Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que usaba entonces junto con «F. O.», en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núms. 122 y 123, de julio de 1840, pp. 485-487 y 490-491. Traducido de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 76-82, por la Escuela de marxismo, 2026, con los versos citados en versión libre verso a verso. Las cursivas reproducen el espaciado de la MEGA. Salvo la que se indica, las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Por Friedrich Oswald
La Hélade tuvo la suerte de ver su carácter paisajístico elevado a conciencia en la religión de sus habitantes. La Hélade es una tierra de panteísmo; todos sus paisajes están —o por lo menos estaban— encuadrados en el marco de la armonía. Y sin embargo cada árbol, cada fuente, cada monte se adelanta demasiado al primer plano, y sin embargo su cielo es demasiado azul, su sol demasiado radiante, su mar demasiado grandioso para que se conformen con la lacónica espiritualización de un Spirit of nature a lo Shelley,1 de un Pan que lo abarca todo; cada cosa, en su hermosa redondez, reclama un dios propio, cada río quiere sus ninfas, cada bosquecillo sus dríades; y así nació la religión de los helenos. Otras regiones no tuvieron tanta suerte; no sirvieron a ningún pueblo de fundamento de su fe y tienen que esperar a un ánimo poético que conjure al genio religioso que duerme en ellas. Si estáis en el Drachenfels o en el Rochusberg, junto a Bingen, y miráis por encima del valle del Rin, perfumado de viñas, los montes lejanos y azules fundidos con el horizonte, el verde de los campos y de los viñedos bañado del oro del sol, el azul del cielo reflejado en el río, entonces el cielo desciende con su luz sobre la tierra y se mira en ella, el espíritu se sumerge en la materia, el Verbo se hace carne y habita entre nosotros: es el cristianismo hecho cuerpo. En oposición directa a esto está el brezal del norte de Alemania; allí no hay más que tallos secos y brezo humilde, que, consciente de su debilidad, no se atreve a levantarse del suelo; aquí y allá un árbol que antes desafiaba y ahora está astillado por el rayo; y cuanto más sereno está el cielo, tanto más tajante se separa, en su gloria satisfecha de sí misma, de la pobre tierra maldita que yace ante él con saco y ceniza, tanto más ardiente de cólera mira su ojo solar la arena desnuda y estéril: aquí está representada la visión judía del mundo.
El brezal ha sido bastante denostado; toda la literatura2 le ha echado encima su maldición y solo lo ha empleado, como en el Edipo de Platen,3 como decorado de la sátira; pero también se ha desdeñado buscar sus raros encantos, sus relaciones poéticas escondidas. En realidad hay que haberse criado en una región hermosa, en alturas de montes y en coronas de rocas cubiertas de bosque, para sentir de verdad lo que tiene de repelente y desolado el Sáhara del norte de Alemania, pero también para rastrear con gusto las bellezas ocultas de este territorio, que, como el espejismo libio, no siempre se ven. La verdadera prosa de Alemania solo se esconde en las estepas de patatas de la orilla izquierda del Elba.4 Pero la patria de los sajones, la estirpe alemana más rica en hazañas, es poética aun en su desolación. En una noche de tormenta, cuando las nubes revolotean como fantasmas en torno a la luna, cuando los perros se ladran unos a otros desde lejos, galopad entonces en caballos que resoplan hacia el brezal sin fin, cabalgad a rienda suelta por encima de los bloques de granito erosionados y de los túmulos de los gigantes; a lo lejos relumbra el agua de las turberas al reflejo de la luna, los fuegos fatuos revolotean encima, el aullido de la tormenta suena siniestro sobre la vasta llanura; el suelo se vuelve inseguro bajo vuestros pies y sentís que habéis entrado en el dominio de la leyenda popular alemana. Solo desde que conozco el brezal del norte de Alemania he entendido de verdad los Cuentos para la infancia y el hogar de Grimm. A casi todos estos cuentos se les nota que nacieron aquí, donde con la caída de la noche desaparece lo humano y las criaturas horribles e informes de la fantasía popular se deslizan sobre un suelo cuya desolación es siniestra ya a pleno mediodía. Son la materialización sensible de los sentimientos que se apoderan del habitante solitario del brezal cuando en una de esas noches salvajes atraviesa su tierra natal o contempla desde lo alto de la torre la llanura desierta. Entonces vuelven a presentarse ante él las impresiones que le quedaron de su infancia de las noches de tormenta del brezal, y toman la forma de esos cuentos. El secreto del nacimiento del cuento popular no lo sorprenderéis en el Rin ni en Suabia, mientras que aquí cada noche de relámpagos —noche clara de relámpagos, dice Laube— habla de él con lenguas de trueno.
