Escrito por Karl Marx en Bruselas el 5 de septiembre de 1847. Publicado en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 73, del 12 de septiembre de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 191-203), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 73, 12 de septiembre de 1847

Bruselas, 5 de septiembre. En el núm. 70 de este periódico se presenta un artículo del Rh[einischer] Beobachter1 con estas palabras:

«El Rh[einischer] B[eobachter] predica el comunismo en su núm. 206 como sigue».

Sea o no irónica esta observación, los comunistas tienen que protestar contra la idea de que el Rheinischer Beobachter pueda predicar el «comunismo», y en especial contra la idea de que el artículo reproducido en el núm. 70 de la D[eutsche] B[rüsseler] Z[eitung]2 sea comunista.

Si una cierta fracción de socialistas alemanes ha despotricado continuamente contra la burguesía liberal, y además de un modo que no ha beneficiado a nadie más que a los Gobiernos alemanes;3 si ahora periódicos gubernamentales como el Rh[einischer] Beobachter, apoyándose en las frases de esa gente, afirman que no es la burguesía liberal, sino el Gobierno, quien representa los intereses del proletariado, los comunistas no tienen nada en común ni con aquellos ni con este.

Es cierto que se ha querido cargar a los comunistas alemanes con la responsabilidad de esto; se les ha acusado de aliarse con el Gobierno.

Esta acusación es ridícula. El Gobierno no puede aliarse con los comunistas, ni los comunistas con el Gobierno, por la sencilla razón de que los comunistas son, de todos los partidos revolucionarios de Alemania, el más revolucionario de todos, y de que el Gobierno lo sabe mejor que nadie.

¿Que los comunistas iban a aliarse con un Gobierno que los declara reos de alta traición y los trata como tales?

¿Que el Gobierno iba a propagar en sus órganos principios que en Francia pasan por anárquicos, incendiarios, disolventes de todas las relaciones sociales, y a los que este mismo Gobierno atribuye continuamente esas mismas cualidades?

Ni pensarlo. Examinemos el llamado comunismo del Rheinischer Beobachter y veremos que es muy inocente.

El artículo empieza así:

«Si consideramos nuestra (!) situación social, aparecen por todas partes los mayores males y las necesidades (!) más apremiantes, y hay que decirlo: se ha descuidado mucho. Eso es un hecho, y solo (!) surge la pregunta de a qué se debe. Estamos convencidos de que no tiene la culpa nuestra constitución, pues (!) en Francia e Inglaterra la cosa (!) está todavía mucho peor en cuanto a la situación social. No obstante (!), el liberalismo busca el remedio únicamente en la representación: si el pueblo estuviera representado, ya se ayudaría a sí mismo. Esto es, desde luego, completamente ilusorio, pero igualmente (!) sumamente (!!) plausible».

En esta frase se ve al Beobachter en carne y hueso, tal como, sin saber cómo empezar, mordisquea la pluma, cavila, escribe, tacha, vuelve a escribir y así, al cabo de un tiempo considerable, consigue por fin componer el magnífico pasaje de arriba. Para llegar al liberalismo, su caballo de batalla hereditario, empieza por «nuestra situación social», es decir, en rigor, la situación social del Beobachter, que sin duda puede tener sus inconvenientes. Mediante la trivialísima observación de que nuestra situación social es miserable y de que se ha descuidado mucho, llega, a través de unas cuantas frases muy espinosas, a un punto en el que solo le surge la pregunta de a qué se debe. Pero esa pregunta le surge solo para desaparecer al instante. El Beobachter, en efecto, no nos dice a qué se debe; tampoco nos dice a qué no se debe; nos dice simplemente a qué está convencido de que no se debe, y eso es, naturalmente, la constitución prusiana. De la constitución prusiana pasa, por medio de un audaz «pues», a Francia e Inglaterra, y desde allí no le queda, naturalmente, más que un pequeño salto hasta el liberalismo prusiano, salto que realiza con facilidad apoyándose en un «no obstante» lo menos motivado posible. Y así llega por fin a ese terreno predilecto en el que puede exclamar: «Esto es, desde luego, completamente ilusorio, pero igualmente sumamente plausible». ¡¡¡Pero igualmente sumamente!!!

¿Habrán caído tan bajo los comunistas como para que se les pueda atribuir la paternidad de semejantes frases, de semejantes transiciones clásicas, de semejantes preguntas que surgen y desaparecen con tanta facilidad, de esos famosos solo, pues y no obstante, y en particular del giro «pero igualmente sumamente»?

