Redactada por Marx y Engels en Bruselas y aprobada el 11 de mayo de 1846 en una reunión de comunistas; difundida en mayo de 1846 como circular litografiada. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 3-17), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

En una reunión de los comunistas abajo nombrados, Engels, Gigot, Heilberg, Marx, Seiler, Weitling, v. Westphalen y Wolff,1 se tomaron por unanimidad, con respecto al periódico alemán de Nueva York

«Der Volks-Tribun, redactado por Hermann Kriege»,2

las siguientes resoluciones, fundamentadas en el anexo, con la única excepción de Weitling, «que votó en contra».

Resoluciones:

  1. La tendencia representada por el redactor Hermann Kriege en el Volks-Tribun no es comunista.

  2. La manera pueril y pomposa en que Kriege representa esta tendencia compromete en grado sumo al partido comunista, tanto en Europa como en América, por cuanto se le tiene por el representante literario del comunismo alemán en Nueva York.

  3. La fantástica exaltación sentimental que Kriege predica en Nueva York con el nombre de «comunismo» tiene que obrar sobre los obreros de un modo desmoralizador en grado sumo, en caso de que la adopten.

  4. Las presentes resoluciones, junto con su fundamentación, se comunicarán a los comunistas de Alemania, Francia e Inglaterra.

  5. Se enviará un ejemplar a la redacción del Volks-Tribun con el requerimiento de que haga imprimir estas resoluciones, junto con su fundamentación, en los próximos números del Volks-Tribun.

Bruselas, 11 de mayo de 1846

Engels, Phil. Gigot, Louis Heilberg,
K. Marx, Seiler,
v. Westphalen, Wolff

Sección primera. Conversión del comunismo en sensiblería amorosa

El núm. 13 del Volks-Tribun contiene un artículo: «A las mujeres».

  1. «Las mujeres, sacerdotisas del amor».

  2. «Es el amor el que nos ha enviado».

  3. «Apóstoles del amor».

a) Intermedio literario: «Miradas llameantes de la humanidad», «sones de la verdad».

b) Hipócrita e ignorante captatio benevolentiae de la mujer: «Ni siquiera con el manto de reina ocultáis a la mujer… tampoco habéis aprendido a especular con las lágrimas del desdichado; sois demasiado blandas para dejar que el pobre niño de una madre muera de hambre en provecho vuestro».

  1. «Futuro del niño amado».

  2. «Amadas hermanas».

  3. «Oh, escuchadnos, cometéis una traición al amor si no lo hacéis».

  4. «Del amor».

  5. «Del amor».

  6. «Por el amor».

  7. «La más santa obra de amor que os imploramos» (gimoteamos).

c) Trivialidad literario-bíblica: «La mujer está destinada a dar a luz al Hijo del Hombre», con lo que se hace constar que los hombres no dan a luz hijos.

  1. «Del corazón del amor tiene que desarrollarse el Espíritu Santo de la comunidad».

d) Avemaría episódico: «Benditas, tres veces benditas seáis vosotras, mujeres, que habéis sido escogidas para dar la primera consagración al reino de la bienaventuranza largamente prometido».

  1. «Amadas hermanas».

  2. «En lugar del amor, el odio» (oposición de la sociedad burguesa y la comunista).

  3. «Queridas».

  4. «Elevar el amor al trono».

  5. «Hombres activos en comunidad amorosa».

  6. «Verdaderas sacerdotisas del amor».

e) Paréntesis estético: «si vuestra alma temblorosa no ha olvidado todavía el bello vuelo» (una proeza cuya viabilidad está por demostrar).

  1. «El mundo del amor».

  2. «Reino del odio y reino del amor».

f) Se les hace creer a las mujeres: «Y por eso tenéis también en política una voz de muchísimo peso. No tenéis más que hacer valer vuestra influencia, y todo el viejo reino del odio se derrumba en ruinas para dejar sitio al nuevo reino del amor».

g) Fanfarria filosófica para aturdir la reflexión: «Un goce de sí mismo eternamente sereno de la humanidad entera es el fin último de su actividad».

