Escrito por Friedrich Engels en inglés a finales de febrero de 1847 y publicado en The Northern Star, núm. 489, del 6 de marzo de 1847. No hemos podido consultar el texto inglés: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 30-36), por la Escuela de marxismo, 2026; algunas erratas evidentes de la edición digital se corrigen. Las notas son nuestras. Texto de la MEW en alemán.
¡Por fin ha llegado la tan esperada obra de arte! Por fin Prusia, si hemos de creer al Times, al Globe y a algunos periódicos franceses y alemanes, ha entrado en las filas de los países constitucionales.1 Sin embargo, el Northern Star ya ha demostrado sobradamente que esta pretendida Constitución no es más que una trampa tendida al pueblo prusiano para estafarle los derechos que el difunto rey le prometió en un tiempo en que necesitaba su ayuda.2 Que es así, que con esta pretendida Constitución Federico Guillermo intenta conseguir dinero sin quedar obligado a hacer concesiones a la opinión pública, está fuera de toda duda. Los periódicos democráticos de todos los países, en Francia sobre todo el National y la Réforme, e incluso el ministerial Journal des Débats, coinciden en ello. La prensa alemana, encadenada, balbucea palabras que no permiten otra conclusión sino que el partido del movimiento en Prusia se da perfecta cuenta de las astutas intenciones de su «franco y magnánimo» rey. Se plantea, pues, la pregunta siguiente: ¿tendrá éxito el rey con sus planes? ¿Será la Dieta Unida lo bastante necia o lo bastante cobarde para aprobar un nuevo empréstito sin asegurar al pueblo amplias libertades, dando así al rey los medios para prolongar el sistema actual cuanto quiera?
Respondemos: no, no lo hará, no puede hacerlo.
El plan de gobierno seguido hasta ahora en Prusia era el resultado de las relaciones recíprocas entre la nobleza y la burguesía de Prusia. La nobleza ha perdido demasiado de su antigua fuerza, riqueza e influencia para dominar al rey como lo había hecho antes. La burguesía no era todavía lo bastante fuerte para sacudirse el peso de plomo de la nobleza, que coartaba su progreso comercial e industrial. Así, el rey, que representa el poder central del Estado y se apoya en la numerosa clase de los funcionarios del gobierno y los oficiales, aparte de tener a su disposición el ejército, estaba en condiciones de mantener a raya a la burguesía por medio de la nobleza y a la nobleza por medio de la burguesía, halagando unas veces los intereses de una y otras los de la otra y equilibrando en lo posible la influencia de ambas. Casi todos los países civilizados de Europa han pasado por esta fase de la monarquía absoluta, y en los más adelantados ha dejado ya paso al gobierno de la burguesía.
Prusia, el país alemán más adelantado, carecía hasta ahora de una burguesía lo bastante rica, fuerte, unida y enérgica para sacudirse el dominio del absolutismo y aniquilar los restos de la nobleza feudal. Pero los dos elementos en lucha, nobleza y burguesía, se hallan en una situación tal que, con el progreso natural de la industria y de la civilización, uno de ellos (la burguesía) tiene que crecer en riqueza e influencia, mientras que el otro (la nobleza) tiene que menguar, empobrecerse y perder cada vez más su preeminencia. Por eso, mientras la nobleza prusiana y los grandes terratenientes se encontraban cada año en peor situación, primero por las devastadoras guerras con Francia a comienzos de este siglo, después por las Leyes de Cereales inglesas, que los excluían del mercado de Inglaterra, y por último por la competencia de Australia en una de sus principales ramas de producción, la lana, y por muchas otras circunstancias, la burguesía de Prusia ha crecido enormemente en riqueza, en fuerzas productivas y en influencia en general. Las guerras con Francia y el cierre de los mercados continentales a las manufacturas inglesas dieron vida a una industria en Prusia, y cuando se restableció la paz, los fabricantes surgidos entonces eran lo bastante fuertes para arrancar al gobierno aranceles protectores (1818). Poco después se fundó la Unión Aduanera,3 una unión que favorecía casi exclusivamente los intereses de la burguesía. Pero sobre todo, la encarnizada lucha competitiva que se ha desatado entre las diversas naciones comerciales e industriales en los últimos treinta años de paz puso a la algo indolente burguesía prusiana ante la disyuntiva de dejarse arruinar por completo por la competencia extranjera o de poner manos a la obra en serio, como sus vecinos.
