Escritas por Friedrich Engels en Inglaterra en mayo y junio de 1843. Publicadas en el Schweizerischer Republikaner (Zúrich), núms. 39, 41, 46 y 51, del 16 y 23 de mayo y del 9 y 27 de junio de 1843. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 468-479), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen según la versión inglesa de las Collected Works (tomo 3). Las notas son nuestras, salvo la de la redacción del periódico. Texto original en alemán.
I
Schweizerischer Republikaner, núm. 39, 16 de mayo de 1843
El partido demócrata hace en Inglaterra progresos vertiginosos. Mientras el whiggismo y el torismo, la aristocracia del dinero y la aristocracia de la nobleza, sostienen una aburrida disputa por naderías en el «parloteadero nacional», como dice el tory Thomas Carlyle,1 o en la «Cámara que pretende representar a los comunes de Inglaterra», como dice el cartista Feargus O'Connor;2 mientras la Iglesia del Estado moviliza toda su influencia sobre las inclinaciones beatas de la nación para mantener todavía un poco en pie su edificio podrido; mientras la Anti-Corn-Law-Ligue tira cientos de miles con la loca esperanza de ver afluir a cambio millones a los bolsillos de los lores hilanderos de algodón, mientras tanto el socialismo, despreciado y escarnecido, avanza tranquilo y seguro y se va imponiendo poco a poco a la opinión pública; mientras tanto, en un par de años, se ha formado bajo la bandera de la Carta del Pueblo un partido nuevo, innumerable, que ha adoptado un modo de agitación tan enérgico que O'Connell3 y la Ligue son a su lado unos chapuceros y unos aficionados. Es sabido que en Inglaterra los partidos son idénticos a los escalones y a las clases sociales; que los tories son idénticos a la nobleza y a la fracción beata y estrictamente ortodoxa de la Iglesia alta; que los whigs se componen de los fabricantes, los comerciantes y los disidentes,4 en conjunto de la clase media alta; que la clase media baja forma los llamados «radicales» y que, por último, el cartismo tiene su fuerza en los working men, los proletarios. El socialismo no forma un partido político cerrado, pero se recluta en conjunto entre la clase media baja y los proletarios. Así, Inglaterra muestra el hecho notable de que cuanto más abajo está una clase en la sociedad, cuanto más «inculta» es en el sentido corriente de la palabra, tanto más cerca está del progreso, tanto más futuro tiene. En general, este es el carácter de toda época revolucionaria, como se mostró sobre todo en la revolución religiosa cuyo producto fue el cristianismo: «bienaventurados los pobres», «la sabiduría de este mundo se ha vuelto locura», etc. Pero tan nítidamente marcado, tan claramente escalonado como ahora en Inglaterra, este presagio de una gran conmoción no apareció quizá nunca. En Alemania el movimiento parte de la clase no solo culta, sino hasta docta; en Inglaterra los cultos, y no digamos los doctos, llevan trescientos años sordos y ciegos ante los signos de los tiempos. La miserable rutina de las universidades inglesas, al lado de la cual nuestras universidades alemanas todavía son oro, es conocida en todo el mundo; pero de qué clase son las obras de los primeros teólogos ingleses e incluso de una parte de los primeros naturalistas ingleses, qué escritos lamentablemente reaccionarios forman la masa de la «lista de libros nuevos» semanal, eso en el continente no se lo imagina nadie. Inglaterra es la patria de la economía política; pero ¿cómo está la ciencia entre los profesores y los políticos prácticos? La libertad de comercio de Adam Smith ha sido empujada hasta la loca consecuencia de la teoría de la población de Malthus y no ha producido más que una forma nueva y más civilizada del viejo sistema del monopolio, que encuentra sus representantes en los tories de hoy y que ha combatido con éxito el disparate malthusiano, pero que al final es empujada de nuevo a consecuencias malthusianas. Inconsecuencia e hipocresía por todas partes, mientras que los contundentes tratados económicos de los socialistas, y en parte también de los cartistas, se dejan a un lado con desprecio y solo encuentran lectores entre las capas bajas. La vida de Jesús de Strauss se tradujo al inglés. Ningún librero «respetable» quiso imprimirla; al final apareció por entregas, a 3 peniques la entrega, en la editorial de un librero de lance muy modesto, pero enérgico.5 Lo mismo pasó con las traducciones de Rousseau, Voltaire, Holbach, etc. A Byron y a Shelley los leen casi solo las capas bajas; la obra de este último no la podría tener sobre su mesa ningún hombre «respetable» sin caer en el más terrible descrédito. Así queda la cosa: bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos, y —¿cuánto tardará?— también el reino de este mundo.
