Cuaderno de poemas que Karl Marx, estudiante en Berlín, copió en limpio en 1837 y regaló a su padre, Heinrich Marx, por su cumpleaños; como apéndice llevaba el primer acto del drama Oulanem y capítulos de la novela humorística Escorpión y Félix, que van en páginas aparte. En su carta al padre del 10 de noviembre de 1837 Marx juzga con dureza estos versos (véase la carta). Publicado por primera vez en Marx/Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 1, segundo volumen (Berlín, 1929), pp. 3-58, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Traducción en verso libre, verso a verso y sin rima; las comillas «» y “” distinguen, como las dobles comillas del original, las dos voces de los diálogos. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Poemas
a mi
querido padre en su cumpleaños de 1837,
como débil señal de amor eterno
K. H. Marx. Berlín.

Índice. Poemas:
Al padre.
El arpa mágica. Balada.
Anhelo. Romanza.
Amor nocturno. Romanza.
Canto de las sirenas. Balada.
El viejo del agua. Balada.
Primera elegía de los libros de las Tristezas de Ovidio. Traducida libremente.
La loca. Balada.
El rey de las flores. Balada fantástica.
Despertar.
Oración del desesperado.
Lucinda. Balada.
El Juicio Final. Broma.
Las dos arpistas. Balada.
Epigramas sobre Hegel.
Epigramas sobre los alemanes y Pustkuchen.
A un calvo.
Armonía.
La desgarrada. Balada.
Orgullo humano.
Oulanem. Tragedia. Acto primero.
Canción a las estrellas.
Canción de un marinero en el mar.
La muchacha pálida. Balada.
El manantial del bosque.
El músico. Balada.
Tres lucecitas.
El rapto. Balada.
Epigramas y xenias.
Buscado.
Encontrado.
Soneto.
Diálogo. Balada.
La roca del mar.
El hombrecillo y el tamborcillo. Cuentecillo.
Paseo.
El barco encantado. Balada.
El hombre de la luna.
Pensamientos nocturnos. Ditirambo.
Imagen de sueño. Ditirambo.

Apéndice: Algunos capítulos de «Escorpión y Félix». Novela humorística.

Dedicatoria. Al padre

I. Creación

   Lejos, sobre olas ligeras, avanzaba
      el increado espíritu creador;
   ondean mundos, brotan vidas,
      eternidad gira en su mirada.
El imperio de sus ojos, que todo lo anima,
se graba con fuerza mágica en las formas.

   Tiemblan los espacios, ondean los tiempos,
      orando en torno a su semblante;
   rompen las olas, resuenan las esferas,
      y pasan las estrellas de oro.
Su cabeza de padre asiente y bendice;
amorosa, la transfiguración envuelve el universo.

   Callado, en límites que siente suyos,
      avanza lo eterno, meditabundo,
   hasta que los sagrados pensamientos primeros
      los vela la forma y la palabra poética.
Entonces resuena, como desde liras de trueno lejanas,
como una fiesta creadora llena de presagios:

   «Pasad, estrellas, y brillad más suaves;
      mundos, descansad bajo el peso de la montaña primordial;
   imágenes dichosas de mi espíritu,
      sed de nuevo tomadas por el espíritu.
Cuando los pechos os latan ondeando,
decidles, amorosas y piadosas, el sentido.

   »Abríos solo al amor,
      vosotras, sede eterna de lo eterno;
   así como yo me derramé suave en vosotras,
      brote de vosotras el rayo de mi alma.
“La armonía solo puede hallar lo igual,
las almas solo pueden atar al alma”.

   »De mí ardieron vuestros espíritus
      en formas de alto sentido;
   volved atrás, al maestro,
      dejad ya de ser imágenes:
abrazados ardientemente por la mirada amorosa del hombre,
¡vosotros en él y él en mí, desvanecidos!».

II. Poesía

   Como en una creación, me fluyeron llamas
      murmurando desde tu pecho;
   altas y anchas se juntaron,
      y yo las alimenté en el pecho.
Radiante se alzó tu imagen, como un son de arpa eólica,
y cubrió suave las brasas con alas de amor.

   Oí un rumor, lo vi relucir,
      pasaban cielos lejanos,
   emergían para hundirse,
      se hundían para huir más alto.
Cuando la lucha interior quedó apaciguada,
vi el dolor y el placer condensados en canción.

   Ciñéndose a la dulzura de las formas,
      el alma queda firmemente prendida;
   de mí brotaron las figuras,
      de ti se habían encendido.
En espíritu desatan los miembros del amor
y vuelven a chispear, plenas, en el pecho del creador.

El manantial del bosque

Me había perdido en un soto en flor;
saltaba en él, plateado, un manantial del bosque;
   en su cascada murmurante, arriba
   se alzan los laureles.

Lo ven huir largo trecho,
lo ven pasar siempre a sus pies;
   sigue ardiendo en la sombra fragante,
   quisiera desposarse con el mar del aire.

Pero cuando quiere escapar de la tierra dura,
choca con estruendo contra la pared de roca
   y revuelve mudo, en giros de vértigo,
   la corriente en círculos de nubes.

Así sigue fluyendo por el soto en flor,
traga hondo un dolor de muerte;
   entonces mecen los laureles,
   desde arriba, sueños dulces.

El arpa mágica

Balada

Algo muy extraño le recorre el oído,
como gozo de arpa, como son de cuerdas,
   y despierta al maestro cantor:
«¿Por qué late mi pecho tan alto, tan angustiado?
¿Qué canto llega hasta aquí,
   como si se lamentaran estrellas y espíritus?».

Se levanta, se pone en pie de un salto,
asoma la cabeza al velo de sombras
   y ve una estela dorada:
«¡Sigue, cantor, por escalones arriba y abajo,
alto en el aire, hondo en la tumba:
   no puedes tocar ninguna cuerda!».

El cantor ve cómo crece y se enreda,
al cantor le vacila hondo el alma,
   y oye el rumor más pleno;
lo sigue, lo arrastra consigo,
escalera arriba, escalera abajo, como paso de espíritu,
   tiene que cambiar a menudo de camino.

Ahí se detiene, ahí se abre de golpe una puerta,
y estruendoso irrumpe el canto,
   parece que va a arrebatarlo;
una lira toca en áureo esplendor,
como si de ella sonaran el día y la noche,
   sin que nadie la pulse.

Le acomete como dolor, como gozo,
le sube muy alto, le golpea el pecho,
   ya no puede ocultarlo:
«La cítara toca mi propio corazón,
ese soy yo mismo, ese es mi dolor,
   eso resuena desde mi alma».

Y ebrio toma el son y la cuerda;
suena alto, como fuente que cae del risco,
   suena hondo, como bramido del abismo.
Su sangre baila salvaje, su canto resuena a lo lejos,
le invade una congoja tan extraña:
   nunca más vio la luz de allá fuera.

El rapto

Balada

   El caballero está ante la puerta de hierro,
   y asoma una dulce doncella:
«Caballero querido, ¿cómo podré bajar?».
Y alrededor es de noche y callan los aires.

   “Coge, te echo a la mano
   la dulce prenda de la salvación;
allá arriba puedes atarla firme
y descolgarte por la cuerda”.

   «¡Ay, caballero, ay, caballero, huyo como un ladrón!
   ¡Ay, caballero, lo que hago por mi amado!».
   “Dulce amada, solo tomas lo que es tuyo;
   ¡nos vamos, huimos en la ronda de las sombras!”

«Ay, caballero, el abismo se abre ante mí,
me da vértigo, ¡no puedo acercarme!».
   “No quieres; mira, yo daría mi vida,
   ¡y tú tiemblas de terrores vanos!”

«Ay, caballero, juegas un juego peligroso,
¡eres la meta dorada de mi anhelo!
   Adiós, pues, salas queridas,
   mi pie ya no puede recorreros.

»Me arrastra un poder más alto;
¡buenas noches, queridos todos!».
   Y ya no puede vacilar ni debatirse,
   se agarra a la cuerda para deslizarse.

Y apenas alcanza la mitad,
se le extravía la mirada y palidece su mejilla;
   la pobre ya no puede sostenerse,
   cae al pecho de los poderes de la muerte.

«Ay, caballero, abrígame una vez más,
luego me desvaneceré dichosa en tus brazos;
   déjame exhalar el aliento en tus besos,
   luego tendré que hundirme en dulce aniquilación».

El caballero la sostiene temblando,
el caballero la estrecha ardiente contra su pecho,
   y cuando las almas se funden en un soplo,
   le acomete algo como un dolor de muerte.

«¡Adiós, mi amado, mi querido esposo!».
“¡Oh, quédate aún, que pueda seguirte!”
   Y sobre ellos estalla algo como llamas eternas,
   y ambos se desploman sin vida.

Anhelo

Romanza

«¿Por qué suspira tu pecho, por qué arde tu mirada,
   por qué arden todas tus venas,
como si te oprimiera la noche, como si el destino
   azotara tu anhelo hacia la tormenta?».

“Muéstrame el ojo, como son de campanas,
   engastado en el arco iris,
donde fluye la brasa, donde perla el canto,
   ¡donde llegan ondeando las estrellas!

”Lo sueño, lo sueño con tanto peso,
   nunca podrás interpretarlo;
mi cabeza está hueca, mi corazón vacío,
   ¡quiere prepararme una tumba!”

«¿Qué sueñas aquí y allá,
   qué te atrae a tierras lejanas?
Aquí brama la marea, aquí ondea la ganancia,
   aquí todo arde en lazos de amor».

“Aquí nada ondea, aquí nada arde,
   ya lo veo brillar a lo lejos;
me quema el deseo, me ciega la luz,
   casi tengo que desplomarme”.

Alza la vista hasta que el ojo echa chispas,
   tiemblan todos sus miembros,
se hinchan los tendones, se enciende el corazón,
   cae desplomado, sin aliento.

Teatro vienés de monos en Berlín

I

«¡Eh, decid! ¡El público se agolpa furioso!
¡Seguro que hay un Talma, un templo de las musas!».1
Perdón, amigo, aquí no gustan las armas afiladas:
es una comedia representada por… monos.

II

Yo estaba sentado y miraba muy tranquilo
el puro juego de las bestias;
la naturaleza no se echaba de menos:
solo les faltó, contra las paredes, ———.
Entonces sentí que me agarraban del abrigo:
«Figuraos, la broma ha sido de lo más enrevesada:
una señorita se ha desmayado,
se lanza loca al pecho y a las garras de un mono,
alzó los ojos, habló con tanta angustia:
¡Oh, hondo afán del alma que presiente!
¡Oh, armonía, oh, tormento del espíritu!
El mono me ha tocado el corazón,
me siento arrastrada magnéticamente,
el mono me representaba a mí misma, tuve que amarlo.
¡Oh, dime, qué cosa me pareces!
Me falta el aliento, se me nubla la vista».

