Escrito por Friedrich Engels en Bruselas a finales de 1845. Publicado en los Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform, tomo 2 (Belle-Vue, junto a Constanza, 1846), pp. 1-19. Engels traduce al alemán los discursos según la crónica del Northern Star. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 611-624), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
(En celebración de la fundación de la República francesa, el 22 de septiembre de 1792.)
«¿Qué nos importan las naciones? ¿Qué nos importa la República francesa? ¿No están concebidas hace tiempo las naciones? ¿No han recibido todas de nosotros su lugar asignado? ¿No hemos colocado a los alemanes en el departamento teórico, a los franceses en el político, a los ingleses en el de la sociedad civil? ¡Y no digamos la República francesa! ¿Qué hay que celebrar en un estadio de desarrollo superado hace mucho, que se ha superado a sí mismo por sus propias consecuencias? Si queréis contarnos algo de Inglaterra, exponed mejor la fase más reciente en que ha entrado el principio socialista, contadnos si el unilateral socialismo inglés sigue sin comprender cuán por debajo está de nuestra altura de principios, ¡cómo solo puede aspirar al lugar de un momento, y además de un momento superado!»1
Calma, querida Alemania. Las naciones y la República francesa nos importan muchísimo.
La fraternización de las naciones, tal como la lleva a cabo ahora en todas partes el partido extremo, proletario, frente al viejo egoísmo nacional espontáneo y al cosmopolitismo hipócrita, de egoísmo privado, del librecambio, vale más que todas las teorías alemanas sobre el verdadero socialismo.
La fraternización de las naciones bajo la bandera de la democracia moderna, tal como partió de la Revolución francesa y se ha desarrollado en el comunismo francés y en el cartismo inglés, muestra que las masas y sus representantes saben mejor que la teoría alemana qué hora ha dado el reloj.
«¡Pero si no se trata de eso! ¿Quién habla de la fraternización tal como etc., de la democracia tal como etc.? Nosotros hablamos de la fraternización de las naciones en sí y para sí, de la fraternización de las naciones, de la democracia, de la democracia sin más, de la democracia en cuanto tal. ¿Es que habéis olvidado del todo a vuestro Hegel?»
«No somos romanos, fumamos tabaco.» No hablamos del movimiento antinacional que ahora se desarrolla en el mundo; hablamos de la superación de las nacionalidades que se lleva a cabo en nuestra cabeza por medio del pensamiento puro, con ayuda de la fantasía, a falta de hechos. No hablamos de la democracia real, en cuyos brazos se arroja Europa entera y que es una democracia muy particular, distinta de todas las democracias anteriores; hablamos de otra democracia completamente distinta, que es el término medio de la democracia griega, la romana, la americana y la francesa; en suma, del concepto de democracia. No hablamos de las cosas, que pertenecen al siglo XIX y son malas y perecederas; hablamos de las categorías, que son eternas y que existían «antes que los montes fuesen».2 En suma, no hablamos de aquello de que se trata, sino de algo completamente distinto.
Para abreviar: cuando hoy se habla de democracia, de fraternización de las naciones, entre ingleses y franceses y entre aquellos alemanes que participan en el movimiento práctico, que no son teóricos, no hay que pensar en absoluto en algo meramente político. Tales fantasías solo existen ya entre los teóricos alemanes y unos pocos extranjeros que no cuentan. En la realidad estas palabras tienen ahora un sentido social, en el que se disuelve el significado político. Ya la Revolución fue algo muy distinto de la lucha por esta o aquella forma de Estado, como todavía se imagina con bastante frecuencia en Alemania. La relación de la mayoría de las insurrecciones de aquel tiempo con una hambruna, la importancia que tienen ya desde 1789 el abastecimiento de la capital y el reparto de las provisiones, el máximo,3 las leyes contra el acaparamiento de víveres, el grito de guerra de los ejércitos revolucionarios: Guerre aux palais, paix aux chaumières,4 el testimonio de la Carmañola, según la cual el republicano, además de du fer y du cœur, ha de tener también du pain,5 y cien otras exterioridades evidentes prueban ya, aparte de cualquier examen más detenido de los hechos, hasta qué punto la democracia de entonces era algo muy distinto de una mera organización política. Por lo demás, es sabido que la Constitución de 1793 y el Terror partieron del partido que se apoyaba en el proletariado sublevado, que la caída de Robespierre señala la victoria de la burguesía sobre el proletariado, que la conspiración de Babeuf por la igualdad sacó a la luz las últimas consecuencias de la democracia del 93, en la medida en que entonces eran posibles.6 La Revolución francesa fue de principio a fin un movimiento social, y después de ella una democracia puramente política se ha vuelto del todo un absurdo.
La democracia es hoy el comunismo. Otra democracia solo puede existir ya en la cabeza de visionarios teóricos que no se preocupan de los acontecimientos reales y para quienes no son los hombres y las circunstancias los que desarrollan los principios, sino los principios los que se desarrollan a sí mismos. La democracia se ha convertido en principio proletario, en principio de las masas. Las masas podrán tener más o menos clara esta única significación correcta de la democracia, pero todas tienen al menos el sentimiento oscuro de que en la democracia está la igualdad de derechos sociales. Las masas democráticas pueden contarse tranquilamente al calcular las fuerzas comunistas. Y cuando los partidos proletarios de distintas naciones se unen, tienen toda la razón en escribir en sus banderas la palabra «democracia», pues, con excepción de los que no cuentan, en 1846 todos los demócratas europeos son comunistas más o menos conscientes.
