Escrito por Friedrich Engels en inglés a finales de septiembre de 1847. Publicado sin firma en The Northern Star, núm. 520, del 9 de octubre de 1847. No disponemos del texto inglés; traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 299-308), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los días 16, 17 y 18 de septiembre se celebró aquí (en Bruselas) un congreso de economistas, fabricantes, comerciantes, etc., para discutir la cuestión del librecambio. Asistieron más de 150 personas de todas las naciones. Por parte de los librecambistas ingleses estaban presentes los diputados doctor Bowring, coronel Thompson, señor Ewart y señor Brown, el director del Economist, James Wilson, Esq.,1 etc.; de Francia habían venido el señor Wolowski, profesor de Derecho, el señor Blanqui, diputado, profesor de economía, autor de una historia de esta ciencia y de otras obras, el señor Horace Say, hijo del célebre economista,2 el señor Ch. Dunoyer, miembro del Consejo de Estado, autor de varias obras de política y de economía, y otros. De Alemania no había ningún librecambista, pero Holanda, Dinamarca, Italia, etc., habían enviado representantes. El señor Ramón de la Sagra,3 de Madrid, quería venir, pero llegó demasiado tarde. La participación de un gran número de librecambistas belgas no hace falta mencionarla, porque se da por supuesta.

Así se reunieron los maestros de la ciencia para discutir la importante cuestión de si el librecambio es útil para el mundo. Usted supondrá que las conversaciones de una sociedad tan selecta —discusiones sostenidas por lumbreras económicas de primer orden— tuvieron que ser interesantísimas. Dirá usted que hombres como el doctor Bowring, el coronel Thompson, Blanqui y Dunoyer tuvieron que pronunciar discursos impresionantes, aportar argumentos de la mayor fuerza persuasiva y mostrar todas las cuestiones bajo una luz enteramente nueva, sorprendente, a la altura de las más altas expectativas. Pero, por desgracia, señor mío, si hubiera estado usted allí, se habría llevado una amarga decepción. Sus grandes expectativas, sus bellas ilusiones se habrían venido abajo en menos de una hora. He asistido a innumerables asambleas y discusiones públicas. Oí a la Liga exponer sus argumentos contra las leyes cerealistas más de cien veces durante mi estancia en Inglaterra, pero nunca, se lo aseguro, oí una cháchara tan necia, aburrida e insustancial, y expuesta con tanta autosuficiencia. Nunca me había llevado semejante desilusión. Lo que allí se trató no merece el nombre de discusión: fue pura charla de taberna. Las grandes lumbreras científicas no se aventuraron nunca en el terreno de la economía en sentido estricto, y no quiero repetirle todos los disparates trillados que se soltaron los dos primeros días. Lea usted, por favor, dos o tres números de The League4 o del Manchester Guardian y encontrará todo lo que se dijo, salvo quizá un par de frases graciosas que dijo el señor Wolowski. Pero las había robado del folleto del señor Bastiat (jefe de los librecambistas franceses) Sophismes économiques.5 Los librecambistas no esperaban más oposición que la del señor Rittinghausen, un proteccionista alemán y en general un tipo insulso. Pero se levantó un tal señor Duchateau, fabricante francés y proteccionista —un hombre que hablaba por su bolsa, exactamente igual que el señor Ewart o el señor Brown por la suya—, y les dio tanto trabajo con su oposición que el segundo día de la discusión un gran número de los propios librecambistas admitió que habían salido perdiendo en los argumentos. Eso sí, se desquitaron en la votación: las resoluciones se aprobaron, naturalmente, casi por unanimidad.

El tercer día se discutió una cuestión que interesa a sus lectores. Se trataba de esto: «¿Será útil para las clases trabajadoras la implantación de un librecambio general?». La respuesta afirmativa la defendió el señor Brown, el librecambista de Lancashire, en un prolijo discurso en inglés. Él y el señor Wilson fueron los únicos que usaron esta lengua. Todos los demás hablaron en francés; el doctor Bowring, muy bien; el coronel Thompson, pasablemente; el señor Ewart, espantosamente. Este repitió parte de los viejos documentos de la Liga con un tono lloroso, muy parecido al de un clérigo anglicano.

