Tres piezas escritas por Karl Marx en Colonia y publicadas en la Rheinische Zeitung: un artículo en el n.º 334, del 30 de noviembre de 1842; una nota en el n.º 3, del 3 de enero de 1843, y un epílogo de la redacción a una correspondencia de Múnich en el n.º 12, del 12 de enero de 1843. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, primer semitomo (Fráncfort del Meno, 1927, pp. 310-314), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
N.º 334, 30 de noviembre de 1842
*** Colonia, 29 de noviembre.
«¡No es más que un apetito de la sangre, una condescendencia de la voluntad!»1
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo observa en su ocasional polémica contra la Rheinische Zeitung una táctica tan peculiar como digna de elogio, que, aplicada con coherencia, no puede dejar de impresionar a la parte superficial del público. Ante cada reprensión que respondía a sus ataques contra el principio y la tendencia de la Rheinische Zeitung, ante cada cuestión de fondo en litigio, ante cada ataque de principio por parte de la Rheinische Zeitung, se envolvía en la toga ambigua del silencio, de modo que siempre queda sin decidir si ese silencio debe su modesta existencia a la conciencia de la debilidad, que no puede responder, o a la conciencia de la fuerza sobrada, que no quiere responder. No tendríamos a este respecto ningún reproche especial que hacer a la de Augsburgo, pues nos trata como trata a Alemania, a la que cree demostrar del modo más provechoso su interés mediante un silencio profundo, solo interrumpido raras veces por notas de viaje, partes médicos y poemas nupciales parafraseados; y quizá tenga razón la de Augsburgo al considerar su silencio como una contribución al bienestar público.
Pero la de Augsburgo maneja, además de la táctica del silencio, otra manera de polemizar, que con su locuacidad prolija, complacida y llena de protestas viene a ser el complemento activo de aquella quietud pasiva y melancólica. La de Augsburgo calla cuando se trata de la lucha de principios, de la lucha por lo esencial; pero acecha escondida, observa de lejos, espía el momento en que su adversaria descuida el tocador, comete un paso en falso en el baile, deja caer su pañuelo, y entonces —«se pavonea virtuosa y vuelve la cabeza»—,2 lanza al aire, con un aplomo imperturbable y con toda la cólera de la mojigatería de tocador, el enojo bienintencionado que tanto tiempo ha contenido y grita a Alemania: «¡Ahí lo tenéis, ese es el carácter, esas son las convicciones, esa es la coherencia de la Rheinische Zeitung!» «Ahí está el infierno, ahí la noche, ahí la charca de azufre, el fuego, el hervor, la peste, la podredumbre... ¡Puaj, puaj, puaj! ¡Bah, bah! ¡Dame un poco de almizcle, buen boticario!»
Con ocasión de semejantes improvisaciones de comadre, la de Augsburgo no solo sabe recordar al olvidadizo público, a su memoria infiel, su virtud olvidada, su honorabilidad y su edad madura, no solo sabe adornar sus sienes hundidas con recuerdos caducos y marchitos, sino que, además de estos pequeños e inofensivos éxitos de coquetería, sabe obtener con maña otros éxitos prácticos. Se planta frente a la Rheinische Zeitung como quien ha salido airosa,3 alborotando, reprendiendo, provocando, una luchadora vigorosa, y el mundo olvida, ante la petulante provocación, el silencio decrépito y la retirada recién consumada. Además surge la apariencia, cultivada con todo cuidado, de que la lucha entre la A. A. Z. y la Rheinische Zeitung gira en torno a semejantes miserias, historietas escandalosas y pecados de tocador. El ejército de los que no tienen espíritu ni convicciones, que no entiende la lucha esencial, puesto que nosotros hablamos y la de Augsburgo calla, y que en cambio vuelve a encontrar su propia alma bella en los reparos quisquillosos y en las nimiedades críticas de la A. A. Z., aplaude entonces y rinde homenaje a la honorable señora que, de una manera tan experimentada como mesurada, castiga a su impetuosa adversaria, más para educarla que para herirla. En el n.º 329 de la A. A. Z. se encuentra otra muestra de esta polémica sabihonda, repugnante y provinciana.
Un corresponsal del Meno informa de que la Allg. Augsb. Ztg. había elogiado la novela política de Julius Mosen El Congreso de Verona porque había aparecido en la editorial de Cotta.4 Confesamos que, por su nulidad, solo de vez en cuando echamos un vistazo a la parte crítico-literaria de la A. A. Z., y que tampoco conocemos su crítica de Mosen; en esto nos confiamos a discreción a la conciencia del corresponsal. Dando por cierto el hecho, no le faltaba a la correspondencia verosimilitud interna, pues, según recientes aclaraciones que se han refutado con chicanas, pero no con razones, se puede al menos dudar de la independencia de la conciencia crítica de la Allg. A. Z. respecto del lugar de impresión de Stuttgart. Queda, pues, que no conocíamos el lugar de impresión de la novela política, y en fin, no es ningún pecado mortal político no conocer el lugar de impresión de una novela.
