Escrito por Friedrich Engels en Bruselas entre finales de 1845 y enero de 1846. Publicado en Das Westphälische Dampfboot (Bielefeld), cuadernos de enero de 1846 (pp. 17-21) y de febrero de 1846 (pp. 61-67). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 591-603), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las dos de Engels. Texto original en alemán.
En mi libro sobre el asunto del título1 no me fue posible aportar pruebas de hecho sobre cada punto. Para que el libro no resultara demasiado voluminoso e indigesto, tuve que dar mis afirmaciones por suficientemente probadas cuando las había avalado con pasajes de documentos oficiales, de escritores desinteresados o de escritos de los mismos partidos contra cuyos intereses me pronunciaba. Esto bastaba para ponerme a salvo de contradicción en los casos en que no podía hablar por observación propia, en la medida en que entraba a describir determinadas situaciones concretas. Pero no bastaba para producir en el lector esa certeza irrefutable que solo pueden dar hechos contundentes e irrefutables, y que, sobre todo en un siglo empujado al escepticismo por la infinita «sabiduría de nuestros mayores»,2 no se consigue con meros razonamientos, por buenas que sean las autoridades. Y más todavía allí donde se trata de grandes resultados, donde los hechos se resumen en principios, donde lo que hay que presentar no es la situación de algunos pequeños sectores del pueblo, sino la posición recíproca de clases enteras: ahí los hechos son absolutamente necesarios. Por las razones que acabo de mencionar, no pude darlos en todas partes en mi libro. Ahora voy a suplir esta inevitable carencia y daré de vez en cuando hechos tal como los encuentro en las fuentes que tengo a mano. Para demostrar al mismo tiempo que mi descripción sigue siendo exacta hoy, tomo solo hechos que ocurrieron después de que yo saliera de Inglaterra el año pasado y que no he conocido hasta después de la impresión del libro.
Los lectores de mi libro recordarán que lo que me importaba sobre todo era describir la posición recíproca de la burguesía y del proletariado y la necesidad de la lucha entre estas dos clases; que me proponía en especial demostrar el pleno derecho del proletariado a esta lucha y desplazar las bellas frases de la burguesía inglesa con sus feas acciones. De la primera página a la última estuve redactando el acta de acusación contra la burguesía inglesa. Ahora presentaré todavía algunas lindas piezas de convicción. Por lo demás, ya he dejado ver bastante pasión contra estos burgueses ingleses; no se me ocurre volver a acalorarme ahora por ellos, y conservaré, en lo que de mí dependa, mi buen humor.
El primer buen ciudadano y honrado padre de familia que nos sale al paso es un viejo amigo, o más bien son dos. Los señores Pauling & Henfrey ya habían tenido en 1843, Dios sabe por enésima vez, una disputa con sus obreros, a los que no hubo buena razón que apartara de su pretensión de cobrar más salario por más trabajo, y que dejaron el trabajo. Los señores Pauling & Henfrey, que son contratistas de obras importantes y emplean a muchos ladrilleros, carpinteros, etc., tomaron otros obreros; esto trajo disputas y al final una batalla sangrienta con escopetas y garrotes en la ladrillería de Pauling & Henfrey, que terminó con la deportación de media docena de obreros a la Tierra de Van Diemen,3 como puede leerse con más detalle en el escrito citado. Pero los señores Pauling & Henfrey necesitan tener cada año algún lío con sus obreros, si no, no son felices, y así, en octubre de 1844, volvieron a buscar camorra. Esta vez eran los carpinteros cuyo bien se habían propuesto procurar los filantrópicos contratistas. Desde tiempo inmemorial regía entre los carpinteros de Mánchester y sus alrededores la costumbre de no «encender luz» desde la Candelaria hasta el 17 de noviembre, es decir, de trabajar durante los días largos de seis de la mañana a seis de la tarde, y durante los días cortos empezar en cuanto era de día y terminar en cuanto oscurecía. Desde el 17 de noviembre se encendían las luces y se trabajaba el horario completo. Pauling & Henfrey, hartos desde hacía tiempo de esta costumbre «bárbara», decidieron acabar con este resto de los «tiempos oscuros» con ayuda del alumbrado de gas, y una tarde en que los carpinteros, como ya no veían hasta las seis, dejaron las herramientas y fueron