Primer y único acto conservado de un drama en verso que Karl Marx escribió en Berlín en 1837 y copió como apéndice del cuaderno de poemas que regaló a su padre por su cumpleaños (Poemas); en su carta al padre del 10 de noviembre de 1837 lo llama «un drama fantástico y malogrado». Publicado por primera vez en Marx/Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 1, segundo volumen (Berlín, 1929), pp. 59-75, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Traducción en verso libre, verso a verso. La nota es nuestra. Texto original en alemán.
Personajes:
Oulanem, viajero alemán.
Lucindo, su acompañante.
Pertini, vecino de una ciudad de montaña en Italia.
Alwander, vecino de la misma ciudad.
Beatrice, su hija adoptiva.
Wierin.
Perto, un monje.
La escena transcurre en la casa de Pertini y de Alwander, ante ellas y en la montaña.
Acto primero. Una ciudad de montaña.
Escena primera
Calle. Oulanem, Lucindo; Pertini ante su casa.
Pertini. Señores, toda la ciudad está atestada
de forasteros que la Fama ha traído hasta aquí
para contemplar las maravillas de esta comarca.
Así que, en pocas palabras, os ofrezco mi casa,
ya que no podréis encontrar posada abierta,
y lo poco que puedan mis débiles fuerzas
os lo prestaré con gusto; algo me atrae
a vuestra amistad, creedme, no os adulo.
Oulanem. Te lo agradecemos, forastero, pero temo
que tengas de nosotros una opinión demasiado alta.
Pertini. Está bien, está bien, ¡dejaos de cumplidos!
Oulanem. ¡Pero pensamos quedarnos aquí más tiempo!
Pertini. El día que os alumbre aquí demasiado poco
será para mí una pérdida.
Oulanem. ¡Gracias de nuevo, de corazón!
Pertini (llamando a un muchacho).
¡Eh, muchacho! Lleva a los señores arriba, a la sala;
después de la caminata desearán sin duda reposo,
y también estar solos, y quieren cambiarse
la molesta carga de la ropa de viaje.
Oulanem. Te dejamos y volvemos pronto contigo.
(Oulanem y Lucindo salen con el muchacho.)
Pertini (solo, mira a su alrededor con cautela).
¡Es él! Por Dios, es él, ¡el día ha llegado!
Al viejo amigo no he podido olvidarlo,
igual que mi conciencia no me olvida a mí.
¡Ah, bien! Ahora cambio mi conciencia,
y él lo será ahora: ¡es él, es Oulanem!
Ahora, conciencia mía, que te aproveche:
te plantabas cada noche ante mi cama,
te dormías conmigo y conmigo te levantabas —
mi ojo, en cambio… ¡hombre, nos conocemos!
Y sé más todavía: hay otros aquí
que también son Oulanem, ¡también Oulanem!
El nombre suena como la muerte; que siga sonando
hasta extinguirse en su vil portador.
¡Alto! ¡Ya lo tengo! Sube de mi alma,
claro como el aire, firme como mis huesos;
acorazado se alza su juramento ante mis ojos:
¡lo he encontrado y se lo haré encontrar a él!
Mi plan está listo; su alma más profunda,
su vida eres tú mismo, Oulanem:
¿quieres manejar el destino como un títere?
¿Hacer de calculador con el cielo?
¿Tornear dioses de tus ijares podridos?
Mi pequeño dios, recita tu papel;
pero alto — hasta la señal — ¡eso es para mí!
(Entra Lucindo.)
Escena segunda
Pertini, Lucindo.
Pertini. ¿Por qué tan solo, mi joven señor?
Lucindo. Me empuja la curiosidad; ¡a los viejos nada les es nuevo!
Pertini. ¡Vaya! ¡Vuestra vejez!
Lucindo. No, pero si el alma alguna vez
ha alimentado un deseo hondo en su sede más honda,
si alguna vez ha alimentado un anhelo lleno de presagios,
sería el de llamar padre, de ser llamado hijo
de aquel a quien un ánimo tan varonil, tan hondamente inspirado,
que sorbe en sí los mundos,
que irradia dioses de sí, un corazón cálido…
no sospecháis que pueda existir un hombre así
hasta que lo conocéis.
Pertini. Suena muy tierno y delicado
cuando de la boca exuberante y cálida de la juventud
resuena la alabanza de la vejez como soplo de llamas;
suena moral, como un versículo de la Biblia,
como la historia de la señora Susana
y aquel cuento del hijo pródigo.
Pero, si me permitís, ¿conocéis a ese señor
al que estáis unido, según parece, por un lazo del corazón?
Lucindo. ¿Según parece? Y parecer, nada más que ilusión y apariencia:
¿sois un misántropo?
Pertini. Bueno, por lo menos
¡soy un hombre!
Lucindo. ¡Perdonad si os he ofendido!
Sois amable con el forastero,
y quien se acerca con amor al caminante
no tiene su ancho espíritu cercado en sí mismo. —
Pero queréis una respuesta, y respuesta tendréis.