La celebración de la República francesa, pese a toda su «superación», está también plenamente justificada para los comunistas de todos los países. En primer lugar, todos los pueblos que fueron lo bastante estúpidos para dejarse usar en la lucha contra la Revolución deben a los franceses una reparación pública, desde que han aprendido a ver qué tontería cometieron por fidelidad de súbditos; en segundo lugar, todo el movimiento social europeo de hoy no es más que el segundo acto de la Revolución, no es más que la preparación del desenlace del drama que comenzó en París en 1789 y que ahora tiene por escenario a toda Europa; en tercer lugar, en nuestra cobarde, egoísta y pordiosera época burguesa, ya es hora de evocar el recuerdo de aquellos grandes años en que todo un pueblo arrojó por un momento toda cobardía, todo egoísmo y toda mezquindad, en que hubo hombres que tuvieron el valor de la ilegalidad, que no retrocedían ante nada y cuya energía de acero consiguió que, del 31 de mayo de 1793 al 26 de julio de 1794, en toda Francia no se atreviera a dejarse ver ningún cobarde, ningún tendero, ningún agiotista, en suma, ningún burgués. Verdaderamente, en un tiempo en que un Rothschild mantiene la paz europea, un Vetter-Köchlin clama por aranceles protectores, un Cobden por el librecambio y un Diergardt predica la redención de la humanidad pecadora por medio de asociaciones para la elevación de las clases trabajadoras,7 verdaderamente, es necesario recordar a Marat y a Danton, a Saint-Just y a Babeuf, el júbilo de las victorias de Jemappes y de Fleurus.8 Si aquel tiempo formidable, aquellos caracteres de bronce no se alzaran todavía sobre nuestro mundo de tenderos, verdaderamente la humanidad tendría que desesperar y arrojarse a discreción en brazos de un Vetter-Köchlin, de un Cobden o de un Diergardt.
Por último, la fraternización de las naciones tiene hoy también, más que nunca, un significado puramente social. Las quimeras de una república europea, de la paz perpetua bajo la organización política, se han vuelto tan ridículas como las frases sobre la unión de los pueblos bajo la égida del librecambio universal; y mientras todos los sentimentalismos quiméricos de este género caen así del todo en desuso, los proletarios de todas las naciones, sin hacer mucho ruido, empiezan ya a fraternizar de verdad bajo la bandera de la democracia comunista. Los proletarios son además los únicos que pueden hacerlo de verdad; pues la burguesía tiene en cada país sus intereses especiales y, como para ella el interés es lo más alto, nunca puede ir más allá de la nacionalidad; y el puñado de teóricos no consigue nada con todos sus bellos «principios», porque dejan que estos intereses contrapuestos, como en general todo lo existente, sigan existiendo tranquilamente, y solo saben hacer frases. Los proletarios, en cambio, tienen en todos los países un mismo interés, un mismo enemigo, una misma lucha por delante; los proletarios, en su gran masa, carecen ya por naturaleza de prejuicios nacionales, y toda su formación y todo su movimiento son esencialmente humanitarios, antinacionales. Solo los proletarios pueden acabar con la nacionalidad; solo el proletariado que despierta puede hacer fraternizar a las distintas naciones.
Los hechos que siguen aportarán la prueba de hecho de todo lo que he dicho aquí.
Ya el 10 de agosto del año pasado se celebró en Londres una fiesta parecida en conmemoración de un triple aniversario: el de la revolución de 1792, el de la proclamación de la Constitución de 1793 y el de la fundación de la «Asociación Democrática» por la fracción más radical del partido inglés del movimiento de 1838-1839.9
Esta fracción más radical se componía de cartistas, de proletarios, como se comprende por sí mismo, pero que preveían con claridad el objetivo del movimiento cartista y se esforzaban por acelerarlo. Mientras que a la masa de los cartistas solo le importaba entonces transferir el poder del Estado a la clase obrera, y pocos habían tenido tiempo de pensar en el uso de ese poder, los miembros de esta asociación, que desempeñó un papel importante en la agitación de entonces, estaban de acuerdo sobre ello: eran ante todo republicanos, y republicanos que proclamaban la Constitución del año 93 como su credo, rechazaban toda relación con la burguesía, incluso con la pequeña, y defendían la tesis de que el oprimido tiene derecho a usar contra su opresor todos los medios que el opresor emplea contra él. Tampoco se quedaron ahí: no solo eran republicanos, sino comunistas, y comunistas irreligiosos. La asociación se deshizo con la agitación revolucionaria de 1838-1839; pero su acción no se ha perdido y ha contribuido mucho a reforzar la energía del movimiento cartista y a desarrollar los elementos comunistas que hay en él. Ya en aquella fiesta del 10 de agosto se proclamaron principios tanto comunistas como cosmopolitas;10 junto a la igualdad política se exigió la igualdad social, y se acogió con entusiasmo un brindis por los demócratas de todas las naciones.