a por sus chaquetas, el capataz encendió el gas y les hizo saber que tenían que trabajar hasta las seis. Los carpinteros, a quienes esto no gustó, convocaron una asamblea general de los obreros de su oficio. El señor Pauling preguntó muy asombrado a sus obreros si es que no estaban contentos, puesto que habían convocado una asamblea. Algunos observaron que no habían sido ellos directamente, sino la junta de la asociación del oficio, quien había convocado la asamblea, a lo que el señor Pauling respondió que la asociación del oficio le importaba un diablo, pero que quería hacerles una propuesta: si aceptaban lo de encender luz, a cambio les daría libres tres horas los sábados y, ¡qué generoso!, les permitiría además trabajar cada día un cuarto de hora extra que se les pagaría aparte. ¡A cambio, eso sí, cuando todos los demás talleres empezaran a encender las luces, tendrían que trabajar media hora más! Los obreros estudiaron esta propuesta y calcularon que con ella los señores Pauling & Henfrey ganarían durante los días cortos una hora entera de trabajo diaria, que cada obrero tendría que trabajar en total 92 horas, es decir, 9 días y cuarto, de más sin recibir un penique por ello, y que, con el número de obreros que empleaba la casa, dichos señores se ahorrarían así en salarios durante los meses de invierno 400 libras esterlinas (2.100 táleros). Los obreros celebraron, pues, su asamblea y explicaron a sus compañeros de oficio que, si una casa conseguía imponer esto, todas las demás la seguirían y se produciría así una rebaja general e indirecta del salario que robaría a los carpinteros del distrito unas 4.000 libras al año. Se acordó, por tanto, que todos los carpinteros de Pauling & Henfrey presentaran el lunes siguiente su preaviso trimestral de despido y que, si sus patronos no recapacitaban, dejaran el trabajo al vencer el plazo. La asociación del oficio prometió a cambio sostenerlos durante el eventual paro con una contribución general.
El lunes 21 de octubre los obreros fueron a presentar su preaviso, y se les contestó que podían marcharse en el acto, cosa que naturalmente hicieron. Esa misma tarde se celebró otra asamblea de todos los oficios de la construcción, en la que cada una de las ramas de trabajo empleadas en la obra prometió su apoyo a los parados. El miércoles y el jueves siguientes todos los carpinteros que trabajaban para Pauling & Henfrey en los alrededores dejaron también el trabajo, y la huelga, la strike, quedó así plenamente en marcha.
Los contratistas, dejados tan de repente en seco, enviaron enseguida gente en todas direcciones, hasta Escocia, para contratar obreros, pues en todos los alrededores no se encontraba un alma dispuesta a ponerse a su sueldo. En pocos días, en efecto, llegaron trece hombres de Staffordshire. Pero en cuanto los parados tuvieron ocasión de hablar con ellos y les explicaron que habían dejado el trabajo a causa de unas diferencias, y por qué razones, varios de los recién llegados se negaron a seguir trabajando. Para esto tenían los patronos un remedio práctico: hicieron citar a los rebeldes, junto con su seductor, ante el juez de paz Daniel Maude, Esquire. Antes de seguirlos hasta allí, debemos poner primero en su debida luz las virtudes de Daniel Maude, Esquire.
Daniel Maude, Esquire, es el stipendiary magistrate, o juez de paz retribuido, de Mánchester. Por lo general, los jueces de paz ingleses son burgueses ricos o terratenientes, a veces también clérigos, nombrados por el ministerio. Pero como estos Dogberrys4 no entienden nada de leyes, cometen los mayores disparates, ponen en evidencia a la burguesía y la perjudican, porque incluso frente a un obrero, si lo defiende un abogado astuto, se embrollan muy a menudo y, o bien al condenarlo descuidan una forma legal, lo que da lugar a una apelación con éxito, o bien se dejan llevar incluso a absolverlo. Además, los fabricantes ricos de las grandes ciudades y de los distritos industriales no tienen tiempo para aburrirse a diario en el juzgado de paz y prefieren poner un remplaçant. En estas ciudades se nombran, pues, casi siempre, a petición de las propias ciudades, jueces de paz asalariados, juristas de carrera, capaces de poner al servicio de la burguesía todos los ardides y distinciones del derecho inglés, con añadidos y mejoras si hace falta. Cómo se comportan en ello lo veremos con el ejemplo presente.