A los dos nos une un raro vínculo,
tejido en el fondo más hondo de nuestros corazones,
semejante a como árboles de antorcha en llamas
envuelven de brillo los espíritus de su pecho.
Y como si unos demonios de luz bien dispuestos
nos hubieran elegido, pensativos y tiernos, el uno para el otro,
así lo conozco desde hace mucho, mucho tiempo;
sí, apenas si el recuerdo dice quedo
cómo nos encontramos, pues, por el gran Dios,
no lo sé.
Pertini. Suena romántico, suena;
pero, querido joven señor, no es más que sonido
para rechazar sonando una petición.
Lucindo. Os lo juro.
Pertini. ¿Qué me juráis, señor?
Lucindo. No lo conozco y, sin embargo, lo conozco.
Esconde en lo hondo del pecho un secreto;
aún no debería saberlo, todavía no,
así resuena cada día y cada hora,
¡pues mirad, a mí mismo no me conozco!
Pertini. ¡Hum! ¡Mal asunto!
Lucindo. ¡Tan cerrado estoy, tan aislado!
Aquello de lo que se jacta, ostentoso, el más pobre
cuando cuenta sonriendo del tronco
que lo engendró, cuando guarda con cuidado
en su corazón fiel el menor suceso,
yo no puedo: Lucindo me llaman,
¡podrían llamarme horca o árbol!
Pertini. ¿Qué deseáis? ¿Amistad con la horca,
o incluso parentesco? Bueno, ¡para eso yo tengo remedio!
Lucindo (serio). ¡Ah, no juguéis con sílabas y sones vacíos
donde brama mi interior!
Pertini. Dejadlo bramar, amigo,
hasta que se le pase el bramido.
Lucindo (sobresaltado). ¿Qué queréis decir?
Pertini. ¿Qué? ¡Nada!
Pero mirad, yo soy un seco filisteo casero,
un hombre que a cada hora la llama hora,
y se duerme por la noche para levantarse
cuando vuelve a ser de mañana, y contar las horas
hasta que se le acaba la cuenta, el reloj se para
y los gusanos se vuelven sus agujas,
y así hasta el último Juicio del Imperio,
cuando Jesucristo con el ángel Gabriel
el catálogo de nuestros registros de culpas
lea, juzgando, en su trompeta de ira,
y nos ponga a la derecha o a la izquierda,
y nos palpe las pieles con el puño de Dios
para ver si somos corderos o lobos.
Lucindo. ¡A mí no me nombra, porque no llevo nombre!
Pertini. Eso es, ¡así me gusta oíros!
Pero mirad: como soy un filisteo casero,
tengo pensamientos caseros; agarro
los pensamientos como vosotros agarráis piedras y arena.
Así me parece, pues, que quien no conoce su tronco
y sin embargo se encuentra en otro tronco
es un tronco bastardo.
Lucindo. ¡Hombre, hombre! ¿Qué ha sido eso?
Antes pensaría negro el sol, plana la luna,
y todos — no lanzan ni una flecha —,
pero aquí un sonido — un presentimiento — ¡pesa vidas!
Pertini. Amigo mío, no me improviséis tan a lo salvaje.
Creedme, no padezco de espasmos nerviosos.
Pero los troncos bastardos están a menudo verdes y cubiertos de musgo;
sí, sí, alzan exuberantes su curso
y se disparan espléndidos hasta el cielo,
como si supieran que brotaron en la alegría,
¡que no los engendró sordamente un lazo de esclavos!
Mirad, tales troncos bastardos son pasquines:
la naturaleza es el poeta; el matrimonio está sentado en el sillón,
con una cofia puesta, junto a otros accesorios,
la cara agria y sosa estúpidamente torcida,
un pergamino seco a sus pies
con la palabra blasfema del cura garabateada dentro,
las salas sordas de la iglesia como perspectiva,
al fondo el mirar pícaro de la plebe:
¡entonces alabo los troncos bastardos!
Lucindo (sobresaltado). ¡Basta, por Dios!
¿Qué es, hombre? ¿Qué quieres decir? Dilo claro,
pero, por el Eterno — yo también tengo algo que decir.
¿Qué pregunto? ¿No está claro, desenrollado ante mí?
¿No hace muecas el infierno desde ahí, no se alza
ante mi mirada como seca figura de la muerte,
y me mira fijamente y murmura amenazas de tormenta?
Pero, hombre, no tan fácil, créeme, no tan fácil
me has arrojado al pecho la tea encendida
desde el puño seco del diablo;
no creas que juegas a los dados con un muchacho
y que le tiras los dados a la cabeza infantil
para destrozarla; has jugado deprisa conmigo,
ahora somos, tenlo en cuenta, somos compañeros de juego;
pronto te has tomado confianza: ¡fuera
todo lo que ondea en tu pecho de serpiente!
Y si es solo sospecha y si es burla,
entonces te la arrojaré a las fauces,
entonces tendrás que tragarte tu propio veneno,
entonces jugaré contigo; pero ahora habla, ¡lo quiero!
Pertini. ¿Lo queréis? Pensáis en Mefistófeles y Fausto,
os habéis sumergido hondo en ello, pero mirad:
digo que no; os dejo la voluntad
y le echo arena en sus ojos bobos.
