Escritas por Karl Marx en marzo, mayo y septiembre de 1843 y publicadas en la serie «Un intercambio de cartas de 1843» de los Deutsch-Französische Jahrbücher (París, primera entrega doble, febrero de 1844), serie de ocho cartas en la que intervienen también Arnold Ruge, Mijaíl Bakunin y Ludwig Feuerbach. Publicamos, como la edición de las Werke, solo las de Marx. Traducidas de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 337-346), cotejadas con la versión inglesa del Marxists' Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
M. a R.
En la barcaza1 camino de D., marzo de 1843
Viajo ahora por Holanda. Por lo que veo en los periódicos de aquí y en los franceses, Alemania se ha metido hasta el fondo en el fango y se meterá todavía más. Le aseguro que, aunque uno no sienta nada menos que orgullo nacional, siente sin embargo vergüenza nacional, incluso en Holanda. El más pequeño de los holandeses es todavía un ciudadano al lado del más grande de los alemanes. ¡Y los juicios de los extranjeros sobre el gobierno prusiano! Reina una coincidencia aterradora; ya nadie se engaña sobre este sistema y su naturaleza simple. Así pues, algo ha servido la nueva escuela. El manto de gala del liberalismo ha caído, y el despotismo más repugnante se muestra en toda su desnudez a los ojos del mundo entero.
También eso es una revelación, aunque al revés. Es una verdad que, por lo menos, nos enseña a conocer la vaciedad de nuestro patriotismo y la monstruosidad de nuestra vida pública, y a cubrirnos el rostro. Usted me mira sonriendo y pregunta: ¿qué se gana con eso? Con vergüenza no se hace una revolución. Yo respondo: la vergüenza es ya una revolución; es de verdad la victoria de la Revolución francesa sobre el patriotismo alemán que la venció en 1813.2 La vergüenza es una especie de ira, ira vuelta hacia dentro. Y si una nación entera sintiera de verdad vergüenza, sería el león que se recoge sobre sí mismo para saltar. Admito que en Alemania ni siquiera existe aún la vergüenza; al contrario, estos miserables siguen siendo patriotas. Pero ¿qué sistema podría sacarles el patriotismo del cuerpo sino este ridículo del nuevo caballero?3 La comedia del despotismo que se representa con nosotros es tan peligrosa para él como lo fue en su día la tragedia para los Estuardo y los Borbones. Y aunque durante mucho tiempo no se tomara esta comedia por lo que es, sería ya una revolución. El Estado es una cosa demasiado seria para convertirla en una arlequinada. Quizá se pudiera dejar que un barco lleno de locos navegase un buen rato con el viento en popa; pero iría al encuentro de su destino precisamente porque los locos no lo creerían. Ese destino es la revolución que nos espera.
M. a R.
Colonia, mayo de 1843
Su carta,4 mi querido amigo, es una buena elegía, un canto fúnebre que corta la respiración; pero política no lo es en absoluto. Ningún pueblo desespera, y aunque durante mucho tiempo solo espere por estupidez, al cabo de muchos años, en un súbito arranque de cordura, ve cumplidos todos sus piadosos deseos.
Sin embargo, usted me ha contagiado; su tema no está agotado aún, quiero añadirle el final, y cuando todo haya terminado, deme la mano para que volvamos a empezar desde el principio. Dejad que los muertos entierren y lloren a sus muertos.5 En cambio, es envidiable ser los primeros en entrar vivos en la vida nueva: esa ha de ser nuestra suerte.
Es verdad que el viejo mundo pertenece al filisteo. Pero no debemos tratarlo como a un espantajo del que uno se aparta con miedo. Al contrario, tenemos que mirarlo bien de frente. Vale la pena estudiar a este señor del mundo.
Señor del mundo lo es, desde luego, solo porque lo llena con su sociedad, como los gusanos llenan un cadáver. Por eso la sociedad de estos señores no necesita más que un cierto número de esclavos, y los propietarios de los esclavos no necesitan ser libres. Aunque, por su propiedad de tierras y de gentes, se los llame señores en sentido eminente, no por eso son menos filisteos que su gente.
Hombres serían seres espirituales, hombres libres, republicanos. Ni lo uno ni lo otro quieren ser estos burgueses filisteos. ¿Qué les queda que ser y que querer?
Lo que ellos quieren, vivir y reproducirse (y más allá, dice Goethe, no llega nadie), lo quiere también el animal; a lo sumo, un político alemán tendría que añadir que el hombre, sin embargo, sabe que lo quiere, y que el alemán es tan juicioso que no quiere nada más.
