Carta de Karl Marx a su padre, Heinrich Marx, escrita en Berlín el 10 de noviembre de [1837] (la carta no lleva año; lo restituyen los editores). Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 1, semitomo 2 (Berlín, 1929), carta n.º 19, pp. 213-221, que da el texto completo según su primera edición, publicada por Eleanor Marx-Aveling en Die Neue Zeit (año 16, vol. I, 1897-1898, n.º 1, pp. 4-12), y no según el manuscrito, del que no disponían sus editores. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original
Berlín, 10 de noviembre.
¡Querido padre!
Hay momentos en la vida que se alzan como mojones ante un tiempo que acaba, pero que a la vez señalan con firmeza una dirección nueva.
En uno de esos puntos de tránsito nos sentimos impulsados a contemplar con el ojo de águila del pensamiento el pasado y el presente, para llegar así a la conciencia de nuestra situación real. Más aún, la propia historia universal gusta de mirar así hacia atrás y de examinarse, lo cual le da a menudo la apariencia de retroceder y de detenerse, cuando en realidad no hace más que recostarse en el sillón para comprenderse, para penetrar espiritualmente su propio acto, el acto del espíritu.
El individuo, en cambio, se vuelve lírico en tales instantes, porque toda metamorfosis es en parte canto del cisne y en parte obertura de un gran poema nuevo que intenta cobrar forma en colores todavía difusos, aunque brillantes; y, sin embargo, quisiéramos erigir un monumento a lo ya vivido: que recobre en el sentimiento el lugar que ha perdido para la acción; ¿y dónde hallaría un lugar más sagrado que en el corazón de unos padres, el juez más benigno, el partícipe más íntimo, el sol del amor, cuyo fuego caldea el centro más hondo de nuestros afanes? ¿Cómo podría lo desagradable, lo reprochable, recibir mejor compensación y perdón que cuando aparece como manifestación de un estado esencialmente necesario? ¿Cómo podría, al menos, el juego a menudo adverso del azar, del extravío del espíritu, quedar a salvo del reproche de tener un corazón deforme?
Así pues, si ahora, al final de un año pasado aquí, echo una mirada atrás a lo que ha sido y respondo de este modo, mi querido padre, a tu tan querida, querida carta de Ems,1 permíteme considerar mis circunstancias como considero la vida en general: como la expresión de una actividad espiritual que luego toma forma en todas direcciones, en el saber, en el arte, en los asuntos privados.
Cuando os dejé, había nacido para mí un mundo nuevo, el del amor, y al principio de un amor ebrio de anhelo y vacío de esperanza.2 Hasta el viaje a Berlín, que en otro tiempo me habría encantado en sumo grado, me habría excitado a contemplar la naturaleza y me habría inflamado de ganas de vivir, me dejó frío, más aún, me puso de un humor visiblemente sombrío, porque las rocas que veía no eran más abruptas ni más audaces que los sentimientos de mi alma, las anchas ciudades no eran más vivas que mi sangre, las mesas de las fondas no estaban más recargadas ni eran más indigestas que los fardos de fantasías que llevaba conmigo, y, en fin, el arte no era tan hermoso como Jenny.
Llegado a Berlín, rompí todas las relaciones que tenía hasta entonces, hice con desgana alguna visita rara y procuré sumergirme en la ciencia y en el arte.