Lucindo. Ten cuidado de ti mismo y no soples las brasas
tan juntas que, llameando hacia arriba,
¡te devoren a ti mismo!
Pertini. ¡Una frase hecha, eso, una frase!
¡El único al que devoran sois vos!
Lucindo. ¡A mí mismo! ¡A mí mismo! ¡Sea! Yo no soy nada para mí,
pero a ti, a ti te agarran mis brazos jóvenes,
se aferran convulsos a tu pecho,
el abismo nos bosteza noche a los dos,
y si te hundes, te sigo sonriendo
y te susurro: ¡abajo, ven conmigo, compañero!
Pertini. Parecéis dotado de fantasía;
¿habréis soñado ya mucho en vuestra vida?
Lucindo. Lo habéis acertado: ¡soñador soy, soñador!
¿Qué quiero saber de vos, que nada sabéis?
Nos veis ahora mismo, nos veis, no nos conocéis,
y me arrojáis burla y palabras blasfemas.
¿Para qué vacilar tanto? ¿Pediros más?
No tenéis más — yo tengo aún algo para vos —
para mí — la culpa — la vergüenza, el veneno, vos habéis de redimirlos;
habéis trazado el círculo; no soporta
a dos — emplead ahora vuestras artes de saltimbanqui —:
¡que el destino saque lo que saque, sea!
Pertini. ¿Esa conclusión se la leíais sin duda a vuestro maestro
de algún reseco libro de tragedias?
Lucindo. Tragedia representaremos juntos, sí;
pero venid, ahora mismo, ¡donde, como, con lo que queráis!
Pertini. Y cuando sea, y en todas partes, y en algún momento,
¡y en ninguna parte!
Lucindo. ¡Ah, cobarde, rebusca mis palabras!
En la cara te dibujaré al cobarde,
lo gritaré a voces por todas las calles,
y te golpearé ante la muchedumbre si no me sigues,
si te atreves a jugar con trillado ingenio de comadre
allí donde la sangre de mi corazón se detiene rígida.
Ni una palabra más, ni una sílaba: sígueme o no me sigas,
tu sentencia está dictada: ¡cobarde, granuja!
Pertini (sobresaltado). ¡Otra vez eso, otra vez, te digo, muchacho!
Lucindo. Si os da gusto, otras mil veces,
si os hace cosquillas en la bilis hasta que se derrame,
hasta que la sangre os salte furiosa de los ojos:
¡ah, otra vez, una vez más, granuja, cobarde!
Pertini. Nos veremos, ¡escribidlo en vuestro cerebro!
Hay aún un lugar que nos une:
¡es el infierno! ¡No para mí, para vos!
Lucindo. ¿Qué andáis contando sílabas? Ahora mismo
queda acordado; luego huid al infierno, huid,
¡contad a los diablos que os he enviado yo!
Pertini. ¡Una palabra más!
Lucindo. Nada, ¿para qué palabras?
No os oigo; soplad burbujas al viento,
escribíos en la cara los rasgos que le cuadren,
no lo veo. Traed armas, que hablen ellas;
todo el corazón pondré en ellas,
y si no se rompe — entonces —
Pertini (interrumpiéndole).
¡No tan temerario, muchacho, no tan pueril!
Tú, desde luego, no tienes nada que empeñar, ¡nada!
Eres una piedra caída de la luna
en la que alguien ha garabateado una consonante;
viste la consonante: se llamaba Lucindo.
¡Mira! En la tabla vacía no me atrevo
a apostarme yo, mi honor, mi vida, todo.
¿Quieres usar mi sangre como bote de pintor,
y que yo sea el pincel que te preste el color?
Demasiado desigual es la posición, demasiado fabulosa,
si me apuesto contra ti tal como eres;
yo soy, sé lo que soy; pero tú, ¿qué eres tú?
No te conoces, no eres, ¿no tienes nada que arriesgar?
¿Quieres empeñarme, como un ladrón, el honor
que nunca ha ardido en tu pecho de bastardo?
¿Cambias con usura tu billete en blanco
contra mi apuesta completa, amigo mío?
No así: procúrate nombre, procúrate honor, vida;
aún no eres; entonces apostaré nombre, honor,
¡entonces apostaré con gusto mi vida contra ti!
Lucindo. ¡Así, hombre, ah, así! ¿Quieres salvarte, cobarde?
¿Tan ingeniosamente ha calculado la cuenta
tu cerebro torpe, tan ingeniosamente, cobarde?
Pero no te engañes: tacho el resultado,
pongo a un cobarde en su lugar,
me burlo de ti como de una bestia ebria de locura,
te deshonro, ante todos te deshonro;
luego puedes contar, explicar
a la comadre y al hombre, al niño y a aquel,
que me llamo Lucindo, que me hago llamar Lucindo,
que me llaman así y podrían llamarme de otro modo,
que ando así y podría andar de otro modo,
que no soy lo que se entiende por ser, y sin embargo soy,
¡pero que tú eres lo que eres, que eres un cobarde!
