Escrito por Friedrich Engels en inglés a comienzos de noviembre de 1847. Publicado en The Northern Star, núm. 525, 13 de noviembre de 1847. El original inglés no está en nuestras fuentes libres: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 387-390), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto alemán de la MEW
Hace poco publicaron ustedes este curioso engendro.1 Consta de dos partes rigurosamente separadas: las medidas políticas y las medidas sociales. Ahora bien, todas las medidas políticas están tomadas, casi sin cambio alguno, de la Constitución de 1791; es decir, son la vuelta a las reivindicaciones de la burguesía al comienzo de la revolución. En aquel tiempo toda la burguesía, incluso los comerciantes más pequeños, estaba investida de poder político, mientras que hoy solo participan en él los grandes capitalistas. ¿Qué sentido tienen, pues, las medidas políticas propuestas por el señor de Lamartine? Poner el gobierno en manos de las capas inferiores de la burguesía, pero con la apariencia de dárselo a todo el pueblo (ese y no otro es el sentido de su sufragio universal con su sistema de elección en dos grados). ¿Y sus medidas sociales? Pues bien, o son medidas que presuponen que una revolución victoriosa ha dado ya el poder político al pueblo —como, por ejemplo, la enseñanza gratuita para todos—, o son medidas de pura beneficencia, es decir, medidas para contener la energía revolucionaria de los proletarios, o meras palabras altisonantes sin ningún alcance práctico, como la extinción de la mendicidad por decreto, la supresión de la miseria pública por ley, un ministerio del bienestar del pueblo, etc. Por tanto, o son completamente inútiles para el pueblo, o están pensadas para concederle solo las ventajas necesarias para asegurar cierta tranquilidad pública, o son simples promesas vacías que nadie puede cumplir; y en estos dos últimos casos son peores que inútiles. En una palabra, el señor de Lamartine se revela, tanto desde el punto de vista social como desde el político, como el fiel representante del pequeño comerciante, de las capas inferiores de la burguesía, y comparte también la ilusión propia de esta clase: la de que representa a los trabajadores. Por último, es lo bastante ingenuo para dirigirse al gobierno pidiéndole que apoye sus medidas. Pues bien, el actual gobierno de los grandes capitalistas hará cualquier cosa menos eso. Por eso la Réforme2 tiene toda la razón cuando, aun con mucha benevolencia y reconociendo sus buenas intenciones, ataca la viabilidad tanto de sus medidas como de su manera de llevarlas a cabo.
«Ciertamente —dice la Réforme—, son palabras magníficas, que revelan un gran corazón y un espíritu que simpatiza con la causa del derecho. Un corazón fraternal late, bien audible, tras sus grandes palabras, y nuestros poetas y filósofos se entusiasmarán con ellas como en otro tiempo la Grecia de Pericles se entusiasmó con la doctrina de las ideas de Platón. Pero ahora no tenemos que vérnoslas con Pericles; vivimos bajo el reinado de los señores Rothschild, Fulchiron y Duchâtel,3 es decir, bajo la triple encarnación del dinero, del miedo ciego y de la policía; nos gobiernan los beneficios, los privilegios y la gendarmería. ¿Cree de veras el señor de Lamartine que la liga de los intereses bien asentados, el Sonderbund4 de los escudos, los cargos y el monopolio, abdicará y depondrá las armas solo porque él apele a la soberanía nacional y a la fraternidad social? Para bien o para mal, todas las cosas de este mundo están unidas entre sí —la una condiciona la otra, nada está aislado—, y esa es la razón por la que el programa más generoso del diputado por Mâcon pasará como los perfumados céfiros del verano, se extinguirá como vanos toques de trompeta, mientras lleve la mancha de nacimiento de todos los monopolios: la violación feudal del derecho y de la igualdad. La liga de las clases privilegiadas está particularmente unida en este preciso momento, en que el sistema de gobierno es presa de un miedo convulso.
En cuanto a las instituciones que propone, los círculos oficiales del país y sus jefes las llaman los caramelos de la filosofía; los señores Duchâtel y Guizot se burlarán de ellas, y si el diputado por Mâcon no busca en otra parte armas y soldados para defender sus ideas, se pasará la vida entera haciendo bellas frases sin que se registre progreso alguno. Y si se dirige a la masa en lugar de dirigirse al gobierno, le decimos que va por mal camino, que para su sistema de elección escalonada, su impuesto de pobres y su beneficencia filantrópica no ganará ni a la Revolución, ni a los hombres que piensan, ni al pueblo. Los principios de la regeneración social y política se descubrieron, en realidad, hace ya cincuenta años. Sufragio universal, elección directa, retribución de los diputados: esas son las condiciones esenciales de la soberanía política. Igualdad, libertad, fraternidad: esos son los principios que deberían regir todas las instituciones sociales. Ahora bien, el impuesto de pobres está muy lejos de ser una institución basada en la fraternidad; es, por el contrario, una negación insolente y muy inconsistente de la igualdad. Lo que necesitamos no es un expediente de la burguesía inglesa,5 sino un sistema económico y social completamente nuevo, para realizar el derecho y satisfacer las necesidades de todos.»