En el pecho de estos hombres habría que despertar de nuevo el sentimiento que el hombre tiene de sí mismo, la libertad. Solo este sentimiento, que con los griegos desaparece del mundo y con el cristianismo se esfuma en la neblina azul del cielo, puede hacer de nuevo de la sociedad una comunidad de los hombres para sus fines más altos, un Estado democrático.
Los hombres, en cambio, que no se sienten hombres, crecen para sus amos como una cría de esclavos o de caballos. Los señores hereditarios son el fin de toda esta sociedad. Este mundo les pertenece. Lo toman tal como es y tal como se siente. Se toman a sí mismos tal como se encuentran, y se plantan donde les crecieron los pies: sobre la nuca de estos animales políticos que no conocen otro destino que el de serles «sumisos, leales y obedientes».6
El mundo filisteo es el mundo animal político, y si tenemos que reconocer su existencia, no nos queda más remedio que dar sencillamente la razón al statu quo. Siglos bárbaros lo han engendrado y desarrollado, y ahora se alza como un sistema consecuente, cuyo principio es el mundo deshumanizado. El más perfecto mundo filisteo, nuestra Alemania, tenía pues que quedarse naturalmente muy por detrás de la Revolución francesa, que restableció al hombre; y el Aristóteles alemán que quisiera sacar su Política de nuestras condiciones escribiría a la cabeza de ella: «El hombre es un animal social, pero completamente apolítico»;7 y en cuanto al Estado, no podría explicarlo con más acierto que como ya lo ha hecho el señor Zöpfl, autor del Derecho público constitucional en Alemania.8 Según él, el Estado es una «asociación de familias» que, continuamos nosotros, pertenece en herencia y en propiedad a una altísima familia a la que se llama dinastía. Cuanto más fecundas se muestren las familias, tanto más feliz será la gente, tanto más grande el Estado, tanto más poderosa la dinastía; por eso en Prusia, modelo de despotismo, se ha puesto incluso un premio de cincuenta táleros al séptimo hijo varón.
Los alemanes son realistas tan juiciosos que todos sus deseos y sus pensamientos más elevados no van más allá de la vida desnuda. Y esta realidad, nada más, es la que aceptan quienes los dominan. También esa gente es realista; está muy lejos de todo pensamiento y de toda grandeza humana, son oficiales vulgares e hidalgos de aldea, pero no se equivocan, tienen razón: tal como son, bastan perfectamente para usar y dominar este reino animal, pues dominio y uso son un mismo concepto, aquí como en todas partes. Y cuando se hacen rendir homenaje y miran por encima de las cabezas hormigueantes de estos seres sin seso, ¿qué pensamiento les queda más a mano que el de Napoleón en el Beresina?9 Se cuenta de él que señaló hacia abajo, al hervidero de los que se ahogaban, y gritó a su acompañante: ¡Mire esos sapos!10 Esta habladuría es probablemente una mentira, pero no por eso deja de ser verdad. El único pensamiento del despotismo es el desprecio del hombre, el hombre deshumanizado, y este pensamiento tiene sobre otros muchos la ventaja de ser al mismo tiempo un hecho. El déspota ve siempre a los hombres envilecidos. Se ahogan ante sus ojos y para él en el fango de la vida vulgar, del que, como las ranas, vuelven siempre a salir. Y si esta opinión se impone incluso a hombres capaces de grandes fines, como Napoleón antes de su locura dinástica, ¿cómo iba a ser idealista un rey del todo corriente en semejante realidad?
El principio de la monarquía en general es el hombre despreciado, despreciable, el hombre deshumanizado; y Montesquieu se equivoca de medio a medio cuando hace pasar por tal principio el honor.11 Sale del paso con la distinción entre monarquía, despotismo y tiranía. Pero esos son nombres de un solo concepto, a lo sumo una diferencia de costumbres dentro del mismo principio. Donde el principio monárquico está en mayoría, los hombres están en minoría; donde no se pone en duda, no hay hombres. ¿Por qué, pues, un hombre como el rey de Prusia, que no tiene pruebas de ser problemático, no habría de seguir simplemente su capricho? Y ahora que lo hace, ¿qué sale de ello? ¿Intenciones contradictorias? Bien, entonces no sale nada. ¿Tendencias impotentes? Siguen siendo la única realidad política. ¿Ridículos y apuros? Solo hay un ridículo y un apuro: bajar del trono. Mientras el capricho siga en su sitio, tiene razón. Puede ser allí tan inconstante, tan descabezado, tan despreciable como quiera; siempre será lo bastante bueno para gobernar a un pueblo que nunca ha conocido otra ley que la arbitrariedad de sus reyes. No digo que un sistema descabezado y la pérdida del respeto dentro y fuera vayan a quedar sin consecuencias; no me hago cargo del seguro de la nave de los locos; pero afirmo: el rey de Prusia será un hombre de su tiempo mientras el mundo al revés sea el mundo real.
