Escrito por Friedrich Engels en Bruselas en otoño de 1845. Publicado en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núms. 193 y 194, de diciembre de 1845. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 585-590), que corrige una errata de la primera edición, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Telegraph für Deutschland, núm. 193, diciembre de 1845
Hasta mediados del siglo pasado Inglaterra exportaba grano casi todos los años y muy rara vez necesitaba traer este alimento del extranjero. Desde entonces, sin embargo, la cosa se invirtió. Los precios del grano, necesariamente bajos en tales circunstancias, por un lado, y los altos precios de la carne por otro, llevaron a transformar muchas tierras de labor y pastos, mientras que al mismo tiempo la industria, y con ella la población, cobraba con la invención de máquinas importantes un auge nunca conocido hasta entonces. Así, Inglaterra se vio obligada primero a renunciar a su exportación de grano y más tarde a importar ella misma grano del extranjero. La guerra de veinticinco años contra Francia durante la Revolución, que dificultaba las importaciones, obligó a Inglaterra a limitarse más o menos a su propio suelo. Los obstáculos que la guerra ponía a las importaciones tenían los mismos efectos que un arancel protector. Los precios del grano subieron; también la renta de la tierra subió en la mayoría de los casos al doble, y en algunos hasta el quíntuple de su importe anterior. La consecuencia fue que gran parte del suelo recién convertido en pasto volvió a dedicarse al grano. Los terratenientes de Inglaterra, que, dicho sea de paso, se reducen a un par de cientos de lores y unos 60.000 baronets y squires no nobles,1 se vieron arrastrados por este aumento de sus ingresos a una vida pródiga y a una emulación en el lujo a la que muy pronto ni siquiera sus rentas aumentadas bastaron. En poco tiempo pesaban sobre las fincas fuertes deudas. Cuando la paz de 1814 eliminó los obstáculos a la importación, cayeron los precios del grano y los arrendatarios, con sus altos arriendos, ya no podían sacar los costes de producción de su grano, solo quedaban dos salidas posibles: o la rebaja del arriendo por los propietarios de las fincas, o la sustitución del arancel protector de hecho por uno verdadero. Los terratenientes, que además de su dominio en la Cámara de los Lores y en el ministerio tenían todavía (antes de la ley de Reforma)2 un poder bastante ilimitado en la Cámara de los Comunes, eligieron, naturalmente, lo segundo, y en 1815, entre gritos de rabia de las clases medias y del pueblo, que estas aún dirigían entonces, y bajo la protección de las bayonetas, impusieron las leyes cerealistas. La primera ley cerealista, de 1815, prohibía lisa y llanamente la importación de grano mientras su precio en Inglaterra no pasara de 80 chelines el quarter.3 A ese precio y por encima de él, el grano extranjero entraba libremente. Pero esta ley no respondía ni a los intereses de la población industrial ni a los de la agrícola, y en 1822 se modificó algo. Esta modificación, sin embargo, nunca llegó a tener efecto práctico, porque en los años siguientes los precios se mantuvieron siempre bajos y nunca alcanzaron el nivel al que se admitía el grano extranjero. Pese a todas las mejoras de la ley y a las investigaciones de varias comisiones parlamentarias, los arrendatarios no lograban cubrir sus costes de producción, y así Huskisson y Canning4 inventaron por fin la famosa sliding scale o escala móvil, que sus sucesores en el ministerio elevaron a ley.5 Según ella, el arancel de importación subía cuando bajaban los precios del grano en el interior y bajaba cuando subían. Con esto se quería asegurar al arrendatario inglés un precio del grano tan alto y constante que le permitiera pagar cómodamente su elevado arriendo. Pero tampoco esto sirvió de nada. El sistema se hizo cada vez más insostenible; las clases medias, que desde la ley de Reforma dominaban en la Cámara de los Comunes, se pusieron cada vez más en contra de las leyes cerealistas, y sir Robert Peel, apenas un año después de entrar en el ministerio, se vio obligado a rebajar los aranceles.6
