Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que usaba entonces junto con «F. O.», en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núms. 186, 188, 189, 190 y 191, de noviembre de 1839. Traducido de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 49-56, por la Escuela de marxismo, 2026. Las negritas, que señalan los títulos de los libros populares, y las cursivas, que reproducen el espaciado de la letra, siguen la MEGA. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Por Friedrich Oswald

¿No es un gran elogio para un libro ser un libro popular, un libro popular alemán? Pero precisamente por eso podemos exigir mucho de un libro así; por eso ha de satisfacer todas las exigencias razonables y ser inatacable en su valor por todos los lados. El libro popular tiene la misión de alegrar, avivar y entretener al campesino cuando vuelve por la noche cansado de su dura jornada, de hacerle olvidar sus fatigas, de convertir su campo pedregoso en una rosaleda perfumada; tiene la misión de transformar por encantamiento el taller del artesano y la mísera buhardilla del aprendiz atormentado en un mundo de poesía, en un palacio de oro, y de mostrarle a su robusta novia bajo la figura de una bellísima princesa; pero tiene también la misión de aclararle, junto con la Biblia, su sentimiento moral, de hacerle consciente de su fuerza, de su derecho, de su libertad, de despertar su valor y su amor a la patria.

Si las exigencias que sin injusticia pueden hacerse en general a un libro popular son, pues, un rico contenido poético, un ingenio recio, una pureza moral y, para el libro popular alemán, un espíritu alemán vigoroso y honrado, cualidades que son las mismas en todo tiempo, tenemos además derecho a pedir que el libro popular corresponda a su época o deje de ser libro popular. Si miramos en particular el presente, la lucha por la libertad que provoca todas sus manifestaciones, el constitucionalismo que se va desarrollando, la resistencia contra la opresión de la aristocracia, la lucha del pensamiento con el pietismo, de la alegría con los restos de un sombrío ascetismo, no veo por qué habría de ser injusto pedir que el libro popular ayude en esto al hombre menos instruido y le muestre, aunque naturalmente no por deducción directa, la verdad y la racionalidad de estas tendencias; pero en ningún caso que fomente la mojigatería, el arrastrarse ante la nobleza, el pietismo. Se entiende por sí mismo, sin embargo, que las costumbres de tiempos pasados cuya práctica sería hoy un disparate o incluso una injusticia han de quedar fuera del libro popular.

Según estos principios podemos y debemos juzgar también los libros que hoy son de verdad libros populares alemanes y que suelen reunirse bajo ese nombre. Son en parte productos de la poesía medieval alemana o románica, en parte de la superstición popular. Despreciados y escarnecidos antes por las clases altas, los románticos los sacaron a la luz, los adaptaron y hasta los celebraron. Pero el romanticismo solo atendió a su contenido poético, y cuán incapaz fue de comprender su significado como libros populares lo muestra Görres en su obra sobre ellos.1 Que Görres, en general, poetiza todos sus juicios lo ha demostrado aún en estos últimos tiempos.2 Con todo, en su libro descansa todavía la opinión corriente sobre estos libros, y Marbach se remite aún a él al anunciar su edición. En la triple adaptación nueva de estos libros —la de Marbach en prosa, y dos de Simrock, una en prosa y otra en verso—,3 dos de las cuales vuelven a estar destinadas al pueblo, había una invitación a examinar otra vez con detenimiento el objeto de esas adaptaciones en su valor popular.

El juicio sobre el valor poético de estos libros ha de dejarse a cada uno mientras la poesía de la Edad Media en general se juzgue de maneras tan distintas; pero que son auténticamente poéticos no lo negará nadie. Así pues, aunque no puedan acreditarse como libros populares, no se les ha de mermar su contenido poético; más aún, según las palabras de Schiller:

Lo que ha de vivir inmortal en el canto
tiene que perecer en la vida,4

quizá más de un poeta encontraría un motivo más para salvar para la poesía, adaptándolo, lo que se muestra insostenible para el pueblo. — Entre aquellos de estos relatos que son de origen alemán y los de origen románico hay una diferencia muy significativa: los alemanes, auténticas leyendas populares, ponen en primer plano al hombre que actúa; los románicos destacan a la mujer, o bien directamente sufriente (Genoveva), o bien amante, y por tanto también pasiva frente a la pasión. Solo hay dos excepciones: los Hijos de Aimón y Fortunato, ambos románicos, pero también leyendas populares, mientras que Octaviano, Melusina, etc., son productos de la poesía cortesana que solo más tarde pasaron al pueblo mediante adaptaciones en prosa. — De los cómicos, tampoco hay más que uno que no sea de origen directamente alemán, Salomón y Marcolfo, mientras que Till Eulenspiegel, los vecinos de Schilda, etc., no nos los puede disputar nadie.

