Pronunciados por Friedrich Engels en Elberfeld el 8 y el 15 de febrero de 1845, en las reuniones de discusión sobre el comunismo celebradas en la ciudad. Publicados en los Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform («Anales renanos de reforma social»), tomo 1, Darmstadt, 1845, pp. 45-62 y 71-81. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 536-557), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

¡Señores!

Vivimos, como acaban ustedes de oír y como de todos modos puedo suponer que es sabido de todos, en un mundo de libre competencia. Examinemos, pues, un poco más de cerca esta libre competencia y el orden del mundo que ha engendrado. En nuestra sociedad actual cada uno trabaja por su cuenta, cada uno trata de enriquecerse por sí solo y no se preocupa lo más mínimo de lo que hacen los demás; no se habla de una organización racional ni de una distribución de los trabajos, sino que, al contrario, cada uno trata de adelantarse al otro, de explotar la ocasión favorable en su provecho privado, y no tiene ni tiempo ni ganas de pensar que su propio interés coincide en el fondo con el de todos los demás hombres. El capitalista individual está en lucha con todos los demás capitalistas, el obrero individual con todos los demás obreros; todos los capitalistas luchan contra todos los obreros, del mismo modo que la masa de los obreros tiene a su vez que luchar necesariamente contra la masa de los capitalistas. En esta guerra de todos contra todos, en este desorden general y en esta explotación recíproca consiste la esencia de la actual sociedad burguesa.1 Pero una economía tan desordenada, señores, tiene que producir necesariamente a la larga los resultados más funestos para la sociedad; el desorden que le sirve de fundamento, el descuido del verdadero bienestar general, tiene que salir a la luz tarde o temprano de una manera estrepitosa. La ruina de la pequeña clase media, del estamento que constituía la base principal de los Estados del siglo pasado, es la primera consecuencia de esta lucha. Vemos todos los días cómo esta clase de la sociedad es aplastada por el poder del capital; cómo, por ejemplo, los maestros sastres pierden sus mejores clientes en favor de las tiendas de ropa hecha, y los ebanistas en favor de los almacenes de muebles, y de pequeños capitalistas, de miembros de la clase poseedora, se convierten en proletarios dependientes que trabajan por cuenta ajena, en miembros de la clase desposeída. La ruina de la clase media es una consecuencia muy lamentada de nuestra muy alabada libertad de industria; es un resultado necesario de las ventajas que el gran capitalista tiene sobre su competidor menos acaudalado; es la señal de vida más enérgica de la tendencia del capital a concentrarse en pocas manos. Esta tendencia del capital está igualmente reconocida por muchos lados; en general se lamenta que la propiedad se acumule cada día más en manos de unos pocos, mientras que la gran mayoría de la nación se empobrece cada vez más. Así surge la brusca oposición entre unos pocos ricos de un lado y muchos pobres del otro; una oposición que en Inglaterra y en Francia ha llegado ya a un extremo amenazador y que también entre nosotros se agudiza cada día más. Y mientras se mantenga la base actual de la sociedad, será imposible detener este proceso de enriquecimiento de unos pocos individuos y de empobrecimiento de la gran masa; la oposición se irá agudizando más y más, hasta que por fin la necesidad obligue a la sociedad a reorganizarse según principios más racionales.

Pero estas, señores, no son ni con mucho todas las consecuencias de la libre competencia. Como cada uno produce y consume por su cuenta, sin preocuparse mucho de la producción y el consumo de los demás, tiene que producirse muy pronto, necesariamente, una desproporción escandalosa entre la producción y el consumo. Como la sociedad actual confía la distribución de los bienes producidos a los comerciantes, especuladores y tenderos, cada uno de los cuales a su vez solo tiene en cuenta su propio provecho, en el reparto —incluso prescindiendo de la imposibilidad, para el desposeído, de procurarse la parte suficiente—, en el reparto de los productos, digo, se dará la misma desproporción. ¿De qué medios dispone el fabricante para saber cuánto de su producto se necesita en este o aquel mercado y, si pudiera saberlo, cuánto envían a cada uno de esos mercados sus competidores? ¿Cómo va a saber él, que en la mayoría de los casos ni siquiera sabe adónde irá la mercancía que está fabricando, cómo va a saber cuánto suministrarán sus competidores extranjeros a cada uno de esos mercados? No sabe nada de todo eso; fabrica a ciegas, como sus competidores, y se consuela pensando que los demás tienen que hacer lo mismo. No tiene otra guía que el nivel siempre fluctuante de los precios, que en los mercados lejanos, en el momento en que envía su mercancía, es ya muy distinto del que había cuando se escribió la carta que se lo comunicaba, y que en el momento en que la mercancía llega vuelve a ser distinto del que había cuando se envió. Con semejante falta de regla en la producción, es también muy natural que a cada momento se produzcan paralizaciones del intercambio,2 que, naturalmente, tienen que ser tanto más graves cuanto más avanzados estén la industria y el comercio de un país. El país de la industria más desarrollada, Inglaterra, nos ofrece por eso aquí los ejemplos más contundentes. Por el desarrollo del intercambio, por los muchos especuladores y comisionistas que se han interpuesto allí entre los fabricantes que producen y los consumidores reales, al fabricante inglés le resulta todavía mucho más difícil que al alemán enterarse de lo más mínimo sobre la relación de las existencias y de la producción con el consumo; tiene además que abastecer casi todos los mercados del mundo; casi en ningún caso sabe adónde va su mercancía, y así, con la enorme fuerza productiva de la industria inglesa, ocurre muy a menudo que todos los mercados quedan de repente saturados. El intercambio se paraliza, las fábricas trabajan media jornada o nada, se produce una serie de quiebras, las existencias tienen que malvenderse a precios irrisorios, y una gran parte del capital que se había reunido con esfuerzo vuelve a perderse así en una crisis comercial de este tipo. En Inglaterra hemos tenido toda una serie de estas crisis comerciales desde el comienzo de este siglo, y en los últimos veinte años una cada cinco o seis años. Las últimas, las de 1837 y 1842, las recordarán todavía claramente la mayoría de ustedes, señores. Y si nuestra industria fuera tan grandiosa y nuestras salidas tan ramificadas como la industria y el comercio de Inglaterra, viviríamos los mismos resultados, mientras que ahora entre nosotros el efecto de la competencia en la industria y en el intercambio se hace sentir en una depresión general y permanente de todas las ramas de los negocios, en un desdichado estado intermedio entre el florecimiento decidido y la decadencia total, en un estado de ligero estancamiento, es decir, de estabilidad.

