Escrita por Karl Marx en Colonia y publicada en cinco entregas en la Rheinische Zeitung entre el 15 y el 20 de enero de 1843 (números 15, 17, 18, 19 y 20). Solo aparecieron los apartados A y B del plan anunciado; la prohibición del periódico, decretada ese mismo mes, impidió el resto. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 172-199), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo una de la redacción de la Rheinische Zeitung. Texto original en alemán.
Rheinische Zeitung, n.º 15, 15 de enero de 1843
††1 Desde el Mosela, enero. Los números 346 y 348 de la Rheinische Zeitung contienen dos artículos míos, uno de los cuales trata de la escasez de leña en el Mosela, y el otro de la participación especial de los habitantes del Mosela en la orden de gabinete real del 24 de diciembre de 18412 y en el movimiento más libre de la prensa que esta produjo. El último artículo está pintado con colores gruesos y, si se quiere, toscos. Quien oye directamente y a menudo la voz despiadada de la miseria en la población que lo rodea pierde fácilmente el tacto estético que sabe hablar en las imágenes más finas y modestas; quizá tenga incluso por su deber político hablar públicamente por un momento ese lenguaje popular de la miseria que en su tierra no ha tenido ocasión de desaprender. Pero si se trata de probar la verdad de tales palabras, difícilmente puede exigirse la prueba hasta la letra, pues en este sentido todo resumen sería falso, y sería en general imposible reproducir el sentido de un discurso sin repetir el discurso mismo. Si se afirmó, por ejemplo: «Se tuvo el grito de socorro de los viñadores por chillido insolente», en justicia solo podrá exigirse que se haya establecido una ecuación aproximadamente correcta, es decir, que se demuestre un objeto que compense en cierta medida la designación resumida de «chillido insolente» y la convierta en una designación no impropia. Una vez aportada esta prueba, ya no puede tratarse de la verdad, sino solo de la precisión lingüística, y difícilmente podrá pronunciarse más que un juicio problemático sobre los matices evanescentes y finísimos de la expresión lingüística.
Me mueven a las observaciones anteriores dos rescriptos del señor presidente superior von Schaper,3 publicados en el n.º 352 de la Rheinische Zeitung, con fecha «Coblenza, 15 de diciembre», en los que se me plantean varias preguntas a propósito de mis dos artículos arriba citados. El retraso con que aparece mi respuesta se debe ante todo al contenido mismo de estas preguntas, ya que un corresponsal de periódico comunica según su leal saber y entender la voz del pueblo que llega a sus oídos, pero en modo alguno tiene que estar preparado para una exposición exhaustiva y fundamentada de ella en sus detalles, sus motivos y sus fuentes. Aparte de la pérdida de tiempo y de los muchos medios que exige un trabajo así, el corresponsal de un periódico solo puede considerarse un pequeño miembro de un cuerpo muy ramificado, en el que elige libremente una función; y si uno, por ejemplo, describe más bien la impresión inmediata de una situación de miseria tal como la recibe de la opinión del pueblo, otro, que es historiador, tratará de su historia; el hombre de sentimiento, de la miseria misma; el economista, de los medios para superarla; y esta única cuestión puede a su vez resolverse desde distintos lados, unas veces más en el plano local, otras más en relación con el conjunto del Estado, etc.
Así, cuando la prensa está viva, la verdad entera saldrá a la luz, pues aunque el todo aparezca al principio solo como un poner de relieve, unas veces intencionado y otras casual, los distintos puntos de vista particulares uno junto a otro, este trabajo de la prensa acaba por preparar a uno de sus miembros el material con el que este creará el todo único. Así, mediante la división del trabajo, la prensa se va adueñando poco a poco de la verdad entera, no porque uno lo haga todo, sino porque muchos hacen un poco.
Otro motivo del retraso de mi respuesta es que la redacción de la Rheinische Zeitung, después del primer informe que le envié, pidió varias aclaraciones complementarias, y después de un segundo y un tercer informe, nuevos añadidos y este informe final; por último, en parte me pidió que le comunicara mis fuentes y en parte se reservó la publicación de mis envíos hasta haber obtenido ella misma por otra vía la confirmación de mis datos.4
Mi respuesta aparece, además, anónima. Sigo en esto la convicción de que a la esencia de la prensa periódica pertenece el anonimato, que hace de un periódico, de lugar de reunión de muchas opiniones individuales, el órgano de un solo espíritu. El nombre separaría un artículo de otro tan firmemente como el cuerpo separa a las personas unas de otras, y suprimiría, por tanto, por completo su destino de ser solo un miembro complementario. Por último, el anonimato hace más imparciales y más libres no solo al que habla, sino también al público, que no mira al hombre que habla, sino a la cosa de la que habla, y que, sin que le estorbe la persona empírica, toma solo la personalidad espiritual como medida de su juicio.
Pero así como callo mi nombre, en todos los datos de detalle solo nombraré a funcionarios y municipios cuando se citen documentos impresos que estén en el comercio o cuando la mención del nombre sea del todo inofensiva. La prensa tiene que denunciar las situaciones, pero, en mi convicción, no debe denunciar a las personas, a no ser que no haya otro modo de poner remedio a un mal público, o que la publicidad domine ya toda la vida del Estado y haya desaparecido, por tanto, el concepto alemán de la denuncia.
Al final de estas observaciones preliminares creo poder expresar la justa esperanza de que el señor presidente superior, después de leer mi exposición entera, se convencerá de la pureza de mi intención y explicará incluso los posibles errores por una opinión equivocada, y no por mala voluntad. Mi propia exposición tiene que demostrar si he merecido la dura acusación de calumnia, así como la de tener el fin de provocar descontento y disgusto, incluso en el caso, que ahora se da realmente, de un anonimato continuado; acusaciones que tienen que ser tanto más dolorosas cuanto que proceden de un hombre especialmente venerado y querido en la provincia del Rin.
Para mayor claridad he dividido mi respuesta en las siguientes rúbricas:
A. La cuestión del reparto de leña.
B. La relación de la región del Mosela con la orden de gabinete del 24 de diciembre de 1841 y con el movimiento más libre de la prensa que esta produjo.
C. Los males cancerosos de la región del Mosela.
D. Los vampiros de la región del Mosela.
E. Propuestas de remedio.
A.
La cuestión del reparto de leña
En mi artículo «Desde el Mosela, 12 de diciembre», n.º 358 de la Rheinische Zeitung, cito la siguiente circunstancia:
«El municipio al que pertenezco, que cuenta con varios miles de almas, posee en propiedad los más hermosos bosques, y no recuerdo que los miembros del municipio hayan obtenido de su propiedad un disfrute inmediato mediante el reparto de leña.»
El señor presidente superior observa a este respecto:
«Un proceder semejante, que no está en consonancia con las disposiciones legales, solo podría motivarse por circunstancias muy especiales»
y exige al mismo tiempo, para examinar los hechos, que se dé el nombre del municipio.
Confieso con franqueza: por una parte creo que un proceder que no está en consonancia con las leyes, y que, por tanto, está en contradicción con ellas, difícilmente podría motivarse por circunstancias, sino que seguiría siendo siempre ilegal; por otra parte, no puedo encontrar ilegal el proceder que he descrito.
La instrucción sobre la administración de los bosques municipales y de instituciones en los distritos gubernativos de Coblenza y Tréveris, dictada en virtud de la ley del 24 de diciembre de 1816 y de la orden de gabinete del 18 de agosto de 1835 y publicada en el suplemento del Boletín Oficial n.º 62 del gobierno real de Coblenza (con fecha «Coblenza, 31 de agosto de 1839»), dispone literalmente en su § 37 lo siguiente:
«En lo que respecta al aprovechamiento del material que se obtiene en los bosques, rige como regla que debe enajenarse tanto como sea necesario para cubrir los gastos forestales (impuestos y gastos de administración).»
«Por lo demás, depende de los acuerdos de los municipios si el material ha de venderse al mejor postor para cubrir otras necesidades municipales o si ha de repartirse entre los miembros del municipio, total o parcialmente, gratis o por una tasa determinada. Sin embargo, rige como regla que la leña para quemar y para aperos se reparta en especie, y que la madera de construcción, en la medida en que no deba emplearse en edificios municipales o en ayudar a miembros particulares en caso de incendio, etc., se venda al mejor postor.»