Dado mi estado de ánimo de entonces, la poesía lírica tenía que ser por fuerza el primer tema, al menos el más grato, el más inmediato; pero, como lo traían consigo mi situación y todo mi desarrollo anterior, era puramente idealista. Un más allá tan lejano como mi amor se convirtió en mi cielo, en mi arte. Todo lo real se difumina, y todo lo que se difumina no encuentra límite; ataques al presente, sentimiento expresado de forma prolija e informe, nada natural, todo construido en la luna, la oposición completa entre lo que es y lo que debe ser, reflexiones retóricas en lugar de pensamientos poéticos, pero quizá también cierto calor de sentimiento y un afán de vuelo: eso caracteriza todos los poemas de los tres primeros tomos que Jenny recibió de mí.3 Toda la amplitud de un anhelo que no ve límites se vierte en formas diversas y hace del «poetizar» un «desparramar».4
Ahora bien, la poesía solo podía y debía ser un acompañamiento; tenía que estudiar jurisprudencia y sentía, sobre todo, el impulso de bregar con la filosofía. Ambas cosas se combinaron de tal modo que, por un lado, repasaba a Heineccius, a Thibaut y las fuentes de manera puramente acrítica, como un simple escolar, y así, por ejemplo, traduje al alemán los dos primeros libros de las Pandectas,5 y, por otro, intentaba desarrollar una filosofía del derecho a lo largo de todo el campo del derecho. Como introducción antepuse algunas proposiciones metafísicas y llevé esta desdichada obra hasta el derecho público: un trabajo de casi trescientos pliegos.6
Aquí, ante todo, se manifestó de manera muy molesta la misma oposición entre lo real y lo que debe ser que es propia del idealismo, y fue la madre de la siguiente división, torpe e incorrecta. Primero venía lo que yo, magnánimo, bauticé como metafísica del derecho, es decir, principios, reflexiones, definiciones conceptuales separadas de todo derecho real y de toda forma real del derecho; tal como aparece en Fichte,7 solo que en mi caso de manera más moderna y con menos contenido. Además, la forma acientífica del dogmatismo matemático, en la que el sujeto da vueltas alrededor de la cosa y razona de acá para allá sin que la cosa misma tome forma como algo vivo que se despliega en su riqueza, era de entrada un obstáculo para comprender lo verdadero.
El triángulo deja al matemático construir y demostrar; sigue siendo una mera representación en el espacio, no se desarrolla hacia nada ulterior; hay que ponerlo junto a otra cosa, y entonces adopta otras posiciones, y lo mismo, puesto en relación de distintas maneras, le da relaciones y verdades distintas. En cambio, en la expresión concreta del mundo vivo del pensamiento, como lo son el derecho, el Estado, la naturaleza, la filosofía entera, hay que escuchar al objeto mismo en su desarrollo, no se le deben imponer divisiones arbitrarias; la razón de la cosa misma tiene que rodar hacia adelante como algo que lucha consigo mismo y encontrar en sí su unidad.
Como segunda parte seguía entonces la filosofía del derecho, es decir, según mi opinión de entonces, el examen del desarrollo del pensamiento en el derecho romano positivo, ¡como si el derecho positivo, en el desarrollo de su pensamiento (no me refiero a sus determinaciones puramente finitas), pudiera ser algo distinto de la configuración del concepto del derecho, que precisamente debía abarcar la primera parte!
Esta parte, por si fuera poco, la había dividido además en doctrina formal y doctrina material del derecho: la primera debía describir la forma pura del sistema en su sucesión y en su conexión, la división y el alcance; la segunda, en cambio, el contenido, el condensarse de la forma en su contenido. Es un error que comparto con el señor von Savigny, como descubrí más tarde en su docta obra sobre la posesión,8 con la diferencia de que él llama definición conceptual formal a «encontrar el lugar que tal o cual doctrina ocupa en el sistema romano (fijado)», y material a «la doctrina de lo positivo que los romanos atribuyeron a un concepto así fijado», mientras que yo entendía por forma la arquitectónica necesaria de las configuraciones del concepto y por materia la cualidad necesaria de esas configuraciones. El fallo estaba en que creía que una podía y debía desarrollarse separada de la otra, y así no obtuve una forma real, sino un secreter con cajones en los que luego eché arena.
El concepto es precisamente lo que media entre la forma y el contenido. Por eso, en un desarrollo filosófico del derecho, una tiene que brotar de la otra; más aún, la forma no puede ser sino la progresión del contenido. Así llegué a una división como la que el sujeto puede esbozar, a lo sumo, para una clasificación fácil y superficial, pero el espíritu del derecho y su verdad se hundieron. Todo el derecho se dividía en contractual y no contractual. Me tomo la libertad de transcribir el esquema, hasta la división del ius publicum, que también está elaborado en la parte formal, para que se vea mejor.
