Carta de Friedrich Engels, de diecisiete años, a su hermana Marie, en Barmen, escrita en Bremen el 28 y el 29 de agosto de 1838. Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 567-569, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.
Bremen, 28 de ag. de 1838.
¡Querida Marie!1
En cuanto vi tu carta, nada más verla, supe que era tuya, aunque no conozco tu letra. Porque la carta es igualita que tú: escrita a toda prisa, todo en una confusión encantadora, moralinas que no van en serio para nada, cómo estás, la salud, Emilita y Adelinita, desgracias, todo revuelto. Aquí también acaba de pasar una desgracia: un pintor de brocha gorda, el segundo en ocho días, se ha caído del andamio y se ha matado en el acto.
Que se lleven fuera a Emilita y a Adelinita2 es de lo más asombroso; por lo menos, a los Treviranus3 les ha asombrado muchísimo: todos creían que las educaba Carl.
29 de agosto.
Que queráis ir a Xanten está muy bien, y seguro que iréis, si mamá se lo ha prometido a la tía y a la abuela.4 Tenéis que arreglároslas para ir en tiempo de uvas, que entonces podréis comer hasta reventar. En nuestro jardín de aquí también hay uvas, pero todavía no están maduras; manzanas sí que tenemos, maduras, manzanas del paraíso,5 que son mucho más ricas que las del árbol gordo del patio de Caspar,6 ese que talaron.
Fíjate, Marie, tenemos una clueca con siete pollitos que apenas tienen ocho días, y cuando no hay nada que hacer en el escritorio salimos al patio a cazar moscas, mosquitos y arañas, y entonces viene la gallina y nos lo quita de la mano y se lo da a ellos. Pero hay un pollito negro, del tamaño de un canario, que se come las moscas de la mano. Y todos estos animalitos van a ser Kruphühner,7 y todos tienen plumas en las patas. Apuesto a que una clueca así, con sus pollitos, te daría una alegría enorme. ¡Si tú misma eres como un pollito! Tienes que decirle a mamá que el año que viene ponga ella también huevos a empollar a una gallina. También tenemos palomas, tanto en casa de los Treviranus como en la de los Leupold:8 Kotbecke y buchonas, que aquí llaman palomas de corona (porque tienen una especie de chorrera en el pecho, que aquí llaman corona) y Kropper. Las Kotbecke son especialmente bonitas. También les damos de comer todos los días, Eberlein9 y yo; pero no comen veza, que aquí no la hay, sino guisantes o unos hayucos chiquititos que no crecen más que un guisante.
Tendrías que ver, por la mañana, cuando el mercado está lleno, los trajes tan curiosos que llevan las campesinas. Sobre todo las gorras y los sombreros de paja son de lo más curioso. Si alguna vez puedo mirar a una mujer con calma, luego intentaré dibujarla y te lo mandaré. Las chicas llevan un gorrito rojo muy pequeño encima del moño, y las viejas unas cofias grandes con alas, que les quedan pegadas a la cabeza y les cuelgan hasta la cara, o también unos gorros grandes de terciopelo, ribeteados por delante con encajes negros fruncidos. Hacen un efecto rarísimo.
La ventana de mi cuarto da a un callejón, y en el callejón hay fantasmas. Cuando estoy todavía levantado por la noche, tarde, a eso de las once, empieza el ruido en el callejón: los gatos chillan, los perros ladran, los fantasmas ríen y aúllan, y dan golpes en los postigos de la casa de enfrente; pero todo eso pasa de lo más natural, porque en el callejón vive el farolero, y a las once todavía sale corriendo.
Ya he llenado dos páginas; si ahora quisiera hacerlo como tú, escribiría: «Ahora ya estarás contenta, porque te he contado tantas cosas, y la próxima vez te contaré otras tantas». Así lo haces tú: me llenas dos páginas, con las letras muy separadas, y me dejas las otras dos en blanco; pero para que veas que yo no lo hago como tú y que no te pago con la misma moneda, voy a esforzarme en estudiarme cuatro páginas escritas bien apretadas.