Armida, del caballero Gluck

I

Quise también una vez disfrutar de verdad,2
no me dolió gastar ni un ochavo,
me puse el frac a la luz de las lámparas
y me fui derecho al palco principal.
¡Oh, Dios, qué mal me lo pagaron!
Nunca me he reñido tanto a mí mismo.
A una señorita tenía que sostenerle el libreto;
murmuré: «¡se me enfría la mano!».
Ella preguntó: «¿por qué no llevaba guantes?».
Yo dije: «¡porque me atacaban los nervios!».
Luego se me desplegaron delante un pecho y una nuca,
me pidió que le sujetara bien el chal;
le dije: «El fuego no está a punto,
¡y la carne cruda me da náuseas!».
Ella exclamó: «¿No ha sido bonito el ballet?».
«Dios —dije yo—, ¿qué trae la Hoja de Anuncios?».3

II

Luego me hundí mudo en la música;
ella sonrió con desdén: «¡Este tipo es tonto!».

Amor nocturno

Romanza

La estrecha convulso contra su corazón,
   la mira a los ojos, tan sombrío:
«Amada, te quema el dolor,
   ¿tiemblas, tiemblas ante mi aliento?

»Has bebido el alma,
   mío, mío es tu ardor;
brilla, joya mía,
   ¡brilla, brilla, sangre joven!».

“Amado, te ves tan pálido,
   hablas tan extraño;
mira qué llenos de canto
   pasan los mundos por el cielo”.

«Pasan, pasan, amada, pasan,
   chispean, estrellas, chispead;
arriba, arriba, a huir después,
   las almas arden juntas».

Habla luego en un susurro,
   mira en torno con ojos huecos;
miradas, llamas crepitantes
   arden en su ojo vacío.

«Amada, has bebido veneno,
   tienes que irte conmigo;
hace mucho que la noche hizo señas,
   ¡ya no puedo ver el día!».

La estrecha convulso contra su corazón,
   muerte en el pecho y en el aliento;
la traspasa un dolor profundísimo,
   nunca más abre los ojos.

La contrata

Señora. Y bien, decid, ¿qué condiciones ponéis?

Criada. Lo demás se entiende, pero una cosa ante todo:
            para no romper con mi parentela,
            pido una vez al mes… visita de té en casa.

Almas sentimentales

¡Lloran! ¡Ay, el carnicero mata un ternero!
¡Primero aún bramaba la bestia, y ahora está lívida!
¡Ríen! Cielos, qué loco a su manera:
¡naturaleza, naturaleza! ¡Un perro no lleva barba!
¿Por qué rebosáis tanto, como si os hubiera dado el sol?
¡Oímos cómo hasta la burra de Balaam sabía hablar!

Romanticismo a la moda

La niña que, como sabéis, escribía a Goethe4
y quería hacerle creer que él la amaba,
   la niña estaba una vez en el teatro;
   se mueve un uniforme.
Él la mira con una sonrisa muy amable:
«Bettina desea, señor, en su fuero interno,
   apoyar en él su cabeza de rizos,
   presa de un anhelo maravilloso».
El uniforme responde muy seco:
«¡Bettina, da rienda suelta a tu voluntad!».
   «Bien —dice ella—, ¿sabes, ratoncito mío,
   que en mi cabeza no hay piojitos?».

Al sol de la verdad (F. Quednow)

Luces de lámpara, centelleo de estrellas,
hondura de corazón, brillo de belleza,
   gracia del alma y piel blanca:
nunca los muestras con claridad,
por eso te tienes por verdad solar;
   toda novia tiene su novio.
Y puedes llamarte verdad del sol:
   bien cierto es que los soles… echan sombra.

A un caballero heroico

Por donde se le agarre y se le coja,
héroe y caballero se confunden;
de día habla, moderno, de bailes;
de noche le comen chinches antiguas.

A mi vecina de enfrente

Allí enfrente vuelve a mirar hacia aquí;
por Dios, ya no lo aguanto más.
Un hombre pequeño, una casa amarilla,
una mujer larguirucha, un espanto seco:
para que no huyan las fantasías,
tengo que bajar… la persiana.

Canto de las sirenas

Balada

La ola rumorea suave
y juega con el viento,
   y salta muy alto;
se la ve temblar, flotar,
inclinarse y alzarse:
   es la carrera de las sirenas.

Tañen de lleno la lira
en sublime fiesta celeste,
   en dulces melodías;
saben atraer toda lejanía,
la tierra y las estrellas,
   al interior de su canto.

Prende tan hondo, tan extraño;
no se puede censurar el son
   que sigue exhalando ardores,
como si poderes absolutos buscaran
retener al que escucha
   hasta que la marea lo sumerge.

Parece crecer, brotar,
fluir un mundo de olas,
   misterioso y sublime,
como si en las profundidades del agua
durmieran todos los dioses
   en el mar azul oscuro.

Entonces se acerca en barca, por las olas
que se hinchan deliciosas a su alrededor,
   un cantor alto y suave;
mira tan libre, tan abierto;
como el amor y como la esperanza
   se transfiguran canto e imagen.

La lira domina las profundidades;
las náyades que allí dormían
   le prestan su oído ebrio,
y todas las olas suenan
ante su tañer y su canto,
   y danzan muy alto.

Y escucha: resuena como anhelo,
como lejanos sones mágicos,
   el canto de las sirenas;
para enredar al joven
se adornan las divinas
de belleza y de sonido:

«Joven, flota y tañe,
   domina el mar que escucha;
te empuja sin duda una alta meta,
   ¡tu pecho se hincha sublime!

»Aquí, en exuberantes salas de agua,
   solo resuena el canto.
Así como caen las aguas,
   se eleva el sonido;

»lo llevan jugando y lo empujan más lejos,
   para que huya en remolino;
la mirada se transfigura, alegre de anhelo,
   el cielo desciende.

»Ven a nuestras coronas de espíritus,
   tu corazón aprenderá el encanto.
Escucha solo las danzas de las olas:
   suenan como dolor de amor.

»Mundos surgieron de la marea,
   el mar llevó espíritus;
ya pudo mecer a los altos
   cuando el universo estaba vacío.

»Así como los cielos miran abajo,
   y el brillo de las estrellas,
a las olas, a las azules,
   a la danza de la ola,

»así como tiemblan trémulas las gotas
   y envuelven orgullosas mundos,
así surge la vida de los espíritus
   que llenan las olas.

»Si te empuja conocer el universo,
   agotar en brasas el canto,
arder en el resplandor del cielo,
   te conmueve el son de las cuerdas.

Desciende, pues, a nosotras,
   danos la mano;
tus miembros se volverán espíritu,
   verás la tierra profunda».

Se alzan, suben,
el rizo ondea en la ronda,
   la cabeza descansa en el éter,
y sus miradas arden,
y sus liras chispean
   y queman a través de la marea.

Al joven le prende como un delirio,
se le saltan las lágrimas,
   le late el pecho lleno.
No puede apartar la mirada,
tiene que arder por ellas,
   morir en ardiente deseo.

Su corazón parece meditar hondo,
quiere recobrar la compostura,
   luego se eleva,
alza la vista con porte orgulloso,
en audaz figura de dios,
   y suena alto al oído:

«En vuestros fríos fondos
no puede anunciarse nada alto,
   no arde allí ningún dios eterno;
os ostentáis para enredarme,
nunca querréis hacerme dichoso,
   y vuestro canto es burla.

»Os falta el latido del pecho,
el ardiente hervor del corazón,
   el alto vuelo del alma;
en mi pecho reinan
y gobiernan todos los dioses,
   y nunca pienso engaño.

»Nunca podréis prenderme,
ni mi amor ni mi odio,
   ni el ardor de mi anhelo;
golpea hacia arriba como el rayo,
alzado por una fuerza delicada,
   en marea de melodía».

Y las sirenas se hunden
ante su amenaza y su brillo
   en claros manantiales de lágrimas;
algo las arrastra lejos,
pero ¡ay!, las aguas las retienen
   y las envuelven en olas.

Asombro de filisteo

«No sé cómo puede uno estar en discordia consigo mismo;
abróchese la levita, hombre, que no le robarán».

Sabiduría de matemáticos

I

   Lo hemos reducido todo a signos,
   de nuestra razón hemos hecho un ejercicio de cálculo;
si Dios es un punto, no es un cilindro;
si os ponéis cabeza abajo, no os sentáis sobre el ———».

II

Si a es el amado y b la amante,
me juego la cabeza
a que, aunque pongáis α+β en una fila,
saldrá de ello una pareja de enamorados.

III

Si se mide el mundo con rayas,
nunca se le ha sacado el espíritu a bocados;
zanjadas las disputas con a y b,
el tribunal se quedaría — — sin sus tasas.

El viejo del agua

Balada

1
   El agua rumorea allí tan extraña,
   gira en ondas a lo lejos;
creed, sí, que no siente
cómo se rompe la ola,
   que está fría en el corazón, fría en el sentido:
   ¡rumorea, sigue rumoreando!

2
   Pero en las olas, en el abismo ardiente,
   está sentado un anciano que envejece;
baila arriba, baila abajo, cuando sale la luna,
cuando la estrellita sube de las nubes.
   Salta muy extraño y forcejea mucho,
   quiere beberse el arroyo entero.

3
   Las olas son sus asesinas,
   roen y carcomen los huesos del viejo;
le rechina, helado, en la médula y los miembros
cuando ve saltar así las olas;
   pone una cara de dolor muy angustiada,
   hasta que el brillo del sol rompe la danza de la luna.

4
El agua rumorea entonces tan extraña allí,
gira en ondas a lo lejos;
   creed, sí, que no siente
   cómo se rompe la ola,
que está fría en el corazón, fría en el sentido:
¡rumorea, sigue rumoreando!

A los médicos

¡Maldita chusma de médicos filisteos!
Todo el mundo es para vosotros un saco de huesos;
en cuanto habéis enfriado la sangre con hidrógeno
y tomado nada más que el pulso en marcha,
creéis: ya lo he dado todo,
se puede vivir con toda comodidad;
el Señor habría sido un bromista
por estar tan leído en anatomía,
y toda flor sería un instrumento útil
con tal de que la hirváis en tisana.

Psicología de médicos

Quien a la cena se traga fideos y albóndigas,
por la noche… lo aplastan los sueños.