Señores, ¿cuál es la verdadera causa de estos males? ¿De dónde nacen la ruina de la clase media, la brusca oposición entre pobres y ricos, las paralizaciones del intercambio y el despilfarro de capital que de ellas resulta? De ninguna otra causa que de la fragmentación de los intereses. Todos trabajamos, cada uno para su propio provecho, sin preocuparnos del bien de los demás, y, sin embargo, es una verdad evidente y que se comprende por sí misma que el interés, el bienestar, la felicidad de cada individuo están indisolublemente unidos a los de sus semejantes. Todos tenemos que reconocer que ninguno de nosotros puede prescindir de sus semejantes, que ya el interés nos ata a todos unos a otros, y, sin embargo, con nuestros actos damos a esta verdad una bofetada en plena cara, y, sin embargo, organizamos nuestra sociedad como si nuestros intereses no fueran los mismos, sino completamente opuestos entre sí. Hemos visto cuáles fueron las consecuencias de este error fundamental; si queremos eliminar estas funestas consecuencias, tenemos que corregir el error fundamental, y eso es precisamente lo que se propone el comunismo.

En la sociedad comunista, donde los intereses de los individuos no se oponen entre sí, sino que están unidos, queda abolida la competencia. No puede hablarse ya, como se comprende por sí mismo, de la ruina de clases determinadas, ni de clases en absoluto, como hoy los ricos y los pobres. En cuanto desaparece, en la producción y distribución de los bienes necesarios para la vida, el lucro privado, el afán del individuo de enriquecerse por su cuenta, desaparecen también por sí mismas las crisis del intercambio. En la sociedad comunista será fácil conocer tanto la producción como el consumo. Como se sabe cuánto necesita un individuo por término medio, es fácil calcular cuánto necesita un número determinado de individuos, y como la producción ya no está entonces en manos de particulares que buscan el lucro, sino en manos de la comunidad y de su administración, es una nimiedad regular la producción según las necesidades.

Vemos, pues, cómo en la organización comunista desaparecen los males principales del estado social actual. Pero si entramos un poco más en el detalle, veremos que las ventajas de semejante organización no se detienen aquí, sino que se extienden también a la eliminación de multitud de otros males, de los que hoy solo quiero mencionar algunos de orden económico. La organización actual de la sociedad es, en el aspecto económico, sin duda la más irracional y menos práctica que podamos imaginar. La oposición de los intereses trae consigo que una gran cantidad de fuerza de trabajo se emplee de un modo del que la sociedad no saca ningún provecho, que una cantidad considerable de capital se pierda inútilmente sin reproducirse. Lo vemos ya en las crisis comerciales; vemos cómo masas de productos, todos ellos elaborados con esfuerzo por hombres, se malvenden a precios que dejan pérdidas al vendedor; vemos cómo por las quiebras masas de capitales, acumulados con esfuerzo, se esfuman en las manos de sus dueños. Pero entremos un poco más en el detalle del intercambio actual. Piensen ustedes por cuántas manos tiene que pasar cada producto antes de llegar a las del consumidor real; piensen, señores, ¡cuántos intermediarios especuladores y superfluos se han interpuesto hoy entre los productores y los consumidores! Tomemos un ejemplo, digamos una bala de algodón que se produce en Norteamérica. La bala pasa de las manos del plantador a las del agente de cualquier estación del Misisipi, y baja por el río hasta Nueva Orleans. Allí se vende —por segunda vez, porque el agente ya se la compró al plantador—, se vende, digamos, al especulador, que a su vez la vende al exportador. La bala va luego, por ejemplo, a Liverpool, donde de nuevo un especulador codicioso alarga las manos hacia ella y se apodera de ella. Este la vende a su vez a un comisionista que compra por cuenta, digamos, de una casa alemana. Así viaja la bala a Róterdam, sube por el Rin, pasa por otra docena de manos de transportistas después de haber sido cargada y descargada una docena de veces, y solo entonces está en manos, no del consumidor, sino del fabricante, que es quien la hace consumible, que vende su hilo quizá al tejedor, este el tejido al estampador, este al mayorista, y este a su vez al minorista, que es quien por fin entrega la mercancía al consumidor. Y todos estos millones de intermediarios, especuladores, agentes, exportadores, comisionistas, transportistas, mayoristas y minoristas, que no hacen nada en la mercancía misma, quieren todos vivir y sacar de ello su ganancia, y la sacan también por término medio, pues de otro modo no podrían subsistir. Señores, ¿no hay un camino más sencillo y más barato para llevar una bala de algodón de América a Alemania y el producto elaborado con ella a manos del consumidor real que este camino tan largo de diez ventas, de cien trasbordos y transportes de un almacén a otro? ¿No es esta una prueba contundente del enorme despilfarro de fuerza de trabajo que trae consigo la fragmentación de los intereses? En la sociedad organizada racionalmente no cabe hablar de un transporte tan complicado. Con la misma facilidad con que se puede saber cuánto algodón o cuántos artículos de algodón necesita una colonia determinada, por no salirnos del ejemplo, le será fácil a la administración central saber cuánto necesitan todas las localidades y municipios del país. Una vez organizada semejante estadística, cosa que puede hacerse fácilmente en uno o dos años, el promedio del consumo anual solo variará en proporción al crecimiento de la población; es, pues, fácil determinar de antemano, en el momento oportuno, qué cantidad de cada artículo requerirán las necesidades del pueblo; se pedirá toda esa gran cantidad directamente en la fuente y se podrá obtener directamente, sin intermediarios, sin más paradas y trasbordos que los que realmente exija la naturaleza de las comunicaciones, y por tanto con un gran ahorro de fuerza de trabajo; no hará falta pagar su ganancia a los especuladores, mayoristas y minoristas. Pero eso no es todo: estos intermediarios no solo dejarán así de ser perjudiciales para la sociedad, sino que incluso se le harán provechosos. Mientras que ahora hacen, en perjuicio de todos los demás, un trabajo que en el mejor de los casos es superfluo y que, sin embargo, les proporciona el sustento y en muchos casos grandes riquezas, mientras que ahora, pues, son directamente perjudiciales para el bien común, entonces tendrán las manos libres para una actividad útil y podrán dedicarse a una ocupación en la que se muestren como miembros reales, y no solo aparentes y fingidos, de la sociedad humana y partícipes de su actividad conjunta.

