Escrito por Karl Marx en Colonia el 15 de octubre de 1842 y publicado en la Rheinische Zeitung, n.º 289, del 16 de octubre de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 105-108), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*** Colonia, 15 de octubre. El número 284 de la Augsburger Zeitung1 tiene la torpeza de descubrir en la Rheinische Zeitung una comunista prusiana; no una comunista de verdad, es cierto, pero sí una persona que coquetea fantasiosamente con el comunismo y le hace ojitos platónicos.

Si esta impertinente fantasía de la augsburguesa es desinteresada, o si este ocioso juego de manos de su excitada imaginación tiene que ver con especulaciones y negocios diplomáticos, lo decidirá el lector, una vez que hayamos presentado el supuesto corpus delicti.

La Rheinische Zeitung, se cuenta, habría acogido en su folletín un artículo comunista sobre las casas de vecindad de Berlín2 y lo habría acompañado de la siguiente observación: estas comunicaciones «no carecerán de interés para la historia de esta importante cuestión de actualidad»; de donde se sigue, según la lógica de Augsburgo, que la Rheinische Zeitung «ha servido con recomendación semejante ropa sin lavar». Así pues, si yo digo, por ejemplo: «las siguientes comunicaciones del Mefistófeles3 sobre la economía doméstica interna de la Augsburger Zeitung no carecerán de interés para la historia de esta dama tan pagada de su importancia», ¿estaré recomendando los sucios «trapos» con los que la augsburguesa se corta su abigarrado guardarropa? ¿O habríamos de no tener el comunismo por una importante cuestión de actualidad solo porque no es una cuestión de actualidad presentable en la corte, porque lleva ropa sucia y no huele a agua de rosas?

Pero con razón se enoja la augsburguesa con nuestro malentendido. La importancia del comunismo no consiste en que constituya una cuestión de actualidad de la máxima gravedad para Francia e Inglaterra. El comunismo posee la importancia europea de haber sido utilizado por la Augsburger Zeitung para hacer una frase. Uno de sus corresponsales de París, un converso que trata la historia como un pastelero la botánica, tuvo hace poco la ocurrencia de que la monarquía debía procurar apropiarse a su manera de las ideas socialistas y comunistas. ¿Entendéis ahora el disgusto de la augsburguesa, que nunca nos perdonará que hayamos expuesto al público el comunismo en su desnudez sin lavar? ¿Entendéis la mordaz ironía con que nos grita: así es como recomendáis el comunismo, que ya tuvo una vez la feliz elegancia de servir de frase a la Augsburger Zeitung?

El segundo reproche que alcanza a la Rheinische Zeitung es la conclusión de una crónica de Estrasburgo sobre los discursos comunistas pronunciados en el congreso que allí se celebró,4 pues las dos hermanastras se habían repartido el botín de tal modo que a la renana le tocaron las deliberaciones y a la bávara las comidas de los sabios de Estrasburgo. El pasaje incriminado dice literalmente:

«Hoy ocurre con la clase media lo mismo que con la nobleza en 1789; entonces la clase media reclamó los privilegios de la nobleza y los obtuvo; hoy el estamento que no posee nada pide participar en la riqueza de las clases medias, que ahora están en el poder. La clase media está hoy mejor prevenida contra un golpe de mano que la nobleza en el 89, y es de esperar que el problema se resuelva por vía pacífica.»

Que la profecía de Sieyès5 se ha cumplido y que el tiers état lo es todo y quiere serlo todo, lo confiesan con la más melancólica indignación Bülow-Cummerow, el difunto Berliner politisches Wochenblatt, el doctor Kosegarten y todos los escritores feudales.6 Que el estamento que hoy no posee nada pide participar en la riqueza de las clases medias es un hecho que, sin los discursos de Estrasburgo y a pesar del silencio de Augsburgo, se pasea por las calles de Mánchester, París y Lyon a la vista de todos. ¿Cree acaso la augsburguesa que su enojo y su silencio refutan los hechos de la época? La augsburguesa es impertinente en la huida. Se escabulle ante los fenómenos comprometedores de la época y cree que el polvo que levanta tras de sí al escapar, así como los temerosos insultos que masculla entre dientes durante la fuga, ciegan y confunden por igual al incómodo fenómeno de la época y al cómodo lector.