Ante el Parlamento está ahora el proyecto de ley de sir F. Graham6 sobre la educación de los niños que trabajan en las fábricas, según el cual se limitaría su jornada, se introduciría la escolarización obligatoria y se obsequiaría a la Iglesia alta con la inspección de las escuelas. Este proyecto ha provocado naturalmente una agitación general y ha dado de nuevo a los partidos ocasión de medir sus fuerzas. Los whigs quieren que se rechace por completo, porque aparta a los disidentes de la educación de la juventud y, al limitar la jornada de los niños, pone en apuros a los fabricantes. Entre los cartistas y los socialistas, en cambio, se manifiesta una aprobación considerable de la tendencia general y humana del proyecto, salvo de las cláusulas relativas a la Iglesia alta. Lancashire, sede principal de las fábricas, es naturalmente también la sede principal de las agitaciones en torno a ese proyecto. Los tories carecen aquí por completo de poder en las ciudades; sus meetings sobre el asunto tampoco fueron públicos. Los disidentes se reunieron primero por corporaciones para hacer peticiones contra el proyecto, y luego, junto con los fabricantes liberales, hicieron convocar meetings municipales. Un meeting municipal de este tipo lo convoca el primer magistrado de la ciudad, es enteramente público y todo vecino tiene derecho a tomar la palabra. Aquí, pues, si la sala es lo bastante grande, solo puede vencer el partido más fuerte y más enérgico. Y en todos los meetings municipales convocados hasta ahora han vencido los cartistas y los socialistas. El primero fue en Stockport, donde las resoluciones de los whigs solo tuvieron un voto y las de los cartistas tuvieron a todo el meeting, de modo que el mayor whig de Stockport, como presidente del meeting, se vio obligado a firmar una petición cartista y a enviarla a un diputado cartista (Duncombe)7 para que la presentara. El segundo fue en Salford, una especie de suburbio de Manchester con unos 100.000 habitantes; yo estuve allí. Los whigs habían tomado todas las precauciones para asegurarse la victoria; el boroughreeve8 ocupó la presidencia y habló mucho de imparcialidad; pero cuando un cartista preguntó si se permitía el debate, recibió por respuesta: ¡sí, cuando el meeting haya terminado! La primera resolución iban a colarla de matute, pero los cartistas estaban en guardia y lo impidieron. Cuando un cartista subió a la tribuna, ¡vino un clérigo disidente y quiso tirarlo abajo! Con todo, la cosa fue bien hasta el final, cuando se propuso una petición en el sentido de los whigs. Entonces se levantó un cartista y propuso una enmienda; enseguida el presidente y toda su cola whig se levantaron y abandonaron la sala. El meeting continuó a pesar de todo y la petición cartista se sometió a votación; pero justo en el momento oportuno los policías, que ya varias veces habían intervenido a favor de los whigs, apagaron las luces y obligaron al meeting a disolverse. A pesar de todo, los whigs hicieron insertar en el periódico local siguiente todas sus resoluciones como aprobadas, ¡y el boroughreeve tuvo la falta de honor de firmar con su nombre «en representación y por orden del meeting»! ¡Esa es la honradez whig! El tercer meeting fue dos días después en Manchester, y también aquí los partidos radicales obtuvieron la victoria más brillante. Aunque la hora se había elegido de modo que la mayoría de los obreros de las fábricas no pudieran asistir, había en la sala una mayoría considerable de cartistas y socialistas. Los whigs se limitaron estrictamente a los puntos que tenían en común con los cartistas; un socialista y un cartista hablaron desde la tribuna y dieron fe de que los whigs se habían portado ese día como buenos cartistas. El socialista les dijo sin rodeos que había venido a hacer oposición si encontraba la menor ocasión, pero que todo había ido según sus deseos. Se ha llegado, pues, a que Lancashire, y sobre todo Manchester, sede del whiggismo y centro de la Anti-Corn-Law-Ligue, tenga que mostrar una brillante mayoría a favor de la democracia radical, con lo que el poder de los «liberales» queda completamente en jaque.
