Escrita por Karl Marx en francés a comienzos de marzo de 1848, tras su expulsión de Bélgica. Publicada en La Réforme (París) del 8 de marzo de 1848. Traducida del original francés, según la transcripción del Marxists' Internet Archive en francés, cotejada con la traducción alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 536-538), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrigen algunas erratas de la transcripción. El título es nuestro. Las notas son nuestras. Texto original en francés.

Señor director:

En este momento el gobierno belga se pone por completo del lado de la política de la Santa Alianza. Su furor reaccionario cae sobre los demócratas alemanes con una brutalidad inaudita. Si no tuviéramos el corazón demasiado afligido por las persecuciones de que hemos sido objeto especialmente, nos reiríamos de buena gana del ridículo que se da el ministerio Rogier1 al acusar a algunos alemanes de querer imponer la república a los belgas a pesar de los belgas; pero es que, en el caso concreto al que aludimos, lo odioso se impone a lo ridículo.

En primer lugar, señor, conviene saber que casi todos los periódicos de Bruselas los redactan franceses que, en su mayoría, huyeron de Francia para escapar de las penas infamantes que les amenazaban en su patria. Estos franceses tienen el mayor interés en defender en este momento la independencia belga, que todos ellos habían traicionado en 1833. El rey, el ministerio y sus partidarios se han servido de esas hojas para acreditar la opinión de que una revolución belga en sentido republicano no sería más que la imitación de un afrancesamiento, de una francequillonnerie,2 y de que toda la agitación democrática que se hace sentir en este momento en Bélgica la habían provocado únicamente unos alemanes exaltados.

Los alemanes no niegan en absoluto que se han asociado abiertamente a los demócratas belgas, y lo han hecho sin exaltación ninguna. A ojos del fiscal del rey, eso era incitar a los obreros contra los burgueses, era hacer sospechoso a ojos de los belgas un rey alemán3 al que tanto quieren, era abrir las puertas de Bélgica a una invasión francesa.

Después de recibir, el 3 de marzo a las cinco de la tarde, la orden de abandonar el reino belga en el plazo de veinticuatro horas, estaba todavía ocupado, en la noche de ese mismo día, en hacer mis preparativos de viaje cuando un comisario de policía, acompañado de diez guardias municipales, penetró en mi domicilio, registró toda la casa y acabó por detenerme con el pretexto de que no tenía papeles. Sin hablar de los papeles perfectamente en regla que el señor Duchâtel4 me había entregado al expulsarme de Francia, tenía en mis manos el pasaporte de expulsión que Bélgica me había expedido hacía solo unas horas.

No le habría hablado, señor, de mi detención y de las brutalidades que he sufrido si no estuviera unida a ellas una circunstancia que costará comprender incluso en Austria.

Inmediatamente después de mi detención, mi mujer se hace llevar a casa del señor Jottrand, presidente de la Asociación Democrática de Bélgica, para pedirle que tome las medidas necesarias. Al volver a casa, encuentra a la puerta a un agente de policía que le dice, con una cortesía exquisita, que si quería hablar con el señor Marx no tenía más que seguirle. Mi mujer acepta el ofrecimiento con premura. La llevan a la comisaría, y el comisario le declara primero que el señor Marx no estaba allí; luego le pregunta con brutalidad quién era, qué iba a hacer a casa del señor Jottrand y si llevaba encima sus papeles. Un demócrata belga, el señor Gigot, que había seguido a mi mujer a la comisaría con el guardia municipal, al rebelarse contra las preguntas, absurdas e insolentes a la vez, del comisario, es reducido al silencio por unos guardias que se apoderan de él y lo meten en la cárcel. Con el pretexto de vagabundeo, mi mujer es llevada a la cárcel del ayuntamiento y encerrada con mujeres perdidas en una sala oscura. A las once de la mañana la conducen a plena luz del día, con toda una escolta de gendarmería, al despacho del juez de instrucción. Durante dos horas la tienen incomunicada, a pesar de las vivísimas protestas que llegan de todas partes. Allí permanece, expuesta a todo el rigor de la estación y a los comentarios más indignos de los gendarmes.

Comparece por fin ante el juez de instrucción, que se asombra mucho de que la policía, en su solicitud, no haya detenido también a los niños de corta edad. El interrogatorio no podía ser más que ficticio, y todo el crimen de mi mujer consiste en que, aun perteneciendo a la aristocracia prusiana,5 comparte las ideas democráticas de su marido.

No entro en todos los detalles de este asunto indignante. Diré solamente que, cuando nos soltaron, las veinticuatro horas habían expirado justamente y tuvimos que partir sin poder llevarnos siquiera los efectos más indispensables.

Charles Marx,
vicepresidente de la Asociación Democrática de Bruselas.

  1. Charles Rogier, jefe del gobierno liberal belga formado en 1847, nacido en Francia (Saint-Quentin). ↩

  2. Palabra formada sobre fransquillon, nombre despectivo que se daba en Bélgica a quien imitaba el habla y los modales franceses; la versión alemana de la MEW la traduce por Französelei. ↩

  3. Leopoldo I, rey de los belgas desde 1831, de la casa alemana de Sajonia-Coburgo. ↩

  4. Tanneguy Duchâtel, ministro del Interior de Luis Felipe, que en enero de 1845 había decretado la expulsión de Marx de Francia. ↩

  5. Jenny Marx, nacida Von Westphalen, hija de un alto funcionario prusiano de familia noble. ↩