Esta instrucción, dictada por un predecesor del señor presidente superior de la provincia del Rin, me parece probar que el reparto de la leña entre los miembros del municipio ni lo manda ni lo prohíbe la ley, sino que es solo una cuestión de conveniencia, y en efecto en el artículo en cuestión solo he discutido la conveniencia del proceder. Según esto, podría desaparecer el motivo por el que el señor presidente superior pedía conocer el nombre del municipio, puesto que ya no se tratará de investigar una administración municipal, sino solo de modificar una instrucción. Pero no tengo inconveniente en autorizar a la redacción de la Rheinische Zeitung, si el señor presidente superior lo pide expresamente, a dar el nombre del municipio en el que no recuerdo ningún reparto de leña, porque con ello no se denuncia a la autoridad municipal y el bien del municipio solo puede salir ganando.
Rheinische Zeitung, n.º 17, 17 de enero de 1843
B.
La relación de la región del Mosela con la orden de gabinete del 24 de diciembre de 1841 y con el movimiento más libre de la prensa que esta produjo
El señor presidente superior observa lo siguiente a propósito de mi artículo «Bernkastel, 10 de diciembre, en el n.º 346 de la Rheinische Zeitung», en el que sostengo que el habitante del Mosela, por su situación especialmente apurada, saludó con entusiasmo, antes que nadie, la mayor libertad concedida a la prensa por la orden de gabinete del 24 de diciembre del año pasado:
«Si este artículo ha de tener sentido, al habitante del Mosela tiene que haberle estado vedado hasta ahora discutir pública y francamente su situación de miseria, las causas de esta y los medios de remediarla. Dudo que así sea. Pues, dado el empeño de las autoridades por poner remedio a la reconocida miseria de los viticultores, nada podía serles más deseable que la discusión más abierta y franca posible de la situación que allí reina.» «El señor autor del artículo citado me obligaría mucho, por tanto, si tuviera la bondad de demostrar en concreto los casos en que, también antes de la aparición de la orden de gabinete del 24 de diciembre del año pasado, la autoridad haya impedido una discusión pública y franca de la miseria de los habitantes del Mosela.»
Más abajo observa el señor presidente superior:
«Por lo demás, que, como dice el artículo mencionado al principio, el grito de socorro de los viñadores se haya tenido en las alturas durante mucho tiempo por chillido insolente, creo poder declararlo de antemano una falsedad.»
Mi respuesta a estas preguntas seguirá el siguiente curso. Intentaré demostrar:
que, en primer lugar, y con total independencia de las facultades de la prensa antes de la orden de gabinete del 24 de diciembre de 1841, de la naturaleza peculiar de la situación de miseria del Mosela se desprende necesariamente la necesidad de una prensa libre;
que, aun cuando no se hayan dado impedimentos especiales a la «discusión franca y pública» antes de la aparición de la mencionada orden de gabinete, mi afirmación no pierde nada de su exactitud, y la participación preferente de los habitantes del Mosela en la orden de gabinete y en el movimiento más libre de la prensa que esta produjo sigue siendo igual de comprensible;
que circunstancias realmente especiales impidieron una discusión «franca y pública».
Dentro de esta conexión de conjunto se verá entonces hasta qué punto es una verdad o una falsedad mi afirmación: «La situación desoladora de los viñadores se puso en duda en las alturas durante mucho tiempo y su grito de socorro se tuvo por chillido insolente».
Sobre el punto 1. Al examinar situaciones del Estado, uno se siente con demasiada facilidad tentado a pasar por alto la naturaleza objetiva de las relaciones y a explicarlo todo por la voluntad de las personas que actúan. Pero hay relaciones que determinan tanto los actos de los particulares como los de las autoridades individuales, y que son tan independientes de ellos como el modo de respirar. Si uno se sitúa de entrada en este punto de vista objetivo, no presupondrá excepcionalmente la buena o la mala voluntad ni de un lado ni del otro, sino que verá actuar relaciones allí donde a primera vista solo parecen actuar personas. En cuanto se ha demostrado que una cosa la hacen necesaria las relaciones, ya no será difícil averiguar en qué circunstancias externas tuvo que nacer realmente y en cuáles no pudo nacer, aunque la necesidad de ella ya existiera. Podrá determinarse esto con más o menos la misma seguridad con la que el químico determina en qué circunstancias externas sustancias afines tienen que combinarse. Por eso creemos que con la prueba de «que de la peculiaridad de la situación de miseria del Mosela se sigue la necesidad de una prensa libre» damos a nuestra exposición una base que se eleva por encima de todo lo personal.
La situación de miseria de la región del Mosela no puede considerarse una situación simple. Habrá que distinguir siempre por lo menos dos lados, la situación privada y la situación del Estado, pues así como la región del Mosela no está fuera del Estado, tampoco su situación de miseria está fuera de la administración del Estado. Solo la relación entre ambos lados forma la situación real de la región del Mosela. Para averiguar ahora el modo de esta relación, damos a conocer un diálogo auténtico y documentado entre los órganos respectivos de los dos lados.
En el cuarto cuaderno de las Comunicaciones de la Asociación para el Fomento de la Viticultura en el Mosela y el Sarre, de Tréveris, se encuentra un intercambio entre el Ministerio de Hacienda, el gobierno de Tréveris y la dirección de dicha asociación. En una exposición al Ministerio de Hacienda, la asociación había presentado, entre otras cosas, un cálculo del rendimiento de los viñedos. El gobierno de Tréveris encargó el dictamen sobre el escrito, que también le había llegado, al jefe de la oficina del catastro de Tréveris, el inspector de contribuciones von Zuccalmaglio, que, como dice el propio gobierno en un escrito, parecía tanto más indicado para ello cuanto que «había tomado parte activa en la época en que se determinaron los rendimientos catastrales de los viñedos del Mosela». Nos limitamos a confrontar el dictamen oficial del señor von Zuccalmaglio y la réplica de la dirección de la Asociación para el Fomento de la Viticultura en sus pasajes más contundentes.
El ponente oficial:
El cálculo, presentado en la exposición, del rendimiento bruto de un morgen5 de viñedo durante los últimos diez años, de 1829 a 1838, en los municipios que pertenecen a la tercera clase del impuesto sobre el vino se basa en:
la cosecha por morgen,
el precio al que se vendió un fuder6 de vino en otoño.
Pero el cálculo carecería de toda premisa demostrada como exacta, pues:
«Sin intervención y control oficiales, ni a un particular ni a una asociación les es posible obtener por vía privada noticias fiables sobre la producción de vino de todos los propietarios individuales durante un período en un gran número de municipios, porque precisamente puede estar en el interés de muchos propietarios ocultar en lo posible la verdad en este punto.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«Que la oficina del catastro defienda con todas sus fuerzas el procedimiento catastral no nos extraña; pero el razonamiento que sigue resulta difícil de comprender», etc.
«El señor jefe del catastro intenta demostrar con cifras que los rendimientos catastrales son correctos en todas partes; dice también que el período de diez años que hemos tomado no puede probar nada aquí», etc., etc. «No entramos en cifras, porque, como él mismo antepone muy sabiamente al comienzo de sus observaciones, nos faltan para ello las comunicaciones oficiales; tampoco lo creemos necesario, ya que todo su cálculo, apoyado en el carácter oficial, y su razonamiento no pueden probar nada contra los hechos que hemos expuesto.» «Aun concediendo que los rendimientos catastrales fueran del todo exactos en el momento en que se determinaron, e incluso demasiado bajos, no puede negársenos con éxito que, en la lamentable transformación actual de las cosas, ya no pueden servir de base.»
El ponente oficial:
«No se muestra, pues, en ninguna parte un hecho que autorice a suponer que los rendimientos catastrales de los viñedos tasados en los últimos tiempos sean demasiado altos; antes bien, podría demostrarse fácilmente que los viñedos tasados en épocas anteriores de los distritos rural y urbano de Tréveris y del distrito de Saarburg están demasiado bajos, tanto en sí mismos como en comparación con los demás cultivos.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«El que suplica ayuda se siente dolorosamente herido cuando a su queja fundada se le responde que, en una nueva determinación, los rendimientos catastrales podrían fijarse más bien más altos que más bajos.»
«Por lo demás», observa la réplica, «tampoco el señor ponente, por mucho que rechace nuestros datos, ha podido refutar ni cambiar casi nada en los ingresos, por lo que solo ha procurado llegar a otros resultados en los gastos.»
Queremos ahora confrontar, en lo que respecta al cálculo de gastos, algunas de las controversias más contundentes entre el señor ponente y la dirección de la asociación.
El ponente oficial:
«A propósito de la partida 8 hay que observar especialmente que el despampanado de los sarmientos habituales, o el llamado desbrote, es una operación que solo han introducido en los últimos tiempos unos pocos propietarios de viñedos y que en ninguna parte, ni en el Mosela ni en el Sarre, puede considerarse parte del modo de cultivo habitual en el país.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«El despampanado y la cava, opinaba el señor jefe del catastro, solo los han introducido en los últimos tiempos unos pocos propietarios», etc. Pero no es así. «El viñador ha comprendido que, si no quiere hundirse del todo, no debe dejar de intentar nada que pueda mejorar en algo la calidad del vino. Este espíritu hay que fomentarlo con cuidado para la prosperidad del país, en lugar de sofocarlo.»
