Escrita por Friedrich Engels en inglés, en Bruselas, el 5 de marzo de 1848. Publicada en The Northern Star, núm. 544, del 25 de marzo de 1848. Al no disponer del texto inglés, la traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 531-535), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrige una errata evidente de la edición digital. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Al director del Northern Star1

Muy señor mío:

Después de los importantes acontecimientos ocurridos en Francia, la actitud del pueblo belga y de su gobierno tiene más interés que de costumbre. Me apresuro, pues, a contar a sus lectores lo que ha sucedido aquí desde el viernes 25 de febrero.

La agitación y la inquietud dominaban toda la ciudad la tarde de aquel día. Corrían toda clase de rumores, pero nadie creía realmente ninguno. Una multitud mezclada de todas las clases llenaba la estación y esperaba ansiosa la llegada de nuevas noticias. Hasta el embajador francés, el ex marqués de Rumigny, estaba presente. A las doce y media de la noche llegó el tren con la exaltante noticia de la revolución del jueves, y toda la multitud gritó en un estallido espontáneo de entusiasmo: «¡Vive la République!». La noticia se extendió rápidamente por toda la ciudad. El sábado todo estuvo tranquilo. Pero el domingo las calles estaban llenas de gente, y todos esperaban con impaciencia los pasos que darían las dos sociedades, la Asociación Democrática y la Alliance.2 Ambas corporaciones se reunieron por la tarde. La Alliance, un grupo de radicales burgueses, decidió esperar y se retiró así del movimiento. La Asociación Democrática, en cambio, adoptó una serie de acuerdos de la mayor importancia, con los que se puso a la cabeza del movimiento. Se decidió reunirse a diario en lugar de semanalmente, y enviar al ayuntamiento una petición que exigía el armamento no solo de la Guardia Nacional burguesa, sino de todos los ciudadanos de los distritos. Por la tarde hubo algunos disturbios en las calles. La gente gritaba «¡Vive la république!» y se concentraba en masa en torno al ayuntamiento. Se practicaron algunas detenciones, pero no ocurrió nada de importancia.

Entre las personas detenidas había dos alemanes: un emigrado político, el señor Wolff,3 y un obrero. Ha de saber usted que aquí, en Bruselas, existían una Asociación Obrera Alemana, en la que se discutían cuestiones políticas y sociales, y un periódico democrático alemán.4 Los alemanes residentes en Bruselas eran conocidos en general como demócratas muy activos e intransigentes. Casi todos eran miembros de la Asociación Democrática, y el vicepresidente de la Asociación Alemana, el doctor Marx, era también vicepresidente de la Asociación Democrática.

El gobierno, muy consciente del estrecho nacionalismo que reina en cierta clase de la población de un país pequeño como Bélgica, aprovechó esta circunstancia para difundir el rumor de que toda la agitación por la república la habían puesto en marcha los alemanes, hombres que no tenían nada que perder, que habían sido expulsados de tres o cuatro países por delitos infames y que ahora intentaban ponerse a la cabeza de la proyectada república belga. Esta divertida novedad corrió el lunes por toda la ciudad, y en apenas un día toda la aristocracia de tenderos, que forma el núcleo de la Guardia Nacional, levantó un clamor unánime contra los rebeldes alemanes que querían revolucionar su feliz patria belga.

Los alemanes habían convenido un punto de encuentro en un café, adonde cada uno debía llevar las últimas noticias de París. Pero el clamor de la aristocracia de tenderos era tan fuerte, y tan variados los rumores de medidas del gobierno contra los alemanes, que se vieron obligados a renunciar incluso a este inocente medio de mantener el contacto entre ellos.

Ya el domingo por la tarde la policía consiguió que el posadero, como propietario del local de la Asociación Alemana, le negara el local para las reuniones futuras.

Los alemanes se comportaron durante este tiempo extraordinariamente bien. Aunque estaban expuestos a las persecuciones más mezquinas de la policía, permanecieron en su puesto. Asistían todas las tardes a las reuniones de la Asociación Democrática. Se mantenían apartados de todas las aglomeraciones ruidosas en las calles, pero demostraron, aun exponiéndose personalmente, que en la hora del peligro no abandonarían a sus hermanos belgas.

Cuando unos días después se calmó la extraordinaria agitación del domingo y del lunes, cuando la gente volvió al trabajo, cuando el gobierno se repuso de su primer susto, empezó una nueva ola de persecuciones contra los alemanes. El gobierno dictó disposiciones según las cuales todos los obreros extranjeros serían expulsados del país desde el momento en que se quedaran sin trabajo, y todos los extranjeros sin distinción cuyos pasaportes no estuvieran en regla serían tratados del mismo modo. Con estas medidas y con los rumores que se difundieron, se puso a los patronos en contra de todos los obreros extranjeros y se hizo imposible a cualquier alemán encontrar trabajo. Incluso los que tenían trabajo lo perdieron y quedaron así expuestos a una orden de expulsión.

La persecución no se dirigió solo contra los obreros sin trabajo, sino también contra las mujeres. Un joven demócrata alemán que, según la costumbre francesa y belga, vive en unión libre con una francesa y cuya presencia en Bruselas parece ser una espina clavada para la policía, fue sometido de pronto a una serie de vejaciones dirigidas contra su compañera. A ella, que no tenía papeles (¿y a quién se le había ocurrido nunca antes en Bélgica pedir papeles a una mujer?), se la amenazó con la expulsión inmediata; y la policía declaró que no lo hacía por ella, sino por la persona con la que vivía. Siete veces en tres días estuvo el comisario de policía en su casa; varias veces tuvo ella que presentarse en su oficina y fue escoltada por un agente a la jefatura de policía, y si un influyente demócrata belga no hubiera intervenido, seguramente se habría visto obligada a abandonar el país.

