Escrito por Friedrich Engels en Londres el 30 de noviembre de 1842. Publicado en la Rheinische Zeitung (Colonia), núms. 343 y 344, del 9 y 10 de diciembre de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 456-460), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Rheinische Zeitung, núm. 343, 9 de diciembre de 1842

***1 Londres, 30 de noviembre. ¿Es posible en Inglaterra una revolución, o incluso probable? Esa es la pregunta de la que depende el futuro de Inglaterra. Planteádsela al inglés, y os demostrará con mil bonitas razones que de revolución no se puede ni hablar. Os dirá que Inglaterra se encuentra, desde luego, en una situación crítica en este momento, pero que en su riqueza, en su industria y en sus instituciones posee los medios y los caminos para salir adelante sin sacudidas violentas; que su constitución tiene elasticidad suficiente para resistir los choques más violentos de las luchas de principios y para someterse a todos los cambios que le impongan las circunstancias sin peligro para sus fundamentos. Os dirá que hasta la clase más baja del pueblo sabe muy bien que en una revolución no tiene más que perder, porque toda alteración de la tranquilidad pública solo puede traer consigo una paralización de los negocios y con ella un paro general y el hambre. En una palabra, os presentará tantas cosas claras y evidentes que al final pensaréis que de verdad las cosas no están tan mal en Inglaterra y que en el continente uno se hace toda clase de fantasías sobre la situación de este Estado, que tendrían que estallar como pompas de jabón ante la realidad palpable, ante un conocimiento más exacto del asunto. Y esta opinión es también la única posible en cuanto uno se sitúa en el punto de vista nacional inglés de la práctica inmediata, de los intereses materiales; es decir, en cuanto pierde de vista la idea motriz, olvida la base por la superficie y los árboles no le dejan ver el bosque. Es una cosa que en Alemania se entiende por sí sola, pero que no hay manera de meter en la cabeza al británico obstinado, que los llamados intereses materiales nunca pueden presentarse en la historia como fines independientes y rectores, sino que siempre sirven, consciente o inconscientemente, a un principio que dirige los hilos del progreso histórico. Por eso es de todo punto imposible que un Estado como Inglaterra, cuyo exclusivismo y cuya autosuficiencia políticos lo han dejado al final unos cuantos siglos por detrás del continente, un Estado que de la libertad solo conoce la arbitrariedad, que está metido hasta las orejas en la Edad Media, que semejante Estado no entre por fin en conflicto con el desarrollo espiritual, que entretanto ha avanzado. ¿O no es esta la imagen de la situación política de Inglaterra? ¿Hay algún país en el mundo donde el feudalismo subsista con una fuerza tan intacta y permanezca intocado no solo de hecho, sino también en la opinión pública? ¿Consiste la tan elogiada libertad inglesa en algo distinto de la arbitrariedad puramente formal de poder hacer y dejar de hacer lo que a uno le plazca dentro de los límites legales existentes? ¡Y qué leyes son esas! Un fárrago de disposiciones confusas y contradictorias que han degradado la jurisprudencia a pura sofística, que la justicia nunca cumple porque no se ajustan a nuestro tiempo y que permitirían, si la opinión pública y su sentido del derecho lo consintieran, que al hombre honrado se le tachara de delincuente por el acto más inocente. ¿No es la Cámara de los Comunes una corporación elegida pura y simplemente mediante el soborno y extraña al pueblo? ¿No pisotea el Parlamento constantemente la voluntad del pueblo? ¿Tiene la opinión pública la menor influencia en el gobierno en las cuestiones generales? ¿No se limita su poder al caso particular, al control de la justicia y de la administración? Todas estas son cosas que ni el inglés más obstinado niega del todo, ¿y semejante situación va a poder sostenerse?

Pero quiero dejar el terreno de las cuestiones de principio. En Inglaterra, al menos entre los partidos que ahora se disputan el poder, entre whigs y tories, no se conocen luchas de principios, solo conflictos de intereses materiales. Es justo, pues, que también a este aspecto se le dé lo que le corresponde. Inglaterra es por naturaleza un país pobre que, aparte de su situación geográfica, sus minas de hierro y sus yacimientos de carbón, no posee más que algunos pastos fértiles y ninguna otra fertilidad ni riqueza natural de ninguna clase. Depende, pues, por completo del comercio, de la navegación y de la industria, y gracias a ellos ha sabido elevarse a la altura que ocupa. Pero está en la naturaleza de las cosas que un país, una vez tomado este camino, solo puede mantenerse en la altura alcanzada aumentando continuamente la producción industrial; y estancarse sería también aquí retroceder.

