Escrito por Friedrich Engels en inglés a comienzos de noviembre de 1847. Publicado en The Northern Star, núm. 526, 20 de noviembre de 1847. El original inglés no está en nuestras fuentes libres: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 399-406), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto alemán de la MEW
Cuando, durante el último período de sesiones de la asamblea legislativa, el señor É. de Girardin1 sacó a la luz aquellos numerosos y escandalosos casos de corrupción que, según él creía, iban a derribar al gobierno; cuando, a fin de cuentas, el gobierno se mantuvo frente a la tormenta; cuando los célebres Doscientos Veinticinco2 declararon estar «convencidos» de la inocencia del gabinete, todo pareció haber terminado, y la oposición parlamentaria recayó, hacia el final del período de sesiones, en la misma impotencia y el mismo letargo que había mostrado al comienzo. Pero no todo había terminado. Los señores Rothschild, Fould, Fulchiron y compañía estaban satisfechos, pero el pueblo no lo estaba, ni tampoco una gran parte de la burguesía. La mayoría de la burguesía francesa, sobre todo la media y la pequeña, no podía dejar de ver que los actuales electores se habían convertido cada vez más en servidores obedientes de un pequeño grupo de banqueros, agentes de bolsa, especuladores de ferrocarriles, grandes fabricantes, propietarios de tierras y de minas, cuyos intereses son los únicos de los que se ocupaba el gobierno. Comprendieron que no tenían ninguna esperanza de recuperar jamás en las Cámaras la posición que desde 1830 venían perdiendo cada día más, a menos que ampliaran el sufragio. Sabían que intentar una reforma electoral y parlamentaria era para ellos un experimento peligroso; pero ¿qué otra cosa podían hacer? Al ver que la haute finance, los reyes de la Bolsa de París, había comprado al gobierno y a las dos Cámaras, que se pisoteaban abiertamente sus propios intereses, se encontraron ante la alternativa de someterse con paciencia y esperar, humildes y modestos, a que la codicia de los money lords dominantes los llevara a la ruina, o arriesgarse a una reforma parlamentaria. Prefirieron lo segundo.
La oposición de todos los matices se unió, pues, hace unos cuatro meses para organizar una manifestación en favor de la reforma electoral. Se preparó un banquete público, que tuvo lugar en julio en los salones del Château-Rouge de París. Estaban representados todos los grupos de reformadores, y la reunión era bastante heterogénea; pero los demócratas, como los más activos, predominaban claramente. Solo habían prometido asistir con la condición de que no se brindara por la salud del rey, sino por la soberanía del pueblo. Como el comité sabía muy bien que en la ciudad más democrática de Francia era imposible una manifestación eficaz sin los demócratas, tuvo que ceder. Si mal no recuerdo, publicaron ustedes entonces una crónica detallada de aquel banquete, que fue, en todos los sentidos y más que ninguna otra cosa, una demostración de la fuerza de la democracia en París, tanto por el número como por la inteligencia.
El Journal des Débats3 no dejó de poner el grito en el cielo por aquel banquete.
«¡Cómo! ¿Ningún brindis por el rey? Y este brindis no se omitió por descuido ni por falta de decoro; no, ¡una parte de los organizadores puso su omisión como condición para su apoyo! ¡Pues sí que se han metido en buena compañía el tranquilo y pacífico señor Duvergier de Hauranne y el monárquico señor Odilon Barrot, defensor de la fuerza moral! ¡Esto no es mero republicanismo, physical forcism,4 socialismo, utopismo, anarquismo y comunismo! ¡Ah, no, señores, los conocemos a ustedes: hemos visto bastantes ejemplos de sus actos sanguinarios; podemos probar por qué luchan ustedes! ¡Hace cincuenta años, señores, se llamaban ustedes club de los jacobinos!»
Al día siguiente, el National5 contestó al feroz gruñido del periódico furiosamente moderado con un aluvión de citas del diario personal de Luis Felipe de 1790 y 1791, según el cual las anotaciones del entonces «ciudadano Égalité hijo»6 empezaban cada día con las palabras: «Hoy estuve en los jacobinos», «Hoy me permití dirigir unas palabras a los jacobinos, que fueron acogidas con calurosos aplausos», «Hoy fui llamado al cargo de portero de los jacobinos», etc.