Advertida más tarde del dato erróneo sobre el lugar de impresión, la redacción declaró en una nota: «Acabamos de saber que El Congreso de Verona, del poeta Julius Mosen, no apareció en modo alguno en la editorial de Cotta, y rogamos por ello a nuestros lectores que juzguen en consecuencia, rectificándola, la correspondencia del Meno publicada en el n.º 317 del presente año.» Como el reproche principal del corresponsal del Meno contra la Allgemeine Zeitung de Augsburgo descansaba únicamente en la premisa de que El Congreso de Verona había aparecido en la editorial de Cotta, como nosotros declaramos que no había aparecido en Cotta, y como todo razonamiento cae por sí solo al suprimirse su premisa, podíamos ciertamente plantear al juicio de los lectores la exigencia desmesurada de rectificar aquella correspondencia tras esta declaración, y podíamos creer que habíamos reparado nuestra injusticia con la A. A. Z. ¡Pero la lógica de Augsburgo! La lógica de Augsburgo interpreta nuestra rectificación del siguiente modo: «Si El Congreso de Verona de Mosen hubiera aparecido en Cotta, todos los amigos del derecho y de la libertad tendrían que considerarlo un mal saldo y un género invendible; pero como nos enteramos después de que salió en Berlín, rogamos a nuestros estimados lectores que lo saluden, con las propias palabras del poeta, como uno de los espíritus de la eterna juventud que avanzan por una senda que despide rayos y pisan con hierro la nuca a la vieja chusma.»
El mozo maneja el arco como un espantapájaros: ¡tensadme una vara de pañero entera! ¡Al blanco, al blanco! ¡Zas!5
«Eso es», exclama triunfante la de Augsburgo, «eso es lo que la Rheinische Zeitung llama sus convicciones, su coherencia.» ¿Ha declarado alguna vez la Rheinische Zeitung que las consecuencias de la lógica de Augsburgo fueran su coherencia, o que las convicciones en que se basa esa lógica fueran sus convicciones? La de Augsburgo solo habría podido concluir: «¡Así es como en Augsburgo se malentienden la coherencia y las convicciones!» ¿O cree en serio la A. A. Zeitung que con el brindis de Mosen quisimos ofrecer un comentario rectificador para juzgar El Congreso de Verona? Hemos tratado más por extenso la fiesta de Schiller en el folletín, hemos señalado a Schiller «como el profeta del nuevo movimiento de los espíritus» (p. 326, correspondencia de Leipzig) y la importancia de la fiesta de Schiller que de ello se desprende; ¿y por qué habríamos de rechazar el brindis de Mosen, que destacaba esa importancia? ¿Acaso porque contiene una andanada contra la Augsburger Allgemeine Zeitung, que esta ya se tiene merecida por su juicio sobre Herwegh? Pero todo eso no tenía nada que ver con la correspondencia del Meno, a no ser que hubiéramos escrito, como nos imputa la de Augsburgo: «Juzgue el lector la correspondencia del Meno del n.º 317 a la luz del poema de Mosen del n.º 320.» Este disparate lo fabrica adrede la lógica de Augsburgo para poder tirárnoslo luego a la cabeza. El juicio de la Rheinische Zeitung en el folletín del n.º 317 sobre el Bernardo de Weimar de Mosen demuestra lo que no necesita demostración: que con Mosen no se apartó ni un pelo de su habitual crítica objetiva.
Por lo demás, concedemos a la de Augsburgo que ni siquiera la Rheinische Zeitung es capaz de quitarse de encima a los condotieros literarios, esa chusma importuna y repugnante que en aquella era periodística —cuya encarnación es la A. A. Z.— proliferó por todas partes en Alemania.
