aleccionar con gusto, pero no olvidaremos que cometió ese gran error político.

Vamos ahora a la lección misma. Lo que el camarada Domski dijo sobre la mayoría ya lo he criticado. Sabemos perfectamente que hoy todavía no tenemos la mayoría en Polonia. No podemos tomar como medida las elecciones que acaba de hacer Piłsudski. Sabemos que Piłsudski es un granuja y que la burguesía ha falseado las elecciones. Todo eso lo sabemos muy bien, pero por otra parte sabemos que estamos muy cerca de la mayoría. Todavía no la tenemos, y hay que trabajar para conseguirla.

Dice además: para todos los demás países el frente único quizá sea bueno, pero en Polonia no sirve para nada. Es la misma ideología que ya hemos conocido hoy. En todos los demás países el Ejecutivo puede actuar dictatorialmente, aplicar también el frente único, pero en mi país la cosa es muy distinta; allí hay condiciones muy peculiares, allí hay una clase obrera muy distinta y un partido muy distinto. Yo digo: precisamente en un país como Polonia es donde más indicado está el frente único. Sois ilegales, pero eso no debe impediros nada. Veo en el órgano central del PPS en Varsovia, todos los días, una sección con el título: «Viva el gobierno obrero y campesino». También puedo leérselo a ustedes en polaco. ¿Qué significa eso? Significa que en lo más hondo de las masas la consigna del gobierno obrero tiene arrastre tanto entre los obreros como entre los campesinos. Habéis dicho que hacemos esa demagogia porque esa consigna promete éxito entre las masas obreras. El camarada Domski dice: tenemos que estar contra el gobierno obrero y contra el frente único. Yo digo lo contrario: si eso es ya tan popular entre las masas que hasta los socialtraidores lo repiten a diario, entonces con más razón tenemos que salir con la consigna del frente único. Tenemos que ponerles la consigna todos los días delante de las narices. Sabemos que el obrero polaco y el campesino polaco no están por un gobierno burgués, sino por un gobierno obrero, y tenemos que decir a los socialtraidores: aunque seáis traidores, os proponemos formar un gobierno obrero y un frente único.

Esa debe ser la nota de la agitación. La situación de Polonia tiene sin duda rasgos particulares, pero precisamente nos obliga a aplicar allí más que en ningún otro sitio la táctica del frente único.

Los camaradas polacos me han dado además un discurso del camarada Slussarski, un representante de la oposición polaca, que por desgracia no ha hablado aquí. El camarada Domski me ha dicho personalmente que no lo confunda con él, que no lo identifique con su posición. El camarada Slussarski dijo en uno de sus discursos en la conferencia del partido lo siguiente:

«Cuando el camarada Lenin dice: “No iremos más allá”, creo de buena gana que esa es su opinión sincera. Pero, por desgracia, es imposible. El dictador económico de Rusia es el campesino.

»Se plantea la cuestión de la relación de la Internacional Comunista con esta política. La República Soviética querría aprovechar todos los medios para apoyar su política. En este sentido, la influencia de los socialconciliadores y oportunistas en la política de los gobiernos puede tener gran peso. La táctica del frente único, que crea un contacto con los oportunistas, permite ejercer esa influencia.»

Son las acusaciones más graves que se pueden lanzar contra el gobierno soviético (Interrupción: ¡Levi!). No creo que Slussarski tenga mucho en común con Levi. Espero que haya superado hace tiempo este error, y si no, lo superará a más tardar esta misma noche (Risas). Pero eso sale del espíritu de Levi. Así pues, camarada Slussarski, ya ve usted muy bien por qué pendiente resbaladiza se avanza ahí.

Se critica desde la «izquierda» y se acaba bastante deprisa, casi en un abrir y cerrar de ojos, en Levi. Es un itinerario muy peligroso. Hay que abandonar ese error lo antes posible.

Unas palabras más sobre Noruega. Dije que en Noruega había doce periódicos que se llaman todos Socialdemokraten. El camarada Haakon Meyer me ha comunicado que hay cuarenta periódicos. Probablemente lleven todos el nombre de Socialdemokraten. Nuestro partido de Noruega es fuerte, y precisamente por eso tenemos que plantearle exigencias severas. Cuando oímos el breve discurso del joven universitario, el camarada Meyer, tuvimos que decirnos enseguida que los camaradas están en un error. Una parte del grupo Mot Dag171 es buena, pero otra parte no se somete al partido; son precisamente jóvenes universitarios; de ellos se puede decir: hasta los 25 años son revolucionarios rabiosos, a los 26 cambian, a los 30 son abogados acomodados y luego se vuelven contra la clase obrera. Tememos a estos universitarios. Los que de verdad han aprendido algo deben someterse al partido, deben ir a los obreros y ayudarles en su lucha de emancipación. Pero no puede ser que, después de llevar año y medio en el movimiento, encuentren que la Internacional Comunista no es lo bastante independiente. Tenemos que insistir en que en la cuestión noruega se cree una situación clara, y espero que así sea.

Ahora unas palabras sobre el discurso del camarada Varga. Ha demostrado con gran detalle que estar saciado es mejor que estar hambriento, que el pan es mejor que el hambre y que hay que destruir la leyenda del hambre. Pero no se trata de eso. En primer lugar, no era una leyenda, era un hambre real; eso teníamos que decírselo a las masas obreras. Ahora empieza a mejorar la cosa, el hambre ha pasado y, naturalmente —en esta cuestión estoy de acuerdo con el camarada Varga—, diremos a la clase obrera que el obrero ruso ya no pasa hambre, que su situación mejora día a día. Desde luego, no presumiremos; esperaremos a que eso sea un hecho firme. Iremos a los obreros con hechos y cifras. Mejoraremos paso a paso la situación de nuestros obreros y se lo diremos a los obreros de los demás países. Pero no es eso lo que se discute, sino algo muy distinto. En Rusia ya no hay hambre. Pero en otros países —eso no podemos ocultarlo— la dictadura del proletariado puede traer consigo el hambre. ¿Podemos renunciar a decírselo a los obreros, aunque sea una verdad amarga? No podemos pasarlo por alto. Tenemos que decir a los obreros lo que hay. En Rusia fueron cinco años terribles; en otros países quizá sea algo más corto. La dictadura puede llegar también sin hambre; eso depende de diversos factores. Pero en algunos países probablemente llegará con hambre. No querer decírselo a los obreros es precisamente oportunismo, es una inseguridad interior. No podemos decir a los obreros: mañana estarás bien, tendrás carne y una buena casa. Por ese camino los reformistas nos derrotarían. No se trata de que yo no quiera comunicar a los obreros de los demás países que en Rusia ya no hay hambre. Se trata de decirles cómo les irá también a ellos. Eso hay que decírselo sin miedo. Y el obrero conoce la vida, aceptará lo inevitable. Pero nosotros, que vamos delante de la vanguardia de los obreros, tenemos que decírselo abiertamente a la cara.

Unas palabras más sobre el discurso del camarada Landler. Me habría gustado ahorrar al congreso este debate desagradable, pero no ha sido posible. El camarada Landler ha presentado las cosas como si yo hubiera combatido toda emigración. Camaradas, ustedes oyeron el discurso: ¿fue realmente así? Dije que probablemente nuestros amigos italianos no se librarán ahora de tener que crear una base en la emigración. Los finlandeses la tienen, y nosotros, los rusos, también la tuvimos. Sé apreciar una emigración, una emigración que se ocupa de la lucha revolucionaria. Nunca hablaremos de ella como ha hablado el señor Ebert de los «grupos» extranjeros. Pero, camarada Landler, ahí ha errado usted el tiro, ahí ha golpeado usted en el vacío. Hay una emigración que arruina el movimiento, que envenena el movimiento, y un caso así lo tuvimos en la figura de una parte de la emigración de Viena, cuyo representante, en la persona del camarada Landler, dice hoy que yo soy un diplomático. ¿En qué consiste esa diplomacia? Declaro sin rodeos al camarada Landler que él y sus amigos perjudican nuestra causa, ¡y él me reprocha diplomacia!

En cuanto a los camaradas presos, les corresponde, por supuesto, todo nuestro respeto. La primera palabra de este congreso en Petrogrado, en la apertura solemne, fue un manifiesto a los camaradas encarcelados, y no en último lugar a los hermanos húngaros que están en las cárceles. Por supuesto, puedo apoyar de la moción del camarada Landler la parte que dice que hay que saludar a nuestros hermanos presos y llorar a los caídos; también yo estoy, naturalmente, a favor. Pero no puedo estar de acuerdo con la segunda parte de su moción, es decir, dar el mandato a dos emigrados más y formar una vez más en este congreso una comisión que examine las historias de Viena. ¿De qué se trata aquí? Los camaradas que han caído en Hungría en la lucha por el comunismo serán siempre sagrados para nosotros. Pero hablar de esta manera en nombre de los muertos no puede ser. Esas costumbres eran moneda corriente entre los socialrevolucionarios. Nosotros decimos: todos los que han caído en la lucha de emancipación son sagrados para nosotros, pero no deberíais hablar en nombre de los muertos. Eso se lo aconsejo también al camarada Landler. En nombre de los muertos puede hablar la Internacional entera, pero no un individuo, y no hay que relacionar los chismes de Viena con estas cosas. Son cosas completamente distintas, que no hay que mezclar.

Hay 4.000 comunistas en Hungría, dijo el camarada Landler. Espero que haya todavía más. Pero me gustaría conocer la opinión de esos 4.000 camaradas: si están con el Ejecutivo de la Internacional Comunista, con la Internacional Comunista, o con los chismes de Viena que el camarada Landler ha interpretado aquí con tanto ingenio. Espero que estén con nosotros y no con los chismes de Viena.

El camarada Landler habló en nombre de los que están presos en Hungría. Por desgracia, no podemos hablar con esos camaradas. Pero quizá consigamos liberarlos de las garras de Horthy y traerlos a Moscú, y entonces hablaremos con ellos. Pero también tenemos aquí a gente que ha salido de las cárceles de Hungría y que allí había sido condenada a muerte o a cadena perpetua. Los hemos rescatado y traído a Rusia. ¿Qué dicen esos camaradas? ¿Están con el camarada Landler? No, están contra el camarada Landler, contra las historias de Viena y con la Internacional. Hemos hecho realmente todo lo posible por zanjar allí el asunto. Fue un regocijo para la Internacional Dos y Media. Todos ustedes recordarán, los alemanes, los franceses, los ingleses y todos los camaradas, cómo se sacó aquello en los periódicos y cómo nos perjudicó. Fue un festín para esa gente, fue un escalope a la vienesa para Friedrich Adler172. (Risas) Y eso lo hizo el camarada Landler, y ahora opina que fue todavía poco, que deberíamos hacerlo otra vez. Somos contrarios a comisiones así. La Internacional les garantiza que sanearemos allí la situación, pero solo en caso de que no se venga con nuevas historias de emigración, sino que se ponga uno a trabajar. Todo el respeto para los emigrados que apoyan el movimiento, pero abajo una emigración que suministra material a la II y a la Internacional Dos y Media; ya tenemos bastante.

Con esto, camaradas, he terminado en líneas generales mi réplica. Solo quisiera tocar todavía una breve cuestión. El camarada Rádek dijo ayer que el peligro no amenaza por la izquierda, sino por la derecha. Quisiera subrayar estas palabras y sumarme a ellas por completo. Lo que cuenta no es la buena voluntad de los camaradas y del grupo, sino las condiciones objetivas. Tenemos que verlo con claridad. Pueden venir tiempos todavía peores, y vendrán tiempos todavía peores. Fortaleceremos la Internacional Comunista y la conservaremos como vanguardia del proletariado, pero solo si tenemos claro que somos una organización verdaderamente internacional, que combatirá todo rastro de oportunismo, no solo con palabras, sino con hechos. Hoy he dicho en una comisión: a veces oímos a nuestros amigos que están «en principio» de acuerdo con todo lo que hace el Ejecutivo. Pero ahí está precisamente el problema: en que solo están de acuerdo «en principio». Tengo que citar unas palabras de Bismarck, que dijo una vez: «Nosotros, los viejos diplomáticos, somos siempre así: cuando decimos que estamos en principio a favor, estamos en contra». Cosas así no nos sirven en la Internacional Comunista. Quien esté contra la táctica de la Internacional Comunista, que lo manifieste hoy con claridad. Quien esté a favor, que la defienda con fuego, fuerza y espíritu. Entonces construiremos una Internacional verdaderamente comunista, a pesar de las tinieblas del mundo, una Internacional que a la primera ocasión llevará realmente a la clase obrera al ataque y a la victoria. (Vivos aplausos.)

Presidente: Antes de pasar a la lectura y votación de la resolución, algunos camaradas harán sus declaraciones. Tiene la palabra el camarada

Scoccimarro (Italia): La mayoría de la delegación italiana debe declarar que a los argumentos del discurso de Graziadei, que, a pesar de sus reservas, se referían en su mayor parte a asuntos italianos, se responderá durante los debates especiales del congreso.

Sin embargo, hay que rectificar dos inexactitudes en la exposición de los hechos:

  1. La tesis del congreso del Partido Comunista de Italia no contiene en absoluto la afirmación de que se haya vuelto imposible toda escisión dentro del Partido Socialista Italiano: excluye solo la posibilidad de que se modifique la constitución del Partido Socialista Italiano mediante una fusión con la izquierda del PSI.

  2. No es la verdad absoluta que la mayoría del Partido Comunista de Italia se haya abstenido en la votación.

Entre las masas combatientes, en los órganos centrales, solo hay una minoría que se abstiene en la votación, pero que, por lo demás, se somete disciplinadamente a la táctica de la Internacional. En la delegación son solo unos pocos, de los cuales uno pertenece a la minoría en cuyo nombre acaba de hablar Graziadei.

Graziadei (Italia): La minoría del Partido Comunista de Italia se reserva el derecho de probar la verdad de sus afirmaciones, por lo demás muy generales, cuando se debata la cuestión italiana con todo detalle.

Personalmente declaro que, cuando quise explicar de manera objetiva la mentalidad de ciertos camaradas italianos en lo que respecta a la cuestión del gobierno obrero y hablé con ese motivo de la antigua fracción antiparlamentaria, solo quería decir que en la fundación y organización del Partido Comunista de Italia esta fracción, por razones fáciles de explicar, desempeñó y sigue desempeñando un papel muy importante.

Duret (Francia): Camaradas, subo a esta tribuna para justificar el voto de la fracción a la que pertenezco.

Como ustedes saben, nuestra fracción estaba en contra de la táctica del frente único tal como la entendía el Comité Ejecutivo. Saben ustedes que nuestra fracción mantuvo su resistencia hasta el final. Saben, por otra parte, que yo mismo voté aquí, en las sesiones del Presidium, hasta el último momento contra la decisión del Comité Ejecutivo, porque en esa decisión se aprobaba plenamente la táctica del frente único tal como la entiende el Comité Ejecutivo.

También en otros puntos tenemos algo que añadir, en particular en lo que respecta a la táctica del Comité Ejecutivo con las diversas secciones nacionales. Por ejemplo, en la cuestión francesa somos de la opinión de que la política del Comité Ejecutivo, que quería apoyarse en el centro y en la izquierda, no ha sido una política acertada. Opinamos que ni en Francia ni en ninguna otra sección de la Internacional se puede fundar la política comunista en elementos que todavía están presos de los prejuicios de los socialdemócratas, los cuales en Francia se han agrupado sobre todo en el centro.

Nuestra fracción declaró en el Congreso de París173 que se sometería a todas las decisiones de la Internacional Comunista. Nuestra fracción declaró además en las sesiones de la comisión francesa que se sometería a la Internacional Comunista. Hacemos constar que hay elementos que contemplan la posibilidad de una ruptura con la Internacional Comunista, y queremos demostrar que la inmensa mayoría del partido francés pertenece sin reservas a la Internacional Comunista, y esa es la razón por la que, a pesar de todas las objeciones que acabo de formular, votaremos a favor de la resolución del Comité Ejecutivo.

Souvarine (Francia): La izquierda del partido francés vota a favor de la resolución con la declaración de que, en su opinión, el pasaje de esta resolución referido a la actuación del Ejecutivo en el asunto de la crisis del partido francés no prejuzga las decisiones especiales que el congreso haya de adoptar sobre la cuestión francesa.

Dormoy (Francia): La delegación del centro del Partido Comunista Francés, de acuerdo con las decisiones del Congreso de París, vota a favor de las conclusiones del informe de Zinóviev. Se reserva explicar su actitud en el curso de los debates sobre la cuestión francesa y rectificar diversas concepciones inexactas o erróneas que se han expresado durante los debates sobre el informe del Ejecutivo.

Peluso (Italia): La delegación italiana aprueba en la resolución propuesta la parte que se refiere a los poderes del órgano supremo de la Internacional Comunista, al artículo 9 de los estatutos de la Internacional y a su aplicación por el III Congreso.

Pero, como la delegación italiana pone objeciones a algunos otros puntos de la resolución, y en particular en lo que se refiere al frente único y a la actitud de la Internacional ante la política italiana, objeciones que se expondrán en el curso de los debates del congreso, se abstiene en la votación sobre el informe del Ejecutivo.

Meyer (Alemania): Después de haber oído las declaraciones sobre la votación de la resolución, conviene sin duda leer la propia resolución. Dice así:

Sigue la «Resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

¡Camaradas! En la comisión, la discusión trató en realidad de una sola cuestión, a saber: si las frases que expresan que el IV Congreso aprueba la actuación del Ejecutivo en las distintas cuestiones nacionales debían incluirse ya ahora, o si había que esperar para votar ese pasaje a que las comisiones de las distintas cuestiones nacionales hubieran terminado sus trabajos. En las comisiones se declaró que no era necesario esperar así al trabajo de las comisiones, tanto más cuanto que estas comisiones se ocuparán más del trabajo futuro de los partidos y menos de la actitud del Ejecutivo en el pasado. Además, se explicó que este pasaje significa que se aprueba en general el punto de vista del Ejecutivo, mientras que los casos concretos de su aplicación siguen sujetos al examen de las comisiones. Por eso, a propuesta de una delegación, se incluyó en el proyecto original un añadido que ya he leído:

«Las cuestiones de detalle puramente prácticas que afectan a estos partidos se tratarán en comisiones especiales, cuyas decisiones examinará todavía el congreso.»

En la votación final, una vez insertada esta frase, todas las delegaciones, salvo dos, dieron su aprobación a esta resolución. Las comisiones piden al congreso que apruebe esta resolución.

Peric (Francia): La Federación Nacional de la Juventud Comunista de Francia, que coincide con la política de la izquierda del partido francés en la lucha por la aplicación de las decisiones de la Internacional Comunista, declara que aprueba sin reservas la decisión sobre el informe del Ejecutivo de la Internacional Comunista.

Presidente: Se ha recibido además la siguiente declaración escrita (Rádek: ¡Basta de declaraciones y a votar!):

«En relación con la resolución presentada por el Presidium ampliado, los camaradas Torp y Meyer, de la delegación noruega, declaran que votarán a favor de esta resolución. Pero quieren que conste en acta que no están de acuerdo con el punto de vista del Ejecutivo en la disputa del partido noruego.»

Puesto que las delegaciones que tenían objeciones contra puntos concretos de la resolución o contra la resolución entera han hecho aquí sus declaraciones, creo que podemos votar en general y no por delegaciones.

Si no hay oposición, procederé a la votación.

Por lo visto no hay ninguna objeción.

Procedemos a la votación. Ruego a los delegados que estén a favor de la resolución que levanten la mano. Gracias.

Ruego a los delegados que estén en contra de la resolución que levanten la mano.

Ruego a los delegados que se abstengan que levanten la mano.

(La resolución se aprueba por gran mayoría. 1 voto en contra, 16 abstenciones.)

Para una declaración personal tiene la palabra el camarada Bordiga.

Bordiga: Renuncio.

Presidente: Para una declaración personal tiene la palabra el camarada Domski.

Domski: Al camarada Zinóviev, con ocasión de sus observaciones sobre mi nacionalismo, se le han deslizado algunos pequeños malentendidos. (Risas.) El artículo incriminado no se publicó durante el ataque a Varsovia, sino mucho antes de esa ofensiva, cuando todavía nadie sabía que iba a producirse. Este artículo no expresaba ninguna posición de principio contra toda introducción del socialismo en la punta de las bayonetas, sino que se limitaba a constatar que, en las condiciones concretas… (Risas. Algunos camaradas entonan la Internacional. Todos los presentes se suman. El orador renuncia a seguir hablando.)

Se levanta la sesión a la 1.10 de la madrugada.

Octava sesión, lunes 13 de noviembre de 1922

Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial.

Oradores: Lenin, Clara Zetkin.

Apertura: 11.40 de la mañana.

Preside: Béron.

Lenin (recibido con aplausos tempestuosos y prolongados; se entona la Internacional): Camaradas: figuro en la lista como ponente principal, pero comprenderán ustedes que, después de mi larga enfermedad, no estoy en condiciones de presentar un informe extenso. Solo puedo hacer una introducción a las cuestiones más importantes. Mi tema solo puede ser muy limitado. El tema «Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial» es demasiado amplio y grande para que un solo orador pueda agotarlo en un discurso. Por eso tomo para mí solo una pequeña parte de esta materia, a saber, la cuestión de la nueva política económica. Elijo deliberadamente solo esta pequeña parte para introducirles en la materia que ahora es la más importante, o al menos la más importante para mí, porque ahora estoy trabajando precisamente en ella. Hablaré, pues, sobre este tema: ¿cómo empezamos la nueva política económica y qué resultados hemos obtenido con esta política? Si me limito a esta cuestión, creo que quizá estaré en condiciones de darles una visión de conjunto y una idea general de ella.

Si empiezo por cómo comenzamos esta nueva política económica, tengo que remontarme a un artículo mío de 1918. A comienzos de 1918, en efecto, toqué en una breve polémica174 la cuestión de qué actitud debíamos adoptar ante el capitalismo de Estado. Escribí entonces:

«El capitalismo de Estado es un paso adelante respecto a la actual política económica de la república de los soviets —es decir, respecto a la situación económica de entonces—. Si, por ejemplo, pudiéramos implantar entre nosotros el capitalismo de Estado en medio año, sería un gran éxito y la mejor garantía de que al cabo de un año el socialismo estará entre nosotros firmemente asentado y será invencible.»

Esto, naturalmente, se dijo en una época en que éramos más tontos que ahora, pero no tan tontos como para no poder tratar temas así.

Así pues, entonces, en 1918, yo opinaba que, respecto a la situación económica de la república de los soviets en aquel momento, el capitalismo de Estado era un paso adelante. Suena muy extraño y quizá incluso absurdo, porque entonces nuestra república era una república socialista; entonces adoptábamos a diario, lo más deprisa posible, probablemente demasiado deprisa, diversas medidas económicas nuevas que no podían llamarse sino socialistas, y, sin embargo, yo pensaba entonces que el capitalismo de Estado significaba un paso adelante respecto a la situación económica de la república de los soviets en aquel momento, y desarrollé esta idea enumerando sencillamente los elementos de la estructura económica de Rusia. Esos elementos eran, a mi juicio: «1. La agricultura patriarcal, es decir, primitiva en grado sumo. 2. La pequeña producción mercantil. Aquí entra la mayoría de los campesinos que venden cereal. 3. El capitalismo privado. 4. El capitalismo de Estado. 5. El socialismo». Todos estos elementos económicos estaban representados en la Rusia de entonces. Me propuse entonces aclarar en qué relación se encuentran estos elementos entre sí y si quizá no deberíamos valorar más un elemento no socialista, a saber, el capitalismo de Estado, que el socialismo. Repito: a todos les parece muy extraño que un elemento no socialista aparezca valorado por encima, reconocido como superior al socialismo en una república que se ha declarado socialista. Pero la cosa se vuelve comprensible si recuerdan ustedes que entonces no considerábamos en absoluto que la situación económica de Rusia fuera homogénea y de alto nivel, sino que éramos plenamente conscientes de que en Rusia teníamos tanto una agricultura patriarcal, es decir, la forma más primitiva de agricultura, como una forma socialista. ¿Qué papel podía desempeñar entonces, en esas circunstancias, el capitalismo de Estado?

Me pregunté además cuál de estos elementos predomina. Está claro que en un medio pequeñoburgués predomina el elemento pequeñoburgués. Entonces tenía claro que el elemento pequeñoburgués predominaba. Pensar otra cosa era imposible. La pregunta que me hice entonces —fue en una polémica especial, que no tiene que ver con la cuestión de hoy— era esta: ¿qué actitud adoptamos ante el capitalismo de Estado? Y me dije: el capitalismo de Estado, aunque esta forma no es socialista, sería para nosotros y para Rusia más favorable que la forma actual. ¿Qué significa eso? Significa que, aunque ya habíamos hecho la revolución social, no sobrestimábamos las raíces y la construcción de la economía socialista, sino que ya entonces habíamos comprendido hasta cierto punto que sí, que sería mejor llegar primero al capitalismo de Estado y después al socialismo.

Tengo que subrayar muy especialmente esta parte, porque creo que solo a partir de ella se explica, en primer lugar, qué es la política económica actual y, en segundo lugar, que de ella se desprenden también para la Internacional Comunista conclusiones muy importantes y también prácticas. No quiero decir que con ello tuviéramos ya preparado de antemano un plan de retirada. No fue así. Aquellas breves líneas de polémica no constituían en absoluto un plan de retirada. Sobre la libertad de comercio, por ejemplo —un punto muy importante y de importancia fundamental para el capitalismo de Estado—, no hay aquí ni una palabra. Con todo, sí estaba contenida en ellas una idea general, vaga, de la retirada, y creo que también nosotros, como Internacional Comunista, y no solo como un país que en su estructura económica estaba muy atrasado y lo sigue estando hasta hoy, debemos tener esto en cuenta también en los países avanzados de Europa occidental. Ahora, por ejemplo, estamos ocupados en elaborar un programa. Por mi parte, creo que lo mejor que podríamos hacer sería juzgar ahora en general todos los programas, hacer en cierto modo la primera lectura y hacerlos imprimir todos, pero no fijarlos inmediatamente, ya este año. ¿Por qué? Ante todo, creo, porque difícilmente los hemos pensado todos bien. Pero también porque casi no hemos pensado en absoluto la idea de la retirada y de cómo asegurarla. Y esa es una cuestión que, ante un cambio tan profundo del mundo como el derrocamiento del capitalismo y la construcción del socialismo con sus enormes dificultades, debemos tener en cuenta sin falta.

No solo debemos saber cómo hemos de actuar cuando pasamos directamente al ataque y vencemos. Eso, en tiempos revolucionarios, no es tan difícil. Pero tampoco es tan importante, o al menos no es decisivo. Durante la revolución hay siempre momentos en que el adversario pierde la cabeza. Si lo atacamos en un momento así, podemos vencer muy fácilmente. Pero eso no dice nada todavía, porque nuestro adversario, si reflexiona con calma, reúne antes sus fuerzas, etc. Entonces puede muy fácilmente provocarnos al ataque y hacernos retroceder por años. Creo, pues, que la idea de que debemos preparar la retirada es muy importante, y no solo desde el punto de vista teórico. También desde el punto de vista práctico, todos los partidos que piensan pasar en un plazo próximo al ataque directo contra el capitalismo deben pensar ahora además en cómo asegurar la retirada. Creo que sacar esta lección, junto con todas las demás lecciones de la historia de nuestra revolución, no nos causará ciertamente ningún perjuicio y con toda probabilidad nos será útil en gran número de casos.

Después de haber subrayado que ya en 1918 designamos el capitalismo de Estado como posible posición de retirada, paso a los resultados de nuestra nueva política económica. Repito: entonces era todavía una idea muy vaga. Pero en 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, se produjo una gran crisis política interna de la Rusia soviética —creo que la mayor—, que hizo que no solo masas muy grandes de campesinos estuvieran descontentas, sino también grandes masas de obreros. Fue la primera vez, y espero que también la última, en la historia de la Rusia soviética que tuvimos en contra a las grandes masas del campesinado, no de forma consciente, pero sí instintiva, por su estado de ánimo. ¿Cuál era la causa de esta situación original y muy desagradable para nosotros? La causa era que habíamos ido demasiado lejos en nuestro avance económico, que no habíamos asegurado nuestra base, que la masa sentía ya lo que nosotros todavía no sabíamos formular conscientemente, pero que también nosotros reconocimos al cabo de muy poco tiempo, al cabo de unas semanas, a saber: que el paso directo a una forma de economía puramente socialista, a la distribución puramente socialista de los bienes, superaba nuestras fuerzas y que pereceríamos si no conseguíamos efectuar nuestra retirada de modo que nos limitáramos a tareas fáciles. Creo que la crisis comenzó en febrero de 1921. Pero ya en la primavera de ese mismo año decidimos por unanimidad —no he visto entre nosotros grandes diferencias al respecto— pasar a la nueva política económica. Hoy, al cabo de año y medio, a finales de 1922, estamos ya en condiciones de hacer comparaciones. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo hemos pasado este año y medio largo? ¿Cuál es el resultado? ¿Nos ha sido útil esta línea de retirada y nos ha salvado realmente, o no es así y el resultado no es claro? Esa es la cuestión principal que me planteo, y creo que esta cuestión principal es también de la máxima importancia para todos los partidos comunistas, porque, si la respuesta es negativa, todos pereceremos. Creo que todos podemos responder afirmativamente a esta pregunta con la conciencia tranquila, y en el sentido de que el año y medio transcurrido desde entonces demuestra de manera positiva y absoluta que hemos aprobado este examen. Intentaré demostrarlo ahora. Para ello tengo que enumerar muy brevemente todos los componentes de la economía rusa.

Empiezo por el sistema financiero y el famoso rublo ruso. Creo que se puede declarar famoso al rublo ruso, aunque solo sea porque su número supera ahora el cuatrillón. (Risas.) Eso ya es algo. Una cifra astronómica. (Risas.) Estoy seguro de que ni siquiera todos ustedes saben lo que eso significa. Pero nosotros, y precisamente desde el punto de vista de la ciencia económica, no consideramos tan importantes las cifras de rublos, porque los ceros se pueden tachar. (Risas.) En este arte, que desde el punto de vista económico carece de importancia, ya hemos hecho algo, y estoy convencido de que en el curso ulterior de las cosas haremos todavía mucho más en este arte. Lo importante, en cambio, es la cuestión de la estabilización del rublo. En ello trabajamos, trabajan nuestras mejores fuerzas, y a esta tarea le atribuimos una importancia decisiva. Si conseguimos estabilizar el rublo por largo tiempo, y más tarde para siempre, habremos ganado. Entonces esas cifras astronómicas, esos trillones y cuatrillones, no son nada. Entonces podremos poner nuestra economía sobre una base firme y seguir desarrollándola sobre una base firme. Pues bien, sobre esta cuestión creo poder presentarles hechos bastante importantes y decisivos. En 1921, el periodo de estabilización del curso del rublo papel duró menos de tres meses. En 1922, es decir, este año, aunque todavía no ha terminado, ese periodo ha durado ya más de 5 meses. Creo que esto ya basta. Naturalmente, no basta si ustedes quieren que se les demuestre científicamente que resolveremos por completo esta tarea en el futuro más lejano. Pero demostrar eso no es, a mi juicio, posible en absoluto.

El hecho que he comunicado demuestra que desde el año pasado, cuando estábamos al comienzo de nuestra nueva política económica, hasta hoy ya hemos aprendido a avanzar. Si hemos aprendido eso, estoy seguro de que, si no cometemos alguna tontería especial, sabremos seguir aprendiendo a hacer nuevos progresos por este camino. Pero lo más importante es el comercio, la circulación burguesa, que nos hace falta, y si al cabo de 2 años, aunque todavía estábamos en guerra —ustedes saben que Vladivostok no se tomó hasta hace unas semanas175—, aunque, por tanto, solo ahora podemos empezar nuestra actividad económica de forma sistemática y reflexiva, hemos conseguido que el periodo de estabilización del rublo papel haya pasado de 3 a 5 meses, creo poder decir que podemos estar satisfechos. Porque estamos solos. No hemos recibido ni recibimos empréstitos. Ni uno solo de los poderosos Estados capitalistas, que organizan su economía capitalista tan «bien» que todavía hoy no saben adónde ir, nos ayuda. Con la Paz de Versalles han creado un sistema financiero que ni ellos mismos entienden. Si estos grandes Estados capitalistas administran así su economía, creo que nosotros, los atrasados, los incultos, podemos estar ya satisfechos de haber comprendido lo más importante, los fundamentos de la estabilización del rublo. No es un análisis teórico cualquiera lo que lo demuestra, sino la práctica, y eso, creo, es mucho más importante que todas las discusiones teóricas del mundo. Y la práctica demuestra que en este terreno hemos logrado algo decisivo, a saber, mover la economía en la dirección de una estabilización del rublo, y eso tiene la máxima importancia para el rublo, para la libre circulación de las mercancías, para los campesinos y para la enorme masa de pequeños productores.

Así pues, pregunto ahora: después de la desgracia de la mala cosecha, esa desgracia extraordinaria e inesperada, ¿cómo está ahora la cosa, después de haber introducido la nueva política económica, después de haber dado a los campesinos la libertad de comercio? Me digo que la respuesta salta a la vista con toda claridad, a saber: que el campesinado no solo ha acabado en un año con el hambre, sino que ha entregado el impuesto en especie de tal modo que ya hemos recibido varios cientos de millones de puds, y eso casi sin recurrir a medios de coerción. Las sublevaciones campesinas, que antes, hasta 1921, constituían por así decirlo el cuadro general de Rusia, han desaparecido casi por completo. Los campesinos están satisfechos con su situación actual. Esto podemos afirmarlo tranquilamente. Creemos que pruebas así son mucho más importantes que cualquier prueba estadística. Que el campesinado es entre nosotros el factor decisivo, nadie lo duda. Este campesinado se encuentra ahora en un estado tal que no tenemos que temer ningún movimiento dirigido contra nosotros. Lo decimos con plena consciencia, sin exagerar. Eso ya está conseguido. El campesinado podrá estar descontento con nuestro poder en uno u otro aspecto, podrá quejarse —eso es natural e inevitable, porque nuestro aparato y nuestra economía estatal son demasiado malos para prevenirlo—, pero un descontento serio de todo el campesinado contra nosotros está en todo caso excluido. Eso lo hemos conseguido en un año. Creo que eso es ya mucho.

Paso ahora a la industria ligera. En la industria tenemos que distinguir, en efecto, entre la industria ligera y la pesada, porque estas dos clases de industria se encuentran en situaciones distintas. En lo que respecta a la industria ligera, puedo decir tranquilamente: aquí vemos un auge general.

No entro en detalles. Aportar datos estadísticos no es hoy mi tarea. Pero esta afirmación general se basa en hechos, y puedo garantizar que no hay en ella ni falsedad ni inexactitud. Tenemos que registrar un auge general de la industria ligera y, en relación con él, una clara mejora de la situación de los obreros tanto en Petrogrado como en Moscú. En otros distritos ocurre menos, porque allí predomina la industria pesada, de modo que no se puede generalizar este hecho. Pero repito: la industria ligera registra sin duda un auge, y la situación de los obreros de Petrogrado y Moscú, una mejora. En ambas ciudades los obreros estaban descontentos en la primavera de 1921; ahora ya no es así. Nosotros, que observamos a diario la situación y el estado de ánimo de los obreros, no nos equivocamos en esto.

La tercera cuestión se refiere a la industria pesada. Aquí tengo que decir que la situación sigue siendo difícil. Sin embargo, entre 1921 y 1922 se ha producido una ligera mejora. Podemos esperar, pues, que en un futuro próximo vaya a mejor. Los medios para ello ya los hemos reunido en parte. En un país capitalista, la mejora de la situación de la industria pesada exigiría sin falta un empréstito de cientos de millones, sin el cual la mejora sería imposible. La historia económica de los países capitalistas nos demuestra que para levantar la industria pesada en un país atrasado solo sirven empréstitos a largo plazo de cientos de millones de dólares o de rublos oro. No hemos tenido tales empréstitos y hasta ahora no hemos recibido nada. Lo que hasta ahora se ha escrito sobre concesiones y otras cosas se ha quedado casi todo en el papel. Hemos escrito mucho sobre ello en los últimos tiempos, en particular sobre la concesión Urquhart176. Nuestra política de concesiones me parece excelente. Y, a pesar de todo, todavía no tenemos ninguna concesión aceptable. Les ruego que no lo olviden. La situación de la industria pesada constituye, pues, para nuestro país atrasado una cuestión realmente muy difícil, porque no podemos contar con empréstitos de los Estados ricos. Con todo, vemos ya una mejora apreciable. Vemos además que nuestra actividad comercial nos ha reportado ya cierto capital. También este es de un volumen muy modesto, no mucho más de 20 millones de rublos oro, pero ya hay un comienzo. Nuestro comercio nos da medios que podemos emplear para levantar la industria pesada.

En todo caso, actualmente nuestra industria pesada se encuentra todavía en una situación muy difícil. Pero creo que ya estamos en condiciones de ahorrar algo. Y lo seguiremos haciendo, aunque a menudo sea a costa de la población. Pese a todo, ahora tenemos que ahorrar. Ahora trabajamos para reducir nuestro presupuesto del Estado, para recortar nuestro aparato estatal. Sobre el aparato estatal diré todavía unas palabras más adelante. Tenemos que reducir en todo caso el aparato estatal, ahorrar todo lo posible. Ahorremos en todo, incluso en las escuelas. Tiene que ser así, porque sabemos que sin salvar la industria pesada, sin restablecerla, no podemos construir ninguna industria, y sin ella estamos perdidos sin más como país independiente; eso lo sabemos muy bien. La salvación de Rusia no está solo en una buena cosecha de los campesinos; eso es todavía demasiado poco; ni tampoco solo en el buen estado de la industria ligera, que suministra al campesinado los artículos de uso, eso es también demasiado poco; necesitamos además la industria pesada. Pero ponerla en buen estado exige un trabajo de varios años.

La industria pesada necesita subsidios del Estado. Si no los tenemos, estamos perdidos como país civilizado, por no hablar ya de país socialista. En este aspecto, pues, hemos dado el paso decisivo. Hemos reunido los medios necesarios para poner en pie la industria pesada. La suma que hemos reunido hasta ahora asciende, es verdad, a poco más de 20 millones de rublos oro, pero existe y se empleará con seguridad únicamente para levantar la situación de nuestra industria pesada.

Creo haberles presentado ahora, en general y de pasada, como había anunciado, los elementos más importantes de nuestra economía nacional, y creo poder sacar de lo expuesto la conclusión de que la nueva política económica arroja ya un saldo positivo. Ya existe la prueba de que somos capaces de comerciar como Estado, de asegurarnos las posiciones firmes de la agricultura y de la industria y de avanzar. Así lo ha demostrado la actividad práctica. Me parece que, por ahora, eso basta. Tendremos que aprender todavía muchísimo, y hemos comprendido que todavía tenemos que aprender. Durante cinco años hemos mantenido nuestro poder, y además durante esos 5 años enteros haciendo la guerra al mismo tiempo. Hemos tenido, pues, éxito.

Es comprensible, porque el campesinado estaba con nosotros. Difícilmente se puede estar más con nosotros de lo que estuvieron los campesinos. Comprendieron que detrás de los blancos está el terrateniente, al que odian más que a nada en el mundo. Por eso se mantuvieron a nuestro lado con el mayor entusiasmo y con firme lealtad. No fue difícil conseguir que el campesinado nos defendiera contra los blancos; los campesinos, que antes odiaban la guerra, hicieron ahora todo lo imaginable por la guerra contra los blancos, por la guerra civil contra los terratenientes. Pero eso todavía no era todo, porque en realidad solo afectaba a la cuestión de si el poder debía quedar en manos de los terratenientes o de los campesinos. A nosotros eso no nos bastaba. Los campesinos comprendieron que habíamos tomado el poder para los obreros y que perseguimos el objetivo de construir con ayuda de ese poder el orden socialista. Por eso la cuestión más importante para nosotros consistía en la preparación económica de la economía socialista. No podíamos prepararla por vía directa. Tuvimos que hacerlo por vía indirecta.

El capitalismo de Estado que hemos creado es un capitalismo de Estado peculiar. No corresponde al concepto habitual de capitalismo de Estado. Tenemos en nuestras manos todos los puestos de mando; tenemos la tierra, que pertenece al Estado; eso es muy importante, aunque los adversarios presenten las cosas como si no significara nada. Pero eso es falso: que la tierra pertenezca al Estado es muy importante y tiene gran significado práctico en el aspecto económico. Eso lo hemos conseguido, y debo decir que también nuestra actividad ulterior tiene que mantenerse solo dentro de este marco. Ya hemos conseguido que el campesinado esté satisfecho, que la industria se levante y que el comercio se levante. Ya he dicho que nuestro capitalismo de Estado se distingue del otro, del capitalismo de Estado entendido en sentido literal, en que no solo tenemos la tierra en manos del Estado proletario, sino también todas las ramas más importantes de la industria. Hemos dado en arriendo, sobre todo, cierta parte de la pequeña y mediana industria; todo lo demás, en cambio, sigue en nuestras manos. En cuanto al comercio, quisiera subrayar además que procuramos fundar, y ya hemos fundado, sociedades mixtas, es decir, sociedades en las que una parte del capital pertenece a capitalistas privados, y además extranjeros, y la otra parte a nosotros. En primer lugar, así aprendemos a comerciar, y eso nos hace falta, y, en segundo lugar, siempre tenemos, si lo consideramos necesario, la posibilidad de disolver de nuevo la sociedad, de modo que, por así decirlo, no arriesgamos nada. Y de los capitalistas privados aprendemos y vemos cómo podemos ascender y qué errores cometemos. Creo que puedo limitarme a estas observaciones. Quisiera tocar todavía algunos puntos de menor importancia. Es indudable que hemos cometido una cantidad enorme de tonterías y que todavía las cometeremos. Nadie puede juzgarlo mejor ni verlo con más claridad que yo.

¿Por qué cometemos tonterías? Está claro: 1.º, somos un país atrasado; 2.º, nuestra instrucción es mínima; 3.º, estamos sin ayuda. Ningún país civilizado nos ayuda. Al contrario, todos trabajan contra nosotros; 4.º, por nuestro aparato estatal. Nos hicimos cargo del viejo aparato estatal, pero esa fue nuestra desgracia. El aparato estatal trabaja muy a menudo contra nosotros. La historia fue así: en 1917, después de que tomáramos el poder, el aparato estatal nos saboteó. Entonces nos asustamos mucho y dijimos: «Por favor, vuelvan ustedes con nosotros», y todos volvieron. Esa fue nuestra desgracia. Ahora tenemos una masa enorme de funcionarios, pero todavía no tenemos fuerzas suficientemente instruidas para disponer realmente de ellos. De hecho, ocurre muy a menudo que aquí arriba, donde tenemos el poder del Estado, el aparato funciona, mientras que abajo disponen por su cuenta, y disponen de tal modo que trabajan contra nuestras medidas. Arriba tenemos, no sé cuántos, pero creo con seguridad que solo unos miles, como máximo unas decenas de miles de los nuestros; abajo, en cambio, tenemos cientos de miles de viejos funcionarios heredados del zar, pero también de la sociedad burguesa, que, en parte conscientemente y en parte inconscientemente, trabajan contra nosotros. Aquí no podemos hacer nada en poco tiempo. Eso es completamente seguro: aquí tenemos que trabajar varios años para cambiar el aparato, perfeccionarlo y atraer fuerzas nuevas. Lo hacemos a un ritmo bastante rápido, quizá a un ritmo demasiado rápido. Se han fundado escuelas soviéticas. Se han fundado facultades obreras; varios cientos de miles de jóvenes estudian, quizá demasiado deprisa, pero en todo caso el trabajo ha comenzado, y creo que este trabajo dará también sus frutos. Si no trabajamos demasiado deprisa, dentro de unos años tendremos una masa de jóvenes capaces de cambiar el aparato de raíz.

He dicho que hemos cometido una cantidad enorme de tonterías. Pero a este respecto tengo que decir también algo sobre nuestros adversarios. Cuando nuestros adversarios nos lo echan en cara y dicen: «El propio Lenin reconoce que los bolcheviques han cometido una cantidad enorme de tonterías», quisiera responderles: sí, ¿saben ustedes?, nuestras tonterías son, con todo, de un tipo esencialmente distinto de las suyas. Solo hemos empezado a aprender, y aprendemos de manera tan sistemática que estamos convencidos de alcanzar buenos resultados. Cuando nuestros adversarios, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, recalcan que hemos cometido tonterías, me permitiría hacer aquí una comparación, sirviéndome de las palabras de un célebre escritor ruso, que modifico un poco, de modo que quedan así: cuando los bolcheviques cometen tonterías, eso significa que el bolchevique dice 2 × 2 = 5; pero cuando los adversarios, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, cometen tonterías, eso significa que dicen 2 × 2 = vela de estearina. No es difícil demostrarlo. Tomen ustedes, por ejemplo, el tratado con Kolchak, el tratado que concertaron América, Inglaterra, Francia y Japón. Les pregunto: ¿hay en el mundo Estados más cultos y más poderosos? ¿Y qué salió de ahí? Prometieron a Kolchak ayudarle sin calcular, sin pensar, sin observar. Fue un fiasco que ni siquiera puedo encontrar humanamente comprensible.

U otro ejemplo, todavía más cercano y significativo: la Paz de Versalles. Les pregunto: ¿qué crearon ahí las «gloriosas» potencias? ¿Cómo pueden encontrar ahora una salida de ese embrollo, de ese absurdo? Creo que no es ninguna exageración que repita que nuestras tonterías no son nada comparadas con las tonterías que hacen juntos el Estado capitalista, el mundo capitalista y la II Internacional. Por eso creo que las perspectivas de la revolución mundial —es un tema que debo tocar brevemente— son buenas, y que, con una determinada condición, creo, serán todavía mejores.

Sobre estas condiciones quisiera decir todavía unas palabras. En el III Congreso, en 1921, aprobamos una resolución sobre la estructura organizativa de los partidos comunistas y sobre los métodos y el contenido de su trabajo177. Esta resolución es excelente. Pero la resolución es casi enteramente rusa, es decir, todo en ella está tomado de la evolución rusa. Eso es lo bueno de la resolución, pero también lo malo. Es lo malo porque casi ningún extranjero —es mi convicción; he vuelto a leer esta resolución antes de decirlo— puede leerla. En primer lugar, es demasiado larga: 50 artículos o más. Algo así los extranjeros no suelen poder leerlo. En segundo lugar, si a pesar de todo se lee, ningún extranjero puede entenderla, precisamente porque es demasiado rusa. No porque esté escrita en ruso, pues está traducida de manera excelente a todas las lenguas, sino porque está impregnada de punta a cabo de espíritu ruso; y, en tercer lugar, si por excepción un extranjero la entiende, no puede cumplirla. Ese es el tercer defecto.

He hablado un poco con algunos delegados que han venido aquí, y espero que en el curso ulterior del congreso encuentre la posibilidad —no de participar yo mismo en el congreso, porque por desgracia no puedo— de hablar con detenimiento con un número mayor de delegados de distintos países. Mi impresión es que con esta resolución cometimos un gran error, a saber, que nos cerramos nosotros mismos el camino hacia un nuevo progreso. Como he dicho, la resolución es excelente; suscribo los 50 artículos o más. Pero no hemos sabido cómo acercarnos a los extranjeros con nuestra experiencia rusa; todo lo de la resolución se ha quedado en letra muerta, y si no comprendemos esto, no avanzaremos.

Creo que lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los extranjeros, es que ahora, después de 5 años de revolución rusa, tenemos que aprender. Solo ahora tenemos la posibilidad de aprender. No sé cuánto tiempo durará esta posibilidad. No sé cuánto tiempo nos darán las potencias capitalistas la posibilidad de aprender tranquilamente. Pero cada instante que estemos libres de actividad militar, de la guerra, tenemos que aprovecharlo para aprender, y además desde el principio. Todo el partido y todas las demás capas de Rusia lo demuestran con su hambre de instrucción. El afán de instrucción demuestra que la tarea más importante para nosotros consiste ahora en aprender y aprender.

Pero también los extranjeros tienen que aprender. No en el sentido en que tenemos que aprender nosotros, es decir, leer, escribir y entender lo leído, que todavía nos hace falta. —Se discute si eso pertenece a la cultura proletaria o a la burguesa.— Dejo abierta esta cuestión. En todo caso, una cosa es segura: primero tenemos que aprender a leer y escribir y también a entender lo leído. Los extranjeros necesitan algo superior. A saber, en primer lugar, que se entienda también lo que hemos escrito sobre la estructura organizativa de los partidos comunistas y que los extranjeros han firmado sin haberlo leído, sin haberlo entendido. Eso tienen que convertirlo en su gran tarea. Hay que llevar a la práctica esta resolución. No se puede hacer de la noche a la mañana, es absolutamente imposible; es demasiado rusa, refleja la experiencia rusa; por eso los extranjeros no la entienden; los extranjeros no pueden contentarse con colgar esta resolución en la pared como un icono y rezarle; con eso no se consigue nada. Tienen que asimilar un trozo de la experiencia rusa. Cómo ocurrirá eso, no lo sé. Quizá, por ejemplo, los fascistas de Italia nos presten buenos servicios explicando a los italianos que todavía no son tan cultos, que en su país las bandas negras todavía no se han vuelto imposibles. Quizá eso sea muy útil. También nosotros, los rusos, tenemos que buscar medios para explicar a los extranjeros los rudimentos de esta resolución. De lo contrario, no estarán en absoluto en condiciones de cumplir esta resolución.

Estoy convencido de que, en este sentido, tenemos que decir no solo a los rusos, sino también a los extranjeros, que lo más importante para el periodo que ahora comienza es aprender. Nosotros aprendemos en sentido general; ellos tienen que aprender en sentido especial, para comprender de verdad la organización, la estructura, el método y el contenido del trabajo revolucionario. Si eso ocurre, estoy convencido de que las perspectivas de la revolución mundial no solo serán buenas, sino excelentes. (Aplausos tempestuosos y prolongados. Un grito: «¡Viva nuestro camarada Lenin!», al que la asamblea se suma con entusiasmo.)

Clara Zetkin (Alemania): ¡Camaradas! La revolución rusa se alza ante nosotros, hoy como hace cinco años, como el acontecimiento histórico mundial más formidable de esta época. Apenas la gigante se irguió audazmente y se lanzó adelante, y a medida que emprendía la lucha, tan tenaz como apasionada, por su existencia y su desarrollo, los espíritus y los caminos se separaron más tajantemente que nunca en la clase obrera de todos los países. ¡Aquí reforma, allí revolución!: tal fue el grito con que se respondió a la revolución rusa desde todos los países. La situación que en él se anunciaba da a la revolución rusa un significado muy determinado y de largo alcance. En la clase obrera se había formado aproximadamente desde mediados de los años noventa una actitud intelectual y política que era el precipitado ideológico del capitalismo imperialista y de su repercusión sobre la situación de la clase obrera. En la teoría la llamábamos revisionismo; en la práctica, oportunismo. ¿En qué consistía su esencia? En la opinión, yo diría en el delirio, de que la revolución se había vuelto superflua y evitable. El capitalismo —así lo afirmaban los revisionistas, los reformistas de hoy— engendra de sí mismo formas de organización que superan las contradicciones económicas y sociales que le son inmanentes, o al menos las suavizan hasta tal punto que la teoría de la pauperización, la teoría de las crisis y la teoría de la catástrofe han perdido su validez. Según la concepción revisionista, el capitalismo mismo ya no creaba los factores objetivos de una revolución necesaria, imparable. Según esa misma concepción quedaba también eliminado el factor social de la revolución, la voluntad de la clase obrera de hacer la revolución. La democracia y la reforma social «irían vaciando poco a poco» —así se declaraba— «al capitalismo. La sociedad pasaría gradualmente del capitalismo al socialismo».

Es cierto que esta concepción fue rechazada teóricamente en los congresos de la socialdemocracia, el partido dirigente de la II Internacional. Fue condenada en 1900 y 1904 en los congresos internacionales de París y Ámsterdam, aunque en el primero no con la claridad y la contundencia necesarias. Pero en la práctica de los partidos de la II Internacional fue haciéndose cada vez más dominante. Eso se vio ya en la actitud de los congresos internacionales de Stuttgart, Copenhague y Basilea ante la cuestión del imperialismo, del militarismo y de la amenaza de una guerra mundial.

Estalló la guerra mundial. La burguesía de los países beligerantes filosofaba con ametralladoras, con tanques, con submarinos, con aeronaves que escupían muerte y ruina. Ya al estallar la guerra mundial estaba claro, y en su curso se hizo cada vez más evidente, que no significaba otra cosa que la crisis de las crisis, que acabaría en una catástrofe terrible, la catástrofe del capitalismo mundial. Es una amarga ironía de la historia que, mientras el curso de las cosas confirmaba la teoría de las crisis y de la catástrofe, la mayor parte de la clase obrera organizada de los países capitalistas más desarrollados se aferrase a la teoría del abandono de la revolución, a la teoría del reformismo. Eso llevó, al estallar la guerra, a la vergonzosa bancarrota de la II Internacional.

El proletariado no respondió a la lección de la guerra mundial con la unión internacional para el ajuste de cuentas general con el capitalismo, sino al contrario, con la unión de los proletarios con la burguesía de sus llamadas patrias. Y cuando al final de la guerra mundial el capitalismo demostró su incapacidad para superar la catástrofe, cuando la burguesía puso de manifiesto su incapacidad y su falta de voluntad para reconstruir el mundo a partir del caos creado, los dirigentes obreros oportunistas se aferraron más aún a su teoría del reformismo. Inventaron para ella una nueva interpretación: el socialismo, el comunismo, no podía nacer del hundimiento del capitalismo, sino solo de su restablecimiento, de su nuevo florecimiento. No mediante la lucha de clases revolucionaria, sino solo mediante la colaboración, la armonía, la comunidad de trabajo, la coalición de burguesía y proletariado podrían superarse los sufrimientos y males de la guerra y podría reconstruirse la sociedad. ¡Nada de revolución para edificar la sociedad sobre bases comunistas! En su lugar: unión con la burguesía para restablecer el capitalismo. Tal era la consigna reformista.

Camaradas, en esta atmósfera sofocante la revolución rusa fue una tormenta purificadora. El proletariado ruso fue el primero y, por desgracia, sigue siendo hasta hoy el único —si prescindimos de la creación de las pequeñas repúblicas soviéticas que se han formado en territorio antes granruso— que ha sacado con lógica consecuencia las conclusiones prácticas de la guerra imperialista y del hundimiento del capitalismo. La revolución rusa ha empezado con los hechos la liquidación del revisionismo, del reformismo, esa liquidación que lleva a cabo la propia revolución mundial. La revolución rusa expresó de modo inequívoco y claro la comprensión y la voluntad de las masas proletarias de acabar de una vez para siempre con el capitalismo. Es el primer acto formidable de la revolución mundial, que es el juicio final sobre el capitalismo.

Ciertamente, camaradas, los mencheviques, los socialistas revolucionarios y sus hermanos fuera de Rusia sostienen la teoría de que la revolución rusa no es más que un pequeño asunto nacional y debería mantenerse en los cauces de una revolución puramente burguesa.

El objetivo, dicen, debería ser el retorno a la revolución de febrero-marzo. Ahora bien, es completamente seguro que en la revolución rusa se han expresado las circunstancias históricas dadas que en suelo ruso empujaban a la destrucción del zarismo y a nuevas formas políticas y estatales. Pero desde el primer día de su existencia se ha mostrado también que la revolución rusa no es, a pesar de todo, un pequeño asunto nacional, sino la gran causa del proletariado mundial; se ha mostrado que no puede encerrarse en el estrecho cauce de una revolución burguesa, meramente política, porque es parte del inmenso acontecer de la revolución mundial proletaria. En la revolución rusa no solo viven y actúan las fuerzas sociales revolucionarias, las tendencias objetivas y subjetivas, nacidas en el propio suelo ruso.

En la revolución rusa obran las tendencias y fuerzas económicas, sociales y revolucionarias del capitalismo internacional, de la sociedad burguesa del mundo entero. Eso se manifiesta ya externamente en el hecho de que la revolución estallase a consecuencia de aquella guerra mundial que no fue un acontecimiento fortuito, sino el resultado forzoso del entrelazamiento y la imbricación de las relaciones económicas y políticas mundiales bajo el dominio del capital financiero, del capitalismo imperialista. En la revolución rusa se expresan todas aquellas relaciones económicas, políticas y sociales que el capitalismo mundial imperialista había creado tanto en la propia Rusia como fuera de ella. Pero en la revolución rusa se han cristalizado y concentrado también la comprensión histórica y la voluntad revolucionaria del proletariado de todos los países de hacer la revolución. El socialismo internacional revolucionario, con las fuerzas intelectuales y morales que despertó y formó, se ha hecho vivo y eficaz en la revolución rusa.

Así, la revolución rusa es la gran prueba, a escala de la historia mundial, de la vida, la fuerza y lo irresistible del factor social del desarrollo histórico, es decir, de la comprensión, la voluntad, la acción y la lucha de las masas proletarias que quieren doblegar al capitalismo y realizar el comunismo.

Se ha afirmado que el comienzo de la revolución proletaria precisamente en Rusia se debe a la debilidad de la burguesía rusa. Esa debilidad habría hecho que en suelo ruso, y en ningún otro hasta el día de hoy, se alzase la revolución mundial con estrépito de armas. Eso es sin duda cierto, pero solo en parte. Camaradas, yo afirmo que más decisiva aún que la debilidad de la burguesía rusa fue la fuerza del pensamiento revolucionario y de la acción revolucionaria de los proletarios rusos, que, formados ideológicamente y elevados por el Partido Bolchevique, llenos de espíritu revolucionario y unidos organizativamente como una potencia, se convirtieron en portadores conscientes de la historia. En favor de mi concepción habla lo siguiente: al estallar la revolución, el proletariado ruso bien habría podido sorprender y arrollar a la burguesía rusa, relativamente débil. Pero el triunfo ulterior de la revolución, su pervivencia durante cinco años, cada uno de cuyos días ha sido un día de lucha contra la poderosa burguesía mundial, ese triunfo muestra que para la revolución rusa hubo algo más fuerte aún, más decisivo que la debilidad de la burguesía rusa: la fuerza, la pasión, la tenaz perseverancia, en una palabra, la voluntad resuelta de hacer la revolución rusa que animaba a las masas proletarias bajo la dirección de los bolcheviques.

¡Camaradas! Ya desde el principio se hizo patente que la revolución en Rusia no podía ser una revolución puramente burguesa ni por su principal portador social, el proletariado, ni por su contenido. Resonaba cada vez con más fuerza la reivindicación: paz mediante la revolución; la tierra para los campesinos; control obrero de la producción; y sobre todo la consigna: ¡Todo el poder a los soviets, todo el poder a los consejos! Estas reivindicaciones eran incompatibles con una revolución burguesa. Es cierto que al principio pasaron a segundo plano; durante los meses marcados por la revolución de febrero-marzo aún no se hicieron valer plenamente. Pero se plantearon con insistencia creciente, ganaron terreno, se transformaron de consignas de propaganda en objetivos de lucha. La burguesía había entrado organizada en esta revolución: en los zemstvos178, en las dumas de diversas grandes ciudades, en muchas asociaciones y uniones industriales, etc., surgidas durante la guerra mundial. El proletariado ruso, en cambio, no tenía organizaciones revolucionarias de lucha. Solo se las creó en el curso de la revolución, en forma de consejos. Es significativo que los consejos no emprendieran al principio la lucha sobre bases revolucionarias, por objetivos revolucionarios y con resolución revolucionaria. En los consejos predominaban al comienzo los mencheviques y los socialistas revolucionarios. Estos mantenían en el proletariado ruso lo que constituye la esencia del reformismo, de la abdicación voluntaria del proletariado ante el poder de la burguesía: la falta de valor para asumir la responsabilidad y la falta de confianza en la propia fuerza.

Es característico que la conferencia de 82 delegados de los consejos de obreros y soldados reunida en abril de 1917 en Petrogrado adoptase una resolución en la que se decía que la lucha entre el capital y el trabajo debía tener en cuenta las condiciones creadas por la revolución aún no consumada y por la situación de guerra. Las formas de la lucha debían determinarse en atención a ello. La pusilanimidad del proletariado ruso, e incluso de su élite organizada en los sindicatos, se expresó en las resoluciones de la conferencia de representantes sindicales de toda Rusia que se inauguró el 20 de junio del mismo año, también en Petrogrado. Esta conferencia, con las reivindicaciones que llegó a aprobar, demostró ya la creciente influencia del Partido Bolchevique como partido de clase revolucionario del proletariado. Junto a otras reivindicaciones radicales se planteó la del control de la producción por los obreros. Pero —se añadía luego— el proletariado no podía asumir él solo la responsabilidad del funcionamiento de los órganos del Estado encargados de regular la economía. Esa tarea era tan difícil, tan complicada, que había que atraer a colaborar a todos los elementos productivos, a todas las clases de la población. Esta postura de los obreros organizados está enteramente bajo el signo de la política de coalición del proletariado con la burguesía tal como la practicaban, desde la revolución de febrero-marzo, los partidos pequeñoburgueses, reformistas, socialistas y socialistas revolucionarios. Era en verdad y en los hechos una política burguesa, con manto democrático, expresión de la dominación de clase capitalista. Se manifestó del modo más drástico en que, en lugar de la paz, trajo la ofensiva de junio179; en lugar de saciar el hambre de tierra de los campesinos, la metralla contra los mujiks sublevados; en lugar del control de la producción por los obreros para sanear la economía, la renuncia a toda reforma social y el saqueo y sabotaje de la economía por los capitalistas, y sobre todo el rechazo hostil de la menor concesión a la reivindicación del proletariado y de los campesinos: Todo el poder a los consejos.

En la lucha contra el proletariado que avanzaba revolucionariamente, la democracia abandonó muy pronto sus principios. Se reveló cada vez más como la desnuda dominación de clase de la burguesía, agudizada hasta convertirse en dictadura de la burguesía. Como los pequeñoburgueses e intelectuales socialistas coaligados, por consideración a la burguesía y atados por ella, no se atrevían a ir más allá del marco de una revolución burguesa, política, el resultado fue que ya en septiembre el dictador estaba a la puerta. Y detrás del dictador, fuese un militar o un Kérenski180, tanto daba, acechaba el restablecimiento del zarismo.

En ese momento intervino decisivamente el proletariado bajo la dirección del Partido Bolchevique. Mandó al diablo al gobierno de armonía de la «democracia pura» y transfirió todo el poder del Estado a los consejos de obreros, campesinos y soldados. De la representación de estos se instituyó un gobierno provisional. En ese momento histórico decisivo el proletariado demostró que había perdido su desconfianza en la propia fuerza y había ganado el valor que le faltaba para asumir la responsabilidad de destrozar un mundo viejo y construir un mundo nuevo. El proletariado ruso fue el primero y es hasta hoy el único que ha dejado así de ser objeto de la historia y se ha convertido en sujeto de la historia, que ya no padece la historia, sino que hace por su parte la historia de forma independiente.

La toma del poder por el proletariado bajo la dirección de los bolcheviques pone en primer plano para nosotros una lección: el derecho y la importancia de la insurrección revolucionaria armada, también de una minoría. Pero esta lección de la revolución rusa se delimita tajantemente tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Muestra que históricamente no tiene justificación aquella mezquina contabilidad que quiere convertir la revolución en un simple ejercicio de sumas y restas, aquella sabihondez que solo considera «permitida» la lucha revolucionaria, la lucha por la toma del poder del Estado por el proletariado, con una condición: que esté asegurada para esa lucha una mayoría tan grande que la victoria quede garantizada de antemano en cualquier circunstancia. Esta concepción rebaja la revolución a un negocio de seguros con pago al contado y puntual. La revolución rusa la desmintió. Pero, del mismo modo, la insurrección revolucionaria decisiva del proletariado en Petrogrado y Moscú se delimita de toda aventura golpista romántica. No fue la acción de un partido pequeño y audaz que operase, sin vínculo firme con las masas proletarias, en el aire azul de frases y fórmulas revolucionarias. No: la acción de los bolcheviques fue el acto heroico de una minoría organizada como partido, que se había asegurado en el frente más amplio el vínculo con las masas, que estaba enraizada en las masas proletarias.

En la historia, la conquista del poder para los soviets, en la que los bolcheviques marcharon en cabeza, aparece como una hazaña brillante y aislada, consumada como de un solo golpe. Pero las cosas no son así. A la audaz hazaña la habían precedido meses del más celoso y tenaz trabajo de agitación, propaganda y organización de los bolcheviques entre las masas. Con ello no solo se había asegurado a la lucha el apoyo de las masas más amplias, sino algo más. Las consignas de lucha de los bolcheviques eran comprendidas por las masas, podían convertirse en objetivos de lucha de las propias masas. Así, el acto de la insurrección no fue una gimnasia revolucionaria de un partido temerario, sino un acto revolucionario de las más amplias masas revolucionarias. Pero lo decisivo en ello es la osadía. La respuesta a la pregunta «¿victoria o derrota?» no estaba fijada de antemano, pese a toda la preparación entre las masas. La osadía no podía ni debía evitarse. Quien quiere aplazar la revolución, la insurrección, hasta que la victoria esté asegurada, aplaza la victoria hasta el día del juicio. Y en último término no solo rechaza con ello la lucha revolucionaria, sino que renuncia a la revolución misma. Por inteligente y cuidadosa que sea la preparación de la acción revolucionaria de un partido entre las masas proletarias, eso no le garantiza la victoria. Hay que arriesgar para ganar. Si los bolcheviques, si los proletarios revolucionarios ganaron en la revolución rusa en el primer asalto audaz, fue solo porque tuvieron el valor de arriesgar. Esa es una lección de la revolución rusa que los proletarios de todos los países deberían tomar a pecho: sopesar, desde luego, pero no renunciar a arriesgar por sopesar. Sopesar solo debe ser base y preparación para arriesgar.

¡Camaradas! En cuanto los obreros rusos, con el apoyo de los campesinos rusos, hubieron conquistado el poder y se pusieron a instaurar su dictadura en el orden soviético, se confirmó otra verdad histórica. Ya en 1884 la había formulado nuestro viejo maestro Engels en una carta a Bebel181 del 11 de diciembre. Está en la más abrupta contradicción con el canto y la cantinela de los reformistas de todos los países, según los cuales la democracia es el único camino que lleva a la emancipación del proletariado. Esta verdad no se aviene con la política de beatitud armoniosa burguesa-proletaria, ni con la política de los gobiernos de coalición. Engels señaló que el día de la crisis y después de la revolución el proletariado no tendría delante enemigo peor ni más encarnizado que la «democracia pura». Voy a leer el pasaje correspondiente:

«La democracia pura puede, en el momento de la revolución, cobrar una importancia renovada como última áncora de salvación. Así, las llamadas masas feudal-burocráticas (1848, de marzo a septiembre) reforzaron a los liberales para mantener sometidas a las masas revolucionarias. En todo caso, nuestro único adversario el día de la crisis y el día después es la reacción en bloque agrupada en torno a la democracia pura, y eso, creo yo, no debe perderse de vista».

¡Camaradas! Llama la atención que los señores reformistas de todos los matices, tan ocupados en negar con citas de Engels y de Marx el derecho de la revolución rusa, el derecho de la revolución proletaria; que esos señores, tan afanosos en pregonar en todas las lenguas la alabanza de la democracia, parezcan haber olvidado precisamente la opinión de Engels citada. Curioso, o quizá no. La revolución rusa ha demostrado palmariamente cuánta razón tenía Engels. Ya el día de la revolución y en los primeros tiempos tras la instauración del poder de los consejos, la «democracia pura» se presentó como el enemigo más acérrimo de la dominación de clase del proletariado. La «democracia pura», que los proletarios rusos habían visto actuar desde la revolución de febrero-marzo como dominación de clase del capital, como dictadura de la burguesía. La consigna con que la «democracia pura» emprendió la lucha contra la democracia soviética, contra la democracia obrera, fue: la Constituyente y no el poder soviético. Al poder soviético, legitimado por la revolución, creación de la revolución y su más noble portador, la «democracia pura» le opuso la reivindicación de la Constituyente. Eso resulta extraño. La «democracia pura» había tenido cerca de ocho meses para hacer elegir y convocar una Constituyente. No lo había hecho; había renunciado a realizar lo que presentaba como la expresión más pura de la voluntad popular. ¿Por qué? La Constituyente no habría podido reunirse sin que se alzasen amenazadores el espectro de la revolución proletaria y el de la revolución agraria. El espectro de la revolución agraria, en forma de la reivindicación campesina de tierra y de paz. El espectro de la revolución proletaria, en forma de la consigna: paz y control de la producción por los obreros. Y así la «democracia pura» había aplazado una y otra vez primero la elección de la Constituyente y luego su reunión. Ahora, de repente, como medio para doblegar al poder soviético, la reivindicación de la Constituyente se convirtió en el objetivo de lucha, en la bandera de asalto de la «democracia pura». La Constituyente fue declarada lo más intangible, lo más sagrado, lo único que tenía la fuerza creadora para crear un orden estatal jurídicamente válido.

La reivindicación de la Constituyente no la han planteado solo los socialistas pequeñoburgueses, los socialistas reformistas aliados con los partidos burgueses en todos los países. Ha encontrado eco hasta en nuestras propias filas revolucionarias. Recuerdo que nada menos que la genial teórica del comunismo Rosa Luxemburg defendió en un momento determinado la reivindicación: ¡Constituyente y soviets! ¡Constituyente y soviets como espina dorsal del poder estatal proletario! Es significativo de la importancia de esta reivindicación que haya vuelto a aparecer no hace mucho. En la sublevación de Kronstadt182 la planteó una parte de los socialistas revolucionarios —otros acabaron rechazándola—, y la planteó incluso el jefe de los kadetes, Miliukov183. Constituyente y soviets, se decía. Pero los soviets, naturalmente, «sin comunistas», lo que viene a ser: cuerpo sin alma, contenido sin núcleo, palabra sin hecho.

Pero dejemos esto. ¿Cómo estaban las cosas tras la conquista del poder por el proletariado? ¿Tiene justificación el reproche que todavía hoy, con bastante frecuencia, se hace en amplios círculos de la clase obrera al gobierno revolucionario por haber disuelto a la fuerza la Constituyente cuando se reunió el 5 de enero? Examinemos los hechos con toda serenidad. La Constituyente declaró nada más reunirse que no venía a colaborar con los soviets, sino como enemiga de los soviets, que negaba la legitimidad del poder soviético y, con ello, el derecho de la revolución misma. Su mayoría socialista revolucionaria, menchevique y burguesa rechazó el reconocimiento que se le exigía del poder soviético, así como el del gobierno provisional instituido por este. Más aún, se negó siquiera a discutirlo. Los bolcheviques de la Constituyente, y con ellos los socialistas revolucionarios de izquierda, respondieron a esta insolente declaración de guerra como había que responder. Abandonaron la Constituyente, y el poder soviético la declaró disuelta y la dispersó.

Hasta aquí siguen también a la política bolchevique, que es sin más la política de la revolución rusa, muchos críticos de la revolución rusa del campo del proletariado europeo y americano. El poder soviético tenía derecho —eso lo admiten— a disolver la Constituyente, pues había sido elegida en otras condiciones y ya no reflejaba en modo alguno la opinión, la voluntad de las amplias masas trabajadoras del pueblo. Las elecciones a los soviets celebradas desde entonces lo habían mostrado clara e irrevocablemente. Pero —añaden— el gobierno soviético habría debido convocar enseguida nuevas elecciones. Ahora bien, contra la convocatoria de nuevas elecciones, contra la convocatoria de una nueva Constituyente, no hablaban solo las razones de carácter técnico y externo que se adujeron enseguida para no adoptar esa medida, a saber: que con la desorganización de los transportes y el laxo vínculo entre los centros de la vida política y la periferia sería difícil organizar en poco tiempo unas elecciones que diesen un reflejo realmente fiel de la voluntad popular.

No, contra ello hablaban razones históricas y políticas mucho más profundas. Convocar la Constituyente, poner en sus manos la decisión sobre el orden estatal y el poder del Estado, significaba en último término negar el poder soviético, el orden soviético, la revolución y su derecho. Y una Constituyente junto a los soviets, ¿qué papel podía y debía tener? ¿Debía la Constituyente funcionar quizá solo como órgano consultivo, y debía quedar la decisión en manos de los soviets? Esa habría sido una solución que en absoluto convenía a la «democracia pura». La «democracia pura» no quería deliberar y dictaminar, sino dominar y gobernar. Pero el poder soviético no podía en modo alguno dejarse degradar a órgano consultivo. El proletariado ruso no debía compartir el poder político con la burguesía, ni menos aún devolvérselo, después de que la revolución hubiese puesto ese poder entero en su fuerte puño. Si los soviets y la Constituyente hubiesen existido uno al lado de la otra, habría surgido un dualismo de poder, un dualismo que muy pronto tendría que desembocar en una lucha por el poder. La obra de la revolución habría quedado en entredicho, amenazada. La Constituyente junto a los soviets no habría sido más que un centro legal para la contrarrevolución que socavaba e instigaba legal e ilegalmente. Por eso, ¡nada de Constituyente, todo el poder a los soviets! Esa tenía que ser la consigna de la política revolucionaria rusa si el poder político había de quedar efectivamente en manos del proletariado.

En relación con el rechazo de la Constituyente, otra medida de la política revolucionaria rusa ha provocado la indignación de los severos críticos: el derecho de voto soviético. El derecho de voto soviético es, como se sabe, un sufragio restringido en la medida en que todos los explotadores están excluidos de él. Los explotadores no pueden elegir ni ser elegidos. Aparte de eso, es universal para todos los trabajadores mayores de 18 años. Esta restricción era una medida necesaria para la expropiación política de la burguesía. El orden soviético pone todo el poder político en las amplias masas trabajadoras. En la empresa y en la fábrica, en la aldea, eligen a sus representantes en los soviets. Está excluido, pues, que devuelva a la burguesía una parte del poder político mediante el derecho a elegir y ser elegida.

Se ha opinado que la denegación de este derecho es una medida mezquina que desalienta a fuerzas creadoras y las aparta de colaborar con alegría en la construcción del nuevo orden. Ciertamente, el número de burgueses a los que se niega el derecho de voto no es demasiado grande. Pero grande era el poder social y económico que al comienzo de la revolución seguía en manos de la burguesía. El proletariado, que quería instaurar su poder, no tenía en verdad motivo alguno para devolver ni una jota de poder político y de derecho político a su antigua casta de explotadores y señores.

A ello se añade otra cosa: la privación del derecho de voto debía ser un signo de proscripción y estigma social. Quien no trabaja, sea con la cabeza o con las manos, quien es explotador y parásito en la sociedad, tampoco debe tener derecho a codecidir, directa o indirectamente, sobre el desarrollo de las condiciones políticas y sociales. Y aún hay otro factor que explica por qué el derecho de voto soviético no corresponde a la clase explotadora: la importancia de principio que tiene el derecho de voto como expresión política y jurídica del carácter de un orden social. El tipo de derecho de voto deja ver la base económica de la sociedad, del poder y del derecho de las diversas clases. El derecho de voto del orden burgués, creado por la revolución, no significó en su origen más que una ampliación de los derechos políticos y del poder político de los portadores de la vieja propiedad feudal inmueble a los portadores de la propiedad capitalista mueble. Por eso estaba ligado a la fortuna, a la renta, a la cuota de impuestos y a otras cosas. La introducción del sufragio universal es la expresión del hecho de que, junto a la clase poseedora, empieza a abrirse paso una nueva clase, la de los desposeídos. En el sufragio universal se valora, junto a la propiedad, también el trabajo, la aportación social del individuo, como base del poder político y del derecho político. Pero el gobierno soviético no edifica la sociedad sobre el reparto del poder entre burguesía y proletariado, entre trabajo y propiedad, sino solo sobre el trabajo. De acuerdo con el carácter del Estado de los consejos como Estado obrero, con la esencia del nuevo orden social, el derecho de voto solo podía ser un derecho de voto de los trabajadores y no también de los explotadores.

Pero no bastaba, camaradas, con que la República soviética se instaurase sobre el papel como poder, como dictadura del proletariado, plasmada en artículos. Tenía que hacerse vida, hecho. Eso solo podía ocurrir en lucha ardiente con la burguesía, con la contrarrevolución. Casi desde el primer día de su existencia tuvo que asumir su defensa. No solo contra la burguesía rusa, sino también contra la burguesía mundial, que enseguida se sintió solidaria con ella. Tuvo que luchar contra la contrarrevolución en el propio país y en todos los frentes. El joven poder proletario tenía que ser protegido contra enemigos de fuera y de dentro.

La primera palabra del poder soviético fue una palabra de paz. Digo de paz, pero no en el sentido del pacifismo, como demostraré más adelante. La Rusia soviética salió de la guerra mundial, desmovilizó, pero he aquí la respuesta. Los ejércitos del imperialismo alemán, con socialdemócratas en sus filas y el Programa de Erfurt184 en la mochila, siguieron avanzando sobre Petrogrado. Mantuvieron ocupadas Ucrania y otras regiones. La Entente se dispuso a atacar al poder soviético y prestó a la contrarrevolución ayuda política, financiera y militar. Había que crear el Ejército Rojo si el poder soviético había de mantenerse. Había que reunir fuerza, organizarla, ejercer la fuerza para rechazar la fuerza. Una forma de la fuerza para proteger el Estado obrero fue el Ejército Rojo, que defendió en los campos de batalla su existencia y su independencia. La otra forma de la fuerza fue la dictadura del proletariado, llevada hasta el terror. Ambas formas de la fuerza fueron una dura necesidad histórica, inevitable legítima defensa para que la Rusia soviética pudiera vivir y desarrollarse construyendo.

A causa de la influencia de los dirigentes reformistas, siguen existiendo amplias masas obreras que no comprenden la necesidad histórica de la guerra revolucionaria de defensa ni la esencia del terror. Dejan que se vilipendie al «Ejército Rojo» como emanación de un supuesto «imperialismo soviético», se indignan sobre todo por «la barbarie» del terror. Pero veamos las cosas como son. El terror rojo en la revolución rusa fue la respuesta al terror blanco de la burguesía, que aún poseía poderosos medios de fuerza. La burguesía no solo se propuso destrozar el poder político del proletariado mediante conspiraciones, sublevaciones, etc., sino que movilizó también toda su influencia para frustrar el trabajo de construcción para la renovación de la economía, de la vida social. El terror rojo de los soviets no fue más que pura legítima defensa. La revolución rusa tuvo que hacer lo que Marx, en su penetrante estudio Las luchas de clases en Francia, designa como primer deber de toda revolución: tuvo que «abatir a los enemigos». No se trataba solo de abatir a los enemigos; la dictadura del proletariado, agudizada en determinadas circunstancias hasta el terror, tenía otra tarea que cumplir: desalentar a los contrarrevolucionarios, extirpar de su alma hasta la última esperanza de que pudieran lograr jamás reconquistar el poder perdido de explotación y dominio. Una revolución no puede recorrer el país como libertadora con el vestidito de colegiala, ni con el blanco traje inmaculado y la palma de la paz en las manos. Tiene que llegar con sandalias de bronce en los pies y la espada ceñida como un guerrero, porque los adversarios así lo quieren, así lo provocan. Las durezas de la dictadura proletaria, sus medidas de terror, no son actos de voluntad libremente elegidos por la revolución. Más bien se los impone la contrarrevolución. Y tienen un gran fin. Su esencia es impedir lo peor con lo malo. La necesidad de la defensa incluye también la necesidad de la prevención. Se lamentan por los cientos, por los miles que han caído en la guerra civil, que han caído víctimas del terror. Se tiran de los pelos de desesperación por el supuesto estrangulamiento de la «democracia», de las libertades burguesas, por la dictadura del proletariado, por el terror. Pero nadie habla de las decenas de miles que han caído víctimas de la contrarrevolución. Nadie recuerda las otras decenas de miles a quienes seguramente habría alcanzado la misma suerte si la fuerza revolucionaria no hubiese quebrado la fuerza de la contrarrevolución. Nadie en el campo de los socialistas reformistas recuerda el hecho de que, sin las durezas de la revolución, millones y millones tendrían que languidecer más tiempo en la barbarie de la explotación y la servidumbre capitalistas, entregados a la ruina y a la muerte.

Camaradas, ¿podría hacer quizá una pausa?

Presidente: La camarada Zetkin pide que se haga ahora una pausa. (Viva aprobación.) No hay ninguna objeción.

El Presidium propone aplazar la continuación del orden del día de hoy a mañana a las 11 de la mañana.

Se levanta la sesión a las 4 y 8 minutos de la tarde.

Novena sesión, martes 14 de noviembre de 1922

Cinco años de revolución rusa y las perspectivas de la revolución mundial.

Oradores: Clara Zetkin, Béla Kun185.

Apertura: 11.50 de la mañana.

Preside: Neurath.

Clara Zetkin (recibida con aplausos): ¡Camaradas! Ayer interrumpí mi discurso con la observación de que el poder soviético no podía prescindir de la fuerza para su defensa y su conservación. Pero nada es más falso que la afirmación de nuestros adversarios reformistas y burgueses de que el poder soviético solo existe gracias a la fuerza. Un poder estatal no puede sentarse mucho tiempo sobre las bayonetas. Lo mostraron claramente los ocho meses de gobiernos de coalición en Rusia y, sobre todo, los meses del gobierno Kérenski de los socialistas revolucionarios. Eso vale muy especialmente para una época de revolución, en la que los días han de medirse por meses y los años por decenios, a veces incluso por siglos. El poder soviético tenía que asegurarse su derecho a existir mediante su política creadora, activa. Como rasgo esencial importante pasa a primer plano el internacionalismo de la política soviética. Se expresó inequívocamente en la posición ante la cuestión de la guerra y de la paz. Paz fue el primer grito del Estado proletario. La reivindicación de paz tenía sin duda una fuerte raíz en la miseria que había creado la guerra; bajo su presión, las masas campesinas y proletarias exigían la paz. Su otra raíz, al menos igual de fuerte, era la consciencia de la solidaridad revolucionaria internacional de los trabajadores, de los productores del mundo entero.

Marx escribió en Las luchas de clases en Francia: «En Francia se ha proclamado la revolución socialista. Pero no puede resolverse en Francia; la revolución socialista no puede resolverse en absoluto dentro de las paredes nacionales». Esta convicción fue desde el primer día uno de los motivos conductores de la revolución rusa, de la política revolucionaria bolchevique. Entre los primeros decretos del gobierno provisional figuró un llamamiento a los gobiernos y a los pueblos en favor de la paz186. Dejaba ver claramente que no lo inspiraban ilusiones pacifistas burguesas, sino que reclamaba la paz como acto revolucionario de los proletarios, como puerta, como primer paso hacia la revolución mundial. En este llamamiento se elogiaba en particular a los obreros de Alemania, Gran Bretaña y Francia por haber prestado ya a la humanidad grandes y valiosos servicios. Por eso, se decía a continuación, también ahora debían cumplir su deber de liberar a la humanidad de la miseria de la guerra.

El grito de la República de los consejos —paz mediante la revolución proletaria— se perdió sin ser escuchado, aunque seguramente nunca habría sido posible obtener la paz y la revolución a tan bajo precio relativo y en circunstancias tan ventajosas como prolongando inmediatamente la revolución proletaria de Rusia. Se habría ahorrado un año de crímenes, de horrores, de destrucción de vidas humanas y de bienes. Y lo más importante: las amplias masas proletarias estaban entonces en posesión de las armas y podían volverlas con todo su peso contra la clase explotadora. No se llegó a la paz mundial por la revolución mundial. La República soviética se vio obligada a la paz por separado con la Doble Alianza, a la paz de Brest-Litovsk187. Esta paz agravó al extremo, para el joven Estado proletario, las dificultades de la situación interior. Los socialistas revolucionarios, la fuerza organizada más firme y enérgica de la contrarrevolución en la Rusia soviética, la aprovecharon para una campaña desvergonzada contra el poder de los consejos. Se le cargó la responsabilidad del hundimiento militar.

Pero ¿cómo estaban las cosas en realidad? Con las durezas, las humillaciones de la paz de Brest-Litovsk, el joven Estado soviético tuvo que expiar el crimen y la locura de la ofensiva de junio del gobierno Kérenski. Tuvo que pagar por el imperialismo de la «democracia pura». Los socialistas revolucionarios, los contrarrevolucionarios afirmaban además —y lo explotaban como punto especial de ataque contra el poder de los consejos— que con la paz de Brest-Litovsk el Estado soviético había fortalecido el militarismo alemán, el militarismo de los Hohenzollern, a costa de la «democracia» y la «cultura», ¡tan brillantemente demostradas!, de los imperialistas de la Entente. Sin embargo, el imperialismo alemán marchó de Brest-Litovsk derecho a Versalles y a la paz de Versalles. La embriaguez de victoria del imperialismo alemán inflamó y exaltó en el otro bando la voluntad de vencer hasta la incandescencia. ¡Las huellas del tratado de paz de Brest-Litovsk espantaban! El tratado provocó que se lanzasen a la guerra todos los medios de fuerza. Se llegó al hundimiento del militarismo alemán, del imperialismo alemán.

Pero entre las fuerzas que provocaron ese hundimiento hay que contar sin discusión la revolución rusa y su ejemplo, como uno de los factores morales y políticos más poderosos en el desgaste de la voluntad de resistir de los ejércitos alemán y austriaco. Cuando los proletarios alemanes empezaron a negarse a seguir desangrándose en los campos de batalla por el beneficio, por los fines de la burguesía alemana, la primera palabra que balbuceó la rebelión militar fue: ¡consejos de soldados! Y cuando el hundimiento militar se convirtió en vuelco político, cuando la revolución se alzó en Alemania, su primera palabra fue: consejos de obreros y campesinos. ¿De dónde habían tomado las masas trabajadoras de Alemania estas fórmulas para su rebelión, para su ansia de libertad? Las habían aprendido de la revolución rusa.

Por desgracia, todo quedó en deletrear el abecé revolucionario. El proletariado alemán no había aprendido aún a leer de corrido en revolucionario. No había aprendido lo que los obreros y campesinos rusos, los analfabetos «atrasados», habían aprendido en ocho meses de la política burguesa, capitalista, de los gobiernos de coalición. Y no lo ha aprendido todavía hoy, al cabo de cuatro años. Los obreros alemanes devolvieron a manos de la burguesía el poder político concentrado en los consejos. En lugar de la dictadura del proletariado pusieron la «democracia», es decir, la dominación de clase de la burguesía. Así quedó de momento incumplida la expectativa de los dirigentes de la revolución rusa de que la revolución mundial seguiría extendiendo rápidamente sus olas. Los adversarios se han burlado de los bolcheviques, y seguramente también los han reprendido, por su firme convicción de que la revolución rusa era el comienzo de la revolución mundial, que seguiría desarrollándose al asalto.

¡Camaradas! Esa burla es muy fácil, y no está justificada. Los dirigentes de la revolución rusa reconocieron claramente la dirección y el objetivo de la revolución mundial desencadenada. Sobre el ritmo podían equivocarse. ¿Por qué? El objetivo y la dirección del desarrollo histórico pueden reconocerse con claridad, captarse con claridad, trazarse en perspectiva. Están dados por la acción de las fuerzas objetivas de la sociedad. Pero el ritmo depende en grado sumo de las fuerzas subjetivas del devenir histórico, es decir, en este caso, de la comprensión, la voluntad y la acción revolucionarias de las masas proletarias. Al valorar este factor entran en juego tantos imponderables que no se puede profetizar con seguridad el ritmo del desarrollo de la revolución mundial. Pero lo que los plañideros de la historia universal apuntan a los bolcheviques como error de cálculo se ha convertido en una de las fuerzas motrices más poderosas de la fuerza tenaz y sustentadora de la revolución rusa. Este error de cálculo es diez veces, cien veces más fecundo en sus efectos, mucho más allá de las fronteras de la Rusia soviética, que todas las recetas, que pretenden ser tan sabias, de los superiores maestros del cálculo. A la convicción inquebrantable de que la revolución mundial tenía que seguir avanzando, de que consumaría lo que se había empezado en suelo ruso, precisamente a esa convicción debe el proletariado ruso aquella fuerza de confianza, aquella fe casi religiosa en la revolución mundial, en la solidaridad revolucionaria de los proletarios de todos los países, que hasta hoy, tras cinco años de la lucha más encarnizada y de sufrimientos inauditos, ha mantenido a las masas de la Rusia soviética frescas, entusiastas en la lucha, con ganas de trabajar, audaces y resueltas.

¡De la política de paz de la revolución rusa a su política económica! La política económica debía crear la fuerza firme y sustentadora del proletariado revolucionario. Debía transformar la sociedad de arriba abajo. Desde el principio la revolución había puesto de relieve su carácter proletario. Su política económica tenía que estar orientada hacia el objetivo final comunista. Si el poder político soviético tenía la tarea de realizar el comunismo, debía abolir la propiedad privada de los medios de producción. Y no bastaba con eso. Tenía que organizar de nuevo, con arreglo a un plan, en sentido comunista, toda la economía social. Era una tarea formidable, en cuya solución se manifiesta la tragedia de la revolución rusa. Esta tragedia consiste en la contradicción entre la voluntad más clara y apasionada de construir el comunismo a ser posible de inmediato, de realizarlo plenamente, y la debilidad, el atraso de las circunstancias económicas y sociales dadas en que esa voluntad se ejerce. Si queremos comprender la política económica de la revolución rusa, debemos tener claras las fuerzas sociales de que dispone el Estado proletario para llevar a cabo la transformación comunista. ¿Cuáles son las fuerzas en que puede apoyarse la revolución rusa en esa transformación?

El marxismo, al contrario del utopismo, parte de que la base de la revolución social está dada por el máximo desarrollo técnico-económico posible, que despliega enormemente las fuerzas productivas y crea los medios y procedimientos de trabajo más perfectos, así como las formas y los métodos de organización, y, por otro lado, por un proletariado que constituye la inmensa mayoría de la población, un proletariado del trabajo manual e intelectual capaz de cumplir las tareas económicas y sociales de la transformación hacia el comunismo y de la edificación del comunismo.

¿Cómo están las cosas a este respecto en la Rusia soviética? Por su estructura económica y social, el Estado soviético se parece a una pirámide que la revolución ha puesto sobre su vértice. Abajo, como base sustentadora, una gran industria mecánica moderna joven, atrasada, todavía relativamente poco desarrollada; un proletariado joven, relativamente poco numeroso, joven también en formación, en capacidad para manejar el aparato de producción, administrarlo, dirigirlo, aprovecharlo hasta la máxima productividad, relativamente inexperto todavía en la administración y dirección de los asuntos públicos, estatales. Sobre esa base estrecha y angosta descansan los macizos enormes de una economía de pequeños campesinos, de una población de pequeños campesinos; de una economía de pequeños campesinos en cuyos modos de explotación están representadas aún las formas más atrasadas, «retrocediendo», como se expresó Rosa Luxemburg, «hasta los tiempos de los faraones». Y, por supuesto, también la mentalidad correspondiente.

Camaradas, si retenemos este estado de cosas, hemos de decir una cosa: es el milagro histórico de los milagros que esta pirámide invertida siga en pie hasta hoy, aunque durante cinco años la hayan sacudido todos los poderes y todas las tormentas de la contrarrevolución. Pero a la larga semejante situación es insostenible. Ni el mayor arte del equilibrio podría evitar que la pirámide acabase cayendo o que los grandes sillares macizos de arriba aplastasen la base estrecha y delgada de abajo. Solo sería de otro modo si la estrecha base de la industria moderna, del proletariado moderno, se ensanchase, creciese, se hiciese tan amplia y firme que pudiese resistir toda presión desde arriba. O bien si la estrecha base de abajo recibiese apoyos de fuera, mediante la revolución, creando repúblicas de consejos también más allá del Estado soviético ruso; si el proletariado de nuevos Estados soviéticos de máximo desarrollo económico y máxima cultura, como se dice en la sociedad burguesa, fuese capaz, en solidaridad fraternal, de ensanchar y consolidar rápidamente el desarrollo de la estrecha base de la Rusia soviética y acelerar así la transformación hacia el comunismo. Eso no ha ocurrido; no han surgido tales Estados soviéticos. Y la consecuencia fue que la revolución rusa, que su creación, el Estado proletario ruso, tuvo que llegar a un modus vivendi con el campesinado, a un modus vivendi con los capitalistas extranjeros y rusos. Ese modus vivendi es la nueva política económica. Al valorarla nunca debemos olvidar las condiciones dadas, específicamente rusas. No debemos juzgar según si las medidas adoptadas corresponden a algún plan de transformación social muy perfecto ideado en el gabinete de estudio. El criterio es si, medidas con las circunstancias no elegidas libremente sino encontradas, suponen pasos que hacen avanzar el desarrollo en dirección al comunismo, si las medidas están orientadas hacia el comunismo como objetivo.

Desde este punto de vista hay que considerar ante todo la política agraria bolchevique, que ha sufrido las críticas más duras en las filas de los reformistas y de los burgueses, pero también entre los comunistas. Debo detenerme algo en esta política agraria. Comprenderla en sus grandes líneas —naturalmente, aquí no podemos entrar en detalles— es absolutamente necesario para comprender la revolución rusa. Es además extraordinariamente importante para resolver las tareas que el proletariado mundial, tras conquistar el poder político, tendrá que cumplir seguramente en todos los países, aunque en otras circunstancias que en la Rusia soviética. A su manera son pensadores lógicos esos Beckmesser188 mencheviques que condenan en bloque la revolución rusa por su política agraria. Si con razón se llaman pensadores marxistas, eso ya es harina de otro costal.

Al valorar la política agraria bolchevique hay que recordar lo siguiente: el capitalismo, pese a la abundancia de sus medios de poder, ha sido impotente durante largos períodos para superar la pequeña explotación campesina y sustituirla por formas de explotación superiores. Es cierto que el capitalismo ha proletarizado al pequeño campesinado de vastas regiones y de países enteros. Pero la forma de explotación del pequeño campesino ha subsistido a pesar de todo. No hace falta pensar para ello en los países balcánicos, que todavía tienen un carácter predominantemente de pequeña propiedad campesina. No hace falta pensar en las masas de pequeños campesinos de Italia y de Francia. También en Alemania, de industria muy desarrollada, sigue habiendo un fuerte pequeño campesinado. Incluso en los Estados Unidos existen numerosas pequeñas explotaciones campesinas, aunque allí las pequeñas granjas no se miden por la escala de la economía europea, sino por la de la americana.

¡Cómo se puede esperar entonces que la revolución rusa, que la política agraria bolchevique, pudiera acabar en un abrir y cerrar de ojos con la pequeña explotación campesina! Con el peso de la población de pequeños campesinos, era un hecho dado que la revolución en Rusia no era posible sin una política agraria que satisficiera a las masas campesinas. El 80 por ciento de la población de Rusia son pequeños campesinos, y de ellos nueve décimas partes serían campesinos trabajadores. La revolución, la toma del poder político por el proletariado contra la voluntad de esas masas, habría sido un imposible. Voy más lejos. Tampoco era posible una revolución sin el apoyo de esas masas. Quien quería la revolución proletaria en Rusia tenía que tragarse también el bocado duro y amargo de la política agraria bolchevique. O lo uno o lo otro. No había nada que hacer.

La política agraria bolchevique comenzó con que uno de los primeros decretos del gobierno provisional abolió la propiedad privada de la tierra. El derecho de usufructo se concedió individualmente a todas las personas, sin distinción de sexo, siempre que cultivasen ellas mismas la tierra. Llegó un tiempo en que los mujiks troceaban la gran propiedad y se la repartían de forma salvaje, anárquica; también se repartió el inventario de máquinas, aperos, ganado, etc., de las grandes fincas. Siguió luego un período en que se intentó dar al reparto de la tierra reglas fijas, evitar el troceamiento de la gran propiedad e integrar con arreglo a un plan la economía de los pequeños campesinos en la economía nacional general. Eso tuvo que hacerse en los tiempos del «comunismo de guerra», con sus «comisiones de recaudación», sus «requisas». El hambre de tierra había hecho revolucionarias a las masas campesinas; su satisfacción las convirtió en fuertes pilares del poder soviético.

No ocurrió lo que Rosa Luxemburg había temido como consecuencia de este tipo de transformación agraria: el mujik ruso no cayó en la apatía política. No cultivó su trocito de tierra para luego meterse a dormir sobre la estufa. No: el hambre de tierra saciada lo convirtió en defensor heroico de la República soviética. En el poder soviético defendía su terruño contra el retorno de los terratenientes. Pero tampoco ocurrió lo que esperaban los dirigentes de la revolución rusa. El reparto de la tierra no agudizó la oposición de clases en el campo ni empujó a las masas campesinas pobres al lado del proletariado industrial para superar junto con él la oposición de clases entre obrero y capitalista. Surgió una amplia capa de campesinos medios cuyos intereses entraron muy pronto en oposición y conflicto con el comunismo de guerra. Estos campesinos medios tenían en sus manos el pan que alimenta y el fusil que mata, y así impusieron las medidas de la nueva política, caracterizada por la introducción del impuesto en especie en lugar de la entrega forzosa de toda la producción agrícola, descontada la ración alimentaria. Impusieron el libre comercio y, en relación con él, las demás innovaciones económicas conocidas.

¡Camaradas! Se ha objetado a la política agraria bolchevique que no es comunista y aparta del comunismo, que está en contradicción con la tarea del Estado soviético de preparar y llevar a cabo la transformación comunista; peor aún: que incluso cierra el camino a esa transformación. ¿Qué hay de ello? ¿Era siquiera posible —esta es la primera pregunta— llevar a cabo una revolución agraria con la que se conservase la gran propiedad y pudieran crearse nuevas grandes fincas y ponerse en explotación como las más modernas grandes empresas? Quienes lo afirman hablan en el aire. La economía agraria de la Rusia soviética no recibe su sello de una gran explotación moderna, sino de la pequeña explotación campesina. La gran explotación en proporciones dignas de mención solo existía, al estallar la revolución, en Polonia, en los países del Báltico y en algunas partes de Ucrania. ¿Qué significa eso para la solución de la cuestión agraria tal como la prevén las viejas recetas socialistas? No existía el aparato de producción agrícola que habría permitido avanzar en esa dirección, crear grandes explotaciones. Y más aún. Faltaba también un verdadero proletariado rural moderno, capaz de manejar, administrar y dirigir semejante aparato de producción. Es característico que en Rusia oigamos hablar continuamente de los «campesinos pobres», pero no de un proletariado campesino, agrícola. Tal proletariado, en el sentido propio de la palabra, no existe. La gran propiedad que había la explotaban los terratenientes aún según el viejo esquema feudal y no con los métodos y los medios del capitalismo moderno, como solo lo hacían algunos nobles liberalizantes muy aislados.

Así, estaba excluido que la política agraria de la revolución rusa empezase por la creación de grandes explotaciones agrícolas. Tal como estaban las cosas —y teniendo en cuenta, además, la debilidad inicial del poder central—, la realización de la reforma agraria tenía que ser al principio, en sentido literal, obra de las propias masas campesinas, y caótica; tenía que hacerse de la manera en que se hizo.

¿Es cierto que sobre la base de la política agraria bolchevique se han creado necesariamente obstáculos insuperables para el desarrollo de la agricultura en dirección al comunismo? Lo niego. Ciertamente, la «psicología hereditaria de propietario», de la que tanto se habla al criticar las medidas revolucionarias agrarias, sigue siendo poderosa en el pequeño campesinado de la Rusia soviética. De momento se ha reforzado en muchos; sin duda se ha consolidado. Pero si será para siempre, esa es otra cuestión. En la oposición, e incluso la rebelión, de los mujiks contra las medidas del comunismo de guerra ha sido determinante, sin duda, otra circunstancia y no solo una mentalidad pequeñoburguesa campesina supuestamente innata y que estallaría de modo irresistible.

El hambre de tierra había hecho de los campesinos partidarios y defensores del Estado soviético. El hambre de mercancías industriales los apartó del comunismo, les hizo adoptar en el terreno de la economía una actitud capitalista, contrarrevolucionaria. ¿Cómo llegaron a conocer el comunismo? No como solidaridad compensadora entre la ciudad y el campo, entre el proletariado industrial y el pequeño campesinado; no, sino como «comunismo de guerra», que se lo quitaba todo a los campesinos sin darles a cambio lo necesario, lo imprescindible en productos industriales para la explotación y para la vida. Por eso podemos esperar que, cuando la industria florezca, la política económica soviética no tropiece con una mentalidad anticomunista insuperable de los mujiks.

Al valorar la psicología del pequeño campesino no debemos olvidar otras diversas circunstancias. En el pequeño campesinado ruso no han muerto del todo viejas tradiciones, tradiciones sentimentales del comunismo aldeano primitivo. Las conserva y fortalece una actitud religiosa primitiva que, en último término, considera toda propiedad como venida de Dios, como propiedad de Dios. Las ha alimentado la propaganda de los tolstoianos, de los socialistas revolucionarios, de los naródniki y de algunas sectas religiosas, etc. Y estos gérmenes de actitud comunista los cultivan y fomentan con arreglo a un plan las medidas del Estado proletario.

En primer lugar: pese a toda la nueva política, la tierra no se ha convertido en propiedad privada de los campesinos. Ha seguido siendo propiedad del Estado proletario. El mujik la recibe en usufructo, pero no puede venderla ni legarla. La explotación del trabajo asalariado está prohibida. Además, la economía de los pequeños campesinos se ha integrado en la economía nacional general. No solo mediante el impuesto en especie, sino también mediante toda una serie de disposiciones, instituciones y prescripciones sobre el cultivo y aprovechamiento de la tierra. Por último, el poder soviético se propone de forma muy consciente y planificada encauzar el desarrollo de la agricultura por las vías de la explotación cooperativa. En parte eso ocurre también por iniciativa propia de los campesinos, bajo la presión de la necesidad. La mala cosecha y el hambre del año pasado han hecho que se fomente la inclinación de los mujiks a fundar artels, cooperativas, asociaciones con fines determinados. Han surgido asociaciones de vecinos, de parientes, etc., para adquirir y usar en común máquinas, caballos, etc. A ello se añade el empeño del poder soviético en crear el mayor número posible de grandes fincas soviéticas y en fomentar el nacimiento y auge de fincas cooperativas y de explotaciones agrícolas cooperativas. Es cierto que las fincas soviéticas y las explotaciones cooperativas organizadas como grandes explotaciones agrícolas modernas se parecen todavía a islotes en el inmenso océano de las pequeñas explotaciones campesinas, cuyo número se calcula en 12 millones. Pero pueden desempeñar un papel importante como establecimientos modelo, técnicos y sociales, y está demostrado que ya lo hacen en gran medida.

Hay que tener en cuenta, además, otra cosa. No debemos dejarnos llevar a considerar la transformación agraria rusa a la luz de la emancipación campesina francesa, por muchas analogías externas que haya entre estos dos acontecimientos formidables. No debemos olvidar que la emancipación campesina francesa tuvo lugar ligada a una revolución burguesa cuya esencia se caracterizó con las palabras: propiedad e individualismo. La transformación agraria rusa, en cambio, está integrada en una revolución proletaria cuyos motivos conductores son: trabajo y solidaridad. Eso crea una atmósfera social completamente distinta para el desarrollo de la mentalidad del pequeño campesino que en tiempos de la Revolución francesa.

Sobre todo, el pequeño campesino ruso aprenderá de la experiencia que su situación está ligada para bien y para mal al desarrollo de la industria y al ascenso del proletariado a formas superiores de vida económica y social. No puede organizar más racionalmente su explotación si no le apoya en ello una industria moderna floreciente y el trabajo de los proletarios para ella. En este contexto digo que el mejor programa agrario y la reforma agraria más eficaz que el poder soviético ruso ha previsto y se esfuerza por llevar a cabo es la electrificación de la economía rusa. Crea entre la ciudad y el campo una solidaridad, una unión de los intereses económicos y culturales de proletarios industriales y pequeños campesinos, que no cabe imaginar más fuerte ni más firme.

Llego así a esta conclusión: aunque la reforma agraria bolchevique, naturalmente, no puede resolver la cuestión agraria de hoy para mañana mediante la realización del comunismo pleno, en modo alguno ha desviado el desarrollo de la dirección y del objetivo de la sociedad comunista. ¡Al contrario! Ha creado innovación tras innovación que llevarán al pequeño campesinado, económica, social y culturalmente, por el camino del comunismo y lo mantendrán en ese camino. Pues también su psicología de pequeños propietarios cambiará con unas condiciones de trabajo y de vida transformadas.

Los socialistas reformistas pequeñoburgueses consideran la política agraria del Partido Comunista ruso, por así decirlo, como la caída en el pecado en el paraíso de la revolución. Con ella, según su opinión, entró en el mundo bolchevique el pecado original capitalista, que tenía que manifestarse en el resurgimiento del capitalismo sin más. Esa actitud es, a mi juicio, radicalmente errónea. Aun sin la política agraria bolchevique, la Rusia soviética habría tenido que llegar forzosamente a un modus vivendi con el capitalismo si quiere seguir con coherencia el camino hacia el comunismo. El partido dirigente de la revolución rusa no olvidó desde el principio en su política económica, por encima del objetivo final, el comunismo, preguntar por el camino que lleva al comunismo. Examinó y sopesó con realismo político las circunstancias concretas en que este ha de realizarse en Rusia. Por eso los bolcheviques fijaron a su política económica objetivos limitados del momento, objetivos presentes, pero orientados sin desviarse hacia el comunismo. Lenin los resumió en abril de 1917189. ¿Qué señaló como tareas económicas inmediatas tras la conquista del poder? La socialización de la gran industria, de los transportes, de los bancos, el monopolio estatal del comercio exterior y el control de la producción por los obreros. Tampoco los primeros decretos del gobierno provisional fueron mucho más allá de estas reivindicaciones. Solo poco a poco se tomaron otras medidas para abolir la propiedad privada de los medios de producción, de las fincas, etc.

La revolución proletaria empujó hacia adelante en esa dirección, obligó a ir más allá de la consigna de abril: control de la producción por los obreros, etc. ¿Por qué? Gran parte de los empresarios respondió a las medidas del poder soviético con el sabotaje o cerrando sus empresas y huyendo. A los obreros no les quedó otro remedio que tomar en sus manos la administración de esas empresas, ocuparlas, si no se quería que se paralizasen y que la economía quedase completamente desorganizada. A ello se sumó otra razón: la Rusia soviética tenía que equipar y mantener al Ejército Rojo, equiparlo en la pugna con ejércitos equipados y sostenidos por la industria de armamento más avanzada del mundo entero. Eso no habría podido hacerse si se hubiera limitado a las medidas económicas iniciales, relativamente modestas.

Requería la toma y el aprovechamiento de todos los medios de producción y valores existentes, la utilización de todas las fuerzas productivas. Además, la burguesía había sido expropiada de su poder político, pero aún poseía ricos recursos sociales que empleaba sin miramientos contra el Estado obrero. Había que golpear a la burguesía en la raíz de su poder, y esa raíz era la propiedad. Se hizo mediante la nacionalización de todos los medios de producción y bienes existentes. Por último, intervino además otra consideración. La defensa de la Rusia soviética contra el asalto de la contrarrevolución impuso a las más amplias masas sacrificios y privaciones inmensos, nunca vistos. Las masas los soportaron con alegría porque se creó un cierto —¿cómo diría?— comunismo del consumo tosco y primitivo. Así la revolución rusa fue empujada económicamente mucho más allá de los objetivos fijados al principio.

Si ahora se lamenta uno de que la revolución está derrotada, de que se encuentra en fuga, eso no es verdad. La revolución rusa se ha retirado en buen orden a sus posiciones iniciales, e incluso ha conservado más alturas y fortalezas de las que en un principio quería ocupar y había ocupado. Ciertamente, vuelve el capitalismo, cuyo poder fue quebrantado, que parecía desterrado para siempre del suelo de la Rusia soviética, santificado por la revolución. Vuelve no solo en la figura del pequeño campesino, sino también en la del arrendatario, del concesionario. Salta a la vista que estos señores no participan en la economía rusa por el sentimiento edificante de construirla, elevarla y servir así a la cultura. Persiguen un fin más «real»: hacer beneficio, el beneficio más rico posible. Pero, camaradas, el capitalista vuelve a la Rusia soviética ya no como amo absoluto en la casa de su propia empresa. ¿Y por qué no? Porque ya no es el amo en la casa del Estado. El afán de lucro de los concesionarios, de los arrendatarios, está refrenado por las leyes del Estado obrero, por la aplicación de esas leyes con los medios del poder soviético.

Ciertamente, sobre el terreno de la nueva política económica la oposición entre el capital y el trabajo estallará con toda su dureza y agudeza. Pero el Estado soviético actúa como administrador, por mandato del proletariado, de todas las fuerzas productivas, de todas las riquezas naturales, de todas las fuerzas de trabajo humanas. Los intereses del proletariado son para él la ley suprema. Mediante prescripciones y condiciones legales impide a los capitalistas del interior y del extranjero hacer una explotación esquilmadora de los tesoros naturales. Con más razón aún les impide, por grande que sea su apetito de beneficio, aumentar sus ganancias sobre la base de un esquilmo devastador de seres humanos. El Estado proletario es consciente de que la mayor riqueza de la Rusia soviética son los hombres que trabajan, que producen todos los valores. Es claramente consciente de que, por eso, el proletariado ruso no solo debe conservarse tal como hoy vive y se afana. No: debe elevarse a un nivel considerablemente más alto de aptitud física, intelectual y profesional, de fuerza moral y cultural, para que llegue a ser el creador y portador del comunismo pleno.

Por eso, en los conflictos inevitables entre el capital y el trabajo en las empresas arrendadas y dadas en concesión, los sindicatos y las cooperativas, como órganos de lucha del proletariado, volverán a desempeñar un gran papel, desplegarán una actividad extraordinariamente fecunda. ¿Qué se verá en ello, a diferencia de lo que vemos en los países no soviéticos, en los que los capitalistas dominan también políticamente? Allí el poder del Estado no es más que un freno para la actividad de los sindicatos y de las cooperativas. Allí interviene en los conflictos entre la burguesía y el proletariado siempre en provecho y beneficio del capital, a no ser que las masas obreras sean ya tan fuertes que puedan impedírselo. Pero en la Rusia soviética, en todos los conflictos de los obreros con el capital industrial, con el capital comercial y usurario, el poder del Estado estará detrás de los sindicatos, detrás de las cooperativas.

Pero hay que tener en cuenta además otro aspecto del «capitalismo de Estado». La República soviética no practica el «capitalismo de Estado» solo como poder que arrienda y otorga concesiones: tiene que ser también «capitalista de Estado» en empresas propias. Solo una parte —y hasta ahora solo una pequeña parte— de la industria rusa, de la economía rusa, se ha cedido a los capitalistas, por así decirlo «en préstamo», para su explotación. La otra parte, y precisamente la más importante, la gran industria, los transportes, etc., sigue en las posiciones decisivas en manos del poder soviético. El poder soviético, el propio Estado obrero, es el mayor empresario de la Rusia soviética. Pero ¿qué significa eso en una época en que la economía rusa no está unida a Estados que estén en camino del comunismo, sino integrada en la economía mundial capitalista? Significa que también las leyes escritas y no escritas de esa economía mundial pueden influir, dentro de ciertos límites, en la configuración de las relaciones en el primer Estado obrero. También el Estado soviético, como empresario, en interés de la clase a la que representa, tiene que velar por la «rentabilidad» de las empresas. Más aún, voy más lejos. Incluso cuando haya pasado el período de transición, incluso cuando tengamos el comunismo puro, la sociedad producirá plusvalía en su economía, tendrá que acumular en interés de su desarrollo económico y cultural superior. ¿Qué se sigue de ello? Que el Estado obrero, como empresario, puede entrar transitoriamente aquí y allá en conflicto también con reivindicaciones e intereses de obreros y grupos de obreros concretos, frente a los cuales ha de representar los intereses presentes y futuros del proletariado entero como clase. Se entiende que tales conflictos deben decidirse no según el interés pasajero, no según el interés del momento de personas concretas, de grupos concretos del proletariado, de ramas concretas de la economía. No: deben decidirse, ahora y más adelante, según el interés del proletariado como clase, como conjunto.

Se entiende que conflictos de esa clase no podían faltar en la Rusia soviética. Surgirán conflictos ya a consecuencia de este hecho: el proletariado ruso no puede todavía hoy sacar de sus propias filas todas las fuerzas para ocupar los puestos de administración, de dirección, de decisión, etc. Así llegan a esos puestos personas con gran formación y experiencia técnico-económica y profesional, pero sin la necesaria actitud comunista. ¡Camaradas! A este respecto corresponde de nuevo a los sindicatos y a las cooperativas una tarea extraordinariamente importante. No solo como órganos de construcción, sino también como órganos de educación, y precisamente como órganos de educación «hacia abajo y hacia arriba», por emplear esta expresión. Hacia abajo, para elevar a las masas proletarias como productoras a la máxima eficiencia posible. Eso quizá lo sientan a veces los proletarios como una dureza. Pero, al valorar esta aparente dureza y al valorar el atraso del que nuestro amigo Lenin habló ayer, no olvidemos una cosa: fuera de Rusia, en los Estados capitalistas muy desarrollados, el proletariado ha pasado durante siglos por la cruel escuela del capitalismo para adquirir su actual capacidad de producción y de trabajo. Al principio de esa escuela está la legislación sanguinaria de Inglaterra190, y todavía hoy se le castiga con el látigo del hambre, con los escorpiones de la explotación de clase y de la dominación de clase. El Estado obrero de la Rusia soviética, con ayuda de los sindicatos y de las cooperativas, educará a sus masas obreras en el sentido del comunismo con otros métodos, más suaves, más humanos. Pero tiene que educarlas, educarlas en la disciplina del trabajo, en un trabajo cualificado, etc. Y eso implica la posibilidad de choques.

Pero al mismo tiempo el Estado obrero, con ayuda de los sindicatos y de las cooperativas, formará también un cuerpo de empleados, funcionarios, administradores y ejecutores que, llenos del espíritu del comunismo, transformen la economía lo más rápida y profundamente posible en dirección a él. Los empleados y funcionarios tienen que llegar a ser conscientes de lo que significa ser representantes, hombres de confianza del Estado obrero.

Otro hecho. La Rusia soviética es hoy, lo afirmo, pese a su pobreza, pese a la desorganización de su economía, el Estado con la legislación de protección obrera y la asistencia social más avanzadas. Y no solo sobre el papel. Los sindicatos y las cooperativas, junto con los órganos soviéticos, tienen que vigilar la aplicación de la legislación laboral y de la asistencia social y procurar su ulterior y mejor desarrollo. Son portadores eficaces de las reformas sociales. La actividad de las cooperativas y de los sindicatos en su relación con la reforma social la celebraban antes los señores reformistas —como ya he dicho— como el medio de vaciar el capitalismo, de evitar la revolución. Ahora se ve cuánta razón teníamos los «radicalinskis» cuando les replicábamos que una reforma social realmente transformadora con ayuda de los sindicatos y de las cooperativas no era posible antes de la conquista del poder político por el proletariado. Solo después de la conquista del poder político entra en consideración como medio de transformar la economía en dirección al comunismo. Con esa conquista la reforma social adquiere otro rostro, otro significado. También ella pasa de ser protección y defensa del proletariado contra el capitalismo a ser obra de construcción del comunismo. La conquista del poder político por el proletariado, la instauración de su dictadura en el orden soviético, es el alto mojón del recodo del camino en que comienza un desarrollo superior, una tarea transformada de todos los factores sociales mencionados.

No necesito señalar los efectos de la nueva política en otros aspectos. Lo hizo ayer de la manera más luminosa nuestro amigo Lenin. Pero he creído necesario poner nítidamente de relieve este lado de la nueva política. Porque apunta a dos hechos. En primer lugar, a que con la conquista del poder político y con su mantenimiento el proletariado no ha superado aún la montaña, sino que apenas está al pie de ella. Mediante la política de conjunto, y en particular mediante la política económica del poder estatal proletario, tiene que pasar por encima de la montaña a la tierra prometida del comunismo. Surgen en ello una serie de problemas difíciles: el problema de la relación entre la ciudad y el campo. El problema entre el poder político obrero, encarnado en el Estado soviético, y las organizaciones económicas del proletariado, encarnadas en los sindicatos y las cooperativas. El problema de la relación entre los obreros productores, por un lado, y los empleados y funcionarios de las empresas, por otro, y la burocracia de las oficinas soviéticas centrales y locales de toda clase. Con estos problemas espinosos tendrá que vérselas el proletariado de todos los países tras la conquista del poder político.

Por eso tenemos muchísimo que aprender del desarrollo de las cosas a este respecto en la revolución rusa. Y no solo de lo que parece acertado, sino también de lo que parece erróneo o lo es de verdad. Pero en todo ello hemos de tener claro el problema central. El problema central es la conquista y la conservación del poder político, es el poder del Estado en manos del proletariado. Con él se sostiene o cae la posibilidad de transformar la sociedad hacia el comunismo, y como obra del propio proletariado. Al mantenimiento del poder del Estado por el proletariado y para el proletariado deben subordinarse todas las demás consideraciones. Si hiciese falta una prueba del papel decisivo que la posesión del poder del Estado desempeña para la transformación hacia el comunismo, esa prueba la tenemos ante nosotros en dos ejemplos clásicos. Uno: la Rusia soviética; el otro: la Alemania del gobierno de coalición.

En la Rusia soviética: mantenimiento del poder estatal proletario; socialización de la gran industria; desarrollo de la legislación de protección obrera; garantía de la jornada de ocho horas; lucha consecuente contra el abuso de las horas extraordinarias —las horas extraordinarias solo se permiten donde son demostrablemente necesarias en el interés superior del propio Estado obrero—; desarrollo de la asistencia social; pese a toda la pobreza, un desarrollo de la enseñanza como no se da en ningún otro país. En suma, un comienzo de reconstrucción de la economía, pequeños progresos de la vida económica y —lo más importante— una ligera pero claramente perceptible mejora de la situación del proletariado.

En cambio, Alemania: el proletariado sin el poder del Estado; el gobierno de coalición desde Stinnes hasta Scheidemann, e incluso hasta Hilferding y Crispien191; en lugar de la socialización, la amenazadora «stinnesización» de las empresas del Estado; el desmantelamiento de la jornada de ocho horas con ayuda del poder estatal burgués; desmantelamiento de todas las instituciones de asistencia social; la escuela entregada a los curas; la proletarización de las clases medias entre terribles penalidades; la desorganización de la economía, que crece de día en día. En suma, una pauperización creciente de las masas trabajadoras, una pauperización que significa literalmente la muerte para millones.

Creo que estos hechos iluminan con más nitidez que nada la importancia decisiva que tiene conservar el poder del Estado en el puño del proletariado. Pero no es solo este objetivo el que en la Rusia soviética ha llevado a la «nueva política» como a un «mal inevitable», nacido de las condiciones específicamente rusas. Yo veo más bien en la «nueva política» el único camino que, precisamente en esas condiciones, lleva del capitalismo al comunismo. El camino de la Rusia soviética hacia el comunismo no tiene solo como premisa el mantenerse firme en la «nueva política». Como complemento tienen que estar junto a ella la profundización de la comprensión comunista, la más intensa cristalización del núcleo idealista del comunismo, la cristalización del enorme valor cultural que el comunismo contiene y que lleva a su pleno despliegue. Por eso, junto con la nueva política, también para elevar la economía a un nuevo grado superior, tiene que ir el trabajo más amplio y planificado de instrucción popular, muy especialmente de instrucción y educación de la juventud. Tiene que ser instrucción y educación para el comunismo.

¡Camaradas! Excedería el marco de mi tarea si quisiera describir aquí, siquiera a grandes rasgos, la obra formidable que la revolución rusa ha realizado precisamente en el terreno del trabajo cultural. La revolución rusa es una portadora de cultura, una potencia cultural como no se encuentra hoy otra mayor en ninguna parte. Recuerden ustedes todas las medidas que, gracias a la revolución, se han tomado en el terreno de la instrucción popular, de la educación, del arte. En este contexto solo quiero destacar qué factor de cultura ha llegado a ser el Ejército Rojo. Los soldados rojos que han pasado por la escuela del «militarismo» revolucionario en la Rusia soviética vuelven a sus aldeas apartadas, en el sentido más verdadero de la palabra, como portadores de cultura. En el terreno cultural la revolución rusa ha realizado en los cinco años de su gobierno una obra titánica. Si se la quisiera valorar solo por eso, ya es inmortal. ¿Cómo habría podido hacerlo sin el poder estatal proletario? Pero ¿cuál es la condición para que el poder soviético siga existiendo como fuerza poderosa, capaz de transformar la sociedad económica y culturalmente hacia el comunismo? Considero condición indispensable para ello la unión íntima y orgánica entre el Partido Comunista, el partido de clase revolucionario dirigente del proletariado, y las más amplias masas proletarias de fuera de ese partido. De esa firme unidad nació la revolución rusa. Gracias a ella se ha mantenido hasta ahora. Ella debe asegurar también el porvenir comunista. Una unidad orgánica de partido y masas que no consiste en la aplicación estricta de un esquema externo y mecánico, que no es un poder impuesto desde fuera al proletariado; no, una vida que brota de las masas mismas. El ser y el obrar del Partido Comunista de la Rusia soviética son la expresión más perfecta y vigorosa de la comprensión revolucionaria, de la voluntad revolucionaria, de la actividad revolucionaria propia y del movimiento propio de las masas proletarias. En rica corriente alterna, la vida y la acción fluyen desde abajo, desde las masas, hacia el partido, y por mil canales visibles e invisibles refluyen del partido a las masas. Oímos el griterío sobre la dictadura paralizante y mortífera de una camarilla de partido, de una camarilla de jefes en la Rusia soviética. Se alimenta de frases que no son más que el calco de las mentiras y calumnias antibolcheviques sobre las condiciones del Estado en que el proletariado no solo ha conquistado el poder, sino que lo ha conservado y ya no está bajo la férula de la burguesía. Si, frente a ese griterío, queremos apreciar con justeza qué fuente de la más alta vida creadora es el Partido Comunista de la Rusia soviética, basta echar una mirada a la vida y la actividad de las masas proletarias y campesinas. ¡Qué ardiente afán de aprender, qué entusiasmo por instruirse! ¡Qué agitarse y moverse de fuerzas antes dormidas de innumerables personas!

Gracias al poder soviético, bajo la influencia del Partido Comunista, florecen en las masas trabajadoras los talentos más espléndidos; los más hermosos valores intelectuales y morales salen de las profundidades a la luz. Miren ustedes los órganos soviéticos, miren las diversas instituciones sociales. Por todas partes una actividad y un afán como no se encuentran en este momento en ningún otro país del mundo. Millones aspiran a avanzar, a subir. Y en su querer y en su hacer centellea el cerebro, late el corazón del Partido Comunista. Es cierto que nosotros, los que venimos del extranjero, vemos muchos sufrimientos sangrientos, vemos muchos males graves. Pero, a pesar de ello, nos sobrecoge el sentimiento: ¡qué vida nueva y fuerte! Los espíritus han despertado. ¡Aquí da gusto vivir, aquí da gusto trabajar, aquí da gusto morir, si no queda otro remedio!

Camaradas, resumo. Si abarcamos con la mirada lo que ha realizado la revolución rusa, quizá pregunten los llamados elementos «amantes del orden» —a saber, los que quieren evitar la revolución, todos los que la odian, la temen o al menos querrían tenerla a muy buen precio y como «revolución bonita»—: ¿era necesaria para estos resultados la tormenta de una revolución, no podía lograrse también por la vía de la democracia, de la reforma? Yo afirmo: ¡No! Pues sin la revolución la Rusia soviética no tendría su poder político creador y transformador, no tendría el orden soviético, el Estado obrero, no tendría la dictadura del proletariado. Y sin ese giro decisivo no hay una vida histórica nueva, superior, liberadora.

La revolución rusa no tiene en verdad por qué avergonzarse de la supuesta pequeñez de sus logros. Al contrario: esos logros suyos son asombrosos, de una grandeza admirable. La revolución proletaria tiene que llevar a cabo una obra mucho mayor, más vasta, más profunda que cualquier revolución burguesa. La revolución burguesa no hace más que transformar el aparato del Estado, transforma las relaciones de poder político y lo que con ellas se relaciona. No interviene de forma creadora en la economía de la sociedad. Y, sin embargo, después de la Gran Revolución francesa, por ejemplo, pasaron cien años hasta que su mayor conquista, la república, quedó asegurada por el levantamiento de la Comuna. La revolución proletaria no puede contentarse con «rejuvenecer a martillazos» la «vieja cosa podrida», el Estado capitalista, convirtiéndolo en Estado soviético; tiene que transformar también la economía social y, con ella, toda la superestructura social. Es una tarea formidable que no puede resolverse de la noche a la mañana, que tampoco puede ser obra de grandes personalidades aisladas, sino que tiene que ser obra de toda la clase del proletariado y será obra de decenios. Marx escribió en su polémica contra Max Stirner192 que no había que desanimarse si la revolución proletaria duraba muchos decenios. Pues no tenía solo la tarea de crear nuevas relaciones sociales, sino también la de crear hombres nuevos, de educar a los hombres que han de edificar las nuevas relaciones sociales.

Eso debemos tomarlo a pecho con respecto al primer Estado proletario del mundo. La revolución de Rusia ha realizado más que ninguna revolución anterior. No ha sido rechazada a su punto de partida, sino que, al contrario, ha avanzado mucho más allá de él. Ha barrido con escoba de hierro del suelo de Rusia todas las instituciones y los restos feudales. Lo ha hecho con una minuciosidad con que no lo ha hecho ni una sola revolución burguesa en ningún país de Europa. ¡Miren ustedes a Inglaterra! Pese a la revolución burguesa y a una larga dominación de clase burguesa, subsisten allí todavía hoy fuertes restos del orden feudal. Miren a Alemania, el país de la revolución burguesa más reciente. Allí la conquista de la revolución, la forma republicana del Estado, está tan poco asegurada que los portadores de la república tienen que temblar ante un putsch de Kapp193, ante un putsch de la Orgesch194. En la Rusia soviética, en cambio, es completamente impensable que pudiera volver el viejo zarismo. Pero también es impensable que pudiera surgir aquí un Estado de aquel capitalismo modernizado con que sueñan los reformistas aliados con la democracia pequeñoburguesa. La revolución proletaria ha depositado en las instituciones y en la consciencia de millones tantos gérmenes de vida nueva y fecunda que esa vida no puede volver a apagarse ni a aniquilarse.

La Rusia soviética se mantiene firme como Estado proletario. Es el primer tipo de Estado proletario en la época de la transformación del capitalismo al comunismo pleno. No el único tipo, desde luego, y hay que tenerlo en cuenta: las circunstancias históricamente dadas para la instauración del Estado proletario son diversas. Pero sí el primero y, por ahora, el único Estado con dictadura proletaria. Como tipo de esta clase, todo lo que hace y deja de hacer, todas sus conquistas, igual que sus errores y debilidades, son fecundos, significativos, también para el proletariado mundial, para la revolución mundial. Los proletarios de Rusia y el Partido Comunista de Rusia han pagado el más alto precio por aprender cómo se conquista y se mantiene el poder político. Ahora tienen que pagar el precio más alto y más amargo para aprender cómo un Estado proletario, abandonado por el proletariado mundial, se transforma poco a poco en una sociedad comunista. En este contexto la política bolchevique aparece con una importancia decisiva y aleccionadora. Algunos creen poder despacharla con un mohín de desdén como un zigzag, como una cadena de errores y extravíos. Es al contrario.

La política de los bolcheviques, de los comunistas rusos, muestra en su conjunto una unidad, una cohesión y una coherencia de línea verdaderamente grandiosas. Esta política es el primer intento de dimensión histórica universal de convertir el marxismo de teoría en práctica; es el primer gran intento histórico universal de elevar al proletariado de objeto de la historia a sujeto de ella. Es el primer intento de «hacer» la historia universal en libertad. Sin duda sobre la base de las condiciones existentes, pero lo principal es hacer la historia conscientemente y no aceptar ya la historia como el juego anárquico de las fuerzas objetivas de la sociedad burguesa que actúan a ciegas.

El camarada Lenin declaró ayer que todos tenemos mucho que aprender. Ustedes, aquí en la Rusia soviética, y nosotros en el extranjero. Opinó que en el extranjero aún no entendemos suficientemente el ruso como para captar bien la resolución de nuestro III Congreso Mundial, pensada y sentida en ruso. En cierto sentido Lenin tiene toda la razón. El proletariado extranjero aún no ha aprendido suficientemente a leer en ruso, es decir, a actuar en ruso. Así como la Internacional Comunista ha de ser el centro desde el que la lucha revolucionaria se extienda en oleadas por el mundo, ha de ser al mismo tiempo la escuela superior de nuestra formación y experiencia recíprocas. Aprended, ganad tiempo, nos grita Lenin. ¡Tiempo ganado, todo ganado! Esta concepción suya coincide con las hondas palabras de Goethe acerca del desarrollo de la humanidad.

«¡Mi herencia, qué espléndida, qué vasta y ancha! El tiempo es mi campo, mi posesión es el tiempo.»195

El tiempo, sí, camaradas, pero no entendido como una espera ociosa e inactiva. No: el tiempo, aprovechando cada minuto en una actividad apasionada. Ustedes, aquí en la Rusia soviética, para aprender a manejar la paleta de albañil en la construcción del Estado proletario. Nosotros en el extranjero, para usar la espada en la lucha revolucionaria por la conquista del poder político. Así se cierra el anillo de la revolución mundial que libera a la humanidad. Así brotará vida nueva de las ruinas de la guerra mundial. Porque en estos tiempos la forma más alta, más poderosa, más fecunda y más creadora de todo devenir histórico es la revolución, la revolución como acto libre de voluntad de las masas proletarias. (Vivos y prolongados aplausos.)

Presidente: Seguimos ahora con el orden del día. Sobre el segundo punto del orden del día habla como ponente el camarada Béla Kun.

Béla Kun (Hungría): Camaradas, aún no ha llegado el momento de escribir la historia de los cinco años de revolución rusa. Y aunque hubiera llegado, esa no es la tarea del IV Congreso Mundial, cuyos participantes tienen ante todo que hacer la historia, no escribirla. Tanto más es tarea nuestra reunir cuidadosa y críticamente todas las experiencias de la revolución rusa y aprovechar críticamente las experiencias reunidas en nuestras luchas revolucionarias. Todos los que hemos combatido en la revolución rusa y hemos dirigido luchas revolucionarias al oeste de Rusia, todos hemos elaborado, sobre la base de las experiencias revolucionarias rusas, teorías más o menos inmaduras, generalizadas de manera errónea. Casi ninguno de nosotros ha evitado esos errores. Creo poder decir ahora que el sentido de las experiencias es precisamente este: que, sobre la base de las experiencias de la revolución rusa, tenemos que evitar nuevos errores. Tenemos que evitar todo utopismo, aplicar críticamente a las condiciones de Europa occidental todas las experiencias reunidas. Tenemos que intentar inaugurar en Occidente, sobre la base de las experiencias de la revolución rusa, la misma política realista revolucionaria que siempre fue y sigue siendo la política del Partido Comunista de Rusia.

Tras los informes del camarada Lenin y de la camarada Clara Zetkin, me toca ahora destacar el factor subjetivo de la revolución proletaria y describir, aunque sea solo a grandes rasgos, el papel del Partido Comunista de Rusia en la revolución proletaria. Camaradas, me permitirán ustedes que, en relación con esta cuestión, trace un paralelo entre la Gran Revolución Rusa y la rama tempranamente tronchada de la revolución internacional: la revolución húngara.

Si echamos una mirada retrospectiva a la historia de estos cinco años que tenemos detrás, nos hallamos ante un milagro. El poder soviético existe. Existe a pesar de la ofensiva del imperialismo alemán, que en paz descanse; a pesar de la ofensiva conjunta de los capitalistas de todos los países; a pesar de toda la labor de zapa del menchevismo ruso e internacional. Existe e ilumina el camino del proletariado internacional. La existencia de la revolución rusa, la existencia del poder soviético ruso, se funda en factores cuya falta en Hungría tenía que llevar al hundimiento de la dictadura proletaria húngara.

No quiero examinar aquí las causas internacionales y de política interior que favorecieron la situación del poder soviético ruso y que, en cambio, influyeron de modo funesto en la del húngaro. Solo quiero observar que la revolución proletaria húngara no solo no tenía un plan de retirada, del que habló ayer el camarada Lenin, sino ni siquiera un terreno al que retirarse. Pero quiero hacer constar ante todo, respecto de la revolución rusa, que la circunstancia que desbarató todas las profecías de un Termidor para la Rusia soviética es la siguiente: la existencia de un partido obrero centralizado, disciplinado y de una abnegación sin límites, en la figura del Partido Comunista de Rusia. La falta de un partido así, o siquiera aproximadamente así, en Hungría llevó al hundimiento de la revolución proletaria, dada la desfavorable situación internacional y de política interior, a pesar de la conducta en general abnegada y de todo el empuje del proletariado húngaro y del campesinado pobre. A ese hundimiento llevó, aparte de las derrotas militares en los frentes, el titubeo de la clase obrera húngara de entonces, provocado por la socialdemocracia. El proletariado ruso, su glorioso ejército, sufrió en aquella época y también después toda una serie de derrotas en distintos frentes de la contrarrevolución. Hubo momentos en Rusia en que, en las situaciones más peligrosas, grandes sectores de la clase obrera rusa se pusieron a vacilar. Momentos en que el estado de ánimo de una parte de la clase obrera se había vuelto, si no activamente, sí pasivamente contrarrevolucionario. Hubo épocas en que la clase obrera vacilante, hambrienta y cansada podía, con razón, inducir al observador superficial a profetizar un Termidor para la Rusia soviética. Solo recuerdo la época de la sublevación de Kronstadt. Pero todos los efectos de esas vacilaciones de una parte de la clase obrera quedaron paralizados. Nosotros en Hungría no teníamos un partido comunista maduro, y puedo afirmar tranquilamente que en aquella época no podíamos tener todavía un partido comunista así de maduro. No teníamos un partido comunista maduro que, en el momento más crítico del titubeo de la clase obrera, hubiera podido sostener con mano firme el timón del poder estatal, a pesar de toda la pasividad o incluso de la voluntad momentáneamente contraria de la clase obrera. A consecuencia de la fusión con la socialdemocracia196, la minoría activa, es decir, el Partido Comunista, que había dirigido la lucha del proletariado húngaro hasta la conquista del poder estatal con una clara consciencia de clase, con fe firme y con resolución, y que había hecho valer su influencia sobre las grandes masas del proletariado, ya no estaba en condiciones de dirigir la lucha y de hacer en el momento crítico lo que habría sido necesario. En cambio, camaradas, en Rusia existía y existe un partido comunista formado en decenios de luchas, cuyo papel en los momentos críticos de la revolución rusa fue tan grande como su influencia sobre las grandes masas del proletariado en general.

Y, camaradas, este partido, cuyo carácter de clase era y es el más acusado, se convirtió durante los cinco años de revolución en un verdadero partido del pueblo ruso. La socialdemocracia alemana se quitó definitivamente en el congreso de Görlitz197 su máscara de clase, se declaró «partido del pueblo» en lugar de partido de clase y se convirtió, como socialdemocracia alemana, en uno de los mayores partidos de masas del mundo, en un verdadero partido de la pequeña burguesía y, con ello, en una sirvienta de la gran burguesía alemana. El Partido Comunista de Rusia, en cambio, que durante todo el tiempo de la dictadura rusa se esfuerza con todas sus fuerzas por conservar el carácter de clase del partido, se ha convertido, desde que posee el poder estatal, realmente en un partido de todas las capas trabajadoras del pueblo ruso. En las filas de la socialdemocracia no se lo quiere creer, y hay incluso comunistas que miran este hecho con duda. Pero quiero citar un ejemplo que demuestra que el Partido Comunista de Rusia es efectivamente un partido del pueblo ruso y que cada comunista es, por así decirlo, un mandatario de las capas trabajadoras del pueblo ruso.

El año pasado llevamos a cabo en Rusia una depuración del partido198 que tenía por objeto librar al partido ruso de todos los elementos que le son, digamos, indeseables. Esta depuración se llevó a cabo en asambleas públicas de las células del partido, en presencia de toda la masa sin partido de las fábricas. Todo obrero sin partido y todo campesino sin partido tuvo ocasión de oponerse a que siguieran en el partido determinados comunistas, y está demostrado que los obreros y campesinos sin partido hicieron uso real de ese derecho. Ser comunista en Rusia —quiero repetirlo una vez más— significa ser un mandatario del pueblo. Con ello el Partido Comunista de Rusia se ha convertido realmente en un partido del pueblo trabajador y, durante los cinco años de la revolución, ha conservado su carácter de clase y lo ha acusado al máximo.

¿Cuál es, pues, la causa de este desarrollo asombroso? Reside, naturalmente, en la política revolucionaria, en la táctica maravillosamente flexible del PCR. Pero tenemos que plantearnos la pregunta de cómo ha sido capaz el partido de semejante política y de semejante influencia sobre la clase obrera. ¿Cómo ha sido posible que el partido ruso pudiera conquistar la mayoría de la clase obrera no solo una vez, antes de la Revolución de Octubre, sino que la haya conquistado, diría yo, quince veces, cien veces al día durante la revolución? El secreto reside en primer lugar en la composición del Partido Comunista. No hay ni ha habido en ningún partido, ni burgués ni proletario, un núcleo tan cuidadosamente seleccionado, tan firmemente ensamblado, tan unitario ideológicamente o —como lo expresa el camarada Bujarin— un estado mayor como en el partido ruso.

Este partido, este estado mayor, este núcleo, este grupo fundamental se formó en largos años de lucha. Durante esas luchas, todos los elementos sospechosos de cualquier forma de oportunismo fueron apartados del partido, no solo mecánicamente, sino también orgánicamente. Todos los elementos que no cabían en el marco de este círculo estrecho se quedaron fuera de las filas de combate. En cambio, el Partido Comunista de Rusia no solo formó en el curso de sus luchas su núcleo, sino también una serie de cuadros en torno a ese núcleo, y en esos cuadros se agrupan realmente todos los elementos que eran aptos para dirigir a las masas; no compañeros de viaje, no intelectuales que no quieren someterse a la disciplina del partido, sino verdaderos dirigentes obreros, realmente capaces de dirigir a las masas obreras, a la mayoría de la clase obrera. En los cinco años de la revolución rusa, uno de los rasgos característicos del desarrollo de la revolución rusa es que, durante estas luchas de cinco años, casi todos los elementos del partido menchevique y del socialista revolucionario que tenían algo en común con el movimiento obrero y con la clase obrera fueron absorbidos por el Partido Comunista de Rusia. Del partido menchevique y del socialista revolucionario no quedaron más que algunos literatos que nunca tuvieron nada que ver con el movimiento obrero. Estos cuadros están hoy, por desgracia, muy diezmados, pero constituyen el punto de partida para formar nuevos cuadros a través de los cuales se ejerce la influencia del partido sobre las masas obreras. Esta influencia sobre las más amplias masas obreras se expresa, naturalmente, ahora que el Partido Comunista tiene en sus manos el timón del poder estatal, no solo por medio de la agitación y la propaganda, sino también a través de las instituciones del poder estatal en la administración cotidiana, que hasta ahora aseguraba la influencia del Partido Socialista Revolucionario sobre las masas. Así como antes en cualquier lugar donde hubiera obreros, donde se pudiera hablar a obreros, podía encontrarse a un socialista revolucionario, ahora puede encontrarse en todas partes, adondequiera que van los obreros, dondequiera que los obreros tienen algo que hacer, a un bolchevique, a un comunista. Por muchos defectos que tengan las instituciones soviéticas, las administraciones soviéticas, como ya subrayó ayer el camarada Lenin, se han convertido a pesar de todo, gracias al Partido Comunista, en la forma de la democracia proletaria. Podemos decir que los órganos soviéticos se han convertido en órganos de la democracia proletaria gracias al Partido Comunista, y no al revés. Un paralelo con la historia de los soviets húngaros lo mostrará.

Nosotros en Hungría tuvimos soviets —diría que en el sentido en que se los imagina Gorter, o como se los imaginó por otra parte la socialdemocracia independiente alemana—, pero sin dirección comunista. Los órganos elegidos sobre la base más amplia de la democracia proletaria no se convirtieron en verdaderos órganos de las masas trabajadoras. No eran la expresión de la opinión pública del proletariado. Y aquí en Rusia, camaradas, donde los mencheviques exigían la libre elección de los soviets, donde desde Mártov hasta Miliukov se presentaron en frente unido por la libre elección de los soviets y contra la dictadura bolchevique, estos órganos soviéticos son mucho más órganos de la democracia proletaria de lo que lo fueron en Hungría los soviets libremente elegidos sin una firme dirección comunista. En Hungría no había en los soviets y los sindicatos una dirección unitaria por parte de los partidos. Los sindicatos reclamaban para sí la dirección, precisamente porque tenían mucho más contenido proletario que los soviets, en los que no había solo elementos puramente proletarios. Había una lucha entre soviets y sindicatos, y los sindicatos podían alegar con razón que expresaban en mucho mayor medida que los soviets la opinión pública, el carácter de clase del proletariado. De estas luchas surgió —diría yo— una lucha reformista, sindicalista, de los dirigentes sindicales socialdemócratas contra los órganos soviéticos. Los obreros iban antes a los sindicatos, donde al menos había una dirección por parte de los dirigentes obreros reformistas, que a los soviets, donde no había dirección comunista. En Rusia los soviets pudieron convertirse, con ayuda del Partido Comunista, en institución popular, en verdadera institución de la democracia proletaria. En Hungría no lo logramos precisamente por falta de una dirección comunista. Pero ¿cómo es posible, camaradas, dirigir de manera unitaria en un país tan grande tantos órganos del Estado, tantas organizaciones obreras? ¿Cómo es posible que en un país así, algunas de cuyas partes son mucho mayores que Inglaterra, Francia y Alemania juntas, la dirección del partido se haga valer en todas las pequeñas localidades?

¿Cómo es posible siquiera la centralización en un país como Rusia? A esta pregunta, camaradas, quisiera responder con un paralelo. En Alemania la socialdemocracia, después de llegar al gobierno, casi se disolvió como partido. Los órganos de gobierno influyen en el Partido Socialdemócrata mucho más que el Partido Socialdemócrata en los órganos de gobierno. El factor decisivo en el Partido Socialdemócrata que está en el gobierno es la burocracia estatal socialdemócrata surgida de la burocracia del partido. En Rusia ocurre lo contrario. Aquí el partido ha cuidado siempre de que los elementos dirigentes del partido influyan en los órganos soviéticos, en los órganos del Estado, y no al revés. Para que fuera así hacía falta, naturalmente, algo de lo que oí hablar en un discurso de anteayer, algo que resulta incomprensible para muchos que no conocen a fondo el Partido Comunista de Rusia.

Anteayer un camarada declaró aquí lo siguiente: Moscú no es un suboficial prusiano y nosotros no somos reclutas. A eso quisiera responder: Moscú no es, en efecto, un suboficial prusiano, sino que representa una buena dirección de la revolución mundial. Pero quienes, después de las experiencias de la revolución rusa, no comprenden la importancia de una disciplina centralizada son malos reclutas del comunismo, malos reclutas del Partido Comunista. La dirección de todo el aparato del Estado por el Partido Comunista es, en un país tan grande como Rusia, una tarea de dificultad casi ilimitada. La historia de estos cinco años muestra que las fuerzas del partido tuvieron que reagruparse por completo al menos diez o quince veces para poder llevar a cabo las tareas que la revolución había planteado al partido. Un arma como la nueva política habría sido completamente imposible sin una disciplina de hierro del Partido Comunista. Solo con un reagrupamiento completamente nuevo de todas las fuerzas del partido fue posible aplicar esta nueva política económica sin graves sacudidas en el partido.

Pero ¿cómo se explica esta disciplina? ¿Cómo se la puede entender? Naturalmente, se habla mucho de que los viejos bolcheviques, bajo la dirección del camarada Lenin, eran una organización conspirativa. Por desgracia, yo no participé en esa conspiración. No sé qué clase de conspiradores eran. Pero una cosa sí sé por mi experiencia: que precisamente esos conspiradores se convirtieron en los mejores dirigentes de masas. ¿Por qué? Porque precisamente en esa «época conspirativa» de la revolución rusa se creó la disciplina y se educó a los miembros del partido en esa disciplina. La disciplina, naturalmente, no viene solo de la masa, sino de los dirigentes, y los miembros tienen que tener una confianza segura en su dirección. Y esta dirección, este núcleo del Partido Comunista ruso, es realmente un cuerpo con autoridad ante el conjunto de los afiliados del Partido Comunista. Es muy posible, y así ocurrió tras la introducción de la NEP, que muchos miembros del Partido Comunista de Rusia no comprendieran lo que significaba. Todavía hoy hay regiones donde las masas no tienen claro cómo vamos a llegar al socialismo por medio de la NEP, qué significa realmente la NEP. Pero las masas tienen tal confianza en su dirección que, aun cuando no comprenden enseguida una medida política, sino que la comprensión es solo el resultado de un proceso más largo, la siguen con la certeza de que les hará comprender lo que todavía no comprenden. Tengo que citar aquí algo del poeta austriaco Anzengruber199: «Honrarás a tu padre y a tu madre, pero ellos han de merecerlo». Los dirigentes de la revolución rusa lo merecían, y esa es la explicación de que haya nacido esta confianza del Partido Comunista y de las masas en sus dirigentes. Esta disciplina de hierro del Partido Comunista ruso fue, por otra parte, el mejor medio para llevar a la práctica su táctica inauditamente flexible. No quiero hablar de por qué esta táctica es flexible. La fuente y el origen de esa flexibilidad son claros para todos. No hay en ningún lugar del mundo un país donde el marxismo se haya hecho realmente carne y sangre como en el Partido Comunista de Rusia; pero el mejor análisis marxista no será más que un documento histórico si no hay organizaciones y órganos que sigan esa táctica flexible y sean, en consonancia con ella, lo bastante ágiles. Sin una disciplina firme, sin cuadros formados y disciplinados en las luchas, y sin la agilidad organizativa nacida de esas luchas, no habría sido posible llevar a cabo y hacer realidad esta táctica flexible.

Ahora, en el sexto año de la revolución, el Partido Comunista de Rusia se halla ante el que creo que es el mayor problema que el partido ha tenido que resolver en toda la revolución: el problema de aplicar la nueva política económica bajo la dirección de un partido político, el partido de los obreros, de modo que los efectos de esta nueva política económica queden libres de los instintos de la pequeña burguesía y que el partido quede a salvo de las consecuencias de esos instintos pequeñoburgueses. El Partido Comunista ha superado esta prueba gracias a su disciplina y a su organización ágil.

Y ahora, en el sexto año de la revolución, una de las lecciones más importantes que nos ha dado el Partido Comunista ruso durante la revolución es esta centralización y esta disciplina centralizada. A mi juicio, una de las directrices más logradas de la Komintern son las tesis del II Congreso sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria. Estas tesis, formuladas con mucho acierto, solo reflejan en todo caso de forma desvaída el papel que el PCR desempeñó en la revolución rusa. Ese papel, toda la actividad del PCR, debería ser estudiado de la manera más profunda y detallada por todo dirigente y organizador de los partidos occidentales, para preparar a los partidos occidentales para la conquista y el mantenimiento del poder mediante la aplicación crítica de esas experiencias a las condiciones occidentales. El aprovechamiento de estas experiencias no es en modo alguno de importancia secundaria desde el punto de vista de las perspectivas de la revolución internacional.

¡Camaradas! Estoy ciertamente lejos de toda filosofía voluntarista, pero creo que, si miramos al futuro y queremos ver las perspectivas de la revolución proletaria, el factor subjetivo del partido comunista es uno de los factores más importantes. Por desgracia no podemos determinar los factores objetivos; a lo sumo podemos influir en ellos por medio del partido comunista. Pero creo poder afirmar que, si en 1919, cuando atravesábamos la crisis de la desmovilización, hubiéramos tenido un partido comunista siquiera aproximadamente como el ruso, si hubiéramos dispuesto de partidos así, habríamos sido capaces no solo de vencer, sino también de conservar el poder.

También ahora, en esta época más o menos floja de la revolución mundial, la importancia del factor subjetivo del partido comunista sigue intacta. Al examinar las perspectivas de la revolución mundial se nos plantea la cuestión de cómo podemos crear partidos comunistas capaces de conquistar una y otra vez, en las condiciones occidentales, en los países de Europa occidental, quizá con otros medios y métodos, a la mayoría del proletariado antes de la revolución y después de la revolución.

¿Existe la posibilidad de formar tales partidos comunistas? Camaradas, creo que esa posibilidad existe. Últimamente trabajo también en las profundidades del Partido Comunista de Rusia y puedo afirmar que la masa, los afiliados del partido ruso, no están a un nivel más alto que los proletarios alemanes. Podría decir incluso que la masa del proletariado alemán está culturalmente muy por encima de la masa del Partido Comunista ruso. Naturalmente, el proletariado ruso tiene tras de sí una experiencia de cinco años, y con esa experiencia pueden adaptarse mucho mejor a la táctica flexible del partido.

Pero existe la posibilidad de lograrlo en todos los partidos. Lo que a mi juicio constituye el problema principal de la formación del factor subjetivo de la revolución mundial es la formación de ese núcleo y de los cuadros fundamentales de la revolución. Creo, camaradas, poder afirmar que lograremos formar ese núcleo, esos cuadros, esas vanguardias, y entonces podremos llevar a las masas proletarias occidentales a la conquista del poder y conservar el poder con su ayuda con la misma seguridad con que lo ha hecho el Partido Comunista ruso. Por eso esta tarea —vista desde la perspectiva de la revolución mundial— es una de las tareas más importantes, y la lección que nos ha dado el Partido Comunista ruso, una de las experiencias más importantes de los cinco años de revolución rusa. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 3.

Décima sesión, martes 14 de noviembre de 1922

Cinco años de revolución rusa y las perspectivas de la revolución mundial.

Oradores: Trotski.

Apertura: 6.15 de la tarde.

Preside: Neurath.

Trotski (los delegados se ponen en pie y reciben al camarada Trotski con aplausos tempestuosos):

¡Camaradas!

El gran objetivo político, el objetivo central de todo partido revolucionario, es la conquista del poder político. En la II Internacional ese objetivo era, por decirlo con los filósofos, una idea reguladora, es decir, una cosa bastante flaca que poco tenía que ver con la práctica. Solo desde hace pocos años hemos empezado a aprender, en sentido internacional, a hacer de la conquista del poder político un objetivo práctico. Y hasta qué punto ese objetivo no es una idea solo filosófica, sino una idea práctica, lo demuestra el hecho de que en Rusia tenemos una fecha muy precisa, el 7 de noviembre de 1917, en la que un partido comunista, a la cabeza de la clase obrera, conquistó el poder político en el Estado.

La historia de cómo se conquistó el poder puede contarse hora por hora, cosa que, sin embargo, no me propongo hacer en absoluto. Pero esa historia demuestra que no se trató de acontecimientos que se producen automáticamente, «objetivamente», sino de esfuerzos y medidas políticas enteramente prácticos.

En el momento de la conquista del poder político, nuestra táctica política se eleva a estrategia revolucionaria en el sentido más concreto de la palabra. El 7 de noviembre nuestro partido, por medio de esta estrategia revolucionaria, que representaba en cierto modo la potencia de toda la política anterior, conquistó el poder en el Estado. Eso no significaba —y esto solo se vio con plena claridad más tarde— que la guerra civil hubiera terminado. Al contrario, solo después de la conquista del poder político comenzó entre nosotros la guerra civil en gran escala. Es un hecho que no tiene solo interés histórico, sino del que pueden sacarse algunas lecciones importantes para los partidos de Europa occidental y, en general, para los partidos internacionales.

¿Por qué ocurrió que entre nosotros la guerra civil no estalló con toda su violencia hasta después del 7 de noviembre y que más tarde, en el norte, en el sur, en el oeste y en el este, tuvimos que librar una guerra civil durante casi cinco años sin interrupción? Es consecuencia del hecho de que conquistamos el poder con tanta facilidad. Se ha dicho a menudo que cogimos por sorpresa a nuestras clases poseedoras. ¡En cierto sentido es cierto! El país acababa de salir políticamente de la barbarie zarista. El campesinado no tenía casi ninguna experiencia política; la pequeña burguesía, una ínfima; la burguesía media, gracias a las dumas, etc., una algo mayor; la nobleza, cierta organización en los zemstvos, etc. Así pues, las grandes reservas de la contrarrevolución —los campesinos ricos, en ciertos momentos también los campesinos medios, la burguesía media, los intelectuales, luego toda la pequeña burguesía—, estas reservas estaban, por así decirlo, todavía intactas, casi sin tocar, y solo cuando la burguesía empezó a comprender lo que perdía al perder el poder trató por todos los medios —cediendo, naturalmente, el primer puesto a la nobleza, a los oficiales nobles, etc.— de poner en movimiento las reservas contrarrevolucionarias potenciales. Por eso la prolongada guerra civil es la revancha histórica por la facilidad con que nos cayó el poder en las manos.

Pero ¡bien está lo que bien acaba! A lo largo de estos cinco años hemos conservado, a pesar de todo, el poder. Para el movimiento obrero de todo el mundo puede afirmarse ya con cierta seguridad que los partidos comunistas lo tendrán entre vosotros mucho más difícil antes de la conquista del poder y mucho más fácil después de ella. En Alemania se movilizará todo lo que pueda movilizarse contra el proletariado, por no hablar de Italia, donde hoy ya se tiene la contrarrevolución consumada antes de haberse llegado a una revolución victoriosa siquiera pasajeramente. Mussolini y sus fascistas, que gracias al fiasco de la revolución de 1920200, a la que solo le faltó un partido revolucionario, habían ganado ya influencia en todo el país, han podido ahora tomar el poder, y la burguesía les ha entregado ese poder. Pero Mussolini representa la organización y la concentración de todas las fuerzas que están contra la revolución, más algunas fuerzas que todavía pueden ganarse para la revolución. Pero no quiero ahondar más en este tema, ya que es asunto de otro informe.

En Francia, en Inglaterra, en todas partes vemos que la burguesía, escarmentada por el ejemplo ruso y armada con toda la experiencia histórica de los países democrático-capitalistas, organiza y moviliza todo lo que pueda ponerse en movimiento. Esto demuestra que todas esas fuerzas se interponen ya ahora en el camino del proletariado y que el proletariado, para tomar el poder, tiene que neutralizar, paralizar, combatir y vencer todas esas fuerzas con sus medios revolucionarios. Pero en el momento en que el proletariado se haya adueñado del poder, ya casi no quedarán nuevas reservas de la contrarrevolución, y el proletariado, tras la conquista del poder en Europa occidental y en el resto del mundo, tendrá para su labor creadora una libertad de movimientos mucho mayor que la que tuvimos nosotros en Rusia.

La guerra civil no fue entre nosotros, en Rusia, solo un fenómeno militar —naturalmente fue militar, con permiso de los honorables pacifistas, pero no solo militar—, sino en el fondo un fenómeno político. Fue la lucha por las reservas políticas, en primer lugar por el campesinado, y gracias al hecho de que el proletariado, con su táctica implacable en la guerra civil, demostró al campesinado que solo podía elegir entre la nobleza y el proletariado, gracias a esta estrategia revolucionaria consecuente e implacable, el proletariado ganó la partida.

Porque el campesinado, que oscilaba constantemente entre la burguesía, la democracia y el proletariado, en el último momento, cuando ya no había realmente una tercera salida, se decidió por el proletariado y lo apoyó no solo con la papeleta democrática, sino con las armas.

Los partidos democráticos —y creo que en Europa occidental no será muy distinto—, incluidos los partidos socialistas, fueron siempre los ojeadores que empujaban la caza hacia la contrarrevolución feudal. Saben ustedes, camaradas, que hace pocos días el Ejército Rojo ocupó Vladivostok. Con ello se cierra la larga cadena de todos los frentes de la guerra civil. Sobre este final, el conocidísimo jefe del partido liberal, Miliukov, escribe en su periódico de París201 unas líneas que yo llamaría clásicas. Esboza en ellas el papel de los partidos democráticos. «Esta triste historia» —siempre fue una historia triste (Risas)— «comienza con la proclamación (el artículo está fechado el 7 de septiembre) de una unanimidad general del frente antibolchevique. Merkúlov (el jefe de la contrarrevolución en el Este)202 ha reconocido que los no socialistas, es decir, los elementos de derecha, debían su victoria en gran medida a los elementos democráticos. Pero el apoyo de la democracia —dice Miliukov— Merkúlov solo lo utilizó para derribar el poder de los bolcheviques. Después tomaron el poder aquellos elementos a los que los demócratas consideraban en realidad bolcheviques encubiertos.»

Estas líneas pueden parecer banales, porque ya estamos bastante acostumbrados a cosas así. Pero recuérdese que esta historia se repite siempre. Así fue primero con Kolchak, luego con Denikin, luego con Yudénich y luego con la ocupación inglesa y francesa, y antes también con Petliura en Ucrania; en todas nuestras fronteras se repitió con aburrida monotonía el mismo proceso: la socialdemocracia empuja al campesinado hacia la reacción, esta lo engaña y abusa de él, luego llega el momento del arrepentimiento y después la victoria de los bolcheviques. Y entonces empieza la misma historia en cualquier otro punto de la arena de la guerra civil. Y aunque este mecanismo es tan simple y tan conocido, puede decirse ya desde ahora que, no obstante, los elementos socialistas lo repetirán en todos los países en el momento de mayor agudización de la guerra civil.

Hemos cometido muchos errores. Ya lo mencionó ayer el camarada Lenin. Pero creo que en la guerra civil actuamos bastante bien, es decir, de manera consecuente e implacable. Y creo que un libro sobre nuestra política revolucionaria durante estos años, escrito desde el punto de vista de la guerra civil para el proletariado internacional, sería un libro bastante instructivo.

Tras la conquista del poder político no solo empieza la defensa con los medios de la guerra civil, sino también la construcción del Estado y —lo que es particularmente difícil— «de la nueva economía». Puedo renunciar a muchas de las exposiciones que quería hacer, ya que ayer por la noche y hoy hemos escuchado el informe verdaderamente espléndido de la camarada Zetkin. Me mantendré en el marco de los complementos más necesarios. Una vez asegurado el poder político, que es la primera condición, la construcción de la economía socialista depende de diversos factores: del grado de desarrollo de las fuerzas productivas, del nivel cultural general del proletariado y de la situación política tanto en el marco nacional como en el internacional.

He enumerado estos tres factores en el orden de su importancia fundamental. Pero el gobierno soviético, como factor histórico subjetivo, se los encontró en el orden inverso: primero la situación política, luego el nivel cultural del proletariado y solo en último lugar el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Es muy claro. Tuvimos que llevar nuestra actividad económica en el marco y al ritmo que exigía en primer lugar la guerra civil, y la conveniencia económica no siempre corre paralela a la necesidad política. Lo más importante es comprender (si es que se quiere comprender algo de la historia de nuestro llamado rumbo en zigzag) que lo políticamente necesario e inevitable no siempre corre paralelo a lo económicamente conveniente.

En la escuela elemental del marxismo aprendimos que de la sociedad capitalista no se puede pasar a la socialista de un salto, y ninguno de nosotros ha interpretado de esa manera mecánica el famoso «salto del reino de la necesidad al reino de la libertad» de Engels203; nadie ha creído que la sociedad se pueda remodelar de hoy para mañana. Engels se refería con ello a una gran época que, desde el gran punto de vista histórico, representa un verdadero «salto». Pues bien, nosotros lo hicimos, a pesar de todo, bastante a saltos (en el sentido estricto de la palabra), con la nacionalización, con los intentos de socialización. Ya se ha mencionado aquí que tuvimos que hacerlo ante todo bajo la presión de la guerra civil porque, como he dicho, la nobleza, la burguesía y la pequeña burguesía no habían tenido antes de la conquista del poder político ninguna posibilidad de convencerse de que nosotros, la clase obrera, representamos el poder histórico irrevocable y de que hay que doblegarse bajo el yugo del proletariado. Hasta el 7 de noviembre no tuvieron ninguna posibilidad de sacar esta importante lección. Tuvimos que enseñársela solo después de la conquista del poder. ¿En qué se manifestó esto? En que cada fábrica, cada sucursal bancaria, cada despacho de abogado y cada consulta de médico —naturalmente de los que tenían clientela, es decir, de los más ricos— se convirtieron, inmediatamente después de la conquista del poder, en puntos de apoyo de la contrarrevolución.

Para dejar todavía por un tiempo, tras la conquista del poder político, las fábricas pequeñas y medianas a sus propietarios, había que llegar con ellos a un acuerdo, había que exigirles que se sometieran a las leyes del nuevo poder. Eso estaba absolutamente descartado. Ninguna de esas personas nos quería tomar en serio. Esa era la mala historia: nadie nos quería tomar en serio. Y así teníamos la tarea bastante difícil de enseñarles que había que tomarnos en serio, y eso no podía hacerse de otro modo que confiscándoles lo que fundaba su poder, poniéndolo en manos del Estado. ¿De qué otro modo? Unos echaban a los obreros de las fábricas, cerraban las empresas o convertían sus viviendas en asilos para contrarrevolucionarios, etc. Es muy natural que en este caso los imperativos de la guerra civil estuvieran por encima de la consideración de la conveniencia económica. Así pues, la burguesía no fue expropiada sistemáticamente, no poco a poco, en la medida en que habríamos sido capaces de organizar y aprovechar la propiedad de la burguesía, sino en la medida en que había que abatir al enemigo que nos amenazaba directamente de muerte. Es un punto muy importante. Naturalmente, si los partidos de Europa occidental lo tienen más fácil después de la conquista del poder, y en la medida en que lo tengan, tendrán también la posibilidad de proceder de manera mucho más sistemática, mucho más prudente, en el terreno de la expropiación. Se expropiará en la medida en que también se pueda aprovechar económica y organizativamente lo expropiado. Pero, naturalmente, la consideración político-militar irá siempre por delante de la sistemática económica. Volvamos ahora a nuestra cuestión.

Después de haber expropiado mucho más de lo que éramos capaces de aprovechar, después de que todas las instituciones de la sociedad capitalista fueran destruidas como ciudadelas enemigas, nos hallamos ante la necesidad de organizar de algún modo esta herencia grande y bastante desorganizada. La guerra civil continuaba, y también la organización de la economía se llevó a cabo bajo la presión de las necesidades económico-militares de la guerra civil. Así nació nuestro comunismo de guerra. Significaba en primer lugar la exigencia de procurar pan al Estado y al ejército, empleando todos los medios, en primer lugar el de la fuerza armada. Significaba además la necesidad de exprimir y sacar de esta industria desorganizada, saboteada por la burguesía y sus lacayos técnicos, lo necesario para el ejército y la guerra civil. Y como todo el aparato que antes dirigía aquello estaba hecho añicos, no teníamos otra posibilidad que intentar sustituir ese aparato por un aparato centralizado del Estado. Pero en realidad aquello no era más que un aparato sustitutivo para las exigencias de la guerra.

Me preguntarán ustedes si no teníamos la esperanza de pasar de esta fase al comunismo sin grandes retiradas, es decir, por un camino más o menos directo. Tenemos que confesar que en aquella época teníamos efectivamente la esperanza de un ritmo más rápido del desarrollo revolucionario en Europa occidental. ¡Es cierto! Y todavía ahora podemos decir con plena seguridad que, si el proletariado de Alemania, de Francia y de Europa en general se hubiera adueñado del poder en 1919, todo el desarrollo habría tomado entre nosotros una forma muy distinta.

Marx escribió en 1883 a un teórico de los populistas rusos, los naródniki, que si en Europa el proletariado tomaba el poder antes de que la historia hubiera desmontado por completo la obshchina rusa, la comunidad rural rusa, la propiedad comunal de la tierra en la aldea, también la comunidad rural podría convertirse en Rusia en punto de partida del desarrollo comunista204. Y tenía toda la razón. Con tanta más razón podíamos suponer que, si el proletariado de Europa hubiera tomado el poder en 1919, habría llevado a remolque a nuestro país atrasado, con sus organizaciones sustitutivas y su aparato económico sustitutivo, y nos habría ayudado técnica y organizativamente, y que con ello, aunque con muchas correcciones a nuestro primitivo comunismo de guerra, habríamos recorrido al fin poco a poco, sin grandes retiradas, avanzando siempre, el desarrollo hacia el comunismo. Eso habíamos esperado, y no era ningún crimen, porque naturalmente nadie podía predecir si ese desarrollo avanzaría a un ritmo más lento o más rápido. Hasta la Internacional Dos y Media reconoció en 1919 la dictadura. No era de verdad tan utópico, considerado también desde el punto de vista del ritmo y no solo desde el de la tendencia del desarrollo. Olvidemos por un momento que hemos dado saltos hacia adelante y luego hacia atrás, y rindamos cuentas a un congreso internacional como este de lo que ha ocurrido en líneas generales; podemos decir: en marzo de 1917 fue derribado el zarismo, en octubre de 1917 el proletariado se adueñó del poder, luego empezó a defender su poder y al mismo tiempo a organizar su Estado y su economía; en el curso de estos cinco años convirtió en propiedad del Estado la tierra, las empresas industriales más importantes, todos los ferrocarriles y las principales empresas de transporte fluvial y marítimo, y solo dejó en manos de la burguesía, como arrendataria, las empresas del todo insignificantes, de las que hablaré con más detalle. El Estado obrero controla el comercio y dice la palabra decisiva en el mercado. El Estado recibe del campesino que cultiva la tierra perteneciente al Estado un impuesto en especie y lo emplea para desarrollar la industria a costa del Estado y para fines del Estado. Cualquiera dirá: sí, para un país bastante atrasado el progreso socialista es muy considerable. Pero la desgracia está en que este progreso no se ha alcanzado por la vía de un desarrollo general que avanza en la misma dirección, sino a saltos o en «zigzag». Y entonces nuestros enemigos nos dicen que eso es el comienzo de la capitulación. Y ahí está el quid de la cuestión.

¿Por qué tuvimos que emprender la retirada? Esta pregunta debe tratarse con más detalle. La tarea más importante de la organización de la economía consiste en la distribución de las fuerzas productivas y de la mano de obra entre las diversas ramas de la economía nacional, en primer lugar entre la agricultura y la industria. Para la distribución y la organización socialistas de estas fuerzas hacen falta métodos que el proletariado victorioso, incluso en los países más desarrollados, solo será capaz de desarrollar en el curso de años y quizá de decenios. Nuestros sucedáneos solo podían bastar para los fines de la industria de guerra. ¿Por qué? Está muy claro. Imagínense ustedes toda la situación. Bajo el capitalismo la distribución de las fuerzas productivas se lleva a cabo conforme a las leyes del mercado libre, de la competencia, de la oferta y la demanda. A través de crisis y periodos de prosperidad se establece siempre cierto equilibrio, que luego vuelve a romperse. Así fue hasta 1914. Luego vino la guerra. Significó en el aspecto económico una gran deformación de la economía, su mayor desorganización. Luego vinieron las dos revoluciones, que también habían dañado terriblemente la economía en el inventario de su aparato productivo. Nos encontramos ante este caos, con los ecos de la «armonía» capitalista, que siempre llamamos anarquía y que, sin embargo, representaba cierta «armonía» en el sentido de que había establecido cierta proporción socialmente necesaria entre las diferentes ramas de la producción. Estos ecos, pues, desfigurados por la deformación provocada por la guerra y complicados por el sabotaje del personal técnico, los teníamos delante, mientras al mismo tiempo nos hallábamos ante la cuestión de alimentar al ejército y de procurar a los obreros un pedazo de pan.

Para estos últimos fines bastaba, como he dicho, nuestro primitivo método centralista. Pero está absolutamente descartado establecer de una vez para la economía socialista una estadística apriorística, es decir, tachar de un gran trazo los métodos capitalistas de organización y luego, sobre la base de un cálculo general de las necesidades, de la capacidad de trabajo y de los elementos materiales de la economía, traer al mundo el socialismo. Eso está descartado. Así pues, uno se apodera de los métodos capitalistas y del aparato material de producción, de la organización de la economía, de la distribución de la producción y de la mano de obra, después, naturalmente, de haberse apoderado primero del poder. Guiado por la experiencia, uno introduce una y otra vez nuevas correcciones, que se rigen por dos criterios: por las posibilidades materiales existentes, por un lado, y por las necesidades modificadas por la revolución, por otro. Mediante estas correcciones uno se acerca cada vez más al estado en que se puede dirigir realmente la economía con un plan centralizado, en que existe un plan centralizado que se basa en la experiencia anterior y en la riqueza acumulada y que es lo bastante flexible para desarrollar la necesaria capacidad de adaptación a las necesidades locales e incluso individuales.

Entre la anarquía capitalista y ese estado se sitúa, pues, el desarrollo de la economía socialista en gestación con medios capitalistas. Esa es precisamente nuestra situación. No me gusta emplear el término «capitalismo de Estado». También Lenin ha dicho que este término solo debería emplearse con cierta restricción y reserva, porque naturalmente hay una gran diferencia entre lo que ahora se llama a menudo entre nosotros «capitalismo de Estado» y el verdadero capitalismo de Estado. Los reformistas creyeron siempre que el socialismo se alcanzaría por la vía de la nacionalización progresiva. En Francia el programa de Jaurès205 decía así: la socialización progresiva de la república democrática. Nosotros, en cambio, subrayamos siempre que de ese modo, en el mejor de los casos, solo se llegaría al capitalismo de Estado, porque mientras dominara la burguesía, también el capitalismo de Estado, instrumento colectivo de la burguesía, no serviría nunca más que para la opresión y la explotación de la clase obrera.

Pero ahora tenemos en Rusia otra situación. Tenemos una situación en que el Estado obrero se ha adueñado de la industria y dirige esa industria según los métodos del mercado capitalista, del cálculo capitalista. Tuvimos una época en el desarrollo ruso —creo que se pueden encontrar muchos paralelos en el desarrollo de otros países y pueblos— en que la burguesía rusa poseía, en tiempos de la servidumbre, fábricas —se las llamaba entonces fábricas de posesión206— que empleaban el trabajo de los campesinos siervos. Era un desarrollo de la producción moderna bajo la forma de viejas relaciones jurídicas. Pero eso ocurría bajo la dominación del zarismo y de la nobleza. Ahora tenemos ante nosotros un gran experimento histórico, dictado por la necesidad histórica, en el que una clase nueva construye una economía nueva y emplea para ello los viejos métodos, que todavía no pueden sustituirse porque no hay otros nuevos, ya que los nuevos solo pueden desarrollarse a partir de los viejos.

Este giro hacia la nueva política lo empezamos por el campesinado. Las causas políticas de ello también las ha nombrado y explicado ya Lenin. Pero eso no es más que una parte de la tarea general de distribuir las fuerzas productivas y la mano de obra en el marco de una economía nacional. Como con el campesinado era donde resultaba más difícil, por su dispersión económica y su atraso cultural, llegamos a empezar la nueva política económica precisamente por este vasto terreno.

Citaré un ejemplo que nos demuestra que la NEP no fue solo una concesión al campesinado, sino una etapa necesaria del desarrollo socialista del proletariado. Se refiere a los ferrocarriles. Precisamente los ferrocarriles, el transporte ferroviario, la red ferroviaria, son la empresa que entre nosotros, ya bajo el capitalismo, estaba nacionalizada en gran parte y, por la técnica misma, normalizada y centralizada hasta cierto punto. Así pues, una mitad la recibimos del Estado y la otra mitad, la más pequeña, se la quitamos a las sociedades privadas. Ahora poseemos toda la red ferroviaria. Una administración realmente socialista tiene que considerarla, naturalmente, como un todo, no desde el punto de vista de la propiedad de una u otra línea, sino desde el punto de vista de los intereses del transporte de todo el país. Tiene que distribuir las locomotoras y los vagones entre las líneas como lo exijan los intereses de la vida económica del país. Pues las locomotoras son de tipos diversos, porque fueron fabricadas en distintas épocas por distintas sociedades en distintas fábricas; distintos talleres reconstruyen y reparan al mismo tiempo locomotoras diversas. Se trata de clasificar las locomotoras por tipos y de repartir los ferrocarriles entre los distintos talleres. Hay que exigir y llevar a cabo sin contemplaciones una tipificación, es decir, una unificación técnica de las locomotoras y de sus piezas. La sociedad capitalista despilfarra, en efecto, una enorme cantidad de fuerza de trabajo por la diversidad, por la abigarrada variedad de las piezas de su aparato material de producción. Por eso es necesario empezar la tipificación por el transporte, por los ferrocarriles, porque aquí es donde resulta más fácil.

La tipificación es, como se ha dicho con razón entre nosotros, el socialismo de la técnica. Es tan importante tipificar la economía como electrificarla. Sin tipificación la técnica no llegará a su más alto triunfo. Pues bien, lo intentamos, pero tropezamos enseguida con grandes obstáculos. El hecho de que el ferrocarril perteneciera a una sociedad traía consigo que cada línea, tomada en su conjunto, hiciera sus cuentas con toda la economía a través del mercado y tuviera siempre su balance sobre la mesa. Este hecho era económicamente necesario, pero técnicamente, como he dicho, muy perjudicial. Económicamente era inevitable en las condiciones dadas, porque si se puede mantener o abandonar una línea depende enteramente de en qué medida sea económicamente necesaria. Si se transporta algo por medio de esa línea, eso puede controlarse o bien por las leyes del mercado o bien por la contabilidad estadística socialista general de la economía. Estos últimos métodos todavía no los tenemos. Son los métodos más finos del cálculo socialista, que aún tienen que desarrollarse. Así pues, los viejos métodos se perdieron con la guerra y la revolución. Fueron eliminados, mientras que los nuevos aún no existían. Ciertamente se podía llevar a cabo cuanto se quisiera esta tipificación, esta reconstrucción técnico-socialista de la red ferroviaria, pero con ello se perdía el contacto entre cada línea y el conjunto de la economía. Cómo hay que distribuir los vagones y la fuerza de trabajo solo puede determinarse por ahora con ayuda del cálculo capitalista. Haciendo pagar cada viaje, cada transporte de mercancías, y estableciendo el balance, uno se pone en condiciones de evaluar cada línea ferroviaria y el transporte en su conjunto y, más adelante, de dirigirlo también de manera centralizada. Así que también en este aspecto tuvimos que hacer una retirada y dejar subsistir hasta cierto momento las distintas líneas, o también grupos enteros de ellas, como algo más o menos autónomo. Esto demuestra que con objetivos y necesidades técnicas abstractas, que en sí mismas están plenamente justificadas, con objetivos formalmente socialistas solos, no se pueden saltar ciertas etapas económicas del desarrollo del capitalismo al socialismo.

Lo mismo vale, naturalmente, en medida todavía mucho mayor, para las empresas industriales. Se tienen, por ejemplo, fábricas de maquinaria en los Urales, en el sur, en la gobernación de Briansk, etc., y hay que repartir entre ellas el carbón, las materias primas y otros materiales sobre la base de las anotaciones en los libros del aparato central de Moscú. Con ello se perdía por completo el contacto con la realidad, es decir, no se sabía si la fábrica trabajaba bien o mal, si empleaba bien el carbón o no, porque se tenía una estadística central bastante dudosa y ningún cálculo económico, comercial, para cada empresa como tal, que tiene que funcionar en cierto modo como célula del organismo socialista, pero no como empresa que actúa económicamente bajo su propia responsabilidad, y que tiene que demostrar su utilidad al Estado obrero. La posibilidad de hacerlo la da la nueva política económica, que no es otra cosa que la construcción más lenta de la economía socialista por el Estado obrero con ayuda de los métodos de cálculo, de contabilidad y de evaluación de la conveniencia de la empresa, creados por el desarrollo capitalista. De este modo hemos llegado a restablecer el mercado.

Pero el mercado necesita un equivalente general. Este equivalente tiene entre nosotros un aspecto bastante miserable. El camarada Lenin ya ha hablado con más detalle de que hay que lograr la estabilidad del rublo y de que nuestros intentos en esa dirección no han quedado del todo sin éxito. Nuestra industria se queja ahora constantemente de falta de capital circulante, y en esas quejas se oyen a menudo los tonos del fetichismo capitalista, sin que tengamos el capitalismo —en sentido verdadero no lo tenemos en absoluto, porque aunque llamemos a nuestra situación «capitalismo de Estado», eso ocurre, como he dicho, solo en un sentido muy convencional, y prefiero evitar esa denominación—; pero el fetichismo nos ha quedado de los viejos tiempos y sigue metido en la cabeza de algunos camaradas. A este diablo lo pusimos enseguida en pie.

Se queja uno de que nuestro Comisariado de Finanzas no da bastante dinero. Si para nuestra fábrica hubiéramos tenido solo unos cuantos rublos miserables más, habríamos podido seguir produciendo. A cambio de esos rublos miserables se habría obtenido enseguida lienzo, zapatos u otras cosas necesarias. Así pues, padecemos una crisis del capital circulante. ¿Qué significa eso? Como ahora llevamos a cabo la distribución de las fuerzas productivas con métodos capitalistas, naturalmente todas nuestras dificultades adoptan un rostro que estamos acostumbrados a ver en la sociedad capitalista. Las empresas metalúrgicas, por ejemplo, no disponen de una cantidad suficiente de capital circulante. ¿Qué significa eso? Significa que ante todo somos muy pobres y que, para reanimar la industria, tenemos que empezar a aplicar nuestras fuerzas técnicas y financieras allí donde es más urgente. Y lo más urgente es allí donde empieza el consumo: los obreros, los campesinos y los soldados rojos. Está claro, pues, que los medios financieros van en primer lugar hacia allí. Solo cuando se desarrolle la industria de productos acabados surgirá la posibilidad de un desarrollo sano de la industria pesada. La industria de productos acabados trabaja ahora para el mercado, es decir, ha entrado en la arena de la competencia entre las diversas empresas estatales y privadas, y solo así se acostumbrará uno a trabajar bien. Este objetivo no puede alcanzarse del todo ni con la educación moral y los sermones ni con una economía centralista, sino solo haciendo que cada director de fábrica sea controlado no solo por el Estado, desde arriba, sino también desde abajo, por el consumidor, que comprueba si sus productos encuentran salida y se pagan, es decir, si son buenos. Esto da el mejor control sobre el comportamiento del empresario y de su administración. En la medida en que la industria de productos acabados nos dé la posibilidad de extraer del país riquezas reales y rinda al mismo tiempo beneficios, obtendremos también una base para la industria pesada.

Así pues, las crisis financieras de la industria se explican por todo el desarrollo de la economía. Naturalmente, nuestro Comisariado de Finanzas no puede apoyar enseguida mediante emisiones de moneda a cada empresa que alega poder trabajar con capital circulante. ¿Qué significaría eso? En primer lugar, naturalmente, que el mercado habría arrojado de sí esas emisiones superfluas, de tal modo que la caída del rublo sería tan catastrófica que el poder adquisitivo total de todas las emisiones sería menor que el de la cantidad actual de rublos. Y en segundo lugar significaría que haríamos de la emisión un factor de desorganización de la economía, porque, ya que aplicamos métodos capitalistas, tenemos que corregirlos con mucho cuidado y no inmiscuirnos de manera bárbara, lanzando emisiones y metiendo un caos completo en la economía.

Ciertamente, se puede decir con pleno derecho de la NEP que encierra un gran peligro, porque si se le da un dedo al diablo habrá que darle también la mano, el brazo y finalmente el cuerpo entero. El mercado, la competencia, el libre comercio de cereales: ¿qué arrastra todo eso consigo? En primer lugar, un aumento de la importancia del capital comercial, una acumulación creciente de este. El capital comercial, una vez que existe, penetra también en la vida productiva, en la industria. Recibe del Estado empresas industriales en arriendo. Y entonces tenemos la acumulación también en la industria, y no ya solo en el comercio. Así vemos cómo el verdadero capitalismo —porque los especuladores, los intermediarios, los arrendatarios son los verdaderos capitalistas que se extienden a sus anchas en el Estado obrero— se hace cada vez más fuerte, se adueña de una parte cada vez mayor de la economía nacional, aniquila así el socialismo en gestación y acaba adueñándose también del poder estatal. Porque eso lo sabemos tan bien como Otto Bauer207: que la economía es la base y la política la superestructura. Al dejar la nueva política económica libre juego a las fuerzas capitalistas, que tienen siempre la maldita tendencia a crecer por la acumulación del capital, corremos constantemente el peligro —Bauer lo califica en todo caso siempre como la única perspectiva salvadora para no hundirnos del todo— de ser vencidos por completo por el capitalismo. Hablando en abstracto, teóricamente, no estaba descartado que Kolchak y Denikin se adueñaran de Moscú. Estábamos en lucha. Era una lucha militar, y cuando nos preguntaban si no existía realmente el peligro de que Kolchak llegara a Moscú, o antes todavía los regimientos de los Hohenzollern, respondíamos: naturalmente, es una posibilidad que puede hacerse realidad en el curso de la lucha por una derrota de nuestras tropas. Pero nosotros queremos la victoria, no la derrota. ¿Y cómo están hoy las cosas? Hoy estamos igualmente en una lucha. La agricultura campesina es la base. Si en la guerra civil se luchaba en realidad por el alma del campesino, si por un lado el Ejército Rojo y por otro los nobles y los burgueses combatían por atraer a su lado a los campesinos, hoy la lucha entre el Estado obrero y el capitalismo no es en primer lugar por el alma, sino por el mercado del campesino. En la lucha hay que evaluar siempre correctamente los medios del enemigo y los propios. ¿Cuáles son nuestros medios? Nuestro medio principal es ante todo el poder estatal, un medio excelente en la lucha económica. Lo demuestra toda la historia de la burguesía, y nuestra breve historia lo confirma. Otros medios son la posesión de las fuerzas productivas más importantes, incluidos los medios de transporte del país, y la propiedad de la tierra, que da la posibilidad de cobrar al campesino el impuesto en especie. A ello se suman el ejército y todo lo demás. Ese es nuestro activo.

Si el capitalismo que se desarrolla, el llamado capitalismo de Estado, sigue desarrollándose, no se eleva a un verdadero capitalismo, sino a un socialismo real. Cuanto mejor prospera el llamado capitalismo de Estado, más se acerca al socialismo. Eso no es un peligro para nosotros; el peligro está en el desarrollo del verdadero capitalismo privado, al que se da libre juego. Este capitalismo verdadero hace la competencia a nuestra economía estatal y a nuestra industria estatal. Y ahora pregunto: ¿de qué medios dispone? No tiene poder estatal ni goza de gran simpatía por parte del poder estatal. Al contrario, el poder estatal se esfuerza por tenerlo a raya, lo cual es necesario para que el mozo no se hinche demasiado y sus árboles no crezcan hasta el cielo. Las tijeras para cortar lo superfluo están siempre en manos del Estado obrero.

A ello pertenecen en primer lugar los impuestos. Además, el Estado dispone también de las empresas industriales arrendadas. Tengo que dar aquí unas cuantas cifras, ya que precisamente sobre este punto se habla de capitulación. Si dejamos aparte el transporte (el número total de trabajadores del transporte asciende a 956.952), ya que queda por completo en manos del Estado, y tenemos en cuenta solo las empresas puramente industriales dirigidas como trusts, ocupamos actualmente, en la muy precaria situación de nuestra economía, a un millón de obreros. En las fábricas que hemos arrendado, en cambio, están ocupados 80.000 obreros. Pero lo decisivo no es solo eso, sino también el nivel técnico de las empresas. Una idea de la técnica se la da a ustedes el hecho de que el número medio de obreros en las empresas arrendadas es de 18, y en las empresas estatales, en cambio, de 250.

Así pues, las empresas más importantes, las mejor equipadas técnicamente, están por completo en posesión del Estado y son explotadas por él. He dicho que en las empresas estatales están ocupados un millón de obreros, y 80.000 obreros en las empresas arrendadas, en concesión. Pero ni siquiera estos 80.000 obreros están todos en empresas privadas, porque la mitad de estas empresas no las explotan capitalistas privados, sino cooperativas de consumo o distintos comisariados que han arrendado las empresas al Estado y las administran por su propia cuenta, de modo que en las empresas puramente capitalistas privadas arrendadas por el Estado no trabajan más de unos 40.000 o 45.000 obreros, frente al millón de obreros de las empresas estatales. Todo esto, por lo demás, es de fecha reciente. Hasta que este capital privado haya adelantado realmente al capital estatal, tendremos tiempo de sobra para calcularlo todo y, si es necesario, para cambiarlo. Pero creo que, si la revolución no llega en Occidente en los próximos años, nuestro capital privado podrá desarrollarse durante bastante tiempo sin alcanzar ni de lejos el nivel del capital estatal.

En el terreno del comercio el capital privado desempeña ya ahora un papel mayor. Es bastante difícil evaluarlo en cifras. Nuestros expertos, que no siempre son lo que pretenden ser —no solo por falta de buena voluntad, sino también por causas objetivas—, opinan que el capital comercial privado constituye ahora aproximadamente el 30 % del capital comercial en circulación, mientras que el 70 % restante corre a cargo de las instituciones del Estado y de las cooperativas de consumo, subvencionadas por el Estado y dirigidas en realidad por el Estado.

Estos dos procesos corren, pues, paralelos y al mismo tiempo se oponen el uno al otro. Pese a todo, se apoyan mutuamente a la vez. El capital privado se agrupa en torno a nuestros trusts estatales, les hace la competencia y, sin embargo, también se nutre de ellos. Por otra parte, nuestras empresas estatales no serían capaces de funcionar si tuvieran que renunciar a los suministros de ciertas empresas privadas más pequeñas. Nuestras empresas estatales atraviesan ahora el periodo de la acumulación socialista originaria. Si no recibimos créditos, tendremos que seguir desarrollando nuestra economía como Estado nacional aislado, aunque no del todo en el sentido de List208, acumulando no en sentido capitalista, sino en sentido socialista. Por otro lado se lleva a cabo de nuevo el proceso de la acumulación capitalista originaria, y cuál de estos dos procesos avanzará más deprisa, lo enseñará la realidad. Las mayores ventajas, los triunfos, están en manos del Estado obrero. Naturalmente, también pueden perderse. Pero, analizando la situación dada, vemos todas las ventajas de nuestro lado, salvo una: detrás del capital privado, que entre nosotros atraviesa ahora por segunda vez la época de la acumulación originaria, está el capital mundial. Seguimos cercados por el capitalismo. Por eso se puede y se debe plantear también la cuestión de si nuestro socialismo incipiente, que todavía funciona con medios capitalistas, no será comprado por el capital verdadero.

Pues bien, para comprar hacen falta siempre dos partes, una que compra y otra que vende. El poder está entre nosotros en manos del Estado obrero. Las industrias más importantes y el comercio exterior están monopolizados. Por eso el monopolio tiene para nosotros una importancia de principio. Es la protección contra el capitalismo que quiere comprar el socialismo incipiente. Y en cuanto a las concesiones, el camarada Lenin ya les ha dicho a ustedes cómo están las cosas: grandes discusiones, pequeñas concesiones. (Risas.) Se ha subrayado a menudo que el capitalismo mundial se halla en una crisis terrible y que necesita a la Rusia soviética, que Inglaterra necesita el mercado ruso, Alemania necesita cereales, etc. En abstracto, eso parece muy cierto si se mira el mundo de manera pacifista, desde el punto de vista del sentido común, que siempre es pacifista (Risas). Parece, pues, que el capital inglés se lanzaría con todas sus fuerzas sobre Rusia para ocuparla económicamente, mientras Alemania iría a la zaga. Pero no es así. ¿Por qué? Porque nos hallamos en una época crítica de equilibrio económico roto y porque el capital no tiene la posibilidad de trazar y realizar grandes planes económicos. Rusia significa sin duda para Inglaterra una gran reserva, pero no para mañana. En un día el mercado ruso no podrá eliminar el ejército de parados de Inglaterra, que todavía cuenta un millón. Quizá lo lograría en el curso de tres, cinco o diez años, pero entonces hay que hacer también las cuentas a diez años. Y eso es imposible. ¡Todo es ahora tan inseguro en este mundo desquiciado!

Por eso toda la política económica de los gobiernos capitalistas está calculada solo de hoy para mañana. Eso lo condiciona toda la situación mundial. Y como se es consciente de que Rusia no significa una salvación para mañana, se aplaza una y otra vez el comienzo de las anunciadas concesiones, créditos, etc., etc. Es completamente infundado temer que podamos vernos colmados y aplastados por esas concesiones. Ya ven ustedes que en el órgano central de nuestro partido dedicamos ahora una serie de largos artículos a una concesión muy grande —la concesión a Urquhart—, en los que calculamos fríamente, quizá con algún error de cálculo, lo admito, si esta concesión nos es útil o perjudicial. ¿Qué significa eso? Significa que la sartén por el mango la tiene el Estado obrero. El Estado obrero sopesa si quiere otorgar esta o aquella concesión o no.

En una palabra: el peligro de que el verdadero capitalismo, cuyo desarrollo es inevitable una vez que se le ha dado el mercado libre, se le suba a la cabeza al Estado obrero es mucho menor que la posibilidad de la conquista del poder estatal por la clase obrera de Europa. Esto significa para nosotros una política de resistir hasta que la clase obrera de Europa y del resto del mundo se haya adueñado del poder estatal.

Así, más o menos, creo yo, debería sonar la respuesta a los sabihondos de la difunta, o al menos agonizante, Internacional Dos y Media. Para nuestro cuarto aniversario, Otto Bauer dedicó a nuestra economía un folleto en el que dice sobre la nueva política económica, en forma pulcramente lógica, todo lo que suelen decir nuestros enemigos del campo socialdemócrata. En primer lugar, la nueva política económica sería naturalmente una capitulación, pero una buena capitulación. Porque él ya habría predicho en 1917 que el resultado final de la revolución rusa no podría ser otro que una república democrático-burguesa. Sin embargo, recuerdo que en 1919 las profecías de estos señores, de Otto Bauer y de la Internacional Dos y Media, sonaban algo distinto. Porque entonces admitían el comienzo de la época de la revolución social. Nadie creerá que, cuando el capitalismo camina hacia su ruina en el mundo entero, vaya a empezar su época de esplendor en la Rusia revolucionaria, dominada por la clase obrera.

Así pues, en 1917, cuando Otto Bauer tenía todavía la fe virginal en la solidez a toda prueba del capitalismo, escribió que la revolución rusa solo podía terminar con el Estado burgués. El oportunista socialista es siempre impresionista en política. Inundado y cogido por sorpresa por las olas de la revolución, reconoció en 1919: este es el comienzo de la época de la revolución social. Como ahora, gracias a Dios, las olas de la revolución no suben tan alto, vuelve a toda prisa a su profecía de 1917, porque siempre tiene dos profecías en el almacén, que puede usar a su gusto. (Risas.) Luego sigue diciendo: «Es una economía capitalista la que vemos resurgir así, una economía capitalista en Rusia, dominada por la nueva burguesía, que se apoya en los millones de explotaciones campesinas y a la que la legislación y la conducta del Estado tienen que adaptarse por fuerza». Así pues, ya hace un año proclamó que la economía y el Estado están dominados entre nosotros por la nueva burguesía. Además, naturalmente, también el arriendo de las empresas de las que les he hablado —es decir, unos 40.000 obreros en las empresas peores y más pequeñas frente al millón de obreros en las mejores empresas del Estado— es igualmente una «capitulación del poder soviético ante el capital industrial». Para darle a todo esto un buen marco, cuenta lo siguiente: «Tras largas vacilaciones, el gobierno soviético se ha decidido ahora por fin (!!) a reconocer las deudas exteriores zaristas».

Como algunos camaradas, naturalmente, no siempre tienen presente con exactitud nuestra historia, tengo que recordarles que por un radiograma del 4 de febrero de 1919 habíamos propuesto a todos los gobiernos capitalistas lo siguiente: a) reconocimiento de las obligaciones de deuda de los anteriores gobiernos de Rusia; b) pignoración de nuestras materias primas como garantía del pago de los empréstitos y de los intereses; c) otorgamiento de concesiones, a su elección;

d) concesiones territoriales en forma de ocupación militar de ciertos distritos por fuerzas armadas de la Entente. Todo esto lo propusimos al mundo capitalista por un radiograma del 4 de febrero de 1919, y en abril del mismo año lo repetimos de forma todavía más detallada y precisa al plenipotenciario norteamericano no oficial Bullitt209. Pues bien, camaradas, si se comparan estas propuestas con las que nuestros representantes hicieron también en Génova y en La Haya, o mejor dicho, rechazaron, se ve que en este camino no hemos evolucionado en el sentido de ampliar las concesiones, sino, al contrario, en el sentido de mantener con más firmeza nuestras exigencias frente a los demás.

Ciertamente, este desarrollo conduce a la «democracia»; eso está muy claro y hace tiempo que lo tienen acordado Otto Bauer y Mártov. Se confirma una vez más la doctrina de Marx —nos alecciona Bauer— de que a la transformación de la base económica tiene que seguir la transformación de toda la superestructura política. Es muy cierto que con el cambio de la base económica cambia también la superestructura; pero, en primer lugar, la base económica no cambia del todo según el dictado de Otto Bauer, ni tampoco del todo según el dictado del señor Urquhart, que en esta cuestión tiene una palabra de más peso que decir. Por otra parte, en la medida en que la base económica cambia realmente, ocurre a un ritmo y en una amplitud tales que estamos muy lejos de perder el control político sobre ese proceso. También la burguesía ha dado a los obreros algunas reformas y ha hecho diversas concesiones a la clase obrera. No hay que olvidarlo; algunos experimentos fueron desde el principio bastante arriesgados, por ejemplo el del sufragio universal. Marx llamó a la reducción legal de la jornada de trabajo en Inglaterra la victoria de un principio nuevo210. ¿De qué principio? Del principio de la clase obrera.

Pero entre la victoria parcial de este principio del futuro y la conquista del poder político por la clase obrera inglesa media todo un gran periodo histórico. Nosotros, sin embargo, no necesitamos una moratoria tan larga. Debemos y podemos decir tranquilamente que, naturalmente, si las concesiones a los métodos capitalistas, por un lado, y al mundo capitalista, por otro, siguen desarrollándose, acumulándose, ahondándose, multiplicándose, potenciándose, podemos llegar al fin a un momento en que la base haya sufrido tales cambios que la superestructura del Estado obrero tenga que hundirse necesariamente. Pero precisamente en eso consiste la dialéctica del asunto: en primer lugar, en que la superestructura, una vez creada, se convierte a su vez en un factor que influye en la base, y en que esta base, por su parte, encuentra en esa superestructura su apoyo más firme; en segundo lugar, en que no contamos con la eternidad, sino con un determinado periodo histórico, hasta que las grandes reservas occidentales, que tienen que convertirse en vanguardia, salgan a escena. Si los acontecimientos históricos no se miden cuantitativamente, sino solo cualitativamente —y la cantidad se convierte en calidad, como ustedes saben en cuanto dialécticos—, si además se libera el desarrollo histórico del factor tiempo, incluso en la interpretación relativa de Einstein, si se toma la historia como algo intemporal, si se especula hacia la eternidad, entonces, naturalmente, la nueva política económica es para nosotros absolutamente mortal. Porque si dura eternamente, el socialismo no llegará nunca a su triunfo. Esa es más o menos toda la sabiduría del señor Otto Bauer. Solo que al final opina además que tendríamos que acelerar el cambio de la superestructura. Dice: «La reconstrucción de una economía capitalista no puede llevarse a cabo bajo la dictadura de un partido comunista. El nuevo rumbo en la economía nacional exige un nuevo rumbo en la política».

Así pues, el hombre que tan lejos ha llegado en Austria (Risas) nos declara: ¿saben ustedes?, el capitalismo no puede florecer bajo la dictadura de vuestro partido. ¡Pues precisamente por eso mantenemos la dictadura de nuestro partido! (Grandes risas. Aplausos.)

Pero hay todavía una cuestión importante, camaradas, a la que no he respondido. Me refiero a la cuestión de la productividad, del rendimiento del trabajo.

El socialismo es un sistema económico, el capitalismo es otro. Las ventajas del socialismo no pueden demostrarse con conferencias, sino solo con un mayor rendimiento del trabajo. Porque, del mismo modo que el modo de producción capitalista tuvo sobre el feudal la ventaja de hacer más productivo el trabajo humano, también el socialismo posee la misma ventaja sobre el capitalismo. Ahora bien, somos muy pobres —ese es el hecho decisivo—, y si se nos mira por ese lado, nuestros enemigos pueden esgrimir argumentos mucho más serios. Tanto la producción agrícola como la industrial han retrocedido considerablemente en comparación con la época de antes de la guerra. Pues bien, la cosecha del año pasado representa aproximadamente ¾ de una cosecha media de antes de la guerra, y los productos de la industria representan este año aproximadamente ¼ de los productos industriales de antes de la guerra. A primera vista parece esconderse aquí un gran peligro. Nosotros nos apoyamos en la industria, mientras que la agricultura proporciona el terreno para la acumulación del capital privado. Pero no hay que olvidar que el campesino produce la mayor parte de su producción para sí mismo, para su propio consumo. Si este año ha alcanzado ¾ de la cosecha de antes de la guerra, es capaz, en el mejor de los casos, de lanzar al mercado solo 100 millones de puds, después de haber entregado al Estado su impuesto en especie (314 millones de puds). Para el capital privado, igual que para el capital comercial que está en manos del Estado, solo entra en consideración la cantidad de la producción agrícola que llega al mercado. Y esa cantidad es bastante pequeña y difícilmente crecerá más deprisa que el desarrollo industrial.

En todo caso, todavía no hemos demostrado con hechos que el socialismo sea, en comparación con el capitalismo, un método económico más ventajoso, porque somos más pobres de lo que era el país antes de la guerra y también antes de la revolución. Es un hecho. Se explica por otro hecho, a saber, que la revolución, como sistema de transformación económica, es una empresa muy costosa. Así lo han demostrado todas las revoluciones del mundo. Tomemos la Gran Revolución Francesa. En Génova, el experto francés, hoy ministro de Justicia de Francia, Colrat211, dijo al camarada Litvínov212 (o a Chicherin): «No tienen ustedes ningún derecho a opinar en cuestiones económicas; comparen ustedes el estado de su país con el nuestro». Pues bien, el estado de la Francia actual sobre base capitalista ha salido de la Gran Revolución Francesa, y Francia, tal como hoy está ante nosotros, con sus riquezas, su civilización y su corrupción, sería impensable sin su Gran Revolución Francesa. Y el mismo Colrat habla naturalmente el 14 de julio de la Gran Revolución Francesa como madre de la democracia moderna. A raíz de su discurso consulté unas cuantas obras históricas, como las del historiador francés Taine213 y la historia del socialismo de Jaurès214, y comprobé los hechos siguientes: en primer lugar, después del 9 de termidor, es decir, después del comienzo de la era contrarrevolucionaria, es cuando de verdad empieza el empobrecimiento de Francia. Diez años después del comienzo de la revolución, es decir, bajo el primer cónsul Bonaparte, París recibía al día solo de 300 a 500 sacos de harina, cuando necesitaba como mínimo 1.500 sacos. Así pues, París, que era entonces una ciudad de 500.000 habitantes, recibía en el décimo año de la revolución burguesa solo ⅛-¼ de sus alimentos más necesarios.

Otro ejemplo. En la misma época, en el noveno y el décimo año de la Revolución Francesa, la población disminuyó en 37 de los 58 departamentos, y ello a causa del hambre, las epidemias, etc. ¡Fíjense ustedes, en el décimo año! Nosotros, en cambio, estamos solo al comienzo del sexto. El cuadro que ofrecemos ahora no es envidiable, pero es mucho más favorable que el cuadro que ofrecía Francia, según los datos estadísticos, tras diez años de su revolución democrático-burguesa. En todo caso vemos que la historia realiza su objetivo a través de devastaciones pasajeras, persiguiendo la potenciación del trabajo humano. Esa es, qué le vamos a hacer, la manera disarmónica de la historia, de la que no somos responsables. Precisamente en los últimos días cayó en mis manos un discurso que quisiera recomendar muy especialmente a los camaradas franceses. Es el discurso del químico francés Berthelot, hijo del famoso Berthelot215, que, como delegado de la Académie des Sciences, dijo lo siguiente (traduzco del Temps):

«En todas las épocas de la historia, tanto en el terreno de las ciencias como en el de la política y de los fenómenos sociales, ha sido siempre privilegio grandioso y terrible de los conflictos armados acelerar con sangre y hierro el nacimiento de nuevos tiempos.»

Naturalmente, se refiere en primer lugar a las guerras, y tiene también razón en que las guerras, en especial las que defienden un nuevo principio histórico, han ejercido una gran fuerza de empuje. Pero habla en general de conflictos armados. Aquellos conflictos revolucionarios que significan devastación significan al mismo tiempo el nacimiento de nuevas épocas. Así pues, puede afirmarse que los gastos, los costes de la revolución, no son faux frais, no son gastos inútiles, y pedimos a nuestros amigos —y nos lo concederán— un plazo de otros cinco años para demostrar, en el décimo año de la revolución, en el terreno económico, no solo con especulaciones sino con hechos materiales, la fuerza del socialismo frente al capitalismo.

Pero si el mundo capitalista sigue existiendo varios decenios más, entonces, en fin, eso significaría la sentencia de muerte para la Rusia socialista. Sin embargo, a este respecto no tenemos ninguna necesidad de poner en duda ni de modificar las opiniones, las comprobaciones y las tesis que formulamos en el III Congreso Comunista. El ministro británico de Asuntos Exteriores, lord Curzon216, en un discurso que pronunció el 9 de noviembre, justo en el aniversario de la república alemana, caracterizó admirablemente la situación mundial. No sé si los camaradas lo habrán leído. Por eso quiero leerles un par de frases de ese discurso. Dijo el día 9 de este mes:

«Todas las potencias salen de la guerra con las fuerzas debilitadas y quebrantadas. Soportamos una pesada carga fiscal bajo la cual sufre la industria del país. Tenemos multitud de parados en todas las ramas de trabajo. En cuanto a la situación de Francia, este país está agobiado por un endeudamiento enorme y no está en condiciones de cobrar las reparaciones. Alemania se encuentra en un estado de inestabilidad política, y su vida económica está paralizada por una terrible crisis monetaria. Rusia sigue estando fuera de la familia de los pueblos europeos. Sigue estando bajo la bandera del comunismo (así que no está del todo de acuerdo con Otto Bauer) (risas) y continúa su propaganda comunista en todas las partes del mundo. (¡Lo cual no es cierto en absoluto!) (Risas.)

»Italia ha pasado por una serie de sacudidas internas y de crisis de gobierno. (Ni mucho menos ha pasado ya por ellas: está pasando ahora.) (Risas.)

»El Oriente Próximo se encuentra en un estado de caos completo. Una situación así es terrible.»

Ni los propios comunistas rusos podrían hacer mejor propaganda a escala mundial. «Una situación así es terrible», constata, en el quinto aniversario de la república soviética, el representante más autorizado del imperio más poderoso de Europa. Y tiene razón. Solo que hay que cambiar esa terrible situación.

Una vez, a la pregunta de un corresponsal italiano sobre cómo valorábamos ahora la situación mundial, respondí de forma bastante banal: «El capitalismo ya es incapaz de dominar —cosa que el señor Curzon acaba de confirmar plenamente—, la clase obrera todavía no es capaz de hacerlo. Ese es el rasgo distintivo de nuestra época». Y hace tres o cuatro días recibo de un amigo de Berlín un recorte de uno de los últimos números de la Freiheit217, en el que se lee: «Victoria de Kautsky sobre Trotski» (risas), y donde se dice que la Rote Fahne no tiene valor para volverse contra mi capitulación ante Kautsky, aunque la Rote Fahne siempre ha tenido valor para volverse contra mí, incluso cuando a veces yo tenía razón. Pero eso pertenece al III Congreso y no al IV. (Aplausos y risas.) Así pues, yo había dicho: «El capitalismo es ya incapaz, la clase obrera todavía no es capaz: ese es el rasgo distintivo de nuestra época». Y la difunta Freiheit comentaba: «Lo que Trotski declara aquí como opinión suya era hasta ahora la opinión de Kautsky». ¡Así que un plagio! Sí, verán ustedes, dar entrevistas no es un oficio agradable, y nunca se hace por libre voluntad, sino siempre por orden de nuestro amigo Chicherin. Entre nosotros siguen estando centralizadas muchas cosas, y la concesión de una entrevista se dispone desde el Comisariado de Asuntos Exteriores. (Risas.) Cuando uno tiene que someterse a una entrevista, dice naturalmente siempre las cosas más trilladas que tiene a mano. (Vivas risas.) No se me ocurrió pensar que esta comprobación —que el capitalismo es ya incapaz y el socialismo, en cambio, todavía no es capaz de aprovechar el poder— fuera un invento mío. Ahora se le busca como padre espiritual a Kautsky. Me he esforzado con toda honradez por entender en qué consiste mi capitulación. El hecho de que el proletariado todavía no sea capaz de ello consiste precisamente en que en la clase obrera siguen existiendo tradiciones e influencias muy fuertes del kautskismo. (Risas.) En eso reside precisamente su falta de madurez para tomar el poder, y esa idea es la que expresé ante el corresponsal italiano sin nombrar a Kautsky, porque todo el mundo sabe a qué se alude.

El capitalismo se encuentra en una crisis histórica. La clase obrera todavía no es capaz hoy de poner fin a esa crisis mediante la toma del poder político.

En el III Congreso Mundial —hay que recordarlo aquí— nos esforzamos, tanto en nuestros discursos como en nuestras tesis, por establecer con toda nitidez la diferencia entre la crisis histórica del capitalismo y una crisis de coyuntura. Ustedes recordarán también las discusiones que por ese motivo tuvieron lugar entonces, en parte en la comisión, en parte en el pleno. Ahora un interés eminentemente práctico nos dicta confirmar esas tesis precisamente en este punto, porque algunos camaradas, partiendo de la premisa de la crisis histórica, se imaginaban entonces las cosas como si la crisis, agravándose automáticamente, revolucionara económicamente al proletariado, agudizando en línea recta sus métodos de ataque y empujándolo hasta la insurrección. Nosotros subrayamos que, en el marco de la crisis histórica del capitalismo, las oleadas de los ciclos, de los cambios de coyuntura, eran inevitables, y que a la aguda crisis de coyuntura que empezó en 1920 tenía que seguir inevitablemente en todo el mundo capitalista una cierta mejoría, es decir, primero un cese del empeoramiento y después también una mejoría mayor o menor. Algún camarada opinó entonces que eso era una inclinación al oportunismo con la intención de encontrar un medio para aplazar la revolución sin más.

Imaginemos cómo estaríamos hoy si hubiéramos aceptado esa teoría mecánica de una crisis que se agrava sin cesar y nos viéramos hoy ante el hecho de que en los países más importantes del capitalismo la crisis ha dejado paso a una mejoría o a un estancamiento que, después de la crisis, significa ya una mejoría. En los Estados Unidos, el país más poderoso, tenemos una prosperidad. Cuánto durará y si tiene raíces profundas que garanticen un desarrollo ulterior más largo es cuestión aparte. El estado de Europa está dado. Igualmente la descomposición del mundo entero. Estos hechos existen y determinan la gran crisis histórica. Pero también existe la mejoría de la coyuntura. Hoy tendríamos que cambiar, revisar, someter a un nuevo examen teórico nuestra concepción del carácter revolucionario de nuestra época si entonces hubiéramos seguido a aquellos camaradas que nos exigían reconocer el principio según el cual la crisis es siempre y en todas las circunstancias un factor más revolucionario que la prosperidad, y reconocer que no teníamos ningún motivo para incorporar a nuestras tesis la posibilidad de una mejoría de la situación económica.

¡Habría sido un gran error! No, teníamos toda la razón, y ahora estamos armados frente a nuestros adversarios de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media. No consideramos revolucionaria esta época porque en 1920 una aguda crisis de coyuntura sucediera a la falsa prosperidad de 1919, sino por nuestra valoración del conjunto de la situación mundial y de sus conexiones. Creo que es una lección que será útil a más de un camarada, de modo que tenemos el mayor interés en confirmar nuestras tesis del III Congreso.

También en la medida en que entonces, en nuestras tesis y discursos, proclamamos el comienzo de una nueva etapa, y en la medida en que algunos camaradas nos acusaban de alargarla demasiado, de apuntar demasiado lejos, creo que teníamos razón en nuestras tesis. Recuerdo cómo el camarada Lenin, en uno de sus discursos en el III Congreso o quizá en una comisión del congreso, dijo: «Camaradas, sí, desde luego tenemos el mayor interés en acelerar el ritmo de la revolución, pero si la revolución no llega en un año, ni tampoco en dos, nosotros en Rusia aguantaremos y esperaremos. No les empujamos en modo alguno a actos precipitados». Algunos camaradas se miraron y pensaron: ¡dos años! A más de un camarada aquello le pareció algo terrible. Ya ha transcurrido un año y cuarto. Nos hemos acercado a la revolución, pero todavía no estamos del todo cerca. Rusia está ahora mucho más en condiciones, y con la mayor seguridad, de decir: si la revolución mundial necesita todavía uno o dos años, encontrará a la Rusia soviética mucho más firme que hoy.

Esta perspectiva nació del hecho de que en 1919 no derribamos a la burguesía a escala internacional. De esa situación surgió nuestra lucha por la conquista de las grandes masas del proletariado y el desarrollo de nuestra organización y de nuestros métodos. Nos vimos obligados a inscribir en nuestra bandera reivindicaciones parciales de la clase obrera, a ir también en eso por delante de la clase obrera. ¿En qué consiste la diferencia entre nosotros y la vieja socialdemocracia, si también nosotros defendemos reivindicaciones parciales? Consiste, en primer lugar, en la valoración del carácter de la época. Eso es lo más importante. La burguesía, como clase dominante antes de la guerra, estaba en condiciones de hacer concesiones. El siglo XIX en su conjunto puede considerarse una época en la que la burguesía hizo concesiones a la clase obrera y a capas especiales de la clase obrera. Eran concesiones siempre calculadas según el balance de la burguesía, para que su poder, su dominación, no se tambaleara. La nueva época —hoy puede decirse con seguridad— no comenzó solo después de la guerra, sino ya en 1913-1914. La crisis de 1913 no fue solo una crisis de coyuntura tras una fase de prosperidad, sino el comienzo de una nueva época del capitalismo, cuyo marco se había vuelto demasiado estrecho para las fuerzas productivas. La burguesía se vio privada de la posibilidad de hacer más concesiones. La guerra agravó todavía más esta situación. Pero eso no nos da en modo alguno derecho a concebir nuestra tarea de manera automática o fatalista, porque también en la nueva época revolucionaria puede muy bien uno u otro partido empantanarse, y uno puede figurarse también la lucha por reivindicaciones parciales como el camino hacia el empantanamiento.

En el III Congreso, su inmensa mayoría llamó al orden a aquellos elementos de la Internacional de cuya parte amenazaba el peligro de que la vanguardia, adelantándose precipitadamente, se estrellara contra la pasividad o la falta de madurez de la gran masa de la clase obrera y contra la solidez que aún conservaba el Estado capitalista. En eso residía el mayor peligro, y la advertencia del III Congreso consistió en llamar la atención sobre ese peligro. En la medida en que hubo en ello una retirada, esa retirada fue paralela a la retirada económica de Rusia. Uno u otro camarada pudo entenderlo en el sentido de que toda la orientación de la Internacional estaba dirigida contra el peligro de izquierda.

Eso es, desde luego, completamente erróneo. Lo que entonces, en el lenguaje convencional, se llamaba el «peligro de izquierda» no es más que un peligro de los errores que nosotros mismos podemos cometer. Lo que es y sigue siendo, en cambio, el peligro de derecha es el empantanamiento de los partidos comunistas por la influencia del conjunto de la sociedad burguesa, que se desprende de la caracterización dada de la época preparatoria; porque en 1919, cuando poderosas oleadas de descontento inundaban todos los países y toda la política era el reflejo de ese movimiento revolucionario, la burguesía estaba también desorientada políticamente. Hoy, en tiempos relativamente más tranquilos, en que hay que disputar el alma de los obreros también por reivindicaciones parciales, surge una situación en la que el mundo capitalista vuelve a disponer de mayores posibilidades para instalar su agencia dentro de nuestro partido revolucionario mundial. Por eso no solo tenemos el derecho de invocar el carácter revolucionario de la época, sino el deber de acelerar el curso de esa época. Eso se hace mediante un cuidadoso saneamiento de la Internacional, para que en el momento del gran combate la Internacional esté completamente pertrechada y dispuesta para la lucha. Porque las dificultades que tienen que superar los partidos de Europa occidental son incomparablemente mayores que las que nosotros tuvimos que superar en la revolución. Las ilusiones pacifistas y reformistas, por ejemplo, distan mucho de haberse disipado. En Francia es inevitable un período de florecimiento del pacifismo y del reformismo, a no ser que la revolución estalle antes a causa de una nueva constelación imprevisible. Tras las ilusiones de la guerra y la embriaguez de la victoria, en Francia llegarán al poder las ilusiones pequeñoburguesas del pacifismo y del reformismo bajo la forma de un bloque de izquierdas. En esa época una fuerte oleada de esas ilusiones puede alcanzar también a la clase obrera. Nuestro partido francés tiene el interés más eminente en librar a tiempo sus filas de aquellos que pueden servir en ellas de intermediarios de las ilusiones pacifistas y reformistas.

Lo mismo vale para Inglaterra. No sé cuál será el resultado de las elecciones que se están celebrando ahora. Pero si los conservadores vuelven al timón con los nacionalliberales, ese esplendor no durará demasiado. La sustitución de la orientación conservadora por una pacifista y democrática es inevitable en Inglaterra. Imagínense ustedes el cuadro: en Francia, le bloc des gauches, es decir, un gobierno democrático y pacifista, ¡y en Inglaterra un gobierno obrero aliado con los liberales independientes! ¡Qué no surgirá entonces en Alemania! En Alemania los pulmones de los socialdemócratas recibirán aire fresco. Tendremos una nueva edición del wilsonismo sobre una base más amplia. No estamos en absoluto a salvo de un nuevo período, grandioso en su género, de embrutecimiento y aturdimiento de la clase obrera por las tendencias pacifistas y reformistas. Como la época es revolucionaria, las contradicciones insolubles y los antagonismos dentro del propio capitalismo extraordinarios, ese período solo puede parecerse a la última llamarada de una vela que se consume. Ciertamente, si la revolución no estalla antes —lo cual no es en modo alguno seguro—, en el curso de semejante marea alta pacifista, tras cuyo reflujo la clase obrera francesa e inglesa comprenderá la necesidad de buscar el partido que todavía no la ha engañado, puede surgir naturalmente la mayor crisis psicológica. Tiene que existir un partido que en ese período de mentiras pacifistas probables, más aún, seguramente inevitables, no engañe a la clase obrera del mundo, un partido de la verdad, de la verdad cruda y brutal. Ese partido tiene que ser el Partido Comunista.

Por eso hoy, más que nunca, estamos obligados a examinar rigurosamente nuestras filas y a controlarlas constantemente. Un camarada francés —fue el camarada Frossard218— dijo una vez: Le parti c'est la grande amitié (el partido es la gran amistad). Eso se repitió luego a menudo. Es una fórmula muy bonita, que en un sentido restringido estoy dispuesto a hacer mía. Solo que no hay que perder de vista que el partido no llega a ser una gran amistad sino a través de una selección profunda. Y esa selección tiene que ser cuidadosa y, si es necesario, despiadada. Dicho de otro modo: ¡el partido tiene que ser primero la gran selección antes de convertirse en la gran amistad! (Vivos y prolongados aplausos.)

Se levanta la sesión a las 8.25 de la noche.

Undécima sesión, miércoles 15 de noviembre de 1922

La ofensiva del capital.

Oradores: Rádek.

Apertura: 12.30 del mediodía.

Preside: Kolárov.

Presidente: Cuatro ponentes han informado sobre la revolución rusa. Creo que ninguna delegación defenderá otro punto de vista. Si se trata solo de hacer una declaración de solidaridad, el congreso ya ha tenido varias veces ocasión de organizar espléndidas manifestaciones de su solidaridad con el proletariado ruso. Por eso el Presidium ha decidido dar la palabra solo a aquellas delegaciones que quieran defender un punto de vista distinto del de los ponentes. ¿Alguien pide la palabra? Como no es el caso, pasamos al siguiente punto del orden del día, «La ofensiva del capital». Como ponente tiene la palabra el camarada Rádek.

Rádek: ¡Camaradas! El objeto de todos nuestros debates tácticos, los que hemos mantenido aquí y los que aún mantendremos, lo constituye en realidad una sola cuestión: la ofensiva mundial del capital contra el proletariado y las medidas de defensa del proletariado. Discutamos sobre la capacidad de lucha del Partido Comunista Francés, sobre el frente único o sobre el gobierno obrero, la cuestión de fondo que subyace a esa cuestión táctica sigue siendo única y exclusivamente la ofensiva del capital.

La cuestión de la ofensiva del capital se entiende en nuestros círculos de manera demasiado estrecha, concibiendo la ofensiva del capital ante todo como una cuestión de reducción del salario y de prolongación de la jornada de trabajo. Por otra parte, los socialdemócratas encajan toda la historia de la revolución mundial en dos fases separadas mecánicamente entre sí: la fase de la ofensiva del proletariado y la fase de la contraofensiva del capital; esta segunda fase la consideran definitiva para un tiempo previsible, como la victoria de la contrarrevolución. Creo, por tanto, que comprenderemos mejor la situación y la actitud que debe adoptar la Internacional Comunista si hacemos desfilar ante nuestros ojos, a grandes rasgos, el desarrollo de la revolución mundial en sus formas concretas. Aun a riesgo de recordarles los hechos más importantes solo en forma de apuntes, voy a encargarme primero de esta tarea.

I. La ofensiva del proletariado. La revolución rusa, que figuraba en el punto anterior del orden del día y sobre la que hemos hablado detenidamente, fue sentida por el proletariado como un acontecimiento de alcance internacional. Pero no cabe ninguna duda de que la burguesía mundial comprendió en una medida todavía mucho mayor que el proletariado mundial que la revolución rusa era el primer acto de la ofensiva internacional del proletariado. Basta leer los memorandos secretos que en 1917 y a comienzos de 1918 dirigieron a sus gobiernos los dirigentes de las Potencias Centrales. Me remito aquí al memorando del conde Czernin219 para mostrar cómo, inmediatamente después de la Revolución de Marzo, antes de la victoria de Octubre, los dirigentes de las Potencias Centrales comprendieron extraordinariamente bien que, tras el período de la guerra, en el que gracias a la bancarrota de la socialdemocracia distintas camarillas de la burguesía pudieron combatir entre sí a costa de las masas populares pasivas, con la Revolución rusa de Marzo se había abierto una brecha en el frente del capital y había aparecido en la escena mundial un nuevo factor histórico. En sus memorias Ludendorff220 cuenta cómo la situación militar de Alemania le obligó a dejar pasar a los bolcheviques hacia Rusia, aunque había reconocido el peligro, y cómo más tarde se vio tanto más obligado a aplastar la revolución rusa. Fue la fatalidad del capital mundial que sus luchas internas dieran a la revolución rusa la tregua en la que pudo organizarse.

¡Camaradas! Tras la derrota de Alemania se inicia la segunda oleada de la revolución proletaria. El hundimiento de Alemania y de Austria, que arroja a la calle, al fango, la corona de los Habsburgo y de los Hohenzollern, crea la situación en que un proletariado agotado por dentro, desgastado por la guerra y por la política socialdemócrata, se ve obligado a agacharse y tomar el poder en sus manos, porque no hay ningún otro factor que pudiera intentar hacerse con él. Se hace mucha burla de las ilusiones que la Internacional Comunista tenía sobre la situación mundial cuando nació. Los antiguos centristas y actuales miembros de la II Internacional cuentan lo optimistas y cortos de vista que éramos cuando se fundó la Internacional Comunista y orientó su política hacia la victoria de la revolución mundial. Permítanme leerles un documento que se escribió casi al mismo tiempo en que se reunía el I Congreso de la Internacional Comunista, y que lo escribió, en concreto, Lloyd George. Lloyd George y los suyos mantuvieron en secreto ese documento hasta que este año lo reprodujo el antiguo presidente del Consejo italiano Nitti221 en su libro La Europa sin paz. Lloyd George dice lo siguiente en ese memorando secreto, que dirigió a los dirigentes de la Conferencia de Versalles222:

«Hoy la situación es completamente distinta. La revolución está todavía en pañales; en Rusia sigue reinando el peor de los terrores. Europa está llena de ideas revolucionarias. Un sentimiento profundo, no de desprecio, sino de rabia y de rebeldía contra las condiciones de vida de antes de la guerra, vive en el pecho de la clase obrera. Todas las instituciones actuales en el terreno político, social y económico son miradas de reojo y con desconfianza por la población de toda Europa. En algunos países, como en Alemania y en Rusia, esa inquietud empuja a la rebelión abierta; en otros países, en Francia, Inglaterra, Italia, se manifiesta en huelgas, en cierta desgana para el trabajo. Todo ello son signos de que se anhela un cambio social y político tanto como un aumento de los salarios.»

Bajo la presión de la ofensiva proletaria, considera indignas del ser humano las condiciones de vida de 1914. Sabemos cómo cambió luego de opinión:

«Buena parte de esa inquietud debe ser acogida con alegría; nunca llegaremos a una paz duradera si nos proponemos como meta crear las mismas condiciones de vida que en 1914. Con eso solo corremos el peligro de empujar a la masa de la población de Europa a los brazos de los radicales, cuya idea fundamental para el renacimiento de la humanidad consiste en querer derribar por completo el edificio social hoy existente. En Rusia esa gente ha alcanzado la victoria. Pero el precio de esa victoria ha sido terrible. Cientos de miles de habitantes ya no están con vida. Los ferrocarriles, las ciudades, todo el edificio del Estado ruso está casi completamente destruido; sin embargo, en algunos aspectos han logrado mantener disciplinada a la masa del pueblo ruso y, lo que es aún más significativo, han logrado organizar un gran ejército que al parecer está bien dirigido, se mantiene en una disciplina estricta y en su mayor parte está dispuesto a sacrificar su vida por sus ideales.

»Dejemos pasar un año más, y Rusia, animada por un nuevo entusiasmo, habrá olvidado su necesidad de paz, porque tendrá a su disposición el único ejército que tiene confianza en los ideales por los que debe luchar.»

Y tras esta caracterización, que merece que la demos a conocer a las más amplias masas populares, Lloyd George describe el peligro inmediato en que se encontraba entonces el capitalismo. Esta descripción puede servir de acta de acusación contra los partidos socialdemócratas, en primer lugar el de Alemania.

Dice:

«El mayor peligro que puedo ver en la situación actual reside en que Alemania pudiera estar en condiciones de poner su destino en manos de los bolcheviques, de poner sus riquezas, su espíritu, su grandiosa capacidad de organización a disposición de esos fanáticos revolucionarios que sueñan con una conquista del mundo por el bolchevismo, y además por la fuerza de las armas. Ese peligro no es un fantasma vacío. El actual gobierno alemán es débil; no goza de respeto; su autoridad es escasa; y sin embargo se mantiene; su caída significaría llamar al espartaquismo, para el que Alemania no está todavía madura. Pero el argumento que los espartaquistas saben esgrimir constantemente, y que nunca deja de surtir efecto, es que solo ellos serían capaces de liberar a Alemania de las condiciones insoportables en que la ha precipitado la guerra.»

Y luego siguió diciendo:

«Si Alemania se entrega al espartaquismo, es inevitable que una estrechamente su destino al de los bolcheviques rusos. Si eso ocurriera, toda la Europa oriental sería arrastrada al torbellino de la revolución bolchevique, y en el transcurso de un año nos encontraríamos frente a casi 300 millones de personas instruidas por generales alemanes, por instructores alemanes, para formar un gigantesco Ejército Rojo, equipado con ametralladoras alemanas y dispuesto en todo momento a renovar el ataque contra Europa occidental.»

¡Camaradas! Podemos regalarle a Lloyd George los instructores militares alemanes, pero ese cuadro que se le presentaba entonces al dirigente más inteligente de la burguesía europea no es un cuadro destinado solo a asustar a Clemenceau y a los demás. Es una fotografía de la situación en que se encontraba el mundo en esa segunda fase de la revolución proletaria, al comienzo de la revolución alemana. El capital mundial paró el golpe de esa situación combinando una actitud defensiva en el oeste con la primera ofensiva capitalista en el este.

Si toman ahora en la mano la estadística de las huelgas de 1919 —no quiero cansarles mucho con la enumeración de esas cifras—, verán ante ustedes una oleada de ataque del proletariado no solo en Alemania, sino también en Inglaterra y en América. Los obreros ingleses consiguieron en 1919 un aumento salarial mayor que el que habían conseguido durante toda la guerra, cuando su trabajo era absolutamente necesario para salvar al capitalismo de la Entente. Mientras que durante todo el período de la guerra no habían conseguido más de 7 chelines de aumento por semana y por cabeza, solo en 1919 conquistaron un aumento de 1 libra esterlina. Redujeron la jornada de trabajo de cerca de 7 millones de personas en 3-4 horas. En 1919 el 60-80 % de los obreros ingleses empezaron a trabajar 8 horas o incluso menos. A la reivindicación de la nacionalización de las minas, el gobierno inglés respondió con el nombramiento de la comisión Sankey223, que aceptó en principio las reivindicaciones de los mineros. Por toda América no solo se suceden una tras otra las oleadas de huelgas, sino que, para caracterizar la situación, es muy significativo que en ese país del individualismo los ferroviarios puedan discutir seriamente el plan de la nacionalización de los ferrocarriles.

En Alemania la burguesía gastó miles de millones para abaratar los precios de los víveres, etc., y suavizar así el descontento de la masa obrera. «El socialismo está en marcha», gritaban los socialdemócratas y el gobierno, y una «comisión de socialización» trabajaba para dar la impresión de que la clase obrera podía realizar sus objetivos por la vía pacífica.

En toda la línea occidental, en los países del capital industrial, la burguesía se comportó de manera puramente defensiva frente a la clase obrera, para no empujar con una gran resistencia a la clase obrera de Europa occidental y de América a los brazos del comunismo.

Al mismo tiempo, la burguesía pasó a su primera ofensiva, a la ofensiva contra la Rusia soviética, que conocemos como la intervención de la Entente en la Rusia soviética. ¡Camaradas! Así, este primer gran choque armado del proletariado mundial con el capital mundial consistió en que el proletariado ruso no solo abrió la primera brecha en el sistema del capitalismo mundial, sino que luchó solo en esa brecha por mantenerla, mientras el proletariado de Europa occidental se contentaba con mejorar su situación. Los obreros húngaros, como única parte del proletariado de Europa central, pasaron a una ofensiva de socorro que debía aliviar la situación de la Rusia soviética y liberar al propio proletariado húngaro. En esa salida fueron derrotados por completo. La República Soviética de Hungría fue aniquilada.

¡Camaradas! La Rusia soviética no solo rechazó la ofensiva del capital mundial, sino que en 1920, en la divisoria de las dos épocas principales que hasta ahora ha tenido el desarrollo de la revolución mundial, en la divisoria del vuelco de la coyuntura económica, la Rusia soviética pasó de la defensa al ataque. La lucha en Polonia significa el intento de ese paso. No necesito ahora recrearme en fantasías sobre lo que habría significado para la situación mundial la victoria del proletariado ruso ante Varsovia si hubiera sido definitiva. Solo necesito recordar el hecho de que, al mismo tiempo que esa acción ofensiva del proletariado ruso con las armas en la mano, se inició la ofensiva de la primera parte considerable de la clase obrera de Europa occidental: el movimiento italiano de ocupación de las fábricas. Basta pensar un instante qué consecuencias habría tenido llevar la frontera del primer Estado proletario más allá del Vístula y la conquista del poder en Italia; habría puesto a los países agrarios de Europa oriental y suroriental en la tenaza de dos Estados proletarios, más aún, los habría puesto a disposición del proletariado industrial de Europa. Y si hoy queremos hacernos una idea del alcance de la derrota de la Rusia soviética y de los obreros italianos en 1920, basta con pensar concretamente en esas posibilidades, que existían realmente en la situación de entonces.

El hundimiento de la ofensiva militar de la Rusia soviética contra Varsovia y de la ofensiva proletaria en Italia tuvo causas diversas. La Rusia soviética resultó demasiado débil militarmente, y la clase obrera italiana, políticamente. No cabe la menor duda de que esa derrota fue un punto de inflexión en la historia de la primera fase de la revolución proletaria. Rudolf Hilferding declaró más tarde con gran énfasis que fueron los independientes quienes ganaron la batalla del Marne contra los bolcheviques. El docto representante del austromarxismo, que ahora corteja el puesto de representante de la Alemania capitalista en el extranjero, no tiene en realidad ningún motivo para atribuirse la victoria sobre la Rusia soviética: el Ejército Rojo fue rechazado no por la facundia del jefe centrista alemán, sino por las bayonetas del ejército de la szlachta polaca y los cañones del imperialismo francés, que, por lo que sé, todavía no se ha adherido a la II ni a la Internacional Dos y Media. El hundimiento de la ofensiva del Ejército Rojo ante Varsovia y de los obreros italianos, que abre la segunda fase del desarrollo seguido hasta ahora por la revolución mundial, coincidió con el reflujo de la falsa coyuntura que constituyó la base de las concesiones del capital mundial a los obreros de Europa occidental en los años 1919 y 1920, con el comienzo de la crisis económica mundial.

II. La contraofensiva del capital. Llego a esta fase. La base de este cambio la constituye un hecho que a la larga sellará la derrota del capitalismo, pero que pasajeramente ha reforzado de manera extraordinaria la posición del capital mundial: es el conocido vuelco de la coyuntura, el hecho de que el capital mundial, por un lado a causa de las consecuencias de la guerra, que solo ahora salen crudamente a la luz en lo económico, y por otro a causa de las consecuencias de la Paz de Versalles, ha llegado a los límites de su expansión. Empieza la crisis económica en todos los países, y el significado de la crisis económica para la política del capital mundial frente al proletariado lo caracterizan mejor que nada las palabras muy sencillas que un órgano intelectualmente dirigente del capitalismo inglés, la Westminster Gazette, que —como es sabido— es ahora el órgano de Asquith224, dice sobre la situación:

«La clase obrera puede estar segura de que ninguna fuerza en la tierra la protegerá de la rebaja de su nivel de vida mientras haya personas hambrientas que luchen entre sí por el derecho a la vida. La existencia de tales personas crea las condiciones en las que hay que arrojar por la borda toda clase de niveles de vida.»

Eso escribía la Westminster Gazette al comienzo de la crisis económica mundial que se iniciaba, y ese es el hecho fundamental del fortalecimiento del capital en el mundo entero. Como millones de obreros de los países industriales de Occidente —de Alemania hablaré todavía— están parados, la fuerza de combate de los obreros que tienen trabajo está quebrantada. El simple hecho de la posibilidad de enfrentar a los obreros parados con los que tienen trabajo quebranta la fuerza ofensiva de los sindicatos y el ánimo combativo de los obreros.

No quiero rellenar mi informe de datos estadísticos; es muy difícil escuchar cifras. El Ejecutivo encargó un informe detallado sobre el estado de la ofensiva del capital en todos los países a un camarada muy cualificado, el camarada Z. Leder225. Por desgracia, todavía no hemos podido publicar ese informe, porque llegó demasiado tarde. Pero lo publicaremos en todas las lenguas, y ahora solo quiero tomar de él un par de cifras fundamentales para mostrar los cambios decisivos que se han producido.

Si toman ustedes las cifras inglesas, en 1918 hubo 1.250 huelgas, en las que participaron 1.100.000 obreros. Esas huelgas duraron 6.730.000 días. En 1919 esta cifra se eleva a 1.411 huelgas. Hicieron huelga 2.500.000 obreros durante 34 millones de días. En 1920 tenemos 1.715 huelgas. El número de huelguistas disminuye, pero siguen siendo cerca de 2 millones de huelguistas, que todavía hacen huelga durante 27 millones de días. El resultado de esas huelgas fue para 6-7 millones de obreros el aumento de los salarios en 7 millones de libras semanales. La reducción de la jornada de trabajo en ese tiempo asciende en 1919, para 6.500.000 obreros, a 6 horas semanales, y en 1920, para medio millón de obreros, a 3½ horas. Como resultado, el 60-80 % de los obreros trabaja 8 horas o menos de 8 horas.

En 1921 solo hacen huelga 118.000 obreros. Para 8 millones de obreros la situación empeoró en 11 millones de libras esterlinas semanales. En 1922 los salarios sufrieron rebajas hasta el mes de agosto: a 7½ millones de obreros se les reduce el salario semanal en otros ¾ de millón de libras, mientras que solo 18.000 obreros obtienen aumentos de salario, y además únicamente por el escaso importe de poco más de 3.000 libras semanales.

El capital inglés no se contenta con estos resultados. No escritores aislados, sino el órgano responsable de los capitalistas ingleses, la organización de la Federación de Industriales británica, publica un memorando del que el Economist de Londres cita lo siguiente:

«Posiblemente será necesario ir todavía más lejos. Los obreros tendrán que estar dispuestos a aceptar un salario en dinero que, mientras los negocios no florezcan, les asegure un nivel de vida inferior al que predominaba antes de la depresión industrial, o incluso antes de la guerra. Además, para que estas rebajas salariales puedan llevarse a cabo sin una aspereza inoportuna, es deseable que el movimiento sea tan amplio y tan uniforme como sea posible.» (11 de febrero y 11 de marzo de 1922.)

El mismo proceso en toda la línea lo vemos en América. Los patronos no se contentan con rebajar los salarios y alargar la jornada de trabajo. En toda la línea, en Occidente, se enciende la lucha contra los derechos que los sindicatos han conquistado. En América se inicia el movimiento del open shop, la lucha por el taller libre. Los sindicatos deben renunciar al derecho de ocupar los talleres con obreros organizados y excluir a los no organizados, un derecho que conquistaron en una lucha de años y decenios. Durante la huelga de este año de los obreros de los talleres ferroviarios, vemos que los tribunales supremos norteamericanos recurren a la misma táctica que se empleó también en Inglaterra con la sentencia de Taff Vale226 y que en su día puso en pie a la clase obrera inglesa. Se hace responsables a los sindicatos de los daños que la lucha por los intereses económicos causa a los capitalistas. En Inglaterra vemos la lucha por la extirpación completa de los consejos de fábrica. Un dirigente de los capitalistas ingleses resumió la cuestión en estas palabras: hay que decidir si en las fábricas tienen la última palabra los patronos o los soviets. Y al mismo tiempo el Partido Conservador inglés se dispone a asestar un golpe al Labour Party, presentando en el Parlamento una moción para prohibir a los sindicatos emplear sus fondos en la conducción de luchas políticas. No aportaré más hechos de toda una serie de países, como Suecia, Holanda, Noruega y Suiza, porque en principio no ofrecen nada nuevo; de las cosas alemanas hablaré en otro contexto. Está claro que aquí se trata, a escala mundial, de un plan de política económica concebido en grande, cuya base la constituye el resultado de la guerra mundial. Durante la guerra el capital mundial planeaba superar las consecuencias económicas de la guerra mediante la integración —la agrupación— de los territorios económicos. El plan de Mitteleuropa, pilar maestro del imperialismo alemán por un lado, por otro lado incluso el wilsonismo, no eran otra cosa que el plan de crear grandes territorios imperialistas en los que las cargas se repartieran entre los protagonistas de la guerra mundial y permitieran superar las consecuencias de la guerra. El plan centroeuropeo del imperialismo alemán se hundió con el propio imperialismo alemán. El plan de Wilson, la creación de un gran imperio angloamericano, era la base real del plan de la Sociedad de Naciones. Pero ese plan se estrelló contra los antagonismos de los grupos capitalistas nacionales. Versalles significaba otro plan. Significaba, desde el punto de vista de la política económica, cargar a los países vencidos con los costes de la reconstrucción capitalista. Ese plan se estrelló contra la resistencia de la Rusia soviética y contra la impotencia financiera de Alemania. En esta situación no le queda al capital mundial otra salida para la reconstrucción del capitalismo que echar los costes de la reconstrucción sobre las amplias capas de las masas obreras de todos los países. Si durante la guerra dijimos que el único vencido de la guerra mundial sería la clase obrera, hoy dice el capital mundial: en efecto, la reconstrucción capitalista solo es posible a costa de la clase obrera. Este plan se convierte en un plan del capital que abarca el mundo entero. Cuanto peor se pone la situación económica, más claro resulta que el capital mundial, a diferencia de su situación tras las guerras napoleónicas, no está en condiciones de superar la crisis mundial.

Si leen ustedes el memorial que Owen227 dirigió a Metternich, verán que plantea la pregunta de con qué medios superó Inglaterra la gran desorganización económica, y que responde que Inglaterra, tras la crisis económica de entonces, introdujo las máquinas. Había elevado la fuerza productiva, de modo que fue capaz de superar la crisis y llegar a ser económicamente una potencia de primer orden. El capital mundial se encuentra en una situación en la que necesita grandes medios para llevar a cabo su reconstrucción. Con la décima parte de los gastos de guerra italianos, Italia podría hoy estar libre del tributo del carbón a Inglaterra y a los Estados Unidos; pero esos medios no existen. La segunda vía para superar la crisis sería la ampliación de los mercados; pero es impracticable. Por este motivo, la ofensiva del capital no es un aprovechamiento pasajero de la debilidad de la clase obrera, sino un plan de gran alcance para un decenio.

Si esta ofensiva se hunde, el capital mundial será rechazado por la clase obrera, al menos en los países decisivos de Europa. Como se trata de una cosa tan grande, de una lucha a vida o muerte, está claro que no se libra con los medios de la huelga por un lado y con los del cierre patronal, la presión sobre los salarios y la prolongación de la jornada por el otro. Y así llego a las formas políticas de la ofensiva del capital.

¡Camaradas! A muchos les pareció traído por los pelos que en la Conferencia de Berlín de las tres Internacionales228 y en toda nuestra agitación señaláramos muy a menudo que la lucha del capital mundial por la anulación de la nacionalización de las fábricas en Rusia, etc., es parte de esa ofensiva. También se entendió muy mal la relación de toda la lucha de Stinnes por el poder con la ofensiva del capital mundial contra el proletariado. Permítanme por ello detenerme con un par de palabras en este aspecto de la cuestión, que entre nosotros se expone muy poco y que es el aspecto decisivo, el que representa la lucha por las condiciones previas de la victoria económica del capital.

Si el capital mundial está decidido a hacer retroceder a la clase obrera a una situación anterior a 1914, si está decidido a poner de rodillas a la clase obrera, está claro que los dirigentes del capital mundial solo pueden lograrlo mediante un sistema combinado de luchas interiores con la clase obrera y de luchas de política mundial. La primera condición previa para llevar a cabo el plan en que se basa la ofensiva del capital mundial quedó al descubierto en Génova y en La Haya. Y en Inglaterra se logró rechazar las aspiraciones de los obreros a llevar a cabo la nacionalización de las principales ramas de la industria. El año pasado los obreros ingleses ya no lucharon por la nacionalización de las minas, de los pozos, sino que tuvieron que luchar ya por conservar los antiguos salarios. E incluso en esa lucha fueron derrotados. En América los restos del movimiento por la nacionalización fueron barridos. En Alemania el socialismo marchaba en los carteles en 1919, cuando se trataba de frenar el avance de los obreros: ahora estamos ante la venta de los ferrocarriles a la industria privada. El único Estado en el que la industria se encuentra en manos de la clase obrera es Rusia.

Por este motivo, la lucha contra la Rusia soviética, la lucha con el fin de obligarnos mediante un boicot financiero a renunciar a las fábricas, no es un objetivo particular que el capital quiera realizar solo porque le promete mayores beneficios en Rusia: es un componente de principio de la ofensiva capitalista mundial. Voy más allá. La ofensiva capitalista mundial exige la solución de la cuestión alemana de tal forma que, en primer lugar, se salve el capitalismo en territorio alemán y, en segundo lugar, que este proporcione los medios para la reconstrucción capitalista de los países de la Entente. La política del capital alemán, que se encarna de la forma más cruda en Stinnes, busca una salida a la situación catastrófica y la ha encontrado en teoría.

La salida consiste en la venta de los bienes del Estado, en la venta de las minas, de los ferrocarriles, a cambio de lo cual Alemania deberá colocar luego un gran empréstito en los mercados norteamericano e inglés; para pagar los intereses de ese empréstito y las reparaciones sirve el plan financiero de Stinnes, que consiste en esto: aligerar la carga de la industria y cargar a las más amplias masas como medio de la nueva acumulación del capital alemán. Esto parece ser una cuestión puramente de política interior alemana, sin relación con la ofensiva del capital mundial. Pero basta con establecer las conexiones de esta política con la francesa para ver que aquí se trata de mucho más. Mientras la parte militar de la burguesía francesa y una parte de la industria se imaginan la continuación de la ofensiva contra la revolución en esta forma —ocupación de la cuenca del Ruhr, creación de un Estado tapón renano, incorporación del carbón y del coque del Ruhr a la región industrial francesa, con ello separación de la Alemania del Sur de la del Norte, creación de un Estado vasallo francés que una Austria y Baviera con Francia a través del Estado tapón renano—, la idea rectora de otra parte de los círculos industriales franceses es completamente distinta. Esa idea consiste en la creación de un sindicato germano-francés del acero y del carbón que, por un lado, dé a los franceses los medios necesarios para la reconstrucción y, por otro, permita a Stinnes llevar a cabo su política en contra de la actual correlación de fuerzas en Alemania, y libre así a Francia de la necesidad de aventuras militares. La prensa francesa y los satélites de la política mundial francesa han dicho muy a menudo de qué se trata: sin la realización del plan de Stinnes, es decir, reducción del aparato de funcionarios, despido de los obreros que no son necesarios, aumento de la intensidad del trabajo en Alemania, prolongación de la jornada de trabajo, el capitalismo no puede salvarse ni en Alemania ni en Francia.

Pero Stinnes solo no puede llevarlo a cabo. Cuando presentó el plan de privatización de los ferrocarriles, chocó con grandes resistencias. Y por eso el plan de Stinnes tiene que llevarse a cabo mediante un ultimátum de Francia, mediante la exigencia francesa al gobierno alemán. Lo que los socialdemócratas alemanes nunca se tragarán si se lo sirve solo Stinnes, se lo tragarán los socialdemócratas alemanes y la clase obrera alemana si Francia lo plantea como condición de la paz. Camaradas, si este plan no se realiza, con toda seguridad no fracasará por la resistencia de los socialdemócratas alemanes. Si fracasa en esta situación, será solo por la resistencia del capitalismo inglés, que se ve amenazado por la creación de un sindicato centroeuropeo del hierro y del carbón que lo acosará, al mismo tiempo que el capital norteamericano. Así pues, si el plan fracasa, será por los antagonismos dentro de la contrarrevolución, no por la resistencia de la clase obrera alemana, que por el momento es escasa. Este plan de Stinnes, toda esta concepción de las tendencias de la economía nacional, no se limita solo a Alemania.

Lean ustedes los discursos y el programa de Mussolini todavía antes de la victoria del fascismo. Quisiera citar aquí solo un par de pasajes que iluminan muy claramente el aspecto político-social de la cuestión. Si leen el programa fiscal de Mussolini, su plan de política económica, verán cómo las mismas fuerzas que en Alemania actúan en la persona de los representantes de la industria pesada están también en acción en Italia. Mussolini dice en el programa de los fascistas:

«Revisión de las leyes sociales que obstaculizan la producción; reordenación de los impuestos sobre una base más sencilla, más racional y más eficaz.»

En qué consiste esa base lo sabrán ustedes enseguida cuando oigan que Mussolini declara lo siguiente:

«Hay que tener por fin el valor de decir abiertamente también la siguiente verdad antidemagógica: hoy son las masas obreras las menos cargadas de impuestos, aunque ganan más que las clases medias sobrecargadas de impuestos. Tampoco debe olvidarse que obstaculizar la producción con terribles impuestos directos sobre el capital significa igualmente para las clases bajas un impuesto indirecto, pero en una forma todavía peor, ya que la asfixia de la economía capitalista acarrea paro y rebaja de los salarios. Nada es más falso que la exigencia de cargar de impuestos a los “ricos” para proteger a los pobres.»

Si pasan ustedes a Francia, basta tomar el libro de Caillaux229 ¿Adónde va Francia?, o los artículos de Caillaux y de otros expertos franceses en el número sobre la reconstrucción del Manchester Guardian, para ver que toda la política se orienta a cargar al máximo a las masas trabajadoras y, en lo posible, a proteger a los poseedores en una medida que supera con mucho la vieja aversión de la burguesía a los impuestos.

¡Camaradas! Estos planes de la burguesía exigen las correspondientes medidas políticas, porque vemos en toda Europa el giro a la derecha. La caída de Briand tras la Conferencia de Cannes y la toma del poder por Poincaré230 fue un cambio en el marco de la misma correlación externa de fuerzas, de la misma Cámara del Bloque Nacional, y sin embargo no cabe ninguna duda de que ese cambio nació de la voluntad de poner, mediante una enérgica política contrarrevolucionaria, la iniciativa, que podía escaparse de las manos del capital, en las manos de la parte más activa del capital.

Si reflexionan ustedes sobre el sentido político de las actuales elecciones en Inglaterra, si leen los discursos que pronuncian ahora los conservadores durante la campaña electoral y las respuestas que les da Lloyd George, a primera vista parece ¡un manicomio! Lloyd George hace política conservadora y los conservadores presentan el mismo programa. Formalmente nada ha cambiado, pero el único sentido de esta reacción se expresa en dos consignas: 1.º, en la consigna programática de Bonar Law231, «¡Traer la calma al país!», y 2.º, en el simple hecho de que en el Partido Conservador, liberado de las influencias de los liberales, ha llegado al poder la parte más desconsiderada de los conservadores. Si en el gobierno solo hay una pequeña parte de los diehards232, no cabe ninguna duda de que, al agravarse la situación, esa parte más reaccionaria de los conservadores tomará la sartén por el mango. Se trata de la concentración de las fuerzas de la burguesía para salvar lo que se pueda salvar de la descomposición general en que se encuentra. El primer acto de Bonar Law fue el intento de suprimir el Ministerio de Trabajo, la declaración de que el Estado debe inmiscuirse lo menos posible en la economía, el equivalente de la declaración de Mussolini de que en lo económico es un liberal a la antigua, en el verdadero sentido de la palabra: ¡ninguna injerencia en la economía! Eso significa dar al capital la posibilidad de aprovechar sin miramientos contra la clase obrera la superioridad que tiene.

III. La victoria del fascismo. ¡Camaradas! Esta política la revisten de una forma mucho más consciente las organizaciones conspirativas contrarrevolucionarias. Es un hecho muy deprimente que, cuando uno lee la literatura clandestina de la contrarrevolución, cuando sigue las circulares, los folletos, etc., de los círculos contrarrevolucionarios, tiene que decirse: están mil veces mejor orientados sobre lo que hacemos, sobre las últimas ideas de la estrategia revolucionaria, incluso sobre sus pequeñas jugadas, que nosotros informados sobre ellos. (¡Muy cierto!) Pese al dominio legal de la contrarrevolución en Europa, existe ahora una vida ilegal de la contrarrevolución que reúne a los elementos más conscientes de la contrarrevolución. Solo por sus actos reconocemos el plan que persigue esa parte de la contrarrevolución que sabe lo que quiere. No cabe la menor duda de que los círculos contrarrevolucionarios alemanes, con el coronel Bauer233 a la cabeza, actúan en la más estrecha relación con los monárquicos rusos, con la Hungría de Horthy y en contacto con Mussolini, y que de ellos parten hacia el partido militar francés conexiones que un día se revelarán políticamente a plena luz. Si se observan las jugadas de esta ala derecha de la contrarrevolución, se ve lo siguiente: comprenden perfectamente que en Europa central hay tres focos posibles de la revolución proletaria: la Alemania industrial, Checoslovaquia e Italia. Por este motivo su plan se dirige a crear una barrera entre Alemania, Checoslovaquia e Italia. Los esfuerzos por crear una fortaleza de la contrarrevolución en Baviera van de la mano con los esfuerzos por someter Austria a los dictados de los contrarrevolucionarios.

El Tratado de Ginebra234, la eliminación del Parlamento austriaco, la supresión de la débil fuerza armada que todavía existía en Viena reclutada en medios proletarios, constituyen el comienzo. En el momento en que la contrarrevolución siente abiertamente a los Wittelsbach en el trono, se establecerá la conexión con Austria a través del Tirol, y la Hungría de Horthy quedará trasladada a Europa central. La victoria de los fascistas en Italia es parte de esta política, llevada en parte de forma consciente y que en parte resulta espontáneamente de la situación, y creo que es importante para la Internacional Comunista comprender la victoria de los fascistas y su naturaleza. Me permitirán ustedes, por ello, que me detenga en esta cuestión quizá más de lo que corresponde a la importancia de Italia, con la esperanza de que el camarada Bordiga, desde su conocimiento más íntimo de los hechos, nos aporte más detalles para esclarecer esta cuestión o corrija mi concepción.

No veo en la victoria del fascismo solo una victoria mecánica de las armas de los fascistas, sino que veo en ella la mayor derrota que el socialismo y el comunismo han sufrido desde el comienzo del período de la revolución mundial, una derrota mayor que la de la Hungría soviética, porque la victoria del fascismo es consecuencia de la bancarrota espiritual y política momentánea del socialismo italiano y de todo el movimiento obrero italiano. Cuando se dice que los fascistas representan la contrarrevolución burguesa, no hace falta demostrarlo más; quien destroza las organizaciones obreras e instaura el poder de la burguesía es contrarrevolucionario.

Pero si uno se conforma con la verdad banal de que allí ha vencido la burguesía, renuncia a entender lo que será de la mayor importancia para el movimiento alemán y el checoslovaco quizá ya en los próximos meses. (¡Muy cierto!) La cuestión es esta: ¿cómo fue posible la victoria del fascismo, en qué se basa y qué representa de particular en la contrarrevolución europea? Quizá baste con preguntar: ¿hay que equiparar social y políticamente a Mussolini con Stinnes y con Bonar Law, o es algo distinto? Creo que es algo distinto, aunque el programa de Mussolini no es otro que el de Bonar Law y Stinnes. Y que sea algo distinto tiene la mayor importancia. Recordemos los hechos: ¿qué eran los fascistas y cómo surgieron? De la guerra volvieron las capas bajas de la burguesía, los intelectuales, los boticarios, los maestros de escuela, los veterinarios, etc., que en la guerra habían desempeñado todos un papel social. (En Italia los intelectuales desempeñaron siempre un papel mucho mayor que en otros países; basta recordar que antes de la guerra nuestro partido hermano italiano tenía unos 70 profesores universitarios para ver lo amplia que es la capa de la intelectualidad en Italia.) Volvieron, pues, de la guerra como nacionalistas: desalentados, porque, pese a su victoria, Italia no obtiene lo que exigía todo el programa nacionalista.

Vuelven a un país económicamente arruinado por completo; el Estado no está en condiciones de mantenerlos. Ven crecer un movimiento obrero revolucionario. Se sitúan frente a ese movimiento obrero con hostilidad, no solo porque es un movimiento obrero, sino porque, como intervencionistas que estuvieron a favor de la guerra, habían librado la lucha contra el Partido Socialista. Y el Partido Socialista hace todo lo posible por rechazar a esas capas, y no solo a esas capas, sino incluso a los inválidos de guerra. Cuando se lee ahora que muchos municipios socialistas abandonaron en 1919 a los inválidos de guerra porque habían estado en la guerra, cuando se lee cómo el Partido Socialista no fue capaz de convertir en acción el sentimiento de que algo nuevo se estaba preparando, de que ya no se podía seguir por la vieja vía, ese sentimiento que era general en las masas, entonces puede uno explicarse el nacimiento del fascismo. Piénsenlo ustedes: en las elecciones de diciembre de 1919 Mussolini obtiene en Milán solo 4.000 votos, aunque se pronuncia por el control de los parlamentos por los consejos obreros, el reparto de la propiedad de la tierra entre los campesinos y la nacionalización gradual de la industria; los fascistas están en parte con D'Annunzio en Fiume235, en parte son pequeños grupos dispersos. Entretanto recorre el país la oleada de la revolución: no son solo huelgas, es la disolución completa de la Italia burguesa.