Pero todo esto no es nada todavía. Las vejaciones contra los obreros, la difusión de rumores de que se pensaba detener a tal o cual persona, o de que el martes por la noche iba a haber una cacería general de alemanes en todas las tabernas de la ciudad, todo eso no es nada comparado con lo que tengo que contar ahora.

El viernes por la tarde el doctor Marx, entre otros, recibió una orden real que le mandaba abandonar el país en el plazo de veinticuatro horas. Estaba haciendo las maletas para el viaje cuando a la una de la madrugada, a pesar de la ley que prohíbe entrar en el domicilio de un ciudadano entre la puesta y la salida del sol, diez policías armados, mandados por un comisario, irrumpieron en su casa, lo detuvieron y lo llevaron a la cárcel del ayuntamiento. No le dieron otro motivo para la detención que el de que su pasaporte no estaba en regla, ¡aunque les presentó por lo menos tres pasaportes y aunque vivía ya desde hacía tres años en Bruselas! Se lo llevaron. Su mujer, llena de angustia, corrió enseguida a ver a un abogado belga que siempre había ofrecido sus servicios a los extranjeros perseguidos, el mismo cuya amable mediación ya se ha mencionado más arriba, el señor Jottrand,5 presidente de la Asociación Democrática. A su regreso se encontró con un amigo belga, el señor Gigot,6 que la acompañó a casa. En la puerta de la casa del doctor Marx encontraron a dos de los policías que habían detenido a su marido. «¿Dónde han dejado ustedes a mi marido?», preguntó ella. «Pues si nos sigue, le enseñaremos dónde está.» Los llevaron a ella y al señor Gigot al ayuntamiento, pero en lugar de cumplir su promesa los entregaron a los dos a la policía, y los metieron en la cárcel. La señora Marx, que había dejado en casa a sus tres hijos pequeños solo con una criada, fue llevada a una sala donde encontró una compañía de prostitutas de la peor clase, con las que tuvo que pasar la noche. A la mañana siguiente la llevaron a una sala sin calefacción, donde tuvo que permanecer tres horas temblando de frío. El señor Gigot también fue retenido. Al señor Marx lo habían metido en una sala junto con un loco furioso, del que tuvo que defenderse continuamente. A este proceder infame se añadió además un trato de lo más brutal por parte de los carceleros.

A las tres de la tarde los llevaron por fin ante el juez, que ordenó enseguida su puesta en libertad. ¿Y de qué se acusaba a la señora Marx y al señor Gigot? ¡De vagabundeo, porque ninguno de los dos llevaba pasaporte en el bolsillo!

El señor Marx había sido puesto también en libertad, con la orden de abandonar el país esa misma tarde. Y eso después de haberlo tenido encerrado dieciocho de las veinticuatro horas que le quedaban para arreglar sus asuntos; después de haber mantenido separados todo ese tiempo no solo a él, sino también a su mujer, de sus tres hijos, el mayor de los cuales no ha cumplido aún los cuatro años, lo expulsaron sin concederle un minuto para arreglar sus asuntos.

El señor Gigot había salido de la cárcel solo un día antes de su detención. Había sido detenido el lunes a las seis de la mañana en un hotel, junto con tres demócratas de Lieja, y encarcelado por vagabundeo, porque no tenían papeles. Debían ser puestos en libertad el martes, pero en contra de toda ley fueron retenidos hasta el jueves. Uno de ellos, el señor Tedesco,7 sigue en la cárcel; nadie sabe de qué se le acusa. Él y el señor Wolff serán puestos en libertad o llevados ante un tribunal en el curso de la semana.

Debo decir, sin embargo, que los obreros belgas y algunos otros demócratas de esa nación, en especial el señor Jottrand, se han portado muy dignamente con los alemanes perseguidos. Han demostrado que están por encima de los mezquinos sentimientos nacionalistas. No vieron en nosotros extranjeros, sino demócratas.

Me entero de que se ha dictado una orden de detención contra un obrero belga y valiente demócrata, el señor De Guasco. Otro, el señor Dassy, detenido el domingo pasado por sedición, compareció ayer ante el tribunal; la sentencia aún no se ha pronunciado.

Espero de un día para otro, de una hora para otra, mi orden de expulsión, si no algo peor, pues nadie puede prever a qué se atreverá este gobierno belga-ruso. Me tengo preparado para partir en el plazo más breve. Tal es la situación de un demócrata alemán en este país «libre», que, según dicen los periódicos, no tiene nada que envidiar a la República francesa.

Con un saludo fraternal,
su viejo amigo

Bruselas, 5 de marzo

  1. The Northern Star, semanario de los cartistas, fundado en 1837 en Leeds y publicado desde 1844 en Londres, dirigido por Feargus O'Connor y George Julian Harney. Engels colaboraba en él desde 1843. ↩

  2. Sobre la Asociación Democrática y la Alliance, véase «El Débat social del 6 de febrero sobre la Asociación Democrática». ↩

  3. Wilhelm Wolff (1809-1864), maestro silesio, emigrado en Bruselas, miembro de la Liga de los Comunistas y amigo de Marx y Engels. ↩

  4. La Asociación Obrera Alemana de Bruselas, fundada por Marx y Engels en agosto de 1847, y la Deutsche-Brüsseler-Zeitung (1847-1848). ↩

  5. Lucien Jottrand (1804-1877), abogado y publicista belga, demócrata. ↩

  6. Philippe Gigot, demócrata belga, miembro de la Liga de los Comunistas. ↩

  7. Victor Tedesco, abogado de Lieja, demócrata, miembro de la Liga de los Comunistas. ↩