  1. «Vuestro amor». En esta ocasión se exige a las mujeres que su amor no sea «demasiado pequeño» para «abrazar a todos los hombres con la misma entrega». Exigencia tan indecente como exaltada.

h) Fuga: «Que miles y miles de huérfanos abandonados quedan expuestos al espantoso asesinato de las circunstancias». ¿En qué consiste aquí lo «espantoso»? ¿En que los «huérfanos» asesinan a las «circunstancias», o en que las «circunstancias» asesinan a los «huérfanos»?

i) Revelación de la política neocomunista: «No queremos tocar la propiedad privada de nadie; lo que el usurero ya tiene, que se lo quede; solo queremos impedir que se siga robando el patrimonio del pueblo e impedir que el capital siga privando al trabajo de su legítima propiedad». Este fin ha de alcanzarse del modo siguiente: «Todo pobre se convierte en el acto en un miembro útil de la sociedad humana en cuanto se le da ocasión de ser productivamente activo». (Según esto, nadie adquiere mayores méritos ante la «sociedad humana» que los capitalistas, también los de Nueva York, contra los que Kriege despotrica con tanta violencia). «Pero esa ocasión le queda asegurada para siempre en cuanto la sociedad le da un pedazo de tierra con el que pueda alimentarse con su familia… Si esta inmensa superficie de suelo» (los 1.400 millones de acres3 de tierras públicas americanas) «se sustrae al comercio y se asegura al trabajo en cantidades limitadas, se acaba de un solo golpe con toda la pobreza en América; pues todo el mundo tendrá ocasión de fundarse con sus propias manos un hogar intocable». Cabía esperar que comprendiera que no está en manos de los legisladores frenar por decreto el desarrollo de la situación patriarcal que Kriege desea hacia la situación industrial, ni arrojar de nuevo a la barbarie patriarcal a los Estados industriales y comerciales de la costa este de los Estados Unidos. Para el tiempo en que haya llegado la gloria descrita, Kriege prepara entretanto las siguientes palabras de cura de aldea: «Y entonces podremos enseñar a los hombres a vivir juntos en paz, a aligerarse mutuamente la carga y la fatiga de la vida y a

  1. levantar en la tierra las primeras moradas al cielo del amor» (cada una de 160 acres).

Kriege termina su arenga a las mujeres casadas como sigue: «Dirigíos primero a

  1. los hombres de vuestro amor,
    rogadles que den la espalda a la vieja política… mostradles a sus hijos, conjuradlos en su nombre» (en el de los que no tienen uso de razón) «a entrar en razón». En segundo lugar, a las «doncellas»: «Que para

  2. vuestros enamorados
    la liberación del suelo sea la piedra de toque de su valía humana, y no os fiéis

  3. de su amor
    hasta que se hayan conjurado por la humanidad». (¿Qué quiere decir esto?) Si las doncellas se comportan así, les garantiza que sus hijos

  4. «serán amorosos
    como ellas» (esto es, «como las aves del cielo»), y cierra la cantinela con la repetición de

  5. «verdaderas sacerdotisas del amor», «gran reino de la comunidad» y «consagración».

Núm. 13 del Volks-Trib[un]: «Respuesta a Sollta».

  1. «Él» (el gran espíritu de la comunidad) «llamea como fuego del amor en los ojos del hermano».

  2. «¿Qué es una mujer sin el hombre al que pueda amar, al que pueda entregar su alma temblorosa?».

  3. «Unir a todos los hombres en el amor».

  4. «El amor materno»…

  5. «El amor a los hombres»…

  6. «Todos los primeros sonidos del amor»…

  7. «Los rayos del amor».

k) El fin del comunismo es: «someter toda la vida de la humanidad a sus latidos» (los del corazón sensible).

  1. «El sonido del amor huye ante el tintineo del dinero».

  2. «Con amor y entrega todo puede conseguirse».

Tenemos así, en este solo número, el amor, mal contado, en treinta y cinco figuras. A este babeo amoroso corresponde que Kriege, en la «Respuesta a Sollta» y en otros lugares, presente el comunismo como la amorosa antítesis del egoísmo y reduzca un movimiento revolucionario de alcance histórico universal a un par de palabras: amor-odio, comunismo-egoísmo. A lo mismo pertenece la cobardía con que, más arriba, halaga al usurero prometiéndole dejarle lo que ya tiene, y más abajo asegura que no quiere «destruir», sino «solo realizar», «los entrañables sentimientos de la vida familiar, del terruño, de la nacionalidad». Esta exposición cobarde e hipócrita del comunismo, no como «destrucción», sino como «realización» de las malas relaciones existentes y de las ilusiones que los burgueses se hacen sobre ellas, atraviesa todos los números del Volks-Tribun. A esta hipocresía y esta cobardía corresponde la posición que adopta en las discusiones con los políticos. Considera (núm. 10) un pecado contra el comunismo escribir contra fantaseadores políticos de tinte católico como Lamennais y Börne,4 con lo cual hombres como Proudhon, Cabet, Dézamy,5 en una palabra, todos los comunistas franceses, no son más que gente «que se llama comunista». Que los comunistas alemanes han ido tanto más allá de Börne como los franceses más allá de Lamennais, Kriege habría podido aprenderlo ya en Alemania, en Bruselas y en Londres.