Daniel Maude, Esquire, es uno de los jueces de paz liberales que se nombraron en masa bajo el ministerio whig. De sus hazañas dentro y fuera de la arena del Manchester Borough Court mencionaremos dos. Cuando en 1842 los fabricantes lograron empujar a los obreros del sur de Lancashire a una insurrección que estalló a principios de agosto en Stalybridge y Ashton, el 9 de agosto unos 10.000 obreros marcharon desde allí sobre Mánchester, con el cartista Richard Pilling5 a la cabeza, «para negociar con los fabricantes en la Bolsa de Mánchester y también para ver cómo iba el mercado de allí». A la entrada de la ciudad los recibió Daniel Maude, Esquire, con toda la loable fuerza de policía, un destacamento de caballería y una compañía de fusileros. Pero todo esto no era más que pura forma, pues a los fabricantes y a los liberales les interesaba que la insurrección se extendiera y arrancara la abolición de las leyes cerealistas. Daniel Maude, Esq., estaba en esto completamente de acuerdo con sus dignos colegas, empezó a parlamentar con los obreros y los dejó entrar en la ciudad con la promesa de «mantener la paz» y de seguir un itinerario determinado. Sabía muy bien que los insurrectos no lo harían, y tampoco lo deseaba en absoluto: con un poco de energía habría podido dispersar en germen toda aquella insurrección forzada, pero entonces no habría actuado en interés de sus amigos abolicionistas de las leyes cerealistas, sino en interés del señor Peel; así que hizo retirarse a la tropa y dejó a los obreros entrar en la ciudad, donde enseguida pararon todas las fábricas. Pero cuando la insurrección tomó un carácter decididamente contrario a la burguesía liberal y no hizo el menor caso de las «infernales leyes cerealistas», Daniel Maude, Esq., recobró su dignidad judicial, hizo detener a los obreros por docenas y los mandó sin piedad a pasearse a la cárcel por «quebrantamiento de la paz»; de modo que primero fabricó los quebrantamientos de la paz y después los castigó. Otro rasgo característico de la carrera de este Salomón de Mánchester es el siguiente. La Liga contra las Leyes Cerealistas, desde que ha recibido públicamente varias palizas, celebra en Mánchester reuniones secretas para las que hace falta entrada, pero cuyas resoluciones y peticiones deben pasar ante el gran público por las de una asamblea pública, por manifestaciones de la «opinión pública» de Mánchester. Para acabar con esta jactancia mentirosa de los fabricantes liberales, tres o cuatro cartistas, entre ellos mi buen amigo James Leach,6 se procuraron unas entradas y fueron a una de esas reuniones. Cuando el señor Cobden7 se levantó para hablar, James Leach preguntó al presidente si aquella era una asamblea pública. Por toda respuesta, este llamó a la policía ¡y sin más hizo detener a Leach! Un segundo cartista repitió la pregunta, luego un tercero, un cuarto; uno tras otro fueron atrapados por los «cangrejos crudos» (la policía),8 que esperaban en masa a la puerta, y despachados al ayuntamiento. A la mañana siguiente comparecieron ante Daniel Maude, Esq., que ya estaba al corriente de todo. Se les acusó de haber perturbado una reunión, apenas pudieron abrir la boca y luego escucharon un solemne discurso de Daniel Maude, Esq., en que les dijo que los conocía, que eran unos vagabundos políticos que no hacían más que armar escándalo en todas las asambleas e inquietar a la gente ordenada y formal, y que había que acabar con aquello. Por eso (Daniel Maude, Esq., sabía bien que no podía imponerles ninguna pena verdadera), por eso esta vez los condenaba a las costas.
