Escrito por Friedrich Engels en Berlín en marzo de 1842, durante su servicio militar como voluntario. Publicado sin firma, como correspondencia de Berlín, en la Rheinische Zeitung, n.º 102, del 12 de abril de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 287-289), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*×*1 Berlín, marzo. No hace mucho todavía, el sur de nuestra patria pasaba por ser la única parte de ella capaz de una actitud política resuelta; Baden, Wurtemberg y el Palatinado bávaro2 parecían los tres únicos altares en los que podía encenderse el fuego del único patriotismo digno, del patriotismo independiente. El norte parecía haber recaído en una indiferencia perezosa, en un agotamiento, si no servil, sí flojo y tenaz, en el que quería reponerse del esfuerzo, grandioso ciertamente e insólito, de las guerras de liberación,3 en las que el sur no había tomado parte. Parecía tener bastante con aquella hazaña y creerse con derecho a algún reposo, de modo que el sur empezaba ya a mirarlo por encima del hombro, a reprocharle su falta de interés, a burlarse de su paciencia. Los acontecimientos de Hannover4 también fueron ampliamente explotados por el sur para justificar su altanería frente al norte. Mientras este se mostraba en apariencia más callado, más inactivo, aquel triunfaba, se jactaba de su vida parlamentaria en desarrollo, de sus discursos en las Cámaras, de su oposición, que, decía, tenía que apoyar al norte, mientras que él se sabía con la existencia asegurada aun sin el norte.

Todo eso ha cambiado. El movimiento del sur se ha adormecido; los dientes de las ruedas, que antes engranaban con tanta fuerza y se mantenían girando, se han ido desgastando y ya no quieren encajar bien unos con otros; una boca enmudece tras otra, y la generación joven no tiene ganas de seguir el camino de sus predecesores. En cambio el norte, aunque las circunstancias externas le son mucho menos favorables que al sur y aunque la tribuna, allí donde no falta del todo, nunca pudo elevarse a la importancia de la del sur, puede exhibir desde hace varios años un caudal de convicción política sólida, de energía viva y firme de carácter, de talento y de actividad publicística como el sur no llegó a reunir ni en su mejor época de florecimiento. A esto se añade que el liberalismo del norte de Alemania posee indiscutiblemente un grado más alto de formación y de universalidad, una base histórica y nacional más firme de la que jamás pudo conquistar el liberalismo del sur. El punto de vista del primero está muy por encima del del segundo. ¿De dónde viene esto? La historia de ambos fenómenos resuelve la cuestión con toda claridad.

Cuando, con el año 1830, el sentido político empezó a despertar en toda Europa y el interés por el Estado pasó a primer plano, de los hechos y estímulos de aquel año, al chocar con los sueños renacientes de la teutomanía,5 se desarrolló el nuevo producto del liberalismo del sur de Alemania. Nacido de la práctica inmediata, le fue fiel y se ajustó a ella en su teoría. Pero la práctica a partir de la cual construyó su teoría era, como es sabido, muy dispersa: francesa, alemana, inglesa, española, etc. De ahí que también la teoría, el verdadero contenido de esta corriente, desembocara en algo muy general, vago, nebuloso; que no fuera ni alemana ni francesa, ni nacional ni decididamente cosmopolita, sino justamente una abstracción y una medianía. Se tenía un fin general, la libertad legal, pero por lo común dos medios diametralmente opuestos para alcanzarlo; así, se querían garantías constitucionales para Alemania y, para conseguirlas, se proponía hoy una mayor independencia de los príncipes respecto de la Dieta federal y mañana una mayor dependencia, pero con una Cámara popular al lado de la Asamblea federal:6 dos medios de los que, en las circunstancias dadas, uno era tan poco práctico como el otro. Hoy se quería alcanzar el gran fin de una mayor unidad de Alemania, y mañana una mayor independencia de los pequeños príncipes frente a Prusia y Austria. Así, siempre de acuerdo en el fin y nunca en los medios, el partido, con mucho el más poderoso, pronto se vio adelantado por el gobierno y reconoció demasiado tarde su imprudencia. Además, su fuerza iba unida a una agitación momentánea, al efecto de rebote de un acontecimiento meramente externo, la Revolución de Julio, y cuando esta se apagó, también él tuvo que adormecerse.