Entretanto, la oposición contra las leyes cerealistas se había organizado. La clase media industrial, a la que el encarecimiento del grano obligaba a pagar salarios más altos a sus obreros, decidió hacer todo lo posible por abolir a toda costa estas leyes que le eran odiosas, últimos vestigios de la antigua dominación del interés agrícola, que además facilitaban al extranjero la competencia con la industria inglesa. A finales de 1838, algunos de los primeros fabricantes de Mánchester fundaron una Asociación contra las Leyes Cerealistas, que pronto se extendió por los alrededores y por otros distritos fabriles, adoptó el nombre de Liga contra las Leyes Cerealistas, abrió suscripciones, fundó un periódico (el Anti-Bread-Tax Circular),7 envió de un lugar a otro oradores populares a sueldo y empleó todos los medios de agitación usuales en Inglaterra para alcanzar su fin. Durante sus primeros años de existencia, que coincidieron con cuatro años de estancamiento de los negocios, la Liga contra las Leyes Cerealistas se distinguió por una actitud sumamente violenta. Pero cuando, a comienzos de 1842, el estancamiento se convirtió en una crisis comercial declarada que hundió a la clase trabajadora del país en la miseria más espantosa, la Liga se volvió abiertamente revolucionaria. Su divisa fue la sentencia de Jeremías: «Más dichosos fueron los muertos a espada que los muertos de hambre»;8 su periódico incitaba al pueblo con palabras claras a la rebelión y amenazaba a los terratenientes con «el pico y la antorcha». Sus agitadores ambulantes recorrían todo el país y predicaban en un lenguaje que no le iba a la zaga al del periódico. Los mítines se sucedían, se difundían peticiones y más peticiones al Parlamento, y cuando este abrió sus sesiones, se reunió al mismo tiempo, en la inmediata vecindad del edificio del Parlamento, un congreso de delegados de la Liga. Cuando Peel, pese a todo, no abolió las leyes cerealistas, sino que se limitó a modificarlas, este congreso declaró:
«Que el pueblo ya no tenía nada que esperar del gobierno; que solo debía confiar en sí mismo; que había que parar las ruedas de la máquina del gobierno de una vez y en el acto; que el tiempo de hablar había pasado y había llegado el tiempo de actuar; que se esperaba que el pueblo no quisiera seguir muriéndose de hambre en provecho de una aristocracia sibarita, y que, si nada servía, aún quedaba un medio para obligar al gobierno a ceder; que había que» (declaraba este congreso, compuesto por los primeros fabricantes y los funcionarios municipales de las grandes ciudades fabriles del país) «lanzar al pueblo sobre los distritos agrícolas, que habían engendrado todo el pauperismo; pero que el pueblo no debía ir allí como una manada de humildes paupers, sino como si “tuviera que alojarse en casa de un enemigo mortal”».
Este gran medio de los fabricantes, con el que querían reunir en 24 horas a 500.000 personas en el hipódromo de Mánchester y desencadenar una insurrección contra las leyes cerealistas, consistía en el cierre de sus fábricas.
II
Telegraph für Deutschland, núm. 194, diciembre de 1845
En julio los negocios empezaron a mejorar. Llegaban más pedidos y los fabricantes notaron que la crisis tocaba a su fin. El pueblo, sin embargo, seguía agitado y la miseria era general; si algo había que hacer, era el momento. De pronto, pues, un fabricante de Stalybridge, en un momento en que, por la mejora de los negocios, cabía esperar una subida de los salarios, rebajó el salario de sus obreros, obligándolos así a parar para defender su salario. Los obreros, a quienes de este modo se había dado la señal de la insurrección, pararon todas las fábricas de la ciudad y de sus alrededores, cosa que les resultó fácil, porque los fabricantes (todos miembros de la Anti-Corn-Law League) no les opusieron, contra su costumbre, la menor resistencia. Celebraron asambleas presididas por los propios fabricantes, que procuraban dirigir la atención del pueblo hacia las leyes cerealistas. El 9 de agosto de 1842, cuatro días después del estallido de la insurrección, los obreros marcharon sobre Mánchester, donde no encontraron resistencia alguna y pararon todas las fábricas. El único fabricante que se les opuso era un conservador y enemigo de la Liga. La insurrección se extendió por todos los distritos fabriles;9 en ninguna parte les opusieron resistencia las autoridades municipales (de las que, como es sabido, en tales casos todo depende en Inglaterra), todas ellas miembros de la Liga contra las Leyes Cerealistas. Hasta aquí, a la Liga le salía todo a pedir de boca. Pero había hecho mal un cálculo. El pueblo, al que habían lanzado a la insurrección para arrancar la abolición de las leyes cerealistas, no se preocupaba lo más mínimo de estas leyes. Pedía el salario de 1840 y la Carta del Pueblo.10 En cuanto la Liga se dio cuenta, se volvió contra sus aliados. Todos sus miembros juraron el cargo de special constables11 y formaron un nuevo ejército para aplastar la insurrección, al servicio del gobierno que les era hostil. La insurrección involuntaria del pueblo, que no estaba en absoluto preparado para ella, fue pronto vencida; las leyes cerealistas siguieron en pie como antes, y tanto la clase media como el pueblo salieron con una lección aprendida. La Liga contra las Leyes Cerealistas, para dar una prueba clamorosa de que la insurrección fallida no la había derrotado, abrió en 1843 una nueva gran campaña pidiendo a sus miembros una contribución de 50.000 libras esterlinas, que reunió con creces en el plazo de un año. Reanudó su agitación, pero