La sociedad actual, que pone al individuo en enemistad con todos los demás, engendra así una guerra social de todos contra todos, que en algunos individuos, sobre todo en los incultos, tiene que adoptar necesariamente una forma brutal, bárbaramente violenta: la forma del crimen. Para protegerse contra el crimen, contra el acto de violencia abierta, la sociedad necesita un organismo vasto y complicado de autoridades administrativas y judiciales que absorbe una cantidad infinita de fuerzas de trabajo. En la sociedad comunista también esto se simplificaría infinitamente, y precisamente —por extraño que pueda sonar—, precisamente porque en esta sociedad la administración tendría que administrar no solo aspectos aislados de la vida social, sino toda la vida social en todas sus actividades particulares, en todos sus aspectos. Nosotros superamos la oposición del individuo frente a todos los demás; oponemos a la guerra social la paz social; ponemos el hacha en la raíz del crimen y con ello hacemos superflua la mayor parte, con mucho la mayor parte, de la actividad actual de las autoridades administrativas y judiciales. Ya ahora los crímenes pasionales desaparecen cada vez más frente a los crímenes del cálculo, del interés: los crímenes contra las personas disminuyen, los crímenes contra la propiedad aumentan. La civilización en progreso suaviza los estallidos violentos de la pasión ya en la sociedad actual, que vive en pie de guerra; ¡cuánto más en la sociedad comunista y pacífica! Los crímenes contra la propiedad desaparecen por sí mismos allí donde cada uno recibe lo que necesita para satisfacer sus impulsos naturales y espirituales, donde desaparecen las gradaciones y diferencias sociales. La justicia criminal deja de existir por sí misma; la justicia civil, que trata casi exclusivamente de relaciones de propiedad o, al menos, de relaciones que presuponen el estado de guerra social, desaparece igualmente; las disputas solo podrán ser entonces raras excepciones, cuando ahora son la consecuencia natural de la enemistad general, y podrán resolverse fácilmente mediante árbitros. Las autoridades administrativas tienen hoy igualmente en el permanente estado de guerra la fuente de su ocupación: la policía y toda la administración no hacen otra cosa que cuidar de que la guerra siga siendo encubierta, indirecta, de que no degenere en violencia abierta, en crimen. Pero si es infinitamente más fácil mantener la paz que contener la guerra dentro de ciertos límites, también es infinitamente más fácil administrar una comunidad comunista que una comunidad basada en la competencia. Y si ya ahora la civilización ha enseñado a los hombres a buscar su interés en el mantenimiento del orden público, de la seguridad pública, del interés público, y por tanto a hacer lo más superfluos posible la policía, la administración y la justicia, ¡cuánto más ocurrirá esto en una sociedad en la que la comunidad de los intereses se ha elevado a principio fundamental, en la que el interés público ya no se distingue del de cada individuo! Lo que ya existe hoy a pesar de la organización social, ¡cuánto más sucederá cuando la organización social no lo estorbe, sino que lo favorezca! Podemos, pues, contar también por este lado con un aumento considerable de fuerzas de trabajo, que el actual estado social sustrae a la sociedad.

Una de las instituciones más costosas de las que no puede prescindir la sociedad actual son los ejércitos permanentes, que sustraen a la nación la parte más vigorosa y más útil de la población y la obligan a alimentar a esa parte, que de este modo se ha vuelto improductiva. Por nuestro propio presupuesto del Estado sabemos lo que nos cuesta el ejército permanente: veinticuatro millones al año3 y la sustracción a la producción de doscientos mil de los brazos más vigorosos. En la sociedad comunista a nadie se le ocurriría pensar en un ejército permanente. ¿Para qué? ¿Para mantener la tranquilidad interior del país? Como vimos más arriba, a nadie se le ocurrirá perturbar esa tranquilidad interior. El miedo a las revoluciones no es sino la consecuencia de la oposición de los intereses; donde los intereses de todos coinciden, no puede hablarse de semejante miedo. ¿Para una guerra de agresión? ¿Cómo iba a llegar una sociedad comunista a emprender una guerra de agresión, ella, que sabe muy bien que en la guerra no hace más que perder hombres y capital, mientras que a lo sumo puede ganar un par de provincias reacias, que por tanto introducirían una perturbación en el orden social? ¿Para una guerra defensiva? Para eso no hace falta ningún ejército permanente, porque será fácil adiestrar a todo miembro apto de la sociedad, además de sus demás ocupaciones, en el manejo real de las armas, y no de desfile, tanto como sea necesario para la defensa del país. Y piensen además, señores, que el miembro de semejante sociedad, en caso de una guerra, que de todos modos solo podría darse contra naciones anticomunistas, tiene que defender una patria real, un hogar real, y que por tanto luchará con un entusiasmo, una tenacidad y una valentía ante los cuales la instrucción maquinal de un ejército moderno tiene que volar como paja al viento; piensen en los prodigios que hizo el entusiasmo de los ejércitos revolucionarios de 1792 a 1799, que no luchaban más que por una ilusión, por una patria aparente, y tendrán que comprender la fuerza que ha de tener un ejército que se bate, no por una ilusión, sino por una realidad tangible. Estas innumerables masas de fuerzas de trabajo que ahora los ejércitos sustraen a los pueblos civilizados se devolverían, por tanto, al trabajo en una organización comunista; no solo producirían tanto como consumen, sino que podrían entregar a los almacenes públicos muchos más productos de los necesarios para su sustento.

Un despilfarro de fuerzas de trabajo mucho peor todavía se encuentra en la sociedad existente en la manera en que los ricos explotan su posición social. No quiero hablar siquiera del mucho lujo inútil y francamente ridículo, que no tiene otra fuente que el afán de distinguirse y que absorbe multitud de fuerzas de trabajo. Pero entren ustedes, señores, directamente en la casa, en el santuario más íntimo de un rico, y díganme si no es el despilfarro más loco de fuerza de trabajo que aquí se empleen multitud de personas al servicio de una sola y se las ocupe en holgazanear o, todo lo más, en trabajos que tienen su origen en el aislamiento de cada hombre entre sus cuatro paredes. Toda esa multitud de criadas, cocineras, lacayos, cocheros, mozos, jardineros y como se llamen, ¿qué hacen en realidad? ¡Qué pocos momentos del día están ocupados en hacer realmente agradable la vida de sus señores, en facilitarles el libre desarrollo y ejercicio de su naturaleza humana y de sus facultades innatas, y cuántas horas del día están ocupados en trabajos que no tienen otra causa que la mala organización de nuestras relaciones sociales: ir de pie en la trasera del coche, estar al servicio de los caprichos de los señores, llevar en brazos perritos falderos y otras ridiculeces! En la sociedad organizada racionalmente, donde cada uno estará en condiciones de vivir sin tener que servir a los caprichos de los ricos y sin caer en semejantes caprichos, en esa sociedad también la fuerza de trabajo de la servidumbre de lujo, hoy tan despilfarrada, podrá emplearse, naturalmente, en provecho de todos y en el suyo propio.