Además, es consecuencia natural de los supuestos del Estado industrial que, para proteger la fuente de su riqueza, tenga que mantener alejados de sí los productos industriales de otros países con aranceles prohibitivos. Pero como la industria nacional eleva los precios de sus productos a la par de los aranceles sobre los productos extranjeros, con ello está dada también la necesidad de elevar continuamente los aranceles para que la competencia extranjera, conforme al principio adoptado, siga excluida. Así pues, por dos lados se produciría aquí un proceso hasta el infinito, y la contradicción que hay en el concepto del Estado industrial ya se mostraría aquí. Pero ni siquiera necesitamos aquí estas categorías filosóficas para mostrar las contradicciones entre las que está encajonada Inglaterra. En los dos aumentos que acabamos de considerar, el de la producción y el de los aranceles, tienen algo que decir también otras personas además de los industriales ingleses. En primer lugar, el extranjero, que tiene industria propia y no necesita prestarse a servir de desagüe para los productos ingleses, y luego los consumidores ingleses, que no aceptan semejante aumento de los aranceles hasta el infinito. Y justo aquí se encuentra ahora el desarrollo del Estado industrial en Inglaterra. El extranjero no quiere los productos ingleses porque produce lo que necesita, y los consumidores ingleses exigen unánimemente la supresión de los aranceles prohibitivos. Ya de la exposición anterior resulta que Inglaterra cae así en un doble dilema que el simple Estado industrial no es capaz de resolver; pero también la observación directa de las circunstancias lo confirma.

Hablando primero de los aranceles, hasta en Inglaterra se reconoce que en casi todos los artículos las fábricas alemanas y francesas suministran mejor y más barato las calidades inferiores; y lo mismo una masa de otros artículos en cuya fabricación los ingleses van por detrás del continente. Con todos ellos Inglaterra se vería inundada en cuanto se suprimiera el sistema prohibitivo, y la industria inglesa recibiría con ello el golpe de gracia. Por otro lado, ahora se ha liberalizado en Inglaterra la exportación de máquinas, y como en la construcción de máquinas Inglaterra no tiene hasta ahora competencia, el continente, gracias a las máquinas inglesas, estará tanto más en condiciones de competir con Inglaterra. El sistema prohibitivo ha arruinado además los ingresos del Estado inglés y ya solo por eso tiene que abolirse. ¿Dónde está, pues, aquí la salida para el Estado industrial?

II

Rheinische Zeitung, núm. 344, 10 de diciembre de 1842

*** En cuanto al mercado para los productos ingleses, Alemania y Francia han declarado con bastante claridad que no quieren seguir sacrificando su industria para complacer a Inglaterra. La industria alemana, en particular, ha tomado además tal impulso que ya no tiene que temer a la inglesa. El mercado continental está perdido para Inglaterra. Solo le quedan América y sus propias colonias, y solo en estas está protegida de la competencia extranjera por sus leyes de navegación.2 Pero las colonias no son ni de lejos lo bastante grandes para poder consumir todos los productos de la inmensa industria inglesa, y en todas las demás partes la industria inglesa se ve desplazada cada vez más por la alemana y la francesa. Este desplazamiento no es, desde luego, culpa de la industria inglesa, sino del sistema prohibitivo, que ha subido los precios de todos los medios de vida, y con ellos el salario, a una altura desproporcionada. Y ese salario es precisamente lo que encarece tanto los productos ingleses frente a los de la industria continental. Así pues, Inglaterra no puede escapar a la necesidad de restringir su industria. Pero eso es tan irrealizable como el paso del sistema prohibitivo al libre comercio. Pues la industria enriquece, es verdad, a un país, pero crea también una clase de desposeídos, de pobres absolutos, que vive al día, que se multiplica rápidamente, una clase que luego ya no se puede suprimir porque nunca puede adquirir una propiedad estable. Y a esta clase pertenece un tercio, casi la mitad, de todos los ingleses. La menor paralización del comercio deja sin pan a una gran parte de esta clase; una gran crisis comercial, a la clase entera. ¿Qué otra cosa les queda a estas personas, cuando se dan tales circunstancias, sino sublevarse? Pero por su masa esta clase se ha convertido en la más poderosa de Inglaterra, y ¡ay de los ricos ingleses cuando tome conciencia de ello!