II
Schweizerischer Republikaner, núm. 41, 23 de mayo de 1843
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo9 tiene en Londres un corresponsal liberal (*)10 que aboga por las maniobras de los whigs en artículos terriblemente largos y aburridos. «La Anti-Corn-Law-Ligue es ahora el poder del país», dice este oráculo, y con ello dice la mayor mentira que haya dicho jamás un corresponsal de partido. ¡La Ligue, el poder del país! ¿Dónde está ese poder? ¿En el ministerio? Allí están sentados Peel, Graham y Gladstone, los peores enemigos de la Ligue. ¿En el Parlamento? Allí cada una de sus propuestas es rechazada por una mayoría que rara vez tiene igual en los anales parlamentarios ingleses. ¿Dónde está ese poder? ¿En el público, en la nación? A esa pregunta solo puede responder que sí un corresponsal irreflexivo y frívolo como este, para quien Drury Lane es el público y una asamblea reunida a toque de trompeta, la opinión pública. Si este sabio corresponsal está ya tan ciego que no puede ver a plena luz del día que eso es la herencia de los whigs, le diré yo cómo está el poder de la Ligue. Los tories la han echado del ministerio y del Parlamento; los cartistas, de la opinión pública. Feargus O'Connor la ha llevado en triunfo por delante de él en todas las ciudades de Inglaterra, la ha retado en todas partes a un debate público, y la Ligue no ha recogido nunca el guante. La Ligue no puede convocar un solo meeting público sin que los cartistas la derroten de la manera más vergonzosa. ¿O es que el corresponsal de Augsburgo no sabe que los pomposos meetings de Manchester en enero, y ahora las reuniones en el teatro de Drury Lane de Londres, donde los gentlemen liberales se mienten unos a otros y tratan de engañarse sobre su inconsistencia interior, que todo eso son «sepulcros blanqueados»?11 ¿Quién es admitido en esas reuniones? Solo los miembros de la Ligue o aquellos a quienes la Ligue da entrada. Así que ningún partido contrario puede tener la oportunidad de hacer una oposición eficaz, y por eso nadie solicita entradas; por mucha astucia que se empleara, no se podría colar ni a cien de sus partidarios. Tales meetings, que luego se llaman «públicos», los celebra la Ligue desde hace años, y en ellos se felicita a sí misma por sus «progresos». También le sienta muy bien a la Ligue despotricar en esas asambleas «públicas» con entrada contra el «espectro del cartismo», sobre todo porque sabe que O'Connor, Duncombe, Cooper12 y otros responden lealmente a esos ataques en meetings realmente públicos. Los cartistas han reventado hasta ahora con una brillante mayoría todos los meetings públicos de la Ligue, pero la Ligue no ha podido molestar nunca un meeting cartista. De ahí el odio de la Ligue a los cartistas, de ahí los gritos sobre la «perturbación» de un meeting por los cartistas, es decir, la rebelión de la mayoría contra la minoría que trata de usarla para sus fines desde la tribuna. ¿Dónde está, pues, el poder de la Ligue? En su imaginación y... en su bolsa. La Ligue es rica, espera hacer aparecer por arte de magia un buen periodo para el comercio con la abolición de las leyes cerealistas, y por eso da un huevo por sacar un buey. Sus suscripciones le reportan grandes masas de dinero, y con él se pagan todas esas pomposas asambleas y el resto de la apariencia y el oropel. Pero detrás de todo ese exterior reluciente no hay nada real. La National Charter Association, la asociación de los cartistas,13 es más fuerte en número de miembros, y pronto se verá que también puede reunir más medios económicos, aunque solo se compone de obreros pobres, mientras que la Ligue cuenta en sus filas a todos los fabricantes y comerciantes ricos. Y eso por la razón de que la asociación cartista recibe su dinero penique a penique, es verdad, pero de casi todos sus miembros, mientras que en la Ligue se aportan sumas considerables, pero solo por parte de unos pocos. Los cartistas pueden reunir con facilidad cada semana un millón de peniques14 —es muy dudoso que la Ligue pudiera aguantar eso—. La Ligue ha abierto una suscripción de 50.000 libras esterlinas y ha recibido unas 70.000; Feargus O'Connor abrirá pronto una suscripción para un proyecto de 125.000 libras esterlinas y quizá poco después otra vez otro tanto —las conseguirá, eso es seguro—, ¿y qué hará entonces la Ligue con sus «grandes fondos»?
