Escrito por Karl Marx en mayo de 1842 como réplica a un artículo de Moses Hess; el manuscrito, que quedó inacabado en uno de los cuadernos de extractos de Bonn de 1842, se publicó por primera vez en 1927. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, primer semitomo (Fráncfort del Meno, 1927, pp. 230-231), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
«Alemania y Francia en relación con la cuestión de la centralización», con el signo ÷ ÷.1 «Si el poder del Estado debe partir de un solo punto o si cada provincia, cada municipio, debe administrarse a sí mismo y el gobierno central solo ha de dominar también las partes singulares del Estado, como poder del todo, allí donde el Estado tiene que estar representado hacia fuera: sobre esta cuestión las opiniones están todavía muy divididas.»2
Una cuestión de actualidad comparte con toda cuestión justificada por su contenido, y por tanto racional, el destino de que no es la respuesta, sino la pregunta lo que constituye la dificultad principal. Por eso la verdadera crítica no analiza las respuestas, sino las preguntas. Así como la solución de una ecuación algebraica está dada en cuanto el problema se ha planteado en sus relaciones más puras y precisas, así toda pregunta queda contestada en cuanto se ha convertido en una pregunta real. La propia historia universal no tiene otro método que el de contestar y despachar las viejas preguntas con preguntas nuevas. Las palabras enigmáticas de cada época son, por tanto, fáciles de encontrar. Son las cuestiones del momento, y si en las respuestas la intención y el entendimiento del individuo desempeñan un gran papel, y hace falta una mirada ejercitada para separar lo que pertenece al individuo de lo que pertenece a la época, las preguntas, en cambio, son las voces abiertas y sin miramientos de una época, que pasan por encima de todas las individualidades; son sus divisas, son sus exclamaciones sumamente prácticas sobre su propio estado de ánimo. Por eso los reaccionarios de cada época son tan buenos barómetros de su estado espiritual como los perros lo son del tiempo. Al público le parece que son los reaccionarios quienes hacen las preguntas. Cree, por tanto, que si este o aquel oscurantista no combatiera una tendencia moderna, si no hubiera puesto en cuestión un asunto, la cuestión no existiría. El propio público tiene así a los reaccionarios por los verdaderos hombres del progreso.
«Si el poder del Estado debe partir de un solo punto», es decir, si debe gobernar un solo punto o si cada provincia, etc., debe administrarse a sí misma y el gobierno central solo ha de mostrarse hacia fuera como el poder del todo, «frente al exterior»: así es imposible concebir la cuestión de la centralización. El autor nos asegura que «esta cuestión, considerada desde un punto de vista superior, se deshace por sí misma como nula», pues «si el hombre es realmente lo que según su esencia debe ser, la libertad individual no se distingue en absoluto de la general»; «si se presupone, pues, un pueblo de justos, la cuestión de que se trata no puede siquiera plantearse»; «el poder central viviría en todos los miembros, etc., etc.» «Pero, del mismo modo que toda ley exterior, toda institución positiva, etc., también todo poder central del Estado, etc., sería superfluo. Semejante sociedad no sería un Estado, sino el ideal de la humanidad.» «Uno puede ponérselo asombrosamente fácil para resolver los problemas más difíciles del Estado si mira desde lo alto de un elevado punto de vista filosófico nuestra vida social. En teoría, semejante solución de los problemas es también del todo correcta, más aún, la única correcta. Pero aquí no se trata de una respuesta teórica, etc., sino de una respuesta práctica, aunque solo empírica y relativa, a la cuestión de la centralización, etc.»
El autor del artículo empieza con una autocrítica de su pregunta. Considerada desde un punto de vista superior, no existiría; pero al mismo tiempo nos enteramos de que desde ese elevado punto de vista desaparecen todas las leyes, las instituciones positivas, el poder central del Estado y, finalmente, el propio Estado. Con razón alaba el autor la «asombrosa facilidad» con que este punto de vista sabe orientarse; pero sin razón se llama a semejante solución de los problemas «del todo correcta en teoría, más aún, la única correcta», y sin razón llama él a ese punto de vista «filosófico». La filosofía tiene que protestar seriamente cuando se la confunde con la imaginación. La ficción de un pueblo «de justos» le es tan ajena a la filosofía como a la naturaleza la ficción de «hienas que rezan». El autor sustituye la filosofía por «sus abstracciones».
El artículo, de Moses Hess (1812-1875), uno de los promotores de la Rheinische Zeitung, apareció en el suplemento del número 137, del 17 de mayo de 1842, firmado con ese signo. El manuscrito de Marx se interrumpe donde acaba esta traducción. ↩
Las cursivas en las citas del artículo de Hess son de Marx. ↩