Qué efecto enervante ha de ejercer esta sensiblería amorosa sobre ambos sexos, y qué histeria y qué clorosis en masa ha de provocar en las «doncellas», que lo piense el propio Kriege.

Sección segunda. Economía del Volks-Tribun y su posición ante la Joven América

Reconocemos plenamente la justificación histórica del movimiento de los reformadores nacionales americanos.6 Sabemos que este movimiento persigue un resultado que, si bien de momento favorecería el industrialismo de la sociedad burguesa moderna, como resultado de un movimiento proletario, como ataque a la propiedad de la tierra en general y especialmente en las condiciones existentes en América, tiene que empujar por sus propias consecuencias hacia el comunismo. Kriege, que con los comunistas alemanes de Nueva York se ha sumado al movimiento antirrentista,7 recubre este hecho escueto con sus consabidas frases comunistas y exaltadas, sin entrar nunca en el contenido positivo del movimiento, y demuestra con ello que no ve en absoluto claro el nexo de la Joven América con las condiciones americanas. Además de los pasajes sueltos ya citados de paso, daremos todavía un ejemplo de cómo derrama su entusiasmo por la humanidad sobre una parcelación de la propiedad de la tierra, recortada a la medida agraria y a escala americana.

En el núm. 10, «Lo que queremos», se dice:

«Ellos» —es decir, los reformadores nacionales amer[icanos]— «llaman al suelo la herencia común de todos los hombres… y quieren que el poder legislativo del pueblo tome medidas para conservar como bien común inalienable de la humanidad entera los 1.400 mill[ones] de acres de tierra que aún no han caído en manos de especuladores rapaces».

Para «conservar para la humanidad entera» en su comunidad esta herencia «común», este «bien común» inalienable, adopta el plan de los reformadores nacionales: «poner a disposición de cada campesino, sea del país que sea, 160 acres de tierra americana para su sustento», o, como se dice en el núm. 14, «Respuesta a Conze»:

«De este bien del pueblo todavía intacto nadie podrá tomar en posesión más de 160 acres, y aun estos solo si los cultiva él mismo».

El suelo ha de seguir siendo, pues, «bien común inalienable», y precisamente «de la humanidad entera», por el procedimiento de empezar sin demora a repartirlo; Kriege se figura de paso que podrá prohibir por ley las consecuencias necesarias de este reparto: concentración, progreso industrial, etc. Los 160 acres de tierra le valen como una medida siempre igual, como si el valor de una superficie así no variara según su calidad. Los «campesinos» tendrán que intercambiar, si no su suelo, sí los productos de su suelo, entre ellos y con otros, y cuando la gente haya llegado a ese punto, pronto se verá que un «campesino», aun sin capital, solo por su trabajo y por la mayor productividad originaria de sus 160 acres, rebaja de nuevo al otro a la condición de su criado. Y además, ¿no da lo mismo que sea «el suelo» o los productos del suelo lo que «caiga en manos de especuladores rapaces»?

Tomemos en serio por un momento el regalo de Kriege a la humanidad.

Se han de «conservar como bien común inalienable de la humanidad entera» 1.400 millones de acres. Y a cada «campesino» le han de tocar 160 acres. Según esto puede calcularse cuán numerosa es la «humanidad entera» de Kriege: exactamente 8¾ millones de «campesinos», que como padres de familia representan cada uno una familia de cinco cabezas, o sea, una masa total de 43¾ millones de personas. Podemos calcular igualmente cuánto dura la «eternidad entera» durante la cual «el proletariado, en su calidad de humanidad», puede «reclamar la tierra entera», al menos la de los Estados Unidos. Si la población de los Estados Unidos sigue creciendo en la misma proporción que hasta ahora (es decir, si se duplica en 25 años), esta «eternidad entera» no dura ni 40 años completos; en ese tiempo los 1.400 mill[ones] de acres estarán ocupados y a los que vengan después no les quedará nada que «reclamar». Pero como la liberación del suelo aumentaría mucho la inmigración, la «eternidad» de Kriege podría «acabarse» aún antes.8 Sobre todo si se piensa que tierra para 44 millones no sería ni siquiera una salida suficiente para el pauperismo europeo existente hoy, ya que en Europa uno de cada diez hombres es un pobre de solemnidad y solo las islas británicas aportan 7 millones. Una ingenuidad económica parecida se encuentra en el núm. 13, «A las mujeres», donde Kriege opina que, si la ciudad de Nueva York liberara sus 52.000 acres de Long Island, bastaría para librar a Nueva York «de una vez» y por toda la eternidad de todo pauperismo, miseria y delito.

