Escrito por Friedrich Engels en Berlín en mayo de 1842. Publicado sin firma en la Rheinische Zeitung, n.º 145, del 25 de mayo de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 299-302), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Cuatro conferencias públicas pronunciadas en Königsberg por Ludwig Walesrode. Königsberg, H. L. Voigt, 1842.1
Königsberg, en Prusia, se ha elevado desde hace varios años a una importancia que tiene que alegrar a toda Alemania. Formalmente excluido de Alemania por el Acta federal,2 el elemento alemán se ha concentrado allí y reclama que se le reconozca como alemán, que se le respete como representante de Alemania frente a la barbarie del Oriente eslavo. Y en verdad, los prusianos orientales no podían representar la cultura y la nacionalidad de Alemania frente al mundo eslavo mejor de lo que lo han hecho. La vida intelectual, el sentido político, se han elevado allí a una actividad febril, a una altura y una libertad de punto de vista como en ninguna otra ciudad. Rosenkranz3 representa allí la filosofía alemana de un modo satisfactorio con la versatilidad y la agilidad de su espíritu, y aunque no tiene el valor de sacar las consecuencias sin miramientos, lo sitúan muy alto, además de sus conocimientos y su talento, su fino tacto y su manera desprejuiciada de ver las cosas. Jachmann y otros discuten con espíritu liberal las cuestiones del día, y precisamente ahora tenemos ante nosotros, en el cuaderno citado arriba, una nueva prueba del alto grado de cultura que posee el público de allí.
Son cuatro conferencias humorísticas, pronunciadas ante un gran auditorio, sobre temas tomados del presente inmediato y vivo, que el talentoso autor ha reunido aquí. En efecto, se muestra aquí tal disposición para la pintura de género, tal ligereza, elegancia y agudeza en la exposición, un ingenio tan chispeante, que no se le puede negar al autor una notable disposición para el humorismo. Tiene la mirada certera que saca enseguida de los acontecimientos del día su lado favorable y manejable, y sabe colocar sus innumerables referencias y alusiones de un modo tan fino que el propio aludido tendrá que sonreír; además, unas empujan a otras, y al final nadie puede enfadarse de verdad con el burlón, porque a todos les ha tocado algo. La primera conferencia, «Las máscaras de la vida», nos presenta Múnich, Berlín, el Michel alemán,4 la vaciedad de la aristocracia nobiliaria, el desgarramiento5 y una reunión de celebridades alemanas, de la que entresaco los siguientes pasajes:
«No lejos de nosotros, sentado a la mesa, hay un joven que bebe su vino en una pesada copa de plata. En cierta ocasión desmontó con una sola canción veinte baterías francesas que apuntaban contra las libres náyades del verde y libre Rin, y con sus yambos de cuatro pies hizo retroceder en fuga incontenible hasta Thionville a varios regimientos de caballería de la vanguardia francesa, que habían llegado ya hasta Andernach. Por esta audaz hazaña fue recompensado con una copa de plata y con una construcción de participio aún más audaz que su canción, tan maravillosamente gigantesca que todos los profesores de instituto de Alemania palidecieron y los alumnos de tercero saltaron de los pupitres gritando de júbilo: ¡Ya tenemos vacaciones de canícula!»6
Poco después se dice:
«Ahí sale a nuestro encuentro una máscara de censor. Si descubriera en nuestros dedos una mancha de tinta sin censurar, estaríamos perdidos. Un censor tiene el aspecto de cualquier otra persona, pero su oficio es más que humano. Juzga el espíritu y los pensamientos y tiene en sus manos la balanza que solo la justicia eterna debería sostener. En la literatura está empleado para ejecutar la ley faraónica de que se mate, o al menos se abelardice,7 a todos los niños literarios nacidos varones. La censura de la antigua Roma consistía en un severo tribunal de costumbres sobre los ciudadanos de la república; cesó cuando, como dice Cicerón, ya no podía hacer otra cosa que sonrojar a un hombre.8 ¡Nuestra censura solo podrá cesar cuando la nación entera sea capaz de sonrojarse de ella como un solo hombre!»
La segunda conferencia, «Nuestra edad de oro», se extiende con la misma ligereza sobre la aristocracia del dinero; la tercera, «Torneo literario a lo don Quijote», arremete lanza en ristre contra toda clase de despropósitos de la época, empezando por el estilo político alemán.