Después de él se levantó el señor Weerth,6 de la Prusia renana. Supongo que conoce usted a este señor: un joven viajante de comercio cuya poesía es bien conocida y muy apreciada en Alemania y que, por haber vivido varios años en Yorkshire, fue testigo ocular de la situación de los obreros. Tiene allí bastantes amigos, que se alegrarán de que no los haya olvidado. Como su intervención será probablemente para sus lectores lo más interesante de todo el congreso, informaré de ella con algún detalle. Dijo lo siguiente:

«Señores: Discuten ustedes la influencia del librecambio en la situación de las clases trabajadoras. Manifiestan ustedes la mayor simpatía por estas clases. Me alegro mucho de ello, pero me asombra no encontrar entre ustedes a ningún representante de los obreros. La burguesía de Francia está representada por un par, la de Inglaterra por varios diputados, la de Bélgica por un antiguo ministro, e incluso la de Alemania por un señor que nos ha dado una descripción fiel de las condiciones de aquel país. Pero ¿dónde, les pregunto, están los representantes de los obreros? No los veo por ninguna parte, y por eso, señores, permítanme representar sus intereses. Me permito hablarles en nombre de los trabajadores, y en particular en nombre de los cinco millones de obreros ingleses entre los que pasé algunos de los mejores años de mi vida, a los que conozco y aprecio. (Aplausos.) En verdad, señores, los obreros necesitan algo más de generosidad. Hasta ahora no se les ha tratado como a personas, sino como a bestias de carga, peor aún: como a mercancía, como a máquinas; los fabricantes ingleses lo saben tan bien que nunca dicen: empleamos a tantos obreros, sino a tantas manos. La clase poseedora, actuando según este principio, no ha vacilado un instante en sacar provecho de sus servicios mientras los necesitaba, para echarlos a la calle en cuanto ya no había provecho que exprimirles. Por eso la situación de estos parias de la sociedad moderna ha tomado tales formas que no puede ser peor. Miren ustedes adonde miren, a las orillas del Ródano, a las calles sucias y apestadas de Manchester, Leeds y Birmingham, a las montañas de Sajonia y de Silesia o a las llanuras de Westfalia, en todas partes encontrarán la misma miseria pálida, la misma desesperación sorda en los ojos de unos hombres que reclaman en vano sus derechos y su lugar en la sociedad civilizada». (Gran sensación.)

El señor Weerth declaró luego que, en su opinión, el sistema proteccionista no protege en realidad a los obreros, pero que tampoco el librecambio —y se lo dijo alto y claro, aunque él mismo es librecambista—, que tampoco el librecambio cambiaría nunca su mísera situación. No compartía en modo alguno las ideas falsas de los librecambistas acerca de los beneficios que la implantación de su sistema traería a la clase obrera. Al contrario, el librecambio, es decir, la plena realización de la libre competencia, obligaría a los obreros a una competencia más encarnizada entre ellos, del mismo modo que obligaría a los capitalistas a competir entre sí con menos miramientos todavía. La completa libertad de competencia traería inevitablemente un enorme auge en la invención de nuevas máquinas, y con ello echaría a la calle cada día más obreros que antes. Impulsaría la producción en todos los sentidos, pero precisamente por eso fomentaría también en la misma medida la sobreproducción, la saturación de los mercados y los estancamientos del comercio. Los librecambistas afirman que esas terribles conmociones cesarían bajo un sistema de libertad de comercio. Pero sucedería exactamente lo contrario: crecerían y se multiplicarían más que nunca. Sería posible, más aún, seguro, que al principio el abaratamiento de los víveres beneficiara a los obreros, que la reducción de los costes de producción trajera un aumento del consumo y de la demanda de mano de obra; pero esa ventaja se convertiría muy pronto en miseria, y la competencia dentro de la clase obrera la devolvería pronto a su antiguo estado de miseria y de penuria. Tras estos argumentos y otros parecidos (que parecían completamente nuevos para la asamblea, pues se siguieron con la mayor atención, aunque el reportero del Times se creyó en el deber de despacharlos con la burla insolente, pero elocuente, de «frases cartistas»), el señor Weerth terminó así:

