Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que usaba entonces junto con «F. O.», en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núm. 202, de noviembre de 1839, pp. 1609-1611, y núm. 203, de diciembre de 1839, pp. 1619-1622. Traducido de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 57-61, por la Escuela de marxismo, 2026. Las cursivas reproducen el espaciado de la MEGA. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Por Friedrich Oswald
Soy un sultán salvaje y agitado por la tormenta,
mi ejército, las figuras acorazadas del canto;
en torno a mi frente ha puesto la pena
el turbante en pliegues llenos de misterio —
Con estas palabras ampulosas se presentó el señor Beck,1 pidiendo entrada, ante las filas de los poetas alemanes; en los ojos, la orgullosa conciencia de su vocación; en la boca, un gesto moderno de dolor del mundo. Así tendió la mano hacia el laurel. Desde entonces han pasado dos años; ¿cubre el laurel, reconciliador, los «pliegues misteriosos» de su frente?
En su primera colección de poemas había una gran audacia. «Canciones acorazadas», una «Biblia nueva», una «joven Palestina»: ¡el poeta de veinte años saltó del último curso del liceo directamente al tercer cielo! Era un fuego como no ardía desde hacía mucho, un fuego que echaba mucho humo porque venía de leña demasiado verde y fresca.
La joven literatura se desarrolló tan deprisa y con tanto brillo que sus adversarios comprendieron que con desautorizarla o condenarla con altanería tenían más que perder que ganar. Era ya hora de examinarla con más atención y de atacar sus verdaderas debilidades. Con ello se reconocía, claro está, a la joven literatura como de igual rango. Y pronto se le encontró un buen número de esos lados débiles, fueran reales o aparentes, que eso aquí no nos importa; pero lo que se afirmó con más fuerza fue que la difunta Joven Alemania quería derribar la lírica. Es cierto: Heine combatió a los suabos;2 Wienbarg hizo observaciones amargas sobre la lírica de todos los días y su eterna monotonía; Mundt rechazó toda lírica como impropia de la época y profetizó un mesías literario de la prosa; aquello era demasiado. Los alemanes hemos estado siempre orgullosos de nuestras canciones; si el francés se jactaba de la Carta conquistada por él mismo y se burlaba de nuestra censura, nosotros señalábamos con orgullo la filosofía de Kant a Hegel y la serie de canciones del Ludwigslied a Nikolaus Lenau.3 ¿Y ahora iban a arruinarnos ese tesoro lírico? He aquí que llega la lírica de la «joven literatura», con Franz Dingelstedt, Ernst von der Haide, Theodor Creizenach y Karl Beck.
Poco antes de los Poemas de Freiligrath salieron las Noches de Beck.4 Ya se sabe la sensación que causaron las dos colecciones. Se alzaron dos jóvenes líricos a los que por entonces ninguno de los más jóvenes podía ponerse al lado. La relación entre Beck y Freiligrath la trató Kühne en la Elegante Zeitung5 con su manera, conocida por los Caracteres. A esta crítica quisiera aplicarle las palabras de Wienbarg sobre G. Pfizer.6
Las Noches son un caos. Todo está revuelto, abigarrado y sin orden. Imágenes, a menudo audaces, como extrañas formaciones rocosas; gérmenes de una vida futura, pero anegados en un mar de frases; aquí y allá empieza ya a brotar una flor, a formarse una isla firme, a cuajar una capa de cristal. Pero todo es todavía confusión y desorden. No a Börne, sino al propio Beck se aplican estas palabras:
Cómo se agitan las imágenes, salvajes y relampagueantes,
por mi cabeza bochornosa de tormenta, iracunda.
La imagen que nos da Beck de Börne en su primer ensayo es terriblemente torcida y falsa; no se puede ignorar en ella la influencia de Kühne. Aparte de que Börne nunca jamás habría hablado con esas frases, tampoco conoció todo ese desesperado dolor del mundo que le atribuye Beck. ¿Es ese el Börne lúcido, el carácter firme, inquebrantable, cuyo amor calentaba pero no quemaba, y a él menos que a nadie? No, ese no es Börne, es solo un ideal vago del poeta moderno, compuesto de coquetería heineana y de floripondios a lo Mundt, un ideal de cuya realización Dios nos libre. En la cabeza de Börne nunca se agitaron imágenes salvajes y relampagueantes, sus rizos no se encabritaron maldiciendo contra el cielo; en su corazón nunca sonó la medianoche, sino siempre la hora de la mañana, su cielo no era rojo sangre, sino siempre azul. Börne, por suerte, no era tan horriblemente desesperado como para haber podido escribir la «Noche decimoctava». Si Beck no hablara tanto del rojo de la vida con que escribe su Börne, creería que no ha leído el Comefranceses.7 Tome Beck el pasaje más melancólico del Comefranceses, y será día claro comparado con su afectada desesperación de noche de tormenta. ¿Es que Börne no es bastante poético por sí mismo? ¿Hay que sazonarlo primero con este dolor del mundo a la moda? A la moda, digo, porque nunca podré creer que algo así pertenezca a la verdadera poesía moderna. Precisamente la grandeza de Börne está en que se elevó por encima de los miserables floripondios y de las consignas de camarilla de nuestros días.