«¿Y a quién se le ocurriría rebajar los costes de cultivo de las patatas porque haya labradores que las dejan a su suerte y a la bondad de Dios?»
El ponente oficial:
«Los gastos del tonel que figuran en la partida 14 no pueden en absoluto tenerse en cuenta aquí, porque, como ya se ha observado, en los precios del vino indicados no están incluidos los gastos del envase o tonel. Si al vender el vino se vende también el tonel, como es regla, al precio del vino se le añade además su precio de coste, con lo que los toneles quedan pagados de nuevo.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«Donde se vende vino, el tonel se va con él sin que se hable ni de lejos de su pago, ni pueda siquiera hablarse de ello. Los pocos casos en que taberneros de esta ciudad compran sin tonel no pueden tenerse en cuenta en el conjunto.» «Con el vino no pasa como con otras mercancías, que están en el almacén hasta la venta y después se embalan y se envían a costa del destinatario; y como la compra del vino lleva consigo tácitamente el tonel, es evidente que su precio tiene que contarse entre los costes de producción.»
El ponente oficial:
«Si se corrige la cosecha indicada en el anexo según los datos oficiales al respecto, y en cambio se da por correcto incluso en todas sus partes el cálculo de costes y se suprimen de él solo el impuesto territorial y el impuesto sobre el mosto y los gastos del tonel, es decir, las partidas 13, 14 y 17, resulta lo siguiente:
El rendimiento bruto asciende a 53 táleros, 21 groschen de plata y 6 pfennig
Los costes sin las partidas 13, 14 y 17, 39 táleros, 5 groschen de plata y 0 pfennig
Rendimiento neto, por tanto, 14 táleros, 16 groschen de plata y 6 pfennig.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«La cuenta como tal es correcta, pero no lo es el resultado. No hemos calculado con cifras supuestas, sino con cifras que representan importes reales, y hemos encontrado que si de 53 táleros de desembolso real se restan 48 táleros de ingreso real y único, quedan 5 táleros de pérdida.»
El ponente oficial:
«Si, a pesar de todo, no puede desconocerse que la miseria en el Mosela ha aumentado considerablemente respecto del período anterior a la formación de la Unión Aduanera,7 y que incluso cabe temer en parte un empobrecimiento real, la causa de ello hay que buscarla única y exclusivamente en el rendimiento anterior, demasiado alto, de los viñedos.»
«Por el cuasi monopolio del comercio del vino que existía antes en el Mosela, y por los años vinícolas favorables que se sucedieron rápidamente, 1819, 1822, 1825, 1826, 1827 y 1828, se había formado allí un lujo nunca conocido. Las grandes sumas de dinero en manos del viñador lo indujeron a comprar viñedos a precios enormes y a plantar nuevos viñedos con costes excesivos en distritos que ya no eran aptos para la viticultura. Todo el mundo quería ser propietario, y así se contrajeron deudas que antes podían cubrirse fácilmente con un buen año, pero que ahora, con las coyunturas desfavorables que han sobrevenido, tienen que aplastar necesariamente por completo al viñador caído en manos de los usureros.»
«Una consecuencia será que la viticultura se limitará a los mejores pagos y volverá a pasar, como antes, más a manos de propietarios ricos, para los que es más apropiada a causa de los grandes desembolsos que exige, ya que están en mejores condiciones de superar los años desfavorables y tienen, sin embargo, medios suficientes para mejorar el cultivo y obtener un producto que pueda resistir la competencia del que llega de los países de la Unión Aduanera ahora abiertos. Cierto que esto no podrá ocurrir en los primeros años sin grandes calamidades para la clase más pobre de viñadores, que, sin embargo, en su mayor parte se hicieron propietarios en la época favorable anterior; pero hay que tener siempre en cuenta que la situación anterior era antinatural, y ahora se venga en el imprudente. El Estado… solo podrá limitarse a facilitar en lo posible a la población actual la transición mediante los medios apropiados.»
La réplica de la dirección de la asociación:
«En verdad, quien solo teme la pobreza en el Mosela no la ha visto todavía, cuando ya está del todo arraigada, en su forma más horrible, entre la población moralmente buena e incansablemente activa de esta parte del país, y se extiende cada día más; y que no se diga aquí, como hace el señor jefe del catastro, que el empobrecido tiene la culpa; no, el viñador previsor como el descuidado, el laborioso como el indiferente, el acomodado como el que no tiene medios, todos están más o menos postrados, y cuando se ha llegado al punto de que hasta los viñadores pudientes, laboriosos y ahorradores tienen que decir: ya no podemos alimentarnos, entonces la causa habrá que buscarla, sin duda, fuera de ellos.»
«Es verdad que, en los tiempos favorables, los viñadores adquirieron fincas a precios más altos que de costumbre y contrajeron deudas, contando con que sus medios, tal como se les presentaban, bastarían para saldarlo todo poco a poco; pero cómo puede llamarse lujo a esto, que sirve de prueba de la actividad y la laboriosidad de esta gente, y decirse que la situación actual de los viñadores se debe a que la anterior era antinatural y ahora se venga en los imprudentes, resulta incomprensible.»
«El señor jefe del catastro sostiene que, tentados por los tiempos extraordinariamente favorables, las gentes que según él antes ni siquiera eran propietarias!! aumentaron desproporcionadamente la masa de los viñedos, y que ahora la salvación solo puede buscarse en reducir los viñedos.»
«¡Pero qué insignificante es el número de los viñedos que podrían destinarse al cultivo de grano y hortalizas, frente a la masa de los que, fuera del vino, solo pueden producir setos y matorrales! ¿Y la población, sin duda sumamente respetable, apiñada a causa de la viticultura en una superficie relativamente tan pequeña, que ha luchado tan virilmente contra la desgracia, no ha de merecer siquiera el intento de ver si su existencia no podría prolongarse mediante alivios hasta que circunstancias más favorables le permitan levantarse de nuevo y volver a ser para el Estado lo que fue antes, a saber, una fuente de ingresos como difícilmente se encontrará otra en igual superficie, sin contar las ciudades?»
El ponente oficial:
«Pero que esta miseria de los viñadores más pobres sea aprovechada ahora también por los propietarios más ricos para procurarse toda clase de alivios y ventajas mediante una descripción chillona de la feliz situación anterior en contraste con la actual, menos favorable, pero todavía rentable, es muy comprensible.»
Rheinische Zeitung, n.º 18, 18 de enero de 1843
La réplica de la dirección de la asociación:
«Debemos a nuestro honor y a nuestra conciencia protestar contra la acusación de que aprovechamos la miseria de los viñadores más pobres para procurarnos toda clase de ventajas y alivios mediante descripciones chillonas.»
«No; aseguramos, y esperamos que esto baste para nuestra justificación, que toda intención egoísta nos era ajena y que en todo este paso no teníamos otra mira que llamar la atención del Estado, mediante una exposición abierta y verdadera de la situación de los pobres viñadores, sobre lo que, si sigue extendiéndose, tiene que volverse peligroso para él mismo. Quien conozca la transformación que la triste situación actual de los viñadores ha producido ya hasta ahora, en progresión creciente, en sus relaciones domésticas y económicas, e incluso en lo que respecta a la moralidad, tiene que sentir horror ante el futuro si piensa en que semejante miseria continúe o incluso aumente.»
Ante todo habrá que conceder que el gobierno no podía estar decidido, sino que tenía que vacilar entre la opinión de su ponente y la opinión contraria de los viticultores. Si se considera además que el informe del señor von Zuccalmaglio está fechado el 12 de diciembre de 1839 y la respuesta de la asociación el 15 de julio de 1840, se sigue que hasta esa fecha la opinión del señor ponente tiene que haber sido, si no la única, sí al menos la opinión dominante del colegio gubernativo. Por lo menos aparece todavía en el año 1839 como dictamen del gobierno, es decir, por así decirlo, como resumen de la opinión del gobierno, frente a la memoria de la asociación, pues en un gobierno consecuente bien puede considerarse su última opinión como la suma de sus opiniones y experiencias anteriores. Pues bien, en el informe no solo no se reconoce la situación de miseria como general, sino que a la miseria reconocida no se le ha de poner remedio, pues se dice: «El Estado solo podrá limitarse única y exclusivamente a facilitar en lo posible a la población actual la transición mediante los medios apropiados». Pero por transición hay que entender, en estas circunstancias, la ruina gradual. La ruina de los viñadores más pobres se considera, por así decirlo, como un acontecimiento natural ante el que el hombre se resigna de antemano y solo intenta suavizar lo inevitable. «Cierto», se dice, «que esto no ocurrirá sin grandes calamidades». Por eso la asociación plantea también la pregunta de si el viñador del Mosela no merece siquiera «el intento». Si el gobierno hubiera tenido una opinión decididamente contraria, habría modificado de entrada el informe, ya que este indica de manera precisa algo tan importante como la tarea y la resolución del Estado en este asunto. Se ve por esto que la miseria de los viñadores podía estar reconocida sin que existiera el empeño de remediarla.
