Escritas por Friedrich Engels en Bremen en marzo de 1839. Publicadas sin su nombre en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núms. 49 a 52 (marzo) y 57 y 59 (abril) de 1839. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 413-432), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Telegraph für Deutschland, núms. 49-52, marzo de 1839
Como es sabido, bajo este nombre, de muy mala fama entre los amigos de la luz,1 se comprende a las dos ciudades de Elberfeld y Barmen, que ocupan el valle a lo largo de casi tres horas de camino. El estrecho río vierte sus olas purpúreas, ya rápidas, ya estancadas, entre humeantes edificios fabriles y blanqueaderos cubiertos de hilo; pero su color rojo encendido no procede de ninguna batalla sangrienta, porque aquí solo pelean plumas teológicas y viejas parlanchinas, y por lo común por naderías;2 ni tampoco de la vergüenza por lo que hacen los hombres, aunque en verdad motivo no falta, sino única y exclusivamente de las muchas tintorerías de rojo turco. Si se llega desde Düsseldorf, se entra en el territorio sagrado por Sonnborn; el Wupper pasa perezoso y cenagoso y, comparado con el Rin que se acaba de dejar, rebaja mucho las expectativas con su lamentable aspecto. La comarca es bastante agradable; los montes, no muy altos, unas veces de suave pendiente y otras escarpados, boscosos de arriba abajo, se adentran con descaro en los prados verdes, y cuando hace buen tiempo el cielo azul, que se refleja en el Wupper, hace desaparecer del todo su color rojo. Tras rodear una ladera se ven justo delante las torres extravagantes de Elberfeld (las humildes casas se esconden tras los jardines), y en pocos minutos se alcanza la Sion de los oscurantistas. Casi todavía fuera de la ciudad se tropieza con la iglesia católica; está allí como si la hubieran desterrado de los sagrados muros. Es de estilo bizantino, ejecutada muy mal por un arquitecto muy inexperto según un plano muy bueno; la antigua iglesia católica se ha derribado para dejar sitio al ala izquierda, aún sin construir, del ayuntamiento; solo ha quedado en pie la torre, que sirve al bien común a su manera, a saber, como cárcel. Inmediatamente después se llega a un gran edificio: su tejado descansa sobre columnas, pero estas columnas son de una naturaleza muy curiosa; por su grosor son egipcias abajo, dóricas en medio y jónicas arriba, y además desprecian todo accesorio superfluo, como pedestal y capitel, por razones muy poderosas. Este edificio se llamaba antes el Museo; pero las musas no vinieron y una gran carga de deudas se quedó, de modo que hace algún tiempo el edificio se subastó y tomó el nombre de Casino, que, para borrar todo recuerdo del antiguo nombre poético, se colocó también en el frontispicio vacío. Por lo demás, el edificio es tan tosco en todas sus dimensiones que al anochecer se le toma por un camello. A partir de aquí empiezan las calles aburridas y sin carácter; el bonito ayuntamiento nuevo, a medio terminar, está colocado tan al revés por falta de espacio que la fachada da a una callejuela estrecha y fea. Por fin se vuelve a llegar al Wupper, y un hermoso puente indica que se entra en Barmen, donde al menos se da más importancia a la belleza arquitectónica. En cuanto se ha cruzado el puente todo adquiere un carácter más amable; casas grandes y macizas, de construcción moderna y de buen gusto, ocupan el lugar de aquellos mediocres edificios de Elberfeld, que no son ni antiguos ni modernos, ni bellos ni caricaturescos; por todas partes surgen casas nuevas de piedra, se acaba el empedrado y un camino recto y afirmado, edificado a ambos lados, continúa la calle. Entre las casas se ven los blanqueaderos verdes, el Wupper, aquí todavía claro, y los montes que se apiñan muy cerca y que, con sus contornos suavemente ondulados y la variada alternancia de bosques, prados y jardines, de los que asoman por todas partes tejados rojos, hacen la comarca cada vez más agradable a medida que se avanza. A mitad de la alameda se ve de frente la fachada de la iglesia de Unterbarmen, algo retirada; es el edificio más hermoso del valle, en el más noble estilo bizantino y muy bien ejecutado. Pero pronto vuelve el empedrado y las grises casas de pizarra se apretujan unas contra otras; con todo, aquí hay mucha más variedad que en Elberfeld, pues ya un blanqueadero fresco, ya una casa moderna, ya un trocito de río, ya una hilera de jardines junto a la calle interrumpen la eterna monotonía. Por eso uno duda si tener a Barmen por una ciudad o por un simple conglomerado de edificios de toda clase; y en efecto no es más que la unión de muchas localidades mantenidas juntas por el vínculo de las instituciones municipales. Las más importantes de esas localidades son: Gemarke, desde siempre centro de la confesión reformada; Unterbarmen, hacia Elberfeld; no lejos, Wupperfeld, más arriba de Gemarke, y más allá todavía Rittershausen, que tiene a su izquierda Wichlinghausen y a su derecha Hekinghausen con el bellísimo Rauhental; todas luteranas, con dos iglesias; los católicos, dos o tres mil a lo sumo, están dispersos por todo el valle. Después de pasar Rittershausen, el viajero deja, en el fin del mundo, el país de Berg y entra por la barrera de peaje en el viejo territorio prusiano de Westfalia.3
Este es el aspecto exterior del valle, que en general, salvo las tristes calles de Elberfeld, causa una impresión muy amable; pero la experiencia muestra que esa impresión se ha perdido para sus habitantes. Aquí no se percibe en absoluto una vida popular fresca y sana como la que existe casi en todas partes en Alemania; a primera vista parece otra cosa, claro, porque todas las noches se oye a los alegres oficiales recorrer las calles cantando sus canciones, pero son las canciones más obscenas y groseras que jamás hayan salido de labios encendidos por el aguardiente; nunca se oye una de esas canciones populares que se conocen en toda Alemania y de las que bien podemos estar orgullosos. Todas las tabernas están abarrotadas, sobre todo el sábado y el domingo, y por la noche, a las once, cuando cierran, salen de ellas los borrachos, que la mayoría de las veces duermen la mona en la cuneta de la carretera. Los más degradados de ellos son los llamados Karrenbinder, los carreteros, una gente completamente desmoralizada, sin techo ni oficio seguro, que al despuntar el día salen arrastrándose de sus escondrijos, pajares, establos, etc., cuando no han pasado la noche sobre un montón de estiércol o en las escaleras de las casas. Limitando su número, antes indeterminado, la autoridad ha puesto ahora cierto coto a ese estado de cosas.
