Traducción alemana de la oda «A la invención de la imprenta» (1800) de Manuel José Quintana, hecha por Friedrich Engels en Bremen y firmada con su nombre, «Bremen. Friedrich Engels». Publicada en el Gutenbergs-Album editado por Heinrich Meyer (Brunswick, 1840, pp. 208-225), el libro de homenaje del cuarto centenario de la invención de la imprenta. Es de las pocas piezas de estos años que Engels firmó con su nombre; en la prensa firmaba entonces con seudónimos, sobre todo «Friedrich Oswald» o «F. O.». El título lo ponen los editores de la MEGA. Vertido al español desde el alemán de Engels, verso a verso, de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 11-16, por la Escuela de marxismo, 2026: no se reproduce el texto de Quintana, sino la versión de Engels, que es la que aquí interesa. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

¿Ha de cantar entonces solo la voz del poeta
la ambición sangrienta y los tronos soberbios,
cuando resuenan en torno a él las trompetas de la Fama
hinchando los labios, allí donde moran los dioses?
¿Tan ajena os es la vergüenza? El don del elogio,
el rayo de la gloria con su clara luz,
¿lo derrocháis en hombres a los que eternamente
dispensa la historia maldición y anatema?
¡Despertad, despertad! Que vuele por encima de las nubes
el canto, el que se había vuelto tímido,
con fuerza nunca vista, en sublime victoria.
Y si queréis que el mundo os tenga por dignos
del laurel que florece en vuestra frente,
procurad que vuestro canto
se despliegue digno del mundo y vigoroso.

En los tiempos antiguos no se derrochaba nunca
el aroma del sacrificio de la alabanza;
en el altar de la invención benéfica,
del genio benéfico, se ofrecía siempre.
Vino un día Saturno, y con el poderoso arado
partió el seno materno de la tierra;
entonces vio el hombre extenderse
semilla viva por todo el suelo reseco,
subir al cielo las odas de su gratitud;
lo llaman el dios de los tiempos de oro.
¿No fuiste tú también un dios, tú que al pensamiento,
a la palabra, diste un día un cuerpo,
y encadenaste en signos la vida del habla,
que antes huía, sin que la frenara barrera alguna?

Una y otra vez se habría
devorado a sí mismo el tiempo sin ti, hundiéndose,
muerto, en la tumba del eterno olvido.
Llegaste tú, y el pensamiento
vio ensancharse deprisa la estrecha esfera
que lo había cercado en su larga infancia.
Su ala lo llevó al mundo lejano,
donde con el tiempo venidero el pasado,
cargado de hazañas, sostiene un diálogo poderoso.
¡Tú, que iluminaste la ceguera!
Goza, inmortal, del honor,
del alto canto de gloria, ahora solo tuyos,
que te corresponden, a ti, espíritu sublime.
Y la naturaleza, como si aquel invento
bastara por sí solo para mostrar su poder,
ha descansado desde entonces y, avara, no
ha traído al mundo otro prodigio igual.

Por fin se alza para crearse
un nuevo signo, y el Rin helado
vio surgir a Gutenberg. «¡Vanos esfuerzos!
¿De qué os sirve dar vida
a vuestro pensamiento escribiéndolo,
si muere, rígido, quedando en adelante
en la oscuridad del olvido letárgico?
¿Puede un solo vaso contener
todas las anchas olas del océano rugiente?
¡Así tampoco pueden en un solo libro
desplegarse los dones del espíritu humano!
¿Qué falta? ¿El arte de volar? Pero si la naturaleza
creó según una sola imagen seres
innumerables, ¡ea, imítala, invento mío!
¡Que una sola verdad resuene mil veces en el eco
con proclamación poderosa,
elevándose con el vuelo de la claridad!»

Así habló, y se hizo la imprenta; y he aquí que Europa,
asombrada, conmovida, se levanta al punto
con gran estruendo; como avivado
por el viento de la tempestad, retumba
el fuego feroz cuyas llamas dormían
encerradas en las sombrías profundidades de la tierra. —
¡Oh fortaleza maligna, levantada para el error
por la vil barbarie y la furia de los tiranos!
Reventó el volcán, ardieron las rocas,
y tus cimientos temblaron, sacudidos por el espanto.
¿Quién es el monstruo, engendro impuro
del espíritu del mal, que sin sonrojarse
funda su trono, su trono abominable,
sobre el Capitolio en ruinas, y amenaza ya
con matarlo todo, más aún, con devorarlo?1

Vive todavía, sí, pero el edificio de su poder
se derrumba despacio; un día caerá la cima,
y las ruinas se esparcirán a lo ancho.
Así domina la alta cumbre del monte
una torre fuerte sobre el risco elevado;
los hijos de la guerra han plantado
allí dentro su firme morada,
allí reinan con el poder robado,
y con grandes bramidos se lanzan desde allí a la batalla;
abandonada queda en pie
la torre, solitaria en el bosque, sin que nadie la mire.
Todavía mira, aunque decrépita, como en otros tiempos,
con rostro amenazador a todos lados.
Pero vendrá un día en que se desplome,
se desplome, y los campos gemirán
cubiertos de escombros; hasta entonces, eso sí, seguirá siendo
el coco y el espantapájaros de todo el mundo
la que hace poco era su terror y su escándalo.