Aparte del «viejo caudillo» Arnold Ruge,4 hay en Alemania pocos hombres capaces de escribir así, y esos pocos son todos consejeros del consistorio en el ministerio del señor Eichhorn.5

No se puede pedir que entremos en el contenido de este pasaje introductorio. No tiene más contenido que su torpe forma; no es más que la puerta por la que entramos en las salas donde nuestro observador consejero del consistorio predica una cruzada contra el liberalismo.

Escuchemos:

«El liberalismo tiene de entrada la ventaja de acercarse al pueblo con formas más ligeras y agradables que la burocracia». (Desde luego: ni siquiera el señor Dahlmann o Gervinus6 escriben de un modo tan pesado y anguloso.) «Habla del bienestar del pueblo y de los derechos del pueblo. Pero en verdad solo pone al pueblo por delante para intimidar con él al Gobierno; el pueblo no es para él más que carne de cañón en el gran asalto contra el poder del Gobierno. Apoderarse del poder del Estado, esa es la verdadera tendencia del liberalismo; el bienestar del pueblo no es para él más que algo secundario».

¿Cree el señor consejero del consistorio haber dicho con esto algo nuevo al pueblo? El pueblo, y en particular la parte comunista del pueblo, sabe muy bien que la burguesía liberal solo persigue su propio interés, que se puede contar poco con sus simpatías por el pueblo. Pero si el señor consejero del consistorio saca de ahí la conclusión de que los burgueses liberales explotan para sus fines al pueblo, en la medida en que este participa en el movimiento político, tenemos que responderle: esto es, desde luego, completamente plausible para un consejero del consistorio, pero igualmente sumamente ilusorio.

El pueblo, o, para poner en lugar de esta expresión vasta y vacilante la expresión precisa, el proletariado razona de un modo muy distinto de lo que se imagina en el ministerio eclesiástico. El proletariado no pregunta si para los burgueses el bienestar del pueblo es algo secundario o principal, si quieren o no utilizar a los proletarios como carne de cañón. El proletariado no pregunta qué quieren simplemente los burgueses, sino qué tienen que hacer. Pregunta si la situación política actual, el dominio de la burocracia, o la que persiguen los liberales, el dominio de la burguesía, le ofrecerá más medios para alcanzar sus propios fines. Para ello no necesita más que comparar la posición política del proletariado en Inglaterra, Francia y América con la que tiene en Alemania para ver que el dominio de la burguesía no solo pone en manos del proletariado armas completamente nuevas para la lucha contra la burguesía, sino que le proporciona también una posición completamente distinta, la posición de un partido reconocido.

¿Cree acaso el señor consejero del consistorio que el proletariado, que se une cada vez más al partido comunista, el proletariado, no sabrá aprovechar la libertad de prensa y la libertad de asociación? ¡Que lea los periódicos obreros ingleses y franceses, que asista siquiera una vez a un solo mitin cartista!

Pero en el ministerio eclesiástico, donde se redacta el Rh[einischer] Beobachter, se tienen ideas peregrinas sobre el proletariado. Se cree estar tratando con campesinos de Pomerania o con mozos de esquina de Berlín.7 Se piensa haber alcanzado los límites extremos de la profundidad cuando se promete al pueblo, no ya panem et circenses, sino panem et religionem.8 Se imagina uno que el proletariado desea que le ayuden; no se piensa en que no espera ayuda de nadie más que de sí mismo. No se sospecha que el proletariado ve el fondo de las frases de los señores consejeros del consistorio sobre el «bienestar del pueblo» y la mala situación social tan bien como el de las frases parecidas de los burgueses liberales.

¿Y por qué el bienestar del pueblo es algo secundario para los burgueses? El Rh[einischer] Beobachter responde:

«La Dieta Unida lo ha demostrado; la perfidia del liberalismo salta a la vista. En el impuesto sobre la renta tenía que pasar la prueba el liberalismo, y no la ha pasado».9

¡Estos bienintencionados consejeros del consistorio, que en su inocencia económica se imaginan que podrían echar tierra a los ojos del proletariado con el impuesto sobre la renta!