Las causas de este modo de vida saltan a la vista. Ante todo contribuye mucho a él el trabajo en las fábricas. El trabajo en locales bajos, donde la gente respira más humo de carbón y polvo que oxígeno, y eso casi siempre desde los seis años, está hecho precisamente para robarles toda fuerza y toda alegría de vivir. Los tejedores que tienen telares sueltos en sus casas pasan sentados ante ellos, encorvados, de la mañana a la noche, y dejan que la estufa caliente les reseque la médula. Los que de entre esta gente no caen en manos del misticismo se dan al aguardiente. Ese misticismo, en la forma insolente y repugnante en que reina allí, tiene que provocar necesariamente el extremo opuesto, y a eso se debe principalmente que el pueblo allí no se componga más que de «finos» (así se llama a los místicos)4 y de gentuza depravada. Ya la sola división en dos partidos hostiles, aparte de cómo son, bastaría para destruir el desarrollo de todo espíritu popular; ¿y qué esperar allí donde tampoco serviría de nada que desapareciera uno de los dos partidos, puesto que ambos están igual de tísicos? Las pocas figuras robustas que se ven allí son casi solo carpinteros u otros artesanos, todos venidos de otras comarcas; entre los curtidores nativos también se ve gente robusta, pero tres años de su vida bastan para aniquilarlos física y espiritualmente; de cada cinco personas, tres mueren de tisis, y todo eso viene del aguardiente. Pero esto, en verdad, no habría cundido de manera tan terrible si los dueños de las fábricas no las llevaran de un modo tan insensato y si el misticismo no existiera en la forma en que existe y en que amenaza con extenderse cada vez más. Pero entre las clases bajas, sobre todo entre los obreros de las fábricas del Wuppertal, reina una miseria espantosa; las enfermedades sifilíticas y del pecho están extendidas en una proporción casi increíble; solo en Elberfeld, de 2.500 niños en edad escolar, 1.200 se ven privados de la enseñanza y crecen en las fábricas, solo para que el fabricante no tenga que pagar a un adulto, cuyo puesto ocupan, el doble del salario que da a un niño. Pero los fabricantes ricos tienen la conciencia ancha, y dejar que se pierda un niño más o menos no manda al infierno ningún alma pietista, sobre todo si va dos veces a la iglesia todos los domingos. Pues está demostrado que entre los fabricantes son los pietistas los que peor tratan a sus obreros, los que les rebajan el salario de todas las maneras posibles con el pretexto de quitarles la ocasión de beber, y los que en las elecciones de predicadores son siempre los primeros en sobornar a su gente.
En las capas bajas el misticismo reina sobre todo entre los artesanos (entre los que no cuento a los fabricantes). Es un espectáculo triste ver pasar por la calle a uno de estos hombres, de andar encorvado, con una levita larga, larguísima, y el pelo peinado a la manera pietista. Pero quien quiera conocer de verdad esta especie tiene que entrar en un taller pietista de herrero o de zapatero. Allí está sentado el maestro, a su derecha la Biblia y a su izquierda, al menos muy a menudo, el aguardiente. De trabajo no se ve gran cosa; el maestro lee casi siempre la Biblia, de vez en cuando echa un trago y a ratos entona un cántico espiritual con el coro de los oficiales; pero lo principal es siempre condenar al prójimo. Ya se ve: esta tendencia es aquí la misma que en todas partes. Su furor de conversión tampoco queda sin fruto. Se convierten sobre todo muchos borrachos impíos, etc., y casi siempre de manera milagrosa. Pero no es para tanto: estos prosélitos son todos gente sin nervio ni espíritu, a la que es una nimiedad convencer; se convierten, se dejan conmover hasta las lágrimas varias veces por semana y siguen en secreto con su vida de antes. Hace varios años este tinglado salió una vez a la luz, para espanto de todos los santurrones. Se presentó, en efecto, un especulador americano con el nombre de pastor Jürgens; predicó varias veces y tuvo mucha concurrencia, porque la mayoría de la gente creía que, siendo americano, tenía que ser por fuerza moreno o hasta negro. Pero cuál no sería su asombro cuando resultó que no solo era blanco, sino que predicaba de tal modo que toda la iglesia se deshacía en lágrimas; lo cual, por cierto, se debía a que, cuando fallaban todos los recursos para conmover, él mismo se ponía a gimotear. Entonces hubo entre los creyentes un clamor de asombro; algunas personas sensatas se opusieron, es verdad, pero se las tachó de impías; pronto Jürgens celebraba conventículos, recibía ricos regalos de sus distinguidos amigos y vivía a cuerpo de rey. Sus sermones estaban más concurridos que ningunos otros; sus conventículos, abarrotados; cada una de sus palabras hacía llorar a hombres y mujeres. Ya todos creían que era por lo menos medio profeta y que edificaría la nueva Jerusalén, pero de repente se acabó la broma. De pronto se descubre qué cosas se hacían en sus conventículos; al señor Jürgens lo detienen y ha purgado su piedad un par de años en el juzgado de instrucción de Hamm. Después lo soltaron con la promesa de enmendarse y lo despacharon de nuevo a América. Se supo también que ya había practicado sus artes en América y que por eso lo habían enviado más lejos; que ya en Westfalia, para no perder la práctica, había hecho un repaso, tras el cual, por clemencia o más bien por debilidad de las autoridades, lo dejaron ir sin más averiguaciones, y que luego, en Elberfeld, había coronado su vida disoluta con una nueva repetición. Y cuando se supo lo que había sucedido en las asambleas de aquel varón, he aquí que todo el pueblo se levantó contra él, y no hubo nadie que quisiera saber de él; todos se apartaron de él, desde el Líbano hasta el mar Salado, es decir, desde el monte de Rittershausen hasta la presa del Wupper en Sonnborn.