El comité central de la oposición había invitado a sus amigos de todo el país a seguir el ejemplo de la capital y a organizar en todas partes banquetes semejantes en favor de la reforma. Así se hizo, en efecto, y en casi todas las regiones de Francia se dio un gran número de banquetes en apoyo de la reforma. Pero no en todas partes pudo lograrse la misma unanimidad entre todos los grupos de reformadores. En muchas ciudades pequeñas, los liberales burgueses fueron lo bastante fuertes para imponer el brindis por la salud del rey, con lo que los demócratas quedaron excluidos. En otras localidades intentaron hacer pasar el brindis en esta forma: «Por el rey constitucional y la soberanía del pueblo». Como tampoco eso satisfacía a los demócratas, se recurrió a una nueva treta y se sustituyó al «rey constitucional» por las «instituciones constitucionales», entre las que la realeza quedaba naturalmente comprendida de manera tácita. Entre los liberales de provincias se planteó entonces la gran cuestión de si debían renunciar incluso a esta fórmula y abandonar todo intento de brindar en cualquier forma por la salud del rey, o si debían romper abiertamente con los demócratas, que en tal caso organizarían sus propios banquetes y les harían una dura competencia. Porque el partido democrático se atenía al acuerdo original de que no se mencionara para nada al rey en todo el asunto, y aunque el National vaciló un poco en un caso, el partido de la Réforme se mantuvo firme en el lado republicano. En las grandes ciudades los liberales tuvieron que ceder en todas partes, y si en las localidades de menor importancia brindaron por la salud del rey, fue solo porque esos banquetes cuestan mucho dinero y el pueblo, por tanto, queda naturalmente excluido de ellos. Con ocasión del banquete de Bar-le-Duc, escribía la Réforme:
«Quienes se imaginen que tales manifestaciones son expresión de la opinión pública en Francia se equivocan de medio a medio; las hace únicamente la burguesía, y el pueblo queda excluido de ellas. Si este movimiento sigue discurriendo dentro de los estrechos límites de un banquete de Bar-le-Duc, desaparecerá como todos los movimientos burgueses, igual que el movimiento librecambista, que después de unos cuantos discursos huecos pasó a mejor vida bastante pronto.»
El primer gran banquete después del de París se celebró a comienzos de septiembre en Estrasburgo. Fue bastante democrático, y al final un obrero brindó por la organización del trabajo. Con esta expresión se designa en Francia lo que en Inglaterra intenta llevar a cabo la National Association of United Trades,7 es decir, la liberación del trabajo de la opresión del capital, continuando la industria, la agricultura y otras ramas, bajo un gobierno democrático, por cuenta de los propios obreros asociados o de todo el pueblo.
Luego vinieron los banquetes de Bar-le-Duc, una manifestación de la burguesía que el alcalde cerró con un brindis por la salud del rey constitucional (muy constitucional, en efecto); los de Colmar, Reims y Meaux, todos ellos completamente dominados por la burguesía, que en estas ciudades de segundo orden siempre ha podido salirse con la suya.
Pero el banquete de Saint-Quentin fue de nuevo más o menos democrático, y el de Orleans, en los últimos días de septiembre, fue de principio a fin una reunión completamente democrática. Lo prueba el brindis por la clase obrera que pronunció el señor Marie,8 uno de los abogados más célebres de París y demócrata. Comenzó su discurso con las siguientes palabras:
«¡Por los obreros, por esos hombres siempre descuidados y olvidados, pero siempre fieles a los intereses de su país, siempre dispuestos a morir por él, ya sea defendiendo su patria contra las agresiones de fuera, ya protegiendo nuestras instituciones cuando las amenazan los enemigos de dentro! ¡Por aquellos a quienes pedimos las jornadas de Julio y que nos las dieron; terribles en sus actos, generosos en su victoria y espléndidos en su valor, su honradez y su desinterés!»
Terminó el brindis con las palabras: «¡Libertad, igualdad, fraternidad!». Es característico que el banquete de Orleans fuera el único en el que se reservaron oficialmente cubiertos para los representantes de la clase obrera.
Los banquetes de Coulommiers, Melun y Cosne, en cambio, fueron de nuevo reuniones exclusivamente burguesas. El centro izquierda, los liberales burgueses del Constitutionnel y del Siècle, se deleitaron con los discursos de los señores Barrot, Beaumont, Drouyn de Lhuys y otros mercachifles de la reforma por el estilo. En Cosne los demócratas se pronunciaron abiertamente contra la manifestación, porque se había insistido en el brindis por el rey. El mismo espíritu estrecho reinó en el banquete de La Charité, a orillas del Loira.
El banquete de Chartres, en cambio, fue completamente democrático. Ningún brindis por el rey, sino por una reforma electoral y parlamentaria lo más amplia posible, brindis por Polonia y por Italia, por la organización del trabajo.
Esta semana se celebrarán banquetes en Lille, Valenciennes y Avesnes y en todo el departamento del Norte. Al menos las reuniones de Lille y de Valenciennes tomarán con toda probabilidad un giro decididamente democrático. En el sur de Francia, en Lyon, y en el oeste se preparan también otras manifestaciones. El movimiento por la reforma está todavía muy lejos de haber terminado.