El impuesto de degüello y molienda10 recae directamente sobre el salario; el impuesto sobre la renta recae sobre la ganancia del capital. Sumamente plausible, señor consejero del consistorio, ¿no es verdad? Pero los capitalistas no se dejarán gravar sus ganancias tan impunemente, ni pueden dejárselas gravar. La competencia ya se encarga de ello. Pocos meses después de introducido el impuesto sobre la renta, el salario habría bajado, pues, exactamente tanto como había subido efectivamente gracias a la abolición del impuesto de degüello y molienda, gracias a la consiguiente bajada de los precios de los víveres.

El nivel del salario, expresado no en dinero, sino en los medios de vida que necesita el obrero, es decir, el nivel del salario real, no del nominal, depende de la relación entre la demanda y la oferta. Un cambio en el modo de recaudar los impuestos puede causar una perturbación momentánea, pero a la larga no cambia nada.

La única ventaja económica del impuesto sobre la renta es que resulta más barato de recaudar, y de eso no habla el consejero del consistorio. Por lo demás, tampoco con esta circunstancia gana nada el proletariado.

¿A qué se reduce, pues, toda la cháchara sobre el impuesto sobre la renta?

En primer lugar, el proletariado no tiene en todo el asunto ningún interés, o solo un interés momentáneo.

En segundo lugar, el Gobierno, que con la recaudación del impuesto de degüello y molienda entra diariamente en contacto directo con el proletariado y se le enfrenta de un modo odioso, queda en segundo plano con el impuesto sobre la renta y obliga a la burguesía a asumir por entero la odiosa tarea de rebajar los salarios.

El impuesto sobre la renta solo sería ventajoso, pues, para el Gobierno, y de ahí el enfado de los consejeros del consistorio porque se haya rechazado.

Pero queremos admitir por un momento que el proletariado tuviera interés en el asunto: ¿podía esta Dieta aprobarlo?

De ningún modo. No podía aprobar dinero alguno; tenía que dejar el sistema financiero exactamente como estaba mientras el Gobierno no hubiera satisfecho todas sus exigencias. La negativa a conceder dinero es, en todas las asambleas parlamentarias, el medio por el que se obliga al Gobierno a plegarse a la mayoría. Esta consecuente negativa a conceder dinero es lo único en que la Dieta se comportó con energía, y por eso los decepcionados consejeros del consistorio tienen que intentar precisamente hacerla sospechosa ante el pueblo.

«Y sin embargo», sigue diciendo el Rh[einischer] Beob[achter], «han sido los órganos del liberalismo los que, propiamente, pusieron sobre el tapete el impuesto sobre la renta».

Muy cierto, y además es una medida puramente burguesa. No por eso dejan de poder rechazarla los burgueses cuando se la proponen a destiempo unos ministros de los que no se pueden fiar ni a tres pasos.

Por lo demás, tomamos nota de esta confesión sobre la paternidad del impuesto sobre la renta; nos será útil más adelante.

Tras unas cuantas habladurías de lo más vacías y confusas, el consejero del consistorio tropieza de pronto con el proletariado del modo siguiente:

«¿Qué quiere decir proletariado?». (Esta es otra vez una de esas preguntas que surgen solo para no ser contestadas.) «No es ninguna exageración que digamos» (es decir, los consejeros del consistorio del Rh[einischer] B[eobachter], pero no los demás periódicos profanos): «un tercio del pueblo no tiene base para su existencia, y otro tercio está en las últimas. La causa de los proletarios es la causa de la gran mayoría del pueblo, la cuestión cardinal».

¡Qué deprisa hace entrar en razón a estos burócratas una sola Dieta Unida con un poco de oposición! ¿Cuánto hace que el Gobierno prohibía a los periódicos afirmar exageraciones como la de que en Prusia teníamos un proletariado? ¿Que se amenazaba con la prohibición a la Trier'sche Zeitung,11 entre otros —¡a esa inocente!—, porque quería presentar malintencionadamente la mala situación del proletariado francés e inglés como si existiera también en Prusia? Pero sea como quiera el Gobierno. Tomemos también nota de que la gran mayoría del pueblo son proletarios.

«La Dieta», sigue diciendo, «ha tenido por la cuestión cardinal la cuestión de principio, es decir, la cuestión de si la alta asamblea debía recibir el poder del Estado. ¿Y qué iba a recibir el pueblo? ¡Ni ferrocarril, ni bancos de rentas, ni rebaja de impuestos! ¡Pueblo bienaventurado!».