«No piensen, señores, que estas son solo mis opiniones personales; son también las de los obreros ingleses, una clase a la que apoyo y respeto, porque son en verdad hombres inteligentes y enérgicos. (Aplausos "por cortesía".) Lo demostraré con algunos ejemplos. Durante seis años enteros, los señores de la Liga que vemos aquí cortejaron en vano el apoyo de la clase obrera. Los obreros nunca olvidaron que los capitalistas eran sus enemigos naturales. Recordaban los disturbios de la Liga de 18427 y la resistencia de los fabricantes a la ley de las diez horas.8 Solo hacia finales de 1845 se aliaron los cartistas, la élite de la clase obrera, temporalmente con la Liga para derrotar al enemigo común, la nobleza terrateniente. Pero eso fue solo por poco tiempo, y nunca se dejaron extraviar por las promesas engañosas de Cobden, Bright y compañía,9 ni esperaron de los burgueses pan barato, salarios altos y trabajo en abundancia. No, ni por un momento dejaron de confiar únicamente en sus propias fuerzas y de crear un partido propio, dirigido por jefes eminentes, el infatigable Duncombe y Feargus O'Connor,10 que, a pesar de todas las calumnias —(aquí el señor Weerth miró al doctor Bowring, que hizo un movimiento rápido y convulsivo)—, que, a pesar de todas las calumnias, se sentarán dentro de unas semanas a su lado, en el mismo banco de la Cámara de los Comunes. Pues bien, en nombre de esos millones que no creen que el librecambio vaya a hacer milagros por ellos, les invito a pensar en otros medios, si de verdad quieren mejorar la situación de los obreros. Señores, les invito a ello en su propio interés. Ya no necesitan temer al zar de todas las Rusias ni una invasión de los cosacos; pero, si no se andan con cuidado, tendrán que temer el levantamiento de sus propios obreros, y estos los tratarán mucho más terriblemente que todos los cosacos del mundo. Señores, los obreros ya no quieren de ustedes palabras, sino hechos, y no tienen ustedes motivo para asombrarse de ello. Los obreros recuerdan muy bien los años 1830 y 1831, cuando conquistaron para ustedes en Londres la ley de reforma11 y lucharon por ustedes en las calles de París y de Bruselas, cómo se les cortejaba entonces, se les estrechaba la mano y se cantaban sus alabanzas en los tonos más altos, y cómo, cuando pocos años después pidieron pan, se les recibió con metralla y bayonetas. ("¡Oh! ¡No, no!", "¡Sí, sí! ¡Buzançais, Lyon!")12 Repito, pues: saquen adelante su librecambio, estará bien, pero piensen al mismo tiempo en otras medidas en favor de las clases trabajadoras, o se arrepentirán». (Fuertes aplausos.)

Inmediatamente después del señor Weerth se levantó el doctor Bowring para replicar:

«Señores», dijo, «puedo comunicarles que el honorable miembro que me ha precedido en el uso de la palabra no ha sido elegido por los obreros ingleses como su representante en este congreso. Antes bien, fue el pueblo inglés en su conjunto el que nos dio a nosotros su voto con este fin, y por eso reclamamos la condición de sus verdaderos representantes».

