Escrito por Friedrich Engels a finales de diciembre de 1847. Publicado en la Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 104, 30 de diciembre de 1847. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 426-428), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
El Northern Star, en su crónica del banquete de Dijon,1 somete el discurso del señor Louis Blanc a una crítica con la que estamos completamente de acuerdo.2 La unión de los demócratas de las diversas naciones no excluye la crítica recíproca. Es imposible sin esa crítica. Sin crítica no hay entendimiento ni, por consiguiente, unión. Reproducimos las observaciones del Northern Star para protestar también por nuestra parte contra prejuicios e ilusiones que se oponen de lleno a las tendencias de la democracia moderna y que, por eso, hay que abandonar si la unión de los demócratas de las diversas naciones ha de ser algo más que una frase.
El señor Blanc dijo en el banquete de Dijon:
«Necesitamos la unión en la democracia. Y que nadie se engañe sobre esto: no pensamos ni trabajamos solo para Francia, sino para el mundo entero, porque el porvenir de Francia es el porvenir de la humanidad. En efecto. Nos encontramos en la admirable situación de que, sin dejar nunca de ser nacionales, somos necesariamente cosmopolitas, e incluso más cosmopolitas que nacionales. Quienquiera que se llame demócrata y quiera ser al mismo tiempo inglés reniega de la historia de su propio país, porque el papel de Inglaterra en la historia ha sido siempre la lucha por el egoísmo contra la fraternité. Del mismo modo, el francés que no quisiera ser a la vez cosmopolita renegaría de la historia de su país, porque Francia nunca pudo hacer triunfar una idea sino en provecho del mundo entero. ¡Señores! En tiempos de las Cruzadas, cuando Europa partió a conquistar el Santo Sepulcro, Francia tomó el movimiento bajo sus alas protectoras. Más tarde, cuando los curas quisieron imponernos el yugo de la supremacía papal, fueron obispos galicanos3 los que defendieron los derechos de la conciencia. Y en los últimos días de la vieja monarquía, ¿quién apoyó a la joven América republicana? ¡Francia, siempre Francia! Y lo que fue verdad incluso para la Francia monárquica, ¿cómo no habría de serlo para la Francia republicana? ¿Dónde, en el libro de la historia, encontramos siquiera algo parecido al admirable desinterés, lleno de abnegación, de la República francesa, que, agotada por la sangre que había derramado en nuestras fronteras y en el cadalso, todavía encontró sangre que derramar por sus hermanos bátavos?4 ¡Vencida o victoriosa, iluminaba a sus propios enemigos con los rayos de su genio! ¡Que Europa nos envíe dieciséis ejércitos, y nosotros le enviaremos a cambio su libertad!»
El Northern Star observa a este propósito:
«No queremos en modo alguno rebajar las heroicas luchas de la Revolución francesa ni regatear el agradecimiento que el mundo debe a los grandes hombres de la República. Sin embargo, creemos que en el esbozo anterior la posición recíproca de Francia e Inglaterra respecto del cosmopolitismo está presentada de manera completamente errónea. Negamos por completo el carácter cosmopolita que se atribuye a la Francia anterior a la Revolución. ¡Sirvan de prueba los tiempos de Luis XI y de Richelieu! ¿Y qué afirma en realidad el señor Louis Blanc de Francia? “Que nunca pudo hacer triunfar una idea sino en provecho del mundo entero.” Pues bien, creemos que el señor Blanc no puede nombrarnos ningún país del mundo que se distinga de Francia en esto, o que pueda siquiera distinguirse. Tomad, por ejemplo, Inglaterra, que el señor Blanc contrapone directamente a Francia: Inglaterra inventó la máquina de vapor, Inglaterra construyó los ferrocarriles, dos cosas que, a nuestro juicio, valen por una buena cantidad de ideas. Pues bien, ¿las inventó Inglaterra para sí misma o para el mundo? Los franceses se jactan de difundir la civilización por todas partes, sobre todo en Argelia. ¿Y quién ha difundido la civilización en América, Asia, África y Australia, sino Inglaterra? ¿Quién fundó precisamente aquella república en cuya liberación tomó Francia alguna parte? Inglaterra, siempre Inglaterra. Si Francia apoyó a la república americana en su lucha de liberación contra la tiranía inglesa, Inglaterra, dos siglos antes, liberó a la república holandesa de la opresión española. Si Francia dio a finales del siglo pasado un ejemplo glorioso al mundo entero, no podemos pasar en silencio el hecho de que Inglaterra dio ese ejemplo ciento cincuenta años antes5 y que en aquel tiempo ni siquiera Francia estaba preparada para seguirlo. Y en cuanto a las ideas que los filósofos franceses del siglo XVIII, un Voltaire, un Rousseau, un Diderot, un D'Alembert y otros, popularizaron tanto, ¿dónde tuvieron su origen, sino en Inglaterra? ¡No olvidemos nunca a Milton, el primer defensor del regicidio, a Algernon Sidney, a Bolingbroke y a Shaftesbury6 por sus más brillantes sucesores franceses!»