Ya antes se habían hecho en Londres intentos de reunir a los radicales de las distintas naciones; estos intentos habían fracasado unas veces por las divisiones internas de los demócratas ingleses y el desconocimiento que de ellas tenían los extranjeros, otras por las diferencias de principio entre los jefes de partido de las distintas naciones. Tan grande es el obstáculo que la diversidad de nacionalidad pone a toda unión, que hasta los extranjeros establecidos desde hacía años en Londres, por mucho que simpatizaran con la democracia inglesa, apenas sabían nada del movimiento que se desarrollaba ante sus ojos, del verdadero estado de las cosas, confundían a los burgueses radicales con los proletarios radicales y querían reunir amistosamente en una misma asamblea a los enemigos más declarados. A los ingleses, en parte por esto, en parte por desconfianza nacional, se les llevó a errores parecidos, tanto más fáciles cuanto que el éxito de semejante negociación dependía necesariamente del mayor o menor entendimiento entre unos pocos miembros de comités, puestos a la cabeza, que rara vez se conocían personalmente. En los intentos anteriores estos individuos habían sido elegidos con la peor fortuna posible, y por eso el asunto se dormía cada vez muy pronto. Pero la necesidad de una fraternización así era demasiado viva. Cada intento fallido solo incitaba a un nuevo impulso. Si algunos de los portavoces demócratas de Londres se cansaban del asunto, otros ocupaban su lugar; en agosto pasado hubo de nuevo acercamientos que esta vez no fueron estériles, y una celebración del 22 de septiembre, ya anunciada por otra parte, se aprovechó para declarar públicamente la alianza de los demócratas de todas las naciones residentes en Londres.
En esta asamblea se reunieron ingleses, franceses, alemanes, italianos, españoles, polacos y suizos. También Hungría y Turquía aportaron un hombre cada una al contingente. Las tres grandes naciones de la Europa civilizada, ingleses, alemanes y franceses, llevaron la voz cantante y estuvieron representadas de una manera muy digna. El presidente fue, naturalmente, un inglés, Thomas Cooper «el cartista», que por su participación en la insurrección de 1842 estuvo casi dos años en la cárcel y escribió allí una epopeya al estilo del Childe Harold, muy elogiada por los críticos ingleses.11 El orador principal de la velada por parte inglesa fue George Julian Harney, desde hace dos años corredactor del Northern Star. El Northern Star es el órgano del cartismo fundado por O’Connor en 1837, que desde que lo redactan conjuntamente J. Hobson y Harney se ha convertido en todos los aspectos en uno de los mejores periódicos de Europa; solo sabría ponerle al lado algunos pequeños periódicos obreros de París, en especial L’Union.12 Harney es un verdadero proletario, metido en el movimiento desde su juventud, uno de los principales miembros de la Asociación Democrática de 1838-1839 que he mencionado (presidió la fiesta del 10 de agosto) y, junto con Hobson, sin duda el mejor escritor inglés, cosa que pienso demostrar a los alemanes cuando haya ocasión. Harney tiene completamente claro el objetivo del movimiento europeo y está del todo à la hauteur des principes, aunque no sabe nada de las teorías alemanas sobre el verdadero socialismo. A él le corresponde el mérito principal en la organización de esta fiesta cosmopolita: no ha ahorrado esfuerzos para reunir a las distintas nacionalidades, eliminar los malentendidos y superar las diferencias personales.
El brindis que propuso Harney decía:
«A la memoria solemne de los sinceros y virtuosos republicanos franceses de 1792. Que la igualdad que buscaron, por la que vivieron, trabajaron y murieron, conozca pronto su resurrección en Francia y extienda su reino por toda Europa.»