Metafísica de médicos

Nunca ha existido un espíritu,
pues también los bueyes pueden vivir;
el alma es pura fantasía,
   no se la puede encontrar en el estómago,
   y si en algún sitio se pudiera dar con ella,
cualquier píldora la haría salir,
de modo que a chorros
saldrían los espíritus de los cuerpos.

Antropología de médicos

El hombre puede durar mucho
si se acostumbra a frotarse el bajo vientre,
   de modo que ninguna corriente, ningún viento
   encuentre paso hasta él.
El hombre puede también alcanzar su fin
si no quiere apartarse de la dieta,
   y la cultura empieza allí
donde por primera vez… se empezó a purgar.

Ética de médicos

De viaje llevad varias camisas,
para que el sudor no pueda volverse hacia dentro;
   guardaos de la pasión
   que causa retortijones en vientre y tripas.
No dejéis nunca que vuestros ojos vaguen
allí donde llamas atenten contra su vida;
   mezclad como es debido agua y vino,
   echad leche al café,
no olvidéis mandarnos llamar
si queréis prepararos para el más allá.

Primera elegía de los libros de las Tristezas de Ovidio, traducida libremente

1
Librito, puedes apresurarte5
   hacia la alegre sede del vencedor,
y yo no puedo compartir el camino,
   pues me alcanzó el rayo de Júpiter.

2
¡Ve! con ropas pobres,
   lleva el luto de tu señor,
sin adorno, como conviene a los desterrados,
   como manda la tormenta del tiempo.

3
No ha de lucir velo de púrpura
   a tu alrededor, en sangre de violeta;
el anhelo, ¡ay!, y el vano deseo
   no adornan el alto ardor de la alegría.

4
Oculta el nombre, callando con pudor,
   no huelas a jugo de cedro,
y que ningún botón de plata, inclinándose,
   turbe el negro del asta curva.

5
Los escritos animados por la dicha eligen
   la rara pompa de tal adorno;
solo mi dolor se despose contigo,
   y la oscura noche del luto.

6
Hirsuto y áspero puedes aparecer,
   como con el pelo suelto y salvaje,
y que la piedra pómez, delicada y maravillosa,
   no se una a ti para pulirte.

7
Si tu pálido semblante está más turbio,
   más turbio aún, manchado por mí,
¡ay!, es que la lágrima corrió encima
   hasta cubrirte ardiente.

8
Ve, libro mío, y saluda los lugares,
   saluda el sitio sagrado y querido;
allá me llevan los sueños,
   la fantasía y la palabra mágica.

9
Si acaso un presentimiento del recuerdo
   prende a alguno que te vea,
si te asedian a preguntas
   por el señor que te envió,

10
puedes decir que vivo;
   que me he salvado, no lo digas;
y aun que me late el pulso,
   sea gracia, no beneficio.

11
Y a quien quiera más, entrégate
   quedo, con callada cautela,
para que no se escapen, sin pensarlo,
   palabra ni sonido punibles.

12
Alguno te reñirá con burla,
   renovará mi delito;
también tú pasarás por criminal,
   tendrás que mirar avergonzado al suelo.

13
Si te ofenden el reproche y la condena,
   escúchalos con calma:
el fuego no apaga las llamas,
   ni la ilusión engañosa el delito.

14
Pero también encontrarás a alguno
   que te hable entre suspiros;
las lágrimas cegarán dulcemente
   la luz anhelante de sus ojos.

15
Y de su pecho sonará
   quedo, en pleno afán de amor:
«¡Ojalá pudiera aplacar a César,
   mitigar, ¡ay!, el rigor de la pena!».

16
Y a quien hable con amistad:
   «¡Que el dios se aplaque!»,
¡mira!, mi pecho reza por él:
   «¡Que el trueno pase de largo!».

17
¡Ojalá su deseo tomara forma,
   ojalá pudiera morir en la sede
que ocupan los dioses!
   ¡Que se enfríe el rayo de César!

18
Cuando hayas enviado así el saludo,
   quizá te acusen a ti mismo
de no ofrecer forma dulce,
   de que mi espíritu no se eleva.

19
Pero el juez tiene que reconocer
   qué tiempo engendró la obra;
si se la juzga ponderando,
   estarás a salvo del peligro;

20
pues la plenitud mágica de la poesía
   fluye de un pecho movido por la alegría,
y ¡ay!, un oscuro velo de niebla
   me cubre las sienes, destierra el placer.

21
Y todos los cantos están de luto
   porque el cantor está severamente desterrado;
tormenta y mar e invierno se estremecen
   en torno a su cabeza, extraños para él.

22
El miedo nunca debe prender helado
   si ha de arder el canto espléndido;
y yo lloro, sordamente abandonado,
   veo ya chispear la espada asesina.

23
Lo que ahora haya dado, sea lo que sea,
   infunde asombro al hombre justo,
y él ensalzará mi palabra,
   recordará mi pena.

24
Dame al mismo Meónida (Homero),
   arrójalo así al tropel de las desdichas:
se iría su fuerza mágica, se apartaría
   si su ojo viera el peligro.

25
Pero, libro mío, ve tan solo,
   despreocupado de lo que diga la Fama,
y no te dejes envolver por la vergüenza
   si el lector te arroja con rudeza.

26
No me llevan, tan amorosas,
   las blandas olas de la dicha
como para que los espíritus se hinchen buscando alabanza,
   como para que yo corteje la paga del canto.

27
Cuando aún el placer me hacía dulce lecho,
   el entusiasmo brotaba murmurando,
encadenado a la ilusión de la gloria,
   a la carrera del nombre por el mundo.

28
Si ahora aún suena la cítara,
   si el impulso no se ha extinguido,
bastante logra ya mi corazón,
   pues el canto fue mi perdición.

29
Ve, pues, ve; a ti se te concede:
   contempla por mí el esplendor de Roma.
¡Ojalá pudiera ahora ir en tu lugar,
   guardado con dulzura por un dios!

30
No creas que como un desconocido
   entras en la gran ciudad,
que como un innombrado y sin rastro
   te has acercado al pueblo.

31
Aunque te falten título y testigos,
   tu color ya te nombra;
si quisieras callarme a mí mismo,
   ¡ay!, te burlarías de ti mismo.

32
Entra a escondidas por la puerta,
   para que no te hiera mi canto;
ya no canta palabras de amor
   que deleiten al corazón ebrio.

33
A quien te rechace con desdén
   porque mi esfuerzo te engendró,
y te llame sombrío seductor
   henchido de voluptuoso peligro,

34
dile: «Lee solo mi nombre;
   no enseño el dulce amor;
¡ay!, vinieron los dioses severos,
   celebraron ya su alto tribunal».

35
No quieras subir a la sala
   que orgullosa se atreve hasta el cielo,
ni mostrarte a las jaurías de César
   donde la columna se alza más alta;

36
esas sedes altamente consagradas
   no conocen a tu señor;
del alcázar llamean rayos:
   ¡el alto tribunal alcanzó mi cabeza!

37
Dioses albergan, sí, las salas,
   grandes, misericordiosos y suaves,
pero cuando de él brotan tormentas,
   ¡tememos la imagen de la primavera!

38
¡Ay!, la paloma tiembla asustada
   ante el céfiro que se mueve
mientras aún se seca a besos la herida
   que el halcón le abre sangrando.

39
Y si de los dientes del lobo
   se escapó angustiado el cordero,
solo se atreve a arrimarse
   a la baja pared del redil.

40
Faetón nunca volaría zumbando,
   si viviera, a las alturas del éter,
ni, insensato, azuzaría los corceles
   que el orgulloso se escogió.

41
Y yo temo las armas de Júpiter,
   huyo de su mar de llamas;
cuando los cielos se abren tronando,
   creo que me alcanza su lanza.

42
Cualquier argivo que escapó
   de la costa del Cafareo
nunca más dirige sus velas
   hacia el oleaje de Eubea.

43
Y mi barca, hundida por la tormenta,
   no se atreve a acercarse al lugar;
apartada de él, temerosa,
   describe a lo lejos su curso.

44
Por eso, libro mío, con juicio prudente,
   guárdate con cautela;
no quieras ganar gloria más alta:
   basta con que la masa te preste oído.

45
Ícaro, cuando, temerario,
   se alzó alto con el ala,
no fue olvidado su nombre,
   que cantó la ola del mar.

46
Si hay que impulsar audaz los remos,
   si hay que hinchar suaves las velas,
déjalo para una hora lejana,
   deja que el tiempo y el lugar lo aclaren.

47
Cuando su frente se serene, libre,
   cuando su semblante exhale clemencia,
cuando la ira que ha alimentado
   se hunda muda y quebrada;

48
cuando a ti, que palideces de miedo,
   que no te has atrevido a acercarte,
te tienda palabra y mano amigas,
   acércate: amanece la oscuridad.

49
Más suave suena la hora del destino;
   más dichoso tú que quien te creó;
más suave arde la herida ardiente,
   y resuena la llamada de la gracia.

50
Pues la herida solo puede calmarla
   quien la abrió él mismo con ira:
como Télefo de Aquiles
   recibió el dolor y el alivio.

51
Mira solo de no dar veneno
   cuando pensabas traer salvación;
¡esperanza!, figura de aire, te vuelves
   angustiada hacia la noche ante el miedo.

52
¡Ah!, evita que, tormentosa,
   despierte la ira que dormía queda,
amontonando sobre mí nueva desgracia
   que tú, insensato, hayas atizado.

53
Pero si eres recibido dichoso
   en el santuario de la musa,
podrás lucir en la casa
   donde se desposan escritura y gloria.

54
Verás allí en fila,
   apoyada, la caterva de hermanos
que engendré en alto éxtasis
   cuando se había ido el día.

55
Todos llevan, orgullosos y abiertos,
   su nombre, seguros de su victoria,
en la frente; como la esperanza
   brilla, y como el placer de la poesía.

56
Solo tres se demoran, juntos y apartados,
   envueltos en tinieblas;
el arte de amar (ars amandi) los hincha voluptuoso
   y la broma les llena el pecho.

57
Huye de ellos, o invoca, temerario,
   la maldición y el consejo preñado de desgracia,
el olvido sacrílego de Edipo,
   ¡la infame hazaña de Telégono!

58
Cantos arrancados hace poco, apenas,
   de la muerte súbita en la llama
te darán noticia de la transformación (Metamorfosis)
   y del mandato espiritual de los mundos.

59
Para cambiar en seres extraños,
   anuncia, como manda mi palabra,
ha sido elegido mi destino,
   y ha renovado la forma.