El hilo de la Virgen de mi apología del brezal seguiría hilándose más tiempo, llevado por el viento, si no se hubiera enredado ahora en un desdichado poste indicador pintado con los colores del país de Hannover. He pensado mucho en el significado de estos colores. Los del reino de Prusia no indican, desde luego, lo que Thiersch quiere encontrar en ellos en su mala Canción prusiana;5 pero en su prosa recuerdan la fría y descorazonada burocracia y todo eso que al renano todavía no le acaba de convencer del prusianismo; la brusca distancia entre el negro y el blanco puede ofrecer una analogía de la relación entre el rey y los súbditos en la monarquía absoluta; y como, según Newton, no son colores en absoluto, pueden indicar que la actitud leal en la monarquía absoluta es la que no se atiene a ningún color. La alegre bandera roja y blanca de los hanseáticos encajaba por lo menos en otros tiempos; el esprit francés tornasola en la tricolor, cuyos colores se apropió también la flemática Holanda, probablemente para burlarse de sí misma; la más hermosa y la más rica en significado sigue siendo, desde luego, la desdichada tricolor alemana. ¡Pero los colores de Hannover! Imaginaos a un petimetre que con sus inexpresables blancos ha ido al galope durante una hora por piedras y tocones, a través de cunetas y de campos recién arados; imaginaos la estatua de sal de la mujer de Lot —un ejemplo del Nunquam retrorsum,6 antes hannoveriano, para escarmiento de muchos—; imaginaos este venerable monumento cubierto de barro por la maleducada juventud beduina, y tendréis un poste con las armas de Hannover. ¿O es que el blanco significa quizá la inocente Ley Fundamental del Estado y el amarillo el fango con que la salpican ciertas plumas venales?7 —
Si me atengo al carácter religioso de las regiones, los paisajes holandeses son esencialmente calvinistas. La prosa total, la imposibilidad de toda espiritualización que pesa sobre una vista holandesa, el cielo gris, que es el único que le va, todo eso despierta la misma impresión que dejan en nosotros los decretos infalibles del sínodo de Dordrecht.8 Los molinos de viento, lo único que se mueve en el paisaje, recuerdan a los elegidos de la predestinación, que se dejan mover única y exclusivamente por el soplo de la providencia divina; todo lo demás yace en la «muerte espiritual». Y el Rin, como el espíritu vivo y fluyente del cristianismo, pierde en esta ortodoxia árida su fuerza fecundante y tiene que encenagarse por completo. Así aparecen, vistas desde el Rin, sus orillas holandesas; otras partes del país dicen que son más hermosas; no las conozco. — Rotterdam, con sus muelles sombreados, con sus canales y sus barcos, es un oasis para los provincianos del interior de Alemania; aquí se comprende cómo la fantasía de un Freiligrath pudo irse con las fragatas que zarpan hacia costas lejanas y más exuberantes. ¡Y luego otra vez las malditas islas de Zelanda, nada más que juncos y diques, molinos de viento y campanarios con carillón, entre los que el vapor se abre paso horas y horas!
Pero ¡qué sensación dichosa cuando salimos volando de los diques filisteos, de la ortodoxia calvinista y encorsetada, al dominio del espíritu que ondea libre! Desaparece Helvoetsluys, las orillas del Waal se hunden a derecha e izquierda en las olas que se alzan con más júbilo, el amarillo arenoso del agua se vuelve verde, y ahora, olvidando lo que queda atrás, ¡afuera con corazón alegre a las aguas verde oscuro y transparentes!
Y olvida ahora los dolores
que te han causado,
y recorre con todo tu corazón
el ancho camino libre.
El cielo se inclina
y se hace uno con el mar…
¿y tú quieres otra vez, desgarrado,
navegar entre los dos?El cielo se inclina,
abraza el hermoso mundo,
dichoso de los hermosos miembros
que tiene abrazados;
como si quisiera besarlo,
así saltaba la ola hacia arriba;
¿y tú, tú quieres, desgarrado,
acabar tu curso?Mira cómo el dios del amor
se sumerge en el mundo
y, para quedarse con él,
se le entrega en el hombre.
¿No llevas tú por todas partes
al dios en tu pecho?
Deja, pues, que se mueva libre,
y sé digno de él.