Al preparar mi informe encontré entre mis materiales un artículo del literato polaco contrarrevolucionario Nowaczyński236 que aporta una contribución interesante al cuadro de la decadencia. El artículo trata del desarrollo de la literatura italiana en los años 1918-1922. Como ilustración, este artículo es muy interesante, y he intentado comentar los hechos en parte con camaradas italianos y comprobarlos en parte en revistas literarias. Resulta, en efecto, que desde 1918 la literatura de creación en Italia es pacifista, reformadora social y pornográfica, la mejor prueba de la descomposición de la burguesía. Después de la victoria sobre la clase obrera se vuelve nacionalista.

Uno de nuestros representantes diplomáticos en el extranjero me contó que los diplomáticos italianos, a comienzos de 1920, le dijeron en una conversación: «Bueno, sí, vemos que la revolución vence; que al menos nos deje la posibilidad de seguir trabajando». Ese era el estado de ánimo de la Italia burguesa. El socialismo crece en poder y desperdicia ese poder. En una crónica de un periódico burgués de Alemania se informa en estos términos de la decisión de Mussolini de tomar el poder: el corresponsal preguntó a Mussolini: ¿se arriesgará usted a tomar el poder por la vía ilegal? Mussolini respondió: legal o ilegalmente, lo tomaré. Los socialistas fueron derrotados porque a las palabras no hicieron seguir los hechos. Mussolini sentía que sus organizaciones militares y la gran masa que había atraído a su lado se volverían contra él si no tomaba el poder. Que el Partido Socialista no fuera capaz de llevar a las masas a la lucha: eso es lo que hizo nacer la fuerza del fascismo. Cuando los obreros ocuparon las fábricas, cuando la burguesía italiana era tan impotente que Giolitti237, el zorro de Cuneo, dijo: no puedo mandar a los soldados a las fábricas, de lo contrario me derrotarán en la calle, y cuando con ayuda de los reformistas italianos se había conseguido que los obreros salieran de las fábricas, entonces la burguesía italiana perdió el miedo. La burguesía italiana pasa a la ofensiva.

Ahora surge la pregunta: ¿por qué no lo hace por medio del aparato del Estado, de los carabineros, por medio de los tribunales burgueses y por medio de los partidos burgueses que tiene?

Los partidos burgueses están descompuestos, han hecho la guerra, han arruinado el Estado y la economía nacional, ya no tienen nada que decir a los soldados, a los funcionarios, a los pequeños burgueses. Pero los Mussolini, los intelectuales pequeñoburgueses nacionalistas, representan una nueva voluntad de poder. Los fascistas llegan con una nueva fe, dicen: el socialismo no fue capaz de traer nada nuevo; nosotros, en cambio, mediaremos entre obreros y capitalistas, obligaremos a los capitalistas a satisfacer las necesidades de los obreros. Pero vosotros, obreros, tenéis que trabajar. Tenéis que construir la nación.

Rosa Luxemburg dijo una vez que los mejores defensores de la burguesía son los que tienen ilusiones. Ilusiones solo puede tenerlas la pequeña burguesía, y como el socialismo italiano había resultado ser una ilusión, los fascistas pudieron oponerle la ilusión pequeñoburguesa. Asaltaron las organizaciones de los obreros, y estos no supieron defenderse. En las ciudades y en los centros industriales la masa todavía se mantenía unida. Pero en las pequeñas ciudades y en los pueblos, donde los obreros estaban dispersos, cayeron víctimas del fascismo. Este primero arrolló sus organizaciones con las armas en la mano, pero luego los dirigió. Y no cabe ninguna duda de que, si en los centros industriales las masas obreras no le siguieron interiormente, en el campo, en las pequeñas ciudades, ganó a los obreros no solo con las armas, sino en parte también con su política demagógica. En primer lugar, su ataque produjo un crecimiento del reformismo.

En Livorno238 los reformistas eran un puñado. En el último congreso sindical se emitieron 500.000 votos a favor de la coalición con la burguesía. No cabe ninguna duda de que, mientras el reformismo salió derrotado de la guerra, por el hecho de que el proletariado no supo defenderse del fascismo, una parte de los obreros fue empujada a sus brazos: como el Partido Socialista no mostró a los obreros cómo hay que defenderse revolucionariamente de los fascistas, una parte del proletariado siguió a los reformistas, que prometían proteger al proletariado de lo peor mediante la coalición con la burguesía, mediante la participación en el gobierno burgués. Pero hicieron la cuenta sin el huésped. Las negociaciones de los reformistas con la parte de la burguesía que temía la victoria de los fascistas —no los cree capaces de administrar el Estado— fueron una de las causas de que los fascistas se apresuraran a derribar al gobierno Facta.

¡Camaradas! Si ahora el fascismo ha vencido sin la menor resistencia de la clase obrera, podemos decir que hemos llegado al punto más bajo del desarrollo en Italia.

He evitado atacar a camaradas concretos por este desarrollo, aunque no podemos comportarnos como el Senado romano, que salió al encuentro de un general derrotado y le dio la bienvenida. Pero una cosa tenemos que decir: si nuestros camaradas de Italia, si el Partido Socialdemócrata de Italia no comprenden las razones de la victoria del fascismo y las causas de nuestra derrota, tendremos un largo dominio del fascismo. La creación de una organización ilegal no solo exige el valor que distingue al comunismo italiano, sino que exige derrotar políticamente al fascismo. Solo si los comunistas italianos son capaces de inculcar a las masas obreras, pese a todo lo que han vivido, una nueva fe en la fuerza victoriosa del socialismo, serán capaces de emprender pronto la lucha contra el fascismo.

Los fascistas representan a la pequeña burguesía, que llega al poder apoyada por la burguesía y que se verá obligada a llevar a cabo no el programa de la pequeña burguesía, sino el del capitalismo. Y por eso esta llamativa contrarrevolución es la más débil de las potencias contrarrevolucionarias de Europa. Mussolini llega con una gran cola de intelectuales pequeñoburgueses, y lo primero es que tropieza con un déficit del Estado de 7.000 millones. Desarrolla el programa del ahorro, de la reducción de la burocracia, pero detrás de él están ya cientos de miles de aspirantes a los puestos del gobierno. Mussolini pone en movimiento un ejército de camisas negras, y el día en que el rey lo recibe para confirmarlo como presidente del Consejo, Mussolini dice: ¡desmovilizad, ahora solo hay un ejército! Pero esa gente no recorrió Italia entera por los bellos ojos de Mussolini. Vivía de su oficio de condottieri blancos. Y esa gente le presentará la factura si Mussolini se apoya solo en el ejército regular y manda a casa a sus cien mil.

Mussolini y los fascistas, al ayudar a la burguesía a derribar a la clase obrera, absorbieron a todos los elementos burgueses contrarrevolucionarios. Vemos en el fascismo un ala agraria y un ala industrial, y en la lucha que la burguesía industrial del norte de Italia tendrá que librar contra los agrarios del sur de Italia se llegará a conflictos que descompondrán el fascismo. Mussolini representa la política del superhombre, la hostilidad a la democracia. Pero al haber arrastrado a su política a grandes y amplias masas democráticas, tiene ya un ala democrática.

Y precisamente lo que constituye la fuerza del fascismo será también la causa de su muerte: porque se convirtió en un partido pequeñoburgués, tiene el amplio frente de ataque, el entusiasmo con que nos ha combatido. Pero porque es un gran partido pequeñoburgués, no podrá llevar a cabo la política del capital italiano sin provocar revueltas en su propio campo. Si hace años el camarada Serrati protestó contra nuestro programa agrario, ahora la resurrección del partido italiano dependerá de que sepamos organizar a los campesinos contra el fascismo. Si nuestros amigos italianos, los comunistas, quieren ser un partido puro y pequeño, puedo decirles que un partido puro y pequeño encuentra muy fácilmente sitio en la cárcel. Allí puede cultivar su espíritu en cultivo puro. Pero si el Partido Comunista Italiano quiere convertirse en una potencia, tendrá que movilizar a masas proletarias y pequeñoburguesas contra el fascismo. No bastan las resoluciones teóricas sobre el frente único, las consideraciones teóricas sobre el fascismo, ni siquiera el heroísmo de un pequeño grupo comunista, sino que tenemos que ser el grito de las masas que piden su liberación.

IV. La lucha contra la contraofensiva del capital. ¡Camaradas! Toda la ofensiva del capital, tal como se despliega con fuerza creciente en el terreno económico y en el político —no hemos rebasado en modo alguno su punto culminante—, esta ofensiva del capital nos plantea naturalmente la primera pregunta: ¿qué perspectivas tiene? ¿Nos encontramos aquí ante la oleada de la contrarrevolución que ha sucedido a la oleada de la revolución, como en 1849? ¿Se ha cumplido aquí el ciclo de revolución y contrarrevolución? La cuestión fundamental —y su respuesta es la condición previa de nuestra táctica ulterior— es establecer lo siguiente: la victoria de la contrarrevolución en 1849 tuvo como base el auge económico, que se inició de forma notable con la apertura de las minas de oro de California.

No voy a extenderme sobre ello en este contexto; puede leerse en el tercer tomo de la obra póstuma de Marx239. La contrarrevolución europea venció porque el auge del capitalismo dio beneficios a la burguesía y la empujó a un compromiso con los agrarios, y porque dio pan a la joven clase obrera, lo cual apartó a los proletarios de la idea de la subversión. La oleada de la contrarrevolución que ahora se derrama sobre el mundo se caracteriza mejor que nada por el hecho de que esta contrarrevolución no se apoya en un período de auge económico general, sino que representa un intento de contener la descomposición económica con medios de fuerza. Basta reflexionar sobre la situación en que se encuentra el gobierno inglés para ver que la contrarrevolución no solo no trae ninguna solución, sino que, al contrario, agrava la situación. Basta mencionar los hechos más sencillos. El capitalismo inglés tiene que acabar con el paro en una situación de crisis de Oriente que puede dar largas pero no resolver, en la situación de la creciente competencia norteamericana y del estrangulamiento del mercado inglés, en la situación de la caída catastrófica del marco, con un agravamiento de la situación en la India. Los conservadores intentarán detener el desarrollo con los medios de la violencia, pero no harán más que acelerarlo.

Acelerarán el caos, y en este aspecto Lloyd George tiene toda la razón cuando dice: «No haréis más que hacerlo todo añicos», cuando, desde su punto de vista burgués, se vuelve tanto contra la victoria del Partido Laborista como contra la de los conservadores. Si se mira la política de la reacción francesa, sin duda ha fortalecido pasajeramente la política de Francia, pero la ha fortalecido al precio de que puede decirse: en Oriente, Francia e Inglaterra estaban en guerra entre sí. La Entente y la paz europea solo se han salvado porque ambas, al borde mismo del abismo, todavía se sobrepusieron a tiempo para saltar hacia atrás.

Pero un compromiso del imperialismo inglés y del francés se ha vuelto aún más improbable desde que en Inglaterra ha vencido el ala más radical del imperialismo, por muy francófila que se muestre. Y en lo que se refiere a Alemania, no cabe ninguna duda de que el agotamiento del gobierno Wirth, la creación de un gobierno de Stinnes, agudizará los antagonismos de manera inmensa. La contrarrevolución no puede dar pan ni paz, y por eso nos encontramos aquí ante una oleada contrarrevolucionaria, ante una ofensiva que, pese a su falta de miramientos, no tiene perspectivas de victoria. Su duración dependerá de en qué medida seamos capaces de pasar a la contraofensiva. Pero en todo caso su base social es escasa. No tiene ni la fuerza de impulso, ni las conexiones ni los fundamentos que permiten una guerra larga y victoriosa.

Así pues, camaradas, estamos ante la tercera parte de la cuestión. Estamos ante la cuestión de la resistencia de la clase obrera. Camaradas, tampoco nosotros, los comunistas, podemos decir de nosotros mismos que comprendiéramos enseguida los signos de los tiempos. El año pasado, cuando la ofensiva del capital ya estaba en pleno curso, todavía teníamos que superar la disputa sobre la ofensiva del proletariado. Pero en todo caso no cabe ninguna duda de que fuimos los primeros en comprender los signos de los tiempos y los primeros en aparecer en escena para organizar la resistencia del proletariado y, en lo posible, pasar a la contraofensiva. La cosa empezó en realidad ya con la táctica de la carta abierta en Alemania, en enero de 1921. Que se trataba aquí de un paso empírico lo demostraron los acontecimientos de marzo240, que habrían sido imposibles si hubiéramos pensado hasta el final la situación que nos llevó a dar ese paso. Desde el III Congreso hemos captado la situación cada vez más sistemáticamente y, al desplegar la táctica del frente único, la Internacional Comunista ha demostrado que es capaz de dirigir no solo el avance del proletariado, sino también su defensa.

Camaradas, ¿en qué consiste nuestro plan de defensa? Aclarar su fundamento es al mismo tiempo una respuesta a nuestras cuestiones tácticas. El período de asalto del proletariado se caracterizó por que masas cada vez más amplias marchaban directamente al asalto contra el capitalismo. Si recuerdan ustedes no solo el estado de ánimo del proletariado de Alemania en 1919, cuando sin duda no solo los comunistas y los independientes, sino también los obreros del partido de Scheidemann estaban convencidos en los talleres de que el socialismo estaba en marcha, y creían que solo se diferenciaban de los comunistas en los métodos, sino que toman además los hechos de que en Inglaterra en 1919 el socialismo se convirtió por primera vez en una cuestión interna de amplias masas, de que por una cuestión de política exterior, como el apoyo a la Rusia soviética, existió realmente en Inglaterra en el verano de 1920 la posibilidad de una huelga de masas, no cabe absolutamente ninguna duda de que lo característico de la época de asalto de las masas obreras consistía en que luchaban conscientemente por el poder.

Lo característico del tiempo en que vivimos ahora es que, aunque la crisis del capital mundial no está superada, aunque la cuestión del poder sigue siendo objetivamente el centro de todas las cuestiones, las más amplias masas del proletariado han perdido la fe en que puedan conquistar el poder en un plazo previsible. Se ven empujadas a la defensiva.

Camaradas, luchamos contra la idea de la coalición con la burguesía, y luchamos con razón contra ella. Solo que pasamos por alto que en el orden del día no está la coalición de la socialdemocracia, de los partidos obreros, con la burguesía, sino la expulsión de los partidos obreros, e incluso en parte de los partidos liberales, de todos los gobiernos burgueses. Y aun ante este hecho, la clase obrera en su mayoría sigue pasiva. ¿Cómo explicarse si no que, después de Görlitz, donde la socialdemocracia se declaró dispuesta a aliarse con Stinnes, lo cual, como estaba claro para todo obrero, era una capitulación de la socialdemocracia, se movieran grupos de obreros en algunos rincones, pero no se produjera una tempestad de protesta de los obreros alemanes? El sentimiento de que se desvanece el poder de la clase obrera es quizá la causa más real de que la unificación de los independientes y los socialdemócratas se produjera con tanta facilidad (¡Muy cierto!, entre los alemanes); porque los obreros están convencidos de que su poder se desvanece. Por este motivo, incluso los obreros independientes que estaban en contra de la coalición con la burguesía están dispuestos a unirse con los socialdemócratas para conservar el último átomo de poder.

Si la situación es esta, si en las más amplias masas obreras la idea de la lucha por el poder no solo no está viva por el momento, sino que ha quedado relegada por toda la situación, si la gran mayoría de la clase obrera se siente impotente, entonces la conquista del poder no está en el orden del día como tarea actual inmediata. Es un hecho histórico. Y si los comunistas, ante cada cuestión, incluso ante la cuestión de la regulación estatal de la atención dental, dicen que solo bajo la dictadura del proletariado se sacarán las muelas sin dolor (risas), esa repetición tendrá quizá un valor propagandístico, pero no quita del mundo el hecho de que nuestros propios camaradas, los obreros comunistas, están convencidos de que en este momento no es posible la lucha por el poder, por muy seguro que sea también que, quizá antes de lo que algunos piensan, muchos Estados temblarán por la lucha directa por la dictadura proletaria. De ahí se desprende que, aunque no pensemos en ninguna táctica de frente único, aunque solo nos planteemos la tarea política de unirnos con las más amplias masas obreras, tenemos que librar en primer lugar la lucha por las cuestiones que son las más actuales para las más amplias masas obreras: las cuestiones del salario, de la jornada de trabajo, la cuestión de la vivienda, las cuestiones de la defensa contra el peligro blanco, contra el peligro de guerra, y todas las cuestiones de la vida diaria de la clase obrera. El comunismo no consiste en esconder la cabeza bajo el ala y decir que a un comunista tan bueno como yo no le conviene atormentarse con tales cosas. Si queremos al menos conservar bajo la bandera del comunismo a los obreros que ya hemos ganado, tenemos que concentrar nuestra lucha en estas cuestiones: solo de la extensión, la profundización y la intensificación de esta lucha surgirá la lucha por la dictadura.

El obrero ve en la fábrica, lo siente en cada huelga, que no puede luchar por las cuestiones vitales más inmediatas si no lucha junto con los demás obreros.

Y ve aún más. Ve que los obreros, sin atender al partido, que las masas obreras están unidas en estas cuestiones. Y como lo sienten, la política del Partido Comunista tiene que darles la respuesta a la pregunta de qué deben hacer ante el hecho de las reivindicaciones comunes de los obreros y de su división política. Y, camaradas, si no supiéramos hablar a las masas como portadores de la idea del frente único del proletariado, nos reduciríamos a un pequeño puñado. Lo que en este tiempo da a nuestros obreros la fuerza de seguir en el Partido Comunista, más aún, de agruparse a su alrededor en nuevas filas, no es solo nuestro objetivo, no es solo el creciente reconocimiento, por parte de las primeras filas, de la necesidad de la dictadura proletaria, sino también el sentimiento de que somos el elemento unificador de la clase obrera. Nunca lo sentí tanto como a finales de 1920, cuando estuve en Berlín después del congreso de unificación241 y hablé con los camaradas. Con la consigna de la dictadura del proletariado separamos de la socialdemocracia todo lo que, sobre la base de las experiencias anteriores de la revolución, estaba dispuesto a acoger la idea de la dictadura del proletariado. Los obreros que no estaban dispuestos a ello solo veían la escisión; y nuestros camaradas sentían que con la propaganda de los objetivos finales, relegados durante un tiempo a un segundo plano en la consciencia de las masas por toda la situación, con la propaganda de la escisión, no podían atraer hacia sí nuevas y mayores masas de obreros, por grande, por ineludible que fuera la necesidad de esa propaganda, por grande que fuera su importancia.

Sentían que tenían que hablar con los obreros de lo que los obreros piensan y sienten, de lo que les oprime cuando están parados y no tienen nada que comer, o cuando tienen que pasar hambre incluso en el tiempo en que tienen trabajo. La idea del frente único es para la masa obrera la idea de la agrupación de la clase obrera para la lucha contra los sufrimientos que le inflige el capitalismo en descomposición.

La segunda cuestión era: si el frente único es necesario, ¿cómo debemos llevarlo a cabo? ¿Debemos llevarlo a cabo dirigiéndonos a las más amplias masas del proletariado e invitándolas: «¡Luchad con nosotros bajo la bandera del comunismo!»? ¿Debemos llevarlo a cabo diciendo a los obreros: «Rechazamos toda negociación con los sindicatos y las organizaciones centrales»?

La reflexión más sencilla muestra todo el absurdo de la idea de que se pueda llevar a cabo el frente único de esta forma. Aunque los obreros socialdemócratas saben que su partido está en contra de la dictadura, creen sin embargo que defiende sus intereses, y por eso siguen perteneciendo al Partido Socialdemócrata. Si estas masas obreras están convencidas de que Scheidemann, Graßmann242, Renaudel y Jouhaux quieren luchar por la jornada de ocho horas, nos preguntarán: «Sí, muy bien, hay que luchar juntos, pero ¿habéis hablado de ello con Scheidemann, con Renaudel, con Henderson?».

¿Debemos responderles: Scheidemann es un traidor? Si coincidieran con nosotros en ese juicio sobre Scheidemann, no necesitaríamos empezar por propagarlo: irían con nosotros. Así pues, ese juicio es lo que separa, y por eso, pese a ese juicio, hay que negociar con los dirigentes de la II Internacional si se quiere el frente único. La diferencia entre la II Internacional y la Internacional Comunista no consiste en que nosotros estemos por la dictadura del proletariado y ellos estén decididos a luchar por el socialismo con medios democráticos, sino en que ellos no quieren luchar, ni siquiera por un pedazo de pan. Cuando se hayan comprometido, cuando hayamos demostrado a las masas con hechos que no quieren luchar y por qué no quieren luchar, entonces el camino hacia el frente único estará libre.

Ahora dirán muchos camaradas: puesto que lo sabemos, no necesitamos reforzar las ilusiones del proletariado para luego refutarlas. Pero no se trata precisamente de reforzar las ilusiones, sino, al contrario, de refutarlas. Tenemos que refutarlas no con palabras, sino con hechos. Hay en nuestro partido tipos raros que tienen mucho miedo de que quizá los socialdemócratas no se dejen desenmascarar, de que quizá luchen. Creo que no hay nadie con el cerebro sano que no celebrara que los socialdemócratas quisieran luchar. Y cuando los socialdemócratas nos reprochan: «Venís con el puñal bajo el manto, queréis abrazarnos para estrangularnos», nosotros decimos: «Eso depende de vosotros; demostrad que queréis luchar, y entonces podremos al menos recorrer juntos un trecho del camino». No lo tememos.

Por eso no fuimos a la conferencia de los tres Ejecutivos243 con el plan de ejecutar maniobras y bailes en los que hubiera de verse que nosotros bailamos bien y los otros no. Fuimos para organizar, si era posible, el frente único del proletariado desde arriba, para permitir a la clase obrera, si no pasar enseguida a la contraofensiva, al menos defender sus posiciones. Este plan fracasó. No fracasó por la cuestión del congreso obrero mundial. Si analizan ustedes la situación, verán que fracasó porque la II y la Internacional Dos y Media opusieron a nuestro plan de defensa un plan de capitulación.

Camaradas, la cuestión rusa desempeñó allí un gran papel. Por eso tengo que detenerme también en ella. A muchos camaradas les pareció una maniobra de los socialdemócratas, que, aprovechando nuestra lucha contra los mencheviques, miembros de la Internacional Dos y Media, querían apartar a estos de la Internacional Comunista. Camaradas, no sobrestimo la altura intelectual de los dirigentes socialdemócratas. Es posible que en su caso se tratara solo de una maniobra táctica. Pero las cosas existen también cuando no existen en la cabeza de Wels244.

Los socialdemócratas —la II y la Internacional Dos y Media— nos exigían en la cuestión rusa lo siguiente: legalizad —no digo cómo lo presentaron, sino cuál era el contenido—, legalizad a los mencheviques y a los SR245, y entonces apoyaremos a la Rusia soviética. ¿Qué significa esto? ¿Por qué lucha la Rusia soviética? La Rusia soviética lucha por mantener las fábricas y la tierra en manos del Estado obrero. ¿Cuál es el programa de los mencheviques y de los SR? Los mencheviques han expuesto ahora su programa con total claridad en los artículos de Mártov y Dan: es la vuelta al capitalismo, el abandono de la producción nacionalizada. Mártov formula literalmente este punto de vista así: ¡fuera los obstáculos al desarrollo del capitalismo en Rusia! Así pues, la II y la Internacional Dos y Media quieren apoyar a la Rusia soviética si la Rusia soviética legaliza a los partidos que quieren forzar la capitulación de la Rusia soviética, y que en parte lo hacen mediante una alianza con el capital de la Entente. Si durante la conferencia de Génova teníamos la impresión de que esa gente, por un completo embrutecimiento y ceguera, no veía que la Rusia soviética lucha para que la clase obrera internacional no sea arrojada de nuevo al punto de partida de la revolución, al año 1914, cuando en todo el mundo las fábricas estaban en manos del capital y aún no existía ningún Estado proletario, la actual toma de posición de los mencheviques, el partido de la Internacional Dos y Media, ha mostrado que no era solo estupidez y ceguera, sino que su programa es este: abandonar la lucha por el socialismo en Rusia, porque, como dice Mártov, la revolución mundial ha retrocedido en toda la línea.

¿Y cuál fue la posición de la II y la Internacional Dos y Media en las cuestiones de la defensa de los intereses vitales más elementales del proletariado de Europa occidental? Cuando decíamos: lucha por la jornada de ocho horas, cuando decíamos: lucha contra la rebaja de los salarios, naturalmente no nos dijeron abiertamente: no. Nos dijeron: no nos reuniremos con vosotros mientras la Profintern no esté disuelta. ¿Qué significa esto? Significa: mientras los comunistas no renuncien a la lucha contra la burocracia sindical que sacrifica la jornada de ocho horas en todos los países, que ha llevado a cabo la prolongación de las jornadas de trabajo en Alemania; contra la burocracia sindical que en Inglaterra, el Viernes Negro246, traicionó la lucha de los mineros; contra la burocracia sindical que no solo se halla en retirada en toda la línea, sino que ya ha capitulado. El sentido social, el sentido político de la ruptura de las negociaciones en Berlín consiste en esto: nosotros llegamos con un plan de campaña defensiva, y los adversarios nos exigieron que la Internacional Comunista y la parte de la clase obrera que está tras ella renunciaran a la lucha. Ese era el sentido social, que se manifestó crudamente en la cuestión del congreso obrero mundial. Los dirigentes de la II y la Internacional Dos y Media no estaban dispuestos a luchar, y en eso fracasó la constitución del frente común desde arriba.

Camaradas, la cuestión que ahora se nos plantea es: ¿renunciamos a los intentos de levantar el frente único no solo desde abajo, sino también desde arriba? Respondemos: no solo no renunciamos a este plan, sino que con más razón tenemos que emprender su realización. La situación de los dirigentes socialdemócratas es esta: saben muy bien que el comienzo de esta lucha tendrá como primera consecuencia la ruptura de la coalición con la burguesía, que tendrán que dejar la coalición antes de que los echen, y que entonces, cuando Stinnes, cuando Bonar Law, cuando Poincaré tengan el poder, se verán obligados por sus propias masas, ante la claridad de toda la situación, a empezar la lucha. Y tenemos que saber que se resistirán con uñas y dientes, pero tenemos que trabajar para que se produzcan momentos que les obliguen a abandonar esa posición. Si en mayo lograron sabotear el primer intento de levantar el frente único general, lo lograron porque no fuimos capaces de llevar a cabo una agitación vigorosa de esta idea entre las masas. Cuando nuestra organización de Berlín no fue capaz de llevar al Reichstag delegaciones de […]00 fábricas, estaba claro que el mayor alboroto de la Rote Fahne dejaría frío a Wels. Fue mejor en Renania, en Elberfeld, pero la provincia repercute más despacio que el centro.

En Francia los camaradas franceses sabotean esta política, sin la cual no solo se hundirán en una secta política, sino en una secta de politicastros.

En Italia nuestro amigo Bordiga ha urdido una idea endiabladamente lista: ¡el frente único en los sindicatos, pero no en la política! Cuando hablamos de la lucha por el frente único, tenemos que decirnos en primer lugar a nosotros mismos: esta lucha no la hemos librado todavía ni siquiera en un frente comunista unitario. Solo hemos dado los primeros pasos.

Sigamos. Si nuestra presión ha sido demasiado pequeña, tenemos que aumentarla e intensificarla; pero, aun así, quizá no se consiga de una vez, a escala internacional, que la II y la Internacional Dos y Media, sobre todo ahora que se están unificando, vayan con nosotros. Pero eso no significa que debamos renunciar a las negociaciones en la cumbre. Tenemos que orientarnos por los países donde la presión es mayor. Tenemos aquí el frente del adversario; lo romperemos en una lucha frontal, y lo romperemos allí donde la presión de las masas obreras sea mayor. Naturalmente, no sabemos si esto se conseguirá a escala internacional. Si no se consigue, tanto peor para la II Internacional, porque eso demostraría que está condenada a muerte, que no sabe saltar del carro de la burguesía y que se precipitará con ese carro al abismo. El trabajo será grande y llevará mucho tiempo. Pero es el único camino para llevar a las masas a la lucha y bajo la bandera del comunismo.

En la parte final, camaradas, permítanme que hable brevemente de las consignas de la lucha.

V. Las consignas de la lucha. Si la reivindicación del aumento de los salarios, si la reivindicación del mantenimiento de la jornada de ocho horas, la reivindicación del desarrollo del movimiento de los consejos de fábrica constituyen el punto de partida de nuestra acción, la situación es tal que no podemos arreglarnos solo con estas reivindicaciones. No solo los obreros comunistas, sino también obreros sin partido alguno entienden y pueden exigir que se les paguen 1.000 marcos diarios si con 500 no pueden vivir. Pero verán que el aumento de los salarios en papel no es una salida, y si en las primeras fases de la lucha podemos arreglarnos solo con estas consignas, a medida que la lucha se extienda será necesario plantear consignas políticas, organizativas, en medio de la lucha. Ese momento será el momento en que pasemos de la defensa a la ofensiva.

Estas consignas las planteamos ya en el II Congreso Mundial, a partir de nuestro análisis general del capitalismo en descomposición y de las tareas del proletariado. Las expliqué después en mi informe sobre la táctica en el III Congreso. Planteamos en primer lugar la consigna del control de la producción. La consigna del control de la producción es necesaria por las razones siguientes: A. muestra al obrero una perspectiva, le muestra que el proletariado es capaz de detener la descomposición económica.

Le muestra la perspectiva de la reconstrucción económica, el camino para salir del caos. La lucha por esta consigna conducirá a la lucha por el poder del Estado, porque la burguesía impedirá con todos los medios toda reconstrucción que haya de hacerse a su costa. Por eso los partidos comunistas no deben plantear la consigna del control de la producción solo de vez en cuando en un artículo o en algún congreso, sino hacer de ella el centro de su movimiento. Tienen que saber hacer comprender a los obreros que, si no se toma realmente el poder mediante el control de la producción en las fábricas y talleres, el caos económico crecerá día a día. La consigna del control de la producción es la consigna que muestra a las masas una salida, que da a su lucha la idea para el próximo periodo. Si en nuestra lucha planteamos contra los impuestos la consigna de cargar a la burguesía mediante la incautación de los valores reales247, esa consigna queda en el aire si no existen órganos de control del proletariado capaces de darle base.

Camaradas, estas cuestiones tendrán que discutirse con la mayor amplitud en los partidos comunistas al tratar la cuestión del programa. Si algunos camaradas de la Internacional creen que, por ejemplo, la cuestión de la incautación de los valores reales es solo una especialidad alemana, no cabe duda de que, con la creciente depreciación del dinero en Francia, en Italia y en otros muchos países, esta cuestión será uno de los puntos de partida de las luchas proletarias. No podemos entrar en esta lucha, en la que chocamos con el poder burgués, sin una consigna sobre nuestra relación con la fuerza armada. La reivindicación de concentrar la fuerza armada en manos de los obreros organizados en los sindicatos está en la más estrecha relación con la lucha defensiva del proletariado y surgirá espontáneamente en todas partes. VI. Gobierno obrero. Y ahora llego a la cuestión que desempeña un gran papel en nuestra lucha contra la ofensiva del capital, que desempeñó un gran papel en las consideraciones tácticas del camarada Zinóviev sobre la cuestión del gobierno obrero, y que no podemos dejar de lado al tratar de la lucha contra la ofensiva del capital. El camarada Zinóviev dio en su intervención una clasificación conceptual de los tipos posibles de gobierno obrero. Estoy de acuerdo con este intento de clasificación. Solo lo completo señalando el tipo de un gobierno obrero y campesino en países como Polonia, Yugoslavia, Bulgaria, Rumanía, etc. Lo que nos importa en este contexto es, en lugar de la clasificación conceptual, plantear la pregunta: ¿en qué piensan las masas obreras —no solo los comunistas— cuando hablan de gobiernos obreros? Me limito a países en los que esta idea ya ha encontrado eco: Inglaterra, Alemania y Checoslovaquia. En Inglaterra piensan en el Labour Party. El comunismo no es allí todavía una fuerza de masas. En los países de la descomposición del capital esta idea está muy viva y unida al frente único, y así como los obreros se dicen que frente único significa que comunistas y socialdemócratas no se combaten en las fábricas durante las huelgas, sino que van juntos, la idea del gobierno obrero tiene para las masas obreras el mismo significado: piensan en el gobierno de todos los partidos obreros. ¿De qué se trata para esas masas, práctica y políticamente? Tenemos que responder a esta pregunta. ¿Y qué actitud tomamos ante ella? Si se examina hasta qué punto es probable en la práctica que se llegue a tales gobiernos obreros de coalición, pueden encontrarse mil respuestas ingeniosas. Puede decirse que el gobierno obrero no es el camino necesario, pero sí el camino posible. Puede decirse, paradójicamente, con el camarada Zinóviev, que no es el camino necesario, sino probablemente el más improbable. La cuestión se decidirá políticamente por el hecho de si la socialdemocracia irá con la burguesía hasta su muerte. Si es así, el gobierno obrero solo será posible como dictadura del proletariado comunista. No podemos decidir sobre la política de los socialdemócratas. Lo que tenemos que decidir, cuando nos presentamos ante las masas en nuestra lucha contra la ofensiva del capital, es si podemos decirles o no que estamos dispuestos a luchar por un gobierno obrero de coalición, a crear las condiciones previas para él.

Esa es la cuestión que con supuestos cálculos teóricos solo puede embrollarse para las masas. En mi opinión, cuando la lucha gira en torno al frente único, deberíamos decir lisa y llanamente que, si las masas obreras socialdemócratas obligan a sus dirigentes a romper con la burguesía, estamos dispuestos a participar en un gobierno obrero, si ese gobierno va a ser un órgano de la lucha de clases. Digo: si está dispuesto a luchar junto con nosotros. Naturalmente, si la situación fuera tal que nos cayeran del cielo las palomas asadas: que nada hubiera cambiado en el Reich, el carbón lo tuviera Stinnes, el ejército estuviera en manos de los monárquicos, solo la Wilhelmstraße248 la tuviera Scheidemann, y a esa Wilhelmstraße nos invitaran también a nosotros; si nuestro camarada Meyer se pusiera un frac (risas) y tomara del brazo a la camarada Ruth Fischer, que se resiste (risas), y la llevara al palacio de la Cancillería del Reich —si existieran tales perspectivas históricas, habría que objetar a semejante idea lo siguiente: en primer lugar, vendría un teniente con diez hombres y detendría a los camaradas Meyer, Scheidemann y Ruth Fischer, y con eso se acabaría el gobierno obrero. Pero en la lucha contra la ofensiva del capital no se trata de una combinación parlamentaria, sino de una plataforma para movilizar a las masas, de una plataforma de lucha. La cuestión se plantea así: ¿echa la burguesía a los socialdemócratas de la coalición y estos se retiran a un rincón tranquilo y protestan, se pudren en la coalición, o ayudamos a las masas a obligarles a empezar la lucha? Podría decirse: ¿para qué rompernos la cabeza con lo que ellos harán? Si se tratara de los dirigentes de la socialdemocracia, sin duda preferiríamos que se pudrieran. Pero si se trata de movilizar a las masas obreras socialdemócratas, tenemos que presentarnos con un programa positivo. ¿Hasta qué punto está en contradicción con la dictadura del proletariado, hasta qué punto está en contradicción con la guerra civil? Está en la misma contradicción que la antesala con la sala (¡muy bien!). Se puede entrar en una habitación a través de la pared, si está cerrada; se puede entrar incluso por la chimenea. (Interrupción de Urbahns249: ¡Por la chimenea ha corrido sangre!) Oigo por primera vez que el proletariado construye barricadas en primer lugar en el tejado. Incluso si la burguesía deja en algún sitio el gobierno a la socialdemocracia y a los comunistas —lo que históricamente no está excluido, como muestra el ejemplo húngaro250—, a ello sigue un periodo de las luchas más encarnizadas; también puede darse una situación parecida a aquella en que se encontraba la burguesía en Alemania el 9 de noviembre, cuando sencillamente desapareció. Puede encontrarse en una situación en la que nos deje el poder con la esperanza de que no seremos capaces de conservarlo. Lleguemos al gobierno por la guerra civil o lleguemos por el fracaso de la burguesía, la guerra civil es el resultado del gobierno obrero. La clase obrera no será capaz de conservar el poder sin la guerra civil. No porque los comunistas nos digamos: sin guerra civil no puedo vivir, como Tom Sawyer creía tener que liberar al negro por un pasadizo subterráneo aunque las puertas estaban abiertas251; no porque digamos: sin guerra civil no acepto el poder, sin guerra civil soy desgraciado (risas), sino por la sencilla razón que dio el camarada Zinóviev: la burguesía puede fallar en tal o cual caso, pero no renuncia definitivamente al poder sin una lucha encarnizada. Si los socialdemócratas no son capaces de luchar, pasaremos por encima de ellos. Donde se forme el gobierno obrero, solo será un punto de partida de la lucha por la dictadura del proletariado, porque la burguesía no tolerará un gobierno obrero aunque esté fundado sobre una base democrática, y se verá que «no hay más remedio». El obrero socialdemócrata tiene que hacerse comunista, tiene que librar la guerra civil para defender su dominación. Por eso creo que en la práctica, en el desarrollo de las cosas, no nos amenazan aquí grandes peligros de empantanarnos, en la medida en que se trate de verdaderas luchas de clases y no de cuestiones de gobierno parlamentario en pequeños rincones apartados como Brunswick y Turingia252, donde se puede estar en el gobierno sin guerra civil; con lo cual no quiero decir que estas cuestiones deban tratarse como si no fueran nada. La consigna del gobierno obrero es una consigna orientadora necesaria, una consigna que da al frente único un objetivo político unitario. El momento en que los obreros se unan para luchar por el gobierno obrero, por el control de la producción, señalará el comienzo de nuestra contraofensiva, porque cuando no solo defendemos lo que existe y desaparece, sino que luchamos por nuevas posiciones, empieza la ofensiva.

Los comunistas no pueden provocar artificialmente esta ofensiva. El gran error de las luchas de marzo253 fue precisamente que intentaron sustituir la lucha de las grandes masas por la voluntad de lucha de nuestro partido. La voluntad de lucha de nuestro partido tiene que expresarse en la forma de nuestra agitación y de nuestra organización de las masas, y lo más significativo del estado del movimiento obrero es que incluso nuestra agitación comunista, en los países donde tenemos los mejores partidos, tiene todavía un carácter abstracto, que no la sostiene la pasión de hombres convencidos de que luchan realmente por objetivos que pueden alcanzarse pronto.

Todo produce todavía la impresión de pura agitación, y si nosotros, camaradas de partido, queremos que todos nuestros debates no mueran de anemia, que todos nuestros congresos no tengan la importancia de un conventículo de partido en el que solo se discuten tendencias teóricas de desarrollo, nuestros partidos tienen que hacer en la práctica una política completamente distinta; no distinta en cuanto a la línea política, sino distinta en cuanto a la energía de su lucha. Y, camaradas, aquí, al tratar la cuestión de la ofensiva del capital, tenemos que hacer constar una cosa: tenemos que realizar el cambio en nosotros mismos antes de poder imponerlo en las masas no comunistas.

Muchos camaradas se imaginan la cosa así: la Internacional Comunista solo puede florecer y tener las mejillas sanas en el momento en que las olas revolucionarias suben alto, en que las masas proletarias se lanzan al asalto.

La Internacional Comunista no es solo el partido de la conquista del poder, sino que es el partido de la lucha por el poder. Y por eso es un disparate decir que ahora es en cierto modo temporada muerta y que por eso el partido no puede luchar. De este modo se hace de la Internacional Comunista un parásito de la revolución proletaria mundial en lugar de un combatiente por ella. La consigna no debe ser el estado de ánimo de la decepción y de la espera de la revolución, sino la lucha por cada palmo de terreno. Todas nuestras discusiones solo tienen sentido si comprendemos que solo podemos formar partidos comunistas con una condición determinada: no en un cuarto cualquiera donde se adoptan y se estudian resoluciones, sino cumpliendo nuestras tareas en la lucha práctica, en el frente único del proletariado, en la lucha por la cuestión que la historia ya plantea hoy. Y quien ve una oposición entre la línea del frente único y el proceso de unificación y consolidación de los partidos comunistas, no entiende nada de las tareas de la Internacional Comunista y no entiende que tenemos que tener partidos consolidados si queremos ser los portadores del frente único, así como que, si queremos luchar por el frente único del proletariado, tenemos que tener partidos consolidados. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 3.55 de la tarde.

Duodécima sesión, jueves 16 de noviembre de 1922

El fascismo. Continuación del debate sobre la ofensiva del capital.

Oradores: Bordiga, Šmeral, Pullman, Urbahns.

Apertura: 12.20 del mediodía.

Preside: Kolárov, después Marchlewski.

Presidente: Se abre la sesión. Doy la palabra al camarada Bordiga para el informe sobre el fascismo.

Bordiga: Estimados camaradas, lamento que las peculiares circunstancias que se han producido en la comunicación entre nuestra delegación y nuestro partido me priven de la posibilidad de disponer de todo el material documental sobre esta cuestión.

Existe un informe escrito redactado por nuestro camarada Togliatti254; no solo no tengo este informe conmigo, sino que ni siquiera he tenido ocasión de verlo.

En cuanto a los datos estadísticos precisos, tengo que remitir a los camaradas que quieran informarse con más detalle a ese informe, que sin duda llegará aquí y aquí será traducido y distribuido.

Por lo demás, mis informaciones se completaron en el último momento, porque ayer por la tarde llegó a Moscú un enviado de la Central de nuestro partido y nos informó de la impresión que los últimos acontecimientos fascistas han causado en los camaradas italianos; de estas informaciones me ocuparé en la última parte de mi informe.

Después de lo que el camarada Rádek dijo ayer aquí en su discurso sobre la actitud del Partido Comunista ante el fascismo, tengo que ocuparme también de otro aspecto de esta cuestión.

Nuestro camarada Rádek ha criticado la actitud de nuestro partido ante la cuestión fascista, que es hoy la cuestión política dominante en Italia. Ha criticado nuestro punto de vista —nuestro supuesto punto de vista—, que consistiría en que queremos tener un partido pequeño y juzgamos todas las cuestiones de tal manera que nos limitamos al terreno de la organización del partido y de su papel inmediato, sin dirigir nuestra atención a las grandes cuestiones políticas.

Dada la brevedad del tiempo, procuraré no extenderme demasiado. Al discutir la cuestión italiana y nuestras relaciones con el Partido Socialista, tendremos que tratar también la cuestión de cómo hemos de proceder en la nueva situación creada en Italia por el fascismo.

Paso ahora directamente a mi exposición.

Examinemos ante todo el origen del movimiento fascista.

Por lo que se refiere, por así decirlo, al origen inmediato y exterior del movimiento fascista, este se remonta a los años 1914-1915, al periodo que precedió a la intervención de Italia en la guerra mundial. Sus primeros comienzos son los grupos que apoyaron esa intervención. Políticamente, estos grupos estaban formados por representantes de diversas tendencias.

Había un grupo de derecha con Salandra255: los grandes industriales, que estaban interesados en la guerra y que, antes de abogar por la guerra a favor de la Entente, habían apoyado incluso la guerra contra la Entente.

Por otro lado había también tendencias de la burguesía de izquierda: los radicales italianos, es decir, los demócratas de izquierda, los republicanos, que por tradición estaban a favor de la liberación de Trieste y de Trento. En tercer lugar, el movimiento intervencionista comprendía ciertos elementos del movimiento proletario: sindicalistas revolucionarios y anarquistas. A estos grupos pertenecía en particular —se trata sin duda de un caso personal, pero de especial importancia— el dirigente del ala izquierda del Partido Socialista: Mussolini, el director del Avanti!

Puede decirse aproximadamente que el grupo intermedio no participó en el movimiento fascista y se integró en el marco de la política burguesa tradicional.

En el movimiento fascista permanecieron los grupos de la extrema derecha y los de la extrema izquierda: los elementos ex anarquistas, ex sindicalistas y ex sindicalistas revolucionarios.

Estos grupos políticos, que en mayo de 1915 habían obtenido una gran victoria al imponer la guerra al país contra la voluntad de la mayoría del país e incluso del parlamento, que no fue capaz de resistir el golpe de mano repentino, vieron después del final de la guerra cómo disminuía su influencia. Ya durante la guerra pudieron comprobar este hecho.

Habían presentado la guerra como una empresa muy fácil; pero cuando se vio que la guerra se prolongaba, estos grupos perdieron por completo la popularidad, que en realidad nunca habían tenido de verdad.

Inmediatamente después de la guerra, la influencia de estos grupos cayó a un mínimo.

Durante y después del periodo de la desmovilización, a finales de 1918, durante 1919 y en la primera mitad de 1920, esta tendencia política estaba completamente por los suelos en medio del descontento general provocado por las consecuencias de la guerra.

Sin embargo, puede comprobarse la relación política y orgánica de este movimiento, que entonces parecía ya casi extinguido, con el poderoso movimiento que hoy se despliega ante nuestros ojos.

Los fasci di combattimento nunca dejaron de existir; el jefe del movimiento fascista fue siempre Mussolini, su periódico es Il Popolo d'Italia256.

En las elecciones políticas de finales de octubre de 1919257, los fascistas fueron completamente derrotados en Milán, donde tenían su diario y donde se encontraba su jefe político. Obtuvieron un número de votos insignificante; aun así, continuaron su trabajo.

La corriente socialista revolucionaria del proletariado había experimentado en la posguerra un fortalecimiento considerable gracias al entusiasmo revolucionario que se había apoderado de las masas —no necesito exponer aquí detalladamente las razones—. Sin embargo, no supo aprovechar esta situación favorable.

Esta tendencia acabó por atrofiarse porque todas esas condiciones objetivas y psicológicas favorables al fortalecimiento de una organización revolucionaria no encontraron un partido capaz de construir sobre ellas una organización estable. No afirmo que el Partido Socialista —como dijo estos días el camarada Zinóviev— hubiera podido hacer la revolución en Italia, pero al menos habría tenido que conseguir dar una organización sólida a las fuerzas revolucionarias de la masa obrera. Pero no estuvo a la altura de esta tarea.

Hemos tenido que presenciar, pues, la disminución de la popularidad de que había gozado en Italia la corriente socialista, siempre hostil a la guerra.

A medida que el movimiento socialista cometía un error tras otro en la crisis de la vida social italiana, el movimiento opuesto —el fascismo— empezó a fortalecerse.

El fascismo supo aprovechar muy especialmente la crisis que se hacía sentir en la situación económica y cuya influencia empezaba a notarse en la organización sindical del proletariado.

En el momento más difícil, el movimiento fascista encontró un apoyo en la expedición de D'Annunzio a Fiume. De la expedición de Fiume sacó el fascismo cierta fuerza moral, y allí nacieron también, aunque el movimiento de D'Annunzio y el fascismo eran dos cosas distintas, su organización y su fuerza armada.

Hemos hablado de la actitud del movimiento proletario socialista; la Internacional ha criticado repetidamente sus errores.

La consecuencia de estos errores fue un cambio completo del estado de ánimo de la burguesía y de las demás clases. El proletariado estaba dividido, desmoralizado. El estado de ánimo de la clase obrera, que veía escapársele de las manos la victoria, experimentó un cambio considerable. Puede decirse que la burguesía italiana, en 1919 y en la primera mitad de 1920, se había resignado más o menos a tener que presenciar la victoria de la revolución. La clase media y la pequeña burguesía estaban dispuestas a desempeñar un papel pasivo, y no a remolque de la gran burguesía, sino a remolque del proletariado, que estaba a punto de conseguir la victoria.

Este estado de ánimo ha experimentado ahora un cambio radical. En lugar de asistir a la victoria del proletariado, vemos, al contrario, cómo la burguesía se agrupa para defenderse.

Cuando la clase media vio que el Partido Socialista no sabía organizarse de manera que pudiera imponerse, expresó su descontento; perdió poco a poco la confianza que había puesto en la misión del proletariado y se volvió hacia el lado contrario.

En ese momento comenzó la ofensiva capitalista de la burguesía, que se aprovechó sobre todo del estado de ánimo de la clase media. El fascismo, gracias a su composición muy heterogénea, representó la solución de este problema; por eso estuvo incluso en condiciones de encauzar la ofensiva de la burguesía y del capitalismo.

El ejemplo italiano es un ejemplo clásico de la ofensiva del capital. Esta ofensiva constituye, como dijo ayer el camarada Rádek desde esta tribuna, un fenómeno complejo que hay que examinar no solo en lo que se refiere a las rebajas de salarios o a la prolongación de la jornada, sino también en el terreno general de la acción política y militar de la burguesía contra la clase obrera.

En Italia, en el periodo de desarrollo del fascismo, hemos vivido todas las formas de manifestación de la ofensiva capitalista.

Desde el primer momento de su existencia, nuestro Partido Comunista examinó críticamente la situación y mostró al proletariado italiano su tarea en la autodefensa unitaria contra la ofensiva burguesa; trazó un plan unitario según el cual el proletariado habría tenido que plantar cara a esta ofensiva.

Si queremos considerar la ofensiva capitalista en su conjunto, tenemos que examinar la situación en sus líneas generales, a saber, por un lado en el terreno de la industria y por otro en el terreno de la agricultura.

En la industria, la ofensiva capitalista aprovecha ante todo directamente los fenómenos económicos.

Empieza la crisis y se hace sentir el paro. Hay que despedir a una parte de los obreros, y los patronos lo tienen fácil, porque pueden echar de las empresas a los obreros que están a la cabeza de los sindicatos, pueden echar a los extremistas. La crisis industrial es para los patronos el punto de partida que les permite exigir la rebaja de los salarios y la revisión de las concesiones disciplinarias y morales que antes habían tenido que hacer a los obreros de sus empresas.

Al comienzo de esta crisis surge en Italia la Confederación General de la Industria258, la organización de clase de los patronos, que dirige esta lucha y somete a su dirección la acción de cada rama de la industria.

En las grandes ciudades, la lucha contra la clase obrera no puede empezar con el empleo inmediato de la violencia. Los obreros de las ciudades forman en general grandes grupos; pueden reunirse con cierta facilidad en grandes masas y oponer una resistencia seria. Por eso se impusieron ante todo al proletariado luchas sindicales que condujeron a resultados desfavorables, porque la crisis económica se encontraba en su fase más aguda. El paro aumentaba sin cesar. La única posibilidad de salir victoriosos de las luchas económicas que se desarrollaban en la industria habría consistido en trasladar la actividad del terreno del movimiento sindical al terreno revolucionario, en la dictadura de un partido político verdaderamente comunista; pero el Partido Socialista italiano no era un partido así.

No supo trasladar, en el asalto decisivo, la acción del proletariado italiano al terreno revolucionario. El periodo de los grandes éxitos de la organización sindical italiana en la lucha por mejorar las condiciones de trabajo dejó paso a aquel nuevo periodo en que las huelgas se convirtieron en huelgas defensivas de la clase obrera; los sindicatos sufrieron una derrota tras otra.

Como en Italia corresponde en el movimiento revolucionario una gran importancia a las clases agrícolas, sobre todo a los asalariados agrícolas y también a las capas que no están completamente proletarizadas, las clases dominantes se vieron obligadas a servirse de un medio de lucha contra la influencia que las organizaciones rojas habían alcanzado en el campo.

La situación que teníamos en una gran parte de Italia, en la parte más importante desde el punto de vista agrícola, en la llanura del Po, se parecía desesperadamente a una dictadura local del proletariado, o al menos de los obreros agrícolas. Allí el Partido Socialista conquistó a finales de 1920 muchos municipios, que luego practicaron una política fiscal local contra la burguesía agraria y la burguesía media. Teníamos allí organizaciones sindicales florecientes, cooperativas importantes y numerosas secciones del Partido Socialista. E incluso allí donde el movimiento estaba en manos de los reformistas, la clase obrera del campo adoptaba una actitud revolucionaria. Se obligaba a los patronos a pagar a la organización una contribución, una cantidad determinada, que constituía en cierto modo una garantía de la sumisión de los patronos al contrato que se les había impuesto en la lucha sindical.

Se creó una situación en la que la burguesía agraria ya no podía vivir en el campo y se vio obligada a retirarse a las ciudades.

Los socialistas italianos cometieron ciertos errores, sobre todo en la cuestión de la apropiación de la tierra y de la tendencia de los pequeños arrendatarios a comprar tierra después de la guerra para convertirse en pequeños propietarios.

Las organizaciones reformistas obligaron a estos pequeños arrendatarios a seguir siendo, por así decirlo, esclavos del movimiento de los obreros agrícolas; en tales condiciones, el movimiento fascista encontró allí un apoyo importante. En la agricultura no había ninguna crisis acompañada de un gran paro que hubiera permitido a los terratenientes una contraofensiva victoriosa en el terreno de las simples luchas sindicales.

Aquí el fascismo empezó a desarrollarse y a emplear el método de la violencia física, de la violencia armada, apoyándose en la clase de los propietarios rurales y aprovechando el descontento provocado en la capa media de las clases agrícolas por los errores organizativos del Partido Socialista y de los organizadores reformistas. El fascismo se apoyó también en la situación general, en el descontento, creciente día a día, de todas las capas pequeñoburguesas, de los pequeños comerciantes, de los pequeños propietarios, de los excombatientes, de los antiguos oficiales, que, después de la posición que habían ocupado durante la guerra, estaban decepcionados por su situación actual.

Se aprovecharon todos estos elementos; y organizándolos y encuadrándolos en formaciones, se pudo emprender el movimiento para destruir el poder de las organizaciones rojas en el campo italiano.

El método de que se sirvió el fascismo es sumamente característico; el fascismo reunió a todos los elementos desmovilizados que no podían encontrar su sitio en la sociedad después de la guerra, y se sirvió de su experiencia militar.

Empezó a formar sus formaciones militares no en las grandes ciudades industriales, sino en las ciudades que podemos considerar capitales de las comarcas agrícolas italianas, como por ejemplo Bolonia y Florencia; para ello se apoya en las autoridades del Estado, a lo que todavía volveremos. Los fascistas disponen de armas y medios de transporte, gozan de impunidad ante la ley y disfrutan de las ventajas de estas condiciones favorables incluso allí donde todavía no alcanzan el número de sus adversarios revolucionarios. Organizan primero las expediciones llamadas spedizioni punitive. Proceden de la siguiente manera:

Invaden una pequeña zona determinada, destruyen las sedes centrales de las organizaciones proletarias, obligan por la fuerza a dimitir a los concejos municipales, hieren o, si es preciso, matan a los dirigentes adversarios o, en el mejor de los casos, les obligan a abandonar la zona. Los obreros de las localidades afectadas no pueden oponer resistencia a estas tropas armadas, apoyadas por la policía y concentradas desde todas las partes del país. El grupo fascista local, que antes no podía atreverse a una lucha local contra las fuerzas proletarias, pudo entonces imponerse, porque los campesinos y los obreros estaban aterrorizados y sabían que, si se atrevían a emprender cualquier acción contra ese grupo, los fascistas podían repetir su expedición con fuerzas aún mayores, a las que de ningún modo se podría oponer resistencia.

Así conquista el fascismo una posición dominante en la política italiana, y avanza, por así decirlo, zona por zona, según un plan que puede seguirse muy bien en el mapa.

Su punto de partida es Bolonia, donde en septiembre y octubre de 1920 se había instalado la administración socialista, que con esa ocasión había llevado a cabo una gran movilización de las fuerzas rojas.

Se producen incidentes; las sesiones son perturbadas por provocaciones de fuera. Se dispara, quizá con ayuda de provocadores, contra los escaños de la minoría burguesa.

Este hecho conduce al primer gran asalto fascista.

La reacción desatada se entrega a destrucciones e incendios, así como a actos de violencia contra los dirigentes del proletariado. Con ayuda del poder del Estado, los fascistas se apoderan de la ciudad.

Con estos acontecimientos comienza el terror, el histórico 21 de noviembre de 1920259, y después el concejo municipal de Bolonia ya no consigue volver a tomar el poder.

Partiendo de Bolonia, el fascismo siguió un camino que no podemos describir aquí con todo detalle; solo diremos que tomó dos direcciones geográficas: por un lado hacia el triángulo industrial del noroeste, Milán, Turín y Génova, y por otro hacia la Toscana y el centro de Italia, para poder cercar y amenazar la capital. Estaba claro de antemano que en el sur de Italia, por las mismas razones que habían hecho imposible también el nacimiento de un gran movimiento socialista, no podía surgir ningún movimiento fascista.

El fascismo representa tan poco un movimiento de la parte atrasada de la burguesía que no apareció primero en el sur de Italia, sino precisamente allí donde el movimiento proletario estaba más desarrollado y la lucha de clases se había manifestado con más claridad.

¿Cómo debemos explicarnos el movimiento fascista después de estos datos? ¿Es un movimiento puramente agrario? Eso es lo último que queríamos decir cuando afirmamos que el movimiento había nacido principalmente en el campo; no se puede presentar el fascismo como un movimiento independiente de una sola parte de la burguesía, como la organización de los intereses agrarios en oposición a los del capital industrial. Por lo demás, el fascismo creó su organización política y a la vez militar en las grandes ciudades, incluso en aquellas provincias donde limitaba sus acciones al campo.

Vimos que en la Cámara, cuando el fascismo, tras participar en las elecciones de 1921, obtuvo un grupo parlamentario, se formó un partido agrario independiente del fascismo. En el curso de los acontecimientos posteriores vimos que los patronos industriales apoyaban al fascismo.

Decisiva para la nueva situación fue, en los últimos tiempos, una declaración de la Confederación General de la Industria, que se pronunció a favor de que se encargara a Mussolini la formación del nuevo gabinete.

Pero un fenómeno todavía más interesante a este respecto es el del movimiento sindical fascista.

Como ya se ha dicho, los fascistas supieron aprovechar el hecho de que los socialistas nunca tuvieron una política agraria y de que ciertos elementos del campo, que no pertenecían propiamente al proletariado, tenían intereses opuestos a los de los socialistas.

El fascismo era un movimiento que tenía que emplear todos los medios de la violencia más brutal y salvaje. Pero supo combinar estos medios con el empleo de la demagogia más cínica. El fascismo intentó formar organizaciones de clase con los campesinos e incluso con los asalariados agrícolas. En cierto sentido llegó incluso a actuar contra los terratenientes. Hemos tenido ejemplos de luchas sindicales bajo dirección fascista que se parecían mucho a los métodos anteriores de las organizaciones rojas.

No podemos considerar en modo alguno este movimiento, que por la coacción y el terror hace un movimiento sindical fascista, como una forma de lucha contra los patronos; pero tampoco podemos sacar la conclusión de que el fascismo represente un movimiento de los patronos agrícolas en sentido estricto. El hecho es que el fascismo es un gran movimiento unitario de la clase dominante, capaz de poner a su servicio, de emplear y de aprovechar todos los medios, todos los intereses parciales y locales de ciertos grupos de patronos agrícolas e industriales.

El proletariado no supo unirse en una organización unitaria para la lucha común por la conquista del poder, ni sacrificar a este fin los intereses inmediatos de los pequeños grupos. No supo resolver este problema en un momento favorable.

La burguesía italiana aprovechó esta circunstancia para intentarlo por su parte. Es un problema inmenso. La clase dominante creó una organización para defender el poder que tenía en sus manos y siguió en ello un plan unitario de ofensiva antiproletaria, capitalista.

El fascismo creó un movimiento sindical. ¿En qué sentido? ¿Para librar la lucha de clases? ¡Jamás! El fascismo creó su movimiento sindical con la consigna: todos los intereses económicos tienen derecho a formar un sindicato; pueden formarse asociaciones de obreros, de campesinos, de comerciantes, de capitalistas, de grandes terratenientes, etc. Todos ellos pueden organizarse según el mismo principio. Pero la acción sindical de todas las organizaciones debe subordinarse a los intereses nacionales, a la producción nacional, a la gloria nacional, etc.

Esto es una colaboración de las clases y no una lucha de clases. Todos los intereses se funden en una supuesta unidad nacional. Sabemos lo que significa esta unidad nacional: la conservación contrarrevolucionaria incondicional del Estado burgués y de sus instituciones. El nacimiento del fascismo puede atribuirse, en nuestra opinión, a tres factores principales: el Estado, la gran burguesía y las clases medias.

El primero de estos factores es el Estado. El aparato del Estado ha desempeñado en Italia un papel importante en el nacimiento del fascismo. Las noticias sobre las sucesivas crisis del gobierno burgués de Italia hicieron creer que la burguesía italiana tenía un aparato del Estado tan inestable que bastaría un solo golpe de mano para derribarlo.

Eso no es cierto en absoluto. La burguesía pudo construir la organización fascista precisamente en la medida en que se consolidaba su aparato del Estado.

Durante el periodo inmediatamente posterior a la guerra, el aparato del Estado atraviesa una crisis. La causa evidente de esta crisis es la desmovilización; todos los elementos que hasta entonces habían participado en la guerra son arrojados ahora de golpe al mercado de trabajo, y en este momento crítico la máquina del Estado, que hasta entonces se había ocupado de reunir todos los recursos contra el enemigo exterior, tiene que transformarse en un aparato de defensa del poder contra la revolución interior. Era un problema inmenso para la burguesía. No podía resolverlo ni desde el punto de vista técnico ni desde el militar mediante una lucha abierta contra el proletariado: tenía que hacerlo desde el punto de vista político.

En este periodo surgen los primeros gobiernos de izquierda de la posguerra; en este periodo llega al poder la orientación política de Nitti y Giolitti.

Precisamente esta política es la que permitió al fascismo asegurarse su victoria posterior.

Primero había que hacer concesiones al proletariado; en el momento en que el aparato del Estado necesitaba consolidarse apareció el fascismo: es pura demagogia que critique a esos gobiernos y los acuse de cobardía frente a los revolucionarios.

En realidad, los fascistas deben la posibilidad de su victoria a las concesiones de la política democrática de los primeros ministros de la posguerra.

Nitti y Giolitti hicieron concesiones a la clase obrera. Se satisficieron ciertas reivindicaciones del Partido Socialista: la desmovilización, el régimen político, la amnistía para los desertores. Se hicieron estas diversas concesiones para ganar tiempo con vistas a restablecer el aparato del Estado sobre una base sólida. Fue Nitti quien creó la Guardia Regia, es decir, la «Guardia Real», una organización que no era propiamente de carácter policial, sino que tenía un carácter militar completamente nuevo. Uno de los grandes errores de los socialistas reformistas fue no considerar fundamental este problema, que habrían podido tratar incluso sobre una base constitucional, protestando contra el hecho de que el Estado formara un segundo ejército. Los socialistas no comprendieron la importancia de esta cuestión y consideraron a Nitti un hombre con quien se podría colaborar en un gobierno de izquierda. Es una prueba más de lo incapaz que es este partido de comprender el curso de la política italiana.

Giolitti completó la obra de Nitti. En el ministerio Giolitti, el ministro de la Guerra Bonomi260 apoyó los primeros intentos del fascismo; se puso a disposición del movimiento naciente y de los oficiales desmovilizados, que incluso después de volver a la vida civil siguieron cobrando la mayor parte de su sueldo.

Puso en la mayor medida el aparato del Estado a disposición del fascismo. Se concedieron a los fascistas todos los medios necesarios para formar un ejército.

En el momento de la ocupación de las fábricas261, este gobierno comprende muy bien que el proletariado armado se apodera de las fábricas, que el proletariado agrícola, en su impulso revolucionario, se dirige a apoderarse de la tierra, pero que sería un error inmenso aceptar ahora la lucha, antes de que esté hecha la organización de las fuerzas contrarrevolucionarias.

Este gobierno, que había preparado la organización de las fuerzas reaccionarias que un día habían de aplastar el movimiento proletario, pudo apoyarse en las maniobras de los dirigentes traidores de la Confederación General del Trabajo262, que entonces eran miembros del Partido Socialista. Con la concesión de la ley sobre el control obrero, que nunca se aplicó ni llegó siquiera a votarse, el gobierno consiguió salvar al Estado burgués en aquella situación crítica.

El proletariado se había apoderado de las fábricas y de la tierra, pero el Partido Socialista demostró una vez más que era incapaz de resolver el problema de la unidad de acción de la clase obrera industrial y agrícola. Este error permitirá mañana a la burguesía realizar la unidad contrarrevolucionaria, y esa unidad la pondrá en condiciones de vencer por un lado a los obreros de las fábricas y por otro a los obreros del campo.

Como vemos, el Estado ha desempeñado un papel de la mayor importancia en el desarrollo del movimiento fascista. Tras los ministerios Nitti, Giolitti y Bonomi vino un ministerio Facta263. Este gobierno sirve para encubrir la completa libertad de acción del fascismo en su avance territorial. En la época de la huelga de agosto de 1922264 se desarrollaron serios combates entre los obreros y los fascistas, apoyados abiertamente por el gobierno. Podemos citar el ejemplo de Bari. Una semana entera de lucha no bastó para vencer a los obreros de Bari, que se habían replegado a sus viviendas del casco antiguo y se defendían con las armas en la mano, aunque se había movilizado todo el poder de los fascistas. Los fascistas tuvieron que retirarse, y varios de ellos quedaron en el campo de batalla. Pero ¿qué hizo el gobierno Facta? Durante la noche hizo cercar el casco antiguo por miles de soldados, cientos de carabineros y soldados de la Guardia Regia; se les hizo avanzar al asalto. Desde el puerto, un torpedero apuntó a las casas. Se emplazan ametralladoras, autos blindados, cañones. Los obreros, sorprendidos en pleno sueño, fueron derrotados y la Cámara del Trabajo fue tomada. Exactamente así procedió el Estado en todas partes. En todas partes donde se notaba que el fascismo tenía que batirse en retirada ante los obreros, intervenía el poder del Estado; se disparaba contra los obreros que resistían, se detenía y se condenaba a los obreros cuya única culpa era la autodefensa, mientras que los fascistas que sin duda habían cometido delitos comunes eran absueltos sistemáticamente por las autoridades.

El primer factor es, pues, el Estado.

El segundo factor del fascismo es, como ya he dicho, la gran burguesía. Los grandes capitalistas de la industria, de la banca, del comercio, así como los grandes terratenientes, tienen un interés natural en que se funde una organización de combate que apoye su ofensiva contra los trabajadores.

Pero el tercer factor desempeña igualmente un papel muy importante en la formación del poder fascista.

Para crear junto al Estado una organización reaccionaria ilegal, había que reclutar otros elementos distintos de los que la alta clase dominante podía ofrecer entre sus propios elementos sociales. Se obtuvieron dirigiéndose a las capas de la clase media que hemos mencionado, defendiendo sus intereses para engatusarlas. Eso es lo que intentó el fascismo y lo que, hay que reconocerlo, también consiguió. Reclutó partidarios en las capas más próximas al proletariado; asimismo entre los descontentos de la guerra, entre todos esos pequeñoburgueses, semiburgueses, comerciantes y tenderos y, sobre todo, entre los elementos intelectuales de la juventud burguesa que, haciéndose partidarios del fascismo, recobran la energía para elevarse moralmente y envolverse en la toga de la lucha contra el movimiento proletario, con lo que llegan al patriotismo exaltado y al imperialismo italiano. Estos elementos aportaron al fascismo un número considerable de partidarios y le permitieron organizarse militarmente.

Estos son los tres factores que permitieron a nuestros adversarios oponernos este movimiento, que no tiene igual en brutalidad y salvajismo, pero del que hay que reconocer que es una organización sólida y que tiene dirigentes de gran habilidad política. El Partido Socialista nunca supo comprender la importancia de los contramovimientos que surgían. El Avanti! no entendió nada de lo que la burguesía preparaba aprovechando los funestos errores de los dirigentes proletarios. No quería mencionar a Mussolini, porque temía hacerle propaganda si lo destacaba demasiado.

Vemos, pues, que el fascismo no representa una nueva doctrina política. Pero el fascismo tiene una gran organización política y militar, una prensa importante, manejada con mucha habilidad periodística y mucho eclecticismo. Pero no tiene ideas ni programa, y ahora, que ha llegado al timón del Estado, se enfrenta a problemas concretos y se ve obligado a dedicarse a la organización de la economía nacional italiana. En cuanto pase de su trabajo negativo al trabajo positivo, mostrará debilidades, a pesar de su talento organizativo.

Hemos examinado los factores históricos y la realidad social de los que ha nacido el movimiento fascista. Ahora tenemos que ocuparnos de la ideología que ha adoptado el fascismo, así como del programa con cuya ayuda ha ganado para sí a los diversos elementos que le siguen.

Nuestra crítica nos lleva a la conclusión de que el fascismo no ha aportado nada nuevo en cuanto a la ideología y al programa tradicional de la política burguesa. Su superioridad y su peculiaridad consisten, en resumidas cuentas, en su organización, su disciplina y su jerarquía. Aparte de esta apariencia extraordinaria y militar, no le queda más que una situación llena de dificultades que es incapaz de superar: la crisis económica, que renovará siempre las causas de la revolución, mientras que al fascismo le será imposible reorganizar el aparato social de la burguesía. El fascismo, que no sabrá superar la anarquía económica del sistema capitalista, tiene otra tarea histórica, que podemos llamar la lucha contra la anarquía política, contra la anarquía de la organización de la clase burguesa como partido político. Las capas de la clase dominante de Italia han formado agrupaciones políticas y parlamentarias tradicionales, que no se apoyan en partidos sólidamente organizados y que luchan entre sí y, en sus intereses particulares y locales, libran una lucha de competencia que da lugar a toda clase de maniobras entre los políticos profesionales en los pasillos del parlamento. La ofensiva contrarrevolucionaria de la burguesía hizo necesario unir las fuerzas de la clase dominante en la lucha social y en la política de gobierno. El fascismo es la realización de esta necesidad. Situándose por encima de todos los partidos burgueses tradicionales, los vacía poco a poco de su contenido; los sustituye en su actividad y, gracias a los desaciertos del movimiento proletario, consigue aprovechar para su plan el poder político y el material humano de las clases medias. Pero le será imposible formarse una ideología y un programa concreto de reformas sociales y administrativas del Estado que superen la política burguesa tradicional, que ya ha quebrado mil veces. La parte crítica de la supuesta doctrina de los fascistas no tiene gran valor. Se da un barniz antisocialista y a la vez antidemocrático. En cuanto al antisocialismo, es evidente que el fascismo es un movimiento de las fuerzas antiproletarias y que le corresponde declararse contra todas las formas económicas socialistas o semisocialistas, sin que consiga por ello ofrecer nada nuevo para apoyar el sistema de la propiedad privada, a no ser que se contente con el lugar común del comunismo fracasado en Rusia. La democracia, en cambio, debe ser sustituida por un Estado fascista, porque no ha sabido combatir las tendencias revolucionarias y antisociales. Pero eso no es más que una frase hueca.

El fascismo no es una tendencia de la derecha burguesa que se apoye en la aristocracia, el clero y los altos funcionarios civiles y militares y quiera sustituir la democracia del gobierno burgués y de la monarquía constitucional por la monarquía despótica. El fascismo encarna la lucha contrarrevolucionaria de todos los elementos burgueses coaligados, y por eso no le es en absoluto imprescindible destruir las instituciones democráticas. Desde nuestro punto de vista marxista, esta circunstancia no tiene por qué parecer paradójica, porque sabemos que el sistema democrático no es más que un conjunto de garantías mentirosas tras las que se oculta la lucha de la clase dominante contra el proletariado.

El fascismo reúne a la vez la violencia reaccionaria y la habilidad demagógica con que la izquierda burguesa ha sabido siempre engañar al proletariado y demostrar la superioridad de los grandes intereses capitalistas frente a todas las necesidades sociales y políticas de las clases medias. Cuando los fascistas pasan de una supuesta crítica de la democracia liberal a revelarnos sus concepciones positivas, ideológicas, predicando un patriotismo exaltado y desvariando sobre una misión histórica del pueblo, inventan un mito histórico que no tiene ninguna base seria en cuanto se aplica la verdadera crítica social, que desenmascara al país de las victorias aparentes llamado Italia. En cuanto a la influencia sobre las masas, tenemos aquí una imitación de la actitud clásica de la democracia burguesa: afirmar que todos los intereses deben subordinarse al interés nacional superior significa apoyar en principio una colaboración de todas las clases, mientras que en la práctica solo se apoyan las instituciones burguesas conservadoras contra los intentos revolucionarios de autoemancipación del proletariado. Lo mismo ha hecho siempre la democracia burguesa liberal.

Lo nuevo del fascismo consiste en que organiza el partido burgués de gobierno. Los acontecimientos políticos en la tribuna del parlamento italiano hicieron creer que el aparato del Estado burgués había entrado en una crisis tal que bastaría un empujón desde fuera para romperlo. En realidad se trataba solo de una crisis de los métodos burgueses de gobierno, surgida de la impotencia de las agrupaciones y de los dirigentes tradicionales de la política italiana, que no eran capaces de llevar la lucha contra los revolucionarios durante una crisis aguda.

El fascismo creó un órgano capaz de asumir el papel de cabeza de la máquina del Estado en este país.

Pero cuando los fascistas, además de su lucha práctica contra los proletarios, presentaron un programa positivo y concreto de organización social y de administración del Estado, en el fondo no hicieron más que repetir las tesis banales de la democracia y de la socialdemocracia. No crearon en absoluto un sistema propio y coherente de propuestas y proyectos.

Así, por ejemplo, siempre afirmaron que el programa fascista contenía una reducción del aparato burocrático del Estado, que debía empezar desde arriba con la reducción del número de ministerios y continuar en todos los terrenos de la administración. Ahora bien, si es cierto que Mussolini ha renunciado al vagón-salón del presidente del Consejo, por otra parte ha aumentado el número de ministros y subsecretarios de Estado para poder colocar allí a sus pretorianos.

Exactamente igual que el fascismo, después de diversos gestos republicanos o enigmáticos ante el problema «¿monarquía o república?», se decidió por un monarquismo puro y leal, así también, después de mucho alboroto sobre la corrupción parlamentaria, ha adoptado por completo la práctica del parlamentarismo. Mostró tan poca inclinación a apropiarse las tendencias de la reacción pura que dejó el mayor margen al sindicalismo. En el congreso de Roma de 1921265, donde el fascismo hizo intentos casi ridículos de fijar su doctrina, se intentó definir el sindicalismo fascista como el predominio del movimiento de las categorías de trabajadores intelectuales. Pero esta orientación supuestamente teórica hace ya tiempo que ha sido refutada por la fea realidad. El fascismo, que fundó sus organizaciones sindicales sobre la violencia material y el monopolio de los puestos de trabajo que los patronos le cedían para romper así las organizaciones rojas, no consiguió sin embargo extenderse también a las categorías en que es mayor la especialización técnica del trabajo, que es ventajosa para el obrero. Solo ha tenido éxito entre los obreros agrícolas y ciertas categorías menos cualificadas de los obreros de la ciudad, por ejemplo entre los portuarios, sin conseguir conquistar la parte más avanzada e inteligente del proletariado. Ni siquiera ha dado un nuevo impulso, en el terreno sindical, al movimiento de los empleados y de los pequeños industriales. El sindicalismo de los fascistas no se basa en ninguna teoría seria. La ideología y el programa de los fascistas contienen una mezcla confusa de ideas y reivindicaciones burguesas y pequeñoburguesas, y el empleo sistemático de la violencia contra el proletariado no impide en absoluto beber de las fuentes socialdemócratas del oportunismo.

Una prueba de ello la da la actitud de los reformistas italianos, cuya política pareció durante un tiempo dominada por principios antifascistas y por la ilusión de poder formar un gobierno de coalición burgués-proletario contra los fascistas, y que ahora se unen a los fascistas victoriosos. Este acercamiento no tiene nada de paradójico; se produjo por toda una serie de circunstancias, y muchas cosas permitían preverlo. Entre otras, también el movimiento de D'Annunzio, que por un lado está en relación con el fascismo y por otro intentó unirse a las organizaciones proletarias sobre la base de un programa procedente de aquella Constitución de Fiume, que supuestamente descansaba sobre una base proletaria o incluso socialista.

Tendría que mencionar todavía algunas cosas que considero muy importantes respecto al fenómeno fascista; pero me falta el tiempo para ello; los demás camaradas italianos podrán completar mi discurso cuando participen en los debates. He querido dejar sin mencionar todo lo que se refiere al lado sentimental de la cuestión y a los sufrimientos que han tenido que soportar los obreros y comunistas italianos, porque no me parecía lo esencial de la cuestión.

Tengo que ocuparme todavía de los últimos acontecimientos que se han producido en Italia y sobre los cuales el congreso espera informaciones precisas,

Los últimos acontecimientos

Nuestra delegación salió de Italia antes de los últimos acontecimientos y hasta ahora ha estado bastante mal informada sobre ellos.

Ayer por la tarde llegó un delegado de nuestro Comité Central y nos informó de estos acontecimientos. Les garantizo la exactitud de los hechos que se nos han comunicado sobre los últimos acontecimientos de Italia, y voy a repetírselos.

Como ya les dije, el gobierno Facta dejó a los fascistas el margen más amplio para llevar a cabo su política. Daré solo un ejemplo. El hecho de que en los sucesivos ministerios hubiera una fuerte representación del Partido Popular italiano, católico y campesino266, no impidió a los fascistas continuar la lucha contra las organizaciones, las personas y las instituciones de este partido. El gobierno existente era solo un gobierno aparente, cuya única actividad consistía en apoyar el avance de los fascistas hacia el poder, que hemos calificado de puramente territorial y geográfico.

En realidad, el gobierno preparaba el terreno para el golpe fascista. Mientras tanto, sin embargo, las cosas se desarrollaban. Surgió una nueva crisis ministerial. Se exigió la dimisión de Facta. Las últimas elecciones habían dado, en cuanto a los distintos partidos, una composición tal que era imposible asegurarse una mayoría estable con los viejos métodos de los partidos burgueses tradicionales. Se solía decir siempre que en Italia estaba en el poder el «inmenso partido liberal». Pero no era un partido en el sentido propio de la palabra —como partido nunca existió; no llegó a constituirse en organización—. Era solo una mezcolanza de camarillas personales de tal o cual político del norte o del sur, y además de camarillas de la burguesía industrial o rural en manos de políticos profesionales. El conjunto de estos parlamentarios formaba de hecho el núcleo de toda combinación parlamentaria.

Pero había llegado el momento en que el fascismo tenía que cambiar esta situación si no quería caer en una grave crisis interna. Se trataba también de una cuestión de organización. Había que satisfacer las necesidades del movimiento fascista y pagar los gastos de esta organización. Estos medios materiales los han adelantado a gran escala las clases dominantes y, según parece, también gobiernos extranjeros. Francia ha dado dinero al grupo de Mussolini. En una sesión secreta del gabinete francés se deliberó sobre un presupuesto que comprende sumas importantes entregadas a Mussolini en 1915. El Partido Socialista tuvo conocimiento de documentos de este tipo, pero entonces no quiso seguir adelante con el asunto, porque sostenía que Mussolini era un hombre acabado. Por otra parte, el gobierno italiano facilitó siempre la tarea a los fascistas, de modo que estos, por ejemplo, pudieron utilizar gratuitamente los ferrocarriles en bandas enteras. Pese a ello, la situación se hizo difícil a causa de los inmensos gastos que ocasionaba el movimiento fascista, si no querían tomar directamente el poder. No podían esperar a unas nuevas elecciones, aunque el éxito estaba asegurado.

Los fascistas poseen ya una fuerte organización política. Cuentan ya con 300.000 hombres; ellos mismos afirman que son más. Habrían podido vencer incluso por medio de la «democracia». Pero había prisa.

El 24 de octubre se celebró en Nápoles la sesión del Consejo Nacional de los fascistas. Ahora se afirma que este acontecimiento, al que toda la prensa burguesa había hecho propaganda, solo fue una maniobra para desviar la atención del golpe de Estado. En un momento dado se dijo a los participantes del congreso: interrumpamos los debates, hay cosas mejores que hacer. Que cada uno vuelva a su puesto. Comenzó una movilización fascista. Era el 26 de octubre. En la capital reinaba todavía una calma completa.

Facta había declarado que no quería dimitir sin haber reunido una vez más al gabinete, para observar el procedimiento habitual. Pero, a pesar de esta declaración, presentó su dimisión al rey.

Se empezó a negociar la formación de un nuevo ministerio. Los fascistas marcharon sobre Roma, el centro de su actividad. Actuaban sobre todo en la Italia central, en la Toscana. Se les dejó hacer.

Se encargó a Salandra la formación del nuevo ministerio. Pero, a causa de la actitud de los fascistas, se negó a hacerse cargo del gobierno.

Es de suponer que, si no se les hubiera satisfecho con el nombramiento de Mussolini, los fascistas, incluso contra la voluntad de sus dirigentes, se habrían comportado como bandidos y lo habrían saqueado y destruido todo en las ciudades y en el campo.

Había cierta agitación en la opinión pública. El gobierno Facta declaró: proclamamos el estado de sitio. Se proclamó el estado de sitio y se esperaba un gran choque entre el poder del Estado y las fuerzas de los fascistas. La opinión pública lo estuvo esperando un día entero; nuestros camaradas se mostraban muy escépticos ante esta posibilidad. En ninguna parte por donde pasaban los fascistas encontraron una resistencia seria. Y sin embargo había en el ejército ciertos círculos contrarios a los fascistas; los soldados estaban dispuestos a lanzarse contra los fascistas, mientras que la mayoría de los oficiales estaba a su favor. El rey se negó a firmar la proclamación del estado de sitio. Eso significaba aceptar las condiciones de los fascistas, que escribían en Il Popolo d'Italia: basta con pedir a Mussolini que forme un nuevo ministerio, y con ello se habrá encontrado todavía una solución legal; si no es así, marchamos sobre Roma y nos apoderamos de ella.

Unas horas después de levantarse el estado de sitio se supo que Mussolini se dirigía a Roma. Se había preparado ya una defensa militar, se habían concentrado tropas y se había rodeado la ciudad de caballos de frisa. Pero el acuerdo ya estaba hecho, y el 31 de octubre los fascistas entraron victoriosos en Roma.

Mussolini formó el nuevo ministerio, cuya composición es conocida.

El partido fascista, que en el parlamento solo tenía 35 escaños, tenía en el gobierno la mayoría absoluta.

Mussolini se reservó no solo la presidencia del Consejo de Ministros, sino también las carteras del Interior y de Asuntos Exteriores.

Las demás carteras importantes se las repartieron los miembros del partido fascista.

En los otros ministerios los fascistas se instalaron a sus anchas.

Pero, como todavía no se había llegado a una ruptura completa con los partidos tradicionales, en el gobierno había también dos representantes de la democracia social, es decir, de los elementos burgueses de izquierda, así como de los liberales de derecha, y un partidario de Giolitti.

Los representantes del monarquismo regio eran, en el Ministerio de la Guerra, el general Diaz, y en el de Marina, el almirante Thaon di Revel267.

El Partido Popular, que tiene una gran importancia en el gabinete, se mostró muy hábil en el compromiso con Mussolini. Con el pretexto de que los órganos oficiales del partido no podían reunirse en Roma, la responsabilidad de aceptar las propuestas de Mussolini se dejó a una reunión oficiosa de algunos parlamentarios. Aun así, se consiguió arrancar a Mussolini ciertas concesiones, y la prensa del Partido Popular pudo declarar que el nuevo gobierno no había traído grandes cambios en el sistema electoral de la representación nacional.

El compromiso llegó hasta los socialdemócratas. Durante un momento se estuvo convencido de que el socialista reformista Baldesi268 participaría en el gobierno. Mussolini fue lo bastante hábil para sondear su opinión a través de uno de sus lugartenientes; después de que Baldesi declarara que se sentiría feliz de ocupar ese puesto, Mussolini declaró que esa gestión la había emprendido simplemente uno de sus amigos bajo su responsabilidad personal. Así fue como Baldesi no entró en el gabinete ministerial.

Mussolini no incluyó a ningún representante de la reformista Confederación General del Trabajo porque los elementos de derecha del gabinete se opusieron a ello. Pero Mussolini opina que, a fin de cuentas, hay que tener una representación de esta organización en su «gran coalición nacional», ahora que se ha hecho independiente de todo partido político revolucionario.

Vemos en estos acontecimientos un compromiso entre las camarillas políticas tradicionales y las diversas capas de la clase dominante, los terratenientes, los capitalistas de la banca y de la industria, que se inclinan hacia el nuevo régimen, surgido de un movimiento que se ha asegurado el apoyo de la pequeña burguesía.

En nuestra opinión, el fascismo es un medio de asegurarse el poder con todos los medios de que disponen las clases dominantes, aprovechando incluso las lecciones de la primera revolución proletaria, la revolución rusa. En cuanto se trata de una crisis económica, el Estado no basta para mantener el poder. Hace falta un partido unitario, una organización contrarrevolucionaria unitaria. El partido fascista, por su contacto con toda la burguesía, es en cierto sentido lo mismo que el Partido Comunista es en Rusia por sus relaciones con el proletariado, a saber, un órgano dirigente y de control de todo el aparato del Estado, bien organizado y disciplinado. El partido fascista de Italia ha ocupado con sus comisarios políticos casi todos los puestos importantes de los departamentos del aparato del Estado. Es el órgano burgués dirigente del Estado en el periodo de decadencia del imperialismo. Esta es, en mi opinión, una explicación histórica suficiente del fascismo y de los últimos acontecimientos de Italia.

Las primeras medidas del nuevo gobierno demuestran que este no pretende cambiar las bases de las instituciones tradicionales de Italia.

Naturalmente, no afirmo que la situación sea favorable para el movimiento proletario y socialista, aunque predigo que el fascismo será liberal y democrático. Los gobiernos de la democracia nunca han dado al proletariado otra cosa que declaraciones y promesas. Por ejemplo, el gobierno de Mussolini ha dado la garantía de que respetará la libertad de prensa. Pero no ha dejado de añadir que la prensa debe mostrarse también digna de esa libertad. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el gobierno finge respetar la libertad de prensa, pero que dejará hacer a sus organizaciones militares fascistas que arremeten contra los órganos comunistas si le place suprimirlos, como ya ocurrió una vez. Hay que reconocer, por lo demás, que el gobierno fascista hace concesiones a ciertos liberales burgueses y que no se puede poner demasiada esperanza en la garantía del gobierno de Mussolini según la cual este piensa transformar su organización militar en una asociación deportiva o algo parecido; sabemos que se ha visto detener a decenas de fascistas porque se habían opuesto a la orden de desmovilización dictada por Mussolini.

¿Qué influencia tuvieron, pues, estos acontecimientos sobre el proletariado? Este se encontró en una situación tal que no pudo desempeñar ningún papel importante en la lucha y tuvo que mantenerse casi pasivo.

En cuanto al Partido Comunista, siempre comprendió bien que la victoria del fascismo sería una derrota del movimiento revolucionario. El problema consiste principalmente en saber si la táctica del Partido Comunista fue capaz de alcanzar el máximo de resultados en la defensa del proletariado italiano y en la posición defensiva, porque nunca dudamos de que en la actualidad no está en condiciones de emprender una ofensiva contra la reacción fascista. Si en lugar del compromiso entre la burguesía y el fascismo hubiera surgido un conflicto militar, una guerra civil, el proletariado quizá habría podido desempeñar cierto papel, establecer el frente único para la huelga general y conseguir un éxito. Pero, tal como estaba la situación, el proletariado no participó en las acciones. Aunque la importancia de los acontecimientos que se desarrollaban fue inmensa, hay que tener en cuenta que el cambio en la escena política fue menos brusco de lo que parece, porque las circunstancias se habían agudizado día a día ya antes de la acometida final del fascismo. Como único ejemplo de lucha contra el poder del Estado y el fascismo puede citarse el conflicto de Cremona, en el que murieron seis personas. El proletariado solo luchó en Roma. Las tropas obreras revolucionarias tuvieron un choque con las tropas fascistas. Hubo heridos. Al día siguiente, la Guardia Regia ocupó los barrios obreros, los despojó de todos sus medios de defensa, y los fascistas que llegaban mataron a tiros a los obreros a sangre fría. Es el episodio más sangriento que ha habido en Italia durante estas luchas.

La Confederación General del Trabajo desarmó al Partido Comunista cuando este propuso la huelga general, y pidió al proletariado que no siguiera las peligrosas instrucciones dadas por los grupos revolucionarios. Se llegó incluso a difundir la noticia de que el Partido Comunista se había disuelto; eso ocurrió en un momento en que nuestra prensa no podía salir.

En Roma, el acontecimiento más sangriento para nuestro partido fue la toma de la redacción de Il Comunista. El 31 de octubre fue ocupado el local de la imprenta en un momento en que el periódico iba a salir y 100.000 fascistas tenían ocupada la ciudad. Todos los redactores habían logrado escapar por salidas laterales, excepto el camarada Togliatti, nuestro redactor jefe. Estaba en su despacho. Los fascistas entraron y se apoderaron de él. La actitud de nuestro camarada fue verdaderamente heroica. Declara con audacia que es el redactor jefe de Il Comunista. Ya lo habían puesto contra la pared para fusilarlo, mientras los fascistas hacían retroceder a la multitud para proceder a la ejecución. Nuestro camarada solo se libró porque los fascistas, al saber que los demás redactores habían huido por los tejados, salieron a capturarlos. Eso no impidió a nuestro camarada pronunciar un discurso unos días después en el mitin de Turín con motivo del aniversario de la revolución rusa (aplausos).

Pero el hecho que acabo de relatar es un caso completamente aislado. La organización de nuestro partido se encuentra en un estado bastante bueno. Que Il Comunista no salga no se debe a una decisión del gobierno, sino a que la imprenta no quiere hacerlo. Lo hemos publicado entonces de manera ilegal en otra imprenta. Las dificultades de la publicación no eran de orden técnico, sino solo económico.

En Turín se ocupó el edificio del Ordine Nuovo y se confiscaron las armas que había allí para su defensa. Pero imprimimos el periódico en otro lugar.

En Trieste la policía se apoderó igualmente de la imprenta de nuestro periódico, pero también a este órgano lo hacemos salir ilegalmente. Nuestro partido tiene todavía la posibilidad de trabajar legalmente, y nuestra situación no es demasiado trágica. Pero no se puede saber cómo será el desarrollo posterior de las cosas, y por eso me veo obligado a expresarme con reserva sobre la situación futura de nuestro partido y de nuestro trabajo.

El camarada que acaba de llegar es un militante dirigente de una importante organización local de nuestro partido, y sostiene la interesante opinión, compartida por otros muchos combatientes, de que a partir de ahora se podrá trabajar mejor que antes.

No quiero tener esta opinión por una verdad establecida. Pero el camarada que lo dice es un combatiente que trabaja realmente entre las masas, y su opinión tiene un gran valor.

Les he comunicado que la prensa adversaria ha difundido la falsa noticia de la disolución de nuestro partido. Hemos publicado un desmentido y hemos dejado sentada la verdad. Nuestros órganos políticos centrales, nuestra central militar ilegal, nuestra central sindical trabajan a pleno rendimiento, y las comunicaciones con la provincia se han restablecido casi en todas partes. Los camaradas que se han quedado en Italia no han perdido la cabeza ni un momento y están haciendo todo lo necesario. El Avanti! ha sido destruido por los fascistas y harán falta algunos días para que el periódico pueda volver a salir. Se destruyó en Roma el edificio de la dirección del Partido Socialista y se quemaron todos los papeles secretos hasta la última hoja.

Sobre la posición del partido maximalista ante la polémica entre el Partido Comunista y la CGL no tenemos ni un manifiesto ni una declaración.

En cuanto a los reformistas, del lenguaje de sus periódicos que todavía salen se desprende claramente que se unirán al nuevo gobierno.

En lo que se refiere a la cuestión sindical, el camarada Repossi269, de nuestro comité sindical, opina que se podrá continuar el trabajo.

Estas son las informaciones que hemos recibido, que datan del 6 de noviembre.

Mi discurso dura ya mucho, y no tocaré la cuestión de la actitud de nuestro partido durante todo el periodo de desarrollo del fascismo, reservándome hacerlo en otros puntos del orden del día del congreso. Solo queremos plantearnos la pregunta de cuáles son las perspectivas para el futuro. Hemos afirmado que el fascismo tendrá que contar con el descontento provocado por la política del gobierno.

Sin embargo, sabemos muy bien que, cuando se tiene a mano una organización militar junto al Estado, es más fácil dominar el descontento y las condiciones económicas desfavorables. Durante la dictadura del proletariado esto era cierto en un sentido mucho más amplio, porque el desarrollo histórico habla en nuestro favor. Los fascistas están excelentemente organizados y tienen perspectivas firmes. En estas circunstancias puede preverse que la posición del gobierno fascista no será en absoluto insegura. Han visto ustedes que no he exagerado en absoluto las condiciones en que ha luchado nuestro partido. No queremos hacer de ello aquí una cuestión sentimental.

El Partido Comunista de Italia quizá haya cometido errores; se le puede criticar, pero creo que en el momento actual la actitud de los camaradas atestigua que hemos realizado un trabajo real, el de la formación de un partido revolucionario del proletariado, que será la base del levantamiento de la clase obrera de Italia.

Los comunistas italianos tienen derecho a reclamar que se les reconozca. Aunque no siempre se haya aprobado su actitud, sienten que no tienen nada que reprocharse ante la revolución y ante la Internacional Comunista.

Presidente: Pasamos ahora a la discusión de los informes de los camaradas Rádek y Bordiga. Tiene la palabra el camarada Šmeral.

Šmeral (Checoslovaquia): Camaradas, en Checoslovaquia entramos —según mi análisis— en un periodo que en un plazo previsible puede llevar a una forma de gobierno que corresponderá al tipo internacional de un movimiento fascista. Estamos atravesando precisamente ahora en Checoslovaquia una crisis económica y una crisis política, ambas de tal profundidad, de tal envergadura, que llegan hasta las raíces del Estado burgués y de las que difícilmente es posible otra salida que el intento de la burguesía de aplicar métodos fascistas en la forma de gobierno. Intentaré caracterizar brevemente estas dos crisis, para indicar luego nuestra posición táctica.

  1. Crisis económica. Ya expuse los rasgos de esta crisis en la sesión del Ejecutivo Ampliado del verano. El Estado está sobreindustrializado. Tiene la maquinaria industrial, el aparato industrial, la mano de obra para 60-70 millones de consumidores. Pero solo tiene 14 millones de habitantes. En el estado actual de fragmentación estatal de Europa central y oriental, con la caída del marco alemán y con la preponderancia política, técnica y comercial de las grandes potencias de la Entente, no tiene posibilidad de exportar. Ahí está el núcleo de la crisis económica. Todavía en verano dije aquí que la ofensiva del capital, que tiene que surgir de esta crisis, se manifiesta en que la burguesía checoslovaca tiene desde Año Nuevo un plan de gran alcance, bien pensado y bien ejecutado, para reducir los salarios de los obreros en todo el Estado en un 50% por término medio.

En esta fase de la lucha contra la ofensiva del capital estábamos en los meses de verano. Desde entonces han transcurrido cuatro meses y nos encontramos ante un fenómeno completamente nuevo. Ya no se trata solo de la rebaja de los salarios, sino de que el capitalismo en Checoslovaquia ha tomado una decisión muy clara, consciente y determinada de suprimir definitivamente la mayor parte de la industria. Hace tres meses nos encontramos ante el fenómeno de una subida muy rápida del cambio de la corona checoslovaca. En el curso de cuatro semanas, el cambio de la corona checa en Zúrich subió de 8 y 9 céntimos a 18 y hasta 20. Esta subida la han organizado artificialmente los bancos checoslovacos. ¿Y cuál era el objetivo de la elevación artificial de la divisa checoslovaca? El objetivo era hacer absolutamente imposible lo que aún era posible en materia de exportación y la adquisición de materias primas en el extranjero. En las deliberaciones de las cámaras de comercio y de los bancos checoslovacos se ha expresado con toda franqueza la idea de que la dirección del Estado checoslovaco fomenta deliberadamente esta subida del cambio, para que con ella se hagan imposibles, para toda la industria pequeña y mediana, las posibilidades de exportación, de adquisición de materias primas y de producción que todavía existían. Todas las fábricas pequeñas deben ser aniquiladas, y no solo cerradas durante un periodo de transición, sino excluidas definitivamente de la estructura del Estado checoslovaco. Es un método parecido al que empleaban, en las crisis periódicas de antes de la guerra, los propietarios de plantaciones americanos, que en tiempos de cosecha excesiva destruían una parte de la cosecha, del café, del grano, para mantener altos su plan de negocio y los precios. Es un tipo muy desarrollado de esa táctica que observamos en los Estados limítrofes, que se resisten artificialmente al desarrollo de una industria para no tener proletariado. En Checoslovaquia tenemos una situación en la que las fuerzas productivas, con las organizaciones políticas actuales del capitalismo, no solo cierran durante un periodo de transición sus empresas industriales ya existentes y técnicamente buenas, sino que las aniquilan definitivamente para tener desahogo. Es una crisis económica muy grave la que atraviesa el Estado checoslovaco. Llamo la atención sobre el hecho de que hay síntomas de que este desmantelamiento de la industria puede producir, durante un periodo de transición de algunos meses, un alivio de la gran tensión social, pero no por mucho tiempo.

Las fábricas quedan aniquiladas, la población permanece; los obreros, que están concentrados en las ciudades donde antes estaban las fábricas, permanecen. ¿Qué estados de ánimo tienen que surgir de ahí en un futuro más lejano? Este desmantelamiento de la industria se lleva a cabo bajo la consigna de la construcción del equilibrio interior del Estado nacional. Desde el punto de vista nacionalista, es un resultado igual que una guerra perdida que termina con la pérdida de un territorio. Más aún. Si Checoslovaquia perdiera un tercio de su territorio, perdería también la población que vive en ese territorio. Pero si Checoslovaquia no se reduce horizontalmente, sino verticalmente, en su estructura industrial, pierde las fábricas y con ellas la posibilidad de alimentar a la población, pero la población sigue ahí. La crisis del Estado se hace en estas circunstancias muy grande, se hace insoluble.

A esto se añade, en segundo lugar, la crisis política. Lo interesante de la estructura del Estado checoslovaco es que un tercio de la población está por principio en la oposición por motivos nacionalistas (el Estado se compone de checos, eslovacos, alemanes, polacos, húngaros y ucranianos). El poder parlamentario tiene que formarse con la mayoría checoslovaca de dos tercios de la población. En esta parte, la que cuenta para la mayoría parlamentaria, los comunistas forman un partido de masas. Desde la fundación del Partido Comunista no se han celebrado todavía en Checoslovaquia elecciones políticas. Las elecciones municipales generales debían celebrarse este año como primeras elecciones políticas desde la existencia de nuestro partido. Aunque debían celebrarse por ley, una nueva ley las aplazó un año por miedo a un resultado comunista. Será difícil aplazar las elecciones otro año más. Y entonces las elecciones probablemente demostrarán estadísticamente que ya no existe una mayoría checoslovaca burguesa y socialdemócrata. El Estado burgués, nacional, nacido hace poco, se verá en una situación en la que el parlamentarismo burgués no podrá cumplir sus propias tareas. La crisis de la democracia burguesa es a su vez tan profunda que, igual que la crisis industrial, pondrá casi en cuestión la existencia del Estado, en el sentido burgués, en la forma burguesa.

Y, camaradas, se añade todavía un tercer elemento. En la encrucijada, antes de que la crisis de la economía y la crisis del parlamentarismo cedan el paso a una nueva forma de ejercicio del poder, viviremos todavía una gran ola de luchas nacionales. En las amplias capas de la población no comunista se despierta la impresión de que la independencia nacional está amenazada. Quizá también los elementos irredentistas y nacionalistas de los círculos nacionalistas de los alemanes y de la burguesía y pequeña burguesía húngaras intenten aprovechar esta situación. Esta posibilidad complica mucho la consciencia de las masas. En la forma de Estado capitalista, las naciones pequeñas solo pueden servir de yunque o de martillo. Esta ola de nacionalismo puede llevar a las masas una excitación acrecentada que el mundo burgués puede utilizar para fines fascistas, contra la lucha de clases de los obreros.

Tenemos, pues, ante nosotros tres fenómenos importantes: una crisis económica inmediata, una crisis de la democracia que alcanza directamente la raíz del Estado, con la imposibilidad de una forma parlamentaria, y el miedo pánico a la pérdida de la independencia nacional en los círculos nacionales. Toda la culpa se carga a los comunistas. Ya ahora la burguesía de Checoslovaquia ha mandado al gobierno a sus últimas autoridades; después de que Masaryk, Beneš y Švehla se han desgastado, la burguesía checa no tiene más autoridades. No hay otra salida sino que el gobierno se ría de la forma de la democracia y declare: la conservación del Estado nacional es la necesidad suprema. A partir de esta idea se formará, a mi juicio, en un plazo previsible, un gobierno que no se apoyará en el Parlamento, sino en las organizaciones de guardias blancos, en los Sokol, en los legionarios de Siberia270 y en otras organizaciones semejantes que existen en el pueblo y gozan de gran popularidad en la parte no comunista de la población.

Y, camaradas, si analizo así la situación, si todo nuestro partido parte de esta apreciación de las cosas, ¿puede alguien creer que somos tan necios y tan tontos como para contar con la atenuación de los antagonismos de clase, con el embotamiento de los métodos de lucha, como para tener una sola idea en esa dirección? ¿Quién pensará en estas circunstancias que en Checoslovaquia podría surgir una tendencia que quisiera «arreglar» el comunismo a la europea? No es verosímil y tampoco corresponde a la verdad. Somos plenamente conscientes de que en estas complicadas condiciones el Partido Comunista tiene que contar con toda seguridad con que será objeto de un ataque terrible. Nuestra organización juvenil ya ha sido arrojada a la ilegalidad. Después de Año Nuevo, la actual mayoría del Parlamento querrá probablemente imponer una ley de defensa de la República. Las organizaciones del poder contrarrevolucionario burgués, los Sokol, los legionarios y otras formas semejantes, son cultivadas sistemáticamente por la prensa, con subvenciones y ayudas del Estado; el centro legal de la contrarrevolución burguesa está alerta y, con consignas y mentiras nacionales, en condiciones de crear ambiente contra nosotros. Tenemos que deliberar aquí sobre cómo podemos hacer frente a este peligro.

No hablaré más de las últimas etapas. Todos aquí saben qué son esas últimas etapas: la lucha a vida o muerte, la lucha por el poder y la dictadura. Aquí se trata ahora solo de lo que tenemos que hacer en la primera fase. En la primera fase tenemos que adoptar una táctica y plantear unas consignas con las que podamos arrancar a la contrarrevolución el mayor número posible de masas y atraerlas a nuestro lado. Cuanta más influencia ganemos sobre las masas, más podremos paralizar el ataque de la contrarrevolución. Qué consignas y qué lemas han de ser esos, lo examinaremos en la cuestión de la táctica.

Si en el primer periodo del desarrollo de las cosas lanzamos consignas parciales que nosotros mismos no consideramos en realidad un dogma, algo definitivo, tenemos que plantearlas, sin embargo, con tal seguridad que la masa crea que tenemos realmente esas consignas, aunque para nosotros solo signifiquen una maniobra, un medio que pone en movimiento a la masa y la hace avanzar con su propia enseñanza práctica. Cuando Lenin, en marzo y abril de 1917, se presentó con la reivindicación de la sindicación de los bancos, la sindicación de las mayores empresas y la abolición del secreto comercial, la agrupación de los consumidores, no dijo a toda la opinión pública ni a Kérenski: esto es un engaño, esto es una mentira, esto es para nosotros un método, sino que dijo: queremos luchar por esta consigna, consideramos ahora posible esta consigna. Porque estas consignas se presentaron a la masa en esa forma, arrastraron a las masas y las llevaron a la lucha. En una fase posterior, las masas llegaron por su propia experiencia a la idea de que había que ir más allá de esa consigna.

Y en lo que respecta ahora a la táctica de la concentración de las fuerzas, tenemos que ser, diría yo, aún más refinados, porque nuestra burguesía también ha estudiado la táctica bolchevique rusa anterior a la toma del poder. Conoce lo dialéctico de nuestra táctica. Sabe que para nosotros una consigna que ayer era excelente puede ser hoy absolutamente inadecuada, y a la inversa.

Por eso tenemos que saber maniobrar. Pero para poder maniobrar, el partido tiene que estar consolidado por dentro, en él tienen que reinar la confianza, la autoridad y la disciplina; sin autoridad, sin disciplina, sin confianza, solo podremos expresar ante la burguesía nuestros últimos pensamientos. Nos limitaremos a declamaciones dogmáticas y nos dificultaremos nosotros mismos la victoria sobre la burguesía, por el temor de que en la lucha de fracciones pudiera derrotarnos algún camarada. Una libertad, una elasticidad de la táctica en los distintos periodos sucesivos del desarrollo de los acontecimientos es absolutamente necesaria. (Una voz: ¡Muy bien!)

Si en un partido comunista hay una dirección que no tiene la confianza de la Internacional, del Estado Mayor de toda nuestra lucha revolucionaria, entonces se puede decir tranquilamente: ¡tú, dirección, desaparece! Pero si la dirección de un partido tiene la confianza de la Internacional, tiene que recibir también plenos poderes para poder maniobrar sin que la estorben la desconfianza y los malos humores, para poner en movimiento a las masas.

Me falta tiempo para mostrar concretamente esta táctica en el periodo de transición en Checoslovaquia. Constato aquí solamente que el gobierno obrero no es para nosotros, en la fase actual, un dogma ni una solución definitiva del mal, sino una consigna con la que queremos poner en movimiento a las masas. A los obreros nacionalsocialistas271, que podrían desempeñar un papel muy importante en un gobierno de tipo Orgesch o fascista, queremos ganarlos para nuestro lado al menos con sus simpatías. Con ayuda de esta consigna queremos arrancar en lo posible a todos los elementos proletarios de la coalición con los burgueses y de las influencias de los círculos pacifistas; queremos con ello, además, suscitar un movimiento para la creación de órganos de clase proletarios independientes y, al amparo de esta consigna, encontrar también el camino hacia el ejército, pues la propaganda en el ejército es, junto al esfuerzo por ganar a los proletarios, la segunda muralla que tenemos que levantar frente a los intentos fascistas. Con esto solo he indicado las directrices; no me es posible tratarlas con detalle por lo limitado del tiempo.

Pullmann (América): Camaradas, la guerra imperialista ha perturbado el equilibrio normal y la relación mutua de los países que cuentan en la economía mundial capitalista. También América, que fue la que menos sufrió por la guerra, tuvo que comprobarlo. La poderosa clase capitalista de América, con plena consciencia de clase, aprovechó la depresión industrial y lanzó un violento ataque contra las organizaciones obreras, que en el curso de la guerra habían logrado consolidar considerablemente su posición. Con el pretexto de la disminución de los pedidos de guerra, comenzó un desmantelamiento general de la industria. El paro de numerosas fábricas creó un ejército inmenso de parados, que llegó a alcanzar en un momento la cifra de 6 millones. Para dar el golpe de gracia a los obreros organizados, se fundó una asociación patronal con un capital de más de 15 millones de dólares. El ataque se inició bajo la consigna del «taller abierto» (open shop) y de los llamados «derechos» de los obreros a una libertad de trabajo ilimitada.

La primera víctima fue la parte no organizada de los obreros. Ante todo se cerraron aquellos talleres en los que trabajaban obreros no organizados. Al reabrirse estos talleres, solo se volvió a admitir a una parte de los antiguos obreros, y con salarios rebajados. En algunos casos esta reducción salarial superó el 60%. Inmediatamente después, los obreros de las ramas industriales insuficientemente organizadas sintieron el golpe y, por último, el ataque se dirigió contra los sindicatos fuertes.

El resultado de la ofensiva capitalista es que la base económica de la clase obrera ha quedado quebrantada y sus filas de combate dispersas. Durante este periodo, el número de obreros organizados experimentó una disminución considerable. Solo la Federación Americana del Trabajo (American Federation of Labor) ha perdido más de un millón de afiliados. Se alargó la jornada de trabajo, se rebajaron los salarios, empeoraron las condiciones de trabajo y se suprimieron los derechos ligados a la antigüedad, así como el derecho de ascenso.

En la industria metalúrgica, el número de obreros organizados bajó de 800.000 a 275.000. Los salarios se redujeron en un 25-40% y la jornada de trabajo se alargó de 8 horas a 9-10 horas.

En la industria siderúrgica, que en la época de las últimas huelgas contaba con más de 350.000 obreros organizados, hoy ya no existe de hecho ninguna organización. Los salarios se redujeron aquí en un 22-40%: los barones del acero insistieron en mantener la jornada de 12 horas y, en los cambios de turno, incluso la de 24 horas.

En la industria conservera, de los 200.000 obreros organizados que había al principio no han quedado más de 10.000. Aquí los salarios se redujeron en un 25-35% y la jornada de 8 horas se convirtió en una de 10 horas.

En la confección, el número de obreros organizados ha disminuido en unos 80.000. Los salarios se redujeron en un 15-25%.

En los campos petrolíferos y en las minas metalíferas no se puede hablar en absoluto de organización: allí reina el terror blanco absoluto.

En la industria del automóvil, el número de obreros empleados se redujo en la misma proporción en que aumentó el rendimiento de los obreros que quedaron. Así, por ejemplo, la Willys-Overland Company empleaba antes a 14.000 hombres y producía 550 automóviles al día; más tarde el personal obrero se redujo a 7.000 hombres, que producían 500 coches. Este año, 650.000 mineros han estado en huelga durante 5 meses. Un acuerdo provisional con los patronos aseguró el mantenimiento de las condiciones de trabajo actuales hasta marzo de 1923. Los sacrificios hechos y el heroísmo de los obreros no condujeron, pues, a ningún resultado tangible, aunque sí lograron detener en parte la ofensiva capitalista.

A consecuencia de la intervención del gobierno y de la traición de la burocracia sindical, también la huelga ferroviaria terminó en derrota. Los ferroviarios se vieron obligados a aceptar una reducción salarial de más del 15%. Al comienzo de la huelga, el gobierno permaneció pasivo y aparentemente neutral; pero cuando la resistencia de los obreros se hizo más fuerte, el gobierno acudió abiertamente en ayuda de los magnates del ferrocarril. Por regla general, en todos los conflictos industriales el gobierno acude en ayuda de los capitalistas, poniendo a su disposición todo el poder del aparato judicial y militar. Esto se puso de manifiesto muy especialmente en la decisión del Tribunal Supremo de Colorado, que hizo a los sindicatos responsables de todos los daños causados por las huelgas. El ejemplo más crudo de la intervención del gobierno se dio en Virginia Occidental, donde las tropas del gobierno aplastaron la huelga. En Herrin (Illinois)272, la persecución la financió e instigó la Cámara de Comercio de Illinois. En la huelga ferroviaria, el fiscal general Daugherty273 obtuvo contra los sindicatos una sentencia judicial que en la práctica paralizaba toda actividad huelguística y la declaraba ilegal. Al obtener esa sentencia, Daugherty declaró abiertamente que el gobierno apoyaría la lucha por el «taller abierto».

A la ofensiva capitalista siguieron inmediatamente los asaltos contra el Partido Comunista y el ala izquierda de los sindicatos. La detención y deportación de sindicalistas activos, junto con los linchamientos, el embreado y emplumado y las torturas a los presos políticos, se convirtieron en hechos cotidianos. Los derechos constitucionales se les niegan incluso a los socialistas amarillos. Las oficinas de trabajo y los tribunales de arbitraje industrial obligatorio se utilizan para reprimir a los obreros. En muchos estados se ha creado una policía estatal que apoya a los magnates del ferrocarril, del acero y de las minas en el mantenimiento del terror blanco.

En lo que respecta a la organización fascista en América, tenemos una «Legión Americana», que organizó un grupo de oficiales y que, con la promesa engañosa de proporcionar a sus miembros ahorros, pensiones, gratificaciones y asistencia médica, supo atraer a sus filas a un gran número de licenciados del ejército. Los capitalistas mantienen también un gran ejército de agencias de detectives privados y de guardas de fábrica. Una organización secreta conocida con el nombre de «Ku Klux Klan» desempeña un papel importante en la ofensiva capitalista. Es especialmente activa en el Sur, pero su actividad se extiende también al Norte. Aterroriza a los negros, los obliga a realizar por salarios ínfimos un verdadero trabajo forzado y, con toda clase de pretextos legales, ayuda a los propietarios de plantaciones a mantener un auténtico sistema de esclavitud. En la época de las elecciones se vigiló estrechamente la votación y se impidió a los negros el ejercicio de sus derechos formales.

La ofensiva capitalista cobró un celo cada vez mayor, pero la burocracia sindical no opuso ninguna resistencia activa; al contrario, se fue haciendo cada vez más pasiva y traicionó los intereses de los obreros. Los burócratas sindicales entregaron sin lucha alguna las numerosas mejoras que los obreros habían conquistado durante la guerra. Samuel Gompers, el jefe de la Federación Americana del Trabajo, se esfuerza actualmente por establecer relaciones amistosas y comités comunes con la Legión Americana y combate al mismo tiempo a los comunistas y a los elementos que están en el ala izquierda de los sindicatos.

En el sindicato minero, los burócratas sindicales traicionaron a los mineros justo en el momento en que la huelga estaba prácticamente ganada.

Durante la huelga ferroviaria, E. F. Grable, el dirigente de la Hermandad Internacional de los Obreros de Vía y de los Obreros de los Talleres Ferroviarios, frenó a su organización de 400.000 hombres, a pesar de que la abrumadora mayoría había votado por sumarse a la huelga. La derrota del sindicato ferroviario se debe en gran medida a esta traición.

En el terreno político, los burócratas sindicales, esos instrumentos de los partidos capitalistas dominantes, se oponen a las acciones políticas de los obreros y a la fundación de un verdadero partido obrero. Un obstáculo importante lo constituye la forma deficiente de las organizaciones obreras, que permite a los capitalistas llevar a cabo su ataque contra los obreros e impedir la consolidación de las organizaciones obreras.

El partido ha reaccionado ante la ofensiva capitalista y ha intentado hacer lo mejor que podía, a pesar de que el año pasado reinó la discordia interna en el Partido Comunista. Emprendió una serie de intentos de unir a los obreros contra la ofensiva capitalista. Se hicieron repetidos esfuerzos para organizar a los parados. Pero como en aquella época el partido no tenía una relación firme con los sindicatos, nuestros esfuerzos no tuvieron el éxito que permitían esperar las condiciones objetivas. El partido concentró su atención en la penetración en los sindicatos y participó activamente en la creación del ala izquierda. Bajo la dirección del partido se organizó en los sindicatos un ala izquierda que llegó a tener una fuerte influencia. Para establecer una estrecha relación con los obreros y desarrollar una fuerte organización de masas, se creó un partido político legal274, y dondequiera que los obreros estaban envueltos en una lucha, el partido procuró aplicar la táctica del frente único.

Como el capitalismo americano ha alcanzado la cima de su desarrollo y ha creado el sistema de producción más eficiente, se ve obligado a buscar una salida en dos direcciones. La primera es la emigración del capital financiero a los países atrasados en el aspecto industrial; la segunda, la expansión hacia los mercados extranjeros. El capitalismo americano se ha visto envuelto así en una encarnizada lucha competitiva con el capitalismo europeo. En consecuencia, los capitalistas americanos se verán inducidos a aumentar la presión que ejercen sobre la clase obrera americana. Pero la lucha de los obreros, especialmente la de los de las industrias metalúrgica y minera, perderá en el futuro su carácter aislado. La realización de la acción coordinada y común de los mineros y metalúrgicos americanos y europeos pondrá a los obreros en condiciones de pasar a la ofensiva. Un profundo descontento se está apoderando ahora de los obreros. Nunca el gobierno había revelado tan claramente su carácter de clase frente a los obreros. Y podemos contar con que el conflicto industrial que estallará en un futuro inmediato tendrá un carácter revolucionario y político.

El partido tiene que estar dispuesto para la lucha, tiene que aumentar el número de sus miembros, ganarse la confianza de las masas, agrupando y desarrollando las fuerzas de los obreros en su lucha por sus reivindicaciones inmediatas.

El partido tiene que intensificar la actividad de sus miembros en los sindicatos, participar activamente en sus luchas cotidianas, en su lucha contra la burocracia sindical, y prepararlos para las acciones políticas. El partido tiene que crear sus células en cada empresa, en cada mina, en cada taller, y, incorporando a sus filas a todos los elementos combativos, conquistar la dirección de las luchas revolucionarias.

Estas son, a nuestro juicio, las tareas más importantes que el Partido Comunista de América tiene que tener presentes.

Urbahns (Alemania): ¡Camaradas! Tengo que declarar ante todo que no hablo por encargo de la mayoría de la delegación, sino que represento la opinión de una minoría de la delegación alemana.

Tanto el camarada Zinóviev como el camarada Trotski han señalado como tarea de este congreso que la Internacional tiene que deslindarse tajantemente del centrismo. Ahora bien, yo opino que el camarada Rádek no ha prestado un servicio especial al congreso y a la Internacional con su informe, que más bien ha dado a los centristas y a los amigos de los centristas ocasión de aprovechar sus argumentos y formulaciones para apoyar su posición, y que con ello se ha debilitado esencialmente la unidad de criterio del congreso. Parece como si el camarada Rádek, en su informe, se hubiera dejado fascinar demasiado por el tema que se había propuesto. Ha puesto en primer plano única y exclusivamente la ofensiva del capital, que sin duda se presenta de forma agudizada, y ha olvidado señalar que esta ofensiva agudizada provoca también la resistencia del proletariado. Solo ha hablado de las luchas defensivas y no ha señalado los movimientos que ya se manifiestan a escala internacional y que son algo más que meras luchas defensivas.

El camarada Rádek ha dicho en su exposición lo siguiente, y con ello demuestro que ha destacado precisamente este aspecto de la ofensiva del capital:

«El carácter de la época actual es que las capas más amplias del proletariado han perdido la fe en que puedan conquistar el poder en un plazo previsible». Y más adelante: «Ahora no es posible la lucha por el poder; será posible algún día, ahora no es posible». Si estas frases y este tono resuenan con demasiada insistencia a lo largo de su discurso y, en cambio, no se subraya el otro aspecto, es decir, el movimiento creciente del proletariado, esta argumentación no hará sino llevar agua al molino de todos los centristas. Eso, al menos, debería haberlo evitado el camarada Rádek, y eso lo pone en contradicción tanto con el camarada Zinóviev como con el camarada Trotski.

Con el tiempo de palabra limitado no estoy, naturalmente, en condiciones de demostrarlo en detalle. Lo muestro solo con estas dos citas. Y de esta apreciación errónea de la ofensiva del capital y de no mostrar las fuerzas positivas del movimiento obrero se desprende también la apreciación táctica del frente único y del gobierno obrero. Donde de forma más típica se muestra esta apreciación del frente único es en el ejemplo de Rádek sobre la Comisión de los Nueve275 y el congreso obrero mundial.

El camarada Rádek dice: «Fuimos a la Comisión de los Nueve, en Berlín, para organizar, si era posible, el frente único». Y dice además: «La II y la II y media Internacional no estaban dispuestas a luchar». ¿No se oye ahí, como trasfondo, que existiría la posibilidad de llevar la lucha con la II y la II y media Internacional? (Interrupción de Rádek: ¡Muy cierto!) Si usted lo confirma, entonces digo con toda crudeza que para nosotros no existe la posibilidad de llevar la lucha con el USPD y el SPD, pues por su pasado no pueden en modo alguno entrar en la lucha por el poder. Se han puesto en contra de los obreros, y la lucha de clases del proletariado, que está en formación, solo puede terminar con el aplastamiento de sus organizaciones, solo puede terminar con que la II Internacional quede triturada en esa lucha.

La política de la II Internacional y de los sindicatos de Ámsterdam la empuja hoy hasta el punto de provocar ella misma el debilitamiento de los obreros mediante el aplastamiento de sus organizaciones. Ahí está, sin duda, la diferencia fundamental en la apreciación de la situación, que quisiera subrayar.

Cuando el camarada Rádek expone, a propósito del congreso obrero mundial, que esta comisión no pudo lograr un éxito, en primer lugar porque las masas no estaban movilizadas, y además porque la II y la II y media Internacional opusieron una especulación al plan de organizarlo —así se expresó más o menos el camarada Rádek—, y cuando señala con ello los defectos que se manifestaron en que no se movilizaran 500 empresas y enviaran delegados al Reichstag, eso es cierto. Pero una negociación así en la Comisión de los Nueve no se puede hacer en modo alguno sacándosela de la manga, como se hizo entonces. Para ello hace falta una preparación política, hace falta que las masas estén dispuestas a ello. Solo entonces podrán las negociaciones con las organizaciones de cúpula verse coronadas por el éxito, bajo la presión de abajo. Pero el camarada Rádek parece sobrestimar las negociaciones con las organizaciones de cúpula cuando dice: «También ahora seguimos pensando en organizar el frente único desde arriba». El frente único solo surgirá en la lucha del proletariado, cuando las masas se unan abajo y con ello provoquen una colaboración temporal de las organizaciones de cúpula y concesiones del SPD y el USPD o de la II Internacional. A la lucha real estas organizaciones no pueden llegar. (Interrupción de Else Baum: ¡De esa objeción ya hablaremos más tarde!) De la misma apreciación se desprende también la apreciación del gobierno obrero por el camarada Rádek. Habló aquí de la antesala por la que habría que pasar para llegar a la verdadera sala de la dictadura, y se desmarcó un poco de los izquierdistas que creen entrar por la chimenea. Pues bien, camarada Rádek, diga entonces abiertamente que considera necesario entrar por la antesala, y dará pie incluso a quienes creen que tienen que permanecer largo tiempo en la antesala para llegar a la sala propiamente dicha. Yo opino que sería mejor no excluir este camino: que en plena tormenta se intente entrar por la chimenea, en lugar de esperar largo tiempo en la antesala. (Rádek: El proletariado es demasiado grande para pasar por la chimenea.) El proletariado es lo bastante fuerte para abrirse paso a través de la chimenea y establecer en la sala la dictadura del proletariado.

La apreciación del gobierno obrero, pese a que el camarada Rádek subraya que coincide con la exposición del camarada Zinóviev, está en contradicción con la concepción de este, como se verá también en el acta. Esta actitud tanto hacia el frente único como hacia el gobierno obrero nace por completo de una apreciación de la situación que, a mi juicio, no es correcta. El movimiento del proletariado ha pasado ya en gran parte a una fase activa. Sus inicios se muestran tanto en el movimiento por la jornada de ocho horas en Francia como, sobre todo —es significativo que el camarada Rádek no haya dicho una palabra de ello—, en el movimiento de los consejos de fábrica en Alemania. El movimiento de los consejos de fábrica en Alemania es el signo típico de la consciencia política que despierta en el proletariado. El obrero ve que, sin unirse a otros obreros, no puede conseguir ni siquiera el histórico pedacito de pan del camarada Rádek. Eso es cierto. Pero ve más: ve que, cuando lucha por ese pedazo de pan, se enfrenta también a la Sipo276 y a las demás instituciones del poder del Estado. Ve el lado político de las cosas, ve que las luchas salariales ya no bastan, ve que las luchas económicas tienen que aprovecharse políticamente. Y la lucha por el control de la producción es ya un factor político de ese tipo, del que los obreros han cobrado plena consciencia. El inicio de esta lucha en el movimiento de los consejos de fábrica es para mí un signo positivo en el movimiento obrero, y lo ha provocado el despertar político.

Camaradas, no debemos desconocer a este respecto que el movimiento de los consejos de fábrica no tiene solo un carácter organizativo, como lo tuvieron la campaña por la Comisión de los Nueve y el congreso obrero mundial e incluso todavía la manifestación con motivo del asesinato de Rathenau, sino que tiene además un lado mucho más positivo. En este movimiento de los consejos de fábrica, los obreros —en parte agrupados solo localmente, pero en parte ya también por distritos— han pasado a oponer su poder al poder del Estado, a hacer valer sus comités de control contra la voluntad del Estado y de la burocracia estatal, sobre todo en los municipios. Estos comités de control han tenido éxitos. Las pruebas de ello existen en Alemania. Los obreros saben apreciarlo muy bien.

Sé que con ello no ha llegado ni mucho menos la lucha definitiva por el poder. No sobrestimo los éxitos del proletariado, pero no debemos en modo alguno desconocer que en este movimiento ha despertado la consciencia del proletariado, y se trata de ponerlo aquí en primer plano ante la Internacional Comunista como aspecto positivo, y no de callarlo. No se puede mostrar solo el otro aspecto. Con ello solo se refuerza a las corrientes centristas y a sus amigos. Si ponemos en primer plano este aspecto positivo, eso será también un contrapeso frente a lo que han hecho los maximalistas italianos; pues precisamente el ejemplo italiano y la exposición del camarada Bordiga muestran claramente que no sirve de nada hablar solo de la unidad de la clase obrera, sino que se trata de crear este frente único en la lucha por las cosas más necesarias que el proletariado necesita para vivir.

Se levanta la sesión a las 5 de la tarde.

Decimotercera sesión, viernes 17 de noviembre de 1922

Informe de la comisión de verificación de mandatos. Discusión sobre la cuestión de la ofensiva del capital. Protesta contra la detención de los diputados polacos.

Oradores: Eberlein, Radić, Humbert-Droz, Rádek, Ravesteyn, Stern, Harry Webb, Hörnle, Clara Zetkin, Welti, Kolárov, Rosmer, Zinóviev.

Apertura: 11.20 de la mañana.

Preside: Kolárov, después Marchlewski.

Eberlein277 (Alemania): ¡Camaradas! Una vez decidido el Congreso Mundial, el Presidium había enviado a las distintas secciones de la Internacional Comunista un plan de distribución según el cual debían elegirse los delegados al Congreso Mundial. Según este plan, se invitó en total a 350 delegados de 61 países al congreso de la Internacional Comunista. El examen de los mandatos de los camaradas llegados lo realizó primero, en virtud de una decisión del Presidium, una comisión previa elegida el 16 de octubre de 1922 y compuesta por los camaradas Trilisser278, Piatnitski279 y Eberlein. Después, el Ejecutivo Ampliado eligió una comisión definitiva para el examen de los mandatos, y a los 3 camaradas ya nombrados se añadieron los camaradas Thalheimer (Alemania), Kabakchiev (Bulgaria), Scheflo (Noruega) y Gramsci (Italia).

Esta comisión examinó los mandatos de los camaradas llegados y en ese examen resultó, en general, que los mandatos estaban en regla. El Presidium ya había dado antes instrucciones concretas de que cada delegado debía traer un mandato especial firmado y sellado por el Comité Central de su partido. Esta norma se ha cumplido en la mayoría de los casos.

Voy a exponerles ahora el número de delegados llegados y el número de mandatos reconocidos, y al final pediré la aprobación del trabajo de la comisión de mandatos. Al mismo tiempo les expondré, en la medida de lo posible, el número de miembros de los partidos respectivos, si bien advierto que no todos los partidos están en condiciones de indicar con exactitud su número de miembros, porque varios partidos viven en la más completa ilegalidad y por esa razón no pueden dar cifras definitivas. Quiero advertir además que el número de delegados invitados no se rige solo por el número de miembros, sino que en la distribución de los mandatos se tuvo en cuenta también la importancia política de los partidos en la situación actual de la lucha revolucionaria, además la situación política y económica particular del país respectivo y, por último, también el grado de ilegalidad del partido respectivo y el grado de represión por parte de los adversarios. Del partido alemán, que cuenta hoy con 226.000 miembros, de los que en el último trimestre 182.400 han pagado íntegramente sus cuotas según las listas de cotización recibidas, se invitó a 20 camaradas. Se han presentado 23 camaradas. La comisión de mandatos reconoció a los 23 camaradas con voto deliberativo. Sus mandatos estaban en regla.

El partido francés declaró 78.828 miembros. Se invitó a 20 camaradas y se han presentado 24. Se reconocieron 23 mandatos con derecho a voto y 1 mandato con voto consultivo.

El partido italiano declaró 24.638 miembros. Se invitó a 20 camaradas y se han presentado 21. Se concedió derecho a voto a los 21 camaradas.

El partido ruso declaró 324.522 miembros, y eso solo para Rusia. El número de miembros de Ucrania, Bielorrusia y el Oriente Próximo y Lejano se lleva por separado. Se invitó a 75 camaradas, se presentaron 75 y recibieron voto deliberativo.

El partido checoslovaco declaró 170.000 miembros, de los que en el último trimestre 125.000 han pagado íntegramente sus cuotas. Se invitó a 20 camaradas, se han presentado 17 y reciben voto deliberativo.

Además de estos grandes partidos se invitó, con el mismo número de 20 votos y el mismo derecho de voto, a la Internacional de la Juventud, con 760.000 miembros, y a la Profintern. De cada una se han presentado 20 delegados. Sus mandatos son válidos.

El partido inglés declaró 5.116 miembros, de los que, sin embargo, según la información que se nos ha hecho llegar, solo 2.300 han pagado íntegramente. Del partido inglés se invitó a 10 delegados; se han presentado 7 y han sido reconocidos.

El PC de América declara 8.000 miembros. Se invitó a 10 delegados, se han presentado 9; 8 delegados reciben voto deliberativo y 1 delegado voto consultivo. De América se han presentado además representantes de la Workers' Party, que cuenta con 14.000 miembros. Llegaron 3 delegados, que recibieron voto consultivo. Además se han presentado de América representantes de una de las organizaciones negras; declaran que su organización tiene unos 560 miembros. Se han presentado 2 camaradas, que fueron admitidos en el congreso con voto consultivo.

El partido de Polonia declara 10.000 miembros, de los que 7.000 han liquidado íntegramente sus cuotas. En el caso del partido polaco hay que tener en cuenta que trabaja en la más estricta ilegalidad. Se invitó a 10 camaradas, se han presentado 20 y 20 fueron admitidos en el congreso con voto deliberativo. A la delegación del PC polaco pertenecen dos delegados del Kombund280, que representan a 2.000 afiliados.

El Partido Comunista de Ucrania declara 80.000 miembros. Se invitó a 10 camaradas y se han presentado 15. Se reconoció a 10 camaradas con voto deliberativo y a 5 con voto consultivo.

El PC del Japón contaba con 250 miembros y 800 miembros que han solicitado el ingreso en el partido, pero que según el sistema del partido japonés tienen que pasar primero un periodo de prueba antes de ser admitidos en él. Del Japón se invitó a 6 camaradas, de los que se han presentado 4. Los 4 camaradas reciben voto deliberativo.

El Partido Obrero noruego declara 60.000 miembros. Se invitó a 6 camaradas; se han presentado 5 y los 5 han sido admitidos con voto deliberativo.

El PC de Yugoslavia declara 80.000 miembros; se invitó a 6 camaradas. Tras la llegada de los camaradas surgieron considerables diferencias por la distribución de los mandatos. El Comité Central había expedido 6 mandatos, pero solo vinieron 4 camaradas. En cambio, llegaron otros dos miembros, que habían sido invitados por el Presidium, ya que las diferencias del partido debían dirimirse aquí, en el congreso. Se ha constituido también aquí una comisión para la cuestión yugoslava. Los dos camaradas, que según la costumbre habían sido admitidos en el congreso como miembros invitados con voto consultivo, protestaron contra ello y exigieron que se los admitiera con voto deliberativo. La comisión de verificación de mandatos lo rechazó. Pero los camaradas alegaron que en la elección de los miembros en el Comité Central uno de los camaradas llegados había sido rechazado por 4 votos contra 4, y el otro por 3 contra 5. A juicio de la comisión de verificación de mandatos, la situación está clara: los dos camaradas no han sido elegidos. Pero como la cuestión es muy importante para el partido yugoslavo y las diferencias del partido son muy agudas y fuertes, la comisión de verificación de mandatos remitió la decisión al Presidium. El Presidium tomó posición y decidió conceder voto deliberativo a los dos camaradas llegados, con la declaración expresa de que con ello no se tomaba posición en la disputa interna del partido yugoslavo y de que esta solo se dirimiría en la comisión política.

Se comunicó esto a los camaradas en una resolución formulada especialmente. Por estas razones, les pedimos, pues, que reconozcan también los mandatos de estos camaradas.

El partido búlgaro cuenta con 40.000 miembros. Se invitó a 6 delegados y se han presentado; sus mandatos son válidos.

El partido finlandés cuenta con 25.000 miembros, de los que 20.000 han liquidado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 6 delegados y se han presentado 7. Sus mandatos han sido reconocidos como válidos.

El PC de España dispone de unos 5.000 miembros. Se había invitado a 3 delegados y se han presentado 4. Se reconocieron 3 mandatos con voto deliberativo y 1 con voto consultivo.

El PC de Rumanía cuenta con unos 2.000 miembros. Se había invitado a 4 delegados y se han presentado 3. Los 3 delegados fueron admitidos en el congreso con voto deliberativo.

El PC de Suecia cuenta con 12.143 miembros. En el último trimestre, 7.843 miembros han liquidado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 6 camaradas; 6 delegados fueron admitidos en el congreso con voto deliberativo. El PC de Letonia cuenta con 1.500 miembros. Se había invitado a 6 delegados y se han presentado 8. Se admitió a 6 con voto deliberativo y a 2 con voto consultivo.

El PC de Suiza cuenta con 5.200 miembros. Se había invitado a 3 delegados; se han presentado 3 y han sido admitidos en el congreso con voto deliberativo.

El partido austriaco cuenta con 16.000 miembros. Se había invitado a 3 y se han presentado 6. Se admitió a 4 delegados con voto deliberativo y a 2 con voto consultivo.

El PC de Holanda tiene 2.500 miembros. Invitado, 1 delegado; presentados, 4. Recibieron voto deliberativo 1 camarada y voto consultivo 3.

El PC de Bélgica declara 517 miembros. Se invitó a 1 delegado, que se presentó y fue admitido con voto deliberativo.

El PC de China declara 300 miembros. De ellos, 180 han liquidado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 3 delegados; se ha presentado uno y ha sido admitido con voto deliberativo.

El PC de la India no puede indicar su número de miembros, porque los camaradas viven allí en la más completa ilegalidad. Se había invitado a 4 delegados; se ha presentado 1 y ha sido admitido en el congreso con voto deliberativo.

Del PC de Irlanda se había invitado a 3 delegados y se han presentado 4. Se admitió a 3 delegados con voto deliberativo y a 1 con voto consultivo.

Del PC de Azerbaiyán se había invitado a 2 delegados y se han presentado 3. Se admitió a 2 con voto deliberativo y a 1 con voto consultivo.

El PC de Georgia declara 18.811 miembros. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 3. Se admitió a 2 delegados con voto deliberativo y a 1 con voto consultivo.

El PC de Lituania cuenta con 1.000 miembros; 500 han liquidado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 1 delegado y se han presentado 2. A ambos se les concedió voto deliberativo.

El PC de Estonia cuenta con 2.800 miembros. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 3. Se admitió a 2 con voto deliberativo y a 1 con voto consultivo.

El PC de Dinamarca declara 1.200 miembros, de los que 780 han liquidado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 3. Se admitió a 1 con voto deliberativo y a 2 con voto consultivo.

El PC de Persia cuenta con 1.000 miembros; 500 han pagado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 3. Se admitió a 2 delegados con voto deliberativo y a 1 con voto consultivo.

Turquía tiene ahora 2 partidos: el partido de Constantinopla y el partido de Angora. El partido de Angora dispone de 300 miembros. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 6. Se admitió a 2 delegados con voto deliberativo, 2 recibieron tarjetas de invitado y 2 fueron rechazados. El número de miembros del partido de Constantinopla no puede indicarse. Se invitó a 2 delegados y se han presentado 3. Se reconoció a 2 con voto deliberativo y 1 recibió voto consultivo.

El PC de Australia cuenta con 900 miembros. De ellos, 750 han pagado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 2 delegados y se han presentado 4. Se admitió a 2 con voto deliberativo y a 2 con voto consultivo.

El PC de Argentina tiene unos 3.500 miembros. Se había invitado a 2 delegados; se han presentado 2 y han sido admitidos con voto deliberativo.

El PC de Sudáfrica declara 200 miembros; 100 han pagado íntegramente sus cuotas. Se había invitado a 1 delegado y han llegado 2. A 1 delegado se le concedió voto deliberativo y a 1 voto consultivo.

El partido de Java. No es posible determinar el número de miembros. El partido tiene probablemente unos 13.000 miembros. Se invitó a 1 delegado; se ha presentado 1 camarada y ha recibido voto deliberativo.

PC del Canadá. 4.810 miembros. Se invitó a 1 delegado y se han presentado 3; a 1 delegado se le concedió voto deliberativo y a 2 delegados voto consultivo.

PC de Portugal. 2.900 miembros; 1.702 han pagado sus cuotas. Se invitó a 1 delegado y se han presentado 2. A 1 delegado se le concedió voto deliberativo y a 1 voto consultivo.

PC de Chile. Unos 2.000 miembros. Se invitó a 1 delegado. El camarada no llegó hasta anoche y su mandato no ha sido examinado todavía.

PC del Uruguay. Unos 1.000 miembros. Se invitó a 1 delegado; 1 delegado admitido con voto deliberativo.

PC del Brasil. Unos 500 miembros. Se invitó a 1 delegado; 1 admitido con voto deliberativo.

PC de México. Unos 1.500 miembros. Se invitó a 1 delegado; 1 admitido con voto deliberativo.

PC de Armenia. Se invitó a 1 delegado y se han presentado 2 delegados. Se admitió a 1 camarada con voto deliberativo y al otro con voto consultivo.

PC de Jiva. Se invitó a 1 delegado; el delegado no se ha presentado todavía.

PC de Bujará. Se invitó a 1 delegado; 1 admitido con voto consultivo.

Partido de Mongolia. Unos 1.500 miembros. Se invitó a 1 delegado y se ha presentado 1. Se le concedió voto consultivo, porque el partido de Mongolia no está adherido todavía a la Internacional Comunista.

PC de Corea. Se invitó a 1 delegado y se han presentado 4 delegados. Pero como las disputas internas del partido son tan grandes en Corea que no es posible determinar quién es en realidad el representante del verdadero Partido Comunista y qué grupo representa, se admitió a 2 camaradas como invitados y se rechazó a 2 delegados.

Partido Obrero de Islandia. 4.700 miembros, que sin embargo navegan todavía hoy en aguas mencheviques. Pero en el partido hay una fracción de 450 comunistas. Esta fracción fue admitida. Se ha presentado 1 delegado. Su mandato fue reconocido con voto consultivo.

El PC de Fiume declara unos 150 miembros. 1 delegado está en camino. No ha llegado todavía, pero será admitido con voto consultivo.

Del PC de Palestina se ha invitado a 1 delegado. El camarada está igualmente todavía en camino.

El PC de Bielorrusia cuenta con unos 5.000 miembros. Se invitó a 1 delegado, que fue admitido con voto consultivo.

PC de Grecia. Se invitó a 1 delegado. El camarada no se ha presentado todavía.

PC de Hungría. Se invitó a 3 delegados; 7 delegados fueron designados por el Presidium de la Internacional y admitidos por la comisión de mandatos con voto deliberativo, porque el Partido Comunista de Hungría trabaja en la más completa ilegalidad y todavía no ha podido constituirse un trabajo real en la propia Hungría.

Se invitó además a 1 delegado del Turquestán. El camarada llegó y recibió voto consultivo.

De la sección uigur del PC del Turquestán se han presentado 3 delegados. Se admitió a 1 delegado con voto consultivo y a 2 delegados como invitados.

Del PC de Crimea se ha presentado 1 delegado. Fue admitido con voto consultivo.

Se ha presentado 1 delegado de la República de la Montaña (Cáucaso) y ha sido admitido con voto consultivo.

El partido de Egipto envió también 1 delegado, que fue admitido con voto consultivo.

Además se admitió con voto consultivo a 1 representante de la Internacional de Mujeres y a 1 representante de la Ayuda contra el Hambre.

Hasta aquí los representantes de los partidos comunistas invitados al congreso y presentados en él.

En total se ha invitado al congreso a 350 delegados y se han presentado 394. De ellos, 340 delegados recibieron voto deliberativo, 48 delegados voto consultivo, y a 6 delegados se les dieron tarjetas de invitado.

Además, el Presidium de la Internacional invitó especialmente al congreso a 5 delegados del Partido Socialista Italiano. Se han presentado 5 delegados y han sido admitidos con voto consultivo.

Asimismo se invitó a 3 camaradas de la oposición de Checoslovaquia. Se han presentado y fueron admitidos con voto consultivo.

Se invitó a 2 camaradas a las sesiones de la comisión del programa, y fueron igualmente admitidos con voto consultivo.

Asimismo se invitó a 2 camaradas de Francia, Frossard y Cachin. Ninguno de los dos ha llegado todavía, pero según los últimos telegramas están en camino.

Se invitó además al camarada Tranmæl, de Noruega, que tampoco ha llegado todavía, de modo que de estos camaradas invitados especialmente se han presentado hasta ahora 10 y 10 han sido admitidos con voto consultivo.

Ha llegado además un representante de América para la comisión agraria, que ha sido igualmente admitido con voto consultivo.

Ahora quiero exponerles brevemente algunos rechazos que ha tenido que hacer la comisión de mandatos.

La oficina en el extranjero del Partido Comunista de Persia envió a 2 delegados. Esta oficina en el extranjero fue disuelta por la Komintern hace ya más de medio año. Pese a ello, parece seguir viviendo, pues envió aquí a 2 delegados, que la comisión de mandatos tuvo que rechazar.

El reconocimiento de los mandatos del Partido Comunista de Austria presentó dificultades. De Austria llegaron 3 camaradas con mandatos expedidos en Viena el 17 y el 19 de octubre. Uno de estos camaradas había salido de Viena ya el 19 de octubre. El 22 de octubre recibimos del Comité Central del partido austriaco un telegrama por el que se anulaban estos 3 mandatos y se atribuían todos los mandatos al representante en el Ejecutivo, el camarada Grün. El telegrama decía que el partido austriaco no tenía medios económicos suficientes para costear el viaje de los 3 representantes a Moscú. A pesar de este telegrama, los 3 delegados llegaron aquí, de modo que, por un lado, el camarada Grün estaba cargado con 3 mandatos y, por otro, se habían presentado además los 3 delegados con mandatos válidos de su Comité Central. La comisión de mandatos decidió, a propuesta de los 4 camaradas austriacos, declarar válidos los mandatos de los 3 primeros camaradas y dar también voto deliberativo al cuarto, de modo que el partido austriaco está representado aquí con 4 mandatos.

La sección femenina del departamento de Oriente, representada por su directora, Kaspárova, solicitó un mandato con voto deliberativo; se le denegó.

En general, en la distribución de los mandatos con voto deliberativo y consultivo, allí donde habían llegado varios delegados con mandatos válidos, la comisión de mandatos distribuyó los mandatos con voto deliberativo de modo que, por regla general, recibieran voto deliberativo los camaradas que venían del propio país, y voto consultivo los camaradas que no venían directamente del país, sino que estaban ya desde hacía tiempo en Moscú.

Además, a propuesta del Presidium, se admitió también en el congreso con voto consultivo a los delegados que han venido al congreso de la Profintern, y con tarjetas de invitado a los delegados que ya han llegado a Moscú para el congreso de la Juventud. Lo mismo a los camaradas del congreso cooperativo, de los que se admitió a 2 delegados con voto consultivo, porque esta cuestión figura en el orden del día y estos dos camaradas tienen que trabajar por ello en la comisión.

Hasta aquí el informe de la comisión de mandatos. En su nombre les pido que reconozcan los mandatos y declaren válidas las decisiones de la comisión de mandatos.

Radić (Yugoslavia): En nombre de los tres camaradas de la delegación yugoslava tengo que declarar lo siguiente:

El Presidium ha dado a 2 camaradas la palabra decisiva y los ha admitido en el congreso con voto deliberativo. Con ello, el Presidium ha adoptado el punto de vista de que estos dos camaradas hablan en nombre de un grupo particular. Estos camaradas y grupos no se han pronunciado como tales; incluso han dicho, en la sesión del Ejecutivo en que se habló de la delegación, que no existen como grupo. Según su propia declaración, estos dos camaradas no representan a grupo alguno. Si es que se puede hablar de un grupo así, ese grupo está representado en la delegación por un miembro. Por eso sostenemos que estos dos camaradas no pueden en modo alguno ser designados por el congreso miembros de la delegación. En caso de que el congreso tome tal decisión, y en atención a las consecuencias en Yugoslavia, los otros 3 delegados tendrían que retirarse del congreso. Esto es lo que quería declarar en nombre de estos 3 camaradas.

Humbert-Droz (Suiza): En interés de la solución de la crisis del Partido Comunista de Yugoslavia, el Ejecutivo consideró necesario invitar a los camaradas Petzowic y Stanić y a otros representantes de la minoría del partido a venir a Moscú para exponer y defender aquí su punto de vista.

El Presidium considera que sería una garantía moral para el arreglo de las cuestiones litigiosas existentes en el partido ofrecer a los camaradas Petzowic y Stanić, que han venido al congreso, la posibilidad de participar en los trabajos del congreso, junto a los delegados de Yugoslavia, no solo con voto consultivo, sino con voto deliberativo.

Esta facultad se la ha concedido el Presidium en interés de la pacificación del partido y no puede en modo alguno considerarse una toma de posición anticipada sobre las cuestiones litigiosas surgidas ni servir de precedente.

El congreso no se pronunciará sobre la crisis del Partido Comunista de Yugoslavia hasta haber oído el informe de la comisión.

Rádek: ¡Camaradas! No quiero hablar de los asuntos internos de la disputa del partido en Yugoslavia. Solo quisiera responder un par de palabras al representante yugoslavo. Ha dicho que, si el congreso reconoce los mandatos, los camaradas se verán obligados a retirarse del congreso.

La declaración del camarada muestra que está en un contacto demasiado escaso con el espíritu y con todo el trabajo de la Internacional Comunista. Es la primera vez que me encuentro con que un delegado declare: si el congreso decide de otro modo que como a mí me gusta, no me someto. Cosas así solo las han hecho gentes que están ahora fuera de la Internacional Comunista; son cosas que hizo, por ejemplo, el KAPD. Pero aquí cada parte, cada delegado tiene que saber que uno se somete a las decisiones de este congreso soberano. Por esta razón considero la declaración del todo improcedente. Solo perjudica al movimiento.

En cuanto al fondo del asunto, las razones por las que ha actuado el Presidium se han expuesto con claridad en la declaración del Presidium. Solo quiero añadir algo. El partido yugoslavo es un partido ilegal. En una organización así, las diferencias surgen mil veces más fácilmente y dirimirlas es mil veces más difícil que en partidos que pueden trabajar legalmente. En esta situación, no hacer todo lo posible por mantener unidos a los camaradas sería un crimen del Presidium. Digo además: los dos camaradas obtuvieron incluso un gran número de votos. El partido no ha aprovechado el número de mandatos de que disponía. También formalmente, por tanto, la decisión del Presidium no es otra cosa que tener en cuenta las condiciones que reinan en el partido yugoslavo.

Presidente: Ha llegado una declaración de la delegación francesa, que ruego que se lea.

Humbert-Droz: La delegación francesa pide que se le reserve el derecho a introducir cambios en la distribución de los mandatos hasta la llegada de los camaradas que están de viaje hacia Moscú.

Presidente: Como la delegación yugoslava ha presentado una reclamación contra las decisiones de la comisión de verificación de mandatos o, en su caso, del Presidium, someteré primero a votación esa reclamación y después, como no hay más reclamaciones, someteré a votación el informe de la comisión de verificación de mandatos en su conjunto.

Camaradas, pasamos ahora a la votación. Quien esté en contra de la decisión del Presidium en el asunto de los mandatos yugoslavos, que levante la mano.

Nadie está en contra; constato que no se ha alzado ningún voto contra la decisión del Presidium.

Pasamos ahora a la votación del informe de la comisión de verificación de mandatos. Quien esté en contra del informe de la comisión de verificación de mandatos, que levante la mano.

Así pues, el informe de la comisión de verificación de mandatos queda aprobado por unanimidad.

Camaradas, podemos continuar, por tanto, la discusión sobre la cuestión de la ofensiva del capital. Seguimos con la lista de oradores. Camaradas, el Presidium les propone cerrar la lista de oradores. Están inscritos todavía Ravesteyn (Holanda), Stern (Austria), Webb (Gran Bretaña), Hörnle (Alemania), Katayama (Japón), Rosmer (Francia) y Welti (Suiza).

El Presidium ha recibido además la comunicación de que la delegación yugoslava se somete a la decisión del Presidium. (Bravos.)

Así pues, quien esté a favor del cierre de la lista de oradores, que levante la mano.

Queda cerrada la lista de oradores. Tiene la palabra el camarada Ravesteyn.

Ravesteyn (Holanda): Camaradas, después del informe del camarada Trotski no era posible, sin duda, inscribirse en el debate si no se quería caer en la sospecha de no estar de acuerdo con la exposición, tan importante como hermosa, de uno de los espíritus dirigentes de la revolución rusa. Sin embargo, camaradas, esa exposición dio lugar a algunas observaciones, no en lo que respecta a la parte principal, sino allí donde Trotski habló de las perspectivas de la revolución mundial, y concretamente del probable desarrollo político en Europa occidental.

El camarada Trotski dijo más o menos esto: señaló el peligro de ilusiones reformistas y pacifistas en los partidos occidentales. Sobre eso, naturalmente, después de las experiencias del último año no habrá diferencias de opinión. Pero fundamentó también este peligro en que las circunstancias políticas ofrecerían probablemente en el próximo periodo un caldo de cultivo sumamente favorable para estas concepciones, para estas ilusiones, y ello porque el desarrollo político en los países occidentales podría conducir muy fácilmente a un bloque y, por consiguiente, a un gobierno de las capas pequeñoburguesas y pacifistas, a un bloc de gauche, por así decirlo, cuyo apoyo por los partidos obreros se pondría entonces por sí mismo en el orden del día. En ese caso, el peligro de que los comunistas apoyaran tal bloque, o al menos el peligro de que tal bloque despertara en las filas de los comunistas fuertes inclinaciones en el sentido de un apoyo, sería bastante grande. El camarada Trotski citó a Inglaterra y Francia como ejemplos de tal desarrollo. Dijo, por ejemplo, que en Inglaterra la victoria de los unionistas y de los nacional-liberales en las próximas elecciones era sin duda segura. Pero que era probable que esta coalición no se mantuviera mucho tiempo y que entonces el Partido Laborista podría llegar muy fácilmente al poder.

Después del camarada Trotski, el camarada Rádek habló extensamente de estas cosas, y en mí —y creo que también en muchos otros— se ha asentado la impresión de que el camarada Rádek no estaba del todo de acuerdo con la exposición del camarada Trotski a este respecto. Del informe del camarada Rádek —quiero subrayarlo especialmente— me ha gustado sobre todo, sin querer por ello restar lo más mínimo al valor del conjunto, la parte en que señaló extensamente el peligro de una reacción de extrema derecha, es decir, monárquica o, si se quiere llamarla así, fascista, en toda Europa central; un peligro, podría decirse, cuyo paralelo histórico se impone por sí mismo: una especie de movimiento que podría compararse en parte con los movimientos campesinos durante la Revolución francesa, los movimientos de la Vendée y de los chouans, en parte con la contrarrevolución realista en España contra el gobierno de las Cortes, y en parte también con el bonapartismo del hombre de Diciembre.

El camarada Rádek ha señalado este peligro agudo, por así decirlo extremista y conspirativo, de la contrarrevolución en toda Europa central. Podría decirse que de Sicilia al Elba. Y me pareció también tan importante que lo hiciera porque, a su juicio, sin duda, por ejemplo en el movimiento obrero alemán y también en el Partido Comunista alemán no siempre se es consciente de toda la magnitud de este peligro. Cuando oí ayer al camarada de la oposición alemana, si se me permite decirlo así, que polemizaba contra el camarada Rádek, me pregunté: ¿es consciente este camarada de que depende realmente de la voluntad de un solo hombre, el príncipe Ruperto281, que mañana mismo se implanten en Baviera, y con ello en el Tirol, en Austria, en Hungría y quién sabe dónde más, la monarquía y con ella el terror blanco, no solo contra los comunistas, sino también contra los socialdemócratas y contra el movimiento obrero en general?

Camaradas, si el camarada alemán hubiera tenido claramente presente este hecho, quizá, a mi juicio, habría hablado en otro tono.

Lo segundo que me gustó especialmente en la exposición del camarada Rádek fue su reconocimiento claro y nítido de que también en Europa occidental, es decir, en los países de vieja cultura y tradición burguesas, a diferencia de Europa central, que nunca ha conocido del todo la cultura y la tradición burguesas, el desarrollo en el terreno político va claramente hacia la derecha, es decir, en todas las capas burguesas y, por consiguiente, también en todos los partidos burgueses; Francia e Inglaterra son, naturalmente, los ejemplos principales.

Lo que ocurre hoy en Inglaterra es sintomático a este respecto. El camarada Rádek dijo: lo que allí sucede en el terreno político parece a primera vista sencillamente demencial. Los unionistas han ido a la campaña electoral, por así decirlo, sin programa, sin prometer nada, y hay que examinar con lupa cuál es en realidad la diferencia entre el señor Lloyd George y Bonar Law. Muy cierto. Pero Bonar Law es el representante típico de la reacción en las amplias masas de la burguesía media inglesa, de la clase media, el representante típico de su estrechez de miras. Estas clases solo tienen ya una consigna: supresión y alivio de la enorme presión fiscal bajo la que gimen a consecuencia de la guerra imperialista.

Y, en segundo lugar, a ser posible, la vuelta a la situación de antes de la guerra, es decir, la mayor abstención posible, podría decirse la abstinencia del Estado en el terreno de toda la vida económica y en particular de la política social.

Esto adopta en parte formas que ponen los pelos de punta y que son absurdas. Se observa de manera especialmente clara en un país burgués tan viejo como Holanda, que refleja todas las corrientes espirituales del mundo burgués y cuya burguesía está exactamente orientada sobre todo lo que sucede en el conjunto del mundo burgués, sin olvidar que también Holanda es un imperio imperialista de gran importancia. Entre los extremistas burgueses es la vuelta a la ideología liberal clásica en su forma más desnuda, hasta el completo manchesterianismo de Cobden.

Hay, por ejemplo, entre nosotros fanáticos y políticos de esta tendencia que aspiran al desmantelamiento total de la legislación social. ¡Fuera toda la legislación de protección obrera! Y esta corriente encuentra, aunque no en esta forma extrema, un fuerte eco en casi todos los partidos burgueses, e incluso en una parte de los obreros que están bajo la influencia de estos partidos burgueses. En todos los viejos países burgueses, como Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda, este es políticamente el hecho dominante del presente. No hay que olvidar nunca que, precisamente en estos países, con una divisa en parte todavía completamente incólume, los intereses imperialistas, los intereses del imperio, exigen también imperiosamente una política así. Sin una reducción importante de los impuestos y de los gastos de legislación social sería sencillamente imposible, en Inglaterra y en Holanda por ejemplo, reunir los fondos necesarios para fines puramente imperialistas.

En este desarrollo, pues, los partidos obreros, e incluso todos los grupos todavía algo reformistas y pacifistas burgueses, quedan eliminados y políticamente arrinconados contra la pared. Así ocurre ya, por ejemplo, después de las últimas elecciones en Holanda, un país burgués modelo, aunque sea un país pequeño, ejemplo de un Estado puramente imperialista, cuyos grandísimos capitalistas, como el jefe del gigantesco trust del petróleo —la Royal Dutch Shell Company—, Colijn282, dominan de forma absoluta a pesar del sufragio universal y a pesar de las instituciones democráticas del Estado.

Hacia ahí va también, a mi juicio, el desarrollo de Inglaterra. El Partido Laborista en Inglaterra es empujado a un rincón y, por así decirlo, arrinconado contra la pared. ¿Se cree acaso que un Henderson y un Clynes conseguirán todavía lo que no consiguió su compañero de partido, tanto más capaz y culto, como Troelstra283 en Holanda, a saber, llegar aún al poder con ayuda, por ejemplo, del centro pequeñoburgués, que forma el partido más fuerte y reúne bajo su bandera a cientos de miles de obreros en nuestro país? Eso está completamente excluido, ahora y para el futuro, mientras se mantengan el Estado imperialista y los intereses imperialistas.

Así se produce también el desarrollo en Francia. También allí, a mi juicio, la época de un bloque de las izquierdas ha pasado irrevocablemente. El Partido Radical-Socialista ya estaba desgastado antes de la guerra. Con la guerra se han fortalecido todos los partidos e ideologías abiertamente reaccionarios. En Francia, por ejemplo, el partido de los junkers, que también existe allí, el partido de la Action Française, los partidos católicos y todos los partidos de extrema derecha. El desarrollo en Francia está muy bien descrito en el instructivo librito del conocido ex presidente del Consejo y político francés Caillaux: Où va l'Europe? Où va la France? Por desgracia, en el poco tiempo de que dispongo es imposible hablar con algo más de detalle de estas cosas. En todo caso, a mi juicio, está claro: no hay indicios que apunten tampoco en los países occidentales a una reanimación del reformismo, el radicalismo y el pacifismo burgueses.

¿Qué se desprende de todo esto? Naturalmente, si se ve así la situación, de ella se desprende con más claridad aún la necesidad del frente único, de una unión enérgica de todos los elementos proletarios bajo la dirección de los comunistas. Pero lo que quisiera señalar todavía es que, al menos para estos países que he nombrado, que son, por así decirlo, países puramente burgueses con ideologías de la vida política históricamente puramente burguesas, la idea, la consigna del gobierno obrero parece completamente sacada de la nada, diría yo utópica. En estos países imperialistas con grandes posesiones de ultramar, en Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda, que juntos forman, podría decirse, un tipo, se puede pensar ante todo mucho antes en una enorme influencia de los acontecimientos de Oriente. Más aún, esta influencia es, a mi juicio, absolutamente segura. Pues no hay que olvidar ni un instante que el capitalismo de estos países está unido a las posesiones de ultramar, diría yo, como los hermanos siameses, es decir, a vida o muerte. El vínculo se ha hecho todavía mucho más fuerte en todas partes después de la guerra. Observamos, por ejemplo, en nuestro país que el vínculo entre Indonesia y Holanda no se ha afianzado realmente hasta después de la guerra. Toda conmoción en las posesiones de ultramar tiene que encontrar el eco más profundo en la metrópoli imperialista. Quiero terminar diciendo que me parece sencillamente impensable que Henderson y Clynes en Inglaterra y Longuet y Blum284 en Francia, apoyándose en elementos reformistas burgueses, lleguen todavía a estar en condiciones de gobernar. Los Henderson y Clynes, los Longuet y Vandervelde, Troelstra y Vliegen solo entran ya en consideración, a lo sumo, como ministros en un frente único imperialista. Pero el frente único imperialista difícilmente podría incluirse en la definición del gobierno obrero.

Llego, pues, a la conclusión: el frente único proletario es la gran línea táctica directriz para todos los Estados capitalistas en los que el proletariado no ha vencido todavía, sin distinción de su historia, de su cultura y de su constitución. El gobierno obrero, en cambio, a lo sumo puede entrar en consideración para las condiciones particulares de Europa central y quizá también para algunos otros países. Para estos países tiene un gran valor. Pero bajo el signo del frente único de todo el proletariado, la Internacional Comunista tendrá que luchar y vencer en el mundo entero.

Stern (Austria): Camaradas: Al examinar la cuestión de la ofensiva del capital, me parece que hay dos cuestiones de especial importancia de principio. La primera es qué significa esta ofensiva del capitalismo, si significa que quizá vamos hacia un periodo más corto o más largo en el que, en la gran lucha entre la reacción mundial y el proletariado mundial, prevalezca la reacción mundial. La segunda cuestión importante es cómo podemos evitar, en la lucha por reivindicaciones parciales que se nos impone, convertirnos en reformistas o que se nos tenga por reformistas.

En cuanto a la primera cuestión —qué significa la ofensiva del capital—, a quien pudiera pensar que la ofensiva del capital significa una evolución en el sentido de un predominio de los adversarios del comunismo mundial le basta con mirar a Austria. Por su evolución, Austria es un ejemplo de manual de esa evolución, y quizá sea el modelo para los países que hoy aún no sospechan que les espera una evolución semejante. En Austria se puede ver con toda claridad que la ofensiva del capital no es otra cosa que un último recurso desesperado de salvarse con medios inservibles. En Austria la burguesía ha hecho todo lo posible por detener su hundimiento. Ha rebajado los salarios reales de los obreros al nivel más bajo, ha pasado a la ofensiva con los medios más refinados para salvarse del hundimiento, y sin embargo lo único que ha conseguido es que el derrumbe y la caída se hayan producido cada vez más deprisa. En Austria hemos llegado a tal punto que hasta los representantes más inteligentes de la burguesía se han visto en situaciones en las que tuvieron que reconocer abiertamente la bancarrota de la política burguesa y la imposibilidad de emprender nada en Austria.

El Tratado de Ginebra285 no significa otra cosa sino que la burguesía mundial comprende la situación insostenible de la burguesía austriaca y acude en su ayuda. La burguesía mundial sabe muy bien que Austria tiene una importancia mucho mayor de la que corresponde al tamaño del país. Y por eso la burguesía mundial acude en ayuda de Austria; quiere intentar, mediante una dictadura más dura de la burguesía, ir aún más lejos en la ofensiva contra la clase obrera, para exprimir lo que la burguesía necesita para ganar todavía un respiro. En este contexto, el problema austriaco tiene importancia internacional. No solo, estratégicamente hablando, porque Austria establece la comunicación entre Checoslovaquia y Yugoslavia, entre la Italia fascista y Alemania y entre Hungría y Baviera, sino también porque en Austria podemos ver claramente cómo la burguesía teme que del derrumbe, aun en las condiciones más difíciles, el proletariado pase al contraataque, y porque la burguesía quiere asegurarse allí una posición de fuerza en la gran contienda.

Camaradas, creo que en este contexto se puede señalar también que a nuestra Internacional le esperan nuevas tareas en la próxima época. En una situación como la que existe en Austria es necesario que se emprenda una acción internacional en el sentido del frente único. Pero no hay nadie que emprenda esa acción. El proletariado austriaco, por sí solo, es demasiado débil para rechazar el asalto de su burguesía unida a la burguesía mundial de los demás Estados. Los proletarios de los demás países tienen que acudir en su ayuda. Y en esto pienso que la tarea de la Internacional no es solo organizarse como partido, sino también intervenir ya como partido dirigente y actuar activamente.

En un caso como, por ejemplo, el de Austria, la Internacional debe dirigirse a los obreros de los países correspondientes y a los partidos comunistas de esos países, explicarles la importancia internacional del caso y mover a los partidos comunistas a emprender acciones en interés del proletariado austriaco y en interés del proletariado mundial. Naturalmente, no un putsch, naturalmente no acciones de las que el proletariado de los países correspondientes no sea capaz, sino acciones en el sentido del frente único; es decir, los partidos de los países correspondientes deben llamar en cada país a todo el proletariado a una lucha bien organizada en interés del proletariado austriaco. Exactamente igual que aquí se ha dicho a los franceses: si queréis actuar activamente en el sentido del frente único, no debéis esperar a ser un partido completamente ideal, así también la Internacional tiene que decir: no debéis esperar a que seamos un partido mundial sólidamente estructurado; al contrario, solo llegaremos a ser un partido mundial internacional si en cada momento no nos contentamos con decir cómo deben comportarse los partidos, sino que pasamos, en cada caso en que sean necesarias acciones internacionales, a dar directivas para esas acciones y a intervenir de hecho en la lucha general entre el capital mundial y el proletariado mundial. Vemos que la lucha se extiende internacionalmente, que las distintas luchas entre el capital y el trabajo se amplían en cada país hasta convertirse en luchas de grupos de la burguesía de los distintos países contra el proletariado de esos países. Así también la Internacional tiene que observar esta evolución e intervenir en ella como corresponde.

Camaradas, en Austria tenemos también, en otro aspecto, un ejemplo instructivo. En Austria hemos podido aplicar el frente único en condiciones especialmente difíciles. Y creo que la experiencia de Austria ha mostrado que la táctica del frente único puede aplicarse con éxito también allí donde un partido pequeño se enfrenta a un partido poderoso. Y ese es el caso más difícil de aplicación de la táctica del frente único, porque el partido grande está en condiciones de informar falsamente a los obreros, de tergiversarlo todo, de calumniar al partido pequeño. Incluso en condiciones en que no podemos hablar a las masas en periódicos y asambleas, se ha mostrado en Austria que la táctica del frente único puede, a pesar de todo, tener éxito. En Austria hemos visto también qué relaciones hay entre la táctica del frente único por abajo y por arriba. Hemos visto que, incluso allí donde un partido grande, con altanería, no quiere saber nada del partido pequeño, puede ser ventajoso dirigirse a las organizaciones de cúpula para reforzar así la presión de las masas desde abajo. Lo vimos el 1.º de mayo, cuando el Partido Socialdemócrata quiso apartarnos a un lado y los obreros socialdemócratas impusieron, contra la consigna de la dirección del partido socialdemócrata, que se celebraran asambleas comunes, y en ellas impusieron que se diera la palabra a los comunistas.

Hemos visto éxitos especiales de esta táctica en la lucha de los tranviarios, que son casi todos socialdemócratas. El resultado de nuestro apoyo en el sentido de la táctica del frente único fue que en las últimas elecciones de delegados de los tranviarios fracasaron todos los candidatos socialdemócratas y salieron elegidos solo comunistas y opositores. Después de que los socialdemócratas impugnaran esa elección, volvieron a fracasar con un número de votos todavía menor. Además, hemos aplicado con éxito esta táctica en el caso del Tratado de Ginebra. Cuando se conoció el Tratado de Ginebra, los socialdemócratas no se avergonzaron de dar a entender que estaban dispuestos a tragarse ese tratado. Nosotros emprendimos con toda energía la lucha aplicando la táctica del frente único, señalamos lo que estaba en juego si los socialdemócratas no estaban dispuestos ni siquiera a defender su tan querida democracia. Conseguimos que los socialdemócratas tuvieran que decidirse al menos a una lucha aparente. Y ahí se vio qué hay del temor de algunos camaradas de que los socialdemócratas, obligados a luchar, pudieran aparecer como revolucionarios. En la medida en que se obliga a los reformistas a ello, nos facilitan la táctica del frente único.

Porque si, por ejemplo, la socialdemocracia de Austria hubiera dicho que había que aceptar el Tratado de Ginebra, porque si no nos moriríamos de hambre, quizá muchos obreros la habrían creído. Pero si la socialdemocracia austriaca se presenta y dice: el Tratado de Ginebra tiene que desaparecer, nos trae la esclavitud —y no lo dice sinceramente—, y nosotros decimos: sacad las consecuencias e impedid el tratado, y resulta que la socialdemocracia no impide el tratado, entonces tenemos más fácil impulsar el movimiento hacia adelante. Y quisiera decir en general que la táctica del frente único me parece ofrecer tanto mayores posibilidades de éxito cuanto más se consiga empujar a los reformistas hacia adelante bajo la presión de las masas. No nos hemos hecho a este respecto ninguna ilusión de que los socialdemócratas, los reformistas, vayan a querer luchar nunca, pero no me parece excluido que podamos conseguir, en determinadas circunstancias, obligarlos a tener que luchar contra su voluntad. Desde luego, no será una lucha sincera, no será una lucha querida, será una lucha a la que en el momento decisivo seguirá la traición. Pero ya este verse empujados hacia adelante, este ir poniéndose en movimiento las masas, es para nosotros ventajoso e importante. En este sentido hay que entender también el problema del gobierno obrero. Yo no veo en la consigna del gobierno obrero otra cosa que una parte de la táctica comunista del frente único. No queremos entender la consigna del gobierno obrero en el sentido de que reclamemos el gobierno obrero como un ideal. No lo es; en determinadas circunstancias puede traer consigo un grave peligro. Tenemos que reclamar el gobierno obrero como aquello que los otros tendrían que hacer si quisieran luchar sinceramente aunque solo fuera por sus propias reivindicaciones, como una consecuencia de la lucha por sus reivindicaciones parciales, como una contraconsigna frente al gobierno de coalición, con el que los socialdemócratas quieren esquivar la lucha.

Creo que hay dos clases de gobiernos de coalición, según la época en que se instauran. Cuando existía la posibilidad del poder inmediato, el gobierno de coalición, que en medio de la lucha más enérgica por el poder tiene por objeto quebrar la voluntad de lucha de los obreros, debía salvar el poder burgués. A ese gobierno de coalición podíamos oponerle, allí donde existía la posibilidad, la dictadura del proletariado. Ahora hay otro tipo de política de coalición, que no significa otra cosa sino que la socialdemocracia no quiere luchar ni siquiera por las reivindicaciones parciales, y ese hecho solo podemos desvelarlo planteando una consigna con la que mostremos claramente: ¿qué tenéis que hacer si queréis luchar por vuestras reivindicaciones? Esa es la consigna del gobierno obrero.

No digo: podemos plantear esta consigna porque sabemos que la socialdemocracia no luchará, sino que digo: tenemos que plantearla aunque sabemos que la socialdemocracia no luchará, no por hipocresía, sino porque decimos: ahora, en este momento, todavía no podemos luchar por la dictadura, pero estamos dispuestos a luchar por vuestras reivindicaciones; estamos, por tanto, dispuestos también a apoyarlo, si de verdad os tomáis en serio defender el gobierno obrero. Eso no es hipocresía; precisamente por eso será desenmascarador, porque de hecho estamos seriamente dispuestos a apoyar toda lucha seria.

Y así quisiera decir para terminar: la aplicación actual de la táctica del frente único me parece tener ya un carácter algo distinto que antes. Al principio la táctica del frente único era una cobertura de la retirada del proletariado en toda la línea, y ahora la táctica del frente único me parece ser una cobertura del despliegue, de la concentración, de la preparación de la nueva marcha adelante. Es verdad que la reacción avanza en todos los frentes. En Europa central lo vemos con toda claridad. Pero también el proletariado se concentra, y la táctica del frente único le permite una concentración a cubierto, impide en determinadas circunstancias el adelantamiento prematuro de grupos aislados, que son aplastados. En realidad no es otra cosa que el comienzo, la preparación de un nuevo ataque, de modo que ahora podemos decir: la ofensiva del capital no es un avance unilateral de la reacción, sino que a la ofensiva del capital se opone una preparación del proletariado mundial para el ataque. Vemos a los dos campos marchar el uno contra el otro. Cada posición de fuerza, por ejemplo en Austria, es importante en este despliegue; en cada puesto y por cada reivindicación parcial tiene que luchar el proletariado, y en esta lucha no se puede aplicar en este momento otra táctica que la táctica del frente único.

Harry Webb (Gran Bretaña): Camaradas, quiero hablar de la ofensiva del capital, y no solo desde el punto de vista del desarrollo de la ofensiva capitalista en Inglaterra, sino también desde el punto de vista de la ofensiva del capitalismo en otros países. En Inglaterra, en Gran Bretaña, la ofensiva capitalista fue en los años 1921 y 1922 más intensa que en ningún otro país de Europa. La situación de la clase obrera, las condiciones económicas de la clase trabajadora sufrieron en el curso de estos dos años un empeoramiento sin precedentes en la historia de la clase obrera moderna de Gran Bretaña. En 1921 tuvimos un gran cierre patronal de los mineros del carbón, provocado por los propietarios británicos de las minas de carbón, que actuaban de la mano del gobierno británico. Ustedes saben bien que el gobierno había prometido no levantar el control de las minas antes de agosto de 1921. Sin embargo, levantó ese control ya en marzo de 1921, para que los obreros industriales organizados no pudieran tomar precauciones y se les impidiera alcanzar sus objetivos, y además para meter una cuña entre los mineros y el resto de la clase obrera, de modo que esta no pudiera prestar ayuda a los mineros.

¿Qué vimos durante esta gran lucha de los mineros en 1921? Vimos el fracaso de la Triple Alianza286, en la que los obreros de Gran Bretaña habían puesto grandes esperanzas desde la firma del armisticio. Ustedes conocen los detalles más importantes de ese fracaso. No cabe ninguna duda de que, si los mineros hubieran recibido en su difícil situación el apoyo de los obreros del transporte y de los ferroviarios, hoy nos encontraríamos en Gran Bretaña en una situación completamente distinta, y la mejora de las condiciones de la clase obrera industrial de Gran Bretaña no habría dejado de influir en la situación de todo el proletariado europeo. En aquellos días se importaron en Gran Bretaña 1.500.000 toneladas de carbón. (Interrupción de Rádek: ¡De América!) La Internacional de Ámsterdam, junto con la II Internacional, demostró su total bancarrota con su incapacidad para movilizar las fuerzas industriales y políticas en apoyo de los mineros. Frank Hodges287, de la Federación de Mineros, declaró en el discurso que pronunció en el último congreso sindical sobre la cuestión de la adhesión a la Internacional Sindical Roja que él personalmente se había esforzado por lograr una acción unitaria e impedir la importación de carbón a Gran Bretaña. Hodges tuvo que reconocer entonces que la Internacional de Ámsterdam había sido completamente incapaz de hacer frente a la situación. Pero al mismo tiempo también nosotros, los miembros de la Internacional Comunista, tenemos que reconocer sin reservas que también en el aparato de nuestra propia Internacional algo no funciona, porque en esos mismos días en que la Internacional de Ámsterdam no estaba en condiciones de responder a las exigencias de la situación, también la Internacional Comunista, con su influencia sobre la Internacional Sindical Roja, fue incapaz de movilizar a los obreros. Es verdad que la Internacional Sindical Roja acababa entonces de nacer, pero eso no cambia nada el hecho de que no existió la cooperación de los partidos comunistas existentes con los obreros revolucionarios que entonces habría sido posible. (Interrupción de Rádek: No estaba en nuestra mano actuar.)

La ofensiva capitalista se manifestó en 1922 en el gran cierre patronal de los obreros mecánicos, exactamente igual que en 1921 se había manifestado en el cierre patronal de los mineros. Estos son los ejemplos más destacados de la contundente ofensiva del capitalismo contra el proletariado británico. En el mismo momento en que los obreros mecánicos de Gran Bretaña estaban en lucha contra la ofensiva capitalista, en siete países europeos se desarrollaba una lucha de los metalúrgicos contra diversas secciones de la clase capitalista internacional. Este año, doce meses después del cierre patronal de los mineros, después de haberse logrado progresos importantes en la construcción de los partidos comunistas, seguimos encontrando la misma falta de cooperación entre los distintos partidos comunistas allí donde partes del proletariado están en lucha con la ofensiva capitalista. Hoy vemos que la clase capitalista de Inglaterra, después de dejar caer su puño sobre los mineros, después de quebrar la resistencia de los obreros mecánicos, se dispone a dirigir su atención a los obreros del transporte. La organización mejor centralizada, la sección más poderosa del movimiento de los obreros del transporte de Inglaterra es el sindicato nacional de ferroviarios.

En los últimos días del año 1919 tuvo lugar una huelga nacional de los ferroviarios que duró catorce días. En ese breve espacio de tiempo los ferroviarios demostraron a la clase dominante de Gran Bretaña que pueden movilizar rápidamente sus fuerzas y que son capaces de frustrar los intentos de los patronos de empeorar su situación económica. En ese plazo de catorce días los ferroviarios casi habían alcanzado la victoria sobre los patronos y sobre el poder del Estado cuando fueron traicionados por el señor J. H. Thomas288 y otras gentes de su calaña que formaban parte de la dirección de los ferroviarios.

Ahora vemos que los portavoces de la clase capitalista, los economistas del capitalismo, dicen brutal y abiertamente que las condiciones de los ferroviarios tienen que rebajarse al nivel de los mineros y de los obreros mecánicos. La clase capitalista cita con notable franqueza ejemplos de los salarios que se pagan a los obreros de las minas de Lanarkshire y del sur de Gales, y a los ferroviarios se les declara con toda franqueza que, pese al convenio de la escala móvil de salarios y pese a la presuntamente maravillosa dirección de J. H. Thomas, no pueden esperar por su fuerza de trabajo más que lo que les asegure la competencia. Pero esta ofensiva del capitalismo se manifiesta en Inglaterra también en otra dirección.

En este año de 1922 no solo hemos tenido que soportar la ofensiva brutal, sin disfraz y desvergonzada del capitalismo, sino también a la dirección de Ámsterdam y a los dirigentes del Labour Party, que se cuentan entre los principales representantes de la II Internacional y que hacen creer a la clase obrera que las condiciones económicas actuales corresponden a sus expectativas. El señor Henderson ha propagado la idea de una tregua industrial sobre la base de una situación económica mucho peor que la de antes de la guerra. Hacen esfuerzos insensatos para ayudar a la burguesía a instaurar la esclavitud de la clase obrera a un nivel más bajo.

El camarada Zinóviev y otros han presentado la ofensiva capitalista también en forma de poderes políticos, como el fascismo. Inglaterra y los Estados Unidos de América siempre proclamaron que el sistema representativo democrático pondría incluso a la clase obrera en condiciones de satisfacer sus deseos sin tener que emprender el camino de la revolución, como había ocurrido en Rusia. Pero ahora encontramos el código enriquecido con la ley de excepción289. Esta ley se aprobó antes del cierre patronal de los mineros de 1921. A la luz de los acontecimientos del cierre patronal resulta evidente que la clase dominante previó las cosas y por eso hizo pasar a toda prisa la ley por el Parlamento. El Labour Party no opuso ninguna resistencia a esa ley. Esta ley da al gobierno de la clase dominante la posibilidad de decretar en toda crisis aguda el estado de excepción, que lo faculta para llamar a filas a la reserva del ejército y a la reserva de la marina, organizar cuerpos especiales de defensa, movilizar las fuerzas de la clase media y tomar todas las medidas para estar armado para la guerra civil. El empleo de los «Black and Tans»290 en Irlanda demuestra claramente que el capitalismo inglés, si se ve amenazado en la misma medida en que lo estuvo el capitalismo de otros países, recurrirá a medidas todavía más duras que las que se han aplicado en otros países.

Cuando el Partido Laborista Independiente (ILP) de Inglaterra salió de la II Internacional y planteó a la Internacional Comunista una serie de preguntas, la respuesta de esta fue que debemos prepararnos para conquistar en Inglaterra la victoria del proletariado mediante una guerra civil formidable. No una simple guerra civil, sino una guerra civil formidable es, pues, lo que nos espera según el criterio de los camaradas responsables de la Internacional Comunista. Mientras los «Black and Tans» hacían la guerra en Irlanda y obligaban a los ferroviarios irlandeses a transportar municiones y tropas para el imperialismo británico, una delegación preguntó a Lloyd George si el gobierno había refrendado esa orden o no. Lloyd George respondió: «No es verdad que la orden se haya refrendado; lo cierto es lo contrario, y tenéis que comprender que la sanción de las leyes reside en el poder ilimitado».

Sin embargo, el camarada Zinóviev dijo que Lloyd George había estado en el lado pacifista del mundo capitalista. Pero fue Lloyd George quien empleó esas palabras a propósito del sometimiento del pueblo irlandés. En 1919, el Manchester Guardian, en relación con la huelga ferroviaria, habló de la actitud de la clase media ante la clase trabajadora y dijo que se había llegado a un acuerdo para aniquilar de una vez por todas el sindicalismo, y que eso era un síntoma político peligroso. «La organización de guardias cívicas —dijo el Manchester Guardian— equivale a la organización de guardias blancas en Rusia, y las guardias blancas significan exactamente lo mismo que las guardias rojas».

Todo apunta, pues, en Gran Bretaña a una lucha encarnizada.

Ahora quiero decir unas palabras sobre las reivindicaciones de los partidos comunistas europeos y sobre la Internacional. La Internacional debería insistir, sobre todo en Europa occidental, en la representación recíproca de los comités centrales de los distintos partidos, de modo que los partidos comunistas de Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y los países escandinavos cooperen, estudien en común sus problemas y puedan aplicar el frente único. Así los obreros quedarían en condiciones de librar una verdadera lucha defensiva contra el capitalismo. Además, es necesario que la Internacional Comunista y los grupos comunistas de los países en que existe un movimiento nacional revolucionario colaboren más intensamente. La Internacional debe lograr cuanto antes la cooperación de los grupos comunistas de Egipto, Mesopotamia, Palestina, Persia y todos los países semejantes. Importa también que la Internacional Comunista preste mayor atención al Partido Comunista de Inglaterra. Ciertamente, somos débiles en número, pero la Internacional tiene que tener en cuenta que Inglaterra es el centro de un imperio que constituye el obstáculo más grave en el camino de la revolución mundial. La Internacional no debe menospreciar al Partido Comunista de Inglaterra; si bien Alemania es muy importante para el próximo paso en el camino de la revolución, nosotros, en cuanto se haya construido un partido comunista inglés fuerte, podremos abordar el problema de coordinar los movimientos de aquellas partes del Imperio británico en las que se desarrollan movimientos revolucionarios nacionalistas. Con ayuda de la Internacional Comunista podemos establecer un contacto que haga del frente único en esas partes del mundo, de una simple fórmula, una realidad viva.

Otra razón por la que la Internacional Comunista debería ocuparse de los movimientos del Oriente Próximo y del Extremo Oriente es que la socialdemocracia no ha echado raíces allí. La Internacional Comunista está de acuerdo en que la socialdemocracia, con su oportunismo y su traición, es el principal obstáculo para el desarrollo de la revolución mundial. Quisiera mover a la Internacional Comunista a insistir en que se expulse a aquellos elementos del Partido Comunista que siguen situados en el terreno del parlamentarismo reformista. Declaro en nombre del Partido Comunista de Gran Bretaña que estamos sin reservas sobre la base de los 21 puntos. Nos opondremos del modo más resuelto a toda tendencia que quiera abandonar aunque sea uno solo de esos 21 puntos. Y por eso declaramos que la Internacional debería insistir en que no se menoscaben en nada los 21 puntos que distinguen a la Internacional Comunista de la Internacional reformista del pasado.

Hörnle291 (Alemania): ¡Camaradas! A diferencia del camarada Urbahns, quiero dejar sentado que la mayoría de la delegación alemana está completamente de acuerdo con la exposición del camarada Rádek, tanto con su análisis de la situación como con las reivindicaciones prácticas que de él deriva para el partido y para la Internacional Comunista.

Unas breves palabras sobre la exposición del camarada Urbahns. Creo que no es tarea nuestra escuchar aquí con oído atento si en la exposición del camarada Trotski o de Rádek o de cualquier otro camarada resuena un tono o un trasfondo que alguien aquí o allá pudiera malinterpretar o tergiversar en sentido oportunista. Tenemos cosas más importantes que hacer. Pero es típico de la oposición en el partido alemán, de una tendencia que quizá no se limita solo al partido alemán, tener siempre, en toda ocasión y ante toda aplicación de nuestra táctica, reparos. La consigna del frente único: se tienen reparos. La consigna del gobierno obrero: se tienen reparos. Una carta abierta a las organizaciones de cúpula: se tienen reparos. La reunión de los tres Ejecutivos: se tienen reparos. La nueva política económica en Rusia: se tienen reparos. Las resoluciones del III Congreso Mundial: se tienen reparos. En todas partes y siempre, una y otra vez, se tienen reparos (Interrupción entre los alemanes: ¡Reparos sin pararse a pensar!). ¡Siempre reservas! Se sigue nuestra táctica, pero a regañadientes. Está claro, y hay que decirlo abiertamente: naturalmente, la táctica del frente único encierra grandes peligros; naturalmente, hay posibilidades de desviaciones de derecha. Yo compararía el frente único con una estrecha cresta de montaña. Digo que aquí resbala y el camino es estrecho. Pero si nos quedamos parados y no hacemos más que filosofar sobre si hay un reparo o un peligro, no avanzamos. Tenemos que dar pasos para llegar siquiera a conocer la aplicación de la táctica del frente único. De eso se trata. Por eso creo que es necesario decir clara y llanamente que, en su efecto objetivo, este modo y método de la oposición, esta política de los mil miedos y retortijones, tiene que obrar sobre el partido de manera paralizante y pasiva. (¡Muy bien!, entre los alemanes.)

Luego quisiera decir todavía unas palabras sobre la apreciación de la situación, en particular en Alemania, por parte del camarada Urbahns. Cree poder comprobar que ya se hace sentir una contraofensiva del proletariado, y se apoya para ello, entre otras cosas, en el movimiento alemán de los consejos de fábrica. Camarada Urbahns, todos estaríamos muy contentos si hoy tuviéramos en Alemania indicios de un despertar revolucionario de las grandes masas, pero por desgracia hay que decir que el movimiento de los consejos de fábrica en Alemania todavía no ha abarcado a las grandes masas como quisiéramos y como tendríamos que conseguir. (¡Muy bien!, entre los alemanes.) El movimiento de los consejos de fábrica en Alemania todavía no va mucho más allá de los afiliados al partido, aunque haya alcanzado también a un círculo de simpatizantes. Ciertamente, una parte de los obreros indiferentes está detrás de nosotros. Pero eso no es más que un comienzo, y todavía no se puede hablar de un verdadero viraje del proletariado del retroceso al avance. Yo lo diría así: la resistencia del proletariado se endurece, empieza a hacerse más fuerte. Pero nuestra tarea no es filosofar sobre si estamos ya en un periodo de ofensiva o todavía de defensiva. Nuestra tarea es colgar de una vez de la percha todo ese filosofar sobre ofensiva y defensiva, e ir en la práctica a las masas y organizar su resistencia. (¡Muy bien!, entre los alemanes.)

Quisiera mostrar brevemente este hecho precisamente con el ejemplo de la situación alemana. La ofensiva del capital comenzó en Alemania, y eso es sintomático, en la primavera de 1920, cuando terminó aquel primer periodo de falsa coyuntura, cuando los patronos redujeron por primera vez sus explotaciones y cerraron sus fábricas. Comenzó después de que el primer intento de coger por sorpresa a los obreros se hubiera venido abajo con el putsch de Kapp292, sin que los obreros aprovecharan su victoria.

En el verano de 1920 llegó aquella declaración de la patronal de no conceder más aumentos salariales. Entonces la contrarrevolución organizó por primera vez las asociaciones armadas ilegales de la Orgesch. Entonces llegó por primera vez aquella ola de carestía. Y, camaradas, en aquel momento todavía no teníamos ninguna teoría del frente único, pero nuestras organizaciones de partido de la antigua Liga Espartaco recurrieron instintivamente a esta táctica con ocasión de la manifestación contra la carestía y en aquellas huelgas contra la retención del 10 por ciento de los salarios —recuerdo aquí la huelga contra el impuesto en Württemberg—.

Camaradas, no puedo entrar aquí en los detalles. Pero ya en el verano de 1920 se vio cómo a la ofensiva económica de los patronos se unía la ofensiva política del Estado, cómo el gobierno azuzaba contra los obreros a la Schupo, la Sipo293, etc., cómo en las zonas agrarias se declaraban vitales las explotaciones y se recortaba así a los obreros el derecho de huelga. Apareció el reglamento de arbitraje, el intento de estrangular el derecho de huelga de los obreros.

Recuerdo además el invierno de 1920-1921, cuando por primera vez los metalúrgicos de Stuttgart plantearon espontáneamente cuatro o cinco reivindicaciones, a las que siguió luego la conocida Carta abierta de enero de 1920. Esta línea naciente de la táctica del frente único quedó brevemente interrumpida por la Acción de Marzo294. El III Congreso Mundial, por tanto, no creó una táctica nueva. Solo introdujo sistema en esta táctica. Consiguió que las acciones llevadas a cabo de manera asistemática y local, y por eso con grandes errores, recibieran ahora una pauta, y así fuera posible una aplicación sistemática de la táctica del frente único.

Sería muy instructivo demostrar, sobre la base de la situación de Alemania, que la táctica del frente único no se puede aprender con recetas hechas, sino que en cada situación tiene que adoptar formas nuevas: unas veces dirigiéndose a las organizaciones de cúpula, otras dirigiéndose a las grandes masas. Hemos visto cómo el partido alemán ha ido ganando cada vez más seguridad en esta aplicación de la táctica del frente único, cómo también ha aprendido a combinar las acciones parlamentarias con las acciones de masas, un arte que sin duda es difícil.

Al hacerlo se vio que, como consecuencia de la ofensiva del capital, se han vuelto activas capas siempre nuevas que antes no habían estado en el frente de lucha del proletariado. Recuerdo el primer movimiento de los funcionarios de correos a finales de 1920, recuerdo la huelga de los ferroviarios de este año, y recuerdo las primeras huelgas de aprendices de cierta envergadura, con las que se ha arrastrado a la lucha a capas más amplias de obreros jóvenes.

Así vemos que, por un lado, la organización del capital se hace más fuerte en lo económico, en lo político y en lo militar, y cómo los capitalistas saben dar con métodos nuevos, cada vez más refinados, de dominación del proletariado. Pero precisamente por la necesidad de rechazar la ofensiva, por otro lado, el ejército del proletariado combatiente se hace más grande y más instruido. Estoy de acuerdo con el orador que me ha precedido. Precisamente ahora es tarea nuestra procurar que los partidos comunistas de los distintos países se pongan en relación más estrecha unos con otros. Lo que se ha hecho entre el partido francés y el alemán hay que desarrollarlo de manera más sistemática, para que al frente único del capital pueda oponerse de verdad no solo un frente único dentro de la nación, sino el frente único internacional del proletariado.

Camaradas, en Alemania hemos hecho todavía otra experiencia. He dicho antes que la oposición del partido alemán siempre tiene reparos. Siempre teme que pueda colarse el oportunismo, y siempre pide que se tomen medidas, que se creen garantías contra los oportunistas. Las experiencias alemanas nos han mostrado lo siguiente: cuanto más resuelta y consecuentemente se aplica la táctica del frente único, mejor marcha la depuración y limpieza del partido. (Voces: ¡Muy bien!) Lo vimos en el otoño de 1921, cuando el partido, después del III Congreso Mundial, dio sus primeros pasos, cuando se puso detrás de las 10 reivindicaciones de la Confederación General de Sindicatos Alemanes, y cuando la socialdemocracia intentó un contragolpe con su campaña de calumnias, con la que quería marcar a los comunistas como criminales, viviendo todavía de las rentas de la Acción de Marzo. Entonces el partido se depuró de un gran número de elementos oportunistas, la KAG. Este año vemos algo parecido. En el momento en que, porque el partido se hace más fuerte, los sindicatos pasan a la contraofensiva, en que se produce la fusión del SPD y el USP, en ese momento vuelven a separarse del partido elementos vacilantes. Son simplemente expulsados del partido por la aplicación consecuente de nuestra táctica, por el movimiento de los consejos de fábrica y su intensificación consecuente y tranquila.

Camaradas, una palabra más sobre la cuestión del fascismo. Creo que la cuestión del fascismo tiene que tratarse con mucha seriedad en la Komintern, que hay que analizarla con mucha seriedad, no solo porque, como el camarada Rádek ha mostrado con razón, en los distintos países hay fenómenos paralelos, sino porque esos fenómenos paralelos ya están relacionados entre sí, tienen un cierto plan ofensivo y ya corren hilos organizativos de unos a otros.

Quisiera señalar que en Alemania podemos distinguir dos tipos de movimiento fascista: aquel tipo del sur de Alemania, que caracterizaría brevemente con la palabra «Baviera», y la forma del norte de Alemania. Allí el fascismo se apoya en amplias capas de la pequeña burguesía y del campesinado medio. Es una unión de la contrarrevolución monárquica más extrema con esas amplias capas, de suyo democráticas. La forma norteña del fascismo, tal como aparece sobre todo al este del Elba, se apoya en capas sustancialmente distintas. Allí el grupo de asalariados del Landbund295 ha conseguido reunir a partes de los obreros agrícolas, y a partes considerables, en sindicatos amarillos. Junto a ellos están las formaciones ilegales, compactas, de los excombatientes del frente, por ejemplo la organización Rossbach296, una organización abiertamente fascista. Todo este movimiento lo dirigen, como en Italia, los intelectuales desclasados.

En Alemania, como en otros países, nos hemos planteado la pregunta: ¿qué hace y qué tiene que hacer el partido alemán contra el fascismo, que ya vuelve a manifestarse en atentados con bombas, manifestaciones armadas, etc., contra los obreros? El partido alemán tiene que hacer aquí ante todo una intensa propaganda de descomposición en la Reichswehr, en las asociaciones contrarrevolucionarias de los obreros agrícolas, etc. Tiene que poner en el orden del día la cuestión de la autodefensa proletaria en el momento en que el peligro se haga visible para las grandes masas. ¡Nada de cavilar antes de tiempo, nada de intentar antes de tiempo crear artificialmente formaciones de autodefensa! Pero en el momento en que el peligro se haga visible y palpable para las masas, tiene que poner en primer plano la reivindicación de la autodefensa proletaria.

Quisiera terminar señalando que en este momento la tarea de los partidos comunistas, precisamente porque aplican la táctica del frente único, precisamente porque enlazan con las reivindicaciones cotidianas y los intereses vitales de las grandes masas, es hacer la Internacional Comunista todavía más compacta y centralizada, practicar una disciplina firme, mostrar con más claridad su rostro, para no solo ver este movimiento, no solo participar en él, sino dirigirlo de la defensiva a la ofensiva. (Vivos aplausos.)

Presidente: Hay todavía tres oradores inscritos; además, el camarada Rosmer ha pedido la palabra para leer una protesta. Corresponde además al camarada Rádek el resumen final. Para todo este trabajo disponemos como mucho de una hora. ¿Cómo vamos a arreglarnos?

Entre los oradores inscritos hay delegados de países que todavía no han hablado y que reclaman su derecho a tomar la palabra. Si estos camaradas no quieren renunciar a ello, habrá que limitar el tiempo de cada orador. Propongo limitarlo a 10 minutos.

Clara Zetkin: Camaradas: Les proponemos cerrar ahora el debate (¡Muy bien!), porque a nuestro juicio ya se han expresado los puntos de vista más importantes que pueden entrar en consideración para juzgar la situación y sus consecuencias para nosotros. Proponemos, por tanto, que los demás oradores renuncien a la palabra y que el camarada Rádek pronuncie el resumen final. Como ponente, dirá todavía lo que haya que decir.

Welti297 (Suiza): Camaradas, quisiera proponer que se rechace esta moción. No puede ser que de repente, después de haber escuchado informes de horas con muchísimas repeticiones, se liquide sin más el debate. La delegación suiza tiene todavía que presentar una moción sobre esta cuestión, y exigimos absolutamente que se nos dé la palabra.

Rádek: Camaradas: Mientras no se trate de cosas nuevas en el plano de los principios, siempre se puede tomar la palabra para fundamentar una moción particular. Hasta ahora no he tomado la palabra y, como ponente, tampoco he presentado la moción de cierre del debate. Pero creo que el debate ha tomado ahora el siguiente carácter: los puntos de vista opuestos ya se han expuesto, y ahora los camaradas de los distintos países cuentan hechos que conocemos de sobra sobre el estado de la ofensiva en sus países. No se ve ninguna razón para seguir con estos informes de los distintos países en este punto, con lo que mañana no haríamos más que perder un día.

Presidente: Se vota la propuesta de la camarada Clara Zetkin relativa al cierre del debate. ¿Hay alguien en contra de esta propuesta?… La propuesta queda aprobada. El debate sobre esta cuestión queda cerrado.

Antes de dar la palabra al camarada Rádek, tiene la palabra el camarada Rosmer para leer una protesta:

Rosmer (Francia): Camaradas, despachos de Varsovia traen la noticia de que la gendarmería ha detenido, en virtud de las leyes zaristas, que ya solo están en vigor en Polonia, al camarada Stefan Rybacki, elegido diputado con 32.000 votos de los mineros de la cuenca de Dąbrowa.

El camarada Stefan Królikowski, elegido en Varsovia con 27.000 votos, se encuentra también en la cárcel. Esta violación brutal de la voluntad de decenas de miles de electores obreros es un nuevo eslabón en la cadena de infames persecuciones a que está sometido el movimiento comunista en la república democrática de la Polonia liberada.

El gobierno de esta república, después de haber cometido un asesinato judicial en la persona del diputado Dąbal, que se declaró valientemente comunista, intenta ahora amordazar a los elegidos del proletariado revolucionario enviados al Parlamento a pesar del terror blanco desencadenado.

El Congreso de la Internacional Comunista expresa ante todo el mundo obrero su repulsa por estos actos bárbaros del gobierno de los lacayos del capital internacional y manifiesta su admiración por el proletariado polaco, que en condiciones extraordinariamente difíciles defiende con valor inquebrantable la causa de la libertad y de la humanidad.

Presidente: Votamos esta protesta.

(Aprobado por unanimidad.)

Rádek (resumen final): Camaradas, el debate sobre la ofensiva del capital se ha convertido en parte en un nuevo debate sobre el informe del Ejecutivo y sobre la táctica. No se podía evitar, por la razón de que, como dije en mi informe, la actitud ante la ofensiva del capital es la principal cuestión de acción y de táctica de la Internacional Comunista en el momento actual. Por esa razón los camaradas tienen que repetirse en el debate, y yo tengo que hacerlo también ahora; al replicar en mi resumen final a los camaradas que han hablado aquí, también yo tengo que volver a tocar cuestiones que en realidad pudieron tratarse exhaustivamente con ocasión del informe del camarada Zinóviev.

En cuanto a la cuestión del carácter de la ofensiva del capital, de sus formas y perspectivas, además de la interesante exposición del camarada Bordiga sobre el fascismo, que merece una discusión más detenida de la que puedo dedicarle aquí dada la hora tan avanzada, merece atención la observación del camarada Van Ravesteyn, que cree poder comprobar cierta oposición entre mi exposición y la del camarada Trotski. Es un malentendido. Si yo tengo a la vista el giro a la derecha en el campo de la burguesía, su ofensiva, y el camarada Trotski habla de una nueva ola de pacifismo y de engaño socialreformista, la diferencia consiste en que yo trato del día de hoy y de mañana, y el camarada Trotski del de pasado mañana, de la actitud de la burguesía una vez agotada su ofensiva.

Pero, para volver a las cuestiones tácticas, que han constituido el contenido principal de la discusión, la ofensiva del capital nos ha obligado a adoptar la táctica del frente único, y en esta táctica veíamos peligros por la derecha y peligros por la izquierda. En el debate sobre el informe del Ejecutivo dijimos que los peligros por la derecha son mayores que los de la izquierda, y mantengo esta opinión. Los peligros que amenazan por la derecha a nuestra lucha y a nuestra táctica en este momento no consisten solo en que una parte de la Internacional Comunista, en el periodo entre dos olas de la revolución, pierda demasiado el rostro comunista, sino que consisten en primer lugar en el hecho de que, bajo la presión de la ofensiva del capital, grandes partes del proletariado se vuelven pasivas, de que no solo no atacan al enemigo, sino que ni siquiera se defienden. Desde el punto de vista de toda la situación en la clase obrera, esta disminución de la voluntad de lucha de amplias masas proletarias es el mayor peligro, y la cuestión táctica consiste para nosotros en esto: ¿con qué reforzamos la voluntad de lucha y qué tenemos que evitar para no disminuir ni rebajar esa voluntad de lucha? Creo que, si la línea general de la Internacional Comunista va dirigida en primer lugar contra la pasividad de las masas obreras, contra su incapacidad de defenderse, es decir, contra la socialdemocracia, contra la Internacional Dos y Media y contra los elementos de los partidos comunistas que no se adaptan a la situación, sino que se someten a ella, entonces los errores de izquierda son agua para el molino de los centristas (¡Muy bien!), y aquí le devuelvo al camarada Urbahns las palabras con que me honró, solo que yo, a diferencia del camarada Urbahns, intentaré demostrarlo.

El camarada Urbahns comete en su discurso un error que es más importante que todo lo que dice contra nuestra táctica, a saber, el error de apreciar incorrectamente la situación. Declaró en su discurso que mi informe es agua para el molino de los centristas porque exagero la fuerza de la ofensiva capitalista y porque no veo que ya ha comenzado el contramovimiento del proletariado, la contraofensiva del proletariado, y cita como prueba de sus afirmaciones la lucha por mantener la jornada de ocho horas en Francia y el movimiento de los consejos de fábrica en Alemania. Esto es para mí lo decisivo: si se quiere vencer un peligro, primero hay que verlo. Si fuera verdad lo que dice el camarada Urbahns, que la contraofensiva contra el capital ya empieza, entonces el peligro por la derecha no sería tan grande. Gritar: ¡gran peligro de empantanamiento de la Internacional Comunista!, y decir de un tirón: la clase obrera ya se levanta, eso significa cerrarse el camino hacia una comprensión real de las cosas.

No sé si hemos rebasado ya siquiera el punto culminante de la ofensiva capitalista. Si el camarada Urbahns señala la lucha en Francia, yo pregunto: ¿qué representa? Representa los primeros pasos defensivos del proletariado francés. Y si el camarada Urbahns habló del movimiento de los consejos de fábrica en Alemania, solo quiero replicar que en esta cuestión estoy completamente de acuerdo con el camarada Hörnle. No hay que sobrestimar este movimiento; tiene sin duda gran importancia para nosotros, porque en él intentaremos organizar puntos de apoyo que agrupen localmente la lucha. Este movimiento de los consejos de fábrica todavía no ha abarcado a grandes y amplias masas de obreros no comunistas; pero aun si las hubiera abarcado, ¿sería eso ya una ofensiva del proletariado? Sería una defensa contra el empeoramiento de la situación de la clase obrera. Para poder hablar de una ofensiva, las masas tendrían que haber tenido ya éxitos en el movimiento de los consejos de fábrica, tendrían que haber impuesto ya el control de al menos una parte de la industria. Pero no hacen más que empezar a organizar débilmente la lucha defensiva, y ustedes ya gritan que ha comenzado la contraofensiva.

Apreciar así las cosas significa exponerse al peligro de ser rechazados diez veces más. El movimiento de retirada del proletariado todavía no se ha detenido; solo aquí y allá empiezan los obreros a mantener sus posiciones, y ustedes ya gritan que ha comenzado la contraofensiva. No ven el peligro de la pasividad de los obreros. Basta que tengan en cuenta el movimiento alemán para medir lo que significa que a los mineros se les haya hecho tragar con palabrería el acuerdo de horas extraordinarias298. ¿Qué significa eso? Significa que los obreros están dispuestos a trabajar más tiempo y a abandonar en la práctica la jornada de ocho horas. No solo los dirigentes sindicales, sino los propios obreros abandonan en la práctica la jornada de ocho horas trabajando más tiempo.

Y si las cosas están así, tenemos que decir: si de verdad queremos luchar contra la ofensiva del capital, tenemos que verla en su tamaño real y ver los peligros donde están. Hay peligros de sobra como para tener que inventarnos más.

¡Camaradas! Hemos valorado la ofensiva del capital en toda su magnitud. Naturalmente, no nos resultó fácil pasar de la política de ataque ininterrumpido a la socialdemocracia a la táctica del frente único, que siempre encierra peligros. En las primeras tesis del camarada Zinóviev se dedicó gran atención a esos peligros del frente único, porque nos decíamos: hay que reunir a las masas obreras para la lucha defensiva, pero los comunistas no deben olvidar al hacerlo que luchan por algo más que por un pedazo de pan. Y nosotros somos todavía la parte más débil del movimiento obrero; en comparación con la II Internacional y la Internacional Dos y Media tenemos todavía una prensa débil, y ellos, en cambio, una prensa fuerte. En este frente único existe el peligro de que los comunistas que no son del todo de hierro se apoyen demasiado en los socialdemócratas, de que renunciemos a nuestra primogenitura, de que no sepamos luchar junto con los obreros socialdemócratas contra el capital y al mismo tiempo mostrar claramente a las masas las perspectivas revolucionarias de la lucha, empujarlas más allá de lo que la socialdemocracia quiere permitir. Vimos claramente este peligro, y por esa razón tratamos en los Ejecutivos Ampliados la cuestión de nuestra táctica en la lucha por el frente único, en la lucha contra la ofensiva del capital. La tratamos también hoy.

Pues bien, camaradas, contra esta táctica de lucha contra la ofensiva el camarada Urbahns ha formulado aquí una serie de reproches. Primero ha criticado cómo aplicamos la táctica en la reunión de los tres Ejecutivos. En qué consistieron nuestros errores, no lo ha dicho. Ha dicho que fue una táctica sacada de la panza vacía. Yo creo que ese es un reproche sacado de la cabeza vacía. Porque o bien Urbahns tenía que declarar: nada de negociaciones con las cúpulas, o bien tenía que decir en qué consistieron nuestros errores en las negociaciones con los socialdemócratas y la Internacional Dos y Media. (Interrupción de Urbahns: ¡Criticó las deficiencias de la preparación de la acción!) Entonces permítame dirigirle a usted ese reproche. El Ejecutivo publica tesis que preparan teóricamente nuestras acciones. Los partidos lo saben; se hace venir a representantes de todos los partidos. Saben de qué se trata. Queremos obligar a los socialdemócratas a luchar con nosotros por la jornada de ocho horas, contra el peligro de una nueva guerra, contra la rebaja de los salarios, contra la ofensiva del capital en la Rusia soviética. Todos los partidos saben lo que eso significa. Ahora empiezan las negociaciones. Por tanto, hay que ejercer en cada ciudad y en cada país la mayor presión sobre la II y la Internacional Dos y Media. ¿Quién puede ejercer esa presión? ¿El Ejecutivo en Moscú, los delegados en la reunión? Tienen que hacerlo los partidos. Y ahora voy a dejar sentado lo siguiente: cuando llegamos a Berlín, lo primero fue el llamamiento a las organizaciones: movilizad a las masas, llevad las delegaciones de las fábricas al Reichstag y organizad asambleas. ¿Y el resultado? Dos obreras del tabaco y otros tres camaradas vinieron al Reichstag y se pasearon por allí. Estoy convencido de que nuestra organización de Berlín es una de las mejores. Pero si eso es posible en el leño verde de la organización de Berlín, diríjase usted, estimado camarada Urbahns, a las organizaciones de Berlín, de Hamburgo y otras, que no supieron hacer desfilar a grandes masas en esa situación. Aunque no se trataba de una cuestión organizativa, de celebrar una conferencia con la II y la Internacional Dos y Media, sino del primer intento de arrinconar contra la pared a los socialdemócratas y obligarlos, bajo la presión de las masas obreras, a librar la lucha junto con nosotros, por parte de las organizaciones se hizo muy poco. Aquí, por lo que veo, el camarada Urbahns se desmaya. Y aquí llego a un segundo reproche suyo.

Dice que la mayor ilusión que tenemos es la ilusión de que los socialdemócratas pueden luchar, la ilusión de que a los dirigentes socialdemócratas, a los que desde 1914 tratamos como agentes de la burguesía, se les obligue de repente a librar la lucha. Y el camarada Urbahns, que desde entonces oye que son agentes de la burguesía, dice naturalmente: ¿cómo van a luchar los agentes de la burguesía? Pues bien, estimados camaradas de partido, si la política fuera una cosa tan sencilla que, una vez que he dicho que son agentes de la burguesía, quedaran malditos y perdidos para siempre, entonces la política sería muy fácil.

No cabe duda de que, en lo que respecta a la dirección de la socialdemocracia en su conjunto, esa dirección está conscientemente contra la revolución. Pero esa dirección no vive en Alemania, en Francia, en Inglaterra en un espacio vacío, y no vive solo en la polémica con el camarada Urbahns y conmigo. En Alemania esa dirección se apoya en un partido de millones de miembros y en los millones que corren tras ellos. Y esa dirección o bien está abierta y claramente del lado de la burguesía, o bien intenta saltar del carro de la burguesía.

Recuerden un hecho muy sencillo: el 5 de noviembre de 1918 Scheidemann y Ebert negocian con el Cuartel General: si el káiser renuncia a la corona, se salvarán el príncipe heredero y la corona. Y el 9 de noviembre Scheidemann salta a la rampa del Reichstag y grita: ¡Viva la república! Lo hizo para traicionarnos, se objeta. (¡Muy bien!) Pero entretanto ha ocurrido una pequeñez que el camarada Urbahns no valora en absoluto, como el hundimiento de los Hohenzollern y la revolución y la contrarrevolución. Los Scheidemann nos han traicionado. Pero también ayudaron a echar del trono a Guillermo; eso solo puede negarlo quien no quiere ver ni entender los hechos que le resultan desagradables. Zinóviev, en la sesión ampliada y en su discurso sobre la táctica, empleó una expresión extraordinariamente feliz: los socialdemócratas son, según el caso, traidores al proletariado, y, si es necesario para su salvación, pueden traicionar también a la burguesía.

Ahora bien, la segunda cuestión es: ¿podemos dar algún valor a eso? Camaradas, si con nuestros anatemas se pudieran aniquilar partidos enteros, no tendríamos más que pedir al camarada Zinóviev que firmara un ucase para que Scheidemann y sus camaradas desaparecieran. Como eso es imposible, tenemos que luchar con ellos. Ahora se trata de saber en qué periodo los aniquilaremos. Es posible que esa gente se ligue tan estrechamente con la burguesía que no pueda saltar, que nosotros, en una lucha incansable, mediante la rebelión de las masas, la arrojemos junto con los burgueses a la Garganta del Lobo. Pero también es posible que tengamos que pasar a un periodo en que, cuando la coalición con la burguesía resulte imposible, se vean obligados a entrar en una coalición con nosotros, y en esa coalición intenten de nuevo traicionarnos, y en que solo podamos vencerlos después de que su política en la coalición con nosotros se haya arruinado y las masas hayan venido a nosotros. Quien no ve estas posibilidades, quien no hace más que contar con los botones: me quiere, no me quiere, traicionará del todo o solo a medias, ¿debo tener miedo, no debo tener miedo?, me recuerda a las muchachas de las que dice Heine que no tienen más que su virtud. Pues bien, camarada Urbahns, usted ha perdido incluso su virtud, porque no está por principio contra el gobierno obrero, y a una virtud así, algo deteriorada, camarada Urbahns, se le da muy poco valor en las cuestiones de principio.

Pero ¿qué significa la consigna del gobierno obrero? El camarada Urbahns ha insinuado las grandes diferencias que habría entre Trotski, Zinóviev y yo en esta cuestión. Ya hemos leído muchas veces en la prensa burguesa cómo la caballería de Bujarin lucha con la infantería de Zinóviev, cómo un día Trotski ha detenido a Lenin y al día siguiente Lenin a Trotski. Pero no hace falta intentar meter aquí misterios. No somos caballos. En nuestro pensamiento hay matices. Uno aborda la cuestión desde un punto de vista distinto del otro. Uno la ve desde el punto de vista de un país, otro más desde el punto de vista de otro, de modo que resultan ciertos matices. La cuestión es esta: ¿sostiene el Ejecutivo el punto de vista de que debemos llevar a cabo en las masas una acción por el gobierno obrero, o no? La segunda cuestión es: ¿qué significa gobierno obrero? En este momento, en Alemania, significa que declaramos a la socialdemocracia que queremos luchar con ella contra la coalición burguesa y, llegado el caso, apoyar un gobierno obrero o incluso participar en él. ¿Sostiene el Ejecutivo este punto de vista o no? Yo digo que lo sostiene, y esa es la cuestión política más importante. Si el camarada Urbahns ha dicho: en la cuestión del gobierno obrero mi punto de vista es: imposible, entonces el camarada Urbahns, si ahora quizá se viene abajo la coalición burguesa, hará la siguiente agitación: se dirigirá a los obreros socialdemócratas de los astilleros de Hamburgo y les dirá: sois siete veces más fuertes que nosotros, planteamos la reivindicación del gobierno obrero común, queremos luchar por él, pero es imposible. Eso, naturalmente, es un disparate, y aquí tengo que decir unas palabras al camarada Šmeral. Comete el gran error de creer, porque en el pasado hizo una política oportunista, que cada vez que interviene tiene que santiguarse y decir: no vayáis a creer que este es un punto de vista oportunista, y si lo creéis, renuncio a mi punto de vista. Estoy completamente de acuerdo con el camarada Šmeral en la opinión de que en Checoslovaquia la lucha por la formación de un gobierno obrero puede encenderse en el próximo periodo, incluso en los próximos meses. Pero el camarada Šmeral mira enseguida de reojo a la izquierda y dice: yo tampoco creo en el gobierno obrero, pero los otros creen, y por eso tenemos que presentarnos como si nosotros también creyéramos. Si se quiere llevar así una campaña, no sale nada. Presentarse así ante las masas cuando el dólar está a 10.000 marcos, se rebajan los salarios y la coalición salta por los aires porque Stinnes está contra la estabilización del marco, es un absurdo. Quizá se llegue ahora a un compromiso. Pero en esta crisis, en esta incapacidad de la burguesía de estabilizar nada, en este caos, considero al Partido Comunista el polo fijo. Tiene que mostrar a las masas la salida y decirles: vosotros teméis la dictadura, nosotros estamos por la dictadura. Creéis que podéis conseguirlo por algún camino pacífico. Probadlo. Podéis tener la mayoría en Alemania; conquistad la mayoría proletaria. Tendréis que pasar a la dictadura, y nosotros lucharemos hombro con hombro con vosotros. En esta situación, nuestros camaradas que dicen tener la más estrecha relación con la masa se presentarán y dirán: coalición burguesa, al diablo; gobierno obrero, sí, estamos por el gobierno obrero. Los otros dirán: yo no creo, pero vosotros creéis (Risas). Camaradas, poned buena cara, ¡estamos maniobrando con vosotros!

¿Se puede llevar así una campaña? Tenemos que decir a la masa lo que queremos, lo que oponemos al ataque del capital. Tenemos que decirle que le oponemos como objetivo práctico la unificación de la clase obrera, que está dividida políticamente. Y si la clase obrera llega al poder antes de ser capaz, en su gran mayoría, de decidirse por la dictadura, iremos con ella a través de todas las etapas de la lucha con la firme convicción de que la lucha la llevará a nuestro punto de vista.

Solo quiero decir todavía unas palabras más sobre el grupo opositor de Alemania. Camaradas, dejaos de bromas: la camarada Ruth Fischer ha hablado aquí sobre la cuestión de la táctica. Ha criticado detalles de la táctica de la Central y le hemos dicho: bien está. Era una crítica compatible con la táctica y la política de la Internacional Comunista. Pero el camarada Urbahns viene con un rechazo de principio de la táctica de la Internacional Comunista, y dice, sin embargo, que no es un rechazo de principio. El camarada Bordiga también quiere rechazar el frente único y dice también: en su conjunto lo reconozco, pero en los detalles discrepo. Pero no estamos, gracias a Dios, en un parlamento burgués para hacer semejantes fintas.

O bien aceptáis las tesis tácticas, o bien elaboráis claramente vuestra plataforma y la presentáis al congreso; pero con este andar dando vueltas, este no-sí, quisiera pero no, no querer, querer, deber, se puede sin duda maniobrar en los distritos del partido y fabricar mayorías en uno u otro sentido, pero no se puede hacer política proletaria.

¡Camaradas! Todo este vacilar y titubear no debe tomarse a la ligera. Hoy he leído un artículo de un camarada de la organización de Berlín, el camarada Geschke. Me han contado que es un buen obrero revolucionario. El camarada escribe lo siguiente sobre el proyecto de programa de Thalheimer:

«Ya Marx escribe en su Manifiesto, sobre cierta clase de intelectuales, que estos ofrecen ciertas teorías con las que llevan la confusión a la clase obrera, distraen y así ayudan al capitalismo a superar las crisis, en parte consciente, en parte inconscientemente». Concede, pues, bondadosamente que quizá sea posible que Thalheimer ayude inconscientemente a los capitalistas con su proyecto de programa. Pero levanta la mano al cielo y dice:

«Lo más esencial que habría que criticar en él es el apartado sobre el gobierno obrero. Al admitir que ya en el Estado capitalista es posible a los obreros ocupar posiciones de fuerza y desarrollarlas en sentido proletario, se borra por completo la línea clara que hemos mantenido hasta ahora y se da un arma a los socialistas reformistas sin que tengan que hacer grandes gastos intelectuales».

Así pues, se dice que si conquistamos posiciones de fuerza en el Estado capitalista, eso es reformismo. Las posiciones de fuerza en el Estado capitalista son los sindicatos, el Partido Comunista y los consejos de fábrica, si sabemos utilizarlos. También es una posición de fuerza tener en el Parlamento camaradas capaces que sepan aprovechar el Parlamento en interés de la clase obrera. Pero conquistar posiciones de fuerza en el capitalismo es reformismo. La política revolucionaria consiste sin duda en dejar que subsista nuestra impotencia hasta que el capitalismo nos haga el favor de hundirse.

El camarada dice además, y esto también es muy interesante:

«Recientemente apareció en la Rote Fahne un extracto de un discurso del camarada Trotski pronunciado ante los funcionarios de Moscú, en el que se exponía que la clase obrera, después de la conquista del poder, no solo debe hacerse cargo del Estado burgués, sino seguir llevándolo todavía durante algún tiempo en el sentido de la vieja forma de producción, con cálculo, bolsa, banca, etc. Esto es una justificación de las comunidades de trabajo y de la política de coalición como no podrían desearla mejor los de Ámsterdam».

Si Trotski dice que después de la conquista del poder hay que hacer cálculos y no se puede ir dando palos de ciego en la niebla, eso es el mejor argumento para los socialdemócratas, que no solo están por el cálculo, sino incluso por la especulación bajo el dominio de los capitalistas.

Esto se publica en Taktik und Organisation sin que la redacción lo rebata en el mismo número. ¿Qué significa eso? Si este es un buen camarada —y se dice que es un buen obrero revolucionario—, se pone de manifiesto que todavía hay una gran confusión en las cabezas de una parte de los mejores obreros revolucionarios. Y vosotros, como dirigentes de estos obreros, en lugar de crear claridad y una línea clara, venís con la media luz de vuestros reparos. ¿En qué consiste el peligro de vuestros reparos? Consiste en que, ante la ofensiva del capital, no podemos reunir al Partido Comunista en torno a una línea clara, sin la cual no puede haber lucha. Y si ustedes dicen que la contraofensiva del proletariado ya ha comenzado, yo digo: todavía no somos capaces ni siquiera de organizar la defensa del proletariado. Todavía no hemos sabido hacer de nuestros propios partidos, de los partidos de la Internacional Comunista, el centro de la lucha contra la ofensiva. En Italia no se ha llevado a cabo la táctica del frente único, en Francia tampoco. En Alemania hacéis débiles comienzos, y a esos comienzos os oponéis llenos de reparos, en lugar de vencer los peligros en la lucha, llevando a las masas a la lucha, llenando la lucha de espíritu comunista.

Camaradas, se me ha dicho aquí que en mi informe empleé la expresión de que la masa obrera en su conjunto no lucha ahora conscientemente por el poder, que está convencida de que esa cuestión no está ahora a la orden del día. Y se me ha dicho que es una afirmación muy peligrosa. Pues bien, camaradas de partido (Interrupción de Urbahns: La formulación era sustancialmente distinta). Quizá nos diga usted cómo era. (Urbahns: La masa obrera ha perdido la fe en la conquista del poder.) Acepto esa formulación. Si la masa obrera, en su gran mayoría, tuviera ahora la fe de que puede conquistar el poder, instaurar la dictadura, ¿por qué ha aprobado usted, camarada Urbahns, que el partido planteara la consigna del gobierno obrero?

Creo que no hay nada más funesto para la Internacional Comunista que no comprender que la nueva, la segunda etapa consiste en que las grandes masas no se lanzan ahora al asalto; solo en el asalto tienen las grandes masas fe en el objetivo. Los comunistas son la vanguardia de la clase obrera; tienen fe en la dictadura del proletariado. Pero las masas obreras no comunistas solo luchan cuando las circunstancias las obligan a ello. Que la mayoría de la clase obrera no piensa ahora en la conquista del poder político está claro; quien lo niega está ciego y no será capaz de vencer el estado de ánimo actual de las masas en el curso del desarrollo ulterior, sino que solo podrá correr detrás del carro del partido y refunfuñar, porque no entiende que el partido tiene que actuar así.

Camaradas de partido, los errores que ahora tenemos que evitar ya se dieron una vez en la historia. Cuando, tras la derrota de la revolución rusa en 1906, el proletariado ruso se encontraba en la situación más difícil, los mencheviques dijeron que la revolución había terminado. El capitalismo y el zarismo se estabilizan, Rusia ha emprendido el camino del desarrollo prusiano, pacífico. Los bolcheviques, en cambio, dijeron: la burguesía y el zarismo no son capaces de resolver ni una sola cuestión fundamental. Y por eso la revolución no ha terminado. Ha pasado una ola de la revolución y la segunda todavía no ha llegado. Pero entre los bolcheviques surgieron disputas sobre lo que había que hacer entre esas dos olas. A los camaradas de Berlín les desagrada mucho que se emplee la palabra «otzovismo»299. La tienen por un insulto. Ellos hablan de menchevismo, y nosotros, que conocemos mejor la lengua rusa, les tiramos a la cabeza otra palabra: otzovismo. Pero las cosas no son así. El otzovismo consiste en decir: la revolución tiene que venir, vendrá. Se decía más o menos, como dice en su artículo el camarada al que he citado, que la revolución vendría de manera del todo inevitable. Pues bien, los dirigentes de los bolcheviques no eran místicos y sabían que la historia la hacen las clases sobre la base del desarrollo económico; y si las primeras filas de una clase objetivamente revolucionaria no se convierten en paladines de la revolución, la revolución puede tardar muchísimo en venir, también inevitablemente, aunque el desarrollo vaya en la dirección de la revolución. Se trata de que exista una clase revolucionaria dirigida por una vanguardia consciente, y cuando los otzovistas decían: como la revolución vendrá, no queremos ir al Parlamento, no queremos ir a los sindicatos, no queremos ir a las cooperativas, los bolcheviques lucharon contra ello. Había también matices de otzovistas. Igual que hubo y hay semimencheviques y semicentristas, hay también semiotzovistas y cuartootzovistas, a los que hay que traer a la razón tirándoles de la cola. Por eso Lenin, Kámenev y Zinóviev combatieron a los semiotzovistas y cuartootzovistas y dijeron: sí, pasado mañana la revolución, pero hoy tenemos que reunir primero a las masas para la lucha. Y, camaradas, el peligro de los estados de ánimo otzovistas existe; no es más que la otra cara de la pasividad de la masa.

Los otzovistas, hoy el KAP, esperan a que las masas se pongan en movimiento, y vosotros queréis llenar ese tiempo con lo que se hace cuando se tiene miedo. Cuando los niños tienen miedo, cantan y gritan. Nosotros decimos: esta táctica es peligrosa, esta táctica tenéis que superarla. No solo en su formulación abierta, sino también en los residuos del espíritu del KAP. No debéis estar siempre agarrando al partido del brazo en la acción e impidiéndole actuar. En el Bolschewik se reprodujo mi primer discurso como si yo hubiera dicho que vosotros habéis impedido actuar al partido. No dije eso. Dije: vuestra timidez se lo impedirá; porque el partido cuenta con que detrás de vosotros hay una parte del partido. (Interrupción desde la delegación alemana: ¿Cuándo hemos hecho eso?) Os lo voy a enumerar enseguida. Cuando surgió la cuestión de los valores reales, la cuestión de elaborar un programa fiscal, de gravar a la burguesía y aliviar a la clase obrera. ¿Quieren ustedes recordar todos aquellos discursos sobre el peligro del capitalismo de Estado? ¡Lo hicisteis cuando surgió la cuestión del gobierno obrero! ¿Quieren ustedes recordar sus propios discursos aquí, cuando surgió la cuestión del frente único? En cada ocasión se decía: ¡los camaradas, si no se dejan traicionar, al menos se dejarán engatusar! Durante la sesión de la Comisión de los Nueve, toda vuestra política consistía en el temor de que Bujarin y Rádek no resultaran ser traidores o bobos. Una política así, si no se le pone fin, es una política de ruina del partido.

Si después del discurso de la camarada Ruth Fischer oímos un discurso como el del camarada Urbahns, que representa a una gran organización alemana del partido, decimos: estimados camaradas, poned las cosas en claro, porque si no perjudicaréis al partido, cosa que no queréis, porque vosotros, lo digo abiertamente, representáis a una buena parte del proletariado, en la que tenemos que apoyarnos tanto más cuanto que el peligro de la pasividad obliga a reunir todas las fuerzas revolucionariamente vivas del proletariado.

Camaradas, quiero decir todavía unas palabras sobre el peligro por la derecha. Ha hablado aquí el camarada inglés Webb, que se dirigió al Ejecutivo con estas palabras: no os apartéis de las 21 condiciones. Hoy he oído por primera vez que el buen camarada Webb no podía dormir porque pudieran quedarse en 20 condiciones. Puedo tranquilizarlo. El camarada Zinóviev ha dicho que en las próximas negociaciones con grupos que vengan de la derecha serán 42 condiciones. Quizá eso le baste al camarada Webb. Pero el partido que representa no es tan radical como él. Tenemos que criticar un poco a ese partido que representa por un importante error de acción. Tengo aquí el manifiesto electoral del Partido Comunista de Inglaterra.

¿Cómo aplica el Partido Comunista de Inglaterra su táctica de frente único? Dice: somos una parte de la clase obrera, y precisamente su ala izquierda. Pero queremos ir juntos con todos los demás partidos obreros. Donde está Noemí, allí estoy yo, Rut, también. No me refiero a la camarada Ruth Fischer (Risas), sino a la bondadosa Rut de la Biblia. Y luego dice el manifiesto electoral: ¿Qué es el Labour Party? Los obreros son excelentes, quieren luchar, pero los dirigentes no son tan buenos. Y luego dice: en el pasado, y también en el presente, ha habido traición de los dirigentes. Una traición así puede ocurrir alguna vez. Pero, dice a pesar de todo, unidad contra los capitalistas. Si eso, ¡por todos los demonios!, es una táctica de frente único, mejor dejarla. El Ejecutivo, en el llamamiento, mostró concretamente a los obreros que toda la política del Labour Party no es más que una traición a los intereses obreros. Pero luego les dijo además: si el Labour Party vence y se hace cargo del gobierno, os traicionará definitivamente y mostrará a los obreros que no quiere otra cosa que el capitalismo, y entonces los obreros se apartarán de él; o bien tendrá que luchar bajo la presión de los obreros, y entonces estaremos detrás de él. Damos una consigna determinada: votad por él y preparad la lucha contra él. Si luego el camarada Webb viene aquí y nos pone en guardia contra el oportunismo, le decimos: camarada Webb, súbase usted rápidamente al tren, vaya a Inglaterra y luche allí contra el oportunismo; nosotros le apoyaremos.

Las cuestiones del frente único y de la ofensiva son las cuestiones más importantes del año próximo o, mejor dicho, de los próximos años. Es muy posible que los dirigentes de la socialdemocracia queden ligados por mucho tiempo a la burguesía. Entonces nuestra esperanza es conseguir empujarlos a la línea de combate mediante la presión de sus masas, al menos para el próximo periodo, y se verá que la revolución irá mucho más despacio. Quizá la miseria aumente hasta que las masas entren en la lucha. Es posible que entonces tengamos que pasar a grandes ataques frontales. Pero solo lo haremos cuando seamos fuertes.

La táctica de la Internacional Comunista tiene que estar cortada a la medida del próximo periodo, aunque su perspectiva tenga que abarcar toda la época. Nuestra perspectiva no solo sigue siendo la de antes, sino que cuanto más dura la época de la ofensiva capitalista, más incapaz se muestra la burguesía de consolidar su poder. Y no como una tirada de agitación, sino como profunda convicción teórica, sostenemos que para ella no hay salida.

Pero qué es la antesala y qué la famosa chimenea no puede decidirse teóricamente. Profetizo con gusto para unos cuantos cientos de años, pero me guardo de profetizar para el año próximo, porque los hechos son tan enrevesados que solo puede profetizar quien entiende muy poco de teoría y no teme hacer el ridículo. Se trata de reunir a los obreros para la lucha. Y si para ello es necesario negociar con los socialdemócratas, tenemos que emplear ese medio; y lo hacemos sabiendo científicamente que el desarrollo agudiza la contradicción de clase. Y si esa lucha se agudiza, nosotros seremos la fuerza decisiva.

En el tiempo que media entre dos grandes periodos de lucha no hay nada más peligroso que esta timidez, que este empecinarse en meros principios. Tenemos que ir con las masas a las luchas prácticas y no tener el comunismo por una porcelana frágil. Todavía somos débiles, y sería algo funesto no verlo. Pero solo podemos ser fuertes si nos decimos que tenemos que hacer lo que exige el día. Y el día que tenemos por delante exige reunir a las masas para la lucha por los objetivos prácticos más próximos, lucha que conducirá a la lucha por la dictadura del proletariado. (Vivos aplausos.)

Zinóviev: ¡Camaradas! Acabo de recibir un telegrama de Glasgow del camarada Walton Newbold300, que comunica que nuestro partido ha ganado las elecciones en Motherwell, en Escocia. (Aplausos.)

Allí ha sido elegido un candidato propio del partido inglés. Desde luego no sobrestimamos el parlamentarismo, ni sobrestimamos el hecho de ganar un escaño en esa hermosa casa, pero esta victoria tiene, con todo, una importancia de principio: la estrella parece empezar a ascender en este país decisivo del capitalismo. Creo que, en las condiciones dadas en Inglaterra, esta victoria no es en modo alguno una victoria insignificante de la Internacional Comunista. (Aplausos.)

Presidente: Antes de pasar a la traducción del discurso del camarada Rádek, tenemos que resolver algunas pequeñas cuestiones. El camarada Welti quiere presentar una propuesta; le doy la palabra para que la lea y la fundamente.

Welti (Suiza): Camaradas, quiero hacer preceder la moción que tengo que presentar aquí en nombre de la delegación suiza de algunas breves observaciones. Lo que hemos oído hasta ahora, sobre todo en los informes sobre la táctica y la ofensiva del capital, no nos ha satisfecho del todo en la delegación suiza, y hoy hemos podido comprobar por los oradores del debate que lo mismo les ocurre también a diversos de ellos. Camaradas, es interesante ver cómo aquí, en el congreso, se procura atender a la necesidad de establecer ante todo un frente único dentro de los propios partidos comunistas. Fue muy interesante que el camarada Zinóviev intentara establecer el frente único en el partido húngaro declarando: ya no hay lucha de fracciones.

En el debate ha ocupado aquí un espacio nada pequeño —y el camarada Rádek lo ha subrayado especialmente en su resumen final— la cuestión de la táctica del frente único en los distintos países. También yo habría podido decir algo al respecto. Pero los suizos nos sometemos si el congreso no nos da la palabra. Mucho antes de que el Ejecutivo lanzara como consigna la táctica del frente único, nosotros aplicábamos esa táctica, y en muchos casos con muy buen resultado. Pero de eso ya podremos hablar en otro lugar. Quizá podamos aprovechar todavía el tiempo para transmitir también esto a los camaradas que no están en Moscú, porque quizá les interese.

Pues bien, camaradas, sin duda estos informes eran interesantes, y en líneas generales se puede estar de acuerdo con oír descripciones de la situación y pronósticos para el futuro. Pero los delegados suizos opinamos que no somos una federación de unos partidos comunistas cualesquiera, y que por esas razones se plantea aquí la cuestión no solo de cómo está la táctica del frente único en cada partido comunista y de cómo deben aplicarla los partidos de cada país, sino, y es lo que más nos interesa, de cómo se lleva a cabo el frente único a escala internacional, por la propia Internacional. Camaradas, hasta ahora hemos oído muy poco sobre esto, y en este congreso, por así decir, nada en absoluto. Me parece que en este congreso debería expresarse claramente una cosa, y que esa cosa debería luego acreditarse, no en el congreso, sino en la práctica, en todas sus formas. Lo que debería expresarse es lo siguiente: que las distintas manifestaciones de la reacción en un país no se consideren ni puedan considerarse como un asunto que solo atañe al Partido Comunista y al proletariado de ese país, sino que esas manifestaciones han de considerarse un asunto de la Internacional. Y si no lo son, hay que convertirlas en un asunto de la Internacional.

En lugar de meras descripciones y pronósticos, en esta época de ofensiva redoblada el IV Congreso tiene que dar una línea enérgica y una hoja de ruta. La victoria del fascismo en Italia y la evolución de la situación en Alemania y en Checoslovaquia lo exigen con urgencia. No puedo imaginar que, ante esta situación, el IV Congreso deje de tomar posición en este sentido, que no exija por lo menos a los partidos de Europa occidental y central que, mediante una actuación coordinada sobre la base de un frente único proletario, con medios parlamentarios y extraparlamentarios, levanten un dique contra el fascismo y presten al proletariado italiano, y en particular al Partido Comunista de Italia, toda la ayuda en todas sus formas en su lucha.

Camaradas, en lo que respecta precisamente a esto último, estamos convencidos, por ejemplo, de que al partido suizo, al que aquí se diría que se pasa por alto con tanta facilidad, y quizá también al partido austriaco, ya ahora o en un futuro muy próximo se les plantearán, o ya se les han planteado, toda una serie de cuestiones eminentemente prácticas cuya solución, precisamente por la pequeñez de esos partidos y quizá también por otras razones, les resultará muy difícil o del todo imposible.

No quiero ni puedo extenderme más aquí sobre este tema. Pero propongo ahora, en nombre de la delegación suiza, lo siguiente:

Debe crearse de inmediato una comisión que examine sin demora todas estas cuestiones candentes, tal como han surgido por la victoria del fascismo y por la situación en Alemania y en Checoslovaquia, y que presente al Comité Ejecutivo un informe con propuestas. Si esta comisión debe tener carácter legal o ilegal, dejo que lo decidan las instancias dirigentes o el propio congreso.

Camaradas, termino diciendo: aquí se ha dicho que el fascismo es una comedia. Sé que no se dijo con frivolidad, pero creo que sería mejor, más digno de sus víctimas y más cercano a la verdad, que considerásemos el fascismo, con sus consecuencias para el proletariado italiano y con sus consecuencias previsibles para la Internacional Comunista y para el proletariado internacional en general, desde otro ángulo. Creo que, si lo hacemos, no podemos hacerlo solo con resoluciones, ni solo con consideraciones, sino que tenemos que examinar aquí seriamente qué acciones hay que emprender de la manera que he descrito. (Aplausos.)

Presidente: Tenemos que examinar los proyectos de resolución sobre las cuestiones estudiadas en este congreso.

  1. Resolución sobre el informe «Cinco años de revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial».

  2. Resolución sobre el informe «La ofensiva del capital».

  3. Resolución sobre las tesis sobre la táctica y sobre la carta abierta.

El Presidium les pide que encarguen también el examen de los proyectos de resolución sobre las cuestiones arriba citadas a la misma comisión que elaboró la resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo.

Por supuesto, las delegaciones tienen siempre derecho a introducir cambios en la composición de esta comisión.

¿Alguien tiene algo que objetar a esta propuesta? (Se aprueba la propuesta.)

En cuanto a la propuesta del camarada Welti, debo decir que el Ejecutivo se ha ocupado de esta cuestión. Se acordó que el futuro Ejecutivo celebrará conferencias conjuntas con los representantes de los partidos interesados.

La comisión de Oriente propone al congreso crear una comisión especial para estudiar la situación en Egipto y propone como miembros de esa comisión a los siguientes camaradas:

Béron (Francia).

Gramsci301 (Italia).

Katayama (Japón).

Orchan (Turquía).

Ravesteyn (Holanda).

Webb (Inglaterra).

¿Alguien tiene algo que objetar? No. Queda, pues, aprobada la creación de esta comisión con esta composición.

Se levanta la sesión a las 4.45 de la tarde.

Decimocuarta sesión, sábado 18 de noviembre de 1922

Programa de la Internacional y de los partidos comunistas.

Oradores: Bujarin, Thalheimer.

Preside: Kolárov.

Apertura: 11.45 de la mañana.

Presidente: En el orden del día figura «El programa de la Internacional y de los partidos comunistas». Como primer orador tiene la palabra el camarada Bujarin.

Bujarin: Camaradas, como todos ustedes saben, en este congreso no aprobaremos un programa definitivo, y no lo haremos porque muchos partidos aún no han tomado posición sobre esta cuestión. Ni siquiera el partido ruso ha discutido todavía el proyecto que tengo que exponerles. Por eso la mayoría de las delegaciones opinan que es más conveniente no aprobar aún en este congreso un programa definitivo, sino solo discutir sobre el programa y aprobarlo definitivamente en el congreso siguiente. Pero el hecho de que nos atrevamos siquiera a poner en el orden del día de un Congreso Mundial una cuestión tan importante como la del programa, a discutir aquí un problema tan difícil como el del programa internacional, es una señal de nuestro fuerte crecimiento. Y si hoy nos ocupamos de este problema, podemos decir ya desde ahora, tranquilos y con la conciencia en paz, que la Internacional Comunista también resolverá este problema, mientras que en el campo de nuestros adversarios, la II Internacional y la Internacional Dos y Media, reina en este momento una completa impotencia teórica. (Clara Zetkin: ¡Muy bien!)

Como primer apartado de las distintas cuestiones que tengo que tratar, examinaré las cuestiones programáticas fundamentales de la teoría dentro de la II Internacional antes de la guerra. Planteo aquí la tesis de que el hundimiento de la II Internacional durante la guerra tiene su raíz teórica, muy profunda, en esa teoría de la II Internacional de antes de la guerra. En general, en el marxismo, en su ideología, en su construcción ideológica, podemos distinguir tres fases principales: la primera fase fue el marxismo del propio Marx y del propio Engels. Luego vino la segunda fase: fue el marxismo de la II Internacional, el marxismo de los epígonos. Y ahora tenemos la tercera fase del marxismo, el marxismo bolchevique o comunista, que en cierto grado, y por cierto bastante alto, vuelve a moverse hacia atrás, hacia el marxismo original del propio Marx y del propio Engels. Este marxismo original de Marx y Engels fue hijo de la revolución europea de 1848, y por eso este marxismo realmente ortodoxo de Marx y Engels tenía un alma sumamente revolucionaria; este sentido revolucionario de la teoría marxista se explica precisamente porque la doctrina de Marx y Engels nació cuando toda Europa se tambaleaba y el proletariado entraba como clase revolucionaria en la arena de la historia universal. Luego vino otro periodo y también un giro ideológico. Todo este desarrollo histórico nos muestra una vez más el fenómeno que encontramos en la historia de casi todas las ideologías: que una ideología nacida en determinadas condiciones adopta en otras condiciones otro rostro, otra forma. Así ocurrió también con el marxismo. Tras la época revolucionaria de mediados del siglo pasado en Europa, llegó una época histórica completamente distinta en el desarrollo del sistema capitalista. Fue la época del gigantesco crecimiento de los territorios capitalistas. Este crecimiento se basaba esencialmente en la política colonial de la burguesía; el florecimiento de la industria continental descansaba esencialmente en la explotación de los pueblos coloniales. Este florecimiento, esta prosperidad de la industria continental, provocó diversos desplazamientos sociales en el seno de los pueblos europeos. La posición de la clase obrera se consolidó en el sentido económico de la palabra, pero en ese mismo tiempo el desarrollo capitalista creó una gran comunidad de intereses entre la burguesía y la clase obrera continental, y este hecho, esta comunidad de intereses de la burguesía continental y del proletariado continental, dio la base para un giro psicológico e ideológico muy grande dentro de la clase obrera y, eo ipso, dentro de los partidos socialistas.

Y entonces llegó la segunda fase del desarrollo del marxismo, la del marxismo socialdemócrata, el llamado marxismo de los epígonos marxistas. La lucha entre la llamada tendencia ortodoxa y la tendencia reformista, la famosa disputa de la llamada socialdemocracia ortodoxa con la revisionista, personificada en Kautsky por un lado y en Eduard Bernstein302 por el otro, esa disputa de la que se dijo que era una victoria del marxismo ortodoxo, se nos aparece —si contemplamos retrospectivamente toda la historia— como una completa capitulación del «marxismo ortodoxo» ante el marxismo revisionista. Puedo plantear aquí la tesis de que en esa disputa, que existía mucho antes de la guerra mundial, el llamado marxismo ortodoxo, es decir, el marxismo de Karl Kautsky, capituló ante el revisionismo en las cuestiones teóricas más importantes. Antes no lo advertíamos. Pero ahora lo vemos con toda claridad y podemos comprender muy bien por qué fue así. Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la teoría de la pauperización; como todos ustedes saben, el marxismo kautskiano dio a esta cuestión una forma más suave que la que procedía del propio Marx. Se afirmaba que en la época del desarrollo capitalista tenemos un empeoramiento relativo de la posición de la clase obrera, y que la ley inmanente del desarrollo capitalista consiste precisamente en que la situación de la clase obrera mejora, ciertamente, pero empeora en relación con la situación de la burguesía. Así fundamentaba Kautsky esta tesis supuestamente marxista ante el ataque de Bernstein. Considero errónea esta afirmación de Kautsky y sostengo que esa posición teórica se basaba en la situación real, empírica, de los obreros europeos y norteamericanos.

Pero en la teoría marxista Marx analiza una sociedad capitalista abstracta y afirma que la ley inmanente del desarrollo capitalista conduce al empeoramiento de la situación de los obreros. ¿Y qué hace el marxismo kautskiano? Entendía por clase obrera exclusivamente la clase obrera continental. La situación de estas capas del proletariado fue mejorando cada vez más; pero el marxismo kautskiano pasó por alto la circunstancia de que esa mejora de la situación de la clase obrera continental se compró al precio del exterminio, del saqueo de los pueblos coloniales. Marx tomaba toda la sociedad capitalista. Si quisiéramos ser más concretos que Marx, no deberíamos incluir en nuestras consideraciones solo el círculo americano-europeo, sino toda la economía mundial. Obtendríamos entonces un cuadro teórico completamente distinto del de Kautsky y compañía. Así pues, considerada teóricamente, la tesis de Kautsky era errónea. Era una capitulación ante el ataque del revisionismo.

Tomemos otra cuestión, la teoría del derrumbe y el levantamiento del proletariado. Kautsky también suavizó mucho, en su disputa con los revisionistas, la teoría de la catástrofe, del derrumbe. Pero en lo que respecta a la revolución, resultado del derrumbe, si leemos incluso los escritos más revolucionarios de Kautsky, por ejemplo su Camino del poder303, encontramos aun en esos escritos muchos pasajes puramente cómicos, un oportunismo exagerado hasta lo cómico. Tomemos, por ejemplo, diversos juicios de La revolución social sobre la huelga general, donde Kautsky afirma que, si somos capaces de hacer la revolución, no necesitamos la huelga general, y si no lo somos, tampoco la necesitamos. ¿Qué significa esto? Significa un oportunismo puro, que antes no advertíamos del todo bien, pero que ahora vemos con toda claridad.

Tomemos la tercera cuestión teórica, a saber, la cuestión de la teoría del Estado. Aquí tengo que hablar algo más extensamente. También nosotros afirmábamos al comienzo de la guerra que el kautskismo había abandonado de pronto su propia teoría. También nosotros lo creíamos y lo escribimos. Pero no es verdad. Ahora podemos decir con toda tranquilidad que nuestras afirmaciones eran erróneas. Todo lo contrario: la llamada traición de los socialdemócratas y de los kautskianos se basaba en la teoría que esos teóricos defendían ya antes de la guerra. ¿Qué se afirmaba sobre el Estado y sobre la conquista del poder político por el proletariado? Se representaba la cosa como si se tratara de un objeto cualquiera que ha de pasar de las manos de una clase a las manos de otra clase. Esa era también la idea de Kautsky.

Tomemos luego el caso de la guerra imperialista. Si consideramos el Estado como un instrumento unitario que antes está en una mano y en otra época en otras manos, como una cosa casi neutral, entonces es perfectamente comprensible que, cuando estalla la guerra y el proletariado tiene la perspectiva de conquistar ese Estado de esa manera, haya que proteger ese instrumento. Durante la guerra mundial la defensa del Estado pasó a primer plano. Estaba pensado con plena lógica, y no era más que una consecuencia lógica de esa teoría, que Kautsky planteara la cuestión de la defensa nacional y le diera una respuesta afirmativa.

Lo mismo ocurre con la cuestión de la dictadura del proletariado. Ni siquiera en la disputa con los revisionistas desarrolló Kautsky nunca esta cuestión. Sobre esta cuestión, la más importante, y este problema, el más importante, apenas dijo palabra en aquella disputa. Dijo más o menos: esta cuestión la decidirán otras generaciones. ¡Ese era el «planteamiento del problema», camaradas! Si examinamos todos estos razonamientos lógicos y queremos intentar descubrir su equivalente sociológico, tenemos que decir que estamos ante una ideología supuestamente marxista que se basa en la posición aristocrática de esas capas obreras continentales cuya mejora de situación se compró con el saqueo colonial de los trabajadores. Esta tesis sobre la base sociológica del kautskismo la reconocen en realidad los teóricos de la II Internacional. Esa gente se ha vuelto tan desvergonzada que ahora cree no necesitar ya máscara. En su escrito programático, Kautsky habla precisamente de este diagnóstico y no ve en él nada malo:

«El proletariado no es en su esencia del todo homogéneo. Ya hemos visto que se divide en dos capas: unos están tan favorecidos por condiciones económicas especiales o por la legislación que forman organizaciones fuertes y mediante ellas pueden defender ampliamente sus intereses; forman la parte ascendente del proletariado, su “aristocracia”, que sabe oponer con éxito resistencia a las tendencias depresoras del capitalismo, a veces hasta tal punto que la lucha contra el capitalismo ya no es para ellos una lucha contra la miseria, sino una lucha por el poder.»

¡Esta contraposición entre lucha contra la miseria y lucha por el poder es también un giro «muy marxista»! Y luego sigue:

«Pero junto a estas tropas bien disciplinadas, instruidas y aptas para la lucha (es decir, que lamen las botas de los generales) está el gran ejército de aquellos (vean ustedes, eso no lo puede negar) que se ven puestos en condiciones tan desfavorables que aún no han podido organizarse y superar las tendencias depresoras del capitalismo. Permanecen en la miseria y a menudo se hunden cada vez más en su lodazal.»

Y luego, cuando Kautsky intenta encontrar las diferencias tácticas entre él y nosotros, la Internacional Comunista, que no se apoya en la aristocracia obrera, sino en las capas más oprimidas, encuentra para juzgar las orientaciones tácticas lo siguiente:

«Debido a su ignorancia y a su inexperiencia, en su ardiente afán de bienestar y libertad será presa fácil de todos los demagogos (es decir, ¡los comunistas!) que, por cálculo o por ligereza (es decir, el “análisis sociológico”), le hacen espejear las promesas más brillantes y lo llevan a la lucha contra los elementos instruidos, organizados de antiguo, que están acostumbrados a ir sobre seguro y a plantearse en cada momento solo aquellas tareas para cuya solución bastan sus capacidades y sus fuerzas, etc., etc.»

Hay una novela de Jack London, El talón de hierro304. Jack London, que no era un marxista especialmente bueno, comprendió muy bien el problema del movimiento obrero moderno. Comprendió muy bien que la burguesía no solo intenta, sino que en realidad ha conseguido, dividir a la clase obrera en dos partes, corrompiendo a una de ellas, a saber, la parte instruida y cualificada del proletariado, y aplastando mediante esa aristocracia obrera todo levantamiento de la clase obrera. Pero lo que Jack London describe muy bien desde el punto de vista de los obreros, el teórico de la II Internacional no lo entiende. La tragedia de la clase obrera, su escisión interna, la aprovecha para sostener a la sociedad burguesa. En eso consiste la función de la socialdemocracia. Ahora, tras muchos años de guerra y de revolución, vemos que esa gente es tan desvergonzada que describe ella misma esa porquería y la fundamenta teóricamente. La base sociológica de este marxismo kautskiano está tan clara que no puede estarlo más. Y si vuelvo a examinar los mismos problemas de los que ya he hablado, en la forma en que se presentan ahora ante nuestros ojos en las teorías de la II Internacional, obtenemos un cuadro todavía más claro.

Si examinamos los escritos más recientes, en especial el libro más reciente de Kautsky, y estudiamos como primer problema el de la teoría de la pauperización, no encontramos en él ni una palabra sobre esta teoría. Es absolutamente incomprensible: en un tiempo en que la tendencia del capitalismo se presenta ante nuestros ojos en toda su desnudez, en que todo se ha agudizado, en que todos los velos caen de nuestros ojos, ¡Kautsky no dice una palabra sobre el problema más importante! Pero si examinamos además algunos otros escritos, no solo el libro de Kautsky, encontramos la clave de lo que este silencio significa realmente.

Hay en Alemania un libro, escrito especialmente para los jóvenes, de un tal Abraham. Este libro tiene una difusión muy grande entre la juventud y, por lo que sé, está traducido a otras varias lenguas. Este señor Abraham plantea con descaro y cinismo la tesis: «¡El revisionismo ha salvado el marxismo!». No necesitamos ninguna teoría marxista; el revisionismo, Bernstein, ha salvado para los obreros «los verdaderos elementos del marxismo». Esa es la tesis principal. Cuando este señor analiza la situación de la clase obrera e intenta decir algo sobre nuestras afirmaciones comunistas, plantea las dos tesis siguientes: 1. Antes la cosa no era así, la situación ha ido mejorando siempre (deja de lado a los pueblos coloniales y a los culíes). La segunda es la más asombrosa: la situación actual, con el caos monetario y la pauperización real de algunas capas, es tal que no se deja analizar desde el punto de vista de ninguna regularidad. O sea: no somos capaces de analizar todo esto. Si consideramos todo esto como una afirmación seria, podemos decir: nos dan ustedes una explicación mística, hecha de mística y de estiércol a la vez305. (Risas.) El sentido táctico consiste en que esa gente quiere escabullirse ante los obreros con una afirmación tan estúpida como la de que ahora no podemos explicar nada, porque la cosa es tan complicada que no entendemos nada en absoluto. No lo pueden entender porque nos encontramos en un periodo en que la teoría del derrumbe se está realizando «en la realidad».

No son capaces de analizar la revolución, de hacer un análisis del que puedan sacarse conclusiones prácticas de naturaleza revolucionaria. Se escabullen y dicen: en nuestro tiempo no hay ninguna regularidad.

Tomemos, por ejemplo, la teoría de las crisis. En cuanto a la teoría de las crisis, Kautsky afirma que ahora, al considerar teóricamente el desarrollo del sistema capitalista, debemos decir con toda franqueza que en nuestro examen la teoría de las crisis tiene que adoptar «dimensiones más modestas». ¿Qué significa esto? Significa que, según Kautsky, el mundo capitalista se ha vuelto en los últimos tiempos más armonioso. Esta afirmación es, naturalmente, la encarnación de la pura estupidez. Es al revés. Ahora podemos plantear la tesis de que la teoría de las crisis ha resultado ser completamente correcta. Ahora podemos afirmar incluso que la propia guerra fue una forma muy específica de la crisis económica, y precisamente esta forma específica es la que debemos comprender teóricamente, analizar teóricamente. Y cuando esa gente juzga ahora la revolución, cuando quiere juzgar una revolución proletaria de carne y hueso, dice: esta no es una verdadera revolución; queremos esperar a una revolución «real».

Hay sabios burgueses que niegan los saltos en la naturaleza y en la ciencia, aunque estos hechos sean hechos empíricos. Lo mismo Kautsky, que dice: la revolución se ha producido en Rusia, pero no es una revolución proletaria, no es una revolución real, no es una verdadera revolución. El derrumbe está aquí, estamos en medio de él; la mayor crisis que conoce la historia universal está aquí, pero Kautsky no ve la crisis y dice: en nuestras consideraciones teóricas sobre la teoría de las crisis debemos ser más modestos. Es el puro disparate de unos oportunistas dementes que han perdido por completo el sentido de la realidad, que están sentados en sus gabinetes y cuyas posaderas están en plena floración (risas), pero cuyo cerebro se ha perdido por completo.

