Escrito por Friedrich Engels en Bremen a comienzos de 1841 y publicado en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), n.os 53-55, abril de 1841, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que Engels usaba entonces (también «F. O.»). Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 111-118, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Tomo primero. Hamburgo, Hoffmann und Campe, 18401

La noticia de la muerte de Immermann fue un golpe duro para nosotros los renanos, no solo por la importancia poética de este hombre, sino también por la personal, aunque esta última, todavía más que la primera, apenas empezaba a desarrollarse de verdad. Tenía una relación particular con las fuerzas literarias más jóvenes que han surgido recientemente en el Rin y en Westfalia; pues en lo literario Westfalia y el Bajo Rin van juntos, por muy tajantemente que se hayan separado hasta ahora en lo político; así también el Rheinisches Jahrbuch2 ofrece un centro común a autores de ambas provincias. Cuanto más se había mantenido el Rin hasta ahora alejado de la literatura, tanto más procuraban ahora los poetas renanos presentarse como representantes de su tierra, y trabajaban así, no según un plan, pero sí hacia un mismo objetivo. Semejante aspiración rara vez se queda sin el centro de una personalidad fuerte a la que los más jóvenes se subordinan sin renunciar a nada de su independencia, y ese centro parecía querer ser Immermann para los poetas renanos. Pese a algunos prejuicios contra los renanos, se había ido naturalizando poco a poco entre ellos, había consumado abiertamente su reconciliación con el presente literario al que pertenecían todos los más jóvenes, un espíritu nuevo y más fresco había venido sobre él y sus producciones encontraban cada vez más reconocimiento. Así crecía también el círculo de poetas jóvenes que se reunían en torno a él y venían a verle desde los alrededores; ¡cuántas veces, por ejemplo, cerró Freiligrath, cuando en Barmen todavía escribía facturas y llevaba cuentas corrientes, el memorial y el libro mayor para pasar un día o dos en compañía de Immermann y de los pintores de Düsseldorf!3 Así fue como Immermann ocupaba un lugar importante en los sueños de una escuela poética renano-westfaliana que surgían aquí y allá; antes de que madurara la fama de Freiligrath, él era la transición mediadora de la literatura provinciana a la literatura alemana común. Para quien tenga ojo para tales relaciones y conexiones, esta no era ya un secreto desde hacía mucho; hace un año, entre otros, Reinhold Köstlin señalaba en Europa4 cómo Immermann iba madurando hacia la posición que Goethe ocupó en sus últimos años. La muerte ha desgarrado todos estos sueños y esperanzas de futuro.

Pocas semanas después de la muerte de Immermann aparecieron sus Memorabilien. ¿Estaba ya maduro, en la plenitud de la edad viril, para escribir sus propias memorias? Su destino lo afirma, su libro lo niega. Pero tampoco hemos de ver en las Memorabilien el balance de un anciano que declara así cerrada su carrera con la vida; Immermann solo ajustaba cuentas, más bien, con un período anterior de su actividad, el exclusivamente romántico, y por eso reina en este libro, desde luego, un espíritu distinto del de las obras de aquel período. Además, los acontecimientos aquí descritos se habían alejado tanto por el poderoso vuelco del último decenio que incluso a él, su contemporáneo, le parecían históricamente liquidados. Y, sin embargo, creo poder afirmar que Immermann, al cabo de diez años, habría concebido de manera más alta y más libre el presente y su relación con el eje de su obra, la guerra de liberación. Por ahora, de todos modos, se trata de considerar las Memorabilien tal como son.

Si el antiguo romántico había aspirado ya en Los epígonos al punto de vista superior de la plástica y la serenidad goethianas, y si Münchhausen descansaba ya por completo sobre la base de la poesía moderna,5 su obra póstuma muestra todavía más claramente hasta qué punto supo Immermann apreciar los desarrollos literarios más recientes. El estilo, y con él la forma de la intuición, son del todo modernos; solo el contenido más meditado, la articulación más rigurosa, la peculiaridad del carácter, de rasgos muy marcados, y la disposición antimoderna del autor, aunque bastante velada, separan este libro de la masa de descripciones, caracteres, memorias, discusiones, situaciones, estados, etc., con que hoy día se ahúma nuestra literatura, que languidece por falta de un aire poético sano. Además, Immermann tiene tacto suficiente para rara vez llevar ante el foro de la reflexión asuntos que puedan reclamar un tribunal distinto al del mero entendimiento.

