Poema satírico escrito en Berlín en junio y julio de 1842 y publicado sin nombre de autor en diciembre de 1842 en Neumünster, junto a Zúrich, a nombre del impresor Johann Friedrich Hess, en realidad por el Literarisches Comptoir de Julius Fröbel, editor de los escritos que la censura alemana no dejaba pasar. Su motivo es la retirada de la venia legendi* a Bruno Bauer en marzo de 1842: el diablo seduce al teólogo, que pasa de servidor de la fe a jefe de los ateos, y la contienda entre los piadosos y los jóvenes hegelianos berlineses, «los Libres», llega hasta el cielo. Engels, que hacía el servicio militar en Berlín, aparece entre los Libres como «Oswald», su seudónimo de entonces; Marx, al que aún no conocía en persona, aparece como «un tipo negro de Tréveris». Autoría: Gustav Mayer atribuyó en 1920 el poema a Engels a partir de un artículo de la Barmer Zeitung de 1884; David Riazánov, el editor de la MEGA, que en 1923 había supuesto la colaboración de un miembro del círculo berlinés, la halló confirmada en el diccionario Gelehrtes Berlin im Jahre 1845, hecho con los cuestionarios que rellenaban los propios autores, donde Edgar Bauer declara haber compuesto en 1842 «con Friedrich Oswald» este «poema heroico cristiano»; el Conversations-Lexikon de Wigand repitió el dato en 1846. No se sabe qué parte escribió cada uno; Riazánov atribuía a Engels la idea y la parte principal, y a Edgar Bauer el conocimiento de la historia anterior del círculo. Traducido de Marx/Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 253-281, por la Escuela de marxismo, 2026. Los alejandrinos pareados del original y los pasajes en otros metros (parodias del Fausto de Goethe, himnos, dísticos) se traducen verso a verso, en verso libre y sin rima. Los nombres propios, espaciados en el original, van en redonda. Las tres notas de los autores van marcadas; las demás notas son nuestras. Texto original en alemán.*
Canto primero
Para cantar con todo esplendor la gloria de la fe,
despliega, alma mía, humildemente tus alas;
el alto triunfo de la fe… Mas no: ¿no es la fuerza propia
igual que la caña quebradiza? Otro da la savia;
otro concede tanto el querer como el poder:
¡creyentes, impetrad sobre mí la bendición de la gracia!
¡Sí, alza tu rugido, oh león de la orilla del Saale,1
y junta, Hengstenberg,2 tus manos hechas a vencer!
Tú, grande con la lira y grande en la cátedra,
oh Sack,3 vierte en mi pluma algo de tu fuerza;
Krummacher,4 hombre de Dios, baluarte de la fe verdadera,
¡enséñame a anunciar, como tú, la Palabra!
¡Y tú, mi dulce Knapp!5 Yo llevo, oh alma piadosa,
la antorcha de tus himnos audaz a la cueva de la blasfemia.
Y tú, que a la raza de los burladores, audaz y libre,
opusiste la cruz, ¡oh Klopstock,6 asísteme!
¿Qué sería yo sin ti, Juan el Teólogo?7
Si tú me ayudas fielmente, lo emprendo y puedo hacerlo.
¡Ayudadme, David y Ezequiel, a extirpar
de raíz la abominación de la blasfemia!
¡Arriba, agrupaos en torno a mí, recias columnas de la fe,
protegedme de la burla y del aullar de los blasfemos insolentes;
alzad piadosamente las manos hacia el trono de la gracia,
para que yo acabe mi carrera en alabanza del Señor! —
¿Qué es lo que turba de pronto el hosanna de los bienaventurados?
¿Por qué se seca el maná del canto de los ángeles?
¡Ay! ¿Ha entrado en el cielo la astucia del diablo
y ha trocado su hedor pestilente la alegría en pena?
Donde solo debieran sonar el júbilo, la alabanza y el himno,
¿qué hace allí ese gemir, ese cantar de lamentaciones?
¿Quién es el que se queja? ¿Quién clama en las alturas del cielo?
Son las almas de los piadosos, que gimen así:
«¡Oh Señor, escucha, Señor, Señor, oye nuestro clamor!
¿Hasta cuándo toleras el tormento de tus fieles?
¿Hasta cuándo esperas, sin vengar todavía,
oh Señor, la sangre de los creyentes en la raza sacrílega?
¡Ay!, ¿ha de brillar siempre sobre la tierra con gloria y esplendor
el desafío del placer mundano, la jactancia de los blasfemos insolentes?
¿Ha de decir siempre cualquier filósofo: Yo soy Yo?
¿Ha de blasfemar de ti cada vez con más descaro la hueste de los librepensadores?
¡Ay, cada vez más alto resuena la mofa de la soberbia!
¡Oh, haz sonar pronto la trompeta del Juicio Final!»
Y el Señor dice, apaciguador: «Aún no está colmada la medida,
aún no es bastante el hedor que despide la carroña;
y también a mis combatientes he de educarlos en el valor,
para que en la última batalla no huyan ante Satanás.
Allá abajo, en Berlín, son muchos los que me buscan,
pero a muchos los retiene aún la almohada del orgulloso pensar;
no quieren creer, quieren comprenderme,
quieren encadenarme con los aros del pensamiento.
Ved allí a Bruno Bauer:8 cree, pero se pone a pensar;
la carne está bien dispuesta, pero ¡ay!, el espíritu es débil.9
Bien, esperad un poco; pronto caerán esas escorias,
y Satanás ya no podrá atraparlo por el pensar.
El que me busca con tanta fidelidad me hallará al cabo,
y arrojará piadosamente de sí la vanidad que lo deleita.
La necedad del pensar, que le dispersa el sentido,
la reconocerá como viento, y su alma temblará.
Sí, la filosofía todavía será para él objeto de burla;
la gracia se abrirá paso, y él creerá: Dios es Dios.»
Y al oír esta palabra hubo dicha allá arriba,
y en alabanza del Señor poderoso se alzó un himno:
«Digno eres, Señor, de recibir la honra y la alabanza
y el poder; por ti ha sido creado el orbe de los mundos;
pronto vendrá tu ira para aniquilar a los malvados
y ensalzar a los siervos que cumplen tu servicio.»
Y siguió diciendo el Señor: «Sí, aquel es el hombre
capaz de guiar a los creyentes en la última batalla.
Cuando sobre el mundo pecador las copas de mi ira
se derramen, y los mares se tiñan de sangre,
y cuando el pozo del abismo se abra tenebroso,
cuando aparezca la nube de langostas en tropel,
cuando luego el granizo de fuego se desplome sobre la tierra,
tiemble el suelo en derredor y se desmoronen las rocas,
Bruno Bauer enarbolará en alto la bandera de mi hueste,
sin vacilar en la lucha por el trono y el altar.»10
Y al oír esta palabra hubo dicha allá arriba,
y en alabanza del Señor poderoso se alzó un himno:
«¡Aleluya! Y el humo sube por los siglos de los siglos.»11
¡Y he aquí que, mientras el canto aún resonaba por los cielos,
llegó el diablo con su hedor y su estrépito!
En sus ojos ardía la negra furia del infierno,
la lengua le ardía de sed de la sangre de los hijos de Dios.
Así se llegó sacrílego al trono del Altísimo,
hasta los ángeles que están más cerca del trono,
y gritó como el horror del trueno: «¿Hasta cuándo vacilas,
y me retienes en mi casa en cobarde reposo?
¿Tienes miedo, acaso, de que en el día postrero,
cuando por la corona de este mundo
luchemos, derrote yo a tu ejército de ángeles
y asalte tu tienda celestial?
Si tienes valor, ¡adelante!, apresura la batalla,
haz sonar las trompetas,
para que reúna enseguida mi hueste salvaje;
ardo ya en ganas de arrojarme sobre la tuya,
¡de lanzarme con furia a través de tus esferas!»
El Señor: «¡Paciencia, paciencia, no está lejos el tiempo
en que has de reconocer que soy el Señor de los señores!
Mira abajo, a la tierra: ¿no notas las señales
ante las que todos los hombres tiemblan y palidecen?
Mira la guerra y la peste y el incendio y la revolución,
mira escarnecida la ley, ultrajada la religión;
florecen los blasfemos, los piadosos son vilipendiados,
¡y espera, que aún se pondrá diez veces mejor!
Ahora me he escogido un siervo fiel
que predique el reino a la raza impía;
lo despreciarán, se reirán de él,
eso es justo lo que quiero: así podré poner pronto fin.
Aún no está colmada la medida, pero no tardará mucho,
si siguen despreciando, como ahora, la luz de la gracia.»
El diablo: «¿Y quién es el elegido para estas hazañas?»
El Señor: «Es Bauer.» —
«¿Te refieres al licenciado?»12
«Al mismo.»
«Pues ese te sirve de un modo muy particular.
ni la oración ni el canto son el sustento de su corazón.
No: mira, te pide tus estrellas más hermosas,
y luego las comprende: ese es su gusto.
Y ni los núcleos más especulativos de todos los dogmas
satisfacen su pecho profundamente agitado.»
El Señor: «Aunque ahora me sirva de un modo confuso,
pronto, sin duda, lo llevaré a la claridad.
Y aunque ahora se atreva todavía a pensar,
puedes estar seguro: pronto perderá la razón.»
El diablo: «¿Qué te apuestas a que te lo seduzco?
como una piedra preciosa, pronto adornará mi corona.
Con todo, aún tiene a Hegel metido en la cabeza;
por ahí lo agarro, ya verás, por ahí lo agarro por el pelo.»
El Señor: «¡Sea! Te lo dejo a ciegas;
aparta a este creyente de su Salvador
y, si puedes atraparlo con tu engaño, llévalo
contigo, riéndote con sorna, abajo por tu camino del infierno,
y quédate avergonzado cuando al fin tengas que reconocer
que un creyente, aun en el ímpetu especulativo,
lleva siempre en el corazón la conciencia del camino estrecho.»
Gritó entonces el diablo, contento: «¡Hecho, no tengo miedo;
fíjate bien: a Bauer ya no lo tendrás por mucho tiempo!»
Y con la fuerza de la tempestad salió al instante,
llenando aún de humareda la radiante casa del cielo.
Mientras allí el diablo trataba con Dios el Señor,
la hueste de los condenados se había sublevado en el infierno.
Brama terrible el enjambre salvaje en su revuelta,
gritando a voz en cuello: ¿Dónde estás, diablo? ¡Habla!