Pero el verdadero centro de todo el pietismo y el misticismo es la comunidad reformada de Elberfeld. Desde siempre se distinguió por un espíritu calvinista estricto, que en los últimos años, con el nombramiento de los predicadores más fanáticos —ahora mangonean allí cuatro a la vez—, se ha convertido en la intolerancia más cerrada y poco tiene que envidiar al espíritu papista. En las reuniones se celebran verdaderos tribunales contra herejes; se pasa revista a la conducta de todo el que no asiste a ellas, y se dice: Fulano lee novelas; en la portada dice, es verdad, novela cristiana, pero el pastor Krummacher ha dicho que los libros de novelas son libros impíos; o: Mengano parecía andar también en presencia del Señor, pero anteayer lo vieron en un concierto. Y se llevan las manos a la cabeza, espantados por el horrendo pecado. Y si encima un predicador tiene fama de racionalista (entendiendo por tal a todo el que no coincide al pelo con su opinión), se le pone en la picota, y miran bien si su levita era del todo negra y sus pantalones del color ortodoxo como es debido; ¡y ay de él si lo sorprenden con una levita que tire un poco a azul o con un chaleco racionalista! Y si viene alguno que no cree en la predestinación, enseguida se dice: ese es casi tan malo como un luterano; un luterano no es mucho mejor que un católico, y un católico y un idólatra están condenados por naturaleza. ¿Y qué gente es la que habla así? Gente ignorante, que apenas sabe si la Biblia se escribió en chino, en hebreo o en griego, y que lo juzga todo según las palabras de un predicador reconocido una vez como ortodoxo, venga o no a cuento.
Este espíritu existía desde que la Reforma se impuso aquí, pero pasó inadvertido hasta que el predicador G. D. Krummacher, de esta misma comunidad, fallecido hace algunos años, empezó a fomentarlo y cultivarlo a conciencia; pronto el misticismo estaba en plena floración, pero K. murió antes de que el fruto madurase; eso solo ha ocurrido desde que su sobrino, el doctor Friedrich Wilhelm Krummacher, ha perfilado y fijado la doctrina con tal rigor que no se sabe si tener el conjunto por un disparate o por una blasfemia. Pues bien, el fruto está maduro; nadie se avendrá a cogerlo, y así, con el tiempo, tendrá que caerse miserablemente podrido.
Gottfried Daniel Krummacher, hermano del doctor F. A. Krummacher de Bremen, conocido por sus parábolas, murió en Elberfeld hace unos tres años, tras un ministerio muy largo.5 Cuando, hace más de veinte años, un predicador de Barmen no enseñaba desde el púlpito la predestinación con tanto rigor como él, sus seguidores, con el pretexto de que una predicación tan descreída no era predicación alguna, empezaron a fumar en la iglesia, a armar ruido y a impedirle predicar, de modo que la autoridad se vio obligada a intervenir. Entonces Krummacher escribió al magistrado de Barmen una carta espantosamente grosera, como la que Gregorio VII habría escrito a Enrique IV,6 y ordenó que dejaran en paz a los santurrones, puesto que no hacían más que defender su querido Evangelio; también predicó sobre ello. Pero no hicieron más que reírse de él. Esto caracteriza su espíritu, que conservó hasta su muerte. Por lo demás, era de costumbres tan curiosas que circulan mil anécdotas sobre él, según las cuales hay que tenerlo o por un extravagante pintoresco o por un hombre profundamente grosero.
El doctor Friedrich Wilhelm Krummacher es un hombre de unos cuarenta años, alto, fuerte, de figura imponente, aunque desde que está en Elberfeld va adquiriendo un perímetro corporal nada desdeñable. Lleva el pelo de una manera muy peculiar, en lo que lo imitan todos sus partidarios; quién sabe, quizá algún día se ponga de moda llevar el pelo à la Krummacher; aunque esa moda superaría en mal gusto a todas las anteriores, incluso a la de las pelucas empolvadas.
De estudiante colaboró en la demagogia gimnástica, escribió canciones de libertad, llevó una bandera en la fiesta de Wartburg y pronunció un discurso que, según dicen, causó gran impresión.7 Todavía recuerda a menudo desde el púlpito aquellos años alegres con estas palabras: «Cuando yo aún estaba entre los hititas y los cananeos». Más tarde la comunidad reformada de Barmen lo eligió pastor, y su verdadera reputación data solo de esa época. Apenas había llegado y ya provocó con su doctrina de la predestinación estricta una escisión no solo entre luteranos y reformados, sino también, entre estos últimos, entre predestinacionistas estrictos y moderados. Una vez un viejo luterano rígido volvía algo achispado de una reunión y tenía que cruzar un puente ruinoso. En su estado, aquello debió de parecerle algo peligroso, y se puso a reflexionar: si cruzas y todo va bien, bien está; pero si no va bien, te caes al Wupper, y entonces los reformados dirán que así tenía que ser; pero no tiene que ser así. Así que se dio la vuelta, buscó un vado y lo cruzó con el agua hasta la cintura, con la dichosa sensación de haber privado a los reformados de un triunfo.
Cuando quedó vacante una plaza en Elberfeld, eligieron allí a Krummacher, y en Barmen desapareció enseguida toda discordia, mientras que en Elberfeld se avivó aún mucho más. Ya el sermón de toma de posesión de Krummacher irritó a unos y entusiasmó a otros; la discordia fue creciendo cada vez más, sobre todo porque pronto cada predicador, aunque todos tenían las mismas opiniones, tuvo su propio partido, que constituía su único auditorio. Más tarde la gente se cansó del asunto, y cesó el eterno griterío de «yo soy de Krummacher», «yo soy de Kohl», etc., no por amor a la paz, sino porque los partidos se separaban cada vez más claramente.
Krummacher es innegablemente un hombre de extraordinario talento retórico, y también poético; sus sermones nunca son aburridos, su ilación es segura y natural; es especialmente fuerte en las descripciones sombrías —su descripción del infierno es siempre nueva y atrevida, por muchas veces que aparezca— y en las antítesis. En cambio, se atiene muy a menudo a la fraseología bíblica y a las imágenes que en ella se dan, que, aunque casi siempre las aplica con ingenio, a la larga no pueden menos que repetirse; entre ellas se encuentra luego una imagen prosaica de la vida corriente o un relato de sus propias andanzas y de sus experiencias más insignificantes. Todo lo lleva al púlpito, venga o no a cuento; hace poco obsequió a sus devotos oyentes, en dos sermones, con un viaje a Wurtemberg y a Suiza, en el que habló de sus cuatro victoriosas disputas con Paulus en Heidelberg y con Strauss en Tubinga,8 por cierto de modo muy distinto a como se expresa Strauss sobre ello en una carta. Su declamación es buena en algunos pasajes, y su gesticulación violenta y aparatosa a menudo está bien traída; pero a veces es amanerada y de mal gusto más allá de todo lo imaginable. Entonces corre por el púlpito en todas direcciones, se inclina hacia todos los lados, golpea el borde, patea como un caballo de batalla y grita de tal modo que retumban los cristales y la gente se sobresalta en la calle. Entonces los oyentes empiezan a sollozar; primero lloran las muchachas, las viejas se suman con un soprano desgarrador, los pietistas del aguardiente, sin nervio, a quienes sus palabras calarían hasta los huesos si aún les quedara tuétano en ellos, completan la disonancia con sus lamentos, y entre todo ese aullido resuena su voz potente, con la que pinta a toda la asamblea innumerables sentencias de condenación o escenas diabólicas.