Esta mañana vino un barbero, y el señor pastor quería que me afeitara, porque, decía, tenía un aspecto horroroso. Pero no pienso hacerlo: papá me dijo que tuviera las navajas selladas hasta que me hicieran falta, y papá se marchó hoy hace catorce días, y en ese tiempo no me puede haber crecido tanto la barba. Así que no me afeito hasta que tenga un bigote negro como el ala del cuervo. Sí, ¿te acuerdas de que mamá dijo que papá debía darme unos útiles de afeitar, y papá contestó que eso sería inducirme a ello, y que en Manchester me compraría él mismo unas navajas?10 Pero no las uso, por principios.
Ahora mismo vuelvo del desfile, que hay todos los días en la Domshof.11 Allí hace la instrucción el gran ejército hanseático, que consta de unos cuarenta soldados y veinticinco músicos, y además de seis a ocho oficiales, y que (si exceptúo al tambor mayor) tiene entre todos tanto bigote como un húsar prusiano. La mayoría no tiene nada de barba, y otros solo una idea. El desfile dura dos minutos enteros: los soldados llegan, forman, presentan armas y se vuelven a ir. Pero la música es buena («muy buena, preciosa, maravillosa», dicen los de Bremen). Ayer trajeron a uno de esos hanseáticos que había desertado. El tipo era judío, iba a clase de religión con el pastor Treviranus y se quería bautizar. Pues desertó, pero no salió de la ciudad, sino que escribió una carta al pastor Treviranus diciendo que estaba en Brinkum,12 que un pariente lo había convencido de que fuera allí, y que él, el pastor, pidiera que le rebajaran el castigo. El pastor iba a hacerlo, cuando de repente ayer detuvieron al tipo a las puertas de Bremen, y salió a la luz dónde había estado. Ahora seguramente le caerán unos sesenta palos, porque aquí a los soldados siempre les dan palos.
En Bremen no vive ni un judío, solo un par de judíos protegidos13 en el arrabal, pero en la ciudad no puede instalarse ninguno.
Hoy vuelve a llover todo el día. Ayer hizo ocho días que no llovió nada de nada; los demás días, todos, aunque a menudo solo un poco. El domingo hizo mucho calor, y ayer el aire también estaba algo bochornoso, aunque el cielo estaba a menudo nublado, pero hoy, no, hoy no hay quien lo aguante. En cuanto sales a la puerta te pones como una sopa. ¿Qué tal por ahí? Ahora voy a escribir a mamá. ¿Ya volvéis a ser amigas de las Kampermann,14 ansarones?
Adiós, Marie,
Tu hermano
Friedrich.
Marie Engels (1824-1901), la hermana preferida de Engels, que tenía entonces catorce años; en 1845 se casó con Karl Emil Blank, fabricante de Barmen. Engels acababa de llegar a Bremen para hacer su aprendizaje comercial en la casa del cónsul Heinrich Leupold. ↩
Emilie (1825-1906) y Adeline (1827-1901) Engels, primas de Engels, hijas de su tío Caspar Engels; Karl, hermano de ellas, murió en 1840. ↩
La familia del pastor Georg Gottfried Treviranus (1788-1868), de la iglesia de San Martín de Bremen, en cuya casa vivía Engels. ↩
Xanten, pequeña ciudad del Rin inferior. La abuela materna de Engels era Francisca Christina van Haar, de soltera Snethlage. ↩
Una variedad de manzana pequeña y sabrosa. ↩
Caspar Engels (1792-1863), tío de Engels, hermano de su padre. ↩
Nombre dialectal de una raza de gallinas de patas cortas. ↩
La casa de comercio de Heinrich Leupold, cónsul de Sajonia, donde Engels hacía su aprendizaje. ↩
Un empleado de la casa Leupold. ↩
El padre, Friedrich Engels (1796-1860), había estado en Bremen con su hijo y seguía viaje a Inglaterra: había fundado con Ermen la hilatura de algodón Ermen & Engels de Manchester. ↩
La plaza de la catedral de Bremen. ↩
Pueblo cercano a Bremen, en el reino de Hannover. ↩
Judíos con una carta de protección (Schutzbrief) que les permitía residir a cambio de un tributo. ↩
Las hijas del fabricante Peter Kampermann (1784-1839), de Barmen. ↩