A su cabeza blande Hegel dos tizones ardiendo,
y Voltaire detrás con un mayal al rojo vivo;
Danton alza la voz, ruge Edelmann,13
grita Napoleón: «¡Arriba, ralea infernal, adelante!»
Así corren furiosos por el ardor del abismo los espíritus tenebrosos,
así resoplan llenos de rabia y llaman a su maestro.
Entonces, desde las alturas del cielo, se precipita Él a toda prisa
en sus lagos de fuego y en su sepulcro de llamas.
«¿Qué pasa?», grita en voz alta, «¿qué queréis, viles turbas?
¿Queréis burlaros de la ira del diablo, del poder del diablo?
¿No os parece bastante caliente el fuego llameante del infierno,
y no os doy a beber hasta hartaros la sangre de los justos?»
«¡No, no!», grita Voltaire, «¡no, diablo inactivo!
¿Para eso he plantado y cultivado siempre la duda,
para que ahora en todas partes, por la noche especulativa,
la palabra filosofía caiga en descrédito,
para que hasta los franceses, creyendo a los curas, me odien —
¿y eso, diablo, eso puedes dejar que suceda?»
«¿Para qué», dice Danton, «he guillotinado yo,
para qué he implantado el culto de la Razón en lugar del culto divino,
si vuelve a reinar el disparate, y petimetres aristócratas
se reparten el reino con curas descerebrados?»
Y Hegel, a quien hasta entonces la ira había sellado la boca,
de repente halló la palabra y se irguió, gigantesco:
«He consagrado toda mi vida a la ciencia,
he enseñado el ateísmo con todas mis fuerzas,
elevé al trono la autoconciencia,
creía ya haber vencido a Dios.
Pero solo me ha usado un necio malentendido,
y espíritus cobardes me han dado la vuelta;
para construir el disparate
esclavizaron vilmente la especulación.
Y ahora que al fin se alzó con audacia el hombre,
Strauss, que ya empezaba a entenderme a medias,
apenas lo llamaron a Zúrich,
lo rechazaron en las escaleras del aula.14
¡Oh vergüenza! Desterrada de todo el orbe
está ya la herramienta que ideé con astucia,
la luchadora por la libertad, la audaz:
¡ay, desterrada está la guillotina!
¡Arriba, di, oh diablo! ¿He vivido en vano?
¿He filosofado y me he afanado en balde?
¿Vendrá pronto el hombre, el verdadero,
que decapite a la raza de los piadosos?» —
El diablo lo escucha con una mueca entre maliciosa y tierna:
«Calla, calla, mi siervo más fiel, y deja de lloriquear en vano.
¿Cómo? ¿Ya no me conocéis a mí, al diablo? Escuchadme:
¡ya se ha encontrado hace tiempo, ya se ha encontrado al hombre!»
«¿Quién es? ¡No nos tengas tanto tiempo en vilo!»
Así gritan todos. Y él: «Se llama… ¡Bruno Bauer!»
Se ríe la vil caterva. Vuelven la cara,
y Hegel, encendido de ira, el fiero Hegel dice:
«¿Aún quieres burlarte y escarnecernos, tú, el más maldito de los bribones?
¿Acaso puede ayudarnos ese Bauer, que solo reduce a nada la razón,
que no hace sino llevar la ciencia al patíbulo de la fe?»
«Oh Hegel, ¿estás ciego?», dijo entonces el príncipe del infierno,
«¿crees que Bauer solo tiene sed de las manzanas de la fe?
Su sed es demasiado grande, esas no lo saciarán;
quien lucha con tanta fuerza no se cansa tan fácilmente.
Si ahora se envuelve aún en el manto de mendigo de la fe,
lo arrojará: fíjate bien, voy a cerrar con él el trato.»
«Me inclino ante ti», dijo Hegel, contento de nuevo,
y entonces toda la caterva alzó un salvaje alboroto.
Con júbilo llevó al soberano hasta el umbral,
y este, seguro de su victoria, salió volando del infierno. —
En casa de gente piadosa, en sombría estancia,
rodeado de libros, Bruno Bauer medita,
delante el Pentateuco y detrás el diablo:
delante lo sujeta la fe, y detrás lo tironea la duda:
«¿Escribió Moisés este libro? ¿Es auténtico o no?
¡Oh, que la filosofía hable tan pocas veces claro!
Aquí estoy yo, ¡ay de mí!, que he estudiado a fondo la fenomenología,15
la estética, la lógica y la metafísica,
y por desgracia también la teología,
¡y no sin fortuna!
Me llamo doctor y licenciado,
doy lecciones de la mañana a la noche,
he reconciliado especulativamente
la fe con el concepto absoluto;
nada me es oscuro, no hay misterio
que no haya escrutado sin tardanza;
he comprendido todos los dogmas
de la creación, la redención y la caída,
la milagrosa concepción de la Virgen
la he comprendido sin temor;
todo el cachivache… ¡y con todo ese trasto
no se puede demostrar la autenticidad del Pentateuco!
¿Quién me ayuda en este apuro, quién me explica lo que me atormenta?
¿Quién me alcanza el pan del saber, quién completa lo que me falta? —
Ese libro misterioso de ahí,
de la propia mano de Felipe,16
¿no es guía suficiente para mí
por la tierra laberíntica de estas dudas?
Lo abro. Ya se me aclara el sentido,
me sale al encuentro, rumoroso, un manantial de categorías.
¡Mira cómo suben y bajan
y se pasan los cubos de oro!17
¡Ah, qué altura!
Ya veo mediadas
la fe y la ciencia
en besos santos.
¡Muy por debajo de mí, las potencias de la naturaleza!
¡Qué espectáculo, pero, ay, solo un espectáculo!
¿Pues se me alzará el velo
que está tejido en torno al origen del Pentateuco?
¡Aparece, Felipe!»
Una sombra con triple corona sale de la pared hendida
y, advirtiéndole, alzó en alto la mano descarnada:
«¡Oh Bauer, Bauer, no te salgas del sendero
que tienes trazado en la Lógica de Hegel!
Y donde el concepto brilla en absoluta claridad,
no dejes que el pensar representativo
desafíe al espíritu, que es la libertad.» —
«Pero ¿es auténtico este libro? ¿Cómo resuelves la cuestión?
¡Oh, no me esquives, oh, habla, responde, dime!»
«¡Te pareces al espíritu que comprendes, no a mí!»18
«¿No a ti? ¡No desaparezcas, oh, deja que te retenga, amigo!»
Así grita, se levanta de un salto, y he aquí que ante él está el enemigo.
«¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
¡Ahí está el teólogo, ahí lo tenéis plantado!
Tú, tan listo de ordinario, ¿y aún no has visto
que te hacen dar vueltas siempre en círculo?»
Con confuso espanto agarra ahora Bruno la Biblia.
«¡Bah!», se ríe el diablo, «¿de qué sirve ese viejo silabario?
¡Bah, hace tiempo que hemos dejado atrás esos trastos!
¿Y a ti, no puedo creerlo, a ti te deleita semejante festín?
¿Cómo? ¿Crees que, si te encierras aquí entre muros sofocantes,
si incubas categorías en tu cerebro enfermo,
si quieres mezclar el agua y el fuego,
y aplacas con un brebaje asqueroso al espíritu sediento,
al espíritu que anhela libre romper las cadenas
que lo aprisionan en vapores rancios y en una mazmorra sofocante, —
crees que con semejante tormento has calmado tu anhelo?
¿Te ha enseñado Hegel a juntar monte y valle,
lo negro con lo blanco, el ardor del fuego y el agua?
Piensa ahora en Hegel, el audaz enemigo de Dios,
que sin cavilar tiró por la borda el hecho,
¡que ante la razón rechazó la palabra de la tradición!»
«Lo que tú dices, oh diablo, suena hermoso; como un manantial
de la más pura luz celeste parece la humareda del infierno;
pero a mí no me seduces; la especulación,
oh diablo, hace tiempo que también a ti te ha comprendido.
¿Crees que, allí donde a mi espíritu se le abre todo ser,
solo tú te has librado del concepto?
Sé que con hermosa apariencia, con palabra hipócrita,
primero nos embelesas y luego nos arrastras,
nos prometes espíritu libre a cambio de nuestros hermosos hechos
y luego nos llevas al reino de abstracciones unilaterales.
A ese extremo me lleva tu espíritu libre:
a no saber ni pensar nada más que esto: que yo soy.
No puede seducirme, oh amigo, esa altura fría
donde el espíritu solo quiere destruir lo que comprende.
Fauces ávidas de botín, un Moloc es tu espíritu,
que siempre enseña los dientes a lo positivo.
Ya ves que te conozco, conozco tus andanzas,
y lo que me has dicho no son más que frases.
Mira aquí el Pentateuco: si lo capto positivamente,
tengo con él a la vez el concepto del judaísmo.»
El maligno hace una mueca y se mofa: «¡Ja! ¿No es para reírse?
¿Lo viejo y oxidado quieres hacerlo brillar?
¿Donde en los piojos no se ve más que el dedo del Señor,19
y donde la obra de una casa da trabajo al Señor del cielo,20
donde se quiere sentir en todo la llamada de Dios,
en medidas, pesos y prendas,21 ahí quieres especular?
¿Ahí te fatigas sin alegría y sin descanso?
¡Prueba a ver quién es más fuerte, la fe o tú!
¡Arriba, donde el espíritu se siente en su dominio,
donde no hurga, como el gusano, en el viejo moho!
¡Allí reina seguro de su victoria; ante su derecho supremo
se inclina hondo la fe, esclava del prejuicio!»
«Oh diablo, lo que en horas de descuido
apenas me atrevía a pensar, tú lo dices sin trabas.
¡Ay, cómo me sobrecoge, cómo me sujeta con violencia,
cómo resuena ahora en mi interior, atormentadora, la llamada:
“¡Has vivido en vano!”»
«¡No pierdas tiempo:
basta con que quieras, y habrás vuelto a nacer!»
«Pero ¿qué hago ahora?»
«¿Cómo? ¿Crees que aquí,
en el Berlín creyente, en este arenal,
puedes llegar a aquella altura, a aquella alegría,
de brindar franca y libremente un pereat a la fe?22
Te llevo a Bonn, junto al Rin altivo y verde;
lávate allí del lodo de la superstición,
lleva allí con alegría una vida nueva y hermosa
en alianza fresca con el fiel jugo de la vid;
donde todo aliento es victoria, donde el pecho se hincha con frescura,
¡y donde el ardor de la libertad palpita en todas las venas!» —
«¡Sea, te sigo!» —
«Y donde en plena claridad
surge de la orgullosa lucha de los espíritus la verdad pura,
¡allí, en lo alto, sobre las ruinas de barreras audazmente derribadas,
levanta victorioso el altar de los pensamientos más libres!»