¡Y luego su doctrina! No se comprende cómo un hombre puede creer cosas que están en la contradicción más directa con la razón y con la Biblia. Sin embargo, Krummacher ha acuñado la doctrina con tal rigor, y la ha seguido y mantenido en todas sus consecuencias, que no se puede rechazar nada en cuanto se admite el fundamento, a saber, la incapacidad del hombre para querer el bien por sus propias fuerzas, y no digamos para hacerlo. De ahí se sigue la necesidad de una capacitación venida de fuera, y puesto que el hombre ni siquiera puede querer el bien, Dios tiene que imponerle esa capacitación. Del libre albedrío de Dios se sigue ahora la concesión arbitraria de la misma, que además se apoya, al menos en apariencia, en la Escritura. Sobre ese modo de sacar consecuencias descansa toda la doctrina; los pocos elegidos se salvan nolentes, volentes, quieran o no, y los demás, por tanto, se condenan, por toda la eternidad. «¿Por toda la eternidad? ¡Sí, por toda la eternidad!» (Krummacher). Además, está escrito: Nadie viene al Padre sino por mí; pero los paganos no pueden llegar al Padre por Cristo, porque no conocen a Cristo; luego todos ellos existen solo para llenar el infierno. Entre los cristianos hay muchos llamados y pocos escogidos; pero los muchos llamados solo lo son en apariencia, y Dios se guardó muy bien de llamarlos con tanta fuerza que obedecieran; todo para gloria de Dios y para que no tengan excusa. Luego está escrito también: La sabiduría de Dios es locura para los sabios de este mundo; para los místicos esto es una orden de hacer su fe lo más disparatada posible, para que la sentencia se cumpla a toda costa. Cómo concuerda todo esto con la doctrina de los apóstoles, que hablan del culto racional y de la leche racional del Evangelio,9 es un misterio demasiado alto para la razón.
Tales doctrinas echan a perder todos los sermones de Krummacher; los únicos pasajes en que no destacan tanto son aquellos en que habla del contraste entre la opulencia terrenal y la humildad de Cristo, o entre el orgullo de los príncipes del mundo y Dios. Ahí asoma muy a menudo todavía un rayo de su antigua demagogia, y si no hablara entonces de modo tan general, el gobierno no se quedaría callado.
El valor estético de sus sermones solo lo aprecian muy pocos en Elberfeld; pues si se le compara con sus tres colegas, que tienen casi todos un auditorio igual de numeroso, él aparece como un uno y los demás como otros tantos ceros detrás, que solo sirven para aumentar su valor. El más viejo de estos ceros se llama Kohl, nombre que define a la vez sus sermones;10 el segundo, Hermann, que no es descendiente de aquel a quien ahora levantan un monumento que ha de sobrevivir a la historia y a Tácito;11 el tercero, Ball, es decir, la pelota de Krummacher; los tres sumamente ortodoxos y, en sus sermones, seguidores de los lados malos de Krummacher. Pastores luteranos de Elberfeld son: Sander y Hülsmann, que antes, cuando el primero estaba aún en Wichlinghausen y andaba enredado en la conocida disputa con Hülsmann de Dahle, ahora en Lennep, hermano del actual colega de Sander, se tiraban furiosamente de los pelos. En su puesto actual ambos se comportan con dignidad el uno con el otro, pero los pietistas tratan de resucitar la discordia reprochando siempre a Hülsmann toda clase de faltas contra Sander. El tercero en discordia es Döring, cuya distracción es muy original; no es capaz de decir tres frases seguidas con coherencia, pero en cambio de las tres partes de un sermón hace cuatro repitiendo una palabra por palabra sin notar lo más mínimo. Probatum est, está probado. De sus poesías hablaremos más adelante.
Entre los predicadores de Barmen no hay mucha diferencia; todos estrictamente ortodoxos, con una mezcla mayor o menor de pietismo. Solo Stier, en Wichlinghausen, merece cierta atención. Jean Paul lo conoció, al parecer, de muchacho y descubrió en él dotes extraordinarias. Fue pastor en Frankleben, cerca de Halle, y en esa época publicó varios escritos poéticos y en prosa: una mejora del catecismo de Lutero, un sucedáneo del mismo y un librito de ayuda para maestros estúpidos, y no menos una obrita sobre la penuria de los himnarios en la provincia de Sajonia, que la Evangelische Kirchenzeitung elogió sobremanera12 y que al menos contenía opiniones más sensatas sobre los cánticos de iglesia que las que se oyen en el bendito Wuppertal, aunque todavía aparece en ella más de una sentencia infundada. Sus poesías son aburridísimas, y además ha tenido el mérito de hacer digeribles para los ortodoxos algunas poesías paganas de Schiller. Por ejemplo, de «Los dioses de Grecia»:13
Cuando aún regíais el mundo vano
con el lazo engañoso del pecado,
y guiabais, durante largas generaciones,
¡seres vacíos del país de la fábula!
¡Ay, cuando aún brillaba vuestro culto pecador,
qué distinto, qué distinto era entonces!
¡Cuando aún se coronaban tus templos,
Venus Amatusia!
¡Verdaderamente muy ingenioso, y hasta auténticamente místico! Desde hace medio año Stier ocupa en Wichlinghausen el puesto de Sander, pero todavía no ha enriquecido la literatura de Barmen.
Una localidad cercana a Elberfeld, Langenberg, pertenece todavía al Wuppertal por todo su carácter. La misma industria que allí, el mismo espíritu pietista. Allí está Emil Krummacher, hermano de Friedrich Wilhelm; no es un predestinacionista tan cerrado como este, pero lo imita mucho, como muestra este pasaje de su último sermón de Navidad:
«Con los cuerpos terrenales estamos sentados aquí todavía, es verdad, en los bancos de madera, pero nuestros espíritus se elevan con millones de creyentes al monte santo, y después de haber oído allí el júbilo de las huestes celestiales, bajan a la pobre Belén. ¿Y qué ven allí? Primero un pobre establo, y en el pobre, pobre establo un pobre pesebre, y en el pobre pesebre pobre, pobre heno y paja, y sobre el pobre, pobre heno y paja yace, como el pobre hijo de un mendigo en pobres pañales, el rico Señor del mundo».