Si Kriege hubiera concebido el movimiento por la libertad del suelo como una primera forma del movimiento proletario, necesaria en determinadas condiciones, como un movimiento que por la situación vital de la clase de la que parte tiene que desarrollarse necesariamente hasta hacerse comunista; si hubiera mostrado cómo las tendencias comunistas en América tenían que aparecer en un principio bajo esta forma agraria, que parece contradecir todo comunismo, no habría nada que objetar. Pero lo que hace, en cambio, es declarar una forma de movimiento, todavía subordinada, de hombres reales y determinados como causa de la humanidad, presentarla en contra de lo que él mismo sabe como el fin último y supremo de todo movimiento en general, y convertir con ello los fines determinados del movimiento en puro disparate exaltado.

Él, sin embargo, sigue entonando imperturbable su canto triunfal en el mismo artículo (núm. 10):

«Así se cumplirían por fin los viejos sueños de los europeos: se les prepararía a este lado del océano un lugar que no tendrían más que ocupar y fecundar con el trabajo de sus manos para poder gritar con orgullo a todos los tiranos del mundo:

Esta es mi cabaña,
que vosotros no habéis construido;
este es mi hogar,
por cuyo fuego me envidiáis».9

Podría haber añadido: este es mi estercolero, que yo y mi mujer, mi hijo, mi criado, mi criada y mi ganado hemos producido. ¿Qué europeos son esos cuyos «sueños» se cumplen aquí? No los obreros comunistas, sino tenderos y maestros artesanos quebrados o labradores arruinados que aspiran a la dicha de volver a ser en América pequeñoburgueses y campesinos. ¿Y qué «deseo» es el que ha de realizarse con los 1.400 millones de acres? Ningún otro que el de convertir a todos los hombres en propietarios privados, un deseo tan realizable y tan comunista como el de convertir a todos los hombres en emperadores, reyes y papas. Como prueba final de lo que entiende Kriege de los movimientos comunistas y revolucionarios y de las relaciones económicas, quede aquí todavía la frase siguiente:

«Todo hombre debería aprender al menos lo bastante de cada oficio para poder, en caso necesario, arreglárselas solo durante algún tiempo si un destino adverso lo arrancara de la sociedad humana».

Es desde luego mucho más fácil «derramar» «amor» y «entrega» que ocuparse del desarrollo de las relaciones reales y de las cuestiones prácticas.

Sección tercera. Fanfarronadas metafísicas

Núm. 13 del Volks-Trib[un]: «Respuesta a Sollta».

  1. Kriege afirma aquí que «no tiene la costumbre de hacer equilibrios lógicos en la cuerda floja, en el árido desierto de la abstracción». Que, aunque no «lógicamente», sí «baila en una cuerda» trenzada [con] frases filosóficas y beatíficamente amorosas, se ve en cualquier número del Volks-Tribun.

  2. La proposición de que «el hombre individual vive individualmente» (lo que ya es un disparate) la expresa Kriege en el siguiente ilógico «número de cuerda floja»: «mientras el género humano encuentre todavía su representación en individuos»,

  3. dependerá del «agrado» del «espíritu creador de la humanidad», que no existe en ninguna parte, «poner fin al actual estado de cosas».

  4. He aquí el ideal del hombre comunista: «Lleva el sello del género» (¿y quién no lo lleva ya ahora por sí solo?), «determina sus propios fines según los fines del género» (como si el género fuera una persona que pudiera tener fines) «y solo busca pertenecerse por entero a sí mismo para poder entregarse al género con todo lo que es y puede llegar a ser» (completo sacrificio y autohumillación ante una fantástica imagen de niebla).