Pertini. Está bien, ¡muy bien! Pero mira, ¿qué tal sería
si yo pudiera darte un nombre, ¿oyes?, un nombre?
Lucindo. Tú, que no tienes ninguno, ¿dármelo?
Tú, que acabas de verme y nunca me has visto,
y ver es mentira, es la burla eterna
que nos persigue: ¡vemos, y eso es todo!
Pertini. Bueno, ¿quién entiende algo más que ver?
Lucindo. Tú no:
¡en todo lo que eres has visto a un canalla!
Pertini. Muy cierto, no me engaña fácilmente la primera mirada;
pero, ¿sabes?, aquella no es precisamente de hoy.
Ha pasado ya por muchas cosas, eso lo crees;
¿y qué, si nos hubiéramos conocido?
Lucindo. ¡Eso no lo creo!
Pertini. ¿Verdad que hay un poeta prodigioso,
una especie de gallina ciega estética y sombría,
que tiene cavilaciones y horas raras,
que quiere hacer de la vida una rima
y le habría gustado poetizar la vida misma?
Lucindo. ¡Ah! Será el azar, ¡no me engañas!
Pertini. ¡Azar! Así se llama el texto de los filósofos
cuando la razón no les cae en suerte y los salva.
Azar se dice fácil, dos sílabas no más;
el nombre también es azar: Oulanem
puede llamarse cualquiera que no se llame de otro modo;
¡por eso es azar que yo lo llame así!
Lucindo. ¿Lo conocéis? ¡Cielos! ¡Hablad, por el cielo!
Pertini. ¿Conocéis la paga de los muchachos? Se llama… callar.
Lucindo. Me repugna pediros nada, hombre,
pero os conjuro, por todo lo que estiméis.
Pertini. ¿Estimar? ¿Comercio yo con calderilla?
A un cobarde, sabedlo, no se le conjura.
Lucindo. Pues bien, tenéis que hacerlo: si queréis sacudiros
a los cobardes de la cabeza, ¡tenéis que poneros a la obra!
Pertini. Me batiré a tiros ahora, tal como sois; aquí estoy:
sois bastante bueno para mí, ¡por eso me bato!
Lucindo. ¡Ah! No me empujéis al extremo, no allí
donde no hay límite, donde todo acaba.
Pertini. Vaya, mirad: queremos probar el extremo;
¡que el destino saque lo que saque, sea!
Lucindo. ¡Ah! ¿Ninguna salvación, ninguna, en ningún sitio?
El pecho de hierro, duro e impenetrable,
el ánimo apestado de burla, reseco,
mezcla el veneno y lo hace entrar como bálsamo,
y sonríe; hombre, quizá la última hora,
para ti la última: tómala, sórbela;
en un instante estarás ante el juez;
por eso borra la larga cadena de vicios de la vida
con una última, última buena obra,
y solo una palabra, tan ligera como éter delicado,
¡exhalada tan ligera!
Pertini. ¡Fue el azar, buen amigo!
¡Yo mismo creo en el azar, créeme!
Lucindo. ¡En vano! — todo — todo — pero — alto, necio superficial,
así no queda zanjado, así no, por Dios;
una vez más te ha engañado tu mirada aguda:
lo llamaré yo mismo aquí; entonces ponte ante él,
ponte ante él frente a frente y ojo a ojo,
y mira como un niño acobardado.
¡Ya no me retienes, fuera, fuera, granuja, suelta!
(sale precipitadamente.)
Pertini. Un plan mayor te salva ahora, muchacho,
pero créeme: Pertini no significa olvidar.
Pertini (llama). ¡Eh, Lucindo! ¡Eh! ¡Por el cielo, ven!
(Lucindo vuelve.)
Lucindo. ¿Qué pasa? ¡Pero fuera!
Pertini. ¡Ah, bien, muy honorable!
Di también al digno señor que reñimos,
que me desafiaste, pero eras demasiado cortés,
demasiado cortés, un niño piadoso;
que te arrepentías de tu pecado, que te absolvías;
y llora luego una lágrima, besa la mano
¡y córtate tú mismo la vara!
Lucindo. ¡Me obligas!
Pertini. Te dejas obligar, moralmente;
moralmente suena, como una cartilla infantil.
¿Crees en Dios?
Lucindo. ¿He de confesarme contigo, hombre?
Pertini. ¿No pides tú que yo me confiese contigo?
Está bien, lo haré; pero di, ¿crees en Dios?
Lucindo. ¿Qué te importa?
Pertini. Bueno, no es que esté de moda;
¡por eso querría oírlo de ti con toda precisión!
Lucindo. No creo en él, en lo que se llama creer,
pero lo sé como me sé a mí mismo.
Pertini. Bueno, eso, cuando haya más ocasión y humor;
cómo crees en él me da lo mismo;
crees en él, bien: ¡júrame, pues, por él!
Lucindo. ¿Qué? ¿Jurarte?
Pertini. ¡Que nunca la carrera de la lengua
lleve más lejos, traicionando, ni una sílaba!
Lucindo. ¡Lo juro, por Dios!