Ahora habría que hablar todavía de la Casa de Misiones, pero las Harfenklänge («Sones de arpa») de un ex misionero, ya mencionados antes en estas páginas, dan suficiente testimonio del espíritu que allí reina. Su inspector, el doctor Richter, es por lo demás un hombre docto, notable orientalista y naturalista, y publica además una «Biblia doméstica comentada».
Así es el tinglado de los pietistas en el Wuppertal; no se comprende que en nuestro tiempo puedan surgir todavía cosas así; pero parece, con todo, que tampoco esta roca del viejo oscurantismo puede resistir ya la corriente impetuosa del tiempo; la arena se va con el agua, la roca se derrumba y la caída es grande.14
II
Telegraph für Deutschland, núms. 57 y 59, abril de 1839
En una comarca tan llena de beatería pietista, se entiende por sí solo que esta, extendiéndose en todas direcciones, penetra y corrompe cada una de las esferas de la vida. Su poder principal lo ejerce sobre la enseñanza, y ante todo sobre las escuelas populares. Una parte de ellas está por completo en sus manos: son las escuelas parroquiales, de las que cada comunidad tiene una. Más libres ya, aunque todavía bajo la vigilancia del escolarcado eclesiástico, están las demás escuelas populares, sobre las que la administración civil tiene más influencia. Y aquí saltan a la vista los efectos entorpecedores del misticismo; pues mientras las escuelas parroquiales, como antaño bajo el difunto príncipe elector Carlos Teodoro,15 no inculcan a sus alumnos, además de leer, escribir y contar, más que el catecismo, en las otras se enseñan al menos los rudimentos de algunas ciencias y también algo de francés, y muchos alumnos, estimulados por ello, procuran seguir formándose aun después de dejar la escuela. Estas escuelas progresan con fuerza y, desde la llegada del gobierno prusiano, han dejado muy atrás a las parroquiales, a las que entonces iban muy a la zaga. Pero las escuelas parroquiales son mucho más frecuentadas, porque salen mucho más baratas y porque muchos padres siguen mandando allí a sus hijos, en parte por apego y en parte porque ven en el progreso de los niños un predominio del espíritu mundano.
De centros de enseñanza superior, el Wuppertal mantiene tres: la escuela municipal de Barmen, la escuela real de Elberfeld y el gimnasio de esta misma ciudad.16
La escuela municipal de Barmen, muy pobremente dotada y por eso muy mal provista de profesores, hace sin embargo todo lo que está en su mano. Está por completo en manos de un patronato estrecho y tacaño que en general solo elige como profesores a pietistas. El director, que tampoco es ajeno a esta tendencia, desempeña sin embargo su cargo con principios firmes y sabe asignar con mucha habilidad su sitio a cada profesor. Le sigue el señor Johann Jakob Ewich, que sabe enseñar bien con un buen manual y que en la enseñanza de la historia es ferviente partidario del sistema anecdótico de Nösselt. Es autor de muchos escritos pedagógicos, el mayor de los cuales —es decir, por su extensión— lleva por título Human, Wesel, en casa de Bagel, dos tomos, 40 pliegos, precio 1 tálero. Todos están llenos de ideas elevadas, de buenos deseos y de propuestas irrealizables. Se dice que su práctica pedagógica se queda muy por detrás de su hermosa teoría.
El doctor Philipp Schifflin, segundo profesor titular, es el profesor más competente de la escuela. Quizá nadie en Alemania haya penetrado tan hondo como él en la estructura gramatical del francés moderno. No partió del romance antiguo, sino que tomó la lengua clásica del siglo pasado, sobre todo la de Voltaire, y pasó de ella al estilo de los autores más recientes. Los resultados de sus investigaciones se encuentran en su Anleitung zur Erlernung der französischen Sprache, in drei Cursen («Guía para el aprendizaje de la lengua francesa, en tres cursos»), de los que el primero y el segundo han salido ya en varias ediciones y el tercero aparece ahora por Pascua. Es sin duda, junto con la de Knebel, la mejor gramática francesa que tenemos; desde la aparición del primer curso obtuvo un aplauso sin medida y goza ya de una difusión casi sin precedentes por toda Alemania, hasta Hungría y las provincias rusas del Báltico.
Los demás profesores son jóvenes salidos del seminario de maestros, de los que algunos se han formado con solidez, mientras que otros andan preñados de un caos de toda clase de ciencias. El mejor de estos profesores jóvenes era el señor Köster, amigo de Freiligrath, de quien hay en un programa escolar un esbozo de poética en el que excluía por completo la poesía didáctica y subordinaba a la épica o a la lírica los géneros que de ordinario se le asignan; el artículo daba prueba de inteligencia y claridad. Lo llamaron a Düsseldorf, y como los señores del patronato sabían que era enemigo de toda beatería, lo dejaron marchar con mucho gusto. El contraste con él lo forma otro profesor que, cuando un alumno de cuarta le preguntó quién había sido Goethe, respondió: «Un hombre impío».
La escuela real de Elberfeld está muy bien dotada y puede por eso elegir profesores más competentes y organizar un plan de estudios más completo. En cambio reina en ella esa espantosa manía de los cuadernos de apuntes que puede embrutecer a un alumno en medio año. Además, de dirección se nota poca; el director está de viaje la mitad del año y solo deja sentir su presencia con un rigor exagerado. Unida a la escuela real hay una escuela de oficios en la que los alumnos se pasan media vida dibujando. De los profesores merece mención el señor doctor Kruse, que estuvo seis semanas en Inglaterra y escribió una obrita sobre la pronunciación inglesa que se hace notar por su extraordinaria inutilidad; los alumnos tienen muy mala fama y son la causa de las quejas de Diesterweg sobre la juventud de Elberfeld.17
El gimnasio de Elberfeld está en una situación muy apurada, pero es reconocido como uno de los mejores del Estado prusiano. Es propiedad de la comunidad reformada; tiene poco que sufrir de su misticismo, porque los predicadores no se ocupan de él y los escolarcas no entienden nada de asuntos del gimnasio; pero tanto más de su tacañería. Estos señores no tienen la menor idea de la excelencia de la enseñanza de los gimnasios prusianos, procuran desviarlo todo, dinero y alumnos, hacia la escuela real, y luego reprochan al gimnasio que no logre cubrir siquiera sus gastos con lo que pagan los alumnos. Ahora se negocia que el gobierno, que tiene mucho interés en ello, se haga cargo del gimnasio; si no se llegara a eso, en pocos años tendría que cerrarse por falta de medios. La elección de los profesores está ahora también en manos de los escolarcas, gente que sabe pasar con toda corrección un asiento al libro mayor, pero que no tiene idea de griego, latín ni matemáticas. El principio supremo de sus nombramientos es: antes un chapucero reformado que un luterano competente, o no digamos un católico. Pero como entre los filólogos prusianos hay muchos más luteranos que reformados, casi nunca han podido seguir del todo este principio.