Damos ahora un ejemplo más de cómo se informaba a las autoridades sobre la situación del Mosela. En el año 1838 un alto funcionario de la administración recorre la región del Mosela. En una conferencia celebrada en Piesport con dos consejeros de distrito8 preguntó a uno de ellos cómo estaba la situación económica de los viñadores, y recibió por respuesta:
«Los viñadores vivían con demasiado lujo, y ya solo por eso sus cosas no podían ir mal.»
Y, sin embargo, el lujo se había convertido ya en una leyenda de tiempos pasados. Solo señalamos de pasada lo poco que se ha abandonado en general esta opinión, que coincide con el informe del gobierno. Recordamos la voz que se hizo oír desde Coblenza en el suplemento I del n.º 349 (1842) del Frankfurter Journal y que habla de la supuesta miseria de los viticultores del Mosela.
Del mismo modo, la opinión oficial que acabamos de oír se refleja en las alturas como una duda sobre la situación «desoladora» y sobre los efectos generales de la miseria, y por tanto también sobre sus causas generales. Las citadas Comunicaciones de la asociación contienen, entre otras, las siguientes respuestas del Ministerio de Hacienda a diversas peticiones:
«Aunque, como muestran los precios del vino en el mercado, los propietarios de los viñedos del Mosela y del Sarre clasificados en la primera y la segunda clase del impuesto no tienen motivo de descontento, no se desconoce que los viticultores cuyo producto es de calidad inferior no se encuentran en una situación igual de favorable.»
Así se dice en una respuesta a una solicitud de condonación del impuesto para 1838:
«En respuesta a su exposición del 10 de octubre del año pasado, dirigida a este ministerio, se le comunica que no puede accederse a la condonación general de todo el impuesto sobre el vino de 1838 solicitada, ya que usted mismo no pertenece en modo alguno a la clase que más consideración necesita, y cuya miseria, etc., ha de buscarse en circunstancias muy distintas de las fiscales.»
Así como en toda esta exposición deseamos construir solo sobre hechos y nos esforzamos, en lo que de nosotros depende, por elevar solo hechos a una forma general, traduciremos primero a sus ideas fundamentales generales el diálogo entre la Asociación de Tréveris para el Fomento de la Viticultura y el ponente del gobierno.
El gobierno tiene que nombrar a un funcionario para dictaminar sobre la memoria. Nombra, naturalmente, a un funcionario lo más entendido posible en la materia, y por tanto, preferentemente, a un funcionario que haya tomado parte él mismo en la regulación de la situación del Mosela. Este funcionario no está lejos de descubrir en el escrito de queja en cuestión ataques a su entendimiento oficial y a su actuación oficial anterior. Es consciente de que cumple concienzudamente su deber y de los conocimientos oficiales de detalle de que dispone; de pronto se encuentra con una opinión contraria, y ¿qué más natural que tome partido contra los peticionarios, que sus intenciones, que siempre pueden estar ligadas a intereses privados, le parezcan sospechosas, y que, por tanto, las haga sospechosas? En lugar de aprovechar su exposición, intenta refutarla. A ello se añade que el viñador visiblemente pobre no tiene ni tiempo ni formación para describir su situación; que el viñador pobre, por tanto, no puede hablar, mientras que el viticultor que puede hablar no es visiblemente pobre, y parece, por tanto, hablar sin motivo. Y si incluso al viticultor instruido se le remite a su falta de entendimiento oficial, ¡cómo iba a poder sostenerse el viñador sin instrucción ante este entendimiento oficial!
Los particulares, por su parte, que han visto la miseria real plenamente desarrollada en otros, que la ven acercarse sigilosamente a ellos mismos y que son además conscientes de que el interés privado que defienden es igualmente interés del Estado y que lo han propugnado como interés del Estado, no solo sienten necesariamente herido su propio honor, sino que creen también que se desfigura la realidad desde un punto de vista arreglado de forma unilateral y arbitraria. Se oponen, pues, a la oficialidad que se sobreestima, muestran las contradicciones entre la figura real del mundo y la figura que este adopta en las oficinas, oponen a las pruebas oficiales las pruebas prácticas, y no pueden por último dejar de sospechar, en el desconocimiento total de su exposición del asunto, segura de su convicción y clara en los hechos, una intención egoísta, por ejemplo la de hacer valer el entendimiento de los funcionarios contra la inteligencia de los ciudadanos. El particular concluye, pues, a su vez, que el funcionario entendido, que ha entrado en contacto con sus circunstancias, no las expondrá sin prejuicios, precisamente porque en parte son obra suya, mientras que el funcionario sin prejuicios, que tendría la imparcialidad suficiente para dictaminar, no sería entendido en la materia. Pero si el funcionario reprocha al particular que eleva su asunto privado a la categoría de interés del Estado, el particular reprocha al funcionario que rebaja el interés del Estado a la categoría de asunto privado suyo, de interés del que todos los demás quedan excluidos como profanos, de modo que incluso la realidad más clara como la luz del sol le parece ilusoria frente a la realidad que consta en los expedientes, es decir, oficialmente, es decir, estatalmente, y frente a la inteligencia que en ella se apoya; de modo que solo el círculo de acción de la autoridad le parece el Estado, mientras que el mundo situado fuera de ese círculo de acción de la autoridad le parece objeto del Estado, desprovisto de todo sentido y de todo entendimiento estatal. Si, por último, ante un mal notorio el funcionario achaca la mayor parte a los particulares, que se habrían buscado ellos mismos su situación, y en cambio no deja que se toque la excelencia de las máximas e instituciones administrativas, que son a su vez creaciones oficiales, ni quiere renunciar a nada de ellas, el particular, a la inversa, consciente de su laboriosidad, de su ahorro, de su dura lucha con la naturaleza y con las circunstancias sociales, exige que el funcionario, que es el único que posee el poder creador del Estado, acabe también con su miseria y que, si afirma hacerlo todo bien, demuestre también que puede arreglar con sus operaciones las malas situaciones, o reconozca por lo menos que instituciones que eran adecuadas para una época no lo son para una época completamente transformada.
El mismo punto de vista del saber oficial superior y la misma oposición entre la administración y su objeto se repiten dentro del propio mundo de los funcionarios; y así como vemos que la oficina del catastro, al dictaminar sobre la región del Mosela, hace valer sobre todo la infalibilidad del catastro, y que el Ministerio de Hacienda afirma que el mal está en causas «muy distintas» de las «fiscales», así la administración en general no encontrará el motivo de la miseria en sí misma, sino fuera de sí. El funcionario individual, el más próximo al viñador, ve la situación mejor o distinta de como es, no intencionadamente, sino necesariamente. Cree que la pregunta de si su región se encuentra bien es la pregunta de si él la administra bien. Si las máximas e instituciones administrativas en general son buenas es una pregunta que está fuera de su esfera, porque sobre ello solo pueden juzgar las instancias superiores, donde reina un saber más amplio y más profundo sobre la naturaleza oficial de las cosas, es decir, sobre su conexión con el Estado entero. De que él mismo administra bien puede tener la convicción más concienzuda. Así, por una parte, no encontrará tan desoladora la situación, y por otra, si la encuentra desoladora, buscará la causa fuera de la administración: en parte en la naturaleza, que es independiente del hombre; en parte en la vida privada, que es independiente de la administración; en parte en azares que no dependen de nadie.