Cuélgate entonces de los cabos del bauprés y mira las olas, cómo, partidas por la quilla, salpican la espuma blanca muy por encima de tu cabeza; mira luego la lejana superficie verde, donde las crestas espumosas de las olas emergen en eterna inquietud, donde los rayos del sol te vuelven a los ojos desde mil espejos danzantes, donde el verde del mar se funde con el azul reflejado del cielo y el oro del sol en un color maravilloso; entonces se te desvanecen todas las preocupaciones mezquinas, todos los recuerdos de los enemigos de la luz y de sus ataques arteros, y te disuelves en la conciencia orgullosa del espíritu libre e infinito. Solo tengo una impresión que pudiera compararle: cuando por primera vez se me abrió la idea de Dios del último filósofo,9 ese pensamiento, el más gigantesco del siglo diecinueve, me sobrecogieron los mismos estremecimientos dichosos, me envolvió como el aire fresco del mar que sopla desde el cielo más puro; las profundidades de la especulación se abrían ante mí como las aguas insondables del mar, de las que el ojo que busca el fondo no puede apartarse; ¡en Dios vivimos, nos movemos y somos!10 Esto se nos hace consciente en el mar; sentimos que todo lo que nos rodea y nosotros mismos estamos traspasados del soplo de Dios; toda la naturaleza nos es tan afín, las olas nos hacen señas con tanta confianza, el cielo se extiende con tanto amor en torno a la tierra, y la luz del sol tiene un brillo tan indescriptible, que uno cree poder tocarla con las manos. —
El sol se pone por el noroeste; a su izquierda se alza del mar una franja luminosa, la costa de Kent, la orilla sur del Támesis. Sobre el mar se tienden ya las nieblas del crepúsculo; solo al oeste se ha derramado la púrpura de la tarde, como sobre el cielo, también sobre el agua; el cielo de levante resplandece de azul profundo, del que asoma ya clara Venus; al suroeste se extiende largo en el horizonte Margate, en cuyas ventanas se refleja el arrebol, una larga franja dorada en luz encantada; y ahora agitad las gorras y saludad a la libre Inglaterra con gritos de alegría y vasos llenos. ¡Buenas noches, y hasta un alegre despertar en Londres!
Vosotros, los que os quejáis de la prosa de los ferrocarriles sin haber visto nunca ninguno, dejaos llevar por el que va de Londres a Liverpool. Si hay algún país hecho para recorrerlo volando en ferrocarril, es Inglaterra. No hay bellezas deslumbrantes ni colosales masas de roca, sino un país lleno de suaves ondulaciones de colinas, que bajo la luz del sol inglés, nunca del todo clara, tiene un encanto maravilloso. Uno se asombra de las agrupaciones tan variadas de la sencilla decoración; con un par de colinas, un campo, árboles y ganado que pace, la naturaleza hace mil paisajes graciosos. Particularmente hermosos parecen los árboles de que están poblados todos los campos, sueltos y en grupos, de modo que toda la región toma algo de parque. Luego otra vez un túnel que tiene el tren unos minutos a oscuras y que desemboca en un camino hondo, desde el que de pronto se pasa de nuevo a los campos risueños y soleados. De repente el camino cruza un largo valle por un viaducto; muy abajo están las ciudades y los pueblos, los bosques y los prados, entre los que serpentea el río; a derecha e izquierda montes que se difuminan en el fondo, y sobre el delicioso valle una iluminación mágica, mitad niebla, mitad sol; pero apenas se ha abarcado con la vista el maravilloso dominio, ya se está en un camino hondo y pelado, apartado de él, y se tiene tiempo de recrear en la fantasía la imagen mágica. Y así sigue, hasta que cae la noche y el sueño cierra los ojos cansados de mirar. ¡Oh, cuánta poesía hay en las provincias de Britania! A menudo uno cree estar todavía en los golden days of merry England,11 y ver a Shakespeare deslizándose con la escopeta detrás del seto como cuando cazaba todavía la caza ajena, o se extraña de que en este prado verde no se esté desarrollando de verdad una de sus divinas comedias. Pues dondequiera que esté la escena, en Italia, en Francia o en Navarra, en el fondo siempre es la merry England, adonde pertenecen sus patanes estrafalarios, sus maestros de escuela sabihondos, sus mujeres amablemente extravagantes; en todas partes se le nota al conjunto que solo le va el cielo inglés. Solo algunas comedias, como El sueño de una noche de verano, tienen el clima del sur tan perfecto como Romeo y Julieta, también en los caracteres.