El doctor Hantschke, profesor real y director interino, es de Luckau, en Lusacia, escribe un latín ciceroniano en verso y en prosa y es también autor de varios sermones, de escritos pedagógicos y de un libro de ejercicios de hebreo. Hace mucho que sería director en propiedad si no fuera luterano y el escolarcado fuera menos avaro.
El doctor Eichhoff, segundo profesor titular, escribió con su colega más joven, el doctor Beltz, una gramática latina que, sin embargo, F. Haase no reseñó muy favorablemente en la Allgemeine Litteratur-Zeitung. Su fuerte es el griego.
El doctor Clausen, tercer profesor titular, es sin duda el hombre más competente de toda la escuela, versado en todas las materias y sobresaliente en historia y literatura. Su exposición es de una gracia poco común; es el único que sabe despertar en los alumnos el sentido de la poesía, ese sentido que de otro modo tendría que marchitarse miserablemente entre los filisteos del Wuppertal. Como escritor, que yo sepa, solo se ha dado a conocer con una disertación de programa escolar, «Píndaro el lírico», que, según dicen, le ha dado gran fama entre los profesores de gimnasio dentro y fuera de Prusia. A las librerías, naturalmente, no ha llegado.
Estas tres escuelas no se fundaron hasta 1820; antes solo había en Elberfeld y en Barmen una escuela rectoral en cada una y un montón de institutos privados que no podían dar una formación sólida. Sus efectos todavía se notan en los comerciantes más viejos de Barmen. De cultura, ni idea; quien sabe jugar al whist y al billar, hablar un poco de política y hacer un cumplido con soltura pasa en Barmen y en Elberfeld por hombre culto. Es una vida espantosa la que lleva esta gente, y sin embargo están tan contentos con ella; durante el día se sumergen en las cifras de sus cuentas, y con una furia, con un interés que cuesta creerlo; por la noche, a la hora fija, todos se van a las tertulias, donde juegan a las cartas, hablan de política y fuman, para volver a casa al dar las nueve. Así todos los días, sin cambio alguno, y ¡ay del que se les cruce!; puede estar seguro de caer en la más profunda desgracia de todas las primeras casas. Los jóvenes son bien adiestrados en la escuela de sus padres, y prometen mucho para llegar a ser como ellos. Sus temas de conversación son bastante monótonos; los de Barmen hablan más de caballos; los de Elberfeld, de perros; como mucho, se pasa revista a las bellezas o se parlotea de negocios, y eso es todo. Cada medio siglo hablan también de literatura, nombre bajo el que entienden a Paul de Kock, Marryat, Tromlitz, Nestroy y consortes. En política son, como muy buenos prusianos, porque están bajo dominio prusiano, a priori muy contrarios a todo liberalismo, y todo ello mientras plazca a Su Majestad dejarles el Código de Napoleón,18 pues con él desaparecería todo patriotismo. Nadie conoce la Joven Alemania en su significación literaria; pasa por una sociedad secreta, algo así como la demagogia, bajo la presidencia de los señores Heine, Gutzkow y Mundt.19 Algunos de estos nobles jóvenes han leído quizá algo de Heine, tal vez los Reisebilder («Cuadros de viaje»), saltándose las poesías que contienen, o Über den Denunzianten («Sobre el denunciante»),20 pero de los demás solo tienen las ideas oscuras que oyen en boca de los pastores o de los funcionarios. A Freiligrath lo conocen personalmente la mayoría, y tiene fama de buen camarada. Cuando llegó a Barmen, esta nobleza verde (así llama él a la juventud comerciante) lo colmó de visitas; pero pronto conoció su espíritu y se retiró; ellos, sin embargo, lo persiguieron, elogiaron sus poesías y su vino y se esforzaron con todas sus fuerzas por brindar a la hermandad con alguien que había hecho imprimir algo; porque para esta gente un poeta no es nada, pero un escritor lo es todo. Poco a poco Freiligrath rompió todo trato con esta gente y ahora solo se relaciona con unos pocos, desde que Köster dejó Barmen. Sus principales se han portado siempre con él, en su posición precaria, de manera muy correcta y amable; curiosamente, es un empleado de escritorio de lo más exacto y diligente.21 Hablar de su obra poética sería del todo superfluo, después de que Dingelstedt, en el Jahrbuch der Literatur, y Carrière, en los Jahrbücher de Berlín, la han juzgado con tanta precisión. Sin embargo, me parece que ninguno de los dos ha atendido lo bastante a cómo, a pesar de todo su vagar por la lejanía, está tan apegado a la patria. Así lo indican las frecuentes alusiones a cuentos populares alemanes, por ejemplo en la p. 54, la reina de los sapos, en la p. 87, Blancanieves, y otros, a los que en la p. 157 dedica todo un poema («En el bosque»); la imitación de Uhland («El halcón noble», p. 82; «Los oficiales carpinteros», p. 85; también la primera de las «Dos tumbas de caudillos» recuerda a él, y solo para su provecho); luego «Los emigrantes» y sobre todo su insuperable «Príncipe Eugenio». En estos pocos rasgos hay que fijarse tanto más cuanto más se pierde Freiligrath en la dirección opuesta. Una mirada profunda en su ánimo la abre también «El poeta emigrado», sobre todo los fragmentos impresos en el Morgenblatt; en ellos siente ya que en la lejanía no puede sentirse en casa si no echa raíces en una poesía auténticamente alemana.