Canto segundo
¡Ay de ti, Bonn, ay de ti, la más piadosa de las facultades!
¡Haz penitencia en ceniza y en saco, no dejes nunca de rezar!
En la cátedra donde solo se sentaban hombres piadosos
enseña ahora, por astucia del diablo, el loco de Bauer.23
Allí está, echando espuma de rabia, con un diablillo en la nuca
que le enseña cómo ha de agarrar a los teólogos.
Allí aúlla de furia, como un perro hidrófobo,
y así habla el enemigo por la boca blasfema de Bauer:
«¡Oh, no os dejéis embaucar nunca por las mañas de los teólogos,
por su hipocresía y su perfidia!
¡Oh, ved cómo tuercen el sentido de cada palabra,
cómo van por mal camino, deslizándose en la oscuridad;
oh, ved el miedo mezquino de estos esclavos de la letra,
ved cómo ellos mismos se pelean siempre entre sí!
¡Tormento ungido y mentira jesuítica,
sofística todo su hacer, y engaño piadoso y reluciente!
Igual que el maestro de escuela de aldea, al que se le escapan
los niños de la escuela y se pegan fuera a su antojo y con todas sus fuerzas,
y él corre furioso tras ellos con su palo,
y ellos huyen delante de él con ruido, burlas y gritos —
así también el teólogo. Siempre se mete en apuros
cuando cae entre las contradicciones del texto original.
¡Ved cómo traza círculos, da vueltas, aprieta, estira, prensa, estruja y mide,
y olvida al instante lo que acaba de decir;
ved cómo cuece y guisa en su cocina llena de humo,
hasta que al fin las contradicciones se le escapan gritando!
¡Cómo corre tras ellas! ¡Cómo grita detrás:
¿Queréis volver aquí? ¡Queréis portaros bien!
¡Cómo blande, ardiendo de ira, la santa férula de la fe,
cómo pega en medio del impío alboroto!
¡Cómo las atrapa y las mete a presión en el caldero de las brujas,
hasta que las pobres se ahogan con la maligna humareda!
Así son todos, así son también los evangelistas,
¡así serán siempre, mientras haya cristianos!
Cómo un evangelista entiende mal al otro,
cómo se retuerce, se atormenta, retuerce aún más el sentido,
cómo, en la confusión sin remedio de la contradicción,
no puede salir del paso y aumenta sin cesar el extravío,
cómo destruye, desgarra y hace jirones la escritura del otro,
y a todo eso Juan le ha puesto la corona;24
oh, ved…» No pudieron contenerse más los creyentes:
«¡Fuera esa boca blasfema, fuera, que lo cuelguen en la horca!
¡Fuera con él, que la cátedra no está para eso!
¡Fuera con él, fuera, fuera, aleluya!»
Pero otros gritaron: «¡Hurra, viva Bruno Bauer,
muralla de la ciencia libre, del libre pensar!
¡Callad, hipócritas piadosos, callad, o que una buena tunda muestre
si de verdad vuestro Dios es un auxilio poderoso!»
«¡Fuera el mentiroso!», resuena por el lado derecho;
«¡Fuera los creyentes!», grita a la izquierda la jauría sacrílega.
«¡Callad, ateos, silencio!» — «¡Callad vosotras, ovejas piadosas,
antes de que la hueste de los machos cabríos os enseñe los cuernos duros!»
«¡Aquí, Cristo!» — «¡Aquí, Bauer!» —
Y con estruendo violento
se oye al instante caer el golpe de los bastones.
Se enciende la batalla salvaje, resuena el grito de guerra.
Se derriban los pupitres, se hace pedazos cada banco;
con los pupitres levantan, para protegerse de los cristianos,
un castillo fuerte25 los ateos insolentes.
Como bombas arrojan, unidos en apretada hueste,
todos esos chupatintas, las Biblias contra el enemigo.
En vano asaltan los piadosos este castillo;
ni siquiera la tercera embestida logra tomarlo.
Ya sangra más de una cabeza, y más de un piadoso cayó,
alcanzado por mano atea, sobre el banco;
entonces la mano de los sacrílegos echa por tierra la muralla misma,
para que el campo de batalla quede al fin barrido.
Se arrojan resoplando sobre los combatientes de Dios;
los piadosos huyen espantados ante esa tropa salvaje;
el campo está limpio. —
La huida se agolpa en el pasillo,
pero al fin la hueste de los piadosos llega a la puerta.
En su ayuda envía entonces el Señor a los bedeles;
llegan el rector, el senado y la clerecía.
Primero quieren poner paz, saber la causa de la pelea;
pero al instante los arrastra la corriente.
De nuevo ruge terrible la batalla salvaje;
¡cuánta cabeza sapientísima queda molida a palos!
¡Cuánta espalda encorvada queda aquí enderezada a golpes!
¡Cómo se abate más de una nariz que de ordinario se llevaba tan alta!
El aire se oscurece con el polvo sacudido,
vuelan pelucas por todas partes, presa del viento insolente;
también los filósofos, los señores positivos,
¡ah, cómo corrían ante la embestida de los ateos!
¡Cómo alargas el paso, pequeño hijo del gran Fichte!26
¡Demasiado flaco eres, con todo, para festín de ateos!
¡Ved cómo al señor Brandis,27 por más que corre,
le sacuden de la levita el polvo de sistema!
¿De qué les sirve haber refutado a Hegel,
si la cría salvaje de Hegel les pega con tanta furia?
Pues cada vez con más locura arremete la turba atea;
ante sus bastones, la confianza en Dios se vuelve objeto de burla.
Mas no: su ojo vela; pues en el mayor apuro,
que amenaza a sus creyentes con la peor de las afrentas,
para frustrar la victoria de los malvados envía
al siempre fiel Sack, de raya bien peinada.
Justamente llega de la viña del Señor:
en el cielo de la Iglesia brilla como una estrella su ojo gris.
Su nariz es la recia columna de la fe;
su boca chorrea siempre palabra de Dios y salvación.
Lo lleva la doncella burra, de cola maravillosa;
no le importa nada que los pies le arrastren por el suelo.
Con la fuerza de Dios ha inventado el texto bíblico
y lo ha atado bien pegado a la cola de la burra.
Con la cabeza gacha va sentado en la burra;
imperceptiblemente, el espíritu lleva al animal hacia el campo de batalla.
Cuando oye el estruendo, el júbilo de los insolentes,
quiere llevar a su piadoso animal por otros caminos.
Pero ella, tan obediente siempre, la fiel burrita,
¡mira cómo se encabrita y se planta y salta y brinca y se espanta!
«¿Qué te pasa, bestezuela? ¿Qué se te atraviesa?
¡Obedece a mis riendas, sé obediente y escucha!»
Pero ella no obedece y lo aprieta contra la pared;
entonces, por primera vez, la mano agarra airada el palo.
Pega y pega y pega, pega y le vuelve a pegar,
pero el animal no cede: él cae al suelo.
Entonces abrió el Señor la boca de la burra,
y ella le dio a conocer su propósito al asombrado:28
«¿Por qué me pegas? Mira el espíritu que me cierra el paso
y que de las riendas me arrastra hacia aquel campo de batalla.
¿Dónde está tu antiguo valor? ¡Arriba, lánzate a aquella contienda
donde la furia atea amenaza a la hueste de los creyentes!
Abre tu oído, oh Sack, y oye la bienaventurada nueva
que Dios te revela por boca de tu bestia:
Sack te has llamado hasta ahora; llámate en adelante Beutel:29
así te envío, Beutel, a poner paz allí.»
Mirando al cielo, dijo el piadoso hermano Beutel:
«¡Oh Señor, qué vano es ante ti el saber del hombre!
Escoges a las bestias como portavoces tuyos;
obediente a tu llamada, me lanzo al horror del combate.»
Así habló, y con presteza corre al lugar del espanto,
cubierto de exhaustos, de heridos que sangran, de desmayados.
Con fuerte voz se mete el valiente entre ellos
y canta el salmo de la paz con melodía celestial.
A su vista, los combatientes se quedan pasmados;
pero el hermano Beutel está en pie y ve los cielos abiertos.30
«¿Cómo?», grita, «en el lugar donde solo suenan
el himno de alabanza y la palabra de la fe, ¿reinan el odio, la envidia, el asesinato, la tormenta y el ímpetu?31
¿Queréis, donde yo veo abrirse el cielo,
moleros las espaldas a palos en presencia del Señor?»
El rebaño de los piadosos escucha y se retira tímido;
la hueste de los ateos se ríe con mirada insolente.
Y el hermano Beutel dijo: «Aquí abajo, asesinato y tumulto,
pero arriba, en el cielo, reposo eterno y bienaventuranza.
Veo a los querubines en torno al trono del Todopoderoso.
Veo al Cordero de Dios, al Hijo unigénito.
Veo descender la gloria del Señor,
veo a los angelitos unirse en un himno de alabanza.
Veo —¡oh dicha!— que el Cordero abre la boca
y me da a conocer su voluntad a mí, su siervo:
“Aquel en quien antes esperaba, Bruno, el teólogo,
nos lo ha robado el enemigo con su astucia.
Él, que antes estaba rezando en su celda,
entrega ahora mi santa palabra como pasto a los impíos.
Azuza contra mis piadosos una raza furiosa y asesina.
Hágase su voluntad: ¡que caiga sobre él la maldición!
Sé, pues, tú el elegido; ve por montes y valles
y reúne para el combate a todos los creyentes.
Deja que tu piadoso animal te lleve por todas las tierras
y predica sin temor la palabra de la cruz.
Así que ponte la armadura, la armadura de tu Señor,
pues mira: el día del combate, el día ya no está lejos.
Ciñe tus lomos con el cinturón de la verdad;
la coraza de la rectitud te dará firmeza.
Calzados ambos pies, listo para la marcha, sal,
apaga en el escudo de la fe los dardos del infierno.
Ponte el yelmo de la salvación —no lo alcanza ningún golpe de la burla—,
¡y sobre todo blande con audacia la espada de la palabra de Dios!”32
Sí, Señor, te sigo; sale tu siervo
a predicar la palabra a la raza pecadora.»
Entretanto, el tropel de los piadosos había ido en procesión a la iglesia,
pero aquellos se fueron, como siempre, a beber.
El hermano Beutel deja ahora que su animal siga adelante,
y canta: «Gloria a Dios, al Señor en las alturas,
¡y a los hombres en la tierra, dulce buena voluntad!»