Otro despilfarro de fuerza de trabajo se produce en la sociedad actual de un modo totalmente directo por la influencia de la competencia, que crea un gran número de obreros sin pan, que querrían trabajar pero no consiguen trabajo. Como la sociedad no está organizada en absoluto para poder tomar nota del empleo real de las fuerzas de trabajo, como se deja a cada uno que se busque una fuente de ingresos, es muy natural que, en el reparto de los trabajos real o aparentemente útiles, cierto número de obreros se quede sin nada. Esto ocurre tanto más cuanto que la lucha de la competencia empuja a cada uno a esforzar al máximo sus fuerzas, a aprovechar todas las ventajas que se le ofrecen, a sustituir fuerzas de trabajo caras por otras más baratas, para lo cual la civilización creciente ofrece cada día más medios; o, en otras palabras, cada uno tiene que esforzarse por dejar sin pan a otros, por desplazar de un modo u otro el trabajo de otros. Así se encuentra en toda sociedad civilizada un gran número de personas sin trabajo, que querrían trabajar pero no encuentran trabajo, y este número es mayor de lo que se suele creer. Encontramos a esta gente prostituyéndose de un modo u otro, mendigando, barriendo calles, apostada en las esquinas, manteniendo a duras penas el alma en el cuerpo con pequeños servicios ocasionales, regateando y vendiendo de puerta en puerta toda clase de mercancías menudas, o, como hemos visto esta noche en un par de pobres muchachas, yendo de lugar en lugar con la guitarra, tocando y cantando por dinero, obligadas a aguantar cualquier interpelación descarada, cualquier pretensión ofensiva, solo por ganar un par de groschen. ¡Cuántos hay, en fin, que caen víctimas de la prostitución propiamente dicha! Señores, el número de estos desheredados, a los que no les queda otro remedio que prostituirse de un modo u otro, es muy grande —nuestras administraciones de beneficencia saben algo de ello—, y no olviden ustedes que la sociedad, a pesar de su inutilidad, los alimenta de todos modos de una manera u otra. Si la sociedad tiene que cargar, pues, con los gastos de su sustento, debería cuidar también de que estos desocupados se ganaran el sustento honradamente. Pero eso es lo que la sociedad actual, basada en la competencia, no puede hacer.

Si piensan ustedes, señores, en todo esto —y yo habría podido citar multitud de otros ejemplos de cómo la sociedad actual despilfarra sus fuerzas de trabajo—, si piensan en ello, verán que la sociedad humana dispone de una sobreabundancia de fuerzas productivas que solo espera una organización racional, una distribución ordenada, para entrar en actividad con el mayor provecho para todos. Podrán juzgar así, señores, cuán poco fundado es el temor de que, con una distribución justa de la actividad social, a cada individuo le correspondiera una carga tal de trabajo que le hiciera imposible toda ocupación con otras cosas. Al contrario, podemos suponer que con semejante organización la jornada de trabajo hoy habitual del individuo se reducirá a la mitad solo con el aprovechamiento de las fuerzas de trabajo que hoy no se emplean en absoluto o se emplean de un modo desventajoso.

Pero las ventajas que ofrece la organización comunista por el aprovechamiento de las fuerzas de trabajo despilfarradas no son todavía las más importantes. El mayor ahorro de fuerza de trabajo está en la unión de las fuerzas individuales en una fuerza social colectiva y en la organización que se basa en esta concentración de las fuerzas que hasta ahora se enfrentaban unas a otras. Voy a atenerme aquí a las propuestas del socialista inglés Robert Owen, porque son las más prácticas y las más elaboradas.4 Owen propone levantar, en lugar de las ciudades y aldeas actuales, con sus casas aisladas que se estorban unas a otras, grandes palacios que, construidos en un cuadrado de unos 1.650 pies de largo y de ancho, encierren un gran jardín y puedan alojar cómodamente a unas dos o tres mil personas.5 Es evidente que semejante edificio, aunque ofrezca a sus habitantes las comodidades de las mejores viviendas actuales, es mucho más barato y más fácil de construir que las viviendas individuales, en su mayor parte peores, que con el sistema actual se necesitan para otras tantas personas. Las muchas habitaciones que hoy están vacías en casi toda casa acomodada o que se usan una o dos veces al año desaparecen sin la menor incomodidad; el ahorro de espacio para despensas, sótanos, etc., es igualmente muy grande. Pero si entramos en el detalle de la economía doméstica, comprenderemos todavía mejor las ventajas de la comunidad. ¡Qué cantidad de trabajo y de material no se despilfarra en la economía actual, fragmentada, por ejemplo en la calefacción! Hay que tener una estufa especial para cada habitación; cada estufa hay que encenderla, mantenerla encendida y vigilarla por separado; el combustible hay que llevarlo a todos esos lugares diferentes y hay que retirar la ceniza. ¡Cuánto más sencillo y más barato no es sustituir esta calefacción aislada por una gran calefacción conjunta, por ejemplo con tubos de vapor y un único centro de calefacción, como ya se hace hoy en los grandes locales de reunión, en las fábricas, en las iglesias, etc.! Además, el alumbrado de gas, que hoy resulta todavía costoso porque incluso las tuberías más delgadas tienen que ir bajo tierra, y porque las tuberías en general, por la gran extensión que hay que alumbrar en nuestras ciudades, han de tener una longitud desproporcionada, mientras que con la organización propuesta todo está concentrado en un espacio de 1.650 pies en cuadro y, sin embargo, el número de llamas de gas encendidas es igual de grande, y el resultado, por tanto, al menos igual de rentable que en una ciudad mediana. Luego, la preparación de las comidas: ¡qué despilfarro de espacio, de material y de fuerza de trabajo en la economía actual, fragmentada, en la que cada familia cocina aparte su poco de comida, tiene su vajilla aparte, toma a su servicio su cocinera aparte, y tiene que ir a buscar aparte sus alimentos al mercado, al huerto, al carnicero y al panadero! Se puede suponer tranquilamente que con una preparación y un servicio comunes de las comidas se ahorrarían dos tercios de las fuerzas de trabajo hoy ocupadas en esta tarea, y que el tercio restante podría hacer, sin embargo, su trabajo mejor y con más esmero que hoy. ¡Y, por último, las tareas domésticas mismas! ¿No será infinitamente más fácil limpiar y mantener en buen estado semejante edificio, si, como aquí es posible, también esta clase de trabajo está organizada y repartida con regularidad, que las doscientas o trescientas casas separadas que con la organización actual serían las viviendas de un número igual de personas?