El progreso de la burguesía fue muy poco visible hasta que en 1840, con la subida al trono del nuevo rey, le pareció llegado el momento oportuno para mostrar que la situación en Prusia había cambiado considerablemente desde 1815. No necesito recapitular los progresos que ha hecho desde entonces el movimiento de la burguesía, cómo se extendió a todas las partes del reino, hasta que por fin se le sumaron la burguesía entera, una gran parte del campesinado y no pocos nobles. Una Constitución representativa, libertad de prensa, procedimiento judicial público, inamovilidad de los jueces, tribunales de jurados: tales eran las reivindicaciones de la burguesía. El campesinado, o los pequeños propietarios de tierras, veían muy bien, al menos en las partes más ilustradas del reino, que tales medidas eran también de su interés, porque solo por ellas podían esperar librarse de los restos del feudalismo y alcanzar la influencia en la legislación que les convenía. La parte más pobre de la nobleza pensaba que el sistema constitucional quizá le daría en la legislación una posición acorde con sus intereses, y que en todo caso no podía ser más ruinoso para ella que aquel bajo el que vivía. Fue sobre todo la nobleza de Prusia propiamente dicha y de Posen, duramente agobiada por la falta de mercados para sus productos, la que por tales consideraciones se sumó al movimiento liberal.
La burguesía se fue encontrando en una situación cada vez más difícil. Había ampliado considerablemente sus empresas manufactureras y mineras, lo mismo que su navegación; era el principal proveedor de todo el mercado de la Unión Aduanera; su riqueza y su fuerza numérica habían aumentado mucho. Pero en los últimos diez o quince años el enorme progreso de las empresas manufactureras y mineras inglesas la ha amenazado con una competencia peligrosa. Cada saturación del mercado inglés arrojaba grandes cantidades de mercancías inglesas al territorio de la Unión Aduanera, donde se vendían a precios que arruinaban más a los alemanes que a los ingleses, pues estos hacían en tiempos de prosperidad grandes beneficios en el mercado americano y en otros, mientras que los prusianos no podían vender sus productos en ninguna parte fuera de su propia frontera aduanera. A sus barcos se les negaba casi por completo el acceso a los puertos de los demás Estados, mientras que barcos de todas las banderas entraban en los puertos prusianos en las mismas condiciones que los barcos prusianos. Así surgieron, aunque en Prusia hay relativamente poco capital, dificultades para invertirlo con provecho. Los negocios parecían estar bajo una presión constante; las fábricas, la maquinaria y las existencias se depreciaban lenta pero continuamente; y solo por breve tiempo interrumpieron este estancamiento general las especulaciones ferroviarias que empezaron en Prusia en los últimos ocho años. Como estas especulaciones hicieron subir el valor del dinero líquido, aumentaron la depreciación de las existencias de mercancías, mientras que ellas mismas, por término medio, no eran muy lucrativas, debido a la población relativamente escasa y a la industria poco desarrollada de la mayor parte del país. Con todo, ofrecían todavía mejores perspectivas de beneficio que otras inversiones industriales, de modo que todo el que disponía de algún capital tomó parte en ellas. Como de costumbre, estas especulaciones adquirieron muy pronto un carácter febril y terminaron en una crisis que pesa desde hace unos doce meses sobre los mercados de dinero prusianos. Así, a comienzos de este año la burguesía se encontraba en una situación muy desagradable: los mercados de dinero sufrían la presión de una extraordinaria escasez de numerario; los distritos industriales reclaman más que nunca los aranceles protectores que el gobierno les ha negado; las ciudades costeras exigen leyes de navegación, único medio de aliviar su situación; y además, una subida de precios en los mercados de grano que llevó al país al borde del hambre. Todas estas causas de descontento obraban a la vez, y por tanto con tanta más fuerza, sobre el pueblo: los tejedores de lino de Silesia en la mayor miseria; las fábricas de algodón paradas; en el gran distrito industrial del Rin casi todos los obreros sin trabajo; la cosecha de patata destruida en su mayor parte y el pan a precios de usura. Evidentemente había llegado para la burguesía el momento de quitar el poder de gobierno de las manos de un rey débil de entendimiento, de una nobleza débil y de una burocracia engreída para asegurárselo a sí misma.