Uno de estos señores afirma incluso, por ejemplo, que el capitalismo ha salido de la guerra todavía más fortalecido. Ven ustedes, pues, las «proporciones teóricas». Los liberales más simples, los pacifistas, los curas, los economistas burgueses, casi todos ven en mayor o menor medida la debilidad económica del mundo capitalista; ni uno solo de ellos la niega. Y luego llega un socialdemócrata, un supuesto «marxista», y dice: el capitalismo se ha vuelto todavía más fuerte después de la guerra. Eso suena casi a una invitación a una nueva guerra. Si el capitalismo se hace cada vez más fuerte después de una guerra, ¡que lo pruebe otra vez! Este punto de vista cómico lo han defendido ahora con toda seriedad teóricos de la II Internacional.

Tomemos además la teoría del Estado. La teoría del Estado se convierte ahora en todos los teóricos de la II Internacional, sin excepción, en una apología directa de la república burguesa. Ni una palabra más, ningún intento de comprender algo, absolutamente ninguna idea, solo una pura apología de la república burguesa. Pueden ustedes hablar mil veces con esa gente: son absolutamente sordomudos, solo conocen una cosa, esa apología de la república burguesa. Aquí no hay absolutamente ninguna diferencia entre los sabios burgueses, los liberales y los socialdemócratas. Si leemos, por ejemplo, los escritos teóricos de Cunow306, vemos que algunos profesores burgueses, como Franz Oppenheimer u otros de esa orientación, o sabios burgueses de la escuela de Gumplowicz307, están mucho más cerca del marxismo que Cunow. Cunow afirma en su libro que el Estado es, por así decir, una institución de bienestar general que, como un buen padre, cuida de todos los hijos, ya sean de la clase obrera o de la burguesía. Así es la historia. Una vez dije que es una teoría que ya sostenía el rey babilonio Hammurabi. A este nivel teórico está el representante y principal sabio de la II Internacional.

Pero hay traiciones teóricas aún más flagrantes y aún más desvergonzadas. Ahí está la concepción de Kautsky sobre la revolución proletaria y sobre el gobierno de coalición. Escribir algo así significa realmente perder los últimos átomos de toda conciencia teórica. ¡Por ejemplo, la teoría de Kautsky sobre la revolución! ¿Saben ustedes cuál es el descubrimiento más reciente en esta cuestión? Son las afirmaciones siguientes: 1. la revolución burguesa opera con la violencia; 2. la revolución proletaria, precisamente porque es una revolución proletaria, no puede operar necesariamente con ninguna violencia, o, como dijo otro de esos señores, la violencia es siempre reaccionaria. Sabemos lo que escribió Engels sobre la revolución en un artículo italiano, «Dell'autorità»308. Escribió: la revolución es la cosa más autoritaria del mundo, pues revolución significa un acontecimiento histórico en el que una parte de la población impone su voluntad a la otra parte de la población con bayonetas, cañones y fusiles. Así era la concepción del marxismo revolucionario. Y luego llega un lamentable señor Kautsky y nos cuenta: ¡las bayonetas, los cañones y otros medios de violencia son medios puramente burgueses! No los ha inventado el proletariado, sino la burguesía. La barricada es una institución puramente burguesa (risas). De esta manera se puede demostrar cualquier cosa. Si Kautsky viene a nosotros y dice: antes de la revolución burguesa la burguesía operaba con ideas, ¡y eso es un método puramente burgués!, por analogía habría que decir que tampoco nosotros debemos operar con ideas. Quizá Kautsky no tenga ahora precisamente ninguna idea (risas). Sería absolutamente estúpido tomar en serio de verdad semejante método.

Luego viene además la cuestión de la coalición. Es la cumbre de todos los descubrimientos teóricos de Kautsky. Kautsky cree ser el representante del marxismo ortodoxo. Marx afirmaba que el alma de su doctrina consistía en la doctrina de la dictadura del proletariado. Hay un pasaje de Marx en el que dice: «De la lucha de clases sabían algo otros antes que yo, pero mi doctrina consiste en que el desarrollo del capitalismo conduce necesariamente a la dictadura del proletariado»309. Así entendía, pues, el propio Marx su doctrina. Ese es el rasgo constitutivo, lo específico que hay en la doctrina marxista. Y luego llega Kautsky y escribe: «En su célebre artículo de crítica del programa socialdemócrata310, Marx decía:

«Entre la sociedad capitalista y la comunista se sitúa el periodo de la transformación revolucionaria de la una en la otra. A él corresponde también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.» Así dice Marx.

¿Y Kautsky? ¡Cito aquí literalmente!

«Esta frase podemos hoy, sobre la base de las experiencias (lo expresa de un modo muy bonito) de los últimos años, variarla para la cuestión del gobierno en el sentido de decir:

Entre la época del Estado democrático gobernado de modo puramente burgués y la del gobernado de modo puramente proletario se sitúa un periodo de transformación del uno en el otro. A él corresponde también un periodo político de transición, cuyo gobierno adoptará por regla general una forma de gobierno de coalición.» (Risas.)

Esto ya no es realmente una forma de transición del marxismo al revisionismo, sino algo peor que el más puro revisionismo. Aquí hay varias traiciones, pues en Marx, también después del periodo de transición, había comunismo; aquí el comunismo desaparece por completo. ¿Dónde está aquí? Aquí no hay comunismo, pues se trata de la fase de transición del gobierno puramente capitalista a un gobierno puramente proletario-democrático. ¿Dónde está el lugar del comunismo? No hay lugar para el comunismo. Lo que significa en general esta sustitución de la dictadura por la coalición pueden juzgarlo ustedes mismos. Por eso no es de extrañar que algunos teóricos burgueses digan con mucho tino que en los teóricos de la II Internacional no ha quedado nada del marxismo. Hay, por ejemplo, en Alemania un profesor, un tipo muy listo, pero también muy cínico y descarado, Hans Delbrück311, que, después de leer diversos escritos de la II Internacional, escribe literalmente lo siguiente en un número de los Preußische Jahrbücher:

«La diferencia entre nosotros, burgueses de pensamiento político-social, y ellos (se refiere a Kautsky, etc.) ya solo es de grado. Unos pasos más por el camino emprendido, señores, y la niebla comunista se habrá disipado.»

Es una cita muy buena. Un profesor burgués, guillermino, dice pues al teórico del supuesto marxismo y de la supuesta socialdemocracia «internacional» y «revolucionaria»: no hay ninguna diferencia entre nosotros, los de pensamiento social, es decir, entre los profesores burgueses guillerminos y Kautsky y compañía. Es una cita que ilumina bastante bien toda la situación.

Así pues, también en la teoría hay una táctica y una estrategia peculiares, y esta táctica y estrategia teóricas son un paralelo completo de la táctica y la estrategia políticas reales. En el tablero de ajedrez de las diversas clases, partidos, agrupaciones y subagrupaciones hemos sufrido diversos desplazamientos, y el mayor desplazamiento fue la escisión del proletariado a consecuencia de la traición política de los partidos socialdemócratas y de los dirigentes de los sindicatos y de la formación de un bloque de estas capas de las organizaciones obreras con la burguesía. Y paralelamente a este proceso tenemos otro proceso, el de la formación de un bloque teórico de los antiguos supuestos marxistas con la ciencia burguesa. Esa es la situación que tenemos ahora en la teoría de la II Internacional. Del mismo modo que políticamente solo la Internacional Comunista defiende ahora el punto de vista práctico realmente revolucionario, en las circunstancias actuales también es solo la Internacional Comunista la que representa teóricamente de verdad el marxismo.

Paso luego a otra cuestión. Después de la polémica con los teóricos de la II Internacional, quiero decir unas palabras sobre el nuevo análisis de la época actual, y hablaré aquí exclusivamente de aquellos puntos que, en líneas generales, todavía no están suficientemente elaborados. Planteo primero la pregunta: ¿desde qué ángulo es más conveniente considerar todo el desarrollo capitalista? En todo examen del desarrollo capitalista tiene que haber algún eje teórico. ¿Qué eje elegimos aquí como el mejor? Podemos, naturalmente, elegir aquí diversos ejes. Podemos destacar como lo decisivo la situación de la clase obrera, o la concentración del capital, o podemos establecer la arquitectura del programa desde el punto de vista de la formación de los elementos de la nueva sociedad, o también considerar como lo decisivo cualesquiera otros rasgos del desarrollo capitalista. Pero opino que todo el desarrollo capitalista debe considerarse desde el punto de vista de la reproducción ampliada de las contradicciones capitalistas; desde ese punto de vista debemos considerar todos los procesos del desarrollo capitalista. Ahora estamos ya en una fase del desarrollo en la que el capitalismo se descompone. En parte consideramos ya retrospectivamente el desarrollo capitalista, pero eso no nos impide considerar todos los acontecimientos de la época capitalista, incluso el pronóstico, que también tenemos que tocar, desde el punto de vista de esta reproducción constante y permanente de las contradicciones capitalistas. La guerra es la manifestación de las contradicciones que están contenidas en general en la competencia capitalista. Solo necesitamos establecer la guerra como una reproducción ampliada de la estructura anárquica de la sociedad capitalista. Si esta reproducción de las contradicciones ha conducido ya a la imposibilidad de la existencia de la sociedad capitalista, podemos iluminar todo lo demás —los grupos de la clase obrera, la articulación social de la sociedad, la situación de la clase obrera, la estructura social— desde este punto de vista. La segunda cuestión es, a mi juicio, la cuestión del imperialismo. No entro con más detalle en todo el análisis de la época imperialista, porque en nuestros círculos la respuesta teórica a esta cuestión es ya algo del todo evidente. Solo quiero subrayar un punto que considero muy importante, a saber: ¿con qué hay que explicar las formas específicas de la política de violencia del capital financiero, en qué se funda lo más profundo de esa violencia? Se ha explicado con muchas cosas. Se ha explicado con el carácter monopolista del capitalismo y con otras cosas. Eso es cierto, pero a mi juicio un factor muy importante para responder a esta cuestión es el siguiente: cuando toda la economía política anterior, también la economía marxista, hablaba de la competencia y examinaba los fenómenos de la competencia, en realidad solo examinaba una forma de la competencia, a saber, la forma que era específica de la época del llamado capitalismo industrial.

Era la época de la lucha entre diversos industriales cuyo método de competencia era el de los precios más baratos. En Marx encontramos casi exclusivamente esta clase de competencia. Pero en la época imperialista-capitalista no solo han pasado a primer plano estos tipos de competencia, sino tipos de lucha competitiva en los que el método de los precios más baratos no puede significar absolutamente nada. Cuando, por ejemplo, un sindicato del carbón lucha con un sindicato del hierro por la plusvalía, está claro que esos sindicatos312 no pueden competir mediante precios más baratos. Sería un absurdo. Tales formaciones solo pueden librar la lucha con medios de violencia de uno u otro tipo, con el boicot, el cierre patronal, etc. Las principales agrupaciones de la burguesía son ahora agrupaciones de tipo trust, encerradas en el marco del Estado. Y estas formaciones no son en realidad otra cosa que empresas combinadas.

Es naturalmente muy comprensible que una forma tal de empresa, una construcción tal de los grupos en competencia, tenga el centro de gravedad de sus métodos de lucha en los medios de violencia. La división internacional del trabajo, la existencia de países agrarios e industriales, las diversas combinaciones de las ramas de la producción dentro de esos Estados imperialistas dan como resultado que esos Estados no puedan seguir otra política. La política de los precios más baratos es casi imposible. Surgen, pues, nuevas formas de lucha competitiva, lo que lleva a intervenciones militares por parte de esos Estados.

Quisiera tocar ahora el tercer punto, que debe mencionarse especialmente en el programa: se trata de subrayar el papel del Estado en general y el papel del Estado en el momento actual en particular. Debemos decir con toda franqueza que en la teoría marxista, e incluso entre los marxistas ortodoxos en general, la cuestión del Estado no se ha estudiado especialmente bien. Todos sabemos que los epígonos tocaron esta cuestión y más tarde la resolvieron de manera traidora. Pero preguntémonos: ¿quién de los marxistas revolucionarios ha estudiado bien esta cuestión? ¿Qué significa esto? Significa lo siguiente: la teoría marxista nació en un periodo fuertemente teñido de manchesterianismo. La libre competencia dominaba por completo. Esta circunstancia tiene sus raíces en los rasgos particulares, específicos, de aquella época. Pero no podemos contentarnos con ello. El papel del Estado es ahora muy importante, y lo es considerado desde todos los lados, tanto desde el punto de vista de la burguesía como desde el punto de vista del proletariado. Por una parte se trata de que debemos destruir una organización, y en segundo lugar la cuestión es importante porque debemos levantar algo nuevo y utilizar nuestro poder estatal como palanca de la transformación de las relaciones económicas. Todas estas causas nos obligan, en líneas generales, a subrayar en el programa la cuestión del papel del Estado mucho más tajantemente de lo que se hacía antes. Opino además que en el programa debemos decir algo sobre el monopolio de la instrucción por parte de la clase dominante. Antes, al establecer las cuestiones programáticas, esto apenas se hacía. Pero ahora, cuando el proletariado aspira al poder y a la reorganización de la sociedad, cuestiones como la de la cualificación de nuestros funcionarios, de nuestros administradores, del caudal de conocimientos de nuestros dirigentes antes y después de la conquista del poder desempeñan un papel enorme. Todas estas cuestiones son extraordinariamente importantes, mientras que antes no lo eran en la misma medida, pues no siempre se nos planteaban como cuestiones prácticas. Ahora, en cambio, se han convertido en cuestiones absolutamente prácticas, y por eso debemos dar también a esta cuestión un lugar mayor en nuestras formulaciones programáticas del que se le daba antes.

Opino además que en nuestro programa debemos tocar la cuestión de los rasgos específicos de la maduración del socialismo en la sociedad capitalista. Es un pasaje clásico de la doctrina de Marx el de que la nueva sociedad está ya presente en la envoltura de la vieja. Pero con esta teoría se hacen en las filas de la II Internacional tantos desatinos que en esta cuestión debemos ser mucho más concretos de lo que lo fuimos antes. No puedo tocar aquí esta cuestión en su conjunto, pero quisiera decir: todos somos conscientes de que la revolución proletaria nos impone muchas exigencias, de que la revolución proletaria va unida durante cierto tiempo a la caída y al descenso de las fuerzas productivas. Es una ley inmanente de la revolución proletaria. Pero nuestros adversarios quieren demostrarnos que estos costes son tan grandes porque el capitalismo no está todavía en absoluto maduro para el socialismo. Esa es su tesis teórica principal, y con ello se confunde la maduración del capitalismo dentro del dominio feudal con otros tipos de maduración. Pero nosotros debemos destacar la diferencia de principio entre ambos fenómenos. En todo caso, tenemos que establecer en el programa las condiciones de la sociedad socialista.

La diferencia entre los dos tipos de maduración de nuevas formaciones consiste, en efecto, en que el capitalismo maduró por completo dentro del dominio feudal. No solo crecieron los obreros, sino las capas que mandan, todo el aparato de la sociedad, desde el obrero hasta el burgués que manda: todo maduró en el seno de la sociedad feudal. Pero así no puede madurar nunca el socialismo, ni siquiera en las condiciones más favorables, aunque describamos el límite matemático de la madurez del capitalismo. Es imposible que la clase obrera domine la producción ya en el seno de la sociedad capitalista. Eso es un disparate, es una contradictio in adiecto. Y por eso el tipo de los rasgos especiales de la maduración del socialismo en la sociedad burguesa es completamente distinto del rasgo específico de la maduración del capitalismo dentro de la sociedad feudal. El capital tenía ya sus capas administrativas, sus capas gobernantes durante el dominio feudal. Y el proletariado, que está oprimido no solo económicamente, sino también política y culturalmente, el proletariado, que no tiene ingenieros propios, ni técnicos propios, etc., etc., solo puede aprender todo eso cuando tiene la posibilidad de hacerlo, es decir, cuando ya ha realizado la dictadura del proletariado. Solo entonces rompe las puertas de las universidades y entra en ellas. Culturalmente el proletariado no está desarrollado; tenemos que decir que es muy ignorante y muy atrasado en comparación con la burguesía. Eso significa que el proletariado no puede madurar en el marco del capitalismo hasta convertirse en organizador de la sociedad. Madura como fuerza organizadora, como dirigente de toda la sociedad, como verdadero creador de esta sociedad en sentido positivo, solo después de su dictadura. No puede ser de otro modo. Esta diferencia de principio entre la maduración del capitalismo y la del socialismo tenemos que subrayarla. Los adversarios se apoyan en la idea disparatada de que nosotros podemos madurar en la sociedad burguesa igual que los capitalistas en la feudal. Por desgracia no es así, y hay que comprender qué diferencias especiales existen aquí. Debería tocar luego otro punto que no se ha analizado bastante, tampoco en nuestra literatura: es el problema de la transición gradual al socialismo313. Este problema de la transición gradual al socialismo se discutió muchísimo en el planteamiento revisionista. La concepción revisionista consistía en que el capitalismo se transforma gradualmente en socialismo. Se puede decir que no podemos cumplir nuestra tarea exclusivamente con el decreto, con puras medidas de fuerza, sino que se trata de un gran proceso orgánico de larga duración; hablando con reservas, de un proceso de verdadera transición gradual al socialismo. Pero la diferencia entre nosotros y los revisionistas está en el momento en que empieza esa transición gradual. Los revisionistas, que no quieren ninguna revolución, afirman que este proceso de transición gradual tiene lugar ya en el seno del capitalismo. Nosotros afirmamos que empieza después de la dictadura del proletariado. El proletariado debe destruir el viejo Estado burgués, tomar el poder y con esa palanca cambiar las relaciones económicas. Tenemos entonces un largo proceso de desarrollo en el que las formas socialistas de producción y de distribución ganan cada vez más terreno y así irán desplazando poco a poco todos los restos de la economía capitalista, hasta que se haya producido la transformación completa de la sociedad capitalista en la socialista.

Luego otro punto, que también guarda relación con el anterior: la cuestión de los «tipos nacionales» del socialismo, como forma de producción, naturalmente. Antes de la revolución nos representábamos todos, sin excepción, la cosa de tal manera que hablábamos de economía planificada, de economía colectiva, sin pensar concretamente en ello. Pero ahora, sobre todo después de las experiencias de la revolución rusa, vemos que tendremos por delante un largo periodo con diversos tipos nacionales de la forma de producción socialista. Tomemos el capitalismo, comparemos el capitalismo francés con el norteamericano. El capitalismo francés tiene sus rasgos especiales; el norteamericano, los suyos. Tomemos el carácter del capitalismo usurario de los franceses y del capitalismo financiero de la más pura especie en Norteamérica, o la historia de los sindicatos industriales y los trusts en Alemania y en Inglaterra. Son caminos distintos, rasgos distintos. Con el tiempo todo se nivelará, naturalmente, con el crecimiento de la economía mundial. Pero el socialismo solo puede crecer sobre lo que ya existe, y por eso cabe afirmar que las diversas formas socialistas serán en cierto sentido la prolongación, bajo otra forma, de las formas capitalistas anteriores; es decir, que los rasgos especiales del capitalismo según el país encontrarán su expresión en las formas especiales de la economía de producción socialista. Más tarde también esto se nivelará con el crecimiento del dominio mundial del proletariado, de la producción mundial en sentido socialista. La fase inicial del desarrollo, incluso después de que el proletariado haya conquistado el poder político en todos los países, tendrá diversas formas de producción socialistas. Podemos decir con toda franqueza que el socialismo ruso parecerá asiático en comparación con otros. La proporción entre lo que podemos nacionalizar y lo que no, la relación entre la industria y los campesinos, etc., etc.: todos estos rasgos atrasados de nuestro desarrollo económico encontrarán su expresión en las formas atrasadas de nuestro socialismo. Si tenemos en cuenta todo esto, si contamos con ello de antemano, podemos hablar de otras cosas, por ejemplo, de la cuestión de la nueva política económica.

Es el octavo punto que tengo anotado. Quiero decir aquí brevemente unas palabras.

Esta nueva política económica se puede iluminar desde dos puntos de vista muy particulares: desde el punto de vista táctico, o sea, desde el punto de vista de la táctica y la estrategia revolucionarias, y luego desde el punto de vista de la racionalidad económica. Son dos puntos de vista que no siempre pueden ser idénticos. Desde el punto de vista de la estrategia y la táctica han hablado ya diversos camaradas, entre otros los camaradas Lenin y Trotski. Pero yo quisiera iluminar aquí esta cuestión no desde ese punto de vista, sino desde el de la racionalidad económica.

Afirmo: todo proletariado de cada país que está al timón del poder político tiene ante sí, como problema económico-organizativo más importante, el problema de la relación entre las formas de producción que ese proletariado puede racionalizar, organizar, administrar con arreglo a un plan, y las formas de producción que no es capaz de racionalizar y administrar con arreglo a un plan en la fase inicial de su desarrollo. Es el problema económico más importante que tendría ante sí el proletariado. Si el proletariado no determina correctamente esta relación, en el sentido de que se apodera de demasiado, entonces se encuentra necesariamente en la situación siguiente: las fuerzas productivas no se desarrollan, sino que se frenan; el proletariado no es capaz de organizarlo todo; el proletariado no puede sustituir por la fuerza, con sus planes, al pequeño productor, al pequeño campesino que explota su tierra individualmente. Y en lugar de la función de esa capa, que proporciona realmente a la sociedad algo real, el proletariado obtiene un cero. La circulación sufre, por así decir, un atasco. Eso significa un nuevo descenso de las fuerzas productivas y un nuevo descenso de la vida económica en general.

En tales circunstancias el proletariado se encuentra además con otra cosa. Si el proletariado se empeña en tomar demasiado en sus manos, necesita un aparato administrativo gigantesco. Necesita demasiados empleados, demasiados funcionarios, que deben sustituir en sus funciones económicas a todos esos pequeños productores, pequeños campesinos, etc. Y este intento de sustituir a todos esos pequeños agentes por los empleados del Estado —o como quieran ustedes llamarlos; en realidad son funcionarios del Estado— produce un aparato burocrático tan enorme que sus costes son mucho mayores que los gastos que se originan por la situación anárquica dentro de la esfera de la pequeña producción, y entonces obtenemos el cuadro de que toda la forma administrativa, todo el aparato económico del Estado proletario no significa la forma del desarrollo de las fuerzas productivas, sino que representa la traba del desarrollo de las fuerzas productivas. Significa precisamente lo contrario de lo que debe ser, y por eso tiene que ser reventado con férrea necesidad. Que esto surja de una cierta contrarrevolución o de la pequeña burguesía, o que este aparato sea reducido y reorganizado por el propio partido, como ocurrió entre nosotros, es indiferente. Si el proletariado no lo hace él mismo, el aparato será reventado por otras fuerzas. Eso deben verlo con toda claridad todos los camaradas.

Por eso afirmo: la nueva política económica es, por una parte, un fenómeno específicamente ruso, pero, por otra, es también un fenómeno general. (¡Muy bien!) No es exclusivamente una retirada estratégica, sino la solución de un gran problema organizativo-social, a saber, el de la relación entre las distintas ramas de la producción que debemos racionalizar y las ramas de la producción que no somos capaces de racionalizar. Camaradas, hablando con franqueza: intentamos organizarlo todo en nuestro país, incluso a los campesinos y a los millones de pequeños productores. Por eso tuvimos un aparato burocrático tan gigantesco. Por eso tuvimos unos gastos administrativos tan grandes. Por eso tuvimos también la crisis política. Por eso tuvimos también que introducir esta nueva política económica para salvarnos, como dijo con toda franqueza el camarada Lenin, para salvar la causa de todo el proletariado. No es en modo alguno, como creen algunos camaradas, algo parecido a una enfermedad secreta que hay que ocultar. No es solo una concesión al adversario, que arremete contra nosotros con todas sus fuerzas; es también la solución correcta de un problema organizativo-social. Y, dicho con franqueza: si con el viejo rumbo económico teníamos situaciones tales que nuestra milicia roja de Moscú dispersaba a las viejas que vendían pan, etc., aquello era, desde el punto de vista de la racionalidad económica, un manicomio. Y cuando se ha reconocido esto con acierto, hay que convertir ese manicomio en algo mejor. Algunos camaradas opinan: eso fue un pecado desde el punto de vista del marxismo ortodoxo. No fue nuestro pecado, sino la corrección, hecha por nuestro partido y necesaria, de lo que habíamos provocado en la primera revolución proletaria por nuestra inexperiencia y a consecuencia de nuestra ignorancia. Esa es nuestra concepción. Y digo: los problemas de la nueva política económica son también internacionales. Lo específico lo tenemos, naturalmente, en el coeficiente concreto de la relación entre lo que podemos racionalizar y lo que no podemos racionalizar. En eso consiste lo específicamente ruso.

Tenemos muchísimos campesinos, pequeñoburgueses, etc., pero si tomamos los países industriales más avanzados, como Alemania o incluso Norteamérica, ¿creen ustedes que estos problemas no surgirán allí enseguida? ¡Enseguida! ¿Podemos, por ejemplo, organizar desde el primer momento a los granjeros norteamericanos? ¡De ninguna manera! Para esas capas hay que mantener la libertad de movimiento económico. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en Alemania. ¿Creen ustedes que el proletariado victorioso podrá organizar enseguida de manera comunista todas las explotaciones campesinas, en especial las de Baviera? ¡De ninguna manera! ¿Saben ustedes qué exigirá el campesino cuando le pidan la entrega del grano? Que pueda moverse libremente, que pueda vender. Por eso también en Alemania tendrán que tener siempre este problema ante los ojos; se verán siempre obligados a calcular con mucho cuidado en qué proporción quieren tener la economía socialista sujeta y en qué medida tienen que mantener la economía libre.

Así se plantea el problema de la nueva política económica. Pero este problema va unido a otro problema completamente distinto. En la revolución, en efecto, el principio de la racionalidad económica está en contradicción con otro principio que también es necesario para el proletariado, a saber, el principio de la conveniencia puramente política de la lucha. Ya he puesto a menudo ejemplos de ello. Si, por ejemplo, levantan ustedes barricadas y para ellas sierran los postes del teléfono, eso no significa en modo alguno aumentar las fuerzas productivas, eso se entiende por sí mismo. (Risas.) Lo mismo en la revolución. Si, por ejemplo, la burguesía capitalista arremete contra ustedes con todas sus fuerzas y tiene en los círculos pequeñoburgueses sus agentes, que actúan directamente por encargo de la gran burguesía, ¿qué es entonces necesario para el proletariado? El proletariado tiene que aplastar a toda costa esas agencias pequeñoburguesas de la gran burguesía. Al crecer la lucha, se ve obligado a quitar también la base económica de esa pequeña burguesía. Entonces viene lo irracional, lo que considerado de modo puramente económico es inconveniente, pero puede ser conveniente desde el punto de vista de la lucha política y de la guerra civil que ha de ser victoriosa. Estos dos puntos de vista, la racionalidad económica por una parte y la conveniencia de la lucha política por otra, no son lo mismo, y a menudo están en contradicción. Pero lo primario tiene que ser la conveniencia de la lucha política, y ello porque no se puede construir el socialismo sin tener antes el Estado proletario. Pero tenemos que poner siempre nuestra atención en no hacer nada superfluo, en no hacer nada que sea inconveniente desde el punto de vista de la lucha política e irracional desde el punto de vista económico. Naturalmente, no puedo desarrollar más estos razonamientos, pero se entienden por sí mismos; podemos iluminar este problema también desde el punto de vista de las diversas clases, capas y agrupaciones. Entra aquí en consideración nuestra relación con las clases medias, con la llamada intelectualidad, es decir, con las nuevas clases medias, y luego nuestra relación con el campesinado y con las distintas capas del campesinado. Todo esto tenemos que establecerlo aquí programáticamente. Al hacerlo queremos, naturalmente, aprovechar las experiencias de la revolución rusa, pues sería francamente estúpido que no comprendiéramos teóricamente ni aprovecháramos las experiencias de la mayor revolución que hemos tenido hasta ahora.

Llego ahora a la cuarta subdivisión, que designo como los nuevos problemas tácticos generales. Hasta ahora he examinado diversos problemas de naturaleza puramente teórica; ahora quiero, pues, examinar algunos problemas que tienen carácter táctico general y que en cierto sentido pueden designarse también como programáticos.

Ante todo, muy de pasada, una cuestión, a saber, la de las colonias. A esta cuestión tenemos que darle en nuestro programa dimensiones mucho mayores de lo que ha sido el caso hasta ahora. (¡Muy bien!) Intentamos ahora escribir un programa internacional. El regusto aristocrático que tienen los libros de Kautsky y compañía tiene que salir a sangre y hierro. Tenemos que comprender que en el proceso de la revolución mundial nuestras reservas, que son de la mayor importancia, se encuentran en los países coloniales. Por eso esta cuestión tiene que tratarse con mucho más detalle de lo que se hacía antes.

El segundo problema táctico es el de la defensa nacional. Este problema de la defensa nacional, que para nosotros, los comunistas, estaba absolutamente claro al comienzo de la guerra y que consistía en el rechazo casi liso y llano de la defensa nacional, se presenta ahora de un modo algo distinto, algo modificado y complicado. La mayor complejidad del planteamiento se debe a que ahora tenemos en un país la dictadura proletaria, y la existencia de un Estado proletario cambia enseguida toda la situación. En general, los marxistas y dialécticos tenemos que contar con tales cambios a gran escala. Solo quiero poner un ejemplo.

Cuando éramos un partido revolucionario de oposición, naturalmente no podíamos pensar ni un solo momento en aceptar dinero de un Estado burgués cualquiera para nuestra actividad revolucionaria. Habría sido demasiado estúpido. En el momento en que hubiéramos recibido dinero de una potencia enemiga cualquiera, habríamos desacreditado por completo nuestra causa. Por eso la burguesía internacional trataba este problema, desde su punto de vista, con todo acierto cuando intentaba demostrar que nosotros éramos agentes del imperialismo alemán o que Karl Liebknecht era agente de la burguesía francesa. Reconocimos muy acertadamente que nunca debíamos hacer algo así, y siempre estuvimos en contra de tales intentos. Pero ahora que existe un Estado proletario y que puede concertar un empréstito con un Estado burgués cualquiera, sería también estúpido que lo rechazara por principio. Es, pues, un pequeño ejemplo para mostrar un giro de principio de ese tipo, que se produce cuando ya tenemos un Estado proletario.

Lo mismo ocurre con la cuestión de la defensa nacional. Está del todo claro qué significa país proletario, es decir, el Estado proletario (pues en todas estas cuestiones la palabra «país» es sinónimo de la palabra «Estado», con o sin la caracterización de clase). Cuando la burguesía habla de defensa nacional, se refiere con ello a la defensa del aparato estatal burgués; y cuando nosotros hablamos de defensa nacional, nos referimos a la defensa del Estado proletario. Queremos, pues, establecer programáticamente con claridad: el Estado proletario puede y debe ser defendido no solo por el proletariado de ese país, sino por los proletarios de todos los países. Esto es lo nuevo frente al planteamiento del comienzo de la guerra. La segunda cuestión es esta: ¿pueden los Estados proletarios, partiendo de la conveniencia de la estrategia del proletariado en su conjunto, formar bloques militares con los Estados burgueses? Aquí no hay ninguna diferencia de principio entre un empréstito y una alianza militar. Y afirmo que ya hemos crecido tanto que podemos concertar una alianza militar con una burguesía para aplastar, por medio de ese Estado burgués, a otra burguesía. Lo que vendrá después, con determinadas relaciones de fuerzas, pueden ustedes imaginarlo fácilmente. Es una cuestión de conveniencia puramente estratégico-táctica. Así hay que plantearlo en el programa. En esta forma de defensa nacional, de alianza militar con Estados burgueses, es deber de los camaradas de un país así ayudar a la victoria de ese bloque. Si en otra fase del desarrollo la burguesía de un país así es a su vez vencida, surgen otros problemas (risas) que no estoy obligado a esbozar aquí, pero que ustedes comprenderán fácilmente.

Debemos mencionar luego otro punto táctico: el derecho a la intervención roja. Es, a mi juicio, la piedra de toque para todos los partidos comunistas. El griterío sobre el militarismo rojo está muy extendido. Debemos establecer programáticamente que todo Estado proletario tiene derecho a la intervención roja. (Interrupción de Rádek: ¡Eres jefe de un regimiento y por eso hablas así! Risas.) En el Manifiesto Comunista se decía que el proletariado debe conquistar el mundo entero. Pues bien, eso no se puede hacer con un dedo (risas); hay que hacerlo con bayonetas y fusiles. Y por eso la extensión del sistema en que se basa todo Ejército Rojo es una extensión del socialismo, del poder proletario, de la revolución. Con ello queda fundamentado el derecho a la intervención roja en circunstancias especiales que hagan posible su realización en el plano puramente técnico.

Con esto he despachado los diversos problemas y paso ahora —puedo ser bastante breve— a la concepción general del programa, en particular a la arquitectura del programa. Opino que los programas de los partidos nacionales deben constar al menos de dos partes: 1. una parte general, válida para todos los partidos. La parte general común debe figurar en el carné de partido de cada militante en cada país. 2. el programa debe constar de una parte nacional que ilumine las reivindicaciones específicas del movimiento obrero de los países respectivos. Y luego, 3., quizá —pero eso no es un elemento propiamente programático— un programa de acción que ilumine las cuestiones puramente tácticas y que pueda cambiarse con la rapidez que se quiera, quizá cada dos semanas (risas). Algunos camaradas afirman que las cuestiones tácticas, como la incautación de los valores reales en Alemania314, la táctica del frente único o la cuestión del gobierno obrero, deben establecerse también programáticamente. El camarada Varga dice que es cobardía de pensamiento protestar contra ello. (Rádek: ¡Muy bien!) Pero yo afirmo que el deseo de establecer estas cuestiones no es más que la emanación de la actitud oportunista de esos camaradas. (Risas.) Tales cuestiones y tales consignas, como por ejemplo el frente único o el gobierno obrero o la incautación de los valores reales, son consignas fundadas sobre una base muy fluctuante. Esa base consiste en una cierta depresión dentro del movimiento obrero. Y esa defensiva en que se encuentra el proletariado quieren esos camaradas fijarla programáticamente, es decir, hacer imposible la ofensiva. Lucharé contra ello con todos los medios. Nunca permitiremos que se hagan tales formulaciones programáticas. (Rádek: Nosotros, ¿quién es nosotros?) Nosotros somos los mejores elementos de la Internacional Comunista. (Risas, aplausos.)

Opino, camaradas, que en esta parte teórica deben figurar las subdivisiones siguientes: primero, un análisis general del capitalismo; esta parte será especialmente necesaria para los pueblos coloniales. Luego debemos tener en ella el análisis del imperialismo y de la descomposición del capitalismo, y además el análisis de la época de la revolución socialista. Como segunda parte del programa debemos tener un esbozo de la sociedad comunista. Opino que la descripción de la sociedad comunista es necesaria en el programa, que es necesario decir qué significa propiamente el comunismo y cuál es la diferencia entre las distintas fases de transición.

La tercera parte debe contener el derrocamiento de la burguesía y la lucha del proletariado por el poder.

La cuarta parte debe estar dedicada a cuestiones estratégicas generales, pero no a cuestiones como, por ejemplo, la relación con la socialdemocracia y con los sindicatos.

Pues estas cuestiones no son de naturaleza fluctuante, y estas cuestiones estratégico-tácticas pueden establecerse en el programa.

En cuanto a las partes nacionales, no es tarea mía tocar estos problemas; ahí hay que hacer un estudio especial según el país y el programa.

Camaradas, quisiera hacer aquí además algunas observaciones críticas sobre manifestaciones —también manifestaciones escritas— y artículos de diversos camaradas.

Del debate sobre esta cuestión existen los documentos siguientes, las manifestaciones siguientes:

  1. El informe del primer debate de la comisión del programa, que han recibido todos los partidos.

La respuesta de la Central italiana a este informe.

Algunos artículos del camarada Varga.

Un artículo del camarada Rudas315.

Un artículo del camarada Rappoport316.

Un artículo del camarada Šmeral.

Un proyecto del partido alemán.

Un proyecto del partido búlgaro y mi proyecto.

En lo que respecta al primer debate en la comisión del programa, se expresaron en él dos puntos de vista. Las diferencias estaban precisamente en la línea de si debemos establecer programáticamente o no problemas tácticos como el del gobierno obrero, etc. Yo fundamenté allí uno de los puntos de vista.

La Central italiana dio su respuesta al debate de la comisión del programa en una carta en la que defendía mi concepción de las cosas, pero con una motivación muy extraña. Declaraba que no se pueden establecer programáticamente estas cosas porque no se puede imponer a los partidos nacionales «el credo». Así pues, la Central italiana no defendía mi punto de vista porque sea oportunista e imposible meter estas cuestiones en el programa —en ese caso tendríamos que cambiar nuestro programa cada dos semanas—, sino porque la Internacional no puede imponer el credo a los partidos nacionales.

Doy mil gracias a los camaradas italianos por estar de acuerdo con mi concepción, pero no puedo darles las gracias, ni siquiera unas pequeñas, por esa extraña motivación.

Paso ahora a los artículos del camarada Varga. El camarada Varga es un tipo muy valiente, y por eso cree que son cobardes todos los que no quieren adoptar su punto de vista en esta cuestión. Ya he dicho que su valentía es una valentía oportunista y que nuestra cobardía es la cobardía de no ser oportunistas. En eso consiste nuestra cobardía. Tememos convertirnos en oportunistas, y Varga no es tan cobarde como para temerlo. En eso consiste la diferencia entre él y nosotros.

Varga exige además que se dé la tipología de todos los países en el periodo de descomposición del capitalismo. En general, en lugar de un programa quiere dar un libro universal de todas las ciencias sociales, con todos sus apéndices. Dar la tipología de todos los países y establecerla programáticamente es, a mi juicio, también muy arriesgado. Los desplazamientos dentro de los países pueden producirse muy deprisa. Si, por ejemplo, en Alemania se llega a una revolución victoriosa, tendremos enseguida un cambio completo de toda la constelación mundial. Por eso opino que no es conveniente dar una tipología concreta de los países; no es conveniente desde el punto de vista de los rápidos cambios que son posibles, y no es conveniente porque entonces nuestro programa sería tan largo que ni un solo obrero sería capaz de leerlo hasta el final.

En cuanto al artículo del camarada Šmeral, distingo en él dos directrices de sus deseos, que se expresan en el artículo. En su artículo exige, por una parte, que aprovechemos plenamente las experiencias de la revolución rusa, y plantea con toda razón la cuestión de la relación entre las distintas ramas de la producción, los ámbitos de la producción, las formas y las distintas capas sociales, y pregunta por nuestra relación con ellas. En este planteamiento tiene toda la razón, pero no la tiene cuando, junto con Varga y Rádek, exige la fijación programática de cuestiones como la del gobierno obrero, la de la carta abierta, etc.

Con el artículo del camarada Rudas estoy de acuerdo en líneas generales.

En cuanto al artículo del camarada Rappoport, con la mejor voluntad no he podido encontrar en él absolutamente ninguna idea.

Sobre el programa del partido hermano alemán quisiera hacer las siguientes observaciones generales. A mi juicio, el programa tiene los defectos siguientes:

  1. Está escrito de un modo demasiado erudito.

  2. Está redactado de un modo demasiado concreto y descriptivo.

Hay en él, por ejemplo, un largo pasaje sobre diversas cosas concretas, sobre las consecuencias de la paz de Versalles, etc., etc., que a mi juicio no pertenecen al programa. Este aspecto descriptivo y concreto-histórico del proyecto alemán es también la causa de su longitud. No es un programa, sino un manifiesto universal muy grande. Esa es la impresión que me ha producido el proyecto. Muchos pasajes están escritos con un estilo brillante y son teóricamente muy buenos.

  1. El proyecto está redactado de un modo demasiado europeo —los camaradas alemanes lo reconocen ellos mismos— y, a mi juicio, también un poquito demasiado alemán, partiendo del punto de vista de Europa central.

  2. El último defecto del programa alemán, que suma todos los demás, es que es demasiado largo. No contiene el análisis general del capital, que es necesario; no contiene la descripción general del comunismo, que también es necesaria, y, sin embargo, es muy, muy largo.

En cuanto al programa búlgaro, tengo que observar lo siguiente:

Contiene algunos pasajes que también son demasiado concretos y descriptivos, no adaptados a las exigencias de un programa; pueden servir de comentario. Además, la arquitectura del programa no es del todo afortunada, porque representa una cierta mezcla arquitectónica de los planteamientos balcánicos y los planteamientos generales. Tengo que hacer observaciones de fondo sobre un pasaje, a saber, el pasaje en que los camaradas búlgaros tratan del papel del partido. Al final de ese pasaje hablan incluso de la insurrección armada. Dicen: vamos, mediante las acciones de masas con huelgas, a la insurrección armada; y eso es muy revolucionario. Pero allí donde se habla en general del papel del partido, el programa contiene, a mi juicio, un énfasis demasiado superfluo en la actividad parlamentaria del partido.

La relación entre la actividad extraparlamentaria y la parlamentaria, incluso si tenemos en cuenta las dimensiones del papel en que está escrito, no es del todo afortunada, y opino que sería mejor que hiciéramos aquí una pequeña corrección.

Luego, para terminar, una breve observación: si las reivindicaciones del partido, que en el programa búlgaro se exponen con mucho detalle, están destinadas a todos los partidos que pertenecen a la Internacional, es demasiado. Si están destinadas exclusivamente a los países balcánicos, entonces faltan las reivindicaciones que deben valer para la Internacional. También aquí habría que introducir, a mi juicio, una pequeña corrección.

Naturalmente, no voy a ponderar mi propia «mercancía». (Risas.) Eso se entiende por sí mismo. Pero ruego a los camaradas que discutan un poco estas cuestiones y, en especial después del congreso, que elaboren teóricamente, a mayor escala, muchos elementos del programa.

Termino mi largo informe con la esperanza de que todos salgamos del quinto congreso con un programa fecundo, realmente revolucionario y realmente ortodoxo, marxista. (Vivos aplausos.)

Thalheimer (Alemania): Camaradas, tienen ustedes ante sí cuatro proyectos de programa distintos: el del camarada Bujarin, un programa búlgaro, un programa alemán y, por último, un programa de acción del partido italiano. No considero tarea mía ensalzar entre estos proyectos el alemán, en sus detalles concretos, como el que tiene que derrotar a la competencia a toda costa. Es un primer proyecto que necesita mejoras y complementos en la forma y en el contenido. Pero afirmo que lo mismo vale para todos los proyectos presentados, y el alemán no es en esto ninguna excepción. Los proyectos, tal como están, son bases para una redacción definitiva y para una discusión internacional. La redacción definitiva, a mi juicio, solo puede ser el resultado de un trabajo colectivo. Estoy completamente de acuerdo con el camarada Bujarin en que sobre el programa definitivo debe decidir el próximo congreso. Hoy solo podemos iniciar y preparar su elaboración definitiva. Para ello es necesario sacar a la luz los puntos de divergencia, en la medida en que existen, con toda brevedad pero también con toda nitidez, y eso ocupará la parte principal de mi exposición. No repetiré la excelente exposición del camarada Bujarin para demostrar la bancarrota teórica y programática de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media; solo quiero, para rozar al menos este capítulo, aportar algunos pequeños complementos típicos.

En primer lugar, quiero señalar que Kautsky, en su escrito sobre el programa, llega tan lejos que abandona incluso el fundamento de la concepción marxista de la economía capitalista. Lo característico de esa concepción es la idea de que el fin último y la ley reguladora del capitalismo es la producción de plusvalía, y ahora Kautsky expone de pronto que el capitalismo se rige por la necesidad de consumo. Creo que no puede haber capitulación más completa, más profunda y más fundamental ante la economía burguesa que la que aquí se encierra.

Luego quiero referirme aún en pocas palabras a las propuestas reformistas que hace Kautsky sobre los caminos hacia la economía socialista. El camarada Bujarin ha señalado con toda razón que lo que nos separa de Kautsky no es la idea del ritmo de la transición del capitalismo al socialismo, sino que el punto esencial es este: nosotros estamos convencidos de que esa transición comienza después de la conquista del poder político, mientras que él cree poder llevarla a cabo antes de la conquista del poder político y sin ella.

Pues bien, Kautsky ha vuelto hoy por completo, en todos estos puntos, a Bernstein. Todas esas propuestas de reforma, los caminos que tomó Bernstein, los recorre ahora Kautsky con la pretensión de que eso es ahora el verdadero marxismo. No quiero examinar estas cosas más a fondo en la teoría, sino en la práctica. ¿A qué se refieren estas propuestas? Son, en primer lugar, los conocidos caminos del socialismo municipal y, en segundo lugar, los caminos del socialismo gremial317, una nueva mercancía de importación. Para demostrar aquí sus novísimas viejas tesis bernsteinianas, Kautsky, que en todos sus escritos se presenta como un teórico especialmente sobrio, comete el disparate más fantástico. Tomemos el socialismo gremial. El socialismo gremial se figura que, sin conquistar el poder político, los sindicatos pueden realizar el socialismo paso a paso, por así decirlo a espaldas de la sociedad capitalista. Pues bien, basta mirar la situación de los sindicatos, su situación financiera en la economía capitalista en decadencia, para comprender que eso es pura fantasía. Cuando los sindicatos tienen hoy las mayores dificultades para mantener sus fondos de lucha, no se puede esperar que vayan a realizar el socialismo a espaldas del capitalismo.

Un segundo caballo de batalla predilecto del reformismo es el socialismo comunal, la comunalización. Cualquiera que conozca un poco las cosas de Occidente sabe que un rasgo llamativo de la situación no es solo la bancarrota general de los Estados, sino también la de las haciendas municipales, y que el problema se plantea hoy así para los municipios: no transición al socialismo por sus propias fuerzas, sino defensa contra los ataques de los capitalistas, que quieren privatizar los servicios municipales.

Y ahora un tercer punto. Para hacer la transición especialmente suave, se ha propuesto la expropiación de la propiedad capitalista con indemnización. Todos ustedes saben que Marx dice en un pasaje que tal vez se podría comprar con indemnización a los terratenientes ingleses. Pero no lo dijo en el sentido de que eso se pudiera hacer antes de la conquista del poder político, sino de que ese camino solo podría ser practicable después de la conquista del poder político. ¿Cómo están las cosas en la mayor parte de Europa? Supongamos que el poder está conquistado y que se trata de comprar a los capitalistas: todo el mundo sabe que una de las primeras condiciones de la construcción socialista es la liquidación de las enormes cargas muertas de deudas que pesan sobre la economía. Este método suave de comprar a los capitalistas es hoy una utopía exactamente igual que la idea del socialismo gremial o del socialismo municipal de Kautsky.

Además, quiero llamarles la atención sobre una particular belleza de Kautsky que tiene un interés especial precisamente aquí y ahora: la cuestión, por un lado, de la burocracia estatal y, por otro, del capitalismo de Estado o socialismo de Estado, tal como la trata Kautsky. Según la concepción de Kautsky, solo quedan en realidad dos Estados donde la burocracia desempeña un gran papel. Uno es Francia, la «república sin republicanos» en el viejo sentido. El segundo Estado, según Kautsky, es… la Rusia soviética. Por lo visto, en Alemania la democracia se ha realizado hasta el punto de que la burocracia estatal ha desaparecido. Pues bien, la consecuencia práctica de esto es que en Alemania y en los demás Estados de la democracia burguesa los socialdemócratas no tocan la burocracia, la dejan intacta. Toda la política práctica de la socialdemocracia se limita, en efecto, a añadir funcionarios socialdemócratas a los burgueses.

Pero ahora la contrapartida. Al tratar el socialismo de Estado y el capitalismo de Estado, Kautsky descubre de pronto que esa burocracia estatal sigue ahí y que es totalmente incapaz de hacerse cargo de las empresas capitalistas. Es rígidamente conservadora, inmóvil; eso solo puede hacerlo la burocracia capitalista, solo ella puede hacerse cargo de esas empresas.

Pues bien, ¿qué significa esto hoy en la práctica, aplicado a Alemania y en general? Significa directamente la combinación, el trabajo codo con codo con Stinnes y su gente, la recomendación de los burócratas de Stinnes como la capa profesional que debe llevar a cabo la socialización. Kautsky, ya antes de que se produjera en la práctica la fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, del USP y del SP en Alemania, le dio su bendición teórica y su fundamentación teórica. Si ahora se forma en Alemania un gobierno Stinnes con la participación de los socialdemócratas, si ese gobierno Stinnes trata de arrebatar para el capital privado las empresas que todavía son del Estado, Kautsky ya le ha dado también su bendición teórica.

Solo quería tocar estos puntos porque parecen especialmente actuales y porque iluminan con especial crudeza la capitulación de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media en el terreno teórico.

Y luego algunos pequeños complementos a lo que dijo el camarada Bujarin sobre los epígonos de Marx y su disolución.

En este contexto quiero llamar la atención sobre lo siguiente: históricamente, la polémica con estos epígonos de Marx en Alemania y en los demás círculos de la II Internacional comenzó ya después de la primera revolución rusa. El punto de partida fue entonces el debate sobre la huelga de masas, y luego el campo de batalla se amplió. El principal campo de batalla fue el debate teórico sobre las raíces del imperialismo y, en relación con él, las cuestiones políticas del desarme. Aquí se libraron en Alemania los primeros torneos teóricos, y aquí se pusieron, por un lado y por el otro, las bases de lo que luego fue el centro marxista, finalmente el USP y ahora el SPD unificado, por una parte, y el KPD, por la otra.

Luego una observación más, para subrayar lo que dijo Bujarin sobre la capitulación teórica tal como se expresó en el programa de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media, sobre todo en el programa de Görlitz318.

Todo lo que Bujarin ha subrayado y citado aquí, la eliminación de la teoría del empobrecimiento, de la teoría de las crisis, etc., todo eso se ha dicho con toda claridad y nitidez en los comentarios del programa de Görlitz. Kampffmeyer319, Bernstein, Stampfer320, todos ellos confirman con toda nitidez esa liquidación.

Ahora las cuestiones en litigio. Tocaré principalmente las siguientes:

  1. La parte fundamental, la fundamentación teórica del imperialismo en relación con la teoría de la acumulación.

  2. La cuestión que considero la principal para la verdadera elaboración tanto del programa general como del programa de cada partido, a saber, la cuestión de las medidas de transición, reivindicaciones por etapas o como se las quiera llamar, antes de la conquista del poder.

  3. Breves observaciones sobre las medidas económicas de transición después de la conquista del poder, comunismo de guerra y NEP.

  4. La estructura y la forma del programa.

Paso enseguida al primer punto, la fundamentación teórica del imperialismo. Naturalmente, no se trata de desplegar aquí un debate teórico detallado. Lo que me importa es solo que se aclare la cuestión, que se inicie la discusión teórica, que me parece absolutamente necesaria. Está claro que en cuestiones de este tipo solo puede tomarse una decisión cuando antes ha habido, en la literatura y en otras polémicas, un amplio debate teórico. Lo que quiero es precisar exactamente la cuestión y luego destacar su importancia práctico-teórica y programática. Ya mencioné antes que las divergencias programáticas, teóricas y tácticas en la vieja socialdemocracia alemana se engancharon precisamente a la cuestión teórica del imperialismo, y son dos las cuestiones que aquí desempeñan un papel: la cuestión principal, ¿es el imperialismo una fase necesaria del desarrollo capitalista, necesaria en el sentido del capitalismo? La segunda cuestión es la fundamentación teórica de esa necesidad. En Alemania, esta cuestión fue el agua fuerte que separó a la izquierda marxista del centro marxista. El punto cardinal en torno al cual gira esta cuestión es, evidentemente, el siguiente: el imperialismo es económicamente un problema de la acumulación, del crecimiento del capital o de la reproducción ampliada. Esta reproducción ampliada, este crecimiento del capital, la extensión del capital a territorios no capitalistas, es un hecho histórico, y un hecho que no data solo de la época imperialista, sino, como es sabido, del nacimiento mismo del capitalismo. Desde el nacimiento del capitalismo el mundo está lleno de guerras coloniales, de conquistas coloniales, de guerras comerciales, etc.

Y cuando explicamos el imperialismo, no se trata solo de este hecho de la propagación colonial de la expansión capitalista; se trata de la forma particular de la expansión hoy, en las condiciones imperialistas. Esta forma particular de la expansión, estas condiciones particulares en que entra la expansión capitalista en la época del imperialismo, las formula la camarada Luxemburg del modo siguiente:

«En la época imperialista se trata de la lucha por los restos del territorio no capitalista, de su nuevo reparto y, finalmente, en relación con ello, de la ampliación de la base de poder capitalista y política». Estos hechos se conocían desde hacía mucho y no están en discusión. Se trata de la explicación de estos hechos, y en concreto de decidir: ¿es esta época imperialista, con sus catástrofes y sus crisis, un azar histórico o es una necesidad? Y a ello va unida la decisión política: ¿es posible volver atrás desde esta época imperialista, hacer girar la rueda hacia la época de Manchester, hacia la época del capitalismo liberal, hacia el librecambio, la paz entre los pueblos, el pacifismo, o solo hay un camino hacia adelante, a saber, la superación revolucionaria de esta época imperialista, solo hay la salida hacia el socialismo? Y de la decisión de esta cuestión depende también la táctica política.

Si supongo que el imperialismo encarna solo los intereses de una parte de la burguesía, pero que el interés general de la burguesía es compatible con los métodos de Manchester, ¿qué se sigue de ello tácticamente? Se sigue que tácticamente existe la posibilidad de coaligarse con una parte de la burguesía contra la otra parte. Aquí está ya puesto el fundamento teórico-programático de la política de coalición. Y a la inversa, naturalmente, con la concepción inversa.

En términos puramente teóricos, la cuestión se plantea así: ¿es posible la ampliación del capital, la acumulación, dentro de los límites del capitalismo y de manera ilimitada, o encuentra esa acumulación otros límites que el propio capitalismo? Es decir, reducido a la fórmula más simple: ¿tiene el capitalismo la posibilidad de crecer ilimitadamente y de extenderse ilimitadamente, o existen límites teóricos absolutos a esa extensión y a ese crecimiento? Se ha reprochado a la concepción que desarrolla la teoría de la acumulación que es una especie de fatalismo, que tiene la vista fija en el punto en que el capitalismo se hunde mecánicamente. Ese punto en el que el capitalismo ya no encuentra territorio de expansión, en el que tendría que hundirse de un modo puramente mecánico, es solo un límite ideal, un valor límite, como dirían los matemáticos. Lo que importa es otra cosa. A saber, que el capitalismo en su fase imperialista se ve obligado a agudizar los antagonismos de clase, que se ve obligado a pasar por las más graves catástrofes políticas y sociales. De donde se sigue que lo decisivo para el fin del capitalismo no es ese fin pensado, sino el grave periodo de crisis al que conduce el imperialismo.

Para probarlo, me veo obligado a citar los pasajes correspondientes de la camarada Luxemburg. Dice así en su escrito en el que polemiza con los críticos de la acumulación321:

«La acumulación es imposible en un medio exclusivamente capitalista. De ahí, desde el primer momento del desarrollo del capital, el impulso a la expansión hacia capas y países no capitalistas, la ruina del artesanado y del campesinado, la proletarización de las capas medias, la política colonial, la “política de apertura”, la exportación de capital. Solo mediante una expansión constante hacia nuevos dominios de la producción y nuevos países ha sido posible desde siempre la existencia y el desarrollo del capitalismo. Pero la expansión conduce en su marcha mundial al choque entre el capital y las formas sociales precapitalistas. De ahí la violencia, la guerra, la revolución, la catástrofe: el elemento vital del capitalismo de principio a fin».

Ahora bien, la camarada Luxemburg pregunta: ¿tiene que alcanzarse ese límite objetivo del capitalismo? Pregunta: ¿puede llegar realmente ese momento? Y responde así:

«Ciertamente, eso no es más que una ficción teórica, precisamente porque la acumulación del capital no es solo un proceso económico, sino un proceso político.

El imperialismo es tanto un método histórico de prolongar la existencia del capital como el medio más seguro de poner objetivamente fin a su existencia por el camino más corto. Con ello no se dice que ese punto final tenga que alcanzarse pedantemente. Ya la tendencia hacia esa meta final del desarrollo capitalista se manifiesta en formas que hacen de la fase final del capitalismo un periodo de catástrofes». (La acumulación del capital, página 425). Luego se explica con más detalle:

«Cuanto más violentamente acaba el capital, por medio del militarismo, fuera en el mundo y en su propia casa, con la existencia de las capas no capitalistas y rebaja las condiciones de existencia de todas las capas trabajadoras, tanto más se transforma la historia cotidiana de la acumulación del capital en la escena mundial en una cadena continua de catástrofes y convulsiones políticas y sociales que, junto con las catástrofes económicas periódicas en forma de crisis, harán imposible la continuación de la acumulación y necesaria la rebelión de la clase obrera internacional contra la dominación del capital, incluso antes de que este haya chocado económicamente con su límite natural, creado por él mismo». (Loc. cit., p. 445). Esa es una cara.

Y ahora, camaradas, unas palabras sobre el reverso de la medalla, que desde el principio ha combatido esta teoría con toda dureza. Hilferding, que en su Capital financiero repite breve y escuetamente este esquema de Marx, dice que el capitalismo puede extenderse ilimitadamente. Luego Bauer, para que no falte la cabeza austriaca de la escuela, que ha desarrollado una teoría muy curiosa, a saber, que el crecimiento capitalista está condicionado y regulado por el crecimiento de la población, y en concreto de la población obrera. Eso es poner cabeza abajo la teoría marxista de la población, que dice exactamente lo contrario.

Y ahora quiero mostrarles con algunos ejemplos las consecuencias políticas de esta concepción. Y quiero subrayar que hay toda una serie de personas que han rechazado la teoría de la acumulación y no han sacado esas consecuencias políticas; eso no prueba nada a favor de sus argumentos, solo algo sobre su falta de consecuencia.

Cito, pues, aquí a quienes, partiendo de este punto de partida teórico, han sacado consecuentemente las conclusiones.

Primero Kautsky. Es una serie continua, de 1912 a 1922. Kautsky escribe el 26 de abril de 1912 en la Neue Zeit322:

«La carrera de armamentos se basa en causas económicas, pero no en una necesidad económica».

Esta es una sutileza escolástica especialmente fina.

«Ponerle fin no es en lo más mínimo una imposibilidad económica».

Con esto tienen ustedes la clave teórica de la actitud que adoptaron el USP y Kautsky durante la guerra.

Luego, en el mismo tono, Bernstein en el congreso del partido de Chemnitz de 1912. Es muy interesante que estos dos antípodas se encontraran en este punto ya en 1912. Bernstein expuso en el congreso de Chemnitz:

«Podría responder mucho a la afirmación de que lo que hoy reclamamos, a saber, el desarme, es una utopía y algo reaccionario. No lo es… La historia universal ha ido muchas veces por un camino equivocado».

Eso me recuerda mucho la pequeña anécdota del oficial que ve volar una paloma y afirma: «Mira, la paloma vuela mal».

«Queremos la intervención consciente en el proceso, la consigna: paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».

En esa buena voluntad se encontraron ya juntos Kautsky y Bernstein en 1912. Luego, durante la guerra, Hilferding. Tengo aquí un pequeño extracto de un artículo que Hilferding publicó en esa época, en noviembre-diciembre de 1916, con el título «La teoría del hundimiento», «La reciprocidad y la violencia como medios de la política comercial». Algunas pequeñas citas:

«Mientras que el capitalismo seguiría siendo posible aunque el mundo entero estuviera desarrollado de un modo capitalista aproximadamente igual, el imperialismo presupone la existencia de grandes diferencias económicas».

Además:

«Los obreros solo pueden defender una política comercial de reciprocidad».

Y por último:

«El librecambio se convierte así, en su oposición a la política comercial imperialista y, con ello, al imperialismo en general, en una reivindicación de lucha inevitable del proletariado». Además:

«Desde este punto de vista, la política colonial pierde su importancia. Pasa a ser indiferente a quién pertenezcan políticamente las colonias. El desarrollo del imperio colonial inglés ha beneficiado, en el plano puramente económico, a todas las demás economías nacionales, que se han ahorrado con ello las cargas de la adquisición y el desarrollo».

¿Qué hay detrás de esto?

Precisamente la idea que mencionamos antes, la idea de la posibilidad de superar el imperialismo hacia atrás, hacia el librecambio, y las consecuencias teóricas que de ella se derivan. La clase obrera no tendría que luchar hacia adelante por el socialismo, sino hacia atrás. Tendría que aliarse con las capas correspondientes de la burguesía.

Y luego, camaradas, la flor más alta en este asunto es un artículo de Hilferding de Año Nuevo de 1922 en el que demostraba que la época de los antagonismos imperialistas había terminado, que ahora empezaba la época de la gran armonía imperialista: una línea consecuente desde el punto de partida de 1912. Hilferding decía entonces:

«La economía capitalista conoce dos medios para aumentar el beneficio: la competencia y el acuerdo. Cuanto más avanzado está el capitalismo, tanto más ocupa el acuerdo el lugar de la competencia. Lo mismo vale para la política internacional de los Estados capitalistas… La última guerra ha dejado dos centros de poder predominantes. Al mismo tiempo ha demostrado lo ruinosa que fue la guerra. Si se quieren obtener éxitos, es necesario un cambio de métodos: el acuerdo en lugar de la lucha».

El acuerdo: un consejo que Hilferding dio a los capitalistas en 1922 basándose en un análisis.

Pero, camaradas, esta cuestión de la explicación teórica del imperialismo no ha desempeñado un papel solo en Alemania, sino también en suelo ruso. Ruego precisamente a los camaradas rusos que lo tengan en cuenta. Fue el marxismo legal, Tugán-Baranovski323, Struve324, Bulgákov325, el que defendió la teoría de la posibilidad ilimitada de acumulación del capitalismo. Quiero referirme en pocas palabras a las raíces de esta teoría. Para el marxismo naciente en Rusia se trataba de demostrar, contra los populistas, que el desarrollo capitalista en Rusia era posible y necesario. Pues bien, estos marxistas lo demostraron, pero demostraron un poco demasiado. (Interrupción: ¿También Lenin?) También Lenin. Sí. Demostraron que el capitalismo es ilimitado y eterno. Y con ello aportaron la prueba teórica de la imposibilidad del socialismo. Y, camaradas, aquí está la analogía con el caso de Alemania. Tugán-Baranovski, Struve y Bulgákov han acabado todos en el campo de la burguesía. Hay también otros casos, pero digo que se basan en inconsecuencias teóricas.

Planteo esta cuestión tan detalladamente y la preciso porque digo que aquí no se trata de un punto secundario, sino de un punto principal de la teoría. La crítica que se ha hecho a esta teoría en Alemania y, en Austria, por parte de los austromarxistas, ha sido refutada a mi juicio, y los camaradas que rechazan esta teoría (hay una serie de camaradas rusos en los que es así) tienen el deber, no aquí y ahora, pero sí en general, de confrontarse con ella en el terreno teórico.

Paso ahora a la cuestión que es la decisiva para la redacción del programa general y del programa de cada partido, aquella en la que estoy en aguda oposición al camarada Bujarin. Es la cuestión de las reivindicaciones transitorias, de las reivindicaciones por etapas o del programa mínimo. El camarada Bujarin sostiene la posición de que hay que separar estas reivindicaciones transitorias concretas, estas reivindicaciones por etapas, del programa propiamente dicho. Para ello hace un chambre séparée que se llama programa de acción. Ahí se pueden cometer toda clase de pecados. (Interrupción de Bujarin: Pero la entrada es pública.) La entrada es pública. Bien, entonces abramos esa puerta y veamos qué cosas programáticamente admisibles pasan ahí dentro. (Interrupción: ¿Qué cosas considera usted admisibles?) De eso se trata precisamente. También en Alemania hemos tenido oposición a la inclusión en el programa de las reivindicaciones transitorias antes de la conquista del poder. Se ha olfateado en ello, como el camarada Bujarin, un peligro particular de oportunismo, y por eso tenemos que examinar con mucho cuidado la cuestión: ¿hasta qué punto es posible separar los principios tácticos (no me refiero a los principios concretos, no me refiero a las consignas concretas del día, aquí tenemos que distinguir, sino a los principios tácticos) de los demás principios y objetivos? Y afirmo que, si se ve en esta separación de táctica, principio y objetivos una salvaguarda, se comete un grave error y se dejan abiertos precisamente los peligros que se quieren eliminar. («¡Muy cierto!» entre los alemanes.) Basta mirar la historia de la II Internacional, su disolución, para comprender que precisamente esta separación de los principios tácticos respecto de los objetivos constituye el punto de transición de su deslizamiento hacia el oportunismo. ¿Con qué empieza en Alemania? Con los debates entre Bernstein y Kautsky sobre la táctica. El objetivo final se mantuvo. Y además, si resumimos hoy la diferencia entre nosotros, los comunistas, y los socialistas reformistas, decimos: nos diferenciamos en el objetivo final; nosotros queremos el socialismo y el comunismo, ellos no lo quieren. ¿Con qué probamos esta afirmación? La probamos diciendo: la táctica, el camino que toma esa gente, es otro camino. Esa es, al fin y al cabo, la prueba principal. Digo, pues, que la diferencia específica entre nosotros y los socialistas reformistas no está en que separemos las reivindicaciones de reforma, por etapas o como se las quiera llamar, en un chambre séparée y las saquemos de nuestro programa, sino en que pongamos estas reivindicaciones transitorias y consignas transitorias en la más estrecha relación con nuestros principios y objetivos. Con esta relación no está dada de por sí, naturalmente, la salvaguarda, del mismo modo que no tengo la garantía de encontrar el camino correcto por tener un mapa correcto. Puede ocurrir que no sepa leer el mapa. Y me parece que lo que el camarada Lenin dijo hace poco respecto a Rusia, que Rusia tiene que ocuparse principalmente de los rudimentos de la lectura y la escritura, vale también, en un sentido algo distinto, para los partidos comunistas de Occidente: aprender a leer la realidad, (Interrupción de Rádek: ¡Y aprender a luchar!) de eso se trata. Digo, pues, que el peligro del oportunismo está justamente en el lado opuesto a aquel en que lo olfatea el camarada Bujarin: está en los caminos que conducen desde los puntos de partida dados al socialismo, a la dictadura del proletariado.

Al dejar este camino sin iluminar en largos tramos, en esa oscuridad son posibles muchísimos errores. Me pareció especialmente interesante lo que dijo Bujarin sobre el escrito del Partido Comunista de Italia. Este escribe que está en contra de las reivindicaciones transitorias porque no se debe hacer de ellas un credo.

Hay toda una serie de reivindicaciones transitorias y de medidas de transición que tienen que convertirse en un credo, que tenemos que exigir a cada partido.

¡Camaradas! La cuestión de estas reivindicaciones transitorias y del programa mínimo no es nueva. Incluso se ha debatido ya a fondo una vez en terreno ruso, y creo que tiene interés leer precisamente los documentos que se refieren a ello. Fue en otoño de 1917, cuando aquí en Rusia se trataba la cuestión del programa del partido ruso. Surgió entonces la pregunta: en una situación en la que está a punto de conquistar el poder (y esa situación estaba entonces bastante clara), ¿conserva el partido ruso solo el programa máximo y expulsa el programa mínimo? Creo que es importante citar lo que dijo el camarada Lenin. El camarada Lenin decía entonces326 (me disculparán si la cita es algo larga):

«En efecto, todo nuestro programa sería un miserable pedazo de papel si no fuera capaz de servirnos para todas las eventualidades y en todos los momentos de la lucha, y de servirnos mediante su aplicación y no mediante su no aplicación. Si nuestro programa es la formulación del desarrollo histórico de la sociedad del capitalismo al socialismo, es evidente que tiene que formular también todas las fases de transición de ese desarrollo, contenerlas en sus rasgos fundamentales, y poder indicar por tanto al proletariado en cada momento la conducta correspondiente en el sentido del acercamiento al socialismo. De ello se sigue que no puede haber en absoluto para el proletariado un momento en el que se vea obligado a abandonar su programa o en el que este programa pueda abandonarlo a él.

En la práctica, esto se manifiesta en el hecho de que no puede haber un momento en que el proletariado, llevado al timón por la marcha de las cosas, no esté en condiciones ni tampoco obligado a tomar ciertas medidas para la realización de su programa, ciertas medidas de transición en el sentido del socialismo. Tras la afirmación de que el programa socialista podría fallar por completo en algún momento de la dominación política del proletariado y no dar ninguna indicación para su realización se escondería inconscientemente la otra afirmación: que el programa socialista es irrealizable en general y en todo momento.

… De la parte general o de principios del programa pasamos al programa mínimo.

Aquí encontramos enseguida la propuesta, en apariencia “muy radical” y del todo inconsistente, de los camaradas Bujarin y V. Smirnov327 de suprimir por completo el programa mínimo. La división en un programa máximo y un programa mínimo estaría “anticuada”, sería inútil, puesto que se trata de la transición al socialismo. Ningún programa mínimo, sino simplemente un programa de las medidas de transición al socialismo.

Esa es la propuesta de los dos camaradas mencionados, que, sin embargo, por alguna razón no se han decidido a presentar el programa correspondiente (aunque las tareas y el orden del día del próximo congreso del partido, que prevén la revisión del programa del partido, obligaban sencillamente a estos camaradas a redactar un proyecto así). Es posible que los autores de esta propuesta aparentemente “radical” hayan vacilado ellos mismos… Sea como fuere, su opinión tiene que ser examinada.

A consecuencia de la guerra y del desbarajuste de la economía, todos los países se ven obligados a pasar del capitalismo monopolista al capitalismo monopolista de Estado. Esa es la situación objetiva. Pero en una situación revolucionaria el capitalismo monopolista de Estado se transforma directamente en socialismo. No se puede avanzar en una revolución sin ir hacia el socialismo. Esa es la situación objetiva creada por la guerra y la revolución. Eso lo constató nuestra Conferencia de Abril al lanzar las consignas de la “república de los soviets” (forma política de la dictadura del proletariado) y de la nacionalización de los bancos y los trusts (la medida fundamental de la transición al socialismo). Hasta aquí todos los bolcheviques están de acuerdo y unánimes. Pero los camaradas V. Smirnov y N. Bujarin quieren ir más lejos y rechazar por completo el programa mínimo. Eso significaría contravenir por completo el sabio consejo del sabio proverbio que dice: “No te jactes cuando vas a la batalla, sino cuando vuelves de la batalla”. (Interrupciones: ¡Oíd, oíd! Risas.)

Vamos a la batalla, es decir, luchamos por la conquista del poder político por nuestro partido. Ese poder sería una dictadura del proletariado y de los campesinos pobres. Cuando tomemos ese poder, no tendremos miedo de rebasar el marco del orden burgués; al contrario, declaramos abiertamente, con precisión y en todas partes, que iremos más allá de ese marco, que iremos sin miedo hacia el socialismo, y que precisamente hacia ahí lleva nuestro camino: a través de la república de los soviets, la nacionalización de los bancos y los trusts, el control obrero, el trabajo obligatorio general, la nacionalización de la tierra, la confiscación de los aperos de los grandes terratenientes, etc. En este sentido hemos dado un programa de las medidas de transición al socialismo.

Pero no debemos jactarnos cuando vamos a la batalla; no debemos tirar por la borda el programa mínimo, porque eso equivaldría a una jactancia vacía. (¡Oíd, oíd!) No queremos “exigir nada a la burguesía”, sino realizarlo nosotros mismos, sin rehuir el trabajo menudo en el marco del orden burgués.

Eso sería una jactancia vacía, porque primero hay que conquistar el poder, y todavía no lo hemos conquistado. Primero hay que realizar con los hechos las medidas de transición al socialismo, llevar nuestra revolución hasta la victoria de la revolución socialista internacional, y entonces, “cuando se vuelve de la batalla”, se puede y se debe tirar por la borda el programa mínimo como innecesario.

¿Podemos garantizar ahora que no será muy necesario? Desde luego es imposible, por la sencilla razón de que todavía no hemos conquistado el poder, no hemos realizado el socialismo y ni siquiera hemos vivido el comienzo de la revolución socialista mundial.

Hay que ir hacia esa meta con firmeza, con audacia y sin vacilar, pero es ridículo declararla alcanzada cuando, como es sabido, todavía no se ha alcanzado. Tirar por la borda el programa mínimo equivale a declarar, a proclamar (a jactarse, dicho más sencillamente) “que ya hemos vencido”. No, estimados camaradas, todavía no hemos vencido».

Y luego algunas explicaciones más, que lo aclaran todavía, y que creo que darían también puntos de referencia para nuestro debate posterior sobre el programa. El camarada Lenin continúa:

«No sabemos si venceremos mañana o algo más tarde. Yo personalmente me inclino a pensar que será mañana (escribo esto el 6 de octubre de 1917) y que podemos llegar tarde a la toma del poder; pero mañana es, a pesar de todo, mañana y no hoy. No sabemos con qué rapidez llegará la revolución en Occidente después de nuestra victoria. No sabemos si después de nuestra victoria no habrá todavía periodos temporales de reacción y victorias de la contrarrevolución. En eso no hay nada imposible; por eso, cuando hayamos vencido, construiremos una “triple línea de trincheras” contra semejante eventualidad.

No sabemos todo eso ni podemos saberlo. Nadie puede saberlo, y por eso es ridículo tirar por la borda el programa mínimo, que es necesario mientras vivamos todavía en el marco del orden burgués, mientras no hayamos destruido ese marco, no hayamos creado las bases para la transición al socialismo, no hayamos derrotado al enemigo, la burguesía, y, una vez derrotado, no lo hayamos aniquilado. Todo eso llegará, y quizá llegue más deprisa de lo que a algunos les parece. Yo personalmente creo que empezará mañana; pero todavía no ha llegado.

Tomemos el programa mínimo en el terreno político. Está pensado para la república burguesa. Añadimos que no nos limitamos a su marco, sino que luchamos de inmediato por el tipo superior de la república de los soviets. Eso tenemos que hacerlo. Hacia la nueva república tenemos que ir con una audacia y una resolución sin límites, y estoy seguro de que así iremos hacia ella. Pero el programa mínimo no se puede tirar por la borda en ningún caso, porque, en primer lugar, todavía no tenemos república de los soviets; en segundo lugar, no está excluida la posibilidad de “intentos de restauración”, que primero hay que vivir y vencer; en tercer lugar, en la transición de lo viejo a lo nuevo son posibles temporalmente “tipos combinados” (como señaló con acierto hace unos días Rabochi Put328), por ejemplo, a la vez la república de los soviets y la Asamblea Constituyente. Todo eso tiene que quedar atrás, y entonces tendremos todavía tiempo de tirar por la borda el programa mínimo».

Y para terminar dice:

«Lo mismo ocurre en el terreno económico. Todos estamos de acuerdo en que el miedo a avanzar hacia el socialismo es la mayor vileza y la traición a la causa del proletariado. Todos estamos de acuerdo en que los primeros pasos fundamentales en ese camino tienen que ser medidas como la nacionalización de los bancos y los trusts. Realicemos primero estas medidas y otras semejantes, y luego ya veremos. Entonces veremos mejor, porque la experiencia práctica ampliará inconmensurablemente nuestro horizonte, la experiencia práctica, que vale un millón de veces más que los mejores programas. Es posible, e incluso probable, e incluso indudable, que tampoco aquí se pueda prescindir de “tipos combinados” para la transición; por ejemplo, las pequeñas empresas con uno o dos asalariados no podemos nacionalizarlas de inmediato ni someterlas a un verdadero control obrero. Por su papel podrán ser insignificantes y estar atadas de pies y manos por la nacionalización de los bancos y los trusts, todo eso es verdad; pero ¿para qué tirar por la borda el programa mínimo mientras queden restos, aunque sean pequeños, de relaciones burguesas? Como marxistas que van con audacia a la mayor revolución del mundo y que al mismo tiempo juzgan los hechos con sobriedad, no tenemos derecho a tirar por la borda el programa mínimo.

Si lo tiráramos ahora, habríamos demostrado con ello que ya hemos perdido la cabeza antes de haber podido vencer. Pero no debemos perderla, ni antes de la victoria, ni durante la victoria, ni después de la victoria, porque si perdemos la cabeza lo perdemos todo».

Camaradas, esto lo escribió Lenin el 6 de octubre de 1917, en una situación en la que decía: «la dictadura proletaria, nuestra victoria, es cosa de mañana, pero todavía no estamos ahí, estamos en el hoy». Y, visto a escala mundial, camaradas, se puede decir con razón: la victoria de la revolución mundial seguramente no es todavía de hoy. Quizá no sea de mañana, no de mañana en el sentido en que se dijo en 1917. Visto a escala mundial, hay que decir: este tramo, desde la situación actual hasta la realización de la dictadura proletaria a escala mundial, se mide en años, quizá en decenios, en decenios con seguridad si incluimos no solo los territorios del gran capitalismo, sino también el entorno colonial, semiagrario, etc. Para un tramo tan grande como el que tenemos por delante hay que trazar líneas de camino exactas, y ahora me pregunto: ¿de qué tipo pueden ser estas señales tácticas del camino, estas reglas fundamentales? La objeción principal del camarada Bujarin consistía en decir que no podemos incluir en el programa general reivindicaciones concretas del día, porque esas reivindicaciones concretas del día solo valen a corto plazo; pueden cambiar de semana en semana, de mes en mes. Y en segundo lugar: esas reivindicaciones concretas del día son muy distintas de un país a otro. No podemos, pues, meterlas en el mismo saco. A eso respondo lo siguiente: no tenemos que introducir, ni en el programa general ni en los programas nacionales, las reivindicaciones concretas del día hasta en todos sus detalles, pero sí tenemos que dar las reglas tácticas fundamentales, los principios tácticos, los métodos, por expresarlo así, de los que puedan deducirse de forma unívoca y segura todas esas reivindicaciones concretas particulares.

Y, camaradas, no solo hay problemas de la transición que varían según cada país y que cambian de semana en semana y de mes en mes; hay toda una serie de cuestiones de la transición, de grandes cuestiones de carácter general, que tienen que fijarse sin falta en un programa comunista. Y digo que un programa general de la Internacional Comunista que presente aquí, en este gran tramo, una mancha en blanco, un programa general así tiene muy poco valor práctico para los partidos de Occidente. («¡Muy cierto!» entre los alemanes.) Para el próximo periodo, el peso principal recae precisamente en este tramo de transición y en su trazado. Quiero mencionar algunas de estas cuestiones de la transición que, a mi juicio, deben figurar sin falta en un programa comunista así. Cuento entre ellas la cuestión del control de la producción, la cuestión del capitalismo de Estado, directrices para una política fiscal y una política financiera de cada partido. (¡Muy cierto!) Estas cuestiones se les plantean a los partidos todos los días, la forma concreta cambia (Bujarin: ¡Ajá!). Sí, pero hay que tener directrices de las que deducir luego la conducta práctica. Tomen como comparación el programa de Erfurt: contenía principios para la política fiscal que hoy, naturalmente, están superados. No querrá usted negar, camarada Bujarin, que las condiciones fiscales y financieras de los distintos países, y también de Alemania, eran diferentes en los distintos años, y sin embargo una pauta así es importante, útil y necesaria.

Luego, camaradas, un segundo punto importante de la transición es la relación con la democracia burguesa. Encuentro en el proyecto de programa del camarada Bujarin una excelente polémica crítica con la democracia burguesa; pero consideren la Internacional Comunista en su conjunto, la serie de sus partidos, digamos desde la India hasta la Rusia soviética: ¿basta eso para una Internacional Comunista? (Bujarin: No.) ¡Ni de lejos! Tienen que tener una pauta, en primer lugar, para la conducta de los comunistas respecto de la democracia en las condiciones en que la democracia burguesa todavía no existe, es decir, tenemos condiciones en las que todavía hay que luchar contra formas de Estado absolutistas y feudales. En segundo lugar, tienen que tener una pauta para la conducta de los comunistas en una situación como la de Alemania ante la cuestión de la defensa de la república contra los atentados monárquicos. Y en tercer lugar, tenemos que tener una pauta para la conducta de los comunistas en una situación como la que tuvimos en Alemania en noviembre de 1918, cuando se trataba de romper la democracia y pasar a la dictadura. Digo que todas estas fases de transición tienen que indicarse en sus líneas fundamentales, no en sus detalles. Y que eso es posible lo demuestra el Manifiesto Comunista de 1848. Repasen ustedes el último apartado, que se ocupa de la relación de los comunistas con los demás partidos, con la democracia burguesa, con la pequeña burguesía, etc. En unas pocas frases escuetas se indica aquí la conducta esencial, y así tiene que ser también en nuestro programa. Un programa (me remito aquí a unas palabras de la camarada Luxemburg que me parecen muy oportunas) tiene que dar un asidero para todas las fases de transición esenciales. Un programa que nos deja en la estacada en esas fases, o que en determinadas situaciones podemos usar y en otras no, tiene poco valor político.

Y creo también que el camarada Bujarin no ha sido consecuente. Si saca las conclusiones de su rechazo de las reivindicaciones transitorias, tendría que haber arremetido con toda vehemencia contra el programa búlgaro y también contra el nuestro, el alemán. Todavía tiene que hacerlo, sin duda alguna.

Con esto dejo esta cuestión y paso muy brevemente a la cuestión de las medidas de transición, del comunismo de guerra y de la nueva política económica en su aplicación a los países de Occidente. En esto estoy de acuerdo en conjunto con lo que ha dicho el camarada Bujarin. Solo quisiera añadir algunas aclaraciones.

Aquí se ha dicho con toda razón que tanto el comunismo de guerra como la NEP surgieron de necesidades, de circunstancias imperiosas; no son productos de un plan acabado que los precediera, sino pasos impuestos por la necesidad. Estas necesidades, tanto el comunismo de guerra como la NEP, están condicionadas por causas no solo de índole específicamente rusa, sino también de índole general. Y ahora pregunto: ¿cómo se presentan estas cosas para Europa occidental?

Trotski ha expuesto con acierto, y también el camarada Bujarin lo ha hecho de manera excelente, que existe una contradicción entre las exigencias de la guerra civil y las necesidades económicas. En cuanto al comunismo de guerra, es ante todo un producto de la guerra civil. Y decimos: si prevemos (y lo prevemos) que en Occidente también tendremos que pasar por un periodo de guerra civil después de la conquista del poder, y por otra parte prevemos también que ese periodo será probablemente más corto, se puede suponer que el comunismo de guerra desempeñará quizá en Occidente un papel menos importante que aquí en Rusia. Desde luego no podemos prever nada en detalle, pero debemos dejar sentado que en el periodo de la guerra civil tendremos que subordinar todas las necesidades económicas a las necesidades de la guerra.

Luego, la NEP en Occidente. Las necesidades del pequeño campesino existen también en Occidente, aunque no en esta medida. Pero llamo la atención sobre el hecho de que se suele considerar así: aquí está Rusia, que hace una determinada política económica, y aquí está Alemania, que también hará una determinada política económica. Se olvida una cosa: que en el periodo en que, por ejemplo, Alemania se encuentre ante esta cuestión, no se tratará de una Alemania aislada, sino probablemente de un bloque económico Alemania-Rusia. ¿Qué significa eso? Significa que al territorio económico alemán se suman esas grandes masas pequeñoburguesas de Rusia, y para Rusia un refuerzo del factor industrial.

Por lo que podemos ver, esta política significa para Rusia una política hacia adelante; para Occidente, en cambio, será probablemente un retroceso respecto de lo que en Occidente sería en sí posible. Camaradas, la gran importancia de la política económica para los partidos de Occidente reside en la fijación programática de nuestra relación con las capas medias, los pequeños campesinos, los pequeños industriales, los pequeños artesanos. Creo que no se debe fijar aquí programáticamente lo que no es una necesidad económica. Pero sí se debe poner en el programa que los miramientos para preservar a estas capas, llegado el caso, tienen que ceder ante las necesidades de la guerra civil.

Luego una observación más, a propósito del programa búlgaro.

En nuestro programa y en el programa búlgaro hemos planteado la reivindicación de la asociación cooperativa de los pequeños artesanos y pequeños industriales después de la conquista del poder. Solo quisiera añadir una cosa: que en la industria, en la pequeña industria, estas cooperativas desempeñarán un papel bastante distinto que en la agricultura. Imaginemos un Estado como Alemania, con una industria medianamente desarrollada. Entonces, históricamente hablando, llegará pronto el momento en que incorporaremos estas capas de la pequeña industria a la gran industria. Otra cosa ocurre con los pequeños y medianos campesinos. Aquí la idea de la cooperativa tiene que extenderse a mucho más largo plazo, y estas cooperativas tendrán un carácter bastante distinto del de las cooperativas industriales.

Por último, llego muy brevemente a la estructura del programa. Solo quisiera hacer aquí la observación siguiente: en líneas generales se puede estar de acuerdo con la propuesta que ha hecho el camarada Bujarin. En nuestro programa hemos prescindido del análisis del periodo capitalista. Hemos empezado por el análisis de la época imperialista. Hemos llegado a la conclusión de que este análisis de la época capitalista es necesario y de que hay que añadirlo.

Quisiera añadir además que me parece necesario tener en cuenta también la propuesta del camarada Varga de anteponer el análisis de los métodos precapitalistas de explotación. Si queremos tener de verdad un programa mundial del comunismo, tenemos que entrar también en eso. Y luego, para terminar, la forma. El camarada Bujarin ha censurado la extensión de los programas. Camaradas, tampoco nosotros estamos de acuerdo con esa extensión, pero nos ha pasado como a aquel obispo francés que escribía a su amigo: «Te escribo una carta larga porque no tengo tiempo de escribirte una corta». No hemos tenido tiempo de redactar un programa corto. Es absolutamente necesario que los programas sean breves, quizá todavía más breves que el de Bujarin. Me remito aquí a lo que dijo Engels sobre la cuestión del programa, cuando afirma que un programa debe ser lo más breve posible y tiene que dejar mucho a la explicación oral. Además, naturalmente, debe ser sencillo, lo más comprensible posible. También aquí reconocemos que el programa alemán necesita mejoras.

Camaradas, llego ahora al final y digo: debemos hacer nuestro programa comunista inatacable en lo que se refiere a los principios y a los objetivos, absolutamente inatacable. Pero no debemos creer que lo conseguiremos dejando sin iluminar un gran tramo del camino que tenemos que recorrer o, dicho de otro modo, no incluyendo en nuestro mapa un gran tramo del camino.

El camarada Bujarin y algunos otros camaradas temen que, si se trazara ese camino, quizá no podrían dar el salto por encima. Pues bien, camaradas, digo que, por ejemplo, nuestros camaradas rusos, que el 6 de octubre de 1917 mantuvieron el programa mínimo, pudieron dar ese salto muy deprisa, y estoy convencido de que no depende realmente de esta omisión de las señales del camino que tengamos un programa que nos lleve a la victoria. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 4 de la tarde.

Decimoquinta sesión, sábado 18 de noviembre de 1922

Cuestión del programa.

Oradores: Kabakchiev.

Preside: Kolárov.

Apertura: 7.30 de la tarde.

Kabakchiev329 (Bulgaria): Camaradas, la Internacional Comunista se encuentra ante la importante tarea de elaborar su programa y el programa de sus secciones principales. ¿Qué circunstancias han puesto a la Internacional Comunista ante esta importante tarea?

La necesidad de un programa comunista

La II Internacional está en bancarrota. La época del desarrollo pacífico y de la prosperidad creciente del capitalismo, desde 1871 hasta el comienzo de la época imperialista, es decir, hasta principios del siglo XX, creó y reforzó las tendencias oportunistas dentro de la II Internacional e imprimió su sello al programa de los partidos socialdemócratas. El rasgo más característico de los partidos socialdemócratas es que adaptaron la clase obrera al capitalismo, la reconciliaron con el sistema capitalista y la alejaron del socialismo por tiempo indefinido. Así se explica que los partidos socialdemócratas atribuyeran la importancia principal al programa mínimo (es decir, a las reivindicaciones del partido realizables dentro de los límites y sobre la base de la sociedad capitalista) y oscurecieran el objetivo final: la conquista del poder político por la revolución proletaria y la dictadura del proletariado.

La nueva época revolucionaria

Ahora bien, por un lado la irrupción del imperialismo y las guerras imperialistas, que estallaron en la periferia del mundo capitalista y acabaron precipitando a los grandes Estados capitalistas en la guerra mundial imperialista de 1914, y por otro lado la revolución rusa de 1905, a la que siguieron las revoluciones de Turquía, China, Persia, etc., pusieron fin a la época pacífica del capitalismo y crearon una época nueva, rica en guerras y revoluciones. Esta época precipita a todo el mundo capitalista en una crisis económica y política general y profunda. En esta época, el movimiento revolucionario del proletariado toma un nuevo impulso. El imperialismo, la guerra y la crisis han agudizado los antagonismos de clase y han dado a la lucha de clases un impulso nuevo y poderoso.

Los elementos conscientes de clase y revolucionarios del proletariado se separaron de los partidos socialdemócratas y supieron restablecer, mediante una lucha implacable contra el oportunismo y mediante la ruptura con la burguesía nacional, la solidaridad internacional del proletariado revolucionario.

Así se dieron las condiciones previas para la fundación de la Internacional Comunista, cuyos cimientos se pusieron en 1919 en Moscú.

El movimiento comunista revolucionario de la clase obrera se distingue por nuevos métodos de lucha: es la lucha por la conquista del poder político mediante la acción de las masas, mediante la huelga general, mediante la insurrección armada. Ya no es el programa mínimo, sino la lucha revolucionaria por instaurar la dictadura proletaria, lo que está en el centro de los esfuerzos del proletariado.

Las experiencias de la revolución rusa

Naturalmente, los partidos comunistas no podían ni pueden servirse ya del viejo programa de los partidos socialdemócratas. Si la Comuna de París, este primer intento del proletariado de conquistar el poder político, ofreció a Marx la posibilidad de determinar con claridad los fines y los medios de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado, la gran revolución rusa, que ha ayudado al proletariado a llegar al poder en el país más grande del mundo y que existe ya desde hace cinco años, tiene una importancia histórica todavía mucho mayor, porque ha mostrado al proletariado mundial las formas y los medios de la dictadura proletaria. El ejemplo de la revolución rusa debe servir, pues, a la Internacional Comunista y a sus secciones como la fuente más importante con cuya ayuda pueden determinar los fines y las formas de la dictadura proletaria, así como los medios de la conquista del poder. Por tanto, si queremos elaborar el programa de la Internacional Comunista y de sus secciones, tenemos que beber ante todo de las experiencias de la revolución rusa.

La Internacional Comunista estableció y fijó sus principios en su primer congreso. El II Congreso de la Internacional Comunista estableció el fundamento de su organización. El III Congreso fijó las directrices generales de la táctica de la Internacional Comunista en el periodo actual. Ha llegado ahora el momento de elaborar el programa de la Internacional Comunista y de sus secciones. Si el IV Congreso no puede cumplir esta tarea de manera definitiva, tiene que establecer al menos la base sobre la que las secciones de la Internacional Comunista deberán trabajar durante el año en curso para poder elaborar un programa definitivo para el próximo congreso.

El programa del Partido Comunista de Bulgaria

El proyecto de programa del Partido Comunista de Bulgaria presentado al congreso está estructurado según el sistema siguiente.

El programa consta de dos partes: la primera parte contiene la exposición general de los principios, la base teórica del programa; la segunda parte contiene la enumeración de los objetivos concretos y de las reivindicaciones por cuya realización lucha el partido; en una palabra, el programa propiamente dicho.

La parte teórica se divide en cuatro puntos:

I. Breve exposición de la crisis revolucionaria creada por la guerra imperialista y de las condiciones en que se fundó el Partido Comunista; II. Análisis de la producción capitalista y del desarrollo de la sociedad capitalista, el nacimiento de la clase obrera, la creación de las condiciones previas de la revolución social dentro de la propia sociedad capitalista; III. Análisis de la época imperialista del capitalismo, la guerra imperialista, sus consecuencias, la agudización de los antagonismos de clase, la guerra civil, la revolución rusa como comienzo de la revolución proletaria mundial; IV. Influencia del imperialismo y de la guerra imperialista en el desarrollo de los Balcanes; en Bulgaria: las nuevas condiciones de lucha del partido y sus objetivos en esta época.

La segunda parte del programa, el programa propiamente dicho, empieza por establecer el objetivo final del partido y pasa luego a las reivindicaciones por cuya realización lucha el partido durante la época de la revolución social y de la dictadura del proletariado, que se llama la época de transición del capitalismo al comunismo.

En nuestro programa hemos dedicado un lugar especial a las condiciones generales de los Balcanes, donde los partidos comunistas balcánicos se aprestan a la lucha y se preparan para la revolución. Creemos haber dado con ello un tipo de programa que pueden aprovechar los demás partidos comunistas de los Balcanes. Al mismo tiempo, en nuestro programa señalamos las tareas de la Federación Comunista Balcánica330, como organización necesaria para la preparación y la victoria definitiva de la revolución en los Balcanes.

El programa máximo del Partido Comunista

La cuestión es ahora si el Partido Comunista debe tener un programa máximo y un programa mínimo o simplemente un programa general para el periodo de transición.

El Partido Comunista no puede aceptar un programa mínimo como el que tenían los partidos socialdemócratas antes de la guerra, porque el Partido Comunista considera que el capitalismo se encuentra en una crisis profunda que conducirá rápida e inevitablemente a la completa descomposición y al hundimiento del capitalismo, y que la tarea del proletariado hoy no consiste en adaptarse, como prescribía el viejo programa mínimo, sino en acelerar el hundimiento del capitalismo y la victoria de la revolución.

Por otra parte, las reivindicaciones políticas (democracia) del programa mínimo no pueden realizarse hoy mientras la burguesía esté en el poder y mantenga su dominación de clase, incluso en los Estados más democráticos, con ayuda de la dictadura. Y las reivindicaciones económicas del programa mínimo no pueden realizarse en su mayor parte a consecuencia de la crisis económica, de la carestía y de la decadencia del capitalismo.

El Partido Comunista parte del punto de vista de que la sociedad capitalista ha entrado en el estadio de la crisis revolucionaria y de que estamos al comienzo de la revolución proletaria mundial.

Por esta razón, la tarea principal del proletariado y del Partido Comunista es la conquista del poder político y la realización del programa máximo.

¿Puede el Partido Comunista tener un programa mínimo?

La cuestión es ahora si el Partido Comunista, antes de la conquista del poder (es decir, en un periodo que hoy parece mucho más largo de lo que se pensaba en 1918-1919), puede renunciar a toda reivindicación dentro de los límites de la sociedad burguesa. Naturalmente, no puede. Pero estas reivindicaciones no tienen el mismo significado ni la misma importancia que tenían en el viejo programa mínimo; son únicamente reivindicaciones transitorias por las que la clase obrera se levanta rápidamente en la crisis actual, para llegar luego enseguida ante las grandes reivindicaciones del programa máximo.

Estas reivindicaciones tienen hoy un significado revolucionario, son de importancia revolucionaria. Representan en cierto modo una etapa en la extensión y la agudización de la lucha de clases del proletariado.

Una parte de estas reivindicaciones tiene un carácter más pasajero y depende de las condiciones concretas y momentáneas de la lucha; estas reivindicaciones tienen que plantearse como consignas, como reivindicaciones del momento.

Las demás reivindicaciones están pensadas para un plazo más largo y representan las reivindicaciones más importantes por las que lucha el Partido Comunista y luchará hasta la conquista del poder; estas reivindicaciones tienen que incluirse en el programa. Pero como también son de naturaleza transitoria, no son determinantes para las reivindicaciones máximas y las condiciones de la lucha, y como, por otra parte, la lucha por su realización conduce incesante e inevitablemente a la cuestión de la conquista del poder y de la realización de las reivindicaciones máximas, no es admisible darles en el programa un lugar independiente. Tienen que añadirse al programa máximo, al final de las reivindicaciones máximas.

El programa del PCR

Para fijar las reivindicaciones máximas del programa es necesario aprovechar las experiencias de la revolución rusa y el programa del PCR331.

El programa del PCR contiene aquello de lo que carecía el viejo programa socialdemócrata y que constituía una laguna, el defecto principal de ese programa: en el programa ruso se exponen de forma concreta las tareas del proletariado durante la revolución social en lo que respecta a la conquista del poder y la dictadura del proletariado, a la abolición del Estado capitalista y del viejo régimen, así como en lo que respecta a la construcción del nuevo Estado y de la sociedad socialista.

El objetivo principal del programa comunista consiste precisamente en exponer estas tareas principales del proletariado revolucionario. ¿Es admisible, pues, dejar de lado en este terreno las experiencias de la revolución proletaria rusa, que tiene una importancia histórica general? La respuesta es rotundamente: no.

La Internacional Comunista y sus secciones tienen que aprovechar las grandes experiencias de la revolución rusa, que han proporcionado el contenido real para el programa del proletariado del mundo entero y que han mostrado en forma concreta las reivindicaciones y los medios de lucha de la revolución mundial.

Pero eso no quiere decir, naturalmente, que haya que copiar el programa ruso; quiere decir que debe aprovecharse como hilo conductor para el estudio cuidadoso de las condiciones reales de cada país y para la fijación del programa de cada partido teniendo plenamente en cuenta sus condiciones particulares.

La táctica del Partido Comunista y su programa

Otra cuestión es si el programa tiene que responder a todas las cuestiones tácticas (relativas al frente único, al gobierno obrero, etc.) que se le plantean al partido en el periodo actual. En el programa tenemos que fijar una línea general de nuestra táctica, teniendo en cuenta los principios del Partido Comunista y las condiciones de la época histórica actual, pero no podemos fijar la aplicación particular de esa línea general para cada momento dado.

¿Debe ser el programa del Partido Comunista un programa de acción?

Se ha planteado la pregunta: ¿debe ser el programa del Partido Comunista un programa de acción o no? El programa del Partido Comunista debe ser un programa de acción, pero debe ser todavía algo más: un programa de principios. Esto quiere decir que el programa comunista no puede ser una plataforma de reivindicaciones pasajeras del momento, sino una exposición teórica y de principios de nuestra concepción histórica; pero al mismo tiempo el programa comunista tiene que señalar las reivindicaciones principales por las que lucha el proletariado revolucionario durante el periodo de transición hasta la conquista del poder y durante la dictadura proletaria.

La táctica del Partido Comunista de Bulgaria en la lucha parlamentaria

Quiero responder ahora a las críticas que se han hecho a nuestro proyecto de programa. El camarada Bujarin dijo que concedíamos demasiado espacio al parlamentarismo y demasiado poco a los medios de la lucha revolucionaria. Este reproche no está fundado.

El Partido Comunista de Bulgaria, inmediatamente después del I Congreso de la IC, al mismo tiempo que se adhería a la IC, aprobó una «declaración programática» (en el congreso del partido de mayo de 1919) que contenía los principios y la táctica de la IC. Esta «declaración programática» aprovecha las experiencias de la revolución rusa y fija como tareas principales del partido las siguientes: la conquista del poder político mediante la lucha de las masas de la clase obrera y de los campesinos pobres, una lucha que tiene que desarrollarse hasta la insurrección armada y la instauración de la dictadura proletaria ejercida por los soviets de obreros y campesinos. Pero al mismo tiempo el Partido Comunista de Bulgaria no renunció a participar en la lucha electoral, en la lucha en el parlamento y en los municipios; a diferencia de ciertos partidos comunistas que, tras la victoria de los soviets en Rusia, renunciaron a participar en las luchas electorales y parlamentarias, el Partido Comunista de Bulgaria continuó participando en esas luchas con redoblada energía y gran éxito. En las elecciones parlamentarias logró reunir bajo su bandera a más de una cuarta parte de los electores y conquistó toda una serie de órganos representativos urbanos y rurales. Obtuvo estos éxitos parlamentarios mediante la propaganda y mediante una lucha de principios en nombre de las reivindicaciones revolucionarias. La lucha del partido en el parlamento y en los municipios está indisolublemente unida a la lucha de las grandes masas obreras y campesinas, a las acciones de masas del partido y al aumento constante del número de afiliados del partido y de su influencia sobre las masas.

El partido lucha por la abolición del Estado capitalista y de todos sus órganos, desde el parlamento hasta la policía y el ejército, y por la instauración de la república de los soviets. La táctica del Partido Comunista de Bulgaria no está, por tanto, en contradicción con la táctica de la Internacional Comunista; está en plena armonía con las tesis sobre el parlamentarismo aprobadas por el II Congreso de la IC; más aún, es una confirmación de la táctica parlamentaria aprobada por la IC.

En el proyecto de programa presentado no se concede a la acción parlamentaria más importancia de la que merece. Quizá sería mejor poner este pasaje del programa en el primer apartado, que trata de la república de los soviets, así como en el apartado en que se caracteriza la democracia burguesa del modo siguiente: bajo la máscara de la democracia, el Estado capitalista sostiene el poder y los privilegios de una minoría compuesta por las clases poseedoras, a costa de la gran mayoría formada por las masas trabajadoras desheredadas y explotadas. La burguesía mantiene actualmente su dominación quebrantada mediante persecuciones y un terror sangriento; incluso cuando instaura la república democrática, domina en realidad mediante una dictadura apoyada en la policía, el ejército y todo el aparato del Estado capitalista.

«El parlamento y el régimen constitucional son meros instrumentos de la dictadura de la burguesía».

Métodos revolucionarios de lucha

Nuestro proyecto de programa enumera los medios revolucionarios de la lucha por la conquista del poder. El programa declara:

«El proletariado llevará a cabo la revolución social mediante la conquista del poder proletario y la instauración de su dictadura de clase». Y más adelante: «La guerra imperialista ha abierto la era de la revolución social. Durante esta era, el programa máximo del partido adquiere en la lucha de todo el proletariado mundial una importancia práctica particular e inmediata. Las experiencias de la revolución en Rusia y del movimiento revolucionario de otros países han señalado con claridad tanto las reivindicaciones del proletariado como los medios para su realización: a saber, la organización de los obreros y la lucha de las masas obreras por sus intereses inmediatos hasta la huelga política general y la insurrección armada».

«Las clases revolucionarias (los obreros y los campesinos pobres) se apoderan con la fuerza de las armas del poder político del Estado, aplastan la resistencia de la burguesía y de la contrarrevolución y aseguran con ello su dominación y la victoria completa de la revolución».

Los medios más importantes de la lucha revolucionaria están, pues, indicados en nuestro proyecto de programa.

Las reivindicaciones revolucionarias del Partido Comunista

La objeción de que las reivindicaciones de nuestro programa se exponen de forma demasiado concreta y detallada no está justificada. Es cierto que nuestro programa no se contentó con fórmulas generales y vagas y que trató de dar una definición exacta tanto de las reivindicaciones máximas como de las mínimas del Partido Comunista. Pero no entró en detalles superfluos que pudieran estorbar nuestro trabajo inmediatamente después de la conquista del poder.

Repetimos día tras día que el proletariado tiene que prepararse para la conquista del poder y para la dictadura proletaria. El momento de la revolución todavía no puede determinarse en el momento actual, pero la crisis económica y política general en que se encuentra el mundo capitalista puede hacerla estallar, por ejemplo, en Europa central o también en los Balcanes en un futuro muy próximo. Ante esta perspectiva, que en la época actual tenemos que tener siempre presente, los partidos comunistas, el proletariado que marcha a la cabeza del movimiento revolucionario, están obligados a poseer un programa claro y exacto de las tareas que le aguardan inmediatamente después de la conquista del poder. Por otra parte, un programa máximo concreto y exacto, sin entrar en detalles, es un poderoso medio de propaganda y educación comunistas y de agrupamiento de las masas obreras y campesinas bajo la bandera del Partido Comunista. Por último, es cierto que una docena entera de programas no vale nada si no se asienta sobre la base de un movimiento revolucionario real del proletariado.

Además, es igual de cierto que todo movimiento proletario que no posee una base teórica ni un objetivo revolucionario claro está condenado a la impotencia y al papel de instrumento en manos de la burguesía.

En la época actual de la revolución social, cuando el papel de la IC y de los partidos comunistas se hace cada día más importante, cuando los socialpatriotas, con las masas obreras que mantienen bajo su influencia, constituyen el principal sostén de la dominación de la burguesía, la IC y sus secciones tienen que poseer un programa basado en los fundamentos firmes de nuestra teoría, en las teorías de Marx, un programa que exponga de la manera más clara las reivindicaciones del proletariado revolucionario.

Presidente: ¡Camaradas! Hemos escuchado los tres informes sobre el programa comunista. Se trata ahora de decidir qué se hace a continuación. ¿Debe abrirse el debate general para que el congreso apruebe un proyecto de programa, o deben aplazarse el debate y la votación definitiva hasta el próximo congreso? La delegación alemana ha decidido por unanimidad aplazar el debate y la votación definitiva hasta el próximo congreso. Pero la delegación rusa ha pedido al Presidium que le dé la posibilidad de deliberar sobre la cuestión.

El Presidium no se ha considerado en condiciones de decidir si se debe abrir inmediatamente el debate y aprobar un programa o si deben aplazarse el debate y la votación hasta el próximo congreso. Pero ha sido del parecer de atender la petición de la delegación rusa y darle la posibilidad de tomar posición sobre esta cuestión.

Se levanta la sesión a las 8.15 de la noche.

Decimosexta sesión, lunes 20 de noviembre de 1922

Tareas de los comunistas en los sindicatos.

Oradores: Lozovski, Clark, Lansing.

Apertura: 12 del mediodía.

Preside: Kolárov.

Lozovski:332 La Internacional Comunista, que se ha impuesto como tarea la lucha resuelta y encarnizada contra el reformismo en todas sus formas de manifestación, tenía que toparse necesariamente, ya desde el comienzo de su actividad, con el baluarte más importante del reformismo: los sindicatos existentes. Por eso precisamente la Internacional Comunista formula en sus primeras declaraciones su actitud ante los sindicatos reformistas y ante la posición que adoptaron en el periodo de posguerra los dirigentes más destacados del movimiento sindical internacional. El II Congreso de la Internacional Comunista trazó las directrices para los comunistas en el movimiento sindical, al rechazar la teoría de la escisión y la fragmentación de los sindicatos, nacida de la impaciencia y de la incomprensión de las tareas fundamentales de la política comunista.

El III Congreso volvió a examinar la cuestión del movimiento sindical. Y no es de extrañar, porque los sindicatos se han convertido en el último refugio de la burguesía internacional y en el fundamento principal sobre el que descansa la dominación capitalista. El III Congreso de la Internacional Comunista, en unas tesis elaboradas con detalle, abordó de nuevo las cuestiones más importantes del movimiento sindical internacional y subrayó con especial insistencia la necesidad de la máxima tensión de todas las fuerzas en la lucha contra los reformistas sobre el terreno de la conquista de los sindicatos. Por último, la última sesión del Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista consideró necesario examinar a fondo la tendencia, aparecida en algunos círculos comunistas, a liquidar la Internacional Sindical Roja; y estaba claro que esas tendencias liquidadoras, aunque alegaran como fundamento consideraciones muy elevadas, eran en realidad resultado de la debilidad y de la incapacidad para organizar las propias fuerzas en la lucha contra el reformismo.

El IV Congreso debe dar un paso más. La directriz general de los principios trazados para el trabajo comunista en los sindicatos está fijada. Ahora tenemos que concretar toda una serie de tareas y volver a destacar las cuestiones que la lucha de clases internacional práctica ha puesto en primer plano. Para aclarar estas cuestiones hay que examinar ante todo la situación en que se desarrolla actualmente la lucha de los comunistas por la revolucionarización de los sindicatos.

Basta echar una ojeada al movimiento sindical internacional para convencerse de que atraviesa una crisis profunda. Esta crisis la provocan, por un lado, la formidable ofensiva del capital y, por otro, la inconsistencia de la teoría y la práctica del núcleo dirigente del movimiento sindical internacional. La ofensiva de los capitalistas tomó forma firme en los últimos meses de 1920, adquirió un carácter organizado con arreglo a un plan y perseguía el fin de reducir a toda costa los gastos de producción abaratando la fuerza de trabajo. La burguesía quería eliminar sus dificultades de posguerra presionando sobre la clase obrera, y cuanto más se agudizaba la crisis, más encarnizada se volvía la táctica de ataque de la burguesía, porque para ella se trataba de obtener en todas las circunstancias los beneficios desmesurados a los que se había acostumbrado durante la guerra mundial. La forma del ataque era distinta en los países de moneda fuerte que en los de moneda débil, pero en conjunto el asalto se dirigía contra la jornada de ocho horas; los salarios se rebajaban sistemáticamente y empezó una campaña contra la existencia misma de los sindicatos (la lucha por el open shop en América).333

Además de esta ofensiva puramente económica, la burguesía ha creado en los dos últimos años organizaciones especiales que tenían la tarea de aniquilar las organizaciones sindicales y exterminar a sus dirigentes. Como ejemplo clásico en este sentido puede servir Italia (donde hace poco ha sido destruido todo el movimiento comunista), que tiene la triste gloria de marchar a la cabeza de todas las potencias «civilizadas» en el camino de la destrucción y el aniquilamiento de las organizaciones obreras. Todo el movimiento fascista, lo mismo que los movimientos análogos de los demás países, no es ni más ni menos que una contrarrevolución preventiva, en la que los obreros italianos se ven obligados a soportar todos los inconvenientes y cargas de la contrarrevolución sin haber disfrutado de ninguna de las ventajas de la revolución social. Estos ataques del capital por todos los flancos solo han encontrado una resistencia sumamente débil por parte de las organizaciones cimeras del movimiento sindical internacional. Los de Ámsterdam, que en toda ocasión, propicia o no, cuentan sus grandes victorias sobre el capital y los grandes beneficios que la Oficina Internacional del Trabajo de la Sociedad de Naciones depara a la humanidad, adoptaron desde el primer momento de las acciones ofensivas capitalistas una actitud expectante y durante todo el periodo transcurrido no tomaron ni una sola vez la iniciativa de una lucha seria, sino que, en el mejor de los casos, se vieron empujados a latigazos por la indignación de las masas obreras. Sumamente característicos en este sentido son el último cierre patronal de Inglaterra, la huelga de los mineros del carbón en América, el movimiento de los metalúrgicos en Francia y una serie de huelgas en Alemania y en Italia. Los de Ámsterdam han desempeñado siempre y en todas partes un papel pasivo, han procurado siempre zanjar el conflicto lo antes posible, han desorganizado y desmoralizado las filas de la clase obrera y con ello no han hecho más que frustrar su lucha. Esta impotencia de los sindicatos para hacer frente al capital atacante, la abierta aversión de los dirigentes a llevar a las masas obreras a la lucha, provocaron una profunda decepción en amplios círculos de la clase obrera, y de ahí se explica la salida de grupos obreros enteros de los sindicatos. El crecimiento de los sindicatos en los años 1921-1922 no solo se detiene, sino que deja paso a un rápido retroceso. Centenares de miles de obreros abandonan las organizaciones sindicales, los sindicatos se desmoronan, se debilitan así y pierden la capacidad de hacer frente al capital atacante. La CGT francesa, que a comienzos de 1920 tenía más de 2 millones de afiliados, cuenta actualmente, en las dos organizaciones paralelas juntas, con solo 600.000 afiliados. En Italia el número de afiliados a los sindicatos ha caído de 2 millones a 700.000. En Inglaterra el número de afiliados a los sindicatos descendió en 1.300.000. En los Estados Unidos los sindicatos han perdido aproximadamente 1½ millones de afiliados. Un retroceso semejante del número de afiliados lo observamos en Checoslovaquia, en Suecia, Noruega, Holanda, Dinamarca, etc. Solo en Alemania y en Austria se ha mantenido el número de afiliados aproximadamente al nivel anterior, pero esto no se explica en modo alguno por un exceso de espíritu revolucionario de los dirigentes sindicales de esos países, sino por la situación trágica en que se encuentra el proletariado austriaco y alemán y por el mayor grado de organización de los obreros de esos países. Aparte del retroceso numérico, crecen también en los sindicatos la inseguridad general y la falta de confianza en las propias fuerzas. Los de Ámsterdam, que durante varios años anunciaron grandes reformas que habían de salir del seno de la Oficina Internacional del Trabajo, han enmudecido. Las flores se han deshojado, los fuegos se han apagado. Ellos mismos han perdido la fe en la gran capacidad creadora social de las organizaciones que ellos crearon, y si siguen participando en la Oficina Internacional del Trabajo de la Sociedad de Naciones es porque están encadenados a esa Oficina como un presidiario a su carretilla, y compartirán el destino de esa institución, notable en todos los sentidos. No pueden renunciar a la colaboración de clases, porque toda su actividad se funda en ese principio. Más aún. Esa colaboración se vuelve de día en día más estrecha, porque una ruptura de la colaboración de clases entre los sindicatos y la burguesía significaría no solo el fin de la burguesía, sino también el fin de los de Ámsterdam.

Si en todos los casos en que había que oponerse a la ofensiva del capital los dirigentes de la Internacional de Ámsterdam dieron muestras de la mayor modestia y de la más extrema pasividad, en cambio se volvieron sumamente desenvueltos, agresivos y enérgicos cuando se trataba de la lucha contra los obreros revolucionarios. El tiempo transcurrido entre el III y el IV Congreso se caracteriza por la campaña contra el ala revolucionaria del movimiento obrero. Los de Ámsterdam decidieron no quedar en minoría bajo ninguna circunstancia: antes la escisión que la entrega de la dirección sindical a los comunistas. Esa es la consigna de la Internacional de Ámsterdam, y esa consigna se deriva de toda la posición de los de Ámsterdam, porque de otro modo les resultaría difícil salvar la sociedad capitalista y el sistema capitalista. En Francia los de Ámsterdam consiguieron escindir el movimiento sindical, y allí tenemos dos confederaciones del trabajo. Cuando los comunistas empezaron a amenazar los cómodos puestecillos de los amsterdamianos checoslovacos, estos siguieron el ejemplo de sus colegas franceses y provocaron la escisión de los sindicatos checoslovacos.

En España la reformista Unión General de Trabajadores escindió su mayor organización, el sindicato de los mineros, en el mismo momento en que los comunistas y los sindicalistas habían conquistado la mayoría en ese sindicato.334 En Alemania se ha desencadenado en los sindicatos de la construcción, de los ferroviarios y de los trabajadores del transporte una caza sistemática de comunistas; el método alemán consiste en expulsar a los comunistas elegidos para un cargo, no reconocer a sus candidatos y separar de este modo a los dirigentes revolucionarios de la masa revolucionaria.

Con constancia y tenacidad aplican los de Ámsterdam su táctica en Alemania, esforzándose con todas sus fuerzas por echar de los sindicatos obreros a los mejores elementos combativos.

«Para ser fuertes, tenemos que depurar nuestras filas»: así reza la cínica declaración del órgano central de la ADGB, el Korrespondenzblatt, en su artículo «El enemigo está a la izquierda». «¡Fuera de los sindicatos!»: esa es la consigna de los de Ámsterdam, y de ella sacan las consecuencias prácticas. Y cuanto mayor se hace el peligro comunista, cuanto más crece la consciencia de clase revolucionaria de las masas, tanto más claros se vuelven los afanes de los de Ámsterdam por escindir los sindicatos, porque sindicatos revolucionarios no les sirven. Prefieren los sindicatos católicos y amarillos a los sindicatos revolucionarios. Esto puede mostrarse con todos los hechos que se quiera. Así, el sindicato minero reformista de Alemania concluye gustoso acuerdos con el sindicato católico y con el sindicato nacionalista polaco, pero no quiere entenderse en ningún caso con la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales,335 y sale del paso calificando a sus afiliados de no organizados. La Unión es una organización revolucionaria dirigida por comunistas, y los honorables gentlemen del Sindicato Minero Alemán prefieren los católicos a los comunistas. Pero los de Ámsterdam no se contentan con presionar a los sindicatos a escala nacional. En el último congreso de la Internacional de Ámsterdam, en Roma,336 en una reunión conjunta con los representantes de los secretariados internacionales de las distintas ramas de la producción, se volvió a tomar el acuerdo de que no se debía admitir a los sindicatos revolucionarios en esos secretariados internacionales. En este terreno se aplica una táctica muy determinada, porque los de Ámsterdam siempre son firmes cuando se trata de la lucha contra los sindicatos revolucionarios. Durante el último año fueron expulsados de las federaciones internacionales de industria, o no admitidos en ellas, los sindicatos rusos de los metalúrgicos, de los mineros, de los obreros de la madera, de la construcción, del textil, de los obreros agrícolas, de los empleados, de los funcionarios de correos y telégrafos, de los obreros del cuero, de los trabajadores del transporte, etc. El motivo formal de su expulsión fue que, a través del Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia, están adheridos a la Internacional Sindical Roja; pero en realidad se los expulsa porque hicieron la revolución, porque están unidos al Estado soviético, imbuidos de espíritu comunista, y son la base y el fundamento del Estado soviético y de la dictadura del proletariado. Los secretariados internacionales adheridos a la Internacional de Ámsterdam admitirían con gusto sindicatos contrarrevolucionarios, pero no quieren admitir sindicatos revolucionarios, porque eso podría perturbar su vida tranquila y su digestión.

¿Qué representa esta campaña contra los sindicatos revolucionarios? En su núcleo no es otra cosa que un reflejo de la campaña del capital internacional contra la clase obrera, un reflejo de las luchas sociales que se libran entre la burguesía y el proletariado. La Internacional de Ámsterdam, que está al otro lado de la barricada, cañonea al movimiento obrero internacional con los cañones de que dispone actualmente. Para los dirigentes del movimiento sindical de hoy está perfectamente claro que el movimiento sindical, si conserva su unidad, se desplaza, lentamente pero de todos modos, hacia la izquierda, y que en el momento en que los comunistas se adueñen del movimiento sindical llegará el fin no solo para la burguesía, sino también para el reformismo. Por eso hacen una política consciente de escisión y de expulsión. Quieren debilitar a la clase obrera, incapacitarla para conquistar el poder y desorganizarla y desmoralizarla hasta tal punto que no sea capaz de poner la mano sobre los medios de producción y de cambio. La Internacional de Ámsterdam salva la civilización moderna con todos los medios y de todas las maneras. Los de Ámsterdam no están solos en su lucha contra los comunistas: tienen aliados en los anarquistas. Desde hace dos años observamos un recrudecimiento especial de la lucha de los anarquistas contra el comunismo. Desde 1920 estas hostilidades adquieren un carácter cada vez más agudo, y en los últimos tiempos ya no se distinguen en nada, por su carácter, de las acciones de los reformistas. La argumentación, por supuesto, es otra, los propios atacantes llevan otra bandera, pero el contenido político es el mismo: los anarquistas se esfuerzan con todas sus fuerzas por restringir el trabajo de los comunistas en los sindicatos, por denigrarlos, y la organización anarquista llega a negar a los comunistas el derecho mismo a trabajar en el movimiento sindical. Ataques de este tipo emprendieron a lo largo del último año los IWW337 en América, los sindicalistas en Italia, los anarcosindicalistas de España y algunos grupos sindicalistas de Francia. Servía de consigna la lucha contra la política, y se contraponía la Internacional Sindical a la Internacional Comunista y a los partidos comunistas. Como es sabido, los anarquistas presentan los conceptos de política, partido y Estado como una especie de bestia fabulosa, y les es completamente indiferente de qué política, de qué partido o de qué Estado se trate. Su modo de pensar metafísico lo mete todo en el mismo saco, y así están acostumbrados a pensar en términos de lo eterno y lo absoluto. Encontramos en ellos una negación desnuda y categórica de toda lucha política y de toda relación entre los sindicatos y los partidos comunistas. Esta teoría ajena al mundo se califica de independiente, y bajo esa bandera se produjeron a lo largo del último año los ataques de los anarquistas contra la Internacional Comunista y la ISR. Los sindicatos y los partidos tienen que estar completamente separados entre sí: ese es el sentido de todas estas declaraciones. En una serie de resoluciones y en un gran número de llamamientos, los anarquistas han rumiado una y otra vez esta idea elemental, que no se ha vuelto más clara ni más revolucionaria por vestirla con un ropaje puramente sindical. Pero los elementos anarquistas no se limitan a la lucha ideológica contra los comunistas. El último año se produjeron una serie de hechos que demuestran que los laureles de los de Ámsterdam tampoco dejan dormir a los anarquistas. Algunas organizaciones anarquistas han empezado a expulsar a aquellos afiliados que son partidarios de la ISR y defienden la unión entre las dos Internacionales revolucionarias. Expulsiones de este tipo se han producido en la Unión Sindical Italiana.338 También los sindicalistas holandeses amenazan a los comunistas con azotes de escorpiones, y siguen sus pasos los grupos anarcosindicalistas de otros países. Todas estas acciones persiguen la tarea de separar el movimiento sindical del movimiento político, arrancar a los sindicatos revolucionarios de la ISR y formar una pequeña Internacional propia, que no es de este mundo. En este sentido, todos los grupos anarquistas ponen en práctica las directivas de la conferencia internacional anarquista que se celebró en diciembre de 1921 y que se pronunció por la formación de una nueva Internacional sindicalista revolucionaria, independiente y autónoma. En junio de este año se hizo un intento en esta dirección, y los iniciadores consiguieron reunir a los representantes de algunas organizaciones.339 Para caracterizar esta nueva Internacional basta señalar que el papel dirigente lo desempeñan en ella los localistas alemanes,340 esos típicos tolstoianos y vegetarianos políticos.

¿Cómo se explica, pues, el recrudecimiento de la lucha de los anarquistas contra la Internacional Comunista y la ISR? En el primer periodo después de la Revolución de Octubre, los grupos anarquistas, y en particular las organizaciones anarcosindicalistas, llegaron incluso a adherirse a la Internacional Comunista. Se adhirieron entonces la Confederación Nacional del Trabajo de España,341 la Unión Sindical Italiana, etc. ¿Cómo se explica la salida de estos grupos no solo de la Internacional Comunista, sino incluso de la ISR? Esta actuación de los anarquistas contra la Internacional Comunista, la ISR y la Revolución rusa se explica por la situación general del movimiento obrero internacional, y los ataques anarquistas no son más que un reflejo de los ataques del capital internacional y de los de Ámsterdam. Son un eslabón de la misma cadena. Pese a su fraseología revolucionaria, los anarquistas han sido siempre portadores de ideas pequeñoburguesas. Y cuando la sociedad burguesa reunió sus fuerzas para la lucha contra el comunismo, cuando se creó un frente único de todos los elementos de que dispone el Estado burgués para defenderse del peligro comunista, era natural que los anarquistas ocuparan en ese frente el lugar que les correspondía. Es cierto que con frecuencia justifican sus ataques contra la Internacional Comunista y la ISR por la situación en que se encuentran los anarquistas en la Rusia soviética y por su posición de principio ante todo Estado y toda dictadura en general. Pero a nosotros no nos interesa lo que dicen los anarquistas, sino lo que hacen. Y sus hechos son los siguientes. Cuando el movimiento comunista vivía su época más difícil, cuando el aparato del Estado y la violencia bruta del capital internacional se abalanzaban sobre él con todo su peso, cuando todo el poderoso aparato de los viejos sindicatos se dirigía contra el comunismo y el movimiento comunista, entonces aparecieron los anarquistas con su programa anticomunista y con su lucha por la supuesta independencia del movimiento sindical. Surgió un frente anarcorreformista que se sumó al frente burgués. El frente anticomunista encontró su remate en la demagogia pequeñoburguesa de los anarquistas. Así, el movimiento comunista se ve obligado a luchar no solo contra el capital, sino también contra el reformismo y el anarquismo, que han formado un bloque contra el peligro comunista. El anarquismo ha resultado aquí, como siempre, aliado del reformismo. Y no es de extrañar: no son más que las dos caras de la misma medalla pequeñoburguesa.

Los anarquistas y los sindicalistas revolucionarios gustan especialmente de subrayar la neutralidad de los sindicatos ante los partidos políticos. La presentan como su mérito especial y como un rasgo propio del movimiento sindical sindicalista revolucionario, y en lugar de neutralismo emplean la expresión independencia, lo que en el fondo viene a ser lo mismo. ¿Qué es el neutralismo? El neutralismo es una corriente del movimiento sindical que lanza la consigna de una actitud enteramente igual ante todos los partidos políticos, o de la independencia plena y absoluta del movimiento sindical respecto de la política. La política es, como se sabe, la bête noire de los anarquistas y anarcosindicalistas, que confunden la política con el parlamentarismo, y la actividad política, la lucha política, con las elecciones parlamentarias y la cocina electoral que va unida a ellas. El neutralismo es la consigna de los reformistas más extremos, por un lado, y de los anarquistas y anarcosindicalistas, por otro. Uno de los dirigentes más prestigiosos del movimiento obrero norteamericano, John Mitchell,342 destacó con especial claridad ese neutralismo en su libro Organized Labor, defendiendo la idea de que el orden social moderno se compone de 3 elementos: el capital, el trabajo y la sociedad. Qué entendía este honorable dirigente por sociedad es bastante difícil de adivinar; seguramente los reformadores sociales liberales, con los que participaba en diversas ligas y sociedades que tienen por objeto andarse por las ramas sobre la legislación social y la mejora de la situación de la clase obrera. Hasta qué punto fue este señor independiente y neutral se desprende del hecho de que a su muerte se le encontró una herencia de ni más ni menos que medio millón de dólares. Todo eso lo había ganado como dirigente del movimiento sindical norteamericano. Este neutralismo es la peor forma de la influencia burguesa sobre el proletariado y de la subordinación ideológica de los intereses del proletariado a los de las clases dominantes.

La teoría de la independencia descansa en su esencia sobre los mismos principios. Es cierto que se propone fines opuestos a los de los políticos neutralistas. La independencia que predican los anarcosindicalistas y los anarquistas es la teoría del exclusivismo del movimiento sindical, de la primacía del movimiento sindical sobre todas las demás formas del movimiento obrero, y niega a los partidos políticos no solo el derecho a la dirección, sino incluso el mero derecho a existir. Esta ideología de la independencia se manifestó sobre todo durante el último año en la polémica de los anarcosindicalistas de todas las tendencias contra la ISR. Los sindicalistas franceses, italianos, holandeses, suecos y norteamericanos, cuyas pretensiones son inversamente proporcionales a su peso específico en el movimiento obrero, se enfrentan constantemente a los partidos comunistas y declaran que los sindicatos harán por sí mismos la revolución y recogerán los frutos de su victoria. A esta teoría pueden responder los comunistas: «Por favor, demostrad con hechos que vuestra teoría es justa». Tenemos derecho, sobre todo en el momento actual de la lucha más seria, a exigir de los dirigentes del movimiento obrero que no se limiten a emitir declaraciones, que no se limiten a prometer que harán la revolución, sino que cumplan también esas promesas. La mejor teoría es la que los hechos confirman. Nuestra teoría comunista ha sido confirmada no solo por la revolución rusa, sino también por otras revoluciones.

La teoría de los anarquistas y sindicalistas, en cambio, todavía no ha encontrado semejante confirmación. Al contrario, en la medida en que el anarquismo actuó en la práctica en la revolución rusa, fue en el fondo portador de una ideología pequeñoburguesa antiproletaria. El movimiento de Majnó343 constituyó la expresión práctica más alta del anarquismo guerrero, y dio la prueba de que el anarquismo, en su actuación, es un elemento antiproletario, pequeñoburgués, ligado a los «kulaks» (explotadores campesinos). Por eso no solo adoptamos ante la teoría anticomunista de la independencia una actitud escéptica y desconfiada, sino que consideramos además esa teoría sumamente nociva y peligrosa para el movimiento obrero del país en que adquiere influencia y predominio. Separar la política y la economía en dos partes paralelas e independientes significa en el fondo cortar en dos mitades el movimiento obrero proletario unitario. El movimiento obrero puede tener diversas formas de manifestación: según las condiciones, el lugar y el tiempo, la situación política y la correlación de fuerzas, unas u otras formas y métodos de lucha pueden aplicarse mejor que otros. Pero una cosa está completamente clara: en el momento en que separamos el movimiento obrero político y el económico, o incluso los oponemos entre sí, desgarramos lo que en el proceso de la lucha se enlaza orgánicamente, debilitamos al proletariado y le cortamos toda posibilidad de una lucha victoriosa contra el enemigo de clase, admirablemente unido y excelentemente organizado. La burguesía no se ocupa de semejantes teorías, no separa la política de la economía, sabe perfectamente aprovechar todo lo que ha creado su aparato. El poder del Estado, la literatura, la ciencia, el arte, la Iglesia y las organizaciones económicas de los patronos: todo ello forma un bloque unitario y compacto que se opone siempre al afán del proletariado por liberarse del yugo capitalista. La política —se dice en el programa del Partido Comunista de Rusia— es la economía concentrada.344 Me parece que es la formulación más expresiva y exacta de las relaciones recíprocas entre política y economía. Por política entendemos los comunistas el movimiento de la clase obrera con el fin de su emancipación, la oposición de la clase obrera a toda la sociedad burguesa. La actividad que tiene por tarea agudizar esa oposición, que quiere ahondar el abismo entre las clases, unir al proletariado para la realización de sus fines y establecer una relación justa entre las masas de millones de personas: toda esa actividad se llama política. Solo gente de pensamiento primitivo puede confundir la lucha política con el parlamentarismo, que es una de las numerosas variedades de la actividad política del proletariado. En esta contraposición de política y economía en el neutralismo, en la teoría de la independencia, se expresa el deseo de los anarquistas y anarcosindicalistas de poner en conflicto al Partido Comunista con los sindicatos y de librar, apoyándose en las organizaciones sin partido, la lucha contra el Partido Comunista. Por su esencia, la teoría de la independencia no se dirige solo contra el partido, sino también contra el comunismo, porque el comunismo no es incorpóreo, no puede existir fuera del tiempo y del espacio ni sin una organización determinada, sino que solo existe en la medida en que existe un portador de ese comunismo. Es cierto que la clase obrera en su conjunto es ese portador, pero la masa obrera que posee instintos comunistas encarna su consciencia comunista en una organización determinada, y esa es precisamente el Partido Comunista. Por eso, si se contraponen los sindicatos a los partidos comunistas y se procura agudizar la lucha entre ellos bajo la bandera de la independencia, ese afán no se dirige solo contra el partido como tal, sino también contra el comunismo, contra la clase obrera y contra la revolución social.

En la lucha contra la «política», los anarcosindicalistas oponen al comunismo el sindicalismo. Pero ¿qué es el sindicalismo? Por sindicalismo se entiende ante todo el conjunto del movimiento sindical como un todo, es decir, la suma de todos los sindicatos del país de que se trate. En tales circunstancias, la contraposición de sindicalismo y comunismo pierde todo sentido, porque, en la medida en que los sindicatos abarcan a todos los obreros organizados, abarcan también a su parte comunista. Contraponer los sindicatos al Partido Comunista significa, pues, también oponer a los obreros comunistas a sí mismos. Está claro que en el concepto de sindicalismo se pone también otro sentido. En efecto, por sindicalismo se entiende también una determinada corriente ideológica dentro del movimiento obrero, dentro de los sindicatos. La peculiaridad propia de esta corriente ideológica consiste en que se apoya ante todo en los sindicatos. Pero ¿en qué consisten los rasgos fundamentales del sindicalismo? En la forma en que el sindicalismo ha cristalizado a lo largo de los dos últimos decenios en sus diversas ramificaciones, es la teoría de la prioridad del movimiento sindical sobre las demás formas del movimiento obrero. Vemos, pues, que en la base del sindicalismo hay una tendencia anarquista, hostil al partido y antipolítica. El sindicalismo afirma que la clase obrera se crea su vanguardia en los sindicatos y que realizará sus tareas por medio de los sindicatos. Muy interesante en este sentido es la polémica que surgió en Francia entre sindicalistas y comunistas con motivo de la resolución sobre el movimiento sindical que aprobó el congreso de Marsella del Partido Comunista.345 La idea, expresada con mucha cautela por el congreso, de que el Partido Comunista constituye la vanguardia del proletariado chocó con un rechazo tajante por parte de los sindicalistas.

Como corriente dentro de los sindicatos, el sindicalismo procura elaborar su propio programa, su propia táctica, sus propias formas y métodos de lucha y agrupar a las masas obreras en la acción de clase. El mismo fin se propone también el comunismo. En los países con movimiento obrero sindicalista no tenemos, pues, una oposición entre los sindicatos y el partido, por mucho que lo afirmen con vehemencia los diversos matices del sindicalismo, sino que tenemos en el fondo una oposición entre dos partidos, uno de los cuales se llama partido comunista y el otro partido sindicalista. Naturalmente, los sindicalistas pueden horrorizarse ante la mera idea de que en su esencia representan un partido, porque el partido —y en este sentido los sindicalistas aparecen como sucesores de los anarquistas— es desde su punto de vista algo sumamente negativo. Esta idea negativa del partido ha nacido en esos países de las corrompidas costumbres parlamentarias y de la extrema elasticidad de la conciencia y del espinazo de los dirigentes, no solo del movimiento burgués, sino también del llamado movimiento socialista en los países de Europa occidental. Sobre el terreno de la práctica reformista y del cretinismo parlamentario ha crecido esa confusión de la política con el cocineo electoral. La desgracia de los sindicalistas consiste en que no ven en absoluto la fuente propiamente dicha, la raíz de su teoría, y por eso el sindicalismo es a sus ojos un fenómeno surgido orgánicamente del movimiento proletario de masas, mientras que el comunismo es un movimiento implantado artificialmente, que han introducido desde fuera unos «políticos» cualesquiera, sospechosos y a todas luces hostiles a la clase obrera. Considerado como movimiento ideológico y en su forma sana y más realista, el sindicalismo se acerca en muchas cosas al comunismo, porque no solo se propone los mismos fines —derrocamiento del capitalismo, etc.—, sino que predica también los mismos métodos principales: la dictadura del proletariado. ¿Qué relaciones recíprocas deben establecerse, pues, entre sindicalistas y comunistas? Ante todo, el sindicalismo, como ya se ha dicho, no representa una corriente unitaria. Más bien pueden distinguirse en el sindicalismo varias corrientes. Tanto más extraña es la pretensión del sindicalismo de oponerse al comunismo. Tenemos ahí ante todo a los anarcosindicalistas, que no se distinguen casi en nada de los anarquistas; luego a los sindicalistas revolucionarios, que ya han sabido trazar una determinada línea divisoria entre ellos y el anarquismo; y por último a los sindicalistas comunistas, que están más cerca del comunismo. Así pues, el sindicalismo no es en sí mismo nada acabado, vaciado en un molde determinado, sino la suma de toda una serie de corrientes ideológicas situadas entre el anarquismo y el comunismo. De ahí resulta también, naturalmente, claridad sobre las tareas de los comunistas en los países donde existe un movimiento sindical sindicalista revolucionario. Ante todo, los comunistas deben tomar la iniciativa de la agrupación del ala izquierda del movimiento obrero. Los más cercanos a nosotros son los sindicalistas comunistas. Es la corriente dentro del sindicalismo actual que realmente ha aprendido mucho de la guerra y de la revolución rusa. Comprenden lo que es la dictadura del proletariado, comprenden su necesidad e inevitabilidad para el periodo de transición. Esta corriente no se acerca a la dictadura desde el punto de vista de un abstracto librito anarquista sobre los problemas de la revolución, sino desde el punto de vista de la experiencia, desde el punto de vista de gente que quiere de verdad aprender en la escuela de la vida viva. Lo más típico en este sentido es el grupo de La Vie Ouvrière346 en Francia, al que puede calificarse de grupo comunista sin partido. Este grupo es comunista por toda su esencia. A él pertenecen muchísimos miembros del Partido Comunista, pero su actividad práctica no tiene cabida en el marco del Partido Comunista. En Francia esto no es, por lo demás, de extrañar, porque el Partido Comunista Francés no es una organización que pueda valer como autoridad política para todos los obreros revolucionarios del país. El partido se halla todavía en el periodo de construcción, conoce todavía divergencias ideológicas, todavía no es lo bastante unitario y compacto para hacerse con el dominio del movimiento de masas en Francia, aunque la situación objetiva es sumamente favorable para un partido comunista serio.

No cabe la menor duda de que comunismo y sindicalismo representan dos teorías distintas, dos maneras distintas de abordar los problemas del movimiento obrero y los métodos para realizar las tareas que tiene ante sí la clase obrera. Y en la medida en que tenemos divergencias de opinión con los portadores del sindicalismo, los comunistas deben librar la lucha ideológica más resuelta contra todas las tendencias anticomunistas del sindicalismo. Los comunistas tampoco pueden admitir en lo más mínimo una teoría y una práctica que conduzcan a la negación de los partidos políticos, sea quien sea el que aplique y defienda esa teoría y esa práctica. De ahí resulta la necesidad de una lucha ideológica sistemática, tenaz y metódica contra todos los sedimentos anarquistas que todavía hay hoy en el movimiento obrero. Pero eso no debe obstaculizar en lo más mínimo el acercamiento práctico, la actividad común, la estrecha colaboración entre comunistas y sindicalistas en la lucha no solo contra el capital atacante, sino también contra el reformismo. ¿Cómo lograrlo? Únicamente mediante la actividad revolucionaria. El sindicalismo es tanto más fuerte, y tanto más agresivo frente al comunismo, cuanto más débil y políticamente desvalido es el Partido Comunista. Donde el Partido Comunista lleva la dirección en todos los acontecimientos, donde toma a tiempo la iniciativa, donde sabe descubrir los puntos más vulnerables de nuestros enemigos de clase y golpearlos a tiempo, allí los sindicalistas se ven obligados a ir junto con los comunistas, aunque representen una fuerza. Pero donde en el partido se producen constantes rozamientos internos, donde no está seguro de su propia orientación comunista, donde teme tomar la iniciativa, donde mira constantemente a su alrededor a ver qué dicen los demás, allí no pueden establecerse relaciones recíprocas normales entre sindicalistas y comunistas, porque, para justificar su falta de iniciativa y su incapacidad para adueñarse del movimiento obrero, los propios comunistas empiezan a formular la teoría de la independencia, haciendo de la necesidad virtud.

Para los comunistas la cuestión de las relaciones recíprocas entre sindicatos y partidos no es en absoluto una cuestión. La tarea de los comunistas consiste en llenar todas las organizaciones obreras de un espíritu comunista unitario y de una voluntad comunista unitaria. El Partido Comunista solo tiene sentido si realiza esta tarea de forma metódica y sistemática. Un partido comunista real y verdadero es solo el partido que lleva a cabo la conquista de los sindicatos no solo en la teoría, sino también en la práctica, porque esa es la condición previa de la revolución social. Por eso el IV Congreso no tiene que ocuparse de las cuestiones teóricas en este terreno, porque esa cuestión está resuelta hace mucho. Y si a pesar de todo tenemos que volver a ocuparnos de esta cuestión, no es para fijar principios nuevos, sino para ver cómo se aplican nuestros viejos y buenos principios. Y ahí tenemos que decir abiertamente que muchos comunistas los aplican rematadamente mal. Ante todo, las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos no pueden ser completamente iguales en todos los países. Si sobre esta cuestión reina entre nosotros acuerdo teórico, está claro para todo el mundo que en este terreno existe una extraordinaria diversidad práctica. Las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos cambian según el carácter del movimiento obrero, las particularidades del medio, toda la situación política y social, las tradiciones, el papel que desempeñan en el país de que se trate los partidos socialistas, etc., etc.

En los países con un movimiento sindical obrero antiguo y partidos comunistas jóvenes, como Inglaterra o América, la relación entre el partido y los sindicatos no puede ser la misma que en los países con un movimiento político antiguo y un movimiento sindical más joven (Rusia y otros países). Si hemos fijado correctamente el objetivo de que tenemos que conquistar todos los sindicatos para el comunismo, que tenemos que llenarlos de espíritu comunista y procurar que sigan la táctica comunista; si aspiramos a ese objetivo, eso no significa que podamos alcanzarlo en los distintos países de un solo golpe, ni mucho menos con los mismos medios. Tomemos, por ejemplo, Inglaterra. Es un país con un movimiento sindical gigantesco, con viejas tradiciones antipolíticas y antisocialistas, y con un pequeño partido comunista que cuenta un par de miles de afiliados. Aquí no puede hablarse de relaciones recíprocas entre los sindicatos y el partido en el sentido propio de la palabra. Las trade unions son hostiles al partido; pero en estos países no hay que hablar de las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos en general, sino de las relaciones recíprocas entre el partido y la parte revolucionaria de los sindicatos, así como la oposición dentro de los sindicatos, que surge sobre el terreno del desarrollo de la lucha de clases. Las tareas son aquí completamente desiguales en cada país. Está completamente claro que para Inglaterra sería sumamente nocivo que el partido procurara limitarse solo a sus pequeñas células de partido. Aquí hay que aspirar a crear un gran movimiento sindical de oposición. Hay que llegar a que nuestros grupos comunistas formen un núcleo de cristalización alrededor del cual se agrupen los elementos de oposición. Hay que dar vida a toda la oposición, darle una forma, reunir todas sus partes, y con el crecimiento de la oposición crecerá también el propio Partido Comunista. Entre la organización del partido y la oposición —que por toda su esencia es diversa y se compone de elementos heterogéneos— hay que establecer una relación recíproca tal que no pueda reprocharse a los comunistas que quieran subordinarse mecánicamente todo el movimiento de oposición.

Este objetivo, es decir, la conquista de la masa obrera para el comunismo, debe realizarse en estas circunstancias con la mayor cautela, con la mayor claridad y con perseverancia. Ante una tarea esencialmente análoga estamos también en América. Allí tenemos un pequeño partido comunista y un movimiento sindical de oposición bastante grande, que ha encontrado su forma de expresión en la Trade Union Educational League.347 ¿En qué consiste la tarea de los comunistas en América? Tienen que trabajar en el movimiento sindical sobre la base del programa de esa Liga. ¿Qué programa tiene la Liga? El programa de la Internacional Sindical Roja. Naturalmente, no está formulado en la misma medida, no es tan claro y determinado como el programa de la Internacional Comunista. El programa de la T. U. Educational League de América no es, naturalmente, tan expresivo, tan determinado, tan tajante como el programa del Partido Comunista de América. Pero tampoco puede tener el mismo carácter, porque agrupa a toda la oposición. Nuestra tarea en América consiste en reunir a toda la oposición hostil a Gompers. Y el partido debe mostrar ante el trabajo de esa Liga la mayor perseverancia, tanto más cuanto que la Liga ha realizado en muy poco tiempo una enorme labor organizativa y educativa. Nuestra tarea en América consiste en apoyar a la Liga en el despliegue de sus fuerzas, llamar a todos los simpatizantes del comunismo a apoyar activamente a esa Liga, procurar por todos los medios a nuestro alcance todo tipo de apoyo a su lucha contra el gompersismo, que infecta el movimiento obrero norteamericano. Naturalmente, para el partido se plantea la cuestión de los métodos de influencia. Pero la influencia en el movimiento obrero no se produce mediante resoluciones, ni mediante tales o cuales acuerdos afortunados del Comité Central, sino mediante el trabajo que los comunistas realizan en las organizaciones obreras correspondientes. Por eso hay que hablar lo menos posible, o incluso nada en absoluto, de un control sobre la actividad de la Liga, porque esas conversaciones solo conducen a un control mecánico o, más exactamente, a intentos de inmiscuirse mecánicamente en un trabajo que el partido, en el fondo, no puede realizar ni llevar a cabo. La tarea de la influencia de los comunistas en los sindicatos es ante todo una tarea de organización del partido. Ante todo hay que crear un partido político sólido y serio, hay que atraer a nuestras organizaciones al mayor número posible de obreros de las distintas ramas del movimiento obrero, los afiliados deben estar soldados por una disciplina interna, y entonces nuestra influencia en los sindicatos crecerá sin interrupción.

La influencia del partido en los sindicatos es directamente proporcional a su trabajo en las masas, a su resonancia política. La tarea consiste en fijar organizativamente esa influencia política. Hay que subrayar en general que nuestro trabajo organizativo en los sindicatos va constantemente a la zaga del trabajo político. El mejor ejemplo de ello puede ser Alemania. En Alemania tenemos un movimiento comunista muy fuerte, y la influencia del Partido Comunista se extiende allí, según un cálculo aproximado, a un tercio más o menos de todos los afiliados a los sindicatos de Ámsterdam. Pero hágase el intento de contar allí nuestras fuerzas organizativamente, y se verá enseguida que toda esa enorme masa está mal trabada organizativamente, que las masas que nos siguen no tienen suficiente cohesión entre sí; no somos capaces de fijar organizativamente allí nuestros éxitos políticos. Este contraste entre el rápido crecimiento de nuestra influencia política y la consolidación organizativa extremadamente lenta del avance de las ideas revolucionarias constituye un factor amenazador y muy peligroso en el movimiento obrero alemán. Significa que el partido, en determinados momentos de lucha política tensa, puede verse en la situación de no tener un número suficiente de centros organizativos para concentrar toda la energía revolucionaria y dirigirla de la manera más adecuada. La cuestión «Partido y sindicatos» se planteó y se plantea aquí, naturalmente, de otro modo que en Inglaterra o en América. Aquí se ha agudizado sobre todo la cuestión de las relaciones recíprocas entre el partido y la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales. Como es sabido, esta Unión llegó a crearse en su día por iniciativa de los espartaquistas. Más tarde el Partido Comunista cambió su táctica respecto de los sindicatos, y muchos sindicalistas comunistas de Alemania consideran constantemente a la Unión, que agrupa a 150.000 obreros, como una organización que obstaculiza el movimiento comunista en su país. Aquí se manifiesta un cierto modo abstracto de abordar una cuestión práctica y una comprensión equivocada de nuestra consigna, que exige la conquista de los sindicatos. Algunos comunistas razonan así: puesto que nuestra táctica consiste en no escindir los sindicatos, sino en conquistarlos, la Unión pierde con ello su razón de ser. Pero eso es la metafísica más pura. La Unión existe y, en las condiciones concretas que se dan en Alemania, seguirá existiendo también en los próximos años. Y en tanto existe, procura naturalmente aumentar el número de sus afiliados. No puede haber ninguna organización que no se ocupe de reclutar nuevos afiliados. De lo contrario, la Unión podría quedarse sin ningún afiliado a medida que estos fueran muriendo.

El partido debe obligar a sus afiliados a hacer política comunista. Y todos los debates sobre esta cuestión y toda la lucha de los últimos meses deberían haberse librado precisamente sobre ese terreno. Pero, en lugar de plantear la cuestión de modo que los miembros del Partido Comunista tienen que hacer una política comunista, se abordó la cuestión de las relaciones recíprocas entre el partido y la Unión, y con ello todo el asunto se complicó y se volvió confuso. Por fortuna, en el último congreso de la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales la cuestión quedó resuelta en lo esencial. El punto de partida de la concepción equivocada estaba en el afán de trabajar exclusivamente dentro de los viejos sindicatos y en el deseo de acabar a toda costa con todas las organizaciones independientes.

En Italia el movimiento sindical está estrechamente ligado al movimiento político. El ejemplo de la Unión Sindical no prueba nada, porque esa organización no tiene la menor influencia en el movimiento obrero. Las fuerzas más importantes son la Confederación General del Trabajo (CGdL) y el Partido Comunista. Respecto de Italia, toda discusión sobre las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos es superflua y carece de objeto.

Un carácter muy peculiar tiene la cuestión de las relaciones recíprocas entre partido y sindicatos en Francia. Aquí tenemos un movimiento sindical antiguo, sindicalista, y un Partido Comunista joven, y el Partido Comunista se pronuncia por la autonomía y la independencia del movimiento sindical con no menos pasión que los propios sindicalistas. Como es sabido, los sindicalistas franceses se volvieron con especial energía contra las resoluciones del I Congreso de la ISR, en el que se estableció la unión entre las dos Internacionales y se acordó que en cada país los sindicatos revolucionarios y los partidos comunistas deben ir de la mano en todas las acciones ofensivas y defensivas. Lo más notable es que esta resolución chocó con resistencia no solo entre los sindicalistas, sino también dentro del Partido Comunista. Los miembros del Partido Comunista formularon con especial agudeza la necesidad de la independencia y la autonomía, remitiéndose sobre todo a las tradiciones del movimiento obrero francés. Si se habla de tradición, hay que decir que es una mala tradición. Nació sobre el terreno del oportunismo del Partido Socialista de Francia, lo cual, en el periodo en que el Partido Socialista era reformista, parecía comprensible y natural, porque entonces la independencia respecto de él no significaba otra cosa que la independencia respecto del oportunismo y del reformismo. Por semejante independencia debe luchar todo comunista. Pero si tenemos un partido comunista, que no debe estar aquejado de las enfermedades de sus predecesores socialistas, entonces esa teoría pierde su sentido. La tradición histórica no tiene aquí nada que ver.

La Carta de Amiens348 era útil en 1906, cuando había que contrarrestar al partido oportunista que padecía de cretinismo parlamentario. Entonces era oportuna. Pero si se quiere aplicar ese programa de Amiens a todos los países, si se le quiere atribuir una significación internacional sin tener en cuenta la enorme transformación que han llevado a cabo la revolución rusa y la Internacional Comunista, entonces se acaba inevitablemente por anquilosarse en fórmulas muertas, por pasar de largo ante la vida, y se corre luego el peligro de pasarse toda la vida en esas fórmulas.

En este sentido Francia es un país de maravillas. Los comunistas exigen allí la independencia respecto de su partido y, junto con los sindicalistas, hacen aprobar en la comisión dirigente de la CGTU el acuerdo de que la expulsión de un dirigente sindical del partido se considerará un acto hostil contra la CGTU.

En Francia tenemos, en rigor, dos partidos; no dos partidos comunistas —el partido de la izquierda y el partido del centro—, sino dos partidos, uno de los cuales es la sección comunista francesa de la Internacional Comunista y el otro se llama sindicalista. No hay que encubrir el estado de cosas: los sindicalistas son un partido que no se llama partido. En el Partido Comunista hay unas cuatro corrientes; en el partido de los sindicalistas, cuatro o cinco.

Si se les dice a los anarcosindicalistas que forman un partido, se encabritan, se asombran: ¿nosotros un partido? Pero no, hombre, si no somos más que obreros. Según la opinión de los sindicalistas, los partidos políticos los forman elementos que están fuera del proletariado, mientras que su partido se habría formado orgánicamente dentro del núcleo obrero organizado.

¿Qué caracteriza, pues, al Partido Comunista Francés y en particular su actitud ante el movimiento sindical? Para aclarar esta cuestión vamos a dar algunos ejemplos.

Pero ante todo queremos decir qué caracteriza en general al Partido Comunista: cada uno de sus afiliados tiene la consciencia de la necesidad de trabajar dentro del proletariado, de establecer una unión orgánica entre el partido y la clase, y la consciencia de que el partido es la vanguardia del movimiento obrero. Los sindicalistas pueden pensar de esto lo que quieran. Pero si tú perteneces al partido, perteneces a él precisamente con ese fin y con ningún otro.

Antes del congreso de París del Partido Comunista Francés hubo debates muy interesantes sobre las tesis que había presentado el camarada Rosmer.

Contra esas tesis se formó un bloque de algunos de nuestros amigos que pertenecen a la Internacional Comunista y de los anarcosindicalistas, que también eran adversarios de esas tesis. Cuando se forma un bloque entre comunistas y gente que está fuera del Partido Comunista, es síntoma de una enfermedad que hay que curar a toda costa. Algunos camaradas, miembros del Partido Comunista Francés, se asustaron tanto de esas tesis que L'Internationale, tras el rechazo de las tesis por el Comité Central del partido, escribió: «El Comité Central ha salvado al partido, porque en las tesis presentadas había cosas extraordinariamente peligrosas». Y después del congreso el Bulletin Communiste publicó un artículo del secretario administrativo del partido, el camarada Soutif, que cuenta la historia de esas tesis en unos términos que merecen ser reproducidos aquí:

«Los izquierdistas presentaron un buen día al Comité Central una resolución que proponía una política sindical completamente inaceptable. En esa resolución se decía que el Partido Comunista consideraba que expresaba con la mayor exactitud las aspiraciones de la clase obrera y que era el más capacitado para llevar a cabo su emancipación».

Un comunista, el secretario administrativo del partido francés, protesta cuando una resolución afirma que el Partido Comunista es el que mejor expresa las aspiraciones de la clase obrera. Los sindicalistas pueden protestar contra eso. Están en su derecho. Podemos discutir con esos camaradas, pero semejante protesta de un miembro del Partido Comunista, y además de su secretario, nos resulta incomprensible. Si el partido no expresa las aspiraciones de la clase obrera, ¿en qué consiste entonces su trabajo? ¿En ocuparse del parlamentarismo y en redactar artículos de periódico? La Internacional Comunista tiene otra opinión sobre las tareas del partido.

Todo afiliado al partido debe estar firmemente convencido de que su partido expresa las aspiraciones de la clase obrera mejor que todos los demás partidos. Sin esa convicción no podremos llevar nada a cabo, nos veremos obligados constantemente a permanecer pasivos. Un partido que no tiene esa firme convicción no es un partido comunista. Y si hasta el secretario del partido retrocede ante esa idea, queda claro que ese partido está enfermo.

Soutif dice además: «Una importancia particularmente grande tiene la circunstancia de que las tesis pretenden formar dentro de la CGTU una especie de CGT comunista». Eso no es cierto. En esa resolución se dice que los comunistas deben agruparse no solo territorialmente, es decir, por secciones y distritos, sino también por federaciones, etc.

Hay miembros del Partido Comunista Francés que, en el momento en que empiezan a trabajar en los sindicatos, dejan su carné en la antesala. Cuando entran en el sindicato, olvidan que son comunistas. En sus reuniones de partido son comunistas, pero fuera de esas reuniones se reservan el derecho de hacer todo lo que les plazca, y a veces se presentan como los más celosos partidarios de la independencia y la autonomía del movimiento sindical.

La Internacional Comunista no quiere subordinarse los sindicatos. Un partido comunista que declarara que desea subordinarse los sindicatos no tendría ni la más remota idea de la táctica de la Internacional Comunista. Pero el Partido Comunista debe procurar que cada miembro del partido comunista siga siendo comunista en todas partes. Debemos procurar que el movimiento sindical se llene de espíritu comunista y que los afiliados del partido que pertenecen a un sindicato sigan siendo siempre, al mismo tiempo, miembros del Partido Comunista. Un partido comunista no se crea por la vía de la movilización. En el partido no se entra en virtud de un decreto, y precisamente porque se entra voluntariamente, se asumen obligaciones voluntarias, sí, pero al mismo tiempo firmes. Es completamente inadmisible que un afiliado al partido diga: somos completamente independientes en nuestra táctica sindical.

Otro pequeño ejemplo. En el último número de Lutte des classes que hemos recibido se publica un artículo o, más exactamente, una declaración firmada por los camaradas Monatte,349 Chambelland, Orliange, Charbit y otros. De estos 6 camaradas, solo Monatte no es miembro del Partido Comunista. En esa declaración leemos: «Algunos de nosotros son miembros del partido, otros no; pero todos somos sindicalistas revolucionarios, es decir, en la lucha revolucionaria por la emancipación del proletariado asignamos al sindicato el papel principal, y al partido solo un papel de apoyo y no el dirigente».

Hay que preguntar por qué esos sindicalistas revolucionarios son miembros del partido. No podemos comprender en absoluto por qué un miembro del partido que sabe por qué está en el partido, y al que no se puede acusar de aspirar a un escaño de diputado, permanece en ese partido si solo le atribuye un papel secundario. Esta cuestión se explica históricamente. El Partido Comunista Francés es heterogéneo en su composición. Se ha formado a partir de diversas capas ideológicas. La vieja ideología de cada capa entró también en el partido y echó raíces allí.

En las tesis presentadas al IV Congreso de la Internacional Comunista hay un punto que dice así: «Si en un país existe un movimiento sindicalista realmente revolucionario y al mismo tiempo un partido que no tiene fuerzas suficientes ni una influencia suficiente en el movimiento sindical, está claro que las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos deben ponerse en consonancia con la correlación de fuerzas». Esa relación debe establecerse porque, sin la colaboración entre la Internacional Sindical y la Internacional Comunista, el movimiento obrero revolucionario será aplastado por el capital atacante.

Sea como fuere, en Francia tenemos, por un lado, un partido comunista que se sitúa él mismo en el punto de vista de la autonomía y la independencia del movimiento sindical y, por otro, unos sindicatos que defienden con más energía todavía la autonomía y la independencia del movimiento sindical. La Internacional Comunista está, naturalmente, convencida de que la promesa de los anarcosindicalistas de que los sindicatos harán por sí mismos la revolución no se apoya en ningún fundamento serio. También desconfiamos de la posibilidad de realizar la consigna «Todo el poder a los sindicatos». Pero en cada país las relaciones recíprocas entre el partido político y los sindicatos son las que el Partido Comunista se merece. La lucha real, la agudización de los antagonismos en Francia, el ataque encarnizado de la burguesía: todo eso obliga a los obreros franceses, no solo a los sindicalistas, sino incluso a los comunistas, a cambiar sus opiniones sobre las relaciones recíprocas entre el partido y los sindicatos. Que fijen sus relaciones recíprocas «autónomamente», como quieran y puedan: la vida les enseñará a vivir, les mostrará que la victoria no está donde está escrito «autonomía e independencia del movimiento sindical», sino donde todas las formas del movimiento obrero están impregnadas de un espíritu unitario, de la voluntad comunista unitaria.

Cuanto más se agudiza la lucha entre los obreros revolucionarios y la burguesía, tanto más claramente aparece la unión y la unidad entre el reformismo y la sociedad burguesa moderna. Ya he señalado antes que el asalto de los de Ámsterdam contra los sindicatos revolucionarios se ha intensificado a la par que la ofensiva del capital. Esta unión se hace especialmente patente en la cuestión de la unidad del movimiento sindical, de la que no solo nos ocupamos nosotros, que sabemos que el movimiento sindical, aunque sea lentamente, tiene que llegar de todos modos a la necesidad de la lucha contra la dominación del capital, que las acciones agresivas de la burguesía solo pueden tener éxito si los sindicatos son destrozados definitivamente o divididos en varios grupos enemigos. La salvación de la burguesía está en la desorganización del movimiento obrero, en su descomposición, en el desgarramiento organizativo de las organizaciones que ha creado en la lucha. La unidad del movimiento sindical amenaza, pues, la dominación del capital, porque la presión del capital obliga a esas poderosas organizaciones reformistas a desplazarse hacia la izquierda, y cuanto más giran hacia la izquierda, mayores son las perspectivas de una victoria de la clase obrera. Es, pues, completamente natural que la burguesía desee escindir los sindicatos, convertirlos en astillas y luego destrozar una por una las organizaciones enfrentadas entre sí.

Hay que señalar que los de Ámsterdam van en esta cuestión detrás de sus amos. El último año ha sido especialmente rico en expulsiones de sindicatos revolucionarios. Así, por ejemplo, es sabido que la escisión de la CGT francesa se produjo, en conjunto, bajo la manifiesta influencia «ideológica» de la burguesía francesa y de sus agentes. No menos sabido es que la actividad escisionista de los amsterdamianos checoslovacos coincidió con una enorme depresión económica y una presión de los capitalistas sobre la clase obrera. Cuanto más difícil se vuelve la situación de los obreros en Alemania, tanto más fuerte empiezan a gritar los de Ámsterdam sobre el peligro de la izquierda, y para librarse de ese peligro se hace con toda franqueza la propuesta de depurar las filas. La cuestión de la escisión del movimiento sindical internacional se ha puesto por desgracia en el orden del día. No depende de nosotros. Esta escisión no la hemos provocado nosotros, los comunistas. A lo largo de los últimos años nos hemos esforzado por luchar dentro de los sindicatos, por llevar los sindicatos a una nueva senda, por revolucionar las organizaciones obreras, pero siempre hemos defendido sistemática y metódicamente la consigna de la conquista, y no de la destrucción, de los sindicatos. No hemos sido nosotros quienes han puesto la escisión en el orden del día. ¿Cuáles son, pues, nuestras tareas? ¿Qué deben hacer los comunistas ante estas gravísimas amenazas contra todas las conquistas de la clase obrera? Los comunistas deben decuplicar su trabajo y oponerse a esta escisión con todos los medios a su alcance. No permitimos la escisión: así debe rezar la consigna de los comunistas. No permitimos la escisión, porque debilita el movimiento obrero de cada país. No permitimos la escisión, porque en el momento actual hace retroceder muchos años a la clase obrera, debilita su capacidad de resistencia, da a los patronos una nueva arma contra la clase obrera, una nueva posibilidad de consolidar su dominación. No permitimos la escisión. Eso no debe ser solo una consigna. De ello hay que partir en todos nuestros actos prácticos.

Cada paso de los comunistas en los sindicatos debe tener presente la creación y la consolidación de la unidad de nuestras organizaciones. Donde la escisión ya se ha consumado, donde sin nuestro deseo y contra él ya se ha creado una organización paralela, allí los comunistas deben librar una lucha sumamente seria y sistemática por la reunificación de las partes escindidas. La lucha debe librarse en dos frentes. Debe librarse contra los reformistas, contra los agentes de la burguesía que quieren escindir a toda costa el movimiento obrero para debilitarlo, y debe librarse de manera seria y resuelta contra los llamados izquierdistas, que ven en la escisión de los sindicatos la salvación de la clase obrera. Este radicalismo no tiene nada en común con nuestro punto de vista revolucionario marxista. En Francia hemos tenido radicalillos que se prestaban con gusto a las provocaciones de los reformistas. Querían quedarse cuanto antes a solas consigo mismos. En Checoslovaquia tenemos radicales que creen sin más que lo mejor para las organizaciones obreras es estar aisladas de las demás organizaciones obreras. Es el punto de vista de los dirigentes del sindicato de obreros agrícolas, que todavía hace un año hacían todo lo imaginable para quedarse fuera del movimiento sindical general de Checoslovaquia. El movimiento sindical unitario es nuestra consigna, y por eso los comunistas no deben arrancar a sus afiliados de los sindicatos reformistas, porque si los sacamos de allí y los pasamos a los sindicatos revolucionarios, no podemos influir como es debido sobre las organizaciones reformistas y obligarlas a unirse con las organizaciones revolucionarias. En tales casos los comunistas deben prestar seria atención a la aplicación de la táctica del frente único. Está completamente claro que sin un entendimiento entre los sindicatos paralelos es imposible rechazar el ataque del capital contra las conquistas más elementales de la clase obrera. Los comunistas deben hacer comprender a las masas la necesidad de un entendimiento entre los sindicatos, la necesidad de una defensa común para proteger el salario, mejorar el nivel de vida, etc. Hay que obligar a los dirigentes de los sindicatos paralelos a entenderse para una actuación común. Eso debe convertirse en programa práctico de acción del propio Partido Comunista. Aquí no hay que dejarse confundir, ni por los ataques de los reformistas y de los anarcosindicalistas, que tienen más celo que entendimiento, ni siquiera por los ataques de comunistas. Con enorme tenacidad y enorme esfuerzo hay que aplicar sistemáticamente esta táctica, que en la acción, en la práctica, tiene que conducir a la unificación de organizaciones paralelas y rivales.

La lucha por el frente único del movimiento sindical constituye la cuestión más importante de los partidos comunistas de todos los países. Sabemos por qué los reformistas quieren escindir el movimiento sindical. No solo quieren librarse de la crítica constante y de la efervescencia revolucionaria, sino que con la escisión quieren hacer imposible la propia revolución social.

Una vez que tomaron la resolución de no quedar nunca en minoría, los de Ámsterdam tenían que llegar lógicamente a la escisión del movimiento sindical del mundo entero. Les es tanto más necesaria cuanto que la confianza de los obreros en sus promesas reformistas disminuye de día en día. Cada día la ofensiva del capital clava un nuevo clavo en el ataúd del reformismo internacional, porque la fuerza del reformismo estaba en las concesiones de la burguesía. Es verdad que la burguesía cedía porque temía el movimiento revolucionario, pero en todo caso los reformistas, inmediatamente después del periodo de la guerra, mientras desempeñaban un papel de mediadores, podían remitir ante los obreros a los éxitos de su táctica. El obrero sencillo no se daba cuenta de que las reformas no se concedían gracias a la táctica reformista, sino a pesar de esa táctica, porque la labor reformista de la burguesía corría en paralelo con un aumento del descontento revolucionario y de los estallidos revolucionarios. Al mismo tiempo que refluía la ola revolucionaria, la burguesía pasó de la defensa al ataque. Hoy está claro hasta para el obrero más sencillo que el reformismo está en bancarrota. Se ha mostrado impotente para retener lo que en los primeros años había conseguido supuestamente. Tanto la Oficina Internacional del Trabajo como la Sociedad de Naciones y todas las grandiosas promesas del Tratado de Paz de Versalles: todo se muestra ahora en su figura verdadera y sin velos. El reformismo que se derrumba, que siente cercana su ruina, quiere desorganizar a toda costa a la clase obrera hasta el punto de que no sea capaz de relevar a la burguesía que se derrumba. Como respuesta a la escisión sistemática de los movimientos sindicales, nosotros, los comunistas todos juntos y cada partido comunista por separado, debemos declarar que impediremos la escisión a toda costa.

Impedir la escisión se vuelve de día en día más difícil. Los de Ámsterdam, que han decidido librarse de los obreros revolucionarios, toman con ese fin las medidas necesarias. La expulsión de comunistas se ha convertido en un fenómeno cotidiano, normal. Y la Internacional Comunista, así como los distintos partidos comunistas, se ven ante la cuestión de cómo combatir esas expulsiones. ¿Qué fin persiguen los de Ámsterdam con esas expulsiones? Quieren aislar a los dirigentes comunistas de la clase obrera que simpatiza con el comunismo. Quieren cortar a los mejores elementos revolucionarios de la masa obrera, para proseguir su influencia ideológica y organizativa sobre los afiliados a los sindicatos. Está completamente claro que la Internacional Comunista no puede conformarse con la táctica del aislamiento de los comunistas respecto del movimiento obrero. Los comunistas están por la unidad, pero no pueden sacrificar a esa unidad el comunismo. Y la tarea del próximo periodo consiste en estudiar cuidadosamente una serie de contramedidas prácticas de la mayor seriedad contra esta epidemia de expulsiones.

Las expulsiones afectan, como es sabido, ante todo a los dirigentes. En Alemania se aplica el sistema de la expulsión de los comunistas elegidos. En Checoslovaquia se procede de forma más sencilla: allí la central sindical ha decretado la expulsión del sindicato de los químicos y del sindicato de los obreros de la madera, en los que están organizados en total 110.000 obreros. Cada país tiene su propio método de persecución de los comunistas. Por eso también los partidos comunistas deben tener sus propios métodos de lucha contra la destrucción de los sindicatos por los reformistas.

Pero hay de todos modos algunas cuestiones generales que valen para todos los países. Ante todo hay que subrayar que nuestros partidos comunistas no aprovechan suficientemente todas las posibilidades estatutarias de lucha contra las expulsiones. Los estatutos de todos los sindicatos hablan de la expulsión de los afiliados por determinadas faltas. Pero, que yo sepa, los estatutos no prevén que se expulse a los comunistas solo porque son comunistas. Y, sin embargo, una serie de expulsiones y de negativas a ratificar a funcionarios elegidos se han producido únicamente sobre esa base. ¿Es posible una lucha sobre la base de los estatutos sindicales? Nos parece que tal lucha es posible en muchos países.

Los estatutos de los sindicatos ofrecen posibilidades suficientes para semejante lucha. Si quisiéramos solo remitirnos a nuestro derecho formal, eso no causaría la menor impresión a los de Ámsterdam. Seríamos sumamente ingenuos si dudáramos de ello siquiera un instante. Y el aprovechamiento de todos los derechos legales de que goza todo afiliado a un sindicato no debe entenderse en ese sentido. Hay que desplegar una amplia agitación y propaganda entre los afiliados a los sindicatos, hay que plantear la cuestión de las expulsiones en cada asamblea general, en cada asamblea de delegados, en todas partes donde se reúnan obreros de la rama profesional en que se han producido las expulsiones. En algunos países nuestros camaradas se limitan a uno o dos artículos en los periódicos, y con eso se acaba el asunto. En realidad, la expulsión aunque sea de un solo comunista del sindicato debe ser fuente de una agitación política constante entre los afiliados a ese sindicato a favor de su readmisión. Contra las expulsiones hay que llevar a cabo una amplia campaña en las empresas. Siempre es posible sacar a relucir la cuestión de las expulsiones. Sobre todo ahora, en este momento sumamente crítico de la ofensiva del capital para toda la clase obrera, todo obrero comprende que estas expulsiones tienen un carácter inequívocamente traidor.

Es tarea de la agitación y la propaganda comunistas descubrir la verdadera causa de estas expulsiones y hacer comprender a cada obrero los motivos ocultos. Tales cosas no deben quedar impunes para los burócratas sindicales, y solo cuando sepan que un incidente así servirá de motivo de acusaciones constantes contra ellos, y no durante días, sino durante años, solo entonces se lo pensarán diez veces antes de decidirse a echar y expulsar a los comunistas de los sindicatos. Otro caso. Una sección local elige su junta directiva. La central le niega la ratificación. Casos así se han dado en Alemania.

Surge la pregunta: ¿qué hacer entonces? ¿Nuevas elecciones? Pero las nuevas elecciones darán la misma composición política. Al mismo tiempo que la negativa a ratificar se produce por lo general también la expulsión de los elegidos. ¿Qué hay que hacer, pues? ¿Hay que limitarse también en este caso a la agitación, o hay que intentar ir más allá? Está claro que aquí no puede uno limitarse a la mera protesta. Si la sección local ha elegido una vez a comunistas y las elecciones se han hecho con arreglo a los estatutos, su expulsión o la negativa a ratificarlos significa una violación desvergonzada de los derechos democráticos elementales de los afiliados. Si el vínculo entre los afiliados y sus hombres de confianza elegidos no es casual (si los comunistas fueron elegidos porque son comunistas), entonces la sección local, para salvar su sindicato y preservar la unidad del movimiento obrero, debe negarse a cumplir la disposición de la central. Hay que poner fin a la arbitrariedad de los de Ámsterdam. Naturalmente, puede llegarse a un conflicto serio. Los representantes de la central pueden expulsar a toda la sección local por desobediencia. Pero ninguna sección local está obligada a cumplir exigencias ilegales de la central. No queremos la escisión, pero eso no significa en modo alguno que podamos permitir a los reformistas remodelar los sindicatos a su antojo.

Por mucho que luchemos contra la escisión, las acciones ofensivas de los reformistas se dirigirán constantemente contra nosotros. Y por eso la tarea más importante de los comunistas es no dejar dispersos ni un instante a los elementos expulsados de los sindicatos. La cuestión de la agrupación de los expulsados es de extraordinaria importancia. Hay entre los comunistas camaradas que padecen de fetichismo organizativo y creen por eso que la agrupación y la unión de los expulsados contradicen la unidad del movimiento sindical. Es un punto de vista absolutamente falso y nocivo en grado sumo. Quien agrupa a los expulsados, quien une a los elementos dispersados por la política reformista, trabaja en realidad por el restablecimiento de la unidad destruida, crea las condiciones para la reunificación de las partes escindidas y fragmentadas. Según la situación, según las condiciones de la lucha y las particularidades especiales del sindicato, hacen falta organizaciones de distinto tipo. En Alemania, por ejemplo, en algunos casos unos elementos pueden agruparse en uniones de expulsados y otros reunirse y agruparse en la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales. Aquí no hay formas ni métodos uniformes de lucha contra la política escisionista. Cada paso práctico debe sopesarse por separado, y según las circunstancias hay que aplicar uno u otro medio práctico. Hay que tener en cuenta que en determinadas circunstancias es posible y admisible suspender la entrega de las cotizaciones a la central. Y si la dirección central ha expulsado al órgano elegido de la sección local, la sección local puede suspender, hasta que la cuestión se resuelva definitivamente, el pago de las cuotas de los afiliados, e incluso en algunos casos debe hacerlo.

Eso no significa que haya que predicar la negativa a pagar las cotizaciones a los propios sindicatos. Al contrario, cada afiliado al sindicato sigue pagando sus cotizaciones obligatorias, estas permanecen en la caja local, las sumas fijadas en los estatutos se siguen anotando en cuenta, pero no se entregan mientras no se haya resuelto el conflicto. ¿Es este un medio de lucha universal? Naturalmente que no. En una situación determinada, en condiciones determinadas, puede ser un método y un medio de lucha. En sí misma, esta lucha solo puede tener para nosotros resultados determinados si tiene un carácter de masas. Naturalmente, cada comunista debe hacer por su parte todo lo posible para impedir estas expulsiones. Pero a la protesta hay que atraer aquí a todas las organizaciones locales y centrales que simpatizan. ¿Qué formas debe adoptar esta protesta de quienes simpatizan con los expulsados? Las formas de la protesta son también aquí sumamente difíciles de determinar. Pero que semejante protesta es necesaria, que es absolutamente imprescindible una actuación común y colectiva para poner fin a la furia de expulsiones, no admite la menor duda. Que estas organizaciones revistan su protesta de formas organizativas, financieras o de cualquier otro tipo es, de nuevo, una cuestión concreta. No cabe la menor duda de que cada país encontrará, conforme a las condiciones locales, cien métodos prácticos distintos para protestar contra las expulsiones. Lo importante es que los partidos no se limiten a resoluciones, sino que tengan clara consciencia de una cosa: si no superamos esta riada de expulsiones, si no conseguimos rechazar el ataque de los de Ámsterdam, entonces el movimiento obrero internacional quedará escindido y al mismo tiempo se aplazará el momento de la victoria sobre la burguesía.

Hay que tener en cuenta que la epidemia de expulsiones ha cobrado fuerza desde la unificación de la II y la Internacional Dos y Media, y que ha alcanzado no solo a países sueltos, sino también a las Internacionales de las ramas de industria. Así, durante el último año, todo un número de sindicatos revolucionarios han sido expulsados de los correspondientes secretariados internacionales o no han sido admitidos en ellos. No fueron admitidos los sindicatos rusos de los metalúrgicos, del textil, de los empleados, de los obreros de la madera, de los obreros del cuero, de los trabajadores del transporte, de los funcionarios de correos y telégrafos, etc. El único sindicato que fue admitido en la federación internacional, y aun eso solo con condiciones, es el sindicato de los obreros de la alimentación. Y los sindicatos revolucionarios de todos los países se ven ante la cuestión de qué formas debe adoptar la unión de los sindicatos revolucionarios. Hasta ahora existían comités internacionales de propaganda por ramas de industria. Pero las expulsiones sistemáticas de sindicatos enteros de las federaciones internacionales pueden obligar a los sindicatos revolucionarios a pasar de los comités de propaganda a la creación de oficinas para organizar nuevas federaciones internacionales. No es una cuestión de un futuro lejano, sino una cuestión del presente. ¿Qué deben hacer los comunistas en este terreno? Hay que señalar que incluso los pocos comunistas que forman parte de los comités internacionales de las federaciones de industria se comportan con bastante sangre fría ante las expulsiones de sus colegas revolucionarios. Eso habla ante todo de que no todos los que se llaman comunistas son realmente comunistas. En el próximo futuro los sindicatos revolucionarios de todos los países se verán obligados a agruparse por ramas de industria para luchar con fuerzas unidas por la creación de una Internacional única en cada rama de industria. Y los comunistas deben apoyar por todos los medios a estas organizaciones, que a escala internacional realizan el mismo trabajo que los obreros revolucionarios en cada país.

Por difícil que sea la lucha de los comunistas en el movimiento sindical, por mucho que los reformistas nos provoquen a la escisión, seguiremos no obstante defendiendo la consigna que ya planteó el II Congreso de la Internacional Comunista: no destrucción, sino conquista de los sindicatos. Los años transcurridos han demostrado que esta táctica es justa. La impaciencia de muchos comunistas, y a menudo también la incapacidad para luchar contra la burocracia reformista, llevaron a que surgiera la teoría de la destrucción de los sindicatos. ¡Dónde estaría ahora la Internacional Comunista si hubiera hecho suyo ese punto de vista! No habría podido realizar ni la décima parte del trabajo que se ha llevado a cabo hasta hoy en todos los países dentro de los sindicatos. Allí, en el baluarte de los reformistas, allí donde están las grandes masas, allí deben trabajar los comunistas sin descanso. Que el reformismo nos persiga para complacer a la burguesía. Que intente extirpar de raíz el contagio comunista. Que se esfuerce, aliado con la burguesía, por destrozar la oposición, que crece cada vez con más fuerza. Todo en vano. El comunismo no es nada llegado volando de fuera, nada inculcado desde el exterior: crece orgánicamente del seno de la masa obrera. Es la forma de lo que madura y fermenta elementalmente en las masas trabajadoras. La Internacional Comunista es la expresión consciente de un proceso histórico inconsciente, y por eso sería una locura renunciar al trabajo constante, tenaz y sistemático dentro de los sindicatos, lanzar la consigna de la salida de las organizaciones de masas y de la creación de pequeños sindicatos enanos propios. No: de la destrucción de los sindicatos se ocupan otros. La burguesía destruye. La táctica de los reformistas destruye y debilita las organizaciones sindicales de la clase obrera. Los comunistas no se dedicarán a eso. Ya quedan pocos que no hayan aprendido nada de las experiencias de los últimos años. Con todo, todavía se encuentran esos bichos raros en América, en Alemania y en algunas corrientes sindicalistas. Creen que el movimiento obrero crecerá si separan las ovejas comunistas de los machos cabríos reformistas, si crean sus propios sindicatos enanos, pequeños y puros. En realidad, el movimiento obrero en su conjunto solo puede perder con ello. Puede perder, porque el fermento comunista, la consciencia de clase comunista, la energía comunista, la iniciativa comunista quedan así separados de su medio natural. Eso sería desconectar artificialmente el motor de la revolución, y sería el mayor golpe para la clase obrera y para el comunismo.

De ahí resulta la consigna de los comunistas: conquista de los sindicatos. Pero ¿qué significa conquista de los sindicatos? Y aquí llegamos al lado débil de nuestro trabajo comunista en muchos países. Hay países donde la conquista de los sindicatos se entiende en el sentido de una conquista de los puestos dirigentes. Si los secretarios y los presidentes de los sindicatos son comunistas, muchos partidos comunistas se quedan tranquilos hasta la primera sacudida, hasta el primer conflicto, y solo cuando empieza el conflicto ven de pronto que las masas todavía no están conquistadas, que la conquista de las cúpulas no significa todavía la conquista de los sindicatos. Hemos tenido experiencias de este tipo en Checoslovaquia, en Alemania y en muchos otros países. ¿Qué significa semejante táctica? Significa que nuestros partidos comunistas no han considerado necesario transformar el estado de ánimo comunista en consciencia comunista. Significa que no han creado células comunistas generales unidas por una disciplina firme dentro de esos mismos sindicatos. Significa que han dejado el destino de las organizaciones de masas a merced de corrientes fortuitas o del estado de ánimo de tal o cual dirigente. La gran labor comunista de educación de las masas, por desgracia, no se lleva a cabo todavía en muchos países, y sin embargo la conquista de los sindicatos significa precisamente la conquista de las masas, la ilustración comunista de esas masas, la organización comunista de los elementos más desarrollados, para que todo el sindicato, en todas sus ramificaciones, de arriba abajo, quede impregnado de espíritu comunista y de consciencia comunista.

Solo cuando los comunistas estén organizados ellos mismos, solo cuando estén unidos ellos mismos y sepan lo que quieren, solo entonces podrán y deberán tomar la iniciativa de unificar al conjunto de la oposición. No hay que limitarse a unificar solo las propias filas. El movimiento sindical abarca hoy varias decenas de millones de personas. Los sindicatos son la organización de masas por excelencia. Por eso la cuestión de las relaciones mutuas, de las relaciones del partido con sus células y de estas células con el conjunto de la oposición, es la cuestión más importante de nuestra táctica comunista en el movimiento sindical. Nuestras células comunistas, nuestros grupos comunistas son, al fin y al cabo, el mecanismo mediador, el eslabón entre el Partido Comunista y los sindicatos. ¿Cómo hay que establecer estas relaciones? Cómo organizar correctamente el trabajo entre estas partes es algo que puede trazarse en cada país elaborando un programa práctico de acción. En el primer periodo del trabajo de los comunistas en los sindicatos, nuestra agitación tenía un carácter puramente abstracto. Consistía en propagar las consignas comunistas, la necesidad de la revolución social, de la lucha contra la burguesía, pero esta agitación no siempre nacía de las necesidades concretas y reales del país de que se trataba. Muy a menudo también la contraposición entre Moscú y Ámsterdam tenía un carácter abstracto, y por eso hemos avanzado tan despacio, por eso hemos podido extender tan despacio nuestros tentáculos dentro de la organización de masas.

Es tarea de los comunistas dar a su propaganda una forma más concreta y práctica, adaptarla a las circunstancias del momento y, en todo caso, extraer la reivindicación general de las necesidades concretas de los obreros del país y de la rama industrial de que se trate; pasar de la lucha práctica a las tareas generales de la clase obrera, y elevar sobre la base de esta lucha práctica la consciencia de las masas. Solo un trabajo así puede llevarnos al resultado necesario, y si procedemos de esta manera, podremos llevar a cabo del mejor modo la conquista de los sindicatos. La conquista de los sindicatos consiste precisamente en obligar a los sindicatos a realizar nuestro programa práctico y a llevar a efecto nuestras propuestas, aunque los dirigentes no lo quieran. De esta manera, y solo de esta manera, puede realizarse la conquista de los sindicatos. Desde luego, para aplicar esta táctica, para penetrar en todas las organizaciones obreras, para hacer de nuestras consignas el centro de la atención de los trabajadores, además de un trabajo organizativo y metódico vivo se necesita también una prensa adecuada. Por desgracia, los partidos comunistas prestan demasiado poca atención a nuestros órganos sindicales. El movimiento sindical ocupa en la prensa general del partido un espacio desproporcionadamente pequeño. No todos los partidos editan órganos sindicales, o estos no aparecen con la frecuencia suficiente, y sobre todo los órganos sindicales sufren a menudo dificultades financieras. Es como si las cuestiones del movimiento sindical fueran cuestiones secundarias y como si, en caso necesario, se pudiera también recortar la prensa sindical.

Sin la conquista de los sindicatos, la revolución social es imposible. Y para conquistar los sindicatos debemos prestar en el próximo periodo una atención especial a nuestra prensa sindical. Hay que desarrollarla, hacerla mucho más práctica, hay que ampliar el alcance de nuestra agitación y nuestra propaganda en la prensa, y tratar en nuestra prensa no solo las cuestiones de política general y las internacionales (que son extraordinariamente importantes y deben tratarse sin falta), sino también las cuestiones de la lucha práctica concreta, las cuestiones de las tarifas salariales, las cuestiones de la labor de construcción organizativa, de los seguros sociales, etc. En una palabra, todas las cuestiones que tanto interesan y agitan a las masas obreras deben encontrar constantemente su lugar en las columnas de nuestra prensa sindical. Toda nuestra prensa de partido debe tener presente que sin la conquista de este bastión de los reformistas no podemos dar un solo paso adelante.

Pero sería grave que quisiéramos limitarnos solo a la agitación y la propaganda. La consolidación organizativa de los resultados de nuestro trabajo político debe estar en primer plano para todo partido comunista. De lo contrario, la desproporción entre el desarrollo político de las masas y su consolidación organizativa conducirá a toda una serie de derrotas. La conquista de los sindicatos es una tarea organizativa larga, tenaz, sistemática y concreta, que no promete resultados inmediatos, pero que asegura al comunismo un fundamento proletario firme para levantar el gran edificio comunista. Y la tarea planteada ya por el II Congreso de la Internacional Comunista se llevará a cabo tanto más deprisa cuanto menos abstracción y más práctica haya en el planteamiento de las cuestiones del movimiento sindical, en el modo de abordar la conquista de las masas y de los sindicatos.

Nuestro trabajo en los sindicatos, construido sobre un programa de acción práctico y concreto, debe orientarse a unificar el movimiento sindical de todos los países en la Internacional Sindical Roja. Hay que decir que en el periodo entre el III y el IV Congreso se manifestaron en algunos partidos estados de ánimo liquidacionistas respecto a la ISR. Hubo gente que razonaba así: puesto que estamos por el frente único, por la unidad del movimiento sindical, por la conquista y no por la destrucción de los sindicatos, hay que liquidar la ISR. Entonces se logrará la verdadera unidad del movimiento sindical y se facilitará esencialmente la tarea de los comunistas en lo que respecta a la conquista de los sindicatos. Esta idea la expresaron en su día Paul Levi y sus demás partidarios en Alemania. También se traslucía en algunos comunistas de otros países. En un primer momento, muchos camaradas no veían todavía claro el fondo de la teoría liquidacionista. A muchos les parecía que no se trataba de una divergencia de principio, sino solo de una cuestión de conveniencia. Pero esos camaradas se equivocaban. Los estados de ánimo liquidacionistas respecto a la ISR apuntaban en realidad y en el fondo también a una liquidación de la Internacional Comunista. En efecto, ¿qué significa liquidar la ISR? Significa renunciar a la tarea de reunir el movimiento sindical revolucionario en un centro internacional, significa dejar dispersos y desunidos los elementos revolucionarios del movimiento sindical internacional. Si se tratara solo de las fracciones comunistas, de las células comunistas en los sindicatos, la cuestión sería muy sencilla: para los elementos comunistas del movimiento sindical no hace falta una nueva Internacional. La Internacional Comunista ha cumplido la tarea de dirigir y unificar el movimiento comunista en todos los países, y la ha cumplido muy bien. La tarea de la ISR es la unificación del movimiento sindical revolucionario en todas sus variantes, en toda su diversidad. Aquí entran tanto los comunistas como los sindicalistas de todas las tendencias y todos los obreros simplemente revolucionarios de izquierda, todos los que no quieren la paz entre las clases, sino la lucha proletaria contra el capital y sus agentes. Por eso liquidar la ISR significa en el fondo estrechar la base de la acción comunista internacional y, por su parte, tiene que conducir lógicamente a la liquidación de las organizaciones comunistas. El pleno ampliado del Ejecutivo puso fin a estos estados de ánimo liquidacionistas. Ahora difícilmente se encontrará un partido en el que estos estados de ánimo de carácter liquidacionista tengan una importancia seria. Pero aunque no existan estados de ánimo liquidacionistas, hay en cambio una actitud pasiva hacia la ISR. Muchos comunistas creen que la cuestión de la ISR es interesante, sí, pero secundaria. Es un error sumamente nocivo para el movimiento obrero comunista. El movimiento sindical revolucionario tiene que tener su centro; de lo contrario se rompe el lazo entre la Internacional Comunista y los obreros revolucionarios de todas las tendencias. Fortalecer la ISR significa también fortalecer la Internacional Comunista. Los partidos comunistas trabajan aquí para sí mismos y para la Internacional Comunista, y por eso deben tener presente en todo su trabajo sindical, en toda su política en el terreno del movimiento sindical, esta tarea importantísima del movimiento comunista internacional. Durante el breve tiempo de su existencia, la ISR se ha convertido ya en una gran fuerza. No hay en el mundo entero un rincón donde no se libre una lucha encarnizada en torno a nuestro programa y la táctica de la ISR. Su estrecha vinculación con la Internacional Comunista está expuesta a ataques especialmente violentos. Precisamente por eso se necesita toda la energía de los partidos comunistas para profundizar y ampliar el trabajo de conquista de los sindicatos y de atracción de estos hacia el centro mundial del movimiento sindical revolucionario. Con ello no dividimos los sindicatos, sino que los unimos. No proponemos arrancar organizativamente a grupos obreros sueltos y adherirlos a la ISR. Lo que proponemos —y este derecho nadie puede discutírnoslo— es atraer a los sindicatos al programa y a la táctica de la ISR. No la ruptura organizativa, no la escisión, no la fragmentación, no la destrucción de los sindicatos, sino la conquista ideológica de estas organizaciones proletarias y su unificación bajo el programa revolucionario y la táctica revolucionaria. Expreso la firme convicción de que se conseguirá superar las grandes dificultades a que se enfrenta la Internacional Comunista en el terreno del movimiento sindical. Y pronto llegará el día en que todas las formas del movimiento obrero se unan en un bloque único y nuestra magnífica bandera comunista ondee sobre todas las organizaciones obreras.

Clark (Gran Bretaña): ¡Camaradas! En nombre de la delegación inglesa quiero decir que estamos plenamente de acuerdo con las tesis generales propuestas. Quisiera decir ahora unas palabras sobre los dirigentes de Ámsterdam y el movimiento sindical inglés. Me parece que reina un gran malentendido sobre la relación entre el movimiento sindical inglés y la Internacional Sindical de Ámsterdam. Hay que saber que todo el movimiento sindical inglés está agrupado en el Congreso de los Sindicatos inglés350 y que todo miembro de este Congreso de los Sindicatos, es decir, todos los que estamos organizados en sindicatos, pertenece también automáticamente a la Internacional Sindical de Ámsterdam. De ello se sigue que todo sindicalista y todo miembro de una organización sindical en Inglaterra pertenece también, en su calidad de miembro de la organización, a la Internacional Sindical de Ámsterdam.

Ahora bien, en Inglaterra se observan ciertas tendencias fuertes que cambian por completo las perspectivas para la clase obrera revolucionaria. En los últimos cuatro o cinco años la tendencia ha ido en el sentido de nivelar las diferencias sociales y económicas entre los obreros industriales cualificados y no cualificados en Inglaterra. Las rebajas salariales graduales provocadas por la ofensiva capitalista han ido rebajando cada vez más al proletariado inglés a una línea uniforme.

Además, unas palabras sobre el movimiento de los shop stewards y de los consejos de fábrica. Desde hace unos treinta años existe en Inglaterra el sistema de los delegados de taller. Pero en la época en que los obreros más necesitaban precisamente esta institución, quedó completamente paralizada por medidas legales. En este congreso se ha criticado mucho la inactividad actual del movimiento de los shop stewards en Inglaterra. Pero, camaradas, permitidme deciros que, a causa del gran paro (actualmente están en paro el 35 % de todos los obreros que en tiempos normales trabajan en las grandes fábricas de maquinaria y en los astilleros), la mayoría de los que hasta ahora formaban el movimiento de los consejos de fábrica se encuentran hoy no dentro, sino fuera de las fábricas. En una época en que tantos miembros de la clase obrera que comprenden la importancia y las funciones de los consejos de fábrica están en paro, no se pueden tener consejos de fábrica. Pero, camaradas, estamos reorganizando las fuerzas. No solo nos esforzamos por agrupar las fuerzas dentro de las fábricas, sino que nosotros, el ala revolucionaria del movimiento sindical inglés, llevamos también nuestra propaganda a los sindicatos, y eso por primera vez en la historia de este movimiento.

Aquí se ha hecho la observación de que, aunque Inglaterra tiene un gran movimiento sindical, nosotros somos solo un pequeño partido comunista y prácticamente no tenemos influencia en los sindicatos.

Eso es verdad, pero tiene muchas explicaciones. Uno de los mayores crímenes de los comunistas revolucionarios o de los viejos demócratas revolucionarios en el pasado fue negarse a asumir la responsabilidad de ayudar a construir el movimiento proletario en las fábricas. Una y otra vez los revolucionarios se negaron a trabajar en los sindicatos para reforzar los medios de poder del proletariado. Solo últimamente aprendimos, con la táctica del frente único, a entrar en el movimiento sindical y a intentar conquistarlo. En cuanto a la lucha entre los burócratas y los revolucionarios en el movimiento sindical inglés, esta lucha no ha alcanzado todavía grandes proporciones. Como razón de ello podría alegarse que no tenemos ningún poder en la Internacional Sindical de Ámsterdam y que todavía no nos hemos convertido en una fuerza que infunda miedo a los dirigentes de Ámsterdam. Pero no quisiera que os sumarais a esta opinión: cerca del 20 % de todos los miembros de los sindicatos ingleses simpatizan de un modo u otro con los comunistas. Pero hasta ahora hemos consentido que la Internacional Sindical de Ámsterdam se apoderara de todo el aparato. Solo cuando empecemos a disputarles los cargos sindicales nos tratarán como enemigos peligrosos.

Si examinamos la relación entre el terreno político y el gran movimiento sindical en el terreno económico, encontramos que el Labour Party, que a pesar de todo constituye el ala política efectiva del gran movimiento sindical, ha puesto bajo su influencia a los consejos locales obreros y sindicales. Los ha puesto a todos bajo el ala del partido político, del Labour Party, del partido político del movimiento sindical. Ha establecido el principio de que ninguno de nosotros que sea comunista o miembro del Partido Comunista puede ser delegado por los sindicatos a estos consejos locales obreros y sindicales, porque el Labour Party, en su último congreso nacional, negó el ingreso al Partido Comunista. Este es el comienzo de la lucha. Aquí los de Ámsterdam lanzan el primer ataque contra los comunistas, y desde el punto de vista de los comunistas ingleses damos la bienvenida a este ataque.

En cuanto a la fuerza actual de la Internacional Sindical Roja en Inglaterra, no podemos afirmar que haya hasta ahora un gran sindicato en Inglaterra adherido como organización nacional a la Internacional Sindical Roja. Pero gracias a la actividad del Partido Comunista, que en los últimos doce meses, o desde el último congreso de la Internacional Sindical Roja, ha emprendido la lucha por penetrar en todo el movimiento sindical, tenemos en nuestras filas 140 secciones locales de los distintos sindicatos, concretamente en los centros industriales de Escocia. Además, en el distrito de Londres están adheridas a nosotros 200 secciones locales de los distintos sindicatos. En cada centro industrial y en cada cuenca minera se van organizando lentamente las fuerzas de la Internacional Sindical Roja. Estas fuerzas van ganando poder en un grado nunca alcanzado hasta ahora en el movimiento proletario.

Puedo decir en nombre de la sección inglesa que la Internacional Sindical tiene un gran futuro en el movimiento sindical inglés.

Lansing (América): Camaradas, después de que el camarada Lozovski haya tratado tan a fondo la cuestión del movimiento sindical, solo quedan un par de puntos sobre las tareas de los comunistas en los sindicatos americanos que quisiera tocar en nombre de la delegación americana. Quizá sabéis que en América, a pesar del capitalismo altamente desarrollado y de las tradiciones radicales de los obreros, tenemos un movimiento obrero muy atrasado y reaccionario. La dirección de estos sindicatos lleva años en las mismas manos, sin que prácticamente se le haya disputado. La política de colaboración entre patronos y obreros se ha hecho carne y sangre de estos dirigentes. Los sindicatos se han convertido en asociaciones cerradas que ya solo se ocupan de asuntos de oficio y no muestran casi ningún interés por organizar a los obreros no cualificados y semicualificados, que trabajan sobre todo en las industrias clave.

Naturalmente, han lanzado también la consigna de la neutralidad política de los sindicatos y han insistido en que los sindicatos se limiten solo a fines sindicales. A pesar de su carácter reaccionario, también estos sindicatos sufren la ofensiva capitalista en los Estados Unidos. Han sido incluso objeto de un violento ataque con el objetivo declarado de destruirlos por completo, y han tenido que registrar pérdidas tanto en afiliados como por el empeoramiento de las condiciones conquistadas antes. El movimiento obrero organizado ha retrocedido a menos de 4.000.000 de obreros organizados. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos tienen 110.000.000 de habitantes, de los cuales al menos 36.000.000 son asalariados.

Los sindicatos han sufrido una derrota tras otra. En la primavera de este año se produjo un cambio notable. Los obreros empezaron efectivamente a oponer resistencia a la ofensiva del capital y obligaron incluso a sus dirigentes reaccionarios a llamar a esa resistencia.

Se puede aprender mucho de las últimas huelgas de los mineros y de los ferroviarios351. Estas luchas han dado al Partido Comunista de América muchas lecciones sumamente importantes. Las huelgas mostraron con toda claridad que las masas obreras tenían voluntad de luchar y que las enormes energías latentes de los obreros podrían emplearse con eficacia si tuvieran la dirección adecuada. Se vio además que la traición de los burócratas reaccionarios, que privó de los frutos de su victoria a los obreros que en realidad habían ganado la huelga, puede ser aprovechada por los comunistas para unir a los radicales en una lucha ideológica por una dirección mejor y por mejores formas de organización. Se vio también que los capitalistas obligan cada vez más al Gobierno de los Estados Unidos a intervenir activamente en persona en las luchas económicas cotidianas. El Gobierno se vio obligado a quitarse la máscara hipócrita, y hoy miles de obreros han visto a través de las ilusiones democráticas. El mandato judicial contra los ferroviarios, que prohibía cualquier participación en la huelga, ha contribuido mucho a hacer ver a los obreros su situación de clase en la sociedad. Muchos sindicatos y organismos centrales llamaron a una huelga general, que habría equivalido a una huelga contra el Gobierno. Pero esta propuesta fue rechazada por el buró ejecutivo de la American Federation of Labor (Federación Americana del Trabajo). El estado de ánimo favorable a acciones políticas independientes de la clase obrera gana terreno también dentro de los sindicatos. La política de Gompers, que recompensa a sus amigos y castiga a sus enemigos, ha quedado condenada para siempre en muchas localidades.

Estas condiciones objetivas, que se desarrollan rápidamente, ofrecen la base y la posibilidad para formar un gran movimiento radical. Demuestran además que es necesario que nosotros demos vida a un movimiento así, y que ese movimiento surgirá, tanto si tenemos en él un papel dirigente como si no, tanto si los comunistas pueden dominarlo como si no.

El camarada Lozovski dijo que es un error considerar este control como un proceso puramente mecánico, como ocurre en muchos aspectos en la mayoría de nuestros afiliados. Dijo que no ejercemos un dominio mecánico, sino que debemos esforzarnos por ejercer un dominio ideológico. Ese dominio ideológico está al alcance del Partido Comunista de América si sabe poner toda su energía al servicio de este gran movimiento radical. El mejor método para dar vida a un movimiento radical así o, como preferiría decir, la condición previa absolutamente indispensable de un movimiento radical así, es el desarrollo consciente y deliberado del partido legal que hemos creado. Tiene que llegar a ser un partido de verdad, un partido capaz de dirigir a las masas, un partido que sea el verdadero defensor de los intereses de la clase obrera. Tiene que llegar a ser algo más que un simple instrumento para ciertos fines. Tenemos que crear un partido capaz de reunir bajo nuestra bandera a los mejores elementos de los sindicatos.

De esta manera tenemos que desarrollar estos movimientos paralelos en lo político y en lo económico, los movimientos que en el futuro dirigirán la lucha comunista contra el imperialismo más fuerte del mundo.

El movimiento radical en América se ha convertido en un factor reconocido por todos y ejerce su influencia en todos los sindicatos. Pero sin duda comprenderéis que en América tenemos que emplear consignas muy elementales. La consigna de la unificación de las fuerzas de la clase obrera sobre la base de mejores formas de organización y mejores métodos de lucha: esta parte del programa del movimiento radical la han aprobado hoy las asambleas de las federaciones de 11 estados, 2 sindicatos internacionales y miles de sindicatos locales y organismos obreros centrales. La lucha ideológica contra Gompers y su política reaccionaria se desarrolla muy deprisa. Naturalmente, prevemos que, a medida que esta lucha se haga cada vez más poderosa e influyente, Gompers y sus seguidores recurrirán a la expulsión. Tenemos que contar en el futuro con esta política. Los comunistas y los elementos radicales serán expulsados por su actividad revolucionaria. Pero si hemos de tomar contramedidas frente a estas expulsiones, esas medidas tienen que estar en consonancia con la situación de cada país. Antes de decidirnos por contramedidas definitivas, deberíamos estudiar a fondo esa situación.

Si aplicamos esto a América, vemos que la lucha de los comunistas contra los burócratas está todavía en sus comienzos y que la política de expulsión por actividad revolucionaria no se aplica todavía de manera general. Por eso los elementos comunistas o radicales que sean expulsados por tal actividad deberían negarse a reconocer la legitimidad de esas expulsiones. Deberían dirigirse a los radicales de los sindicatos e instarles a quedarse en ellos y a emprender la lucha por su readmisión, empleando en esa lucha todas las posibilidades que dan los estatutos. Si se expulsa a afiliados o a secciones locales, estos deben, naturalmente, mantenerse en la relación más estrecha posible con los radicales de los sindicatos y no adherirse, como sería una buena táctica en otros países, a sindicatos revolucionarios independientes. Eso haría imposible la lucha por la readmisión. Con cada cambio de la situación en América tendremos que aplicar métodos nuevos.

En algunos países europeos, los sindicatos revolucionarios independientes representan la solución de la lucha contra la expulsión. En América, en cambio, son todavía un problema. El movimiento sindical americano sufre del espíritu de escisión. Por esta razón, muchas de las fuerzas mejores, más activas y más revolucionarias se han retirado de los sindicatos y se han agrupado fuera del movimiento sindical, y precisamente según el principio de crear sindicatos ideales. Pero la experiencia nos enseña que estos sindicatos independientes no lograron reunir a las masas, ni siquiera en las ramas de la industria no organizadas. Hoy encontramos una organización como la IWW (Obreros Industriales del Mundo)352, que, como todo el mundo tiene que reconocer, entusiasmó en el pasado a la clase obrera americana con métodos de lucha más radicales, bajo el control de anarcosindicalistas que son hostiles a la Rusia soviética y cuya propaganda raya en la contrarrevolución.

Hay una serie de sindicatos independientes más o menos revolucionarios. Uno de los problemas más importantes del Partido Comunista de América debería ser encontrar una solución satisfactoria para la unión de todas las fuerzas revolucionarias, y emplear con eficacia a los radicales que actualmente están organizados en los sindicatos independientes en organizaciones que lleguen a masas más amplias. En el primer congreso de la Profintern se propuso un programa que nuestro partido aprobó. Es un programa para la unificación de los trabajadores, y concretamente sobre la base de un sindicato único en cada industria. Ahora tenemos que llevar a cabo este programa. Ya se han dado los primeros pasos.

La consigna de la unidad debe llevarse a los sindicatos americanos, incluidos los sindicatos revolucionarios independientes. Estos últimos deben declarar públicamente que desean volver a adherirse a las organizaciones de masas.

Deberían hacer una propaganda eficaz en favor de la readhesión. Todos los elementos radicales de los sindicatos de masas deberían librar la misma lucha por la readmisión de estos sindicatos sobre la base de la unidad de los trabajadores. Estoy seguro de que este objetivo puede alcanzarse con solo que comprendamos su necesidad. Los dirigentes del movimiento radical y de los sindicatos revolucionarios independientes, que en ambos casos son comunistas, tienen que sentarse juntos y deliberar sobre las medidas para llevar a cabo esta política.

Para terminar, quisiera señalar todavía que el papel de los sindicatos en la lucha económica contra el capitalismo parece encontrar más reconocimiento entre nuestros enemigos, los capitalistas y los dirigentes obreros reaccionarios, que entre nosotros mismos. Hasta ahora no hemos comprendido la necesidad de que los comunistas y todos los elementos radicales trabajen con las organizaciones de masas de los trabajadores. Hasta ahora no lo hemos comprendido del todo en América. Parece que tenemos miedo de contagiarnos y de perder nuestra cara comunista como comunistas si nos ocupamos «demasiado» del trabajo en los sindicatos.

Si queremos llevar a cabo esta política de trabajo en los sindicatos mediante la formación de células (que la Komintern ha decidido definitivamente), tenemos que comprender que no lo hacemos solo para ganar nuevos afiliados para nuestro partido. Lo hacemos para participar en las luchas cotidianas de los obreros y desarrollar estas luchas de las masas por fines económicos hasta convertirlas en una lucha revolucionaria general contra el capitalismo, y además para hacer de los sindicatos actuales un instrumento revolucionario en la lucha por el comunismo.

Se levanta la sesión a las 4 de la tarde.

Decimoséptima sesión, lunes 20 de noviembre de 1922

Contenido: Debate sobre la cuestión sindical. Sobre el PC de Turquía.

Oradores: Heckert, Lauridan, Tasca, Hertha Sturm, Garden, Pavlik, Vercik, Kucher, Rosmer, Cachin, Orchan.

Apertura: 6 de la tarde.

Preside: Carr.

Heckert353 (Alemania): ¡Camaradas! Esta mañana el camarada Lozovski ha expuesto que en la cuestión sindical tenemos que adoptar una línea clara e inequívoca, y que ante todo se trata de rechazar toda política nerviosa y toda política que lleve, por cualquier impaciencia o por otra actitud, a hablar en favor de la escisión de los sindicatos, y en mi opinión ha acuñado una frase muy buena: si hubiéramos adoptado la consigna «escisión de los sindicatos» o le hubiéramos hecho concesiones, todo el movimiento comunista estaría acabado. También yo creo que los comunistas habríamos cometido el mayor de los errores si hubiéramos propagado la escisión de los sindicatos, o si nos hubiéramos dejado arrastrar a hacer concesiones a quienes querían escindirlos, y espero que en este congreso se exprese unánimemente que hay que combatir sin miramientos toda tendencia a la escisión. Porque es absolutamente necesario pronunciarse ante toda la clase obrera por la conservación y la reunificación de las federaciones sindicales si se quiere hacer en serio la propaganda del frente único. Luchar por el frente único y simpatizar con la escisión significa ponernos en ridículo ante toda la masa obrera, y no solo en ridículo, sino hacernos despreciables, y con ello cometeríamos un gran crimen.

Pero en algunos países los sindicatos ya están escindidos, no solo ahora porque los de Ámsterdam los hayan escindido, sino porque ya desde antes de la guerra o desde la guerra existían en esos países organizaciones paralelas. Ya en el congreso anterior expresamos que era tarea de nuestros camaradas trabajar en estas organizaciones paralelas por la reunificación de todas las organizaciones en una sola. Pero en este terreno nuestros camaradas comunistas no han empleado toda la fuerza que habrían podido y debido emplear. Es más, no en un solo país, sino en todos los países donde los sindicatos están escindidos, hemos tenido que observar que los comunistas se han hecho la guerra unos a otros en lugar de luchar juntos por un mismo objetivo, y por eso quisiera decir aquí: todo comunista que no apoya al otro comunista que está en otra organización, y no lucha con él por el mismo objetivo, refuerza positivamente el reformismo y ayuda a quienes quieren destrozar el movimiento sindical. Por eso nuestra ley suprema es obligar a los comunistas de todos los países donde existen organizaciones paralelas a eliminar las desavenencias que tienen entre sí y a encontrar una plataforma para el trabajo común. Tengo que decir abiertamente que los alemanes admiramos a nuestros camaradas italianos por cómo han sabido hacer comprender en su partido que hay que actuar por los mismos objetivos también en las organizaciones fascistas, que hay que enviar también allí las propias células.

La política de formación de células ha sido duramente atacada dentro de la Internacional Comunista también después del III Congreso Mundial. Nosotros, por ejemplo, tuvimos en el Partido Comunista alemán una disputa muy fuerte sobre ello. Había todo un grupo de camaradas que declaraba que las células son malas, y en este grupo y en torno a él se desarrollaron tendencias liquidacionistas que aspiraban a liquidar todo el trabajo sindical de la Komintern y a abandonar todo el movimiento sindical comunista internacional. Nos opusimos a estos círculos. La crisis de Friesland en este partido se debe a estas cosas. Echamos a esa gente de la organización y libramos una lucha decidida dentro de la organización alemana para llegar a un entendimiento con todas las capas revolucionarias que tenemos. Naturalmente, en esta lucha a menudo han saltado astillas, y más de un comunista no ha hablado con suficiente prudencia ni se ha comportado con suficiente prudencia. Pero no puede ser que se despache con unas pocas palabras la oposición dentro del partido contra las llamadas federaciones revolucionarias, como lo ha hecho el camarada Lozovski, que declaró que el camarada Maslow354 había cometido una tontería y escrito un artículo completamente estúpido contra los comunistas, y que solo los camaradas Heckert y Brandler salvaron la situación.

¡Camaradas! No quiero que me cuelguen en el pecho la condecoración de salvador de las Uniones355, porque no puedo calificar sin más de condenable y criminal lo que hizo el camarada Maslow sin subrayar que a las manifestaciones del camarada Maslow contribuyó la actitud de los unionistas. Tenemos que repartir la culpa entre las dos partes para poder formarnos un juicio justo. En lo que el partido tiene culpa en esta cuestión es en que habría tenido que prever que se llegaría a estas diferencias si no hacíamos suficiente trabajo preparatorio en la Unión. En la Unión nos fiamos de que eran comunistas y de que ya harían el trabajo. Y nuestros camaradas unionistas luchaban contra la formación de fracciones, y nuestros camaradas del partido dejaron correr las cosas. Por eso se llegó a diferencias tan violentas con la Unión. Por fortuna, en el congreso de la Unión de comienzos de octubre se consiguió llegar a un entendimiento, crear una base que permite una colaboración armoniosa en el futuro. Pero el mal ejemplo que dimos al no formar fracciones en las Uniones lo han dado también otros diversos partidos comunistas.

Tengo que destacar aquí dos partidos que ahora sufren las consecuencias: el Partido Comunista Francés, que, a pesar de haber asumido el año pasado el compromiso de actuar en la CGTU y de formar fracciones, no lo ha hecho, y dejó correr las cosas hasta el punto en que la escisión fue un hecho consumado y la confusión completa se adueñó del movimiento sindical francés. En su congreso de Marsella356, el partido habría tenido la posibilidad de conquistar la dirección del movimiento revolucionario de Francia si hubiera seguido el consejo que se le dio, a saber, establecer un programa para agrupar a todas las fuerzas revolucionarias. Pero el partido francés no lo hizo. En el congreso de Marsella los camaradas no hablaron de lo que los comunistas deben hacer en los sindicatos; al contrario, el camarada Magoux, ahora apartado del partido, contribuyó esencialmente a que el partido francés cayera en semejante crisis. Creo que de ello hay que aprender a hacerlo de otro modo en el futuro. Si el partido se acostumbra a tomar posición sobre las cuestiones que tiene ante sí, también le será posible establecer un vínculo estrecho entre los dirigentes sindicales y el partido, que lleve a que gente como Monmousseau357 y Monatte se conviertan en miembros dirigentes verdaderamente capaces del partido de Francia, a que este llegue a ser un verdadero partido, y a que no lleguen a la cabeza personas que quieren hacer su política a costa del proletariado. No puede ser que se mantengan las viejas divisiones. Toda la influencia de la Internacional Comunista debe ejercerse sobre los dirigentes del partido y de la CGTU para que colaboren en interés de la clase obrera de Francia.

Una palabra sobre Checoslovaquia. En Checoslovaquia ha habido corrientes parecidas. Fueron sobre todo los dirigentes sindicales afiliados al partido los que se opusieron a la formación de fracciones. Algunos camaradas dijeron con toda franqueza: ¿para qué fracciones? Solo traen líos; si a la cabeza de los sindicatos hay comunistas, ya está todo bien.

Pero nuestros camaradas checos han tenido que darse cuenta de que con eso no está todo bien, ni mucho menos. Si hubieran formado buenas fracciones ya hace un año, Tayerle358 no tendría todavía posiciones como las que tiene actualmente.

Pero creo que las malas experiencias que hemos tenido en Alemania y los ejemplos que hemos visto en Checoslovaquia y en Francia nos dan la lección de atender mejor en el futuro a lo que hemos decidido en congresos anteriores.

Además, una palabra sobre la situación en Alemania. No queremos afirmar que cada uno de los pasos que hemos dado para conquistar los sindicatos haya sido un buen paso. Pero en cuanto a lo que el camarada Lozovski ha dicho esta mañana sobre la organización de los obreros agrícolas, de la que se habrían ido decenas de miles sin que el partido se ocupara de esos obreros agrícolas, eso tiene, sin embargo, otras causas que las que ha descrito el camarada Lozovski.

Es verdad que el movimiento alemán de los obreros agrícolas ha perdido cientos de miles de afiliados. Pero allí tenemos una burocracia que no hace otra cosa que política de Estado «socialista», y a esta política de Estado burguesa de los socialdemócratas se subordinan sin más los intereses de la clase obrera. Como no se ocuparon de los intereses de los obreros agrícolas, ha ocurrido que los obreros agrícolas se han rebelado. Pero estos obreros agrícolas, que después de la revolución en Alemania llegaron a estar organizados en número de 800.000, antes de la guerra no estaban organizados en absoluto. En el mejor momento de su existencia, la Federación Alemana de Obreros Agrícolas contaba 27.000 afiliados. Durante la guerra esta cifra se redujo a 3.000. Teníamos, pues, que vérnoslas con una organización completamente nueva de los obreros agrícolas, y la burocracia de la federación utilizó a los obreros agrícolas para sus propios fines.

Ya una vez, en 1919, intentamos acercarnos a los obreros agrícolas. Surgió entre nosotros una llamada Federación Comunista de Obreros Agrícolas. Pero con ella sufrimos un fracaso vergonzoso. Si la revolución no se hubiera detenido, si hubiera seguido adelante, si hubiéramos podido dar algo directamente a los obreros agrícolas, quizá las cosas habrían ido de otro modo. Pero no fue así, y los socialdemócratas conservaron a los obreros agrícolas en sus manos.

Pero luego, en el año en curso, cientos de miles han salido de la federación. Nuestros camaradas se encontraron ante la elección: ¿debían volver a agrupar a estas masas obreras en una organización dirigida por comunistas, sin estar en condiciones de librar luchas con ellas? ¿No debíamos retroceder ante el hecho de que, si pasábamos a fundar una federación, los de Ámsterdam tendrían ocasión de lanzarse de nuevo sobre los comunistas y decir: «Aquí tenéis un ejemplo flagrante de que los comunistas quieren escindir»?

Si hubiéramos emprendido la fundación de una nueva organización en un periodo en que todavía no teníamos las riendas en la mano, las cosas sencillamente nos habrían desbordado.

No quiero negar que habría sido mejor que en algunas cuestiones hubiéramos sido quizá un poco más activos. Pero con la enorme escasez de fuerzas que tenemos, frente a la cual está, del otro lado, el aparato de los de Ámsterdam, que se cuenta por decenas de miles, es difícil maniobrar, y tenemos numerosos casos en que tenemos que devolver al equilibrio a camaradas impacientes que quieren dar algún paso estúpido.

Sencillamente no puede ser que, en tiempos en que las diferencias se han hecho tan grandes como ahora y en que las cuestiones se han vuelto tan difíciles, se emprenda cualquier maniobra con unos trabajadores todavía no bien formados. Para influir se necesita un aparato firme y bueno, y no solo un buen aparato, sino también la confianza de la amplia masa de los obreros en nuestra política comunista. Ahora creo poder asegurar en nombre de nuestro partido que en los próximos meses podremos luchar mejor, porque nuestro partido cuenta ahora con el apoyo y la confianza de capas cada vez más amplias del proletariado. Como el partido se apoya ahora en las amplias masas que simpatizan con él, como tiene un aparato con cuya ayuda está en condiciones de dirigir un movimiento, ahora puede emprender maniobras muy distintas.

Pero tampoco aquí podemos decir que sea aconsejable dar una receta general. Es correcto lo que el camarada Lozovski ha dicho esta mañana, y quiero subrayarlo una vez más: necesitamos para cada país, conforme a las condiciones determinadas de ese país, un programa sindical en el que nuestras tareas queden expuestas con claridad y sin ambigüedad, de modo que las masas las comprendan. Necesitamos además para cada grupo industrial, a menudo quizá para cada federación, una táctica distinta, y quiero explicarlo todavía un poco si el camarada Carr me concede dos minutos más.

En Alemania, por ejemplo, es muy posible operar bien con los obreros de la construcción. Si tenemos con nosotros una localidad entera, podemos derrotar a la patronal, que todavía no está trustificada y todavía no está fuertemente organizada en todo el país, mientras que con los ferroviarios, por ejemplo, las cosas son muy distintas. Entre los ferroviarios tenemos obreros igual de revolucionarios. Pero aquí tenemos enfrente al Estado entero como patrono, y con todo su poder. Ha hecho leyes con las que puede amordazar a los obreros. Si decimos a los obreros de la construcción: «Se acabó Paeplow359, no lo aguantamos más, hacemos una organización propia», entonces podemos luchar con esos obreros de la construcción por una mejora de su situación. Pero si hacemos eso con los ferroviarios, perderemos con toda seguridad, porque tenemos enfrente al Estado entero. Podrá aplastarnos, y los elementos revolucionarios serán, naturalmente, puestos en la calle de inmediato. De esta manera hemos perdido el año pasado unos 2.000 de los mejores compañeros, que fueron echados así.

Y así como las diferencias entre los obreros de la construcción y los ferroviarios nos imponen tácticas distintas, así ocurre también en las demás organizaciones. Entre los metalúrgicos hemos avanzado tanto que los Dissmann360 ya no se atreven a expulsarnos por grupos, porque allí tenemos detrás de nosotros a cerca de la mitad de los afiliados y la resistencia es demasiado grande. Entre los obreros agrícolas no sabemos adónde lleva la política de los de Ámsterdam. Previsiblemente allí tendremos que pasar a organizarlos de nuevo, porque no podemos seguir tolerando que la ruptura se amplíe.

Para terminar mi intervención, pido que se decida, en primer lugar, que todos los partidos comunistas están obligados a emprender con toda seriedad la formación de las fracciones y a llevar a efecto este año las resoluciones del II y del III Congreso Mundial; en segundo lugar, que se elaboren para cada fracción y, si es necesario, también para los distintos grupos industriales, programas de acción que nos permitan luchar con los obreros por nuestros objetivos como es necesario, y en tercer lugar, que se prohíba que nuestros camaradas de las distintas organizaciones revolucionarias o de las organizaciones sindicales paralelas se combatan entre sí, para regocijo de nuestros adversarios. (Aplausos.)

Lauridan (Francia): Al enviar a esta tribuna a un sindicalista, al secretario de una de las federaciones provinciales más importantes de la CGTU francesa, la delegación francesa ha querido demostrar unánimemente la importancia que concede a la cuestión de la acción comunista en los sindicatos.

Zinóviev dijo ya que la cuestión sindical es una de las cuestiones más importantes del movimiento francés. Somos completamente de esta opinión y añadimos con Lozovski que la cuestión sindical debe resolverse en cada país sobre la base del desarrollo histórico y de las condiciones de organización del país de que se trate.

Toda la delegación francesa, desde la derecha hasta la extrema izquierda, está de acuerdo con el informe de Lozovski.

El § 20 de este informe merece ser explicado, estudiado y comentado.

¿Qué dice este parágrafo? Deja en manos de los comunistas de ciertos países, en particular de los comunistas de Francia, la elaboración sobre el terreno, de acuerdo con los sindicalistas, de las formas y métodos de la lucha común y de la colaboración en todas las acciones defensivas y ofensivas contra el capital.

Parece que se trata de una concesión. ¿Por qué esta concesión? En primer lugar, porque en Francia existe una importante organización sindicalista revolucionaria, la CGTU, que cuenta 300.000 afiliados. En segundo lugar, porque en la masa organizada, que está dispersa en medio de la masa no organizada, existe una desconfianza, por lo demás merecida, hacia los partidos políticos, incluido el Partido Comunista. Se ha hablado mucho de las tradiciones en Francia. Todavía hoy se habla mucho de ellas. No se tiene consciencia de que la tradición significa pasado, y de que la tradición a veces significa incluso olvido.

La vida, que nos guía, cambia de rostro. En Francia la tradición sale a relucir en cada ocasión, y a menudo incluso sin ocasión alguna.

Cada vez que queremos realizar un trabajo comunista en una acción cualquiera, los camaradas nos oponen la tradición. Pues bien, ya que la tradición está ahí, hablemos de ella rápidamente.

¿En qué época se sitúa en realidad el auge del movimiento sindicalista francés? En la época posterior a la Comuna, hacia 1878-1880. En esa época había en el partido político francés un hombre que defendía las teorías marxistas. Era Jules Guesde361, el Jules Guesde del Congreso de Marsella, no el de la guerra. Predicaba la unión más estrecha de los sindicatos con el partido político.

La auténtica tradición francesa se sitúa en esta época; sin embargo, el partido francés olvidó luego su tradición. Se hundió en el parlamentarismo más estrecho, más reprobable, y los discípulos de Jules Guesde —los Lebas y los Delory, que todavía hoy son diputados del Norte— olvidaron la tradición sindical de Jules Guesde y se hundieron en un sindicalismo de la política de unión sagrada más peligrosa y repugnante.

Todo el mundo recuerda todavía el discurso pronunciado en la Cámara en 1911 por Ghesquière362, que defendió en el congreso siguiente y en el que denunciaba a los sindicalistas revolucionarios como gente de la acción directa a la que había que poner fuera de la ley. ¡Cómo va a ganarse un partido político la confianza de las masas obreras en semejantes condiciones! ¿Qué ocurrió después?

El Congreso de Amiens de 1906, del que había de salir la famosa Carta de Amiens363, no fue, en definitiva, otra cosa que una reacción de los espíritus vigorosos y sanos de la clase obrera francesa dirigida principalmente contra el partido político.

Este congreso sancionó la «Carta», que todavía hoy se nos opone en los sindicatos y que tiene dos caras: una dirigida hacia dentro, es decir, la autonomía sindical, y otra dirigida hacia fuera, es decir, la acción sindicalista, el sindicalismo que se basta a sí mismo y que, sin embargo, satisface todas las exigencias, lo cual en definitiva no es más que una fórmula política, pero una fórmula política confusa y peligrosa.

Luego vino la guerra. En la guerra vimos eclipsarse ambas formas de organización: la forma política, que ya mucho antes se había unido a la burguesía, y la forma sindical, en la que todavía se podía poner alguna esperanza. (Interrupción de Lozovski: La guerra trajo la unidad.) Sí, pero en mal sentido. Y aquí, de paso, quiero rendir homenaje al hombre que hemos perdido, a Jaurès, para que ya no se pueda decir que denigramos su memoria, aunque discutamos sus enseñanzas.

Durante la guerra hubo una lucha que tenía por fin encauzar al partido por el buen camino en lo político y en lo sindical. En esta lucha no se hizo distinción entre los que pertenecían al partido y los que se ocupaban especialmente del movimiento sindical. Se constituyó un Comité para la Reanudación de las Relaciones Internacionales364, del que formaban parte los camaradas Lozovski, Trotski, Loriot, Rosmer, Souvarine, Monatte, Péricat, Sirolle y algunos otros.

Comenzada en la guerra, esta lucha continuó también después del armisticio. Sindicalistas y socialistas —hay que subrayar este punto—, que sabían hasta qué punto la unión sagrada se había hecho en mal sentido, atacaron a los hombres que estaban a la cabeza del Partido Socialista y al mismo tiempo también a los que estaban a la cabeza de la CGTU. Ese fue el Comité de la Internacional Comunista365.

Así llegamos al Congreso de Tours, a la escisión del partido.

Aquí, camaradas, tenemos que reprochar a nuestros amigos políticos, y también a nosotros mismos, que no se captó ni se comprendió la importancia de la escisión de Tours, que no se comprendió que los disidentes intentarían recuperar en el movimiento sindical lo que habían perdido en el partido político.

¿Por qué? Porque entre los dirigentes del Partido Socialista francés y los dirigentes de la Confédération Générale du Travail francesa existía una solidaridad de combate.

Estaban unidos entre sí por el lazo del fango, de la sangre y del crimen.

Estaban obligados a buscar la escisión sindical; tenían que hacerlo, y lo hicieron.

Además, entre los disidentes del Partido Socialista francés, que forman ahora la llamada «Sección Francesa de la Internacional Obrera», existía la voluntad de mantener el contacto con la masa obrera. ¿Cómo podían los disidentes mantener ese contacto sino por medio de la CGT, del organismo que entonces afirmaba tener 2 millones de afiliados?

En tercer lugar, necesitaban perjudicar al Partido Comunista, aniquilar aquel impulso de la clase obrera francesa que con razón suele llamarse místico y que atrae a las masas obreras francesas hacia la revolución rusa.

Por eso tenían que emprender, propagar y desarrollar el ataque contra la revolución rusa.

En aquel momento teníamos en Francia un partido comunista salido de la escisión de Tours. La revolución rusa, el sistema soviético, era atacada. ¿Qué hizo el Partido Comunista de Francia?

Tenía dos caminos abiertos. El camino parlamentario, el viejo camino de los socialistas, el partido no podía tomarlo: las masas no se lo habrían permitido. Habría tenido que penetrar en el movimiento obrero. No lo hizo.

En la comisión francesa, al tratar la crisis del partido francés, examinaremos quién es responsable de ello; pero tenemos que decir que el factor principal de la crisis es la política de abstención seguida respecto al movimiento obrero.

¿Por qué no quería el partido hacer nada respecto a los sindicatos? Para tranquilizar su propia conciencia invoca ante todo la tradición del partido. O bien habla de la mala tradición, de la tradición de un Guesde que ya no es el mismo de 1879-1880, de aquella mala tradición sindical que permitió hacer de los sindicatos escuelas electorales; o bien invoca sencillamente su tradición de 1906 y la reacción provocada por esta mala tradición del Partido Socialista.

Sin duda el movimiento sindical se apoyaba en esta tradición de 1906. Cuando se celebró en París, en diciembre de 1921, el congreso de la CGT Unitaria366, cuando nosotros, que habíamos sido expulsados de la vieja CGT, nos encontrábamos ante la escisión, los anarquistas y los sindicalistas puros, que eran más combativos que nosotros, se dirigieron enseguida a nosotros con la pregunta: «¿Qué queréis hacer en el movimiento sindical? ¿Aceptáis la Carta de Amiens?». Fui yo quien dio la respuesta a Colomer, de la federación de empleados de teatro: «Aceptamos ahora la Carta de Amiens porque no tenemos tiempo de entrar en una discusión sobre ella y porque hay que ponerse de acuerdo sobre una base. Nos proponemos abrir una discusión sobre la Carta de Amiens en el próximo congreso de la CGTU».

Cuando Monmousseau subió a la tribuna del Congreso de Saint-Étienne367, cuando nos declaró que el sindicalismo se basta a sí mismo, pero ya no satisface todas las exigencias, Monmousseau rompió con la tradición del movimiento sindicalista francés. ¿Por qué iban a imponerse trabas los comunistas, si el propio Monmousseau no se las imponía?

Por lo demás, el Partido Comunista tiene un deber todavía más preciso: tiene que vigilar lo que hacen sus miembros en los sindicatos. En lugar de eso, la política del Partido Comunista de Francia consistió en hacerse cómplice de los anticomunistas, que se aprovecharon de esta circunstancia y se sirvieron de la prensa del partido e incluso de L'Humanité.

Hay que citar aquí, de paso, algunos hechos. Se ha dicho que quizá habríamos podido oponernos en Francia a la escisión sindical. Acabo de exponer que esa escisión era de naturaleza política y que no estábamos organizados de modo adecuado para poder oponer resistencia a los propósitos escisionistas de los disidentes y de la vieja CGT. Sin embargo, teníamos entonces un grupo minoritario. Este grupo llevaba el nombre de «Comité Sindicalista Revolucionario». En este comité los elementos comunistas formaban la mayoría, y sin embargo el comité seguía un camino que no correspondía en absoluto al del Partido Comunista. ¿Por qué? Porque al Partido Comunista le parecía muy oportuno no decir nunca nada y seguir la teoría del menor esfuerzo.

Antes del congreso de la CGT Unitaria de 1921 se habría podido reunir a los comunistas militantes. Se los habría podido reunir para presentarles la tesis sindical del Congreso de Marsella, que tenía que decidir si los sindicalistas revolucionarios aceptaban o no la escisión. No se los reunió. Se dice que hay excusas para ello, sobre todo la de que no existía un programa sindical. ¿Cómo se imaginan ustedes un partido comunista que un año después de la escisión todavía no tiene programa sindical?

Cuando llegó el telegrama de Lozovski en el que se decía que no debíamos acelerar la escisión, que al contrario debíamos tratar de impedirla, ese telegrama nos cayó como una piedra caída del cielo. No se entendió. ¿Por qué? Porque el partido no nos había informado.

Por último, quiero señalar de paso un error: mientras en París estaba en curso un congreso de los mejores elementos obreros expulsados de la vieja CGT —la mayoría eran comunistas—, se celebraba un congreso del partido en Marsella, a cientos de kilómetros de París, y con ello se aislaba de su verdadero hogar a los militantes comunistas que estaban en el congreso de París.

Llegamos ahora a la preparación del Congreso de Saint-Étienne. El buró central de la CGTU —un buró provisional— presenta un proyecto de estatutos en el que se dice que el movimiento sindicalista debe estar dirigido contra todo Estado, aunque sea un Estado proletario. Esto era un ataque directo a los principios mismos del comunismo. El partido no se ocupó de ello en absoluto; fue una unión departamental, la unión departamental del Norte, la que redactó un contraproyecto de estatutos. Mientras la unión departamental del Norte intentaba luchar contra los anarquistas, contra los «libertarios», contra los sindicalistas puros, tuvimos que ver que un periódico del Partido Comunista, L'Internationale, dirigido por el camarada Renoult, daba asilo a los artículos de Besnard368, de Quinton, de los sindicalistas puros, de los anticomunistas, y que en ese periódico el ciudadano Méric hablaba con gran alegría y satisfacción de los artículos del camarada Verdier, otro anticomunista. (Interrupción de Renoult: Hay que hacer constar que, cuando ocurrió el caso que mencionas, yo me encontraba precisamente en Moscú, donde asistía a la sesión del Comité Ejecutivo Ampliado celebrada a comienzos de este año.)

Lauridan (continuando): Lo que dice el camarada Renoult no demuestra que yo haya afirmado en esta tribuna nada falso. Él no estaba en Francia, pero el periódico, un periódico del partido, era un asilo para los artículos de los anticomunistas.

Llegamos ahora al Congreso de Saint-Étienne. Frossard nos dice: «He cumplido los compromisos contraídos aquí, porque reuní a los sindicalistas en Saint-Étienne».

Tienen que saber, camaradas, que, ante la inactividad completa del Partido Comunista de Francia, nosotros, los sindicalistas comunistas, pedimos a Frossard, mucho tiempo antes del Congreso de Saint-Étienne, que convocara una reunión de los comunistas. El deseo de la Internacional coincidía con el deseo de los comunistas que luchaban dentro del sindicato.

Se reunió a los sindicalistas comunistas una tarde, y eso fue todo. Los anarquistas, los sindicalistas puros, los partidarios de la tendencia de Monmousseau se reunían todas las tardes. Los comunistas podían irse de paseo, podían ir al teatro o a cualquier otra parte. El Congreso de Saint-Étienne ya no les interesaba.

También pudo verse el siguiente incidente, que ningún partido debería permitir: los anticomunistas repartieron en el Congreso de Saint-Étienne una carta del diputado comunista Lafont, un abogado que se erige en defensor del movimiento obrero, una carta de la que nos expresamos con mucha moderación si decimos que es anticomunista. (Interrupción de Dormoy: ¡Pero si es un extracto de Marx!) Después del Congreso de Saint-Étienne nos encontramos ante la formación del Comité de Defensa Sindicalista. Este comité lo organizaron los sindicalistas puros y los «libertarios», que afirmaban que Monmousseau se había vendido a la Internacional Comunista.

Habríamos tenido que responder a ello formando grupos comunistas en los sindicatos. Cuando hablamos de ello, se levantó enseguida un número considerable de camaradas y gritó: «¡No toquéis a los sindicatos, si no queréis destruir las relaciones que tenemos con ellos!». Por lo demás, esas relaciones no han existido nunca.

Cuando se descubrió el Pacto369, resultó que era un auténtico contrato entre diversos camaradas sindicalistas puros y otros, que habían formado una pequeña sociedad secreta con el fin de tomar al asalto la organización confederal. Se quería repartir los cargos más importantes, inmediatamente después del asalto victorioso, entre los camaradas que participaban en el Pacto. Cuando los obreros vieron este Pacto, naturalmente alzaron la voz. Habría sido una ocasión magnífica para iniciar una campaña contra los sindicalistas puros y los «libertarios». El Partido Comunista de Francia dejó pasar esta ocasión sin aprovecharla.

Este silencio permite concluir que había en el partido cómplices que habían redactado y firmado el Pacto.

(Interrupción de Lozovski: Entre los 18 firmantes del Pacto había tres miembros del Partido Comunista de Francia.)

Presidente (interrumpiendo): Se ha acabado el tiempo de intervención.

Heckert (Alemania): ¡Que siga hablando!

Se ha hecho la propuesta de dejar que el orador siga hablando. ¿Alguien está en contra? No es el caso.

Lauridan (continuando): Luego llegamos al gran acontecimiento del movimiento obrero francés de este año, la huelga de Le Havre. Se ha contado mucho de la huelga de Le Havre, pero sobre todo muchos disparates; convendría, al menos, dejar sentada un poco la verdad.

Tenemos que decir que el partido dedicó plenamente su periódico, L'Humanité, a la huelga de Le Havre. Prestó el mayor apoyo a la evacuación de los niños. Puesto que el partido dio a esta huelga toda la gran importancia que le correspondía, puesto que él, el Partido Comunista, hizo que esta huelga se conociera por medio de su periódico en toda Francia e incluso en el mundo entero, tenía derecho a ocuparse de la huelga de Le Havre. Pero parece que no es así. El partido —se decía— no tiene derecho a ocuparse de conflictos de este tipo. Si el partido hubiera enviado aunque fuera un solo delegado a Le Havre —se decía—, los sindicalistas en huelga se habrían negado a recibirlo.

Basta con señalar la actividad de la juventud comunista. La juventud comunista no se dejó intimidar en Francia por todos esos pretextos. Fue la actividad de dos camaradas jóvenes la que, significativamente, desencadenó la huelga de Le Havre. Al día siguiente de que los gendarmes dispararan contra los obreros, la juventud comunista publicó llamamientos a los soldados y difundió carteles murales dirigidos a los soldados y a la población. (Aplausos.)

Y los sindicalistas militantes de Le Havre aceptaron con mucho gusto lo que les enviaba la juventud comunista; no lo rechazaron.

No hace mucho me decía un camarada —no quisiera considerar su opinión como plenamente válida—: sí, pero en Le Havre, en los círculos sindicales, se hacía una distinción entre la juventud y el partido. Se conocía a la juventud como elemento revolucionario, mientras que al partido se le consideraba un elemento político, al que se miraba con desconfianza.

Así llegamos a la huelga de 24 horas, que estalló a petición de los elementos anarquistas y sindicalistas puros, a esta huelga que se decidió el domingo y se hizo el martes, y cuya orden no se transmitió a provincias por medio de la CGTU, sino por medio del órgano oficial del partido, L'Humanité.

Yo, por mi parte, recibí la orden de huelga en Lille el lunes a las 11. No sabía nada; leí la orden de huelga en L'Humanité, el órgano oficial de mi partido. Me dije: hay que marchar con ellos. Ya no había nada que discutir; después podía criticar, pero en aquel momento tenía que marchar a toda costa.

En unas horas pusimos en pie a toda la región del Norte. Hicimos la huelga, y participaron en ella en la región del Norte 150.000 obreros.

El Partido Comunista cumplió con su deber tanto en la región del Norte como en las demás regiones. Sin embargo, no teníamos derecho a hablar y decir lo que pensábamos de la huelga, a decir que esa huelga se había decidido prematuramente y se había propagado demasiado pronto.

¿Por qué? Porque el partido no se preocupa en absoluto de lo que pasa en la CGTU. No quiere saber lo que hace la CGTU. Desde luego, existen lazos de amistad entre algunos camaradas del partido y camaradas de la CGTU. Algunos comunistas visitan sin duda de vez en cuando a los camaradas de la CGTU para enseñarles una tesis sindical o algún trabajo o un artículo; pero en cuanto se trata de ocuparse de asuntos serios del movimiento obrero, nadie va, precisamente porque ya nadie puede ir.

Pero tenemos L'Humanité; entonces teníamos también L'Internationale, que en los días de la huelga salía con 80.000 ejemplares.

¿De qué sirvieron todos estos servicios? Estos servicios dieron al Partido Comunista el derecho a callar y a los anticomunistas el derecho a decir: «¡Mirad a los comunistas, se les llama revolucionarios y ni siquiera tienen el valor de hablar!».

Así llegamos a la última sesión del Comité Confederal Nacional de la CGTU. Teníamos que discutir cuatro problemas muy serios. Ante todo, el problema del frente único. Se dice que Frossard cumplió en este aspecto sus compromisos. ¡Pues bien, eso era bastante fácil! Desde marzo los obreros siguen en la práctica la táctica del frente único.

Ahí tenemos, por ejemplo, la huelga de los metalúrgicos de Lille. Frente al sindicato unitario, compuesto por 40 miembros activos, estaba el sindicato disidente de los metalúrgicos, que decía tener 5.000 afiliados. Exigimos el frente único, y no de acuerdo con el Partido Comunista de Francia, puesto que este no lo quería en absoluto, sino conforme al espíritu de la Internacional Comunista.

Nuestro sindicato no ha hecho más que ganar con la realización del frente único; no ha disminuido; al contrario, ha crecido. Su influencia entre las masas obreras fue tal que, aunque solo constaba de 40 miembros activos, consiguió unir a los huelguistas no afiliados a ningún partido, darles un comité e incluso prestarles su apoyo, para que pudieran marchar con nosotros bajo la bandera revolucionaria.

Así pues, hemos realizado en la práctica el frente único. Es muy fácil volver luego a Francia y decir: «Aceptamos el frente único». Porque en la práctica eso ya era así en nuestro país.

Lo mismo vale para la cuestión de la unidad.

En la última sesión del Comité Confederal Nacional, la cuestión de la unidad estaba en el orden del día. Fiel a su táctica, el Partido Comunista de Francia no se ocupó en lo más mínimo de la cuestión planteada en la sesión del Comité Confederal Nacional. Dejó hacer.

¿Creen ustedes que los anticomunistas hicieron lo mismo? En absoluto. Propusieron un medio para crear la unidad; dijeron: «Queremos la unidad, sí, pero la unidad sin los dirigentes; queremos la CGT sin sus dirigentes y la CGTU sin los suyos». ¿Qué podía ocurrir de este modo? Habrían instaurado su dictadura anticomunista y habrían llevado los sindicatos franceses a la internacional anarquista que ahora está naciendo en Berlín370. A esto responde el Partido Comunista de Francia dejando que los acontecimientos sigan su curso.

Lo mismo vale para los comités de fábrica. Discutimos esta cuestión en la última sesión del Comité Confederal Nacional al mismo tiempo que el Partido Comunista de Francia estaba ocupado en lo que podemos llamar el vergonzoso Congreso de París.

Teníamos que discutir la cuestión de los comités de fábrica y no disponíamos de ningún documento, de ningún dato. Nosotros, los comunistas, estábamos allí en el Comité Confederal, unos en un rincón y otros en otro, y nos preguntábamos qué teníamos que hacer: el partido callaba.

En el asunto de Périgueux los ataques fueron todavía mucho más terribles. ¿Qué ocurrió allí?

La sección comunista de Périgueux, con el fundamento bien sólido de que un secretario sindical que es a la vez comunista no debe olvidar nunca que es comunista, había expulsado de sus filas al secretario de la unión departamental, porque este había dicho: «En el partido soy comunista; pero en la unión departamental ya no conozco al partido».

¡Esa es, en efecto, la mentalidad que reina entre nosotros!

La sección de Périgueux declaró, pues: «Muy bien, ya que en la unión departamental no conoces al partido, ¡vete del partido!».

Al instante se levantó en la CGTU un ejército de defensores. El propio Monmousseau pone el grito en el cielo por la violación de la subordinación por parte del partido. En la prensa aparece una reprensión indirecta al partido. L'Humanité no responde. El partido no responde.

Nosotros, el Comité Confederal Nacional, tuvimos que salir al paso de esta reprensión para librar al movimiento obrero francés de esta afrenta.

¿Qué resultados produce semejante táctica de abstención sindical del partido francés?

Son resultados, camaradas, que tienen que pesar en su decisión. Por eso me he visto obligado a hacer esta ojeada histórica, que ciertos camaradas me perdonarán, porque he procurado mantenerla lo más mesurada posible.

¡Sí, los resultados! Los anticomunistas han ganado terreno en todas partes. El Partido Comunista no tiene influencia alguna entre las masas obreras, y la Internacional Comunista y —lo que es mucho más triste— Moscú son atacados, calumniados y tratados con desprecio en todas partes ante las masas obreras francesas, que se aferraban a Moscú como a su propia vida.

Durante meses vimos cómo, con ocasión del proceso de los socialistas revolucionarios, toda la prensa obrera francesa se volvía contra los jueces de Moscú, cómo toda la prensa reaccionaria y toda la llamada prensa obrera francesa, Le Peuple, el órgano de la CGT, Le Populaire, el órgano de los disidentes, el órgano de los socialdemócratas, toda la prensa atacaba a los jueces de Moscú, y el Partido Comunista no hizo nada, absolutamente nada. (Varias voces: ¡No es cierto!)

(Interrupción de Paquereaux: ¡No es cierto! ¡Es lamentable! Cachin: ¡Es terrible!)

Lauridan: Los camaradas del centro afirman que ninguno de ellos ha olvidado nunca defender la Revolución rusa en los mítines. Es lo mínimo que podían hacer. Estoy convencido de que ninguno de ellos lo ha olvidado. Pero el partido como tal habría debido salir al paso de esta campaña de mentiras y de demagogia. (Aplausos.)

Una sola organización protestó: la unión regional de los Sindicatos Unitarios del Norte. Es la misma organización que protestó también en el asunto Schapiro. El partido no tuvo el valor de hablar de ello.

Y fuimos otra vez nosotros quienes tuvimos que defender la Revolución rusa en el comité confederal nacional, cuando se le quiso hacer el proceso por el asunto de los socialistas revolucionarios371 y por el asunto Schapiro. Por eso el Partido Comunista ha perdido el respeto. (Interrupción de Cachin: Hablar así de un asunto tan grave es, como mínimo, deformar la verdad. No solo el periódico del partido puso sus columnas a disposición y defendió día tras día, durante meses, a los comunistas de Moscú y a los tribunales de Moscú, sino que lo hicimos también en nuestra acción cotidiana; yo, por mi parte, lo hice en la Cámara de Diputados contra los disidentes, contra los burgueses; defendí a Moscú completamente solo.) (Interrupción de Paquereaux: ¡Eso no es honrado por su parte, Lauridan!)

Lauridan: ¡Permítame una pregunta, Cachin! Usted sabe la veneración que siento por usted y lo atento que estoy también a la verdad, aunque vaya dirigida contra mí mismo. Le hago la siguiente pregunta: ¿hizo algo el Partido Comunista Francés como tal, en su conjunto, por medio de su órgano dirigente, contra la campaña demagógica de los socialistas revolucionarios?

Cachin: Se protestó a diario en el periódico del partido; tengo que declararlo y lo declaro.

Varias voces: ¡Eso no es cierto!

Lauridan: Le ruego, Cachin, que me responda a mi pregunta: ¿hizo algo el partido en su conjunto?… ¡No!

Cachin: El secretario general ha venido aquí para dar testimonio. ¡Creo que eso es bastante claro!

Paquereaux: ¡Presentarnos como cómplices de los socialistas revolucionarios es verdaderamente espantoso!

Presidente (interrumpiendo): El tiempo de palabra ha terminado (gritos: que siga hablando). Se ha propuesto prolongar otra vez el tiempo de palabra (aplausos). (Una voz: 10 minutos.) En concreto, en 10 minutos. ¿Alguien está en contra? No es el caso.

Lauridan: Intentaré terminar rápidamente.

¿Tan espantoso es el problema de la Internacional Comunista que no puede resolverse? Hay que subrayar con fuerza un punto: nadie en Francia, ni siquiera la izquierda, piensa en violar la autonomía sindical. Pero queremos que los comunistas sean comunistas en los sindicatos y que formen grupos comunistas en los sindicatos. Nadie puede discutir al Partido Comunista el derecho a interesarse por el movimiento obrero y, por consiguiente, a formar células en las empresas.

Tomemos el ejemplo del Norte, donde existe una formación guesdista372. En la federación comunista tenemos 8.000 afiliados, casi todos proletarios (solo tenemos dos o tres abogados, que por cierto nos resultan muy molestos), y al partido y a los sindicatos les va bien así.

La Federación Comunista del Norte, durante la huelga textil de tres meses de Roubaix-Tours-Tourcoing en 1921, dedicó por entero su periódico —Le Prolétaire du Nord et du Pas-de-Calais— a los huelguistas. El periódico llegó a sufrir persecuciones. La unión regional del Norte, por su parte, puede invocar un contraproyecto frente a los estatutos de la CGTU, su protesta contra el proceso de los socialistas revolucionarios, su participación en el frente único y su protesta contra el proceso Schapiro.

En todos los terrenos —en el de los sindicatos, en el de las cooperativas, en el del librepensamiento—, en todas partes, nosotros, los comunistas, tenemos que luchar como comunistas para hacer triunfar nuestras ideas. (Interrupción de Dormoy: Eso sí es posible.) El camarada Dormoy dice: ¡Eso sí es posible! Desde luego, pero vosotros no lo hacéis.

La tesis de Lozovski373 proclama en todas partes la primacía del comunismo. En el buró de la CGTU hay comunistas; en las federaciones de los trabajadores de canales, de los camineros y otras, los secretarios son comunistas; en las uniones regionales más importantes los secretarios son comunistas; en las uniones locales, en los sindicatos, en todas partes hay comunistas.

Y, sin embargo, en todas partes los comunistas hacen lo que quieren, sin preocuparse de su partido.

Es un hecho brutal: camaradas, ¿qué pensáis de un partido de 80.000 hombres y de una CGTU de 300.000 afiliados que no está en absoluto bajo la influencia de los 80.000 afiliados del Partido Comunista? Si este solo tuviera 2.000 o 3.000 afiliados, sería concebible: ¡2.000 o 3.000 contra 300.000! Entonces sí podría decirse: no podemos hacer nada. Pero somos 80.000 y frente a nosotros hay 300.000. Tenemos que sentirnos lo bastante fuertes para inculcar nuestras ideas a los demás y, muy especialmente, para hacer valer nuestra influencia en los sindicatos obreros.

Lozovski acaba de decir que el marxismo toma la vida tal como es. En Francia el Partido Comunista no es un verdadero partido, de ahí la desconfianza; en cambio, la organización obrera, la CGTU, es revolucionaria y proletaria. Tiene influencia sobre las masas obreras. Tenemos que contar con ella.

Hacemos una concesión y esperamos que esta concesión sea solo una concesión de forma, que el desarrollo de las cosas adopte la forma de una alianza ofensiva y defensiva contra el capitalismo. Si somos verdaderamente comunistas, ganaremos a la CGTU para nosotros.

La tesis de Lozovski dice: hay comunistas en los sindicatos. Hay que añadir que también en el partido hay comunistas.

Dentro del partido hay una fuerte tropa de comunistas convencidos, y una fuerte tropa de comunistas sinceros la encontramos en los sindicatos. Estas dos fuerzas tienen que unirse y lograr formar un verdadero partido comunista, un partido que esté libre de todos los políticos profesionales y arribistas, un partido que sea de verdad el faro de la clase obrera y el guía fiel del proletariado francés.

Entonces —estad tranquilos sobre esto— la cuestión de las relaciones del partido con los sindicatos ya no se planteará, porque el partido será un verdadero partido proletario. Estará en su justo lugar, a la cabeza, y no detrás de las organizaciones que luchan contra el capitalismo mundial, como ocurre hoy. (Vivos aplausos.)

Presidente: Camaradas, el camarada Rosmer ha pedido que se le ponga en el último lugar de la lista de oradores. (Interrupción de Clark.) El camarada protesta porque nunca se traduce al inglés. Dice que aquí se producen cambios en el orden del día y los camaradas ingleses ni siquiera saben de qué se trata. El camarada dice que de ahora en adelante protestará cada vez. Vamos a encargar ahora al camarada Marshall que traduzca siempre a los camaradas de habla inglesa lo que se trata. Mientras yo presida, traduciré yo mismo al inglés.

Hertha Sturm374 (Alemania): Camaradas, la cuestión sindical se ha examinado aquí, desde el punto de vista del fortalecimiento del frente único, esencialmente por su lado formal. En este sentido, a saber: ¿cómo es posible mantener la unidad orgánica de los sindicatos y cuáles deben ser las relaciones entre el Partido Comunista y los sindicatos para influir en estos en el sentido del comunismo? En ambas cuestiones chocamos con la resistencia de los reformistas, de la burocracia sindical de Ámsterdam. Naturalmente, estas cuestiones son cuestiones políticas. Pues en qué medida se logra mantener y fortalecer esa unidad orgánica depende precisamente de la claridad, la cohesión y la capacidad de lucha de los partidos comunistas, y eso ya se ha tratado en otros puntos del orden del día: en el de la ofensiva del capital y en el de la táctica. Pero quisiera señalar aquí la estrechísima relación entre estos dos lados de la cuestión desde el punto de vista del papel que desempeñan en estas tareas las obreras en los sindicatos. La cuestión es de gran importancia porque las obreras constituyen una capa de la clase trabajadora cuyo volumen y cuyo peso en la producción y en los sindicatos crecen sin cesar. En los países europeos las mujeres representan, según la estructura económica del país, del 20 al 45 por ciento de la población activa. Las cifras aumentaron considerablemente durante la guerra y en la posguerra se han mantenido más altas que antes. En los jóvenes países capitalistas, Corea, Japón, con sus millones de obreros, las obreras representan incluso más del 50 por ciento de la clase trabajadora.

Por otro lado, es sabido que la capa de las obreras pertenece a aquellas capas de las que el camarada Bujarin dijo, en la cuestión del programa, que el capitalismo y sus cómplices las han utilizado de hecho para reforzar y mantener sus posiciones de poder. A las obreras se las enfrenta a los obreros de modo parecido a como se utiliza a los pueblos coloniales, a costa de los cuales los obreros europeos han podido conseguir ciertos éxitos pasajeros.

Está claro que el frente único de los obreros y la unidad orgánica de los sindicatos serán tanto más sólidos cuanto más conscientemente se mantengan unidas todas las capas de la clase trabajadora y cuanto más estrechas sean las capas que se quedan al margen, pasivas, si no hostiles. Es necesario precisamente ahora agrupar en el frente único a estas capas de obreras, porque en la ofensiva del capital no solo están en peligro los intereses personales de las obreras, sino los intereses del conjunto de la clase obrera, por el hecho de que grandes masas de obreras no toman parte activa en la lucha.

La ofensiva del capital avanza de manera completamente planificada por la línea de menor resistencia. Señalo brevemente tres puntos: en primer lugar, la cuestión de la jornada de ocho horas y de la protección del trabajo en general. Es una experiencia general que los capitalistas empiezan en todas partes por inducir a las obreras a renunciar a la jornada de ocho horas y a aceptar las llamadas horas extraordinarias voluntarias, y que luego, mediante necesidades técnicas reales o supuestas de la empresa, consiguen que, primero en esas empresas y después en todas, los obreros trabajen en las mismas condiciones que las obreras. Ya registramos en casi todos los países preparativos para consagrar por ley el desmantelamiento de la jornada de ocho horas y de la protección del trabajo. Pero ya antes esta práctica se impone en gran escala, en parte por vía de decreto, en parte contra las leyes vigentes.

La segunda cuestión es la de los salarios, que se volvió candente desde la primera hora, cuando, con el empleo de la máquina en la industria, las obreras fueron arrojadas al mercado de trabajo como los objetos de explotación más dóciles y más baratos. La cuestión salarial vuelve a ser actual porque el capitalismo, en su crisis, ya no está en condiciones de atender las reivindicaciones de los obreros. Obligado a recurrir a las formas más primitivas de explotación, aumenta la explotación, por un lado, mediante la prolongación de la jornada y la intensificación del trabajo, para compensar la menor productividad del trabajo debida al deterioro técnico del aparato productivo, y, por otro lado, mediante la reducción del salario real. Los salarios bajos de las obreras arrastran consigo la reducción de los salarios también de los obreros. Por eso la vieja consigna «a igual trabajo, igual salario» debería situarse, con más fuerza que nunca, en el centro de nuestras discusiones y de nuestras luchas en los sindicatos.