- I. Ius privatum. II. Ius publicum.9
- I. Ius privatum.
- a) Del derecho privado condicionado contractual,
- b) del derecho privado incondicionado no contractual.
- A. Del derecho privado condicionado contractual.
- a) Derecho personal; b) derecho real; c) derecho personal-real.
- a) Derecho personal.
- I. Por contrato oneroso; II. por contrato de garantía; III. por contrato benéfico.
- I. Por contrato oneroso.
- Contrato de sociedad (societas); 3. contrato de arrendamiento (locatio conductio).
- Locatio conductio.
- En cuanto se refiere a operae.
- a) Locatio conductio propiamente dicha (no se entiende ni el alquiler ni el arriendo romanos);
- b) mandatum.
- En cuanto se refiere al usus rei.
- a) Sobre fincas: usus fructus (tampoco en el sentido meramente romano);
- b) sobre casas: habitatio.
- II. Por contrato de garantía.
- Contrato arbitral o de transacción; 2. contrato de seguro.
- III. Por contrato benéfico.
- Contrato de aval.
- fide iussio; 2. negotiorum gestio.
- Contrato de donación.
- donatio; 2. gratiae promissum.
- b) Derecho real.
- I. Por contrato oneroso.
- permutatio stricte sic dicta.
- Permutatio propiamente dicha; 2. mutuum (usurae); 3. emptio, venditio.
- II. Por contrato de garantía.
- pignus.
- III. Por contrato benéfico.
- commodatum; 3. depositum.
- I. Por contrato oneroso.
Pero ¿para qué seguir llenando hojas con cosas que yo mismo he desechado? Divisiones tricotómicas atraviesan el conjunto, que está escrito con una prolijidad fatigosa, y en él las nociones romanas se usan del modo más bárbaro para meterlas a la fuerza en mi sistema. Por otra parte, al menos en cierto modo, así le tomé afecto a la materia y gané una visión de conjunto.
Al final del derecho privado material vi la falsedad del conjunto, que en su esquema fundamental se acerca al de Kant10 y en su desarrollo se aparta por completo de él, y una vez más me había quedado claro que sin filosofía no se podía llegar al fondo. Así que pude, con la conciencia tranquila, arrojarme de nuevo en sus brazos, y escribí un nuevo sistema metafísico fundamental, al final del cual me vi obligado de nuevo a reconocer lo equivocado de él y de todos mis esfuerzos anteriores.
Entretanto había adquirido la costumbre de hacer extractos de todos los libros que leía, así del Laocoonte de Lessing, el Erwin de Solger, la Historia del arte de Winckelmann y la Historia alemana de Luden, y de garabatear de paso reflexiones. Al mismo tiempo traduje la Germania de Tácito y los Libri tristium de Ovidio,11 y empecé a aprender por mi cuenta, es decir, con gramáticas, inglés e italiano, en lo que hasta ahora no he conseguido nada; leí el Derecho penal de Klein y sus Anales,12 y todo lo más reciente de la literatura, aunque esto último de pasada.
Al final del semestre volví a buscar danzas de las musas y música de sátiros, y ya en este último cuaderno que os envié el idealismo asoma a través de un humor forzado (Escorpión y Félix) y de un drama fantástico y malogrado (Oulanem),13 hasta que al fin da un vuelco completo y pasa a ser puro arte formal, la mayor parte de las veces sin objetos que entusiasmen, sin un curso de ideas que tome vuelo.
Y, sin embargo, estos últimos poemas son los únicos en los que de pronto, como por un golpe de magia —¡ay!, el golpe fue al principio demoledor—, el reino de la verdadera poesía se me apareció como un lejano palacio de hadas, y todas mis creaciones se deshicieron en nada.