¿O se enoja la augsburguesa con la esperanza de nuestro corresponsal de que la innegable colisión se resolverá «por vía pacífica»? ¿O nos reprocha que no hayamos recetado al instante un remedio probado ni deslizado en el bolsillo del sorprendido lector un informe más claro que el agua sobre la modesta solución del problema? No poseemos el arte de domar con una frase problemas en cuya resolución trabajan dos pueblos.

Pero, queridísima, excelente augsburguesa, usted nos da a entender, con ocasión del comunismo, que Alemania es hoy pobre en existencias independientes, que las nueve décimas partes de la juventud más instruida mendigan al Estado el pan de su futuro, que nuestros ríos están descuidados, que la navegación está postrada, que a nuestras ciudades comerciales, antes florecientes, les falta su antiguo esplendor, que en Prusia las instituciones libres solo se persiguen por un camino lento, que el excedente de nuestra población vaga desamparado para perderse como alemanes en nacionalidades extranjeras, ¡y para todos estos problemas ni una sola receta, ni un intento de ver «más claro en los medios para llevar a cabo» la gran acción que ha de redimirnos de todos estos pecados! ¿O es que no espera usted una solución pacífica? Casi parece apuntar a ello otro artículo del mismo número, fechado en Karlsruhe, en el que incluso a propósito de la Unión Aduanera7 se dirige a Prusia esta pregunta capciosa: «¿Se cree que una crisis así pasaría como una riña por fumar en el Tiergarten?»8 La razón que usted aduce para su incredulidad es una razón comunista: «Que estalle una crisis en la industria, que se pierdan millones de capital, que miles de obreros se queden sin pan.» ¡Qué inoportuna llegó nuestra «esperanza pacífica», cuando usted ya había decidido hacer estallar una crisis sangrienta! Por eso, sin duda, en su artículo «Gran Bretaña» se señala, según su propia lógica, con recomendación, al demagógico médico doctor M'Douall,9 que emigró a América porque «con esta estirpe de reyes no hay nada que hacer».

Antes de despedirnos de usted, quisiéramos llamarle de paso la atención sobre su propia sabiduría, ya que con su método de las frases no es fácil evitar, inocentemente, aquí y allá, no tener un pensamiento, desde luego, pero precisamente por eso expresarlo. ¡Encuentra usted que la polémica del señor Hennequin, de París, contra la parcelación de la propiedad territorial lo pone en una armonía sorprendente con los autónomos!10 La sorpresa, dice Aristóteles, es el comienzo de la filosofía.11 Usted ha terminado en el comienzo. ¿Se le habría escapado, si no, el hecho sorprendente de que en Alemania los principios comunistas no los difunden los liberales, sino sus amigos reaccionarios?

¿Quién habla de corporaciones de artesanos? Los reaccionarios. El estamento artesano ha de formar un Estado dentro del Estado. ¿Le parece sorprendente que tales ideas, expresadas en términos modernos, digan así: «El Estado ha de convertirse en el estamento artesano»? Si para el artesano su estamento ha de ser el Estado, pero el artesano moderno, como todo hombre moderno, solo entiende y puede entender el Estado como la esfera común a todos sus conciudadanos, ¿cómo quiere usted sintetizar ambas ideas si no es en un Estado de artesanos?

¿Quién polemiza contra la parcelación de la propiedad territorial? Los reaccionarios. En un escrito feudal aparecido hace muy poco (Kosegarten sobre la parcelación) se ha llegado a llamar a la propiedad privada un privilegio. Es el principio de Fourier. Una vez de acuerdo sobre los principios, ¿no cabe discutir sobre las consecuencias y la aplicación?