Ante este Daniel Maude, Esquire, cuyas virtudes burguesas acabamos de describir, fueron llevados, pues, los obreros rebeldes de Pauling & Henfrey. Por precaución, sin embargo, habían traído un abogado. Primero compareció el obrero recién llegado de Staffordshire que se negaba a seguir trabajando allí donde otros habían dejado el trabajo en defensa propia. Los señores Pauling & Henfrey tenían en su poder un compromiso escrito de los obreros llegados de Staffordshire,9 que se presentó entonces al juez de paz. El defensor de los obreros objetó que este acuerdo se había firmado en domingo y era, por tanto, nulo. Daniel Maude, Esq., admitió con mucha dignidad que las «transacciones comerciales» realizadas en domingo no eran válidas; ¡pero que no podía creer que los señores Pauling & Henfrey consideraran aquello una «transacción comercial»! Así que, sin preguntarle mucho al pobre diablo si él «consideraba» el documento una «transacción comercial», le declaró que o seguía trabajando o pasaba tres meses divirtiéndose en la rueda de molino.10 ¡Oh Salomón de Mánchester! Despachado este caso, los señores Pauling & Henfrey presentaron al segundo acusado. Se llamaba Salmon y era uno de los antiguos obreros de la casa que habían dejado el trabajo. Se le acusaba de haber intimidado a los obreros nuevos para inducirlos también a parar. El testigo, uno de estos últimos, declaró que Salmon lo había cogido del brazo y había hablado con él. Daniel Maude, Esq., preguntó si el acusado había proferido acaso amenazas o le había golpeado. ¡No!, dijo el testigo. Daniel Maude, Esq., encantado de encontrar ocasión de hacer brillar su imparcialidad, después de haber cumplido sus deberes para con la burguesía, declaró que no había nada que incriminara al acusado. Tenía pleno derecho a pasear por la carretera pública y a hablar con otras personas mientras no se hiciera culpable de palabras o actos intimidatorios; por eso lo absolvía. Pero los señores Pauling & Henfrey habían tenido al menos el gusto de hacer pasar al tal Salmon, a cambio de pagar las costas, una noche en el violín,11 y eso ya era algo. Además, la alegría de Salmon no duró mucho. Pues, puesto en libertad el jueves 31 de octubre, ya el martes 5 de noviembre estaba de nuevo ante Daniel Maude, Esq., acusado de haber agredido en la calle a los señores Pauling & Henfrey. El mismo jueves en que Salmon fue absuelto llegó a Mánchester un grupo de escoceses, atraídos allí con el pretexto mentiroso de que las diferencias habían terminado y de que Pauling & Henfrey no encontraban en la región bastantes obreros para sus grandes contratas, etc. El viernes fueron a verlos varios carpinteros escoceses que trabajaban desde hacía tiempo en Mánchester, para explicar a sus paisanos la causa del paro. Una gran multitud de compañeros de oficio, unos 400, se congregó en torno a la taberna donde se alojaba a los escoceses. Pero allí se les tenía como prisioneros, y se había puesto a un capataz de centinela ante la puerta. Al cabo de un rato llegaron los señores Pauling & Henfrey para escoltar en persona a sus nuevos obreros hasta el taller. Cuando salió la comitiva, los congregados fuera exhortaron a los escoceses a no trabajar contra las reglas del oficio de Mánchester y a no deshonrar a sus paisanos. Dos de los escoceses se quedaron, en efecto, algo rezagados, y el propio señor Pauling corrió tras ellos para arrastrarlos adelante. La multitud se mantuvo tranquila; solo impedía que la comitiva avanzara demasiado deprisa y exhortaba a la gente a no meterse en asuntos ajenos, a volverse a casa, etc. El señor Henfrey acabó por enfadarse; vio a varios de sus antiguos obreros, y entre ellos a Salmon; así que, para acabar con aquello, lo agarró del brazo; el señor Pauling lo agarró del otro brazo, y ambos se pusieron a llamar a la policía a voz en grito. Acudió el comisario de policía y preguntó qué acusación había contra el hombre, con lo que los dos socios se vieron en un gran apuro; pero, dijeron, «conocemos al hombre». Oh, dijo el comisario, eso basta, entonces podemos dejarle marchar por ahora. Los señores Pauling & Henfrey, obligados a presentar alguna denuncia contra Salmon, se lo pensaron varios días, hasta que por fin, por consejo de su abogado, presentaron la acusación mencionada. Cuando se hubo interrogado a todos los testigos contra Salmon, se levantó de pronto en favor del acusado W. P. Roberts,12 «el abogado general de los mineros», el terror de todos los jueces de paz, y preguntó si debía presentar todavía a sus testigos, puesto que no se había aducido nada contra Salmon. Daniel Maude, Esq., le dejó interrogar a sus testigos, que demostraron que Salmon se había mantenido tranquilo hasta que el señor Henfrey lo agarró. Concluidos los debates en pro y en contra, Daniel Maude, Esq., declaró que dictaría sentencia el sábado. La presencia del abogado general Roberts le movió evidentemente a pensárselo dos veces antes de hablar una.