Pues bien, la autoridad colegiada superior tiene que conceder evidentemente más confianza a sus funcionarios que a los administrados, de los que no cabe presumir el mismo entendimiento oficial. Una autoridad colegiada tiene, además, sus tradiciones. Tiene, pues, también respecto de la región del Mosela sus principios ya establecidos; posee en el catastro la figura oficial del país; tiene determinaciones oficiales sobre ingresos y gastos; tiene en todas partes, junto a la realidad real, una realidad burocrática que conserva su autoridad por mucho que cambien los tiempos. A ello se añade que las dos circunstancias, la ley de la jerarquía de los funcionarios y el principio de una doble ciudadanía, la ciudadanía activa y sabedora de la administración y la pasiva e inconsciente de los administrados, se completan mutuamente. Según la máxima por la cual el Estado tiene su existencia consciente y activa en la administración, cada gobierno tendrá la situación de una región, en lo que se refiere a su lado estatal, por obra de su predecesor. Según la ley de la jerarquía, este predecesor ocupará casi siempre un puesto superior, a menudo el puesto inmediatamente superior. Por último, cada gobierno tiene, por una parte, la verdadera conciencia de Estado de que el Estado tiene leyes que debe hacer cumplir a pesar de todos los intereses privados; por otra parte, como autoridad administrativa particular, no le corresponde hacer las instituciones y las leyes, sino aplicarlas. No puede, por tanto, intentar reformar la administración misma, sino solo el objeto de la administración. No puede adaptar sus leyes a la región del Mosela; solo puede intentar fomentar el bien de la región del Mosela dentro de sus leyes administrativas establecidas. Cuanto más celosa y honradamente se esfuerce, pues, un gobierno por remediar, dentro de las máximas e instituciones administrativas una vez adoptadas y que lo dominan a él mismo, una miseria llamativa que abarca incluso toda una comarca, cuanto más tenazmente resista el mal y aumente a pesar de la buena administración, tanto más íntima, sincera y decidida será su convicción de que se trata de una miseria incurable, que la administración, es decir, el Estado, no puede cambiar, y que exige más bien un cambio por parte de los administrados.
Pero si las autoridades administrativas inferiores confían en el entendimiento oficial situado más arriba en cuanto a que las máximas de la administración son buenas, y responden ellas mismas de su fiel ejecución en lo particular, las autoridades administrativas superiores responden de la exactitud de las máximas generales y confían en que sus miembros subordinados juzgan oficialmente bien lo particular, de lo que tienen además pruebas oficiales.
Así, un gobierno puede llegar, con la mejor voluntad, al principio formulado sobre la región del Mosela por el ponente del gobierno de Tréveris:
«El Estado solo podrá limitarse única y exclusivamente a facilitar a la población actual la transición mediante los medios apropiados.»
Si consideramos ahora algunos de los medios conocidos que el gobierno empleó para aliviar la miseria del Mosela, nuestro razonamiento se verá confirmado al menos por la historia administrativa que está a la vista, pues, naturalmente, no podemos formular nuestro juicio según la historia secreta. Contamos entre estos medios: las condonaciones de impuestos en los años de mala cosecha, el consejo de pasar a otro cultivo, por ejemplo la sericicultura, y por último la propuesta de limitar la parcelación de la propiedad del suelo. El primer medio solo pretende evidentemente aliviar, no remediar. Es un medio momentáneo, en el que el Estado hace una excepción a su regla, y una excepción que no es costosa. Tampoco es la miseria constante lo que se alivia, sino una manifestación excepcional de ella; no es la enfermedad crónica a la que uno se ha acostumbrado, es una enfermedad aguda que lo sorprende a uno.
Con los otros dos medios la administración sale de su propio círculo. La actividad positiva que despliega ahora consiste, en parte, en enseñar al habitante del Mosela cómo puede ayudarse a sí mismo y, en parte, en proponerle una limitación y la renuncia a un derecho que tenía hasta ahora. Aquí se realiza, pues, el razonamiento desarrollado más arriba. La administración, que ha encontrado incurable la miseria del Mosela, y fundada en circunstancias que están fuera de sus máximas y de su actividad, aconseja al habitante del Mosela organizar su situación de modo que encaje en las instituciones administrativas actuales y pueda existir de manera soportable dentro de ellas. El propio viñador se siente dolorosamente herido por propuestas semejantes, aunque solo le lleguen como rumor. Reconocerá con agradecimiento que el gobierno haga experimentos a su propia costa; pero siente que la indicación de hacer experimentos consigo mismo es una renuncia del gobierno a ayudar con su propia actividad. Pide ayuda y no consejo. Por mucho que confíe en el saber oficial en la esfera que le corresponde, y se dirija confiado a él, tanto se atribuye a sí mismo, en su propia esfera, el entendimiento necesario. Y una limitación de la parcelación de la propiedad del suelo choca con su conciencia jurídica heredada; ve en ella la propuesta de añadir a su pobreza física la pobreza jurídica, pues en toda lesión de la igualdad legal ve una situación de miseria del derecho. Siente, unas veces de forma más consciente y otras más inconsciente, que la administración existe por el país y no el país por la administración, pero que la relación se invierte en cuanto el país ha de transformar sus costumbres, sus derechos, el modo de su trabajo y de su propiedad para encajar en la administración. El habitante del Mosela pide, pues, que, si él realiza el trabajo que le asignan la naturaleza y la costumbre, el Estado le procure la atmósfera en la que pueda crecer, prosperar y vivir. Tales invenciones negativas rebotan, pues, sin efecto contra la realidad, no solo de las situaciones, sino también de la conciencia ciudadana.
Rheinische Zeitung, n.º 19, 19 de enero de 1843
¿Cuál es, pues, la relación de la administración con la situación de miseria del Mosela? La miseria del Mosela es al mismo tiempo una miseria de la administración. La miseria constante de una parte del Estado (y una miseria que, empezando de forma casi inadvertida hace más de un decenio, se desarrolla primero poco a poco y luego irresistiblemente hasta su punto culminante, y está en un crecimiento cada vez más amenazador, bien puede llamarse constante), una miseria constante así es una contradicción de la realidad con las máximas administrativas, del mismo modo que, por otra parte, no solo el pueblo, sino también el gobierno, considera la prosperidad de una región del país como una confirmación de hecho de la administración. Pero la administración, por su esencia burocrática, no puede ver las causas de la miseria en la región administrada, sino solo en la región natural y civil privada, que está fuera de la región administrada. Las autoridades administrativas, aun con la mejor voluntad, con la humanidad más celosa y la inteligencia más poderosa, pueden resolver colisiones momentáneas y pasajeras, pero no una colisión constante entre la realidad y las máximas administrativas, porque ni está en la tarea de su posición, ni la mejor voluntad es capaz de romper una relación esencial o, si se quiere, una fatalidad. Esta relación esencial es la relación burocrática, tanto dentro del propio cuerpo administrativo como en sus relaciones con el cuerpo administrado.
Por otra parte, el particular que cultiva la viña tampoco puede desconocer que su voto puede estar enturbiado, intencionadamente o no, por el interés privado, y que, por tanto, no puede presumirse sin más su verdad. Comprenderá también que en el Estado hay muchos intereses privados que sufren, y que no pueden abandonarse ni modificarse las máximas administrativas generales para remediarlos. Si, además, se afirma el carácter general de una miseria, si se afirma que la prosperidad está amenazada de tal manera y en tal medida que el sufrimiento privado se convierte en sufrimiento del Estado y su eliminación en un deber del Estado para consigo mismo, esta afirmación de los administrados parece fuera de lugar frente a la administración, ya que la administración juzgará sin duda mejor hasta qué punto está amenazado el bien del Estado, y de ella hay que presumir un conocimiento más profundo de la relación entre el todo y sus partes que de estas partes mismas. A ello se añade que el individuo, e incluso muchos individuos, no pueden hacer pasar su voz por la voz del pueblo; su exposición conservará más bien siempre el carácter de escrito de queja privado. Y si, por último, la convicción de los particulares que se quejan fuera la convicción de toda la región del Mosela, la región del Mosela misma, como parte administrativa individual y como parte individual del país, ocupa frente a su propia provincia y frente al Estado la posición de un particular, cuyas convicciones y deseos han de medirse primero con la convicción general y el deseo general.
Para resolver la dificultad, la administración y los administrados necesitan, pues, por igual, un tercer elemento que sea político sin ser oficial, y que por tanto no parta de presupuestos burocráticos; que sea igualmente civil sin estar implicado directamente en los intereses privados y en sus necesidades. Este elemento complementario, con cabeza de ciudadano del Estado y corazón de ciudadano, es la prensa libre. En el terreno de la prensa, la administración y los administrados pueden criticar por igual sus principios y sus exigencias, pero ya no dentro de una relación de subordinación, sino con igual validez ciudadana, no ya como personas, sino como potencias intelectuales, como razones del entendimiento. La «prensa libre», así como es producto de la opinión pública, produce también la opinión pública, y es la única que puede convertir un interés particular en interés general, la única que puede hacer de la miseria de la región del Mosela objeto de la atención general y de la simpatía general de la patria, la única que puede aliviar la miseria ya solo con repartir entre todos el sentimiento de la miseria.