Harney, recibido con aplausos dos y tres veces repetidos, dijo:
«Hubo un tiempo en que una celebración como la presente nos habría expuesto no solo al desprecio, la burla, el escarnio y la persecución de las clases privilegiadas, sino también a las violencias de un pueblo extraviado e ignorante, de un pueblo que, según las enseñanzas de sus curas y sus gobernantes, veía en la Revolución francesa algo espantoso e infernal, algo que se recuerda con horror y de lo que se habla con aversión. Recordaréis, al menos la mayoría de vosotros, que no hace mucho, en cuanto aquí en nuestra patria se pedía la abolición de una mala ley o la promulgación de una buena, enseguida se alzaba el grito de “¡jacobinos!”. Si se pedía la reforma del Parlamento, la rebaja de los impuestos, la educación nacional o cualquier otra cosa que oliera a progreso, se podía estar seguro de que se volvería a conjurar “la Revolución francesa”, el “reinado del Terror” y todo el resto de aquella fantasmagoría sangrienta, y se exhibiría como es debido para asustar a los niños grandes con calzones y barba que aún no habían aprendido a pensar por sí mismos. (Risas y aplausos.) Ese tiempo ha pasado; sin embargo, dudo que hayamos aprendido ya a leer correctamente la historia de aquella gran revolución. Me sería muy fácil, con ocasión de este brindis, declamar algunos sentimientos seductores sobre la libertad, la igualdad y los derechos del hombre, la coalición de los reyes europeos y las hazañas de Pitt y de Brunswick;13 podría tratar todo esto por extenso, quizá cosechar aplausos por un discurso de lo más liberal, y sin embargo no tocar en absoluto la verdadera cuestión. La gran cuestión real que la Revolución francesa tenía que resolver era la destrucción de la desigualdad y el establecimiento de instituciones que aseguraran al pueblo francés la felicidad de la que las masas han carecido en todos los tiempos hasta hoy. Si juzgamos con esta piedra de toque a los personajes que aparecieron en la Revolución, los valoraremos fácilmente con justicia. Tomad, por ejemplo, a Lafayette como representante del constitucionalismo; es quizá el hombre más honrado y mejor de todo el partido. Pocos hombres gozaron de mayor popularidad que Lafayette. En su juventud fue a América y tomó parte en la lucha americana contra la tiranía inglesa. Conquistada la independencia americana, volvió a Francia, y poco después lo encontramos entre los primeros en la revolución que empezaba ahora en su propio país. Otra vez, en su vejez, lo encontramos como el hombre más popular de Francia, donde después de las tres jornadas se le hace verdadero dictador, depone y nombra reyes con una sola palabra. Lafayette ha gozado en Europa y en América de más favor popular que quizá ninguno de sus contemporáneos; y habría merecido ese favor si en su conducta posterior hubiera sido fiel a su primera actuación revolucionaria. Pero Lafayette nunca fue amigo de la igualdad. (¡Oíd, oíd!) Es verdad que desde el principio renunció a su título y a sus privilegios feudales, y hasta ahí todo iba bien. A la cabeza de la Guardia Nacional, ídolo de la burguesía, dueño incluso de las simpatías de la clase obrera, pasó durante un tiempo por el adalid de la revolución. Pero se detuvo cuando era hora de avanzar. El pueblo vio pronto que con la destrucción de la Bastilla y la abolición de los privilegios feudales, con la humillación del rey y de la aristocracia, no se había conseguido más que aumentar el poder de la burguesía. Pero el pueblo no se contentó con esto (aplausos); exigía libertad y derechos para sí, exigía lo que nosotros exigimos: una igualdad verdadera y completa. (Fuertes aplausos.) Cuando Lafayette vio esto, se hizo conservador, dejó de ser revolucionario. Fue él quien propuso aprobar la ley marcial para legitimar así que se fusilara y acuchillara al pueblo en caso de tumultos, y eso en un momento en que el pueblo sufría una hambruna absoluta; y bajo esa ley marcial dirigió el propio Lafayette la matanza del pueblo cuando este se reunió el 17 de julio de 1791 en el Campo de Marte para pedir a la Asamblea Nacional, tras la fuga del rey a Varennes, que no se repusiera en su puesto a aquel jefe de Estado desertor.14 Más tarde Lafayette se atrevió a amenazar a París con su espada y a los clubes populares con el cierre por la fuerza. Después del 10 de agosto intentó arrastrar a sus soldados a marchar contra París; pero ellos, mejores patriotas que él, se negaron, y entonces huyó y renegó de la revolución. Y, sin embargo, Lafayette fue sin duda el mejor hombre de todos los constitucionales. Pero ni él ni su partido tienen nada que ver con nuestro brindis, porque no eran republicanos ni siquiera de nombre. Pretendían reconocer la soberanía del pueblo mientras dividían a ese pueblo en ciudadanos activos y no activos y limitaban el derecho de voto a los contribuyentes, a los que llamaban ciudadanos activos.15 En suma, Lafayette y los constitucionales eran meros whigs, poco o nada mejores que la gente que nos ha tomado el pelo con la ley de Reforma. (Aplausos.) Después de ellos vienen los girondinos, y estos son los que suelen hacerse pasar por los “sinceros y virtuosos republicanos”. No puedo compartir esta opinión. No podemos negarles el tributo de nuestra admiración por su talento, por la elocuencia que distinguía a los jefes de este partido y a la que se unía en algunos, como Roland, una integridad inquebrantable; en otros, como la señora Roland, un sacrificio heroico; en otros aún, como Barbaroux, un entusiasmo ardiente.16 Y no podemos, al menos a mí me pasa, leer sin honda emoción la muerte espantosa y prematura de la señora Roland o del filósofo Condorcet. Pero con todo eso, los girondinos no eran la gente de la que el pueblo podía esperar su redención de la esclavitud social. Que había entre ellos gente honrada, no se duda ni un momento; que eran sinceros en sus convicciones, puede admitirse. Que muchos de ellos eran más ignorantes que culpables, quizá podamos creerlo, aunque solo de los que perecieron; pues si tuviéramos que juzgar a todo el partido por los que sobrevivieron al llamado reinado del Terror, nos veríamos obligados a concluir que nunca existió