60
¡Pues de qué otro modo bebía yo ardores
   de la boca de púrpura de la dicha!
Donde ahora inundan las lágrimas,
   sellaron los dioses su alianza.

61
Si tus miradas me preguntan,
   mucho querría aún encargarte,
pero las esbeltas Horas siguen
   batiendo sus rápidas olas.

62
Si quisiera enviar contigo todo
   lo que agita mi pecho tormentoso,
¡ay!, nunca podría acabar,
   y la carga doblegaría al portador.

63
¡Largo es el camino! Por eso, librito, apresúrate,
   pues la tierra más lejana del mundo
es la que comparto con los escitas,
   tierra apartada de la tierra.

Soneto final a Jenny

Una cosa tengo aún que decirte, niña mía:
   alegre cierra la ronda mi canto de despedida,
pues las últimas olas de plata baten
   para prestar sonido al aliento de Jenny;
así, audaz, por saltos de rocas y riscos,
   corriendo por cascadas y bosques,
batirá la carrera de las horas de la vida
   para consagrarse en ti a la plenitud.

Audaz, envuelto en amplias vestiduras de brasa,
   transfigurado de luz el corazón orgullosamente erguido,
señor, desatado de coacción y de lazos,
avanzo con paso firme por amplios espacios,
   estrello ante tu semblante el dolor,
¡y en árbol de la vida brotan los sueños!

La loca

Balada

Baila una mujer a la luz de la luna,
que brilla muy lejos en la noche;
su vestido ondea, su ojo relampaguea
como diamante engastado en la roca.

«Mar azul, ven acá,
déjate abrazar dulcemente,
corona mi cabeza de sauces,
¡vísteme de un hermoso verde azul!

»Traigo oro delicado y piedra roja,
en ella salta y baila la sangre de mi corazón;
un amado lo llevaba en su pecho cálido,
tuvo que irse a la marea.

»Quiero cantarte melodías,
han de saltar el viento y la ola;
quiero bailar muy alto,
¡han de lamentarse el viento y la ola!».

Tomó un sauce con la mano,
le enlazó una cinta de amor verde azul,
empezó a mirarlo extrañamente,
le mandó apartarse con cuidado.

«Préstame ahora tus alas
para bajar sonando al mar profundo;
madre, ¿no has sentido
qué bien envuelto está el hijo?».

Así anduvo de noche de acá para allá,
adorna cada sauce junto al mar verde,
luego se lanza orgullosa abajo, arriba:
ha cumplido ya la carrera mágica.

Dos canciones a Jenny

Buscado

Canción

Me puse en marcha, ya no me dejé atar;
«¿Adónde vas?». “¡A encontrar un mundo!”
   «¿No hay aquí muchos campos ondulantes,
   aquí abajo olas, allá arriba juego de estrellas?».

“Créeme, necio: mi peregrinar no lleva al más allá;
golpeen las rocas, resuenen los éteres,
   atan mudos el pie enfermo,
   su saludo de amor se vuelve cadena.

”El mundo ha de surgir de mí mismo,
inclinarse hacia mi pecho, desde él;
   su salto de olas, la corriente de mi vida;
   el aliento de mi alma, su catedral de éter”.

Bien anduve lejos, bien volví,
bien llevé mundos arriba y abajo,
   bien saltaron dentro estrellas y sol;
   entonces centelleó el rayo, se hundieron.

Encontrado

Canción

¿Por qué enlaza el matorral danzas de remolino,
por qué ondean hasta el talón coronas de mayo,
   por qué aboveda el cielo su sala,
   por qué aspira el valle a la montaña de nubes?

Si hago rumorear mis plumas al encuentro,
bate apagándose contra la roca;
   ¿se desposan el ojo y la luz de las estrellas?
   Giro la mirada, tiembla, se quiebra.

Seguid, pues, rodando, olas de la vida,
precipitaos, derribad los arcos,
   doradas por el soplo de la libertad,
   cuando emergéis sin espíritu de la nada.

Una vez más se estremece, temeraria, la mirada,
relampaguea para olvidarse dichosa:
   ¿dónde habría de buscar mundos?
   En ti se había hinchado hasta ser mundo.

El rey de las flores

Balada fantástica

   «Hombrecillo al sol,
¿quieres ser rey de las flores, rey de las flores?
   Tienes un ánimo muy alto:
   ¡tíñenos con sangre rosada!».

“Florecillas claras y florecillas pálidas,
   habéis bebido mi sangre, habéis bebido;
dadme ahora, dadme ahora mi reino,
   ¡dejadme mojar en el cáliz, en el cáliz!”

   «Hombrecillo, tu sangre era muy hermosa;
   déjanos ver ahora el corazoncito hondo;
¿quieres ser rey de las flores, rey de las flores?
¡Tu corazón tiene que brillar al sol!».

“Mi corazón, mi corazón me late muy fuerte,
   brilla fino por los ojos, los dos;
mi corazón no os lo daré nunca,
   ¡si no, no podría recrear la mirada!”

«Hombrecillo, aquí saltamos
todas a tu pecho;
deja brillar tu corazón al sol,
¡serás nuestro rey de las flores!».

El hombrecillo se estremece y el hombrecillo piensa,
   se ha desgarrado el pecho, rosado:
“¡Ahí tenéis, ahí tenéis, os he regalado mi corazón,
   no me dejéis ahora sin corona ni cetro!”

«Hombrecillo al sol,
no puedes ser rey de las flores;
sangre, sangre rosada no puedes rociar;
corazoncito, corazoncito hondo ha de arder ahora para nosotras».

El hombrecillo se arrancó los ojos,
   empezó a escarbar con las manos,
se construyó, hondo y callado, una casa de muerto:
   ahí yace, ahí yace enterrado.

La roca del mar

Abrupta se alza la columna de mármol,
   la cima dentada sierra el aire;
veneno de moho y podredumbre de vida
   destila desde muy abajo la cripta.
Férrea aprieta sus miembros
la roca, henchida, hacia abajo.

Años arroja lejos los ardores
   desde el cerebro desfigurado por la locura,
años empuja las aguas del mar
   para enredarlas más locas en círculo.
Trabajoso, el musgo agita, otoñales, rizos grises;
rechinando rebotan, sangrientos, copos de guijarro.

A medianoche fluyen sonidos,
   gritos de locura, del seno de mármol,
como si se deshelara una vida milenaria
   y el recuerdo rompiera a aullar.
Si el paso del caminante se atreve a acercarse a escuchar,
convertido en piedra tiene que bajar rodando a la marea.

Despertar

I

Cuando tu ojo radiante,
extasiado y trémulo,
como un son de cuerdas ondeante
que, prendido a la lira,
dormía meditando,
rompe hacia arriba a través del velo
de la noche santísima primordial,
entonces relampaguean desde arriba
estrellas eternas,
amorosas, hacia dentro,

II

Te hundes temblando,
late tu pecho,
contemplas infinitos
mundos eternos,
sobre ti, bajo ti,
inaprehensibles, interminables,
flotando en la ronda
de la eternidad sin reposo,
y como un átomo
te hundes en el universo.

III

Tu despertar
es infinito surgir,
tu surgir,
caída eterna.

IV

Cuando la llama murmurante
de tu alma
vuelve a la propia profundidad,
al pecho,
entonces surge ilimitable,
alzado por espíritus,
llevado por un dulce
son mágico creciente,
el secreto del alma
desde el abismo
demoníaco del alma.

V

Tu hundimiento
es infinito surgir;
tu infinito surgir
es, con labios trémulos,
enrojecido por el éter,
llameante, eterno,
beso de amor de la divinidad.

Pensamientos nocturnos

Ditirambo

Veo allá arriba pasar la nube,
   ala de águila brama en torno a sus flancos;
rumorea hacia la tormenta, que saltan chispas,
   rueda desde la mañana pensamientos de noche.

Relampaguean pensamientos, pesados como gigantes,
   empujan vértigo de maldición contra arcos de éter;
el ojo salta sangre, sublime de espanto,
   las olas escupen en torno a las vigas del cielo.

Quieto en torno al par de sienes, grande en reposo,
   ciñe el éter teas encendidas;
choca la armadura, oscuridad primordial en el seno,
   cae, aúlla la nube grito de dolor hacia la tierra.

Oración del desesperado

«Si un dios me lo ha arrebatado todo,
   arrastrado en maldición y yugo del destino,
sus mundos — todo — ¡todo he de perderlo!
   Una cosa quedó: ¡me quedó la venganza!

»En mí mismo quiero vengarme orgulloso,
   en el ser que allí arriba tiene su trono;
sea mi fuerza solo remiendo de flaquezas,
   ¡y aun mi bien quede sin recompensa!

»Quiero erigirme un trono,
   frío y gigantesco ha de ser su cumbre;
sea su baluarte un espanto sobrehumano,
   ¡y sea su mariscal el sombrío tormento!

»Quien mire hacia arriba con ojo sano
   vuelva pálido como un muerto y mudo,
y, presa de un ciego aliento de muerte,
   cave su dicha su propia fosa.

»Y los rayos del Altísimo han de rebotar
   en el alto edificio de hierro;
si rompe mis muros, mis salas,
   desafiante, la eternidad los vuelve a alzar».

Tres lucecitas

Tres piadosas lucecitas parpadean a lo lejos,
arden juntas como niñas de los ojos;
bien brama la tormenta, bien rumorea el viento,
las lucecitas nunca se apagan.

La una aspira dulce hacia arriba
hasta que la chispa tiembla clara hacia el cielo;
su ojito brilla tan confiado
como si lo hubiera mirado el Padre de todos.

La otra mira a las salas de la tierra,
escucha a lo lejos cómo resuenan sones de victoria,
luego se vuelve hacia sus hermanas,
parece entusiasmada, muda de presentimientos.

La última lucecita hace señas dorada,
la llama fluye, el todo se hunde,
se le sumergen las olas en el corazón
para crecer hasta ser árbol en flor.

Entonces parpadean, sí, tres lucecitas a lo lejos,
alzándose del intercambio, niñas de los ojos;
entonces brama la tormenta, entonces rumorea el viento:
dos almas en una son felices.

El hombre de la luna

Ves, rozado por el brillo de las estrellas,
   algo que ondea trémulo arriba y abajo:
es el hombre de la luna que baila su danza,
   es él, que sacude los miembros.

Quedo, lagrimeando, brilla el rocío del cielo,
   enredado en el pelo de rizos;
luego gotea sobre la pradera
   hasta que de él han sonado flores.

Eso perla ahora allí, eso sigue brotando
   en copos pálidos y dorados;
eso anuncia sin duda al lugar terrenal
   el dolor desde campanillas de flores.