Y a lo lejos se oye resonar la cancioncilla piadosa.
Así se va, dichoso, y deja que el animal
lo lleve por el camino adonde quiera, en nombre de Dios.
Entretanto, tres hombres están sentados en silencio en Leipzig,
tres hombres maduros hace tiempo para las llamas infernales de Satanás.
El que está sentado allí a la mesa es el feroz Ruge,33
la cabeza cargada de preocupaciones apoyada en los anchos puños.
Un guerrero bien entrado en carnes, de aspecto pacífico,
pero sus garras, hechas al combate, son afiladas como espadas.
Lo creerías tranquilo, igual que un filisteo de cervecería,
pero lleva en el pecho todo un reino infernal.
¡Oh Ruge, ríete nomás, que pronto llega el Juicio,
y también a ti te arrancarán la máscara de la cara!
El otro, que mira el vaso con vil desafío
y maquina horrores infernales, es el torvo Prutz.34
Jamás entró sentimiento humano en su pecho;
su pensar y su obrar, su sentir son medusas.
En los incautos siembra su rima lisa y reluciente
el germen del ateísmo en el corazón inocente.
¡Oh Prutz, oh, ríete nomás, que pronto llega el Juicio,
y también a ti te arrancarán la máscara de la cara!
El tercero, por último, el que se acaricia el bigote,
es Blücher-Wigand,35 sin rival en artimañas,
el incansable editor de los blasfemos
y, con su capital, el sostén de toda la caterva.
¡Ja! ríete nomás, Wigand, con tu barba de Blücher:
pronto llega el Juicio, ¡el diablo te tiene asegurado!
Están sentados en torno a la mesa y se miran con rencor,
y Wigand dice: «¿Para eso he malgastado mi dinero,
para eso he tenido que pagar tanto hasta ahora,
para que ahora prohíban los Anales de Halle?»36
«¡Oh, qué malos tiempos!», dice Arnold Ruge, furioso;
«a duras penas sacia mi hoja la sed de sangre del censor;
dos tercios del manuscrito, eso al menos tiene que llevarse,
¡y aun así quieren enterrar mi pobre hoja!»
Y Prutz: «¡Oh, ay de mí! Desde hace medio año
el censor no me ha dejado pasar ni un solo pelo.
¡Quieren matarme de hambre! Si no mejora la cosa, hermanos,
escribiré, como antes, ¡por el diablo!, canciones de amor.»
«¿Qué otra cosa se puede hacer?», dice luego Ruge, furioso;
«yo ya estoy reducido al almanaque de las musas.
¡Al diablo la hegelería! Para henchirme el pecho,
¡entrad, dulces canciones, novelas aburridas!»
«Y yo», sigue Wigand, «me agencio a Mügge37
y me quedo con su última novela en cuatro tomos.
¡Ven a mi corazón, oh ven, mansa literatura amena!
A ti no te tacha el censor, como a la sofística hegeliana.
Ahora extiendo mis alas sobre los poetas alemanes:
¡venid, trovadores, venid, rascatripas de cervecería, a mi casa!
Dadme la mano, hermanos, cambiemos de rumbo:
¡ahora nos volvemos leales, viva el gobierno!»
Entra entonces el diablo: «¡Basura lamentable!»,
increpa a los Libres38 con boca que escupe llamas;
«¿es este el heroísmo, esta vuestra audaz osadía,
acobardaros ante la sentencia de un censor, ante una prohibición?
¡Oh, tengo que avergonzarme de haber confiado en vosotros,
de no haber reconocido al asno bajo su piel de león!
¡Ja, esperad! En cuanto os pueda agarrar en el infierno,
¡con qué gusto os voy a atormentar y mortificar allí!
¡No! Eso, cobarde tropa, sería poco para mí:
¡os echaré al cielo, adentro, con Dios el Señor!»
«¡Sé razonable, hombre!», le replica Wigand;
«¿qué hacemos, pues? ¡Llévanos por caminos mejores!»
«Sois tontos como bueyes», dice el diablo, airado;
«¡los árboles no os dejan ver el bosque!
Si a los Anales de Halle les atan las manos,
los llamáis Alemanes, y asunto concluido.
Y a mí dejadme solo la preocupación de la censura;
todo se arreglará, ¡lo único que hace falta es coraje!
Quien está aliado con el diablo y lo tutea
no puede huir cobardemente de cualquier perro sarnoso.
Así que, ¡ánimo ya! Hoy tengo que seguir mi camino:
¡vosotros seguid furiosos, como antes, por la impiedad!»
Dijo y desapareció. Y entonces, contra toda esperanza,
entra el hermano Beutel y ve los cielos abiertos.
Lo lleva la burra que fue portavoz de Dios;
también lo llevará en su ascensión al cielo.
Mira al cielo con ojos arrobados en Dios
y dice: «¡Oh hueste blasfema, conozco tus mañas!
Así dice el Señor tu Dios: Sois raza del diablo,
tenéis sed siempre de la sangre de los justos;
una vez más quiero llamaros por medio de mi siervo
para que os humilléis ante las gradas de mi trono.
¡Haced penitencia, dice el Señor!, y arrastraos ante mí en el polvo,
antes de que al fin caigáis presa del fuego del infierno.
Así dice el Señor tu Dios: Si no queréis convertiros,
os destruiré las entrañas en el vientre;
daré esta raza infame como dulce manjar
a vosotros, mi Hengstenberg y mi Beutel, mi siervo;
¡que el cuerpo de los piadosos os sea una tumba viviente!
¡Así dice el Señor tu Dios!» — Y con esto se marchó.
Canto tercero
¡Qué veo! Un ejército feroz que centellea todo él de blasfemia:
¿no se oscurecerá el sol al contemplarlo?
¿Quiénes son? ¡Con qué prisa llegan, hombre tras hombre!
Del sur, del norte, del este y del oeste acuden.
Es la escoria de Germania; vienen a deliberar
y a embriagarse con nuevos sacrilegios.
Ya sentían sobre sí la mano del Señor,
ya medían la caída a la que los arrastraba
terrible la garra de Satanás; ya querían desfallecer,
mandar ya el ateísmo a todos los diablos,
cuando resonó la llamada de Arnold, que convoca a todos los Libres
a Bockenheim,39 juntos, en asamblea infernal:
«¡Arriba, arriba, Libres todos! ¿Qué hacéis sentados a la rueca
cuando los románticos oscurecen el mundo a la redonda?
¿Cuando la reacción se agita, cuando, ladina,
ya casi le pisa los talones a la ciencia?
Bauer está amenazado; a manos de censores furiosos
se pierde la mayor parte de lo que pensáis y escribís;
así que, Libres todos, escuchad mi manifiesto,
suponiendo que el censor deje imprimirlo:
ya es hora de que, como diplomáticos,
deliberemos en serio en congreso sobre la Santa Alianza.40
¿Veis cómo se afana la alta policía
en borrar por todas partes la palabrita libre?
¿Cómo el Cordero de Dios se une a la gendarmería
y pretende igualmente rebajarnos a bestias?
¡Arriba, pues, Libres, a la hermosa Bockenheim:
allí plantaremos juntos el germen de nuevas hazañas!»
Apenas había salido el manifiesto por el mundo entero,
¡qué terrible ímpetu, qué sacrílego anhelo
surgió en los pechos insolentes de ir a Bockenheim!
Pero a los más insolentes de todos los envió Berlín.
Vienen sin pudor, delante el ancho Arnold,
y tras él, en caza salvaje, retoza un tropel desordenado de locos;
superaba con mucho todavía al club de los jacobinos
la tropa atea que alborota detrás de Arnold.
¿Ves allí a Köppen,41 con la cabeza provista de anteojos,
el hombre completamente bueno… si Ruge se lo permitiera?
Pero la furia ciega de Arnold lo ha contagiado del todo:
se ha colgado la espada al costado,
un trasto largo y oxidado, como la cola del diablo,
que en el baile le menea de maravilla las pantorrillas.
Lo adornan charreteras, su mano lleva una caña;
la necesita para defender a mandobles, ardiendo de ira,
el afán de saber de la juventud. — Mirad, lo sigue el libre Maien42 —
Europa lo conoce—; es aquel con quien se regocijan
los más malvados de los malvados; ateo de nacimiento,
que ya desde el vientre de su madre lee a diario a Voltaire,
tan gracioso, tan delicado, tan pequeño… ¡Oh, Maien, diablo malvado!
¿Quiénes son los mocosos que gritan a tu lado?
¡Ay, son tus sobrinos! ¿También a ellos los seduces?
¿Te vas al diablo con toda la familia?
Pero el que alborota más a la izquierda, con sus largas piernas,
es Oswald,43 de levita gris y pantalón color pimienta,
y también por dentro picante como la pimienta, Oswald el Montañés,44
el más radical, de los pies a la cabeza.
Toca un instrumento: la guillotina,
y con ella acompaña siempre una cavatina;
siempre suena la canción infernal, y a voz en grito brama el estribillo:
Formez vos bataillons! aux armes, citoyens!45
¿Quién corre furioso a su lado, musculoso como un cervecero?
Es la sed de sangre en persona, es Edgar Bauer.46
Su rostro moreno está rodeado de barba incipiente;
joven en años, viejo en astucias.
Por fuera, de frac azul; por dentro, negro e hirsuto;
por fuera, un figurín; por dentro, sansculote.
¡Oh, ved el prodigio, ved: hasta su sombra camina a zancadas,
su sombra malvada, a la que él llama Radge!
Ved a Stirner,47 vedlo, el pausado enemigo de toda barrera:
por ahora todavía bebe cerveza, pronto beberá sangre como agua.
Cuando los demás gritan su salvaje à bas les rois!,
Stirner completa enseguida: à bas aussi les lois!48
Detrás va dando pasitos, enseñando los dientes verdes,
con la cabeza sin peinar y envejeciendo antes de tiempo,
un patriota49 que huye del jabón y huye de la sangre,
por dentro flexible y delicado, por fuera sansculote.
Arnold el Salvaje, delante, el zar de los ateos,
blande en su bastón diversos ejemplares
de los Anales de Halle; lo sigue innumerable
el enjambre que Satanás se ha escogido para su festín.
Apenas están en el lugar, llega bramando Bauer,
envuelto en humareda y vapor y en un chaparrón infernal.
Corre furioso con su levita verde, un malvado flaco;
su rostro acechante delata al hijo del infierno.
Alza en alto la bandera, que hacía volar chispas en derredor:
un pliego de su crítica infamante de la Biblia.
¿Quién lo sigue con salvaje ímpetu?