Pasó luego a describir los beneficios del librecambio, que se manifestaban en el aumento de la importación de víveres en Inglaterra desde la implantación del arancel el año anterior. Tantos huevos, tantos quintales de mantequilla, queso, jamón, tocino, tantas cabezas de ganado, etc., etc.; ¿quién podía haberse comido todas esas cosas sino los obreros de Inglaterra? Olvidó, eso sí, decirnos qué cantidades de esos mismos artículos se han dejado de producir en Inglaterra desde que se admitió la competencia extranjera. Dio por sentado que el aumento de la importación es una prueba concluyente del aumento del consumo. No mencionó en ningún momento de dónde iban a sacar los obreros de Manchester, Bradford y Leeds, que ahora están en la calle y no encuentran trabajo, de dónde iba a sacar esa gente el dinero para pagar el supuesto crecimiento del consumo y las comodidades del librecambio; porque nunca hemos oído hablar de patronos que les hayan regalado huevos, mantequilla, queso, jamón y carne a cambio de no hacer nada. No dijo una palabra sobre el mal estado actual del comercio, que todos los periódicos describen como verdaderamente sin precedentes.13 Parecía no saber que todas las predicciones de los librecambistas, desde que se aplicaron sus medidas, han resultado ser exactamente lo contrario de la realidad. No tuvo una palabra de compasión para los sufrimientos de los obreros, sino que, al contrario, presentó su sombría situación actual como la más hermosa, feliz y agradable que razonablemente pueden desear.

Que los obreros ingleses elijan ahora entre sus dos representantes. Siguió una multitud de oradores que hablaron de todos los temas imaginables menos del que estaba en discusión. El señor M'Adam, diputado por Belfast (?), soltó un rollo interminable sobre la hilatura del lino en Irlanda y abrumó a la asamblea con estadísticas. El señor Ackersdijk,14 profesor holandés, habló de la vieja y de la nueva Holanda y de las universidades de Lieja, Walpole y Dewit. El señor Van de Casteele disertó sobre Francia, Bélgica y el gobierno; el señor Asher, de Berlín, sobre el patriotismo alemán y sobre no sé qué objeto nuevo al que llamó producto espiritual; y el señor Den Tex, holandés, sobre Dios sabe qué. Cuando al fin el auditorio estaba medio dormido, lo despertó el señor Wolowski, que volvió al problema central y respondió al señor Weerth. Su discurso, como el de todos los franceses, demostró cuánto temen los capitalistas franceses que se cumplan las profecías del señor Weerth. Hablan de los sufrimientos de la clase obrera con una simpatía tan fingida, tan hipócrita y tan lacrimosa, que uno podría tomárselo todo al pie de la letra si no lo desmintieran con demasiada evidencia sus barrigas redondas, el sello de la hipocresía hondamente grabado en sus caras, las míseras recetas que proponen y el contraste inconfundible entre sus palabras y sus hechos. Hasta ahora nunca han conseguido engañar ni a un solo obrero. Se levantó luego el duque de Harcourt,15 par de Francia, y reclamó también para los capitalistas, diputados, etc., franceses presentes el derecho a representar a los obreros franceses. Lo hacen del mismo modo que el doctor Bowring representa a los cartistas ingleses. Después de él habló el señor James Wilson, que repitió con la mayor desvergüenza las frases más trilladas de la Liga con el tono soñoliento de un cuáquero de Filadelfia.

Ya ve usted qué discusión tan entretenida fue aquella. El doctor Marx, de Bruselas, a quien ustedes conocen como el representante con mucho más dotado de la democracia alemana, también había pedido la palabra. Había preparado un discurso que, de haberlo pronunciado, habría hecho imposible a los «señores» del congreso someter la cuestión a votación. Pero la oposición de Weerth los había vuelto precavidos. Estaban resueltos a no dejar hablar a nadie más de cuya ortodoxia no estuvieran del todo seguros. Así, los señores Wolowski, Wilson y toda la noble parentela gastaron el tiempo en palabras, y cuando dieron las cuatro, aún querían hablar seis o siete señores, pero el presidente cortó bruscamente la discusión, y toda la asamblea de necios, mentecatos y bribones llamada congreso económico declaró en la votación, por unanimidad menos un voto (el de aquel pobre loco alemán, el proteccionista ya mencionado) —los demócratas no tomaron parte en ella—, que el librecambio es enormemente útil para la clase obrera y la librará de toda su miseria y de toda su penuria.

Como el discurso del señor Marx, aunque no llegó a pronunciarse, contiene la mejor y más convincente refutación de esta mentira desvergonzada que pueda imaginarse, y como su contenido, pese a tantos cientos de páginas escritas en pro y en contra sobre esta cuestión, será completamente nuevo para Inglaterra, les adjunto algunos extractos.