Pertini. Y luego, que solo me tengas amistad. Mira,
no soy tan malo, ¡solo voy derecho!
Lucindo. Que te quiera, que te estime con amistad y honra,
no te lo juro por un mundo, por Dios;
no puedo, no me es lícito jurártelo;
pero lo pasado, que quede borrado,
sea un sueño malo y repugnante,
arrebatado como se desvanecen los sueños;
lo arrojo a la ola del olvido;
eso te lo juro por aquel que es santo,
del que emergen los mundos girando,
que engendra con la mirada la eternidad;
lo juro, ¡pero ahora la recompensa por mi juramento!
Pertini. ¡Ven conmigo! Te llevo a un lugar tranquilo,
te muestro aún esto y aquello, desfiladeros de roca
donde los lagos emergieron volcánicos
y mecen redondeadas aguas tranquilas;
donde filas de años han pasado mudas rumoreando;
entonces se calma sin duda la tormenta y entonces —
Lucindo. ¿Qué? ¿Piedra, bahías, gusanos, lodo?
En todas partes se amontonan rocas y riscos,
en todo lugar brama un manantial,
más poderoso, más bajo, más: ¿qué importa?
Nos quedan lugares misteriosos
que nos encadenan como esclavos hechizados;
ellos miran, eso me excita, aumenta la tormenta del pecho,
y si esta los hace estallar, ¿qué es?, una payasada;
por eso llévame adonde quieras, llévame a la meta,
por eso no vaciles, no lo pienses: ¡vamos, fuera!
Pertini. Los truenos rápidos tienen que apagarse primero
si el rayo de llamas ha de recorrer puro el pecho;
por eso te llevo antes a un lugar:
casi temo que de allí no pasarás.
Lucindo. Sea donde sea, sigo por cualquier camino
¡si lleva a la meta y tú vas delante!
Pertini. ¡Desconfianza! (salen ambos.)
Escena tercera
Sala en casa de Pertini. Oulanem, solo, sentado a una mesa, escribe; hay papeles por todas partes; se levanta de un salto, va y viene, se detiene de pronto con los brazos cruzados.
Oulanem. ¡Vencido! La hora ha expirado,
las Horas se detienen, el edificio de enanos se desploma.
Pronto estrecharé la eternidad contra el corazón y aullaré
dentro de ella la maldición gigantesca de la humanidad.
¡Ah, eternidad! Es un dolor eterno,
una muerte indecible, inconmensurable.
Vil obra de arte, ideada para burlarse de nosotros,
nosotros, mecanismo de relojería al que dieron cuerda ciega y mecánicamente
para ser los bufones del calendario del espacio del tiempo,
para ser, a fin de que algo ocurra,
para desmoronarnos, ¡a fin de que algo se desmorone!
Tenía que haber una cosa que faltara a los mundos:
el mudo tormento del dolor, que los enclaustra,
los arroja a los aires con la fuerza gigantesca de su alma;
la muerte se vuelve viva, lleva medias y zapatos;
el sufrimiento de la planta, el sordo perecer de la piedra,
el pájaro que busca en vano los sones
para lamentar lo que hiere su vida aérea,
todo eso, ciega discordia y lucha por sacudirse
de sí mismo, por consumirse en la riña,
todo eso se levanta ahora y tiene dos piernas
¡y un pecho para abarcar la maldición de la vida!
¡Ah! Tengo que trenzarme a la rueda de llamas
para bailar con placer en el círculo de las eternidades.
Si fuera de ella hubiera algo que devorara,
saltaría dentro, aunque tuviera que destrozar un mundo
que se ha amontonado entre ella y yo.
Tendría que hacerse añicos contra la larga maldición;
echaría los brazos en torno al ser duro,
y, abrazándome, tendría que perecer mudo,
y luego, ¡abajo!, a hundirse en la nada,
perecer del todo, no ser: eso sería vida;
¡pero así, arrastrado en lo alto de la corriente de la eternidad,
bramando melodías de dolor para el creador,
con la burla en la frente! ¿La borra el sol quemándola?
¡Maldición temeraria en alma hechizada por la fuerza!
La mirada exulta aniquilación en rayos venenosos:
¿aparta, rodando, los mundos torpes que atan?
Atados, eternamente, angustiados, astillados, vacíos,
atados al bloque de mármol del ser,
¡atados, eternamente atados, eternamente!
Los mundos lo captan y siguen rodando
y aúllan su propio canto fúnebre,
y nosotros, nosotros, monos de un dios frío,
aún abrigamos exuberante la víbora,
con loco esfuerzo, en el pecho lleno de amor,
para que se estire hasta la forma universal
¡y desde su cumbre nos haga muecas!
Y eternamente brama la ola hastiada,
para agotar el asco, en el oído.
Ahora, rápido — echada la suerte —, todo listo:
destruido lo que solo urdió la poesía de la mentira,
¡consumado con maldición lo que la maldición empezó!
(se sienta a la mesa, escribe.)
Escena cuarta
Casa de Alwander; al principio, ante la casa. Lucindo, Pertini.