Un tipo negro de Tréveris, un monstruo lleno de nervio.50
No anda ni brinca: salta sobre los talones
y corre lleno de rabia, y como si quisiera agarrar
la ancha tienda del cielo y bajarla a la tierra,
extiende los brazos a lo lejos por los aires.
Apretado el puño malvado, así se enfurece sin descanso,
como si diez mil diablos lo agarraran por el pelo.
Con andar de patricio lo sigue un jovencito de Colonia,51
demasiado malo para el reino de los cielos, demasiado fino para las fauces del infierno.
Medio aristócrata y medio sansculote,
un señor fino y rico con chorrera plisada;
pero su alma cuenta aún más pliegues malignos;
en su bolsillo hay todo un ejército de diablos
de cara dorada. Y Rtg,52 el vil,
va detrás bamboleándose, nada tímido con el puño.
De su boca sube un humo eternamente igual,
una humareda infernal de tabaco: esa es su vil costumbre.
Cuando le cuelga de la boca la pipa larga de una vara,
solo se la quita para soltar su chillido.
Pero el que viene allí del sur, solo y sin compañía,
desdeñando todo consuelo, él mismo una asociación,
él mismo todo un ejército de ateos insolentes,
él mismo todo un tesoro de malignas astucias diabólicas,
él mismo todo un torrente de blasfemia y oprobio,
es, ¡válgame san Juan!, el horrendo Feuerbach.53
No corre ni salta: flota en los aires,
un meteoro horrendo, envuelto en efluvios infernales.
En una mano, la copa reluciente,
y en la otra, el sustento reconfortante del pan,
está sentado hasta el ombligo en una pila en forma de concha,
para descubrir el nuevo culto de los insolentes.
El tragar, el beber y el bañarse, dice abiertamente,
son la única verdad de los sacramentos.
Lo recibe un viva, un bramido, un júbilo;
hay que llevarlo también enseguida a una taberna.
Empieza aquí un griterío confuso, un alboroto tal
que nadie, en el bullicio, logra tomar la palabra.
No se están quietos ni un momento: zumban, empujan, se apretujan,
arrastrados siempre en círculo por el espíritu maligno.
No los deja descansar nunca el loco odio al estancamiento;
en vano se grita sin cesar: ¡orden!
Entonces una furia salvaje se apoderó del completamente bueno Köppen,
el hombre amigo del orden: «¿Estoy en las estepas salvajes?
¡Enjambre grosero de hordas!, ¿olvidáis siempre
cuál fue el primer motivo del viaje hasta aquí?
¡Oh Arnold, fiel baluarte, abre la disputa;
oh, di, ¿quieres llevarnos a una buena salida?»
Oswald y Edgar gritan, bramando a coro:
«¡Atención, atención! ¡Basta, basta de griterío desordenado!»
Al instante se hizo el silencio, y Arnold, que entretanto,
con toda inocencia, se había comido tres bistecs,
aún se tragaba el último bocado,
cuando abrió al punto la boca para hablar:
«¡Ah, qué espléndido espectáculo en derredor, en la asamblea! ¡Libres prontos al combate54
y a ir a la muerte, siempre en su puesto cuando la Idea lo ordena!
Ved: la reacción nos tiene agarrados por el pelo, nos amenaza con el palo;
pero no nos domará si vosotros, oh amigos, sois unidos y valientes.»
No dejan que siga hablando Oswald y Edgar;
saltan sobre la mesa y braman bien alto los dos:
«Bastantes palabras te hemos oído ya, Ruge;
¡hoy queremos, con fuerza y con nervio, hechos!»55
Resuena un bravo salvaje, un eco mal aconsejado
que bramaba una y otra vez: «¡Ah, hechos, hechos, hechos!»
Y, sonriendo burlón, terció entonces Arnold:
«Nuestros hechos no son más que palabras hasta hoy, y aún por mucho tiempo;
tras la abstracción se pone la práctica por sí sola.»
Entretanto, los dos gritones salvajes ya habían
subido a la silla, en su fuego de acción,
al loco de Bruno; mirad, se forma una hueste
en torno a ellos, lo alzan en alto, y flota allí como el águila.
Mirad cómo centellea en sus ojos el salvaje ardor,
cómo el ceño fruncido de ira le oscurece toda la frente.
Oíd cómo ruge bramando. — Pero enfrente, ¡ay!,
el negro monstruo se encarama a Rtg.
¡Oíd cómo brama y alborota! Oíd cómo braman los dos:
«¿Hasta cuándo quieres calmarnos la sed con palabras?»
Bauer: «¿Ves, obcecado,
ves a los piadosos?
¡Ah, cómo vienen!»
El monstruo: «Su piadoso ejército
crece más y más.»
Bauer: «Beutel va de un lado a otro,
confunde al público.»
El monstruo: «Dios Padre está pensando ya hace tiempo
en regalar a la tierra un nuevo Mesías.»
Bauer: «No es un solo Cordero el que ahora nos molesta:
nos acosa todo un rebaño de corderos.»
El monstruo: «El Espíritu Santo
viaja por la tierra en mil figuras.»
Los dos: «No solo nos atormenta la Trinidad,
también la dualidad de la policía y la fe.»
El monstruo: «Si ellos no descansan,
¿vamos nosotros a seguir con la misma cantinela?»
Bauer: «Ellos toman las armas,
¿y nosotros hemos de quedarnos mirando?»
Ya gritaban aquí y allá: «¡Estamos listos para el combate!»
Pero por culpa de Feuerbach se enciende una nueva disputa.
Gritó: «¿Para qué hemos de deliberar tanto tiempo?
¡Si alguien quiere hechos, que los haga él mismo!
El hombre libre es su propio auxilio,
¡y que lo que haga, lo haga él solo!»
Mirad, Köppen se levanta, brillan sus anteojos,
ante su cabeza de Júpiter callan en derredor los Libres:
«¿Qué tienes tú, oh Feuerbach, contra la asociación?
Solo ella pone coto al desorden;
la corriente del progreso fluirá entonces en calma
y, lo que es mejor, ¡no se derramará ni una gotita de sangre!»
Edgar y Oswald gritan: «¡Maldito girondino,
soñador sin fuerza, vete, tú no eres ateo!»
Pero Stirner, con dignidad: «¿Quién le ata la voluntad?
¿Quién quiere imponernos aquí una ley a gritos?
Atáis la voluntad, y os atrevéis a llamaros libres:
¡qué arraigados estáis aún en la esclavitud!
¡Fuera estatutos, fuera leyes!» — Con este extravío,
el congreso infernal estaba ya en completa confusión,
cuando se parte el techo y Blücher-Wigand se lanza
abajo, a la sala, en un artefacto volador propio;
cabalgaba, ¡oh fantasmagoría diabólica!, en lo alto de un dragón de papel.
«¿Qué», grita enérgico, «qué travesuras queréis hacer?
Miradme aquí volar
sobre ejemplares
de los Anales Alemanes,56
que yo me he pegado,
que yo me he tejido,
¡yo, vuestro Blücher!
Si ellos me llevan por los aires,
¿queréis desfallecer?
¡Ay, ay!
¿La cercanía de Fráncfort57
no da buen ejemplo?
Allí hay unidad y calma,
y la voluntad suprema
es para los altos y los altísimos,
es para los pequeños y los pequeñísimos
estrella polar, convicción, luz.
¿Sopló —¡ay!—
la cercanía de Fráncfort
hasta aquí un mal viento?
¿No puede subsistir el hombre libre
donde soplan los vientos de la Confederación?
¡Pues seguidme deprisa!
Vamos a Leipzig: allí he levantado
las más hermosas baterías, que ningún piadoso asaltará.
La casa en que antes comerciaba con hegelería
se ha transformado ahora en un castillo fuerte.
Reuníos luego en el Gutenberg, en Leipzig:
¡que el centro de la edición sea también el centro del reino!»
«¡Sí, a Leipzig!», resuena por todas partes;
«que allí esté el centro de la lucha unida.»
Y todos se ponen en marcha, y Wigand vuela delante,
y solo Feuerbach sigue solitario su camino.
Pero lejos de este espectáculo: me llaman valles de paz,
me llama la ciudad del Señor, me llama Halle del Saale.58
¡Oh ciudad bienaventurada, te mantienes fiel ante el Señor!
A despecho de la astucia del diablo, tu estrella brilla cada vez más;
no te hace nada la podre que ha supurado Ruge;
¡todos sus planes se han estrellado contra tu fidelidad!
Por eso se marchó furioso, y no vuelve;
¡oh ciudad, da gracias al Señor por tal victoria y tal dicha!
Y mira: los creyentes, todos los elegidos,
se reúnen para la alabanza y la gloria con dulce son.
¡Oh, mira qué hueste tan fina! Mira a aquel zapatero de delante:
su cuerpo tísico y enjuto es el acicate de su devoción.
Mira allí al tabernero de la sociedad de templanza:
os sirve por dinero agua de beber, clara y pura.
La paz de Dios ilumina su cara de luna llena:
¡oh, ved lo que no puede una fe firme!
Ved a aquella viejecita: el pecado la encorva,
pero la bienaventuranza irradia a través de sus miembros marchitos.
Canta un cántico espiritual con chillido encantador,
y crucifica día y noche su carne reseca.
Y ved, oh, ved aquí al león de la orilla del Saale,
de cuya fuerza en la fe se alegran los ángeles de Dios.
Con fe atacó a la hueste de los hegelinos,59
con fe protegió el trono y el altar,
con fe ha corregido la impía historia universal,
la ha dado la vuelta, la ha transfigurado en la luz celestial.
¡Oh, ven, hueste fiel, entra en tu aposento
y canta a tu Dios un himno tierno y fino!
Oh, oíd qué amorosa resuena la cancioncilla,
cómo sube, igual que el humo del sacrificio, hacia el trono de la gracia:
«Oh Señor, somos ante ti una carroña,
un hedor pestilente, pasto de cuervos,
en el muladar de los pecados.
Somos ruines desde el vientre de nuestra madre:
písanos, que bien merecido lo tenemos
por nuestros malvados pecados.
Y aun así, en tu clemencia,
nos has librado
del cáncer que nos dañaba.
Nos dejas entrar en el cielo
con tus queridos angelitos
y nos lavas del lodo.
Has expulsado al maligno
que siempre nos traía inquietud:
¡devóralo y condénalo!
Ardiendo, chisporroteando en el peor
lugar del infierno,
¡déjalo asarse
por sus viles pecados!»