De por qué los cartistas hacen oposición a la Ligue hablaré otro día. Ahora solo una observación: que los esfuerzos y los trabajos de la Ligue tienen un lado bueno. Es el movimiento que la agitación contra las leyes cerealistas lleva a una clase de la sociedad hasta ahora totalmente estable: la población agrícola. Hasta ahora esta no tenía ningún interés público; dependientes del terrateniente, que puede rescindir cada año el contrato de arrendamiento, flemáticos, ignorantes, los farmers mandaban al Parlamento año tras año solo a tories, 251 de los 658 miembros de la Cámara de los Comunes, y esa era hasta ahora la sólida base del partido reaccionario. Si un farmer quería rebelarse por su cuenta contra este voto hereditario, no encontraba apoyo entre sus iguales y el terrateniente podía despedirlo con toda facilidad. Ahora, en cambio, se manifiesta una agitación bastante viva en esta clase de la población; ya existen farmers liberales, y hay entre ellos quienes comprenden que el interés del terrateniente y el del arrendatario se oponen justamente en muchísimos casos. Hace tres años nadie, sobre todo en la Inglaterra propiamente dicha, se habría atrevido a decirle eso a un arrendatario sin que se le rieran en la cara o hasta le dieran una paliza. En esta clase el trabajo de la Ligue dará fruto, pero sin duda un fruto distinto del que espera; pues si es probable que la masa de los arrendatarios se vaya pasando poco a poco a los whigs, es todavía mucho más probable que la masa de los jornaleros agrícolas sea arrojada al lado de los cartistas. Lo uno sin lo otro es imposible, y así la Ligue tampoco recibirá aquí más que una débil compensación por la deserción decidida y total de la clase obrera que ha sufrido en las ciudades y en los distritos fabriles desde hace cinco años a causa del cartismo. El reino del juste-milieu ha pasado, y «el poder del país» se ha repartido entre los extremos. Y yo, ante estos hechos innegables, pregunto al señor corresponsal de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo: ¿dónde está «el poder de la Ligue»?
III
Schweizerischer Republikaner, núm. 46, 9 de junio de 1843
Los socialistas ingleses son mucho más consecuentes y prácticos que los franceses, lo que se debe sobre todo a que están en lucha abierta con las distintas iglesias y no quieren saber nada de la religión. En las ciudades grandes, en efecto, suelen tener un hall (casa de reuniones), donde todos los domingos escuchan discursos; con frecuencia son polémicos contra el cristianismo y ateos, pero a menudo tocan también algún aspecto que afecta a la vida de los obreros. De sus lecturers (predicadores), Watts,15 en Manchester, me parece en todo caso un hombre notable, que ha escrito con mucho talento algunos folletos sobre la existencia de Dios y sobre la economía política. Los lecturers tienen una manera muy buena de razonar; todo parte de la experiencia y de hechos demostrables o evidentes, pero con ello se lleva el razonamiento de manera tan consecuente que cuesta luchar con ellos en el terreno que han elegido. Y si se quiere tomar otro terreno, se le ríen a uno en la cara; yo digo, por ejemplo: la existencia de Dios no depende para el hombre de la prueba a partir de los hechos; y ellos replican: «¡Qué ridícula es su tesis! Si no se manifiesta en hechos, ¿por qué hemos de preocuparnos de él? De su tesis se sigue precisamente que la existencia o la inexistencia de Dios puede ser indiferente a los hombres. Como tenemos que ocuparnos de otras mil cosas, le dejamos a usted el buen Dios detrás de las nubes, donde quizá existe y quizá no. Lo que no sabemos por los hechos no nos importa nada; nos atenemos al terreno de los "bellos hechos", donde no se puede hablar de piezas de fantasía como Dios y las cosas de religión». Así apoyan también sus demás tesis comunistas en la prueba de los hechos, en cuya admisión son en verdad cautelosos. La tenacidad de esta gente es indescriptible, y cómo van a hacerlos entrar en razón los clérigos, eso solo lo sabe el cielo. En Manchester, por ejemplo, la comunidad comunista cuenta 8.000 miembros declarados, inscritos en el hall y que pagan cuota a él, y no es exageración afirmar que la mitad de las clases trabajadoras de Manchester comparten sus opiniones sobre la propiedad; pues cuando Watts dice desde la tribuna (que es para los comunistas lo que el púlpito para los cristianos): hoy voy a tal o cual meeting, se puede contar con que la moción que presente el lecturer tendrá la mayoría.
