Escrito por Friedrich Engels en francés el 1 de noviembre de 1847. Publicado en La Réforme (París) el 6 de noviembre de 1847. No disponemos del original francés: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 384-386), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto alemán de la MEW
Anteayer me esforcé, en una carta, por defender a los cartistas y a su jefe, Feargus O'Connor, de los ataques de los periódicos de la burguesía radical.1 Hoy puedo comunicarle, con gran satisfacción por mi parte, un suceso que confirma lo que afirmé sobre el espíritu de los dos partidos. Juzgará usted mismo a quién debe guardar sus simpatías el movimiento democrático de Francia: a los cartistas, es decir, a demócratas sinceros y sin segundas intenciones, o a los burgueses radicales, que evitan con tanto cuidado palabras como Carta del Pueblo o sufragio universal y se limitan a proclamar su fe en el sufragio completo.2
El mes pasado se celebró en Londres un banquete para festejar el triunfo de las convicciones democráticas en las últimas elecciones. Se había invitado a dieciocho diputados radicales, pero, como la iniciativa del banquete había partido de los cartistas, todos esos señores se quedaron en casa, con excepción de O'Connor. Se ve, pues, que los radicales adoptan una conducta que permite deducir muy bien lo fieles que serán a sus recientes promesas electorales.
Nos arreglamos sin ellos, tanto más cuanto que nos habían asignado un representante tan honorable como el doctor Epps:3 tímido, reformador de menudencias; un espíritu conciliador con todo el mundo, salvo con los defensores activos y enérgicos de nuestras ideas; un filántropo burgués que, según dice, arde en deseos de liberar al pueblo, pero que no quiere que el pueblo se libere sin él; un digno partidario, pues, del radicalismo burgués.
El doctor Epps propuso el primero un brindis por la soberanía del pueblo, pero, a pesar de algunos pasajes algo más animados, fue en general tan tibio que la asamblea empezó varias veces a inquietarse.
«No creo —dijo— que la soberanía del pueblo pueda alcanzarse mediante una revolución. Los franceses lucharon durante tres días; su soberanía nacional se la hicieron desaparecer hábilmente ante sus ojos. Tampoco creo que se alcance con grandes discursos. Los que menos hablan son los que más hacen. No me gustan los hombres que hacen mucho ruido; y no son las grandes palabras las que llevan a las grandes medidas.»
Estas pullas indirectas contra los cartistas fueron recibidas con numerosas muestras de desaprobación. No podía ser de otro modo, sobre todo cuando el doctor Epps añadió:
«Se ha calumniado a la burguesía ante los obreros, ¡como si la burguesía no fuera precisamente la única clase que puede procurar derechos políticos a los obreros! (“¡No, no!”) ¿No? ¿No son los burgueses los que votan? ¿Y no son los electores los únicos que pueden dar el derecho de voto a quienes no lo tienen? ¿Hay alguno entre vosotros que no quisiera hacerse burgués si pudiera? Sí, si los obreros dejaran las tabernas y el tabaco, les sobraría dinero para sostener su agitación política, y tendrían así una fuente de fuerza que contribuiría a su emancipación, etc., etc.»
¡Así son los discursos de la gente que rechaza a O'Connor y a los cartistas!
Los oradores que hablaron después del señor Epps rechazaron con poderosa energía, entre numerosos aplausos de los presentes, las extrañas teorías del doctor radical.
El señor MacGrath, miembro del comité ejecutivo de la Asociación Cartista,4 recordó que el pueblo no debe poner su confianza en la burguesía y que tiene que conquistar sus derechos por sí mismo: no es digno del pueblo mendigar lo que le pertenece.
El señor Jones5 recordó a los presentes que la burguesía siempre ha olvidado al pueblo; y ahora, dijo, cuando la burguesía nota que el movimiento democrático avanza, quiere servirse primero de los demócratas para derribar a la aristocracia terrateniente y aniquilar después a los demócratas en cuanto haya alcanzado su objetivo.
El señor O'Connor respondió al señor Epps todavía con más claridad y le preguntó quién, sino la burguesía, había aplastado al país bajo el peso de una deuda enorme. ¿Quién, sino la burguesía, había despojado a los obreros de sus derechos políticos y sociales? ¿Quiénes, sino diecisiete honorables ciudadanos a los que los demócratas, por desgracia, habían dado su voto, se habían negado esa noche a atender la invitación del pueblo? ¡No, no, el capital no representa nunca al trabajo! ¡Antes habrá paz entre el tigre y la oveja que unidad de intereses y sentimientos entre capitalistas y obreros!
El redactor del Northern Star, señor Harney,6 propuso el último brindis: «¡Por nuestros hermanos, los demócratas de todos los países! ¡Por el éxito de sus esfuerzos por la libertad y la igualdad!». Los reyes, los aristócratas, los curas, los capitalistas de todos los países, dijo, están aliados entre sí. ¡Sigan su ejemplo los demócratas de todos los países de la tierra! En todas partes el movimiento democrático avanza a pasos de gigante. En Francia, un banquete tras otro reclama la reforma electoral, y el movimiento adquiere tales proporciones que tiene que llevar a un resultado feliz. Esperemos que esta vez sean las masas las que se beneficien de la agitación y que la reforma que arranquen los franceses valga más que la que nosotros obtuvimos en 1831.7
No hay verdadera reforma mientras la soberanía no pertenezca plena y enteramente a la nación; no hay soberanía nacional mientras los principios de la Constitución de 1793 no se hayan hecho realidad.
El señor Harney dio a continuación un panorama de los progresos del movimiento democrático en Alemania, en Italia y en Suiza, y para terminar rechazó también él con la mayor energía las extrañas teorías del señor Epps sobre los derechos de la burguesía.
Se refiere a la crónica anterior, «El programa agrario de los cartistas», publicada en La Réforme el 1 de noviembre de 1847. ↩
Complete suffrage: consigna del movimiento por el «sufragio completo» de Joseph Sturge y los radicales burgueses (desde 1842), que aceptaban las reivindicaciones de la Carta evitando su nombre. ↩
John Epps (1805-1869), médico homeópata londinense y radical burgués. ↩
Philip McGrath, miembro del comité ejecutivo de la National Charter Association, la organización nacional del partido cartista. ↩
Ernest Jones (1819-1869), abogado y poeta, dirigente del ala izquierda del cartismo y redactor del Northern Star; amigo de Marx y Engels. ↩
George Julian Harney (1817-1897), dirigente del ala izquierda del cartismo, redactor jefe del Northern Star y animador de la sociedad de los Demócratas Fraternales. ↩
Alude a la lucha por la reforma electoral inglesa de 1831-1832, que culminó en la Reform Bill de 1832: el derecho de voto se extendió a la burguesía industrial, pero no a los obreros. ↩