¡Y ahora volvamos a nuestra patria! La pintoresca y romántica Westfalia se ha enfadado mucho con su hijo Freiligrath, que la ha olvidado por completo por el Rin, sin duda mucho más pintoresco y romántico; consolémosla con algunas palabras halagadoras para que no se le acabe la paciencia antes de que salga el segundo cuaderno.12 Westfalia está rodeada de cadenas de montes por el lado de Alemania y solo abierta hacia Holanda, como si Alemania la hubiera expulsado. Y sin embargo sus hijos son auténticos sajones, alemanes buenos y fieles. Pues bien, aquellos montes ofrecen puntos magníficos: al sur, los valles del Ruhr y del Lenne; al este, el valle del Weser; al norte, una cadena de montes de Minden a Osnabrück; en todas partes las vistas más ricas; solo en el centro del país una aburrida llanura arenosa que se ve transparentarse siempre a través de la hierba y el trigo. Y luego las viejas ciudades hermosas, sobre todo Münster, con sus iglesias góticas, con los soportales de su mercado, con Annette Elisabeth von Droste-Hülshoff y Levin Schücking.13 Este último, al que tuve el gusto de conocer allí, tuvo la bondad de llamarme la atención sobre los poemas de aquella dama, y no puedo dejar pasar esta ocasión sin saldar una parte de la deuda que el público alemán ha contraído con estas poesías. Se ha confirmado de nuevo con ellas que la tan alabada profundidad alemana se toma demasiado a la ligera la valoración de los poemas; se hojean, se examina si las rimas son puras y los versos fluidos, si el contenido es fácil de entender y rico en imágenes contundentes, o por lo menos deslumbrantes, y el juicio está hecho. Pero poemas como estos, donde se presentan una intimidad de sentimiento, una delicadeza y una originalidad de las imágenes de la naturaleza como solo puede tenerlas Shelley, una fantasía audaz, a lo Byron, bajo el ropaje de una forma, eso sí, un tanto rígidamente drapeada, de una lengua no libre de provincialismos, pasan sin dejar rastro; pero ¿quién tendría ganas de leerlos algo más despacio que de costumbre? Y como solo se toman poemas en la mano cuando llega la hora de la siesta, su belleza podría incluso estropearle a uno el sueño. ¡Encima la poetisa es una católica creyente, y cómo va a interesarse por ello un protestante! Pero si el pietismo vuelve ridículo al hombre, al magister, al diácono Albert Knapp,14 a la señorita von Droste le sienta bien la fe infantil. Es cosa delicada la libertad de pensamiento religioso de las mujeres. Las George Sand, las señoras Shelley son raras;15 con demasiada facilidad la duda roe el ánimo femenino y eleva al entendimiento a un poder que no debe tener en ninguna mujer. Pero si las ideas con las que nosotros, los hijos de lo nuevo, nos mantenemos en pie o caemos son la verdad, entonces tampoco está ya lejos el tiempo en que el corazón femenino lata con el mismo calor por las flores de pensamiento del espíritu moderno que hoy por la fe piadosa de los padres; y solo entonces estará a la puerta la victoria de lo nuevo, cuando la joven generación lo absorba con la leche materna.
El «espíritu de la naturaleza» del poema Queen Mab de Percy Bysshe Shelley (1792-1822). ↩
(Nota de Engels.) En el tercer tomo del Blasedow, el viejo toma partido por el brezal. [Blasedow und seine Söhne (1838-1839), novela de Karl Gutzkow.] ↩
Der romantische Ödipus (1829), comedia satírica de August von Platen contra Immermann. ↩
Los editores de la MEGA creen que Engels quiso decir «derecha». ↩
«Ich bin ein Preuße, kennt ihr meine Farben?» («Soy prusiano, ¿conocéis mis colores?», 1830), canción patriótica de Bernhard Thiersch que ensalza el negro y blanco de Prusia. ↩
«Nunca hacia atrás», divisa de la casa de Brunswick-Luneburgo, la dinastía de Hannover. ↩
La Ley Fundamental (Staatsgrundgesetz) de 1833, que Ernesto Augusto abolió en 1837. ↩
El sínodo de las Iglesias reformadas reunido en Dordrecht en 1618-1619, que fijó la doctrina calvinista estricta de la predestinación. ↩
Hegel. ↩
Hechos de los Apóstoles 17, 28. ↩
«Los días dorados de la alegre Inglaterra». Según una anécdota muy repetida, el joven Shakespeare tuvo que dejar Stratford por cazar furtivamente en el parque de sir Thomas Lucy. ↩
Das malerische und romantische Westphalen, de Ferdinand Freiligrath y Levin Schücking, publicado por entregas desde 1839, en la serie Das malerische und romantische Deutschland. ↩
Annette von Droste-Hülshoff (1797-1848) había publicado en 1838 un tomo de Gedichte que pasó casi inadvertido. Levin Schücking (1814-1883), escritor de Münster, era amigo suyo. ↩
Albert Knapp (1798-1864), pastor y poeta pietista de Stuttgart. ↩
George Sand (1804-1876), la novelista francesa, y Mary Shelley (1797-1851), la autora de Frankenstein, viuda del poeta. ↩