Estas, señores, son unas pocas de las infinitas ventajas que en el aspecto económico tienen que derivarse de la organización comunista de la sociedad humana. No nos es posible, en unas pocas horas y con pocas palabras, explicarles nuestro principio y fundamentarlo como es debido en todos sus aspectos. Tampoco es esa en absoluto nuestra intención. No podemos ni queremos más que aclarar algunos puntos e inducir a quienes el asunto les es todavía ajeno a estudiarlo. Y al menos esperamos haberles dejado claro esta noche que el comunismo ni repugna a la naturaleza humana, a la razón y al corazón, ni es una teoría que, sin tener en cuenta para nada la realidad, tenga su raíz únicamente en la fantasía.

Se pregunta cómo habría que llevar esta teoría a la realidad, qué medidas tenemos que proponer para preparar su implantación. Hay diversos caminos hacia esta meta; los ingleses empezarán probablemente fundando colonias aisladas y dejando a cada uno que decida si quiere unirse a ellas o no; los franceses, en cambio, prepararán y realizarán probablemente el comunismo por la vía nacional. Cómo empezarán los alemanes, poco puede decirse, dada la novedad del movimiento social en Alemania. Por el momento, de los muchos caminos posibles de preparación solo quiero mencionar uno, del que se ha hablado repetidamente en los últimos tiempos, a saber, la aplicación de tres medidas que han de tener necesariamente como consecuencia el comunismo práctico.

La primera sería una educación general de todos los niños sin excepción a expensas del Estado, una educación que sea igual para todos y dure hasta el momento en que el individuo sea capaz de actuar como miembro independiente de la sociedad. Esta medida no sería más que un acto de justicia para con nuestros hermanos sin recursos, puesto que evidentemente todo hombre tiene derecho al desarrollo completo de sus facultades, y la sociedad peca doblemente contra los individuos cuando hace de la ignorancia una consecuencia necesaria de la pobreza. Es evidente que la sociedad saca más provecho de miembros instruidos que de miembros ignorantes y toscos, y si un proletariado instruido, como es de esperar, no estaría dispuesto a permanecer en la situación oprimida en que se encuentra nuestro proletariado actual, también es cierto que solo de una clase obrera instruida cabe esperar la calma y la reflexión necesarias para una transformación pacífica de la sociedad. Pero que el proletariado sin instrucción tampoco tiene ganas de permanecer en su situación nos lo demuestran, también para Alemania, los disturbios de Silesia y de Bohemia, por no hablar de otros pueblos.

La segunda medida sería una reorganización total de la beneficencia, de modo que todos los ciudadanos sin pan fueran instalados en colonias en las que se les ocupara en trabajos agrícolas e industriales y su trabajo se organizara en provecho de toda la colonia. Hasta ahora los capitales de la administración de beneficencia se han prestado a interés, dando así a los ricos nuevos medios de explotar a los desposeídos. Que por fin se haga trabajar de verdad a esos capitales en provecho de los pobres; que se emplee en los pobres todo el rendimiento de esos capitales, y no solo su tres por ciento de interés; ¡que se dé un gran ejemplo de asociación del capital y el trabajo! De este modo la fuerza de trabajo de todos los que no tienen pan se emplearía en provecho de la sociedad; ellos mismos se convertirían, de paupers desmoralizados y oprimidos, en hombres morales, independientes y activos, y quedarían en una situación que muy pronto parecería envidiable a los obreros aislados y prepararía la reorganización radical de la sociedad.

Para estas dos medidas hace falta dinero. Para reunirlo y para sustituir al mismo tiempo todos los impuestos existentes hasta ahora, injustamente repartidos, el plan de reforma que tenemos delante propone un impuesto general y progresivo sobre el capital, cuyo tipo aumente con la cuantía del capital. De este modo la carga de la administración pública la soportaría cada uno según su capacidad, y no recaería ya, como hasta ahora en todos los países, principalmente sobre los hombros de quienes menos pueden costearla. En el fondo, el principio mismo del impuesto es puramente comunista, puesto que en todos los países el derecho a cobrar impuestos se deriva de la llamada propiedad nacional. Porque, o la propiedad privada es sagrada, y entonces no existe propiedad nacional y el Estado no tiene derecho a cobrar impuestos; o el Estado tiene ese derecho, y entonces la propiedad privada no es sagrada, la propiedad nacional está por encima de la propiedad privada y el verdadero propietario es el Estado. Este último principio es el universalmente reconocido; pues bien, señores, por el momento no pedimos más que se tome en serio este principio, que el Estado se declare propietario general y administre como tal la propiedad pública para el bien público, y que como primer paso para ello implante un modo de imposición que se rija únicamente por la capacidad de cada uno para pagar impuestos y por el verdadero bien público.

Ya ven, pues, señores, que no se pretende implantar la comunidad de bienes de la noche a la mañana y contra la voluntad de la nación, sino que se trata ante todo solo de fijar el fin y los medios y caminos por los que podemos avanzar hacia esa meta. Pero que el principio comunista será el del futuro lo atestiguan la marcha del desarrollo de todas las naciones civilizadas, la disolución, que avanza rápidamente, de todas las instituciones sociales existentes hasta ahora, el sano entendimiento humano y, sobre todo, el corazón humano.

II

¡Señores!

En nuestra última reunión se me reprochó que hubiera tomado mis ejemplos y pruebas casi exclusivamente de países extranjeros, sobre todo de Inglaterra. Se dijo que Francia e Inglaterra no nos importaban, que vivíamos en Alemania y que lo que nos tocaba era demostrar la necesidad y la excelencia del comunismo para Alemania. Al mismo tiempo se nos reprochó no haber demostrado suficientemente, en absoluto, la necesidad histórica del comunismo en general. Esto es muy cierto, y tampoco era posible de otro modo. Una necesidad histórica no puede demostrarse en tan poco tiempo como la congruencia de dos triángulos; solo puede demostrarse estudiando y examinando presupuestos muy amplios. Hoy, sin embargo, quiero hacer lo que esté en mi mano para eliminar estos dos reproches; intentaré demostrar que el comunismo es para Alemania, si no una necesidad histórica, sí una necesidad económica.