«La lengua alemana —se dice en esta conferencia— nació libre y republicana; trepa hasta los cuernos alpinos y los glaciares más altos de la poesía y del pensamiento para remontarse con el águila hasta el sol. Pero también se presta, como los suizos, a servir de guardia de corps al despotismo.9 Lo que el rey de Hannover dijo a su pueblo en el peor alemán10 no habría podido expresarlo en el mejor inglés. En una palabra, nuestra lengua es, como las píldoras de Morrison,11 buena y útil para todo; solo le falta una cosa que le hace mucha falta: ¡el estilo político! Ciertamente, en tiempos de máximo peligro, cuando la catedral de Colonia se mira en el Rin, cosa que solo suele hacer en circunstancias muy delicadas, entonces adopta, con alta autorización de la autoridad, una especie de impulso político; entonces se llama "Gau" a cada campo de patatas, honrados vecinos de pueblo son ascendidos a "Mannen" y cada costurera se transforma de repente, de la noche a la mañana, en una "Maid" alemana.12 Pero eso no es más que el estilo político defensivo, que suele movilizarse junto con el Landsturm;13 a la ofensiva nuestra lengua no ha llegado todavía. Cuando el alemán quiere reclamar su derecho político más sencillo, que tiene tan legalmente garantizado en papel timbrado como a su mujer por el contrato matrimonial, entonces llena su exigencia de tantas cláusulas, de tantas florituras de cancillería, episodios de alta consideración, rayas de respeto y tantas protestas de un amor y una fidelidad que no han de morir nunca, que el conjunto podría tomarse antes por la ceremoniosa carta de amor de un oficial de sastre que por una exigencia justa. Porque el alemán no tiene valor suficiente… para tener razón, y por eso pide mil veces perdón si se ha atrevido a creer, a opinar, a suponer o aunque solo sea a barruntar que todavía le quedaba por cobrar una exigencia política de algún alto cliente. ¿No recuerdan por completo, por ejemplo, la mayoría de las peticiones de libertad de prensa al marqués de Posa, vestido de pies a cabeza con el guardarropa del teatro, que se arroja a los pies del rey Felipe con las palabras: "¡Sire, dad libertad de pensamiento!"? ¿Puede extrañar entonces que tales súplicas se despachen y se archiven igualmente con las palabras del rey Felipe: "¡Extraño soñador!"?14 Los pocos alemanes que tuvieron el valor de exponer, como abogados de su patria, los derechos políticos de esta en un lenguaje claro y conciso, como corresponde a hombres, deben únicamente a esa cobardía de nuestro estilo político el haber caído como víctimas en manos de la inquisición del Estado. ¡Porque donde la cobardía es la norma, el valor es delito! A un escritor político de nuestro tiempo se le podía muy fácilmente, por meros pecados de estilo, por dejar que sus palabras y pensamientos aparecieran en su verdad desnuda y no vestidos con el traje prescrito por el maestro de ceremonias, enrodar con cierta suavidad de abajo arriba,15 y eso con todo derecho. Pero así como el estilo alemán es de una cobardía de eunuco cuando tiene que hacer valer derechos políticos, con la misma torpeza da con el incensario en las orejas a los poderes más altísimos. En cuanto un príncipe dice en algún sitio: "¡Quiero ejercer el derecho y la justicia!", se precipitan enseguida enjambres enteros de frases periodísticas, como abejas silvestres, sobre las gotitas de miel y zumban de gozo por el delicioso hallazgo en el árido páramo político. ¿Pero puede haber algo más ofensivo para un príncipe que el que la mera voluntad declarada de cumplir el primer deber del gobernante, sin el cual habría que arrojar su nombre junto a los de un Nerón y un Busiris,16 se pregone a son de trompeta por todos los periódicos como una virtud principesca extraordinaria, inaudita? ¡Y eso ocurre en periódicos oficiales, bajo los ojos de los censores, bajo los auspicios de la Dieta federal! ¿No habría que aplicar a un panegirista tan torpe el § 92 del derecho penal17 en todo su rigor?»
La cuarta ofrece «Variaciones sobre melodías nacionales y de actualidad muy apreciadas», entre las que se encuentra «Un capítulo de condecoraciones», que empieza así:
«Los príncipes son los pastores de los pueblos, como ya dice Homero, y por tanto los pueblos son naturalmente las ovejas de los príncipes. Y los pastores aman mucho a sus ovejas y las llevan de un abigarrado ronzal de seda para que no se les pierdan, y las ovejas a su vez se alegran de la linda cinta tornasolada con todos los colores del arco iris y no se dan cuenta de que ese adorno es al mismo tiempo su cadena, porque precisamente son ovejas», etc.