La tercera cuestión es la del paro, que vuelve a adquirir un carácter parecido al que tenía cuando surgió el trabajo industrial de las mujeres. Vuelve a rondar en las cabezas de la clase trabajadora la ilusión de que, eliminando el trabajo femenino, se facilitarían las posibilidades de existencia de los obreros. Aquí debe empezar la lucha más enérgica, para hacer frente al peligro de que se meta una cuña entre obreros y obreras, que se combatan como competidores en lugar de mantenerse unidos solidariamente, igual que aspiramos también a esa acción común entre los obreros que están en las empresas y los que están sin trabajo.

El segundo momento importante es este: la influencia comunista en los sindicatos será tanto mayor cuanto más hayan comprendido las grandes masas de los sindicatos que en las luchas se trata de sus intereses más inmediatos y cercanos. Si en general se trata hoy de hacer comprender a la clase trabajadora que tiene que luchar por sus reivindicaciones inmediatas, esto vale en medida aún mayor para las obreras, que, a causa de su mayor atraso, comprenden en general menos que los obreros la necesidad de una lucha por objetivos más lejanos. Está claro que la burocracia de los sindicatos no podía trabajar en este sentido, porque sabía que, en el momento en que movilizara a las masas por tales reivindicaciones inmediatas, crearía una tropa de combate contra sí misma.

Pero si nos preguntamos qué han hecho los partidos comunistas a este respecto, tenemos que responder: muy poco, y además han hecho todavía menos en cuanto a la movilización de las obreras que en cuanto a la organización del trabajo sindical en general. Naturalmente, esto no es casual, porque todas las debilidades del movimiento comunista en general se reflejan, y aun se potencian, en el movimiento comunista de mujeres. Pues este no es más que una parte del movimiento comunista en su conjunto, al que está unido para lo bueno y para lo malo. Pero la debilidad orgánica e ideológica del movimiento comunista tiene que hacerse sentir con más fuerza en el trabajo entre las mujeres en la medida en que la masa de las mujeres está más atrasada política, orgánica, ideológica y económicamente, porque está menos ligada a la vida social. Si ya el conjunto de los afiliados de la mayoría de los partidos comunistas es numéricamente pequeño en comparación con la masa del conjunto de la clase trabajadora, el número de afiliadas es francamente ínfimo, en términos absolutos y relativos. En el partido mejor situado, el checoslovaco, el número de afiliadas es de un 20 % aproximadamente; en Italia, un partido bastante importante, ni siquiera llega al 2 % de los afiliados; en el promedio general de los partidos comunistas, en la medida en que tenemos cifras, un 10 % aproximadamente. Esto significa que, proporcionalmente, es todavía más difícil alcanzar con este pequeño número de comunistas a las grandes masas de obreras que, para los comunistas, alcanzar a las masas de obreros que están fuera de sus filas.

Pero, además, todavía no ha calado en todos los partidos la idea de que la revolucionarización de las obreras en los sindicatos tiene que organizarse de manera planificada. Si dentro de la Internacional Comunista todavía se discute si deben formarse células, si todavía no se ha convertido en algo evidente, tanto en la teoría como en la práctica, que el partido debe emplear todas sus fuerzas para obligar a cada uno de sus miembros al trabajo comunista más intenso en los sindicatos, entonces no debe extrañarnos que, en cuanto a la formación sindical de las comunistas, en el partido no se haya hecho todavía prácticamente nada.

Podemos comprobar que, en realidad, solo en muy pocos partidos, en los relativamente mejores, en el ruso, el búlgaro, el alemán y además en el partido austriaco, se ha emprendido este trabajo. En todos los demás países este terreno sigue casi completamente baldío.

Las dos tareas organizativas que tenemos ahora inmediatamente ante nosotros en la práctica son las siguientes:

  1. Al construir las células comunistas en los sindicatos, hay que procurar en todas partes que todas las afiliadas del partido se incorporen de manera planificada, en los sindicatos, a su fracción.

Camaradas, esto parece una evidencia y una trivialidad. En realidad no lo es. Observamos que en los partidos comunistas, sobre todo en los jóvenes, el movimiento de mujeres discurre en cierto modo al lado del movimiento general del partido, en lugar de estar estrechísimamente unido a él. Esta falta de contacto es especialmente grave en el trabajo sindical. Pero es un hecho que a menudo los órganos del partido, los funcionarios responsables del partido, ni siquiera saben cuáles de las afiliadas están organizadas sindicalmente, dónde trabajan, cómo se ponen en contacto con su célula. Este registro personal y esta organización a fondo de las afiliadas es, ciertamente, un trabajo menudo y laborioso, pero sumamente fecundo; es indispensable como base sólida para las tareas ulteriores.

En segundo lugar, desde la cúspide del partido, desde el Ejecutivo del partido, hay que procurar que exista una relación inmediata y estrecha entre el órgano que el partido designe para la dirección responsable del trabajo sindical —llámese departamento sindical, sección sindical o consejo sindical— y el Comité Central de Mujeres del Partido Comunista. Estos órganos tienen que trabajar juntos, establecer un plan sobre cómo debe organizarse el trabajo de manera centralizada y qué pasos deben darse para seguir formando y organizando de manera planificada a las sindicalistas para sus tareas entre las grandes masas.

Las perspectivas de este trabajo son muy favorables, y precisamente porque en las masas de obreras tenemos ante nosotros un campo de reclutamiento que todavía tiene muy pocos prejuicios, precisamente porque no está organizado. La masa de las obreras está ligada en menor grado a una jefatura política y a una burocracia sindical; puede, a partir de un instinto de clase más primitivo, pero quizá por eso más sano y menos falseado, llegar antes a situarse con decisión en el terreno de la lucha de clases. Defenderá antes sus intereses de clase sin consideración a todos esos lazos que hoy nos hacen tan difícil ganar terreno entre las masas de obreros socialdemócratas, de sindicalistas organizados desde hace decenios.

Quisiera hacer una comparación que debería ser instructiva para nosotros. Cuando, a raíz de los acontecimientos políticos de noviembre de 1918, se introdujo el sufragio femenino en diversos países, vimos que la burguesía supo llevar a su campo a las masas de mujeres, que en gran parte todavía estaban completamente al margen de las cuestiones políticas. No solo las mujeres burguesas se convirtieron en los mejores agentes de sus partidos, sino que también grandes masas de obreras fueron llevadas al campo nacionalista, a los partidos burgueses, al campo clerical, es decir, al campo de sus enemigos de clase. Contribuyeron así a fortalecer a la burguesía, aunque solo fuera en el terreno parlamentario. En el terreno de los sindicatos, que tiene para la lucha de clases una importancia muy distinta de la de los parlamentos, no debe ocurrirnos lo mismo. Y ganará a las mujeres el partido que entre en liza con más claridad de objetivos y más energía y que mejor sepa enlazar con los intereses, las preocupaciones y las necesidades de estas masas y llevarlas a la lucha por sus reivindicaciones. Con estas masas lograremos reforzar el ataque de los comunistas contra la burocracia sindical; y con estas masas lograremos separar a otras masas más de la dirección de los sindicatos, hostil a la lucha de clases, y llevarlas al campo de la lucha de clases revolucionaria. (Aplausos.)

Tasca375 (Italia): Declaro que hablo en nombre de toda la delegación italiana. Esto es posible porque el Partido Comunista de Italia comprendió en seguida la importancia del trabajo sindical y empezó a formar células en los sindicatos ya antes de la escisión de Livorno376, circunstancia que ha permitido reunir experiencias comunes y actuar de manera unitaria.

Quiero despachar en pocas palabras las cuestiones de menor importancia. Ante todo debo declarar que la delegación aprobó la propuesta de aplazar la discusión del papel de los parados en los sindicatos. Pero considera necesario subrayar la extraordinaria importancia de las tareas del Partido Comunista en el terreno de la defensa de los derechos sindicales de los parados, allí donde los dirigentes reformistas quieren escamotear esos derechos.

Hemos decidido igualmente no pedir que se discuta la actividad de los comunistas en los sindicatos nacionales, en los sindicatos patronales, entre nosotros en los sindicatos «fascistas».

Tenemos que declarar con claridad que los comunistas deben trabajar en los sindicatos fascistas, pero solo cuando esto sea condición indispensable para no quedar desarraigados en el terreno sindical, es decir, cuando no haya otra posibilidad de actuar en interés del partido en los sindicatos rojos.

Las directrices de Lozovski se ocupan mucho del problema de la unidad y de las escisiones. Son los problemas más inmediatos y urgentes del movimiento sindical. En este punto estamos plenamente de acuerdo con él, tanto por las razones que aduce como por otras.

La política escisionista reformista, que se apoya en un apoyo más o menos confesado de la clase patronal, tiende a dificultar al máximo la acción defensiva puramente sindical de las minorías sindicales; quiere quitar a los sindicatos rojos toda posibilidad de trabajo concreto y hacerles imposible la defensa de los intereses cotidianos de los obreros, que es absolutamente necesaria para su existencia y su desarrollo.

Además, hay que subrayar que, si el sindicato comunista que ha quedado en minoría es expulsado de la organización obrera y ya no puede encontrar protección en el marco de la organización unitaria, el enlace con el trabajo legal del Partido Comunista, que suele tener en el sindicato un apoyo muy valioso, se vuelve considerablemente más difícil.

Es absolutamente necesario aclarar algunos puntos de las tesis de Lozovski. Cuando se habla de comunistas, hay que dar criterios más precisos para que los comunistas puedan servirse de ellos en el trabajo sindical.

No hemos entendido bien si hay que separarse de Ámsterdam cuando se tiene la mayoría en la federación internacional de una rama de industria o cuando se tiene la mayoría en la confederación nacional. Rogamos al camarada Lozovski que se exprese con más claridad sobre este punto.

Por lo que a nosotros se refiere, estamos por la segunda solución, es decir, que hay que separarse de Ámsterdam cuando se tiene la mayoría en la confederación nacional, porque creemos que esta solución entraña un peligro menor de escisión.

Ciertamente, es imposible evitar todo peligro de escisión si la Internacional Sindical Roja tiende a transformarse cada vez más en un buró de propaganda, en una central internacional de las organizaciones sindicales; pero hay que buscar la solución que en este camino entrañe menos peligros.

Ahora me falta tiempo para discutir la cuestión del enlace orgánico entre la IC y la ISR. Pero afirmo que esta cuestión debe resolverse en el congreso de la IC; pues es absolutamente necesario que los camaradas comunistas que toman parte en el congreso de la ISR lleguen a un acuerdo sobre la posición que habrán de sostener allí.

Quisiera pedir a Lozovski que me aclare todavía un punto: la cuestión de los consejos de fábrica.

El movimiento de los consejos de fábrica adquiere en Alemania una importancia cada vez mayor. Existe una relación muy estrecha entre esta cuestión y la de las escisiones, y queremos que se nos diga algo sobre ello, porque esta cuestión llegará a ser actual también en otros países.

En cuanto a la formación de células, también nosotros somos de la opinión de que la Internacional Sindical Roja debe esforzarse por crear las condiciones de un trabajo común con los sindicalistas, los anarquistas e incluso los sin partido, para desplazar a los reformistas y oponerse a su influencia. Pero somos de la opinión de que hay que asegurar a toda costa una formación de células puramente comunistas, una agrupación de los comunistas que trabajan en los sindicatos, para que se aprovechen todas las posibilidades de desplegar nuestra actividad en la dirección de la lucha revolucionaria.

Estamos en contra de que se incluya el § 20 de las directrices generales del camarada Lozovski. Este § viene después del § 17, en el que se dice que los comunistas no pueden ni deben renunciar, en nombre de abstractos principios anarcosindicalistas, a su derecho a formar células en los sindicatos, sea cual sea la orientación de los sindicatos. Nadie puede quitarles este derecho. En el § 20 se dice luego que en los países donde existen organizaciones sindicalistas importantes (Francia) y donde, por influjo de toda una serie de causas históricas, la desconfianza hacia los partidos políticos sigue dominando el espíritu de ciertas capas de los obreros revolucionarios, los comunistas deben elaborar sobre el terreno, de acuerdo con los sindicalistas y adaptándose a las peculiaridades del país y del movimiento obrero de que se trate, las formas y los métodos de la lucha común y de la colaboración en todas las acciones defensivas y ofensivas dirigidas contra el capital.

Como esto viene después del § 17, los camaradas italianos tienen la impresión de que todo esto debe sustituir en Francia al trabajo inmediato de formación de células comunistas. Nos gustaría que se nos aclarara esta cuestión. Si es una fórmula de frente único, no estamos en contra, porque entonces esto debe hacerse no solo en Francia, sino en todos los países, y no solo con los sindicalistas, sino con todos los revolucionarios. Pero si quiere decir que los comunistas de Francia renuncian, por razones completamente locales, a tener formas de lucha propias y que en este aspecto tienen que asegurarse antes el consentimiento de los sindicalistas, entonces estamos en contra de que en las tesis generales se mantenga una fórmula que permita semejante interpretación.

El camarada Lozovski declaró que las relaciones entre los partidos y los sindicatos son una cuestión de relación de fuerzas; esto es cierto, pero tenemos que entendernos con toda precisión. La aplicación de los principios y métodos comunistas está siempre condicionada por la relación de fuerzas, pero eso no puede significar que los principios deban ser sustituidos por la relación de fuerzas.

Lozovski dice: no es la teoría la que hace el movimiento, sino el movimiento el que hace la teoría. Sé muy bien que Lozovski está muy lejos de cualquier interpretación torcida de esta frase, pero el conjunto tiene, sin embargo, apariencia de la fórmula de Bernstein, que declaró: el movimiento lo es todo. No debemos dejar ningún margen para una interpretación en este sentido por parte de quienes tienen interés en ella o inclinación a ella.

Aunque fuera cierto que en Francia los sindicatos, a consecuencia de su desarrollo histórico, tienen que desempeñar un papel dirigente en la revolución proletaria, eso no sería razón para renunciar a la formación de células comunistas; al contrario, es una razón más para proseguir la formación de células y asegurarnos nuestro papel en la dirección de la revolución proletaria.

Nos damos plena cuenta de las dificultades que existen en Francia. Pero, puesto que la cuestión sindical constituye la base de la cuestión francesa, nos parece imposible incluir en las tesis generales un párrafo completamente ambiguo; su lugar está en las conclusiones de la comisión francesa, que dará las indicaciones necesarias sobre el trabajo de los comunistas en los sindicatos franceses. Allí habrá que aclararlo todo y recoger todo lo que aquí no puede decirse sobre los deberes de los comunistas en los sindicatos, para que las concesiones que haya que hacer a ciertas condiciones locales no se conviertan en algo que pueda contribuir a perpetuar la situación sumamente difícil a la que varios camaradas se han referido aquí. Por esta razón somos de la opinión de que estas fórmulas deben suprimirse de las tesis generales. La única razón que puede aducirse en Francia contra la formación de células es la desconfianza de los obreros hacia el Partido Comunista Francés. Pero eso es un circulus vitiosus que hay que romper con decisión. Estamos convencidos de que crear condiciones para un trabajo metódico de los comunistas en los sindicatos es una cuestión vital para el Partido Comunista Francés. Pero esa es una razón para que de esta cuestión se hable en las conclusiones de la comisión francesa y no en las directrices generales sobre el movimiento sindical.

Unas palabras más sobre la cuestión de la subordinación de los sindicatos al partido. En general somos de la opinión de que la garantía del desarrollo de un partido comunista consiste en que tenga la posibilidad de expresar su opinión sobre cada acontecimiento de la vida de la clase trabajadora. Pero ¿cómo podría el Partido Comunista Francés tomar posición sobre cada cuestión que interesa a los obreros franceses si no tuviera vínculos orgánicos con la vida de la clase trabajadora, con todas las formas de esa vida? Lanzar consignas puede parecer muy fácil, pero es necesario que el partido tome sus consignas del conocimiento directo de la vida obrera. Esa es la única garantía de que la masa obrera comprenda que esas consignas son las suyas y que responden a sus necesidades.

Combatimos, naturalmente, la subordinación de los sindicatos al partido, pero los comunistas tienen que cumplir su tarea en el sentido de la política sindical del partido entrando en los sindicatos y desplegando allí una actividad metódica para conquistar la confianza de las masas. Una vez conquistada la confianza, no deben actuar como los «expertos» reformistas, sino que tienen que poner toda su experiencia al servicio del partido en interés de los fines generales del comunismo. Tienen que dar a las masas no comunistas el sentimiento de que sus consignas no han caído del cielo ni se han traído de lejos, sino que son consignas que nacen de la experiencia directa de los obreros y para cuya comprensión la clase trabajadora solo necesita hacer un pequeño esfuerzo. Si los comunistas franceses, igual que los comunistas de todos los países, trabajan en este sentido, estaremos en condiciones de resarcirnos de las pérdidas que el movimiento comunista ha sufrido en el curso de la lucha actual. Hay un viejo mito que habla de un gigante que, aun herido y mutilado, recobraba sus fuerzas al tocar la tierra377. El Partido Comunista solo podrá llegar a ser un gigante si se pone en condiciones de poder tocar la tierra, es decir, si está en estrecho contacto con las masas obreras, para tener la posibilidad de recobrar sus fuerzas y de proseguir y extender la lucha por los fines últimos de la revolución. (Aplausos.)

Garden378 (Australia): ¡Camaradas! Declaro en nombre de la delegación australiana que aprobamos las tesis del camarada Lozovski. Lenin dijo que la tarea más grande de los partidos occidentales consiste en el trabajo de organización, y yo quisiera decir unas palabras sobre ello a la sección anglosajona, pues todo el mundo sabe que el movimiento anglosajón es débil en el aspecto organizativo. Ustedes ven que el partido alemán es capaz de hacerse notar entre las masas. Y, a pesar de todas las divergencias entre los obreros franceses, verán ustedes que la influencia del partido sobre las masas se manifiesta de todos modos. Lo mismo ocurre en Italia. Pero, si pasan ustedes al movimiento anglosajón, verán que el Partido Comunista es débil y que le falta esa influencia sobre las masas que tienen los demás partidos.

Creo que el Partido Comunista de Australia, aunque es un partido pequeño, ha encontrado el tono justo para el trabajo de organización, en lo que respecta al movimiento anglosajón. El Partido Comunista de Australia tiene apenas 1.000 afiliados; pero, aun así, es capaz de dirigir a unos 400.000 obreros, toda la clase trabajadora organizada, incluidos los 237.000 obreros del estado de Nueva Gales del Sur. También es el dirigente de los 110.000 obreros organizados en Brisbane, Queensland.

El Partido Comunista de Australia se basa en el sistema de células. Cada sindicato tiene células comunistas, de entre dos y veinte miembros, pero no hay ni un solo sindicato sin células. Los dirigentes de las células tienen que reunirse una vez por semana y discuten entonces los problemas de sus organizaciones, los problemas de la clase obrera de Australia. En cada reunión fijan su táctica, vuelven luego a sus sindicatos, fábricas, talleres y minas y llevan a cabo la línea política acordada. Esta línea política la fija el ejecutivo político junto con los dirigentes de las células. En cada cuestión actual de la clase obrera verán ustedes que los dirigentes de las células son los primeros en presentarse sobre el terreno para dar a la clase obrera instrucciones sobre cómo ha de comportarse en la situación dada.

El Labor Council (Consejo Obrero) de Nueva Gales del Sur agrupa a 120 sindicatos. Pese a ello, el Partido Comunista tiene el control completo del ejecutivo. De los 12 miembros, 11 son miembros del Partido Comunista; dirigen esos 120 sindicatos y determinan la política de cada sindicato. En el Labor Party australiano tenemos la misma base organizativa que en el Labour Party inglés —es decir, el partido se basa en el movimiento sindical—, y nos enfrentamos a las mismas dificultades que el partido inglés. Cuando en 1919 entramos en conflicto con el Labor Party australiano, cuando en la conferencia del partido fuimos derrotados por 6 votos, nos aislamos, no tomamos parte en ninguna política y dirigimos toda nuestra energía al terreno industrial. Cada uno se puso a organizar a la clase trabajadora, a suprimir las fronteras trazadas por los distintos oficios, a crear un sindicato único para cada rama de industria, para reunir todas nuestras fuerzas en una unión compuesta por 6 secciones; es decir, aspirábamos a que todos los obreros del transporte, todos los obreros de la construcción, todos los mineros, todos los obreros agrícolas estuvieran agrupados en una sección de la unión cada uno; de este modo reunimos en 6 secciones a toda la clase trabajadora de Australia. Por haber dirigido nuestra energía hacia dentro, pudimos liquidar a la IWW, que era la única organización de lucha de clases en Australia. La IWW cambió de táctica. Se unió a nosotros y se puso a trabajar en las uniones de oficio por la formación de uniones de rama de industria; trabajaban dentro de las uniones para derribar las fronteras entre oficios y reunir todas sus fuerzas, en toda Australia, en 6 grandes federaciones de industria.

En ese momento nos decidimos por la actividad política; en aquel tiempo teníamos en Australia el ASP, el SLP379 y la sección disidente del Labor Party. El ASP convocó una conferencia de todos los obreros de Nueva Gales del Sur situados en el terreno de la lucha de clases para formar un partido comunista. Los sindicatos decidieron hacerse representar en esa conferencia y enviaron delegados. Se acordó formar un partido comunista. Al poco tiempo se produjo una escisión, pero finalmente volvimos a unirnos y hoy somos el único partido comunista de Australia. El resultado es que el Partido Comunista dirige toda la actividad de los sindicatos. En cuanto al Labor Party, vimos que podíamos dirigir también la política del Labor Party, de ese partido lleno de oportunismo y dirigido por reformistas; vimos que la parte activa de la clase obrera podía guiar ella misma la política de ese partido.

En junio de 1921 el Labor Party lanzó una petición de ayuda. Pidió a los obreros que prestaran pleno apoyo al partido, y nosotros decidimos participar en esa conferencia convocada por el Labor Party. En junio de 1921 se reunió en Melbourne el mayor congreso que jamás se haya celebrado en Australia, y acudieron delegados en representación de 700.000 obreros. ¿Qué resultó de ello? Vimos que éramos capaces de cambiar la política del Labor Party. El Labor Party creía en el mantenimiento de una Australia blanca380, creía en la nacionalización. Nosotros cambiamos el objetivo, de nacionalización a socialización de la industria mediante la acción revolucionaria política y sindical. Pero el Labor Party no estaba de acuerdo. Abandonó la conferencia y en octubre de 1921 convocó una conferencia de sus propios partidarios. Estos sustituyeron las palabras «mediante la acción revolucionaria política e industrial» por las palabras «por medios constitucionales». En junio de este año se celebró otro congreso, en el que los sindicatos, junto con el Partido Comunista, declararon al Labor Party que solo podían aprobar la política de la conferencia de junio de 1921. La conferencia de 1922 confirmó así la política de junio de 1921 y fue todavía más lejos, al dar al Labor Party la instrucción de abrir de par en par sus puertas a la adhesión del Partido Comunista, con plena libertad de propaganda y de organización para este. Era una propuesta que el Labor Party había rechazado en 1921. Vemos, pues, que un año de actividad en los sindicatos consiguió alcanzar un objetivo que antes no habíamos podido alcanzar.

Cuando empezaron después los ataques capitalistas contra los obreros, agrupamos a todos los obreros y, en lugar de permitir que una sección tras otra sucumbiera aisladamente, declaramos: «La clase obrera de Australia tiene que mantenerse firme, hablar con una sola voz y actuar unida». Decidimos atenernos a esta línea. Los patronos se dirigieron al gobierno y se acordó convocar una conferencia. Algunos sindicatos pusieron objeciones, pero nosotros enviamos a la conferencia a nuestros representantes, y vimos que en esa gran conferencia convocada por el gobierno, entre 18 representantes obreros, había 9 comunistas de distintos estados australianos. ¿Cuáles fueron, pues, los resultados de esa conferencia? Los patronos la abandonaron. Dijeron que toda nuestra actividad allí consistía en exponer las doctrinas de Lenin y de Trotski; que no éramos otra cosa que mercenarios rusos y que no estábamos allí por el bien ni en interés de la clase obrera australiana. Entonces nos dirigimos a las masas con un llamamiento de propaganda. Las masas se agruparon en torno a nuestra bandera, y Australia es el primer país del mundo que pudo resistir a la ofensiva y fue capaz de declarar: «Ya no rebajaréis nuestros salarios, ya no regatearéis nuestra jornada, nunca más la alargaréis. Acortaremos nuestra jornada en lugar de alargarla». Fue el único país del mundo en el que las masas se agruparon en torno a la consigna: «Manos fuera del salario y de la jornada». Toda esta política la dirigió el Partido Comunista de Australia, pequeño en número pero fuerte en influencia.

Además, no permitimos que entre en el partido cualquiera que quiera hacerse miembro. Cuando alguien de un sindicato se dirige al partido pidiendo su admisión, comunicamos primero su nombre al dirigente de la célula de su sindicato, y el solicitante es observado durante algún tiempo. Toda propuesta que se haga en su sindicato en interés de la clase trabajadora y que él combata es una razón en contra de su admisión, y entonces declaramos que no es apto para ser miembro del Partido Comunista de Australia. Creemos en la importancia de influir en las masas y nos servimos de todos los medios para extender nuestra influencia guiando la política de las masas y organizándolas, pues somos de la opinión de que las masas están dispuestas a luchar en todo momento, están resueltas a luchar y a no dejar que se merme su nivel de vida, y es tarea del Partido Comunista trabajar en este sentido y conducir a las masas en esta dirección.

Y ahora unas palabras sobre la cuestión de la escisión. El movimiento escisionista empezó en los sindicatos en 1918. Durante dos años y medio combatimos a los reformistas, con el resultado de que los partidarios de la lucha de clases ganaron influencia y los reformistas perdieron terreno bajo sus pies. La tendencia revolucionaria siguió trabajando con ahínco en los sindicatos, porque tenían el control del aparato de propaganda: el Labor Council de Nueva Gales del Sur, que dirigía toda la política del estado. Los revolucionarios tenían este aparato en sus manos, de modo que la propaganda pudo continuar. Cuando empezaron las escisiones en los sindicatos, los reaccionarios exigieron la expulsión de todos los obreros revolucionarios. Fuimos a la masa de la clase trabajadora y obtuvimos su pleno apoyo. Aconsejamos a la IWW que entrara directamente en el movimiento sindical y lo trabajara al modo de las «hormigas» blancas. Debo explicar aquí que la hormiga blanca es un animal que solo ataca la madera cortada y nunca toca un ser vivo. El resultado de nuestra actividad fue que conseguimos una unión agrícola con 120.000 afiliados. En la industria minera agrupamos a todos los obreros —mineros, mecánicos, herreros—, en total 45.000. En el terreno del transporte terrestre hemos agrupado a todos los ferroviarios, desde los maquinistas hasta los mozos de equipajes, en total 58.000. En Australia tenemos 17 sindicatos de la construcción, que se declararon todos dispuestos a formar una organización única: la federación de industria de la construcción. Agrupa a 42.000 obreros. Todo esto refuerza la lucha de clases y sirve de prueba de que el capitalismo solo puede ser derribado mediante una acción revolucionaria política y sindical.

El resultado de nuestra actividad de lucha de clases fue la agrupación de todas las fuerzas en una gran unión que derriba los tabiques de los distintos oficios.

Una cosa más. Cuando se fija una línea política, se imprimen los detalles y los entregamos en las reuniones semanales a los dirigentes de las células, para que estos puedan dar instrucciones a las uniones sobre su conducta.

Para terminar, cito la instrucción con la que el Labor Council recomendó el apoyo al Labor Party. Dice así:

«1. El Labor Council reconoce la lucha de clases y basa en este hecho sus planes de organización y su propaganda.

»El Labor Council reconoce además que esta lucha de clases es, en la sociedad capitalista, una lucha política, es decir, una lucha por el poder político, y que el Labor Council no puede permanecer neutral ante los partidos políticos implicados en esta lucha, como tampoco ante la lucha misma. Por esta razón el Labor Council declara que lo que sigue constituye la base de su actitud ante los partidos políticos existentes.

»2. El movimiento sindical de Australia une un débil reconocimiento de la lucha de clases con el reconocimiento y el apoyo de un partido reformista, el Labor Party australiano. Un apoyo pleno a este partido, a sus métodos y fines significa que la consciencia revolucionaria de sí misma que está despertando en la clase obrera, junto con su deseo de emprender la lucha de clases contra el sistema capitalista, será transformada, por medio de la maquinaria del Estado burgués en manos de los políticos del Labor Party, en una paz social que significa la negación de la lucha de clases.

»3. El Labor Council considera que el Labor Party es una parte del movimiento de la clase obrera y que, con su organización y su propaganda, fomenta de tiempo en tiempo los intereses de la clase trabajadora cuando en la lucha diaria de esta se trata de cuestiones como el mantenimiento de los salarios básicos, la semana laboral de 44 horas, etc. Por eso el Labor Council apoyará en ciertos momentos al Labor Party, en la medida en que ello parezca necesario en interés del apoyo a las reivindicaciones actuales de los obreros. El Labor Council considera también que, ante los ataques organizados de la clase capitalista contra la clase trabajadora, a esta le interesa que el Labor Party vuelva al poder en este momento crítico:

»a) porque opondría al ataque de la clase capitalista contra los salarios básicos una resistencia más fuerte que el partido nacionalista; b) porque en ese caso se facilitarían la propaganda y la actividad organizativa de la clase trabajadora.

»c) Demostrará también a los obreros que el partido obrero no puede aportarles una mejora duradera mediante una actividad legislativa en el marco del Estado capitalista.

»4. El Labor Council, al tiempo que aspira en la lucha diaria a mejorar el nivel de vida de la clase obrera, es plenamente consciente de que es imposible crear para la clase obrera una seguridad económica bajo el capitalismo. Por eso el Labor Council se esfuerza por transformar esta lucha diaria de la clase trabajadora en una lucha por la abolición del capitalismo y por la instauración del poder político de la clase obrera. Una lucha así solo podrá organizarse y dirigirse adecuadamente en interés del conjunto de la clase trabajadora si los sindicatos actúan en plena unidad con el partido político revolucionario de la clase obrera».

Este es un ejemplo de las instrucciones que damos a las células para difundirlas en los sindicatos y para orientar su actividad entre las masas. Somos de la opinión de que, si los países anglosajones —Inglaterra, América, Irlanda, etc.— aplican las mismas líneas políticas, los partidos comunistas anglosajones estarán en condiciones de dirigir la política futura de las masas obreras de esos países.

Pavlik (Checoslovaquia): ¡Estimados camaradas! Quiero subrayar ante todo una cosa, a saber, que la exposición del camarada Lozovski no me ha satisfecho en lo más mínimo. Esperaba más; porque, si las tesis del último congreso tenían validez, hay que tener en cuenta también que ese congreso se celebró hace unos 15 meses381. Y durante estos 15 meses se han desarrollado muchas cosas, no solo en Checoslovaquia, sino también en otros Estados. Quiero adelantar que, igual que los sindicatos, también el partido político emprende en Checoslovaquia acciones comunes en el mejor entendimiento. Quiero señalar que el camarada Lozovski, según la traducción, declaró en su exposición que los expulsados debían agruparse orgánicamente. ¿Qué significa esto? Es construir sobre la vieja tesis del I Congreso. Sobre esta base, los expulsados deben agruparse de nuevo orgánicamente. Esto significa que el camarada Lozovski parte hasta hoy de esas tesis, que no se elaboraron en absoluto para la nueva época y para las nuevas condiciones.

Ahora quisiera preguntar: ¿cómo hay que agrupar a estos expulsados? ¿En federaciones de industria? Si tenemos una federación así que acoja a los expulsados, en seguida vienen los de Ámsterdam: entre nosotros no solo han expulsado a los comunistas, sino también a la federación que había agrupado a los expulsados. Esta federación de expulsados tiene varias decenas de miles de afiliados. Y por eso pregunto: ¿es posible agrupar a los expulsados en una federación de industria? ¿O no sería mejor elegir la forma de una organización que corresponda a todos los grupos que son expulsados por los de Ámsterdam? Esa es la pregunta sin respuesta, y por eso digo: el camarada Lozovski, en su exposición, se apoya solo en las tesis del I Congreso.

Lo que más inseguridad me ha causado es que no se haya preparado el futuro con un objetivo seguro. No quiero nada especial para las condiciones de nuestra república, pero quiero saber que para el futuro se crea un programa claro por el que puedan guiarse nuestros hombres de confianza en todos los Estados; sobre todo hay que decir claramente cómo deben organizarse los expulsados.

Además, el camarada Lozovski opina que, donde los comunistas tengan la mayoría, debemos adherirnos también a la Internacional de Moscú, sin tener en cuenta que la federación esté incorporada a la Internacional de Ámsterdam. ¿Qué consecuencia tiene esto? Los de Ámsterdam en Checoslovaquia son lo bastante listos para no dejarnos llegar a esa mayoría. Cuando hubo pruebas suficientes y vieron que en algunas federaciones las fracciones comunistas habían conseguido la mayoría, no fueron solo algunas personalidades las expulsadas, sino grupos enteros que se habían puesto detrás de las fracciones, y la cosa llegó tan lejos que se pasó a expulsar federaciones enteras.

Lo que expuso el camarada Lozovski en su intervención es algo confuso. Estamos en el terreno del frente único, eso es cierto, pero en el momento en que se presentan camaradas que quieren pertenecer a la Internacional de Moscú, se lleva a cabo la escisión. Así no avanzamos.

Quisiera decir todavía unas palabras sobre mi amigo Heckert, que ha creído necesario rozar a Checoslovaquia en esta cuestión. Dijo: si en Checoslovaquia existieran fracciones en los grupos, el poder de Tayerle no sería tan grande. Es justo al revés: precisamente porque tenemos fracciones, precisamente porque todavía hoy tenemos tantos obreros comunistas en las federaciones, tenemos que dar tanto más valor a que se queden dentro. Pero ¿qué ocurre? En Checoslovaquia hemos tenido congresos de distintas ramas, y antes del congreso los de Ámsterdam expulsaron sin más a los grupos revolucionarios, porque no les convenía dejarlos asistir al congreso. No puede decirse que en Checoslovaquia no haya fracciones; al contrario: en todas partes donde hemos puesto pie firme hemos conseguido tener detrás a la mayoría de los obreros organizados. Y esa es la cuestión principal. Soy de la opinión de que hay que encontrar una vía intermedia. Hay que crear algo para los países que en su desarrollo han ido más allá de lo que alcanzan las tesis del I Congreso. Hay que crear, pues, una federación en la que se incorporen todos los grupos expulsados por los de Ámsterdam.

En Checoslovaquia se ha expulsado a 20.000 obreros textiles. Solicitaron ser admitidos en la federación textil checoslovaca (la federación de Brno). Pero allí se les negó la admisión. Entonces se entablaron negociaciones con la federación socialpatriota de Reichenberg. Así están las cosas entre nosotros. Y por eso quisiera pedir que a nosotros, que estamos más avanzados en el desarrollo, que hasta ahora hemos recorrido en vano todos los caminos porque teníamos que estrellarnos contra la cabezonería y la rigidez de los de Ámsterdam, se nos indique por fin un camino en este aspecto. Para nosotros solo cuenta una cosa: no tenemos otros medios. Existe la posibilidad siguiente: si se expulsara a más federaciones, estas recurrirían al medio de crear una federación general en la que se admitiera a todos los expulsados, para recoger allí a la masa. Si no lo hacemos en el plazo más breve, existe el peligro de que la gente —sobre todo ahora, durante la gran crisis de Checoslovaquia— caiga en la indiferencia. Será deber de la comisión tenerlo en cuenta y darnos en todas partes las instrucciones correspondientes y precisas.

Verwik (Checoslovaquia): Camaradas, la cuestión sindical es el talón de Aquiles no solo de los partidos comunistas, sino de toda la Internacional, y al construir los partidos comunistas no le hemos dedicado la atención que habría merecido. «Las masas están en los sindicatos y tenemos que estar donde están las masas», declaró el camarada Lozovski. Sin embargo, el camino no se ha trazado con suficiente exactitud. El camarada Lozovski habló en su informe de una unidad en los sindicatos, también con los socialpatriotas. El camarada Heckert declaró que quien hoy quiere la escisión lleva agua al molino de los reformistas. La fundación de federaciones rojas independientes no es nuestra fuerza, sino nuestra debilidad. Pero, por otro lado, camaradas, tenemos que reconocer que la línea de la Internacional Sindical Roja no siempre ha sido lo bastante clara. Las masas necesitan para su movimiento una línea clara, nítida y firme. Y esa directriz no la hemos tenido. Hemos tenido instrucciones, desde luego, pero eran bastante nebulosas. No decían ni sí ni no. La posición de la Internacional Sindical Roja admitía dos interpretaciones. Naturalmente, los comunistas la han interpretado siempre hacia la izquierda. Pero cuando las masas se ponían en movimiento en la dirección de la Internacional Sindical Roja y las escisiones parecían inevitables, Moscú nos exhortaba a la prudencia, y a nosotros, como partidos, se nos escapaba la dirección de las manos.

Con tesis y resoluciones nos hemos combatido mutuamente en las direcciones del partido y nuestros camaradas en los sindicatos; hasta las infracciones de la disciplina se han justificado con tesis y resoluciones. Con las tesis, como con la Biblia, se podía demostrar todo, blanco y negro.

En Francia se llegó a la escisión. Luego los de Ámsterdam provocaron la escisión en Checoslovaquia. Incluso Alemania se ve empujada por los socialpatriotas al mismo camino que nosotros. Nuestros camaradas no serán lo bastante fuertes para impedirlo. Los Scheidemann382 todavía temen hoy provocar la escisión, pero lo harán. Con la enorme crisis económica, a los sindicalistas amarillos les interesa aligerar sus fondos sindicales con la salida de sus afiliados. En periodos de paro gigantesco, en que cientos de miles de parados tienen derecho a subsidio, toda ocasión que permita la expulsión de las federaciones por la llamada infracción de la disciplina es bienvenida para ellos. Ya estamos en ese camino.

Solo quiero rozar con unas palabras el desarrollo en Checoslovaquia. Las organizaciones sindicales se reparten en checoslovacas, alemanas, nacionales de ambas naciones y cristianosociales. La comisión sindical checoslovaca, miembro de la Internacional de Ámsterdam, contaba unos 800.000 afiliados; la central alemana, 3.500.000; los nacionalsocialistas383, unos 200.000 afiliados. La central alemana es también miembro de la Internacional amarilla. No piensan en absoluto en una unificación. En ello no solo intervienen condiciones nacionalistas, sino también económicas. Los alemanes, también los socialistas, se cuentan entre los oprimidos nacionales. Ciertamente, no es una posición fundada en el socialismo. Pero es un lazo de unión entre la burguesía alemana y los obreros socialpatriotas alemanes. Hay que considerar además que el 70 % de las empresas del capital están en manos de la burguesía alemana. En cambio, los capitalistas financieramente más débiles, patriotas checos, ocupan el poder del Estado. Entre la burguesía checa y la alemana hay antagonismos. Esto exigiría que la clase trabajadora, sin distinción de nación, formara un frente único contra la burguesía alemana y checa, que compiten entre sí. Pero los reformistas están en contra de una unificación así sobre la base de la lucha de clases. La clase trabajadora, por su lamentable situación, diezmada por el paro y la miseria, tiene que convencerse por sí misma de que solo puede salir de esta situación mediante el derrocamiento de la burguesía.

A la acción común de los capitalistas de ambas naciones, que en tiempos de embestida contra el proletariado han dejado de lado sus hostilidades, hay que responder con una acción común del proletariado. Los salarios se rebajan hasta en un 40-50 %. Las organizaciones sindicales son incapaces de luchar. Todas las luchas terminan con una derrota de los obreros. El partido no tiene una directriz firme en la cuestión de los sindicatos. La indisciplina socava la autoridad del Comité Central. Por ejemplo, la federación de obreros agrícolas no envió delegados al congreso convocado por los de Ámsterdam, a pesar de que el camarada Bolen, presidente de la federación de obreros agrícolas y miembro del Comité Central, había aprobado el acuerdo de participar a toda costa en el congreso. La consecuencia fue que la votación supuso una victoria de los de Ámsterdam. Sin embargo, la mayoría real de los trabajadores estaba con Moscú.

Inmediatamente después, los amarillos empezaron a destrozar nuestras organizaciones; empezaron las expulsiones de personas, de camaradas sueltos, de organizaciones locales y también de federaciones. En esta situación se celebró en Berlín (el 17 de julio) una conferencia en la que se trató la situación de los sindicatos. El camarada Lozovski hizo aprobar una resolución que recomendaba suspender el pago de las cuotas de afiliación. En condiciones normales, esto habría significado una pérdida para los socialpatriotas. Pero en la crisis económica actual significa una victoria para los reformistas, porque con este paso las organizaciones locales se excluyen automáticamente de las federaciones.

El camarada Lozovski señaló que las masas se pasan a los nacionalistas y a los cristianosociales. Entre nosotros no ocurre así. La crisis económica no es natural: la burguesía la agrava artificialmente para doblegar al proletariado paralizando la producción y la exportación. El enorme paro empuja a los que seguían a las organizaciones sindicales en brazos de la indiferencia.

Nosotros, en Checoslovaquia, estamos donde están las masas. En nuestro último congreso se vio que más de 500.000 obreros organizados sindicalmente están en nuestras filas. Ese congreso acordó introducir un tipo de organización nuevo entre nosotros, parecido a la One Big Union384 (una gran unión).

Obligados por el desarrollo, tenemos que mantener este tipo de organización, aunque se nos reproche que significa la destrucción completa o un grave perjuicio del movimiento sindical. Aun así tenemos que mantener esta línea.

El congreso debe determinar nuestra actividad futura. Pero la manera de proceder debe estar trazada con claridad y precisión, teniendo en cuenta que la escisión o bien ya se ha consumado o bien está en vías de producirse. Las directrices futuras deben poder admitir una sola interpretación, y nosotros, como partido, apoyaremos y aplicaremos con todas nuestras fuerzas las resoluciones y tesis del IV Congreso Mundial. Si el camarada Heckert dice que los comunistas se han hecho la guerra entre sí, la nebulosidad de las resoluciones y tesis ha contribuido mucho a ello; para acabar con esas peleas hay que establecer qué es y qué debe ser. Sabemos que los sindicatos constituyen una cuestión vital para el partido, y por eso es muy importante hablar claro. Recomendar a nuestros camaradas de Checoslovaquia que aguanten con los amarillos provocaría desconfianza. Puesto que los socialpatriotas llevan a cabo la escisión de manera planificada, tenemos que atraernos, aplicando bien la consigna del frente único, a los restos que quedan con los socialpatriotas, para formarlos en la lucha de clases contra la burguesía. Para esta tarea hay que indicar un camino acertado.

Kucher (América): ¡Camaradas! No estoy aquí para contaros una larga historia, sino solo para enumerar, lo más brevemente posible, un par de hechos.

En realidad he pedido la palabra únicamente porque el orador que pretendía representar al movimiento obrero americano ha presentado la situación de manera totalmente falsa y ha tergiversado los hechos. Dejo a vuestro juicio decidir si esto ha de atribuirse a falta de comprensión o a mala intención.

Quisiera subrayar que no estoy aquí como representante de un movimiento de oposición en América, sino como representante de un movimiento particular, el de los Sindicatos Independientes, y por encargo del Consejo Obrero Unido de América. Estoy aquí para protestar contra la oposición del grupo de propaganda que ha venido aquí afirmando que habla en nombre de la clase trabajadora americana.

A los Sindicatos Independientes, que por su actividad y su estructura son sindicatos de industria, se los acusa de ser la causa de la debilidad del movimiento sindical en América, y precisamente porque los radicales están en sus filas. Se os ha dicho que el «paralelismo sindical» es la raíz de todos los males; aunque así fuera, los sindicatos conocidos como independientes no serían la causa de ello, porque no son en absoluto «paralelistas».

Deben su origen, en parte, a las innumerables expulsiones, durante años, de sindicalistas radicales y de minorías que, al no poder volver a sus sindicatos afiliados a la Federación, se vieron obligados a unirse y formar organizaciones propias. Además, como la American Federation of Labor385 se limitaba a agrupar a los obreros cualificados en organizaciones de oficio cerradas e ignoraba sin más a las grandes masas de obreros no cualificados y semicualificados, los obreros relegados fundaron de manera totalmente espontánea sus propios sindicatos, a menudo solo locales, que quedaron aislados. Estas organizaciones se negaron a afiliarse a la Federación o a sus sindicatos.

Para unificar y enlazar la actividad de todos estos grupos fue necesario formar el Consejo Obrero Unido. Este consejo debía coordinar el trabajo y reunir los sindicatos afines en «un sindicato en cada industria». Los Sindicatos Independientes existentes nunca han seguido la política de la escisión ni la de obligar a las minorías a retirarse del llamado «movimiento general». El campo para nuestra actividad entre los no organizados era grande; hemos trabajado también en esa dirección y vemos que los obreros responden al llamamiento a formar sindicatos de industria. Los obreros reconocen en general la debilidad de las organizaciones de oficio, y aunque los radicales quisieran entrar en la Federación, las masas no los seguirían. Lo único que conseguiríamos sería desacreditar por completo a los radicales, que hoy gozan de la confianza de los obreros.

Decir, ante estos hechos, que el Consejo Obrero Unido de América solo puede crecer a costa de los sindicatos afiliados a la Federación demuestra la falta de conocimiento de estos representantes autodesignados de América.

Se nos acusa de intentar formar una federación paralela, cuando solo nos esforzamos por reunir las distintas fuerzas que están fuera de la Federación, para crear una política única y unos objetivos únicos en todo el movimiento, de modo que algún día tengamos un movimiento unido que pueda y quiera luchar por los obreros contra las potencias capitalistas unidas.

Estamos de acuerdo con el programa de la Internacional Sindical Roja y protestamos contra ciertos elementos de América que tergiversan el objetivo del programa para sus propios fines.

Todos los que no entienden nada del movimiento americano afirman que los Sindicatos Independientes son formaciones artificiales creadas con el fin de fundar «sindicatos ideales». No es así. El movimiento de los Sindicatos Independientes en América es el resultado de un desarrollo natural y, en la medida en que sigue la línea del desarrollo, tenemos que reconocerlo como un factor y tenerlo en cuenta como tal en nuestro trabajo.

En el acta taquigráfica del discurso de apertura del camarada Zinóviev encontramos que estimaba en 8.000 el número de afiliados comunistas en América, mientras que del informe del representante de la Liga para la Educación Sindical386, que habló antes, deducimos que la Liga cree tener 422.000 miembros activos en los sindicatos. El camarada Zinóviev señaló la incompatibilidad de estos informes; dijo que era antinatural que el partido fuera tan débil y pudiera, sin embargo, ejercer una influencia tan fuerte en el terreno económico.

En cuanto al problema americano, yo había esperado que vosotros, y muy especialmente los camaradas rusos y alemanes, os propusierais examinar las distintas fases del movimiento americano antes de decidiros definitivamente sobre la liquidación o disolución de grupos que pasan por revolucionarios o por Sindicatos Independientes. Mientras estoy aquí, quisiera protestar contra el abuso de la prensa oficial por parte de una fracción del movimiento que solo expone su propio punto de vista, sin aportar, sin embargo, hechos concretos que lo fundamenten. Si fuera solo una cuestión de hechos, bien; pero en este caso las tergiversaciones eran tan grandes que admitir semejante publicación es un crimen contra el movimiento. Quisiera hacer constar que, en lo que respecta a los Sindicatos Independientes, pidieron su adhesión inmediatamente después de la fundación de la Internacional Sindical Roja. La gran masa de los combatientes, la gran masa de los obreros radicales se sintió atraída con toda naturalidad por los sindicatos revolucionarios. La adhesión a la Internacional Sindical Roja se aprobó por unanimidad. En ello se ve el estado de ánimo de los obreros de esos sindicatos.

Hay otro punto que también debería subrayarse. Un orador americano anterior ha dicho que los Sindicatos Independientes deberían disolverse e incorporarse a la American Federation of Labor. Su consigna es: «¡A las masas!». Pero en la Federación no encontramos a las masas. El orador anterior sobre la cuestión americana dijo que en América hay 36 millones de obreros que podrían entrar en la Federación. Pero nunca ha habido en la Federación más de 4.500.000 obreros, y hoy apenas se encontrarán allí mucho más de 2 millones, y ni siquiera esos. Las masas no quieren entrar en la Federación. Están en contra de la Federación. La esperanza de que se pueda mover a las masas a entrar en la Federación quedará sin duda incumplida. La Federación se ha desacreditado de tal modo que las masas no responderían al llamamiento. Si la consigna es «¡Hacia las masas!», muy bien, vayamos hacia ellas, pero no las busquemos en el edificio ruinoso de la Federación. El argumento principal es que hay que entrar en la Federación para reformarla. Pero una organización como la Federación no puede reformarse. Entender el movimiento americano es saber que toda idea de reformar la Federación es inútil.

Hay todavía muchas cosas de las que quisiera hablar a propósito de la agitación que ha destruido las filas del movimiento americano, o al menos ha sembrado la inquietud en ellas. Pero ahora quiero abstenerme. Quisiera hacer la siguiente propuesta. Nosotros, en los Sindicatos Independientes, reconocemos que, en la medida en que en la American Federation of Labor hay ciertos elementos valiosos y en la medida en que existe allí una estructura que puede aprovecharse al menos para un fin, debe trabajarse en la Federación, no para reformarla (pues eso es casi imposible), sino para desenmascarar los métodos empleados por la burocracia reaccionaria; además, para continuar la agitación por una fusión general por industrias, no porque esperemos poder lograrla, sino como medio de propaganda. Por esta razón vemos con simpatía la idea de que la Liga para la Educación Sindical limite su trabajo a la Federación misma. A los Sindicatos Independientes debe confiárseles la responsabilidad exclusiva del trabajo entre los Sindicatos Independientes y los obreros no organizados.

Si la Liga para la Educación Sindical demuestra su valor con su actividad en la Federación dentro de estos límites, y los Sindicatos Independientes, alentados y respaldados, continúan su trabajo entre los Sindicatos Independientes y los obreros no organizados —si cada una de estas organizaciones trabaja en su terreno—, entonces el éxito definitivo entra en el ámbito de lo posible. Para estas dos líneas de trabajo hay que crear una organización intermedia que pueda coordinar y armonizar el trabajo de ambos grupos y, al mismo tiempo, ejercer una actividad común en los dos grupos. Esta es una posibilidad que está abierta al movimiento americano. Se objeta que así se crea un movimiento paralelo. No es así. Solo se crea un eslabón intermedio que reúne el trabajo de los dos grupos para realizar acciones simultáneas. Sabemos, y hemos visto lo suficiente para poder confirmar el hecho, que la Federación se ha pronunciado a favor de la expulsión de todos los comunistas de sus filas. ¿Hay que dejar, pues, que estos grupos sean simplemente echados de los sindicatos y luego puestos a un lado? Eso es lo que ocurrirá, porque hasta ahora no tenemos ningún aparato que pueda dirigir la agitación por la permanencia en la Federación, y mientras no se cree un aparato así, toda la actividad tiene que ejercerse con independencia de la Federación. Hay que crear una organización que acoja a todos los elementos que no pueden luchar por el regreso a la Federación. Mientras la Liga para la Educación Sindical no tenga al menos algo parecido a una organización para la lucha por la readmisión de los elementos expulsados, mientras no hayáis fundado un comité central o un consejo para reunir la actividad de estos dos grupos, no podréis contar con un movimiento unitario en América. Cuanto antes lo comprendáis, mejor.

La desgracia ha sido que muchos de los que se llaman dirigentes o representantes tienen poca comprensión real del movimiento en América. Ha sido, en lo principal, una discusión puramente teórica sobre lo que debería hacerse, mientras que nunca se han tocado los hechos. Solo hay una pregunta: «¿Cuáles son los hechos?», y luego, ¡actuar en consecuencia! Esa gente se ha fabricado una teoría e intenta adaptar los hechos a esa teoría. No quiero ocupar más vuestro tiempo, pues solo quería subrayar estos puntos. Esta es nuestra posición, y estamos convencidos de que todo el problema debería discutirse a fondo, especialmente si se considera el desarrollo en otros países, donde el movimiento se escinde. Es un problema que tendremos que resolver tanto en América como en Inglaterra.

Rosmer (Francia): Estoy completamente de acuerdo con lo que ha expuesto el camarada Tasca. Solo que llego a una conclusión distinta de la suya y pido que se mantenga el artículo 20 de las tesis propuestas. No tengo mucho que decir sobre la conducta del Partido Comunista Francés. Lo que ha expuesto aquí el camarada Lauridan da a los delegados una imagen clara de la actividad —mejor dicho, de la inactividad— del Partido Comunista en el terreno del movimiento sindical.

Todos los hechos que ha citado son ciertos. Algunos pueden parecer secundarios, por ejemplo los que se refieren a la conducta de L'Humanité durante el proceso de los socialistas revolucionarios387; pero el camarada Lauridan solo ha mencionado este ejemplo para subrayar que en esta cuestión la federación sindical del Norte tuvo que tomar la iniciativa que el partido no tomó.

Naturalmente, no quería decir con ello que L'Humanité no hubiera hablado nunca del proceso. Quería decir solamente que L'Humanité no había dicho lo que los obreros franceses esperaban de ella como respuesta a las mentiras de la prensa burguesa y socialdemócrata.

En cuanto a la manera de ver la cuestión sindical que tienen los dirigentes del partido francés, el camarada Lozovski ha leído aquí esta mañana, entre otras cosas, dos fragmentos de un artículo del secretario administrativo del partido. Lo que da a este artículo una importancia especial es que su autor no es un miembro cualquiera del partido. Es miembro del Comité Central y secretario administrativo del partido, y escribió este artículo justo después de haber firmado con los demás miembros del Comité Central una declaración en la que afirma que quiere aplicar la política de la Internacional Comunista. Después de hacer esta hermosa declaración, escribe un artículo en el que comenta una moción sobre la cuestión sindical. Cita un pasaje de esa moción en el que se dice que el Partido Comunista es el partido que mejor encarna las aspiraciones de la clase obrera y el más capaz de asegurar la defensa de la clase obrera. Pero añade en seguida que esa es una formulación del todo extravagante y peligrosa, que el Comité Central «naturalmente» no puede aceptar.

Podrían citarse otros pasajes. Pero no es muy útil, y para nosotros es también un poco humillante tener que trazarles a ustedes este cuadro del partido francés. Como ha dicho el camarada Tasca en su discurso, la cuestión sindical es el núcleo de la cuestión francesa, y mientras el partido no haya resuelto esta cuestión, es evidente que no puede considerársele un partido comunista.

¿Por qué hemos incluido, entonces, en las tesis sometidas al congreso este § 20, sobre el que tanto hemos discutido ya con el camarada Azzario en la sesión de la comisión?

El camarada Azzario dijo, igual que hoy el camarada Tasca: ¿para qué ocuparse en las tesis y resoluciones generales del caso particular de Francia? Si hay que tomar disposiciones especiales sobre Francia, todavía tendremos tiempo de hacerlo cuando se trate la cuestión francesa, al discutir la resolución con la que habrán de cerrarse los debates sobre esta cuestión.

Nosotros opinamos que, aun así, hay que incluir en estas tesis un párrafo especial. ¿Por qué? Precisamente por esta situación del Partido Comunista Francés.

Antes del congreso tenían ustedes una idea más o menos aproximada de la conducta del partido francés. Ahora la conocen con toda exactitud. Saben que el partido francés no solo no ha dado todavía el primer paso en la cuestión sindical, sino que ni siquiera quería darlo. Más aún: cuando algunos miembros del partido exigen que el partido salga de esa pasividad, que manifieste su voluntad de ser un verdadero partido obrero comunista, pueden contar con seguridad con que los miembros del Comité Central los desautorizarán de la manera más brutal y con que los atacarán de manera artera camaradas que, por razones políticas, hacen causa común con los sindicalistas contra ellos. Esa es hoy la situación en Francia. Frente al Partido Comunista, que no tiene una política sindical propia, está la CGTU388, que naturalmente mantiene el vínculo con las masas y que con su actividad representa bastante bien el comunismo en Francia, o en todo caso lo representa mejor que nadie en las circunstancias dadas, mejor que el partido.

El partido aprueba las resoluciones de la Internacional Comunista; cuando se le vuelven a presentar esas resoluciones, vuelve a aprobarlas; pero no cambia nada. Su política sigue siendo idéntica a su política anterior.

Todas las batallas económicas las ha librado la CGTU, y el Partido Comunista se ha limitado a prestarle su apoyo incondicional.

En el § 20 de las tesis exponemos la situación general de Francia, donde existe un poderoso movimiento sindicalista revolucionario y hay un partido comunista que todavía no es un partido comunista. No queremos atenuar en lo más mínimo las consideraciones generales que acaban de oírse, ni queremos moderar en modo alguno los principios ni los métodos de la Internacional Comunista.

Esperamos con confianza que en un momento dado, incluso en Francia, estos principios y estos métodos dejen de parecer cosas extravagantes y que se apliquen exactamente igual que ya se aplican, sobre todo, en Italia.

Los camaradas de la izquierda tienen de las relaciones con la CGTU una concepción muy distinta de la de los camaradas que han estado hasta ahora a la cabeza del partido. Opinan que las relaciones del partido con la CGTU solo adquirirán el carácter que deben adquirir sin falta en interés tanto de la propia organización sindical como del partido y de todo el movimiento obrero cuando su punto de vista se haya impuesto. Como acabo de decirles, nuestras teorías difieren de las de nuestros camaradas sindicalistas; mientras ellos sigan siendo sindicalistas revolucionarios y nosotros comunistas, entre nosotros hay diferencias teóricas serias e importantes.

¿Debemos ocultar estas diferencias? No. O bien continuamos lo que hemos hecho hasta ahora: una política de renuncia del partido frente a la CGTU. Esa no es una política comunista y es incompatible con la esencia del Partido Comunista; esa política es, en cierto modo, la causa de todas las dificultades que se manifiestan ahora en el partido francés.

Creemos, por el contrario, que reconocer las diferencias teóricas que nos separan de los sindicalistas, e incluso subrayarlas si es necesario, no puede tener consecuencias desagradables y no perturbará en modo alguno el trabajo en común que debe existir entre la CGTU y el partido. Estamos convencidos, en cambio, de que en cuanto el partido exponga su orientación con toda firmeza y con la mayor energía, el trabajo, tras algunas discusiones y quizá también algunos roces inevitables con los camaradas de la CGTU, se desarrollará en condiciones mucho más favorables. Los sindicalistas revolucionarios sentirán por el partido una estima que hoy no sienten. ¿Qué respeto va a sentir hoy un sindicalista por el Partido Comunista Francés, mientras este no se distinga esencialmente del viejo Partido Socialista?

Ya se ha dicho que la fórmula de la subordinación de los sindicatos al partido, que tan a menudo aparece en las controversias, es una fórmula imposible, que en ningún caso expresa la concepción comunista de las relaciones entre el partido y los sindicatos. Pero si se observa lo que sucede ahora en Francia, lo que hay que constatar en realidad es más bien una subordinación del partido a la CGTU.

Cuando una organización obrera toma una decisión, vota un orden del día que a veces contiene declaraciones abiertamente anticomunistas, esa decisión o ese orden del día se entrega a L'Humanité para que lo publique, y si el redactor correspondiente se permite añadir un breve comentario en el que declara que el texto contiene cosas que ningún comunista puede aceptar, eso provoca cierto escándalo. Tan acostumbrados están a que toda comunicación, sea cual sea su carácter y su importancia, se acoja sin crítica, sin comentario.

Y he de decir que ese es un punto de vista que comparte también la dirección de L'Humanité.

Cachin: ¡Permítame una rectificación!

En efecto, en dos ocasiones vino a L'Humanité una delegación de la CGTU. Vino a quejarse:

  1. por no haberse publicado una resolución oficial adoptada por el buró de la CGTU o por la Unión de Sindicatos del Sena; 2. porque un artículo oficial entregado a un redactor de L'Humanité no se publicó con su texto íntegro, sino que se le intercalaron comentarios dentro del texto.

La delegación vino a decirnos simplemente: no le negamos en absoluto a L'Humanité el derecho a criticar nuestros textos. Pero, puesto que L'Humanité es un periódico de la clase obrera, debe publicar nuestros textos y luego comentarlos como le parezca; solo pedimos que el comentario no se intercale en el texto.

Esa fue la única queja que se nos pidió examinar para ver si estaba justificada.

Reconozco que la dirección de L'Humanité dijo a los camaradas encargados de la redacción de la sección «Vie sociale» (vida social): creemos que es justo que el texto oficial de la CGTU aparezca en el periódico y que el comentario venga después.

En cuanto al segundo incidente al que usted alude, ocurrió lo siguiente: la CGTU nos trae un artículo; el artículo no aparece. Entonces la CGTU protesta por medio de una segunda delegación.

También en este caso la dirección de L'Humanité admitió que era necesario que al menos el artículo apareciera y que el comentario viniera después.

Esos son, expuestos con exactitud, los hechos a los que usted alude y que usted —permítame decírselo— no ha relatado con exactitud.

Rosmer: Si expusiera aquí todas las quejas que los comunistas tienen contra L'Humanité en el asunto de la cuestión sindical, necesitaría para ello mucho más tiempo que el cuarto de hora que se me ha concedido.

En la comisión francesa tendremos tiempo de discutir estos hechos y estas concepciones, y hablaremos también de algunos editoriales aparecidos últimamente en los que se trata este asunto directamente o con alusiones.

Solo quería mostrar con ejemplos cuál es la situación en Francia, ya que esta discusión sobre el artículo 20 se mantiene con el camarada Tasca. He mostrado hasta qué punto el Partido Comunista carece de toda iniciativa en el terreno de las cuestiones de la lucha obrera, cómo se limita a secundar a la CGTU y a ayudarla. He insistido ante el camarada Tasca en que esta situación, que hemos tenido en cuenta al redactar el artículo 20, tiene su lugar en las tesis generales.

Pues aunque estas tesis sean de carácter general, examinan problemas concretos de la acción sindical, hablan de la unidad, de la escisión, de la propaganda en las federaciones internacionales de industria, y la cuestión ya no es la misma que en el segundo congreso, cuando se trataba de establecer por primera vez el papel del partido y las relaciones entre el partido y los sindicatos.

El camarada Azzario deseaba también que la comisión incluyera en los textos propuestos una disposición que recordase ese papel del partido y la táctica de la Internacional Comunista en el terreno del movimiento sindical. Le hicimos ver que es del todo superfluo volver a introducir ahora ese texto. Le dijimos: para vosotros, los italianos, es superfluo reproducirlo, puesto que habéis llevado a la práctica su contenido. Si queréis que se publique de nuevo para Francia, eso no sirve de nada, porque el problema francés es mucho más difícil de resolver.

En Francia hay que empezar el trabajo de nuevo. En Italia habéis aplicado ya sistemáticamente la táctica establecida por la Internacional Comunista. Pero en Francia la situación es completamente opuesta. El trabajo todavía no se ha emprendido; hay que empezarlo para que el partido francés llegue a ser un partido comunista, y creo que precisamente por eso es muy oportuno incluir en un texto de carácter general un párrafo especial referido a Francia. Naturalmente, si se tratara de una cuestión de principio, si se tratara de restringir uno de los principios fundamentales de la Internacional Comunista en la cuestión de las relaciones entre partido y sindicatos, seríamos los primeros en oponernos. Pero repito una vez más que se trata de una cuestión de carácter práctico; se trata de caracterizar una situación dada para deducir de ella la forma de la acción que hay que emprender.

Por esta razón pido a nuestro camarada Tasca y a nuestros camaradas italianos que no insistan en su moción de suprimir el artículo 20. En cambio, podemos asegurarles que esto no debe entenderse en modo alguno como si estuviéramos dispuestos a menoscabar de algún modo los principios de las tesis adoptadas por la Internacional Comunista sobre la cuestión de las relaciones entre partido y sindicatos.

Presidente: Camaradas, el resumen final del camarada Lozovski se aplaza a mañana. El Presidium ha decidido conceder todavía esta noche la palabra a un camarada turco que tiene que hacer una comunicación muy urgente e importante.

Orchan (Turquía): Camaradas, todos ustedes han leído en los periódicos las noticias sobre las detenciones en masa de comunistas en Asia Menor y sobre la disolución del Sindicato Obrero Turco en Constantinopla. Para que comprendan bien estas represalias y el significado de esta nueva orientación del kemalismo, considero necesario informar al congreso sobre la actividad del Partido Comunista de Angora y de Constantinopla y sobre la política del gobierno nacionalista.

El Partido Comunista de Turquía se fundó en el momento en que el gobierno nacionalista burgués —que había sabido ponerse a la cabeza del movimiento de liberación iniciado por los obreros y los campesinos— se volvía contra los intereses más vitales de las masas trabajadoras; por eso, en el momento de su fundación, el Partido Comunista de Turquía se encontró frente a dos enemigos: el imperialismo y la burguesía nacionalista. El partido consideró que la lucha contra el imperialismo, su mayor enemigo, tenía una importancia primordial, y decidió por tanto apoyar al gobierno mientras este luchase contra el imperialismo, pero siguió reclamando reformas democráticas para los obreros y los campesinos y trabajando en su organización. Estas decisiones estaban de acuerdo con las resoluciones del II Congreso sobre la cuestión nacional y colonial. Desde su fundación hasta hoy el partido no ha cambiado nada de esta política. Como prueba, les citaré como ejemplo las proclamas del partido al ejército, a los obreros y a los campesinos, en las que los exhorta a luchar hasta la victoria final. Por otra parte, en una proclama al ejército y a las masas trabajadoras griegas, las llamó a sublevarse y a desorganizar el ejército, que solo combatía en provecho de la burguesía griega y del imperialismo inglés.

Muy recientemente publicó también otra proclama en la que exhortaba a los habitantes de Constantinopla a formar el frente único contra la reacción y el imperialismo, a no dejar escapar al sultán y a llevarlo ante el Tribunal Supremo del Pueblo.

El gobierno de la Gran Asamblea Nacional, surgido del movimiento de independencia, que siempre había proclamado la defensa del Pacto Nacional389 y la lucha contra el imperialismo apoyándose en todo el Oriente, ha demostrado durante sus tres años de actividad que eso no era más que una política de engaño. Muy edificantes son a este respecto los hechos siguientes:

  1. Cuando el gobierno estaba a punto de entablar sus primeras relaciones con el gobierno soviético, sus delegados enviados a Moscú afirmaron que en el país existía un gran partido comunista, que este partido agrupaba sobre todo a los campesinos y que en varias localidades funcionaban ya incluso consejos campesinos.

  2. Para engañar a la Rusia soviética, en los primeros tiempos de su existencia formó, con el nombre de «Ejército Verde», un llamado partido bolchevique compuesto exclusivamente de elementos burgueses.

  3. Tras la llegada de la primera legación soviética a Angora, fundó con los restos de ese Ejército Verde, con altos funcionarios e intelectuales, un partido comunista oficial.

  4. Para agradar a los gobiernos imperialistas, la delegación que se dirigía a la Conferencia de Londres390 anunció en todas las capitales que acababan de dar muerte a unos 20 comunistas, entre ellos nuestros camaradas más destacados, Subhi391 y Edhem Nedjat, que darían muerte también a todos los demás comunistas encarcelados y que la plaga bolchevique no azotaría este país.

  5. El tratado concluido con los franceses en 1921392 demuestra que el gobierno se aleja del Oriente y que hace concesiones a costa del Pacto Nacional.

  6. Por último, las represalias contra el Partido Comunista y contra el Sindicato Obrero Turco coinciden con la fecha de la convocatoria de la Conferencia de Lausana393.

En cuanto a la política interior del gobierno de Angora, consistió en impedir que cualquier grupo o partido con un programa de reformas democráticas trabajase con independencia, en aniquilar toda oposición antes de que se fortaleciera o llegara a consolidarse, y en engañar al pueblo con promesas solemnes. Esta política se concreta en los hechos siguientes:

  1. Suprimió el «Grupo Popular» formado en el seno de la Gran Asamblea Nacional, que defendía un amplio programa de reformas.

  2. Rechazó el sistema de elección por profesiones propuesto durante la elaboración de las leyes constitucionales.

  3. Para suprimir los grupos de oposición existentes en la Gran Asamblea Nacional creó el «Grupo de la Solidaridad» y, para asegurar su dominio sobre las amplias capas del pueblo, formó en todas las partes de Asia Menor grupos compuestos exclusivamente de miembros de la burguesía, de terratenientes y de otros especuladores. 4. Pese a sus promesas, no llevó a cabo ninguna reforma en favor de las masas trabajadoras; al contrario, impide por todos los medios la fundación de sindicatos y asociaciones obreras y deja que los campesinos se hundan bajo el peso de impuestos insoportables.

Las relaciones del partido con las masas

Las consignas lanzadas por el partido encontraron un fuerte eco en las amplias masas de obreros y campesinos explotados, de modo que los más conscientes de ellos ingresaron en el partido. Pese a las repetidas represalias del gobierno contra el partido, los obreros y los campesinos se aferraron cada vez más a él. En poco tiempo obtuvo éxitos importantes. Durante el segundo período de su actividad —de marzo de 1922 a octubre de 1922— hizo un trabajo valioso en el terreno de la propaganda y la educación, así como en el de la organización sindical roja y la organización de la juventud comunista. Cuando el gobierno advirtió su gran influencia sobre las masas, se vio llevado a poner fin a su actividad.

Constantinopla

Quiero decirles todavía algo sobre el movimiento obrero y sobre la influencia del grupo comunista en Constantinopla, donde acaba de disolverse el Sindicato Obrero Turco con el pretexto de que hacía propaganda comunista. Allí el trabajo era mucho más difícil. No hace falta, camaradas, que describa la situación difícil y trágica en que se encuentran los camaradas que luchan contra el gobierno reaccionario turco y contra todo el imperialismo, ese enemigo declarado del comunismo. Pero pese a todas las dificultades, pese a todo el terror, el grupo comunista de Constantinopla, que trabaja en la ilegalidad desde hace casi dos años, supo conquistar una influencia considerable entre las masas, formando células en las fábricas, en los talleres y casi en todas partes donde hay trabajadores, publicando legal e ilegalmente folletos, revistas, manifiestos y estudios, y distribuyendo numerosas publicaciones de la prensa comunista que recibe regularmente de las organizaciones comunistas.

Naturalmente, es imposible contarles esta noche todo lo que ha hecho el grupo comunista de Constantinopla; pero para darles una idea de su actividad, quiero mencionar que en julio reunió a las organizaciones obreras más importantes de Constantinopla para realizar el frente único proletario contra la ofensiva general del capital.

Sin embargo, la «Unión Obrera Internacional», que hasta entonces habíamos considerado la organización obrera más consciente, saboteó esta iniciativa para establecer el frente único. Esos camaradas decían que la clase obrera aún no estaba preparada y que ante todo había que instruirla. Les respondimos que son los dirigentes quienes no quieren la unidad, pero que esta se logrará por la acción y en la acción. Les dijimos también que, si hoy no lográbamos realizar esa unidad, la burguesía aniquilaría después a todas las organizaciones obreras que no están unidas entre sí. Los hechos nos han dado la razón. Hoy vemos los resultados.

La nueva orientación del gobierno. Perspectivas

En cuanto a la nueva orientación del kemalismo, podemos decir en resumen que la burguesía nacionalista turca, que en la Conferencia de Londres estaba llena de odio contra el imperialismo, ante la posibilidad de participar en la explotación de las masas trabajadoras turcas ha transformado su política de guerra a ultranza en una política de concesiones y de traición. Desde la Conferencia de Londres la burguesía nacionalista ya no tiene mentalidad revolucionaria. Y ahora el gobierno de Angora, que quiere obtener en la Conferencia de Lausana las condiciones de paz que necesita en interés de su existencia y en interés de la gran burguesía a la que representa, se dispone a hacer concesiones respecto al Pacto Nacional a costa de las masas trabajadoras.

El gobierno de Angora, como ven, no se ha quedado al margen de la ofensiva general del capital dirigida contra el proletariado y contra los comunistas. Cuando la camarada Clara Zetkin denunció en la sesión de apertura del congreso las persecuciones de comunistas en Italia, Polonia, Rumanía, Grecia, Letonia, etc., ya teníamos en nuestro poder el telegrama que nos informaba de las bárbaras represalias del gobierno de Mustafá Kemal contra el Partido Comunista de Turquía. Con razón llamamos bárbaras a estas represalias, pues los policías, provistos de navajas de afeitar y de hierros puntiagudos, torturaron inhumanamente a los presos.

En las detenciones en masa, el gobierno de Mustafá Kemal ha acusado a los camaradas detenidos de haber hecho espionaje en favor de la Rusia soviética y de haberse hecho culpables con ello de alta traición. Según los últimos informes recibidos, las detenciones continúan. El número de detenidos pasa de 200; en la propia Constantinopla se ha cerrado el Sindicato de los Obreros de Turquía y se persigue a los comunistas. En ningún país se habían practicado hasta ahora, en tiempos normales, detenciones en tan gran escala. Pero pese a estas represalias y a este terror, los obreros y los campesinos, que ahora han aprendido a conocer a sus verdaderos amigos y enemigos, se unen aún más estrechamente a su partido, cosa que podemos probar citando algunos hechos.

  1. Al detener a los obreros comunistas de la fábrica de municiones de Angora, los obreros no comunistas preguntaron por el motivo de las detenciones. Cuando se les respondió que los detenidos eran comunistas, declararon: puesto que detenéis a los que defienden los intereses del proletariado, podéis detenernos también a nosotros. Hasta ahora no éramos comunistas, pero ahora lo somos.

  2. El llamamiento de un obrero comunista que protestó contra este acto arbitrario y exhortó a los obreros a unirse en torno al Partido Comunista fue apoyado por la mayor parte de los obreros presentes. Hubo un choque, y los oficiales que acudieron solo a duras penas pudieron restablecer el orden.

  3. En las detenciones en las organizaciones campesinas, los campesinos opusieron una resistencia bastante seria.

  4. En Constantinopla, pese a la dictadura y al terror conjunto del imperialismo y de la burguesía, los comunistas siguen en su puesto de lucha.

¡Camaradas! Por lo que os he comunicado habéis podido ver que los partidos comunistas de Turquía y de Constantinopla han apoyado siempre el movimiento de liberación nacional en el sentido de las directivas de la IC. Los partidos comunistas, teniendo en cuenta la situación general, han dedicado su actividad a organizar e instruir al proletariado y han reclamado reformas democráticas para las amplias masas obreras. Pero el gobierno nacionalista burgués, pese a la actitud complaciente y benévola del partido, lo ha perseguido siempre, y ahora vemos que está decidido a aniquilar todo movimiento revolucionario y comunista.

Es realmente extraño que el gobierno, en su ciega política anticomunista, proceda de este modo en un momento en que todas las fuerzas imperialistas se han unido para consumar el sometimiento completo de Turquía y en que el gobierno necesita en la mayor medida el apoyo de las masas trabajadoras y de todo el proletariado mundial. Pero los golpes de respuesta, que no se harán esperar por parte de las propias masas trabajadoras y del proletariado mundial, que las ha apoyado en estos tres años de lucha, le mostrarán claramente la gran estupidez y el gran crimen que ha cometido.

¡Camaradas! La delegación turca propone al IV Congreso de la IC dirigir, en nombre del proletariado mundial, la siguiente carta abierta al pueblo trabajador de Turquía, que languidece bajo la dictadura del imperialismo y del gobierno de la traición nacional, así como a los camaradas detenidos, que esperan con valor en las cárceles el gran día próximo de la liberación:

Sigue el «Llamamiento a las masas obreras de Turquía», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

(Se aprueba la resolución por unanimidad.)

Se levanta la sesión a las 11.30 de la noche.

Decimoctava sesión, martes 21 de noviembre de 1922

Contenido: Cuestión sindical. Declaración de la delegación rusa. Moción del Presidium y declaración de la delegación italiana sobre la cuestión del programa.

Ayuda Obrera.

Oradores: Lozovski, Neurath, Murphy, Bujarin, Zinóviev, Bordiga, Rádek, Béron, Münzenberg.

Apertura: 12 del mediodía.

Preside: Neurath.

Lozovski: Camaradas, el debate que se desarrolló ayer después de mi informe muestra, ante todo, que en el aspecto de principio y en el fondo del asunto somos de la misma opinión. Pero entre nosotros hay algunas divergencias sobre la forma y los métodos del trabajo práctico de los comunistas en los sindicatos. A mi juicio, algunos camaradas han expresado ideas equivocadas. Empiezo por las objeciones del camarada Heckert.

Señalé en mi discurso que en Alemania se han dado ciertos casos en que nuestros camaradas no actuaron con bastante habilidad y en que los resultados de su actuación repercutieron desfavorablemente en el movimiento comunista. Solo quiero citar dos ejemplos: el de la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales y el de la Federación de Obreros Agrícolas. Estamos completamente de acuerdo con nuestros camaradas del KPD en que en la Unión no todo está en orden. ¿Qué es la Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales? Es una organización que abarca diversos elementos sindicalistas, comunistas y sin partido; a esta organización pertenecen muchos obreros atrasados que, en el aspecto teórico y práctico, no tienen todavía una idea clara y definida del comunismo, pero que son revolucionarios buenos y combativos. Es natural que ante una organización así las formas y los métodos de nuestra influencia tengan que ser distintos que ante una organización que está directamente adherida al Partido Comunista. Cuando dentro del Partido Comunista nos encontramos con un embrollo, con una confusión, tomamos contra ello medidas resueltas, de carácter tanto de partido como organizativo y político general. Pero cuando nos encontramos con una confusión así en una organización sin partido, tenemos que desplegar una amplia actividad educativa, política y organizativa para elevar a esas masas sin partido al nivel de la consciencia de clase comunista.

La divergencia entre el camarada Heckert y yo no está en la cuestión de si hay que desplegar esa actividad para elevar la consciencia comunista de las masas proletarias, sino en la cuestión de cómo y en qué formas debe ejercerse esa influencia. La crítica que nuestros camaradas alemanes han hecho de la Unión es, naturalmente, justa en su fundamento: la Unión es una organización confusionista; pero toda una serie de pasos que dieron los camaradas alemanes contra la Unión fueron equivocados, porque con su actuación podían alejar del Partido Comunista a buenos elementos revolucionarios. Sumamente característica a este respecto es una reunión de funcionarios del partido y de los sindicatos que se celebró en Berlín. En la cuenca del Ruhr, en un conflicto entre los mineros y los patronos, la vieja Federación de Mineros propuso notificar a los patronos la huelga que los mineros tenían la intención de declarar al cabo de dos semanas. Cada obrero tenía que firmar una notificación individual de la huelga. Era un rodeo sumamente anormal, pero que aun así podía ejercer cierta presión sobre los patronos. La federación reformista tomó esta decisión pensando que la amenaza de huelga calmaría a las masas obreras, excitadas por la ofensiva de los patronos. Pero los unionistas declararon que esa táctica era inaceptable para ellos. Declararon que era una forma oportunista, que solo reconocían métodos de lucha revolucionarios y que no querían firmar ni enviar tales notificaciones a los patronos.

El partido se opuso a la táctica de la Unión y declaró a los unionistas: los reformistas dan un paso determinado; haced lo mismo, pero decid a la vez a los obreros: «Este paso es insuficiente; en la lucha contra el capital hacen falta métodos más radicales, más revolucionarios; pero si no firmáis esa declaración recomendada por la vieja Federación de Mineros, los obreros revolucionarios dirán que no hacéis más que soltar frases revolucionarias y que rechazáis la lucha común». La Unión no tenía razón en ese caso, porque partía de principios abstractos, «eternos», y no de las exigencias de la realidad.

Organizamos en Berlín una reunión en la que participó también el camarada König, secretario de la organización comunista de Renania-Westfalia. En esa reunión pregunté al camarada König: «¿Cuántos miembros tiene la organización de Renania-Westfalia de la Unión?». Me respondió: 70.000. ¿Y cuántos miembros tiene el partido? La respuesta fue: 29.000. Y a mi última pregunta: «¿Cómo es posible que, teniendo 29.000 miembros en el partido, no seáis capaces de influir en la Unión?», el camarada König me respondió francamente: «También entre los comunistas reina la confusión». A lo que yo declaré: «Si el embrollo es tan fuerte también en las filas del partido, este, antes de querer extirpar el confusionismo entre los unionistas sin partido, tiene que curarse a fondo a sí mismo».

Ciertamente, en comparación con todo el movimiento obrero alemán, la Unión es una fuerza insignificante: solo tiene 150.000 miembros; pero entre ellos hay 120.000 mineros de la cuenca del Ruhr, y esa es una magnitud que de ningún modo se puede ignorar ni pasar por alto.

La ISR y la IC han logrado resolver el conflicto que empezaba a surgir entre el KPD y la Unión. Todas las propuestas de la ISR se aprobaron finalmente en el último congreso de la Unión.

El camarada Heckert plantea la pregunta de cómo podemos organizar a los obreros que salen de los sindicatos, puesto que, si asumimos esa tarea, favorecemos la política de escisiones. Opino que tenemos que pensar a fondo esta cuestión. Tomemos, por ejemplo, la Federación alemana de Obreros Agrícolas. La Federación de Obreros Agrícolas contaba con 500.000 miembros, y quizá más. En dos años esta federación ha perdido de 200.000 a 300.000 miembros. Estamos ante una alternativa: o nos quedamos pasivos y decimos: «Bien, podéis iros», o el KPD asume la tarea de organizar a esos obreros que salen de la federación.

¿Se nos puede acusar, por organizar a esos elementos que salen de los sindicatos, de escindir el movimiento sindical? Naturalmente que no. Si no organizamos a esos obreros, no somos comunistas. Para nosotros, marxistas, la organización no es un fin, sino solo un medio para alcanzar nuestro fin. Luchamos por la unidad del movimiento sindical, pero no podemos sacrificar a principios abstractos la organización de cientos de miles de obreros.

Paso ahora a Francia. Algunos camaradas dirán que el discurso del camarada Lauridan es un grito de guerra contra el sindicalismo. No soy de esa opinión. Su discurso es un llamamiento a la dignidad comunista. Lauridan nos ha hablado de las cosas más corrientes, pero a la vez más necesarias para todo comunista. Lo que él quiere lo queremos también nosotros. Queremos que los comunistas sigan siendo comunistas siempre y en todas partes, en los sindicatos y en las cooperativas. Tienen que ser comunistas en todas partes y actuar no aisladamente, sin cohesión, sino unidos por una voluntad comunista colectiva. Ante todo planteamos la pregunta de si el Partido Comunista Francés ha tenido una política sindical propia. Tenía resoluciones sobre la cuestión sindical, pero ninguna política sindical, porque no había influencia colectiva ni voluntad de llevar a cabo esa política sindical. Queremos que los comunistas apliquen nuestras consignas prácticas, nuestras ideas, nuestras concepciones, nuestras resoluciones y nuestros métodos de la lucha de clases. Para ello es necesario que dondequiera que haya aunque solo sean tres comunistas, esos comunistas lleguen siempre a un acuerdo cuando haga falta.

Cuando llegué a Saint-Étienne394, pregunté a nuestros camaradas comunistas: ¿cómo es posible que 2.000 o 3.000 anarquistas tengan en los sindicatos más influencia que el Partido Comunista, que cuenta 100.000 miembros? ¿Significa eso que un anarquista vale por 50 comunistas? Eso solo es posible si los comunistas no quieren hacer un trabajo comunista y si cada comunista se considera independiente de su partido. Un comunista que no es agresivo no es comunista. No me refiero a una agresividad de palabra, sino de hecho, a una agresividad en la lucha activa contra la burguesía, en la que el comunista tiene que estar siempre delante. Ser comunista no significa solo tener un carné de miembro; significa tener una convicción profunda de que el programa comunista y la táctica comunista son justos.

¿Es cierto, pregunto, que en los órganos del Partido Comunista publicaron anarcosindicalistas artículos dirigidos contra la IC, contra la ISR y contra el propio Partido Comunista Francés? Reconocerán ustedes que así fue, en efecto. ¿Es cierto que anarcosindicalistas desplegaron su propaganda en órganos del Partido Comunista Francés? Sí, es cierto. Podría citar cientos de ejemplos. ¿Es cierto que hubo un bloque entre algunos anarcosindicalistas y miembros del Partido Comunista? (Interrupción de Lauridan: Se firmó un pacto secreto.) ¡Sí, por cierto! Unos comunistas firmaron un pacto secreto con anarcosindicalistas.

¿Y cómo reaccionó el PC ante la publicación de ese pacto? Cuando se publicó el pacto, el CC del partido no tomó ninguna medida para llamar al orden a esos comunistas, enemigos del comunismo y del PC, que habían firmado en secreto ese pacto.

Cachin: Permítame: había una comisión sindical encargada del trabajo en los sindicatos. El presidente de esa comisión era el camarada Tommasi395, del ala izquierda. No dio al CC ni un solo informe sobre esos hechos. Hay que establecer con exactitud las responsabilidades y no cargarlas siempre sobre las mismas personas. (Interrupción de Pacquereaux: Eso es una acusación contra la otra corriente.)

Lozovski (continuando): Puede estar seguro de que en este momento no quiero acusar a nadie. Creo que estará de acuerdo conmigo en que el presidente de una comisión, sea cual sea la corriente a la que pertenezca —la izquierda, la derecha o el centro—, debe ser apartado del partido si no cumple sus obligaciones. (Aplausos. Interrupción de Lauridan: ¡Muy bien!) Ni la comisión sindical ni el CC hicieron nada contra los miembros del partido que habían firmado un pacto anticomunista. Sostengo que eso es un fenómeno anormal; tanto si son camaradas de la izquierda como de la derecha u otros los que faltan a su deber, la responsabilidad recae sobre el conjunto. Puede constatarse hoy que el partido en su conjunto tiene en el movimiento sindical francés una influencia que no corresponde a sus fuerzas. Si el Partido Comunista tuviera cohesión y unidad en su actuación, su influencia sería diez veces mayor.

Hay además otra cuestión, quizá un poco delicada, que quisiera tocar aquí. Todavía antes del congreso de Saint-Étienne leí un artículo del camarada Frossard en el que escribe, entre otras cosas: «En el movimiento sindical seguimos las gloriosas tradiciones de Jean Jaurès». Sentimos el más profundo respeto por la memoria de Jaurès. Pero sus tradiciones no son, sin embargo, tradiciones comunistas. Podemos decirlo sin temor a ofender su memoria. Jaurès fue uno de los dirigentes más destacados de la II Internacional. Pagó con su vida su profunda convicción. Pero el respeto por su nombre no debe llevarnos a afirmar que todo lo que hizo fue acertado. No, la táctica de Jaurès es del todo inaceptable para el Partido Comunista. Si los partidos comunistas vivieran de tradiciones, conseguirían muy poco. Hay tradiciones útiles con las que tenemos que contar y tradiciones malas que tenemos que rechazar.

En el movimiento sindical francés hay también otro tipo de tradiciones. Las tradiciones del proletariado industrial del norte de Francia son distintas de las tradiciones de los pequeños artesanos de París. La fuerza de las regiones industriales está en la unión del movimiento sindical con el político. Y si hay que tener en cuenta las tradiciones, yo preferiría las tradiciones del norte de Francia como las mejores.

Por último, algo más sobre Francia. Durante todo el período más reciente, el Partido Comunista Francés no ha tenido una posición definida y clara en la cuestión del movimiento sindical. Más aún: tenía miedo de adoptar esa posición y miraba constantemente de reojo a los sindicalistas. Pero los comunistas franceses, aun reconociendo plenamente la autonomía de los sindicalistas, no deben olvidar que ellos mismos son igual de autónomos e independientes, y deben tener el valor de no estar siempre pendientes de los sindicalistas, sino de expresar su propia opinión.

Paso ahora a Italia, al discurso del camarada Tasca. El camarada Tasca nos ha pintado aquí un cuadro triste, en el que se mencionaba incluso a Bernstein y su reformismo. ¿Qué fue lo que, en mi informe, dio material para el cuadro desolador que pintó el camarada Tasca? ¿Qué le asustó tanto? Fue mi afirmación de que no se puede adaptar la vida a las tesis, sino que hay que construir las tesis de acuerdo con las exigencias de la vida. En estas palabras cree ver algo que recuerda a Bernstein. Naturalmente, lo que dije no tenía nada en común con los principios de Bernstein.

Los reformistas dicen que el objetivo final puede alcanzarse mediante reformas, sin esfuerzo de lucha. Nosotros, en cambio, declaramos: sobre la base de la lucha diaria podremos organizar un ejército capaz de combatir, vencer a la burguesía y realizar nuestro objetivo final, el comunismo.

Nuestro objetivo final es el comunismo. ¿De qué manera podemos llegar a ese objetivo final? De distintas maneras, porque la situación de la clase obrera en los distintos países tiene sus particularidades y los distintos países se encuentran en distintos grados, en distintas etapas del camino que lleva a nuestro objetivo. Debemos tener en cuenta esas particularidades de cada país y aplicar en consecuencia una u otra táctica. Entender así la cuestión no equivale en modo alguno a la renuncia bernsteiniana al objetivo final. Los temores del camarada Tasca carecen, pues, de todo fundamento.

Hoy tenemos frente a nosotros fuertes federaciones reformistas en las que hay que realizar un gran trabajo educativo para cambiar la ideología de las masas obreras. De ese objetivo nos separa una distancia bastante considerable, porque todavía tenemos que superar toda una serie de dificultades históricas. Esas dificultades consisten en las relaciones anormales de algunos partidos comunistas con los sindicatos, surgidas sobre la base de las tradiciones del socialismo parlamentario.

¿En qué consiste la esencia del § 20 de mis tesis? Este párrafo dice que en los países donde el partido todavía no se ha fortalecido lo suficiente y donde se desarrolla una lucha interna hay que crear entre sindicatos y partido unas relaciones recíprocas que correspondan a la situación del momento. En Francia, como es sabido, se formó dentro de los sindicatos un partido propio con el nombre de sindicalismo. Nuestra tarea consiste en reunir a los mejores elementos del actual Partido Comunista y de los sindicatos. Sobre el terreno de la acción común, los mejores elementos de ambas organizaciones se irán acercando cada vez más, y cristalizará un verdadero Partido Comunista unitario, lleno de voluntad de lucha, que será una auténtica vanguardia del proletariado francés. Los dos partidos, el sindicalista y el comunista, no se desarrollan en líneas paralelas que no se encuentran nunca; sus líneas confluirán, y entonces el Partido Comunista Francés quedará organizado definitivamente.

Cuando establecemos los principios de nuestro trabajo en uno u otro país, tenemos que partir de la relación real de fuerzas y de las relaciones recíprocas que se han formado en cada país entre las organizaciones sindicales y el partido. Por esta razón incluimos el § 20 en las tesis. Al hacerlo, seguimos el consejo de Lassalle396: decir lo que es, decir la verdad, sea cual sea.

El camarada Tasca dijo en su discurso que la ISR no es más que una oficina de propaganda y que, si quisiera ser algo más, si quisiera convertirse en un centro que agrupe al movimiento sindical revolucionario internacional, provocaría con ello una escisión del movimiento sindical mundial. Esa es una afirmación equivocada. Somos, naturalmente, una oficina de propaganda, pero a la vez somos también una organización, y lo peculiar de la ISR es que agrupa tanto a las organizaciones revolucionarias directamente adheridas a ella como a las minorías revolucionarias de las federaciones sindicales que pertenecen a Ámsterdam. La ISR es una verdadera organización internacional, que goza entre las masas obreras de una gran autoridad moral y política. Si decidiéramos sacar en todos los países de las federaciones de Ámsterdam a las masas obreras que simpatizan con nosotros y ponerlas en relación directa y exclusiva con la ISR, eso significaría una escisión. Pero como no queríamos la escisión, dijimos: pese a las grandes dificultades, permanecemos dentro de los sindicatos de Ámsterdam y trabajaremos en ellos en interés de la ISR.

El camarada Tasca ha hablado de los consejos de fábrica. Esta cuestión se trató ya en el segundo congreso, y no creo que sea necesario discutirla ahora. El movimiento de los consejos de fábrica en Alemania es hoy un gigantesco movimiento de masas. Pero repito que no vamos a discutir aquí esta cuestión, ya que se tratará en las tesis sobre la táctica general de la IC.

Luego está la cuestión de cuándo pueden las organizaciones nacionales declarar su adhesión a la ISR. Es una cuestión de táctica. Cuando en un país la confederación sindical central está de nuestro lado, declaramos: tenéis que adheriros a la ISR. Para mayor claridad quiero ilustrar esta cuestión con un ejemplo. Propusimos a la Confederación General del Trabajo italiana, en la persona de sus representantes oficiales, que se adhiriera a la ISR. Esos representantes firmaron con nosotros un documento que luego ellos mismos rompieron. Tanto si la organización oficial se adhiere a nosotros como si no, en todo caso estamos en contra de la escisión. Una cosa está clara: en los sindicatos hay que desplegar una actividad comunista revolucionaria. Tenemos que empujar a la acción a las organizaciones reformistas. En cada país hay que encontrar formas y métodos de trabajo que acerquen plenamente a nosotros, en el plano ideológico, a las amplias masas obreras, y que conserven así la unidad del movimiento sindical.

Pero algunas organizaciones sindicales interpretan, por lo visto, de manera equivocada la táctica prudente que recomendamos en la cuestión de la adhesión a la ISR. En Noruega, por ejemplo, el 80 % de los obreros simpatizan con nosotros. La organización central de los sindicatos noruegos ha decidido ya dos veces adherirse a nosotros, pero sus vacilaciones continúan porque el 20 % de los miembros de los sindicatos noruegos simpatizan con Ámsterdam. ¿Es una escisión que una organización sindical que solo tiene un 10 o un 20 % de miembros de mentalidad reformista se adhiera a nosotros? ¡Sin duda que no! Declaramos: la minoría tiene que permanecer en el sindicato y someterse a la mayoría —y así actuamos también nosotros cuando estamos en minoría—; pero en todo caso la mayoría no puede someterse a la minoría. Cuando nuestros partidarios forman la mayoría en una organización sindical, la adhesión oficial a la ISR es su deber.

Ahora, sobre las federaciones internacionales. Nadie puede poner en duda el derecho de los comités internacionales de propaganda a hacer propaganda a escala nacional e internacional. Un sindicato que se adhiere a una organización que despliega una actividad de propaganda sigue siendo a la vez miembro de la federación internacional correspondiente. Continúa su trabajo en la federación internacional y se esfuerza por sustraer al influjo ideológico de esta el mayor número posible de sus organizaciones y por ganarlas para nuestro credo político. No queremos provocar la escisión en las federaciones internacionales de industria. Cuando los sindicatos rusos y búlgaros propusieron que se los admitiera como miembros de las federaciones internacionales, se los echó. Volvieron, y de nuevo se les enseñó la puerta; volverán otra vez, porque no quieren la escisión. Pero si los de Ámsterdam solo representan a las cúpulas sindicales y los obreros nos siguen a nosotros, no retrocederemos ante la creación de nuestras propias organizaciones internacionales.

La última cuestión que queremos tocar aquí es la de Checoslovaquia. En Checoslovaquia hay hoy dos tipos de organizaciones sindicales. La escisión se produjo en Checoslovaquia más o menos del mismo modo que en Francia. También allí hubo expulsiones en masa de obreros revolucionarios de los sindicatos; la minoría se organizó luego y convocó un congreso para restablecer la unidad.

En este momento estamos ante un hecho consumado. Tenemos que vérnoslas con dos organizaciones paralelas. Quiero señalar un rasgo característico de la actividad de nuestros camaradas en Checoslovaquia. Hace unos diez meses, en marzo, los comunistas tenían la posibilidad de obtener la mayoría en el congreso de las organizaciones centrales de los sindicatos. ¿Pero qué ocurrió? En Checoslovaquia hay, aunque menos que en Francia, un número bastante grande de comunistas que quieren ser «independientes» del partido. La gran federación de obreros agrícolas, a cuya cabeza está el camarada Bolen, se negó allí antes del congreso a pagar las cotizaciones y, al mantenerse durante seis meses en esa postura, consiguió que sus representantes no fueran admitidos en el congreso.

¿Qué hizo ante esto el partido? —Debo mencionar de paso que el camarada Bolen, que está a la cabeza de la federación de obreros agrícolas, es a la vez miembro del CC del partido—. No hizo nada. Los reformistas habrían tenido exactamente tantos votos como los comunistas si 50 camaradas no se hubieran quedado fuera del congreso únicamente por la cuestión del dinero. Pero en aquel momento el Partido Comunista de Checoslovaquia temía obtener la mayoría en ese congreso, porque después habría tenido que afrontar muchas dificultades. ¿Y qué ocurrió al final? Los reformistas expulsaron a los sindicatos revolucionarios y llevaron a cabo una escisión que se produjo en condiciones muy difíciles para nuestros camaradas.

A mi regreso de Saint-Étienne mantuve negociaciones con los camaradas de Checoslovaquia, y elaboramos formas adecuadas para hacer frente a esa escisión. Fijamos una serie de métodos de lucha y dijimos claramente que no queríamos la escisión.

Hay todavía una cuestión sobre la que quiero llamar su atención. Nuestros camaradas checoslovacos decidieron en su congreso crear una organización unitaria, es decir, suprimir las distintas federaciones independientes (de modo parecido a lo que se hizo en Francia en el departamento del Mosela); las distintas federaciones de industria debían convertirse en secciones de una organización sindical nacional unitaria. Cuando los camaradas nos enviaron este proyecto, les dijimos: ¡cuidado, eso es el futuro de la organización y no su presente! Hoy hay todavía entre los obreros de orientación comunista muchos prejuicios corporativos difíciles de superar, y el intento de crear de golpe una organización unitaria acabada provocará sin duda una oposición desde dentro.

Trataremos esta cuestión más detenidamente en el congreso de la ISR, donde se discutirán en toda su amplitud las cuestiones de organización y las de las relaciones entre las secciones locales y el centro. Pero hay que subrayar que la IC y la ISR declararon a los camaradas: tened cuidado, en este camino habrá dificultades, porque encontraréis resistencia, resistencia en vuestras propias filas. (Interrupción de Lauridan: Las mismas dificultades hubo en la unificación de los sindicatos en el departamento del Mosela. Es cierto.) Mi conclusión es sumamente sencilla: el comunismo internacional representa hoy una fuerza muy grande. Podemos decir que es la única fuerza revolucionaria del mundo entero. Si discutimos con tanta pasión, con tanto calor y a veces incluso con dureza las cuestiones de cada país, es porque la táctica equivocada de un país repercute también en otros países. La indecisión y las vacilaciones en un país desbaratan el frente comunista unitario y hacen retroceder a todo el comunismo internacional. Queremos que nuestro trabajo esté organizado en todos los países de tal modo que nuestra influencia se refuerce día a día. No queremos un comunismo francés, holandés o alemán, como ocurría en la II Internacional, donde el socialismo tenía un carácter nacional. Nos distinguimos de las demás Internacionales en que la IC y la ISR son verdaderas organizaciones mundiales, en las que el interés internacional prevalece sobre los intereses nacionales.

Mediante la crítica mutua, el trabajo colectivo y la mejora colectiva de nuestra actividad en cada país daremos a la Internacional Comunista la posibilidad de llevar con seguridad su tarea —el derrocamiento del capitalismo— hasta el final victorioso. (Aplausos.)

Presidente: Tenemos que elegir ahora una comisión encargada de redactar de nuevo las tesis sindicales antes de que se sometan a votación del congreso. El Presidium propone elegir para esta comisión a los camaradas siguientes:

Lozovski (Rusia), Rosmer (Francia), Heckert (Alemania), Lansing (América), Tasca (Italia), Pavlik (Checoslovaquia), Kolárov (Bulgaria).

¿Alguien desea la palabra sobre estas propuestas?

Murphy (Gran Bretaña) propone elegir para esta comisión, por Inglaterra, al camarada Clark.

Presidente: Se propone que, además de los nombrados, se elija para la comisión al camarada Clark por Inglaterra.

¿Hay alguien en contra de las propuestas? No es el caso. Puesto que no hay ninguna objeción a ninguna de las propuestas, la comisión queda elegida con esta composición.

Camaradas, volvemos a tratar la cuestión del programa. Tiene primero la palabra, en nombre de la delegación rusa, el camarada Bujarin.

Bujarin: En nombre de la delegación rusa tengo que hacer la siguiente declaración:

«Dado que la disputa sobre la formulación que debe darse a las reivindicaciones transitorias y sobre la parte del programa en que deben situarse ha dado, de manera completamente errónea, la impresión de una oposición de principio, la delegación rusa confirma por unanimidad que el establecimiento de reivindicaciones transitorias en los programas de las secciones nacionales y su formulación general y su fundamentación teórica en la parte general del programa no pueden considerarse oportunismo.

En representación de la delegación rusa:

Lenin, Trotski, Zinóviev, Rádek, Bujarin».

Presidente: El Presidium se ha ocupado detenidamente del asunto y ha elaborado una moción. Sobre ella tiene la palabra el camarada Zinóviev.

Zinóviev: Me limitaré a leer esta moción. Según se nos comunica, la apoyan también varias delegaciones que ya han tenido ocasión de conocerla, en primer lugar la alemana, la rusa, la checoslovaca, la polaca, la búlgara y algunas otras.

La moción dice así:

Sigue la «Resolución sobre la cuestión del programa de la Internacional Comunista», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: El Presidium opina que esta moción puede aprobarse sin discusión. Pero, aun así, consideramos que las delegaciones, aunque la mayoría ya se ha pronunciado a favor de la moción, deben tener otra vez ocasión de tomar posición. Por ello suspendo la sesión durante 20 minutos. (Pausa.)

Llamo la atención sobre lo siguiente. Según estoy informado, todas las secciones están de acuerdo en principio con la propuesta del Presidium. Pero la delegación italiana ha declarado que, aunque también ella está de acuerdo en principio con nuestra propuesta, tiene la intención de hacer una declaración. Ahora bien, se me informa de que, si la sección italiana hace una declaración, también otras secciones harán declaraciones. Por eso me dirijo a la sección italiana con el ruego de que renuncie a su declaración.

Bordiga: La delegación italiana está de acuerdo en que su declaración figure en el acta sin leerse, pero no puede renunciar a la declaración misma.

(Interrupción de Rádek: ¡Entonces que la lea, mejor!)

Presidente: La sección italiana está de acuerdo en que su declaración no se dé a conocer aquí, sino que solo se incluya en el acta.

Rádek: Es un malentendido: la delegación italiana no renuncia a ella; solo quiere que su declaración figure en el acta. Pero lo que figura en el acta tiene que darse a conocer también en la sesión misma.

Presidente: Bien, daremos a conocer esta declaración a la asamblea si la delegación italiana no renuncia a que figure en el acta.

Bordiga: Hay precedentes de este tipo. Si el camarada Rádek cree que no puede incluirse en el acta una declaración que no se haya leído en la sesión, la delegación italiana insiste en que se lea su declaración.

Béron (lee la declaración): La delegación italiana vota a favor de la resolución que aplaza la cuestión del programa, pero desea que conste en el acta que habría preferido que el programa de la Internacional Comunista se discutiera y aprobara en este congreso. Está de acuerdo con el criterio de redacción del programa defendido por el ponente Bujarin y opina que la cuestión del tipo de programa, aun aplazando su redacción definitiva, debería haberse precisado con más exactitud en este congreso.

Presidente: ¿Desea alguna otra delegación hacer una declaración? No es el caso. ¿Hay alguien en contra de la propuesta del Presidium? No es el caso.

Se considera, pues, aprobada por unanimidad la propuesta del Presidium.

Antes de pasar al siguiente punto del orden del día, doy todavía la palabra al camarada Zinóviev.

Zinóviev: Solo quiero subrayar muy brevemente por qué hemos propuesto aprobar esta resolución sin discusión. Espero expresar con ello la opinión de la gran mayoría de todos los presentes.

Pensábamos que una discusión mutilada, demasiado recortada, un sucedáneo de discusión, en la situación dada, solo podía hacer daño. Por eso hemos propuesto —y sin duda contará con el acuerdo de la mayoría de todos los presentes— aprobar la resolución sin empezar una discusión recortada que, como he dicho, en esta cuestión tan complicada solo podría hacer daño.

Espero que la salida que hemos encontrado sea la mejor.

Presidente: Pasamos al siguiente punto del orden del día: la Ayuda Obrera. Tiene la palabra el camarada Münzenberg.

Münzenberg397: ¡Camaradas! He dividido mi informe en dos partes. Hablaré unos minutos de la campaña de ayuda contra el hambre que se ha llevado a cabo y en la segunda parte me ocuparé de las cuestiones actuales de la ayuda económica.

Es evidente que no voy a entrar aquí en las causas, la extensión y el curso de la hambruna misma. Esos hechos los conocen de sobra la mayoría de los delegados. De la catástrofe del hambre en Rusia del año pasado, que Lenin calificó de mayor dificultad para la reconstrucción de la Rusia soviética, ha informado ampliamente toda la prensa, toda la opinión pública. Basta con recordar brevemente una vez más que unos 40 millones de personas quedaron directamente expuestas al hambre y que unos 3 millones murieron en el curso de la hambruna.

Lo importante es que el hambre fue vencida y derrotada, no por la ayuda extranjera, no por la ayuda burguesa ni por la obrera, sino únicamente por la Rusia soviética.

Me había propuesto no dar hoy casi ninguna cifra, pero en esta cuestión tengo que dar dos, porque la opinión pública más amplia está completamente desinformada sobre la ayuda que realmente se prestó para vencer el hambre.

Todo el extranjero, todos los gobiernos, las sociedades de la Cruz Roja, la ARA398, Nansen399, los cuáqueros, junto con la Ayuda Obrera, transportaron a Rusia hasta el 1 de agosto de 1922 33 millones de puds de cereal; la propia Rusia reunió 165 millones de puds de víveres y 31 millones de puds de grano para la siembra, en total, pues, 196 millones de puds de cereal. Todo el extranjero, todas las sociedades juntas aportaron una sexta parte de lo que la propia Rusia hambrienta hizo para combatir el hambre.

El hambre en la región del Volga desencadenó una acción de solidaridad obrera como no la habíamos conocido hasta ahora —podemos decirlo sin exagerar— en la historia del movimiento obrero socialista. La acción estalló espontáneamente, antes incluso de que ninguna dirección de organización, ninguna ejecutiva de partido hubiera dirigido un llamamiento a los obreros. Obreros alemanes, austriacos y holandeses iniciaron colectas importantes en cuanto llegaron las primeras peticiones de ayuda. La acción abarcó a todos los países; tanto en el Japón como en la India, en América del Norte y del Sur y en todos los países europeos se llevaron a cabo campañas de ayuda contra el hambre.

En la mayoría de los países la acción duró más de un año, casi sin debilitarse. En el curso de la acción hubo toda una serie de conmovedoras manifestaciones de solidaridad fraternal con la clase obrera rusa. Ocurrió que en Inglaterra, y sobre todo en Holanda, buen número de mujeres obreras sacrificaron su última joya, casi siempre su anillo, por los hambrientos de la Rusia soviética; que hijos de obreros vaciaron sus huchas y contribuyeron con sus lápices y sus cuadernos; que en Alemania presos de fortaleza ayudaron a los hambrientos de Rusia con su escaso peculio.

En los últimos decenios ha habido pocas acciones del proletariado tan populares y que abarcaran capas tan amplias como la acción por la catástrofe del hambre en Rusia. No quiero aburrirles con cifras, pero voy a leerles unas líneas del informe de Bulgaria:

«Cuando se celebra una boda, cuando alguien tiene un hijo, cuando se entierra a alguien, cuando ocurre cualquier otro acontecimiento en la familia, siempre se piensa en los hambrientos de Rusia. Pueden registrarse muchos casos de mujeres que renunciaron a cumplir ritos religiosos y donaron a los hambrientos de Rusia el dinero que solían gastar en ellos. Muchos dejaron de fumar durante semanas, otros renunciaron a afeitarse; incluso ha ocurrido que algunos camaradas renunciaran a varias comidas al mes para poder enviar a la ayuda contra el hambre el dinero así ahorrado».

No son fenómenos aislados. Los cito como prueba de hasta qué punto esta acción ha abarcado a los círculos más amplios, también no comunistas, y ha despertado y acrecentado la atención y la solidaridad hacia Rusia.

El camarada Zinóviev ha señalado en su informe que esta acción figura entre las más notables de la IC en el último año. Es indiscutiblemente cierto que casi todos los partidos y grupos comunistas, con muy pocas excepciones, participaron en esta acción y ayudaron a llevarla a cabo. Pero hay que constatar, y precisamente aquí, en este lugar, que diversos camaradas y grupos del partido mostraron una concepción y una valoración de la acción completamente distintas. En Alemania hubo todo un grupo de camaradas que solo veía en la acción una actividad filantrópica de limosna y la valoraba en consecuencia. Creo que no hay nada más falso que ver en la acción pasada y en la acción económica que se avecina únicamente una actividad de colecta, una actividad de carácter filantrópico. El peso principal no está en ese lado, sino más bien en el lado político.

La campaña de ayuda contra el hambre que ha terminado tenía que cumplir grandes tareas políticas, que solo cumplió en parte, precisamente porque a veces las masas tuvieron que empujar primero a círculos comunistas para que llevaran la acción con la amplitud necesaria.

¿Cuáles fueron las consecuencias inmediatas cuando estalló el hambre? Las consecuencias inmediatas fueron que toda una serie de gobiernos burgueses intentaron intensificar su táctica de chantaje frente a la Rusia soviética. En septiembre y octubre de 1920 el mundo estaba lleno del ruido de sables de los militaristas polacos y franceses. Y así como en la guerra anglo-rusa y polaco-rusa los obreros ingleses lograron ejercer tal presión sobre Inglaterra que la disuadieron de prestar el apoyo militar proyectado contra la Rusia soviética, así la campaña de ayuda contra el hambre de la Komintern, con el apoyo parcial de la Internacional sindical —hay que reconocerlo aquí— y de amplias masas indiferentes, logró crear un estado de ánimo que impidió a Francia llevar a cabo sus planes contra Rusia con la amplitud con que seguramente se habían proyectado entonces en los gabinetes tras las primeras noticias de la región del hambre.

En el curso de la acción, la presión fue en aumento y la opinión pública creció en favor de los hambrientos, en favor de la Rusia soviética, en tal medida que incluso gobiernos reaccionarios como el de Francia se vieron obligados a asignar y emplear fondos para los hambrientos.

Una segunda tarea política se le planteaba a la acción en el enfrentamiento con la II Internacional y la Internacional Dos y Media y con los sindicatos que las acompañan. Bajo la influencia directa de las manifestaciones espontáneas de masas en favor de los hambrientos, en agosto y septiembre de 1921 las direcciones oficiales de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media, sus sindicatos y sus partidos se declararon a favor de una amplia campaña de ayuda a los hambrientos. Pero unos pocos meses después, cuando la presión de las masas ya no pesaba tan directamente sobre las direcciones, vacilaron e intentaron en seguida aprovechar la catástrofe del hambre contra Rusia y, sobre todo, contra la Rusia soviética. Todos los periódicos socialdemócratas montaron una campaña de lo más brutal, más o menos en este tono: ¡Ved adónde lleva el comunismo, el bolchevismo! Es la barbarie. Recuerdo solo las palabras del diputado Wels en el último congreso socialdemócrata, que declaró: ¿Qué es el bolchevismo? ¡Es el camino de vuelta al capitalismo pasando por el canibalismo! En ese tono estuvieron durante meses los periódicos de la socialdemocracia en todos los países occidentales. Aquí la tarea de los partidos comunistas era hacer frente a esa campaña de agitación, mostrar las verdaderas causas del hambre. Las verdaderas causas no eran el bolchevismo, sino las gentes que impidieron que se levantara el bloqueo, que apoyaron las expediciones militares contra Rusia. Aquí nuestra prensa solo cumplió una parte de su tarea. (¡Muy bien!) La prensa socialdemócrata hizo la campaña contra Rusia en un marco mucho más amplio y con mucho más despliegue que la prensa comunista la campaña en favor de Rusia. Camaradas, la gran importancia política de la campaña de ayuda contra el hambre que ha terminado estaba precisamente en partir del interés que amplios círculos obreros sintieron por la Rusia soviética a raíz de la discusión pública de la catástrofe del hambre en la región del Volga; en partir de ahí, mediante conferencias, revistas populares y otros actos, para reunir a las masas e instruirlas sobre el origen y el curso de la revolución rusa y presentar los sacrificios y el hambre como un eslabón de toda esa cadena. Dondequiera que nuestros comités y partidos lo han sabido hacer, podemos hablar de un buen éxito político.

Recuerdo solo América y Japón, dos países muy típicos. Gracias a la ayuda contra el hambre y a su acción, por primera vez fue posible en América del Norte trabajar con orientación comunista en amplios círculos sindicales y reunir a grandes y amplios círculos sindicales en una campaña de ayuda bajo el control del Partido Comunista. Lo mismo hay que decir del Japón. En el Japón se han creado 12 grandes organizaciones, sobre todo organizaciones obreras, federaciones sindicales, y entre ellas incluso asociaciones burguesas de mujeres, que colaboran en un comité. De este modo se logró por primera vez que amplias masas participaran en discusiones sobre la Rusia soviética, sobre la revolución proletaria, etc.

Seré breve, pero aun así quisiera aprovechar la ocasión para llamar la atención sobre otro aspecto político, y es la cuestión del efecto de la acción dentro de la propia Rusia soviética. Las organizaciones burguesas no solo intentaron utilizar en el extranjero la catástrofe del hambre contra la Rusia soviética, sino que intentaron también, dentro de la Rusia soviética, soliviantar a los obreros y campesinos que sufrían contra el gobierno soviético y lanzarlos contra el gobierno soviético. La campaña de ayuda americana anunciaba junto a cada perol en el que repartía puré de guisantes, en un cartel con letras grandes y anchas: «Nosotros, la burguesía americana, os ayudamos, después de que hayáis caído en esta situación espantosa bajo el régimen del bolchevismo». La Internacional sindical envió durante meses a varios delegados por las regiones del hambre, donde en todas partes se hacían entregar por los campesinos y los obreros declaraciones de simpatía por la Internacional sindical de Ámsterdam. Y entonces, camaradas, pasamos a confiar toda la instalación a un aparato de distribución y a centros de abastecimiento especiales —en Samara, en Sarátov, en Oremburgo, en los Urales y en Crimea—, para levantar un dique contra esa explotación inaudita de la penuria de la Rusia soviética y entregar en nombre de la Internacional Comunista a los campesinos y a los obreros necesitados el pedacito de pan, el pedacito de carne que podíamos darles. Estos campesinos y obreros rusos no están, naturalmente, al nivel ni tienen la formación intelectual que quizá tienen los participantes en este IV Congreso Mundial comunista. En sus cabezas la cosa se refleja todavía de manera algo más sencilla y primitiva. Hasta entonces solo habían oído hablar de la Internacional Comunista por las crónicas de los congresos, en forma de resoluciones y de declaraciones de los obreros occidentales en favor de la Rusia soviética. En el curso de la campaña de ayuda contra el hambre vivieron por primera vez la Internacional Comunista en carne y hueso. Vivieron una acción efectivamente práctica, con la que se les ayudaba. Así, la campaña de ayuda contra el hambre logró dentro de la propia Rusia éxitos políticos muy positivos para la Internacional Comunista.

Camaradas, unas palabras más sobre el curso efectivo de la campaña de ayuda contra el hambre. También en esto, por los informes continuos, la mayoría de los camaradas conoce en gran parte el curso efectivo de la acción. Naturalmente, desde el Ejecutivo de la Internacional Comunista habíamos intentado lograr un frente único de los obreros en la campaña de ayuda contra el hambre. Hubo negociaciones con las direcciones de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media y con la Internacional sindical. El resultado fueron dos conferencias comunes en Berlín, pero sin consecuencias organizativas positivas. Solo en Italia y en Checoslovaquia se llegó pasajeramente a formar un comité común con representantes de los distintos partidos, cooperativas y sindicatos. Pero a los pocos meses, cuando se puso en el orden del día la cuestión del empleo de los fondos, los comités saltaron en pedazos, porque los socialdemócratas checoslovacos exigían a toda costa que los fondos se entregaran a Ámsterdam.

La acción de ayuda obrera a los hambrientos de Rusia se desarrolló entonces en dos grandes marcos: por una parte, en el marco de la Internacional sindical y, por otra, en el marco de la organización de la Internacional Comunista.

Una palabra sobre la manera de proceder de la Internacional sindical de Ámsterdam. El trabajo de la Internacional sindical de Ámsterdam contó con el apoyo de todos los partidos socialdemócratas y de los partidos centristas independientes que entonces todavía existían. También bajo la presión de las manifestaciones espontáneas de la voluntad de ayuda de las masas, la oficina de Ámsterdam encontró palabras muy duras y muy sensatas.

En diversos periódicos aparecieron manifiestos que decían: ¡Obreros, ayudad a la Rusia soviética, porque si la Rusia soviética se hunde, la desgracia caerá sobre toda Europa! Los órganos centristas y otros órganos socialdemócratas silenciaron esos manifiestos. Cuando más tarde decayó la agitación en la prensa, también decayó la cosa en la Internacional sindical de Ámsterdam, y desde hace medio año puede considerarse que el trabajo está suspendido. Según el balance de abril de 1922, los sindicatos y los socialdemócratas reunieron con esta campaña de ayuda en total 1.400.000 florines holandeses. Con ese dinero alimentaron durante varios meses a 40.000 niños y dieron una vez paiok400 a 50.000 ferroviarios.

Todavía menor, y casi demasiado modesta, es la ayuda de las cooperativas internacionales, ya que en realidad solo las cooperativas checoslovacas e italianas han aportado donativos dignos de mención en ropa, etc.

Ahora, unas palabras sobre el curso de la acción de la Internacional Comunista. Después de fracasar el plan de unir a todos los sindicatos y partidos obreros en un enorme frente único contra el hambre en Rusia, el Partido Comunista intentó ganar para su campaña de ayuda, directamente en las empresas y en los sindicatos, a la masa más amplia posible. Eso se logró con buen resultado en algunos países, por ejemplo en Suiza, en Holanda, en Escandinavia y en parte también en América. Grandes grupos de obreros simpatizantes y amplios círculos de obreros indiferentes fueron ganados para la acción por la actividad del Partido Comunista. El resultado material de la acción fue inesperadamente bueno. Cuando iniciamos la acción, ninguno de nosotros habría creído posible reunir sumas tan grandes como las que efectivamente se han reunido. Ya han oído por el informe del camarada Eberlein lo débiles que son todavía hoy, en el plano organizativo, los partidos de los países occidentales. A eso se añadió que un fuerte paro en América, Inglaterra, Suiza, Suecia y Noruega frenó muy considerablemente la acción, mientras que en Austria y Alemania, por la carestía creciente, las condiciones de vida de los obreros empeoraron de tal modo que incluso a buenos comunistas les resultaba a veces difícil pedir a estos camaradas nuevos sacrificios.

En conjunto, gracias a la actividad de los comités comunistas de ayuda se reunieron, en mercancías, dinero y objetos de valor recogidos, más de 2½ millones de dólares.

Para ilustrar mejor esta suma, quiero hacer solo dos comparaciones. En Suiza, 250.000 sindicalistas y socialdemócratas, que hicieron una acción por su cuenta, solo reunieron 80.000 francos suizos. En cambio, el comité suizo de ayuda del Partido Comunista, que solo cuenta con unos pocos miles de miembros, reunió en total 540.000 francos suizos, es decir, más de medio millón. (Aplausos.) Son cifras que muestran claramente que el comité comunista logró penetrar en amplios círculos indiferentes y obtener de ellos una ayuda en dinero.

Dije antes que toda la Internacional sindical, con más de 20 millones de miembros, reunió 1.400.000 florines holandeses. El comité del pequeño Partido Comunista de Holanda, él solo, había recogido hasta hace aproximadamente medio mes cerca de medio millón de florines holandeses. Creo que el partido holandés solo tiene 4.000 o 5.000 miembros, y estos reúnen casi ½ millón de florines holandeses, mientras que la Internacional sindical de Ámsterdam, por su parte, con sus millones de miembros, solo había reunido hasta el 15 de marzo 1.400.000 florines. Creo que estas dos cifras prueban que era posible obtener buenos resultados cuando los distintos partidos comunistas llevaban la agitación con habilidad y táctica, y muestran por otra parte el gran espíritu de sacrificio de amplios círculos obreros.

De los 2½ millones de dólares recogidos se enviaron a Rusia unas 30.000 toneladas de víveres y otros medios de ayuda. En Rusia el trabajo comenzó ya en noviembre. En diciembre llegaron los primeros transportes de víveres a Kazán y a otras partes de la región del hambre. No quiero entretenerles mucho con cifras estadísticas sobre nuestro trabajo en Rusia, tanto más cuanto que algunos de nuestros camaradas que trabajaron en la región del hambre no llevaron una estadística exacta; más de una vez se olvidaron de inscribir en la estadística a alguien a quien habían alimentado; pero es mejor olvidarse de inscribir a alguien en la estadística que olvidarse de alimentarlo, como creo que ha ocurrido con algunas organizaciones burguesas. En los meses del hambre alimentamos por completo a unas 200.000 o 220.000 personas y, además, dimos paiok, asignaciones de víveres, a grupos profesionales importantes, como los ferroviarios y los obreros de diversas fábricas de maquinaria. En este momento la ayuda continúa en forma de ayuda a la infancia. Nos hemos hecho cargo de hogares infantiles en las distintas regiones del hambre, en los que alimentamos ahora por completo a 14.000 niños; además, equipamos directamente los hogares.

Lo que distinguió desde el principio la campaña de ayuda de la Komintern de todas las acciones de la burguesía y de las sociedades filantrópicas burguesas fue el hecho de que, desde el comienzo de la acción, procuramos unir la ayuda contra el hambre, es decir, la alimentación pura y elemental, con la ayuda a la reconstrucción de la agricultura y la industria rusas destruidas por el hambre en las regiones afectadas.

Llego con esto a la segunda parte de mi informe: la ayuda económica. Aquí tengo que hacer primero una breve mirada atrás. La voluntad de los obreros de Europa occidental y de América de prestar a la Rusia soviética, además de la ayuda política a través del Partido Comunista, una ayuda económica directa y práctica se manifiesta ya desde hace varios años. Ya en el otoño de 1919, y con más fuerza en la primavera de 1920, grupos de obreros americanos, suecos, noruegos y alemanes emigraron a Rusia y allí, con mucho idealismo y poca habilidad, intentaron levantar la economía rusa. La mayoría de esos experimentos acabaron en un fiasco completo. Recuerdo solo el asunto de Kolomna, muy conocido precisamente en Alemania. Desde hace un año aproximadamente, y sobre todo a raíz de la campaña de ayuda contra el hambre, se ha manifestado entre los obreros de Europa occidental, y en especial entre los americanos, una voluntad y un afán mayores de ayudar económicamente a la Rusia soviética. En Alemania, toda una serie de empresas han donado máquinas o se disponen a producir herramientas, aperos agrícolas y otros medios de ayuda para Rusia. En Italia son sobre todo las sociedades cooperativas las que lo intentan y están ahora trabajando para prestar ayuda económica. Piensan cultivar 100.000 hectáreas de tierra. En Inglaterra, en Suiza y en Checoslovaquia se forman asociaciones y grupos, por ejemplo grupos de obreros de la construcción y otros, que quieren emigrar a Rusia con herramientas y un poco de capital. En Sudáfrica, y con especial fuerza en América, existe la misma tendencia. Tenemos allí diversos grupos grandes, por ejemplo la empresa del ingeniero holandés camarada Rutgers401, que tiene en el Kuzbass varios miles de obreros negros y se ha hecho cargo de minas y de tramos para su explotación.

En América tenemos el Comité de Amigos de la Rusia Soviética, que está estrechamente ligado a la Komintern y que también —recuerdo los 20 tractores que trabajan cerca de Perm— ha prestado ya ayuda económica. Tenemos una organización de Ayuda Técnica, que ha enviado varios tractores a Rusia, tiene diversas filiales y cuenta con varios miles de miembros. Tenemos la empresa del camarada Hillman402, que se ocupa de reunir un empréstito de 1 millón de dólares para Rusia y que ha llegado a un acuerdo con el sindicato de sastres para hacerse cargo, por ejemplo, de importantes talleres de confección, etc.

En los últimos días el gobierno ruso ha creado una comisión especial, dirigida por los camaradas Eiduk y Martens403, que traerá a Rusia en primavera a 8.000 obreros americanos.

Creo que es deber de la IC tomar posición ante estos fenómenos. En América hay por lo menos 20.000 personas interesadas hoy, directa o indirectamente, en estas acciones y aspiraciones, y en Europa quizá otras tantas. Hay que tomar posición ante estos fenómenos. Quizá no sean buenos; entonces hay que darles forma, reunirlos en grandes y amplias campañas de ayuda económica. En la mayoría de estos obreros que hoy, en Europa y en América del Norte, ansían emigrar a Rusia, el sentimiento de ayudar a Rusia se mezcla con el de ayudarse a sí mismos. Están convencidos de que todavía pasarán años antes de que en América o en Europa se llegue a cambios de régimen. Rusia, en cambio, está en una fase de mejora; así que —piensan— hagamos el hatillo y vayámonos allí. La IC ha tomado posición repetidas veces contra tales tendencias, y hay que tomar posición contra ellas con toda dureza. Ante planes como el de traer a Rusia de 8.000 a 10.000 emigrantes, estamos obligados ante la IC a decir a los camaradas rusos que tenemos las mayores reservas, tanto respecto al trabajo de esos emigrantes aquí como respecto al debilitamiento de la fuerza de choque revolucionaria que eso supone en la mayoría de los países. No tenemos ningún motivo para aliviar las grandes crisis económicas de Francia y de Checoslovaquia trayendo a la Rusia soviética a una gran masa de parados. Creo que hay que adoptar sin falta, como lo ha hecho hasta ahora la IC, el punto de vista de que, como Partido Comunista, estamos en contra de toda emigración en masa de obreros europeos y americanos a Rusia. Eso no supone ningún apoyo para Rusia, solo un alivio de las crisis para los países capitalistas occidentales.

Otra cosa muy distinta es que, en casos concretos, determinadas fábricas necesiten obreros especializados con una formación particular que no se encuentran en Rusia. En tales casos quizá sea posible el traslado de obreros de Europa occidental o de América, bajo el control y de acuerdo con los sindicatos rusos.

¡Camaradas! Se adopte la actitud que se adopte ante estos fenómenos, hay que tomar posición sobre ellos, y el congreso tiene que decidir de algún modo al respecto. O la inmigración de obreros extranjeros es buena, y entonces hay que apoyarla, o es mala, y entonces hay que pronunciarse contra ella. Personalmente creo que la cuestión de la ayuda económica es una cuestión que merece en la más amplia medida el apoyo de la Internacional Comunista. Solo que hay que tener absolutamente claro el carácter de esta ayuda económica. Hay que romper con ideas fantásticas como la de que la ayuda económica sería una nueva acción, un nuevo medio de resolver los problemas mundiales, que inauguraría la lucha de clases en el terreno de la producción, y como se llamen las demás frases de algunos camaradas. Aquí hay que trazar absolutamente una línea divisoria tajante.

Hay una serie de camaradas que tienen los mayores reparos contra la ayuda económica. Ven en ella el peligro de un pequeñoburguesismo oportunista, temen experimentos económicos que fracasen y repercutan luego tristemente en la propaganda política, y señalan Kolomna y otros casos.

Es cierto que la ayuda contra el hambre, y mucho más aún la ayuda económica, es un medio muy delicado que la IC emplea para apoyar a la Rusia soviética. Encierra muchísimos y grandes peligros. Pero no hay táctica ni método de lucha que no encierre algún peligro. Hemos discutido casi un año sobre el frente único, sobre su viabilidad, y todo el congreso está de acuerdo en que esta táctica encierra peligros muy grandes tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Y, sin embargo, se pronunciará unánimemente a su favor. Que una táctica encierre peligros no es ni mucho menos un argumento para no aplicarla y llevarla a cabo si es posible, útil y valiosa. Se trata entonces de crear suficientes salvaguardias internacionales y nacionales para que ese peligro se reduzca al mínimo.

¡Camaradas! Creo que la cuestión de la ayuda económica es ante todo una cuestión de conveniencia y de viabilidad; ante todo hay que preguntarse si las fuerzas empleadas guardan proporción con los resultados que se obtienen empleándolas. Aquí, en este lugar, y por parte del congreso, no debe quedar ninguna duda de que la Internacional Comunista sostiene que el primer y mejor apoyo a la reconstrucción de la vida económica rusa consiste en que los comunistas y los demás partidos obreros aumenten la presión política sobre el gobierno de su país para que reconozca a la Rusia soviética, concluya con ella relaciones comerciales favorables, y en que hagan la revolución en su propio país. Sobre esto no hay duda alguna entre los camaradas encargados en este momento de este trabajo, y ninguno de nuestros colaboradores cree que la ayuda económica pueda en modo alguno sustituir o debilitar la acción política de ayuda a la Rusia soviética. Sostenemos absolutamente que la lucha política, revolucionaria, en el propio país es y debe seguir siendo el mejor y más necesario apoyo a la Rusia soviética.

La pregunta que planteamos aquí, en el congreso, es solo esta: ¿tiene el proletariado mundial, tiene la IC solo este único medio, solo la lucha política, para apoyar hoy a la Rusia soviética, en la particular situación de la política y la economía mundiales, y para impulsar su reconstrucción económica?

Sobre la importancia de la Rusia soviética todos están de acuerdo. Los informes de Lenin, de Trotski y de Zinóviev han vuelto a dejar sentado, con la aprobación de todo el congreso, lo que para cada camarada se ha convertido sencillamente en el abecé: que sin la Rusia soviética no es posible en absoluto la continuación, un nuevo desencadenamiento de la revolución proletaria. Y cuanto más sube la ola del fascismo en el extranjero, tanto más hay que apoyar a la Rusia soviética como única línea de repliegue de todos los ejércitos proletarios del mundo. En esta situación especialmente delicada planteamos la pregunta: ¿tiene el proletariado mundial solo su poder político para apoyar a la Rusia soviética? Yo digo que no. Tiene además un mínimo de fuerza económica. Es verdad que no tenemos máquinas ni fábricas —esas pertenecen a los capitalistas—, pero tenemos conocimientos profesionales, conocimientos de organización, conocimientos técnicos. Este mínimo de fuerza económica es el que hay que movilizar mediante esta acción de ayuda económica y echar en la balanza en favor de la Rusia soviética en su guerra económica con los imperialistas.

¡Camaradas! Para terminar, algunas objeciones tácticas que hacen algunos camaradas. Se dice: quizá esto sea justo y bueno, pero hoy no podemos más. Estamos agotados. La ayuda contra el hambre, que duró un año, ha provocado tal cansancio que no podemos seguir con ella así.

¡Camaradas! De todas las objeciones contra la acción, esta es todavía la más digna de consideración. En efecto, una parte, sobre todo el proletariado de Europa central, se ha cansado de colectas por la duración de la acción. No cabe la menor duda de que las colectas, tal como se han hecho hasta ahora, deben interrumpirse por completo. Los medios que hemos empleado hasta ahora ya no pueden utilizarse para la acción. Pero otra cuestión es cómo llevar a cabo técnica y organizativamente una acción una vez que estamos de acuerdo en que es necesaria, importante y buena en principio. Las colectas tienen que cesar en su forma actual. Serán posibles otros medios para movilizar en favor de la Rusia soviética el mínimo de fuerza financiera del proletariado.

Se aduce otra razón: los funcionarios del partido comunista están agotados financieramente. Todos los llamamientos serán vanos; la gente no podrá dar dinero. Esta objeción no habla contra la acción, sino contra los camaradas que esgrimen este argumento. Nunca hemos pretendido de la Internacional Comunista ni de ningún partido comunista que exprima financieramente a sus funcionarios y a los obreros hasta el punto de que no puedan pagar ya las cuotas del partido. Lo que hemos pedido es que cada partido comunista utilice a sus funcionarios para trabajar en favor de nuestra acción en los círculos indiferentes, pero que simpatizan con Rusia, y comprobamos que en todas partes, en los grupos del partido donde se ha entendido bien esta agitación y este llamamiento, se ha trabajado con buen éxito y se han obtenido buenos resultados.

Una de las objeciones más importantes es la que dice que la acción de ayuda económica perjudica la lucha política revolucionaria de los partidos, que nos quita a nuestros mejores camaradas. Eso no es verdad. En partidos como, por ejemplo, el alemán, con 200.000 afiliados, no todos son personas políticamente activas. En cuanto se organiza el Partido Comunista como un partido abierto, en el que puede entrar cualquiera a quien gane nuestra agitación, se recibe toda una masa de elementos que quizá no participen activamente en el trabajo cotidiano puramente político.

Aquí hay todavía miles de obreros y de miembros del partido inactivos, y cada partido comunista, con una selección hábil, igual que para su trabajo con la juventud, para el trabajo de partido y para el trabajo de formación, podría ganar en cada localidad varias fuerzas especialmente aptas para esta acción de ayuda económica.

Pero se dice: el carácter político del partido se enturbiará; el carácter político del partido adquirirá un matiz filantrópico, pequeñoburgués. Eso solo demuestra que esos partidos no saben aplicar esta táctica, y es el mismo argumento que si se dijera que hay que rechazar el frente único porque algún grupo del partido lo ha aplicado mal. Precisamente la acción de ayuda económica ofrece cien puntos de partida para plantear y tratar en todas partes la cuestión rusa y, en relación con ella, cuestiones revolucionarias en general, y para influir en la lucha política cotidiana sobre las grandes masas y abordar la revolución proletaria.

Para terminar, el argumento principal. Los camaradas dicen: ¿qué se saca de ello? Movilizamos cientos de fondos del partido, abrimos cada semana media columna en nuestra prensa, ¿y cuál es el resultado? Al final hablaré del resultado material; ahora hablo solo del resultado político.

¡Camaradas! Sabemos muy bien que, como obreros y como Internacional Comunista, no podemos reconstruir la Rusia soviética con nuestra fuerza financiera. Eso queda descartado. Si así fuera, nuestro Ejecutivo habría hecho hace tiempo esa operación contable. Naturalmente, no podemos. Pero si, a la vista de algunos éxitos, se sobrestima lo que podemos hacer, la mayoría de los camaradas subestima hoy lo que podemos aportar financieramente. La mayoría de los camaradas no tiene la menor idea de las fuerzas financieras que hoy puede movilizar el proletariado internacional mediante una amplia acción de ayuda. En la campaña de ayuda contra el hambre, el proletariado reunió directa o indirectamente 5 millones de dólares. Son 10 millones de rublos oro. Camaradas, ustedes recuerdan todavía el discurso del camarada Lenin, que dijo que el mayor éxito de la política económica del último año consistía en haber ahorrado 20 millones de rublos oro para la reconstrucción de la industria pesada.404 Todo el gran aparato del Estado reunió esos 20 millones de rublos oro; el proletariado, en cambio, reunió en la ayuda contra el hambre 10 millones de rublos oro sin que un solo partido comunista, ni los sindicatos, ni las cooperativas, ni otros partidos obreros, hubieran empleado a fondo sus fuerzas. Con el menor esfuerzo general es posible reunir por lo menos el doble de fuerza financiera. Puedo imaginar que en ciertos momentos una acción de ayuda económica de los obreros sería francamente un disparate, una ironía, pero en la situación económica actual de la Rusia soviética la fuerza financiera del proletariado puede ayudar mucho.

Una segunda prueba: la Ayuda Obrera posee ya hoy en la Rusia soviética una serie de empresas propias: pesquerías, fincas, fábricas de calzado y otras. Ha habido momentos en que 30.000 obreros trabajaban directamente en las empresas de la Ayuda Obrera. Recuerden ustedes las palabras del camarada Trotski cuando dijo: ¡un millón de obreros en las empresas del Estado y 40.000 obreros en las empresas capitalistas!

¡Camaradas! Con un pequeño aumento de nuestra actividad es posible llevar nuestras explotaciones y empresas a 50.000 obreros y aún más; quizá a 1/10 de los obreros que el Estado emplea en sus empresas, y por lo menos a tantos como los que trabajan en las pequeñas empresas capitalistas.

Lo repito: la razón de peso por la que llevamos a cabo la acción de ayuda económica, por la que la defendemos y trabajamos por ella, es la situación económica actual de la Rusia soviética, que permite al proletariado mundial prestar una ayuda práctica real sin que el impulso político revolucionario sufra merma alguna.

Por eso la defendemos. Ya he dicho que desde hace ¾ de año tenemos con buen éxito una serie de empresas en Rusia. Tenemos 3 fincas cerca de Kazán que en un año dan un excedente que permite alimentar con él a más de 100 niños. Hemos organizado ahora con buen éxito una pesquería y hemos obtenido allí una gran cantidad de pescado, que ahora se reparte también en las regiones del hambre. En este momento están en curso negociaciones con el gobierno ruso sobre el empleo del empréstito de un millón de dólares que hemos emitido.

Quizá reorganicemos con él en parte la industria del cuero. En este momento se nos pide que participemos en cortar en los bosques varios millones de traviesas de ferrocarril y en tenerlas preparadas para las líneas férreas la próxima primavera. Las experiencias hechas hasta ahora demuestran, pues, que es posible una ayuda práctica a la reconstrucción de la Rusia soviética.

He dicho que hemos emitido ahora un empréstito de un millón de dólares para obtener con él dinero nuevo para nuestras empresas en Rusia. Es interesante comprobar la acogida que ha tenido este empréstito. No solo los círculos obreros, no solo los círculos comunistas, sino amplios círculos burgueses suscriben este empréstito. El Deutsche Bank de Berlín y el Banco del Estado de Bruselas han suscrito también obligaciones del empréstito obrero. También toda una serie de capas y grupos medios han tomado tales obligaciones. Los obreros holandeses han suscrito con sus tarjetas de pago una suma de 75.000 florines holandeses, que estarán disponibles dentro de algunas semanas. No dudo, pues, ni un momento de que este empréstito de un millón de dólares estará totalmente suscrito para la primavera y de que con él se obtendrán nuevos medios para ampliar empresas rusas. Respondo, pues, a la pregunta de si vale la pena movilizar recursos para esta acción: sí; la experiencia y la perspectiva demuestran que puede movilizarse una cierta suma de dinero con la que se puede trabajar prácticamente dentro de Rusia.

Pero el aspecto puramente material de este empréstito solo desempeña un papel secundario en la ayuda económica. La importancia principal de continuar la ayuda económica está en que, mediante esta acción, tenemos constantemente la posibilidad de llegar a las más amplias masas de pensamiento primitivo, a las que quizá sea difícil ganar de otro modo con la propaganda del partido comunista. Esta acción de ayuda económica nos ofrece la posibilidad de llegar a las masas indiferentes por medio de películas, periódicos, etc., y en eso reside el gran valor propagandístico de la acción. Por esta razón creemos que debemos proponer al congreso que la ayuda contra el hambre continúe en todo caso en forma de ayuda económica.

Lo siguiente es el intento de centralizar todos los grupos que existen hoy. Hemos empezado a unirnos con el ingeniero holandés Rutgers.405 La tendencia de los órganos que trabajan para esta ayuda económica va en general a unir todos los grupos activos y a concentrar todas las fuerzas.

Creo que debo fijar una vez más, brevemente y con unas pocas frases, la orientación política de la acción. Se trata de reconocer claramente que las exageraciones que, por una parte, lo admito, ha habido en nuestra literatura —que con ello empieza una nueva época de la lucha de clases y de la historia de la humanidad que la ayuda económica llevará a la victoria— son erróneas. Pero, por otra parte, es un completo desconocimiento de la importancia política de la acción confundirla solo con cosas filantrópicas, humanitarias. Es y debe ser una acción complementaria de los esfuerzos políticos de los partidos comunistas por ayudar enérgicamente a la Rusia soviética en poco tiempo. Esta acción será superflua, tonta y una lástima pasado mañana, cuando Alemania haga la revolución y cuando también en Francia se haga la revolución; pero en la situación política mundial actual, y teniendo en cuenta las condiciones de Rusia, la acción de ayuda económica puede ser una acción complementaria muy útil y de efecto inmediato de la acción política, y significar la mejor ayuda y el mejor apoyo para la Rusia soviética. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 4.

Decimonovena sesión, miércoles 22 de noviembre de 1922

La cuestión de Oriente.

Oradores: Van Ravesteyn, Kolárov, Van Overstraeten, Roy, Katayama, Tahar Boudengha, Carr, Béron.

Apertura: 12.

Preside: Carr.

Presidente: El Presidium decidió anoche proponer que se nombre una comisión para examinar el informe del camarada Münzenberg y dar forma definitiva para el congreso a la resolución que ha preparado. En esta comisión deben entrar un camarada de cada uno de estos países: Francia, Alemania, Checoslovaquia, Holanda, Inglaterra, Rusia, los países balcánicos, Escandinavia, América y Canadá, y además un representante del Presidium de la Profintern, de la sección de cooperativas y de la Internacional de la Juventud. También el propio camarada Münzenberg debe participar en la comisión y convocarla. (Aprobado.)

El Presidium ha decidido además, dado que sobre la cuestión de Oriente, que figura hoy en el orden del día, deben hablar cuatro ponentes, limitar el tiempo de palabra de cada ponente: los camaradas Roy y Ravesteyn tendrán ¾ de hora cada uno, y los camaradas Boudengha y Katayama, media hora cada uno.

El camarada Ravesteyn tiene la palabra sobre el orden del día.

Ravesteyn (Holanda): ¡Camaradas! No puedo estar de acuerdo con la propuesta del Presidium. Hasta ahora los ponentes de cuestiones importantes han tenido, no diré un tiempo de palabra ilimitado, pero en todo caso un tiempo mucho más largo que ¾ de hora. («¡Muy cierto!») No es culpa nuestra, camaradas, ni tampoco culpa mía que las sesiones del congreso empiecen tan tarde que se pierda un tiempo considerable mientras estamos aquí sentados sin hacer nada. Me es sencillamente imposible, en el breve tiempo que se me ha concedido aquí (he sido invitado especialmente por el Ejecutivo para tratar esta cuestión), presentar el informe como lo había concebido. Así pues, si el congreso aprueba la moción del Presidium, me veré obligado a interrumpir mi informe en un punto en que aún no está terminado, y a pedirles que al menos se incluya en el acta el final de mi informe.

Kolárov: Tengo que insistir en la propuesta del Presidium. Comprendo muy bien el deseo del camarada Ravesteyn. Se le llamó aquí para este fin, preparó su informe en el supuesto de que podría hablar largo rato; pero el congreso tiene que tener en cuenta el programa general de trabajo. Si se concede a cada ponente y a cada orador la libertad de emplear en su discurso todo el tiempo que necesite para poder expresar todas sus ideas, habrá que prolongar tres semanas las sesiones del congreso. Tenemos que tener en cuenta esta circunstancia. El congreso se alarga y no se ha despachado hasta ahora ni la mitad de sus trabajos. ¿De quién es la culpa? No es el momento adecuado para decidirlo. En todo caso, tenemos que despachar todo el trabajo puesto en el orden del día del congreso, y naturalmente lo más deprisa posible.

Ahora bien, como la cuestión de Oriente se ha examinado suficientemente en la comisión, donde se ha podido estudiar desde todos los ángulos, y como la mayor parte de las delegaciones interesadas participó en esa comisión y tuvo la posibilidad de expresarse, creo que el congreso no sufrirá ningún perjuicio si limita el tiempo de palabra que concede a todos los ponentes y a todos los camaradas que quieran tomar la palabra en el curso de todos estos debates.

Si el congreso está decidido a continuar su trabajo tres semanas más, es libre, naturalmente, de recurrir a la hospitalidad de los camaradas rusos y de satisfacer el deseo del camarada Ravesteyn y todos los demás deseos semejantes, que sin duda no faltarán.

Van Overstraeten406 (Bélgica): Camaradas, el propio camarada Zinóviev subrayó en su informe sobre la actividad del Ejecutivo que en la actividad futura de la Internacional deben tenerse en cuenta dos puntos esenciales: primero, la organización y la lucha de clases en Occidente, y segundo, el apoyo al movimiento de liberación de los pueblos coloniales y semicoloniales en los próximos años. Creo que los camaradas que participan en el congreso han demostrado repetidamente con su conducta hasta ahora que no comprenden ni sienten suficientemente la importancia de la cuestión de Oriente. En el orden del día del congreso un único punto trata de la cuestión de Oriente. Habría que dedicar a esta cuestión una atención mayor.

Hasta ahora todas las demás cuestiones se han discutido largo y tendido. Considero una necesidad de importancia elemental que a los camaradas que tienen que informar sobre la cuestión de Oriente se les conceda un tiempo de palabra adecuadamente largo. Propongo que a los dos primeros ponentes, Roy y Van Ravesteyn, se les conceda hora y media a cada uno.

Presidente: Pasamos ahora a la votación; quien esté a favor de la propuesta del Presidium, que levante la mano. (Aprobada.)

Otra propuesta del Presidium es que en la discusión hablen un camarada de Inglaterra, un camarada de China y un camarada de Egipto, y que el camarada Rádek tenga el resumen final. ¿Alguien está en contra? —No es el caso.

Friedländer (Austria): Pero el resumen final debe limitarse a media hora.

Presidente: Eso ya está fijado de todos modos. Tiene ahora la palabra el camarada Ravesteyn.

Ravesteyn (Holanda): Camaradas, fue durante los días de la conferencia de Mudanya407 cuando un telegrama de Nueva York informó de que, en un banquete de la asociación de directores de banco norteamericanos en Nueva York, el señor Morgenthau,408 que fue durante un tiempo embajador de los Estados Unidos en Constantinopla, se había expresado como sigue sobre la actuación de Inglaterra en la crisis del Próximo Oriente. Morgenthau rindió homenaje a Inglaterra por su actitud y declaró que Inglaterra había salvado la civilización en las dos últimas semanas, y añadió que nadie, salvo quienes hubieran echado una mirada entre bastidores, podía saber qué brillante labor había vuelto a realizar Inglaterra. Así pues, este representante del capital bancario norteamericano declaró que Inglaterra había sido una vez más la salvadora de la civilización y que había vuelto a desempeñar, por así decirlo, el papel del Salvador.

Casi al mismo tiempo, el 6 de octubre, el señor Bonar Law, que entonces no era más que exministro y jefe de los unionistas en la Cámara de los Comunes inglesa, declaró en una carta al Times que aprobaba en lo esencial la actitud del gobierno en la cuestión del Próximo Oriente. Dijo: si no se hubiera dado a los turcos una advertencia tan categórica, estos, envalentonados por su victoria, habrían intentado penetrar en Constantinopla y en Tracia. Si se habían impedido matanzas en la mayor escala en Constantinopla y en los Balcanes, eso no había sido solo un interés específicamente inglés, sino un interés de toda la humanidad.

El señor Bonar Law amenazó incluso al imperialismo francés con que ya no podría apoyarlo en sus esfuerzos por procurarse las enormes sumas que, según la paz de Versalles, han de arrancarse al pueblo alemán. Y el señor Bonar Law, que durante el gobierno de Lloyd George fue su fiel colaborador y ayudante, corresponsable de todos los actos del gobierno de coalición, repitió también aquí lo mismo que el representante norteamericano de la bolsa de dinero, Morgenthau, y el propio Lloyd George afirmaban en todos los tonos: Inglaterra lucha, y en las últimas semanas no ha luchado solo por sus propios intereses, sino también por los de toda la humanidad.

Camaradas: ¡a qué profundo abismo de hipocresía nos asomamos en cuanto hemos tomado unas cuantas instantáneas de la crisis actual y más reciente del Próximo Oriente! Después de las experiencias de ocho años de guerra mundial y de caos mundial, estadistas como Lloyd George, ese charlatán de feria e hipócrita puritano, o como Bonar Law, ese representante genuino de la estrecha clase media inglesa, tienen todavía el valor de presentar la actitud de Inglaterra y las fechorías del gobierno inglés, que han vuelto a llevar a Europa al borde de una espantosa matanza en masa, como una lucha por el orden y el derecho, por la cultura y la civilización. Sería inaudito si no supiéramos que la hipocresía anglosajona, puritana, que anima a estos señores es la hipocresía específicamente burguesa y, al mismo tiempo, la más fea y repugnante que haya existido jamás.

Las Izvestia, el periódico de ustedes, camaradas, uno de nuestros heraldos proletarios de la verdad, escribió una vez con ocasión de la conferencia de Génova:409

«Inglaterra es el país de Shakespeare y de Lloyd George. El primero era un comediante; el segundo, también. El primero fue el creador de dramas históricos de fama mundial; al segundo le habría gustado serlo. El primero hizo mucho ruido y pocas nueces; el segundo, también. El primero planteó la cuestión: ser o no ser. El segundo está ante la misma cuestión. La única diferencia entre uno y otro es esta:

El primero se ganó pacíficamente un lugar en la historia por su genio; el segundo ha conquistado ese lugar por la fuerza».

El periódico proletario tenía razón también en un sentido más profundo. En el paralelo entre Shakespeare y el espíritu de Shakespeare y la hipocresía burguesa de hoy, tal como se manifiesta en un Bonar Law o en un Lloyd George, se revela la profunda diferencia entre la cultura burguesa ascendente del Renacimiento en su forma más alta en Europa occidental, antes incluso de que hubiera empezado siquiera el alba de la cultura proletaria, y el nivel más bajo de esa cultura en la época del imperialismo en declive. Es como un descenso desde enormes alturas montañosas a una charca hedionda de podredumbre.

Camaradas, quizá no haya ejemplo histórico más acertado para demostrar los efectos destructores de cultura del imperialismo que la cuestión de Oriente. La cuestión de Oriente es desde hace un siglo la cuestión del futuro del antiguo Imperio turco. Al mismo tiempo es la cuestión de en qué situación quedarán los países y pueblos que forman el paso del sur de Europa a Asia. Apenas se había desarrollado el imperialismo moderno, el estado de estos países se convirtió naturalmente en una cuestión imperialista de primerísimo orden, en un foco y un nudo de fricciones imperialistas.

Camaradas, permítanme una breve mirada retrospectiva a la historia, para que desde la altura de la observación histórica abarquemos con la vista la gran cuestión del Próximo Oriente, en la que tanto interés tiene todo el proletariado mundial y en particular el proletariado ruso.

Hace un siglo, a comienzos del siglo XIX, Napoleón todavía podía afirmar con cierta razón: quien domina Constantinopla domina también el mundo, es decir, el mundo de entonces del capitalismo preimperialista. A grandes rasgos esto era cierto, porque Constantinopla dominaba entonces estratégicamente también las comunicaciones con la India.

Todo el siglo XVIII estuvo lleno de la pugna del capitalismo mercantil francés y británico por la posición comercial dominante en América y en la India. En la guerra de los Siete Años pareció que la lucha se había decidido ya en favor del capital británico. Sin embargo, la insurrección de las colonias americanas volvió a hacer tambalearse la dominación inglesa. Así, la gran lucha decisiva no empezó hasta 1793, en la lucha de Inglaterra contra la revolución burguesa francesa y en la lucha por el dominio absoluto de los mares. Fue una lucha que acompañó a la gran revolución burguesa. Napoleón no fue más que el condotiero del capital comercial francés del siglo XVIII, que se adueñó por la guerra de toda Europa occidental y central. La campaña de Moscú —ustedes, camaradas, podrían haber celebrado hace poco el 110.º aniversario de estos acontecimientos: Moscú ardió el 15 y el 16 de septiembre y la retirada de los ejércitos napoleónicos empezó el 19 de octubre— no fue más que la última jugada de este inmenso drama de la historia universal, una jugada que tenía por fin poner al todavía joven despotismo zarista al servicio de los planes de Napoleón, que abarcaban el mundo entero. Napoleón quería conquistar Constantinopla a través de Moscú y, por Estambul, la ciudad de Oriente, asestar a Inglaterra la herida mortal en la India, el verdadero Oriente. Todo el Próximo Oriente no era en esta inmensa partida más que un peón. Todos sabemos que Napoleón perdió la partida. En la inmensidad rusa, contra la fuerza de la todavía joven Rusia, se estrellaron los enormes planes del conquistador del mundo, los mayores que se habían concebido en un cerebro humano desde Alejandro.

Inglaterra había vencido en la pugna secular. El capital comercial británico había conquistado la victoria en todos los océanos del mundo, y desde ese momento pudo proseguir tranquilamente su desarrollo hacia una fase superior, la fase del capitalismo industrial moderno. El terreno estaba preparado, estaba lista la base de la mayor potencia mundial que el mundo haya visto jamás: el Imperio británico, que abarcaba cinco continentes y se extendía del polo Norte al polo Sur, abarcando todos los océanos. Había nacido de verdad Okeania.

¡Camaradas! Ya no vale hoy, como en aquellos días que parecen estar ya tan infinitamente lejanos, la frase: quien domina Estambul domina también el mundo. El mundo capitalista se ha hecho más grande, y los problemas de la política mundial más enormes, más extensos, como el capitalismo moderno. Hace cien años el Extremo Oriente no era todavía el centro de los problemas mundiales. África ni siquiera era conocida en su mayor parte. Pero es bueno que examinemos brevemente las diversas fases por las que ha pasado la cuestión de Oriente en el siglo XIX.

Una nueva fase empezó hace unos cien años, en 1822, con la insurrección de la población griega de entonces en los alrededores del mar Egeo. La insurrección fue una demostración del derrumbe del Imperio otomano, que había empezado ya en el siglo XVIII, pero que solo en el XIX se hizo abierto y amenazador. Al mismo tiempo, el poder del despotismo zarista se cierne cada vez más, como una sombra amenazadora, sobre el mundo del Próximo Oriente.

El zarismo, que en el siglo XVIII era todavía solo una potencia semieuropea que no tomaba parte, o apenas, en los asuntos europeos, y que en todo caso no era reconocida como igual por las grandes potencias capitalistas occidentales del siglo XVII, fue arrastrado por la dialéctica de la historia a todos los asuntos europeos y mundiales. La campaña de Napoleón contra Moscú fue un acontecimiento de la historia universal, sobre todo también porque tuvo por consecuencia la marcha de Moscú sobre París. Los países a lo largo del mar del Norte, que nunca habían visto conquistadores de Europa oriental, vieron por primera vez a los hijos de los Urales y de la Transcaspia, que habían vencido al capital comercial francés, al servicio del capital británico.

Desde 1812 Rusia no fue solo una potencia mundial, sino también una de las grandes potencias, e incluso la mayor gran potencia junto a Inglaterra.

Y a partir de 1815 la cuestión de Oriente se convierte también, ante todo, en una cuestión rusa. En un doble sentido. Para la propia Rusia, la cuestión de su expansión hacia el mar libre, el Mediterráneo, se convierte en una cuestión tan dominante de su política exterior como la adquisición de la «ventana» y de la «puerta» sobre el mar Báltico en los días de Pedro I. Para los grandes Estados occidentales, la cuestión de si Rusia recibirá a la larga la herencia de los bizantinos y de los sultanes, de si Santa Sofía volverá a ser una iglesia principal de la Iglesia ortodoxa griega y rusa y Rusia, en consecuencia, se convertirá en una potencia mediterránea, se convierte en la cuestión política preponderante. La insurrección y la guerra de liberación de los helenos fueron apoyadas por Rusia, pese a que se rebelaban contra la autoridad legítima del sultán y aunque gozaban del apoyo de todos los que en la Europa de entonces pasaban por «liberales», es decir, revolucionarios. Esta insurrección contiene ya en germen las fases más recientes de la cuestión de Oriente en el siglo XIX, e incluso la fase imperialista que precedió a la guerra mundial. ¿Por qué? Porque con esta insurrección Rusia reivindicaba en realidad la posición de una potencia mediterránea. En esta reivindicación rusa, e incluso en la reivindicación del libre paso por los Estrechos, estaba encerrado, desde el punto de vista de la historia universal, el conflicto con el Imperio británico, que ya a comienzos del siglo XIX se aplicaba a convertir el Mediterráneo en una vía marítima hacia la India ocupada estratégicamente.

En el siglo XIX, después de la guerra de Crimea, el conflicto no volvió a estallar. Quedó bajo la superficie de los fenómenos políticos. En el último cuarto del siglo XIX el conflicto pasó a segundo plano por el hecho de que, después del Congreso de Berlín,410 Prusia-Alemania se convirtió a ritmo rapidísimo en un factor de peso preponderante en los asuntos turcos.

Pero en cuanto desapareció el factor de poder alemán de este enorme juego de fuerzas, el antagonismo ruso-británico tenía que reaparecer con toda su fuerza.

Cuando el imperialismo alemán sucumbió en la guerra mundial, en la que el zarismo luchó al lado del imperialismo británico con la esperanza de obtener como botín Constantinopla, exactamente igual que en 1812 había luchado al lado de Inglaterra para vencer a Francia, se hizo automáticamente patente otra vez el antagonismo entre los intereses imperialistas británicos y los rusos. Pero ahora el interés ruso se ha convertido en el interés por la libertad real de los Estrechos, y este interés es un interés de la Rusia proletaria. Y el interés de la Rusia proletaria por la libertad de los Estrechos significa al mismo tiempo un interés mundial del proletariado. Libertad de los Estrechos no significa otra cosa sino que este punto del tráfico mundial no esté dominado por el imperialismo británico.

Y el interés de la Rusia proletaria de hoy coincide a este respecto no solo con los intereses de todos los demás pueblos que viven en la costa del mar Negro, sino también con los intereses del proletariado de los países occidentales.

Camaradas, este juego de rivalidades, toda la cuestión de Oriente, que desde 1822 se convierte cada vez más en la cruz de los diplomáticos y políticos de Europa occidental y en un peligro para los pueblos, tiene su raíz en el hecho histórico de que el Imperio otomano empezó a derrumbarse a comienzos del siglo XIX y de repente pareció que ya no era viable.

Conviene recordar una vez más brevemente las fases de este derrumbe. En las primeras décadas del siglo XIX el Imperio otomano ya no formaba en realidad una unidad. Los grandes bajás de las provincias se habían convertido en sátrapas de hecho independientes. Pero tras la defección de los griegos empezó un período de reformas: Reşid Bajá reorganizó el imperio.411 Bajo él, así como bajo Alí Bajá y Fuad Bajá, se formó una fuerte burocracia que, para dominar a los sátrapas de las provincias, se sirvió de los nuevos medios que ofrecía el joven capitalismo, en especial del telégrafo. Los gobernadores de las provincias ya no eran príncipes independientes, sino criaturas de la Puerta, la mayoría de origen humilde. Este sistema desembocó finalmente en el despotismo de Abdülhamid,412 un sistema que descansaba únicamente en el espionaje y en el control de los parásitos de la corte. Este sistema se derrumbó en 1909. La burocracia que había vuelto a hacer posible el despotismo en una forma superior se convirtió ella misma en víctima del despotismo y lo destruyó en el año de la llamada revolución turca. Brailsford,413 uno de los historiadores burgueses, esbozó este período breve y vigorosamente como una anarquía en bancarrota. Pero de esta anarquía en bancarrota el capitalismo europeo supo exprimir ingresos fijos y considerables.

Camaradas, nuestra incomparable luchadora y teórica Rosa Luxemburg demostró en su obra teórica mayor y mejor414 que el proceso de acumulación del capital no puede tener lugar sin un entorno no capitalista sobre el que actúa destructivamente; en otras palabras, no sin formas de producción más antiguas, precapitalistas, que él destruye.

Pero, aparte de toda demostración teórica, se mantiene firme como una roca el hecho de que históricamente la acumulación capitalista, en todas sus fases, también en las últimas, no se produce ni puede producirse sin un entorno no capitalista. Junto a los brillantes ejemplos que Rosa Luxemburg dio en su libro, la historia de todo el Imperio otomano es uno de los ejemplos históricos más claros. Rosa Luxemburg demostró también que la acumulación no es comprensible en ninguna de sus fases históricas, ni se produce históricamente, sin el empleo de la violencia desnuda. Toda la política colonial del capitalismo desde el siglo XV hasta el XX —no necesito hablar mucho de ello— es una serie ininterrumpida de actos de violencia. Y las formas de la violencia son múltiples. La destrucción de la economía natural y de todas las formas económicas capitalistas constituye una de las principales. El capital se sirve para ello de diversos medios y caminos; la presión fiscal, siempre creciente, es en todas partes uno de esos medios, uno de los más importantes. Exactamente igual que en la India británica, en las Indias Neerlandesas, en las posesiones francesas del norte de África y en todos los nuevos países coloniales, el desarrollo se produjo también en el Imperio turco. Camaradas, el conocido escritor radical inglés Brailsford, al que ya he citado antes, llegó hace años a la misma conclusión que los marxistas en su excelente obra Macedonia, en la que describía las luchas de las nacionalidades eslavas revolucionarias en Turquía bajo Abdülhamid. Dice allí, por ejemplo:

«En la medida en que ha conseguido imponer a los turcos desde la guerra de Crimea una ilusoria apariencia de cultura, la influencia europea solo ha favorecido la debilidad y el derrumbe».

Y añade:

«Una influencia quizá aún más importante la han ejercido las llamadas capitulaciones, que crearon para los súbditos de los llamados Estados civilizados un Estado dentro del Estado».

Camaradas, las capitulaciones,415 cuyo origen histórico fue la fuerza de la dominación otomana y la debilidad de los comerciantes extranjeros, capitalistas, de Occidente, se habían convertido, como consecuencia del desarrollo histórico, en una de las causas principales de la debilidad de Oriente y en particular de Turquía.

Camaradas, en la situación jurídica y económica de los capitalistas extranjeros en Turquía se reflejaba con exactitud la relación del capital con los pueblos de Oriente impotentes y débiles, a los que consideraba objetos de explotación, taillables et corvéables à merci.416 La situación de estos capitalistas extranjeros se parecía como dos gotas de agua al estado privilegiado de la nobleza en las viejas monarquías estamentales antes de la revolución burguesa. Tampoco la nobleza pagaba impuesto alguno, y tenía todos los privilegios, también el privilegio de pisotear a la plebe. La diferencia está solo en que esta moderna nobleza capitalista de Turquía y de los demás países de Oriente se componía además de elementos extraños al país. Era la situación que el capitalismo de Europa occidental habría implantado también en Rusia después de la guerra si hubiera logrado aplastar la revolución proletaria con el puñal y el veneno. En suma, en las capitulaciones está, por así decirlo, el núcleo de la dominación de Oriente por el capitalismo extranjero, que no solo lo exprime, sino que también lo degrada.

Camaradas, es evidente que la nueva Turquía de hoy, que con ayuda de sus masas campesinas ha vencido a los mercenarios del capital europeo, planteará en las negociaciones de paz la abolición de las capitulaciones como una reivindicación cuyo cumplimiento es, por así decirlo, una conditio sine qua non.

Camaradas, ya de estas pocas observaciones históricas se desprende hasta qué punto la cuestión de la abolición de las capitulaciones es una cuestión fundamental para Turquía y para todos los pueblos de Oriente. Mientras no se supriman, persiste el estado de humillación frente al capitalismo europeo.

Además, las consecuencias del derrumbe del Imperio otomano solo pueden medirse si se tienen en cuenta las circunstancias geográficas, etnográficas e históricas de la península balcánica. Estas son tan importantes porque de su examen se desprende una conclusión importante también para el futuro, a saber, que no fue casual que tanto en la Antigüedad como en la historia moderna los Balcanes formaran políticamente un todo con Anatolia. La causa más profunda de todos los problemas históricos de la península balcánica está, como ha demostrado, entre otros, el gran geógrafo serbio Cvijić,417 en su peculiar carácter geográfico. Mientras que las otras dos penínsulas del sur de Europa han formado una nacionalidad y una cultura en lo esencial homogéneas, en la península balcánica nunca ha sido así.

Esto constituye para los pueblos y nacionalidades que la habitan los factores de separación más fuertes. El mar Egeo, en cambio, sigue siendo hoy, como en los días de la antigua Hélade, no un elemento de separación, sino de unión. Una consecuencia directa de las condiciones geográficas es la enorme diversidad de las condiciones etnográficas, antropogeográficas y culturales de la península. Los geógrafos, como Cvijić, distinguen no menos de 4 culturas y por lo menos 6 lenguas. Y sobre la base de estos hechos geográficos, que —como nuestros grandes maestros Marx y Engels demostraron también para Rusia en sus célebres estudios sobre la guerra de Crimea— son en última instancia determinantes para el destino de los pueblos, había que llegar ya antes de las guerras balcánicas a la conclusión de que la única solución satisfactoria de los problemas balcánicos consiste en la unidad de los Balcanes y del Asia Menor, y sobre todo de los propios Balcanes. De acuerdo con esto, los socialistas balcánicos establecieron su programa ya antes de las guerras balcánicas. Fue el zarismo, con su infame política de doble sentido, junto con las demás grandes potencias imperialistas, el que trató siempre con todas sus fuerzas de impedir esa unión. ¿Cuál era ya la situación en los Balcanes en los últimos años del siglo XIX y a comienzos del XX? Brailsford, por ejemplo, ya en 1903 hacía constar: no hay lugar en la tierra donde la idea nacional haya causado una ruina tan enorme o haya llegado tan lejos en la desmesura y la locura como en Macedonia. Pero al mismo tiempo estigmatizaba las fechorías de la diplomacia inglesa en 1877, que se negó a conceder la libertad a Macedonia porque temía que fuera a parar a una Gran Bulgaria y que esta Gran Bulgaria pudiera convertirse en un poderoso aliado de Rusia. Para Macedonia, la parte de la península donde desde finales del siglo XIX la guerra entre nacionalidades adoptaba formas cada vez más espantosas, era un hecho que la cuestión de si la población macedonia pertenecía a uno u otro Estado balcánico no tenía solución. Todas las atrocidades, los innumerables asesinatos, todos los actos de violencia y los horrores de los terribles años de las insurrecciones macedonias corren a cargo de la sangrienta cuenta de los gobiernos capitalistas que precedieron a la revolución turca. Todos los horrores que aún hoy, después de las experiencias de nuestra época sangrienta, llenan de espanto, corren también a cargo de la cuenta del capitalismo, como toda la sangre que se ha derramado en la guerra mundial, en las revoluciones y ahora otra vez en la guerra turco-griega. Es una y la misma enorme cadena de culpa de sangre.

Brailsford tuvo que señalar ya entonces, en 1903, no solo el triste papel de las grandes potencias, sino también otro factor de aniquilación y destrucción, un factor que todavía hoy ejerce en toda su extensión su influencia funesta: el poder de los curas cristianos. Brailsford los había conocido con toda exactitud sobre el terreno, y después de comprobar el enorme poder de los obispos sobre los simples campesinos —no en vano se los llamaba déspotas—, escribió:

«Comercian con la intolerancia, y su negocio es la propaganda. La cruz se ha convertido en Oriente hasta tal punto en un mero símbolo de guerra, que es difícil hablar del cristianismo ortodoxo de otro modo que en términos negativos». Hacía constar que en este clero ortodoxo no quedaba ya rastro de sentimientos humanitarios. Mostraba con detalle hasta qué punto se había hundido la Iglesia griega en la barbarie. Los diversos servidores de Cristo se combatían a muerte o incitaban constantemente a sus fieles al asesinato y a la matanza, aunque no solo eran servidores de la misma fe, sino también de la misma Iglesia, pues la Iglesia cismática búlgara se distingue de la ortodoxa griega únicamente por una administración distinta. Así pues, esta gente incitaba constantemente al asesinato, y no tenía para ello motivos más nobles que aquellos por los que un comerciante quisiera retorcerle el cuello a otro. También este hecho histórico es de la mayor importancia si se consideran las circunstancias actuales y se tiene en cuenta el papel que el clero helénico del Fanar418 ha desempeñado en el reciente conflicto helénico-turco, a saber, exactamente el mismo papel espantoso y bestial. Desde la Edad Media, la Iglesia ortodoxa es en el Próximo Oriente un instrumento de poder puramente secular, sin fines espirituales ni superiores, una máquina para explotar la ignorancia, la pobreza, la superstición y el terror de la pobre población campesina aterrorizada.

Camaradas, la era de las guerras imperialistas, es decir, de las guerras causadas por el imperialismo, se abre definitivamente para el Imperio otomano con la aventura italiana de Trípoli en 1911. Puede decirse tranquilamente que el imperialismo no se había mostrado nunca con mayor desvergüenza. Para la anexión de Bosnia y Herzegovina a Austria en 1908 se adujeron al menos todavía excusas, por ejemplo el hecho de que la ocupación duraba ya un tiempo considerable y había dado ciertos resultados.

Para el atentado criminal italiano faltó incluso todo rastro de excusa, salvo la excusa que tiene la fiera en su afán de rapiña. Quien recuerde las particularidades del caso sabe también que a la todavía pobre Italia le impusieron esta expedición de rapiña algunos grandes bancos, que exponían sus negocietes con cínica franqueza. Italia fue a la guerra porque así lo quiso el Banco di Roma. La expedición de rapiña fue un ejemplo de manual del imperialismo en su más desnuda desvergüenza.

La guerra italo-turca quedó, como ustedes saben, localizada; no condujo a una guerra general, también porque Italia se guardó muy bien de atreverse con su zona «natural» de expansión, Albania, con lo que habría entrado directamente en lucha con su «aliada», la monarquía danubiana.

Así, la guerra italo-turca, también por la paz de Lausana de octubre de 1912,419 fue un síntoma del deseo de los grandes Estados de rapiña de no liquidar la cuestión del Próximo Oriente, porque eso habría significado ya un incendio mundial. Pero fue, con todo, la causa directa de la segunda gran fase de los conflictos balcánicos imperialistas, porque dio a los 4 Estados balcánicos la posibilidad de presentar juntos sus reivindicaciones a la Puerta otomana. Así se convirtió en el preludio de la terrible trilogía que iba a representarse y que había de terminar con el incendio mundial, con el crepúsculo de los dioses, por así decirlo. La guerra reveló claramente por primera vez las fuerzas y las debilidades de la nueva Turquía, que después de la revolución de 1908, tras haber expulsado a Abdülhamid, trataba a duras penas de escapar a las garras del funesto pasado.

Pero la guerra turco-italiana fue de extrema importancia sobre todo porque dio un violento empujón al islam que despertaba. A este respecto, la guerra italo-turca tiene una importancia histórica universal. Por primera vez, en aquel fatídico año de 1911 —fue también el año de la crisis de Marruecos—, el islam en toda su amplitud y profundidad tomó consciencia de que en él se revelaba una fuerza nueva. Recorrió un estremecimiento las filas de los mahometanos, desde las columnas de Hércules hasta la desembocadura del Hoang-ho en la lejana China.

¿Por qué fue así? Naturalmente, a consecuencia de todo un complejo de circunstancias, de las que aquí solo podemos enumerar unas pocas. Pero en su conjunto aportaron una nueva prueba de la tesis de que el imperialismo, en su ceguera, conjura él mismo las fuerzas que le romperán el cuello. Una de las circunstancias principales fue el origen mismo de la aventura de Trípoli. Apenas cabe duda de que los imperialistas coloniales franceses, que entonces tenían un poder preponderante en el gobierno de la República francesa, dieron el impulso a la aventura de Trípoli. Y uno de sus motivos principales era el temor al restablecimiento o a la extensión de la influencia turca, a través de Trípoli y de su interior, el Fezzán, sobre los habitantes prácticamente independientes del desierto, en especial en el Tibesti, que forma un eslabón entre Trípoli y la costa mediterránea y el Bled es-Sudán, el país de los negros, en suma, el África central. Los Jóvenes Turcos acababan de afianzar su dominio en el Tibesti. Su aspiración se dirigía a restablecer la antigua influencia de Estambul hasta el corazón del continente negro, allí donde el islam sigue siendo una religión conquistadora y que gana adeptos. Francia e Inglaterra habían intentado, en un acuerdo de 1899, limitar Tripolitania al desierto y negarle el acceso a las tierras pobladas y cultivadas al sur del gran mar de arena. Todavía en 1911 los franceses seguían ocupados en extender su dominio sobre los Estados islámicos independientes situados allí. Todavía a comienzos de 1910, por ejemplo, sufrieron una seria derrota en la lucha contra el sultán de Uadai. Uadai no podía sostenerse si el Tibesti, el Borku, etc., con sus indómitas tribus de bandoleros y guerreros, recibían el apoyo de tropas regulares turcas. Los políticos coloniales franceses veían en la política de los Jóvenes Turcos un peligro enorme. Esta política de los Jóvenes Turcos los hería además en el corazón, es decir, en lo referente al afianzamiento y la consolidación del inmenso imperio colonial francés que debía extenderse sobre todo el noroeste del continente negro. Por él ya habían querido hacer en 1911 una guerra con Alemania, es decir, una guerra mundial, si era necesario. Esto determinó la actitud de Francia frente a Turquía en aquel momento. Mientras Turquía tuviera todavía pie firme en el continente africano, era peligrosa, y los políticos coloniales del Quai d'Orsay, el Ministerio de Asuntos Exteriores francés, utilizaron a los campesinos y obreros italianos como carne de cañón para vencer a los Jóvenes Turcos.

Así pues, la expedición de rapiña italiana, precisamente porque se oponía a la extensión de la influencia política de Turquía, o mejor dicho al restablecimiento de una parte de la influencia que Turquía había perdido en los años ochenta a consecuencia de la ocupación de Egipto por Inglaterra y de la pérdida del Sudán y de la provincia Ecuatorial, despertó en grado sumo los sentimientos islámicos. El ataque italiano provocó directamente una violenta llamarada del llamado fanatismo islámico, como escribían entonces los periódicos capitalistas, en Egipto, en Túnez, en todo el norte de África francés, donde la dominación de los infieles era sentida en todas partes por la población mahometana como una carga insoportable. Y un conocedor del islam tan excelente como el profesor francés Le Chatelier, editor de la Revue du monde musulman,420 advertía a Francia de las enormes consecuencias que la unión del islam en todos los terrenos, también en el económico, podía acarrear para Europa. Con la expedición de rapiña italiana, el panislamismo se convirtió en realidad por primera vez en un factor político de primer orden. Solo a la duración relativamente breve de la guerra italo-turca se debe que no despertara un eco más profundo también en los países islámicos del Mediterráneo. En ese caso también Abisinia, por ejemplo, el único imperio africano que entonces, y aún hoy, había permanecido completamente independiente, habría encontrado ocasión de volver a ponerse en comunicación con el mar, del que había quedado separada por la anterior aventura italiana de 1896,421 que terminó igual de miserablemente.

¡Camaradas! A la guerra turco-italiana le siguió inmediatamente, pisándole los talones, la llamada guerra de los aliados, la guerra balcánica propiamente dicha. La guerra engendra la guerra. La violencia del imperialismo despertó una violencia nueva y peor.

La reconciliación temporal de los principales rivales, los serbios, los búlgaros y los helenos, se produjo bajo la protección del zarismo. Pero esta guerra no iba a acercar ni un paso a su solución ni uno solo de los problemas balcánicos. Al contrario: iba a agudizar los antagonismos, a atizar con más violencia el odio de las burguesías nacionales, a llevar el nacionalismo a un verdadero paroxismo y, finalmente, a entregar aún más a todos los pueblos de los Balcanes al poder del imperialismo europeo y a someterlos aún más a la alta finanza. A este respecto es el verdadero preludio de la guerra mundial, que se le igualó en todos sus efectos a escala gigantesca. Ya entonces podía demostrarse claramente en cada una de estas cuestiones. Un ejemplo especialmente claro de estas dificultades lo ofreció la cuestión del futuro de las islas del Egeo, cuyo valor estratégico y político conocían todos los gabinetes de las potencias europeas desde la batalla de Çeşme en 1770, cuando una flota rusa destruyó a la turca. Stampalia, por ejemplo, la más occidental de las islas pertenecientes al continente anatolio, era conocida desde hacía tiempo por el Almirantazgo británico como un excelente punto de apoyo marítimo. Las islas situadas al este de Stampalia no podían ser griegas porque pertenecían geográficamente al Asia Menor. La única solución satisfactoria para el futuro de las islas, como para todas las partes de los Balcanes, estaba en la mayor autonomía posible de las partes y en la federación de estas partes. Lo mismo valía para la Turquía asiática que para el resto del Imperio otomano europeo. La guerra de 1912 había enseñado a los doctrinarios Jóvenes Turcos que un imperio como el otomano, con nacionalidades tan distintas, círculos culturales tan diferentes y grados de desarrollo tan desiguales, solo podía gobernarse de forma centralista mediante un absolutismo como el del sanguinario Hamid.

Sus intentos de llevar más lejos la centralización fracasaron también por completo, y tenían que fracasar. Su parlamentarismo era una caricatura y una cosa absolutamente absurda en un imperio que comprendía, por ejemplo, incluso a kurdos y albaneses, que todavía vivían en sus primitivas organizaciones tribales. Ya el comité revolucionario macedonio de 1903 había puesto en primer plano la idea de la federación y la autonomía de las partes del imperio como único medio para un desarrollo cultural pacífico.

Pero si los Jóvenes Turcos —doctrinarios como eran— no llegaron a esta idea, hay que decir en su descargo que también todo intento de reforma se estrellaba contra la explotación por el capital europeo. El capital europeo disponía en la llamada Dette Ottomane422 de una verdadera bomba aspirante, cuya peculiaridad era que aspiraba cada vez más deprisa y con más fuerza cuanto más tiempo llevaba funcionando. La Dette Ottomane se había convertido en un ente estatal completamente independiente dentro del cuerpo del Estado turco. Ya en 1911 disponía de ingresos de más de 5 millones de libras turcas, es decir, unos 5½ millones de libras esterlinas, con un presupuesto del Estado turco que ascendía a 26 millones de ingresos y 33 millones de gastos. Este déficit hacía necesarios, naturalmente, nuevos empréstitos sin cesar, y la Dette Ottomane disponía precisamente de una parte importante de los impuestos más gravosos. Así, ya entonces los pobres campesinos turcos tenían que entregar cada año a la finanza europea sumas enormes en los impuestos sobre las ovejas, en el diezmo, en el impuesto sobre la sal, etc. Este diezmo exigía por sí solo, en realidad, por lo menos el 12½ % del producto de la tierra, y cada campesino turco cultivaba, pues, la tierra gratis durante un mes entero o más para esta parte de la deuda. Los Jóvenes Turcos, al llegar al gobierno, encontraron una confusión sin remedio en el terreno financiero; casi inmediatamente después, el ataque de la monarquía danubiana, y dos años más tarde el italiano, obligaron a grandes armamentos militares. Así se vieron obligados a recurrir incluso a nuevos impuestos gravosos. Pero era imposible lograr un equilibrio entre los ingresos y los gastos. Y tampoco debía ser. El tributo tenía que aumentar. Los financieros tenían que poder embolsarse sin cesar nuevas ganancias enormes mediante la emisión de nuevos empréstitos. Las guerras balcánicas sirvieron por lo menos a este fin. Se cargaron más de 1.600 millones de francos en nuevos empréstitos a los Estados que participaron en ellas. A pesar de todo, ya durante la guerra balcánica los Jóvenes Turcos se vieron obligados a tomar medidas que, bien aplicadas, habrían podido dar a la guerra un carácter revolucionario. Cuando, tras las rápidas y enormes primeras derrotas del otoño, se iniciaron negociaciones de paz y se llegó a un armisticio, mientras las antiguas criaturas de Hamid tenían otra vez el poder en sus manos y querían conceder todo lo que los vencedores exigían bajo la protección de la diplomacia europea, los Jóvenes Turcos, dirigidos por Enver,423 dieron un golpe de Estado (el 23 de enero de 1913), tomaron de nuevo el poder y rompieron las negociaciones. En este golpe de Estado estaba por lo menos la posibilidad de una rebelión contra el imperialismo europeo. La rebelión de Enver y compañía fue también muy claramente una demostración de la rabia creciente que la brutal política de fuerza del capital cristiano europeo despertaba en todo el mundo del islam. Ya entonces llegaban de todas partes de este mundo islámico las protestas contra la política que quería expulsar a Turquía de Europa. Así, el congreso de los mahometanos de la India británica en Lucknow protestó contra la política del gobierno inglés. También en Egipto la simpatía por la Turquía amenazada crecía cada vez más y se manifestaba cada vez con mayor claridad. Entonces empezó a despuntar también en la prensa europea la consciencia de lo peligroso que el golpe de Estado de los Jóvenes Turcos podía llegar a ser para la alta finanza europea si los Jóvenes Turcos trasladaban a Anatolia el centro de la defensa nacional y, sin preocuparse de la finanza europea, empleaban todos los recursos de que disponían en la defensa de la patria amenazada.

¡Camaradas! ¿No debería ser esto también una lección histórica que los turcos de hoy deberían tomarse a pecho? Por desgracia, ha vuelto a empezar el pago de las rentas de la deuda turca. En abril de 1921 se hizo primero en Francia un nuevo pago parcial. Un segundo pago tuvo lugar el 17 de julio de 1922. Parece, pues, que la intención de los señores financieros de la Dette Ottomane es no solo hacer que el pago de las rentas vuelva a ser regular, sino también resarcir a los tenedores europeos del importe íntegro de los cupones vencidos durante la guerra y en los años en que la joven Turquía luchaba por su existencia. El Shylock europeo e imperialista quiere su medida completa. Y los tenedores franceses en particular tienen sin duda una disposición tan extraordinariamente amistosa hacia la nueva Turquía porque esperan —mejor que de Rusia— ver resarcidas sus rentas vencidas.

¡Camaradas! Apenas hace falta repetir que, mientras Turquía no se sustraiga a esta esclavitud de la deuda, como ha hecho Rusia, no podrá liberarse realmente del yugo del imperialismo europeo. Si el gobierno de Angora se cerrara a esta idea, las masas campesinas turcas y los proletarios turcos no deberían descansar hasta haber impuesto esta reivindicación con la lucha más dura. Estos campesinos y obreros no han derramado su sangre durante ocho años para procurar ahora otra vez, con fatigas, miseria y trabajo duro, pingües beneficios al capital europeo. ¡Camaradas! Ya lo hemos señalado: la guerra balcánica de 1912-1913 reveló tanto la fuerza como la debilidad de la situación turca. La debilidad de los Jóvenes Turcos en aquel momento era sobre todo su miedo a emplear medios revolucionarios frente al imperialismo, en primer lugar la abolición del poder de la Dette Ottomane. Su fuerza se mostró también entonces, una vez más, de manera brillante en el terreno militar. Sí, su situación era incluso más fuerte que en 1878. Ante la línea de Çatalca se derrumbó el poderío búlgaro, y cuando poco después los aliados se agarraron del cuello unos a otros como enloquecidos, a los turcos les fue fácil volver a apoderarse de la Tracia oriental y de Adrianópolis. Su propia ceguera hizo imposible a los Estados balcánicos cristianos expulsar a los turcos de Europa. Pero la causa histórica y geográfica más profunda estaba en que Constantinopla es un punto de unión y no de separación, en que tiende la mano tanto hacia el oeste como hacia el este, y en que el Bósforo y los Dardanelos no son una cordillera con pasos impracticables, como por ejemplo el Pindo, sino una vía de comunicación que une. También a este respecto el final de la pugna balcánica, que fue el preludio directo de la guerra mundial, es ejemplar y profético para lo que vivimos ahora. También ahora se ha hecho el intento con fuerzas infinitamente mayores, y también ahora ha fracasado. La asesina discordia fraterna en que terminó finalmente, en el verano de 1913, la pugna balcánica, iniciada con tanta unidad, es igualmente sintomática y ejemplar históricamente. Los gobernantes búlgaros, que habían dado la mayor intensidad a la lucha de las nacionalidades contra el despotismo turco en los primeros años del siglo XX y que habían extendido más que nadie sus reivindicaciones nacionales, hasta mucho más allá de las fronteras etnográficas que debían dar a la influencia búlgara un límite nacional, habían sido también los que con su victoria más habían excitado el celo y el ansia de poder de los demás vencedores. Ellos, los búlgaros, habían sido los más despiadados al oprimir a sus adversarios nacionales, y ahora Bulgaria tuvo que humillarse, humillarse de tal modo que en ello estaba ya el germen de una nueva guerra. Después de dos años de pugna agotadora, en el verano de 1913, cuando se dictó a Bulgaria la paz de Bucarest (el 28 de julio) sin que las grandes potencias hubieran podido intervenir, hubo que hacer constar: el único vencedor era el imperialismo europeo. Un año entero de la más horrorosa matanza en masa que Europa había vivido desde 1870 no había acercado al mundo ni un paso a una solución duradera de las cuestiones balcánicas. La paz de Bucarest creó además para cada uno de los grandes aliados una situación que tenía que provocar el mismo gran descontento y tener las mismas consecuencias funestas. Bulgaria, sobre todo, se había quedado en una situación idéntica a la de Francia en 1871, después de que se le arrancara Alsacia-Lorena. El revanchismo búlgaro tenía que convertirse desde entonces en el factor dominante entre las clases burguesas. En el terrible sentimiento de venganza había nacido en las relaciones de los tres aliados una nueva y violenta fuente de fricciones, cuando los albaneses conquistaron la independencia y, desde ese día hasta hoy, iban a permanecer en pie de guerra con los serbios. Es casi absolutamente seguro que de la guerra entre los aliados habría surgido a corto plazo una nueva pugna balcánica si el 1 de agosto de 1914 no hubiera llegado la catástrofe mucho mayor. Y ahora, ocho años después del comienzo del incendio mundial, después de que la península ha tenido que vivir otra vez todos los horrores de la guerra de 1914-1918, ahora la situación no es en potencia muy distinta de la de 1913. Otra vez ha hablado la suerte de las armas. Los turcos, que según las palabras del primer ministro inglés Asquith debían quedar desterrados para siempre de Europa, del paraíso europeo, han vuelto. Las rivalidades nacionales en los Balcanes siguen siendo igual de sangrientas y terribles. Otra vez está Bulgaria abatida y humillada, como esclava del capitalismo europeo. Y si se considera el estado de los demás pueblos balcánicos, solo hay que señalar una diferencia respecto de 1913: su situación es mucho peor y mucho más desesperada. Grecia, con la nueva guerra contra los turcos que su burguesía le ha impuesto, se ve ahora llevada por segunda vez al borde del abismo.

El camarada Rádek ha dado hace poco una descripción de la situación financiera y económica actual del país que ofrece un panorama de la miseria de hoy. Pero históricamente solo se obtiene un panorama de la situación cuando se compara el estado actual de Grecia y el estado anterior a la guerra balcánica con la construcción, aunque lenta, que precedió a la era de las guerras imperialistas. En 1890 el país había tomado en préstamo 570 millones de francos y había recibido en realidad 413 millones. Cada habitante de aquel país pobre y pequeño estaba gravado con una suma de 260 francos pagaderos en oro. En 1893 esta deuda exigía una renta, pagadera en oro, de 58 millones al año, y como el conjunto de los ingresos del Estado era muy inferior, la bancarrota era inevitable. Una nueva guerra, la desdichada guerra que Grecia libró en 1897 contra Turquía y que cargó al país con nuevas obligaciones, dio a la finanza internacional ocasión de volver a apretar, y con más fuerza, el lazo financiero del que el pobre país se había librado. Se formó una comisión financiera internacional que recibió el control total sobre la recaudación y el empleo de los impuestos necesarios para amortizar la deuda nacional y la indemnización de guerra a Turquía. El pueblo griego quedó así arrojado otra vez a la completa esclavitud de la deuda. A este respecto ya no se distinguía del pueblo turco ni de otros pueblos orientales. La comisión financiera del capital internacional concertó nuevos empréstitos, que procuraron naturalmente otra vez considerables ganancias a la alta finanza. Se asignó a esta comisión el producto de diversos monopolios y de algunos de los impuestos más importantes. Grecia tenía que reunir cada año cerca de 40 millones de francos oro para el pago de intereses y la amortización de la deuda. El pueblo pobre pagaba en forma de los monopolios de la sal, del petróleo, de las cerillas y otros. Como consecuencia de esta rigurosa gestión financiera, el capital internacional había exprimido del país, todavía pobre, tanto en el año de las guerras balcánicas que la deuda nacional había bajado a 824 millones de francos. Gracias a la mejora de la situación económica, al enriquecimiento de la burguesía, se había logrado equilibrar los gastos y los ingresos del Estado. Es cierto que todo esto solo fue posible gracias a un sistema fiscal extremadamente gravoso, que en las ciudades encarecía enormemente la vida a todos los consumidores y en especial a los obreros, de modo que la emigración era cada vez mayor, aunque el país seguía estando muy poco poblado y eso frenaba todo progreso en el campo y en la agricultura. Pero con el mayor esfuerzo se había llegado por fin, en vísperas de las guerras balcánicas, a que el país se hubiera sustraído de hecho al control de la comisión financiera internacional y pudiera volver a administrarse más o menos por sí mismo. Las guerras balcánicas trastornaron, sin embargo, inmediatamente el equilibrio restablecido a duras penas. En 1904 el ejército y la marina juntos requerían todavía la suma de 20½ millones de francos. En 1912-1913 esta suma se elevó ya, a causa de la guerra, a 450 millones. Para 1914 se previó ya un presupuesto normal de 130 millones para el ejército y la marina. El país entró definitivamente en la senda de la expansión imperialista, al servicio del imperialismo europeo. Las conquistas de las guerras balcánicas le procuraron un aumento de superficie de 5[…].000 km² y un aumento de población de 2 millones. Pero las cargas que se impusieron a la vieja y a la nueva Grecia fueron mucho mayores. Las nuevas provincias —y en especial la segunda gran ciudad comercial, Salónica— se encontraban en el peor estado económico imaginable, separadas de su interior natural y arruinadas por la guerra y el desgobierno. En suma, las guerras balcánicas pusieron a Grecia otra vez en una situación que en muchos aspectos era más triste que la de comienzos del siglo XX. Desde entonces se han sumado la guerra mundial y las guerras contra los turcos para continuar el proceso. Hoy Grecia, con su economía devastada, su situación financiera sin remedio, su enorme carga de deudas y su población de refugiados desnudos de Anatolia y Tracia, se encuentra otra vez en una situación mucho peor que aquella en que se encontró el desdichado país después de la guerra de independencia.

Estas son las consecuencias del imperialismo y de las guerras imperialistas para uno de los vencedores de 1912-1913. Y, como al pueblo turco, al pueblo griego solo puede ayudarle una cosa: un levantamiento enérgico contra los imperialistas de Occidente y sus cómplices en el propio país. Ante todo, la abolición de las cargas insoportables que el capital financiero impuso al pobre país, la anulación de la deuda pública griega, igual que la de la Dette Ottomane.

La situación del tan engrandecido reino de los serbios, que irónicamente se llama «Reino de los Serbios y Croatas», no es ni un pelo mejor, quizá aún peor que la de Grecia. Pues, además de la calamidad económica, que es exactamente tan grande como la de Grecia —Serbia acaba de hacerse tributaria también del capital norteamericano—, se suma en el reino serbocroata una furiosa lucha política de las nacionalidades. Solo mediante el terrorismo y la violación de la constitución puede sostenerse el Estado unitario serbio, no solo frente a los obreros, sino también frente a los croatas. Los molinos de la historia han martirizado al desdichado país durante 8 años y, al parecer, no han molido más que paja. Se ha asesinado y devastado, y si no hubieran aumentado el ánimo combativo y la fuerza de la clase obrera comunista, podría decirse que nada ha mejorado. También los observadores burgueses están de acuerdo en que el Estado serbocroata carece de una cohesión firme y un día volverá a desintegrarse, a menos que los gobernantes de Belgrado, completamente ofuscados, se vean obligados a tiempo a poner fin al centralismo y a conceder a las nacionalidades una amplia autonomía.

¡Camaradas! El paralelo con la situación anterior a la guerra mundial puede llevarse todavía más lejos. Entonces fue el imperialismo italiano el que, en 1911, lanzó el primer ataque, con el que se desencadenaron las bodas de sangre del Próximo Oriente, que duran hasta hoy. Ahora el imperialismo italiano, aunque se contaba por así decirlo entre los vencedores, es tan impotente por su propio agotamiento y por el poder creciente de la revolución en Italia que ya no se atreve a inmiscuirse en las cuestiones del Próximo Oriente. Sigue ocupando el Dodecaneso, y en esto sigue habiendo un peligro de que intervenga en los asuntos de los Balcanes y del Próximo Oriente. Pero parece haber renunciado a sus pretensiones en Anatolia. Los estadistas burgueses italianos tocaron incluso la flauta pacifista. Un Facta, un Nitti, denunciaban el imperialismo de los demás. Ellos mismos son corderos inocentes. Pero entretanto, de las ruinas del imperialismo de antes de la guerra, se ha alzado ya, amenazador y armado, un nuevo poder: el fascismo, que lleva el nacionalismo hasta la locura, igual que ocurría en los propios Balcanes. Los fascistas son ahora el poder que tiene en sus manos el destino de Italia, y el señor Mussolini ya ha dicho: ¡en cuanto tengamos Italia, empieza la expansión! ¡La expansión! ¿Hacia dónde, si no a través del Adriático, que para los nacionalistas italianos se ha convertido ahora en su mar? La aventura del poeta D'Annunzio ha mostrado, exactamente igual que la historia de la guerra mundial, a qué conduce una expansión semejante: a un choque con los serbios, que pondría inmediatamente a sangre y fuego otra vez la península, ya que, por ejemplo, los albaneses se convertirían enseguida en aliados de la expansión italiana contra los serbios.

Camaradas, el aumento del poder del fascismo en Italia, este renacer de las ideas imperialistas en formas nuevas, constituye de nuevo un peligro terrible no solo para la propia Italia, sino también para todos los Balcanes y, con ello, para el Próximo Oriente. El proletariado internacional tiene el deber de hacer todo lo posible para que nuestros camaradas italianos puedan romperle los dientes a este nuevo peligro.

Camaradas, el único país balcánico, el único Estado del Próximo Oriente que participó en la enorme pugna de 1911-1922 y salió de estas luchas fortalecido y, por así decirlo, revivido, es Turquía, un Estado islámico.

La resurrección de Turquía, después de los terribles acontecimientos, de las enormes pérdidas, primero en la guerra italo-turca y luego en la guerra balcánica, en la guerra mundial y finalmente en la guerra greco-turca, tenía que parecer un milagro a los ojos de Europa occidental.

Lo que los campesinos anatolios han logrado en el terreno militar en estos 11 años es increíble y tiene que parecer un milagro a los ojos burgueses europeos. Hace poco todavía un experto holandés hacía en el Handelsblad la siguiente observación sobre este tema:

«El sorprendente cambio en el Asia Menor, que llegó por sorpresa incluso para los mejores conocedores y los más fanáticos amigos de los turcos, plantea la pregunta de cómo ha sido posible que Turquía, evidentemente caduca y condenada a muerte, cuyas últimas fuerzas materiales y morales se agotaron por completo en los cuatro años de guerra mundial y que en esa guerra no había dado pruebas especiales de capacidad ni de otras cualidades, asombre ahora de repente al mundo. Este país, que parecía condenado a la ruina, muestra ahora, en su completo aislamiento, las más altas capacidades de organización y un gran entusiasmo».

El juicio es característico de la impresión que las victorias turcas de los últimos meses han causado en Europa. Prosigue así:

«Simples generales y políticos turcos han comprendido más de la psicología de los pueblos asiáticos que todos los departamentos mahometanos de los ministerios de los grandes Estados occidentales en Downing Street y en otras partes. En Londres se demostró con todo detalle que Mustafá424 estaba al cabo de sus fuerzas con todo su movimiento nacionalista y que su aislamiento en medio de la meseta de Anatolia tenía que llevar tarde o temprano a todo el movimiento al fiasco. Se decía que Anatolia se había desangrado ya durante la guerra mundial: un verdadero país de viudas y huérfanos. El país estaba sin cultivar, faltaban semillas, maquinaria agrícola y mano de obra. El país perdería un día la paciencia y se levantaría contra los dirigentes nacionalistas. Así se hablaba en Londres. Que Anatolia es de hecho el país de los huérfanos y las viudas, en eso se tenía razón. Que, después de sacrificar a millones de personas, haya hecho la guerra todavía 4 años sin interrupción y haya podido asestar con su puño de hierro golpes tales que pudo arrojar al mar al mercenario de Inglaterra, todo eso solo fue posible por la fe en la idea nacional.

Una actitud expectante ya no basta. Tenemos que trasladarnos desde nuestra altura, o nuestras tinieblas, europeas a las ideas del islam, no solo para saber algo más, sino sencillamente por un sano egoísmo y por preocupación por nuestro futuro, para que no encontremos un buen día las enormes puertas de Asia cerradas para siempre ante nuestros ojos asombrados».

Camaradas, tan profunda es la impresión que las victorias turcas han causado en los observadores de mirada algo más larga. Mayor es todavía el eco en todo el islam. Desde las columnas de Hércules hasta las islas del Pacífico, el almuédano ha vuelto a llevar la alabanza del soldado anatolio y de su héroe, el Gazi Kemal. Escúchese solamente a un hombre tan relacionado con los gobernantes europeos como el gran visir de Marruecos. Dijo en una entrevista en Ginebra: «La victoria de los turcos le había alegrado mucho también a él, y esta victoria ha despertado gran entusiasmo en Marruecos. Pues, aunque nuestro país no mantiene relaciones especiales con Turquía, nuestro corazón está con ellos. Es muy sensato por parte de Francia que en Oriente tenga en cuenta los intereses turcos. Todos tienen que estarle agradecidos a Francia por ello».

En todo este inmenso mundo del islam que se encuentra hoy bajo soberanía francesa, con sus millones de musulmanes amarillos, blancos, morenos y negros de todas las razas y todas las lenguas, solo es posible sostenerse haciendo concesiones, por lo menos a las clases dominantes del islam, en la mayor medida posible y adulándolas.

Las clases dominantes francesas tampoco descuidan nada a este respecto, en la medida en que es compatible con su soberanía. La política de asimilación se lleva a cabo hasta donde es posible. Francia tiene además en sus manos su botín del Imperio turco. Se ha instalado en Siria, donde tenía, es cierto, antiguos «derechos», como se dice en la jerga diplomática, pero apenas abrigaba la esperanza de volver a poner allí pie firme.

Camaradas, si no es difícil encontrar razones de peso, derivadas de la situación política mundial en general, para el papel apaciguador que la Francia militarista e imperialista del señor Poincaré ha desempeñado en la reciente crisis de Oriente (a las que se añaden causas económicas y financieras directas, de las que aún tendremos que hablar), el papel que ha desempeñado Inglaterra desde el avance de los turcos, bajo la égida del señor Lloyd George, es mucho más difícil de comprender. Hasta podría decirse que a primera vista apenas se comprende. El señor Lloyd George adoptó frente a los turcos y al islam una posición que parecía estar en contradicción con los intereses reales del Imperio británico. Una parte de la gran prensa imperialista de Inglaterra tenía una explicación muy sencilla para el renacer de la fuerza turca, que en septiembre se reveló a todo el mundo ya plenamente formada. La explicación consistía en una especie de remedio mágico, un verdadero hallazgo sacado de los cuentos árabes de Las mil y una noches. Llevaba el nombre de «la mano de Moscú». Así escribía el Times del 6 de octubre:

«Una extraña mezcla de fuerzas históricas se concentra en torno a la fatídica ciudad de Constantinopla. En primer plano, los turcos. En el fondo, el poder que gobierna Rusia, un poder extraño y siniestro, con fines que poco concuerdan con las aspiraciones nacionales turcas y que están en contradicción muy precisa y enérgica con todo aquello por lo que los aliados fueron a la guerra».

El periódico prosigue:

«Los kemalistas están unidos a los bolcheviques por una serie de tratados y acuerdos públicos y secretos. El largo período en que la guerra con Grecia los mantuvo aislados de Occidente no les dejó otra opción que unirse a los bolcheviques, que acudieron solícitos en su ayuda con dinero y municiones y que penetraron en todos los secretos de su política. Turquía fue devuelta a una nueva vida con la ayuda del Moscú soviético, no para que Turquía viviera, sino para que la cultura de Occidente fuera atacada de nuevo en su punto más débil, los Balcanes, y para que, por medio de nuevos disturbios, pudiera iniciarse otra vez la acción revolucionaria en la Europa agotada».

«Los bolcheviques —sigue diciendo— intentan utilizar las aspiraciones nacionales turcas para procurarse acceso a los países del sudeste de Europa, que siguen en agitación». El Times señala las posibilidades que tiene ahora el bolchevismo de asentarse en los países balcánicos, y dice que es deber de los aliados impedir que se realicen estos fines de los bolcheviques. Este será más o menos el razonamiento que ha desempeñado un papel también en el señor Lloyd George. Otra parte de la prensa capitalista, de mirada algo más larga, ha calificado al señor Lloyd George como lo que realmente es: un provocador e instigador de guerras. El cronista del semanario liberal The Nation demostró que, si la paz no se rompió ya en los primeros días de octubre, se debió únicamente a la actuación de un general moderado, Harington.425 Califica a los señores Lloyd George, Winston Churchill y lord Birkenhead426 de instigadores de guerra; también el New Statesman denunció un partido de la guerra en el gabinete, al que pertenecían los señores Lloyd George y Churchill, que decidieron por su cuenta expulsar a los turcos con las armas en la mano de la llamada zona neutral.

Pero lo más tajante y característico fue quizá la manera en que el antiguo admirador y escudero del señor Lloyd George, Garvin,427 demostró en el Observer lo que en realidad fue la política del gabinete Lloyd George en la reciente crisis de Oriente. Escribió: «Tenemos que encarar un hecho brutal. Irrevocable y lamentablemente, el gobierno británico ha perdido al cabo de 4 años la gran guerra en Oriente. La porcelana diplomática de Sèvres428 está hecha añicos y, al final, el gobierno no ha sabido apoyarse en Oriente en Rusia, como Gladstone, ni en Turquía, como Beaconsfield.429 Los ministros solo han sido capaces de combinar los errores de todas las orientaciones políticas anteriores. Ahora es necesario que dejemos de una vez por todas de tirar al niño con el agua del baño y de caer de un mal en otro mayor. En lugar de provocar a la vez a Turquía y a Rusia, de enajenarnos a Francia y a Italia y, encima, de hacer tambalearse los cimientos de nuestro imperio poniéndonos en contra a todo el islam, tenemos que cerrar todo el trágico libro de la ceguera y de los errores. No solo tenemos que abandonar todo el espíritu y todo el método que animaban esta política, sino dejar el camino que hemos seguido; pues, si siguiéramos en la misma dirección, el imperio se vería pronto ante peligros tan enormes y mortales como nunca había conocido». Algunos de los políticos burgueses más sensatos han llegado también a la conclusión de que la política que el señor Lloyd George ha seguido frente a Turquía es, desde el punto de vista del Imperio británico, francamente demencial, e incluso, podría decirse, criminal.

Y si se deja hablar objetivamente a los hechos, hay que llegar también a esa conclusión.

Pueden aducirse razones materiales muy sencillas de la actitud antiturca y progriega de este hombre, tal como las ha expuesto, por ejemplo, el camarada Rosenberg en un artículo de Inprekorr. El señor Lloyd George pertenece desde hace mucho a cierta camarilla de grandes financieros estrechamente ligados a hombres de negocios griegos. Estos financieros judeogriegos han ejercido sin duda una influencia muy grande sobre él. También desde otro lado se ha señalado esa influencia de carácter plutocrático, por ejemplo, el conocido escritor católico Chesterton.430 Sin duda se han sumado en Lloyd George influencias ideológicas, su cristianismo estrecho y beato, que le hace ver en todo cristiano, aunque sea solo un griego o un bizantino, un ser elegido frente a los malditos turcos.

Pero lo que está firmemente establecido es que la política de Lloyd George ha infligido al Imperio británico una terrible derrota en el Oriente Próximo. La derrota se hizo ya evidente en el momento en que la conferencia de Mudania431 tuvo por consecuencia el regreso de los turcos a Tracia y, por tanto, el dominio completo de Turquía sobre los Estrechos.

Un gran periódico capitalista holandés escribía el 11 de octubre, cuando ya se conocían en lo esencial los resultados de la conferencia, lo siguiente: «Lo único que les queda a los ingleses es la satisfacción de seguir por el momento en Chanak para garantizar la libertad de los Estrechos. La cuestión es solo qué se entiende por libertad de los Estrechos. El artículo cuarto del Pacto Nacional de Angora dice: seguridad de la ciudad de Constantinopla, residencia del califa, y del mar de Mármara frente a cualquier ataque. Sin perjuicio de este principio, los Estrechos y el Bósforo deben estar completamente abiertos al comercio y a la navegación de todos los países. Esto expresa el punto de vista turco sobre la libertad de los Estrechos, y no significa ciertamente que, una vez devueltas a los turcos las orillas de ambos lados, los buques de guerra británicos puedan entrar y salir siempre libremente. Lo que Lloyd George entendía por esa libertad puede deducirse de su solemne declaración de que no debía volver a ocurrir que los Estrechos se cerrasen en caso de guerra, como en 1914, cuando Rusia quedó aislada en el mar Negro, las flotas aliadas no pudieron ponerse en comunicación con su aliado y también Rumanía pudo ser ocupada por el enemigo hasta el mar Negro. Lloyd George desea, pues, que nunca más se dispare un cañón contra un buque de guerra inglés y que ninguna mina vuelva a bajar con la rápida corriente hacia la salida de los Dardanelos al encuentro del casco de un buque de guerra inglés. Es un deseo imposible. La Sociedad de Naciones podría obtener una especie de vigilancia sobre una desmilitarización de la zona en torno a los Estrechos. Pero si se llegara a la guerra, Rusia y Turquía juntas, haya fortificaciones o no, tomarían medidas contra un enemigo que intentara entrar. Las obras de defensa se improvisan rápidamente. Los campos de minas se tienden muy deprisa; en caso de guerra los Estrechos volverán a cerrarse, porque los propios aliados vuelven a admitir a los turcos en ambas orillas de los Estrechos. Y así toda la libertad de los Estrechos por la que el Imperio británico quería luchar no es más que una solución puramente formal sin importancia práctica».

Aquí, desde el lado capitalista neutral, se expone de forma breve y clara cómo el señor Lloyd George quería luchar en septiembre por una posición que ya había abandonado. El programa de la nueva Turquía, tal como lo formuló una vez más, por ejemplo, Mustafá Kemal en Esmirna, se ha realizado ahora en buena parte gracias a la conferencia de Mudania. Decía entonces: exigimos Asia Menor, Tracia hasta el Maritsa y Constantinopla. Estamos dispuestos a dar todas las garantías posibles para el libre paso por los Dardanelos y nos comprometeremos a no fortificarlos. Es solo justo que las grandes potencias permitan que construyamos obras de defensa en la costa del mar de Mármara, de modo que Constantinopla quede protegida contra una sorpresa.

De ello se desprende, como se ve, exactamente lo que escribía el gran periódico holandés: la libertad de los Estrechos, una vez que Turquía vuelva a estar en plena posesión de ambas orillas, no es más que una solución puramente formal sin importancia práctica. Aunque la llamada Sociedad de Naciones garantizase esa libertad y Turquía se hiciese miembro de esa Sociedad, la fórmula solo tendría valor en tiempo de paz, y que haya paz en los Balcanes o no depende del imperialismo europeo y de si los pueblos balcánicos se liberan del yugo de ese imperialismo y de sus cómplices en su propio país y se unen.

Kemal mencionó en esa misma entrevista como otras condiciones de paz: 1, la abolición de las capitulaciones,432 que con razón calificó de atentado contra la independencia de Turquía; 2, la entrega de la flota griega, que de lo contrario podría amenazar la costa de Anatolia; 3, la indemnización por los estragos causados por los griegos.

Sobre el alcance de estas reivindicaciones apenas vale la pena decir mucho ahora; solo echamos de menos una cosa: la reivindicación de la abolición de la Dette Ottomane. Si el pueblo turco quiere de verdad la libertad, tiene que imponer esa reivindicación.

Kemal señaló en la entrevista un factor importante por el que la nueva Turquía es mucho más fuerte que la antigua. Ahora es casi un todo nacional. Ya no abarca las partes árabes del imperio, cuya posesión tanto trabajo dio al despotismo bajo Hamid y donde el soldado turco tenía que hacer de gendarme. Así, la nueva Turquía se encuentra en una situación en la que ya no necesita sacrificar, como antes, una gran parte de su fuerza a la agotadora lucha de las nacionalidades. Esas provincias están ahora separadas del cuerpo del Estado turco y se han convertido en botín del imperialismo occidental. Siria está por el momento bajo dominio francés; Palestina y Mesopotamia, nominalmente territorios bajo mandato de la Sociedad de Naciones, están bajo soberanía inglesa. Sin embargo, no puede decirse que el imperialismo, sobre todo el inglés, haya tenido hasta hoy motivos de alegría con sus nuevas conquistas.

La historia del mandato sobre Palestina y Mesopotamia es una larga historia de sufrimientos; la situación sigue siendo en extremo incierta.

En Palestina, los dos elementos dominantes, los judíos y los árabes, están igualmente descontentos. Y sin exponer, ni siquiera en sus rasgos principales, la enrevesada historia de este país en los últimos años, puede decirse una cosa: el dominio inglés no ha sido capaz de lograr ni siquiera medianamente una colaboración pacífica entre las nacionalidades en la nueva Palestina. El país está ahora en vísperas de las elecciones a una especie de cuerpo representativo. Pero los árabes han decretado el boicot de esas elecciones. El movimiento panislámico, del que aún hablaremos, sigue creciendo también allí.

En el Irak la situación es, si cabe, aún más enrevesada y mucho más desfavorable para el imperialismo inglés. Una ocupación permanente costaría sumas enormes, que están en contradicción absoluta con el afán de reducir los gastos, que es en este momento en todos los países capitalistas el problema principal de la crisis burguesa.

Con la ocupación de Mesopotamia, que resultó de la guerra, se ha creado para el Imperio británico la situación contra la que ya advirtió Brailsford durante la guerra en su libro A League of Nations, cuando decía: la ocupación de Mesopotamia significaría para Inglaterra un debilitamiento tanto estratégico como político.

Para el Irak, como para las partes del continente árabe sometidas a la influencia inglesa, Inglaterra prefiere ya ahora una especie de autogobierno. Es más, ese autogobierno bajo soberanía inglesa es incluso una necesidad para la propia Inglaterra. Pero el autogobierno conduce directamente, exactamente igual que en el caso de Egipto, a reforzar la aspiración a acabar con la odiada soberanía inglesa.

Según las últimas noticias, en la primera quincena de octubre se firmó en Bagdad, entre el alto comisario inglés sir Percy Cox433 y el primer ministro del Irak, una especie de tratado de alianza. El tratado fija las relaciones entre Inglaterra como potencia mandataria y el Irak, y se considera el primer paso importante para garantizar al Irak de forma duradera el autogobierno.

Gran Bretaña se encarga entonces de asegurar la admisión del Irak en la Sociedad de Naciones, con lo que el mandato británico cesaría automáticamente.

Al mismo tiempo llega la noticia de que el Gobierno británico intentará todo lo posible para fijar las fronteras del Irak. Cuando el tratado esté debidamente ratificado, se haya establecido un gobierno estable de acuerdo con la ley orgánica y se hayan determinado las fronteras, entonces —así se dice— el Gobierno británico espera confiado que el Gobierno del Irak solicite el ingreso en la Sociedad de Naciones.

Camaradas, aquí se ve de nuevo con especial claridad y nitidez la política hipócrita del imperialismo británico. Exactamente igual que con el reino aparentemente independiente de Faisal,434 Inglaterra quiere crear también aquí un llamado Estado árabe independiente como aliado. Este aliado puede incluso llegar a ser miembro de la Sociedad de Naciones. Egipto, un Estado mahometano que ahora hasta se llama independiente, no puede, sin embargo, formar parte de esa Sociedad, instrumento de las grandes potencias. Parece que en este momento Inglaterra está intentando imponer por todos los medios su soberanía en el inmenso continente árabe. Una conocida viajera al servicio de Inglaterra, Mrs. Rosita Forbes,435 ha partido estos días con misiones secretas hacia el desierto de Arabia. Seguramente tiene el encargo de volver a atar a Inglaterra a los jefes beduinos con oro y regalos. En efecto, en los próximos años no está en juego para Inglaterra en el continente árabe nada menos que toda su comunicación con la India. Si las tribus árabes y los árabes en general se sustrajesen juntos en los próximos años a la tutela inglesa, todo el puente estratégico que Inglaterra lleva 200 años construyendo se vendría abajo.

Tanto es lo que está ahora en juego en el Oriente Próximo. Podría decirse: según se orienten los árabes en los próximos meses y años, así se orientará la historia universal en el Oriente Próximo.

Camaradas, Inglaterra intenta por todos los medios mantener su soberanía en estos países, con astucia o con violencia, según el caso.

Los intereses del proletariado mundial, al igual que los de los pueblos orientales, van en el mismo sentido: que esa soberanía caiga.

El Irak es sin duda la posición más débil y estratégicamente más desfavorable en el puente de comunicación del Imperio británico. Estratégicamente, el Irak está situado de forma mucho más desfavorable que Palestina o Egipto. Su población se compone todavía en su inmensa mayoría de nómadas que no están dispuestos a someterse al yugo británico. No es posible trazar un límite frente al desierto libre. Con las tribus beduinas libres solo la corrupción puede conseguir algo.

Camaradas, lo difícil que es ya la situación del imperialismo británico en el Oriente Próximo se hace evidente si se considera su situación en toda la enorme extensión de la posición estratégica del mundo del Oriente Próximo. Pues todo este mundo del Oriente Próximo, desde las fronteras de Baluchistán hasta el Mediterráneo, no es desde el punto de vista imperialista británico más que un inmenso glacis de la fortaleza India, atravesado por un foso que ha de garantizar la libre comunicación entre las dos grandes superficies de agua donde el Imperio es y tiene que seguir siendo dueño del mar, a saber, el Mediterráneo y el océano Índico.

Todavía en 1918-1919 el imperialismo británico estaba a la ofensiva en toda esta enorme superficie.

Se tiene una impresión especialmente nítida de la ofensiva británica que acompañó a la guerra mundial en su última fase en este enorme frente, el frente que se extendía a lo largo de miles de millas desde el Asia Central hasta el mar Negro, cuando se lee el libro de un militar inglés que en esta materia ha contado, por así decirlo, algunos secretos de la casa, quizá más de lo que era bueno y útil. Camaradas, me refiero al libro del capitán L. V. S. Blacker, of the Corps of Guides,436 titulado On Secret Patrol in High Asia.

En el prefacio de esta obra interesantísima, el conocido político y estratega imperialista inglés sir George Younghusband escribe que tropas británicas, indias y mahometanas, en pequeño número, aniquilaron a 10.000 bolcheviques y llevaron el temor de Dios y de los soldados indios bajo mando británico miles de kilómetros adentro de Asia.

Apenas es posible iluminar con más crudeza el hecho de alcance histórico universal que estos militares pregonan a voces: que la guerra mundial, en 1918, en el enorme terreno que se extiende desde la meseta del Pamir y el Turquestán chino hasta el mar Negro, se convirtió automáticamente en la lucha entre la Rusia proletaria y el imperialismo británico.

Los dos enemigos irreconciliables chocan allí en esas inmensas montañas de miles de millas y en esos inmensos desiertos en el momento del nacimiento de la república proletaria, cuando el Imperio británico había llegado a la cumbre de su poder.

Desde entonces el imperialismo británico ha ido rápidamente cuesta abajo y el poder de la república proletaria cuesta arriba. Y ahora, cuatro años después, el orgulloso imperio mundial británico se ve ya obligado a negociar en pie de igualdad con el nuevo poder proletario, tan temido y despreciado.

E igual de grave: ha tenido que arriar velas ante una potencia islámica que creía haber aplastado ya.

¡Camaradas! Es un caso que recuerda los enormes vuelcos del destino que Shakespeare, el mayor dramaturgo inglés, mostró con tanta fuerza en sus dramas históricos, sobre todo en Enrique V.

Pero lo más importante es quizá esto: el capitán Blacker se jacta de que mahometanos de la India británica, de que soldados del Punjab bajo mando británico, hicieron el trabajo sucio que se le había encomendado. Es más, de que, si en Londres se hubiera querido, podrían haber derrotado a los jóvenes Ejércitos Rojos y estrangulado a la República Roja.

Hasta qué punto es esto exacto desde el punto de vista militar, lo dejo al juicio de los expertos militares. Pero sabemos que el oficial británico y el militarismo británico ya no podrían disponer ahora de los mahometanos de la India británica como entonces y durante la gran guerra. Los sentimientos de los mahometanos, también en la India, hacia Inglaterra se han vuelto ahora, por obra de la propia política inglesa, tales que ya no se les puede utilizar contra la República soviética. O, a lo sumo, solo en una pequeña parte. Pero nuestro deber, camaradas, es procurar que en el futuro más próximo ningún soldado musulmán se deje utilizar ya como mercenario contra la libertad proletaria.

Con esto hemos llegado de nuevo al interés principal que tienen los acontecimientos del Oriente Próximo para la lucha del proletariado mundial, para nuestra Internacional Comunista, para el derrumbe del capitalismo.

Estos acontecimientos constituyen una nueva fase en la enorme lucha que se desarrolla cada vez más, en la que el mundo oriental en su conjunto, pero sobre todo el mundo del islam como su parte más combativa, se levanta contra la dominación del capital europeo.

Este levantamiento tiene un alcance histórico universal tan enorme que la Internacional proletaria debe prestarle más que nunca toda su atención y apoyarlo con todas sus fuerzas. Pues la independencia del mundo oriental en su conjunto, la independencia de toda Asia, la independencia de los pueblos islámicos en su conjunto, que no solo constituyen una gran parte de la población en Asia y en el Asia anterior, sino que forman también un poder cada vez mayor en el continente negro, donde han avanzado ya hasta más allá del Zambeze, significa ya por sí sola el fin del imperialismo occidental, en primer lugar del británico.

Sin la soberanía política sobre los pueblos asiáticos, sin la explotación de los pueblos islámicos, junto con los pueblos hindúes, chinos y demás pueblos del Extremo Oriente, la supervivencia del imperialismo es imposible. ¿Por qué? Porque la liberación de los pueblos islámicos y de los demás pueblos orientales significa a la vez que cesa su obligación de tributo hacia el capital europeo, y la acumulación del capital no puede proseguir sin ese tributo.

Ahora bien, un estancamiento de la acumulación es ante todo lo que hiere de muerte al capital. Eso le corta la arteria vital. Así nos lo muestra de nuevo el desarrollo de los dos últimos años.

El movimiento, la revolución que se ha apoderado del Oriente Próximo y de todo el Oriente y que le dará la plena independencia política, es inevitable.

En los pueblos islámicos no aspira solo a la emancipación política, sino también a la económica. En eso precisamente reside lo funesto para el capitalismo de Occidente.

Un único y mismo movimiento enorme recorre desde hace algunos decenios el mundo islámico, que, aunque sea solo temporalmente, salva y deja a un lado las diferencias nacionales y raciales. Es el movimiento panislámico.

Stoddard,437 uno de los más recientes historiadores del islam, señala en qué gran medida los sentimientos de solidaridad y de odio hacia los europeos se despertaron y se fortalecieron ya con los acontecimientos de los últimos años anteriores a la guerra mundial. Un influyente político islámico escribía justo antes de la gran guerra en la Revue du monde musulman438 lo siguiente: «Los acontecimientos de estos últimos diez años y los infortunios que han caído sobre el mundo mahometano han despertado en su corazón sentimientos de cordialidad y de entrega hasta ahora desconocidos, y un odio general contra todos los opresores excita hoy los corazones de todos los musulmanes».

Stoddard subraya que estos sentimientos de odio contra Occidente no se limitan a periodistas y políticos, sino que los comparten todas las clases. Cada clase tiene sus razones específicas para odiar la dominación política europea. Pero todas odian, y eso da algo común que en determinadas circunstancias puede imponerse a todos los demás sentimientos. La guerra mundial fue saludada por grandes masas de musulmanes como una merecida némesis de la codicia y la soberbia occidentales. El Tanin439 escribía el 24 de octubre de 1914: «No querían ver los males en sus propios países ni en otras partes, pero al menor incidente se entrometían en nuestros asuntos. Cada día roían alguno de nuestros derechos o alguna parte de nuestra soberanía. Hacían vivisección en nuestra carne temblorosa y cortaban trozos enteros. Y nosotros, reprimiendo a la fuerza los sentimientos de rebeldía en nuestro corazón y apretando impotentes los puños, solo podíamos murmurar en silencio y abatidos, mientras el fuego ardía en nosotros, y exclamar: ¡Ah, si se atacasen unos a otros, si se despedazasen entre sí! Y he aquí que ahora se despedazan, tal como el turco quería».

La guerra mundial llegó, pues, para muchos musulmanes que miraban más lejos, como un acontecimiento grato.

Y el señor Stoddard afirma también que, si a la gran guerra no siguió inmediatamente un enorme movimiento insurreccional islámico, se debió solo a que los dirigentes más influyentes del islam no consideraban llegado el momento para tal insurrección y, en general, condenaban también la actuación de los Jóvenes Turcos al lado de uno de los imperialistas contendientes. Los verdaderos dirigentes espirituales del panislamismo, es decir, los hombres que están a la cabeza de las grandes hermandades islámicas, sobre todo de los senusíes,440 consideraban entonces inoportuno el momento. Tampoco estaban preparados materialmente. Aún no habían llegado a los acuerdos necesarios y, sobre todo, el llamamiento del califa a la guerra santa llevaba demasiado claramente el sello «Made in Germany». Estos musulmanes de mirada más larga no tenían ganas de lanzarse a la lucha mundial a favor de uno de los imperialismos contendientes. Y aunque en todas partes estallaron insurrecciones en los países islámicos bajo soberanía inglesa y francesa, fueron espontáneas y no fruto del apoyo de esos grandes dirigentes. Estos dirigentes habían juzgado acertadamente. Pues todo lo que ocurrió durante la guerra y después fue tal que tenía que fortalecer enormemente el movimiento panislámico. En primer lugar, resultó que las potencias capitalistas no habían aprendido nada durante la guerra. Es bien sabido cómo continuaron durante la guerra, con tratados secretos, su política de reparto y de conquista. Y cuando por fin llegó la paz —demos la palabra al señor Stoddard, que no es ciertamente un revolucionario, para que describa la impresión que la Conferencia de Paz de Versalles causó en los pueblos islámicos—, dice que los actos de las potencias imperialistas europeas, los tratados secretos que repartían aún más el mundo islámico, lo llenaron de una furia y de un sentimiento de justicia herida como nunca antes. Se levantó una marea viva de apasionada determinación, y esto parece anunciar solo una tormenta mucho más grave.

La pleamar de esa apasionada determinación, que según el historiador del islam sigue subiendo, esa mar de fondo que solo precede a la tormenta mayor, no ha dejado de crecer desde 1919.

No hay que dejarse engañar, dice el señor Stoddard, por el hecho de que las insurrecciones de los pueblos islámicos del Oriente Próximo en los años posteriores a 1918 tengan en apariencia, en primer término, un carácter nacional. Pues el nacionalismo islámico y el panislamismo, por diferentes que sean, coinciden en definitiva en su aspiración a la liberación completa del islam de todo control político europeo.

El islam es capaz de cierta unificación del mundo capitalista, porque el lazo que une a todos los musulmanes es más que religioso. El islam es más que una fe: es un sistema social completo, es una civilización con filosofía, cultura y arte propios, y en su lucha secular con la cultura rival del cristianismo se ha convertido en un todo orgánico consciente de sí mismo.

Estas palabras de un conocedor inglés del islam, sir Morison,441 recogían ya antes de la guerra también la opinión de un islamista tan competente como el profesor Le Chatelier, y un conocedor del islam tan famoso, quizá el más famoso, como Vámbéry442 escribió tras el ataque italiano contra Trípoli: «Cuanto más aumentan el poder y la autoridad de Occidente en el viejo mundo, tanto más fuerte se hace el lazo de la unidad y del interés común entre las distintas partes de la población asiática, y tanto más profundamente arde el odio fanático contra Europa».

El señor Stoddard describe así las consecuencias de la guerra mundial para el Oriente en general y para el islam en particular:

«La guerra ha destruido el prestigio europeo en el Oriente y ha abierto a los orientales los ojos ante las debilidades de Occidente. Para el Oriente, la guerra fue un enorme curso de educación. Tomemos solo una cosa. Millones de orientales y de negros fueron arrancados de los bosques más remotos de Asia y de África para servir como soldados y trabajadores en la guerra del hombre blanco. Aunque la masa de estas tropas auxiliares se empleó en operaciones bélicas coloniales, un millón y más fueron transportados a la propia Europa. Allí mataron al hombre blanco, violaron a mujeres blancas, probaron los manjares de los blancos, conocieron las debilidades del hombre blanco y volvieron a casa para contar toda la historia a su propia gente. Asia y África conocen hoy Europa como nunca la habían conocido, y podemos estar seguros de que utilizarán esos conocimientos. Así está la situación hoy: un Oriente desgarrado por el conflicto entre lo nuevo y lo viejo, frente a un Occidente completamente dividido por hondas enemistades y enfermo a consecuencia de sus insensatas locuras. Nunca se habían ocultado en las relaciones entre ambos mundos tantas posibilidades incalculables, incluso cataclísmicas, como ahora».

Este observador burgués del islam llega, de acuerdo con los más conocidos islamistas, a la conclusión siguiente: la relación entre el capitalismo occidental y el mundo del islam, que se encuentra desde hace un siglo en su época de renacimiento, un renacimiento que tuvo su origen en Arabia hacia comienzos de nuestro siglo XIX; entre un mundo capitalista agotado y como minado por un esfuerzo excesivo y por heridas demasiado hondas, que además está profundamente dividido y tiene al enemigo en su propio seno, a saber, el proletariado revolucionario, y un mundo islámico que en todos los aspectos, en el terreno religioso, cultural, político y económico, se levanta del fondo de la decadencia en que se había hundido en el siglo XVIII; esa relación es ahora de nuevo tan tensa como en tiempos de las cruzadas, cuando a la irrupción de los turcos en el mundo cristiano del siglo XI siguió una guerra secular entre Oriente y Occidente.

En esa lucha secular de la Edad Media, Occidente se llevó la victoria y se fortaleció en el combate, aunque el combate infligió a la cultura universal heridas profundas, casi incurables.

Ahora la relación es la inversa. Frente al capitalismo occidental, decadente y en ocaso, se alza amenazador el mundo joven, cada vez más fuerte, del Oriente y del islam, millones incontables a los que el imperialismo ha humillado, maltratado y saqueado durante decenios tan profundamente que se rebelan cada vez más contra él.

Y ese Occidente es mucho más pequeño en fuerzas y en grandeza; tiene al enemigo en su propia casa, la clase obrera revolucionaria, que hace tiempo que habría acabado con él si los traidores socialistas no hubiesen echado una mano al sistema que se hunde. Pero aun así la diferencia con los años anteriores a la guerra es enorme. Antes de 1914 el zarismo era un enemigo tan peligroso de la libertad oriental y de la libertad de los pueblos islámicos como los imperialistas occidentales. Pero el zarismo ha sido aniquilado, y en su lugar ha surgido la Rusia proletaria, amiga de la verdadera autodeterminación y de la libertad de los pueblos orientales.

Antes de 1914 Alemania era en apariencia amiga de los pueblos islámicos, pero en realidad un enemigo igual de violento y pérfido. Alemania ha desaparecido como potencia imperialista; la monarquía danubiana, su aliada, ha sido aniquilada. Antes de 1914 Italia era uno de los enemigos de la independencia de los Estados islámicos: el imperialismo italiano ha salido de la guerra tan debilitado que parece haber renunciado a todas sus pretensiones en los Balcanes y en Anatolia y ser capaz ya solo de mantener en Libia un dominio aparente, un dominio aparente que sin duda será aniquilado. Basta con que el proletariado italiano dé un solo paso adelante, después de los muchos pasos que ha dado atrás desde 1920, para que también a los imperialistas italianos se les quiten las ganas de conservar Libia.

De los seis enemigos mayores del islam quedan solo dos, junto con uno menor, el capitalismo holandés, que durante la guerra se ha atiborrado hasta hartarse y que ahora navega como un buque auxiliar en la línea del acorazado británico. Solo dos en lugar de seis: el imperialismo británico y el francés. Y de los dos grandes, al menos uno, el imperialismo francés, aparece más dócil frente al mundo islámico, podría decirse más razonable. Poco después de la guerra todavía no lo parecía. En el Oriente Próximo no se ha olvidado aún, desde luego, la actuación bestial de las tropas francesas bajo el verdugo Gouraud.443 El señor Stoddard escribía todavía en su libro, a finales de 1921, tras describir lo grave que era la situación en el Oriente Próximo: «El indicio más esperanzador de los últimos tiempos es que el Gobierno británico, según parece, ha despertado a la comprensión del peligro cada vez mayor de la hora y, en consecuencia, ha empezado a cambiar de actitud. En cambio, el indicio más sombrío en el Oriente Próximo es la invariable intransigencia de Francia. Parece que la política francesa, prisionera de sus viejas tradiciones, se niega a mirar de frente a la realidad. Si se llega a una explosión —y esa explosión tiene que llegar si Francia no cambia de conducta—, un día aciago 20 o 30 batallones franceses serán atrapados por un torbellino de furia árabe surgido de las profundidades del desierto y aniquilados en un nuevo Adua;444 así solo puede rezar el juicio pesaroso de todos los que conocen las cuestiones orientales. La política francesa se lo ha buscado ella misma».

Se ve lo extremadamente peligrosa que todavía hace poco le parecía a este autor bien informado la situación en Siria para la ocupación francesa. Veía ya el ciclón del mundo beduino árabe extenderse sobre las tropas francesas y barrerlas de golpe. La política francesa hacia el islam ha cambiado desde entonces. ¿Bajo qué influencias? Además de las razones que arraigan en la situación general del Imperio francés y sobre las que ya hemos dicho algo, cabe suponer que intereses capitalistas, sobre todo los intereses del capital petrolero, han desempeñado aquí un papel. Es un capítulo aparte, que en este contexto solo puedo mencionar. Más importante es que la esperanza que el señor Stoddard, por ejemplo, podía abrigar todavía en 1921, a saber, que la política británica hacia el islam cambiaría, ha naufragado por completo. Los intentos de reconciliación de lord Milner445 en Egipto no han conseguido nada. Todos los observadores que han estado hace poco en Egipto coinciden en que las masas egipcias están en abierta rebeldía contra el capitalismo inglés y contra el constitucionalismo aparente que Inglaterra ha introducido allí bajo la protección de las bayonetas británicas. En cuanto a Mesopotamia, ya por las últimas noticias puede verse lo peligrosa que es allí la situación para Inglaterra. Puede decirse tranquilamente que todo el dominio de Inglaterra en las regiones periféricas de Arabia, también en Palestina, en la península del Sinaí, en el Irak y en Omán, depende de un factor completamente desconocido aquí en Europa, a saber, del estado de ánimo de los jeques beduinos de la Arabia libre. En todo caso, también es seguro que las potencias imperialistas de Occidente, cuyos intereses chocan tanto en la política europea en los últimos tiempos en la cuestión de las reparaciones alemanas, se oponen por completo también en la política oriental, y que son lo contrario de amigos, a saber, adversarios intrínsecos.

Pero el panislamismo dispone de políticos, como el jefe de los senusíes, cuya influencia espiritual sigue creciendo entre millones de musulmanes, que no dejarán ciertamente de aprovechar esos roces entre los dos únicos grandes enemigos que aún tiene enfrente el islam. Estos jefes espirituales del islam no se apresuran; pueden y quieren esperar el momento favorable, y entonces, puede estarse seguro, asestarán a uno u otro enemigo los golpes que sean posibles.

En esta lucha de alcance histórico universal por la liberación política del islam, es deber del proletariado revolucionario prestar a esta lucha toda su atención y el apoyo moral que le sea posible. El proletariado de todo el mundo tiene un solo enemigo, el imperialismo. Pero ese imperialismo no es un todo único, ni tiene en el proletariado su único adversario irreconciliable. El enemigo más poderoso del proletariado, así como de los pueblos orientales y en especial de los pueblos islámicos, es el Imperio británico, cuyo imperialismo, que abarca el mundo entero, descansa también en el dominio sobre el mundo indio y en el dominio del mar en el Mediterráneo y en el océano Índico. Los pueblos islámicos tienen en su mano destruir el puente que sostiene al imperialismo británico. Si se hunde ese puente, se derrumba también ese imperialismo, y su caída tendría un eco tan poderoso en todo el mundo islámico y en el mundo del Oriente que tampoco el Imperio francés sobreviviría a ese golpe. La liberación del mundo islámico de toda dominación política europea, en particular la de los países del Oriente Próximo, no está, pues, solo en interés de los pueblos de allí, de los campesinos y los obreros de las regiones orientales aún no alcanzadas por el capitalismo; supone también un enorme interés del proletariado de Europa occidental, del proletariado mundial. Esa liberación tendría por consecuencia la caída inevitable del imperialismo occidental, la destrucción de los infames tratados de paz imperialistas, el dominio de la revolución en Europa, la unión de las repúblicas soviéticas de Europa occidental con los Estados de Europa central y oriental, la liberación de las nacionalidades balcánicas y su unión en una gran federación balcánica de las repúblicas balcánicas liberadas.

El proletariado internacional saluda, pues, la aspiración política de los pueblos islámicos a la completa liberación económica, financiera y política de la influencia, de la dominación de los Estados imperialistas, como una aspiración que, aunque no se proponga la abolición de la esclavitud asalariada y de la propiedad privada de los medios de producción en los países islámicos, amenaza sin embargo la raíz de la dominación del capital europeo.

Roy446 (India): ¡Camaradas! La cuestión de Oriente debería haberse tratado ya varias veces en el congreso. Debería haberse tratado en relación con la ofensiva del capital, pues, si ustedes hablan de la ofensiva del capital, no deberían perder de vista las reservas en que esta se basa o en las que podría apoyarse en el futuro. Pero no ha sido así. Y ahora que esta cuestión llega por fin al debate, el tiempo asignado es tan limitado que resulta prácticamente imposible tratarla de un modo mínimamente claro y comprensible. Por eso soy bastante pesimista en cuanto a la posibilidad de describirles a fondo y con detalle la situación en los países de Oriente, cosa que, a mi juicio, es bastante importante si el movimiento en los países occidentales ha de desarrollarse hasta una victoria definitiva. Pero haré lo que pueda, pese a la brevedad del plazo que se me ha concedido.

En el II Congreso de la Internacional Comunista se fijaron los principios fundamentales sobre la lucha de liberación nacional en los países coloniales y semicoloniales. Se formularon los principios fundamentales por los que han de determinarse las relaciones de las revoluciones proletarias y del movimiento proletario de los países industriales económicamente avanzados con la lucha nacional de los pueblos atrasados; pero la experiencia que habíamos hecho en 1920, es decir, en la época del II Congreso de la Internacional Comunista, no nos permitió desarrollar esos principios con especial amplitud. Desde entonces, en el curso de los dos últimos años, el movimiento en los países coloniales y semicoloniales ha atravesado un largo período de desarrollo y, pese a todo lo que ha quedado sin hacer, pese a lo que la Internacional Comunista y sobre todo los partidos comunistas de los países occidentales deberían haber hecho para establecer relaciones más estrechas con estos movimientos, para desarrollarlos, pese a todo ello, estamos hoy en condiciones de hablar de estos movimientos en los países coloniales y semicoloniales con más conocimiento, experiencia y comprensión.

Las tesis aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista establecían que el movimiento nacional en los países coloniales y semicoloniales es, objetivamente y en su fundamento, una lucha revolucionaria y que, como tal, forma parte de la lucha revolucionaria mundial. Por eso se decidió que los partidos comunistas de los países occidentales, y en particular los de los países imperialistas, debían hacer todo lo que estuviera en su mano para impulsar estos movimientos. Pero en aquellos días no sabíamos cómo podría llevarse a la práctica esa instrucción, esa resolución del II Congreso, pues entonces pocos comprendían que la denominación general de «países coloniales y semicoloniales» abarcaba regiones distintas y pueblos distintos. Esas regiones y esos pueblos abarcaban a su vez todos los grados de desarrollo social y todos los grados de atraso político e industrial. Creíamos que, solo por ser política, económica y socialmente atrasados, se los podía meter a todos en el mismo saco y que este problema podía resolverse como un problema general. Pero era una opinión errónea. Hoy sabemos que los países de Oriente no pueden tratarse ni política, ni económica, ni socialmente como unidades homogéneas. Por eso esta cuestión de Oriente es para la Internacional Comunista, siempre que la Internacional Comunista quiera tomarla en serio, una cuestión más compleja que la de la lucha en Occidente. El carácter social del movimiento en los países de Occidente es, en la lucha, de una sola y misma índole. Pero en Oriente no es así.

Los países de Oriente pueden dividirse en tres categorías. Primero, aquellos países en que el capitalismo está bastante desarrollado, países donde no solo la importación de capitales de los grandes centros del capital ha desarrollado la industria, sino donde ha crecido también un capitalismo autóctono que ha favorecido el nacimiento de una burguesía con una consciencia de clase desarrollada y de su contrapartida, un proletariado que desarrolla igualmente su consciencia de clase y se ocupa de luchas económicas que poco a poco pasan a su fase política. Segundo, aquellos países donde el desarrollo capitalista ya ha comenzado, pero se mantiene aún en un nivel bajo, y donde el feudalismo sigue siendo la columna vertebral de la sociedad. Luego tenemos un tercer grado, donde todavía predominan las relaciones primitivas, donde el patriarcalismo feudal constituye el orden social. ¿Cómo es posible, pues, para los países que han recibido la denominación de «países coloniales y semicoloniales», y que pueden dividirse en grupos tan distintos, cómo es posible para estos países un programa general o una pauta táctica general para impulsar el desarrollo del movimiento revolucionario? Nuestra tarea actual en el IV Congreso es elaborar a fondo esos principios fundamentales fijados por el II Congreso de la Internacional Comunista. Hoy tenemos ante nosotros el problema concreto de cómo podemos impulsar el desarrollo del movimiento en esos países; pues, pese a las diferencias señaladas entre esos países, en cada uno de ellos tenemos que vérnoslas con un movimiento revolucionario. Pero, como la estructura social de estos países es distinta, la naturaleza del movimiento revolucionario es igualmente distinta. En la medida en que la naturaleza social es distinta, el programa de esos movimientos tiene que ser también distinto, y también la táctica tiene que ser distinta.

En vista de ello, todas las delegaciones de Oriente presentes en este congreso, junto con la sección de Oriente de la Internacional Comunista, han preparado unas tesis que se han presentado al congreso. En esas tesis se expone la situación general del Oriente y se describe el desarrollo del movimiento desde el II Congreso, y se indica también la directriz que debería determinar el desarrollo del movimiento en esos países.

Durante el II Congreso, es decir, justo después de la guerra imperialista, constatábamos entre los pueblos coloniales un levantamiento general. Ese levantamiento se produjo a consecuencia de la intensa explotación económica durante la guerra.

Este gran levantamiento revolucionario llamó la atención del mundo entero. Hubo una insurrección en Egipto en 1919 y otra del pueblo coreano el mismo año.447 En los países situados entre estos dos puntos extremos se observaba un levantamiento revolucionario más o menos intenso y extenso. Pero entonces estos movimientos no eran más que grandes levantamientos espontáneos, y desde aquellos días los distintos elementos y factores sociales que componían este movimiento se han ido clarificando en la misma medida en que se ha desarrollado la base socioeconómica. En consecuencia, constatamos hoy que los elementos que hace dos años eran participantes activos de esos movimientos los van abandonando poco a poco, si no los han abandonado ya. Así, por ejemplo, en los países capitalistamente más desarrollados, la capa superior de la burguesía, es decir, la parte de la burguesía que tiene ya lo que podría llamarse intereses propios en el país, que ha invertido un capital mayor y ha levantado una industria, opina que le resulta más ventajoso estar hoy bajo protección imperialista. Pues cuando se produjo el gran levantamiento social hacia el final de la guerra y se convirtió en una tempestad revolucionaria, no fueron solo los imperialistas extranjeros, sino igualmente la burguesía indígena, los que se sintieron amenazados por sus posibilidades. En ninguno de esos países está la burguesía lo bastante desarrollada para atreverse a sustituir al imperialismo extranjero y mantener «la paz y el orden» tras la caída del imperialismo. En realidad, temen ahora que, si se derriba la dominación extranjera, a este levantamiento revolucionario pueda seguir un período de anarquía, de caos y de disturbios de guerra civil, lo que no favorecería sus propios intereses. Dicho de otro modo, el desarrollo industrial de la burguesía necesita la paz y el orden que el imperialismo extranjero trajo a la mayoría de estos países. La amenaza contra esa paz y ese orden, la posibilidad de disturbios y levantamientos revolucionarios, hacen que a la burguesía autóctona le parezca más conveniente llegar a un compromiso con la soberanía imperialista.

Naturalmente, con ello el movimiento se debilitó en algunos países, pero, a pesar de eso, ese compromiso pasajero no puede debilitar los movimientos en sus fundamentos. Para mantener su poder en esos países, el imperialismo tiene que buscar apoyo local, tiene que tener una base social, tiene que asegurarse el apoyo de una u otra clase de la sociedad autóctona. Hoy ha considerado necesario desechar los viejos métodos de explotación y ha hecho a la burguesía autóctona, o a cierta parte de la burguesía autóctona, determinadas concesiones en el terreno político y económico. Estas concesiones han reconciliado por el momento a la burguesía autóctona, pero también le han abierto perspectivas más amplias. Le han hecho tomar gusto al desarrollo económico y han creado una competencia capitalista, pues en cuanto la industria empieza a crecer en los países coloniales, socava la base del monopolio del capital imperialista.

Por eso el compromiso temporal entre la burguesía autóctona y la imperialista no puede ser duradero. En ese compromiso encontramos los gérmenes de futuros conflictos.

En el segundo grupo de países, donde el capital usurario y comercial, la burocracia feudal y el militarismo feudal son los elementos sociales dirigentes y los jefes del movimiento nacional, se ha introducido igualmente esta política imperialista de compromiso, pero no ha dado resultados tan satisfactorios como en los otros países, porque los intereses de la burocracia feudal y de los señores feudales coloniales no pueden adormecerse tan fácilmente como ocurre entre la burguesía imperialista y la autóctona. Por eso vemos que en el curso del último año la lucha en Turquía, la lucha nacionalista en Turquía, se ha impuesto sobre todas las luchas coloniales.

Pero los últimos acontecimientos de Turquía nos muestran también la debilidad de esta circunstancia, pues sabemos que una lucha nacional no puede desarrollar el sentimiento nacional político mientras la economía social del pueblo en cuestión esté atada por el sistema patriarcal feudal. Mientras no haya una burguesía que asuma la dirección de la sociedad, no puede producirse una lucha nacional con todas sus posibilidades revolucionarias. Así, en todos estos países la lucha nacional se ha profundizado en correspondencia con el desarrollo de la burguesía. Aunque sabemos que es peligroso que la burguesía colonial llegue constantemente a compromisos con la burguesía imperialista, desde este punto de vista tenemos que sostener siempre en principio que un movimiento nacional burgués en los países coloniales es objetivamente revolucionario y que por eso hay que apoyarlo; pero no debemos pasar por alto la circunstancia de que esa fuerza objetiva no puede aceptarse incondicionalmente y de que hay que tener en cuenta razones históricas particulares. La burguesía se convierte en un factor revolucionario cuando dirige la revuelta contra formas sociales atrasadas y caducas, es decir, cuando la lucha se dirige en el fondo contra el orden feudal y la burguesía conduce en ella al pueblo. Entonces la burguesía es la vanguardia de la revolución.

Pero de la nueva burguesía de los países de Oriente, o de su mayor parte, no puede decirse eso. Aunque la burguesía es allí la que dirige la lucha, no la dirige contra el feudalismo. Dirige la lucha de la burguesía débil, no desarrollada y oprimida contra una burguesía fuerte y desarrollada. En lugar de ser una lucha de clases, es, por así decirlo, una lucha de competencia, y como tal contiene elementos de compromiso.

Así pues, la lucha nacionalista en las colonias, el movimiento revolucionario por el desarrollo nacional en las colonias, no puede basarse exclusiva y simplemente en un movimiento inspirado por la ideología burguesa y dirigido por la burguesía. Vemos ahora que en cada país todos estos factores dirigentes —la burguesía liberal en los países más avanzados y las camarillas militares feudales en el segundo grupo de estos países— intentan poco a poco llegar a compromisos con la soberanía imperialista y con el capitalismo imperialista.

Esta circunstancia nos plantea la cuestión de si existe la posibilidad de que otro factor social intervenga en esta lucha y arranque su dirección de las manos que la han llevado hasta ahora.

Vemos que en los países donde el capitalismo está suficientemente desarrollado empieza ya a surgir un factor social de ese tipo. Vemos que en estos países está naciendo una clase proletaria; y donde el capitalismo ha empezado a acosar al campesinado, ha surgido por obra suya una gran masa de jornaleros agrícolas pobres y sin tierra. Estas masas se ven arrastradas poco a poco a la lucha, con lo que esta ya no es de naturaleza puramente económica, sino que adquiere de día en día un carácter cada vez más político. En los países donde el feudalismo y la camarilla militar feudal llevan todavía la dirección, encontramos igualmente un movimiento agrario creciente en desarrollo. En cada conflicto, en cada lucha, vemos que los intereses del capital imperialista son idénticos a los de los terratenientes autóctonos y de la clase feudal, y que, cuando la masa del pueblo se levanta, cuando el movimiento nacional adquiere una amplitud revolucionaria, no solo amenaza al capital imperialista y a la soberanía extranjera, sino que ve también a las clases altas indígenas unirse a los explotadores extranjeros.

Vemos cómo en los países coloniales se libra una doble lucha, una lucha dirigida a la vez contra el imperialismo extranjero y contra las clases altas autóctonas, que directa o indirectamente fortalecen y apoyan al imperialismo extranjero. Esta es la base del problema que tenemos que estudiar: ¿cómo se puede alentar y apoyar a la burguesía autóctona y a las clases altas autóctonas cuyos intereses son contrarios a los del imperialismo o cuyo desarrollo económico se ve impedido por la dominación imperialista, para que emprendan la lucha? Tenemos que averiguar cómo puede aprovecharse el alcance revolucionario objetivo de estos factores. Al mismo tiempo, tenemos que tener presente que estos factores solo pueden actuar hasta aquí y no más allá. Tenemos que saber que irán hasta cierto límite para intentar después detener la revolución. Ya hemos tenido experiencias de este tipo en todos los países. Un repaso del movimiento en todos los países de Oriente durante los últimos años nos habría ayudado a desarrollar nuestros puntos programáticos, pero el tiempo de que disponemos no lo permite. En cualquier caso, creo que la mayoría de ustedes conoce bastante bien el desarrollo del movimiento en esos países. Saben que el movimiento en Egipto y en la India quedó paralizado por la timidez y las vacilaciones de la burguesía, que un gran movimiento revolucionario que abarcaba a las amplias masas del campesinado y de la clase obrera y que amenazaba seriamente al imperialismo no pudo causarle ningún daño grave, por la sencilla razón de que la dirección de ese movimiento estaba en manos de la burguesía.

La burguesía se dividió en dos grupos. La capa superior, que está industrialmente desarrollada y tiene grandes intereses industriales y comerciales ligados al capital imperialista, vio qué peligro amenazaba su expansión y por eso se pasó al imperialismo. Con ello se convirtió ella misma en un verdadero obstáculo para el movimiento nacionalista revolucionario, con su débil trasfondo social. No tenía la determinación, el valor, de ponerse ella misma a la cabeza del gran movimiento revolucionario para llevarlo adelante, y en consecuencia el movimiento, traicionado y extraviado por estos elementos, ha llegado a su actual fase de depresión.

Por otra parte, tenemos el ejemplo de la lucha turca. Esta lucha se está librando actualmente y ustedes saben que la importante victoria del pueblo turco no se ha llevado hasta sus consecuencias lógicas por culpa de la camarilla militar feudal que hoy está a la cabeza del movimiento. La victoria definitiva del pueblo turco, la completa liberación política y económica de la nación turca, está y estará en entredicho solo para proteger los intereses de una pequeña camarilla militar feudal, porque a esta le pareció más ventajoso venderse a un grupo de imperialistas. Esta camarilla consideró lo más ventajoso aliarse con un grupo imperialista contra otro. Eso podría llevar al engrandecimiento de este grupo y a la subida al trono de Mustafá Kemal Pachá en lugar del sultán, que era sobre todo un instrumento del imperialismo británico, pero con ello no se resuelve en modo alguno el problema nacional turco. Y sabemos que, mientras hace dos o tres meses los elementos revolucionarios del mundo entero celebraban las victorias de Mustafá Kemal Pachá, ahora reciben la noticia de que Kemal, en la Turquía libre, liberada por la fuerza revolucionaria de los obreros y campesinos, persigue del modo más cruel a todos los que buscan el bienestar de los obreros y campesinos. Esto prueba que, si bien la burguesía y la camarilla militar feudal pueden asumir en uno u otro de estos países la dirección de la lucha nacionalista revolucionaria, llega luego un momento en que esa gente traiciona con toda seguridad el movimiento y se convierte en una fuerza contrarrevolucionaria. Mientras no eduquemos políticamente al otro elemento social, que es objetivamente más revolucionario, de modo que pueda ocupar el lugar de aquellos y asumir la dirección, la victoria definitiva de la lucha nacionalista seguirá siendo problemática en el presente. Aunque hace dos años no veíamos aún con tanta claridad este problema, esta tendencia existía ya como tendencia objetiva, y como resultado tenemos hoy en casi todos los países orientales partidos comunistas, partidos políticos de masas. Sabemos que en la mayoría de esos países estos partidos comunistas no pueden llamarse propiamente partidos comunistas en el sentido occidental de la palabra, pero su existencia prueba que los factores sociales exigen allí partidos políticos, no partidos políticos burgueses, sino partidos políticos que expresen y reflejen las reivindicaciones, los intereses y las aspiraciones de las masas populares, de los campesinos y los obreros, y que sustituyan esa clase de nacionalismo que solo lucha por el desarrollo económico y el fortalecimiento político de la burguesía autóctona. La existencia de estos partidos comunistas en esos países orientales y su papel histórico ganan importancia si consideramos la cosa desde otro punto de vista, si la consideramos desde el punto de vista según el cual la burguesía de los países coloniales y semicoloniales ha entrado por desgracia en el campo de batalla un poco tarde, 150 años tarde, y no está en absoluto dispuesta a desempeñar el papel de libertadora, porque ni puede ni quiere ir más allá de cierto punto. Por eso el movimiento nacionalista revolucionario en estos países, donde millones y más millones suspiran por la liberación nacional y tienen que liberarse económica y políticamente del imperialismo antes de poder hacer más progresos, no tendrá éxito bajo la dirección de la burguesía.

Por eso vemos que estos partidos comunistas son necesarios, aunque por el momento no sean más que células, y que están destinados a desempeñar un gran papel, ya que asumirán la dirección de la lucha revolucionaria nacional cuando la burguesía la abandone y la traicione. Serán capaces de continuar la lucha por la liberación del imperialismo. Solo ellos estarán en condiciones de ayudar a los pueblos coloniales y a las nacionalidades oprimidas a lograr la completa independencia política y económica.