Hasta ahora, desde luego, todavía no la ha tomado. El proletario inglés no hace más que intuir su poder, y el fruto de esa intuición fue la revuelta del verano pasado.3 El carácter de esta revuelta se ha desconocido por completo en el continente. Al menos se dudaba de si el asunto no podía ponerse serio. Pero para quien lo vio con sus propios ojos sobre el terreno, no había ni que hablar de ello. En primer lugar, todo el asunto descansaba en una ilusión; porque algunos fabricantes querían rebajar los salarios, todos los obreros de los distritos del algodón, del carbón y del hierro creyeron amenazada su situación, lo que no era en absoluto el caso. Además, todo el asunto no estaba preparado, ni organizado, ni dirigido. Los huelguistas4 no tenían ningún fin, y estaban todavía menos de acuerdo sobre la manera de actuar. De ahí que ante la menor resistencia de las autoridades se volvieran indecisos y no pudieran vencer el respeto a la ley. Cuando los cartistas se hicieron con las riendas del movimiento e hicieron proclamar ante las masas reunidas la Carta del Pueblo, era demasiado tarde. La única idea rectora que tenían en mente los obreros, igual que los cartistas, a los que en realidad también pertenecen, era la de una revolución por vía legal, una contradicción en sí misma, una imposibilidad práctica en cuya realización fracasaron. Ya la primera medida, común a todos, la paralización de las fábricas, era violenta e ilegal. Con esta inconsistencia de toda la empresa, habría sido aplastada desde el principio si la administración, a la que pilló por completo por sorpresa, no hubiera estado igual de indecisa y falta de medios. Y aun así, la escasa fuerza militar y policial bastó para tener a raya al pueblo. En Manchester se vio cómo miles de obreros eran mantenidos encerrados en las plazas por cuatro o cinco dragones, cada uno de los cuales ocupaba una entrada. La «revolución legal» lo había paralizado todo. Así se fue deshaciendo todo el asunto; cada obrero volvió a trabajar en cuanto se le acabaron los ahorros y no tuvo ya nada que comer. Pero el provecho que de ello han sacado los desposeídos permanece: es la conciencia de que una revolución por la vía pacífica es una imposibilidad y de que solo una subversión violenta de las relaciones antinaturales existentes, un derrocamiento radical de la aristocracia nobiliaria y de la industrial, puede mejorar la situación material de los proletarios. De esta revolución violenta todavía los retiene el respeto a la ley propio del inglés; pero dada la situación de Inglaterra expuesta más arriba, no puede dejar de producirse en poco tiempo una falta general de pan entre los proletarios, y entonces el miedo a morir de hambre será más fuerte que el miedo a la ley. Esta revolución es inevitable para Inglaterra; pero, como en todo lo que pasa en Inglaterra, serán los intereses, y no los principios, los que comiencen y lleven a cabo esta revolución; solo de los intereses pueden desarrollarse los principios; es decir, la revolución no será política, sino social.

  1. Signo con el que la Rheinische Zeitung marcaba las crónicas de este corresponsal. ↩

  2. Las Leyes de Navegación (Navigation Acts), cuyo núcleo databa de 1651, reservaban a los barcos ingleses el comercio con las colonias; no se derogaron hasta 1849. ↩

  3. En agosto de 1842, contra las rebajas de salarios, los obreros de Lancashire, Yorkshire, las Midlands y otros distritos se pusieron en huelga y pararon las fábricas quitando los tapones de las calderas de vapor (de ahí el nombre de Plug Plot Riots). Los cartistas intentaron convertir el movimiento en una huelga general por la Carta. Fue sofocado en pocas semanas y siguieron centenares de procesos. ↩

  4. En el original, Turn-outs, palabra inglesa para los huelguistas. ↩