una banda más vil. Estos girondinos supervivientes ayudaron a destruir la Constitución de 1793, introdujeron la Constitución aristocrática de 1795, conspiraron con otras fracciones aristocráticas para exterminar a los verdaderos republicanos y ayudaron por fin a poner a Francia bajo el despotismo militar del usurpador Napoleón. (¡Oíd, oíd!) La elocuencia de los girondinos ha sido muy alabada; pero nosotros, demócratas inquebrantables, no podemos admirarlos solo porque fueran elocuentes; de hecho, si tuviéramos que obrar así, tendríamos que conceder los más altos honores al comprado y aristocrático Mirabeau.17 Cuando el pueblo, alzado por la libertad, rompiendo las cadenas de mil cuatrocientos años de esclavitud, dejó sus moradas para lanzarse contra los conspiradores del interior y los ejércitos invasores en las fronteras, necesitaba algo más que los discursos elocuentes y las teorías bien tejidas de la Gironda para sostenerse. “Pan, acero e igualdad”, pedía el pueblo (aplausos): pan para sus familias hambrientas, acero contra las cohortes del despotismo, igualdad como fin de su trabajo y recompensa de sus sacrificios. (Fuertes aplausos.) Los girondinos, en cambio, solo veían en el pueblo, por decirlo con Thomas Carlyle, “masas explosivas con que se hacen saltar Bastillas”,18 que se usan como herramientas y se tratan como esclavos. Vacilaban entre la monarquía y la democracia, intentaban en vano engañar a la justicia eterna con un arreglo. Cayeron, y su caída fue merecida. Los hombres de energía los pisotearon, el pueblo los barrió. De las distintas fracciones del partido de la Montaña, solo Robespierre y sus amigos me parecen dignos de mención. (Grandes aplausos.) La gran masa de la Montaña se componía de bandidos que solo se preocupaban de atrapar para sí el botín de la revolución y a quienes nada importaba el pueblo, cuyo trabajo, sufrimientos y valor habían llevado a cabo la revolución. Estos desesperados, que durante un tiempo usaron el lenguaje de los amigos de la igualdad y lucharon con ellos contra los constitucionales y los girondinos, se mostraron a su verdadera luz, como enemigos mortales declarados de la igualdad, en cuanto llegaron al poder. Este partido derribó y asesinó a Robespierre y llevó a la muerte a Saint-Just, a Couthon y a todos los amigos de aquel legislador incorruptible. No contentos con haber aniquilado a los amigos de la igualdad, estos asesinos acumularon además sobre sus nombres las calumnias más infames y no vacilaron en acusar a sus víctimas de los crímenes que ellos mismos habían cometido. Sé que todavía no está de moda (unfashionable) ver en Robespierre otra cosa que un monstruo, pero creo que se acerca el día en que se tendrá una opinión muy distinta del carácter de este hombre extraordinario. No quiero divinizar a Robespierre ni tenerlo por perfecto; pero siempre me ha parecido uno de los muy pocos jefes revolucionarios del pueblo que reconocieron y emplearon los medios necesarios para extirpar la injusticia política y social. (Grandes aplausos.) No tengo tiempo de hablar del carácter del inflexible Marat, de Saint-Just, esa brillante encarnación de la caballerosidad republicana; tampoco tengo tiempo de enumerar las excelentes medidas legislativas que distinguieron el enérgico gobierno de Robespierre. Llegará el día, repito, en que se haga justicia a su nombre. (Aplausos.) Para mí, la prueba más fuerte del verdadero carácter de Robespierre está en el pesar general que sintieron por él los demócratas sinceros que le sobrevivieron, también aquellos que, desconociendo sus intenciones, se habían dejado llevar a apresurar su caída, pero que, cuando ya era demasiado tarde, se arrepintieron amargamente de su locura. Babeuf fue uno de ellos, el autor de la famosa conspiración que lleva su nombre. Esta conspiración tenía por fin el establecimiento de una verdadera república en la que el egoísmo del individualismo fuera desconocido (aplausos), en la que la propiedad privada y el dinero, raíz de todos los males, dejaran de existir (aplausos), en la que la felicidad de todos se basara en el trabajo común y en el disfrute igual de todos. (Grandes aplausos.) Estos hombres gloriosos persiguieron su glorioso fin hasta la muerte. Babeuf y Darthé sellaron con su sangre su convicción, y Buonarroti perseveró a través de años de cárcel, privaciones y vejez en la defensa de los grandes principios que esta noche nos atrevemos a proclamar.19 Debo mencionar además a los heroicos diputados Romme, Soubrany, Duroy, Duquesnoy y sus compañeros, que, condenados a muerte por los traidores aristocráticos de la Convención, se dieron muerte a sí mismos, en presencia y para desafío de sus asesinos, con un solo puñal que pasaba de mano en mano.20 Basta sobre la primera parte de nuestro brindis. La segunda requiere pocas palabras por mi parte, pues de ella hablarán mejor los demócratas franceses aquí presentes. Que los principios de la igualdad conocerán una resurrección gloriosa no admite duda; de hecho, ya la han conocido, no solo en la forma del republicanismo, sino también en la del comunismo; pues, por lo que sé, toda Francia está cubierta ahora de sociedades comunistas; pero dejo que lo desarrolle mi amigo el doctor Fontaine y sus compatriotas. Me alegra mucho que estén presentes estos honorables demócratas. Esta noche podrán convencerse con sus propios sentidos de lo absurdo de las diatribas del partido francés de la guerra contra el pueblo inglés. (Aplausos.) Rechazamos lejos de nosotros esas antipatías nacionales; despreciamos, nos repugnan esos cebos y señuelos bárbaros, como “enemigos naturales”, “enemigo hereditario” y “gloria nacional”. (Fuertes aplausos.) Odiamos todas las guerras, salvo aquellas a que un pueblo se ve obligado contra la opresión interior y la invasión extranjera. (Aplausos.) Más aún: rechazamos la palabra “extranjero”: no debe existir ya en nuestro diccionario democrático. (Grandes aplausos.) Podremos pertenecer a la sección inglesa, francesa, italiana o alemana de la familia europea, pero “la joven Europa” es nuestro nombre común, y bajo su bandera marchamos juntos contra la tiranía y la desigualdad.» (Aplausos prolongados y entusiastas.)
