Manuscrito de un corresponsal desconocido de Düsseldorf, enviado a la Rheinische Zeitung a finales de diciembre de 1842 y corregido por Karl Marx, su redactor jefe, a comienzos de enero de 1843; el original se conservaba en el Archivo Histórico de Colonia. Publicado por primera vez en la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), pp. 146-147, que da el texto primitivo con las treinta y nueve correcciones de Marx al margen. Damos el texto tal como quedó tras ellas. Marx cambió la fecha (31 de diciembre por 7 de enero), corrigió la ortografía y la puntuación y rehízo varias frases: así, «alguno podía no acordarse ya» pasó a «alguno podía haber olvidado el asunto y solo recordarlo por su firma»; «casi todos se acordaban aún bien» pasó a «casi todos recordaban aún claramente»; «no lo soltaron» pasó a la pasiva («no fue puesto en libertad»); la esposa pasó a ser la «joven esposa, con la que llevaba casado apenas un año», y el final, «le han robado al inocente lo que un dios le había concedido: la libertad y la esposa, y al niño la madre», quedó como se lee aquí. Traducido por la Escuela de marxismo, 2026. La nota es nuestra. Texto original en alemán.
Düsseldorf, 7 de enero. El artículo publicado en el n.º 360 de la Rhein. Zeitg. sobre el procedimiento inquisitorial contra los presos en Hannover1 me mueve a comunicarles un caso parecido que ocurrió allí hace poco. Hace unos diez años, un grabador en cobre de aquí, muy respetable, recorrió Hannover para reunir suscriptores para una plancha de cobre que tenía en preparación. Pero a los suscriptores les advirtió que bien podían pasar algunos años hasta que estuviera terminada. Una enfermedad y otros imprevistos hicieron que las estampas de la plancha no estuvieran listas hasta el verano pasado (1841). El artista no tuvo nada más urgente que enviar a su hermano a Hannover a entregar las estampas a los respectivos suscriptores. Como entre la suscripción y la entrega había pasado mucho tiempo, alguno podía haber olvidado el asunto y solo recordarlo por su firma. Después de entregar casi todos los ejemplares, dio con un caballero que afirmaba no haberse suscrito a esa estampa, aunque no negaba que la firma fuera suya; tenía que haberse puesto, pues, otro dibujo en su lugar. El joven aseguró que todo estaba en regla, lamentó a la vez que aún tuviera dudas, pero que no quería en modo alguno insistir en su derecho, y que lo dejaba más bien a su criterio, si quería la estampa o no; y se despidió. Pero esa misma noche el joven fue detenido, cargado de cadenas y encerrado con grilletes en un calabozo subterráneo. Ocho meses estuvo en ese agujero, donde no entraba ni un rayo de aire, sobre paja podrida, y para hacerle sentir bien los tormentos de ser enterrado en vida y forzarlo a confesar, no se le dejó morir de hambre: se le daba cada día un trozo de pan, un cántaro de agua, y cada dos días algo caliente de comer. Pero al cabo de ocho meses le faltaron las fuerzas, y para poder atormentarlo más tiempo hubo que trasladar al cadáver viviente a una cárcel mejor; recibió una celda a ras de suelo, pudo volver a ver la luz del día, pudo volver a ver cuándo se hacía de día y de noche. En esa celda pasó otros cuatro meses encadenado. Durante ese tiempo se llevaron a cabo las diligencias: se envió la lista de suscriptores al tribunal regional de aquí para examinar la autenticidad tanto de las firmas como de la estampa. El tribunal de aquí devolvió los autos con la prueba más brillante de que todo estaba perfectamente en regla. Pero no se creyó al tribunal de aquí. Entonces se citó uno por uno a todos los suscriptores de todo Hannover, que eran varios miles. Casi todos recordaban aún claramente que era la misma plancha a la que se habían suscrito; solo algunos observaron que ya no podían afirmarlo con certeza, y esos pocos eran amigos o parientes del susodicho hombre de bien. Pese a todas las fianzas posibles que el joven quiso prestar, no se le puso en libertad, y solo al cabo de un año entero, después de haberse tomado aún todo el trabajo posible para inducirlo a confesar cosas de las que nada sabía, se le soltó con el resultado final: «¡puesto en libertad por falta de pruebas!». ¡Qué espléndida satisfacción!
Como al desdichado nunca se le permitió escribir a los suyos, y tampoco recibió nunca una carta de su familia, porque todo se interceptaba, su joven esposa, con la que llevaba casado apenas un año, tuvo que creer que había caído en manos de asesinos, y murió de pena. Así volvió aquí hace unas seis semanas y encontró una casa desierta. Manos humanas le han robado al inocente los bienes más altos: ¡la libertad y la esposa, y a su hijo la madre!
El artículo «El procedimiento inquisitorial secreto», publicado en la Rheinische Zeitung a finales de diciembre de 1842. ↩