El sábado, Pauling & Henfrey presentaron, además de la anterior, una acusación criminal por conspiración e intimidación contra tres de sus antiguos obreros, Salmon, Scott y Mellor. Querían asestar así una puñalada mortal a la asociación del oficio, y para ir seguros frente al temido Roberts hicieron venir de Londres a un jurista de renombre, el señor Monk. El señor Monk presentó como primer testigo a uno de los escoceses recién contratados, Gibson, que ya había servido de testigo contra Salmon el martes anterior. Declaró que el viernes 1 de noviembre, cuando él y sus compañeros salieron de la taberna, una multitud los rodeó, los empujó y tiró de ellos aquí y allá, y que los tres acusados estaban entre la multitud. Entonces Roberts empezó a interrogar a este testigo, lo careó con otro obrero y le preguntó si él, Gibson, no le había dicho a este obrero la noche anterior que el martes pasado, al prestar declaración, no sabía que se le interrogaba bajo juramento, y que no sabía en absoluto lo que tenía que hacer y decir en el tribunal. Gibson respondió que no conocía al hombre, que la noche anterior había estado con dos personas, pero que como estaba oscuro no podía decir si aquel era una de ellas; también era posible que hubiera dicho algo así, porque la fórmula del juramento era distinta en Escocia que en Inglaterra; no lo recordaba bien. Aquí se levantó el señor Monk y sostuvo que el señor Roberts no tenía derecho a hacer semejantes preguntas, a lo que el señor Roberts replicó que tales objeciones venían muy a cuento cuando se tenía que defender una mala causa, pero que él tenía derecho a preguntar lo que quisiera, no solo dónde había nacido el testigo, sino también dónde había estado cada día desde entonces y qué había comido cada día. Daniel Maude, Esq., confirmó este derecho del señor Roberts y solo le dio el consejo paternal de ceñirse todo lo posible al asunto. Después de hacer declarar todavía al testigo que no había empezado a trabajar de verdad para Pauling & Henfrey hasta el día siguiente al incidente en que se fundaba la acusación, es decir, el 2 de noviembre, el señor Roberts lo despidió. Entonces compareció como testigo el propio señor Henfrey y declaró sobre el incidente lo mismo que Gibson. A continuación el señor Roberts le hizo la pregunta: ¿No busca usted una ventaja injusta sobre sus competidores? El señor Monk volvió a objetar contra esta pregunta. Bien, dijo Roberts, la formularé con más claridad. ¿Sabe usted, señor Henfrey, que las horas de trabajo de los carpinteros en Mánchester están fijadas por ciertas reglas?
Señor Henfrey: Yo no tengo nada que ver con esas reglas; tengo derecho a hacer mis propias reglas.
Señor Roberts: Muy bien. Bajo juramento, señor Henfrey, ¿no exige usted a sus obreros una jornada más larga que los demás contratistas y maestros carpinteros?
Señor Henfrey: Sí.
Señor Roberts: ¿Cuántas horas, aproximadamente?
El señor Henfrey no lo sabía con exactitud, pero sacó su libreta para calcularlo.
Daniel Maude, Esq.: No hace falta que lo calcule mucho; basta con que nos diga aproximadamente cuánto es.
Señor Henfrey: Pues más o menos una hora por la mañana y una por la tarde durante seis semanas antes de la fecha en que se suelen encender las luces, y otro tanto durante seis semanas después del día en que se suele dejar de encender luz.
Daniel Maude, Esq.: Es decir, 72 horas antes de encender luz y 72 horas después, en total 144 horas en doce semanas que cada uno de sus obreros tiene que trabajar de más.
Señor Henfrey: Sí.
El público acogió esta declaración con fuertes muestras de indignación; el señor Monk miró furioso al señor Henfrey y el señor Henfrey miró confuso a su jurista, y el señor Pauling tiró al señor Henfrey del faldón de la levita; pero era demasiado tarde: Daniel Maude, Esq., que veía muy bien que hoy le tocaba otra vez hacer de imparcial, había oído la confesión y la había hecho pública.
Después de interrogar a otros dos testigos sin importancia, el señor Monk dijo que con esto daba por terminada su prueba contra los acusados.