Estos partidos están históricamente destinados y socialmente capacitados para esta tarea, porque se apoyan en los factores objetivamente más revolucionarios, a saber, los obreros y los campesinos, factores que no tienen ningún interés común con el imperialismo y cuya situación social y condiciones económicas no pueden mejorar mientras estos países estén bajo dominación capitalista e imperialista. Por eso la lucha revolucionaria nacional en estos países solo puede llegar a una victoria definitiva bajo la dirección de los obreros y los campesinos, es decir, de un partido político que represente a los obreros y los campesinos.

Camaradas, la necesidad de organizar partidos comunistas en estos países nos lleva ahora al programa y a la táctica de estos partidos comunistas. Debo señalar que, cuando la Internacional Comunista debata el problema del programa, tiene que tener seriamente en cuenta que la elaboración de un programa de la Internacional en los países de Oriente es muy complicada. Es tanto más complicada cuanto que —hay que reconocerlo por desgracia— nuestros camaradas de la Internacional Comunista han dedicado hasta ahora muy poco tiempo al estudio de estas cuestiones.

Antes de que podamos redactar un programa sobre esta cuestión y desarrollar una táctica que hayan de adoptar los partidos comunistas de los países de Oriente, es necesario que las distintas secciones de la Internacional presten a estas cuestiones un poco más de atención y las estudien con un poco más de cuidado. No sería para ellas un trabajo inútil, porque el poder de la burguesía en sus propios países está actualmente muy estrechamente ligado a la situación en los países coloniales; porque el imperialismo intenta actualmente salvarse desarrollando la industria en los países coloniales. Durante la guerra, el imperialismo, en particular el imperialismo británico, consideró necesario manejar con menos rigor su monopolio de disposición sobre la vida industrial y económica de los atrasados países coloniales. Así, por ejemplo, a un país como la India, que durante más de 150 años fue una reserva agrícola y una fuente de materias primas para la industria británica, se le permitió durante la guerra un desarrollo industrial suficiente. La sacudida del equilibrio capitalista en Europa obliga al imperialismo a buscar nuevos mercados para que pueda restablecerse el equilibrio del capitalismo mundial. Esperan encontrarlos en los países coloniales, desarrollando industrialmente países como la India y China; intentan encontrar por este camino la solución del problema. Apoyándose en los recursos de los países coloniales, el imperialismo trata de convertir su ofensiva contra el proletariado europeo en una victoria aplastante. No debemos perder de vista esta tendencia. Podemos, desde luego, hacer la siguiente objeción: eso no puede ocurrir, porque al imperialismo le interesa que los países coloniales sigan siendo económicamente atrasados para que las mercancías producidas en los países dominantes puedan colocarse allí. Bien, pero esa es una manera muy mecánica de ver las cosas. No debemos olvidar que, si alargamos unas pulgadas los faldones de los chinos, la producción textil del mundo tendrá que duplicarse. Gracias al desarrollo industrial puede elevarse el nivel de vida de 400 millones de chinos y duplicarse así la producción textil mundial. El desarrollo industrial de China no trae consigo necesariamente la reducción de la producción en los principales países capitalistas. Si estos países se desarrollan industrialmente, necesitan máquinas, etc., que no pueden producir ellos mismos, y así, aunque el mercado colonial se restringiría y limitaría en algunas clases de mercancías, en lo que se refiere a las máquinas tiene que ampliarse.

Además, la parte de la producción de Inglaterra y de otros países que solía encontrar mercados en Europa central y occidental tiene que buscarse nuevos compradores, y eso solo puede hacerse desarrollando la capacidad de consumo de los países coloniales.

Ustedes ven que la unión del capital imperialista con el capital autóctono en los países coloniales y semicoloniales desempeñará un gran papel en el vasto plan de la ofensiva capitalista. Para poder combatir la ofensiva capitalista en los países europeos, tenemos que poner en consonancia nuestras fuerzas con el movimiento en los países coloniales y semicoloniales.

La experiencia de los dos últimos años en la coordinación de nuestras fuerzas con las de los partidos nacionalistas burgueses en estos países nos ha enseñado que esa unión no siempre es práctica. Es necesario que tengamos en estos países nuestros propios partidos, y tenemos que tenerlos. Por medio de estos partidos podemos aprovechar en los límites más amplios a los partidos burgueses revolucionarios.

Esto nos lleva a la cuestión del frente único antiimperialista. Hombro con hombro con el frente único de la clase obrera en los países occidentales, tenemos que organizar en los países coloniales y semicoloniales un frente único antiimperialista. El objetivo de este frente único antiimperialista es organizar todas las fuerzas revolucionarias disponibles en un gran frente único contra el imperialismo. La organización de este frente —eso nos ha mostrado la experiencia de los dos últimos años— no ha podido llevarse a cabo bajo la dirección de los partidos burgueses. Por eso tenemos que desarrollar nuestros partidos en estos países, para tomar en nuestras manos la dirección y la organización de este frente. Del mismo modo que la táctica del frente único proletario en los países occidentales conduce a una acumulación del peso organizativo y desenmascara la traición y la táctica de compromiso de los partidos socialdemócratas llevándolos a conflictos, así la campaña del frente único antiimperialista en los países coloniales liberará la dirección del movimiento de la burguesía temerosa y vacilante y llevará a las masas más activamente a la vanguardia, para que el elemento social más revolucionario forme la base del movimiento y asegure así la victoria definitiva.

Katayama (Japón): ¡Camaradas! Estoy aquí para hablar de la cuestión japonesa y de la cuestión del Extremo Oriente. Japón ocupa una posición muy importante en la próxima revolución socialista. Japón es el único país del Extremo Oriente que es verdaderamente independiente, tanto económica como políticamente. Japón tiene gran importancia para el movimiento revolucionario del mundo entero, pues en un futuro próximo los obreros japoneses quizá se levanten contra la clase capitalista. Por esta razón quisiera pediros que escuchéis con atención. Todos sabemos, y apenas necesito decíroslo, que tenemos que proteger la revolución rusa. La Rusia soviética está amenazada por el imperialismo japonés. Solo por esta razón, el IV Congreso y los comunistas del mundo deberían prestar a este asunto más atención de la que se le ha prestado hasta ahora. Japón está representado en este congreso para ayudar a llevar adelante la revolución social mundial. Por esta razón, camaradas, quisiera que leyerais mi informe sobre Japón y la situación en Japón. Quisiera enumeraros algunos hechos, hechos que os ilustrarán sobre Japón.

Población: 56.000.000. Riqueza nacional: 87.000.000.000 de yenes. Producción en 1917: 8.372.000.000 de yenes; en 1918: 5.608.000.000 de yenes.

Japón es el país industrialmente más desarrollado del Extremo Oriente; como prueba os daré algunas cifras:

Ocupación, con hombres, jóvenes, mujeres y total: funcionarios del Estado, 133.000, —, 43.000, 176.000; fábricas con 10 o más obreros, 706.000, —, 314.000, 1.520.000; mineros, 353.000, —, 112.000, 465.000; trabajadores forestales, 564.000, —, 147.000, 716.000; pescadores, 617.000, 20.000, 170.000, 808.000; ferroviarios, 2.373.000, 20.000, 1.186.000, 3.860.000; trabajadores agrícolas, 1.856.000, 55.000, 1.402.000, 3.293.000; maestros de escuela primaria, 173.000, 53.000, 226.000. En total hay, pues, 7.364.000 obreros. Todos ellos son asalariados, en algunos casos explotados de forma tremenda. La jornada de trabajo en las hilaturas es de 11 y 12 horas; además hay turnos de noche. En esas fábricas trabajan mujeres y muchachas jóvenes. Hay además 4.160.000 familias de campesinos pobres y arrendatarios.

Una parte del proletariado industrial de entre estos obreros está organizada; en 1920 había 838 sindicatos con 269.000 afiliados, y en 1921, 671 sindicatos con 246.000 afiliados y 229 asociaciones de arrendatarios con 24.000 afiliados. Estas cifras han aumentado, naturalmente, desde entonces. La Liga de Terratenientes, que, salvo 225 grandes terratenientes, es en realidad una organización de pequeños campesinos, tiene 1.422.000 afiliados. Hay además asociaciones de ayuda mutua; en 1920 eran 685, con 2.000.000 de afiliados. Estas últimas asociaciones socorrieron a 3.169.000 personas con la suma de 1.551.000 yenes.

¡Camaradas! Estos hechos sin adornos están tomados de informes del Gobierno. En cuanto a los sindicatos, el Gobierno ha intentado, naturalmente, rebajar su número; en realidad tenemos más. Los obreros japoneses están oprimidos y explotados por el Gobierno militarista. Todo intento de fundar un movimiento liberal se reprime sin miramientos. Pero los obreros japoneses despiertan; han tenido que aprender la técnica europea y los métodos europeos de dirección de la industria. Hicieron falta unos 40 o 50 años, y en ese breve tiempo lo han aprendido todo. Recuerdo bien que, cuando yo tenía 13 o 14 años, no había todavía ninguna fábrica digna de mención. En todo el país había solo 25 millas de ferrocarril, y del carbón y el petróleo no habíamos oído hablar nunca. Para alumbrarnos usábamos velas. En Japón no había más máquinas que la rueda hidráulica y el torno de hilar. Hoy tenemos 6.000 millas de ferrocarril, una flota mercante con un tonelaje total de 4.000.000 de toneladas y, me avergüenza decíroslo, una armada con un tonelaje total de 700.000 toneladas. En 40 o 50 años los japoneses han aprendido a construir barcos de vapor, locomotoras y máquinas complicadas, mientras los obreros eran cada vez más oprimidos. Los japoneses se han visto obligados también a aprender el arte de la guerra. En 1894 Japón hizo la guerra a China y en 1904 a Rusia. Los obreros japoneses se sacrificaron como carne de cañón, pero comprendieron que solo luchaban por los capitalistas de Japón. Fue un gran descubrimiento para los obreros japoneses. No solo han aprendido la complicada técnica industrial moderna, sino que han organizado también un movimiento obrero. Nuestros sindicatos son todavía muy débiles, pero os digo que en Japón no hay ni un Henderson ni un Gompers. No se preocupan de la caja ni del patrimonio del sindicato; luchan por revolucionar Japón. Además de aumentos de salario, exigen la reducción de la jornada y el control de la industria, y están decididos a llevar a término su lucha por un nuevo sistema social. Nuestros dirigentes sindicales comprenden las condiciones capitalistas y demuestran a los obreros que el sistema capitalista no puede acabar con el paro, que eso no ocurrirá mientras no se haya abolido el capitalismo.

¡Camaradas! Nuestros obreros están todavía atrasados en lo que se refiere al movimiento obrero, pero tengo que deciros que no tenemos tradiciones que estorben ni una aristocracia obrera reaccionaria, y que por esa razón el movimiento se desarrolla en Japón más deprisa que en otros países. La mayoría de los sindicatos se han fundado hace poco, es decir, hace un par de años, pero un sindicato existe ya desde hace 11 años. Quisiera mostraros cómo ha avanzado el movimiento obrero japonés. La Yuai Kai (Federación Obrera Japonesa) se fundó hace 11 años para educar a los obreros, y la fundó Suzuki,448 un estudiante que se jactaba de gozar de la amistad del jefe de policía de Tokio. Y aunque este movimiento se fundó como movimiento educativo, causó sin embargo una gran sorpresa. Como Suzuki era amigo personal del jefe de la oficina de detectives (hecho del que estaba muy orgulloso), se le permitió fundar un movimiento obrero. Los policías incluso le ayudaron a distribuir el órgano de la Federación Americana del Trabajo. Pero los obreros no quisieron contentarse con una organización puramente educativa. Aun así creció con enorme rapidez. Decenas de miles de obreros se unieron en la Federación Obrera Japonesa, que formó luego federaciones de industria que poco a poco, pese a su fundador burgués, se hicieron fuertes y radicales. Al principio eran socialistas; pero el pasado octubre, en su asamblea anual, se hicieron abiertamente bolcheviques. A la Federación están adheridos 63 sindicatos con un total de 120.000 obreros. En la citada asamblea anual de octubre se decidió, entre otras cosas, que había que prepararse para una huelga general de 24 horas el 1.º de mayo. Los delegados votaron por el reconocimiento inmediato de la Rusia soviética y por abandonar la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones. Votaron además por una propaganda en favor de libros de texto más radicales en las escuelas. En Japón se da a los niños en las escuelas (como ocurre también en América) libros de texto que envenenan su espíritu en favor de las clases imperialistas y capitalistas. Tenemos que hacer propaganda antimilitarista y antichovinista.

Esto muestra que este sindicato, en los 10 años transcurridos desde que se fundó bajo la protección de la policía, se ha hecho fuerte y revolucionario. Su ala izquierda ha enviado un delegado con vistas a la adhesión a la Internacional Sindical Roja. Esto muestra que el movimiento obrero japonés progresa. ¡Camaradas! Tengo una fe inquebrantable en el movimiento obrero japonés. Los obreros japoneses han aprendido en generación y media a dominar la técnica industrial y a dirigir la industria moderna: los obreros europeos necesitaron para ello más de un siglo. Como la industria japonesa la han levantado los obreros en tan poco tiempo, afirmo que los obreros japoneses aprenderán también a dirigir la lucha revolucionaria, y no solo en el propio Japón, sino en todo el Extremo Oriente.

Es un hecho que obreros japoneses y coreanos, y en especial los revolucionarios independentistas de Corea, se han unido ya para el trabajo revolucionario en el Extremo Oriente. Sé que en muchos países del mundo el obrero japonés tiene fama de barato, sé que este hecho es en América del Norte, Canadá y Australia un factor con el que hay que contar; pero, camaradas, os digo que los obreros revolucionarios japoneses, más aún, toda la afiliación de los sindicatos, no se quejan del movimiento antijaponés en América del Norte y Australia. Tienen cosas más importantes que hacer que entretenerse con el movimiento antijaponés en esos países, y han visto que pueden hacer ese trabajo. Los obreros japoneses luchan y protestan contra la exclusión de los obreros chinos, y los sindicatos japoneses combaten a los capitalistas que explotan cruelmente a la clase obrera coreana. Las organizaciones obreras coreanas en Japón están adheridas a la Federación Obrera Japonesa. Esperan el día de la completa liberación de la clase obrera bajo la influencia de la revolución rusa. Por esta razón quisiera asegurar a mis camaradas de todos los países que tienen un movimiento antijaponés que los obreros japoneses, los obreros revolucionarios avanzados y los sindicatos radicales no se preocupan de esos movimientos antijaponeses. Esperan que vosotros levantéis un frente único contra el imperialismo y el capitalismo del mundo entero. Me alegra poder decir aquí que los obreros japoneses han empezado ya a trabajar por el frente único en el Extremo Oriente. Con el apoyo de la Rusia soviética y de la Komintern celebramos en febrero y marzo de este año una conferencia del Extremo Oriente,449 en la que establecimos el frente único. Los comunistas japoneses, chinos y coreanos se pusieron a la cabeza en el establecimiento del frente único contra el imperialismo japonés. ¡Camaradas de Occidente! Quisiera decir aquí que, aunque quizá en vuestros países tengáis en poco a los obreros japoneses, estaréis de acuerdo conmigo en que hay que intentar aplastar al imperialismo japonés. ¿No es así? Estamos organizados bajo esta bandera para combatir al imperialismo japonés en el Extremo Oriente.

Quisiera ahora decir unas palabras sobre el movimiento de mujeres. El IV Congreso ha descuidado un poco este punto. Las obreras japonesas están muy explotadas. Son prisioneras en las residencias de los patronos y trabajan 12 horas diarias en turnos de día y de noche. Antes, a las mujeres japonesas se les prohibía participar en reuniones políticas y formar asociaciones políticas. Pero estas prohibiciones se han levantado ahora. Las mujeres japonesas se educan en los mejores centros de enseñanza del país y emplean su formación en mejorar su situación. No solo participan en la vida política de la nación, sino que muchas han ingresado ya en los sindicatos. La Federación Obrera Japonesa tiene varios miles de afiliadas. En toda huelga las mujeres participan activamente y ayudan a los huelguistas de muchas maneras. Organizan ellas mismas mítines públicos y pronuncian discursos tan eficaces e interesantes que hasta los periódicos capitalistas los mencionan a veces. Así, por fin, también las obreras japonesas han despertado. En las escuelas primarias las niñas reciben la misma educación que los niños.

Pues bien, camaradas, en lo que se refiere al Extremo Oriente, Corea tiene un movimiento nacionalista. Este movimiento independentista se ha hecho cada vez más fuerte, y los revolucionarios nacionales están organizando ahora, cosa que hasta ahora no era generalmente conocida, la realización de sus objetivos finales. Han visto que para una lucha victoriosa por la independencia coreana es indispensable la colaboración de los obreros japoneses.

El imperialismo japonés se ha vuelto muy impopular entre los obreros japoneses. Pero todavía es muy fuerte. Os daré un ejemplo. Antes, cuando una madre quería asustar a su hijo, le decía que lo metería en la cárcel; hoy lo amenaza con entregarlo a los soldados. Los imperialistas se preparan para la próxima guerra. Por esta razón proponemos, junto con la delegación china, que el IV Congreso de la Internacional Comunista apruebe una resolución contra la ocupación de la parte norte de la isla de Sajalín por los japoneses,450 para alentar así a los obreros revolucionarios japoneses en su lucha contra el imperialismo y prepararlos para la próxima revolución socialista en Japón.

Presidente: Antes de dar la palabra al siguiente orador, voy a leer la resolución presentada por las delegaciones japonesa y china: «Las delegaciones japonesa y china del IV Congreso de la Internacional Comunista proponen la siguiente resolución sobre la ocupación del Sajalín ruso por los imperialistas japoneses451:

Sigue la «Resolución sobre la ocupación de la isla de Sajalín por el Japón», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Tahar Boudengha (Túnez): Camaradas, creo que es superfluo que lea mi informe, puesto que cada grupo lingüístico ha recibido un ejemplar. Me limitaré a aclarar algunos puntos de ese informe.

El imperialismo francés posee colonias cerca de la metrópoli, lo que le da la posibilidad de sacar de ellas cuantas tropas y víveres quiera. Lo hace en parte en previsión de guerras futuras y en parte para aplastar la revolución proletaria en Francia. Sin embargo, existe en el norte de África un movimiento de descontento. La célula comunista que se formó en Túnez después de Tours452 no dejó de aprovechar esta circunstancia. Ante la grave situación que se crearía en caso de una revolución proletaria, se propuso combatir el peligro que supone que el capitalismo francés se adueñe de la población indígena del norte de África. Para poder cumplir esta tarea, nos dirigimos a la clase obrera y a los campesinos tanto por medio de nuestros diarios árabes como en nuestras reuniones públicas. Nuestro éxito fue tan grande que el gobierno se inquietó y pasó a las persecuciones y a las detenciones. Llegó incluso a decretar la disolución de nuestro partido, con lo que nos vimos obligados al trabajo clandestino. Debo confesarles que tanto esta disolución como la suspensión de nuestros periódicos árabes nos causaron un gran perjuicio, porque nuestra actividad no se limitaba a Túnez, sino que se extendía a todo el norte de África. Debo decir también que el camarada Louzon453 hizo repetidas gestiones ante el partido francés para obtener una subvención para nuestra prensa. Gracias a la influencia de algunos camaradas, consiguió por fin de L'Humanité un préstamo de 10.000 francos. Por otra parte, el camarada Vaillant-Couturier454 había ido a Argel y a Túnez y pudo conocer el espíritu que reina entre los indígenas. Él mismo reconoció que tanto en la ciudad como en el campo hay elementos que se prestan excelentemente al movimiento comunista puramente proletario.

Pero ¿qué hizo el Comité Central después del viaje de Vaillant-Couturier? No se trata solo de hacer propaganda; hay que organizar una acción permanente, y no solo en Túnez, sino en todas las colonias donde reina el descontento.

Por eso el partido debe tener un programa de acción colonial claro y definido. Porque la política colonial del capitalismo francés consiste en azuzar unos contra otros a los pueblos sometidos a su dominio. Así ocurrió que el militarismo francés, ante la actitud de los tiradores tunecinos en los sucesos del 5 de abril de este año en Túnez, acuarteló allí dos brigadas de tropas negras.

El Partido Comunista de Francia sigue sin comprender la utilidad de una política colonial real y eficaz. Se ha dejado más bien influir por los seudocomunistas de Argelia y, en el Congreso de París, aplazó por consideraciones electorales la discusión de la cuestión colonial.

Tengo que leerles la carta que el Comité Central dirigió al grupo de estudios coloniales en vísperas del congreso. La carta dice así:

«El Comité Central mantiene su decisión de aplazar el examen de la cuestión colonial hasta el próximo congreso nacional, que se celebrará después del IV Congreso Mundial. El Comité Central considera que las elecciones cantonales de Argelia tienen para los camaradas de las federaciones de ultramar una importancia mucho mayor de lo que el comité de estudios coloniales parece siquiera sospechar; que esas elecciones se celebrarán no solo el 8, sino también el 15 de octubre; que en la campaña electoral tendrán que participar los camaradas más destacados de esas federaciones, y que en tales circunstancias no puede hablarse de fijar en forma definitiva la política colonial del partido en su ausencia.»

Por lo visto, camaradas, la política colonial del partido depende únicamente de los ciudadanos de Argelia. Esos mismos ciudadanos, a los que el partido concede tanta importancia en su política colonial, se han tomado la libertad de redactar unas tesis absolutamente contrarias a la octava condición de Moscú. Tengo que leerles algunos pasajes de la tesis en cuestión, redactada en Sidi-bel-Abbès (Argelia)455:

«Por esta razón, la sección comunista de Sidi-bel-Abbès considera que la liberación del proletariado indígena del norte de África será exclusivamente consecuencia de la revolución de la metrópoli, y que el mejor medio de fomentar todo movimiento de liberación en nuestra colonia no es el abandono de esta colonia —como dice el punto 8 de las 21 condiciones de adhesión a la Internacional Comunista—, sino, por el contrario, que la tarea del Partido Comunista sigue siendo intensificar allí la propaganda, el movimiento sindical y el comunismo...; que, además, no está en condiciones de seguir honradamente el llamamiento de Moscú, etc.»

Así pues, la Internacional es deshonesta. Esa es la mentalidad de estos llamados comunistas, a los que el Partido Comunista de Francia sigue tolerando en sus filas. Esta tesis argelina sigue diciendo:

«Las dos primeras series de artículos responden sin duda a las necesidades actuales de la propaganda en Argelia; se aprobaron por unanimidad y no deseamos otra cosa que ver aparecer muchos semejantes.»

En cuanto a la tercera serie, no tenemos nada que objetar al fondo de estos artículos, puesto que están dictados por motivos puramente comunistas y tratan de los métodos de aplicación de la octava condición. Sin embargo, habríamos preferido que aparecieran, por ejemplo, en el Bulletin Communiste y no en L'Humanité, porque aquel se dirige solo a un número limitado de militantes del partido, bien informados y capaces de entender correctamente la ideología y las posibilidades inmediatas.

L'Humanité tiene, sobre todo desde el viaje de Vaillant-Couturier, la mayor difusión; la leen elementos europeos e indígenas que todavía no han asimilado las ideas comunistas, pero que nos han manifestado simpatía y a los que esperamos ganar para nosotros. La prensa imperialista y burguesa ha explotado hábilmente estos artículos contra nosotros. Se asustaron mucho de todo lo que tomaron por nuestro plan de propaganda en Argelia y se apartaron de nosotros. La prensa burguesa e imperialista ha explotado hábilmente estos artículos contra nosotros, y la insuficiencia de nuestra prensa local y de nuestras organizaciones no nos ha permitido polemizar con ella.»

Para ellos, pues, es peligroso que aparezcan en la prensa artículos abiertamente comunistas, mientras pretenden querer hacer propaganda entre las masas indígenas.

Esa es la mentalidad de estos supuestos comunistas.

Por otra parte, dicen:

«La liberación de la población indígena de Argelia solo puede producirse como consecuencia de la revolución en Francia.

La masa indígena, sojuzgada, mantenida desde hace siglos en estado de semiesclavitud, fanática y fatalista, paciente y resignada, oprimida e imbuida de prejuicios religiosos, no puede todavía imaginar hoy su liberación; se contenta con aspirar a una existencia mejor, que cree poder alcanzar mediante reformas y la obtención de ciertos derechos políticos...

Para conseguir este resultado no es en absoluto necesario hacer ahora en Argelia una propaganda comunista abierta, no es en absoluto necesario publicar en nuestra prensa llamamientos a la insurrección ni repartir octavillas en lengua árabe, como recomiendan algunos.

La publicación del llamamiento de la Internacional Comunista por la liberación de Argelia y Túnez fue un error, y vemos una prueba de ello en que la prensa colonial burguesa publicó ese llamamiento para poner a la opinión pública en contra nuestra. Este objetivo se ha alcanzado en parte.»

Así pues, estos camaradas solicitan la estima de la burguesía.

(Interrupción de Lauridan: ¿Quién ha escrito eso?) Es la tesis de la sección comunista de Argelia.

No quiero detenerme más en ello, pero opino que el Partido Comunista de Francia no debe seguir tolerando a tales señores, y creo que estos señores deben ser expulsados.

Espero que los camaradas franceses, inmediatamente después del Congreso Mundial y sin distinción de tendencia, se pongan a emprender una acción comunista en las colonias mediante la creación de un órgano central y la participación de los camaradas de las colonias en los trabajos del Comité Central.

Los camaradas franceses deben tomar nota de una vez por todas de que la revolución proletaria en Francia está condenada a un fracaso seguro mientras la burguesía francesa mantenga bajo su dominio a la población de las colonias; del mismo modo, la liberación de esta solo podrá producirse cuando haya en Francia un partido que se adhiera a la acción revolucionaria y no al oportunismo.

La Internacional Comunista debe tomar el asunto en sus manos de manera que nombre un representante permanente de las colonias francesas.

Creo que tampoco el partido inglés ha hecho nada de lo que habría debido hacer. ¿Qué ha hecho el partido inglés para apoyar el movimiento revolucionario en la India y en Egipto? La comisión egipcia buscaba aquí ayer por la tarde algún partido que pudiera tomar bajo su protección al joven partido egipcio, y pensó para ello en el partido italiano, aunque esta tarea corresponde única y exclusivamente al Partido Comunista de Inglaterra.

Los comunistas no deben limitar su acción exclusivamente al terreno nacional sin preocuparse de los miles de pueblos que gimen bajo la opresión de la burguesía y padecen bajo el yugo de su propio imperialismo. Creo que es una cobardía abandonar a los pueblos cuya liberación y cuyo porvenir dependen exclusivamente del Partido Comunista, como sucede, por ejemplo, con el partido inglés.

Por otra parte, el camarada Malaka se encontraba hace poco en un apuro ante la cuestión de si puede apoyar el panislamismo. No deben ustedes sentirse en apuros. El panislamismo no significa ahora otra cosa que la unión de todos los musulmanes contra sus opresores. Por tanto, hay que apoyarlo.

Por otra parte, al desarrollo del comunismo se le han cruzado en el camino cuestiones de naturaleza religiosa. En Túnez tuvimos las mismas dificultades que ustedes en Java. Cada vez que se discutía con nosotros sobre la incompatibilidad del comunismo con el islam, demostrábamos a esos listillos en las reuniones públicas, primero, que la religión musulmana no reconoce el trabajo asalariado y que este es el fundamento más noble de esa religión; y segundo, que nuestros adversarios, si tan religiosos son, deben empezar a aplicar los principios religiosos entregando cada año a los incapacitados para el trabajo la décima parte de su fortuna, capital y ganancias incluidos. Les digo que cada vez que quisieron discutir con nosotros invocando los principios religiosos se quemaron los dedos.

Creo que los temores del camarada Malaka son infundados. Nuestras ideas han progresado entre los musulmanes más de lo que se había previsto. De todos los rincones del mundo musulmán recibimos, sobre todo cuando teníamos todavía nuestros periódicos árabes, numerosas felicitaciones por la manera en que queríamos llevar el comunismo a los países musulmanes.

Dada la existencia del movimiento revolucionario tanto en el norte de África como en las demás colonias, es necesario que el Partido Comunista de Francia, de acuerdo con la Internacional y con los camaradas competentes de las colonias, lleve en esos países una acción eficaz y permanente y oriente este movimiento en la dirección de nuestras ideas.

Espero que el congreso apruebe las conclusiones de mi informe, que contribuirán a la victoria de las ideas comunistas entre los pueblos oprimidos.

En el norte y en el oeste de África es superfluo tomar disposiciones para un período de transición; estoy seguro de que pasaremos directamente del sistema feudal al sistema comunista sin tener que atravesar antes el capitalismo indígena.

En Túnez y en Argelia hay ya campos que se trabajan colectivamente; naturalmente, es un comunismo patriarcal, pero podemos desarrollarlo, reformarlo y sustituirlo por el comunismo completo.

Termino saludando al congreso de la Internacional. (Aplausos.)

Presidente: Antes de levantar la sesión, hay que hacer todavía algunas comunicaciones importantes.

Béron: El Presidium propone al congreso enviar el telegrama siguiente:

Sigue el «Telegrama al Congreso de Consejos de Fábrica de Berlín-Neukölln», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

(Vivos aplausos.)

Presidente: ¿Hay alguien en contra de que se envíe este telegrama? Nadie.

La reunión de las congresistas, es decir, de la comisión femenina ampliada, a la que ya se ha convocado por circular, se celebrará mañana a las 11 de la mañana en punto en una de las salas laterales del Kremlin. El Secretariado Femenino Internacional ruega a todas las delegaciones que envíen a sus representantes.

Se levanta la sesión a las 4.

Vigésima sesión, jueves 23 de noviembre de 1922

La cuestión de Oriente. Protesta contra el terror en Sudáfrica.

Oradores: Webb, Liu-Yen-Chin, Chosni-el-Arabi, Earsman, Safárov, Orchan, Nik-Bin, Rádek, Bunting.

Apertura: 12.15 del mediodía.

Preside: Carr.

Presidente: En el orden del día figura la discusión sobre la cuestión de Oriente.

Se ha presentado la siguiente protesta:

«Las delegaciones de los países abajo firmantes protestan por la presente contra el hecho de que el Presidium y el congreso, al reducir en el último minuto el tiempo de intervención, no hayan prestado a la cuestión de Oriente y de las colonias la atención que merece.»

Firman la protesta Japón, Inglaterra, Turquía, Angora, Polonia, Bélgica, Australia, la India, Java, Egipto, Persia, Túnez, México y Suiza.

La comisión de Oriente ha presentado oficialmente dos solicitudes de inscripción en la lista de oradores, para el camarada Earsman (Australia) y el camarada Safárov (Rusia). El Presidium propone inscribir a estos dos camaradas en la lista de oradores aprobada ayer, con un tiempo de intervención de 15 minutos. ¿Hay alguna objeción? Queda aprobada la propuesta.

Antes de dar la palabra al primer orador, quisiera hacer una breve observación sobre la necesidad de que todos los oradores se atengan al tiempo de intervención. Aquí está el orden del día elaborado por el Presidium. La única cuestión del orden del día a la que de ahora en adelante se dedica más de un día es la cuestión de Oriente, para la que se han fijado dos días. De hoy al 3 de diciembre solo podemos dedicar un día a cada punto del orden del día. Para terminar, tenemos que atenernos al orden del día. Los camaradas de la comisión de Oriente comprenderán que no se les ha hecho ninguna diferencia y que se les ha concedido exactamente el mismo tiempo de intervención que a todos los demás. De ahora en adelante no podemos perder más tiempo. El presidente concederá a cada orador solo 15 minutos, salvo que la asamblea acuerde prolongarlo. El tiempo de que disponemos es limitado. Para terminar nuestro trabajo, tenemos que limitar también el tiempo de intervención. Cada orador tiene que organizar su discurso de modo que diga lo más importante en el tiempo que se le concede, o atenerse a las consecuencias.

Webb (Gran Bretaña): Camaradas, aun a riesgo de exponerme de nuevo a la crítica del camarada Rádek por mencionar las 21 condiciones en esta importante cuestión —la cuestión de Oriente—, tengo la intención de remitirme otra vez a las 21 condiciones, o al menos a la octava de las 21 condiciones aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista. En su discurso ante aquel congreso, el camarada Lenin advirtió a los partidos adheridos a la Internacional Comunista que no vinieran a ese congreso ni enviaran delegados para votar los distintos principios, principios como los fijados en las tesis y los estatutos de la Internacional Comunista, sin comprender plenamente las consecuencias de los principios que aprobaban. Cuando el II Congreso aprobó las 21 condiciones, aprobó al mismo tiempo las tesis sobre la cuestión nacional y colonial. Desde entonces se ha producido una evolución enorme en el movimiento obrero internacional. Y puede afirmarse tranquilamente, sin temor a ninguna objeción del camarada Rádek ni de ningún otro camarada de la Internacional Comunista, que los partidos comunistas del mundo entero no han comprendido las consecuencias de las tesis sobre la cuestión nacional y colonial aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista.

El punto 8 de las 21 condiciones dice así: «En la cuestión de las colonias y de las naciones oprimidas, es necesaria una actitud especialmente marcada y clara de los partidos de aquellos países cuya burguesía posee colonias y oprime a otras naciones. Todo partido que desee pertenecer a la Internacional Comunista está obligado a desenmascarar las “artimañas” de sus imperialistas en las colonias, a apoyar todo movimiento de liberación en las colonias no solo de palabra, sino con hechos, a exigir la expulsión de sus propios imperialistas de esas colonias, a despertar en el corazón de los obreros de su país una relación verdaderamente fraternal con la población trabajadora de las colonias y con las naciones oprimidas, y a llevar entre las tropas de su país una agitación sistemática contra toda opresión de los pueblos coloniales.»

Esta fue la decisión del II Congreso de la Internacional Comunista. Desde entonces hemos asistido al auge del movimiento revolucionario nacional en Egipto, Persia, Mesopotamia y Turquía. Y, sin embargo, puede afirmarse tranquilamente que ni siquiera los partidos comunistas más maduros —no esos pequeños partidos o grupos revolucionarios que se encuentran en vías de convertirse en partido comunista, sino los partidos comunistas más desarrollados adheridos a la Internacional Comunista— han sido conscientes de las obligaciones que acabo de citar respecto al movimiento nacional.

En el proyecto de tesis sobre la cuestión nacional y colonial, el camarada Lenin señaló ante el II Congreso de la Internacional Comunista la importancia, por una parte, de las agrupaciones de los movimientos revolucionarios avanzados en los países capitalistas avanzados y, por otra, de la agrupación de fuerzas del nacionalismo revolucionario en torno a Rusia. En ese proyecto preliminar, el camarada Lenin afirma lo siguiente: no puede uno contentarse con el simple reconocimiento programático de la necesidad de una unión con esos movimientos nacionalistas revolucionarios y con las colonias. No hay que quedarse en la simple declaración, sino que hay que elaborar una política determinada por el grado de desarrollo del movimiento de liberación democrático-burgués en esos países. Es verdad que el partido en cuyo nombre hablo aquí ha sido criticado por su actitud ante la cuestión de las colonias y de los movimientos nacionales. En el ámbito del Imperio británico tenemos los movimientos de liberación de Irlanda, Egipto y otras partes de África y de la India, así como de las demás colonias que componen el Imperio británico. Pero nuestros pecados de omisión pueden atribuirse principalmente a que nuestro partido es todavía muy pequeño y también muy joven, y a que ha tenido que superar innumerables dificultades internas antes de poder dedicar la debida atención al problema de los movimientos nacionales.

En un libro escrito antes de la revolución rusa, el camarada Trotski criticaba a la sección más fuerte de la II Internacional, el Partido Socialdemócrata de Alemania, y señalaba que la socialdemocracia alemana había evolucionado hacia un socialimperialismo.

Quisiera subrayar hoy muy especialmente que tenemos que hacer todo lo posible para mantener alejados de la Internacional Comunista a todos los elementos que intentan hacer de ella una Internacional del imperialismo comunista, semejante al imperialismo socialista característico de la socialdemocracia.

En uno de los últimos números de la Fortnightly Review, una revista muy conocida en el mundo capitalista y de habla inglesa, aparece un artículo muy significativo. Este artículo es una clara señal de que la clase capitalista, la burguesía, ha captado la importancia de esos movimientos nacionales revolucionarios y se esfuerza por utilizarlos contra la Rusia soviética, como réplica a los intentos de la Internacional Comunista de hacer de esas fuerzas sus tropas auxiliares. En un artículo sobre el movimiento nacional revolucionario en Turquía —«Kemal, el hombre y el movimiento»—, la revista citada dice: «No cabe duda de que, mientras los kemalistas persiguen fines puramente nacionalistas, los bolcheviques se aprovechan de las aspiraciones nacionales turcas para atacar a la civilización occidental en su punto más débil, y de que, a consecuencia de estas nuevas sacudidas, el movimiento revolucionario puede volver a estallar en la Europa agotada.» Después de ocuparse de las relaciones entre el gobierno soviético y el gobierno de Angora, la revista continúa: «Hay también un vínculo inglés de no menor importancia», y cita a continuación el pasaje de la declaración del Ejecutivo del Partido Comunista de Gran Bretaña que exige la devolución incondicional de Constantinopla al pueblo turco. Luego dice la revista: «La Asociación de Banqueros Americanos tiene toda la razón cuando dice que Inglaterra, al negarse a salir de Chanak y oponer 30 infantes de Lancashire a 1.000 jinetes kemalistas hasta que acudieron refuerzos, protegió durante dos semanas la civilización europea456.» Concluye diciendo que Inglaterra y los aliados quizá podrían entregar Constantinopla al nacionalista turco Kemal Pachá, pero que antes habría que demostrar al mundo que Kemal Pachá ya no es un peón de la Rusia soviética. Semejante declaración de una revista capitalista autorizada como la Fortnightly Review demuestra que la burguesía es muy consciente de los peligros de que el movimiento nacional revolucionario se transforme en un movimiento proletario revolucionario dirigido contra ella. Por esta razón merecen la mayor atención los puntos de las tesis sobre los que ha hablado el camarada Roy. Subrayó la necesidad de agrupar a los elementos proletarios de esos países para organizarlos separadamente de los movimientos burgueses de liberación. Esto tiene importancia no solo para los elementos proletarios revolucionarios de los países coloniales, sino también para los partidos comunistas de los países de los que parten las medidas de opresión contra esos movimientos. Me sorprende el escaso número de delegados que han venido a asistir a la continuación del debate sobre una cuestión tan importante como esta. Afirmo, en contra de lo que ha dicho esta mañana el presidente del Presidium, que sería mejor ocupar todavía unos días de diciembre para el congreso que despachar a toda prisa, de esta manera, cuestiones tan importantes como la cuestión de Oriente.

Para terminar, quisiera decir aún que el golpe más duro asestado hasta ahora contra el Tratado de Paz de Versalles (y en la discusión de la cuestión del Tratado de Versalles veremos en esta tribuna a todos los miembros importantes de la Internacional Comunista), el golpe decisivo asestado hasta ahora contra el tratado, es la victoria del movimiento revolucionario turco, que hace añicos el Tratado de Paz de Sèvres457. Por esta razón la cuestión es de la mayor importancia; esto es lo que quería decir al IV Congreso.

Liu-Yen-Chin458 (China): Camaradas, como mi tiempo de intervención es limitado, aunque tendría mucho más que decir, solo puedo daros una visión general de la situación actual en China.

En primer lugar tengo que hablar de la situación política actual en China. De mayo a junio de este año hemos presenciado la caída de dos gobiernos en China. Esta caída tiene una importancia enorme para el movimiento revolucionario del país.

Primero vino la caída del Gobierno del Sur, el gobierno revolucionario de Sun Yat-sen. Este gobierno fue derribado por un miembro militar subordinado, un miembro del partido nacional459. La caída se debe a las divergencias entre el dirigente Sun Yat-sen y ese miembro subordinado acerca de los planes de la expedición militar contra el Norte. ¿Qué significa esto? Significa el fracaso absoluto del plan militar para la revolución. El Kuomintang, el partido nacional-revolucionario de China, ha acariciado durante años planes de una revolución militar. Esperaba implantar la democracia en China mediante la conquista militar de las provincias. No hizo propaganda de masas en el país. No organizó a las masas. Se esforzó únicamente por emplear fuerzas militares para alcanzar su objetivo. Aun antes de haber conquistado Kwangtung en 1920, estableció un gobierno. Quería agotar todos los recursos de la provincia de Kwangtung para equipar una expedición contra el Gobierno del Norte, el gobierno de los militaristas feudales y de los agentes del imperialismo mundial.

Este plan pareció al principio realizable, pues todos los miembros del partido estaban aparentemente de acuerdo con él. Pero una vez que se adueñaron de la provincia de Kwangtung, el gobernador militar, miembro de este partido, abandonó todos los planes de la expedición contra el Norte y se fue volviendo cada vez más conservador y cada vez más inclinado a contentarse con aquella sola provincia y a desentenderse de todo lo que ocurría fuera de ella. En este partido hay muchos miembros así. Antes de conquistar el poder son revolucionarios; después se vuelven conservadores. Ese general que derribó al Gobierno del Sur no es más que un ejemplo de los muchos elementos semejantes que hay en este partido. La mayoría del partido se compone de gente reaccionaria por naturaleza. Cuando conquistan el poder en otras provincias, se oponen, igual que ese gobernador, al plan de conquista militar. Esto demuestra que el plan de conquista militar es un fracaso; es además una prueba de que el movimiento revolucionario tiene que tomar una nueva dirección. Es decir, que una revolución, si quiere triunfar, tiene que organizar a las masas y hacer propaganda entre ellas. No puede confiar solo en los medios militares. Este método está liquidado para China.

En el Norte, durante los meses de abril y mayo, se libró una guerra civil entre las dos fracciones de los militaristas feudales. Una fracción de los militaristas estaba a favor de los japoneses y la otra a favor de los americanos. Esta lucha terminó con la victoria del grupo proamericano de la fracción militarista, dirigido por Wu Pei-fu460. Este desenlace tiene también una importancia enorme para el movimiento revolucionario en China.

El gobierno de la China del Norte se había encontrado desde hacía unos cinco años bajo influencia japonesa. El imperialismo japonés aseguraba su influencia mediante empréstitos concedidos al Gobierno del Norte para proseguir la guerra civil. El gobierno japonés sobornaba a funcionarios de este gobierno chino del Norte para asegurarse participaciones en las minas chinas, el derecho a construir ferrocarriles en Shantung, etc. Todos estos derechos se obtuvieron mediante el soborno. Por esta razón la población china ha adoptado una actitud hostil hacia el imperialismo japonés y hacia los agentes japoneses del Gobierno del Norte. Como el imperialismo japonés es odiado amargamente en China, la población se fue inclinando cada vez más a apoyar al imperialismo americano, y como el Gobierno del Norte, bajo Chang Tso-lin461, es muy reaccionario, la población miraba con más simpatía al grupo militarista de Wu Pei-fu, que tiene ideas más progresistas, defiende una reducción de los efectivos del ejército y la abolición de los tuchunatos (la división feudal de las provincias) y goza del apoyo de los americanos. La reciente conquista del poder por Wu Pei-fu y el imperialismo americano en China demostrará que Wu Pei-fu no puede resolver el problema político chino y, además, que este dirigente no se distingue mucho de Chang Tso-lin. No puede llevar a cabo el plan de reducción de los efectivos del ejército y de abolición de los tuchunatos, aunque esté a favor de un programa democrático. Esto desengañará a las masas y las pondrá en contra del imperialismo americano, lo que significa su radicalización. La población tomará consciencia del hecho de que solo ella misma puede realizar la democracia y de que no puede confiar en ninguno de los grupos militaristas. Las masas verán que las tentadoras promesas de Wu Pei-fu de los tiempos en que todavía no tenía el poder en sus manos no se cumplen. La tendencia de la pequeña burguesía pacifista a simpatizar con Wu Pei-fu, porque promete mejorar su situación económica, irá desapareciendo cada vez más y acabará por disolverse con esos cambios políticos.

Tomemos el caso de Wu Pei-fu. Afirmaba que no quería pedir dinero prestado a las grandes potencias, y con ello se ganó las simpatías de la población. Pero una vez llegado al poder, organiza su gabinete con ayuda de un grupo de intelectuales proamericanos que pusieron enseguida en marcha la organización de un empréstito americano. Esto y muchas cosas más desengañarán a las masas. Así, la situación es cada vez más favorable para el movimiento revolucionario en China.

En segundo lugar, tengo que mencionar el movimiento obrero. Este movimiento ha hecho grandes progresos durante este año. A comienzos de año vivimos la huelga de los marineros de Hong Kong, que duró 50 días, se limitó al principio a reivindicaciones económicas y pronto se convirtió en un factor nacional contra el imperialismo inglés. Esta huelga se limitó al principio a los marineros, pero luego se extendió hasta convertirse en una huelga general contra el imperialismo británico en la colonia de Hong Kong y se propagó hacia el norte. Tuvimos además la huelga del ferrocarril Pekín-Hankow, que se extendió hasta la China central. Hubo otras huelgas en las fundiciones y acerías de Hong Kong, en la industria textil y tabaquera de Shanghái y en las minas. Todas estas huelgas se sucedieron a cortos intervalos. La extensión de la revuelta contra la clase capitalista casi ha despertado a las masas trabajadoras. Esto demuestra que el movimiento de masas en China no existe solo en los sueños de los socialistas, sino que es un hecho palpable; demuestra además que el Partido Comunista puede tener éxito con su propaganda entre las masas. De todo ello se desprende que el Partido Comunista hará buenos progresos, a diferencia de años anteriores, cuando no era más que una secta y un círculo de estudio. Este año hemos podido seguir el fortalecimiento de la influencia de nuestro Partido Comunista entre las masas.

Paso ahora a la actividad política más reciente del Partido Comunista de China. Partiendo del principio de que para extirpar el imperialismo en China hay que establecer un frente único antiimperialista, nuestro partido ha decidido establecer un frente único con el partido nacional-revolucionario Kuomintang. La forma de este frente único consiste en que ingresamos en ese partido con nuestro nombre y a título individual. Con ello perseguimos dos fines. En primer lugar, queremos hacer propaganda entre los numerosos obreros organizados en el partido nacional-revolucionario y ganarlos para nosotros. En segundo lugar, solo podemos combatir el imperialismo si unimos nuestras fuerzas, las fuerzas de la pequeña burguesía y del proletariado. Nos proponemos entrar en competencia con este partido en la organización de las masas y en su captación por la propaganda. Si no ingresamos en este partido, quedaremos aislados y predicaremos un comunismo que representa, sí, un ideal grande y elevado, pero al que las masas no siguen. Las masas seguirían más bien al partido pequeñoburgués y serían utilizadas por él para sus fines. Si ingresamos en el partido, podremos mostrar a las masas que también nosotros estamos a favor de la democracia revolucionaria, pero que para nosotros la democracia revolucionaria no es más que un medio para un fin. Estaremos además en condiciones de señalar que, al luchar por ese objetivo todavía muy lejano, no perdemos de vista por ello las reivindicaciones inmediatas de las masas. Podemos reunir a las masas a nuestro alrededor y escindir el Kuomintang.

Chosni-el-Arabi462 (Egipto) (habla en árabe; lo traduce al inglés la camarada Paul): Se me ha encargado decir que en Egipto creemos que no está lejano el día en que las banderas rojas ondeen sobre las pirámides y saluden a la bandera roja que ondea sobre el Kremlin.

Este es el mensaje que debo transmitiros de parte de los obreros y de los fellahs de Egipto. Ahora quiero añadir yo mismo unas palabras.

El obrero egipcio sufre bajo el peso de las capitulaciones, bajo el yugo del imperialismo británico, de los capitalistas extranjeros y de su propia burguesía. La fertilidad del suelo egipcio y la situación geográfica de Egipto, que constituye el puente para la expansión del imperialismo británico hacia el Extremo Oriente, la construcción del ferrocarril de Palestina, que une África con Asia Menor a través de Egipto, la perspectiva de un ferrocarril de El Cairo a Sudáfrica, todo esto fortalece las esperanzas de los explotadores imperialistas y aumenta los sufrimientos de los obreros egipcios.

Egipto está maduro para las ideas socialistas. Una prueba de ello es el crecimiento del Partido Socialista Egipcio. El partido se fundó legalmente en agosto de este año y, en el breve tiempo que lleva de existencia, ha acogido ya en sus filas a 1.000 miembros. Así pues, como Egipto está maduro para las ideas socialistas, hacemos todo lo posible para impedir que se pongan obstáculos a la penetración constante de la propaganda comunista y a la evolución hacia el comunismo. Somos de la opinión de que, si no se hace sitio a Egipto en la familia de la Internacional Comunista y se deja que su celo se pierda inútilmente en la arena, su atraso perjudicará al desarrollo de la revolución en Oriente y retrasará la revolución en Occidente.

Las admirables sublevaciones de los años 1919 y 1920 sacudieron el poder del imperialismo británico y fueron una buena lección para los capitalistas egipcios. Alarmado por estos acontecimientos, el gobierno inglés, de acuerdo con los capitalistas egipcios, concedió a Egipto con un gran gesto su completa independencia463. Pero el pueblo no se dejó engañar por esas promesas huecas. ¿En qué consistían, al fin y al cabo, esas promesas? Primero, en la protección de las comunicaciones, que se concedió porque Inglaterra quería proteger su camino hacia la India. Segundo, en un cogobierno sobre el Sudán, para abrir a Inglaterra una nueva fuente de materias primas para las necesidades de sus hilaturas de algodón de Manchester. Tercero, en la protección de las minorías nacionales. Cuarto, en la abolición de las capitulaciones. Estas dos últimas exigencias se plantearon para dar a Gran Bretaña un derecho a intervenir en los asuntos egipcios.

Los capitalistas egipcios han formado ahora un Partido Liberal para proteger la nueva constitución y ratificar el acuerdo entre Inglaterra y Egipto. Con este fin han establecido un programa y elegido candidatos que han de representar esa tendencia en el parlamento. En todo caso, las elecciones se convocarán el próximo enero.

El Partido Socialista Egipcio ha acogido con alegría que el enemigo se muestre ahora abiertamente. Un proverbio árabe dice: «La belleza luce todavía más cuando se la pone frente a la fealdad.» La lucha entre nosotros y el Partido Liberal promete ser muy violenta. Pero no tememos el choque, porque sentimos que la fuerza y la influencia del Partido Socialista Egipcio crecen de día en día. Podemos mantener nuestro puesto en el terreno económico y en el político. No hemos dejado pasar ni un solo acto desvergonzado del gobierno sin denunciarlo en la prensa. Vamos entre los obreros y propagamos las ideas socialistas y la lucha de clases, tanto de palabra como mediante la publicación de octavillas y folletos. Tampoco hemos dejado pasar sin aprovecharla la ocasión de hacer propaganda durante la fiesta internacional del Primero de Mayo. A pesar de que el gobierno prohibió toda propaganda pública y de que nuestro partido era entonces todavía ilegal y el país estaba en estado de sitio, agrupamos a las fuerzas proletarias en torno a nuestras banderas y celebramos imponentes manifestaciones en tres ciudades. Nos proponemos aprovechar las próximas elecciones al primer parlamento egipcio. Durante las semanas que faltan hasta las elecciones haremos todo lo posible para que algunos camaradas puedan representar a los obreros en la nueva asamblea. Si conseguimos ganar uno o dos escaños, aumentaremos el prestigio del comunismo en Oriente y consolidaremos la base de nuestro partido en Egipto.

En cuanto a la cuestión industrial, Egipto es principalmente un país agrario y se enfrenta a un agudo problema agrario. El partido está discutiendo actualmente esta cuestión y espera estar en condiciones de elaborar un programa agrario en un futuro próximo.

Los obreros industriales están bastante bien organizados en 100 sindicatos. Desde que el partido es legal, ha organizado dos sindicatos y ha llevado a la Internacional Sindical Roja tres sindicatos ya existentes. Sin embargo, el número total de obreros organizados en estos sindicatos solo asciende a 2.750. Esperamos, no obstante, poder añadir a esta cifra antes del próximo congreso tantos ceros como, según una expresión del camarada Lenin, se le quitan al nuevo rublo464. En estos cinco sindicatos tenemos células comunistas bien organizadas, mientras que en otros sindicatos tenemos miembros del partido. Nos queda todavía mucho trabajo antes de que podamos establecer células también en esos sindicatos.

Ahora quisiera mencionar otra cosa. La Komintern ha nombrado un subcomité para estudiar la cuestión egipcia. En la última sesión de este comité no estaban presentes todos sus miembros. Los presentes aprobaron una resolución en la que reprochaban al partido egipcio diversos errores. Esto me parece un certificado de buena conducta, porque los inactivos nunca tienen ocasión de cometer errores. Aun cuando el partido egipcio hubiera cometido errores en el pasado, estoy convencido de que se esforzará por repararlos en el futuro. En la sesión en que se aprobó esta resolución solo estaban presentes tres miembros del comité, ¡y uno de esos tres se opuso a la resolución! Estoy convencido de que en el curso del próximo año la Komintern comprenderá mejor que en el pasado al Partido Socialista Egipcio y de que la resolución tendrá que revisarse en el V Congreso. ¡Viva la Internacional Comunista!

Earsman465 (Australia): ¡Camaradas! Quisiera hablar de dos puntos de las tesis presentadas al congreso.

El primero se refiere a la formación y el desarrollo del movimiento revolucionario en los países coloniales, y en especial en los oprimidos por el imperialismo en el Oriente Próximo y en el Extremo Oriente.

El segundo punto, que nos interesa especialmente, se refiere al problema creado por el conflicto que se está gestando en el Pacífico. Si examinamos detenidamente la situación, vemos que todavía hay muchas dificultades y malentendidos entre los obreros de los distintos países, y en especial entre los Estados del Pacífico sur y los del Pacífico norte, sobre todo la cuestión de los obreros blancos y de color. La principal dificultad que tenemos que vencer es el prejuicio de los obreros blancos, provocado por el miedo a la mano de obra de color barata. Los países más afectados —Australia, los Estados Unidos y el Canadá— tienen leyes que prohíben la inmigración de obreros de color, porque los obreros creen que los obreros de color inmigrados podrían utilizarse para rebajar el nivel y las condiciones de vida conseguidos en esos países. No basta con decir sin más que los obreros de esos países son reaccionarios, que no comprenden los factores económicos que subyacen a la situación y que no entienden su propia tarea específica. Nosotros, la vanguardia de la clase obrera, tenemos que decir a esos obreros con toda claridad cómo hay que actuar en esta situación. Hasta ahora esto solo se ha hecho en pequeña medida, y nunca desde un punto de vista internacional.

Actualmente se lleva a miles de obreros de color de la India y de China a los campos de caña de azúcar de los países del Pacífico sur, y en las peores condiciones, con el sistema de contrata y de servidumbre por contrato. Estos obreros son transportados especialmente a las islas Fiyi y a los demás archipiélagos vecinos de Australia. Hasta ahora los capitalistas no han conseguido introducir también este sistema en Australia y Nueva Zelanda. Pero se afanan mucho en este proyecto, y su intento de introducirlo también en Australia hace muy difícil el trabajo de los partidos comunistas en esos países, porque los obreros, bajo la presión de esos intentos, se unen para defender las leyes dirigidas contra la inmigración de color. El Partido Comunista se ha ocupado también del problema, con el resultado de que ha logrado aclarar a los dirigentes sindicales, en el congreso sindical de este año en Melbourne, el pleno significado de esas leyes y los factores cuyos efectos son perjudiciales para los intereses de la clase obrera, ya que defienden los intereses de los obreros australianos a costa de los obreros del Japón, de China y de otros países del Pacífico sur. Este es el problema que tenemos que resolver y que, en mi opinión, podemos resolver si contamos con el apoyo de la Internacional Comunista y si no se pierde de vista el pleno significado de este grave problema hoy y en los próximos años.

Todos los que hayan prestado aunque sea una atención pasajera a la cuestión del Pacífico comprenderán que allí se alza el peligro de una nueva guerra mundial. Y si lo comprendéis, llegaréis a la conclusión de que las consignas difundidas por los capitalistas en caso de guerra serían más eficaces que las consignas que la clase obrera lanzaría contra un conflicto sangriento de ese tipo; de que, si la clase capitalista reforzara en Australia el miedo actual al «peligro amarillo» con el miedo a una «invasión amarilla», eso le aportaría masas nunca vistas en el pasado. Por eso nuestra tarea especial en los próximos meses es desmontar esas consignas y hacer que los obreros tomen consciencia de su verdadero sentido y alcance.

En las tesis se ha hecho una propuesta que, en nuestra opinión, será muy ventajosa para nuestro trabajo contra los capitalistas en esos países. Además, el congreso sindical de este año en Melbourne aprobó una resolución que pide la convocatoria de un congreso panpacífico como el mejor medio de lograr un entendimiento entre los obreros de los países del Pacífico norte y del Pacífico sur. Un congreso así reuniría a los obreros del Japón, de China, de las islas Malayas, de la India, de América, del Canadá, de Australia y de Nueva Zelanda, les permitiría discutir sus problemas y llegar a un acuerdo sobre los mejores medios y caminos para hacer ver a los obreros lo reaccionario de su anterior actitud contra los trabajadores de color. Comprenderían que no tienen por qué temer una invasión japonesa ni temer que obreros japoneses, indios y otros obreros de color vengan a América y a Australia con la intención de rebajar el nivel de vida de los obreros del país. Verían que los obreros del Pacífico norte están organizados, y una vez que comprendan el peligro que amenaza por parte del capitalismo, se habrá dado el primer paso hacia la consolidación de las filas de la clase obrera en los países de todo el Pacífico.

Al hacer esta propuesta en las tesis, esperamos que los obreros de esos países reciban todo tipo de apoyo, que este congreso llegue realmente a una resolución y establezca en unas tesis que tal congreso debe celebrarse realmente. Consideramos, no obstante, que es nuestro deber decir que el congreso tiene que celebrarse y que en él hay que trazar un programa bien definido y desarrollarlo luego de manera práctica.

Comprendemos además que también los sindicatos de Australia tienen que ocuparse de este problema. Esto tendrá éxito una vez que los sindicatos hayan aprendido a reconocer el problema. Como el movimiento sindical en Australia, donde está organizado el 80% de todos los obreros, es muy fuerte, podríamos obligar a través de los sindicatos a todo obrero de color que llegue al país a afiliarse a nuestros sindicatos. En enero del próximo año desaparecerá también el último resto del prejuicio racial, que ha encontrado sitio incluso en los estatutos de los sindicatos revolucionarios. Entonces quedará libre también el camino para los sindicatos que dominan las industrias clave. Acogerán en sus filas a todo obrero de color que esté ya en Australia o que llegue a Australia. Es verdad que en el pasado estos sindicatos se negaron a admitir obreros de color. Si comprendemos plenamente el significado histórico de la situación, no podemos reprocharles esa actitud. Pero hoy no hay ninguna justificación para semejante línea divisoria en los sindicatos, y el intento del Partido Comunista de borrarla ha tenido éxito.

Pero para consolidar la situación, aplicar las tesis a la política práctica y hacer que los obreros tomen consciencia de ellas en sus luchas cotidianas, tenemos que convocar cuanto antes la conferencia propuesta, y con el apoyo de la Internacional Comunista. Necesitamos ahora el apoyo del Ejecutivo. El Ejecutivo tiene que prestar a los problemas coloniales más atención que en años anteriores. Tiene que comprender que el problema colonial es tan importante como cualquier problema de Europa. Si así ocurre realmente, en Australia estamos convencidos de que llevaremos a buen término la tarea que hemos asumido y que proponemos en estas tesis.

Safárov466 (Rusia): Pese a las decisiones del II Congreso de la Internacional Comunista, los partidos comunistas de los países imperialistas han hecho poquísimo por abordar las cuestiones nacional y colonial.

Solo en los últimos días ha dirigido el Partido Comunista de Inglaterra su atención a los movimientos revolucionarios coloniales de la India y de Egipto.

Pese al importante movimiento revolucionario de las colonias francesas, el partido francés, en lugar de un centro debidamente organizado para dirigir esta rama tan importante de su actividad, no tiene más que un grupo de estudios coloniales.

Más aún: tras la bandera del comunismo se ocultan ideas soberanistas, ajenas y hostiles al internacionalismo proletario.

La sección de Sidi-bel-Abbès ha dado de ello una prueba palmaria. Estos camaradas —si es que se les puede llamar camaradas, porque no son camaradas, sino pequeñoburgueses—, estos ciudadanos dicen en una protesta contra el llamamiento de la Internacional Comunista a las colonias francesas:

«La cuestión colonial se caracteriza por la completa falta de unidad, que tan necesaria es. Hay pueblos tutelados que ya son capaces de gobernarse a sí mismos, y otros que todavía no lo son. Y si el deber comunista exige dar a los primeros su libertad, ordena todavía más imperiosamente que no se abandone a los segundos a su miserable suerte. Si una soberanía egipcia es necesaria, una soberanía de antropófagos no es deseable.»

Ese es el punto de vista de estos llamados comunistas.

Esta gente está convencida de que la Internacional Comunista y su Ejecutivo quieren que los antropófagos se coman a esa buena gente de Sidi-bel-Abbès.

No somos tan severos, no somos de ánimo tan terrorista, y esa buena gente de Sidi-bel-Abbès y de la federación argelina puede tranquilizarse, porque no se trata de antropofagia alguna, se trata solo de la cuestión nacional y colonial.

Hay que decir de una vez por todas que las concepciones de la II Internacional de antes de la guerra son inadmisibles en la Internacional Comunista. Ante ciertas tesis, como por ejemplo estas de Argelia, y ante ciertas declaraciones de nuestros camaradas de los distintos países sobre esta cuestión, hay que ser conscientes de que se trata de concepciones a lo Hildebrand467, a lo Noske, etc., etc.

Y por eso protestamos contra la pasividad que muestra aquí la mayor parte del IV Congreso Mundial. (Aplausos.)

La suerte de la revolución proletaria contra el imperialismo mundial en los países imperialistas avanzados está íntimamente ligada a la suerte de la revolución colonial en los países atrasados. El capitalismo mundial se esfuerza por renovar sus fuerzas mediante una explotación más intensa de las colonias. Como el capitalismo se encuentra en un período difícil, explota tanto más a China, la India, etc.

Observen ustedes todas las contradicciones que se están desarrollando ahora en la política internacional. El programa del gabinete conservador de Bonar Law en Inglaterra es un programa de restablecimiento de las fuerzas del imperialismo inglés con ayuda de las colonias. En torno a China y el Pacífico chocan los intereses de América, Inglaterra y el Japón.

En Asia Menor, en el norte y en el sur de Persia, los intereses ingleses, americanos y franceses están en conflicto. En Francia, las tropas negras desempeñan un papel preponderante en los planes de los señores Millerand, Poincaré y compañía. Millerand, Poincaré y compañía entienden la cuestión colonial mejor que ciertos comunistas, porque saben muy bien que todos esos países atrasados —si no los toca el espíritu revolucionario—, todos esos antropófagos «pueden ser utilizados contra la revolución en favor del imperialismo». Esta situación es muy sencilla y fácil de entender.

Hasta ahora, en nuestros periódicos —salvo algunas raras excepciones— hemos leído bonitas declaraciones sobre la cuestión colonial: «Hay que liberar a los pueblos oprimidos, ayudarlos, etc., etc.»

Pero nadie dice qué hay que hacer ahora.

El movimiento colonial se ha desarrollado con bastante rapidez en los países atrasados, en la India, en China, etc., desde el II Congreso.

Durante los años de guerra, el capitalismo autóctono hizo progresos enormes gracias al aflojamiento de la tutela imperialista sobre las colonias. En algunos países —por ejemplo, en la India— la producción industrial llegó incluso a duplicarse. El desarrollo del capitalismo autóctono en estos países es la base del desarrollo del movimiento nacional-revolucionario.

El imperialismo extranjero desempeña hoy en las colonias el mismo papel que el feudalismo desempeñó frente a la burguesía en los siglos XVIII y XIX.

La revolución colonial y nacional es en los países atrasados una revolución democrático-burguesa, y sabemos que al mismo tiempo la situación internacional es revolucionaria. Sabemos que nos encontramos en un período de gran auge de la lucha de clases. Sabemos que está cerca el día de la victoria completa de la revolución proletaria. Por eso un gobierno democrático-burgués en los países atrasados es un apoyo y un gran alivio para nuestro movimiento proletario. Por eso no debemos menospreciar este movimiento, y por eso los partidos comunistas deben hacer todo lo posible por apoyarlo y por organizar a los mejores elementos de los países atrasados.

Los distintos países de Oriente —China, la India— son bastante atrasados. El feudalismo agrario y el burocratismo militar son los principales puntales del imperialismo extranjero. Los jefes nómadas de Persia, por ejemplo, han favorecido la política de conquista de los ingleses. En China son los gobernadores militares llamados «duziun» los que impiden la unidad del país.

Nuestra primera tarea es unir todas las aspiraciones del movimiento revolucionario colonial en un frente único antiimperialista. En estos países atrasados, los elementos del desarrollo pequeñoburgués todavía no se han separado de los elementos feudales, y estos elementos feudales son partidarios del imperialismo extranjero. La lucha contra el régimen agrario feudal es necesaria. En Persia esta lucha está ahora en curso; es la lucha contra el imperialismo extranjero. En tiempos del II Congreso no teníamos todavía partidos comunistas en estos países. La primera señal del movimiento obrero se manifestó en China en 1920 con el boicot a las mercancías extranjeras; en la India empezó a desarrollarse en 1919. Podemos citar numerosos ejemplos semejantes: el desarrollo del capitalismo autóctono durante la guerra y durante la crisis de la posguerra provocó el auge del movimiento obrero. Los partidos comunistas de estos distintos países son todavía muy débiles. Cuentan con algunos centenares de miembros, a veces incluso solo con algunas decenas. Pero conocemos muy bien la historia del movimiento obrero. El partido bolchevique era en 1883 un pequeño grupo de 5 miembros468; 40 años después se convirtió en poder del Estado. En efecto, la historia avanza en nuestros días todavía más deprisa. El mismo auge aguarda también a los pequeños partidos comunistas.

Esta clase obrera, que solo se ha desarrollado durante la guerra, sigue atada todavía al artesanado y a la pequeña propiedad campesina. En la India tenemos 2 millones de obreros organizados en los distintos sindicatos. Dirigen el movimiento abogados burgueses. Solo en 1920 apareció en la India el primer grupo revolucionario. En Bombay se publica un periódico socialista cuyo redactor es el camarada Dange469, que se propone ahora fundar un partido obrero en la India. Estamos convencidos de que el momento de la fundación de este partido independiente en la India está ya muy próximo.

El movimiento obrero se desarrolla de distinta manera en los distintos países, pero aun así estos fenómenos pueden generalizarse. Podemos decir con razón que la clase obrera de los países coloniales se está convirtiendo en una fuerza política independiente, y ese es un gran paso hacia la victoria final de la revolución proletaria.

Tengo aquí ante mí un informe del jefe de la gendarmería de Pekín. Los gendarmes chinos tienen miedo de Lenin. Su jefe escribe:

«La experiencia de Lenin es un ejemplo vivo de que la realización de ideas perversas es mil veces más dañina que los peligros con que nos amenazan las inundaciones y las fieras.» (Risas.)

Incluso los gendarmes chinos están preocupados por los progresos de las ideas bolcheviques.

No podemos plantear inmediatamente el problema de la revolución soviética en estos distintos países. Nuestro primer deber en estos países es luchar por la liberación de la clase obrera y por su organización en el terreno económico y en el político. La clase obrera debe incluso participar en la lucha común contra el imperialismo extranjero. El movimiento obrero no debe ser una forma reducida del movimiento nacionalista.

El II Congreso de la Internacional Comunista declaró ya que tenemos que apoyar todas las formas del movimiento obrero independiente en los países más atrasados. Hemos seguido esta directriz. Los partidos comunistas se han convertido ya en una fuerza política; son capaces de organizar el movimiento nacional-revolucionario y de impulsarlo hacia delante. La primera fase del movimiento nacionalista está todavía atada a prejuicios anticuados. Las masas, oprimidas durante largos siglos, creen que los métodos de la resistencia pasiva pueden llevarlas a la victoria. Tenemos que criticar estos métodos, porque no sirven para llevarnos a nuestro objetivo.

En cambio, es necesario que dirijamos la atención de todos los países a la cuestión colonial; hasta ahora no teníamos en la Internacional más que grupos de estudios coloniales. Eso no basta. Hay que organizar a la clase obrera de estos países atrasados, porque esta clase obrera, estos pueblos coloniales y semicoloniales, tienen una gran importancia para la victoria de la revolución proletaria mundial. (Aplausos.)

Orchan (Turquía): Camaradas, la Internacional Comunista ha adoptado el punto de vista de que el movimiento de independencia de los pueblos coloniales tiene una gran importancia para la revolución mundial. Por eso nos resulta del todo inexplicable que los partidos comunistas de Occidente no concedan a la cuestión de Oriente y a la cuestión colonial la importancia que merecen.

Como prueba palmaria podemos citar, con gran pesar, que el Partido Comunista de Italia todavía no ha incluido en su programa de acción ningún capítulo especial sobre las tareas de los partidos comunistas en las colonias.

Vemos por desgracia que el IV Congreso, al discutir la cuestión de Oriente, ha seguido el ejemplo del III Congreso. Nos sumamos plenamente a las protestas de nuestros camaradas.

Somos de la opinión de que el frente único antiimperialista representa una especie de coalición de las clases más avanzadas para luchar contra el imperialismo sobre la base de la satisfacción de las reivindicaciones mínimas de las masas trabajadoras.

Del mismo modo que el frente único proletario contra la ofensiva del capital, que se ha fijado el objetivo de ganar a las masas desenmascarando la política traidora de las Internacionales Dos y Dos y Media, se ha formado sobre la base de las reivindicaciones mínimas de los obreros (jornada de ocho horas, salarios, derecho de asociación, etc.), también el frente único antiimperialista tiene el objetivo de desorganizar a las fuerzas imperialistas, ganar a las masas y desenmascarar la política exterior de las clases dominantes, que buscan reconciliarse con los imperialistas. Para que las masas puedan comprender la victoria del frente único antiimperialista, esta táctica tiene que concretarse de tal modo que se le dé como contenido positivo las reivindicaciones de las masas de reforma agraria, administrativa, fiscal, electoral, etc.

Dado que ahora también la II Internacional y la Internacional Dos y Media se ven obligadas a actuar, de palabra, contra el imperialismo occidental y oriental, tenemos que proponer a los partidos oportunistas europeos el frente único antiimperialista sobre la base de la independencia de los pueblos de Oriente y de los pueblos coloniales.

En consecuencia, tenemos que proponer al Labour Party que presione al gobierno en el siguiente sentido:

a) Que exija en la Conferencia de Lausana470 la conclusión de un tratado de paz conforme con el Pacto Nacional; b) Evacuación inmediata de Constantinopla y de toda Tracia; c) Liquidación de la cuestión de los Estrechos en el sentido del tratado ruso-turco471, con participación de los Estados ribereños del mar Negro; d) Posibilidad de publicar artículos sobre esta cuestión en los periódicos obreros; e) Evacuación de Siria, Mesopotamia y Palestina. Reconocimiento de la independencia nacional de todas las colonias y semicolonias.

En interés del movimiento nacional y obrero de Oriente y de la liberación de todos los pueblos trabajadores del yugo de los gobiernos capitalistas invasores, y además en interés de la organización del frente de lucha unitario, proponemos convocar sin demora un congreso mediante una conferencia de todos los delegados de los países de Oriente y de los delegados franceses e ingleses; hay que invitar a todas las organizaciones revolucionarias que llevan la lucha contra el imperialismo.

Las últimas victorias del pueblo turco sobre el imperialismo mundial han despertado un eco entusiasta en los países más lejanos de Asia y de África, incluso en la Cochinchina, país no musulmán cuyas manifestaciones de júbilo registró especialmente la prensa burguesa.

A la vista de estos hechos, declaramos que un congreso de todos los pueblos oprimidos convocado por el Partido Comunista de Turquía tendrá para la revolución mundial una importancia de primer orden.

Todos los partidos de los países que poseen colonias y semicolonias, en especial los partidos francés e inglés, tienen que apoyar todo movimiento revolucionario de independencia y asistir con todos los medios a los partidos comunistas de sus colonias como si fueran sus propias secciones. Insistimos muy especialmente en este punto porque hasta hoy los partidos comunistas de las metrópolis han descuidado de manera incomprensible su deber para con el movimiento nacional de liberación y para con los partidos comunistas. Pedimos que el IV Congreso obligue a todas las secciones a cumplir el punto 8 de las 21 condiciones y las inste a enviar regularmente a los partidos comunistas de Oriente todo el material y la literatura adecuados para desenmascarar la política de los imperialistas. Deseamos también que les envíen folletos, revistas, octavillas, proclamas, etc., redactados especialmente con el fin de desorganizar y revolucionar a las tropas de ocupación.

Los partidos comunistas de estos países asumirán la tarea de distribuir estas publicaciones.

En los países orientales en los que el grado de desarrollo de las fuerzas productivas no permite a la clase obrera realizar inmediatamente sus fines últimos en la forma de la dictadura del proletariado (aunque el desarrollo industrial de Turquía es mucho más profundo y la consciencia de clase del proletariado se ha desarrollado bastante en los últimos años), el problema más importante para los jóvenes partidos comunistas de estos países consiste ante todo en afianzar los cuadros del partido y liberarlo de todos los elementos oportunistas e individualistas, en instruir y organizar al proletariado en el terreno económico y en el político, y en centralizar el movimiento obrero mediante un trabajo incesante y metódico dentro de los sindicatos.

La condición previa de la victoria inevitable de estos jóvenes partidos comunistas es su influencia sobre las masas semiproletarias y campesinas.

Por eso, en el período de transición, los partidos comunistas de estos países tienen que lanzar consignas capaces de unir a las amplias masas trabajadoras y de debilitar la posición de la clase dominante frente a todo el pueblo.

Las tareas esenciales de los jóvenes partidos comunistas de los países orientales son, en resumen, las siguientes:

  1. Hay que apoyar con todos los medios los movimientos nacionales de liberación. Hay que unir todas las fuerzas en un frente único antiimperialista. Hay que vigilar que la clase dominante no sabotee este movimiento nacional de liberación. 2. Hay que exigir formas más democráticas en favor de las amplias masas trabajadoras; esta táctica le granjeará al partido las simpatías de todas las clases trabajadoras y hará del Partido Comunista el gran partido del pueblo.

Pero si toda su actividad consistiera exclusivamente en apoyar el movimiento de independencia y exigir reformas, dejaría de ser un partido comunista. Una de sus tareas principales es instruir y organizar a la clase obrera, formar cuadros sólidos y ponerlos a prueba, para que en el momento dado el partido sea capaz de llevar al proletariado y a las masas semiproletarias a la victoria final, a pesar de los dirigentes nacionalistas y socialtraidores. (Aplausos.)

Nik-Bin (Persia): Camaradas, antes de pasar a exponer la situación en Persia, considero necesario declarar que hasta ahora se ha prestado muy poca atención a Oriente, a los países coloniales. La resolución del II Congreso de la Internacional Comunista, en la que se decía claramente que los países coloniales solo pueden liberarse, y solo pueden crearse en ellos partidos comunistas, con el apoyo de los partidos comunistas de los países de las grandes potencias que poseen esas colonias, se ha quedado en una resolución de papel. De los partidos comunistas de los países imperialistas de Occidente no solo no hemos recibido ninguna ayuda moral, sino que en general han mostrado muy poco interés por la cuestión de Oriente. La prueba es la sesión de hoy del IV Congreso. En la abolición del orden capitalista, la cuestión de Oriente desempeña sin duda un papel muy importante. Para acabar con el orden capitalista hay que cortar todas las arterias por las que afluyen al capitalismo savia y fuerzas vivas. Las fuerzas del capitalismo tienen que ser minadas en las colonias. Por lo que se refiere a Persia, este país se encuentra actualmente en un estadio de transición del orden gentilicio patriarcal al capitalismo. En Persia no hay un solo poder, sino dos, tres, y así hasta el infinito. El Partido Comunista no solo tiene que luchar allí contra los señores feudales del país, sino también contra los imperialistas, principalmente los ingleses, que se han unido a los señores feudales, son sus principales aliados y retienen a Persia en el umbral del paso al orden capitalista. La crisis industrial mundial se ha dejado sentir también en Persia, en la medida en que el mercado persa ha quedado hasta cierto punto sin explotar por los capitalistas. Esto ha hecho que la industria nacional comenzara a desarrollarse; al mismo tiempo que ella surgió una clase obrera. A consecuencia de ello, y de otras muchas causas, se ha organizado en Persia un partido comunista. Esta organización cuenta hoy en toda Persia con 1.000 miembros. Hay además sindicatos obreros, que en toda Persia cuentan con 15.000 miembros, de los que 12.000 corresponden solo a la capital de Persia, Teherán. Desde un punto de vista estricto de partido, no sería correcto hablar de un partido comunista de masas en Persia. La organización tiene allí solo un núcleo, aunque un núcleo completamente sano, compuesto principalmente de obreros. Por otra parte, hay organizaciones en forma de sindicatos; estas se encuentran por completo bajo la influencia del Partido Comunista. El partido dirige la política e influye en la marcha del trabajo en los sindicatos.

Los sindicatos surgen en número enorme, de modo que el partido no puede abarcarlos todos por completo. Cuánto se ha fortalecido el Partido Comunista en Persia se desprende del hecho de que en el curso del año hubo bajo su dirección huelgas, la mayoría de las cuales, unas diez, terminaron victoriosamente.

Tampoco debe silenciarse la influencia del periódico, de la prensa. En Teherán tenemos dos órganos que son los periódicos más populares de toda Persia. Superan a todos los demás periódicos no solo en popularidad, sino también en tirada. El partido trata de formar un frente antiimperialista general contra los imperialistas. A este respecto se presenta con el amplio plan de un bloque democrático, al que deben pertenecer los representantes de todos los grupos nacionales y democráticos. El papel dirigente en este bloque lo desempeña el Partido Comunista de Persia. Es significativo que el Partido Comunista de Persia haya demostrado ser incluso más fuerte que los partidos burgueses. Los propios partidos burgueses buscan un bloque con nosotros, y en particular los llamados socialdemócratas, que tienen un programa democrático. Puede decirse que se dan las condiciones para que el Partido Comunista de Persia obtenga en un futuro próximo grandes éxitos, porque en Persia hay distritos industriales con un proletariado numeroso. Me refiero, por ejemplo, a los puertos del norte y del sur de Persia, donde hay obreros portuarios, así como a los distritos del sur de Persia donde se encuentran los yacimientos ingleses de petróleo, en los que trabajan más de 40.000 obreros persas. Hay que señalar que este año se ha celebrado en Persia por primera vez en su historia una fiesta del Primero de Mayo. El 1 de mayo no solo se celebraron mítines, sino que con motivo de la fiesta del Primero de Mayo se proclamó también una huelga. No todas las categorías obreras hicieron huelga, ciertamente: solo el sindicato de cajistas declaró la huelga del Primero de Mayo. Todo esto demuestra que el Partido Comunista de Persia ha madurado por completo y que entra en la lucha por la victoria del comunismo.

Rádek: Camaradas, tenemos que someter a examen el camino que hemos recorrido desde el II Congreso en la cuestión de nuestra relación con los movimientos de Oriente. Recordarán ustedes que, cuando en el II Congreso de la IC formulamos la tesis de la gran importancia revolucionaria del movimiento de Oriente y de la necesidad de que la IC lo apoyara, esa toma de posición provocó un gran revuelo, no solo en el mundo capitalista, que sabía por qué temía nuestra decisión, sino también en los partidos de la II y de la Internacional Dos y Media. Basta recordarles cómo los Crispien y los Hilferding contaron en Halle472 que dábamos más importancia a los mulás de Jiva que a cualquier proletariado industrial, que a un partido como el que era la socialdemocracia independiente alemana.

Camaradas, la historia ha demostrado cuánta razón teníamos nosotros y qué equivocados estaban esos señores, que con su soberbia de europeos occidentales hablaban de los mulás de Jiva. Recordarán ustedes cómo, después del Congreso de Oriente en Bakú,473 la gente nos insultaba porque nos aliábamos con «los turcos». ¿Y qué ha demostrado la práctica, qué ha demostrado la historia? El Tratado de Versalles sigue en pie pese a todas las protestas de Hilferding, y los señores Hilferding están ahora dispuestos a entrar en el gobierno para hacer de lacayos de la Entente. Los Hilferding son un objeto impotente de la historia, que solo sabe quejarse al mundo de sus penas.

Pero el movimiento revolucionario de Turquía, la lucha de las masas populares turcas, a las que prometimos nuestro apoyo, ha hecho pedazos el Tratado de Sèvres.474 Y mientras que toda la II y la Internacional Dos y Media no son nada frente al capitalismo, esa lucha de Turquía ha hecho temblar todo el equilibrio de Europa occidental. Con ello queda respondida la pregunta de si esos movimientos de Oriente son movimientos revolucionarios, de si tienen una gran importancia para socavar el poder del capitalismo, o de si son un juego de la política exterior de la Rusia soviética al que se presta la IC. Ahora que la importancia de la cuestión de Oriente ha quedado clara de esta manera palmaria hasta para los ciegos, esos señores vienen con una canción nueva. Esta vez es uno de los presidentes de nuestro II Congreso, Paul Levi, muerto ya como comunista, quien da la entrada a este canto. Ahora ya no se dice que los pueblos de Oriente y la revolución de Oriente no tienen ninguna importancia; ahora se dice: ¡Mirad, la victoria de Kemal Pachá es una victoria de Poincaré! Y al apoyar a Kemal Pachá, la Rusia soviética ha apoyado también a Poincaré. Y Paul Levi dice: ¡Hasta aquí hemos llegado! Esta salida de Levi muestra mejor que todos sus artículos sobre la política interior de Alemania por qué pendiente se ha deslizado él personalmente, y también lo completamente podrida que está la socialdemocracia internacional. No comprende que en un gran desarrollo histórico mundial actúan fuerzas diversas, que la lucha revolucionaria de los pueblos de Oriente es explotada y aprovechada por las camarillas rivales del imperialismo internacional, pero que eso ni le quita su carácter a esa lucha revolucionaria ni dispensa al proletariado mundial del deber de apoyar las tendencias revolucionarias de Oriente. Los pobres diablos de la II y de la Internacional Dos y Media no comprenden que, precisamente porque las potencias capitalistas intentan hacer de los pueblos de Oriente un instrumento del capitalismo, la clase obrera internacional está obligada a hacerlo todo para ayudar a los pueblos de Oriente a unirse con el movimiento obrero europeo y mundial en la lucha contra el capitalismo mundial.

Si el señor Levi y sus semejantes dicen ahora: Sí, la victoria de Turquía es la victoria de Francia, se han adelantado dos semanas en su profecía: la Conferencia de Lausana475 ofrecerá el cuadro de cómo el Oriente que despierta tendrá en contra un frente unido del capitalismo mundial; Francia quiere desempeñar en Oriente el papel que desempeñó Alemania en Oriente antes de la guerra. Francia quiere oponer a Inglaterra un territorio turco relativamente grande, pero no para hacer independiente ese territorio turco, sino para que sea objeto de la expansión francesa. Por eso el gobierno francés, después de haber ayudado a Turquía a vencer a Grecia, la dejará en la estacada. En la cuestión de las capitulaciones, en la cuestión del control financiero de Turquía, adoptará la misma posición que el imperialismo británico. Entonces se verá quién tenía razón: las fuerzas revolucionarias, la Internacional Comunista, la Rusia soviética, que se decían que a través de todas las confusiones hay que apoyar el movimiento de Oriente porque en su núcleo es un movimiento revolucionario, o los que, por miedo y angustia, pierden en cada estación la vista de todo lo que viene después.

Llego así, camaradas, a la segunda cuestión, que ha desempeñado aquí un papel en los informes de los delegados turcos y en los de nuestros camaradas turcos. Nuestra tesis era: el Oriente explotado tiene que defenderse contra el capital internacional, y se defenderá. Por esa razón, el apoyo al Oriente explotado. Ahora bien, a la cabeza de los pueblos de Oriente no solo no hay comunistas, sino que en su mayor parte ni siquiera hay revolucionarios burgueses. A la cabeza de los pueblos de Oriente están todavía representantes de las camarillas feudales moribundas, tal como las han formado el cuerpo de oficiales y la burocracia en esos países. Nuestro apoyo a los pueblos de Oriente plantea, pues, la cuestión de la relación con esos elementos gobernantes. Esta cuestión la han planteado en la práctica la persecución de los comunistas en Turquía y las luchas que, en las últimas semanas, ha emprendido Wu Peifu en China contra los huelguistas. Nosotros, los comunistas, podemos hablar sin ninguna diplomacia, con toda claridad y públicamente, de nuestra relación con estas cosas. Cuando prometimos nuestro apoyo al Oriente que despierta, no olvidamos ni por un instante las luchas de clases que se desarrollarán también en Oriente. Marx, en 1847, en el Manifiesto Comunista, no solo dijo a los obreros alemanes: apoyo a la burguesía en la medida en que actúe de modo revolucionario, sino que incluso en Polonia exhortó a los elementos revolucionarios a prestar apoyo a la fracción de la gran propiedad territorial polaca, de la nobleza, que en la cuestión campesina adoptaba un punto de vista revolucionario. ¿Qué significa esto? Él sabía muy bien que la burguesía sigue siendo burguesía, que la nobleza polaca sigue siendo nobleza polaca. Sabía que el joven movimiento obrero tendría que librar una lucha de clases con esas clases extrañas y enemigas. Pero comprendió que precisamente los intereses de esa lucha de clases, de su desarrollo futuro, exigían en aquel momento histórico, pese a los antagonismos de clase, que la clase obrera apoyara a esas clases. Camaradas, la persecución de los comunistas en Turquía forma parte de una lucha de clases que en Turquía solo empieza a desarrollarse: no solo entre la clase obrera, la joven burguesía y la burocracia, sino también dentro del campo de las capas dominantes.

No es ningún secreto que los principales responsables de esta persecución de los comunistas son el ministro del Interior, Rauf Bey, y Refet Pachá,476 que son ambos partidarios de un compromiso con la Entente y eran adversarios del sultán. No es ningún secreto que la destitución del sultán477 ha desencadenado en Turquía una lucha, y ahora se plantea la pregunta: ¿capitularán o no los elementos revolucionarios de la clase dominante ante los reaccionarios? Si capitulan, el papel de Kemal Pachá habrá terminado, empezará en Turquía un nuevo chalaneo en torno a Turquía y el pueblo turco será vendido por un bakshish. Si no capitulan, tendrán que intentar oponer la resistencia de las masas a la embestida del clero, a la embestida de los pachás reaccionarios, a la embestida de todos los elementos corrompidos. No sabemos qué partido vencerá, pero no lamentamos ni por un momento haber dicho a los comunistas turcos: Vuestra primera tarea, después de haberos organizado como partido propio, es apoyar el movimiento de liberación nacional de Turquía. Está en juego todo el porvenir del pueblo turco, la cuestión de si se abre camino o se convierte en esclavo del capital mundial. Si los pachás venden al pueblo turco, si todo el peso de las capitulaciones, del control financiero, etc., recae sobre los campesinos turcos, entonces el campesino turco comprenderá que los comunistas, la joven clase obrera, son los que han luchado por sus intereses, y se agrupará en torno al Partido Comunista. Y también en este momento de persecuciones decimos a los comunistas de Turquía: ¡no olvidéis por el momento presente el futuro próximo! Las tareas de la defensa de la independencia de Turquía, que tiene una gran importancia revolucionaria internacional, no han terminado todavía. Debéis defenderos de vuestros perseguidores, debéis responder golpe por golpe, pero debéis comprender que históricamente aún no ha llegado la hora de la lucha de liberación, sino que todavía tenéis que recorrer un largo camino con los elementos revolucionarios de Turquía que apenas empiezan a cristalizar.

¡O la situación en China! ¡Recordad, camaradas, la marcha de los acontecimientos! Cuando Wu Peifu entró en lucha contra Zhang Zuolin, tenía a sus espaldas la línea del Yangtsé y sus arsenales, pero no dominaba los ferrocarriles del norte, que estaban en manos de gente comprada por el Japón. ¿Y qué hizo? Se dirigió en busca de apoyo al joven Partido Comunista de China, y este le dio comisarios que durante la lucha mantuvieron firmemente en sus manos los ferrocarriles para sus tropas, que libraban allí la lucha revolucionaria. Quien en China lucha contra el imperialismo japonés lucha por el desarrollo revolucionario de China. Al comprenderlo, los comunistas reforzaron en la clase obrera el sentimiento de su independencia, de su importancia. Los obreros presentaron después sus reivindicaciones a Wu Peifu y en parte las consiguieron. Gracias a ese apoyo, cumpliendo su tarea histórica respecto de las fuerzas burguesas revolucionarias, nuestros camaradas lograron poner pie entre las masas obreras de China del Norte. Si la II y la Internacional Dos y Media no paran de decirnos: Idiotas, ¿no comprendéis que todos los Enver Pachá,478 todos los Wu Peifu os traicionan una y otra vez?, les respondemos lo siguiente: Respetables señores de la II y de la Internacional Dos y Media, mientras exista una pequeña burguesía, y vosotros pertenecéis a ella, oscilará siempre entre el capital y la clase obrera; y vosotros, que os llamáis socialistas, habéis traicionado ya mil veces a la clase obrera, y sin embargo, después de cada traición, volvemos de nuevo y tratamos de ganaros para el frente único, al que combatís, y la gracia de la historia es que os meten en él a latigazos. Queráis o no, aunque nos hayáis traicionado, tenéis que volver a marchar una vez más con nosotros y servir a nuestra causa.

¡Recuerden ustedes los acontecimientos de Alemania! ¿No tuvo que luchar la socialdemocracia alemana, que había llevado al poder a los Lüttwitz,479 codo con codo con los obreros comunistas durante el golpe de Kapp? Es cierto que después volvió a traicionarlos, pero aun así esa lucha que por fuerza libró junto con nosotros fue un servicio prestado a la clase obrera, porque naturalmente un gobierno de Kapp sería peor que el actual. Tanto más posibles son las traiciones y las vacilaciones en Oriente, donde a la cabeza del gobierno no está siquiera la pequeña burguesía, sino una casta feudal moribunda. Mil veces intentará venderse a tal o cual fracción del capital mundial, mil veces intentará traicionar los intereses revolucionarios del país, pero la gracia de la historia es esta: ¡la abeja no puede hacer otra cosa!480 Tiene que luchar, porque un compromiso con el imperialismo le es imposible a la larga. Los pachás pueden, naturalmente, cerrar compromisos para asegurarse una buena vida, pero si mañana les arrancan la piel a los campesinos de Anatolia para pagar el compromiso, verán que no en vano la historia ha tenido a los campesinos turcos doce años en guerra: el campesino es ahora distinto del que era antes de la guerra. Un órgano de los socialrevolucionarios, que desde luego no informan de manera amistosa para la Rusia soviética, publica una correspondencia de Constantinopla. Describe la impresión que causaron las victorias de Kemal Pachá y dice: Los gritos que se oían en las calles, donde se habían reunido decenas y centenares de miles de personas, eran dos: «¡Viva Kemal Pachá!» y «¡Viva la Rusia soviética!». Las masas sabían que los franceses también habían ayudado, y sin embargo no se oyeron vivas a Francia, porque sentían instintivamente que Francia, por razones diplomáticas, actuaba unas veces a favor de Turquía y otras en contra, pero que la Rusia soviética, pese a las luchas seculares que hubo entre el zarismo y Turquía, había rechazado la política imperialista del zarismo y quiere establecer una relación fraternal con el pueblo turco. Y este hecho ha calado en la consciencia del pueblo turco, y conduce por el camino de la victoria.

Y por eso decimos, no solo desde el punto de vista de la Rusia soviética, sino desde el punto de vista de la Internacional Comunista: ¡No nos asustéis! No apostamos nuestra carta a la política pasajera de tal o cual camarilla, sino a la gran corriente histórica que une a las masas obreras de Europa occidental con las masas que despiertan en Oriente contra el capital mundial.

¡Camaradas! Ahora unas palabras sobre los informes y sobre lo que se ha dicho aquí del estado de nuestros partidos en Oriente, de su trabajo.

Como siempre, empiezo así: camaradas, no veáis las cosas demasiado de color de rosa, no sobrestiméis vuestras fuerzas. Cuando el camarada chino sube aquí y dice: Hemos echado raíces firmes en toda China, tengo que decirle: ¡Estimado camarada! Es bueno sentirse, al comenzar el trabajo, con fuerzas suficientes para llevarlo a cabo. Pero hay que ver las cosas como son. Nuestro partido chino se ha desarrollado en dos partes de China de modo relativamente independiente la una de la otra. Los camaradas que trabajan en Cantón y Shanghái han sabido muy poco unirse con las masas obreras. Durante todo un año tuvimos luchas con ellos, porque muchos creían: ¿cómo va a meterse un buen comunista en cosas tan vulgares como las huelgas?; muchos de nuestros camaradas de allí se encerraban en su cuarto para estudiar a Marx y a Lenin como en otro tiempo estudiaban a Confucio. Eso era todavía hace unos meses. ¿Cómo es posible que la causa de la revolución, que además ha sufrido en la China del Sur un golpe con la caída de Sun Yat-sen,481 se presente de pronto como una gran potencia? En el norte, donde el partido es débil en general, donde solo puede apoyarse en los ferroviarios, ¿cómo podéis ser allí una gran potencia? El camarada Thalheimer trajo una cita de Lenin en la que dice: No os jactéis de la victoria antes de tiempo. Es una frase muy buena, digna de ser aprendida y comprendida como las sentencias de los antiguos sabios chinos.

Los camaradas chinos tienen ante todo la tarea de considerar las posibilidades del movimiento chino. Camaradas, tenéis que comprender que en China no están en el orden del día ni la cuestión de la conquista del socialismo ni la cuestión de la república soviética. Desgraciadamente, en China ni siquiera está todavía históricamente en el orden del día la cuestión de la unidad nacional y de la república nacional unitaria. Lo que vivimos en China recuerda al siglo XVIII en Europa, en Alemania, donde el desarrollo del capitalismo era aún tan débil que no había formado un centro nacional único, unitario. Cuando decís: los tuchün, los gobernadores militares,482 cuando gritáis: aquí Sun Yat-sen, allí Wu Peifu, ¿qué significa eso? Significa que el desarrollo del capitalismo comienza en torno a toda una serie de centros. Un pueblo de más de 300 millones de personas, sin ferrocarriles, ¿cómo podría ser de otro modo? Y nuestra tarea consiste, pese a las amplias perspectivas que tenemos y por las que debéis luchar con todo el ardor de vuestra joven convicción comunista, en unir las fuerzas reales que se forman en la clase obrera con dos fines: 1. organizar a la joven clase obrera, y 2. llevarla a una relación razonable con los elementos burgueses objetivamente revolucionarios, para organizar la lucha contra el imperialismo europeo y asiático. Estas tareas solo empezamos a comprenderlas, y por eso, camaradas, tenemos que decirnos a nosotros mismos que allí debemos crear un programa concreto de acción para hacernos más fuertes. Y si la Internacional Comunista dice a los partidos comunistas de Occidente: ¡A las masas!, lo primero que os decimos a vosotros es: ¡Fuera de los gabinetes confucianos de los eruditos del comunismo, a las masas! No solo a las masas obreras, no solo a los culíes, sino también a las masas del pueblo campesino, sacudido por todos estos acontecimientos.

Paso al Japón y a la India. En ambos países la constelación de fuerzas es muy parecida. Tanto en el Japón como en la India existe ya una clase obrera fuerte; en ambos países reina una gran crisis social, hay luchas de distintas capas de la burguesía y de la nobleza terrateniente por el poder, y en ambos países no tenemos todavía un movimiento comunista de masas. Es un hecho. Tomen ustedes los llamamientos que el camarada Katayama ha reunido en el último número de La Internacional Comunista sobre la situación en el Japón. Son muy interesantes. En esos llamamientos, publicados legalmente por diversos grupos obreros, encuentran ustedes todo un arco iris de matices, desde el tolstoísmo, pasando por el sindicalismo y el comunismo, hasta la reforma social más simple. Y tengo que decir que en ese concierto de voces el comunismo es la voz más débil.

¿Por qué? Hasta ahora no sabíamos nada en el Japón del estado de ánimo de los obreros, que se encuentran en un periodo como aquel en que se encontraban los cartistas ingleses; no supimos tender puentes hacia las tareas concretas que tienen ahora. Y esas tareas consisten en organizar la clase obrera como una fuerza capaz de intervenir en la lucha de clases del Japón para crear, de momento, la democracia. Sostengo que el desarrollo del Japón no repetirá simplemente el desarrollo de Inglaterra.

Han pasado cien años, y es evidente que el ritmo del desarrollo en el Japón será más rápido. Toda la historia se concentra, y eso traerá consigo que incluso en esta revolución burguesa que se prepara ahora en el Japón surjan soviets, no como órganos de poder, sino como órganos que agrupen a la clase obrera. Pero ahora tenemos que formar sindicatos, ahora tenemos que establecer un programa razonable que ponga ante los ojos las tareas inmediatas de la clase obrera. Esa tarea inmediata es llevar a la lucha a la clase obrera como masa organizada.

En la India tenemos un centro intelectual. Hay que decir aquí que lo que el camarada Roy ha logrado crear en el último año —la orientación marxista sobre las cosas de la India—, que ha dado en su excelente libro y que da en su periódico, es un trabajo muy grande. En ningún partido comunista de Oriente se ha hecho un trabajo intelectual propio; este trabajo merece el mayor apoyo de la Internacional Comunista. Pero en la práctica todavía no somos nada en el gran movimiento sindical de la India, en esta llamarada de huelgas. Todavía no hemos sabido aprovechar, bajo la ocupación inglesa, los derechos que esta tiene que darnos; la acogida que ha encontrado allí el camarada Roy muestra que allí existen posibilidades legales. No hemos sabido dar como partido obrero práctico ni siquiera los primeros pasos. Y todo esto quiere decir: «It's a long way to Tipperary».483 Y si los camaradas se quejan aquí de que el interés por su trabajo no es muy grande, tengo que decirles: el interés de los partidos se gana con hechos. Cuando por vigésima vez se expone en un congreso que Persia tiene muchos obreros, son cosas que uno no aprende en un congreso, sino en una cartilla de geografía.

Camaradas, expreso la esperanza de que en este congreso logremos encauzar en una vía práctica el trabajo que han hecho nuestra sección de Oriente y vosotros, y de que en el próximo congreso estemos en condiciones de informar de éxitos prácticos de organización; si eso ocurre, la Internacional no solo tendrá el sentimiento de la gran importancia de la cuestión de Oriente, sino también la consciencia de que hacéis el trabajo que corresponde a la gran importancia de esta cuestión.

Camaradas, ahora tenemos una situación mundial distinta de la del II Congreso. En el II Congreso —no se dijo, pero todos los delegados de Oriente lo sentían— la línea en Oriente estaba orientada a grandes insurrecciones revolucionarias inmediatas. La situación mundial tal como es ahora, el hecho de que en todo el mundo nos encontramos en un periodo en que la revolución reúne sus fuerzas, ha influido también en la situación de los países de Oriente, y en los países de Oriente tenemos que procurar ante todo, si queremos desempeñar en los tiempos venideros un papel revolucionario, hacer un gran trabajo organizativo y político e intelectual. Naturalmente, Oriente no esperará con sus revoluciones a que nuestros camaradas de todos los países hayan comprendido que la revolución no significa leer y digerir las tesis de la Internacional Comunista, sino hacer en las masas un trabajo práctico revolucionario. Pero si en Oriente se desarrollan grandes acontecimientos, como se desarrollan ahora en Turquía, donde somos débiles y estamos desorganizados, entonces transcurren sin nosotros, entonces no podemos influir en ellos desde el punto de vista revolucionario; y por eso la consigna de este congreso en la cuestión de Oriente tiene que ser: ir a las atormentadas masas de Oriente, trabajar en su educación, crear sólidos puntos de apoyo de la Internacional Comunista en Oriente, hacer el trabajo práctico para la lucha que se avecina y que sea capaz de influir en grandes masas. Y después, cuando hayamos reunido en torno a nosotros a los obreros, tenéis que ir a los campesinos y a los artesanos y convertiros en los dirigentes del futuro partido popular. (Vivos aplausos.)

Presidente: Hay que hacer todavía algunas comunicaciones.

En primer lugar, el Presidium propone que se constituya una comisión que examine las tesis y resoluciones sobre la cuestión de Oriente y las presente luego al congreso, y que se componga de los siguientes camaradas: Roy (India), Rádek (Rusia), Safárov (Rusia), Ravesteyn (Holanda), Webb (Gran Bretaña), Salih (Turquía), Sen Katayama (Japón), Malaka (Java), Chen Duxiu484 (China), Issakov (Bulgaria), Cachin (Francia).

Por nuestra parte se propone incluir también en la comisión a un camarada de Persia y a otro de Yugoslavia. (Aprobación y protestas.)

Tenemos que votar, pues, y someto a votación en primer lugar la propuesta del Presidium sin cambios. La propuesta queda aprobada. Con ello queda resuelta la otra propuesta.

El camarada Bunting,485 de Sudáfrica, tiene la palabra para leer una resolución sobre la situación en Sudáfrica.

Bunting (Sudáfrica): Camaradas, la resolución dice así:

Sigue la «Resolución sobre el terror en Sudáfrica», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Quisiera añadir unas palabras. (Interrupción: ¡Vivan los mártires sudafricanos!) Me temo que algunos de ellos ya estén muertos y que sea demasiado tarde para darles vivas. Pero si cablegrafiamos esta resolución a Sudáfrica, quizá podamos salvar todavía algunas vidas. Y hay algo más que podemos hacer. Podemos sembrar en las almas y en los cerebros de los que han quedado un odio tal que nunca más pacten con el gobierno manchado de sangre del general Smuts,486 sino que lleven implacablemente la lucha contra el capitalismo.

Es, creo, la primera vez que la Komintern tiene ocasión de intervenir en la política sudafricana sin tener que temer que esto le acarree contratiempos. En este momento, en que la agitación recorre el país y los actos del gobierno provocan protestas por todas partes, la Komintern tiene ocasión de asegurarse el respeto y la estima de los obreros sudafricanos.

Espero que la resolución se cablegrafíe a Sudáfrica para conseguirlo.

(La resolución se aprueba por unanimidad.)

Se levanta la sesión a las 4.10 de la tarde.

Vigesimoprimera sesión, viernes 24 de noviembre de 1922

La cuestión agraria.

Oradores: Varga, Renaud Jean, Teodoróvich, Joss, Rieux, Pauker.

Apertura: 11.45 de la mañana.

Preside: Kolárov, después Marchlewski.

Varga (Hungría): Estimados camaradas, la cuestión agraria se discutió ya a fondo en el II Congreso de la Internacional Comunista. Se aprobaron entonces unas tesis que siguen siendo hoy la base de nuestro trabajo. El programa de acción que la comisión agraria les presenta para su aprobación no significa una modificación de las tesis, sino un complemento de ellas. Este complemento se ha hecho necesario por el cambio histórico que se ha producido en los dos últimos años.

En el II Congreso, camaradas, todos estábamos convencidos de que la revolución avanzaría en brevísimo plazo más hacia el oeste. Era la época del avance victorioso del ejército ruso en Polonia, de la extensión del movimiento comunista por toda Europa, y bajo la impresión de este movimiento revolucionario ascendente se elaboraron en las tesis del II Congreso sobre todo aquellos puntos de vista que guardan relación inmediata con la toma del poder. Hoy tenemos que considerar que el momento de la toma del poder en los países de Europa no es inminente, y de ahí resulta la necesidad de atraer a masas más amplias como tropas auxiliares, de aumentar el ejército de ataque del Partido Comunista.

Esta idea está en la base de la táctica del frente único, y la misma idea está en la base del programa agrario de acción que proponemos. Si queremos alcanzar en Europa un éxito decisivo, la instauración de la dictadura del proletariado, tenemos que asegurarnos ante todo la ayuda activa de amplias capas de la población rural y conseguir además la neutralización de otras capas. Porque tenemos que verlo, camaradas: también la burguesía ha aprendido mucho de la revolución rusa, no solo nosotros. La burguesía, que en el momento de la toma del poder por los bolcheviques estaba convencida de que una dictadura proletaria solo podía ser un fenómeno pasajero, ve hoy, por el ejemplo de la dictadura rusa, la magnitud real del peligro que la amenaza y está en guardia en el mundo entero. Ya no puede hablarse de que un pequeño grupo revolucionario coja desprevenida a la burguesía.

Si nos proponemos como objetivo ganar a las capas que nos son accesibles y neutralizar otras capas, tenemos que determinar ante todo el método de nuestro trabajo. Este método no puede ser otro que el de enlazar con los intereses reales y cotidianos de las capas respectivas de la población rural dentro del capitalismo. Y, lo que quiero subrayar especialmente, no se puede ganar a esas capas con la mera formulación de un programa. Estas capas miran en general con desconfianza al Partido Comunista. Si queremos llegar a ellas, no basta con hacer un buen programa, sino que es absolutamente necesario ganarlas con acciones, con la participación en su lucha cotidiana, y disipar la desconfianza que existe hacia el Partido Comunista. Para ello hace falta ante todo ganar a las capas del proletariado rural, de los campesinos pobres, es decir, de los campesinos que no poseen tierra bastante para poder vivir solo de ella y dependen en parte del trabajo asalariado, así como a las capas más pobres de los pequeños campesinos. Para poder ganarlas, hay que arrancarlas ante todo de la dirección ideológica de los campesinos ricos y de los grandes terratenientes. En Europa es un trabajo difícil, porque el campesinado europeo no es una masa tan suelta como lo era el campesinado ruso antes de la revolución. La población rural de Europa tiene sus organizaciones políticas, económicas y cooperativas, organizaciones en las que por todas partes llevan la dirección los campesinos ricos, y el método de nuestro trabajo tiene que ser enlazar con los intereses de las capas más pobres y arrancarlas de la dirección de los campesinos ricos. Esta tarea es extraordinariamente difícil. Las dificultades tienen su causa, ante todo, en la naturaleza de los partidos comunistas de Europa.

A casi todos estos partidos, sin excepción, les falta el plantel de fuerzas que haría falta para llevar a cabo una campaña de este tipo. En muchos partidos las fuerzas disponibles no bastan siquiera para trabajar suficientemente al proletariado industrial. Para el trabajo entre la población rural quedan pocas fuerzas, y por eso puede darse la situación de que el partido comunista de un país quede totalmente cortado de la población rural.

Les pondré un ejemplo. Al camarada que la delegación rumana había delegado en la comisión agraria le hice la pregunta:

¿Qué consecuencias políticas ha tenido entre la población campesina el hecho del gran reparto de tierras en Rumanía?

Tuvo que decirme: ¡No lo sabemos! No quiero con ello hacer reproches al partido rumano. Todos sabemos en qué condiciones tan extraordinariamente duras ha trabajado en el pasado reciente. Solo quiero caracterizar con ello el hecho de que en muchísimos países las fuerzas de los partidos comunistas no han bastado para un trabajo de gran alcance en el campo. Naturalmente, la solución no es renunciar al trabajo en el campo, sino que hay que procurar sacar de la propia población rural, del proletariado del campo, dirigentes, agitadores, militantes del partido, formarlos especialmente y lanzarlos luego de nuevo al movimiento.

Este trabajo, camaradas, el enlace con los intereses reales de las distintas capas de los trabajadores del campo, tropieza también con grandes dificultades objetivas. La mayor de ellas es, en mi opinión, la vaguedad de la situación de clase de estas capas. En la industria la estratificación de clase es mucho más nítida y clara. Se sabe con toda claridad: esto es un obrero industrial, esto es un artesano, esto es un fabricante, y el paso de una capa a otra es difícil y raro. Naturalmente, en el actual periodo de decadencia del capitalismo ocurre a menudo que un obrero industrial practique de paso un pequeño comercio especulativo, que fabrique en casa ciertas cosas. Pero en general la estratificación es clara y nítida. La cosa es muy distinta en la población agrícola. Allí hay un paso continuo desde el proletario agrícola propiamente dicho, absolutamente sin tierra ni bienes, hasta los campesinos ricos. Hay un paso continuo de una capa a otra. Además, la situación de clase no es estable en el tiempo. Por un cambio de cultivo, un campesino que hasta entonces era, digamos, un pequeño campesino puede convertirse en patrono. Por otra parte, por cualquier otro cambio exterior puede verse obligado a hacer de nuevo en parte trabajo asalariado, de modo que la estratificación de clase no solo se difumina, sino que tampoco es estable en el tiempo.

Quiero subrayar además la diferencia cuantitativa que existe entre la agricultura y la industria en cuanto al peso de las capas medias. En las ciudades podemos, en general, desatender en nuestra agitación a la masa de las capas pequeñoburguesas vacilantes, de los pequeños maestros artesanos, los pequeños comerciantes, etc. En cambio, hay bastantes países donde el proletariado agrícola propiamente dicho es muy poco numeroso y donde, por el contrario, las existencias semicampesinas de los pequeños y medianos campesinos forman la mayoría abrumadora de la población. Por eso, en nuestro trabajo en el campo tenemos que dedicar a estas capas mucha más atención que en nuestro trabajo en las ciudades.

Quiero señalar muy brevemente, camaradas, la base económica de esta situación de clase poco clara en la agricultura. Se basa en el hecho de que el medio de producción más importante de la agricultura, la tierra, es fácilmente divisible. Es divisible sin que ello lleve consigo un descenso notable de la producción. Camaradas, es totalmente impensable que a los obreros industriales se les pueda ocurrir la idea de dividir una línea de ferrocarril, una central eléctrica, un gran astillero o una fábrica de maquinaria. Es evidente que sería un disparate, porque con ello la producción quedaría destruida. Pero en la agricultura se puede dividir el medio de producción principal, la tierra, sin que por ello disminuya de modo notable el rendimiento. Si el pequeño campesino es lo bastante inteligente, el reparto de la tierra no tiene consecuencias negativas para la producción. Se pueden vender parcelas de un lado a otro, se puede comprar más tierra, uno puede empobrecerse por el reparto de una herencia. La base misma es divisible, y por eso la capa que se levanta sobre ella es también vacilante y poco clara en su situación de clase.

Por último, quiero señalar todavía la gran dificultad que reside en la diversidad de las condiciones en las distintas regiones, en los distintos países. Mientras que los problemas del proletariado industrial, las condiciones en que vive, son en lo esencial iguales en todas partes, en la agricultura hay diferencias profundas. Distinguiré solo tres tipos principales. En primer lugar, los países coloniales con una población campesina indígena oprimida. Pienso, por ejemplo, en Egipto, en la India, donde la situación es la siguiente: el campesino está sojuzgado por los saqueadores extranjeros, que están en estrechísima relación con los grandes terratenientes feudales de las regiones correspondientes, los grandes príncipes, aliados del imperialismo inglés. En estas regiones la lucha contra el imperialismo es al mismo tiempo la lucha social del campesinado sometido y sojuzgado contra sus propios señores, y aquí la lucha de liberación nacional es al mismo tiempo una lucha de liberación de los campesinos respecto de la servidumbre social tradicional.

Un segundo tipo lo forman los países donde todavía hay fuertes restos feudales, donde la revolución burguesa no ha terminado su obra. Incluso en Alemania quedan todavía fuertes restos de este feudalismo, y si vamos más hacia el este, a Polonia, a los Balcanes, a Rumanía, a Asia Menor, encontramos cada vez más el tipo de trabajador del campo que tira a lo feudal.

El tercer tipo lo encontramos en los Estados puramente capitalistas, por ejemplo en América, donde la agricultura es una rama de la producción capitalista, y asimismo en las colonias inglesas de poblamiento, como el Canadá y Australia, y en la propia Inglaterra. Es una relación simple entre explotados y explotadores, del todo análoga a la de la industria. Lo enmarañadas que son las condiciones lo muestra, por ejemplo, el pequeño país de Yugoslavia, donde en las partes recién anexionadas de Bosnia y Herzegovina encontramos una relación casi del todo feudal entre los trabajadores del campo y los antiguos grandes terratenientes turcos; en la vieja Serbia, un país campesino puramente democrático; en los territorios anexionados de Hungría, es decir, en Hungría del Sur y en Croacia, una agricultura capitalista plenamente desarrollada, grandes fincas con instalaciones modernas, de modo que en este pequeño territorio hay tres tipos social y políticamente distintos, lo que naturalmente dificulta muchísimo el trabajo en el campo, ya que las consignas que enlazan con las reivindicaciones cotidianas tienen que ser muy distintas en la vieja Serbia, muy distintas en Bosnia y distintas otra vez en la Croacia capitalista o en los territorios incorporados de Hungría.

La segunda gran diversidad es la cuestión de la tierra. Hay países donde en el centro de todo el interés de la población agrícola está el hambre de tierra, y hay países donde la cuestión de la tierra casi no desempeña ningún papel. Si tomamos, por ejemplo, Polonia o Hungría, y en parte también ciertas regiones de Alemania o de Italia, allí la cuestión de la tierra es la cuestión por excelencia, mientras que en América y en las colonias de poblamiento, por ejemplo, no es así en absoluto, porque allí hay tierra suficiente. En Francia tampoco es tanto el caso, porque allí la población crece muy despacio; en la guerra cayeron un millón y medio de hijos de campesinos, de modo que de momento no puede hablarse allí de un hambre de tierra aguda. Por otra parte, en Bulgaria habría ciertamente hambre de tierra, pero como allí no existe en absoluto una gran propiedad territorial que repartir, el hambre de tierra carece allí, si se me permite decirlo así, de objeto. Como ven ustedes, también en este aspecto las condiciones son extraordinariamente diversas.

He señalado como rasgo principal de las capas campesinas más pobres del campo la falta de claridad y la variabilidad de su situación de clase. Este hecho determina también su papel político: es un papel vacilante; así como su base económica cambia mucho, también su toma de posición política es siempre vacilante. Unas veces se sienten más cerca del proletariado; otras, cuando la coyuntura es mejor, más cerca de los campesinos ricos. Son en general un elemento muy vacilante, al que hay que atender intensamente y trabajar siempre sobre las cuestiones del momento.

En este contexto tengo que señalar también los cambios que se han producido a consecuencia de la guerra en la situación de clase y en las ideas políticas de la población campesina. Lo resumiré brevemente así: el reparto de la renta entre agricultura e industria, entre campo y ciudad, se ha desplazado durante la guerra en favor del campo, en favor de la agricultura, y en relación con ello diversas capas del campesinado que antes de la guerra estaban más cerca del proletariado han subido y se han acercado así a los campesinos ricos. Quiero decir que la línea divisoria de las capas accesibles a una revolución proletaria ha bajado algo con la guerra, que después de la guerra podemos abarcar una masa algo menor que la que habríamos podido abarcar antes de la guerra. Por otra parte, la guerra ha hecho algo más nítida la separación entre los elementos que nos son accesibles y los que no nos lo son. El enriquecimiento del campo durante la guerra se produjo porque los precios de los alimentos subieron más que los de todas las demás mercancías. Por eso se enriquecieron aquellas capas campesinas que podían llevar al mercado un excedente de producción.

En cambio, los elementos que tenían que ganarse la vida en parte con el trabajo asalariado se empobrecieron durante la guerra, y la separación se hizo algo más nítida, pero naturalmente ni de lejos tan nítida como en la industria.

Quiero añadir que en los últimos uno o dos años se ha producido un nuevo empeoramiento. Recuerdo la gran crisis agraria de América y de la Argentina, y el hecho de que, como ahora los precios industriales suben más, el campesino ya no tiene la ventaja de poder vender caros sus alimentos y comprar relativamente baratas las mercancías industriales. Este empeoramiento reciente de la situación del campesinado se manifiesta en los distintos países en el nuevo aumento del endeudamiento del campesinado.

¡Camaradas! La situación de clase vacilante de las capas burguesas, que he destacado como característica principal, hace comprensible que en todas partes donde existe un proletariado agrícola propiamente dicho tengamos que considerar a este proletariado agrícola como el factor principal del movimiento revolucionario. Son los proletarios agrícolas propiamente dichos, sin tierra, los verdaderos proletarios, los que tienen que ser los compañeros de lucha seguros, fiables, fiables en cualquier situación, de nuestro partido. Esto, camaradas, está dicho claramente en el programa de acción.

Ahora bien, tengo que señalar aquí que en la traducción francesa de las tesis se ha cometido un error del todo incomprensible, casi diría una falsificación. En el texto alemán se dice muy claramente en el punto 6:

«Es el factor más importante del movimiento revolucionario».

En el texto francés se dice, de modo del todo inexplicable:

«Uno de los factores más importantes».487

Pido, pues, al camarada que se encargue de la traducción que haga constar claramente en el texto francés que el texto alemán firmado es el texto definitivo y determinante.

¿Cómo llegamos, pues, a los proletarios agrícolas? Creo que no es necesario hablar mucho de ello. Podemos llegar a ellos enlazando con sus reivindicaciones cotidianas reales como asalariados, como proletarios, apoyando sus luchas por el aumento del salario, por la mejora de las condiciones de trabajo, por la ampliación de la legislación social, etc. Y no solo apoyarlas, sino reunir su lucha, ponernos a su cabeza y procurar unir estas luchas con las luchas del proletariado industrial, para demostrar así al proletariado agrícola que el Partido Comunista es realmente el partido del proletariado. Creo que no es necesario decir más sobre esto. En el propio programa está todo.

Paso ahora a nuestro trabajo entre las capas semicampesinas, y aquí quiero llamar la atención sobre los peligros que de él se derivan. Hay peligros, si se me permite decirlo así, hacia la derecha y hacia la izquierda. Hacia la derecha amenaza el peligro de que en los países donde hay ahora un numeroso semicampesinado y pequeño campesinado nuestra agitación se desvíe, de modo que no haya ninguna diferencia de principio, ninguna diferencia nítida, entre el trabajo del Partido Comunista y el trabajo de un partido campesino radical. Señalaré dos cosas de este tipo. En primer lugar, Francia, donde en el método de trabajo del camarada Renaud Jean488 parece haber cierto peligro en este sentido: que, por subrayar los intereses de los semicampesinos y de los pequeños campesinos, se olvide el interés de los auténticos proletarios agrícolas propiamente dichos. Por otro lado, veo un síntoma de este tipo en el informe de la delegación americana, en el que se reclamaba nada menos que precios mínimos fijados por el Estado para los productos agrícolas, para los llamados productos básicos, lo que contradice decididamente no solo los intereses de la población agrícola, sino también los intereses del proletariado industrial de las ciudades como consumidor. En esto veo los peligros hacia la derecha.

Por otra parte, camaradas, veo también ciertos peligros hacia la izquierda. Veo en ciertos camaradas un miedo a los campesinos, un cierto apego sectario a la idea de que solo los verdaderos proletarios, industriales y agrícolas, pueden ser combatientes activos de la revolución, mientras que las capas de los campesinos pobres, los pequeños campesinos más pobres, no sirven para una revolución activa. Creo que es un error igual de grande, porque hay toda una serie de países donde sin la ayuda activa de estas capas una revolución proletaria es imposible. Quisiera decir que, con la excepción de Inglaterra, en ningún país europeo puede mantenerse una dictadura si la burguesía, los campesinos ricos, los campesinos medios y las capas de pequeños campesinos están contra nosotros.

Así pues, considero el miedo a la ayuda de los campesinos, la desconfianza respecto de la posibilidad de revolucionar amplias capas campesinas, un error político parecido al de desatender los intereses de los obreros del campo. La cosa está muy clara: tropas de combate seguras para nosotros, tropas de combate permanentes, solo puede proporcionarlas el proletariado rural. Pero en el momento del movimiento revolucionario hay que arrastrar también a él a las capas más amplias de la población rural trabajadora. Sin arrastrarlas, en muchos países la toma del poder será imposible, y en nuestros países la dictadura no podrá mantenerse sin su apoyo activo.

La pregunta es, pues: ¿cómo llegamos a las distintas capas del campesinado? En nuestro programa de acción se indican las distintas relaciones de dependencia de los campesinos respecto del capital: la dependencia del capital de préstamo, del capital usurario; la dependencia de la especulación, que compra barato los productos de los pequeños campesinos y luego los vende caros a las ciudades; la dependencia del capital industrial, que mediante monopolios eleva artificialmente los precios de los productos industriales; la dependencia del capital del transporte, que por ejemplo en América tiene una importancia decisiva, ya que allí a veces se lleva el 50 por ciento del producto de la venta en costes de transporte. Quizá haya aquí algunos camaradas que hayan leído la interesantísima novela de Norris489 en la que cuenta lo siguiente: en América la compañía ferroviaria cambia sus tarifas todas las semanas o cada dos semanas. Un pobre diablo que, a fuerza de duro trabajo, ha pasado de proletario a pequeño cultivador de lúpulo pregunta entonces al director: «Dígame, ¿cómo fijan ustedes en realidad las tarifas?». El director responde: «Las fijamos tan altas como pueda soportarlo su negocio». Es decir, se llevan todo lo que queda por encima del salario.

Además entra en consideración la lucha de los campesinos contra el Estado capitalista como tal, que se alza bruscamente frente al campesino en forma de impuestos y en forma de guerra, del impuesto de sangre. Creo que nuestro trabajo efectivo tiene que consistir en recoger y apoyar estas distintas reivindicaciones de la población campesina frente al capital. Aquí está también, en mi opinión, la solución de la difícil toma de posición en la cuestión de los precios. Naturalmente, no debemos decir: Sí, que los campesinos obtengan precios altos. Pero tenemos que desviar la cuestión de los precios hacia una lucha del campesinado contra el capital. Tenemos que decir: hay que obligar al capital a suministrar a los campesinos medios de producción baratos, maquinaria barata, abono artificial barato, etc., para que los campesinos puedan vender baratos los alimentos. No debemos decir que queremos un precio alto determinado, sino que tenemos que decir: que los capitalistas suministren a precio bajo a los campesinos todas las mercancías industriales que necesitan para su producción.

Pero, camaradas, el centro de nuestro trabajo tiene que estar en nuestra posición en la cuestión de la tierra. Porque el hambre de tierra es el factor motor más activo de todos los movimientos revolucionarios del campo. La pregunta está planteada con claridad: ¿debe el Partido Comunista apoyar o no el movimiento de los campesinos pobres por conseguir más tierra dentro del capitalismo? ¿Debe oponerse a él o debe estar a favor? En esta cuestión no hay escapatoria. En la mayoría de los países la cuestión está planteada de forma tan aguda que el Partido Comunista tiene que responder con un sí o con un no. Yo digo, camaradas, que el Partido Comunista tiene que responder en todas partes con un sí claro. Tiene que apoyar activamente todas las aspiraciones de las capas trabajadoras del campesinado a conseguir más tierra. La táctica tiene que consistir en oponer siempre y constantemente, con nitidez, a toda reforma agraria burguesa nuestra solución revolucionaria de la cuestión agraria, y en dirigir la acción de estas capas en el sentido de nuestra solución.

Los campesinos con poca tierra que son, por ejemplo, aparceros o pequeños arrendatarios exigen la rebaja de la renta. El Partido Comunista no puede decir: No, no estamos a favor. Tiene que decir: Sí, estamos a favor, pero os decimos desde ahora que eso no es una solución; que solo la expropiación de esos campos que hoy tenéis en arriendo, la confiscación revolucionaria, puede traer una solución. Los campesinos con poca tierra quieren comprar tierra, quieren que el Estado les procure esa tierra a precio barato. El Partido Comunista no puede decir: estamos en contra. Tiene que decir: estamos a favor, pero queremos que la obtengáis gratis; luchamos ahora junto con vosotros, es cierto, por que la obtengáis ahora a precio barato, pero seguimos luchando para que la obtengáis gratis, junto con las instalaciones, con el ganado, la maquinaria, etc.

De este modo, camaradas, y solo de este modo, es posible entrar en contacto activo con estas capas, traer a nuestra esfera de acción a estas capas que hoy están, casi diría, cortadas del Partido Comunista, y unir sus acciones, sus movimientos revolucionarios, con el movimiento revolucionario del proletariado urbano. Ahora bien, a esto se puede objetar lo siguiente.

Cuando los gobiernos burgueses ven que el movimiento se ha vuelto realmente revolucionario, intentan aplacarlo repartiendo tierra entre los elementos dirigentes, entre los elementos más activos del campesinado. Es lo que ha ocurrido ya en todos los países que rodean a Rusia: en Finlandia, en Estonia (en Polonia solo se ha prometido, pero todavía no se ha llevado a cabo) y en Rumanía. Un corresponsal del Economist inglés escribe con toda claridad y precisión, en uno de los últimos números, el del 21 de octubre de 1922, sobre Rumanía:

«Es evidente que fueron el miedo y no consideraciones económicas los que llevaron a la reforma agraria en Rumanía. Esta fue en realidad el precio que pagaron las clases dominantes para preservar al país del bolchevismo».

Esto es completamente claro y exacto. Por eso podría surgir aquí la idea: si es así, ¿por qué debemos apoyar tales movimientos, movimientos que en un momento dado pueden tener efectos antirrevolucionarios? Pero tengo que decir que la pregunta está planteada de forma aguda, y el Partido Comunista tiene que decir sí o no. Y en estos países no puede decir no; tiene que decir sí y asumir el peligro de un éxito parcial que haga decaer el movimiento revolucionario. Lo ideal para el movimiento revolucionario sería, naturalmente, que la lucha de los obreros urbanos y el movimiento revolucionario de los campesinos con poca tierra en el campo se intensificaran paralelamente hasta el momento en que, a la vez, el proletariado industrial toma el poder en las ciudades y el proletariado agrícola y los campesinos con poca tierra se apoderan de la tierra, en que la población rural recibe la tierra de manos de la dictadura proletaria, como ocurrió en Rusia; que no sea la burguesía, sino el proletariado revolucionario recién llegado al poder, quien reparta la tierra. Ese sería el desarrollo ideal. Pero no estamos solos en el campo de batalla; también la burguesía lucha, y puede tener la oportunidad de entregar la tierra antes, precisamente para aplacar el movimiento revolucionario general.

Si lo hace, tenemos que empezar de nuevo. Tenemos que aprovechar enseguida todas las deficiencias de una reforma agraria burguesa. Tenemos que señalar enseguida que una reforma agraria burguesa tiene sus límites en el hecho mismo de ser burguesa. Una reforma burguesa no puede dar nada a los proletarios sin tierra propiamente dichos, porque reparte la tierra a cambio de un pago o de deudas. No puede dar tierra a gente que no tiene medios de producción, que no tiene ganado, ni semillas, ni maquinaria, ni establo, etc. Si lo intentan, como ocurrió por ejemplo en Yugoslavia, donde en los territorios húngaros recién incorporados se repartió tierra a soldados sin ningún medio, eso no lleva a nada, porque estos sencillamente han vuelto a dar en arriendo su trozo de tierra, y con eso el asunto queda liquidado.

En resumen: tenemos que asumir conscientemente el peligro de una reforma agraria burguesa y, si se produce, reorientar enseguida nuestra táctica para aprovechar todas las deficiencias de esa reforma agraria burguesa.

El resultado social de una reforma agraria burguesa de este tipo es el siguiente:

Aplaca momentáneamente el movimiento revolucionario, crea una capa más amplia de campesinos ricos ligados al capitalismo, pero agudiza decididamente, por otro lado, el antagonismo de clase entre los campesinos ricos y los pobres, que no han recibido tierra o la han recibido en condiciones que los convierten en siervos de las deudas de los bancos y los devuelven en brevísimo plazo a la miseria anterior.

¡Camaradas! En nuestra agitación tenemos que destacar siempre, con nitidez y claridad, como ya he dicho, nuestro programa: la confiscación de la tierra, la confiscación de todos los medios de explotación ligados a ella, la entrega gratuita de esa tierra con todas sus instalaciones a los proletarios sin tierra y a los campesinos con poca tierra. Para ganar a las capas medias neutrales tenemos que subrayar siempre: la revolución proletaria suprime las hipotecas, suprime los arriendos; todo el que hasta ahora ha trabajado un campo en arriendo recibe en adelante ese mismo trozo gratuitamente para su usufructo. Y tenemos que poner de relieve una y otra vez, con nitidez, la diferencia entre la reforma agraria burguesa y la revolución agraria proletaria. Para terminar, quiero decir todavía unas palabras sobre las medidas de organización previstas en el programa de acción presentado. Es natural, camaradas, que nuestra tarea tenga que ser organizar al proletariado agrícola propiamente dicho allí donde todavía no está organizado sindicalmente, que nuestra tarea sea formar células comunistas en esos sindicatos agrícolas y ponerlos bajo nuestra dirección. Pero hay que señalar también que es de nuestro interés convertir los sindicatos agrícolas en sindicatos de industria, de manera que todos los obreros industriales empleados de forma permanente en la agricultura, es decir, por ejemplo, los cerrajeros, los herreros, los obreros de la madera, los de la construcción y los maquinistas de las grandes fincas, se organicen en los sindicatos de los obreros agrícolas, para que tengamos en esos sindicatos un punto de apoyo mejor.

Por otra parte, camaradas, es deseable que los comunistas que viven en el campo entren en los sindicatos amarillos, en los sindicatos burgueses, en los sindicatos fascistas, en todos los sindicatos contrarrevolucionarios del campo, formen allí células y ejerzan una acción disolvente, mostrando que esos sindicatos no cumplen su supuesta finalidad, que no luchan contra los patronos. Además, los comunistas tienen que entrar también en las distintas organizaciones de los pequeños campesinos, en las organizaciones económicas, en las cooperativas, para formar también allí células y poner esas organizaciones bajo la dirección del Partido Comunista.

Es evidente que en las acciones de los campesinos pobres el Partido Comunista tiene que procurar ganar la dirección. Tiene que procurar influir en la lucha, darle consignas cada vez más revolucionarias —naturalmente, según la situación táctica del momento de que se trate—, para dar así en la práctica a la población agrícola, al proletariado, a los campesinos con poca tierra, la prueba de que el Partido Comunista no solo en su programa, sino también en su trabajo, se considera representante de los intereses de todas estas capas pobres trabajadoras del campo. Tenemos que procurar, dondequiera que se presente cualquier ocasión, unir de algún modo la lucha de los proletarios agrícolas y de los campesinos con poca tierra con la lucha del proletariado industrial mediante el apoyo mutuo a las luchas. No es ninguna utopía. En Alemania conocemos casos en que los campesinos pobres apoyaron, por ejemplo, la huelga de los metalúrgicos de la Alemania del Sur con donativos de alimentos bastante importantes, y seguramente hay también ocasiones en que los obreros industriales pueden apoyar la lucha de los campesinos con poca tierra. Hay que procurar unir estos dos tipos de movimiento, que hasta ahora han marchado uno al lado del otro bastante desconectados; donde exista un fuerte movimiento de consejos de fábrica, mediante la formación de consejos de finca en las grandes propiedades y la formación de consejos de pequeños campesinos, para que surjan movimientos comunes de consejos de fábrica de las explotaciones agrícolas e industriales, para que los pequeños campesinos encuentren un punto de apoyo en el movimiento industrial de los consejos, etc. Naturalmente, no puedo enumerar aquí todos los casos, sino solo poner ejemplos.

Camaradas, he llegado al final de mi exposición. El programa de acción tal como lo tienen ustedes delante, y tal como lo ha aprobado por unanimidad la comisión, no significa que en algunas delegaciones no haya divergencias sobre él. Las hay, como consecuencia precisamente de la dificultad de la materia y de lo enmarañado de las condiciones en el campo, objetivamente consideradas. Un camarada, creo que era un polaco, empleó la expresión muy acertada de que el programa agrario es un ómnibus en el que puede subir cualquiera. Así es, camaradas. No puede ser de otro modo. Precisamente porque en la agricultura la separación no es clara ni nítida, porque la separación de clases es cambiante, nuestro programa de acción tiene que estar construido de manera que, subrayando la primacía de los auténticos proletarios agrícolas, dé también a todas las capas trabajadoras del campo la posibilidad de participar activamente, sobre la base de este programa, en el movimiento revolucionario del Partido Comunista. (Vivos aplausos.)

Renaud Jean (Francia): De los informes que las distintas secciones de la Internacional Comunista han redactado sobre el estado de la cuestión agraria en sus respectivos países se desprende que la acción comunista en el campo tropieza en todas partes con dificultades particulares. Y, sin embargo, no puede ni hablarse de dejar a los campesinos fuera de la revolución, sobre todo en países como Francia, donde casi la mitad de la población vive del cultivo de la tierra. Porque eso significaría, sencillamente, renunciar a la revolución.

Por consiguiente, la Internacional Comunista debe considerar este trabajo entre los campesinos —propaganda, captación, agitación— como una de sus tareas esenciales. El Partido Comunista Francés es consciente de ello desde su fundación. El año pasado, en el congreso de Marsella,490 el partido discutió y votó un programa agrario que había recibido de antemano la aprobación del Ejecutivo.

Este programa —y este es su rasgo más característico— dejaba de lado las reivindicaciones inmediatas para dedicarse exclusivamente a precisar las grandes líneas de la organización agraria después de la toma del poder. ¿Por qué se hizo así? Sé que esta concepción de un programa agrario sorprendió a no pocos representantes de las demás secciones de la Internacional. Y, sin embargo, es la única que corresponde al estado de ánimo actual de los campesinos franceses.

En los últimos meses, para redactar un informe que me había pedido el Ejecutivo, he hecho una encuesta que abarcó a todas nuestras federaciones. Como escribí hace unos días en el Bolshevik, la mayoría de los camaradas que trabajan en los pueblos y aldeas informan de que en las regiones más diversas, incluso en aquellas que, como Bretaña, fueron siempre baluartes del conservadurismo social, se hace notar un cambio indiscutible en la mentalidad de los campesinos. Las duras pruebas de la guerra han quebrantado mucho las viejas ilusiones políticas de nuestra población rural. Es cierto que en 1919, en tiempos de las elecciones generales, se pronunciaron en su mayoría, como por lo demás también sus camaradas obreros, a favor del sistema capitalista y de sus representantes. Pero hoy es seguro que han tomado otra dirección.

La mayoría de los campesinos franceses ha llegado a la consciencia de que las organizaciones políticas y económicas atraviesan una grave crisis. Una gran parte de ellos contempla la posibilidad de una revolución sin espanto, a veces incluso con simpatía.

Este hecho, en favor del cual hablan no solo una experiencia personal, sino las noticias llegadas de la inmensa mayoría de las federaciones agrícolas, explica la actitud que el partido francés ha adoptado ante la cuestión del programa agrario. Mientras que en ciertos países solo se podrá inculcar a los trabajadores de la tierra la idea de la revolución mediante una serie de acciones sobre la base de plataformas limitadas —condiciones de trabajo, problemas fiscales, etc., etc.—, los campesinos franceses, por razones que vamos a examinar ahora, están en condiciones de saltarse esas etapas intermedias.

La cuestión agraria presenta en Francia también otra peculiaridad. Es posible ganar para el comunismo —sea directamente, mediante la creación de secciones, sea indirectamente, por la influencia que estas secciones ejercen sobre la masa vacilante— no solo al proletariado agrícola, sino también a los campesinos acomodados, que poseen sus campos, su casa y sus instrumentos de trabajo.

Es cierto que los campesinos sin propiedad tienen una razón particular para volverse contra el sistema dominante: la cuestión de la propiedad se les plantea en la misma forma que a los asalariados de la industria y del comercio. Privados de la posesión de sus instrumentos de trabajo —la tierra, el ganado, los edificios de vivienda y de explotación—, son tan proletarios como sus camaradas de las fábricas y de los almacenes, como los jornaleros y el servicio doméstico, a pesar de todas las exageraciones de la burguesía sobre el enriquecimiento del campo, donde la vida es, en realidad, muy dura.

Aunque la guerra, al reducir la oferta de fuerza de trabajo en el mercado de trabajo, ha mejorado la situación de los obreros agrícolas, estos siguen percibiendo una remuneración que no guarda ninguna proporción con el trabajo realizado: de 1.200 a 2.000 francos al año, con comida y alojamiento (salvo en la Brie y la Beauce, donde sus salarios superan por lo general los 3.000 francos). Como el campesino de nuestro tiempo se resigna a duras penas a vivir con tanta estrechez como vivían con gusto nuestros abuelos, como quiere vestirse decentemente y distraerse de vez en cuando, le queda muy poco. A fin de año, el aparcero se encuentra en el mismo gran apuro material que el pequeño arrendatario. Los que no fueron movilizados, o al menos dejaron en casa a alguien —una mujer, hijos o ancianos— capaz de atender a las posibilidades de explotación de la tierra, hicieron ahorros que en muchos casos les permitieron librarse de la explotación de la burguesía rural. Los demás, en cambio, tuvieron que someterse de nuevo a esa explotación después de la guerra.

¿Cuál es el número de estos campesinos sin propiedad? No quiero ocultar que sobre este punto vacilo incluso en formular hipótesis. La estadística está mucho más preparada para engañar a quienes la utilizan que para servir a la verdad. En 1906 se calculaba el número de asalariados agrícolas en cerca de 1.300.000. ¿Cuántos quedaban después de la guerra? Un millón, quizá 800.000. Si a esta cifra aproximada añadimos los cientos de miles de pequeños arrendatarios y aparceros, llegamos, dado que el número de trabajadores varones de la tierra no pasaba en 1920 de 3.700.000, a las siguientes conclusiones: el proletariado agrícola alcanza la tercera parte del total de la población agrícola. Para cerca de un tercio de los campesinos franceses, pues, la cuestión de la propiedad se plantea de la misma manera que para el proletariado de la industria y del comercio.

Quedan los pequeños propietarios. A primera vista cabría creer que estos, puesto que ya han conquistado sus instrumentos de trabajo, se muestran indiferentes ante la revolución, que ya han hecho por sí mismos; que, a causa de la propaganda conservadora, deben incluso temer esa revolución y que, por consiguiente, están necesariamente condenados a convertirse en auxiliares de la contrarrevolución. Sin embargo, quedan razones bastante serias que los vuelven hostiles al sistema dominante, de modo que podemos esperar llevar al comunismo a la mayor parte de esta capa de la población. Poseen sus campos, que desde la guerra están siempre libres de hipotecas, pero tienen que ir todos los días al mercado para vender sus productos y comprar los objetos indispensables para su vida, y en su trabajo están sometidos a la ley del gran capital. El gran capital fija los precios y luego se los impone a los campesinos. Estos están especialmente preocupados por la situación financiera del país. Han invertido los ahorros hechos en los últimos años —5.000, 10.000, 15.000 francos— en rentas del Estado y siguen con espanto el crecimiento de la deuda pública; temen una catástrofe cuya inevitabilidad presienten. Prejuicio capitalista, se dirá. Capitalistas muy modestos, cuyos ahorros apenas bastarían para asegurar su existencia en caso de granizo, de epizootia o de una larga enfermedad. Y, al fin y al cabo, ¿quién se preocupa de las causas que suscitan el espíritu de rebeldía? Lo más importante es avivar ese espíritu, adueñarse de él para transformarlo en espíritu revolucionario. (Aplausos.)

Pero lo que el campesino detesta más que nada es el militarismo y la guerra. Hace ya mucho tiempo que expresé mi asombro de que la Internacional Comunista no conceda a este doble odio la importancia que merece. Las guerras modernas, que abarcan a veinte países y lanzan a los campos de batalla de 40 a 50 millones de hombres, representan un hecho nuevo que no podía preverse hace tres cuartos de siglo. En aquella época la evolución capitalista despojaba a las masas trabajadoras de sus herramientas igual que hoy y las sojuzgaba igual que hoy. Pero cuando la búsqueda de mercados, el afán de materias primas, de conquista de las grandes vías de comunicación por mar y por tierra provocaban un conflicto armado, esa maquinaria solo alcanzaba a unos cientos de miles de hombres. Hoy esa maquinaria alcanza a todos los hombres sanos, mientras que la aparición de nuevos imperialismos y la escasez de ciertas materias primas multiplican el peligro de conflicto.

La guerra significa para los campesinos el más terrible peligro de expropiación. En Francia, exactamente igual que en todos los países que participaron en la guerra, viven hoy miles de personas a las que el sistema capitalista ha arrebatado siete u ocho años de su vida; miles y miles de mutilados a los que ha privado de sus miembros, de su fuerza, de su juventud; un millón y medio de familias a las que ha quitado su sostén... (Interrupción de Bordiga: Durante la guerra nadie notó en Francia ese estado de ánimo. Todo el mundo era patriota, incluso los campesinos cuyo antimilitarismo usted ensalza.) Explico este hecho por el lamentable hundimiento de la II Internacional en 1914. Los campesinos se embriagaron, como todo el mundo, con la propaganda chovinista de los periódicos burgueses. Estaban, como todos los demás, sometidos a la influencia del dinero que el gobierno esparcía sin tasa por el país.

Sin embargo, tenían un apoyo en los dirigentes de la Internacional, cuyo deber habría sido llamar a la insurrección. Estos campesinos habrían seguido una acción contra la guerra y habrían hecho la revolución.

Si marcharon a la guerra, no fue culpa suya, no fue culpa de los campesinos, sino ante todo culpa del Partido Socialista de antes de la guerra, de la Internacional de antes de la guerra, que en 1914 dejó de cumplir con su deber.

Aquí solo puedo decir que, al menos en Francia (no conozco los demás países, y no acostumbro hablar de lo que no conozco), el odio a la guerra y el odio al militarismo pueden convertirse en una verdadera palanca de la revolución social, a condición, eso sí, de que este odio de los campesinos a la guerra y al militarismo no se dirija, como ha ocurrido en los últimos meses, contra unas cuantas personas —Poincaré y Guillermo—, contra esos muñecos que solo pueden influir en la historia superficialmente, sino contra el propio sistema capitalista... (Interrupción de Bordiga: ¡Por la guerra contra el militarismo!) Tenga usted la seguridad de que el campesino francés, y espero que también el campesino italiano... (Interrupción de Bordiga: ha hecho la guerra solo por la burguesía.) Hizo la guerra en 1793 contra los terratenientes feudales. Hizo la revolución. Puede volver a empezarla.

Todos los que escaparon de la matanza general saben que los tratados de paz firmados, lejos de eliminar el peligro de guerra, no han hecho más que aumentarlo. Es fácil demostrar a los campesinos que la guerra es la consecuencia directa del sistema capitalista y que, por consiguiente, puede ser abolida por su voluntad revolucionaria.

Por estas distintas razones, la influencia de la burguesía agraria sobre los pequeños propietarios no se deja sentir en Francia de la misma manera ni con la misma fuerza que en la mayor parte de los demás países. Como nuestros pequeños propietarios poseen la tierra, bien podrían creer que deben ser solidarios con la burguesía rural, y en cierta medida lo creen. Pero su vida diaria, los trabajos compartidos y, sobre todo, el recuerdo de las duras luchas de sus antepasados por la tierra los acercan al proletariado agrícola; desprecian al ocioso, al rico, al propietario, y los sufrimientos de las trincheras no han hecho sino agudizar ese odio. La mejor prueba de que en el campo la barricada se levanta entre la burguesía y los pequeños propietarios, y no entre los pequeños propietarios y el proletariado, es que en Francia no existe un partido agrario semejante al que desempeña un papel importante en Europa central.

Entretanto, el gobierno ha hecho todo lo posible por atraer a su órbita a la masa de los pequeños propietarios; creó poderosas asociaciones, sindicatos, cooperativas. Es innegable que de este modo consiguió a veces hacerse con la dirección política de los campesinos. Pero la mayoría de las veces el campesino va al sindicato, compra abono, simiente, lleva allí sus productos, vota dentro de la sociedad misma a los hidalgüelos que la dirigen, para combatirlos luego en el terreno político. Mientras que los grandes propietarios rurales han permanecido en conjunto fieles a los partidos de la reacción política, la mayoría de la masa de pequeños campesinos vota desde comienzos de este siglo por los radicales. En todas las comarcas de pequeños campesinos se ha desatado entre los campesinos y los hidalgüelos una lucha por las administraciones municipales. Los hidalgüelos fueron expulsados del ayuntamiento por sus antiguos aparceros, convertidos en pequeños propietarios. Por lo demás, el campesino que se instaló en el ayuntamiento ha conservado los métodos de administración de aquellos a quienes ha sustituido. Por otra parte, el radicalismo no es más que una de las diversas máscaras que la clase burguesa se va poniendo para seguir atando al pueblo a la barraca de feria política y poder apartarlo de la cuestión social.

No obstante, es un hecho que la mayoría de los pequeños propietarios franceses se había librado ya antes de la guerra de la influencia de los hidalgüelos. Y hoy les demuestran las consecuencias de la guerra, les demuestra el bloque formado por los distintos partidos políticos burgueses, anticlericales, clericales, radicales, republicanos moderados y reaccionarios,491 que en realidad no hay ninguna diferencia entre ellos, que todos representan los intereses de las distintas ramas de la burguesía; y como el odio del pequeño campesino al rico se ha agudizado aún más durante la guerra, ese odio lo llevará a la revolución, siempre que, naturalmente, el Partido Comunista sepa mantenerse a la altura de la tarea emprendida.

El año pasado asistimos en ciertos distritos del sudoeste al nacimiento de un movimiento sindical del que es imposible predecir cómo acabará, pero que por su carácter peculiar constituye un notable ejemplo de la solidaridad existente entre las distintas categorías de trabajadores del campo. Entre los grandes propietarios y los aparceros y arrendatarios había surgido una diferencia sobre el reparto de la parte más valiosa del ganado.

Con el pretexto de la fuerza mayor de la guerra y de la imposibilidad de prever los bruscos cambios de los precios, los grandes propietarios se negaron a cumplir los contratos firmados. En realidad, en este conflicto solo estaban interesados los aparceros y arrendatarios. Y, sin embargo, los sindicatos se formaron espontáneamente de tal modo que unieron hombro con hombro a pequeños propietarios, arrendatarios, aparceros y asalariados. Era el bloque de los verdaderos campesinos, el bloque de todos los explotados contra los explotadores. Y no se trata aquí de una casualidad cualquiera. Los mismos hechos se han producido también en otras regiones de Francia.

En una palabra, en Francia, aunque por razones distintas, los proletarios del campo y los pequeños propietarios pueden ser ganados para la revolución. Por eso el Partido Comunista debe llevar a cabo una acción muy particular. Debe esforzarse por constituir un bloque de todas las categorías de trabajadores del campo y acercarlos al proletariado urbano.

En el campo, este bloque solo tiene enfrente a dos categorías de enemigos irreductibles: los grandes propietarios ociosos —descendientes o sucesores de los señores feudales— y, en la mayoría de los casos, los grandes arrendatarios, que en algunas regiones, gracias a la abundante fuerza de trabajo, se dedican al cultivo industrializado de la tierra.

Pero antes de emprender el camino que lleva a la revolución, los campesinos quisieran saber, si no en detalle, al menos en sus grandes líneas, qué hará la revolución por ellos, qué hará la revolución de ellos. Creo que la Internacional Comunista no es lo bastante consciente de esta necesidad de conocer el futuro, que se comprueba fácilmente cuando se participa en la vida de los obreros de la ciudad y del campo.

Porque también el proletariado industrial exige que, antes de sumarse sin reservas a la revolución, se le explique el contenido de la revolución. No hace ni un mes que nuestro camarada Delfosse, secretario de la federación de obreros de los canales, declaró en el comité unificado de la federación: la causa principal de la vacilación en derribar la dominación burguesa es la duda sobre qué organismo sustituirá a esa dominación.

Temo que el malentendido que reina a este respecto entre la Internacional Comunista y las masas proletarias pueda adquirir un día proporciones trágicas. Queremos levantar una organización de combate. La toma del poder es nuestro primer objetivo, al que deben ajustarse todos los demás. Todas nuestras energías deben tender a ese objetivo. Quien no acepta esta concepción se coloca, solo por eso, fuera de la Internacional Comunista. Pero ahí tenemos al secretario de una de las organizaciones obreras más poderosas de Francia, que dice: las masas vacilarán en derribar el sistema dominante, en adueñarse del poder, mientras no tengan la convicción de que el comunismo actuará con más acierto que la burguesía. Todos los militantes del partido que están en contacto con los campesinos saben que a estos los domina el mismo estado de ánimo.

Así pues, quien se niega obstinadamente a determinar las grandes líneas de la organización económica durante el periodo de la dictadura renuncia al medio más adecuado para levantar al proletariado contra el sistema dominante, para avivar el ardor combativo del proletariado. No se puede movilizar para la revolución con una carpeta de escritos. La voluntad de lucha tiene que venir de abajo.

Es muy cómodo encerrarse en doctrinas, hacer consideraciones abstractas y cerrar los oídos al pensamiento positivo de los campesinos y de los obreros, hablar de construcciones utópicas. ¿Utopía? Sí, ciertamente, si se tratara de determinar en todos sus detalles la organización política y económica del Estado proletario.

Pero no se trata de eso. Por lo demás, siempre se puede señalar que un programa fijado de antemano para el periodo de transición solo puede representar una posibilidad, y en modo alguno algo determinado, y que las cosas no transcurrirán necesariamente como uno desearía. Pero entre la falta completa de un programa positivo y una predeterminación aventurada y peligrosa hay un término medio. Hoy enunciamos ciertas fórmulas: necesidad de la violencia, dictadura, socialización. Estas fórmulas no bastan. En todas partes el auditorio campesino plantea una pregunta: ¿Qué haréis al día siguiente de la toma del poder? ¿Qué es la dictadura? ¿Cómo funcionarán los consejos? ¿Cómo resolveréis la cuestión de la propiedad?

Piensen ustedes también que eso no es en absoluto imposible. A consecuencia de la guerra y de sus estragos en hombres y en material, de las crisis económicas y financieras, la revolución, que hace solo diez años parecía que no podría producirse sino al cabo de muchos años, de varios siglos, puede haberse acercado considerablemente. Así pues, quien trata de fijar sus contornos generales no trabaja en el país de los sueños. Si la toma del poder por el proletariado se produce dentro de tres, cinco o diez años, el reparto de la tierra, el grado de perfeccionamiento de las herramientas y la psicología del campesinado seguirán siendo los mismos que hoy. En un periodo tan corto tampoco la propia industria experimentará cambios notables. Menos aún ocurrirá esto en el campo, donde toda evolución seria requiere un espacio de tiempo mucho mayor.

Estos son, camaradas, a grandes rasgos, los principales caracteres que distinguen la cuestión agraria en Francia. Es posible ganar en poco tiempo para la revolución a una gran parte de los campesinos, sin distinguir si son asalariados, arrendatarios o pequeños propietarios. Engañados durante tres cuartos de siglo de sufragio universal y de parlamentarismo, ya no creen en las reformas, en las mejoras parciales, en las declaraciones de los distintos partidos políticos. Pero para poder llevarlos al comunismo será necesario mostrarles que, después del periodo de lucha, disfrutarán bajo el nuevo régimen de una situación mejor.

Inspirándose, por una parte, en la psicología de los campesinos y apoyándose, por otra, en las condiciones materiales de la agricultura francesa —condiciones que se examinaron en el informe de la comisión nombrada por el Ejecutivo—, el Partido Comunista Francés ha elaborado su programa agrario, que, junto con el programa que ustedes van a aprobar, parece responder a las necesidades principales de la acción comunista en el campo.

Teodoróvich492 (Rusia): Camaradas, el hecho de que casi en todas partes se haya mantenido la economía campesina, ese residuo de la Edad Media, se explica en general y en lo esencial por tres circunstancias: 1) por la ley de la renta absoluta, que a su vez se explica por el hecho del monopolio de la propiedad privada sobre la tierra, ya que solo las explotaciones campesinas, una vez satisfechas sus necesidades de alimentación, estaban en condiciones de pagar a la propiedad territorial un ingreso en forma de renta que no procedía de la renta propiamente dicha, sino de la ganancia e incluso del salario; 2) porque la gran explotación, o, mejor y más exactamente dicho, la forma capitalista de explotación de esta economía, no fue capaz de resolver la cuestión de atraer a la agricultura, por un lado, capital y, por otro, fuerza de trabajo; por último, porque el capital comercial, bancario, usurario y de acaparamiento había envuelto a la agricultura en unas relaciones que nos recuerdan el sistema doméstico de la gran industria, tanto en la forma que se llama «sistema de compra» como en la forma que se denomina «sistema de salario». Para caracterizar en general la agricultura, lo más acertado y mejor es aplicarle las palabras que Marx dijo de la Alemania de los años cuarenta: que sufría no solo del desarrollo del capitalismo, sino también de la insuficiencia del desarrollo del capitalismo.493 Así pues, entre las contradicciones fundamentales más importantes del modo de producción capitalista figura, entre otras, la siguiente: la ruptura del equilibrio entre agricultura e industria a escala mundial, la concentración máxima, la acumulación máxima en el terreno industrial, que rompe ya la envoltura de la propiedad privada, y, por otra parte, el proceso de descomposición, de putrefacción, de atraso que observamos en la agricultura, con la excepción, desde luego, de que ciertos elementos de la agricultura, en forma de gran propiedad territorial capitalista y, por otro lado, de la explotación de los campesinos ricos, se han asimilado y adaptado de un modo u otro a las formas económicas capitalistas. Por eso es en conjunto completamente exacta la caracterización que Marx hizo del campesinado cuando dijo en su día: «La sociedad burguesa chupa a los campesinos la sangre del corazón y el cerebro de la cabeza y lo arroja todo a la caldera del capitalismo, ese nuevo alquimista».494

Si pasamos ahora a Rusia, vemos que todos los rasgos fundamentales que caracterizan la agricultura se manifiestan aquí de un modo especialmente agudo y marcado. A comienzos del siglo XX encontramos en la aldea rusa, por una parte, residuos feudales semiseñoriales, como, por ejemplo, los latifundios de la nobleza, el arriendo en especie, el sistema de pago en trabajo, y, por otra, vemos la dominación despótica del capital comercial, usurario y de acaparamiento, vemos la ruina de los oficios campesinos, vemos la destrucción de la industria doméstica. Vemos, pues, todas las formas que caracterizan en general la vida de la aldea. Pero la economía campesina rusa se caracteriza además porque en ella se han conservado residuos que en Europa occidental hace ya mucho que no vemos. Por ejemplo, el sistema de tres hojas, la rotación obligatoria de cultivos, la comuna con sus parcelas dispersas, sus franjas estrechas y sus tierras alejadas, fenómenos todos que, como he dicho, ya no existen en Europa, porque allí el proceso de desarrollo de la economía monetaria, el proceso de adaptación de la economía campesina a las exigencias del mercado, ha destruido todos esos residuos tan odiosos de la Edad Media. En Rusia, en cambio, los encontramos todavía hoy.

Al estallar la revolución de 1917, solo una sexta parte de los campesinos rusos no sufría bajo el peso de la crisis agraria, porque tenía reunida en sus manos cerca de la mitad de toda la producción y de la tierra, mientras que cinco sextas partes languidecían en las garras de la crisis agraria. El débil desarrollo de la industria urbana no permitía ni desviar a la ciudad el excedente de población ni crear una demanda de productos de la economía campesina tal que estimulase una intensificación creciente, el paso hacia la ganadería. Que nuestra revolución triunfara se explica en gran medida porque nuestra aldea respondió al movimiento urbano, al movimiento del proletariado industrial, con un grandioso movimiento agrario; y si este movimiento agrario triunfó a su vez entre nosotros, en Rusia, fue solo porque pudo ser organizado por el proletariado con su Partido Comunista a la cabeza. De ahí que los males y penurias fundamentales de la aldea se eliminaran de un golpe.

Como ustedes saben, en 1917 fuimos los primeros en llevar a la práctica la idea de la nacionalización de la tierra, justo cincuenta años después de que la proclamara el congreso de Lausana de la I Internacional en 1867.495 Confiscamos las tierras de los terratenientes, de los monasterios, las tierras de los infantazgos y de la Corona, y entregamos al campesinado un fondo de tierras con un valor de unos 5.000 millones de rublos oro. Al mismo tiempo condonamos al campesinado las hipotecas, que se calculan (sin Siberia) en 1.500 millones de rublos oro. Liberamos al campesinado ruso de los pagos de arriendo, que (sin Ucrania, sin la Precaucasia ni el Cáucaso) sumaban 200 millones de rublos oro al año, y, por último, entregamos al campesinado ganado y aperos por un valor total de más de 300 millones de rublos oro. Por eso conseguimos no solo neutralizar al campesinado, sino también atraerlo a la lucha activa por las conquistas de la República y lograr que todos los ataques de las bandas contrarrevolucionarias de los terratenientes y capitalistas fueran rechazados por los esfuerzos unidos de la clase obrera y del campesinado. Nuestro partido sabía que la conquista del poder permitiría crear una situación en que los obreros y los campesinos ya no trabajaran para los explotadores, sino para sí mismos, y aunque era consciente de que esta sacudida llevaría a una reducción temporal de nuestra producción, aceptó de todos modos esa consecuencia. Sabíamos que nuestro campesinado, a causa de su atraso, no aplicaría a las fincas privadas el método de conservar las grandes explotaciones capitalistas, sino el del reparto. Y, en efecto, vimos un cuadro que no puede caracterizarse sino con las palabras de un científico ruso: que la tierra había quedado en estado líquido. La tierra fue ocupada y sometida al llamado «reparto en bruto». A consecuencia de ello vemos el cuadro de una singular fragmentación, desmenuzamiento o parcelación de nuestra tierra. Los datos estadísticos dicen que el porcentaje de explotaciones cuya superficie sembrada supera las 8 desiatinas no pasa entre nosotros, en Rusia, del 2 al 4; el número de explotaciones sin superficie sembrada ha disminuido, pero lo más típico de la aldea rusa es el fenómeno siguiente: en las provincias centrales, occidentales y orientales tenemos una superficie sembrada media de no más de 4 desiatinas por hogar, y en las provincias meridionales, una superficie sembrada de no más de 8 desiatinas. Vemos, pues, un cuadro que recuerda a un panal: los pequeños productores de mercancías, que ya durante la Revolución francesa habían lanzado la consigna «Libertad, igualdad, fraternidad» (porque esa es en realidad la consigna del pequeño productor de mercancías), han logrado que se produzca una nivelación en la posesión de la tierra parcelada por ellos mismos; han creado una serie de parcelas de tamaño aproximadamente igual.

La consecuencia fue —como no podía ser de otro modo— un descenso de la producción de cereales. Al mismo tiempo se dieron circunstancias en las que el campesinado hizo sentir al proletariado su poder, el poder de quien posee los medios de subsistencia. Fue en aquel periodo de la revolución en que nuestra república, a consecuencia de la guerra imperialista y ante la guerra civil que se le había impuesto, había caído en una situación alimentaria crítica. Cuando esta situación alimentaria crítica nos obligó a recurrir a la requisa de víveres, los campesinos reaccionaron de un modo bastante peculiar ante estas exigencias. En líneas generales, esta reacción puede describirse así: el campesinado empezó a reducir la superficie cultivada. Esta reducción llegó a ser finalmente de cerca del 30% en comparación con 1916. Por otra parte, el campesinado empezó a cultivar sobre todo cereales panificables, con lo que el trigo fue desplazado por el centeno y la cebada por la avena. Así, el campesinado orientó su economía hacia el cultivo de cereales y ahogó los gérmenes de intensificación que se habían hecho notar en el periodo anterior. El campesinado redujo el cultivo de plantas industriales y dejó que la siembra de plantas forrajeras desapareciera de la rotación. Ciertamente, en ello no se expresaba solo su voluntad consciente, su manera consciente de llevar la explotación en esa dirección; en este fenómeno hay que ver también el resultado de la destrucción masiva de las fuerzas productivas de la aldea por sacudidas como la guerra civil, la guerra imperialista, la mala cosecha, etc.

Pero el hecho subsiste: no puede negarse la reacción subjetiva de los campesinos ante las exigencias que el proletariado les planteaba: el campesino poco desarrollado, intimidado a lo largo de todos los siglos de su historia, no fue capaz de comprender toda la grandeza de los ideales del proletariado.

Teníamos, pues, entonces el siguiente resultado: una propiedad de la tierra fragmentada, parcelada, con una producción en descenso y con un descontento extremo del campesinado respecto a la lucha del proletariado. Y precisamente en ese momento el proletariado y el Partido Comunista que está a su cabeza decidieron revisar los fundamentos de su política y crear nuevas formas para la alianza entre el proletariado y el campesinado. En los años del llamado «comunismo de guerra» queríamos, por el método de las requisas, sacar del campesinado un determinado excedente de materias primas y de víveres, y sobre esa base restablecer y ampliar nuestra industria, que debía enviar sus productos a las aldeas según un plan de distribución. Eso habría significado una forma peculiar de crédito concedido por la aldea a la ciudad. Pero el campesinado rechazó categóricamente esa forma de alianza, y la experiencia histórica sacada de estos grandes acontecimientos llevó al partido a cambiar audaz y resueltamente su política respecto al campesinado. Así se proclamó la nueva política económica, que tomó por base la posibilidad de admitir relaciones capitalistas en la aldea, relaciones de producción mercantil. Esta situación la ha caracterizado de manera exhaustiva el camarada Lenin. «El capitalismo —dice— es un mal en comparación con el socialismo, pero el capitalismo es un bien, un paso adelante, en comparación con la Edad Media. Como en la aldea rusa se encontraban los residuos más crasos de esa Edad Media, admitir la producción capitalista en la aldea equivale a hacer posible una forma particular de lucha contra esos residuos.»496 Ahora, cuando la nueva política económica se aplica ya desde hace casi dos años, podemos sacar algunas conclusiones. Me apoyo en los datos estadísticos más recientes, en las últimas encuestas de presupuestos familiares que hemos realizado en estos últimos tiempos. Vemos como primera tendencia la nivelación de los precios. Antes de la NEP, todos los productos agrícolas estaban entre nosotros depreciados en comparación con el centeno, y Rusia se había convertido en una verdadera Rusia del centeno; ahora, en cambio, vemos una tendencia a la nivelación de los precios, un hecho de extraordinaria importancia, que constituye la condición principal para una intensificación de la agricultura. Y la intensificación da la solución del problema fundamental de nuestra economía campesina en el periodo de transición al socialismo.

La segunda tendencia que vemos surgir a consecuencia de la nueva política económica puede caracterizarse como una desaceleración del ritmo, aquí y allá incluso como un cese completo, de la reducción de las superficies cultivadas. En muchas regiones vemos un aumento, una ampliación de la superficie cultivada, y aunque en algún sitio, bajo la influencia del hambre, siga disminuyendo, en todo caso eso ocurre a un ritmo más lento. Otra tendencia que se observa en la aldea bajo la influencia de la nueva política económica consiste en que cesa el éxodo de la población de la ciudad al campo y, en su lugar, se hacen notar los primeros indicios de que la ciudad vuelve a absorber el excedente de población de la aldea.

Otra tendencia puede caracterizarse como un afán de la población [ilegible] por formas de explotación individuales. Ya en 1917, cuando promulgamos nuestra ley agraria, declaramos que la elección de las formas de usufructo de la tierra era completamente libre. Sin embargo, el campesinado aspiraba entonces principalmente al reparto en bruto, y no se notaba una tendencia a destruir nuestra comuna. Ahora, en cambio, puede comprobarse con certeza esta tendencia, que, desde luego, está estrechamente ligada al proceso de intensificación del que ya he hablado. Porque al pequeño propietario, a su psicología, a su economía, le parece completamente natural preferir la forma de usufructo de la tierra que, al aumentar la demanda de sus productos en el mercado, le permite maniobrar libremente en ese mercado. Y esa forma, la más libre y la mejor adaptada al mercado, es la forma de usufructo individual, no comunal, de la tierra.

La última tendencia, por fin, que observamos actualmente en nuestra agricultura consiste en la diferenciación del campesinado, porque donde las leyes del mercado pasan a primer plano, no puede dejar de haber, naturalmente, afortunados y desafortunados. ¿Qué actitud adoptamos ante este fenómeno? Lo controlamos de todas las maneras. Así, por ejemplo, nuestro decreto sobre las operaciones hipotecarias muestra claramente que encauzamos este proceso, que crece espontáneamente, dentro de unos límites, de un lecho que impide, por una parte, el desarrollo de formas odiosas, clamorosas, de explotación y, por otra, también la extensión del atraso. Como resultado de la nueva política económica podemos, pues, registrar las tendencias que acabo de enumerar.

Tenemos, pues, una tierra completamente repartida, tenemos unas relaciones en las que faltan por completo los factores de la coacción extraeconómica, porque la dictadura de los explotadores ha caído y se le ha quitado la posibilidad de favorecer el proceso de acumulación por medio de la Iglesia, de la escuela, de su ejército y su policía. Se les han quitado estos medios de explotación. Al mismo tiempo, la cooperación de la población está ahora bajo el control del poder obrero y campesino, y el movimiento cooperativo, libre de las cadenas de la ideología burguesa, no se orienta, como en los países capitalistas, a embotar el filo de la lucha de clases, sino que es una forma de la actividad de construcción socialista. Todas estas premisas económicas fundamentales, todas estas premisas políticas permiten decir con plena seguridad que este proceso de superación de los residuos de la Edad Media se realizará entre nosotros de la forma menos dolorosa. Desde este punto de vista puede uno sumarse al juicio que el camarada Lenin emitió aquí en el congreso cuando declaró que el campesinado, en conjunto, está satisfecho.

Para terminar, quisiera recordar las conocidas palabras de La Bruyère497 sobre el campesinado francés; estas palabras se aplican también especialmente bien al campesinado ruso de la época prerrevolucionaria. La Bruyère dice: «Hay una especie de seres semejantes al hombre, machos y hembras, sucios, demacrados, quemados por el sol. Hurgan en la tierra; pero cuando se ponen en pie, se puede advertir en ellos un rostro humano». Y precisamente a estas palabras, «cuando se ponen en pie», quisiera darles cierto significado simbólico. Sí, precisamente cuando el campesinado se pone en pie vemos en él un rostro humano, pero solo puede ponerse en pie bajo la dictadura del proletariado. Solo la dictadura del proletariado, con su nacionalización de la tierra, creará las condiciones en las que el campesinado pueda ponerse en pie, no solo en el sentido físico del que habló La Bruyère, sino también en el sentido político y social de la palabra. (Aplausos.)

Joss (Gran Bretaña): ¡Camaradas! El problema agrario tiene, por lo que se refiere a Inglaterra, dos aspectos. Uno es nacional, mientras que el otro es de naturaleza internacional. Nos encontramos con que nuestro problema respecto a la situación agraria en Inglaterra es un asunto extraordinariamente difícil, debido a que durante los últimos 150 años el desarrollo de las fuerzas industriales en Inglaterra se ha producido a costa del desarrollo de la agricultura. Actualmente el 80% de nuestra población está absorbido por la actividad industrial, y solo el 20% se ocupa en la agricultura y en el abastecimiento de víveres. De ello debemos sacar la conclusión de que, para hacer posible una revolución proletaria en Inglaterra, o bien tenemos que desarrollar los recursos de nuestro propio país, o bien estaremos muy interesados en el desarrollo agrario de otros países. Ahora bien, vemos que no solo en el movimiento comunista de nuestro propio pueblo, sino también entre la clase obrera de Escocia, la pregunta más corriente que se le opone al orador comunista es la siguiente: cuando hayáis hecho la revolución industrial, ¿cómo vais a conseguir los víveres necesarios para vuestro propio pueblo? Se nos recuerda la relación entre obreros industriales y obreros agrícolas. En Inglaterra y en algunas regiones de Escocia hay gran demanda por parte de aquellos elementos obreros que en otro tiempo trabajaban en la agricultura y que, a consecuencia del desarrollo de la industria, se marcharon a las ciudades; actualmente estos obreros, debido a la decadencia de la organización industrial en Gran Bretaña durante los últimos diez u once años, reclaman cada vez más la tierra, a la que piden volver. En la parte norte de Gran Bretaña y en Escocia, que se ha convertido exclusivamente en un campo de deportes para la gente rica, para la clase capitalista, esta tierra rica, con sus valles fértiles que antaño alimentaban a una población numerosa, se ha dejado exclusivamente a los urogallos y los corzos. El resultado es actualmente una corriente que en la parte norte de Gran Bretaña se manifiesta en revueltas contra las autoridades para llegar así a la tierra. Muchos de estos obreros fueron soldados durante la guerra y habían recibido la promesa de que después de la guerra se encontraría un país digno de héroes;498 y ahora, como esas promesas no se han cumplido, esta gente ha tomado posesión de la tierra en esos distritos. En estas zonas concretas, donde residen los obreros agrícolas, la tarea del Partido Comunista consistiría o bien en ocuparse del desarrollo de los recursos nacionales, o bien en asentar en otra parte a esa población sin tierra. Hay también otra circunstancia importante en el problema agrario. En Inglaterra no encontramos las mismas diferencias que existen en otros países del continente. Nuestra población campesina es extraordinariamente reducida en número; la mayoría de los trabajadores agrícolas pertenece al proletariado agrario. Por medio del movimiento sindical actúan en común y por medio de él plantean sus reivindicaciones, y por eso, en lo que se refiere a Inglaterra, la unión de los obreros agrícolas y de los industriales es una cosa sencilla. Pero últimamente se ha creado otra circunstancia, a saber, que en las industrias básicas hay actualmente en Inglaterra, en general, dos millones de trabajadores parados; además, en las industrias básicas del carbón, del hierro, del acero y en las explotaciones agrícolas tenemos obreros que, por la decadencia de la economía, han sido rebajados hasta el 60% del nivel de antes de la guerra. Al mismo tiempo, el coste de la vida en Inglaterra es ahora un 80% más alto que antes de la guerra. Los salarios de los obreros del carbón, del hierro y del acero se han rebajado entre un 20% y un 30% por debajo del nivel de antes de la guerra, de donde resulta que están cerca de un 60% peor que entonces. Y vemos asimismo que la burguesía empieza a comprender que aquí tiene un problema que resolver. El diputado y presidente del Lloyds Bank, una sólida organización que domina el capitalismo industrial en Inglaterra, dijo al repasar la estadística de 1921, que mostraba la relación entre la población industrial y la agrícola: si Inglaterra no restablece el comercio que tenía en 1913, en Gran Bretaña solo hay sitio para una población de 15 millones; de donde se desprende claramente que el desprendimiento progresivo de aquellos países que hasta hoy abastecían a Inglaterra de alimentos —es decir, América, Canadá y la India—, que la creciente dependencia de Gran Bretaña respecto a esos países y la tendencia progresiva de las colonias y de América a mantenerse al margen en lo que se refiere a Inglaterra son un problema particular para el Partido Comunista de Gran Bretaña. A causa de esta circunstancia, en nuestro problema agrario insistimos no solo en permanecer en estrecha unión con el proletariado agrícola de Inglaterra, sino también en desarrollar hasta el máximo los recursos necesarios para Inglaterra, así como en mantener al mismo tiempo nuestra unión con los obreros agrícolas del mundo entero. Y como el profesor Varga sostuvo ante nosotros que ningún país del mundo, salvo Inglaterra, puede hacer una revolución sin el proletariado campesino, nos encontramos de nuevo ante el problema: cuando tengamos una revolución, ¿con qué medios la mantendremos y con qué medios mantendremos al proletariado? La revolución en Inglaterra dependerá del éxito que logre el Partido Comunista no solo en la solución nacional, sino también en la solución internacional del problema agrario.

Rieux (Francia): No estoy de acuerdo con el informe del camarada Renaud Jean, al menos en lo que se refiere a las capacidades comunistas y revolucionarias que atribuye a los campesinos franceses. Con su informe, el camarada Renaud Jean hace creer que los campesinos franceses son revolucionarios, lo cual no es cierto, o que están dispuestos a serlo y que una propaganda antimilitarista los haría revolucionarios rápidamente: una concepción que es peligrosa.

En Francia hay grandes propietarios, que son nuestros enemigos de clase irreconciliables; hay además asalariados agrícolas, es decir, campesinos sin propiedad, y pequeños propietarios. Los asalariados agrícolas tienen intereses comunes con los proletarios de la ciudad. La tarea de las organizaciones sindicales —como es la CGTU— consiste en crear sindicatos agrícolas y en reunir a los asalariados agrícolas y a los de la ciudad para la lucha común. En cuanto a los pequeños propietarios, creo que nuestro camarada Renaud Jean no expresa la verdad exacta cuando afirma que no se encuentran en una situación privilegiada en comparación con los asalariados agrícolas y urbanos. (Interrupción de Renaud Jean: ¡Yo no he afirmado eso, y tú lo sabes muy bien!) Los propietarios rurales ganaron no poco dinero durante la guerra. Toda nuestra propaganda se esforzó por demostrarles que el dinero que habían ganado no era más que papel moneda sin valor real. Los campesinos respondían a esto que ese papel moneda, puesto que tiene poder de compra y de cambio, les proporciona una situación más favorable que la de los asalariados. Mientras los pequeños propietarios rurales disfruten de mejores condiciones de vida, mientras se encuentren en una situación de vida privilegiada, solo se puede intentar conseguir su neutralización, prometiéndoles que después de la revolución conservarán su tierra, pero en modo alguno se puede esperar que se vuelvan revolucionarios y que, como los asalariados agrícolas y urbanos, participen en las luchas revolucionarias por la conquista del poder.

El camarada Renaud Jean declara además que, mediante la propaganda antimilitarista, llevará a los campesinos al camino de la revuelta, que luego habrá de formar su espíritu revolucionario. No creo que eso sea cierto. Creo que el camarada Renaud Jean desconoce las necesidades de la guerra civil, las necesidades de una lucha armada sin la cual el proletariado no puede quitarle a la burguesía su propiedad ni conquistar el poder.

Uno se expone a graves peligros cuando va a los campesinos, les habla siempre y sin cesar de antimilitarismo, les predica siempre y sin cesar el odio al uniforme, el odio al ejército, si se piensa que también nosotros necesitaremos un ejército, tanto para conquistar el poder como para defender el poder ya conquistado. De este modo se mantiene una confusión en los espíritus, y esta confusión se refleja en el Partido Comunista Francés y en nuestras asambleas comunistas. No son pocos los que declaran: eso es un espíritu bajo de suboficial; así tendríamos que volver a ser soldados, volver a ser criados. Y estos camaradas declaran que en un momento dado quizá aceptarían el uso de la violencia, el uso de una fuerza armada, pero se valen de los horrores de la guerra y de esa teoría del antimilitarismo abstracto como pretexto para no preparar ese ejército, que sin embargo será necesario, y para no organizar el uso de la violencia, que sin embargo será inevitable. (Interrupción de Renaud Jean: ¿Cómo quieres organizar ahora en Francia un ejército aparte del ejército del gobierno?) Esa es una pregunta que no tiene nada que ver con este asunto, pero de todos modos diré que es posible mediante la propaganda entre los soldados, mediante la creación de células en el ejército... (Renaud Jean: Entonces somos de la misma opinión, ¿no?) ..., mediante el apoyo a la propaganda entre la juventud, que vosotros hasta ahora no habéis apoyado, y tratando de conquistar para nosotros el espíritu del ejército, no declarando que ya no hace falta ningún ejército, que ese instrumento de la violencia es ya superfluo, sino declarando que necesitamos esa fuerza y que hay que ponerla a disposición del proletariado. (Aplausos.)

Cuando el camarada Renaud Jean declara que los sacrificios exigidos en vidas humanas significan para el campesino más que la expropiación de la tierra, me sumo a la interrupción del camarada Bordiga: declaro que en la guerra los campesinos franceses, como todos los demás, estaban dispuestos a enviar a la muerte a sus hijos, a sus familiares; se dejaron expropiar a sus hijos, pero no sus ahorros, y si entregaron a sus hijos gratis, sus ahorros solo los entregaron en préstamo y a cambio de intereses.

En mi opinión, ante todo debemos esforzarnos por atraer a nuestro lado a los asalariados agrícolas que no poseen nada (mediante la lucha por sus intereses inmediatos, la cuestión del salario, la cuestión de la vivienda, todas las cuestiones que les interesan), y debemos darles la consigna: toma de posesión de la tierra que trabajan.

Después debemos esforzarnos por neutralizar a los pequeños propietarios. Ante todo debemos dedicar todas nuestras fuerzas y todo nuestro tiempo a la tarea inmediata más importante: la conquista del poder. Para poder conquistar el poder, tenemos que lanzar a la lucha a las masas trabajadoras, a los obreros urbanos y a los agrícolas.

En cuanto al programa de construcción, los camaradas rusos nos han demostrado con los diversos resultados de la producción que no se puede construir sobre nada firme y que son los propios acontecimientos los que muestran de qué clase son las posibilidades reales de construcción en cada país inmediatamente después de la conquista del poder. También el camarada Trotski declaró que hay una cierta época en la que la vida económica del país y de los obreros agrícolas está subordinada a las necesidades de la guerra civil, a las necesidades de que el proletariado mantenga el poder.

No hay que dar demasiada importancia a la leyenda de que los campesinos franceses son revolucionarios; no hay que darle crédito, camaradas de la Internacional, porque de lo contrario habría que preguntar por qué razón no han prestado hasta ahora ninguna ayuda a los obreros de la ciudad y por qué no se han liberado todavía de su capitalismo.

Los campesinos franceses no son revolucionarios, los campesinos franceses son conservadores. Los campesinos franceses tienen una mentalidad que el camarada Trotski caracterizó con mucho acierto como pequeñoburguesa, y solo si intentamos dividir a la clase campesina, arrastrando con nosotros a los asalariados agrícolas e imponiendo a los demás elementos la dictadura del proletariado, podremos realizar en Francia la revolución social. (Aplausos. Interrupción de Renaud Jean: ¡Puedes hacer imprimir tu discurso y llevárselo a los campesinos de la Gironda!)

Pauker (Rumanía): Camaradas, con las tesis solo estamos de acuerdo en líneas generales. Creo que debemos algunas explicaciones al camarada Varga, ya que se ha quejado de que la delegación rumana, a la pregunta de qué influencia había ejercido la reforma agraria de Rumanía sobre los campesinos, respondió con un claro: no lo sé.

Pues bien, camaradas, tengo que confirmar las palabras del camarada Varga. Sí, es cierto —quizá sea muy triste—, no lo sabemos; es decir, camaradas, no estamos tan bien informados sobre ello como para poder dar realmente a la Internacional material suficiente, en el sentido de que pudiera ser una contribución a la elaboración de un programa de acción nacido no solo de la comprensión teórica, sino de la experiencia práctica. Sí, en ese sentido podemos decir: no lo sabemos. Pero no hay que olvidar que el Partido Comunista de Rumanía, a pesar de los elogios que ha cosechado aquí y en las comisiones, todavía no existe en la práctica como organización completa y capaz de trabajar, sino que apenas está naciendo, y, camaradas, en un nacimiento bastante difícil.

Por lo demás, creo que en general no es una vergüenza decir: no lo sé. Nosotros, por ejemplo, le hicimos al camarada Varga la pregunta clara de si cree que una gran explotación rural intensamente industrializada es más productiva que una pequeña explotación campesina. Y el camarada Varga respondió: ¡No lo sé! Pues bien, eso muestra que la cuestión de la producción rural y del movimiento rural tampoco está todavía suficientemente estudiada en otros lugares de la Internacional, ni siquiera por organizaciones más fuertes y mejor organizadas que el Partido Comunista de Rumanía.

Pues bien, los errores cometidos en el pasado por el Partido Socialista rumano, la traición y la reacción han traído consigo que la organización rumana aparezca ahora como una organización enana que está naciendo y que por eso no tiene todavía la posibilidad de ir al campo, de luchar contra la reacción y los gendarmes rumanos y de afianzarse allí.

Por esta razón, y no, como dice la falsa conclusión de Varga, porque no se dé suficiente importancia a la cuestión campesina, ha ocurrido que tuvimos que responder: no lo sabemos.

Camaradas, hay un par de cuestiones que no se han incluido en el programa de acción, pero que, sin embargo, tienen cierta importancia. Solo quiero señalarlas brevemente. El camarada Varga ha expuesto que, sobre todo en los países anglosajones, la cuestión del transporte y de los ferrocarriles, que son de propiedad privada, es una cuestión importante, porque los capitalistas privados saben quitar a los campesinos una parte de sus ganancias haciendo subir y bajar las tarifas ferroviarias al subir y bajar los precios de los cereales.

En Rumanía ocurre algo muy parecido: la burguesía rumana cuenta con que el campesino rumano exporta la mayor parte de sus productos, ya que Rumanía es un país exportador de cereales. Al subir y bajar los precios mundiales de los cereales, suben y bajan los derechos de exportación sobre los cereales que cobra la burguesía rumana, y esos derechos no son un pequeño porcentaje del producto de la venta, sino que llegan a veces hasta el 100% del precio, como ocurre precisamente ahora. En cambio, el camarada Varga opina, y creo que la comisión era de la misma opinión o al menos no protestó, que no podemos combatirlos, porque es un impuesto que cobra el Estado rumano, y en la sociedad capitalista los impuestos existen, qué le vamos a hacer. Si no existiera este impuesto, existiría otro; pero yo creo que entonces tendríamos que actuar también contra ese otro impuesto, sobre todo si representara el 100% del producto. Encontramos aquí, pues, una inconsecuencia en el programa de acción.

En cuanto a la cuestión de la propaganda rural en general, creo que también nuestra concepción puede tener cierta razón, aunque todavía no tengamos experiencia práctica en gran escala. Pero en todo caso tenemos que ocuparnos más de cerca de ello, porque como partido y como movimiento revolucionario solo podemos existir si sabemos acercarnos realmente a la población del campo. Para nosotros, pues, la cuestión de qué capa de los trabajadores del campo puede revolucionarse realmente y cuál solo puede neutralizarse tiene una importancia decisiva, y en eso no compartimos en absoluto la opinión del camarada Renaud Jean. Creo que aquí hay, en general, un malentendido. Todo lo que el camarada Renaud Jean nos ha dicho aquí en cuanto a detalles es completamente cierto: se puede ganar a los campesinos con el antimilitarismo, se puede ganar a los pequeños campesinos prometiéndoles que la revolución no les quitará su tierra, pero eso es precisamente lo que nosotros, en buen alemán, llamamos neutralización del campesinado. Los campesinos no le saltarán al cuello a la revolución, no actuarán contra la revolución, porque se dirán que no tienen nada que perder con ella. Pero tampoco le saltarán al cuello a la burguesía; así pues, ni antes ni durante la revolución participarán activamente, no subirán a la barricada. Hablo de los campesinos que tienen tierra suficiente para poder alimentarse ellos solos con su familia. A esta capa de campesinos, con los métodos que el camarada Renaud Jean predica y aplica, la ganaremos sin duda para la revolución en el sentido de que no actuará contra la revolución cuando llegue el momento de la lucha por el poder. Pero a los campesinos que no tienen tierra suficiente para poder alimentarse ellos mismos y a su familia, y que por eso tienen que trabajar también a jornal, podemos ganarlos, si no ahora, dentro de pocos años, para la lucha revolucionaria; participarán activamente con nosotros, aunque, desde luego, no podemos atribuirles esa actividad revolucionaria elemental que esperamos del proletariado industrial y del proletariado rural propiamente dicho.

La cuestión puede plantearse también así. Al fin y al cabo, es solo una cuestión de detalle que digamos ahora en el programa: revolucionaremos a estos campesinos, o que digamos: pensamos que conseguiremos solo neutralizarlos. Pero no es así en absoluto, porque el camarada Renaud Jean ha dicho una palabra funesta y la repite siempre en las conversaciones privadas. Dijo: tenemos con nuestro comunismo muchos más éxitos entre los campesinos que entre el proletariado agrícola. A lo que yo siempre le he dicho: también puedo imaginarme un comunismo con el que tengamos mucho más éxito entre los grandes terratenientes y el capital industrial que entre el proletariado. Todo depende de lo que se entienda por comunismo. Pero eso muestra que la manera como se hace la propaganda, al menos en una parte de Francia, es errónea, y por eso tenemos que insistir en que se aclare esta cuestión, en que definamos con exactitud qué parte de los campesinos podemos neutralizar y con qué medios, y qué parte de los campesinos podemos revolucionar y con qué medios. Que se subrayen esas mismas reivindicaciones para el proletariado rural en nuestro programa de acción nos parece, naturalmente, muy bien.

Pues bien, camaradas, vamos a la cuestión propiamente rumana. Creo que también ahí debemos algunas aclaraciones, y con ello terminaré. La burguesía rumana ha logrado llevar a cabo la reforma agraria, es decir, no se vio perturbada en su realización por el estallido de la revolución social, por la toma inmediata del poder por el proletariado y los campesinos. Ahora bien, es sabido que Rumanía ha sido el país clásico de las sublevaciones campesinas. Hemos tenido sublevaciones campesinas aproximadamente cada diez años, la última vez, del modo más terrible, en 1907.499 El periodo que va de 1907 a la guerra fue el periodo de lucha entre los sectores de la burguesía que intentaban neutralizar a los campesinos y los grandes terratenientes, que querían mantener el viejo sistema feudal de explotación. Y Rumanía era lo bastante feudal como para asegurar a los señores feudales la continuidad de su dominio hasta la revolución rusa. La revolución rusa fue el factor decisivo que quitó la tierra de las manos de los grandes terratenientes y la puso en las manos de los campesinos. La manera como se hizo corresponde aproximadamente al punto 9 del programa de acción, es decir, los campesinos que han recibido tierra son en general o bien los campesinos ricos, o bien personas que apoyan políticamente a la burguesía, es decir, tipos influyentes que son alcaldes del pueblo o algo parecido. Los pocos campesinos pobres que han recibido tierra caen a toda velocidad bajo el yugo de los bancos, porque no tienen suficientes aperos, ni suficientes máquinas, ni suficiente ganado para cultivar la tierra, y por eso se ven obligados, naturalmente, a recurrir al crédito, con lo cual los bancos los dejan exhaustos. Es notable que incluso la ley burguesa de expropiación tenga suficientes puertecillas, e incluso portones bastante anchos, para sabotear la expropiación, por ejemplo, permitiendo a los campesinos vender la tierra. Con ello se dispone de un medio para favorecer a los campesinos ricos. Por otra parte, la tierra de labor —por no hablar de los bosques y los viñedos— que ha quedado en posesión de nuestra burguesía es todavía tan grande —supera con mucho la mitad de la tierra expropiada, al menos en el Viejo Reino—, que la cuestión de la expropiación total sigue siendo una consigna de carácter profundamente incisivo y revolucionario para las masas campesinas. Por esta razón cabe esperar que, si el Partido Comunista sabe —y estamos seguros de que sabrá— profundizar y extender esta consigna, logre llegar tan lejos que pueda entonces contar con razón con el elogio del camarada Varga y con el de la Internacional. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 4 de la tarde.

Vigesimosegunda sesión, sábado 25 de noviembre de 1922

La cuestión agraria. La cuestión de la juventud. La cuestión negra.

Oradores: Kostrzewa, Katayama, Varga, Schüller, Billings, McKay.

Apertura: 12.20 del mediodía.

Preside: Neurath, después Kolárov.

Kostrzewa500 (Polonia): Camaradas, quisiera examinar la cuestión agraria desde un ángulo particular. Quisiera llamar la atención del congreso sobre la falta de relación que existe entre lo que nosotros, lo que los espíritus más eminentes y agudos de nuestra Internacional dicen sobre la importancia de la población agrícola en el periodo revolucionario, y la posición teórica y práctica de nuestros partidos comunistas ante esta cuestión.

En el II Congreso de la Internacional dijo Lenin que el problema más esencial y profundo de la época actual y de cada revolución en particular —no solo de la revolución rusa, sino de toda revolución social— es el problema de la alianza revolucionaria de los obreros y los campesinos. Estas palabras de Lenin no han despertado en nuestra Internacional suficiente eco.

En el congreso de la Liga Espartaco de diciembre de 1918,501 Rosa Luxemburg caracterizó así la revolución alemana: «Ha sido ante todo una revolución política, pero tiene que convertirse en su esencia en una revolución económica. Asimismo, ha sido solo una revolución urbana. El campo apenas ha sido tocado por ella hasta ahora. Si queremos de verdad llevar a cabo una revolución socialista, tenemos que concentrar nuestra atención en el campo tanto como en los centros industriales, y en este aspecto estamos solo en el comienzo del comienzo».

Desde entonces han pasado cuatro años, cuatro años de las experiencias más terribles que conoce la historia universal, y con razón puede decirse que seguimos estando en el comienzo del comienzo.

El camarada Varga tenía razón cuando señaló aquí todas las causas complicadas, todas las dificultades que se nos alzan delante cada vez que abordamos la cuestión agraria.

Nos encontramos aquí ante un mosaico de las situaciones más diversas, de los problemas más diversos; tropezamos con graves obstáculos técnicos que dificultan nuestra actividad en el campo. Todo esto es muy cierto. Pero hay todavía otra cosa, hay todavía un factor que nos estorba. Desde el punto de vista político, la cuestión no está todavía suficientemente aclarada dentro de nuestra Internacional. No está todavía, por así decirlo, incorporada orgánicamente a nuestra doctrina política.

El camarada Zinóviev dijo en su informe que en cada país se puede considerar la amplitud del movimiento desarrollado en favor de los consejos de fábrica como indicador de la fuerza del movimiento revolucionario. Si buscamos indicadores objetivos de ese tipo, podemos decir que la madurez de la situación revolucionaria en los distintos países puede medirse, entre otras cosas, también por el avance de los factores objetivos de descomposición que perturban el equilibrio económico y social, no solo en las ciudades, sino también en el campo. Y, sin embargo, el análisis de la situación desde este punto de vista sigue quedando casi por completo fuera del horizonte de nuestros partidos. De nuestros camaradas se puede obtener información sobre todo, salvo sobre las cuestiones de la estructura económica y social de nuestro campo, de las luchas que allí se libran y de lo que realmente está en juego en esas luchas. Hemos hablado mucho de la ofensiva del capitalismo. Hemos intentado darnos cuenta de todas las consecuencias que esa ofensiva tendrá para la vida y para la lucha del proletariado urbano. Pero no hemos intentado hacer el mismo análisis de la lucha de clases en el campo ni reconocer las consecuencias de esa ofensiva en ese terreno. Y, sin embargo, en todos los países agrarios se votaron, sobre todo en la época de la ofensiva de la clase obrera, reformas agrarias que ahora se intentará liquidar; este afán de la burguesía puede dar a la cuestión agraria una agudeza extraordinaria en todos esos países.

Nos limitamos a un análisis incompleto; limitamos nuestro análisis porque estamos acostumbrados a restringir nosotros mismos el terreno de nuestra acción.

Creo poder declarar que esta lentitud con que la idea de la alianza revolucionaria de los obreros y los pequeños campesinos se abre camino en nuestra Internacional Comunista, que esta lentitud es el síntoma de la lentitud con que nuestros jóvenes partidos comunistas se convierten en estados mayores de la revolución. Porque el estado mayor de la revolución tiene que fijar su atención en todos estos problemas, tiene que comprender el conjunto de estos intereses.

Hablamos siempre de la revolución social, pero en muchas cosas no entendemos los problemas que esta revolución nos plantea y seguimos siendo esclavos de la tradición de la vieja Internacional. No conseguimos librarnos definitivamente de nuestro antiguo ser. Estamos siempre inclinados a creer que basta con desplegar nuestra acción exclusivamente en medios puramente proletarios, con defender exclusivamente los intereses de la clase obrera. Pero en la época actual, en la época en que el proletariado debe cumplir su gran misión histórica, la liberación de todos los oprimidos y explotados, esa no es nuestra única tarea. En esta época tenemos que acercarnos a las demás capas sociales oprimidas y ponernos a la cabeza de sus luchas. La mayoría de nuestros partidos no ha asumido todavía en realidad estas ideas.

Por eso las tesis agrarias del II Congreso se han quedado para nosotros, en cierto sentido, en letra muerta; no han ejercido una influencia suficiente sobre la práctica ni sobre la actividad de los partidos.

Cada vez que abordamos la cuestión agraria, notamos enseguida una fuerte tendencia a restringir esta cuestión y a declarar que en el campo, igual que en las ciudades, debemos apoyarnos exclusivamente en el proletariado, en los asalariados.

Camaradas, la tarea principal de todo partido comunista consiste en organizar al proletariado de las ciudades y del campo. Eso está claro, y si en este terreno hay para nosotros un problema, es solo un problema de organización. El problema político que se nos plantea aquí es muy distinto. Es el problema de encontrar los medios y los caminos para acercarnos a las demás capas de la población oprimida. Y este problema se intenta siempre eludirlo.

Los camaradas de Europa occidental nos dicen: esta cuestión solo es importante para Europa oriental. ¿Y qué dicen los camaradas de Europa oriental?

En Polonia, por ejemplo, la cuestión agraria ha alcanzado una agudeza muy particular, pero también en esto una gran parte de nuestros camaradas no es siempre de esta opinión. Estos camaradas dicen: sí, desde luego, tenemos un millón y medio de pequeños propietarios que poseen en total 4 millones de hectáreas de tierra, mientras que al mismo tiempo la gran propiedad abarca 8 millones de hectáreas de campos cultivables, es decir, el doble que el pequeño campesinado. Las dificultades prácticas impiden ahora la emigración, con lo que aumentan la superpoblación en el campo y el hambre de tierra. Todo eso es cierto, dicen estos camaradas; sin embargo, la cuestión no es en absoluto tan importante; nada puede demostrar que la población del campo vaya a hacer saltar el Estado burgués.

Pero tampoco se puede demostrar, sin considerar toda la complejidad de los acontecimientos, que una capa cualquiera del proletariado, la que sea, pudiera hacer saltar el Estado burgués. De este modo se quiere uno librar sencillamente de la cuestión.

Camaradas, cada vez que aparece en el orden del día la cuestión de nuestra actividad en el campo, surgen enseguida mil dudas políticas. ¿No corremos el peligro de convertirnos en un partido campesino? ¿No exageramos el papel político de la población campesina? ¿No esperamos demasiado de ella? ¿No rebajamos en favor de los campesinos el papel del proletariado agrícola?, etc., etc.

Camaradas, tratemos de entendernos. Cuando se habla de ganar a una parte del campesinado para la revolución, ¿qué quiere decir eso? ¿Creemos que de la población campesina podría formarse la vanguardia de la revolución? ¡Jamás! La vanguardia de la revolución y su fuerza creadora será única y exclusivamente el proletariado, y muy especialmente el proletariado urbano. Jamás formaremos con los campesinos un ejército disciplinado de la revolución equiparable a la clase obrera. Quien abriga tales esperanzas persigue ilusiones que son peligrosas tanto para él como para su partido. Pero no se trata de eso.

Tampoco se trata de la ilusión de que el papel de los campesinos en el momento de la revolución vaya a ser el mismo en todos los países. Allí donde el reparto de la tierra desempeñe un papel decisivo, se puede contar con la posibilidad de explosiones elementales; en los demás países la participación de los campesinos en la revolución será menos activa; pero en todas partes la actitud de las masas campesinas tendrá una importancia enorme para la revolución.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de la posibilidad de ganar a una parte de los campesinos para la revolución? Solo queremos decir que el periodo de descomposición del capitalismo crea condiciones que aumentan el descontento de las masas campesinas, agudizan las contradicciones de clase en el campo y acercan a una parte de los campesinos a los obreros. Aumentar y aprovechar este descontento, mostrar a los campesinos la coincidencia de sus intereses más esenciales con los intereses de los obreros: eso es lo que llamamos ganarlos para la revolución. No olvidemos que la estabilidad de la dominación burguesa se ha basado siempre en la inmovilidad y la inactividad completa del campo. Si ponemos en movimiento esa inactividad, sacudimos con ello los fundamentos del sistema actual.

Los camaradas de Europa occidental nos dicen que todo lo que podemos hacer es neutralizar a los campesinos. Pero neutralizar a los campesinos no es una tarea pequeña. Es una gran tarea política, una tarea muy difícil y compleja.

La tarea de ganar a una parte de los campesinos para la revolución es para todos los países una tarea de importancia esencial; no es un problema de organización, sino ante todo un problema político; se trata de encontrar los medios y los caminos para eliminar los obstáculos que nos separan de los pequeños campesinos; esos obstáculos son las contradicciones reales de intereses que todavía existen y que nuestros enemigos aumentan además de forma artificial.

Este es un problema difícil. Tenemos que aprovechar toda situación política favorable si queremos cumplir debidamente esta tarea.

La propuesta presentada a este congreso dice que no basta con tener un buen programa; hay que desplegar una actividad que muestre a la población campesina que somos de verdad sus portavoces, que somos capaces de defender sus intereses. Por eso no basta con explicar este programa de manera abstracta; hay que conocer bien la vida del campo y hay que aplicar el programa en el momento adecuado para ello.

En la propuesta hay numerosas indicaciones que nos llevan por ese camino, por el camino del acercamiento entre obreros y pequeños campesinos. La propuesta muestra cómo se pueden evitar los conflictos en el terreno de los precios, de los impuestos, etc., cómo se puede levantar el frente único de los pequeños campesinos y los obreros. Durante mucho tiempo se alzó entre nosotros y la población campesina un obstáculo muy grave: las ilusiones de un colectivismo mal entendido.

Estas ilusiones se expresan en las declaraciones de que inmediatamente después de la revolución podremos crear la comunidad de todas las propiedades territoriales. Estas ilusiones deberían haber quedado liquidadas ya por las tesis aprobadas en el II Congreso de la Internacional Comunista. Sin embargo, siguen presentes en el espíritu de cierto número de camaradas.

Es tarea de nuestro Ejecutivo dar a estas tesis una base teórica, demostrar su conexión con los principios de la nueva política económica y con el conjunto de la teoría marxista, que funda nuestra acción en la marcha objetiva de los acontecimientos. La marcha objetiva de los acontecimientos en un país donde reina una gran hambre de tierra solo puede consistir en el reparto de una parte de la gran propiedad.

El Partido Comunista no debe aferrarse a un punto de vista utópico y permanecer ajeno a la realidad; no debe oponerse a la marcha misma de la revolución.

Todas estas cuestiones no están todavía lo bastante claras en la Internacional y requieren un examen a fondo.

Estoy convencido de que, si el Ejecutivo nos ayuda, si el conjunto de nuestro trabajo se pone al servicio de la aclaración de estos problemas políticos y teóricos, nuestra tarea principal se verá muy facilitada y avanzaremos a un ritmo mucho más rápido hacia la alianza revolucionaria del proletariado de las ciudades y del proletariado del campo, de la clase de los pequeños campesinos.

Sé muy bien que en este camino nos aguardan peligros. Quisiera que supiéramos superarlos. Pero quiero decir lo que pienso del método que en todas partes no ve más que peligros y la posibilidad de la traición.

Cuando se emprende un camino cualquiera, el guía debe conocer todos los peligros. Pero quien, perseguido por el fantasma de los peligros, se limita a la inactividad no es un dirigente revolucionario, sino un cobarde.

Sabemos que la contradicción de intereses que existe entre los obreros y los pequeños y medianos campesinos, y que el capitalismo ha creado y en muchos aspectos aumentado artificialmente, no existirá en el Estado proletario. Para poder abrir el camino a nuestro poder futuro, tenemos que hacer todos los esfuerzos posibles por eliminar ya hoy la multiplicidad de intereses secundarios, demostrar la coincidencia de los intereses esenciales y acercar entre sí a estas dos clases, para que hagan juntas la revolución social y la defiendan.

Presidente: ¡Camaradas! Antes de continuar el debate, quisiera hacerles algunas comunicaciones. Hoy tenemos todavía que despachar: 1. la cuestión agraria, 2. la cuestión negra, 3. la cuestión de la juventud y 4. el informe sobre las cooperativas. Está claro que, si queremos terminar hoy con este orden del día, no podemos prolongar el tiempo de palabra, como en el caso anterior. Se ha presentado una moción para cerrar la lista de oradores. ¿Alguien desea hablar sobre esta moción? No es así. ¿Alguien está en contra de la moción? Entonces queda aprobada.

Katayama (Japón): Camaradas, nosotros, la delegación japonesa, estamos satisfechos con el informe del camarada Varga. Japón es un país capitalista joven y, como ya expuse, en él predomina la población agrícola. El 63 o el 65% de la población total trabaja en la agricultura. De cinco millones y medio de familias, 3.750.000 cultivan cada una menos de dos acres y medio de tierra, de lo que se deduce que se trata de campesinos minifundistas. Pero de ellas solo un millón y medio de familias son propietarias de la tierra, mientras que las demás son arrendatarias o medieras. Son explotadas, porque tienen que pagar impuestos elevados: impuestos sobre el consumo, impuesto sobre la renta y otros impuestos locales. Estos campesinos pobres no tienen ningún derecho político; ni siquiera tienen derecho de voto en las elecciones al Parlamento. Tenemos que tener en cuenta estas circunstancias cuando discutimos la labor de revolucionar Japón. Quería señalar que los arrendatarios japoneses han tenido desde siempre un espíritu verdaderamente revolucionario, porque a lo largo de varios siglos, durante el período feudal, no tuvieron ni derechos políticos ni instrucción. Mediante levantamientos trataban de mejorar su situación. En los últimos 300 o 400 años hubo entre nosotros innumerables levantamientos. En ellos los campesinos reclamaron siempre una especie de derechos democráticos. Menciono una circunstancia que los escritores occidentales, e incluso los escritores burgueses japoneses, han pasado por alto: cada vez que los campesinos y los arrendatarios se sublevaban contra los terratenientes feudales, planteaban siempre la exigencia de poder elegir ellos mismos a sus recaudadores de impuestos. Esta exigencia se planteaba siempre que los campesinos y los arrendatarios se sublevaban en el período feudal. En tales casos solo se castigaba a los cabecillas de la revuelta. Este tipo de levantamientos campesinos tuvo siempre éxito. Con ellos los campesinos conseguían una rebaja de los impuestos y una mejora general de su situación. Naturalmente, los terratenientes feudales trataron siempre de oprimir y explotar a los campesinos, y por eso la tradición de levantamiento se ha conservado hasta hoy.

Actualmente, según los periódicos que nos han llegado, los campesinos presentan sus quejas a los alcaldes de las aldeas y a las autoridades rurales, y lo hacen en forma de escritos y llamamientos sediciosos, acompañados de manifestaciones de masas.

Históricamente, pues, los campesinos tienen una sólida experiencia revolucionaria frente a los terratenientes.

En los últimos 50 años el capitalismo ha penetrado en el país.

La mayoría de los cinco millones y medio de familias, es decir, 3.750.000 familias, pueden considerarse un factor revolucionario en Japón. Hace solo unas semanas llegó la noticia de que en algunas partes del país había levantamientos campesinos y de que los campesinos exigían la nacionalización de la tierra.

Los granjeros arrendatarios y los obreros agrícolas japoneses hacen ya intentos de organizarse. De hecho, ya están organizados entre 35.000 y 50.000, y al menos 35.000 se han adherido a la Federación Obrera de Japón. Así pues, ya se ha puesto en Japón la base para una colaboración de los obreros agrícolas y el proletariado en pro de la revolución.

En general, los campesinos japoneses están incluso por encima de los campesinos de los países de Occidente, porque en el terreno de la instrucción ya están emancipados. En todo el país la enseñanza elemental es obligatoria, y en las escuelas de las aldeas campesinas (que son 10.000) tenemos actualmente los mismos libros de texto y los mismos maestros que en todas partes. Los hijos de los campesinos saben leer y escribir, y existe una amplia literatura dedicada a la vida de los arrendatarios y de los campesinos. Más aún: la juventud campesina, tanto los muchachos como las muchachas, está organizada, y aunque el Gobierno protege esas organizaciones suyas, ellas se rebelan contra esa protección.

Por eso el Partido Comunista de Japón tiene el camino abierto hacia ellos, y el partido ya trabaja en las asociaciones campesinas y gana influencia gracias a su labor contra los terratenientes. Los obreros agrícolas japoneses pueden organizarse y en algunos casos ya están organizados; además, es fácil organizarlos porque son temporeros: la industria de la seda trabaja tres o cuatro semanas seguidas, la del arroz un mes, etc.; y pueden también exigir salarios altos. En realidad, ya se han asegurado un salario tres o cuatro veces más alto que el que reciben los obreros agrícolas corrientes.

Los campesinos pobres de Japón están cerca de los obreros industriales, lo cual es consecuencia de que la industria japonesa haya surgido solo en los últimos 40 o 50 años. Los obreros japoneses vienen a la ciudad del campo, donde trabajaban durante la temporada y donde existe la tradición de rebeldía. Supongo que en Rusia ocurre lo mismo. En un país industrial que está todavía en desarrollo existe siempre este estrecho vínculo entre la industria y el campo. Por eso el despertar del proletariado urbano puede extenderse con relativa facilidad a los obreros agrícolas, y a la inversa, de modo que la revolución japonesa no la llevará a cabo solo el proletariado industrial, sino igualmente los campesinos y los obreros agrícolas de Japón.

Presidente Neurath: Se ha presentado una moción de orden para cerrar el debate. ¿Alguien desea hablar sobre esta moción? No es así. ¿Alguien está en contra de esta moción? No es así.

La moción se considera aprobada.

Varga (Hungría): Estimados camaradas, el debate que ha tenido lugar aquí no ha respondido del todo a lo que yo esperaba. Lo acertado, a mi juicio, habría sido que los camaradas de los distintos países que realizan un trabajo efectivo entre la población rural nos hubieran comunicado los métodos, los obstáculos y los resultados de ese trabajo, para aprender mutuamente de sus experiencias. En lugar de eso, el debate ha discurrido por unos cauces más generales.

Cuando repaso en conjunto estas opiniones, encuentro plenamente confirmado ese peligro de derecha y de izquierda que señalé en mi informe. En efecto, ocurre que muchos camaradas son en el fondo ajenos a toda esta cuestión. Esto se debe ante todo a que el Partido Comunista nació sobre todo en las ciudades, como partido del proletariado industrial. Hay una línea de pensamiento que se ciñe por completo a los intereses del proletariado y que de un modo muy confuso cree que el proletariado industrial, que efectivamente está llamado a influir de manera decisiva en la política del Estado en el período de la dictadura, puede hacer también la propia revolución sin la ayuda de las amplias masas de la población rural. Esto es, naturalmente, un error. Sin la ayuda del proletariado rural y sin la ayuda de amplias capas de los campesinos pobres, del semiproletariado del campo, de los minifundistas, de los pequeños arrendatarios, de las capas más pobres de los pequeños campesinos, no podemos llevar a cabo una revolución victoriosa en ningún país del continente europeo. Y tampoco podemos mantenernos en el poder sin su ayuda.

Aquí se ha producido una curiosa contraposición de opiniones en torno a la pregunta: ¿son los campesinos revolucionarios o son contrarrevolucionarios? En Francia esta cuestión se ha agudizado en el debate entre el camarada Renaud Jean y el camarada Rieux. Yo diría, en general, que una cuestión no se puede tratar de este modo. No se puede abordar un asunto de esta manera rígida, antihistórica, antidialéctica —como hizo el camarada Rieux— y afirmar: Renaud Jean no tiene razón; el campesino francés no es revolucionario, es conservador, es contrarrevolucionario. Eso no es cierto. Lo más característico de la población campesina es su situación de clase confusa, que pasa constantemente de una capa a otra y que cambia de una época a otra. Hay momentos históricos en que es contrarrevolucionaria. No se puede decir de una vez para siempre, como lo ha dicho el camarada Rieux, que el campesino francés es conservador o contrarrevolucionario. Decir esto último es renunciar a nuestra propia posibilidad de trabajo revolucionario. ¿Cómo vamos a acercarnos a la población rural si nosotros mismos decimos: no hay nada que hacer, esta gente es contrarrevolucionaria o conservadora, en el mejor de los casos solo podemos neutralizar a los pequeños campesinos? Esa es una concepción del asunto absolutamente antihistórica y, diría yo, que obstaculiza nuestro propio trabajo. Por eso no creo que este miedo a los campesinos y esta desconfianza hacia el pequeño campesinado estén justificados en modo alguno. Debemos saber que el campesinado, como ha subrayado muy acertadamente la camarada Kostrzewa, no puede ser la tropa de élite de la revolución; pero en ciertos momentos históricos es el gran depósito de las fuerzas revolucionarias, del que tenemos que completar nuestras fuerzas y sacar todo lo que se pueda sacar.

Por esta razón quisiera también subrayar por mi parte muy especialmente las observaciones de la camarada Kostrzewa cuando dice que no podemos abordar la conquista de amplias masas rurales sin un análisis constante y detenido de su situación. Si no lo hacemos, llegamos a conceptos tan rígidos como los que encontramos en el camarada Rieux y en parte también en el camarada Renaud Jean, uno de los cuales dice que el campesino es revolucionario, mientras que el otro opina que el campesino es conservador. Así no se puede trabajar. Hay que seguir y analizar constantemente la situación de la población rural y atraerla a los movimientos en aquellos momentos en que es políticamente accesible.

Por esta razón no soy en absoluto partidario de condenar el trabajo del camarada Renaud Jean como algunos camaradas tienden a hacer aquí. Sin duda hay en las opiniones del camarada Renaud Jean ciertos rasgos que no son del todo comunistas; pero tenemos que decir que trabaja entre las masas rurales, gana gente para la revolución, organiza capas que son de difícil acceso, ¡y eso es un trabajo importante! También lo que ha dicho en el plano teórico, que el campesino ha salido de la guerra con una psicología cambiada, es algo muy importante. No hay que ser rígido y decir: sí, el campesino siempre ha sido así, ahora es así y siempre será así, sino que hay que acercarse a los hechos y comprender el asunto históricamente.

Por lo demás, solo quiero referirme muy brevemente a las distintas intervenciones y volver únicamente al discurso del camarada inglés, que en lo esencial dijo lo siguiente: entre nosotros la causa de la revolución se ve dificultada por el hecho de que Inglaterra solo puede arreglárselas unos pocos meses sin importar víveres. Frente a esto quisiera señalar que la situación de Inglaterra en este aspecto no es en absoluto tan mala como en general podría suponerse a partir de los datos estadísticos.

Un profesor alemán, Oppenheimer, demostró una vez en un estudio que Inglaterra, si se le cortaran todos los suministros de víveres extranjeros, no tendría en modo alguno que morirse de hambre. Se basa ante todo en que en Inglaterra hay grandes territorios sin cultivar, una situación que puede cambiar en el plazo de un año. Señala que en Inglaterra hay siempre enormes reservas de víveres, que Inglaterra tiene una gran reserva alimentaria en su ganado y que tiene la posibilidad ilimitada de completar sus reservas de víveres con la pesca. Si se aislara a Inglaterra, podría muy bien alimentarse por sí misma, naturalmente no con la alimentación actual de los ingleses, sino con una norma como la que muestra, por ejemplo, la alimentación media de Italia. Y por eso digo que es peligroso difundir en Inglaterra la leyenda de que Inglaterra está excluida de la revolución porque no podría alimentarse por sí misma. (Interrupción de Rádek: ¡Es que no podría!) Naturalmente, habría un hambre muy grande, pero la gente en Inglaterra no se moriría de hambre si la dictadura quedara durante algún tiempo reducida a sus propias fuerzas.

El camarada rumano es el único de los camaradas que ha hecho ciertas objeciones al programa de acción. Expuso que en la comisión no quisimos pronunciarnos sobre su propuesta contra el impuesto de exportación que cobra el Estado rumano. Yo estuve muy en contra de esa propuesta, porque ¿qué significaría que en Rumanía se dijera: no, no queremos que el Estado cobre un impuesto cuando exporta de aquí los víveres?

No quiero entrar en la cuestión económico-teórica de quién paga este impuesto, si el comprador extranjero o el vendedor nacional. Pero afirmo que en ambos casos es imposible para el proletariado pronunciarse contra este impuesto. Pues supongamos que este impuesto lo pagan los compradores extranjeros y va a parar a las arcas del Estado rumano: la supresión del impuesto significaría que el Estado rumano cobraría más impuestos a los obreros. Por otra parte, si hace bajar el precio interior, rebaja los ingresos que los grandes campesinos y los grandes terratenientes obtienen de la venta del grano, pero no rebaja los ingresos de los obreros ni de aquellas capas del campesinado que solo tienen pequeños excedentes de víveres que vender.

Camaradas, no quiero ocupar mucho su tiempo; para terminar solo quiero repetir lo que ya dije al comienzo de mi exposición. El hecho de que hayamos hecho un programa de acción es en sí muy poco.

Se convierte en un hecho cuando los distintos partidos toman consciencia del gran hecho de que para el éxito de la revolución es absolutamente necesario ganar amplias capas de la población rural; cuando no aceptan mecánicamente las indicaciones que se dan en el programa, sino que las combinan con un análisis continuado de la situación política, de la situación de la población rural; cuando las aplican conforme a su sentido y no abordan la cuestión teóricamente, sino prácticamente, para lograr en el plazo más breve, junto a los éxitos que el Partido Comunista tiene entre la clase obrera urbana, un gran éxito en la organización, en la influencia y en la revolucionarización de las masas rurales. (Aplausos.)

Presidente: El Presidium ha propuesto constituir una comisión de redacción compuesta por los siguientes camaradas: Varga, Renaud Jean, Teodoróvich, Marchlewski502, Rieux, Preobrazhenski503, Pauker504, Hörnle (o Unfried), Katayama y Joss.

Además, se encarga a la delegación china que envíe a uno de sus delegados a la comisión de redacción.

¿Alguien desea hablar sobre esta propuesta? No es así. ¿Alguien está en contra?

Quedan, pues, elegidos los miembros propuestos.

Schüller505 (Internacional de la Juventud; recibido con aplausos): ¡Camaradas! La Internacional Comunista ha considerado la cuestión del trabajo comunista entre las masas de la juventud obrera y la situación de la Internacional Comunista de la Juventud lo bastante importantes como para incluirlas en el orden del día del Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

En este informe queremos tratar, en la medida en que sea posible, tres puntos, a saber: 1. el análisis del desarrollo de la Internacional Comunista de la Juventud desde el II Congreso Mundial hasta hoy; 2. la situación de la juventud obrera en las condiciones actuales y su lucha contra la ofensiva del capital y la reacción, y 3. la relación práctica entre los partidos comunistas y las organizaciones juveniles comunistas. El II Congreso Mundial de nuestra Internacional Comunista de la Juventud506 ha adquirido cierta fama entre amigos y enemigos, y ciertamente no sin razón merece esta atención. Porque trajo consigo una reorientación muy profunda en la actividad de las organizaciones juveniles comunistas. Ustedes saben que las organizaciones juveniles comunistas, durante la guerra, cuando los socialdemócratas se pasaron abiertamente al campo de los reformistas, fueron las primeras en volver a levantar la bandera de la lucha de clases y las primeras en emprender la lucha contra la guerra y por la revolución social. Saben también que las organizaciones juveniles fueron las primeras en reconstituir su organización internacional y que se convirtieron en los partidarios más entusiastas y en los adalides de la Revolución rusa y de la Internacional Comunista. En aquella época se formó un tipo determinado de movimiento juvenil socialista —digamos ya comunista— que puede caracterizarse con estas palabras: la época del papel político de vanguardia. Aquella época en que los partidos comunistas o no existían todavía o eran aún débiles, y en que la organización juvenil comunista desempeñaba un papel político dirigente dentro del movimiento obrero.

El II Congreso Mundial de la Internacional Comunista de la Juventud abrió entonces una nueva época en su actividad. Los partidos comunistas se habían formado y la Internacional Comunista se había convertido en una organización internacional sólida. El papel político dirigente general de las organizaciones juveniles comunistas, allí donde había estado justificado, ya no era necesario; tenían que ceder su papel político dirigente a los partidos comunistas. Este primer punto importante lo decidió el II Congreso Mundial de la KJI. La política debía seguir siendo la base de principio y práctica de la actividad de las organizaciones juveniles, debía seguir siendo como antes el alma del movimiento juvenil comunista, pero las organizaciones juveniles comunistas debían dedicarse en adelante ante todo a cumplir sus tareas propiamente juveniles. Por estas tareas entendemos sobre todo tres cosas: la defensa de las reivindicaciones económicas de la juventud obrera, la educación comunista y marxista sistemática de la juventud y la propaganda antimilitarista entre los jóvenes trabajadores fuera y dentro de los ejércitos burgueses.

Pero el tercer resultado importante del II Congreso Mundial debe subrayarse especialmente: las organizaciones juveniles comunistas decidieron ampliar también su marco organizativo. Durante la guerra y en los primeros años revolucionarios de la posguerra, las organizaciones juveniles comunistas eran forzosamente, como todo el movimiento comunista de entonces, grupos más o menos estrechamente cohesionados y organizaciones más pequeñas con un carácter bastante sectario. La consigna «primero claridad y luego mayoría», que significaba que las organizaciones juveniles comunistas solo debían agrupar en su seno a una pequeña selección de elementos probados y claros, esa consigna, que la juventud comunista alemana había planteado durante la guerra, podía considerarse, por así decirlo, el lema de todo el movimiento juvenil comunista. Tuvo su justificación histórica en los tiempos de la guerra y en los primeros años de la posguerra, cuando todavía no existían partidos, pero perdió su significado histórico cuando los propios partidos tuvieron que pasar a organizar a las masas dentro del partido. También para el movimiento juvenil comunista valía la consigna: ¡hacia las masas!, abarcar a las masas, organizarlas y convertirse en organizaciones de masas, tanto en el sentido de organizarlas numéricamente en nuestras filas como en el sentido de que nuestra organización las dirija. Estas consignas del III Congreso de la IC, ¡hacia las masas!, también la juventud comunista las entendió y aplicó conforme a su sentido, pero no solo como una consigna táctica del momento, sino como un principio para el movimiento juvenil en general. Porque hay que dejar muy claro que el marco organizativo de un movimiento juvenil tiene que ser mucho más amplio que el marco organizativo de un partido. Un partido comunista agrupa a miembros que se organizan sobre la base de una clara profesión de fe común en el partido y que ya han alcanzado un determinado grado de consciencia de clase en el pensamiento comunista. Pero la organización juvenil tiene que penetrar en esas masas de la juventud trabajadora y empezar por captar a los elementos toscos e indiferentes y atraerlos a la lucha de clases, empezar por inculcarles los primeros elementos de la educación, formarlos poco a poco, en la lucha y en la organización, como obreros claramente conscientes. Para poder hacer todo esto, las organizaciones juveniles comunistas tienen que trazar su marco organizativo mucho más ampliamente que los partidos comunistas y tienen que mantener sus puertas mucho más abiertas a los jóvenes obreros todavía indiferentes, que aún no han despertado a la consciencia de clase comunista. Hay que subrayar tanto esta idea porque todavía no se ha abierto paso en todas partes, ni en nuestros partidos ni en nuestras organizaciones juveniles comunistas, y porque todavía estamos discutiendo con nuestros camaradas italianos, que aún no han comprendido con tanta claridad que las organizaciones juveniles comunistas no deben cerrarse de un modo tan estricto y tajante frente a las capas de la juventud obrera que están fuera de ellas como tiene que hacerlo el partido frente a quienes están fuera.

Por lo demás, debo decir también que esta consigna del III Congreso Mundial, ¡hacia las masas!, era en aquel momento más necesaria para la Internacional Comunista de la Juventud que para los partidos comunistas. Porque, si era cierto para los partidos comunistas que en la época del III Congreso corrían ya el peligro de perder su contacto directo con las amplias masas de la clase obrera si querían continuar la táctica de los primeros años de la posguerra, tanto más cierto era para las organizaciones juveniles comunistas. El papel del movimiento juvenil comunista no es el de un partido comunista. Y el papel casi exclusivamente político que desempeñaron las organizaciones juveniles comunistas durante la guerra fue más bien un desarrollo histórico excepcional. Pero en el seno de la propia juventud trabajadora se habían producido ya cambios que exigían con urgencia un cambio en la actividad de la KJI. El interés político de la juventud obrera ya no existía en el mismo grado en que había estado vivo durante la guerra y los primeros años de la posguerra. Esto forma parte del fenómeno general de reflujo y de debilitamiento temporal de la ola revolucionaria en la clase obrera. Por esta razón, el movimiento juvenil comunista estaba todavía menos en condiciones de continuar sus métodos, por así decirlo, de comunismo de guerra, la actividad puramente política, si quería conservar a las masas y ganar otras nuevas; tenía, por el contrario, que adaptar su táctica a la nueva etapa objetiva y a la situación subjetiva de la juventud obrera y encontrar ahora los medios que se desprenden de esa situación para ganar y organizar a la juventud obrera. Como he dicho, esta tarea la resolvió el II Congreso Mundial de la KJI, que cedió el papel político dirigente al partido, asignó a la Internacional Comunista de la Juventud principalmente la representación de las organizaciones juveniles y señaló a las organizaciones juveniles comunistas el camino para pasar de ser organizaciones políticas cerradas en sí mismas a ser amplias organizaciones de masas de la juventud obrera, que se propongan como tarea la defensa de sus intereses en todos los terrenos de la vida de la juventud obrera. Pues bien, camaradas, preguntémonos qué desarrollo ha seguido la Internacional Comunista de la Juventud desde el II Congreso Mundial y si las resoluciones del II Congreso Mundial fueron acertadas.

A esta segunda pregunta solo podemos responder rotundamente que sí. Aunque hemos tenido dificultades, tenemos que decir que las resoluciones del II Congreso Mundial fueron completamente acertadas y nos han acercado a la meta correcta. Debemos señalar a este respecto que estas resoluciones del II Congreso Mundial supusieron, como es lógico, una novedad considerable para nuestro movimiento juvenil, y que naturalmente exigieron también un gran esfuerzo de esclarecimiento hasta que el movimiento juvenil comunista pudo aclararse en sus propias filas y llegar a aceptar plenamente la concepción de las tareas actuales del movimiento juvenil comunista. Esto llevó bastante tiempo y trajo consigo muchas discusiones. Así, la aceptación de las resoluciones del II Congreso Mundial de la Internacional de la Juventud no la tuvimos en Italia hasta marzo de este año y en Francia hasta mayo de este año. Naturalmente, la juventud comunista se propuso durante este tiempo seguir los acontecimientos en la clase obrera y reaccionar ante ellos. Estos no esperaron a que estuviéramos todo lo bien preparados posible para salir luego a la lucha. Ya en el curso del año se exigió a las organizaciones juveniles un trabajo activo en el sentido previsto por el II Congreso Mundial: en las cuestiones económicas, en la lucha contra la reacción y en el trabajo de formación, trabajo que, sin embargo, las organizaciones juveniles comunistas todavía no podían realizar plenamente porque aún no se habían aclarado lo suficiente en su interior. La consecuencia fue que este invierno se produjo cierto estancamiento de la influencia de las organizaciones juveniles comunistas sobre las masas de la juventud obrera que estaban fuera de ellas. El ascenso de las organizaciones juveniles se vio dificultado también por la crisis económica, que ha tenido un efecto paralizador sobre toda organización de la clase obrera, y por las persecuciones de la reacción, que han privado a algunas organizaciones de buena parte de sus miembros, como por ejemplo en Italia o en otros países donde tuvimos que sentir sus consecuencias.

Pero en general pudimos superar bastante bien esta primera época difícil, y en la época de la sesión del Buró y de la sesión del Ejecutivo Ampliado de la IC507 nos encontrábamos en un período de innegable avance. Tuvimos también una especie de crisis rezagada en el movimiento juvenil comunista de Checoslovaquia. Era la organización juvenil de Europa central que quizá había mantenido con más fuerza y durante más tiempo la actividad de propaganda puramente política, y que de este modo vio considerablemente debilitada su influencia sobre la juventud obrera. La consecuencia fue también una crisis en el interior de la federación. Pero también hemos superado bien esta crisis rezagada, que en realidad no fue más que un rezagado. Hoy podemos decir en general que nuestro movimiento juvenil comunista ha comprendido bien la necesidad de las resoluciones de la «nueva etapa». Es un éxito que no podemos pasar por alto.

La cesión del papel político dirigente a los partidos se ha logrado bien y se ha producido con rapidez, señal de que esta cuestión estaba ya realmente madura y de que no se había hecho más que constatar mediante una resolución una situación que era ya históricamente necesaria.

En cuanto a la actividad política de las distintas organizaciones juveniles, podemos decir en general que ha sido sana. En una serie de países hemos conseguido incluso buenos éxitos en el trabajo político en la línea de la IC. En Francia, por ejemplo, se debe en muy buena parte a la actividad de la juventud comunista que la izquierda del Partido Comunista de Francia haya podido ganar tanta influencia y que las consignas de la IC hayan arraigado cada vez más entre la clase obrera francesa. También la juventud comunista de Italia ha adaptado su actividad política en la medida necesaria a la reacción del fascismo.

Tenemos que mencionar también como ejemplo el movimiento juvenil comunista de Noruega, que en estos años, de pleno acuerdo con nosotros, ha continuado su actividad política e incluso la ha reforzado, porque así lo exigía la situación del Partido Comunista de Noruega. En los últimos tiempos han surgido algunas discrepancias, pero son solo discrepancias sobre cuestiones concretas; en general, el grado de actividad política ha sido bastante sano hasta los últimos meses.

Ahora bien, tenemos que decir que en las federaciones juveniles comunistas de Europa central se ha observado un debilitamiento de la actividad política, e incluso un declive del interés político, y no solo en las amplias masas, no solo entre los miembros de nuestras propias organizaciones, sino hasta en los comités centrales. Y es este fenómeno el que más inquieta a nuestros camaradas de los partidos comunistas. Cuando, por ejemplo, se habla con camaradas que han venido de Europa central y han echado un vistazo a la juventud, siempre empiezan constatando: la juventud se preocupa poco de la política, a lo sumo se preocupa de su trabajo de formación, y se muestran con razón muy inquietos por ello. En cierto sentido esto es algo exagerado. Se debe en parte a que muchos camaradas del partido no han comprendido todavía bien las tareas de la actividad juvenil en la nueva etapa, pero en el fondo la constatación era acertada y lo sigue siendo hoy. Es indudable que la actividad política y el interés político han decaído en nuestras organizaciones juveniles comunistas de Europa central. ¿A qué causa se debe este fenómeno? Primero tenemos que constatar un hecho objetivo general. Naturalmente, nuestras organizaciones juveniles comunistas son una parte de la juventud obrera y están sometidas, como toda la juventud obrera, a los estados de ánimo y a las condiciones que reinan en ella. Estos estados de ánimo y estas condiciones, toda la situación de la juventud obrera, han cambiado, como he dicho, en los años transcurridos desde 1921, de tal modo que esta se ha volcado mucho más en sus cuestiones juveniles propiamente dichas e inmediatas, en las cuestiones económicas, en las cuestiones de formación y educación e incluso en la satisfacción de sus necesidades de sociabilidad propiamente juveniles. Esta es la primera razón general. Este estado de ánimo de toda la juventud obrera repercute naturalmente también en la juventud comunista, que es una parte de la juventud obrera. En segundo lugar, el descenso del interés político y de la actividad política en la juventud comunista de Europa central se explica también por el hecho de que en estos partidos, si exceptuamos Checoslovaquia, no hemos tenido hasta hace poco crisis como las de los otros partidos, por ejemplo en Francia y Noruega, ni nos hemos visto ante cuestiones tan importantes como en Italia, que hicieran ardiente la participación inmediata. En Alemania tuvimos la cuestión Levi, pero en el período entre el segundo y el tercer congreso los partidos de Europa central se vieron en general más a salvo que los otros partidos. Esto también ha contribuido a que la necesidad de tomar posición política no se haya planteado de la misma manera. En tercer lugar, la causa está también en una concepción errónea de la actividad política de la KJI, tal como la estableció el segundo congreso. Por sus resoluciones ha surgido en algunos lugares en la juventud la concepción errónea de que su actividad política debía restringirse en una medida exagerada. La KJI ha seguido y combatido muy seriamente este fenómeno, tanto por sí misma como a través de los comités centrales de los distintos países, y ha procurado que estos lo comprendan y que en los distintos países se lleve efectivamente a cabo de nuevo más actividad política —discusión, toma de posición y esclarecimiento, así como participación en la vida política y en las luchas del partido— de la que se ha llevado hasta ahora. Y creo que podemos asegurar a la IC que por este camino lograremos nuestro propósito de impedir estas exageraciones y de hacer que la juventud comunista vuelva a participar activamente, en la medida necesaria, en la lucha política del partido.

Un paso importante en el camino de la KJI ha de verse en los resultados de su actividad económica. Quisiera señalar que la cuestión de la lucha económica, es decir, de la lucha por las reivindicaciones inmediatas cotidianas de la juventud obrera, fue en el segundo Congreso Mundial, como también en el tercer Congreso Mundial de la KJI, una cuestión muy discutida y también después fue objeto de vivas discusiones. Esta tarea era una tarea nueva para la mayoría de las federaciones juveniles comunistas, si exceptuamos Rusia, Austria y Alemania. Pero hoy podemos decir que la necesidad de la lucha económica de las organizaciones juveniles comunistas no solo la han comprendido todas las organizaciones juveniles, sino que también se ha empezado a actuar prácticamente en este sentido. La cuestión económica, la lucha económica de la juventud obrera, está hoy en todas partes en el centro del interés y de la actividad de nuestras federaciones juveniles, y ya se han dado pasos concretos en el camino de interesar a la clase obrera por esta cuestión y de luchar por las reivindicaciones juveniles. Si hoy echamos un vistazo a la prensa de la juventud comunista y la comparamos con la prensa tal como era antes del II Congreso Mundial, vemos que en todas partes hay una información muy viva y un reflejo de la vida cotidiana de la juventud trabajadora, en las empresas, con los artesanos, con los campesinos y los terratenientes, y que encontramos los periódicos llenos de descripciones y artículos sobre la explotación de la juventud obrera.

Vemos además en todas partes que las organizaciones juveniles comunistas, sobre la base de esta situación de la juventud observada concretamente, han planteado reivindicaciones que han empezado a defender de palabra y por escrito. También ha comenzado su trabajo en los sindicatos; se está dando el primer paso hacia un trabajo regular en estas organizaciones. Vemos que en casi todos los países se inicia una amplia propaganda por reivindicaciones determinadas y concretas. Y por último encontramos también que federaciones juveniles comunistas, como en Alemania, Austria, Checoslovaquia y Dinamarca, han emprendido realmente acciones de lucha contra el capital y contra el poder del Estado por reivindicaciones concretas, y en parte las han llevado también a término. Toda esta campaña de las organizaciones juveniles comunistas se desarrolló bajo las consignas del frente único de la juventud y de la lucha contra la ofensiva del capital, contra la depauperación de la juventud trabajadora. Este primer comienzo de un trabajo positivo en el terreno económico y sindical, en el terreno de la defensa de los intereses económicos de la juventud trabajadora, es un comienzo muy prometedor para el trabajo ulterior de la juventud comunista.

Camaradas, ahora habría que hablar del trabajo antimilitarista. El trabajo antimilitarista de las distintas organizaciones juveniles ha seguido siendo el mismo. Se ha llevado como antes con entusiasmo; los camaradas jóvenes han proseguido su prensa y la campaña contra el militarismo. En su trabajo han sufrido los sacrificios inevitables. Solo en Europa central tenemos que constatar un descenso del interés por la cuestión del antimilitarismo y un descenso también de la propia actividad en este terreno, cosa que hay que tomarse tan en serio como el descenso del interés político en general y que tenemos que combatir también con los mismos medios.

También en el terreno del trabajo de formación se han dado los primeros pasos. Pero hemos tenido que ver que en este terreno no podíamos conseguir tanto como en el terreno del trabajo económico y sindical, porque el trabajo de formación exige fuerzas que necesitamos de los partidos y que no hemos recibido. También en el aspecto organizativo se han introducido muchas mejoras. Tomemos, por ejemplo, la juventud comunista de Francia y de Inglaterra, que, igual que el partido en esos países, estaba construida sobre una base muy federalista. Allí ha sido posible inducirla a lograr una colaboración centralizada en la organización. En general se está introduciendo la división del trabajo; se ha conseguido aumentar la iniciativa propia de los miembros y la centralización. También en el plano internacional hemos avanzado. La colaboración entre el Comité Ejecutivo de la Internacional de la Juventud y las federaciones es hoy ya en general tan estrecha como la que hay entre el comité central de una federación y los distritos y grupos. La KJI puede decir incluso que en muchas cuestiones ha trabajado mejor que más de un comité central de una federación nacional, especialmente a la hora de dar consejos.

En general, si echamos una mirada retrospectiva al tiempo transcurrido desde el Congreso Mundial, podemos decir que la experiencia ha demostrado que nuestra actividad ha sido acertada y que el movimiento juvenil comunista ha sabido adaptarse bien a las tareas de la nueva etapa, comprender estas tareas y empezar a ponerlas en práctica. En algunos terrenos, sobre todo en el económico, hemos tenido luchas y en parte hemos realizado también un trabajo de organización y de formación, que constituyen requisitos importantes para el ascenso de las federaciones juveniles comunistas y para la captación de las masas. Pero en estos 15 meses todavía no nos hemos convertido en organizaciones de masas. Entendemos por organización de masas una organización que tiene tanto una afiliación masiva como una influencia constante sobre las masas de la juventud trabajadora y que lleva constantemente consigo a estas masas en su lucha y con sus consignas. En nuestro ascenso hacia organizaciones de masas estamos sometidos, naturalmente, también a las dificultades del conjunto del movimiento comunista, que, con excepción del Partido Comunista de Alemania, tampoco ha podido hacer desde el III Congreso Mundial, a causa de las condiciones generales, progresos muy grandes en la dirección de la organización de masas, en cuanto al aumento de sus efectivos, en cuanto a su extensión y a su arraigo más firme en las masas. No nos hacemos ilusiones al respecto y nos tomamos la cuestión muy en serio; sabemos que el movimiento juvenil comunista depende en este aspecto del desarrollo de la IC, pero sabemos también que precisamente en este terreno puede y debe adelantarse a ella en más de un aspecto. Nuestro tercer congreso se ocupará de manera precisa y concreta de las tareas que tenemos que llevar a cabo para acelerar nuestro ascenso hacia organizaciones de masas. No quisiera dejar este punto sin destacar un hecho que quizá no sea tan evidente. Si miran ustedes el antiguo movimiento juvenil socialdemócrata, encuentran el siguiente cuadro: la organización política de la clase obrera, el partido socialdemócrata, tomaba las resoluciones; estas resoluciones se ejecutaban, y al lado había una organización juvenil que era más o menos un apéndice pasivo, que realizaba un trabajo interno de formación que seguía siendo más o menos siempre el mismo. Por fuertes que fueran los movimientos de la clase obrera, por grandes que fueran los acontecimientos que se produjeran, en conjunto la actividad de la juventud socialdemócrata seguía siendo siempre la misma, sin que la tocaran la lucha del partido ni las luchas de la clase obrera: una república cerrada en sí misma y no precisamente gloriosa. Vemos que hoy el tipo de movimiento juvenil obrero ha cambiado y que se ha creado un tipo vivo completamente nuevo. Vemos que, cuando la IC da una consigna, cuando decide una táctica, la KJI aborda no solo formalmente, sino prácticamente, la realización de lo que ha decidido la Internacional. Vemos que el movimiento juvenil comunista se esfuerza con todas sus fuerzas por aplicar activamente la consigna de la IC, de un modo práctico muy concreto, también en su terreno.

Paso ahora a la situación de la juventud obrera y a la lucha que la KJI ha librado a este respecto. Todos ustedes saben que la situación de la juventud trabajadora, junto con la de los obreros adultos, en los 15 meses transcurridos desde el II Congreso Mundial, no ha mejorado, sino que ha empeorado en el aspecto económico, bajo la presión de la reacción, de la amenaza del peligro de guerra y del militarismo. Saben que la juventud trabajadora sufre bajo la ofensiva del capital los mismos fenómenos que los obreros adultos: las rebajas salariales, la prolongación de la jornada de trabajo, el paro y la explotación en el artesanado. Pero para la juventud estos fenómenos han adoptado formas aún peores que para la clase obrera adulta, y para ella hay además empeoramientos específicos. No quiero entretenerles aquí con los detalles. Cuando se habla de la situación económica de la juventud obrera, solo se puede confirmar aquí lo que dijo el Ejecutivo Ampliado de la IC hace nueve meses sobre esta situación: la situación económica de la juventud trabajadora en las condiciones actuales, en el período del hundimiento del capitalismo, debe ser considerada con la mayor seriedad por toda la clase obrera. La juventud trabajadora está amenazada por el peligro de la depauperación física y moral.

Este hecho, esta constatación de la IC de hace nueve meses, no la han desmentido los nueve meses posteriores, y si hay que modificarla, es solo en el sentido de que la situación de la juventud trabajadora ha empeorado todavía más.

En este tiempo ha comenzado también la intensificación de la campaña de la reacción contra nuestro movimiento juvenil comunista. Tenemos un ataque de la reacción en todos los países contra el movimiento juvenil comunista que parece francamente sistemático. Hay persecuciones del movimiento juvenil comunista, por ejemplo, en Francia, Polonia, Italia, Alemania, Austria, Hungría y Checoslovaquia, persecuciones que en muchos casos se dirigen exclusivamente contra las organizaciones juveniles comunistas, como por ejemplo en Francia o en Checoslovaquia, donde las organizaciones juveniles comunistas han sido disueltas por el Gobierno a causa de su propaganda antimilitarista, mientras que el partido existe con plena legalidad.

El creciente peligro del militarismo afecta en primer lugar a la juventud obrera, que ha de servir de carne de cañón a los burgueses. Decenas de miles de jóvenes parados ingleses se han alistado en el ejército; decenas de miles han participado en los combates en Marruecos, en Asia y en África, en suma, en todas las partes del mundo.

Así pues, la situación de los jóvenes obreros se ha agravado en todos los terrenos, pero tenemos que destacar también un hecho que nunca consideraremos con la seriedad suficiente: la utilización de la juventud trabajadora contra la clase obrera adulta como medio de presión para empeorar la situación de la clase obrera adulta. Es bien sabido en general cómo ocurre esto. Los salarios de la juventud trabajadora se rebajan, y se rebajan primero y más, para poder presionar sobre los salarios de los obreros adultos. Encontrarán material al respecto en todos los periódicos juveniles. La jornada de los jóvenes obreros se prolonga más que la de la clase obrera adulta; se prolonga primero, para utilizarla luego como medio de coacción frente a los obreros adultos. Un ejemplo de ello es Alemania. Allí el tiempo de la escuela de formación profesional se contaba hasta ahora dentro de la jornada de ocho horas. El Gobierno todavía no se ha atrevido a recortar la jornada de ocho horas de los obreros; pero en la Comisión de Política Social ha hecho aprobar un proyecto de ley que ya no cuenta el tiempo de la escuela de formación profesional como tiempo de trabajo y que además permite emplear a los aprendices hasta una hora diaria fuera de la jornada en trabajos de limpieza. ¡La jornada de ocho horas ha de sustituirse, pues, por una jornada de diez, o al menos de nueve horas! Ejemplos de este tipo los encontramos en todos los países. Es un medio de presión sobre la clase obrera adulta. Tomemos un ejemplo práctico. Si en una empresa los jóvenes obreros trabajan diez horas, no se puede hacer trabajar menos a los obreros adultos, y en consecuencia se pasará a prolongar también la jornada de los obreros adultos.

Además, es un fenómeno observado en general que se contrata a jóvenes en ramas de la producción mientras se despide a obreros adultos. Los jóvenes obreros han de ayudar a aumentar el paro de los obreros adultos y empeorar así la situación de la clase obrera. Innumerables son además los ejemplos en que los jóvenes trabajadores hacen de esquiroles contra los obreros adultos, en que tienen que enfrentarse, con el uniforme puesto, al servicio del capitalismo, a sus compañeros de trabajo adultos. Pero la utilización de la juventud contra los obreros adultos ha adquirido en la ofensiva del capital una importancia especial y el capitalismo la emplea hoy de manera particular. Los reformistas de todos los países se han comportado ante esta situación de la juventud obrera de forma tan traidora como ante todas las cuestiones vitales de la clase obrera. La burocracia sindical reaccionaria, la Internacional Sindical de Ámsterdam, no solo no ha sido capaz de comprender la situación y de actuar en esta cuestión, sino que ha sacrificado lisa y llanamente las reivindicaciones de la juventud trabajadora en todas estas cosas. Cuando hay movimientos salariales, cuando se firman convenios, cuando se trata de la jornada de trabajo, de la participación en una huelga, vemos en todas partes que la burocracia sindical reaccionaria se mantiene pasiva ante las reivindicaciones de la juventud obrera; más aún, vemos cómo deja caer lisa y llanamente sus reivindicaciones, creyendo sacar así algo para los obreros adultos, pero con el efecto real de que esta postergación de la juventud obrera frente a la clase obrera adulta resulta funesta para esta y no hace más que rebajar su propio nivel de vida.

¡Es la Internacional Comunista de la Juventud la que primero lanzó la consigna de la lucha contra la ofensiva del capital y del frente único entre la juventud y la clase obrera adulta! Una consigna que se ha defendido y llevado a la práctica mediante las campañas en distintos países y también a escala internacional.

¿Qué vemos en la Internacional socialdemócrata de la juventud? Vemos repetirse en el terreno de la cuestión juvenil el mismo espectáculo que se representa en la II Internacional. Fieles al ejemplo de la burocracia sindical de Ámsterdam y de sus partidos, permanecen inactivos ante la miseria de la juventud obrera, la reacción y el militarismo. Allí donde se desarrollan acciones de la juventud obrera, donde surgen luchas, vemos a la Internacional socialdemócrata de la juventud esforzarse por estrangular esas luchas. Apartan a la juventud trabajadora de la lucha para apaciguarla. La Internacional Comunista de la Juventud ha hecho a la Internacional de la Juventud Obrera de Ámsterdam y a la Internacional de la Juventud Socialista de Viena la propuesta concreta de reunirse en un congreso mundial de la juventud obrera que organizara la lucha contra la ofensiva del capital y la participación de la juventud trabajadora en la lucha de la clase obrera adulta. Pero las internacionales socialistas de la juventud, que todavía antes de nuestra carta afirmaban que estaban a favor del congreso mundial de la juventud obrera y que éramos nosotros solos quienes lo hacíamos imposible, han mostrado ahora su verdadero rostro y se han negado a participar siquiera en una reunión preparatoria que debía tratar la cuestión del congreso mundial de la juventud obrera. En cambio, han elaborado con los dirigentes sindicales de Ámsterdam un programa de las llamadas reivindicaciones, que tienen un carácter tan vergonzoso que no pueden tomarse en serio. En lugar de llevar a la juventud trabajadora a la lucha en un frente común y junto con la clase obrera adulta, han llevado a cabo su maniobra de fusión. Hoy estamos ante la fusión de la Internacional Dos y Media de la juventud con la Internacional de la Juventud Obrera508, es decir, ante la capitulación definitiva de los eunucos centristas ante la II Internacional.

Llegamos ahora a un capítulo que para nosotros es especialmente importante: el movimiento que se hace notar en la propia juventud trabajadora, en las masas indiferentes, para defenderse de la depauperación y participar en la lucha de los obreros adultos. Tenemos ejemplos en que la juventud trabajadora, contra la voluntad de los sindicatos socialdemócratas y de las organizaciones juveniles socialdemócratas, y por desgracia también sin un impulso directo nuestro, ha entrado de manera completamente espontánea en acciones de lucha, en huelgas. Tenemos un ejemplo así en la huelga de los metalúrgicos ingleses509. Los sindicatos prohíben a los aprendices abandonar la empresa y hacer huelga. Los aprendices, fíjense bien, en lugares donde no hay ni ha habido nunca movimiento juvenil, se reúnen espontáneamente y declaran: «No, no nos quedamos en la empresa. ¡Nosotros también vamos a la huelga!». Tenemos un ejemplo así en Alemania, donde en Hamburgo se produjo una huelga espontánea de unos 1.000 aprendices y jóvenes obreros en los astilleros, que luchaban por reivindicaciones salariales y que permanecieron en huelga de 5 a 6 días a pesar del sabotaje de los dirigentes sindicales. Otros ejemplos de movimientos huelguísticos espontáneos los tenemos en Múnich, Mannheim y Polonia. Nos enteramos de que también en una ciudad de Austria 400 jóvenes obreros se han declarado en huelga porque no se los tuvo en cuenta al firmar el convenio colectivo. Así vemos cómo se hace notar con fuerza creciente una gran efervescencia en la juventud trabajadora y cómo la juventud entra espontáneamente en la lucha defensiva contra la ofensiva del capital.

Este fenómeno debe darnos mucho que pensar. ¿Qué conclusiones tenemos que sacar de él? La primera conclusión es la que ya he mencionado antes: que en la juventud trabajadora existe hoy, y crece, la voluntad de participar en la lucha de la clase obrera adulta y la voluntad de luchar contra la depauperación de la juventud obrera.

En segundo lugar, tenemos que sacar la conclusión de que las organizaciones de la clase obrera no se ocupan de la juventud trabajadora y de que la juventud trabajadora ya no quiere esperar a que ellas defiendan sus reivindicaciones. Cuando digo que las organizaciones de la clase obrera no se ocupan de la juventud trabajadora, no me refiero solo a los sindicatos y al partido socialdemócrata, sino también, en cierto sentido, al Partido Comunista y a la organización juvenil comunista. No hay que hacerse ilusiones al respecto. Los camaradas de Alemania que han participado en estos movimientos lo saben: estos movimientos, aunque los jóvenes comunistas participaron activamente en ellos, fueron movimientos espontáneos sin iniciativa directa de la IC, y solo más tarde quedaron bajo la dirección de la IC. Estos movimientos no los provocó nuestra organización, sino que estallaron espontáneamente. Está claro que la juventud trabajadora no quiere esperar más a que se defiendan sus intereses. Este hecho tiene algo bueno y algo malo. Tiene algo bueno: muestra que la juventud obrera quiere luchar, que no quiere esperar más, que quiere participar en la lucha revolucionaria. Pero tiene también algo que debemos considerar seriamente. Nos dice que, si las organizaciones juveniles comunistas, los sindicatos comunistas, etc., no saben ocuparse de los intereses de la juventud trabajadora más activamente que hasta ahora, se producirá un alejamiento de la juventud trabajadora respecto de las organizaciones sindicales y de sus organizaciones en general y una inclinación a desconfiar de estas organizaciones. Por otra parte, si la IC presta apoyo a la juventud obrera en estos movimientos, como hasta ahora se ha esforzado en hacer la Juventud Comunista de Alemania, asegurará su influencia en las masas de la juventud obrera.

Está claro que una huelga de la juventud trabajadora es inútil y no puede tener ningún resultado si la clase obrera adulta no participa, si los sindicatos no le prestan su apoyo. Debo decir que en estos movimientos locales y espontáneos de la juventud trabajadora hemos visto en los últimos tiempos un fenómeno que es, por desgracia, una contrapartida bien negra del hecho de la utilización de la juventud trabajadora contra la clase obrera adulta, a saber, el hecho de que la clase obrera adulta se ha prestado, casi regularmente, a hacer de esquirol contra los jóvenes obreros en los movimientos locales de la juventud trabajadora. Tomemos el ejemplo de Hamburgo. Allí los aprendices habían hecho huelga porque sus salarios se habían mantenido en un nivel vergonzosamente bajo, mientras que los salarios de los obreros adultos habían subido mucho. Los aprendices cobraban 1.000 marcos y los adultos 4.500. Los propietarios de los astilleros habían declarado que, si los obreros adultos no se hacían cargo del trabajo de los jóvenes en huelga, y además por los mismos salarios que los jóvenes, también se haría un cierre patronal contra los obreros adultos. Lo mismo se ha repetido en otros lugares. ¿Y qué hicieron los obreros adultos en estos casos? Hicieron el trabajo de esquiroles, y no por sus salarios, sino por los salarios de hambre de los jóvenes obreros. Este hecho es inquietante; muestra el gran abismo que hay entre la masa de la juventud trabajadora y la masa de los obreros adultos. Muestra cómo el capital ha logrado enfrentar a los dos grupos de la clase obrera y jugar con uno contra el otro, en perjuicio tanto del uno como del otro y de toda la clase obrera.

Por eso la Internacional Comunista tiene que pronunciar en esta cuestión una palabra inequívoca y clara, y la Internacional Comunista está dispuesta a hacerlo. Declara que el frente único de los obreros jóvenes y adultos para la lucha común contra el capital y la reacción es una necesidad absoluta, ¡y exhorta a todos sus partidos y a toda la clase obrera a defender en su lucha cotidiana también los intereses y las reivindicaciones de la juventud trabajadora y a convertirlos en objeto de la lucha cotidiana! Y sabemos que, cuando la Internacional Comunista dirige un llamamiento así a sus miembros, a la clase obrera adulta, cuando toma una resolución de este tipo, no es una mera declaración de boquilla, sino que está realmente dispuesta a llevar esa resolución a la práctica y a obligar a todas sus organizaciones a comprender la seriedad de esta cuestión y a aplicar prácticamente en todas partes, en la lucha cotidiana, esta resolución y este principio. La Internacional Comunista no debe tolerar que los jóvenes obreros escapen a su influencia, no debe tolerar que las masas juveniles se deslicen hacia la indiferencia, sino que tiene que traer a su campo a la juventud trabajadora. ¡Contra la resistencia férrea de toda la clase obrera revolucionaria tienen que estrellarse el ataque del capitalismo y la reacción! Si hoy sabemos defender los intereses de la juventud obrera y traerla a nuestro lado, nos abriremos las puertas para ganar a la juventud trabajadora y organizaremos realmente a sus amplias masas en la Internacional Comunista.

Toda la cuestión de la lucha por la juventud trabajadora tiene una cara práctica. Es la colaboración práctica entre el Partido Comunista y la juventud. En general se puede y se debe decir que la colaboración práctica entre el Partido Comunista y la juventud ha mejorado este año, pero en general hay que hacer todavía muchos esfuerzos en las relaciones mutuas para alcanzar la meta que debemos tener presente como ideal necesario y como exigencia práctica necesaria. Solo quiero mencionar un ejemplo que se refiere a la valoración general de la organización juvenil. En Checoslovaquia hemos tenido durante meses una discusión con las instancias oficiales del partido sobre si la organización juvenil comunista era necesaria o no. Muchos camaradas del partido en puestos dirigentes adoptaron allí el siguiente punto de vista: no hace falta una organización juvenil comunista, bastan el partido, los sindicatos y la organización gimnástica, que educan al mismo tiempo también a los miembros jóvenes. Esto es desconocer por completo las tareas de la organización juvenil comunista como organización que debe atraer a las amplias masas de la juventud trabajadora y educarlas política y comunistamente. Finalmente hemos podido convencer a los camaradas, pero aunque hayamos superado oficialmente este punto de vista, eso no quiere decir que no siga viviendo en el partido.

En Inglaterra hemos tenido que hacer un trabajo arduo para convencer al Partido Comunista siquiera de que es necesario crear un movimiento juvenil proletario, y efectivamente solo al cabo de largos meses hemos conseguido que el congreso del partido se pronunciara a favor.

Estos son ejemplos de que en algunos países la valoración del movimiento juvenil no es todavía satisfactoria, pero en general podemos decir que la colaboración mejora sensiblemente.

Hemos elaborado una resolución en la que hacemos una serie de propuestas prácticas para la colaboración en todos los terrenos prácticos, y esta resolución se presentará todavía a las distintas delegaciones. Como mi tiempo de palabra es breve, solo quisiera referirme brevemente a las distintas cuestiones.