El presente tomo primero encuentra su materia en «la juventud de hace veinticinco años» y en las influencias que la dominaron. Lo introduce una «Carta de aviso» en la que el carácter del conjunto está expuesto con la mayor fidelidad. Por un lado, estilo moderno, consignas modernas, incluso principios modernos; por otro, peculiaridades del autor cuya importancia para un círculo más amplio se extinguió hace mucho. Immermann escribe para alemanes modernos, como dice con palabras bastante secas, para aquellos que están igual de lejos de los extremos de la germanidad y del cosmopolitismo; concibe la nación de manera del todo moderna y sienta premisas que llevarían consecuentemente a la soberanía como destino del pueblo; se pronuncia decididamente contra la «falta de confianza en sí mismos, la manía de servir y de rebajarse» que aqueja a los alemanes. Y, sin embargo, junto a ello hay una predilección por el prusianismo que Immermann solo puede apoyar en razones muy débiles, una mención tan fría e indiferente de las aspiraciones constitucionales en Alemania, que muestra con demasiada claridad que Immermann no había captado todavía, ni mucho menos, la unidad de la vida espiritual moderna. Se ve claramente cómo el concepto de lo moderno no acaba de convenirle porque se resiste a algunos de sus factores, y cómo, a la vez, no puede rechazar ese concepto.

Con los «Recuerdos de muchacho» empieza la memoria propiamente dicha. Immermann cumple su promesa de contar solo los momentos en que «la historia hizo su paso a través de él». Con la conciencia del muchacho crecen los acontecimientos mundiales, se eleva el edificio colosal de cuyo derrumbe había de ser testigo; las olas de la historia, que al principio braman a lo lejos, rompen en la batalla de Jena el dique de la Alemania del Norte, inundan la Prusia satisfecha de sí misma, confirmando ahora también, especialmente para su Estado, el «Après moi le déluge»6 del gran rey, y anegan en primer lugar la ciudad natal de Immermann, Magdeburgo. Esta parte es la mejor del libro; Immermann es más fuerte en la narración que en la reflexión, y ha logrado de manera excelente captar el reflejo de los acontecimientos mundiales en el pecho individual. Además, es aquí precisamente donde se adhiere sin rodeos al progreso, aunque solo provisionalmente. Para él, como para todos los voluntarios de 1813, la Prusia anterior a 1806 es el ancien régime de ese Estado; pero también, cosa que ahora se admite menos, la Prusia posterior a 1806 es el Estado regenerado de arriba abajo, el nuevo orden de cosas. Con la regeneración de Prusia pasa, sin embargo, algo curioso. La primera regeneración, por obra del gran Federico, se ha alabado tanto con ocasión del jubileo del año pasado7 que no se entiende cómo un interregno de veinte años pudo hacer ya necesaria una segunda. Y luego se quiere afirmar que, pese al doble bautismo de fuego, el viejo Adán ha vuelto a dar recientemente fuertes señales de vida. En la sección que nos ocupa, Immermann nos ahorra, de todos modos, las alabanzas del statu quo, y así solo en el curso de estas líneas se pondrá de manifiesto más de cerca dónde se separa el camino de Immermann del de la época nueva.