Obsérvese cómo nuestro consejero del consistorio, peinado con raya y bien alisado, empieza poco a poco a enseñar la oreja de zorro. «La Dieta ha tenido por la cuestión principal la cuestión de principio». ¡Santa simplicidad12 la de estos amorosos luciones! La cuestión de si a este Gobierno actual, disoluto y reaccionario, se le debían poner a disposición un empréstito de 30 millones, un impuesto sobre la renta de rendimiento imposible de prever, un banco de rentas con el que puede tomar prestados entre 400 y 500 millones sobre los dominios de la Corona, haciéndolo así independiente para siempre, o si había que tenerlo corto y, retirándole el dinero, obligarlo a someterse a la opinión pública: ¡eso es lo que un consejero del consistorio de puntillas como este llama la cuestión de principio!

«¿Y qué va a recibir el pueblo?», pregunta el compasivo consejero del consistorio. «Ni ferrocarril»: así pues, tampoco tendrá que pagar impuestos para cubrir los intereses del empréstito y las grandes pérdidas inevitables en la explotación de ese ferrocarril.13

«¡Ni bancos de rentas!». ¿No hace nuestro consejero del consistorio como si el Gobierno hubiera querido dar rentas a los proletarios? Al contrario: quería dar a la nobleza rentas que habría de pagar el pueblo. Con ellas se iba a facilitar a los campesinos el rescate de las prestaciones personales.14 Si los campesinos esperan todavía algunos años, probablemente ya no tendrán necesidad de rescatarlas. Si los señores caen bajo las horcas de los campesinos, y eso podría ocurrir muy fácilmente algún día, las prestaciones personales cesarán por sí solas.

«Ni impuesto sobre la renta». Pero mientras el impuesto sobre la renta no le procure al pueblo ninguna renta, puede serle completamente indiferente.

«Pueblo bienaventurado», prosigue el consejero del consistorio, «¡al menos has ganado la cuestión de principio! Y si no entiendes qué clase de cosa es esa, haz que te la expliquen tus representantes; ¡durante el largo discurso quizá te olvides del hambre!».

¿Quién se atreve aún a decir que la prensa alemana no es libre? El Rh[einischer] Beob[achter] emplea aquí con toda impunidad un giro que más de un jurado de provincias francés declararía sin más incitación de unas clases de la sociedad contra otras y haría castigar como tal.

Por lo demás, el consejero del consistorio se comporta con una torpeza espantosa. Quiere halagar al pueblo y ni siquiera lo cree capaz de saber qué clase de cosa es la cuestión de principio. Por tener que fingir interés por su hambre se venga declarándolo tonto, políticamente incapaz. El proletariado sabe tan bien qué clase de cosa es la cuestión de principio que no le reprocha a la Dieta haberla ganado, sino no haberla ganado. El proletariado le reprocha a la Dieta que se mantuviera a la defensiva, que no atacara, que no fuera diez veces más lejos. Le reprocha que no actuara con la decisión suficiente para hacer posible que el proletariado participara en el movimiento. Es cierto que el proletariado no podía interesarse por los derechos estamentales. Pero una Dieta que hubiera exigido juicios con jurado, igualdad ante la ley, abolición de las prestaciones personales, libertad de prensa, libertad de asociación y una representación real; una Dieta que hubiera roto de una vez para siempre con el pasado y hubiera ajustado sus exigencias a las necesidades de la época en lugar de a las viejas leyes, una Dieta así habría podido contar con el apoyo más enérgico del proletariado.

El Beobachter prosigue:

«Y quiera Dios que esta Dieta no absorba el poder del Gobierno; de lo contrario, se pondría a todas las mejoras sociales un freno insuperable».

Tranquilícese el señor consejero del consistorio. Una Dieta que ni siquiera ha podido con el Gobierno prusiano, con esa podrá en caso de necesidad el proletariado.

«Se ha dicho», sigue observando el consejero del consistorio, «que el impuesto sobre la renta lleva a la revolución, al comunismo. A la revolución, desde luego, es decir, a una transformación de las relaciones sociales, a la eliminación de la miseria sin límites».