Walesrode ha demostrado con estas cuatro conferencias su aptitud para el humorismo. Pero con eso no basta. Cosas así tienen derecho a ser sueltas, fragmentarias, sin unidad, con tal de que cumplan su fin como conferencias; pero el verdadero humorista habría destacado todavía más de lo que lo ha hecho Walesrode el trasfondo de una gran concepción positiva del mundo, en la que al final toda burla y toda negación se resuelven en la más plena satisfacción. En este sentido, Walesrode ha contraído una obligación al publicar esta obrita; tiene que justificar cuanto antes las expectativas que ha despertado aquí y demostrar que es capaz de concentrarse, de elaborar sus ideas en un todo, igual que aquí las ha dejado dispersarse. Y eso es tanto más necesario cuanto que muestra un gran parentesco con los autores de la difunta Joven Alemania18 por proceder de Börne, por su manera de ver las cosas y por su estilo; pero casi todos los autores de esa categoría no han justificado las expectativas suscitadas y se han hundido en un abatimiento como el que tenía que producir un esfuerzo infructuoso por alcanzar la unidad interior. La incapacidad de producir algo entero fue el escollo en el que naufragaron, porque ellos mismos no eran hombres enteros. Walesrode, sin embargo, deja entrever aquí y allá un punto de vista superior, más acabado, y autoriza así a exigirle que ponga en equilibrio sus juicios aislados entre sí y con la altura filosófica de la época.
Por lo demás, le felicitamos por el público que ha sabido apreciar estas conferencias y por el censor que no las ha sustraído a la publicidad. Esperamos que un manejo de la censura como el que demuestra este libro venza a todos los demás principios vacilantes en ella, al menos para Prusia, y se imponga con validez general; que la censura la ejerzan en todas partes hombres como los de Königsberg, donde, como dice nuestro autor, los censores son hombres «que han asumido el más odioso de todos los cargos con doloroso sacrificio para que no pase a manos de quienes lo asumirían con alegría».
Ludwig Walesrode (1810-1889), publicista y humorista liberal de Königsberg. El título completo del libro es Glossen und Randzeichnungen zu Texten aus unserer Zeit. Vier öffentliche Vorlesungen. ↩
El Acta federal de 1815, que creó la Confederación Germánica: las provincias de Prusia Oriental y Occidental, con Königsberg, quedaron fuera de ella. ↩
Karl Rosenkranz (1805-1879), filósofo hegeliano del centro, profesor en Königsberg, biógrafo de Hegel. ↩
Figura proverbial del alemán bonachón, pasivo y de cortas luces. ↩
Zerrissenheit: el «desgarramiento» o mal del siglo, tópico de la literatura romántica y posromántica. ↩
Alusión a Nikolaus Becker (1809-1845), autor de la canción «Der deutsche Rhein» («No lo tendrán, el libre Rin alemán»), escrita durante la crisis franco-alemana de 1840 y colmada de honores por varios príncipes alemanes. Thionville y Andernach: ciudades del Mosela y del Rin. ↩
Castrar, como a Pedro Abelardo (1079-1142). ↩
Cicerón, De re publica, IV, 6: el juicio del censor apenas acarrea al condenado otra cosa que el rubor. ↩
La guardia suiza de los reyes de Francia y del papa. ↩
Ernesto Augusto, rey de Hannover desde 1837, criado en Inglaterra, que abolió la constitución del reino (véase la nota 4 de Liberalismo del norte y del sur de Alemania). ↩
Píldoras purgantes de James Morison (1770-1840), anunciadas como remedio universal. ↩
Palabras arcaizantes caras a la teutomanía: Gau («comarca»), Mannen («vasallos, guerreros») y Maid («doncella»). ↩
La leva en masa de la población no encuadrada en el ejército ni en la Landwehr. ↩
Schiller, Don Carlos, acto III, escena 10. ↩
En el suplicio de la rueda, romper los huesos «de abajo arriba» era la forma más cruel; «de arriba abajo», empezando por el cuello, la más clemente. ↩
Rey legendario de Egipto que sacrificaba a los extranjeros, muerto por Heracles. ↩
El parágrafo del derecho penal prusiano (Allgemeines Landrecht, parte II, título 20) que definía la alta traición; véase Sobre la crítica de las leyes prusianas de prensa. ↩
Grupo de escritores liberales de los años treinta (Gutzkow, Laube, Mundt, Wienbarg), cuyas obras prohibió la Dieta federal en 1835. ↩