Discurso del doctor Marx sobre los aranceles protectores, el librecambio y la clase obrera

Hay dos escuelas de proteccionistas. La primera la representa en Alemania el doctor List,16 que no se había propuesto, ni mucho menos, proteger el trabajo manual; al contrario, los representantes de esta escuela pedían aranceles protectores para destruir el trabajo manual mediante la maquinaria, para desplazar la manufactura patriarcal por la manufactura moderna. Siempre se propusieron preparar la dominación de las clases poseedoras (de la burguesía), y muy en particular la de los grandes capitalistas industriales. Presentaban abiertamente la ruina de los pequeños fabricantes, de los pequeños artesanos y de los pequeños campesinos como un fenómeno lamentable, sí, pero a la vez completamente inevitable. La segunda escuela de proteccionistas no pedía solo un sistema de aranceles protectores, sino un sistema prohibitivo absoluto. Proponían proteger el trabajo manual tanto contra la irrupción de las máquinas como contra la competencia extranjera. Proponían además proteger con aranceles altos no solo la industria nacional, sino también la agricultura del país y la producción de materias primas. ¿Y adónde fue a parar al final esta escuela? A la prohibición, no solo de la importación de productos manufacturados extranjeros, sino del progreso de la propia industria nacional. Así, todo el sistema proteccionista cayó inevitablemente en la tenaza del dilema siguiente: o protegía el progreso de la industria nacional y sacrificaba con ello el trabajo manual, o protegía el trabajo manual y sacrificaba con ello la industria nacional. Los proteccionistas de la primera escuela, los que tenían por imparables el progreso de la maquinaria, la división del trabajo y la lucha de la competencia, decían a los obreros: «Si de todos modos os han de exprimir, mejor que os exprima vuestra propia gente que los extranjeros». ¿Se conformará con eso para siempre la clase obrera? Creo que no. Los que producen toda la riqueza y todo el confort de los ricos no se contentarán con ese pobre consuelo. Exigirán mayor bienestar material a cambio de sus productos materiales. Pero los proteccionistas dicen: «Después de todo, así conservamos al menos el estado actual de la sociedad. Mal que bien, aseguramos al obrero ocupación para sus manos e impedimos que la competencia extranjera lo eche a la calle». Sea. Con ello los proteccionistas admiten que son incapaces, aun en el caso más favorable, de conseguir nada mejor que el mantenimiento del statu quo. Ahora bien, la clase obrera no quiere la perpetuación del estado actual, sino un cambio a mejor. Aún le queda un último refugio al proteccionista. Dirá que no es en absoluto enemigo de una reforma social en el interior del país, pero que, para asegurar su éxito, lo primero es eliminar todo peligro causado por la competencia extranjera. «Mi sistema», dice, «no es un sistema de reforma social; pero si de todos modos hemos de reformar la sociedad, ¿no haríamos mejor en hacerlo en nuestro propio país antes de hablar de reformas en nuestras relaciones con los demás países?». Muy convincente, en verdad; pero tras esta conclusión aparentemente plausible se esconde una contradicción de lo más extraña. Mientras el sistema proteccionista pone armas en manos del capital de un país contra el capital de los países extranjeros, mientras fortalece al capital frente a los extranjeros, cree que este capital así armado y fortalecido será débil, indulgente y sin fuerza frente a la clase obrera. Eso equivaldría a apelar a la misericordia del capital, como si el capital como tal pudiera ser alguna vez misericordioso. Pero las reformas sociales nunca se logran por la debilidad de los fuertes, sino siempre por la fuerza de los débiles. Por lo demás, no hace ninguna falta detenerse en este punto. Desde el momento en que los proteccionistas admiten que las reformas sociales no entran necesariamente en el ámbito de su sistema ni forman parte de él, sino que constituyen una cuestión enteramente aparte, desde ese momento abandonan la cuestión que se discute. Podemos, pues, dejarlos de lado y examinar los efectos del librecambio sobre la situación de la clase obrera. El problema de qué influencia tendrá la completa liberación del comercio en la situación de la clase obrera es muy fácil de resolver. En realidad no es siquiera un problema. Si hay algo que la economía haya expuesto con claridad, es el destino que espera a la clase obrera bajo el régimen del librecambio. Todas las leyes que sobre esto exponen las obras clásicas de la