Usted sabe que me ocupo mucho de este hombre. Ya cuando solo tenía por órgano el Berliner politisches Wochenblatt12 reconocí su valor y su destino. Ya con ocasión del homenaje en Königsberg13 justificó mi suposición de que en adelante la cuestión se volvería puramente personal. Declaró que su corazón y su sentir serían la futura ley fundamental del dominio de Prusia, de su Estado; y, en efecto, en Prusia el rey es el sistema. Es la única persona política. Su personalidad determina el sistema de un modo o de otro. Lo que él hace o lo que se le deja hacer, lo que él piensa o lo que se le pone en la boca, eso es lo que en Prusia piensa o hace el Estado. Es, pues, realmente un mérito que el rey actual lo haya declarado tan sin rodeos.
Solo en una cosa se equivocó la gente durante un tiempo: en creer que importaba qué deseos y qué pensamientos sacaría ahora el rey a la luz. Eso no podía cambiar nada en el fondo del asunto; el filisteo es el material de la monarquía, y el monarca nunca es más que el rey de los filisteos; no puede hacer de sí mismo ni de su gente hombres libres y reales mientras ambas partes sigan siendo lo que son.
El rey de Prusia ha intentado cambiar el sistema con una teoría que su padre14 no tenía, realmente, en esa forma. El destino de este intento es conocido. Ha fracasado por completo. Es muy natural. Una vez que se ha llegado al mundo animal político, no hay más reacción que la que lleva hasta él, ni más avance que abandonar su base y pasar al mundo humano de la democracia.
El viejo rey no quería nada extravagante; era un filisteo y no pretendía tener ingenio. Sabía que el Estado de servidores y su posesión no necesitaban más que la existencia prosaica y tranquila. El rey joven era más vivo y más despierto; tenía una idea mucho más alta de la omnipotencia del monarca, limitada solo por su corazón y su entendimiento. El viejo Estado osificado de servidores y de esclavos le repugnaba. Quería darle vida y penetrarlo por completo de sus deseos, sentimientos y pensamientos; y podía pedirlo, él, en su Estado, con tal de que la cosa saliera bien. De ahí sus discursos liberales y sus efusiones del corazón. No la ley muerta, sino el corazón lleno y vivo del rey había de gobernar a todos sus súbditos. Quería poner en movimiento todos los corazones y todas las mentes al servicio de los deseos de su corazón y de sus planes largamente acariciados. Se produjo un movimiento; pero los demás corazones no latían como el suyo, y los gobernados no podían abrir la boca sin hablar de la superación de la vieja dominación. Los idealistas, que tienen la desfachatez de querer hacer del hombre un hombre, tomaron la palabra, y mientras el rey fantaseaba a la antigua alemana, creyeron que podían filosofar a la nueva alemana. Desde luego, esto era inaudito en Prusia. Por un momento pareció que el viejo orden de las cosas se ponía cabeza abajo; más aún, las cosas empezaron a convertirse en hombres, y hasta hubo hombres con nombre, aunque en las Dietas no está permitido citar nombres;15 pero los servidores del viejo despotismo pusieron pronto fin a estos manejos antialemanes. No fue difícil llevar a un conflicto palpable los deseos del rey, que se entusiasma por un gran pasado lleno de curas, caballeros y siervos, y las intenciones de los idealistas, que quieren sencillamente las consecuencias de la Revolución francesa, es decir, a fin de cuentas siempre la república y un orden de la humanidad libre en lugar del orden de las cosas muertas. Cuando este conflicto se hizo lo bastante agudo e incómodo y el colérico rey estuvo suficientemente excitado, se le acercaron los servidores que antes habían conducido con tanta facilidad la marcha de las cosas y le declararon que el rey no obraba bien al incitar a sus súbditos a discursos inútiles, que ellos no podrían gobernar a la raza de los hombres que hablan. También el señor de todos los rusos de atrás se había inquietado por el movimiento en las cabezas de los rusos de delante y exigía que se restableciera el viejo estado de calma.16 Y siguió una nueva edición de la vieja proscripción de todos los deseos y pensamientos de los hombres sobre los derechos y deberes humanos, es decir, la vuelta al viejo Estado osificado de servidores, en el que el esclavo sirve en silencio y el poseedor de la tierra y de las gentes domina, lo más callado posible, solo por medio de una servidumbre bien educada y silenciosamente obediente. Ni los unos ni el otro pueden decir lo que quieren: ni los unos que quieren llegar a ser hombres, ni el otro que en su país no puede servirse de hombres. El silencio es, pues, la única salida. Rebaño mudo, inclinado y obediente al vientre.17
