Escrito por Friedrich Engels en marzo y abril de 1847; no se publicó en vida de Engels y el manuscrito está incompleto. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 40-57), que sigue el manuscrito, por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. El título lo dieron los editores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

La literatura socialista alemana empeora de mes en mes. Se limita cada vez más a las prolijas expectoraciones de aquellos verdaderos socialistas cuya sabiduría entera se reduce a una amalgama de filosofía alemana y sentimentalismo alemán de buenazo, con unos cuantos lemas comunistas raquíticos. Hace gala de una mansedumbre que le permite incluso decir bajo la censura lo que de verdad piensa en lo más hondo de su corazón. Hasta la policía alemana encuentra poco que objetarle: prueba suficiente de que no pertenece a los elementos progresistas y revolucionarios de la literatura alemana, sino a los estables y reaccionarios.

A estos verdaderos socialistas pertenecen no solo los que se llaman socialistas por excelencia, sino también la mayor parte de los escritores de Alemania que han aceptado el nombre de partido de comunistas. Estos últimos son incluso, si cabe, todavía peores.

En estas circunstancias se comprende por sí solo que estos escritores soi-disant comunistas no representan en modo alguno al partido de los comunistas alemanes. Ni el partido los ha reconocido como sus representantes literarios, ni representan sus intereses. Al contrario, velan por intereses completamente distintos, defienden principios completamente distintos, opuestos en todos los aspectos a los del partido comunista.

Los verdaderos socialistas, entre los que, como queda dicho, se cuentan también la mayoría de los escritores alemanes que se dicen comunistas, han aprendido de los comunistas franceses que el paso de la monarquía absoluta al moderno Estado representativo no suprime en modo alguno la miseria de la gran masa del pueblo, sino que solo lleva al poder a una nueva clase, la burguesía. Han aprendido además de ellos que precisamente esta burguesía, por medio de sus capitales, es la que más oprime a la masa del pueblo y es por eso la adversaria por excelencia de los comunistas, o de los socialistas, como representantes de la masa del pueblo. No se han tomado la molestia de comparar el grado de desarrollo social y político de Alemania con el de Francia, ni de estudiar las condiciones que de hecho se dan en Alemania y de las que depende todo desarrollo ulterior; han trasladado a Alemania a toda prisa y sin pensarlo mucho los conocimientos adquiridos al vuelo. Si hubieran sido hombres de partido, que trabajan por un resultado práctico y tangible y representan intereses determinados, comunes a toda una clase, se habrían fijado al menos en cómo se comportan en su polémica contra la burguesía los adversarios de la burguesía en Francia, desde los redactores de la Réforme hasta los ultracomunistas, y en particular el representante reconocido de la gran masa de los proletarios franceses, el viejo Cabet.1 Debería haberles llamado ya la atención que estos representantes de partido no solo intervienen constantemente en la política del día, sino que incluso tratan medidas políticas, por ejemplo propuestas de reforma electoral, que a menudo no tienen un interés directo para el proletariado, de un modo muy distinto del desprecio soberano. Pero nuestros verdaderos socialistas no son hombres de partido, sino teóricos alemanes. Para ellos no se trata de intereses ni de resultados prácticos, sino de la verdad eterna. Los intereses que pretenden representar son los «del hombre»; los resultados que persiguen se reducen a «conquistas» filosóficas. Así, no tuvieron más que poner de acuerdo sus nuevas luces con su propia conciencia filosófica para pregonar luego a los cuatro vientos por toda Alemania que el progreso, como toda política, es un mal; que en particular la libertad constitucional eleva al trono a la clase más peligrosa para el pueblo, la burguesía, y que a la burguesía nunca se la puede atacar bastante.

En Francia la burguesía domina desde hace diecisiete años de un modo tan completo como en ningún otro país del mundo. Los ataques de los proletarios franceses, de sus jefes de partido y sus representantes literarios contra la burguesía eran, por tanto, ataques contra la clase dominante, contra el sistema político existente; eran ataques decididamente revolucionarios. Hasta qué punto lo sabe bien la burguesía dominante lo prueban los innumerables procesos de prensa y de asociación, las prohibiciones de reuniones y banquetes, las cien vejaciones policiales con que persigue a los reformistas y a los comunistas. En Alemania todo eso es distinto. En Alemania la burguesía no solo no está en el poder, sino que es incluso la enemiga más peligrosa de los gobiernos existentes. A estos les vino de perlas la diversión de los verdaderos socialistas. La lucha contra la burguesía, que a los comunistas franceses solo les acarreaba con demasiada frecuencia la cárcel o el exilio, a nuestros verdaderos socialistas no les acarreaba otra cosa que el imprimatur. El ardor revolucionario de la polémica de los proletarios franceses se enfrió en el pecho frío de los teóricos alemanes hasta quedar en una tibia conformidad con la censura, y en ese estado de castración era para los gobiernos alemanes un aliado muy bienvenido contra la burguesía que avanzaba. El verdadero socialismo había conseguido emplear las tesis más revolucionarias que jamás se hayan formulado como muralla protectora del cenagal del statu quo alemán. El verdadero socialismo es reaccionario de pies a cabeza.

La burguesía ha notado hace tiempo esta tendencia reaccionaria del verdadero socialismo. Pero ha tomado sin más esta corriente por la representante literaria también del comunismo alemán, y ha reprochado públicamente y en privado a los comunistas que con su polémica contra la Constitución representativa, los jurados y la libertad de prensa, con sus gritos contra la burguesía, no hacían más que trabajar a favor de los gobiernos, de la burocracia y de la nobleza.