O bien el consejero del consistorio quiere burlarse de su público y decir solamente que el impuesto sobre la renta elimina la miseria sin límites para poner en su lugar la miseria limitada, y demás chistes malos berlineses por el estilo, o bien es el ignorante más grande y desvergonzado en asuntos económicos que existe. No sabe que en Inglaterra el impuesto sobre la renta existe desde hace siete años15 y no ha transformado ni una sola relación social ni ha eliminado ni un ápice de la miseria sin límites. No sabe que allí donde existe en Prusia la miseria más ilimitada, en las aldeas de tejedores de Silesia y de Ravensberg, entre los pequeños campesinos de Silesia, de Posen, del Mosela y del Vístula, allí precisamente existe el impuesto de clases, es decir, el impuesto sobre la renta.16

Pero ¿quién puede responder en serio a semejantes despropósitos? Más adelante se dice:

«También al comunismo, tal como se lo entiende precisamente… Donde el comercio y la industria han entrelazado y puesto en movimiento todas las relaciones de tal modo que el individuo no puede mantenerse en la corriente de la competencia, allí la naturaleza de las relaciones lo remite a la sociedad, que tiene que compensar en el individuo las consecuencias de las fluctuaciones generales. Allí la sociedad está solidariamente obligada respecto a la existencia de sus miembros».

Ahí tenemos, pues, el comunismo del Rh[einischer] Beobachter. A saber: en una sociedad como la nuestra, en la que nadie está seguro de su existencia, de su situación, la sociedad tiene la obligación de asegurar a cada cual su existencia. Primero confiesa el consejero del consistorio que la sociedad existente no puede hacerlo, y luego le exige que haga, a pesar de todo, eso que le es imposible.

Pero, según lo entiende el consejero del consistorio, debe reparar en el caso individual aquello a lo que no puede atender en sus fluctuaciones generales.

«Un tercio del pueblo no tiene base para su existencia, y otro tercio está en las últimas».

O sea, diez millones de individuos con los que hay que compensar en el caso individual. ¿Cree en serio el consejero del consistorio que el pobre Gobierno prusiano será capaz de conseguirlo?

Desde luego que sí, y precisamente por medio del impuesto sobre la renta, que lleva al comunismo tal como el Rh[einischer] Beobachter lo entiende precisamente.

Magnífico. Después de habernos soltado una sarta de confusiones sobre un pretendido comunismo, después de haber declarado que la sociedad está solidariamente obligada respecto a la existencia de sus miembros, que tiene que ocuparse de ellos aunque no pueda hacerlo, después de todos estos extravíos, contradicciones y exigencias imposibles, todavía se pretende que aceptemos el impuesto sobre la renta como la medida que ha de resolver todas las contradicciones, hacer posibles todos los imposibles, establecer la solidaridad de todos los miembros de la sociedad.

Remitimos a la memoria del señor von Duesberg sobre el impuesto sobre la renta, presentada a la Dieta.17 En esa memoria ya se había encontrado empleo hasta para el último céntimo del producto del impuesto sobre la renta. Al apurado Gobierno no le sobraba ni un ochavo para compensar en el caso individual las fluctuaciones generales, para cumplir las obligaciones solidarias de la sociedad. Y si en lugar de diez millones la naturaleza de las relaciones hubiera remitido al señor von Duesberg tan solo diez individuos, el señor von Duesberg habría tenido que despedir a los diez.

Pero no, nos equivocamos; además del impuesto sobre la renta, el señor consejero del consistorio tiene otro medio para introducir el comunismo tal como él lo entiende precisamente:

«¿Cuál es el alfa y la omega de la fe cristiana? El dogma del pecado original y de la redención. Y en él está la unión solidaria de la humanidad en su más alta potencia: uno para todos y todos para uno».

¡Pueblo bienaventurado! La cuestión cardinal queda resuelta para toda la eternidad. Bajo las alas dobles del águila prusiana y del Espíritu Santo, el proletariado encontrará dos fuentes de vida inagotables: en primer lugar, el excedente del impuesto sobre la renta sobre las necesidades ordinarias y extraordinarias del Estado, excedente que es igual a cero; y en segundo lugar, las rentas de los dominios celestiales del pecado original y la redención, que son igualmente iguales a cero. Estos dos ceros constituyen una base espléndida para el tercio del pueblo que no tiene base para su existencia, un apoyo formidable para el otro tercio, que está en las últimas. ¡Desde luego, unos excedentes imaginarios, el pecado original y la redención aplacarán el hambre del pueblo de un modo muy distinto que los largos discursos de los diputados liberales! Más adelante se dice:

«También rezamos en el padrenuestro: "No nos dejes caer en la tentación". Y lo que pedimos para nosotros debemos practicarlo nosotros mismos con nuestro prójimo. Ahora bien, nuestra situación social tienta sin duda al hombre, y el exceso de miseria incita al crimen».