Lucindo. ¿Qué hago yo aquí?
Pertini. Un tierno pedazo de carne de mujer,
¡eso es todo! Miradla, y cuando os infunda
reposo en el alma, suave y melodiosa,
¡adelante!
Lucindo. ¿Qué, hombre? ¿Me llevas a las rameras?
En el momento en que la vida entera
se me desploma aplastante sobre los hombros,
en que el pecho se dilata todopoderoso,
ávido de aniquilarse a sí mismo extraviándose,
en que cada soplo me trae mil muertes,
¡y ahora una mujer!
Pertini. ¡Ah! Borbotea, joven,
sopla muerte y llama revueltas;
¿qué ramera? ¿He entendido bien?
¡Mirad la casa! ¿Tiene aspecto de casa de rameras?
¿Creéis que quiero hacer de Pándaro para vos1
y que voy a usar el día como linterna?
Es divertido; entrad, quizá averigüéis
allí lo que deseáis.
Lucindo. Veo el engaño;
lo habéis construido con material demasiado mediocre;
queréis escaparos de la mano que os sujeta.
Agradeced al momento que tenga que escucharos,
pero si vaciláis, ¡os costará la vida!
(Entran en la casa; cae el telón, se alza otro. Habitación moderna, elegante. Beatrice está sentada en el sofá, con una guitarra a su lado; Lucindo, Pertini, Beatrice.)
Pertini. Beatrice, te traigo aquí
a un joven viajero, un caballero amable;
¡es pariente lejano de mi sangre!
Beatrice (a Lucindo). ¡Sed bienvenido!
Lucindo. Perdonad si no encuentro palabras
ni lengua para mi corazón asombrado;
tan rara belleza abate los espíritus,
la sangre se sube de golpe, la palabra falla.
Beatrice. ¡Bonito, joven señor! Estaréis de buen humor,
y a vuestro humor se lo debo, no al provecho
que me niega la naturaleza poco generosa,
si habla vuestra lengua y no vuestro corazón.
Lucindo. ¡Oh, si mi corazón pudiera hablar, si pudiera
derramar lo que vos habéis hundido hondo en él,
las palabras serían melodías de llamas,
y cada soplo sería una eternidad,
un cielo, un reino infinitamente grande
en que relampaguearan las vidas, todos los pensamientos,
llenos de tierno anhelo, llenos de armonías,
encerrando dulcemente el universo en su seno,
derramando de sí el resplandor etéreo de la belleza,
¡pues cada palabra no llevaría más que vuestro nombre!
Pertini. No lo toméis a mal, señorita, os lo digo:
es un alemán; arroja desde todos los rincones
melodía y alma a su alrededor.
Beatrice. ¡Un alemán! Bueno, los alemanes me gustan;
yo misma me precio de la misma estirpe;
¡sentaos aquí, señor alemán!
(le ofrece un sitio en el sofá.)
Lucindo. ¡Gracias, señorita!
(en voz baja a Pertini.)
¡Fuera! Ahora aún se puede; ¡aquí estoy perdido!
Beatrice (avergonzada). ¿He dicho demasiado? —
(Lucindo quiere hablar; Pertini no le deja tomar la palabra.)
Pertini. ¡Ah! Ahorraos una ocurrencia, ahorraos una lisonja;
no era nada, Beatrice, solo un negocio
que aún tengo que arreglar deprisa para el señor.
Lucindo (confuso, en voz baja).
¿Qué, Pertini? ¡Por Dios, jugáis conmigo!
Pertini (en voz alta).
¡Vamos, que eso no os aflija, no tanta angustia!
La señorita se fía de mi palabra, ¿verdad?,
¿verdad, Beatrice, que puede quedarse
hasta que yo vuelva? Escrúpulos…
sois un forastero, así que no seáis tímido.
Beatrice. ¿Cómo, joven señor? ¿Os he recibido de tal modo
que podáis pensar de mí que voy a echaros,
al amigo del viejo amigo Pertini,
al forastero, sin hospitalidad, de la casa
que recibe con gusto y de buen grado a cualquiera?
¡No habéis de adular, pero sí ser justo!
Lucindo. ¡Por Dios! ¡Me abate vuestra bondad!
Habláis tan suave, como hablan los ángeles;
perdonad si, avergonzado, si arrebatado
por la corriente salvaje de una pasión olvidadiza,
el labio dijo lo que debía callar;
pero mirad el cielo cuando, puramente velado,
ríe hacia abajo desde las alturas azules de las nubes;
contemplad los colores que ondean en dulce brillo,
envueltos ya de sombra, ya de luz,
que se unen melodiosos, plenos y blandos
para aparecer animados en una sola imagen,
y callad entonces, si el labio puede callar:
no podéis, os arrastra como un hechizo;
el juicio, ¡ay!, y la cautela se han desvanecido,
el labio tiembla donde el corazón ha sentido,
igual que la lira eólica sigue sonando
cuando el céfiro bate sus alas en torno a ella.
Beatrice. Las lisonjas, señor, os las perdono:
sabéis prestar al veneno una apariencia demasiado dulce.