Si consideramos estos libros en su conjunto y los juzgamos según los principios expuestos al comienzo, está claro que solo satisfacen esas exigencias por un lado: tienen poesía e ingenio en abundancia, y en una forma comprensible en general aun para el más inculto; pero por el otro el conjunto no satisface en absoluto: algunos expresan justamente lo contrario, otros solo satisfacen en parte. Los fines particulares que el presente podría pedirles les faltan, naturalmente, por completo, como productos de la Edad Media que son. A pesar de la riqueza exterior de esta rama de la literatura y a pesar de las declamaciones de Tieck y de Görres, dejan, pues, todavía mucho que desear; si esta laguna podrá colmarse alguna vez es otra cuestión, que no me atrevo a responder.

Pasando ahora a lo particular, el más importante es sin duda la Historia de Sigfrido el de la piel de cuerno. — Este libro sí me gusta; es un relato que deja poco que desear: en él está la poesía más exuberante, contada unas veces con la mayor ingenuidad, otras con el más hermoso patetismo humorístico; hay en él un ingenio chispeante —¿quién no conoce el impagable episodio del combate de los dos cobardes?—. Hay carácter, un ánimo audaz, de juvenil frescura, del que cualquier oficial artesano en sus años de camino puede tomar ejemplo, aunque ya no tenga que luchar con dragones y gigantes. Y con solo corregir las erratas, de las que la edición que tengo delante (la de Colonia) anda sobradísima, y poner bien la puntuación, las refundiciones de Schwab y de Marbach5 palidecen ante este auténtico estilo popular. Y el pueblo se lo ha agradecido: ninguno de estos libros me lo he encontrado tan a menudo como este.

El duque Enrique el León. — De este libro no he podido procurarme, por desgracia, ningún ejemplar antiguo; la edición más reciente, impresa en Einbeck, parece haber ocupado por completo el lugar de la antigua. Va delante una genealogía de la casa de Brunswick, que llega hasta el año 1735; luego sigue la biografía del duque Enrique según la historia y después la leyenda popular. Van además añadidos un relato que cuenta de Godofredo de Bouillon lo mismo que la leyenda popular de Enrique el León, la historia del esclavo Andrónico, que se atribuye a un abad palestino Gerasimi y que al final se altera considerablemente, y un poema de la escuela romántica más reciente, cuyo autor no me viene a la memoria, en el que se cuenta otra vez la leyenda del león. Así desaparece por completo la leyenda, en la que descansa el libro popular, bajo los apéndices con que lo dotó la generosidad del sabio editor. La leyenda en sí es muy hermosa, pero lo demás no puede interesar; ¿qué le importa al suabo la historia de Brunswick? ¿Y qué pinta la moderna y verbosa romanza detrás del estilo sencillo del libro popular? — Aunque también este ha desaparecido; el genial refundidor, que me parece un párroco o un maestro de escuela de finales del siglo pasado, escribe del modo siguiente: «Así se había alcanzado la meta del viaje, la Tierra Santa estaba ante los ojos, se pisaba el suelo al que se unen los recuerdos más importantes de la historia religiosa. La piadosa sencillez que con tanto anhelo había mirado hacia aquí se convirtió aquí en ardiente devoción, encontró aquí plena satisfacción y se hizo la más viva alegría en el Señor». — Restablézcase la leyenda en su lengua antigua, añádanse, para completar un libro, otras auténticas leyendas populares, y envíese así entre el pueblo, y mantendrá despierto el sentido poético; pero en esta forma no merece circular entre el pueblo.

El duque Ernesto. — El autor de este libro no fue un poeta especial, pues encontró todos los elementos poéticos en el cuento oriental. Pero el libro está bien escrito y es muy entretenido para el pueblo; y eso es todo. En la realidad de las fantasías que aparecen en él ya no creerá nadie; por eso puede dejarse sin cambios en manos del pueblo.