Pues aunque el hombre de la luna saluda amable,
   oculta en lo hondo un anhelo melancólico:
quisiera, hacia el rayo que desciende,
   apoyarse en el corazón del sol.

Ya espera muchos años,
   escucha a lo lejos cómo suben las esferas;
eso hincha el pecho de tanta angustia de canciones,
   eso se deshiela en ronda de flores.

Así vistió su dolor el soto terrenal
   hasta que en torno suenan los campos;
entonces lo encadena un dulce brillo propio,
   y bate, reconciliado, las alas.

Lucinda

Balada

Alegres ondeaban en torno las filas,
   la vida parecía desposada con el placer,
y cada cual se tenía por elegido
   para consagrarse a la dicha.

Más alto relampaguea el rojo de las mejillas,
   más rápida huye la carrera del corazón,
y un deseo anhelante
   lleva audaz hacia los cielos.

El beso fraterno y la unión de corazones
   encierran a todos en el círculo;
ya no separan estamento ni opinión,
   reina el amor, y su mandato.

Pero es solo un sueño vano
   el que abraza al corazón cálido,
que desde el polvo y los espacios terrenos
   se agolpa ondeando hacia el éter.

Los dioses nunca pueden ver
   que el terrenal se olvide de sí,
que, dichoso y confiado,
   recorra el cielo con el espíritu terreno.

Y se desliza con puñal y filo
   por las filas un huésped sombrío;
su pecho arde de envidia,
   la burla se apodera de su pobre corazón;

pues ella era para él amor y vida,
   la que hoy luce corona de novia;
ya le había dado la palabra
   y el corazón que él pide.

Tranquilo se había marchado
   a conquistar un alto bien;
los dioses coronaron su deseo,
   y vencieron la hazaña y el valor.

Y vuelve coronado de gloria
   a la ciudad tranquila,
donde brilla su joya más bella,
   donde le llaman el anhelo y la dicha.

Ya divisa las almenas,
   su pecho apenas lo soporta;
todo puede ganarlo ahora,
   y el sueño se vuelve realidad.

Presuroso se lanza al umbral,
   a la casa tan amada:
resplandece a la luz de las lámparas,
   los invitados entran y salen ondeando;

pero al huésped, al impetuoso,
   lo detiene un criado:
«Forastero, ¿quieres escalar el tejado?
   ¿Adónde corre tu carrera ciega?».

«¡Hombre, pregunto por Lucinda!».
   Y el criado mira asombrado:
«Hoy cualquiera puede encontrarla,
   pues Lucinda es novia».

Y el forastero se queda consternado,
   el alto como un atleta vacila,
abre los ojos fijos de par en par
   hasta que se tambalea hacia la puerta.

«Has de presentarte aquí de fiesta,
   en este lugar adornado para la alegría,
si quieres unirte a los invitados»,
   suena la ruda palabra del criado.

Mordiendo su orgullo, vuelve deprisa
   por el camino bien conocido;
la ira y el dolor se reparten su pecho,
   tiene ausentes el espíritu y la mirada.

Y se lanza con pasos de tormenta
   hacia su propia casa,
y ante sus empujones y patadas
   huyen abiertos puerta y cerrojo.

Arrebata la lámpara a la criada,
   aparta la mano que la sostiene temblorosa;
un sudor de angustia cubre la frente, la húmeda,
   que el pobre se golpea mudo.

Hace lucir un manto,
   ondear de los hombros, purpúreo,
se adorna con broches de oro,
   se deja caer el pelo.

Contra el santuario de su pecho
   aprieta una espada adornada de oro;
la blandió un día para alta gloria,
   digna de él y de la amada.

De vuelta le lleva, en alas del viento,
   su carrera a la sede alegre;
¡ay!, no puede refrenar su corazón,
   sus miradas ruedan rayos de aniquilación.

Temblando entra por la puerta
   en la clara sala de fiesta;
las Parcas silban tras su víctima
   maldición y palabras.

Mudo, encorvado, se acerca enlutado,
   envuelto con orgullo en suntuoso talar;
a todos los invitados los sobrecoge un escalofrío,
   a todos les parece prodigioso.

Como un espíritu parece avanzar,
   solitario, por la sala llena;
pero las parejas siguen deslizándose,
   y espumea la copa de la fiesta.

Por mucho que crezcan las filas,
   solo Lucinda resplandece;
y en olas exuberantes y llenas
   fluye el pecho del velo ligero.

A cada cual le prende un deseo callado,
   le prende con hondo poder absoluto;
todas las miradas cuelgan anhelantes
   de la figura que flota.

Y el ojo, lleno de vida espiritual,
   ríe con brillo sin nubes,
y con movimientos de las Gracias
   sigue guiando la danza abigarrada.

Pasa flotando ligera junto a él,
   que no se mueve del sitio,
y su mirada de brasa se enturbia,
   y palidece la mejilla de púrpura.

Y quiere mezclarse con la multitud,
   apartada del forastero;
entonces resuena un siseo burlón,
   y un dios la tiene paralizada.

Y él la mide, grande y severo,
   se atreve a acercarse a ella, sombrío,
y la multitud se queda petrificada,
   y se miran unos a otros preguntándose.

Pero el aliento y la garganta de Lucinda
   parecen oprimidos por los dioses;
el alma lucha por reponerse,
   se agarra a la doncella.

«¡Ah! ¿Así he de encontrarte infiel,
   a ti, que hace mucho me eras prometida,
perjura, a ti, Lucinda,
   a ti, novia de otro?».

Y la multitud quiere sujetarlo,
   ve lo que hace en el lugar alegre,
pero él arroja lejos a las masas,
   y como un trueno suena su palabra.

«¡Que nadie se atreva a molestarme!».
   Y los ojos sombríos amenazan,
y tienen que escucharle
   y pagar tributo al dolor.

«Nunca quiero herirla,
   no temáis nunca por su bien;
solo un espectáculo ha de deleitarla:
   ¡se lo doy como hospitalidad!

»Puedes seguir girando deprisa,
   toda consagrada al placer alegre,
puedes abrazar al galán:
   ¡pronto estarás libre de mí!

»También yo celebraré hoy
   la pompa abigarrada de una boda;
he buscado por otro lado:
   mi novia es el puñal y la noche.

»Pero déjame sorber una vez más
   voluptuosidad y brasa de la mirada.
¡Así! Ahora he visto tus ojos,
   y tú ves ahora mi sangre».

Rápidas lo traspasan las hojas
   que hace rato tenía desenvainadas,
y saltan los hilos de la vida,
   y la noche le oprime los ojos.

Sordo y con estrépito se desploma,
   cada músculo se rompe en dos,
la muerte envuelve el esplendor de los miembros,
   y ningún dios lo despierta de nuevo.

Y Lucinda, muda, coge
   puñal y filo, temblando, rápida,
y ya el hierro la roza,
   y salta la fuente de púrpura.

Pero la doncella, rápida de reflejos,
   temblando ante el chorro de sangre,
ya ha cogido el arma,
   le arranca el acero afilado.

Y Lucinda cae, entre dolores,
   enlutada sobre el cadáver,
sorbe la sangre de su corazón
   y deja que la suya entre en él.

Y el blanco velo de gasa
   que envuelve el cuerpo esbelto
se tiñe en manchas de sangre
   que se derraman encima a borbotones.

Y ella sigue mucho tiempo
   aferrada al hombre querido,
y él viviría, si el deseo
   pudiera reanimar a un muerto.

Luego se alza, pálida y sangrando,
   del hombre que eligió,
y la multitud, murmurando, ondeando,
   se sobresalta horrorizada y angustiada.

Como una diosa que se juzga a sí misma,
   elegida para la perdición,
alza la mirada aniquiladora
   hacia el hombre con quien se ha casado.

Y una sonrisa, helada, burlona,
   le recorre la boca pálida,
y un grito de angustia, sordo y gimiente,
   da a conocer, espantoso, la locura.

Y se dispersa la ronda,
   todo huye sin elección,
y callan los ruidosos címbalos,
   y la sala queda desierta.

Diálogo a…

Un cantor está allí, adornado de fiesta,
la cítara apretada cálida contra el corazón,
   pulsa entusiasmado las cuerdas:
«¿Por qué suenas, juego mío, por qué resuenas, canto,
por qué te hinchas, cítara, como afán del alma,
   como dominada por ardores propios?».

“¿Crees, cantor, que no comprendo
la lucha del alma, la luz del pecho,
   las imágenes que aspiran hacia arriba?
Brillan puras como tierra de estrellas,
braman altas como incendio de las olas,
   apuntan a una vida más alta.

”Bien lo presentí, lo sentí hondo
cuando tu palabra me llamaba brotando en sones:
   no pulsabas tú mismo las cuerdas;
era un aliento de una boca más dulce,
subió alto, desde el fondo del corazón,
   y enseña dulcemente a la lira a luchar.

”Luego chispeó un semblante maravilloso,
engastado en canto, en oro de rizos,
   que relampagueaba raras melodías;
su corazón latía lleno, su ojo ardía sublime;
tú te hundiste en sueños, ya no eras,
   y entonces tuve que celebrar y ensalzar.

”Su imagen se hundió muda en mí,
subió de mí como brillo de flores,
   como si se hubiera deshecho en sones;
pero di: se hunde, emerge,
¡y sin embargo un velo de nubes
   te cubre todas las estrellas y soles!”

«¡Ay, cítara! Destino lleno de magia:
como un surtidor brota tu dicha,
   rodeada del verde de coronas de mayo:
su aliento anima, su ojo hace señas,
tu son tiembla, tu vida brilla
   y rueda en danzas de las esferas.

»Tú la sorbes, tú derramas el placer,
luego bate, apagándose, desde el pecho,
   y callan tus espíritus;
a ti te tocó el sueño, a ti la vida;
yo lucho a lo lejos, tú perlas en ella,
   ¡flotas en lo alto y yo he de inclinarme!».

“Bien, cantor, me mece un sueño de flores,
pero también alcanzo el borde del cielo
   y me ato a estrellas de oro;
suena el juego, la vida llora,
el juego sigue sonando, el sol brilla,
   las lejanías chispean en una”.

El Juicio Final

Broma

¡Ay!, ante aquella vida de muertos,
   ante el cántico de alabanza de los santos,
se me eriza el pelo temblando,
   siento angustia en el alma.

Pues cuando todo esté cortado,
   acabado el juego de las fuerzas,
y hundido lo que sufrimos,
   y alcanzada la última meta,

hemos de alabar a Dios, el eterno,
   gritar aleluya eternamente,
nunca lo habremos ensalzado bastante,
   ya no conoceremos placer ni pena.