Lucindo (en voz baja a Pertini).
¡Maldito canalla, y sin embargo un buen canalla!
¿Qué hago? Huir; ¡por Dios, tengo que irme!
Pertini (en voz alta).
Todavía no puede perdonarme
que antes le haya comido la palabra;
se había pensado algo bonito
y yo le hice perder la compostura;
pero está bien, Beatrice; ella piensa
que le habéis regalado vuestra ocurrencia;
sería larga, como todas las farsas alemanas,
difícil de digerir una vez tomada.
¡Me voy!
Lucindo (en voz baja). ¡Ah, hombre!
Pertini (en voz alta).
Pero pensad en las simpatías
que pronto nos pasan del estómago al corazón;
pronto vuelvo y entonces os llevo deprisa;
¡el dulce lugar os resultaría demasiado cautivador!
(aparte.) Tengo que irme; el viejo lo echará a perder,
y él, confiado, cortejará su amor.
(sale.) (Lucindo, confuso.)
Beatrice. ¿He de invitaros otra vez a sentaros?
Lucindo. Con gusto, si queréis, ¡con tanto gusto me siento aquí junto a vos!
(se sienta.)
Beatrice. ¡El amigo Pertini tiene a menudo un humor extraño!
Lucindo. ¡Sí, extraño! ¡De veras extraño! ¡Extraño es! ¡Es extraño!
(Pausa.)
Lucindo. Perdonad, señorita, ¿estimáis a este hombre?
Beatrice. Es un viejo y fiel amigo de la casa,
y siempre me ha mostrado amistad,
pero, la verdad, no sé, no puedo soportarlo;
es a menudo brusco y saltón; a menudo llama, escondido
—perdonad, es vuestro amigo—, un espíritu extraño
desde su pecho, creedme, no como yo querría;
es como si revolviera algo nocturno en su interior,
que, temblando cobarde, no puede devolver abiertamente
la mirada abierta y amorosa del día; algo peor
de lo que dice su lengua, quizá peor aún
de lo que pueda pensar su corazón; pero solo es una conjetura;
no está bien que os lo confíe tan deprisa,
pues es sospecha, ¡y la sospecha es una víbora!
Lucindo. ¿Os arrepentís de haberme confiado esto, señorita?
Beatrice. Si fuera un secreto que me atañera a mí misma…
pero ¡ay!, ¿qué digo? ¿Habéis ganado derecho
a mi confianza? Pero no es nada malo
que os dijera todo lo que sé,
pues a cualquiera podría confiárselo todo,
porque no sé nada que no sepan también todos.
Lucindo. ¡Vaya, todos! ¡Bonito! ¿Así que lo decís por todos?
Beatrice. Vos también, ¿no?
Lucindo. ¡Oh, ángel, dulce ser!
Beatrice. Me dais miedo, señor, ¿qué significa esto?
¡Saltáis tan deprisa de una cosa a otra!
Lucindo. Deprisa tengo que obrar, pues suena la hora;
¿para qué vacilar? Cada instante es muerte.
¿Puedo ocultarlo? Extraño, sin duda, extrañísimo:
apenas os he visto, no puedo explicármelo,
es como si hiciera tiempo que nos tuviéramos confianza,
como si de sones que llevaba dentro
latiera ahora, vivo, un ser cálido,
como si un lazo de espíritus nos hubiera ceñido hace mucho
¡y se hubiera desprendido ahora, luchando, hacia la realidad!
Beatrice. No quiero negarlo, no puedo teneros por extraño,
y sin embargo sois un forastero, desconocido;
pero, así como ensombrecen oscuros genios
que se apartaron de nosotros antes de que viniéramos,
así pueden otros idear engaños más dulces
para ganarnos con un lazo mágico y lejano.
Y entonces, entonces hay que guardarse aún más:
¡el rayo más fuerte no cae de un velo oscuro!
Lucindo. Hermosa filósofa del corazón, Dios mío,
no puedo resistir, tú me obligas, tú;
no creas que no siento reverencia por ti
porque me atrevo tan audaz y deprisa;
el pecho se oprime, todos los nervios se rompen,
no puedo resistir; pronto estaré lejos,
pronto lejos de aquí, de ti, separado de ti;
entonces, mundos, hundíos en el abismo, sumergíos;
perdona, niña mía dulce, perdona a los tiempos
que me apremian deprisa y me vuelven impetuoso:
te amo, Beatrice, por Dios;
Beatrice y amor son un solo aliento,
solo puedo exhalarlos en un solo soplo:
¡quisiera hundirme en ese pensamiento!
Beatrice. Ay, dejad ese discurso, pues no puede aprovechar.
Supongamos —pero oíd, no es más que un poema—
que ahora mismo os llevarais mi corazón:
seguro que entonces ya no me estimaríais.
Pensaríais: es una niña corriente,
entregada deprisa, como hay mil;
y con que solo pensarais ese pensamiento
me quedaría sin amor, sin estima siquiera;
mi corazón ya no podría valer nada para vos,
y yo, yo misma tendría que reñirme dolorosamente.