Después de que un comunista alemán21 cantara la Marsellesa, Wilhelm Weitling propuso el segundo brindis:
«Por la joven Europa. Que los demócratas de todas las naciones, desechando los celos y las antipatías nacionales del pasado, se unan en una falange fraternal para destruir la tiranía y lograr el triunfo universal de la igualdad.»
Weitling, recibido con mucho entusiasmo, leyó, puesto que no habla inglés con soltura, el siguiente discurso:
«¡Amigos! Esta asamblea es un testimonio de ese sentimiento común que arde en el pecho de todo hombre, del sentimiento de la fraternidad universal. ¡Sí! Aunque, a consecuencia de nuestra educación, usemos sonidos distintos para comunicarnos este sentimiento común; aunque el intercambio de este sentimiento se vea estorbado por las diferencias de lengua; aunque nuestros adversarios comunes reúnan y empleen miles de prejuicios para impedir más que para favorecer un mejor entendimiento, una fraternidad universal, a pesar de todo, a pesar de todos estos obstáculos, no se puede extirpar este sentimiento poderoso y amoroso (aplausos), este sentimiento que atrae al que sufre hacia su compañero de sufrimientos y al que lucha por una situación mejor hacia su compañero de lucha. (Aplausos.) También fueron nuestros compañeros de lucha aquellos cuya revolución celebramos esta noche; también a ellos los animaban las mismas simpatías que nos reúnen y que quizá nos lleven a una lucha semejante y, esperémoslo, más afortunada. (Fuertes aplausos.) En tiempos de agitación, cuando los privilegios de nuestros enemigos del interior corren gran peligro, estos se esfuerzan por desviar nuestros prejuicios más allá de las fronteras de nuestra patria natural y hacernos creer que la gente del otro lado es hostil a nuestro interés común. ¡Qué engaño! Si reflexionamos con calma sobre la cuestión, vemos muy pronto que nuestros enemigos más cercanos están entre nosotros mismos, en nuestro propio seno. (¡Oíd, oíd!, y aplausos.) No es al enemigo de fuera al que hemos de temer: a ese pobre enemigo se le trata como a nosotros; como nosotros, tiene que trabajar para miles de inútiles; como nosotros, toma las armas contra cualquier sociedad de hombres porque le obligan el hambre y la ley, porque le incitan sus pasiones alimentadas por la ignorancia. Los gobernantes de las naciones nos dicen que nuestros hermanos son crueles y rapaces; pero ¿quién es más rapaz que quienes nos gobiernan, que nos hacen instruir en las armas, que por sus propios privilegios nos incitan a la guerra y nos llevan a ella? (Aplausos.) ¿Es de verdad nuestro interés común lo que hace necesaria la guerra? ¿Está en el interés de las ovejas luchar, conducidas por lobos, contra otras ovejas conducidas también por lobos? (Fuertes aplausos.) Ellos mismos son nuestros enemigos más rapaces; nos han quitado todo lo que era nuestro para despilfarrarlo en placeres y desenfreno. (Aplausos.) Nos quitan lo que es nuestro, pues todo lo que despilfarran lo hemos producido nosotros y debería pertenecer a quienes lo producen, a sus mujeres y a sus hijos, a sus ancianos y a sus enfermos. (Fuertes aplausos.) Pero ved cómo con sus astutas mañas se nos roba todo y se reserva para una banda de holgazanes que comen de balde. (Aplausos.) ¿Es posible, pues, que un enemigo extranjero nos robe todavía más que nuestros propios enemigos de casa? ¿Es posible que el extranjero asesine a nuestro pueblo más todavía que nuestros insensibles hombres de dinero, que nos roban con su juego de bolsa, su usura y su especulación, con su sistema monetario y sus bancarrotas, con sus monopolios, sus diezmos y sus rentas de la tierra, que por todos estos medios nos privan de lo más necesario para vivir y causan la muerte de millones de nuestros hermanos trabajadores, a quienes ni siquiera dejan patatas bastantes para sustentar su vida? (Grandes aplausos.) ¿No está entonces bastante claro que quienes lo son todo por el dinero y nada sin el dinero son los verdaderos enemigos de los trabajadores de todos los países, que entre todos los hombres no existen otros enemigos del género humano que los enemigos de los trabajadores? (Aplausos.) ¿Es posible, pues, que en tiempo de una guerra política se nos robe y se nos asesine más de lo que ya ocurre en un llamado tiempo de paz? ¿Hemos de favorecer, pues, los prejuicios nacionales, el derramamiento de sangre y los saqueos solo por la gloria militar? ¿Qué