La Rheinische Zeitung, que no puede conceder a las ideas comunistas en su forma actual ni siquiera realidad teórica, y que menos aún puede desear su realización práctica o considerarla siquiera posible, someterá estas ideas a una crítica a fondo. Pero que escritos como los de Leroux y Considérant, y sobre todo la aguda obra de Proudhon,12 no pueden criticarse con ocurrencias superficiales del momento, sino solo tras un estudio prolongado y profundo, lo comprendería la augsburguesa si exigiera y pudiera algo más que frases de guante blanco. Tanto más en serio hemos de tomar tales trabajos teóricos cuanto que no coincidimos con la de Augsburgo, que encuentra la «realidad» de las ideas comunistas no en Platón,13 sino en su oscuro conocido, que, no sin mérito en algunas ramas de la investigación científica, entregó toda la fortuna de que entonces disponía y limpiaba los platos y las botas de sus correligionarios por voluntad del padre Enfantin.14 Tenemos la firme convicción de que el verdadero peligro no lo constituye el intento práctico, sino el desarrollo teórico de las ideas comunistas, pues a los intentos prácticos, aunque sean intentos en masa, se puede responder con cañones en cuanto se vuelven peligrosos; pero las ideas que vencen nuestra inteligencia, que conquistan nuestros sentimientos, a las que el entendimiento ha encadenado nuestra conciencia, son cadenas de las que uno no se arranca sin desgarrarse el corazón, son demonios que el hombre solo puede vencer sometiéndose a ellos. Pero la Augsburger Zeitung seguramente nunca ha conocido la angustia de conciencia que provoca una rebelión de los deseos subjetivos del hombre contra las convicciones objetivas de su propio entendimiento, pues no posee entendimiento propio, ni convicciones propias, ni tampoco conciencia propia.

  1. La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, del editor Cotta, el diario alemán de mayor difusión de la época, de orientación conservadora y moderada. Marx la trata en femenino, «la augsburguesa» (die Augsburgerin), como a una dama. ↩

  2. Las Familienhäuser, grandes casas de alquiler para familias pobres en el arrabal berlinés del Vogtland, símbolo de la miseria de la capital prusiana. ↩

  3. Mephistopheles, revista satírica alemana de la época. ↩

  4. El décimo Congreso científico de Francia, celebrado en Estrasburgo entre septiembre y octubre de 1842, en cuya sección de ciencias sociales se debatieron las doctrinas socialistas. ↩

  5. Emmanuel-Joseph Sieyès, en su folleto ¿Qué es el tercer estado? (1789): «¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. ¿Qué pide? Llegar a ser algo». ↩

  6. Ernst von Bülow-Cummerow (1775-1851), terrateniente pomerano y publicista de los intereses de la nobleza; el Berliner politisches Wochenblatt (1831-1841), semanario de la camarilla feudal y legitimista; Wilhelm Kosegarten (1792-1868), publicista conservador, autor de un escrito contra la libre división de la propiedad de la tierra (1842). ↩

  7. La Zollverein, unión aduanera de los Estados alemanes bajo dirección prusiana, en vigor desde 1834. ↩

  8. El Tiergarten es el gran parque de Berlín, donde estaba prohibido fumar. ↩

  9. Peter Murray McDouall (1814-1854), médico escocés y dirigente cartista. ↩

  10. Los «autónomos»: la nobleza renana que reclamaba el derecho de regular por estatutos propios la sucesión de sus bienes, para sustraerlos a la libre divisibilidad de la tierra establecida por el Código civil francés vigente en Renania. ↩

  11. Aristóteles, Metafísica, libro I, cap. 2: los hombres comenzaron a filosofar movidos por la admiración. ↩

  12. Pierre Leroux (1797-1871) y Victor Considérant (1808-1893), socialistas franceses, sansimoniano disidente el primero y discípulo de Fourier el segundo; Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), autor de ¿Qué es la propiedad? (1840). ↩

  13. Alusión a la comunidad de bienes de los guardianes en la República de Platón. ↩

  14. Barthélemy-Prosper Enfantin (1796-1864), el «padre» de la escuela sansimoniana, que en 1832 retiró a sus discípulos a una comunidad en Ménilmontant, donde se repartían las tareas domésticas. ↩