Daniel Maude, Esq., dijo entonces que la parte demandante no había fundado una causa criminal contra los acusados, pues no había probado que los escoceses amenazados hubieran entrado al servicio de Pauling & Henfrey antes del 1 de noviembre, ya que no se había probado ningún contrato de alquiler de servicios ni empleo alguno de esa gente antes del 2 de noviembre, mientras que la denuncia se había presentado el 1 de noviembre; ese día, por tanto, aquella gente no estaba aún al servicio de Pauling & Henfrey, y los acusados tenían derecho a disuadirla por cualquier medio legal de entrar al servicio de Pauling & Henfrey. El señor Monk replicó que los demandantes estaban contratados desde el momento en que habían salido de Escocia y subido al vapor. Daniel Maude, Esq., observó que, en efecto, se había dicho que se había hecho un contrato de esa clase, pero que el documento no se había presentado. El señor Monk respondió que el documento estaba en Escocia y rogó al señor Maude que dejara en suspenso el caso hasta que pudiera traerse. Aquí intervino el señor Roberts: aquello era nuevo para él. Se había declarado cerrada la prueba de la acusación y, sin embargo, el demandante pedía que se aplazara la causa para aportar nuevas pruebas. Insistía en que se continuara. Daniel Maude, Esq., resolvió que ambas cosas eran superfluas, puesto que no había acusación fundada, con lo que los acusados quedaron en libertad.
Entretanto, tampoco los obreros habían estado ociosos. Semana tras semana celebraban asambleas en la Carpenters’ Hall o en la sala de los socialistas,13 pedían ayuda a las distintas asociaciones de oficio, que llegaba en abundancia, no dejaban de dar a conocer por todas partes la conducta de Pauling & Henfrey, y por último enviaron delegados en todas direcciones para dar a conocer entre sus compañeros de oficio, allí donde Pauling & Henfrey hacían enganchar gente, la causa de esos enganches e impedir así que entraran al servicio de esta casa. Pocas semanas después de empezar el paro ya había siete delegados de viaje y carteles en las esquinas de todas las ciudades importantes del país que ponían en guardia contra Pauling & Henfrey a los carpinteros sin trabajo. El 9 de noviembre algunos de estos delegados, ya de vuelta, informaron de su misión. Uno de ellos, llamado Johnson, que había estado en Escocia, contó cómo el enviado de Pauling & Henfrey había contratado a treinta obreros en Edimburgo; pero en cuanto supieron por él el verdadero estado de las cosas, declararon que preferían morirse de hambre a ir a Mánchester en esas condiciones. Un segundo había estado en Liverpool vigilando los vapores que llegaban; pero no había llegado ni un solo hombre, de modo que no había encontrado nada que hacer. Un tercero había recorrido Cheshire, pero dondequiera que llegaba no encontraba ya nada que hacer, porque el Northern Star, el periódico de los obreros, había difundido por todas partes el verdadero estado de la cuestión y quitado a la gente las ganas de ir a Mánchester; más aún, en una ciudad, Macclesfield, los carpinteros ya habían hecho una colecta para sostener a los parados y prometido aportar además, si hacía falta, un chelín por cabeza. En otros lugares convenció a los compañeros de oficio de que abrieran colectas semejantes.
