Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que usaba entonces junto con «F. O.», en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núm. 197, de diciembre de 1840, pp. 785-787. Traducido de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 91-95, por la Escuela de marxismo, 2026. Las cursivas reproducen el espaciado de la MEGA. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Por Friedrich Oswald

Do wuohs in Niderlanden eins richen Küneges kint,
Sin vater hiez Siegmunt, sin muoter Siglint,
In einer bürge riche, diu witen was bekant,
Niden bi dem Rine, diu was ze Santen genant.
Der Nibelunge Not, 201

No solo río arriba de Colonia habría que visitar el Rin, y sobre todo la juventud alemana no debería ponerse a la altura del John Bull viajero, que se aburre de Rotterdam a Colonia en el camarote del vapor y solo sube a cubierta cuando empieza su panorama del Rin de Colonia a Maguncia o su Guide for travellers on the Rhine. La juventud alemana debería elegir como lugar de peregrinación un sitio poco visitado; me refiero a la patria de Sigfrido el de la piel de cuerno, Xanten.

Ciudad romana, como Colonia, siguió siendo en la Edad Media pequeña y exteriormente insignificante, mientras que Colonia se hizo grande y dio nombre a un arzobispado electoral. Pero la catedral de Xanten mira, perfectamente acabada, a lo lejos sobre la prosa de la llanura arenosa holandesa, y la catedral de Colonia, más colosal, se quedó en torso; pero Xanten tiene a Sigfrido y Colonia solo a san Hanno, ¡y qué es el Annolied al lado de los Nibelungos!2

Yo venía del lado del Rin. Por puertas estrechas y ruinosas entré en la ciudad; callejas sucias y estrechas me llevaron a la agradable plaza del mercado, y desde allí me dirigí hacia una puerta coronada por un edificio, abierta en la muralla que cercaba el antiguo patio del convento con la iglesia. Sobre la puerta, a derecha e izquierda, bajo las dos torrecillas, había dos bajorrelieves, inconfundiblemente dos Sigfridos, fáciles de distinguir del patrono de la ciudad, san Víctor, representado sobre la puerta de cada casa. El héroe está de pie, con la coraza de escamas ceñida, la lanza en la mano; en la imagen de la derecha clava la lanza en las fauces del dragón, en la de la izquierda pisotea al «fuerte enano» Alberico. Me llamó la atención no encontrar mencionadas estas esculturas en la Leyenda heroica alemana de Wilhelm Grimm,3 donde por lo demás se ha reunido todo lo que se refiere al asunto. Tampoco recuerdo haber leído de ellas en otra parte, y sin embargo están entre los testimonios más importantes de la localización de la leyenda en la Edad Media.

Atravesé el portal resonante de bóveda gótica y me encontré ante la iglesia. La arquitectura griega es conciencia clara y serena, la morisca tristeza, la gótica éxtasis sagrado; la arquitectura griega es día luminoso y soleado, la morisca crepúsculo centelleante de estrellas, la gótica aurora. Aquí, ante esta iglesia, sentí como nunca el poder del estilo gótico. No entre edificios modernos, como la catedral de Colonia, o incluso empotrada entre casas que se le han pegado como nidos de golondrina, como las iglesias de las ciudades del norte de Alemania, produce una catedral gótica la impresión más avasalladora, sino solo entre montes boscosos, como la iglesia de Altenberg en la tierra de Berg,4 o por lo menos separada de todo lo extraño y moderno, entre muros de convento y edificios viejos, como la catedral de Xanten. Solo entonces se siente hondamente lo que puede llevar a cabo un siglo cuando se lanza con todo su poder sobre una sola cosa grande. Y si la catedral de Colonia estuviera tan libre y tan abierta a la mirada por todos los lados, en todas sus dimensiones gigantescas, como la iglesia de Xanten, en verdad el siglo diecinueve tendría que morirse de vergüenza por no poder terminar este edificio con toda su sabihondez. Porque ya no conocemos el hecho religioso, y por eso nos asombramos también de una señora Fry,5 que en la Edad Media habría pertenecido a los fenómenos más corrientes.