  5. La posición del hombre individual ante el género se caracteriza también en el siguiente disparate exaltado: «Todos nosotros y nuestra actividad particular no somos más que síntomas del gran movimiento que se opera en lo más hondo de la humanidad». «En lo más hondo de la humanidad»: ¿dónde está eso? Según esta frase, los hombres reales no son más que «síntomas», indicios de un «movimiento» que se opera «en lo más hondo» de un fantasma del pensamiento.

  6. La lucha por la sociedad comunista la convierte este cura de aldea en «la búsqueda de aquel gran espíritu de la comunidad». A este «gran espíritu» lo hace «espumear bello y pleno del cáliz de la comunión» y «llamear como el Espíritu Santo en los ojos del hermano».

Convertido así el movimiento comunista revolucionario en la «búsqueda» del Espíritu Santo y de la santa cena, Kriege puede naturalmente afirmar también que este espíritu «no necesita más que ser reconocido para unir a todos los hombres en el amor».

  1. A este resultado metafísico le precede la siguiente confusión del comunismo con la comunión: «El espíritu que vence al mundo, el espíritu que manda a la tormenta y al rayo (!!!!), el espíritu que sana a los ciegos y a los leprosos, el espíritu que da de beber a todos los hombres de un mismo vino» (nosotros preferimos varias clases) «y de comer de un mismo pan» (los comunistas franceses e ingleses tienen más pretensiones), «el espíritu que es eterno y omnipresente: ese es el espíritu de la comunidad». Si este «espíritu» es «eterno y omnipresente», no se ve en absoluto cómo, según Kriege, ha podido existir tanto tiempo la propiedad privada. Pero claro, no estaba «reconocido», y por eso era «eterno y omnipresente» solo en su propia imaginación.

Aquí, por tanto, Kriege predica en nombre del comunismo la vieja fantasía religiosa y filosófica alemana, que contradice directamente al comunismo. La fe, y precisamente la fe en el «Espíritu Santo de la comunidad», es lo último que se requiere para llevar a cabo el comunismo.

Sección cuarta. Devaneos religiosos

Se comprende que el babeo amoroso de Kriege y su oposición al egoísmo no son otra cosa que las efusiones desbordantes de un ánimo enteramente absorbido por la religión. Veremos cómo Kriege, que en Europa se hacía pasar siempre por ateo, intenta aquí colocar todas las infamias del cristianismo bajo el letrero de taberna del comunismo y acaba, con toda consecuencia, en la autoprofanación del hombre.

El núm. 10, «Lo que queremos», y «H[ermann] Kriege a Harro Harring»10 determinan así el fin de la lucha comunista:

  1. «Hacer de la religión del amor una verdad y de la largamente anhelada comunidad de los bienaventurados moradores del cielo una realidad». A Kriege se le escapa simplemente que estas exaltaciones cristianas no son más que la expresión fantástica del mundo existente, y que por eso su «realidad» existe ya en las malas relaciones de este mundo existente.

  2. «Exigimos en nombre de aquella religión del amor que se dé de comer al hambriento, de beber al sediento y se vista al desnudo».

Exigencia que lleva ya 1.800 años repitiéndose hasta la náusea y sin el menor éxito.

  1. «Enseñamos a practicar el amor», para

  2. «recibir amor».

  3. «En su reino del amor no pueden habitar demonios».

  4. «Es su» (del hombre) «necesidad más sagrada disolverse con toda su individualidad en la sociedad de los seres amantes, ante los cuales ya no puede retener nada más que

  5. su amor sin límites». Con esta falta de límites, cabría pensar, la teoría del amor ha alcanzado su cumbre más alta, tan alta que ya no puede pensarse nada en ella; sin embargo, todavía sube más.

  6. «Este ardiente derramarse del amor, esta entrega a todos, este impulso divino hacia la comunidad, ¿qué es sino la religión más íntima del comunista, a la que solo le falta un mundo exterior adecuado para expresarse en la plena vida humana?». El «mundo exterior» actual parece, sin embargo, bastar de sobra para que Kriege pueda «expresar» por extenso su «religión más íntima», su «impulso divino», su «entrega a todos» y su «ardiente derramarse» en su «plena vida humana».