Para dar una vez más a los señores Pauling & Henfrey la ocasión de entenderse con los obreros, el lunes 18 de noviembre todos los oficios que intervienen en la construcción se reunieron en la Carpenters’ Hall, nombraron una delegación que debía entregar un mensaje a estos señores y marcharon en procesión, con banderas y emblemas, al local de Pauling & Henfrey. Primero la delegación; tras ella, el comité de organización del paro; luego los carpinteros, los moldeadores y cocedores de ladrillos, los peones, los albañiles, los aserradores, los vidrieros, los revocadores, los pintores, una banda de músicos, los canteros, los ebanistas. Pasaron por delante del hotel de su abogado general Roberts y lo saludaron al pasar con sonoros hurras. Llegados ante el local, la delegación se adelantó mientras la multitud seguía su marcha para formar una asamblea pública en Stevenson Square.14 La delegación fue recibida por la policía, que le pidió los nombres y las señas antes de dejarla pasar. Llegados al despacho, los socios, señores Sharps & Pauling, les declararon que no recibirían ningún mensaje escrito de una masa reunida con el solo fin de intimidar. La delegación negó tal fin, pues la procesión ni siquiera se había detenido, sino que había seguido su camino. Mientras esta procesión de cinco mil personas seguía su marcha, la delegación fue por fin recibida y conducida a una sala en presencia de los jefes de la policía, de un oficial y de tres periodistas. El señor Sharps, socio de Pauling & Henfrey, usurpó la presidencia advirtiendo que la delegación tuviera cuidado con lo que decía, pues todo se haría constar debidamente en acta y, según las circunstancias, se usaría judicialmente contra ella. Se empezó a preguntarles de qué se quejaban, etc.; se dijo que se quería dar trabajo a la gente según las reglas usuales en Mánchester. La delegación preguntó si la gente recogida en Staffordshire y en Escocia trabajaba según las disposiciones del oficio en Mánchester. No, fue la respuesta, con esa gente tenemos un acuerdo especial. Entonces, ¿vuestra gente volverá a tener trabajo, y en las condiciones usuales? Oh, no negociamos con ninguna delegación, pero que venga la gente y ya sabrá en qué condiciones queremos darle trabajo. El señor Sharps añadió que todas las casas en que figuraba su nombre se habían portado siempre bien con los obreros y habían pagado el salario más alto. La delegación respondió que, si él participaba en la casa Pauling, Henfrey & Cía., como había oído decir, esa casa se había opuesto violentamente a los mejores intereses de los obreros. A un ladrillero, miembro de la delegación, se le preguntó de qué tenía que quejarse su oficio. Oh, de nada en este momento, pero ya hemos tenido bastante.15 Oh, conque habéis tenido bastante, ¿eh?, respondió con una sonrisa burlona el señor Pauling, y aprovechó la ocasión para soltar una larga lección sobre las asociaciones de oficio, los paros, etc., y sobre la miseria en que hundían al obrero, a lo que uno de la delegación observó que no estaban en absoluto dispuestos a dejarse arrebatar sus derechos pieza a pieza y a trabajar, por ejemplo, como ahora se les exigía, 144 horas al año gratis. El señor Sharps observó que había que contar también la pérdida que sufrían los participantes en la procesión por no trabajar aquel día, así como los gastos del paro, la pérdida de salario de los parados, etc. Uno de la delegación: Eso no le importa a nadie más que a nosotros, y no os vamos a pedir que pongáis de vuestro bolsillo ni un ochavo. Con esto la delegación se retiró e informó a los oficios reunidos en la Carpenters’ Hall, y se supo entonces no solo que todos los obreros que trabajaban para Pauling & Henfrey en los alrededores (que no eran carpinteros y, por tanto, no habían dejado el trabajo) habían venido a tomar parte en la procesión, sino también que esa misma mañana varios de los escoceses recién importados habían dejado el trabajo. Un pintor comunicó además que Pauling & Henfrey habían planteado a su oficio las mismas exigencias injustas que a los carpinteros, pero que también ellos estaban dispuestos a resistir. Para simplificar el asunto y acortar la lucha, se acordó que todos los obreros de la construcción de la casa Pauling & Henfrey dejaran el trabajo. Así se hizo. El sábado siguiente pararon los pintores y el lunes los vidrieros, y en el nuevo teatro que Pauling & Henfrey habían contratado construir, al cabo de pocos días, en lugar de 200 hombres solo trabajaban ya dos albañiles y cuatro peones. También varios de los recién llegados dejaron el trabajo.
Pauling, Henfrey & Cía. echaban espumarajos. Cuando otros tres de los recién llegados empezaron a parar, el viernes 22 de noviembre fueron llevados a rastras ante Daniel Maude, Esq. Los reveses anteriores no habían servido de nada. Primero compareció un tal Read, acusado de incumplimiento de contrato; se presentó un contrato que el acusado había firmado en Derby. Roberts, que volvía a estar en su puesto, observó enseguida que entre el contrato y la acusación no había el menor parentesco, que eran dos cosas completamente distintas. Daniel Maude, Esq., lo vio enseguida, puesto que lo había dicho el terrible Roberts, pero tuvo que esforzarse largo rato en vano para hacérselo entender al abogado de la parte contraria. Por fin, este pidió permiso para modificarla y volvió al cabo de un rato con una acusación mucho peor todavía que la primera. Al ver que tampoco esta prosperaba, pidió un nuevo aplazamiento, y Daniel Maude, Esq., le permitió pensárselo hasta el viernes 30 de noviembre; toda una semana, pues. Si entonces se salió con la suya no lo encuentro registrado, porque precisamente me falta en la colección del periódico el número que debe de contener la decisión. Roberts, sin embargo, pasó ahora a la ofensiva e hizo citar a varios de los obreros enganchados y a un capataz de Pauling & Henfrey por haber entrado en casa de uno de los parados y maltratado a su mujer; en otros dos casos algunos de los obreros parados habían sido agredidos. Daniel Maude, Esq., tuvo que condenar, muy a su pesar, a todos los acusados, pero los trató con la mayor benignidad posible y solo les hizo dar fianza de buena conducta en el futuro.