Llego ahora a dos leyendas que creó y desarrolló el pueblo alemán, a lo más profundo que puede mostrar la poesía popular de todos los pueblos. Me refiero a la leyenda de Fausto y a la del judío errante. Son inagotables; toda época puede apropiárselas sin cambiar su esencia; y aunque las versiones de la leyenda de Fausto posteriores a Goethe pertenezcan a las Ilíadas post Homerum,6 siempre nos descubren aspectos nuevos, por no hablar de la importancia de la leyenda de Ahasvero para la poesía moderna. ¡Pero cómo contienen los libros populares estas leyendas! No están concebidas como productos de la libre fantasía, no, sino como hijas de una superstición servil; el libro del judío errante exige incluso una fe religiosa en su contenido, que trata de justificar con la Biblia y con muchas leyendas de santos de mal gusto; de la leyenda solo contiene lo más exterior, pero sí una larguísima y aburridísima exhortación cristiana sobre el judío Ahasvero. La leyenda de Fausto ha descendido a vulgar historia de brujería, adornada con anécdotas corrientes de magia; hasta la poca poesía que se conservaba en la comedia popular ha desaparecido casi por completo. Y no solo son estos dos libros incapaces de ofrecer un goce poético: en su forma actual tienen que reforzar y renovar la vieja superstición; ¿o qué otra cosa puede esperarse de semejantes diabluras? La conciencia de la leyenda y de su contenido parece desaparecer por completo también en el pueblo; Fausto pasa por un brujo de lo más corriente y Ahasvero por el mayor malvado después de Judas Iscariote. Pero ¿no sería posible salvar estas dos leyendas para el pueblo alemán, restablecerlas en su pureza original y expresar su esencia con tanta claridad que su sentido profundo no le resulte del todo incomprensible ni siquiera al menos instruido? Marbach y Simrock no han llegado todavía a la adaptación de estas leyendas; ¡ojalá dejen que en ellas presida una crítica sabia!

Ante nosotros tenemos otra serie de libros populares: son los jocosos, Eulenspiegel, Salomón y Marcolfo, el cura de Kalenberg, los siete suabos, los vecinos de Schilda.7 Es una serie como pocos pueblos pueden presentar. Este ingenio, esta naturalidad tanto en la invención como en la ejecución, el humor bonachón que acompaña por todas partes a la burla mordaz para que no se pase de la raya, esta comicidad sorprendente de las situaciones, podrían en verdad avergonzar a buena parte de nuestra literatura. ¿Qué autor del presente tendría inventiva suficiente para crear un libro como los vecinos de Schilda? ¡Qué prosaico queda el humor de Mundt8 si se lo compara con el de los siete suabos! Claro que para producir algo así hacía falta una época más tranquila que la nuestra, que, semejante a un hombre de negocios sin descanso, lleva siempre en la boca las cuestiones importantes que tiene que resolver antes de poder pensar en otra cosa. — En cuanto a la forma de estos libros, aparte de quitar algún que otro chiste malogrado y de depurar el estilo estropeado, habría poco que cambiar. Del Eulenspiegel, varias ediciones provistas del sello de la censura prusiana están incompletas; justo al principio falta un chiste grueso que en Marbach está representado en un grabado en madera muy bueno.

Un fuerte contraste con estos forman las historias de Genoveva, Griselda y Hirlanda, tres libros de origen románico que tienen todos por heroína a una mujer, y además a una mujer que sufre; representan la relación de la Edad Media con la religión, y de un modo muy poético, solo que Genoveva e Hirlanda están demasiado cortadas por el mismo patrón. Pero, ¡por Dios!, ¿qué ha de hacer hoy con eso el pueblo alemán? Es cierto que bajo Griselda puede uno representarse muy bien al pueblo alemán, y bajo el margrave Walther a los príncipes; pero entonces la comedia tendría que acabar de modo muy distinto a como acaba en el libro popular; las dos partes rechazarían la comparación, y aquí y allá con buen derecho. Si la Griselda ha de seguir siendo libro popular, me parece una petición a la alta Dieta federal alemana por la emancipación de la mujer. Pero ya se sabe aquí y allá cómo se acogieron hace cuatro años semejantes peticiones novelescas,9 por lo que me extraña mucho que no se haya contado a Marbach, a toro pasado, entre la Joven Alemania. — El pueblo ha hecho ya bastante tiempo de Griselda y de Genoveva; que haga ahora también por una vez de Sigfrido y de Reinaldo; pero el camino adecuado para llevarlo a ello no será sin duda ensalzar aquellas viejas historias de humillación.