Ven ustedes por esta crónica que el movimiento por la reforma de 1847 está marcado desde el principio por la lucha entre liberales y demócratas; que, mientras los liberales se salían con la suya en todas las localidades pequeñas, los demócratas eran más fuertes en todas las grandes ciudades: en París, Estrasburgo, Orleans, Chartres e incluso en una ciudad más pequeña, Saint-Quentin; que los liberales daban mucha importancia al apoyo de los demócratas, que se retorcían y hacían concesiones, mientras que los demócratas no se apartaban ni un ápice de las condiciones que habían puesto para su apoyo, y que en todas las reuniones en que participaron los demócratas fueron ellos los que se llevaron la victoria. Así, todo el movimiento acabó volviéndose en favor de la democracia, pues todos los banquetes que despertaron algún interés público fueron sin excepción democráticos.
El movimiento por la reforma fue apoyado por los consejos departamentales, reunidos en septiembre, que se componen enteramente de burgueses. Los consejos de los departamentos de Côte-d'Or, Finistère, Aisne, Moselle, Haut-Rhin, Oise, de los Vosgos, del Norte y otros reclamaron reformas más o menos amplias, todas las cuales, naturalmente, se mantienen dentro de los límites del liberalismo burgués.
Pero ¿cómo son, me preguntarán ustedes, las reformas que se reclaman? Hay tantos proyectos de reforma distintos como matices de liberales y radicales. La reivindicación mínima es la ampliación del sufragio a las capacidades —lo que ustedes en Inglaterra llamarían quizá las profesiones con título universitario—, aunque no paguen los 200 francos de contribuciones directas con los que hoy se obtiene el derecho de voto. Los liberales tienen, además, otras propuestas más o menos en común con los radicales. Son estas:
- La ampliación de las incompatibilidades, es decir, la declaración de que ciertos cargos públicos son incompatibles con las funciones de diputado.
El gobierno tiene actualmente en la Cámara de Diputados a más de 150 de sus empleados subalternos, a los que puede destituir en cualquier momento y que, por tanto, dependen por completo del gabinete.
La ampliación de algunos distritos electorales; algunos de ellos tienen menos de 150 electores, que por eso quedan enteramente sometidos a la influencia que el gobierno ejerce sobre sus intereses locales y personales.
La elección de todos los diputados de un departamento en una asamblea plenaria de los electores, celebrada en la capital del departamento, de modo que los intereses locales queden más o menos sumergidos en los intereses generales de todo el departamento y se neutralicen así la corrupción y la influencia del gobierno.
Hay además propuestas para reducir en distintos grados las condiciones del censo. La más radical de ellas procede del National, el periódico de los pequeños comerciantes republicanos, que quiere extender el sufragio a todos los miembros de la Guardia Nacional. Eso daría el voto a toda la clase de los pequeños comerciantes y tenderos y ampliaría el sufragio en la misma medida que lo hizo la Reform Bill en Inglaterra; pero en Francia las consecuencias de semejante medida serían mucho más importantes. La pequeña burguesía está en este país tan oprimida y exprimida por los grandes capitalistas que tendría que recurrir a medidas agresivas directas contra los money lords en cuanto obtuviera el derecho de voto. Como ya expuse hace unos meses en un artículo que les envié,9 se vería arrastrada cada vez más lejos, incluso contra su propia voluntad; se vería obligada o a abandonar las posiciones ya conquistadas o a concluir una alianza abierta con la clase obrera, y eso conduciría tarde o temprano a la república. En cierta medida es consciente de ello. Su mayoría apoya el sufragio universal. Así lo hace también el National, que solo apoya la propuesta antes mencionada en cuanto se la considera un paso preparatorio en el camino de la reforma. Entre todos los diarios de París hay, sin embargo, uno solo que no se contentará con nada menos que el sufragio universal y que entiende por «república» no solo reformas políticas, que al final dejarán a la clase obrera en la misma miseria que antes, sino reformas sociales, y reformas muy concretas. Este periódico es la Réforme.