¡Ah!, me estremezco ante el escalón
   que lleva a la consumación,
y me estremezco ante la llamada
   cuando golpee a mi lecho de muerte.

Solo puede haber un cielo,
   y ese uno está ocupado;
tendré que vivir con viejas
   afiladas por el diente del tiempo.

Sus cuerpos yacen abajo,
   escombros y moho encima,
y las almas ahora, las abigarradas,
   saltan revueltas en carrera de araña.

Todas son tan delgadas y flacas,
   muy etéreas y muy finas;
nunca fueron tan enjutos los cuerpos,
   por mucho que se apretaran el corsé.

Pero yo perturbo, descarado, la fiesta,
   aúllo enloquecido loas y alabanzas,
y el Señor oye al gritón,
   y se le calienta la cabeza.

Y hace una seña al primer ángel,
   hace una seña al largo Gabriel;
este agarra al granuja ruidoso
   y lo despacha rápido.

¡Mirad! Todo esto lo soñé hoy,
   sobre el último tribunal del Imperio;
por eso no os enojéis, buena gente,
   pues el soñador no peca.

Las dos arpistas

Balada

«¿Qué te trae a este castillo
   a exhalar un hondo canto de brasa?
¿Mora en él un compañero amado,
   te atrae aquí en afán del alma?».

“¿Conoces al que, lleno de alma, aquí habita,
   y me preguntas si ardo por él?
¿Ha recompensado su vista a los terrenales
   que el anhelo envió aquí?

”Nunca lo he visto en su esplendor,
   pero el brillo de las piedras preciosas
que orgullosas levantaron el suntuoso edificio
   debió de atraerme hacia aquí.

”Pues es como si hubiera nacido aquí,
   aquí mi tierra natal;
¡ay!, se alza elegido por el suave sur,
   vuelto hacia los ardores.

”Aquí suenan más libres mis canciones,
   se hincha más alto mi pecho,
suena el dulce juego de la lira de oro
   como por sí solo, en placer melancólico.

”Y no conozco al alto maestro
   que golpea con fuerza el corazón,
no conozco a los delicados espíritus celestes
   que el castillo lleva en su seno.

”Y en vano es mi ardiente anhelo,
   nunca se abre, gentil, la puerta;
desconsolada he de apoyarme en los pilares,
   ¡he de cantar aquí por paga de amor!”

Y sacude sus rizos negros,
   se derrama en marea de lágrimas,
y la otra le seca la mejilla a besos,
   ¡la aprieta ardiente contra el ardor de su pecho!

«También a mí me atraen lazos secretos
   a esta sagrada sede de los dioses;
la busqué peregrinando por las tierras,
   y desde lejos me alcanzó como un rayo.

»Pero ¿han de correr lágrimas angustiadas?
   ¿Para qué el ardiente rocío de la melancolía?
¡Podemos gozar de la imagen
   y saltar por la pradera en flor!

»El pecho puede arder más lleno,
   la melancolía acercarse más dulce,
las miradas chispear más claras:
   ¡pronto estará hecho aquí lo más hermoso!

»Por eso levantemos una cabaña;
   suene en ella nuestro canto consagrado;
que la rodee jugando el dulce poniente,
   misterioso, en afán de espíritus».

Se quedaron aquí aún largos días,
   y por las tardes suena su tañido de cuerdas,
que atrae con dulce lamento melancólico
   a muchos pajarillos y flores.

Y un día, hondamente dormidas,
   en el dulce lecho de musgo blando,
los brazos enlazados al delicado cuerpo,
   apareció un demonio prodigiosamente grande.

Las llevó alto en alas de oro,
   allí donde las ató como cadena mágica,
y suenan prodigiosos sones
   donde estuvo un día la cabaña tranquila.

Epigramas

I

   En su sillón, cómodamente tonto,
   está sentado, callado, el público alemán.
Brama la tormenta de acá para allá,
el cielo se nubla sombrío y más turbio,
   silban los rayos serpenteando:
   eso no le conmueve en su ánimo.
Pero cuando sale el sol,
las brisas susurran, la tormenta se calma,
   entonces se levanta y arma un griterío
   y escribe un libro: «el ruido ha pasado».
Empieza a fantasear sobre ello,
quiere rastrear la materia primera del asunto,
   cree que no era esa la manera correcta,
   que el cielo bromeaba muy por su cuenta,
que debería tratar el universo con más sistema,
frotarse primero la cabeza, luego los pies;
   se porta ahora como un niño,
   busca cosas que están podridas;
debería en cambio haber captado el presente
y dejar correr la tierra y el cielo:
   seguían, al fin y al cabo, su curso ordinario,
   y la ola brama tranquila a lo largo de la roca.

II. Hegel. Epigramas

1
Porque descubrí lo más alto y encontré meditando la hondura,
   soy grosero como un dios, me envuelvo en tinieblas como él.
Mucho tiempo investigué y vagué por el mar ondeante de los pensamientos,
   y allí encontré la palabra: me aferro a lo encontrado.

2
Enseño palabras mezcladas en un trajín demoníacamente confuso;
   que cada cual piense luego lo que le plazca pensar.
Al menos nunca estará estrechado por límites que encadenan,
   pues como de la marea que brama, cayendo de la roca que se alza,
el poeta inventa la palabra y el pensamiento de la amada,
   y conoce lo que medita, y medita lo que siente,
así puede cada cual sorber el néctar refrescante de la sabiduría:
   ¡os lo digo todo, porque no os he dicho nada!».

3
Kant y Fichte gustan de vagar por el éter,
   buscaban allí una tierra lejana;
yo solo procuro comprender bien
   lo que… encontré en la calle.

4
Perdonadnos, cosillas epigramáticas,
si cantamos tonadas fatales;
nos hemos aprendido el papel según Hegel,
de su estética aún no nos hemos — — —
                        purgado.

III

Una vez que los alemanes se pusieron en marcha
y llegaron hasta la victoria de los pueblos,6
   y cuando aquello hubo pasado,
   se podía leer en todas las esquinas:
«Han ocurrido cosas muy prodigiosas,
pronto se andará con tres piernas».
   Eso afligió terriblemente a todos,
   empezaron a avergonzarse de sí mismos:
«Demasiadas cosas han pasado de una vez;
ahora hay que volver a andar bien quietos;
   lo demás se podría encuadernar en libros,
   y ya se encontrarían fácilmente compradores».

IV

Bajadles las mismas estrellas:
unas veces brillan demasiado pálidas, otras demasiado vivas;
   el sol unas veces quema demasiado los ojos,
   otras viene de demasiado lejos.

V

Así, a Schiller había que reprocharle
que no sabía deleitar de un modo bastante humano,
   que llevaba las cosas demasiado alto
   y no tiraba como es debido del yugo de los días laborables.
Jugaba mucho, sí, con truenos y rayos,
pero le faltaba del todo el ingenio de la calle.

VI

   Pero Goethe, ese sería demasiado bello,
   preferiría ver a Venus antes que andrajos;
cierto que agarraba las cosas bien desde abajo,
pero uno se veía obligado a vagar hacia las alturas;
   daba a las cosas una figura demasiado sublime,
   por eso le faltaba del todo sustancia para el alma.
Schiller habría sido más justo:
con él se podían leer ideas en letras de molde,
   se podía decir al menos que estaban impresas,
   aunque no se hubiera escudriñado bien la hondura.

VII. A cierto calvo

Así como, igual que el rayo nacido del brillo
que brota de la lejana sede de las nubes,
   Palas Atenea, sublime en su afán de victoria,
   saltó de la cabeza pensativa de Zeus,
así le ha saltado a él, penetrada de placer,
hasta la cabeza;
   y si no la ha conquistado en lo hondo,
   sabe con seguridad que la tiene encima.

VIII. Pustkuchen (falsos Años de peregrinaje)

1
Schiller, opina él, fue pasable;7
si al menos hubiera leído más la Biblia…
   Su Campana sería un poema excelente
   si contuviera además la historia de la resurrección,
      y cómo, montado en un burrito,
      entró Cristo en la ciudad;
también debería haber añadido al Wallenstein
la victoria de David y las campañas de los filisteos.

2
   Goethe sería un espanto para las mujeres,
   pues no conviene precisamente a las viejas;
solo ha captado la naturaleza,
no la ha pulido con moral;
   debería haber estudiado el catecismo de Lutero
   y fabricar luego versos con él.
Cierto que a veces ha pensado lo bello,
pero se olvidó de decir: «Dios lo ha hecho».

3
   Muy extraña pretensión
   la de tener a Goethe en tan alta estima:
¡qué bajo era todo su afán!
¿Ha dado alguna vez texto para sermones?
   Mostradme en él algo de meollo firme
   de lo que puedan aprender el campesino y el maestro de escuela —
así le falta el sello divino del genio:
no resolvió ni siquiera… un problema de cálculo.

4
Oíd ahora cómo surgió todo lo del Fausto;
el poeta lo cantó mal.
   El Fausto tenía demasiadas deudas,
   era un libertino, jugaba a juegos de azar,
y como no vio ayuda de lo alto,
quiso hundirse ignominiosamente;
   por eso le sobrevino un sentimiento angustiado
   del infierno y la pena de la desesperación.
Entonces pensó sobre la vida y la muerte,
sobre el saber y el hacer y la perdición,
   y habló mucho de ello
   en sentido oscuro y místico.
¿No podía el poeta adornarlo,
contar cómo las deudas llevan al diablo,
   cómo quien se ha quedado sin crédito
   fácilmente lega la salvación de su alma?

5
   El Fausto se atreve a pensar el día de Pascua:
   así no necesita entregarse al diablo —
quien se atreve a pensar en tales días
ya pertenece por sí solo al infierno.

6
También se falta del todo a la verosimilitud:
   ¿cómo, si no, iba a tolerarlo la policía?
¿No lo habría metido en la cárcel?
   ¡Al fin y al cabo salió volando y no pagó las deudas!

7
Al Fausto solo puede exaltarlo el vicio:
no quiere vivir más que para sí mismo,
   se atrevió a dudar de Dios y del mundo,
   olvidó que Moisés los tiene por bien logrados.
La tonta Margarita tuvo que amarlo
en vez de remorderle bien la conciencia
   de que había caído en manos del diablo
   y de que pronto llegaría el día del Juicio.

8
El «alma bella» aún se podría aprovechar,8
pero habría que recortarla primero con gafas y toca de monja.
«¡Lo que Dios hace bien hecho está!»:
así empieza el verdadero poeta.