El libro del emperador Octaviano pertenece por su primera mitad a esta clase, mientras que por la segunda se une a las historias de amor propiamente dichas. La historia de Helena no es más que una imitación del Octaviano, o quizá las dos son versiones distintas de la misma leyenda. La segunda parte del Octaviano es un excelente libro popular, el único que puede ponerse al lado del Sigfrido; la caracterización de Florens, así como la de su padre adoptivo Clemens y la de Claudio, es extraordinaria, y Tieck lo tuvo aquí muy fácil;10 pero ¿no lo atraviesa todo la idea de que la sangre noble vale más que la sangre burguesa? ¡Y cuántas veces no encontramos esta idea en el propio pueblo! Si esta idea no puede desterrarse del Octaviano —y lo tengo por imposible—, si pienso que es la primera que hay que eliminar allí donde ha de nacer la vida constitucional, entonces, por poético que sea el libro, censeo Carthaginem esse delendam.11

Frente a las mencionadas historias de sufrimiento y resignación, tan llenas de lágrimas, hay otras tres que celebran el amor. Son Magelona, Melusina y Tristán. Como libro popular la que más me gusta es Magelona; Melusina vuelve a estar llena de monstruosidades absurdas y de exageraciones fabulosas, hasta el punto de que casi podría verse en ella una quijotada, y tengo que volver a preguntar: ¿qué tiene que ver esto con el pueblo alemán? Y luego, nada menos que la historia de Tristán e Isolda: su valor poético no quiero tocarlo, porque amo la magnífica versión de Gottfried de Estrasburgo, aunque aquí y allá puedan encontrarse defectos en el relato; pero no hay libro que deba ponerse menos en manos del pueblo que precisamente este. Es verdad que aquí queda de nuevo muy cerca una cuestión moderna, la emancipación de la mujer; un poeta hábil que adaptara hoy el Tristán ya no podría dejar fuera de su obra esta cuestión, sin caer por ello en una poesía de tendencia rebuscada y aburrida. Pero en el libro popular, donde no se habla de esta cuestión, todo el relato viene a ser una disculpa del adulterio, y dejar eso en manos del pueblo es cosa muy delicada. Con todo, el libro va desapareciendo casi por completo, y muy rara vez se llega a ver un ejemplar.

Los Hijos de Aimón y Fortunato, donde volvemos a ver al hombre en el centro de la acción, vuelven a ser por fin un par de libros populares como es debido. Aquí, el humor más alegre con que el hijo de la Fortuna atraviesa todas sus aventuras; allí, la terquedad audaz, el indomable afán de oposición que hace frente con vigor juvenil al poder absoluto y tiránico de Carlomagno y no teme vengar con su propia mano las ofensas sufridas, aun a los ojos del príncipe. Un espíritu juvenil así es el que tiene que reinar en los libros populares, y hace pasar por alto muchas faltas; pero ¿dónde se encuentra en Griselda y sus parientes?

Por último viene lo mejor, el genial Calendario de los cien años, el sapientísimo Libro de los sueños, la infalible Rueda de la fortuna y otros hijos disparatados de la funesta superstición. Con qué sofismas miserables ha disculpado Görres esta morralla lo sabe cualquiera que haya echado una sola ojeada a su libro. Todos estos tristes libros los ha honrado la censura prusiana con su sello. Claro que no son revolucionarios, como las Cartas de Börne, ni inmorales, como se afirma de la Wally.12 Ya se ve qué falsas son las acusaciones de que la censura prusiana es excepcionalmente severa. No necesito perder ni una palabra más sobre si semejante morralla ha de seguir entre el pueblo.

De los demás libros populares no hay nada que decir; las historias de Ponto, Fierabrás, etc., se perdieron hace mucho y ya no merecen por tanto ese nombre. Pero creo haber mostrado ya en estas pocas indicaciones lo insuficiente que resulta esta literatura cuando se la juzga en interés del pueblo y no en interés de la poesía. Lo que necesita son adaptaciones de una selección rigurosa que no se aparten sin necesidad de la expresión antigua y que, bien presentadas, se lleven al pueblo. Extirpar por la fuerza los que no resisten la crítica no sería ni fácil ni aconsejable; solo a lo verdaderamente supersticioso puede negársele el sello de la censura. Los demás se pierden por sí solos; Griselda se encuentra rara vez, Tristán casi nunca. En algunas regiones no es posible encontrar ni un solo ejemplar, por ejemplo en el Wuppertal; en otras, como en Colonia, en Bremen, etc., casi todos los tenderos tienen ejemplares colgados en el escaparate para los campesinos que entran.