Ese fue el primer laurel que ciñó las sienes
de la razón; pero audaz se alza
el entendimiento, sediento de saber seguro,
y abraza al mundo en su vuelo.
Copérnico se eleva hasta el curso de los astros,
que antes cubría, impenetrable, un velo;
allí contempla cómo a inmensa distancia
el más brillante de los astros,
el que nos trae el día, reposa en eterna fiesta.
Bajo la suela siente Galileo
rodar el globo de la tierra, y como premio
le da Italia, ciega, una cárcel;2
y sin embargo la tierra navega entretanto
sin cesar, veloz, por el mar del espacio,
y con ella navegan, como relámpagos, las estrellas
centelleantes en su vuelo; entonces fue lanzado
a su centro el raudo espíritu de Newton;
él las sigue, y las comprende,
y determina los carriles
de la fuerza que las empujó a sus órbitas.

¿De qué te sirve conquistar el cielo,
hallar la ley que mueve eternamente
la atmósfera y el mar? ¿Descomponer el rayo
de la luz intocable, y enterrarte
en la tierra, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? ¡Vuélvete
al hombre, espíritu! — Así lo hizo, y arrojó la pesada
amargura en sus sonoras quejas.
«¡Qué ciego está el sentido,
cómo resuena la cadena salvaje
que la tiranía forjó en su furia,
en este polo y en aquel, a porfía,
y que ata al hombre hasta el lecho de muerte
cuando se cansa de la servidumbre!
¡Que no sea así nunca más!» — Lo oyeron los déspotas,
y sintieron el fuego y la espada
en su mano infame, dos mensajeros seguros.

¡Insensatos! Las altas hogueras
que desde allí amenazan terribles con devorarme,
que quieren disputarme a la verdad,
¡son faros que me guían hacia ella,
y antorchas que traen luz para su victoria!
Anhelándola con amor
la adora mi corazón, ebrio de entusiasmo,
mi espíritu la contempla, mis pasos la siguen
sin temer el fuego ni la espada,
¿y aun así han de vacilar mis pasos?
¿Puedo yo acaso volver
atrás el pie? Las olas del Tajo no vuelven
nunca a su primera fuente
una vez que han bajado hasta el mar;
en vano se le oponen los montes,
no lo detienen en su curso;
por caminos raudos
lo lleva el destino, rugiendo, al océano.

Llegó entonces el día, el gran día,
en que un mortal se levantó, colérico,
de la ignominia, igual en todas partes,
y con voz todopoderosa
gritó ante el mundo entero: ¡El hombre es libre!
Y no ataron unas fronteras estrechas
el grito sagrado; en sus alas lo tomó
el eco que Gutenberg había inventado,
y lo llevó maravillosamente,
de modo que en un solo instante, alado,
saltó los montes, los anchos mares,
y reinó en los vientos, desbocado.
No lo acalló el grito de los tiranos,
y fuerte y alto resonó por todas partes
el júbilo de la razón: ¡el hombre es libre!3

¡Sí, libre, sí, libre! Oh dulce palabra, el pecho
se hincha y late más alto cuando para él suenas;
mi espíritu, penetrado de ti,
lleno de tu sagrado entusiasmo,
se eleva hacia caminos celestes y serenos,
y me arrastra consigo con ardientes aletazos.
¿Dónde estáis vosotros, los que escucháis
mi canto, mortales? Desde lo alto
veo abrirse la puerta de bronce
de la cárcel del destino, y rasgarse el denso velo
de los tiempos: ¡abierto ante mí está el porvenir!
Lo vi con claridad: la tierra ya no es desde ahora
el planeta, el pobre planeta, donde la ambición
y la guerra reinaban con gesto feroz.

Las dos han huido ya para siempre,
como la peste y la tormenta, esas torturadoras, se disponían
a huir de la zona oprimida
cuando amenazan desde el polo vientos helados.
Los hombres sintieron todos su igualdad,
con fuerza indomable los hombres valientes
la conquistaron entre sonoros gritos de júbilo.
Ya no hay esclavos ni hay tiranos;
amor y paz se extienden por el mundo,
amor y paz respira en torno la tierra,
«¡Amor y paz!» resuena por todos los espacios.
Y allá arriba, en su trono de oro,
extiende Dios su cetro sobre ellos para bendecirlos,
y derrama en torno placer y alegría
para que por todos los caminos
corran a torrentes, como antaño.

¿No la veis? ¿No la veis, la columna,
la grande, aquel monumento sublime y magnífico,
cómo deslumbra los ojos con su vivo destello?
No son tan poderosas aquellas pirámides,
obra de esclavos que temblaron temerosos
ante su maza, a quien la opresión dio gloria.
Ante él, sin que se aparte,
humea ya un incienso eterno,
que el orbe agradecido consagra a Gutenberg;
¡pequeña recompensa para su gran beneficio!
¡Gloria a quien quebró el poder insensato
de la violencia arrogante, y elevó a vuelo raudo
la fuerza del entendimiento, del alma!
¡Gloria a aquel a quien la verdad llevó en triunfo
y cuyas manos hizo para siempre fecundas!
¡Al bienhechor del mundo, himnos sin fin!

Bremen. Friedrich Engels

  1. El monstruo entronizado sobre el Capitolio en ruinas es el poder de la Roma papal. Quintana (1772-1857), poeta y liberal español, preso de 1814 a 1820 por Fernando VII, escribió la oda en 1800. ↩

  2. Galileo Galilei (1564-1642), condenado por la Inquisición en 1633 y confinado hasta su muerte. ↩

  3. Alusión, según todos los indicios, a la Revolución francesa y a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. ↩