Consideremos en primer lugar la situación social actual de Alemania. Que entre nosotros existe mucha pobreza es sabido. Silesia y Bohemia han hablado por sí mismas. De la pobreza de las comarcas del Mosela y del Eifel tenía mucho que contar la Rheinische Zeitung.6 En los Montes Metálicos reina desde tiempo inmemorial una gran miseria continua. No mejor andan las cosas en la Senne y en los distritos linneros de Westfalia.7 De todas las comarcas de Alemania llegan quejas, y tampoco cabe esperar otra cosa. Nuestro proletariado es numeroso y tiene que serlo, como tenemos que reconocer con la consideración más superficial de nuestra situación social. Que en los distritos industriales tiene que haber un proletariado numeroso está en la naturaleza de las cosas. La industria no puede existir sin un gran número de obreros que estén completamente a su disposición, trabajen solo para ella y renuncien a cualquier otro medio de vida; la ocupación industrial, dada la existencia de la competencia, hace imposible cualquier otra ocupación. Por eso encontramos en todos los distritos industriales un proletariado demasiado numeroso, demasiado visible para que se pueda negar. En los distritos agrícolas, en cambio, no existiría proletariado, según se afirma desde muchos lados. Pero ¿es esto posible? En las comarcas donde predomina la gran propiedad territorial, un proletariado así es necesario; las grandes explotaciones necesitan mozos y criadas, no pueden existir sin proletarios. En las comarcas donde la propiedad territorial está parcelada, tampoco puede evitarse la aparición de una clase desposeída; se dividen las fincas hasta cierto grado, y luego cesa la división; y como entonces solo uno de la familia puede hacerse cargo de la finca, los demás no tienen más remedio que hacerse proletarios, obreros desposeídos. Además, la división suele avanzar hasta que la finca es demasiado pequeña para poder alimentar a una familia, y se forma una clase de gente que, como la pequeña clase media de las ciudades, constituye un tránsito de la clase poseedora a la desposeída: su propiedad le impide dedicarse a otra ocupación y, sin embargo, no le permite vivir de ella. También entre esta clase reina una gran miseria.

Que este proletariado tiene que crecer constantemente en número nos lo garantizan el empobrecimiento creciente de las clases medias, del que hablé con detalle hoy hace ocho días, y la tendencia del capital a concentrarse en pocas manos. Hoy no necesito volver sobre estos puntos y solo observo que estas causas, que producen y multiplican sin cesar el proletariado, seguirán siendo las mismas y tendrán las mismas consecuencias mientras exista la competencia. En cualquier circunstancia el proletariado no solo tiene que seguir existiendo, sino también extenderse sin cesar, convertirse en un poder cada vez más amenazador en nuestra sociedad, mientras sigamos produciendo cada uno por su cuenta y en oposición a todos los demás. Pero el proletariado alcanzará algún día un grado de poder y de conciencia en el que ya no soportará el peso de todo el edificio social, que descansa permanentemente sobre sus hombros; en el que exigirá un reparto más equitativo de las cargas y los derechos sociales; y entonces, si la naturaleza humana no cambia hasta ese momento, será inevitable una revolución social.

Esta es una cuestión en la que nuestros economistas no han entrado todavía en absoluto. No se preocupan de la distribución, sino solo de la producción de la riqueza nacional. Pero prescindamos por un momento de que, como acabamos de demostrar, una revolución social es ya en general la consecuencia de la competencia; consideremos las distintas formas en que se presenta la competencia, las distintas posibilidades económicas para Alemania, y veamos cuál tiene que ser la consecuencia de cada una.

Alemania, o, para hablar con más precisión, la Unión Aduanera alemana,8 tiene por el momento un arancel de juste milieu.9 Nuestros aranceles son demasiado bajos para ser verdaderos aranceles protectores y demasiado altos para el librecambio. Así, son posibles tres cosas: o pasamos al librecambio completo, o protegemos nuestra industria con aranceles suficientes, o nos quedamos con el sistema actual. Examinemos cada uno de los casos.

Si proclamamos el librecambio y suprimimos nuestros aranceles, toda nuestra industria, con excepción de unas pocas ramas, queda arruinada. De hilatura de algodón, de tejeduría mecánica, de la mayor parte de las ramas de la industria del algodón y de la lana, de ramas importantes de la industria de la seda, de casi toda la producción y transformación del hierro, no podrá hablarse entonces más. Los obreros que de repente se quedaran sin pan en todas esas ramas serían arrojados en masa a la agricultura y a los restos de la industria; el pauperismo brotaría del suelo por todas partes; la centralización de la propiedad en manos de unos pocos se aceleraría con semejante crisis, y, a juzgar por lo ocurrido en Silesia, la consecuencia de esta crisis sería necesariamente una revolución social.

O bien nos procuramos aranceles protectores. Estos se han convertido últimamente en los niños mimados de la mayoría de nuestros industriales y merecen por ello un examen más detenido. El señor List ha puesto en sistema los deseos de nuestros capitalistas, y a este sistema, que ellos reconocen bastante generalmente como su credo, voy a atenerme.10 El señor List propone aranceles protectores que suban poco a poco hasta llegar a ser lo bastante altos para asegurar a los fabricantes el mercado interior; luego deben mantenerse un tiempo a esa altura y después volver a rebajarse poco a poco, de modo que por fin, al cabo de una serie de años, cese toda protección. Supongamos que se ejecuta este plan y que se decretan los aranceles protectores crecientes. La industria se levantará, el capital todavía ocioso se lanzará a las empresas industriales, la demanda de obreros, y con ella el salario, subirá, los asilos de pobres se vaciarán; se producirá un estado de cosas florecientísimo según todas las apariencias. Esto durará hasta que nuestra industria se haya extendido lo bastante para abastecer el mercado nacional. Más allá no puede extenderse, porque, como no puede sostenerse sin protección en el mercado nacional, mucho menos podrá hacer nada contra la competencia extranjera en los mercados neutrales. Ahora bien, opina el señor List, la industria nacional sería ya lo bastante fuerte para necesitar menos protección, y podría empezar la rebaja. Admitámoslo por un momento. Se rebajan los aranceles. Si no en la primera, con toda seguridad en la segunda o tercera rebaja arancelaria se producirá una reducción tal de la protección que la industria extranjera —digamos claramente la inglesa— podrá competir con la nuestra en el mercado alemán. El propio señor List lo desea. Pero ¿cuáles serán las consecuencias? A partir de ese momento la industria alemana tendrá que soportar también todas las oscilaciones, todas las crisis de la inglesa. En cuanto los mercados de ultramar estén saturados de mercancías inglesas, los ingleses, exactamente como hacen ahora y como el señor List describe con mucha emoción, arrojarán todas sus existencias sobre el mercado alemán, el más cercano accesible, y convertirán así de nuevo la Unión Aduanera en su «almacén de saldos». Luego la industria inglesa se levantará pronto de nuevo, porque tiene el mundo entero por mercado, porque el mundo entero no puede prescindir de ella, mientras que la alemana no es indispensable ni siquiera en su propio mercado, mientras que en su propia casa tiene que temer la competencia de los ingleses y padece la sobreabundancia de las mercancías inglesas arrojadas a sus clientes durante la crisis. Entonces nuestra industria tendrá que apurar hasta las heces todos los malos periodos de la inglesa, mientras que en los periodos brillantes de esta solo podrá tomar una parte modesta; en suma, entonces estaremos exactamente donde estamos ahora. Y, para llegar enseguida al resultado final, entonces se producirá el mismo estado de depresión en que se encuentran ahora las ramas semiprotegidas; entonces cerrará un establecimiento tras otro sin que surjan otros nuevos; entonces nuestras máquinas envejecerán sin que podamos sustituirlas por otras nuevas y mejoradas; entonces el estancamiento se convertirá en retroceso y, según la propia afirmación del señor List, una rama industrial tras otra decaerá y acabará por desaparecer. Pero entonces tendremos un proletariado numeroso, creado por la industria, que ahora no tendrá medios de vida ni trabajo; y entonces, señores, ese proletariado se presentará ante la clase poseedora con la exigencia de que se le dé trabajo y alimento.