Este es el intento fallido de superar el Estado filisteo sobre su propia base; ha acabado por hacer patente a todo el mundo la necesidad de la brutalidad y la imposibilidad de la humanidad para el despotismo. Una relación brutal solo puede mantenerse con brutalidad. Y con esto he terminado nuestra tarea común de mirar de frente al filisteo y a su Estado. No dirá usted que tengo en demasiada estima el presente, y si a pesar de todo no desespero de él, es solo su propia situación desesperada la que me llena de esperanza. No hablo siquiera de la incapacidad de los señores ni de la indolencia de los servidores y súbditos, que dejan que todo vaya como Dios quiera; y, sin embargo, ambas cosas juntas bastarían ya para provocar una catástrofe. Solo le hago observar que los enemigos del filisteísmo, en una palabra, todos los hombres que piensan y todos los que sufren, han llegado a entenderse, cosa para la que antes les faltaban por completo los medios, y que incluso el sistema pasivo de reproducción de los viejos súbditos recluta cada día soldados para el servicio de la nueva humanidad. Pero el sistema del lucro y del comercio, de la propiedad y de la explotación de los hombres, conduce mucho más deprisa aún que el aumento de la población a una ruptura dentro de la sociedad actual, que el viejo sistema no es capaz de curar, porque no cura ni crea nada, sino que solo existe y disfruta. La existencia de la humanidad que sufre y piensa, y de la humanidad que piensa y es oprimida, tiene que volverse necesariamente intragable e indigesta para el mundo animal del filisteísmo, pasivo y que disfruta sin pensar.
Por nuestra parte, hay que sacar por completo a la luz del día el viejo mundo y desarrollar positivamente el nuevo. Cuanto más tiempo dejen los acontecimientos a la humanidad que piensa para reflexionar, y a la que sufre para reunir sus fuerzas, tanto más acabado vendrá al mundo el producto que el presente lleva en su seno.
M. a R.
Kreuznach, septiembre de 1843
Me alegra que esté usted decidido y que, dejando las miradas al pasado, vuelva sus pensamientos hacia una nueva empresa.18 Así pues, en París, la vieja escuela superior de la filosofía, ¡y que no sea de mal agüero!,19 y la nueva capital del nuevo mundo. Lo que es necesario acaba encajando. No dudo, por tanto, de que puedan apartarse todos los obstáculos, cuyo peso no desconozco.
Pero, salga adelante la empresa o no, en todo caso estaré en París a fines de este mes, porque el aire de aquí hace siervos20 y no veo en Alemania ningún margen para una actividad libre.
En Alemania todo se reprime por la fuerza; ha irrumpido una verdadera anarquía del espíritu, el régimen de la estupidez en persona, y Zúrich obedece las órdenes de Berlín;21 por eso es cada vez más claro que hay que buscar un nuevo punto de reunión para las cabezas que de verdad piensan y son independientes. Estoy convencido de que nuestro plan respondería a una necesidad real, y las necesidades reales tienen que poder satisfacerse también realmente. No dudo, pues, de la empresa, en cuanto se la tome en serio.
Casi mayores aún que los obstáculos externos parecen ser las dificultades internas. Porque, aunque no haya ninguna duda sobre el «de dónde», reina tanta más confusión sobre el «adónde». No solo ha estallado una anarquía general entre los reformadores, sino que cada uno tendrá que confesarse que no tiene una idea exacta de lo que ha de venir. Pero esa es precisamente la ventaja de la nueva tendencia: que no anticipamos dogmáticamente el mundo, sino que queremos encontrar el nuevo a partir de la crítica del viejo. Hasta ahora los filósofos tenían la solución de todos los enigmas en su pupitre, y el estúpido mundo exotérico no tenía más que abrir la boca para que le cayeran en ella las palomas asadas de la ciencia absoluta. La filosofía se ha mundanizado, y la prueba más contundente de ello es que la propia conciencia filosófica se ha visto arrastrada al tormento de la lucha, no solo por fuera, sino también por dentro. Si la construcción del futuro y su conclusión definitiva para todos los tiempos no es asunto nuestro, tanto más claro es lo que tenemos que llevar a cabo en el presente: me refiero a la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de que la crítica no se asusta de sus resultados como en el de que tampoco teme el conflicto con los poderes establecidos.