Entré en la iglesia; se estaba celebrando precisamente la misa mayor. Los sonidos del órgano bajaban rugiendo del coro, una multitud jubilosa de guerreros conquistadores de corazones, y recorrían a la carrera la nave resonante hasta perderse en los pasillos más apartados de la iglesia. ¡Y deja tú también que conquisten tu corazón, hijo del siglo diecinueve: estos sonidos han domado a otros más fuertes y más salvajes que tú! Expulsaron de sus bosques sagrados a los viejos dioses alemanes, llevaron a los héroes de una gran época por el mar tempestuoso, por el desierto y sus hijos nunca vencidos, hasta Jerusalén; son las sombras de siglos sedientos de hechos y de sangre caliente. Pero cuando las trompetas anuncien el milagro de la transustanciación, cuando el sacerdote alce la custodia centelleante y toda la conciencia de la comunidad esté ebria del vino de la devoción, entonces sal corriendo, sálvate, salva tu pensamiento de este mar del sentimiento que ondea por la iglesia, y reza fuera al Dios cuya casa no está hecha por manos humanas, que alienta en el mundo y quiere ser adorado en espíritu y en verdad.

Conmovido, salí y me hice indicar una posada, la única del pueblecito. Cuando entré en la sala de la taberna, me di cuenta de que estaba en la vecindad de Holanda. Una exposición extrañamente mezclada de cuadros y grabados en cobre en las paredes, de paisajes tallados en el cristal de las ventanas, de peces de colores, plumas de pavo real y esqueletos de hojas tropicales delante del espejo, mostraba con toda claridad el orgullo del posadero por poseer cosas que otros no tienen. Esta manía de las rarezas, que con decidido mal gusto se rodea de productos del arte y de la naturaleza, sean bonitos o feos, y que se encuentra más a gusto en una habitación que rebosa de semejantes disparates, es el pecado original del holandés. ¡Pero qué escalofrío me entró cuando el buen hombre me llevó a su llamada galería de pinturas! Un cuarto pequeño, con las paredes cubiertas por completo de cuadros de escaso valor, aunque él aseguraba que Schadow6 había declarado obra de Hans Holbein un retrato, por cierto mucho más bonito que los demás. Unos cuadros de altar de Jan van Calcar (un pueblecito vecino)7 tenían un colorido vivo y habrían sido interesantes para un entendido. ¡Pero cómo estaba decorado además este cuarto! Hojas de palmera, ramas de coral y cosas así asomaban de cada rincón, por todas partes había lagartos disecados, sobre la estufa había un par de figuras hechas de conchas de colores como las que se encuentran sobre todo en Holanda; en un rincón estaba el busto del coloniense Wallraf8 y debajo colgaba el cadáver momificado y reseco de un gato, que con una pata delantera le daba de lleno en la cara a un Cristo pintado en la cruz. Si alguno de mis lectores va a parar alguna vez a Xanten, a este único hotel, pregunte al amable posadero por su hermosa gema antigua; posee una Diana bellísima tallada en un óvalo, que vale más que toda su galería de pinturas.

En Xanten no hay que dejar de ver la colección de antigüedades del señor notario Houben.9 Aquí está reunido casi todo lo que se ha excavado y hallado en el suelo de Castra Vetera. La colección es interesante, aunque no contiene nada de especial valor artístico, como es de esperar en una estación militar como fue Castra Vetera. Las pocas gemas hermosas que se encontraron aquí están del todo dispersas por la ciudad; el único monumento escultórico de cierto tamaño es una esfinge de unos tres pies de largo propiedad del mencionado posadero; es de arenisca corriente, está mal conservada y, por lo demás, nunca fue bonita.

Salí de la ciudad y subí a una colina de arena, la única elevación natural en un amplio contorno. Esta es la colina donde, según la leyenda, estuvo el castillo de Sigfrido. A la entrada de un pinar me senté y miré la ciudad a mis pies. Rodeada por todos lados de diques, estaba en una hondonada, sobre cuyo borde solo se alzaba majestuosa la iglesia. A la derecha el Rin, que con anchos brazos relucientes abraza una isla verde; a la izquierda los montes de Cléveris en la lejanía azul.