Ya es hora de que los comunistas alemanes rechacen por fin esta responsabilidad que se les atribuye por los actos y los apetitos reaccionarios de los verdaderos socialistas. Ya es hora de que los comunistas alemanes, que representan al proletariado alemán con sus necesidades muy claras y muy tangibles, se separen del modo más resuelto de esa camarilla literaria —pues no es otra cosa—, que ni siquiera sabe a quién representa y por eso cae, sin quererlo, en brazos de los gobiernos alemanes; que cree «realizar al hombre» y no realiza más que la divinización de la miseria burguesa alemana. En efecto, los comunistas no tenemos nada en común con las quimeras teóricas y los escrúpulos de conciencia de esta sociedad sutilizadora. Nuestros ataques a la burguesía se distinguen tanto de los de los verdaderos socialistas como de los de la nobleza reaccionaria, por ejemplo los legitimistas franceses o la Joven Inglaterra.2 Nuestros ataques no los puede explotar el statu quo alemán, porque se dirigen todavía mucho más contra él que contra la burguesía. Si la burguesía es, por así decirlo, nuestra enemiga natural, la enemiga cuyo derrocamiento llevará a nuestro partido al poder, el statu quo alemán es todavía mucho más enemigo nuestro, porque se interpone entre la burguesía y nosotros, porque nos impide atacar a la burguesía cuerpo a cuerpo. Por eso no nos excluimos en absoluto de la gran masa de la oposición contra el statu quo alemán. Solo formamos su fracción más avanzada, una fracción que, al mismo tiempo, por su no disimulada segunda intención contra la burguesía, ocupa una posición completamente determinada.

Con la reunión de la Dieta Unida prusiana3 se abre un punto de inflexión en la lucha contra el statu quo alemán. De la actuación de esta Dieta depende la supervivencia o la caída de ese statu quo. Los partidos de Alemania, todavía muy confusos, revueltos y divididos por sutilezas ideológicas, se ven así en la necesidad de aclararse sobre los intereses que representan y sobre la táctica que deben seguir, de separarse y de volverse prácticos. El más joven de estos partidos, el comunista, no puede sustraerse a esta necesidad. También él tiene que aclararse sobre su posición, sobre su plan de campaña y sobre sus medios, y el primer paso para ello es desautorizar a los socialistas reaccionarios que se le arriman. Puede dar este paso tanto más fácilmente cuanto que es lo bastante fuerte para poder rechazar la ayuda de todos los aliados comprometedores.

II. El statu quo y la burguesía

El statu quo en Alemania es el siguiente.

Mientras que en Francia y en Inglaterra la burguesía se ha hecho lo bastante poderosa para derribar a la nobleza y elevarse a clase dominante en el Estado, la burguesía alemana no ha tenido todavía ese poder. Tiene, es cierto, cierta influencia sobre los gobiernos, pero esa influencia, en todos los casos en que chocan los intereses, tiene que ceder ante la de la nobleza terrateniente. Mientras que en Francia y en Inglaterra las ciudades dominan el campo, en Alemania el campo domina las ciudades, la agricultura domina el comercio y la industria. Así ocurre no solo en las monarquías absolutas de Alemania, sino también en las constitucionales; no solo en Austria y en Prusia, sino también en Sajonia, Württemberg y Baden.

La causa de ello es el grado de civilización de Alemania, atrasado respecto de los países occidentales. En aquellos, el comercio y la industria son la rama de sustento decisiva de la masa del pueblo; entre nosotros, la agricultura. Inglaterra no exporta ningún producto agrícola, sino que necesita constantemente importaciones del extranjero; Francia importa por lo menos tanto como exporta, y los dos países basan su riqueza ante todo en la exportación de productos industriales. Alemania, en cambio, exporta pocos productos industriales, pero grandes masas de grano, lana, ganado, etc. El peso preponderante de la agricultura era todavía mucho mayor que ahora en la época en que se fijó la Constitución política de Alemania, en 1815, y se veía aumentado entonces por la circunstancia de que precisamente las partes casi exclusivamente agrícolas de Alemania eran las que con más celo habían participado en el derrocamiento del Imperio francés.4

El representante político de la agricultura es en Alemania, como en la mayoría de los países europeos, la nobleza, la clase de los grandes propietarios de tierras. La Constitución política que corresponde a la dominación exclusiva de la nobleza es el sistema feudal. El sistema feudal se ha descompuesto en todas partes en la misma medida en que la agricultura ha dejado de ser la rama de producción decisiva de un país, en que junto a la clase agrícola se ha formado una clase industriosa, y junto a las aldeas, ciudades.

Esta clase que se forma de nuevo junto a la nobleza y a los campesinos, más o menos dependientes de ella, no es la burguesía que hoy domina en los países civilizados y aspira al poder en Alemania; es la clase de los pequeñoburgueses.

La Constitución actual de Alemania no es más que un compromiso entre la nobleza y los pequeñoburgueses que viene a depositar la administración en manos de una tercera clase: la burocracia. En la composición de esta clase participan las dos altas partes contratantes según su posición recíproca: la nobleza, que representa la rama de producción más importante, se reserva los puestos superiores; la pequeña burguesía se conforma con los inferiores y solo excepcionalmente lleva candidatos a la alta administración. Donde la burocracia, como en los Estados constitucionales de Alemania, está sometida a un control directo, la nobleza y los pequeñoburgueses se lo reparten del mismo modo; y es fácil de entender que también aquí la nobleza se reserve la parte del león. Los pequeñoburgueses nunca pueden derribar a la nobleza, ni siquiera ponerse a su altura; solo consiguen debilitarla. Para derribar a la nobleza hace falta otra clase, con intereses más amplios, mayor propiedad y un valor más decidido: la burguesía.

