Escrito por Friedrich Engels en Bruselas entre el 19 y el 22 de septiembre de 1847. Publicado sin firma en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 76, del 23 de septiembre de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 291-295), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Como es sabido, hay aquí unos cuantos abogados, funcionarios, médicos, rentistas, comerciantes, etc., que, con el pretexto de una Asociación para el Librecambio (a imitación de la de París),1 se dan unos a otros clases de los rudimentos de la economía política. Estos señores han nadado en la dicha los tres últimos días de la semana pasada. Celebraron su gran congreso de los más grandes economistas de todos los países y gozaron la inefable voluptuosidad de oír exponer las verdades de la economía, no ya por boca de un señor Jules Bartels, Le Hardy de Beaulieu, Faider o Fader2 o de otras magnitudes desconocidas, no, sino por boca de los primeros maestros de la ciencia. Estaban felices, encantados, arrobados, transportados al séptimo cielo.
Menos felices estaban, en cambio, los propios maestros de la ciencia. Se habían preparado para una lucha fácil, y la lucha fue muy dura para ellos; creían que no tenían más que llegar, ver y vencer, y solo vencieron en la votación, mientras que en la discusión del segundo día fueron derrotados sin paliativos y en la del tercero solo escaparon a fuerza de intrigas a una derrota nueva y todavía más rotunda. Aunque su público arrobado no se diera cuenta de nada, ellos mismos no pudieron evitar sentirlo dolorosamente.
Asistimos al congreso. Desde el principio no teníamos un respeto especial por estos maestros de la ciencia, cuya ciencia principal consiste en contradecirse continuamente unos a otros y a sí mismos con la mayor tranquilidad de espíritu. Pero confesamos que este congreso nos ha robado hasta el último resto de respeto que pudiéramos tener todavía por aquellos cuyos escritos y discursos conocíamos menos. Confesamos que nos asombró tener que oír tales simplezas e insulseces, tales trivialidades archisabidas. Confesamos que no esperábamos que los señores de la ciencia no supieran decirnos nada mejor que esos rudimentos de la economía que podrán ser nuevos para niños de siete u ocho años, pero que entre personas adultas, y sobre todo entre miembros de asociaciones para el librecambio, hay que dar por sabidos. Con todo, estos señores conocían a su público mejor que nosotros.
Los que mejor se comportaron en el congreso fueron los ingleses. Eran los más interesados en el asunto; les importa mucho la apertura de los mercados continentales; para ellos la cuestión de la libertad de comercio es una cuestión vital. Y lo mostraron con bastante claridad: ellos, que en ninguna otra parte hablan otra cosa que su inglés, se rebajaron, por el bien de su amado free trade,3 a hablar francés. Se les notaba claramente hasta qué punto el asunto les tocaba el bolsillo. Los franceses se presentaron como puros ideólogos y entusiastas científicos. Ni siquiera se distinguieron por el esprit francés, por la originalidad del enfoque. Pero al menos hablaban un buen francés, y eso siempre se oye poco en Bruselas. Los holandeses fueron aburridos y doctorales. Al danés, el señor David, no había manera de entenderlo. Los belgas hicieron más bien el papel de oyentes pasivos o, por lo menos, nunca se elevaron por encima de su industria nacional, la contrefaçon.4 Por último, los alemanes, con la excepción de Weerth,5 que sin embargo se presentó más como inglés que como alemán, fueron la partie honteuse6 de todo el congreso. A ellos les correspondería la palma, si al final un belga no la hubiera conquistado para su nación.
Primer día. Discusión general. La abrió Bélgica por medio del señor Faider, que en toda su actitud, en su porte y en su lenguaje, hacía alarde de esa elegancia de pisaverde contrahecha que tan repugnantemente se pavonea por las calles y los paseos de Bruselas. El señor Faider despachó puras frases y apenas llegó a las más elementales verdades económicas. No nos detengamos en él tanto como él nos detuvo con su sopa aguada.