Pocos días después apareció el segundo manifiesto del señor de Lamartine, sobre la política exterior de Francia. En él sostiene que el sistema de paz seguido por el gobierno francés después de 1830 era el único modo de actuar adecuado. Con frases altisonantes encubre la manera vergonzosa en que el gobierno francés incitó primero a Italia y a otros países a la rebelión y los abandonó después a su suerte. He aquí la enérgica respuesta de la Réforme a este manifiesto sin sustancia:
«El señor de Lamartine sacrifica el medio legítimo y único de nuestra liberación —la guerra santa de los principios— a una teoría de la paz que será mera debilidad, mentira y hasta traición mientras las relaciones de pueblo a pueblo descansen en la política de los diplomáticos y en el egoísmo de los gobiernos. Sin duda, la paz es la necesidad última de la civilización; pero ¿qué significa la paz con Nicolás de Rusia?6 ¡Con el estrangulador de naciones enteras, con el verdugo que clava niños en la horca, que hace una guerra a muerte hasta a la esperanza y al recuerdo, que ahoga en sangre y en lágrimas a un país grande y glorioso! Por la humanidad, por la civilización y por la propia Francia, la paz con ese Jack Ketch7 demente es cobardía; por la justicia, por el derecho y por la revolución, es un crimen. ¿Qué es la paz con Metternich, que alquila tropas de asesinos, que en provecho de epilépticos coronados despoja de su libertad a naciones enteras? ¿Qué significa la paz con todos esos pequeños Césares de Europa, libertinos arruinados, malvados santurrones que reinan hoy para los jesuitas y mañana para una cortesana? ¿Qué significa la paz con el gobierno inglés, aristocrático y acaparador de dinero, que tiraniza los mares, que ahoga la libertad en Portugal,8 que exprime dinero hasta de los harapos de su pueblo? La paz con esos judíos,9 con esos traficantes de venenos, lo repetimos, es, para un país en revolución, cobardía, vergüenza, crimen, deserción moral y bancarrota total, no solo del interés, sino también del derecho y del honor.»
Los demás periódicos de París han expresado igualmente su desacuerdo con el programa del señor de Lamartine en diversos puntos. Él, sin embargo, sigue explicando sus principios en su periódico, el Bien Public de Mâcon. Dentro de unos meses podremos juzgar qué efecto tendrá su nuevo paso en la Cámara de Diputados.
La «Déclaration de principes» de Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta, historiador de los girondinos y diputado por Mâcon, publicada en octubre de 1847 en su periódico Le Bien Public y reproducida en el Northern Star. En febrero de 1848 Lamartine fue ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provisional. ↩
La Réforme, diario parisino (1843-1850) de los demócratas republicanos, dirigido por Ferdinand Flocon y con Ledru-Rollin y Louis Blanc entre sus inspiradores. Engels le enviaba desde octubre de 1847 crónicas sobre el movimiento obrero inglés. ↩
James de Rothschild, jefe de la banca Rothschild de París; Jean-Jacques Fulchiron, banquero y diputado gubernamental; Charles Duchâtel, ministro del Interior en el gabinete de Guizot. ↩
El Sonderbund, liga separatista de los siete cantones católicos y conservadores de Suiza, derrotada en la guerra civil de noviembre de 1847. ↩
Alusión al impuesto de pobres (poor rate) de la ley de pobres inglesa, que Lamartine proponía imitar. ↩
Nicolás I, zar de Rusia (1825-1855), que había aplastado la insurrección polaca de 1830-1831. ↩
Jack Ketch, verdugo inglés de la época de Jacobo II, famoso por su brutalidad; su nombre se convirtió en sinónimo de verdugo. ↩
En 1847 Inglaterra, junto con España y Francia, intervino en la guerra civil portuguesa en apoyo de la reina María II contra la junta liberal de Oporto. ↩
En el lenguaje de la época, «judíos» designa aquí a los usureros y agiotistas. ↩