«Un inglés que se llama demócrata reniega de la historia de su propio país», dice el señor Blanc.
¡Pues bien! Nosotros consideramos el rasgo más decidido de la verdadera democracia que tenga que renegar de su país, que tenga que rechazar toda responsabilidad por un pasado lleno de miseria, tiranía, opresión de clase y superstición. ¡Que los franceses no hagan una excepción respecto de los demás demócratas; que no asuman la responsabilidad por los actos de sus reyes y aristócratas de tiempos pasados! Lo que el señor Blanc considera, pues, una desventaja de los demócratas ingleses, nosotros lo tenemos por una gran ventaja: que tengan que rechazar el pasado y mirar exclusivamente al porvenir.
«Un francés —dice el señor Blanc— es necesariamente cosmopolita.» ¡Sí, en un mundo donde solo reinaran la influencia francesa, las costumbres, los usos, las ideas y las instituciones políticas francesas! ¡En un mundo donde cada nación hubiera adoptado los rasgos característicos de la nacionalidad francesa! Pero justamente contra eso tienen que protestar los demócratas de las demás naciones. Plenamente dispuestos a renunciar a la aspereza de su propia nacionalidad, esperan lo mismo de los franceses. No les basta en modo alguno la afirmación de los franceses de que, como franceses, ya son cosmopolitas. Semejante afirmación equivale a exigir que todos los demás se hagan franceses.
Comparad con Alemania. Alemania es la patria de una cantidad enorme de inventos, por ejemplo, de la imprenta. Alemania ha producido, como se reconoce generalmente, un número mucho mayor de ideas generosas y cosmopolitas que Francia e Inglaterra juntas. Y en la práctica Alemania ha sido siempre humillada, siempre defraudada en sus esperanzas. Ella es la que mejor puede contar de qué naturaleza era el cosmopolitismo francés. En la misma medida en que Francia tuvo que lamentar la perfidia de la política inglesa, Alemania ha sufrido por parte de Francia una política igualmente pérfida, desde Luis XI hasta Luis Felipe. Si quisiéramos aplicar la medida del señor Blanc, los alemanes serían los verdaderos cosmopolitas. Pero los demócratas alemanes están muy lejos de semejante pretensión.
Banquete reformista celebrado en Dijon el 21 de noviembre de 1847, en el que hablaron los dirigentes de la Réforme; véase el post scríptum de «División en el campo». ↩
La crónica del Northern Star sobre el banquete de Dijon era probablemente del propio Engels, corresponsal del periódico para los asuntos franceses, que en «División en el campo» había anunciado una crónica completa del banquete. ↩
El galicanismo, doctrina de la Iglesia de Francia que defendía su autonomía frente al papado, formulada en la Declaración del clero francés de 1682. ↩
En 1795 los ejércitos de la República francesa ocuparon los Países Bajos, donde se proclamó la República Bátava. ↩
La revolución inglesa de 1640-1660, que culminó en 1649 con la ejecución de Carlos I y la proclamación de la república. ↩
John Milton (1608-1674), poeta y publicista de la revolución inglesa, defendió la ejecución de Carlos I en The Tenure of Kings and Magistrates (1649); Algernon Sidney (1623-1683), republicano inglés, autor de Discourses Concerning Government; Henry St. John, vizconde de Bolingbroke (1678-1751), y Anthony Ashley Cooper, conde de Shaftesbury (1671-1713), filósofos deístas. ↩