  7. «¿No tenemos derecho a tomar en serio los deseos largamente contenidos del corazón religioso y a ir a la lucha en nombre de los pobres, de los desdichados, de los repudiados, por la realización definitiva del bello reino del amor fraterno?». Kriege va, pues, a la lucha para tomar en serio los deseos no del corazón real, profano, sino del religioso; no del corazón exasperado por la miseria real, sino del hinchado por la fantasía beatífica. Demuestra en el acto su «corazón religioso» yendo a la lucha como sacerdote, en nombre ajeno, a saber, en nombre de los «pobres», y de tal manera que da a entender claramente que él mismo no necesita el comunismo, que va a la lucha por puro sacrificio magnánimo, entregado y derretido, por los «pobres, desdichados y repudiados», que tienen necesidad de él: una elevada emoción que en horas solitarias y sombrías hincha aún más el pecho del hombre de bien y compensa todas las penas del mundo malo.

  8. termina Kriege su ampulosidad: «Quien no apoye a un partido semejante puede ser tratado con razón como enemigo de la humanidad». Esta frase intolerante parece contradecir la «entrega a todos», la «religión del amor» hacia todos. Pero es una conclusión enteramente consecuente de esta nueva religión, que, como cualquier otra, odia y persigue a muerte a todos sus enemigos. El enemigo del partido se convierte con toda consecuencia en un hereje, al transformarlo de enemigo del partido realmente existente, contra el que se lucha, en un pecador contra la humanidad, que solo existe en la imaginación, al que hay que castigar.

  9. En la carta a Harro Harring se dice: «Queremos levantar a todos los pobres del mundo contra Mammón, bajo cuya vara están condenados a atormentarse hasta morir, y cuando hayamos derribado al terrible tirano de su viejo trono, entonces queremos unir a la humanidad por el amor, entonces queremos enseñarle a trabajar en común y a gozar en común, para que se cumpla por fin el reino de la alegría largamente prometido». Para encolerizarse contra la moderna dominación del dinero, primero tiene que convertirla en el ídolo Mammón. Este ídolo es derribado —cómo, no lo sabemos; el movimiento revolucionario del proletariado de todos los países se encoge hasta quedar en un levantamiento—, y una vez consumado el derrocamiento, llegan los profetas, el «nosotros», que «enseñan» al proletario lo que ha de hacer a continuación. Estos profetas «enseñan» a sus discípulos, que aparecen aquí en una notable ignorancia de sus propios intereses, cómo «han de trabajar y gozar en común», y no para «trabajar y gozar en común», sino más bien solo para que se cumpla la Escritura y unos cuantos visionarios no hayan profetizado en vano hace 1.800 años. Esta manera de profetizar se repite en otros lugares, por ejemplo:

Núm. 8, «¿Qué es el proletariado?», y «Andreas Dietsch»,11 como

a) «Proletarios, ha llegado la hora de vuestra redención»,

b) «Mil corazones latían jubilosos al encuentro del gran tiempo de la promesa», a saber, «de aquel gran reino del amor… por el largamente anhelado reino del amor».

c) Núm. 12, «Respuesta a Koch, el anticuras».

«Ya el Evangelio de la infinita redención del mundo palpita de ojo en ojo» e incluso «de mano en mano». Este milagro del «Evangelio palpitante», este disparate de la «infinita redención del mundo», corresponde exactamente al otro milagro de que las profecías de los viejos evangelistas, abandonadas hace mucho, se cumplan contra todo pronóstico por obra de Kriege.

  1. Desde este punto de vista religioso, la respuesta a todas las cuestiones reales solo puede consistir en algunas imágenes religiosamente exaltadas que envuelven en niebla todo sentido, en algunas etiquetas pomposas como «humanidad», «humanismo», «género», etc., y en la conversión de todo hecho real en una frase fantástica. Esto se ve sobre todo en el artículo «¿Qué es el proletariado?» (núm. 8). A esta pregunta del título se responde: «El proletariado es la humanidad», una mentira a sabiendas, según la cual los comunistas se proponen abolir la humanidad. Esta respuesta, «la humanidad», ha de ser la misma que dio Sieyès a la pregunta: ¿qué es el tercer estado?12 Prueba de cómo Kriege embrolla los hechos históricos. Lo prueba enseguida una vez más con su beatificación del movimiento antirrentista americano: «¿Y qué, por último, si entonces este proletariado, en su calidad de humanidad» (máscara necesaria con la que tiene que presentarse: hace un momento el proletariado era la humanidad, ahora la humanidad es solo una cualidad del proletariado), «reclamara para toda la eternidad la tierra entera como su posesión indiscutible?». Se ve cómo incluso un movimiento sumamente simple y práctico se convierte en frases vacías como «humanidad», «posesión indiscutible», «toda la eternidad», etc., y por eso se queda también en la mera «reclamación». Aparte de los consabidos lemas de «proscritos», etc., a los que se añade todavía el religioso «malditos», todas las comunicaciones de Kriege sobre el proletariado se reducen a las siguientes imágenes mitológico-bíblicas:

«el Prometeo encadenado»,
«el cordero de Dios que carga con los pecados del mundo»,
«el judío errante»,

y finalmente se plantea la notable pregunta: «¿Ha de vagar la humanidad eternamente por la tierra como un vagabundo sin patria?». ¡Cuando precisamente el asentamiento exclusivo de una parte de la «humanidad» en la tierra es la espina que tiene clavada en el ojo!

  1. La religión de Kriege saca a relucir su contundente remate en el pasaje siguiente: «Tenemos algo más que hacer que cuidar de nuestro mezquino yo; pertenecemos a la humanidad». Con este servilismo infame y repugnante ante una «humanidad» separada y distinta del «yo», que es por tanto una ficción metafísica y en él incluso religiosa, con esta humillación de esclavo, desde luego sumamente «mezquina», termina esta religión, como cualquier otra. Una doctrina semejante, que predica la voluptuosidad del arrastrarse y el desprecio de sí mismo, es muy adecuada para valientes… monjes, pero nunca para hombres enérgicos, y menos aún en una época de lucha. ¡Solo falta que estos valientes monjes castren su «mezquino yo» y demuestren así suficientemente su confianza en la capacidad de la «humanidad» para engendrarse a sí misma! Si Kriege no sabe presentar nada mejor que estas sentimentalidades de estilo miserable, más le valdría, desde luego, traducir una y otra vez a su «padre Lamennais» en cada número del Volks-Tribun.

Qué consecuencias prácticas tiene esta religión kriegeana de la compasión infinita y de la entrega sin fin lo demuestran los mendigueos de trabajo que figuran en casi todos los números del Volks-Tribun. Así leemos en el núm. 8:

«¡Trabajo! ¡Trabajo! ¡Trabajo!».

«¿No hay nadie entre todos esos sabios señores que no tenga por esfuerzo perdido procurar sustento a familias honradas y preservar de la miseria y la desesperación a jóvenes desvalidos? Ahí está, primero, Johann Stern, de Mecklemburgo, todavía sin trabajo, y eso que no pide más que deslomarse en provecho de un capitalista y ganar con ello el pan suficiente para mantenerse en pie para su trabajo: ¿es mucho pedir en la sociedad civilizada? Y luego Karl Gescheidtle, de Baden, un joven de las mejores dotes y no sin estudios superiores; tiene un aire tan leal, tan bueno, que respondo de él, es la honradez misma… Y también un anciano y varios jóvenes más imploran el pan de cada día por el trabajo de sus manos. Quien pueda ayudar, que no tarde más, o su conciencia le robará un día el sueño cuando más lo necesite. Claro que podríais decir: hay miles que piden trabajo a gritos en vano, y a todos no podemos ayudar. Bien podríais, pero sois esclavos del egoísmo y no tenéis corazón para hacer nada. Pero mientras no queráis ayudar a todos, mostrad al menos que os queda todavía un restito de sentimiento humano y ayudad a tantos individuos como os sea posible».

Naturalmente, si quisieran, podrían ayudar a más de los que les es posible. Esa es la práctica, el ejercicio real de la autohumillación y del autodesprecio que enseña aquella nueva religión.

Sección quinta. La conducta personal de Kriege

Cómo es la conducta personal de Kriege en su periódico se desprende ya necesariamente de los pasajes anteriores; por eso solo destacamos algunos puntos.

Kriege se presenta como profeta y, por tanto, necesariamente también como emisario de una secreta liga de esenios, la «Liga de la Justicia».13 Por eso, cuando no habla en nombre de los «oprimidos», habla en nombre de la «justicia», que no es, sin embargo, la justicia corriente, sino la justicia de la «Liga de la Justicia». No solo se mistifica a sí mismo, mistifica también la historia. El desarrollo histórico real del comunismo en los diversos países de Europa, que él no conoce, lo mistifica atribuyendo el origen y los progresos del comunismo a intrigas fabulosas, novelescas y mentidas de esta liga de esenios. Véanse al respecto todos los números, especialmente la respuesta a Harro Harring, donde se dan también las fantasías más delirantes sobre el poder de esta liga.