Es un hecho curioso, que sin embargo se repite en toda época revolucionaria, que en el mismo momento en que la clase dirigente de un movimiento se encuentra en la situación más favorable para consumarlo, el gobierno viejo y caduco ya no pueda hacer otra cosa que pedir ayuda precisamente a esa clase dirigente. Así ocurrió en Francia en 1789, cuando el hambre, los malos negocios y las divisiones en la nobleza empujaban a la burguesía, por así decirlo, a una revolución; justo en ese momento el gobierno encontró agotadas sus fuentes de dinero y se vio obligado a iniciar la revolución convocando los Estados Generales. Así ocurre en Prusia en 1847. Al mismo tiempo que la más indiferente burguesía prusiana se ve casi forzada por las circunstancias a cambiar el sistema de gobierno, el rey se ve forzado por la falta de dinero a iniciar ese cambio de sistema y a convocar por su parte los Estados Generales prusianos.4 No cabe duda de que los Estados le opondrían mucha menos resistencia de la que le oponen ahora si el mercado de dinero estuviera holgado, si las fábricas tuvieran trabajo de sobra (lo que ocurriría gracias a un comercio floreciente, a una venta rápida y a los altos precios de las manufacturas en Inglaterra que de ahí resultarían) y si el grano pudiera obtenerse a un precio más o menos bajo. Pero así son las cosas: en tiempos de una revolución inminente, las clases progresistas de la sociedad tienen siempre todas las bazas de su parte.
En el curso de los años 1845 y 1846 he mostrado más de una vez a los lectores del Star que el rey de Prusia estaba en un grave aprieto financiero; al mismo tiempo he llamado su atención sobre los diversos planes ingeniosos con que sus ministros intentaban sacarle de él; he predicho que todo el asunto tenía que terminar con una convocatoria de los Estados Generales. El acontecimiento no fue, pues, inesperado, ni se debió, como ahora se pretende, a la generosa benevolencia de su derrochadora Majestad; nada más que la pura necesidad, la pobreza y la miseria podían moverle a dar semejante paso, y cualquier niño en Prusia lo sabe. La única pregunta es, pues: ¿permitirá la burguesía prusiana, suscribiendo con su garantía un nuevo empréstito, que el rey siga como hasta ahora y vuelva a ignorar sus peticiones y necesidades durante otros siete años?
Ya hemos respondido a esta pregunta. No puede. Lo hemos demostrado por la situación de cada clase, y ahora lo demostraremos por la composición de la Dieta Unida:
| Representantes de la alta y la baja nobleza | 311 |
| Representantes de las ciudades y del campesinado | 306 |
Como el rey ha anunciado su intención de aumentar con nuevos nombramientos el número de representantes de la alta nobleza (80 en total), podemos aumentar en treinta el número de nobles, con lo que el total de nobles, es decir, del partido del gobierno, sube a 341. Réstese de esta cifra a las fracciones liberales de la baja nobleza, a saber, toda la nobleza de Prusia propiamente dicha, dos tercios de la nobleza de Posen y algunos miembros de la nobleza renana, silesia, brandeburguesa y westfaliana, digamos setenta miembros liberales que votarán con las ciudades y el campesinado, y la posición de los partidos es la siguiente:
| Nobleza o partido del gobierno | 271 |
| Ciudades y campesinado u oposición liberal | 376 |
Así pues, aun admitiendo que treinta o cuarenta representantes de las ciudades o del campesinado de regiones apartadas pudieran votar con el gobierno, siempre quedará una mayoría liberal de veinticinco a cincuenta votos, y con un poco de energía por parte de los liberales será fácil responder a cada petición de dinero con otra petición de instituciones liberales. No cabe duda, además, de que en las circunstancias actuales el pueblo apoyará a la burguesía y, con su presión desde fuera, que sería de hecho muy deseable, dará valor a los representantes en el Parlamento y despertará sus energías.