«La juventud, hasta que entra en la vida pública, se educa por la familia, por la enseñanza, por la literatura. Como cuarto medio de educación se añadió, para la generación que consideramos, el despotismo. La familia la cuida y la mima, la enseñanza la aísla, la literatura la vuelve a llevar a lo ancho; a nosotros el despotismo nos dio los comienzos del carácter.» Según este esquema está dispuesta la parte reflexiva del libro, y difícilmente se le podrá negar la aprobación, ya que tiene la gran ventaja de concebir la marcha del desarrollo de la conciencia en la sucesión temporal de sus grados. La sección sobre la familia es del todo excelente mientras se queda en la familia antigua, y solo es de lamentar que Immermann no se haya esforzado más en unir las partes de luz y de sombra en un todo. Las observaciones que da aquí son todas sumamente certeras. En cambio, su concepción de la familia más reciente vuelve a mostrar que no se había librado todavía de la vieja estrechez y del mal humor contra los fenómenos del último decenio. Es cierto que el «bienestar a la antigua», el contento con el hogar propio, cede cada vez más ante un malestar, una insatisfacción con los goces de la vida familiar; pero, en cambio, se pierde también cada vez más el filisteísmo del padre de familia hogareño, la aureola en torno al gorro de dormir, y las causas del malestar, que Immermann destaca casi todas con mucho acierto y con demasiada crudeza, son precisamente síntomas de una época que todavía lucha y no está cerrada. La era anterior a la dominación extranjera estaba cerrada y como tal llevaba el sello de la calma, pero también de la inactividad, y arrastraba consigo el germen de la decadencia. Nuestro autor podría haber dicho muy brevemente: la familia moderna no puede librarse de cierta incomodidad porque se le plantean exigencias nuevas que todavía no sabe conciliar con sus propios derechos. La sociedad, como admite Immermann, se ha vuelto otra; la vida pública se ha añadido como momento completamente nuevo; literatura, política, ciencia, todo eso penetra ahora más hondo en la familia, y a esta le cuesta acomodar a todos esos huéspedes extraños. ¡Ahí está! La familia sigue siendo demasiado al estilo antiguo para entenderse bien con los intrusos y ponerse a buenas con ellos, y aquí hace falta, ciertamente, una regeneración de la familia; ese enojoso proceso hay que pasarlo, y me parece que la familia antigua bien lo necesitaba. Por lo demás, Immermann estudió la familia moderna precisamente en la parte de Alemania más móvil y más accesible a las influencias modernas, en el Rin, y aquí es donde el malestar de un proceso de transición ha salido a la luz con más claridad. En las ciudades de provincias de la Alemania interior la familia antigua sigue viviendo y moviéndose a la sombra de la bata que da la única salvación, la sociedad sigue en el pie de 1799, y la vida pública, la literatura y la ciencia se despachan con toda calma y parsimonia sin que nadie se deje perturbar en su rutina. Como prueba de lo dicho sobre la familia antigua, el autor da todavía unas «Anécdotas pedagógicas» y cierra luego con «El tío», un retrato de carácter de los viejos tiempos, la parte narrativa del libro. La educación que la generación que crece recibe de la familia está terminada; la juventud se arroja en brazos de la enseñanza y de la literatura. Aquí empiezan las partes menos logradas del libro. En cuanto a la enseñanza, Immermann la recibió en una época en que el alma de toda ciencia, la filosofía, y la base de lo que se ofrecía a la juventud, el conocimiento de la Antigüedad, estaban en plena transformación, rápida como el viento, e Immermann no tuvo la ventaja de poder seguir aprendiendo esa transformación hasta su término. Cuando se llegó a la conclusión, hacía tiempo que había dejado atrás la escuela. Por eso, de momento, apenas dice más que que la enseñanza de aquellos años era estrecha, y recupera en artículos aparte las palancas más decisivas de la época. Con ocasión de Fichte nos obsequia con cosas filosóficas que a nuestros señores del concepto les parecerán bastante extrañas. Se deja llevar aquí a razonamientos ingeniosos sobre una materia que un ojo ingenioso y poético no basta para penetrar. ¡Cómo se estremecerán nuestros hegelianos estrictos al leer cómo se expone aquí la historia de la filosofía en tres páginas! Y hay que admitir que difícilmente puede hablarse de filosofía con más diletantismo que aquí. Ya la primera tesis, que la filosofía oscila siempre entre dos puntos, buscando lo cierto o en la cosa o en el yo, está escrita evidentemente para complacer a la sucesión del yo de Fichte tras la «cosa en sí» de Kant, y puede aplicarse, si acaso, a Schelling, pero en ningún caso a Hegel. A Sócrates se le llama la encarnación del pensamiento y precisamente por eso se le niega la capacidad de tener un sistema; en él, se dice, la doctrina pura estaba unida a un abandono desprevenido a la empiria, y como esa alianza iba más allá del concepto, solo pudo manifestarse como personalidad, no como doctrina. ¿No son estas tesis capaces de sumir en la mayor confusión a una generación crecida bajo influencias hegelianas? ¿No acaba toda filosofía allí donde la concordancia del pensamiento y la empiria «va más allá del concepto»? ¿Qué lógica resiste allí donde se atribuye a la «encarnación del pensamiento» la falta de sistema como atributo necesario?