En la literatura propiamente wuppertaliana, el lugar más importante lo ocupa el periodismo. A la cabeza está la Elberfelder Zeitung, dirigida por el doctor Martin Runkel, que bajo su inteligente dirección se ha ganado una fama considerable y bien merecida. Él asumió la redacción cuando dos periódicos, la Allgemeine y la Provinzialzeitung, se fundieron en uno; el periódico nació bajo auspicios no muy favorables; la Barmer Zeitung le hizo la competencia, pero Runkel, a fuerza de procurarse corresponsales propios y con sus artículos de fondo, lo ha convertido poco a poco en uno de los primeros periódicos del Estado prusiano. En Elberfeld, donde los artículos de fondo los leen muy pocos, encontró escaso reconocimiento, pero fuera tanto más, a lo que puede haber contribuido también la decadencia de la Preußische Staats-Zeitung. El suplemento literario, el Intelligenzblatt, no se eleva por encima de lo corriente. La Barmer Zeitung, cuyos editores, redactores y censores han cambiado a menudo, está ahora bajo la dirección de H. Püttmann, que a veces aparece como crítico en la Abendzeitung. Bien querría él levantar el periódico, pero la tacañería, muy fundada, del editor le ata las manos. El folletín, lleno de algunos poemas suyos, reseñas o extractos de obras mayores, tampoco basta. El Wuppertaler Lesekreis («Círculo de lectura del Wuppertal») que lo acompaña vive casi solo de la Europa de Lewald. Aparecen además el Täglicher Anzeiger de Elberfeld con su Fremdenblatt, una criatura de la Dorfzeitung, insuperable en poemas desgarradores y chistes malos, y el Barmer Wochenblatt, un viejo gorro de dormir al que a cada momento le asoman las orejas de asno pietistas por debajo de la piel de león literaria.
Del resto de la literatura, la prosa no vale nada; si quito los escritos teológicos o, más bien, pietistas, y algunas obritas sobre la historia de Barmen y de Elberfeld, redactadas muy por encima, no queda nada. Pero la poesía encuentra abundante cultivo en el «bendito valle», y un buen número de poetas ha establecido allí su residencia.
Wilhelm Langewiesche, librero en Barmen e Iserlohn, escribe con el nombre de W. Jemand; su obra principal es una tragedia didáctica, Der ewige Jude («El judío errante»), que no llega, desde luego, a la altura de la versión que hizo Mosen del mismo tema. Como editor es el más importante de sus competidores del Wuppertal, lo cual por otra parte es muy fácil, puesto que dos de ellos, Hassel en Elberfeld y Steinhaus en Barmen, solo publican pietismo puro. Freiligrath vive en su casa.
Karl August Döring, predicador en Elberfeld, es autor de un montón de escritos en prosa y en verso; de él vale lo que dijo Platen: Son un río caudaloso que nadie atraviesa a nado hasta el final.
En sus poesías distingue entre cánticos espirituales, odas y poemas líricos. A veces, a mitad del poema, ya ha olvidado el principio y se mete entonces en regiones muy peculiares; de las islas de los mares del Sur y sus misioneros pasa al infierno, y de los suspiros del alma contrita al hielo del Polo Norte.
Lieth, director de una escuela de niñas de Elberfeld, autor de poesías para niños escritas en su mayoría a una manera ya anticuada y que no resisten la comparación con las de Rückert, Güll y Hey; aunque entre ellas hay también algunas cosas bonitas.
Friedrich Ludwig Wülfing, indiscutiblemente el mayor poeta del Wuppertal, natural de Barmen, es un hombre en el que la genialidad es imposible de desconocer. Si se ve a un hombre larguirucho, de unos cuarenta y cinco años, envuelto en una larga levita castaña rojiza que tiene la mitad de años que su dueño, sobre los hombros un rostro indescriptible, sobre la nariz unas gafas doradas en cuyos cristales se quiebran las miradas radiantes de sus ojos, la cabeza coronada con una gorra verde, en la boca una flor, en la mano un botón que acaba de arrancarse de la levita, ese es el Horacio de Barmen. Día tras día se pasea por el Hardtberg esperando a ver si le sale al paso una rima nueva o una nueva amada. Hasta los treinta años rindió culto a Palas Atenea como hombre industrioso; luego cayó en manos de Afrodita, que le llevó nueve dulcineas una tras otra; estas son sus musas. Que no nos hablen de Goethe, que a todo le sacaba un lado poético, ni de Petrarca, que convertía en soneto cada mirada, cada palabra de la amada: no le llegan a Wülfing ni de lejos. ¿Quién cuenta los granos de arena que estruja el pie de la amada? Eso lo hace el gran Wülfing. ¿Quién canta las medias de Minchen (la Clío de las nueve musas) manchadas en un prado pantanoso? Solo Wülfing. Sus epigramas son obras maestras de la grosería más original y más popular. Cuando murió su primera mujer, escribió una esquela que hizo llorar a todas las criadas, y una elegía mucho más hermosa todavía: «¡Guillermina, el más bello de los nombres!». Seis semanas después ya volvía a estar prometido, y ahora tiene la tercera mujer. Este hombre ingenioso tiene cada día planes distintos. Cuando estaba en plena época de esplendor poético, quería hacerse unas veces botonero, otras labrador, otras papelero; al final ha ido a parar al puerto de la fabricación de velas, para hacer brillar su luz de algún modo. Sus escritos son como la arena del mar.
Montanus Eremita, un anónimo de Solingen, pertenece también aquí, como amigo vecino. Es el historiógrafo más poético de la tierra de Berg; sus versos son menos disparatados que aburridos y prosaicos.
Lo mismo Johann Pol, pastor en Heedfeld, cerca de Iserlohn, que escribió un tomito de poesías.
Los reyes vienen de Dios, y los misioneros también,
pero el poeta Goethe viene solo de los hombres.
Esto muestra el espíritu de todo el tomo. Pero también tiene ingenio, pues dice: «Los poetas son luces, los filósofos son doncellas de la verdad».22 Y qué fantasía hay en los dos primeros versos de su balada «Atila en el Marne»:
Como aludes monstruosos, cortante y duro como espada y pedernal,
rueda entre escombros y ciudades en llamas hacia la Galia Godegisel.
También ha compuesto salmos, o más bien los ha montado con fragmentos de David. Su obra principal es la celebración de la disputa entre Hülsmann y Sander, y de un modo muy original: en epigramas. Todo gira allí en torno a la idea de que los racionalistas se atrevieron:
a injuriar y a blasfemar contra el Señor Señor.
Ni Voss ni Schlegel tuvieron nunca un espondeo tan perfecto al final de un hexámetro.23 Sabe dividir sus poesías mejor aún que Döring; las divide en «Cantos y canciones espirituales y poesías varias».
F. W. Krug, candidato en teología, autor de primicias poéticas o reliquias prosaicas,24 traductor de varios sermones holandeses y franceses, escribió también una conmovedora novela corta al gusto de Stilling,25 en la que, entre otras cosas, presenta una nueva prueba de la verdad del relato mosaico de la creación. El libro es divertidísimo.