La burguesía ha surgido en todos los países de los pequeñoburgueses, con el desarrollo del comercio mundial y de la gran industria, con la libre competencia y la centralización de la propiedad que los acompañan. El pequeñoburgués representa el comercio interior y de cabotaje, el artesanado, la manufactura basada en el trabajo manual: ramas de actividad que se mueven en un terreno limitado, requieren capitales escasos, rotan esos capitales lentamente y solo engendran una competencia local y soñolienta. El burgués representa el comercio mundial, el intercambio directo de los productos de todas las zonas, el comercio de dinero, la gran industria fabril basada en el trabajo de las máquinas: ramas de actividad que requieren el mayor terreno posible, los mayores capitales posibles y una rotación rápida, y que engendran una competencia universal y tempestuosa. El pequeñoburgués representa intereses locales; el burgués, intereses universales. El pequeñoburgués considera su posición suficientemente asegurada si, con una influencia indirecta sobre la legislación del Estado, participa directamente en la administración provincial y es dueño de su administración municipal local. El burgués no puede asegurar sus intereses sin un control directo y constante de la administración central, de la política exterior y de la legislación de su Estado. La creación clásica del pequeñoburgués fueron las ciudades imperiales alemanas; la creación clásica del burgués es el Estado representativo francés. El pequeñoburgués es conservador en cuanto la clase dominante le hace unas cuantas concesiones; el burgués es revolucionario hasta que domina él mismo.

¿Cuál es, pues, la posición de la burguesía alemana ante las dos clases que se reparten la dominación política?

Mientras que en Inglaterra desde el siglo XVII y en Francia desde el XVIII se formaba una burguesía rica y poderosa, en Alemania solo puede hablarse de una burguesía desde comienzos del siglo XIX. Hasta entonces había, desde luego, algunos ricos armadores en las ciudades hanseáticas y algunos ricos banqueros en el interior, pero ninguna clase de grandes capitalistas, y menos que nada de grandes capitalistas industriales. El creador de la burguesía alemana fue Napoleón. Su sistema continental5 y la libertad de industria que su presión hizo necesaria en Prusia6 dieron a los alemanes una industria y extendieron su minería. Estas ramas de producción nuevas o ampliadas se hicieron al cabo de pocos años tan importantes, y la burguesía creada por ellas tan influyente, que ya en 1818 el gobierno prusiano se vio obligado a concederles aranceles protectores. Esta ley aduanera prusiana de 1818 fue el primer reconocimiento oficial de la burguesía por el gobierno. Se admitía, con el corazón encogido, es cierto, y bastante a regañadientes, que la burguesía se había convertido en una clase indispensable para el país. La siguiente concesión a la burguesía fue la Unión Aduanera.7 La incorporación de la mayoría de los Estados alemanes al sistema aduanero prusiano obedeció en un principio, es verdad, a consideraciones meramente fiscales y políticas, pero no benefició a nadie más que a la burguesía alemana, y muy especialmente a la prusiana. Si la Unión Aduanera ha traído aquí y allá algunas ventajas de detalle a la nobleza y a la pequeña burguesía, a ambas las ha perjudicado mucho más en conjunto por el auge de la burguesía, la competencia más viva y el desplazamiento de los medios de producción anteriores. Desde entonces la burguesía se ha desarrollado con bastante rapidez, sobre todo en Prusia. Aunque en los últimos treinta años no ha tomado ni de lejos el impulso de la burguesía inglesa y francesa, ha introducido sin embargo la mayoría de las ramas de la industria moderna, ha desplazado en algunos distritos el patriarcalismo campesino o pequeñoburgués, ha concentrado en cierta medida los capitales, ha engendrado algo de proletariado y ha construido tramos bastante largos de ferrocarril. Ha llegado al menos al punto en que ahora tiene que seguir adelante y hacerse clase dominante, o renunciar a sus conquistas anteriores; al punto en que es la única clase que por el momento puede hacer progresar a Alemania, que por el momento puede gobernar Alemania. Es ya de hecho la clase dirigente en Alemania, y toda su existencia depende de que llegue a serlo también de derecho.