Pero también hay entre los socialistas teóricos o, como los llaman los comunistas, ateos completos, mientras que a aquellos se les llama los prácticos; de estos teóricos el más famoso es Charles Southwell,16 de Bristol, que publicó una revista combativa, El oráculo de la razón, y fue castigado por ello con un año de cárcel y una multa de unas 100 libras; naturalmente, la multa se cubrió enseguida con suscripciones, como cada inglés sostiene su periódico, ayuda a pagar las multas de sus dirigentes, paga a su capilla o a su hall y va a su meeting. Pero Charles Southwell ya está otra vez en la cárcel; resulta que hubo que vender el hall de Bristol, porque en Bristol no hay tantos socialistas y pocos de ellos son ricos, mientras que un hall así es una cosa bastante cara. Lo compró una secta cristiana y lo convirtió en capilla. Cuando se consagró el hall como capilla, los socialistas y los cartistas entraron para verlo y oírlo. Pero cuando el clérigo empezó a alabar a Dios porque todo aquel material impío se había acabado y ahora, donde antes se blasfemaba contra Dios, se alababa al Todopoderoso, lo tomaron por un ataque, y como según las ideas inglesas todo ataque exige una defensa, gritaron: ¡Southwell, Southwell! ¡Que Southwell le conteste con un discurso! Así que Southwell se levanta y empieza un discurso; pero entonces los clérigos de la secta cristiana se ponen a la cabeza de sus feligreses formados en columnas y se lanzan contra Southwell; otros de la secta van a buscar a la policía, porque Southwell había perturbado el culto cristiano; los clérigos lo agarran con sus propios puños, le pegan (lo que ocurre a menudo en tales casos) y lo entregan a un policía. El propio Southwell ordenó a sus partidarios no oponer resistencia física; cuando se lo llevaron, lo siguieron cerca de 6.000 hombres entre hurras y vivas.
Owen,17 el fundador de los socialistas, escribe en sus muchos folletos como un filósofo alemán, es decir, muy mal, pero a veces tiene momentos lúcidos en los que hace digeribles sus oscuras tesis; por lo demás, sus opiniones son de gran alcance. Según Owen, «el matrimonio, la religión y la propiedad son las únicas causas de todas las desgracias que han existido desde el principio del mundo» (!!); todos sus escritos están plagados de arrebatos de furia contra los teólogos, los juristas y los médicos, a los que mete en el mismo saco. «Los jurados se forman con una clase de gente que todavía es del todo teológica y, por tanto, es parte; también las leyes son teológicas y por eso tienen que abolirse junto con el jurado».
Mientras la Iglesia alta inglesa se daba la gran vida, los socialistas han hecho por la formación de las clases trabajadoras de Inglaterra muchísimo, increíblemente; al principio uno no sale de su asombro cuando oye a los obreros más corrientes hablar en el Hall of Science18 con clara conciencia sobre la situación política, religiosa y social; pero cuando se descubren los notables escritos populares, cuando se oye a los lecturers de los socialistas, por ejemplo a Watts en Manchester, ya no sorprende. Los obreros tienen hoy, en ediciones limpias y baratas, las traducciones de la filosofía francesa del siglo pasado, sobre todo el Contrato social de Rousseau, el Sistema de la naturaleza19 y varias obras de Voltaire, y además, en folletos y periódicos de un penique y de dos peniques, la exposición de los principios comunistas; asimismo, las ediciones de Thomas Paine y los escritos de Shelley están a precio barato en manos de los obreros. A esto se añaden todavía las conferencias dominicales, a las que se asiste con mucha asiduidad; así, durante mi estancia en Manchester vi el hall de los comunistas, que tiene cabida para unas 3.000 personas, abarrotado todos los domingos, y oí allí discursos que tienen efecto inmediato, en los que se le habla al pueblo de lo que le toca de cerca y en los que tampoco faltan chistes contra los clérigos. Que se ataque directamente al cristianismo, que se designe a los cristianos como «nuestros enemigos», ocurre a menudo.