Eso ocurrirá si se rebajan los aranceles protectores. Supongamos ahora que no se rebajan, que se mantienen y que se quiere esperar a que la competencia de los fabricantes nacionales entre sí los haga ilusorios, para rebajarlos entonces. La consecuencia será que la industria alemana, en cuanto esté en condiciones de abastecer por completo el mercado nacional, se estancará. No se necesitarán nuevos establecimientos, porque los existentes bastan para el mercado, y en nuevos mercados, como ya se ha dicho, no cabe pensar mientras se necesite protección. Pero una industria cuya extensión no avanza tampoco puede perfeccionarse. Igual que hacia fuera, se vuelve estacionaria hacia dentro. El perfeccionamiento de la maquinaria no existe para ella. Las máquinas viejas no se pueden tirar, y para las nuevas no hay nuevos establecimientos en los que puedan emplearse. Entre tanto, otras naciones avanzan, y el estancamiento de nuestra industria se convierte de nuevo en retroceso. Pronto los ingleses, gracias a su progreso, estarán en condiciones de producir tan barato que podrán competir con nuestra industria atrasada en nuestro propio mercado a pesar del arancel protector; y como en la lucha de la competencia, como en cualquier otra lucha, vence el más fuerte, nuestra derrota final es segura. Entonces se da el mismo caso del que acabo de hablar: el proletariado creado artificialmente exigirá a los poseedores algo que estos, mientras quieran seguir siendo los poseedores exclusivos, no pueden darle, y estalla la revolución social.

Todavía es posible otro caso, a saber, el muy improbable de que los alemanes consigamos, mediante los aranceles protectores, llevar nuestra industria al punto de que pueda competir sin protección con los ingleses. Supongamos que así sea; ¿cuál será la consecuencia? En cuanto empecemos a hacer la competencia a los ingleses en los mercados exteriores neutrales, se entablará una lucha a vida o muerte entre nuestra industria y la inglesa. Los ingleses pondrán en juego todas sus fuerzas para mantenernos alejados de los mercados que hasta ahora abastecían ellos; tienen que hacerlo, porque se les ataca en su fuente de vida, en el punto más peligroso. Y con todos los medios de que disponen, con todas las ventajas de una industria centenaria, conseguirán derrotarnos. Mantendrán nuestra industria limitada a nuestro propio mercado y la harán así estacionaria; y entonces se da el mismo caso que acabamos de exponer: nos quedamos parados, los ingleses avanzan, y nuestra industria, en su decadencia inevitable, no está en condiciones de alimentar al proletariado que ha creado artificialmente; estalla la revolución social.

Pero supongamos que venciéramos a los ingleses también en los mercados neutrales, que les arrebatáramos uno tras otro sus canales de salida: ¿qué habríamos ganado en este caso, prácticamente imposible? En el caso más feliz, recorreríamos de nuevo la carrera industrial que Inglaterra ha recorrido antes que nosotros, y tarde o temprano llegaríamos adonde Inglaterra se encuentra ahora, a saber, a la víspera de una revolución social. Pero con toda probabilidad la cosa no duraría tanto. Con las continuas victorias de la industria alemana, la inglesa quedaría necesariamente arruinada, y el levantamiento en masa del proletariado contra las clases poseedoras, que de todos modos espera a los ingleses, no haría sino acelerarse. La falta de pan, que llegaría rápidamente, empujaría a los obreros ingleses a la revolución, y tal como están ahora las cosas, semejante revolución social tendría una enorme repercusión en los países del continente, sobre todo en Francia y en Alemania, que tendría que ser tanto más fuerte cuanto mayor fuera el proletariado artificial creado en Alemania por la industria forzada. Semejante conmoción se haría enseguida europea y perturbaría muy bruscamente los sueños de nuestros fabricantes sobre un monopolio industrial de Alemania. Pero que una industria inglesa y una alemana puedan existir pacíficamente una al lado de la otra lo hace imposible ya la competencia. Toda industria, lo repito, tiene que avanzar para no quedarse atrás y perecer; tiene que extenderse, conquistar nuevos mercados, ampliarse continuamente con nuevos establecimientos para poder avanzar. Pero como, desde que China está abierta,11 ya no pueden conquistarse nuevos mercados, sino solo explotarse mejor los existentes, y como, por tanto, la extensión de la industria será en el futuro más lenta que hasta ahora, Inglaterra puede tolerar ahora un competidor mucho menos todavía que hasta ahora. Para proteger su industria de la ruina tiene que mantener postrada la industria de todos los demás países; el mantenimiento del monopolio industrial ya no es para Inglaterra una simple cuestión de ganar más o menos, se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. La lucha de la competencia entre naciones es ya de por sí mucho más violenta, mucho más decisiva que la lucha entre individuos, porque es una lucha más concentrada, una lucha de masas, a la que solo puede poner fin la victoria decidida de una parte y la derrota decidida de la otra. Y por eso semejante lucha entre nosotros y los ingleses, sea cual sea su resultado, no sería ventajosa ni para nuestros industriales ni para los ingleses, sino que, como acabo de exponer, solo traería consigo una revolución social.

Hemos visto, pues, señores, lo que Alemania tiene que esperar, en todos los casos posibles, tanto del librecambio como del sistema protector. Solo nos quedaría una posibilidad económica, a saber, el caso de que nos quedáramos con los actuales aranceles de juste milieu. Pero ya hemos visto más arriba cuáles serían sus consecuencias. Nuestra industria tendría que hundirse, una rama tras otra; los obreros industriales se quedarían sin pan y, cuando la falta de pan hubiera llegado a cierto grado, estallarían en una revolución contra las clases poseedoras.

