Escrito por Friedrich Engels en Berlín el 6 de mayo de 1842. Publicado sin firma, como correspondencia de Berlín, en la Rheinische Zeitung, n.º 134, del 14 de mayo de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 293-295), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*×* Berlín, 6 de mayo. Hay ciertas épocas del año en que al renano que anda rodando por tierras extrañas le entra una nostalgia muy especial de su hermosa tierra. Esta nostalgia se presenta sobre todo en primavera, hacia Pentecostés, la época del festival de música renano,1 y es un sentimiento de lo más fastidioso. Ahora, eso se sabe por desgracia demasiado bien, ahora reverdece el Rin; las olas transparentes del río se rizan con el aliento de la primavera, la naturaleza se pone su traje de domingo, y ahora se preparan allá en casa para el viaje de los cantores; mañana salen, ¡y tú no estás!

¡Oh, qué hermosa fiesta es el festival de música renano! En vapores atestados y adornados de follaje, con banderas al viento, con sones de trompa y canciones, en largos trenes y en filas de diligencias, agitando los sombreros y ondeando los pañuelos, llegan los invitados en tropel desde todas partes: hombres alegres, jóvenes y viejos, mujeres hermosas con voces todavía más hermosas, toda gente de domingo con caras risueñas de domingo. ¡Qué gusto da verlo! Todas las preocupaciones, todos los negocios quedan olvidados; no se ve ni una sola cara seria en la densa aglomeración de los que llegan. Se renuevan viejas amistades, se traban otras nuevas, la gente joven ríe y bromea y parlotea sin parar, y hasta los viejos, a los que sus queridas hijas han convencido a la fuerza de que acudan a la fiesta pese a la gota, la podagra, el resfriado y la hipocondría, se contagian de la alegría general y tienen que estar contentos, ya que al fin y al cabo han venido. Todo se dispone para la celebración de Pentecostés, y una fiesta que procede de la efusión general del Espíritu Santo no puede celebrarse más dignamente que entregándose al espíritu divino de la alegría y del disfrute de la vida, cuyo núcleo más íntimo es precisamente el goce del arte. Y de todas las artes ninguna es tan adecuada como la música para ser el centro de una Dieta provincial de la sociabilidad como esta, en la que se reúnen todas las personas cultas de la comarca para refrescar mutuamente el ánimo de vivir y la alegría juvenil. Si entre los antiguos lo que atraía al pueblo en las Panateneas y en las fiestas de Baco eran la representación cómica y la competición de los poetas trágicos,2 con nuestras condiciones climáticas y sociales solo la música puede corresponder a aquello. Pues así como la música solamente impresa, que no habla al oído, no puede depararnos ningún goce, así para los antiguos la tragedia permanecía muerta y ajena mientras no hablara desde la timele y la orquesta3 por la boca viva de los actores. Ahora cada ciudad tiene su teatro, donde se representa todas las noches, mientras que para el heleno el escenario solo cobraba vida en las grandes fiestas; ahora la imprenta difunde cada drama nuevo por toda Alemania, mientras que entre los antiguos muy pocos llegaban a leer la tragedia escrita. Por eso el drama ya no puede ser el centro de grandes reuniones; otro arte tiene que suplirlo, y ese solo puede ser la música, pues solo ella admite la participación de una gran multitud y hasta gana con ello considerablemente en fuerza expresiva; es la única en la que el goce coincide con la ejecución viva, y cuyo radio de acción corresponde en amplitud al del drama antiguo. Y bien puede el alemán celebrar y cultivar la música, en la que es rey entre todos los pueblos, pues así como solo él ha logrado sacar a la luz desde su honda oscuridad lo más alto y lo más sagrado, el misterio más íntimo del ánimo humano, y expresarlo en sonidos, también solo a él le ha sido dado sentir por entero el poder de la música, entender de punta a cabo el lenguaje de los instrumentos y del canto.

Pero la música no es en todo esto lo principal. ¿Qué es, entonces? Pues el festival de música. Igual que el centro no forma un círculo sin la periferia, la música no es nada en él sin la alegre vida social que forma la periferia de ese centro musical. El renano es de naturaleza sanguínea de pies a cabeza; su sangre corre por sus venas tan ligera como el vino del Rin recién fermentado, y sus ojos miran siempre al mundo alegres y de buen humor. Es el niño nacido en domingo4 entre los alemanes, al que el mundo le parece siempre más hermoso y la vida más alegre que a los demás; está sentado riendo y charlando bajo el emparrado y ha olvidado hace rato todas sus penas junto a la copa cuando los otros todavía deliberan durante horas si irán y harán lo mismo, y entretanto dejan pasar el mejor momento. Eso es seguro: ningún renano ha dejado pasar jamás una ocasión de disfrutar de la vida, o, si lo ha hecho, lo han tenido por el mayor de los necios. Esa sangre ligera mantiene además al renano joven durante mucho tiempo, cuando el alemán del norte propiamente dicho ha pasado ya hace años al filisteísmo de la formalidad y de la prosa. El renano disfruta toda su vida de las travesuras alegres y atrevidas, de las bromas juveniles o, como dice la gente sensata y formal, de las locuras y extravagancias; las universidades más alegres y animadas han sido desde siempre Bonn y Heidelberg. E incluso el viejo filisteo que se ha agriado en el esfuerzo y el trabajo, en la sequedad de lo cotidiano, por mucho que de buena mañana zurre a sus chicos por sus bromas traviesas, por la noche, ante su vasito de vino, les cuenta a gusto las viejas diabluras que él mismo hizo en su juventud.

Con este carácter siempre alegre de los renanos, con una despreocupación tan abierta y tan franca, no es nada de extrañar que en el festival de música casi todos quieran algo más que oír y hacerse oír. ¡Qué alegría, qué vida animada y sin trabas, qué frescura en el disfrute, como la que se buscaría largo tiempo en otra parte! Todo caras alegres y benévolas, amistad y cordialidad para todos los que toman parte en el regocijo general; los tres días de fiesta pasan volando como horas entre la bebida, el canto y las bromas. Y en la mañana del cuarto día, cuando ya se ha disfrutado toda la alegría y hay que separarse, uno se alegra ya con la esperanza del año próximo, se da cita para entonces, y cada cual se va, todavía alegre y reanimado, por su camino y a su trabajo de cada día.

  1. El festival de música del Bajo Rin (Niederrheinisches Musikfest), que se celebraba desde 1818 por Pentecostés, en Düsseldorf, Colonia, Aquisgrán y otras ciudades renanas, con coros y orquestas de aficionados de toda la región. ↩

  2. En las Grandes Dionisias de Atenas, fiestas de Dioniso (Baco), competían los poetas trágicos y cómicos; las Panateneas, fiestas de Atenea, tenían certámenes de música y de recitación. ↩

  3. En el teatro griego, la timele era el altar de Dioniso situado en el centro de la orquesta, el espacio circular donde actuaba el coro. ↩

  4. Sonntagskind: en la tradición popular alemana, el nacido en domingo es un afortunado. ↩