Que con estas ocupaciones tan diversas tuviera que pasar en vela muchas noches durante el primer semestre, librar muchas batallas, soportar muchas excitaciones internas y externas, que al final no saliera muy enriquecido y que además hubiera descuidado la naturaleza, el arte y el mundo, y alejado a los amigos: esa reflexión parece que la hizo mi cuerpo; un médico me aconsejó el campo, y así fui a parar por primera vez, atravesando toda la larga ciudad, más allá de la puerta, a Stralow.14 No sospechaba que allí, de un alfeñique anémico, maduraría hasta alcanzar una robusta firmeza de cuerpo.
Había caído un telón, mi sanctasanctórum estaba desgarrado y había que instalar en él nuevos dioses.
Del idealismo, que, dicho sea de paso, yo había comparado con el de Kant y el de Fichte y alimentado con ellos, pasé a buscar la idea en lo real mismo. Si antes los dioses habían habitado por encima de la tierra, ahora se habían convertido en su centro.
Había leído fragmentos de la filosofía de Hegel,15 cuya grotesca melodía rocosa no me agradaba. Quise sumergirme una vez más en el mar, pero con el propósito decidido de encontrar la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y redondeada como la corporal, de no practicar ya artes de esgrima, sino de sostener la perla pura a la luz del sol.
Escribí un diálogo de unos veinticuatro pliegos: «Cleantes, o del punto de partida y de la progresión necesaria de la filosofía».16 Aquí se unían en cierta medida el arte y el saber, que se habían separado por completo, y, como un caminante vigoroso, puse manos a la obra misma, a un desarrollo filosófico-dialéctico de la divinidad tal como se manifiesta como concepto en sí, como religión, como naturaleza, como historia. Mi última proposición era el comienzo del sistema de Hegel, y este trabajo, para el que me había familiarizado en cierta medida con la ciencia natural, con Schelling17 y con la historia, que me ha costado infinitos quebraderos de cabeza y que está escrito de un modo tan [confuso]18 (pues en realidad debía ser una nueva lógica) que ahora apenas puedo volver a meterme en él con el pensamiento, este hijo predilecto, criado a la luz de la luna, me lleva como una falsa sirena a los brazos del enemigo.
De rabia no pude pensar en absoluto durante algunos días; corría como un loco por el jardín a orillas del agua sucia del Spree, «que lava las almas y diluye el té»,19 salí incluso de caza con mi casero, me fui corriendo a Berlín y quería abrazar a cada mozo de esquina.
Poco después me dediqué solo a estudios positivos: el estudio de la Posesión de Savigny, el derecho penal de Feuerbach y de Grolmann, el De verborum significatione de Cramer, el sistema de las Pandectas de Wenning-Ingenheim y la Doctrina Pandectarum de Mühlenbruch, que todavía sigo trabajando; por último, algunos títulos según Lauterbach, el procedimiento civil y, sobre todo, el derecho canónico, del que he leído en el Corpus casi entera la primera parte, la Concordia discordantium canonum de Graciano, y la he extractado, igual que el apéndice, las Institutiones de Lancelotti. Luego traduje en parte la Retórica de Aristóteles, leí el De augmentis scientiarum del célebre Bacon de Verulam, me ocupé mucho de Reimarus, cuyo libro Sobre los instintos artísticos de los animales repensé con deleite, y di también con el derecho alemán, aunque principalmente solo en la medida en que repasé las capitulares de los reyes francos y las cartas que les dirigieron los papas.20
Por el disgusto que me causaban la enfermedad de Jenny y mis trabajos intelectuales vanos y fracasados, por la rabia que me consumía al tener que convertir en mi ídolo una concepción que detestaba, caí enfermo, como ya te escribí antes, querido padre. Una vez restablecido, quemé todos los poemas y los esbozos de novelas, etc., creyendo que podría dejarlo del todo, de lo cual, ciertamente, hasta ahora no he dado pruebas en contrario.