Por fin, en los últimos días de diciembre, los señores Pauling, Henfrey & Cía. lograron obtener una sentencia contra dos de sus adversarios, también por maltratar a uno de sus obreros. Pero esta vez el tribunal no fue tan benigno. Los condenó sin más a un mes de cárcel y a dar fianza de buena conducta una vez cumplido.
A partir de aquí las noticias sobre la huelga escasean. El 18 de enero seguía en pleno curso. No he encontrado informes posteriores. Probablemente habrá terminado como la mayoría de las demás: Pauling, Henfrey & Cía. se habrán procurado con el tiempo un número suficiente de obreros de regiones apartadas y de algunos desertores del bando contrario; la masa de sus adversarios, tras un paro más o menos largo y la miseria que lleva consigo, de la que les consuela la conciencia de no haber cedido en nada y de haber mantenido el salario de sus compañeros, habrá encontrado acomodo en otra parte; y en cuanto a los puntos en litigio, Pauling, Henfrey & Cía. habrán visto que no pueden imponerse con tanto rigor, porque también para ellos la huelga ha supuesto muchas pérdidas; y los demás patronos, tras una lucha tan violenta, no pensarán en cambiar tan pronto las viejas reglas del oficio de carpintero.
Bruselas
F. Engels
La situación de la clase obrera en Inglaterra, publicado en Leipzig en 1845. ↩
En inglés, wisdom of our ancestors, muletilla de los conservadores ingleses contra toda reforma. ↩
Nombre que tenía entonces Tasmania, colonia penal británica. La batalla de la ladrillería de Pauling & Henfrey (1843) se cuenta en el capítulo de La situación de la clase obrera en Inglaterra dedicado a los movimientos obreros. ↩
Dogberry es el alguacil necio y pomposo de Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare. ↩
Richard Pilling, tejedor cartista de Ashton-under-Lyne, uno de los dirigentes de la huelga de 1842; procesado en 1843 con Feargus O’Connor y otros cartistas. ↩
James Leach, obrero cartista de Mánchester, amigo de Engels, que se sirvió en su libro de los datos de Leach sobre las fábricas. ↩
Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Mánchester y jefe de la Liga contra las Leyes Cerealistas. ↩
Los soldados británicos, por su casaca roja, eran «langostas» o «cangrejos cocidos»; los policías, de uniforme azul, eran por tanto los «crudos». ↩
(Nota de Engels.) Este contrato decía lo siguiente: el obrero se comprometía a trabajar seis meses para Pauling & Henfrey y a conformarse con el salario que ellos quisieran darle; pero Pauling & Henfrey no estaban obligados a tenerlo seis meses, sino que podían despedirlo en cualquier momento con una semana de preaviso; y Pauling & Henfrey le adelantarían, eso sí, los gastos de viaje de Staffordshire a Mánchester, ¡pero se los retendrían de su salario mediante descuentos semanales de 2 chelines (20 groschen de plata)! ¿Qué os parece esta bonita pieza de contrato? ↩
La treadmill, rueda de escalones que los presos hacían girar caminando, castigo corriente en las cárceles inglesas. ↩
En la jerga de la época, el calabozo (como el francés violon). ↩
William Prowting Roberts (1806-1871), abogado cartista, defensor de la Asociación de Mineros de Gran Bretaña e Irlanda. ↩
La Hall of Science de los socialistas owenistas en Mánchester. ↩
El texto alemán dice «Steversons Square». ↩
(Nota de Engels.) Véase más arriba la sangrienta refriega en la ladrillería de Pauling & Henfrey. ↩