Tenemos en primer lugar la cuestión de la lucha económica. En esta cuestión no hemos encontrado por desgracia, por parte de los partidos comunistas, la comprensión que habría sido necesaria. En una serie de partidos, por ejemplo en el alemán, el austriaco y el checoslovaco, hemos encontrado una comprensión muy buena; también el partido italiano nos ha apoyado muy bien en este aspecto, pero todavía hay una actitud de camaradas comunistas del partido que sencillamente no se puede permitir. Solo quiero mencionar un ejemplo, que por cierto se refiere a un camarada alemán. Tuvimos una sesión del Consejo Ejecutivo de la Internacional Sindical Roja e hicimos diversas propuestas para la representación de la juventud trabajadora dentro de la Internacional Sindical Roja. La respuesta que se nos dio fue: sí, pero las organizaciones de fuera no tienen nada que decir en nuestro sindicato. Hace solo unos días pudimos hablar con un camarada español, un destacado sindicalista comunista, al que le explicamos que en la cuestión de la ofensiva del capital hay que hablar también de la utilización de la juventud obrera, y recibimos la respuesta de que era innecesario ocupar tanto a los camaradas adultos con nuestras cuestiones. Eso revelaría un esprit corporatif, un espíritu gremial. ¡Así que del hecho de que se pida que no se deje a la juventud trabajadora fuera de las filas de los obreros adultos, que se la incorpore a la lucha de los sindicatos, que participe en la lucha de los obreros adultos, se desprende un esprit corporatif, un espíritu gremial! Nosotros declaramos: el espíritu gremial está del lado de todos los que no comprenden que la lucha de la clase obrera solo puede ser una lucha de toda la clase obrera. Podrían mencionarse muchos más ejemplos de este tipo. Los camaradas de los partidos y de los sindicatos tendrían que tener una comprensión mucho mayor de la lucha económica de la juventud obrera y de las luchas económicas de las organizaciones juveniles. No debe repetirse lo que ocurrió en Francia, donde se celebró el congreso sindical en el que la juventud planteó una serie de reivindicaciones juveniles y donde, de más de 150 comunistas, solo 7 camaradas votaron a favor de que se tratara siquiera la cuestión de la juventud obrera y de que se leyera al menos la carta de la juventud comunista. Los demás camaradas sencillamente se abstuvieron o incluso votaron en contra. Casos así no deben repetirse. Las organizaciones del partido tienen que tener más comprensión de los intereses de la juventud; los camaradas del partido en los sindicatos tienen que abogar por la organización de los jóvenes en los sindicatos, por que se los tenga en cuenta en los convenios colectivos, por el apoyo a la formación de fracciones de la juventud comunista, por la organización de células de la juventud comunista en las distintas empresas y talleres.

También sobre la lucha antimilitarista hay que decir algo. En la mayoría de nuestros partidos sigue siendo un punto bastante débil. Aquí tenemos que colaborar más que hasta ahora, porque la situación actual ya no permite que la juventud comunista lleve sola la lucha. Es necesario que los partidos refuercen y dirijan prácticamente la lucha. Más colaboración es una necesidad absoluta.

Sobre el trabajo de formación hacemos también en nuestra resolución una serie de propuestas encaminadas a que el partido apoye el trabajo de formación de la juventud comunista poniendo a su disposición fuerzas docentes, cediéndole plazas en las escuelas del partido, etc.

En este contexto hay que hablar también de la prensa del partido. Hay que decir que en la prensa del partido podemos registrar una mejora considerable en el tratamiento de las cuestiones juveniles, pues la mayoría de los periódicos dedica más atención a las cuestiones juveniles. Pero aun así queda aquí mucho por hacer. Alemania es sin duda el foco de la lucha económica de la juventud obrera. Sin embargo, vemos en Alemania que una conferencia de directores de prensa pudo tomar la resolución de suprimir todos los suplementos juveniles en toda la prensa comunista alemana. Se nos informa de que la Rote Fahne de Berlín solo acepta artículos sobre cuestiones juveniles con la mayor resistencia y de que es casi imposible meter algo en la Rote Fahne. El suplemento juvenil no consigue tener en ella una vida duradera. Ha habido largas luchas; el Buró Político lo ha decidido y los redactores han dicho que no. Es lamentable que en un país como Alemania se haga tan poco por el trabajo juvenil en el órgano central del partido. Tampoco en el órgano central de Checoslovaquia tenemos un suplemento juvenil, y en la prensa inglesa tampoco ha sido posible publicar ni un solo artículo sobre la organización juvenil. Ni siquiera se ha aceptado un artículo sobre el hecho de la fundación de la organización juvenil. Meter algo sobre la juventud en L'Humanité es más difícil que en la Rote Fahne de Berlín. En este aspecto, pues, todavía hay mucho que mejorar.

Para terminar, tengo que mencionar todavía la cuestión de la organización de los grupos infantiles. Este movimiento se ha consolidado bien este año en muchos países y los partidos empiezan a interesarse por este trabajo. Este interés es muy de celebrar, y hay que exigir que los partidos superen las tendencias a una educación general y difusa de los hijos de los obreros, que echen por la borda todo el disparate burgués de la educación racional general y que se dé a los niños una educación comunista. No puede ser que, como en Francia, se difunda en la organización la revista Les petits bons hommes, editada por un grupo de intelectuales pequeñoburgueses, y no la propia revista comunista. También el Partido Comunista de Checoslovaquia ha tolerado que su organización publique, frente a la revista infantil comunista de la organización juvenil que ya aparecía, una hojita incolora y haga propaganda por ella. El trabajo de la Juventud Comunista en el movimiento de los grupos infantiles tiene que recibir mucho más apoyo, y hay que superar las tendencias de la educación burguesa. Camaradas, naturalmente es imposible tratar aquí exhaustivamente todas las cuestiones concretas de la colaboración práctica entre las organizaciones del partido y las de la juventud. Esperamos que la resolución obtenga su aprobación y se aplique en la práctica: que la organización juvenil comunista cumpla así su deber para con el partido, y lo cumpla con más celo aún que el año pasado; que también la colaboración por parte del partido sea más celosa de lo que ha sido en algunos casos. Mediante esta colaboración, mediante esta acción conjunta del Partido Comunista y de la Juventud Comunista en todos los terrenos, pondremos en la próxima época a la juventud trabajadora bajo nuestra influencia, la ganaremos para nosotros y la organizaremos en nuestras filas, y cuando hayamos ganado a la juventud trabajadora, cuando la Internacional Comunista tenga detrás a la juventud trabajadora, podrá estar segura de que el porvenir y la victoria de la revolución le pertenecerán.

Se cumplen por estos días tres años de la fundación de la Internacional Comunista de la Juventud en Berlín. Fue en una trastienda pequeña y llena de humo de una taberna de un barrio de las afueras de Berlín donde unos cuantos camaradas tuvimos que retirarnos para celebrar el primer congreso510, bajo el dominio de Noske, que había empujado al partido a la ilegalidad. Desde aquel noviembre de 1919, la Internacional Comunista de la Juventud ha crecido enormemente, su fuerza casi se ha cuadruplicado, y además se ha reforzado, consolidado y clarificado. Camaradas, esperamos que la IC, junto con la KJI, prosiguiendo el camino seguido hasta ahora, logre penetrar en las masas de la juventud obrera, sacudirlas y aportar así nuevas y poderosas tropas de combate al movimiento comunista. Y esperamos poder darles testimonio en el próximo congreso de que el movimiento juvenil comunista internacional, con la ayuda de la Internacional Comunista, ha sabido defender los intereses de las masas de la juventud trabajadora, incorporarlas a la lucha de la clase obrera adulta y ganarlas para la bandera del comunismo. (Aplausos.)

Presidente: El Presidium propone remitir la resolución sobre la cuestión de la juventud al Presidium y no constituir una comisión especial. ¿Hay alguna objeción? No es el caso; así queda acordado.

Billings511 (América): ¡Camaradas! El II Congreso de la Internacional Comunista reconoció la importancia de la cuestión colonial para la revolución mundial. Sin embargo, de las filas de los camaradas de Oriente, así como de algunos camaradas de las colonias, llega el reproche de que este asunto se ha tratado con mucha desatención y no se le ha prestado la atención que merece un problema parcial de la revolución mundial. La cuestión negra es otra parte de la cuestión racial y colonial a la que hasta ahora no se ha prestado atención. Quiero decir con ello que la II Internacional no ha dedicado hasta ahora una atención especial a la cuestión negra. Por eso encontramos en las tesis del II Congreso la observación de que la II Internacional era una Internacional de obreros blancos y la Internacional Comunista una Internacional de los obreros del mundo.

Los camaradas Zinóviev y Bujarin han señalado en sus discursos que la cuestión colonial es una de las cuestiones más importantes de que hoy tenemos que ocuparnos. Y ahora que se discute este importante problema, espero de este Congreso que reconozca las experiencias adquiridas y la táctica recomendada en la cuestión colonial. El Congreso, o por lo menos la Internacional Comunista, tiene que haber adquirido durante su actividad entre los pueblos del Oriente Próximo y del Extremo Oriente ciertas experiencias, y debería haber sacado de este problema particular algunos conocimientos. Se verá que en el tratamiento de esta cuestión se han cometido ciertos errores inevitables, de los que hay que aprender. Ahora que nos ocupamos de la cuestión negra, tenemos que empezar desde el principio y en la dirección correcta.

Al examinar la cuestión negra, deberíamos incluir en nuestro examen los factores psicológicos del problema negro. Por eso tenemos que comprender que pueblos distintos, que en determinadas épocas alcanzan una determinada etapa de desarrollo, reaccionan necesariamente también de una determinada manera psicológica ante el mundo en general. Si intentamos trabajar entre estas masas y llevar a cabo entre ellas nuestra propaganda y nuestra agitación, tenemos que tener en cuenta necesariamente los factores que encontramos en estos problemas particulares que estamos tratando.

Aunque el problema negro es principalmente un problema económico, vemos sin embargo que se agrava y se ahonda por los roces entre la raza blanca y la negra. Es sabido que la cuestión racial, aunque es un prejuicio que nace de los prejuicios de clase de determinados grupos de la sociedad, desempeña un papel importante. Si bien es cierto que, por ejemplo, en los Estados Unidos la competencia entre obreros negros y blancos es la base principal del odio racial, no hay que olvidar que el negro lleva todavía en la frente la marca de la servidumbre que le viene de los tiempos de la esclavitud. Por eso vemos que este antagonismo particular de los obreros blancos hacia los obreros negros adopta una forma particular. En el mundo hay unos 150 millones de negros. De ellos, unos 25.000.000 viven en el Nuevo Mundo y el resto en África. Los negros de América y de las Indias Occidentales son para el capitalista americano una fuente de fuerza de trabajo barata. Y vemos que la clase capitalista siempre los ha utilizado, y los sigue utilizando, para someter a la clase obrera blanca en su lucha cotidiana. De las filas de estos negros se reclutarán los elementos de las «guardias blancas» en caso de que estalle en algún lugar un levantamiento revolucionario. La explotación de los negros en África dio la posibilidad de continuar la acumulación del capital. La clase capitalista, como clase, reconoce la valiosa ayuda que le prestan las masas negras. Por eso se ha impuesto desde hace años la tarea de infectar el espíritu de la población negra con la ideología burguesa. Lo ha hecho, naturalmente, en su propio interés y no para ayudar a los negros. Los capitalistas han creado entre los negros organizaciones cuidadosamente planeadas para hacer propaganda a favor de la burguesía y en contra del obrero blanco; han dado vida a la conocida fundación Rockefeller y a la Urban League.512 La primera organización sostiene con dinero las escuelas negras, mientras que la segunda es una conocida institución rompehuelgas que estaba en su puesto mientras la mayoría de los revolucionarios dormían. Pese a estas circunstancias, era inevitable que la población negra se defendiera de algún modo contra la opresión a que está sometida en todo el mundo. Esto adoptó primero la forma de instituciones religiosas, la única forma que en ciertas épocas se les permitía para su propio esparcimiento. Más tarde, sin embargo, vemos el desarrollo constante de organizaciones negras que, aunque compuestas enteramente por negros, son hasta cierto punto, directa o indirectamente, hostiles al capitalismo.

Las tres organizaciones negras más importantes son, en primer lugar, la «Asociación Nacional de la Gente de Color»,513 una organización compuesta principalmente por elementos proletarios dirigidos por intelectuales burgueses, cuya acción se basa en el principio de pedir a la clase capitalista mediante peticiones que mejore la situación de los negros, lo que en la práctica no es más que mendicidad. Luego llegamos a la segunda organización, la más interesante, la asociación de Garvey,514 una organización ultranacionalista, pero con una afiliación radical. Aunque esta organización ha adornado su programa con algunos sistemas baratos de participaciones, ha movilizado a los negros contra el imperialismo. Esta organización se fundó después de la guerra mundial. Naturalmente, no adoptó una forma radical definida; se lo impidió, justo a tiempo, su propio dirigente. Con todo, la consciencia racial ha despertado y se aprovecha en gran medida, hasta muy dentro del interior de África, donde apenas cabría esperar que una organización nacida en América encontrara un punto de apoyo. La tercera organización es la «Hermandad de Sangre Africana»,515 una organización negra radical cuyo programa se basa en la destrucción del capitalismo. Esta organización fue la única que durante los choques raciales de Tulsa (Oklahoma)516 libró una lucha brillante y valerosa, y es la única a la que la clase capitalista de América prestará pronto su atención.

También en África tenemos diversas organizaciones pequeñas, nacionalistas, como por ejemplo el movimiento etíope, pero todas se inspiran en América, el centro de las tendencias políticas entre los negros. Estas organizaciones se extienden y se desarrollan hasta el Sudán. Los comunistas podrían utilizarlas si los medios de propaganda se emplearan con cuidado, con reflexión e intensamente para unir estos movimientos. Vemos, pues, que existe ya una especie de organización que se alzará contra el imperialismo mundial.

En los Estados Unidos hay unos 450 periódicos y revistas negros que, aunque dedicados en su mayoría solo a la cuestión racial, ejercen una gran influencia sobre las masas negras. Está, por ejemplo, el Chicago Defender («El Defensor»), con una tirada semanal de 250.000 ejemplares, que se envía a todas las partes del mundo donde hay grupos importantes de negros. Está además The Crisis («La Crisis»), una revista mensual con una tirada de más de 60.000.517 Estas revistas, y en especial el Chicago Defender y otras de menor difusión, se han servido siempre del material de propaganda radical que les hemos facilitado.

Los negros sienten que se acerca la crisis que estallará en el Sur entre blancos y negros. En el Sur se sembró la semilla y en el Sur tiene que germinar de algún modo. Es probable que la crisis adopte la forma de persecuciones raciales a gran escala.

La cuestión negra, camaradas, es de gran interés y de extrema importancia para nosotros. Vemos, por ejemplo, que, de los aproximadamente 12 millones de negros que viven en los Estados Unidos, 2 millones trabajan en los distritos industriales del Norte y los otros 10 o 9 millones en el Sur. (Supongo que todos vosotros podéis imaginaros ese Sur. Cuando llegáis allí, creéis estar en el infierno de Dante. A veces sentiréis que toda esperanza es vana.) El Sur es casi un país aparte. El 80 % de los negros vive en el campo. Se traza una tajante línea divisoria y se los priva del derecho de voto. Y aquí, donde la lucha de clases se libra en su forma más brutal, vemos que la relación entre negros y blancos consiste en conflictos constantes y en luchas a muerte. Allí encontráis los linchamientos y los disturbios raciales. Encontráis que el linchamiento de un negro en el Sur es algo que se disfruta, igual que en otras partes uno se divierte en el cine. Si sabéis que la población blanca del Sur está tan impregnada de esa idea del dominio blanco sobre los negros, veréis también que tenemos que ocuparnos de esta cuestión. Actualmente, cuando en el norte de los Estados Unidos se libran grandes huelgas, vemos que la clase capitalista envía a toda prisa al Sur a sus agentes a sueldo para llevar a los negros de allí como esquiroles a los distritos del Norte. Con la promesa de salarios más altos y mejores condiciones, esos agentes inducen a los negros a entrar en las zonas en huelga. Esto es un peligro permanente para los huelguistas blancos. Pero no se puede hacer responsables de ello solo a los negros. Los sindicatos americanos, y hablo aquí de los verdaderos sindicatos, han insistido en los últimos años en que un negro, aunque sea obrero cualificado, no puede afiliarse a los sindicatos por el color de su piel. Solo hace muy poco que la American Federation of Labor ha hecho un débil intento de permitir a los negros el ingreso en los sindicatos regulares. Pero incluso hoy, si no me equivoco mucho, una organización como el sindicato de los maquinistas tiene en su programa la norma de que la condición para afiliarse es que cada compañero blanco presente como miembros a otros obreros blancos, o algo parecido. Eso quiere decir que los negros han de quedar para siempre fuera de los sindicatos, sencillamente porque son negros; y la clase capitalista y la prensa negra reaccionaria explotan este hecho todo lo posible para predisponer a los obreros negros contra los sindicatos. Cuando se habla con un negro de su ingreso en un sindicato o de la necesidad de hacerse radical, siempre le echan a uno en cara lo siguiente: «No me prediques a mí. Predica a los blancos. Ellos utilizan los sindicatos y yo no. Siempre estoy dispuesto a luchar hombro con hombro con ellos si están dispuestos a admitirme; pero mientras se nieguen, haré trabajo de esquirol y, por Dios, tengo derecho a hacerlo. Quiero proteger mi vida.» Este es uno de sus argumentos, que no podemos pasar por alto. Mientras en teoría exponemos todas las bellas frases que conocemos, en la lucha cotidiana hay algunos hechos duros y concretos.

La comisión de la cuestión negra ha redactado unas tesis sobre la cuestión negra, que leeré enseguida. Al discutir la cuestión negra hemos hecho también ciertas propuestas definidas que, a nuestro juicio, deberían llevar a la práctica las distintas secciones de la Internacional Comunista en cuyos países o colonias hay negros. Naturalmente, no hemos hecho estas propuestas para que se queden solo en el papel, sino para que las distintas secciones las pongan en práctica. Y pediremos a la Internacional Comunista que vele por que estas propuestas se cumplan también según la letra y el espíritu con que están escritas. Hemos trazado las líneas generales del trabajo: una propuesta para comenzar inmediatamente el trabajo entre los negros en todo el mundo. Hemos hecho además la propuesta de crear un buró negro como parte del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. La razón de ello era que queríamos coordinar y centralizar el trabajo, y pensábamos que Moscú era el mejor lugar para ese buró, esa sección, o como queráis llamarlo. La cuestión negra es de gran importancia para nosotros, y por eso nos hemos esforzado en estudiar con cuidado la situación real en África y en especial en América. No nos hemos entregado a sueños sobre un programa, aunque hemos hecho ciertas propuestas definidas para el plan de una organización negra. Este plan tenía en cuenta las particularidades espirituales de los negros en el periodo actual.

Las tesis sobre la cuestión negra dicen así:

«La base del proceso de acumulación que existía antes de la guerra para el desarrollo del capitalismo ha sido completamente trastocada como resultado de la guerra mundial, en lo que se refiere a la relación entre los países capitalistas avanzados, que exportan capital, y los pueblos coloniales y semicoloniales bajo su dominio. Al mismo tiempo se ha desarrollado entre estos pueblos un movimiento insurreccional, que sigue avanzando con éxito, contra el poder del capital mundial tal como lo encarna el imperialismo británico, y ello en tal medida que la penetración en los territorios habitados por las razas negras y su colonización intensiva se convierten en el último gran problema del que depende el desarrollo de la acumulación capitalista. Los capitalistas franceses han comprendido claramente que el imperialismo francés de posguerra solo puede sostenerse mediante la creación de un imperio franco-africano unido por un ferrocarril que atraviese el Sáhara. Los magnates financieros de América, que en los Estados Unidos explotan a 12.000.000 de negros, se han vuelto ahora también hacia la penetración pacífica de África. Cuánto teme Inglaterra esta amenaza a su posición lo muestran las medidas extremas que se tomaron para aplastar la huelga del Rand.518 Del mismo modo que en el océano Pacífico el peligro de una nueva guerra mundial se ha agudizado como resultado de la competencia entre las potencias imperialistas de la zona, también hay sombríos indicios de que África se está convirtiendo en objeto de las ambiciones rivales de estas naciones.

»A esto se añade que la guerra, la Revolución rusa y las grandes revueltas de los pueblos asiáticos y musulmanes contra el imperialismo han despertado la consciencia de millones de negros, de esos mismos negros a los que el capitalismo lleva cien años oprimiendo y humillando, no solo en África, sino quizá todavía más en América, donde el movimiento insurreccional es cada vez más intenso y ejerce influencia sobre toda la raza negra.

»De ello se desprende que, tanto subjetiva como objetivamente, el problema negro se ha convertido en una cuestión importante de la revolución mundial, y que la Internacional Comunista, que ha comprendido ya qué valioso puede ser para la revolución proletaria el apoyo de los pueblos de color asiáticos en los países semicapitalistas, reconoce también como necesaria para la revolución de las masas proletarias y la destrucción del poder capitalista la colaboración de nuestros semejantes negros oprimidos. Por eso el IV Congreso declara que es deber especial de los comunistas aplicar también al problema negro las “Tesis sobre la cuestión colonial”.

»1. El IV Congreso reconoce la necesidad de apoyar toda forma de movimiento negro que socave y debilite el capitalismo o el imperialismo o impida su avance ulterior.

»2. Los obreros negros deberían organizarse en todas partes, y donde masas obreras negras y blancas existen codo con codo debería aprovecharse toda ocasión para formar un frente único.

»3. El trabajo entre los negros debe realizarse principalmente por medio de negros.

»4. Deben tomarse inmediatamente medidas para convocar en Moscú una conferencia o un congreso negro general.»

Para terminar, camaradas, quisiera expresar la esperanza de que los camaradas de las distintas secciones de la Internacional Comunista en cuyos países hay obreros negros comprendan el problema negro tal como se presenta hoy, y de que no lo consideren un propósito de Año Nuevo, sino que lleven a cabo este trabajo real y directamente, para despertar la consciencia de las masas negras y ponernos en condiciones de incorporarlas a la revolución proletaria.

McKay519 (América): Camaradas, tengo la sensación de que preferiría enfrentarme a un tribunal de linchamiento en la civilizada América antes que intentar pronunciar un discurso ante el auditorio intelectualmente más desarrollado y más crítico del mundo. Pertenezco a una raza de oradores, pero mis discursos públicos me salen siempre tan mal que mis propios hermanos de raza me han dicho que no intente nunca más pronunciar discursos y que me quede en la escritura. Pero cuando oí que la cuestión negra iba a ponerse en el orden del día del Congreso, sentí, a pesar de todo, que sería una vergüenza eterna para mí no decir algo sobre mis hermanos de raza. Sobre todo sería una vergüenza ante los negros americanos, porque desde que en 1919 publiqué un poema que se hizo conocido, mi temperamento poético me ha puesto siempre en primer plano como uno de los portavoces del radicalismo negro en América.

Tengo la sensación de que a mi raza se le ha hecho un honor con la invitación dirigida a uno de sus miembros para hablar en este IV Congreso. Es un honor, no porque mi raza sea distinta de la blanca y de la amarilla, sino porque es en particular una raza de obreros, de leñadores y aguadores, una raza que pertenece a la parte más oprimida, explotada y sojuzgada de la clase obrera del mundo. La Internacional Comunista está por la emancipación de todos los obreros del mundo sin distinción de raza ni de color. Y esta posición de la Internacional Comunista no se queda solo en el papel, como la Decimoquinta Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América;520 es una cosa real.

La raza negra ocupa actualmente en la vida económica del mundo una posición muy particular. En todo país donde blancos y negros tienen que trabajar juntos, los capitalistas enfrentan a unos con otros. Parece que la burguesía internacional quiere utilizar a la raza negra como triunfo en la lucha contra la revolución mundial. Gran Bretaña tiene en las colonias sus regimientos negros, y con su empleo en la última guerra ha mostrado lo que puede conseguir con el soldado negro. Y la revolución en Inglaterra está todavía muy lejos, a consecuencia de la explotación bien organizada de los pueblos sometidos al Imperio británico. En Europa vemos que Francia posee un ejército negro de más de 300.000 hombres y que quiere servirse de sus súbditos negros para llevar a cabo su política de dominación imperialista de Europa. En América nos encontramos ante la misma situación. La burguesía norteamericana sabe lo bien que lucharon por su propia liberación los soldados negros en la guerra civil, aunque eran analfabetos y no tenían instrucción. Sabe también lo bien que lucharon los soldados negros en la guerra hispano-americana a las órdenes de Theodore Roosevelt. Sabe que los más de 400.000 negros movilizados en la última guerra dieron muy buena prueba de sí y que, además de la lucha por los capitalistas, sostuvieron también valerosamente una dura lucha en su propio interés cuando, tras su regreso a América, tuvieron que luchar contra la chusma blanca en Chicago, St. Louis y Washington.521

Pero todavía más importante que el hecho de que los capitalistas americanos empleen a soldados negros en su lucha contra los intereses de los trabajadores es el hecho de que los capitalistas americanos se disponen a movilizar a toda la raza negra de América para combatir a los trabajadores organizados. La situación actual en América es terrible y está llena de grandes peligros. Es más horrible, más terrible que lo que fue la situación de los campesinos y de los judíos bajo el zarismo en Rusia. Es tan horrible y tan terrible que muy poca gente en América está dispuesta a hacerle frente. La burguesía reformista ha librado una lucha contra la segregación racial y los prejuicios raciales en América. Los socialistas y los comunistas han librado esta lucha con mucha cautela, porque entre los socialistas y comunistas americanos hay todavía fuertes prejuicios de este tipo. No quieren ocuparse de la cuestión negra. En mi trato con camaradas americanos he podido observar prejuicios en diversas ocasiones en que camaradas blancos y negros tenían que reunirse. Y la mayor dificultad que tienen que vencer los comunistas en América consiste en que primero tienen que liberarse ellos mismos de su actitud hacia los negros antes de poder llegar a los negros con cualquier tipo de propaganda radical. Pero cuando miro a los propios negros, tengo la sensación de que, así como las demás razas oprimidas han venido a Moscú a aprender cómo tienen que luchar contra sus explotadores, también los negros vendrán a Moscú. En 1919, cuando la Internacional Comunista publicó su manifiesto e incluyó en él un pasaje sobre las colonias explotadas, había en América varios grupos radicales de negros que difundieron esta propaganda entre los negros. Cuando en 1920 el Gobierno americano se dispuso a combatir y reprimir la propaganda radical entre los negros, los pequeños grupos radicales negros respondieron a este empeño del Gobierno declarando públicamente que los socialistas aspiran a la emancipación de los negros, mientras que la América reformista no puede hacer nada por ellos. En esa ocasión, creo, los negros americanos comprendieron por primera vez en la historia de América que Karl Marx se había interesado por su emancipación y había luchado enérgicamente por ella. Voy a leer la cita correspondiente de un escrito de Karl Marx de la época de la guerra civil:

«Cuando una oligarquía de 300.000 esclavistas se atrevió por primera vez en los anales de la historia universal a escribir la palabra “esclavitud” en la bandera de una revuelta armada; cuando en el mismo lugar donde, hace apenas un siglo, surgió por primera vez la idea de una gran república democrática, de donde salió la primera declaración de los derechos del hombre y se dio el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII; cuando en ese lugar la contrarrevolución declaró cínicamente que la propiedad sobre el hombre era “la piedra angular del nuevo edificio”, entonces la clase obrera de Europa comprendió de golpe que la rebelión de los esclavistas era el toque de rebato de una guerra santa general de la propiedad contra el trabajo y sus esperanzas de futuro; incluso sus conquistas pasadas están en juego en este terrible conflicto al otro lado del océano Atlántico.»522

Karl Marx, que escribió estas líneas, es conocido en general como el padre del socialismo científico y el autor de la obra que hizo época, llamada popularmente «la Biblia socialista»: El capital.

Junto con Richard Cobden, el ateo Charles Bradlaugh y John Bright recorrió Inglaterra para pronunciar discursos por todas partes, y puso a los trabajadores hasta tal punto en contra de la Confederación que lord Palmerston, el primer ministro, que quería ya reconocer al Sur, tuvo que dimitir.523 Exactamente igual que Marx luchó en 1861 contra la servidumbre, sus descendientes espirituales, los socialistas de hoy, luchan contra la esclavitud asalariada, contra la explotación del hombre por el hombre.

Si la Workers' Party americana fuera realmente un partido obrero que abarcara también a los negros, tendría que ser ilegal en el Sur, por ejemplo, y quisiera comunicar a los camaradas americanos que en el Sur, en Richmond, en el estado de Virginia, hay una agrupación local del partido obrero americano que es ilegal, ilegal porque tiene miembros de color. Tenemos allí un pequeño grupo de camaradas blancos y negros que trabajan juntos, y el hecho de que en Virginia y en la mayoría de los estados del Sur haya leyes que prohíben las reuniones conjuntas de blancos y negros hace que la Workers' Party tenga que ser ilegal en el Sur. Para eludir las leyes de Virginia, los camaradas tienen que celebrar reuniones separadas según el color, y solo se reúnen juntos una vez al mes a puerta cerrada.

Esto es característico del trabajo que habrá que hacer en el Sur. El trabajo entre los negros del Sur tiene que llevarse a cabo mediante una propaganda legal organizada en el Norte, pues actualmente en los estados del sur de América (donde viven nueve millones de una población negra que suma en total diez millones) la situación es tal que ni siquiera la burguesía liberal y la pequeña burguesía negras tienen, a causa de las disposiciones legales, la posibilidad de publicar órganos de prensa propios para desarrollar una propaganda reformista.

El hecho es que solo en los estados del Sur existe una represión de la libertad de opinión. En el Norte, en cambio, no existe tal represión. En el Norte se dictan leyes especiales para casos especiales, como por ejemplo las leyes contra comunistas y socialistas durante la guerra. En el Sur, en cambio, encontramos leyes que existen desde hace 55 años y que prohíben a los negros reunirse para discutir sus agravios. Los blancos que se interesan por la causa de los negros no pueden ir a ellos y hablarles. Si enviamos al Sur a camaradas blancos, la oligarquía blanca suele expulsarlos, y si no abandonan la zona, la chusma los azota y los cubre de brea y plumas. Pero si enviamos a camaradas negros, ya no vuelven, porque los linchan y los queman.

Espero que la burguesía internacional no logre utilizar a los negros en la lucha final contra la revolución mundial. Espero que, como un desafío, por así decirlo, a la burguesía internacional, que ahora ha comprendido toda la importancia de la cuestión negra, veamos muy pronto a algunos soldados negros en las filas de la mejor, más heroica y más bella fuerza armada del mundo, el Ejército Rojo y la Flota Roja de Rusia, donde lucharán no solo por su propia emancipación, sino también por la liberación de toda la clase obrera del mundo.

Presidente: Señalo que es la primera vez que el Congreso Mundial de la IC se ocupa de la cuestión negra, y creo que no necesito subrayar la importancia de esta cuestión. Se trata de ganar a una raza que hasta ahora ha sido la más oprimida. La comisión de la cuestión negra ha aprobado una resolución que en su redacción resulta bastante teórica y no es del todo comprensible para la clase obrera en general ni para las capas inferiores de la raza negra. Por eso el Presidium ha decidido devolver esta resolución a la misma comisión con el encargo de modificarla una vez más y darle una redacción más clara.

¿Hay alguna objeción? No es el caso.

Queda, pues, aprobada la propuesta del Presidium.

Se levanta la sesión a las 4.55 de la tarde.

Vigesimotercera sesión, sábado 25 de noviembre de 1922

Contenido: El movimiento cooperativo.

Oradores: Meshcheriakov, Lauridan, Henriet, Jinchuk.

Preside: Marchlewski.

Apertura: 7.10 de la tarde.

Meshcheriakov524 (Rusia): El movimiento cooperativo es una de las formas más fuertes del movimiento obrero, si esa fuerza no se mide por la solidez y la disciplina de la organización, sino por el número de sus miembros.

En general no será exagerado decir que las organizaciones cooperativas del mundo cuentan en sus filas no ya con millones, sino con algunas decenas de millones de miembros.

La organización cooperativa no es solo una organización a la que el miembro de la cooperativa acude de vez en cuando para hacer las compras necesarias. La cooperativa es una organización que se esfuerza por crear su propia ideología, por ajustar todo su trabajo a esa ideología y por arraigarla profundamente en la consciencia de sus miembros. Y la concepción, sostenida con tenacidad por los viejos dirigentes del cooperativismo, de que el cooperativismo constituye la «tercera forma del movimiento» y debe ser completamente independiente de las otras dos formas, las organizaciones del partido y los sindicatos, ha hecho que en la cabeza de cada cooperativista activo surgiera un «rincón cooperativo» especial, en el que ellos, los viejos dirigentes del cooperativismo, eran amos absolutos. Pero, naturalmente, la cabeza humana no puede dividirse en varios compartimentos mediante tabiques completamente impermeables. Las nuevas ideas de la lucha revolucionaria penetraron también en ese sagrado «rincón cooperativo», pero este proceso se produjo con extrema lentitud. Por otra parte, junto al fenómeno de la endósmosis, por así decirlo, se produjo también una exósmosis: la difusión se produjo también en sentido inverso; las ideas oportunistas profundamente arraigadas pasaron del rincón cooperativo a las otras partes de la cabeza obrera y las infectaron de oportunismo.

El cooperativismo ha sido hasta ahora una organización puramente económica. Nunca ha sido un órgano de lucha del proletariado. Por eso el cooperativismo no gozó de la atención de los elementos revolucionarios de la clase obrera, a los que siempre ha arrastrado el arrollador trabajo de lucha en los partidos políticos y en los sindicatos. Los socialtraidores de toda clase y matiz aprovecharon magníficamente esta circunstancia. Como no encontraron resistencia en los elementos revolucionarios del proletariado, se han creado en las cooperativas posiciones extraordinariamente firmes, disponen libremente de sus fondos y, por otra parte, desde ese baluarte envenenan con la misma libertad la consciencia de clase del proletariado con los gases venenosos de su ideología oportunista y socialtraidora. Tienen a su disposición un auditorio que abarca a muchos millones de obreros.

Todas estas circunstancias muestran claramente lo importante que es para las organizaciones revolucionarias del proletariado expulsar a los viejos dirigentes del cooperativismo, esos traidores a la causa de la clase obrera, de su último refugio, y adueñarse de este último baluarte, de este último punto de apoyo de los oportunistas de extrema derecha. Por otra parte, la experiencia de la Revolución rusa ha mostrado claramente qué enormes dificultades se alzan en la organización del abastecimiento de la población y del intercambio de mercancías ante el proletariado que ha tomado el poder, si antes no se ha adueñado del cooperativismo. Tiene que conquistar entonces esa posición en un momento en que todas sus fuerzas deben estar dirigidas a mantener el poder y a organizar la nueva sociedad, mientras que las cooperativas tendrían que empezar sin demora su trabajo según los encargos del nuevo poder proletario. Pero esta conquista no puede llevarse a cabo de un golpe. Es imposible limpiar de arriba abajo en poco tiempo el pantano podrido del viejo cooperativismo. Muchas posiciones cooperativas importantes siguen durante mucho tiempo en manos de los viejos cooperativistas, esos enemigos del proletariado; sabotean el trabajo; la organización del abastecimiento de la población y del intercambio de mercancías se lleva a cabo mal; eso provoca el descontento de las masas y debilita las fuerzas del nuevo poder revolucionario.

Todas estas circunstancias muestran claramente lo importante que es para el proletariado revolucionario expulsar a tiempo, ya antes de la revolución, a los viejos dirigentes del cooperativismo, esos traidores a la causa de la clase obrera, de su último escondrijo, y apoderarse a tiempo de este último punto de apoyo de los oportunistas de extrema derecha.

La Internacional Comunista comprendió a tiempo esta necesidad. Ya en su III Congreso, en el verano de 1921, puso en el orden del día la cuestión del trabajo de los comunistas en el movimiento cooperativo y aprobó las tesis presentadas sobre esta cuestión por el ponente.

Estas tesis trataban principalmente de las líneas generales, programáticas por así decirlo, del trabajo que los comunistas tienen que realizar en el movimiento cooperativo. Las cuestiones de la táctica, y más aún las cuestiones de la organización, se tocaban en estas tesis solo de forma muy general. Las tesis insistían sobre todo en que el cooperativismo tenía que dejar de ser la «tercera forma del movimiento obrero», completamente independiente y aislada de las demás formas, y en que el trabajo de las cooperativas revolucionarias tiene que entrelazarse del modo más estrecho con el trabajo de las organizaciones revolucionarias, políticas y sindicales, del proletariado. Las tesis insistían en que la vieja consigna de las cooperativas oportunistas sobre la supuesta neutralidad política del cooperativismo tiene que rechazarse con la máxima decisión, porque bajo esa consigna los socialtraidores han llevado a cabo con audacia y sin el menor reparo su política de convertir el cooperativismo en un criado de la burguesía. En el terreno de la organización, las tesis solo insistían en que los cooperativistas comunistas tienen que formar en todas partes sus células, en que estas células tienen que agruparse por distritos y a escala nacional, y en que todo el movimiento tiene que estar dirigido por la sección cooperativa de la Internacional Comunista.

A esta sección se le encargó convocar la primera conferencia internacional de cooperativistas comunistas.

La sección ha cumplido este acuerdo, y el 1 de noviembre de 1922 se reunió en Moscú la primera conferencia internacional de los cooperativistas comunistas.

En esta conferencia participaron 36 representantes de 20 países, con voto consultivo o deliberativo. Tenían voto deliberativo los representantes de Rusia, Ucrania, Georgia, Azerbaiyán, Armenia, la República del Extremo Oriente, Alemania, Francia, Italia, Suiza, Austria, Bulgaria, Polonia, Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia y Lituania, los representantes de los países anglosajones y los miembros de la sección cooperativa de la Internacional Comunista. De los países con un fuerte movimiento cooperativo no estuvieron representados Checoslovaquia y Bélgica. Faltó también un representante propio de Inglaterra.

Los trabajos de la conferencia duraron seis días, del 1 al 6 de noviembre, y se celebraron dos sesiones diarias.

El orden del día de la conferencia decía así:

  1. Constitución de la conferencia.

  2. Informes de los delegados sobre el estado del movimiento cooperativo en sus países y sobre el trabajo de los comunistas en las cooperativas.

  3. Comunismo y cooperativismo.

  4. Cuestiones tácticas.

  5. Cuestiones de organización.

  6. Elecciones.

De los informes de los delegados se desprendió que el movimiento cooperativo atraviesa en todas partes una profunda crisis, cuyas causas están en la crisis económica, en las fuertes oscilaciones de las monedas y en la encarnizada ofensiva del capital. En tales circunstancias, toda ayuda por parte de un cooperativismo que se encierra en sus estrechos límites de siempre se vuelve ilusoria. Como las cooperativas siguen empleando sus viejos métodos de trabajo, no pueden prestar al obrero ninguna ayuda sustancial. La bancarrota del viejo cooperativismo la sienten incluso sus propios dirigentes, pero no son capaces de encontrar nuevos caminos de trabajo. Todo esto crea un terreno propicio para el crecimiento y el desarrollo de las nuevas ideas revolucionarias en la cooperativa.

Los informes comprobaron además unánimemente que los partidos comunistas de Europa occidental han dedicado muy poca atención al movimiento cooperativo y al trabajo de los comunistas en este terreno. La prensa del partido da cabida a estas cuestiones con dificultad y de mala gana. En muchos países, el acuerdo del III Congreso de la Internacional Comunista sobre la formación de células por los cooperativistas comunistas sigue sin aplicarse hasta hoy. Los partidos no destinan camaradas al trabajo comunista en la cooperativa ni muestran empeño en asumir la dirección de este trabajo. No se esfuerzan por arrastrar a las cooperativas a las campañas de lucha políticas y económicas que emprenden. Las quejas más amargas llegan de Francia. Allí el Partido Comunista no ha prestado hasta ahora la menor atención a las cooperativas ni ha dado ninguna directiva a los comunistas que trabajan en estos terrenos. En consecuencia, reina entre ellos una gran desunión. Es cierto que hay un acuerdo del partido que obliga a todos los miembros a hacerse cooperativistas y a trabajar en este terreno. Pero este acuerdo no se cumple. Como señala la respuesta a nuestro cuestionario, «la mayoría de los miembros del Partido Comunista no eran miembros de cooperativas». «Solo los obreros comunistas eran miembros de las cooperativas», dice la respuesta en otro lugar. «El Partido Comunista no ha tomado hasta ahora posición de ningún modo determinado ante las tendencias surgidas entre los cooperativistas salidos del partido. El partido no muestra ningún empeño en poner este movimiento bajo su influencia y su dirección.» «El Partido Comunista —se queja la respuesta— no ha prestado ninguna ayuda al comité de los cooperativistas comunistas. A duras penas logramos, al principio, publicar en L'Humanité algunos artículos que justificaban nuestra actuación.» Los frutos de semejante política saltan a la vista. Si el Partido Comunista no muestra ningún empeño en acercarse a los cooperativistas comunistas, estos le pagan con la misma moneda. No se preocupan de que el partido los dirija. «Nuestro comité de los cooperativistas comunistas no mantiene ninguna relación oficial con el Partido Comunista, pero procura mantener con él relaciones amistosas», dice la respuesta al cuestionario.

Solo «relaciones amistosas» con el estado mayor dirigente de todo el movimiento proletario revolucionario del país. Y eso que uno de los principios más importantes y fundamentales del movimiento cooperativo revolucionario consiste precisamente en el acercamiento más estrecho posible de todas las formas del movimiento obrero revolucionario, en su subordinación a una voluntad única, a una dirección única, en el trabajo según un plan único, en la hegemonía del Partido Comunista sobre todas las formas de organizaciones proletarias. Solo este frente único de todas las organizaciones puede hacer que nuestro trabajo tenga éxito. No es de extrañar que, con semejante separación del partido respecto de los cooperativistas comunistas, y de estos respecto del partido, el movimiento cooperativo revolucionario se haya desarrollado en Francia solo débilmente. «El partido no nos ha prestado todavía el apoyo que esperamos —dice la respuesta—; por eso nuestra influencia es bastante menor de lo que debería ser.»

Cuanta menos atención presta el partido al trabajo en las cooperativas, tanto mayor es la desunión en este trabajo y tanto más difícil es lograr en él la unidad. En este aspecto, Francia ofrece un triste ejemplo. En una carta de nuestros camaradas franceses leemos, por ejemplo, lo siguiente:

«En el congreso cooperativo pudimos observar el siguiente fenómeno lamentable: en cuanto alguno de los camaradas comunistas tomaba la palabra contra el informe de los reformistas, algún otro miembro del partido subía a la tribuna, para gran alegría de nuestros adversarios, y pedía un voto de confianza para los dirigentes cooperativos. Resultó así que la mayoría de los argumentos contra las intervenciones de los comunistas procedían de miembros de nuestro partido. En cada ocasión favorable, los reformistas, animados por el deseo de dividir y debilitar al Partido Comunista, han subrayado con gusto las divergencias que había entre nosotros.» Los partidos comunistas tienen que prestar en todas partes la máxima atención al cooperativismo. De lo contrario, la falta de disciplina entre los cooperativistas comunistas arraigará, se convertirá en costumbre, y luego será muy difícil combatir estos males. En la guerra todas las posiciones tienen que ocuparse a tiempo. Una posición que no se ocupa a tiempo exige más tarde un asalto con grandes sacrificios.

Y ha llegado ya el momento de la lucha seria de los comunistas en las cooperativas. El descontento con los viejos dirigentes, con la vieja teoría y la vieja práctica del movimiento cooperativo se abre paso en todas partes. El aire está literalmente cargado de ideas revolucionarias. Aunque el trabajo de los cooperativistas comunistas en Francia es muy caótico, muy débil, muy desorganizado, incluso allí se notan sus éxitos. En un informe de nuestros camaradas franceses leemos, por ejemplo, lo siguiente:

«Los éxitos de nuestro trabajo se ven con la máxima claridad en las votaciones de nuestros congresos. En 1919 no hubo votaciones en absoluto. En 1920 nuestros camaradas tenían 21 mandatos de un total de 4.000; en 1921, 51 mandatos del mismo número; en 1922, 300 mandatos de los mismos 4.000 miembros. Cada día nos trae nuevos partidarios. En un futuro próximo cabe esperar resultados brillantes.»

En algunos países (por ejemplo, en Holanda) no existe ninguna relación entre los comunistas y las cooperativas. De lo que ocurre en el movimiento cooperativo de España, Portugal, Yugoslavia, Rumanía, Grecia y Letonia (hablo solo de los países europeos), la sección no tiene la menor idea.

Por otra parte, los informes de los delegados comprueban que en todas partes donde los comunistas y los partidos comunistas prestan aunque sea un poco de atención al trabajo en las cooperativas, este trabajo da muy pronto ricos frutos. El primer puesto en este sentido lo ocupa Alemania. Allí se destina a este trabajo a una serie de camaradas experimentados. En Alemania, los cooperativistas comunistas han organizado 112 fracciones en las cooperativas de las que son miembros. Hay cooperativas cuya junta directiva entera está formada por comunistas, aunque el número de tales cooperativas es muy pequeño. Para enlazar las células entre sí se han organizado 20 representaciones de distrito. De vez en cuando se celebran conferencias de distrito de los cooperativistas comunistas (en 1921 hubo tres, en 1922 cuatro); también se celebran de vez en cuando conferencias nacionales. Hay una revista, Der Kommunistische Genossenschaftler («El Cooperativista Comunista»), que está al servicio del movimiento. Cinco periódicos del partido publican suplementos cooperativos. Junto al Comité Central del Partido Comunista existe una sección cooperativa, que, sin embargo, solo dispone de un número muy reducido de fuerzas. En general se puede decir que el Partido Comunista de Alemania ha empezado el trabajo en las cooperativas, pero no hay que ocultar que hasta ahora hace muy poco en este terreno. En la respuesta al cuestionario se dice: «El partido sigue tratando hasta ahora con desatención las cuestiones cooperativas.»

Con todo, para empezar, se notan ya grandes éxitos del trabajo revolucionario en las cooperativas. El número de cooperativistas comunistas organizados crece rápidamente, y crece también su interés por el trabajo. Así se desprende del número de delegados que han participado en las conferencias nacionales. Hasta ahora se han celebrado tres conferencias de este tipo. En la primera (en 1921) participaron 24 representantes de 16 distritos; en la segunda, 30 representantes de 21 distritos, y en la tercera (el 20 de agosto de 1922, en Weißenfels), 96 representantes, y el informe subraya que esta cifra habría sido todavía mayor con una mejor organización de la conferencia. Si el Partido Comunista de Alemania presta una atención seria a este movimiento, pronto se verán los brillantes resultados de este trabajo.

Perspectivas igual de brillantes pueden abrirse para el trabajo de los comunistas en Checoslovaquia si los cooperativistas comunistas de allí ponen manos a la obra con más decisión.

Todos estos informes de los distintos países muestran que el IV Congreso tiene que repetir con especial insistencia el acuerdo del III Congreso que declaró necesario que los comunistas organicen sus células en las cooperativas y que todas las organizaciones del partido presten la mayor atención posible a este movimiento.

Del informe «Comunismo y cooperativismo» y de los debates sobre él se desprendió que el III Congreso de la Internacional Comunista trazó con total acierto en su resolución las líneas programáticas fundamentales en esta cuestión. La primera conferencia internacional de los cooperativistas comunistas no introdujo en esta cuestión ninguna corrección ni ningún complemento. No hubo ni una sola moción en ese sentido.

En la cuestión de la táctica, la conferencia reconoció de manera absolutamente categórica la necesidad de que la cooperativa intervenga enérgicamente en la lucha en torno a todas las cuestiones que planteen las cooperativas o los consumidores. Esta lucha tienen que librarla hombro con hombro y en el contacto más estrecho con los partidos comunistas y los sindicatos rojos. Adquiere especial importancia la lucha contra todo lo que favorezca el aumento de la carestía o dificulte combatirla. A ello pertenecen la lucha contra todo aumento de los aranceles, de los impuestos sobre el consumo y de los impuestos indirectos; la lucha contra los intentos de imponer a las cooperativas impuestos excesivos o especiales; la exigencia de que la distribución entre la población de todos los productos de primera necesidad se confíe exclusivamente a las cooperativas de consumo, y la participación de las cooperativas y de sus miembros en todas las formas de esta lucha. De especial importancia, en particular para Alemania, es actualmente la cuestión de una campaña enérgica por la participación de las cooperativas en la lucha que los consejos de fábrica han iniciado ahora con tanta energía. Los cooperativistas comunistas tienen que emprender en sus sociedades y federaciones una campaña sumamente enérgica por la participación de las cooperativas en esta lucha y en el congreso de los consejos de fábrica.

En Italia, la tarea de los cooperativistas comunistas consiste en arrastrar a la lucha contra el fascismo tanto a las cooperativas de consumo urbanas como a las cooperativas de producción rurales.

Una agitación igual de enérgica tienen que emprender los cooperativistas comunistas también en cuestiones como el crecimiento del militarismo, que hace necesario un aumento de los impuestos sobre el consumo y provoca peligros de guerra e intentos de intervención, etc.

Solo la práctica de semejante lucha, mano a mano con los partidos comunistas y los sindicatos rojos, destruirá el principio de la neutralidad política del cooperativismo, que los viejos dirigentes cooperativos han inculcado profundamente, y destruirá también, por otra parte, la idea de que el movimiento cooperativo constituye la tercera forma, completamente independiente, del movimiento obrero. Solo mediante la práctica de semejante lucha común pueden crearse el frente único de todas las formas del movimiento obrero y, después, también la plena unidad de este movimiento.

Pero con esto no se agotan las tareas de los comunistas en las cooperativas. En su trabajo tienen que aplicar también métodos puramente cooperativos; es decir, tienen que tratar de averiguar qué métodos de trabajo cooperativo son, en las condiciones dadas, los mejores para el trabajo de las cooperativas como órganos de los trabajadores (de los campesinos, los obreros y los artesanos). A ello pertenece, por ejemplo, la cuestión de la necesidad de renunciar al reparto de dividendos entre los socios de la cooperativa y de emplear esos ingresos en aumentar los fondos de la cooperativa, destinándolos al capital de reserva indivisible, así como en crear fondos especiales de ayuda para los huelguistas, para las víctimas de la reacción capitalista y para los obreros afectados por cierres patronales. A ello pertenecen el trabajo entre las socias de la cooperativa, el trabajo entre la juventud, la lucha contra la penetración del socialismo gremial en las cooperativas, etc., etc.

En las cuestiones de organización, la conferencia fijó los límites dentro de los cuales debe desarrollarse el trabajo de los comunistas en las cooperativas, desde la célula hasta la sección cooperativa de la Internacional Comunista. La sección debe estar formada por 20 representantes de distintos países, elegidos en las conferencias internacionales. Para el trabajo corriente, la sección forma un Presidium de 7 camaradas.

Así pues, partiendo del primer año de trabajo de los comunistas en el movimiento cooperativo, la conferencia ha dado dos nuevos grandes pasos adelante: en la elaboración de la táctica del movimiento y en la elaboración de sus formas de organización.

En atención al trabajo realizado, la sección propone al pleno del IV Congreso de la Komintern que apruebe la siguiente resolución sobre la cuestión del movimiento cooperativo:

Sigue la «Resolución sobre la cuestión de las cooperativas», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Lauridan (Francia): Las tesis mencionadas en la propuesta que se nos ha presentado y la resolución del III Congreso han tratado la cuestión cooperativa de una manera que me parece demasiado general. La crítica tenía que introducir correcciones que, a mi parecer, no han llegado de Occidente a Moscú. El camarada Meshcheriakov se ha quejado hace un momento de que, sobre todo en Francia, no se ha hecho en las cooperativas el trabajo que correspondía. Por otra parte, el informe que nos ha presentado aquí el camarada Meshcheriakov se refiere principalmente a las cooperativas de consumo.

Sin duda coincido con el ponente sobre la importancia del papel de las cooperativas de consumo, y quisiera que mañana se dedicara a esta cuestión toda la atención que merece, porque existe un peligro muy grande, a saber, el de que las cooperativas se pongan al servicio de cualquier fin.

Cuando Guesde volvió del destierro en 1876, se encontró en una conferencia de cooperativistas con un estado de ánimo tan neutralista que, cuando se pidió una ayuda para los huelguistas de Montceau-les-Mines, un miembro del consejo cooperativo, Chabert, se pronunció en contra y, en nombre de la neutralidad política, consiguió que se negara la ayuda solicitada.

De esta neutralidad política se sirvieron la política patronal y la política cristiana para intentar combatir las cooperativas obreras. Un patrono de Roubaix llamado Motte525 dijo un día a ese mismo Jules Guesde, que había difundido la idea cooperativa en el Norte y había fundado en Roubaix la primera cooperativa obrera, que la cooperativa obrera no era ni más ni menos que la «vaca lechera» de los revolucionarios.

La prudencia aconseja, pues, vigilar muy de cerca el cooperativismo, y sería un error fundamental por nuestra parte llegar a creer que el cooperativismo puede preparar los elementos de la nueva sociedad. El elemento material, el elemento personal, no lo prepara la cooperativa, sino el propio capitalismo, la concentración. Guesde tenía una definición magnífica: «A los obreros les basta el comunismo de los talleres.» Es evidente, por tanto, que, por un lado, hay que observar con atención todo lo que hacen las cooperativas, pero, por otro, solo se les puede atribuir una importancia relativa; tenemos que procurar que estas cooperativas den asilo al proletariado en lucha y, sobre todo, que le suministren munición. En el norte de Francia todas las cooperativas han fundado casas del pueblo para las organizaciones obreras; reparten subsidios de huelga y subsidios de paro. Algunas cooperativas dedican al partido subvenciones directas o indirectas.

Podemos expresarlo con una fórmula típica: la cooperativa tiene que ser hoy una fuerza auxiliar del partido; mañana tendrá que ser la fuerza auxiliar del poder proletario.

Por eso es necesario, es indispensable, que los comunistas tomen al asalto las cooperativas. Acabo de hablar de la tradición del Norte y del Paso de Calais. Hay allí numerosas cooperativas, un movimiento cooperativo parecido al que existe en Bélgica. Después de la escisión de Tours,526 el Partido Socialista quiso excluir a los comunistas de las cooperativas.

En algunas cooperativas los comunistas tienen la mayoría, por ejemplo en Tourcoing, una ciudad de 60.000 habitantes; en Halluin, una ciudad a la que en Francia se ha dado el nombre de «Halluin la Roja»; en Marcq-en-Barœul y en Solesmes; en Roubaix, en cambio, los comunistas están en minoría. Los disidentes han logrado, mediante una serie de maniobras indescriptibles, excluir a los comunistas de las cooperativas.

Los comunistas se pusieron a fundar otra cooperativa frente a la cooperativa de los disidentes. Esta cooperativa proletaria de Roubaix, que existe desde hace un año, alcanzó en los seis primeros meses de su existencia una cifra de negocios de 500.000 francos. Posee inmuebles con una superficie de 1.000 m², hornos de pan, una carbonería junto al canal, un café, salas de reunión, salas de música, etc.

Estos éxitos evidentes animan a los comunistas de las demás regiones y también de las demás ciudades del Norte a seguir este ejemplo.

Se parte del principio de que no se debe dar dinero a los reformistas, a los disidentes, y, partiendo de este principio, los comunistas defienden en las cooperativas de los disidentes la neutralidad política. Sé muy bien que a los comunistas les resulta penoso dar dinero a los disidentes y subvencionar al partido socialdemócrata. Pero, por penoso que sea ese gesto, la respuesta que apela a la neutralidad de las cooperativas es un error enorme. No se trata de atacar el principio de la subvención, sino al partido que recibe esa subvención; tenemos que exigir que se subvencione al verdadero partido obrero, es decir, al Partido Comunista.

Recomiendo a la atención del ponente esta cooperativa comunista aislada del Norte, que mañana puede adquirir el valor de un símbolo y provocar todo un movimiento de escisión en las cooperativas. La unidad: esa es la consigna.

Naturalmente, los comunistas de Roubaix están obligados a apoyar esta cooperativa comunista de Roubaix; no obstante, tienen que procurar por todos los medios posibles que esta cooperativa sea admitida en la federación de cooperativas de Francia.

Espero que los camaradas franceses, así como todos los demás camaradas, apoyen la admisión de nuestros camaradas comunistas de Roubaix.

Pero donde haya grupos de excluidos, hay que imponer su readmisión en las cooperativas y, al mismo tiempo, procurar también los medios materiales para fundar una cooperativa como la que se creó en Roubaix cuando se agotaron los medios de reconciliación.

Hasta aquí, lo que se refiere a las cooperativas de consumo, de las que por lo demás el informe ha hablado con brío y de manera completa. Pero hay también otras formas de cooperativas. Están sobre todo las cooperativas agrícolas. No hablo aquí de los sindicatos de obreros agrícolas, que en el fondo son asalariados igual que los obreros industriales; hablo aquí de los sindicatos de pequeños arrendatarios, de aparceros, que a veces se unen a los pequeños propietarios.

¿Se puede uno oponer a la fundación de estos sindicatos? ¿No hay que ver en estos pequeños propietarios campesinos al trabajador que trabaja para sí mismo? ¿No tenemos, por el contrario, que intentar llevar a estos campesinos a los sindicatos, que son verdaderas cooperativas de compra y venta en común?

El ingreso en las cooperativas es una necesidad, y no solo porque las cooperativas puedan ayudar en la socialización de la tierra —en eso no piensa nadie—, sino porque en el trabajo en común se puede introducir en el pensamiento individualista de los campesinos la idea de una sociedad nueva que elimine el individualismo de la sociedad actual.

Es un medio de penetración, de educación, que familiariza a los campesinos con la idea de que el comunismo procura a cada individuo la parte a la que tiene derecho en la colectividad y, sobre todo, bajo el dominio de la colectividad.

Hay también cooperativas de producción, de las que no se habla nada o se habla poco.

El V Congreso, el que ha de celebrarse el año próximo, tendrá que abordar este punto delicado y a la vez peligroso. Lejos de mí defender las cooperativas de producción, de las que yo también solo puedo repetir que no se puede pensar en hacer de ellas otra cosa que un capitalismo dentro del capitalismo. Pero cerrar los ojos ante el peligro no es todavía una solución.

Los camaradas del Norte han abordado esta cuestión de las cooperativas de producción e incluso han ido más lejos en ella: han previsto la fundación de bancos del trabajo colectivo que absorberían los ahorros de los obreros y reunirían el dinero de los obreros, para que estos no tengan que entregarlo al capitalismo o al Estado antiproletario.

El estudio de esta cuestión es el comienzo del peligro, y su realización es el peligro mismo. Los obreros han fundado cooperativas de producción. En Tourcoing existe una tejeduría, «La Solidaridad Obrera». Es una cooperativa de producción que funciona desde hace muchos años. Señalo esta, que está aislada, mientras que hay además todo un número de cooperativas que sirven de cooperativas de reconstrucción en nuestras regiones devastadas.

Estas cooperativas de reconstrucción —que no pudimos evitar, que tuvimos que dejar funcionar—, estas cooperativas de reconstrucción han hecho nacer la idea de los «gremios». Estos gremios los defiende hoy la USTICA, la «Federación Sindical de Técnicos de la Industria, el Comercio y la Agricultura».

Al mismo tiempo, la federación revolucionaria de obreros de la construcción ha estudiado estos gremios. Es absolutamente necesario que el Partido Comunista se forme una opinión sobre ello y que la Internacional Comunista diga qué piensa de estos gremios y a qué resultado pueden conducir en Francia y en otras partes.

De las cooperativas de reconstrucción solo hay un pasito hasta la cooperativa de mantenimiento, en la que se agruparán los pequeños burgueses. Si se tiene en cuenta que los obreros, ya sea gracias a la ley sobre las viviendas baratas, ya sea por otros caminos, se han convertido en pequeños propietarios, tenemos que llegar a la conclusión de que nos interesa tenerlos a nuestro lado y no volverlos contra nosotros. Por lo demás, todos los obreros, sean o no pequeños propietarios, se interesan por el problema de la vivienda, que es cada vez más apremiante, de modo que en Francia las asociaciones de inquilinos logran éxitos considerables. Es un campo de actividad que no podemos dejar a los adversarios. Hay que hablar de la socialización de la vivienda; hay que encontrar una fórmula que impida a los obreros inquilinos volverse contra los obreros que poseen una casita. Esta fórmula mostrará a los pequeños propietarios que el capitalismo no tendrá con ellos ninguna clemencia y que la burguesía explotará con facilidad la cooperativa de reconstrucción convertida en cooperativa de mantenimiento, en nombre de los supuestos intereses de estos pequeños propietarios, que casi todos son obreros.

Es evidente que la primera tarea del comunismo en todos los países, y muy en particular en Francia, consiste en devolver su pureza a las fuentes de la revolución, dando al proletariado industrial la importancia y la atención que le corresponden. Pero esta tarea exige también neutralizar a aquellos elementos que podrían servir a la causa de la contrarrevolución.

Por eso quería añadir al informe del camarada Meshcheriakov algunas observaciones prácticas, y por eso digo con él que, junto con nuestro orgullo comunista, tenemos que llevar al terreno del cooperativismo nuestro ardiente espíritu de lucha, nuestra vigilancia teórica y nuestra fe revolucionaria. (Aplausos.)

Henriet (Francia): Camaradas, en la conferencia cooperativa que se celebró en Moscú antes de este Congreso convinimos en no entrar en discusiones durante el Congreso, porque sabíamos muy bien que nuestros camaradas comunistas no se interesan demasiado por el cooperativismo y que, por tanto, era muy posible que, si la discusión se alargaba, habláramos ante bancos vacíos.

No estamos muy orgullosos de ello, pero, puesto que es así, no podemos pasarlo por alto en silencio.

También pensábamos que no ocuparíamos al Congreso con las cooperativas de producción. El problema es sumamente complicado y, además, estábamos más o menos de acuerdo en que las cooperativas de producción, bajo el dominio del capitalismo, se apoderan de tal modo de los obreros que se consagran a ellas que estos quedan completamente neutralizados para la acción revolucionaria.

Para que una cooperativa de producción pueda desarrollarse necesita tres cosas:

  1. Un capital suficiente.

  2. Técnicos y administradores experimentados.

  3. Un mercado para los productos.

Pero estas tres condiciones se dan muy rara vez en las cooperativas de producción que los obreros organizan bajo el dominio capitalista.

En general falta ante todo capital. Uno se ve obligado a recurrir a subvenciones o a préstamos de capitalistas, a consecuencia de los cuales cae bajo el dominio, en poder, ya sea de los gobiernos burgueses, que subvencionan las cooperativas de producción para ponerlas a su servicio, ya sea de los capitalistas, que, en cuanto la técnica o la administración fallan, se convierten de un día para otro en propietarios de la cooperativa de producción.

Existe, pues, una gran dificultad ya en lo que se refiere a los propios fondos, es decir, a lo más importante bajo el dominio capitalista, para que la organización de cooperativas de producción sea siquiera posible para los comunistas.

Otra dificultad está en la técnica y en la administración; el mero hecho de fundar una sociedad no significa todavía que se disponga de todas las cualidades administrativas y técnicas necesarias. Además, se puede decir también que la salida de los productos no está en absoluto asegurada bajo el dominio capitalista, porque las cooperativas, ligadas al sistema capitalista, tienen que pasar, igual que ese sistema, por crisis de sobreproducción o de subproducción de las que no pueden escapar. En realidad solo pueden desarrollarse si se funden por completo con el sistema capitalista. En tales circunstancias, los camaradas que se ocupan de ello están casi completamente perdidos para la causa de la revolución.

En nuestra época, tan confusa, en la que nos enfrentamos a crisis cada vez más graves, pido a los camaradas comunistas que lo piensen bien antes de emprender la fundación de una organización de este tipo. La situación ya no es la misma que antes, cuando el sistema capitalista parecía todavía asegurado. Al contrario, hoy todo comunista tiene que procurar no emprender nada que pueda frenar su impulso, nada que pueda menoscabar su propia libertad en el terreno de la propaganda y de la acción comunista.

Se acaba de hablar de los gremios. Me parece importante advertir a nuestros camaradas de que estos gremios no son otra cosa que sociedades de producción corrientes, con la diferencia de que sus estatutos no prevén el reparto de los beneficios entre sus accionistas y de que muy a menudo atraen a su órbita a los propios sindicatos obreros. En tales circunstancias se duplican las malas consecuencias que acabo de señalar, debido a que los sindicatos —incluso los más revolucionarios, de los que se acaba de hablar— se ven arrastrados a la forma más reformista, y eso en la creencia de que bajo el sistema capitalista se puede hacer algo duradero, algo serio, algo útil. (Interrupción de Lauridan: ¿Por qué no lo ha dicho usted en el informe? Puesto que esa es su opinión, bastaba con que la dijera.) Dijimos en el informe que advertimos a los camaradas contra las sociedades de producción que se llaman «gremios». No quisimos hablar de ello con más detalle por las mismas razones que acabo de señalar. (Lauridan: El peligro está ahí; esconden la cabeza en la arena como el avestruz.) Lauridan tiene toda la razón. El peligro es grande para él, pero no para los cooperativistas comunistas.

Desde hace 70 años existe en la clase obrera la tendencia a liberarse del capitalismo. Se han probado diversos sistemas, se ha probado el sistema de Proudhon, el sistema de Buchez,527 que intentaban llevar a la clase obrera a organizarse en sociedades de producción. Hasta nuestro congreso obrero de 1879528 en Francia solo se hablaba de sociedades de producción. Parecía que los sindicatos no se habían creado para defender a la clase obrera en la lucha de clases, sino única y exclusivamente para servir de núcleo en la fundación de cooperativas de producción.

Las primeras cooperativas de producción se fundaron entre 1840 y 1848. En 1848, gracias a una subvención del Gobierno provisional, se abrieron sociedades de producción en toda Francia. Durante todo el Imperio, es decir, de 1848 a 1870, floreció el sistema de Proudhon, el «mutualismo». En aquella época se fundaron varios miles de sociedades, y hoy casi todas están muertas.

Las pocas supervivientes se volvieron iguales a aquellas sociedades que existen todavía desde 1848; la sociedad de los ópticos de París es la peor de las sociedades capitalistas.

Es una razón de peso. Después del congreso obrero de 1879 se creó en Francia una organización de las cooperativas de producción que lleva el nombre de Cámara Consultiva de las Asociaciones Obreras de Producción y que abarca unas 150 de esas sociedades. Puede decirse con razón que ni una sola habría sobrevivido si el Estado no les hubiera otorgado sus subvenciones y si no hubieran gozado de favores en las obras de las administraciones públicas y de la ciudad de París.

Los hechos zanjan, por tanto, esta cuestión, de modo que no tiene sentido seguir discutiendo sobre ella, porque esta experiencia de 70 años, que no es una experiencia propia de Francia, sino que existe también en Inglaterra, donde el sistema de Robert Owen se basaba igualmente en la organización de sociedades de producción, este sistema ha fracasado por completo. El que hoy se intenta renovar, y que propagan nuestros camaradas de la USTICA, se basa en los mismos principios; con el pretexto de que en teoría es factible, nuestros camaradas intentan realizar estos principios basándose en ciertas enseñanzas que han adquirido en Alemania.

Pero lo que no dicen, lo que no dicen nunca, es que las cooperativas de producción organizadas en Alemania en forma de gremios, aunque hayan prestado ciertos servicios a la pequeña burguesía alemana, solo han sido rentables en cierta medida gracias a la situación momentánea creada por la pausa de ocho años en la construcción. Había que encontrar sin demora la posibilidad de alojar a una población superabundante. Pero en cuanto vuelvan a darse condiciones normales, los famosos beneficios de los gremios alemanes bajarán exactamente igual que los beneficios de las sociedades capitalistas con las que tendrán que competir. La camarada Beatrice Webb,529 que ha estudiado las cooperativas inglesas, ha mostrado cómo en determinadas circunstancias fueron cayendo una tras otra en manos de los capitalistas o desaparecieron por completo, dejando un desengaño mortal para la clase obrera y para la lucha de clases.

La burguesía adoptó esta teoría, porque, si se profundiza en ella, uno se da cuenta de que el cooperativismo, que tiene que competir con el capitalismo, no puede llegar al resultado que proclama Charles Gide,530 y de que, si esta teoría alimenta durante 25, 30, 40 o 50 años la ilusión de la clase obrera, eso solo significa un plazo concedido a la sociedad capitalista. Este sueño de Charles Gide lo han retomado nuestros antiguos camaradas reformistas de la federación de cooperativas. Los camaradas comunistas no deben, pues, emprender este camino sin tener en cuenta antes las experiencias, los hechos. He tomado la palabra no solo sobre esta materia, sino también sobre el papel social del cooperativismo. Lauridan acaba de decir, siempre según la teoría de Jules Guesde, que las cooperativas no tienen ningún valor social, como mucho el de dar a sus miembros cierta educación social colectiva o el de ofrecer cierto apoyo al partido y a la acción revolucionaria. Yo no soy de esta opinión y creo que el cooperativismo es una fuerza inmensa en la revolución social; no soy cooperativista, no profeso las doctrinas de Charles Gide, que en un sueño grandioso creía poder reunir a todos los capitalistas y a todos los obreros en cooperativas de consumo y, poco a poco, con ayuda de los capitales acumulados en esas sociedades, transformar el mundo y suprimir los antagonismos económicos entre la producción y el consumo; en una palabra, crear una sociedad comunista.

El sueño de Charles Gide era un bello sueño, pero no era más que un sueño.

En 1910, cuando el Partido Socialista de Francia decidió entrar en el cooperativismo y rodeó esta decisión de algunas frases revolucionarias, se adoptó de nuevo solo la tesis de Charles Gide. Aunque el propio Partido Socialista no se preocupó mucho de ello, hubo camaradas que comprendieron desde entonces qué importante es entrar en las cooperativas de consumo, que efectivamente entraron en ellas y que hoy son allí los más fervientes defensores de las tesis de Charles Gide. Exigen la neutralidad política y adormecen a la clase obrera.

(Interrupción de Lauridan: ¡Tú también! Por lo visto acabas de decir que el partido no tiene nada que hacer en las cooperativas, que no compartes las ideas de Gide y que no ves en las cooperativas la posibilidad de suministrar munición al partido. Tenemos que entendernos sobre este punto.)

Henriet: Digo que los camaradas de nuestro antiguo partido comprendieron lo importante que era penetrar en el movimiento cooperativo, y no por las subvenciones al partido, cosa que, por lo demás, no les está prohibida a las cooperativas, sino para procurarse, al margen de las luchas políticas, de las crisis, de las tormentas que están a la orden del día en nuestros grupos políticos, una posición agradable y tranquila, y poder sentarse siempre a una mesa bien servida. Por otra parte, durante la guerra, tras la traición general, los que estaban en las cooperativas no tuvieron necesidad de intentar comprender el valor del movimiento cooperativo para apoderarse de todos los puestos dirigentes de las cooperativas, pues ellos, por su parte, intuían muy bien que el movimiento cooperativo podía proporcionarles subvenciones considerables, y así, al amparo de la neutralidad política, con las subvenciones aportadas por las cooperativas —incluso por las cooperativas comunistas—, hacían tranquilamente la política de los disidentes, de los socialdemócratas, la política de la reacción. En Francia, la Federación Nacional, a la que los cooperativistas aportan una cuota de 336.000 francos, tiene un periódico que tira 150.000 ejemplares. Este periódico lo compran las cooperativas y hace exclusivamente la política de los reformistas y neutralistas más reaccionarios, aunque también los comunistas contribuyen a los gastos. Así pues, aprovechándose de la situación general del movimiento cooperativo e incluso de las ideas proclamadas por Jules Guesde, se hace una política reaccionaria, si no directamente, sí de forma encubierta. En las cooperativas a las que pertenecemos se nos plantea la misma cuestión de la misma forma.

No estamos unidos en esas cooperativas. En las asambleas generales rara vez reina la unanimidad; pero somos unánimes en hacer propaganda, en destinar los beneficios al fondo de desarrollo, al fondo de solidaridad social o a la propaganda comunista, y esa propaganda nos permite desplegar en todos los aspectos los principios comunistas y, al mismo tiempo, permanecer en el terreno económico.

Pero esto no es más que un aspecto de la cuestión. Si se tratara solo de dar subvenciones al partido, no bastaría, porque la cooperativa también tiene sus peligros. Una asamblea general, después de haber votado dinero para la propaganda comunista, puede muy bien votar también dinero para la propaganda reformista.

(Interrupción de Lauridan: De nosotros depende cumplir nuestro deber en las cooperativas.)

Henriet: Yo veo en el movimiento cooperativo otra forma de acción social. Mientras domine el sistema capitalista, el movimiento cooperativo no puede dar en modo alguno lo que acabamos de señalar; pero cuando se trata de un orden social como el de Rusia, donde el proletariado ha tomado la dirección política, donde existe la dictadura del proletariado, ya no es así: el objetivo de la revolución es la socialización, lo que en modo alguno quiere decir que bajo el comunismo se socialice todo. Hay una infinidad de organismos económicos que siguen siendo individuales y no pueden socializarse. Es fácil hablar de socialización cuando hay grandes latifundios y grandes empresas en los que los obreros ya están organizados, donde ya existe una mentalidad especial para asumir la dirección y en los que hay consejos obreros. Pero los sindicatos son incapaces de socializar la pequeña industria, el campesinado, el artesanado, el comercio y el trueque. Esa es precisamente la cuestión. Y en la república en que nos encontramos ahora se han tenido experiencias crueles, porque antes nunca se había ocupado nadie del movimiento cooperativo. Se lo consideraba superfluo, e incluso se sospechaba que podía impedir la revolución. Oí a socialistas invocar el ejemplo de la sociedad de Basilea, donde el movimiento cooperativo ha alcanzado el mayor grado de desarrollo del mundo, para poder declarar que los bajos precios a los que se vendían las mercancías en la cooperativa de esa ciudad contribuían a la degeneración de la clase obrera, porque permitían al patrono rebajar los salarios; no se tenía en cuenta la resistencia de los obreros a la rebaja de los salarios. Era la ley de bronce, que empuja los salarios al mínimo de subsistencia. Los comunistas rusos, que no se ocuparon del movimiento cooperativo, tuvieron que ver cómo lo saboteaban los mencheviques, que lo tenían en sus manos. En aquella época las cooperativas suministraban las tres cuartas partes de los víveres que necesitaba Rusia, y los rusos, a causa de la resistencia que se hacía sentir en las cooperativas, se vieron obligados a desmontar por completo el movimiento cooperativo y a reducirlo al papel de un simple órgano de distribución, ya que el Estado había asumido la requisa de todos los víveres. Ese fue el resultado de no comprender esta cuestión. Por eso tenemos hoy la «NEP», que habríamos podido evitar si, en lugar de vernos obligados a desmontar el movimiento cooperativo, se hubiera comprendido el papel del movimiento cooperativo en la organización social y se hubiera sabido servirse de esta institución. Naturalmente, el movimiento cooperativo no es una forma definitiva de la sociedad; es solo una forma provisional. Se sirve del capital, pero no sirve al capital. Es democrático por naturaleza; tiene una forma que da a todo el que se ocupa del movimiento cooperativo la posibilidad de votar, sin tener en cuenta la participación de capital que haya desembolsado. Por consiguiente, el valor del cooperativismo desde el punto de vista social es indiscutible, sobre todo si, en lugar de repartir el beneficio entre cada uno de los socios, como ocurre en algunas sociedades, lo cual es un procedimiento bastante individualista, se suprime el reparto de ese beneficio y se emplea para formar capitales colectivos indivisibles; así se llega a un sistema de socialización por un medio indirecto. (Interrupción de Cachin: Vuelve usted al caso de Charles Gide.) Bajo la dominación del sistema capitalista entiendo muy bien esa observación, porque el movimiento cooperativo no puede desarrollarse plenamente a causa de la competencia. En Italia, por ejemplo, el fascismo prende fuego a las cooperativas. Pero en un sistema como el que rige en la Rusia soviética, donde se ha hecho la revolución, donde se ejerce la dictadura del proletariado, es el único medio de hacer frente eficazmente a los restos perturbadores del sistema capitalista en la organización de la dictadura del proletariado.

No hay otro medio. No hay ningún poder que pueda obligar a los cien o ciento veinte millones de campesinos rusos a organizarse colectivamente.

Hay que llevarlos a ello por medios distintos de la violencia. Hay que conseguirlo por medios indirectos. En su obra «No acepto la doctrina», Proudhon, polemizando contra Marx, decía que Marx solo pensaba en la revolución, mientras que él, que representaba a los pequeños industriales de París, intuía que la revolución del proletariado mundial predicha por Marx necesitaba un proletariado ya formado y una gran industria existente, que entonces todavía no existía en París.

Esta constatación fue la base de esa falsa doctrina social que quería llevar a cabo la socialización por medio de las cooperativas de producción. Pero si Proudhon se equivocó bajo la dominación capitalista, estoy convencido de que el soviet no se equivoca y de que, al mismo tiempo que se introducía la nueva política económica, se reorganizó el movimiento cooperativo de consumo y de producción de tal manera que impide el desarrollo del sistema económico capitalista mediante la competencia de esas cooperativas.

¿Qué ha hecho el Gobierno soviético con este fin? Proporciona a las cooperativas los fondos y las instalaciones necesarias y pone a su disposición todo lo que pueda favorecer su fortalecimiento, su desarrollo. Cuando nos reunimos para la primera conferencia, se presentó el secretario del Soviet de Moscú para decirnos que se alegraba de ver que los comunistas se ocupaban del movimiento cooperativo, porque si se hubiera sabido organizar las cooperativas y si esta institución hubiera estado en manos de los comunistas, se habría podido evitar la nueva política.

Tenemos que pasar, como dijo Lenin, por un período de transición. La dictadura del proletariado no basta para llevar el mundo al comunismo; al principio de la revolución no pasamos por ese período de transición, porque teníamos muchas otras cuentas que ajustar y teníamos que destruir muchas cosas para que no nos mataran. Pero si vosotros tenéis la inteligencia necesaria para serviros de los medios que tenéis a vuestra disposición, podréis evitar las tonterías que nosotros cometimos, podréis organizar el comunismo. Después de la dictadura del proletariado podréis socializar los grandes medios de producción y hacer del movimiento cooperativo la base de todos aquellos organismos económicos que todavía se asienten sobre una base capitalista e individualista.

Ese es el significado del movimiento cooperativo comunista. (Aplausos.)

Presidente: Como no hay más oradores inscritos, el camarada Jinchuk tiene la palabra para el resumen final, según lo acordado.

Jinchuk531 (Rusia): La polémica entre Lauridan y Henriet no guarda relación alguna con la cuestión misma, de modo que en realidad no se ha hablado de la cuestión.

El camarada Lauridan se equivoca cuando nos reprocha haber olvidado las cooperativas de producción. No nos ocupamos de esa cuestión en la resolución porque aún no la habíamos estudiado. Hablamos de ella en la conferencia de los cooperativistas comunistas y aprobamos una resolución cuyo § 11 dice: «Las cooperativas de producción y de crédito, que casi siempre son asociaciones de la pequeña burguesía y, por tanto, incapaces de librar la lucha contra el capital, están condenadas a hundirse o a transformarse en sociedades anónimas capitalistas». Les he leído solo una parte de la resolución, el § 11; ya ven, pues, que conocemos el tema.

Si no nos hemos atrevido a hablar de ello aquí, en nuestra resolución, se debe a que el congreso de la Internacional Comunista es algo demasiado grande para hablar de una cuestión tan insuficientemente estudiada.

Remitimos esta cuestión al V Congreso Internacional, al que presentaremos un proyecto de resolución especial. Henriet se equivoca cuando dice que ahora tenemos la «NEP» porque antes no teníamos movimiento cooperativo. El fin de la «NEP» es construir el capitalismo de Estado, y a eso el movimiento cooperativo no puede contribuir.

Henriet tiene razón cuando dice que unas cooperativas comunistas bien desarrolladas antes de la revolución habrían facilitado considerablemente la tarea de la revolución; pero la «NEP» habría sido inevitable de todos modos. El movimiento cooperativo no entraría aquí en consideración.

Lauridan señaló que hay que mantener la unidad del movimiento cooperativo. En esto tiene toda la razón. Somos partidarios de esa unidad; hablamos de ello en las resoluciones del III Congreso. En el IV Congreso no hemos vuelto a hablar de ello, porque no se pueden repetir siempre las mismas cosas.

En todo caso, ahora hacemos en Rusia todo lo posible por generalizar la unión de cooperativas y extenderla a Bulgaria, que no pertenece a ella. También estamos de acuerdo con ustedes en que los comunistas deben permanecer en las cooperativas, en que tenemos que conquistar las cooperativas igual que tenemos que conquistar los sindicatos. No tenemos derecho a dejar a nuestros enemigos el poder inherente al movimiento cooperativo. El intento de crear un movimiento cooperativo aparte, como por ejemplo en Egipto, nunca puede tener éxito; hay que conquistarlo en su conjunto.

Los comunistas todavía no comprenden plenamente la importancia del movimiento cooperativo, aunque es un medio de un poder y una utilidad inmensos. Vimos que en 1919, cuando el Gobierno soviético se vio obligado a llevar a cabo la distribución de los productos por medio de las cooperativas, y estas se encontraban en manos de nuestros adversarios, nos vimos obligados, en lugar de limitarnos a la distribución de los productos, a librar la lucha contra nuestros adversarios, a encarcelarlos, etc. Esto destruyó el trabajo del movimiento cooperativo; la gente estaba descontenta y no recibía nada. Si quieren evitar dificultades de este tipo, tienen que apoderarse del movimiento cooperativo antes de la toma del poder.

Se levanta la sesión a las 9.40 de la noche.

Vigesimocuarta sesión, lunes 27 de noviembre de 1922

El trabajo comunista entre las mujeres.

Oradores: Clara Zetkin, Hertha Sturm, Smidóvich, Kaspárova, Murphy.

Apertura: 12.40 del mediodía.

Preside: Neurath.

Clara Zetkin (recibida con vivos aplausos): Camaradas: Antes del informe sobre la actividad del Secretariado Internacional de Mujeres del Ejecutivo y sobre el desarrollo del trabajo comunista entre las mujeres, tengo que hacer algunas breves observaciones. En sí mismas pueden parecer superfluas, pues no hacen más que repetir lo que está establecido y acordado; pero son necesarias de todos modos, porque nos encontramos con que siguen existiendo malentendidos sobre nuestro trabajo, y no solo en las filas de los adversarios, sino también en las filas de nuestros propios camaradas, entre los hombres y entre las mujeres; malentendidos sobre lo que es el trabajo comunista entre las mujeres y sobre las tareas que corresponden en él a los órganos de las secciones nacionales y de la Internacional; malentendidos que en unos siguen actuando, por lo visto, como restos de una concepción antigua, anterior, mientras que otros los buscan deliberadamente, porque, en el fondo, no sienten simpatía por la cosa misma, e incluso en parte la rechazan de plano.

El Secretariado Internacional de Mujeres para el trabajo comunista entre las mujeres no es, como algunos imaginan, la agrupación de una organización y un movimiento independientes de mujeres, sino que no es más que un órgano auxiliar del Ejecutivo de la Komintern. No solo trabaja en contacto estrecho y constante con el Ejecutivo, sino directamente bajo su dirección y conducción. Lo que solemos llamar movimiento comunista de mujeres no es en absoluto un movimiento independiente de mujeres y no tiene nada en común con ninguna tendencia feminista. Significa el trabajo comunista metódico entre las mujeres con un doble fin. Por una parte, integrar ideológica y orgánicamente con firmeza en las distintas secciones nacionales de la Internacional Comunista a las mujeres que ya están imbuidas de la idea comunista, y hacer de ellas colaboradoras activas y conscientes, copartícipes de toda la vida y la actividad de esas secciones; y, por otra, ganar para la idea comunista a las mujeres que todavía no están animadas por ella e incorporarlas a todas las acciones y luchas del proletariado. Hay que movilizar a masas de mujeres trabajadoras para esas luchas y hacerlas aptas para ellas. No hay trabajo ni lucha de los partidos comunistas en los distintos países que las mujeres no sintamos como nuestro primer y más noble deber sostener y librar junto a los demás. Más aún: tenemos la ambición de estar en primera fila y bajo la lluvia de balas más densa en el trabajo y en las luchas de los partidos comunistas y de la Internacional que los agrupa, pero también de ir por delante con celo en el más modesto trabajo cotidiano. Una cosa se ha puesto de manifiesto. Por firme que sea la vinculación ideológica y orgánica del trabajo comunista entre las mujeres con la vida de cada partido, necesitamos órganos especiales para llevar a cabo ese trabajo. ¡Desde luego! El trabajo comunista entre las mujeres no debe ser cosa de mujeres, sino cosa de todos, cosa del Partido Comunista de cada país, cosa de la Internacional Comunista. Pero si queremos alcanzar ese objetivo, es necesario que en todas partes haya órganos del partido que lleven a cabo el trabajo comunista entre las mujeres de manera unitaria y metódica, que lo dirijan y lo mantengan orientado hacia ese objetivo, llámense esos órganos secretariados de mujeres, secciones femeninas o de otro modo. Desde luego, no negamos la posibilidad de que, en circunstancias especialmente favorables, una sola personalidad fuerte, sea un camarada o una camarada, pueda hacer el mismo trabajo comunista entre las mujeres de una localidad o de toda una región. Pero, por grande que sea la admiración con que miremos esos logros individuales dentro del partido, siempre tendremos que decirnos que si, en lugar del trabajo metódico de una sola personalidad, hubiera una colaboración metódica de muchos, el efecto, el rendimiento útil para el comunismo sería indiscutiblemente aún mayor. Por eso, la colaboración de muchos hacia un mismo objetivo dentro del partido y dentro de la Internacional tiene que ser la consigna también para la acción comunista entre las mujeres. Se ha visto además que es una exigencia de la conveniencia, de una división práctica del trabajo dentro del partido, que en sus órganos especiales para el trabajo comunista entre las mujeres actúen ante todo, y con el mejor resultado, mujeres. Las razones saltan a la vista. No podemos pasar por alto el hecho histórico de que las grandes masas de mujeres siguen viviendo y actuando hoy en condiciones sociales particulares. No podemos pasar por alto el hecho histórico de que la posición particular del sexo femenino en la sociedad ha creado también una psicología femenina particular. Lo que la naturaleza da como sexo y lo que las instituciones y las condiciones sociales han creado históricamente se entrelazan. Igual que tenemos que contar con una psicología particular de las masas de pequeños campesinos, debida a sus condiciones concretas de vida, tenemos que contar también con una psicología particular de las más amplias masas de mujeres. De ello se deduce que, en general —subrayo la palabra «en general»—, son las propias mujeres las que mejor, con más agudeza y más rápidamente reconocen los puntos de la vida de las mujeres trabajadoras en los que hay que empezar el trabajo comunista. Y además, que en general las mujeres también encontrarán mejor los métodos y las formas de acción comunista más eficaces entre las capas profundas de mujeres explotadas que pugnan por elevarse. Pero, naturalmente, esto solo vale en general. Igual que las comunistas consideramos un deber y un derecho de honor participar en todas las actividades del partido, desde el trabajo más humilde de repartir octavillas hasta las luchas gigantescas por la decisión, y nos sentiríamos ofendidas si se nos considerara de menor valía para participar en toda la gran vida histórica de nuestro partido y de la Internacional Comunista, así también todo hombre es bienvenido en el trabajo comunista especial entre las mujeres. Esto vale tanto para nuestros órganos como para toda nuestra actividad en sus diversas manifestaciones y terrenos.

Camaradas: Durante el último año se ha demostrado el valor de los órganos femeninos para el trabajo comunista entre las mujeres, tanto en sentido positivo como negativo. En sentido positivo, en los países en que las secciones comunistas de la Internacional se han dotado de esos órganos especiales. Así en Bulgaria y en Alemania, donde los secretariados de mujeres se esfuerzan por cumplir las tareas planteadas, por organizar y formar a las comunistas, por movilizar a las mujeres trabajadoras y llevarlas a las luchas sociales. Allí el movimiento comunista de mujeres se ha convertido en una fuerza, en un poder de la vida general del partido comunista.

Sin duda, en esos países tenemos numerosas mujeres como afiliadas y colaboradoras activas en el partido, y masas cada vez mayores de mujeres como compañeras de lucha fuera del partido. Lo mismo vale para el país que nombro en último lugar, pero que por su importancia ocupa el primero: la Rusia soviética. En la Rusia soviética, las secciones femeninas del Partido Comunista, en constante colaboración con ese partido y bajo su dirección, han demostrado lo importante e imprescindible que es la colaboración de las mujeres precisamente ahora, en este difícil período de transformación de la economía y de la sociedad hacia el comunismo bajo el poder soviético. Es de la máxima importancia lo que nuestras camaradas rusas han hecho y siguen haciendo, por medio de las secciones femeninas, con la ayuda del partido, de acuerdo con él y dirigidas por él, para atraer a las masas de obreras y de campesinas, en todos los terrenos de la economía y en todos los terrenos de la vida social, a colaborar en la construcción de nuevas relaciones; para atraerlas a colaborar en la solución de los graves problemas que surgen, como por ejemplo el paro, la escasez de víveres, los problemas ligados a la transformación en las circunstancias históricas dadas; para atraerlas a colaborar en la reorganización de la sociedad en dirección al comunismo. Digo que lo que los órganos especiales del Partido Comunista de la Rusia soviética para el trabajo entre las mujeres han hecho y hacen en este sentido tiene un valor ejemplar y orientador. Porque sabemos una cosa: la Rusia soviética es el primer tipo que tenemos ante nosotros de portador de esta gigantesca transformación de la sociedad en el período de transición del capitalismo al socialismo. Los mismos problemas, las mismas tareas que allí se alzan ante el Partido Comunista y ante el proletariado serán un día —ojalá muy pronto—, aunque en otras circunstancias, los problemas y las tareas de los partidos comunistas y del proletariado también en los Estados que hoy todavía gimen bajo la dominación capitalista de clase. Por eso es extraordinariamente importante lo que más adelante nos informará nuestra camarada Smidóvich532 sobre este trabajo de las secciones femeninas del PCR.

Pues bien, camaradas, los ejemplos negativos de lo necesario que es que los partidos comunistas tengan órganos especiales para la acción entre las mujeres. Los da la escasa participación de las mujeres en la vida del partido comunista y del proletariado femenino en las luchas de su clase en los países donde faltan los secretariados de mujeres, etc., o donde se han vuelto a disolver. En Polonia el partido se ha negado hasta ahora a crear órganos especiales para el trabajo entre las mujeres. Al Partido Comunista le bastaba con que hubiera mujeres que luchaban en sus filas con la mayor entrega, con que en las huelgas, en los movimientos de masas, tampoco faltara la participación de mujeres. Pero se empieza a comprender que eso no basta para penetrar con el movimiento comunista en las profundidades del proletariado femenino. Esperamos que en Polonia se cree muy pronto, con un secretariado de mujeres del partido, el punto de partida para el trabajo metódico entre las más amplias capas de mujeres trabajadoras. Entonces, precisamente en Polonia, con su glorioso pasado lleno de luchas, las mujeres trabajadoras de la ciudad y del campo desempeñarán en el Partido Comunista un papel muy distinto del de hoy, un papel impulsor. En las últimas elecciones al Sejm se vio que la reacción y el engaño de las masas tenían uno de sus apoyos más firmes en las masas de mujeres no ganadas por la idea comunista, sin esclarecer. Eso no debe repetirse.

Los órganos del partido para la necesaria actividad sistemática entre el proletariado femenino faltan casi por completo en Inglaterra. El Partido Comunista de Inglaterra, alegando la debilidad de sus fuerzas materiales, omitió o aplazó una y otra vez el año pasado la creación de las instituciones necesarias para el trabajo metódico entre las proletarias. Las sugerencias y advertencias del Secretariado Internacional de Mujeres en este sentido han sido en vano. No se creó un verdadero secretariado de mujeres, aunque una camarada estaba empleada como agitadora general del partido. En Inglaterra, algunas camaradas han creado por sus propias fuerzas, con medios modestos, actividades para la formación política de las mujeres comunistas y para su vinculación firme al partido. Esas actividades han dado tan buenos resultados que deben servir de modelo para crear centros de formación semejantes para el Partido Comunista. La actitud del Ejecutivo del Partido Comunista de Inglaterra no se explica, a mi juicio, solo por su debilidad financiera, sino en parte también por su juventud y por los defectos de organización que van unidos a ella. No quiero entrar aquí en una crítica del partido, y menos aún cuando su último congreso ha demostrado que el Partido Comunista de Inglaterra está resueltamente en camino de avanzar, en firme unidad con la Internacional Comunista, tanto en lo orgánico como en lo político, y de convertirse, trabajando y luchando, en un partido revolucionario de masas.

Tenemos ante nosotros la prueba de esa voluntad seria y de su éxito práctico en las victorias electorales del Partido Comunista en las últimas elecciones de Inglaterra533. Pero esa victoria electoral, igual que la actividad política y la reorganización acordadas, obligan ahora al Partido Comunista de Inglaterra, ahora que sale del cuartito estrecho de un pequeño partido de inclinación más bien propagandística para ir a las masas de la clase obrera, a emprender también la lucha por el alma de las mujeres proletarias. La sección inglesa de la Internacional no puede pasar por alto el hecho de que en Inglaterra muchos millones de mujeres proletarias están organizadas en asociaciones feministas, en sindicatos femeninos de viejo estilo, en cooperativas de consumo, etc., en el Labour Party, en el Independent Labour Party. Para el Partido Comunista se trata de disputar a todas esas organizaciones el cerebro, el corazón, la voluntad, la acción de las mujeres proletarias. Por eso sentirá, cuanto más tiempo pase con más fuerza, la necesidad de crear los órganos de trabajo especiales mediante los cuales organice y forme a las comunistas en el partido y haga de las proletarias de fuera del partido luchadoras de su clase dispuestas al sacrificio. El Secretariado Internacional de Mujeres, como mandatario, como órgano auxiliar del Ejecutivo, ayudará naturalmente al partido en ello.

Merece una mención especial la situación correspondiente en Francia. En Francia, el congreso de Marsella534 supuso un gran avance hacia la creación de un movimiento revolucionario, proletario, de mujeres. Por primera vez se agruparon orgánicamente en Francia las fuerzas revolucionarias que se agitaban en el mundo femenino, y lo hicieron en el Partido Comunista. El congreso se pronunció, como la primera conferencia de mujeres comunistas de Francia en Marsella, por la integración en el partido de las mujeres de ideas comunistas y por la creación de órganos de trabajo del movimiento comunista de mujeres en forma de un secretariado de mujeres junto a la dirección del partido y de un periódico femenino.

Camaradas, por desgracia el congreso de París ha destruido el embrión que existía. Aunque es de esperar que solo por poco tiempo. A la sombra de la crisis del partido, a consecuencia de sus efectos, la dirección del partido ha acordado disolver el secretariado de mujeres y suspender la publicación de L'Ouvrière, el periódico femenino. Estamos convencidos de que, igual que hay que superar la crisis dentro del partido francés, se resolverá también satisfactoriamente la cuestión de crear los órganos que necesita un partido comunista unido, enérgico y consciente de sus fines para hacer de las capas más amplias de proletarias copartícipes del trabajo y de la lucha de nuestra Internacional.

En Italia, durante el último año, se han llevado a cabo sin grandes dificultades la integración de las comunistas en el partido y la creación de los órganos especiales necesarios, que llevarán a las capas amplias y profundas del mundo femenino de los desposeídos, de los explotados, a la órbita del pensamiento comunista y de las luchas del proletariado. La camarada Hertha Sturm os dará datos concretos sobre lo que yo he expuesto en general, sobre la situación de los órganos de trabajo necesarios que tenemos que tener en el plano nacional e internacional para hacer de las comunistas, de las mujeres proletarias, fuerzas impulsoras de la lucha de clases, del ascenso revolucionario de las masas explotadas y oprimidas.

En el terreno de la organización, en Holanda, con la ayuda del Secretariado Internacional de Mujeres, se ha conseguido disolver la organización especial de mujeres que existía allí. Reunía en parte, junto a comunistas, también a elementos anarquistas y anarquizantes. Las afiliadas comunistas se han integrado en el Partido Comunista de Holanda y actúan allí junto con los camaradas. En general, la experiencia demuestra que la integración de las comunistas en el partido, su colaboración metódica en él y, desde allí, su actividad entre las masas resultan eficaces y fructíferas.

En Noruega, la integración de las comunistas en el Partido Comunista todavía no se ha realizado de forma tan completa como corresponde a los principios y a las directrices de la Internacional Comunista. Esto se explica como un efecto de rasgos generales de la vida del partido en Noruega. La organización especial de las mujeres está ligada allí a la estructura orgánica del Partido Obrero Comunista noruego, que todavía hoy se llama socialdemócrata. Su base orgánica no es la afiliación individual, sino la afiliación a las organizaciones sindicales. Es de esperar que, con la nueva organización del partido, desaparezca también toda organización especial de las mujeres y se encuentren formas de trabajo que permitan seguir estimulando a todas las mujeres que hoy actúan al servicio de la idea comunista a la máxima actividad, a la máxima colaboración.

Algo semejante vale, aunque sin crisis del partido y sin la correspondiente organización general del partido, para la sección de la Internacional Comunista en Suecia. También aquí siguen existiendo organizaciones especiales de las mujeres comunistas. Por lo demás, tanto en Noruega como en Suecia, las organizaciones especiales son restos del antiguo y fuerte pasado feminista, que en parte siguió actuando en el movimiento socialdemócrata. Desaparecerán junto con la superación de todos los restos ideológicos del pasado socialdemócrata y con la victoria de una orientación estrictamente comunista.

¿Qué ocurre, pues, con el efecto de nuestro trabajo comunista sobre capas profundas y extensas de mujeres trabajadoras, explotadas? ¿Ha llegado a ellas en una medida digna de mención? Quisiera poner a la cabeza de mi informe sobre esto un hecho de un alcance histórico extraordinario. Es el hecho de que en el Oriente Próximo y en el Extremo Oriente las mujeres de los fatigados y agobiados empiezan a despertar y se agrupan en torno a la bandera comunista. Camaradas, es un hecho de una importancia que nunca podremos valorar lo bastante. ¿Cómo están las cosas? Allí se trata de esclarecer y de ganar a masas de mujeres en las que prejuicios de siglos —incluso, quizá, de milenios— todavía no han sido destruidos en parte por un desarrollo capitalista largo y profundo, que no crea nada nuevo sin destruir lo viejo y hacerlo morir. Es cierto que el capitalismo también ha hecho su entrada allí y ha sometido sobre todo a masas de mujeres a su explotación y a su servidumbre. Así en Japón, en la India, en Transcaucasia, incluso en China, etc. Pero no ha destruido la vieja esclavitud social de la mujer, sino que la aprovecha para sus fines.

En los países de Oriente, las mujeres siguen viviendo y actuando predominantemente bajo formas patriarcales, precapitalistas, de vida social, encorvadas bajo prejuicios ancestrales, oprimidas por las instituciones sociales, por la religión, los usos y las costumbres. Y, a pesar de todo, las mujeres empiezan a despertar, empiezan a asimilar el modo de pensar comunista, a rebelarse, a hablar de liberación. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo pierde en el mundo sus últimas reservas: los países de cultura precapitalista o de un desarrollo capitalista joven y muy incompleto, países sometidos a la dominación colosal de los Estados capitalistas o rondados por la codicia capitalista de explotación como futuros territorios coloniales. Esos territorios, con sus posibilidades de explotación ricas y relativamente fáciles, daban a la burguesía los medios para arrojar a los obreros rebeldes, a los esclavos asalariados amotinados de los viejos países capitalistas, las migajas de pequeñas concesiones y reformas, a costa del saqueo más infame, más indigno del ser humano, de las masas populares de allí. Si en esos países cobran vida el ansia de libertad y el odio al capitalismo y a su dominación, si allí se alzan los más oprimidos de los oprimidos, las mujeres, si quieren trabajar y luchar bajo el signo del comunismo, eso es la garantía de que el capitalismo corre a pasos de gigante hacia su fin. Por eso merece especial atención lo que la camarada Kaspárova535 nos comunicará sobre la actividad del Secretariado Internacional de Mujeres del Ejecutivo en Oriente. Es una señal de fuego que en esos países las mujeres empiecen a agruparse en número creciente y con abnegada resolución en torno a la bandera del comunismo, como único redentor de la explotación y de la servidumbre.

En algunos países, sobre todo en los latinos, se nos asegura: no podemos hacer un trabajo revolucionario digno de mención entre las mujeres. La influencia de la mentalidad eclesiástica, las viejas tradiciones heredadas en la familia y en la sociedad son demasiado fuertes, demasiado poderosas. Es vano el esfuerzo por sacar a las masas de mujeres del hechizo del hogar, por llevarlas como luchadoras al campo de batalla de la lucha histórica entre el trabajo y el capital.

Camaradas: Lo que es posible en Oriente es para nosotros, en Occidente, la indicación de que no debemos pasar por alto con descuido el medio histórico, sino que tenemos que tenerlo en cuenta. Pero es al mismo tiempo un enérgico recordatorio de lo que puede la voluntad humana. Invocar la concepción materialista de la historia no siempre es oportuno para disculpar debilidades y defectos. El medio histórico es sin duda poderoso, pero no todopoderoso. Nuestro conocimiento y nuestra voluntad pueden dominarlo y cambiarlo. Si no tuviéramos esta convicción, no seríamos marxistas, no seríamos luchadores revolucionarios. ¿Qué escribió Marx en su ajuste de cuentas con Feuerbach, el punto de partida de su propia concepción de la historia? «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de distintas maneras; lo que importa es transformarlo». Si en las repúblicas soviéticas del Cáucaso y, más allá, siguiendo su ejemplo, en Persia y en Turquía, hay mujeres que manifiestan la voluntad de conquistar su liberación como comunistas, entonces, a mi juicio, no se puede declarar que en los países latinos las dificultades del trabajo comunista entre las mujeres sean poco menos que insuperables. No: querer es poder. Tenemos la voluntad de la revolución mundial; por eso tenemos que encontrar también el camino hacia las más amplias masas de mujeres explotadas, esclavizadas, sean cuales sean las circunstancias históricas que lo dificulten.

En los países de dominación capitalista, igual que en el Estado proletario de la Rusia soviética y en las demás repúblicas soviéticas, la incorporación de masas mayores de mujeres por medio de la agitación y la propaganda y, sobre todo, también por medio de la acción —del trabajo y la lucha— ha hecho grandes progresos en el período del informe. Allí donde el proletariado ha emprendido la lucha contra la ofensiva general de la patronal; donde las masas han entrado en lucha contra la carestía, contra la presión fiscal, contra la prolongación de la jornada de trabajo, en una palabra, contra el empeoramiento de las condiciones de existencia del proletariado; allí donde el proletariado se ha defendido contra la ofensiva del capital, que quiere descargar sobre las grandes masas de explotados los costes de la guerra y de la reconstrucción de la economía, también las mujeres han participado en las luchas en una medida alentadora y con la más resuelta energía. En todas partes puede comprobarse un aumento de las masas de mujeres que han sostenido las acciones de la Internacional Comunista y de sus distintas secciones. Acudían en todas partes cuando se las llamaba en nombre de la Internacional Comunista. Esto se ha visto sobre todo en dos acciones internacionales. Una de ellas es el Día Internacional de la Mujer. Este año se ha celebrado con una amplitud considerablemente mayor, de manera más unitaria y llegando a masas mucho mayores de mujeres proletarias que en los dos años anteriores. Y precisamente él ha puesto a plena luz que no es un acto especial de mujeres, no es cosa de mujeres, sino cosa del partido, acción del partido, un desafío del comunismo al capitalismo, el comienzo de esa lucha para la que hay que reunir, armar y preparar a ejércitos de millones de explotados y oprimidos. Casi en todas partes, aquí más, allí menos, el Día de la Mujer se ha llevado a cabo como una acción de todo el Partido Comunista.

Lo mismo vale para la otra acción internacional en la que participamos: la Ayuda Obrera Internacional para la Rusia soviética. Se ha llevado a cabo en todos los países con una iniciativa y una colaboración destacadas de las mujeres. Desde Noruega y Finlandia hasta Suiza e Italia, del Oeste al Este, han sido las mujeres las que, de acuerdo con su partido comunista y dentro de él, han sido las propagandistas, recaudadoras y organizadoras más activas de la Ayuda Obrera Internacional. Al hacerlo han manifestado de forma realmente generosa, hábil y fuerte la consciencia de la solidaridad proletaria.

Hay que subrayar una cosa tanto respecto al Día Internacional de la Mujer como respecto a la Ayuda Obrera Internacional para la Rusia soviética. En las dos acciones, el fin particular fue el punto de partida de una actividad política, de un objetivo político. En el Día Internacional de la Mujer partimos de las reivindicaciones particulares que las mujeres del pueblo trabajador tienen que plantear a la sociedad como amas de casa y madres para combatir las miserias más dolorosas. En la ayuda a la Rusia soviética partimos de la solidaridad proletaria. Pero en un caso como en el otro perseguíamos además el fin de despertar a grandes masas de mujeres al pensamiento político, a la actividad política. Tanto las reivindicaciones de las mujeres sobre protección de la madre y del niño, etc., como la práctica de la solidaridad con la Rusia soviética se orientaron hacia la acción política, hacia la lucha política. Ese es en general el objetivo del trabajo comunista entre las mujeres. Las miserias económicas y sociales de las mujeres, sus reivindicaciones de una vida digna de un ser civilizado, se utilizan como puntos de partida para llevar a la mayor actividad política posible, a la lucha más aguda contra la sociedad burguesa. Naturalmente, en los distintos países las comunistas, de acuerdo con su partido y bajo su dirección, han aprovechado toda ocasión y todo motivo para despertar a masas de mujeres proletarias, para ganarlas y llevarlas a la lucha contra el orden capitalista. Así, por ejemplo, en Alemania la lucha contra los llamados artículos sobre el aborto536 fue el punto de partida de una campaña de muy largo alcance y llena de éxito contra la dominación burguesa de clase y la justicia de clase y contra el Estado burgués. Esta campaña nos ha valido la simpatía y la adhesión de amplios círculos de mujeres. Tampoco ella se consideró un asunto de mujeres, sino un asunto político, una causa del proletariado.

Todas nuestras campañas y acciones se han llevado a cabo bajo el signo del frente único proletario, bajo el signo de la consigna que nos dio el III Congreso de la Internacional Comunista: ¡A las masas! Porque estamos penetrados de la legitimidad, de la necesidad del frente único proletario, reconocemos toda la importancia de desplegar un trabajo intensificado y profundizado en los terrenos especiales del movimiento sindical y del movimiento cooperativo. Para nuestro trabajo más fuerte y metódico en ambos terrenos es determinante que por medio de él podemos llegar a las mayores capas de mujeres y hacerlas aptas para la lucha. A las obreras, a las mujeres con una profesión, por medio del movimiento sindical; a las mujeres sin profesión, a las amas de casa, a las mujeres proletarias y pequeñoburguesas, por medio del movimiento cooperativo.

Las circunstancias son especialmente favorables para reunir también a mujeres no proletarias, tanto a las que ejercen una profesión como a las amas de casa, en mayor número en torno a la bandera del comunismo para la lucha contra el capitalismo. La descomposición del capitalismo no solo en Alemania, sino también en Inglaterra y en otros Estados burgueses, ha creado un pequeño número de nuevos ricos y un número inmenso de nuevos pobres. La clase media está proletarizada o, al menos, se proletariza con mayor o menor rapidez. Por eso las miserias de la vida golpean hoy con puño cruel la caja y el corazón de muchas mujeres que hasta entonces, bajo la dominación del capital, habían tenido una posibilidad de existencia más o menos segura y agradable. Así, las mujeres con una profesión, sobre todo las intelectuales, como las maestras, las funcionarias de toda clase, etc., se rebelan ahora contra este «mejor de los mundos». Bajo la presión de la carestía, bajo la desproporción escandalosa entre los ingresos y el coste de la vida, cada vez más amas de casa, también amas de casa burguesas, despiertan al conocimiento de la incompatibilidad de la situación actual, es decir, de la persistencia del capitalismo, con sus intereses vitales más elementales. Camaradas: Tenemos que aprovechar la fermentación, el movimiento que aparece en esos círculos de mujeres, para avivar la desesperanza cansada hasta convertirla en la chispa brillante de la indignación, que acabe por estallar en llamas de conocimiento revolucionario, de voluntad y de acción revolucionarias. Nuestro trabajo, el trabajo comunista entre las mujeres en los sindicatos y en las cooperativas y para esas organizaciones proletarias, puede contribuir extraordinariamente a ese objetivo. En ambos terrenos las mujeres no solo pueden ser importantes copartícipes del frente único; no, pueden hacer algo más alto, pueden dar algo más, como pioneras del frente único en algunos movimientos. He señalado con qué falta de piedad los sufrimientos de la vida irrumpen en la existencia de millones de mujeres, de modo que estas empiezan a despertar. Lo que hasta ahora hemos sentido como penoso, el atraso político, el embotamiento de las masas de mujeres, puede, bajo la presión de sufrimientos inmensos, resultar favorable a nuestra causa y facilitar luego el paso de las mujeres que despiertan al campo comunista. El alma de las mujeres todavía no está tan escrita política y socialmente como la de los hombres. Está menos cubierta por las consignas falsas y engañosas de los reformistas socialdemócratas, de los reformadores burgueses y de otros elementos. Muy a menudo es todavía una hoja en blanco. Por consiguiente, nos será relativamente más fácil arrastrar directamente a nuestra lucha a las masas de mujeres hasta ahora indiferentes, sin pasar por asociaciones feministas, pacifistas y otras asociaciones reformistas. Si no en primer lugar a nuestra lucha por el objetivo final, por la revolución proletaria —quisiera prevenir contra esa ilusión—, sí a nuestra lucha defensiva, para rechazar la ofensiva general de la burguesía. En ella participarán, sin duda, en gran número y con la mayor energía.

Creo que nuestras camaradas de Bulgaria, a las que debemos tantas iniciativas, tanto trabajo enérgico dentro de la Internacional Comunista, nos han mostrado un camino que podemos emprender para crear, durante nuestras luchas defensivas, también entre esas masas de mujeres puntos de apoyo orgánicos para nuestras luchas posteriores de contenido más alto y objetivos de mayor alcance; en una palabra, para preparar las luchas decisivas. Nuestras camaradas búlgaras han fundado asociaciones de mujeres simpatizantes. Esas asociaciones no solo son escuelas preparatorias para el ingreso en el Partido Comunista, sino al mismo tiempo puntos de apoyo orgánicos firmes para atraer a masas de mujeres a todos los trabajos, a todas las acciones del partido. Nuestras camaradas de Italia han empezado a seguir este ejemplo. Han fundado grupos de «mujeres simpatizantes», que acogen a aquellas mujeres que todavía tienen reparos en afiliarse a un partido político, en asistir a reuniones políticas, etc. Estoy convencida de que los frutos de su iniciativa serán satisfactorios. Quienes se ocupan del trabajo comunista entre las mujeres en todos los países no solo tienen que tener en cuenta el ejemplo que se ha dado, sino seguirlo. En todas partes nos traerá no solo un fortalecimiento de las secciones comunistas de nuestra Internacional, sino otras dos buenas consecuencias: la extensión de la influencia comunista entre grandes capas proletarias y no proletarias de la población, y la fermentación, la descomposición, la fragmentación en las filas de la burguesía, es decir, el debilitamiento de nuestro enemigo mortal. Y todo debilitamiento de la burguesía significa un fortalecimiento de las fuerzas proletarias en la lucha por derrotar al capitalismo y derribar la dominación burguesa de clase.

Camaradas: No quiero entrar aquí en los detalles de cómo concebimos el trabajo comunista para ganar a las mujeres por medio del movimiento sindical y del movimiento cooperativo. Eso lo hará después de mí la camarada Hertha Sturm. Solo quiero señalar que en nuestro trabajo tenemos que cuidar de no despertar falsas ilusiones, sino de destruir todas las ilusiones de que, sobre el terreno del orden capitalista, el movimiento sindical y el movimiento cooperativo pudieran abolir, para bien y provecho del proletariado, las leyes, las condiciones de existencia del capitalismo. No: por valioso, por imprescindible que sea lo que pueden hacer los sindicatos y las cooperativas, no pueden socavar el capitalismo, no pueden derribarlo. Su plena eficacia solo se hace valer después de la conquista del poder político por el proletariado, después de la instauración de su dictadura. Entonces los sindicatos y las cooperativas no solo serán un medio para destruir los restos del capitalismo, sino también órganos de construcción de la vida nueva y más alta de la sociedad comunista.

Dada la gran importancia decisiva de la dictadura proletaria para el carácter, para la acción de los sindicatos y las cooperativas, tenemos que subrayar también en nuestro caso la diferencia que resulta para el trabajo comunista entre las mujeres en las repúblicas soviéticas y en los Estados todavía dominados por el capitalismo. En los Estados con dominación capitalista de clase pasará claramente a primer plano el papel de los dos tipos de organización como órganos de defensa y de lucha de las más amplias masas: el movimiento sindical para las masas como productoras, el movimiento cooperativo en la lucha contra el capital comercial, usurario y especulador. En los Estados soviéticos, en cambio, predominan las tareas educativas, constructivas, de ambos tipos de organización del proletariado.

Camaradas, tengo que llamar la atención sobre el hecho de que nuestro trabajo del último año nos ha mostrado una importancia particular del trabajo de atraer a las mujeres a la influencia de la Internacional Comunista, de ganarlas como partidarias. Es el papel importante que desempeñan las comunistas y las mujeres que simpatizan con nosotros allí donde la ilegalidad es la única forma de acción, de lucha, y donde, junto a las asociaciones legales de la superficie, tienen que actuar organizaciones subterráneas. En todas partes allí, en Finlandia, en Polonia y en otros Estados, se ha mostrado la gran utilidad, e incluso, diría, la imprescindibilidad de la colaboración de mujeres comunistas con objetivos claros y dispuestas al sacrificio. Si ahora la arremetida de la reacción más negra, del fascismo, nos pone quizá en muchos países ante la necesidad de tener que luchar en la ilegalidad, de responder a la violencia con la violencia, de responder también por nuestra parte a la ruptura del orden legal de la burguesía con el desprecio, con el menosprecio de la legalidad burguesa, los camaradas no podrán avanzar sin tener también a las mujeres de su lado. Las proletarias de Turín han demostrado que, donde el fascismo se extiende, podemos contar con el apoyo abnegado de las mujeres. En la última gran manifestación proletaria contra el fascismo en Turín desfilaron proletarias armadas bajo una bandera roja con la inscripción «Rosa Luxemburg». Este hecho debería dar que pensar a la burguesía; en todo caso, ha aumentado el valor, el ánimo combativo en las filas de los obreros.

Camaradas: Si nuestro trabajo comunista entre las mujeres ha de cumplir todas las tareas que aquí solo he podido indicar brevemente, a grandes rasgos, hace falta una cosa: que nosotras, y vosotros con nosotras, que todos nos hagamos la pregunta: ¿Están las comunistas de las secciones de la Internacional maduras en conocimiento, en voluntad, en energía, para poder cumplir su deber en la medida ideal? Y no debemos ocultarnos que tanto a las comunistas como a los comunistas —en general no somos peores ni más tontas que vosotros— les falta con frecuencia todavía la formación teórica y práctica necesaria y a fondo. La inmadurez y la debilidad de las mujeres en el movimiento político no es más que un reflejo de la inmadurez y la debilidad en las filas de los comunistas en general. Esto se explica principalmente por la juventud de nuestras secciones. Un trabajo serio superará la debilidad que tenemos que aceptar junto con las muchas ventajas de la juventud de nuestro movimiento. Es de la máxima importancia, camaradas, que superemos rápidamente la inmadurez y la debilidad entre quienes tienen que llevar a cabo el trabajo comunista entre el proletariado femenino. Por eso os dirijo a todos los aquí presentes esta insistente exhortación: procurad que las comunistas de vuestras filas sean atraídas por vosotros a las tareas prácticas del partido, diría que una a una, personalmente, y que se comprometan personalmente con ellas. Procurad que tengan abiertas todas las ocasiones de formación, todos los centros de formación que existen para la formación teórica y práctica de los afiliados. Procurad que allí donde no sea posible la formación conjunta se creen para las mujeres los órganos de formación necesarios en forma de cursos, conferencias, en forma de una prensa y una literatura adecuadas. La formación de las mujeres, en los principios y en la práctica, como compañeras de lucha comunistas de pleno valor es, camaradas, una parte de vuestra propia labor de formación, y es una condición previa importante e indispensable de vuestro éxito. Eso es seguro.

Precisamente en este tiempo considero especialmente necesario cuidar de la formación de principios más clara y más profunda de las mujeres. En este período de transición, la nave del comunismo tiene que salir al ancho océano de las luchas revolucionarias decisivas de masas gigantescas por la conquista del poder político, por la instauración de la dictadura proletaria. Ahí amenazan dos peligros. Por la izquierda, el peligro de que la nave se estrelle contra los arrecifes, contra los escollos de un romanticismo aventurero del putsch; por la derecha, el peligro de que la nave encalle en los bancos de arena reformistas, de que se quede atascada en las aguas podridas y hediondas del oportunismo. Solo hay una cosa para superar los peligros de la derecha y de la izquierda: la actividad más alta, intensificada, de la voluntad, de una voluntad que se haga acción, guiada por la comprensión más clara de la situación histórica, de la naturaleza de la crisis mundial actual y de las condiciones para superarla, es decir, de las condiciones de la lucha revolucionaria. Danton gritó en su día a los combatientes de vanguardia de la Revolución francesa: «¡Audacia, audacia y más audacia!». Sí, camaradas, eso queremos decírselo todos los días a las mujeres que quieren luchar por el comunismo. Hasta ahora han sido en parte un elemento especialmente pasivo, y todo empuja a que tengan que ser especialmente activas. Por eso: ¡audacia, audacia y más audacia! Pero tenemos que añadir a esta palabra la otra que el más grande dirigente del proletariado mundial, el camarada Lenin, nos grita una y otra vez: ¡claridad, claridad y más claridad!, ¡prudencia, prudencia y más prudencia! No como expresión de miedo, no como fruto de la vacilación y la indecisión. No: como condición previa para asestar con seguridad el golpe mortal al capitalismo.

Camaradas, tenemos que tomarnos esto a pecho. Todo lo que habéis oído hasta ahora en este congreso nos ha mostrado con cuánto acierto valoró la Internacional Comunista la situación mundial en su congreso anterior. Todos los signos de los tiempos nos anuncian que la sociedad está objetivamente madura, incluso más que madura, para la eliminación, para el derrocamiento del capitalismo. Lo que hasta ahora no se ha mostrado todavía maduro en sentido histórico es la voluntad del proletariado, la voluntad de la clase llamada a ser el sepulturero del orden capitalista. Pero, camaradas, en esta situación histórica ocurre como en un paisaje alpino donde, en lo alto de una cumbre, reposan enormes masas de nieve que desde hace siglos han desafiado a todas las tormentas y que parecen ir a desafiar durante siglos todavía todas las influencias del sol, de la lluvia, del viento. A pesar de todas las apariencias, están socavadas, desgastadas, están «maduras» para desplomarse. Y quizá baste con que un pajarillo agite las alas y roce esas masas con la punta de un ala para poner en marcha el alud que sepulta los valles. En la situación actual no sabemos cuán pronto tendremos ante nosotros, ante hombres y mujeres, la revolución mundial. Por eso hay que aprovechar trabajando cada hora y cada minuto para estar preparados para la revolución mundial y preparar a otros para ella. Revolución mundial no significa solo destrucción de un mundo, destrucción del capitalismo; significa también creación de un mundo, creación del comunismo. ¡Penetrémonos del significado de esta palabra! Estemos preparados y preparemos a las masas proletarias para que se conviertan en las creadoras del mundo comunista. (Vivos aplausos.)

Hertha Sturm (Alemania): Camaradas, la tarea del Partido Comunista con respecto al movimiento de mujeres es atraer a las más amplias masas de mujeres trabajadoras a las luchas de clase del proletariado, organizarlas y formarlas para ellas. En el camino hacia ese objetivo todavía tenemos por delante la mayor parte del recorrido. Si el Partido Comunista en general todavía no ha ganado a la mayoría del proletariado, esto vale en mayor medida aún para las masas femeninas del proletariado, porque aquí, además de las razones generales que dificultan a los trabajadores llegar al comunismo, intervienen razones especiales: el atraso social de la mujer, su politización mucho menor, que se expresa también en el hecho de que también en los demás partidos políticos las mujeres tienen poca participación.

Si queremos valorar la influencia que hoy tenemos sobre las masas de mujeres proletarias, tenemos un cierto indicador en el número de afiliadas de los partidos comunistas. Vemos entonces que, mientras que el proletariado femenino constituye hoy más de la mitad del proletariado, mientras que, sobre todo después de la guerra, en la edad de 20 a 45 años, que es la que entra principalmente en consideración para el trabajo político, la superioridad numérica de las mujeres sobre los hombres es bastante considerable, a pesar de ello las mujeres no constituyen dentro de los partidos comunistas el 50 % o más que les correspondería por puro cálculo, sino un porcentaje mucho menor, quizá un 10 % en la media general. Pero al examinarlo más de cerca se ve que hay aquí diferencias muy grandes entre los distintos partidos. Cuanto mayor es numéricamente un partido y mejor organizado está, tanto mayor es no solo el número absoluto de sus afiliadas, sino también la proporción de sus afiliadas respecto al total.

Lo explicaré con algunos ejemplos. En Checoslovaquia, por ejemplo, tenemos 36.000 afiliadas, el 20 % del total de la afiliación; en Alemania, unas 35.000 afiliadas, el 11-12 % del total; en Noruega, 15.000-16.000 afiliadas, el 15 % del total. En contraste con ellos está otro grupo de partidos, del que pueden servir de ejemplo Francia, Italia, Inglaterra y Bélgica: en Francia, 1.800 afiliadas en total, es decir, el 2 % del total; en Italia, 350-400, es decir, aproximadamente el 1½ %. En Inglaterra todavía apenas se ha determinado el número de afiliadas; pero en todo caso también aquí tanto el número absoluto como la proporción de mujeres, el porcentaje, son extraordinariamente bajos. En Bélgica, con 30 afiliadas en total, supone el 6 % de la afiliación total.

Quisiera aclarar aún más el ejemplo señalando que también dentro de cada partido se dan grandes diferencias según el grado de organización, de concreción, de activación de los distintos distritos del partido para sus tareas determinadas. Así, en Alemania, en la agrupación local mayor, la de Berlín, las mujeres son alrededor del 20 %, frente a una media nacional de alrededor del 12 %. A la inversa, hay distritos débiles en lo orgánico, poco esclarecidos y consolidados políticamente, en los que la cifra se queda por debajo del 6 %. Ocurre algo semejante en Checoslovaquia, donde en el distrito alemán de Aussig, que tiene desde antiguo un movimiento de mujeres bien organizado, tenemos un 50 % de afiliadas, es decir, un máximo, mientras que la media nacional es solo del 20 %, y en algunas comarcas checas y eslovacas mucho menos aún.

De estos ejemplos se deduce que cuanto más intenso es el trabajo dentro del Partido Comunista, cuanto más consolidado y esclarecido está en conjunto el partido o partes del partido, tanto más amplia es también la influencia que el partido se asegura sobre las masas de mujeres. Esto se refleja en la amplitud de la incorporación orgánica de las mujeres al Partido Comunista.

Pero se observa además otra tendencia, que es esta: en los países donde el Partido Comunista es el partido obrero más fuerte, donde se ha llevado consigo orgánicamente a las mayores masas de los viejos partidos socialdemócratas, la proporción numérica de las afiliadas es favorable.

Esto se desprende sobre todo de los ejemplos de Checoslovaquia y de Noruega. Las mujeres que ya habían sido ganadas políticamente por el movimiento socialdemócrata pasaron aquí por vía orgánica al movimiento comunista, mientras que en los partidos obreros comunistas jóvenes, débiles, hay que ganar a cada afiliada, por así decirlo, individualmente, cuando se trata de separarla del partido reformista o de sacarla de la masa de aquellas mujeres que hasta ahora no estaban organizadas políticamente en absoluto.

Si en Francia, que está en una situación favorable frente al partido socialdemócrata, la cifra es a pesar de ello tan baja —2½—, interviene aquí además una circunstancia que, de manera semejante a Italia, desempeña un papel desfavorable para el movimiento comunista de mujeres. Es la ideología extendida en grandes masas de los trabajadores, hasta muy dentro de las filas de los comunistas, una ideología que encontró su expresión clásica en 1865, en el Congreso Internacional de Londres, un año después de la fundación de la I Internacional, cuando surgió la controversia sobre si por «obrero» había que entender también a la obrera. Entonces el representante de la delegación francesa acuñó la máxima: al hombre, el trabajo y el estudio de los problemas sociales; a la mujer, el cuidado de los hijos y el embellecimiento del hogar del obrero. Esta ideología, que todavía está muy extendida en Francia y en Italia, y que tenemos que combatir con todas nuestras fuerzas, es en parte responsable de que el número de afiliadas incorporadas a la organización sea tan pequeño. Naturalmente, no ignoramos que esta ideología tiene sus causas económicas, que consisten en que en Francia, en Italia, en España, la gran industria todavía no ha arrancado a las grandes masas de mujeres del campesinado, de la estrechez del hogar pequeñoburgués, para llevarlas a la vida pública, todavía no las ha reunido en las empresas gigantescas como en los Estados de gran industria, y en que esta circunstancia influye naturalmente mucho también en la concepción del papel de la mujer en la vida política.

Sobre la proporción numérica de las mujeres en los países donde el partido es ilegal es imposible, por razones evidentes, dar datos precisos. Parece, sin embargo, que en los partidos ilegales las mujeres participan por regla general más en el trabajo general del partido que en los demás partidos.

¿Qué se deduce de los hechos citados, qué conclusiones podemos sacar de ellos para nuestro trabajo? De los ejemplos numéricos vemos ante todo lo enormemente difícil que es ganar a las mujeres para el comunismo, incorporarlas orgánicamente al partido.

Se deduce además que la organización de las mujeres proletarias es una tarea que en los partidos comunistas no se ha emprendido en primer lugar, sino una tarea por cuyo reconocimiento, por cuya imposición dentro del partido hubo que luchar antes con tenacidad.

Y de la manera en que se ha ganado a las afiliadas se deduce una segunda cosa. Son en parte luchadoras políticas poco formadas; en su mayoría no son obreras, sino amas de casa, las mujeres de nuestros camaradas, que han entrado en el partido más por persuasión que por una convicción propia y profunda. Estos elementos tienen por fuerza una actitud más pasiva, les faltan la experiencia y la formación para el trabajo y, sobre todo, no tienen la amplia vinculación orgánica con las masas de obreras de las empresas y de los sindicatos, que es lo que ante todo nos importa.

Tanto más imperiosa resulta de ello la necesidad de emplear con método estas débiles fuerzas nuestras, de aprovecharlas racionalmente —mediante la creación de órganos que nos permitan rendir el máximo de trabajo con los medios más escasos.

Desde este punto de vista se han fundado los comités de mujeres en los partidos comunistas.

La primera tarea del Secretariado Internacional de Mujeres desde comienzos de año, cuando su centro de gravedad se trasladó a Berlín, fue ayudar a que estos puntos de apoyo orgánicos, nacidos de la necesidad del trabajo, se hicieran valer dentro de la Internacional. Y podemos decir que esta primera condición previa para llegar a las grandes masas de fuera se ha creado en cierta medida. Por lo menos hemos conseguido una cosa: que se haya impuesto ideológicamente la idea de la necesidad de órganos especiales de mujeres. Es verdad que todavía hay que dar un gran paso hasta la realización práctica de esos comités, y aquí tengo que recordar brevemente algunos puntos que la camarada Zetkin ya ha tocado. Señalo el hecho de que en Inglaterra, un país extraordinariamente importante para la lucha internacional del proletariado, hasta el día de hoy no se ha creado un comité central de mujeres en la sede de la dirección del partido para dirigir con método el trabajo en todo el país. Señalo que en toda Francia solo se han formado hasta hoy unos 15 comités de mujeres, cuando existen muchos cientos de agrupaciones locales del partido, y que incluso el secretariado central de mujeres en Francia se ha visto amenazado, incluso ha sido disuelto por la crisis del partido. Me remito además a Checoslovaquia, que tiene un partido en general fuerte y bien organizado, y donde, a pesar de ello, el envío de un cuestionario por el secretariado de mujeres de Praga dio el resultado siguiente: solo 1/7 de todas las agrupaciones locales consideraron necesario responder siquiera al cuestionario; solo 1/10 de todas las agrupaciones locales tienen afiliadas, y solo el 2 %, 47 en total, tienen comités de mujeres.

No es de extrañar que, si ya en este partido grande y relativamente bueno el trabajo entre las mujeres está tan débilmente asentado en lo orgánico, en los partidos más pequeños, como en Austria, en Holanda y en Dinamarca, se limite en realidad exclusivamente a la localidad principal del país, a la sede del ejecutivo del partido.

En el próximo período, cuando las luchas del proletariado tengan que librarse a gran escala en todo el país, será una necesidad imperiosa desarrollar más estos comités de mujeres hasta llegar a las últimas agrupaciones locales de todos los partidos. ¿Cuáles son las tareas de estos comités? La tarea más elemental, más inmediata, es que estas pocas camaradas activas hagan ellas mismas el trabajo que nos urge. Tienen que ser «chicas para todo». En primer lugar tienen que organizar en todo el país, tienen que hablar, escribir, dar instrucciones para los campos de actividad determinados en todas las ramas de la vida política. Pero sería un error que su trabajo se limitara a eso. Es imposible hacer frente a la inmensa cantidad de tareas que tenemos por delante con el pequeño núcleo actual de camaradas activas. La atención principal de estas camaradas tiene que dirigirse a formar para el trabajo a las camaradas ya organizadas en el partido, pero todavía sin experiencia, y a hacerlas activas para tareas determinadas. Desde este punto de vista es importante, cosa en la que por lo demás coinciden todos los partidos comunistas que emprenden en serio este trabajo, que las camaradas organicen veladas de discusión, cursos, círculos para las mujeres, a fin de prepararlas para su trabajo entre las masas de fuera del partido. Y es un signo de fuerza, o por lo menos un comienzo positivo del trabajo en el partido inglés, que nuestras camaradas de allí, con un instinto acertado, hayan emprendido el camino para animar el trabajo creando la pequeña escuela del partido para las camaradas de la que habló la camarada Zetkin. Creo que en partidos como esos —en particular en Checoslovaquia— que tienen numéricamente una gran afiliación femenina, pero cuyas afiliadas solo son todavía revolucionarias por sentimiento, y no están aún formadas con método, será necesario ofrecer esas ocasiones de formación no solo en algunos distritos, sino en todo el país, y de manera metódica, bajo la dirección del secretariado de mujeres y con el apoyo del ejecutivo del partido, para activar a las numerosas camaradas, para enseñarles lo que significa ser comunista, qué deberes y qué tareas tienen que cumplir como comunistas.

Pero la tercera tarea es la más importante. Consiste en que los comités de mujeres tienen que imponer dentro del conjunto de los partidos que el trabajo entre las grandes masas del proletariado femenino quede asentado en el trabajo general del partido, que el trabajo entre las mujeres no siga siendo un asunto del pequeño puñado de comunistas; tienen que procurar en todas las ocasiones y en todas las acciones del partido que el trabajo entre las mujeres se convierta en un eslabón del movimiento general, que ese trabajo se lleve adelante y se sostenga con todos los medios orgánicos y políticos y con toda la autoridad del conjunto del partido y de todos sus órganos.

En este terreno todavía tenemos que dar los primeros pasos, y los intentos de imponer este principio no siempre se han hecho de formas del todo afortunadas. Sobre todo en los países latinos, donde las camaradas tienen que luchar mucho contra la actitud pequeñoburguesa incluso de sus propios camaradas, hemos podido observar algunos arrebatos de feminismo. Todos conocemos desde los comienzos del movimiento de mujeres esa actitud de que las camaradas y los camaradas se combatan mutuamente. Las camaradas se quejan de que los camaradas no reconocen su trabajo y no las apoyan, y los camaradas, por su parte, se quejan de que las propias mujeres hacen demasiado poco por el trabajo, que debería ser asunto suyo. Camaradas, son enfermedades infantiles, son fases iniciales por las que todos pasamos alguna vez. En la prensa, por ejemplo en el órgano femenino francés L'Ouvrière, aunque en general está bien llevado, y de vez en cuando también en el órgano femenino italiano La Compagna, encontramos artículos en los que las camaradas explican a los camaradas que la mujer es, por así decirlo, también un ser humano, con los mismos derechos que el hombre, que tiene derecho a la actividad política y a la defensa de sus propios derechos.

Incluso en el Día Internacional de la Mujer, en Inglaterra, en la primera página femenina de The Communist537 aparecieron artículos de ese tipo, que no tenían nada que ver con la revolucionarización de las grandes masas, que no partían de las miserias y las preocupaciones de las mujeres obreras inglesas, sino que dirimían en sus columnas la lucha del proceso de autoesclarecimiento del Partido Comunista. Digo que es una debilidad, y a pesar de ello saludamos entonces aquel artículo de The Communist, porque veíamos en él un comienzo del proceso de esclarecimiento que tenía que llevar a que los camaradas y las camaradas colaboraran dentro del partido en ese trabajo común del partido.

Pero si nos preguntamos ahora hasta qué punto se ha conseguido llegar a las masas de mujeres de fuera del Partido Comunista e incorporarlas a las luchas del proletariado, tenemos que confesar: solo en muy pequeña medida. La camarada Zetkin mencionó dos acciones internacionales que se llevaron a cabo relativamente bien: el Día Internacional de la Mujer y la campaña de ayuda a la Rusia soviética. Si aquí se consiguió en cierta medida movilizar a las masas de mujeres y ganarlas para la idea del comunismo, o por lo menos interesarlas por ella, eso tuvo sus razones determinadas.

En el Día Internacional de la Mujer, la razón fue que ya tenía una cierta tradición revolucionaria desde la II Internacional, y que por eso también los partidos que todavía traen consigo reminiscencias socialdemócratas y que en muchos aspectos tienen por lo demás una actitud pasiva cumplieron en este terreno. En la campaña de ayuda a la Rusia soviética intervinieron dos razones en su éxito. Una, que las mujeres tenían aquí sólidos puntos de apoyo orgánicos en los comités nacionales de ayuda, que estaban rigurosamente organizados en un sentido unitario. La segunda fue la razón objetiva de que precisamente esta acción estaba muy íntimamente ligada a los mejores instintos de la feminidad, a sus instintos maternales, y partía felizmente de ellos; esos instintos tuvieron aquí por una vez la ocasión de actuar más allá de los estrechos límites del hogar individual, en forma de solidaridad con todo el proletariado, con la vanguardia del proletariado mundial, la Rusia soviética.

Pero ya en la Semana de los Niños Obreros, que queríamos llevar a cabo junto con la Juventud Comunista Internacional, se vio que solo tuvimos ciertos éxitos allí donde la organización juvenil funcionaba bien, mientras que en los países donde no era así, como en Checoslovaquia, esta acción supuso un fracaso bastante rotundo.

De estas experiencias llegamos a determinadas conclusiones. En la conferencia de las corresponsales internacionales en Berlín se criticó la actividad del Secretariado Internacional de Mujeres. Se dijo que no habíamos sabido iniciar lo bastante acciones internacionales de las mujeres en las más diversas ocasiones. Si fue así, no se debió ni a falta de comprensión ni a cierta pasividad por nuestra parte. No es que no hubiéramos visto qué cuestiones estaban en el orden del día a escala internacional, ni que no hubiéramos sabido cómo había que agrupar metódicamente esas cuestiones en los distintos países en acciones comunes. Nuestra conducta se justifica más bien por la sencilla constatación de que nuestros órganos en el movimiento de mujeres todavía son demasiado débiles para llevar a cabo acciones internacionales de mujeres a gran escala si no está detrás de esas acciones todo el Partido Comunista con todas sus fuerzas. Sería muy concebible y sumamente necesario llevar a cabo campañas, por ejemplo, por los derechos políticos de la mujer en Francia, en Bulgaria y en otros países; podríamos y deberíamos iniciar y dirigir acciones en defensa y por la ampliación de la protección de las obreras, para la lucha contra la carestía, que crece en todos los países, sobre la cuestión de la miseria infantil, que aumenta desmesuradamente, para combatir el peligro de guerra que amenaza y para la lucha contra el terror blanco, que sufren amplios círculos de mujeres proletarias cuyos maridos están en la cárcel, etc. Pero sabemos que hoy, en las condiciones dadas, es más necesario y más fructífero atraer primero a las mujeres a aquellas luchas generales de los partidos comunistas que están especialmente en el orden del día en cada país. En Inglaterra, por ejemplo, tenemos que poner el centro de gravedad en movilizar a las mujeres paradas en la masa de los parados y junto con ella y ganarlas para nuestras ideas. En todos los países tenemos que poner a las mujeres en las luchas por el frente único contra la ofensiva del capital. En Alemania, en concreto, tenemos que poner en pie a las mujeres en el movimiento de los consejos de fábrica. En pocas palabras, tenemos que esforzarnos por incorporar en todas partes a las mujeres de la clase obrera a las luchas generales del proletariado. Si conseguimos en esas luchas orientar a los partidos de modo que comprendan la necesidad de la participación de las masas de mujeres proletarias, en el futuro nos será más fácil obtener también el apoyo de todo el partido para campañas especiales que afectan muy particularmente a las mujeres. Una acción de este tipo es, por ejemplo, como ya mencionó la camarada Zetkin, la lucha contra los llamados artículos sobre el aborto, que de momento solo ha adquirido gran amplitud en Alemania, pero que probablemente en el próximo período estará también en el orden del día en Checoslovaquia, en Austria, en Francia y en Inglaterra.

Sobre la cuestión del paro en Inglaterra quisiera dejar constancia de que el partido inglés todavía no tiene en absoluto clara la cuestión de la incorporación de las mujeres paradas a ese movimiento. Desde hace aproximadamente medio año insistimos ante el partido inglés, y esperamos que también el Ejecutivo de la Komintern influya en el mismo sentido, en que el partido sacuda a las masas de mujeres empleando medios especiales, por ejemplo con una octavilla que habría que lanzar ahora entre las masas. Tenemos informes de Inglaterra según los cuales en Dundee, una ciudad con una industria femenina extraordinariamente fuerte —es la industria del yute, donde hay un hombre por cada 7 mujeres: tan concentrada está allí la industria femenina—, reina un fuerte paro. Ahí sería necesario llegar a las obreras para mostrarles las relaciones que existen entre su paro, la economía capitalista y el imperialismo inglés, porque es precisamente el desarrollo de la industria del yute en la India lo que ha hecho que, a causa de los salarios más bajos de los trabajadores coloniales de la India, las obreras de Inglaterra estén hoy en la calle.

La tarea más importante que tenemos que cumplir para incorporar a las obreras a las filas de combate en las secciones generales del partido es el trabajo en las empresas y en los sindicatos. No fue casualidad, sino que respondía a un plan claro del Secretariado Internacional Comunista de Mujeres, que, en cuanto los comités de mujeres estuvieron más o menos organizados, pasáramos en la Internacional a la tarea de organizar la colaboración de esos órganos con los órganos sindicales que los partidos han creado para llegar a las masas en las empresas y en los sindicatos y para formarlas. Desde este punto de vista fue un acierto de nuestro partido hermano italiano trasladar en las últimas semanas a Turín el secretariado de mujeres que hasta entonces había existido en Roma; y precisamente porque en Roma no existe una sola afiliada al partido, porque en Roma la industria femenina no desempeña en absoluto un papel digno de mención. En cambio, en Turín, en el Piamonte, en el norte de Italia, cerca de la Lombardía industrial, con su industria textil muy extendida, existía la posibilidad de llegar a las masas de mujeres asalariadas en las empresas y en los sindicatos. Y además, para volver una vez más a la cuestión de Noruega: no es, camaradas, porque por fetichismo organizativo tengamos que tener en todas partes la línea unitaria, es decir, la integración de las mujeres en las organizaciones generales, por lo que exigimos e insistimos en que en Noruega se disuelvan no solo la federación de mujeres, sino también las asociaciones de mujeres. Lo hacemos más bien por la muy buena razón objetiva de que las asociaciones de mujeres, por su independencia orgánica y su aislamiento interno, quedaban separadas de la vida general del partido, porque la existencia de esas asociaciones de mujeres ha sido hasta ahora una barrera para llegar a las masas de obreras de las empresas y de los sindicatos fuera de esos pequeños círculos.

Tampoco es casualidad que Bulgaria, con el partido más ejemplar de la Internacional —relativamente, claro está, por decirlo con Zinóviev—, sea el país que mejor ha llevado a cabo la organización de las obreras en las empresas y en los sindicatos. Aquí se han creado órganos especiales dentro del partido y dentro de los sindicatos, que en Bulgaria, como es sabido, están completamente dominados por el partido; aquí la colaboración entre el partido y los comités sindicales está regulada con precisión por estatutos y directrices; aquí se han señalado con el mayor cuidado, atendiendo detalladamente a las necesidades y a la situación particular de las obreras, todas las grandes tareas que el Partido Comunista tiene que cumplir en lo que se refiere a la movilización de las mujeres en las empresas y en los sindicatos.

El trabajo sindical desempeña además un papel particular en los países ilegales. Solo señalo un aspecto: que, por ejemplo, en Finlandia, en Rumanía, en España, donde el partido no puede llegar a las obreras públicamente ni por medio de órganos especiales de mujeres, los sindicatos son, por así decirlo, el único terreno en el que puede acercarse a las obreras e influir sobre ellas en sentido comunista.

Las dificultades del trabajo sindical entre las mujeres están estrechamente ligadas a las dificultades que existen en los partidos para el trabajo sindical en general. Sabemos muy bien que el trabajo sindical entre las mujeres avanzará en la medida en que el trabajo sindical en general esté bien desarrollado. Comprendemos que en Inglaterra, donde el Partido Comunista, ya solo por su debilidad orgánica frente a las demás organizaciones obreras, tiene muy poca influencia en los sindicatos, tampoco haya podido emprenderse todavía, como es natural, casi en absoluto la tarea de llegar a las obreras. En Francia, donde el partido todavía tiene que dirimir en sus propias filas si el Partido Comunista debe trabajar políticamente en los sindicatos, y en qué sentido, vemos el reflejo de esa debilidad en el movimiento de las obreras. Nuestras pocas camaradas combatientes de Francia lo tienen enormemente difícil para hacer un trabajo positivo en los sindicatos cuando, por una parte, todavía tienen que luchar en la cúpula del partido por conservar su secretariado de mujeres y su revista femenina y, por otra, en la cuestión sindical tienen que luchar para que se imponga el principio fundamental de que el Partido Comunista está obligado a conquistar en los sindicatos la influencia comunista sobre las masas.

En Checoslovaquia, donde ciertamente hemos llevado en lo orgánico a grandes masas de obreros a la influencia de la Internacional Sindical Roja, todavía no se ha conseguido, sencillamente por falta de tiempo, de fuerzas o también por falta de actividad, formar a esas masas en un sentido más comunista. Con razón, por eso, las camaradas checoslovacas han pedido al Ejecutivo, al Secretariado Internacional de Mujeres y a la Internacional Sindical Roja que procuren que sus partidarios en Checoslovaquia emprendan en sus federaciones —de las que, por ejemplo, solo la federación de trabajadores agrícolas tiene 30.000 afiliadas sindicadas— la lucha por todas las reivindicaciones de las obreras con mucha más intensidad que hasta ahora.

Camaradas, la necesidad de llevar a cabo la movilización de las obreras nos obliga a construir con método el trabajo sindical en general; es decir, aquí los comunistas tienen que colaborar positivamente sin falta en la parte más importante del trabajo general del partido. Es inevitable que las comunistas, con todos sus planes especiales y sus propuestas de organización para revolucionar a las obreras de las empresas y de los sindicatos, construyan en el aire mientras no se haya creado, mediante la construcción de las células comunistas, la base para todo trabajo en los sindicatos y en las empresas. Precisamente en este ejemplo, en el que hasta ahora hemos tenido poco éxito, vemos con la mayor claridad hasta qué punto el movimiento comunista de mujeres está unido, para bien y para mal, al movimiento comunista general. Precisamente si queremos poner pie entre las obreras, las comunistas de todos los partidos comunistas tenemos que entregarnos con la mayor energía y el mayor cuidado a la tarea general de construir de abajo arriba, con método y con solidez, las células comunistas. Cuanto más rápida y a fondo se resuelva esta tarea, tanto antes los órganos a los que asignamos tareas especiales con respecto a las obreras estarán también a la altura de esas exigencias. Al mismo tiempo que se construyen las células, tenemos que integrar a las comunistas sindicadas y encomendarles la tarea de defender las reivindicaciones de las obreras. Las sindicalistas comunistas tienen que estar en el contacto más estrecho con los comités de mujeres del partido, para intercambiar sus experiencias y deliberar sobre cómo seguir esclareciendo a las masas de obreras y llevarlas más a fondo a las luchas del proletariado.

Una palabra más sobre las cooperativas de consumo. Las cooperativas de consumo se distinguen de los sindicatos en que en ellas no solo están organizadas obreras, sino además grandes masas de amas de casa proletarias. Se nos ofrece, pues, un campo en el que podemos ganar nuevas y amplias masas a las que no tenemos acceso en las empresas y en los sindicatos.

Y hay un segundo factor que en el momento actual nos señala el trabajo en las cooperativas. Es el hecho de que hoy, con la gran carestía y la miseria de masas que reinan casi en todos los países, las cooperativas de consumo son los órganos llamados a poner su peso en la balanza, junto con los sindicatos y los partidos políticos obreros, para oponerse al proceso de depauperación del proletariado. La labor de esclarecimiento que por eso hacemos entre las mujeres dentro de las cooperativas de consumo será en gran medida un factor revolucionario que reforzará el frente único del proletariado también en sus zonas periféricas, entre las mujeres trabajadoras que no están en el proceso de producción.

¡Camaradas! Una última palabra sobre la prensa. La prensa es sin duda uno de los medios más importantes para llegar a las amplias masas no organizadas e influir en ellas en sentido comunista.

En la Internacional tenemos una prensa femenina bastante extensa y, además, tenemos la posibilidad de llevar nuestras cuestiones a las masas a través de la prensa general. Hay que señalar que, desde el punto de vista organizativo, la prensa femenina todavía no ha resuelto la tarea de penetrar en los círculos más amplios posibles. Tenemos toda una serie de países en los que las revistas femeninas ni siquiera alcanzan una tirada vendida igual al número de afiliadas del partido. Como ejemplos de lo contrario quisiera destacar otra vez Bulgaria y esta vez, además, Italia, donde se ha conseguido llegar por medio de la prensa femenina a círculos bastante más amplios que los que ya estaban afiliados al partido. Esa debe ser, naturalmente, nuestra meta en todas partes.

En cuanto al contenido de la prensa, en ella se reflejan, naturalmente, todas las debilidades del movimiento comunista femenino y del movimiento comunista en general. Quisiera destacar dos defectos principales que representan, por así decirlo, dos extremos.

Uno de los extremos se expresó con más fuerza, sobre todo al principio, quizá en la revista femenina holandesa De Voorbode. La revista es, en teoría y en los principios, extraordinariamente clara e irreprochable, pero se vinculaba tan poco a las preocupaciones y necesidades concretas y cotidianas de las mujeres proletarias, se refería tan poco a las condiciones particulares precisamente de Holanda, que no estaba al alcance de la comprensión de las masas sin formación y no podía estar íntimamente unida a las mujeres. Desde entonces, sin embargo, esta revista se ha adaptado mucho mejor a las necesidades de las masas. El otro extremo se mostró con la máxima claridad en el periódico regional de Brno Žena (Checoslovaquia), que, a la inversa, para ganar gran popularidad, abandonó la línea de principio clara del comunismo, se vinculó sin ninguna crítica a la actitud pequeñoburguesa de las mujeres proletarias y concedió decididamente demasiado al afán de sensaciones de las masas, escribiendo de toda clase de cosas que nada tienen que ver con el comunismo.

Quizá sea útil mencionar en este contexto también la prensa francesa. Aunque la redacción responsable de L'Ouvrière ha defendido bien su punto de vista, hay que decir aquí, para respaldarla, que desde la fundación de la revista en el congreso del partido de Marsella538 hasta el día de hoy ha tenido que luchar con tendencias dentro del Partido Comunista que querían hacer de la revista un figurín de modas y una hoja de recetas de cocina.

Por eso subrayamos aquí, ante la Internacional, que no podemos permitirnos semejante lujo, sino que nuestros órganos están para hacer la propaganda comunista entre las obreras, ¡y para nada más!

Últimamente nos encontramos ante una dificultad en la cuestión de la prensa que tiene que ver con la debilidad financiera de nuestros partidos comunistas. Hay indicios de que nos veremos obligados a reducir en cierta medida los periódicos femeninos. L'Ouvrière va a morir. Su lugar debe ocuparlo otra cosa. Tenemos que insistir sin falta en todos los partidos en que, en cumplimiento de las resoluciones de la conferencia femenina del año pasado y del Congreso Mundial, se introduzcan suplementos femeninos en todos los órganos del partido; y estos no pueden salir solo de vez en cuando, cuando le plazca al redactor o al secretario de turno, sino que tienen que aparecer con toda regularidad. Y tenemos que intentar además situar nuestro trabajo entre las mujeres tan en el centro de todo el trabajo del partido que penetremos también en las columnas generales de la prensa del partido y en todos los demás órganos del partido, en los órganos especializados, en los periódicos sindicales, en las revistas científicas, en los periódicos para los obreros agrícolas y en cualesquiera otros que entren en consideración. Solo entonces nuestro movimiento femenino estará firmemente anclado en el conjunto del partido, solo entonces tendrá todo el apoyo del partido, cuando, gracias a un tratamiento unitario de todas estas cuestiones en la prensa general, se haya impuesto plenamente el reconocimiento de la necesidad del trabajo entre las mujeres.

Llego al final. Las perspectivas del movimiento femenino son favorables; crecerá con el desarrollo de la Internacional Comunista en su conjunto. Los partidos comunistas, a medida que avance el movimiento, se clarificarán, se consolidarán y se dispondrán más activamente para las tareas de la lucha de clases. Y podemos decir con confianza que precisamente ahora, por las inmensas tareas que tiene ante sí la Internacional Comunista, por las luchas contra la ofensiva del capital, por las luchas por el frente único, se ha creado en las masas un terreno sano en el que se conseguirá reunir todas las fuerzas del partido, reunir todas las fuerzas del proletariado también fuera de nuestras propias filas, organizarlas para la lucha y conducir a las masas más amplias a los combates.

Lo sabemos: si en el congreso anterior todavía teníamos que constatar que, en lo que respecta al movimiento femenino comunista, en realidad estaba todo por hacer, hoy podemos constatar que se han dado los primeros pasos, que se han puesto los cimientos del trabajo femenino, y en el próximo Congreso Mundial tendremos y deberemos poder constatar que se ha conseguido vincular tan íntimamente el trabajo femenino al trabajo general del partido que podemos registrar un éxito. Con las masas del proletariado que, bajo nuestra dirección, han sido arrastradas a la corriente del movimiento revolucionario, se ha alcanzado y movilizado también a amplias masas de mujeres, que luchan en las filas del frente único por la victoria del proletariado sobre todos sus enemigos.

Smidóvich539 (Rusia): En Rusia, la agitación entre las obreras, salvo que estas no constituyan masas atrasadas y por eso haya que servirse de métodos especiales, la llevan secciones especiales de los comités del partido comunista. Estas secciones trabajan con los mismos derechos que todas las demás secciones de los comités del partido comunista.

Los métodos de las secciones femeninas consisten en dirigir la actividad de las obreras y en promover la ejecución de tareas prácticas y concretas que encarnen los deseos y las reivindicaciones de la clase obrera. Este método de llevar a las obreras a la actividad práctica ha aumentado enormemente la influencia del Partido Comunista entre las obreras y las campesinas.

En cada célula comunista de empresa hay un camarada encargado del trabajo político entre las mujeres; se le llama «organizador de las obreras». Las obreras de cada empresa eligen regularmente, dos o tres veces al año, en su asamblea general de mujeres, a unas delegadas, y estas delegadas son luego convocadas por las secciones femeninas a conferencias de delegadas. El número de estas delegadas asciende en toda Rusia a unas 70.000. Estas asambleas de delegadas se han convertido en una especie de escuela política práctica: en ellas se presentan informes sobre todas las cuestiones de la vida política y económica. De este modo las delegadas se ven llevadas a sus primeras experiencias en el terreno de la actividad social. Las delegadas son enviadas a hacer trabajo práctico en diversas comisiones y órganos del aparato soviético. Todas las delegadas están obligadas a rendir cuentas ante sus electoras, y así forman un lazo organizado entre el Partido Comunista, por un lado, y las grandes masas de obreras sin partido, por otro.

Durante las elecciones a los soviets se ha visto, entretanto, que las delegadas son muy activas, que participan en las elecciones, que votan por los comunistas, y una parte importante de ellas se hace a su vez comunista, miembro del PCR.

El Partido Comunista cuenta en sus filas con 29.773 obreras. La cifra no es muy grande, pero hay que tener en cuenta que el Partido Comunista de Rusia exige a sus miembros una colaboración regular.

El número de obreras en los sindicatos crece cada año. Tenemos cerca de millón y medio de obreras afiliadas a los sindicatos.

Un número importante de obreras son miembros de los comités de empresa y de las juntas directivas de los sindicatos. Hay también obreras que son miembros de los comités centrales de los sindicatos.

La nueva política económica nos planteó la tarea de impedir la dispersión de las obreras que habían quedado en paro a consecuencia de la reducción de las empresas. Las secciones femeninas demostraron en esta ocasión una gran energía. Por iniciativa suya, las mujeres en paro formaron cooperativas de desempleadas. De este modo, miles de obreras permanecieron bajo la influencia del partido: las secciones femeninas hacen agitación y propaganda comunistas entre las afiliadas de estas cooperativas de obreras. Las delegadas de estas cooperativas participan en las asambleas de delegadas que dirigen las secciones femeninas. En todas nuestras ciudades y pueblos tenemos cooperativas de punto, de tejido, de costura, de encaje de bolillos, etc., que surgieron por iniciativa de nuestras secciones femeninas. La organización de las mujeres en el movimiento cooperativo es una parte importante del trabajo que llevan a cabo nuestras secciones ante la situación económica actual. De este modo intentamos reunir en cooperativas a las trabajadoras a domicilio dispersas por el país y las ponemos bajo la influencia del partido. Es también un medio de unir los intereses de las obreras de la ciudad y del campo. La cooperativa es asimismo un medio de mejorar la existencia de la familia obrera. En los Estados capitalistas, todos los intentos de construir un nuevo orden social con ayuda de las cooperativas no solo están condenados al fracaso, sino que sirven además para que arraiguen ilusiones reformistas. En cambio, en un Estado con dictadura proletaria la cooperativa puede utilizarse racionalmente para aliviar a la obrera de las obligaciones domésticas.

En las condiciones actuales de la nueva política económica, cuando el Estado soviético se ve privado temporalmente de los medios para acudir en ayuda de las madres, es precisamente la forma cooperativa la adecuada para desarrollar la actividad de las obreras en este terreno. En Petrogrado, 24.000 madres están reunidas en una cooperativa, «Madre e Hijo», que forma parte de la red de la Unión de Consumidores de Petrogrado. Esta cooperativa proporciona a las madres los víveres necesarios a precios asequibles. En el futuro, esta cooperativa piensa emprender la fundación de instituciones infantiles.

Existen cooperativas parecidas también en la provincia de Pskov, en algunas cabezas de distrito y en los municipios rurales. Desde la Jornada Internacional de la Mujer de 1922, las secciones femeninas tienen derecho a enviar obreras como aprendizas a la sección de cooperativas. Cierto número de estas obreras trabaja ya en las instituciones cooperativas. Las obreras y las campesinas son a menudo miembros de las juntas directivas de las cooperativas de producción en los pueblos, etc.

Entre otras cosas, un número importante de obreras asiste a los cursos de formación cooperativa. Consideramos nuestro trabajo en el terreno de las cooperativas como un medio de unir los intereses de las obreras de las ciudades y de los pueblos y de atraerlas a la esfera de influencia del partido.

La agitación y la propaganda políticas entre las campesinas se basan en sus intereses en el terreno de la agricultura y de las cooperativas. Con este fin convocamos en cada municipio o en cada distrito conferencias de campesinas; nos ocupamos también de la propaganda individual y llevamos a las más avanzadas a cursos y escuelas agrícolas.

No puedo dejar de dar un ejemplo: en la provincia de Riazán, de las 50 campesinas que terminaron la escuela agrícola, 20 ingresaron en el partido y se convirtieron en excelentes luchadoras. En la provincia de Samara, el 50 % de los alumnos de las escuelas agrícolas son campesinas. Se las instruye sobre diversas cuestiones de la protección de la madre y del lactante. Incluso en los distritos más alejados del centro, las campesinas participan en la fundación de guarderías. Un número importante de campesinas ha sido enviado a los cursos de protección de la madre y del lactante.

El número de mujeres elegidas a los soviets en las últimas elecciones asciende, según los informes recibidos, que todavía no están completos, a 2.000. Entre ellas hay también algunas que han sido elegidas presidentas de soviets municipales.

El Comité Ejecutivo Central cuenta entre sus miembros a 9 mujeres.

La lucha contra el hambre contó con las simpatías de las capas más amplias de obreras de la ciudad y del campo, y la sección femenina se apresuró a sacar provecho de ello, atrayendo a nuevas capas del mundo de las mujeres trabajadoras al trabajo del partido y de los soviets. Acudieron en ayuda de los desdichados con la mayor energía imaginable, y solo eso logró vencer la cruel miseria.

Acogieron en sus familias a los hijos de los hambrientos, colaboraron en la fundación de hogares infantiles en las provincias azotadas por el hambre, fueron ellas las que sustituyeron a las madres de los pobres pequeños. Las obreras pusieron todo su empeño en coser ropa y ropa blanca para esos niños durante los subbótniki (sábados comunistas), y llegaron incluso a compartir sin cesar su escaso salario con los desdichados.

Las secciones femeninas hacen todo lo que está en su mano para atraer a obreras y campesinas a las escuelas de adultos. Para ellas se organizan cursos preparatorios. En las facultades obreras (rabfak) estudian 3.683 mujeres, y un número importante ha ingresado también en la Universidad Comunista, donde reciben su formación. El Comité Central del Partido Comunista publica dos revistas para las obreras. También en provincias aparecen algunos periódicos y unas 60 hojas para obreras. Solo quiero subrayar que estos periódicos cuentan con varios centenares de corresponsales que son obreras y campesinas.

Este inmenso trabajo entre las masas de obreras solo es posible bajo la dictadura proletaria, pero el Partido Comunista sabe apreciar la importancia de la agitación y la propaganda entre las obreras con métodos especiales cuando estos contribuyen a atraer a las masas a las filas de los luchadores proletarios. Los primeros pasos del trabajo entre las mujeres se dieron ya en los años 1905-1906. Las feministas burguesas intentaron extender su influencia a las obreras rusas, pero el instinto de clase de las obreras, dirigido por el partido, las ayudó a formarse una opinión justa sobre el contenido burgués de la propaganda feminista, y sin vacilar pusieron su suerte en manos del Partido Comunista. Por la misma época se fundó en Petrogrado el primer club de obreras, que poco después fue clausurado por la policía. La reacción obligó a los obreros a continuar su lucha en la clandestinidad. En 1914 nuestro partido hizo un nuevo intento de hacer agitación y propaganda entre las obreras de manera semiclandestina. Se sacó la revista Rabótnitsa («La Obrera»)540, que sirvió a la vez de centro alrededor del cual se agruparon las obreras combativas. Samóilova, Kudelli, Elizárova, Menzhínskaya, Rozmiróvich y las camaradas Armand, Krúpskaya541 y Stal, que por entonces se marcharon al extranjero, eran fuera del país miembros de esa misma redacción. Pero las persecuciones hicieron fracasar también estos intentos: las luchadoras fueron detenidas y se prohibió la publicación del periódico.

Bajo Kerenski, cuando el Partido Comunista se vio obligado a trabajar en la semiclandestinidad, reanudó el trabajo entre las mujeres; el partido supo apreciar en lo que valía la participación de las obreras en la lucha por la dictadura del proletariado. En 1917 volvió a publicarse en Petrogrado Rabótnitsa, y en Moscú se sacó una revista, «La Vida de la Obrera»; al mismo tiempo, el comité del Partido Comunista de Moscú organizó una comisión de propaganda política entre las obreras y las campesinas. Las obreras agrupadas en torno a esta comisión se convirtieron en luchadoras, y un número importante de ellas desempeñó un papel destacado en las jornadas de Octubre.

La Revolución de Octubre transformó de modo radical la situación de las obreras y abrió ante ellas, y finalmente también ante las campesinas, amplias perspectivas. Hoy no hay en el Estado soviético ningún terreno en el que la obrera rusa no haya mostrado sus capacidades, bastante notables. Tampoco hay un solo frente en el que las obreras y las campesinas no hayan demostrado ser magníficas compañeras. Se cuentan por miles las obreras que han caído en nuestra lucha sin dejar siquiera sus nombres a la historia.

La obrera que ha despertado demuestra una mentalidad completamente comunista; se ha entregado a la gran lucha por cumplir los deseos y las reivindicaciones de la clase obrera con una fidelidad, y ha puesto de manifiesto en la construcción comunista una energía, que no conocen límites.

El Partido Comunista supo apreciar en lo que valían estas cualidades de la obrera, y ha sabido crearse con métodos ingeniosos, en las profundidades de la clase obrera, una base firme que ha contribuido no poco a consolidar el nuevo orden social.

Con la más plena convicción, exhorto a los camaradas de los demás partidos comunistas a llevar a cabo con el mayor empeño la agitación y la propaganda entre las obreras. Su participación en el frente único del proletariado es condición indispensable de la eficacia de este y de su éxito en la lucha final y victoriosa.

Kaspárova542 (Rusia): ¡Camaradas!

En la gran lucha por la revolución proletaria, la Internacional Comunista ha dedicado siempre una atención muy especial al movimiento nacional-revolucionario contra el imperialismo, que en los últimos tiempos ha prendido en las masas trabajadoras, obreras y campesinas incluidas, de todos los países coloniales y semicoloniales de Oriente. Al apoyar este movimiento en la medida en que defendía los intereses de las amplias masas obreras de Oriente, la Internacional Comunista no podía pasar por alto la participación de las masas femeninas en este movimiento revolucionario, porque, como ya subrayó Karl Marx, ninguna revolución social es posible sin ellas.

Pero desde que el II Congreso Mundial de la Internacional Comunista estableció las directrices de principio sobre la cuestión nacional y colonial en la época de la lucha entre el imperialismo y la dictadura proletaria, se han producido en Oriente los siguientes acontecimientos:

  1. El desarrollo de la lucha contra el imperialismo en todos los países coloniales y semicoloniales, como Corea, la India británica, las Indias Neerlandesas, Egipto y Siria, China y Persia, con la extensión de este movimiento también a las masas femeninas, y además el restablecimiento de la independencia de Turquía.

  2. El comienzo de un movimiento proletario de clase casi en todos los países de Oriente, empezando por el Japón capitalista, y la formación simultánea de partidos comunistas casi en todos estos países.

Al mismo tiempo observamos una participación activa cada vez más fuerte en el movimiento por parte de las mujeres, que languidecen en una servidumbre especialmente opresiva, sobre todo en aquellos países de Oriente en los que la gran industria empieza a desarrollarse. Para el Japón lo ilustran las cifras siguientes:

3.047.902 obreros y 3.225.363 obreras, con una población de 28.042.395 hombres y 27.918.145 mujeres.

En 1911, la población trabajadora de la India británica sumaba aproximadamente 101.825.424 hombres y 47.359.582 mujeres, de un total de 320.000.000 de habitantes. De ellos, en la industria trabajaban en total 11.500.000 hombres y 6.000.000 de mujeres. Solo las fábricas de tejidos ocupaban a 1.764.193 mujeres, las hilaturas a 1.215.714, la industria de la alimentación a 2.200.000, la de la confección a 1.071.310 mujeres, y además las dependientas de comercio, que son más de 12.000.000 frente a 13.000.000 de hombres. En Egipto, como también en Siria, el número de obreras en las fábricas de algodón y en las hilaturas de seda, así como en la industria del tabaco, crece sin cesar. Incluso en China, donde la industria está menos desarrollada, contamos más de 200.000 mujeres en las fábricas. La participación cada vez mayor de las masas femeninas en la producción industrial trae consigo una participación cada vez más activa en el movimiento obrero general. Nos lo demuestran las huelgas de Japón de los años 1918 y 1920, en las que participaron grandes masas de mujeres, y asimismo la gran huelga de tejedores de China en 1921.

En la India, después de la huelga de tejedores de Bombay y Ahmedabad de 1916, tuvimos en 1920 la huelga de la fábrica de Madura en Madrás (700 obreras), y luego la huelga de la fábrica de porcelana de Bombay en 1922. En Bombay surgió en 1922 la organización de una Federación Sindical Panindia de Obreras, y otras cosas parecidas.

Por otra parte, vemos cómo, tanto en los países coloniales como en los semicoloniales de Oriente en los que todavía no existe gran industria, como por ejemplo en Persia y en Turquía, la mujer, forzada por las condiciones económicas de la posguerra, se vuelve cada vez más indispensable como factor de producción. En todos los países de Oriente en los que existe un fuerte movimiento nacional-revolucionario, como en Corea, la India, Egipto e incluso en Turquía, la mujer participa vivamente en él.

Casi en todos estos países existen organizaciones femeninas revolucionarias, ilegales o legales, que están bajo la influencia de la burguesía nacional, pero que a menudo abarcan a grandes masas de obreras y campesinas. La situación económica de las obreras y campesinas es muy mala en todos los países de Oriente. Como instrumento barato, sirven al capitalismo europeo y japonés de objeto indefenso de explotación.

Así, el desarrollo de las masas femeninas de los países de Oriente nos ha creado un terreno fértil para la propaganda y la agitación comunistas. Las experiencias de la actividad de propaganda comunista en la Transcaucasia soviética y en el Turquestán pueden trasladarse en la mayoría de los casos, sobre todo en lo que respecta a las mujeres musulmanas, también a las demás regiones de Oriente. Llamamos la atención de los partidos y grupos comunistas de los países de Oriente, así como de los partidos comunistas de Inglaterra, Francia y otros países que poseen colonias, sobre la extraordinaria importancia del trabajo entre las mujeres durante esta época revolucionaria; en este trabajo hay que tener en cuenta las diversas condiciones objetivas de cada país. Allí donde ya tenemos partidos comunistas organizados y donde existe un movimiento obrero, como por ejemplo en Japón y en parte en China y la India, los partidos comunistas pueden crear órganos especiales para el trabajo entre las masas femeninas. Allí donde tenemos principalmente un movimiento nacional-revolucionario que abarca a las amplias masas de mujeres trabajadoras, el partido debe servirse de este movimiento para entrar en relaciones más estrechas con las masas, liberarlas de la influencia de la burguesía y conducirlas, con consignas democrático-revolucionarias, en la lucha contra el imperialismo extranjero, hacia la revolución proletaria.

En Oriente, donde las tareas de los partidos comunistas consisten en profundizar y ampliar la lucha nacional-revolucionaria estableciendo contacto con el movimiento nacional de liberación, los grupos comunistas de mujeres deben ampliar la base de su actividad en esta lucha atrayendo a las organizaciones femeninas (tanto a las asociaciones culturales y educativas como a las feministas) y hacer cristalizar cuadros de una intelectualidad femenina revolucionaria.

El frente único antiimperialista, lo mismo que el frente único de las obreras, solo puede realizarse incorporando a las más amplias masas femeninas. (Vivos aplausos.)

Presidente: Ante todo, camaradas, quiero hacerles notar que el Presidium ha sido muy complaciente con las mujeres al decidir dedicar un día entero al tratamiento de este punto. Más allá de eso, el Presidium no puede ir. Tienen que tener en cuenta que solo con dificultad podremos terminar. Supongo que no tienen ustedes la intención de quedarse en Moscú hasta finales de este año. Pero si seguimos a este ritmo, no veo ninguna posibilidad de terminar antes. Por esta razón, el Presidium ha decidido conceder a las mujeres que hablen cuatro ponentes, pero renunciar después a una discusión más amplia. Ahora ha pedido la palabra una camarada inglesa. Le he pedido que renuncie a la palabra. No renuncia. Por eso pregunto una vez más a la delegación inglesa, o sea, a la camarada Birch, si renuncia a la palabra, porque de lo contrario me vería obligado a consultar al congreso.

Murphy (Gran Bretaña): La delegación inglesa está dispuesta a retirar su petición. Pero quiere hacer notar al Presidium que, si en el futuro tiene la intención de que no haya debate, debe dar instrucciones a los ponentes para que no toquen cuestiones que se presten a discusión.

Presidente: Hay que hacer notar todavía que, naturalmente, habríamos dado con gusto la palabra a esta camarada. Pero se comprende que entonces habría tenido que darse una respuesta y que tampoco se habría podido negar la palabra a otras camaradas.

Pasamos ahora a la votación de la resolución, que les doy a conocer ahora:

Sigue la «Resolución sobre el trabajo comunista entre las mujeres», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

¿Desea alguien la palabra sobre la redacción de la resolución? — No es así. Pasamos a la votación. La resolución queda aprobada por unanimidad. (Aplausos.)

Se levanta la sesión a las 4.20.

Vigesimoquinta sesión, martes 28 de noviembre de 1922

La cuestión de la educación. El Tratado de Paz de Versalles. Telegrama de saludo al Congreso Sindical Panindio.

Oradores: Hörnle, Krúpskaya, Cachin, Gennari, Šmeral, Radić.

Apertura: 12.30 del mediodía.

Preside (alternativamente): Neurath, Marchlewski, Clara Zetkin, Carr.

Hörnle (Alemania): ¡Camaradas! La comisión para la cuestión de la educación se ha puesto de acuerdo en que aquí, en el congreso, no debe tratarse todo el complejo de la política educativa comunista, sino solo la cuestión del trabajo educativo comunista que realiza el propio partido, es decir, la cuestión de la educación política de los miembros y los funcionarios del partido y de la educación política que los miembros y funcionarios del partido realizan entre las amplias masas fuera del partido.

La política comunista se distingue de la burguesa y de la reformista no solo por su objetivo, sino también por estar fundada de modo estrictamente científico, por basarse en el análisis cuidadoso de la situación histórica y en el conocimiento de las fuerzas sociales que actúan en el capitalismo. El método que aplica para ello es el método de la investigación marxista, del materialismo histórico. Por tanto, la Internacional Comunista solo puede cumplir su tarea como dirigente del proletariado revolucionario y como defensora de las amplias masas de todos los oprimidos y explotados si fundamenta su política de modo estrictamente marxista. Ya por esta razón es necesario que los partidos comunistas den una cuidadosa formación teórica a sus miembros y funcionarios.

Pero el trabajo de educación política del Partido Comunista es necesario también porque los partidos comunistas son todos partidos jóvenes, jóvenes en dos sentidos: no solo porque la mayoría de los partidos existen desde hace apenas unos años, sino también, tomado en sentido completamente físico, jóvenes en cuanto a la edad, o al menos en cuanto a la edad política, de las grandes masas de sus miembros. Las masas de miembros de los partidos comunistas sufren todavía hoy en gran parte los efectos y restos de la vieja actitud e ideología pequeñoburguesa y reformista. Pero la situación en que hoy luchamos, y precisamente ahora sobre todo, plantea a estos partidos jóvenes, en parte de rápido crecimiento, tareas siempre nuevas y cada vez más difíciles. En particular, la táctica del frente único exige no solo a los funcionarios dirigentes, sino también a los miembros, un alto grado de elasticidad intelectual, de soltura y de agilidad de pensamiento, unido a la firmeza en los principios. Tanto más necesario es que el trabajo de formación comunista de los partidos empiece abajo, en las amplias masas de los miembros, y no se limite a formar a un pequeño círculo de funcionarios. Precisamente a diferencia de los partidos reformistas, el centro de gravedad del trabajo del partido comunista no está en un pequeño número de dirigentes, sino en las masas de los miembros, que no son solo ganado electoral, asistentes a mítines y poseedores de un carné de afiliado, sino que tienen que realizar un trabajo de partido responsable. La forma en que el partido realiza su trabajo, el trabajo en fracciones y células, exige que cada miembro posea un mínimo de conocimientos políticos, de formación marxista y también de capacidades formales, como facilidad de palabra, conocimiento de la técnica de las asambleas, capacidad de debatir, de organizar, etc.

El trabajo de formación comunista se distingue esencialmente del trabajo de formación que se hace en los partidos reformistas. El trabajo de formación reformista aparta al obrero de la lucha de clases despertando en él ilusiones, la ilusión de que hoy, dentro del capitalismo, a pesar de toda la explotación y de toda la pobreza de los proletarios, podría al menos en el reino del saber y del arte igualarse al burgués, como si al menos en este reino ideal del espíritu fueran posibles dentro del capitalismo la igualdad y la libertad de todo el género humano. El trabajo de formación reformista se dirige además, en primer lugar, al egoísmo individualista de cada uno; da al obrero individual una ocasión, ciertamente escasa, de elevarse personalmente, como individuo, por encima de la media de sus compañeros de clase mediante el esfuerzo personal, la asistencia a toda clase de conferencias de divulgación científica y la formación en determinadas materias, y de procurarse así una existencia mejor a costa de sus compañeros de clase. El trabajo de formación comunista tiene exactamente el objetivo contrario. La finalidad del trabajo de formación comunista es formar luchadores revolucionarios de clase, educar a todos y cada uno en la gran solidaridad de clase, es aumentar y reforzar la fuerza combativa, la fuerza de agitación y la fuerza organizativa del partido. Así pues, mientras que el resultado del trabajo de formación reformista es una dependencia agravada de los obreros respecto de la ideología burguesa, el trabajo de formación comunista se propone liberar al obrero del hechizo de la ideología burguesa. Le muestra la dependencia de toda ideología respecto de la base económica y social y la imposibilidad de la libertad espiritual bajo la servidumbre económica y social. Mientras que el trabajo de formación reformista, en general, entrega al obrero resultados ya hechos, procura ofrecerle un saber ya hecho en una mala divulgación, los dudosos frutos de las ciencias burguesas y del arte burgués, y lo alimenta, pues, con migajas envenenadas, aunque dando siempre la impresión de que le da de verdad pan, el trabajo de formación comunista muestra al proletario el condicionamiento de clase de toda la ciencia burguesa y declara la lucha más enérgica a toda la ciencia, el arte, la moral y la religión burgueses; muestra cómo no solo en las ciencias sociales, no solo en la política, etc., sino también en las ciencias aparentemente neutrales, en terrenos aparentemente muy alejados, actúan en todas partes las tendencias burguesas. Así, mediante la confrontación crítica con la ciencia y el arte burgueses, con la moral y la religión burguesas, crea la base para la construcción de una nueva cultura y un nuevo modo de vida proletarios y socialistas. Y es una utopía creer que pueda surgir una nueva cultura proletaria de cualquier otro modo que única y exclusivamente mediante esta confrontación crítica con la ciencia y el arte burgueses, llevada a cabo al servicio de la lucha de clases, al servicio de la revolución proletaria.

El proletariado no es hoy desposeído solo porque carezca de bienes materiales, sino porque carece también de bienes espirituales, porque está desheredado espiritualmente. En esto la revolución proletaria se distingue muy esencialmente de la revolución burguesa. En las revoluciones burguesas, los intelectuales burgueses produjeron, precisamente durante el período revolucionario, obras de arte grandes, poderosas y duraderas y logros científicos que abrieron nuevos caminos. Pudieron hacerlo porque la burguesía ya estaba saciada antes de su revolución, porque ya antes de su revolución política estaba en posesión de los medios de producción materiales y espirituales. Con el proletariado ocurre precisamente lo contrario. El proletariado solo puede llegar a poseer tanto los medios de producción materiales como los espirituales cuando ha conquistado el poder. El primer trabajo intelectual innovador del proletariado, visto en sentido histórico, consiste en que el proletariado forjó en plena lucha la poderosa arma del materialismo histórico, en que, todavía en mantillas, movió al genio de un Marx y un Engels a levantar el formidable edificio del marxismo.

Por eso el trabajo de formación comunista, puesto que sirve estrictamente a la lucha, tiene que imponerse ciertos límites. Es completamente imposible que un partido financieramente débil, un partido metido en las luchas políticas más duras, pueda tratar cualesquiera campos del saber que, aunque en sí mismos puedan ser muy buenos y útiles, no estén directamente relacionados con las tareas de la lucha. Tiene que hacer cierta selección, tiene que limitarse a lo que sus miembros y sus funcionarios necesitan directamente para la lucha. Tiene, por ejemplo, que introducir a sus miembros en la historia del movimiento obrero revolucionario, tiene que introducirlos en los conceptos fundamentales de la teoría económica y social marxista. Tiene que darles a conocer los principios y las directrices tácticas de la Internacional Comunista, y allí donde las amplias masas todavía están muy fuertemente sometidas a la dependencia clerical, presas de la ideología eclesiástica y religiosa, tiene que ir todavía un paso más allá: tiene que darles a conocer allí la historia de la evolución de la naturaleza, el origen y el papel de la religión. Más aún, en los países en los que las amplias masas del proletariado son todavía analfabetas, es decir, no tienen ni siquiera la instrucción más elemental, un partido comunista tendrá que impartir a veces incluso la instrucción elemental, al menos a sus miembros, para ponerlos en condiciones de actuar como propagandistas, como agitadores, como corresponsales del partido, y ello sencillamente porque de otro modo no podrán cumplir su tarea político-revolucionaria.

Ya ven, pues, que en esta cuestión se trata siempre de esto: ¿cómo se aumenta mejor y en mayor medida la fuerza combativa, de agitación y organizativa del partido?

Pero además de este trabajo general de formación político-marxista entre las amplias masas de sus miembros, todo partido, si quiere cumplir plenamente con su deber, tiene que realizar un trabajo educativo especializado entre sus funcionarios. El Partido Comunista tiene que trabajar en los sindicatos, en las cooperativas, en las organizaciones de inquilinos, entre las mujeres, entre la juventud. Tiene que trabajar en el parlamento, tiene que trabajar en los municipios, etc. Para ello es necesario que los funcionarios tengan cierto grado de conocimientos especiales para su campo de trabajo particular. Es imposible arreglárselas sin cierta especialización. Con conocimientos generales de principio no está dado, ni mucho menos, todo lo que cada uno tiene que saber en su campo de trabajo particular. Si no se realiza ese trabajo de formación intensivo, sistemático y organizado, existe muy fácilmente el peligro de que los miembros, como ocurre en los partidos reformistas, caigan en una falta de independencia intelectual y en una dependencia respecto de sus dirigentes que los incapacite para tener la necesaria desconfianza democrática hacia sus dirigentes y para ejercer la necesaria crítica de sus dirigentes. Caen entonces víctimas de las vacilaciones de los dirigentes.

Pero no basta con que el trabajo de formación comunista se limite a los funcionarios y a los miembros del partido. El trabajo de formación comunista tiene que dirigirse también a las masas de fuera del partido, a los simpatizantes, a los obreros reformistas, a las amplias masas de indiferentes. Esto significa que los partidos comunistas tienen la tarea de no hacer su agitación con consignas generales, sino de fundamentarla cuidadosamente de modo científico-marxista y, pese a esta fundamentación científica, exponerla de una forma realmente popular, comprensible para las masas. Un gran filósofo acuñó la frase: no hay arte mayor que decir las cosas más profundas de la manera más sencilla. La mayoría de los agitadores comunistas podrán suscribir esta frase: no hay nada más difícil que reproducir los resultados científicos de la investigación marxista de un modo completamente sencillo y completamente popular, partiendo de la comprensión de las amplias masas indiferentes, partiendo de sus prejuicios y estrecheces, partiendo de sus pequeños intereses cotidianos y conduciendo hacia los grandes objetivos de principio. Por eso los partidos comunistas tienen que dar importancia a que su propaganda y su agitación empleen nuevos medios, medios de animación, medios que permitan cautivar la atención de la masa indiferente y despertar su interés. Vemos cuán bien sabe la burguesía dominar a las amplias masas por medio del cine, por medio de las proyecciones luminosas, por medio de la pompa eclesiástica, etc. También los partidos comunistas tienen que aprender a emplear estos medios: las proyecciones, el cine, las fiestas de configuración artística, las representaciones teatrales, las piezas de propaganda política, etc., algo que hasta ahora se ha descuidado mucho en Europa occidental y que hay que fomentar de modo planificado. Pero además los partidos comunistas tienen que entrar en las organizaciones proletarias de formación que están fuera del partido, que son independientes o simpatizan con el partido. Casi en todos los países hay organizaciones proletarias de formación de este tipo. Recuerdo, por ejemplo, a los librepensadores proletarios alemanes. En otros países el movimiento se llama «Proletkult»; en Inglaterra, «Plebs' League»543. En la mayoría de estas organizaciones trabajan ya hoy comunistas, pero este trabajo todavía no lo dirige centralmente el Partido Comunista. Hay una gran diferencia entre que cada uno trabaje a su antojo en estas organizaciones proletarias de formación o que este trabajo se agrupe en fracciones y lo dirija centralmente el partido. En algunos otros países existen además una serie de instituciones municipales o estatales de educación popular, las llamadas universidades populares y similares. También en ellas existe en determinadas circunstancias la posibilidad de una actividad revolucionaria del partido. A tales instituciones de educación popular acuden en parte grandes masas obreras, y el partido descuida una tarea importante si no está presente en todas partes donde las masas obreras intentan saciar su hambre intelectual. Por eso tiene que examinar con cuidado en qué medida le es posible ganar influencia sobre la dirección de una de estas universidades populares, en qué medida le es posible influir en el plan de estudios, eventualmente por la vía indirecta de su representación municipal y similares. Tiene que intentar reforzar la influencia del partido y, en general, de las organizaciones proletarias de lucha sobre estas instituciones de formación. Tiene que intentar llevar a las masas obreras que escuchan y aprenden allí a oponerse a los profesores y docentes burgueses, tiene que exigir que el método de las lecciones magistrales se sustituya por la libre discusión, y tiene que hacer intervenir en esta discusión a sus mejores miembros, despertando así la oposición intelectual a la influencia burguesa.

Se comprende que, tras la conquista del poder, la cuestión de la educación cobre para un partido comunista una dimensión completamente distinta y mucho mayor. Entonces ya no puede tratarse para un partido comunista solo de formar al reducido cuadro de sus propios agitadores, organizadores, redactores, etc.; tampoco puede tratarse entonces solo de llevar a sus miembros a un determinado nivel de conocimientos políticos, sino que el partido comunista, en un país de dictadura proletaria victoriosa, tiene naturalmente la tarea de ir todavía más lejos, y es responsable de que en todas las oficinas, empresas, instituciones culturales, escuelas y universidades el espíritu comunista se convierta en el dominante, de que toda la vida cultural de la ciudad y del municipio esté bajo dirección comunista.

El trabajo de formación comunista se distingue también esencialmente, por sus métodos de enseñanza, de la enseñanza burguesa y del trabajo de formación reformista. El método con que se enseña en las universidades populares burguesas sigue siendo hoy, en la mayoría de los casos, la lección magistral, que hace del alumno un recipiente pasivo, meramente receptor.

Se transmite un saber ya hecho, un saber que el alumno retiene de memoria y, a ser posible, se lleva a casa negro sobre blanco. Para el trabajo de formación comunista, semejante método no sirve en absoluto, porque lo que nos importa es precisamente no solo transmitir conocimientos, sino ante todo dar a los alumnos el método de la investigación científica, el método marxista, para que ellos mismos sepan analizar la situación histórica, la situación económica y política, para que ellos mismos sean capaces de intervenir en discusiones con reformistas y adversarios burgueses, sean capaces por sí mismos de distinguir en la empresa qué tienen que hacer, qué mociones tienen que presentar, cómo tienen que actuar en las acciones.

En lugar de la lección magistral, en el trabajo de formación comunista tiene que entrar, pues, principalmente la forma del grupo de trabajo entre alumnos y profesores, eventualmente la forma de la conferencia unida a la enseñanza de seminario, la forma de discusión, es decir, la enseñanza flexible, en la que el alumno pasa de ser un factor pasivo a ser un factor activo.

El trabajo de formación comunista encuentra su corrección continua en la práctica cotidiana de la lucha y de la propaganda del partido. Por eso tiene que llevarse a cabo en el más estrecho contacto con la práctica cotidiana y con el trabajo de lucha cotidiano. No debe permitirse en ningún caso que el trabajo de formación que realiza un partido marche paralelo al trabajo de lucha política, sino que tiene que estar subordinado a los puntos de vista políticos y a los intereses políticos del día. Esto tiene que expresarse, en lo puramente organizativo, en que los funcionarios responsables del trabajo educativo en el partido, los responsables de formación, no se tomen de entre literatos, estetas y escritores cualesquiera que andan, por así decirlo, por la periferia del partido como mirones de la revolución, sino de entre los mejores funcionarios políticos y luchadores del partido, para que subordinen rigurosamente todo el trabajo de formación a los intereses de lucha política del partido. Y entonces se verá enseguida que este trabajo de formación tiene que ajustarse también en su volumen a la situación. Si el partido está en una acción que tensa todas las fuerzas, que llama a cada miembro al frente, en la que el centro de gravedad está en la calle, en las empresas, etc., en esos momentos de agitación el trabajo de formación, el trabajo teórico tranquilo, naturalmente tiene que pasar a segundo plano, para volver a ponerse enseguida con fuerza en primer plano en el momento del reflujo, en un período tranquilo, a fin de que las experiencias de la lucha, las enseñanzas de las victorias o de las derrotas que el proletariado ha obtenido o sufrido, se aprovechen enseguida y se conviertan enseguida en nuevo saber y en nueva energía.

En resumen, lo que hoy hay que exigir de los partidos comunistas como mínimo es lo siguiente: un trabajo de formación organizado y dirigido centralmente entre sus miembros y un trabajo de formación especializado entre sus funcionarios, una profundización científico-marxista de la agitación, unida a una forma realmente popular de propaganda, con el apoyo de todos los medios artísticos, de todos los medios visuales, de todos los medios musicales, de los medios de la escena, etc.

Hasta el partido más débil puede cumplir estas pocas exigencias; puede crear un cuadro de trabajadores del partido formados en el marxismo que formen a su vez a los demás miembros. Y para el trabajo que hay que hacer entre los miembros, entre los recién ingresados, entre los simpatizantes, entre los candidatos a miembro del partido, no hacen falta grandes lumbreras científicas. Un camarada bueno y probado en la práctica será capaz de introducir en su tarea a los nuevos miembros, a los miembros todavía políticamente atrasados. A menudo es necesario enseñar a estos miembros cómo se lee siquiera un periódico comunista, qué se ha de hacer con lo leído en la agitación en las empresas, en los sindicatos, etc.

Sería un error grave dejar la edición de manuales, de guiones de cursos, de guías a la iniciativa de grupos locales sueltos, de personas sueltas, de editoriales sueltas del partido. También aquí, centralización, de modo que se haga un trabajo racional y se cree lo mejor con fuerzas unidas.

El secretariado del partido que dirige el trabajo de formación tiene que colaborar estrechamente con las editoriales y las librerías del partido, tiene que intentar en ellas promover la edición de aquellos escritos y folletos que son especialmente importantes precisamente para el trabajo de formación. Sin olvidar la creación de bibliotecas. Cuanto más impide la depauperación de la clase obrera que cada uno pueda procurarse los libros más importantes, no solo la literatura de actualidad más importante, sino la literatura científica marxista más importante, tanto más obligados están los grupos locales de los partidos a remediar esa carencia creando bibliotecas. Y en esto hay que intentar introducir literatura comunista en las bibliotecas sindicales, llevarla a las bibliotecas municipales, reduciendo así los gastos del partido y dando, pese a ello, a los miembros lo que necesitan para su formación. El organismo central que crea un partido para dirigir el trabajo de formación tiene que intentar también, además de editar guías, guiones modelo, etc., organizar a los artistas, actores y escritores revolucionarios o de mentalidad revolucionaria existentes para que trabajen al servicio de la propaganda comunista. Mientras cada una de estas fuerzas trabaje por separado, cada una por su cuenta, cada una en su lugar, el resultado de su actuación no beneficia al partido tanto como es posible cuando desde un solo punto se distribuyen las fuerzas y se intercambian las experiencias en el terreno de la propaganda popular o artística.

Al trabajo de formación de los partidos comunistas pertenece en todo caso también el trabajo de formación entre los obreros jóvenes y los hijos de los obreros. El trabajo de formación independiente de la organización juvenil comunista tiene que ser apoyado con la máxima energía por los partidos, tanto financieramente como poniendo a su disposición profesores, libros, etc. Todo miembro de la juventud comunista tiene que ser atraído sin más y tener acceso a todos los actos de formación del partido. Y junto con la organización juvenil comunista, los partidos tienen que tomar en sus manos la educación revolucionaria de los niños proletarios, tal como la han iniciado nuestros grupos infantiles comunistas.

La comisión propone al congreso —y entregaremos al Presidium una resolución en ese sentido— que, para organizar, dirigir y controlar el trabajo de formación comunista en los distintos partidos, se cree en el Ejecutivo de la Komintern una sección que reúna, organice y dirija en el plano internacional lo que los secretariados de formación de cada partido tienen que crear en el marco nacional. La comisión considera sumamente deseable que aquí en Moscú, en la sede del Ejecutivo, en el lugar donde confluyen todos los hilos de la Internacional y donde precisamente más se agudiza la mirada internacional de los camaradas, se cree como cúspide de todo el trabajo de formación una academia socialista. En qué forma, eso puede quedar para discusiones posteriores. Pero consideramos necesario que camaradas de los distintos países probados en la práctica y con cierta formación teórica previa tengan la posibilidad de recibir aquí, en la sede del Ejecutivo, una formación marxista verdaderamente completa. Porque todos los partidos occidentales, excepto el de la Rusia soviética, sufren precisamente de que tenemos una gran cantidad de camaradas capaces de mentalidad revolucionaria, pero muy, muy pocos formados en el marxismo.

En todos los países nos hace falta un cuadro de camaradas con una formación marxista y científica verdadera, y esa carencia es precisamente la que debe remediar la academia aquí.

¡Camaradas! La comisión opina que si en los partidos se empieza este trabajo de formación organizado centralmente y dirigido sistemáticamente que acabo de esbozar brevemente —distinto en su forma, naturalmente, en los partidos que tienen que ser ilegales y en los que pueden trabajar legalmente, distinto en su forma también, naturalmente, en los partidos que abarcan ya a grandes masas y por eso están también mejor situados financiera y materialmente y en los partidos que todavía son bastante pequeños, débiles e ideológicamente poco consolidados—, si este trabajo de formación sistemático, organizado centralmente, se dirige sistemáticamente desde aquí, desde el Ejecutivo, entonces será posible, mediante este trabajo de formación comunista y mediante la formación teórica, aumentar considerablemente la fuerza combativa de los partidos comunistas y de la Internacional Comunista. (Vivos aplausos.)

Krúpskaya (Rusia): ¡Camaradas! Quisiera añadir unas palabras a lo que ha dicho el camarada Hörnle. Nuestro Partido Comunista ruso tiene una experiencia muy grande en el terreno de la agitación y la propaganda. La particularidad de nuestro partido consiste en que es un partido en el que cada miembro tiene que ser un miembro activo. Eso se derivó siempre de las condiciones en que existió el partido. El partido fue ilegal durante mucho tiempo, y entrar en el partido significaba, naturalmente, el peligro de perderlo todo, el peligro de ser detenido. El partido no proporcionaba ventaja alguna e imponía a sus miembros obligaciones muy grandes; por eso solo entraban en el partido elementos activos.

Pero también en teoría la cuestión estuvo clara para nosotros desde el principio. En su escrito ¿Qué hacer?, el camarada Lenin expuso hace veinte años el punto de vista de que cada miembro del partido tiene que ser activo. En el II Congreso del partido, en 1903, fue precisamente la cuestión de la condición de miembro del partido la que sirvió de motivo para la escisión entre bolcheviques y mencheviques. La formulación que propuso entonces Lenin consistía en que cada miembro del partido tiene que ser a la vez un miembro activo del partido; no solo tiene que aceptar el programa del partido, sino también actuar en su organización interna, mientras que la formulación de Mártov consistía en afirmar que el miembro del partido solo tiene que reconocer el programa y trabajar bajo la dirección del partido. A primera vista la diferencia no parecía grande. Y a muchos camaradas les pareció entonces que se discutía por pequeñeces y que no era una cuestión importante. La historia posterior del partido demostró que esta cuestión era sumamente importante. Nuestro partido tiene gran influencia sobre las masas, y pudo alcanzar la victoria, solo por esta circunstancia, porque sus miembros son miembros activos del partido.

El hecho de que cada miembro del partido sea activo repercutió en toda la situación y en nuestra actitud ante la cuestión de la agitación y la propaganda.

Una cosa muy distinta es ocuparse de la teoría y estudiar diversas cuestiones cuando se hace solo por interés, y otra cosa muy distinta cuando las exigencias del trabajo hacen indispensables el estudio teórico y el afán de conocer a fondo una cuestión. Cada miembro del partido tiene que trabajar o en el terreno de la agitación o de la propaganda o en el terreno de la actividad organizativa. Quiero tocar ante todo la cuestión de la agitación. Gracias a una concepción justa de la cuestión de la agitación, el Partido Comunista, el partido de los bolcheviques, ha conseguido tener siempre una influencia muy grande sobre las masas. La agitación actúa sobre el sentimiento, sobre el lado emocional; por medio de la agitación se atrae a amplias masas al partido.

La cuestión de la agitación se nos planteó por primera vez en la época en que empezó un amplio movimiento económico. La agitación a gran escala se desplegó por primera vez en relación con la lucha por mejorar la situación material. Fue a finales de los años noventa. Muchos camaradas se dejaron arrastrar entonces excesivamente por este aspecto de la cuestión, porque teníamos entonces una tendencia particular, la tendencia de la revista Rabóchaia Mysl («El Pensamiento Obrero»). Esta tendencia sobrestimaba la importancia del movimiento inmediato y espontáneo de los obreros. Se dejó arrastrar por el enorme éxito que mostraba la agitación, y los partidarios de esta tendencia empezaron a decir que la teoría no era en absoluto necesaria y que lo único esencial era el movimiento espontáneo, y llegaron hasta la famosa declaración de que no se necesitaba a Marx y Engels y de que la clase obrera llegaría al socialismo también sin ellos. El partido libró entonces una lucha enérgica contra esta tendencia.

Otra cuestión que surgió en esta época fue la manera de profundizar la agitación. Fue en la misma época; todas estas disputas las tuvimos hace veinte años. Una parte de los camaradas declaraba entonces que no había que forzar la agitación y que había que limitarse a las cuestiones que interesaban a las masas. En aquella época lo que más interesaba a las masas era la situación económica, y una parte de los miembros del partido sostenía que había que limitarse a ella, que no había que avanzar ni profundizar la agitación, que había que quedarse en el nivel que la clase obrera había alcanzado en ese momento.

Teníamos la tendencia de los llamados economistas, la tendencia de Rabócheie Delo («La Causa Obrera»), que sostenían que la agitación no tenía que profundizarse, que bastaba con seguir a la clase obrera. El grupo de la revista Iskra («La Chispa») libró contra esta tendencia, que consideraba sumamente nociva, una lucha extraordinariamente encarnizada y apasionada. Y, en efecto, si el partido se hubiera situado en el punto de vista de los economistas, eso habría significado que no habría podido dirigir a las masas.

El marxismo ayudó al partido a valorar justamente la importancia de la agitación. ¿De qué manera se hacía entre nosotros la agitación? Siempre —y a esta cuestión dedicábamos muchísimo tiempo— se fijaba el punto central de la agitación. A finales de los años noventa, el punto central era la agitación económica. Más tarde, en 1905, era la falta de derechos de la clase obrera, y finalmente, en los últimos tiempos, en la época de la guerra mundial, la guerra era el punto central de todas las cuestiones. Pero no solo se fijaba la cuestión central, sino que se elaboraba también todo el sistema de cuestiones en que se descomponía la cuestión fundamental. Todo un cuadro de agitadores se unía en un colectivo en el que se discutían todas estas cuestiones.

Si nuestro partido fue capaz de realizar durante la guerra un trabajo tan colosal, fue solo gracias a que en todo el período anterior se había dedicado una atención extraordinaria a estas cuestiones de la agitación. Cuando hablamos de las formas de la agitación, tenemos que tocar más de cerca la agitación oral. El éxito de la agitación no depende tanto de la elocuencia y el arte oratorio del orador como de la medida en que la cuestión sobre la que se hace la agitación toca los intereses vitales de las masas, de la medida en que les llega de cerca. Pudimos convencernos de ello por completo. Así, por ejemplo, durante la guerra ocurría que intervenía un soldado cualquiera que solo sabía decir unas pocas palabras, pero que, como sabía expresar el estado de ánimo que llenaba la vida anímica de las masas, ejercía sobre la masa un efecto enorme. Tenemos que prestar gran atención a esta circunstancia. No hablaré de la cuestión de la agitación local, pero quisiera señalar otra forma de agitación que alcanzó un gran desarrollo sobre todo durante la guerra.

Me refiero a la agitación por medio del arte. El obrero, la masa obrera, piensa mucho más en imágenes que en deducciones lógicas, y por esta razón una agitación artística por medio de carteles, de la música y del teatro ejerce sobre los trabajadores un efecto irresistible. Y cuando se trata de estimular a las masas y atraerlas al trabajo, el uso del arte tiene una importancia extraordinaria. La experiencia rusa demuestra a este respecto que, cuando se trata de la agitación más primitiva, es precisamente esta forma la que tiene una importancia enorme. En nuestro partido existe todavía otra tradición. En nuestro partido no solo la agitación y la propaganda desempeñaron siempre un gran papel. Ya antes de que se empleara la agitación a gran escala, se desplegaba entre nosotros la propaganda en círculos clandestinos. Normalmente llegaba al círculo un marxista, leía allí a Marx y Engels y mantenía conversaciones sobre cuestiones de actualidad. Se hablaba de historia de la cultura y de economía política. Esta tradición echó raíces profundas entre los obreros de nuestro país, no solo entre los adultos, sino también entre los obreros jóvenes. Yo misma fui, por ejemplo, testigo de que en una pequeña aldea apartada unos alumnos exigían a su maestra que se ocupara sin falta con ellos de aquello de lo que se ocupaban antes los círculos y que estudiara con ellos economía política e historia de la cultura. A los niños les parecía que sin eso no había salida. Es verdad que los círculos obreros sufrieron, al poco tiempo, una interrupción a consecuencia de las detenciones, y los obreros tuvieron que terminar su formación en la deportación y en las cárceles. Las tradiciones de nuestro partido son tales que tanto las cárceles como la deportación se convirtieron en una especie de universidad y de escuela, donde los obreros que luego se convirtieron en funcionarios dirigentes del partido pasaron por una buena escuela marxista. Pero el grupo de Rabócheie Delo subestimaba la importancia de la propaganda. En la polémica contra él, el camarada Lenin señaló, como subraya Engels en el prólogo a La guerra campesina544, que junto al movimiento económico de la clase obrera, junto a la lucha política, también la elaboración de la teoría tiene una importancia igual. Por eso el Partido Comunista nunca separó la cuestión de la agitación y la propaganda de su tarea fundamental. Las cuestiones de la agitación y la propaganda constituyeron siempre la esencia de la actividad del partido.

Ahora que el partido, tras la toma del poder por los obreros, se ha hecho legal, todo nuestro trabajo de esclarecimiento, toda nuestra actividad en los sindicatos está impregnada de las mismas tradiciones. Cada funcionario del organismo central hace esclarecimiento político dondequiera que trabaje, en una escuela de adultos o en una biblioteca, igual que cada funcionario sindical está obligado a desplegar propaganda según sus fuerzas y capacidades. El partido dirige también ahora, igual que el movimiento sindical, la actividad de esclarecimiento político entre los adultos. Estas actividades se han convertido así en una fuerza enorme. La educación marxista está en marcha en todo el país, y vemos cómo nuestra juventud se dedica ahora con gran energía a estudiar. No podemos sino saludar este afán de estudiar la teoría. Se expresó con especial fuerza en el último congreso de la juventud. En general, se percibe ahora entre nosotros un giro brusco. En los primeros años de la revolución, toda nuestra atención se concentraba en la agitación en los frentes y en la retaguardia. Pero ahora, cuando hemos pasado al trabajo de la construcción económica, pasan a primer plano las cuestiones de un trabajo más profundo. El interés por la teoría, el interés por el marxismo ha crecido extraordinariamente. Trabajo en el organismo central del trabajo de esclarecimiento político545, y allí se recibe día tras día la confirmación del hecho de que la masa anhela ahora este saber más profundo. Es también completamente comprensible.

En 1905 la revolución agitó a las masas y sacudió todo el país. Después llegaron los años de la reacción. En esos años de reacción el ánimo de los intelectuales decayó por completo. Les parecía que todas las conquistas de la revolución estaban destruidas, que todo estaba perdido. Pero la masa no puede olvidar nunca la revolución. Nos convencimos de ello en 1912. Los sucesos del Lena546 sacudieron de golpe a la masa y mostraron cuánto había crecido la masa en esos años. Durante ese tiempo se llevó a cabo un enorme trabajo interior, invisible a los ojos corrientes. La masa reflexionó y discutió las impresiones recibidas en la revolución, y en 1912 las masas ya eran distintas que en 1905. Ahora vemos el mismo proceso. Vemos que la masa se retira al terreno del pensamiento, se recoge en sí misma. Toda la atención está concentrada ahora en procurar una base material para las conquistas de la revolución. Pero la cuestión de crear una base material está estrechamente ligada al cambio del personal, a la elevación de la masa a un nivel cultural superior, al cambio de todos los métodos de trabajo y de toda la psique de las masas.

Vivimos ahora precisamente en un período en el que está en marcha un trabajo interior profundo e imperceptible. La clase obrera, la juventud obrera de Rusia se dedica ahora con todas sus fuerzas a estudiar. Y al trabajar por elevar la producción, trabaja a la vez por su propio desarrollo. Eso nos da la esperanza de que, en el momento en que estalle en llamas la revolución mundial, estaremos preparados.

Presidente: ¡Camaradas! Sobre la cuestión de la educación política, la comisión encargada de estudiar esta cuestión ha elaborado unas tesis que se presentarán al Presidium y luego al congreso para su votación.

Continuamos ahora con los debates. En el orden del día figura: El Tratado de Paz de Versalles. Como primer ponente tiene la palabra el camarada Cachin.

Cachin (Francia): ¡Camaradas! Tenemos que examinar aquí las consecuencias del Tratado de Versalles y de los demás tratados que lo siguieron.

La primera observación que hay que hacer es que estos tratados, y sobre todo el de Versalles, dan la impresión de diktats implacables impuestos por la fuerza y han causado al mundo y a Europa el peor de los daños.

Es ya una constatación banal que uno tiene que preguntarse si los crímenes de la paz de Versalles no han sido peores que los de la propia guerra.

Los tratados revelan tal desconocimiento de las necesidades económicas y políticas del tiempo presente que la burguesía de la Entente se ve ahora obligada por tercera vez a reunirse en Lausana para introducir modificaciones en los textos que consideraba definitivos, intento que todavía no es el último.

Se nos anuncia una nueva conferencia que se celebrará en diciembre en Bruselas, y es de temer que el resultado de esta conferencia entrañe graves peligros para la miserable paz actual.

Quisiera hablarles sobre todo de la actitud de uno de los países de la Entente que desde 1918 ha mostrado la mayor codicia junto con un completo desconocimiento de las necesidades actuales: me refiero a Francia. Francia es actualmente —dicen sus gobernantes— el país más consolidado de Europa, el país que menos teme convulsiones de carácter social.

La burguesía francesa finge oficialmente, de manera crónica, la mayor tranquilidad de ánimo. Pero en realidad las cláusulas económicas y financieras del Tratado de Versalles que ella firmó le causan también a ella grandes dificultades. Tiene en el cuerpo una herida que sangra. Es la deuda aplastante, para cuyo pago no puede fijar plazo alguno, y muchos representantes destacados del capitalismo francés constatan que es ya imposible elaborar un presupuesto y darle forma de manera normal. Se cuenta además con que en un futuro próximo, dentro de tres o cuatro años, llegará el momento en que el presupuesto francés apenas bastará para pagar los intereses de la deuda total.

Del presupuesto de 1929-1930, dijo el ponente del presupuesto en el parlamento, no quedará nada para cubrir los gastos de los servicios del Estado. Los miles y miles de millones que se recauden con los impuestos aplastantes apenas bastarán para cubrir los intereses de la deuda pública.

Es importante señalar este mal principal de la burguesía francesa y mostrar que este peligro pesa siempre sobre ella como una pesadilla.

Al principio creía, y sus economistas y expertos financieros no quisieron sacarla de su error, que sería capaz de obtener de Alemania sumas lo bastante elevadas para pagar el capital de su deuda pública.

Recuerden las cifras inauditas que exigió a Alemania hasta el acuerdo de Londres de mayo de 1921: 300 o 400.000 millones, se decía al crédulo pueblo francés, serían exigidos hasta el último céntimo a la Alemania vencida. Los ministros de Hacienda declaraban que toda la política del país tenía que orientarse al único objetivo de hacer que Alemania pagara en plata y oro.

En mayo de 1921 se empezó a rebajar las primitivas exigencias absurdas.

Se fijaron entonces las cifras definitivas que Alemania tenía que pagar: 132.000 millones de marcos oro, de los cuales el 52 por ciento, es decir, 80.000 millones, corresponderían a Francia.

Hasta los últimos tiempos, este es el único tema, el leitmotiv exclusivo de los ministros de la República, de la prensa servil y de toda la opinión pública, en la que se había afianzado deliberadamente esta creencia.

Pero cuando se vio que no llegaba nada, el plan original se fue modificando poco a poco. Cuando se vio que hasta 1922 no llegaba a Francia ni un solo marco oro, que no había ni un solo pago en mercancías y que los pagos alemanes en oro, que ascendían a algo más de mil millones, se hacían a Bélgica e Inglaterra y que Francia no recibía nada de ellos, la creencia de que Alemania pagaría se fue debilitando poco a poco en la opinión pública.

Francia ha pagado hasta ahora unos 80.000 millones como anticipo a sus damnificados de la guerra; desde diciembre de 1918 ha mantenido en el Rin un ejército de 90.000 hombres, que ha costado 12.000 millones de francos oro.

En tales condiciones se comprende que Francia, extraviada hasta ahora por el despropósito de sus dirigentes oficiales, haya empezado a perder la fe en el viejo dogma de que Alemania pagará.

A este estado de ánimo corresponde el acuerdo de Lubersac547. No entraré en sus detalles; solo subrayo que, cuando los damnificados de la guerra y cierto número de políticos vieron la inutilidad y la falta de resultados de una acción presentada como definitiva, intentaron entrar en relación directa con los industriales alemanes para obtener pagos en especie, puesto que era imposible conseguir pagos en dinero.

De ahí salieron los famosos acuerdos que tanto revuelo causaron. Tras estos acuerdos se dejan ver las líneas generales de toda una serie de negociaciones entre numerosos capitalistas franceses y alemanes.

¿En qué medida se han traducido ahora estas negociaciones en hechos? No estamos muy informados al respecto. Entre los dos países hay aranceles aduaneros demasiado altos, oscilaciones de las monedas y toda una serie de dificultades de orden tanto económico y financiero como político y moral que han impedido que estos acuerdos se convirtieran en una realidad efectiva.

Por eso se nota ya actualmente una corriente completamente distinta. Parece que acuerdos del tipo del acuerdo Stinnes-Lubersac no pueden llegar enseguida a la aplicación práctica.

La Francia capitalista declara que se encuentra en una situación apurada. Nuestros peores chovinistas, los patronos franceses, los capitalistas que temían que se les quitara la tarea de la reconstrucción de la región del Norte, que quieren reservarse exclusivamente para sí, emprendieron una fuerte campaña contra el acuerdo Stinnes-Lubersac.

Las últimas declaraciones del parlamento y de la prensa burguesa demuestran que actualmente se quiere dirigir la atención de la opinión pública hacia objetivos muy distintos.

Así, hace poco, en el Senado se debatió por centésima vez la cuestión de las reparaciones, y el señor Lubersac no tuvo el menor éxito en su intento de defender los famosos acuerdos. Fue criticado muy vivamente. Creo que se quedó prácticamente solo con su opinión, y el gobierno no le prestó apoyo alguno. Al contrario, numerosos senadores se declararon enérgicamente en contra de estos acuerdos, y uno de ellos declaró que las negociaciones Stinnes-Lubersac, exactamente igual que las intentadas hasta ahora, no pueden contar actualmente en Francia con la favorable acogida que se esperaba. Añadió que había que actuar con energía y con la fuerza, y que había que retomar la política de la que el señor Poincaré se había declarado hasta ahora defensor.

En la Cámara se vio el mismo estado de ánimo, y solo quiero aducir una prueba de ello.

El hombre que desde siempre fue adversario del acuerdo Stinnes-Lubersac y de la generalización de estos convenios económicos, el señor Loucheur548, declaró que era necesario pasar a una política más enérgica frente a Alemania mediante una ocupación permanente de la orilla izquierda del Rin.

Parece, pues, en el momento actual —tales son las perspectivas de la conferencia de Bruselas—, que la Francia capitalista, renunciando al espejismo de los pagos en dinero y perdiendo sus esperanzas en los pagos en especie, va a dirigir en adelante sus esfuerzos a dos objetivos determinados.

El primero es la ocupación: una declaración sobre la ocupación permanente e ilimitada, así como sobre la explotación económica, de la orilla izquierda del Rin.

Hay que tener bien presente que por orilla izquierda del Rin se entienden también las cabezas de puente de la orilla derecha. Tampoco hay que olvidar que con ello se entiende también la cuenca del Ruhr, y no solo la zona que ya está ocupada. Uno de los hombres más influyentes de Francia declaró que nuestros ejércitos tienen ocupada actualmente una parte de la cuenca del Ruhr en la que hay unos 44 altos hornos, y que bastaría con extender un poco la zona de ocupación por la orilla derecha para tener al alcance de nuestros fusiles, tanques y ametralladoras no 45, sino 60 altos hornos. Y —sigue diciendo— si más allá de los 60 altos hornos establecéis una frontera aduanera, se derrumba el armazón de la metalurgia alemana y se corta el nervio vital de la industria pesada alemana. Declaró a este respecto que él, personalmente, consideraba decisiva esta solución. No hay que perder de vista las consideraciones siguientes. En el mundo burgués francés está generalmente extendida la opinión de que, puesto que los alemanes no pagan, hay que quebrar y aniquilar la industria alemana, naturalmente en beneficio de la metalurgia francesa. La idea de la ocupación ilimitada de la orilla izquierda del Rin va tomando actualmente una forma cada vez más firme. Naturalmente, se encubren estas apetencias capitalistas, como siempre, con toda clase de nombres altisonantes. Se dice que es necesario salvaguardar la seguridad de Francia y que, puesto que ni Inglaterra ni América han querido firmar el pacto de garantía que ellas mismas exigieron en 1919, es necesario que Francia salvaguarde por sí misma su seguridad permanente con su ejército en la amplia zona de despliegue de la orilla izquierda del Rin.

Bajo estas palabras, pronunciadas por diplomáticos, militares, industriales y toda la burguesía capitalista, hay que entender la orilla del Rin separada de Alemania; nada de anexión, no hacen falta estas palabras brutales, sino la garantía de su independencia bajo un control aduanero, y también político y militar, del ejército francés.

Así están las cosas con el intento hecho en 1919 de sacar de Alemania los miles de millones necesarios para la reconstrucción de Francia. Es nuestro deber protestar constantemente contra esta política. Pero no tenemos que destacar solo este resultado del Tratado de Versalles. Hay también otro, que todos tienen presente y sobre el que tendrán que pronunciarse los camaradas de los demás países. La Francia capitalista no quería sacar de Alemania solo dinero y prestaciones en especie. Quiere también su desmembramiento. Además, aprovechará también su victoria para asegurar su hegemonía económica y política devorando a los pequeños países europeos que creó después de la guerra; estos países no tienen ni una vida económica independiente ni una vida política libre; deben su vida al apoyo moral y material que les ha prestado la burguesía de la Entente. Desde este punto de vista ha habido maniobras que mostraban el deseo evidente del capitalismo francés de establecer su dominación económica y política sobre el conjunto de los países de Europa central. Nuestros camaradas de esos países les informarán sobre las consecuencias de estos hechos.

El Tratado de Versalles, con sus exigencias, ha contribuido en alto grado a crear la situación financiera actual, a la extrema depreciación de la mayoría de las monedas europeas. Ha demostrado así la total incapacidad, la imprevisión de la burguesía, que no previó en lo más mínimo esta consecuencia inevitable de esta política y que también ahora demuestra cada vez más su incapacidad para mejorar en ella lo más mínimo.

Sería aburrido enumerar las consecuencias del Tratado de Versalles, así como de todos los tratados que lo siguieron, que ya conocen de sobra todos los comunistas. Lo esencial es que a la Europa capitalista le resulta imposible levantarse del montón de tantas ruinas.

Es necesario que señalemos la decadencia del poder capitalista en todos los Estados vencedores.

Tenemos que constatar el sombrío hecho de que la burguesía tenida por la más inteligente se muestra completamente incapaz de poner freno a la caída de las divisas, que no cesa de quebrantar a todo el mundo burgués y agrava las crisis sociales y la miseria. Frente a estos hechos y a estas consecuencias, la lucha de clases se hace naturalmente cada vez más aguda y más viva en todas sus formas. Para nosotros, en Francia, es nuestro deber desde el punto de vista de clase librar la lucha más enérgica contra este Tratado de Versalles, señalar siempre la influencia cada vez mayor de las instancias militares en nuestro país, luchar del modo más decidido contra esta evolución militar, exigir la evacuación inmediata de la orilla izquierda del Rin, así como la liberación inmediata de los 6 millones de renanos que se mantienen bajo el yugo y la bota de nuestros ejércitos y que ni siquiera son capaces de sumarse a una huelga declarada en el resto de Alemania.

Es necesario que las acciones de los dos grandes proletariados más directamente afectados por esta situación, el de Alemania y el de Francia, se pongan cada vez más de acuerdo y en relación entre sí. Hasta ahora hemos tenido demasiado pocas relaciones. Apenas nos hemos reunido dos o tres veces, y en los últimos tiempos, sobre todo en Francia, hemos estado tan absorbidos por nuestras disensiones internas que no hemos podido dedicar al desarrollo de esta acción la energía que exige sin falta.

De este congreso tiene que salir una unión más íntima y más firme, con acuerdos precisos, entre las delegaciones de los representantes del comunismo alemán y del francés. Es necesario que se multipliquen en ambos países las manifestaciones de toda clase y que cada vez más camaradas franceses vayan a Alemania y alemanes a Francia, para que las dos propagandas se compenetren así mutuamente.

Hace algún tiempo, el 15 de octubre, los mineros franceses se vieron amenazados por sus capitalistas con una reducción de salarios. Decidieron resistir a esta reducción salarial y declararon que irían a la huelga antes que aceptar la oferta de los patronos. Varios de ellos son comunistas. De acuerdo con el partido, decidieron visitar a los camaradas alemanes del Ruhr para elaborar junto con ellos un plan de lucha común.

Los mineros del Ruhr no estaban amenazados por una rebaja de salarios, sino por una prolongación de la jornada de trabajo. Pensamos que aquí se ofrecía una ocasión especialmente favorable para unir a los dos proletariados en la misma acción, y abrigamos la esperanza de que tal vez fuera posible organizar un movimiento simultáneo en el Ruhr, en la cuenca hullera del Norte, en el Paso de Calais y en todos nuestros centros mineros. Esperábamos una acción positiva que, bien dirigida, habría podido ejercer una influencia moral y material considerable sobre ambos países y sobre el conjunto del proletariado. Fue imposible realizar este plan. Pero creo que precisamente en esta dirección tenemos que multiplicar nuestros esfuerzos. A nuestro juicio, debería presentarse al congreso, en forma concreta y práctica, una resolución sencilla y clara; es necesario que las delegaciones reunidas se pongan de acuerdo para hacer los preparativos necesarios en previsión de las graves consecuencias que la conferencia de Bruselas traerá para Europa. Es absolutamente necesario que se prepare aquí una acción de gran envergadura, un movimiento común, que debe llevarse a cabo bajo todas las formas posibles y con la mayor energía contra el Tratado de Versalles. Este es el plan concreto, y que debe realizarse sin demora, que me permito presentar al congreso. (Aplausos.)

Presidenta Clara Zetkin: ¡Camaradas! Puedo daros una noticia alegre. Nuestro camarada italiano Gennari549 acaba de llegar aquí, perseguido y herido por los fascistas. Creo que todos estaréis de acuerdo con el Presidium en que le demos aquí una cordial bienvenida y en que le pida que ocupe su puesto en el Presidium. (Vivos aplausos.)

Saludamos en Gennari al valiente proletariado italiano, perseguido y cubierto de heridas, que, frente al terror blanco, se dispone a reunir en un solo haz sus fuerzas revolucionarias para una nueva ofensiva contra el capitalismo y para las victorias futuras. ¡Camarada Gennari, sea usted muy bienvenido entre todos nosotros! ¡Viva el comunismo en Italia! ¡Viva el proletariado italiano!

(Vivos aplausos. Mientras el camarada Gennari sube a la tribuna del Presidium, la asamblea, puesta en pie, canta «La Internacional» y prorrumpe de nuevo en aplausos.)

Gennari: ¡Camaradas! Os expreso mi agradecimiento, sobre todo porque este homenaje va dirigido a todos los camaradas, a todos los obreros, a todos los revolucionarios italianos que han luchado durante años en una situación terrible, a los que han sido maltratados y heridos y, pese a ello, han permanecido en las trincheras de la revolución social.

Cuando el congreso examine la actitud del Partido Comunista de Italia, tendrá que señalar los errores cometidos, pero deberá recordar ante todo en qué condiciones han luchado los camaradas en Italia.

Como respuesta a todos los camaradas, puedo aseguraros que, por mucho que haya empeorado la situación política en Italia, el partido ha quedado intacto. Los comunistas y los obreros revolucionarios están dispuestos a seguir luchando con vosotros por la causa de la revolución proletaria mundial. (Aplausos.)

Šmeral (Checoslovaquia): La paz de Versalles creó el Estado checoslovaco. Por eso, gran parte de la población de Checoslovaquia, y también una parte del proletariado checoslovaco, vive en la ilusión de que la paz de Versalles es un elemento del progreso histórico, el fundamento y la garantía de la autodeterminación nacional y de la liberación nacional. El Partido Comunista de Checoslovaquia ha trabajado desde su fundación, no sin éxito, y seguirá trabajando para liberar al proletariado checoslovaco de la prisión de esta ilusión, que no es otra cosa que una mentira burguesa. Hay que hacer que todos los proletarios checoslovacos tomen consciencia de que en Versalles, al crearse el Estado checoslovaco, lo decisivo no fue el afán de liberar a los pueblos. Checoslovaquia debía ser un Estado independiente solo en apariencia. En realidad, debía constituir un Estado vasallo de las grandes potencias capitalistas de la Entente, un pilar de su dominio supremo, y en particular del francés.

En la creación del Estado checoslovaco no fueron decisivos los intereses nacionales ni los económicos de la población, sino los intereses militares e imperialistas.

No fue casualidad que en Versalles se incorporara dentro de las fronteras del Estado checo recién creado una población de otras lenguas desproporcionadamente numerosa, cuyo derecho nacional de autodeterminación no se tuvo en cuenta. Los señores de la Entente se guiaron en esto por la consigna en la que ya se apoyaba el poder de la reacción en la antigua Austria-Hungría: «¡Divide y vencerás!». Hicieron el siguiente cálculo: «Si incorporamos al Estado checoslovaco casi un tercio de alemanes, húngaros, polacos y ucranianos, podremos jugar con ambos grupos, los dominantes y los dominados. Cultivaremos en ambos los prejuicios nacionales, aprovecharemos el uno contra el otro, y así mantendremos el país bajo nuestra dependencia. La mayoría checoslovaca tendrá que contar con el irredentismo de las minorías nacionales. Por eso tendrá que restringir los derechos civiles, mantener un régimen reaccionario, sostener un ejército fuerte ya por razones de política interior y apoyarse en nosotros. El régimen reaccionario y el ejército fuerte sirven no solo contra las minorías nacionales, sino también contra el proletariado, para reforzar el sistema que el capitalismo de los grandes Estados de la Entente anhela ahora en toda Europa. ¡El ejército fuerte de Checoslovaquia estará a disposición de los grandes Estados de la Entente en caso de conflicto bélico!».

En Versalles solo pesaron en la balanza las razones militares e imperialistas de la Entente. En la construcción de los Estados de Europa central y sudoriental no se tuvieron en cuenta ni siquiera aquellos factores económicos que, desde el punto de vista de la propia sociedad capitalista, deberían ser lógicos. Si se llegó a la guerra mundial fue porque el marco incluso de los Estados más grandes era demasiado estrecho para el desarrollo de las fuerzas productivas. Y esta guerra terminó, en Europa central y sudoriental, no con una unidad económica, sino con la balcanización de esa región. Bajo la influencia de la Entente, todos los pequeños Estados de esta parte de Europa se organizan para su aislamiento. Cada uno de ellos aspira a una completa independencia económica, cada uno se esfuerza por implantar dentro de sus fronteras todas las industrias, incluso aquellas para las que no tiene buenas condiciones naturales y cuyos productos podría obtener de manera mucho más ventajosa mediante el intercambio internacional planificado. Esto provoca un gran despilfarro y un encadenamiento de las fuerzas productivas en una época en que el mundo, empobrecido por la guerra, necesita tanto la producción.

Mientras una serie de Estados atraviesan una grave crisis por la escasez de productos industriales, en Checoslovaquia existe un aparato industrial técnicamente bueno para el consumo de 70 millones de personas, pero el país solo tiene 14 millones de habitantes. La camarilla burguesa gobernante, en lugar de buscar el camino para salir del aislamiento —hacia el Este y hacia Rusia—, se dispone, a la orden del capital de la Entente, a desmontar por lo menos la mitad entera del aparato técnicamente bueno ya instalado, a destruirlo definitivamente. Le es del todo indiferente la suerte de las masas que se han concentrado en torno a las fábricas ahora cerradas. La paz de Versalles conduce, pues, en sus consecuencias, directamente al desmantelamiento en gran escala de los medios de producción ya existentes. Esta circunstancia es la prueba más clara de que el capitalismo no es capaz de resolver con sus métodos los problemas que surgen necesariamente en el seno de su orden. En la época actual, todo intento de la clase burguesa de mantenerse aún con vida está en contradicción con el desarrollo de las fuerzas productivas.

La construcción de la paz de Versalles no ha aplicado en Checoslovaquia el principio burgués de la autodeterminación nacional a las minorías nacionales. Pero ni siquiera ha resuelto la cuestión nacional para la nación checa, hoy dominante. También en los círculos nacionales de la burguesía checa reina un sentimiento de inseguridad sobre el destino futuro del país y de la nación. La burguesía siente que, con las fuerzas que hoy son las fuerzas principales de la reacción y de la contrarrevolución, siente que, por este camino, contra la corriente de lo históricamente inevitable, la pequeña nación puede verse llevada a un callejón sin salida, al peligro de ser aplastada en el torrente de las grandes tormentas sociales que están entrando precisamente en su fase aguda y que decidirán el rostro de la Europa y del mundo de mañana.

La concepción de la paz de Versalles solo sirve a los fines militares de la Entente; no tiene en cuenta las necesidades reales, no solo de los obreros, sino también de gran parte de la población no proletaria de Checoslovaquia. La consecuencia natural es que, cuando se superen las ilusiones provocadas artificialmente, esta concepción no podrá apoyarse en el Estado checo en el principio de la democracia. Ya hoy la influencia extranjera francesa se esfuerza por mantener en el gobierno a una camarilla cuyas raíces sociales y políticas son relativamente muy débiles. Cuanto más pierde esta camarilla su influencia en la población, más incondicionalmente se ofrece como instrumento a las tendencias imperialistas y contrarrevolucionarias de la política del capital francés, tanto contra Alemania, que se hunde bajo las reparaciones, como contra Austria, pero sobre todo contra la Rusia soviética. Hay que estar preparados para que aquellas influencias extranjeras que mantienen a Checoslovaquia sobre la base de la paz de Versalles empujen la situación interior de Checoslovaquia hacia un gobierno abierto de la minoría, hacia la dictadura descarada de la burguesía, hacia un régimen del tipo del fascismo.

Los obreros checos empiezan ya a reconocer, y reconocerán cada vez más, que la paz de Versalles no ha resuelto la cuestión nacional y que para ellos, como clase, significa directamente una desgracia. En boca de la burguesía, las palabras sobre los «derechos de las nacionalidades», que la Entente había presentado como el objetivo político de la guerra mundial, no son más que una frase y una mentira. Los obreros comunistas de Checoslovaquia deben tomar consciencia de que para nosotros la idea nacional no es una idea primaria. Tampoco nosotros permanecemos ciegos ante las aspiraciones y las luchas nacionales. Es ridículo pensar que la Internacional Comunista no tiene otra idea que la de privar de su llamada independencia estatal a las pequeñas naciones que viven en condiciones capitalistas, entre ellas también Checoslovaquia. Pero juzgamos todo movimiento nacional según su forma concreta. Nuestra posición ante él depende de si el movimiento nacional concreto significa un refuerzo de nuestra línea de combate, de la revolución social, o de si es un instrumento en manos de la contrarrevolución mundial. Así, la aspiración nacional de los checoslovacos pudo juzgarse como un fenómeno del progreso histórico mientras se dirigía a la descomposición de la antigua organización de Europa, a la destrucción de la Austria-Hungría feudal y dinástica. Debe considerarse una fuerza contrarrevolucionaria en la medida en que, por influencia de la burguesía checa, se ha ligado a la paz de Versalles y a la conspiración contrarrevolucionaria de los grandes Estados capitalistas de la Entente. Desde ese momento, el nacionalismo de la burguesía checoslovaca se ha convertido en aliado de toda reacción en Europa entera.

La cuestión nacional solo quedará resuelta cuando se superen las fuerzas de la anarquía capitalista y de la competencia en la producción, que conducen necesariamente a conflictos bélicos. La nueva ordenación de Europa, que introduzca la planificación en la producción y haga posible una convivencia realmente libre y pacífica de los pueblos, surgirá sobre las ruinas de la paz de Versalles. Su forma no será un aislamiento y una «soberanía» que hoy no hace más que servir de manto a la dependencia vasalla de los pequeños Estados respecto de los grandes, sino una federación universal de los Estados soviéticos del mundo. Esta consigna, que significa la única salida de la anarquía actual, no solo económica sino también política, empieza a ser acuciante en primer lugar para Europa central y para los países balcánicos. Es lo contrario de la vuelta a la antigua Austria-Hungría, en cuya restauración los grupos conservadores y clericales de Francia y de Inglaterra, a causa de la situación desesperada del capitalismo y de la clase burguesa, empiezan instintivamente a pensar de nuevo. Solo la acción revolucionaria implacable, internacional y coordinada de los obreros y de los campesinos pobres vencerá a las fuerzas monárquicas y contrarrevolucionarias que se concentran aquí. También para resolver la cuestión nacional de las pequeñas naciones de Europa central y oriental, la condición previa ineludible es la gran lucha de nuestra clase, la victoria de la revolución social.

Radić (Yugoslavia): Las numerosas conferencias de los Estados de la Entente desde 1919 han mostrado con toda claridad que la paz de Versalles y los tratados de paz anejos a ella550, que debían asegurar la hegemonía del imperialismo francés en Europa y la de Inglaterra en el Oriente Próximo y en el mar, son inaplicables. Se encuentran en pleno proceso de liquidación.

Según la lógica férrea del desarrollo económico, los Estados de la Entente se guiaron por sus tendencias imperialistas al elaborar estos tratados. La indemnización de guerra que debían pagar los Estados vencidos superaba enormemente sus fuerzas financieras y económicas. Se formaron nuevos Estados y se trazaron las fronteras sin tener en cuenta si los nuevos Estados eran viables, si las fronteras correspondían a los nuevos Estados, a sus necesidades económicas y a los factores nacionales. De este modo se creó en toda Europa, y sobre todo en la cuenca del Danubio y en la península balcánica, una situación imposible. Los Balcanes y la cuenca del Danubio, que forman una unidad económica y presentan un curioso mosaico de nacionalidades, están divididos en muchos Estados, cada uno de los cuales comprende fuertes minorías nacionales. La difícil situación económica de cada uno de estos Estados, que durante siglos estuvieron juntos, y el despojo del territorio por elementos extraños hacen que las relaciones entre estos Estados sean extremadamente tensas y que en cualquier momento amenace el peligro de un choque armado. Las enfermedades nacionalistas despiertan de nuevo, y la burguesía, sobre todo la de todos los Estados de nueva formación, intenta presentar sus intereses de clase imperialistas y rapaces como intereses nacionales comunes, para ganar con esta consigna a toda la nación para la defensa y el mantenimiento de la situación creada por la paz de Versalles. Y con la misma consigna la burguesía trata de neutralizar a los elementos eventualmente contrarios al Estado y lleva a cabo la más dura reacción política y social, cuyo filo se dirige en primer lugar contra el proletariado revolucionario. Las luchas nacionales que antes estaban a la orden del día en la cuenca del Danubio y en los Balcanes son hoy igual de agudas. No solo los problemas nacionales no se han resuelto con los tratados de Versalles, Neuilly y Trianon, sino que, al contrario, se han vuelto aún más complicados y agudos. Los nuevos Estados, que comprenden minorías nacionales muy fuertes, llevan a cabo una despiadada política de desnacionalización contra las minorías, degradadas a ciudadanos de segunda clase. En la aplicación de la reforma agraria, estas minorías quedan excluidas; en el aspecto cultural no se las tiene en cuenta, y ante cualquier oposición inofensiva al gobierno se actúa contra ellas con la mayor dureza. Como consecuencia de esta política, que todos los Estados de la Pequeña Entente551 practican con las minorías nacionales, la resistencia de estas minorías es cada vez mayor y se manifiesta en diversas formas. En Macedonia, por ejemplo, los búlgaros y los albaneses combaten con las armas la política imperialista de la burguesía serbia; los alemanes y los húngaros, en todos los nuevos Estados, se defienden de esta política con la resistencia pasiva y el sabotaje sistemático. Los Estados interesados aprovechan estas circunstancias para reforzar su irredentismo, y las relaciones entre los Estados vecinos se vuelven cada vez más insostenibles.

Todos estos tratados empeoran no solo las relaciones entre las distintas nacionalidades, sino también entre las ramas de una misma nación. Un ejemplo clásico lo ofrece Yugoslavia, donde las luchas entre serbios y croatas, que pertenecen a un mismo pueblo, han alcanzado tal amplitud que los partidos croatas más fuertes se presentan con la consigna de la plena independencia. La causa no es solo de política interior, sino también de política exterior. La burguesía serbia está interesada en la aplicación sin restricciones de los tratados de Versalles, Trianon y Neuilly por las reparaciones que en ellos se garantizan a los serbios. Por eso, en esta cuestión, la burguesía serbia va de la mano de Francia y sigue ciegamente la política imperialista francesa. La burguesía de Croacia y de otras regiones de Yugoslavia, fuera de Serbia, que no está directamente interesada en la cuestión de las reparaciones, está en franca oposición al gobierno. Esto se vio mejor que nunca durante la conferencia de Génova, cuando los croatas se dirigieron a la conferencia con memorandos separados. Todos estos nuevos Estados, financiados y fundados principalmente por Francia para defender sus intereses imperialistas, están en completa dependencia del capital francés y se hallan en la situación de colonias francesas. A través de estos Estados, Francia lleva a cabo su política hegemónica en Europa e intenta mantener la paz de Versalles. Frente a la Rusia soviética, Polonia y Rumanía defienden los intereses franceses; Yugoslavia está frente a Italia y como guardián de los intereses franceses en el Oriente Próximo; Checoslovaquia, frente a Alemania. La dependencia común respecto de Francia, el interés común en la aplicación sin restricciones de los tratados de paz y el peligro común que amenaza desde Hungría fueron la causa de la alianza militar más estrecha entre Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía bajo el protectorado de Francia, que no solo financia el militarismo de estos Estados, sino que además lo organiza, lo controla y dispone de él de facto. También Polonia está en estrecha relación con estos Estados. A pesar de la alianza entre estos Estados, existen diferencias entre ellos que salen a la superficie con frecuencia. La región del Banato es también siempre una manzana de la discordia entre Yugoslavia y Rumanía. La cuestión de Teschen agrava asimismo la situación entre Polonia y Checoslovaquia. Todo esto muestra que la nueva constelación de Estados es insostenible.

Pero estos Estados son los defensores más celosos de todos los tratados, porque toda revisión significaría para ellos fuertes sacrificios territoriales y económicos. Por eso se contentan con mantener esta situación insostenible mediante un fuerte militarismo que supera sus fuerzas financieras y económicas. La burguesía de cada uno de estos Estados intenta hacer de un todo económico varios, dentro de cuyas fronteras se asegure a la burguesía nacional una posición de monopolio.

Una mirada a la península balcánica y a la cuenca del Danubio muestra claramente el completo absurdo de todos los tratados de paz desde 1913 que afectan a estas regiones. Así, por ejemplo, Fiume, que es el mejor y casi el único acceso al mar para el noroeste de Yugoslavia y para Hungría, está de facto ocupada por Italia, lo que hace que las relaciones entre Yugoslavia e Italia sean extraordinariamente tensas. Lo mismo ocurre con Salónica, que es el mejor puerto de toda la península balcánica y que, con su muy pequeño interior, está en posesión de Grecia, sin que tenga importancia para el comercio griego.

La Austria industrial ha quedado completamente separada de los territorios de los que obtenía alimentos y materias primas y, por ello, se ha vuelto incapaz de vivir, etc.

Pero estos fenómenos ilógicos están ligados a la esencia del capitalismo y conducen a choques inevitables entre los Estados interesados.

El papel de la Pequeña Entente frente a la Rusia soviética ha sido siempre claro, y su actitud intransigente le es característica. No solo Polonia y Rumanía, directamente interesadas en el plano territorial en la relación con Rusia, adoptan una actitud hostil hacia la Rusia soviética; lo mismo ocurre con Yugoslavia, que como vasalla de Francia se enfrenta hostilmente a Rusia. Así, por ejemplo, pese a todos los desmentidos del gobierno yugoslavo, en Yugoslavia se encuentran los restos del antiguo ejército de Wrangel552, completamente armados y organizados; allí hay escuelas militares contrarrevolucionarias rusas, y como representante del gobierno ruso sigue actuando un enviado nombrado por el gobierno de Kolchak. Todo este ejército contrarrevolucionario, sus escuelas y demás instituciones están financiados por Yugoslavia y por Francia y constituyen un Estado dentro del Estado. Este ejército está destinado a acciones contra la Rusia soviética, pero también a llevar a cabo las tendencias reaccionarias que concuerdan con los intereses imperialistas de Francia, como ocurrió, por ejemplo, en Bulgaria.

Por lo demás, el papel de la Pequeña Entente se manifiesta claramente en todas las conferencias y en todas las medidas que se toman contra la Rusia soviética. Pero, aunque los gobiernos de la Pequeña Entente practican una política hostil hacia la Rusia soviética, el estado de ánimo de las masas populares es muy distinto; es decir, la masa siente una gran simpatía por la Rusia soviética, en lo cual desempeña un gran papel la cuestión agraria sin resolver.

La crisis más reciente del Oriente Próximo ha mostrado la completa dependencia de la Pequeña Entente respecto de Francia. Yugoslavia ha recibido un papel especial como exponente del imperialismo francés en el Oriente Próximo. Al principio de la crisis intentó todavía hacer valer sus propios intereses y ponerse del lado del punto de vista inglés; es decir, estaba en contra del regreso de Turquía a Europa por temor a un contacto territorial más estrecho entre Bulgaria y Turquía y a una eventual alianza contra Yugoslavia. Al mismo tiempo, Yugoslavia intentó aprovechar esta crisis para apoderarse de Salónica. Pero todos estos intentos de independencia fueron impedidos por el protector de Yugoslavia, por Francia. En conjunto, en esta crisis predominó la orientación francesa, también respecto de Rusia.

La destrucción de las unidades económicas, fuertes antagonismos entre los Estados de la Pequeña Entente y los demás Estados de los Balcanes y de la cuenca del Danubio, antagonismos de los Estados de la Pequeña Entente entre sí, duras luchas nacionales dentro de cada uno de los Estados, despiadada desnacionalización y opresión de las minorías nacionales, reacción y leyes de excepción para la clase obrera en todos estos Estados: todo esto, apoyado en un fuerte militarismo que supera las fuerzas económicas de estos Estados, conduce a la ruptura inevitable y a la liquidación del Tratado de Versalles y de los demás tratados, y de la situación creada por ellos.

En tales condiciones, la tarea de los partidos comunistas debe ser movilizar a todo el proletariado revolucionario para la lucha contra la paz imperialista y contra las guerras imperialistas. En esta lucha, los partidos comunistas deben saber aprovechar todos los antagonismos mencionados, en particular los nacionales. Hay que decir al proletariado y al semiproletariado de los Balcanes y de la cuenca del Danubio que su liberación nacional, política y económica solo puede alcanzarse mediante la lucha revolucionaria bajo la bandera y la dirección de los partidos comunistas, y que la garantía de la paz, del desarrollo normal y de la solución de todas las cuestiones litigiosas en los Balcanes y en la cuenca del Danubio solo reside en una república soviética federativa de los países danubianos y balcánicos.

La Federación Balcánica de los partidos comunistas de los Estados balcánicos553 trabaja desde hace bastante tiempo en este sentido, pero en adelante debe intensificar todavía más su actividad, hasta la victoria definitiva, en colaboración con todos los demás partidos comunistas. (Vivos aplausos.)

Presidente: Se propone enviar el siguiente telegrama:

Sigue el «Telegrama al Congreso Sindical de toda la India en Lahore», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

(Aprobado por unanimidad.)

Se levanta la sesión a las 4.15.

Vigesimosexta sesión, miércoles 29 de noviembre de 1922

Tratado de paz de Versalles. Llamamiento de la comisión austriaca sobre el tratado de Ginebra. Informe de la comisión de reorganización.

Oradores: Murphy, Keller, Connolly, Friedländer, Eberlein.

Apertura: 12.45 del mediodía.

Preside: Marchlewski.

Murphy (Gran Bretaña): Camaradas, el Tratado de Versalles es inseparable de la lucha del imperialismo por el poder mundial. No es un tratado de paz, sino un tratado de guerra, que traslada al terreno económico y político la discordia militar de 1914-1918. Si intentáramos acercarnos a este asunto desde otro punto de vista, nos enredaríamos en las mismas dificultades que los dirigentes de la II Internacional. Su posición ante el Tratado de Versalles no ha demostrado ni más ni menos que son instrumentos del imperialismo aliado. Por ejemplo, Mr. Ramsay MacDonald554, al pronunciarse sobre la política de los trabajadores expuesta en las conferencias de Ámsterdam y de Fráncfort en los años 1921 y 1922, hizo la siguiente afirmación: «Los principios en que se apoya la política laborista en la cuestión de las reparaciones son, en resumen, los siguientes:

»1. La suma y la forma de las reparaciones requieren dos clases de sanciones: primero, la de la justicia; segundo, la de la economía.

  1. La sanción de la justicia debe quedar limitada por las negociaciones habidas antes de la conclusión de la paz.

  2. La sanción de la economía queda limitada no solo por la cuestión de qué puede pagar Alemania, sino también por la cuestión de qué podemos recibir sin perjudicar a nuestro propio pueblo y qué formas puede adoptar la reparación sin peligro».

Este lenguaje es el lenguaje de los liberales entre los capitalistas de los Estados vencedores y de ningún modo el lenguaje de la clase obrera, que ha tenido que sufrir todas las consecuencias del tratado tanto en los países vencedores como en los vencidos. Se basa además en el supuesto de que Alemania fue la única responsable de la guerra, una teoría que ya ha caducado entre los propios dirigentes de la Segunda Internacional.

La demostración de que los cañones se dispararon solos puede ser, sin duda, muy interesante, pero no nos sirve de nada en lo que respecta a las luchas que nacen del Tratado de Versalles. Solo podemos considerarlo una continuación de la guerra imperialista, y a la Internacional Comunista no le queda otra opción que oponerse al tratado con la misma oposición inflexible que opuso a la guerra. Así como la tarea de los comunistas es transformar la guerra imperialista en guerra civil, la tarea de la Internacional Comunista es ahora utilizar todas las consecuencias políticas y económicas del tratado como palanca entre las masas y como instrumento para desarrollar la acción internacional de masas, no solo contra el imperialismo aliado, sino también contra el imperialismo mundial. La justificación de semejante política está clara para nosotros. La guerra de 1914-1918 empezó entre Alemania e Inglaterra como principales competidores por el poder mundial. El conflicto militar terminó en 1918, cuando aparecieron nuevos protagonistas en el campo de batalla. Ante Gran Bretaña no estaba solo una Alemania vencida, sino también una Francia, una América y un Japón victoriosos, y la revolución proletaria, como competidores por el poder mundial. Entonces apareció Mr. Wilson con el ropaje de la paloma y presentó el ramo de olivo de la paz, pero los instintos rapaces de los autores del Tratado de Versalles no se vieron menoscabados en lo más mínimo. Aquello no fue una reunión de amigos, sino una reunión de ladrones, en la que cada cual alargaba ávidamente la mano hacia el botín. Los grandes ladrones fueron Clemenceau y Lloyd George, que despacharon sin miramientos el sueño de Mr. Wilson de una Sociedad de Naciones bajo la hegemonía de América y crearon en su lugar la caricatura de una Sociedad de Naciones, que sirvió al Consejo Supremo de los aliados para extraviar a los soñadores y engañar a los obreros sobre sus verdaderos fines.

Abandonado el idealismo, alegaron que tenían que defenderse de la revolución. Con este fin «balcanizaron» Europa y crearon una serie de pequeños Estados a los que llamaron «cordón sanitario», para impedir que la revolución rusa se extendiera a Europa occidental.

Luego Mr. Lloyd George aceleró el ritmo en interés del Imperio británico. Se ocupó de que se entregaran a Gran Bretaña las colonias alemanas del África oriental y los mandatos de Palestina y Mesopotamia. Australia se aseguró las posesiones alemanas al sur del ecuador, y Nueva Zelanda recibió la isla de Samoa. Todas estas cosas no son un resultado casual de la conferencia, sino la aplicación bien meditada de una política determinada, que había tomado forma firme en la cabeza de los dirigentes mucho antes de la conferencia.

Con solo darnos cuenta de la importancia de estos mandatos y de esta entrega de territorios, podemos medir los esfuerzos dedicados a realizar el gran sueño del imperialismo británico. Pues con ello se abrió el camino no solo al ferrocarril de El Cabo a El Cairo, sino también al de El Cairo a Calcuta, que uniría el continente africano con el asiático y acercaría a aquellos nuevos mercados del Oriente en los que han puesto los ojos tanto América y Japón como el capitalismo naciente de China. Con esta expansión coincide el desarrollo del capitalismo industrial en la India, así como las dificultades ante las que se ve el capital británico en su propio país.

Los últimos doce meses han sido testigos de una enorme exportación de capital a la India y de un rápido crecimiento de las industrias. En el curso de doce meses, los constructores de maquinaria textil han aumentado en un 400 % su exportación a la India, mientras los periódicos británicos declaraban abiertamente que Cammell Laird, bien conocidos en Gran Bretaña como magnates del acero, instalarían plantas en la India para producir el acero más barato del mundo. Este desarrollo sigue dos direcciones distintas: una lleva a los mercados del Oriente; la otra se vuelve directamente contra el proletariado de Occidente. El Oriente ofrece en el archipiélago malayo mercados vírgenes, pero para atraer los mercados de Occidente es necesario emplear la fuerza de trabajo más barata. ¿Dónde se podría obtener fuerza de trabajo más barata que en los países del Oriente? Y mientras el nivel de vida del proletariado de Inglaterra y de Europa desciende sin cesar, vemos al capital afluir hacia el Este, no solo para conquistar nuevos mercados, sino también para vencer de este modo al proletariado de la metrópoli. Pero esto no es todavía toda la historia. Hay otros Estados imperialistas además de Gran Bretaña. Francia y América oponen resistencia. Gran Bretaña tiene que volverse hacia los campos de trigo y las plantaciones de algodón de Egipto y hacia los yacimientos de petróleo de Mesopotamia para liberarse de la dependencia de América en cuanto al trigo, el algodón y el petróleo. Pero hay alguien más que mira hacia el Este y trata de impedir el desarrollo del Imperio británico conforme a los sueños de los imperialistas británicos. Clemenceau, el paladín del imperialismo francés, mira también hacia el Este y prosigue la lucha que ha durado todos estos años desde que Gran Bretaña arrancó al dominio francés partes de la India y se apoderó del canal de Suez. La actual crisis del Oriente Próximo y la conferencia de Lausana555 son la forma moderna de las dificultades que se remontan a la época de las primeras luchas entre el imperialismo francés y el británico.

En 1875, el gobierno británico compró una gran cantidad de acciones del canal de Suez. Entonces el canal pasó a ser realmente propiedad del imperialismo británico y su llave del Oriente. The Times declaró el 26 de noviembre de 1875:

«Es imposible, en nuestros cálculos, separar la compra de las acciones del canal de Suez de la cuestión de las futuras relaciones anglo-egipcias, o el destino de Egipto de la espada de Damocles que pende sobre Turquía… Tanto si el hundimiento político y financiero de Turquía se produce por una sublevación, por un ataque exterior o por la corrupción interna, en cualquier caso podría surgir la necesidad de tomar medidas para la seguridad de aquella parte de las tierras dominadas por el sultán con las que estamos más estrechamente ligados».

El 18 de septiembre de 1914, Inglaterra declaró a Egipto protectorado británico. Y cuando llegamos luego al Tratado de Versalles, Francia, que luchaba contra el desarrollo del imperialismo británico y ansiaba también el petróleo, se aseguró el mandato de Siria, y creó con ello nuevas dificultades al desarrollo del Imperio británico.

Pero el mandato de Siria no fue la única respuesta a los mandatos de Palestina y Mesopotamia: las conquistas de Gran Bretaña en los campos petrolíferos de Mesopotamia tuvieron como consecuencia negociaciones entre Francia y Turquía y condujeron a la restauración del ejército turco, a la anulación del Tratado de Sèvres y a la restauración de Turquía en el Oriente Próximo. De este modo, la conferencia de Lausana prosigue el conflicto que el Tratado de Versalles había ahondado. Esta lucha que se libra en el Oriente Próximo por la ampliación de las fronteras, por los yacimientos de petróleo y los mercados, está en relación directa con las luchas de los países de Occidente. Pero Francia no solo se aseguró con el Tratado de Versalles un mandato sobre Siria, sino que ganó además Alsacia-Lorena y Marruecos. Por los acontecimientos siguientes veremos que el poder que se concentra sin cesar en manos de Francia agudizará la lucha entre Francia y Gran Bretaña tanto en Occidente como en Oriente. Aunque declaren al mundo que son grandes amigos y hermanos de armas, es fácil ver que Francia y Gran Bretaña son ahora enemigos mortales; pero Gran Bretaña no puede todavía desprenderse de esta alianza o de esta entente con Francia antes de haberse abierto en Europa fuentes de recursos de las que pueda sacar fuerzas en caso de una lucha abierta con Francia; tampoco puede abandonar a Francia a la influencia sin trabas de América. Por eso sigue la política de amistad con Francia y opera con el tratado, mientras lucha por modificarlo y busca nuevas fuentes de recursos en el Norte y en el Este.

A consecuencia del Tratado de Versalles, Francia se ha ido convirtiendo a la vez en un país industrial y agrícola. Tiene ahora la perspectiva de llegar a ser el segundo país del mundo en la producción de acero. En el primer puesto está América. En el segundo estará Francia. Gracias al desarrollo de sus fuerzas industriales, se convierte ahora en un factor del mercado mundial, en un duro competidor de Inglaterra en lugar de Alemania.

El Tratado de Versalles ha resultado ser, por tanto, un tratado que plantea otras cuestiones además de la de las reparaciones. Es una continuación de la lucha enérgica y encarnizada de las potencias imperialistas, que intentan derribarse unas a otras mientras se esfuerzan a la vez por aplastar a la clase obrera en su camino hacia la revolución.

Estos movimientos y estas luchas no podían pasar sin dejar huella en las masas de la población. A consecuencia de todos estos enormes cambios de los últimos años, el Oriente ha despertado y ha entrado en relaciones más estrechas con el proletariado de Occidente. Por eso se alza ante la Internacional Comunista el importante problema de transformar este proceso inconsciente en un proceso consciente y de despertar en los obreros de Occidente y de Oriente la consciencia de la unidad y de la comunidad de sus intereses. Tenemos que acercar todas estas fuerzas del Oriente a Occidente y tratar de crear una situación que permita actuar juntos contra el imperialismo.

Pero sigamos. La repercusión producida por la aplicación del Tratado de Versalles en los países de Occidente provocó movimientos de masas de igual importancia. Cachin habló de las reparaciones en relación con Francia y Alemania y de la necesidad de poner en contacto más estrecho a los partidos comunistas alemán y francés y de organizar alguna acción en lo que se refiere a las reparaciones. Pero la tarea es mucho más amplia. Si repasamos tan solo los acontecimientos de los últimos doce meses, tenemos que reconocer cuán grandes, cuán monstruosas y de cuánto alcance son las consecuencias de este tratado.

Con ayuda de este tratado, Gran Bretaña no solo robó a Alemania su flota de guerra, sino también su flota mercante. Después vendió dos millones de toneladas en el mercado libre a 1 libra por tonelada. La construcción naval, que cobraba por tonelada 5 £ 25, no pudo competir con eso. A continuación vino una enorme presión sobre el nivel de vida de los obreros europeos. Igual de funestos fueron los resultados del carbón de las reparaciones. Según el tratado, Alemania tiene que entregar a Francia dos millones de toneladas al mes. El efecto inmediato fue una inundación de carbón en Francia. La exportación británica de carbón quedó asfixiada. Luego vino un ataque furioso contra los mineros, a los que se obligó a descender a condiciones sociales espantosas. Inmediatamente después del hundimiento en Inglaterra, donde los salarios de los mineros se han reducido de manera increíble, ¿qué vemos en Francia? Cierre de minas, ataques a los salarios y una saturación de todo el mercado con carbón británico y de las reparaciones. Pero la cosa no termina ahí. Inmediatamente después de que los mineros de Francia, Gran Bretaña y Alemania fueran aplastados, vino un ataque contra los mineros de América. Las consecuencias de este tratado no tienen límites, ni en cuanto a la descomposición económica del mundo ni en cuanto al desarrollo del movimiento de masas en el mundo.

En lugar de impedir la extensión de la revolución mediante la balcanización de Europa, con ello solo se puso en movimiento a las masas de Europa occidental y se despertó a los pueblos de Oriente. Aquí la Internacional Comunista debe aprovechar la ocasión. Debe denunciar los males de las reparaciones e ilustrar a las masas sobre el carácter fundamental del tratado y su relación con las luchas del imperialismo por el poder mundial. Por un lado, el Tratado de Versalles espolea a las potencias imperialistas en su carrera salvaje por el petróleo, la tierra y los mercados, una cacería que tiene que culminar en una guerra enorme; por otro, crea una situación que permite a la Internacional Comunista conducir a las masas hacia la revolución. El Tratado de Versalles trajo la paz para acabar con la paz, pues conduce a la guerra mundial o a la revolución mundial. Por todo ello debemos confirmar una vez más que la lucha contra el Tratado de Versalles es inseparable de la lucha contra el imperialismo. Acabar con él significa acabar con el imperialismo, y la única arma con la que se puede acabar con el imperialismo es la revolución mundial.