Pero ¿no merecen el pueblo alemán, no merecen los mejores de estos libros una adaptación razonable? Desde luego, no es cosa de cualquiera llevar a cabo una adaptación así; solo conozco a dos que tengan agudeza crítica y gusto suficientes para la selección y soltura en el estilo antiguo para la ejecución: son los hermanos Grimm;13 pero ¿tendrían ganas y tiempo para este trabajo? La adaptación de Marbach no sirve en absoluto para el pueblo. ¿Qué puede esperarse cuando empieza nada menos que por Griselda? No solo le falta toda crítica, sino que se ha dejado llevar a omisiones que no hacían ninguna falta; además ha vuelto el estilo apagado y sin color: compárese el libro popular de Sigfrido el de la piel de cuerno, o cualquier otro, con la adaptación. No hay más que frases despedazadas, cambios en el orden de las palabras sin más motivo que el afán del señor Marbach de parecer aquí independiente a falta de otra independencia. ¿O qué otra cosa le movió a cambiar los pasajes más hermosos del libro popular y a cargarlos con su puntuación innecesaria? Para quien no conozca el libro popular, los relatos de Marbach están muy bien, pero en cuanto se comparan los dos se ve que todo el mérito de Marbach es la corrección de las erratas. Sus grabados en madera son de valor muy desigual. — La adaptación de Simrock no está aún bastante avanzada para poder juzgarla; pero de Simrock espero mucho más que de su rival. Sus grabados son también, en general, mejores que los de Marbach.

Para mí tienen un encanto poético extraordinario estos viejos libros populares, con su tono antiguo, con sus erratas y sus malos grabados en madera; me sacan de nuestras modernas y rebuscadas «situaciones, confusiones y finas relaciones»14 y me llevan a un mundo mucho más cercano a la naturaleza. Pero de eso no ha de hablarse aquí; Tieck, es verdad, tenía en este encanto poético su argumento principal; pero ¿qué vale la autoridad de Tieck, de Görres y de todos los demás románticos cuando la razón habla en contra y cuando se trata del pueblo alemán?

  1. Joseph Görres (1776-1848), Die teutschen Volksbücher (Heidelberg, 1807), el libro con que los románticos rehabilitaron esta literatura. ↩

  2. Alusión al Athanasius (1838) de Görres, el panfleto católico a favor del arzobispo de Colonia, Droste-Vischering, encarcelado por el gobierno prusiano en el conflicto sobre los matrimonios mixtos. ↩

  3. Gustav Ottmar Marbach (1810-1890) publicó desde 1838 en Leipzig una serie de Volksbücher con grabados en madera; Karl Simrock (1802-1876), poeta y germanista de Bonn, publicaba también desde 1839 Die deutschen Volksbücher y versiones en verso de los viejos relatos. ↩

  4. Últimos versos del poema de Schiller «Los dioses de Grecia». ↩

  5. Gustav Schwab (1792-1850) había recogido varias de estas historias en su Buch der schönsten Geschichten und Sagen (1836-1837). ↩

  6. Ilíadas después de Homero: obras escritas cuando ya está hecha la que agota el asunto. ↩

  7. Los vecinos de Schilda, cuyas tonterías cuenta el libro de Die Schildbürger, eran los necios proverbiales de la literatura popular alemana; los siete suabos, otros héroes cómicos que salen a cazar una liebre tomándola por un monstruo. ↩

  8. Theodor Mundt (1808-1861), escritor de la Joven Alemania. ↩

  9. En diciembre de 1835 la Dieta de la Confederación Germánica prohibió los escritos de la Joven Alemania, a la que se acusaba, entre otras cosas, de predicar la emancipación de la carne y de la mujer. ↩

  10. Ludwig Tieck (1773-1853) hizo del libro popular el drama romántico Kaiser Octavianus (1804). ↩

  11. «Opino que Cartago debe ser destruida», la frase con que Catón el Viejo acababa todos sus discursos en el Senado. ↩

  12. Las Cartas desde París (1832-1834) de Ludwig Börne (1786-1837), el gran publicista demócrata, y la novela Wally, die Zweiflerin (1835) de Karl Gutzkow, que dio pie a la prohibición de la Joven Alemania. ↩

  13. Jacob (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), editores de los Cuentos para la infancia y el hogar y de las Leyendas alemanas. ↩

  14. Muletillas del lenguaje de la Joven Alemania, en particular de Mundt y de Kühne. ↩