El zapatero se sube, oh, mira, a una silla
y predica a gritos espantosos sobre el lago de azufre del infierno:
«¿Veis el abismo horrendo que se derrama humeante,
que vierte azufre, pez y fuego sobre todas las tierras?
¡Ved cómo hierve y bulle y no escupe más que diablos
para devorar, para consumir a la cristiandad entera!
¡Ved cómo esparce a lo lejos la negra simiente del infierno!
Grande es el Señor tu Dios, el mundo se hunde. Amén.»
«Sí, en verdad, así es», exclama el león, entusiasmado;
«los diablos marchan desnudos, ni siquiera se tapan las vergüenzas.
La gran ramera viene de la vil Babilonia,60
la diosa de la Razón, la Revolución.
Bauer es Robespierre, y Danton vive en Ruge;
maratista Feuerbach, ¡oh, que Dios lo maldiga!
¡Así que, creyentes, atended bien a los tiempos!
Llega el día del Señor: ¡oh, rezad, rezad, velad!»
Así habló, y he aquí —y todos se quedan pasmados—
que entra el hermano Beutel y ve los cielos abiertos.
Lo lleva la burra que fue portavoz de Dios;
también lo llevará en su ascensión al cielo.
Mira al cielo con confianza en Dios y fortaleza
y dice: «Oh hueste piadosa, conozco tus obras.
Así dice el Señor tu Dios: Obedeced a mi siervo,
al que he escogido para llevar a mi ejército al combate.
Obedecedle, obedeced, obedeced al hermano Beutel:
él frustrará la astucia y el engaño y el poder del diablo.
Así dice el Señor; y yo caí humilde de rodillas
y dije: Tú me llamas, oh Señor; te sigo y me pongo en camino.
Así salí valiente a anunciar la palabra del Señor,
el año agradable del Señor61 al mundo, al pecador.
Y fui a los palacios, a los ricos,
a la gente de alcurnia, a príncipes y reinas.
Pero esta raza, que siempre aspira a los bienes terrenos
y codicia la vana honra, me ha ultrajado y despreciado.
Estaban sentados a la mesa en salvaje crápula,
y gozaban a la vez de la concupiscencia de los ojos y de la carne.
Me fui entonces, sacudiendo el polvo de mis pies,
pero el Señor me habló, sacudiéndome de noche en mi sueño:
“¿No es tan difícil que los ricos entren en el reino de los cielos
como que hagas pasar un camello por el ojo de una aguja?
¿Qué está escrito? Sal a los caminos,
trae a los pobres, a los ciegos de las calles,
deja entrar a la cena a los tullidos y a los cojos,
llama a gran voz a los que están junto a los vallados.62
Ahí está la gente de verdad, ahí está el núcleo del ejército:
¡así que ve y reúnelos, recluta siervos y acrecienta su número!”
Así habló el Señor, y yo vengo al instante,
obediente a su palabra, a vosotros, creyentes.
Obedeced la llamada del Señor: pronto despuntará la mañana
en que se librará la gran batalla con el diablo.
Los Libres se agrupan, su ejército marcha hacia Leipzig,
y la casa de Blücher-Wigand es su firme defensa.
Allí están atrincherados tras fardos y libros,
allí se bailará la danza del combate, la danza sagrada.
Aquí hacen falta constancia y fuerte valor en la tormenta,
para que tomemos pronto la torre de los sacrílegos malvados.
Agrupaos, pues, hermanos, sed fuertes en el amor y la esperanza,
¡mantened firme la fe! Veo los cielos abiertos.
La fe es el alfa y también la omega;
en la fe eres grande, Halle, ¡aleluya!
Por la fe concibió la doncella al Hijo de Dios,
por la fe escupió el pez a Jonás, el atemorizado.
Por la fe anunció el Señor el Evangelio,
por la fe me habló el Señor por boca de una burra.
Por la fe vio la luz el ciego contra toda esperanza,
por la fe alzo la vista y veo los cielos abiertos.
Por la fe grito bien alto: credo ut intelligam,63
por la fe me aferro al áspero madero de la cruz.
En la fe está mi obrar, en la fe está mi esperanza,
por la fe alzo la vista y veo los cielos abiertos:
y el Señor me dice: “Deja que mi siervo, el león,
sea el valiente capitán de la hueste de Halle.
Recorre tierras y ciudades, entra en todos los castillos
y recluta soldados y cirujanos de compañía.
Y no descanses nunca, ni de día ni de noche,
para que pronto quede reunido el ejército de los piadosos.
Así dice el Señor tu Dios; ¡sea así mi baluarte y mi esperanza!
¡Adiós, queridos hermanos, veo los cielos abiertos!» —
Canto cuarto
¡Qué veo! San Juan, ilumina mi mirada,
que el poder de tu poesía me arrebate del todo;
tú que con ojo consagrado contemplaste al ángel Miguel
en su lucha con el dragón,64 ¡oh, purifica mi alma!
¡Qué veo! ¡Ah, se acerca, se acerca el día del Juicio,
el día de la última batalla, se acerca el día del exterminio!
¡Qué veo! Una nube que en derredor ceñía
el orbe del cielo sube, primero despacio, primero halagüeña y queda,
pero de pronto, como el león ávido de su presa,
arremete con violencia. Toda la jauría del infierno
silba entre el vapor de las nubes; con colas al rojo vivo
azotan el aire; en salvaje danza de brujas
giran sin descanso; en un bramido rabioso y voraz
intentan calmar la furia que los hace hervir.
¡Qué veo! Raza infame, ¿son tuyas las alturas del cielo,
y puedes andar impune por los caminos de Dios?
¿En vuestra mano el rayo, en vuestro poder el trueno?
¡Pero ya entiendo: os guía con todo su salvajismo el de Bonn!
Mas mira: la gracia del Señor está ahí, eternamente en vela,
y todo acaba con un gloria. — —
Ahí vienen, los Libres enfurecidos;
pronto, pronto el Señor dispersará con poder su orgullo.
Ahí llegan rugiendo, y Wigand vuela delante,
los demás detrás, con bramidos y resoplidos.
Los lleva a Leipzig; en una plaza de armas
ha convertido a toda prisa el «Gutenberg».
Hecho de fardos amontonados, se alza más de un bastión;
camino de ronda y foso esperan ya el asalto.
Con los escritos de Bauer se han levantado cuatro revellines,
bien provistos de artillería, para cubrir la cortina.
Del Federico de Köppen65 hay allí más de un ejemplar,
y más de un pliego de los Anales de años ya muy pasados.
La Trompeta y Feuerbach,66 atados en pesados fardos,
se extienden en largas filas para rodear la fortaleza.
Como caballo de frisa está allí el Novelista de Ruge;
para secarse el sudor, el Pietista hallerizado.
Para la retirada queda la casa, ese pedacito de infierno,
transformada ahora en la más fuerte ciudadela.
Las ventanas están tapiadas, la puerta con barricadas,
y la munición, subida hasta debajo del tejado,
para que, si viene la hueste de los piadosos a derribar los parapetos,
los Libres les rompan la cabeza desde arriba.
Entran con bramidos y salvaje júbilo,
y los Libres se reparten por los bastiones.
De Halle avanzaban los piadosos guerreros de Dios;
para el asalto llevaban la escala celestial de Jacob.
La columna de fuego ondea orgullosa delante como bandera;
las zarzas ardían luminosas en su marcha nocturna.67
¡Oh, si yo fuera lo bastante fuerte para pintar el cortejo de los piadosos
y rodearlo deliciosamente de santo resplandor!
La primera fila la manda el león, torvo y orgulloso;
avanza audaz y blande sin temor
cinco tomos de historia universal en sus puños piadosos;68
por lo demás va desarmado; la fe ha de hacer por él
lo que no puede toda la soberbia y la confianza en uno mismo.
La segunda fila la manda un verdadero hombre de Dios,
al que los piadosos llaman el señor Julius van der Sünden;69
no podréis encontrarle al buen hombre ni una sola arma;
vence a los Libres solo con su presencia;
por eso se habían agrupado en torno a él los más creyentes,
y su arma no era más que la oración y el canto,
pues en cuanto los Libres oyen de lejos tan solo el son
del canto celestial, salen corriendo leguas y leguas. —
Bonn manda también combatientes, muchos y valientes, a la contienda;
los manda el hermano Nada;70 y otros vienen de Suabia:
el Mensajero Cristiano71 ondea muy alto como bandera.
A los de Bremen los lleva al combate el valiente Mallet,72
Hengstenberg manda a los piadosos de Berlín.
También a vosotros, que echasteis de Zúrich a Strauss,
os lleva al combate, sin desmayo, Hirzel,
el cura de Pfäffikon.73 También vienen los de Basilea.
Tú vienes del Wuppertal, Krummacher, hombre de Dios.
Las huestes se reúnen en las anchas plazas de Leipzig;
entonces se oye a lo lejos, con dulce deleite,
un canto edificante que llega al corazón;
y todos se preguntan: ¿Quién es el que canta?
Mira: en la burra —y todos se quedan pasmados—
se acerca el hermano Beutel y ve los cielos abiertos.
Resuena su canto: «¡Por la espada del Señor y de Gedeón!74
¡Arriba, hermanos, ved allí ya los parapetos del diablo!
Por terriblemente que se alcen las puertas del infierno,
¡arriba, con confianza en Dios! ¡La fe las tomará por asalto!»
Y mira: la burra se lanza a galope contra los parapetos,
la hueste de los creyentes corre detrás cantando.
¡Oh, qué asalto tan salvaje! ¡Desfalleced, bocas blasfemas,
y aullad ahora al diablo, aulladores olvidados de Dios!
Mira: el hermano Beutel vuela muralla arriba;
Hengstenberg lleva al combate el aluvión de los creyentes.
Pero dentro el diablo organiza la resistencia,
da buenos consejos para la batalla y ahuyenta las dudas cobardes.
Ved a Blücher-Wigand en lo alto del revellín,
ayudado por Maien: ¡ved cómo escupen fuego!
Ved a Stirner, cómo arroja fardos enteros de libros,
de modo que los piadosos caen a montones aturdidos;
ved a Arnold en la muralla, cómo pelea con fuerza,
cómo arroja Anales a la cara de los creyentes;
ved cómo, en primera fila, en lo alto del muro de libros,
el loco de Bruno Bauer blande furioso la Trompeta;
ved cómo, desde un lugar seguro, donde no lo amenaza ningún proyectil,
el Patriota arroja folletos de espaldas al campo;
cómo pelea Köppen furioso con su espetón,
y aun así cuida humanamente de no derramar sangre;
cómo combate Edgar, salvaje, con fuerza y bravura de cervecero;
¡cómo se tiñe de sangre roja la levita de pimienta de Oswald!