La prensa se comporta ante la situación del pueblo como inteligencia, pero se comporta también ante ella como sentimiento; su lenguaje no es, pues, solo el lenguaje sensato del juicio, que se cierne sobre las circunstancias, sino al mismo tiempo el lenguaje apasionado de las circunstancias mismas, un lenguaje que en los informes oficiales ni puede ni debe exigirse. Por último, la prensa libre lleva la miseria del pueblo, en su propia figura, sin pasar por ningún medio burocrático, hasta las gradas del trono, ante un poder ante el cual desaparece la diferencia entre administración y administrados y ya solo hay ciudadanos igual de cercanos e igual de lejanos.
Si, pues, la prensa más libre se hizo necesaria por la miseria peculiar del Mosela, si aquí era una necesidad intensa, porque era una necesidad real, parece que no hacían falta impedimentos excepcionales a la prensa para producir esta necesidad, sino que más bien habría hecho falta una libertad de prensa excepcional para satisfacer la necesidad existente.
Sobre el punto 2. La prensa sobre los asuntos del Mosela no es, en todo caso, más que una parte de la prensa política prusiana. Por eso, para averiguar su situación antes de la tantas veces mencionada orden de gabinete, será necesario echar una rápida mirada a la situación de toda la prensa prusiana antes del año 1841. Dejamos hablar a un hombre de reconocida lealtad:
«Silenciosa y tranquilamente», se dice en Prusia y Francia, de David Hansemann,9 segunda edición, Leipzig 1834, p. 272, «silenciosa y tranquilamente se desarrollan en Prusia las ideas generales y las cosas, de manera tanto más inadvertida cuanto que la censura no permite en las publicaciones periódicas prusianas ninguna discusión a fondo de las cuestiones políticas, e incluso económicas, que conciernen al Estado, por decorosa y mesurada que sea la redacción; por discusión a fondo solo puede entenderse aquella en que se permite exponer las razones y las contrarrazones; casi ninguna cuestión económica puede discutirse a fondo si no se examinan también sus relaciones con la política interior y exterior, pues solo en pocas, quizá en ninguna cuestión económica, dejan de darse estas relaciones. Si este ejercicio de la censura es conveniente, si la censura puede ejercerse en general, dada la situación del gobierno en Prusia, de otro modo que de este, no es lo que aquí importa; basta con que así es.»
Si se considera, además, que ya el § II del edicto de censura del 19 de diciembre de 1788 dice:
«Pero la intención de la censura no es en modo alguno impedir una investigación decorosa, seria y modesta de la verdad, ni imponer de otro modo a los escritores ninguna coacción inútil y molesta»;
si en el artículo II del edicto de censura del 18 de octubre de 181910 se encuentran de nuevo las palabras:
«La censura no impedirá ninguna investigación seria y modesta de la verdad, ni impondrá a los escritores coacción indebida»;
si se compara con esto el comienzo de la instrucción sobre la censura del 24 de diciembre de 1841:
«Para liberar ya desde ahora a la prensa de limitaciones improcedentes, que no están en la Intención Suprema, Su Majestad el Rey, mediante una Suprema orden de gabinete dirigida al Real Ministerio de Estado […], se ha dignado desaprobar expresamente toda coacción indebida de la actividad literaria y […] autorizarnos a instruir de nuevo a los censores para que observen debidamente el artículo II del edicto de censura del 18 de octubre de 1819»;
si se recuerdan, por último, las siguientes palabras:
«El censor puede muy bien permitir una discusión franca también de los asuntos internos. La innegable dificultad de encontrar los límites justos para ello no debe hacer desistir del empeño de satisfacer la verdadera intención de la ley, ni inducir a esa timidez que con demasiada frecuencia ha dado ya lugar a malas interpretaciones de la intención del Gobierno»;
entonces, después de todas estas manifestaciones oficiales, la pregunta de por qué, si las autoridades deseaban oír discutir la situación del Mosela de la manera más franca y pública posible, hubo impedimentos de censura, parece convertirse más bien en la pregunta más general de por qué, a pesar de la «intención de la ley», de la «intención del Gobierno» y, por último, de la «Intención Suprema», había que liberar todavía en el año 1841, según se reconoce, a la prensa «de limitaciones improcedentes», y había que recordar a la censura en el año 1841 el artículo II del edicto de 1819. Con respecto a la región del Mosela en particular, aquella pregunta se formularía así: no qué impedimentos especiales a la prensa hubo, sino más bien qué favores especiales a la prensa habrían elevado excepcionalmente esta discusión parcial de la situación interna a una discusión lo más franca y pública posible.
Sobre el contenido interno y el carácter de la literatura política y de la prensa diaria antes de la mencionada orden de gabinete, las siguientes palabras de la instrucción sobre la censura son quizá las que mejor informan:
«Por este camino puede esperarse que también la literatura política y la prensa diaria reconozcan mejor su destino, adopten un tono más digno y desdeñen en el futuro especular con la curiosidad de sus lectores mediante la comunicación de correspondencias sin contenido tomadas de periódicos extranjeros, etc., etc.… Es de esperar que así se despierte un mayor interés por los asuntos patrios y se eleve así el sentimiento nacional.»
Según esto, parece resultar que, si ninguna medida especial impedía en absoluto una discusión franca y pública de la situación del Mosela, la situación general de la prensa prusiana misma tenía que ser un obstáculo insuperable tanto para la franqueza como para la publicidad. Si resumimos los pasajes citados de la instrucción sobre la censura, esta viene a decir que la censura era sumamente timorata y un límite externo a una prensa libre; que de la mano con ello iba la estrechez interna de la prensa, que había renunciado al valor e incluso al afán de elevarse por encima del horizonte de la noticia; y que, por último, en el propio pueblo se habían perdido el interés por los asuntos patrios y el sentimiento nacional, es decir, precisamente los elementos que no solo son las fuerzas creadoras de una prensa franca y pública, sino también las condiciones solo dentro de las cuales una prensa franca y pública puede actuar y encontrar reconocimiento popular, un reconocimiento que forma la atmósfera vital de la prensa y sin el cual esta languidece sin remedio.
Si, pues, las medidas de las autoridades pueden crear una prensa no libre, en cambio está fuera del poder de las autoridades, dada la falta de libertad de la situación general de la prensa, asegurar a cuestiones especiales una discusión lo más franca y pública posible, porque incluso las palabras francas que llenaran por casualidad las columnas de los periódicos sobre objetos aislados no sabrían despertar un interés general ni procurarse, por tanto, una verdadera publicidad.
A ello se añade lo que observa con acierto Hansemann: que quizá en ninguna cuestión económica dejan de darse las relaciones con la política interior y exterior. La posibilidad de una discusión franca y pública de la situación del Mosela presupone, pues, la posibilidad de una discusión franca y pública de toda la «política interior y exterior». Ofrecerla estaba tan poco en el poder de autoridades administrativas individuales, que solo la voluntad del propio rey, expresada de forma inmediata y decidida, podía intervenir aquí de manera determinante y duradera.
Si la discusión pública no era franca, la discusión franca no era pública. Se limitaba a oscuros periódicos locales, cuyo horizonte, naturalmente, no iba más allá del círculo de su difusión y, según lo dicho antes, no podía ir más allá. Para caracterizar tales discusiones locales damos algunos extractos de diversos años del Gemeinnütziges Wochenblatt de Bernkastel. En el año 1835 se dice:
«En el otoño de 1833 una persona forastera hizo en Erden 5 ohm11 de vino. Para completar el fuder compró 2 ohm más por el precio de 30 táleros. El tonel costó 9 táleros; el impuesto sobre el mosto, 7 táleros y 5 groschen de plata; la vendimia, 4 táleros; el alquiler de la bodega, 1 tálero y 3 groschen de plata; el salario del tonelero, 16 groschen de plata; en consecuencia, sin contar los costes de cultivo, un gasto neto de 51 táleros y 24 groschen de plata. El 10 de mayo se vendió el tonel de vino por 41 táleros. Hay que observar además que este vino es bueno, que no se vendió por necesidad y que tampoco cayó en manos usureras.» (p. 87.) «El 21 de noviembre se subastaron en el mercado de Bernkastel 3/4 de ohm de vino de 1835 por 14 groschen de plata, catorce groschen de plata, y el 27 del mismo mes 4 ohm con el tonel de un fuder por 11 táleros, y hay que observar además que el pasado día de San Miguel se había comprado el tonel de un fuder por 11 táleros.» (p. 267, ibid.)
Con fecha del 12 de abril de 1836, un anuncio parecido.