Durante mi indisposición había llegado a conocer a Hegel de principio a fin, junto con la mayoría de sus discípulos. A través de varias reuniones con amigos en Stralow fui a parar a un Club de Doctores,21 entre cuyos miembros hay algunos Privatdozenten y el más íntimo de mis amigos de Berlín, el doctor Rutenberg.22 Aquí, en la discusión, se manifestaron muchas opiniones encontradas, y me até cada vez más fuerte a la filosofía universal actual, de la que había pensado escapar; pero todo lo sonoro había enmudecido, me acometió una verdadera furia de ironía, como bien podía ocurrir después de tanta negación. A esto se sumó el silencio de Jenny, y no pude descansar hasta haberme hecho con la modernidad y con el punto de vista de la concepción científica de hoy al precio de algunas malas producciones, como «La visita», etc.
Si aquí quizá no te he expuesto con claridad todo este último semestre, ni he entrado en todos los detalles, y he borrado además todos los matices, perdónalo a mi anhelo de hablar del presente, querido padre.
El señor von Chamisso me ha enviado una nota de lo más insignificante, en la que me comunica que «lamenta que el almanaque no pueda utilizar mis colaboraciones, porque ya está impreso hace tiempo».23 Me la tragué de rabia. El librero Wigand ha enviado mi plan al doctor Schmidt, editor del almacén de Wunder, de buen queso y mala literatura. Te adjunto su carta; este último aún no ha contestado. Con todo, no abandono en modo alguno este plan,24 sobre todo porque todas las celebridades estéticas de la escuela hegeliana han prometido su colaboración por mediación del Dozent Bauer,25 que desempeña un gran papel entre ellas, y de mi coadjutor, el doctor Rutenberg.
En cuanto a la cuestión de la carrera administrativa,26 mi querido padre, hace poco he conocido a un asesor, Schmidthänner, que me ha aconsejado pasar a ella como Justitiarius después del tercer examen de derecho, cosa que me convendría tanto más cuanto que, en efecto, prefiero la jurisprudencia a toda ciencia de la administración. Este señor me dijo que en el Tribunal Superior de Münster, en Westfalia, él mismo y otros muchos llegaron en tres años a asesores, lo cual no es difícil, claro está, trabajando mucho, porque allí las etapas no están fijadas de antemano como en Berlín y en otras partes. Si luego, siendo ya asesor, uno se doctora, hay también muchas más perspectivas de entrar enseguida como profesor extraordinario, como le ocurrió al señor Gärtner en Bonn, que escribió una obra mediocre sobre los códigos provinciales y por lo demás solo es conocido porque se declara de la escuela jurídica hegeliana.27 Pero, mi querido, mi buen padre, ¿no sería posible hablar de todo esto contigo en persona? El estado de Eduard, los sufrimientos de nuestra querida madre, tu indisposición,28 aunque espero que no sea grave, todo me hacía desear, más aún, me hace casi necesario correr a vuestro lado. Ya estaría ahí si no hubiera dudado de que me dieras permiso, de que estuvieras de acuerdo.
Créeme, mi querido, mi buen padre, no me mueve ninguna intención interesada (aunque sería feliz de volver a ver a Jenny), sino que es un pensamiento el que me empuja, y ese no puedo expresarlo. En cierto sentido incluso me resultaría un paso duro, pero, como escribe mi única, mi dulce Jenny, todas estas consideraciones se vienen abajo ante el cumplimiento de deberes que son sagrados.
Te ruego, querido padre, decidas lo que decidas, que no enseñes esta carta, o al menos esta hoja, a la madre angelical. Mi llegada repentina quizá podría levantar el ánimo de esa mujer grande y espléndida.
La carta que escribí a mamá la redacté mucho antes de que llegara la querida carta de Jenny, y así quizá, sin darme cuenta, he escrito demasiado de cosas que no son del todo oportunas, o lo son muy poco.