¿Qué es lo que tanto nos conmueve en la leyenda de Sigfrido? No el curso de la historia en sí, no la traición vilísima a la que sucumbe el joven héroe; es el significado profundo que se ha puesto en su persona. Sigfrido es el representante de la juventud alemana. Todos los que llevamos en el pecho un corazón aún no domado por las limitaciones de la vida sabemos lo que esto quiere decir. Sentimos todos en nosotros la misma sed de hechos, la misma rebeldía contra la costumbre establecida que empujó a Sigfrido fuera del castillo de su padre; el eterno sopesarlo todo, el miedo filisteo al hecho fresco nos repugna con toda el alma; queremos salir al mundo libre, queremos derribar las barreras de la prudencia y luchar por la corona de la vida, el hecho. También los filisteos se han encargado de que no falten gigantes y dragones, sobre todo en el terreno de la Iglesia y del Estado. Pero aquellos tiempos ya pasaron; nos meten en cárceles llamadas escuelas, donde, en lugar de pegarnos nosotros mismos, tenemos que conjugar en griego por todos los modos y tiempos, como para burlarse de nosotros, el verbo pegar, y cuando nos sueltan de la disciplina caemos en brazos de la diosa del siglo, la policía. Policía al pensar, policía al hablar, policía al andar, al montar a caballo y al ir en coche, pasaportes, permisos de residencia y papeles de aduana: ¡que el diablo mate a gigantes y dragones! Solo nos han dejado la apariencia del hecho, el florete en lugar de la espada; ¿y de qué sirve todo el arte de la esgrima con el florete si no podemos emplearlo con la espada? Y si un día se rompen las barreras, si un día se pasa por encima de la filistería y del indiferentismo, si las ganas de hacer se desahogan… ¿veis allí, al otro lado del Rin, la torre de Wesel? La ciudadela de aquella ciudad, a la que se llama un baluarte de la libertad alemana, se ha convertido en una tumba de la juventud alemana, ¡y tiene que estar precisamente enfrente de la cuna del mayor joven alemán! ¿Quién ha estado preso allí? Estudiantes que no querían haber aprendido a esgrimir en vano, vulgo duelistas y demagogos.10 Ahora, después de la amnistía de Federico Guillermo IV, puede decirse que esta amnistía fue un acto no solo de gracia, sino también de justicia. Aun concedidas todas las premisas, y en particular la necesidad de que el Estado interviniera contra estas asociaciones, todos los que no ven el bien del Estado en la obediencia ciega, en la subordinación estricta, estarán de acuerdo conmigo en que el trato dado a los implicados exigía su restitución en honores y dignidades. Las asociaciones demagógicas de la Restauración y de después de las jornadas de julio eran tan explicables como hoy son imposibles. ¿Quién había reprimido entonces todo movimiento libre, quién había puesto bajo tutela «provisional» los latidos del corazón joven? ¿Y cómo se trató a aquellos desdichados? ¿Puede negarse que este caso jurídico está hecho precisamente para poner en la luz más viva todos los inconvenientes y defectos de la justicia escrita y secreta, para demostrar la contradicción de que sean servidores del Estado asalariados, en lugar de jurados independientes, quienes juzguen las acusaciones de delitos contra el Estado; puede negarse que toda la condena se hizo a bulto y a granel, «en el montón», como dicen los comerciantes?

Pero voy a bajar al Rin a escuchar lo que las olas, envueltas en el arrebol de la tarde, cuentan a la tierra madre de Sigfrido de su tumba en Worms y del tesoro hundido. Quizá un hada Morgana bondadosa haga surgir de nuevo para mí el castillo de Sigfrido o me deje ver en un espejismo qué hazañas les esperan a sus hijos en el siglo diecinueve.

  1. «Crecía en los Países Bajos el hijo de un rey poderoso, / su padre se llamaba Sigmundo, su madre Siglinda, / en un castillo rico, conocido a lo lejos, / abajo junto al Rin; se llamaba Xanten». El cantar de los Nibelungos, estrofa 20, que se deja en el alto alemán medio del original. ↩

  2. Anno (Hanno) II, arzobispo de Colonia en el siglo XI, al que celebra el Annolied, poema alemán de hacia 1100. ↩

  3. Wilhelm Grimm, Die deutsche Heldensage (Gotinga, 1829). ↩

  4. La iglesia gótica de la antigua abadía cisterciense de Altenberg, en el ducado de Berg, cerca de Colonia. ↩

  5. Elizabeth Fry (1780-1845), cuáquera inglesa dedicada a la reforma de las cárceles. ↩

  6. Wilhelm von Schadow (1788-1862), director de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf. ↩

  7. Jan Joest van Kalkar, pintor del Bajo Rin de hacia 1500; Kalkar es una pequeña ciudad cercana a Xanten. ↩

  8. Ferdinand Franz Wallraf (1748-1824), canónigo y coleccionista de Colonia, cuyas colecciones legó a la ciudad. ↩

  9. Philipp Houben, notario de Xanten, que excavó y coleccionó antigüedades del campamento romano de Castra Vetera. ↩

  10. En la ciudadela de Wesel, como en otras fortalezas prusianas, cumplían condena los estudiantes de las asociaciones estudiantiles (Burschenschaften) perseguidos como «demagogos» en los años treinta. Federico Guillermo IV, que subió al trono en junio de 1840, decretó en agosto de ese año una amnistía para los delitos políticos. ↩