Por eso no soy partidario de que enarbolemos una bandera dogmática; al contrario. Tenemos que intentar ayudar a los dogmáticos a que se aclaren sus propias tesis. Así, el comunismo, en particular, es una abstracción dogmática; pero no me refiero con esto a un comunismo imaginario y posible cualquiera, sino al comunismo realmente existente, tal como lo enseñan Cabet, Dézamy, Weitling, etc.22 Este comunismo no es él mismo más que una manifestación particular del principio humanista, contagiada por su contrario, la existencia privada. Superación de la propiedad privada y comunismo no son, pues, en modo alguno idénticos, y no por casualidad, sino necesariamente, el comunismo ha visto surgir frente a sí otras doctrinas socialistas, como las de Fourier, Proudhon, etc.,23 porque él mismo no es más que una realización particular y unilateral del principio socialista.
Y todo el principio socialista no es a su vez más que una cara, la que concierne a la realidad del verdadero ser humano. Tenemos que ocuparnos igualmente de la otra cara, de la existencia teórica del hombre, es decir, hacer objeto de nuestra crítica la religión, la ciencia, etc. Además, queremos influir en nuestros contemporáneos, y precisamente en nuestros contemporáneos alemanes. La pregunta es: ¿cómo hacerlo? Hay dos hechos que no pueden negarse. En primer lugar la religión, y luego la política, son los asuntos que constituyen el interés principal de la Alemania de hoy. Hay que partir de ellos, sean como sean, y no oponerles ya hecho un sistema cualquiera, como, por ejemplo, el Viaje a Icaria.24
La razón ha existido siempre, solo que no siempre en forma razonable. El crítico puede, pues, partir de cualquier forma de la conciencia teórica y práctica, y desarrollar a partir de las formas propias de la realidad existente la verdadera realidad como su deber ser y su fin último. Pues bien, en lo que se refiere a la vida real, es justamente el Estado político, incluso allí donde todavía no está conscientemente impregnado de las exigencias socialistas, el que contiene en todas sus formas modernas las exigencias de la razón. Y no se queda ahí. Supone en todas partes que la razón está realizada. Pero en todas partes cae igualmente en la contradicción entre su determinación ideal y sus supuestos reales.
De este conflicto del Estado político consigo mismo puede, pues, desarrollarse en todas partes la verdad social. Así como la religión es el índice de las luchas teóricas de la humanidad, el Estado político lo es de sus luchas prácticas. El Estado político expresa, pues, dentro de su forma, bajo la especie de la cosa pública,25 todas las luchas, necesidades y verdades sociales. No está, por tanto, en absoluto por debajo de la altura de los principios hacer objeto de la crítica la cuestión política más especial, por ejemplo la diferencia entre el sistema estamental y el representativo. Pues esta cuestión no hace más que expresar de manera política la diferencia entre el dominio del hombre y el dominio de la propiedad privada. Por eso el crítico no solo puede, sino que debe entrar en estas cuestiones políticas (que, según la opinión de los socialistas toscos, están por debajo de toda dignidad). Al desarrollar la superioridad del sistema representativo sobre el estamental, interesa prácticamente a un gran partido. Al elevar el sistema representativo de su forma política a la forma general y hacer valer el verdadero significado que tiene en su base, obliga al mismo tiempo a este partido a ir más allá de sí mismo, porque su victoria es al mismo tiempo su pérdida.
Nada nos impide, por tanto, enlazar nuestra crítica con la crítica de la política, con la toma de partido en la política, es decir, con luchas reales, e identificarla con ellas. Entonces no salimos al encuentro del mundo como doctrinarios con un principio nuevo: ¡aquí está la verdad, arrodíllate aquí! Desarrollamos para el mundo nuevos principios a partir de los principios del mundo. No le decimos: deja tus luchas, son tonterías; nosotros te gritaremos la verdadera consigna de la lucha. Solo le mostramos por qué lucha en realidad, y la conciencia es una cosa que tiene que hacer suya por fuerza, aunque no quiera.