Para terminar, tengo que mencionar todavía a un joven de mucho ingenio que tiene la idea de que, si Freiligrath es a la vez dependiente de comercio y poeta, él también tiene que poder serlo. Es de esperar que la literatura alemana se vea pronto enriquecida con algunas de sus novelas cortas, que no son superadas por las mejores; los únicos defectos que se les pueden reprochar son lo trillado de la acción, lo precipitado del plan y lo descuidado del estilo. Con mucho gusto daría un extracto de una de ellas si la decencia no lo prohibiera; pero quizá pronto algún librero se apiade del gran D. (no me atrevo a dar su nombre entero, porque de lo contrario su modestia herida lo llevaría a ponerme un pleito por injurias) y publique sus novelas. Dice además que es amigo muy íntimo de Freiligrath.
Estas son, más o menos, las manifestaciones literarias del famosísimo valle, a las que quizá habría que añadir algunos genios vigorosos, encendidos por el vino, que de vez en cuando prueban a rimar y que recomiendo mucho al doctor Duller para que los retrate en una nueva novela. Toda la comarca está anegada por un mar de pietismo y de filisteísmo, y lo que sobresale de él no son islas hermosas y floridas, sino solo escollos secos y desnudos o largos bancos de arena, y Freiligrath vaga entre ellos como un marino a la deriva.
Los partidarios de la Ilustración y del racionalismo en religión. La expresión no alude todavía a la asociación protestante de los «Amigos de la Luz» (Lichtfreunde), fundada en 1841. ↩
Literalmente, «por la barba del emperador» (um des Kaisers Bart), locución alemana que designa una disputa sobre algo que no existe o no importa. ↩
Elberfeld y Barmen pertenecían al antiguo ducado de Berg; al este de Barmen empezaba el condado de la Marca, que era prusiano desde el siglo XVII. Desde 1815 todo el valle estaba en la provincia prusiana del Rin; Engels había nacido en Barmen en 1820. ↩
Die Feinen, «los finos»: así se llamaba en el Wuppertal a los pietistas, que se tenían por los verdaderamente piadosos. ↩
Gottfried Daniel Krummacher (1774-1837), predicador reformado en Elberfeld desde 1816. Su hermano Friedrich Adolf Krummacher (1767-1845), predicador en Bremen, era conocido por sus Parábolas. Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), hijo de este, fue predicador en Barmen y desde 1834 en Elberfeld; era el orador más famoso del pietismo reformado alemán. ↩
El papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV se enfrentaron en la querella de las investiduras; en 1077 el emperador excomulgado tuvo que presentarse como penitente ante el papa en Canossa. ↩
Los gimnastas (Turner) del movimiento de Friedrich Ludwig Jahn y las asociaciones de estudiantes (Burschenschaften) defendían tras las guerras contra Napoleón la unidad nacional y una constitución; en la fiesta de Wartburg (octubre de 1817) se reunieron cientos de estudiantes. Después de 1819 se los persiguió como «demagogos». ↩
Heinrich Eberhard Gottlob Paulus (1761-1851), teólogo racionalista de Heidelberg. David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de Das Leben Jesu («La vida de Jesús», 1835-1836), que trataba los Evangelios como mitos y provocó un enorme escándalo. ↩
Alusión a Romanos 12, 1 («vuestro culto racional») y a 1 Pedro 2, 2, donde la Biblia de Lutero habla de la «leche racional y pura» (vernünftige lautere Milch) que deben desear los creyentes. ↩
Kohl significa «col» y, en sentido familiar, «palabrería, disparate». ↩
Hermann (Arminio), el jefe de los queruscos que derrotó a las legiones romanas en el bosque de Teutoburgo (9 d. C.), conocido sobre todo por Tácito. En 1838 se había empezado a levantar en su honor un gran monumento cerca de Detmold. ↩
Rudolf Stier (1800-1862), teólogo y predicador. La Evangelische Kirchenzeitung de Berlín, dirigida por Ernst Wilhelm Hengstenberg, era el órgano de la ortodoxia protestante. ↩
Stier convierte la nostalgia del mundo antiguo de Schiller en condena del paganismo. Los versos de Schiller dicen: «Cuando aún regíais el hermoso mundo, / cuando aún guiabais con las leves andaderas de la alegría / a generaciones dichosas, / ¡bellos seres del país de la fábula! / ¡Ay, cuando aún brillaba vuestro culto de delicias, / qué distinto, qué distinto era entonces! / ¡Cuando aún se coronaban tus templos, / Venus Amatusia!». ↩
Engels parodia el final del Sermón de la Montaña (Mateo 7, 26-27), donde la casa construida sobre arena se derrumba y «fue grande su caída». ↩
Carlos Teodoro (1724-1799), príncipe elector del Palatinado y de Baviera y duque de Berg. ↩
La escuela real (Realschule) era un centro de enseñanza secundaria sin latín ni griego, orientado a las ciencias y a las lenguas modernas; el gimnasio (Gymnasium), el centro de enseñanza clásica que daba acceso a la universidad. Engels había estudiado en la escuela municipal de Barmen y en el gimnasio de Elberfeld hasta 1837. ↩
Adolph Diesterweg (1790-1866), pedagogo liberal, director del seminario de maestros de Berlín. ↩
En la provincia del Rin siguió en vigor tras 1815 el derecho francés (el Código civil de Napoleón, el jurado, la publicidad de los procesos), que la burguesía renana defendía frente al derecho prusiano. ↩
La Joven Alemania (Junges Deutschland) fue un grupo de escritores liberales de la década de 1830 (Karl Gutzkow, Heinrich Laube, Theodor Mundt, Ludolf Wienbarg, Gustav Kühne), cuyos escritos, junto con los de Heine, prohibió la Dieta federal en 1835. ↩
Escrito de Heine (1837) contra el crítico Wolfgang Menzel, que había denunciado a la Joven Alemania por inmoral y antirreligiosa. ↩
Ferdinand Freiligrath (1810-1876), poeta, trabajaba entonces como empleado de comercio en Barmen. Más tarde se pasó a la poesía política y en 1848-1849 fue redactor de la Neue Rheinische Zeitung de Marx. ↩
En el original riman: Die Dichter sind Lichter, die Philosophen sind der Wahrheit Zofen. ↩
Johann Heinrich Voss, traductor de Homero, y August Wilhelm Schlegel cultivaron el hexámetro alemán, cuyo final exige un espondeo (dos sílabas largas). Pol lo consigue repitiendo la palabra «Señor» (den Herrn Herrn). ↩
Juego con el título del libro de Krug, Poetische Erstlinge und prosaische Reliquien («Primicias poéticas y reliquias en prosa»). ↩
Johann Heinrich Jung, llamado Jung-Stilling (1740-1817), escritor pietista, autor de una célebre autobiografía. ↩