puede ganar nuestro interés con una gloria tan estúpida? (Aplausos.) ¿Qué tenemos que ver con ella, si nuestro interés y nuestros mejores sentimientos se le oponen? (Aplausos.) ¿No tenemos que pagar nosotros los gastos? (Aplausos.) ¿No tenemos que trabajar y sangrar nosotros por ella? (Aplausos renovados.) ¿Qué interés podemos tener en todos estos robos de tierras y derramamientos de sangre, salvo aprovechar tales ocasiones para dar media vuelta y volvernos contra la aristocracia de todas las naciones, que incuba el robo y el asesinato? (Aplausos entusiastas.) Es solo esta aristocracia, siempre esta aristocracia, la que roba y asesina sistemáticamente. Los pobres no son más que sus instrumentos forzados e ignorantes, escogidos en cada nación: los más llenos de prejuicios nacionales, los que querrían ver a todas las naciones sojuzgadas por la suya. Pero traedlos a esta asamblea, y se entenderán y se darán la mano. Si antes de una batalla los defensores de la libertad pudieran hablar a las filas de sus hermanos, no habría batalla; al contrario, se convertiría en una reunión de amigos como la nuestra. ¡Oh, si pudiéramos tener una asamblea así en un campo de batalla, qué pronto acabaríamos con todos esos intereses que nos chupan la sangre y el tuétano y que ahora nos oprimen y saquean! (Fuertes aplausos.) Estas son, amigos, las manifestaciones de ese sentimiento común a todos cuyo calor, concentrado en el foco de la fraternidad universal, enciende un fuego de entusiasmo que pronto derretirá todos los icebergs que obstruyen el paso y que durante demasiado tiempo han mantenido separados a los hermanos.» (Weitling volvió a ocupar su asiento entre largos aplausos.)
El doctor Berrier-Fontaine, viejo republicano que ya en los primeros años de la dominación burguesa había desempeñado un papel en París en la Société des droits de l’homme, que en 1834 se vio implicado en el proceso de abril y en 1835 se fugó de Sainte-Pélagie con los demás acusados (véase la Historia de diez años de Louis Blanc),22 que más tarde avanzó con el desarrollo ulterior del partido revolucionario en Francia y mantiene una relación amistosa con el père Cabet,23 el doctor Berrier-Fontaine, pues, habló después de Weitling. Fue recibido con un aplauso tempestuoso y dijo:
«¡Ciudadanos! Mi discurso tiene que ser forzosamente breve, porque no hablo muy bien inglés. Me causa un placer indecible ver que los demócratas ingleses celebran la República francesa. Estoy de todo corazón de acuerdo con los nobles sentimientos que ha expresado el señor Julian Harney. Os aseguro que el pueblo francés no piensa considerar enemigo suyo al pueblo inglés. Si algunos periodistas franceses escriben contra el gobierno inglés, no escriben contra el pueblo inglés. El gobierno de Inglaterra es odiado en toda Europa porque no es el gobierno del pueblo inglés, sino el de la aristocracia inglesa. (Aplausos.) Los demócratas franceses, lejos de ser enemigos del pueblo inglés, desean, al contrario, fraternizar con él. (Fuertes aplausos.) Los republicanos de Francia no lucharon solo por Francia, sino por toda la humanidad; se esforzaron por establecer la igualdad y extender sus beneficios por el mundo entero. (Grandes aplausos.) Declararon hermanos suyos a toda la humanidad y solo combatieron contra las aristocracias de las otras naciones. (Aplausos.) Puedo aseguraros, ciudadanos, que los principios de la igualdad han resucitado ya a una vida nueva. El comunismo avanza a pasos de gigante por toda Francia. Las asociaciones comunistas se extienden por todo el país, y espero que pronto veremos una gran confederación de los demócratas de todas las naciones que asegure el triunfo del comunismo republicano a lo largo y a lo ancho de Europa.» (El doctor Fontaine volvió a ocupar su asiento entre repetidas muestras de aprobación.)
Después de que el brindis por la «joven Europa» fuera acogido con tres sonoros cheers y «un cheer más», se brindó todavía por Thomas Paine,24 por los demócratas caídos de todos los países, luego por los de Inglaterra, Escocia e Irlanda, por los cartistas deportados Frost, Williams, Jones y Ellis,25 por O’Connor, Duncombe26 y los demás propagandistas de la Carta, y por último se dieron tres cheers por el Northern Star; se cantaron canciones democráticas en todas las lenguas (solo la alemana no la encuentro mencionada) y la fiesta terminó con el espíritu más fraternal.