La reforma de la conciencia consiste solo en hacer que el mundo cobre conciencia de sí mismo, en despertarlo del sueño que tiene sobre sí mismo, en explicarle sus propias acciones. Todo nuestro fin no puede consistir en otra cosa, como ocurre también en la crítica de la religión de Feuerbach,26 que en llevar las cuestiones religiosas y políticas a la forma humana consciente de sí.
Nuestra divisa tiene que ser, pues: reforma de la conciencia, no por medio de dogmas, sino por medio del análisis de la conciencia mística, oscura para sí misma, ya se presente en forma religiosa o política. Se verá entonces que el mundo posee desde hace mucho el sueño de una cosa de la que solo necesita tener la conciencia para poseerla realmente. Se verá que no se trata de trazar una gran raya entre el pasado y el futuro, sino de realizar los pensamientos del pasado. Se verá, por último, que la humanidad no empieza un trabajo nuevo, sino que lleva a término con conciencia su viejo trabajo.
Podemos, pues, resumir en una palabra la tendencia de nuestra revista: autoesclarecimiento (filosofía crítica) de la época sobre sus luchas y sus deseos. Es un trabajo para el mundo y para nosotros. Solo puede ser obra de fuerzas unidas. Se trata de una confesión, de nada más. Para que se le perdonen sus pecados, a la humanidad le basta con declararlos tales como son.
En el original, Treckschuit: la trekschuit holandesa, barca de pasajeros tirada por caballos a lo largo de los canales. La versión publicada no dice qué ciudad es «D.». ↩
En las guerras de liberación contra Napoleón (1813-1815). ↩
Federico Guillermo IV, rey de Prusia desde 1840, admirador romántico de la Edad Media y del Estado cristiano y estamental. ↩
La carta de Arnold Ruge de marzo de 1843, publicada en la misma serie, en la que daba a Alemania por perdida para la revolución. ↩
Mateo 8, 22. ↩
Fórmula del juramento feudal de vasallaje. ↩
Alusión a Aristóteles, Política, I, 2: el hombre es por naturaleza un «animal político» (zôon politikón). ↩
Heinrich Zöpfl (1807-1877), profesor de derecho público en Heidelberg, autor de manuales de derecho público constitucional alemán. ↩
En el paso del río Beresina (noviembre de 1812), durante la retirada de Rusia, perecieron ahogados o abandonados miles de hombres del ejército napoleónico. ↩
En francés en el original: Voyez ces crapauds! ↩
Montesquieu, Del espíritu de las leyes (1748), libro III: el honor es el principio de la monarquía; el temor, el del despotismo. ↩
Semanario berlinés ultraconservador (1831-1841), portavoz del círculo feudal y pietista en torno al príncipe heredero, el futuro Federico Guillermo IV. ↩
En septiembre de 1840 los estamentos de la provincia de Prusia rindieron homenaje en Königsberg al nuevo rey, que respondió con un discurso sobre su voluntad personal de gobernar como monarca cristiano y patriarcal, sin conceder la constitución prometida por su padre. ↩
Federico Guillermo III, rey de 1797 a 1840. ↩
Las actas publicadas de las Dietas provinciales prusianas no daban el nombre de los oradores. ↩
Juego de palabras: Hinterrussen y Vorderrussen, sobre Borussen, nombre latino de los prusianos. El señor de todos los rusos es el zar Nicolás I, cuyas protestas contribuyeron a la prohibición de la Rheinische Zeitung a comienzos de 1843. ↩
En latín en el original: Muta pecora, prona et ventri oboedientia. Adaptación de Salustio, Conjuración de Catilina, 1, 1. ↩
El proyecto de una revista en París que serían los Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales franco-alemanes), dirigidos por Ruge y Marx. ↩
En latín en el original: absit omen! ↩
Inversión del dicho medieval «el aire de la ciudad hace libre» (Stadtluft macht frei). ↩
En 1843 las autoridades de Zúrich expulsaron al poeta Georg Herwegh, desterrado de Prusia, y detuvieron al comunista Wilhelm Weitling. ↩
Étienne Cabet (1788-1856), Théodore Dézamy (1808-1850) y Wilhelm Weitling (1808-1871), teóricos del comunismo obrero francés y alemán de la época. ↩
Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés; Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), autor de ¿Qué es la propiedad? (1840). ↩
Voyage en Icarie (1840), novela utópica de Cabet que describe una sociedad comunista. ↩
En latín en el original: sub specie rei publicae. Poco después, «la altura de los principios», en francés: hauteur des principes. ↩
Ludwig Feuerbach (1804-1872), autor de La esencia del cristianismo (1841). ↩