Lucindo. ¡Oh, ser lleno de alma, exuberante y cálido,
oh, si pudieras leer en mi pecho!
Nunca he amado, nunca, por Dios,
pero tu, tu reproche es burla del amor.
Deja que el vil mercader cavile regateando;
cauteloso, vacilante, quiere ganar más;
pero el amor, mira, abarca en nosotros el universo,
nada más, nada más, nada, nada que esperar;
que reflexione lo que ata y se odia:
el amor se abre como un hechizo;
es una chispa de luz que arde desde el ser;
por eso brote también en el momento;
donde aún hay otra cosa, allí vale el sopesar;
rápida es la llama, rápida la bendición del amor.
Beatrice. ¿He de hacerme de rogar? Todo tengo que arriesgarlo;
que las llamas se junten muy alto;
pero ¡ay!, el corazón se me oprime, se me estrecha,
es como si al placer se mezclara el dolor,
como si entre nuestra unión subiera un siseo
que los demonios mezclan en ella con burla.
Lucindo. Es el ardor que aún no conoces,
la vieja vida, apartada de nosotros;
una vez más nos deja oír su saludo de despedida,
luego nunca más se atreverá a rebelarse.
Pero ¿cómo, Beatrice, cómo serás mía?
Beatrice. Mi padre quiere unirme a un hombre;
lo odiaría, si pudiera odiar a los hombres;
pero ten por seguro que pronto sabrás más de mí.
¿Dónde vives, dulce, querido amigo del corazón?
Lucindo. En casa de Pertini.
Beatrice. Enviaré a un mensajero;
pero ¿tu nombre, seguramente pleno como los sones
que bate la carrera de las esferas en su círculo?
Lucindo (serio). ¡Me llamo Lucindo, yo!
Beatrice. Lucindo, dulce,
dulce suena el nombre; mi Lucindo
es mi mundo, mi Dios, mi corazón, mi todo.
Lucindo. Beatrice, esa eres tú misma, y tú
eres más que todo, eres Beatrice.
(la estrecha con fuerza contra su pecho; la puerta se abre de golpe, entra Wierin.)
Wierin. ¡Ah, bonito! ¡Ah, serpiente, ah, Beatrice,
tú, muñeca de virtud fría como el mármol, ah!
Lucindo. ¿Qué pasa, qué pasa? ¿Qué tienes que hacer tú aquí?
Por Dios, nunca he visto un mono más bonito.
Wierin. Maldito muchacho, lo que pasa, pasa:
nos veremos, tú, mi rival, tú,
un hombre formado para odiar la forma humana,
un mequetrefe hinchado de vana insolencia,
un papel secante para limpiar plumas,
un héroe como hecho para la comedia.
Lucindo. Y, como he dicho, ¡un mono perfecto del todo!
Pero avergonzaos de cruzar aquí palabras de riña;
aquí el valor solo se parece a un organillo
que toca ante un cuadro y miente batallas.
Pronto podrá valer.
Wierin. Pronto, enseguida, enseguida, muchacho, déjame hablar contigo;
eh, eh, eh, ah, me recorre un escalofrío.
Beatrice, me llevaré de aquí al galán.
Lucindo. Calla, mequetrefe; te sigo enseguida, enseguida, aquí mismo.
(Entra Pertini.)
Pertini. ¿Qué gritos son estos? ¿Estáis en plena calle?
(a Wierin.)
¿Gritáis así, cuervo? Espera, te cerraré la boca.
(aparte.)
Me he dirigido a quien tocaba; el tipo
me ha entendido un poco mal.
(Beatrice se desmaya.)
Lucindo. ¡Ah! ¡Socorro! ¡Ay, se desploma, oh, Dios!
(inclinándose sobre ella.)
Vuelve en ti, ángel, dulce ser del alma, ¡habla!
(la besa.)
¿Sientes el ardor? Abre los ojos, respira;
¿por qué esto, Beatrice, por qué?
¿Quieres matarme? ¿Puedo verte así?
(la levanta, abrazándola; Wierin quiere lanzarse sobre él; Pertini lo retiene.)
Pertini. Amigo cuervo, venid, ¡una palabra al oído!
Beatrice (débil). Lucindo, mi Lucindo, ay, perdido,
¡perdido antes de haberte ganado, corazón mío!
Lucindo. Tranquila, ángel, no hay nada que perder;
pronto llevaré a ese hombre al reposo.
(la lleva al sofá.)
Descansa aquí; no podemos quedarnos más:
el horror no ha de compartir el lugar sagrado.
Wierin. ¡Fuera de aquí, ya hablaremos!
Pertini. Fuera, yo también;
¡un padrino para dos es costumbre nueva!
Lucindo. Tranquila, dulce niña, ¿a qué el dolor?
Beatrice. Adiós.
Lucindo. Adiós, ángel.
Beatrice (con un hondo suspiro). ¡Mi corazón presiente!
Cae el telón. Fin del acto primero.
En la leyenda troyana, Pándaro hace de alcahuete entre Troilo y Crésida; de ahí el alemán Pandor (y el inglés pander) para «alcahuete». ↩