Subió a la tribuna el señor Wolowski,7 profesor, etc., en París. Un judío polaco afrancesado, suficiente, florido y superficial, que ha sabido reunir en sí los malos rasgos de las tres naciones sin ninguno de los buenos. El señor Wolowski despertó un entusiasmo inmenso con un discurso preparado de antemano, sofístico y efectista. Pero, por desgracia, este discurso no era propiedad del señor Wolowski: estaba hilvanado con retazos de los Sophismes économiques del señor Frédéric Bastiat.8 Eso, naturalmente, no podían saberlo los aplaudidores de Bruselas. El señor Wolowski lamentó que fuera un proteccionista alemán el que iba a hacer la oposición y que los proteccionistas franceses se dejaran quitar así la iniciativa. Ya ha recibido su castigo. Al final de su discurso, el señor Wolowski se volvió cómico en grado sumo. Pasó a hablar de las clases trabajadoras, a las que prometió el oro y el moro de la libertad de comercio, y en su nombre lanzó un ataque de furia fingida contra los proteccionistas. Sí, gritó, subiendo hasta un falsete patético, sí, esos proteccionistas, «esas gentes que no tienen aquí nada que lata por las clases trabajadoras»9 —y al decirlo se daba golpecitos en su barriguita redonda—, esos proteccionistas son los que nos impiden cumplir nuestros más caros deseos y sacar a los obreros de su miseria. Por desgracia, toda su cólera era demasiado impostada para causar impresión alguna en los pocos obreros presentes en la tribuna del público.
El señor Rittinghausen,10 de Colonia, representante de la patria alemana, leyó un escrito infinitamente aburrido en defensa del sistema proteccionista. Se presentó como un auténtico alemán. Se lamentó, con la cara más lastimera del mundo, de la mala situación de Alemania, de su impotencia industrial, y casi suplicó a los ingleses que tuvieran a bien permitir a Alemania protegerse de su competencia superior. Cómo, señores, dijo, ¿quieren ustedes darnos la libertad de comercio, quieren que compitamos libremente con todas las naciones, cuando casi en todas partes tenemos todavía gremios y ni siquiera podemos competir libremente entre nosotros mismos?
Al señor Rittinghausen le respondió el señor Blanqui,11 profesor, diputado y conservador progresista de París, autor de una miserable historia de la economía y de otras malas obras, puntal de la llamada «Escuela francesa» de economía. Un hombre bien cebado y abotonado hasta el cuello, con una cara en la que se mezclan repugnantemente la severidad fingida, la unción y la filantropía. Caballero de la Legión de Honor, cela va sans dire.12 El señor Blanqui habló con la mayor volubilidad posible y el menor ingenio posible, y eso tenía que impresionar, naturalmente, a los librecambistas de Bruselas. Por lo demás, lo que dijo es diez veces más insignificante todavía que lo que había escrito antes. No nos detengamos en esas frases.
Luego vino el doctor Bowring,13 diputado radical y heredero de la sabiduría de Bentham, cuyo esqueleto posee.14 Él mismo es una especie de osamenta benthamiana. Se notaba que las elecciones ya habían pasado: el señor Bowring ya no creyó necesario hacer concesiones al pueblo y se presentó como un auténtico burgués. Habló un francés fluido y correcto con un fuerte acento inglés y reforzó el efecto de sus palabras con los gestos más vehementes y graciosos que recordamos haber visto nunca. El señor Bowring, representante de la muy interesada burguesía inglesa, declaró que ya era hora de dejar a un lado el egoísmo y de fundar la propia felicidad en la de los demás. Naturalmente, la vieja «verdad» económica de que con un millonario se pueden hacer más negocios, y por tanto ganar más a su costa, que con el dueño de solo mil táleros. Para terminar, todavía un himno entusiasta a cet envoyé du ciel,15 el contrabandista.
Después de él intervino el señor Duchateau, presidente de la Asociación para la Protección del Trabajo Nacional de Valenciennes, y, a raíz de la provocación del señor Wolowski, defendió el sistema proteccionista francés. Repitió con mucha calma y claridad las conocidas tesis de los proteccionistas, en la muy acertada opinión de que bastaban para amargarles todo el congreso a los señores freetraders. Fue sin duda el mejor orador del día.
Le respondió el señor Ewart,16 diputado, en un francés casi incomprensible, con los tópicos más vulgares y gastados de la Liga contra las leyes cerealistas,17 que en Inglaterra casi cualquier pilluelo sabe de memoria hace tiempo.
Al señor Campan, delegado de la sociedad librecambista de Burdeos, lo mencionamos solo por cumplir. Lo que dijo fue tan insignificante que no recordamos ni una palabra.
El señor coronel Thompson,18 diputado, reduce la cuestión a una sencilla historia: en una ciudad hay cocheros de punto que hacen un trayecto por un franco y medio. Ahora se introduce un ómnibus que hace el mismo trayecto por un franco. Entonces, dirán los cocheros, se le quita al comercio medio franco por trayecto. ¿Pero es eso cierto? ¿Adónde va el medio franco? Pues el pasajero comprará otra cosa con él, por ejemplo pasteles, bollos, etc. Así que el medio franco vuelve al comercio, y el consumidor disfruta más de él. Ese es el caso de los proteccionistas, que defienden al cochero, y de los freetraders, que quieren introducir el ómnibus. Lo único que olvida el buen coronel Thompson es que la competencia anula muy pronto esa ventaja del consumidor y le quita en una cosa exactamente lo mismo que gana en la otra.