¡Oh, ved la hueste de Colonia! En el combate se le ha apagado
la pipa a Rtg, pero eso no le asusta:
la agarra al revés por el tubo largo y flexible
y les zarandea a los piadosos el depósito de agua contra la barriga.
El jovencito arroja torvo diablos de oro en derredor;
el monstruo se enfurece y estira los miembros para el combate.
Pero cada vez con más valor avanza el piadoso puñado,
y cada vez más glorioso resuena el aleluya.
Ved cómo, en su montaña de libros, agarra a Wigand
por la larga barba rubia el piadoso Hengstenberg;
ved cómo, furioso, le ha arrancado la barba
y ha arrojado a Wigand abajo, al horrendo fango;
ved: Arnold está acosado y Edgar duramente amenazado;
Köppen huye ya a la casa, y con él el Patriota.
Medio derribada está la orgullosa muralla de libros,
pero, siempre furioso, el loco de Bauer combate solo.
Sobre el hermano Beutel cae ahora de la mano de Bauer
todo un fardo, que se convierte en la tumba del piadoso.
Se tambalea con su golpe el señor Julius van der Sünden.
Entonces el león de Halle desafía las fauces salvajes del infierno.
Como un Sansón, derriba la orgullosa muralla de la fortaleza;
se desploma, y Bauer, mirad, ¡también Bauer cae!
Allí yace, aplastado bajo sus propios fardos, —
¡ah, cómo se le echan encima los creyentes cantando alabanzas!
Mirad: el hermano Beutel se levanta del suelo
y, gozoso de su victoria, agarra la oreja del loco de Bauer,
y dice: «Oh creyentes, el Señor cumple mi esperanza,
el Señor es nuestro baluarte, ¡veo los cielos abiertos!
¡Al combate, adelante, al combate! Oh, dejadme a Bauer;
mientras vosotros derrotáis a aquellos, yo vigilo a este.»
Atan rápidamente a Bauer y siguen adelante cantando,
y apoyan en la casa, para el asalto, la escala de Jacob.
Se tambalea el Gutenberg, ya cruje la puerta,
arriba a los Libres se les acaba ya la munición,
ya se retuerce las manos, desesperado, el Patriota,
ya tiene Arnold, de un proyectil, la cadera tullida,
ya sangra Maien a chorros por la nariz y la boca,
cuando el diablo huye lleno de miedo hacia las fauces del infierno.
Con aullido espantoso huye a sus profundidades;
¡ah, cómo acudieron entonces en tropel, llenos de miedo, los malvados!
Preguntan, blasfeman, amenazan, y él, con torvo desaliento:
«¡Oh vergüenza, los Libres han sido derrotados por el ejército piadoso!
De nada sirvieron mi burla y mi escarnio, de nada mi hedor pestilente;
¡ay, me vencieron con el canto celestial!
Wigand se ha quedado sin barba, Bauer está prisionero,
¡ha sido tomada al asalto la muralla de fardos de libros!»
¡Ah, cómo retumba de bramidos de miedo la hondura del infierno!
¡Ah, cómo gime de horrendo dolor el fiero Hegel!
Pero, apenas repuesto el enjambre del primer susto,
alzan insultos y amenazas los locos paladines del infierno;
alborotan en rebelión. «¿Tú pretendes ser un diablo,
y dejas que nos pase esto?», grita Hegel, furioso.
«¿Dónde estaba tu vapor de azufre, dónde tu incendio y tu fuego?
¿Huyes ante un amén, monstruo cobarde?
¡Ya vemos, ay, demasiado tarde, que la vejez te ha debilitado;
ya solo corres detrás de niños y de viejas brujas!
¡Arriba! Lo que ayuda es obrar rápido, no lloriquear con blandura.
¡Aquí, Danton! ¡Voltaire, arriba! ¡Y tú, Robespierre!
Solo vosotros, que anduvisteis por la tierra, podéis ayudar aquí;
¡al cielo con el diablo! ¡Tenemos que hacernos diablos!
Esa chusma mítica no tiene ni tendrá nunca fuerza;
ni un incendio de mil años calienta a los cobardes.
¡Arriba, hermano Marat! Nosotros, que una vez fuimos hombres,
tenemos que elegir a un hombre como jefe.
El diablo no es ni será más que un personaje mítico,
y es enemigo nuestro, como todo hijo del cielo.
¡Arriba, arriba, a la victoria!» — ¡Ah, con qué loco furor
huyen del infierno los Ases75 acostumbrados a la sangre!
A su cabeza blande Hegel dos tizones ardiendo,
y Voltaire tras él con un mayal al rojo vivo.
Danton alza la voz, ruge Edelmann,
grita Napoleón: «¡Arriba, ralea infernal, adelante!»
Marat, con dos hijos erizados del infierno en cada mano,
ya tiene sed de sangre, el feroz desollador de hombres.
Robespierre pasa zumbando, la ira le crispa la boca —
¡Ay! Las fauces del infierno escupen esta hueste salvaje.
Donde está el hermano Beutel, que guarda piadosamente a Bauer,
allí ha ido derecha a hacer estragos primero la caza salvaje.
Beutel se queda espantado, llora la burrita:
«¡Ay, Señor, ahora se acabó: ahora llega nuestra hora!»
Marat arroja su proyectil, y Beutel es alcanzado;
se desploma en el suelo y ve los cielos abiertos.
Y Hegel ya ha abrazado al loco de Bauer:
«¡Sí, tú me has entendido, eres mi hijo amado!»
Le suelta las ataduras, los malvados lanzan gritos de júbilo:
«¡Viva Bauer, nuestro héroe! ¡Que nos lleve al combate!
El diablo está depuesto: necesitamos un hombre.»
Así se lanzan con griterío contra los piadosos.
Cambian las tornas, los piadosos huyen pasmados;
pero el hermano Beutel, como siempre, ve los cielos abiertos.
La burra lo lleva cielo arriba:
¡oh, mirad qué milagro ha hecho Dios el Señor!
¡Ved subir al cielo, oh ved, a Beutel-Elías!76
Ved frustrado gloriosamente el plan de los blasfemos.
Y tras él, con esplendor, el ejército de los piadosos:
huyen cantando al cielo, en verdad.
Pero, ¡ay!, la ralea infernal va tras ellos:
los Libres se lanzan furiosos detrás con gritos de victoria.
Los piadosos son ya presa del espanto, del miedo,
y tras ellos se precipita con bramidos la jauría del infierno. —
Al diablo, entretanto, la rebelión
con que los más excelentes han huido de su casa
lo ha dejado mudo por largo rato, y con él se asombra el infierno;
están inmóviles y miran fijamente el umbral
por el que salieron zumbando Hegel y toda la hueste,
hasta que al fin a Él le estalla la ira por la boca espumante:
«¡En esto os conozco! ¡Tonto de mí, estoy traicionado!
La hazaña es más diabólica que mis insulsas hazañas.
Demasiado libres son estos Libres: primero los seduje yo,
y ahora se han emancipado vilmente de mí.
Con esta gentuza no hay nada que hacer;
su sacrílego anhelo aspira a la libertad más insolente:
si estos Libres ya no reconocen nada santo,
al final también acabarán conmigo.
Lucho contra mí mismo al combatir a Dios;
como personaje mítico me dejan también de lado.
¡Arriba! Busquemos a Dios en su esplendor celestial
y sellemos fielmente unidos una santísima alianza.»
Así se lanza furioso hacia arriba, se arroja a los pies de Dios
y dice: «¡Oh, no me hagas expiar mis sacrilegios!
Unido a ti combato.» Y Dios, el bondadoso, dijo:
«Por ahora te perdonamos tus pecados;
ve, lávate en sangre de blasfemos los malvados pecados,
y cuando vuelvas, ya se arreglará lo demás.»
Lleno de alegría se lanza adelante; encuentra una batalla encarnizada.
Aunque también llegó auxilio a la hueste de los piadosos —
¡ay!, con todo, la fe —¡oh vergüenza!— ha de sucumbir;
la ralea sacrílega corre a victorias cada vez nuevas.
De estrella en estrella salta Bauer, enfurecido,
y su mano blande la Trompeta como maza.
Le salen al encuentro los cuatro evangelistas,
pero no asustan al ateo insolente;
aunque el buey de Lucas tiende torvo los cuernos
y ruge el león de Marcos,77 él no se arredra;
ahuyenta a todos los santos. — ¡Cómo arremete el fiero Hegel,
cómo chamusca con su tizón las alitas de los ángeles;
cómo amenaza en alto con el mayal el vil Voltaire;
cómo apalea Ruge, enfurecido, a los Padres de la Iglesia!
Ved a Bauer agarrar una estrella en su carrera
y, ¡ay!, lanzarla contra las nucas piadosas que huyen;
ved cómo el diablo cae con el golpe de la Trompeta,
y ni Miguel en persona puede resistir ante ella;
ved cómo el fiero Hegel agarra a Sirio
y se lo arroja a Hengstenberg, que palidece al instante;
¡ved cómo la hueste de los angelitos, con las alitas chamuscadas,
atraviesa la nube pataleando con chillidos de angustia!
El Corderito opone la cruz al monstruo,
pero este aprieta el puño y amenaza con golpes feroces.
La propia doncella María abandona el santuario
y anima a los ángeles al valor en el combate y a la gloria:
«¡Arriba, contra Bauer, arriba! ¡Arriba, contra el titán!
Quería comprenderme;78 eso, eso tenéis que barruntarlo.»
Pero por más que suplica y clama, por más que mira con dulzura,
las huestes de los Libres avanzan cada vez más.
¡Oh, mirad: ya se acercan al santuario del Señor,
ya la hueste de Dios no puede cerrarles el paso;
ya tropieza contra una estrella la piadosa burra
y cae en su huida con el hermano Beutel;
ya se le acerca Bauer con furor espantoso
para apagarle la luz de la vida con la Trompeta;
ya agarra Ruge, salvaje, al león de la orilla del Saale
y le mete en la boca un pliego de los Anales… —
¡Pero mirad! ¿Qué llega flotando, rodeado de esplendor celestial?
¿Qué hace temblar a Bauer con tanta violencia?
Es, apenas lo creeréis, un simple pergamino:
¿qué habrá escrito en él con luz celestial?
Baja flotando suavemente, desciende flotando ante Bauer,
y Bruno lo recoge; le tiemblan los miembros… —
¿Qué es lo que le baña la frente en sudor frío?