En efecto, con el ascenso y la creciente influencia de la burguesía coincide la creciente impotencia de las clases que hasta ahora dominaban oficialmente. La nobleza se ha ido empobreciendo y endeudando cada vez más desde la época napoleónica. La redención de las prestaciones personales8 aumentó los costes de producción de su grano y la expuso a la competencia de una nueva clase de pequeños campesinos independientes, desventajas que la estafa de los campesinos en la redención no compensó, ni mucho menos, a la larga. La venta de su grano la limita la competencia rusa y americana; la de su lana, la australiana y, algunos años, la del sur de Rusia. Y cuanto más subían los costes de producción y la competencia, tanto más salía a la luz la incapacidad de la nobleza para explotar sus fincas con provecho, para apropiarse los últimos progresos de la agricultura. Como la nobleza francesa e inglesa del siglo pasado, solo aprovechó la creciente civilización para dilapidar alegremente su fortuna en las grandes ciudades. Entre la nobleza y la burguesía se entabló aquella competencia de la cultura social e intelectual, de la riqueza y del lujo, que precede en todas partes a la dominación política de la burguesía y que, como cualquier otra competencia, termina con la victoria de la parte más rica. La nobleza rural se convirtió en nobleza cortesana, para arruinarse tanto más rápida y seguramente. Las rentas del tres por ciento de la nobleza sucumbieron ante el quince por ciento de beneficio de la burguesía; el tres por ciento buscó refugio en los préstamos hipotecarios, en las cajas de crédito de la nobleza,9 etc., para poder mantener el tren de vida propio de su estamento, y solo se arruinó tanto más deprisa. Los pocos hidalgos rurales lo bastante sensatos para no arruinarse formaron, con los propietarios burgueses de fincas que iban surgiendo, la nueva clase de los propietarios territoriales industriales. Esta clase practica la agricultura sin ilusiones feudales y sin despreocupación caballeresca, como un negocio, una industria, con los recursos burgueses del capital, el conocimiento técnico y el trabajo. Es tan poco incompatible con la dominación de la burguesía que en Francia está tranquilamente junto a ella y participa de su dominación en proporción a su riqueza. Es la fracción de la burguesía que explota la agricultura.

La nobleza se ha vuelto, pues, tan impotente que en parte se ha pasado ya ella misma a la burguesía.

Los pequeñoburgueses ya eran débiles frente a la nobleza; frente a la burguesía pueden sostenerse todavía mucho menos. La pequeña burguesía es, después de los campesinos, la clase más miserable que en ninguna época haya metido mano en la historia. Con sus mezquinos intereses locales, en su época más gloriosa, la Baja Edad Media, solo llegó a organizaciones locales, a luchas locales y a progresos locales, a una existencia tolerada junto a la nobleza, en ninguna parte a la dominación general, política. Con el surgimiento de la burguesía pierde incluso la apariencia de iniciativa histórica. Aprisionada entre la nobleza y la burguesía, oprimida por igual por la preponderancia política de la primera y por la competencia de los pesados capitales de la segunda, se divide en dos fracciones. Una, la de los pequeñoburgueses más ricos y de las grandes ciudades, se suma con mayor o menor timidez a la burguesía revolucionaria; la otra, que se recluta entre los burgueses más pobres, sobre todo de las pequeñas ciudades de provincias, se aferra a lo existente y apoya a la nobleza con todo el peso de su fuerza de inercia. Cuanto más se desarrolla la burguesía, peor se pone la situación de los pequeñoburgueses. Poco a poco también esta segunda fracción comprende que en las condiciones existentes su ruina es segura, mientras que bajo la dominación de la burguesía, junto a la probabilidad de la misma ruina, disfruta al menos de la posibilidad de ascender a la burguesía. Cuanto más segura se hace su ruina, tanto más se pone bajo las banderas de la burguesía. Apenas ha llegado la burguesía al poder, los pequeñoburgueses vuelven a dividirse. Suministran reclutas a cada fracción de la burguesía y forman además, entre la burguesía y el proletariado, que entonces aparece con sus intereses y reivindicaciones, una cadena de sectas políticas y socialistas más o menos radicales que pueden estudiarse con detalle en la Cámara de Diputados y en la prensa diaria inglesa o francesa. Cuanto más duramente arremete la burguesía contra estos enjambres pequeñoburgueses, indisciplinados y mal armados, con la artillería pesada de sus capitales y las columnas cerradas de sus sociedades anónimas, tanto más desconcertados quedan y tanto más desordenada se vuelve su huida, hasta que no les queda otra salida que reagruparse detrás de las largas líneas del proletariado y unirse a sus banderas, o rendirse a la burguesía sin condiciones. Este divertido espectáculo puede observarse en Inglaterra en cada crisis comercial, y en Francia en este momento. En Alemania solo hemos llegado a la fase en que la pequeña burguesía, en un momento de desesperación y de apuro de dinero, toma la heroica resolución de abandonar a la nobleza y confiarse a la burguesía.

Los pequeñoburgueses, por tanto, son tan incapaces como la nobleza de erigirse en clase dominante en Alemania. Al contrario, también ellos se ponen cada día más bajo el mando de la burguesía.

Quedan todavía los campesinos y las clases desposeídas.

Los campesinos, entre los que solo contamos aquí a los pequeños labradores, arrendatarios o propietarios, con exclusión de los jornaleros del campo y los mozos de labranza, forman una clase tan desvalida como los pequeñoburgueses, de los que por lo demás se distinguen ventajosamente por un mayor valor. En cambio, son también completamente incapaces de toda iniciativa histórica. Incluso su liberación de las cadenas de la servidumbre solo se produce bajo la protección de la burguesía. Donde la ausencia de nobleza y de burguesía les permite dominar, como en los cantones montañeses de Suiza y en Noruega, domina con ellos la barbarie prefeudal, la estrechez de miras local, la beatería sorda y fanática, la lealtad y la honradez. Donde, como en Alemania, la nobleza sigue existiendo junto a ellos, quedan aprisionados, igual que los pequeñoburgueses, entre la nobleza y la burguesía. Para proteger los intereses de la agricultura frente al creciente poder del comercio y la industria, tienen que unirse a la nobleza. Para protegerse de la competencia aplastante de la nobleza, y sobre todo de los propietarios burgueses de fincas, tienen que unirse a la burguesía. De qué lado se ponen definitivamente depende de la naturaleza de su propiedad. Los grandes campesinos de la Alemania oriental, que ejercen a su vez cierta soberanía feudal sobre sus mozos de labranza, están demasiado ligados a la nobleza en todos sus intereses para que puedan desligarse seriamente de ella. Los pequeños propietarios del Oeste, surgidos de la fragmentación de las fincas nobiliarias, y los pequeños campesinos del Este, sometidos a la jurisdicción patrimonial10 y en parte todavía a las prestaciones personales, están demasiado directamente oprimidos por la nobleza, o demasiado enfrentados a ella, para no ponerse del lado de la burguesía. Que así ocurre en efecto lo demuestran las dietas provinciales prusianas.