Así pues, la Constitución de Prusia, aunque insignificante en sí misma, es sin embargo el comienzo de una nueva época para este país y para toda Alemania. Marca la caída del absolutismo y de la nobleza y el ascenso de la burguesía; marca el comienzo de un movimiento que muy pronto llevará a una Constitución representativa para la burguesía, a una prensa libre, a jueces independientes y a tribunales de jurados, y que quién sabe dónde terminará. Marca la repetición del año 1789 en Prusia. Y si bien el movimiento revolucionario que ahora empieza solo interesará directamente a la burguesía, no carece en absoluto de importancia para los intereses del pueblo. A partir del momento en que el poder de la burguesía queda constituido, empieza el movimiento democrático propio y diferenciado. En la lucha contra el despotismo y la aristocracia, el pueblo, el partido demócrata, solo puede desempeñar un papel secundario; el primer papel corresponde a la burguesía. Pero desde el momento en que la burguesía establece su propio gobierno y se identifica con un nuevo despotismo, con una nueva aristocracia contra el pueblo, desde ese momento la democracia aparece como el único y exclusivo partido del movimiento; desde ese momento la lucha se simplifica, se reduce a dos partidos y, por esta misma circunstancia, se convierte en una «guerra a cuchillo». La historia de los partidos demócratas franceses e ingleses lo demuestra plenamente.
Otra circunstancia merece señalarse. La conquista del poder político por la burguesía de Prusia cambiará la posición política de todos los países europeos. La alianza del Norte se disolverá.5 Austria y Rusia, que fueron las principales partícipes en el despojo de Polonia, quedarán completamente aisladas del resto de Europa, pues Prusia arrastra consigo a los Estados más pequeños de Alemania, que tienen todos gobiernos constitucionales. Así, el equilibrio de fuerzas en Europa cambiará por completo como consecuencia de esta insignificante Constitución: el paso de tres cuartas partes de Alemania del campo de la Europa oriental estancada al de la Europa occidental progresista. En febrero de 1846 estalló la última insurrección polaca.6 En febrero de 1847 Federico Guillermo convoca sus Estados Generales. ¡La venganza de Polonia está en marcha!
E.
La patente real del 3 de febrero de 1847, por la que Federico Guillermo IV convocaba en Berlín la Dieta Unida (Vereinigter Landtag), reunión de las ocho dietas provinciales de Prusia, que se abrió el 11 de abril de 1847. ↩
Federico Guillermo III (1770-1840) prometió en la ordenanza del 22 de mayo de 1815, en plena guerra contra Napoleón, dar a Prusia una representación del pueblo. ↩
La Unión Aduanera alemana (Zollverein), formada bajo la dirección de Prusia y en vigor desde el 1 de enero de 1834. ↩
Es decir, la Dieta Unida, que Engels llama así por analogía con los Estados Generales franceses de 1789. ↩
La alianza de Rusia, Austria y Prusia, núcleo de la Santa Alianza de 1815. ↩
La insurrección nacional polaca de febrero de 1846, cuyo centro fue la república libre de Cracovia; tras su derrota, Austria se anexionó Cracovia en noviembre de ese año con el acuerdo de Rusia y Prusia. ↩