Epigrama final al maestro que resopla

Amasa, pues, tus tortas como es debido:
seguirás siendo siempre un mozo de panadero.
   ¿Quién iba a pedirte
   que te colgaras de Goethe?
Si él mismo no conoció tu oficio,
¿cómo iba a tener genio e inteligencia?

Armonía

¿Conoces la dulce imagen mágica
   donde las almas fluyen la una en la otra,
   se derraman en un solo aliento,
melodiosa, plena y amablemente suave?
Arden en una rosa de púrpura
y se esconden pudorosas en el musgo blando.

Y aunque recorras lejos campos y tierras,
   no encontrarás la imagen mágica;
   ningún talismán puede atarla,
no la anuncian el rayo ni el ardor del sol.
No ha brotado en su resplandor,
nunca ha probado alimento terreno.

Por eso permanece eternamente esplendorosa,
   aunque el tiempo bata el ala rápida,
   Apolo tome las riendas de los corceles
y los mundos perezcan mudos en la nada;
   en sí misma ha engendrado una fuerza
   que ningún mundo, que ni un dios le doblega.

Se parece sin duda al son de la cítara
   tañida en una lira eterna,
   en perpetuo ardor, en perpetua fiesta,
en alto afán lleno de anhelo.
   ¡Oh, escucha las cuerdas que resuenan en ti:
   tu pie no seguirá vagando para buscar!

La desgarrada

Balada

I

Está ahí con vestido suntuoso,
   adornada de púrpura,
con la delicada cinta de raso
   que se pierde en el pecho.

Y jugando en los rizos
   descansa una corona de rosas,
las unas como copos de nieve,
   las otras como fuego y sangre.

Pero nunca la llama de la rosa
   juega en su semblante;
se desploma encorvada
   como pieza de caza alcanzada por la flecha.

Mira tan pálida y tan trémula
   en el pleno brillo de los diamantes;
la sangre, huyendo de la mejilla,
   golpea hacia dentro del corazón.

«Otra vez he tenido que apresurarme
   para lanzarme a un placer vacío,
repartir los pasos flotando,
   oprimida en lo hondo del pecho.

»Me late otro deseo
   por el mar ondeante del alma
que el de aferrarme al lujo,
   tan frío, tan vacío de amor.

»No sé explicarme
   lo que arde en el pecho;
solo el cielo puede concederlo,
   ningún sonido terreno lo nombra.

»¡Querría tanto morir,
   hundirme en el dolor,
ganar el cielo
   y ver una tierra más hermosa!».

Alza la mirada con lágrimas
   hacia la luz del cielo,
y el delirio de su pecho
   habla en suspiros mudos.

Luego se acuesta queda
   y reza una oración profunda,
y el sueño envuelve sus miembros,
   y un ángel está sobre ella.

II

Y pasaron los años:
   se hundieron las mejillas,
se volvió callada y más sombría,
   se hundió más en sí misma.

En vano intenta luchar,
   calmar el dolor profundo,
amortiguar los poderes gigantescos:
   el corazón lleno estalla.

Un día yacía de nuevo, absorta,
   en la cama, sin reposo;
parecía ahogada ya en la nada,
   alcanzada hondo por el ataque.

La mirada está desorbitada,
   mira tan hueca y extraviada,
parece no saber ya de sí,
   habla con el espíritu extraviado.

Y del ojo mana
   un torrente de sangre sin medida;
entonces el dolor parece calmado,
   entonces relampaguea como rayo del espíritu.

«Veo el cielo abierto,
   me prende tan extraño;
mi esperanza se vuelve realidad,
   ¡puedo acercarme a las estrellas!».

Así tiembla de los labios, los pálidos,
   así se apaga el alma resonando;
los delicados espíritus ceden
   y huyen a la casa del éter.

Allí la empujaba un afán hondo,
   allá la atraía como lazo mágico;
demasiado fría le era la vida,
   demasiado pobre la tierra.

El hombrecillo y el tamborcillo

Cuentecillo

Ay, el tamborcillo no es hombrecillo y el hombrecillo no es tambor,
el tamborcillo es demasiado listo y el hombrecillo demasiado tonto.

El tamborcillo está atado y el hombrecillo está de pie,
y el tamborcillo se queda sentado aunque el hombrecillo se caiga.

Y el hombrecillo furioso, ese lo golpea, y el tamborcillo pequeño, ese suena,
y el tamborcillo alegre, ese repiquetea, y el hombrecillo, ese salta.

Y el hombrecillo hace muecas y el tamborcillo se ríe de él;
entonces grita espantosamente el hombrecillo por toda la casa:

«¡Ah, tamborcillo! ¡Eh, tamborcillo! ¿De qué te ríes, por qué repiqueteas tan hueco?
¡Te burlas de mí y me haces muecas!

»Maldito tamborcillo, que me haces muecas, que me deshonras:
¿por qué repiqueteas cuando golpeo y por qué cuelgas donde te até?

»¿Para eso te saqué del tronco y te hice tamborcillo,
para que vayas a lo tuyo como si te hubieras hecho tú solo tan bonito?

»¡Has de bailar cuando golpeo y golpear cuando canto,
has de llorar cuando río y reír cuando salto!».

El hombrecillo hace muecas al tamborcillo, en su rabia,
y lo destroza con estruendo, y del tamborcillo salta sangre.

Y el tamborcillo no tiene hombrecillo y el hombrecillo no tiene tambor,
y el hombrecillo se mete en el convento y el hombrecillo se vuelve pío.

Orgullo humano

Cuando contemplé estas salas orgullosas
   y la carga gigantesca de las casas,
y el ondear tormentoso de los hombres,
   y la prisa febril e inquieta,

sentí el latido del pulso
   y el ardor gigantesco y orgulloso del alma:
¿han de llevarte las olas
   a la vida y a la marea del mar?

¿He de asombrarme ante las masas
   que se han amontonado insolentes hacia el cielo?
¿Ha de prenderme esta vida
   que se precipita al encuentro del azar?

¡No! Pobres gigantes enanos,
   y tú, frío monstruo de piedra,
mirad la mirada, la que se aparta:
   la recorre ardiente la impetuosidad del alma.

Recorre deprisa los círculos en torno,
   huye por ellos con rápido afán de investigar,
y suena el anhelo, el ardiente,
   burlón por las amplias salas.

Si caéis todos, si os hundís,
   solo queda un mundo de añicos,
brille para nosotros el frío esplendor
   o se nos oponga sorda la ruina.

No hay trazado ningún límite,
   ningún terrón duro y pobre nos encierra,
y navegamos por las olas,
   y peregrinamos a tierras lejanas.

Ninguna puede retenernos,
   encerrar nuestra esperanza;
las figuras se escapan deprisa,
   y queda el placer y la pena del pecho.

Estos amplios monstruos
   solo se han alzado angustiados;
nunca sienten el fuego del amor
   que los crea de la nada vacía.

Ninguna columna gigantesca se alza
   de sí misma, venciendo en unidad;
pobremente tejidas piedra a piedra,
   forman, pobres, el angustiado curso del caracol.

Pero el alma lo abarca todo,
   es solo un alto ardor gigantesco,
aun en su caída
   arrastra soles en marea de aniquilación.

De sí misma se alza victoriosa
   hacia la sede del cielo,
meciendo dioses en lo hondo,
   y en su ojo, el rayo del tronante.

Y no siente vértigo ante las pasarelas
   por donde va el pensamiento de Dios;
se atreve a cuidarlo en el pecho:
   la propia grandeza es su alta oración.

Si ha de consumirse en sí misma,
   hundirse en su propia grandeza,
resuena allí donde fermentan volcanes
   y los demonios la rodean llorando.

Desafiante quiere sucumbir,
   erigir un trono a la burla gigantesca,
y su misma caída es victoria,
   y su orgulloso desdén, recompensa de héroe.

Pero cuando un ardor recíproco se une,
   cuando dos almas soplan la una en la otra,
y una anuncia queda a la otra
   que ya no irá tan sola por el universo,

se oye resonar alto por los mundos,
   suave como el pleno son del arpa eólica;
alto, en el rayo de lo eternamente bello,
   arden juntos el deseo y el afán del alma.

¡Jenny! Si me atrevo a decir audaz
   que hemos cambiado amorosos las almas,
que laten ardientes en una,
   que una corriente rumorea por sus olas,

entonces arrojo burlón el guante
   a la ancha cara de un mundo,
y caiga gimiendo la giganta enana:
   sus escombros no aplastan mi ardor.

Como un dios puedo andar,
   avanzar victorioso por su reino de ruinas;
cada palabra es ardor y acción,
   mi pecho igual al pecho del creador.

Paseo

«¿Por qué miras hacia la pared de roca,
   qué murmura tu labio?».
“El sol reluce en incendio de la tarde,
   besa aún, al despedirse, el risco”.

«¿Y esto no lo habías visto aún?
   ¿Hoy subió por primera vez
desde el mediodía la luz de púrpura
   y se hunde hacia el valle?».

“Bien lo vi un día; bien se plegó el ardor
   a lo lejos en pliegues de púrpura,
hasta que su ojo, al despedirse, descansa aún
   para retenerla anhelante.

”Peregrinábamos callados, el risco resonaba,
   dominado por su paso;
quedo besaba el viento el pañuelo de su pecho,
   suave habla su ojo entusiasmado.

”Yo susurraba suspiros, enfermo de amor,
   ella temblaba sonrosada de ardor;
yo apreté su corazón, el sol se puso,
   alejado por las caricias de las estrellas.

”Eso atrae la mirada a la pared de roca,
   eso murmura mi labio:
ella me hace señas a lo lejos, como incendio de la tarde,
   se inclina desde el risco”.

Canción a las estrellas

Danzan vuestras rondas
   en brillo y en rayo,
y vuestras imágenes suben
   y crecen sin número.

Aquí se quiebra el alma más bella,
   aquí estalla el corazón más lleno,
y como a una joya de oro
   lo abarca el dolor de muerte.

Alza hacia vosotras los ojos
   con oscuro poder absoluto,
quiere sorber infantil esperanza
   y sustancia de eternidad.

Pero ¡ay!, vosotras solo brilláis siempre
   en el tranquilo resplandor del éter,
y los dioses nunca arrojan
   el ardor dentro de vosotras.

Solo sois figuras engañosas:
   de rayos llamea vuestro rostro,
pero ardor de corazón y dulzura,
   y alma, no tenéis.

Y vuestro brillo es burla
   para la acción y el dolor y el afán;
en vosotras se estrella el anhelo
   y el canto de llamas del pecho.