Keller (Polonia): Durante generaciones enteras, a lo largo de todo el siglo XIX, el nombre de Polonia fue un seudónimo de insurrección: la lucha contra la tiranía de los zares y la resurrección de la Polonia independiente era una de las consignas de la democracia revolucionaria de Europa occidental.

Karl Marx y Friedrich Engels fueron ardientes partidarios de la restauración de Polonia, y en una asamblea celebrada en Londres en 1864, convocada para expresar las simpatías por los insurrectos polacos, nació la idea de fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional.

Pero desde entonces se ha producido en Polonia una nueva revolución, a consecuencia del auge del capitalismo. Las clases poseedoras, con la gran burguesía a la cabeza, renunciaron a todas las tendencias tradicionales de independencia nacional; la adaptación a las condiciones económicas y políticas de cada uno de los tres Estados que se habían repartido el país se convirtió en su consigna. Las viejas tendencias de defensa nacional siguieron vegetando, en forma de restos, en algunas capas de la pequeña burguesía y de la clase intelectual.

Cuando, algunos años después, surgió en Polonia el movimiento obrero moderno, estas tradiciones patrióticas desempeñaron frente a él un papel abiertamente reaccionario, pues aspiraban a separar a las masas obreras de Polonia de la lucha común contra el dominio zarista, solidaria con el proletariado ruso.

El proletariado revolucionario de Polonia opuso a la ideología patriótica pequeñoburguesa la lucha por el socialismo, que había de liberar a la clase obrera de Europa y, con ello, librar también al pueblo polaco de la opresión nacional.

Solo después de la caída del zarismo, solo después del establecimiento de un gobierno proletario en Rusia y de la caída de los Hohenzollern a consecuencia de un levantamiento revolucionario en Alemania, se apresuraron las clases poseedoras de Polonia, que hasta entonces habían sido servilmente fieles al zar y a los dos emperadores, a aislar a Polonia del foco del incendio revolucionario del Oriente y de Occidente mediante el establecimiento de un Estado polaco burgués y reaccionario y, luego, independiente.

La Entente, para la que hasta la victoria de los obreros y de los campesinos en Rusia la cuestión polaca no había existido en absoluto, se apresuró entonces a apropiarse del nuevo programa de la burguesía polaca. Para la Entente se trataba de separar a la Rusia soviética del resto de Europa con un dique o con una alambrada. Para Francia se trataba, muy en particular, de encontrar en una Polonia vasalla un sustituto del imperio zarista hundido, que estuviera dispuesto a ayudar a Francia frente a la Alemania sojuzgada y derribada por tierra.

Junto a los cuerpos expedicionarios enviados por la Entente contra la Rusia soviética, junto a Kolchak, Yudénich y Wrangel, Polonia se convirtió en manos de la Entente en un poderoso instrumento de guerra contra la revolución rusa. Todo el equipo del ejército polaco, desde los cañones y los aviones hasta el calzado de los soldados, lo suministraron Francia o Inglaterra; junto al propio Piłsudski556 se puso a un general francés.

La burguesía francesa, que sabía muy bien lo peligroso que sería hacer marchar a sus propios soldados contra la revolución rusa, estaba dispuesta a combatir esa revolución hasta la muerte del último soldado polaco.

Tras la derrota de todas las empresas militares encaminadas a derribar al gigante rojo, la Entente renunció por el momento a estos métodos. Pero el plan de intervención contra Rusia no desapareció del programa de Piłsudski.

El desmembramiento de la Rusia soviética, la separación de Ucrania, de Bielorrusia y del Cáucaso, la creación de una corona de Estados llamados independientes, desde Finlandia, pasando por Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía, hasta Georgia, bajo la hegemonía de una Polonia poderosa en el centro: esas son para Piłsudski y sus amigos las únicas garantías reales de la independencia de su patria. La burguesía odia a la Rusia soviética como a su enemigo de clase; Piłsudski, la pequeña burguesía y el partido socialpatriota, atacado de megalomanía, la temen como encarnación del principio del gobierno proletario, pero también como supuesta amenaza para la independencia de Polonia y para su papel de gran potencia.

La gran burguesía polaca está dispuesta a desencadenar la guerra contra Rusia a la orden de la Entente. En la política exterior de Piłsudski domina el sueño de la liberación de Ucrania y de la federación desde Finlandia hasta Georgia. La idea de una guerra contra Rusia tiene además el significado de un doble pararrayos: por un lado, contra el movimiento obrero; por otro, contra los campesinos, que, privados desde la guerra de la posibilidad de emigrar, sufren más que nunca el hambre de tierra y amenazan con emprender la lucha decidida contra los grandes terratenientes.

El tratado de paz de Versalles, que creó la República de Polonia, la ha rodeado en todas sus fronteras de numerosas fuentes de conflicto. El distrito de Teschen, la Alta Silesia, el «corredor», la ciudad libre de Danzig, Galitzia oriental, Lituania: todo ello forma una cadena cada uno de cuyos eslabones puede convertirse de un día para otro en un frente de guerra.

Es natural también que Polonia haya sido convertida por sus dirigentes y por sus potencias protectoras en un enorme campamento militar. El ejército polaco, por sus efectivos, ocupa en el continente europeo el puesto inmediatamente posterior al ejército francés.

De ahí se sigue una dependencia cada vez mayor de Polonia respecto de los bandidos de la Entente. Seis meses después de la paz de Riga557, la deuda exterior de Polonia ascendía a 4.000 miles de millones de marcos polacos; desde entonces esta cifra se ha vuelto todavía más astronómica.

El capital francés, que había asegurado a Polonia la ocupación de la Alta Silesia y tolera la ocupación indefinida de Galitzia oriental, se ha apropiado como recompensa de las minas y empresas silesias y de los yacimientos de petróleo de Galitzia. Además, se hace enviar algunas decenas de miles de obreros polacos para poder explotarlos del modo más infame en las minas del norte de Francia.

Las fronteras de la Polonia imperialista abarcan ahora un 40 % de pueblos no polacos: alemanes, ucranianos, judíos, lituanos, bielorrusos. Como Estado de predominio militarista con administración centralizada, Polonia oprime a estos pueblos y libra una guerra implacable contra toda tendencia a la independencia, en lo cual sigue los peores ejemplos de los antiguos opresores de la nacionalidad polaca.

Los puntos correspondientes del tratado de paz de Versalles prometen en términos solemnes garantías de libertad para las minorías lingüísticas, pero han quedado manifiestamente en letra muerta.

Los lazos criminales creados por el tratado de paz de Versalles entre Polonia y los principales accionistas de la Entente se vieron reforzados aún más por el tratado militar especial que Francia impuso a Piłsudski en febrero de 1921. Este último tratado ha hecho definitivamente de la burguesía polaca un instrumento en manos de Francia.

La anulación del tratado de paz de Versalles y de la alianza militar franco-polaca se ha convertido, por tanto, en el objetivo principal de la política exterior del proletariado revolucionario de Polonia.

Lejos de conceder la independencia a la nación polaca, el tratado de paz de Versalles y el tratado franco-polaco han hecho de ella una colonia; hacen de Polonia un instrumento de opresión de las minorías nacionales; hacen de ella una amenaza permanente para la paz y la libertad de sus vecinos; y, por último, duplican las fuerzas de opresión del proletariado por parte de las fuerzas dirigentes de Polonia.

El embajador francés en Polonia interviene regularmente en todos los asuntos interiores del país, y siempre en el sentido más reaccionario.

Así pues, cuando la clase obrera de Polonia se une a los proletarios del mundo entero en la lucha contra el tratado de paz de Versalles y contra todas sus consecuencias, persigue con ello sus intereses más elementales.

Pero el proletariado polaco tiene todavía otra razón para unir sus fuerzas a las del proletariado mundial en la lucha contra la paz de Versalles. La Entente creó el Estado burgués polaco sobre todo para poder hacer marchar un enorme ejército contra la gran República Soviética roja. El primer intento de estrangular a la Rusia revolucionaria con ayuda de los soldados polacos terminó en una derrota, pero costó a Rusia sacrificios enormes y retrasó su labor de reconstrucción.

Después de la conclusión de la paz, Polonia siguió tramando en su territorio conspiraciones contrarrevolucionarias e intentó por su cuenta inquietar a Rusia con las bandas de Sávinkov, de Petliura y de Bulak-Balajóvich558. La lucha contra el tratado de paz de Versalles y contra el tratado franco-polaco significa, pues, para el proletariado de Polonia la lucha por la Rusia soviética.

Un gobierno polaco que tuviera el valor y la fuerza de romper los lazos que unen a Polonia con la Entente y con Francia realizaría ya con ello un acto revolucionario de la mayor trascendencia; liberaría con ello a las minorías nacionales oprimidas y sacudiría el yugo de la explotación ilimitada que pesa sobre las masas obreras de Polonia. Se vería llevado con ello, lógicamente, a acercarse a la Rusia soviética y a favorecer el movimiento revolucionario de todos los pueblos fronterizos. Esto solo podría lograrlo una agrupación revolucionaria. Así pues, cuando el proletariado polaco lucha en Polonia por la anulación del tratado de paz de Versalles, no solo cumple con su deber internacional, sino que lucha también por su propia liberación, por su propia revolución.

Connolly559 (Irlanda): Las relaciones de Irlanda con el tratado de paz de Versalles tienen un carácter puramente negativo, pues, aunque el tratado modificó en interés de sus autores la situación de algunas naciones oprimidas de Europa, dejó sin cambios la situación de Irlanda. Todos sabemos que la base moral del tratado fueron los famosos 14 puntos del presidente Wilson. El punto principal de esos 14 puntos era el «derecho de autodeterminación para todas las naciones». Sabemos además que precisamente esta fórmula se convirtió en un instrumento, no para la liberación de los pueblos oprimidos, sino para los planes imperialistas y reaccionarios de las tres grandes potencias vencedoras, Inglaterra, Francia y América. Por esta razón, naturalmente, no podía hablarse de aplicar este excelente remedio a los pueblos que gimen bajo el yugo del imperialismo inglés y americano.

Cuando se redactó el tratado de paz de Versalles, el movimiento nacional-revolucionario irlandés estaba precisamente ganando fuerza. No había entrado todavía en la lucha decisiva contra el dominio inglés en Irlanda. Los dirigentes pequeñoburgueses del movimiento creían hasta cierto punto en la posibilidad de una solución pacífica, pacifista, de la cuestión mediante su remisión a la Sociedad de Naciones, que, según se esperaba, impondría realmente el derecho de autodeterminación en todo el mundo. Creían en el poder de la justicia y en los 14 puntos; no podían comprender la naturaleza imperialista de las potencias reunidas en la Sociedad de Naciones ni la del tratado de paz que entonces se estaba redactando. Tampoco comprendían que, en consecuencia, la cuestión nacional irlandesa no podía ser resuelta por las cinco grandes potencias reunidas en Versalles. Enviaron a sus delegados a la conferencia de Versalles para abogar por la causa de la libertad junto con los demás pueblos oprimidos del mundo entero. Desde Corea, en el Este, hasta Irlanda, en el Oeste, todos los representantes de los pueblos oprimidos pidieron su independencia. Pero los representantes nacionales irlandeses en Versalles comprendieron muy pronto que toda esperanza de que el Consejo Supremo les concediera la independencia nacional era vana. Y hasta cierto punto los nacionalistas irlandeses perdieron sus ilusiones.

Esto tuvo una importancia especial, porque a raíz de ello los nacional-revolucionarios irlandeses decidieron que, si no podían obtener su libertad apelando a la humanidad de las grandes potencias, la conquistarían ellos mismos empleando la fuerza contra el imperialismo británico en Irlanda. Por esta razón, después del tratado de paz de Versalles tuvimos durante dos años y medio una intensa guerra nacional en Inglaterra. La enconada lucha de los revolucionarios irlandeses culminó, por parte de Inglaterra, en un terror bárbaro, que sin embargo tuvo que abandonarse ante la resistencia de los revolucionarios irlandeses. Tras un intento decidido, durante dos años y medio, de subyugar a Irlanda, Lloyd George llegó a la idea de que, si no podía vencer por la fuerza de las armas, quizá podría alcanzar la victoria por medios diplomáticos. En consonancia con ello, Lloyd George, el principal autor del tratado de paz de Versalles, con el que había asegurado el imperialismo en el Este y en el Oeste, vio claro que quizá también en Irlanda se podría poner el imperialismo sobre una base segura e inquebrantable mediante un tratado de paz.

Por esta razón negoció con los dirigentes del movimiento revolucionario irlandés. El resultado de estas negociaciones fue el famoso tratado angloirlandés del 6 de diciembre de 1921. Pero el tratado entre Inglaterra e Irlanda no ha resuelto la cuestión irlandesa; solo ha ganado para Inglaterra a las capas superiores de la burguesía irlandesa, a cambio de una parte en la explotación del proletariado irlandés y del campesinado irlandés. El tratado ni siquiera liberó al pueblo irlandés del imperialismo, pues todos sus artículos, que supuestamente debían asegurar al pueblo irlandés su libertad, no hicieron más que encadenarlo aún más firmemente al imperialismo inglés, y ello mediante diversas excepciones y garantías, como, por ejemplo, la disposición que dejaba el poder ejecutivo del llamado Estado Libre en manos del rey de Inglaterra y del representante del imperialismo inglés, el gobernador general. Es además un hecho que el tratado concedía a Inglaterra el derecho a conservar una serie de puertos irlandeses que podían utilizarse como bases navales o como estaciones de telegrafía sin hilos. El hecho de que el tratado concediera a Inglaterra estos derechos en Irlanda muestra que no satisface en modo alguno las exigencias de una independencia completa. En realidad, Inglaterra no necesita en absoluto, por supuesto, los derechos que se le conceden en Irlanda en el tratado de paz, pues su superior flota de guerra, su ejército y su equipo la ponen en condiciones en todo momento, si el derecho inglés se ve amenazado, de ocupar las bases navales y los puertos aun sin tratado de paz. Pero es posible demostrar que, incluso en cuanto a la forma, el tratado firmado por los representantes del imperialismo británico y por la burguesía irlandesa no satisface las aspiraciones irlandesas a la independencia.

El resultado de este tratado fue en la práctica el mismo que el de los llamados tratados de paz de Versalles. En lugar de traer la paz y la armonía a la nación o al pueblo al que se aplicó, trajo el caos, la guerra civil y el crecimiento de las fuerzas revolucionarias en el país. El resultado del tratado entre Inglaterra e Irlanda es que, de hecho, cinco meses después de la constitución del Estado Libre (como método por el que debe ejecutarse el tratado), en Irlanda se desata un terror sin precedentes, un terror que la burguesía irlandesa necesita para aplicar el tratado de paz. Si este tratado respondiera aunque fuera mínimamente a las aspiraciones irlandesas a la independencia nacional, no haría falta ningún terror. Pero ni siquiera los medios corrientes con que un Estado burgués impone su voluntad pueden emplearse en Irlanda, y el hecho de que se recurra a medios extraordinarios, situados fuera del Estado, y se organice un terror, muestra que también este tratado, como el de Versalles y el de Sèvres, ha quebrado. La actual guerra civil se manifiesta en su forma más intensa en la lucha armada entre el ejército del Estado Libre y los republicanos irlandeses. Si la Internacional Comunista considera esta lucha contra el Estado Libre o contra el tratado como parte de la lucha contra todo el tratado de paz de Versalles, debe estar informada de qué clases sociales participan en esta lucha y qué clases representan las distintas organizaciones militares.

Un examen de la situación en Irlanda muestra con toda claridad que el Estado Libre y su ejército son representantes del imperialismo británico y que gozan del apoyo de los terratenientes, del capital financiero y de los capitalistas irlandeses. Por otra parte, puede decirse que el ejército republicano, aunque es más difícil examinar su composición social, goza del apoyo de una gran masa de campesinos sin tierra y de los obreros urbanos que aún no tienen consciencia de clase, y está dirigido por la intelectualidad y la pequeña burguesía. Esta es, en pocas palabras, la composición social de estos dos factores. Es de especial importancia para la Internacional Comunista comprender que las fuerzas republicanas se componen, por un lado, de esta gran masa de campesinos pobres en tierra y, por otro, de obreros irlandeses. Esta lucha nos autoriza a creer que, si la lucha contra el Estado Libre sigue desarrollándose, las masas obreras y los campesinos imprimirán sin duda su reivindicación a esta lucha y la transformarán poco a poco, de una lucha puramente independentista y nacionalista contra el Estado Libre, en una lucha de clases por la dictadura del proletariado y por un gobierno soviético irlandés. Esta es la idea principal acerca del movimiento republicano en Irlanda, y el apoyo a este movimiento contra el Estado Libre debe considerarse parte inseparable de la lucha internacional contra el tratado de paz de Versalles y sus consecuencias.

Más adelante, cuando la comisión se haya puesto de acuerdo sobre la cuestión irlandesa, tendremos ocasión de hablar más ampliamente de esta situación. Fuera de Irlanda se sabe muy poco de la cuestión irlandesa; por eso es imposible también, en este congreso, hacer plena justicia a este asunto en un discurso sobre el tratado de paz de Versalles que solo dura 15 minutos. Por otra parte, la Internacional Comunista debe dar inmediatamente pasos en la cuestión irlandesa. Las últimas noticias llegadas aquí dicen que el terror ha alcanzado su punto culminante: el Estado Libre, el Estado burgués, empieza a fusilar a los prisioneros hechos durante la guerra civil. Consciente de que la Internacional Comunista, con sus fuerzas y sus relaciones internacionales, es la más indicada para dar una forma determinada a la lucha contra el Estado Libre irlandés y contra el terror empleado contra los revolucionarios y los obreros irlandeses, el Partido Comunista de Irlanda ha redactado una resolución sobre el terror y los fusilamientos, que el Presidium examinará y presentará más tarde al congreso.

Friedländer560 (Austria): Camaradas, no cabe duda de que la situación y la evolución de Alemania son decisivas para la actual situación económica y política, así como para el próximo desarrollo revolucionario en Europa. Por eso la lucha contra la paz de Versalles debe estar también en el centro de la perspectiva y del plan de lucha de la Internacional Comunista para el periodo inmediato.

Pero al lado de esto no hay que pasar por alto que existen en Europa otros focos importantes del desarrollo político y económico que plantean tareas a la Internacional Comunista. También aquí se trata principalmente de las regiones donde surten efecto los demás tratados de paz, tratados de paz que se dirigen quizá con más dureza aún que la paz de Versalles contra los intereses de la población trabajadora de Europa. En parte, estos tratados de paz se han reducido ya por sí mismos al absurdo. En todo caso, no han creado en Europa central, meridional y oriental un equilibrio político duradero, sino una situación inestable en la que se entrecruzan tendencias revolucionarias y contrarrevolucionarias. Véanse Hungría, Yugoslavia, Turquía.

Por eso la Internacional Comunista, y en particular los partidos de la Internacional Comunista afectados, en estrecha relación, deben librar, junto a la lucha contra el tratado de paz de Versalles, o contra sus consecuencias, una lucha sistemática contra los demás tratados de paz y sus consecuencias, y hacerlo únicamente desde el punto de vista de los intereses de la clase obrera, guiados únicamente por el criterio revolucionario. Esto, en oposición a la socialdemocracia de todos los países, que determina su política según el criterio del mantenimiento del orden burgués en el interior de cada país y de la creación de un estado de equilibrio entre los Estados burgueses, y que además tolera, e incluso secunda, que las cargas de la guerra mundial y de todos los tratados de paz se descarguen sobre las espaldas de la clase obrera.

Los tratados de paz han provocado un caos económico y, precisamente por ello, la mayor confusión política en Europa y en toda la Tierra. Para superar esta situación, amenazadora para la burguesía, ha cristalizado el método de los gobiernos burgueses de salir del paso de la crisis económica con simples medios de fuerza política a costa de la clase obrera. Allí donde la socialdemocracia ayuda activa o pasivamente a la burguesía reaccionaria —¿y dónde no ocurre así?—, esto conduce a éxitos pasajeros de la burguesía.

El papel de la socialdemocracia, tanto de la II como de la Internacional Dos y Media, antes, durante y después de la conclusión de los tratados de paz, ha sido colaborar en esa obra, en el restablecimiento de Estados burgueses en Europa. En lugar de aprovechar la situación revolucionaria aguda que había en Europa inmediatamente después del fin de la guerra para instaurar la dictadura del proletariado, sobre todo en Alemania, Austria y Hungría, la impidieron sistemáticamente. Desde entonces practican en el mismo sentido la política de cumplimiento.

Ahora la situación en Europa ha cambiado considerablemente. La bancarrota de los tratados de paz es evidente.

Austria puede considerarse el ejemplo clásico de la bancarrota de los tratados de paz. El tratado de paz de Saint-Germain se ha reducido al absurdo política y económicamente. La catástrofe de las finanzas del Estado en Austria había llegado hace ya mucho tiempo tan lejos que la famosa Sociedad de Naciones, y una serie de Estados europeos, sobre todo Francia, Inglaterra, Checoslovaquia e Italia, se vieron obligados a intervenir. Actualmente Austria se encuentra en una situación decisiva. Y, camaradas, si llamo la atención del congreso de la Internacional Comunista sobre Austria, no es por ningún interés patriotero local, sino porque lo que ahora ocurre en Austria es, en grado eminente, un asunto internacional.

En efecto, está en marcha una acción internacional para Austria, una acción que, en realidad, se dirige a escala internacional contra la clase obrera de Austria. La Sociedad de Naciones está demostrando ahora con Austria lo que es, a saber, la contrarrevolución enmascarada. La burguesía austriaca la ha llamado ella misma.

Para los Estados vencedores y acreedores de Austria —son 13, o 17, en número— el fiasco financiero de los tratados de paz estuvo claro desde el principio. Por eso tuvieron también, de buen o mal grado, que aplazar por 20 años la deuda austriaca por reparaciones. Ciertamente, el capital extranjero supo enseguida, como en Alemania y Hungría, explotar también a Austria hasta el último extremo como fuente de beneficio, reduciendo al obrero austriaco a la condición de culí, con lo que surgió en Austria una coyuntura aparente de la producción.

Pero con ello, igual que en Alemania, aunque naturalmente en un grado menor en la misma proporción en que Austria es más pequeña que Alemania, la Entente se ha cortado en su propia carne, al crearse un competidor desleal en el mercado mundial. Por lo demás, de esta coyuntura aparente en Austria no han sacado provecho ni la economía austriaca ni los obreros austriacos. Con todo, los obreros austriacos se libraban del paro. Y el paro, en este país desprovisto de alimentos y de materias primas, significa el hambre pura y simple.

Ahora, diversos Estados de la Entente interesados en ello han considerado llegado el momento de eliminar a Austria del mercado mundial, para aliviar su propia situación económica, y de aniquilar su productividad, orientada principalmente a la exportación. La burguesía austriaca, que se deja dirigir por el Partido Cristianosocial, que ocupa el gobierno y es en primer lugar un partido campesino reaccionario, colabora en ello con la esperanza de rebajar todavía más los salarios de los obreros austriacos y de empeorar sustancialmente las demás condiciones de trabajo mediante la creación de un colosal ejército de reserva de parados que no pueda moverse políticamente. Para poder imponer semejante saqueo de los obreros, hay que asestar a la democracia en Austria un golpe decisivo.

Ese es el fin de la acción de la Sociedad de Naciones, que supuestamente ha de servir para salvar a Austria y para procurarle créditos561.

Pues bien, camaradas, de que los Estados vencedores y acreedores procuren créditos no se habla en absoluto. La Sociedad de Naciones lo ha dejado sentado, ante todo, con toda claridad desde el principio: que los Estados reunidos en la Sociedad de Naciones no pueden ni pensar en dar un crédito a Austria. La razón es clara: mientras la situación en Austria no se estabilice, ningún gobierno tiene interés en dar crédito a Austria. Es la misma razón que determina también su actitud hacia Alemania, igual que hacia Rusia, cuando se trata de créditos.

Entonces, ¿qué trae la Sociedad de Naciones? La garantía de Inglaterra, Francia, Italia y Checoslovaquia para los créditos que los capitalistas privados extranjeros deben dar a Austria. Pero, por la misma razón que determina la actitud de los gobiernos de los Estados extranjeros, tampoco de los capitalistas privados puede esperarse nada para Austria.

A esto se añade que no es nada probable que esta garantía sea ratificada por los parlamentos de los Estados garantes mencionados. En particular, Italia —Mussolini ya lo ha dicho claramente— no estará en modo alguno dispuesta a ello. Alberga actualmente la aspiración de anexionarse una parte de Austria. Además, ya ha concedido a Austria un pequeño empréstito y tiene ante todo interés en cobrar esa deuda. Por eso no piensa en dar un nuevo empréstito a Austria.

¿Para qué, entonces, la convención de Ginebra sobre Austria? Esta convención de Ginebra no sirve para hacer efectivos unos créditos, sino para hacer efectivas las condiciones vinculadas a esos créditos. Y estas condiciones significan que la clase obrera austriaca, que es un importante factor de poder no solo en Austria, sino en Europa, y que con el apoyo de la socialdemocracia austriaca ha sido mantenida hasta ahora en jaque por la Entente, debe ahora recibir definitivamente el jaque mate. Austria debe convertirse en un punto de apoyo y un nudo reaccionario para la Entente. No en vano es el país de enlace entre Baviera y la Hungría de Horthy, entre Yugoslavia y Checoslovaquia, entre Italia y la Hungría de Horthy o Baviera.

Austria debe convertirse, con ayuda de la burguesía extranjera, en un punto de apoyo reaccionario, pero al mismo tiempo también en un dominio seguro de la burguesía nacional, por lo demás tan débil.

¿Cuáles son, pues, las condiciones políticas y económicas vinculadas a las garantías de los créditos a Austria?

Las disposiciones políticas esenciales son: nombramiento de un lugarteniente de la Sociedad de Naciones, que ha de funcionar como dictador de la burguesía extranjera y nacional y, en particular, de los Estados garantes. Él dispone las leyes y las medidas que el gobierno austriaco ha de tomar. Se le adjunta un comité de control compuesto por los representantes de los Estados garantes. El parlamento austriaco debe quedar desactivado durante dos años. La tranquilidad y el orden para ejercer esta dictadura financiera deben mantenerse mediante el refuerzo de la gendarmería y de la policía, con el desmantelamiento simultáneo de las fuerzas armadas de Austria, compuestas de elementos proletarios, que de todos modos representan una cantidad pequeña.

Estas disposiciones políticas, que conducen a amordazar por completo todo movimiento obrero y a liquidar la democracia austriaca, se explican por las disposiciones económicas de la convención de Ginebra. Según ellas, cada obrero debe pagar dos millones de coronas en impuestos y tasas, más de lo que gana en seis semanas. En Austria, que depende por completo de la importación de alimentos y materias primas, se implantan aranceles altamente proteccionistas y tarifas ferroviarias que superan con mucho la paridad mundial. Esto significa no solo la aniquilación de la producción para la exportación, sino también, por el encarecimiento de todas las mercancías y alimentos que conlleva, con mayor razón aún, impedir que la producción interior se recupere, porque el poder adquisitivo de la población del país se debilita todavía más de lo que ya está. Las consecuencias son una enorme presión sobre los salarios y un paro enorme. A esto se añade la venta de las empresas del Estado a capitalistas privados, una reducción colosal de los funcionarios públicos, etc. Es un conjunto de medidas económicas dirigidas todas contra la clase trabajadora y cada una de las cuales, en otro país que no fuera tan incapaz de vivir y de actuar como Austria, por ejemplo en Alemania, tendría que llevar a movimientos revolucionarios de los obreros.

El Partido Comunista de Austria ve como única salida de la situación actual de Austria impedir la convención de Ginebra y la incautación radical de la propiedad en el propio país. Ha elaborado un programa en ese sentido, un programa proletario de saneamiento. El pequeño Partido Comunista de Austria ha emprendido ya una acción contra el tratado de Ginebra. El domingo pasado, como dice hoy Pravda, llevó a cabo contra el tratado de Ginebra una manifestación de masas respetable, preparada con numerosas asambleas, y continúa la acción contra el tratado de esclavitud de Ginebra. Pero, hay que subrayarlo, está completamente aislado en esta lucha. La socialdemocracia austriaca ha realizado, sí, una acción de protesta contra el acuerdo de Ginebra, pero no piensa en absoluto en impedirlo, aunque sin duda estaría en su poder. La socialdemocracia austriaca no puede hacer otra cosa. Ella misma colaboró en impedir la revolución proletaria en Austria inmediatamente después de la guerra; ella misma colaboró en la creación de una Austria incapaz de vivir y de actuar e impidió en su día la unión de Austria con la Hungría de los consejos. Para ella, Austria fue y es un terreno ideal para la típica táctica «independiente»562. En Austria podía hacer con éxito frases revolucionarias, crear instituciones proletarias aparentes y declarar al mismo tiempo que toda acción revolucionaria seria, toda lucha contra la burguesía, es imposible por la dependencia absoluta de Austria respecto del extranjero. Con la convención de Ginebra, la socialdemocracia austriaca recoge lo que ella misma ha sembrado. Los Otto Bauer y Friedrich Adler han provocado francamente, con su comportamiento concreto, la dictadura financiera sobre el proletariado austriaco, y según las últimas noticias van a formar incluso una especie de coalición con el gobierno burgués para llevar a cabo la «reconstrucción» de Austria en el sentido de la Sociedad de Naciones, en forma de un consejo de gabinete ampliado en el que se sentarán como minoría sin esperanza.

Es ahora tarea de la Komintern, y en particular de los partidos comunistas de los llamados Estados garantes, es decir, de Checoslovaquia, Italia, Francia e Inglaterra, transformar la lucha aparente de la socialdemocracia en una lucha real para impedir la convención de Ginebra, y desenmascarar a la vez a la Sociedad de Naciones y a la socialdemocracia. El proletariado austriaco solo tiene interés en los créditos si sus condiciones no se dirigen contra el proletariado de Austria, sino únicamente contra la burguesía, si solo se grava a la clase poseedora de Austria y de Europa. Este debe ser el criterio esencial en la toma de posición de los partidos comunistas. No deben tomarse en consideración criterios falsos, como ya ha ocurrido alguna que otra vez. Puesto que los partidos comunistas, en particular los de Checoslovaquia, Francia e Italia, son un factor en sus países, un factor más fuerte que la socialdemocracia de esos países, deben intervenir en este sentido de forma activa e intensa en la prensa, en el parlamento, en asambleas, etc., para impedir el amordazamiento político y económico de Austria y apoyar al pequeño Partido Comunista de Austria, que ahora lucha solo, en su lucha contra la convención de Ginebra.

Lo que ocurre en Austria es, por lo demás, también un mane, tecel, fares para Alemania. La Entente se ejercita en Austria para continuar su obra a gran escala en Alemania y, a ser posible, neutralizar a los obreros alemanes con el mismo método y en la misma medida que a los austriacos. También la burguesía alemana está dispuesta, exactamente igual que la austriaca, a movilizar a la burguesía extranjera con este fin.

Y una cosa más. Austria es un objeto casi sin voluntad de la política internacional. Sobre Austria, que como formación estatal es insostenible económica y políticamente, se extienden las aspiraciones de diversos Estados vencedores, en particular de Checoslovaquia y de Italia. Austria puede convertirse en el punto de partida de un nuevo conflicto imperialista y bélico en Europa. Tanto más necesario es que la Komintern se identifique con los intereses de los obreros austriacos y ponga todas sus fuerzas en desbaratar, mediante una actuación política concreta, los planes de la política internacional capitalista de rapiña. La situación actual en Austria y la lucha contra la convención de Ginebra pueden y deben ser para los partidos comunistas un punto de partida para impulsar el desarrollo revolucionario en Europa central, en oposición a las tendencias reaccionarias que se concentran en torno a Austria y en ella. (Aplausos.)

Presidente: Camaradas, sobre el Tratado de Paz de Versalles nos ha llegado un llamamiento, elaborado por una comisión nombrada especialmente para ello, que tiene por objeto la cuestión austriaca. Como allí se está desarrollando ahora una acción sobre esta cuestión, vamos a dar lectura ahora a este llamamiento.

Béron (Francia): Camaradas, la comisión austriaca nombrada por el Presidium, compuesta por los camaradas Rádek, Stern y Šmeral, ha redactado el siguiente llamamiento:

Sigue el «Llamamiento de la Comisión austriaca sobre el Tratado de Ginebra», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Camaradas, pasamos a la votación del llamamiento que se acaba de leer. Ruego a quienes estén a favor que levanten la mano. — ¿Quién está en contra? El llamamiento queda aprobado por unanimidad.

Pasamos al siguiente punto del orden del día: reorganización del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y su actividad futura. Tiene la palabra para ello el camarada Eberlein.

Eberlein (Alemania): Camaradas, la comisión nombrada por el congreso para preparar la reorganización del Ejecutivo y su trabajo futuro ha celebrado sus sesiones. Les presentará sus acuerdos en forma de tesis. Sobre estas tesis que van a proponerse quisiera decir algunas cosas.

Para nosotros era evidente que la organización de la Internacional Comunista debe someterse a examen de nuevo en cada Congreso Mundial, para comprobar si la organización y el aparato de la Internacional Comunista están a la altura de las tareas que se les plantean. Y era tarea de la comisión intentar adaptar la organización del Ejecutivo a las tareas que también en este Congreso Mundial se encomiendan y se han encomendado al Ejecutivo para que las lleve a cabo. Por esta razón, digo, es necesario que en cada Congreso Mundial se plantee de nuevo la pregunta: ¿basta el aparato, basta la organización del Ejecutivo para cumplir las tareas que se le plantean, o es necesaria una ampliación, una reorganización?

Desde este punto de vista se orientó el trabajo de la comisión. Llegamos a la conclusión de proponerles modificaciones considerables de la organización que ha regido hasta ahora en el Ejecutivo, modificaciones que se orientan todas hacia un fin determinado, modificaciones que deben seguir un camino determinado para alcanzar cada vez más el fin que nos hemos fijado. Y eso significa extirpar el espíritu federalista que pueda quedar todavía en la organización, intentar crear un Ejecutivo capaz de tomar en sus manos la dirección de un partido mundial verdaderamente centralizado, intentar eliminar todos los errores, todas las deficiencias que se han manifestado en el curso del último año, para crear un partido mundial verdaderamente y rigurosamente centralizado, en el que los acuerdos de los Congresos Mundiales, los acuerdos del Ejecutivo Ampliado y los acuerdos del Ejecutivo se lleven también realmente a la práctica, de modo que se haga imposible también todo intento de individuos o de secciones aisladas de sabotear los acuerdos tomados, de no llevarlos a la práctica.

Ese era el fin que teníamos presente en nuestro trabajo, y esperamos que con las propuestas que se les hacen nos acerquemos a ese fin con un paso considerable.

Que este trabajo es necesario, que tenemos que llegar cada vez más a un partido mundial verdaderamente centralizado, se desprende por sí mismo para la Komintern, pues los últimos ejemplos todavía hoy pueden asustarnos de sobra. La II Internacional ha sido siempre para nosotros, en este sentido, un ejemplo que sirve de advertencia: una Internacional cohesionada de manera más federalista que centralista, cuya actividad consiste principalmente en reuniones regulares o irregulares en las que se pronuncian los más bellos discursos y se toman los más bellos acuerdos, que luego nadie lleva a la práctica; una Internacional en la que cada sección puede hacer lo que quiere, en la que cada cual baila al son de su propio silbato, no basta para la Internacional Comunista. Aquí se trata de que los partidos se acostumbren cada vez más a considerar la dirección central de la Internacional realmente como una Central dirigente. Tenemos que decir que también en los últimos años se han producido toda una serie de acontecimientos que son para nosotros una prueba de que este fin no se ha alcanzado todavía por completo. Por ejemplo, uno de los momentos más tristes de este congreso ha sido que un representante haya podido presentarse aquí y decir: «¡Si no decidís como nosotros queremos, abandonamos el congreso!». Eso es algo imposible en la Komintern; no debe volver a ocurrir; eso hay que hacerlo imposible en la Komintern para siempre.

Hemos visto además en el último año que las distintas secciones no han llevado a cabo los acuerdos de los diversos congresos con la energía necesaria ni siempre con la buena voluntad necesaria. Si hoy leen ustedes los acuerdos del II y el III Congreso Mundial y los comparan con el trabajo de las distintas secciones, encontrarán en casi todas ellas que no todos los acuerdos se han cumplido ni mucho menos por completo y, lo que es peor aún, que ni siquiera ha existido en todas partes la buena voluntad necesaria para llevar realmente a la práctica estos acuerdos. Aquí es necesaria una disciplina mucho más rigurosa por parte de las secciones y un control mucho más riguroso y una intervención más enérgica por parte del Ejecutivo, para no dejar sobre el papel los acuerdos tomados por los congresos, para llevar estos acuerdos realmente a la práctica.

Hemos visto además que llamamientos que la Komintern había publicado en interés del movimiento en su conjunto no han sido reproducidos por algunos partidos, que se han negado a reproducir esos acuerdos porque no estaban en consonancia con sus propios deseos, o que solo han publicado extractos de esos acuerdos, etc. También estas son cosas que constituyen faltas tan graves contra la disciplina que no deben producirse en la Komintern, que deben evitarse en cualquier circunstancia.

Otro mal se ha manifestado en el curso del último año en el hecho de que dirigentes del partido en las distintas secciones, cuando no estaban de acuerdo con uno u otro acuerdo de la Internacional, simplemente arrojaban la toalla, ponían sus cargos a disposición del partido o de la Internacional y se marchaban, que simplemente dimitían. Son fenómenos intolerables que deben extirparse en cualquier circunstancia y con los medios más severos. Necesitamos la disciplina internacional si queremos ser realmente un partido mundial cohesionado, una organización de combate del proletariado, y en esta organización de combate los camaradas, cada uno de ellos, deben subordinar en cualquier circunstancia sus deseos personales a los intereses generales de la Internacional.

En la comisión se trató además la cuestión de los congresos de las secciones, que suscitó allí un debate. La Komintern, por medio de su Ejecutivo, tomó el año pasado un acuerdo según el cual los congresos de las secciones deberán celebrarse en el futuro después del Congreso Mundial. Algunos partidos se opusieron a este acuerdo y pidieron que los congresos se celebrasen en el futuro antes del Congreso Mundial. Declararon que solo celebrando los congresos de partido antes del Congreso Mundial podía darse en el propio Congreso Mundial una imagen clara del estado de ánimo y de la actuación de las distintas secciones. La comisión fue de otra opinión. Aprobó el acuerdo del Ejecutivo y vuelve a presentar en estas tesis la moción de que los congresos de partido se celebren en el futuro después del Congreso Mundial, al menos por regla general. Pero deja al Ejecutivo un margen bastante amplio, al concederle el derecho de autorizar, en casos especialmente importantes y por motivos políticos especialmente importantes, que tal o cual sección celebre su congreso antes del Congreso Mundial. Pero en todo caso eso debe depender del acuerdo del Ejecutivo. La comisión llegó a esta conclusión porque se dijo que en un partido mundial verdaderamente centralista es intolerable que las distintas secciones tomen posición en cuestiones políticas y de otro tipo antes de la decisión del Congreso Mundial y vengan luego al congreso con una hoja de ruta fija y atada. En primer lugar, al Congreso Mundial le resulta más difícil alcanzar un entendimiento en las distintas cuestiones si diversos partidos ya han tomado posición en sus congresos; en segundo lugar, a los partidos afectados les resulta difícil que el Congreso Mundial, celebrado después de su congreso, tome acuerdos distintos de los de su congreso, y que el partido se vea entonces ante la alternativa de someterse a la disciplina internacional y anular los acuerdos de su congreso o de volverse contra los acuerdos de la Internacional basándose en los acuerdos de su partido.

Como la disciplina internacional debe estar para nosotros en el primer y más importante lugar, creemos que la mejor solución también para el futuro es que los congresos de las distintas secciones se celebren solo después del Congreso Mundial. Quienes abogan por que los congresos de partido se celebren antes del Congreso Mundial fundamentan también su posición diciendo que sin congreso de partido no es posible preparar suficientemente los trabajos para el Congreso Mundial. La comisión declara que este argumento no se sostiene en absoluto. Es perfectamente necesario, y evidente, que antes del congreso se reúnan en las distintas secciones los órganos adecuados, por ejemplo los congresos de distrito, los comités centrales nacionales y las demás instancias y organizaciones de las secciones, para tomar posición detenidamente sobre las cuestiones que figuran en el orden del día del Congreso Mundial. Les pedimos que aprueben nuestra moción de celebrar en el futuro los congresos de partido solo después del Congreso Mundial.

Otro defecto se ha manifestado en el presente Congreso Mundial, y consiste en que diversas secciones enviaron sus delegaciones al Congreso Mundial con mandato imperativo. La comisión rechaza esta medida y les pide que decidan que en el futuro los mandatos imperativos para el Congreso Mundial carecen de validez en cualquier circunstancia. Es intolerable, y va completamente en contra del espíritu de la Internacional Comunista, que algunas delegaciones se presenten con mandato imperativo y que todas las confrontaciones, todas las discusiones e intentos de entendimiento sean en vano, porque los delegados están obligados por su partido a votar así y no de otra manera. Por eso creemos que el congreso no puede hacer otra cosa que declarar sin validez en el futuro los mandatos imperativos, anularlos.

Pero, camaradas, esta rigurosa dirección centralista de la Internacional Comunista solo puede crearse si intentamos al mismo tiempo configurar y componer también la dirección de la Internacional Comunista de tal manera que con ello se cree un órgano verdaderamente dirigente de la Internacional, que aquí, en la sede de la Internacional Comunista, se reúnan hombres que sean también realmente capaces de asumir el trabajo y la enorme responsabilidad de la dirección de la Internacional Comunista. Y para ello es necesario, en opinión de la comisión, que en el futuro el Presidium y el Ejecutivo de la Internacional se compongan de representantes de los más diversos partidos, como por lo demás ha ocurrido hasta ahora, pero con la diferencia de que estos representantes ya no sean delegados, como hasta ahora, por las distintas secciones a la sede del Ejecutivo, sino que sean elegidos aquí por el Congreso Mundial, y que entonces todos los representantes elegidos para el Ejecutivo sean también los colaboradores y dirigentes realmente responsables de la Internacional Comunista. Es necesario, pues, que se produzcan cambios en la forma de las delegaciones, que ya no se deje a cada partido y a cada sección enviar al representante que quiera, y que el partido lo vuelva a retirar cuando le parezca. Si estos representantes se eligen aquí, podrán colaborar efectivamente como colaboradores responsables en el Presidium y en el Ejecutivo de la Internacional Comunista.

Este acuerdo no se ha tomado por motivos de agitación, por ejemplo porque los adversarios de la Internacional Comunista parlotean constantemente y una y otra vez de que la dirección de la Internacional Comunista está en manos de los rusos y de que la Internacional Comunista trabaja en las distintas secciones y países solo al dictado de los rusos. Ese no es en absoluto el motivo de esta moción. Al contrario, estamos convencidos, y lo decimos con toda franqueza, de que para nosotros es evidente que también en el futuro hay que conceder a los camaradas rusos, en la dirección de la Internacional Comunista, en el Presidium y en el Ejecutivo, una influencia mayor, la mayor influencia, pues son precisamente ellos quienes han reunido la mayor experiencia en el terreno de la lucha de clases internacional, son los únicos que han hecho realmente la revolución y, en consecuencia, superan con mucho en experiencia, gracias a lo que han vivido, a todos los delegados de las demás secciones. Por eso deben tener también en el futuro una influencia considerablemente mayor en la Internacional Comunista. Pero es necesario que los demás partidos pasen cada vez más a colaborar en la dirección de la Internacional Comunista y que envíen aquí a sus mejores y más capaces representantes, para que se garantice una composición verdaderamente internacional del Comité Central de la Internacional Comunista. Con ello esperamos también lograr que el interés de las distintas secciones por los asuntos internacionales y por el conjunto de la Internacional Comunista aumente y se amplíe considerablemente. En efecto, es una grave deficiencia en muchas de nuestras secciones que incluso los mejores camaradas de esas secciones vivan encerrados en su partido y trabajen encerrados solo para su partido, sin tener el interés suficiente ni los conocimientos necesarios para el conjunto del trabajo internacional. Es necesario, y lo esperamos, que las distintas secciones se interesen más que hasta ahora por el conjunto del trabajo internacional y se declaren dispuestas a colaborar en él.

Según estos puntos de vista, proponemos la composición siguiente de la dirección de la Internacional Comunista:

Les proponemos elegir un presidente y un Ejecutivo de 25 miembros, del que formen parte dos representantes de la Internacional de la Juventud. Estos 25 representantes deben elegirse aquí, en el Congreso Mundial. Es evidente que las distintas secciones tienen el derecho de propuesta. Pero la elección definitiva debe hacerla aquí el Congreso Mundial. Pero como pueden darse casos en que uno u otro de estos miembros del Ejecutivo tenga que volver a su sección por importantes motivos políticos o ser enviado por la Internacional Comunista para trabajar en otras secciones, proponemos además elegir, aparte de estos 25 miembros permanentes del Ejecutivo, 10 candidatos que permanezcan en su país hasta que se les requiera como suplentes.

La comisión propone además que la sesión ampliada elija de entre este Ejecutivo un Presidium; el número de miembros del Presidium aún no está fijado, probablemente serán de 9 a 11 miembros. El Presidium, que debe considerarse al mismo tiempo una especie de buró político, tiene que resolver las tareas políticas de la Internacional. Organiza un Buró de Organización, que probablemente se compondrá de 7 miembros. Para ello se presupone que se elijan para este Buró de Organización dos miembros del Presidium. Las tareas del Buró de Organización son tareas completamente nuevas, que hasta ahora la Internacional Comunista y su organización dirigente solo han abordado muy poco. Es necesario —eso se ve cada vez más— influir también por parte de la Internacional Comunista en la configuración organizativa de las distintas secciones, ayudar a las distintas secciones en su construcción organizativa, asistirlas de palabra y de obra. El Buró de Organización debe asumir estas tareas. Son, a nuestro juicio, extraordinariamente amplias, pues hoy están afiliadas a la Internacional Comunista toda una serie de secciones que no disponen todavía ni mucho menos de la organización que deberían tener si quieren ser realmente partidos comunistas. Todavía hoy existe más de una sección que en su construcción organizativa se parece a una vieja asociación electoral socialdemócrata como un huevo podrido a otro. Eso tiene que cambiar. En la Internacional Comunista no podemos usar asociaciones electorales; necesitamos organizaciones de combate. A eso deben ajustarse las secciones en su trabajo. El Ejecutivo de la Internacional Comunista debe poner en el próximo año su máxima atención en emprender la construcción organizativa, la formación organizativa de las distintas secciones, y en ayudar a las distintas secciones en este trabajo.

A la sección de organización, al Buró de Organización, se le asigna además otra función extraordinariamente importante. Es el seguimiento del trabajo ilegal en las distintas secciones; los congresos anteriores han tomado repetidas veces acuerdos a este respecto, pero, por lo que sabemos, las distintas secciones han hecho extraordinariamente poco. El Buró de Organización debe dirigir su atención también a este trabajo. Lo necesario que es también este trabajo lo vemos precisamente ahora, en una época en que la contrarrevolución levanta la cabeza mes a mes con mayor desvergüenza, y no solo en la lucha política: esa banda procede hoy contra los comunistas con el terror y la espada, con el asesinato y el presidio. Los acontecimientos de Italia son un ejemplo de lo necesario que es el trabajo ilegal en las distintas secciones para el futuro. Esperamos que las secciones concedan en el próximo año a esta tarea una importancia mucho mayor de la que se le ha dado hasta ahora. El Buró de Organización de la Internacional debe ayudar en este trabajo.

Proponemos además la creación de una Secretaría General, que debe ser un órgano auxiliar del Presidium, con un secretario general elegido por el Ejecutivo Ampliado, al que se pondrán a disposición algunos secretarios auxiliares. La Secretaría General misma no tiene derecho a tomar acuerdos vinculantes. Es un instrumento auxiliar del Presidium y no debe ser otra cosa.

Proponemos además la creación de una sección de agitación y formación. Esta sección debe depender directamente del Presidium; debe intentar centralizar en lo posible la agitación en la Internacional Comunista, asistir a los distintos partidos con propuestas e instrucciones.

La misma tarea tiene la sección de formación, que está ligada a la sección de agitación. También ella debe intentar dar directrices uniformes, instrucciones uniformes para el trabajo de formación en la Internacional Comunista. Creo que las tareas de estas secciones son tan evidentes que puedo ahorrarme más explicaciones sobre ellas.

La siguiente sección que hay que acordar todavía es la sección de Oriente. Las cosas están así: la sección de Oriente tiene que trabajar en condiciones muy especiales, ya que en los países que le corresponden prácticamente no existen todavía partidos comunistas, ya que allí solo se muestran pequeños gérmenes de partidos comunistas, de modo que el trabajo en todo el Oriente debe correr principalmente a cargo de los demás partidos, de los partidos de los países en que existen ya realmente partidos comunistas estabilizados. Pero el trabajo se ha desarrollado visiblemente en el curso del último año, la importancia política de Oriente se ha destacado cada vez más también para la IC, y creemos que es necesario encomendar esta cuestión a una sección especial cuyo jefe debe ser miembro del Presidium y colaborar en el conjunto del trabajo de la Internacional.

Hemos dicho además en nuestras tesis que el Ejecutivo y el Presidium están autorizados a crear otras secciones si lo consideran necesario para el trabajo de la Internacional, pero que todas estas secciones deben depender de miembros del Presidium o del Ejecutivo y estar dirigidas por ellos, de modo que la responsabilidad del trabajo de estas secciones recaiga en cualquier circunstancia en un miembro del Presidium.

Proponemos además un Ejecutivo Ampliado. En el curso de los últimos años se ha visto que las sesiones del Ejecutivo Ampliado han hecho un trabajo muy útil y que, en particular en las decisiones políticas importantes, es deseable que se reúna un círculo más amplio de dirigentes responsables del partido de las distintas secciones para decidir sobre cuestiones políticas importantes. El Ejecutivo Ampliado debe reunirse dos veces al año, cada cuatro meses, de modo que, además del Congreso Mundial, se celebrarían al año otras dos sesiones del Ejecutivo Ampliado.

La composición del Ejecutivo Ampliado la concebimos así: forman parte de él, en primer lugar, los 25 miembros del Ejecutivo; luego, otros tres representantes por cada uno de los partidos de Alemania, Francia, Rusia, Checoslovaquia e Italia, así como tres representantes de la Internacional de la Juventud y de la Profintern, en el supuesto de que el congreso de la Profintern no tome otros acuerdos que supriman la forma de colaboración actual; luego, dos representantes por cada uno de Inglaterra, Polonia, América, Bulgaria y Noruega, y un representante de cada una de las demás secciones con derecho a voto afiliadas a la IC. En la composición del Presidium y del Ejecutivo, en la comisión pusimos también un peso esencial en que se haga un cuidadoso reparto del trabajo entre los miembros del Ejecutivo, de modo que los distintos representantes que vienen de los partidos aquí, a la sede del Ejecutivo, ya no se sientan solo representantes de su partido, sino colaboradores realmente responsables del Ejecutivo. Tampoco debe ser obligatorio que los 25 representantes elegidos para el Ejecutivo permanezcan constantemente en la sede del Ejecutivo. Según nuestra propuesta, al menos 15 representantes deben estar presentes de manera permanente. Los demás representantes pueden ser enviados por encargo del Ejecutivo a trabajar en otros partidos, pueden ser enviados como plenipotenciarios o pueden también volver a trabajar en su propio partido.

La comisión propone al congreso otra institución nueva: un acuerdo sobre el derecho del Ejecutivo a enviar plenipotenciarios a las distintas secciones. En el curso del último año se ha visto que la sola correspondencia por carta y también los delegados enviados a Moscú no bastan, que es necesario, por el contrario, dar al Ejecutivo el derecho de enviar a sus plenipotenciarios a las distintas secciones. Estos plenipotenciarios deben tener la tarea, bien de cumplir encargos concretos que les encomiende el Ejecutivo, bien —y esto en grado sobresaliente— de ir a las secciones para comprobar y controlar hasta qué punto se han aplicado efectivamente en las secciones las 21 condiciones de la IC. Deben además ejercer un control riguroso sobre si se cumplen realmente todos los demás acuerdos de la IC y de sus congresos. Estos plenipotenciarios deben tomarse de entre los representantes más cualificados de las secciones, deben estar entre los mejores y más capaces comunistas, y el Ejecutivo debe delimitar sus funciones con claridad y sin ambigüedad antes de que los plenipotenciarios vayan a las secciones. Les pedimos que aprueben también esta moción.

Les proponemos además un cambio en la composición de la actual Comisión de Control. La tarea de la Comisión de Control era, si se me permite decirlo así, más bien resolver cuestiones de honor en la IC. Tenía además que controlar las cajas y dirimir disputas en los distintos partidos o entre personalidades de un partido. La Comisión de Control estaba compuesta por representantes de los más diversos partidos. Pero se ha visto que una Comisión de Control así compuesta es incapaz de trabajar. En el curso del año no ha sido posible ni una sola vez reunir al mismo tiempo a todos los representantes de la Comisión de Control, pues cada representante tenía tantas otras funciones y estaban tan alejados unos de otros que no era posible un trabajo real de esta Comisión de Control. Por esta razón proponemos encomendar en el futuro la elección de los miembros de la Comisión de Control, alternando de año en año, a dos secciones, de modo que siempre sean dos secciones las que elijan una Comisión de Control que lleve a cabo los trabajos de la Comisión de Control. El siguiente Congreso Mundial designará entonces cada vez otros dos partidos que formen esta Comisión de Control. La confirmación de los miembros de esta Comisión de Control corresponde al Ejecutivo. Para este año el Ejecutivo propone encargar al partido alemán y al francés que formen esta Comisión de Control, y cada partido deberá elegir tres representantes. Creemos que entonces existirá la posibilidad de lograr un mejor trabajo de estas comisiones.

En estas tesis se ha examinado otra cuestión, la de las relaciones mutuas. El contacto de los distintos partidos con la IC ha sido hasta ahora extraordinariamente débil, y se ve cada vez más que casi toda cuestión política que está en el orden del día, pongamos por caso, en un país de Europa occidental tiene enormes repercusiones también en los demás países. Una estrecha colaboración y un entendimiento permanente de los distintos partidos entre sí parece ser una de las tareas más importantes del próximo año, y por esta razón recomendamos que los partidos más grandes intercambien mutuamente sus representantes. Esto, naturalmente, solo es aplicable a los partidos más importantes, a los más grandes. No es posible que los 61 partidos afiliados a la Internacional tengan sus representantes en todos los partidos.

No es un acuerdo obligatorio lo que proponemos, pero sí debe expresarse el deseo del congreso de que los partidos más grandes establezcan tales representaciones mutuas.

Proponemos además acordar que los partidos queden obligados a enviar en el futuro regularmente al Comité Ejecutivo las actas de sus instancias centrales, para que este, ya por esta vía, además de los informes corrientes que deben llegar regularmente a la Internacional desde las secciones —hasta ahora, por desgracia, en muchísimos casos no han llegado—, esté informado del trabajo corriente en las secciones. Las actas deben entonces, naturalmente, redactarse también de forma que resulten comprensibles para quien está lejos de la Central de la sección. Les pedimos que aprueben también este acuerdo.

Además, como ya indiqué al principio, tenemos que presentarles un acuerdo que prohíbe las dimisiones de los miembros de las instancias centrales, que hace depender las dimisiones del acuerdo del Ejecutivo y que, incluso cuando los comités centrales de la sección afectada estén de acuerdo con la dimisión de sus propios miembros o de una parte de sus miembros, exige antes un acuerdo del Ejecutivo para que tales dimisiones tengan validez.

Además, como también mencioné ya, hemos formulado en las tesis la prohibición de los mandatos imperativos.

Para terminar, tengo que señalar todavía brevemente que el Ejecutivo envía al Comité Ejecutivo de la Internacional de la Juventud dos representantes como colaboradores permanentes, de modo que aquí se realiza un intercambio, puesto que los representantes de la juventud forman parte del Presidium y del Ejecutivo con voto consultivo y del Ejecutivo Ampliado con voto deliberativo, y a la inversa la IC delega sus representantes en el Ejecutivo de la KJI, para asegurar una estrecha colaboración.

Aquí debe elegirse un representante del Secretariado Internacional Femenino. El Secretariado Internacional Femenino permanece en su sede actual.

En qué medida puede regularse la relación con la Profintern no puede decirse todavía en este momento, porque el congreso de la Profintern aún no ha tomado sus acuerdos al respecto y solo podremos ocuparnos de esta cuestión en cuanto haya acuerdos. Pero nos parece muy importante que, ya que en todas partes se ve cada vez más que las luchas económicas están estrechísimamente ligadas a las políticas, se mantenga también en el futuro una estrecha relación y un estrecho contacto entre la Komintern y la Profintern.

En cuanto a la celebración del Congreso Mundial, les proponemos que esta vez se acuerde todavía celebrar de nuevo el Congreso Mundial el año próximo. Si será posible el año próximo ampliar el intervalo entre los Congresos Mundiales es algo que solo debe decidirse el año que viene. Creemos que poco a poco llegaremos a celebrar con menos frecuencia, quizá cada dos años, congresos tan grandes y extensos como el de este año.

El número de participantes en este congreso deberá fijarse también en el futuro, como hasta ahora, según el número de afiliados y las circunstancias políticas.

Hasta aquí las propuestas que tiene que hacerles la comisión de reorganización.

En la comisión se planteó además la cuestión de si no sería conveniente someter a revisión los Estatutos de la IC. Esta propuesta se reconoció por unanimidad como justificada, pero creemos que ahora, poco antes de la clausura del congreso, ya no es posible emprender así, precipitadamente, una revisión definitiva de los Estatutos de la IC. Por eso proponemos encargar al Ejecutivo que emprenda los trabajos preparatorios para la revisión y ampliación de los Estatutos y que transmita a tiempo estas propuestas a las distintas secciones, para que el próximo Congreso Mundial pueda aprobar definitivamente los Estatutos ampliados. Hasta entonces, evidentemente, los Estatutos actuales deben reconocerse como los correctos y los únicos vigentes.

Camaradas, esperamos que, si ustedes aceptan las propuestas de la comisión de reorganización, en el próximo año nos acerquemos un paso considerable al objetivo en la organización de la IC y que, tras esta reorganización, sea posible vincular más estrecha y firmemente las secciones a la IC, unir mejor las secciones y hacer la dirección más rigurosa y más capaz de funcionar, de modo que el próximo año tengamos una dirección de la IC rigurosa, bien organizada y competente. Nadie pondrá en duda que esta dirección es necesaria, pues las tareas que se plantean a la IC en el futuro, ya el próximo año, son tan enormemente grandes que para afrontarlas tenemos que reunir aquí, en el Ejecutivo, a los mejores camaradas. (Vivos aplausos.)

Se levanta la sesión a las 4.25 de la tarde.

Vigesimoséptima sesión, jueves 30 de noviembre de 1922

Debate sobre la organización del CE de la IC. Declaración contra el terror blanco en Yugoslavia. Tesis sobre la cuestión negra. Programa de acción agrario. Resolución sobre la «Cruz Roja» de los presos. Moción de Poale Zion563.

Oradores: Bordiga, Kolárov, Grün, Katayama, Eberlein, Radić, Sasha, Varga, Feliks Kon, Marchlewski.

Apertura: 12.40 del mediodía.

Preside: Marchlewski, después Kolárov.

Bordiga (Italia): He pedido la palabra para hablar sobre el informe del camarada Eberlein acerca de la reorganización del Comité Ejecutivo de la Internacional. Llamado a formar parte de la comisión, observé que no se trataba solo de la reorganización del Comité Ejecutivo y de su trabajo, sino de la reorganización de toda la Internacional. Se trata de cuestiones importantes que suponen la revisión efectiva de los Estatutos de la Internacional en lo que se refiere al conjunto de las relaciones entre las secciones y el centro y a todo el trabajo organizativo de la Internacional en general.

He planteado la cuestión de la necesidad de una revisión de los Estatutos de la Internacional. Pero el camarada Eberlein acaba de decir que este asunto queda aplazado hasta el próximo congreso.

El proyecto de organización me parece completamente aceptable en todas sus partes. Contiene disposiciones que, consideradas objetivamente, son muy importantes, en la medida en que tienden a extirpar los últimos restos del método de organización federalista de la vieja Internacional.

Si fuera posible, en esta fase del congreso, ampliar un poco la discusión, podría plantearse la cuestión de si todo lo que se requiere para realizar una centralización revolucionaria efectiva puede llevarse a cabo por medio de una reforma del aparato organizativo.

Ya dije algunas palabras sobre ello en mi discurso sobre el informe del Comité Ejecutivo. No quiero repetirlas ahora. No tengo tiempo para ello, pero debo declarar de nuevo que, si queremos lograr una centralización efectiva, es decir, una síntesis de las fuerzas espontáneas de la vanguardia del movimiento revolucionario en los distintos países, para poder acabar con las crisis de disciplina que constatamos ahora, tenemos que centralizar el aparato organizativo, pero al mismo tiempo unificar los métodos de lucha y precisar exactamente todo lo que se refiere al programa y a la táctica. A todos los grupos y a todos los camaradas que pertenecen a la Internacional tenemos que explicarles con exactitud lo que significa la obligación de obediencia incondicional que deben contraer en cuanto ingresan en nuestras filas.

En cuanto a los congresos internacionales, estoy completamente de acuerdo con la supresión de los mandatos imperativos y con la convocatoria de los congresos nacionales después de los congresos internacionales. Admito sin reservas que son medidas que responden a los principios de la centralización; sin embargo, soy de la opinión de que no debemos limitarnos a declarar que, en interés de una centralización correcta, hay que suprimir los mandatos imperativos y celebrar los congresos internacionales antes que los congresos nacionales, sino que sobre el trabajo y la organización de los congresos hay que decir palabras más serias.

Hemos llegado a las últimas sesiones del congreso y debemos admitir que este congreso no ha dado resultados satisfactorios en todos los aspectos.

Se han examinado muchas cuestiones importantes. Estamos en los últimos días de los debates y vemos que estos debates no han sido especialmente activos.

Tenemos que examinar la cuestión de las dimisiones. Estoy de acuerdo con la opinión de que hay que impedir las dimisiones. Pero podría aplicarse también la regla que hemos aplicado con éxito en nuestro partido, que consiste en que todas las dimisiones se aceptan inmediatamente y quien ha presentado su dimisión no puede volver a ocupar su puesto en el partido en los uno o dos años siguientes. Creo que este sistema conducirá a una disminución considerable del número de dimisiones.

Queda todavía una cuestión que, a pesar de la fase en que se encuentran ahora los trabajos del congreso, tengo que tocar sin falta: es la propuesta que se refiere al plazo de dos años entre los Congresos Mundiales. Si el próximo congreso no estuviera tan sobrecargado de trabajo y de cuestiones como lo ha estado este congreso, sería muy acertado no repetir este considerable gasto organizativo, financiero, etc. Planteo, sin embargo, la cuestión especial del periodo que nos separa del V Congreso.

Estamos a punto de remitir a ese próximo congreso cuestiones de gran importancia; estamos a punto de aplazar el establecimiento de un nuevo plan de la Internacional Comunista, mejor dicho, del primer programa de la Internacional Comunista. Hemos aplazado, en particular, la revisión de los Estatutos, es decir, del vínculo orgánico que une a la Internacional con sus secciones.

Tras el informe del Ejecutivo discutimos largamente la cuestión de la táctica; sin embargo, los distintos oradores que subieron uno tras otro a la tribuna no trataron el gran problema de la táctica de la Internacional. Se limitaron a discutir algunas observaciones del Comité Ejecutivo sobre el trabajo o sobre la situación de tal o cual sección nacional, pero cuestiones muy importantes —como, por ejemplo, la cuestión del gobierno obrero— no se aclararon en esta discusión. El texto se remitió a una comisión que todavía no ha llegado a ningún resultado. La cuestión, pues, aún no está aclarada, y ya no tendremos tiempo para ello. No propongo abrir de nuevo un gran debate sobre la cuestión de la táctica; pero cuando pienso en el programa, en los Estatutos, en la táctica, me parece absurda la idea de celebrar el V Congreso Mundial solo dentro de dos años. Me reservo presentar al congreso, en nombre de la mayoría de la delegación italiana, la propuesta de celebrar el V Congreso de la Internacional en el verano o en el otoño de 1923, dado que se han aplazado asuntos muy importantes.

Presidente: Tiene la palabra el camarada Kolárov para hacer una declaración.

Kolárov (Bulgaria): Si el camarada Bordiga, creyendo que la comisión había propuesto que el próximo congreso no se celebrase el año próximo, sino solo dentro de dos años, se ha pronunciado en contra, eso se debe a un malentendido. La comisión ha decidido en el mismo sentido que quería el camarada Bordiga: en el futuro los Congresos Mundiales se celebrarán, ciertamente, cada dos años, pero el próximo Congreso Mundial tiene que celebrarse sin falta el año que viene.

Bordiga: Tomo nota con alegría de esta aclaración. El malentendido se debió a la traducción, un poco demasiado literal, del discurso del camarada Eberlein.

Grün (Austria): ¡Camaradas! El III Congreso de la Komintern tomó, en lo que se refiere al trabajo organizativo de la Komintern y de las secciones afiliadas, una serie de acuerdos que, como expuso claramente el camarada Lenin en su informe564, se han quedado hasta ahora en su mayor parte sobre el papel. En parte esto es explicable, comprensible, perdonable. Cuando el III Congreso estableció estas directrices organizativas, se era todavía de la opinión, y con razón, de que sería posible llevar a cabo hasta el IV Congreso la consolidación de la Internacional Comunista. Se estaba entonces en vísperas de la creación del partido checoslovaco, y se creía tener también muy cerca un cierto remate en lo que respecta a los demás partidos. Pero hasta ahora eso no se ha hecho realidad. Solo el IV Congreso llevará a cabo la necesaria consolidación del partido checoslovaco, fusionado entretanto. Solo el IV Congreso hará un partido de la sección noruega, que es un conjunto de afiliaciones colectivas de sindicatos565; solo el IV Congreso creará el futuro gran partido italiano y consolidará el partido francés. Así pues, si una gran parte de los acuerdos organizativos del III Congreso no ha podido aplicarse hasta ahora, en parte es comprensible, porque la esperada consolidación de las secciones no se ha producido todavía. Pero en otra parte se explica también por razones internacionales, precisamente porque el aparato internacional no está preparado todavía para el necesario paso del primer periodo de la actividad de la Komintern, el periodo agitativo y demostrativo, al periodo organizativo, en el que tenemos que entrar ahora y en el que en parte ya hemos entrado. Las opiniones pueden diferir sobre los efectos organizativos inmediatos que tendrá en el próximo tiempo la inminente fusión de la II Internacional y la Internacional Dos y Media. Políticamente, sin duda beneficiará a la Komintern en un plazo previsible. Pero organizativamente pone probablemente, durante algún tiempo, ciertos límites a la labor de captación de la Komintern hacia fuera, y este periodo, que quizá será muy corto, puede y debe aprovecharse para organizar a fondo la Komintern de arriba abajo. En este sentido, la comisión de organización ha presentado al congreso mociones que significan un acercamiento a ese fin.

El camarada Zinóviev, en un artículo escrito al comienzo del congreso, señaló el objetivo final de la reorganización del Ejecutivo. A partir de la forma federativa, hasta ahora laxa, en que estaba compuesto el Ejecutivo, debe alcanzarse como objetivo final un Comité Central rigurosamente organizado del único gran Partido Comunista Internacional; las mociones que presentó la delegación alemana en la comisión de organización tendían a llegar inmediatamente a ese Comité Central riguroso. Pero eso no es todavía del todo posible por ahora. Aún no tenemos el partido internacional consolidado que podría tener un Comité Central riguroso compuesto sin consideración a los partidos.

Las propuestas a las que ha llegado la comisión de organización y que se presentan al congreso constituyen la transición del sistema actual, en el que el Ejecutivo estaba compuesto enteramente por representantes de las secciones, al objetivo final del Comité Central unificado, que no se compone según los deseos de las secciones, sino que se forma designando, según los deseos del congreso internacional, aquellas fuerzas que, desligadas por un tiempo de sus secciones, deben entregarse exclusivamente a la tarea de formar el Comité Central del Partido Comunista Internacional unificado. Este objetivo se alcanzará, esperemos, en el V o el VI Congreso; las propuestas de hoy —no debemos hacernos ninguna ilusión al respecto— son solo un acercamiento a ese objetivo.

Tenemos, pues, ante nosotros propuestas de la comisión que representan una transición, que mantienen todavía una cierta consideración a las secciones, las cuales tienen el derecho de propuesta en el congreso; pero el mayor número previsto para los miembros del Ejecutivo debe dar también la posibilidad de que los diversos partidos grandes y medianos, y eventualmente las distintas corrientes que todavía no se han superado del todo, encuentren su representación dentro del Ejecutivo. Pero en este sentido la propuesta de la comisión restringida, elegida de entre la comisión de organización ampliada y que ha presentado sus propuestas directamente al congreso, adolece de una cierta falta de coherencia. En efecto, además de los 25 miembros, el congreso debe elegir directamente 10 candidatos. Ahora bien, en la práctica resultará que estos 10 candidatos se tomarán de los partidos más grandes, en los que es más previsible que en el curso del año cambien de representante, y en los que se prevé también que de sus filas pueden tenerse dispuestos camaradas que, en caso necesario, pasen de su trabajo en el ámbito de las secciones al trabajo en el ámbito del Comité Ejecutivo.

Esto es una cierta falta de coherencia, pues si ya nos situamos en el punto de vista de que por ahora el Ejecutivo debe elegirse teniendo en cuenta las propuestas de las secciones, de que todavía no es la formación rigurosa del Comité Central unificado, tenemos que dar también a los partidos pequeños y medianos la posibilidad de asegurar su participación en el trabajo del Ejecutivo también cuando en el curso del año se produzcan cambios en la persona del representante elegido por el congreso, y no que, si los partidos designan representantes a posteriori, estos pierdan el voto deliberativo, de modo que el partido en cuestión quede representado a lo sumo con voto consultivo en el Ejecutivo de la Internacional. Con una pequeña corrección puede eliminarse esta imperfección.

Los derechos del congreso se transfieren en toda una serie de casos al Ejecutivo Ampliado, cuya importancia crecerá aún más cuando a partir del año próximo se pase a convocar el congreso pleno solo cada dos años. No cabe duda de que las reuniones del Ejecutivo Ampliado se convertirán entonces en una especie de conferencias internacionales, en pequeños congresos; y creo que a los Ejecutivos Ampliados, a estas futuras conferencias nacionales, puede transferírseles también el derecho de completar el Ejecutivo en ciertos casos en lugar del congreso, cuando uno u otro partido considere necesario cambiar a su representante. Evidentemente, cada partido se guardará de hacerlo sin necesidad, porque corre así el peligro de perder el voto deliberativo si el Ejecutivo Ampliado no lo aprueba.

En este sentido hay una moción de la delegación austriaca que habrá que tener en cuenta en la redacción definitiva y cuya aprobación beneficiará también a otros partidos pequeños y medianos, cuyo número y cuyos efectivos crecen constantemente en la Internacional Comunista.

Lo que he dicho hasta ahora lo he declarado en nombre de la delegación austriaca. Lo que voy a decir ahora sobre el desarrollo del aparato central de la Internacional Comunista lo digo personalmente, sobre la base de una larga experiencia de antes y después de la guerra y en especial sobre la base de experiencias que he reunido en mi actividad en el Ejecutivo.

La estructura del aparato central de la Internacional Comunista, según las propuestas de la comisión de organización, debe servir de modelo a la estructura de las secciones. Y eso es sin duda correcto. Debe configurarse de tal manera que en las Centrales de las secciones se formen los órganos correspondientes, con los que se establezca y se mantenga la relación correspondiente. Este modelo puede y debe alcanzarse si se produce una elaboración aún más precisa, una estructuración más rigurosa que la que prevé la propuesta.

En la propuesta están previstos dos burós: un Buró de Organización y el Presidium, que tiene que cumplir las tareas de un buró político. Da igual que el nombre sea Presidium o Buró Político, pero hay que poner más claramente de relieve que los burós son subdivisiones del Ejecutivo. Eso no se pone de relieve en el proyecto con la claridad suficiente. Además, en el proyecto actual las secciones no aparecen claramente subordinadas a los distintos burós, sino colocadas junto a ellos. Hay que expresar más claramente la subdivisión del Ejecutivo en burós y de los burós en las distintas secciones.

Además está previsto un secretario general del Presidium. Pero el secretario general tiene que ser el secretario del Ejecutivo. El Presidium (el Buró Político) debe tener su propio secretario, responsable ante él, igual que el Buró de Organización.

Los demás secretarios, que se reparten la responsabilidad de las distintas secciones, deben ponerse también en una relación clara y organizativamente inequívoca con los demás secretarios. Creo que con pequeñas correcciones del proyecto presentado es fácil lograr que la organización del futuro Comité Central del Partido Comunista Internacional se convierta efectivamente en modelo para la organización de las Centrales de las distintas secciones. Hoy tenemos ya, que yo sepa, en realidad dos partidos que pueden servir de modelo en lo que respecta a la estructura de la Central: son el Partido Comunista de Alemania y el Partido Comunista de Austria, en los que ya se ha aplicado esta clara estructuración. Adoptando esta estructuración a escala internacional, este modelo puede realizarse también en las demás secciones de la Internacional en las que hasta ahora no era así.

Quisiera terminar con una comparación. La Internacional Comunista tenía hasta ahora, como dije al principio, tareas predominantemente demostrativas y agitativas. Tenía que ocuparse en primer lugar de destruir las ilusiones existentes entre los obreros y de desenmascarar a las otras Internacionales. Ha cumplido plenamente esta tarea. Pero ahora pasa a organizarse a sí misma en un grado mucho mayor. Hemos llegado a un cierto remate de nuestro primer trabajo y no sabemos a partir de qué momento podremos continuarlo en igual o mayor medida. En todo caso, nos vemos obligados a formarnos intensamente en lo organizativo. Hasta ahora teníamos una herramienta, un martillo, un martillo pesado y contundente, que muchas veces ha caído con el mayor efecto sobre los adversarios, pero una herramienta que ha sido manejada por varias manos, y no siempre por las más competentes. Será necesario tomar medidas para que eso no pueda repetirse. Ahora pasamos a otra clase de taller, que exige un trabajo de precisión. Ahí ya no nos basta con esta herramienta pesada y contundente, que en muchas intervenciones políticas dentro de nuestra propia Internacional ya era difícil de manejar y que sería todavía más difícil de manejar en las futuras intervenciones organizativas de la dirección central en las distintas secciones; tenemos, por el contrario, que convertirla en una herramienta de precisión, y no solo en una herramienta de precisión, sino, con las tareas acrecentadas, incluso en una máquina de precisión. Tenemos que pasar del trabajo manual al trabajo mecánico, del martillo de mano al martillo de vapor y, mejor aún, a una máquina de martillo eléctrica que pueda golpear con una fuerza mucho mayor a los enemigos de fuera y de dentro, pero que al mismo tiempo sea capaz de realizar el más fino trabajo de cincelado, de carácter político y organizativo, dentro de la Internacional Comunista. Lo que nos propone la comisión ofrece para ello una base medianamente útil, y con algo de retoque, con algo de trabajo fino al final del congreso, puede conseguirse lo que necesitamos para el futuro. Estoy convencido de que el congreso puede llevar a cabo y llevará a cabo este trabajo necesario de transformar la herramienta de mano en una máquina de precisión.

Katayama (Japón): ¡Camaradas! Estamos de acuerdo con la propuesta hecha por el camarada Eberlein. Quisiera hacer comprender aquí a los camaradas la necesidad de unificar el trabajo de la Komintern y de economizar sus fuerzas. Hasta ahora la Komintern se ha ocupado de las cuestiones nacionales más importantes. Es evidente que si, por ejemplo, la revolución se hace realidad en Alemania, la Komintern prestará una atención muy grande a la cuestión alemana; no puede caber ninguna duda al respecto. Pero, camaradas, la importancia de la Komintern es internacional. Hasta ahora hemos perdido demasiado tiempo con cuestiones nacionales y con la propaganda contra la II Internacional y la Internacional Dos y Media. Queremos lograr una centralización del trabajo de la Komintern. Muchos partidos comunistas de Occidente no pueden ver más allá de las fronteras de su país. Voy a poner un ejemplo: el partido mexicano, que es todavía bastante joven. Cuando estuve en México, traté de establecer relaciones más estrechas entre este partido y el Partido Comunista de América. Dirigimos a este partido muchas cartas y le enviamos muchos artículos, pero las cartas nunca tuvieron respuesta y los artículos nunca se imprimieron. La mayoría de nosotros pensábamos que había en juego motivos personales. Pero después de que yo dejara México, un miembro de la Central del Partido Comunista de México se dirigió al partido americano con una propuesta de colaboración; tampoco él recibió respuesta. Eso quiere decir que el partido americano nunca ha mirado más allá de las fronteras de su país. Esa no es ni la idea ni el principio de la Komintern. Por esta razón apoyamos el plan de organización de la Komintern.

Ahora quisiera hablar de mis experiencias en Moscú durante los últimos 10 meses. Si en este congreso se eligen 25 miembros y 10 suplentes para el Ejecutivo, quisiera que se eligiera a camaradas conocidos como buenos comunistas, camaradas que sean realmente miembros ejecutivos de la Komintern, y no solo para su propio país, sino también para todos los demás países. Es necesario que estos camaradas sean buenos comunistas; pero al mismo tiempo deben tener una amplia mirada y un amplio horizonte.

En el pasado el Presidium ha hecho un trabajo grande, importante y bueno. Pero hemos tenido aquí miembros del Ejecutivo de diversos países que a veces no hacían nada en absoluto e incluso a menudo ni siquiera sabían lo que pasaba en la Komintern o lo que hacía el Presidium. Es cierto que algunos asuntos importantes tienen que seguir siendo un secreto incluso para los miembros del Ejecutivo de la Komintern; así tiene que ser. Pero elegid para el Comité Ejecutivo a camaradas dignos de confianza, de modo que puedan aportar algo al trabajo de la Komintern. Si no pueden hacerlo, el Presidium y la Komintern deberían educarlos para ello. Esa es mi idea, esa es mi experiencia. Cuando se elige un Ejecutivo, habría que escoger para él a camaradas en quienes el Presidium pueda depositar su confianza.

Paso ahora a la cuestión del Extremo Oriente. Como ya ha dicho el camarada Eberlein, debemos ser reconocidos como una sección importante de la Komintern, pues en los próximos años el Extremo Oriente se convertirá en el centro del capitalismo y del imperialismo. En Oriente solo tenemos partidos comunistas pequeños y débiles, a los que hay que ayudar a servir al movimiento comunista en todo el mundo. Nosotros, en concreto, deberíamos ser reconocidos como una parte directamente subordinada a la Komintern, pues una parte del Extremo Oriente es hoy una parte de la Rusia soviética, una región donde la Rusia soviética y la Revolución rusa se enfrentan al capital mundial y al imperialismo mundial, de modo que todo choque entre ambos y toda acción agresiva del imperialismo amenazan a la Revolución rusa y al gobierno soviético. Por esta razón aspiramos a una orientación fuerte y bien organizada hacia Oriente, para ayudar a los [ilegible] obreros revolucionarios y partidos comunistas.

Eberlein (Alemania): ¡Camaradas! De la discusión se desprende que no se han hecho propuestas sustanciales de modificación de nuestras tesis. Podemos concluir de ello que, en general, están ustedes de acuerdo con nuestras propuestas.

El camarada Bordiga tiene sin duda razón cuando dice que la formación política de la Internacional y de las secciones es nuestra tarea principal. Es evidente que los errores y deficiencias cometidos en el terreno político no pueden compensarse ni siquiera con la mejor organización si se descuida la línea política, el trabajo político, o se lo lleva por un camino equivocado. Pero mi tarea era precisamente no ocuparme de las tareas políticas del congreso, sino de la organización. Todos los demás puntos del orden del día se ocupan, en número sobrado y principalmente, de las tareas políticas de la Internacional.

¡Una palabra sobre las propuestas hechas en la discusión! El camarada Bordiga probablemente me ha entendido mal cuando cree que a partir de ahora el Congreso Mundial debe celebrarse cada dos años. No, también nuestra propuesta es celebrar el año próximo un Congreso Mundial más y reflexionar hasta entonces sobre si para más adelante sería conveniente organizar los Congresos Mundiales a intervalos mayores. Eso dependerá en buena parte también de cómo den resultado en el curso del próximo año las sesiones ampliadas del Ejecutivo. Las pocas sesiones que ha habido el año pasado han realizado en este sentido un trabajo valioso, de modo que creemos que también en el futuro las sesiones ampliadas podrán despachar una parte sustancial del trabajo de los futuros Congresos Mundiales, lo que podrán hacer tanto mejor cuanto con más frecuencia y regularidad se celebren y cuanto menos tengan que aplazarse durante largo tiempo las grandes e importantes cuestiones políticas hasta su decisión. Creemos que las sesiones ampliadas, como una especie de sustituto del Congreso Mundial, tendrán un efecto muy bueno.

Si he entendido bien al camarada Bordiga, ha dicho sobre la cuestión de las dimisiones que el Ejecutivo debería aceptar las dimisiones y que los miembros dimisionarios deberían ser suspendidos del trabajo del partido durante algún tiempo —1 o 2 años—, es decir, que recibirían por su dimisión una especie de castigo.

¡Camaradas! No somos de esa opinión. En primer lugar, no tenemos en la Internacional una abundancia tan grande de fuerzas políticas capaces como para poder suspenderlas sin más durante largo tiempo. Por otra parte, ya por razones disciplinarias los camaradas tienen que aprender cada vez más a subordinarse en la Internacional Comunista a la voluntad del conjunto, aun cuando en una u otra cuestión su opinión personal no concuerde con el acuerdo tomado.

En todos los casos que se han presentado hasta ahora se ha visto precisamente que los camaradas pueden perfectamente seguir ejerciendo su función si muestran suficiente disciplina y subordinación a la voluntad del conjunto. Naturalmente, pueden darse casos en que las dimisiones sean necesarias y en que las dimisiones deban también aceptarse. En nuestras propuestas tampoco se prohíben de manera general, sino que se exige la aprobación del Ejecutivo para tales dimisiones. Creemos que así se da la posibilidad de tener en cuenta también los deseos justificados de los camaradas, de atenderlos allí donde parezca conveniente por razones políticas o personales.

Así pues, no propondría a la comisión aceptar el deseo del camarada Bordiga.

El camarada Grün declara que el número de candidatos es demasiado pequeño en relación con el número de miembros del Ejecutivo. No deben aparecer en cada sesión nuevos miembros que desaparecen de nuevo al cabo de pocas sesiones y que no favorecen el trabajo, sino que son un obstáculo para el trabajo sistemático y planificado en el Ejecutivo y en el Presidium. Si vienen aquí camaradas de otros países o se llama aquí a camaradas de otros países para negociaciones, deben despachar las tareas concretas que se les han encomendado y volver lo antes posible a su partido, a su trabajo, y no permanecer largo tiempo aquí, en la sede del Ejecutivo.

La otra cuestión que plantea el camarada Grün se basa, al parecer, en un error. Dice que los distintos burós que deben formarse no están subordinados con el suficiente rigor y la suficiente firmeza al Ejecutivo o al Presidium. Eso no se corresponde con la realidad. Tenemos —y lo subrayo—, además del Ejecutivo, el Presidium, que se compone de un número menor de camaradas y es el verdadero buró político de la Internacional.

A este buró político están subordinadas todas las secciones, y son responsables ante él. Más aún, vamos más allá y hemos establecido que todas las secciones más importantes deben estar dirigidas bajo la responsabilidad de miembros del Presidium, de modo que el Buró de Organización, el buró de agitación y propaganda y la sección de Oriente dependen directamente del Presidium, y las demás secciones, la sección de estadística, etc., dependen del Buró de Organización y deben ser dirigidas por él. Creemos que así se consigue precisamente lo que desea el camarada Grün.

Así pues, como he dicho, examinaremos de nuevo en la comisión las pocas propuestas que se han hecho aquí en la discusión, y les pedimos que, cuando hoy o mañana se les presenten las tesis, vuelvan a examinarlas con atención y aprueben luego las propuestas de la comisión de organización.

Radić (Yugoslavia): La delegación yugoslava propone publicar el siguiente llamamiento:

Sigue el «Llamamiento contra el terror blanco en Yugoslavia», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

(Vivos aplausos.)

Presidente: Pasamos entonces a la votación de la moción. Ruego a quienes estén a favor de la moción que levanten la mano. — La moción queda aprobada por unanimidad. Tiene la palabra el camarada Katayama para presentar una moción.

Katayama (Japón): ¡Camaradas! La comisión egipcia se ha reunido varias veces; ha recibido el informe del Partido Socialista de Egipto y ha discutido la cuestión muy a fondo. Reconocemos que Egipto ocupa un lugar importante, por un lado como frontera entre Oriente y Occidente y por otro como eslabón entre Occidente y Oriente. Egipto es la puerta del Extremo Oriente y del Oriente propiamente dicho, y por esta razón el movimiento comunista en Egipto es importante.

Desde hace 40 años el pueblo egipcio es explotado por los imperialistas ingleses y franceses. La guerra mundial ha tenido como consecuencia un cambio en la actitud del pueblo egipcio. Los egipcios se han alzado contra el imperialismo inglés. La pequeña burguesía egipcia y los capitalistas egipcios se contentan con la independencia nominal de Egipto566, pero los comunistas y los obreros revolucionarios no están satisfechos con esta independencia de papel. Quieren una independencia real, y en esto la Komintern debería ayudarles. Nosotros, la comisión egipcia, estamos de acuerdo en que el movimiento comunista en Egipto debe ser apoyado y alentado. En Egipto debería construirse un fuerte movimiento comunista, para tener en sus manos la llave de Oriente y del Extremo Oriente. Si estallara una insurrección en la India, Egipto, gracias a su situación geográfica, sería la llave de la revolución india y podría apoyar esa revolución mediante el bloqueo del canal de Suez. Por esta razón queremos ayudar al movimiento comunista egipcio y reconocer al Partido Socialista egipcio. El Partido Socialista de Egipto es todavía joven y en muchos aspectos todavía inexperto, aunque los camaradas egipcios trabajan para la Komintern y según las directivas de la Komintern. Pero quisiéramos establecer ciertas condiciones para la admisión del partido en la Komintern, y nos hemos puesto de acuerdo en la resolución siguiente:

Sigue la «Resolución sobre el Partido Socialista de Egipto», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Se hace necesario formar una comisión para decidir sobre la cuestión coreana. El Presidium les propone enviar a esta comisión a los siguientes miembros:

Feliks Kon, Katayama, Chen-Tu-Shiu567, Manner568, Próchniak569, Kuusinen, Voitinski570, Zetkin.

Si no se formulan objeciones, entenderé que están ustedes de acuerdo con la formación de esta comisión y con el envío de los miembros mencionados a ella.

No se formulan objeciones.

Tiene la palabra la camarada Sasha para informar sobre los acuerdos de la comisión de la cuestión negra.

Sasha571 (América): ¡Camaradas! Voy a leer ahora la tesis sobre la cuestión negra, que se devolvió para aclararla y ampliarla, y espero que el congreso la apruebe por unanimidad:

Sigue la «Resolución sobre la cuestión negra», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Ahora, camaradas, quisiera añadir todavía algunas palabras sobre la cuestión negra, en concreto sobre el párrafo relativo a los obreros negros y los sindicatos. En la American Federation of Labor572, por ejemplo, los negros son admitidos nominalmente en la mayoría de los sindicatos. Pero, salvo casos aislados, no se hace absolutamente ningún esfuerzo por atraer a los negros a las filas de los sindicatos. En los Estados Unidos tenemos un instrumento de partido con el que podemos ejercer presión sobre la American Federation of Labor para que admita a los obreros de color. Tenemos que organizar una campaña concreta para conseguirlo. Igual que nuestras unidades de partido se esfuerzan por cristalizar a los elementos radicales en los sindicatos, también podemos trabajar, despacio, con claridad y de manera concreta, por la admisión de los negros en los sindicatos. Si llevamos a cabo una campaña así en los países de que se trata, camaradas, y si luego encontráramos que ha sido un fracaso, entonces será nuestro deber agrupar a los negros en sindicatos negros, reunir a los obreros blancos y negros que quieran formar un frente único y llevar a cabo nuestra campaña por la admisión, principalmente en el terreno industrial, donde los obreros negros y blancos trabajan codo con codo, donde hacen huelga y sufren juntos la opresión económica del capitalismo. Entonces podremos esperar crear la unidad, la comprensión y el aglutinante que lleven algún día a estos obreros a la lucha mediante una organización común. El congreso, creo, ha dado naturalmente un gran paso en la dirección correcta al pronunciarse por una conferencia general negra. Pero nuestro trabajo principal es la admisión de los negros empleados en la industria en los sindicatos, donde librarán en pie de igualdad con los obreros blancos la lucha por la misma emancipación.

Camaradas, quisiera pedir a aquellos de vosotros en cuyos países hay obreros negros y de color que elaboréis, sobre la base de la Internacional Comunista, un programa que os proporcione instrucciones para continuar la lucha, y en especial en los sindicatos. Os pido que no permitáis que estas tesis queden en letra muerta, sino que las llevéis a la práctica y hagáis del obrero negro una parte vital de la Internacional Comunista.

Presidente: Ustedes han recibido la resolución traducida y se les ha leído. Pasamos a la votación de esta resolución sobre la cuestión negra. (Aprobada por unanimidad.)

Pasamos al punto siguiente del orden del día. El camarada Varga informará sobre las decisiones de la comisión agraria recién constituida, que ha introducido algunos cambios en la resolución presentada.

Varga (Hungría): ¡Estimados camaradas! Como saben, después del debate agrario se constituyó una nueva comisión de redacción para introducir ciertos cambios en el proyecto presentado. El trabajo de la comisión de redacción lo orientó sobre todo una carta del camarada Lenin. En esa carta, que la mayoría de los camaradas conocen —se repartió en cuatro idiomas—, el camarada Lenin señalaba que había que evitar hasta la menor apariencia de que entre la resolución del II Congreso sobre la cuestión agraria y el actual programa de acción agrario existiera alguna contradicción, real o siquiera aparente, contradicción que daría a nuestros enemigos la posibilidad de reprocharnos que cambiamos de opinión cada dos años. Por eso la comisión de redacción ha cotejado con mucho cuidado las tesis del II Congreso con este programa de acción y ha cambiado los pasajes donde podía darse la posibilidad de un malentendido. Los cambios introducidos ya se han repartido en alemán y en francés. Quiero enumerarlos aquí muy brevemente.

El cambio más importante es el de un subtítulo, que dice así:

«Instrucciones para la aplicación de las tesis agrarias del II Congreso.»

Con este subtítulo queremos indicar que este programa de acción agrario está en la relación más directa con las tesis del II Congreso y no es algo que deba contradecirlas o modificarlas de ningún modo.

Al punto 1 se le ha añadido una frase. Al final de la definición de lo que se entiende por campesino pobre se han añadido las palabras:

«O son explotados de otro modo por la gran propiedad terrateniente o por el capital.»

Pensábamos aquí en las categorías que, aunque no realizan directamente trabajo asalariado, son explotadas mediante la servidumbre por deudas, la aparcería o arriendos en condiciones extraordinariamente duras, y que pertenecen de hecho al semiproletariado rural, pese a la apariencia de una explotación independiente.

Se ha cambiado luego el punto 5, párrafo 2.º, que habla del movimiento en los países coloniales, y ello porque aquí hay dos tipos de estos países. Uno de los tipos lo representa, por ejemplo, Turquía, donde actualmente los campesinos luchan junto con los terratenientes feudales contra el imperialismo extranjero. El otro tipo, el que teníamos en mente al principio, es el tipo de la India, donde los terratenientes feudales luchan junto con los imperialistas contra los campesinos. En Turquía, la lucha de los campesinos contra los terratenientes feudales empezará cuando haya terminado la lucha de liberación nacional, la lucha contra Francia e Inglaterra.

En la India, la lucha contra el imperialismo es a la vez una lucha contra los terratenientes feudales. Hemos dividido este apartado en dos partes para subrayar esta diferencia.

En el punto 6, allí donde decimos que el PC apoya las huelgas de los obreros agrícolas, hemos insertado una frase: «a diferencia de los socialdemócratas, que apuñalan por la espalda al proletariado agrícola en su lucha».

Esto ha ocurrido en muchos países, sobre todo en Alemania, donde la socialdemocracia se pronunció oficialmente contra las huelgas de los obreros agrícolas porque la agricultura sería «una actividad de importancia vital». Queríamos, pues, señalar la diferencia de conducta entre el Partido Comunista y el Partido Socialdemócrata. En el punto 7 solo se ha insertado una frase que por error se había omitido al copiar a máquina la resolución. Dice así:

«Contra la explotación por el capital usurario y de préstamo, que empuja a los campesinos pobres a la servidumbre por deudas.»

En el punto 9, allí donde se dice que una reforma agraria burguesa no puede ofrecer nada a los elementos puramente proletarios, se ha insertado:

«y semiproletarios», porque ciertos elementos semiproletarios que poseen medios de producción insuficientes, si reciben tierra en condiciones burguesas, se hunden inevitablemente en la servidumbre por deudas con los bancos y no pueden mejorar sus condiciones de vida.

En el punto 10, partiendo igualmente del deseo de subrayar con más fuerza la unidad de este programa de acción con las tesis del II Congreso, hemos puesto, en el lugar donde escribíamos «en el sentido de las tesis del II Congreso», una cita bastante extensa de esas mismas tesis. Creo que es superfluo leer esta cita, puesto que el texto está en manos de las delegaciones.

Por último, en el último punto, donde decimos que los partidos agrarios, los grandes campesinos y los grandes terratenientes, procuran exagerar las contraposiciones de intereses aparentes o secundarias entre los obreros agrícolas propiamente dichos y los pequeños campesinos, los campesinos minifundistas, hemos suprimido «o secundarias». Partíamos de que se trata aquí de contraposiciones de intereses realmente del todo secundarias, que podemos considerar tranquilamente inexistentes. Para no dar a nuestros adversarios la posibilidad de señalar que el Partido Comunista reconoce él mismo en su programa de acción que entre los auténticos proletarios agrícolas y los campesinos minifundistas puede haber contraposiciones de intereses, aunque sean secundarias, hemos creído correcto suprimir estas dos palabras.

Creo, pues, camaradas, que de este modo queda por completo y definitivamente despejado todo motivo para los temores que albergaba el camarada Lenin de que pudiera leerse en este programa de acción, o meterse en él por interpretación, alguna contradicción con las tesis del II Congreso.

En cuanto a la diferencia real que existe entre las tesis del II Congreso y el programa de acción, es la indicación, en el programa de acción, de la necesidad de partir de las necesidades efectivas tanto del proletariado agrícola en sentido estricto como de todas las capas trabajadoras del campo. Esta diferencia, como ya dije en mi primer informe, la impone la situación histórica actual, la necesidad de partir también de los intereses diarios de las amplias capas de la población que trabaja en la agricultura, de modo semejante a como lo hacemos con los obreros industriales en el sentido de la táctica del frente único. Esta diferencia es naturalmente necesaria, pero no es una diferencia de fondo, sino una diferencia de la táctica y del método con que nos acercamos a las amplias capas de la población agrícola, modificados por la nueva situación histórica.

Creo, camaradas, que después de estos cambios de redacción el congreso puede aprobar con toda tranquilidad este programa de acción y que los distintos partidos, si dedican a este trabajo fuerzas suficientes, podrán trabajar sobre esta base con gran éxito efectivo. (Aplausos.)

Presidente: La versión definitiva del programa de acción agrario dice así:

Sigue el «Programa de acción agrario», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Pasamos ahora a la votación del programa de acción propuesto sobre la cuestión agraria. Si no se formulan objeciones, someteré a votación la resolución junto con los cambios expuestos por el camarada Varga.

No se formulan objeciones. Votamos, pues (así se hace). Queda aprobada la resolución con los cambios que acaba de exponer el camarada Varga.

Feliks Kon (Polonia): ¡Estimados camaradas! Al comienzo de este congreso aprobamos un llamamiento a los encarcelados del capitalismo. Desde entonces solo ha pasado un mes, y durante este mes hemos recibido noticias de nuevas detenciones en casi todos los países. En América, en Polonia, en Yugoslavia, en Japón, en todas partes han sido arrojados a las cárceles nuestros camaradas y los dirigentes de la clase obrera que quieren luchar y luchan contra el capitalismo. Ya es hora de que fundemos una Cruz Roja política en todos estos países. Por eso la «Asociación de Viejos Bolcheviques Rusos»573 presenta la moción de que la fundación de esta Cruz Roja política parta de aquí, de esta tribuna, y de que se disponga que la Cruz Roja política debe fundarse en todos los países por medio de todos los partidos comunistas.

Camaradas, en este momento tenemos que apoyar a nuestros camaradas presos no solo materialmente, sino también moralmente. Lo que sucede en las cárceles debe publicarse en todos los periódicos comunistas, para que toda la clase obrera sepa cómo lucha el capitalismo contra la clase obrera. En nombre de la «Asociación de Viejos Bolcheviques» propongo la resolución siguiente y pido que se apruebe:

Sigue la «Resolución sobre la “Cruz Roja” de los presos», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

(Aplausos.)

Presidente: Se somete a votación la resolución que acaba de leer el camarada Kon. ¿Hay alguien en contra de aprobar la resolución? Nadie. Queda aprobada la resolución.

Marchlewski (Polonia): Camaradas, el Presidium ha recibido un escrito de algunos camaradas que hasta ahora pertenecían al partido Poale Zion. Los camaradas comunican que las divergencias han llevado allí a luchas encarnizadas y que dichos camaradas han decidido adherirse al Partido Comunista. Quiero adelantar que el Ejecutivo ha negociado en diversas ocasiones con el partido Poale Zion, que en los últimos tiempos se hacía llamar Unión Comunista, para lograr la adhesión de este partido, la Unión Mundial Comunista de los Obreros Judíos, como también se llama, a la Internacional. Todos estos intentos fracasaron a causa de las corrientes nacionalistas que había en esta organización.

Ahora los camaradas nos comunican que se ha celebrado una conferencia en la que se ha consumado la ruptura total. Los camaradas que salen de Poale Zion y quieren adherirse al Partido Comunista se dirigen a la Internacional para que se les facilite el ingreso en los partidos comunistas. Se tratará principalmente de camaradas que todavía actúan entre el proletariado de habla judía en Rusia, en Polonia y tal vez en algunos países de Europa oriental.

Les proponemos que esta cuestión de la liquidación de los asuntos de Poale Zion se remita al Ejecutivo.

Presidente: ¿Hay alguien en contra? Nadie. Queda aceptada la remisión.

Se levanta la sesión a las 3 de la tarde.

Vigesimoctava sesión, viernes 1 de diciembre de 1922

La cuestión francesa.

Oradores: Trotski.

Apertura: 1 de la tarde.

Preside: Kolárov.

Trotski (recibido con aplausos): Tenemos ahora en el orden del día una cuestión sumamente importante y muy difícil: la cuestión de nuestro partido francés.

El Partido Comunista de Francia atraviesa ahora una crisis muy grave. Y esta crisis del partido coincide, cosa curiosa, con la crisis de la burguesía francesa y de su Estado.

Digo «cosa curiosa» porque, por regla general, son precisamente las crisis de los organismos burgueses las que suelen crear una situación favorable al desarrollo de un partido revolucionario. Normalmente, el partido revolucionario saca fuerzas de la crisis de la sociedad burguesa.

La coincidencia de estas dos crisis me lleva a concluir que el partido francés todavía no ha alcanzado, en su organización y en su acción, esa independencia y esa libertad absolutas frente a la sociedad capitalista que necesita para poder aprovechar libre y plenamente la crisis de esta última. Lo veremos más adelante con más detalle y precisión.

Pero ¿en qué consiste esta crisis, cuya existencia nadie niega?

Se señala el estancamiento e incluso el retroceso del reclutamiento. La tirada de nuestros periódicos, de nuestras publicaciones y en especial de L'Humanité disminuye. La vida interna de las organizaciones se paraliza.

Son los síntomas más llamativos y a la vez los más evidentes e innegables.

Pero hay otros. En el partido se ha instalado el sistema de las fracciones. Las luchas de fracciones, las polémicas ásperas, a veces incluso personales, son distintas formas de expresión, indiscutibles, de una profunda crisis en el organismo del partido.

Estos fenómenos externos no tienen una importancia decisiva para el desarrollo de nuestro partido francés.

El retroceso de nuestro reclutamiento no supone un gran peligro si es solo pasajero y si es solo consecuencia del hecho de que nuestro partido atrajo en su primer periodo a elementos que ni por su mentalidad ni por su punto de vista nos pertenecen, y de que aparta a esos elementos para reforzar y estabilizar su unidad, su firmeza comunista. Ni siquiera la disminución de las tiradas de la prensa supone un peligro. Quizá no sea más que un fenómeno pasajero provocado por el cambio de la situación política.

Es un hecho indiscutible que hemos observado en la historia de nuestros distintos partidos que su línea de desarrollo no es del todo recta, que hay una alternancia inevitable de flujo y reflujo, que en tiempos de flujo el partido debe desplegar una acción exterior de gran envergadura para ganarse a las masas, mientras que en tiempos de reflujo debe concentrarse en sí mismo, replegarse sobre sí mismo para desarrollar su organización, precisar sus ideas y prepararse para las luchas inevitables.

Mucho más significativos son el fraccionalismo y la lucha de fracciones.

¿De dónde vienen las fracciones? ¿Quién tiene la responsabilidad de este sistema?

A esto se puede dar una respuesta más bien descriptiva, una respuesta que se encuentra con bastante frecuencia en la prensa de nuestro partido francés. Citaré a un camarada que ustedes conocen bien, el camarada Frossard, que escribió en L'Humanité del 16 de julio un artículo titulado «¡Así que esto no acabará nunca!». Tomo de él las frases siguientes: «¡Es como si viniéramos de Bizancio! ¡Somos unos auténticos sofistas! ¡Somos unos pobres criticones! ¡Cómo tenemos que compadecer a los verdaderos héroes que nos leen!»

Es un cuadro muy sombrío. Pero en estas frases solo encontramos una descripción exterior de la situación del partido. ¿Por qué somos así, como si viniéramos de Bizancio? ¿Por qué somos unos pobres criticones y sofistas? ¿Qué hay en el fondo de esta afirmación? Es una pregunta que exige ineludiblemente una respuesta. A veces se plantea también la pregunta de qué lado vienen las polémicas, las polémicas generales y las polémicas personales.

Los camaradas que pertenecen a la misma tendencia que nuestro camarada Frossard señalan a menudo a la izquierda como el motor de estas polémicas y, a la vez, como el motor del sistema de fracciones. Pero este sistema de fracciones lo denuncian muy a menudo camaradas que pertenecen ellos mismos a las fracciones y que consideran este sistema completamente artificial, un sistema que no descansa en ideas en ningún sentido y que no corresponde ni a las capacidades políticas ni a los objetivos políticos. Me permito citar un artículo de Daniel Renoult que apareció en septiembre en L'Humanité: «Como decía mi amigo Duret —al que, por cierto, nunca se le dio respuesta en esta cuestión—, un agrupamiento serio e importante en el partido solo puede lograrse en la acción y por la acción.»

Se ve, pues, que por un lado las fracciones se combaten con saña y que, por otro, los representantes de ambas fracciones declaran que estos grupos se han formado de manera meramente artificial y que un agrupamiento correcto en el partido podría lograrse por la acción, es decir, por la acción futura. No creo que este análisis sea correcto.

Ante todo habría que preguntarse cómo es que camaradas que niegan la forma ideológica y política de estas fracciones pertenecen a una de las tres fracciones más importantes del partido.

Luego hay que preguntarse también si es sólido el argumento de que hay que esperar de la acción que nos agrupe en un marco correcto.

Si se hubiera tratado solo de la acción revolucionaria, es decir, de la lucha, de la conquista del poder por la clase obrera, habríamos hecho mal en separarnos de los disidentes, porque estos afirman que la escisión la dictó una voluntad exterior y no las necesidades internas del partido.

Pero toda la vida del partido debe dar una serie de acciones que formen una cadena, y esta cadena debe conducir a la acción más grande, la conquista del poder por el proletariado.

Si ahora se dice que los grupos que se han formado no son definitivos, estamos de acuerdo, y creo que nunca negaremos lo acertado de semejante afirmación. Creo que siempre habrá un agrupamiento por tendencias y que, en el momento de la acción revolucionaria decisiva, la inmensa mayoría de los miembros de todas las fracciones coincidirá sobre la misma base. Eso es cierto. Pero la afirmación de que las tendencias que hoy existen y se combaten entre sí no representan más que una división artificial es en verdad inexacta respecto del partido francés, que está formado por entero de tendencias y que fuera de las tendencias no existe en absoluto; tiene que haber una razón de peso para su existencia y sus luchas.

El agrupamiento, se dice, solo puede darlo la acción. Pero precisamente por la acción intentó la Internacional durante año y medio provocar un reagrupamiento en el partido francés, y en interés de esta acción la Internacional propuso dos caminos que llevan ambos al mismo fin: la acción en los sindicatos, así como la acción por medio de los sindicatos, y la acción por medio del frente único.

Pero para poder llevar a cabo una acción hay que tener de ella una idea más o menos precisa y contar con el acuerdo de la mayoría del partido. Cuando se propuso el reagrupamiento del partido por la acción, a esa acción se le opusieron siempre obstáculos inmediatos. No se quería permitir la acción metódica y organizada en las organizaciones más importantes y más grandes de Francia —aunque muy mermadas—, ni la acción por medio de la consigna del frente único.

Es ya una verdad trivial que en un país donde ni siquiera se tiene la confianza de la aplastante mayoría de la clase obrera, donde el proletariado está dividido sindical y políticamente en distintas fracciones, donde los miembros de estas fracciones, tanto en los sindicatos como en el partido, solo representan una parte ínfima de la clase obrera, solo se puede desplegar una acción con ayuda de la consigna del frente único, solo en la forma de una acción común. Si se rechaza esta posibilidad de acción, que no es un invento artificioso sino una necesidad de la acción misma, se rechaza con ello la acción misma. Y si luego uno se queja de los agrupamientos, no hace más que acumular contradicciones inadmisibles.

Saben ustedes, camaradas, que en el curso de este último año ha habido entre la Internacional y el partido francés —es decir, la mayoría, representada en esta cuestión por dos corrientes, la corriente del centro y la corriente Renoult— una lucha constante, tengo que emplear esta expresión.

Se quería hacer comprender a nuestro partido francés la necesidad del frente único. Ayer, en la comisión que ustedes han nombrado para resolver la cuestión francesa, el camarada Zinóviev recordó el argumento del que ahora se ha servido en Francia, en esta importante cuestión, contra la Internacional, a saber: que había sido la Internacional la que había impuesto al partido francés, bajo la forma del frente único, la vuelta a la política de unión sagrada y al millerandismo574. Hasta ese punto llegaron los malentendidos sobre una cuestión que constituía a la vez un medio poderoso para desplegar una acción en el partido francés.

Hoy la prensa burguesa francesa se apodera de este argumento, y es la expiación de los errores cometidos en esta polémica. Es un castigo para ellos tener que ver cómo el enemigo se apodera de la fórmula falsa, cómo la precisa y la lanza al mercado político. En Le Temps puede leerse lo siguiente:

«No está dicho que esta obediencia humillante baste para aplacar la ira de Moscú, porque no es nada fácil seguir el espíritu y la letra de la política de la Internacional, que es infinitamente variable según los intereses del momento del gobierno soviético y según las circunstancias que los dirigentes de este gobierno tienen que tener en cuenta para ocultar en lo posible el fiasco del comunismo puro.»

No son ellos quienes han inventado esta fórmula. La han tomado prestada de un representante de una de las corrientes de nuestro partido, la han precisado y la han dirigido contra todo nuestro partido.

Hace solo unos días, Frossard, que también combatió el frente único, se dirigió a los reformistas para proponerles una acción en el sentido de los principios del frente único.

En la respuesta de los disidentes está toda la terminología que conocemos muy bien, que ya hemos leído en la prensa de nuestro partido y de la que ahora se sirven nuestros enemigos.

Pero lo peor es que se esperó más de un año y se permitió que los disidentes se apoderaran de la idea del frente único; ahora, ante el proletariado francés, no aparece nuestro partido francés como autor de esta fórmula, sino que son los disidentes los que ya entran en competencia con nosotros en este terreno. Basta leer en Le Populaire los artículos sobre el restablecimiento de la unidad sindical.

El sistema de fracciones no se ha creado, pues, de manera artificial ni ocasionalmente bajo la influencia de una voluntad exterior; descansa en corrientes que son producto de la acción o de la falta de acción, que tampoco es en el partido francés un fenómeno casual.

A la pregunta de a quién corresponde la responsabilidad de esta política, respondo que no es la izquierda, sino, por desgracia, quizá la propia Internacional la que tiene la responsabilidad. No se podía llevar a cabo la acción porque no se querían aceptar las premisas de esa acción. Se trata de eliminar con la polémica los obstáculos ideológicos de la acción. Por eso la propia Internacional ha tomado la iniciativa de esta polémica.

Para poder justificar las directrices que hemos seguido respecto del partido francés en estos dos años, he hecho buscar un discurso que pronuncié en junio de 1921 sobre la cuestión francesa en la sesión del Ejecutivo Ampliado; es decir, hace ya año y medio.

Tengo que confesar que me ha llamado la atención que no avancemos ni un paso.

Solo quiero recordar algunos pasajes esenciales de aquel discurso:

«No se advierte qué abismo deben abrir nuestra prensa y nuestros discursos entre el Partido Comunista y toda la sociedad burguesa. No se advierte. Ahora los obreros tienen que venir a deciros: Pero ¿qué hacéis ahí? ¿Por qué no habláis un lenguaje comunista? Entre vosotros reina una vaguedad apenas más clara que la oscuridad de los longuetistas575, y en el fondo idéntica a ella.» Y añado: aquí hay que conocer y valorar correctamente otro hecho, a saber, que la actitud del partido hacia los sindicalistas es completamente errónea.

Y luego: «Por eso tenemos que decirle al Partido Comunista de Francia, amistosa pero enérgicamente: No os pedimos que emprendáis acciones revolucionarias sin ser conscientes de si la situación es favorable o no. Solo os pedimos que, no solo formalmente, sino en vuestros actos, en vuestras ideas, en vuestros sentimientos, en toda vuestra conducta, rompáis para siempre con vuestra conducta anterior, con vuestras relaciones anteriores, con vuestra relación anterior con la sociedad capitalista y sus instituciones.»

¿No suenan estas palabras como si se hubieran dicho estos días, en tiempos de la discusión sobre la masonería?

Y más adelante: «Solo os pedimos que vuestra voluntad revolucionaria se exprese en vuestra prensa, en el parlamento, en los sindicatos, en todas partes, y que encuentre finalmente su expresión más alta en las barricadas de París…»

Así expusimos la cuestión al Comité Ejecutivo. Mi voz no era más que una voz del Ejecutivo, que en esta cuestión era completamente unánime; hace de ello año y medio. Hemos luchado contra el espíritu del conservadurismo —que representaba el pasado— en interés del espíritu revolucionario, que era el espíritu del futuro. No puedo decir que nuestros esfuerzos hayan quedado del todo sin fruto. Algo ha cambiado en el partido. La crisis actual, que sin duda es muy desagradable, ha asestado al conservadurismo del partido un golpe mortal.

Naturalmente, si el partido no reúne la fuerza necesaria para superar esta crisis, puede provocar un retroceso en todo el desarrollo revolucionario del proletariado francés. Pero no hay motivo alguno para juzgar con pesimismo las posibilidades que se abren al partido francés. Lo repito: el contenido de la crisis es, por un lado, el resultado de la polémica y, por otro, de la lucha que la Internacional ha librado contra el conservadurismo, y la agudeza de esta crisis, todo su carácter, viene de que el conservadurismo ha seguido siendo muy fuerte, incluso demasiado fuerte.

Después de Tours576 hemos traído costumbres y hábitos que no quieren ceder ante los de la acción comunista. A eso se debe el surgimiento del espíritu de fracción, que no significa otra cosa que la lucha del futuro contra el pasado, o la tendencia intermedia que busca orientarse.

Se ha señalado a menudo que muchos factores del propio partido impiden un desarrollo más rápido de este partido; se ha señalado la tradición francesa y el individualismo del obrero francés. Ahora bien, un partido que quiere llegar a ser un partido de combate no puede colocarse simplemente en el punto de vista de un historiador que se sitúa más allá del bien y del mal del partido y se limita a señalar las causas que impiden su desarrollo.

Quiero tomar prestado a nuestro camarada Vaillant-Couturier un argumento excelente. Decía: Afirmáis que tenéis que véroslas con obreros totalmente impregnados del espíritu individualista y que este espíritu individualista impide organizar un partido revolucionario. Pero ¿se detuvo la sociedad capitalista en la guerra ante el individualismo francés? ¿Fue este individualismo un obstáculo para los socialpatriotas? En absoluto. Al contrario, con ayuda de la policía y del ejército en activo, pero sobre todo con ayuda de la opinión pública, ejercieron una presión creciente sobre el supuesto individualismo del obrero francés y lo llevaron a las trincheras, donde permaneció cuatro años y medio.

Se supo cómo vencer este individualismo mientras se trató de los intereses burgueses. ¿Puede parecernos de verdad invencible este individualismo en cuanto se trata de vencerlo en interés del propio proletariado?

Debemos, pues, rechazar este argumento. Es cierto que en todo obrero hay un lado individualista muy desarrollado. Hay que atribuir sobre todo a la historia francesa que este individualismo esté quizá más desarrollado en el obrero francés que en los demás obreros.

Pero tiene también un lado generoso. Tenemos que saber apelar a esta generosidad abriéndole las perspectivas de una acción a la que pueda consagrar toda su entrega, todo su desinterés, y verán ustedes que sabrá sacrificar no solo sus intereses materiales, sino también su vida, en cuanto la lucha lo exija.

Pero para eso hay que ser capaz. Cuando oigo a un comunista decir: «¡Todo es inútil, los obreros tienen una mentalidad tan individualista!», tengo que decir que esta declaración solo sirve para suscitar desconfianza hacia el partido o hacia cierta tendencia y para demostrar su impotencia.

La cuestión sindical

En el curso de este congreso hemos hablado mucho de la cuestión sindical y, con la corriente del centro y la corriente Renoult, hemos tropezado con los mismos obstáculos que se reflejan en las actas del Congreso de París.

Quiero citarles algunas frases de nuestro camarada Jacob, que forma parte de la delegación sindical. Su discurso en el Congreso de París es sumamente característico e importante y —lo digo amistosamente— completamente erróneo, casi peligrosamente erróneo.

El camarada Jacob es miembro del partido y a la vez un miembro capacitado de la organización sindical. Define el papel que el partido debe desempeñar en el movimiento obrero de la manera siguiente:

«El partido no debe estorbar la acción de los sindicatos; pero ciertos pasajes de la resolución del Comité Central no pueden sino entorpecer esta acción. Manuilski está mal informado sobre la huelga de Le Havre577; Frossard y Lopez dijeron que el Partido Comunista no había cumplido con su deber en la huelga. Nosotros, en cambio, pensamos que el partido no tenía nada que ver con ello…»

Una concepción sumamente peligrosa. Quizá podría decirse que no es más que un arrebato de temperamento. ¡Es posible! Pero semejante desliz es, aun así, sumamente característico de toda la mentalidad del partido. Son miembros del partido —no los sindicalistas de disposición amistosa, como por ejemplo Monmousseau o Monatte—, son miembros del partido los que le dicen al partido: «No tienes nada que hacer en un acontecimiento como la huelga de Le Havre.»

Saben ustedes que en la huelga de Le Havre intervinieron el alcalde de Le Havre, Mayer578, un radical burgués, y el diputado Siegfried579, fallecido desde entonces; además intervinieron los fusiles del señor Poincaré: eso es precisamente política. Solo un partido no intervino como tal en esta huelga. Desde luego, este partido hizo mucho por los huelguistas: con suscripciones diarias reunió sumas de dinero considerables, se escribieron numerosos artículos; pero como organización que puede dar consejos, que puede presentarse sin contrarrestar la acción de los sindicatos, que puede mostrar a los obreros su rostro político y decirles: «Estamos aquí para ayudaros, ¿qué nos pedís?, ¡estamos dispuestos a hacerlo!», en ese sentido el partido como tal no hizo nada por la huelga de Le Havre. Hubo sindicalistas locales que declararon (lo he sabido por camaradas aquí presentes): «No nos comprometáis ante el gobierno, que dirá que hacéis una huelga comunista, quizá incluso por orden de Moscú.» Ante eso el partido se escabulló.

Comprendo muy bien que puede haber circunstancias en las que el partido, durante la huelga, puede hacer concesiones incluso a la concepción más atrasada de la masa o de sus representantes locales. Pero entonces habría que haber escrito en L'Humanité: «Hemos ofrecido nuestros servicios a los dirigentes de la huelga de Le Havre; nos han contestado: estamos en contacto con Mayer, con Siegfried: ¡no nos comprometáis! Pero nosotros les decimos: ¡Cuidado, es una trampa! Tenéis que véroslas con políticos burgueses de profesión, que os traicionarán y os venderán. Solo hay un partido que marchará con vosotros en el momento de la gran lucha: ¡el Partido Comunista!» Si hubierais pronunciado estas palabras desde el primer día de la huelga de Le Havre o durante el desarrollo de la huelga, antes de los trágicos sucesos del 28 de agosto y antes de la matanza, vuestra autoridad sería mucho mayor, porque se sabría que habíais previsto el curso de los acontecimientos.

Pero no. Nos plegamos. El camarada Frossard dijo: «El partido no podía emprender nada en este terreno.» Y un comunista que trabaja en los sindicatos declara: «El partido no tiene nada que hacer ahí.»

Es una situación muy triste y muy peligrosa, porque de ahí solo hay un paso hasta nuestro camarada Ernest Lafont580, que en su discurso en el Congreso de París se apoyó en el «lagardellismo». Ya saben ustedes lo que es ese «lagardellismo»: no es sindicalismo, es una mezcolanza de distintos desechos ideológicos del sindicalismo, revuelta con politiquería. Y Ernest Lafont declara: los sindicatos son una cosa de segundo orden y yo estoy hecho para esa cosa secundaria.

Lagardelle581 era un gran filósofo. Ahora es un empleado de organizaciones capitalistas. Se prosigue en el partido la acción completamente oportunista, reformista y no revolucionaria apoyándose en la filosofía según la cual la revolución debe hacerse fuera del partido. Y Ernest Lafont encuentra una fórmula muy feliz cuando dice: ¿Qué tenemos que ver los abogados con los asuntos de los sindicatos?

Y el camarada Jacob, que no es ni abogado ni lagardellista, sino un buen comunista y un buen obrero sindicalista, dice: «Sí, el partido no tiene nada que hacer ahí.»

Esta coincidencia es extraordinariamente peligrosa.

La encuentro también un poco en la declaración que han firmado Monatte —mi amigo— y los camaradas Louzon, Chambelland y otros.

Se puede comprender que Monatte —que no pertenece al partido— diga: «Somos sindicalistas revolucionarios, es decir, atribuimos al sindicato el papel principal en la lucha revolucionaria por la emancipación del proletariado.»

Una declaración así apareció hace poco, justo después del Congreso de París, en el periódico La Lutte de classes, dirigido por el camarada Rosmer, con una nota de la redacción. Comprendo semejantes afirmaciones de Monatte, que permanece fuera del partido, pero no comprendo ni a Louzon, ni a Chambelland, ni a Clavel, ni a Orliange, que pertenecen al partido y son a la vez miembros de la comisión ejecutiva de la CGTU.

¿Qué quiere decir «atribuimos al sindicato el papel principal en la lucha revolucionaria por la emancipación…»? ¿A qué sindicato? En Francia conocemos distintos sindicatos. ¿Se trata del sindicato de los jouhauxistas582? Claro que no. ¿O del sindicato de nuestro camarada Monmousseau? Quizá. Pero ustedes quieren lograr una unificación, una fusión de los dos sindicatos. Hoy tenemos a Monmousseau como secretario general de la CGTU, pero ayer teníamos una comisión administrativa de esta CGTU que estaba en manos de los autores del Pacto583: los Besnard, los Verdier, etc.

¿Puede el proletariado marchar bajo su dirección hacia la revolución y hacer la revolución? ¿Creen ustedes en serio que el papel de guía de la clase obrera corresponde al sindicato? ¿Creen de verdad que el sindicato dirigido por los reformistas, por los confusionistas y por esos comunistas que no quieren someterse a la disciplina y a la teoría de su partido es la primera organización obrera del mundo, o lo es un sindicato impregnado de las ideas comunistas, tal como nosotros lo defendemos? Ustedes se sirven de una fórmula del sindicalismo, al que han despojado de su contenido revolucionario e ideológico, y declaran: ¡el sindicato es la primera cosa del mundo!

Naturalmente, si se tratara de un sindicato que estuviera bajo la dirección de los elementos mejores, mejor organizados y más conscientes de la clase obrera, animados por el espíritu de aquella teoría, que defendieran los intereses de la lucha revolucionaria, sería un sindicato excelente. Pero no existe tal sindicato, y menos en Francia. Hay que crearlo primero. ¿Con qué medios? Con la colaboración de los camaradas que no pertenecen al partido con los que le pertenecen. Hay que organizar a la élite de la clase obrera, inculcarle las ideas comunistas y hacer que estas penetren en el espíritu de todas las organizaciones obreras. Ustedes dejan entrar en los sindicatos a obreros que están fuera del partido, que no son revolucionarios, que abrigan los prejuicios más atrasados: por ejemplo, los obreros católicos. Están obligados a hacerlo, porque si en los sindicatos solo hubiera comunistas y aquellos sindicalistas que por algunos prejuicios todavía no pertenecen al partido, si en los sindicatos solo hubiera estos elementos, no tendrían ningún valor, porque no serían más que una repetición del partido.

Pero eso sería todavía peor, porque el partido es más homogéneo, o al menos debería ser más homogéneo, que los sindicatos, en los que hay comunistas que no se someten a la disciplina de su partido y sindicalistas que no pertenecen a ningún partido y tienen miedo del partido, al mismo tiempo que sienten la necesidad de analizar sus ideas, sus métodos, y no tienen ningún partido político en el que poder hacerlo.

Si los sindicatos solo estuvieran formados así, serían una edición empeorada del partido político.

La importancia del sindicato consiste en que su mayoría está o debe estar formada por elementos que todavía no están sometidos a la influencia de un partido; pero es evidente que en los sindicatos hay distintas capas: capas plenamente conscientes y capas que tienen cierta consciencia de clase, pero que abrigan también un resto de prejuicios, y aquellas capas que todavía tratan de formarse una consciencia revolucionaria.

Pero ¿quién debe asumir ahí la dirección?

No debemos olvidar el papel del Pacto. Debe estar presente como ejemplo ante cada obrero francés, incluso ante el más atrasado, ante el más sencillo. Hay que hacerles comprender el hecho de que, a consecuencia de la debilidad del partido en el terreno sindical, algunos elementos anarquizantes o anarquistas han concluido un «pacto» secreto para asumir la dirección del movimiento. Los sindicatos producen una élite que siente la necesidad de ideas rectoras; esas ideas no son de naturaleza espontánea, no caen del cielo; en esas ideas tiene que haber una continuidad, tienen que ser confirmadas por la experiencia, analizadas y criticadas, y ese trabajo debe realizarlo el partido.

La gran objeción que hoy se nos opone es nuestra exigencia de subordinar los sindicatos al partido.

Pues sí, queremos subordinar la consciencia de la clase obrera a las ideas revolucionarias. Esa es nuestra aspiración. Sería estúpido afirmar que podemos trabajar con ayuda de una presión venida de fuera que no descanse en la libre voluntad de los propios obreros, o que el partido dispone de medios de presión que puede emplear frente a los sindicatos, que son o al menos deben ser numéricamente más fuertes que él. La reacción ha afirmado una y otra vez en todos los países que el partido y los sindicatos tratan de someter a la clase obrera a su propia voluntad.

Examinemos la prensa más reaccionaria y más pérfida de Francia, de Alemania, de todas partes, también de América. En todas partes encontramos las mismas afirmaciones. Según ellas, las organizaciones obreras, contra la voluntad de la clase obrera, se apoderan de sus acciones, que resultan necesarias y que por obra de sus maniobras conducen a someter a la clase obrera a las organizaciones.

¿Y qué responden ellos a eso? Declaran: no, ofrecemos nuestros servicios a la clase obrera, nos ganamos la confianza de la clase obrera. La parte avanzada de la clase obrera entra en los sindicatos; la gran masa apoya a los sindicatos en la lucha y poco a poco entra en los sindicatos.

¿No ocurre lo mismo con el partido? Queremos ganarnos la confianza de los obreros organizados en los sindicatos. ¿No es nuestro derecho, no es nuestro deber, en toda acción, pero sobre todo en las acciones difíciles, presentarnos ante los obreros como los portadores más valientes de la acción, para estimularlos, para darles ánimo, para ocupar los puestos más duros, los ligados a los mayores peligros, para demostrar que los comunistas son siempre y en todas partes los elementos más fieles de la lucha revolucionaria?

¿No es ese nuestro deber y nuestro derecho?

Lean ustedes sobre este asunto el artículo del camarada Soutif en el último o el penúltimo número del Bulletin Communiste, es decir, posterior al Congreso de París. En Francia hay una manera particular de criticar a la Internacional: uno se pliega a la Internacional y al mismo tiempo asesta un buen golpe a la izquierda, sobre todo en aquellas cuestiones en las que la izquierda defiende con la mayor fidelidad las ideas de la Internacional. Soutif dice: «Esta resolución —se trataba de la resolución de Rosmer, que a mí me parece excelente—, esta resolución proclama que el Partido Comunista “se cree el más capacitado para expresar las aspiraciones de la clase obrera y asegurar su emancipación”. La mayoría del Comité Central rechazó, naturalmente, esta moción.»

El Comité Central de un partido que afirma ser el que mejor sirve a la clase obrera tendría que rechazar «naturalmente» semejante declaración. Y eso lo escribe en un órgano de nuestro partido un miembro del Comité Central que reprocha a la izquierda haberse atrevido a afirmar que nuestro partido es capaz de servir mejor que nadie a la clase obrera.

No se puede comprender todo esto. Si nos dejamos poner en evidencia así en nuestros órganos, por los miembros de nuestro Comité Central, ¿podemos ganarnos la confianza de la clase obrera? ¿Se puede tolerar esto durante semanas? Un partido vivo que quiera ganarse la confianza de la clase obrera tendría que enseñar inmediatamente al autor de este artículo el abecé del comunismo.

No es el primer artículo de este tipo. Es uno de toda la larga serie de artículos que hemos denunciado en nuestras cartas, en nuestras conversaciones, en nuestros telegramas.

Las consecuencias las vemos en la huelga de Le Havre y en especial en la gran huelga general de protesta hacia el final de la huelga de Le Havre, después de la matanza del 28 de agosto.

Ustedes conocen todos estos sucesos. La huelga de Le Havre duró 110 días. Terminó con una matanza. Cuatro obreros fueron asesinados, varios heridos. Quiero mostrarles ahora algunos documentos que pertenecen a la historia del movimiento obrero francés; son recortes de L'Humanité. Aquí está el llamamiento de la CGTU y de la Unión de Sindicatos del Sena. Este llamamiento apareció en L'Humanité el lunes. Se comunica a la clase obrera el asesinato de Le Havre y a continuación sigue un añadido: «El martes, es decir, al día siguiente, huelga general de 24 horas.» Y se añade: «Entretanto, el sindicato de la construcción decide la huelga general para hoy.» ¡Es decir, ya para el lunes!

El partido, como declaró nuestro camarada Jacob, no tenía nada que ver con la huelga de Le Havre. Habría sido una cuestión económica. Se mató «económicamente» a cuatro obreros y se hirió a varios obreros en una cuestión puramente sindical. Y entonces se ocupan de este asunto las organizaciones económicas: primero el sindicato de la construcción, «entretanto», es decir, sin esperar, saboteando la acción. Se lanza a una huelga que proclama huelga general.

¿Y qué hace la CGTU? Se pliega al sindicato de la construcción. ¿Por qué? Porque no puede dejarles su puesto a los anarquistas, que afirmarían ser mejores revolucionarios que los demás y que dirían: nosotros proclamamos la huelga general y los sindicalistas, los semicomunistas de la CGTU, sabotearon nuestra gran acción, que no era ninguna acción, sino en aquel momento una mera consigna lanzada.

Uno se pliega al gran error, ¿y qué hace entonces el partido? Se pliega a la CGTU. ¡Qué cadena de errores! ¿Quién empieza? Unos cuantos jóvenes anarquistas, que quizá no son tan culpables. Fueron a la sede central de su organización y declararon: «Hay que hacer algo», y encontraron allí a un camarada que les contestó: «Pues claro, hay que hacer algo. Proclamaremos la huelga general.»

Y la CGTU se pliega. El partido, que no supo qué hacer con la huelga de Le Havre, que en este enfrentamiento entre los obreros de Le Havre y la gran sociedad burguesa siguió siendo un organismo completamente superfluo, ¿ese partido? Se pliega a la CGTU. ¡Qué cadena de errores!

¿Y el resultado? ¡Un hundimiento! Un fiasco completo. ¿Por qué? Porque estaba así predeterminado, porque estaba así predestinado. Y los recortes de periódico que les muestro aquí debían movilizar a la clase obrera de Francia del lunes al martes para la huelga general. ¿Es eso posible?

Incluso en un país como este, en Rusia, donde tenemos en nuestras manos la red telegráfica, la telegrafía sin hilos, donde el partido es fuerte, donde los sindicatos trabajan en pleno acuerdo con el partido, donde a nuestro partido, a nuestros sindicatos no se les opone ningún otro partido, ningún otro sindicato, eso es imposible. Así, por ejemplo, antes de la manifestación en honor del IV Congreso Mundial hubo que explicar primero a los obreros qué es en realidad el IV Congreso Mundial. Entre los soldados que el 7 de noviembre desfilaron ante ustedes con cierto entusiasmo, que quizá les notaron, los había así. ¿De dónde viene ese entusiasmo? Entre ellos había jóvenes campesinos que no conocen muy bien la geografía y que no saben lo que pasa en Francia, lo que pasa fuera de Rusia. Hubo que explicarles la importancia del IV Congreso Mundial. ¿Y qué se les pedía al fin y al cabo? Que simplemente desfilaran ante los delegados extranjeros y les dieran su saludo fraternal.

Pero ustedes, que exigían a la clase obrera francesa una huelga general, ustedes tendrían que haber explicado a esa clase obrera lo que pasaba en Le Havre y no haberse contentado con la simple fórmula de «gobierno de asesinos».

En Francia se fabrican estas fórmulas mucho mejor que en cualquier otro país. Se sabe hacerlo. Habría sido necesario explicar a cada obrero y a cada obrera, a los obreros agrícolas, a los campesinos y a las campesinas, lo que había sucedido en Le Havre: en Le Havre han matado a cuatro obreros después de haber matado a millón y medio de ellos en la guerra. Se exponen, si es posible, las fotografías de los muertos; se muestran las fotografías de las hijas y los hijos de estos obreros muertos. Tienen que enviar inmediatamente allí a corresponsales que conozcan estas cuestiones y la vida de los obreros, camaradas capaces de ir a las familias de los obreros muertos, de tomar parte en su tormento y de contar toda la espantosa historia de la clase obrera.

Habría sido necesario movilizar en el acto, en París y en todo el país, a mil de los mejores comunistas y sindicalistas revolucionarios, y precisamente de la mano de la CGTU, y enviarlos a todas partes, no solo a todos los rincones de París, sino también a todo el país, a las ciudades y al campo, para que hicieran allí una propaganda intensa. Al mismo tiempo habría que haber impreso octavillas y llamamientos en dos, tres o cuatro millones de ejemplares para informar a la clase obrera de los sucesos, y decir en ellos: no podemos dejar pasar este crimen sin protesta.

¿Hay que entrar para ello inmediatamente en una huelga general de 24 horas? No. Hay que poner en movimiento a toda la clase obrera con una propaganda intensa que consista exclusivamente en explicar los sucesos. Hay que explicarle y contarle brevemente todo a la clase obrera: esa es la primera condición.

¿Por qué no se hizo? Se tenía miedo de que el sentimiento de indignación de la clase obrera no durase tres, cuatro o cinco días. Esta desconfianza absoluta es la desconfianza burocrática de nuestro sindicalismo revolucionario y de nuestro comunismo hacia la clase obrera. (Aplausos.)

Habría habido que contar y explicar los hechos a la clase obrera. Pero nuestros camaradas del Paso de Calais bajaron a las minas y solo después se enteraron de que tenían que hacer huelga. Naturalmente, la acción estaba paralizada y comprometida de antemano. Me pregunto si alguien que hubiera querido comprometerla adrede habría podido actuar de otro modo.

Y luego se salvó —no para siempre, naturalmente— a los disidentes, a los reformistas, a los jouhauxistas. ¿Por qué? Muy sencillo, camaradas. Al matar a cuatro obreros en Francia, ¿no puso la burguesía a sus amigos, los disidentes y los reformistas, en una situación sumamente difícil? Con las reformas, con las ideas del Bloque Nacional584, con la participación de Jouhaux en las reuniones burguesas para mejorar la suerte de los obreros, todavía se puede engañar a los trabajadores. Por eso la matanza de Le Havre fue un golpe casi mortal para nuestros adversarios.

¿Qué habría habido que hacer? Habría habido que emplear en cada número de L'Humanité, durante una o dos semanas, todos los medios de propaganda posibles, todos los medios de agitación adecuados, y preguntar a la CGT reformista y a los disidentes: «¿Qué proponéis ahora? No se trata de la dictadura del proletariado, no es eso lo que os proponemos ahora, aunque somos sus partidarios más fieles. Pero ¿qué proponéis contra la burguesía que acaba de matar a cuatro obreros? ¿Qué proponéis contra el gobierno, contra Poincaré?»

Es una pregunta que habría habido que repetir día tras día y hacer repetir durante una o dos semanas por los propagandistas, por los agitadores del partido y de los sindicatos, en todas las esquinas, en todos los rincones del país, en cada pueblo donde haya aunque sea un obrero y una obrera. Eso habría sido de verdad una gran etapa del movimiento obrero. En vez de eso, se echó a perder la situación. Se lanzó ese llamamiento insensato a la huelga inmediata. No se anuncia así el lunes una huelga general para el martes, porque eso sirve naturalmente a los disidentes y a los reformistas de pretexto para retirarse y decir: no participaremos en una empresa tan arriesgada.

Y como la huelga general estaba comprometida de antemano, decidieron pagar el salario a las víctimas. No cumplieron esta decisión. Pero su crimen, que consistía en su pasividad, cayó en el olvido en todas partes, porque en el centro de toda la atención de los obreros estaba la huelga general, peligrosamente comprometida.

Y después escribe Le Temps: «El fracaso de la huelga general es un síntoma alentador para el futuro.»

Le Temps tiene razón. Y L'Humanité declara: la burguesía quiere aprovechar esta pasividad inaudita de la clase obrera. Fue un fracaso espantoso; sin embargo, después se declaró que había sido un gran éxito. Pero como esta postura era insostenible, se declaró más tarde: la burguesía quiere aprovechar esta pasividad inaudita de la clase obrera. Se descarga siempre la responsabilidad sobre los hombros de la clase obrera. Se puso de manifiesto una debilidad de la CGTU y de la clase obrera, y se le echa la culpa del fracaso a la clase obrera, un procedimiento que la clase obrera no debe seguir tolerando. Tendrá que exigir a sus dirigentes que analicen sus errores, para que aprendan algo de las experiencias de la lucha. En verdad, ya es hora, camaradas.

Tuvimos en Francia un gran acontecimiento; la huelga de protesta solo puede considerarse una lamentable repetición de aquel acontecimiento. Es el movimiento del 1.º de mayo de 1920585. El partido no se llamaba todavía «Partido Comunista». La escisión de los sindicatos todavía no se había producido. Pero las fuerzas eran las mismas, tanto en el terreno político como en el sindical. Los elementos de izquierda no habían preparado la acción. Los de la derecha habían hecho todo lo posible por comprometer el movimiento y aniquilarlo con su traición. No lo consiguieron. Ustedes saben qué importancia tiene ese 1.º de mayo de 1920 en la historia de posguerra de Francia.

El impulso revolucionario de la clase obrera decayó de golpe, la estabilidad de la dominación de la burguesía aumentó de golpe. Después de esta huelga general fracasada se produjo un gran cambio.

Han pasado dos años y tres meses desde esta lección bastante elocuente, y ahora se repite esta huelga en la forma de la gran huelga de protesta contra la matanza de Le Havre. Naturalmente, vino una decepción, y el resultado es la pasividad de la clase obrera y la inevitable conservación del reformismo y el sindicalismo de Jouhaux.

¿Por qué? Porque el partido no supo acudir con sus consejos, porque dejó de intervenir, de aclararse la situación a sí mismo, de dar a conocer su opinión y de pedir a nuestro camarada Monmousseau, que no pertenece al partido y está en contra del vínculo orgánico, que decidiera lo que había que hacer. Habría habido que decirle: proponéis la huelga general para mañana, martes; pero eso es completamente imposible; con ello comprometeréis la huelga y crearéis una situación desfavorable para la lucha de la clase obrera.

Estoy convencido de que nuestro camarada Monmousseau habría contestado: estoy dispuesto a negociar con vosotros, pero mi organización es autónoma y tomará las decisiones que considere oportunas y acertadas.

Pero ¿no habría sido necesario sentarse a una mesa para analizar la situación e intercambiar opiniones?

Tanto más cuanto que la CGTU no hizo otra cosa que plegarse a la iniciativa del sindicato de la construcción. Ya hemos visto el resultado. Después del 1.º de mayo de 1920 se perdieron meses, más que meses, cuando en la lucha de la clase obrera el tiempo tiene el máximo valor. La burguesía no pierde el tiempo. Hemos perdido dos años y hay camaradas que afirman que hemos ganado ese tiempo.

En el Congreso de París, nuestro camarada Frossard caracterizó las relaciones del partido con la Internacional con la fórmula siguiente: «Tenemos que ganar tiempo.»

El secretario general del partido, que ya era secretario en tiempos del Congreso de Tours y es por tanto el más autorizado para representar al partido, se expresa así en un informe titulado «La crisis», publicado en L'Humanité:

«¿Cuáles son las causas de la crisis? Desde hace dos años estoy dividido entre mi fidelidad a la Internacional y el interés de mi partido. En mí hay una crisis permanente del deber. Pueden observarse en mí conductas diversas. Eso se debe a que no estoy seguro de mí mismo.» (“Aplausos prolongados.”)

Así pues, se aplaude cuando el camarada más autorizado para representar al partido declara: me desgarran mi fidelidad a la Internacional y mi fidelidad al partido. Hay, pues, dos fidelidades que no coinciden, que se contradicen: «Si dicen que pueden observarse en mí vacilaciones, dos posturas distintas, eso se debe a que me veo zarandeado entre dos contraposiciones permanentes.» Y a continuación, según la crónica de L'Humanité, siguen aplausos prolongados. Más adelante dice el camarada Frossard:

«Ante ciertas decisiones irrealizables de la Internacional, quise, tengo que decirlo, ganar tiempo. Lo preferí a romperle la crisma a mi partido.»

Así pues, entre la Internacional y el Partido Comunista de Francia existía una contraposición. El secretario general del partido se encontraba en un estado de conflicto permanente y trataba sobre todo de ganar tiempo para no romperle la crisma a su partido. Es bastante sincero. ¡Cada vez que leo esta cita me indigno de nuevo, tan sorprendente suena!

¿Cómo es eso? Se pertenece durante dos años a la Internacional y luego se declara que tal o cual resolución de la Internacional amenaza con romperle la crisma al partido. Pero entonces, ¿por qué se pertenece a la Internacional? ¡Incomprensible! Cuando recibí el número de L'Humanité en cuestión y leí este pasaje por primera vez, me dije: esto es la preparación de la ruptura con la Internacional.

Conocemos suficientemente a nuestro camarada Frossard. No es hombre que se deje arrastrar por su temperamento. Es un hombre de cálculo frío, y cuando declara, no de pasada ni mucho menos, sino en el congreso de su partido y como secretario general, que durante dos años no ha hecho otra cosa que ganar tiempo porque la Internacional había aprobado resoluciones que serían perjudiciales para su partido, tengo que preguntarme si eso puede entenderse de otro modo que como la preparación de la ruptura con la Internacional. (Aplausos.)

El asunto se vuelve aún más serio si se consideran los hechos que habían precedido a su discurso. En la llamada moción Frossard-Souvarine, que Frossard había firmado y que se presentó al congreso del partido, leemos:

«A la luz de la experiencia hay que reconocer que los restos del espíritu socialdemócrata del viejo partido y el desconocimiento del sentido de las resoluciones de la Internacional Comunista han perjudicado al fortalecimiento y al perfeccionamiento del joven Partido Comunista.»

Así pues, en vísperas del congreso se dice en una moción que lo que más ha perjudicado al partido francés es el desconocimiento del valor de las resoluciones de la Internacional.

Se trata del valor de las resoluciones sobre el frente único y sobre la acción sindical. Frossard la firma, y todavía no se ha secado la tinta con que la firmó cuando ya declara desde la tribuna que las resoluciones que vienen de Moscú y de la Internacional amenazan con romperle la crisma al partido.

A quien entienda esto lo invito a que nos explique esta conducta. Hemos intentado oír la explicación de la boca elocuente de nuestro camarada Frossard. Lo hemos invitado. Hemos repetido nuestra invitación en forma de cartas y telegramas, e incluso de resoluciones del Ejecutivo. Por desgracia, nuestros esfuerzos no han tenido éxito. Aun así, nos alegraría mucho recibir una explicación de esta conducta, que no nos parece ni especialmente consecuente ni muy clara.

Para darles al menos un cuadro sucinto de las relaciones entre la Internacional y el partido francés (sobre todo su Comité Central y su secretario general), para demostrarles de qué manera el Ejecutivo ha amenazado con romperle la crisma al Partido Comunista de Francia, permítanme leer la lista de las cartas, telegramas y resoluciones que hemos enviado. Es una lectura muy árida y poco entretenida. Es un catálogo. No menciono aquí las cartas privadas que he escrito. He hecho repartir entre los miembros de la gran comisión las copias de las cartas que dirigí a los camaradas franceses en mi propio nombre, pero siempre con el consentimiento del Ejecutivo y en pleno acuerdo con él.

Enumero, pues, solo los documentos oficiales.

En junio de 1921 se celebró una sesión del Ejecutivo Ampliado en la que pronuncié el discurso del que acabo de citarles algunos pasajes esenciales.

En julio de 1921, después del III Congreso Mundial, se tomaron tres resoluciones del Ejecutivo, a saber: sobre el control de la prensa, sobre el trabajo en los sindicatos y sobre la disolución del Comité de la Internacional Comunista586.

Examinemos estas resoluciones. ¿Amenazaba acaso con romperle la crisma al partido la resolución sobre el control de la prensa, la resolución sobre el asunto Fabre y Brizon, que se escudaban en su autoridad de miembros del partido para poder llevar adelante empresas personales y comprometedoras para el partido? ¿No era útil abandonar la táctica que consistía en ocupar puestos muy importantes en el Partido Comunista y colaborar al mismo tiempo en órganos burgueses que envenenan a las masas populares?

He aquí, pues, de entrada una resolución que, a mi juicio, no amenazaba con romperle la crisma al partido francés, sino a lo sumo a algunos periodistas arribistas del partido francés. Esta resolución no se cumplió en absoluto.

De nuestra discusión sobre el trabajo en los sindicatos ya les he contado algo.

Una sola de estas tres resoluciones se cumplió, a saber, la que se refería a la disolución del Comité de la Internacional Comunista.

Si hemos cometido errores —y hemos cometido varios—, nuestro mayor error fue, a mi juicio, que concedimos un poco demasiada confianza a la fidelidad de los camaradas que dirigían entonces el partido francés.

El 26 de julio de 1921: carta confidencial del Ejecutivo al Comité Central con críticas amistosas y sugerencias sobre el trabajo parlamentario del partido, sobre las relaciones del partido con la Internacional y sobre las crónicas parlamentarias de L'Humanité (nuestra camarada Marthe Bigot hizo sobre este punto en la comisión algunas observaciones que confirman lo acertado de nuestra crítica); sobre las relaciones con los sindicalistas, sobre el trabajo en los sindicatos, sobre la reorganización del Comité Central (entonces propusimos por primera vez por escrito crear esa terrible oligarquía que se llama Buró Político del Comité Central); sobre la estructura del partido, sobre las insuficiencias de L'Humanité, sobre el control de la prensa.

Invitación a Frossard y a Cachin a Moscú.

El 1 de octubre de 1921: telegrama al partido con el requerimiento de enviar a Frossard a Moscú. El 15 de diciembre de 1921: carta abierta del Ejecutivo al Congreso de Marsella587 con críticas y sugerencias sobre: la debilidad de la dirección del partido, la disciplina, la política sindical, el control de la prensa, la tendencia de derecha y el Journal du Peuple.

No fue el comienzo; el comienzo lo constituyeron ya las conversaciones con la delegación durante el III Congreso. Luego vino la resolución sobre el control de la prensa en julio de 1921, cuando se planteó por primera vez la cuestión Fabre. El tercer paso fue el del 15 de diciembre de 1921. Naturalmente, «exageramos» la importancia de Fabre, pero ahora todos los que han sido rechazados se agrupan en torno al Journal du Peuple. Allí se forma un absceso, pero esta vez fuera del partido y con la colaboración de la ya famosa camarilla de los alcaldes de los suburbios.

Sobre la penetración del partido en las empresas, sobre la incorporación de los obreros a la dirección, sobre la indiferencia del partido ante la vida de la Internacional.

¡Sigamos! El 19 de diciembre de 1921: carta confidencial al Comité Central con críticas y sugerencias sobre las cuestiones siguientes: tolerancia con el Journal du Peuple; por tercera vez: incumplimiento de las decisiones de la Internacional; tolerancia con Brizon y con La Vague; relaciones del partido con la Internacional; Presidium o Buró Político del partido.

Si me preguntan por qué no cito las respuestas, tengo que decirles que precisamente no llegó ninguna respuesta. Ni una sola vez contestaron.

El 9 de enero de 1922: resolución sobre las dimisiones de Marsella; telegramas que convocaban a Moscú a 5 representantes del partido.

El 15 de enero de 1922: repetición telegráfica de la invitación a delegados franceses en vista de la crisis.

El 23 de enero de 1922: requerimiento telegráfico a Frossard y a Cachin y comunicación de que la cuestión francesa se había puesto en el orden del día de la sesión de febrero del Ejecutivo Ampliado.

El 24 de enero de 1922: telegrama en el que se subraya la necesidad de que vengan Frossard y Cachin y se señala con insistencia la impresión indeseable que causaría su ausencia. El 27 de enero de 1922: telegrama en el que se exige la llegada de Frossard, «cuya ausencia causaría la peor impresión a todo el Ejecutivo», y en el que se comunica que la apertura de la sesión del Ejecutivo Ampliado se aplaza unos días para que Frossard pueda llegar a tiempo.

Durante estos días, en los que nos disponíamos a llevar la cuestión francesa ante la Internacional y someterla a los partidos, nos preguntábamos unos a otros por teléfono cada mañana y cada noche:

«¿Cree usted, Trotski, que vendrá?» —«¿Qué sé yo?»

«¿Cree usted, Zinóviev, que vendrá?» —«Ni idea.»

Se espera, se envían telegramas, ¿y de qué se trata? Si hubiéramos podido ir enseguida a París para deliberar con nuestros amigos de allí, cada uno de nosotros habría intentado ser el primero en lanzarse al tren. (Aplausos.)

Pero se trataba de discutir los difíciles problemas del partido francés, de analizarlos para poder resolverlos. Y siempre procuramos invitar a sus dirigentes más competentes para que discutan con nosotros. Por eso se enviaron esos 5 telegramas, para invitar a los dirigentes del partido francés a venir a la Internacional y resolver la cuestión francesa.

Al mismo tiempo: intervención de Rádek ante Cachin en Berlín para moverlo a trasladarse a Moscú.

Febrero de 1922: Ejecutivo Ampliado. Resolución sobre la cuestión francesa, crítica del oportunismo, del Bloque de Izquierdas588, del pacifismo pequeñoburgués, de la pasividad frente al sindicalismo, de la insuficiente dirección del partido, del federalismo.

Compromiso de la delegación del centro de expulsar a Fabre. Por cuarta vez se plantea la cuestión de la reincorporación de los camaradas que dimitieron en Marsella y de la aplicación de las tesis sindicales de Marsella.

Abril de 1922: Consejo Nacional del partido francés.

El 9 de mayo de 1922: expulsión de Fabre por el Ejecutivo (cuando la cuestión se planteó por quinta vez y se aplicó el artículo 9 de los estatutos).

El 12 de mayo de 1922: carta confidencial al Comité Central con críticas y sugerencias sobre las cuestiones siguientes:

Influencia creciente de la derecha; pasividad en el asunto Fabre (por sexta vez); silencio de L'Humanité sobre las cuestiones más candentes; pasividad frente a los anarquistas y los sindicalistas; hostilidad al frente único; campaña de L'Humanité y de L'Internationale como sabotaje de la acción de la Internacional Comunista; indisciplina del partido frente a las decisiones de la Internacional Comunista; mala voluntad en la aplicación de las resoluciones que las distintas delegaciones francesas votaron en Moscú; repetición de los pasos de reconciliación que la Internacional Comunista ya había dado innumerables veces; requerimiento de aclarar de una vez las relaciones del partido francés con la Internacional.

Al mismo tiempo, requerimiento telegráfico a Frossard para que acuda a la sesión de junio del Ejecutivo Ampliado.

Junio de 1922: Ejecutivo Ampliado. Resoluciones sobre:

la estructura del partido; la disciplina interna; la Federación del Sena; la cuestión sindical; el frente único; el Bloque de Izquierdas; la prensa del partido; las fracciones del partido:

la amonestación a Daniel Renoult; el asunto Fabre (por séptima vez); el congreso del partido; la necesidad de un manifiesto del Comité Central. Julio de 1922: 3 telegramas con el requerimiento al partido de expulsar a Verfeuil, Mayoux y Lafont.

Julio de 1922: carta a la Federación del Sena sobre:

federalismo y centralismo; el artículo 9 de los estatutos internacionales; el asunto Fabre (por octava vez); la disciplina.

Septiembre de 1922: mensaje al II Congreso del Partido Comunista de Francia, en el que se tratan todas las cuestiones mencionadas en las cartas anteriores.

El 6 de octubre de 1922: mensaje complementario al Congreso de París sobre:

la nueva votación de las 21 condiciones; la expulsión de Verfeuil.

Noviembre de 1922: varios telegramas con la invitación a Frossard y a Cachin a asistir al IV Congreso.

Esta es la árida enumeración de las cartas, telegramas, propuestas y sugerencias que hemos enviado desde hace año y medio y que casi siempre han quedado sin eco y sin respuesta. Este es el tiempo que nuestro camarada Frossard afirma haber ganado. Nosotros declaramos que este tiempo debe anotarse en la historia del partido francés como una pérdida, de la que tienen la culpa la pasividad, la inactividad material y política de los camaradas que en aquel tiempo eran los dirigentes responsables del partido.

Que se me diga, pues, cuál de las sugerencias que acabo de enumerar aquí puede ser perjudicial para el partido.

¿Por qué era entonces necesario ganar tiempo en la expulsión de Fabre, que era tan evidente e inevitable, y además en las cuestiones de la prensa, del Buró Político y sobre todo de la unidad sindical y del frente único?

Desde luego, los miembros de la Internacional no son infalibles; nadie lo pone en duda. Pero ¿puede alguien demostrarnos que la Internacional haya cometido errores en estas mociones, propuestas y resoluciones? ¿Dónde están esos errores? Que se nos muestre, pues, que se le hizo un favor al partido francés al pasar por alto estas mociones e intentos de la Internacional. Que se nos demuestre, pues, que se ha ganado tiempo y no que se ha perdido.

Si el propio secretario general del partido declara que ha ganado tiempo frente a la Internacional, que amenazaba con romperle la crisma al partido francés, es natural que los miembros del partido encargados de la propaganda permanente digan lo mismo y hagan lo mismo, solo que en forma más simple. Así ocurre que el camarada Auclair cuenta a la juventud que las decisiones de la Internacional se basan en ragots (habladurías), como él dice.

Cuando le preguntamos a Frossard si de verdad había encargado de la propaganda a Auclair, nos contestó que solo había sido provisionalmente. Y es cierto.

Pero ahora vemos, después del Congreso de París, que a este camarada se le ha mantenido en su puesto. Y cuando se lo reprochamos a nuestros camaradas franceses del centro, contestaron: «¡Ustedes exageran!» Exageramos, pues, con Fabre, exageramos con Auclair, exageramos en nuestros requerimientos al frente único y a la acción sindical, exageramos en la cuestión de la prensa, exageramos siempre.

Y sin embargo es natural que nos hayamos vuelto contra las manifestaciones de un espíritu anticomunista como el que se expresa en Fabre y en Auclair o en la colaboración con la prensa burguesa. Cada uno de estos hechos, considerado por separado, tiene hondas raíces en las capas más profundas del partido. Quien los presenta como insignificantes se equivoca, porque son síntomas sobre los que un militante del partido no debe engañarse. ¿Qué quieren entonces que se considere signo seguro de que uno no es comunista? Si Frossard declara que las decisiones de la Internacional amenazan con romperle la crisma al partido francés, y si Auclair lo completa con la afirmación de que estas resoluciones se tomaron a partir de chismes, uno puede hacerse una idea de qué luz ilumina a las capas más profundas del partido, que no están informadas en absoluto.

Tenemos sobre esto datos sumamente valiosos de nuestro camarada Louis Sellier589 (que no hay que confundir con Henri Sellier, expulsado del partido). Louis Sellier representó durante algún tiempo al partido en Moscú. Ahora ha vuelto a Francia y se le ha propuesto como secretario general adjunto del partido, prueba de que este camarada goza de gran estima en el partido francés. Nosotros, que lo conocimos en Moscú, compartimos esta estima por el camarada Louis Sellier.

En L'Humanité del 27 de agosto de 1922 publica, con el título «Acabemos ante todo con las leyendas absurdas», un artículo en el que se dice:

«Tenemos camaradas que sin duda son muy maliciosos. Empiezan poniéndose la mano en el corazón y declarando que estaban y están entregados en cuerpo y alma a la Revolución rusa, pero… Y ahí empieza toda una serie de “si” y de “pero” amenazadores, solemnes, absurdos. Pero si Moscú quiere hacer del partido una pequeña secta asalariada y servil, si Moscú quiere quitarle al partido su independencia en todos los sentidos, si Moscú quiere introducir en el partido la guillotina como institución permanente… etc.»

Y luego:

«Faltaríamos al cumplimiento de nuestros deberes más elementales si no les gritáramos a nuestros camaradas de la mayoría, a nuestros camaradas del centro, que se les quiere engañar cuando se les cuentan sobre Moscú tonterías de las que acabamos de citar las más pérfidas. Moscú no quiere de ningún modo que la Internacional Comunista se hunda igual que ocurrió con la II Internacional.»

Esto escribe Louis Sellier. Hay, pues, que «gritarles» a los camaradas del centro que Moscú no quiere crear una pequeña secta asalariada y servil. Y lo dice un camarada del centro.

Louis Sellier recoge la frase: «Si Moscú quiere privar al partido de su independencia en todos los sentidos…» Y en la gran comisión francesa pudimos oír algunas palabras en este sentido: ciertas intervenciones de la Internacional amenazan la dignidad del partido. Son sentimientos, es una mentalidad, es una concepción que nos son del todo ajenos y que no podemos comprender.

En febrero hubo aquí una comisión para la cuestión rusa. La presidía, si no me equivoco, el camarada Marcel Cachin. Se trataba de un mal interno de nuestro partido ruso. Esta comisión no trabajó en París, porque por desgracia todavía no podemos celebrar nuestros congresos en París. ¡Eso también llegará! Fue, pues, en Moscú. Esta comisión estaba compuesta por camaradas extranjeros que tenían que decidir en una cuestión que era muy penosa para nuestro partido, porque se trataba de la llamada Oposición Obrera590 contra el Comité Central del partido ruso. Zinóviev, yo y algunos otros camaradas fuimos citados ante la comisión. Expusimos nuestra opinión. Sentimos alivio de que existiera una institución internacional, una instancia suprema, y nadie vio en ello un menoscabo de la autoridad de nuestro partido. Al contrario, se estaba muy contento de poder resolver una cuestión importante con ayuda de la Internacional Comunista.

La intervención de esta comisión dio un resultado brillante en interés de nuestro partido, porque la Oposición Obrera cesó después de la intervención de esta instancia suprema.

¿Qué es, pues, la dignidad del partido? Solo hay un interés del partido, esa es la ley suprema, y a esa ley suprema debe plegarse cada uno de nosotros. En eso consiste la dignidad del partido y de cada uno de los miembros del partido. (Aplausos.)

Me he detenido en este punto porque en el Congreso de París se hizo salir a escena este fantasma de la dignidad del partido. Ustedes conocen toda la situación que ha creado el Congreso de París. Unos meses antes del congreso habíamos propuesto formar un bloque entre las dos fracciones más fuertes, entre el centro y la izquierda, contra la derecha y con una actitud, diría yo, expectante hacia la corriente Renoult-Dondicol.

¿Cuál era la idea fundamental de este plan? Muy sencilla: el Ejecutivo había previsto la lucha de fracciones; precisamente a nuestro camarada Sellier le repetimos varias veces que, si el conservadurismo del centro se mantenía, la formación de fracciones sería inevitable, como reacción necesaria y saludable en interés del partido, para que no se hundiera en el pantano de la pasividad.

Al mismo tiempo que se desarrollaba este proceso inevitable, surgía la necesidad de dar al partido la posibilidad de llevar adelante su acción exterior. En aquel tiempo la fracción Renoult-Duret hacía la oposición más extrema a la táctica del frente único. No había entonces la menor posibilidad de pensar en una colaboración con esta fracción, aunque el Ejecutivo sabía que contenía excelentes elementos obreros, dirigidos contra el parlamentarismo y contra las combinaciones con los disidentes, es decir, elementos llenos de un espíritu revolucionario puro, pero mal informados. Adoptamos frente a esta corriente una actitud expectante, criticándola.

Además, siempre fuimos conscientes de que, pese a algunos errores que la izquierda cometía de vez en cuando, era ella la que representaba en el partido el movimiento hacia delante contra el conservadurismo y contra la pasividad.

Por otra parte, nunca perdimos de vista al centro, pese a sus errores, que amenazan los fundamentos mismos del partido. Esta fracción comprende numerosos elementos obreros excelentes que mañana o pasado mañana se unirán sobre la misma base de la acción revolucionaria. Propusimos entonces un bloque de los dos grandes grupos, el centro y la izquierda, para facilitar la tarea del Congreso de París, que consistía exclusivamente en clarificar las ideas del partido y crear los órganos centrales capaces de dirigirlo. La lucha de fracciones llevaba al partido a un callejón sin salida. Había que llegar a una combinación que, aunque no fuera perfecta, pudiera aportar para el año siguiente una solución más o menos adecuada. Este bloque tenía que estar dirigido con la punta contra la derecha y asentarse sobre la base de las resoluciones llenas de espíritu comunista y preparadas por la izquierda. Las negociaciones sobre este bloque empezaron en Moscú con el camarada Louis Sellier, la camarada Lucie Leiciague y Frossard, como representantes del centro.

Insistimos siempre en que este bloque se realizara sobre una base revolucionaria; este bloque tenía que estar dirigido con toda energía contra la derecha, para que esta cuestión pudiera resolverse de manera completa, definitiva y política. En esas circunstancias habríamos tenido la posibilidad de iniciar una acción enérgica, y el partido habría podido presentarse ante el IV Congreso como un partido mucho más disciplinado, capaz de dirigir la acción.

Innumerables veces se dijo y se repitió: si el centro se resiste, si se deja arrastrar pasivamente por elementos del conservadurismo y de la reacción para ganar tiempo, creemos que va hacia su descomposición, y su descomposición provocará en todo el partido la crisis más penosa. No quiero contar aquí toda la historia de las negociaciones que tuvieron lugar en París sobre la formación de los órganos centrales: las fracciones tropezaron con dificultades sin llegar a ningún resultado. En las negociaciones entre dos fracciones que se combaten, las cuestiones de organización son siempre penosas: hay discusiones, exigencias exageradas por ambas partes. No puede ser de otro modo. Pero la ruptura se produjo ante propuestas completamente claras, y no ante exigencias exageradas de la izquierda, como se afirma, sino ante las propuestas de solución paritaria que hicieron los representantes del Ejecutivo.

El centro prefirió interrumpir las negociaciones; rechazó la paridad, incluso la paridad provisional válida hasta el congreso. El camarada Ker pronunció el 17 de octubre un gran discurso sobre este asunto. Planteó la cuestión así: «Se trata de saber si el partido francés no debe tener la libertad de elegir él mismo a los hombres que han de dirigirlo.» Lo tomo de la crónica de L'Humanité del 18 de octubre sobre la sesión del 17 de octubre.

En cuanto se rompen las negociaciones por iniciativa del centro, se les dice, pues, a los delegados de provincias, que todavía no conocen las propuestas de la Internacional, que se trata de saber si el partido francés no tiene la libertad de elegir él mismo a los hombres que han de dirigirlo.

¿Qué quiere decir esto? Las negociaciones las lleva el centro con la izquierda para fijar la composición de los órganos centrales. Y el centro consideró que estas negociaciones no podían llevar a ningún resultado. El centro consideró que la intervención del Ejecutivo era errónea y peligrosa. Pero en vez de decir: «No nos hemos puesto de acuerdo con la otra fracción sobre la composición de los órganos centrales», se hacen correr rumores sobre las negociaciones y se declara: se trata de saber si el partido francés no debe tener la libertad de elegir él mismo a los hombres que han de dirigirlo.

Así pues, se denunció por un lado a la izquierda y por otro a los representantes de la Internacional, acusándolos de tener la intención de privar al partido francés del derecho a disponer por sí mismo de su autonomía como partido. Esta acusación era completamente injusta y muy peligrosa desde el punto de vista de las tendencias nacionales y antiinternacionales.

Esta idea vuelve a aparecer en el llamamiento firmado por el nuevo Comité Central, compuesto por miembros del centro. Al día siguiente del congreso de París se dice: «El 4.º Congreso Mundial examinará la situación del partido... El partido se encuentra en un conflicto que se refiere principalmente a si se puede privar al congreso del derecho a elegir él mismo a los hombres a los que otorga su confianza y que tienen la tarea de representarlo en los órganos dirigentes del partido».

Camaradas, se trata de fijar para cada sección una directriz de su acción, de dar consejos sobre la organización de un partido, de vigilar la orientación de un partido. Cualquier partido puede preguntarse, desde luego, si puede disponer libremente de sí mismo o si no corre el peligro de verse privado de sus derechos.

¿En qué consiste el derecho de autodeterminación de un partido? En el caso presente consistía en que las dos fracciones, que juntas forman la abrumadora mayoría del partido, se pusieran de acuerdo para presentar una lista común, fijar de mutuo acuerdo la composición de los órganos centrales y presentar esa lista al congreso con estas palabras: estas son nuestras propuestas, cuya aprobación recomendamos porque, en el periodo actual, en que el partido está amenazado de descomposición, muestran la mejor salida.

Pero la cuestión no se planteó en esta forma. Después de las negociaciones con la izquierda y con los representantes de la Internacional, presentados como instituciones, órganos y personas que amenazan la dignidad y la soberanía del partido francés, y después del tumulto y el nerviosismo del congreso, se declara en un llamamiento que lleva las firmas de los miembros del Comité Central: «El Congreso Mundial tendrá que ocuparse de la cuestión; se trata de saber si el congreso nacional tiene derecho a elegir él mismo su Comité Central».

¡Pero si ese es un derecho indiscutido! Vemos que ese derecho existe. Vemos que esos mismos camaradas, puedo decirlo, no se atrevieron a proponer que el congreso afirmara y defendiera su soberanía formando un Comité Central normal. Ellos mismos propusieron formar un Comité Central provisional. ¿Por qué? Porque ellos mismos habían menoscabado la soberanía del congreso y porque, después de haberla menoscabado, dada la situación del partido, no podían inducir a ese congreso a formar un Comité Central con dos quintos de los votos. No quedaba más que dirigirse al congreso internacional para que este volviera a anudar los lazos rotos por culpa del centro.

Camaradas, ya les he dicho que no puedo contarles toda la historia del congreso de París. Pero se produjo un incidente que considero necesario poner en su conocimiento. Este incidente lo trató en la gran comisión nuestra camarada Clara Zetkin. Se trata de un incidente sumamente penoso, porque está ligado al nombre de Jean Jaurès. Considero necesario decir unas palabras al respecto, no para avivar la escena del congreso de París, sino solo para aclarar una seria cuestión de ideas.

La comisión de conflictos, cuyo secretario, según me han informado, es un joven camarada de la izquierda, había presentado la propuesta de expulsar del partido a Henri Sellier591, que estaba completamente maduro para la expulsión. Esta propuesta señalaba que Henri Sellier se apoyaba, en su concepción democrática, en la tradición jauresista.

Todo el mundo admitirá que en la propuesta de expulsión era completamente superfluo citar a Jaurès, ni siquiera de manera indirecta. De esta torpeza se hizo un gran incidente político, no solo en el congreso, sino también, después del congreso, en la prensa del partido.

Se redactó a toda prisa una resolución, se hizo de ello una cuestión de tendencia y se indagó quién estaba a favor y quién en contra de la tradición de Jaurès. En esta forma se planteó la cuestión. Creo que eso no fue útil ni a la memoria de Jaurès ni al propio partido.

Todos hemos conocido a Jaurès, si no personalmente, al menos por su brillo político. Todos conocemos su gran y monumental figura histórica, que está por encima de sus ideas y que vivirá siempre en la historia como una de las más bellas figuras humanas. Y podemos decir hoy, y podremos decirlo también mañana, que todo partido revolucionario, todo pueblo oprimido, toda clase obrera oprimida, y ante todo la vanguardia de los pueblos y de las clases obreras oprimidos, la Internacional Comunista, pueden llamar suyos a Jaurès, su memoria, su figura, su personalidad. Jaurès es de todos nosotros: pertenece a los partidos revolucionarios, a las clases oprimidas, a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, Jaurès desempeñó un determinado papel en un determinado periodo, en un determinado país, en un determinado partido, en una determinada tendencia de ese partido. Ese es el otro aspecto de Jaurès. La historia de su actividad política la conoce mejor que yo nuestro camarada Marcel Cachin.

En Francia había antes de la guerra dos corrientes en el Partido Socialista. El dirigente intelectual y político de la otra corriente era Jules Guesde, que es también una figura grande y brillante en la historia de la clase obrera francesa e internacional. Hubo una gran lucha entre Jaurès y Guesde, y en esa lucha Guesde tuvo razón frente a Jaurès.

No debemos olvidarlo nunca.

Si renegamos de la tradición jauresista, eso no significa que abandonemos la personalidad y la memoria de Jaurès en las manos sucias de los disidentes y de los reformistas. Significa únicamente que nuestra política ha experimentado un gran cambio.

Combatiremos en el movimiento obrero francés los restos y los prejuicios de lo que se llama la tradición jauresista. Quien hace de este incidente una lucha de ideas, como si los comunistas pudieran realmente apelar a las tradiciones democráticas y socialistas de Jaurès, presta un mal servicio a la clase obrera de Francia. Leamos los libros de Jaurès, su historia socialista de la Gran Revolución Francesa, su libro sobre el nuevo ejército592, sus discursos: siempre nos sentiremos renacer en un espíritu nuevo, en una fe nueva. Pero al mismo tiempo debemos percibir las grandes debilidades que causaron el hundimiento de la II Internacional. Y lo que menos podemos ser es guardianes de las debilidades y de los prejuicios de la II Internacional, de aquella II Internacional que encarnó del modo más genial en Jaurès. No podemos ser guardianes de esos prejuicios; al contrario, luchamos contra esa tradición, debemos combatirla y sustituirla por la ideología comunista.

Camaradas, la gran comisión que ustedes nombraron, tras una discusión detenida y a veces apasionada, encargó a una subcomisión resolver las cuestiones de organización y elaborar un proyecto de resolución política. Ustedes han recibido nuestra propuesta escrita. Al redactarla nos guiaron dos ideas.

Hay que condenar las faltas y los errores políticos cometidos en primer lugar por la fracción dirigente del Partido Comunista Francés, el centro. Hay que subrayar las faltas cometidas por la corriente Daniel Renoult-Duret-Dondicol. Y hay que reconocer que, sean cuales sean las faltas de segundo orden que haya podido cometer la fracción de izquierda, es esta fracción la que ha representado a la Internacional, sus ideas, sus inspiraciones, en las cuestiones más importantes para la vida y la lucha de la clase obrera francesa.

Eso es lo que hemos reconocido en nuestra resolución política.

En cuanto a nuestra propuesta sobre la organización y la composición de los órganos centrales de los partidos, hemos intentado estimar la relación de fuerzas de las distintas corrientes y adaptar la composición de los órganos centrales a la situación momentánea del partido. Por supuesto, de ordinario procedemos de otro modo. Rechazamos categóricamente el principio de la representación proporcional, porque este principio encierra siempre el peligro de hacer del partido una federación de distintas corrientes. Es un estímulo para cada grupo que quiera formar una tendencia. Este sistema perjudica al partido y a su actividad.

Pero nos encontramos en una situación creada por los acontecimientos anteriores, sobre la cual les he dicho algunas cosas; espero que bastantes para hacerles comprender nuestra política.

En vista de esta situación, hemos pedido, pues, el sistema de representación proporcional para el Comité Central y para los demás órganos centrales del partido. La subcomisión que elaboró esta propuesta estaba formada por los camaradas Zetkin, Bordiga, Kolárov, Humbert-Droz, Katayama, Manuilski593 y Trotski.

La gran comisión, a la que sometimos nuestro proyecto, elaborado tras una discusión a fondo, aprobó por unanimidad todas las propuestas de carácter político u organizativo, y pedimos al congreso que haga lo mismo y se adhiera por unanimidad a las resoluciones votadas.

La masonería

Durante las deliberaciones de la gran comisión se nos planteó una cuestión nueva. Es la cuestión de la masonería, que hasta ahora había pasado inadvertida en la vida del partido. Nunca se han escrito artículos ni se han sostenido polémicas al respecto. Nunca se ha mencionado en la prensa que en el Partido Comunista, como por lo demás también en los sindicatos revolucionarios y reformistas, un número nada desdeñable de camaradas pertenecen al mismo tiempo a la masonería.

Cuando la comisión se enteró de este hecho, quedó sumamente asombrada, porque ni uno solo de los camaradas extranjeros habría creído que dos años después de Tours el Partido Comunista Francés pudiera seguir albergando a camaradas que pertenecen a organizaciones cuyo carácter quizá no necesite definir ante un congreso mundial comunista.

Intenté hacerlo primero en un artículo en el órgano del congreso, el Bolschewik. Para poder escribir ese artículo tuve que desenterrar de mi memoria argumentos contra la masonería olvidados hace mucho y cubiertos de polvo.

No quiero aburrirles repitiendo esos argumentos. El hecho es que en Francia la burguesía radical, que tiene dirigentes bastante mediocres y una prensa bastante pobre, se sirve de instituciones secretas, por ejemplo de la masonería, y lo hace principalmente para ocultar su conducta reaccionaria, sus mezquinos manejos, su perfidia, que caracterizan sus ideas, su espíritu, su programa. La masonería es una de esas instituciones, uno de esos instrumentos.

Hace año y medio dijimos al partido francés: «No vemos el abismo que nuestra prensa, nuestros discursos deberían abrir entre el Partido Comunista y toda la sociedad burguesa».

Hoy vemos que ese abismo no solo no existe, sino que hay puentes bien construidos, un poco enmascarados, un poco ocultos: son los puentes de la masonería, de la Liga de los Derechos del Hombre y del Ciudadano594, etc. Este puente asegura la comunicación entre la Liga, la masonería y las instituciones del partido, la redacción del periódico, el Comité Central, el comité de federación.

Desde luego, se pronuncian discursos y se escriben artículos en los que se dice que esta sociedad corrupta tiene que ser destruida por la lucha de clases del proletariado, que a su vez está bajo la dirección de un partido completamente independiente de la sociedad burguesa. Se es revolucionario hasta el extremo y se va a las logias masónicas a encontrarse y abrazarse con los hermanos mayores que representan a las clases burguesas.

¡Cómo entender esta mentalidad y este proceder! Algunos camaradas decían: sí, también nosotros somos de la opinión de que todo comunista debe dedicar todas sus fuerzas al partido y no puede regalar una parte de esas fuerzas a otras instituciones, a otras empresas, a otras organizaciones, etc. Pero esa no es la única razón. Si un comunista es músico, que vaya a los conciertos, a los teatros; no podemos exigirle que haga un sacrificio que la situación no requiere; si es padre de familia, que dedique una parte de su vida a sus hijos; desde luego no podemos exigirle mucho, pero tampoco podemos de ningún modo exigirle que descuide a sus hijos. Pero no se trata de eso. No se trata de un cierto reparto de su trabajo, de su atención, de su vida entre dos instituciones o dos ocupaciones. ¡En absoluto! Si ustedes plantean esta cuestión ante la clase obrera en esa forma, nunca comprenderá por qué se interesa por ella la Internacional. Hay que subrayar la incompatibilidad completa, absoluta, irreconciliable del espíritu revolucionario con el espíritu de la pequeña burguesía masónica, ese instrumento de la gran burguesía. (Aplausos.)

Por desgracia, esta cuestión no se planteó después del congreso de Tours. Si ha llegado a nuestra comisión, ha sido solo gracias a la lucha de fracciones. Cuando la comisión tuvo conocimiento de estos hechos, los puso inmediatamente en el orden del día de sus trabajos como un hecho de gran importancia.

Se nos dijo: ¡exageráis!

Siempre la misma historia. Siempre vuelve el caso Fabre. Fabre es inmortal; muerto ya una vez incluso por la Internacional Comunista, celebra siempre su resurrección bajo otro nombre, siempre bajo otra máscara, incluso bajo la máscara de la masonería secreta.

Se nos dijo: ¡exageráis! Al contrario, creemos que esta vez nos hallamos ante una cuestión que puede convertirse en una palanca adecuada para cambiar algo en nuestro partido de manera eficaz e inmediata.

Hay grandes cuestiones: la cuestión de los sindicatos, la cuestión del frente único. Estas cuestiones constituyen la base sobre la que se desarrolla el movimiento obrero. Pero la tradición parlamentaria del partido francés ha cristalizado en la capa superior de los diputados, los periodistas, los abogados, los intelectuales, y esta cristalización ha creado en cierto modo un Estado dentro del Estado.

El espíritu oportunista lo encontramos desarrollado principalmente en los elementos intelectuales, cuyo cerebro está a veces lleno de reminiscencias de las más diversas situaciones por las que han pasado, y en el que ya no puede descifrarse nada.

Hace falta una sacudida. Sobre todo en esta capa del partido la sacudida sería saludable, no solo para el partido —lo cual es una razón de primer orden—, sino también para los elementos valiosos que naturalmente existen en esa capa dirigente, que corre un poco detrás de las tradiciones, demasiado conservadora, que siempre invoca el día de ayer o el de anteayer en lugar de orientarse hacia el futuro.

Esto producirá una gran sacudida, porque eso no puede constituir para la clase obrera una línea de conducta para siempre. Es una cuestión de relaciones, de hábitos, de aptitudes, de costumbres personales de los camaradas que pertenecen a esa capa dirigente.

Muchos funcionarios del partido frecuentan regularmente las logias masónicas. Desde luego, allí no ocultan sus convicciones comunistas, como ocultan su masonería cuando están entre nosotros; pero en todo caso dan a su comunismo un barniz que conviene a los hermanos burgueses, para que se le tolere en esa sociedad tan sensible, de nervios tan refinados. Maeterlinck, el poeta, dijo una vez que quien esconde su alma entre las estrellas acabará por no volver a encontrarse a sí mismo. Pues bien, si uno frecuenta un círculo semejante y modifica sus opiniones según el gusto selecto de esos hermanos refinados en la política radical, acabará por no volver a encontrar su verdadero rostro comunista revolucionario.

Por eso es una cuestión tan grave para nosotros y para las capas dirigentes del partido. Desde luego, el Comité Central, cuando cumpla esta tarea que le proponemos, tendrá en seguida en contra en Francia a nueve décimas partes de la opinión pública oficial. Ya se prevé con cierta satisfacción revolucionaria que esos círculos reaccionarios, católicos, masónicos, del color de los Léon Daudet595 o del color de los amigos de Herriot596, se lanzarán con toda su prensa sobre la Internacional y sobre el Partido Comunista. Pero si os presentáis con excusas, con apaciguamientos, con explicaciones, y decís que la masonería en sí misma no es condenable, pero que no se puede repartir el corazón entre el partido y la masonería porque el partido reclama los cuatro cuartos de nuestro corazón, entonces vosotros, camaradas del Comité Central, os habréis creado una situación insostenible. Al contrario, el partido tiene que dar enérgicamente un puñetazo en la mesa y declarar: sí, cometimos un error al permitir que camaradas valiosos pertenecieran a la masonería por una indolencia culpable. Pero en cuanto hemos reconocido ese error, declaramos una lucha irreconciliable a ese aparato para impedir la revolución. La Liga de los Derechos del Hombre y la masonería son instituciones burguesas que enturbian la consciencia de los representantes del proletariado francés. Declaramos una lucha irreconciliable a estos métodos, porque constituyen una parte secreta y pérfida de toda la maquinaria burguesa.

Si el Comité Central empieza su acción con esta energía irreconciliable, tendrá desde luego en contra a los disidentes, a los Léon Blum; los católicos llegarán a defender a los masones. Por amor a la masonería, anatemas católicos maldecirán a los comunistas. El partido tendrá en contra toda una mezcolanza de la burguesía y de todos sus matices; pero el Partido Comunista, a pesar de todo ese politiqueo, de todos esos engaños de la sociedad burguesa, seguirá en pie como una roca revolucionaria que defiende los intereses supremos del proletariado. Y estoy convencido de que, si ustedes llevan a cabo esa sacudida saludable, dentro de un mes, de dos meses, encontrarán a su partido en una situación esencialmente distinta de aquella en la que se encuentra ahora ante el 4.º Congreso Mundial.

Se pondrá el grito en el cielo contra las «órdenes» de Moscú. Se volverá a clamar por la libertad de opinión, pero por la libertad de opinión de los masones; esos mismos camaradas volverán a exigir la libertad de pensamiento y de crítica. Pero ¿prestan atención esos camaradas que luchan por la libertad a las inevitables divergencias de opinión que existen dentro de los cuadros comunistas? No. Quieren un cuadro que abarque a los pacifistas, a los masones, a los propagandistas de la santa ley católica, a los reformistas, a los anarquistas, a los elementos que se las dan de sindicalistas. A eso lo llaman libertad de pensamiento.

Esa gente, que pertenece casi siempre a la capa de los intelectuales, pasa nueve décimas partes de su tiempo en círculos burgueses; se dedica a ocupaciones que la separan por completo de la clase obrera. Durante los seis días de la semana que pasan allí, su espíritu se forma en ese círculo. Al partido vienen el domingo. Para entonces han olvidado los principios del partido y, naturalmente, tienen que empezar por la crítica, pero sobre todo por la duda. Dicen: exigimos para nosotros libertad de pensamiento. Entonces se redacta una nueva resolución que se les impone. Después vuelven a su círculo y empiezan de nuevo. Son aficionados, son diletantes, entre los que hay muchos arribistas.

Hay que apartarlos. Hay que liberar al partido de esos elementos que no ven en él otra cosa que una puerta abierta a un puesto, a un mandato.

Por eso adoptamos como directriz estricta el principio de que nueve décimas partes de los puestos electivos a disposición del partido deben ocuparse con obreros, y no con obreros que se hayan convertido a su vez en funcionarios del partido, sino con obreros que trabajan todavía en la fábrica o en el campo.

Hay que mostrar a la clase obrera que hasta ahora se la ha engañado y que los distintos partidos se han servido de ella como trampolín para hacer desde allí su carrera. Hay que mostrarle que nuestro partido considera el terreno parlamentario como un trozo, como una parte de todo su terreno de actividad revolucionaria.

Es la clase obrera la que se mueve en ese terreno; son sus representantes más puros, los mejores, los que mejor representan a su clase, los que deben ser introducidos en el parlamento, completados naturalmente por algunos camaradas absolutamente leales y seguros que posean cierta instrucción. Pero la abrumadora mayoría de nuestros grupos parlamentarios, municipales, cantonales, etc., debe estar, sobre todo en Francia, en vista de las costumbres, las concepciones y los hábitos de ese país, en manos de las masas obreras.

La prensa

Hay que acabar de una vez con el sistema de considerar la prensa como un terreno en el que se lucen los talentos periodísticos. Está muy bien que un periodista tenga talento. Pero la prensa no es otra cosa que un instrumento de lucha, un instrumento que debe ser lo más independiente posible, representar a la colectividad y reflejar las ideas rectoras de la clase obrera, y no las ideas particulares de tal o cual individuo.

Considerado desde este punto de vista, Le Populaire597 representa muy bien las tradiciones del partido parlamentario.

Tengo aquí un editorial de Le Populaire con una nota de la redacción; el redactor jefe declara: «Creo que debo recordar que de los editoriales del periódico solo son responsables sus autores».

Esa es su moral: de los editoriales solo son responsables sus autores... Se pide a los obreros que sacrifiquen sus perras por un periódico que invoca el socialismo y que establece como regla general el principio de que de los editoriales solo son responsables sus autores.

Entre nosotros, de los artículos es responsable el partido. El periodista debe estar a disposición del partido de forma anónima. Y si los señores periodistas —yo también pertenezco un poco a esa casta— nos responden que este procedimiento hiere su dignidad personal, les responderemos que la dignidad más alta de un periodista comunista consiste en ser el instrumento más fiel y más irreconciliable posible de la mentalidad, la política y la lucha de la clase obrera.

Nuestra acción entre los campesinos

Tengo que tocar todavía muy especialmente dos cuestiones. En primer lugar, la cuestión de nuestra acción entre los campesinos.

Esta cuestión se despachó en el congreso de París a un ritmo más rápido que todas las demás cuestiones de principio. La planteó en la discusión nuestro camarada Jules Blanc, que declaró que con cartas de campesinos se podía demostrar que entre ellos se observa un sentimiento revolucionario, lo que permite protestar contra el apelativo de «pequeñoburgués» que se cuelga con demasiada prisa a la clase campesina, y que la difusión de folletos en los que se trata a la clase campesina como pequeña burguesía le juega una mala pasada a la propaganda del partido.

La misma objeción hizo el camarada Renaud Jean, y creo que debo decir unas palabras sobre nuestro trabajo entre los campesinos.

La expresión «pequeñoburgués» no es un insulto. Es una expresión científica cuyo contenido determina el hecho de que el productor está en posesión de sus medios de producción. No está del todo desposeído de sus medios de producción y tampoco es un asalariado.

Ese es el significado de la expresión «pequeñoburgués».

Si durante un discurso de propaganda, y no en un curso científico, un campesino me pregunta: ¿soy yo, pues, un pequeñoburgués?, le daré explicaciones que, creo, no le ofenderán. Con demasiada frecuencia se encuentran campesinos que solo se distinguen del proletario que no tiene nada en que poseen sus medios de producción. Ese hecho hace que tengan una mentalidad más individualista que los obreros.

Esta expresión es exacta y necesaria para que no nos engañemos sobre el carácter de esta clase campesina y no engañemos tampoco a los obreros. Pero, pese a las diferencias que distinguen la vida y la mentalidad de estas dos clases, esta expresión no debe frenar en lo más mínimo nuestra acción entre los campesinos.

La otra cuestión es la cuestión colonial. No sé si se ha mencionado aquí la resolución de la sección de Sidi-bel-Abbès598. Esta resolución de un grupo que se llama comunista es, por pequeño que sea ese grupo, un gran escándalo. La resolución dice: en la cuestión colonial, ella (la sección) discrepa por completo de las tesis de Moscú. Solo las federaciones comunistas de los indígenas están facultadas para fijar una táctica comunista de acción local. Las federaciones comunistas argelinas no pueden admitir bajo ningún pretexto que se publiquen en Argelia manifiestos que, aunque ellas sean responsables de los mismos, no proceden de ellas ni por su espíritu ni por su contenido.

Así pues, la Internacional no debe intervenir demasiado directamente en las cuestiones internas del partido. Una sección colonial se rebela, pues, contra su partido y contra su Internacional y declara: no, no, en lo que se refiere a los indígenas, el terreno es enteramente nuestro.

La resolución dice además:

«Una insurrección victoriosa de las masas musulmanas de Argelia que no hubiera sido precedida por una insurrección igualmente victoriosa de las masas proletarias de la metrópoli traería consigo necesariamente en Argelia el retorno a un sistema que lindaría directamente con el feudalismo, lo cual no puede ser, desde luego, el objetivo de una acción comunista».

Ese es el meollo del asunto. No se puede permitir una revuelta, y menos aún la revuelta victoriosa de los indígenas en las colonias, porque si se comete la estupidez de liberarse de la dominación de la burguesía francesa, se vuelve al feudalismo, y los comunistas franceses de Argelia no deben tolerar que los pobres indígenas se liberen de la burguesía francesa mediante una insurrección revolucionaria y recaigan en el feudalismo.

Ni dos horas, ni dos minutos se puede tolerar en el partido a camaradas que tienen mentalidad de esclavistas y que desean que Poincaré los mantenga bajo la benéfica dominación de la civilización capitalista, porque Poincaré es el hombre de confianza de un grupo así, ya que es él quien, con ayuda de sus medios de opresión, salva a los pobres indígenas del feudalismo, de la barbarie. Una traición en la acción coincide siempre con la independencia, con la autonomía, con la libertad de acción. Se protesta constantemente contra las intervenciones de la Internacional y del propio partido francés. Ahora bien, en el partido francés hay mucho que cambiar. Y ya vemos cómo los disidentes se alegran de la situación del partido cuando escriben en sus artículos, de los que solo es responsable su autor: «Como consecuencia de la descomposición del Partido Comunista, la hora es favorable. Ya no se trata de defendernos, sino de pasar a una vigorosa ofensiva, etc.».

Los disidentes prevén un crecimiento de su partido, una profecía que con toda seguridad no se cumplirá. Al contrario, se puede predecir, sin temor al arte de la taquigrafía, que si los partidos siguen tal como están hoy, si ante la masa obrera no hay más que dos matices distintos con sus partidarios, con sus iglesias y su burocracia jerárquica, esto puede durar años y decenios; pero en cuanto se produzca en el Partido Comunista un cambio radical, en cuanto se convierta en un partido completamente distinto de los demás partidos, en el que los obreros puedan ver algo más que un simple partido, la preparación de la revolución proletaria, en ese caso se puede predecir que los disidentes están muertos, que, igual que los reformistas de la CGT, ya no existen.

Y puedo decirles con plena seguridad que no será la CGTU con sus propias fuerzas la que mate a la CGT reformista. No. Solo hay un partido grande, poderoso y verdaderamente revolucionario, que abarque a toda la élite de la clase obrera: él aplastará por completo el reformismo político y sindicalista. Pronto lo verán ustedes.

En las primeras semanas de la lucha contra la masonería o contra la Liga de los Derechos del Hombre habrá debilidades, habrá desertores que se pasarán a los disidentes.

Estoy seguro de que los disidentes ganarán al principio, pero lo que obtendrán serán los desechos y la escoria del Partido Comunista. (Aplausos.)

Se trata de llevar a cabo con energía y vigor operaciones dolorosas, para acelerar el proceso y poder emprender una gran acción para la formación de un partido revolucionario.

En nombre de nuestra comisión les proponemos un programa de acción que la izquierda presentó a la comisión y que fue aprobado por unanimidad con modificaciones de carácter más bien secundario.

La base de este programa ofrece la posibilidad de emprender ahora una acción del partido a gran escala, apartando a todos los elementos que estorban esta acción revolucionaria. Que no se diga que estas reivindicaciones inmediatas pueden crear un nuevo reformismo en el movimiento francés. En este periodo de decadencia de la sociedad burguesa, las reivindicaciones inmediatas se convierten en la clave del movimiento verdaderamente revolucionario. Este movimiento debe desarrollarse de tal modo que tome como punto de partida los consejos de fábrica y como fórmula necesaria el frente único, para poder alcanzar todas las posibilidades de acción y de éxito, y que además adopte, como fórmula muy necesaria sobre todo en Francia, el gobierno obrero.

Las disputas sobre estas cuestiones deben terminar, porque las polémicas sobre esta consigna solo servirán para enturbiar la consciencia de la clase obrera, ya bastante inquieta. La idea de un gobierno Blum-Frossard es meramente simbólica, una manera de designarlo muy brevemente; pero no se trata en absoluto de una combinación entre parlamentarios para formar un gobierno viable, porque para tener la mayoría en el parlamento, para tener en la mano a los disidentes y a los comunistas, es necesario que la clase obrera en su conjunto vote a los disidentes y a los comunistas; y para poder llegar a ese resultado es necesario que los disidentes dejen de invitar a la clase obrera a votar al Bloque de Izquierdas; los disidentes tienen que romper con el Bloque de Izquierdas, con la sociedad burguesa. Ante todo hay que mostrar a la clase obrera francesa lo necesario que es romper con la burguesía y oponerse a ella en todos los aspectos. En un caso como el de la huelga de Le Havre y la matanza de obreros, tenemos que decir a los obreros que con un gobierno obrero semejantes matanzas no habrían podido producirse; nuestros representantes en el parlamento tienen que declarar que la clase obrera no puede tolerar un gobierno Poincaré ni un Bloque de Izquierdas, que solo reconoce un gobierno que represente a la clase obrera y esté formado por obreros.

Nosotros, los comunistas, nos orientamos con todas nuestras fuerzas hacia el gobierno obrero que ha de crear un movimiento revolucionario; pero si los obreros creen que a un gobierno así se puede llegar mediante los métodos parlamentarios, tenemos que decirles: intentadlo; pero para poder conseguirlo tenéis que romper ante todo por completo con el Bloque de Izquierdas y con las combinaciones burguesas, porque para ello basta un bloque obrero. Si os separáis por completo de la burguesía, pero seguís creyendo en los métodos parlamentarios, os decimos: no tenemos confianza en esos métodos, pero en cuanto rompáis con la burguesía, apoyaremos vuestra acción. Si se nos pregunta: ¿es posible un gobierno de coalición de los partidos que invocan a la clase obrera?, responderé: desde luego; pero en ningún caso sobre la base de una combinación parlamentaria, sino sobre la base de un gran movimiento que abarque todas las ramas de la lucha de la clase proletaria, y también el parlamento.

Lo principal es que este movimiento pueda inculcar a la clase obrera la idea sencilla de que es capaz de formar un gobierno obrero, por los obreros y para los obreros.

Si nos preguntáis: ¿estamos seguros de que los disidentes no nos engañarán?, os respondo: de eso nunca estaremos seguros. Precisamente por eso, incluso en el momento en que formemos con ellos un gobierno obrero revolucionario, tenemos que vigilarlos con la misma atención y la misma desconfianza que merecen nuestros peores enemigos, y echarlos del gobierno en cuanto se muestren débiles, en cuanto cometan traición, como hicimos nosotros con nuestros socialrevolucionarios de izquierda599, que representaban al campesinado en el gobierno obrero que habíamos formado y a los que luego tuvimos que echar para asegurar todo el poder a la clase obrera.

La consigna del gobierno obrero significa ante todo la independencia incondicional de nuestro partido. Esa independencia debe conquistarse rápidamente. En Francia, el centro tendrá que asumir en las próximas semanas la responsabilidad de este enérgico trabajo de acción en nuestro Partido Comunista Francés. Estoy convencido de que los dolorosos enfrentamientos que hemos tenido en la comisión con nuestros camaradas franceses, y que les he expuesto aquí en forma de informe, ya no pueden repetirse. El discurso de Frossard nos muestra el peligro. Lo he citado, lo he interpretado; ahora le toca al centro prevenir el peligro, eliminarlo para siempre. No veo ningún motivo de ruptura; al contrario, creo que la situación es extraordinariamente favorable para nuestro partido francés. Ante la descomposición del Bloque Nacional, la imposibilidad total de las reparaciones, la difícil situación del Bloque de Izquierdas, creo que nuestro partido tiene en sus manos el futuro de Francia y, por tanto, de toda la humanidad. Estamos convencidos de que el centro, animado por estas grandes y magníficas perspectivas, cumplirá su deber hasta el final y de que en el próximo congreso tendremos un partido unido, homogéneo, revolucionario, que cumplirá fielmente su deber hasta la revolución victoriosa del proletariado francés. (Aplausos prolongados.)

Se levanta la sesión a las 4.15 de la tarde.

Vigesimonovena sesión, sábado 2 de diciembre de 1922

Contenido: Cuestión francesa. Cuestión danesa. Reorganización del Ejecutivo de la KJI. Movimiento comunista juvenil. Declaración de simpatía hacia los camaradas franceses condenados.

Oradores: Cachin, Renoult, Souvarine, Renaud Jean, Canellas, Trotski, Humbert-Droz, Kuusinen, Eberlein, Schüller.

Preside: Kolárov.

Apertura: 1 del mediodía.

Presidente: Tiene la palabra la delegación francesa para pronunciarse sobre el informe del camarada Trotski y sobre las propuestas de la comisión.

Cachin: Solo queremos leer la declaración de nuestra fracción sobre el informe y sobre los comentarios que lo siguieron:

«Para poner fin a la crisis que lo sacude, todo el partido francés se ha dirigido al 4.º Congreso y se ha sometido sin reservas a sus disposiciones. Se ha comprometido así a acatar su decisión y a someterse a su disciplina.

Hemos hecho ante la comisión francesa declaraciones que queremos repetir ante ustedes.

El informe contiene una crítica extraordinaria de la mayoría del partido. Esta crítica es unilateral, porque deja intacta a la izquierda. No se han tenido en cuenta ni las dimisiones que siguieron al congreso de París ni los ataques a que se vieron expuestos los militantes de la mayoría. Al contrario, en este documento se ha acusado a los representantes del centro de ser los principales causantes de la crisis.

Ustedes no pueden sostener esta afirmación. Entre otras cosas, el ponente ha atribuido a una frase de Frossard en el congreso de París conclusiones artificiosas y traídas por los pelos. Pero la verdad es que él, como todos nosotros, al llevar a la práctica las decisiones de la Internacional, ha tropezado con dificultades que estaban más que justificadas. Pese a nuestra buena voluntad, Frossard y nosotros nos vemos obligados, en interés común, a contar con esas dificultades.

En la actualidad, los problemas planteados por la Internacional Comunista encuentran entre nosotros la solución esperada. Así ocurre con la organización centralizada del partido, con la ruptura con la derecha, con el frente único.

Mañana, en la sesión de la Internacional Sindical Roja, se resolverá la cuestión del partido y los sindicatos según los principios formulados por el 4.º Congreso. El papel de Frossard en Saint-Étienne600 tuvo que ser importante para que pudiera conducir a este feliz resultado.

Mañana se cumplirán estrictamente y en el sentido de la Internacional las decisiones referentes a la masonería y a las demás instituciones mencionadas en el informe.

Las directivas de la Internacional Comunista se observarán, pues, con la mayor fidelidad. Si en el pasado ha habido faltas y errores, el partido en su conjunto ha participado en ellos, porque está bajo una dirección común.

Pero el mayor daño al comunismo francés lo han causado las luchas internas de fracción. En los últimos tiempos estas luchas han adquirido tal violencia que han dificultado las relaciones entre los camaradas. No hemos sido nosotros la causa de esa violencia. Pero no basta con firmar juntos algunos papeles para devolver la calma a los ánimos. Será necesario poner fin inmediatamente a todas las disputas personales que aún tienen lugar. Hay que suprimir a toda costa las fracciones rivales. Si la Internacional no lo consigue, mañana mismo seguiremos agotándonos en sucias querellas en lugar de servir a los intereses del proletariado y de la revolución.

En cuanto a las propuestas relativas a nuestra organización interna, hemos presentado algunas a la comisión. Son importantes para el bienestar del partido. Lamentamos que no se hayan aprobado todas.

Volveremos a nuestro partido y le comunicaremos el fallo del 4.º Congreso.

El partido declaró de antemano que quería someterse a él.

Lo hará, y nosotros también.

La delegación del centro».

Renoult: En nombre de nuestra fracción tengo que hacerles la siguiente declaración:

Los abajo firmantes se declaran dispuestos a aceptar las decisiones del 4.º Congreso en su conjunto, tanto en lo que respecta a la acción común de la Internacional como en lo que se refiere a los problemas particulares del movimiento francés.

Se comprometen a tomar como norma, en las distintas cuestiones, las decisiones del Congreso Mundial.

La crítica a la que sometieron algunas consignas en la aplicación del frente único estuvo dictada por el sincero deseo de evitar todo peligro de interpretaciones falsas, confusas y oportunistas. El trabajo del propio congreso ha contribuido mucho a disipar los malentendidos surgidos y a reparar los errores cometidos en este terreno. Estos trabajos han demostrado que esta táctica significa la organización y la puesta en movimiento de las masas del proletariado, que hay que arrancar a la influencia de los jefes de la socialdemocracia, impregnados del espíritu parlamentario y electoral. Los abajo firmantes renuevan además sus declaraciones anteriores y se comprometen a colaborar con todas las fracciones de su partido y de la Internacional para llevar a la práctica la táctica del frente único.

Al mismo tiempo, los abajo firmantes saludan la adhesión de la CGTU a la Internacional Sindical Roja como promesa de una nueva era en la colaboración entre el comunismo y los sindicatos franceses, y aseguran al congreso su disposición a trabajar por la aplicación de las decisiones del congreso en la cuestión sindical. Consideran deber permanente de los comunistas atenerse en los sindicatos, bajo el control de la dirección del partido, exclusivamente a las instrucciones de la Internacional.

Apoyarán del modo más concienzudo la realización de todas las decisiones y, si fuera necesario, combatirán a todos los que se opongan a ellas. Se adhieren al juicio pronunciado por la Internacional, según el cual se condena absolutamente la presencia de comunistas en las asociaciones creadas por la burguesía que, como la masonería, la Liga de los Derechos del Hombre, etc., apartan a los obreros de la lucha de clases. Están convencidos de que la resolución adoptada sobre este asunto por el 4.º Congreso es apropiada para asegurar al partido una orientación verdaderamente proletaria y revolucionaria, al apartar de sus filas a todos los elementos sospechosos.

Admiten de buen grado que las distintas fracciones del partido, incluida la que ellos representan, se han dejado arrastrar, en el curso de la crisis que tan profundamente ha sacudido al partido, a faltas más o menos graves contra la disciplina. La buena voluntad común evitará las recaídas.

Los abajo firmantes, que no tenían en absoluto otra intención que formar una oposición de ideas —a su juicio, por el bien del comunismo—, rechazan toda solidaridad con quienes, directa o indirectamente, han atacado a la Internacional.

Le reiteran una vez más su adhesión sin reservas. Duret, R. Lespagnol, Level, Daniel Renoult, G. Werth.

Souvarine**:** La izquierda está de acuerdo con las resoluciones propuestas por la comisión y vota a favor de ellas.

Encuentra en ellas la justificación de su actitud y de su trabajo en el pasado. Está orgullosa de contar con el reconocimiento de la Internacional para la orientación y las acciones más importantes de su política.

La izquierda proseguirá su conducta y sabrá sacar provecho de la crítica amistosa que la Internacional le ha dirigido sobre algunos puntos menos importantes de su actividad.

Siempre recibirá de buen grado la crítica, las propuestas y el consejo de los órganos y de los militantes cualificados de la Internacional, porque ve en ello una colaboración y un apoyo. Cumplirá fielmente este compromiso, como lo ha hecho siempre. Acatará siempre las decisiones de la Internacional Comunista, que pone por encima de todo.

Béron, Marthe Bigot, Lauridan, Rieux, Rosmer, Souvarine, David, Laporte, Péeju, Pert.

Renaud Jean: Camaradas, considero peligrosas para el Partido Comunista Francés, y por consiguiente también para la Internacional Comunista, algunas de las decisiones de carácter práctico propuestas por la comisión.

Es cierto que en cierto modo están justificadas por las circunstancias actuales, pero la elección de los miembros del Comité Central por el 4.º Congreso constituye un precedente grave que, al ir en contra de la voluntad claramente expresada del congreso de París, podría provocar nuevas dificultades.

La doble dirección fijada para L'Humanité amenaza con provocar en su ámbito conflictos que harían imposible determinar la responsabilidad de la parálisis del desarrollo del periódico. La vuelta inmediata de los periodistas dimisionarios a su trabajo —si no va acompañada de una reducción de personal hecha sin intención tendenciosa, teniendo en cuenta la antigüedad, la capacidad y el celo profesional— impondrá al periódico pesadas cargas financieras y quebrantará aún más la confianza, ya mermada, de los obreros y campesinos en el partido.

Las medidas contra los miembros del partido que pertenecen a la vez a la masonería o a la Liga de los Derechos del Hombre amenazan, por su carácter imprevisto, con aparecer como una ruptura del contrato que une al Partido Comunista con la Internacional, y con provocar una nueva tergiversación de los hechos, porque el partido no conocía las decisiones del 2.º Congreso ni la existencia del punto 22. Pero, aunque moralmente estoy en contra de esta decisión, que combatí ante la comisión, me comprometo, por disciplina, a hacer todo lo que dependa de mí para asegurar su realización.

Presidente: Tengo que someterles la propuesta del Presidium de no abrir debate sobre el informe del camarada Trotski acerca de la cuestión del partido francés. En efecto, la cuestión se ha examinado muy detenidamente en la comisión, en la que estaban representadas todas las delegaciones importantes del congreso. Estas han expuesto sus puntos de vista y han contribuido a aclarar la cuestión.

Aquí, en el congreso, el camarada Trotski ha iluminado con gran agudeza todos los aspectos de ese mismo problema, y nos parece que las objeciones de las demás delegaciones no podrán arrojar más luz sobre esta cuestión.

Por esta razón les invito a aprobar la propuesta y a no abrir debate.

¿Alguien pide la palabra sobre el orden del día?

Canellas (Brasil): Considerando que los debates sobre la cuestión francesa en el congreso han sido insuficientes; considerando que el congreso ha sido informado de manera unilateral y demasiado parcial; considerando que algunos delegados que opinan de modo distinto que el Ejecutivo no han podido expresar su opinión: el delegado de Brasil protesta contra este proceder y vota en contra de las resoluciones sometidas a la ratificación del congreso.

Presidente: La propuesta del camarada de Brasil llega un poco prematuramente, porque todavía no se ha decidido nada. Hay que considerarla como una propuesta de abrir el debate y como una objeción a la propuesta del Presidium.

Someto a votación la propuesta del Presidium.

¿Se abre el debate o no?

¿Están ustedes a favor de la propuesta del Presidium de no abrir debate? (Aprobada por unanimidad menos un voto.) Tiene la palabra el camarada Trotski.

Trotski: Solo quiero decir unas palabras sobre tres puntos esenciales:

  1. Me veo obligado a rectificar, en la declaración de nuestro camarada Renaud Jean, en la que habla de la designación de los miembros del Comité Central por el Congreso Mundial, una expresión que podría dar lugar a malentendidos.

Si esta formulación, a mi juicio desafortunada, se difunde en esa forma, no puede sino perjudicar a la decisión que todos adoptamos. Para nosotros no se trata de hacer designar por el congreso el Comité Central del partido francés. Por iniciativa del propio congreso de París y de todas las corrientes del partido, hemos emprendido aquí el intento de redactar una propuesta que debe someterse al Consejo Nacional del partido francés.

Esta propuesta la han hecho las propias delegaciones de las fracciones del partido francés, y además en pleno acuerdo con la comisión designada por el congreso. Las fracciones presentaron tres listas distintas. Tras algunas rectificaciones de carácter secundario se logró establecer una lista común. Esta lista es, como he dicho, la propuesta para la que las tres fracciones, por medio de sus representantes autorizados, se han comprometido a obtener el consentimiento del congreso nacional del partido francés.

Las comisiones que ustedes nombraron para examinar la cuestión francesa —tanto la pequeña como la grande— aprobaron esta lista por unanimidad, no como una lista ideal en todos los aspectos —siempre caben, desde luego, objeciones contra ella—, sino como la única posibilidad que tiene el partido francés de salir del callejón sin salida creado por el congreso de París.

Por eso la comisión, en pleno acuerdo con la delegación francesa, opina que, si ahora una parte de nuestra sección francesa empieza a hacer oposición a esta propuesta, que en realidad no puede sino redundar en beneficio del partido francés, esa oposición significa sabotear la voluntad de todas las fracciones, es decir, de todo el partido. En nombre de la comisión que ayudó a la delegación francesa a establecer esta lista, expreso la esperanza de que esta lista, de la que el congreso ha tomado o tomará conocimiento, sea aprobada por este congreso y aceptada y ratificada definitivamente por el congreso nacional del partido francés.

Es la única posibilidad de acabar con las luchas personales que las fracciones libran entre sí en el espinoso terreno de la composición del Comité Central.

Esto no constituye un precedente, del mismo modo que no puede serlo la aplicación del sistema de representación proporcional en los trabajos de nuestras secciones nacionales o de nuestros congresos internacionales. Se trata únicamente de que nuestro partido francés salga del callejón sin salida en que se encuentra ahora. Estamos convencidos de que en el partido francés nadie se opondrá a esta propuesta sabia, necesaria e incluso saludable, redactada por la delegación francesa, en la que están representadas todas las fracciones.

  1. El segundo punto se refiere a la declaración del centro. Se me reprocha haber silenciado las equivocaciones y faltas de la izquierda, en particular las dimisiones.

Ciertamente, no he dicho nada al respecto en mi informe. Consideraba y considero esta cuestión zanjada con la declaración que la propia izquierda hizo en la gran comisión. En la primera o segunda sesión de la comisión expresamos en los debates que en un partido comunista revolucionario la dimisión o la amenaza de dimisión es contraria a la disciplina revolucionaria, sean cuales sean las circunstancias en que se produzca.

Esa era también la convicción de toda la comisión. La izquierda hizo sobre este punto una declaración en la que expone la situación que la llevó a dimitir; luego se dice en la declaración: «La comisión encargada de examinar la cuestión francesa considera que las dimisiones y los comunicados aparecidos en el Bulletin Communiste Internationale fueron un error político. La izquierda ha demostrado siempre con sus actos que se tomaba en serio la disciplina de la Internacional Comunista, y no necesitaba declarar que se atendrá incondicionalmente a las decisiones del 4.º Congreso Mundial. Si en el punto concreto de las dimisiones y del Bulletin acepta el juicio de la subcomisión, insiste en que esa decisión, completada con el cuadro de conjunto de los hechos que la provocaron, conserve su verdadero significado».

Por lo demás, su comisión de organización les someterá una propuesta general que excluirá de una vez para siempre la posibilidad de toda dimisión por cualquier motivo de oposición, tanto las dimisiones personales como las de grupos, ya vayan dirigidas contra el Comité Central o contra la Internacional.

  1. Se trata de una propuesta contenida en la declaración del centro sobre el fraccionalismo.

No cabe duda de que el fraccionalismo es un mal grave para cualquier partido que lo padezca. He intentado explicar en mi discurso que este fraccionalismo es la triste consecuencia de una triste situación. Hemos propuesto medidas de carácter político general y medidas de carácter organizativo. Todas las fracciones, es decir, todo el partido francés, se comprometen por medio de sus representantes competentes a aplicar estas medidas, que, salvo algunas reservas, se elaboraron en pleno acuerdo con la delegación francesa. Esto nos permite esperar que esta vez podremos contar con una ejecución práctica, sistemática, consecuente y, si es preciso, enérgica de las decisiones del 4.º Congreso.

Dentro de unas semanas se reunirá el Consejo Nacional del partido francés, que dará el último toque a las decisiones de carácter organizativo.

Esperamos que, tras la ratificación de estas decisiones por el Consejo Nacional, la situación del partido cambie a fondo y que, como consecuencia de ello, las fracciones pierdan todo sentido incluso a los ojos de los propios fraccionalistas.

En cuanto a la Internacional —que, como esperamos, estará representada en el congreso nacional por la delegación de su Ejecutivo; lo digo basándome en una conversación con su Presidium—, insistirá con todas sus fuerzas en que, una vez que se apliquen las resoluciones, se acaben el fraccionalismo en el partido francés y la lucha de fracciones, y esperamos que el partido francés se convierta para siempre en un partido unido, tanto en su pensamiento como en sus acciones. (Aplausos.)

Presidente: Vamos a votar las propuestas de la comisión.

Hay una propuesta política y una propuesta organizativa.

La propuesta política se ha repartido a todas las delegaciones. Por tanto, ya se conoce, de modo que no es necesario leerla. (Véase el anexo III.)

Votamos.

La propuesta política ha sido aprobada por unanimidad, sin el voto del presidente.

El camarada Humbert-Droz leerá ahora la propuesta organizativa.

Humbert-Droz (Suiza): La comisión para los asuntos franceses ha aprobado las siguientes resoluciones sobre la organización interna del partido. Se invita al congreso a aprobar estas resoluciones.

Sigue la «Resolución sobre la organización del Partido Francés», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Además de estas resoluciones, la corriente Renoult pidió poder enviar durante tres meses al Ejecutivo, junto a Frossard y Souvarine, un miembro suplente.

La comisión aceptó por unanimidad este deseo de la corriente Renoult.

Presidente: Vamos a votar en bloque las propuestas de organización.

Aprobadas por unanimidad menos 2 votos, que son los de:

Brancon (Francia).

Antonio B. Canellas (Brasil).

Una abstención.

Los camaradas franceses nos comunican en este momento que el camarada Victor Méric601 ha sido condenado a seis meses de cárcel por propaganda antimilitarista.

Creo expresar los sentimientos de todas las delegaciones al transmitir al camarada Méric las simpatías del congreso por su valerosa conducta, que ha levantado contra él a la justicia burguesa y contrarrevolucionaria de Francia. (Aplausos.)

Pasamos a otro punto del orden del día. Sigue la cuestión española. Ponente: el camarada Humbert-Droz.

Humbert-Droz (Suiza): La comisión española se constituyó a petición de la delegación española, y no para estudiar ningún conflicto interno, sino con el cometido de discutir y resolver con la Internacional ciertos puntos tácticos y ciertas cuestiones políticas importantes que afectan a la acción de nuestro partido en España. Una de las cuestiones más importantes que ocupan a nuestro partido es su actitud ante el movimiento anarcosindicalista.

La situación del movimiento obrero en España está marcada por la decadencia del movimiento anarcosindicalista, que hacia el final de la guerra había reunido y arrastrado a importantes masas obreras. Hoy la táctica de los dirigentes anarcosindicalistas —una táctica anarquista de acción individual y terrorista— ha provocado represalias del gobierno y de la burguesía y ha causado el desmoronamiento de la organización.

Vemos cómo las organizaciones anarcosindicalistas dejan en la estacada a las masas obreras y cómo los dirigentes de este movimiento se reorientan en la dirección de una especie de neorreformismo.

El momento es, pues, favorable para que nuestro partido pueda desplegar en ese medio una propaganda y una acción. En el Partido Comunista de España se hizo notar una corriente que pedía que el partido abandonara en ciertos puntos su intransigencia comunista e hiciera algunas concesiones a la ideología anarcosindicalista —sobre todo en el terreno del parlamentarismo—, para poder ganarse más rápidamente a esos elementos.

La comisión consideró que, aunque una de las tareas más importantes de nuestro partido consiste en atraerse a los elementos que proceden del movimiento anarcosindicalista y de las masas decepcionadas por la táctica de los dirigentes anarquistas españoles, nuestro partido no debe conquistar a esos elementos apartándose de sus principios. Al contrario, es mejor que nuestro partido conquiste a esos elementos a un ritmo más lento, pero realmente para el comunismo.

Si nuestro partido admitiera durante un tiempo ciertas ideas sobre el apoliticismo del movimiento obrero, o se mantuviera alejado del terreno parlamentario, esto conduciría con toda seguridad a nuevas crisis en un futuro próximo.

La comisión recomendó por unanimidad a nuestro partido no hacer concesiones a la ideología anarcosindicalista, que está en declive, sino trabajar los medios anarcosindicalistas en nuestro sentido, explicarles con claridad que el parlamentarismo del Partido Comunista no es idéntico al parlamentarismo de los viejos partidos socialdemócratas, y recordarles a este respecto, en particular, las tesis del 2.º Congreso Mundial.

El 2.º problema que se planteó a nuestra comisión se refiere a la actitud que nuestro partido debe adoptar ante el movimiento sindical español.

Ustedes saben que el movimiento sindical español está dividido en dos grandes centrales: la central reformista (la Unión General) y la central anarcosindicalista (la Confederación Nacional). Además de estas dos centrales hay algunos sindicatos autónomos. En el partido existe una corriente que quiere abandonar los sindicatos reformistas por las maniobras de los dirigentes de Ámsterdam, que en España son los mismos que en todos los demás países. La comisión aconsejó por unanimidad a nuestro partido combatir esta tendencia dentro del partido y recomendar a nuestros camaradas que no abandonen las filas de la Unión General, sino que, al contrario, permanezcan en ella para poder formar células y ganarla para el ideal comunista. Si se expulsa a sindicatos de la Unión General, como ocurrió hace poco con aquellos sindicatos que participaron con el Partido Comunista en la acción del frente único, aconsejamos a nuestro partido que no haga salir a sus miembros de la Unión General por solidaridad, sino que dé a todos los miembros la consigna de permanecer en la Unión General y luchar dentro de ella por la readmisión de los expulsados. Si esta lucha por la readmisión de los expulsados resultara infructuosa, aconsejamos a nuestros camaradas que lleven esos sindicatos expulsados a la Confederación Nacional, pero en ningún caso que formen con ellos una tercera central entre las dos ya existentes.

Por otra parte, la comisión considera oportuno recordar la posición de nuestro partido sobre el frente único.

Nuestro partido español votó en febrero, junto con el partido francés y el italiano, contra la táctica del frente único, pero ya hacia finales de mayo o principios de junio, con ocasión de las grandes huelgas de la siderurgia, nuestro Partido Comunista aplicó la táctica del frente único con inteligencia y comprensión, y no por mera obediencia mecánica y disciplina mecánica ante las consignas de la Internacional. Nos hemos visto obligados a subrayar este hecho.

Se subrayó asimismo el hecho de que la crisis interna que en un momento dado había minado a nuestro partido se resolvió mediante el fortalecimiento de la disciplina interna.

La comisión presenta por unanimidad la siguiente resolución.

Sigue la «Resolución sobre la cuestión española», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

(Aplausos.)

Presidente: Procedo a la votación de la propuesta de la comisión española.

Aprobada por unanimidad.

En el orden del día figura la cuestión danesa. Tiene la palabra el ponente.

Kuusinen (Finlandia): ¡Camaradas! En Dinamarca tenemos actualmente dos partidos comunistas, y ambos han apelado al congreso. Sobre la base de estas apelaciones, el Presidium presenta un proyecto de resolución sobre el que debo informar brevemente.

El movimiento comunista danés surgió de dos fuentes: por una parte, del ala opositora del movimiento juvenil socialdemócrata y, por otra, del ala revolucionaria de los sindicalistas. Fue una suerte para el movimiento comunista conseguir ganarse a la mayor parte de los sindicalistas, pero hay que decir que los camaradas dirigentes daneses que procedían del movimiento juvenil no estuvieron a la altura de la tarea que tenían ante sí en este asunto. Estos camaradas formaban la dirección del pequeño Partido Comunista originario. Y con esa dirección se alió luego en una federación el ala revolucionaria de los sindicalistas.

Hace aproximadamente un año, el Ejecutivo de la Komintern dio al partido la directiva de formar definitivamente en Dinamarca, a partir de esa organización laxa de las dos alas, un partido único. Ya casi nos habíamos convencido de que en Dinamarca se llegaría realmente a una unificación sólida, cuando de repente nos enteramos de que allí se había producido una escisión completa en formas muy agudas, y además en un momento en que tenía lugar la mayor lucha obrera que Dinamarca había visto hasta entonces, a saber, el cierre patronal de febrero de este año. Precisamente en ese momento, los comunistas de Dinamarca, cuyas fuerzas son todavía tan escasas y que necesitaban mucho más esas pocas fuerzas para la lucha contra los patronos, se enzarzaron en la más áspera disputa entre sí. El Ejecutivo no podía contemplarlo pasivamente. Exigió con la mayor insistencia a ambas partes la unificación. En primer lugar nombró una comisión interescandinava de unificación, cuyos miembros eran camaradas suecos, noruegos y de los dos campos daneses, y cuyo presidente era el camarada finlandés Manner. Esta comisión, con todos los votos en contra del viejo pequeño grupo dirigente del KP danés, exigió la unificación y elaboró una propuesta que las dos organizaciones de Dinamarca debían votar. Debía celebrarse, pues, una votación de las bases sobre la unificación. Esta votación transcurrió de tal modo que en el llamado partido nuevo casi todos los miembros votaron a favor de la propuesta de los camaradas escandinavos. Del llamado partido viejo —ambos eran entonces, creo, del mismo tamaño— la mayoría votó en contra de esta propuesta, pero una minoría importante votó también a favor.

En agosto de este año vinieron aquí a Moscú representantes de ambas partes. El Ejecutivo de la IC seguía manteniendo la exigencia de la unificación. Exigió la formación definitiva del Partido Unificado y dio a ambas partes directivas especiales con ese fin. Los representantes de las dos partes que estuvieron aquí declararon que acatarían esas directivas del Ejecutivo. Sin embargo, hay que decir que este paso del Ejecutivo no ha alcanzado en Dinamarca su objetivo por completo, sino solo en parte. El llamado partido nuevo acató con plena lealtad las directivas del Ejecutivo. Una parte importante del llamado partido viejo se unió también a él. Allí se celebró, conforme a las directivas del Ejecutivo, un congreso de unificación. Así pues, existe ahora un Partido Comunista Unificado. Pero una parte del partido viejo se ha opuesto, sin embargo, a esta unificación y apela ahora al 4.º Congreso. ¿Con qué propuesta? Con la propuesta algo peculiar de que el congreso no reconozca por ahora a ninguno de los partidos. El Presidium, sin embargo, es de la opinión de que Dinamarca es un país demasiado pequeño para que pueda haber en él dos partidos comunistas, y de que tenemos que reconocer al Partido Unificado, que ejecuta lealmente las decisiones de la Internacional.

Pero al mismo tiempo el congreso dirige un llamamiento a todas las organizaciones que todavía están fuera de las filas del Partido Unificado para que se adhieran al Partido Unificado en el plazo de los próximos tres meses. No se les imponen condiciones humillantes. No exigimos que los miembros que todavía están fuera del Partido Unificado solo puedan adherirse individualmente. Se les permitirá adherirse como organización entera. Pero una condición sí tenemos que poner: que ejecuten lealmente las decisiones del partido y de la Internacional Comunista. Sin el cumplimiento de esta condición no puede producirse una unificación natural.

Esperamos que la mayoría de las organizaciones que todavía están fuera del Partido Unificado se unan con sus camaradas comunistas en el Partido Unificado.

El nuevo Partido Unificado ya ha demostrado en parte en los últimos tiempos, con su trabajo, su razón de ser. Naturalmente, en este sentido hay que esperar mucho más del partido en el futuro. Las tareas del partido en Dinamarca son muy grandes; el partido es muy pequeño. El partido todavía no es un partido de masas. Aún le queda un largo camino antes de que pueda llegar a una relación viva con las grandes masas. No debemos olvidar que en Dinamarca hay una socialdemocracia muy fuertemente organizada, quizá proporcionalmente más fuerte que en cualquier otro país. La organización socialdemócrata domina la organización sindical. Esta organización representa en realidad a la propia clase obrera organizada de Dinamarca. En muchas ramas importantes de la producción, el 95 % de los obreros pertenece a la organización sindical central. Naturalmente, hay estados de ánimo opositores, aspiraciones opositoras en este movimiento sindical; pero nuestros camaradas, los comunistas, no han sabido hasta ahora aprovechar esta situación, todavía no han establecido la relación con los elementos opositores.

Esta es una de las tareas principales que se plantearán a los camaradas daneses en el futuro próximo.

El proyecto de resolución es muy corto. Voy a leérselo. Contiene dos puntos:

Sigue la «Resolución sobre el Partido Comunista de Dinamarca», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Someto a votación la moción del camarada Kuusinen sobre el Partido Comunista de Dinamarca.

La moción queda aprobada por unanimidad.

Pasamos a la organización del trabajo del Ejecutivo. El camarada Eberlein tiene la palabra para exponer los pequeños cambios introducidos en el texto original.

Eberlein (Alemania): ¡Camaradas! Todos ustedes han recibido traducidas las «Tesis sobre la reorganización del Ejecutivo y su actividad futura». La comisión pide que se aprueben estas tesis. No se les ha introducido ningún cambio. A la comisión restringida solo se le presentaron dos mociones, que quisiera leerles; en primer lugar, una moción de la delegación austriaca que dice así:

«La sustitución de un miembro del CE de la IC elegido por el congreso por otro miembro de la misma sección de la IC solo podrá hacerse en casos excepcionales y únicamente con la aprobación del CE Ampliado de la IC.»

La comisión restringida opina que la moción debe rechazarse. En nuestras propuestas hemos señalado expresamente que los delegados no son elegidos al CE de la IC como representantes de su partido, sino que han de trabajar aquí como miembros de la dirección central de la IC. Por esta razón no es posible conceder a una u otra sección el derecho de retirar a un camarada, ni siquiera con la aprobación del Ejecutivo. Los camaradas deben quedarse aquí y trabajar en el Ejecutivo para la Internacional entera. La posibilidad de un cambio en la composición del Ejecutivo existe solo allí donde se han nombrado suplentes. Y como hay 10 suplentes, existe la posibilidad, en casos sumamente urgentes, de hacer un relevo con la aprobación del Ejecutivo; la comisión restringida pide, pues, que se rechace esta moción.

La otra moción presentada dice así:

«El congreso confirma que todos los órganos comunistas, como hasta ahora, están obligados a publicar inmediatamente todos los documentos del Ejecutivo (llamamientos, cartas, resoluciones, etc.) cuando el Ejecutivo lo exija.

La comisión restringida pide que se apruebe esta moción y se incorpore a las presentes tesis sobre la reorganización. En realidad la moción dice algo que se da por sentado. Pero como a lo largo del último año se ha visto repetidas veces que algunas secciones se negaban a publicar llamamientos, cartas y resoluciones del Ejecutivo, o mantenían largas negociaciones con el Ejecutivo antes de avenirse a publicarlos, queremos dejar sentado en las tesis sobre la reorganización que todas las organizaciones comunistas, como hasta ahora, están obligadas a publicar inmediatamente todos los documentos citados del Ejecutivo cuando este lo exija. Pido, pues, que se apruebe esta moción.

Presidente: Antes de pasar a votar la moción de la comisión, someto a votación la primera moción, la de la delegación austriaca.

La moción queda rechazada.

Como la comisión ha hecho suya la segunda moción, someto a votación todas las resoluciones de una vez, incluida esta moción.

Aprobadas por unanimidad con un voto en contra. (Véase el anexo IV.)

En el orden del día figura la cuestión de la juventud. Ponente: el camarada Schüller.

Schüller (Austria): La comisión nombrada por el Presidium ha examinado la resolución sobre la Internacional Comunista de la Juventud y, tras algunos cambios, propone el texto siguiente:

Sigue la «Resolución sobre la Internacional Comunista de la Juventud», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Someto a votación la resolución sobre la juventud.

Aprobada por unanimidad.

Camaradas, tengo que hacer una rectificación sobre la condena del camarada Meric y dar una información complementaria. Según las últimas noticias que hemos recibido, el camarada Meric ha sido condenado a 13 meses de cárcel.

Se entiende por sí mismo que expresamos también nuestra solidaridad al camarada Blonchart. (Aplausos.)

Antes de levantar la sesión, el Presidium ruega a las delegaciones que se reúnan para deliberar sobre la composición del nuevo Comité Ejecutivo. Los candidatos no tienen que ser necesariamente delegados en el congreso.

Se levanta la sesión a las 4 de la tarde.

Trigésima sesión, lunes 4 de diciembre de 1922

Contenido: La cuestión italiana. La cuestión checoslovaca.

Oradores: Zinóviev, Bordiga, Serrati, Graziadei, Rádek, Šturc, Šmeral.

Preside: Neurath.

Apertura: 1.45 del mediodía.

Zinóviev: Camaradas, tengo que exponerles un capítulo de nuestro movimiento obrero moderno, un capítulo escrito con la sangre de los mejores hijos de la clase obrera italiana, un capítulo que puede ilustrar mejor que ningún otro toda la situación de la clase obrera. Cuando el historiador de la revolución proletaria tenga que caracterizar la década en que vivimos, dirá: en esta última década de dominio de la burguesía, el proletariado era numéricamente lo bastante fuerte para derribar el régimen burgués, pero este proletariado numéricamente fuerte era intelectual y políticamente demasiado débil para poder cumplir sus tareas. La tragedia de nuestra clase en las últimas décadas consiste en que, aunque como luchadores de clase tenemos desde hace mucho la fuerza física para derribar el capitalismo, y aunque las condiciones objetivas para la victoria de nuestra clase están dadas desde hace mucho, dentro de nuestra clase tenemos restos tan grandes de la ideología burguesa, y las influencias de la burguesía dentro de nuestra clase siguen siendo tan grandes pese a la superioridad numérica de los obreros, que somos incapaces de vencer a la burguesía de inmediato y de forma definitiva.

Esta es la lección de los años 1914 a 1919, y este hecho se ha puesto de manifiesto con especial claridad en Italia.

1914 y 1919 son dos fechas de la mayor importancia: el papel de la socialdemocracia, el papel de la II Internacional, es decir, de aquellos elementos que representan precisamente la influencia de la burguesía dentro de la clase obrera, queda ilustrado mejor que por ninguna otra cosa por lo que la socialdemocracia hizo en los años 1914 y 1919.

En 1914 la socialdemocracia, en lugar de dirigir a las masas obreras, las extravió. La socialdemocracia, la II Internacional, azuzó a nuestra clase a la guerra, apuñaló por la espalda a los obreros que se oponían a la guerra para lanzarlos a los campos de batalla. En 1919-1920, cuando la guerra había terminado y el descontento de las masas había alcanzado en todas partes su grado más alto, y cuando las masas de diversos países, tras aquellos cuatro años terribles, habían tomado por fin consciencia y querían lanzarse a la lucha contra la burguesía, el papel de la socialdemocracia fue ponerse delante de la burguesía para protegerla, sujetar el brazo a los obreros y quitarles la posibilidad de volverse contra el enemigo principal, contra la burguesía. La socialdemocracia creó una situación que puede formularse así: ¡solo pasando por encima de mi cadáver podréis echar mano a la burguesía! La socialdemocracia, la II Internacional, se interpuso entre la masa obrera y la burguesía. La socialdemocracia paralizó de diversas maneras los puños cerrados de los obreros.

En 1914 la situación era tal que la clase obrera se había puesto con sus propias manos la soga al cuello. En 1919, cuando la clase obrera estaba dispuesta a arrojar esa soga y quizá a ceñirla al cuello de la burguesía, la socialdemocracia sembró una vez más la confusión en las filas de nuestra propia clase —y en medida aún mayor que en 1914— y con ello salvó a la burguesía. Toda la situación de estos años se caracteriza precisamente por el papel contrarrevolucionario del viejo partido socialdemócrata. Este es el contenido de la tragedia que la clase obrera ha vivido en los últimos años. Y este hecho, como he dicho, se ilustra especialmente en Italia.

En los años 1919-1920 el estado de ánimo de las masas obreras, sobre todo en Italia, era completamente revolucionario. Creo que lo mejor que puedo hacer es describirles la situación que teníamos en Italia en 1919-1920 con las palabras con que la describieron los propios socialistas italianos. En un almanaque socialista, publicación oficial del Partido Socialista Italiano, la situación del año 1920 se describía así:

«El proletariado se regocijaba al final de la guerra. Veía por fin el fin de su martirio. Veía ante sí una nueva era que había de traerle la victoria. Se preparaba para las luchas. No quería revancha. Ardiendo de la ira hasta entonces reprimida y oculta, sangrando por mil heridas, se preparaba para arrancar el poder de manos de la burguesía impotente y asesina y proclamar su derecho. Los proletarios volvían los ojos hacia el Partido Socialista. En él ponían todas sus esperanzas más ardientes. Apenas se habían quitado el odiado uniforme de soldado, corrían a las filas de nuestro partido. Le pedían consejo y acción. Lo exhortaban y lo empujaban a reunir a las masas obreras y a conducirlas a la conquista del poder.»

Ese era el estado de ánimo en lo más hondo de la clase obrera, de los proletarios italianos, en 1919-1920. Dicho sea de paso, aproximadamente ese era también el estado de ánimo en otros países, pero en Italia este estado de ánimo de la masa obrera era especialmente acusado. La burguesía se encontraba realmente impotente. El régimen burgués estaba carcomido y podrido. Las masas obreras afluían por millares y decenas de millares a las filas de nuestro partido. Los soldados desmovilizados, como ven ya por la cita, acudían en grandes masas a nuestro partido y lo empujaban a la insurrección.

No puedo dejar de citarles a Serrati, que en un informe al Ejecutivo de la Internacional Comunista en 1920 describe así la situación:

«Tras la conclusión del armisticio, la situación en Italia se agravó y se complicó. Todas las fracciones de la burguesía reconocieron que la guerra había terminado con la bancarrota general y con la plena negación de los principios por los que, según sus partidarios, se había emprendido. En cuanto a las masas, su irritación y su descontento crecían de día en día, y tanto los motivos como las formas de expresión no eran de índole económica, sino socialista, lo que se manifestaba con la mayor claridad en su consigna constante: “¡No queremos trabajar para los capitalistas!”»

En suma, las masas obreras estaban preparadas con los puños cerrados, empujaban hacia la decisión. El partido creció en medida inaudita. Las cifras siguientes se lo mostrarán. El Partido Socialista Italiano tenía a comienzos de 1914 58.000 afiliados; en 1919 la cifra de afiliados subió a 83.000, y en 1920 llegaba a 216.000. En un año la cifra de afiliados casi se triplicó. En 1919-1920, es decir, en el año del final de la guerra, las masas obreras tenían la mayor confianza en nuestro partido y acudían a él en tropel.

El movimiento sindical pasó en esta época por un proceso parecido. Al comienzo de la guerra, en 1914, los sindicatos contaban solo con 320.000 afiliados; en 1919, con 1.150.000, y en 1920, con 2.150.000. También aquí la cifra de afiliados se duplicó con creces en un año. La masa tenía confianza en los sindicatos, esperaba que los sindicatos y nuestro partido la condujeran a la lucha y a la victoria.

Sin embargo, no puede decirse que nuestro partido fuera en aquel momento plenamente consciente de la situación. Si leen las resoluciones, por ejemplo la resolución del congreso del partido en Bolonia en 1919, creerán, desde luego, que el partido italiano había comprendido claramente la situación. Esta resolución está redactada en sentido comunista. No quiero citarla entera; basta con que recuerde aquí lo que el congreso de Bolonia decidió:

«1. Ajustar la organización del Partido Socialista Italiano a los principios expuestos más arriba —es decir, a los principios comunistas—.

  1. Declarar la adhesión a la Internacional Comunista, la organización del proletariado mundial que sostiene y defiende estos principios.»

Y luego decía allí literalmente:

«La lucha revolucionaria del proletariado por el derrocamiento violento del dominio de la burguesía y por la organización del proletariado como clase dominante tiene que comenzar. Quien considere posible una colaboración con la burguesía, quien crea que la lucha a vida o muerte entre el proletariado y la burguesía puede evitarse, quien crea todavía ahora en acuerdos amistosos y en un tránsito pacífico al socialismo, ya no tiene derecho de ciudadanía en nuestro partido. ¡Quien vacile, quien no esté con nosotros, que se marche! Tenemos un mundo que conquistar. Pero no se conquista con débiles y vacilantes. ¡Para eso hacen falta valor y entrega total al ideal! ¡Con nosotros, camaradas!»

Palabras orgullosas, de oro, pronunció entonces el congreso de Bolonia, y parecía que nuestro partido estaba entonces realmente a la altura de la situación y que estaba realmente dispuesto a convertirse en el portavoz de aquellas masas proletarias rebeldes. Pero las cosas fueron de otro modo. Tras todas estas decisiones del congreso de Bolonia surgió enseguida la cuestión de si los reformistas debían quedarse en el partido o no. Y entonces tuvimos que presenciar el triste espectáculo de que la mayoría decidiera que los reformistas se quedaran en el partido.

Es interesante la posición de los propios reformistas.

Debo decir que, si se sigue la historia natural del reformismo, hay que darle la razón en una cosa. El reformismo como fenómeno mundial ha mostrado una elasticidad muy grande y una capacidad de adaptación infinita, y esa es precisamente una cualidad muy preciosa para la burguesía, porque la burguesía no puede servirse de un reformismo de madera, sino que necesita un reformismo elástico, que pueda adaptarse a todas las condiciones, y los reformistas italianos han mostrado qué animal tan adaptable es este reformismo.

En esta situación, cuando las masas obreras seguían a las banderas rojas y apremiaban a luchas decisivas, cuando los soldados, como se dice en la cita, nada más quitarse el uniforme iban al Partido Socialista, en ese momento los reformistas supieron no dejarse separar del partido, sino quedarse dentro del partido y sabotearlo desde dentro.

El menchevismo ruso, que conocemos bien —en esa universidad estudiamos unos 15 años, y esa universidad fue en cierto modo decisiva para todos nosotros—, supo también en 1905 mostrar una gran elasticidad. Se aferró a nosotros con la consigna de la «unidad del partido», y solo en 1912 conseguimos librarnos definitivamente del abrazo de los mencheviques. Los mencheviques italianos —hay que reconocérselo— han mostrado que no tienen menos capacidad de adaptación y elasticidad que los rusos; y el equilibrismo político es la primera cualidad del menchevismo italiano. Los mencheviques italianos han sabido hacer no poco en este terreno del equilibrismo político. Turati602 y D'Aragona declararon que se quedaban en el partido, que se sometían al partido, que querían participar y que también estaban a favor de la revolución. Ese fue el momento decisivo. Algunos de nuestros amigos creían que cuantos más afiliados, mejor; si los reformistas declaran que se someten y quieren quedarse con nosotros, tanto mejor.

Así se decidió: los reformistas se quedan en el partido.

Entonces empezó la mascarada. D'Aragona, Serrati —este quizá menos que otros—, pero Turati, un burgués declarado, que sin embargo desde hacía años actuaba como socialista en las filas de las masas obreras, esa gente se disfrazó de comunista y siguió la comedia.

D'Aragona y Dugoni603 y otros cuantos vinieron a Rusia en 1920 bajo la dirección de Serrati. Yo mismo oí de boca de D'Aragona discursos que terminaban con el grito: «¡Viva el comunismo!». Era el momento en que Rusia estaba bloqueada, en que los obreros rusos ansiaban literalmente relaciones internacionales. A todo camarada que llegaba del extranjero se le recibía como a un hermano, y tuvimos que ver el triste cuadro de que nuestros obreros de Petrogrado y de Moscú llevaran literalmente en volandas a los D'Aragona y Colombino604, porque veían en ellos a los representantes del proletariado revolucionario italiano y porque daban crédito a sus palabras.

Había entonces una situación internacional en la que no solo los reformistas italianos, sino también los reformistas de otros países acudían a toda prisa a nosotros, a Moscú, e intentaban conseguir el ingreso en la Internacional Comunista. Era el momento que caracterizamos en una resolución con las palabras: «La Internacional Comunista empieza a ponerse de moda». Recordarán que en esta sala los señores Dittmann605 y Crispien pronunciaron discursos entusiastas a favor de la dictadura del proletariado y declararon que no eran peores comunistas que los demás, que también querían pertenecer a la Internacional Comunista.

De todos los países acudían a nosotros entonces los reformistas y semirreformistas. Recuerdo todavía a un profesor español, De los Ríos606, que vino a Moscú como representante del partido español y pidió la admisión en la Internacional Comunista. Pero este profesor era precisamente un profesor, y por tanto algo ingenuo en política. (Risas.) Los profesores presentes me lo perdonarán; también hay excepciones. El camarada Graziadei… (Interrupción de Graziadei: «¡Yo soy un exprofesor!».) Por supuesto que también hay excepciones. Pues bien, este profesor decía con una ingenuidad casi conmovedora: «Miren, camaradas, yo personalmente soy reformista, pero los obreros españoles empujan, quieren ir a la Internacional Comunista, y me han enviado aquí para que los admitan en la Internacional Comunista».

Este profesor era de verdad casi un santo: lo dijo todo con total franqueza. D'Aragona y Colombino son cualquier cosa menos santos y cualquier cosa menos ingenuos. Estos canallas prefirieron venir aquí con discursos en honor del comunismo.

Las 21 condiciones fueron, a pesar de todo, muy saludables para nuestra Internacional: algunos, es verdad, se colaron a través de ellas, pero en conjunto el frente resistió; no fueron muchos los que consiguieron colarse.

Así pues, en aquel momento la tragedia italiana —o, si quieren, la tragicomedia— se representaba aquí, en Moscú. Pero la comedia terminó pronto. Los obreros italianos empujaban. Se llegó a acontecimientos decisivos. En el otoño de 1920 los obreros italianos empezaron a ocupar las fábricas. Y ahí, como bien saben, se acaba la tranquilidad. Cuando el obrero empieza a ocupar las fábricas, cuando empieza a formar guardias rojas, en ese momento se acaba la tranquilidad para los reformistas, y en ese momento los D'Aragona tuvieron que quitarse la máscara. D'Aragona había vuelto ya a Italia en aquel momento; Serrati estaba todavía en Moscú.

Si se estudia ahora un poco este capítulo, los acontecimientos del otoño de 1920, la toma de posesión de las fábricas por los obreros italianos, el comienzo de la formación de guardias rojas por los obreros, y se ve qué papel desempeñaron los reformistas, uno se pregunta: ¿puede haber una traición más patente que lo que esa gente hizo en el otoño de 1920?

Cinco días y cinco noches —literalmente— duraron las deliberaciones de los dirigentes sindicales y de la dirección del Partido Socialista, cinco días y cinco noches, en un momento en que los obreros habían ocupado ya las fábricas, en que apremiaban a continuar la lucha. En ese momento los señores dirigentes se sientan a deliberar cinco días y cinco noches, en una situación en que cinco horas eran decisivas. Ahora que Mussolini ha tomado el poder, Turati y D'Aragona, como verán por lo que voy a contarles más adelante, se han declarado bastante deprisa dispuestos a apoyarle: ahora no necesitaron deliberar cinco días y cinco noches. Pero en el momento en que los obreros empezaban a convertir en realidad el sueño de toda su vida, cuando empezaban a combatir de verdad a la burguesía, se les decía a los obreros: ¡estad tranquilos, ya estamos sentados deliberando! Y para eso hicieron falta cinco días y cinco noches. Ese fue el final de aquella sólida discusión.

Los dirigentes sindicales estaban vinculados al Partido Socialista por un cierto pacto formal; existía un pacto según el cual los sindicatos tenían que seguir al Partido Socialista en todas las luchas decisivas. Recuerdo que cuando en 1920 advertimos a Serrati de que la dirección de los sindicatos estaba en manos reformistas y de que eso podía convertirse en la mayor desgracia para nuestro movimiento, intentó tranquilizarnos diciendo: existe un pacto entre el Partido Socialista y los sindicatos, y eso es garantía suficiente.

Durante las luchas de 1920 los reformistas, por supuesto, tiraron ese pacto a la papelera. Lo hicieron de la forma siguiente. D'Aragona y sus correligionarios declararon: sí, tenemos el pacto, nos sometemos; pero si decidís continuar las luchas, tendremos que dimitir, tendremos que dejar la dirección de los sindicatos.

Por supuesto, eso bastó de sobra a los centristas italianos para echarse enseguida de rodillas ante D'Aragona: dicen que el padre D'Aragona quiere dimitir; no podemos soportar semejante desgracia; antes preferimos traicionar a la clase obrera e interrumpir las luchas, con tal de que D'Aragona no nos abandone…

Se llegó a la votación. Participó en ella millón y medio de obreros; pese a todas estas traiciones de los dirigentes sindicales y del partido, solo por una mayoría muy estrecha se decidió interrumpir las luchas. D'Aragona llegó a la reunión todavía caliente de los abrazos de los ministros burgueses. El orden fue este: primero, deliberación en el ministerio burgués; luego, deliberación en la Confederazione del Lavoro; luego, deliberación en el Partido Socialista.

Ahora se ve con la mayor claridad cómo esta cadena de la traición iba desde la burguesía hasta la cúpula del Partido Socialista.

Los obreros habían sido traicionados y vendidos: ese fue el punto decisivo. A partir de entonces empieza la ofensiva política y económica del capital, esa ofensiva que ahora ha terminado con la victoria de Mussolini…

¿Cuál fue el papel de la Internacional Comunista en todas estas luchas? Podemos constatar con orgullo, camaradas, que la Internacional Comunista, por medio de su Ejecutivo, vio la situación con total claridad. Ya antes de la toma de posesión de las fábricas, al final del II Congreso, el Ejecutivo escribió en una carta oficial al Partido Socialista Italiano las palabras siguientes:

«Italia vive ahora una época en que la victoria de la revolución solo se retrasa por la insuficiente organización de la clase obrera y en que la victoria temporal de la reacción burguesa más furiosa es perfectamente posible. Todo aquel que en una época así impida al partido encontrar la orientación correcta, todo aquel que en una época así se ocupe de la “unificación” con reformistas y semirreformistas, comete un crimen contra la revolución obrera, lo quiera o no.»

Esto lo escribimos antes de los acontecimientos de septiembre. Con el camarada Serrati tuvimos las primeras divergencias durante el II Congreso. Si me pregunto ahora cuál fue el error fundamental del camarada Serrati, digo —suponiendo lo mejor de él—: el error fundamental fue una actitud equivocada en la cuestión de la unidad de la clase obrera, de la unidad del partido. Con la consigna de la unidad los reformistas han conseguido ya en muchos países brillantes victorias sobre nosotros, y no en último lugar en Rusia. La idea de la unidad tiene tan gran atractivo en las filas de las masas obreras que mediante esta idea los reformistas pueden manejar a la masa obrera mejor que con ninguna otra cosa. Es fácil comprender que así sea, porque la masa obrera necesita la unidad como nosotros necesitamos el aire. La fuerza principal de la masa obrera es el número. Solo por la unidad, por el número, adquiere la masa obrera la fuerza para vencer a la burguesía. La aspiración a la unidad es una aspiración elemental, que a veces aparta todo lo demás, y los dirigentes de los reformistas, los equilibristas del reformismo, los agentes más astutos de la burguesía, saben bien aprovechar esta aspiración a la unidad, y la masa cae fácilmente en la trampa. Como he dicho, si en el mejor de los casos quiero suponer en Serrati un error, digo: también él cayó en este error; para él la cuestión de la unidad era la cuestión decisiva, y todos sus errores posteriores provienen, según parece, de este error fundamental.

En 1920, por ejemplo, Serrati decía lo siguiente:

«En estos días conquistamos cientos, miles de municipios. Miles de cooperativas y miles de otras instituciones proletarias están ya conquistadas o lo serán. Por todas partes nuestro partido busca personas adecuadas para el trabajo en los municipios, las cooperativas, las cámaras del trabajo, etc. Faltan personas capaces, y he aquí que el II Congreso de la Internacional Comunista prescribe poner comunistas en todos esos puestos, sin preocuparse de hasta qué punto sirven para ello. Aquí nos encontramos en el reino de lo increíble. Imaginaos el municipio de Milán dirigido por un grupo de novatos incapaces que en el último momento se han hecho pasar por fervientes comunistas.»

Podrían pasarse por alto estas palabras de Serrati con una broma, pero creo que en este momento, en que de verdad se ha acabado la broma, en que la situación en Italia es precisamente bastante trágica, no se puede comprender cómo un hombre como Serrati pudo llegar a semejantes conclusiones. Para él, en 1920, la cuestión era si había personas disponibles. Buscaba personas para ocupar los miles de municipios rurales y urbanos, y su preocupación era especialmente grande por encontrar personas adecuadas para ocupar el municipio de Milán. Dice: ¿se puede poner allí a novatos, a comunistas no probados? Esta actitud equivocada en la cuestión del frente único, este principio de «cuantos más, mejor», creó una perspectiva completamente falsa para juzgar la situación. La consigna de la unidad se convirtió en un fetiche, el unitarismo se convirtió en un ídolo. Por eso Serrati se quitó a sí mismo la posibilidad de resolver las cuestiones políticas fundamentales de aquella época.

Cometió este primer error fundamental, y todo lo demás vino después con necesidad natural, todos los demás errores y toda la frívola actuación contra la Internacional Comunista y contra el comunismo en general. Se nos dijo que Serrati, inmediatamente después del II Congreso, formó una fracción que se llamó «socialistas-comunistas-unitarios». Socialistas está bien, comunistas también, unitarios todavía mejor, y si se toma todo junto, socialistas-comunistas-unitarios, uno cree que es lo mejor del mundo.

Pero en realidad era, en el mejor de los casos, una mezcolanza, y, objetivamente, no lo que necesitamos los comunistas. Antes del congreso del partido en Livorno, cuando desde el lado de Serrati se nos conjuraba a no empujar a la escisión, respondimos que no se nos podía hacer creer que la Critica Sociale, el órgano de Turati, fuera un periódico comunista.

Conocemos este órgano desde hace más de una década. Ya el difunto Plejánov, cuando era marxista, combatió esta revista como medio burguesa, medio reformista. Escribimos la frase:

«Todos los unitarios del mundo no podrán convencernos de que la Critica Sociale no es un periódico burgués.»

Entonces todavía no sabíamos que la Critica Sociale y la Banca Commerciale van en realidad juntas. (Risas.) Habíamos considerado el asunto solo desde el punto de vista teórico. Ahora sabemos que cuando se escribe Critica Sociale hay que leer a la vez Banca Commerciale, porque la Critica Sociale, como es sabido, recibe apoyo pecuniario de la Banca Commerciale607. ¡Y con esta gente se quería seguir en un mismo partido!

Así pues, camaradas, representémonos ahora la situación tal como era antes de Livorno. En septiembre de 1920 se cometió la más grave traición contra la clase obrera. D'Aragona y consortes celebraron deliberaciones durante cinco días y cinco noches y consiguieron que el Partido Socialista se echara de rodillas ante ellos, y la clase obrera quedó traicionada. La Critica Sociale, como exponente de la Banca Commerciale, siguió dentro del Partido Socialista, y todo eso ocurrió bajo el manto de la «unidad de la clase obrera».

En esta situación la escisión era algo inevitable y necesario, y lo decimos con toda franqueza y honradez: si en algún sitio y en algún momento volviera a presentarse una situación parecida, consideraremos el deber más sagrado de un revolucionario volver a defender una escisión. Vivimos ahora en una nueva etapa: empieza una concentración de las fuerzas comunistas. La etapa de las escisiones ha pasado en conjunto. Pero precisamente por eso tenemos que declarar que no estamos en modo alguno, por principio, contra toda escisión, sino que, si llegara alguna vez una situación parecida, defenderemos una vez más una escisión.

Luego vino Livorno. Los centristas prefirieron un divorcio, una ruptura con la Internacional, con tal de conservar a los 14.000 o 16.000 reformistas. Quizá recuerden la carta que el camarada Lenin escribió al camarada Serrati, en la que declaraba lo que todos declarábamos: no os exigimos que hagáis la revolución inmediatamente. Solo exigimos que seáis un partido revolucionario y que preparéis la revolución, es decir, que expulséis a los que están contra la revolución, a los reformistas. Y recordarán también que el camarada Serrati —no puedo ahorrárselo— respondió a la carta del camarada Lenin en un artículo: «Permítame responder a su pregunta de si pueden tolerarse reformistas en las filas del partido con otra pregunta: ¿quién es reformista?».

Esta pregunta casi filosófica la planteó el camarada Serrati después de todo lo que ocurrió en el otoño de 1920. Creo que los acontecimientos le han dado una respuesta clara, y el camarada Serrati podría darnos ahora una conferencia detallada sobre quién es reformista en Italia. Reformista es el que durante años ha defendido la llamada colaboración de clases. Reformista es el que, como Turati, con todo su ingenio —y cuanto más ingenio, peor para nuestra causa—, ha abandonado a la clase obrera. Reformista es el que en 1920, en un momento en que cientos de miles de obreros acudían a nuestra bandera con la convicción más honda e íntima de que los conduciríamos a la lucha, se infiltró en nuestras filas para apaciguar a las masas obreras y apartarlas de la lucha. Reformista es el que ahora se ha convertido en limpiabotas de Mussolini. No hace falta, desde luego, gran arte político para comprenderlo ahora, y creo que los cuervos que ahora revolotean por Italia pueden responder a Serrati esa pregunta de quién es reformista. Pero tampoco en 1920 hacía falta gran arte. Había que estar ciego para no ver, y sordo para no oír, lo que ya entonces ocurría en Italia.

En esta cuestión, camaradas, era deber nuestro trabajar por la escisión del viejo partido. Y si ahora, al cabo de dos años, estamos aquí y nos preguntamos si la joven Internacional Comunista y el Partido Comunista tienen que arrepentirse de haber llevado a cabo la escisión en Livorno, decimos: ¡de ningún modo! Si llegara una situación parecida, tendríamos que defender una vez más una escisión así. No tenemos nada de qué arrepentirnos. Es verdad que el Partido Comunista italiano no ha conducido a nuestra clase a la victoria; no podía hacerlo, era demasiado débil para ello y el momento ya se había perdido. Eso no podía lograrlo nuestro joven Partido Comunista, pero ha salvado el honor de la clase obrera italiana y la bandera revolucionaria en Italia. (Vivos aplausos.) Le debemos el reconocerlo.

¿Qué han hecho ahora los reformistas del partido y de los sindicatos? En lo que respecta al partido, basta con dar cifras. Ya he dicho que el Partido Socialista contaba en 1920 con 216.000 afiliados. El Avanti! tenía en 1919 y 1920 una tirada de 400.000 ejemplares; no podía producir más por obstáculos técnicos. No era solo el periódico obrero, sino el periódico popular de toda Italia. Fueron entonces los días más brillantes de este periódico. Era entonces ejemplar como periódico revolucionario, un periódico que recordaba los mejores tiempos de la Revolución francesa.

¿Qué han hecho ahora de él los reformistas? Saben, camaradas, que el Partido Socialista italiano está todo lo debilitado que se puede estar. Serrati declaró en 1920, cuando le exhortamos a separarse de los reformistas, que había que esperar el momento en que las masas lo comprendieran. Pues bien, camaradas, basta con citar una sola cifra. En Livorno Serrati tuvo casi 100.000 votos; los comunistas, 58.000; los reformistas, 14.000. En Roma, hace unas semanas, los reformistas y los maximalistas de ambas fracciones tuvieron casi el mismo número, unos 25.000 cada uno. Así pues, los reformistas casi se han duplicado, mientras que el número total de afiliados del partido ha bajado a la cuarta parte. Con esta política unitarista se ha llegado, por tanto, a que los reformistas, que en el congreso de Livorno representaban una quantité négligeable, se hayan convertido realmente en una gran fuerza. Y si ahora se dice: en 1920 la escisión habría sido mal comprendida, en 1922 se ha comprendido, eso no son más que sofismas. Las masas habrían pasado por la escisión en 1920 mucho mejor y con mucha más facilidad que en 1922, y el partido no se habría hundido.