Sirvan todavía aquí algunos extractos del año 1837:
«El día 1 de este mes se adjudicó en Kinheim, en subasta pública ante notario, una viña joven de cuatro años, de unas 200 cepas, debidamente rodrigada y en estado normal, a 1½ pfennig la cepa. En el año 1828 la misma cepa costaba allí 5 groschen de plata.» (p. 47.) «Una viuda de Graach hizo vendimiar su cosecha a cambio de la mitad del producto, y por su parte le tocó un ohm de vino, que vendió a cambio de 2 libras de mantequilla, 2 libras de pan y media libra de cebollas.» (en el n.º 37, ibid.) «El día 20 de este mes se subastaron aquí forzosamente 8 fuder de vino del 36 de Graach y de Bernkastel, en parte de los mejores pagos, y 1 fuder de vino del 35 de Graach. Se obtuvieron en total 135 táleros y 15 groschen de plata (con tonel); por tanto, un fuder con otro cuesta unos 15 táleros. Solo el tonel puede haber costado de 10 a 12 táleros. ¿Qué le queda al pobre viñador para sus costes de cultivo? ¿No es posible poner remedio a esta terrible miseria?!! (Remitido)» (n.º 4, p. 30.)
Aquí no se encuentra, pues, más que la narración simple de hechos que, acompañados a veces de un breve epílogo elegíaco, pueden conmover precisamente por su sencillez sin adornos, pero que difícilmente podrían pretender siquiera el carácter de una discusión franca y pública de la situación del Mosela.
Pues bien, si un individuo, y no digamos la parte numerosa de una población, se ve afectado por una desgracia llamativa y aterradora, y nadie habla de la desgracia, nadie la trata como un fenómeno digno de pensarse y de discutirse, tienen que concluir o bien que los demás no pueden hablar, o bien que no quieren hablar, porque tienen por ilusoria la importancia atribuida al asunto. Pero el reconocimiento de su desgracia, esta participación espiritual en ella, es una necesidad incluso para el viñador más inculto, aunque solo fuera porque concluye que, donde todos piensan, muchos hablan, y pronto algunos actuarán. Aunque hubiera estado realmente permitido discutir libre y abiertamente la situación del Mosela, el hecho es que no se hizo, y está claro que el pueblo solo cree en lo real: no en la prensa franca que puede existir, sino en la prensa franca que existe realmente. Si, pues, el habitante del Mosela, antes de la aparición de la Suprema orden de gabinete, había sentido sin duda su miseria y había oído sin duda ponerla en duda, pero no había sabido nada de una prensa pública y franca, y en cambio después de la aparición de esta orden de gabinete vio surgir esta prensa como de la nada, parece que su conclusión de que la orden de gabinete real era la única causa de este movimiento de la prensa, en el que el habitante del Mosela, por las razones expuestas antes, tomó una parte preferente, porque estaba condicionada inmediatamente por una necesidad real, fue por lo menos una conclusión muy popular. Por último, parece que también, aparte de lo popular de esta opinión, un examen crítico llegará al mismo resultado. Las palabras iniciales de la instrucción sobre la censura del 24 de diciembre de 1841, según las cuales
«Su Majestad el Rey se ha dignado desaprobar expresamente toda coacción indebida de la actividad literaria y, reconociendo el valor y la necesidad de una publicidad franca y decorosa…», etc.,
estas palabras iniciales aseguran a la prensa un reconocimiento real especial, es decir, una importancia de Estado. Que una palabra del rey pueda tener efectos tan importantes y fuera saludada por el propio habitante del Mosela como palabra de fuerza mágica, como remedio universal contra todos sus sufrimientos, solo parece poder dar testimonio de los sentimientos auténticamente monárquicos de los habitantes del Mosela y de su gratitud, no medida, sino desbordante.
Rheinische Zeitung, n.º 20, 20 de enero de 1843
Sobre el punto 3. Hemos intentado mostrar que la necesidad de una prensa libre brotaba necesariamente de la peculiaridad de la situación del Mosela. Hemos mostrado además cómo la satisfacción de esta necesidad, antes de la aparición de la Suprema orden de gabinete, habría sido impedida, aunque no por trabas especiales a la prensa, ya por la situación general de la prensa diaria prusiana. Mostraremos, por último, que circunstancias realmente especiales se opusieron hostilmente a una discusión franca y pública de la situación del Mosela. También aquí tenemos que poner de relieve ante todo el punto de vista rector de nuestra exposición y reconocer el poder de las relaciones generales en la voluntad de las personalidades que actúan. En las circunstancias especiales que impidieron una discusión franca y pública de la situación del Mosela no debemos ver otra cosa que la encarnación de hecho y la manifestación visible de las relaciones generales desarrolladas más arriba, a saber: la situación peculiar de la administración respecto de la región del Mosela, la situación general de la prensa diaria y de la opinión pública y, por último, el espíritu político dominante y su sistema. Si estas relaciones eran, como parece, las potencias generales, invisibles y coercitivas de aquella época, apenas hará falta indicar que también tenían que actuar como tales, traducirse en hechos y manifestarse como actos aislados, arbitrarios en apariencia. Quien abandona este punto de vista objetivo se enreda de forma unilateral en sentimientos amargos contra las personalidades en las que se le enfrentó la dureza de las circunstancias de la época.
Entre los impedimentos especiales a la prensa habrá que contar no solo las dificultades de censura aisladas, sino igualmente todas las circunstancias especiales que hacían superflua la censura, porque no dejaban surgir ni siquiera a título de ensayo un objeto de censura. Donde la censura entra en colisiones llamativas, persistentes y duras con la prensa, puede concluirse con bastante seguridad que la prensa ha ganado ya en vitalidad, carácter y seguridad en sí misma, pues solo una acción perceptible produce una reacción perceptible. En cambio, donde la censura no está, porque la prensa no está, aunque exista la necesidad de una prensa libre, y por tanto sujeta a censura, hay que buscar la censura previa en circunstancias que han amedrentado al pensamiento ya en sus formas menos pretenciosas.
No puede ser nuestro propósito dar, ni siquiera aproximadamente, una exposición completa de estas circunstancias especiales; eso sería tanto como querer describir la historia contemporánea desde 1830 en lo que toca a la región del Mosela. Creemos haber cumplido nuestra tarea si demostramos que la palabra franca y pública, en todas sus formas, en la forma del discurso oral, en la forma del escrito, en la forma de la imprenta, tanto de la imprenta aún no censurada como de la imprenta ya censurada, entró en conflicto con impedimentos especiales.
El malhumor y el desánimo, que de por sí quebrantan en una población que sufre miseria esa fuerza moral que exige la discusión pública y franca, se alimentaron en particular con las condenas judiciales, hechas necesarias por múltiples denuncias, «por ofensa a un funcionario en el ejercicio de su cargo o en relación con su cargo».
Un procedimiento de este tipo sigue vivo en el recuerdo reciente de muchos viñadores del Mosela. Un vecino especialmente querido por su bondad dijo en tono de broma a la criada de un consejero de distrito que la noche anterior, en una alegre reunión con motivo de la celebración del cumpleaños del rey, había empinado el codo con aplicación: «Vuestro señor iba anoche un poco achispado.» Por esta inocente frase fue llevado públicamente ante el tribunal correccional de Tréveris, aunque, como se entiende por sí mismo, fue absuelto.
Hemos elegido precisamente este ejemplo porque se le une necesariamente una reflexión sencilla. Los consejeros de distrito son los censores en sus respectivas cabezas de distrito. Pero la administración del consejero de distrito, incluidas las esferas oficiales que le están subordinadas, será el objeto principal, por ser el más cercano, de la prensa local. Y si en general es difícil juzgar en causa propia, sucesos como el mencionado, que documentan una idea enfermizamente irritable de la intangibilidad del cargo oficial, tienen que hacer de la mera existencia de la censura del consejero de distrito un motivo suficiente para la inexistencia de una prensa local franca.
Si vemos, pues, que la palabra oral, desprevenida y sin pretensiones, abre el camino hacia el tribunal correccional, la forma escrita de la palabra libre, la petición, que todavía está muy lejos de la publicidad de la prensa, tiene el mismo resultado correccional. Si allí se opone al lenguaje franco la intangibilidad del cargo oficial, aquí se le opone la intangibilidad de las leyes del país.