Por último intervino el señor Dunoyer,19 consejero de Estado en París, autor de varias obras, entre ellas De la liberté du travail, en la que acusa a los obreros de hacer demasiados hijos. Habló con una vehemencia de consejero de Estado, y dijo, por cierto, cosas muy insignificantes. El señor Dunoyer es un ventru20 bien cebado, de cráneo calvo y cara de perro roja y prominente, que evidentemente no está acostumbrado a que se le contradiga, pero que dista mucho de ser tan temible como quisiera. El señor Blanqui dijo de sus baratas invectivas contra el proletariado: «El señor Dunoyer dice a los pueblos las mismas verdades austeras que en el siglo pasado los Voltaire y los Rousseau decían a los príncipes».21
Con esto quedó cerrada la discusión general. De la discusión de las cuestiones particulares en los días segundo y tercero informaremos en el próximo número.22
En francés en el original: Association pour le libre échange (à l'instar de Paris). La Asociación belga para el Librecambio se fundó en Bruselas en 1846 siguiendo el modelo de la asociación que Frédéric Bastiat y otros economistas habían creado en París ese mismo año, tras el triunfo de la Liga contra las leyes cerealistas en Inglaterra. Fue ella la que organizó el congreso internacional de economistas de los días 16 a 18 de septiembre de 1847. ↩
Juego de palabras con el apellido de Charles Faider, jurista belga, y el adjetivo alemán fade, «soso», «insulso». Jules Bartels, periodista belga; Adolphe Le Hardy de Beaulieu, economista e ingeniero belga, librecambista. ↩
«Librecambio»; más abajo, freetraders, «librecambistas». En inglés en el original. ↩
«Falsificación»: la reimpresión pirata de libros franceses, una industria floreciente en Bélgica hasta el convenio franco-belga de 1852. ↩
Georg Weerth (1822-1856), poeta alemán y amigo de Marx y Engels, empleado de comercio en Bradford entre 1843 y 1846; su discurso en el congreso lo resume Engels en «El congreso librecambista de Bruselas». ↩
«Parte vergonzosa». ↩
Louis Wolowski (1810-1876), economista y jurista de origen polaco, emigrado a Francia tras la insurrección polaca de 1830-1831, profesor del Conservatorio de Artes y Oficios de París. ↩
Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés, el principal propagandista del librecambio en Francia. Sus Sophismes économiques («Sofismas económicos», 1845-1848) son una colección de apólogos contra el proteccionismo. ↩
En francés en el original: ces gens qui n'ont rien là qui batte pour les classes laborieuses. ↩
Moritz Rittinghausen (1814-1890), publicista demócrata de Colonia, partidario entonces de los aranceles protectores. ↩
Jérôme-Adolphe Blanqui (1798-1854), economista liberal francés, hermano del revolucionario Auguste Blanqui, autor de una Histoire de l'économie politique en Europe (1837) y diputado desde 1846. ↩
«Huelga decirlo». ↩
John Bowring (1792-1872), político radical inglés, discípulo de Bentham y editor de sus obras, diputado y propagandista del librecambio. ↩
Bentham había legado su cuerpo a la ciencia; su esqueleto, vestido con sus ropas y con una cabeza de cera, se conserva desde 1850 en el University College de Londres. ↩
«Ese enviado del cielo». ↩
William Ewart (1798-1869), diputado liberal inglés, librecambista. ↩
La Anti-Corn Law League, fundada en Manchester en 1838 por los fabricantes Richard Cobden y John Bright para abolir los aranceles sobre el grano, que se derogaron en 1846. ↩
Thomas Perronet Thompson (1783-1869), militar, economista y diputado radical inglés, uno de los primeros propagandistas del librecambio. ↩
Charles Dunoyer (1786-1862), economista liberal francés, consejero de Estado; su De la liberté du travail es de 1845. ↩
«Panzudo»: así se llamaba en Francia a los diputados adictos al gobierno, que votaban a cambio de favores. ↩
En francés en el original: M. Dunoyer dit aux peuples les mêmes vérités austères qu'au dernier siècle les Voltaire et Rousseau disaient aux princes. ↩
La continuación anunciada no llegó a publicarse en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung. Engels contó el resto del congreso en el Northern Star del 9 de octubre de 1847 («El congreso librecambista de Bruselas»). ↩