Ven ustedes, pues, señores, confirmado también en detalle lo que expuse al principio en general, partiendo de la competencia en sí: que la consecuencia inevitable de nuestras relaciones sociales existentes será, en todas las condiciones y en todos los casos, una revolución social. Con la misma seguridad con que podemos desarrollar un nuevo teorema a partir de unos principios matemáticos dados, con esa misma seguridad podemos concluir, a partir de las relaciones económicas existentes y de los principios de la economía política, que se avecina una revolución social. Pero examinemos un poco más de cerca esta conmoción: ¿qué forma adoptará, cuáles serán sus resultados, en qué se distinguirá de las conmociones violentas habidas hasta ahora? Una revolución social, señores, es algo completamente distinto de las revoluciones políticas habidas hasta ahora; no se dirige, como estas, contra la propiedad del monopolio, sino contra el monopolio de la propiedad; una revolución social, señores, es la guerra abierta de los pobres contra los ricos. Y semejante lucha, en la que todos los móviles y causas que en los conflictos históricos anteriores actuaban como fundamento oscuro y oculto entran en acción sin disimulo y abiertamente, semejante lucha amenaza, es cierto, con ser más violenta y más sangrienta que todas sus predecesoras. El resultado de esta lucha puede ser de dos clases. O el partido que se subleva ataca solo la apariencia y no la esencia, solo la forma y no la cosa misma, o va a la cosa misma y ataca el mal en su raíz. En el primer caso se dejará subsistir la propiedad privada y solo se la repartirá de otro modo, de manera que subsistirán las causas que han producido el estado actual y que tarde o temprano tienen que volver a producir un estado semejante y una nueva revolución. Pero, señores, ¿es esto posible? ¿Dónde encontramos una revolución que no haya impuesto realmente aquello de lo que partió? La revolución inglesa impuso tanto los principios religiosos como los políticos cuyo combate por parte de Carlos I la había provocado; la burguesía francesa, en su lucha con la nobleza y la vieja monarquía, conquistó todo lo que deseaba y suprimió todos los abusos que la empujaron a la insurrección. ¿Y la insurrección de los pobres iba a descansar antes de haber abolido la pobreza y sus causas? No es posible, señores; suponer algo así iría contra toda la experiencia histórica. Tampoco el grado de instrucción de los obreros, sobre todo en Inglaterra y en Francia, nos permite considerarlo posible. No queda, pues, más que la otra alternativa, a saber, que la futura revolución social irá también a las causas reales de la miseria y la pobreza, de la ignorancia y el crimen, y que, por tanto, impondrá una verdadera reforma social. Y esto solo puede ocurrir mediante la proclamación del principio comunista. Consideren ustedes, señores, las ideas que mueven al obrero en los países donde también el obrero piensa; miren en Francia las distintas fracciones del movimiento obrero y vean si no son todas comunistas; vayan a Inglaterra y oigan qué propuestas se hacen a los obreros para mejorar su situación, y vean si no se basan todas en el principio de la propiedad común; estudien los distintos sistemas de reforma social: ¿cuántos encontrarán que no sean comunistas? De todos los sistemas que todavía tienen hoy importancia, el único que no es comunista es el de Fourier,12 que dirigió su atención más a la organización social de la actividad humana que a la distribución de sus productos. Todos estos hechos justifican la conclusión de que una futura revolución social acabará con la realización del principio comunista, y apenas admiten otra posibilidad.

Si estas conclusiones son correctas, señores, si la revolución social y el comunismo práctico son el resultado necesario de nuestras relaciones existentes, tendremos que ocuparnos ante todo de las medidas con las que podamos prevenir una conmoción violenta y sangrienta de las condiciones sociales. Y para eso no hay más que un medio, a saber, la implantación pacífica del comunismo o, al menos, su preparación. Si no queremos, pues, la solución sangrienta del problema social, si no queremos dejar que la contradicción, cada día mayor, entre la instrucción y las condiciones de vida de nuestros proletarios llegue al extremo en que, según toda nuestra experiencia de la naturaleza humana, la fuerza bruta, la desesperación y la sed de venganza resolverán esa contradicción, entonces, señores, tenemos que ocuparnos seria e imparcialmente de la cuestión social; entonces tenemos que empeñarnos en contribuir con lo que esté en nuestra mano a humanizar la situación de los ilotas modernos. Y si a alguno de ustedes le pareciera quizá que la elevación de las clases hasta ahora rebajadas no puede producirse sin un rebajamiento de sus propias condiciones de vida, hay que pensar que se trata de crear para todos los hombres unas condiciones de vida tales que cada uno pueda desarrollar libremente su naturaleza humana, vivir con sus prójimos en una relación humana y no tenga que temer ninguna sacudida violenta de sus condiciones de vida; hay que pensar que lo que algunos deben sacrificar no es su goce de la vida verdaderamente humano, sino solo la apariencia de goce de la vida que han engendrado nuestras malas condiciones, algo que va contra la propia razón y el propio corazón de quienes disfrutan hoy de esas ventajas aparentes. Tan lejos estamos de querer destruir la vida verdaderamente humana, con todas sus condiciones y necesidades, que, al contrario, lo que deseamos es establecerla de verdad. Y si, aun prescindiendo de esto, quieren ustedes pensar una sola vez a fondo adónde tiene que conducir en sus consecuencias nuestro estado actual, a qué laberinto de contradicciones y desórdenes nos lleva, entonces, señores, encontrarán sin duda que vale la pena estudiar la cuestión social seria y profundamente. Y si consigo moverles a ello, el fin de mi exposición estará plenamente cumplido.

  1. Bürgerliche Gesellschaft: en el uso hegeliano, «sociedad civil»; aquí, por el contexto, la sociedad burguesa de la libre competencia. ↩

  2. Verkehr: el comercio y, en general, el tráfico de mercancías y las comunicaciones; traducimos «intercambio», como en nuestras demás ediciones. ↩

  3. Táleros: Engels se refiere al presupuesto militar de Prusia, a la que pertenecía Elberfeld. ↩

  4. Robert Owen (1771-1858), fabricante y reformador social inglés, fundador del socialismo británico. ↩

  5. Unos 500 metros de lado. ↩

  6. Véanse los artículos de Marx sobre la miseria de los viticultores del Mosela, publicados en la Rheinische Zeitung en enero de 1843: Justificación del corresponsal del Mosela. ↩

  7. La Senne, región de landas al pie del bosque de Teutoburgo, y los distritos de Bielefeld y Ravensberg, donde el tejido a mano del lino se arruinaba ante la competencia de la industria mecánica. ↩

  8. El Zollverein, la unión aduanera de la mayoría de los Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, en vigor desde 1834. ↩

  9. «Justo medio»: la divisa de la política de compromiso de la monarquía de Julio de Luis Felipe, y por extensión cualquier término medio. ↩

  10. Friedrich List (1789-1846), economista, el teórico del proteccionismo alemán; su obra principal es Das nationale System der politischen Ökonomie («El sistema nacional de economía política», 1841). ↩

  11. Tras la primera guerra del opio, el tratado de Nankín (1842) obligó a China a abrir cinco puertos al comercio británico. ↩

  12. Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés. ↩