Pero ¿por qué seguir a Immermann por un terreno que él mismo solo quería sobrevolar? Basta: así como no consigue acabar con los filosofemas de siglos anteriores, tampoco sabe conciliar la filosofía de Fichte con su personalidad. En cambio, describe de nuevo de manera excelente el carácter de Fichte, el orador a la nación alemana, y el del furioso gimnasta Jahn.8 Estos retratos de carácter arrojan más luz sobre las fuerzas e ideas operantes en cuyo radio estaba la juventud de entonces que largas explicaciones. También donde el tema es la literatura leemos mucho más a gusto la exposición de la relación en que «la juventud de hace veinticinco años» se situaba respecto a los grandes poetas que la demostración, mal fundada, de que la literatura alemana tiene, antes que todas sus hermanas, un origen moderno, no romántico. Siempre parecerá forzado que se haga brotar a Corneille de una raíz romántico-medieval y que de Shakespeare se quiera atribuir a la Edad Media más que la materia bruta que encontró. ¿Habla aquí quizá la conciencia no del todo limpia del antiguo romántico, que quiere rechazar el reproche de un criptorromanticismo persistente?

Tampoco gustará la sección sobre el despotismo, es decir, el napoleónico. La adoración de Napoleón al modo de Heine es ajena a la conciencia popular, pero a nadie le agradará, sin embargo, que Immermann, que reclama aquí la imparcialidad del historiador, hable como prusiano ofendido. Bien sintió que aquí hacía falta ir más allá del punto de vista nacional-alemán y, en particular, del prusiano; por eso se mantiene en el estilo lo más prudente posible, acerca la disposición todo lo que puede a lo moderno y solo se atreve con pequeñeces y cosas accesorias. Pero poco a poco se vuelve más osado, confiesa que no acaba de entender cómo se cuenta a Napoleón entre los grandes hombres, establece un sistema completo del despotismo y muestra que Napoleón fue en ese oficio un chapucero y un intruso bastante considerable.9 Pero ese no es el camino adecuado para comprender a los grandes hombres.

Así pues, Immermann —prescindiendo de algunos pensamientos que se adelantaron a su convicción— se mantiene, desde luego, en lo principal lejos de la conciencia moderna. Y, sin embargo, no se deja encasillar en ninguno de aquellos partidos en que suele dividirse el statu quo espiritual de Alemania. La corriente a la que parece estar más próximo, la teutomanía, la rechaza expresamente. El conocido dualismo de Immermann se manifestaba en la disposición como prusianismo, por un lado, y como romanticismo, por otro. Pero el primero se fue perdiendo poco a poco, sobre todo para el funcionario, en la prosa más sobria y maquinal; el segundo, en una exaltación sin fondo. Mientras Immermann se quedó en este punto no pudo conquistarse un verdadero reconocimiento, y tuvo que comprender cada vez más que estas corrientes no solo eran opuestos polares, sino que dejaban también cada vez más indiferente el corazón de la nación.

Por fin se atrevió a dar un paso adelante poético y escribió Los epígonos. Y apenas había salido la obra de la tienda del editor, dio a su autor ocasión de comprender que solo su orientación anterior se había opuesto a un reconocimiento más general de su talento por parte de la nación y de la literatura más joven. Los epígonos fueron apreciados en casi todas partes y dieron pie a diatribas sobre el carácter de su autor como Immermann no estaba acostumbrado a recibir. La joven literatura, si es que puede usarse todavía este nombre para los fragmentos de algo que nunca fue un todo, fue la primera en reconocer la importancia de Immermann y la que lo introdujo de verdad ante la nación. Por la separación cada vez más tajante entre el prusianismo y la poesía romántica, y por la popularidad relativamente escasa de que gozaban sus escritos, había estado interiormente malhumorado y había impreso involuntariamente a sus obras, cada vez más, el sello de un aislamiento áspero. Ahora, cuando había dado un paso adelante, con el reconocimiento vino también sobre él un espíritu distinto, más libre, más alegre. El viejo entusiasmo juvenil volvió a deshelarse y tomó impulso en Münchhausen hacia la reconciliación con el lado práctico y razonable del carácter. Sus simpatías románticas, que todavía le pesaban sobre la nuca, las apaciguó con Ghismonda y Tristán; ¡pero qué diferencia con sus obras románticas anteriores, y sobre todo qué plástica reina en ellas comparada con Merlín!10

En general, el romanticismo fue para Immermann solo forma; de la ensoñación de la escuela romántica lo preservó la sobriedad del prusianismo; pero esta fue también la que lo endureció un tanto frente al desarrollo de la época. Se sabe que Immermann, en lo religioso, era muy liberal, pero en lo político, partidario demasiado celoso del gobierno. Por su relación con la literatura más joven quedó ciertamente más cerca de las aspiraciones políticas del siglo y las conoció desde otro lado; pero, como muestran las Memorabilien, el prusianismo seguía todavía muy firme en él. Con todo, precisamente en este libro hay tantas manifestaciones que contrastan tanto con la opinión de fondo de Immermann y descansan tanto sobre una base moderna que no puede desconocerse una influencia considerable de las ideas modernas sobre él. Las Memorabilien muestran claramente un esfuerzo de su autor por seguir el paso de su época, y quién sabe si la corriente de la historia no habría socavado poco a poco el dique conservador-prusiano tras el que se había atrincherado Immermann.