economía solo son realmente ciertas en el supuesto de que el comercio esté libre de toda traba, de que la competencia sea enteramente libre, no solo en un país, sino en todo el globo. Estas leyes que descubrieron A. Smith, Say y Ricardo —leyes que determinan la producción y la distribución de la riqueza— se vuelven más ciertas y más exactas, y dejan de ser meras abstracciones, en la misma medida en que se impone el librecambio. También los maestros de la ciencia declaran constantemente, cuando tratan un tema económico, que sus conclusiones se basan todas sin excepción en el supuesto de que el comercio se libere de todas las trabas que aún subsisten. Tienen toda la razón al aplicar este método, pues no crean abstracciones arbitrarias: solo eliminan de su pensamiento una serie de circunstancias accidentales. Así puede decirse con razón que los economistas —Ricardo y otros— saben más de la sociedad tal como será que de la sociedad tal como es. Saben más del futuro que del presente. Si se quiere leer en el libro del futuro, ábrase a Smith, Say y Ricardo. Allí se encuentra descrita, con toda la claridad posible, la situación que espera a la clase obrera bajo el régimen del librecambio plenamente desarrollado. Tómese, por ejemplo, una autoridad como Ricardo, una autoridad insuperable. ¿Cuál es, económicamente hablando, el precio natural, normal, del trabajo de un obrero? Ricardo responde: «El salario reducido a un mínimo, su límite más bajo». El trabajo es una mercancía como cualquier otra. Pero el precio de una mercancía lo determina el tiempo de trabajo necesario para producirla. ¿Qué hace falta, pues, para producir la mercancía trabajo? Exactamente lo que hace falta para producir la suma de mercancías indispensables para el sustento del obrero y para reponer el desgaste de sus fuerzas, de modo que pueda vivir y propagar de algún modo su raza. No hay que suponer, sin embargo, que los obreros nunca se elevan por encima de este límite inferior ni se ven empujados por debajo de él. En absoluto; según esta ley, a la clase obrera le irá mejor por temporadas. Por temporadas tendrán más que el mínimo de subsistencia, pero ese más no será sino el suplemento de lo que en otras épocas —en las épocas de estancamiento industrial— les falta para llegar al mínimo de subsistencia. Es decir, que en un determinado lapso de tiempo, que se repite periódicamente, en el que la economía recorre el ciclo de prosperidad, sobreproducción, estancamiento y crisis —si tomamos el promedio de lo que el obrero recibe por encima o por debajo del mínimo de subsistencia—, resulta que en conjunto no ha recibido ni más ni menos que el mínimo; o, dicho de otro modo, que la clase obrera se habrá conservado como clase después de grandes miserias y grandes sufrimientos y después de dejar muchos muertos en el campo de batalla de la industria. ¿Pero qué importa eso? La clase existe, y no solo existe: se habrá incluso ampliado. Esta ley, según la cual el salario más bajo es el precio natural de la mercancía trabajo, se impondrá en la misma medida en que se cumpla la predicción de Ricardo de que el librecambio llegará a ser una realidad. Aceptamos todo lo que se ha dicho sobre las ventajas del librecambio. Las fuerzas productivas crecerán, los impuestos que los aranceles protectores han impuesto al país desaparecerán y todas las mercancías se venderán a un precio más bajo. ¿Y qué dice a su vez Ricardo? «Que el trabajo, una mercancía como las demás, se venderá también a un precio más bajo»; que, en efecto, se lo podrá tener por muy poco dinero, lo mismo que la pimienta y la sal. Y más aún: así como todas las demás leyes de la economía política cobrarán una importancia mayor, un plus de verdad, con la realización del librecambio, así también la ley de la población establecida por Malthus17 se desarrollará bajo el régimen del librecambio en unas proporciones tan grandiosas como pueda desearse. Así que hay que elegir: o se rechaza toda la economía política tal como existe actualmente, o hay que admitir que, bajo la libertad de comercio, todo el rigor de las leyes de la economía política se aplicará contra la clase obrera. ¿Quiere esto decir que estamos contra el librecambio? No, estamos a favor del librecambio, porque con el librecambio todas las leyes económicas, con sus contradicciones más asombrosas, actuarán a una escala mayor y en un territorio mayor, en toda la tierra, y porque de la reunión de todas estas contradicciones en un solo grupo de contradicciones directamente enfrentadas saldrá la lucha que terminará con la emancipación del proletariado.