Y nosotros, los señores burócratas, jueces y consejeros del consistorio del Estado prusiano, practicamos esa consideración haciendo enrodar, decapitar, encarcelar y azotar a nuestro antojo, y con ello «hacemos caer en la tentación» a los proletarios de hacernos a su vez enrodar, decapitar, encarcelar y azotar más adelante. Lo cual tampoco dejará de ocurrir.

«Semejante situación», declara el señor consejero del consistorio, «no puede tolerarla un Estado cristiano; tiene que ponerle remedio».

Sí, con absurdas fanfarronadas sobre las obligaciones solidarias de la sociedad, con excedentes imaginarios y con letras de cambio inaceptables giradas contra Dios Padre, Hijo y Compañía.

«También podemos ahorrarnos la charla, de por sí aburrida, sobre el comunismo», opina nuestro observador señor consejero del consistorio. «Con solo que quienes tienen vocación para ello desarrollen los principios sociales del cristianismo, los comunistas no tardarán en enmudecer».

Los principios sociales del cristianismo han tenido ya mil ochocientos años para desarrollarse y no necesitan que los sigan desarrollando unos consejeros del consistorio prusianos.

Los principios sociales del cristianismo justificaron la esclavitud antigua, glorificaron la servidumbre medieval y, llegado el caso, se prestan también a defender la opresión del proletariado, aunque sea con cara algo compungida.

Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y de una clase oprimida, y para la segunda solo tienen el piadoso deseo de que la primera sea caritativa.

Los principios sociales del cristianismo colocan en el cielo la compensación, a lo consejero del consistorio, de todas las infamias, y justifican así la persistencia de esas infamias en la tierra.

Los principios sociales del cristianismo declaran que todas las vilezas de los opresores contra los oprimidos son o el justo castigo del pecado original y de los demás pecados, o pruebas que el Señor, en su infinita sabiduría, impone a los redimidos.

Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, el envilecimiento, la sumisión, la humildad, en una palabra, todas las cualidades de la canalla, y el proletariado, que no quiere dejarse tratar como canalla, necesita su valor, su conciencia de sí, su orgullo y su sentido de la independencia mucho más todavía que su pan.

Los principios sociales del cristianismo son mojigatos y serviles, y el proletariado es revolucionario.

Hasta aquí los principios sociales del cristianismo.

Sigamos:

«Hemos reconocido la reforma social como la misión más noble de la monarquía».

¿Lo hemos reconocido? Hasta ahora no se había hablado de ello en absoluto. Pero sea. ¿Y en qué consiste la reforma social de la monarquía? En imponer un impuesto sobre la renta robado a los órganos del liberalismo, que ha de ofrecer unos excedentes de los que el ministro de Hacienda no sabe nada; en los fracasados bancos de rentas de la tierra, en el ferrocarril prusiano del Este y, sobre todo, ¡en la ganancia de un capital enorme de pecado original y redención!

«Así lo aconseja el interés mismo de la monarquía». ¡Qué bajo tiene que haber caído, entonces, la monarquía!

«Así lo exige la necesidad de la sociedad», que por el momento exige muchos más aranceles protectores que dogmas.

«Así lo recomienda el Evangelio»: así lo recomienda todo en general, salvo el estado de espantoso vacío de las arcas del Estado prusiano, ese abismo que en el plazo de tres años habrá engullido sin remedio los 15 millones rusos. Por lo demás, el Evangelio recomienda muchas cosas, entre otras también la castración, como comienzo de la reforma social por uno mismo. Mat[eo] 25.18

«La monarquía», declara nuestro señor consejero del consistorio, «es una sola cosa con el pueblo».

Esta frase no es más que otra forma del viejo «l'État c'est moi» («el Estado soy yo»), y es exactamente la misma forma que empleó Luis XVI el 23 de junio de 1789 contra sus estados rebeldes: si no me obedecéis, os mando a casa, «et seul je ferai le bonheur de mon peuple» («y yo solo haré la felicidad de mi pueblo»).19

Muy apurada tiene que estar la monarquía para decidirse a emplear esta forma, y nuestro docto señor consejero del consistorio sabe sin duda cómo le agradeció entonces a Luis XVI el pueblo francés su empleo.