Con la esperanza de que poco a poco se disipen las nubes que se ciernen sobre nuestra familia, de que me sea concedido sufrir y llorar con vosotros y quizá demostrar a vuestro lado el hondo, íntimo afecto, el amor inconmensurable que tantas veces expreso tan mal; con la esperanza de que también tú, querido padre, amado por siempre, teniendo en cuenta la forma tan zarandeada de un lado a otro de mi ánimo, me perdones allí donde a menudo el corazón parece haberse extraviado mientras el espíritu en lucha lo acallaba; de que pronto vuelvas a estar del todo restablecido, de modo que yo mismo pueda estrecharte contra mi corazón y explayarme por completo,
Tu hijo, que te quiere por siempre,
Karl.
Perdona, querido padre, la letra ilegible y el mal estilo; son casi las cuatro, la vela se ha consumido del todo y tengo los ojos turbios; se ha apoderado de mí una verdadera inquietud, y no podré calmar a los fantasmas agitados hasta que esté a vuestro querido lado.
Saluda, por favor, a mi dulce, espléndida Jenny. He leído ya doce veces su carta, y siempre le descubro nuevos encantos. Es, en todos los sentidos, también en el del estilo, la carta más hermosa que puedo imaginar escrita por una dama.
Heinrich Marx, abogado en Tréveris, murió el 10 de mayo de 1838. En agosto de 1837 había escrito a su hijo desde el balneario de Bad Ems. ↩
Jenny von Westphalen (1814-1881), hija del consejero Ludwig von Westphalen, de Tréveris. Estaba prometida en secreto con Marx desde el verano de 1836; se casaron en 1843. ↩
Los cuadernos de poemas que Marx copió y dedicó a Jenny a finales de 1836. ↩
Juego de palabras: Dichten es «poetizar», pero también «hacer denso, compacto»; Breiten, «extender, desparramar». ↩
Johann Gottlieb Heineccius (1681-1741), autor de los Elementa juris civilis secundum ordinem Pandectarum (1727), manual muy usado de derecho romano; Anton Friedrich Justus Thibaut (1772-1840), profesor en Heidelberg, autor del System des Pandekten-Rechts (1803). Las Pandectas o Digesto son la compilación de textos de los juristas romanos que mandó hacer Justiniano. ↩
Bogen: pliego, hoja grande de papel doblada. ↩
Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), cuya Grundlage des Naturrechts (Fundamento del derecho natural, 1796) empieza con una deducción del concepto de derecho. ↩
Friedrich Carl von Savigny (1779-1861), profesor en Berlín y cabeza de la escuela histórica del derecho; su primera gran obra es Das Recht des Besitzes (El derecho de posesión, 1803). Los editores de la MEGA¹ creen que Marx cita de memoria. Marx volvió sobre esta escuela en El manifiesto filosófico de la escuela histórica del derecho (1842). ↩
Derecho privado y derecho público. Los términos latinos del esquema: societas, sociedad; locatio conductio, arrendamiento (de cosas, obras o servicios); operae, servicios; mandatum, mandato; usus rei, uso de una cosa; usus fructus, usufructo; habitatio, derecho de habitación; fide iussio, fianza; negotiorum gestio, gestión de negocios ajenos sin mandato; donatio, donación; gratiae promissum, promesa de un favor; permutatio stricte sic dicta, permuta en sentido estricto; mutuum, préstamo de consumo; usurae, intereses; emptio venditio, compraventa; pignus, prenda; commodatum, comodato; depositum, depósito. «Contrato oneroso» traduce belästigter Vertrag, calco de contractus onerosus. ↩
Immanuel Kant (1724-1804) divide en la Doctrina del derecho de su Metafísica de las costumbres (1797) el derecho en privado y público, y en el privado distingue el derecho real, el personal y el «personal de carácter real». ↩