Como verdadero apóstol del amor, Kriege se dirige primero a las mujeres, a las que no cree capaces de la depravación de poder resistirse a un corazón palpitante de amor; después a los agitadores con que se encontró, «filial y conciliador», como «hijo», como «hermano», como «hermano del alma»; y por último, como hombre, a los ricos. Apenas llegado a Nueva York, dirige epístolas a todos los ricos comerciantes alemanes, les pone en el pecho la pistola del amor, se guarda muy bien de decir lo que quiere de ellos, firma unas veces «Un hombre», otras «Un amigo de los hombres», otras «Un loco», y —«¿lo creeríais, amigos míos?»— nadie entra en sus altisonantes payasadas. De eso no puede extrañarse nadie más que el propio Kriege. Las conocidas frases amorosas ya citadas se sazonan a veces con exclamaciones como (núm. 12, «Respuesta a Koch»): «¡Hurra! ¡Viva la comunidad, viva la igualdad, viva el amor!». Las cuestiones prácticas y las dudas (cf. núm. 14, «Respuesta» a Conze) solo sabe explicárselas por maldad deliberada y obstinación. Como verdadero profeta y revelador del amor, vierte toda la irritación histérica de un alma bella defraudada sobre los burlones, los incrédulos y los hombres del viejo mundo, que no se dejan transformar por su dulce calor amoroso en «bienaventurados moradores del cielo». En semejante estado de ánimo malcontento y sentimental les grita en el núm. 11, bajo el rótulo de «Primavera»: «Por eso, vosotros que hoy os burláis de nosotros, pronto os volveréis piadosos, pues sabed que llega la primavera».

  1. Philippe Gigot (1819-1860), belga, miembro del comité de correspondencia comunista de Bruselas; Louis Heilberg y Sebastian Seiler, periodistas alemanes emigrados en Bruselas; Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, el primer teórico del comunismo obrero alemán; Edgar von Westphalen (1819-1890), hermano de Jenny Marx; Wilhelm Wolff (1809-1864), maestro y periodista silesio, amigo de Marx y Engels (el texto de la circular escribe «Wolf»). ↩

  2. Hermann Kriege (1820-1850), periodista alemán, «verdadero socialista», miembro de la Liga de los Justos, emigrado a Nueva York en 1845, donde publicó en 1846 el semanario Der Volks-Tribun. ↩

  3. Un acre equivale a unas 0,4 hectáreas. ↩

  4. Félicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote y escritor francés, exponente del socialismo cristiano (Paroles d'un croyant, 1834); Ludwig Börne (1786-1837), publicista radical alemán, emigrado en París. ↩

  5. Étienne Cabet (1788-1856), autor del Viaje a Icaria y jefe del comunismo icariano; Théodore Dézamy (1808-1850), comunista materialista, autor del Código de la comunidad (1842). ↩

  6. Los reformadores nacionales (National Reformers), agrupados desde 1844 en la National Reform Association de George Henry Evans, reclamaban que las tierras públicas de los Estados Unidos se entregaran gratuitamente en lotes de 160 acres a quienes las cultivaran. Su periódico se llamaba Young America, de donde el nombre de «Joven América» que les da la circular. ↩

  7. El movimiento de los arrendatarios del valle del Hudson, en el estado de Nueva York, que entre 1839 y 1846 se negaron a pagar las rentas a los grandes terratenientes. ↩

  8. Juego de palabras intraducible: en alemán, alle significa «toda» y, en lenguaje familiar, «acabado», «agotado»; la «eternidad entera» (alle Ewigkeit) puede así quedar alle. ↩

  9. Kriege adapta unos versos del Prometeo de Goethe: «… y mi cabaña, que tú no has construido, y mi hogar, por cuyo fuego me envidias». ↩

  10. Harro Harring (1798-1870), escritor y revolucionario frisón, que participó en diversas conspiraciones europeas. ↩

  11. Andreas Dietsch (1807-1845), artesano y comunista suizo, que emigró a América con un grupo de colonos. ↩

  12. En su folleto ¿Qué es el tercer estado? (1789), el abate Sieyès respondía: «Todo». ↩

  13. La Liga de los Justos (Bund der Gerechten), sociedad secreta de artesanos alemanes emigrados fundada en París en 1836, de la que saldría en 1847 la Liga de los Comunistas. Los esenios eran una secta judía de la Antigüedad. ↩