Escrito por Friedrich Engels en Manchester el 20 de diciembre de 1842. Publicado en la Rheinische Zeitung (Colonia), núm. 359, del 25 de diciembre de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 464-465), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Engels trató el tema por extenso en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). Texto original en alemán.
*†*1 Desde Lancashire, 20 de diciembre. La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra se vuelve cada día más precaria. De momento parece, desde luego, que las cosas no están tan mal; en los distritos algodoneros la mayoría de la gente tiene empleo, en Manchester quizá haya solo un desempleado por cada diez obreros, en Bolton y en Birmingham la proporción puede ser la misma, y cuando el obrero inglés tiene trabajo, está también contento. Y puede estarlo, al menos el obrero del algodón, si compara su suerte con la de sus compañeros de destino de Alemania y de Francia. Allí el obrero tiene lo justo para poder vivir de patatas y pan; dichoso el que come carne una vez por semana. Aquí come a diario su carne de vaca y por su dinero recibe un asado más sustancioso que el más rico de Alemania. Toma té dos veces al día, y aún le sobra dinero para poder beber un vaso de porter a mediodía y por la noche brandy and water. Esa es la manera de vivir de la mayoría de los obreros de Manchester, con una jornada de doce horas. ¡Pero cuánto dura eso! A la menor oscilación del comercio, miles de obreros se quedan sin pan; sus escasos ahorros se consumen pronto, y entonces tienen ante sí la muerte por hambre. Y una crisis así tiene que volver a producirse dentro de un par de años. La misma producción aumentada que ahora da trabajo a los «paupers»2 y que especula con el mercado chino3 tiene que producir una masa enorme de mercancías y una paralización de las ventas, a la que seguirá de nuevo la falta general de pan entre los obreros. Además, la situación de los obreros del algodón es la mejor. En las minas de carbón los obreros tienen que hacer los trabajos más duros y más insalubres por un salario escaso. La consecuencia es que esta clase de obreros alimenta contra los ricos un rencor mucho mayor que los demás working men y por eso se distingue especialmente por los robos, los malos tratos a los más ricos, etc. Así, aquí en Manchester se teme de verdad a la «gente de Bolton», que fue también la que se mostró más resuelta en los disturbios del verano.4 Igual fama tienen los obreros del hierro, como en general todos los que tienen que hacer trabajos corporales pesados. Si todos ellos ya ahora viven con lo justo, ¿qué será de ellos cuando se produzca la menor paralización de los negocios? Los obreros han formado, es verdad, cajas entre ellos, cuyos fondos se aumentan con cuotas semanales y que han de socorrer a los desempleados; pero también estas solo bastan cuando las manufacturas marchan bien, porque aun entonces sigue habiendo bastantes sin pan. En cuanto el paro se generaliza, también se acaba esta fuente de ayuda. Escocia es en este momento el chivo expiatorio donde se paralizan las manufacturas; porque con la extensión de la industria inglesa siempre hay algún distrito que sufre. En todos los alrededores de Glasgow el paro aumenta de día en día. En Paisley, una ciudad relativamente pequeña, hace quince días había 7.000 unemployed; ahora son ya 10.000. Las ayudas de las cajas de socorro, ya de por sí escasas, se han reducido todavía a la mitad porque los fondos se agotan; un meeting de los noblemen y gentlemen del condado ha acordado una suscripción que ha de reunir 3.000 libras; pero también este recurso está ya gastado, y los mismos señores esperan en secreto un producto de 400 libras a lo sumo. Al final todo viene a parar en que Inglaterra, con su industria, se ha echado encima no solo una gran clase de desposeídos, sino también, dentro de ella, una clase nada desdeñable de gente sin pan de la que no puede librarse. Esta gente tiene que arreglárselas como pueda; el Estado la abandona, más aún, la rechaza. ¿Quién puede reprocharles que los hombres se dediquen al asalto en los caminos o al robo con fractura, y las mujeres al hurto y a la prostitución? Pero al Estado no le importa si el hambre es amarga o dulce, sino que los encierra en sus cárceles o los deporta a las colonias penales, y cuando los suelta, tiene el satisfactorio resultado de haber hecho de gente sin pan gente sin moral. Y lo gracioso de toda la historia es que el sapientísimo whig y «radical» sigue sin comprender de dónde sale el cartismo en semejante situación del país y cómo pueden creer los cartistas que tienen la menor posibilidad en Inglaterra.
Signo con el que la Rheinische Zeitung marcaba las crónicas de este corresponsal. ↩
«Pobres», en particular los que vivían de la asistencia pública. ↩
Tras la guerra del Opio, el tratado de Nankín (agosto de 1842) abrió cinco puertos chinos al comercio británico. ↩
Véase Las crisis internas, nota 3. ↩