Aquí tenemos una asamblea de más de mil demócratas de casi todas las naciones europeas, que se habían reunido para celebrar un acontecimiento aparentemente ajeno a todo comunismo, la fundación de la República francesa. No se había tomado ninguna disposición para llevar a un público determinado; nada indicaba que fuera a decirse otra cosa que lo que los cartistas de Londres entienden por democracia. Podemos, pues, suponer que la mayoría de la asamblea representaba con bastante exactitud a la masa de los proletarios cartistas de Londres. Y esta asamblea acogió con entusiasmo unánime los principios comunistas, la palabra misma de comunismo. El mitin cartista fue una fiesta comunista, y, como reconocen los propios ingleses, «no se había visto en Londres desde hacía años un entusiasmo como el que reinó aquella noche».
¿Tengo razón cuando digo que la democracia es hoy el comunismo?
F. Engels
Engels remeda la jerga hegeliana de los «verdaderos socialistas» alemanes: «superar» (überwinden, aufheben), «momento» superado del desarrollo del concepto. ↩
Salmo 90, 2. ↩
Las leyes del máximo de 1793, que fijaban precios máximos para los granos y los artículos de primera necesidad. ↩
«Guerra a los palacios, paz a las cabañas». La fórmula, atribuida a Chamfort, dice más a menudo châteaux, «castillos». ↩
«Hierro», «corazón» y «pan». La Carmañola, canción revolucionaria de 1792, pregunta qué le hace falta al republicano. ↩
La Conspiración de los Iguales, dirigida por Gracchus Babeuf y descubierta en 1796. ↩
James de Rothschild, banquero de París; Vetter-Köchlin alude a la familia de industriales alsacianos Koechlin, proteccionistas; Richard Cobden, jefe de la Liga contra las Leyes Cerealistas; Friedrich Diergardt, fabricante renano de sedas, promotor de las asociaciones filantrópicas para el bien de las clases trabajadoras fundadas en Prusia en 1844. ↩
Victorias de los ejércitos revolucionarios franceses sobre los austriacos en 1792 (Jemappes) y 1794 (Fleurus). ↩
La London Democratic Association, fundada en 1837 por Harney y otros cartistas del ala revolucionaria; se disolvió en 1839. ↩
Según la versión alemana de la MEW, «cosmopolita» significa aquí y más abajo «libre de estrechez y de prejuicios nacionales». ↩
Thomas Cooper (1805-1892), zapatero y escritor cartista; en la cárcel de Stafford escribió The Purgatory of Suicides (1845), poema en la estrofa del Childe Harold de Byron. ↩
George Julian Harney (1817-1897) y Joshua Hobson (1810-1876), redactores del Northern Star, fundado por Feargus O’Connor en Leeds. L’Union era un periódico mensual de obreros de París. ↩
William Pitt el Joven, primer ministro británico, alma de las coaliciones contra la Francia revolucionaria; el duque de Brunswick, jefe de los ejércitos austroprusianos, amenazó en 1792 con arrasar París. ↩
La ley marcial se votó en octubre de 1789. El 17 de julio de 1791 la Guardia Nacional mandada por Lafayette disparó contra la multitud reunida en el Campo de Marte para firmar una petición contra el rey. ↩
La Constitución de 1791 reservaba el voto a los «ciudadanos activos», los que pagaban un mínimo de impuestos. ↩
Jean-Marie Roland, ministro del Interior en 1792; su esposa, Manon Roland, inspiradora de los girondinos, guillotinada en noviembre de 1793; Charles Barbaroux, diputado de Marsella, guillotinado en 1794. Condorcet, proscrito con los girondinos, murió en prisión en 1794. ↩
Mirabeau, el gran orador de la Asamblea Constituyente, recibía en secreto dinero de la corte. ↩
Thomas Carlyle, The French Revolution (1837). ↩
Babeuf y Augustin Darthé fueron ejecutados en mayo de 1797. Filippo Buonarroti (1761-1837), su compañero, contó la conspiración en Conspiration pour l’égalité dite de Babeuf (1828). ↩
Los «mártires de pradial»: los diputados montañeses condenados por haber apoyado la insurrección popular de pradial del año III (mayo de 1795). ↩
Según la MEW, Joseph Moll, relojero, uno de los dirigentes de la Liga de los Justos en Londres. ↩
Tras las insurrecciones de abril de 1834 en Lyon y París, los republicanos de la Société des droits de l’homme fueron juzgados ante la Cámara de los Pares en el gran «proceso de abril» (1835); varios de ellos se fugaron de la cárcel parisiense de Sainte-Pélagie en julio de 1835. Louis Blanc, Histoire de dix ans, 1830-1840 (1841-1844). ↩
Étienne Cabet (1788-1856), autor del Viaje a Icaria, jefe de la corriente comunista más numerosa de los obreros franceses. ↩
Thomas Paine (1737-1809), autor de Los derechos del hombre, diputado en la Convención francesa. ↩
John Frost, Zephaniah Williams y William Jones, jefes del levantamiento cartista de Newport (1839), y William Ellis, condenado tras la huelga de 1842, deportados a Australia. ↩
Thomas Slingsby Duncombe, diputado radical que presentó en los Comunes la petición cartista de 1842. ↩