¿Qué murmura tan sordamente? Murmura: «¡Destituido!»79
Apenas ha salido de la boca infernal esta palabra del cielo,
braman en derredor las huestes de los Libres: «¡Destituido!»
Se quedan rígidos y mudos, lanza gritos de júbilo el ejército de los ángeles;
los Libres huyen llenos de horror, los ángeles tras ellos.
Empujan triunfalmente a los Libres hasta la tierra:
¡que todo malvado sea castigado así!
El «león de la orilla del Saale» es Heinrich Leo (1799-1878), historiador de la Universidad de Halle, a orillas del Saale, pietista y reaccionario, autor del panfleto Die Hegelingen (1838) contra los jóvenes hegelianos; Leo significa «león». ↩
Ernst Wilhelm Hengstenberg (1802-1869), profesor de teología en Berlín y director de la Evangelische Kirchenzeitung, cabeza de la ortodoxia protestante prusiana. ↩
Karl Heinrich Sack (1789-1875), profesor de teología en Bonn; Sack significa «saco». ↩
Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), predicador pietista de Elberfeld, en el Wuppertal, la comarca natal de Engels. ↩
Albert Knapp (1798-1864), pastor y poeta pietista suabo, autor de himnos. ↩
Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), autor del poema épico religioso El Mesías. ↩
Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, al que la tradición griega llama «el Teólogo». ↩
Bruno Bauer (1809-1882), teólogo hegeliano, al principio defensor especulativo de la ortodoxia y luego crítico radical de los Evangelios y cabeza de los jóvenes hegelianos de Berlín. ↩
Inversión de Mateo 26, 41: «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». ↩
Hasta finales de la década de 1830 Bauer, desde la derecha hegeliana, había defendido la ortodoxia contra Strauss en su Zeitschrift für spekulative Theologie. ↩
Apocalipsis 19, 3. Toda la escena celestial está tejida con imágenes del Apocalipsis (4, 11; 6, 10; 8-9; 16). ↩
Parodia del «Prólogo en el cielo» del Fausto de Goethe, donde el Señor pregunta a Mefistófeles: «¿Conoces a Fausto?» —«¿Al doctor?» —«¡A mi siervo!». Bauer era licenciado en teología. ↩
Johann Christian Edelmann (1698-1767), librepensador alemán, crítico de la religión revelada. ↩
David Friedrich Strauss, autor de la Vida de Jesús (1835-1836), fue nombrado en 1839 profesor de teología en Zúrich, pero las protestas de la población obligaron a jubilarlo antes de que ocupara la cátedra. ↩
Parodia del monólogo inicial del Fausto: «He estudiado, ¡ay!, filosofía, jurisprudencia y medicina, y por desgracia también teología, a fondo…». ↩
Philipp Marheineke (1780-1846), teólogo hegeliano de Berlín y protector de Bruno Bauer; el «libro misterioso» es su dogmática especulativa. ↩
Del monólogo de Fausto ante el signo del macrocosmos: «¡Cómo suben y bajan las fuerzas celestes y se pasan los cubos de oro!»… «¡Qué espectáculo! Pero, ¡ay!, solo un espectáculo». ↩
Palabras del Espíritu de la Tierra a Fausto, que responde: «¿No a ti?». ↩
(Nota de los autores.) Éxodo 8, 19. ↩
(Nota de los autores.) Deuteronomio 22, 8. ↩
(Nota de los autores.) Deuteronomio 25. ↩
Pereat, «¡muera!», brindis estudiantil de condena, opuesto al vivat. ↩
Bauer enseñaba como Privatdozent en la facultad de teología de Bonn desde 1839; el ministro de Cultos, Eichhorn, tras consultar a las facultades de teología prusianas, le retiró la venia legendi en marzo de 1842. ↩
Bauer había publicado la Crítica de la historia evangélica de Juan (1840) y la Crítica de la historia evangélica de los sinópticos (1841-1842), donde negaba el carácter histórico de los Evangelios. ↩
Alusión al himno de Lutero Ein feste Burg ist unser Gott («Castillo fuerte es nuestro Dios»). ↩
Immanuel Hermann Fichte (1796-1879), hijo de Johann Gottlieb Fichte, profesor de filosofía en Bonn y representante del «teísmo especulativo», una de las filosofías «positivas» opuestas a Hegel. ↩
Christian August Brandis (1790-1867), profesor de filosofía en Bonn, historiador de la filosofía griega. ↩
Números 22, 21-33: la burra de Balaam. ↩
Beutel significa «bolsa», como Sack, «saco». ↩
Hechos 7, 56: palabras de Esteban antes de morir lapidado. El verso se repite como estribillo hasta el final. ↩
Juego con Sturm und Drang («tormenta e ímpetu»), el movimiento literario de la década de 1770. ↩
Efesios 6, 14-17. ↩
Arnold Ruge (1802-1880), director de los Hallische Jahrbücher, órgano de los jóvenes hegelianos, y de su continuación, los Deutsche Jahrbücher. ↩
Robert Prutz (1816-1872), poeta liberal e historiador de la literatura, colaborador de los Anales. ↩
Otto Wigand (1795-1870), editor de Leipzig de Ruge, Feuerbach y Bruno Bauer; el apodo alude a su bigote, como el del mariscal Blücher. ↩
Los Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst (Anales de Halle), que editaba Wigand en Leipzig. Ante la exigencia del gobierno prusiano de imprimirlos en Prusia bajo su censura, Ruge se trasladó a Dresde en 1841 y los siguió publicando como Deutsche Jahrbücher (Anales Alemanes), prohibidos en enero de 1843. ↩
Theodor Mügge (1806-1861), autor de novelas de entretenimiento. ↩
Los Libres (die Freien): círculo de jóvenes hegelianos radicales de Berlín formado en 1842 en torno a Bruno y Edgar Bauer, con Meyen, Rutenberg, Buhl, Köppen, Stirner y el propio Engels. Marx, director de la Rheinische Zeitung desde octubre de 1842, rompió con ellos en noviembre de ese año. ↩
Bockenheim, junto a Fráncfort del Meno, donde tenía su sede la Dieta (Bundestag) de la Confederación Germánica. ↩
La Santa Alianza de Rusia, Austria y Prusia (1815); aquí, la alianza del trono y el altar. ↩
Karl Friedrich Köppen (1808-1863), profesor de instituto e historiador, amigo de Marx, a quien dedicó su libro Federico el Grande y sus adversarios (1840). ↩
Eduard Meyen (1812-1870), periodista, director del Athenäum berlinés; el poema escribe su nombre Maien. ↩
El propio Engels, que firmaba sus escritos con el seudónimo de Friedrich Oswald. ↩
Montagnard: miembro de la Montaña, el ala jacobina de la Convención francesa. ↩
Estribillo de La Marsellesa: «¡Formad vuestros batallones! ¡A las armas, ciudadanos!». ↩
Edgar Bauer (1820-1886), hermano menor de Bruno, publicista radical; Radge, anagrama de Edgar, fue el seudónimo con que defendió a su hermano en los Deutsche Jahrbücher en junio de 1842. ↩
Max Stirner, seudónimo de Johann Caspar Schmidt (1806-1856), más tarde autor de El único y su propiedad (1844). ↩
«¡Abajo los reyes!» — «¡Abajo también las leyes!». ↩
Ludwig Buhl (1814-1882), publicista berlinés, editor de la revista Der Patriot (1842). ↩
Karl Marx, nacido en Tréveris (Trier) en 1818; schwarz, «negro», por su pelo y su tez morenos: sus íntimos lo llamarían «el Moro». En 1842 escribía en la Rheinische Zeitung de Colonia, que dirigió desde octubre. ↩
Georg Jung (1814-1886), abogado de familia acaudalada, uno de los gerentes de la Rheinische Zeitung. ↩
Adolf Rutenberg (1808-1869), amigo de Marx en Berlín y redactor de la Rheinische Zeitung en 1842. ↩
Ludwig Feuerbach (1804-1872) vivía apartado en Bruckberg, en Franconia, y no formaba parte de ningún grupo; La esencia del cristianismo (1841) termina interpretando el agua del bautismo y el pan y el vino de la comunión como sacramentos de lo natural y humano. ↩
Ruge habla en dísticos (hexámetro y pentámetro). ↩
Eco del «Preludio en el teatro» del Fausto: «Bastantes palabras se han cruzado ya; ¡dejadme ver por fin hechos!». ↩
Los Deutsche Jahrbücher, continuación de los Anales de Halle. ↩
En Fráncfort tenía su sede la Dieta federal, dominada por Austria y Prusia. ↩
Halle, ciudad universitaria y centro del pietismo, donde Ruge había fundado sus Anales en 1838. ↩
Alusión al panfleto de Leo Die Hegelingen (1838). ↩
Apocalipsis 17. ↩
Lucas 4, 19. ↩
Mateo 19, 24; Lucas 14, 21-23. ↩
«Creo para comprender», fórmula de san Anselmo. ↩
Apocalipsis 12, 7-9. ↩
Friedrich der Große und seine Widersacher (Leipzig, Wigand, 1840). ↩
La trompeta del Juicio Final contra Hegel, el ateo y el anticristo (1841), libelo anónimo de Bruno Bauer escrito con la máscara de un pietista, y La esencia del cristianismo (1841), de Feuerbach, ambos editados por Wigand. ↩
Génesis 28, 12; Éxodo 13, 21; Éxodo 3, 2. ↩
Leo era autor de un manual de historia universal en varios tomos. ↩
August Tholuck (1799-1877), teólogo pietista de Halle, autor de La doctrina del pecado y del redentor, o la verdadera consagración del escéptico (1823), cuyo protagonista se llama Julius; Sünden significa «pecados». ↩
Karl Immanuel Nitzsch (1787-1868), profesor de teología en Bonn: juego entre Nitzsch y nichts, «nada». ↩
Der Christenbote, semanario pietista de Wurtemberg. ↩
Friedrich Ludwig Mallet (1792-1865), predicador pietista de Bremen. ↩
Bernhard Hirzel, párroco de Pfäffikon, encabezó en septiembre de 1839 la marcha campesina sobre Zúrich que derribó al gobierno liberal que había nombrado a Strauss. ↩
Jueces 7, 20. ↩
Los Ases, dioses de la mitología germánica. ↩
Como el profeta Elías, arrebatado al cielo en un carro de fuego (2 Reyes 2, 11). ↩
El buey y el león, símbolos de los evangelistas Lucas y Marcos. ↩
Begreifen: «comprender», pero también «tocar, palpar». ↩
Alusión a la retirada de la venia legendi a Bauer en marzo de 1842. ↩