Por suerte, tampoco puede pensarse, pues, en una dominación de los campesinos. Los propios campesinos piensan tan poco en ello que en su mayoría se han puesto ya desde ahora a disposición de la burguesía.

¿Y las clases desposeídas, vulgo trabajadoras? Pronto hablaremos de ellas con más detalle; de momento basta con señalar su fragmentación. Esta fragmentación en mozos de labranza, jornaleros, oficiales de artesano, obreros fabriles y lumpenproletariado, unida a su dispersión por una gran superficie poco poblada con pocos y débiles centros, les impide ya aclararse mutuamente sobre la comunidad de sus intereses, entenderse, constituirse en una clase. Esta fragmentación y esta dispersión no les dejan otra cosa que limitarse a sus intereses más inmediatos y cotidianos, al deseo de un buen salario por un buen trabajo. Es decir, limitan a los obreros a ver su interés en el de sus patronos, y convierten así cada fracción de los obreros en un ejército auxiliar de la clase que la emplea. El mozo de labranza y el jornalero apoyan los intereses del noble o del campesino en cuya finca trabajan. El oficial está bajo la sujeción intelectual y política de su maestro. El obrero fabril se deja utilizar por el fabricante en la agitación proteccionista. El lumpen dirime a puñetazos, por un par de táleros, las rencillas entre la burguesía, la nobleza y la policía. Y donde dos clases de patronos tienen que imponer intereses opuestos, la misma lucha existe también entre las clases de obreros que emplean.

Tan poco preparada está la masa de los obreros en Alemania para asumir la dirección de los asuntos públicos.

Resumamos. La nobleza está demasiado venida a menos, los pequeñoburgueses y los campesinos son, por toda su posición vital, demasiado débiles, los obreros están todavía muy lejos de estar lo bastante maduros para poder presentarse como clase dominante en Alemania. Solo queda la burguesía.

La miseria del statu quo alemán consiste principalmente en que ninguna clase ha sido hasta ahora lo bastante fuerte para erigir su rama de producción en la rama de producción nacional por excelencia y, con ello, a sí misma en representante de los intereses de la nación entera. Todos los estamentos y clases que han aparecido en la historia desde el siglo X, nobleza, siervos, campesinos sujetos a prestaciones, campesinos libres, pequeñoburgueses, oficiales, obreros de manufactura, burgueses y proletarios, existen unos junto a otros. Aquellos de estos estamentos o clases que, en virtud de su propiedad, representan una rama de producción, a saber, la nobleza, los campesinos libres, los pequeñoburgueses y los burgueses, se han repartido la dominación política en proporción a su número, a su riqueza y a su participación en la producción total del país. El resultado de este reparto es que, como queda dicho, la nobleza ha recibido la parte del león y la pequeña burguesía la parte menor; que oficialmente los burgueses solo cuentan como pequeñoburgueses y los campesinos como campesinos no cuentan para nada, porque con su escasa influencia se reparten entre las demás clases. Este régimen, representado por la burocracia, es el resumen político de la impotencia y la abyección generales, del sordo aburrimiento y de la mugre de la sociedad alemana. Le corresponden el despedazamiento de Alemania en treinta y ocho Estados locales y provinciales,11 junto con el despedazamiento de Austria y Prusia en provincias independientes hacia dentro, y el vergonzoso desamparo frente a la explotación y los puntapiés hacia fuera. La causa de esta miseria general reside en la falta general de capitales. Cada una de las clases ha llevado desde el principio, en la pobre Alemania, el sello de la mediocridad burguesa, ha sido pobre y oprimida en comparación con la misma clase de otros países. ¡Qué pequeñoburguesa aparece la alta y baja nobleza alemana desde el siglo XII junto a la nobleza francesa e inglesa, rica, despreocupada, amiga de la buena vida y resuelta en todo su porte! ¡Qué diminutos, qué insignificantes y qué estrechos de miras parecen los burgueses de las ciudades imperiales y hanseáticas alemanas junto a los rebeldes burgueses de París de los siglos XIV y XV, junto a los puritanos londinenses del siglo XVII! ¡Qué pequeñoburguesas resultan todavía hoy nuestras primeras figuras de la industria, de las finanzas y de la navegación junto a los príncipes de la bolsa de París, Lyon, Londres, Liverpool y Manchester! Incluso las clases trabajadoras son en Alemania completamente pequeñoburguesas. Así, la pequeña burguesía, en su oprimida posición social y política, tiene al menos el consuelo de ser la clase normal de Alemania y de haber contagiado a todas las demás clases su opresión específica y sus preocupaciones por el sustento.