¡Y ahora, una observación más! Immermann dice que el carácter de aquella época que describe en las Memorabilien era preferentemente juvenil; que se pusieron en movimiento motivos juveniles y se tocaron estados de ánimo de juventud. ¿No ocurre lo mismo con nuestra época? La vieja generación se ha extinguido en la literatura, la juventud se ha apoderado de la palabra. De la generación que crece depende más que nunca nuestro futuro, pues ella tendrá que decidir sobre oposiciones que se encumbran cada vez más alto. Los viejos se quejan terriblemente de la juventud, desde luego, y es cierto que es muy desobediente; pero dejadla seguir su propio camino, que ya encontrará el rumbo, y los que se extravíen tendrán la culpa ellos mismos. Porque tenemos una piedra de toque para la juventud en la nueva filosofía: se trata de abrirse paso a través de ella sin perder, sin embargo, el entusiasmo juvenil. Quien teme el bosque espeso en que se alza el palacio de la idea, quien no se abre paso con la espada y despierta con un beso a la hija del rey dormida, ese no es digno de ella ni de su reino; que se vaya y se haga cura de aldea, comerciante, asesor o lo que quiera, que tome mujer y engendre hijos con toda piedad y honradez, pero el siglo no lo reconoce como hijo suyo. No necesitáis por eso haceros viejos hegelianos ni andar arrojando a vuestro alrededor el en y para sí, la totalidad y la estidad,11 pero no debéis rehuir el trabajo del pensamiento; pues solo es auténtico el entusiasmo que, como el águila, no teme las nubes turbias de la especulación ni el aire tenue y enrarecido de las regiones superiores de la abstracción cuando se trata de volar al encuentro del sol de la verdad. Y en ese sentido la juventud de hoy ha pasado por la escuela de Hegel, y más de una semilla de las secas cápsulas del sistema ha germinado magníficamente en el pecho juvenil. Pero lo que da también la mayor confianza en el presente es que su destino no dependa de la prudencia temerosa de la acción ni del filisteísmo rutinario de la vejez, sino del fuego noble e indomado de la juventud. Por eso, luchemos por la libertad mientras somos jóvenes y estamos llenos de fuerza ardiente; ¡quién sabe si todavía podremos cuando nos sorprenda la vejez!

Friedrich Oswald

  1. Karl Leberecht Immermann (1796-1840), dramaturgo, novelista y director teatral en Düsseldorf, murió el 25 de agosto de 1840. El primer tomo de sus Memorabilien apareció póstumo en 1840. ↩

  2. El Rheinisches Jahrbuch für Kunst und Poesie, editado desde 1840 por Ferdinand Freiligrath y otros. ↩

  3. El poeta Ferdinand Freiligrath (1810-1876) trabajó de 1837 a 1839 como empleado de comercio en Barmen, la ciudad natal de Engels. Düsseldorf era entonces sede de una conocida escuela de pintura. ↩

  4. Europa. Chronik der gebildeten Welt, revista de Stuttgart dirigida por August Lewald. Karl Reinhold Köstlin (1819-1894), escritor y jurista. ↩

  5. Die Epigonen (1836) y Münchhausen. Eine Geschichte in Arabesken (1838-1839), las dos novelas principales de Immermann. ↩

  6. «Después de mí, el diluvio», frase atribuida a Luis XV. ↩

  7. El centenario de la subida al trono de Federico II (1740), celebrado en 1840. ↩

  8. Johann Gottlieb Fichte, autor de los Discursos a la nación alemana (1807-1808); Friedrich Ludwig Jahn (1778-1852), fundador de la gimnasia patriótica alemana. ↩

  9. Böhnhase en el original: el artesano que trabaja sin pertenecer al gremio, el chapucero. ↩

  10. Merlin. Eine Mythe (1832), Ghismonda y Tristan und Isolde, obras de Immermann. ↩

  11. Jerga hegeliana: An und für sich («en y para sí»), Totalität, Diesigkeit (traducción alemana de la haecceitas escolástica, la «estidad»). ↩