pronto se vio obligada a buscarse un público nuevo. Siempre presumió de que a partir de 1843 ya no tenía nada que hacer en los distritos fabriles y podía pasar a los agrícolas. Pero la cosa tiene su truco. Después de la insurrección de 1842, ya no podía celebrar asambleas públicas en los distritos fabriles sin que el pueblo furioso, al que tan vergonzosamente había traicionado, la apaleara en el sentido literal de la palabra y la echara de la tribuna entre insultos y abucheos. Si quería, pues, difundir sus doctrinas, se veía obligada a ir a los distritos agrícolas. Allí ha hecho algunos méritos reales, al despertar en los arrendatarios una especie de vergüenza por su dependencia anterior de los terratenientes y abrir la clase agrícola a intereses más generales. En 1844, animada por el éxito de sus suscripciones anteriores, abrió una nueva contribución de 100.000 libras esterlinas. Al día siguiente los fabricantes se reunieron en Mánchester y suscribieron en media hora 12.000 libras esterlinas. En noviembre de 1844 ya se habían reunido 82.000 libras, de las que ya se habían gastado 57.000. Pocos meses después abrieron en Londres una exposición12 que también tuvo que reportar a la Liga sumas enormes. Si preguntamos ahora cuáles han sido los motivos de este movimiento colosal, que desde Mánchester se ha extendido por toda Inglaterra y ha arrastrado consigo a la inmensa mayoría de la clase media inglesa, pero que, lo repetimos, no ha encontrado en la clase obrera ni un átomo de simpatía, reconocemos en primer lugar el interés privado de la clase media industrial y comercial de Gran Bretaña. Para esta clase es de la mayor importancia un sistema que, según cree al menos, le asegura para siempre el monopolio mundial del comercio y de la industria, al permitirle pagar un salario tan bajo como el de sus competidores y explotar toda la ventaja que Inglaterra posee gracias a ochenta años de delantera en la industria moderna. Por este lado, pues, solo la clase media, y no el pueblo, saca ventajas de la abolición de las leyes cerealistas. En segundo lugar, la clase media exige esta medida como ley complementaria de la ley de Reforma. Con la ley de Reforma, que introdujo el censo electoral y abolió el viejo privilegio electoral de ciertos individuos y corporaciones, la clase media poseedora de dinero había llegado en principio al poder; pero en la realidad la clase de los terratenientes conservó todavía un predominio considerable en el Parlamento, pues envía al Parlamento directamente a 143 diputados de los condados e indirectamente a casi todos los diputados de las pequeñas ciudades, y además está representada también por los diputados tories de las ciudades. Esta mayoría del interés agrícola llevó en 1841 al gabinete a Peel y a los tories. La abolición de las leyes cerealistas daría el golpe de gracia al poder político de los terratenientes en la Cámara de los Comunes, es decir, de hecho, en todo el poder legislativo inglés, al hacer a los arrendatarios independientes de los señores de la tierra. Proclamaría al capital poder supremo de Inglaterra; pero al mismo tiempo sacudiría la Constitución inglesa en sus cimientos, despojaría de toda riqueza y de todo poder a un componente esencial del cuerpo legislativo, la aristocracia terrateniente, y tendría así sobre el futuro de Inglaterra una influencia distinta y mayor que muchas otras medidas políticas. Pero vemos de nuevo que tampoco por este lado la abolición de las leyes cerealistas ofrece al pueblo ventaja alguna.
Los baronets tienen un título hereditario, pero no pertenecen a la nobleza ni se sientan en la Cámara de los Lores; los squires son los hacendados rurales sin título. ↩
La ley de Reforma electoral de 1832 (Reform Bill), que dio el voto a buena parte de la clase media. ↩
Medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 290 litros. ↩
William Huskisson (1770-1830), presidente de la Junta de Comercio, y George Canning (1770-1827), ministro de Asuntos Exteriores y en 1827 primer ministro, tories partidarios de suavizar el proteccionismo. ↩
La ley de 1828, aprobada bajo el gobierno del duque de Wellington. ↩
Peel formó gobierno en 1841 y en 1842 rebajó los derechos de la escala móvil. ↩
Circular contra el impuesto sobre el pan, periódico de la Liga, que más tarde se llamó The League. ↩
En realidad, Lamentaciones 4, 9, libro atribuido tradicionalmente a Jeremías. ↩
Es la gran huelga general de agosto de 1842 en los distritos fabriles del norte de Inglaterra, que Engels describe también en La situación de la clase obrera en Inglaterra. ↩
La Carta del Pueblo (People’s Charter, 1838), programa de seis puntos del cartismo, encabezado por el sufragio universal masculino. ↩
Policías auxiliares, ciudadanos juramentados por los jueces de paz para casos de desórdenes. ↩
El gran bazar de la Liga en el teatro de Covent Garden, en mayo de 1845. ↩