Por último, el periódico de Augsburgo nos recuerda la catapulta que «arroja a su alrededor grandes palabras y frases que dejan intacta la realidad». La A. A. Z. toca, ciertamente, toda realidad posible, la realidad mexicana, la realidad brasileña, pero ninguna realidad alemana, ni siquiera la realidad bávara, y si alguna vez toca algo semejante, infaliblemente toma la apariencia por realidad y la realidad por apariencia. Si se tratara de la realidad espiritual y verdadera, la Rheinische Zeitung podría gritar a la de Augsburgo con Lear: «¡Haz lo peor que puedas, ciego Cupido! ¡Mira solo esta letra!», y la de Augsburgo respondería con Gloucester: «Aunque cada letra fuera un sol, no vería ninguna.»6
N.º 3, 3 de enero de 1843
* La «de Augsburgo» ha entrado en ese estadio en que el bello sexo ya no se atreve a fingir la juventud y entonces no sabe reprochar a sus hermanas nada más espantoso que la juventud misma. En el n.º 360, sin embargo, el termómetro de la edad ha extraviado curiosamente a la venerable sibila. Habla del enfriamiento de los «jóvenes bríos» de la Rheinische Zeitung a propósito de un corresponsal que casualmente es un sexagenario y que difícilmente pensaba encontrar en las columnas de la Augsb. Allg. Zeitung un testimonio de su juventud. ¡Pero así van las cosas! Unas veces la libertad es demasiado vieja, otras demasiado joven, nunca está a la orden del día, al menos no a la orden del día de la Augsb. Allg. Ztg., de la que el rumor afirma cada vez con más firmeza que aparece en Augsburgo.7
N.º 12, 12 de enero de 1843
Si la redacción de la Rheinische Zeitung quisiera añadir un epílogo a la correspondencia que antecede a la manera de la Allg. A. Ztg., a esta misma, que ha tenido la bondad de reconocer en la Rheinische Zeitung al alférez «Pistola», solo podríamos dejarle elegir entre «Doll Tearsheet» y «la viuda Quickly».8 Pero su profesión de fe viril la buscaríamos en el amigo de esas damas, en Falstaff: «El honor me empuja a avanzar. Pero ¿y si el honor me despacha al avanzar? ¿Qué pasa entonces? ¿Puede el honor reponer una pierna? ¡No! ¿O un brazo? No. ¿O calmar el dolor de una herida? No. ¿El honor no entiende, pues, de cirugía? No. ¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Qué hay en esa palabra, honor? ¿Qué es ese honor? Aire. ¡Fino alimento! ¿Quién lo tiene? ¡El que murió el miércoles pasado! ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? No. ¿No es, pues, sensible? Para los muertos, no. ¿Pero no vive acaso con los vivos? No. ¿Por qué no? La calumnia no lo consiente. Así que no lo quiero. El honor no es más que un escudo pintado en un cortejo fúnebre, y así termina mi catecismo.» Y así termina el catecismo político de la A. A. Z., así recuerda a la «prensa» que en tiempos críticos se pueden perder brazos y piernas, así calumnia al honor, porque ha renunciado a todo honor que pudiera ser calumniado.
La A. A. Z. prometió entablar con nosotros una lucha de principios, y ha cumplido su promesa. No ha enviado a la lucha contra nosotros ningún principio, es decir, ha enviado sus principios; nos ha asegurado aquí y allá su indignación, ha sembrado pequeñas sospechas, ha intentado pequeñas rectificaciones, se ha dado grandes aires por sus pequeñas hazañas, ha reclamado la primacía de la edad, y en este punto, en lo que toca a sus títulos de veterana, podemos gritarle lo que el señor Dézamy grita al señor Cabet: «¡Que el señor Cabet tenga buen ánimo: con tantos títulos, no puede dejar de obtener pronto su plaza en los Inválidos!»9
La de Augsburgo vive de un error de cálculo, de un anacronismo. Ha perdido la forma, lo único que poseía en días pasados, incluso la forma, el perfume literario; en su lugar ha aparecido una falta de forma pequeñoburguesa, prolija y presuntuosa, y nadie encontrará elegantes la vulgaridad del «señor Puff» y la comparación de «una rana que se ha hinchado hasta hacerse buey» por encontrarlas en la A. A. Z.10
Palabras de Yago en Otelo de Shakespeare (acto I, escena 3), citadas por la traducción alemana de Schlegel y Tieck. La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, editada por la casa Cotta, era el periódico de mayor difusión y prestigio de Alemania; Marx se refiere a ella como «la de Augsburgo» (die Augsburgerin). ↩
Esta cita y las siguientes de este párrafo son de El rey Lear (acto IV, escena 6). ↩
En el original, en latín: quasi re bene gesta. ↩
Julius Mosen (1803-1867), poeta y dramaturgo liberal; su novela Der Kongreß von Verona se publicó en 1842. La editorial Cotta, de Stuttgart, era la propietaria de la Allgemeine Zeitung. ↩
También de El rey Lear (acto IV, escena 6). ↩
El rey Lear, acto IV, escena 6. ↩
La Allgemeine Zeitung se imprimía en Augsburgo, pero pertenecía a una editorial de Stuttgart; véase más arriba la nota 4. ↩
Personajes de la segunda parte de Enrique IV de Shakespeare; en la traducción alemana que cita Marx, «Dorchen Lakenreisser» y «Witwe Hurtig». El «catecismo» de Falstaff que sigue es de la primera parte de Enrique IV (acto V, escena 1). ↩
En el original, en francés: «Que monsieur Cabet ait bon courage: avec tant de titres, il ne peut manquer d'obtenir bientôt ses invalides!» Théodore Dézamy (1808-1850), comunista francés, polemizó en 1842 con Étienne Cabet (1788-1856), fundador del comunismo «icariano». Los Inválidos, en París, eran el asilo de los soldados veteranos. ↩
Alusión a la fábula de la rana que quiso hincharse hasta igualar al buey. ↩