¿Cómo salir de esta miseria? Solo hay un camino posible. Una clase tiene que hacerse lo bastante fuerte para hacer depender de su ascenso el de la nación entera, del progreso y el desarrollo de sus intereses el progreso de los intereses de todas las demás clases. El interés de esta única clase tiene que convertirse por el momento en interés nacional, y esta clase misma, por el momento, en representante de la nación. A partir de ese momento esta clase, y con ella la mayoría de la nación, se halla en contradicción con el statu quo político. El statu quo político corresponde a una situación que ha dejado de existir: el antagonismo de los intereses de las diversas clases. Los nuevos intereses se encuentran constreñidos, y hasta una parte de las clases en cuyo favor se había instaurado el statu quo ya no ve sus intereses representados en él. La supresión del statu quo, por vía pacífica o violenta, es la consecuencia necesaria. En su lugar aparece la dominación de la clase que por el momento representa a la mayoría de la nación, y bajo su dominación comienza un nuevo desarrollo.

Así como la falta de capitales es la causa del statu quo, de la debilidad general, así solo la posesión de capitales, su concentración en manos de una clase, puede dar a esta clase el poder de desplazar el statu quo.

¿Existe, pues, en Alemania esa clase capaz de derribar el statu quo? Existe, de una manera bastante pequeñoburguesa, es cierto, si se la compara con la clase correspondiente de Inglaterra y Francia, pero existe, y es la burguesía.

La burguesía es la clase que en todos los países derriba el compromiso entre la nobleza y la pequeña burguesía establecido en la monarquía burocrática, y conquista con ello, primero para sí, el poder.

La burguesía es la única clase en Alemania que ha hecho partícipes de sus intereses y ha reunido bajo sus banderas al menos a una gran parte de los propietarios territoriales industriales, de los pequeñoburgueses, de los campesinos, de los obreros e incluso a una minoría de la nobleza.

El partido de la burguesía es el único en Alemania que sabe con precisión qué ha de poner en lugar del statu quo; el único que no se limita a principios abstractos y deducciones históricas, sino que quiere imponer medidas muy determinadas, tangibles y realizables de inmediato; el único que está organizado en cierta medida, al menos local y provincialmente, y tiene una especie de plan de campaña; en suma, el partido que lucha en primera línea contra el statu quo y está directamente interesado en su caída.

El partido de la burguesía es, pues, el único que por de pronto tiene posibilidades de éxito.

La única pregunta es entonces: ¿se ve la burguesía en la necesidad de conquistar el poder derribando el statu quo, y es lo bastante fuerte, por su propio poder y por la debilidad de sus adversarios, para poder derribarlo?

Veamos.

La fracción decisiva de la burguesía alemana son los fabricantes. Del florecimiento de la industria depende el florecimiento de todo el comercio interior, del comercio marítimo de Hamburgo y Bremen y en parte del de Stettin, de los negocios bancarios; de él depende el rendimiento de los ferrocarriles y, con ello, la parte más importante de los negocios de bolsa. Independientes de la industria solo son los exportadores de grano y lana de las ciudades del Báltico y la insignificante clase de los importadores de productos industriales extranjeros. Las necesidades de los fabricantes representan, pues, las necesidades de toda la burguesía y de las clases que dependen por el momento de la burguesía.

Los fabricantes se dividen a su vez en dos secciones: una da a la materia prima la primera elaboración y la lleva al comercio a medio terminar; la segunda toma la materia prima a medio terminar y la lleva al mercado como mercancía acabada. A la primera sección pertenecen los hiladores; a la segunda, los tejedores. A la primera sección se suman también en Alemania los productores de hierro.

[…]12 … hacer posibles los medios auxiliares recién inventados, establecer buenas comunicaciones, obtener máquinas y materias primas baratas, formar obreros hábiles: para eso hace falta todo un sistema industrial; para eso hace falta el engranaje de todas las ramas de la industria; para eso hacen falta ciudades marítimas tributarias del interior industrial y que mantengan un comercio floreciente. Esta tesis la han demostrado hace tiempo los economistas. Pero a semejante sistema industrial pertenece también hoy día, cuando casi solo los ingleses no tienen que temer ninguna competencia, un sistema completo de aranceles protectores que abarque todas las ramas amenazadas por la competencia extranjera y cuyas modificaciones se rijan siempre por el estado de la industria. Semejante sistema no puede darlo el actual gobierno prusiano, no pueden darlo los gobiernos de la Unión Aduanera en su conjunto. Semejante sistema solo puede establecerlo y manejarlo la propia burguesía gobernante. Y también por eso la burguesía alemana no puede seguir prescindiendo del poder político.

Pero semejante sistema de aranceles protectores es tanto más necesario en Alemania cuanto que allí la manufactura está agonizando. Sin aranceles protectores sistemáticos, la manufactura sucumbe a la competencia de las máquinas inglesas, y los burgueses, pequeñoburgueses y obreros que hasta ahora sustentaba se hunden. Razón suficiente para que los burgueses alemanes prefieran arruinar el resto de la manufactura con máquinas alemanas.

Los aranceles protectores son, pues, necesarios para la burguesía alemana y solo pueden introducirse por ella misma. Ya solo por eso tiene que apoderarse del poder del Estado.

Pero a los fabricantes no solo les impiden valorizar plenamente sus capitales unos aranceles insuficientes; se lo impide también la burocracia. Si en la legislación aduanera tropiezan con la indiferencia, aquí, en sus relaciones con la burocracia, tropiezan con la hostilidad más directa del gobierno.