No hay que creer, sin embargo, que el movimiento por la reforma sea hoy el único de Francia. ¡Todo lo contrario! En todos estos banquetes, ya fueran liberales o democráticos, predominaba la burguesía, y solo en el banquete de Orleans participaron también obreros. El movimiento obrero corre paralelo a estos banquetes, en completo silencio, bajo tierra y casi invisible para todo el que no lo siga con atención. Pero hoy es más fuerte que nunca. El gobierno lo sabe muy bien. Ha permitido todos estos banquetes burgueses, pero cuando los obreros tipógrafos de París pidieron en septiembre permiso para su reunión anual, que hasta entonces se había celebrado todos los años y no tenía en absoluto carácter político, se les negó. El gobierno tiene tanto miedo a la clase obrera que no le deja la menor libertad. Tiene miedo porque el pueblo ha renunciado por completo a todo intento de motines y levantamientos. El gobierno desea un levantamiento, lo provoca por todos los medios. La policía lanza pequeñas bombas llenas de octavillas sediciosas, que con la explosión quedan esparcidas por toda la calle. Un conflicto en un taller de la calle Saint-Honoré se aprovechó para lanzar los ataques más brutales contra el pueblo, a fin de empujarlo al motín y a la violencia. Decenas de miles de personas se reunieron todas las noches durante quince días; se les trató de la manera más infame; estuvieron a punto de responder a la fuerza con la fuerza, pero aguantaron firmes y no dieron al gobierno ningún pretexto para apretar todavía más la tuerca de las leyes. Figúrense qué acuerdo tácito, qué sentimiento común de lo que había que hacer debió de reinar en aquel momento, qué esfuerzo debió de costarle al pueblo de París soportar un trato tan infame antes que intentar una insurrección sin esperanza. ¡Qué enorme progreso significa este dominio de sí precisamente en los obreros de París, que rara vez salieron a la calle sin hacer añicos todo lo que encontraban a su paso, para quienes las insurrecciones se han vuelto costumbre y que van a una revolución tan alegres como a la taberna! Pero quien sacara de ello la conclusión de que el ardor revolucionario del pueblo se está apagando se equivocaría. Al contrario, la clase obrera de aquí siente más que nunca la necesidad de una revolución, de una revolución mucho más profunda, mucho más radical que la primera. Pero sabe, por la experiencia de 1830, que no basta con luchar; que, una vez derrotado el enemigo, tiene que tomar medidas que garanticen la estabilidad de su victoria, que destruyan no solo el poder político, sino también el poder social del capital, que le aseguren el bienestar social a la vez que la fuerza política. Por eso espera con mucha calma la ocasión oportuna, pero entretanto se entrega seriamente al estudio de aquellas cuestiones económicas y sociales cuya solución mostrará qué medidas son las únicas capaces de establecer sobre una base firme el bienestar de todos. En uno o dos meses se han vendido en los talleres de París 6.000 ejemplares del libro del señor Louis Blanc sobre La organización del trabajo,10 y hay que tener en cuenta que antes habían aparecido ya cinco ediciones de este libro. Los obreros leen además otras muchas obras sobre estos problemas; se reúnen en pequeños grupos de diez a veinte hombres y discuten los diversos planes que en ellas se proponen. No hablan mucho de la revolución, porque es un asunto sobre el que no hay dudas y en el que todos están de acuerdo; cuando llegue el momento en que el choque entre el pueblo y el gobierno sea inevitable, estarán en las calles y en las plazas, levantarán en un abrir y cerrar de ojos el empedrado, atravesarán ómnibus, carros y coches en las calles, levantarán barricadas en cada avenida, harán de cada callejón una fortaleza y avanzarán, a pesar de toda resistencia, desde la Bastilla hasta las Tullerías. Entonces, me temo, los grandes señores de los banquetes reformistas se esconderán en el rincón más oscuro de sus casas o se verán dispersados como hojas secas ante la tormenta del pueblo. Entonces se habrá acabado con los señores Odilon Barrot, de Beaumont y otros fanfarrones liberales, y entonces el pueblo los juzgará con tan poca piedad como ellos juzgan hoy a los gobiernos conservadores.
Émile de Girardin (1806-1881), publicista, fundador del diario La Presse y diputado, denunció en 1847 varios casos de compraventa de cargos y de corrupción del gabinete Guizot. ↩
Los 225 diputados de la mayoría gubernamental que en 1847 votaron una moción declarándose «satisfechos» de las explicaciones del gobierno; de ahí el nombre de satisfaits que se les dio. ↩
Journal des Débats politiques et littéraires, diario parisino, órgano oficioso del gobierno de Luis Felipe. ↩
«Partidismo de la fuerza física»: en el lenguaje político inglés, la doctrina de la acción violenta, opuesta a la de la «fuerza moral»; Engels emplea los términos ingleses. ↩
Le National, diario parisino (1830-1851) de los republicanos moderados, dirigido entonces por Armand Marrast. ↩
Su padre, el duque de Orleans, adoptó durante la Revolución el nombre de Philippe Égalité; el futuro rey Luis Felipe era entonces miembro del club de los jacobinos. ↩
Asociación Nacional de los Oficios Unidos, fundada en 1845, que además de defender a los sindicatos organizaba talleres cooperativos de obreros en paro. ↩
Alexandre Marie (1795-1870), abogado y diputado republicano; en 1848 fue ministro de Obras Públicas del gobierno provisional. ↩
Probablemente el artículo de Engels «Decadencia y caída inminente de Guizot», publicado en el Northern Star en julio de 1847. ↩
Organisation du travail (1839), de Louis Blanc (1811-1882), periodista e historiador socialista, que proponía talleres sociales financiados por el Estado; en 1848 fue miembro del gobierno provisional. ↩