Antes aún de que pudiera formarse un juicio acabado sobre las Noches, Beck se presentó ya con una nueva serie de poesías. El poeta errante nos lo mostró por otro lado.8 La tormenta había amainado, el caos empezaba a ordenarse. No se esperaban descripciones tan excelentes como las que mostraban los cantos primero y segundo; no se había creído que Schiller y Goethe, caídos en las garras de nuestra pedante estética, pudieran dar materia para una composición tan poética como la que se ofrecía en el tercer canto; que la reflexión poética de Beck se cerniera tan tranquila, y casi filistea, sobre el Wartburg como en efecto lo hizo.
Con El poeta errante Beck había entrado formalmente en la literatura. Beck anunció unas Canciones calladas, y las revistas informaron de que trabajaba en una tragedia: Almas perdidas.
Pasó un año. Aparte de algunos poemas sueltos, Beck no dio señales de vida. Las Canciones calladas no llegaban y de las Almas perdidas no se sabía nada seguro. Por fin la Elegante trajo unos esbozos de novela suyos. Un ensayo en prosa de un autor así podía en todo caso reclamar atención. Dudo, sin embargo, que este ensayo haya satisfecho a ningún amigo de la musa de Beck. En algunas imágenes se reconocía al de antes; el estilo, cultivado con cuidado, podía llegar a quedar muy bonito; pero eso es todo lo bueno que puede decirse de este pequeño relato. Ni pensamientos profundos ni vuelo poético lo elevaban por encima de la esfera de la vulgar literatura de entretenimiento; la invención, bastante corriente y hasta fea; la ejecución, ordinaria.
En un concierto me dijo un amigo que habían llegado las Canciones calladas de Beck. Sonaba en ese momento el adagio de una sinfonía de Beethoven. Así, pensé, serán esas canciones; pero me había equivocado: había en ellas poco de Beethoven y mucho lamento a lo Bellini. Cuando tomé en la mano el cuadernito, me asusté. ¡Ya la primera canción, tan infinitamente trivial, de una manera tan barata, solo cuasi original por sus giros rebuscados!
De las Noches solo recuerda en estas canciones la enorme ensoñación. Que en las Noches se soñara mucho era disculpable; al Poeta errante se le perdonaba, pero ahora el señor Beck no sale del sueño. Ya en la página 3 se sueña; en la 4, la 8, la 9, la 15, la 16, la 23, la 31, la 33, la 34, la 35, la 40, etc., sueños por todas partes. A ello se suma una serie entera de «Imágenes de sueño». Sería ridículo si no fuera demasiado triste. La esperanza de originalidad tuvo que esfumarse, salvo algunos metros nuevos; en cambio, han de compensarnos ecos de Heine y una ingenuidad infantil sin límites que recorre de la manera más repugnante casi todas estas canciones. Sobre todo padece de ello la primera sección: «Canciones del amor. Diario de ella». De una llama ardiente, de un espíritu noble y vigoroso, como quiere ser Beck, no me habría esperado semejante papilla floja y repelente. Solo dos o tres canciones son soportables. «Diario de él» es algo mejor; ahí hay por lo menos aquí y allá una verdadera canción que puede compensarnos de los muchos disparates y desvaríos. El mayor de estos desvaríos del diario de él es «Una lágrima». Ya se sabe lo que Beck hizo antes en la poesía de las lágrimas. Entonces hacía «cruzar el dolor, ese corsario brutal y sangriento, por el mar callado de la lágrima», y chapotear en él «la pena, ese pez mudo y frío»; ahora se les añade algo más:
Lágrima, no en vano
estás llena y eres grande,
pues nada la felicidad
de mi vida en tu seno (!)
Nadan en ti tantas, tantas cosas,
mi amor y mi lira.
¡Lágrima, no en vano
estás llena y eres grande!
¡Qué cosa más necia! Las «Imágenes de sueño» contienen todavía lo mejor del cuaderno, y algunas canciones entre ellas son por lo menos sentidas. Sobre todo «¡Que duermas bien!», que, a juzgar por la fecha de su primera publicación en la Elegante, debe de pertenecer a las más tempranas de estas canciones. El poema final es de los mejores, solo algo retórico, y al final vuelve a estar «la lágrima, recio escudo del Espíritu del mundo».