Tenemos que encanecer de pena,
   hundirnos desesperados,
y luego, para burla, ver
   que la tierra y el cielo siguen en pie.

Que, aunque nos estremezcamos
   y en nosotros se ahogue un mundo,
ningún tronco de árbol tiene que astillarse,
   ninguna estrella se desploma.

Si no, yaceríais todas enterradas
   en el hondo mar azul,
no tendríais rayos
   ni fuego desde hace mucho.

Entonces diríais mudas la verdad
   y no mentiríais un esplendor muerto,
y no luciríais en la claridad,
   y alrededor sería de noche.

Imagen de sueño

Ditirambo

De los sueños quisiera, halagador,
   atraer quedo una imagen a una red tejida de fragancia;
      tendría que enlazar los círculos
      con mis propios anillos de rizos,
         tendría que hacer brotar sangre del corazón, inundada de noche,
         para sacar la imagen de brasa de las olas del sueño,
imagen que ondea arriba y abajo,
   que rumorea sones eólicos, belleza de amor.

Crecería, brillaría dorada,
   se abovedaría más grande la estrecha casa,
      mis rizos ondearían forcejeando,
      enlazando de negro a la mujer celeste,
         mi sangre rodaría en canciones de perlas,
         fluyendo en torno al ardor de la nuca de mármol.
Y la lámpara parpadea soles,
   la bóveda del cielo inundaba mi corazón.

Temblaban abajo en torno los espacios,
   pero, hinchado hasta ser héroe gigante,
      en la mirada una fiesta poderosa y sublime,
      grande como el mundo era para mí la lira de la tormenta,
         más alto latía mi corazón en canto de trueno,
         soles su amor, roca su dolor;
orgulloso y humilde me hundiría,
   orgulloso y temerario me lanzaba rumoreando al pecho.

Canción de un marinero en el mar

«Podéis jugar, podéis golpear
   y saltar en torno a mi barca:
tenéis que llevarla a la meta,
   ¡me estáis sometidas!

»Allí abajo, olas azules,
   descansa mi hermano pequeño;
lo arrastrasteis al fondo
   y ahora roéis sus huesos.

»Yo mismo era aún un muchacho;
   temerario, él suelta el barco,
agarra el remo
   y se hundió desde el arrecife de arena.

»Entonces juré en lo hondo del corazón,
   por las olas azules y mojadas,
vengar en vosotras los dolores,
   azotaros sin descanso.

»Y fielmente he mantenido
   el juramento y la palabra del alma;
os azoto siempre, frías,
   rara vez estoy en lugar seco.

»Cada vez que brama la profundidad,
   tiembla la campana en la torre,
y silba sordo el huracán,
   y la tormenta se enfurece con rabia,

»entonces algo me saca de la cama,
   de mi asiento seguro,
del lugar tranquilo y cálido,
   para navegar en tormenta y rayo.

»Y lucho con viento y olas,
   y rezo a Dios, el Señor,
y dejo hincharse las velas,
   y me guío por una estrella segura.

»Entonces se reúnen las fuerzas,
   llenas de fuego y audaz placer,
y en el trabajo de muerte
   resuena el canto desde el pecho.

»Podéis jugar, podéis golpear
   y saltar en torno a mi barca:
tenéis que llevarla a la meta,
   me estáis sometidas».

El barco encantado

Romanza

Huye el barquito sin vela ni farol,
   huye alrededor del orbe sin descanso;
la luna brilla hacia abajo, a lo húmedo,
   el mástil está carcomido por la intemperie.

Un timonel sombrío lo gobierna,
   no le corre sangre por la mejilla,
su cerebro no piensa pensamiento alguno,
   su ojo no dispara ardor.

Bien rompen en torno las olas,
   bien choca contra el banco de arrecifes;
el barquito vacila sin estrellarse,
   emerge según se hundió.

Hasta que mana una marea de mar
   en sangriento baño de olas,
se estremece el corazón del timonel y se hincha:
   eso atestigua sin duda una mala acción.

Entonces aúllan por debajo, por encima,
   los espíritus gritos de venganza;
al timonel todo se le vuelve sombrío y turbio,
   el barquito pasa disparado.

Bien ve tierras lejanas,
   bien saluda bahías y costas,
luego brilla en incendio de espejos,
   hasta que la marea lo besa hacia el fondo.

La muchacha pálida

Balada

La muchachita está ahí tan pálida,
   tan callada y cerrada;
el alma, blanda como un ángel,
   está turbia y desganada.

Allí no relampaguea ningún rayo,
   allí empujan las olas,
allí juegan el amor y la pena,
   que se engañaron por turnos.

Era tan piadosa, tan suave,
   entregada al cielo,
la imagen dichosa de la inocencia
   que tejen las Gracias.

Entonces vino un caballero sublime
   en un corcel fastuoso,
en el ojo un mar de amor
   y proyectiles de brasa.

Aquello hirió tan hondo en el pecho,
   pero él se marchó,
lanzándose en placer guerrero:
   nada puede retenerlo.

Y huyó el reposo tranquilo,
   se hundió el cielo,
el corazón, trono de la aflicción,
   y ebrio de anhelo.

Y cuando llega una tarde,
   se arroja al suelo
ante el santo Cristo
   y reza de nuevo.

Pero entre ella y su figura
   se interpone otro,
que la prende con poder absoluto
   por mucho que ella oprima su corazón.

«Eres, al fin y al cabo, mi amada,
   y mía para siempre;
al cielo puedes mostrarle, en apariencia,
   el alma».

Entonces la prende el espanto
   como un temblor de hielo;
sale corriendo horrorizada,
   rodeada de tinieblas.

Se retuerce la mano de lirio
   y rompe a llorar:
«Así arde el pecho,
   y el corazón lleno de anhelo.

»Así me ha sido robado el cielo,
   así estoy perdida;
el espíritu que creía en Dios
   está elegido para el infierno.

»Pero ¡ay!, era tan grande,
   de figura tan divina,
el ojo tan sin fondo,
   tan hondo y poderoso.

»Y no me ha visto,
   no me ha concedido una mirada,
y me deja perecer sin consuelo
   hasta que el alma se acabe.

»Su brazo abraza a otra,
   y ella puede estrecharlo,
y no sospecha mi pena,
   tan inmensa.

»¡Qué a gusto daría la salvación del alma
   y toda mi esperanza
si me tocara su mirada,
   si su corazón se me abriera!

»Qué frío ha de ser el cielo
   que él no atraviesa con su chispa:
una tierra llena de pena y tormento,
   abrasada de dolor.

»Aquí rumorean la ola y la marea,
   que pueden enfriar
el furioso ardor del corazón
   y el sentir del pecho».

Y se arroja con fuerza
   a las olas que borbotean,
y a la noche sombría y fría
   es arrastrada.

Y el corazón que tan ardiente sentía
   ya no puede latir,
y la mirada, una tierra de brasa,
   está muda y quebrada.

Y el labio, tan dulce y suave,
   está descolorido y blanqueado,
y su esbelta imagen de éter
   se escapa a la nada.

Y no cae ninguna hoja herida
   de las ramas,
la tierra y el cielo están sordos,
   no la despiertan de nuevo.

Y la ola sigue rumoreando tranquila
   por valle y riscos;
en el lugar duro y rocoso
   se destrozan las costillas.

Y al caballero, sublime y grande,
   lo abraza una amante,
¡y de dicha y suerte de amor
   suena la cítara!

El músico

   El músico rasca los violines,
   se inclinan los cabellos castaño claro;
lleva un sable al costado,
lleva un vestido roto y plegado.

   «Músico, músico, ¿por qué rascas tanto?
   Músico, ¿por qué miras tan salvaje a tu alrededor?
¿Por qué gira la sangre, por qué saltan las olas?
Vas a romper tu arco».

   “¡Por qué toco, hombre! ¡Por qué braman las olas
   hasta estrellarse tronando contra la roca,
hasta que el ojo se ciega, hasta que el pecho estalla,
hasta que el alma resuena bajando al infierno!”

   «Músico, te desgarras el corazón con burla;
   el arte te lo prestó un dios luminoso:
has de tirar, has de chispear en olas de sonido
para crecer hasta la danza de las estrellas».

   “¡Qué, qué! Clavo, clavo sin fallar
   el sable negro de sangre en tu alma;
fuera de la casa, fuera de mi vista:
¿quieres jugarte el cuello como un chiquillo?

   ”Dios no la conoce, Dios no aprecia el arte;
   me la metió en la cabeza desde el vaho del infierno
hasta que el cerebro enloquece, hasta que el corazón se transforma:
¡la he comprado viva al Negro!

   ”Él me marca el compás, él traza los signos con tiza;
   tengo que tocar la marcha fúnebre más llena, más loca,
tengo que tocar oscuro, tengo que tocar claro,
hasta que el corazón se rompa por cuerda y arco”.

   El músico rasca los violines,
   se inclinan los cabellos castaño claro;
lleva un sable al costado,
lleva un vestido roto y plegado.

  1. François-Joseph Talma (1763-1826), el actor trágico francés más célebre de su tiempo. ↩

  2. Armide (1777), ópera de Christoph Willibald Gluck (1714-1787), a quien se llamaba «caballero» (Ritter) von Gluck por la orden pontificia de la Espuela de Oro. ↩

  3. El Intelligenzblatt era la hoja oficial de anuncios y avisos de las ciudades alemanas. ↩

  4. Bettina von Arnim (1785-1859), que en 1835 publicó Goethes Briefwechsel mit einem Kinde («Correspondencia de Goethe con una niña»), sus cartas con Goethe, en buena parte reelaboradas. ↩

  5. Versión libre de Ovidio, Tristia («Tristezas»), I, 1, escrita camino del destierro en Tomis, a orillas del mar Negro, adonde lo había confinado Augusto en el año 8. Las aclaraciones entre paréntesis («Homero», ars amandi, «Metamorfosis») están en el texto de Marx. ↩

  6. La batalla de Leipzig (octubre de 1813), llamada en alemán «batalla de las naciones», y las guerras de liberación contra Napoleón. ↩

  7. Johann Friedrich Wilhelm Pustkuchen (1793-1834), pastor protestante, publicó anónimamente desde 1821 unos falsos Wilhelm Meisters Wanderjahre («Años de peregrinaje de Wilhelm Meister») en los que atacaba a Goethe desde una moral pietista. La campana y Wallenstein son obras de Schiller. ↩

  8. Las «Confesiones de un alma bella» forman el libro VI de Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe. «Lo que Dios hace bien hecho está» (Was Gott tut, das ist wohlgetan) es el primer verso de un conocido himno protestante. ↩