Las formas de estas reuniones se parecen en parte a las de la iglesia; en la galería, un coro acompañado de una orquesta canta los himnos sociales, que son melodías medio religiosas o del todo religiosas con textos comunistas, y los oyentes escuchan de pie. Luego un orador sube a la tribuna, en la que hay un atril y unas sillas, con toda desenvoltura y con el sombrero puesto, saluda a los presentes levantándose el sombrero y se quita el gabán; luego se sienta y da su conferencia, en la que suele reírse mucho, porque el ingenio inglés se desahoga en estos discursos con un humor chispeante; en un rincón del hall hay una tienda de libros y folletos, en el otro un puesto de naranjas y otros refrescos, donde cada cual puede satisfacer sus necesidades del ramo o, si el discurso le aburre, sustraerse a él. A veces se dan allí los domingos por la tarde reuniones de té en las que todas las edades, condiciones y sexos, sentados juntos, toman la cena corriente, té con pan con mantequilla; los días laborables se celebran a menudo en el hall bailes y conciertos en los que uno se divierte de lo lindo; también hay un café en el local.
¿Cómo es que se tolera todo este tinglado? Pues, en primer lugar, los comunistas se procuraron bajo el ministerio whig una ley del Parlamento y se asentaron entonces tan firmemente que ahora ya no se les puede hacer nada como corporación. En segundo lugar, a los individuos destacados se les echaría encima con mucho gusto, pero se sabe que eso solo redundaría en beneficio de los socialistas, porque atraería sobre ellos la atención pública, que es lo que buscan. Si hubiera mártires de su causa (¡y cuántos estarían dispuestos a cada momento!), surgiría la agitación; y la agitación es el medio de difundir todavía más su causa, mientras que ahora una gran parte del pueblo no les hace caso porque los tiene por una secta como cualquier otra; las contramedidas, lo sabían muy bien los whigs, actúan con más fuerza en favor de una causa que su propia agitación; por eso les dieron existencia y una forma; pero toda forma obliga. Los tories, en cambio, golpean de vez en cuando cuando los escritos ateos se pasan de la raya, pero siempre en provecho de los comunistas; en diciembre de 1840 Southwell y otros fueron castigados por blasfemia; enseguida aparecieron tres nuevas revistas, una El ateo, la otra El ateo y el republicano, y la tercera, publicada por el lecturer Watts, El blasfemo. Algunos números de El blasfemo causaron gran sensación, y se estudió en vano cómo se podría reprimir esa tendencia. Se la dejó correr, y he aquí que los tres periódicos dejaron de salir.
En tercer lugar, los socialistas, como todos los demás partidos, se salvan sorteando la ley y jugando con las palabras, cosa que aquí está a la orden del día.
Así, aquí todo es vida y cohesión, terreno firme y acción, así aquí todo adquiere forma exterior; mientras que nosotros creemos saber algo cuando nos tragamos la desvaída miseria del libro de Stein,20 o ser algo cuando expresamos aquí o allá una opinión perfumada con esencia de rosas.
En los socialistas se ve con toda claridad la energía inglesa; pero lo que más me asombró fue el carácter bonachón de estos, casi habría dicho, tipos, que, sin embargo, está tan lejos de la debilidad que se ríen de los simples republicanos, puesto que la república sería tan hipócrita, tan teológica, tan injusta en sus leyes como la monarquía; pero por la reforma social están dispuestos a dar, con mujer e hijos, hacienda y sangre.
IV
Schweizerischer Republikaner, núm. 51, 27 de junio de 1843
Ahora no se oye hablar de otra cosa que de O'Connell y del Repeal irlandés (la derogación de la unión de Irlanda con Inglaterra).21 O'Connell, el viejo y astuto abogado, que durante el gobierno whig se sentaba tranquilamente en la Cámara de los Comunes y ayudaba a hacer pasar medidas «liberales» para que fracasaran en la Cámara de los Lores, O'Connell se ha marchado de repente de Londres y del debate parlamentario y vuelve a sacar su vieja cuestión del Repeal. Nadie pensaba ya en ella; y he aquí que el viejo Dan desembarca en Dublín y remueve los viejos trastos caducos. No es de extrañar que el viejo material en fermentación desprenda ahora curiosas burbujas de aire. El viejo zorro va de ciudad en ciudad, siempre acompañado de una guardia de corps como ningún rey puede mostrar: ¡doscientos mil hombres siempre a su alrededor! ¡Qué no podría hacerse con eso si un hombre sensato tuviera la popularidad de O'Connell, o si O'Connell tuviera un poco más de inteligencia y algo menos de egoísmo y de vanidad! ¡Doscientos mil hombres, y qué gente! Gente que no tiene un céntimo que perder, dos tercios de la cual no tiene una chaqueta entera que ponerse, auténticos proletarios y sans-culottes, y además irlandeses, gaélicos salvajes, indómitos, fanáticos. Quien no ha visto a los irlandeses no los