Gotthold Ephraim Lessing, Laokoon (1766); Karl Wilhelm Ferdinand Solger, Erwin. Vier Gespräche über das Schöne und die Kunst (1815); Johann Joachim Winckelmann, Geschichte der Kunst des Altertums (1764); Heinrich Luden, Geschichte des deutschen Volkes (1825-1837). Los Tristia son las elegías de Ovidio desde el destierro. ↩
Ernst Ferdinand Klein (1744-1810), jurista prusiano, autor de los Grundsätze des gemeinen deutschen peinlichen Rechts y editor de los Annalen der Gesetzgebung und Rechtsgelehrsamkeit in den preußischen Staaten (1788-1809). ↩
Fragmentos de una novela humorística y de una tragedia en verso que Marx incluyó en el cuaderno de poemas dedicado a su padre en 1837. ↩
Stralau, entonces aldea de pescadores en la orilla del Spree, al este de Berlín; hoy es un barrio de la ciudad. ↩
Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), profesor en Berlín desde 1818 hasta su muerte. ↩
El diálogo no se ha conservado. Cleantes fue un filósofo estoico griego del siglo III a. C. ↩
Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (1775-1854), autor de la filosofía de la naturaleza del idealismo alemán. ↩
Los corchetes son de la MEGA¹, que conjetura la palabra. La MEW (tomo 40), que sigue el manuscrito, señala ahí dos fragmentos de palabra tachados e ilegibles. ↩
Cita de Heinrich Heine, Die Nordsee, primer ciclo, poema «Frieden» («Paz»). ↩
Las obras citadas: Paul Johann Anselm Feuerbach, Lehrbuch des gemeinen in Deutschland gültigen peinlichen Rechts (1801); Karl von Grolmann, Grundsätze der Kriminalwissenschaft (1798); Andreas Wilhelm Cramer, De verborum significatione (1811); Johann Nepomuk von Wening-Ingenheim, Lehrbuch des gemeinen Civilrechts (1822-1823); Christian Friedrich Mühlenbruch, Doctrina Pandectarum (1823-1825); Wolfgang Adam Lauterbach, Collegium theoretico-practicum sobre las Pandectas (1690-1714); el Decreto de Graciano (siglo XII), primera parte del Corpus iuris canonici, al que solían añadirse las Institutiones iuris canonici de Giovanni Paolo Lancelotti; Francis Bacon, De dignitate et augmentis scientiarum (1623); Hermann Samuel Reimarus, Allgemeine Betrachtungen über die Triebe der Thiere, hauptsächlich über ihre Kunsttriebe (1760). Las capitulares son las ordenanzas de los reyes francos. ↩
Círculo de jóvenes hegelianos de Berlín, al que pertenecieron, entre otros, Bruno Bauer, Adolf Rutenberg y Karl Friedrich Köppen. ↩
Adolf Rutenberg (1808-1869), doctor en filosofía, profesor de geografía en la escuela de cadetes de Berlín; en 1842 fue durante unos meses redactor de la Rheinische Zeitung. ↩
El poeta Adelbert von Chamisso (1781-1838) editaba con Gustav Schwab el Deutscher Musenalmanach. ↩
Otto Wigand (1795-1870), librero y editor de Leipzig. El plan era el de una revista de crítica teatral, del que el padre había hablado en su carta del 16 de septiembre de 1837. ↩
Bruno Bauer (1809-1882), entonces Privatdozent de teología en Berlín y luego una de las cabezas de los jóvenes hegelianos. ↩
Kameralistische Karriere: la carrera en la administración del Estado, cuyas ciencias se llamaban camerales. El Justitiarius era el jurista de un órgano administrativo. ↩
Gustav Friedrich Gärtner (muerto en 1841), profesor de derecho político e internacional en Bonn. Lo que Marx llama su obra es una larga reseña del Provinzialrecht der Altmark de Götze, publicada en 1837 en los Jahrbücher für wissenschaftliche Kritik, la revista de los hegelianos. ↩
Eduard Marx (1826-1837), hermano menor de Karl, murió el 14 de diciembre de 1837. La madre era Henriette Marx, nacida Pressburg (1787-1863). ↩