«El trono», asegura además el señor consejero del consistorio, «tiene que descansar sobre la amplia base del pueblo; ahí es donde mejor se sostiene».

Es decir, mientras los anchos hombros no arrojen de un fuerte empujón al arroyo esa pesada superestructura.

«La aristocracia», concluye el señor consejero del consistorio, «deja a la monarquía su dignidad y le da un adorno poético, pero le sustrae el poder real. La burguesía le roba tanto el poder como la dignidad y no le da más que una lista civil. El pueblo conserva a la monarquía su poder, su dignidad y su poesía».

En este pasaje el señor consejero del consistorio se toma por desgracia demasiado en serio el fanfarrón llamamiento de Federico Guillermo a Su pueblo en el discurso de la Corona.20 Su última palabra es: derrocamiento de la aristocracia, derrocamiento de la burguesía, instauración de una monarquía apoyada en el pueblo.

Si estas exigencias no fueran puras fantasías, implicarían una revolución completa.

No queremos siquiera entrar en que la aristocracia no puede ser derrocada de otro modo que por la burguesía y el pueblo juntos, en que un dominio del pueblo en un país donde la aristocracia y la burguesía siguen existiendo una al lado de otra es un puro disparate. A semejantes fábulas de un consejero del consistorio de Eichhorn no se puede responder con razonamientos serios.

Solo queremos hacer unas cuantas observaciones bienintencionadas a esos señores que querrían salvar a la angustiada monarquía prusiana con un salto mortale al pueblo.

El pueblo es, de todos los elementos políticos, el más peligroso para un rey. No el pueblo del que habla Federico Guillermo, que da las gracias con lágrimas en los ojos por un puntapié y un Silbergroschen;21 ese pueblo no es nada peligroso, porque solo existe en la imaginación del rey. Pero el pueblo real, los proletarios, los pequeños campesinos y la plebe, es, como dice Hobbes, puer robustus, sed malitiosus, un muchacho robusto y malicioso,22 y no se deja tomar el pelo ni por reyes flacos ni por reyes gordos.

Este pueblo arrancaría ante todo a Su Majestad una constitución con sufragio universal, libertad de asociación, libertad de prensa y otras cosas desagradables.

Y si tuviera todo eso, lo emplearía para aclarar lo antes posible qué son el poder, la dignidad y la poesía de la monarquía.

El actual digno titular de esa monarquía podría darse por feliz si el pueblo lo contratara como declamador público en la Asociación de Artesanos de Berlín,23 con 250 táleros de lista civil y una rubia fresca al día.24

Si los señores consejeros del consistorio que dirigen ahora el destino de la monarquía prusiana y del Rhein[ischer] Beobachter lo pusieran en duda, que echen un vistazo a la historia. La historia les ha trazado horóscopos muy distintos a los reyes que apelaron a Su pueblo.

Carlos I de Inglaterra apeló también a Su pueblo contra sus estados. Llamó a su pueblo a las armas contra el Parlamento. Pero el pueblo se declaró contra el rey, expulsó del Parlamento a todos los miembros que no representaban al pueblo e hizo por fin decapitar al rey por el Parlamento, convertido así en verdadero representante del pueblo. Así terminó la apelación de Carlos I a Su pueblo. Esto ocurrió el 30 de enero de 1649, y en 1849 celebrará su segundo centenario.

Luis XVI de Francia apeló igualmente a Su pueblo. Durante tres años apeló una y otra vez de una parte del pueblo a la otra; buscó a Su pueblo, el verdadero pueblo, el pueblo entusiasmado con él, y no lo encontró en ninguna parte. Al final lo encontró en el campamento de Coblenza, detrás de las filas del ejército prusiano y austríaco.25 Pero eso ya fue demasiado para su pueblo de Francia. El 10 de agosto de 1792 encerró al apelante en el Temple26 y convocó la Convención Nacional, que lo representaba en todos los sentidos.

Esta Convención se declaró competente para juzgar la apelación del ex rey y, tras algunas deliberaciones, envió al apelante a la plaza de la Revolución, donde fue guillotinado el 21 de enero de 1793.

Eso es lo que pasa cuando los reyes apelan a Sus pueblos. Pero lo que pasará cuando los consejeros del consistorio quieran fundar una monarquía democrática, eso tendremos que esperar para verlo.