conoce. Dadme doscientos mil irlandeses y echo abajo toda la monarquía británica. El irlandés es un hijo de la naturaleza despreocupado, alegre, comedor de patatas. Del brezal en el que ha crecido bajo un mal techo, a base de té aguado y comida escasa, se ve arrastrado a nuestra civilización. El hambre lo empuja a Inglaterra. En el engranaje mecánico, egoísta, helado, de las ciudades fabriles inglesas se despiertan sus pasiones. ¿Qué sabe de ahorro el muchacho rudo que ha pasado la juventud jugando en el brezal y mendigando en los caminos? Lo que gana se lo gasta de juerga; luego pasa hambre hasta el día de paga siguiente o hasta que encuentra trabajo otra vez. Está muy acostumbrado a pasar hambre. Luego vuelve, recoge a su familia de los caminos, donde se había dispersado para mendigar y a veces volvía a reunirse alrededor de la tetera que llevaba la madre. Pero en Inglaterra ha visto mucho, ha ido a meetings públicos y a asociaciones obreras, sabe lo que es el Repeal y lo que pasa con sir Robert Peel, se ha peleado con toda seguridad muchísimas veces con la policía y tiene mucho que contar de la dureza de corazón y de la infamia de los peelers (policías).22 También ha oído hablar mucho de Daniel O'Connell. Ahora vuelve a buscar su vieja casa con un trozo de tierra para patatas. Las patatas han madurado, las saca y ya tiene para vivir el invierno. Entonces llega el arrendatario principal23 y pide el arriendo. Pero, Dios mío, ¿de dónde sacar dinero? El arrendatario principal responde ante el terrateniente del arriendo, así que manda embargar. El irlandés se resiste y lo meten en la cárcel. Al final lo vuelven a soltar, y poco después se encuentra al arrendatario principal, o a cualquier otro que participó en el embargo, muerto a golpes en una cuneta.
Esta es una historia de la vida de los proletarios irlandeses como las que pasan todos los días. La educación medio salvaje y el entorno luego completamente civilizado ponen al irlandés en contradicción consigo mismo, en una irritación constante, en una rabia que arde sin cesar por dentro y que lo hace capaz de todo. A esto se añade el peso de quinientos años de opresión con todas sus consecuencias. ¿Qué tiene de extraño que, como todo medio salvaje, golpee a ciegas y con furia en cada ocasión, que en sus ojos arda un eterno afán de venganza, una furia de destrucción a la que le es del todo indiferente contra qué se dirija, con tal de que pueda golpear, de que pueda destruir? Pero eso no es todo. El odio nacional furioso del gaélico contra el sajón, el fanatismo de viejo católico, alimentado por los curas, contra la soberbia protestante-episcopal: con tales elementos se puede imponer cualquier cosa. Y todos estos elementos están en manos de O'Connell. ¡Y de qué masas dispone! Anteayer en Cork, 150.000 hombres; ayer en Nenagh, 200.000; hoy en Kilkenny, 400.000, y así sucesivamente. Un desfile triunfal de catorce días, un desfile triunfal como no lo celebró ningún emperador romano. Y si O'Connell quisiera de verdad el bien del pueblo, si de verdad le importara acabar con la miseria, si no fueran sus miserables y mezquinos fines de juste-milieu los que se esconden detrás de todo ese ruido, de la agitación del Repeal, en verdad me gustaría saber qué podría negarle sir Robert Peel si se lo exigiera a la cabeza de semejante poder como el que tiene ahora. Pero ¿qué consigue con todo su poder y sus millones de irlandeses desesperados y en edad de llevar armas? Ni siquiera puede imponer el miserable Repeal de la Unión; naturalmente, solo porque no va en serio, porque abusa del pueblo irlandés, esquilmado y aplastado, para poner en apuros a los ministros tories y devolver al gobierno a sus amigos del juste-milieu. Eso lo sabe también muy bien sir Robert Peel, y por eso le bastan 25.000 soldados para tener a raya a toda Irlanda. Si O'Connell fuera de verdad el hombre del pueblo, si tuviera valor suficiente y no tuviera él mismo miedo del pueblo, es decir, si no fuera un whig de doble lengua, sino un demócrata recto y consecuente, hace mucho que no habría en Irlanda ni un soldado inglés, ni un cura protestante holgazán en distritos puramente católicos, ni un barón de vieja estirpe normanda en su castillo. Pero ahí está el problema. Si se soltara al pueblo por un momento, Daniel O'Connell y sus aristócratas del dinero se verían pronto tan en seco como él quiere dejar en seco a los tories. Por eso se arrima Daniel tanto al clero católico, por eso previene a sus irlandeses contra el peligroso socialismo, por eso rechaza el apoyo que le ofrecen los cartistas, aunque para guardar las apariencias hable aquí y allá de democracia, como Luis Felipe hablaba en otro tiempo de las instituciones republicanas, y por eso nunca llegará a nada más que a una educación política del pueblo irlandés que, al final, no será peligrosa para nadie tanto como para él mismo.