La burocracia se instituyó para gobernar a pequeñoburgueses y campesinos. Estas clases, dispersas en pequeñas ciudades o aldeas, con intereses que no van más allá del más estrecho círculo local, tienen necesariamente un horizonte limitado, que corresponde a sus limitadas condiciones de vida. No pueden gobernar un gran Estado; no pueden tener ni visión de conjunto ni conocimientos bastantes para conciliar entre sí los diversos intereses que chocan unos con otros. Y precisamente en el grado de civilización en que cae el florecimiento de la pequeña burguesía es cuando los diversos intereses se enredan de la manera más complicada (piénsese solo en los gremios y sus conflictos). Los pequeñoburgueses y los campesinos no pueden, pues, prescindir de una burocracia poderosa y numerosa. Tienen que dejarse tutelar para evitar la mayor confusión, para no arruinarse con cientos y miles de pleitos.

Pero la burocracia, que para los pequeñoburgueses es una necesidad, se convierte muy pronto para los burgueses en una traba insoportable. Ya en la manufactura la vigilancia y la intromisión de los funcionarios se vuelven muy molestas; la industria fabril es apenas posible bajo semejante tutela. Los fabricantes alemanes se han quitado hasta ahora de encima a la burocracia en lo posible por medio del soborno, cosa que no se les puede reprochar en absoluto. Pero este medio solo los libra de la menor mitad de la carga; aparte de la imposibilidad de sobornar a todos los funcionarios con los que un fabricante entra en contacto, el soborno no lo libra de las tasas, de los honorarios de juristas, arquitectos, mecánicos y demás gastos ocasionados por la vigilancia, de los trabajos extra y de la pérdida de tiempo. Y cuanto más se desarrolla la industria, más «funcionarios fieles a su deber» aparecen, es decir, de los que, por pura estrechez de miras o por odio burocrático a la burguesía, hacen a los fabricantes las peores vejaciones.

La burguesía se ve, pues, obligada a quebrar el poder de esta burocracia arrogante y amiga de vejar. Desde el momento en que la administración del Estado y la legislación caen bajo el control de la burguesía, se hunde la independencia de la burocracia; más aún, desde ese momento los atormentadores de los burgueses se convierten en sus criados sumisos. Los reglamentos y disposiciones anteriores, que solo servían para facilitar el trabajo a los funcionarios a costa de los burgueses industriales, dejan paso a nuevos reglamentos que facilitan el trabajo a los industriales a costa de los funcionarios.

La burguesía está tanto más forzada a hacer esto lo antes posible cuanto que, como hemos visto, todas sus fracciones están directamente interesadas en el desarrollo más rápido posible de la industria fabril, y la industria fabril no puede desarrollarse bajo el régimen de la vejación burocrática.

La subordinación de la aduana y de la burocracia al interés de la burguesía industrial son las dos medidas en cuya realización está más directamente interesada la burguesía. Pero con ello sus necesidades distan mucho de estar agotadas. Se ve obligada a someter a una revisión a fondo todo el sistema legislativo, administrativo y judicial de casi todos los países alemanes, pues todo este sistema sirve para conservar y apuntalar un estado social en cuya subversión trabaja continuamente la burguesía. Las condiciones en las que la nobleza y los pequeñoburgueses pueden coexistir son completamente distintas de las condiciones de vida de la burguesía, y solo las primeras están reconocidas oficialmente en los Estados alemanes. Tomemos como ejemplo el statu quo prusiano. Si los pequeñoburgueses pudieron someterse a la burocracia judicial lo mismo que a la administrativa, si pudieron confiar sus bienes y su persona a la discreción y la somnolencia de una clase de jueces «independiente», es decir, burocráticamente autónoma, que a cambio les daba protección frente a los abusos de la nobleza feudal y a veces también de la burocracia administrativa, los burgueses no pueden hacerlo. Los burgueses necesitan, para los pleitos sobre la propiedad, por lo menos la protección de la publicidad, y para los procesos penales, además, el jurado, el control constante de la justicia por una delegación de burgueses. El pequeñoburgués puede tolerar la exención de los nobles y de los funcionarios de la jurisdicción ordinaria, porque esta humillación oficial suya corresponde perfectamente a su baja posición social. El burgués, que tiene que hundirse o hacer de su clase la primera en la sociedad y en el Estado, no puede. El pequeñoburgués puede dejar a la nobleza, sin perjuicio de su tranquilo modo de vida, la legislación sobre la propiedad de la tierra; tiene que hacerlo, porque bastante tiene con proteger sus propios intereses urbanos de la influencia y los abusos de la nobleza. El burgués no puede en modo alguno dejar la regulación de las relaciones de propiedad en el campo al arbitrio de la nobleza, pues el desarrollo completo de sus propios intereses exige la explotación lo más industrial posible también de la agricultura, la creación de una clase de agricultores industriales, la libre enajenabilidad y la movilización de la propiedad de la tierra. La necesidad que tienen los propietarios de procurarse dinero con hipotecas ofrece aquí al burgués un asidero y obliga a la nobleza a conceder a la burguesía, al menos en lo que toca a las leyes hipotecarias, influencia sobre la legislación de la propiedad territorial. Si al pequeñoburgués, con sus pequeños negocios, su lenta rotación y el número limitado de sus clientes, concentrados en un espacio pequeño, no le oprimía especialmente la miserable legislación mercantil del viejo derecho prusiano, sino que incluso le estaba agradecido por las pocas garantías que ofrecía, el burgués ya no puede soportarla. El pequeñoburgués, cuyas transacciones, sumamente simples, rara vez son negocios de comerciante a comerciante y casi siempre ventas del detallista o del fabricante directamente al consumidor, el pequeñoburgués rara vez cae en quiebra y puede acomodarse fácilmente a las viejas leyes prusianas de quiebras. Según estas leyes, las deudas cambiarias se pagan de la masa antes que todas las deudas en libros, pero por lo general toda la masa se la come la justicia. Están concebidas ante todo en interés de los burócratas judiciales que administran la masa y, con ello, en interés de todos los no burgueses contra los burgueses. La nobleza en particular, que por el grano que despacha gira o recibe letras sobre el comprador o el consignatario, queda así cubierta; en general, todos los que solo tienen algo que vender una vez al año y retiran su producto del comercio mediante una letra de cambio. De entre los que comercian, quedan protegidos a su vez los banqueros y los mayoristas, y más bien desatendidos los fabricantes. El burgués, que solo hace negocios de comerciante a comerciante, cuyos clientes viven dispersos, que recibe letras de todo el mundo, que tiene que moverse en medio de un sistema de transacciones sumamente complicado, que a cada instante se ve envuelto en una quiebra, el burgués no puede más que arruinarse con estas leyes absurdas. El pequeñoburgués solo tiene interés en la política general de su país en la medida en que desea la paz; su limitado círculo de vida le incapacita para abarcar las relaciones de Estado a Estado. El burgués, que hace negocios con el extranjero más lejano o tiene que competir con él, no puede abrirse camino sin la influencia más directa sobre la política exterior de su Estado. El pequeñoburgués podía dejar que la burocracia y la nobleza le impusieran impuestos, por las mismas razones por las que se sometía a la burocracia; el burgués tiene un interés completamente directo en repartir las cargas públicas de modo que afecten lo menos posible a sus ganancias.