Durante ese tiempo todo estaba en el norte de Alemania mucho más tranquilo y, en apariencia, más inactivo. Solo un hombre derramaba entonces todo el ardor de su fuerza vital en llamas vivas, y ese valía más que todos los del sur juntos: me refiero a Börne.7 En él, que con toda la energía de su carácter fue más allá de la medianía de aquellos, esa unilateralidad se abrió paso por completo y se superó así a sí misma. En él la teoría se desprendió trabajosamente de la práctica y se mostró como la flor más hermosa de esta. Así se situó resueltamente en el punto de vista del liberalismo del norte y fue su precursor y su profeta.

Esta corriente, a la que ya no se le puede negar el dominio sobre Alemania, obtuvo ya por su base un contenido más pleno, una existencia más duradera. Desde el principio no ató su existencia a un hecho aislado, sino a toda la historia universal y, en particular, a la alemana; la fuente de la que manó no estaba en París: había brotado en el corazón de Alemania; era la filosofía alemana moderna. De ahí que el liberal del norte tenga una consecuencia resuelta, una precisión en sus reivindicaciones, una relación firme entre medio y fin, a la que el del sur aspiró siempre en vano. De ahí que su convicción aparezca como producto necesario de las aspiraciones nacionales y, por ello mismo, como nacional; que quiera ver a Alemania situada con la misma dignidad hacia dentro y hacia fuera, y que no pueda caer en el dilema cósmico de si hay que ser primero liberal y luego alemán o primero alemán y luego liberal. Por eso se sabe igualmente a salvo de las unilateralidades de uno y otro partido, y se ve libre de las sutilezas y sofismas a los que estos se vieron empujados por sus propias contradicciones internas. Por eso puede abrir una lucha tan resuelta, tan viva, tan fructífera contra toda reacción, sin excepción, como nunca pudo el liberalismo del sur, y por eso tiene al final la victoria asegurada.

Con todo, el liberal del sur no debe verse como una avanzadilla perdida ni como un experimento fallido; gracias a él hemos conseguido resultados que, en verdad, no son nada despreciables. Fue él, ante todo, quien fundó una oposición alemana, hizo así posible una conciencia política en Alemania y despertó la vida parlamentaria; quien no dejó que la semilla que había en las constituciones alemanas se adormeciera y se pudriera, y quien sacó de la Revolución de Julio el provecho que Alemania podía sacar de ella. Fue de la práctica a la teoría y no llegó a buen puerto; así que nosotros queremos empezar al revés y tratar de penetrar desde la teoría en la práctica: apuesto lo que queráis a que de este modo llegaremos más lejos.

  1. Signo con el que la Rheinische Zeitung marcaba los envíos de este corresponsal. Engels cumplía entonces su año de servicio militar como voluntario en la artillería de la Guardia, en Berlín, y asistía como oyente a la universidad. ↩

  2. El Palatinado renano (Rheinpfalz), en la orilla izquierda del Rin, que pertenecía desde 1816 al reino de Baviera. Baden, Wurtemberg y Baviera tenían constituciones y Cámaras desde 1818-1819. ↩

  3. Las guerras contra Napoleón de 1813-1815, en las que Prusia llevó el peso principal en Alemania; los Estados del sur, aliados de Napoleón en la Confederación del Rin, solo cambiaron de bando a finales de 1813. ↩

  4. En 1837 el nuevo rey de Hannover, Ernesto Augusto, abolió la constitución de 1833; siete profesores de Gotinga que protestaron fueron destituidos («los siete de Gotinga»). ↩

  5. Deutschtümelei: el nacionalismo romántico y germanizante surgido de las guerras de liberación y de las asociaciones de estudiantes (Burschenschaften). ↩

  6. La Dieta federal (Bundestag o Bundesversammlung) de Fráncfort, órgano de los gobiernos de la Confederación Germánica. ↩

  7. Ludwig Börne (1786-1837), escritor y publicista demócrata, desde 1830 exiliado en París, autor de las Cartas desde París; el joven Engels lo admiraba profundamente. ↩