  1. John Bowring, Thomas Perronet Thompson, William Ewart y William Brown, diputados librecambistas; James Wilson (1805-1860), economista y fabricante escocés, fundador en 1843 del semanario The Economist. Sobre los demás asistentes, véanse las notas a «El congreso de los economistas». ↩

  2. Horace Say (1794-1860), economista y comerciante francés, hijo de Jean-Baptiste Say. ↩

  3. Ramón de la Sagra (1798-1871), economista y naturalista gallego, que se interesó por las doctrinas socialistas. ↩

  4. The League, el semanario de la Liga contra las leyes cerealistas (1843-1846). El Manchester Guardian era el principal diario de los fabricantes librecambistas de Manchester. ↩

  5. Frédéric Bastiat (1801-1850), secretario general de la asociación librecambista de París; sus Sophismes économiques («Sofismas económicos», 1845-1848) son una colección de apólogos contra el proteccionismo. ↩

  6. Georg Weerth (1822-1856), poeta y periodista alemán, amigo de Marx y Engels; entre 1843 y 1846 trabajó como empleado de una casa de comercio en Bradford y frecuentó a los cartistas. ↩

  7. En agosto de 1842 una oleada de huelgas recorrió los distritos industriales del norte de Inglaterra; los cartistas acusaron a los fabricantes de la Liga de haberla alentado con rebajas de salarios para presionar al gobierno contra las leyes cerealistas. ↩

  8. La ley que limitaba a diez horas la jornada de las mujeres y de los jóvenes en las fábricas textiles, aprobada en junio de 1847 contra la oposición de los fabricantes librecambistas. ↩

  9. Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), fabricantes, dirigentes de la Liga contra las leyes cerealistas. ↩

  10. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical que defendía las peticiones cartistas en el Parlamento; Feargus O'Connor (1794-1855), el principal dirigente cartista, fundador del Northern Star, elegido diputado por Nottingham en las elecciones de agosto de 1847. ↩

  11. La ley de reforma electoral de 1832, que dio el voto a la burguesía industrial y excluyó a los obreros, arrancada tras grandes movilizaciones populares en 1830-1832. En 1830 hubo revolución en París (julio) y en Bruselas (agosto-septiembre). ↩

  12. En Buzançais (Indre), un motín de hambre de enero de 1847 acabó con tres ejecuciones. En Lyon, las insurrecciones de los tejedores de seda de 1831 y 1834 fueron aplastadas por el ejército. ↩

  13. En el otoño de 1847 estalló en Inglaterra una crisis comercial y financiera, con numerosas quiebras. ↩

  14. Jan Ackersdijk (1790-1861), profesor de economía política y estadística en Utrecht. ↩

  15. François-Eugène-Gabriel, duque de Harcourt (1786-1865), par de Francia, presidente de la asociación librecambista de París. ↩

  16. Friedrich List (1789-1846), economista alemán, teórico de los aranceles protectores como medio de desarrollar la industria nacional. La segunda escuela es la de Gustav von Gülich: véase el texto de Marx «Los proteccionistas, los librecambistas y la clase obrera», que corresponde a esta parte del discurso. ↩

  17. Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista inglés; según su Essay on the Principle of Population (1798), la población tiende a crecer más deprisa que los medios de subsistencia, y la miseria es el freno natural de ese crecimiento. ↩