  1. Rheinischer Beobachter, diario conservador de Colonia (1844-1848), sostenido por el Gobierno prusiano. ↩

  2. Deutsche-Brüsseler-Zeitung, periódico de los emigrados alemanes en Bruselas (1847-1848); desde septiembre de 1847 Marx y Engels colaboraban regularmente en él. ↩

  3. Alusión a los «verdaderos socialistas», cuya crítica del liberalismo alemán Marx y Engels juzgaban útil sobre todo a los Gobiernos absolutistas. ↩

  4. Arnold Ruge (1802-1880), publicista joven hegeliano, codirector con Marx de los Deutsch-Französische Jahrbücher (1844) y desde entonces adversario suyo. ↩

  5. Konsistorialrat: alto funcionario de la administración eclesiástica protestante. Johann Albrecht Friedrich Eichhorn (1779-1856) fue de 1840 a 1848 ministro prusiano de Cultos, Enseñanza y Sanidad, el «ministerio eclesiástico» del texto, y uno de los pilares de la política pietista de Federico Guillermo IV. ↩

  6. Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860) y Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), historiadores liberales. ↩

  7. Eckensteher: los mozos de cuerda que esperaban clientes en las esquinas de Berlín, figura proverbial del berlinés de la calle. ↩

  8. «Pan y circo» (Juvenal, Sátiras, X, 81); «pan y religión». ↩

  9. La Dieta Unida (Vereinigter Landtag), reunión de las ocho Dietas provinciales prusianas convocada por Federico Guillermo IV, sesionó en Berlín de abril a junio de 1847; rechazó el empréstito para el ferrocarril del Este y el proyecto de impuesto sobre la renta, que habría sustituido al impuesto de degüello y molienda. ↩

  10. Schlacht- und Mahlsteuer: impuesto prusiano sobre la carne y la harina que se cobraba en las ciudades. ↩

  11. Trier'sche Zeitung, diario de Tréveris que en los años cuarenta difundía el «verdadero socialismo». ↩

  12. Alusión a la exclamación O sancta simplicitas! que la tradición atribuye a Jan Hus en la hoguera. ↩

  13. El ferrocarril del Este (Ostbahn), de Berlín a Königsberg, para cuya construcción pedía el Gobierno a la Dieta el empréstito de 30 millones de táleros. ↩

  14. Los bancos de rentas (Rentenbanken) habían de adelantar a los señores el rescate de las cargas feudales de los campesinos, que estos amortizarían a plazos. Las prestaciones personales (Frondienste) son las corveas debidas al señor. ↩

  15. El impuesto sobre la renta (income tax) fue reintroducido en Gran Bretaña por Peel en 1842. ↩

  16. El impuesto de clases (Klassensteuer), impuesto personal escalonado según la posición social, se cobraba en Prusia en el campo y en las ciudades donde no regía el impuesto de degüello y molienda. Ravensberg, comarca de Westfalia con muchos tejedores de lino. ↩

  17. Franz von Duesberg (1793-1872), ministro prusiano de Hacienda de 1846 a 1848. ↩

  18. El pasaje sobre los que «se hicieron eunucos a sí mismos por el reino de los cielos» está en Mateo 19, 12. ↩

  19. En la sesión real del 23 de junio de 1789 Luis XVI ordenó a los estados generales deliberar por separado y amenazó con disolverlos. La frase «El Estado soy yo» se atribuye a Luis XIV. ↩

  20. El discurso de la Corona con el que Federico Guillermo IV abrió la Dieta Unida el 11 de abril de 1847. ↩

  21. Moneda prusiana de plata, la trigésima parte de un tálero. ↩

  22. Thomas Hobbes, De cive, prefacio. ↩

  23. La Asociación de Artesanos de Berlín (Berliner Handwerkerverein), fundada en 1844, de orientación moderada y bajo vigilancia oficial. ↩

  24. Eine kühle Blonde: así se llamaba en Berlín a una jarra de cerveza blanca. Federico Guillermo IV era famoso por sus discursos. ↩

  25. En Coblenza tenían su cuartel general los emigrados realistas franceses, que en 1792 marcharon con los ejércitos de Prusia y Austria contra la Francia revolucionaria. ↩

  26. El Temple, antigua fortaleza de los templarios en París, sirvió de prisión a la familia real. ↩