Escrito por Friedrich Engels en francés a finales de diciembre de 1847. Publicado en La Réforme (París) el 30 de diciembre de 1847. No disponemos del original francés: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 429-431), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto alemán de la MEW

Desde la apertura del Parlamento, la agitación cartista se ha desarrollado con extraordinaria fuerza. Se preparan peticiones, se celebran meetings, los hombres de confianza del partido recorren el país en todas direcciones. Además de la gran petición nacional por la Carta del Pueblo, que esta vez, según se espera, llevará cuatro millones de firmas reunidas, se han sometido ahora a la aprobación del pueblo otras dos peticiones en favor de la Sociedad Agraria cartista. La primera, que redactó O'Connor y que el Northern Star publica esta semana, puede resumirse así:

«A los honorables Comunes de Gran Bretaña e Irlanda reunidos en Parlamento. Honorables señores: Nosotros, los abajo firmantes, miembros de la Sociedad Agraria cartista y obreros de nuestra condición, considerando:

que la especulación desmedida con los productos de nuestro trabajo, la competencia sin límites y el aumento constante de los medios mecánicos de producción nos han cerrado en todas partes los mercados para nuestro trabajo;

que, a medida que aumentan los medios mecánicos de producción, disminuye el trabajo manual y los obreros pierden su trabajo;

que su reciente decisión de suspender provisionalmente las obras de los ferrocarriles dejará sin trabajo a miles de obreros, cargará pesadamente el mercado de trabajo y dará así a los fabricantes la posibilidad de rebajar de nuevo unos salarios ya tantas veces reducidos;

que no pedimos más que poder vivir de los productos de nuestro trabajo;

que rechazamos todo impuesto de pobres como una ofensa y como un medio que solo sirve para tener a disposición de los capitalistas una reserva que pueden lanzar en cualquier momento al mercado de trabajo para bajar los salarios mediante la competencia entre los propios obreros;

que, cuando la industria ya no está en condiciones de ocupar a las masas de proletarios que ella misma ha creado, la agricultura ofrece todavía un amplio campo a nuestro trabajo, pues está demostrado que el rendimiento de la tierra de nuestro país puede multiplicarse al menos por cuatro mediante la aplicación de trabajo;

hemos fundado en consecuencia una sociedad para la compra de tierras en las que cada uno de nosotros pueda vivir con su familia del producto de su trabajo, sin ser una carga para la parroquia ni para la caridad de los particulares y sin bajar con su competencia los salarios de los demás obreros.

Por esta vía les rogamos, por tanto, honorables señores, que tengan a bien dictar una ley que exima y libere a la Sociedad Agraria del pago de los derechos de timbre y de los impuestos sobre los ladrillos, la madera de construcción y otros materiales, y les rogamos que aprueben el proyecto de ley que se les presentará con este fin.»

Este proyecto de ley lo está redactando también Feargus O'Connor; lo presentará en breve al Parlamento.

La segunda petición pide que se devuelvan al pueblo las tierras incultas que hoy son propiedad de las parroquias.1 Estas tierras, que desde hace treinta años se venden en bloque a los grandes terratenientes, deberían, según pide la petición, dividirse en parcelas para arrendarlas a los obreros del lugar o vendérselas con facilidades de pago. Esta petición fue aprobada en Londres en un gran meeting, donde la defendieron los redactores del Northern Star, Harney y Jones, en ausencia de O'Connor, que tenía trabajo en el Parlamento. Ahora ha sido aprobada también en un gran meeting en Norwich, donde el señor Jones, uno de los mejores oradores de Inglaterra, volvió a prestarle el apoyo de su elocuencia brillante e irresistible.

Por último, la petición nacional ha sido aprobada en un meeting muy concurrido en Londres. Los principales oradores de esta asamblea fueron los señores Keen, Schapper (Alemania) y Harney. Las palabras de este último, sobre todo, se distinguieron por la fuerza de su convicción democrática:

«Todo nuestro sistema social y político —dijo— no es más que un monstruoso tejido de mentiras y de fraudes en provecho de holgazanes y de estafadores desvergonzados.

Mirad la Iglesia: los arzobispos y los obispos se embolsan sueldos enormes, mientras a los párrocos que se afanan en el trabajo espiritual les dejan unas pocas libras al año. Con el nombre de diezmo eclesiástico se le sacan al pueblo varios millones. Este diezmo estaba destinado originariamente, en gran parte, al mantenimiento de las iglesias y de los pobres; ahora hay impuestos especiales para eso, y la Iglesia se embolsa el importe íntegro del diezmo. Os pregunto: ¿no es esta Iglesia un fraude organizado? (Aplausos.)

Mirad nuestra Cámara de los Comunes. No representa al pueblo, sino a la aristocracia y a la burguesía, y condena a la esclavitud política a seis séptimos de los habitantes varones adultos del país negándoles el derecho de voto. ¿No es esta Cámara un fraude legalizado? (Aplausos atronadores.)

Mirad a esos venerables pares que, sin hacer caso del grito de angustia de todo un país, se reúnen noche tras noche para esperar con toda tranquilidad la ley de coerción que ha de enviarles la Cámara de los Comunes.2 ¿Hay uno solo de vosotros que quiera explicarme la utilidad de semejante asilo de incurables, uno solo que se atreva a defender este fraude anclado en la herencia? (Aplausos.)

Naturalmente, el respeto a la monarquía, esa gloriosa prueba de la sabiduría de nuestros padres, me prohíbe hablar en términos que no sean de la mayor lealtad de esa interesante reina Victoria, que todos los años da a luz un discurso de la Corona y un bebé real. (Risas.) El discurso acabamos de recibirlo, y según los periódicos el bebé nos será obsequiado en marzo. Su graciosísima majestad manifiesta un gran interés por los sufrimientos de su pueblo, admira su paciencia y le promete un nuevo hijo. ¡Y en este único punto, por desgracia, cumple lo que promete! (Carcajadas.) Y luego tenemos al príncipe Alberto, que inventa sombreros, que engorda cerdos, que además es un eminente mariscal de campo y que por todos sus servicios se hace pagar a razón de treinta mil libras al año.3 ¡Oh, no, queridos conciudadanos, no, la monarquía no es un fraude!» (Risas y aplausos.)

Después de oponer a este cuadro de la alta sociedad el cuadro de los sufrimientos del pueblo, el orador terminó invitando a aprobar la petición nacional por la Carta. La petición fue aprobada por unanimidad. El señor Duncombe4 la presentará a la Cámara de los Comunes en cuanto haya recorrido el país. Les enviaré una traducción en cuanto me haya procurado una copia.

  1. Las tierras comunales (commons, waste lands), cuyo cercamiento y venta a los grandes propietarios mediante leyes del Parlamento se había acelerado desde finales del siglo XVIII. ↩

  2. La ley de coerción para Irlanda (Crime and Outrage Act), presentada por el gobierno whig de Russell y aprobada en diciembre de 1847; véase «La ley de coerción para Irlanda y los cartistas». ↩

  3. El príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), esposo de la reina Victoria, se interesaba por la agricultura y la ganadería modelo y había diseñado un chacó para el ejército, el llamado «chacó de Alberto»; la asignación que le votó el Parlamento en 1840 era de 30.000 libras anuales. ↩

  4. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical que presentaba en la Cámara las peticiones cartistas; la de 1848 la presentó finalmente O'Connor, en abril. ↩