Esto es, pues, lo que los reformistas han hecho del Partido Socialista. Se decía: ¡cuantos más afiliados, mejor! Se quería mantener en pie el viejo y orgulloso edificio del partido, y se ha llegado a que se haya derrumbado y a que la mitad de los afiliados haya desertado al campo de los reformistas. No solo se ha traicionado la revolución, sino también el partido, si es que se puede contraponer el partido a la revolución. Pues hay quienes lo hacen. También la socialdemocracia decía que en 1914 quizá habría luchado contra la guerra, pero que no quería sacrificar los hermosos sindicatos y las cajas llenas que se habían reunido con tanto esfuerzo, y así sucesivamente.

Pues bien, camaradas, en Italia no solo se ha arruinado a la clase obrera, sino también al partido, porque el partido es la parte dirigente de la clase obrera. Cuando la clase obrera se hunde, también se hunde el partido.

¿Qué han hecho los reformistas de los sindicatos? La unidad de los sindicatos es tan necesaria como el pan de cada día. Estamos a favor de la unidad de los sindicatos, a favor de la mayor prudencia en este terreno. Pero se ha visto con qué severidad nos castiga la historia cuando dejamos demasiado tiempo la dirección de los sindicatos en manos de los reformistas. Los sindicatos, que en 1920 tenían más de 2½ millones de afiliados, tienen ahora apenas medio millón. Y tenemos que tenerlo claro: si no arrancamos ahora los sindicatos de las manos de D'Aragona, este los entregará por completo a Mussolini, los pondrá de la forma más burda en manos de la burguesía.

Quiero contarles, camaradas, una pequeña discusión del Parlamento italiano que ha tenido lugar en los últimos días.

Mussolini pronunció allí, como saben, un discurso programático que en cierto sentido fue muy interesante, por ejemplo cuando dijo:

«¡No demasiada palabrería vacía, señores! Cincuenta y dos oradores inscritos para hablar sobre mis declaraciones son demasiados.»

Mussolini terminó su discurso así:

«Que Dios me asista en el cumplimiento de mi difícil tarea hasta llevarla a término victorioso.»

Como ven, Mussolini es ya amigo de Dios Nuestro Señor. Es cosa del oficio: la dictadura burguesa tiene que hacerse amiga de Dios.

Pero es interesante que también Turati y Mussolini se hagan amigos. Voy a darles a conocer un dúo que Mussolini y Turati cantaron en el Parlamento.

Turati dice que estuvo en contra de la marcha de los fascistas sobre Roma, y declara que lo que Mussolini ha hecho ahora en el Parlamento es, en el terreno parlamentario, la continuación de esa marcha de los fascistas sobre Roma, o, como él dice:

«Es en esencia la marcha sobre Roma, que ahora se lleva a cabo con impecable levita.»

Mussolini le interrumpe y dice:

«No con levita, con camisas negras.»

Turati continúa:

«Esto significa —no necesito demostrarlo con documentos— que, según la opinión del Gobierno, el Parlamento italiano, incluso después del voto de confianza que va a otorgar ahora, dejará de existir políticamente.»

Turati continúa:

«Todo Parlamento italiano elegido por italianos ha dejado de existir. No negamos el derecho a la revolución; somos y queremos ser un partido revolucionario.»

El acta registra en este punto: «Sonrisa irónica entre los fascistas». Me imagino muy bien que los fascistas sonrieran irónicamente cuando Turati declaró que su partido era un partido revolucionario.

Turati dice después:

«No negamos el derecho de los fascistas a la revolución, sino que decimos que vuestra toma del poder no tiene carácter revolucionario…»

Mussolini:

«Ya os daréis cuenta.»

Turati sigue:

«… y decimos que nunca ha seguido una lógica.»

Así que Turati encuentra que Mussolini no es del todo consecuente.

«… ya sea la lógica de una revolución, ya sea la de una revuelta que se respete a sí misma, porque hay una lógica de la revolución. No habéis cumplido la promesa de echar a la mitad de la clase dominante.»

Esta pequeña promesa Mussolini todavía no la ha cumplido.

Mussolini dice:

«Cumpliré esa promesa…»

Turati «elogia luego, como socialista y como patriota, las directrices de la política exterior que dio Mussolini, pese a su fraseología nacionalista, pero no está de acuerdo con el juicio de Mussolini sobre el restablecimiento de la paz interior. Los conflictos continuarán todavía…».

Mussolini dice:

«En dos semanas solo ha habido cuatro muertos. ¡Pensad en el pasado!»

Turati continúa:

«La política financiera y la política económica del Gobierno siguen la misma línea que trazó hace poco la Confederación General de la Industria.

… Mussolini, para llevar a cabo su programa, ha creado su reserva demagógica: los sindicatos nacionales. La democracia tiene que vencer necesariamente. El proletariado no tiene nada que temer. La democracia es la historia.»

Mussolini se da el gusto de observar:

«La historia no tiene una vía obligatoria…»

Esa es la conversación entre Mussolini y Turati.

Pero permítanme comunicarles todavía un dúo de Mussolini y D'Aragona, en el que este último toca el tema de los sindicatos.

Empieza declarando que su voz no es la de un partido político, sino la expresión del movimiento sindical.

Sobre esto tengo que darles brevemente una aclaración. Ya les he dicho que hasta 1922 existía un pacto entre los sindicatos y el partido. Ese pacto, ese documento de oro que el camarada Serrati llevaba siempre en el bolsillo izquierdo (con lo cual se sentía protegido contra toda traición de los reformistas), ha quedado ahora solemnemente anulado. Una vez consumada la escisión en Roma, los dirigentes sindicales declararon que el pacto ya no existía.

Y otro fenómeno interesante. D'Aragona se puso enseguida el disfraz de la neutralidad de los sindicatos. Dijo: la política no nos concierne, somos neutrales, somos independientes, no queremos hacer política.

Es un fenómeno muy interesante. D'Aragona es uno de los fundadores del nuevo partido socialdemócrata608, al que ha llevado a buen número de obreros, en la medida en que tiene en sus manos los sindicatos.

Ya ven qué burdo se vuelve a veces este juego de cartas de los reformistas.

De un tirón, en el mismo momento, a las 12 del mediodía, funda un partido reformista con un programa abiertamente colaboracionista, y a la una dice: yo, como sindicalista, soy neutral; mis sindicatos son independientes, no hacen política. Así de burdo es el engaño. Y sin embargo muchos de nuestros hermanos de clase son todavía tan inexpertos que a veces cuela incluso un engaño tan burdo.

Es una prueba interesante de la debilidad del partido reformista que ahora no se atreva a hacer que sus sindicatos actúen abiertamente como reformistas, sino que actúen bajo la bandera de la independencia de los sindicatos.

D'Aragona declara, pues, que interviene no como miembro de un partido, sino como sindicalista independiente. Y dice:

«Pido al Gobierno (es decir, a Mussolini, que está sentado a su lado) que en la respuesta que dé a la Cámara comunique con la mayor claridad y precisión posibles qué intenciones tiene respecto de la clase obrera y del movimiento sindical.»

Mussolini dice: «Bien». D'Aragona continúa:

«Queremos un movimiento sindical en el marco de las leyes. Es una vieja declaración mía. Por lo demás, la historia demuestra que la Confederazione del Lavoro nunca fue responsable de una ilegalidad.»

Así se inclina ante Mussolini.

«Siempre he sostenido que es más fácil ofrecer a las clases trabajadoras cuatro soldi más de jornal y una hora menos de trabajo que llevarlas a la consciencia y educarlas.»

Eso le dice al señor Mussolini de la clase obrera. Con semejante desvergüenza, con semejante grosería trata este hombre a la clase obrera.

Y sigue diciendo:

«Pregunto al Gobierno si un movimiento así, que protege a la clase trabajadora, tiene derecho a existir.»

Entonces Mussolini se levanta y dice:

«Sí, un movimiento así puede existir.»

Todo esto consta literalmente en el acta.

D'Aragona prosigue:

«Si es verdad lo que se nos dice desde distintos lados, parece que el Gobierno tiene la intención de reconocer como sindicatos solo a aquellos que renuncien a las relaciones con los sindicatos de otros países.»

¡Es decir, Ámsterdam! Y D'Aragona es, como saben, un internacionalista decidido. Dicho sea de paso: D'Aragona fundó aquí en Moscú, con nosotros, la Profintern. En la primera sesión, en la que se fundó la Profintern, D'Aragona firmó el acta como representante de los obreros italianos. Pueden verlo en nuestro Museo de la Revolución, si quieren. Pues bien, este señor le dice ahora a Mussolini sobre la cuestión de la Internacional:

«Estamos adheridos a un movimiento internacional, igual que los sindicatos blancos y los propios industriales. Queremos seguir en la Internacional y no creemos ponernos con ello en oposición a nuestro país. ¿De qué otro modo podríamos los italianos proteger los intereses de nuestros compatriotas que emigran a países extranjeros?»

¿Queréis saber, pues, por qué Turati pertenece a la Internacional? Porque quiere proteger los intereses de los italianos que emigran a otros países.

«He oído decir que una parte aún mayor de nuestra mano de obra tendrá que marcharse al extranjero. Espero que eso pueda hacerse. Pero entonces tenemos que procurar que nuestro trabajo no sea envilecido allí fuera por el movimiento sindical. También allí queremos salvaguardar la dignidad de Italia. Queremos que acaben los tiempos en que los extranjeros veían la miseria de nuestra emigración. Yo he estado en la emigración, y usted también (Mussolini asiente con la cabeza), y usted sabe que todo lo que eleva la dignidad del emigrante protege también la dignidad de la patria.»

Como ven, la dignidad de D'Aragona es la dignidad de todo Ámsterdam. Son «dignidades» muy parecidas, y realmente puedo envidiar a los de Ámsterdam por tener en Italia un representante tan digno. Creo que Mussolini (asintiendo con la cabeza) estará de acuerdo en que D'Aragona se quede tranquilamente en Ámsterdam.

Pero el señor D'Aragona no puede dejar de instigar, al final de su discurso, un pogromo contra los comunistas. Termina su dúo con las palabras siguientes:

«Nos oponemos a toda forma de violencia, ya venga de estos escaños (D'Aragona señala a la extrema izquierda), ya venga de la derecha, porque creemos que la violencia, aun victoriosa, entraña siempre un gran peligro.»

Esta es, camaradas, la situación actual en los sindicatos italianos. Ven que el camarada Serrati no consiguió del todo conservar realmente los sindicatos para la clase obrera con ese documento de oro que llevaba en el bolsillo. Ese documento no impidió que los sindicatos se hayan convertido ahora en un instrumento en manos de nuestro peor enemigo. Tengo la última resolución de la dirección sindical de la Confederazione del Lavoro, en la que se dice que un congreso de los sindicatos, que los comunistas y los socialistas exigen ahora, se aplaza a una fecha indeterminada. D'Aragona dijo incluso en su resolución que el congreso se convocaría en una época aún por fijar. Así que primero tiene que llegar una nueva época. D'Aragona ha demostrado que realmente solo piensa en épocas. Durante la guerra estuvo siete años sin convocar el congreso de los sindicatos, pese a que nosotros insistíamos, y ahora dice que solo en una nueva época convocará un congreso. Eso quiere decir que D'Aragona, aunque la mayoría está en contra suya, quiere ahora poner directamente esta organización en manos de la burguesía. Está demostrado.

Así es la situación de los sindicatos en Italia. Están en ruinas. Lo que todavía tenemos allí está en poder del señor D'Aragona. Un congreso es ahora imposible; solo en una nueva época se convocará a la gente. Lo que todavía queda en los sindicatos puede venderlo D'Aragona cualquier día a Mussolini, y lo hará si no conseguimos oponer ahora una resistencia seria.

Este es el balance de estos dos años de unitarismo.

Se quería la unidad, se quería un gran partido, un movimiento obrero unido, un gran movimiento unitario y sólido, y ahora todo está en ruinas, la masa obrera ha sido traicionada y vendida.

D'Aragona planteó la cuestión del sacrificio. Dijo: estoy con vosotros, solo que no quiero que corra la sangre de los obreros. Por eso estoy a favor de un desarrollo evolucionista. Pero evolución no hemos tenido, y las víctimas están ahí. Miles y miles han caído ya en la lucha, y el proletariado italiano no está más que al comienzo de una nueva concentración de fuerzas y de una nueva lucha. Esa es la situación. Un error fundamental cometido por un dirigente del partido en una época revolucionaria arrastra con necesidad natural una serie de errores más y conduce finalmente, de manera inevitable, a la catástrofe del partido y de todo el movimiento de nuestra clase obrera. Así ha ocurrido en Italia, y por eso en este país, el que más cerca estuvo de la revolución, tenemos las enseñanzas más claras sobre las cuestiones generales de la táctica de la Internacional Comunista, sobre la valoración del centrismo, etc. En la primera parte de la resolución hemos intentado sacar de ello conclusiones. Las conclusiones son, en pocas palabras, las siguientes:

  1. El reformismo es nuestro enemigo principal. 2. El centrismo se vuelve mortalmente peligroso para un partido proletario. Esta es la segunda lección. Estas dos lecciones son lo más importante que nos ha dado el capítulo italiano de la tragedia general de nuestro tiempo, y tenemos que tomarlas a pecho en nuestro congreso. Este capítulo no debe borrarse en modo alguno de nuestra memoria. En esta década, en la que probablemente tendremos que vivir todavía nuevas derrotas, el capítulo más instructivo es el italiano. No se trata de averiguar la culpa de este o aquel dirigente, aunque, por supuesto, la historia de nuestro movimiento obrero evaluará algún día todos los errores que hemos cometido, y todo lo bueno que cada uno de nosotros ha hecho por el movimiento; ahora se trata de algo más grande. Se trata de tomar a pecho las lecciones de la lucha de clases, de la guerra civil en Italia. En el momento en que la masa de la clase obrera empuja realmente a la lucha, no podemos presentarnos con esa idea chata de la unidad a cualquier precio, ni con la consigna de la mezcla de los socialdemócratas con los comunistas, del pacto con los reformistas, sino que tenemos que ir delante de las masas con entrega y con una audaz táctica comunista. Así, camaradas, juzga nuestra comisión el pasado.

El pasado es muy importante, pero ahora se trata del futuro. ¿Qué debe ocurrir ahora? La comisión ha decidido por unanimidad que debe llevarse a cabo ahora una rápida unificación del PC con el PS de Italia, que se ha librado de los reformistas. Esa es la decisión unánime de la comisión. Nuestros amigos de la mayoría del Partido Comunista de Italia se han resistido a ello. Espero que se hayan vencido las resistencias.

Debo decir que comprendo las resistencias psicológicas que existen, y tienen que existir, entre nuestros amigos de la mayoría del Partido Comunista. La lucha de estos meses ha estado a veces demasiado envenenada, no por parte de los comunistas, sino por parte de los maximalistas. Es más que comprensible la ira del obrero comunista medio, que se dice: sí, en 1920 podíamos ganarlo todo, pero lo hemos perdido todo; estamos ahora al comienzo de un camino sangriento y duro; ¡nos han arrancado la victoria de las manos! Ese es el estado de ánimo que reina entre los obreros. Y tiene que reinar: es un estado de ánimo sano. Comprendemos este estado de ánimo de la mayoría del Partido Comunista de Italia. Pero, camaradas, no debemos dejarnos guiar por estados de ánimo. Tenemos que superar lo psicológico. Ante nosotros está la gran cuestión política: ¿el Partido Socialista de Italia, tal como se presenta ahora ante nosotros tras la escisión de los reformistas, es apto para venir a los comunistas? ¿El material humano en la mayoría, en su parte proletaria, es tal que se puede utilizar? Esa es la cuestión política, y la comisión ha respondido que sí. Yo personalmente estoy también firmemente convencido de que a esta cuestión hay que responder que sí. Nos dijimos en la comisión: en Rusia tuvimos un ejemplo parecido. Durante nuestra revolución organizamos una semana del partido, una semana en que se admitió en nuestro partido a casi todo obrero que hubiera deseado entrar en él. Vinieron decenas de miles. ¿En qué momento fue eso? Fue en un momento en que Denikin estaba ante Moscú y el general Yudénich ante Petrogrado. Fue la época más difícil para los comunistas rusos. Fue aquella época en que los comunistas rusos pasaban noches en vela, en que cada día podía asestar un golpe decisivo al corazón de la Rusia comunista. Fue un momento en que todo pendía de un hilo. En ese momento —así nos lo dijimos— podemos hacer la prueba de fuego, y llamamos a todos los obreros, a todos los proletarios que quisieran compartir el peligro con nosotros, que quisieran venir a nosotros en esa hora difícil y decisiva, a marchar juntos con nosotros. Creo que en Italia hay ahora una situación parecida. Es verdad que no se puede comparar todo, pero sí se puede trazar un paralelo. La situación en Italia es ahora muy peligrosa para los comunistas. Ahora hace falta valor, honradez personal, para venir a la Internacional Comunista. Ahora uno se juega el pellejo, ahora hay que hacer la prueba de fuego. Mussolini declara, ciertamente, que por el momento solo ha habido cuatro muertos. Pero sabemos que no estamos más que al comienzo de este período mussoliniano. Ahora estamos en una época en que podemos decir tranquilamente: con aquellos que por fin se han sacudido a los reformistas, que ahora quieren venir a la Internacional Comunista, tenemos que intentar juntarnos. Es verdad que el Partido Socialista de Italia ha descuidado muchas cosas. No ha creado una organización ilegal. Incluso ha mostrado debilidades bastante grandes ahora, en los primeros días del régimen mussoliniano. Pero aun así se ve que los socialistas han aprendido algo. Tengo ante mí un llamamiento del Partido Socialista que llegó a mis manos en los últimos días. Este llamamiento es muy importante. Los camaradas proponen en él una serie de medidas para preparar una organización ilegal. Dicen que en todas partes hay que designar de antemano a los dirigentes de la organización y que hay que poner a salvo a los funcionarios de la organización para cualquier eventualidad. Es una postura acertada. Es verdad que proclamar la necesidad de una organización ilegal no es todavía crearla en la realidad. Aun así, es bueno que el Partido Socialista haya comprendido esta necesidad.

La situación general en Italia es tal que creemos que el experimento puede hacerse tranquilamente. Y no es un experimento en el sentido frívolo de la palabra, sino un intento de unir realmente lo que debe y tiene que unirse.

Eso no quiere decir que el Partido Socialista, tal como es, tenga que venir entero a nosotros. La comisión ha decidido no admitir, sino excluir, al diputado Vella609 y a quienes se declaren solidarios con él, y en general no admitir a todos los que hagan reservas a las 21 condiciones. Vella, de quien se dice que personalmente es un hombre honrado —no le conozco personalmente—, pronunció en el congreso del partido en Roma un discurso en el que declaró que estaba en contra de las 21 condiciones y a favor de mantener el viejo nombre de «Partido Socialista», y propuso que el Partido Comunista se disolviera y se fundiera en el Partido Socialista. Es uno de aquellos para quienes la Internacional Comunista sigue siendo un instrumento del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso. Es cierto que el camarada Serrati, en uno de sus últimos artículos, trató esta última afirmación del modo siguiente: bien, admitamos que la Internacional sea realmente solo un arma en manos del Estado proletario ruso; aunque así sea, no es tan grave, porque el Estado ruso es un Estado proletario.

Pero esta suposición del camarada Serrati no es acertada. Todos conocemos muy bien las circunstancias; las cosas no son como se presentan en la frase del camarada Serrati.

En una palabra, Vella no es comunista, y tenemos que mantenerlo a él y a sus correligionarios alejados del partido unificado. Así lo ha decidido la comisión, y espero que el congreso lo apruebe.

Pero es necesario que el congreso diga por unanimidad a nuestros camaradas comunistas, es decir, a la mayoría de la delegación de Italia, que la unidad es absolutamente necesaria y que las resistencias psicológicas tienen que vencerse sin falta. Estamos convencidos de que, si tenemos un único partido en Italia, los obreros lo sentirán allí como una nueva era. El obrero sencillo se dirá: el tiempo de las escisiones, de las derrotas, de la impotencia, de la traición y de la desmoralización ha pasado, empieza un nuevo capítulo; hemos atravesado todas las derrotas, todos los errores crueles y toda la impotencia, y hemos llegado a un nuevo momento en el que lo que importa es lograr la concentración de todas las fuerzas proletarias. Y el obrero italiano respirará aliviado cuando vea que la escisión termina y que se produce la concentración de todos los elementos revolucionarios y proletarios bajo la bandera de la Internacional Comunista.

No me oculto con ello que no estamos al final del capítulo italiano, sino en medio, o probablemente solo al comienzo de un nuevo capítulo. Tendremos todavía luchas duras. Los comunistas más intransigentes dicen: hoy, en 1922, unís las dos partes, y en 1923, en el V Congreso, tendréis que pronunciar sobre la cuestión italiana un discurso parecido al que el camarada Trotski ha pronunciado sobre la cuestión francesa. Así de negras son las perspectivas que nos pintan. No quiero afirmar en modo alguno que estas dificultades no existan. Nos esperan muchas dificultades. Un partido comunista no se hace tan sencillamente: para eso hace falta tiempo. Todavía habrá reagrupamientos. Ni siquiera de los dirigentes más prominentes puede decirse adónde llegarán al final. Eso lo traerá la lucha, el tiempo y, espero, el tiempo más próximo. Pero la Internacional Comunista tiene que hacer todo lo posible por dar a los distintos dirigentes —por no hablar de las masas— la posibilidad de reencontrarse con las masas.

No se trata de querer tener razón; se trata de reunir a los elementos comunistas sinceros en las filas de un único partido. Se han cometido grandes errores, se han recibido muchos golpes. Hay un refrán ruso: «Por uno que ha recibido palos dan dos que no los han recibido». Pues bien, los maximalistas italianos han recibido palos de lo lindo. Quizá el refrán pueda aplicárseles de verdad. Dificultades tendremos. Pero no creo que en Italia vayamos a tener ahora una dificultad como la que tenemos en este congreso con el partido francés. Lo que algunas tendencias del partido francés están pasando ahora en su forma más aguda, en Italia se pasó ya antes de la escisión en otra forma, y ahora empieza la convalecencia. Es verdad que todavía pueden venir enfermedades, pero creo que la gran enfermedad, la del centrismo, está ya superada allí, y empieza ahora la mejoría. Es en cierto modo el proceso inverso de lo que tenemos este año en algunas partes del partido francés.

Dificultades tendremos, y sería una ligereza decir: si lo decidimos ahora, ya tenemos el partido unificado y todo va bien. No: todavía habrá reagrupamientos. El Ejecutivo dice con toda franqueza a los camaradas italianos: consideraremos deber nuestro seguir el movimiento y apoyar en el partido unificado a los elementos que sean realmente comunistas y quieran seguir construyendo un partido comunista.

Habrá reagrupamientos. Así lo ha mostrado también el ejemplo alemán. En Alemania la herida ya ha cicatrizado por completo. La expresión «Partido Unificado»610 se extinguió hace ya un año o incluso antes.

En Italia quizá no vaya tan deprisa. En Italia apoyaremos a los elementos que quieran ser comunistas. No preguntaremos: ¿de dónde vienes, del viejo partido o del nuevo?, ¿de qué ala? Solo preguntaremos: ¿qué haces ahora, dónde estás ahora?

Pero les decimos de antemano que habrá dificultades. Y la Internacional Comunista tiene que ver la situación tal como es.

Primera tarea: tenemos que derrotar al reformismo con fuerzas unidas. Es una tarea que en Italia puede resolverse ahora fácilmente, porque Italia se encuentra en la época de la guerra civil y porque esta tarea está ahora clara para todo obrero italiano.

Segundo: tenemos que llevar a cabo el frente único en Italia, tanto en el terreno político como en el económico. Si hay algún país al que el frente único se ajuste mejor que a ninguno, es la Italia actual; todo obrero, todo obrero sin partido, estará ahora dispuesto a luchar contra el fascismo.

La segunda tarea es, pues, la aplicación real del frente único en el terreno económico y en el político. El Partido Comunista de Italia ha descuidado muchas cosas en este terreno, como ya han mostrado aquí otros debates. Tercero: la consigna del gobierno obrero. Si hay un país donde con esta consigna puede conseguirse el máximo, es Italia. Cada semana el régimen de Mussolini se hará más odiado, cada semana se planteará ante masas más amplias la pregunta: ¿y ahora qué?, ¿qué gobierno debe sustituir al gobierno de Mussolini? Hace falta ahí una consigna popular, que entienda todo obrero, todo campesino, y esa es la consigna del gobierno obrero.

Cuarto: ¡a los sindicatos fascistas! Quizá suene algo extraño, pero hay que exigirlo. Algunos camaradas italianos se oponen a ello, a mi juicio sin razón. Tengo el acta de una de las últimas sesiones —de hace un par de semanas— de la central de los sindicatos fascistas. Los dirigentes de los sindicatos fascistas afirman tener 1½ millones de afiliados. Eso está probablemente —por decirlo con cortesía— muy exagerado. Estaban representadas, entre otras, corporaciones de la marina mercante, de la agricultura, del arte, del teatro, comités técnico-industriales, y además 46 secretariados sindicales de provincias.

Es verdad que los señores fascistas intentan ahora meter a la fuerza a los obreros en los sindicatos. Pero si hace falta una prueba de que el fascismo es realmente un fenómeno pequeñoburgués, el programa de sus sindicatos es la mejor prueba. Solo quiero citar un pasaje muy breve. Un dirigente de los sindicatos fascistas, Rossoni611, dice lo siguiente:

«Las clases medias siempre han pagado la cuenta, porque nunca han podido decidirse a la falta de escrúpulos de arruinar a la nación por sus propios intereses. Las clases medias son el cerebro de la nación, la clase de la cultura y del talento. El sindicalismo nacional, que quiere ser un sindicalismo de “selección”, cuenta ante todo con esas clases medias, que, si la guerra la libraron en masa los campesinos y los obreros, proporcionaron los cuadros de nuestros admirables oficiales.

La situación actual del Gobierno se caracteriza por el hecho de que el número de afiliados supera el millón.

Hemos vencido, pero la revolución no está terminada. Nuestra revolución tiene que ser completa para poder construir la nueva armonía de la nación en nombre del trabajo, reconociendo el valor del sindicalismo. El beneficio justo tiene que repartirse entre las industrias y los obreros.»

Aquí ven, camaradas, la ideología de este sindicalismo fascista. Es la ideología pequeñoburguesa, que en realidad no está tan lejos de la de la socialdemocracia como a veces se piensa. La ideología es en el fondo la misma, en otra forma. Es más bien la forma noskista de la socialdemocracia en las condiciones italianas, podría decirse. Se podría muy bien formular y defender esta tesis. El fascismo moderno en Italia no está tan lejos de la socialdemocracia de Noske, adaptada a las condiciones italianas dadas. No es casualidad que los reformistas, los Noske italianos, confraternicen con los fascistas.

En semejante situación se plantea la pregunta: ¿debemos mantenernos alejados de estos sindicatos? De ningún modo. Tenemos que tener el valor de lanzar directamente la consigna: ¡a los sindicatos fascistas! Bien, no tienen 1½ millones de afiliados, sino quizá medio millón; pero ahora tendrán más, ahora que el aparato del Estado está en manos de los fascistas. Tenemos que entrar en estos sindicatos, igual que en las cooperativas fascistas. Quien entre y sea de verdad comunista seguirá siendo comunista también dentro. Tenemos que estar en estas organizaciones para ganar a la mayoría de los obreros. Es una situación muy peculiar. Nuestra Confederazione del Lavoro puede quizá quedar mañana completamente destrozada. Nuestros sindicatos, aunque sigan existiendo, están de momento en manos de los agentes del fascismo, en manos de D'Aragona. Por otro lado, en los sindicatos fascistas, donde hay muchos empleados, hay también obreros, en primer lugar obreros agrícolas y campesinos pobres, a los que Mussolini ha sabido atraerse con demagogia social. Si queremos ser un partido de masas, tenemos que entrar en estos sindicatos. Tenemos que formar allí nuestras células. Si no lo hacemos, en el momento dado no podremos actuar como partido de masas. Por eso creo que hay que lanzar esta consigna, aunque sea desagradable. También nosotros, los bolcheviques rusos, participamos en los llamados sindicatos «zubatovistas»612, fundados por un general zarista. Enviamos allí a nuestros mejores obreros y los hicimos trabajar para nosotros. Para eso hace falta, por supuesto, un partido comunista consciente, bien organizado y sólidamente trabado. También a estos sindicatos fascistas tenemos que proponerles el frente único en distintas situaciones. No debemos retroceder ante ello.

Quinto: tenemos que saber convertirnos ahora en la vanguardia de toda la lucha contra el fascismo. Nuestro partido comunista ha cometido en este terreno errores graves. Fracasó en la cuestión de los Arditi del Popolo613. Fuimos demasiado débiles para hacer de los Arditi del Popolo, que eran una organización de soldados desmovilizados, de oficiales, de soldados revolucionarios, pero también de cabezas confusas, una tropa de choque contra el fascismo. Nuestro partido comunista cometió el error doctrinario —el doctrinarismo es en general el error principal del Partido Comunista de Italia— de ignorar a los Arditi del Popolo. Nuestros amigos italianos los miraron por encima del hombro. Decían: no son comunistas. Si ahora decimos lo mismo —tenemos un partido comunista, ya no necesitamos a esa gente—, es un error que ya he caracterizado en la comisión con una expresión de Lenin. Lenin dijo: hay entre nosotros una clase de comunistas que creen que lo saben todo, que lo pueden todo. En ruso eso se llama komchvánstvo, «engreimiento comunista». El comunista lo puede todo, lo sabe todo. Este engreimiento comunista es una enfermedad de algunos camaradas comunistas en Italia. Este fenómeno salió abiertamente a la luz en la cuestión de los Arditi del Popolo. Se decía: ¿de verdad vamos a hacer algo con gente tan confusa? Si ni siquiera han leído el tercer tomo de El capital de Marx. Es cierto: quizá ni siquiera han visto el primer tomo, y mucho menos lo han leído. Pero aun así eran gente dispuesta a luchar contra el fascismo. Y por eso ahora es necesario ante todo unir a todos los círculos obreros italianos dispuestos a luchar contra el fascismo, sean quienes sean, obreros, campesinos y soldados confusos. Tenemos que agrupar a todos los elementos en torno a nuestra bandera; eso no significa todavía admitirlos en nuestro partido. El partido tiene que seguir siendo un partido cohesionado. Pero tenemos que saber ir delante de las masas.

La consigna contra el fascismo, que todavía es algo débil, se hará cada día más fuerte, hasta que por fin estalle como un trueno en la lucha contra la clase dominante. Tenemos que saber agrupar en torno a nosotros este ritmo creciente del movimiento contra el fascismo y asistir a la revolución proletaria como verdadera vanguardia. Este es el quinto punto.

El sexto punto es la unidad. Un partido comunista unificado en Italia, tal como lo ha decidido la comisión, será un símbolo para toda la clase obrera, abrirá una nueva época, elevará la confianza en sí mismos de nuestros obreros. Ahora se ha perdido el ánimo. Tras todas estas derrotas, tras todos estos golpes, tras la escisión y la dispersión, es natural que una parte de los obreros haya perdido el ánimo. Pero la unificación llevará un nuevo estado de ánimo a las masas. La unificación reunirá a las masas obreras para la lucha real contra los reformistas y los fascistas. Por eso la unidad es absolutamente necesaria y tiene que llevarse a cabo. Estas son las propuestas que tenemos que someterles. El capítulo de los errores de la clase obrera italiana está, como he dicho, escrito con la sangre del corazón de los obreros italianos. Es verdad que no se puede pasar tan fácilmente a otra cosa sobre todos estos llamados errores —es una expresión muy eufemística para lo que ha ocurrido en Italia—, pero lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que ocuparnos del futuro, y esperamos que esta grave derrota, esta suerte terrible que nos ha tocado en Italia, lleve a que nuestro partido pase ahora esta página de la historia y, cuando llegue la hora, tome al menos a pecho las lecciones del pasado. En ningún país nos han llevado los reformistas, la II Internacional, tan de la nariz como en Italia. Por eso espero que en ningún sitio haya un odio tan grande contra los reformistas como en Italia. Espero que todavía veamos el día en que, cuando haya sonado la hora de la revolución, recordemos al señor D'Aragona, con su larga barba, y a los demás señores reformistas aquellas cinco noches en vela durante las cuales estuvieron discutiendo, en que les recordemos los diálogos con Mussolini, en que les recordemos todas estas traiciones que han cometido contra la clase obrera italiana. La clase obrera italiana no lo olvidará nunca y se lo pagará como se merecen. Creo, camaradas, que ese momento llegará, y ese momento ya no está lejos. Tras la noche difícil vendrá una mañana fresca. Y entretanto tengamos presente esto: ¡cuanto más oscura la noche, más brillantes las estrellas! (Vivos aplausos.)

Presidente: Antes de votar la resolución que nos ha presentado la comisión italiana, la delegación italiana hará algunas declaraciones.

Bordiga: La mayoría de la delegación italiana ha expuesto su opinión sobre la fusión del Partido Comunista de Italia con el PSI tanto en la comisión italiana restringida como en la plenaria.

La mayoría del Partido Comunista de Italia ha considerado todo el problema de la situación italiana y de las relaciones con el PSI desde el punto de vista de que la formación del Partido Comunista de Italia en Livorno614 se fijó como objetivo la conquista de las masas italianas para la Internacional Comunista y para la tendencia revolucionaria mediante la adhesión progresiva al Partido Comunista de Italia de los obreros salidos de las organizaciones de los demás partidos, y de que ese objetivo excluye lógicamente toda fusión, incluso después del congreso socialista de Roma.615

La Internacional Comunista concibe este problema de otro modo, y por la resolución de la comisión, que todas las delegaciones aprueban por unanimidad, es del todo evidente que el IV Congreso está a favor de la fusión.

Después del debate sobre Italia, la mayoría de la delegación italiana ha participado en los debates sobre las garantías prácticas de la unificación y ha presentado propuestas que ahora, una vez elaborada y fijada la resolución de la comisión, no quiere exponer aquí.

Considerando que en la situación actual, sobre todo siendo clara y precisa la moción de la Internacional Comunista, la votación no tiene el valor de una manifestación teórica de opiniones —que, por lo demás, ya se ha producido con amplitud—, sino que constituye un acto político por el cual se juzgará la lealtad con que el Partido Comunista de Italia aplica las resoluciones de la Internacional, el partido declara, y asume el compromiso solemne, de que todo el partido llevará a cabo su acción y su política sin oposición y sin vacilación, de acuerdo con las directrices establecidas por el IV Congreso.

Para dar una prueba convincente de su disciplina, la mayoría de la delegación italiana limitará su participación en el debate a esta declaración y votará a favor de la resolución de la comisión, declarando que hará todo lo posible por aplicarla.

Serrati: Tras tomar conocimiento de las propuestas presentadas por la comisión para la cuestión italiana y tras discutir su texto, la delegación del Partido Socialista Italiano declara:

  1. El reciente congreso del Partido Socialista Italiano celebrado en Roma, después de expulsar a los reformistas y a todos los colaboracionistas declarados o encubiertos, votó por unanimidad el ingreso en la Internacional Comunista.

  2. Esta adhesión significa, por consiguiente, la aceptación inequívoca de los 21 puntos y la firme voluntad de fusionarse con el Partido Comunista para formar una sola sección de la Internacional.

  3. Nos adherimos sobre la base de la propuesta que nos ha hecho el congreso y que acepta nuestra fusión inmediata en las condiciones fijadas por la comisión para la cuestión italiana; nos pondremos a trabajar aquí mismo para elaborar esas condiciones en todos sus detalles y para aplicarlas en Italia.

  4. Pero como nuestro mandato es ad referendum y estamos obligados a informar a la dirección de nuestro partido sobre nuestra actuación, hemos pedido permiso para enviar a Italia a una parte de nuestra delegación, a fin de que obtenga allí el consentimiento y la aprobación de la dirección de nuestro partido a las decisiones personales que hemos tomado aquí, y a fin de que la dirección del partido nos autorice a continuar y concluir la elaboración de las condiciones prácticas de organización de los dos partidos.

  5. El motivo de esta petición es sencillamente la voluntad unánime de todos los delegados de nuestro partido de evitar toda polémica a nuestro regreso y de poder trabajar con tantas menos dificultades en la realización de la unificación del movimiento comunista revolucionario.

  6. Las circunstancias en que se produjo la escisión de Roma, en el mismo momento en que la reacción azotaba con la mayor violencia al proletariado italiano y a todo el movimiento revolucionario, han provocado en nuestro partido una selección muy clara y radical. La hora de los oportunistas y los arribistas ha pasado. Los que se han quedado con nosotros son partidarios sinceros que marchan resueltamente con la izquierda, mientras que los oportunistas, en Italia como en todos los demás países, se van hacia la derecha. Este hecho es una prenda de la sinceridad de nuestra adhesión y una garantía de nuestra firme voluntad de trabajar con toda energía y con la mayor disciplina por el programa y la táctica de la Internacional Comunista. Deseamos que nadie utilice ya las polémicas del pasado, cuyo recuerdo solo puede servir de ejemplo y de lección para el futuro, como medio de escisión y de lucha entre quienes aspiran a la unidad de todos los verdaderos comunistas en la defensa del proletariado contra la reacción y en la lucha por la victoria de la revolución social.

Graziadei: Aunque la fusión tiene, por supuesto, sus peligros y sus dificultades, contra los cuales la minoría ha pedido también las garantías necesarias, la minoría vota igualmente con plena convicción a favor de la resolución presentada.

Está segura de que a la disciplina, fuera de toda duda, de los camaradas de la mayoría de la delegación italiana corresponderá una acogida cálida y convencida por parte de las masas obreras, que verán en la fusión una condición previa necesaria para la reanudación de su movimiento.

Presidente: Antes de pasar a la votación de la resolución italiana, advierto que en la comisión se introdujeron algunas modificaciones en el texto original. La resolución, con las modificaciones, se ha presentado a las delegaciones y a todos los miembros de las delegaciones. El texto de la resolución es, pues, conocido. (Véase el anexo V.) ¿Desea alguien hablar todavía sobre la resolución? —No es el caso. Pasamos entonces a la votación. ¿Hay alguien en contra de la resolución? ¿Se abstiene alguien? —No es el caso. Hago constar la aprobación unánime de esta resolución, tan sumamente importante para el proletariado italiano y para el proletariado internacional. ¡Viva el proletariado de Italia, viva el Partido Comunista de Italia! (Vivos aplausos.)

Presidente: Pasamos ahora a la cuestión checoslovaca. Tiene la palabra como ponente el camarada Rádek.

Rádek: ¡Camaradas! La comisión que se ha ocupado de la cuestión checoslovaca les presenta una resolución aprobada por unanimidad. Esto tiene tanta más importancia cuanto que ustedes saben que el conflicto del partido checoslovaco se interpretó en cierto modo como un conflicto de principios entre el ala izquierda y el ala derecha del partido. En nuestra comisión había camaradas que, por principio, no siempre estaban de acuerdo con el Ejecutivo en muchas cuestiones y a los que se contaba, por así decirlo, en el ala izquierda. Y, sin embargo, llegamos a una resolución unánime.

La naturaleza del conflicto del partido checoslovaco es menos conocida en la IC que la de conflictos semejantes en otros partidos, porque el conflicto no se ha manifestado hasta los últimos meses. Pero tiene unos antecedentes bastante largos. En pocas palabras, esos antecedentes consisten en que el PC checoslovaco se formó porque la mayoría del antiguo Partido Socialdemócrata evolucionó hacia el comunismo. En el curso de esa evolución, camaradas que en ella abrieron camino en lo político y lo intelectual adoptaron, en el terreno organizativo y en determinadas situaciones de ese proceso del partido, una actitud reservada. Así, por ejemplo, el camarada Šmeral, que desempeñó un papel destacado en las luchas del partido checoslovaco desde el principio, sostuvo a finales de 1920, cuando la cuestión de la formación del partido ya estaba madura, que todavía era prematura. Y de aquellas disputas en el partido sobre el momento de la formación orgánica del Partido Comunista nació en ciertos círculos del partido una desconfianza. Eran las luchas del Partido Comunista checo, que entonces apenas estaba formándose, y que ya conocíamos desde el III Congreso; y con los restos de esa desconfianza es con lo que tenemos que ver aquí en los conflictos del partido checoslovaco.

El Partido Comunista checoslovaco es, como todos nuestros grandes partidos de masas, un partido que solo ahora se ha abierto paso hasta el comunismo práctico. Así como no tenemos un solo partido de masas que haya nacido de golpe y que se presente como un Partido Comunista cohesionado en su práctica, tampoco es ese el caso del Partido Comunista checoslovaco. Este existe desde hace muy poco tiempo y nació de la unión de toda una serie de organizaciones comunistas nacionales. Su centralización política es todavía muy escasa y aún no responde a las tareas de lucha del partido. Estas deficiencias las examinamos detenidamente en julio, en el Ejecutivo Ampliado, junto con los representantes de la actual oposición y con los representantes del comité del partido. Consistían en que el partido había desarrollado poco sus fracciones sindicales y por eso, en la lucha contra los de Ámsterdam, muy a menudo había tenido que dejar que las cosas siguieran su curso. Consistían además en que el grupo parlamentario del partido en el Parlamento checoslovaco había adoptado una postura demasiado poco demostrativa y agitativa. Los diputados del Partido Comunista aún sabían demasiado poco vincular su actividad en el Parlamento con la actividad del partido fuera, en el país. Si toman ustedes una cuestión como la de nuestra agitación entre los soldados, esa cuestión ha levantado mucho polvo en Checoslovaquia también en la prensa burguesa. El Gobierno checoslovaco intenta presentar las cosas como si aquí, en Moscú, se estuvieran urdiendo terribles conspiraciones contra Masaryk y su república. En Checoslovaquia los soldados tienen derecho de voto, tienen, pues, en virtud de la Constitución, el derecho de participar en la vida política, y por eso le dijimos al partido: tenéis el deber de aprovechar los derechos que da la Constitución para que los soldados checoslovacos no solo sepan de qué se trata en la lucha en Checoslovaquia, sino hasta qué punto, como obreros o campesinos, están del lado del pueblo trabajador. Y si la burguesía checoslovaca cree que tiene que pasar al ataque contra el partido en esta cuestión, le decimos: ese ataque será ante todo un ataque contra los derechos políticos de los soldados, y ya veremos si la burguesía checoslovaca se arriesga entonces a ese ataque. Hasta ahora el partido ha hecho demasiado poco en este terreno, y por esa escasa actividad del partido, cuando el paro crecía de un momento a otro, el partido no supo vincularse en seguida y en la medida suficiente con los parados, luchar por su causa en el Parlamento y en los sindicatos y movilizar a los obreros junto con los parados en la lucha. Estas debilidades y deficiencias del partido reforzaron la desconfianza de un grupo de viejos y buenos camaradas del partido. Si estos camaradas se hubieran contentado con subrayar esas deficiencias, que la dirección central del partido y la Internacional Comunista han reconocido, y se hubieran contentado con ayudar en la práctica a superarlas, no se podría objetar nada contra semejante crítica, contra semejante trabajo positivo; sería una parte sana del trabajo general del partido. Pero, por desgracia, los camaradas se han dejado arrastrar y empujar a una desconfianza, a un estado de ánimo del que no pueden responder. Estos camaradas difundieron en el partido afirmaciones completamente infundadas. Así, los camaradas de la oposición hicieron correr el rumor de que la dirección del partido, encabezada por el camarada Šmeral, preparaba en secreto una coalición con la burguesía. Bastó que en Marienbad se celebrara una reunión burguesa cualquiera. El camarada Šmeral ni siquiera tuvo que estar en Marienbad —estaba en Karlsbad, y no en una reunión burguesa, sino en una reunión del partido—, pero eso basta: un balneario es un balneario, y con quién se bañó no está claro. (Risas.)

Pero en el partido se difundían noticias que envenenaban la unidad del partido sobre los tratos de la dirección del partido con los partidos burgueses. Nosotros decimos: esas afirmaciones son una pura locura. Porque imagínense: el partido defiende el frente único y el gobierno de los partidos obreros, Šmeral lleva todo eso a la práctica y al mismo tiempo negocia la entrada en el Gobierno. Si fuera tan loco, quizá habría llegado al Gobierno, pero habría quedado fuera del Partido Comunista. Bastó que, durante el conflicto en el partido, los periódicos burgueses escribieran que Šmeral estaba depurando el partido de elementos de izquierda para que los camaradas de la oposición dijeran: he aquí la prueba de que Šmeral actúa de acuerdo con la burguesía. Ese estado de ánimo llevó a buenos camaradas a querer, en primer lugar, tener a toda costa un órgano de la fracción. En el antiguo Partido Socialdemócrata checo, cuando éramos una oposición, también teníamos nuestro periódico, Kommunista. Era nuestra dinamita dentro del Partido Socialdemócrata checo. Ese periódico siguió existiendo, pero solo porque casualmente su editor era el camarada Šturc. La oposición llegó tan lejos que escribió un llamamiento a los hombres de confianza, por el que recibió de la dirección central del partido una advertencia de que no debía inquietarse a amplias masas del partido con afirmaciones falsas. La oposición no se sometió a la decisión de la dirección del partido. En la conferencia del partido sus afirmaciones fueron rechazadas como falsas y se le exigió que las retirase. La oposición no retiró esas afirmaciones y por ello la conferencia del partido la expulsó. El Ejecutivo no confirmó esa decisión de expulsar a la oposición, y por eso aquí lo atacó la mayoría de los camaradas checos. Lo atacaron porque se dijo que de ese modo se socavaba la disciplina del partido. Pues bien, camaradas, la disciplina en el partido checo anda mal. Allí pasan cosas como, por ejemplo, que un redactor de provincias diga: ya llevo aquí bastante tiempo. Se le dice: quédate, no tenemos a nadie que te sustituya. Entonces el camarada se despide con tres meses de preaviso y se va a Praga. O la disciplina se ilustra con otro ejemplo: la redacción escribe artículos que no reflejan la opinión del partido y que, sin embargo, no van firmados personalmente, y la redacción dice: nosotros somos el Espíritu Santo y somos autónomos en nuestra política.

Con esa indisciplina, que es una herencia de la vieja socialdemocracia, hay que acabar de una vez. Pero que se tolerase tanto tiempo esa indisciplina y que ahora se echara sin más del partido al camarada Šturc y a otros camaradas, eso no podíamos entenderlo. Pensábamos que se habría podido esperar al congreso para hablar aquí seriamente, junto con nosotros, con los camaradas de la oposición checa.

Pero no fueron solo estas razones las que nos movieron a tomar esta decisión. En torno a toda oposición se agrupan muchos elementos de cuya permanencia en el partido yo no pondría la mano en el fuego. Pero también hay entre ellos viejos camaradas honrados a los que queremos conservar en el partido, no porque los tengamos por mejores, sino porque estamos convencidos de su sentimiento proletario y porque, si se disipa su gran desconfianza, pueden llegar a ser buenos camaradas.

Nos hemos esforzado lealmente por examinar todas estas cosas en la comisión. Se formularon contra el camarada Šmeral acusaciones de las que tuvimos que decir: no, estas acusaciones no son ciertas, no las suscribimos. Pero, aun así, llegamos a la convicción de que la expulsión del partido no debe confirmarse. Sin embargo, como los camaradas han cometido una grave ruptura de la disciplina y como nos interesa que los camaradas checos comprendan que no hay partido de combate sin disciplina, proponemos que los camaradas no sean expulsados, sino suspendidos de sus cargos hasta el próximo congreso del partido checo. Si después del Congreso Mundial demuestran que están dispuestos a colaborar seriamente en el partido, nada impide que los camaradas checos puedan volver a elegirlos.

Pero, camaradas, quiero decir aquí unas palabras que desearía que los camaradas tomaran muy a pecho. En la comisión ocurría a veces lo siguiente: demostrábamos de la manera más clara que una acusación era ridícula, y diez minutos después los camaradas se metían la mano en el bolsillo y sostenían que aquí había quedado establecido que precisamente eso era verdad. Los camaradas acusaron al partido de que la dirección del partido buscaba unir el partido con la burguesía. Nosotros comprobamos que no había ocurrido nada semejante, que el partido checo es un buen partido proletario. Entonces vinieron los camaradas y sostuvieron: vosotros no hacéis más que confirmar que teníamos razón. Me dirijo especialmente a los camaradas Bolen616 y Šturc. Si queréis empezar así y trabajáis así, la Internacional no podrá detener el brazo del partido cuando el partido se defienda. Hay que poner fin a estos rumores infundados contra el partido. Si veis algo malo en el partido, combatidlo, dirigíos a la Internacional. Pero el partido tiene que sentir que a su cabeza no hay traidores y tránsfugas, sino camaradas que se han formado en el trabajo del partido y en los que los miembros del partido tienen confianza. Si se quisiera presentar como traidores a los camaradas Šmeral, Kreibich y otros, conocemos a estos camaradas desde hace demasiado tiempo para aceptarlo como verdadero. Señalamos los errores que hay en el partido. Y de esos errores la oposición no es menos culpable que las otras partes. (Una voz: ¡Muy cierto!) Solo el trabajo común con espíritu fraternal puede ayudar al partido a salir de esta situación. El partido checoslovaco se encuentra en una situación tan seria como ningún otro partido de la Internacional.

Un país con tres millones de obreros industriales, 600.000 parados, un país con 12 millones de habitantes entre los que reina un profundo descontento, entre los eslovacos, entre los alemanes, es decir, donde hay grandes materias de conflicto nacional y social: en semejante situación, Checoslovaquia es ante todo uno de los países donde podemos llevarnos grandes sorpresas. Dudo que el partido checoslovaco esté ya a la altura de esas sorpresas. Por eso nuestro trabajo debe orientarse a aprovechar el próximo período, con el trabajo más intenso, para poner al partido en condiciones de realizar un trabajo positivo, de modo que el partido, cuando llegue el momento, sea capaz no de demostrar con rumores y con desconfianza que es un buen partido, sino de realizar un trabajo revolucionario positivo.

Proponemos que se apruebe la resolución que les presentamos. La aprobaron por unanimidad en la comisión los camaradas que, por así decirlo, cojean un poco del pie izquierdo y los camaradas de los que se dice que a veces miran de reojo a la derecha. Se aprobó por unanimidad tras largas discusiones, tras el examen de un gran material que nos vimos obligados a leer de cabo a rabo, aunque no era en modo alguno un material agradable. Todo ese material nos dio la prueba de que tenemos aquí el germen de una tendencia anarcosindicalista. No queremos tenerla fuera del partido; queremos superarla dentro del partido mediante el trabajo positivo. Les rogamos que se abstengan de toda discusión y aprueben la resolución de la comisión. (Vivos aplausos.)

Presidente: Como todas las delegaciones, o casi todas, estaban representadas en la comisión checoslovaca y los miembros de esa comisión conocen la resolución, no creo necesario volver a leerla. Pero debo preguntar si la asamblea está de acuerdo en que se prescinda de la lectura. (Voces: ¡Que se lea!)

Entonces tengo que leerla. Dice así:

Sigue la «Resolución sobre la cuestión checoslovaca», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Šturc (Checoslovaquia): ¡Camaradas! Vinimos a Moscú para mostrar, en nombre de los obreros de la oposición, los fenómenos dignos de consideración de empantanamiento y descomposición en nuestro partido. No se tuvieron suficientemente en cuenta nuestras advertencias y nuestras exposiciones no se examinaron lo bastante. Por eso el congreso resuelve la crisis de nuestro partido mediante un compromiso, aunque nosotros pusimos en guardia contra una solución semejante. La resolución propuesta no eliminará el peligro que señalamos a tiempo. Nos sometemos, desde luego, a la decisión de la mayoría del congreso, pero al mismo tiempo consideramos nuestro deber subrayar que representamos a amplias masas de obreros descontentos que probablemente no entenderán esta resolución, y también será difícil impedir que continúen el trabajo para eliminar todo lo que hay de malsano en el Partido Comunista de Checoslovaquia.

Šmeral (Checoslovaquia): ¡Camaradas! En nombre de la delegación checoslovaca declaro que estamos de acuerdo con la resolución y que votaremos a favor. Al comité de nuestro partido y a la conferencia nacional no les importaba una expulsión a cualquier precio, sino imponer la disciplina. Tal como estaban concretamente las cosas entre nosotros antes del congreso, nos encontrábamos desconcertados e impotentes ante la posición en la que se obstinaban los camaradas expulsados. La resolución constata con razón que su rígida intransigencia provocó directamente la decisión de la conferencia nacional. Pero esperamos que las discusiones del Congreso Mundial sean una lección suficiente y que, con la ayuda del nuevo Ejecutivo, se imponga en nuestro partido una verdadera disciplina comunista. La autoridad de la dirección y la disciplina son absolutamente necesarias para que nuestro partido elimine rápidamente las deficiencias que se señalan en la resolución y de las que somos conscientes. Nuestro partido solo tiene un año, actúa en condiciones bastante complicadas, y creemos poder decir también que el último año ha traído importantes resultados positivos de su trabajo. Sin embargo, no es ahora el momento de hablar de lo ya alcanzado. Consideramos que nuestra tarea es trabajar en el perfeccionamiento de nuestro partido, y a ese trabajo queremos dedicar todas nuestras fuerzas. Así como exigimos disciplina en el partido, queremos someternos sin reservas al control y a la disciplina de la Internacional. De este modo esperamos dar al partido una forma verdaderamente comunista no solo en lo organizativo, sino hacer de él una parte tan activa y capaz de combatir de nuestro ejército internacional que se gane con sus hechos en la lucha la confianza de la Internacional. El año próximo podemos esperar acontecimientos importantes en Checoslovaquia. Estamos convencidos de que el Partido Comunista de Checoslovaquia, unido, firmemente consolidado y disciplinado, estará a la altura de sus grandes tareas y de que el año próximo aportaremos a toda la Internacional éxitos nada pequeños.

Así pues, en nombre de la delegación checoslovaca declaramos que daremos nuestro voto a la resolución que se ha leído aquí.

Presidente: Antes de la votación me veo obligado a declarar lo siguiente por encargo del Presidium: el camarada Šturc ha dicho en su declaración que la cuestión checa no se ha estudiado suficientemente. Declaro aquí que esa afirmación no es exacta. La oposición tiene, por supuesto, derecho a hacer aquí declaraciones, pero hay que rechazar la afirmación de la declaración según la cual la cuestión checa no se examinó suficientemente.

Pasamos ahora a la votación. ¿Hay alguien en contra de la resolución propuesta por la comisión? —Hago constar que la resolución queda aprobada con un voto en contra.

Camaradas, con esto hemos terminado nuestros trabajos de hoy. El informe sobre la cuestión americana ya no puede presentarse hoy. Solo advierto que mañana a las 11 de la mañana habrá una reunión de todas las camaradas. Además, se invita a las delegaciones a que, hasta mañana por la mañana, hagan al camarada Humbert-Droz sus propuestas de candidaturas para la composición del Ejecutivo.

Se levanta la sesión a las 4.50 de la tarde.

Trigesimoprimera sesión, martes 5 de diciembre de 1922

La cuestión de la ayuda proletaria a la Rusia soviética. La cuestión yugoslava. La cuestión noruega.

Oradores: Münzenberg, Feliks Kon, Stanić, Radić, Marynko, Bujarin.

Apertura: 12.50 del mediodía. | Preside: Neurath.

Presidente: En el orden del día tenemos en primer lugar el examen de la resolución sobre la ayuda económica. El camarada Münzenberg informará sobre las modificaciones.

Münzenberg: Camaradas, de la cuestión de la ayuda económica se ha ocupado en varias sesiones la comisión elegida por el congreso; además, anoche, una vez más, el Presidium del congreso, y por último una comisión elegida por el Presidium. Por encargo de esta comisión presento al congreso la siguiente resolución, cuya aprobación unánime solicito:

Sigue la «Resolución sobre la ayuda proletaria a la Rusia soviética», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Votamos la resolución, que, con las modificaciones, han aprobado la comisión y el Presidium.

¿Hay alguien en contra del texto de la resolución con las modificaciones que acaba de leer el camarada Münzenberg?

No es el caso.

La resolución queda, pues, aprobada.

Pasamos al siguiente punto del orden del día: informe sobre los trabajos de la comisión yugoslava.

Feliks Kon (Polonia): Estimados camaradas, antes de pasar al informe sobre la cuestión del partido yugoslavo en nombre de la comisión designada para ello por el congreso, me permito remitirme a una cita del discurso del camarada Zinóviev: «Hemos salido del seno de la II Internacional y hemos heredado de ella muchas tradiciones que no pueden extirparse en un día; pero si ese día dura varios años, tenemos que exigir que se acelere ese proceso». Todo esto se aplica al partido yugoslavo.

Al informar ante el congreso sobre este partido, es preciso partir del punto de vista de que la gran fuerza del comunismo consiste en que sabe decir la verdad también cuando esa verdad es amarga.

Por desgracia, y lamentablemente, tenemos que pronunciar esta amarga verdad en cuanto hablamos del partido yugoslavo.

El partido yugoslavo surgió en el momento en que, en 1919-1920, las consignas del comunismo atraían a las masas, cuando, por un lado, el movimiento italiano y, por otro, el entusiasmo de la propia clase obrera en cada país ofrecían la posibilidad de un amplio desarrollo. Y fuimos testigos de cómo el partido yugoslavo, hasta entonces bastante insignificante y liberado hacía poco de los elementos reformistas, se convirtió de pronto en uno de los partidos más poderosos, se adueñó de muchos ayuntamientos, envió 59 diputados al Parlamento y, en general, parecía representar una fuerza considerable.

Pero este partido, tan importante por su número, precisamente por esa afluencia y por la victoria relativamente fácil en este terreno, no pensó durante mucho tiempo en absoluto que, sin el bautismo de fuego de la lucha y solo con pegarse la etiqueta comunista, no se había convertido en un partido comunista, que seguía teniendo todos los rasgos negativos del antiguo Partido Socialdemócrata; siguió siendo un partido de resoluciones, un partido que atribuía una importancia enorme a su participación en el Parlamento, que contaba con poder influir por ese camino en la burguesía y defender a la clase obrera, y que no pensaba que, cuanto más reclamaran las masas la lucha —y ese afán de lucha de las masas se mostraba precisamente en la afluencia al Partido Comunista—, tanto mayor sería la atención del enemigo de clase del proletariado y tantas más medidas tomaría para aplastarlo. En este aspecto, el partido parecía aferrarse con todas sus fuerzas y por todos los medios a la legalidad. Tenemos que señalar que el partido hermano yugoslavo es uno de esos partidos, por suerte pocos, que no han publicado en su país las 21 condiciones de ingreso en la Internacional; un partido que no había publicado en su país la resolución de la Internacional Comunista sobre su posición ante el parlamentarismo, como si temiera debilitar con ello su posición parlamentaria. Y a pesar de que todas las condiciones objetivas apuntaban visiblemente a convertir esa victoria fácil en una derrota igual de fácil, el partido no tomó en todo ese tiempo ninguna medida para prepararse para las luchas, no con resoluciones, sino con hechos. Y cuando apareció el famoso decreto de defensa del Estado617 (y el decreto permanece en vigor medio año y tiene que ser confirmado por el Parlamento para convertirse en ley), el partido contó con que el Parlamento no confirmaría el decreto ni lo elevaría a ley, y en lugar de pasar a la lucha, se llegó a que los ayuntamientos en que los comunistas tenían la mayoría fueran disueltos y los comunistas expulsados del Parlamento. Y todo eso ocurrió en circunstancias que no tenían igual en ningún país. No se puso en movimiento a las masas para protestar; en ninguna parte una señal de vida, en ninguna parte una protesta, en ninguna parte un intento de luchar por la vía comunista habitual: nada de eso hubo en Yugoslavia. La victoria obtenida por el enemigo de clase del proletariado sin lucha ni resistencia parecía, por su facilidad, dejar perplejos a los propios vencedores. Llovieron las represalias sobre los comunistas, sobre la clase obrera. Se clausuraron los órganos de prensa, se disolvieron los sindicatos y se entregaron a las organizaciones de los conciliadores, se encarceló a la gente, pero por parte del partido no se advertía el menor indicio de lucha contra estos desmanes de la contrarrevolución. Al mismo tiempo llovían las represalias sobre el partido, y su resultado fue un fenómeno bien conocido tanto en Rusia como en otros países donde se lucha en la clandestinidad. La mayor parte de los camaradas activos tuvo que huir al extranjero para escapar de la detención.

Así surgió la emigración, con todos los fenómenos que la acompañan. Para el partido yugoslavo esto era nuevo. Un partido que existe en la clandestinidad desde hace decenios lo conoce bien. Los dirigentes, arrancados del cauce de la vida inmediata, del contacto inmediato con las masas proletarias y de la seguridad, discutían largo y tendido las causas de su derrota y, como de costumbre, echaban la culpa ya a unos, ya a otros. No hubo ningún análisis marxista de los acontecimientos de Yugoslavia. En su lugar pudo observarse lo que se conoce con el nombre de «emigrantismo». Aunque no había divergencias de principio, surgieron discordias cuya causa era una desconfianza mutua, en el sentido de que un grupo no creía al otro capaz de interpretar correctamente las resoluciones adoptadas. No había aquí divergencias tácticas, sino la desconfianza que un grupo de dirigentes tenía en el tacto político, la sensibilidad y la capacidad del otro grupo. Y eso se mostró con especial agudeza en el momento de la convocatoria de la Conferencia de Viena.618

Camaradas, paso aquí a una cuestión que a viejos revolucionarios experimentados les da vergüenza tocar; se avergüenzan ante sí mismos y ante los camaradas a quienes tienen que hablar de ello. Cuando el partido yugoslavo era un partido legal, había elaborado unos estatutos de organización determinados. Desde entonces todo se ha puesto patas arriba. Y allí donde, al parecer, existían todas las condiciones previas para el desarrollo de la lucha, apenas han quedado más que ruinas. Había que convocar a toda costa algo, fuera cual fuese su nombre: conferencia, congreso, reunión; había que reunir sin falta a los camaradas activos para deliberar sobre la salida de la situación y sobre la restauración de la organización, completamente destrozada. Está claro para nosotros que en tales circunstancias no se respetan los estatutos redactados en condiciones legales ni se examina si la convocatoria de la conferencia se ajusta a tal o cual artículo. La vida del partido, los intereses de la clase obrera deben estar, al parecer, por encima de eso. Y tenemos que comprobar que la Conferencia de Viena, en las circunstancias en que se convocó —con la máxima observancia posible de esos artículos de los estatutos—, se convocó de todos modos de forma que se respetaron algunos de esos artículos. Sí, no se cumplieron todos los artículos, lo hago constar. Pero si, por observar todos esos artículos, la conferencia no se hubiera convocado, los culpables de no convocarla habrían tenido que comparecer ante el tribunal de la Internacional Comunista.

Por suerte, la conferencia se convocó. Y hay que tener en cuenta que se elaboraron determinadas resoluciones políticas y de organización que recibieron la sanción del Ejecutivo de la Komintern, teniendo en cuenta además que esas resoluciones no suscitaron divergencias de ninguna clase ni por un lado ni por el otro. Camaradas, cuando en tales circunstancias la comisión tiene que dirimir los asuntos del partido yugoslavo, cuando es testigo de que algo divide en dos campos a los camaradas que actúan allí, hay que reflexionar —a pesar de todas sus declaraciones de que en realidad no existen divergencias— sobre si acaso no habrá divergencias que aún no han tomado una forma definida. Y la comisión se propuso analizar, en presencia de los camaradas, todas las cuestiones políticas que en los demás partidos conducen a divergencias: la cuestión de la situación política, la cuestión de la actitud del partido ante los sindicatos; la cuestión que tiene precisamente para el partido yugoslavo la importancia más grave, a saber, la cuestión nacional; la cuestión de las relaciones entre la organización legal y la ilegal, así como la de la subordinación de la organización legal a la dirección de la ilegal: todas estas cuestiones las planteamos y debatimos en la comisión, y, camaradas, tenemos que hacer constar aquí que en todas ellas no hay divergencias entre los dos grupos. Involuntariamente surge la pregunta de por qué se ha armado entonces todo este escándalo. Camaradas, ya he indicado por qué se armó. Se arma siempre en la emigración después de una derrota, y ante esta cuestión hay que adoptar la actitud correspondiente. Camaradas, para nosotros este momento es de la mayor importancia. Si no hay divergencias políticas, hay que establecer normas de organización determinadas que den a todos los capaces de trabajar la posibilidad de participar en el trabajo, que den la posibilidad de superar la desconfianza mutua en el trabajo común, como ya ocurre en algunos partidos. En este sentido se ha elaborado toda una serie de normas de carácter organizativo que recomendamos al Ejecutivo de la Komintern para su aprobación. Como tenemos aquí que ver con un partido que actúa en su mayor parte en la clandestinidad, en la ilegalidad, los camaradas admitirán que estas cuestiones de carácter organizativo no deben discutirse aquí en el pleno, sino que deben remitirse al Ejecutivo de la Komintern. En cuanto a la situación política en que se encuentra el partido, les daré a conocer la resolución redactada por la comisión, y me permito expresar para terminar no solo la esperanza, sino la profunda convicción de que todos los camaradas del partido yugoslavo, desde el momento en que la instancia suprema del partido, el IV Congreso, haya tomado aquí su decisión, se someterán sin condiciones a esa decisión y no se limitarán a tomar nota de ella, como han hecho hasta ahora, sino que la aplicarán estrictamente; que se arremangarán y se pondrán a trabajar en ese país que espera a los trabajadores. Y estoy convencido de que en el próximo congreso tendremos ante nosotros un partido unido y capaz de combatir, apoyado en filas inmensas de proletarios: el Partido Comunista de Yugoslavia.

Paso a la lectura de la resolución. Quizá les parezca a los camaradas un poco más larga de lo que suelen ser las resoluciones, pero la comisión consideró necesario que en esta resolución, destinada a publicarse, no faltara ni un punto sobre una i, para que no puedan surgir malentendidos ni interpretaciones erróneas. «Resolución sobre la cuestión yugoslava».

Sigue la «Resolución sobre la cuestión yugoslava», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Camaradas, para que esta resolución tenga el carácter más autorizado posible y ejerza el mayor efecto posible en Yugoslavia, que necesita nuestra decisión, os pedimos que la aprobéis por unanimidad. (Aplausos.) Debo añadir que el plan de medidas organizativas elaborado por la comisión ya se ha presentado al Ejecutivo.

Presidente: Sobre el informe acerca del trabajo de la comisión yugoslava han pedido la palabra dos camaradas. Tiene la palabra en primer lugar el camarada Stanić para hacer una declaración.

Stanić (Yugoslavia): En nombre de la minoría mencionada, es decir, de la izquierda del Partido Comunista de Yugoslavia, declaro que estamos de acuerdo con esta resolución de la comisión, es decir, con su crítica, con la crítica de la actuación de los oportunistas y de los errores cometidos por el Partido Comunista de Yugoslavia en el curso de los dos últimos años. La resolución confirma plenamente nuestra crítica, pero entre esa crítica de la comisión y las medidas de organización que propone para resolver el conflicto interno del partido hay una profunda contradicción, pues confía la dirección del partido a los camaradas apoyados por los oportunistas desde la Conferencia de Viena.

Hemos propuesto, y volvemos a proponer, que la dirección del partido se constituya a partes iguales, aunque en realidad tendríamos derecho a exigir el predominio, puesto que en el conflicto la mayoría está de nuestro lado y nuestra posición comunista es en él antioportunista. Solo pedimos lo mismo que ya se ha concedido al partido francés.

Presidente: De la delegación yugoslava ha pedido también la palabra el camarada Radić, igualmente para una declaración.

Radić (Yugoslavia): En nombre de tres miembros de la delegación yugoslava, que consta de cuatro miembros, declaro lo siguiente:

Aunque tenemos en cuenta que la última conferencia ampliada del consejo del partido en Viena estaba facultada para tomar las decisiones definitivas sobre todas las cuestiones, también para elegir el nuevo Ejecutivo, lo que confirmaron el Ejecutivo del CE de la IC y la comisión para la cuestión yugoslava, aceptamos no obstante, para eliminar todos los malentendidos y concentrar todas las fuerzas, tan necesarias para el partido, la decisión de la comisión, nos lanzaremos con toda energía a aplicarla y votamos a favor de la resolución. (¡Bravo!)

Presidente: Una tercera declaración todavía: el camarada Marynko.

Marynko (Yugoslavia): Camaradas, la delegación de la Federación de Juventudes Comunistas de Yugoslavia está plenamente de acuerdo con la exposición del camarada Kon y declara que la Juventud Comunista de Yugoslavia no solo aceptará la resolución política y la de organización, sino que dedicará todas sus fuerzas a su aplicación concreta, tanto más cuanto que responden al trabajo que la federación ha realizado hasta ahora en este sentido. (¡Bravo!)

Presidente: Pasamos a la votación de la resolución que ha presentado la comisión yugoslava. ¿Hay alguien en contra de la resolución? —No es el caso. ¿Se abstiene alguien? Tampoco es el caso.

La resolución queda, pues, aprobada por unanimidad.

Pasamos ahora al informe de la comisión noruega. Tiene la palabra el ponente, camarada Bujarin.

Bujarin (recibido con aplausos): ¡Camaradas! Como todos ustedes saben, en el Partido Obrero Noruego619 hay una crisis bastante grave. Esa crisis se manifiesta en la existencia de dos fracciones. Estas dos fracciones luchan entre sí, y una de ellas tampoco tiene buenas relaciones con la Internacional; por lo menos, hay diversos casos y hechos que aparecen como síntoma de una crisis en las relaciones entre el Partido Obrero Noruego y el Ejecutivo.

Quisiera caracterizar primero, en general, a las dos fracciones noruegas. La existencia de estas fracciones tiene raíces históricas bastante profundas, y solo se la puede comprender si se conoce la historia del Partido Obrero Noruego. La primera corriente, que tiene ahora la mayoría dentro del partido noruego, puede definirse como la corriente que tiene tendencias en parte sindicalistas y en parte reformistas. La presencia de tales tendencias en el Partido Obrero Noruego se manifiesta en las siguientes tendencias subordinadas. En primer lugar, en el federalismo. La tradición sindicalista tiene por consecuencia tendencias federalistas. Antes, cuando los camaradas que representaban esta tendencia luchaban contra la corriente socialdemócrata, este federalismo sindicalista era, por así decirlo, un instrumento para destruir la vieja organización socialdemócrata. Estaban la socialdemocracia centralizada y los sindicatos centralizados y, además, la oposición revolucionaria, y en especial la oposición en los sindicatos. Esta oposición se basaba en el principio federalista. Puede decirse también que algunos de los camaradas dirigentes de esta oposición sindical eran discípulos de la corriente americana de la IWW, una corriente revolucionaria federalista; trasladaron esa doctrina de la IWW a Noruega, y no puede decirse que entonces fuera en principio algo malo. Al contrario. Era un instrumento bastante bueno para desorganizar la vieja organización y conquistar puntos estratégicos importantes dentro del movimiento sindical de Noruega.

Pero esas mismas tendencias federalistas —como continuación de aquellas tendencias— siguen actuando también ahora, cuando la mayoría pertenece a nuestro partido, cuando la mayoría pertenece a nuestra corriente, es decir, a la corriente revolucionaria, cuando los socialdemócratas ya han sido completamente vencidos y aplastados. Naturalmente, en la época actual estos principios federalistas ya se han convertido en su contrario y son, por eso, naturalmente, un error. Pero una corriente del partido comete ese error.

El segundo rasgo de esta corriente está en el énfasis en la lucha sindical y en el énfasis en los sindicatos en general. También es fácil imaginar por qué ocurre esto. La mayor parte del partido ha salido de esa oposición sindical. Sobre esa base han crecido nuestras fuerzas, y por eso es comprensible que también ahora se considere a los sindicatos como lo primario.

Este es el punto de vista teórico de estos camaradas. Con él puede explicarse también la estructura tan específica y tan original del partido. Hasta hace poco, y aún ahora, nuestro partido hermano noruego se basa en los sindicatos. Los sindicatos han entrado en bloque en el partido, y por eso se da la situación original de que incluso en el Partido Comunista no hay comunistas. Esto puede explicarse por toda la historia del movimiento noruego.

El tercer rasgo es la tendencia que se define como separación de la política en general respecto de la política parlamentaria. También esto puede comprenderse fácilmente desde el punto de vista general del desarrollo histórico del partido. Si lo primario está en la lucha sindical, si los sindicatos aparecen como las organizaciones primarias, semejante situación tiene que basarse naturalmente, en la teoría y en la lógica, en una tendencia que en mayor o menor medida sostiene la opinión de que, por así decirlo, la economía está en un bolsillo, mientras la política se encuentra en otro.

Este punto de vista es absolutamente erróneo. Todos sabemos que la política no es más que la expresión concentrada de la economía. Pero, a pesar de todo, existe esa tendencia dentro de la corriente que estoy examinando ahora.

Luego el punto 4, también un rasgo característico de esta tendencia. Se trata, en efecto, de la incapacidad de maniobrar. Esta incapacidad se justifica teóricamente con frases que suenan muy revolucionarias. Se dice, por ejemplo: hay que tener una línea política proletaria recta. No hace falta concertar compromisos, solo hay que seguir un camino directo y recto. No hace falta aprovechar las fuerzas que actualmente se combaten dentro de la burguesía, etc.

Esto suena muy revolucionario. Pero en realidad este fenómeno puede explicarse, con perdón, de la siguiente manera. La corriente en cuestión se representa el orden capitalista, todo el sistema capitalista, como algo dado, fijo. En el marco de este sistema, de este orden, se defienden intereses obreros específicos, profesionales, y no se preocupa uno en absoluto de otras capas que podrían aprovecharse como fuerzas auxiliares en la lucha por la destrucción del sistema capitalista. Y esta original representación, que, mirada superficialmente, parece muy revolucionaria, se basa en realidad, con perdón, en una concepción bastante reformista de la marcha del desarrollo. Naturalmente, no afirmo que todas estas ideas vivan de forma bien definida en las cabezas de los camaradas de esta corriente. Pero el análisis objetivo de todos estos fenómenos, en relación con el análisis de otras cuestiones y de otros planteamientos tácticos, apoya mi opinión.

La segunda corriente del partido, la segunda fracción, se basa, históricamente considerada, en el desarrollo del movimiento juvenil. Mientras que la primera corriente se basaba en los viejos sindicatos y en especial en la oposición sindical que existía en el marco de los viejos sindicatos, la otra corriente descansa sobre la base del movimiento juvenil. El movimiento juvenil se desarrolló sobre todo durante la guerra como movimiento extremadamente revolucionario. El rasgo característico de esta orientación táctica, si la consideramos como contrapartida de la primera fracción, es un énfasis mucho mayor en la necesidad de la lucha política. Mientras que la primera corriente tiene cierta tendencia apolítica, la segunda fracción subraya la importancia de la política y de la conquista del poder político. Puede decirse también que esta fracción es, desde el punto de vista marxista, más ortodoxamente marxista, que se ocupa en mayor medida de la doctrina de Marx. En nuestro grupo parlamentario ninguna corriente ha tenido hasta ahora la dirección. Pero por diversas razones, sobre todo porque el parlamentarismo revolucionario es en Noruega una cosa completamente nueva, esta corriente ha cometido errores diversos, en parte grandes, en la actividad parlamentaria. Estos errores los criticó duramente en su momento el Ejecutivo, y no podemos negarlos.

La situación de conjunto dentro del partido es, pues, la siguiente: en la primera fracción hay elementos de diversa clase, algunos con tendencias sindicalistas, otros con tendencias reformistas. Y la tercera tendencia dentro de la primera fracción une a veces de un modo muy original el sentido reformista, o que tiende al reformismo, con la envoltura sindicalista.

La segunda fracción tampoco es en modo alguno homogénea. Hay en ella camaradas a los que puede calificarse de muy buenos marxistas, pero hay también algunos elementos oportunistas.

Y así es posible que la primera corriente combata muy a menudo a la segunda, objetivamente considerado, desde el punto de vista reformista y, sin embargo, con la fraseología de la revolución. Todo el complejo de las diversas corrientes, tendencias, agrupaciones y subagrupaciones dentro de nuestro partido noruego es, pues, bastante difícil de definir en pocas palabras. En eso consiste, a mi juicio, toda la dificultad del problema. Pero, en líneas generales, estas dos fracciones están tal como acabo de describirlas. A la primera fracción pertenece ahora la mayoría de la dirección central del partido, y diversos errores táctico-políticos, así como errores teóricos que sirven de base a diversos errores tácticos, han encontrado en muchos casos su expresión concreta.

Quisiera decir unas palabras sobre estos errores concretos. ¡En primer lugar, la cuestión del federalismo! Este federalismo ha encontrado una expresión especialmente cruda en la relación del partido con la Internacional Comunista. Estamos en el camino de una centralización cada vez mayor. Nuestro congreso ya ha tomado una decisión sobre la cuestión de organización; ha dado un paso que expresa con toda claridad esta tendencia nuestra a una centralización cada vez más estricta. Esa es la opinión de casi todas las delegaciones, de casi todos los partidos hermanos. Pero distinta es la opinión de nuestro partido hermano noruego.

Cuando tuvimos un conflicto entre el partido noruego y el Ejecutivo, el órgano central de nuestro partido hermano noruego publicó una comunicación oficial. Esa comunicación oficial debía aclarar el punto de vista de la dirección central del partido hermano noruego, debía explicar cuál es la relación de las secciones nacionales de la Internacional Comunista con el conjunto de la Internacional. En este artículo había diversas formulaciones muy crudas que nos ilustraron sobre la actitud de nuestro partido hermano noruego en la cuestión de la relación con la Internacional Comunista. A propósito de un conflicto, el órgano central del Partido Obrero Noruego, Socialdemokraten,620 escribió textualmente lo siguiente:

«Es de lamentar que una organización internacional intervenga en una disputa interna de un partido, como lo ha hecho la Internacional Comunista en el presente caso».

¿Qué significa esto? Significa que el partido hermano noruego considera un fenómeno lamentable que el Ejecutivo de la Internacional Comunista se inmiscuya en los asuntos internos del partido. Esta formulación es tan cruda que no puede serlo más.

En otro pasaje de la misma declaración del órgano central noruego se dice:

«Una fracción determinada ha intentado utilizar al Comité Ejecutivo en asuntos internos del partido noruego y ha conseguido con ello que se socave la autoridad de la Internacional».

De estas líneas puede deducirse que hay que lamentar que una parte cualquiera del partido apele a la Internacional. Es, pues, un punto de vista muy claro, y ese punto de vista claro puede formularse así: la Internacional Comunista puede tomar diversas decisiones y el congreso puede comprometerse con esas decisiones, etc., pero la Internacional Comunista no debe inmiscuirse en los asuntos internos del partido. Es la aplicación del federalismo más puro dentro de nuestra organización comunista internacional, y este federalismo no resiste en absoluto la crítica. Todos debemos, naturalmente, protestar muy enérgicamente contra él.

¡O bien otro caso!

Nuestra comisión invitó varias veces a los camaradas noruegos y les hicimos también diversas preguntas. Dentro de ese círculo de preguntas planteamos con toda claridad la cuestión de la relación entre el partido noruego y la Internacional Comunista y algunos camaradas noruegos con mayores o menores reservas. Se expresaron dudas sobre si la Internacional Comunista puede realmente inmiscuirse, por así decirlo, «brutalmente» en los asuntos internos de las secciones nacionales.

Luego tenemos un caso muy lamentable, un caso que guarda relación con nuestro congreso actual. Es el llamado caso Tranmæl. Ya antes habíamos tenido diversos malentendidos y diversos conflictos menores entre la dirección central noruega y el Ejecutivo. Por eso pedimos que se enviara a este congreso al representante más destacado de la corriente que tiene la mayoría en la dirección central del partido noruego. Tres veces expresamos este deseo al partido noruego. Primero envió Zinóviev un telegrama, luego el Ejecutivo, y luego el Ejecutivo otra vez, cuando los delegados noruegos ya estaban aquí. Este deseo nuestro, expresado de manera completamente oficial en nombre del Ejecutivo de la Internacional Comunista, se negaron a cumplirlo la mayoría de la dirección central y, personalmente, el camarada Tranmæl. Hubo, naturalmente, diversas razones: razones técnicas, razones de política interior y otras diversas. Pero no consideramos en modo alguno este caso como un caso normal. Tenemos también un precedente en este sentido: fue nuestra relación con el Partido Comunista Francés. Como saben ustedes, al final uno de los dirigentes de la mayoría del Partido Comunista Francés, el camarada Cachin, acabó sin embargo participando en el congreso. El caso Tranmæl es único en este aspecto. Tras repetidos ruegos, tras diversas cartas, sugerencias y exigencias del Ejecutivo de que se enviara aquí al representante más destacado del partido, no se atendió esta petición, con lo cual la situación se ha agravado bastante.

Todas estas cosas tienen su razón de principio. No se trata, naturalmente, solo de una culpa personal del camarada Tranmæl, sino de la expresión de toda la atmósfera política y de toda la orientación política que hasta ahora, por desgracia, tenía la mayoría dentro del partido noruego, quizá no dentro de la masa de los obreros que pertenecen al partido noruego, pero sí dentro de las instancias del partido, y allí con certeza y en absoluto. Es la expresión de esa tradición federalista, y precisamente en que esa tradición federalista tenga raíces tan profundas reside la dificultad del problema, y precisamente por eso debemos intentar superar esta crisis con gran [ilegible], para eliminar esta orientación táctica y política.

La misma tendencia a una mala relación con la Internacional Comunista se expresó además en el incumplimiento de diversas directivas de la Internacional Comunista o, mejor dicho, en el retraso en el cumplimiento de esas directivas. Esto atañe en primer lugar a la cuestión de la organización del partido. De lo que ya he dicho antes se desprende con toda claridad que tenemos que reorganizar el partido. En las circunstancias actuales hay que tener un partido completamente cohesionado, y un partido no está tan cohesionado si consta también de no comunistas que han entrado en el partido de modo completamente mecánico junto con otros camaradas. Por eso, cuando el camarada Zinóviev estuvo por primera vez en Halle621 como representante del Ejecutivo de la Internacional Comunista, se concluyó con los representantes del partido hermano noruego y con el camarada Tranmæl personalmente un «tratado» —tratado entre comillas, naturalmente— por el que el partido debía ser reorganizado. Desde entonces ha pasado muchísimo tiempo y la reorganización del partido noruego avanza muy lentamente. Hasta hoy esa tarea no se ha cumplido. Naturalmente, se objeta que en Noruega existen dificultades muy grandes: que los transportes noruegos son malos, que la situación financiera del partido noruego es mala, que existen viejas tradiciones, etc. Reconocemos todas estas dificultades, pero hemos opuesto a los camaradas noruegos dos ejemplos de la vida del partido ruso. En Rusia, en efecto, hemos llevado a cabo también dos grandes reorganizaciones: 1) la depuración de nuestro partido y 2) la reorganización de nuestros sindicatos. Y hemos realizado ambas en pocos meses. Hemos expulsado del partido a 170.000 miembros. Fue un trabajo muy grande, que se extendió por inmensas extensiones de la Rusia soviética. Y, sin embargo, llevamos a cabo ese trabajo en pocos meses. ¡Luego, la reorganización de los sindicatos! Una vez iniciado el llamado nuevo curso, nuestra nueva política económica, comprendimos en seguida que la situación anterior de nuestros sindicatos, en que todos los obreros empleados en la fábrica pertenecían también al sindicato de modo completamente mecánico, era absolutamente insostenible bajo la nueva política económica, pues está claro que la nueva política económica, y con ella el crecimiento de las fábricas privadas, exige una agrupación no tan mecánica, sino más orgánica, de todos los miembros en los sindicatos. También este gran trabajo de organización, que pone nuestros sindicatos sobre una base completamente nueva y significa una reorganización completa de todos los sindicatos, lo hemos realizado en el curso de algunos meses, y nuestros sindicatos cuentan con algunos millones de miembros. Y también nosotros teníamos unos transportes completamente desbaratados, malas finanzas, hambre, etc., etc., y, sin embargo, llevamos a cabo esas dos reorganizaciones en un tiempo relativamente corto. Frente a esto preguntamos a nuestros camaradas de partido noruegos: ¿por qué no pueden acelerar también ellos el ritmo de su reorganización, por qué no pueden realizar con más rapidez este trabajo absolutamente necesario, que nadie discute? En el curso de diversas discusiones enconadas hemos llegado a calificar esta conducta de los camaradas noruegos de sabotaje inconsciente de las decisiones de la Internacional Comunista. No quiero emplear aquí expresiones tan duras, pero está claro que la cosa dura demasiado, y por eso en nuestra resolución exigimos al partido noruego que impulse en lo posible la organización del partido y la lleve a término en el plazo más breve.

¡Luego, la cuestión de los nombres de los partidos! Suena casi cómico que precisamente la mayoría del partido, que tiene un tinte sindicalista, haya dado largas a la cuestión del cambio de nombre. Formalmente, las cosas son así: ya el II Congreso de la Internacional Comunista decidió suprimir todo lo socialdemócrata. Desde entonces hemos escrito ya algunas cartas al partido hermano noruego, pero, aunque desde entonces han pasado ya unos 2 años, siguen ahí los viejos nombres. Han oído ustedes, camaradas, que el camarada Meyer622 ha proclamado desde esta tribuna que la cuestión del nombre no es más que una pequeñez. Pero ¿cómo consideramos nosotros este asunto? Ya tenemos varios precedentes con los nombres. Recuerdo el caso Vella dentro del partido italiano. Y sabemos muy bien qué valor tiene esta denominación, y nuestros enemigos también lo saben muy bien. Cito del órgano de los socialdemócratas de derecha de Noruega, Arbeider-Politiken, donde en un artículo del 8 de septiembre de este año se lee lo siguiente:

«Socialdemokraten, dette blad hvis navn allerede er nok til aa vise forvrövlingen innen det kommunistiske parti i Norge».623

Es decir: Socialdemokraten es una expresión de la confusión dentro del Partido Comunista de Noruega. Los socialdemócratas de derecha consideran, pues, con toda razón la palabra Socialdemokraten como la expresión de una confusión dentro de nuestro partido hermano noruego. Por eso la comisión propone que se resuelva también en el plazo más breve la cuestión del cambio de nombre, pues para nosotros no es una pequeñez, sino un asunto político importante.

Paso además a una cuestión táctica bastante importante, a una cuestión de táctica general. Como ya he dicho, hay una diferencia entre dos fracciones. La oposición entre estas fracciones puede formularse de la siguiente manera. La primera fracción, la fracción mayoritaria, dice: somos un partido auténticamente proletario, tenemos que llevar la lucha de clases frente a toda la burguesía. Estamos en contra de las maniobras, etc. La otra fracción, la minoría, representada personalmente por el camarada Scheflo,624 dice: tenemos que luchar, naturalmente, contra todo el orden capitalista, pero tenemos que distinguir entre las diversas partes de la burguesía, y en especial tenemos que distinguir entre los grandes capitalistas y los grandes agrarios, por un lado, y las diversas capas del campesinado, por otro. El Ejecutivo ha apoyado políticamente a la segunda corriente, y por consiguiente también aquí defenderé esa corriente.

Lo hemos formulado en nuestra resolución precisamente porque esta cuestión desempeña un papel bastante grande en Noruega. Si suponemos, naturalmente, que solo tenemos que defender los intereses de oficio de los obreros y que no necesitamos preocuparnos de las grandes capas del pueblo trabajador como de una reserva que debemos aprovechar durante la revolución, entonces la actitud de la primera corriente está plenamente justificada. Pero en Noruega las cosas no son así. Allí hay ya comienzos de fascismo. Exigimos que nuestro partido se fije como objetivo la transformación socialista de la sociedad, es decir, la revolución. Hay agudas oposiciones entre las diversas capas de la burguesía. Una parte de los campesinos ya vota por nosotros; otra parte, los campesinos más ricos, está dominada por un partido radical burgués. Es absolutamente necesario que ampliemos cada vez más nuestra base; eso no significa que debamos atraer a esos campesinos a nuestro partido, sino que debemos aprovecharlos en nuestra lucha de maniobra contra todo el orden capitalista. No debemos contentarnos en modo alguno con las capas que ya están con nosotros, sino que debemos hacer una política que escinda el Venstrepartiet,625 que es un partido radical burgués y al mismo tiempo un partido campesino, y que atraiga también a nuestro lado a las capas del campesinado que están con la burguesía. Este es nuestro deber; no es ningún pecado contra el marxismo, sino la aplicación práctica de la doctrina marxista a la situación actual de Noruega.

Esta cuestión desempeña un papel bastante grande. En las discusiones que hemos tenido en la comisión con los camaradas noruegos, todos hemos notado que esta cuestión desempeña realmente un gran papel político en Noruega; por eso debe fijarse en nuestra resolución.

Pero, por otra parte, debemos decir una y otra vez a los camaradas de la corriente de Scheflo que en su actividad parlamentaria, sobre la base de una orientación política en general completamente justa, han cometido sin embargo algunos errores graves. El mayor error que ha cometido el grupo parlamentario fue su voto afirmativo en la cuestión del arbitraje obligatorio. Nuestros camaradas votaron en el Parlamento a favor del arbitraje obligatorio en los conflictos entre los obreros y los industriales. El gran poder, el poder en manos de las clases capitalistas, fue así sancionado por nuestros camaradas. Hubo para ello diversas motivaciones. La situación era realmente bastante complicada. Los camaradas opinaban que con semejante arbitraje formulado en la ley se actuaba contra el empeoramiento de la situación de los obreros. Pero, objetivamente hablando, fue un gran error. Y el error fue especialmente grande porque en Noruega existe una vieja tradición de luchar muy enérgicamente contra esta cosa. Recuerdo que, por ejemplo, hace algunos años se proclamó en Cristianía incluso una huelga general contra el arbitraje obligatorio. Por eso debemos decir una vez más que fue un error, y no debemos negarlo. Pero al mismo tiempo tenemos que decir que el aprovechamiento de las fuerzas opuestas entre sí que existen dentro de la burguesía es justo, absolutamente marxista y comunista.

Paso a la cuestión de la revista Mot Dag. De ella ya ha hablado el camarada Zinóviev, y también el camarada Meyer en otro contexto. Es un grupo de universitarios comunistas, y además un grupo cerrado. Es decir, un nuevo miembro solo puede ingresar con el consentimiento de los miembros que ya forman parte de ese grupo. Y ya sabemos que todas estas agrupaciones son siempre gérmenes de nuevas fracciones. Y como esta fracción, ya en germen, se orienta también tácticamente de manera equivocada, el congreso, la Internacional Comunista, debe combatir esta tendencia equivocada y tomar también algunas medidas organizativas.

La comisión ha decidido por unanimidad lo siguiente en esta cuestión: el grupo no puede existir como grupo cerrado, lo cual no significa, naturalmente, que no pueda existir en absoluto ningún grupo universitario; pero solo puede existir como un grupo abierto, de modo que todo estudiante comunista pueda pertenecer a él y que constituya, por así decirlo, una célula abierta de estudiantes comunistas.

En cuanto a la revista de este grupo, hemos decidido que no puede existir como revista suelta, no subordinada al partido. En la comisión hemos citado diversos artículos de esta revista, por ejemplo un artículo del redactor de la revista en el que se califica a todo nuestro partido hermano alemán de camarilla intelectual. Naturalmente, eso no se puede tolerar, y la difusión de semejantes «falsos rumores» sobre nuestros partidos comunistas es, naturalmente, algo del todo inadmisible. En el primero de nuestros proyectos esbozamos dos posibilidades: o suspender esta revista o convertirla en una revista del partido. Los camaradas noruegos nos declararon que están por la segunda vía, y les hemos hecho esa concesión.

Llego ahora a la prensa comunista y al órgano central. Sobre el contenido solo quisiéramos decir aquí lo siguiente: los camaradas noruegos deben aplicar en la prensa, en su órgano central, lo que ya se decidió en anteriores congresos de la Internacional Comunista. Incluso en su aspecto exterior, el Socialdemokrat tiene un aire muy peculiar. En cuanto al contenido, allí podemos leer de todo, se discute de todo, y casi no hay nada que defienda una línea política firme. Se discute sobre la relación con la Internacional, se discute sobre las decisiones de la dirección central del partido, se discute sobre todas las cuestiones; reina una discusión permanente. La discusión es una cosa buena, pero no hay que exagerarla. La organización del partido debe llevar a cabo una política determinada y claramente delimitada. De eso no se encuentra ni rastro en el órgano central de nuestro partido hermano noruego. Por eso debemos subrayar una vez más que, en lo que respecta a nuestra prensa noruega y también al órgano central, deben aplicarse en primer lugar las decisiones de la Internacional Comunista y de los congresos anteriores.

Ahora, dos «asuntos personales».

Hay en Noruega dos camaradas por cuya causa hay disputas dentro del partido, lo que se manifestó también en las sesiones de nuestra comisión en las que participaron los camaradas noruegos. Son los camaradas Karl Johansen y Halvard Olsen.626

El caso del primero es el siguiente: Karl Johansen es un miembro del partido completamente nuevo; antes era periodista burgués, luego se hizo miembro del partido, y como tal emprendió en seguida una ofensiva contra el movimiento obrero revolucionario. Se da ahora la original situación de que un antiguo periodista burgués es uno de los colaboradores más asiduos del órgano central de nuestro partido hermano; escribe artículos que, en líneas generales, van dirigidos duramente contra la Internacional Comunista. Consideramos a este señor un agente dentro de nuestro partido hermano noruego. Ya decidimos una vez, de manera eventual —el Ejecutivo lo hizo en forma de eventualidad—, expulsar a este señor. Ahora proponemos al congreso que se le expulse definitivamente. Los camaradas noruegos nos han dicho que también este es un caso personal que el congreso no debe resolver. Pero si consideramos la situación de conjunto, camaradas, hemos descubierto por diversos lados tendencias que, acumuladas, deben considerarse ya un fenómeno muy peligroso, y especialmente peligrosos son los fenómenos que representan una agencia directa de la burguesía en nuestras filas. Lo hemos visto ya en la cuestión italiana, luego en la cuestión francesa y ahora de nuevo aquí, con los camaradas noruegos. Partiendo de toda nuestra rica experiencia, pedimos que se expulse a este individuo.

Otro caso es el de Halvard Olsen. Halvard Olsen es un viejo obrero, un viejo funcionario del partido. Hasta ahora ha sido un camarada muy leal, pero realmente ha cometido errores muy grandes. En el congreso del sindicato metalúrgico de Noruega rompió la disciplina del partido. Votó en contra de la candidatura de nuestro partido hermano noruego y a favor del sindicalista y del socialista de derecha, e hizo en ese congreso diversas manifestaciones que en modo alguno pueden calificarse de comunistas. El partido lo expulsó, pero aquí queremos seguir la misma política que en el asunto checoslovaco. Distinguimos entre el periodista burgués Karl Johansen y el obrero, camarada Halvard Olsen. Queremos darle todavía la posibilidad de enmendarse, por así decirlo. Por eso consideramos justo readmitir a este camarada en nuestras filas. Pero eso no significa en modo alguno que vayamos a tolerarle nuevos errores y tonterías. El Ejecutivo lo expulsará si repite una y otra vez los errores anteriores. Pero tenemos la esperanza de que se enmendará. Por eso proponemos en nombre de la comisión resolver este caso readmitiendo en nuestras filas al camarada Halvard Olsen. El Ejecutivo tomará después su decisión según lo que haga más adelante este camarada.

Camaradas, tras este informe les leo ahora el proyecto de resolución sobre la cuestión noruega. Este proyecto lo han aprobado los miembros de la comisión. Hemos eliminado por completo de este proyecto las cuestiones personales. Lo que acabo de contarles sobre el caso Tranmæl, etc., lo hemos omitido por completo en esta resolución. Hemos hecho aquí a los camaradas noruegos concesiones muy grandes en lo que respecta a la reorganización del partido, al plazo para el cambio de nombre de nuestros periódicos del partido, etc. Por eso podemos esperar que esta resolución se apruebe por unanimidad y que con ella hayamos contribuido a superar la crisis dentro de nuestro partido noruego. El proyecto de resolución dice así:

Sigue la «Resolución sobre la cuestión noruega», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Esta es nuestra resolución, y pido que se le dé un apoyo unánime. (Vivos aplausos.)

(Se levanta la sesión a las 3.25 de la tarde.)

Trigesimosegunda sesión, martes 5 de diciembre de 1922

La cuestión noruega. Resolución sobre el terror en Irlanda. Cuestión del Tratado de Paz de Versalles. La táctica de la IC. Cuestión de Oriente. Trabajo de educación. Programa de acción del PC de Francia. Resolución sobre la Revolución rusa. Elección del Comité Ejecutivo. Discurso de clausura de Zinóviev.

Oradores: Haakon Meyer, Connolly, Hörnle, Bordiga, Clara Zetkin, Kolárov, Billings, Grün, Torp, Zinóviev.

Apertura: 6.50 de la tarde.

Preside: Neurath.

Haakon Meyer (Noruega): La mayoría de la delegación noruega declara que no está satisfecha con la resolución presentada. Una serie de puntos no corresponden a nuestras opiniones. En algunos casos opinamos que la comisión ha tratado el caso concreto de manera demasiado abstracta y esquemática. Esto vale, por ejemplo, para el caso de Halvard Olsen y para el caso de Karl Johansen. Por lo que respecta a este último punto, toda la delegación había presentado una propuesta de otra redacción, que sin embargo la comisión rechazó. En otros casos nos parece que la resolución no es lo bastante objetiva. Esto vale tanto para el punto relativo a «Mot Dag»627, grupo que según nuestra afirmación no es un grupo cerrado, como para el punto 4, que se refiere a la crítica.

Pero, puesto que todas las cuestiones en litigio se han discutido a fondo en la comisión, no abriremos aquí en el pleno ningún nuevo debate, sino que declaramos que también la mayoría de la delegación votará a favor de la resolución.

Presidente: Pasamos a la votación de la resolución propuesta por la comisión noruega. ¿Hay alguien en contra de esta resolución? — ¿Se abstiene alguien? — No es el caso. La resolución queda aprobada.

Camaradas, la comisión americana ha comunicado que algunos puntos no están todavía del todo aclarados y que por esta razón el material debe remitirse a la sesión del Ejecutivo Ampliado. Hay que aceptarlo.

Una comunicación semejante nos han hecho la comisión polaca y la comisión coreana.

Pasamos ahora a una resolución que se refiere al asesinato de cinco revolucionarios nacionales en Irlanda628. Tiene la palabra el camarada Connolly.

Connolly629 (Irlanda): Camaradas, en nombre de la delegación del Partido Comunista de Irlanda propongo la siguiente resolución:

Sigue la «Resolución sobre el terror en Irlanda», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Pasamos a la votación. ¿Hay alguien en contra de la resolución? — No es el caso. Hago constar que la resolución ha sido aprobada por unanimidad.

La comisión que se ha ocupado de redactar la resolución sobre el Tratado de Paz de Versalles nos comunica que está terminada la redacción definitiva de la resolución y que esta resolución se ha repartido ya a todos los miembros. (Véase el anexo VI.) Por consiguiente, podemos prescindir de la lectura de esta resolución y pasamos enseguida a la votación.

¿Hay alguien en contra de la resolución? — No es el caso. Hago constar que también la resolución sobre el Tratado de Paz de Versalles ha sido aprobada por unanimidad.

Hörnle (Alemania): Dos delegaciones, la alemana y la austriaca, han presentado enmiendas a las tesis sobre la táctica de la Komintern. Por eso se nombró además una pequeña comisión de redacción, que ha examinado esas enmiendas. La comisión de redacción les presenta las siguientes modificaciones.

En la página 5 de las tesis sobre la táctica de la Komintern que tienen ustedes delante deben suprimirse los párrafos segundo y tercero, y en su lugar debe ponerse el siguiente texto:

«Los últimos acontecimientos en un país en sí pequeño como la Austria actual tienen gran importancia como síntoma de la situación política de Europa. Ante el dictado del imperialismo de la Entente, acogido con alborozo por la burguesía austriaca, toda esa dichosa democracia, que era el orgullo de los jefes de la Internacional Dos y Media, cuya defensa les servía de pretexto para cualquier abandono de los intereses obreros y a cuya custodia confiaron incluso a los monárquicos más derechistas, a los cristianosociales y a los pangermanistas, a quienes solo sirvió para restablecer su poder, ha sido aniquilada de un plumazo en Ginebra y sustituida por la dictadura sin disimulo de un simple apoderado de la Entente. Incluso el parlamento burgués ha quedado de hecho anulado; su lugar lo ha ocupado un comisario nombrado por los banqueros de la Entente. Los socialdemócratas, tras una breve resistencia demagógica de fachada, capitularon y ayudaron de buen grado a poner en práctica el tratado infame. Incluso se han declarado dispuestos a volver a entrar en la coalición, en forma apenas encubierta, para impedir en lo posible una resistencia del proletariado.

Estos acontecimientos de la pequeña Austria, igual que el reciente golpe fascista en Italia, iluminan como un relámpago la inseguridad de toda la situación y demuestran del mejor modo que la democracia no es más que una apariencia y en realidad significa una dictadura velada de la burguesía, a la que la burguesía, allí donde le parece conveniente, sustituye por la forma brutal de la reacción terrorista de los guardias blancos.»

Esta modificación subraya con más fuerza el papel de la socialdemocracia austriaca e incorpora los hechos más recientes. Luego, en la página 9, primer párrafo, la segunda frase, que empieza con las palabras «Como la miseria creciente alcanza también a las capas medias, etc.», debe completarse un poco, para que no parezca que las causas del fascismo consisten solo en que las capas medias, el campesinado, ya no son un instrumento absolutamente dócil de la burguesía.

La frase debe decir ahora lo siguiente:

«Como la miseria creciente revoluciona cada vez más a las masas, alcanza también a las capas medias, incluidos los funcionarios, y quebranta la seguridad de la burguesía de tener en la burocracia un instrumento absolutamente dócil y suficiente, a la burguesía ya no le bastan los métodos legales de apoyo. Por eso pasa a crearse en todas partes guardias blancas especiales...»

Así pues, la creación de guardias blancas especiales se explica por la creciente revolucionarización de las grandes masas, que alcanza cada vez más también a las capas de los pequeños funcionarios, etc.

Luego, en la misma página 9, al final del segundo párrafo, debe añadirse todavía una oración subordinada. El segundo párrafo empieza con las palabras «El rasgo característico del fascismo italiano, el fascismo “clásico”, etc.» y termina con las palabras «hacerse una base... incluso en ciertos sectores de la clase obrera». Aquí debe añadirse la oración subordinada:

«... incluso en ciertos sectores de la clase obrera, sabiendo aprovechar hábilmente para sus fines reaccionarios las decepciones que necesariamente produce la llamada democracia.»

En el tercer párrafo de la misma página debe intercalarse todavía «Austria» entre «Alemania», «Baviera» y «en América», porque también allí se ven fenómenos fascistas. Las mayores modificaciones las ha experimentado el párrafo sobre el gobierno obrero. A la comisión le importaba deslindar y perfilar la cuestión del gobierno obrero con la mayor claridad y la mayor precisión posibles.

En la página 19, donde se habla de las condiciones en que es posible la participación de los comunistas en un gobierno obrero, se ha añadido una condición nueva. El texto debe decir ahora:

  1. La participación en un gobierno obrero solo puede producirse con el consentimiento de la Komintern.

Eso es lo nuevo.

Luego sigue con las mismas palabras que en el primer proyecto:

  1. los miembros comunistas de ese gobierno deben estar bajo el control más estricto de su partido.

  2. Los miembros comunistas de ese gobierno obrero deben estar en el más estrecho contacto con las organizaciones revolucionarias de las masas.

  3. El Partido Comunista debe conservar incondicionalmente su propia fisonomía y la plena independencia de su agitación.

Junto a todas sus grandes ventajas, la consigna del gobierno obrero tiene también sus peligros, igual que toda la táctica del frente único encierra peligros. Para prevenirlos, los partidos comunistas deben tener presente lo siguiente: todo gobierno burgués es a la vez un gobierno capitalista. Pero no todo gobierno obrero es un gobierno verdaderamente proletario, es decir, un instrumento revolucionario de poder del proletariado.

En la redacción original dice: «un gobierno socialista».

La comisión ha suprimido estas tres palabras y ha puesto en su lugar: «es decir, un instrumento revolucionario de poder del proletariado». Porque la palabra «socialista» es demasiado ambigua. Lo que importa es decir cuál debe ser el contenido de clase del gobierno.

El párrafo continúa luego así:

«La Internacional Comunista debe considerar las siguientes posibilidades:

Vienen ahora las cinco posibilidades, que en parte también se han formulado de nuevo.

  1. Gobierno obrero liberal. Lo hubo en Australia; un gobierno así será posible también en Inglaterra en un futuro previsible.

  2. Gobierno obrero socialdemócrata (Alemania).

En la redacción original figuraba como tercer punto:

«Gobierno obrero y campesino.»

Se señaló con razón que en ciertos países un gobierno de coalición de los socialdemócratas con algún partido campesino cristiano que no represente a los campesinos pobres y pequeños, sino a los ricos, podría atribuirse ese nombre, como ocurrió en Austria. Para que se exprese claramente lo que se quiere decir, el párrafo dice ahora:

  1. Gobierno de los obreros y de los campesinos pobres. Esta posibilidad existe en los Balcanes, en Checoslovaquia, etc.

Originalmente el cuarto punto decía: «Gobierno de coalición socialdemócrata-comunista». La comisión opinó que la formulación es demasiado estrecha. No se trata solo de una coalición entre socialdemócratas y comunistas, sino que es muy posible que en un gobierno así haya también obreros sin partido, sindicalistas y eventualmente incluso obreros organizados en sindicatos cristianos. Se ha escrito, pues: «Gobierno obrero con participación de los comunistas».

El quinto punto ha quedado sin cambios.

  1. Gobierno obrero verdaderamente proletario, que en su forma pura solo puede encarnar el Partido Comunista.

El párrafo siguiente trae todavía una intercalación más extensa. Era necesario decir que las dos primeras de las formas de gobierno obrero mencionadas no son gobiernos obreros revolucionarios, sino en realidad nada más que gobiernos de coalición enmascarados. Hay que precisar la actitud de los comunistas al respecto. Por eso la comisión propone la siguiente redacción:

«Los dos primeros tipos no son gobiernos obreros revolucionarios, sino en realidad gobiernos de coalición enmascarados entre la burguesía y dirigentes obreros antirrevolucionarios. Esos “gobiernos obreros” los tolera en tiempos críticos la burguesía debilitada, para engañar al proletariado sobre el verdadero carácter de clase del Estado o incluso para rechazar, con ayuda de los dirigentes obreros corrompidos, el asalto revolucionario del proletariado y ganar tiempo. Los comunistas no pueden participar en un gobierno así. Al contrario, deben desenmascarar implacablemente ante las masas el verdadero carácter de ese falso “gobierno obrero”. Pero en el período actual de decadencia del capitalismo, en que la tarea más importante consiste en ganar a la mayoría del proletariado para la revolución proletaria, también estos gobiernos pueden contribuir objetivamente a acelerar el proceso de descomposición del poder.

Los comunistas están dispuestos a marchar también con aquellos obreros que todavía no han reconocido la necesidad de la dictadura del proletariado: socialdemócratas, cristianos, sin partido, sindicalistas, etc. Por tanto, los comunistas están dispuestos también, en determinadas condiciones y con determinadas garantías, a apoyar un gobierno obrero no comunista. Pero los comunistas declaran abiertamente a la clase obrera, en todas las circunstancias, que solo la dictadura del proletariado asegura a la clase obrera la liberación verdadera.»

Al final se habla de los otros dos tipos de gobierno obrero, es decir, el gobierno de los obreros y de los campesinos pobres y el gobierno obrero con participación de los comunistas. La primera frase del último párrafo de la página 29 desaparece. Debe decir entonces:

«Los otros dos tipos de gobierno obrero (puntos 3 y 4), en los que pueden participar los comunistas, no son todavía la dictadura del proletariado, ni siquiera son una forma de transición históricamente inevitable hacia la dictadura, pero, allí donde lleguen a formarse, pueden constituir un punto de partida para conquistar esa dictadura. La dictadura del proletariado consumada es únicamente aquel gobierno obrero verdadero (punto 5) que está formado por comunistas.»

La comisión cree que con esta redacción se ha logrado suficiente claridad sobre las distintas formas del gobierno obrero y sobre la actitud de los comunistas ante esas distintas formas.

Por último, en la página 21 debe intercalarse un nuevo apartado como § 14:

  1. La Komintern como partido mundial. A medida que se desarrolla organizativamente como partido comunista mundial, la Internacional Comunista debe actuar cada vez más también políticamente como tal; en particular, debe prestar atención a la dirección de las acciones necesarias en grupos enteros de países.

El último párrafo, sobre la disciplina internacional, pasa a ser así el párrafo 15.

La comisión pide al Congreso que apruebe por unanimidad la resolución con las modificaciones aquí leídas.

Bordiga (Italia): Camaradas, la mayoría de la delegación italiana tendría que hacer algunas observaciones a las tesis sobre la táctica que acaban de someterse al Congreso.

Incluso he redactado y sometido a la comisión un proyecto de otras tesis, que en algunos capítulos se apartan de la tesis propuesta. Pero en el momento actual del Congreso, y a causa de circunstancias políticas relacionadas con la situación particular de nuestro país, opinamos que no es absolutamente importante insistir en un debate sobre las cuestiones de táctica. Nuestro proyecto de tesis contiene algunas modificaciones relativas a la cuestión del frente único y del gobierno obrero. Esperamos, más aún, estamos convencidos, de que estas cuestiones se discutirán en las sesiones del Ejecutivo Ampliado, o de que por lo menos saldrán a relucir en el V Congreso, pues este tendrá que ocuparse del programa de la Internacional y, según nuestra convicción, tendrá necesariamente que modificar de manera sistemática las cuestiones de la táctica.

Por esta razón pedimos al Ejecutivo que ahora se va a elegir que conserve el proyecto que he presentado como un documento que puede servir para la información, la discusión y el estudio a fondo de la cuestión.

Hechas estas declaraciones, votaremos ahora la resolución propuesta. (Aplausos.)

Presidente: Pasamos a la votación de las tesis sobre la táctica. (Véase el anexo VII.) ¿Vota alguien en contra de la propuesta de la comisión? ¿Hay abstenciones? Ni lo uno ni lo otro. Hago constar que la resolución sobre la táctica, con las modificaciones propuestas, ha sido aprobada por unanimidad. (Aplausos.)

La comisión que se ha ocupado de la resolución sobre la ofensiva del capital tenía también el encargo de redactar una carta abierta a los de Ámsterdam sobre la ofensiva del capital y la cuestión del frente único. La comisión nos comunica que este trabajo no está todavía del todo terminado y que también este material debe remitirse al Ejecutivo. (Véase el anexo VIII.)

La comisión de Oriente ha terminado su resolución, la ha multicopiado y la ha repartido a los delegados. (Véase el anexo IX.) Por eso no es necesario leerla. Pasamos a la votación de esta resolución.

¿Hay alguien en contra de esta resolución? — No es el caso. La resolución ha sido aprobada por unanimidad.

Igualmente se ha multicopiado y repartido la resolución referente a la cuestión de la educación, de modo que podemos votarla enseguida. (Véase el anexo X.)

¿Hay alguien en contra de esta resolución? No es el caso. También esta resolución ha sido aprobada por unanimidad.

Los delegados tienen además delante el programa de acción del partido francés. (Véase el anexo XI.) Se ha informado al Presidium de que las tres fracciones de la delegación francesa están completamente de acuerdo sobre los principios formulados en este programa de acción.

Pasamos a votarlo. ¿Vota alguien en contra de este programa de acción? ¿Hay abstenciones? Ni lo uno ni lo otro. El programa de acción del partido francés ha sido aprobado por unanimidad.

Pasamos además a la resolución referente a los informes «Cinco años de Revolución rusa». Tiene la palabra la camarada Clara Zetkin.

Clara Zetkin:

Sigue la «Resolución sobre la Revolución rusa», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Presidente: Pasamos a la votación. ¿Hay alguien en contra de la resolución propuesta? — No es el caso. Hago constar la aprobación por unanimidad. (Aplausos.) Pasamos entonces al siguiente punto de nuestro orden del día, la elección del Ejecutivo. Se ha nombrado una comisión, en cuyo nombre informará ahora el camarada Kolárov.

Kolárov: Con arreglo a la resolución sobre la organización del Ejecutivo, el futuro Ejecutivo constará de 1 presidente, 24 miembros y 10 suplentes.

En virtud de esta resolución, el Presidium pidió a las distintas delegaciones que presentaran candidatos y prepararan listas completas. Algunas han presentado listas completas, mientras que otras solo han designado a sus candidatos.

La pequeña comisión tenía que resolver un problema muy difícil, pues, como ustedes saben, nuestra Internacional consta de 62 partidos comunistas. Todos estos partidos querrían estar representados en el Ejecutivo, lo que naturalmente es un problema insoluble.

La pequeña comisión tuvo que hacer forzosamente su elección de tal modo que diera preferencia a ciertos partidos, a saber, a aquellos partidos que, por su fuerza numérica o por su papel político, tienen mayor importancia para la Internacional.

Por otra parte, la pequeña comisión procuró que en el nuevo Ejecutivo estuviera representado casi todo el globo terrestre. Opinamos que la pequeña comisión ha logrado resolver este problema de manera más o menos satisfactoria. En la lista que les somete ha sabido incluir la representación de todos los continentes, de todos los grandes partidos y de todos los grupos de partidos que se encuentran en situaciones más o menos iguales.

La lista elaborada por la pequeña comisión ha sido confirmada por el Presidium tras algunas modificaciones, y se me ha encargado presentársela a ustedes. Hela aquí:

Representantes: Suplentes:

Presidente: 1, Zinóviev. — Francia: 2, Frossard, Souvarine; 1, Duret. — Alemania: 2, Zetkin, Hörnle; 1, Böttcher630. — Rusia: 2, Bujarin, Rádek; 2, Lenin, Trotski. — Checoslovaquia: 2, Šmeral, Neurath; 1, Muna. — Italia: 2, Gennari, Gramsci; 1, Bordiga. — Internacional de la Juventud: 2, Schüller, Shatskin631. — Inglaterra: 1, MacManus; 1, Newbold632. — América: 1, Carr; 1, Damon633. — Escandinavia: 2, Höglund634, Scheflo. — Polonia: 1, Próchniak. — Finlandia: 1, Kuusinen. — Balcanes: 1, Kolárov; 1, Macavci. — Australia: 1, Garden. — Sudamérica: 1, Stirner635. — Sudáfrica: 1, Andrews636. — Oriente: 2, Katayama, Safárov; 1, Roy. Se concede al partido italiano el derecho de hacer, después de su congreso de unificación, nuevas propuestas para sus representantes en el Ejecutivo, que sin embargo deberán ser confirmadas por el Ejecutivo.

En nombre del Presidium les pido que aprueben esta lista, a ser posible por unanimidad.

Algunos partidos cuyos representantes ya no han encontrado sitio en esta lista han hecho una serie de propuestas. Las razones de esta falta de sitio se las he expuesto al comienzo de este breve informe. Pido a las delegaciones cuyas propuestas no se han podido tener en cuenta que no insistan en ellas y que se adhieran a la propuesta que les somete el Presidium. (Aplausos.)

Presidente: Propongo que procedamos de la siguiente manera. Si se propusieran algunas modificaciones, cosa que no suponemos, despacharíamos primero esas propuestas y luego votaríamos en bloque la lista propuesta. Hasta ahora solo se nos ha comunicado que una parte de la delegación americana no estaba del todo de acuerdo con la manera en que la delegación había despachado la candidatura. Hago constar aquí, en nombre del Presidium, que cada delegación ha tenido la posibilidad de proponer candidatos y que ahora tiene que decidir el Congreso.

Pregunto, pues: ¿desea alguien presentar una enmienda a la propuesta de la comisión? — Por lo que parece, no se podrá evitar una discusión. Pero esperamos que esta discusión se limite a cosas muy generales, de modo que podamos pasar enseguida a la votación.

Billings (América): Camarada presidente y camaradas, quiero protestar contra la elección del camarada Damon como suplente del Comité Ejecutivo. Los camaradas que propusieron al camarada Damon lo hicieron menospreciando la disciplina del partido, siendo así que es la mayoría de la delegación americana la que tiene derecho a presentar candidatos para el Comité Ejecutivo. La minoría que lo hizo actuó sin consultar previamente con la mayoría de la delegación del partido. En la reunión de la delegación se acordó por votación que el camarada Carr sería el candidato para el Comité Ejecutivo y el camarada Billings su suplente. Por eso, en nombre de la mayoría de la delegación, protesto contra la designación del camarada Damon y quisiera ver en la lista al camarada Carr y, como suplente suyo, al camarada Billings.

Grün (Austria): Las delegaciones de los partidos de Austria, Suiza y Holanda me han encargado presentar la moción de que se dé la posibilidad de una representación a estos tres partidos, que son de tamaño medio, suman en total más de 23.000 afiliados y proceden de países que abarcan una población de 17 millones. La propuesta de la comisión contiene una representación doble para los países escandinavos, que en total tienen apenas algo más de 10 millones de habitantes y cuyos partidos, tomados en conjunto, tampoco son mucho mayores que los tres partidos en cuyo nombre hablo aquí.

Creo que bastará plenamente con que entre los miembros del Comité Ejecutivo haya, para los partidos escandinavos, un representante en el Ejecutivo y un suplente. Podría entonces, llegado el caso, suprimirse el suplente del partido americano, cuya importancia todavía está creciendo. Pido que, aprobando esta moción de principio, se dé ocasión a las tres delegaciones de presentarse, tras una breve pausa, con una propuesta nominal.

Torp (Noruega) (habla en noruego; traduce Wallenius): En la lista de propuestas de la comisión se ha nombrado al camarada Scheflo como miembro por Noruega en el Ejecutivo. La delegación noruega ha enviado un telegrama a Noruega y ha preguntado a la dirección del partido si no estaría por el camarada Meyer, y ha recibido la respuesta de que la dirección del partido está, con un voto en contra, por Meyer. Torp propone por eso que se elija al camarada Meyer en lugar del camarada Scheflo. Opina que así se superará más fácilmente la gran crisis que atraviesa ahora el partido noruego y que también se establecerá más fácilmente el acuerdo con el Ejecutivo. Además, el camarada Scheflo es diputado del Storting y por consiguiente no puede estar en Moscú, mientras que para el camarada Meyer esto es más fácil. Presenta por eso la moción de que el Congreso elija al camarada Meyer miembro del Ejecutivo.

Presidente: Queda cerrado el debate. Por la comisión electoral concedo la palabra al camarada Kolárov.

Kolárov (Bulgaria): Camaradas, la protesta formulada por el camarada Billings, de América, está totalmente fuera de lugar. Las propuestas hechas por las delegaciones tienen un carácter informativo y provisional. No son en modo alguno propuestas que obliguen al Presidium y a la comisión. Según la decisión tomada por el propio Congreso, el Congreso tiene derecho a no tener en cuenta las propuestas hechas por las distintas delegaciones. Queremos ser un partido internacional y tener un comité internacional, un Comité Ejecutivo elegido y nombrado por el propio Congreso.

Está claro, naturalmente, que al elegir su Comité Ejecutivo el Congreso tendrá en cuenta a los distintos partidos, sus fuerzas, su política, sus necesidades; pero sería una idea completamente falsa creer que el Congreso tiene que seguir el deseo de cada partido, de cada delegación.

El camarada Damon, al que el Presidium ha puesto en la lista, es un viejo revolucionario americano; así pues, cuando el Presidium les propone a este camarada como suplente por América, no hace sino invitarles a elegir a un camarada revolucionario que es digno de ser miembro suplente del Comité Ejecutivo.

Los partidos de Austria, Holanda y Suiza han concluido en esta ocasión una alianza. No sé si esta alianza responde además a otras necesidades que la mera designación de un delegado. Tengo que repetir que es absolutamente imposible satisfacer a todos los partidos. Tenemos demasiados, y esperamos que el año próximo sean muchos más. En consecuencia, muchos partidos quedarán sin representación directa por un delegado propio y solo estarán representados por el Comité Ejecutivo, que es el comité del partido internacional.

El delegado de Noruega propone, en nombre del Comité Ejecutivo del partido noruego, sustituir al camarada Scheflo por el camarada Meyer.

Tengo que declarar en nombre del Presidium y de la comisión electoral que esta propuesta es inaceptable, y diremos también abiertamente por qué. El camarada que ha hablado antes que yo ha señalado que el camarada Scheflo, en las escisiones que existen dentro del partido noruego, ha tomado partido por la minoría y que, por consiguiente, no representa la voluntad, el sentir y la táctica de la mayoría del partido.

Camaradas, aquí no se trata de saber cuál es el sentir y la orientación de la mayoría del partido noruego, pues no se trata de elegir a un miembro del comité dirigente del partido noruego. Se trata únicamente de elegir a un miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional; por consiguiente, lo importante es saber cuál es la orientación y la táctica de la Internacional Comunista.

Declaramos que el camarada Scheflo representa en Noruega la orientación de la Internacional Comunista y que tenemos el derecho y el deber de proponerlo como miembro del Comité Ejecutivo.

Por esta razón les propongo, en nombre del Presidium y de la comisión, que rechacen las propuestas de modificación que han oído. (Aplausos.)

Presidente: Camaradas, nos vemos obligados a hacer ahora la votación de modo que separemos la elección del presidente de la elección de los miembros del Ejecutivo. Si no hay objeción, procederemos así.

Como no se hace ninguna objeción, pasamos ahora a la elección del presidente. La Komintern propone al camarada Zinóviev. (Aplausos interminables.)

Camaradas, pasamos ahora a la votación. Ruego a todos los que estén de acuerdo con la propuesta de la comisión que levanten la mano. — Ruego la contraprueba. — Hago constar la elección por unanimidad del camarada Zinóviev como presidente del Ejecutivo de la Internacional Comunista. (Se repiten los aplausos.)

Ahora, camaradas, a las demás votaciones. Ante todo les advierto que debemos votar por separado tres propuestas. En primer lugar, la propuesta de una parte de la delegación americana de elegir al camarada Billings en lugar del camarada Damon. Camaradas, ustedes han oído la argumentación del camarada Kolárov. La comisión no tiene ninguna razón para apartarse de su propuesta.

Pregunto ahora: ¿quién vota por la propuesta, es decir, por que se elija al camarada Billings en lugar del camarada Damon? — Ruego ahora la contraprueba: ¿quién vota por la propuesta de la comisión? — La cuestión está zanjada: el camarada Damon queda elegido.

Pasamos ahora a la propuesta noruega. Según la propuesta de una parte de la delegación noruega, debe elegirse al camarada Meyer en lugar del camarada Scheflo. Pregunto de nuevo: ¿quién está por la propuesta de la delegación noruega de que no se apruebe la propuesta de la comisión, sino que se elija al camarada Meyer en lugar del camarada Scheflo? — ¿Quién está por la propuesta de la comisión? — Hago constar que el camarada Scheflo queda elegido.

Hay luego una propuesta de la delegación austriaca. Se trata de que las delegaciones hacen ciertas propuestas, y se trata además de que luego los delegados toman posición en el pleno ante la propuesta de la comisión. Las nuevas propuestas deben y pueden referirse, naturalmente, solo a los candidatos propuestos. Lo que propone el camarada Grün es un asunto que solo indirectamente tiene que ver con el debate que estamos teniendo y con el objeto sobre el que deliberamos. Sin embargo, vamos a votarlo. El camarada Grün propone que los tres países, Austria, Holanda y Suiza, se agrupen y reciban una representación. El camarada Kolárov ha declarado que la comisión no tiene motivo para apartarse de su punto de vista. Pregunto: ¿quién está por la propuesta del camarada austriaco? — ¿Quién está por que se mantenga la propuesta de la comisión? — Queda aprobada la propuesta de la comisión.

Pasamos ahora a la votación de todos los candidatos. ¿Desean ustedes que votemos a cada candidato por separado? (Voces: ¡No!) Haremos, pues, la votación en bloque. Ruego a los delegados que estén por la propuesta de la comisión que levanten la mano. — Ruego la contraprueba. ¿Se abstiene algún delegado? — Hago constar la aprobación por unanimidad de los candidatos propuestos por la comisión. (Aplausos.)

Zinóviev: Camaradas, nuestro IV Congreso ha sido un congreso de precisión, de concreción, de estudio y de diferenciación de las cuestiones. Nuestro Congreso se ha reunido en una situación en la que no había que formular tareas nuevas, especiales, particulares. Teníamos otra tarea, que ya he caracterizado brevemente: la tarea de concretar, precisar y diferenciar las decisiones que habíamos tomado en los tres primeros congresos y sobre todo en el III Congreso. A mi juicio, nuestro Congreso ha cumplido brillantemente esta tarea. Por primera vez nos hemos reunido como un partido mundial verdaderamente internacional. Eso se ha expresado exteriormente en que hemos tratado expresamente en nuestro Congreso los asuntos más importantes de toda una serie de partidos.

¿En qué ha consistido propiamente la mayor parte de los trabajos de nuestro Congreso? En que hemos escogido las cuestiones más importantes y las hemos estudiado en comisiones, cada una de las cuales era en realidad una pequeña conferencia internacional. Hemos tratado una cuestión francesa, una italiana, una checoslovaca, una noruega, una danesa, una yugoslava, una polaca, una americana, una española y aún otras cuestiones. Todas eran cuestiones vitales para los movimientos de los países correspondientes, y todas estas cuestiones las hemos estudiado contando con los mejores representantes de otros partidos, es decir, aprovechando toda la experiencia que tienen todos nuestros partidos. Eso significa que nuestra Internacional empieza por fin a convertirse en un verdadero partido mundial. Las comisiones han examinado con el mayor cuidado todas las cuestiones políticas y organizativas que han surgido en los distintos partidos; puede decirse que, como un médico bueno y atento trata a su paciente, así ha examinado nuestro Congreso cada partido, cada matiz dentro de los partidos y cada cuestión en litigio de los partidos; las decisiones que se han tomado son realmente el resultado de la experiencia colectiva y del espíritu colectivo de nuestra organización internacional. Aunque en algunas cuestiones existan ciertas minorías (no puede ser de otro modo), esas minorías deben tener presente que lo que aquí se ha decidido en cada cuestión es realmente lo que el conjunto de la Internacional considera bueno. Por primera vez hemos podido permitirnos el lujo de examinar con tanta exactitud y detenimiento las cuestiones internas de toda una serie de partidos.

Tuvimos la cuestión francesa. Espero que hayamos ayudado a nuestro partido hermano de Francia a superar los restos del viejo partido. Hemos hablado abiertamente con nuestros amigos franceses de las debilidades del partido; le hemos dado una serie de instrucciones de parte del conjunto de la Internacional y podemos esperar ahora tranquilamente el resultado de estas deliberaciones, con la esperanza de que nuestro partido hermano francés supere sus enfermedades.

Tuvimos luego la cuestión italiana. Allí se trataba de otra cosa. Allí había que devolver a la clase obrera revolucionaria desmoronada una nueva energía, una nueva confianza en la victoria, unir los mejores elementos del Partido Socialista con el Partido Comunista y tomar a pecho las duras lecciones del pasado.

Tuvimos una crisis checa que, según espero, está ahora resuelta. Se trataba de devolver al buen camino a un grupo obrero, aunque pequeño, que por las dificultades de la situación había tomado un camino equivocado, y nos produce una gran satisfacción que la mayoría de la delegación checa, aunque tenía pleno derecho a indignarse por una ruptura de la disciplina cometida por una parte del partido en Checoslovaquia, haya aprobado sin reservas la decisión del Congreso, que, como esperamos, reparará en Checoslovaquia lo que se ha hecho mal.

Tuvimos además una cuestión noruega. Allí se libra una lucha como la que el camarada Bujarin ha expuesto hoy con detalle y claridad. Hay allí restos de naturaleza a la vez semirreformista y semisindicalista. En el partido, las tradiciones federalistas se mezclan con elementos semisocialdemócratas. Se trataba solo de decir toda la verdad a nuestro partido noruego, que es uno de los partidos más fuertes de la Internacional Comunista y del movimiento obrero mundial en general.

Hemos tratado toda una serie de otras cuestiones y, esperemos, las hemos resuelto felizmente.

Las minorías que, en el momento de la clausura de nuestro Congreso, quizá no estén del todo satisfechas con sus decisiones, que esperen a las experiencias que se hagan con ellas, y tendrán que convencerse, del mismo modo que el Congreso pudo convencerse en la cuestión italiana, de que la cuestión comunista del conjunto de la Internacional Comunista es, con todo, algo más importante que la nuestra y la de los distintos partidos que pertenecen a la Internacional.

Hemos tenido en nuestro Congreso 65 delegaciones, que representaban a 62 países. En el III Congreso eran solo 52. Nuestra Internacional está creciendo, y precisamente por eso es necesario que empecemos a preparar con exactitud nuestro trabajo, a precisarlo, a entrar en los detalles y a intentar acudir en ayuda de los partidos no solo con consignas políticas generales y formas tácticas, como era necesario hasta ahora, sino también con consejos totalmente concretos. Este proceso, en conjunto, significa precisamente que la Internacional Comunista no es solo una sociedad de propaganda, una sociedad para la agitación política común, sino que empieza a convertirse en una organización mundial unitaria del proletariado.

Pero hemos discutido también una serie de cuestiones generales, y también en todas estas cuestiones generales nuestro trabajo ha consistido en precisar y definir las decisiones anteriores. La resolución táctica que hemos aprobado hoy solo tiene la modesta tarea de continuar las directrices del II y sobre todo del III Congreso y de adaptarlas de manera totalmente concreta a las tareas políticas de la situación actual.

Hemos discutido aquí por primera vez con detenimiento la cuestión del gobierno obrero. En el curso de la discusión hemos tenido que cambiar y precisar algunas cosas. Pero para eso está el Congreso, para que nos influyamos unos a otros y formulemos en definitiva las experiencias de toda la Internacional. Nuestro amigo Hörnle, con el que hemos trabajado en la subcomisión, dijo de nuestro trabajo: sí, la formulación del gobierno obrero quizá tampoco hoy sea del todo completa. Y en eso estoy de acuerdo con él. Le he respondido: primero tenemos que tener realmente dos o tres gobiernos obreros, y estos tienen que acumular experiencias y llevar a cabo bajo esta consigna una lucha verdaderamente revolucionaria. — Espero que no tarde mucho en que hagamos esas experiencias en uno o en varios países.

En la cuestión del frente único hemos formulado una táctica totalmente precisa. En diciembre ya se fijó la línea en general637, pero en el IV Congreso teníamos que hacer balance de las experiencias de casi un año entero y caracterizar las resistencias que hemos encontrado contra esta táctica. Ahora hemos formulado con exactitud, según espero, la táctica del frente único para todo un período, y se trata ahora de aplicar esta táctica.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la cuestión agraria. Se trata de adaptar las líneas generales, formuladas brillantemente desde el punto de vista teórico en el II Congreso, a las condiciones y circunstancias concretas de la época dada en los distintos países; eso es lo que ha hecho el IV Congreso. En el IV Congreso no hemos oído a la oposición […] los comunistas no tienen por qué ocuparse gran cosa del campesinado. Esa es ahora una posición conquistada en la Internacional Comunista. Tenemos ahora una línea clara en la cuestión agraria, y eso significa la mitad de la preparación de la victoria. Porque la clase obrera solo puede vencer realmente y conservar la victoria si sabe llevar a la mayoría de la clase obrera bajo la bandera del comunismo. Pero la segunda mitad de la tarea consiste en que sepamos también, en la lucha contra la burguesía, neutralizar a una parte del campesinado y atraernos a la otra parte. Con las decisiones teóricas del II Congreso y con las decisiones prácticas de acción del IV Congreso hemos creado una base firme para toda nuestra agitación en el campo, para todo nuestro trabajo agrario.

Tomemos la cuestión de Oriente. Ya en el II Congreso fijamos la línea teórica general, que ha resultado absolutamente acertada. Nuestra actitud ante los movimientos nacionales revolucionarios que no son comunistas quedó establecida con claridad en la resolución del II Congreso; la línea teórica sigue siendo la misma. Ahora se trata de algo más importante: se trata ahora de aplicarla en la práctica en una serie de países que se encuentran en pleno desarrollo revolucionario. Y espero que el IV Congreso haya logrado dar un paso adelante grande e importante en lo que respecta al trabajo práctico entre los millones y millones de los pueblos de Oriente.

En el IV Congreso no hemos aprobado todavía, es cierto, el programa de la Internacional Comunista, pero ya hemos puesto la primera piedra de los cimientos de nuestro programa. La discusión que hemos tenido y los proyectos que se han presentado tendrán que reelaborarse, naturalmente; en el curso de este año intentaremos recoger el pensamiento colectivo de la Internacional. Pero, con todo, se han dado los primeros pasos, se han tomado las primeras medidas de conjunto, y tenemos ya la línea general de nuestro futuro programa.

Hemos hablado con detenimiento de la cuestión de la juventud, de la cuestión femenina, de las cooperativas de consumo, de todas las cuestiones prácticas del movimiento, cuestiones que en conjunto forman precisamente el contenido de todo nuestro trabajo.

En la cuestión sindical hemos tomado una decisión importante. Hemos concluido un bloque con la mejor parte de todo el mundo sindicalista. Y nuestro acuerdo con los sindicalistas no es en absoluto diplomático; es un acuerdo fraternal y abierto, como corresponde a revolucionarios. Es cierto que tenemos diferencias de opinión muy importantes con nuestros camaradas sindicalistas, que no son comunistas, aunque se llaman así. Tenemos con ellos fuertes diferencias teóricas y también algunas diferencias prácticas. Pero lo que hemos hecho aquí, de manera totalmente pública, de modo que cualquier obrero puede recibir el informe sobre ello, significa un acuerdo entre nuestra Internacional Comunista, que tiene la pretensión de encarnar realmente el espíritu de toda la clase obrera, y una parte de la clase obrera que todavía no nos pertenece, pero que quiere luchar por el comunismo. Este acuerdo con el mundo sindicalista es una decisión muy importante y un factor muy importante en la preparación de la revolución proletaria internacional.

En suma: tomen ustedes la cuestión agraria, la cuestión de atraer a los campesinos; tomen la cuestión de Oriente, la cuestión de atraer a los pueblos oprimidos; tomen la cuestión del acuerdo con los sindicalistas, la cuestión de atraer a sectores importantes de la clase obrera que todavía no nos pertenecen; tomen las decisiones sobre el gobierno obrero, es decir, las decisiones sobre atraer a obreros sin partido, sindicalistas e incluso cristianos que quieren luchar contra la burguesía, y a la parte de los obreros socialdemócratas que quiere luchar con nosotros: si toman ustedes todo eso, tienen la imagen de una preparación metódica, consciente, seria y práctica de todos los factores que pertenecen a la verdadera victoria de la revolución proletaria.

En este momento no podíamos tomar decisiones directas de ofensiva. Para eso no había llegado todavía el momento. Pero todos los pasos preparatorios para llamar a la ofensiva en el momento dado, para poner en pie, por medio de ella, a la clase obrera en el momento dado, los hemos dado en el IV Congreso.

En este sentido, creo, el trabajo del Congreso ha sido un trabajo grandioso. El Congreso ha sido una gran universidad para todos nosotros. Todos hemos aprendido mucho. Por primera vez hemos sondeado bien nuestros distintos partidos, los hemos estudiado, los hemos conocido. Ahora no solo conocemos los comités centrales de esos partidos, sino los partidos mismos, sus debilidades, sus problemas, sus dificultades internas, sus fines, su espíritu. Es un acontecimiento importante para todo el movimiento obrero internacional.

En la cuestión sindical hemos subrayado una vez más con particular fuerza la consigna de la unidad de los sindicatos, porque las necesidades del momento lo exigen. Ahora tenemos que defender como un solo hombre la unidad de los sindicatos en el mundo entero, precisamente porque los de Ámsterdam preparan la escisión. Esto no quiere decir que vayamos a renegar de nuestros principios comunistas. De ningún modo.

El 11 de diciembre comienza en La Haya un congreso por la paz convocado por los señores de Ámsterdam638. Han tenido la bondad de invitar a los sindicatos rusos y a las cooperativas de consumo rusas. Es cierto que no han invitado a nuestra Internacional Comunista; probablemente consideran que no quiere luchar contra la guerra o que en esa lucha no significa nada. Bueno, no vamos a tomárselo a mal a esta gente; está claro que temen invitar a la Komintern, y tienen sus razones para ello. Pero han invitado a los sindicatos rusos y a las cooperativas de consumo rusas. Nuestros camaradas han acudido allí a toda prisa. Los camaradas rusos han comunicado que también un miembro de nuestro Ejecutivo, el camarada Rádek, ha viajado a La Haya como representante de los sindicatos rusos. El camarada Lozovski, como representante de los sindicatos rusos, ha ido también allí. Si los señores de Ámsterdam no nos quitan la palabra —cosa que cabe esperar de estos señores demócratas—, nuestros camaradas emprenderán allí abiertamente la lucha y dirán a la cara a los de Ámsterdam lo que hay que decir. Es decir, les dirán: «Sí, señores, si queréis luchar contra la guerra, tenéis que abandonar ante todo la consigna de la “defensa de la patria”. No se puede luchar contra la guerra si se tiene por plataforma la defensa de la patria. Si queréis luchar contra la guerra, tenéis que reconocer la necesidad de la propaganda en el ejército, hacer trabajo ilegal en el ejército. Si queréis proclamar una huelga general contra la guerra, tenéis que prepararla; hay que empezar quizá por organizar una huelga de un día contra el militarismo; hay que empezar por preparar al ejército contra la guerra. Porque si se le educa durante veinte años en el espíritu de la burguesía, no se puede decir un buen día, en el año veintiuno: “Ahora vamos a proponer al ejército que se ponga en huelga”.»

Eso es, pues, lo que diremos a la cara a los señores de Ámsterdam. Les recordaremos que firmaron la paz de Versalles, que por tanto son corresponsables de toda la situación. Les recordaremos que la Internacional de los sindicatos fue en 1914 la fuerza principal en manos de los gobiernos burgueses beligerantes. No les perdonaremos nada; en La Haya se lo echaremos todo abiertamente a la cara.

Pero, camaradas, a pesar de ello defenderemos en todas partes la unidad de los sindicatos, la unidad a toda costa, para no quedarnos con las manos vacías en vísperas de la revolución. Esta única organización de masas verdadera del proletariado, este instrumento insustituible de la lucha de liberación de nuestra clase —será insustituible cuando pase a manos de los comunistas—, tenemos que preservarla de la destrucción; tenemos que preservar a toda costa la unidad de los sindicatos.

Este es, camaradas, a grandes rasgos, el contenido de nuestras decisiones. En este Congreso no hemos tocado fanfarrias. Ahora tenemos que llevar a cabo en todos los partidos un trabajo incansable de preparación, un trabajo de saneamiento. Cuando se oía que aquí o allá se había expulsado a un periodista burgués, eso quizá podía parecer una cosa mezquina. No, camaradas, no es una cosa mezquina: es el saneamiento preparatorio de los partidos, el necesario «trabajo de saneamiento» que el Congreso, después de arremangarse, por así decirlo, ha llevado a cabo en diversos partidos. Es un trabajo prosaico y no siempre muy agradable. Pero quien quiera preparar para la lucha un partido internacional verdaderamente comunista tiene que aprovechar ahora cada día para examinar los partidos, de modo que tengamos un partido verdaderamente comunista y que este pueda desempeñar en el momento dado su papel histórico.

Camaradas, hemos tomado decisiones organizativas de gran importancia; hemos liquidado todo lo federalista, o casi todo lo federalista, que quedaba todavía en nuestra estructura. Esperamos que en el V Congreso sea imposible un debate sobre la elección del Ejecutivo como el que hemos tenido hoy. Se puede discutir si este o aquel debe estar en el Ejecutivo. Eso debemos hacerlo, y decir tranquilamente quién tiene nuestra confianza y quién no; pero una situación como la que hemos tenido hoy, en que bloques de dos o tres países querían para sí un representante en el Ejecutivo, y además únicamente desde el punto de vista nacional, no debe repetirse en el futuro. Un espectáculo así lo hemos visto hoy, esperemos, por última vez. Somos un partido comunista mundial unitario. Por eso debemos tener un comité central unitario del partido mundial. Los miembros de este comité central pueden venir de los Balcanes, del Japón, de Alemania o de Rusia. Tomamos nuestras mejores fuerzas proletarias del movimiento allí donde se nos dan. A partir de ahora combatiremos todo lo federalista e impondremos una disciplina verdadera.

¡Unas palabras más sobre la disciplina! A veces los camaradas subrayan que son disciplinados porque ejecutan las decisiones con las que están de acuerdo. ¡Eso no es todavía disciplina! La disciplina empieza precisamente allí donde hay que ejecutar una decisión con la que uno no está del todo de acuerdo. (¡Muy bien!) Camaradas, pedimos a las minorías que quizá no aprueben tal o cual decisión que les afecta que en este caso particular practiquen la disciplina. Allí donde se está de acuerdo no hace falta disciplina: eso es convicción. Pero en el momento en que tengo que ejecutar algo que no me agrada del todo, empieza verdaderamente la disciplina internacional.

Y creo que el sentido de la reorganización de nuestro Ejecutivo es muy grande.

No es solo una medida organizativa, sino una medida política de gran alcance, una medida que significa que nos convertimos en un partido mundial y que en todos los casos tendremos que practicar una disciplina verdaderamente internacional. En nuestra resolución hemos subrayado que eso ya lo dijimos en el III Congreso. Simplemente lo hemos repetido. Hemos dicho: toda gran huelga, toda insurrección parcial, incluso toda crisis parlamentaria importante puede convertirse, dado el equilibrio inestable, en el punto de partida de un gran movimiento revolucionario e incluso de una revolución. En esta resolución hemos sopesado y medido cada palabra veinte veces antes de elegir esta redacción. Esta frase es absolutamente exacta y puede demostrarse científicamente. Nadie puede decir cuánto durará todavía este período inestable, cuánto tiempo seguirá todavía la ofensiva del capital. Nadie puede decir cuándo empezará el momento en que pasemos de la defensiva a la ofensiva. Pero está claro: ahora no tenemos que pensar en decenios, sino en años. No se trata de decenios, sino de años.

En cuanto a las dimensiones de nuestra revolución, no se trata de partidos aislados, sino de la situación de conjunto, y en cuanto al tiempo, no se trata de decenios, sino de años. Así es la situación. No hace falta en absoluto ser optimista; se puede hacer constar esto tranquilamente ante toda la opinión pública. Nuestra tarea principal es, ante todo, ganar a la masa de los obreros. Para eso el trabajo preparatorio, y para eso, en general, la Internacional Comunista. Unos pocos años más, y tendremos sólidos cimientos de partidos comunistas, gracias a los cuales estaremos en condiciones de no tener ya nada que temer.

Los cinco años de revolución rusa no han pasado en vano. Ha ocurrido de todo. El mayor orgullo de los obreros y campesinos rusos consiste en que dicen: «A pesar de todo, ya veréis, hemos logrado hacer algo para levantar y organizar a las masas obreras de los demás países». (Aplausos.)

Así pues, como he dicho, unos pocos años más de trabajo y podremos respirar. Vemos que el trabajo de preparación está hecho. Tenemos en cada país un partido comunista firme, y eso tiene una importancia histórica. La formación de un núcleo firme de partido comunista en cualquier país lejano tiene ahora más importancia histórica que la paz de Versalles, que la Conferencia de Lausana639 o que todas esas llamadas conferencias mundiales por las que andan los altos diplomáticos. La formación de un núcleo firme de partido comunista en la India, por ejemplo, tiene —hablando en términos históricos— una importancia mucho mayor que todas esas conferencias.

Por eso, camaradas, ¡manos a la obra! Vamos hacia tiempos difíciles. Hemos hecho constar en nuestra resolución que el fascismo internacional está en marcha. Eso significa que cientos y miles de nuestros mejores combatientes irán a las cárceles y serán asesinados por la burguesía y por los señores socialpatriotas, que van del brazo de los guardias blancos. Vamos hacia una época difícil. Pero el tiempo transcurrido hasta ahora no ha pasado en vano. La burguesía, junto con la brillante II y Dos y Media Internacional, lo ha intentado todo para vencernos. No lo ha logrado. En la táctica del frente único tenemos la llave táctica de la situación de conjunto, de toda la posición en el momento dado. Nos dirigimos ahora con una carta abierta a la II Internacional y a los de Ámsterdam. Esta gente rechazará el frente único, igual que lo han hecho los socialpatriotas. Hoy he leído un artículo en Le Populaire, es decir, en el órgano central de los socialpatriotas franceses. Cuando nuestros camaradas franceses les dijeron: «¡Venid!», respondieron: «No podemos hacer con vosotros un frente único. Mirad lo que Lenin ha escrito sobre nosotros en las citas siguientes». — Y siguen entonces amables expresiones de Lenin sobre los socialpatriotas franceses. En la página siguiente dice: «¡Mirad lo que Trotski ha dicho sobre nosotros!». Y sigue una serie de citas todavía mejores. (Risas.) Por último viene una serie de citas de mi modesta persona. También yo les he dedicado algunos cumplidos. Todo eso lo juntan ahora y dicen: «No podemos formar con vosotros un frente único». — Quizá la II Internacional haga lo mismo. Esta gente cree quizá que la mimaríamos, que olvidaríamos sus crímenes contra la clase obrera, que dejaríamos de fustigarlos ante la clase obrera. ¡Jamás! Precisamente en el próximo período nuestra tarea principal será reprochárselo sin cesar a la II Internacional. La Internacional de Ámsterdam es la Internacional de la traición, porque es un instrumento de la burguesía. ¡Pero, a pesar de todo, el frente único con todos los obreros que quieran luchar contra la burguesía!

Con este espíritu, camaradas, terminamos nuestro trabajo. Estamos convencidos de que el IV Congreso Mundial ha hecho una labor importante para los 62 partidos que nos pertenecen. ¡Manos a la obra, camaradas!, y os deseamos el mayor éxito en todas estas dificultades que tenemos que superar. Llevaréis entonces a casa la noticia de que la Internacional está ahora armada con decisiones totalmente concretas, de que habéis estudiado a fondo todas nuestras acciones y habéis ayudado paso a paso a diversos partidos hermanos a salir de una situación difícil. Les llevaréis la noticia de que estamos más unidos que nunca, de que nuestros partidos han empezado un nuevo período de reagrupamiento de todas las fuerzas verdaderamente revolucionarias; en una palabra, de que hemos empezado a convertirnos en un partido mundial unitario del comunismo. ¡Que tiemblen ante ello la burguesía y su II Internacional blanca o amarilla! ¡El futuro es nuestro! ¡Viva el partido comunista mundial! (Aplausos atronadores e interminables. La banda de la Escuela de Cadetes del Kremlin interpreta «La Internacional», que la asamblea canta de pie. Luego, de nuevo vivos aplausos y gritos desde el Presidium: «¡La Carmañola!». Los italianos y los franceses cantan «Bandiera Rossa». (Aplausos.))

Kolárov (en francés): Les ruego que me autoricen a expresar a nuestros camaradas rusos, en nombre de todas las delegaciones extranjeras, nuestro agradecimiento, y les pido que me permitan hacerlo en la lengua de los camaradas rusos. (Aplausos.)

(En ruso): ¡Estimados camaradas de Rusia! Es para mí un grato deber expresar, en nombre de la delegación extranjera al IV Congreso Mundial, y en sus personas al Partido Comunista ruso, a todo el proletariado ruso y al campesinado revolucionario, nuestro profundo agradecimiento por la acogida fraternal que ustedes nos han dispensado a nosotros, los delegados extranjeros.

Ustedes han proporcionado al Congreso Mundial todas las comodidades posibles e imaginables para asegurar el curso regular y tranquilo de su largo y laborioso trabajo. Quizá hayamos alargado demasiado nuestro trabajo y abusado de esta hospitalidad, pero ustedes serán indulgentes con nosotros.

Ustedes nos han dado a nosotros, los delegados extranjeros, la posibilidad de convencernos del entusiasmo indescriptible y de la energía inagotable que la gran Revolución de Octubre ha despertado en el proletariado ruso, y hemos podido ver con nuestros propios ojos cómo el pueblo trabajador ruso, a pesar de enormes dificultades internas y a pesar de todos los peligros que lo amenazan por parte de los Estados imperialistas que lo rodean, con un trabajo tenaz y apoyado solo en su propia fuerza y en las crecientes simpatías de los obreros y de los pueblos oprimidos del mundo entero, se crea un nuevo Estado soviético y una sociedad comunista.

Con su participación directa y enérgica en los trabajos del Congreso, ustedes han dado por fundamento a sus decisiones la rica experiencia de la Revolución rusa y la idea marxista afilada. Todos los debates del Congreso se desarrollaron bajo la influencia de la gran revolución proletaria y de sus grandes dirigentes. Además, nos han rodeado ustedes de una atmósfera de amor fraternal y de cálida simpatía. Ya conocíamos antes los sentimientos afectuosos del pueblo ruso, pero ahora nos hemos convencido de que la revolución favorece en grado sumo el desarrollo de todas las grandes virtudes en que se apoya la solidaridad de los trabajadores de todos los pueblos.

Les corresponderemos por su acogida fraternal siguiendo con decisión y audacia el camino que nos ha señalado la Revolución de Octubre y continuando con energía la lucha revolucionaria por derribar la dominación del capital mundial.

Una vez más: ¡nuestro más cálido agradecimiento!

(En francés): ¡Viva el Partido Comunista ruso! ¡Viva el pueblo trabajador de Rusia! (Aplausos prolongados.)

Presidente: El Presidium ha decidido que en este momento todos los delegados están obligados a entender todas las lenguas y que no habrá traducción. (Risas.)

La mesa da luego ante todo las gracias más sinceras a los colaboradores técnicos por su trabajo diligente y provechoso. (Vivos aplausos.)

En nombre del Presidium y, como creo poder añadir, en nombre de todos los delegados, damos además las gracias más sinceras a los obreros rusos por la cordial acogida que nos han dispensado tanto en Petrogrado como en Moscú. (Viva aprobación.) Los mensajeros del proletariado internacional consciente de clase solo pueden trabajar hoy tranquilos y sin estorbos aquí en Rusia y deliberar y estudiar los problemas más importantes del movimiento obrero aquí, en el suelo en que los campesinos y obreros rusos son dueños ilimitados de la situación. Hemos venido con gusto aquí para tomar las decisiones más importantes y preparar las luchas que han de desembocar en la gigantesca lucha internacional, en la batalla decisiva entre el capital y el trabajo. Con todo, decimos a los obreros y campesinos rusos que vemos nuestra tarea más noble en trabajar, apoyándonos en las decisiones de este Congreso, de modo que poco a poco estemos en condiciones de no venir ya aquí como huéspedes, sino, al contrario, de recibir como huéspedes a los proletarios rusos, siendo nosotros los anfitriones, en el país en que primero derribemos a la burguesía e instauremos la dictadura del proletariado. (Vivos aplausos.) Con este espíritu saludamos a los campesinos y obreros rusos. ¡Viva la clase obrera rusa! ¡Viva el valiente Partido Comunista ruso! ¡Viva el proletariado internacional! ¡Viva la revolución mundial! (Aplausos atronadores.)

Declaro clausurado el IV Congreso de la Internacional Comunista.

(A instancias de Bordiga se canta todavía una estrofa de «La Internacional» con acompañamiento de música, luego «La Carmañola», y por último, al son de la música, se rinden homenajes especiales a algunos miembros de la Internacional Comunista.)

Se levanta la sesión a las 9.45 de la noche.

Anexos

Anexo I. Para rectificar. Declaración de Domski (Polonia)

Las afirmaciones de Zinóviev, dirigidas contra mi supuesto nacionalismo polaco, se basaban en malentendidos de hecho. Mi artículo incriminado no se escribió durante la ofensiva contra Varsovia, sino mucho antes, hacia principios de julio640. En ese artículo yo no desarrollaba ninguna teoría de principio sobre la inadmisibilidad de llevar la dictadura proletaria a un país en la punta de las bayonetas, y considero esas teorías completamente erróneas. Solo consideraba un error semejante intento en las circunstancias concretas de entonces en Polonia, y escribí en la creencia de que el gobierno soviético no cometería ese error. Más tarde me permití señalar el error en una carta confidencial a los amigos rusos; que fue un error lo estableció públicamente el camarada Lenin un año después.

Por lo que respecta al reproche de que en mi discurso rechacé el gobierno obrero solo para Polonia (de nuevo una actitud nacionalista), no he hecho semejante declaración.

L. Domski (Polonia).

Anexo II. Protesta de la comisión americana

En el discurso que pronunció en el pleno el 12 de noviembre, el camarada Sullivan atacó en los términos más violentos al órgano del Workers' Party, The Worker, citando una frase de un artículo de ese periódico y comprometiéndose a presentar el artículo en cuestión a la comisión americana. Tras examinar el artículo, la comisión declara que la frase en cuestión tiene en el texto del artículo el sentido contrario al que le atribuyó el camarada Sullivan. La comisión desaprueba también con toda decisión la manera en que el camarada Sullivan ha tratado en el pleno a un órgano que tiene los mayores méritos en la lucha por la difusión de las ideas comunistas en América.

La comisión americana

Firmado: Walecki641.

Anexo III. La resolución política sobre la cuestión francesa

Sigue la «Resolución política sobre la cuestión francesa», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo IV. Acuerdos sobre la reorganización del Ejecutivo de la IC y su actividad ulterior

Siguen los «Acuerdos sobre la reorganización del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y su actividad ulterior», aprobados por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo V. Resolución sobre la cuestión italiana

Sigue la «Resolución sobre la cuestión italiana», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo VI. Resolución sobre la cuestión del Tratado de Paz de Versalles

Sigue la «Resolución sobre el Tratado de Paz de Versalles», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo VII. Sobre la táctica de la Komintern

Siguen las «Tesis sobre la táctica de la Internacional Comunista», aprobadas por el congreso: véase la página del congreso; el congreso les incorporó como anexo las «Tesis sobre el frente único obrero y sobre la actitud ante los obreros de la Segunda, de la Dos y Media y de la Internacional de Ámsterdam, así como ante los obreros que apoyan a las organizaciones anarcosindicalistas» del Comité Ejecutivo: véase la página del congreso.

Anexo VIII. Carta abierta

Sigue la «Carta abierta a la Segunda Internacional y a la Unión de Viena, a los sindicatos de todos los países y a la Conferencia Sindical y Cooperativa Internacional de La Haya», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo IX. Tesis sobre la cuestión de Oriente

Siguen las «Tesis sobre la cuestión de Oriente», aprobadas por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo X. El trabajo de formación de los partidos comunistas

Sigue la «Resolución sobre la cuestión de la formación», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo XI. Programa de trabajo y de acción del Partido Comunista de Francia

Sigue el «Programa de trabajo y de acción del Partido Comunista de Francia», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.

Anexo XII. Directrices para la acción comunista en los sindicatos

Siguen las «Directrices para la acción comunista en los sindicatos», aprobadas por el congreso: véase la página del congreso.

  1. Shlisselburg (en alemán, Schlüsselburg), pequeña ciudad industrial a orillas del Neva, junto al lago Ládoga, al este de Petrogrado, conocida también por su fortaleza, prisión política del zarismo. ↩

  2. En mayo de 1921, los delegados del congreso del Partido Socialista de Rumanía que votó la adhesión a la Internacional Comunista fueron detenidos en plena sesión en Bucarest y juzgados después en el proceso de Dealul Spirii (1922). ↩

  3. Alzamiento militar de septiembre de 1922, tras la derrota griega en Asia Menor, que obligó a abdicar al rey Constantino I. ↩

  4. Congreso extraordinario del USPD (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania), Halle, octubre de 1920: la mayoría votó la adhesión a la IC y se fusionó en diciembre con el KPD; la minoría de derecha mantuvo el USPD. ↩

  5. Gustav Noske (1868-1946), socialdemócrata, ministro de Defensa del Reich en 1919-1920; dirigió la represión de los levantamientos obreros de 1919. ↩

  6. El resto del USPD se reunificó con el SPD en septiembre de 1922 (congreso de Núremberg). ↩

  7. XVII Congreso del PSI (Partido Socialista Italiano), Livorno, enero de 1921: la fracción comunista se separó y fundó el Partido Comunista de Italia. ↩

  8. XIX Congreso del PSI, Roma, octubre de 1922: la mayoría maximalista expulsó a los reformistas de Turati y votó la adhesión a la IC. ↩

  9. Gaston de Galliffet (1830-1909), general francés, uno de los principales responsables de la represión de la Comuna de París en 1871. ↩

  10. Zinóviev alude a su oposición, junto con Kámenev, a la decisión bolchevique de preparar la insurrección de octubre de 1917. ↩

  11. Aleksandr Kolchak (1874-1920), almirante, jefe de los blancos en Siberia; Nikolái Yudénich (1862-1933), general blanco que atacó Petrogrado en 1919. ↩

  12. Primera organización marxista rusa, fundada en Ginebra en 1883 por Plejánov, Axelrod, Vera Zasúlich y otros. ↩

  13. Miklós Horthy (1868-1957), almirante, regente de Hungría desde 1920 tras el aplastamiento de la República Húngara de los Consejos. ↩

  14. Tomasz Dąbal (1890-1937), diputado campesino de izquierda en el Sejm polaco; en 1923 fue canjeado y pasó a la Rusia soviética. ↩

  15. Carl Gustaf Mannerheim (1867-1951), jefe de los blancos en la guerra civil finlandesa de 1918; Rüdiger von der Goltz (1865-1946), general alemán cuyas tropas desembarcaron en Finlandia en abril de 1918 en ayuda de los blancos. ↩

  16. Viktor Kingissepp (1888-1922), dirigente del Partido Comunista de Estonia, fusilado en Tallin en mayo de 1922. ↩

  17. Friedrich Ebert (1871-1925), socialdemócrata, presidente del Reich desde 1919. ↩

  18. Proceso contra dirigentes del Partido Socialista Revolucionario celebrado en Moscú entre junio y agosto de 1922; la II Internacional y la Internacional Dos y Media hicieron campaña en su favor. ↩

  19. La Acción de Marzo de 1921 en Alemania central. ↩

  20. Max Hölz (1889-1933), dirigente de grupos armados obreros en el Vogtland en 1920 y en Alemania central en marzo de 1921; condenado a cadena perpetua, fue amnistiado en 1928. ↩

  21. Walther Rathenau (1867-1922), ministro de Asuntos Exteriores, asesinado el 24 de junio de 1922 por miembros de la Organización Cónsul, de extrema derecha; el proceso contra los cómplices se celebró en Leipzig en octubre de 1922. ↩

  22. Gustav Radbruch (1878-1949), socialdemócrata, ministro de Justicia del Reich en 1921-1922 y en 1923. ↩

  23. Motines de abril de 1919 en la escuadra francesa enviada al mar Negro contra la Rusia soviética; entre los condenados estaba André Marty. ↩

  24. Huelga de los metalúrgicos de Le Havre del verano de 1922; en agosto la policía mató a varios obreros. ↩

  25. Huelga de los mineros del Rand (Transvaal), enero-marzo de 1922, aplastada por el ejército. ↩

  26. Feliks Kon (1864-1941), revolucionario polaco, pasó largos años en el presidio y la deportación en Siberia bajo el zarismo. ↩

  27. Sen Katayama (1859-1933), pionero del movimiento socialista y obrero japonés, miembro del Presidium del Ejecutivo de la IC. ↩

  28. Internationale Presse-Korrespondenz, boletín del Ejecutivo de la IC publicado en varias lenguas desde 1921. ↩

  29. John Robert Clynes (1869-1949), dirigente laborista, presidente del grupo parlamentario del Partido Laborista en 1921-1922. ↩

  30. Leslie Urquhart (1874-1933), empresario británico, antiguo propietario de minas en los Urales y en Siberia; el contrato de concesión que negoció con el gobierno soviético en 1922 fue rechazado por el Consejo de Comisarios del Pueblo en octubre. ↩

  31. Kommunistische Arbeiter-Partei Deutschlands (Partido Obrero Comunista de Alemania), escindido del KPD en 1920. ↩

  32. Paul Levi (1883-1930), presidente del KPD, expulsado en 1921 por su crítica pública de la Acción de Marzo. ↩

  33. Georg Ledebour (1850-1947), dirigente del USPD; rechazó la reunificación con el SPD en 1922 y mantuvo un pequeño USPD. ↩

  34. Huelga de los ferroviarios alemanes de febrero de 1922. ↩

  35. II Congreso del Partido Comunista Francés, París, octubre de 1922. ↩

  36. Condiciones de admisión en la Internacional Comunista, aprobadas por el II Congreso (1920). ↩

  37. Marcel Cachin (1869-1958), director de L'Humanité desde 1918 y uno de los dirigentes del centro del Partido Comunista Francés. ↩

  38. Raoul Verfeuil, dirigente de la derecha del Partido Comunista Francés, expulsado en 1922. ↩

  39. Daniel Renoult (1880-1958), dirigente del Partido Comunista Francés, a la cabeza de una tendencia intermedia entre el centro y la izquierda. ↩

  40. Ludovico D'Aragona (1876-1961), secretario de la Confederazione Generale del Lavoro y dirigente reformista del PSI. ↩

  41. XVII Congreso del PSI (Livorno, enero de 1921), en el que la fracción comunista se separó y fundó el Partido Comunista de Italia. ↩

  42. La fracción de Bordiga rechazaba la participación en las elecciones parlamentarias; el II Congreso de la IC (1920) condenó esa posición. ↩

  43. Václav Šturc, primer presidente del Partido Comunista de Checoslovaquia. ↩

  44. KAP: Kommunistische Arbeiter-Partei Deutschlands (Partido Obrero Comunista de Alemania, KAPD), escisión de izquierda del KPD fundada en 1920. «KATsch» designa, por analogía, un partido semejante en Checoslovaquia. ↩

  45. Congreso del USPD en Halle (octubre de 1920), en el que la mayoría votó la adhesión a la IC. ↩

  46. Kyrre Grepp (1879-1922), presidente del Partido Obrero Noruego desde 1918. ↩

  47. Martin Tranmæl (1879-1967), dirigente del Partido Obrero Noruego, procedente del sindicalismo revolucionario. ↩

  48. Clarté: movimiento de intelectuales fundado en Francia en 1919 en torno a Henri Barbusse. Mot Dag («Hacia el día»): revista noruega fundada en 1921 por Erling Falk. ↩

  49. Federación Comunista Balcánica, creada en 1920 por los partidos comunistas de los países balcánicos. ↩

  50. En mayo de 1921, el congreso del Partido Socialista de Rumanía votó la adhesión a la IC y los delegados fueron detenidos en la propia sala; se los juzgó en el proceso de Dealul Spirii (1922). ↩

  51. Congreso de los Pueblos del Lejano Oriente (Moscú y Petrogrado, enero-febrero de 1922). ↩

  52. Henri Fabre, director del Journal du Peuple, expulsado del Partido Comunista Francés por decisión del Ejecutivo de la IC en 1922. ↩

  53. Jenő (Eugen) Varga (1879-1964), economista húngaro; con Trotski, ponente de las tesis sobre la situación mundial en el III Congreso (1921). ↩

  54. Conferencias internacionales de Génova (abril-mayo de 1922) y de La Haya (junio-julio de 1922), con participación de la Rusia soviética, sobre la reconstrucción económica de Europa y las deudas rusas. ↩

  55. Hugo Stinnes (1870-1924), gran industrial alemán; «gobierno de Stinnes» designa aquí un gobierno directo de la gran industria. ↩

  56. Guerra greco-turca (1919-1922), terminada con la victoria turca de septiembre de 1922, seguida de la crisis de Chanak entre Turquía y Gran Bretaña. ↩

  57. Hjalmar Branting (1860-1925), dirigente del Partido Socialdemócrata de Suecia y primer ministro. ↩

  58. Yuli Mártov (1873-1923), dirigente menchevique emigrado en Berlín, donde fundó en 1921 el Sotsialistícheski Véstnik. ↩

  59. Herman Gorter (1864-1927), poeta y marxista neerlandés, teórico del comunismo de izquierda próximo al KAPD. ↩

  60. Tesis sobre el frente único aprobadas por el Ejecutivo de la IC en diciembre de 1921. ↩

  61. Otto Wille Kuusinen (1881-1964), comunista finlandés; redactó las tesis del III Congreso sobre la estructura y los métodos de trabajo de los partidos comunistas. ↩

  62. Amadeo Bordiga (1889-1970), principal fundador y dirigente del Partido Comunista de Italia. ↩

  63. Emanuel Vajtauer, portavoz de la oposición de izquierda expulsada en 1922 del Partido Comunista de Checoslovaquia. ↩

  64. Bohumír Šmeral (1880-1941), dirigente del Partido Comunista de Checoslovaquia, procedente de la socialdemocracia checa. ↩

  65. El Partido Socialista Nacional checo (národní socialisté), partido nacionalista pequeñoburgués que formaba parte de la coalición de gobierno; nada tiene que ver con el nacionalsocialismo alemán. ↩

  66. Tomáš Garrigue Masaryk (1850-1937), presidente de la República Checoslovaca de 1918 a 1935. «El Castillo» (Hrad, en alemán Burg), sede de la presidencia en Praga, designaba también su círculo político. Venkov era el diario del Partido Agrario. ↩

  67. De KAP: Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD), escindido del KPD en 1920, contrario a la acción parlamentaria y al trabajo en los sindicatos. ↩

  68. Ernst Meyer (1887-1930), dirigente del KPD y miembro de su Central. ↩

  69. La conferencia de los ejecutivos de la II Internacional, la Internacional Dos y Media y la Internacional Comunista, celebrada en Berlín del 2 al 5 de abril de 1922. ↩

  70. La movilización que siguió al asesinato del ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau por la extrema derecha, el 24 de junio de 1922. ↩

  71. La huelga de los ferroviarios alemanes de febrero de 1922. ↩

  72. Ruth Fischer (1895-1961), dirigente de la izquierda del KPD, procedente de la organización de Berlín. ↩

  73. El levantamiento fallido impulsado por el KPD en Alemania central en marzo de 1921. ↩

  74. Ernst Reuter (1889-1953), que firmaba Friesland, secretario general del KPD en 1921; expulsado a comienzos de 1922, se unió con su grupo a la KAG. ↩

  75. Kommunistische Arbeitsgemeinschaft (Comunidad de Trabajo Comunista), grupo formado por Paul Levi y sus partidarios tras su expulsión del KPD; en 1922 volvió al USPD. ↩

  76. La Carta Abierta del KPD de enero de 1921 a los demás partidos y sindicatos obreros, en la que proponía una acción común por reivindicaciones inmediatas. ↩

  77. Allgemeiner Deutscher Gewerkschaftsbund, Confederación General de Sindicatos Alemanes, de dirección socialdemócrata. ↩

  78. Alois Neurath (1886-1952), dirigente de la sección alemana del Partido Comunista de Checoslovaquia. ↩

  79. El congreso de unificación de las secciones checa, alemana y de las demás nacionalidades del Partido Comunista de Checoslovaquia, celebrado en Praga a finales de octubre y comienzos de noviembre de 1921. ↩

  80. Antonín Zápotocký (1884-1957), secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia desde 1922. ↩

  81. Bohumil Jílek (1892-1963), dirigente de la oposición de izquierda del Partido Comunista de Checoslovaquia. ↩

  82. José Fernando Penelón (1890-1954), dirigente del Partido Comunista de Argentina. ↩

  83. Alfred Stirner, seudónimo de Edgar Woog (1898-1973), comunista suizo que militaba entonces en México. ↩

  84. Alois Muna (1886-1943), dirigente comunista de Kladno, la cuenca minera e industrial al noroeste de Praga. ↩

  85. La conferencia de los Ejecutivos de las tres Internacionales (la II, la Dos y Media y la IC), celebrada en Berlín en abril de 1922. ↩

  86. Philipp Scheidemann (1865-1939), dirigente del SPD, que proclamó la república el 9 de noviembre de 1918. Unter den Linden es el gran bulevar del centro de Berlín. ↩

  87. Austen Chamberlain (1863-1937), dirigente del Partido Conservador británico; John Robert Clynes (1869-1949), dirigente del Partido Laborista y de su grupo parlamentario. Las elecciones generales británicas se celebraron el 15 de noviembre de 1922. ↩

  88. Aristide Briand (1862-1932) y Alexandre Millerand (1859-1943), socialistas que entraron en gobiernos burgueses; Millerand era desde 1920 presidente de la República francesa. ↩

  89. En Francia se llamaba «disidentes» a los socialistas que en el Congreso de Tours (diciembre de 1920) rechazaron la adhesión a la IC y mantuvieron el viejo partido (SFIO, Partido Socialista Unificado). ↩

  90. August Thalheimer (1884-1948), teórico del KPD. ↩

  91. Léon Blum (1872-1950), dirigente del Partido Socialista (SFIO); Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), secretario general del Partido Comunista Francés. ↩

  92. Georges Sorel (1847-1922), teórico del sindicalismo revolucionario; en sus Réflexions sur la violence (1908) presentó la huelga general como un «mito» movilizador. ↩

  93. Giacinto Menotti Serrati (1872-1926), dirigente de la corriente maximalista del PSI, que en octubre de 1922 había expulsado a los reformistas y pedía su ingreso en la IC. ↩

  94. El II Congreso del Partido Comunista Francés, celebrado en París del 15 al 19 de octubre de 1922. ↩

  95. Albert Treint (1889-1971), dirigente de la izquierda del Partido Comunista Francés. ↩

  96. La ocupación de las fábricas en Italia, sobre todo en la metalurgia del norte, en septiembre de 1920; terminó con un acuerdo sobre un «control obrero» que nunca se aplicó. ↩

  97. Antonio Graziadei, economista, fundador del Partido Comunista de Italia en Livorno y uno de los dirigentes de su minoría de derecha. ↩

  98. II Congreso del Partido Comunista de Italia (Roma, 20-24 de marzo de 1922), que aprobó las llamadas «Tesis de Roma» sobre la táctica. ↩

  99. La izquierda del USPD se fusionó con el KPD en diciembre de 1920 y formó el Partido Comunista Unificado de Alemania (VKPD). ↩

  100. En el congreso de Roma del PSI (octubre de 1922) fueron expulsados los reformistas de Turati, que fundaron el Partido Socialista Unitario. ↩

  101. Jules Humbert-Droz (1891-1971), comunista suizo, secretario del Comité Ejecutivo de la IC. ↩

  102. El Ejército Rojo entró en Vladivostok el 25 de octubre de 1922, tras la evacuación japonesa. La República del Extremo Oriente (1920-1922), Estado tapón creado por los bolcheviques, se integró en la RSFSR el 15 de noviembre de 1922. ↩

  103. Organizaciones monárquicas, ultranacionalistas y antisemitas de la Rusia zarista; el nombre se extendió a la extrema derecha blanca en general. ↩

  104. Negociaciones con Japón en Dairen (Dalian), entre agosto de 1921 y abril de 1922, y en Changchun, en septiembre de 1922; terminaron sin acuerdo, y Japón evacuó el Territorio del Litoral en octubre de 1922. ↩

  105. Partido fundado en 1921 en Alejandría, que poco después adoptó el nombre de Partido Comunista de Egipto. ↩

  106. Lista con la que el Partido Comunista Obrero de Polonia (KPRP), ilegal, se presentó a las elecciones legislativas de noviembre de 1922. ↩

  107. Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna). ↩

  108. Del KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania), escindido del KPD en 1920, contrario a la participación parlamentaria y al trabajo en los sindicatos. ↩

  109. John Thomas Murphy (1888-1965), dirigente del movimiento de los shop stewards durante la guerra y del Partido Comunista de Gran Bretaña. ↩

  110. Lloyd George dimitió como primer ministro el 19 de octubre de 1922; las elecciones generales se celebraron el 15 de noviembre. ↩

  111. Conferencias anuales del Labour Party de Brighton (junio de 1921) y de Edimburgo (junio de 1922). ↩

  112. Cierre patronal de la industria mecánica británica (marzo-junio de 1922), que terminó con la derrota del sindicato de los mecánicos. ↩

  113. Delegados de taller elegidos por los obreros; su movimiento dirigió las grandes huelgas de la industria de guerra británica, sobre todo en el Clyde. ↩

  114. Mot Dag («Hacia el día»): grupo de intelectuales comunistas noruegos reunido en torno a la revista del mismo nombre, fundada en 1921 por Erling Falk. ↩

  115. Alfred Bernstein, médico berlinés que en 1913 propugnó la llamada huelga de nacimientos. ↩

  116. Henri Bergson (1859-1941), filósofo francés de la intuición y del «impulso vital». ↩

  117. Arditi del popolo: organización armada antifascista surgida en Italia en 1921; la dirección del Partido Comunista de Italia prohibió a sus militantes formar parte de ella. ↩

  118. Ludwig E. Katterfeld, delegado del Partido Comunista de América, que actuaba en la IC con el seudónimo de Carr. ↩

  119. Meyer London (1871-1926), del Partido Socialista de América, diputado por Nueva York en el Congreso de los Estados Unidos. ↩

  120. El Workers' Party of America (Partido Obrero de América), fundado en diciembre de 1921 como organización legal de los comunistas. ↩

  121. Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la American Federation of Labor. ↩

  122. Lema de los tejedores de seda de Lyon (canuts) en su insurrección de noviembre de 1831: «Vivre en travaillant ou mourir en combattant». ↩

  123. Maurice Bokanowski (1879-1928), diputado francés. ↩

  124. Bloque Nacional (Bloc national): coalición de derecha y de centro que ganó las elecciones legislativas francesas de noviembre de 1919. ↩

  125. Raymond Poincaré (1860-1934), presidente de la República Francesa (1913-1920) y presidente del Consejo de Ministros desde enero de 1922. ↩

  126. Boris Souvarine (1895-1984), dirigente de la izquierda del Partido Comunista Francés y miembro del Ejecutivo de la IC. ↩

  127. Alfred Rosmer (1877-1964), sindicalista revolucionario francés, dirigente del Partido Comunista Francés y miembro del Ejecutivo de la IC en 1920-1921. ↩

  128. La huelga general internacional de solidaridad con la Rusia soviética y con la república húngara de los consejos, acordada por organizaciones obreras de Francia, Italia y Gran Bretaña, se convocó para el 21 de julio de 1919, no de 1920; la CGT francesa la desconvocó a última hora. La república húngara de los consejos cayó el 1 de agosto de 1919. ↩

  129. La CGT reformista, con sede en la rue Lafayette de París; tras la escisión sindical de 1921-1922, la minoría revolucionaria formó la CGTU. ↩

  130. Edmondo Peluso (1882-1942), comunista italiano. ↩

  131. Willem van Ravesteyn (1876-1970), historiador y dirigente del Partido Comunista de Holanda. ↩

  132. Jenő Landler (1875-1928), dirigente del Partido Comunista de Hungría y comisario del pueblo en la república húngara de los consejos de 1919. ↩

  133. Isidoro Acevedo (1867-1952), tipógrafo, dirigente del Partido Comunista de España. ↩

  134. Henryk Domski (Henryk Stein, 1883-1937), dirigente del Partido Comunista Obrero de Polonia. ↩

  135. Partidarios del KAP (Kommunistische Arbeiter-Partei Deutschlands, Partido Obrero Comunista de Alemania), fundado en 1920 por la oposición de izquierda expulsada del KPD, contraria a la acción parlamentaria y al trabajo en los sindicatos. ↩

  136. La campaña de manifestaciones que siguió al asesinato del ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau por la extrema derecha, el 24 de junio de 1922, en la que el KPD actuó junto al SPD, el USPD y los sindicatos. ↩

  137. Golpe de Estado de Wolfgang Kapp y del general Walther von Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por la huelga general. ↩

  138. Polska Partia Socjalistyczna, Partido Socialista Polaco. ↩

  139. Artur Śliwiński (1877-1953), presidente del Consejo de Ministros de Polonia en junio y julio de 1922, propuesto por Józef Piłsudski. ↩

  140. Vasil Kolárov (1877-1950), dirigente del Partido Comunista de Bulgaria. ↩

  141. Heinrich Brandler (1881-1967), dirigente del KPD. ↩

  142. Arthur Henderson (1863-1935), dirigente del Partido Laborista británico; Samuel Gompers (1850-1924), presidente durante casi cuarenta años de la American Federation of Labor. ↩

  143. Conferencia de las potencias sobre armamento naval y sobre el Pacífico y Extremo Oriente (Washington, noviembre de 1921-febrero de 1922). ↩

  144. Mátyás Rákosi (1892-1971), comisario del pueblo en la República Húngara de los Consejos de 1919 y, en 1921-1922, uno de los secretarios del Comité Ejecutivo de la IC. ↩

  145. Maurice Spector (1898-1968) y Jack MacDonald (1888-1941), dirigentes del Partido Comunista de Canadá. ↩

  146. Mauro Scoccimarro (1895-1972), dirigente del Partido Comunista de Italia. El congreso de París es el II Congreso del Partido Comunista Francés (15-19 de octubre de 1922). ↩

  147. Seudónimo de Max Bedacht (1883-1972), dirigente del Partido Comunista de los Estados Unidos. ↩

  148. La huelga de los obreros de los talleres ferroviarios de los Estados Unidos, iniciada en julio de 1922; el 1 de septiembre el juez federal James H. Wilkerson, de Chicago, dictó a petición del Gobierno un mandato judicial que la prohibía. ↩

  149. Las condiciones de admisión en la Internacional Comunista aprobadas por el II Congreso (1920). ↩

  150. Conferencia económica internacional celebrada en Génova del 10 de abril al 19 de mayo de 1922, con participación de la Rusia soviética. ↩

  151. Fanni Kaplán (1890-1918), que disparó contra Lenin en Moscú el 30 de agosto de 1918; fue fusilada días después. ↩

  152. Conferencia de los comités ejecutivos de la II Internacional, de la Internacional Dos y Media y de la IC (Berlín, 2-5 de abril de 1922). ↩

  153. Émile Vandervelde (1866-1938), presidente del Buró Socialista Internacional de la II Internacional; ministro del Gobierno belga desde 1914. ↩

  154. Los liquidadores, corriente menchevique que tras la derrota de la revolución de 1905 propugnaba liquidar la organización ilegal del partido. ↩

  155. Vojislav Vujović (1897-1936), comunista yugoslavo, secretario de la Internacional Comunista de la Juventud. ↩

  156. Tan Malaka (1897-1949), presidente del Partido Comunista de las Indias (PKI) en 1921-1922; las autoridades holandesas lo expulsaron de las Indias en 1922. ↩

  157. Saifuddin Kitchlew (1888-1963), Hasrat Mohani (1875-1951) y los hermanos Mohammad Ali (1878-1931) y Shaukat Ali (1873-1938), dirigentes musulmanes del movimiento del Jilafat y de la no cooperación en la India. Gandhi fue detenido en marzo de 1922. ↩

  158. Sarekat Islam, asociación de masas musulmana fundada en Java en 1912; en 1921 impuso a sus miembros una disciplina que excluía a los comunistas. ↩

  159. Las elecciones generales británicas del 15 de noviembre de 1922. ↩

  160. Gueorgui Plejánov (1856-1918), fundador del marxismo ruso, menchevique desde 1903. ↩

  161. Edvard Beneš (1884-1948), ministro de Asuntos Exteriores de Checoslovaquia desde 1918 y presidente del Gobierno en 1921-1922. Čas era un diario de Praga. ↩

  162. Curt Geyer (1891-1967), que siguió a Paul Levi fuera del KPD tras la Acción de Marzo de 1921. ↩

  163. La huelga de los metalúrgicos de Le Havre (junio-octubre de 1922), en la que la policía mató a varios huelguistas en agosto. ↩

  164. Umberto Terracini (1895-1983), dirigente del Partido Comunista de Italia; en el III Congreso (1921) defendió la «teoría de la ofensiva», y Lenin le replicó con dureza. ↩

  165. Juego de palabras del original entre «Brei» (papilla, mezcolanza) y «Bräu» (cerveza). ↩

  166. Henryk Stein-Domski (1883-1937), dirigente del ala izquierda del Partido Comunista Obrero de Polonia. ↩

  167. Karl Kreibich (1883-1966), dirigente de los comunistas de lengua alemana de Checoslovaquia. ↩

  168. Raoul Verfeuil y Henri Fabre, militantes de la derecha del Partido Comunista Francés, expulsados en 1922; Fabre dirigía el Journal du Peuple. ↩

  169. Partido Comunista Obrero de Alemania, escisión de izquierda del KPD fundada en 1920; fue partido simpatizante de la IC hasta su exclusión en 1921. ↩

  170. Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna), de orientación nacionalista, del que procedía Józef Piłsudski. ↩

  171. Grupo de intelectuales noruegos en torno a la revista homónima («Hacia el día»), fundada en 1921 por Erling Falk. ↩

  172. Friedrich Adler (1879-1960), dirigente de la socialdemocracia austriaca y secretario de la Unión de Viena (Internacional Dos y Media). ↩

  173. II Congreso del Partido Comunista Francés, celebrado en París del 15 al 19 de octubre de 1922. ↩

  174. «Sobre el infantilismo “izquierdista” y el espíritu pequeñoburgués», publicado en mayo de 1918. ↩

  175. El Ejército Rojo entró en Vladivostok, último reducto de los blancos y de la intervención japonesa, el 25 de octubre de 1922. ↩

  176. Concesión negociada en 1922 con el financiero británico Leslie Urquhart para explotar sus antiguas empresas mineras en Rusia; el gobierno soviético la rechazó en octubre de 1922. ↩

  177. «Tesis sobre la estructura organizativa de los partidos comunistas, los métodos y el contenido de su trabajo», aprobadas por el III Congreso en julio de 1921. ↩

  178. Zemstvos: órganos electivos de autogobierno local (provincias y distritos) creados en Rusia en 1864, dominados por la nobleza terrateniente y, después, por la burguesía liberal. ↩

  179. La ofensiva lanzada en el frente contra Austria-Hungría y Alemania a finales de junio de 1917 (calendario juliano) por el Gobierno Provisional, a instancias de Kérenski, que acabó en derrota. ↩

  180. Aleksandr Kérenski (1881-1970), socialista revolucionario, ministro de la Guerra y desde julio de 1917 jefe del Gobierno Provisional, derrocado por la Revolución de Octubre. ↩

  181. August Bebel (1840-1913), cofundador y dirigente de la socialdemocracia alemana. ↩

  182. Sublevación de la guarnición y los marineros de la base naval de Kronstadt contra el poder soviético en marzo de 1921, aplastada por el Ejército Rojo. ↩

  183. Pável Miliukov (1859-1943), historiador, jefe del Partido Constitucional Democrático (kadete) y ministro de Asuntos Exteriores del primer Gobierno Provisional en 1917. ↩

  184. Programa del Partido Socialdemócrata de Alemania aprobado en el congreso de Erfurt de 1891. ↩

  185. Béla Kun (1886-1938), dirigente de la República Húngara de los Consejos de 1919 y del Partido Comunista de Hungría. ↩

  186. El Decreto sobre la paz, aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda Rusia el 26 de octubre (8 de noviembre) de 1917. ↩

  187. Tratado firmado el 3 de marzo de 1918 entre la Rusia soviética y las Potencias Centrales. ↩

  188. Sixtus Beckmesser, personaje de Los maestros cantores de Núremberg de Wagner, prototipo del crítico pedante que juzga por reglas. ↩

  189. En las llamadas Tesis de abril («Sobre las tareas del proletariado en la presente revolución»), presentadas por Lenin a su regreso a Rusia en abril de 1917. ↩

  190. Las leyes inglesas de los siglos XV y XVI contra los vagabundos, que Marx describe en El capital (libro I, capítulo 24) como «legislación sanguinaria» contra los expropiados. ↩

  191. Rudolf Hilferding (1877-1941) y Artur Crispien (1875-1946), dirigentes del USPD que en septiembre de 1922 volvieron con el resto de su partido al SPD. ↩

  192. Max Stirner (1806-1856), filósofo alemán, autor de El único y su propiedad (1844), al que Marx y Engels criticaron extensamente en La ideología alemana. ↩

  193. Intento de golpe de Estado contra la República de Weimar encabezado por Wolfgang Kapp en marzo de 1920 y derrotado por la huelga general. ↩

  194. Organisation Escherich, organización paramilitar antirrevolucionaria fundada en Baviera en 1920 por Georg Escherich. ↩

  195. Versos de Goethe, del West-östlicher Divan («Buch der Sprüche»), citados con los dos términos invertidos: en Goethe, «el tiempo es mi posesión, mi campo es el tiempo». ↩

  196. En marzo de 1919 el Partido Comunista de Hungría se fusionó con el Partido Socialdemócrata para formar el Partido Socialista de Hungría, que tomó el poder el 21 de marzo y proclamó la República Soviética. ↩

  197. Congreso del SPD celebrado en Görlitz en septiembre de 1921, que aprobó un nuevo programa (programa de Görlitz) y abrió el partido a las capas medias. ↩

  198. Depuración general del Partido Comunista de Rusia decidida en 1921, tras el X Congreso, que redujo considerablemente el número de sus miembros. ↩

  199. Ludwig Anzengruber (1839-1889), dramaturgo y novelista austriaco. ↩

  200. La ocupación de las fábricas por los obreros metalúrgicos de Italia en septiembre de 1920. ↩

  201. Poslednie Novosti, diario de la emigración rusa que Miliukov dirigía en París. ↩

  202. Spiridon Merkúlov, jefe del gobierno blanco del Primorie (Vladivostok) de 1921 a 1922. El Ejército Rojo entró en Vladivostok el 25 de octubre de 1922. ↩

  203. Engels, Anti-Dühring (1878), sección tercera, capítulo II: «el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad». ↩

  204. Alusión a la carta de Marx a Vera Zasúlich (1881) y al prefacio de Marx y Engels a la edición rusa del Manifiesto Comunista (1882), donde se dice que la propiedad comunal rusa podría servir de punto de partida de una evolución comunista si la revolución rusa daba la señal de una revolución proletaria en Occidente. ↩

  205. Jean Jaurès (1859-1914), dirigente del socialismo francés, asesinado en vísperas de la guerra mundial. ↩

  206. «Fábricas de posesión» (possessiónnye fábriki): empresas industriales de la Rusia de los siglos XVIII y XIX a las que el Estado adscribía campesinos siervos como mano de obra. ↩

  207. Otto Bauer (1881-1938), dirigente y teórico de la socialdemocracia austriaca y de la Internacional Dos y Media. ↩

  208. Friedrich List (1789-1846), economista alemán, teórico de la economía nacional y del proteccionismo. ↩

  209. William C. Bullitt (1891-1967), diplomático norteamericano enviado a la Rusia soviética en marzo de 1919 en una misión oficiosa por encargo de la delegación de Estados Unidos en la conferencia de paz de París. ↩

  210. Marx, Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864), sobre la ley inglesa de la jornada de diez horas. ↩

  211. Maurice Colrat, político francés, ministro de Justicia desde octubre de 1922. ↩

  212. Maxim Litvínov (1876-1951), vicecomisario del pueblo de Asuntos Exteriores y miembro de la delegación soviética en Génova. ↩

  213. Hippolyte Taine (1828-1893), historiador francés, autor de Les Origines de la France contemporaine. ↩

  214. La Histoire socialiste (1901-1908) dirigida por Jaurès, que escribió los tomos sobre la Revolución Francesa. ↩

  215. Daniel Berthelot (1865-1927), físico y químico francés, hijo del químico Marcellin Berthelot (1827-1907). ↩

  216. George Nathaniel Curzon (1859-1925), ministro británico de Asuntos Exteriores de 1919 a 1924. ↩

  217. Freiheit: diario berlinés del USPD (1918-1922); dejó de publicarse al reunificarse el USPD con el SPD en septiembre de 1922. ↩

  218. Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), secretario general del Partido Comunista Francés desde su fundación en 1920. ↩

  219. Ottokar Czernin (1872-1932), ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría de 1916 a 1918. ↩

  220. Erich Ludendorff (1865-1937), general, primer intendente general del Ejército alemán de 1916 a 1918; publicó sus memorias de guerra en 1919. ↩

  221. Francesco Saverio Nitti (1868-1953), presidente del Consejo de Ministros italiano en 1919-1920; su libro L'Europa senza pace es de 1921. ↩

  222. El llamado memorándum de Fontainebleau (25 de marzo de 1919), dirigido por Lloyd George a los jefes de gobierno reunidos en la Conferencia de Paz de París. ↩

  223. Comisión real presidida por el juez John Sankey, que en 1919 estudió la situación de las minas de carbón; su presidente y parte de sus miembros recomendaron la nacionalización, que el gobierno no llevó a cabo. ↩

  224. Herbert Henry Asquith (1852-1928), primer ministro británico de 1908 a 1916 y jefe del Partido Liberal. ↩

  225. Z. Leder, seudónimo de Władysław Feinstein (1880-1938), comunista polaco. ↩

  226. Sentencia de la Cámara de los Lores (1901) en el pleito de la compañía ferroviaria Taff Vale contra el sindicato de ferroviarios, que hacía a los sindicatos responsables de los daños causados por las huelgas; impulsó el desarrollo del Labour Party y fue anulada por la Trade Disputes Act de 1906. ↩

  227. Robert Owen (1771-1858), socialista utópico británico; en 1818 dirigió memoriales a las potencias reunidas en el Congreso de Aquisgrán. ↩

  228. Conferencia de las Internacionales Segunda, Dos y Media y Comunista celebrada en Berlín del 2 al 5 de abril de 1922. ↩

  229. Joseph Caillaux (1863-1944), político radical francés, presidente del Consejo en 1911-1912; su libro Où va la France? Où va l'Europe? se publicó en 1922. ↩

  230. Aristide Briand dimitió como presidente del Consejo en enero de 1922, durante la Conferencia de Cannes, y le sucedió Raymond Poincaré. ↩

  231. Andrew Bonar Law (1858-1923), dirigente del Partido Conservador, primer ministro británico de octubre de 1922 a mayo de 1923. ↩

  232. Diehards («los que no se rinden»): el ala más intransigente del Partido Conservador. ↩

  233. Max Bauer (1869-1929), coronel, colaborador de Ludendorff en el Estado Mayor y participante en el golpe de Kapp (1920). ↩

  234. Protocolos de Ginebra (4 de octubre de 1922): préstamo internacional a Austria bajo control de la Sociedad de Naciones, a cambio de un plan de saneamiento financiero y de plenos poderes al gobierno. ↩

  235. Gabriele D'Annunzio (1863-1938), poeta nacionalista que en septiembre de 1919 ocupó Fiume (Rijeka) con voluntarios armados y la retuvo hasta diciembre de 1920. ↩

  236. Adolf Nowaczyński (1876-1944), escritor y publicista polaco. ↩

  237. Giovanni Giolitti (1842-1928), varias veces presidente del Consejo italiano, la última en 1920-1921, durante la ocupación de las fábricas. ↩

  238. Congreso del PSI en Livorno (enero de 1921), en el que se escindió la fracción comunista y fundó el Partido Comunista de Italia. ↩

  239. Aus dem literarischen Nachlaß von Karl Marx, Friedrich Engels und Ferdinand Lassalle, edición de Franz Mehring (1902); el tercer tomo reúne escritos de Marx y Engels de 1848 a 1850. ↩

  240. La carta abierta de la Central del VKPD (enero de 1921) proponía a los demás partidos obreros y a los sindicatos una acción común por reivindicaciones inmediatas; los «acontecimientos de marzo» son la Acción de Marzo de 1921, levantamiento fracasado en Alemania central. ↩

  241. Congreso de unificación del KPD con la izquierda del USPD (Berlín, diciembre de 1920), del que nació el VKPD. ↩

  242. Peter Graßmann (1873-1939), vicepresidente de la confederación sindical alemana ADGB. ↩

  243. Conferencia de los Ejecutivos de la II Internacional, de la Unión de Viena y de la Internacional Comunista, celebrada en Berlín del 2 al 5 de abril de 1922. ↩

  244. Otto Wels (1873-1939), presidente del SPD desde 1919. ↩

  245. Socialistas revolucionarios (eseristas), partido ruso de tradición populista. ↩

  246. El 15 de abril de 1921 los sindicatos ferroviarios y del transporte de la Triple Alianza retiraron la huelga de apoyo a los mineros británicos. ↩

  247. «Erfassung der Sachwerte»: consigna del KPD de 1921-1922, que reclamaba la incautación por el Estado de una parte de los bienes reales de los capitalistas (empresas, tierras, inmuebles) para cubrir las reparaciones y el déficit. ↩

  248. Calle de Berlín donde estaban la Cancillería y varios ministerios; por extensión, el gobierno del Reich. ↩

  249. Hugo Urbahns (1890-1946), dirigente del KPD en Hamburgo. ↩

  250. En marzo de 1919 el gobierno de Károlyi dejó el poder en Hungría a los socialdemócratas y comunistas, que proclamaron la República de los Consejos. ↩

  251. Alusión a Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), de Mark Twain, donde Tom Sawyer complica sin necesidad la liberación del esclavo fugado Jim. ↩

  252. Estados alemanes gobernados entonces por coaliciones del SPD y el USPD. ↩

  253. La Acción de Marzo de 1921, levantamiento dirigido por el KPD en Alemania central, que acabó en derrota. ↩

  254. Palmiro Togliatti (1893-1964), dirigente del Partido Comunista de Italia. ↩

  255. Antonio Salandra (1853-1931), presidente del Consejo italiano de 1914 a 1916, que llevó a Italia a la guerra en 1915. ↩

  256. Diario fundado por Mussolini en Milán en noviembre de 1914, tras su expulsión del Avanti! ↩

  257. Las elecciones generales italianas se celebraron el 16 de noviembre de 1919; la lista fascista de Milán no obtuvo ningún escaño. ↩

  258. Confederazione Generale dell'Industria Italiana (Confindustria), organización central de la patronal industrial italiana. ↩

  259. Ese día, al tomar posesión el concejo socialista de Bolonia, el asalto fascista al Palazzo d'Accursio y los disparos que siguieron causaron varios muertos. ↩

  260. Ivanoe Bonomi (1873-1951), socialista reformista expulsado del PSI en 1912, ministro de la Guerra con Giolitti y presidente del Consejo de julio de 1921 a febrero de 1922. ↩

  261. Ocupación de las fábricas metalúrgicas del norte de Italia por los obreros en septiembre de 1920. ↩

  262. Confederazione Generale del Lavoro (CGL), la central sindical italiana, dirigida por los reformistas. ↩

  263. Luigi Facta (1861-1930), presidente del Consejo italiano de febrero a octubre de 1922. ↩

  264. Huelga general «legalitaria» convocada por la Alianza del Trabajo a comienzos de agosto de 1922 contra la violencia fascista; fracasó y fue seguida de una oleada de ataques fascistas. ↩

  265. Congreso celebrado en Roma en noviembre de 1921, en el que el movimiento fascista se constituyó en Partido Nacional Fascista. ↩

  266. Partito Popolare Italiano, partido católico fundado en 1919 por el sacerdote Luigi Sturzo. ↩

  267. Armando Diaz (1861-1928), jefe del Estado Mayor del ejército italiano desde 1917, y Paolo Thaon di Revel (1859-1948), almirante. ↩

  268. Gino Baldesi, dirigente reformista de la CGL. ↩

  269. Luigi Repossi, dirigente sindical del Partido Comunista de Italia. ↩

  270. Los Sokol eran asociaciones gimnásticas de orientación nacionalista; los legionarios, antiguos miembros de la Legión Checoslovaca, que combatió en Rusia contra los bolcheviques en 1918-1920. ↩

  271. Los afiliados al Partido Socialista Nacional Checoslovaco, partido nacionalista checo de base obrera y pequeñoburguesa, sin relación con el nacionalsocialismo alemán. ↩

  272. En Herrin (Illinois), en junio de 1922, durante la huelga minera, unos veinte esquiroles y guardias murieron a manos de los huelguistas; siguieron procesos contra los mineros. ↩

  273. Harry M. Daugherty (1860-1941), fiscal general de los Estados Unidos de 1921 a 1924; en septiembre de 1922 obtuvo un mandamiento judicial contra la huelga de los talleres ferroviarios. ↩

  274. La Workers' Party of America, fundada en diciembre de 1921. ↩

  275. Comité de enlace de las tres Internacionales (II, II y media y Comunista), tres miembros por cada una, creado en la conferencia de Berlín de abril de 1922 para preparar un congreso obrero mundial; se deshizo en mayo de 1922. ↩

  276. Sicherheitspolizei, policía de seguridad militarizada de los estados alemanes después de 1918. ↩

  277. Hugo Eberlein (1887-1941), cofundador del KPD. ↩

  278. Meer Trilisser (1883-1940), bolchevique, jefe del departamento extranjero de la GPU. ↩

  279. Osip Piatnitski (1882-1938), bolchevique, encargado de la organización y las finanzas del Ejecutivo de la IC. ↩

  280. El Bund Comunista (Kombund), escisión comunista del Bund judío de Polonia, integrada después en el Partido Comunista Obrero de Polonia. ↩

  281. Ruperto de Baviera (Rupprecht von Wittelsbach, 1869-1955), antiguo príncipe heredero y pretendiente al trono bávaro. ↩

  282. Hendrikus Colijn (1869-1944), director de la Bataafsche Petroleum Maatschappij, del grupo Royal Dutch Shell, y dirigente del Partido Antirrevolucionario; más tarde presidente del Consejo de Ministros. ↩

  283. Pieter Jelles Troelstra (1860-1930), jefe del Partido Socialdemócrata Obrero de Holanda (SDAP). ↩

  284. Jean Longuet (1876-1938) y Léon Blum (1872-1950), dirigentes del Partido Socialista francés (SFIO); Emile Vandervelde (1866-1938), dirigente del Partido Obrero Belga; Willem Vliegen (1862-1947), socialdemócrata holandés. ↩

  285. Protocolos de Ginebra del 4 de octubre de 1922: la Sociedad de Naciones concedió a Austria, gobernada por el canciller Ignaz Seipel, un empréstito internacional a cambio de someter sus finanzas al control de un comisario general de la Sociedad. ↩

  286. Alianza de los sindicatos de mineros, ferroviarios y obreros del transporte formada en 1914. El 15 de abril de 1921 («viernes negro») los dirigentes de ferroviarios y transportistas retiraron la huelga de apoyo a los mineros. ↩

  287. Frank Hodges (1887-1947), secretario de la Federación de Mineros de Gran Bretaña. ↩

  288. James Henry Thomas (1874-1949), secretario general del Sindicato Nacional de Ferroviarios y diputado laborista. ↩

  289. La Emergency Powers Act, aprobada en octubre de 1920. ↩

  290. Fuerza auxiliar de la policía británica en Irlanda, reclutada desde 1920 entre excombatientes durante la guerra de independencia irlandesa. ↩

  291. Edwin Hoernle (1883-1952), dirigente del KPD. ↩

  292. Intento de golpe de Estado de Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por la huelga general. ↩

  293. Schutzpolizei y Sicherheitspolizei, cuerpos de policía creados en Alemania después de la revolución de 1918. ↩

  294. Insurrección fallida impulsada por el KPD en marzo de 1921, sobre todo en Alemania central. ↩

  295. Organización agraria dominada por los grandes propietarios (Reichslandbund desde 1921). ↩

  296. Gerhard Rossbach (1893-1967), jefe del cuerpo franco que llevaba su nombre. ↩

  297. Franz Welti (1879-1934), dirigente del Partido Comunista de Suiza. ↩

  298. Acuerdo de 1922 sobre turnos extraordinarios en la minería alemana, que alargaba de hecho la jornada de los mineros. ↩

  299. Del ruso otozvat, «retirar»: corriente bolchevique que en 1908-1909 reclamaba retirar a los diputados de la Duma y renunciar al trabajo legal; Lenin la combatió. ↩

  300. John Turner Walton Newbold (1888-1943), comunista británico; en las elecciones generales del 15 de noviembre de 1922 fue elegido diputado por Motherwell como candidato comunista. ↩

  301. Antonio Gramsci (1891-1937), dirigente del Partido Comunista de Italia; desde mediados de 1922 residía en Moscú como representante del partido en el Ejecutivo de la IC. ↩

  302. Eduard Bernstein (1850-1932), socialdemócrata alemán, principal teórico del revisionismo (Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie, 1899). ↩

  303. Karl Kautsky, Der Weg zur Macht (1909); Die soziale Revolution (1902). ↩

  304. The Iron Heel (1908), novela de Jack London (1876-1916) sobre la instauración de una dictadura de la oligarquía capitalista en Estados Unidos. ↩

  305. Juego de palabras del original: Mystik und Mist, «mística y estiércol». ↩

  306. Heinrich Cunow (1862-1936), teórico socialdemócrata alemán, autor de Die Marxsche Geschichts-, Gesellschafts- und Staatstheorie (1920-1921). ↩

  307. Franz Oppenheimer (1864-1943), sociólogo y economista alemán, autor de Der Staat (1907); Ludwig Gumplowicz (1838-1909), sociólogo austriaco de origen polaco, que explicaba el origen del Estado por la conquista de unos grupos sobre otros. ↩

  308. Friedrich Engels, «Dell'autorità», escrito en 1872 y publicado en el Almanacco Repubblicano per l'anno 1874. ↩

  309. Paráfrasis de la carta de Marx a Joseph Weydemeyer del 5 de marzo de 1852. ↩

  310. La Crítica del programa de Gotha (1875), publicada por Engels en 1891. ↩

  311. Hans Delbrück (1848-1929), historiador alemán, director de la revista conservadora Preußische Jahrbücher. ↩

  312. «Sindicato» (Syndikat) en el sentido de la economía de la época: cártel de una rama industrial con oficina de venta común, no organización obrera. ↩

  313. En alemán Hineinwachsen in den Sozialismus, literalmente «ir creciendo hasta el socialismo»: la idea revisionista de que el capitalismo se transforma en socialismo por evolución gradual. ↩

  314. Erfassung der Sachwerte: reivindicación del KPD en 1921-1922 de que el Estado se apropiara de una parte de los bienes reales para cubrir las reparaciones y sanear la hacienda, en vez de cargarlas sobre los trabajadores. ↩

  315. László Rudas (1885-1950), comunista húngaro, filósofo y publicista. ↩

  316. Charles Rappoport (1865-1941), socialista y luego comunista francés de origen ruso, publicista. ↩

  317. Socialismo gremial (guild socialism): corriente británica de principios del siglo XX que proponía la gestión de la industria por gremios de productores apoyados en los sindicatos. ↩

  318. Programa aprobado por el SPD en su congreso de Görlitz (septiembre de 1921), que sustituyó al de Erfurt. ↩

  319. Paul Kampffmeyer (1864-1945), publicista socialdemócrata alemán del ala revisionista. ↩

  320. Friedrich Stampfer (1874-1957), socialdemócrata alemán, redactor jefe del Vorwärts desde 1916. ↩

  321. La acumulación del capital o lo que los epígonos han hecho de la teoría de Marx. Una anticrítica, escrita por Rosa Luxemburg en la cárcel en 1915 y publicada en 1921. ↩

  322. Die Neue Zeit, revista teórica de la socialdemocracia alemana, dirigida por Kautsky de 1883 a 1917. ↩

  323. Mijaíl Tugán-Baranovski (1865-1919), economista, uno de los representantes del «marxismo legal» ruso. ↩

  324. Piotr Struve (1870-1944), principal figura del «marxismo legal», luego dirigente liberal (kadete) y emigrado contrarrevolucionario. ↩

  325. Serguéi Bulgákov (1871-1944), economista del «marxismo legal», luego filósofo religioso y sacerdote ortodoxo. ↩

  326. Lenin, «Sobre la revisión del programa del partido», artículo escrito en octubre de 1917. ↩

  327. Vladímir Mijáilovich Smirnov (1887-1937), bolchevique, en 1918 del grupo de los «comunistas de izquierda». ↩

  328. Rabochi Put («La senda obrera»), nombre del órgano central bolchevique en septiembre y octubre de 1917. ↩

  329. Jristo Kabakchiev (1878-1940), dirigente del Partido Comunista de Bulgaria. ↩

  330. Unión de los partidos comunistas de los Balcanes, fundada en 1920. ↩

  331. Partido Comunista de Rusia (bolchevique); su programa se aprobó en el VIII Congreso, en marzo de 1919. ↩

  332. A. Lozovski, seudónimo de Solomón Abrámovich Dridzo (1878-1952), secretario general de la Internacional Sindical Roja (Profintern) desde su fundación en 1921. ↩

  333. Open shop: empresa que no exige la afiliación sindical para contratar. Tras la guerra, la patronal norteamericana hizo de la «open shop» la bandera de su campaña contra los sindicatos. ↩

  334. La Unión General de Trabajadores (UGT), central socialista española. En 1922 se escindió el Sindicato Minero Asturiano, adherido a la UGT. ↩

  335. Union der Hand- und Kopfarbeiter Deutschlands, sindicato revolucionario alemán, con su principal base entre los mineros del Ruhr, adherido a la Internacional Sindical Roja. ↩

  336. El congreso de la Federación Sindical Internacional (la Internacional de Ámsterdam) celebrado en Roma en abril de 1922. ↩

  337. Industrial Workers of the World, organización sindicalista revolucionaria fundada en Chicago en 1905. ↩

  338. Unione Sindacale Italiana (USI), confederación sindicalista revolucionaria italiana fundada en 1912. ↩

  339. La conferencia sindicalista internacional reunida en Berlín en junio de 1922, que preparó la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores anarcosindicalista (Berlín, diciembre de 1922-enero de 1923). ↩

  340. Los «localistas»: la corriente sindical alemana que defendía la autonomía de los sindicatos locales frente a las centrales; de ella salió la Freie Arbeiter-Union Deutschlands (FAUD), anarcosindicalista. ↩

  341. La CNT se adhirió a la Internacional Comunista en su congreso de Madrid de diciembre de 1919; rompió con ella en 1922. ↩

  342. John Mitchell (1870-1919), presidente del sindicato minero norteamericano United Mine Workers of America (1898-1908); su libro Organized Labor es de 1903. ↩

  343. Néstor Majnó (1888-1934), dirigente del movimiento campesino anarquista de Ucrania durante la guerra civil. ↩

  344. La fórmula es de Lenin: «la política es la expresión concentrada de la economía» («Una vez más sobre los sindicatos», 1921). ↩

  345. El I Congreso del Partido Comunista Francés, celebrado en Marsella en diciembre de 1921. ↩

  346. La Vie Ouvrière, revista sindicalista revolucionaria fundada en 1909 por Pierre Monatte; en torno a ella se agrupó el ala de la CGT favorable a la Revolución rusa. ↩

  347. Liga de Educación Sindical, organización de la oposición revolucionaria dentro de los sindicatos norteamericanos, fundada en 1920 por William Z. Foster. ↩

  348. Resolución aprobada por el congreso de la CGT en Amiens en 1906, que proclamaba la independencia del sindicalismo respecto de los partidos políticos. ↩

  349. Pierre Monatte (1881-1960), sindicalista revolucionario francés, fundador de La Vie Ouvrière. ↩

  350. El Trades Union Congress (TUC), confederación de los sindicatos británicos, fundada en 1868. ↩

  351. En los Estados Unidos, la huelga de los mineros del carbón (abril-agosto de 1922) y la de los obreros de los talleres ferroviarios (desde julio de 1922); contra esta última el Gobierno obtuvo en septiembre de 1922 un mandato judicial que prohibía toda actividad huelguística. ↩

  352. Industrial Workers of the World, central sindical revolucionaria fundada en Chicago en 1905. ↩

  353. Fritz Heckert (1884-1936), albañil y sindicalista, dirigente del KPD. ↩

  354. Arkadi Maslow (1891-1941), dirigente de la izquierda del KPD en Berlín. ↩

  355. La Union der Hand- und Kopfarbeiter Deutschlands (Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales de Alemania), sindicato revolucionario alemán adherido a la ISR, con fuerza sobre todo entre los mineros del Ruhr. ↩

  356. I Congreso del Partido Comunista Francés, Marsella, 25-30 de diciembre de 1921. ↩

  357. Gaston Monmousseau (1883-1960), ferroviario, sindicalista revolucionario, secretario general de la CGTU desde 1922. ↩

  358. Rudolf Tayerle, dirigente de los sindicatos socialdemócratas checoslovacos. ↩

  359. Fritz Paeplow, dirigente del sindicato socialdemócrata alemán de los obreros de la construcción. ↩

  360. Robert Dissmann (1878-1926), presidente de la Deutscher Metallarbeiter-Verband (Federación Alemana de los Metalúrgicos) desde 1919. ↩

  361. Jules Guesde (1845-1922), introductor del marxismo en el movimiento obrero francés; en 1914 entró como ministro en el Gobierno de unión sagrada. El congreso obrero de Marsella de 1879 se pronunció por el colectivismo y por un partido obrero propio. ↩

  362. Henri Ghesquière, diputado socialista del Norte, guesdista. ↩

  363. Resolución aprobada en el congreso de la CGT celebrado en Amiens en 1906: proclamaba la independencia de los sindicatos respecto de los partidos políticos. ↩

  364. Comité pour la reprise des relations internationales, fundado en 1916 por la minoría internacionalista socialista y sindicalista, vinculada a Zimmerwald. ↩

  365. El Comité de la III Internacional, formado en 1919 por ese mismo núcleo para llevar al Partido Socialista a la IC. ↩

  366. Congreso de los sindicatos minoritarios excluidos de la CGT, París, diciembre de 1921, del que nació la CGT Unitaria (CGTU). ↩

  367. I Congreso de la CGTU, Saint-Étienne, junio-julio de 1922, en el que la mayoría de Monmousseau se impuso a los anarcosindicalistas y votó la adhesión a la ISR. ↩

  368. Pierre Besnard (1886-1947), ferroviario, dirigente anarcosindicalista de la CGTU. ↩

  369. Pacto secreto de un grupo de sindicalistas puros y anarquistas (entre ellos Besnard) para hacerse con la dirección del movimiento sindical minoritario; su divulgación en 1922 los desacreditó. ↩

  370. La Asociación Internacional de los Trabajadores anarcosindicalista, constituida en Berlín entre diciembre de 1922 y enero de 1923. ↩

  371. Proceso contra los dirigentes del Partido Socialista Revolucionario celebrado en Moscú entre junio y agosto de 1922; los partidos de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media hicieron campaña contra él. ↩

  372. De Jules Guesde (1845-1922), fundador del Partido Obrero francés, cuyo marxismo arraigó sobre todo en el Norte industrial. ↩

  373. Solomon Lozovski (1878-1952), secretario general de la Internacional Sindical Roja y ponente de la cuestión sindical en el congreso. ↩

  374. Hertha Sturm, militante del KPD dedicada al trabajo comunista entre las mujeres. ↩

  375. Angelo Tasca (1892-1960), dirigente del Partido Comunista de Italia, encargado del trabajo sindical. ↩

  376. Congreso del PSI celebrado en Livorno en enero de 1921, del que salió la fracción comunista para fundar el Partido Comunista de Italia. ↩

  377. Anteo, gigante de la mitología griega, hijo de Gea, la Tierra, que recobraba las fuerzas cada vez que tocaba el suelo; Heracles lo venció levantándolo en vilo. ↩

  378. John Smith «Jock» Garden (1882-1968), secretario del Labor Council de Nueva Gales del Sur y dirigente del Partido Comunista de Australia. ↩

  379. Australian Socialist Party (Partido Socialista Australiano) y Socialist Labour Party (Partido Obrero Socialista). ↩

  380. Política de «Australia blanca» (White Australia), que desde 1901 restringía la inmigración no europea. ↩

  381. El I Congreso de la Internacional Sindical Roja, celebrado en Moscú en julio de 1921. ↩

  382. Por Philipp Scheidemann (1865-1939), dirigente del SPD: los socialdemócratas mayoritarios alemanes. ↩

  383. Del Partido Socialista Nacional checo, partido nacionalista y reformista, sin relación con el nacionalsocialismo alemán. ↩

  384. «Un gran sindicato»: proyecto de sindicato único de todos los trabajadores, difundido por la IWW y otros movimientos en Estados Unidos, Canadá y Australia. ↩

  385. Confederación de sindicatos de oficio de Estados Unidos, fundada en 1886 y presidida por Samuel Gompers. ↩

  386. Trade Union Educational League, fundada en 1920 por William Z. Foster para agrupar a comunistas y radicales dentro de los sindicatos de la AFL. ↩

  387. Proceso contra dirigentes del Partido Socialista Revolucionario, celebrado en Moscú entre junio y agosto de 1922. ↩

  388. Confederación General del Trabajo Unitaria, formada en 1921-1922 por los sindicatos revolucionarios expulsados de la CGT; celebró su congreso constitutivo en Saint-Étienne en junio-julio de 1922. ↩

  389. El Pacto Nacional (Misak-ı Millî), aprobado por el parlamento otomano en enero de 1920, fijaba las reivindicaciones territoriales y de independencia del movimiento nacional turco. ↩

  390. Conferencia celebrada en Londres en febrero-marzo de 1921 sobre la revisión del Tratado de Sèvres, a la que asistió una delegación del gobierno de Angora. ↩

  391. Mustafa Suphi (1883-1921), fundador del Partido Comunista de Turquía en Bakú (1920); fue asesinado en enero de 1921 en el mar Negro, cerca de Trebisonda, junto con otros dirigentes del partido, entre ellos Ethem Nejat. ↩

  392. El acuerdo de Angora de octubre de 1921 entre Francia y el gobierno de la Gran Asamblea Nacional, que puso fin a la guerra en Cilicia. ↩

  393. Conferencia de paz entre Turquía y las potencias aliadas, abierta el 20 de noviembre de 1922; concluyó con el Tratado de Lausana de julio de 1923. ↩

  394. Congreso constitutivo de la CGTU, celebrado en Saint-Étienne del 25 de junio al 1 de julio de 1922. ↩

  395. Joseph Tommasi, dirigente sindical y miembro de la izquierda del Partido Comunista Francés. ↩

  396. Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador de la Asociación General de Obreros Alemanes (1863). ↩

  397. Willi Münzenberg (1889-1940), comunista alemán, dirigente de la Internacional Comunista de la Juventud y organizador de la Ayuda Obrera Internacional. ↩

  398. American Relief Administration, organismo de ayuda estadounidense dirigido por Herbert Hoover, que distribuyó víveres en la Rusia afectada por el hambre de 1921-1923. ↩

  399. Fridtjof Nansen (1861-1930), explorador noruego, organizador de una campaña internacional de ayuda contra el hambre en Rusia. ↩

  400. En ruso, ración de víveres. ↩

  401. Sebald Rutgers (1879-1961), ingeniero comunista holandés, organizador de la Colonia Industrial Autónoma del Kuzbass, formada con obreros emigrados de América. ↩

  402. Sidney Hillman (1887-1946), presidente del sindicato estadounidense de la confección Amalgamated Clothing Workers of America, promotor de una sociedad para ayudar a la industria de la confección soviética. ↩

  403. Ludwig Martens (1875-1948), representante del gobierno soviético en los Estados Unidos en 1919-1921. ↩

  404. Informe de Lenin «Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial», presentado en este congreso el 13 de noviembre de 1922. ↩

  405. Sebald Justinus Rutgers (1879-1961), ingeniero y comunista holandés, promotor de la Colonia Industrial Autónoma del Kuzbass (Siberia), formada con obreros extranjeros. ↩

  406. War Van Overstraeten (1891-1981), dirigente del Partido Comunista de Bélgica. ↩

  407. Conferencia entre los kemalistas y las potencias aliadas celebrada en Mudanya, a orillas del mar de Mármara, que terminó con el armisticio del 11 de octubre de 1922. ↩

  408. Henry Morgenthau (1856-1946), banquero y diplomático norteamericano, embajador de los Estados Unidos en Constantinopla de 1913 a 1916. ↩

  409. Conferencia económica internacional celebrada en Génova en abril y mayo de 1922, la primera a la que asistió una delegación de la Rusia soviética. ↩

  410. Congreso de las grandes potencias (junio-julio de 1878) que revisó el tratado de San Stefano, impuesto por Rusia a Turquía tras la guerra ruso-turca de 1877-1878. ↩

  411. Mustafa Reşid Bajá (1800-1858), gran visir, iniciador de las reformas otomanas del Tanzimat; Alí Bajá (1815-1871) y Fuad Bajá (1815-1869), grandes visires que las continuaron. ↩

  412. Abdülhamid II (1842-1918), sultán otomano de 1876 a 1909, depuesto tras la revolución de los Jóvenes Turcos de 1908. ↩

  413. Henry Noel Brailsford (1873-1958), periodista y escritor socialista británico; trabajó en Macedonia tras la insurrección de 1903 y escribió Macedonia: Its Races and Their Future (1906). ↩

  414. La acumulación del capital (1913). ↩

  415. Tratados por los que el Imperio otomano concedía a los súbditos de potencias extranjeras privilegios jurídicos, fiscales y comerciales, como la exención de impuestos y la jurisdicción de sus cónsules. Turquía los denunció en 1914; el tratado de Lausana (1923) los suprimió. ↩

  416. «Sujetos a la talla y a la prestación personal a merced del señor»: fórmula del Antiguo Régimen francés. ↩

  417. Jovan Cvijić (1865-1927), geógrafo serbio, autor de estudios sobre la península balcánica. ↩

  418. Barrio de Constantinopla, sede del patriarcado ecuménico ortodoxo. ↩

  419. Tratado firmado en Ouchy (Lausana) el 18 de octubre de 1912, por el que Turquía cedió a Italia Tripolitania y Cirenaica. ↩

  420. Alfred Le Chatelier (1855-1929), arabista francés, fundador de la Revue du monde musulman (1906). ↩

  421. La campaña italiana contra Abisinia, que terminó con la derrota de Adua (1 de marzo de 1896). ↩

  422. Administración de la Deuda Pública Otomana, creada en 1881 por los acreedores europeos, que cobraba directamente una parte de los impuestos del Imperio. ↩

  423. Enver Bajá (1881-1922), dirigente de los Jóvenes Turcos y ministro de la Guerra otomano durante la guerra mundial; murió en agosto de 1922 combatiendo contra el Ejército Rojo en Asia central. ↩

  424. Mustafa Kemal (1881-1938), jefe del movimiento nacional turco y del gobierno de Angora; la Gran Asamblea Nacional le dio en 1921 el título de Gazi («el victorioso»). ↩

  425. Charles Harington (1872-1940), general británico, comandante de las tropas aliadas en Constantinopla durante la crisis de Chanak (septiembre-octubre de 1922). ↩

  426. Frederick Edwin Smith, lord Birkenhead (1872-1930), político conservador británico, lord canciller de 1919 a 1922. ↩

  427. James Louis Garvin (1868-1947), periodista británico, director del Observer de 1908 a 1942. ↩

  428. Juego de palabras con el tratado de Sèvres (agosto de 1920), que desmembraba el Imperio otomano y que la victoria kemalista dejó sin efecto. ↩

  429. William Ewart Gladstone (1809-1898), primer ministro liberal, adversario de Turquía en la cuestión de Oriente, y Benjamin Disraeli, lord Beaconsfield (1804-1881), primer ministro conservador, que la apoyó frente a Rusia. ↩

  430. Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), escritor y periodista inglés, convertido al catolicismo en 1922. ↩

  431. Armisticio de Mudania, firmado el 11 de octubre de 1922 entre el Gobierno kemalista de Angora y las potencias aliadas; devolvía a Turquía la Tracia oriental. ↩

  432. Régimen de privilegios jurídicos, fiscales y comerciales de los extranjeros en el Imperio otomano; lo abolió el Tratado de Lausana (1923). ↩

  433. Percy Cox (1864-1937), alto comisario británico en el Irak de 1920 a 1923. El tratado angloiraquí se firmó el 10 de octubre de 1922. ↩

  434. Faisal I (1883-1933), proclamado rey de Siria en 1920 y expulsado por los franceses ese mismo año; rey del Irak bajo mandato británico desde 1921. ↩

  435. Rosita Forbes (1890-1967), viajera y escritora británica; en 1921 llegó al oasis libio de Kufra, centro de los senusíes. ↩

  436. Latham Valentine Stewart Blacker (1887-1964), oficial del ejército británico de la India; On Secret Patrol in High Asia (1922) relata sus operaciones en el Asia Central en 1918-1919. ↩

  437. Lothrop Stoddard (1883-1950), escritor estadounidense de ideas racistas, autor de The New World of Islam (1921), que se cita en adelante. ↩

  438. Revista fundada en París en 1906 por Alfred Le Chatelier. ↩

  439. Diario de Constantinopla fundado en 1908, órgano oficioso del Comité de Unión y Progreso (los Jóvenes Turcos). ↩

  440. La Senusiya, cofradía sufí fundada en 1837 por Muhammad ibn Ali al-Senusi, con centro en la Cirenaica; encabezó la resistencia contra la ocupación italiana de Libia. ↩

  441. Theodore Morison (1863-1936), educador y administrador colonial británico en la India. ↩

  442. Ármin Vámbéry (1832-1913), orientalista y viajero húngaro. ↩

  443. Henri Gouraud (1867-1946), general francés, alto comisario en Siria y el Líbano de 1919 a 1923; sus tropas ocuparon Damasco en julio de 1920. ↩

  444. Batalla de Adua (1 de marzo de 1896), en la que el ejército etíope derrotó al italiano. ↩

  445. Alfred Milner (1854-1925), político británico, ministro de las Colonias; en 1919-1920 dirigió una misión a Egipto. ↩

  446. Manabendra Nath Roy (1887-1954), revolucionario indio, fundador del Partido Comunista de la India en Taskent en 1920. ↩

  447. En Egipto, la revolución de 1919 contra el protectorado británico; en Corea, el movimiento del Primero de Marzo de 1919 contra la dominación japonesa. ↩

  448. Suzuki Bunji (1885-1946), fundador en 1912 de la Yūaikai («Sociedad de la Amistad»), que en 1921 tomó el nombre de Nihon Rōdō Sōdōmei (Federación General del Trabajo de Japón). ↩

  449. El Congreso de los Trabajadores del Extremo Oriente, celebrado en Moscú y Petrogrado en enero y febrero de 1922. ↩

  450. Japón ocupó el norte de Sajalín en 1920 y no lo evacuó hasta 1925. ↩

  451. El Japón ocupó en 1920 la mitad norte de la isla de Sajalín, rusa, y no la evacuó hasta 1925. ↩

  452. El Congreso de Tours del Partido Socialista francés (diciembre de 1920), en el que la mayoría votó la adhesión a la Internacional Comunista y fundó el Partido Comunista. ↩

  453. Robert Louzon (1882-1976), sindicalista revolucionario francés establecido en Túnez. ↩

  454. Paul Vaillant-Couturier (1892-1937), escritor y diputado comunista francés. ↩

  455. Ciudad del oeste de Argelia. Su sección comunista, compuesta sobre todo por europeos, votó en 1922 una moción contra el llamamiento de la Internacional Comunista por la liberación de Argelia y Túnez. ↩

  456. Crisis de Chanak (septiembre de 1922): las tropas británicas que guardaban los Dardanelos estuvieron a punto de chocar con el ejército kemalista victorioso. ↩

  457. Tratado impuesto al Imperio otomano en agosto de 1920; la victoria kemalista lo dejó sin efecto, y fue sustituido por el Tratado de Lausana (1923). ↩

  458. Liu Renjing (1902-1987), delegado del Partido Comunista de China en el congreso. ↩

  459. Chen Jiongming (1878-1933), general del Kuomintang y gobernador de Kwangtung, que en junio de 1922 expulsó de Cantón a Sun Yat-sen. ↩

  460. Wu Peifu (1874-1939), caudillo militar de la camarilla de Zhili, que en abril-mayo de 1922 venció a Zhang Zuolin en la guerra entre las camarillas de Zhili y de Fengtian. ↩

  461. Zhang Zuolin (1875-1928), caudillo militar de Manchuria, jefe de la camarilla de Fengtian, apoyada por el Japón. ↩

  462. Husni al-Arabi, dirigente del Partido Socialista Egipcio, que poco después pasó a llamarse Partido Comunista de Egipto. ↩

  463. Declaración británica del 28 de febrero de 1922, que reconocía la independencia de Egipto reservándose cuatro puntos: las comunicaciones del Imperio, la defensa, la protección de los extranjeros y las minorías, y el Sudán. ↩

  464. En 1922 se emitió en la Rusia soviética un nuevo rublo equivalente a 10.000 de los antiguos. ↩

  465. William Earsman (1884-1965), uno de los fundadores del Partido Comunista de Australia (1920). ↩

  466. Gueorgui Safárov (1891-1942), bolchevique, encargado de las cuestiones de Oriente en el Ejecutivo de la Internacional Comunista. ↩

  467. Gerhard Hildebrand, socialdemócrata alemán expulsado del SPD en 1912 por sus posiciones favorables a la política colonial. ↩

  468. Alusión al grupo Emancipación del Trabajo, fundado en Ginebra en 1883 por Plejánov, Axelrod, Vera Zasúlich, Deutsch e Ignátov, primer grupo marxista ruso. ↩

  469. Shripad Amrit Dange (1899-1991), comunista indio, director del semanario The Socialist de Bombay. ↩

  470. Conferencia de paz entre las potencias aliadas y Turquía, abierta en Lausana el 20 de noviembre de 1922. ↩

  471. El Tratado de Moscú entre la Rusia soviética y el gobierno de Angora (marzo de 1921), que remitía el régimen de los Estrechos a una conferencia de los Estados ribereños del mar Negro. ↩

  472. Arthur Crispien (1875-1946) y Rudolf Hilferding (1877-1941), dirigentes del USPD que en el congreso del partido en Halle (octubre de 1920) se opusieron a la adhesión a la Internacional Comunista; la mayoría votó por ella y se unió después al KPD. ↩

  473. Primer Congreso de los Pueblos de Oriente, convocado por la Internacional Comunista en Bakú en septiembre de 1920. ↩

  474. Tratado de paz impuesto por la Entente al Imperio otomano en agosto de 1920, que lo desmembraba; el movimiento nacional turco no lo reconoció y lo dejó sin efecto con su victoria militar sobre Grecia (1922). ↩

  475. Conferencia de paz entre las potencias de la Entente y Turquía, abierta en Lausana el 20 de noviembre de 1922. ↩

  476. Hüseyin Rauf Bey (Orbay) (1881-1964), jefe del gobierno de Ankara en 1922-1923; Refet Pachá (Bele) (1881-1963), general kemalista que en octubre de 1922 se hizo cargo de Constantinopla en nombre del gobierno de Ankara. ↩

  477. La Gran Asamblea Nacional de Ankara abolió el sultanato el 1 de noviembre de 1922; el sultán Mehmed VI huyó de Constantinopla el 17 de noviembre. ↩

  478. Enver Pachá (1881-1922), dirigente de los Jóvenes Turcos y ministro de la Guerra otomano durante la guerra mundial; murió en agosto de 1922 combatiendo contra el Ejército Rojo en Asia Central. ↩

  479. Walther von Lüttwitz (1859-1942), general que encabezó con Wolfgang Kapp el golpe de marzo de 1920 contra el gobierno de la República; el golpe fracasó ante la huelga general. ↩

  480. En el original, «Der Bien muß!», expresión proverbial alemana tomada de la apicultura: la colmena obedece a una necesidad que no depende de su voluntad. ↩

  481. Sun Yat-sen (1866-1925), fundador del Kuomintang, tuvo que abandonar Cantón en junio de 1922 tras la sublevación de su general Chen Jiongming. ↩

  482. Tuchün: gobernadores militares de las provincias chinas, que en la práctica gobernaban como caudillos independientes. ↩

  483. «Hay un largo camino hasta Tipperary», canción inglesa muy popular entre los soldados británicos de la guerra mundial. ↩

  484. En el acta, «Tschen-du-Scha»: Chen Duxiu (1879-1942), fundador y secretario general del Partido Comunista de China. ↩

  485. Sidney Percival Bunting (1873-1936), dirigente del Partido Comunista de Sudáfrica. ↩

  486. Jan Smuts (1870-1950), primer ministro de la Unión Sudafricana, que en marzo de 1922 aplastó por las armas la huelga y la sublevación de los mineros del Rand; en noviembre de 1922 fueron ahorcados varios de los huelguistas condenados. ↩

  487. En el original, en francés: «Un des facteurs des plus importants». ↩

  488. Renaud Jean (1887-1961), campesino de Lot-et-Garonne, diputado y encargado de la cuestión agraria en el Partido Comunista Francés. ↩

  489. Frank Norris (1870-1902), novelista estadounidense; la novela es The Octopus (1901), sobre la lucha de los agricultores de California contra la compañía ferroviaria. ↩

  490. Primer congreso del Partido Comunista Francés tras la escisión de Tours, celebrado en Marsella en diciembre de 1921. ↩

  491. Alusión al Bloque Nacional, la coalición de derechas y de centro que ganó las elecciones legislativas francesas de noviembre de 1919. ↩

  492. Iván Teodoróvich (1875-1937), bolchevique, comisario del pueblo de Abastecimiento en el primer gobierno soviético (1917), especialista en la cuestión agraria. ↩

  493. Alusión al prólogo de la primera edición de El capital (1867), donde Marx dice que a Alemania la atormentan no solo el desarrollo de la producción capitalista, sino también la falta de ese desarrollo. ↩

  494. Cita libre de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852), cap. VII, donde Marx escribe que el orden burgués se ha convertido en el vampiro que chupa la sangre del corazón y la médula del cerebro de la parcela campesina y los arroja a la caldera de alquimista del capital. ↩

  495. El congreso de Lausana (1867) de la Asociación Internacional de los Trabajadores discutió la propiedad colectiva del suelo; las resoluciones en su favor se aprobaron en los congresos de Bruselas (1868) y Basilea (1869). ↩

  496. Lenin, «Sobre el impuesto en especie» (1921). ↩

  497. Jean de La Bruyère (1645-1696), moralista francés, autor de Los caracteres (1688), de donde procede el pasaje citado. ↩

  498. Eco de la promesa de Lloyd George, en la campaña electoral de 1918, de hacer de Gran Bretaña «un país digno de héroes». ↩

  499. La gran sublevación campesina de 1907 en Rumanía, aplastada por el ejército con miles de muertos. ↩

  500. Wera Kostrzewa, seudónimo de Maria Koszutska (1876-1939), dirigente del Partido Comunista Obrero de Polonia. ↩

  501. Congreso fundacional del KPD (30 de diciembre de 1918-1 de enero de 1919), en el que Rosa Luxemburg pronunció su discurso sobre el programa. ↩

  502. Julian Marchlewski (1866-1925), socialista polaco, cofundador de la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania, militante también del movimiento obrero alemán. ↩

  503. Yevgueni Preobrazhenski (1886-1937), economista bolchevique, autor con Bujarin del ABC del comunismo. ↩

  504. Marcel Pauker (1896-1938), dirigente del Partido Comunista de Rumanía. ↩

  505. Richard Schüller (1901-1957), comunista austriaco, dirigente de la Internacional Comunista de la Juventud. ↩

  506. Celebrado en Moscú en julio de 1921. ↩

  507. Primer pleno del Ejecutivo Ampliado de la IC, celebrado en Moscú del 21 de febrero al 4 de marzo de 1922. ↩

  508. La fusión se consumó en Hamburgo en mayo de 1923, con la fundación de la Internacional Juvenil Socialista. ↩

  509. El cierre patronal de la industria mecánica británica de marzo a junio de 1922. ↩

  510. El congreso fundacional de la Internacional Comunista de la Juventud se celebró clandestinamente en Berlín en noviembre de 1919. ↩

  511. Otto Huiswoud (1893-1961), comunista nacido en Surinam y afincado en Nueva York, delegado de la Workers' Party en el IV Congreso con el seudónimo de Billings. ↩

  512. National Urban League, organización fundada en Nueva York en 1910 para ayudar a los negros emigrados del Sur a encontrar trabajo y vivienda en las ciudades del Norte. ↩

  513. National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), fundada en 1909. ↩

  514. Universal Negro Improvement Association, fundada en 1914 por el jamaicano Marcus Garvey (1887-1940), que desde Nueva York dirigió el mayor movimiento de masas negro de la época, con la consigna del regreso a África. ↩

  515. African Blood Brotherhood, organización negra revolucionaria fundada en Nueva York en 1919 por Cyril Briggs; varios de sus dirigentes ingresaron en el movimiento comunista. ↩

  516. Matanza de Tulsa (31 de mayo-1 de junio de 1921): turbas blancas arrasaron Greenwood, el barrio negro de la ciudad, tras la resistencia armada de vecinos negros a un intento de linchamiento. ↩

  517. El Chicago Defender, semanario fundado en 1905 por Robert S. Abbott; The Crisis, revista mensual de la NAACP, dirigida desde 1910 por W. E. B. Du Bois. ↩

  518. Huelga de los mineros blancos del Rand (Witwatersrand, Sudáfrica), de enero a marzo de 1922, convertida en insurrección y aplastada por el Gobierno de Smuts con el ejército y la aviación. ↩

  519. Claude McKay (1889-1948), poeta y novelista jamaicano, figura del Renacimiento de Harlem; el poema de 1919 al que alude es «If We Must Die». ↩

  520. La Decimoquinta Enmienda (1870) prohíbe negar el derecho de voto por motivos de raza o color; en el Sur se burlaba mediante impuestos electorales, pruebas de alfabetización y el terror. ↩

  521. Disturbios raciales de East St. Louis (1917) y de Chicago y Washington (verano de 1919), en los que los negros, muchos de ellos excombatientes, se defendieron con las armas. ↩

  522. Del mensaje de la Asociación Internacional de los Trabajadores a Abraham Lincoln con motivo de su reelección, redactado por Marx (noviembre de 1864). Se traduce aquí la versión alemana que da el acta. ↩

  523. Así en el acta. Marx no hizo tal gira con los librecambistas Richard Cobden y John Bright ni con el librepensador Charles Bradlaugh, y Palmerston siguió de primer ministro hasta su muerte en 1865. ↩

  524. Nikolái Meshcheriakov (1865-1942), bolchevique y publicista, ponente de la cuestión cooperativa. ↩

  525. Eugène Motte (1860-1932), industrial textil de Roubaix, que derrotó a Guesde en las elecciones legislativas de 1898. ↩

  526. Congreso de Tours del Partido Socialista (SFIO), en diciembre de 1920: la mayoría se adhirió a la Internacional Comunista y fundó el Partido Comunista; la minoría que siguió en la SFIO recibe aquí el nombre de «disidentes». ↩

  527. Philippe Buchez (1796-1865), socialista cristiano francés, promotor de las asociaciones obreras de producción. ↩

  528. Congreso obrero de Marsella (octubre de 1879), en el que se fundó la Federación del Partido de los Trabajadores Socialistas de Francia. ↩

  529. Beatrice Webb (1858-1943), socialista fabiana británica, autora de The Co-operative Movement in Great Britain (1891). ↩

  530. Charles Gide (1847-1932), economista francés, principal teórico del cooperativismo de consumo (la llamada escuela de Nimes). ↩

  531. Lev Mijáilovich Jinchuk, antiguo menchevique, presidente del Tsentrosoyuz (Unión Central de Cooperativas de Consumo de Rusia) y ponente de la cuestión cooperativa en este congreso. ↩

  532. Sofía Nikoláievna Smidóvich (1872-1934), bolchevique, dirigente desde 1922 de la sección femenina (Zhenotdel) del Comité Central del Partido Comunista de Rusia. ↩

  533. En las elecciones generales británicas del 15 de noviembre de 1922 fue elegido diputado el comunista J. T. Walton Newbold, por Motherwell; Shapurji Saklatvala, también afiliado al partido comunista, fue elegido en Battersea North como candidato laborista. ↩

  534. El congreso de Marsella (diciembre de 1921) fue el primero del Partido Comunista Francés tras la escisión de Tours; el de París (octubre de 1922), el segundo, celebrado en plena crisis interna del partido. ↩

  535. Varsenik Kaspárova, bolchevique armenia, encargada del trabajo entre las mujeres de Oriente en el Secretariado Internacional de Mujeres. ↩

  536. Los artículos 218 y 219 del Código Penal alemán, que castigaban el aborto. ↩

  537. The Communist, semanario del Partido Comunista de Gran Bretaña (1920-1923). ↩

  538. Congreso de Marsella del Partido Comunista Francés, celebrado a finales de diciembre de 1921. ↩

  539. Sofía Smidóvich (1872-1934), bolchevique; de 1922 a 1924 dirigió la sección femenina (Zhenotdel) del Comité Central del PCR. ↩

  540. Rabótnitsa («La Obrera»), revista bolchevique para las obreras fundada en San Petersburgo en 1914 y reaparecida en 1917. ↩

  541. Nadiezhda Krúpskaya (1869-1939), bolchevique, compañera de Lenin, dirigente de la educación política en la Rusia soviética. ↩

  542. Varsenika Kaspárova (1875-1937), bolchevique armenia, encargada del trabajo entre las mujeres de Oriente en la Secretaría Femenina Internacional de la IC. ↩

  543. Plebs' League, organización británica de educación obrera independiente fundada en 1908 por alumnos del Ruskin College de Oxford; publicaba la revista Plebs. ↩

  544. Prefacio de Engels de 1874 a La guerra campesina en Alemania, que Lenin cita en ¿Qué hacer? (1902) sobre las tres formas de la lucha: teórica, política y económica. ↩

  545. El Glavpolitprosvet (Comité Principal de Educación Política, del Comisariado del Pueblo de Instrucción), presidido por Krúpskaya desde 1920. ↩

  546. El 4 (17) de abril de 1912 las tropas dispararon contra los mineros en huelga de los yacimientos de oro del Lena, en Siberia; la matanza desencadenó una oleada de huelgas en toda Rusia. ↩

  547. Acuerdo firmado en septiembre de 1922 entre el industrial alemán Hugo Stinnes y el marqués de Lubersac, senador francés, para entregas alemanas en especie destinadas a la reconstrucción de las regiones devastadas, a cuenta de las reparaciones. ↩

  548. Louis Loucheur (1872-1931), industrial y político francés, ministro de las Regiones Liberadas en 1921-1922. ↩

  549. Egidio Gennari (1876-1942), dirigente del Partido Comunista de Italia, procedente del PSI. ↩

  550. Los tratados de Saint-Germain (con Austria, 1919), Neuilly (con Bulgaria, 1919), Trianon (con Hungría, 1920) y Sèvres (con Turquía, 1920). ↩

  551. Alianza de Checoslovaquia, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (Yugoslavia) y Rumanía, formada en 1920-1921 mediante tratados bilaterales y apoyada por Francia. ↩

  552. Piotr Wrangel (1878-1928), último jefe de los ejércitos blancos en el sur de Rusia, evacuados de Crimea en noviembre de 1920. Aleksandr Kolchak (1874-1920), almirante, «gobernante supremo» de los blancos en Siberia. ↩

  553. La Federación Comunista Balcánica, constituida en 1920. ↩

  554. James Ramsay MacDonald (1866-1937), dirigente del Partido Laborista británico. ↩

  555. Conferencia abierta el 20 de noviembre de 1922 para negociar la paz con Turquía; concluyó con el tratado de Lausana de julio de 1923. ↩

  556. Józef Piłsudski (1867-1935), jefe del Estado polaco de 1918 a diciembre de 1922. ↩

  557. Tratado firmado en Riga el 18 de marzo de 1921 entre Polonia y las repúblicas soviéticas de Rusia y Ucrania, que puso fin a la guerra polaco-soviética. ↩

  558. Borís Sávinkov (1879-1925), Simon Petliura (1879-1926) y Stanisław Bułak-Bałachowicz (1883-1940), jefes de formaciones armadas antisoviéticas apoyadas desde Polonia. ↩

  559. Roderic Connolly (1901-1980), hijo de James Connolly, delegado del Partido Comunista de Irlanda. ↩

  560. Paul Friedländer, dirigente del Partido Comunista de Austria. ↩

  561. Los protocolos de Ginebra del 4 de octubre de 1922, firmados por el gobierno austriaco de Ignaz Seipel con Gran Bretaña, Francia, Italia y Checoslovaquia: un empréstito garantizado de 650 millones de coronas oro a cambio del control de las finanzas austriacas por un comisario general de la Sociedad de Naciones. ↩

  562. Alusión a la táctica del USPD (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania), con el que la socialdemocracia austriaca formaba la Unión de Viena. ↩

  563. Poale Zion («Obreros de Sión»), movimiento obrero judío de orientación socialista y sionista. ↩

  564. El informe de Lenin al IV Congreso, «Cinco años de la Revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial» (13 de noviembre de 1922). ↩

  565. El Partido Obrero Noruego, afiliado a la IC desde 1919, que admitía la afiliación colectiva de los sindicatos. ↩

  566. El Reino Unido declaró unilateralmente la independencia de Egipto el 28 de febrero de 1922, reservándose entre otras cosas la defensa del país y el Sudán. ↩

  567. Chen Duxiu (1879-1942), fundador y primer secretario general del Partido Comunista de China. ↩

  568. Kullervo Manner (1880-1939), dirigente del Partido Comunista de Finlandia. ↩

  569. Edward Próchniak (1888-1937), comunista polaco. ↩

  570. Grigori Voitinski (1893-1953), enviado de la IC a China en 1920. ↩

  571. Rose Pastor Stokes (1879-1933), socialista y luego comunista estadounidense, delegada del Workers' Party de América; en el congreso usó el seudónimo de «Sasha». ↩

  572. American Federation of Labor (AFL), principal central sindical de los Estados Unidos, presidida por Samuel Gompers. ↩

  573. La Asociación (Sociedad) de Viejos Bolcheviques, fundada en Moscú en 1922. De esta propuesta nació el Socorro Rojo Internacional (MOPR). ↩

  574. De Alexandre Millerand (1859-1943), socialista que en 1899 entró en un gobierno burgués: participación de los socialistas en gobiernos de la burguesía. «Unión sagrada» traduce aquí Burgfrieden, la tregua de clases de la guerra. ↩

  575. Partidarios de Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, dirigente del centro del Partido Socialista, que en Tours se quedó con la minoría. ↩

  576. Congreso del Partido Socialista francés (SFIO) celebrado en Tours en diciembre de 1920: la mayoría votó la adhesión a la Internacional Comunista y fundó el futuro Partido Comunista; la minoría («los disidentes») mantuvo la SFIO. ↩

  577. Huelga de los metalúrgicos de Le Havre, en el verano de 1922, contra una rebaja de salarios. ↩

  578. El alcalde de Le Havre era entonces Léon Meyer (1868-1948), del Partido Radical. ↩

  579. Jules Siegfried (1837-1922), industrial y político republicano, antiguo alcalde de Le Havre y diputado; murió en septiembre de 1922. ↩

  580. Ernest Lafont (1879-1946), abogado y diputado, socialista y luego comunista; abandonó el Partido Comunista en 1923. ↩

  581. Hubert Lagardelle (1874-1958), teórico del sindicalismo revolucionario, director de la revista Le Mouvement socialiste. ↩

  582. Partidarios de Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la CGT reformista. ↩

  583. Acuerdo secreto de un grupo de sindicalistas anarquizantes (entre ellos Pierre Besnard) para hacerse con la dirección del sindicalismo revolucionario; dirigieron la CGTU hasta su congreso de Saint-Étienne, en el verano de 1922. ↩

  584. Coalición de la derecha y del centro que ganó las elecciones de noviembre de 1919. ↩

  585. Huelga general convocada por la CGT a partir del 1.º de mayo de 1920 en apoyo de los ferroviarios; fracasó y la siguieron despidos masivos. ↩

  586. Comité de la III Internacional, formado en 1919 dentro del Partido Socialista francés para defender la adhesión a la Internacional Comunista. ↩

  587. Congreso del Partido Comunista Francés celebrado en Marsella en diciembre de 1921; al no ser reelegido Souvarine a la dirección, dimitieron en protesta los demás miembros de la izquierda. ↩

  588. Alianza de radicales y socialistas, opuesta al Bloque Nacional. ↩

  589. Louis Sellier (1885-1978), dirigente del centro del Partido Comunista Francés, secretario general del partido en 1923-1924. Henri Sellier (1883-1943), alcalde de Suresnes. ↩

  590. Oposición Obrera (Shliápnikov, Kollontái): en febrero de 1922 sus partidarios dirigieron al Ejecutivo Ampliado de la IC la llamada «Declaración de los 22», que una comisión rechazó. ↩

  591. Henri Sellier (1883-1943), concejal socialista y alcalde de Suresnes desde 1919, conocido por su labor en la vivienda social. ↩

  592. Alusión a la Histoire socialiste de la Révolution française (1901-1904) y a L'Armée nouvelle (1911), de Jaurès. ↩

  593. Dmitri Manuilski (1883-1959), dirigente bolchevique ucraniano. ↩

  594. Ligue des droits de l'homme et du citoyen, asociación republicana fundada en 1898 durante el caso Dreyfus. ↩

  595. Léon Daudet (1867-1942), escritor y dirigente monárquico de la Action française. ↩

  596. Édouard Herriot (1872-1957), alcalde de Lyon y jefe del Partido Radical. ↩

  597. Le Populaire, diario de los socialistas disidentes (SFIO). ↩

  598. Sidi-bel-Abbès, ciudad del oeste de Argelia, entonces colonia francesa. ↩

  599. Los socialrevolucionarios de izquierda formaron parte del Consejo de Comisarios del Pueblo desde diciembre de 1917 hasta marzo de 1918, cuando salieron de él en protesta por la paz de Brest-Litovsk. ↩

  600. Congreso de la CGTU celebrado en Saint-Étienne en junio-julio de 1922, que decidió la adhesión a la Internacional Sindical Roja. ↩

  601. Victor Méric (1876-1933), periodista y escritor antimilitarista francés. ↩

  602. Filippo Turati (1857-1932), fundador del PSI y jefe de su ala reformista; dirigía la revista Critica Sociale. ↩

  603. Enrico Dugoni, diputado socialista y dirigente sindical; formó parte de la delegación italiana que visitó la Rusia soviética en 1920. ↩

  604. Emilio Colombino, dirigente de la FIOM, el sindicato metalúrgico italiano; miembro de la delegación italiana de 1920. ↩

  605. Wilhelm Dittmann (1874-1954), dirigente del USPD. ↩

  606. Fernando de los Ríos (1879-1949), catedrático y dirigente del PSOE; en 1920 viajó a la Rusia soviética con Daniel Anguiano para estudiar la adhesión del partido a la IC. ↩

  607. Banca Commerciale Italiana, uno de los principales bancos de Italia. ↩

  608. El Partito Socialista Unitario, fundado en octubre de 1922 por los reformistas expulsados del PSI en el congreso de Roma. ↩

  609. Arturo Vella (1886-1943), dirigente del PSI. ↩

  610. Vereinigte Kommunistische Partei Deutschlands (VKPD), nombre que tomó el KPD al fusionarse con la mayoría del USPD en diciembre de 1920; en 1921 volvió a llamarse KPD. ↩

  611. Edmondo Rossoni (1884-1965), dirigente de los sindicatos fascistas. ↩

  612. Por Serguéi Zubátov (1864-1917), jefe de la policía política zarista en Moscú, que hacia 1901-1903 organizó sindicatos obreros bajo control policial. ↩

  613. Arditi del Popolo, organización antifascista armada formada en 1921, en su origen por excombatientes. ↩

  614. En el XVII Congreso del PSI, celebrado en Livorno en enero de 1921, la fracción comunista abandonó el partido y fundó el Partido Comunista de Italia. ↩

  615. El XIX Congreso del PSI, celebrado en Roma en octubre de 1922, expulsó a los reformistas de Turati, que formaron el Partido Socialista Unitario, y votó la adhesión a la Internacional Comunista. ↩

  616. Bolen, presidente de la federación de obreros agrícolas y miembro del Comité Central del partido checoslovaco. ↩

  617. Kon alude a la Obznana («Proclama»), decreto de 29 de diciembre de 1920 que prohibió la actividad del Partido Comunista de Yugoslavia, y a la ley de defensa del Estado de agosto de 1921, que anuló los mandatos de sus diputados. ↩

  618. Conferencia del Partido Comunista de Yugoslavia celebrada en Viena en julio de 1922. ↩

  619. El Partido Obrero Noruego (Det norske Arbeiderparti), adherido a la Internacional Comunista en 1919, tenía una estructura de tipo laborista: los sindicatos se afiliaban a él colectivamente. En 1923 la mayoría rompió con la Internacional; la minoría fundó el Partido Comunista de Noruega. ↩

  620. Socialdemokraten, órgano central del Partido Obrero Noruego, publicado en Cristianía (Oslo); desde 1923 se tituló Arbeiderbladet. ↩

  621. En el congreso del USPD celebrado en Halle en octubre de 1920, en el que Zinóviev defendió la adhesión a la Internacional Comunista. ↩

  622. Haakon Meyer, uno de los delegados noruegos en el congreso. ↩

  623. «Socialdemokraten, este periódico, cuyo nombre basta ya para mostrar la confusión dentro del partido comunista de Noruega». ↩

  624. Olav Scheflo (1883-1943), dirigente de la minoría del Partido Obrero Noruego y, desde 1923, del Partido Comunista de Noruega. ↩

  625. Venstre («Izquierda»), el partido liberal noruego. ↩

  626. Halvard Olsen, dirigente del sindicato metalúrgico noruego. La resolución sobre la cuestión noruega lo readmitió en el partido y expulsó a Karl Johansen. ↩

  627. Mot Dag («Hacia el día»): revista y grupo de intelectuales noruegos fundados en 1921 en torno a Erling Falk, vinculados entonces al Partido Obrero Noruego. ↩

  628. Durante la guerra civil irlandesa, el Gobierno del Estado Libre fusiló desde el 17 de noviembre de 1922 a combatientes republicanos presos; entre ellos, Erskine Childers (24 de noviembre). ↩

  629. Roderick (Roddy) Connolly (1901-1980), hijo de James Connolly y fundador del Partido Comunista de Irlanda (1921). ↩

  630. Paul Böttcher (1891-1975), dirigente del KPD. ↩

  631. Lázar Shatskin (1902-1937), dirigente del Komsomol y de la Internacional Comunista de la Juventud. ↩

  632. Arthur MacManus (1889-1927), primer presidente del Partido Comunista de Gran Bretaña; J. T. Walton Newbold (1888-1943), elegido en noviembre de 1922 diputado comunista por Motherwell. ↩

  633. Carr y Damon eran seudónimos de Ludwig Katterfeld y de Charles E. Ruthenberg, dirigentes del partido comunista de los Estados Unidos. ↩

  634. Zeth Höglund (1884-1956), dirigente del Partido Comunista de Suecia. ↩

  635. Alfred Stirner: seudónimo del comunista suizo Edgar Woog (1898-1973), que militaba entonces en México. ↩

  636. William H. Andrews (1870-1950), primer secretario del Partido Comunista de Sudáfrica. ↩

  637. Las tesis sobre el frente único aprobadas por el Comité Ejecutivo de la IC en diciembre de 1921. ↩

  638. Congreso Internacional por la Paz convocado por la Federación Sindical Internacional (Ámsterdam) en La Haya del 10 al 15 de diciembre de 1922. ↩

  639. Conferencia de Lausana (iniciada en noviembre de 1922), que negoció la paz entre Turquía y las potencias de la Entente. ↩

  640. Se refiere a la guerra soviético-polaca de 1920 y a la ofensiva del Ejército Rojo sobre Varsovia en agosto de ese año. ↩

  641. Henryk Walecki (1877-1937), dirigente del Partido Comunista de Polonia. ↩