Cierran el libro unos ensayos de balada. El rey de los gitanos, cuyo comienzo sabe mucho a la manera descriptiva de Freiligrath, es flojo al lado de los vivos cuadros de la vida gitana de Lenau, y el torrente de frases que quiere obligarnos a encontrar el poema fresco y vigoroso solo lo vuelve más repelente. En cambio, «La rosita» es un momento bien captado. El cuerpo de guardia húngaro pertenece a la categoría del Rey de los gitanos; la última balada de este ciclo es un ejemplo de cómo un poema puede tener versos fluidos y sonoros y hermosos floreos sin dejar por ello ninguna impresión particular. El Beck de antes, con tres imágenes certeras, habría hecho más visible al sombrío bandolero Janossyk.9 Y aún este tiene que soñar a última hora, en la penúltima página, y así acaba el cuaderno, pero no el poema, cuya continuación se promete para el segundo tomito. ¿Qué quiere decir esto? ¿Han de acabar las poesías como las revistas, con un «continuará»?
Las Almas perdidas las ha destruido el autor, según se dice, después de que la dirección de varios teatros las declarara irrepresentables como drama; ahora parece estar trabajando en otra tragedia, Saúl; al menos, la Elegante ha publicado el primer acto y la Theater-Chronik un gran prospecto de ella. Este acto ya se ha comentado en estas páginas. Por desgracia solo puedo confirmar lo que allí se dijo. Beck, cuya fantasía desordenada y a tientas lo incapacita para la representación plástica de caracteres y pone en boca de todos sus personajes las mismas frases; Beck, que con su concepción de Börne mostró lo poco que es capaz de comprender un carácter, no digamos de crearlo, no podía tener ocurrencia más desgraciada que escribir una tragedia. Beck tenía que tomar sin querer la exposición de un modelo recién aparecido,10 tenía que hacer hablar a su David y a su Merob en el tono lloriqueante del «Diario de ella», tenía que reproducir los cambios de ánimo de Saúl con la torpeza de una comedia de feria. Cuando se oye hablar a Moab, se comprende por fin el significado que tiene Abner en su modelo; ¿este Moab, este brutal y sangriento discípulo de Moloc, más cerca de la bestia que del hombre, había de ser el «espíritu maligno» de Saúl? Un hombre de la naturaleza no es todavía una bestia, y Saúl, que se opone a los sacerdotes, no por eso encuentra gusto en los sacrificios humanos. Y encima, el diálogo, acartonado sin medida, la lengua apagada, y solo algunas imágenes soportables, que no bastan para sostener ni un acto de una tragedia, recuerdan unas esperanzas que el señor Beck ya no parece capaz de cumplir.
Karl Isidor Beck (1817-1879), poeta nacido en Hungría, de familia judía, celebrado a los veinte años por Nächte. Gepanzerte Lieder (Leipzig, 1838). ↩
Heinrich Heine, en Der Schwabenspiegel (1838) y en otros escritos, se burló de los poetas de la escuela suaba (Uhland, Kerner, Gustav Schwab, Gustav Pfizer). Ludolf Wienbarg (1802-1872) y Theodor Mundt (1808-1861) eran, con Gutzkow y Laube, los nombres principales de la Joven Alemania. ↩
El Ludwigslied es un poema en alto alemán antiguo del siglo IX; Nikolaus Lenau (1802-1850), el gran lírico austriaco del momento. La Carta es la constitución francesa, revisada tras la revolución de julio de 1830. ↩
Ferdinand Freiligrath (1810-1876) publicó sus Gedichte en 1838, el mismo año que las Nächte de Beck. Franz Dingelstedt (1814-1881) y Theodor Creizenach (1818-1877) eran también poetas jóvenes del momento. ↩
Gustav Kühne (1806-1888), director de la Zeitung für die elegante Welt de Leipzig, la «Elegante», y autor de Weibliche und männliche Charaktere (1838). ↩
Gustav Pfizer (1807-1890), poeta suabo. ↩
Menzel der Franzosenfresser («Menzel el comefranceses», 1837), el último panfleto de Börne, contra el crítico nacionalista Wolfgang Menzel. ↩
Der fahrende Poet. Dichtungen (Leipzig, 1838), poema de Beck en varios cantos; el tercero lleva al poeta al Wartburg. ↩
Juraj Jánošík (1688-1713), bandolero eslovaco de leyenda. ↩
Probablemente el König Saul (1839) de Karl Gutzkow. ↩