En suma, si el pequeñoburgués podía conformarse con oponer a la nobleza y a la burocracia su masa inerte, con asegurarse una influencia sobre el poder público por su vis inertiae, el burgués no puede hacerlo. Tiene que hacer de su clase la dominante y de su interés el decisivo en la legislación, la administración, la justicia, los impuestos y la política exterior. La burguesía tiene que desarrollarse plenamente, aumentar cada día sus capitales, rebajar cada día los costes de producción de sus mercancías, extender cada día sus relaciones comerciales y sus mercados, mejorar cada día sus comunicaciones, para no hundirse. La competencia en el mercado mundial la empuja a ello. Y para poder desarrollarse libre y plenamente necesita precisamente la dominación política, la subordinación de todos los demás intereses al suyo.

Pero que la burguesía alemana necesita ahora la dominación política para no hundirse lo hemos demostrado más arriba con la cuestión de los aranceles protectores y con su posición ante la burocracia. La prueba más contundente de ello es, sin embargo, la situación actual del mercado alemán de dinero y de mercancías.

La prosperidad de la industria inglesa en 1845 y las especulaciones ferroviarias que de ella resultaron ejercieron esta vez sobre Francia y Alemania una repercusión más fuerte que en cualquier período de animación anterior. Los fabricantes alemanes hicieron buenos negocios, y con los suyos se animaron los negocios alemanes en general. Los distritos agrícolas encontraron en Inglaterra un mercado dispuesto para su grano. La prosperidad general animó el mercado de dinero, facilitó el crédito y atrajo al mercado una multitud de pequeños capitales, de los que tantos hay en Alemania medio ociosos. Como en Inglaterra y en Francia, solo que algo más tarde y de un modo algo […]13

  1. La Réforme, diario parisino de los demócratas y socialistas pequeñoburgueses (Ledru-Rollin, Louis Blanc); Étienne Cabet (1788-1856), autor del Viaje a Icaria, jefe del comunismo icariano, la corriente comunista obrera más numerosa de Francia. ↩

  2. Los legitimistas eran los partidarios de la rama mayor de los Borbones, derrocada en 1830; la Joven Inglaterra, un grupo de jóvenes tories en torno a Benjamin Disraeli que, en los años cuarenta, oponía a la burguesía industrial un paternalismo aristocrático. ↩

  3. La Dieta Unida (Vereinigter Landtag), reunión de las ocho dietas provinciales de Prusia, convocada por la patente del 3 de febrero de 1847 y abierta en Berlín el 11 de abril de 1847. ↩

  4. Es decir, en la guerra de liberación de 1813-1815 contra Napoleón. En 1815 el Congreso de Viena fundó la Confederación Germánica. ↩

  5. El bloqueo continental decretado por Napoleón en 1806 contra el comercio inglés. ↩

  6. La libertad de industria se introdujo en Prusia en 1810-1811, en el marco de las reformas de Stein y Hardenberg que siguieron a la derrota de 1806. ↩

  7. La Unión Aduanera alemana (Zollverein), formada bajo la dirección de Prusia y en vigor desde el 1 de enero de 1834. ↩

  8. En Prusia, los campesinos se redimieron de las prestaciones personales y demás cargas feudales, desde las leyes de 1807 y 1811, cediendo a los señores una parte de sus tierras o pagando indemnizaciones en dinero. ↩

  9. Las ritterschaftliche Kreditkassen o Landschaften, instituciones de crédito hipotecario de los propietarios de fincas nobles. ↩

  10. La jurisdicción civil y penal de primera instancia que ejercían los señores sobre los campesinos de sus dominios. ↩

  11. Los Estados miembros de la Confederación Germánica. ↩

  12. Faltan aquí cuatro páginas del manuscrito. ↩

  13. Aquí se interrumpe el manuscrito. ↩