Thomas Carlyle (1795-1881), historiador y ensayista escocés, crítico romántico y conservador de la sociedad industrial. En Past and Present (1843), que Engels reseñó ese mismo año, llama al Parlamento «National Palaver». ↩
Feargus O'Connor (1794-1855), abogado irlandés, el dirigente más popular del cartismo, editor del Northern Star. ↩
Daniel O'Connell (1775-1847), abogado y político irlandés, jefe del movimiento por la emancipación de los católicos y luego por la derogación de la Unión entre Gran Bretaña e Irlanda; en el Parlamento apoyaba por lo general a los whigs. ↩
Los protestantes que no pertenecían a la Iglesia oficial de Inglaterra (metodistas, baptistas, congregacionalistas, unitarios, etc.). ↩
La traducción inglesa de Das Leben Jesu apareció por entregas en 1842 en la editorial del cartista y librepensador Henry Hetherington. ↩
Así en el original; se trata de sir James Graham (1792-1861), ministro del Interior en el gabinete de Peel. Su proyecto de ley de fábricas de 1843 fue retirado ante la oposición de los disidentes. ↩
Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical que presentó en la Cámara de los Comunes las grandes peticiones cartistas. ↩
Primer magistrado municipal de Salford, que aún no tenía ayuntamiento constituido. ↩
La Allgemeine Zeitung, publicada en Augsburgo por la casa Cotta, era el periódico más influyente de Alemania. ↩
Así en el original. Los periódicos alemanes marcaban a menudo con un signo, en lugar del nombre, las crónicas de cada corresponsal; el (*) es probablemente el de este. La frase que Engels cita a continuación procede de una crónica fechada en Londres el 13 de abril de 1843. ↩
Mateo 23, 27. ↩
Thomas Cooper (1805-1892), dirigente cartista de Leicester, poeta y periodista; condenado en 1843 a dos años de cárcel por su papel en la huelga de 1842. ↩
La National Charter Association, fundada en Manchester en 1840, primera organización nacional del cartismo. ↩
Esto supone 1.787.500 florines del Rin al año, lo que, según nuestras ideas continentales sobre la gente «pobre», parece apenas creíble. La redacción [del Schweizerischer Republikaner]. ↩
John Watts (1818-1887), sastre de oficio y conferenciante oweniano en Manchester. ↩
Charles Southwell (1814-1860), socialista oweniano y librepensador, editor de The Oracle of Reason (1841-1843); fue condenado en 1842 por blasfemia. ↩
Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico, fundador del movimiento cooperativo y comunitario inglés. ↩
Los «salones de la ciencia» de los owenianos. El de Manchester, en Campfield, se inauguró en 1840. ↩
Système de la nature (1770), obra materialista y atea del barón d'Holbach. ↩
Lorenz von Stein, Der Socialismus und Communismus des heutigen Frankreichs («El socialismo y el comunismo de la Francia actual», 1842), primera exposición de conjunto de esas doctrinas en Alemania. ↩
El Acta de Unión de 1800, vigente desde 1801, suprimió el Parlamento irlandés. En 1843 O'Connell organizó para pedir su derogación los llamados monster meetings, concentraciones de cientos de miles de personas, que el gobierno prohibió en octubre (Engels escribe «Nenaph» por Nenagh); O'Connell, que se sometió a la prohibición, fue procesado y condenado en 1844. ↩
Los policías, llamados peelers o bobbies por sir Robert Peel, que había creado la policía de Irlanda en 1814 y la de Londres en 1829. ↩
En el original, Oberpächter: el arrendatario principal (middleman) que tomaba en arriendo grandes extensiones del terrateniente y las subarrendaba en pequeñas parcelas a los campesinos. ↩