Con motivo de una «orden de gabinete» del 6 de julio de 1836, en la que se decía, entre otras cosas, que el rey enviaba a su hijo a la provincia del Rin para que tomara conocimiento de su situación, algunos campesinos del distrito gubernativo de Tréveris se sintieron movidos a pedir a su «diputado en la Dieta» que les redactara una petición para el príncipe heredero.12 Le indicaron al mismo tiempo los distintos puntos de queja. El diputado, para aumentar la importancia de la petición con un mayor número de peticionarios, envió a un mensajero por los alrededores y obtuvo así las firmas de 160 campesinos. La petición decía así:
«Puesto que los abajo firmantes, vecinos del distrito de…, distrito gubernativo de Tréveris, hemos sabido que nuestro buen rey nos envía a Su Alteza Real el príncipe heredero para que tome a pecho nuestra situación, y para ahorrar a Su Alteza Real la molestia de escuchar las quejas de muchos individuos, encargamos por la presente a nuestro diputado en la Dieta, el señor…, que exponga con toda sumisión a Su Alteza Real, el hijo del mejor de los reyes, el príncipe heredero de Prusia:
- Que, si no podemos vender nuestros productos sobrantes, sobre todo el ganado y el vino, nos es imposible pagar los impuestos, demasiado altos en todos los respectos, por lo que se desea una reducción considerable de ellos, ya que de lo contrario dejaremos bienes y hacienda al agente de impuestos, como prueba el anexo; (contiene una orden de pago de un agente de impuestos de 1 tálero imperial, 25 groschen de plata y 5 pfennig).
- Que Su Alteza Real no juzgue nuestra situación por las manifestaciones de innumerables empleados demasiado bien pagados, pensionistas, dietistas, civiles y militares, rentistas y comerciantes, que en las ciudades viven baratos un lujo hecho de nuestros productos tan caídos de precio, cosa que en cambio no se encuentra en la pobre choza del campesino endeudado y es para él un contraste indignante. Donde antes había 27 empleados con 29.000 táleros, ahora hay 63 funcionarios, sin contar los pensionistas, pagados con 105.000 táleros.
- Que nuestros funcionarios municipales sean elegidos directamente por los municipios, como antes.
- Que las oficinas de declaración de aduanas no estén cerradas durante horas a lo largo del día, sino abiertas a todas horas, para que el campesino que sin culpa suya se retrasa unos minutos no tenga que pasar cinco o seis horas, o incluso toda la noche, helándose en la calle o abrasándose de día, ya que el funcionario siempre debe y tiene que estar a disposición del pueblo.
- Que lo que, según el § 12 de la ley del 28 de abril de 1828, renovado por el Boletín Oficial del Real Gobierno del 22 de agosto último, se ha prohibido bajo pena, a saber, arar a menos de 2 pies del borde de la cuneta, se suprima en las carreteras de paso y se permita a los propietarios arar toda su tierra hasta la cuneta de la carretera, para que los camineros no se la roben a sus propietarios.»
De Vuestra Alteza Real los más sumisos súbditos.
(Siguen las firmas.)
Esta petición, que el diputado quería entregar al príncipe heredero, fue recibida por otra parte con la promesa expresa de entregarla a Su Alteza Real. Nunca llegó respuesta; en cambio, los tribunales abrieron un procedimiento contra el diputado como autor de una petición en la que se expresaba una «censura insolente e irrespetuosa contra las leyes del país». A consecuencia de esta acusación, el diputado fue condenado en Tréveris a seis meses de prisión y a las costas, pero el tribunal de apelación modificó esta pena en el sentido de que solo se mantuviera el punto de las costas de la sentencia en cuestión, y ello porque la conducta del inculpado no había estado del todo libre de imprudencia y había dado así lugar al proceso. En cambio, el contenido de la petición misma no se considera en modo alguno punible.
Si se considera que la petición en cuestión, en parte por el fin del viaje del príncipe heredero y en parte por la posición del inculpado como diputado en la Dieta, tenía que convertirse en todo el entorno en un acontecimiento especialmente importante y decisivo y despertar en alto grado la atención pública, sus consecuencias difícilmente habrán provocado una discusión pública y franca de la situación del Mosela, ni habrán hecho verosímiles deseos de las autoridades en ese sentido.
Llegamos ahora al impedimento a la prensa propiamente dicho, la denegación de la censura, que, según las indicaciones anteriores, tenía que ser tan rara como raro era el intento de una discusión de la situación del Mosela capaz de pasar la censura.
A un acta del consejo de regidores,13 en la que, junto a algunas palabras extravagantes, había también algunas francas, la censura del consejero de distrito le denegó el permiso de impresión. La deliberación tuvo lugar en el consejo de regidores, pero el acta del consejo la había redactado el alcalde. Sus palabras iniciales dicen:
«¡Señores! La tierra del Mosela entre Tréveris y Coblenza, entre el Eifel y el Hunsrück, es exteriormente muy pobre, porque vive solo de la viticultura, y a esta los tratados comerciales con Alemania le han dado el golpe de gracia; pero dicha tierra es también pobre espiritualmente», etc.
Que, por último, una discusión pública y franca, cuando había superado todos los obstáculos indicados y llegado excepcionalmente a las columnas de los periódicos, se trató como una excepción y fue anulada después, lo atestigüe igualmente un hecho. Un artículo «sobre la miseria de los viñadores del Mosela, etc.», del profesor de ciencias camerales Kaufmann, de Bonn, publicado hace varios años en la Rhein- und Mosel-Zeitung, fue prohibido por el Real Gobierno después de haber circulado durante tres meses en diversos periódicos, prohibición que todavía hoy sigue de hecho en vigor.
Con esto creo haber respondido suficientemente a la pregunta sobre la relación de la región del Mosela con la orden de gabinete del 10 de diciembre,14 con la instrucción sobre la censura del 24 de diciembre basada en ella y con el movimiento más libre de la prensa desde entonces. Queda por fundamentar mi afirmación: «La situación desoladora de los viñadores se puso en duda en las alturas durante mucho tiempo y su grito de socorro se tuvo por chillido insolente». La frase en cuestión podrá descomponerse en dos partes: «La situación desoladora de los viñadores se puso en duda en las alturas durante mucho tiempo» y: «Su grito de socorro se tuvo por chillido insolente».
La primera frase, creo, no necesitará ya prueba. La segunda frase, «su grito de socorro se tuvo por chillido insolente», no puede interpretarse sin más, como hace el señor presidente superior, a partir de la primera: «Su grito de socorro se tuvo en las alturas por chillido insolente». Sin embargo, también esta interpolación puede valer, siempre que se tomen como equivalentes «en las alturas» y «en instancias oficiales».
Que podía hablarse de un «grito de socorro» de los viñadores no solo en sentido figurado, sino en el sentido propio de la palabra, se habrá desprendido de las comunicaciones anteriores. Que a este grito de socorro, por una parte, se le reprochó su falta de fundamento y se consideró la descripción de la miseria misma como una exageración chillona, nacida de malos motivos egoístas, y, por otra parte, la queja y la súplica de esta miseria se entendieron como «censura insolente e irrespetuosa contra las leyes del país», estas premisas las han probado un informe del gobierno y un procedimiento penal. Que, además, un gritar exagerado, que desconoce la realidad de las cosas, desorbitado por malos motivos y que implica una censura insolente contra las leyes del país, es idéntico a «chillido», y precisamente a «chillido insolente», no debería ser al menos una afirmación traída de lejos o buscada con poca honradez. Que, por último, pudiera ponerse un lado en lugar del otro parece resultar sencillamente como consecuencia lógica.
Signo con el que aparecían en la Rheinische Zeitung las correspondencias del Mosela. La edición de las Werke atribuye a Marx esta respuesta. ↩
La orden de gabinete de Federico Guillermo IV del 10 de diciembre de 1841 y la instrucción sobre la censura del 24 de diciembre, basada en ella, que prometían una censura más tolerante. Marx la había criticado en sus Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana sobre la censura (1842). ↩
Von Schaper, presidente superior (Oberpräsident) de la provincia prusiana del Rin desde 1842. ↩
(Nota de la redacción de la Rheinische Zeitung.) Al confirmar los datos anteriores, observamos al mismo tiempo que las diversas cartas, que se interpretaban mutuamente, hicieron necesaria una recopilación por nuestra parte. ↩
Medida de superficie agraria; el morgen prusiano equivalía a algo más de un cuarto de hectárea. ↩
Medida de capacidad para el vino, de unos mil litros en el Mosela. ↩
La Unión Aduanera alemana (Zollverein), en vigor desde 1834, abrió el mercado prusiano a los vinos de otros Estados alemanes y agravó la crisis de los viñedos del Mosela. ↩
El Landrat, funcionario que dirigía la administración de un distrito (Kreis) prusiano. ↩
David Hansemann (1790-1864), comerciante y banquero de Aquisgrán, portavoz de la burguesía liberal renana; en 1848 fue ministro de Hacienda de Prusia. ↩
El edicto que aplicaba en Prusia los decretos de Karlsbad (1819) contra la prensa y las universidades. ↩
Medida de capacidad para el vino, de unos ciento cincuenta litros. ↩
El futuro Federico Guillermo IV. ↩
El Schöffenrat, consejo municipal de regidores. ↩
De 1841. Véase la nota 2. ↩