Poema en griego antiguo, «compuesto en metro épico por Fr. Engels y recitado en la fiesta escolar pública del instituto de Elberfeld el 15 de septiembre de 1837», el día en que Engels dejó el instituto para entrar en el negocio de su padre. Publicado por primera vez en Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 478-479). El texto griego se ha transcrito de nuevo a partir de las imágenes de esa edición (reconocimiento con Tesseract, modelo de griego antiguo, y cotejo verso a verso con el impreso). Traducido del griego por la Escuela de marxismo, 2026; versión literal, verso a verso, sin metro. Las notas son nuestras. Texto original en griego antiguo.

Duelo de Eteocles y Polinices1

¿Por qué marchan contra la gran ciudad de los fuertes cadmeos
las huestes de los helenos y los veloces caballos?
¿Por qué por todas partes, en la llanura, hombres de blanco escudo
se mueven en torno a las largas murallas con sus armas pulidas?

Avanza contra la ciudad del poderoso Agenórida2
el ejército de los hombres argivos, para recios combates;
vienen los caudillos de los dánaos, llevando la guerra
a Tebas: Tideo, Capaneo y Partenopeo,
el soberano Anfiarao, el sagrado vigor de Hipomedonte,
el rey Adrasto y Polinices, señor de hombres;
todos juntos marchan con sus caballos y con sus carros. —

Relampaguean en la llanura las lanzas de hierro
y los escudos abollonados y las espadas tachonadas de plata.
Como cuando una víbora se enrosca de pronto en torno a una oveja
y la envuelve y le aprisiona todos los miembros, —
así rodearon los dánaos la sede de Tebas.

Mas cuando todas las filas estuvieron formadas con sus lanzas,
salieron de la ciudad los hombres, armados de bronce reluciente,
y entre ellos Eteocles, hijo de Edipo,
fuerte y audaz guerrero.
Cuando, avanzando unos contra otros, llegaron a un mismo lugar
los campeones de los beocios y los soldados de los argivos,
entrechocaron los escudos de cuero, y las lanzas y la furia de los hombres
de bronceas corazas; y se alzó un tumulto terrible.
Corrían ensangrentadas las aguas de la ilustre Dirce,
ensangrentado el Ismeno,3 y el hombre derribaba al hombre.

Y entre los primeros combatientes se enfurecía Eteocles
con su lanza guarnecida de bronce; y muchos guerreros
caían a tierra, domados por su aguda pica.
Entonces el Agenórida, al ver al fuerte Polinices
avanzar entre los argivos, suplicó a Atenea:
«Palas, hija de Zeus portador de la égida, Atritona,
¡óyeme! Si alguna vez quemé para ti los pingües muslos
de toros y de cabras, cúmpleme este deseo:4
concédeme clavar en el pecho mi lanza de larga sombra
a este hombre, ilustre vástago del soberano Edipo,
que es mi hermano, el noble Polinices,
y ha venido de Argos la sedienta para devastar
la tierra de sus padres junto con los reyes argivos». —

Dijo, y luego dirigió a su hermano aladas palabras:
«Hijo de Edipo, Polinices, bueno en el grito de guerra,
el ánimo en el pecho me impulsa a combatir contigo:
¡ven aquí, campeón de entre todos, contra Eteocles igual a los dioses!».

Así dijo; y el hermano suplicó a la augusta Hera:
«Óyeme, Hera, hermana y esposa de Zeus,
pues ahora soy tuyo, porque tomé en matrimonio a la argiva
hija de Adrasto, que reina entre los argivos;
concédeme ahora matar con mi lanza al fuerte Eteocles,
pues no cumplió en Tebas los juramentos leales».5
Así dijo; y luego Eteocles, señor de hombres,
avanzando hasta el centro, contuvo las falanges de los hombres
en la llanura y habló así entre los dos ejércitos:

«Oídme, dánaos y aqueos de buenas grebas,
para que os diga lo que el ánimo en el pecho me ordena:
perecen los argivos en la dura batalla,
y los pueblos de los beocios; y la empresa no se ha cumplido.
Pero el ánimo me impulsa a combatir con mi hermano,
y así os hablo, y sea Zeus testigo entre nosotros:
si aquel me abate a mí con el bronce de larga punta,
que reine él como rey de los cadmeos sobre este pueblo;
pero si yo lo abato a él, y Atenea da fuerza a mi lanza,
mía será la dignidad paterna y la realeza,
y vosotros, argivos, volveréis de nuevo a casa». —

Así dijo; y se alegraron los aqueos y los beocios,
y detuvieron los caballos en las filas, y ellos mismos bajaron,
y se quitaron las armas, y las depositaron en el suelo
unas junto a otras, y poca tierra quedaba entre ellos.6

Arrojó entonces Eteocles su lanza de larga sombra,
y, al verla venir de frente, esquivó la negra muerte7
el divino Agenórida; y la lanza de bronce le pasó volando por encima.

Y él, desenvainando al punto la espada tachonada de plata,
se lanzó a la carrera contra este, Polinices igual a los dioses —
y chocaron, semejantes a leones carniceros,
los hermanos de una misma sangre y de un mismo padre;
y al otro, que se lanzaba ansioso, lo hirió junto al cinturón de oro,
y él mismo apretó, apoyándose con mano pesada,
y al punto brotó de la herida la sangre negra como nube.
Pero a la vez la aguda espada de Eteocles, a la altura del pecho,
atravesó la coraza de Polinices, señor de hombres. —
Y cayeron a tierra los dos; la oscuridad les cubrió los ojos.
Yace el hermano, que mató al hermano con el bronce de larga punta.
Así pereció el linaje del intachable Edipo.

  1. El tema es de la leyenda tebana de los Siete contra Tebas (Esquilo, Los siete contra Tebas; Eurípides, Las fenicias): Polinices, desterrado por su hermano Eteocles, que se negó a cederle el trono por turno como habían jurado, vuelve con el ejército de su suegro Adrasto, rey de Argos, y los dos hermanos se dan muerte mutuamente. Engels compone en la lengua de Homero y toma de la Ilíada fórmulas y versos enteros. ↩

  2. Descendiente de Agénor, padre de Cadmo, el fundador de Tebas: lo son tanto Eteocles como Polinices, y Engels aplica el epíteto a uno y otro. ↩

  3. Dirce e Ismeno, la fuente y el río de Tebas. ↩

  4. Estos dos versos reproducen la plegaria del sacerdote Crises en la Ilíada, I, 40-41. ↩

  5. El acuerdo, jurado, de reinar en Tebas por turnos de un año. ↩

  6. Versos casi idénticos a los de la Ilíada, III, 113-115, donde troyanos y aqueos se desarman para presenciar el duelo de Paris y Menelao. ↩

  7. En el original, Ker, la diosa de la muerte violenta. ↩